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    <title><![CDATA[infoLibre - Maleta de libros]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/maleta-de-libros/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Maleta de libros]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
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      <title><![CDATA['Manual anticapitalista de la moda': la ropa cuenta una historia de desigualdad, racismo y crisis climática]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/manual-anticapitalista-moda_1_2030171.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4d005811-08bd-41c8-95a0-f14822d619ec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Manual anticapitalista de la moda': la ropa cuenta una historia de desigualdad, racismo y crisis climática"></p><p><strong>La moda es política</strong>. Desde las alfombras rojas de la <strong>Gala del Met</strong> hasta la moda rápida <em>online</em>, la ropa cuenta una historia de <strong>desigualdad</strong>, <strong>racismo </strong>y <strong>crisis climática</strong>. Tansy E. Hoskins deshace los hilos de la industria <strong>capitalista </strong>para revelar cómo las marcas de moda nos incitan a <strong>consumir </strong>más <strong>manipulándonos </strong>para que nos sintamos <strong>feos</strong>, <strong>pobres </strong>e <strong>inútiles</strong>, sentimientos que llenan los bolsillos de multimillonarios que <strong>explotan </strong>las cadenas de suministro <strong>coloniales</strong>. Y también cómo los trabajadores textiles con <strong>salarios </strong>de pobreza arriesgan sus vidas en <strong>fábricas peligrosas</strong>, se <strong>tortura </strong>a animales, se extraen combustibles <strong>fósiles </strong>y se esparcen productos químicos <strong>tóxicos </strong>solo para mantener las colecciones de esta temporada frescas. </p><p>Por otro lado, la autora explora el uso de la ropa para <strong>resistir</strong>. ¿Puedes escandalizar a una industria que ama escandalizar? ¿Es la 'moda verde' una alternativa? Este libro ofrece un <strong>examen crítico</strong> de la cultura contemporánea y las prioridades del capitalismo. Moviéndose entre <strong>Karl Lagerfeld</strong> y <strong>Karl Marx</strong>, <a href="https://capitanswing.com/libros/manual-anticapitalista-de-la-moda/" target="_blank" ><em>Manual anticapitalista de la moda</em></a> va más allá de la moda <strong>ética </strong>y la responsabilidad del consumidor, mostrando que si queremos sentirnos cómodos con nuestra ropa, necesitamos <strong>transformar </strong>el <strong>sistema </strong>y asegurarnos de que esta no sea nuestra última temporada.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta en exclusiva un fragmento de <em><strong>Manual anticapitalista de la moda, </strong></em>un ensayo necesario y revelador que llega a las librerías españolas este mismo <strong>1 de septiembre</strong> de la mano de la editorial <a href="https://capitanswing.com/" target="_blank" >Capitán Swing</a>. </p><p>-------------</p><p>La primera vez que me encontré cara a cara con la realidad de la producción textil fue en 2008, en un viaje de investigación a Dharavi, el tristemente famoso barrio bajo de Bombay; una ciudad dentro de la ciudad que aloja a más de un millón de personas. Caminamos a través de callejones con voladizos bordeados de talleres llenos de trabajadores infantiles que perdían la vista a medida que cosían ropa.</p><p>Muchos de los talleres eran unidades de vida y trabajo con habitaciones que alojaban a familias enteras encaramadas en la parte de arriba. Subimos una escalera desvencijada para hablar con una fila de niños que trabajaban en un telar. Otros niños estaban sentados sobre los duros tablones de madera del suelo cosiendo cuentas en chales de lujo. "Dedos pequeños para cuentecitas difíciles", dijo nuestro guía haciendo un gesto de tristeza con la cabeza.</p><p>Más tarde, al doblar una esquina, el olor de pieles de cabra colgadas para secarse al sol abrasador afectó a la parte de atrás de mi garganta y me provocó arcadas, para diversión de los trabajadores de la curtiduría. Las pieles goteaban sobre el polvoriento suelo, mientras alrededor del patio la gente de los talleres cosía bolsas y tejía tiras de cuero para convertirlas en cinturones y joyería. Pregunté a uno de los propietarios del taller: "¿Hacen cosas para clientes internacionales?" "Sí, por supuesto. -Se rio y me señaló. Para ti". Estaba señalando a mi cinturón, comprado la noche anterior. Cuero tejido con azul y oro aplicados con pistolas pulverizadoras por personas que ahora sabía que trabajaban sin equipo ni máscaras protectoras.</p><p>Desde entonces, he investigado y visitado centros de producción textil de ropa y calzado de todo el mundo, desde Bangladés a Macedonia y a los almacenes de Topshop en Solihull. He entrevistado a líderes sindicales del sector textil en Birmania que han cumplido penas de cárcel por protestar, me he reunido con supervivientes de incendios en fábricas y con defensores de los derechos laborales que han sido criminalizados, y he revelado cadenas de suministro multinacionales y abusos de los derechos humanos en el mundo de la moda. He visto cómo el ambiente se volvía más autoritario y peligroso. He visto a consejeros delegados convertirse en dragones humanos que amasan montañas de oro. Y he visto temblar el planeta hasta un punto de no retorno. </p><p>Así pues, este libro no mistificará la industria de la moda porque, por encima de todo, Manual anticapitalista de la moda adopta la postura de que si bien los artículos de la industria de la moda pueden ser considerados signos de su tiempo o productos de la conciencia social, también deberían ser vistos como productos de la industria. Un vestido no es solo una estructura de significado, es también una mercancía producida por una empresa y vendida en el mercado por un beneficio con enorme coste medioambiental. El diseñador es un trabajador cuyo trabajo existe para enriquecer a su compañía y proporcionarle un salario, por muy extravagante que sea.</p><p>La Paris Fashion Week no es más que un carísimo argumento de venta. Al analizar la industria de la moda como una industria, <em><strong>Manual anticapitalista de la moda</strong></em> aspira a mantener de forma firme el debate de la moda dentro del mundo material y a reconocer que no hay nada académico en las luchas de aquellas mujeres y hombres que procuran liberarse de la explotación y la opresión.</p><p>Al principio, cuando empecé a criticar la industria de la moda, me preguntaron bruscamente qué derecho tenía a escribir sobre una industria en la que no había trabajado (aparte de los inevitables periodos a pie de diversas tiendas). Mi respuesta fue que tenía la necesidad de escribir este libro porque nadie había explicado adecuadamente este elemento omnipresente de mi vida, porque no había ni un solo libro sobre moda que abordara todo lo que yo deseaba que acabara: las terribles condiciones de trabajo, la destrucción medioambiental, los trastornos alimentarios que he observado combatir a mis amigas, el racismo que promueve la moda, el desprecio por uno mismo y ese agujero negro de necesidad que existe y que no se puede llenar por mucho que compres. </p><p>También rechazo la idea de que solo la gente que trabaja en los escalones superiores<strong> </strong>de la industria de la moda pueda escribir sobre ella. Las corporaciones de moda trabajan resueltamente para tener un efecto sobre todos nosotros. Sus ideas deben ser respondidas y, donde sea necesario, rechazadas. La obligación de aguantar nos da el derecho a saber, pero también nos da el derecho —y la urgente necesidad— de protestar. No trabajar en la moda me ha bendecido con la libertad de escribir sin preocuparme por futuras perspectivas de trabajo, una cuestión seria en una industria tan desprovista de crítica. </p><p>Como dijo el fotógrafo Nick Knight: "Un medio artístico sin un foro crítico no es un medio artístico saludable". Después de diez años escribiendo sobre moda, estoy más convencida que nunca de la necesidad de un pensamiento y una acción independientes, críticos y de izquierdas.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 Aug 2025 04:00:44 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Tansy E. Hoskins]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Manual anticapitalista de la moda': la ropa cuenta una historia de desigualdad, racismo y crisis climática]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA['Ciencias del comportamiento' o por qué comunicas más por lo que callas que por lo que dices]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/ciencias-comportamiento-domina-comunicacion-no-consciente-leer-personas-e-influir_1_2035667.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7c14edd6-cd7a-4619-9304-5f95f2a8652e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Ciencias del comportamiento' o por qué comunicas más por lo que callas que por lo que dices"></p><p>Según un estudio de la revista Science, <strong>decimos unas 16.000 palabras diarias</strong>. En cambio, el <strong>lenguaje corporal</strong> está activo las 24 horas del día. Aunque parezca mentira, comunicamos más por lo que callamos que por lo que decimos.</p><p><a href="https://www.instagram.com/cienciasdelcomportamiento/?hl=es"  >Juan Manuel García ‘Pincho’</a>, experto en ciencias del comportamiento, comunicación no consciente y <strong>negociación de incidentes críticos</strong>, te ofrece su método para que puedas aplicarlo en tu día a día y salir victorioso de todas las situaciones que se te pongan por delante: una entrevista o una presentación de trabajo, una reunión de vecinos, una discusión con tu pareja... Porque <strong>tocarte la nariz</strong> no siempre significa que estés mintiendo ni cruzarte de brazos que seas distante.</p><p>Con <em><strong>Ciencias del comportamiento</strong></em> (<a href="https://www.planetadelibros.com/editorial/temas-de-hoy/10" target="_blank" >Temas de Hoy</a>, 2025), que llega a las librerías este <strong>3 de septiembre</strong>, aprenderás a analizar los gestos, las microexpresiones y el comportamiento humano para leer a las personas en una sociedad <strong>hiperconectada </strong>pero llena de <strong>malentendidos</strong>.</p><p>----------------</p><p>A mis catorce años tuve una ligera sospecha de lo que podía ser la comunicación no consciente, aunque no lo entendí hasta mucho tiempo después. Los fines de semana y algunas tardes trabajaba en la hamburguesería de mi pueblo, Torrelaguna, un rincón con pocos habitantes en plena sierra madrileña. Iba al instituto, pero quería ahorrar algo de dinero para ir a Inglaterra en verano, así que me metí en el mundo de la hostelería.</p><p>Mi jefe, Jose, era un tipo duro, con las ideas muy claras sobre cómo se tenían que hacer las cosas y cómo llevar su negocio: con mano firme. Aunque era un local de hamburguesas, se consideraba como el típico bar de pueblo, por lo que solían venir vecinos a pasar la tarde. Aquella fue mi primera experiencia atendiendo al público, y pronto me di cuenta de que servir comida y copas era casi lo de menos, ya que para trabajar allí lo más importante no era conocer el producto, sino a las personas.</p><p>Una tarde de viernes bastante tranquila, entró un cliente y se sentó en una esquina. Jose me lanzó una advertencia: "Uy, este nos va a dar hoy la tarde". No entendí la predicción agorera, sobre todo porque el hombre nos había saludado con un entusiasta "¡Buenos días!" Sin más, me acerqué a tomarle nota.</p><p>—Una caña, y ponme algunas aceitunas.</p><p>—¡Marchando!</p><p>Al cabo de media hora, me hizo un gesto para que me volviera a acercar.</p><p>—Muchacho, ponme otra.</p><p>Hasta aquí, todo normal. Veinte minutos después, desde lejos, me señaló la copa vacía con un leve movimiento de cabeza. Tres cañas en una hora era un buen ritmo, pero era viernes por la tarde, así que probablemente sería la última... o eso pensé. Jose lo estaba observando todo desde la barra, sin decir ni mu, con el ceño cada vez más fruncido. No habían pasado ni diez minutos cuando el cliente pidió otra caña. Miré al jefe buscando su aprobación y, bajito, me dijo:</p><p>—Le sirves esta y ya está, que sea la última.</p><p>Obedecí, aunque no pude evitar preguntarme qué pasaría si pedía otra. ¿Cómo le diría que no? ¿Cómo reaccionaría el cliente? Mientras tanto, el bar se llenaba. La mesa junto a la suya se ocupó con un grupo animado y, de repente, en pleno ajetreo, lo vi ponerse en pie y hablarles a gritos. Busqué a Jose, de nuevo, con la mirada.</p><p>—Te lo dije —murmuró.</p><p>Con su mano izquierda para manejar estas situaciones, supo calmar al cliente e invitarlo a marcharse sin grandes altercados, aunque tuvo que escoltarlo hasta la puerta. Yo, que lo estaba observando todo incapaz de hacer nada, no paraba de preguntarme: "Pero ¿cómo lo sabía? Por toda respuesta, cuando le pregunté directamente a Jose, solo obtuve un encogimiento de hombros y un escueto "se veía venir".</p><p>Estaba claro que había algo allí que yo me estaba perdiendo, ¿qué había visto Jose en aquel hombre para pronosticar semejante desenlace? ¿Había sido la manera de decir "buenos días"? ¿Su forma de andar hasta la mesa? ¿Algún gesto en su rostro que lo delatara? ¿Cómo había sido capaz de oler el conflicto?</p><p>Con los años, he revisitado muchas veces aquella escena. Lo que a mi yo adolescente le parecía magia o intuición, después de años formándome en incidentes críticos y trabajando como negociador en conflictos, entendí que era, en realidad, análisis de la comunicación no consciente, es decir, de todas esas señales que emitimos sin darnos cuenta: gestos automáticos, micro expresiones, tics, posturas, reacciones fisiológicas como el rubor o la dilatación de las pupilas... Muchas veces a este tipo de comunicación se le llama comunicación no verbal, pero me gusta diferenciarla porque no toda la comunicación no verbal es necesariamente no consciente. Hay gestos, posturas o actitudes que sí controlamos de forma deliberada, como sonreír para parecer amables o forzar una postura abierta para mostrar seguridad.</p><p>Durante aquel curso conseguí ahorrar lo suficiente para ir a Inglaterra a estudiar inglés. Pasaron los años, aprobé COU y me presenté a la oposición de la Guardia Civil. En todo ese tiempo, nunca dejé la hostelería: fui camarero en un local donde se celebraban bodas, trabajé en un bar de copas, llegué a ser encargado de sala en un restaurante...</p><p>Cuando entré en el cuerpo policial y tuve que dejar la barra para ingresar en la academia, pensé que cerraba un capítulo de mi vida y estrenaba otro completamente distinto. Sin embargo, pronto descubrí que muchas de las lecciones aprendidas en la hostelería me serían útiles en mi nuevo oficio. En más de una ocasión, fijarme en las personas y en cómo actuaban me salvó la vida y la de otros, tanto en mis primeros años como agente de seguridad ciudadana, como más adelante cuando estuve en la central de emergencias o en la policía judicial.</p><p>Sin tener una carrera universitaria —aunque nunca había dejado de formarme ni de leer sobre comunicación no verbal—, mis papeletas para ingresar en un cuerpo de élite eran más bien escasas. Aun así, me animé a intentarlo y durante el proceso de selección se valoraron las competencias sociales que había desarrollado en mis años en la hostelería, además de mi facilidad para recordar caras y de pasar un sinfín de pruebas durísimas.</p><p>Gracias a las llamadas 'habilidades blandas' —esas que son transversales y útiles en cualquier entorno laboral, como la empatía, la asertividad, la capacidad de escucha o la organización— me dieron el destino en la Unidad Central Operativa (UCO), encargada de la persecución de las formas más graves de delincuencia y crimen organizado (algo así como el FBI español). Y no se equivocaron, porque esa herencia en la comunicación se confirmó. </p><p>Dentro de la UCO, que se encarga de investigar delitos como el narcotráfico a gran escala, la trata de seres humanos y los homicidios complejos, integré el grupo de homicidios y secuestros y, aunque la investigación de este tipo de casos tiene muchas vertientes, hay un factor siempre presente: el trato con las personas y el análisis del comportamiento.</p><p>Con el tiempo, ese mismo interés por la comunicación y el comportamiento humano derivó en un profundo amor por la divulgación. Me abrí una cuenta de TikTok y otra de Instagram, empecé a impartir cursos, a participar en pódcast y a colaborar en distintos espacios, siempre con la voluntad de transmitir lo aprendido, compartir ideas, contrastar opiniones y, sobre todo, acercar el conocimiento tanto a profesionales del sector como a cualquiera interesado. Este libro no es más que un peldaño más de esa vocación de divulgador que, lejos de agotarse, no deja de crecer.</p><p>Según un estudio de 1970 de la Universidad de Pensilvania realizado por R. L. Birdwhistell hablamos una media de doce minutos al día. Otros estudios más recientes, como el de 2007 llevado a cabo por un equipo de psicólogos de la Universidad de Arizona y liderado por Mathias R. Mehl, sostienen que hablamos entre dos y tres horas al día, con una media de 16.000 palabras diarias.</p><p>En cambio, nuestro lenguaje corporal está activo las veinticuatro horas del día. Es imposible no comunicar. No querer comunicar ya nos dice algo. Muchas cosas de las que comunicamos son reacciones fisiológicas que no podemos controlar: ¿cómo controlar un rubor, una pupila más o menos dilatada...? Otras veces, nuestro andar apesadumbrado nos delata, o el tono de voz que usamos no concuerda con el sentido de nuestras palabras o nuestros gestos expresan lo que los labios no pronuncian. Todo lo que hacemos cuenta algo sobre quiénes somos, qué pensamos y sentimos, todo es susceptible de que nos perciban de una forma u otra, de que nos tomen más o menos en serio, de que cuenten más o menos con nosotros, de que se fíen o no.</p><p>Dentro del universo de la comunicación, mi especialidad son las ciencias del comportamiento. Se trata de una disciplina transversal que integra conocimientos de economía, antropología, sociología, psicología, criminología, biología y neurociencia, entre otros, con el objetivo de estudiar, de manera rigurosa y sistemática, la conducta humana. Aunque a primera vista puedan parecer campos dispares y de difícil integración, lo que los une es un enfoque metodológico común basado en la observación empírica, la formulación de hipótesis contrastables y la validación mediante datos replicables.</p><p>Como sostiene el reconocido economista y sociólogo Herbert Gintis, las ciencias del comportamiento han alcanzado estatus científico precisamente por su capacidad para integrar modelos teóricos con evidencia empírica. Además, los recientes avances en neurociencia y en tecnologías de la imagen cerebral permiten reformular muchas ideas tradicionales sobre la emoción, la cognición o la toma de decisiones, lo que aporta nuevos marcos interpretativos que enriquecen los estudios existentes.</p><p>Este dinamismo constante garantiza que nuestro conocimiento sobre el comportamiento humano evolucione, se refine y se adapte a los cambios sociales y culturales. Las ciencias del comportamiento, por tanto, no solo permiten comprender cómo pensamos, sentimos y actuamos, sino que se actualizan a medida que la ciencia refuta, matiza o confirma hipótesis previas.</p><p>Por eso, dentro de su campo de estudio se incluyen áreas como el análisis de la comunicación no verbal, el lenguaje, el contexto físico y social, ¡e incluso todos aquellos medios que nos permitan recabar información! Es decir, todo aquello que moldea nuestra forma de comunicarnos. Hablando en plata, las ciencias del comportamiento consisten en analizar el comportamiento para comprender mejor a los demás, conocernos mejor a nosotros mismos y desarrollar nuestra capacidad de influir. </p><p>Y eso es lo que vamos a hacer en este libro: aprender a separar el grano de la paja, ver qué nos puede dar información útil y qué no, qué podemos usar a nuestro favor y en qué no vale la pena perder el tiempo para, en definitiva, sacar provecho de este acto tan humano y que hacemos a diario sin apenas pensar: comunicarnos. Los beneficios pueden ser comprender mejor a un nuevo compañero de trabajo hasta negociar tu sueldo, saber leer cuándo una persona tiene intenciones ocultas y hasta prevenir un conflicto inminente.</p><p>Todo esto, lo aprenderemos aplicando un sencillo método de tres pasos, que son los mismos tres elementos que dan forma a las ciencias del comportamiento: analizar, conocer, influir.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Aug 2025 04:00:13 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Manuel García 'Pincho']]></author>
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      <title><![CDATA['Mañana matarán a Daniel', la historia de los últimos fusilados por el franquismo en 1975]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/manana-mataran-daniel-historia-ultimos-fusilados-franquismo-1975_1_2047127.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4f7070bc-d42e-400e-88b0-7dbdd836ec79_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Mañana matarán a Daniel', la historia de los últimos fusilados por el franquismo en 1975"></p><p>Poco antes de la muerte de Franco, en la madrugada del <strong>27 de septiembre de 1975</strong>, tres jóvenes fueron ejecutados en la sierra de Madrid. Daniel, Hidalgo y Pito habían sido detenidos y <strong>torturados </strong>por la policía, acusados de matar ese verano a un policía y a un guardia civil. </p><p>La condena se impuso <strong>sin juicio legal</strong> y de forma precipitada, después de una farsa militar en la que no hubo pruebas ni posibilidad de defensa. Junto a otras dos ejecuciones, aquellos jóvenes fueron <strong>los últimos fusilados por el Régimen</strong>.</p><p>Muchos años después, <strong>Aroa Moreno Durán</strong> encuentra por casualidad, muy cerca de su casa, las huellas de aquellos asesinatos: en el monte donde tantas veces ha acampado de joven existe todavía el talud donde se llevaron a cabo las ejecuciones. ¿Cómo pudo este hecho quedar <strong>sepultado </strong>en las crónicas de nuestra historia más reciente?</p><p>A caballo entre la <strong>ficción </strong>y la <strong>crónica </strong>más personal, esta sobrecogedora <strong>novela</strong>, cimentada sobre una investigación exhaustiva y la bella prosa de la autora, ilumina uno de los episodios más <strong>siniestros </strong>del final de la <strong>dictadura </strong>española.</p><p>Por eso, <strong>infoLibre </strong>adelanta en exclusiva un fragmento de <a href="https://penguinclubdelectura.com/libro/manana-mataran-a-daniel-aroa-moreno-duran/" target="_blank" ><em>Mañana matarán a Daniel</em></a><em> </em>(Random House), que llegará a las librerías el próximo miércoles <strong>10 de septiembre</strong>.</p><p>-------------</p><p>Daniel</p><p>Marzo de 1973</p><p>A Pite le llueve sobre la cama. Y llueve frío porque, aunque sea primavera, es la primera estribación de la sierra. Llueve fuera del cuartel, sobre la tierra y la piedra, llueve como una cortina en el horizonte nocturno. Pero a quién le preocupa que a los reclutas les caiga el agua encima, que todo tenga ese olor a moho, a desconchón y barro. Que estén empapados o secos. Quién escucha esa tos. </p><p>La tinta de la carta que escribe a su hermana se corre con la gotera y él empuja el catre a otro rincón. Alguno se queja por el ruido. Baena, acaba ya. El tiempo pasa muy lento, escribe. La instrucción militar se le hace interminable. Lleva seis meses y le quedan otros nueve. Cree que le van a trasladar a otro cuartel. Tiene veintitrés años y está cada día más flaco y cómo es posible que un hombre como él pueda perder todavía algo de peso. Le sobra el uniforme verde por todo el cuerpo. </p><p>A dos compañeros les han amenazado con un consejo de guerra, se quejaron porque los alféreces cobraban demasiado, les cuenta. Al final, los han metido en los calabozos. Ya no tendrán permisos para ver a la familia o a las parejas. Tampoco se lo conceden a uno que tiene un hijo en Madrid. El trato es inhumano, escribe. Se afeitan los unos a los otros y Pite no ve ese bigote de herradura que le cambia radicalmente el aspecto y le endurece. </p><p>Hay noches en que cenan a punta de metralleta si se niegan a comer como protesta por los tratos que reciben. Nos lavamos en un río cercano, cuenta, a la intemperie. A veces, con gaseosa. Nos obligan a pasar días enteros de pie, nos desplomamos. Pite no está ahí sin más. La Academia de Ingenieros de Hoyo de Manzanares es el cuartel al que van a parar los reclutas que tienen antecedentes políticos. </p><p>Están vigilados constantemente por el Servicio de Información Militar. Son, sobre todo, obreros y estudiantes que han participado en alguna revuelta o salto. Viven aislados junto a la montaña. Pero hablan entre ellos, comparten ideas, futuros posibles, levantan el puño cuando no los ven, y qué pasa si se junta bajo un mismo techo a jóvenes que tienen el mismo ánimo. Pite conoce a otros chicos, le hablan del frente, quiere formar parte cuanto antes.</p><p>A Pite lo habían detenido, por primera vez, en 1970, por una sentada estudiantil en su universidad, en la facultad de Filosofía y Letras de Santiago, por desacuerdos con el rector. Es un fascista, decían los estudiantes. Abajo la oligarquía imperialista española. Rompamos con la cultura y la ideología burguesas en la universidad. Eso se leía en los panfletos que tiraban por las aulas. He conocido a personas que no piensan como nosotros, dijo en casa una vez. </p><p>Ahora recuerda otro día, cuando la policía le pidió a su padre que les dejara pasar para hacerle unas preguntas. Claro que su padre lo permitió. Su padre, Fernando Baena, que había estado en la guerra con Millán Astray, en África, no le temía a la policía entonces. Había permitido que el chico fuera a la universidad, porque se portaba bien y tenía ganas de estudiar y se le daba. El bachillerato lo había hecho entero con becas en un instituto privado. </p><p>Pero Pite fue procesado por un Tribunal de Orden Público, que dejaría escrito su nombre en unos antecedentes imborrables para siempre. De ahí, lo mandaron a Coruña y después a la cárcel de Santiago. Estuvo en prisión dos meses. Perdió el primer curso. Su padre recaudó una fianza entre los amigos y familiares y mandó quince mil pesetas, el hijo fue puesto en libertad bajo fianza. Ese dinero viene del comunismo, les dirán después, no tienen derecho a él. Lo perdieron.</p><p>Dos años más tarde, fue absuelto. Pero Pite no volvió nunca a la universidad. Buscó trabajo en varios sitios, camarero, dependiente, daba igual, quién iba a querer contratar a un joven sin expediente de buena conducta. Mientras, a su alrededor, caían decenas de conocidos, detenían a los compañeros. Pero ese compromiso ni era nuevo ni acabaría ahí. La madre de Xosé Humberto, Pite para la familia, había trabajado siempre en el campo, sin haber podido aprender nunca a leer ni a escribir. </p><p>Tampoco le sirve ahora a él haberse peleado con el latín, el francés, el griego y el esperanto. No le sirve de nada que le guste tanto escribir. La poesía no le sirve a Pite hoy para nada. Galicia es difícil y áspera, corta en oportunidades. Lo es España. Y, además, Pite había estudiado en el instituto Santa Irene con el escritor galleguista Xosé Luis Méndez Ferrín, que había participado en la fundación de Unión do Povo Galego y había sido procesado varias veces, yendo a parar a la cárcel algunos años. </p><p>Después, vivió aquella huelga de la Citröen de Vigo en septiembre de 1972. Fueron despedidos cinco sindicalistas. Pedían la supresión del trabajo los sábados por la tarde, querían la jornada de cuarenta y cuatro horas. El paro se extendió rápidamente por la ciudad, se sumaron veinte mil trabajadores. Los astilleros, la banca, los hornos. Los autobuses seguían circulando, pero siempre bajo escolta policial. </p><p>Y el Régimen respondió. Con palos y con tiros. Aquello ya no era un conflicto laboral, aquello era política. Era un desafío directo al corazón del Estado. Se enviaron policías armadas desde otras regiones del país y la Brigada Político-Social se puso encima de todos. Los trabajadores cortaban el tráfico y la policía cargaba sobre ellos. Fueron despedidos cinco mil de varias empresas y, durante quince días, Vigo estuvo sitiada. Y Vigo era su ciudad. En Ferrol, a la exigencia de los obreros de un convenio colectivo en los astilleros, la policía contestó matando a dos sindicalistas en una manifestación. En septiembre de aquel año, cerraron los bares de la ciudad, los cines, los restaurantes. A Pite lo molieron a palos en una de aquellas.</p><p>Porque la policía mataba, mataba el Régimen, y cómo iban a dejarlo estar. Gritando libertad, soltando propaganda, reventando bancos, qué conseguían. Nada. Más detenciones y más torturas. Muerto Pedro Patiño por repartir octavillas entre los obreros que levantaron los edificios del barrio de Zarzaquemada, a las afueras de Leganés. Muerto Amador Rey, en Ferrol, por unos disparos al aire de la policía en una protesta pacífica. El estudiante Chema Fuentes, de Santiago, muerto, dijeron, por otro disparo que tampoco fue al aire y fue a la carne. Roberto Pérez Jauregi, muerto en Éibar con veintiún años en una manifestación. Tres obreros muertos en Granada en un paro laboral. Muerto en San Adrián de Besós otro trabajador en un incidente con la policía. </p><p>El último condenado por crímenes de la guerra, Julián Grimau, fusilado en el cuartel de Campamento en Madrid y muerto casi treinta años después del fin de la contienda. El estudiante Enrique Ruano, muerto boca abajo en el patio de un edificio de Chamberí. Se tiró por la ventana, tenía conductas suicidas, escribieron.</p><p>Pite recuerda todos esos nombres en la noche fría de marzo. No te olvides de felicitar a papá en su cumpleaños, el día seis o siete, no lo recuerdo, escribe. Cierra los ojos con rabia, debería intentar dormir. Se despide de Flor, la menor de los tres hermanos, a la que está más unido y tanto echa de menos. Ya está bien de quejas, ¿no?, concluye. Hasta luego. </p><p>En ese  mismo lugar donde ahora Pite mete la carta en un sobre, firmada como J. Baena y un garabato alrededor, todavía no es Daniel, morirá, así la vida, un par de años más tarde.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Aug 2025 04:01:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Mañana matarán a Daniel', la historia de los últimos fusilados por el franquismo en 1975]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Una escalera hacia el cielo': John Boyne satiriza la ambición en el mundo literario a ritmo de thriller]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/escalera-cielo-satira-john-boyne-ambicion-mundo-literario_1_2047148.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fd7db2f1-4faa-48e8-b1c1-1301b8fadffe_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Una escalera hacia el cielo': John Boyne satiriza la ambición en el mundo literario a ritmo de thriller"></p><p>Maurice Swift <strong>quiere ser escritor,</strong> pero es incapaz de crear <strong>historias</strong>. No tiene imaginación, aunque sí un rasgo que ha aprovechado desde su adolescencia, cuando descubrió que era irresistiblemente <strong>atractivo </strong>para hombres y mujeres. ¿Por qué no utilizar esa ventaja para conseguir su objetivo? </p><p>Un encuentro casual con el <strong>conocido novelista</strong> Erich Ackermann en un hotel de Berlín a finales de los años ochenta supone su primera gran oportunidad, y enseguida inicia una relación con aquel hombre mayor tan <strong>famoso </strong>como solitario, sonsacándole un terrible <strong>secreto </strong>muy bien guardado de su pasado durante la guerra: material perfecto para su primera novela. <strong>Alcanzado el éxito</strong>, Swift descubre que ya no podrá detenerse ante nada con tal de mantenerse en la cumbre: necesita más historias, y para ello deberá descubrir otras presas, <strong>destruir y devorar otras vidas</strong>.</p><p>Ambientada en el <strong>mundo editorial</strong>, esta novela ofrece una mirada atractiva y <strong>mordaz </strong>a lo que a menudo implica la llamada escalera hacia el cielo de la<strong> gloria literaria</strong>, con sus premios, promociones y envidias sin fin. Con un juego de perspectivas, abundantes dosis de <strong>humor negro</strong> y el constante cuestionamiento moral del protagonista, <strong>John Boyne</strong> nos regala una experiencia de lectura cautivadora.</p><p>¿Hasta dónde está dispuesto a llegar un <strong>novelista </strong>para hallar la <strong>inspiración </strong>que no tiene? ¿Saborear las mieles del <strong>triunfo </strong>merece sacrificar el <strong>alma</strong>? A través de un personaje tan seductor como absolutamente desalmado, <strong>John Boyne</strong> aborda estas preguntas en <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/390678-libro-una-escalera-hacia-el-cielo-9788419456908?srsltid=AfmBOopomVe9kCKTkkvfWdcUAFo3rvcfbF4K9mLDHMJIum3xfzkt53BB"  ><em>Una escalera hacia el cielo</em></a><em> (Narrativa Salamandra) </em>una novela que llega a las librerías el <strong>4 de septiembre</strong> y que es también una profunda inmersión en el <strong>círculo de los escritores</strong>, con sus dudas, sus sueños, sus alegrías y sus <strong>miserias</strong>.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta a continuación en exclusiva un fragmento de esta novela.</p><p>--------------</p><p>La idea de regresar a Alemania me inquietó desde el momento en que acepté la invitación. Después de todo, habían pasado tantos años desde la última visita que era imposible presagiar qué recuerdos se despertarían una vez allí. Corría la primavera de 1988, año en que la palabra perestroika se incorporó al lenguaje común, y yo me encontraba sentado en el bar del hotel Savoy de la Fasanenstrasse pensando en mi sexagésimo sexto cumpleaños, para el que faltaban apenas unas pocas semanas. </p><p>Delante, sobre la mesa, tenía una botella de <em>riesling </em>que me habían servido en una copa que, según informaba una nota en el menú, se había modelado con la forma del seno izquierdo de María Antonieta. Era un vino delicioso, uno de los más caros de la extensa carta del hotel, pero no me sentía culpable por haberlo pedido; al fin y al cabo, mi editor había insistido en que no me privase de nada. De todos modos, no estaba acostumbrado a ese derroche de generosidad. </p><p>Mi carrera literaria, que constaba de seis novelas cortas y un desacertado volumen de poesía en treinta y cinco años, nunca había sido exitosa. Ninguno de mis libros había atraído a muchos lectores, a pesar de haber recibido reseñas generalmente positivas, ni despertado demasiado interés en el ámbito literario internacional. Sin embargo, para mi gran sorpresa, el otoño del año anterior me habían otorgado un importante galardón por mi sexta novela, <em>Pavor</em>. </p><p>Después de ganar El Premio, el libro se vendió bastante bien y se tradujo a numerosos idiomas. La indiferencia con que acostumbraba a recibirse mi obra fue rápidamente reemplazada por admiración y estudios críticos, mientras los suplementos literarios se peleaban por adjudicarse mi redescubrimiento. Pronto empezaron a llegarme invitaciones para asistir a festivales literarios y realizar giras promocionales en el extranjero. Uno de esos actos, una serie de lecturas programadas a lo largo de un mes en la Literaturhaus, se celebraba en Berlín, mi ciudad de nacimiento, aunque allí no me sentía en casa.</p><p>Me había criado cerca del Tiergarten, donde jugaba a la sombra de las estatuas de aristócratas prusianos. De pequeño, me encantaba ir al zoológico y fantasear con que algún día trabajaría allí de cuidador. A los dieciséis años estuve en ese mismo lugar junto a algunos amigos de las Hitlerjugend, todos con nuestros brazaletes con la esvástica, y aplaudí efusivamente cuando destaparon el monumento a Bismarck, una estatua de Begas que hasta entonces había estado frente al Reichstag y que habían trasladado al centro del parque como parte de los planes de Hitler para la creación de la Welthaupstadt Germania. Un año más tarde, solo en el Unter den Linden, vi desfilar a miles de soldados de la Wehrmacht tras la exitosa anexión de Polonia. Y diez meses después, me encontraba en la tercera fila de una manifestación en el Lustgarten, rodeado de soldados de mi edad, cuando saludé y juré lealtad al Führer, que nos arengaba desde una tarima erigida delante de la catedral del Reich de los Mil Años.</p><p>Finalmente dejé mi tierra natal en 1946 tras ser aceptado en la Universidad de Cambridge, donde estudié Literatura Inglesa, antes de pasar unos años difíciles como profesor en una escuela de primaria de la zona, donde los niños, cuyas familias habían quedado traumatizadas y diezmadas después de cuatro décadas de conflictos armados e inestables reconciliaciones entre ambos países, se burlaban de mi acento. Sin embargo, una vez terminado el doctorado, obtuve una plaza en el claustro docente del King’s College, donde mis colegas me trataban como a una especie de fenómeno curioso, un individuo que había sido arrancado de las filas de una generación teutónica homicida y adoptado por una noble institución británica que, tras la victoria, estaba dispuesta a mostrarse magnánima. En menos de una década me recompensaron con una cátedra, y la seguridad y respetabilidad que conllevaba ese título me hizo sentir a salvo por primera vez desde mi infancia, convencido de que había conseguido un hogar y un puesto de trabajo para toda la vida.</p><p>No obstante, cuando me presentaban a gente nueva, a los padres de mis alumnos, por ejemplo, o a un benefactor que estuviera de visita, mis colegas siempre subrayaban que yo era «también escritor», comentario que me desconcertaba y avergonzaba a partes iguales. Por supuesto que esperaba poseer algún atisbo de talento y anhelaba llegar a un número más amplio de lectores, pero mi respuesta habitual a la inevitable pregunta de «¿Puede ser que conozca alguno de sus libros?» era «Probablemente no». Luego solían preguntarme el título de alguna de mis novelas, a lo que yo accedía anticipando mi humillación y observando sus expresiones vacías mientras las enumeraba por orden cronológico.</p><p>Esa noche, la noche de la que hablo, el acto en la Literaturhaus, donde había participado en una entrevista pública con un periodista del Die Zeit, no había salido bien. Como me sentía incómodo expresándome en alemán, un idioma que prácticamente no hablaba desde que me había instalado en Inglaterra hacía ya más de cuarenta años, los organizadores habían contratado a un actor para que leyera en voz alta un capítulo de la novela. </p><p>Cuando le señalé el fragmento que había escogido, el actor negó con la cabeza y exigió que se le permitiera leer uno del penúltimo capítulo. Me opuse, por supuesto, ya que la parte que él proponía revelaba información que en principio debía ser una sorpresa para el lector. No, insistí, cada vez más irritado por la arrogancia de aquel Hamlet de tres al cuarto, que, al fin y al cabo, había sido contratado para levantarse, leer el fragmento y hacer mutis por el foro. No, le dije, alzando la voz. Eso no. Lea esto.</p><p>El actor se ofendió mucho. Por lo visto preparaba sus lecturas en público siguiendo un método tan riguroso que cualquiera diría que se disponía a subir al escenario del Schaubühne. Me pareció exagerado y así se lo hice saber, lo que provocó algunas protestas airadas de los asistentes que me alteraron profundamente. Por fin, accedió a leer lo que yo le pedía, pero lo hizo sin gracia, y me bastó mi oxidado alemán para darme cuenta de que su lectura era deslavazada, carente del dramatismo necesario para conectar con el público. Más tarde, de camino al hotel, muy afectado y desilusionado por todo ese asunto, me entraron unas ganas terribles de volver a casa.</p><p>Ya me había fijado en aquel chico, un joven de unos veintidós años que se encargaba de servir las mesas, porque además de guapísimo me había parecido que me miraba mientras me tomaba mi copa de vino. Me pasó por la cabeza la asombrosa posibilidad de que se sintiera atraído por mí, aun sabiendo que semejante idea era absurda. Yo era un viejo, después de todo, y nunca había sido especialmente atractivo, ni siquiera a su edad, cuando la mayoría de la gente cuenta con el magnetismo de la juventud para compensar sus carencias físicas. Desde el éxito de Pavor y mi consiguiente ascenso al rango de celebridad literaria, los periódicos me describían invariablemente como «un hombre de rostro curtido» o «ajado por los golpes de la vida», aunque a Dios gracias, ignoraban lo duros que habían sido esos golpes. </p><p>De todas maneras, esos comentarios no me resultaban hirientes, y no sólo porque carecía de vanidad, sino también porque hacía mucho tiempo que había renunciado al amor. Los anhelos que me habían asediado y casi aniquilado durante mi juventud fueron disminuyendo con el transcurso de los años, aunque nadie conquistó mi virginidad, y el alivio que acompañó ese progresivo exilio de la lujuria podría compararse con el haber sido desencadenado de un caballo salvaje que por fin corriera libremente por la pradera. </p><p>Esto, además, fue muy ventajoso para mí, a la hora de enfrentarme a ese interminable torrente de chicos guapos que desfilaba por las aulas del King’s College año tras año, a pesar de que algunos coqueteaban descaradamente conmigo con la esperanza de obtener mejores calificaciones, pues me volví por completo indiferente a sus encantos. Jamás albergué fantasías vulgares ni sentimientos embarazosos hacia ellos, y siempre los traté con una actitud entre bondadosa y distante. No tenía favoritos ni protegidos, y nunca di motivos para que se me atribuyeran intereses impuros en el marco de mis obligaciones pedagógicas. De modo que fue una tremenda sorpresa verme contemplando a aquel joven camarero con un deseo tan intenso.</p><p>Después de servirme otra copa de vino, cogí la cartera de cuero, que había dejado a los pies de la silla, y saqué la agenda y dos libros: una edición en inglés de <em>Pavor </em>y una copia anticipada de la novela de un viejo amigo que iba a publicarse al cabo de unos pocos meses. Reanudé la lectura donde la había dejado, tal vez a un tercio del libro, pero me resultaba imposible concentrarme. No estaba acostumbrado a ese problema y miré a mi alrededor para analizar las causas. El bar no era particularmente ruidoso. En realidad no había ninguna razón que explicara mi falta de concentración. </p><p>Y entonces, cuando el joven camarero pasó a mi lado y dejó en el aire una dulce y embriagadora estela de transpiración juvenil, me percaté de que la causa de mi distracción era él. Aquel infame se me había metido en la cabeza y se negaba a abandonar el sitio que había ocupado. Hice a un lado la novela y me limité a observarlo mientras él retiraba los platos de una mesa cercana. La limpió con una toalla húmeda, volvió a colocar los posavasos y encendió una vela votiva.</p><p>Llevaba el típico uniforme del Savoy: pantalones oscuros, camisa blanca y un elegante chaleco granate con la insignia del hotel. Era de estatura media y complexión normal; tenía la piel increíblemente tersa, como si aún no hubiera conocido el roce de una hoja de afeitar, los labios rojos y carnosos, las cejas espesas y una mata de pelo rebelde, dispuesta a enfrentarse con la resolución de trescientos espartanos en el paso de las Termópilas ante cualquier peine que intentara domarla. Me recordaba al joven Minniti del retrato de Caravaggio, un cuadro que siempre había admirado. </p><p>Sin embargo, por encima de todo desprendía una inconfundible fogosidad juvenil, una poderosa combinación de vitalidad e impulso sexual, y me pregunté a qué dedicaría su tiempo cuando no estaba trabajando en el Savoy. Daba la impresión de ser un muchacho bueno, decente y amable. Y eso que aún no habíamos cruzado ni una palabra</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 Aug 2025 04:00:44 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[John Boyne]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Una escalera hacia el cielo': John Boyne satiriza la ambición en el mundo literario a ritmo de thriller]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Diva virtual' o cómo un mundo obsesionado con la imagen ha distorsionado los cuerpos de las mujeres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/diva-virtual-mundo-obsesionado-imagen-distorsionado-cuerpos-mujeres_1_2045135.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2e0432d3-353d-4fb3-9154-6100f33f4012_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Diva virtual' o cómo un mundo obsesionado con la imagen ha distorsionado los cuerpos de las mujeres"></p><p>Entretejiendo su experiencia personal con testimonios diversos, Ellen Atlanta expone los <strong>efectos devastadores</strong> que una <strong>cultura obsesionada con la imagen</strong> están teniendo en la <strong>salud mental</strong> de las <strong>mujeres</strong>.</p><p><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-diva-virtual/422518" target="_blank" >Diva virtual</a> se convierte así en un relato revelador que interpela a una generación atrapada entre la <strong>proyección idealizada</strong> de los <strong>cuerpos </strong>en el entorno digital y la búsqueda de la perfección estética en el mundo analógico.</p><p>Este ensayo llegará a las librerías españolas el próximo <strong>24 de septiembre</strong> de la mano de la editorial <a href="https://www.planetadelibros.com/editorial/deusto/14" target="_blank" >Deusto</a>, pero en <strong>infoLibre </strong>adelantamos ya un fragmento en exclusiva para nuestros lectores.</p><p>-----------------</p><p>He aquí mis confesiones:</p><p>No soy una bellísima persona. Pienso constantemente en mi cuerpo y en mi aspecto, y, cuando me veo reflejada en el espejo, cojo un cuchillo y empiezo a diseccionar mis rasgos uno por uno.</p><p>A veces me olvido de comer y me he inculcado que debo disfrutar la sensación de tener hambre. Estoy famélica. Me siento culpable. Quiero que mi cuerpo se consuma a sí mismo.</p><p>Desde que iba al instituto, llevo un registro de mi peso, en sentido literal y de forma inconsciente. No tengo ni idea de cómo es mi cuerpo, aunque lo veo todos los días. Al parecer, soy incapaz de tener una imagen clara de su aspecto pese a que evalúo cada detalle, pliegue y arruga que lo forman. Y sé que es así por la desconexión que hay entre la manera en que la gente habla de mi físico y mi percepción de este. </p><p>Al menos tengo la lucidez mental suficiente para darme cuenta de que es imposible que todo el mundo esté equivocado y yo sea la única a quien le funcionan los ojos. Nunca me han diagnosticado dismorfia corporal —de la misma forma que nunca me han diagnosticado un trastorno alimentario—; pero, como muchas otras mujeres, me encuentro en la periferia de la categorización. En ese límite difuso, previo a la necesidad de intervenir.</p><p>Quiero dejar de meterme en las redes sociales, aunque soy incapaz de soltar el móvil. Sé que lo utilizo para escapar de la realidad. Elimino las aplicaciones; pero, cuando quiero darme cuenta, despierto de un sueño confuso y me encuentro deslizando las pantallas de inicio, buscando algo que ya no está. Mi pulgar se mueve con autonomía mientras mi cerebro intenta seguirle el ritmo a un cuerpo que, por lo visto, ya no controla.</p><p>Tenía dieciséis años cuando empecé a decapitarme en Instagram. A cortarme la cabeza para que no saliera en las fotos. Por aquel entonces, tenía un pie dentro y otro fuera de ese mundo, pero no era yo misma en ninguno de los dos lados. Mi madre no entendía por qué no sonreía en las fotos. Por qué ocultaba esa carita tan encantadora. Yo no entendía por qué ella no se daba cuenta de que ese espacio estaba pensado para trocear, para construir un <em>feed </em>con los mejores pedacitos de uno mismo. Era mi vida en 280 caracteres o 1080 píxeles cuadrados. ¿Cómo podía esperar que me mostrara completa?</p><p>A veces reviso mis fotos y amplío la imagen al máximo. Las amplío más y más hasta que lo único que veo es un degradado de matices. Entonces empiezo a esculpir. Voy limando los píxeles hasta que, al alejarme, me gusta lo que veo. Así es como quiero que me perciban. Publico la foto y recibo un caluroso aplauso.</p><p>Pienso en ponerme relleno en los labios casi a diario. Y, si no es en los labios, es en los pómulos, la barbilla, la mandíbula u otras partes de la cara que aún no me he dado cuenta de que están mal. Sé que a mi cara le falla algo, pero no consigo precisar qué es. He concertado varias citas para que un cirujano plástico me despeje las dudas, pero nunca he sido capaz de ir a la consulta. La gente me hace cumplidos y yo no me los creo. </p><p>En 2019, antes de una noche de chicas, me compré un top porque quería sentirme sexy. Nunca enseño mucho las tetas, a pesar de que son lo que más me gusta de mi cuerpo. Me siento superficial siempre que lo digo, pero es la verdad. El top era de manga larga y escotado. Me pareció el equilibrio ideal de carne a la vista (paso una cantidad de tiempo considerable pensando en cuánto debo enseñar). Me hice algunos <em>selfis </em>en el espejo y los subí a <em>stories</em>. El veredicto no se hizo esperar: fueguitos, caritas con corazones en los ojos y signos de exclamación me dieron el empujón que necesitaba para salir por la puerta de casa.</p><p>Fuera, hacía una cálida noche de primavera en la que el crepúsculo iba camino de convertirse en atardecer. Con cada paso que me alejaba de la puerta, con cada par de ojos que se posaban en mi piel, sentía que me arrancaban una capa de células. Mis partículas se desprendían con cada mirada que subía y bajaba por mi cuerpo. Me puse el abrigo, me abroché los botones, uno a uno, sobre la parte del pecho y no me lo quité en toda la noche. Me pasé todo el trayecto en tren, tanto de ida como de vuelta, sudando. Mi top nuevo permaneció oculto y acabó empapado. Me sujeté las solapas del abrigo hasta que se me pusieron los nudillos blancos.</p><p>Cuando publico algo en internet, cierro todas las aplicaciones y tiro el móvil al otro lado de la habitación. Grito. Después me levanto y voy a buscarlo para poder actualizar la página. Borro y vuelvo a publicar, elimino y retoco. Actualizo. Escondo los «me gusta». Vuelvo a actualizar. Una vez, una amiga subió una foto mía sonriendo a su cuenta de Instagram, la séptima de un carrusel. La odié tanto que me pasé una hora llorando.</p><p>Un cirujano plástico me dijo una vez —sin que nadie le hubiera preguntado— que tenía los labios bonitos —lo cual me pareció bien—, pero que a mis pómulos les faltaba definición —nunca antes me había parado a pensar en los pómulos—. Desde ese día, no he parado de pensar en ellos. A menudo siento que no tiene sentido vivir si no es con la combinación adecuada de cosas. El brillo de labios justo, el peinado ideal, las deportivas adecuadas o la cantidad de maquillaje correcta; ni mucho ni poco. Cuando entro en una habitación llena de gente, me siento la suma de mis atributos.</p><p>Finjo que no quiero destacar, pero es en vano, y regirse por la percepción de los demás es como bajar al infierno; una necesidad que surge de nuestras carencias, de un vacío que ansiamos llenar. Lucho por que se me perciba de la forma que deseo, por ser bella y excepcional y radiante y perfecta, cueste lo que cueste.</p><p>Cada vez estoy menos segura de lo que significa ser real. Veo en internet las comparaciones entre el verdadero aspecto de la gente y lo que quieren que veamos. La diferencia es inmensa. Sé que esas imágenes no son reales y, sin embargo, conforman el trasfondo de mi realidad. Cuerpos que cambian y fluctúan transformados en moldes con bordes afilados. No obstante, en este mundo digital, todo es bonito y el dolor no existe.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 Aug 2025 04:00:35 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ellen Atlanta]]></author>
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    </item>
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      <title><![CDATA['Ana contra Gürtel': la novela que se pregunta si la corrupción forma parte de nuestra identidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/ana-gurtel-forma-parte-corrupcion-identidad-habrias-hecho-lugar_1_2041220.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/68570504-fe05-48a9-8852-230b472dcb0f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Ana contra Gürtel': la novela que se pregunta si la corrupción forma parte de nuestra identidad"></p><p>¿Cómo se <strong>corrompe </strong>una persona? ¿Y una organización? ¿Hasta qué punto es imposible no acabar cayendo en la <strong>tentación </strong>de <strong>meter </strong>la <strong>mano</strong> en la <strong>caja </strong>del <strong>dinero </strong>cuando todos a tu alrededor sucumben a su poder?</p><p>Esta novela basada en <strong>hechos rigurosamente reales</strong> es la historia de una mujer que presenció en primera persona cómo a raíz de la <strong>especulación inmobiliaria</strong> el dinero empezaba a entrar en el <strong>ayuntamiento </strong>de una ciudad dormitorio de Madrid y cómo, poco a poco, todos a su alrededor, empezaban a <strong>enredarse </strong>en las pegajosas redes de la <strong>corrupción</strong>. Y, en vez de dejarse llevar por la corriente, decidió <strong>denunciarlo</strong>.</p><p>El final no es ni bonito ni <strong>aleccionador</strong>: lo perdió todo menos, tal vez, su <strong>dignidad</strong>.</p><p>Esta <strong>no es la historia</strong> de uno de los casos de<strong> corrupción institucional</strong> más famosos de los últimos años, la famosa trama <a href="https://www.infolibre.es/temas/caso-gurtel/"  >Gürtel</a>, ni siquiera de un ayuntamiento o de un partido político, porque la corrupción y el abuso de poder no entienden de siglas. Es la historia de <strong>cómo actúa la corrupción</strong>, de cómo nace, crece y se desarrolla hasta abarcarlo todo, narrada con <strong>ironía </strong>e <strong>incisión</strong>, en primera persona y con esos tintes tan <strong>españoles </strong>de <strong>esperpento</strong>, absurdo, picaresca y, sí, cutrez.</p><p>infoLibre adelanta en exclusiva un fragmento de <em>Ana contra Gürtel,</em> novela de Javier Bardón que llega a las librerías el próximo 15 de septiembre de la mano de <a href="https://alreveseditorial.com/"  >AlRevés Editorial</a>, en la que la gran pregunta es: ¿forma parte la <strong>corrupción </strong>de nuestra <strong>identidad nacional</strong>? Y... la más importante: ¿<strong>qué habrías hecho tú en su lugar</strong>? </p><p>----------------</p><p>A la mañana siguiente, Irene la espera en Barajas.</p><p>Irene es policía y amiga de Bosquegolf, la urbanización donde vive —vivía— Ana. Salvo Gallardo, que compró el billete, es la única que conoce los detalles del vuelo. Por precaución, ni siquiera se lo ha dicho a sus padres. Es precisamente esa sensación de cautela e hipervigilancia la que, a modo de <em>déjà vu</em>, la sitúa en su inmediata realidad: Madrid, Gürtel, año 2011.</p><p>El abrazo con Irene libera un nudo en el estómago, que sube, se enquista en la garganta y deviene en lloro. Un lloro irrefrenable, a golpes, mezcla de ira, alivio, odio, alegría, esperanza. Un lloro como pocas veces lo ha llorado. Aunque apenas lleva un año y medio fuera, ciertos estímulos la sorprenden, empezando por la sensación de frío, que tenía ya olvidada; el aeropuerto, limpio, moderno, donde todo el mundo camina deprisa; la gente, seria, arreglada, vestida de colores oscuros; el paisaje de camino a casa, pardo, mustio, árido; las autovías de varios carriles, sin socavones, como alfombras grises, semivacías un domingo por la mañana.</p><p>—Esta gente no sabe que vienes. Les he invitado a un desayuno en casa. Van a flipar cuando te vean —dice Irene, sacándola de su recalibración.</p><p>—Tengo ganas de verlos a todos —se aventura a decir.</p><p>El desayuno sorpresa es un carrusel de emociones. En realidad, toda la semana lo es, a pesar de que restringe su agenda a familiares y amigos. No obstante, varias personas ajenas a ese círculo tratan de ponerse en contacto con ella. Gallardo es el más insistente; quiere verla antes de la declaración. Ana le da largas. Sabe que, si queda con él, la va a marear con todo lo que tiene que decir y lo que no tiene que decir y cómo lo tiene que decir… y ya está muy cansada de cálculos. No quiere más cálculos, solo quiere contar la verdad. Y punto.</p><p>La noche anterior a la comparecencia repasa mentalmente los hechos y se visualiza ante el juez. Apenas entra en un estado de duermevela. Esa es otra herencia de aquella época: el insomnio. El insomnio, las pesadillas, la desconfianza, la ansiedad, la paranoia, las pastillas. Por eso la declaración es tan importante. Puede que sea el principio del fin.</p><p>A la mañana siguiente, se arregla como en los viejos tiempos: se maquilla, se perfuma, se pone un pantalón de pinzas, una chaqueta, tacones y un bolso grande que le ha prestado una amiga para meter la carpeta con los documentos. El espejo le devuelve la imagen de una mujer segura de sí misma. ¡Hacía tanto tiempo que no se veía así! Está tan contenta que hasta se da el lujo de ir en taxi a los juzgados.</p><p>Visto desde la calle, el convento de las Salesas Reales, sede del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, es un edificio imponente. El estilo neoclásico de la fachada, armonioso y solemne, infunde confianza. Era ahí, piensa, era ahí adonde debería haber ido desde el principio, en vez de dar palos de ciego por parques, cafeterías y hoteles de mala muerte.</p><p>Tras cruzar el vestíbulo y pasar por el detector de metales, sube al segundo piso por la imponente escalinata de piedra. En los pasillos de la galería superior, se cruza con un hombre de mediana edad que sostiene unos papeles en la mano. El hombre la observa por encima de unas gafas de lectura. Ana se pregunta si será alguien de la trama. De muchos se conoce vida y milagros, pero sería incapaz de reconocer sus caras.</p><p>Al doblar la última esquina del cuadrilátero, frente a la puerta de la sala de vistas, se topa con la primera sorpresa: Pepe Iberia. Allí está él, sentado en una especie de sillón, leyendo El Mundo, igualito que siempre, impecablemente trajeado, con su cara alargada, su calva frontispicia y su bigotito a lo Aznar. Al cruzarse las miradas, sus minúsculas pupilas azules se dilatan como si hubiera visto al mismísimo diablo. Aun así, guarda las formas: se levanta, la saluda ceremoniosamente y le planta dos besos de esos tan suyos, humedeciéndole las mejillas.</p><p>—Pero ¿tú qué haces aquí? —pregunta sin poder disimular la sorpresa.</p><p>—Pues supongo que lo mismo que tú, solo que yo vengo a decir la verdad.</p><p>Al escuchar la respuesta, Pepe Iberia deja escapar su característica risa de conejo.</p><p>—En eso te equivocas. Yo también vengo a decir la verdad.</p><p>—Que nos conocemos, Pepe. No veo las carpetas por ningún lado.</p><p>Con gesto desconfiado, el concejal alza la vista, como si buscara alguna cámara en el techo. Pepe es un tipo retorcido y algo bocazas, pero hubo un tiempo en el que se llevaban bien, incluso muy bien. Él la había ayudado a entender algunas de las maniobras de Arturo, porque entre ambos se odiaban. El alcalde lo despreciaba públicamente y lo había degradado de concejalía. Por mucho que ahora fuera a testificar a su favor, en realidad lo hacía para salvar su propio culo. De cualquier manera, encontrárselo allí era un contratiempo; enterarse él era enterarse todo el mundo.</p><p>Cuando el concejal entra por fin a declarar, Ana se da cuenta de que le tiemblan las manos. Baja al claustro a fumar un cigarrillo e intentar calmarse. Aprovecha para llamar a Gallardo.</p><p>—Agustín, escucha, estoy aquí, en los juzgados. Me he encontrado con Pepe.</p><p>—¡Qué me dices!</p><p>—Lo que oyes.</p><p>—¡Joder! ¿Es que no hay nadie en este país que tenga dos putos dedos de frente?</p><p>—Escucha, tú me compraste el billete. Necesito que me cambies la vuelta.</p><p>—Claro.</p><p>—Si puedes para mañana.</p><p>—Lo intento, pero antes tengo que hablar contigo.</p><p>—No sé si voy a poder. Esta tarde ya he quedado con dos personas.</p><p>—Si puedo cambiar el billete, ¿te veo mañana en Barajas?</p><p>—Vale.</p><p>—Pues lo hacemos así.</p><p>—¿Agustín?</p><p>—Sí.</p><p>—Nada.</p><p>—Escúchame. Aguantas, ¿vale? Piensa que cuando termines se acaba tu pesadilla.</p><p>—Vale.</p><p>La declaración de Pepe es breve. Antes de la media hora, reaparece con una mueca burlona.</p><p>—Facilito —dice.</p><p>—Me alegro por ti.</p><p>Te parece si te espero y tomamos juntos el vermú?</p><p>—No puedo, he quedado con mis padres a comer. —Luego, pensándolo mejor, le finta—: Si quieres podemos quedar en Boadilla la próxima semana. Llámame el viernes y concretamos.</p><p>—¡Perfecto! Tengo que contarte un montón de cosas.</p><p>Pasado un rato, una voz de mujer grita su nombre desde el otro lado de la puerta. La sala de declaraciones no es el espacio blanco y aséptico que había imaginado; más bien recuerda al de una cafetería modernista, con columnas de hierro estriadas, arcos, tragaluces redondos y una grisalla de un carro tirado por caballos a lo largo de una de las paredes. Según se entra, a la derecha, hay una mesa larga y maciza; a continuación, varias hileras de sillas negras y, al fondo, el estrado, de madera tallada y con forma de U. Allí se sientan Antonio Pedreira, su ayudante —contratado a consecuencia del párkinson que padece el juez—, y la fiscal Concha Castell. En el interior de la U, una silla y un trípode con un micrófono esperan a Ana.</p><p>—Adelante, siéntese. —La voz del magistrado se diluye como un hilillo tembloroso en la amplitud de la sala. </p><p>Es una voz acorde con el cuerpo frágil y consumido que la emite. En las fotos de internet parece más joven. Pueden buscarlas. Desde que lo nombraran instructor del caso, a raíz de la inhabilitación del juez Garzón, varios artículos de prensa lo describen con un tono manifiestamente amable. Un diario conservador lo tilda de «antítesis de Garzón» y acompaña el reportaje con una foto en la que se ve al magistrado distendido, en una comida familiar. En otra, en blanco y negro, posa —fila de arriba, segundo por la derecha— en un equipo de fútbol de su Coruña natal: «El juez que pudo ser defensa del Deportivo»; y en una más reciente, se le ve saliendo de un taxi, sonriendo, con su pelo lacio y blanco repeinado hacia atrás. Obsérvenlo bien, ¿no les recuerda a Wojtyla?</p><p>—¿Es usted doña Ana Garrido Ramos?</p><p>—Sí.</p><p>—Señora Garrido, le agradecemos que haya venido a declarar desde tan lejos.</p><p>—No hay de qué, estoy encantada.</p><p>—Bien.</p><p>—Perdone, ¿podría decir algo antes de empezar? Es que, si no lo digo, reviento.</p><p>—Adelante.</p><p>—Lo primero, reiterar que estoy muy contenta de estar aquí, vaya eso por delante. Pero ahí fuera, en el descansillo, he tenido que soportar una situación muy desagradable.</p><p>—¿Desagradable en qué sentido?</p><p>—En el sentido de que me he encontrado con alguien con quien no me debería haber encontrado.</p><p>—¿Se refiere a otro declarante?</p><p>—Sí.</p><p>—Entiendo.</p><p>—Verá usted, yo pedí ser testigo protegido y me dijeron que no era posible, que esa condición solo aplicaba a los casos de terrorismo y tráfico de drogas. Ya se lo he contado muchas veces a la Policía. Recibo amenazas constantemente. Todo tipo de amenazas, incluso de muerte. No quería que nadie supiera que había venido a declarar y ahora lo va a saber todo el mundo.</p><p>—Entiendo, señora Garrido. —El juez susurra algo a su ayudante—. Queda constancia de su comentario en el acta. Veremos qué se puede hacer al respecto.</p><p>—Se lo agradezco.</p><p>—Muy bien. Ahora vamos a proceder con su declaración, ¿de acuerdo? ¿Está usted dispuesta a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?</p><p>—Sí.</p><p>—¿Tiene usted enemistad manifiesta con alguno de los imputados?</p><p>—¿A qué se refiere con «enemistad manifiesta»? ¿Quiere decir si les odio? Evidentemente sí, esa gente me ha destrozado la vida.</p><p>La fiscal, atenta, sale al quite.</p><p>—Eso lo entendemos. Lo que queremos saber es si está usted dispuesta a contar los hechos tal y como sucedieron.</p><p>—Sí, claro. Yo lo único que quiero es que la verdad se conozca y se haga justicia.</p><p>—Eso es lo que queremos todos —resuelve el juez—. Ahora le pido que se ciña con precisión a las preguntas que se le formulen.</p><p>La fiscal toma la palabra.</p><p>—¿Qué sabe usted de un dosier con información acerca del Ayuntamiento de Boadilla del Monte?</p><p>—¿Que qué sé? Todo, porque ese dosier lo hice yo.</p><p>—Pero no aparece su nombre.</p><p>—No lo incluí a propósito, para mantener mi anonimato, precisamente por lo que les comentaba antes.</p><p>—Ya veo. Entonces, ¿conoce usted al señor González Panero?</p><p>—Claro.</p><p>—¿De qué lo conoce?</p><p>—¿A Arturo? Es una larga historia.</p><p>—No se preocupe, tenemos tiempo de sobra.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Aug 2025 04:00:05 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Javier Bardón]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Ana contra Gürtel': la novela que se pregunta si la corrupción forma parte de nuestra identidad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Limpiezas traumáticas', la vida invisible de una persona sin hogar con síndrome de Diógenes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/limpiezas-traumaticas-hay-muerte-sindrome-diogenes_1_2039793.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2befa01b-6e3a-4731-9019-12b1e98ad4f5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Limpiezas traumáticas', la vida invisible de una persona sin hogar con síndrome de Diógenes"></p><p>Una <strong>casa cerrada</strong>. Un <strong>cadáver olvidado</strong>. Un pasado que nadie quiere recordar. Cuando una empresa especializada en <strong>limpiezas extremas </strong>entra en una vieja villa abandonada en <strong>San Sebastián</strong>, lo último que espera encontrar es un hombre degollado en medio del caos. Simón Aguado, una persona sin hogar con Síndrome de <strong>Diógenes</strong>, parecía <strong>invisible </strong>para todos... hasta que apareció muerto.</p><p>La <strong>oficial Carmen Arregui,</strong> entre comidas familiares, compañeros impertinentes y el peso de la rutina, se ve arrastrada a una <strong>investigación </strong>donde los márgenes de la sociedad, la memoria y la compasión se entrelazan. Porque cada objeto acumulado guarda una historia, y cada silencio, una sospecha.</p><p><a href="https://www.casadellibro.com/libro-limpiezas-traumaticas/9788410455351/17139857?srsltid=AfmBOoqt3wpypo0ZAMPe3_TVJRFbmA5g4ozY__yAffwWwxI0x0pNXHL7" target="_blank" ><em>Limpiezas traumáticas</em></a><em> </em>(<a href="https://alreveseditorial.com/" target="_blank" >AlRevés Editorial</a>, 2025) es una <strong>novela policiaca</strong> diferente, <strong>humana </strong>y afilada, donde el misterio se mezcla con la <strong>crítica social</strong>, y cada personaje —del poeta callejero a la <em>youtuber </em>octogenaria— tiene algo que decir.</p><p>Un nuevo caso para la oficial Carmen Arregui y sus compañeros de la <strong>brigada de Homicidios de la Ertzaintza, </strong>que llegará a las librerías el próximo 8 de septiembre, pero del que <strong>infoLibre </strong>adelanta en exclusiva un fragmento a continuación.</p><p>--------------------</p><p>Mientras esperaba al señor Rosell y a sus empleados, Carmen echó un vistazo a la página web de la empresa: «Limpiezas traumáticas Rosell». La primera imagen era de un campo de lavanda, algo que ella no hubiera asociado nunca a ese negocio. Supuso que era parecido a los anuncios de las compañías de seguros, que ponían niñas rubias trotando por un trigal en vez de presentar imágenes de muertos o accidentes. No había que asustar a la clientela. Había varias pestañas: casas okupadas, limpieza postincendio, limpiezas forenses, síndrome de Diógenes, síndrome de Noé. Le parecía un negocio singular y muy poco atractivo.</p><p>Jordi Rosell y su equipo llegaron antes de las cuatro. Lorena se ocupó de los dos trabajadores y Carmen, del dueño de la empresa. Fuentes e Iñaki querían hablar con la Policía Municipal y dar otra vuelta por el barrio en busca de información sobre Simón Aguado. Jordi Rosell parecía más tranquilo que por la mañana. Rechazó el café que le ofrecía Carmen y, cuando comenzó a hablar, el problema fue de la oficial para conseguir que se centrara en el caso que les ocupaba.</p><p>—Este es un oficio muy difícil, inspectora, ¡lo que no habré visto yo!</p><p>Carmen pasó por alto el cargo que le atribuía el hombre e intentó dirigir la conversación.</p><p>—Cuando visitó la casa para hacer presupuesto, ¿estaba más o menos igual que hoy?</p><p>—No, no. De <em>cap </em>manera. Hoy mucho peor. Y eso que casi no he mirado, porque me he quedado de pasta de boniato cuando he visto al hombre muerto, pero en nuestro oficio, ¿sabe?, uno ve las cosas, aunque no las mire. O sea, que solo de un vistazo ya me he dado cuenta de que estaba todo patas arriba.</p><p>—Pero a usted ya le contrataron porque el hombre había metido mucha basura en la casa, ¿no?</p><p>—Sí, pero cuando yo lo vi lo tenía todo en <em>pilonets</em>. Vamos, todo basura, pero con un cierto orden, como si el hombre apreciara sus cosas. Hoy estaban los cajones volcados y todo por el suelo. El día que fui yo, no. Por ejemplo, la ropa la tenía doblada. Encima de una silla y bastante sucia, pero doblada. Hoy estaba por el suelo. Yo es que estas cosas tengo un ojo especial. Y tampoco se crea que he estado toda la vida trabajando de esto, no señora, digo inspectora, no. Yo tenía un buen trabajo de comercial en Sabadell. Sábanas y toallas, de las buenas. Pero aquello se fue a hacer puñetas. Ya me dirá usted, con cincuenta y tres años, ¿quién me iba a contratar? Mi mujer, Olatz se llama (por la patrona de Azpeitia, que ella es de allí), me dijo: «Pues mira, Jordi, nos volvemos para allá, que tenemos la casa que nos dejaron mis padres y montamos algo».</p><p>Ella es muy lista y muy trabajadora. Estuvo unos años de limpiadora en el aeropuerto de Barcelona, pero también recortaron personal. Así que pedí que me pagaran todo el paro y montamos la empresa: Limpiezas Rosell. Se vinieron a trabajar dos primas de la Olatz y, bueno, íbamos haciendo. Pero tuvimos la suerte de que nos llamaran para limpiar un piso de una señora que se murió y tardaron en encontrarla y, claro, nadie quería ir, porque no es plato de gusto, ¿oi que me entiende? Pero yo pensé: si con este negocio nos ponemos <em>llepafils</em>, apaga y vámonos.</p><p>Carmen, aturdida por la verborrea del hombre, no pudo evitar preguntar:</p><p>—¿<em>Llepafils</em>?</p><p>—Sí, tiquismiquis. Es que cuando estoy nervioso me sale más el catalán. Bueno, pues lo acertamos, porque luego nos llamó una trabajadora social porque tenían una señora que vivía con trece gatos y la habían llevado a una residencia y había que limpiar aquello. Síndrome de Noé lo llaman, ¿sabe? Peor que lo de la muerta, no le digo más. Y ya nos especializamos, también hacemos portales y limpiezas normales, pero esto es lo que más nos cunde porque somos pocos.</p><p>Carmen se levantó. No veía otra forma de terminar la entrevista con aquel hombre y no pensaba arriesgarse a preguntar nada más. Si requería de más información que tuviera que venir de ese individuo, se lo encargaría a Fuentes. Le rogó que esperara fuera un momento para firmar la declaración y cuando se quedó sola respiró hondo.</p><p>Al momento entró Lorena con la declaración firmada de Édgar Mendoza y Luis Carlos Zambrano, los empleados de Limpiezas Rosell. Apenas habían añadido nada a su testimonio de la mañana. En la primera visita a la casa, ellos no estaban presentes, esas cosas las hacía su jefe solo. Y por la mañana, fue apenas un vistazo. El señor Rosell se demoró quizás un minuto más. Edgar, el empleado de más edad y con más experiencia, sí reparó en que había muchas cosas tiradas de cualquier forma, pero lo achacó a que quizás el hombre se había peleado con alguien o estaba borracho y se puso a arrojar todo al suelo.</p><p>Carmen resumió la declaración de Rosell y se la entregó a Lorena para que se la diera a firmar. Prefería evitar otro contacto con el hombre.</p><p>Fuentes e Iñaki llegaron a media tarde. Con los vecinos no habían tenido más suerte que por la mañana. Un par de personas creían haberlo visto pasar con un carrito, pero nadie había hablado con él o lo había visto entrar en la casa.</p><p>—Los municipales sí lo conocían —dijo Fuentes—. Tienen registrados a todos los que viven en la calle u <em>okupan </em>casas. También conocen a los vecinos, los <em>okupas</em>. Dicen que ahí hay mucho movimiento de gente.</p><p>—Sí, de Simón Aguado dicen que era un hombre pacífico —añadió Iñaki—. No era de los que se emborracha y se mete en peleas. Vivió un tiempo en un garaje alquilado en Sagüés. Por lo visto, cobraba algún tipo de pensión o de ayuda y con eso pagaba el alquiler. Los vecinos se quejaron por los olores y lo echaron. Durmió un tiempo en la calle y ahora le habían perdido la pista, no sabían que estaba en Villa Atsedena. Dicen que las que más sabrán del sujeto serán las trabajadoras sociales del ayuntamiento.</p><p>—Vamos a empezar a llamar a la víctima por su nombre: Simón Aguado —puntualizó Carmen.</p><p>Iñaki asintió enrojeciendo.</p><p>—Como quiera, jefa —dijo Fuentes—. Si quiere hasta le podemos llamar ilustrísimo. No va a estar ni más vivo ni más muerto.</p><p>Carmen se contuvo, pero decidió que al día siguiente ella volvía a hacer pareja con Lorena. Si los jóvenes de su equipo querían estar juntos, que se fueran de cañas después del trabajo. Fuentes solo se podía soportar en pequeñas dosis.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 Aug 2025 04:01:03 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Laura Balagué Gea]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Limpiezas traumáticas', la vida invisible de una persona sin hogar con síndrome de Diógenes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Convencer o morir', el peligroso arte de la política en la época dorada de la China antigua]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/convencer-morir-peligroso-arte-politica-epoca-dorada-china-antigua_1_2035569.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8ca58ca5-82d9-4706-bda1-baa69f49adbc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Convencer o morir', el peligroso arte de la política en la época dorada de la China antigua"></p><p>A lo largo de la <strong>convulsa historia de China</strong>, los consejeros políticos —figuras de sabiduría y sacrificio— se debatieron entre el arte de la <strong>palabra </strong>y el riesgo <strong>mortal </strong>de su oficio. En <em><strong>Convencer o morir </strong></em>(<a href="https://arpaeditores.com/" target="_blank" >Arpa Editores</a>, 2025)<em>,</em> que <strong>acaba de llegar a las librerías</strong>, Juan Luis Conde nos invita a descender a ese fascinante mundo de intrigas cortesanas, <strong>luchas dinásticas</strong> y la persistente tensión entre la persuasión y la <strong>violencia</strong>.</p><p>El autor, <strong>clasicista</strong>, traductor y ensayista de referencia, ofrece un relato <strong>hipnótico </strong>que ilumina el papel crucial de los consejeros: <strong>shì </strong>itinerantes que, con la palabra como única arma, se enfrentaban a reyes <strong>caprichosos </strong>y soberanos <strong>despóticos</strong>. Desde la figura trágica de <strong>Yi Yin</strong>, el cocinero convertido en estratega, hasta el refinado arte de la disuasión en la corte de los <strong>Reinos Combatientes</strong>, esta obra revela la potencia <strong>retórica </strong>como herramienta de resistencia y como teatro de poder.</p><p>En un tiempo en que la retórica política aún resuena en las decisiones de los gobiernos <strong>contemporáneos</strong>, este libro traza un puente entre la retórica de ayer y la política de hoy, proponiendo una lectura tan <strong>rica en saber</strong> como comprometida con el presente. Un <strong>viaje fascinante</strong> a la China antigua para descubrir cómo se forjaron las estrategias de <strong>persuasión </strong>política más sutiles y peligrosas de la historia.</p><p>---------------------</p><p>La época era un hervidero de ideas y de armas. Las armas se combatían entre sí y las ideas pretendían impedirlo. Para ello tenían que derrotar a las propias armas, grave asunto. En Roma, Cicerón se hizo famoso por exclamar: "¡Que las armas se rindan a la toga!" Quería decir que los guerreros debían obedecer a un gobierno civil. La Crónica del Señor Lü nos permite asistir a un episodio del enfrentamiento, a la china, entre la toga y la espada, entre la sabiduría y la fuerza.</p><p>La anécdota nos presenta así el esfuerzo evangelizador de los shì, los caballeros-filósofos, que pretenden inculcar los principios morales de Confucio o la idea pacifista del «amor universal» de Mozi, en los que se han formado, a quienes no quieren saber nada de buenismo. Nos presenta de nuevo al auditorio más difícil: el que no quiere oír. Por consiguiente, vuelve a repetirse el planteamiento indirecto, con su aparente respeto a la exigencia fundamental de ese auditorio: no hablar de lo que el poderoso no quiere ni oír hablar. La escena discurre esta vez en el estado de Song, bajo el rey Kang, quien ocupó el trono entre el año –328 y el –286. El protagonista es el astuto consejero Hui Ang:</p><p>Hui Ang tenía audiencia con el rey Kang de Song. El rey Kang dio un enérgico pisotón en el suelo, carraspeó y le espetó:</p><p>—Lo que a mí me gusta son hombres con coraje y fuerza, no humanistas y moralistas. ¿Sobre qué pretende aleccionarme nuestro huésped?</p><p>Hui Ang respondió:</p><p>—Supongamos que poseo el método para que una persona, por coraje que tenga, no consiga atravesarte cuando</p><p>intenta apuñalarte ni, por fuerte que sea, acierte cuando intenta atacarte. ¿No estaría Vuestra Majestad interesado en conocerlo?</p><p>—¡Estupendo! —dijo el rey—. Eso es lo que quiero escuchar.</p><p>Dijo Hui Ang:</p><p>—Pero, aunque el agresor no consiga atravesarte cuando te apuñala ni acertar cuando te ataca, es capaz todavía de humillarte. Poseo el método para que, por coraje que tenga, ni siquiera se atreva a apuñalarte ni, por fuerte que sea, se atreva siquiera a atacarte. ¿No estaría Vuestra Majestad interesado en conocerlo?</p><p>—¡Estupendo! —dijo el rey—. Sobre eso sí que quiero saber.</p><p>Dijo Hui Ang:</p><p>—Pero, aunque esa persona no se atreva a apuñalarte ni se atreva a atacarte, eso no significa que no tenga la intención. Poseo el método para conseguir que la gente no albergue siquiera esa intención. ¿No está interesado Vuestra Majestad en eso?</p><p>—¡Estupendo! —dijo el rey—. No espero otra cosa.</p><p>Dijo Hui Ang:</p><p>—Pero, aunque la gente no tenga esa intención, puede que en su corazón no sienta aún amor hacia los demás y voluntad de hacer el bien. Poseo el método para lograr que todos los hombres y mujeres del mundo sin excepción deseen fervientemente sentir amor y hacer el bien. Eso es, sin duda, mejor que tener coraje y fuerza, superior en cuarto grado. ¿No estaría Vuestra Majestad interesado en eso?</p><p>Respondió el rey:</p><p>—Es precisamente lo que quiero conseguir.</p><p>Hui Ang repuso:</p><p>—Pues eso es lo que enseñan Confucio y Mozi. Confucio y Mozi no eran soberanos de territorios ni tenían funcionarios a su servicio, y sin embargo todos los hombres y mujeres del mundo estiraban el cuello y se empinaban esperando sus atenciones y beneficios. Hoy día, Vuestra Majestad es el dueño de diez mil carros: si tuviera esa misma aspiración, entonces todos dentro de las cuatro fronteras disfrutarían de sus beneficios y Vuestra Majestad sería mucho más grande que Confucio y Mozi.</p><p>El rey de Song no supo qué contestar y Hui Ang se apresuró a salir.</p><p>—¡Qué argumentación! ¡Cómo me ha obligado a admitirla nuestro invitado! —confesó el rey a sus cortesanos.</p><p>Al comienzo y al final de la anécdota, el rey Kang da a Hui Ang el tratamiento de kè 客: invitado, huésped o forastero. En otras palabras, reconoce en él a uno de los sabios itinerantes (los yóu shuì) que venían tratando de impresionarle para que les contratase. El encuentro debió de tener éxito para Hui Ang, porque se le conoce precisamente como consejero de este rey cuya resistencia venció sin enfrentarse directamente a ella en ningún momento.</p><p>El rey está caracterizado aquí, desde el principio, como un tipo enérgico y zafio, de modales bruscos y violentos, muy poco dispuesto a escuchar los sutiles razonamientos que presupone en Hui Ang, a quien precede la fama de los consejeros, educados en las tradiciones escolares fundadas por los grandes maestros del período Primavera y Otoño. Eso que presume el rey con lo que viene a sermonearle Hui Ang se denomina en el original rén yì 仁义, buena voluntad y justicia, virtudes que predicaban estas escuelas. Las traducimos como "humanistas y moralistas" para actualizar el alcance de su significado y ajustarlo al punto de vista del rey.</p><p>Desde su sitial, la actitud del rey de Song es agresiva, desafiante, exhibe un desprecio sin paliativos por esa cultura sapiencial. Semejante actitud de partida añade valor al logro final de Hui Ang, quien ha obligado a tan reticente personaje a aceptar que con la «moralina» de los grandes filósofos puede obtenerse lo que no consigue el recurso a la fuerza: no ya prevenir y derrotar los ataques, sino sencillamente hacer imposible que se produzcan. Hui Ang defiende la educación pública como la mejor guerra preventiva contra la guerra.</p><p>Para desarrollar su estrategia argumentativa y por encima de todo, Hui Ang respeta las expectativas e intereses del soberano («Eso es lo que quiero escuchar», corrobora él). El ingrediente de simulación o distracción que vimos en la estrategia de Chu Long vuelve a estar aquí presente, pero, en lugar del mecanismo de disociación y reasociación de las identidades de la regente que plantea el General de la Izquierda, aquí el «nudo» que permitirá apretar el lazo argumentativo y atrapar en él a su interlocutor radica en la ambigüedad de una palabra clave, dào 道.</p><p>Este concepto se ha transcrito tradicionalmente como tao y es un instrumento fundamental del pensamiento chino clásico. Lo traducimos aquí como «método», aprovechando la conexión etimológica de esta palabra de origen griego con la idea de «camino», que también está en el espectro original de significados de la palabra china. </p><p>Sin embargo, en el ámbito de la filosofía china, la palabra dào, sobre la que se construye una de las grandes corrientes del pensamiento chino, el taoísmo, tiene fama de esquiva y elusiva. En el Daodejing (o Tao te ching), el texto fundacional de esa corriente y atribuido a Laozi (Lao Tse), dào se define ni más ni menos que como lo indefinible. </p><p>Hui Ang explota esa célebre vaguedad e imprecisión del vocablo o, si se prefiere, su capacidad de evocación. Puesto que se habla de combatir la violencia, esa palabra puede sugerir en la mente de Kang un sistema defensivo: una nueva táctica, una nueva arma o incluso un conjuro mágico. Esa ambigüedad calculada permite que Hui Ang mantenga al rey dentro de lo que «quiere escuchar» mientras lo prepara para aceptar lo que no quería oír desde el principio.</p><p>Hablando de fuerza y de violencia, no de moral y de virtud, consigue que el rey admita que, si las doctrinas de Confucio y Mozi se instalasen en los corazones de la población (objetivo último de Hui Ang y precisamente la prédica contra la que estaba prevenido el monarca), eso significaría una victoria «superior en cuarto grado» contra los enemigos del rey. El «método» que ofrece el consejero va ganando propiedades a cada nueva intervención. No se trata ya de hacer que fracasen los ataques potenciales que se perpetren contra el rey Kang (victoria en primer grado), o de que sus enemigos no se atrevan a atacarle (segundo grado), o —mejor todavía— de que ni siquiera tengan interés en hacerlo (tercer grado): mucho más seguro y eficaz que todo eso es que incluso sientan afecto y amor hacia él, voluntad de protegerle. El «método» defensivo más eficaz y poderoso, más que los arcos y las flechas, es la educación moral y la cultura de la paz. Esa es la garantía más firme de la derrota del enemigo.</p><p>Esta misma anécdota aparece en otras obras de la Antigüedad china con algunas variantes. Es curioso que ninguna de las versiones alternativas recoja las repetitivas y entusiastas respuestas del rey («¡Estupendo!») a cada proposición de Hui Ang. Resulta evidente que el narrador de la Crónica del Señor Lü ha elegido presentar el episodio sobredimensionando el diálogo allí donde las otras versiones incluyen una sola interrupción del rey partiendo en dos un monólogo de Hui Ang relativamente extenso.</p><p>Este narrador, en cambio, ha optado por una presentación interactiva, una construcción pendular donde la conversación avanza a base de preguntas y respuestas: a cada intervención, pequeñas modificaciones de gran valor significativo por parte de Hui Ang obtienen una réplica mecánicamente igual por parte del rey Kang. De este modo, el narrador de la Crónica parece dibujar una esgrima envolvente, gracias a la cual el rey está —sin que pueda sospecharlo— cada vez más acorralado. En su versión, Hui Ang consigue la victoria persuasiva final no de un golpe, sino gradualmente: cada uno de los cuatro pasos argumentativos que admite Kang es una victoria parcial del shì, un asalto ganado. Y, al revés, cada "¡Estupendo!" del rey Kang constituye, irónicamente, una derrota por puntos.</p><p>No menos significativo resulta el hecho de que en ninguna de las versiones alternativas aparece la coda con la que se remata aquí la anécdota: El rey de Song era un soberano mediocre, pero su corazón podía aún ser convencido con la técnica yīn del «apoyo». Con ese arte, el pobre y humilde puede superar al rico y noble, el pequeño y débil puede controlar al fuerte y poderoso.</p><p>A diferencia de esos otros narradores, el responsable de esta versión era un rétor, un profesor de retórica, y quiso, evidentemente, subrayar el interés didáctico del episodio: ejemplificar la táctica persuasiva que denomina yīn 因 (la técnica del «apoyo») y su fuerza. Esa fuerza está clara y contundentemente recogida en las líneas finales, que son un verdadero sumario del secreto que la retórica clásica china pretende ofrecer a quien se interna en ella: un arma con la que el débil puede derrotar al fuerte, el subalterno al superior, el dominado al dominante. </p><p>La reivindicación del contrapoder que concede la retórica al oprimido, enarbolada aquí con orgullo, permite entender con claridad por qué la ortodoxia imperial china tuvo históricamente poco interés en difundir estos tratados. ¡Al Primer Emperador no le hubiera gustado en absoluto que este secreto se divulgara!</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 Aug 2025 04:00:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Luis Conde]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Convencer o morir', el peligroso arte de la política en la época dorada de la China antigua]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA['Centauros del Rif', el libro que rescata un episodio épico y olvidado de la guerra de Marruecos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/centauros-rif-episodio-epico-olvidado-guerra-marruecos_1_1860744.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/eca20a2e-73b4-41e9-bc65-c08340d1db7a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Centauros del Rif', el libro que rescata un episodio épico y olvidado de la guerra de Marruecos"></p><p>Toque de carga. Y el regimiento de caballería Cazadores de Alcántara número 14 responde de inmediato a la llamada. En <strong>plena retirada de Annual,</strong> lo que queda del ejército español del general Silvestre es hostigado por las tribus rifeñas de Abd elKrim. Por el camino, y en cada estación, miles de cuerpos se pudren bajo el ardiente sol del desierto. <strong>Monte Arruit </strong>es la única salvación posible para los españoles, pero para ello deben cruzar el río Gan, donde los espera el enemigo atrincherado, sediento de sangre y venganza.</p><p>Junto al líder del Alcántara, el teniente coronel <strong>Fernando Primo de Rivera, c</strong>abalga un testigo de excepción:<strong> Luis Codrán. </strong>Como periodista, su obligación es narrar la crónica de la jornada. Todos y cada uno de los hombres tiene un deber en la carga de caballería que está por venir. Y nadie, ese 23 de julio de 1921, puede mostrar cobardía.</p><p>Aventura de tintes épicos y trágicos David Gómez rescata en <em>Centauros del Rif,</em> su segunda novela, un episodio olvidado de la guerra de <strong>Marruecos</strong>. Con exquisita delicadeza narrativa, y una mezcla casi perfecta de ficción y realidad, es esta una historia de lealtad, valor, amor, muerte y amistad.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta un extracto de esta novela histórica que llega a las librerías este mes de septiembre de la mano de la editorial <a href="https://www.edhasa.es/" target="_blank" >Edhasa</a>.</p><p>----------</p><p><em><strong>Madrugada del 22 de julio, 1921. Campamento Annual, a 107 km de Melilla</strong></em></p><p>Despertar de la pesadilla no siempre significa regresar a un lugar confortable, cómodo y seguro. La realidad puede ser más oscura, tenebrosa y mortal que el más terrible y angustioso sueño que hayamos tenido. Porque, en ocasiones, por mucho que corras, no puedes escapar.</p><p>No fueron los gritos agonizantes de los <strong>soldados </strong>luchando por su vida o muriendo <strong>acuchillados </strong>en plena batalla, ni los ya familiares sonidos de las descargas de fusil impactando en los sacos terreros, sino el estruendo de las balas de cañón sobre el terreno árido y pedregoso de Igueriben lo que despertó bruscamente al joven. Se incorporó sobresaltado y, durante unos angustiosos segundos, miró a su alrededor con la respiración agitada. Al fin, suspiró. Se encontraba en un lugar distinto de todo aquel <strong>infierno onírico aparentemente ficticio</strong>. Más calmado, se tumbó de nuevo en el camastro, aunque sin dejar de mover la cabeza de un lado para otro, tal vez, intentando olvidar lo sufrido para negar la terrible realidad.</p><p>	–Tranquilo, estás a salvo, todo ha pasado.</p><p>Una voz femenina le hizo abrir los ojos de nuevo. Por un momento creyó que se encontraba en <strong>Madrid</strong>, en su casa. </p><p>	 –Procura descansar. Bebe esto –dijo ella.</p><p>Y aquel instante, aquel fugaz momento de felicidad, desapareció como el relámpago que refulge en la tormenta para enseguida extinguirse y volver a la oscuridad.</p><p>La mujer, sentada junto al <strong>catre</strong>, acercaba a los labios resecos y agrietados de un desconcertado Codrán una cuchara con la sopa que, humeante aún, llenaba un cacillo colocado sobre una caja de madera.</p><p>           –Despacio, no quiero que te suceda como a otros…</p><p>           –¿Quién es usted? –preguntó con recelo.</p><p>           –Una amiga.</p><p>           –¿Qué les ha pasado a los otros? –se interesó, fatigado.</p><p>           –Llegaron al campamento exhaustos y sedientos, bebieron agua hasta reventar... <strong>Los pobres han muerto… </strong>Lo lamento de veras. Te llevarán a <strong>Melilla</strong>. Varios heridos ya han salido en los camiones, y en poco tiempo tú también marcharás en un «rápido», con una escolta de caballería. El viejo no quería dejarte ir hasta saber que estuvieras bien.</p><p>	–¿Qué día es? ¿Qué hora es? –Codrán, desorientado, trataba de ubicarse.</p><p>	–Pues es temprano o tarde..., según se mire –respondió ella, indolente.</p><p>	–No entiendo... ¿Qué ocurre? –insistió Codrán.</p><p>	–El campamento está rodeado. Manolo… El general Silvestre y los demás oficiales están reunidos –explicó al fin la mujer mientras le ofrecía otra cucharada–. Seguramente estarán decidiendo qué hacer<strong>: pelear y morir o correr y morir. </strong>Absurdo. ¿No crees?</p><p>	–¿Absurdo?</p><p>	–Todo esto –dijo, pensativa–. La <strong>guerra</strong>, el poder, la vida...</p><p>Codrán sintió una urgencia repentina por ver a Silvestre; debía hablar con el general. Intentó incorporarse, pero al momento se dio cuenta de que todo el cuerpo le dolía, como también la garganta, le quemaba cada vez que tragaba el líquido que aquella misteriosa mujer le daba. </p><p>           –Espera, no debes moverte. Tienes que descansar. Todo ha terminado para ti, pronto estarás en casa –susurró ella, impidiendo que se levantara.</p><p>           –¿Terminado? Esto no ha hecho más que empezar. Debo ver a Silvestre, él me conoce, soy amigo de su hijo, de Bolete<em> </em>–protestó<em>.</em></p><p>           –El <strong>general</strong>, como te he dicho antes, está reunido con los oficiales y no atiende a nadie. Ni a ti, ni a mí. Sé de lo que hablo, muchacho. Silvestre sólo escuchará a Silvestre –se lamentó–. Bebe, debes reponer fuerzas. </p><p>	La mujer le dio otra cucharada de sopa.</p><p>	–¿Qué hora es? ¿Dónde está mi camisa? –insistió el joven.</p><p>	Ella, al ver imposible que se tomara la sopa, dejó el cazo sobre la caja.</p><p>	–Tu camisa, o lo que quedaba de ella, está ahí colgada. –Señaló entonces el mástil de la tienda cónica–. Te la quitaron los enfermeros para poder limpiarte y refrescar tu cuerpo. Ahí tienes una camisa limpia del oficial que se aloja en esta tienda y... Bueno, si tanto te interesa saberlo –la mujer se levantó y cogió un reloj que había en una mesa–, toma, es tuyo, tú mismo puedes verlo. –Se sentó de nuevo y tomó el cacillo de sopa.</p><p>Luis sintió una <strong>punzada </strong>en el corazón al notar entre sus manos aquel reloj de bolsillo Omega. Su padre se lo había dado en la estación de <strong>Atocha </strong>el día de su partida a Melilla, y eran demasiados los recuerdos: su padre, Benítez, sus camaradas de Igueriben, su madre con ojos llorosos aquella mañana en el andén... Abrió la tapa de plata, rozada y ya sin brillo, y vio la hora.</p><p>	–Las cinco..., las cinco de la madrugada. ¿Cuánto he dormido?</p><p>Pero la mujer no tuvo tiempo de contestar, porque en ese momento el coronel Morales, <strong>jefe de la Policía Indígena</strong>, irrumpió en la tienda. En cuanto oyó el roce de levantar la lona que cubría la entrada, ella se giró, sobresaltada.</p><p>	–Por fin te encuentro.</p><p>	–Hola, viejo –contestó la mujer con desgana.</p><p>           –El general quiere verte –indicó Morales.</p><p>	–Lo estaba esperando –repuso con voz cansada. Se levantó, no sin antes poner un trozo de tela empapada en agua en la frente del joven–. Suerte, chico. Ha sido un placer conocerte –se despidió, algo aliviada por separarse al fin de aquel enfermo tan difícil.</p><p>	Al pasar junto a Morales, junto a la entrada, apoyó la mano en el hombro del militar y le dio un beso en la mejilla.</p><p>	–Ten cuidado,<em> </em>viejo<em>.</em></p><p>El hombre asintió con afecto. Se miraron por unos instantes, y finalmente, ella, tras un par de toques suaves en el hombro de Morales, se marchó.</p><p>	–<strong>Idiotas </strong>–dijo cuando dejó caer la lona tras de sí al salir de la tienda.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 31 Aug 2024 17:44:28 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[David Gómez]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Centauros del Rif', el libro que rescata un episodio épico y olvidado de la guerra de Marruecos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA['Aventuras en democracia', el ensayo que nos recuerda la responsabilidad política que tenemos cada uno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/aventuras-democracia-turbulento-mundo-popular_1_1860678.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8fc44af3-d384-48b6-bfb8-d3a97bcfa01b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Aventuras en democracia', el ensayo que nos recuerda la responsabilidad política que tenemos cada uno"></p><p>La democracia es algo vivo, que respira. Y Erica Benner ha pasado toda una vida pensando en el papel que juegan los ciudadanos comunes para mantenerla viva: desde su infancia en el Japón de la posguerra, donde la democracia fue impuesta en un país vencido, hasta trabajar en la Polonia postcomunista, con sus repentinas brechas de riqueza y seguridad. Este libro se basa en sus experiencias personales y en un exhaustivo recorrido histórico para replantear algunas de las preguntas más difíciles que enfrentamos hoy en día.</p><p>Desafiando los mitos bien trillados del triunfo heroico sobre la tiranía, Benner revela las vulnerabilidades inevitables del poder del pueblo, invitándonos a considerar por qué vale la pena luchar por la democracia y el papel que cada uno de nosotros debe desempeñar.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta un extracto de este título, que llegará el <strong>10 de septiembre</strong> a las librerías de la mano de la editorial <a href="https://www.planetadelibros.com/editorial/editorial-critica/1" target="_blank" >Crítica</a>.</p><p>-------</p><p><strong>¿Se pueden unir las señoras al club?</strong></p><p>En casi todas las democracias actuales, plenas o imperfectas, hay amplios sectores de la clase dirigente para los que el <strong>feminismo </strong>y otros tipos de <strong>igualdad </strong>de género forman parte de una estrategia para <strong>corromper </strong>a la sociedad y dividir al <em>demos </em>en fragmentos subdemocráticos obsesionados por la identidad. Aproximadamente la mitad de las personas que conozco dicen que las mujeres y las personas no blancas alcanzaron la igualdad cuando consiguieron el voto y otros derechos políticos. Afirman que las nuevas luchas por una igualdad aún mayor ponen en peligro la democracia. Al reclamar más para las mujeres y otras «minorías» menos favorecidas, estas nuevas luchas sobrepasan todo tipo de límites y usurpan la parte de la igual libertad que les corresponde a los <strong>hombres blancos. </strong>Los que dicen esto no son todos hombres blancos viejos. Muchos son jóvenes. También hay algunas mujeres. Como las democracias se desmoronan cuando uno se limita a ignorar las opiniones que chocan con las suyas, y como muchos de los que sostienen esto son buenos amigos míos, quiero tratar de entender de dónde viene.</p><p>Si la igual libertad y un <strong>amplio reparto del poder</strong> son los principios más básicos de la democracia, los primeros gobiernos populares de los que se tiene constancia no fueron verdaderas democracias. Eran <strong>monopolios esclavistas masculinos</strong>. Y lo mismo es válido para la mayoría de las democracias a lo largo de la historia: enclaves democráticos patriarcales dentro de un mundo patriarcal más amplio que frustraba cualquier intento de compartir el poder con el segundo sexo. La República de <strong>Córcega </strong>concedió el voto a las mujeres en 1755, pero fue anulado en 1769 cuando los franceses se anexionaron el país insular. Cuando Francia se convirtió en una república cruzada veinte años más tarde, sus dirigentes rechazaron las peticiones de extender <strong>la </strong><em><strong>liberte</strong></em><strong>, la </strong><em><strong>egalite </strong></em><strong>y la </strong><em><strong>fraternite </strong></em>a las personas con útero.<strong> Nueva Jersey</strong> retiró el derecho a voto a las mujeres en 1807, tras habérselo concedido en 1776.</p><p>Ese mismo año revolucionario, <strong>John Adams,</strong> uno de los padres fundadores de Estados Unidos, recibió una carta de su esposa Abigail en la que le instaba a que «te acuerdes de las damas y seas más generoso y favorable con ellas que tus antepasados». Y le amenazaba, quizá con ánimo juguetón, aunque quién sabe, con que, de no ser así, «estamos decididas a fomentar una <strong>rebelión </strong>y no nos someteremos a ninguna ley en la cual no tengamos ni voz ni representación». John respondió: «<strong>No puedo dejar de reír</strong>». Le informaba a su esposa de que los aires revolucionarios estaban creando agitación en todas partes y que se decía que «los niños y los aprendices eran desobedientes... las escuelas y los colegios se volvían turbulentos... los <strong>indios </strong>despreciaban a sus guardianes y los <strong>negros </strong>se habían vuelto insolentes con sus amos». Solo la mano firme del hombre (blanco) podría poner orden en el caos. «Tenlo por seguro. Sabemos hacer algo mejor que derogar nuestros sistemas masculinos.»</p><p>El primer país en aprobar el derecho a voto para todas las mujeres fue <strong>Nueva Zelanda, en 1893</strong>. Poco a poco, con muchos titubeos y duras batallas callejeras, protestas, encarcelamientos, intimidaciones y humillaciones, lo irían siguiendo otros. En 1906, <strong>Finlandia </strong>se convirtió en el primer país europeo en conceder el derecho a voto a las mujeres y el primero del mundo en otorgar a todos los hombres y mujeres el derecho a voto y a presentarse a las elecciones; un año más tarde, los pioneros finlandeses eligieron a las primeras mujeres parlamentarias del mundo. En el otro extremo del espectro del progreso, <strong>Suiza</strong>, una de las democracias más longevas, no reconoció el sufragio femenino a nivel federal hasta 1971, mientras que el cantón suizo de Appenzell Innerrhoden, architradicionalista, no lo hizo hasta 1991.</p><p>En vista de sus audaces eslóganes igualitarios, cabría esperar que la democracia fuera mucho más favorable a la <strong>igualdad </strong>de género que otras formas de gobierno, pero la historia nos cuenta que no es algo tan sencillo. La idea de que los hombres son más aptos que las mujeres para gobernar está profundamente arraigada en el manual de la democracia. Comienza cuando Teseo secuestra y mata a las reinas guerreras amazonas, un feminicidio fundacional que se convirtió en un motivo de orgullo en los mitos democráticos de <strong>Atenas</strong>, ya que demostraba que los hombres habían conseguido el monopolio del poder de forma limpia, tras una prueba de fuerza física y astucia. Tras haber puesto en su lugar a las mujeres mortales, el poder femenino adquirió una forma más abstracta y divinizada: una estatua de bronce de Atenea, diosa de la guerra y la justicia, se alzaba sobre la <strong>Acrópolis </strong>como protectora de la incipiente democracia. Sin embargo, la divinidad tutelar de Atenas les ahorró a las mujeres de carne y hueso la carga de compartir el poder en la <em>polis</em>, dejándolas libres para hacer lo que los mortales más alaban de su sexo: agradar, salvaguardar su virginidad hasta el matrimonio, dar a luz a los hijos de su marido (¡y de nadie más!) y llevar una casa.</p><p>La historia fundacional de la República de <strong>Roma </strong>también incluye un acto de violencia machista contra una mujer. Esta vez, sin embargo, nuestros héroes estuvieron del lado de la mujer. Se trataba de un grupo fraternal de nobles que pusieron fin a la degenerada monarquía de Roma después de que el hijo del rey Tarquinio violara a una noble, Lucrecia, quien se suicidó por vergüenza. El relato presentaba a la nueva república como un <strong>protectorado masculino</strong> de las mujeres vulnerables. También servía como disculpa tardía por la violencia desenfrenada contra las mujeres en la primera fundación de Roma.</p><p>La leyenda cuenta que <strong>Rómulo</strong>, uno de los gemelos fundadores, era un supermacho alfa <strong>secuestrador </strong>y <strong>violador </strong>que hacía que el ateniense Teseo pareciese un caballero. Tras cometer un acto fratricida fundacional, asesinar a su hermano gemelo <strong>Remo</strong>, que no había hecho nada malo salvo aguardar a tener su parte en la dirección del gobierno, Rómulo convenció a su variopinta banda de delincuentes, piratas y matones para que secuestraran en masa a las mujeres de la tribu de los sabinos. «Si no lo hacemos, nos extinguiremos pronto, así que venga, muchachos, ¡coged una chica y procread», tal fue su razonamiento. Para cuando varios siglos más tarde llegaron los vengadores de Lucrecia y pusieron a Roma en la senda de un gobierno más democrático, el <strong>machismo </strong>ya estaba bien asentado en la sociedad y la política romanas.</p><p>Cuando empecé a aprender sobre estas cosas en la escuela, me preguntaba si el <strong>nacimiento de la democracia fue algo bueno para las mujeres o no.</strong> La democracia ateniense acabó con el monopolio político de los <strong>ricos </strong>sobre los <strong>pobres </strong>y de los <strong>tiranos </strong>sobre todos, pero mientras ponía a unos 40.000 hombres de todas las clases al frente del gobierno, las mujeres quedaban peor que excluidas: a las atenienses de clase acomodada se las encerraba en casa, se casaban jóvenes y se las mantenía alejadas de los deportes y de los asuntos de la guerra. Sus hermanas de <strong>Esparta</strong>, el principal rival griego de Atenas y su enemigo acérrimo durante la guerra del Peloponeso, lo tenían mejor. Esparta no era una democracia, sino una oligarquía militar gobernada por unos 3.000 ciudadanos varones altamente adiestrados como guerreros.</p><p>Sin embargo, las mujeres de estas familias dirigentes también se entrenaban para la guerra y el atletismo, y solían practicar <strong>desnudas </strong>delante de los hombres. Podían poseer y heredar propiedades, tenían mejor formación que la mayoría de las mujeres atenienses y se casaban entre los dieciocho y los veinte años, en lugar de a los trece o catorce. Le pregunté a Claire, mi única compañera de clásicas, qué preferiría si pudiera viajar en el tiempo a aquella época, acabar en Esparta, donde solo sería en parte desigual, o en la democrática Atenas, con su radiante cultura y sus comedias y tragedias, a las que probablemente no le permitirían asistir, ya que lo más probable es que el teatro estuviera vedado a las mujeres.</p><p>Durante mucho tiempo pensé que todos estos eran hechos históricos lejanos que tenían poco que ver con las<strong> luchas por la igualdad actuales</strong>. Ahora veo que la democracia siempre ha tenido dos lógicas en pugna que la impulsan en direcciones opuestas. Una se expresa en los principios de libertad, igualdad y reparto del poder universales. Estos principios son abiertos, inclusivos y generosos. La otra es la lógica de un club masculino.<strong> Lo siento, chicas, pero la democracia es un club con su propia cultura</strong>, sus tradiciones y sus cosas a puerta cerrada que hacen que todo funcione, una institución con las filas prietas, como lo era la mayor parte de Oxbridge en la época de <strong>Virginia Woolf</strong>. Si empezamos a cambiar las costumbres del club, ¿cómo acabará todo? ¿Con la muerte de la propia democracia?</p><p>He llegado a ver la historia de la democracia como una <strong>batalla constante</strong> entre estas dos lógicas. Por un lado, las ideas simples y radicales que subyacen a la democracia plantean un desafío, una pregunta constante y persistente: si todos los hombres (de nuevo, blancos) son iguales, libres y aptos para ser miembros de nuestra fraternidad democrática, ¿qué es exactamente lo que hace que las personas que no son hombres sean tan diferentes? <strong>Filósofos, dramaturgos y ensayistas</strong> ya se formularon esta pregunta en la antigüedad (capítulo 10) y muchos otros lo han hecho desde la era de las revoluciones democráticas, incitando a sus contemporáneos a justificar el concepto de club masculino o a descartarlo, personas como Virginia Woolf y <strong>Mary Wollstonecraft</strong>, la feminista británica que escribió <em><strong>Vindicacion de los derechos de la mujer </strong></em>durante los emocionantes primeros años de la revolución francesa e instó a los amigos del gobierno popular a empoderar a las mujeres y a los hombres de clase media. La mayoría ignoró sus argumentos, pero su libro, uno de los primeros dedicados íntegramente al «<strong>problema de la mujer</strong>», quedaría como un duro reproche a la incoherencia democrática.</p><p>Por otra parte, la cuestión radical sigue chocando con toda clase de <strong>mitos</strong>, costumbres arraigadas, prejuicios, deseos de control y emociones histéricas (¿está bien decir esto, teniendo en cuenta que <em>hysterā</em> significa «útero» en griego antiguo e «histérica» suele reservarse para las mujeres?), que reniegan de la igualdad. El concepto de <strong>club masculino,</strong> basado en hábitos, ansiedades, vanidades y sentimentalismos indiscutidos, no puede resistirse a intentar acallar la lógica racional más directa y pura de la igualdad democrática.</p><p>Pensemos en uno de mis filósofos favoritos de todos los tiempos, el inconformista ginebrino <strong>Jean-Jacques Rousseau</strong>, cuyos escritos contribuyeron a inspirar los movimientos democráticos que desencadenaron la <strong>revolución francesa</strong>. En 1755 publicó un impresionante ensayo sobre las causas de la desigualdad humana. Muestra que hay un total de cero buenas razones para situar a unos sectores de la humanidad más arriba o más abajo que a otros, solo un batiburrillo de racionalizaciones estúpidas, todas ellas descaradamente interesadas. Demuestra que las <strong>desigualdades </strong>entre ricos y pobres, entre Estados grandes y pequeños, entre pueblos colonizados y opresores coloniales están destruyendo nuestra especie y sus relaciones con otros animales y con la naturaleza. Sin embargo, como para ilustrar cómo los beneficios del club masculino pueden sesgar un razonamiento excelente, cuando Rousseau añade a las mujeres a la ecuación, este pensador maravillosamente lúcido pierde el norte. </p><p>El argumento sería más o menos como sigue: ¡<strong>Claro que las mujeres son iguales a los hombres!</strong> <em>Absolument! </em>Simplemente son iguales de una manera diferente; en algunos aspectos mejores, en realidad: las señoras son mucho más agradables, se comportan mejor en general (y son tan guapas...) [Nótese cómo la rigurosa lógica masculina se desintegra]. Su vocación natural es ser compañeras del hombre. Evidentemente. Lo que las encauza hacia actividades que las convierten en buenas <strong>sirvientas</strong>, ¡uy!, quiero decir en iguales (incluso superiores en las virtudes más ligeras y en belleza) a los hombres. Naturalmente, su vocación también confiere a la igual dignidad humana de las señoras un aire diferente. Significa comportarse de una manera sumisa y coqueta que hace que los hombres se hinchen como gallos para poder disfrutar al máximo de su tipo masculino de igual dignidad diferente-pero-igual.</p><p>¡<em>Merci, </em>señoras, sois las mejores, <strong>no podría haber igualdad revolucionaria radical sin vosotras</strong>! Me quedé abatida la primera vez que leí las disparatadas excusas de mi amigo Jean-Jacques para convertir a las mujeres en <strong>juguetes sexuales y fregonas de retretes</strong> de la democracia masculina. Mary Wollstonecraft estaba aún más horrorizada por su traición. Ahí estaba ella, en medio de una agitación democrática mundial que tenía una oportunidad de oro de incorporar a las mujeres como iguales, y ahí estaba Rousseau, ya muerto pero venerado como el filósofo mascota de la revolución, dando un portazo y diciendo a las mujeres que su mayor honor residía en halagar los egos masculinos.</p><p>Por suerte para las futuras feministas e igualitaristas, Mary decidió rechazar el sexismo de Jean-Jacques sin desdeñar todas sus ideas. Retomó sus argumentos a favor de la igualdad humana y los extendió al <strong>sexo subordinado </strong>descartando sus ideas sexistas de última hora. En esto estoy con Wollstonecraft: las buenas ideas son para todos, las encuentres donde las encuentres. No dejaría que el profesor Tony me dijera que las niñas no pueden entender la historia dominada por los hombres y no creo que los filósofos varones, sexistas o no, no tengan nada valioso que decir a todos los seres humanos. Estaría bien, por supuesto, que devolvieran el favor y admitieran que los no hombres pueden comprender verdades básicas sobre nuestra humanidad compartida que no son tan obvias para ellos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Aug 2024 16:47:27 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Erica Benner]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Aventuras en democracia', el ensayo que nos recuerda la responsabilidad política que tenemos cada uno]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘El gato que cuidaba las bibliotecas’, un homenaje a la literatura desde la pasión lectora de la infancia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/gato-cuidaba-bibliotecas-homenaje-literatura-importancia-leer-infancia_1_1857570.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a2120461-c8de-4948-a7f0-3844dc15306f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘El gato que cuidaba las bibliotecas’, un homenaje a la literatura desde la pasión lectora de la infancia"></p><p>Después de <em>El gato que amaba los libros</em>, el fenómeno literario japonés que conquistó las librerías de medio mundo, llega una novela que nos brinda un nuevo <strong>homenaje a la literatura.</strong> </p><p>La joven Nanami no puede participar en actividades extraescolares por su asma, pero le encanta leer y pasar el tiempo en la biblioteca, entre historias. Un día, se da cuenta de que, a pesar de que la biblioteca está tan poco frecuentada como siempre, <strong>sus libros favoritos están desapareciendo poco a poco</strong>. Cuando avisa al personal, nadie la toma en serio. Pero entonces se topa con un misterioso hombre con un traje gris. Intenta seguirlo, pero fracasa y él deja a su paso tan solo un extraño haz de luz entre las estanterías. Es entonces cuando Tora, el gato favorito de los lectores, acude al rescate. ¿Podrán superar juntos los desafíos que les aguardan?</p><p>Así arranca <em><strong>El gato que cuidaba las bibliotecas</strong></em>, nueva novela de <strong>Sosuke Natsukawa</strong>, que llega a las estanterías de las librerías españolas el <strong>19 de septiembre</strong> de la mano de <a href="https://www.penguinlibros.com/es/11332-grijalbo" target="_blank" >Grijalbo</a>. Médico y escritor, ha despachado ya más de tres millones de ejemplares de sus obras, ha sido galardonado con el Premio de los Libreros de Japón y el Premio Shogakukan de Ficción. <em>El gato que amaba los libros</em> lo confirmó como autor best seller en el país nipón y se convirtió en su carta de presentación para los entusiastas editores de más de treinta países.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta un extracto de este nuevo libro, esperado por miles de lectores de todo el planeta.</p><p>----------------</p><p>La joven había vislumbrado un leve destello entre las altas estanterías de acero sumidas en la <strong>penumbra </strong>de aquellas horas, tan densa que los fluorescentes, con su perezosa y macilenta luz, apenas lograban contrarrestar —obviamente, no por ser aquella la sección de <strong>literatura francesa</strong> habría uno de esperar encontrar allí una esplendorosa iluminación ni una pomposa decoración de estilo rococó—. Cuando sus ojos se acostumbraron un poco más a la oscuridad, Nanami descubrió una tenue luz azulada muy pálida, proyectada al final del pasillo, frente a los estantes que albergaban las obras de <strong>Baudelaire </strong>y de <strong>Flaubert</strong>. Pero lo más extraño era que la pared había desaparecido allí donde brillaba aquella luz y que, más allá del hueco dejado por esta, el pasillo se prolongaba en una aparente sucesión interminable de estanterías.</p><p>—¿Cómo es posible…? —se preguntó, llena de estupor.</p><p>Para ella, la <strong>biblioteca era un laberíntico jardín</strong> que había recorrido por todos sus recovecos, entre ocasionales enfados del tío Ham cuando, de niña, se internaba en la oficina o en el depósito de libros. Así pues, conocía al dedillo cada rincón, y estaba segura de no haberse encontrado nunca ante aquella pálida luz azulada ni ante aquel largo pasillo cuya entrada la luz iluminaba.</p><p>Trató de salir de su estupor y ponerse en pie, pero no pudo. Una voz grave que resonó a sus espaldas paralizó toda posibilidad de acción.</p><p>—No te acerques —dijo la voz.</p><p>Alarmada, Nanami se volvió de inmediato, para descubrir que allí no había nadie. Sin moverse de donde estaba, observó con mayor atención y descubrió por fin un pequeño bulto agazapado entre las sombras, bajo la sección de literatura italiana. <strong>Algo con… ¡orejas!</strong> ¡Y con ojos, brillantes y hermosos ojos verdes!</p><p>—¿Un gato?</p><p>Efectivamente, era un <strong>gato</strong>. Estimulado tal vez por la voz de Nanami, el felino se incorporó y comenzó a acercarse lentamente a la joven, con sus rayas atigradas, marrones, negras y blancas, delineando perfectamente su elegante silueta. Nanami pudo contemplar la belleza de sus <strong>ojos verdes como el jade </strong>cuando el gato se situó frente a ella.</p><p>—¿Te encuentras bien? —preguntó, con su voz grave, el felino.</p><p>Paralizada por el asombro, la joven no fue capaz de responder.</p><p>—Menuda crisis asmática, ¿eh? —insistió el gato—. Pero ya estás mejor, ¿verdad?</p><p>El contenido amable de dichas palabras contrastaba con cierto aire intimidatorio en el tono de voz. Después de parpadear dos o tres veces, Nanami asintió con la cabeza.</p><p>—Sí…, creo que sí —admitió.</p><p>—Bien —dijo el gato y, tras asentir escueta y serenamente con la cabeza, miró hacia la leve claridad azulada—. Déjalo estar. Es inútil. De nada te servirá perseguirlo. Nunca lo atraparás. </p><p>Su voz, de imponente resonancia, parecía provenir de lo más profundo de su estómago. Si ya era <strong>raro encontrarse a un gato en una biblioteca</strong>, desde luego más raro aún era que este <strong>pudiera hablar.</strong> Nanami se llevó ambas manos al pecho y respiró profundamente. Los ruidos parecían ir remitiendo y, por tanto, el ataque de asma también.</p><p>En algún libro había leído que una crisis asmática especialmente virulenta podía llegar a producir <strong>alucinaciones </strong>en el paciente, debido a la súbita bajada de los niveles de oxígeno en el cerebro. Sin embargo, la presencia de aquel gato era demasiado vívida como para tratarse de una visión. La muchacha volvió a mirarlo.</p><p>—Eres… un gato, ¿verdad?</p><p>—Vaya pregunta. ¿Acaso parezco un perro?</p><p>Que <strong>un gato hablador le preguntara a un humano</strong> si le parecía un perro no hacía sino añadir más confusión al asunto. Naturalmente, Nanami carecía de los elementos suficientes para determinar que ese ser que tenía ante sí pudiera ser realmente un gato. Al fin y al cabo…</p><p>—Al fin y al cabo, los gatos no hablan —señaló la joven.</p><p>—Qué tontería. Lo único que no hacemos es decir sandeces sin parar, como hacéis vosotros los humanos. Nos limitamos a hablar cuando es debido y a callar también cuando es debido.</p><p>Aquel era, desde luego, un<strong> gato muy particular</strong>. Nanami nunca había visto nada parecido. Desconcertada, se llevó las manos a la cabeza.</p><p>—En cualquier caso —prosiguió el felino—, solo debo advertirte de una cosa. No te acerques a ese pasillo, ¿lo has comprendido?</p><p>—¿Por… qué?</p><p>—Simplemente, no te acerques.</p><p>—Habrá alguna razón… Además, ¿adónde conduce ese <strong>pasillo </strong>que se ha abierto al fondo? —Nanami estaba empeñada en que el animal le contara lo que estaba sucediendo—. Que yo sepa, ahí no debería haber ningún pasillo.</p><p>—Bien, jovencita, permíteme explicártelo de otro modo: ¡no te metas donde no te llaman!</p><p>Sin duda, semejante <strong>contundencia </strong>invalidaba cualquier nueva pregunta. </p><p>—Esto es más serio de lo que imaginas —continuó el gato—. Internarte por ese pasillo no te traería nada bueno. Si cometes la imprudencia de…</p><p>Nanami lo interrumpió.</p><p>—¿Qué sabes del hombre que rondaba por aquí hace unos minutos?</p><p>La osada actitud de la joven pareció pillarlo por sorpresa. Tan imperturbable y seguro de sí hasta ese momento, el felino se mostró repentinamente contrariado. Nanami insistió. </p><p>—¿Estaba <strong>robando libros</strong>?</p><p>—Eh… Sí, pero…</p><p>—¿Y se los ha llevado al fondo de ese extraño pasillo?</p><p>—¡Jovencita! —El tono de voz del gato se intensificó—. Acabo de decirte que no es asunto tuyo, ¿de acuerdo? Deja que te lo explique. Es muy fácil: lo único que tienes que hacer es cerrar la boca, taparte los oídos, mirar hacia otro lado y largarte de aquí. Y, por supuesto, olvidarte de esto. ¡Aaah!</p><p>El gato había lanzado un repentino maullido de dolor al notar la mano de Nanami cerrarse sobre la base de su cuello. La joven lo agarró con firmeza suficiente para levantarlo del suelo y mantenerlo sujeto, en vilo, ante sí.</p><p>—¿Qué…, qué haces?</p><p>—Los libros sustraídos… ¿están o no están al fondo de ese pasillo?</p><p>—¡Suéltame! ¡Te lo advierto por tu bien!</p><p>Los ojos del gato relampaguearon llenos de fiereza pero, aparte de eso, no había nada que el animal pudiera hacer. Suspendido en el aire, su única movilidad consistía en balancear su grueso rabo de un lado al otro.</p><p>—Dime qué debo hacer para <strong>recuperar los libros</strong> —exigió Nanami.</p><p>—¿No acabo de decirte que es peligroso?</p><p>—Si es peligroso, entonces al menos es posible. Así que explícame qué debo hacer para traer los libros de vuelta.</p><p>El gato clavó la vista en Nanami, con un gesto fiero en el que bullía una mezcla irreconciliable de rabia, hastío y desconcierto.</p><p>—¿Qué harás si me niego?</p><p>—Seguiré sujetándote así, colgando, hasta que el brazo se me quede dormido y no pueda moverlo más.</p><p>—No digas estupideces…</p><p>—Parezco frágil, pero tengo mucha fuerza en los brazos. Los he entrenado cargando libros pesados durante años.</p><p>Por muy en serio que se expresara Nanami, el gato no parecía dispuesto a dar ninguna explicación, hasta que finalmente, después de unos instantes de silencio, volvió a hablar, esta vez con evidente resignación.</p><p>—Bájame…</p><p>Nanami obedeció y, una vez en el suelo, el gato se estremeció.</p><p>—Mira que eres rara. A la mayor parte de la gente le basta <strong>oírme hablar para salir corriendo</strong>. Pero a ti no te doy miedo.</p><p>—Obviamente, pertenezco a la menor parte de la gente.</p><p>—Ni siquiera eso, porque quienes no salen corriendo se limitan a ignorarme y hacer como si nada.</p><p>—Ah, ya veo —aceptó Nanami mecánicamente—. Reconozco que me he llevado una buena sorpresa, pero es verdad que no me das ningún miedo. Lo que me preocupa realmente es el <strong>robo de esos libros</strong> tan importantes para mí.</p><p>—¿Qué libros son tan importantes para ti?</p><p>—Las obras de <strong>Arsène Lupin</strong> —respondió Nanami con serenidad. La mirada de la muchacha era afilada y seria, pese a la calma aparente. El gato debió de percibir tal intensidad, porque a partir de ese momento se mostró más cauto. Contempló a la muchacha como si tratara de sondear sus intenciones y, a continuación, preguntó con su voz grave y sedosa:</p><p>—¿De verdad quieres recuperar los libros? </p><p>Nanami volvió a asentir con la cabeza, y a continuación dijo:</p><p>—Ahora, seguro que vas a replicarme que una chica enclenque y con asma no puede hacer nada…</p><p>—El asma no tiene nada que ver con esto —aseveró el gato—, y el que seas una chica o un chico tampoco. Si te internas por ese pasillo, lo único que te servirá de ayuda será tu honestidad y tu valentía.</p><p>—En tal caso, no veo que haya ningún problema. Mentalmente, me considero una persona fuerte.</p><p>—Hum… —El gato la observó fijamente—. Sí, supongo que lo eres. —Entonces, inspiró profundamente y preguntó—: ¿De verdad estarías dispuesta a acompañarme?</p><p>—Si ello me permite recuperar los libros…, sí.</p><p>—No puedo asegurarte nada, jovencita. Pero, de acuerdo, intentémoslo.</p><p>Nanami asintió con firmeza.</p><p>—Antes de nada —dijo—, <strong>ya está bien de llamarme «jovencita»</strong>. Me llamo Nanami. Encantada. —Y tras levantar la pata del gato con su mano izquierda, le estrechó la garra con la derecha.</p><p>—Yo soy <strong>Tora</strong>, que significa «<strong>tigre</strong>». El nombre me viene por las rayas atigradas de mi pelaje.</p><p>A pesar de la aclaración, su voz mantenía cierta hosquedad. Al menos, no trató de zafarse de la mano de la niña, aunque Nanami notó un <strong>leve tirón de la garra</strong>, quizá involuntario.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Aug 2024 17:19:34 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sosuke Natsukawa]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘El gato que cuidaba las bibliotecas’, un homenaje a la literatura desde la pasión lectora de la infancia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA['La historia de un muro', reflexiones de esperanza y libertad de un reo palestino desde una cárcel israelí]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/historia-muro-reflexiones-esperanza-libertad-5-000-palestinos-recluidos-carceles-israelies_1_1857501.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6f16b079-6378-4a9c-bdbd-353153e81ec5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'La historia de un muro', reflexiones de esperanza y libertad de un reo palestino desde una cárcel israelí"></p><p><a href="https://www.galaxiagutenberg.com/" target="_blank" >Galaxia Gutenberg</a> publica el próximo<strong> 11 de septiembre</strong> <em>La historia de un muro. Reflexiones sobre el significado de la esperanza y la libertad</em>. Un testimonio que recoge las memorias de <strong>Nasser Abu Srour</strong>, uno de los más de <strong>5.000 palestinos recluidos en prisiones israelíes</strong>, en su caso encarcelado desde 1993 y condenado a cadena perpetua por su presunta participación en la muerte de un oficial de inteligencia de Israel. "Esta es la historia de un muro que de algún modo me eligió como testigo de lo que dice y de lo que hace", el muro como estrategia de resistencia, como elemento estabilizador, como soporte de protección y de confianza. El muro que lo separa y lo aísla, pero que no lo abandona. Sobre ese muro se sostiene toda esta historia.</p><p>Desde su infancia en el <strong>campo de refugiados de Aida, cerca de Belén</strong>, cuando sus padres fueron desplazados por la<strong> Nakba en 1948</strong>, a la primera <strong>Intifada, en 1987</strong>, hasta la represión masiva y el encarcelamiento del propio Abu Srour por parte de las fuerzas de ocupación. A partir de ahí comenzará para el escritor palestino un auténtico periplo por las prisiones israelíes.</p><p><em>La historia de un muro</em> es un texto que surge de las <em><strong>conversaciones</strong></em><strong> que el escritor mantiene con el muro al final del día</strong>: sus rutinas carcelarias, sus miedos, las visitas familiares, la religión, los frecuentes traslados –desde la cárcel de Ascalón hasta la del desierto de Néguev–, la falta de horizonte o los acontecimientos políticos que han conducido a la <strong>fractura </strong>de la sociedad palestina y a su <strong>resistencia</strong>.</p><p>También al amor que siente por Nanna, su abogada, que desde un principio parece un amor condenado al fracaso. Así ha construido el autor un testimonio extraordinario en<strong> primerísima persona </strong>acerca del <strong>sufrimiento </strong>y la capacidad de <strong>resistencia </strong>del ser humano y una denuncia estremecedora de la <strong>tragedia actual</strong> de la situación palestina. </p><p><strong>infoLibre</strong> adelanta un extracto del primer capítulo de este título, que llegará a las librerías en septiembre:</p><p>------------</p><p>Hace dos semanas, tras un largo periodo de apatía, decidí leer un libro de <strong>Kierkegaard</strong>, en el que afirma que la mejor manera de preservar el <strong>amor </strong>es rechazar al ser amado y reprimir todo instinto de posesión, es decir, la pulsión de crear dependencia y de actuar en beneficio del propio egoísmo. Kierkegaard sostiene también que esta renuncia sólo es posible por medio de la irracionalidad de la fe. No fue una lectura fácil. La <strong>celda </strong>tuvo que expandirse para dejar paso a las numerosas <strong>preguntas </strong>que acudieron a mi mente. Raras veces ocurre, pero esa vez ocurrió, y, aún hoy, no sabría decir si fue por mi bien o por el suyo. </p><p>De hecho, mi celda se llenó de repente de toda una serie de: «¿cómo es posible?», «¿cómo se hace?», «¿cómo puede ser?». Y sólo una hora más tarde, cuando <strong>nuestras puertas seguían cerradas con llave,</strong> me quedó claro que aquella irrupción de preguntas me colocó frente a opciones inimaginables. Y así fue como <strong>mi reclusión se convirtió en una invitación a buscar posibles respuestas</strong>. Puesto que toda certeza surge de una duda, creo que todo parte de esta pregunta: ¿cómo puede una renuncia voluntaria generar satisfacción, aceptación, resignación? ¿Cómo es posible que aferrarse a un muro sea el camino más corto para saltar al otro lado? ¿Podemos liberarnos nosotros solos de nuestras propias cadenas? ¿Y puede llenarse el corazón de un amor que no tiene destinatario? Las líneas que aquí he escrito son mi respuesta a estas y otras muchas <strong>preguntas que me han planteado los largos años de reclusión</strong>, y también son mi confirmación del amplio margen de maniobra que se genera cuando mediante una renuncia se contrarresta la prevaricación, la dictadura de la dependencia y el instinto de poseer lo que no puede poseerse. </p><p>El <strong>viaje </strong>empieza cuando <strong>renuncias a todo aquello en lo que creías</strong>: tú, que has adoptado miles de yoes, y a cada uno le has dado la facultad de hablar; tú que terminaste por creerte todas y cada una de sus innumerables narrativas, para cambiar de opinión y poder ir más allá; tú que unas veces tuviste fe y otras te sacudías de encima el legado religioso que te oprimía; tú que a veces luchaste por la <strong>libertad </strong>y otras fuiste <strong>esclavo </strong>de una realidad que considerabas un regalo del cielo, aunque te desmoronaras en sus pliegues; tú que lo has santificado todo sin santificarte nunca a ti mismo; tú que por un tiempo fuiste <strong>dueño </strong>de los espacios en blanco, que llenaste con tus propias palabras y significados, y en otros fuiste <strong>rehén </strong>de un vocabulario escrito en tiempos que no eran los tuyos por manos expertas en el arte de <strong>politizar </strong>textos, de crear modelos y de dar respuestas admirables a las preguntas del momento y a otras que estaban por venir, hasta que, finalmente, cuando cada pregunta entra en tus entrañas y tus <strong>preguntas se convierten en dudas</strong>, y tus dudas en errores y tus errores en una llama de la que no puedes salvarte, ya estás perdido en la oscuridad de tiempos que se niegan a concluir, encerrado dentro de espacios culturales que ningún sol ilumina y ninguna luna embellece. </p><p>Así pues, ¿<strong>adónde escapas</strong>? Para huir de ti mismo sólo puedes refugiarte en tu interior, pues sólo llegas a ser tú cuando rechazas tus «yoes» insignificantes y te aferras al único que eres de verdad, sólo si eres tú quien decide qué nombres, qué características y qué significados debes dar a los elementos fundacionales de tu existencia. <strong>Sólo si te metes tu «tú» en tu interior, </strong>que ya no necesita defenderse porque se ha librado de los escollos religiosos, sociales y políticos que lo inhibían. Sólo los frenos inhibidores que, a fuerza de violarte y juzgarte con su propia vara de medir, te obligaron a defenderte, hasta el punto que, cuando tus barreras protectoras se derrumbaron, fuiste el primero en declararse culpable. Tú, sin embargo, los rechazaste y, después, <strong>lograste reconciliarte con el «tú» que realmente eres, </strong>el que habías creído que era una mala copia de ti mismo. </p><p>Sólo entonces pudiste volver a <strong>armarte con un muro </strong>que te representa y que contiene todo tu «yo». En ese muro encontraste un lugar en tu geografía interior, un lugar donde no hay competitividad ni rivalidad, porque ninguno de tus «yoes» reniega de los demás ni los juzga. Ninguno pretende hablar por ti, ser todo lo que eres, todo lo que dices, todo lo que callas, todo lo que cuentas, todo lo que estás obligado a ocultar. <strong>Cuanto más aumentaban las preguntas, más temía que mi celda no pudiera soportar el exceso de ellas</strong>, pero eso no me disuadió. Recordé el invierno de <strong>1993</strong>, la celda número 24 en el módulo de interrogatorios de la cárcel al-Khalil, en <strong>Hebrón</strong>, y las dos palabras que había grabado en el muro. «¡Adiós, mundo!» En aquel entonces yo no había leído a Kierkegaard y su renuncia, pero sabía desde el principio que tenía que <strong>renunciar a la posibilidad de ser libre y abrazar ese muro</strong> si lo que quería era sobrevivir. </p><p>Era muy consciente de que se trataba de una reacción defensiva dictada por el instinto de <strong>supervivencia</strong>, pero no tenía ni idea de que al hacerlo estaba llevando la libertad al amplio campo de la imaginación y renunciando a considerarla una pregunta urgente que exige una respuesta, y, sin embargo, la retenía firmemente creyendo que era un sueño que sigue siendo hermoso, aunque no se haga realidad, igual que como cualquier <strong>palestino que, siendo consciente de su propia esclavitud </strong>y de la limitación de sus propias opciones, tiene que perder la libertad para poder ser libre, tiene que morir para poder vivir. </p><p>Mi <strong>flirteo con el muro empezó pronto</strong>. Durante todos los años de una reclusión que daba vueltas inútilmente, y que temía que se desvaneciera si se detenía un instante, el muro siguió siendo mi única constante. Lo convertí en mi <strong>punto de referencia,</strong> concreto y estable, que me permite definir la posición, la velocidad y la distancia de cualquier presencia que me rodea. Y, sin embargo, no, no me convertí en el centro de ese universo, al contrario, encontré mi lugar dentro de él. Y es que cuando uno se asienta en la estabilidad es cuando adquiere la capacidad de percibir su entorno, la posición de las estrellas, la cantidad de granos de azúcar que lleva el primer café de la mañana, el número de rayos de sol que se cuelan por una ventana que no da a ninguna parte, o el traslúcido tejido del vestido de una mujer que viene a hacernos compañía al caer la noche. Y así mi muro, en el momento en que me aferré a él, <strong>renunció a su consistencia física</strong> y asumió todas las intenciones y aspiraciones de quien lo diseminaba. </p><p>Estaba confuso, pues ¿cómo iba un muro a restringir la libertad de alguien que ha renunciado a su libertad? ¿Alguien que se había aferrado a él con tanta fuerza que casi lo ahoga?, ¿que coqueteaba con él como si fuera su amante y reanudaba sus costumbres, incluso las más íntimas, bajo su protección? ¿Alguien que le contaba hazañas increíbles con la esperanza de que, fuera ya por ignorancia o por desatención, el muro acabara creyéndole? ¿Alguien que le explicó el noúmeno de <strong>Kant</strong>, argumentándole que la realidad de las cosas no es externa a nuestras sensaciones y percepciones, y si no lograba convencerlo, desparramaba las piezas del tablero y las volvía a colocar en su sitio porque las cosas son lo que queremos que sean? Creí que cuando acabara la lectura de Kierkegaard, escaparía de todas las preguntas que me había planteado, pero de pronto, despreocupándose de mí,<strong> propulsó mis pensamientos hacia un viaje a través del tiempo</strong>, tan lejos que pensé que no habría modo de regresar. A través de luminosas lejanías, contemplé las diversas etapas de mi vida, con todos sus pormenores, sucesos y personajes, unos reales y otros ficticios, meros productos de mi imaginación. </p><p>Pensé que no volvería atrás, que permanecería suspendido entre dos momentos distintos: el presente en el que vivía y otra época en la que contaba una historia familiar y en la que todos los rostros se parecían al mío. Permanecí así durante días, s<strong>uspendido, ingrávido, </strong>sin percepciones sensoriales o físicas que llevaran las cosas a su definición primigenia. Impulsado por un <strong>febril instinto de supervivencia, </strong>decidí dejarme caer, junto con todo aquello que llevaba encima o a lo que me había aferrado a lo largo de medio siglo de vida; y pensé en la escritura como una herramienta para deslizarme sobre el papel y, tal vez, para encontrar mi zona de seguridad. Todos los acontecimientos de mi vida –pasados pero también presentes– se alinearían, hombro con hombro, para organizar mi encuentro con aquel muro en aquella celda. O eso creía yo. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Aug 2024 16:40:05 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Nasser Abu Srour]]></author>
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      <media:title><![CDATA['La historia de un muro', reflexiones de esperanza y libertad de un reo palestino desde una cárcel israelí]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Antología poética de la copla flamenca. Una aproximación al flamenco a través de sus letras']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/antologia-poetica-copla-flamenca-aproximacion-flamenco-traves-letras_1_1853661.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/dc363cd3-577e-4151-84a6-557b4c59a550_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Antología poética de la copla flamenca. Una aproximación al flamenco a través de sus letras'"></p><p>Como bien indica su título, en esta antología se realiza una aproximación poética al flamenco, con una <strong>selección </strong>de algunas de las letras más populares y tradicionales, junto con otras más recientes y de autor conocido. Para la selección se han seguido criterios poéticos, pero también se ha tenido en cuenta el valor histórico y tradicional de las letras dentro de los estilos flamencos. La presentación de estas, agrupadas por palos, facilita una aproximación a la compleja estructura de los estilos flamencos. Además, para resaltar la importancia de los letristas y sus letras dentro del flamenco, se acompaña un listado de los autores conocidos de los que se han seleccionado algunas de sus creaciones.</p><p><em><strong>Antología poética de la copla flamenca. Una aproximación al flamenco a través de sus letras</strong></em> (<a href="https://www.editorialrenacimiento.com/" target="_blank" >Editorial Renacimiento</a>) llegará a las librerías el 2 de septiembre con edición de <strong>Domingo Giménez</strong> y participación de aficionados y expertos del flamenco, poetas y letristas. <strong>infoLibre </strong>adelanta en exclusiva la introducción de esta obra exhaustiva para los aficionados y los que quieran iniciarse en el cante.</p><p>-----------</p><p>El flamenco es una parte importante de la <strong>cultura andaluza</strong>; también de <strong>otras zonas de España</strong>, y desde 2010 se ha reconocido que lo es de la <strong>mundial</strong>, pues la UNESCO lo incluyó el 16 de noviembre de ese año en la Lista Representativa del <strong>Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad</strong>. Su cante, toque y baile muestran la esencia del pueblo andaluz, y lo mismo hacen las letras sobre las que se sustenta el cante, que tienen en muchos casos un gran contenido poético.</p><p>Con esta antología pretendemos poner al alcance del lector una muestra de la <strong>mejor poesía que se encuentra en el flamenco</strong>, al estilo de otras obras de título <em>Las mil mejores...</em> Nos centramos en el <strong>aspecto literario de las coplas</strong>, por lo que la selección comprende letras que se han cantado, e incluye otras composiciones puramente poéticas pero con un fondo flamenco y que podrían y merecerían ser cantadas.</p><p>Al mismo tiempo, queremos ofrecer al lector la oportunidad de <strong>iniciarse </strong>a un nivel muy básico en el complejo mundo de los <strong>estilos flamencos</strong>, para lo que agrupamos las letras en <strong>palos y grupos de palos,</strong> y por cada uno damos unas pocas pinceladas sobre su estructura estrófica, métrica y rima, y contenido temático. Hay que tener en cuenta que una misma letra puede cantarse por varios estilos y que en ningún caso pretendemos hacer una clasificación <strong>erudita</strong>, sino que realizamos la asignación de las letras a palos por la que encontramos en las grabaciones o publicaciones consultadas o por criterios personales.</p><p>La idea es que este texto se pueda usar en lectura individual para disfrutar del <strong>caudal poético subyacente del flamenco</strong> y para adentrarse a un nivel básico en su estructura de palos y estilos; pero también pensamos que podría usarse como documento con el que <strong>iniciar </strong>al flamenco y la poesía a grupos de estudiantes, en consonancia con la nueva <strong>Ley Andaluza del Flamenco</strong>, en la que se propone incluir nociones de flamenco en distintos niveles educativos.</p><p>En la selección hemos trabajado un grupo de <strong>amantes del flamenco</strong>, que nos acercamos a él desde diferentes ángulos: el musical, el poético o la investigación. Realizamos así una <strong>aproximación heterogénea y ecléctica</strong>, que combina distintos puntos de vista y sensibilidades, de forma que se cubran de manera suficientemente amplia los distintos aspectos del vasto mundo poético que nos ocupa.</p><p>Se encuentran recopilaciones anteriores de coplas populares que contienen numerosas de tipo flamenco, como el cancionero de <strong>Emilio Lafuente </strong>(1865) y el de <strong>Francisco Rodríguez Marín </strong>(1882), entre otros, y la recopilación germinal de coplas flamencas de <strong>Demófilo </strong>(Machado y Álvarez, 1881), con varias ediciones posteriores. Más recientemente tenemos la selección de <strong>Fernández Bañuls y Pérez Orozco</strong> (1986), y también otras donde se recopilan letras organizándolas por palos o estilos (Luna, 1926; Manfredi, 1955; Molina, 1965; Mata Gómez, 1976). </p><p>Así, nuestra aproximación no es original, pero al menos pretende <strong>actualizar </strong>las recopilaciones anteriores, con inclusión de nuevas letras, que se han cantado o no e incluso de algunas no publicadas con anterioridad. Además, no se han seleccionado únicamente estrofas individuales, sino también cantes y composiciones poéticas que combinan varias estrofas. La selección se ha basado en <strong>criterios poéticos y/o flamencos</strong>, según el variado criterio personal de los antólogos que participamos en la selección.</p><p>Al ser una obra colectiva, para poder reflejar una <strong>visión diversa</strong>, hemos preferido establecer unos criterios unitarios de trabajo muy básicos, para que a partir de ellos aplique cada uno de los participantes sus propios criterios y acuda a las fuentes que considere más apropiadas de acuerdo a sus gustos, sensibilidad y experiencias personales.</p><p>Nuestro punto de partida fue el siguiente: cada uno de nosotros aportaría al menos <strong>ciento cincuenta letras</strong>, para obtener entre todos un número mayor de mil. Las propuestas podrían ser de los palos y épocas que cada uno decidiera, pero excluyendo letras de los participantes en la selección. Hay entre nosotros algunos letristas, y algunas de sus letras merecerían aparecer en una recopilación de este tipo, pero excluirlas nos evita fricciones innecesarias. Las letras con más de una propuesta pasaron a la <strong>selección final,</strong> y después se realizaron iteraciones sucesivas para recopilar de entre el total de letras inicialmente propuestas aproximadamente unas mil (<strong>el número de composiciones incluidas está alrededor de setecientas cincuenta y el de estrofas sobre las mil</strong>).</p><p>Tras esta introducción se incluye un apartado con una <strong>visión general de las letras flamencas</strong>, al que siguen los capítulos dedicados a los palos o sus <strong>agrupaciones</strong>. Algunas de las letras van acompañadas por una nota que indica su autor cuando lo conocemos. Hay que tener en cuenta que la mayoría son <strong>coplas populares, de las que no se conoce su autor</strong>, y que en muchos casos son los propios cantaores los que crean sus letras. Cuando sospechamos que un cantaor puede ser el creador de la letra, lo indicamos así. También incluimos para algunas composiciones que comprenden varias estrofas qué cantaor hemos localizado que las canta en esa forma, pues muchas veces una canción se genera combinando distintas letras, populares o de autor, y cada intérprete las puede combinar de forma distinta según su inspiración en el momento de cantarlas.</p><p>Las letras seleccionadas se agrupan en <strong>ocho capítulos</strong>. La mayoría de ellas constan de una única estrofa, pero también acompañamos algunas composiciones completas que combinan varias estrofas, a veces de palos o variedades distintas. Las letras se organizan por palos, y varios que están relacionados entre sí se agrupan en un mismo capítulo.</p><p>La agrupación de los múltiples palos del flamenco no es estanca, y encontramos diversas clasiﬁcaciones en numerosas páginas web y libros. Para nuestra agrupación tomamos como base la que realiza <strong>Francisco Linares</strong> (que participa en esta selección) en su diccionario de flamenco recientemente publicado (Linares Lucena, 2022), aunque la adaptamos utilizando criterios musicales y geográficos. En cualquier caso, como hemos mencionado, no pretendemos hacer una clasificación erudita de las coplas flamencas por palos, sino facilitar una aproximación gozosa a la poesía del flamenco y a la compleja estructura de sus palos y estilos.</p><p><strong>Los capítulos iniciales se dedican a los palos básicos y a los con ellos relacionados, y los finales corresponden a palos aflamencados o provenientes del folclore tradicional. El orden y apartados de los capítulos es:</strong></p><p><em><strong>Palos en compás de soleá</strong></em>: soleares, alboreás, bamberas, bulerías, chuflas, jaleos, cañas y polos.</p><p><em><strong>Palos en compás de seguiriyas</strong></em>: seguiriyas, cabales, livianas y serranas.</p><p><em><strong>Fandangos y sus distintas variedades</strong></em>: cantes de Málaga (malagueñas, jaberas, jabegotes, rondeñas y verdiales), granaínas, y cantes de Levante (cartagenera, levantica, minera, murciana, taranta y taranto).</p><p><em><strong>Cantiñas y sus derivadas</strong></em>: alegrías, caracoles, mirabrás, romeras y rosas.</p><p><em><strong>Grupo de los tangos</strong></em>: tangos, tanguillos, tientos, farruca, garrotín, marianas y zambras.</p><p><em><strong>Grupo de las tonás</strong></em>: tonás, carceleras, deblas, martinetes, y cantes de siega y de trilla.</p><p><em><strong>Cantes de ida y vuelta</strong></em>: colombianas, guajiras, milongas, rumbas y vidalitas.</p><p><em><strong>Cantes procedentes del folclore y tradicionales</strong></em>: peteneras, nanas, pregones, romances, saetas, villancicos y campanilleros.</p><p> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 10 Aug 2024 17:15:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Domingo Giménez]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Antología poética de la copla flamenca. Una aproximación al flamenco a través de sus letras']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Nicomedes Méndez, el verdugo de Barcelona' entre 1877 y 1908, funesto creador del garrote catalán]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/nicomedes-mendez-verdugo-barcelona_1_1836747.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/64fcd4a6-1f77-4b48-881c-eae4f37586c6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Nicomedes Méndez, el verdugo de Barcelona' entre 1877 y 1908, funesto creador del garrote catalán"></p><p>Nicomedes Méndez nació en 1852 y fue el <strong>verdugo titular de la Audiencia de Barcelona entre 1877 y 1908</strong>. Se calcula que ejecutó a alrededor de sesenta personas y hay declaraciones, testimonios y constancia documental de que <strong>ejercía su oficio con orgullo</strong>, a tal punto de que se preocupaba no solo de mantener sus '<strong>útiles de trabajo</strong>' en perfecto estado, sino que incluso se preciaba de haber mejorado su principal herramienta de trabajo, el <strong>garrote vil,</strong> introduciendo una mejora (un punzón que perforaba el bulbo raquídeo) con el fin de acortar la <strong>agonía </strong>de los ajusticiados.</p><p>En este <strong>ensayo </strong>adictivo, <strong>Salvador García</strong>, con su prosa precisa y su insaciable afán investigador, nos presenta la curiosa, intensa e incluso dramática vida de <strong>uno de los personajes más famosos de la Barcelona decimonónica</strong>, Nicomedes, verdugo de la Ciudad Condal, creador del '<strong>garrote catalán</strong>'. Un hombre afable y pulcro que sirvió de inspiración al mismísimo <strong>Vicente Blasco Ibáñez</strong> y fue retratado en plena faena por Ramón Casas. También nos muestra, con un modo de narrar adictivo y veraz, que otorga a sus descripciones realidad y carnalidad, el modo de vida de una <strong>ciudad vital, cruda y bulliciosa,</strong> y un tiempo no tan lejano, no tan ajeno, en el que el <strong>crimen estaba a la orden del día</strong> y los criminales eran convertidos por la prensa en personajes populares, famosos y hasta aclamados, que atraían a las masas para presenciar en vivo no su triunfo, sino la <strong>gloria de su ejecución</strong>. </p><p><strong>infoLibre</strong> adelanta un extracto de este título, que llegará a las librerías en septiembre de la mano de la editorial <a href="https://alreveseditorial.com/" target="_blank" >AlRevés</a>.</p><p>---------------</p><p><strong>Infancia entre viñas</strong></p><p>En el Archivo Parroquial de Haro se halla inscrito en uno de los libros de bautismos aquel niño que se convertiría en el verdugo más hábil y diligente de España. De haberlo sabido sus vecinos, seguro que hubieran roto el mármol de la pila bautismal con un hacha. El 16 de septiembre de 1842, Santiago Méndez y Paula López Moral bautizaron a su hijo con el nombre que auguraba la profesión terrible que marcaría su futuro, porque el santo de quien procedía su nombre, san Nicomedes, figuraba en algunos santorales como patrón del verdugo, según se recoge en esta nota hagiográfica: «La voz popular dice que san Nicomedes era uno de los muchos patrones del verdugo, porque lo era de la ciudad de Jerusalén, entonces de la Pasión de Jesús, y fue quien por razón de su cargo tuvo que cuidar de la crucifixión del Justo».</p><p>Existe una primera y única referencia realizada por Nicomedes de su infancia en la más completa entrevista que le hicieron a lo largo de su vida. De ella se deduce que sabía leer y que era aficionado a la prensa desde su mocedad. Por ello, y por la instancia y firma autógrafa conservadas de él, con una magnífica caligrafía, se sabe que asistía a la escuela y destacaba entre sus compañeros como alumno.</p><p>—¿Que por qué soy verdugo? Vivía en Haro, mi pueblo natal, cuando por los periódicos me enteré de que, en un caserío, tres criminales habían cometido un asesinato horroroso. Figúrese que le cortaron los pechos a una anciana, gozaron después brutalmente con ella y, para remate, le quemaron las vergüenzas. Yo he abominado siempre de toda injusticia, y muy alto puedo decir que nunca le he hecho mal a nadie. Pues bien, aquel asesinato me indignó de tal modo que experimenté deseos de ser yo quien mandara al otro mundo a aquellas tres hienas.</p><p>La vocación, pues, le vino tempranamente, casi recién salido del cascarón de yeso. Deseaba cambiar los andamios de albañil que ayudaba a construir a su padre por el patíbulo de los ajusticiados.</p><p>La niñez de otros colegas que Nicomedes llegó a conocer en su madurez fue aún más cruda que la suya por pertenecer a una familia de verdugos, pues como refería José González, ejecutor de la Audiencia de Zaragoza, su padre le hacía asistir a las ejecuciones y ayudarlo en su horrible faena cuando aún no tenía nueve años. Algo más horrible que lo que le ocurrió a Oliver Twist al trabajar como ayudante de funeraria.</p><p>Sus padres, el maestro y los chiquillos de la escuela lo llamaban Nico, uno de los nombres hipocorísticos más familiares del español. Con el paso del tiempo no le gustaría que le hubieran decapitado el nombre, sobre todo cuando ejerciera por vez primera de verdugo con solo veintitrés años. Le parecería bastante ridículo que lo citaran en las audiencias y periódicos como el ejecutor de la Justicia «Nico Méndez». La cuadrilla de albañiles en la que trabajaba su padre no cesaba de repetírselo: «Trae yeso, Nico», «Acércame la paleta, Nico», «Nico, coloca los ladrillos»…, lo mismo que los críos de escuela donde aprendió a escribir con tan buen pulso para trazar las letras.</p><p>Hubo un suceso terrible que Nicomedes vivió a sus siete años. Los padres lo asustaron con el caso para que no comiese ninguna fruta del campo si no quería adelantarse en «irse al cielo» como aquel desgraciado zagal. Todo el pueblo estaría de luto, indignado por la cosecha mortal que había sembrado el boticario del pueblo.</p><p>En las afueras de la población de Haro, tenía el boticario don Ceferino Ruifrancos un pequeño huerto que por algunos lados estaba cerrado con sarmientos. En él había sembrado, entre algunas plantas medicinales, la belladona, que contiene un jugo venenoso bastante activo. Un grupo de chicos penetró en el malhadado huerto y, creyendo que eran moras, comieron algunos de sus frutos; uno de ellos consumió sin duda cantidad mayor y murió de envenenamiento, pues al hacerle la autopsia encontraron las pepitas que aquella fruta encierra.</p><p>También se le quedaron grabadas para siempre en la retina las corridas de vacas que se celebraban en los días de San Juan, San Felices y San Pedro en su villa del vino. Después de la misa conventual, varias personas del pueblo cerraban la plaza Mayor para que no se escapase ninguna res. Sobre todo no olvidaría, a sus doce años, la corrida de vacas y novillos, donde se hundieron los tendidos y resultaron más de dieciséis heridos, «unos rotos los dedos, otros los brazos, y otros piernas y brazos». Esta fue la semilla de su afición a los toros, y las muchas comparaciones que establecería a lo largo de su trabajo como ejecutor de la ley entre los matadores con el verdugo, el garrote con el descabello, y el toro con el asesino ajusticiado. Durante aquellos días deseaba que el tiempo pasase rápido para poder correr delante de los cuernos e intentar torear cualquiera de los novillos con el pañuelo desplegado.</p><p>El niño despierto vivió entre los últimos fantasmas de las guerras carlistas. Vistosos uniformes, caballos jadeantes, fusiles cargados de bayonetas, se asomaban con frecuencia por los alrededores del pueblo. Cierto temor a que la guerra pudiese recomenzar recorría las calles como un escalofrío. El niño Nico los veía ir y venir, divirtiéndose, como si fueran soldaditos de plomo. Las ruinas del castillo de Santa Lucía le servirían de juego para apedrearse con otros chiquillos que hicieran de carlistas intentando asaltar la fortaleza de la milicia nacional. Él, con su pandilla, respondía desde las almenas con una granizada de guijarros. Los carlistas creían ilusamente que los jornaleros de La Rioja soñaban cada noche con los colores de su bandera.</p><p>Cuando cumplió ocho años, sus padres y vecinos no pudieron creer lo que estaban viendo. Los carlistas, con su audacia y extraordinario arrojo, entraron en Haro en número de cuarenta o cincuenta. Se llevaron ciento veinte mil reales de las oficinas de recaudación y, en la oficina de Correos, se apoderaron de la correspondencia de oficio y del poco dinero que había en la caja. Más que seres animados parecían espectros escapados de la <em>Galería fúnebre</em>. Todos montaban soberbios caballos y lucían vistosos uniformes compuestos de pantalón blanco, chaqueta de grana parecida en su hechura a la de nuestros extinguidos húsares, y boinas encarnadas con una larga borla de seda negra en el centro; de reserva, y para las horas de calor, llevaban también blusas azules y sombreros blancos de ala ancha. La mitad de ellos llevaban por lo menos insignias de oficiales adquiridas en sus luchas.</p><p>Pasado algún tiempo, cuando este ejército de facciosos estaba en peligro de extinción, aún quedaban algunas boinas y armas escondidas, resistiéndose sus propietarios a entregarlas en rendición. Una tarde que los chiquillos encontraron estas pertenencias al explorar una cueva, jugaron en las afueras del pueblo convertidos en boinas rojas. Nico participó igualmente como requeté con la chapela colorada, tan grande que se le colaba hasta las orejas y no lo dejaba ver. Enterado su padre de que habían sobresaltado a las gentes de Haro y a la Policía, por creer al distinguir a lo lejos el color de las boinas y la reorganización de los carlistas, lo castigó propinándole verdugazos en el culo con la correa.</p><p>El día de su primera comunión, con un invisible ángel de la guarda revoloteando a sus espaldas, tuvo mucho cuidado en no morder la Sagrada Forma por temor a que se le derramaran en la boca unas gotas de la sangre de Cristo, el único ajusticiado inocente por el verdugo. Las campanillas que escuchaba por la calle de los monaguillos acompañando al sacerdote para darles la comunión a los enfermos, volverían a tintinear fúnebremente cuando la Purísima Sangre de los Desamparados anunciase al vecindario que había un reo en capilla, para que rezaran por su pronta muerte en el patíbulo. Los estandartes que portaban los cofrades en las procesiones, los sacerdotes, altarcitos con velas a las imágenes religiosas y las exclamaciones suspiradas que envolvieron su niñez en Haro, lo acompañarían cuando se echase a volar lejos de aquel nido asfixiante. Los pájaros de cuenta que cayeran en la argolla de su cepo no dejarían de gemir con estos trinos: «¡Por Dios, no me haga mucho daño, acabe pronto!»; «¡Dios me recoja en su seno!»; «Dios mío, amparadme»; «¡Jesús mío, te pido perdón!»; «¡No me abandones, Jesús, en mi agonía!»…</p><p>Con diez años, Nicomedes quedaría impresionado por otro episodio que ocurrió río arriba de Haro. Aquellos días estaba pescando cuando la noticia cundió por el pueblo, agrandada, desfigurada y diferente siempre, según la gente que la comentase. Si los dos guardias civiles no hubieran sacado del río el cuerpo decapitado de un soldado licenciado de la guerra de Cuba al que dieron muerte dos compañeros, los muchachos que pescaban con Nicomedes le hubieran clavado sus anzuelos. A pesar de la sangre fría como la de una lagartija que tenía aquel monaguillo, dispuesto para el sacrificio que le exigiría llevar a cabo la justicia, se llevaría un susto de muerte. Por las aguas habían visto bajar toda clase de ganado, cerdos y hasta caballos, pero nunca el cadáver troceado o completo de un hombre.</p><p>Antes de que le llegara la pubertad, su padre hizo que lo acompañase en sus trabajos de albañilería para que poco a poco fuera aprendiendo el oficio. En Haro eran muchas las edificaciones privadas y oficiales en las que podía echar sus peonadas, cargando calderos de agua y sacos de cemento en muchas de las construcciones que se llevaron a cabo en aquel período: reparación de los puentes sobre el Ebro y el Tirón; obras de alcantarillas y empedrados; edificación de un nuevo cementerio; refuerzo de los muros de contención contra el desbordamiento del río en épocas de grandes lluvias… Se subía sin vértigo a los andamios, amasaba el yeso y levantaba tabiques colocando un ladrillo sobre otro. Sin embargo, cuando erraba en algunas de sus actuaciones, su padre, frente a un rimero de tejas árabes, lo amenazaba gritándole: «¡Tienes el tejado de vidrio, Nico!».</p><p>La nueva profesión que nadie le vaticinaba también exigía el levantamiento de un andamio para ejercerla, pues así llamaban al patíbulo los comentaristas de las ejecuciones. Pura casualidad y simetría de los acontecimientos. Mientras los pájaros pasaran cerca de su cabeza y el sol le deslumbraba con la paleta en la mano, Nicomedes Méndez soñaba con matar a todos los asesinos que fuesen surgiendo en nuestro país. Cuando cumplía once años, los periódicos daban sus escalofriantes estadísticas: «<em>La Reforma</em>, periódico de tribunales, ha publicado en su último número una triste reseña de los delitos cometidos en España desde julio a mediados de setiembre. Esta reseña de dos meses arroja sesenta y cinco asesinatos, unos veinte robos de consideración y veintiuna riñas en las que han resultado heridas de gravedad».</p><p>Con sus piropos obscenos, los albañiles, que no cesaban de lanzar libidinosas miradas a cualquier mujer del pueblo que pasase junto a ellos, echaban aún más leña al fuego de la ardiente pubertad a que llegaba Nicomedes. Nada más contemplar a escondidas unos muslos de nácar femeninos en un recodo del Ebro, de ver tendidas en patios o balcones unas bragas negras, el corazón le latía deprisa y las piernas se le aflojaban. Mientras se masturbaba escondido en su cuartucho se imaginaba acariciando los pechos suaves y níveos de una de aquellas jóvenes que vendimiaban inclinadas sobre los racimos.</p><p>Su trabajo de albañil lo iba robusteciendo. Mostraba mayor desarrollo muscular en los brazos que en las piernas, y en espacial las manos, que se agrandaban, callosas, ásperas de piel por el contacto continuo con los materiales amasados de que hacía uso. En las arrugas de la epidermis había siempre restos de esa masa que la hacía blanquear, como chapa de yeso entre el pelo, patillas, cejas y párpados. Estos duros trabajos en Haro le servirían para alcanzar la plaza de verdugo de la Audiencia de Valladolid el año que su titular muriese o se jubilase. Primero, porque sabría levantar un patíbulo en menos que dura una noche (un patíbulo era un andamio, repetiría en su instancia y ante los examinadores), y segundo, por la fuerza que estaba alcanzando en sus brazos y manos, capaces de manejar el torniquete del garrote vil con soltura aunque el reo tuviera un cuello de pedernal.</p><p>De la primera ejecución que Nico oyó hablar en su casa, en la escuela y en la barbería de su pueblo, fue la del cura Merino, agarrotado por el verdugo de Madrid, debido a la repercusión que tuvo por pretender matar de una puñalada en el costado a la reina Isabel II. Aficionado como era a leer la prensa desde jovenzuelo, se bebía las letras de sangre con que se contaba cómo murió aquel endiablado fraile. No se merecía otra cosa. Seguramente fue la primera vez que aprendió el significado de la palabra <em>verdugo</em>, cuyo dibujo entraría en la baraja del tarot de todas las profesiones con las que soñaba.</p><p>Lo más parecido a un garrote que el niño que deseaba ser verdugo de mayor vería en Haro fueron los cepos, no habiendo demasiada diferencia entre ambos instrumentos, porque hasta la argolla que se le ponía en el cuello al reo se le llamaba cepo, y salían además de la misma fragua de una herrería. En el campo se empleaban para cazar conejos, pájaros, zorros y hasta había en el pueblo algún viejo habitante que incluía los lobos. Nico había visto agonizar algunos gorriones con el cuello aplastado por los alambres. En cuanto alcanzara un puesto en cualquier Audiencia de Justicia de España los emplearía en acabar con la vida de las alimañas en que se habían convertido muchos hombres. En sus días de escuela no le quedaba clara la fábula de Esopo que les escribiera el maestro en la pizarra para que la leyeran y copiaran: <em>La zorra y las uvas</em>. ¿Cómo a una devoradora de gallinas tan carnicera, cuyas víctimas destrozadas él había visto en muchos corrales, iba a apetecerle comer un racimo de uvas?</p><p>Fuera de la severidad y rudeza de su padre era feliz escuchando en primavera los gritos felices de las golondrinas que sobrevolaban los ganados de ovejas para arrancarles a picotazos copos de lana que mezclaban con barro para construir sus nidos. En algún día de lluvia, desde el alto balcón de la casa de un amigo, arrojaba un caldero de agua sobre el paraguas de algún pueblerino, burlándose del susto que le provocaba. Y durante el verano, sin escuela, en los días que su padre no lo obligaba a amasar yeso, jugaba a la pelota en una era. No reparando en la fugacidad con que las estaciones discurrían ante sus ojos, ignorando que no era posible bañarse dos veces en el mismo río, creía en su contrarreloj, por dejar atrás su infancia y volar de la casa de sus padres, que el tiempo se había detenido.</p><p>Nicomedes Méndez, a sus catorce años, a un paso de cruzar el umbral de la adolescencia, con granos en la cara, nariz grande y primeros pelos de barba, disfrutaba de un paisaje privilegiado y lleno de riqueza: las salinas de Herrera en sus inmediaciones, cincuenta fábricas de harina sobre el río Tizón, seis millones de cántaras de vino que se cogían y exportaban en Haro y cuatro leguas en circunferencia, las minas de sulfato de sosa existentes en Cerezo, tan abundantes que podían surtir de ellas al mundo entero, dando lo suficiente para alimentar un tren diario y cogiéndose con tanta facilidad como el agua del mar. Y en un futuro cercano se hablaba de la influencia del ferrocarril del norte desde el punto de vista de los intereses materiales.</p><p>Aquellas peticiones desesperadas que se hicieron en su pueblo para que las vías férreas aprobadas por el Gobierno pasaran por Haro las evocaría con una sonrisa en muchos de sus viajes. Observador como era, vería a los niños recoger sus monedas de un real que pusieran en las vías del tren chafadas a lo largo de las ruedas de acero que actuarían como planchas. «Así les dejo yo el cuello a los asesinos», pensaría. Sus sueños de viajar para conocer otras ciudades nacieron también con los del ferrocarril.</p><p>Dentro de diez años nada más, para ejecutar al reo que le correspondiese dentro del territorio de su Audiencia, comenzaría a ocupar los vagones del ferrocarril para cumplir con su lúgubre trabajo. Lo haría desde Valladolid a Astorga, a Palencia y a León, contemplando por una ventanilla las oleadas amarillas de las tierras de pan, las torres de las iglesias, los pueblos perdidos a orillas de los ríos… Entre aquellos jornaleros que se sentaban en los asientos de madera, él se sentiría importante, necesario, afortunado, y con una sangre fría especial.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 03 Aug 2024 16:44:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Salvador García Jiménez]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Nicomedes Méndez, el verdugo de Barcelona' entre 1877 y 1908, funesto creador del garrote catalán]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Jóvenes antifranquistas' (1965-1975), un ensayo de Eugenio del Río en primera persona]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/extracto-libro-jovenes-antifranquistas-1965-1975-eugenio-rio-pags-69-75_1_1583006.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f3e2b048-e6ae-4629-b91e-750c3e375d52_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Jóvenes antifranquistas' (1965-1975), un ensayo de Eugenio del Río en primera persona"></p><p>El movimiento antifranquista se vio reforzado por la incorporación de<strong> miles de jóvenes</strong> y estudiantes en la primera mitad de los años setenta, que formaron parte de muchas estructuras: <a href="https://www.infolibre.es/temas/pce/" target="_blank" >PCE</a>, asociaciones católicas, instituciones culturales, sindicatos, grupos nacionalistas... Hasta la recta final del franquismo, el partido comunista había aglutinado a la mayor parte de la oposición al régimen, pero en estos últimos años el movimiento se propagó por multitud de esferas sociales. </p><p>Este ensayo, escrito por el<strong> exsecretario general del Movimiento Comunista, Eugenio del Río</strong> (Donostia-San Sebastián, 1943), es el fruto de reflexiones que se han incubado a lo largo de más de treinta años, en las que ha unido diferentes materiales y notas personales. </p><p><strong>infoLibre</strong> adelanta un extracto de<strong> </strong><em><strong>Jóvenes antifranquistas</strong></em>, de la mano de la editorial Catarata.</p><p>______________________</p><p>Aunque, a comienzos de los años sesenta, la oposición organizada en la universidad era bastante reducida, pronto empezó a dejarse notar y a ampliar su influencia. El despegue del movimiento universitario, a partir de entonces, fue uno de los principales factores de deslegitimación del Régimen y del agravamiento de su crisis. La universidad fue dando la espalda al franquismo.</p><p>En un par de informes redactados para Franco por el entonces ministro de Gobernación, Tomás Garicano Goñi, destacaba a la juventud universitaria como el gran problema que afrontaba el Régimen.</p><p>En 1958 arreció la oposición al Sindicato Español Universitario (SEU), el sindicato único oficial.</p><p>Al iniciarse la década se creó en la Universidad de Barcelona un Comité de Coordinación Universitaria. Y en el curso de 1961-1962 se constituyó en Madrid la Federación Universitaria Democrática Española (FUDE).</p><p>En 1965 se extendieron las protestas estudiantiles en diferentes lugares (Madrid, Barcelona, Oviedo, Sevilla, Granada, Valencia, Zaragoza, Bilbao…). En marzo se celebró una Coordinadora de estudiantes de toda España en Barcelona, y en abril el Gobierno aprobó un decreto por el que se ponía fin a la existencia del SEU.</p><p>En el mes de marzo de 1966 tuvo lugar un importante encierro de medio millar de estudiantes en Barcelona, en los Capuchinos de Sarrià, al que se conoció como <em>la caputxinada</em>, constituyéndose el Sindicato de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB).</p><p>Estos acontecimientos jalonaron un periodo en el que el antifranquismo en las universidades experimentó un gran crecimiento. De ahí surgieron bastantes de los dirigentes de las organizaciones de extrema izquierda que irían cuajando en esos años. </p><p>Indicio y agente al mismo tiempo del aumento de las inquietudes sociales entre los universitarios fue el desarrollo del muy legal SUT (Servicio Universitario del Trabajo), desde 1950 hasta 1969, que llegó a contar con 500 lugares de trabajo (fábricas, campos, minas…) y en los que llegaron a participar más de 13.000 estudiantes.</p><p>En los 17 países más industrializados, desde finales de los años sesenta, aumentaron sensiblemente los índices primarios del movimiento huelguístico [frecuencia, participación y volumen (días/trabajador)], con un especial vigor en Francia (1968), Italia (1969) y en otros países en 1970 o 197193. En Francia, antes de la huelga general de 1968, se acumularon las huelgas: un millón de jornadas en 1965; dos millones y medio en 1966; 4,2 millones en 1967.</p><p>“En los años sesenta las jornadas anuales perdidas por conflictos industriales oscilan en Francia en unos 2.000.000, en Inglaterra entre los 3 y los 4.000.000, en Italia alrededor de los 10.000.000. Pero a finales de los sesenta y a lo largo de los setenta estas cifras son: en Francia del orden de 3 a 4.000.000, en Inglaterra entre 6 y 10 millones, en Italia entre 15 y 20 millones” (Víctor Pérez Díaz).</p><p>En España, en el periodo en el que nos situamos, aunque los salarios industriales se incrementaron en un 287% entre 1964 y 1972, se hacía patente una gran desigualdad. Según J. Alcaide, el 52,57% de los hogares españoles recibían solo el 21,62% del total de la renta nacional, mientras que un 0,12% acaparaba el 11,24%97. El 1% aproximadamente de la población más rica disponía de la misma proporción de renta que la mitad con menores ingresos98. Otro rostro de la desigualdad: la parte de los impuestos indirectos en la recaudación total, que pasaron del 63,1% en 1960 al 68,3% en 1973.</p><p>Hay que recordar, además, que, en paralelo a las elevadas tasas de crecimiento económico, entre 1964 y 1974 se dieron fuertes subidas de los precios.</p><p>Las desigualdades fueron un importante acicate para las movilizaciones obreras, en la mayor parte de los casos relacionados con reivindicaciones de aumentos salariales.</p><p>La huelga general de Manresa, en 1946, fue un acontecimiento reseñable en una España en la que la represión era muy intensa. Al igual que las huelgas de Cataluña, Vizcaya y Guipúzcoa en 1947 o la de Barcelona de 1951. Fue al final de la década de los cincuenta cuando empezaron a extenderse los conflictos laborales.</p><p>En marzo de 1957 estallaron las huelgas en las minas asturianas, con la participación de 4.000 mineros. En 1958, la fuerza de la movilización fue tal que llevó al Régimen a decretar en Asturias el 14 de marzo la segunda suspensión del Fuero de los Españoles y el estado de excepción por cuatro meses. En 1961 hubo huelgas en Altos Hornos de Sagunto, en la CAF de Beasain, en la Bazán de El Ferrol… Y en 1962 se extendieron las huelgas por numerosas provincias: Vizcaya, Guipúzcoa, Asturias, Valencia, huelga de peones agrarios en Jerez, Madrid, Jaén, Huelva, Cádiz, Córdoba, León, Teruel, El Ferrol, Vigo…</p><p>En la tabla 1 se puede apreciar el incremento del número de huelgas a partir de entonces. Aunque las cifras suministradas por las dos fuentes no son enteramente coincidentes, ambas permiten calibrar su importancia.</p><p>Las cifras de las jornadas perdidas por las huelgas son elocuentes: miles de jornadas de trabajo perdidas en 1964: 141; 1966: 184; 1968: 240; 1969: 559; 1971: 859; 1972: 586; 1973: 1.081; 1974: 1.748; 1975: 1.815; 1976: 12.593101.</p><p>El número de trabajadores que participaron en los conflictos de trabajo siguió también una línea ascendente: 1967: 272.964; 1968: 1.114.355; 1969: 5.174.719; 1970: 366.146; 1971: 266.453; 1972: 304.725; 1973: 441.072; 1974: 625.971; 1975: 556.371; 1976: 3.638.952102.</p><p>Las huelgas aumentaron en toda la década. Sobre todo en la minería asturiana y en las provincias más industrializadas (Barcelona, Vizcaya, Guipúzcoa). En esos años fue el del metal el sector más movilizado (del 30% al 50% de los conflictos) y el segundo, el minero.</p><p>En la primera mitad de los setenta se expandió considerablemente la geografía de las huelgas.</p><p>Un acontecimiento particularmente reseñable fue la huelga de Laminaciones de Bandas en Frío, de Etxebarri, cerca de Bilbao, que, iniciada por una reivindicación relativa a las primas, duró medio año, desde el 30 de noviembre de 1966 hasta mediados de mayo de 1967.</p><p>Un aspecto descollante de este resurgir de las movilizaciones fue el trabajo en las fábricas de numerosos trabajadores jóvenes, lo que trajo consigo un importante rejuvenecimiento del movimiento obrero y una energía renovada.</p><p>En algunas huelgas se puso de manifiesto la creciente incorporación de mujeres al movimiento obrero. Un exponente, en el sector de la confección, fue la huelga de la empresa burgalesa Ory, cuyas trabajadoras pararon durante 75 días (septiembre-noviembre de 1976), poco tiempo después de las movilizaciones obreras de Vitoria en las que la policía disparó contra los trabajadores matando a cinco de ellos.</p><p>Al calor de las luchas obreras, e impulsándolas, se extendieron las Comisiones Obreras, desde 1964-1965.</p><p>Con el tiempo, y sobre todo frente a este nuevo movimiento obrero, el Sindicato Vertical fue quedando marginado, mientras sus estructuras eran utilizadas por el sindicalismo ilegal, carente ya de toda vitalidad.</p><p>El eco de las movilizaciones obreras llegó a la juventud universitaria y a los barrios populares e impulsó el espíritu de resistencia frente al Régimen. Los episodios de las luchas obreras nutrieron el imaginario de los jóvenes más inconformistas y fueron un factor prominente del tránsito juvenil —de las <em>conversiones</em>— hacia ideologías radicales.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 05 Sep 2023 19:23:15 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Eugenio del Río]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Jóvenes antifranquistas' (1965-1975), un ensayo de Eugenio del Río en primera persona]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Libros,Franquismo,Víctimas del franquismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Los señores de las tijeras. El cine que la censura nos prohibió']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/senores-tijeras-cine-censura-prohibio_1_1565492.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e9c8a6ee-3797-4eac-bfa2-2d1138b42045_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Los señores de las tijeras. El cine que la censura nos prohibió'"></p><p>Desde sus orígenes, el cine se vio como un medio que podía<strong> influir negativamente </strong>en la sociedad. Por eso surgió pronto la tentación de <strong>controlar sus contenidos</strong>, de eliminar aquello que cada época consideraba peligroso, en suma, de ejercer la <strong>censura </strong>sobre lo que se podía y no se podía ver. En este nuevo libro, concebido como un gran reportaje, <strong>Vicente Romero</strong> nos narra la <strong>historia de la censura en el cine español,</strong> con especial atención a los cuarenta años de la<strong> dictadura franquista</strong>, cuando se ejerció un <strong>duro control religioso, militar y político</strong> no solo sobre lo que se hacía en nuestro país, sino sobre lo que se importaba de otros. Diálogos suprimidos, argumentos tergiversados, imágenes cortadas... cuestiones que hoy nos podrían generar una sonrisa, pero que no tenían nada de divertido para quienes las sufrían. </p><p>De la mano de numerosos ejemplos, así como de <strong>entrevistas con los censores y con los cineastas </strong>que sufrieron estas humillaciones, el autor nos ofrece un completo panorama de una represión cultural desde los albores del cine mudo hasta las últimas tijeras, que terminaron con la llegada de la <strong>democracia</strong>.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta un extracto de <em>Los señores de las tijeras. El cine que la censura nos prohibió</em>, que llega a las librerías este mes de <strong>septiembre </strong>de la mano de la editorial <a href="https://www.akal.com/" target="_blank" >Akal</a>.</p><p>----------------</p><p>En junio de 1962, Arias Salgado lanzó una campaña de propaganda contra las personalidades democráticas que asistieron al IV Congreso del Movimiento Europeo, calificándolo como «el contubernio de Múnich». Fue un error, porque perjudicó a la imagen exterior del régimen más que las críticas pronunciadas en el evento, y debilitó al ministro, que poco después sería criticado por el mismísimo Vaticano a causa de la autorización concedida por la censura a <em>Viridiana</em>.</p><p>Los primeros síntomas de cierta evolución en la dictadura habían esperanzado a Luis Buñuel, deseoso de regresar a su tierra. Exiliado desde la Guerra Civil y con su obra prohibida, le ilusionaba volver a dirigir en España. Lo intentó en 1961, antes de que cristalizara la evolución aperturista que ya se presentía. Aceptó el juego con la censura y, sin pretenderlo, acabó causando un escándalo político. </p><p>—Hombre, Buñuel se oponía a la censura –matizaba Juan Antonio Bardem–, la admitía como una especie de ley superior, pero estaba absolutamente en contra de su existencia.</p><p>—El director general de Cine llamó a Buñuel y le dijo que aceptaba que hiciera Viridiana, pero que el desenlace le parecía inmoral y era muy difícil que pasara –narraba Ricardo Muñoz Suay–. </p><p>Entonces Buñuel preguntó: «¿Y qué solución le damos?, ¿quiere usted que jueguen a las cartas?». Y el alto cargo contestó: «Pues bien, me parece muy bien que jueguen a las cartas». Entonces Luis pensó que el <em>ménage à trois</em> que sugería la partida de naipes resultaba mucho más atrevido que lo otro.</p><p>En la escena final definitiva, el parlamento de Paco Rabal no dejaría lugar a dudas: «No me lo va a creer, pero la primera vez que la vi me dije “mi prima Viridiana terminará por jugar al tute conmigo”». La película obtuvo el beneplácito de la censura e inesperadamente planteó un serio problema a Arias Salgado: triunfadora en el Festival de Cannes, la obra de Buñuel fue calificada de «blasfema» en un editorial del periódico vaticano <em>L’Osservatore Romano</em>, que criticó al Gobierno de Franco por haberla permitido.</p><p>—Claro, aquello no solamente se prohibió, sino que se destituyó fulminantemente al director general de Cine –afirmaba el censor Alberto Reig.</p><p>—Con Viridiana yo no sé exactamente lo que pasó, pero le costó el puesto a mi antecesor, José Muñoz Fontán, que era una gran persona –argüía Jesús Suevos. Porque había una secuencia que representaba una cena como la de Leonardo da Vinci, pero con borrachos y prostitutas, lo cual no era precisamente algo muy reverente para la cosa religiosa. Cuando yo llegué, la película ya estaba prohibida, pero, si no lo hubiera estado, yo no hubiera tenido inconveniente en prohibirla.</p><p>—En verdad, Viridiana nunca se prohibió: la administración fue mucho más inteligente y lo que hizo fue borrarla de la lista de los vivos –comentaba Bardem–. O sea, que nos quitaron con efecto retroactivo el permiso para rodar la película, y esta dejó de tener existencia legal. Por tanto, el negativo que teníamos depositado en Madrid Films era nada. Fue como si te borran del Registro Civil.</p><p>Quemado políticamente, el arcángel Gabriel Arias Salgado cesó como ministro de Información y Turismo en julio de 1962, siendo reemplazado por Manuel Fraga Iribarne. El relevo fue mucho más que un cambio de nombres. Porque la gestión de Fraga se hizo notar enseguida y, a lo largo de los siete años que permaneció en el Gobierno, impulsó una serie de reformas liberalizadoras bautizadas con el nombre de «aperturismo político».</p><p>[….]</p><p>Los ecos de la apertura hicieron que Buñuel intentase en 1970 un segundo regreso del exilio, con el propósito de rodar <em>Tristana</em>, cuyo guion llevaba más de seis años vetado. Su primer acercamiento consistió en presentar<em> La Vía Láctea</em> (1969) al Festival de Valladolid. Que en el Ministerio de Información no se fiaban de él quedó claro en un breve documento interno, en el que se daba cuenta de que el ministro vio la película acompañado por monseñor Guerra Campos, y que juntos decidieron admitir que <em>La Vía Láctea</em> se proyectase en Valladolid 3 pero fuera de concurso, «para no correr el riesgo de que resulte premiada de alguna manera», y «sin subtitular, de manera que se dificulte la comprensión». En el mismo escrito se descartaba el proyecto de <em>Tristana </em>porque «el ministro estima que Buñuel puede hacer una jugarreta con cualquier tema pero, en especial», con el guion de <em>Tristana</em>.</p><p>Los primeros informes de los censores sobre el proyecto del genial aragonés, fechados en 1963, ya habían avisado de que «la película va a ser realizada por Buñuel. Y Buñuel es lo imprevisto, lo inesperado. Y además es el anticlericalismo exacerbado. Y es, en sus películas últimas, el erotismo senil y patológico. Y aquí está el peligro. […] Y Buñuel, puesto a soltarse el pelo, no se sabe dónde termina». Entonces, la productora Época Films respondió aclarando ser una empresa católica que «no ha de prestarse nunca, ni siquiera por omisión, a patrocinar una película que en algo pueda rozar el dogma o los principios más elementales de la Religión Católica. […] Nos consta y nos satisface decirlo, que por parte de Luis Buñuel existe un deseo patente, vivo y apasionado de demostrar su buena voluntad, su espíritu de convivencia con el país donde nació y su honestidad artística, ajena a toda confusión de otro carácter». Pero todo fue inútil hasta que Fraga encaró el asunto y quiso evitar que «una película tan española como aquella» se rodase en Portugal.</p><p>—Después de lo que había ocurrido con Viridiana, el Ministerio le dio facilidades –constató Fraga en TVE–. Buñuel buscó un contacto personal conmigo, a través de un amigo común. Tuvimos una buena conversación y <em>Tristana </em>se hizo. Aparte de eso, él nunca colaboró en nada más, sólo intentó que se le permitiera hacer cine en su tierra, cosa que era perfectamente natural.</p><p>Pero tampoco esta vez Buñuel se vio libre de problemas, aunque fuesen de escasa importancia. Porque en su película aparecía un duelo. Y los duelos estaban expresamente prohibidos por la censura. Finalmente, <em>Tristana </em>se estrenó cuando la política del régimen iniciaba una marcha atrás. Las tensiones internas del franquismo acabaron por dar fin al aperturismo a mediados de 1969. El sector que defendía un proyecto de reformismo franquista cayó finalmente derrotado por los integristas del Opus Dei, agrupados en torno a la figura del almirante Luis Carrero Blanco. Manuel Fraga Iribarne fue sustituido por Alfredo Sánchez Bella. Y con ello el cine quedó en manos del embajador que había denunciado <em>El verdugo</em> como «propaganda comunista».</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Sep 2023 17:21:05 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Vicente Romero]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Los señores de las tijeras. El cine que la censura nos prohibió']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Libertad de pensamiento']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/libertad-pensamiento_1_1569158.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2b85e241-8c62-4c24-a0b3-ae956c1b1ece_16-9-discover-aspect-ratio_default_1007762.jpg" width="1677" height="943" alt="'Libertad de pensamiento'"></p><p>Casi sin darnos cuenta y de manera habitual compartimos nuestros pensamientos más íntimos con empresas tecnológicas. Sus <strong>algoritmos nos clasifican </strong>y extraen conclusiones preocupantes sobre quiénes somos y qué queremos. También configuran nuestros pensamientos, elecciones y acciones cotidianas, desde con quién salimos hasta qué votamos. </p><p><strong>Conectando los puntos desde Galileo hasta Alexa</strong>, la abogada británica <a href="https://twitter.com/susie_alegre" target="_blank" >Susie Alegre</a> traza la historia y la fragilidad de nuestro derecho humano más importante: la libertad de pensamiento. Lleno de estudios de casos impactantes en la política, la justicia penal y la vida cotidiana, este libro innovador muestra cómo <strong>nuestra libertad mental está amenazada</strong> como nunca antes. Atrevido y radical, este libro nos propone que solo si reformulamos nuestros derechos humanos para la era digital podremos salvaguardar nuestro futuro.</p><p><strong>infoLibre </strong>publica un adelanto de <em><strong>Libertad de pensamiento. La larga lucha por liberar nuestra mente</strong></em>, novedad editorial que verá la luz en septiembre de la mano de la editorial <a href="https://www.akal.com/" target="_blank" >Akal</a>.</p><p>----------</p><p>¿Qué podría ser más humano e íntimo que el pensamiento? Cuando hablamos de privacidad, sentimos que no tenemos nada que ocultar. Pero, si hablamos de libertad de pensamiento, ¿cuántos estaríamos realmente dispuestos a decir «no tengo nada que pensar»?</p><p>Mientras que la idea de privacidad parece cerrada, introspectiva y exclusiva, diseñada para restringir y ocultar el yo, mantener fuera a los demás, la idea de libertad de pensamiento es expansiva, exploratoria y abierta. Es el espacio para descubrir ideas nuevas, probar nuevos puntos de vista, ser descorteses, irreverentes y picantes, profundos y pomposos, para entender el lugar que ocupamos en el mundo que nos rodea. La libertad de pensamiento es un viaje de descubrimiento y la privacidad es el puesto de peaje.</p><p>Tim Berners-Lee no inventó Internet para esclavizar nuestras mentes. Pero, en las pasadas tres décadas, un optimismo panglosiano combinado con cínico interés propio ha permitido que la escala de nuestra dependencia y el alcance de la penetración de la tecnología en nuestras mentes se expanda de manera descontrolada. Las grandes tecnológicas han eludido la regulación a base de asustar a los políticos con la amenaza de que asfixiaría la innovación: nadie quiere que lo acusen de ludita. Ahora que hemos empezado a despertar a la realidad, se nos dice que ya está hecho, que es algo tan complejo y omnipresente que debemos aprender sin más a convivir con ello. Pero no tenemos que aprender a vivir con un sistema que nos niega la dignidad. Debemos recordar el espíritu revolucionario de París y Berlín que caracterizó el año en el que nació Internet. Y necesitamos aprender a cambiar Internet, para convertirla en un sistema que contribuya a nuestra libertad individual y colectiva. </p><p>En una carta abierta escrita en 2019 para conmemorar los 30 años de su invento, Tim Berners-Lee decía lo siguiente:</p><p><em>Sobre el telón de fondo de noticias acerca de la mala utilización de la Red, es comprensible que muchos sientan miedo y duden de que realmente sea una fuerza positiva. Pero, dado cuánto ha cambiado Internet en los pasados 30 años, sería derrotista y falto de imaginación asumir que la red que conocemos no pueda mejorarse en los próximos 30. Si renunciamos a construir una Internet mejor ahora, no será la red la que nos haya fallado. Nosotros le habremos fallado a la red. [….] </em></p><p>Este no es un libro sobre tecnología; trata sobre los derechos humanos y la importancia de estos. Han pasado casi tres cuartos de siglo desde que la humanidad se unió para reconocer los derechos establecidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero lo que parecía un periodo definitivo de paz y prosperidad, al menos en Europa y Norteamérica, ha permitido que olvidemos por qué los derechos humanos importan para la vida de todos. Peor aún, los derechos y libertades se han convertido en un arma (de manera muy literal en Estados Unidos, con el derecho a portar armas), con una falta fundamental de conocimiento acerca de lo que significan y cómo funcionan. Tengo derecho a la libertad de expresión, pero eso no me da derecho a provocar odio y discriminación contra ti y personas como tú. Tengo derecho a la privacidad, y eso incluye el derecho a mantener mi estado de salud como algo personal y a mantener relaciones íntimas con otras personas, pero no me da derecho a infectar de manera intencionada o imprudente a otros con un virus mortal. La idea de la libertad ha sido empleada y corrompida para que represente un individualismo egoísta que poco tiene que ver con el ideal de libertad que nos puso en la senda hacia los derechos humanos defendibles judicialmente.</p><p>Estamos en un punto crucial de nuestra historia. Para quien, como yo, desee un futuro de paz y prosperidad para las generaciones que están por venir, ha llegado el momento de pensar muy en serio qué significan los derechos humanos y las libertades fundamentales, cómo funcionan y cómo podemos protegerlos. Son universales, indivisibles e inalienables. La libertad de pensamiento se sitúa y funciona junto a otros muchos derechos. Pero en general ha sido descuidada, con una complacencia inapropiada. Si perdemos nuestra capacidad de pensar y formar opiniones libremente, seremos incapaces de defender cualquiera de nuestros derechos humanos. En cuanto hayamos perdido nuestros derechos, tal vez nunca los recuperemos. Antes de desperdiciarlos, deberíamos recordar de dónde proceden, por qué importan y cómo pueden salvarnos en el futuro.</p><p>Es hora de avanzar en la definición de qué significan en la práctica los derechos de pensamiento y opinión, para poder trazar un círculo protector en torno a ellos y encontrar el espacio mental necesario para pensar, sentir y entender con libertad. Necesitamos libertad de pensamiento para combatir el cambio climático, el racismo y la pobreza mundial, y para enamorarnos, reír y soñar. La libertad de pensamiento es un derecho individual, pero resulta crucial para la vida cultural, científica, política y emocional de nuestras sociedades. Nos da la oportunidad de tener pensamientos espantosos y apartarlos antes de actuar de acuerdo con ellos o de permitir que arraiguen; nos permite escoger cómo nos comportamos con los demás, moderar nuestro discurso de acuerdo con el contexto y la audiencia, y ser nosotros mismos. La libertad de pensamiento nos permite imaginar nuevos futuros sin tener que probarlos primero. Conserva nuestro espíritu dinámico y aventurero, nos mantiene seguros y, sobre todo, nos permite seguir siendo humanos.</p><p>No deseo frenar la tecnología. Este libro no es un manifiesto ludita que defienda el fin de la modernidad. Es un llamamiento urgente, sin embargo, a pensar qué le pedimos a la tecnología en el futuro y qué necesitamos para conservar nuestra humanidad y nuestra autonomía: estos deberían ser los principios rectores de nuestra relación con la tecnología y del desarrollo futuro de la industria tecnológica. Nuestro futuro no debería basarse en la mejor forma de monetizar la población mundial y obtener la dominación mundial para unos pocos. Debe basarse en lo que significa ser humano, y para eso debemos tener la libertad de pensar.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Aug 2023 18:11:22 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Susie Alegre]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Libertad de pensamiento']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Contra lo común. Una historia radical del urbanismo']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/comun-historia-radical-urbanismo_1_1555687.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/291ed0eb-40ff-4bb2-9212-88b4a4b89870_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Contra lo común. Una historia radical del urbanismo'"></p><p><em>Contra lo común </em>(<a href="https://www.alianzaeditorial.es/subcoleccion/alianza-ensayo/" target="_blank" >Alianza Ensayo</a>) reescribe la <strong>historia del urbanismo desde la perspectiva de los oprimidos</strong>, adentrándose en el drama de la urbanización capitalista y la lucha de las clases populares por construir lugares más justos y democráticos a través de su capacidad para organizar el espacio y convertirlo en una fuente de poder, y expone cómo el capitalismo y las políticas urbanas han evolucionado en sus intentos por destruir este potencial liberador.</p><p><strong>Álvaro Sevilla-Buitrago recorre más de tres siglos de urbanización</strong> en el mundo occidental para revelar la centralidad de estas estrategias de desposesión en múltiples procesos de cambio espacial: de la privatización de la tierra comunal al control del espacio público y la vida cotidiana, de la reestructuración de la metrópolis y la producción de suburbios a las políticas de vivienda o las nuevas dinámicas de segregación, gentrificación y regeneración ligadas a la llamada «ciudad creativa».</p><p>Pero «lo común no es solo un inquietante espectro del pasado; también es una hipótesis sobre el futuro». Concibiendo la historia y la planificación como proyectos transformadores, estas páginas también exploran la <strong>posibilidad de una urbanización postcapitalista </strong>basada en los comunes, en la que el contenido y el diseño del espacio social estén definidos por las personas que lo habitan.</p><p>En <strong>infoLibre </strong>adelantados un pasaje del libro, a la venta el próximo 14 de septiembre, titulado <em><strong>El urbanismo como proyecto histórico</strong></em>.</p><p>-----------</p><p>Imagina un territorio donde las viviendas se mezclan con talleres, fábricas y huertos colectivos. Imagina un tejido urbano salpicado de enclaves rurales y franjas de suelo agrícola donde los seres humanos conviven con el ganado. Imagina un lugar donde las redes metabólicas, los ciclos de nutrientes y materias primas y los flujos de energía circulan mayoritariamente en torno a comunidades locales y son controlados por ellas. Las labores y el ocio se alternan y superponen en calles impregnadas de un ambiente de intensa sociabilidad. </p><p>Los espacios públicos son a la vez lugares de trabajo, de comercio y de celebración colectiva, vagamente delimitados y reinventados continuamente por los usuarios de acuerdo con sus necesidades cotidianas. Las mujeres y los niños son protagonistas activos de esta constelación de actividades y encuentros, los agentes principales de una vida comunitaria organizada en torno a los ritmos característicos de la reproducción social. Las minorías de distinta extracción étnica y cultural juegan también un papel fundamental en la definición de estos entornos como mosaicos heterogéneos, y a veces contradictorios, de prácticas colectivas. Imagina un conjunto de archipiélagos de centralidad entrelazados, con jerarquías espaciales superpuestas que hacen el territorio difícil de interpretar, comprender y monitorizar. </p><p>Las instituciones estatales y las élites han perdido gran parte de su autoridad sobre esta red de enclaves, que permanecen parcialmente desligados de dinámicas nacionales y globales más amplias. Sus espacialidades giran en torno a los pequeños detalles y necesidades diarias; las relaciones de mayor escala están estructuralmente subordinadas a ellas. Existe la propiedad privada, pero como un régimen no exclusivo, que varía en el espacio y en el tiempo, supeditado a configuraciones más complejas de usos y costumbres que desdibujan los límites entre la posesión individual y la colectiva. En estos lugares la idea misma de lo urbano se sustenta en representaciones, relatos e identidades que emanan de experiencias locales y refuerzan el carácter de los asentamientos como espacios autónomos. Imagina un régimen de urbanización que no está orientado al crecimiento, sino a la autorreproducción de la comunidad, a la creatividad cooperativa y los cuidados, al juego y al placer.</p><p>Este libro cuenta la historia de cómo estos aspectos se convirtieron en eso: una mera imaginación. Hoy un número creciente de teóricos críticos, historiadores radicales e investigadores militantes evocan la forma subyacente a muchos de estos fenómenos con un concepto esquivo: los comunes. Descrito como un frente fundamental en las luchas de transformación social, la idea de lo común está en el núcleo de numerosas visiones emergentes para un futuro postcapitalista. Pero en el pasado las configuraciones y los arreglos antes mencionados eran ingredientes esenciales de espacios sociales totalmente reales.</p><p>Reflexionando sobre el potencial explosivo de las metrópolis contemporáneas como lugares de encuentro, diferencia y antagonismo, diversos intelectuales, activistas y académicos radicales han presentado la urbanización como un catalizador para el renacimiento de los comunes. Los urbanistas progresistas también lamentan su desaparición y tratan de recuperarlos. Es una triste ironía. Porque, como veremos, el urbanismo y la urbanización capitalista han sido, en realidad, agentes clave en la descolectivización de la sociedad y la destrucción del espacio de los comunes. Esta agencia negativa apenas se ha analizado en las historias y teorías del urbanismo disponibles, que tienden a describir el «proyecto de la planificación espacial» como un esfuerzo bienintencionado para mejorar las condiciones físicas, económicas, medioambientales y sociales de las ciudades. </p><p>Al mismo tiempo, los análisis sobre la apropiación y destrucción de los comunes en las ciencias sociales a menudo ignoran su dimensión geográfica, o presentan los entornos urbanos como contenedores inertes, no como instrumentos activos que pueden ser movilizados para producir o desmantelar formaciones comunales. En otras palabras, se presta poca atención a las mecánicas de desposesión espacial y a cómo determinadas técnicas, procedimientos y órdenes urbanos articulan estos procesos. Esto limita nuestra capacidad para comprender y revertir dinámicas que obstaculizan el supuesto potencial emancipatorio del urbanismo y restringen el despliegue de la urbanización como un proceso de liberación colectiva. </p><p>Este libro combina perspectivas de teoría crítica e historia social para cubrir esas lagunas, utilizando lo común como categoría heurística para analizar el papel de la planificación espacial en la aparición, desarrollo y reestructuración cíclica del capitalismo. Defiende que las luchas en torno a los procesos de reproducción social, la producción de comunes y la desposesión de estos han sido un factor central en la evolución histórica de la urbanización y el urbanismo capitalistas, y explora las implicaciones de esta genealogía para los futuros intentos de reapropiación y resignificación del proyecto de la planificación como instrumento de justicia social.</p><p>Algunas de estas ideas requieren una explicación, pues presentan la planificación espacial como un agente histórico dotado de un poder duradero para configurar y dirigir cambios sociales a gran escala. Desde luego, esto no significa que pueda decirse que el urbanismo constituye un esquema holístico prediseñado, una especie de gran conspiración omnicomprensiva. Más bien, la noción de «proyecto» designa aquí un conjunto fluido de prácticas y estrategias con una cierta direccionalidad y coherencia interna en términos de los actores, posiciones, procedimientos y aspiraciones involucrados en sus procesos. Rastrear esta coherencia nos permite identificar secuencias causales y patrones recurrentes en el tiempo. Estudiadas desde la perspectiva privilegiada del presente, estas consistencias aparecen como composiciones de fuerzas diversas, a veces heterogéneas, que orientan el cambio social en una dirección determinada. </p><p>Por supuesto, no soy el primero que sugiere el concepto de planificación o urbanismo como proyecto. La propia formación de la disciplina como un campo de práctica intelectual y profesional se ha basado en el reconocimiento de un hilo conductor de tradiciones y objetivos comunes. Una interpretación explícita y bien conocida en esta línea es la ofrecida por Patsy Healey en su concepción del «proyecto de la planificación» como un esfuerzo colectivo por mejorar las cualidades de los lugares, que adopta distintos métodos y paradigmas en fases sucesivas, pero que también conserva una vocación progresista a lo largo de diferentes etapas históricas. No obstante, a la luz de los análisis que siguen, esta concepción normativa es solo un aspecto de lo que David Harvey ha llamado la «ideología de la planificación»; es decir, tiene más que ver con las aspiraciones de los urbanistas de mentalidad progresista que con el funcionamiento real del urbanismo.</p><p>Este libro explora la urbanización y la planificación espacial de una forma bastante diferente: como esferas y objetos fundamentales de luchas sociales más amplias. Centrándose en un aspecto específico, pero crítico, entiende el proyecto de la planificación como elemento constitutivo de un imperativo sistémico más amplio: la necesidad constante bajo el capitalismo de garantizar una base social coherente ante sus propias fuerzas desestabilizadoras y, más concretamente, de reproducir los estratos populares como clases subalternas. Como veremos, este prerrequisito estructural se manifiesta espacialmente, entre otras formas, a través de la creación de órdenes territoriales basados en distintos procesos de descolectivización, desempoderamiento y desposesión. El capitalismo no solo ocupa el espacio; el capitalismo es un modo de espacialización. Reconfigura los lugares, las ciudades y las regiones de forma incesante y desigual, no solo por objetivos meramente productivos o por un imperativo de acumulación, sino también, más en general, para modelar y reproducir formaciones sociales amplias que proporcionan un soporte vital para el desarrollo económico. </p><p>Bajo su influencia, la propia urbanización se convierte en un vector de colonización de esferas y espacios no capitalistas, cuya existencia dificulta la continuidad del sistema. El conjunto variable pero relativamente coherente de técnicas, planes y estrategias que llamamos urbanismo o planificación espacial juega un papel primordial en este proceso y se convierte así en un ámbito fundamental de organización y lucha en el que tiene lugar un choque entre concepciones opuestas de la reproducción y las relaciones sociales. Para captar toda la complejidad de estos conflictos, este libro aporta una visión panorámica de la urbanización capitalista en Occidente y se centra en combinaciones heterogéneas de agencias, dispositivos, motivaciones y procedimientos que, a pesar de su diversidad, generan consistencias estratégicas en torno a determinadas visiones socioespaciales. Así pues, el urbanismo se presenta como un campo poliédrico y dinámico de diseño espacial y prácticas regulatorias y discursivas que median la urbanización en consonancia con intentos hegemónicos más amplios de sostener el capitalismo en el contexto de procesos de cambio económico y social a largo plazo. En otras palabras: todo plan prefigura un orden social deseado. </p><p>Producir los espacios que sustentan estos órdenes y simultáneamente facilitar las formas de desposesión, desplazamiento y desempoderamiento intrínsecas a la expansión y reestructuración capitalistas: he ahí un imperativo esencial, aunque habitualmente ignorado, de la planificación espacial. Este libro investiga distintas manifestaciones históricas de este proyecto, componiendo un cuadro de actores, enfoques, instrumentos y modelos que, a pesar de su heterogeneidad, comparten una característica crucial: utilizan el espacio para «descomunizar» la sociedad, es decir, para neutralizar, erosionar o subsumir los comunes y las formas populares de autorreproducción, facilitando así la consolidación de nuevos regímenes económicos y políticos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Aug 2023 18:03:22 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Álvaro Sevilla-Buitrago]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Contra lo común. Una historia radical del urbanismo']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA['Vietnamitas contra Franco']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/vietnamitas-franco_1_1568473.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5ddd90cf-e94e-4f29-830c-a9ca6db629b2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Vietnamitas contra Franco'"></p><p>La <strong>cultura escrita clandestina durante la Dictadura de Franco</strong> fue un mundo oculto y ocultado. Depositaria del poder de la palabra escrita y de la fuerza de lo prohibido, la clandestinidad alimentó extraordinarios procesos creativos, en situaciones límite, con imaginación, destreza y desafíos constantes a través de una literatura y un arte de agitación, en todas sus formas expresivas. </p><p>Los <strong>libros proscritos</strong>, los libritos con cubiertas falsas, los periódicos impresos clandestinos y los realizados a mano en las cárceles, los boletines, las cartas troceadas, los documentos falsificados, los mensajes cifrados, las poesías, las pegatinas y miles de hojas volantes y <strong>octavillas tiradas en precarias maquinitas de fabricación casera llamadas "vietnamitas"</strong>, configuraron el amplio repertorio de las letras clandestinas, que se volcaron también en pintadas, carteles, grabados, pancartas o murales de un arte disidente. </p><p>Los clandestinos tuvieron vidas dobles, que discurrieron por espacios escondidos y actividades secretas, como respuesta a la <strong>persecución por parte del Estado vencedor de la guerra civil</strong> que, de forma implacable, proyectó la eliminación de sus adversarios y el control de sus disidentes. Se movieron de manera <strong>subterránea </strong>a impulsos de su capacidad de <strong>resistencia</strong>, sorteando los procedimientos represivos con un combate de tinta. Las "vietnamitas" simbolizaron un <strong>gesto tenaz de rebeldía</strong> permanente y se convirtieron en el emblema de la agitación y de la lucha contra la Dictadura. Eran las <a href="https://www.catedra.com/libro/historia-serie-mayor/vietnamitas-contra-franco-jesus-a-martinez-9788437646404/?utm_campaign=avance-novedades-otono-2023&utm_medium=email&utm_source=acumbamail" target="_blank" ><em>Vietnamitas contra Franco</em></a><em>.</em></p><p><strong>infoLibre </strong>publica un adelanto de este libro de Jesús A. Martínez que llegará a las librerías el 14 de septiembre a través de la editorial <a href="https://www.catedra.com/" target="_blank" >Cátedra</a> y que rescata un mundo silenciado y hasta ahora perdido en la clandestinidad de la Historia.</p><p>------------------</p><p>Aquel día de la primavera madrileña amaneció especialmente gris y ventoso. Los remolinos de aire penetraron en todos los rincones del vestíbulo de entrada de la Facultad. Removieron con fuerza las puertas, los ventanales y los paneles. Pero el aire también removió la historia de un tiempo que parecía detenido, porque, pasado el vendaval, algo distrajo la atención de uno de los bedeles. Por el hueco del lucernario asomaba lo que parecía ser la esquinita de un papel, rompiendo la armonía y las líneas rectas y limpias del techo de escayola. </p><p>Aquel guiño del destino despertó su curiosidad. Subido a una silla, tiró de aquella esquinita y, temeroso de abandonar su escondrijo, apareció despacio un pequeño trozo rectangular de papel impreso liderando la salida a la luz de toda una comitiva de papeles ocultos. El asombrado bedel, asomado al olvidado hueco, comprobó que había aún más, hasta medio centenar, disfrazados por el polvo y el paso del tiempo, amarillentos o ennegrecidos según la posición en la que se habían acomodado. Algunos estaban salpicados de la pintura que en su día se aplicaría al techo.</p><p>Eran octavillas. Correspondían a varios partidos políticos y a diferentes fechas. Algunas estaban repetidas con cuatro o cinco ejemplares. La más antigua era del PCE (m-l), grupo escindido del PCE en 1964, con un llamamiento «A la clase obrera, a todos los trabajadores y al pueblo de Madrid» fechada en septiembre de 1972. Otra estaba firmada, esta vez sin fecha, pero posterior al consejo de guerra celebrado en Burgos a finales de 1970, por el Partido Comunista de España (internacional), también grupo maoísta escindido del PCE en 1967. Una tercera estaba editada por el Comité de Universidad de la JGR, sin fecha tampoco, pero hacía alusión a la revisión del sumario del proceso 1001 por el Tribunal Supremo en diciembre de 1974. </p><p>Las demás se tiraron después de la muerte de Franco, ya en 1976. Una estaba difundida por el Partido Carlista en enero de ese año, con un llamamiento al que estaban adheridos la ORT, Reconstrucción Socialista de Madrid y USO, y reproducía el «Llamamiento del Comité Coordinador de Madrid de la Junta Democrática y de la Plataforma de Convergencia Democrática al pueblo de Madrid», es decir, de los dos organismos unitarios que coordinaron la mayor parte de las fuerzas políticas de oposición. Otra estaba fechada el 14 de septiembre de 1976, era del PTE y llevaba por título «Basta ya de asesinatos», en tamaño más pequeño, en dieciseisavo. Y la última, cronológicamente, tenía en su anverso un dibujo con una urna de madera simulando un cepo en el que quedaría atrapado el voto, con la leyenda «La trampa está en votar», y en el reverso, firmado por el PCE (r), figuraba la consigna «No votes», en alusión al referéndum para la reforma política convocado para el 16 de diciembre de 1976.</p><p>Todas eran panfletos tirados en precarias multicopistas manuales y de fabricación casera que la jerga de la militancia política denominó «vietnamitas». Habían sido tiradas al final de la dictadura y habían permanecido allí desde entonces. Formaban parte de cuarenta años de clandestinidad y ahora despertaban en un mundo de libertades, carentes ya del propósito para el que fueron escritas y difundidas. Eran el símbolo de la cultura escrita clandestina en tiempos de la dictadura y después fueron olvidadas como restos de un paisaje que cuarenta años atrás era cotidiano, cuando la lluvia de octavillas se posaba casi a diario en el suelo de las facultades universitarias. Eran vestigios de una forma de disidencia, frágiles y pasajeros, pero ahora eran testigos del pasado dejando constancia de un mundo perdido.</p><p>Posiblemente su largo escondite no era obra de ningún coleccionista anónimo que las hubiera alojado allí para conservarlas a salvo de su tenencia peligrosa, sino que se fueron depositando espontáneamente como sedimentos del lanzamiento de octavillas al aire por los estudiantes, algo muy habitual en este vestíbulo central que permitía ver la entrada de la Facultad y la posible llegada de la policía después de que hubieran levantado barricadas en el exterior. Y allí, después de muchas tiradas, algunas de ellas habían planeado buscando reposo, almacenándose y fosilizándose, hasta quedar sepultadas por el tiempo y el olvido. Habían nacido clandestinas y habían continuado siéndolo cuarenta años más.</p><p>Las octavillas y las vietnamitas con las que habitualmente se producían eran todo un símbolo de cultura escrita disidente durante la dictadura. Las primeras habían volado otros cuarenta años atrás, después de la Guerra Civil, como el instrumento de agitación más visible en constante desafío a la longeva dictadura y a sus mecanismos de control, sin que estos lograran acabar con ellas. Al revés, se multiplicaron con tanta fuerza con el tiempo que proliferaron en los años sesenta y setenta, no solo en los suelos de las universidades sino en muchos escenarios urbanos que se poblaban con aquella lluvia escrita de panfletos. Fueron el emblema de la agitación y la lucha contra la dictadura, quizá el más visible, pero no el único de una cultura escrita clandestina que retó continuamente al régimen, que se revolvía implacable para intentar controlarla. </p><p>Fue un permanente combate de tinta con todo su repertorio expresivo: libros y revistas proscritos y de contrabando, folletos con cubiertas falsas, prensa periódica clandestina, cartas troceadas, informes en clave, documentos falsificados, octavillas y todo tipo de hojas volantes, carteles, pintadas, pancartas, pegatinas y pasquines... Eran letras clandestinas que representaron la fuerza de lo prohibido, sometidas a persecución, pero también eran letras libres que exhibían la fuerza creadora de sus protagonistas a salvo de las mediatizaciones del poder. Por ello no sufrieron la censura, pero sí la represión. Todo había empezado en 1939.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Aug 2023 16:44:54 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Jesús A. Martínez]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Vietnamitas contra Franco']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Los herederos. Un retrato íntimo de Sudáfrica en tres vidas']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/herederos-retrato-intimo-sudafrica-tres-vidas_1_1567208.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d858cead-6c93-422b-8162-78f64daff665_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Los herederos. Un retrato íntimo de Sudáfrica en tres vidas'"></p><p>En 1994, el <strong>último régimen segregacionista racial del mundo cayó</strong> para dar paso a un nuevo sistema que carecía de precedentes y que dejaba a sus ciudadanos liberados y desamparados al mismo tiempo.</p><p>Esta es la historia de <strong>Dipuo</strong>, una de las activistas cuya lucha hizo caer el apartheid, pero también de su hija <strong>Malaika</strong>, que sobrevive en un mundo hostil y violento del que sigue sin sentirse parte. Y <strong>Christo</strong>, uno de los últimos sudafricanos blancos reclutados para luchar por la supervivencia del antiguo régimen y cuya deriva es pareja a la de una sociedad que ha perdido sus privilegios y que vive anclada entre la nostalgia y el resentimiento.</p><p>Reconocido con el <strong>prestigioso premio PEN/Galbraith de 2023</strong>, <em>Los herederos</em>, fruto de doce años de reporterismo, es una aproximación al pasado y al presente de Sudáfrica a través de la vida cotidiana de tres de sus ciudadanos. Un libro que, con sutileza, dibuja la compleja realidad de un país desde la intimidad de sus protagonistas. </p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta su prólogo días antes de su llegada a las librerías el <strong>30 de agosto</strong> de la mano de la editorial <a href="https://www.planetadelibros.com/editorial/ediciones-peninsula/73" target="_blank" >Península</a>.</p><p>--------------</p><p>Se puso en movimiento cuando aún era de noche. Así funcionaban las cosas en Soweto: los negros se levantaban antes del amanecer porque tardaban horas en llegar al trabajo en los autobuses que los llevaban a la ciudad que antes era solo para blancos. Hasta donde le alcanzaba la memoria, Malaika oía a los hombres y las mujeres levantarse a las cuatro de la madrugada para avivar las brasas y preparar el té. Las paredes de la chabola en la que vivía con su abuela, su madre, su tía — a la que llamaba «hermana»— y sus tíos eran de planchas de hierro ondulado, y las otras estaban tan cerca unas de otras que oía a gente que vivía tres casas más allá levantarse y refunfuñar, y le llegaba claramente el entrechocar de sus cacharros.</p><p>Siempre intentaba volver a dormirse. Pero desde que cumplió los once años, a ella también le tocaba despertarse a la misma hora. Su madre la había matriculado en una escuela que antes era solo para blancos y que quedaba al otro lado de la montaña, y el trayecto en autobús duraba dos horas. Cuando se levantaba de la manta extendida en el suelo que usaba como cama, las estrellas ya se habían ocultado y el humo de las fogatas de sus vecinos, que se colaba hasta su chabola, la cegaba y a veces tropezaba con el hornillo aún caliente de su abuela, y se quemaba los brazos.</p><p>Pero se decía a sí misma que valía la pena. A oscuras, se recogía el pelo, llenaba la mochila con sus cosas, se vestía con el uniforme — una falda negra y un jersey de un azul turquesa muy luminoso con un emblema rosa y púrpura bordado en la pechera— y esperaba a que uno de sus tíos la acompañara hasta la parada del autobús.</p><p>De haber podido pedir un deseo, habría sido que la llevara Godfrey, el hermano de su madre que era su favorito. Los otros dos tíos que vivían con ella jugaban a dados en las calles para ganarse unas monedas, y a ella le parecía que ya tenían modales de abuelo, porque eran cascarrabias y descreídos. Pero Godfrey era serio, guapo y se diría que no envejecía. A ella le parecía que nunca había tenido el aspecto de un hombre de Soweto. Trabajaba duro, pero cuando entraba en casa transformaba el aura de la chabola. Llevaba zapatos nuevos y unas camisas increíbles, con los primeros botones desabrochados que dejaban al descubierto su pecho aterciopelado. Y era amable, y llevara la ropa que llevara siempre se agachaba y se sentaba en el suelo para conversar y reírse con Malaika. Su risa era como una de esas bombillas eléctricas que tantas veces no funcionaban: cuando Godfrey se reía, ella olvidaba que la luz, en la chabola, solo iba a ratos.</p><p>Su país, Sudáfrica, había optado por la integración racial apenas en 1994, cuando ella tenía dos años. Siempre había existido escuela primaria para los niños negros — a los que se mantenía alejados de los barrios blancos mediante el sistema de segregación racial más estricto que jamás ha conocido el mundo—, a quince minutos de allí. Pero su madre le explicaba que, ahora que podía, le convenía más estudiar en una escuela que hasta hacía poco era solo para blancos para que, cuando creciera, se pareciera más a Godfrey; para que fuera una joven empoderada, libre, y para que tuviera mayor confianza en sí misma. Su tío, por trabajo, visitaba lugares que tenían unas cosas increíbles. Cuando regresaba a casa traía bolsas llenas de comida, unas piezas preciosas de bisutería y unas chucherías con el centro cremoso que no ofrecían los vendedores ambulantes de Soweto. De eso estaba segura, porque las había probado todas.</p><p>—¿De dónde has sacado estas? — le preguntaba.</p><p>—Del País de Nunca Jamás — respondía él riéndose.</p><p>Ahí era donde le decía que trabajaba: «En Nunca Jamás». Le contaba que allí los muebles eran de chocolate y que por las cloacas corría oro líquido. Ella no sabía si creérselo, pero debía de ser un lugar maravilloso si Godfrey estaba tan contento.</p><p>Cuando estaba con él olvidaba por qué debía salir siempre acompañada a la calle. La gente decía que caminar por Soweto no era seguro. Los ladrones podían agazaparse detrás de los altos montículos de basura que había por el camino y asaltar a las niñas pequeñas. En realidad, desde su colegio nuevo enviaban un autobús a Soweto que recogía a los niños negros a la puerta de sus casas, pero Tshepiso, su hermana, se avergonzaba tanto de la chabola en la que vivían que se negaba a que los demás niños del transporte escolar vieran que las recogían allí.</p><p>Así pues, Malaika tomaba el autobús urbano. Al pensar en Godfrey también se olvidaba de lo triste que se sentía ahí. Los otros pasajeros eran mucho mayores, criadas y los llamados «chicos jardineros», que conservaban los trabajos que tenían antes de que terminara la discriminación racial en Sudáfrica.</p><p>Parecían exhaustos, sin fuerzas, mendigos más que herederos, y llevaban sus uniformes de criada o las herramientas de jardinería en la misma clase de bolsas que cargaban los sintecho por la autopista elevada que separa la vieja ciudad negra de la vieja ciudad blanca, además de otras bolsas, en este caso vacías, para recibir la ropa usada de sus señoras blancas, o las sobras de comida. En el autobús, se sentaban con la cabeza apoyada en las manos, intentando dormir un poco más mientras un predicador itinerante recorría los pasillos entonando un himno olvidado de la era del apartheid.</p><p><em>Morena ke o tshepile.</em></p><p><em>Onkise qhobosheaneng.</em></p><p><em>Onthuse ke tshabele teng.</em></p><p><em>Ha ke le qhobosheaneng le hao ha dina ho mphilela.</em></p><p><em>(En Dios confío. / Dios, llévame a tu refugio. / Ayúdame a correr hasta allí. / Cuando llegue a tu refugio, ellos ya no podrán encontrarme.)</em></p><p>En Nunca Jamás no haría falta un predicador como ese. Allí no había «ellos» que siguieran bloqueando los caminos de los negros. El autobús avanzaba a través del norte de Soweto, entre montículos de tierra removida y vertederos, hasta que empezaba a ascender. En lo alto de la colina, el mundo parecía volverse, a la vez, más oscuro y más hermoso. Era ahí donde el autobús entraba en lo que antes era la ciudad de los blancos. La gente que vivía allí parecía seguir durmiendo, pero las luces que iluminaban sus jardines — piscinas y plataneras y jacarandas de flores moradas— seguían encendidas toda la noche, como el cielo. El autobús iniciaba el descenso tan deprisa al llegar a la cima que ella casi se mareaba. Pero al mirar por la ventanilla, como la neblina se disipaba, divisaba el horizonte. Los barrios blancos se ondulaban en dirección a él hasta que las luces se volvían tan densas, tan brillantes, que imitaban la salida del sol. ¿Era eso Nunca Jamás? No lo sabía, pero a ella le parecía que sería suficiente.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Aug 2023 17:12:05 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Eve Fairbanks]]></author>
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