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    <title><![CDATA[infoLibre - Maleta de libros]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/maleta-de-libros/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Maleta de libros]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
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      <title><![CDATA['Sembrar futuros': una guía de resistencia para la era del algoritmo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/sembrar-futuros-guia-resistencia-algoritmo_1_2232516.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3a2f3990-cf7d-42c1-8c26-25aa7a791e30_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Sembrar futuros': una guía de resistencia para la era del algoritmo"></p><p><em><strong>Sembrar futuros</strong></em> recorre las heridas del capitalismo digital desde las minas de coltán y los centros de datos que devoran agua y energía, hasta las estrategias de las grandes tecnológicas que capturan nuestra atención, condicionan nuestros cuerpos y se lucran con nuestra intimidad.</p><p>Frente a la industria de la vigilancia, la extracción y el control, <strong>Eurídice Cabañes</strong> identifica las grietas del sistema, aquellos espacios donde lo humano y lo artificial tejen nuevas conexiones entre la ternura y la justicia radical, y nos propone alternativas para recuperar la memoria, descolonizar el tiempo y poner la innovación al servicio de la vida, del cuidado y lo común. </p><p>Un ensayo urgente y una declaración de esperanza que llegará a las librerías el <strong>2 de septiembre</strong> de la mano de <a href="https://www.planetadelibros.com/editorial/editorial-ariel/2" target="_blank" >Ariel</a>, y del que <strong>infoLibre </strong>ofrece un adelanto a sus lectores. Porque el futuro no es lo que nos va a pasar, sino lo que todavía estamos a tiempo de sembrar. </p><p>______________________________________________________________________</p><p>En un mundo que parece colapsar, los discursos del miedo se convierten en herramientas poderosas para justificar la exclusión y la violencia hacia quienes ya han sido privados de sus derechos. Si cada vez una mayor parte de la población mundial va a quedar sin las garantías más básicas de protección, es conveniente poner el punto de mira en quienes ya carecen de ellas, y presentarlos como el problema de la sociedad y un peligro para el Estado del bienestar. De esta manera, se desvía la atención del verdadero problema. Por ejemplo, si el problema es el acceso a la vivienda, los discursos desde el poder fomentan el temor a los okupas. </p><p>De este modo no solo se desvía la atención de los fondos buitre y los grandes tenedores, o se inhabilita la acción colectiva que exigiría regulaciones y acción política, sino que, además, se impulsa la venta de alarmas y el gasto en seguridad. ¿El resultado? Una sociedad preocupada por la posibilidad de que sus conciudadanos le quiten la casa en la que vive, cuando es infinitamente más probable que lo haga el banco. Y así con todo: migrantes, desplazados climáticos, personas sin hogar, y muchos otros colectivos, son criminalizados, presentados como culpables por el simple hecho de existir en lugares donde su presencia incomoda. </p><p>En las últimas olas de frío, en los aeropuertos se ha empezado a exigir las tarjetas de embarque para entrar; según me explicó una de las trabajadoras cuando pregunté, para que "no se llene esto de vagabundos". Al mismo tiempo, policías y basureros han obligado a las personas sin hogar a entregar sus cartones; lo he visto con mis propios ojos. En la plaza del mercado de la Barceloneta, una triste nota pegada en el suelo por algún vecino avisaba de que allí mismo había muerto de frío una persona sin hogar esa misma semana. No se sabía su nombre, nadie reclamaría su cuerpo; murió sola, de frío. No es que el sistema esté fallando en atender a los más vulnerables; está participando activamente en su muerte: es necropolítica. </p><p>Desde el genocidio hasta la retirada del cartón que protege del frío a una persona sin hogar, la crueldad preventiva se convierte en norma. Las víctimas de un sistema injusto son sistemáticamente representadas como amenazas al orden social, mientras que quienes las despojan de sus derechos se legitiman como protectores de la estabilidad. Pero ¿a quién deberíamos temer realmente? Nuestra preocupación debería centrarse en las dinámicas estructurales y culturales que despojan de humanidad a estas personas, no en quienes intentan sobrevivir. Hemos interiorizado que las muertes de algunos no importan; que el sistema, como una maquinaria que devora cuerpos a su paso, debe continuar pese a las bajas. Las contabilizamos como daños colaterales y permitimos que sucedan como práctica habitual. La necropolítica justifica su muerte y su marginación, alentando discursos de escasez y sacrificio mientras engrosa los bolsillos de los grandes billonarios. </p><p>El temor no debería dirigirse hacia quienes luchan por existir en medio de la adversidad, sino hacia aquellos sistemas que los despojan de su dignidad y sus derechos, y hacia quienes diseñan y ejecutan esa crueldad legitimada. Desde esta perspectiva, revertir la mirada supone armarse de empatía y ternura, estar para el cuidado del otro. La empatía no es solo un principio ético, sino una herramienta política esencial para contrarrestar los discursos del miedo y generar narrativas donde la justicia y el cuidado desarmen las dinámicas de exclusión y opresión. Cuando la violencia se estructura como norma, la ternura se convierte en un acto radical. Porque si los derechos no se extienden a todos, no son derechos: son privilegios. Y un privilegio no se defiende colectivamente; se acumula de forma individual, se teme perderlo, se justifica excluyendo a quienes no lo tienen. Por eso, apostar por el cuidado mutuo no es un gesto de bondad ingenua, sino una forma de resistencia activa contra la lógica de la escasez y el miedo. Si nuestras vidas no importan para los sistemas que nos oprimen, debemos importarnos entre nosotros. Reivindicar los derechos de todos —empezando por los que menos tienen— no es solo un acto de justicia: es la condición indispensable para construir y habitar un mundo común. </p><p>En este contexto de colapso, marcado por la ausencia de futuro y desigualdades abismales, las tecnologías, lejos de ser herramientas neutrales, amplifican y moldean nuestra relación con el mundo, con el otro y con los sistemas complejos que habitamos. Estamos atrapadas en un monocultivo tecnológico que homogeneiza, invisibiliza los márgenes y aplana los conflictos. La tecnología no solo refleja, sino que intensifica dinámicas de exclusión racial, económica y social, convirtiendo las herramientas digitales en nuevos escenarios de opresión. </p><p>En las fronteras del mundo, la tecnología se ha convertido en un arma al servicio de la exclusión y la muerte. Sistemas de vigilancia, drones y herramientas de reconocimiento facial, que podrían utilizarse para salvar vidas en crisis humanitarias, se emplean para segarlas e impedir la entrada de quienes buscan refugio. En la frontera sur de Europa, el uso de drones y sensores térmicos para localizar pateras no tiene como objetivo rescatar personas, sino disuadir su paso y forzar devoluciones en caliente. Del mismo modo, en Estados Unidos, las inversiones en muros "inteligentes" y la militarización tecnológica del control migratorio refuerzan una narrativa de amenaza que deshumaniza a quienes huyen de conflictos y catástrofes climáticas, consolidando un régimen de necropolítica global. Estas herramientas no protegen, sino que perpetúan un sistema que convierte a los más vulnerables en cifras, en daños colaterales de una maquinaria que privilegia el control sobre la vida.</p><p>En todo esto no somos meros observadores. El propio sistema, más allá de convertirnos en posibles víctimas futuras, nos vuelve también cómplices al emplear, cada vez con más frecuencia, tecnologías civiles en el ámbito militar. Así, el genocidio contemporáneo no solo se lleva a cabo con armas convencionales; se sostiene y amplifica a través de herramientas que fueron diseñadas para otros fines, pero fácilmente adaptables a la violencia. Sistemas de reconocimiento facial, entrenados con imágenes que las propias personas suben a redes sociales, han sido utilizados para identificar y perseguir a minorías étnicas en lugares como Xinjiang, donde el pueblo uigur vive bajo constante vigilancia. En Gaza, drones inicialmente diseñados para monitoreo agrícola se utilizan para seleccionar objetivos en zonas densamente pobladas, convirtiendo la tecnología civil en un instrumento de exterminio</p><p>Nuestra complicidad no termina en el uso de estas herramientas. Participamos indirectamente al entrenar sistemas de inteligencia artificial mediante el uso diario de aplicaciones que recopilan nuestros datos, o al financiar, a través de inversiones y consumo, a empresas tecnológicas que colaboran con genocidas. Los mismos dispositivos con los que trabajamos, nos comunicamos e interactuamos provienen de la sangre del Congo. La maquinaria de vigilancia y represión es alimentada por plataformas que dominan nuestra vida cotidiana, consolidando un ecosistema tecnológico donde la muerte y la exclusión se normalizan como externalidades del progreso. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Aug 2026 04:01:07 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Eurídice Cabañes]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Sembrar futuros': una guía de resistencia para la era del algoritmo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA['Nadie merece nada': por qué la izquierda necesita la meritocracia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/nadie-merece-izquierda-necesita-meritocracia_1_2234859.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4ce7dcde-7837-401c-ba08-91bf3ab50fc5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Nadie merece nada': por qué la izquierda necesita la meritocracia"></p><p>La izquierda reniega de la meritocracia porque la ve como una coartada de los privilegios. Pero ¿y si esto fuera un error intelectual y estratégico? ¿Y si estuviera entregando a la derecha una de sus propias ideas más poderosas? </p><p><strong>Jahel Queralt </strong>sostiene que la izquierda no debe abandonar la meritocracia, sino rescatarla de sus versiones más simplistas. Para ello, propone desactivar la moral del éxito, cuestionar la identificación entre meritocracia y capitalismo, y reconocer que el azar tiene un peso en nuestras vidas mayor del que queremos creer.</p><p>Entre el ensayo y la autobiografía, <strong>infoLibre </strong>publica un adelanto exclusivo de <em>Nadie merece nada, </em>que llega a las librerías el <strong>16 de septiembre</strong> de la mano de <a href="https://www.anagrama-ed.es/" target="_blank" >Anagrama</a> y ofrece una defensa original de la meritocracia. Una que obliga a limitar las desigualdades, no a pesar del mérito, sino en su nombre.</p><p>________________________________________________________________</p><p>Cuando funciona, la meritocracia trae desclasa­miento, y el desclasamiento trae a veces algún tras­torno. Quienes se alejan mucho de sus orígenes hu­mildes pueden acabar renegando de ellos, como Julien Sorel, el héroe de <em>Rojo y negro</em>, que, al empe­zar a codearse con la alta sociedad, se esfuerza por ocultar que viene de pobre. </p><p>Esta especie de repudio de clase tiende a amplificar un sentimiento de ver­güenza muy anterior, tan anterior como el momento en el que uno adquiere conciencia del lugar del esca­lafón en el que vino al mundo. El instante en el que Pip, el huérfano de <em>Grandes esperanzas</em>, se da cuenta por vez primera de que sus manos son toscas y sus botas demasiado gruesas. En los peores casos, el re­pudio de clase se acaba traduciendo en desdén hacia quienes no pasan de los primeros escalafones. Sorel desprecia a los pobres, incluidos su padre y sus her­manos, porque los ve como inútiles que se empeñan en perpetuar su miseria. </p><p>Para otros, venir de pobre supone un orgullo igual de desnortado. Una especie de superioridad moral respecto a quienes vienen de rico fundada en la creencia de que la riqueza trabajada es más legíti­ma que la heredada. El rico nace o se hace. Pero los que <em>se hacen </em>insisten en que ellos tienen todo el mé­rito y los que <em>nacen </em>no tienen ninguno. Incluso tra­tan de convencernos de que haberse hecho ricos les da un derecho sobre el fruto de su trabajo muy supe­rior al que tienen quienes nacen ricos sobre aquello que tan generosamente les fue dado. Y, por ende, que la mano impositiva del Estado debe alcanzar antes al rentista que al esforzado hombre de negocios. Por­que nobleza obliga, pero destreza, no tanto.</p><p>Los desclasados también padecen una sensación de no pertenencia: de no conocer los códigos, de no haber leído lo que tocaba leer (o haberlo leído tarde), de haber viajado poco, de no saber exactamente dónde van los cubiertos, de haberse colado en una fiesta; de llevar unos zapatos que los delatan, como los de Pip. Un nuevo rico es siempre un rico de se­gunda. La sociología contemporánea ha descrito con precisión este fenómeno, pero cualquiera que haya vivido un salto de clase reconoce ese vértigo sin ne­cesidad de aparatos conceptuales. Porque, aparte del dinero, se heredan otras cosas. </p><p>Dice <a href="https://www.infolibre.es/cultura/mirada-intimidad-juan-marse-desleido-desencuadernado-descatalogado_1_1194822.html"  >Juan Marsé</a> que los ricos heredan la «sonrisa perenne» y los po­bres «dientes roídos, frentes aplastadas y piernas torcidas». Cada vez es menos así. Pero los ricos si­guen heredando seguridad en sí mismos, <em>savoir fai­re </em>y otros intangibles útiles. Lo percibo cada año en mis alumnos. Y lo ven los encargados de las entre­vistas para ser admitidos en Oxbridge —Oxford y Cambridge, para entendernos—, en las que la pro­nunciación de los candidatos se convierte en un GPS muy fiable en el mapa de las clases sociales. </p><p>No siento ni orgullo ni vergüenza de mis oríge­nes. Los míos, como los de cualquiera, son acciden­tes biográficos, nada más. Pero sí que he tenido más de una vez la sensación de haberme colado en una fiesta con los zapatos equivocados. Como la primera vez que fui a Oxford a conocer a uno de mis mento­res, Gerald A. Cohen —Jerry para todo el mundo—, una figura prominente del marxismo analítico. Era primavera de 2007: yo estaba empezando mi tesis doctoral y él en el último tramo de su trayectoria académica. Recorriendo los pasillos laberínticos de All Souls, el más elitista de los <em>colleges </em>oxonienses, viendo todos esos retratos, grabados y tumbas ilus­tres, mientras ensayaba qué le diría, excitada y te­merosa, me sentía realmente como una hormiga a punto de ser aplastada por el peso del conocimien­to, la tradición y el privilegio. Hasta que Jerry me abrió la puerta y con un gesto excéntrico, casi pue­ril, me pidió que, antes de hablar de mis cosas, le ayudase a traducir «¡Ay, Carmela!» y otras cancio­nes del bando republicano que sonaban en un ra­diocasete en aquel despacho oscuro que había sido de Isaiah Berlin. </p><p>Me sentí tan cómoda que bajé la guardia y cuan­do luego fuimos a comer con el resto de los <em>fellows</em>, en medio de una explicación desordenada sobre po­líticas universitarias, terminé diciendo: «You do this in Spain and you are totally FUCKED». No me di cuen­ta de las miradas cruzadas, las cejas levantadas y los carraspeos de los comensales. Nada. Solo fui cons­ciente de mi atropellado debut más tarde. Fue cuan­do, sin querer, derramé el café sobre una de esas al­fombras centenarias que adornan el lugar, y Jerry, viendo que no sabía dónde meterme, se acercó son­riendo y me susurró: «Tranquila, no es lo peor que has hecho hoy». Silencio. «Nunca había oído a nadie decir la <em>F-word </em>en esa mesa». Silencio. La <em>F-word</em>. El riesgo de aprender inglés con <em>The Wire. </em>Seguí sin sa­ber dónde meterme durante un buen rato, hasta que él me invitó a volver en otoño para asistir a sus semi­narios, y nos despedimos con un abrazo.</p><p>Algún tiempo después, en un evento académico, se me acerca alguien por detrás y me pregunta: «¿Eres la chica que dijo “fucked” en el comedor de All Souls?». «Sí, soy yo, una perra de siete leches des­clasada, aquí me tienes», quise decir. Pero en esa ocasión mi inglés precario me protegió y mi respues­ta se quedó en un: «Yes, I am».</p><p>Escribo este libro pensando en todas las perras de siete leches por desclasar, en las niñas, y los ni­ños, que han heredado el <em>non-savoir-faire</em>, en los que alguna vez se han avergonzado del oficio de sus padres, en los que aprenden inglés con las series de Netflix porque no hay academia, en los que empie­zan a darse cuenta de que tampoco hay colchón. Chicas, chicos: fuera del crimen, la lotería o el bra­guetazo, solo podréis prosperar si conseguimos dise­ñar nuestras instituciones para asegurar que vuestro punto de partida no determine el de llegada. Si cum­plimos la promesa meritocrática y os permitimos jugar vuestras mejores cartas. </p><p>Porque con la merito­cracia, tan denostada estos días, pasa lo mismo que con la democracia: es el único juego posible. El pro­blema es que hay demasiada gente haciendo tram­pas. Tanta que hemos llegado a convencernos de que no vale la pena seguir jugando, mientras ellos se adueñan de la partida.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 17 Aug 2026 04:01:09 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Jahel Queralt]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Libros]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA['La vida clandestina': la novela de los que sobreviven en los márgenes, lejos de la mirada de los demás]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/vida-clandestina-novela-sobreviven-margenes-lejos-mirada_1_2234727.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2a227028-4efa-4dd9-9020-fb55431bd2b4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'La vida clandestina': la novela de los que sobreviven en los márgenes, lejos de la mirada de los demás"></p><p>Una tarde de lluvia el agua comienza a filtrarse por la escalera de un edificio de nueva construcción. El origen, al parecer, está en el piso piloto, donde se encontrará el cadáver de una mujer. Pronto el inspector Mauricio Tedesco, encargado de investigar el caso, comprenderá que más allá de las apariencias, que apuntan a un suicidio, ese fallecimiento entraña historias y motivos mucho más complejos y profundos. </p><p>Mientras la investigación avanza, salen a la luz las vidas de quienes sobreviven en los márgenes, lejos de la mirada de los demás: un inmigrante sin papeles obligado a hacerse invisible, una mujer que libra una batalla diaria contra sí misma y un hermano que lleva años sosteniéndose precariamente en un equilibrio imposible. Pero en una ciudad donde la soledad y el miedo forman parte del día a día, también hay hueco para la generosidad, la esperanza y, después de todo, pese a todo, el amor. </p><p>Con la intensidad emocional y la mirada social que caracterizan su trayectoria, <strong>Empar Fernández</strong> construye en <em><strong>La vida clandestina </strong></em> un <em>noir</em> profundamente humano sobre la fragilidad de esas vidas clandestinas que transcurren a nuestro lado sin que apenas reparemos en ellas. Una novela valiente, empática, humana y luminosa, que llegará a las librerías el próximo <strong>21 de septiembre</strong> de la mano de la editorial <a href="https://alreveseditorial.com/" target="_blank" >AlRevés</a> y de la que <strong>infoLibre </strong>adelanta un fragmento en exclusiva.</p><p>_____________________________________________________________</p><p>Carpio no se molesta en escucharla, aparca la cortesía y se aproxima a la habitación principal, la destinada a la pareja que adquiera el piso. La misma que Natalia tiene prohibido pisar porque da a la calle y alguien podría advertir su presencia. </p><p>La recuerda perfectamente: cama de matrimonio, mesitas y armario empotrado del mismo color que el parqué. En la ventana, un estor blanco y liviano de los que dejan pasar la luz y que permanece siempre levantado. En un piso piloto no se bajan persianas ni estores a no ser que las vistas sean espantosas: una autopista, un vertedero, un cementerio o un polígono industrial humeante. Nunca. Son las primeras cosas que se aprenden. La primera clase. No enseñar nunca un piso oscuro. Y si está muy nublado y los compradores parecen interesados: postergar la visita con cualquier excusa y esperar a un día radiante. </p><p>Abre la puerta y, acto seguido, se lleva la mano libre a la boca para sofocar el horror. Como puede, retiene un grito. Un aullido de pavor. Siente que todo él cae, se precipita. Sigue sujetando la maneta de la puerta como si una trampilla acabara de abrirse bajo sus pies y pudiera resistir aferrándose a ella. La vecina, un par de pasos detrás de él, ni tan siquiera lo intenta. Marisol Morgades grita y salta hacia atrás golpeándose con la pared del pasillo y perdiendo una de las zapatillas rojas que, al caer, salpica la pared más próxima. </p><p>Sigue gritando. No logra hacer otra cosa. </p><p>Una mujer completamente vestida yace desmadejada sobre la cama. Inmóvil, muy pálida, los brazos y las piernas abiertos, las palmas de las manos en dirección al techo y el rostro inclinado hacia la ventana como persiguiendo la poca luz que no velan las nubes. El cabello, rubio y largo, parece algo sucio y mal teñido, y le oculta los ojos. Es una mujer muy delgada y, a simple vista, ambos comprenden que está muerta.</p><p>Carpio se abalanza sobre ella, la sacude, aproxima los labios a su cara. Lo está. Definitivamente muerta. El gesto relajado, las manos desmayadas. Consigue como puede no susurrar su nombre, no apoyar sus labios sobre su frente, no abrazarla, no maldecirla, no decirle que lo siente, no reprocharle que le esté arruinando la vida. No asegurarle que la querrá siempre. </p><p>En el umbral, la mujer ha dejado de gritar, pero respira con esfuerzo y se agita visiblemente como si soportara un calambre. Ha dejado de frotarse los dedos. Cierra los ojos unos instantes y respira profundamente. Cuando los abre, algo más calmada, anuncia: </p><p>—Voy a llamar a la Policía. </p><p>Se aleja chapoteando en dirección a su piso. </p><p>—¡Usted quédese aquí! —le grita a Rubén desde el rellano, haciendo entrechocar las llaves en el aire. Ha tomado el mando. </p><p>Carpio, paralizado por el espanto, asiente en el vacío. La ha perdido de vista. </p><p>El comercial, sentado sobre la cama con la cabeza de la mujer sobre las piernas, no consigue controlar sus emociones. Tiembla. Desaparecida la vecina escaleras abajo, las lágrimas resbalan por sus mejillas y caen sobre sus manos y sobre los ojos cerrados de ella. Las retira como puede. Necesita pensar. </p><p>En el suelo, un frasco vacío de pastillas, y en los brazos de la mujer y en sus muslos, cerca de sus rodillas, algunos cortes aparentemente recientes, pero ya cicatrizados, que no le sorprenden. Los ha visto otras veces. Muchas. </p><p>No puede explicar su presencia en el piso. Nadie lo entendería, nadie lo disculparía. Estaría en la calle en un abrir y cerrar de ojos. Puede hablar de una intrusa, puede asegurar que no la conoce, que la mujer una vez había visitado el piso, que quizás había podido copiar la llave, que…</p><p>Puede… </p><p>¡Adorada Natalia! Maldita. Frágil. </p><p>¡Siempre adorada Natalia! </p><p>La Policía no tardará en llegar. Unos minutos. Pocos. Estas cosas son rápidas. Necesita tomar una decisión. Es urgente, muy, muy urgente. Solo concibe dos opciones: puede hablar desde el primer momento y reconocer la identidad de la mujer y explicar cómo había entrado en el piso, o puede negar cualquier relación y jurar que no la ha visto nunca. Quizá no lleguen a establecer una conexión entre ambos, los primeros apellidos no coinciden y pueden despistar a cualquiera. No ve otra salida. </p><p>Carpio no conoce a fondo el procedimiento policial, pero sabe, como todo el mundo, que la Policía no resuelve todos los casos, que muchos quedan abiertos a la espera de que, pasados unos años, sean olvidados. Se cierran en falso. Un caso de suicidio quizá se olvide pronto. </p><p>Sabe que si la identifica está perdido. Mejor intentar… </p><p>Idrissa Seidy alcanza el andén en la estación de Hospital Clínico. Queda poco más de una hora para poder llegar a lo más parecido a una casa que ha tenido nunca. No quiere esperar sentado en una plaza ni en las escaleras de una iglesia como un indigente. Y menos si sigue lloviendo, aunque sea poco. No necesita caridad. No por el momento. No quiere verse así, suplicando unos euros para seguir viviendo. Tiene un techo, incluso una mujer guapa, aunque algo desconcertante. Y, sobre todo, conserva un resto de dignidad que le impide alargar la mano y mendigar.</p><p>Entrará en el café diminuto regentado por Ji Bo, el chino joven y sonriente con el que simpatiza a pesar de que no consiguen cruzar más de tres palabras. El establecimiento, que alguien decidió llamar Pequeño Singapur, parece intentar pasar desapercibido en un barrio de renta media-alta. Por la falta de parroquianos, es evidente que lo logra. Parece pensado para gente de paso, para asistentas y repartidores de Glovo. A Ji Bo no le importa que con sus bicicletas dificulten la entrada o el acceso a los lavabos. En el Pequeño Singapur coincide a veces con Baakir y con Moussa, un par de senegaleses en parecida situación, sus únicos amigos en la ciudad, sus iguales. Si tiene ocasión, a Idrissa le resulta agradable volver a utilizar la propia lengua y recordar entre risas los lugares comunes. </p><p>Uno de sus compatriotas, Baakir, se busca la vida en la construcción, aprendió cuatro cosas cuando era un crío, pero no le hace ascos a descargar camiones o arrancar malas hierbas. El otro, Moussa, el más hablador, es mantero. Ambos duermen desde hace semanas en un almacén recientemente abandonado a pocos pasos del Pequeño Singapur. Siempre van juntos, la suerte de Baakir corre pareja a la de Moussa. Son, el uno para el otro, casi todo lo que ambos tienen en la ciudad hostil. Emigraron juntos. Juntos arriesgaron la vida y juntos consiguen subsistir desde hace meses. Carecen de electricidad y no logran calentar la desvencijada nave si el día es frío, pero, por el momento y mientras la compañía no se moleste en cortarla, disponen de agua y de un lavabo en condiciones aceptables. </p><p>A veces, Idrissa envidia la complicidad que los une y entonces piensa en la cama, en la ducha y en la mujer que lo espera y que habla a menudo de un futuro juntos en el que dejará de ser invisible. Una mujer inestable, rara, voluble, pero irresistible en sus buenos días. </p><p>Al salir del metro y alcanzar la calle, comprueba con satisfacción que ha dejado de llover. En el bar, el sitio más barato y discreto en muchas manzanas a la redonda, solo es un cliente solitario. Un habitual. Un anciano ojea el diario deportivo en la mesa más alejada de la entrada, justo bajo el televisor. Lo ha visto otras veces. Pasa horas y horas ante un café y una copa de coñac. Primero La Vanguardia, luego el Mundo Deportivo. Todo el tiempo por delante y siempre las mismas palabras a flor de labios: </p><p>—Perras, pocas, las justas. Una pensión miserable, pero uno no puede andar a oscuras por la vida, uno tiene que saber lo que tiene que saber. —Ji Bo asiente y sonríe. Lo haría aunque acabara de pronunciar una sentencia de muerte. </p><p>Idrissa cree entender que un perro es un animal que ladra. Incomprensiblemente, en este país algunos los llevan sujetos con una correa, por eso no consigue entender. ¿«Perras»? Quizás el anciano empiece ya a confundir las cosas, piensa. Aunque lo sospecha, tampoco le queda muy claro qué quiere decir con «andar a oscuras». Cree haber comprendido que «a oscuras» es como pasan las noches Natalia y él al no poder encender la luz en las habitaciones no seguras. </p><p>Idrissa recuerda entonces los últimos meses de su abuelo, cuando confundía los nombres de sus hijos, cuando no recordaba haber comido, no reconocía a sus vecinos y parecía hablar con personas que nadie más veía. Por eso asiente y sonríe cuando el viejo del diario se empecina en repetir siempre lo mismo, en hablar sin sentido: </p><p>—Uno tiene que saber lo que tiene que saber. </p><p>Ji Bo, el muchacho chino que atiende la barra desde el amanecer hasta casi la medianoche, lo saluda alzando levemente las cejas. El pelo hirsuto, la piel muy blanca y las pupilas casi totalmente ocultas por sus párpados, como si mirase por una ranura muy fina. Habla lo justo, pero resulta siempre una presencia amable. Nunca mira mal a nadie, no hace preguntas y, a falta de mejor discurso, acostumbra a sonreír a la clientela con el menor pretexto. Y sin él. </p><p>Idrissa juraría que Ji Bo tampoco comprende las palabras del viejo que siempre habla de perros hembra y de andar sin luz. </p><p>—Un café —pide, pronunciando lo mejor posible, mientras se sienta en un taburete junto a la barra y abre el diario que el viejo acaba de liberar.</p><p>Comprueba que alguien, quizás el anciano del rincón aunque no le parece muy probable, dado que parece haber perdido el juicio, ha resuelto el sudoku y dejado a medias el crucigrama. Piensa en el día en el que podrá intentar rellenar los cuadros vacíos, el día en el que domine la lengua. Por no entender, Idrissa no entiende ni el significado del nombre del rotativo, La Vanguardia, pero sí en líneas generales el contenido de algunos titulares de la portada que aparecen acompañados de imágenes alusivas: </p><p>«Última oportunidad para frenar el cambio climático». </p><p>«La crisis energética no remite. La descarbonización avanza lentamente. La UE lo tiene cada vez más difícil». </p><p>«La diplomacia resulta determinante en la resolución de los conflictos armados».</p><p>«Avance imparable de la ultraderecha». </p><p>Nada parece ir bien en el mundo. En ninguna parte. A veces resulta un consuelo, un alivio. Mal de muchos... Mire hacia donde mire, siempre puede encontrar a alguien que está peor, basta con echar una ojeada. En general, las condiciones laborales están en regresión, los enfrentamientos armados son cada vez más numerosos, el volumen de refugiados y de desplazados sigue aumentando y las revueltas, las detenciones, los atentados y los conflictos enquistados tienden a eternizarse. Por otra parte, los derechos civiles están en franco retroceso. Un mundo complejo en el que las cosas no andan bien. Nada bien. </p><p>«Uno tiene que saber lo que tiene que saber», repite el hombre cargado de años y de dolencias. Quizá sea cierto, aunque, a juicio de Idrissa Seidy, lo más justo sería que todos, la humanidad entera, no uno solo como cree entender, sepan de la miseria y de las injusticias de este mundo. </p><p>—Tú, cansado —aprecia Ji Bo, situando la taza de café junto al diario abierto y señalando a Idrissa con el índice. </p><p>Este asiente con la cabeza. Cansado, muy cansado. Pero la fatiga es menor si se alcanza trabajando. Peor es patear las calles para nada, eso sí que cansa, agota, corrompe todos y cada uno de los pensamientos y envenena la sangre. No dice nada, su vocabulario es limitado, pero, de haber podido hacerlo, le habría hablado del buen cansancio. </p><p>En silencio, sorbe el café al que ha añadido el sobre entero de azúcar y fija la vista en la pantalla del televisor durante unos instantes. Se suceden las imágenes de las manifestaciones, los gráficos indescifrables de indicadores económicos y las declaraciones de personas presuntamente importantes, políticos nacionales, que empiezan a resultarle vagamente familiares.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 17 Aug 2026 04:01:09 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Empar Fernández]]></author>
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      <media:title><![CDATA['La vida clandestina': la novela de los que sobreviven en los márgenes, lejos de la mirada de los demás]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Prepublicación,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['El sur': una exploración luminosa del deseo y la familia como campo de batalla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/sur-exploracion-luminosa-deseo-familia-campo-batalla_1_2234612.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/20dac02f-2ed4-4061-a6df-8ffd3bbf21d0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'El sur': una exploración luminosa del deseo y la familia como campo de batalla"></p><p>En una plantación abrasada por la sequía, bajo un sol que parece capaz de incendiar el país entero, dos muchachos caminan entre árboles enfermos que pronto serán talados. Allí, en medio de la maleza reseca y el olor a corteza viva, el deseo irrumpe con la misma violencia silenciosa que se cierne sobre la naturaleza. Años después, ese instante —breve, torpe e irreversible— seguirá proyectando una alargada sombra.</p><p><strong>Tash Aw </strong>compone en <em><strong>El sur</strong></em> una novela de iniciación y memoria que es también el retrato de Malasia, un país en transformación. A finales de la década de 1990, la familia de Jay, un joven malasio de 16 años, viaja al sur del país. La madre, Sui Ching, ha heredado de su suegro una finca en decadencia, administrada por Fong y su hijo Chuan, que se convertirá en epicentro de tensiones, secretos y revelaciones largamente postergadas.</p><p>El autor explora así las jerarquías invisibles y las lealtades ambiguas que sostienen —y asfixian— a unos personajes que intentan encontrarse a sí mismos en un espacio donde confluyen la memoria colonial, la desigualdad persistente y la promesa incierta de un futuro mejor. </p><p><strong>infoLibre </strong>ofrece en exclusiva a sus lectores un adelanto de <em>El sur,</em> una novela sobre el desarraigo, la herencia invisible del pasado, la necesidad de pertenecer y el impulso de huir, que llegará a las librerías el <strong>2 de septiembre</strong> de la mano de <a href="https://www.anagrama-ed.es/" target="_blank" >Anagrama</a>.</p><p>____________________________________________________________________</p><p>El campo desfilaba a nuestro lado: la selva cedió paso a unas plantaciones de palma aceitera antes de recuperar el terreno de un verde monótono, con una densa masa de vegetación salpicada de pequeñas urbanizaciones más o menos apartadas de la carretera. Viejas y adolescentes se lanzaban a la calzada en sus ciclomotores y a veces parecía que las íbamos a atropellar, pero siempre torcían justo a tiempo. En todo caso, no íbamos muy rápido y ellas tampoco; el calor lo ralentizaba todo. Ni siquiera los perros callejeros que paseaban por el asfalto se molestaban en trotar.</p><p>El polvo entraba por la ventanilla abierta y me dio un ataque de tos. Chuan rebuscó en el bolsillo lateral de su asiento y me tendió una botella de agua a medio beber que estaba asquerosamente caliente, pues debía de llevar allí un buen rato.</p><p>–No estás acostumbrado al calor –dijo.</p><p>–No hace más calor aquí que en casa.</p><p>–Pero seguro que no pasas mucho tiempo fuera cuando estás allí.</p><p>Se volvió hacia mí y paseó la mirada de mi cara a mis brazos y mis rodillas, como para asegurarse de que estaba tan mal preparado para el clima como él suponía.</p><p>–¿Volviste tarde a casa anoche? –pregunté, dispuesto a disculparme por haber usurpado su cama.</p><p>–No volví.</p><p>Buscó a tientas el paquete de Marlboro que se había caído entre los asientos, pero se lo pesqué yo. Al abrirlo, vi que solo quedaba uno. Lo saqué, se lo di y estrujé el paquete. Él se lo encajó entre los labios y sacó el mechero del bolsillo.</p><p>–Ya compraremos más en el pueblo –murmuró.</p><p>–¿Dónde pasaste la noche?</p><p>No supe si sonreía o era solo su manera de dar una calada al cigarro.</p><p>–En casa de una amiga, cerca del trabajo. Hacía el turno de noche y acabé tarde. No valía la pena volver a esa hora.</p><p>–¿Una amiga?</p><p>–Una amiga. ¿No tienes amigos, tú? Lo hago siempre que curro hasta tarde, al día siguiente libro y duermo hasta las mil o vengo a ayudar en la finca, si hay algo que hacer. Como hoy. Pero no será por mucho tiempo, porque yo me voy de aquí. Bien lejos, puede que a Singapur.</p><p>–¿Y qué hará tu padre?</p><p>Se encogió de hombros.</p><p>–El viejo hace lo que quiere con su vida y yo hago lo que quiero con la mía.</p><p>–¿Qué vas a hacer en tu día libre?</p><p>–Cuántas preguntas... ¿Eres siempre así de cotilla?</p><p>Nos acercábamos ya a las afueras del pueblo, las aldeas daban paso a hileras de casas de una sola planta que bordeaban las calles: el mismo tipo de viviendas que se veían por todo el país, en el mismo tipo de suburbio residencial de cualquier localidad de provincias. No tenían más de 20 o 30 años, pero estaban bastante deterioradas, con la pintura blanca cubierta de moho y los desagües obstruidos por la maleza y pequeños diques de bolsas de plástico, latas y otros desperdicios.</p><p>En el semáforo, Chuan asomó la cabeza por la ventanilla y silbó para llamar la atención de alguien. Lo hizo juntando dos dedos bajo la lengua como un actor de cine, y el silbido, repentino y fortísimo, me sobresaltó. Una chica se dio la vuelta y levantó la cabeza; si antes caminaba cabizbaja, como si quisiera medir la distancia entre cada paso que daba o evitar los hoyos del pavimento, ahora permanecía inmóvil. Chuan silbó de nuevo y ella saludó con la mano antes de acercarse al camión. Llevaba unas gafas de sol enormes y un flequillo teñido del mismo rubio arenoso que Chuan.</p><p>–¿Tu viejo ya te ha vuelto a esclavizar? –dijo.</p><p>–Es mi sino –dijo Chuan–. Pero mira, ya que te preocupas tanto por mí, le diré que la próxima me sustituirás. Te sacarás un extra por los servicios nocturnos.</p><p>La chica se subió las gafas a la cabeza. Al reír, se le formaron arrugas en torno a los ojos y en el entrecejo.</p><p>–Muy gracioso –dijo y agregó, señalando con la barbilla en mi dirección–: ¿Quién es el chaval?</p><p>–Un primo mío –dijo Chuan.</p><p>–¿Tienes un primo? Primera noticia. ¿Por parte de padre o de madre?</p><p>–¿A qué viene hoy tanto interrogatorio? En realidad no es mi primo, solo un pariente lejano que está de visita.</p><p>Los coches de detrás se habían puesto ya a tocar el claxon, pero Chuan no se daba por enterado; empezaron entonces a adelantarnos por el carril contrario, acelerando y pitando con más rabia al pasar.</p><p>–¿Te veo esta noche? –dijo la chica mientras Chuan ponía la primera.</p><p>–¡Quién sabe! –le gritó mientras nos alejábamos.</p><p>Ella soltó un taco que no alcancé a oír y Chuan lanzó una carcajada.</p><p>–¿Es tu novia? –le pregunté.</p><p>–¿Por qué eres tan cotilla?</p><p>Las calles del pueblo, de una anchura sorprendente, hervían de coches y ciclomotores, pero muchas de las tiendas habían cerrado definitivamente y sus escaparates estaban pintados por dentro con una cal blanquecina, de modo que era imposible distinguir qué clase de negocios prosperaba en los espacios vacantes. En los cristales habían pegado carteles de vivos colores, con el nombre y el teléfono de agentes inmobiliarios, que anunciaban su venta o alquiler, aunque era obvio que no había muchos interesados; no era de extrañar que Chuan confiara en encontrar en el pueblo alguna habitación de alquiler. A la entrada de un banco había una larga cola de clientes esperando pacientemente para entrar. Habían tapiado el cajero automático con maderos y supuse que aquella gente quería sacar algo de efectivo. </p><p>–Se llama Jessie –dijo Chuan por fin, sin responder a mi pregunta–. Antes trabajábamos en el mismo sitio.</p><p>Al llegar nos encontramos al mayorista esperando junto al mercado. Tenía la piel lisa, brillante, y los ojos muy hundidos en las mejillas.</p><p>–Llegáis tarde –refunfuñó–. No sé ni por qué me molesto en ser puntual.</p><p>Me apeé y me dirigí a la parte trasera del camión, dejando que Chuan hablara con él. No quería ser testigo de su conversación: el tipo parecía a punto de ponerse grosero y tenía miedo de la reacción de Chuan, del conflicto que pudiera estallar.</p><p>Budi empezó a tendernos las cajas a Eka y a mí desde la plataforma. Siguiendo el ejemplo de Eka, fui dejándolas en un rincón a la sombra, ahí al lado. No pesaban tanto y me sorprendió la soltura con la que me desenvolvía. El comerciante se acercó a la parte trasera del camión y observó la operación de descarga.</p><p>–¿Eso es todo? –dijo–. Tu padre me prometió el doble de lo que trajisteis la última vez.</p><p>Chuan encajó el comentario con una risa y pensé que quizá lo había malinterpretado todo, que no entendía cómo se comunicaba la gente del campo. A lo mejor estaban de broma.</p><p>–Te estamos vendiendo la mejor fruta del mundo –dijo Chuan.</p><p>Cuando pasó junto al comerciante fue a darle una palmadita amistosa en la espalda, pero el hombre le apartó la mano.</p><p>–No te hagas el loco. Cada remesa que me traes es más pequeña que la anterior. Se está yendo a pique esa finca de mierda que tenéis.</p><p>Cogí una caja que me tendía Budi y al girarme tropecé con una piedra. No la sueltes, pensé mientras caía, no la sueltes. Fui a aterrizar sobre una rodilla antes de caer hacia delante, luego la barbilla se me enganchó en el lateral de la caja, que se me escurrió finalmente entre las manos. Qué estampa más extraña, pensé, todas esas frutas ovaladas rodando de cualquier manera por el suelo polvoriento de la calzada. El comerciante se agachó y recogió una. Se la puso a Chuan en las narices y dijo: </p><p>–Mira qué birria. Es más pequeña que tu picha. Me estás tomando el pelo. Te doy 500, ni un céntimo más.</p><p>Recogimos la fruta desperdigada y terminamos de descargar el camión. Luego paramos en un colmado para comprar tabaco y unos baos de pollo. Chuan se acercó a las neveras y sacó tres botellas de Carlsberg. Cuando me preguntó qué quería le dije que lo mismo que ellos, pero se echó a reír.</p><p>–Estás de broma –dijo y me compró una Pepsi.</p><p>Nos acabamos fuera nuestras bebidas y Chuan le dio a cada jornalero un billete de diez ringgits. </p><p>–Lo siento –le dije a Chuan en el camino de vuelta.</p><p>–¿Por qué? Tú no tienes la culpa de que el tío sea un capullo.</p><p>–No sé cómo dejé caer esa caja. Todo iba bien y al cabo de un momento estaba por el suelo.</p><p>–No es para tanto. De todas formas, no nos la ha pagado.</p><p>–Ya lo sé. Aun así, lo lamento.</p><p>Se volvió para mirarme y entornó un poco los ojos, concentrándose, como si reparase en mí por primera vez.</p><p>–Estás sangrando –dijo, tocándose la barbilla para indicarme dónde estaba la herida. Cogió una toallita que tenía embutida entre el salpicadero y el parabrisas y me la tendió. Cuando me la llevé a la cara, estaba caliente.</p><p>–Lo peor de todo –dijo– es que el muy capullo tiene razón. La finca se nos muere.</p><p>Chuan volvía a mirar la carretera y palpaba ahora en busca del paquete de cigarros que se había escurrido de nuevo entre los asientos. Lo cogí y le di uno, como había hecho antes.</p><p>–Mi padre no podrá apañárselas, ni conmigo ni sin mí. La sequía de este año lo ha matado todo.</p><p>–Es el Niño –dije–. No me preguntes por qué, pero lo llaman así.</p><p>–¿Qué coño es eso?</p><p>Le expliqué que era un fenómeno climático cíclico causado por el movimiento de las corrientes cálidas del Pacífico. Le repetí lo que había leído en los periódicos y había visto en la tele: estábamos padeciendo el episodio más severo del Niño jamás registrado. No era solo aquí en el campo donde había escasez de agua: también en la ciudad nos cortaban a veces el suministro. Abrías el grifo y no salía más que un hilillo de agua marrón terrosa. En otras partes del mundo había inundaciones terribles. Media China estaba anegada.</p><p>Chuan escuchaba atentamente, echándome una mirada de vez en cuando.</p><p>–Ah –dijo–, así que el Niño nos está dando por culo a todos.</p><p>Nos reímos. El Niño aquel era un hijo de puta peligrosísimo.</p><p>Las carreteras se iban vaciando a medida que nos acercábamos a la finca. Ya solo pasaban unos pocos coches en sentido contrario, rumbo al pueblo. Empezaba a reconocer algunos puntos de referencia que indicaban el camino: la colina en forma de triángulo escaleno, la casa de madera abandonada en medio de un campo de maleza, el cartel descolorido que anunciaba una crema de blanqueado facial. Las modelos seguían sonriendo, blanqueadas por el sol; el papel se había despegado y donde antes estaba la oreja de una de ellas se abría ahora un gran orificio por el que se veían los árboles del fondo, como si estuviera escuchando la selva. Pensé que si me perdía bastaría con buscar a la modelo de la oreja hueca para encontrar el camino de vuelta. </p><p>–¿Vuelves esta noche a casa o te quedas con tu amiga? –le pregunté.</p><p>Se volvió hacia mí, esbozó una sonrisa y le dio una última calada al cigarro antes de tendérmelo. El humo que salía de la brasa trazó en el aire un signo de interrogación.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 16 Aug 2026 04:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Tash Aw (traducción de Álex Gibert)]]></author>
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      <media:title><![CDATA['El sur': una exploración luminosa del deseo y la familia como campo de batalla]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Prepublicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['24 horas en la vida de tu cerebro': qué hacer a lo largo del día para pensar, sentir y vivir mejor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/24-horas-vida-cerebro-dia-pensar-sentir-vivir-mejor_1_2230778.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1eea025c-a82f-4346-87ee-03c58ba23972_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'24 horas en la vida de tu cerebro': qué hacer a lo largo del día para pensar, sentir y vivir mejor"></p><p>¿Qué ocurre en el cerebro mientras dormimos y hasta que volvemos a acostarnos por la noche? ¿Qué papel tienen la luz, el movimiento, la comida, las pausas, la naturaleza o los vínculos en la forma en que pensamos, sentimos y vivimos?</p><p>A través de investigaciones recientes, historias fascinantes y propuestas prácticas, <em><strong>24 horas en la vida de tu cerebro</strong></em> recorre toda una jornada del calendario para explicar cómo funcionamos en cada momento, qué nos ayuda y qué nos desgasta, al tiempo que muestra que cuidar el cerebro no depende de una única práctica, sino de pequeños hábitos integrados en la vida cotidiana.</p><p>Rachel Carson, Viktor Frankl, Winston Churchill, Charles Darwin o Arianna Huffington ponen rostro humano a lo que la ciencia describe. Dormir bien, despertar con luz, ejercitar el cuerpo, comer con calma, descansar a tiempo, salir, crear, conocerse y cultivar vínculos significativos están más conectados entre sí de lo que solemos creer. Con rigor científico y sin recetas milagrosas, el astrofísico especializado en neurociencia y doctor por la Universidad de Barcelona, <a href="https://www.instagram.com/jesuscguillen/?hl=es" target="_blank" >Jesús C. Guillén</a>, nos invita a comprender mejor nuestra biología para vivir con más lucidez y equilibrio.</p><p>Este libro llega a las librerías el próximo 23 de septiembre de la mano del sello <a href="https://www.penguinlibros.com/es/11417-vergara?srsltid=AfmBOop6HRWFD0zVS9AeK-GEkiDNJP8dHjKWS-DIthjhUTY3AhUJU-0p" target="_blank" >Vergara</a> (Penguin Random House), pero hoy ofrecemos ya a los lectores de <strong>infoLibre </strong>un fragmento en exclusiva a modo de adelanto.</p><p>________________________________________________________</p><p>Lo neuro está de moda. Neurociencia, neuroeducación, neuropsicología, neuroética… pero también neuroventas, neuroespiritualidad, neurofitness, neurosexología. Como puedes intuir, no todas las disciplinas que recurren a este prefijo tienen el mismo respaldo empírico. En algunos casos este es sólido, pero en otros apenas existe. Sin embargo, más allá de las diferencias de metodología y rigor, todos los enfoques anteriores comparten un mismo objetivo: explicar o justificar determinadas prácticas apelando al funcionamiento del cerebro.</p><p>Este nos atrae porque ayuda a comprender al ser humano. Es el órgano que crea nuestras percepciones, pensamientos, emociones, conductas y conciencia, como parte de un organismo en el que todos los órganos cooperan de forma continua. No somos cerebros, sino personas. No obstante, nuestra actividad mental emerge de la comunicación en red de unos 86 mil millones de neuronas que pueden llegar a formar billones de conexiones. Ante tal complejidad, todavía desconocemos muchos aspectos de su funcionamiento. Aun así, también conocemos lo suficiente como para obtener ideas útiles para la vida cotidiana.</p><p>La gran revolución de la neurociencia cognitiva comenzó en los años 90 del siglo XX con el desarrollo de las técnicas de neuroimagen funcional que permitieron estudiar por primera vez el cerebro en vivo. Desde entonces, la incorporación de herramientas procedentes de otras disciplinas, junto con el avance reciente de la inteligencia artificial, ha acelerado el progreso en este campo. Por ejemplo, un gran consorcio internacional de laboratorios, el proyecto MICrONS, ha reconstruido los circuitos neuronales de una pequeña porción de la corteza visual de un ratón. En un solo milímetro cúbico de tejido cerebral identificaron más de 200.000 células y alrededor de 500 millones de conexiones sinápticas, elaborando un mapa funcional y estructural con un nivel de detalle sin precedentes (<em>The MICrONS Consortium</em>, 2025). Cartografiar una red de esa complejidad habría sido impensable sin las nuevas herramientas de inteligencia artificial.</p><p>La neurociencia también avanza en la comprensión de las enfermedades. Un estudio reciente ha identificado un estado alterado de la microglía, un tipo de célula inmunitaria del cerebro que, cuando activa una respuesta celular al estrés, puede liberar lípidos tóxicos y contribuir a la pérdida de sinapsis característica del alzhéimer. Frenar esa respuesta mitigó parte del daño en modelos animales (Flury et al.,2025). Y, aunque pueda parecer que buena parte de la investigación neurocientífica se dedica a comprender y tratar problemas del sistema nervioso, muchas de sus aportaciones también pueden ayudarnos a vivir mejor, algo muy relevante en los tiempos actuales.</p><p>Resulta paradójico. Nunca habíamos tenido acceso a tanto conocimiento, tantas herramientas tecnológicas y tantas posibilidades materiales. Podemos editar genes, utilizar la inteligencia artificial, comunicarnos de forma instantánea y producir cantidades ingentes de información. Y, sin embargo, el cansancio, el estrés, la soledad, la dificultad para concentrarse o la insatisfacción persistente forman parte de la experiencia cotidiana de muchas personas.</p><p>Soy docente, y me gusta comenzar mis clases con una pregunta sencilla: "¿Cómo te sientes?". Difícilmente un estudiante estará en condiciones óptimas para aprender si no se siente bien. ¿Y cómo se sienten los estudiantes? Investigadores de la Universidad de Yale pidieron a 22.000 adolescentes de Estados Unidos que describieran cómo se sentían en el instituto. Tres cuartas partes de las palabras que emplearon fueron negativas: "cansado", "aburrido" y "estresado" encabezaban la lista (Moeller et al., 2020). Y el malestar no se limitaba al alumnado. Cuando ese mismo grupo de investigadores preguntó a más de 5.000 docentes de Secundaria, descubrió que pasaban casi el 70% de su jornada laboral sintiéndose "frustrados", "superados" y "estresados" (Floman et al., 2018).</p><p>Estos datos no se restringen al ámbito educativo. La encuesta global de Gallup, una de las fuentes más robustas a escala internacional, muestra que una proporción muy elevada de adultos en el mundo experimenta preocupación, estrés, tristeza o enfado de forma cotidiana. En su informe de 2025, un 39% de los adultos encuestados afirmó haber sentido una preocupación significativa gran parte del día anterior, y un 37% declaró haber experimentado mucho estrés (Gallup, 2025). Estas no son cifras marginales. A ello se suma otro dato inquietante. Un estudio basado en más de 4,5 millones de respuestas de adultos estadounidenses recogidas entre 2013 y 2023 muestra que la proporción de personas que manifiestan dificultades cognitivas significativas —problemas de memoria, atención o toma de decisiones— ha aumentado de manera sostenida en la última década, en especial entre los 18 y los 39 años, grupo en el que esas complicaciones casi se han duplicado (Wong et al., 2025). El deterioro del funcionamiento cognitivo no puede entenderse solo como un problema de envejecimiento, sino también como el resultado de factores físicos, mentales, sociales y económicos que afectan a la vida cotidiana mucho antes de la vejez.</p><p>Comprender cómo funciona el cerebro puede ayudarnos a entender mejor muchas decisiones cotidianas. Algunos problemas actuales, como el estrés crónico, la dificultad para concentrarse o ciertas formas de malestar emocional, no son simples dificultades personales. Reflejan también un desajuste entre la biología con la que hemos evolucionado y las condiciones del mundo en el que vivimos. Entender ese desajuste no lo resuelve todo, pero puede ayudarnos a afrontar la complejidad actual con mayor comprensión y rigor. </p><p>Este libro nace de ahí. Conocer el cerebro puede ser útil para saber qué necesita a lo largo del día para funcionar razonablemente bien. Optimizarlo exige comprender mejor cómo cuidarlo, no pedirle cada vez más.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Aug 2026 04:01:41 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Jesús C. Guillén]]></author>
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      <media:title><![CDATA['24 horas en la vida de tu cerebro': qué hacer a lo largo del día para pensar, sentir y vivir mejor]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Prepublicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Chica': ¿Y si el lenguaje está armado para humillar a las mujeres?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/chica-si-lenguaje-armado-humillar-mujeres_1_2228122.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/aae2f321-2adf-4c45-885c-c3e955372770_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Chica': ¿Y si el lenguaje está armado para humillar a las mujeres?"></p><p>¿Y si la palabra puta no fuera solo un insulto, sino la prueba más evidente de que el lenguaje está armado para humillar a las mujeres? Desde su primera bocanada de aire, Laurence Barraqué descubre que ser chica es, ante todo, una decepción. </p><p><em><strong>Chica </strong></em>es el retrato de una época, de una clase social, de una educación que reproduce sin decirlo el orden patriarcal. A través de los años, <strong>Camille Laurens</strong> atraviesa los grandes cambios sociales de Francia: el acceso de las mujeres a la vida pública, la lucha por el aborto y la entrada en una conciencia feminista. No es solo el diario íntimo de una vida; es un acto de resistencia literaria, una interrogación constante al lugar que se le asigna a la mujer desde la cuna. </p><p>Laurens no ofrece respuestas fáciles. En su lugar, entrega una novela que incomoda, ilumina y, sobre todo, invita a pensar. Un libro necesario para comprender cómo se construyen —y cómo pueden desmontarse— las lógicas del poder y del género. Muestra una verdad brutal: ser mujer es siempre salir perdiendo.</p><p><em>Chica </em>llegará a las librerías el próximo <strong>2 de septiembre</strong> de la mano de <a href="https://malpasoycia.es/categoria-producto/malpaso/" target="_blank" >Malpaso</a>, pero <strong>infoLibre </strong>publica a continuación para sus lectores un fragmento a modo de anticipo literario.</p><p>_____________________________________________________________________</p><p>Gritas, te desgañitas, la fría verdad te llena los pulmones, la rima es femenina, grita y crea en ti el áspero sentimiento de la separación, sientes que todo se divide, ya está, son dos partes, se corta, se ha cortado. Tu nacimiento te separa a la vez de tu madre, que también es chica, algo notorio, y te separa de toda la humanidad que no lleva el nombre de chica. La palabra adversa no se ha pronunciado, y con razón, pero flota silenciosa en el éter de la habitación, la palabra contraria se estampa en el aire, un embrión, un feto, un bebé, hasta ahora el género estaba de su parte. Hace algunos instantes, ella o él, todo era posible, la gramática fantaseaba con un paisaje, ahora te han cortado las alas (¿qué otra cosa si no?), estás más sola que Robinson y, sin embargo, ya está, con la placenta la suerte también está echada, dios, nacido chico, dicen, padre de un hijo, según la creencia, dios es un niño que juega a los dados: es una niña.</p><p>"Es una niña". </p><p>La voz que enuncia tus inicios no está modulada por ninguna inflexión peculiar, salvo la que implica que el trabajo está bien hecho. Catherine Bernard empina el codo fuera del servicio, pero por ahora los resultados no se han visto afectados. A las mujeres que ha ayudado a ser madres sí les ha sacado los frutos de sus entrañas. Ahondando un poco, no se le conocen sus preferencias, quizás algo de ambivalencia: el niño recién nacido siempre le recuerda al niño Jesús en el pesebre, lo sagrado de su oficio y de la Natividad. Las chicas le son menos extrañas, las asea con mayor facilidad. De vez en cuando, pasa la mayor parte del tiempo toqueteándolas en sus partes genitales. En los chicos, estas son enormes en relación con el resto del cuerpo, están hinchadas de hormonas, es lo único que se ve. Las de las niñas, discretas, le dan menos vergüenza, aunque sea una bobada. Perdona, Señor, mis pensamientos.</p><p>"Es una niña". </p><p>Del otro lado de la frase de sor Catherine están tus padres, los destinatarios, los responsables también, los hacedores de niñas, los instigadores: él, ella, en el momento t, que no supo dar ¿el qué? Pero en este instante preciso no es la pregunta más importante, aunque más adelante será posible devolverles la pelota para rubricar su despecho y escudriñar el fracaso. Reciben la noticia. Al esperarla, esperándote, no sabían nada. No te vieron perforar la opacidad del vientre materno y remover con tus manos el aire líquido en cualquier pantalla luminosa escudriñada por una bata blanca a la que acechaban, colgados de la frase decisiva siempre aureolada por la duda (conciencia profesional), emocionados por su propia e íntima interpretación (como se mueve tanto, debe ser un…), pendientes de la emisión de un oráculo, de su probable verdad, no "es una niña" sino una prudente analogía, un sinónimo aproximado: "No veo nada". No se les informó de tu falta de formas en el lugar en el que eso se forma. "No veo nada", entiéndanme: "Es una niña…". No hay nada que ver, circulen, es una niña. Tus padres ni esperan ni oyen semejantes anuncios, pues las máquinas ad hoc todavía no existían. Estamos en 1959. Sin eco de los gloriosos testículos o nada que se pixele a ojos vistas, la idea es apenas concebible; la técnica todavía no escribe la onda gelificada de los deseos o los resquemores, ninguna imagen consigue captar a los nadadores amnióticos, por lo que puedes tranquilamente mover los pies y las manos, remover cielo y tierra con los talones, el suspense se mantiene intacto hasta el final, e inútiles son tus saludos con los pies a pesar de las predicciones del embarazo: sin náuseas, es un chico, ganas de vomitar, una niña; la libido al máximo, es un niño, el deseo por los suelos, una chica. ¿Ganas de sal, ganas de azúcar? Es sabido que las chicas son golosas. La tripa redonda, un chico guapo, la tripa como un balón de rugby, sin colita. ("Pff", dice tu abuelo, que fintó con los All Blacks en 1925 en un estadio hasta los topes). Existen incluso hipótesis más secretas que se repiten de parturienta a parturienta, entre dos respiraciones del cachorro: si se ha gozado en el momento de la concepción, será un chico, si no se sintió nada, será una niña. Tu madre está preocupada. </p><p>Es también una noticia porque tú no eres la primera. No solo es una niña, era otra nueva niña la que se anunciaba. Otra hija: prefieren no decir "una segunda", pues no contemplan que haya continuación (se equivocan). No solo eres una niña, sino otra niña. Eres la siguiente niña. Tu hermana (lo entenderás enseguida), tu hermana nació antes que tú: eres tú la que al nacer le das el nombre de hermana, eres tú la que bautizas a las dos con ese otro nombre diferente del de niña, con ese sustantivo de hermanas (ella no lo quiere, ni tú, ni nadie). A tu hermana mayor, por la gracia de dios, la dejaron llegar sin titubear. La llamaron Claude, con todo, para decirle a dios (en quien no creen) que bueno, esperaban, imaginaban, habían confiado en que… Tú, la segunda, desconciertas. "Otra niña": eres una decepcionante noticia. No te esperaban. Tu hermana no inauguraba el deseo del rey, pero tú ni siquiera eres el deseo de la reina. No eres una princesa.</p><p>No obstante, tu padre se desplazó. Asiste impaciente a tu nacimiento. Lo que apenas sí se practicaba entonces, diez años antes de Mayo del 68; los padres se mantenían a distancia del dilatado sexo de las mujeres, del dolor que se despierta en ellas en medio de un perfume de mierda y de sangre, de los gemidos del animal que, muriéndose, se vacía. Les hubiese costado recuperarse, dicen, verlo los volvería impotentes. Se protege a los hombres del fracaso y a las parejas de la repugnancia de sí mismas. Pero con tu padre hicieron una excepción, lo consideraron lo bastante sólido como para permanecer en la sala del parto, después de todo formaba parte del gremio, o bueno, casi: es dentista. Acostumbrado pues a las dilataciones, sin emocionarse ni asombrarse por las mucosas sangrientas. Familiarizado con las encías, no corría el riesgo de sentirse amenazado por una vagina dentada. De que ¡uf! se pudiera desmayar, castrado para siempre por tan terrorífica visión. Todos los días, él… Pero no, espera… Tu padre no es dentista, qué bobada, es el Dr. Galiot, con quien se cruzó en el pasillo entre una nube de humo cerca del recinto de las matronas, hace un momento; será tu dentista cuando tengas dientes, y el hijo que se dispone a coger entre sus brazos sin ni siquiera apagar el pitillo estará un día contigo en la escuela, Jérôme Galiot, un gilipollas nacido el mismo día que tú, falso gemelo que según tú no desmentirá la expresión "sexo opuesto" con sus chistes malos, pero, por el momento, trofeo de sus padres en la clínica Santa Águeda de Rouen, se te adelantó un cuarto de hora y con una corta extremidad. No, tu padre es médico general en la calle Jeanne d’Arc, y ya había previsto tu nombre. Jean-Matthieu. Jean como su padre y Matthieu como él, honrados sean los hombres de la familia y los dos Evangelios más hermosos, fe del protestante. Le avisaron en su consulta que era inminente, acudió dejando sus ocupaciones, se volvió a marchar y luego regresó a las cinco de la mañana, con el aire de la noche perfumando el cromosoma XY, esta vez sí, es un chico, lo presiente y quiere estar presente. Saludó al pasar al Dr. Galiot, "enhorabuena", y se precipitó a la sala de partos justo en el instante en el que salías del abismo. A sor Catherine no le pareció muy acertada la intrusión, mueve los pliegues del delantal como si la hubiesen sorprendido desnuda, nada más percibir tu cabeza, la despacha hacia tu madre ignorante y adormilada: los celos no caben y, además, es más correcto. Teniendo en cuenta las pocas mechas pegadas encima de tu cabeza, eres del sexo masculino, eso seguro, incluso podría decirse sin temor a equivocarse que tienes 50 años, una alopecia galopante mucho antes de ser calvo; tu padre hace bromas, pero nadie se ríe, tu madre sufre como una loca, el fruto de sus entrañas la vapulea, había olvidado ese terrible dolor, pero nunca te dirá nada porque, en efecto, el sufrimiento físico se borra de la memoria del cuerpo antes que el placer, la naturaleza es sabia, y el supremo dolor de nacidas-niñas lo conocerás bastante pronto. De pie junto a la cama, tu padre sostiene distraídamente la mascarilla por encima de la nariz de tu madre, a la que le falta oxígeno y ternura, con el cuello inclinado hacia sor Catherine, que se implica en el esfuerzo por la vida, "vamos, empuje, venga, respire", uf, uf, repite, sigue, comprime los hombros, ¿cuántos niños habrá parido con palabras? Se acerca el alumbramiento, a tu padre le da un ataque de apnea por el no nacido, de repente deja de creer, con el cuello rígido, sin aliento, al borde del vacío. "¿Qué es?", pregunta la madre entre dos bocanadas de aire, no se sabe nada, empuja una última vez, no huele a rosas y tu padre se descompone, ¿alguna vez lo creyó? ¿Qué es? Qué fracaso.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 09 Aug 2026 04:00:30 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Camille Laurens]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Chica': ¿Y si el lenguaje está armado para humillar a las mujeres?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Prepublicación,Libros]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA['Los asesinos guapos': la oscura fascinación por Luigi Mangione y otros criminales bellos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/asesinos-guapos-oscura-fascinacion-luigi-mangione-criminales-bellos_1_2234596.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b10cda0d-7453-475a-9c98-2f848962b4b5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Los asesinos guapos': la oscura fascinación por Luigi Mangione y otros criminales bellos"></p><p>¿Qué hace que millones de personas idealicen a un asesino únicamente porque es atractivo? ¿Por qué algunos criminales acaban convertidos en estrellas de las redes sociales, protagonistas de series y objetos de deseo? </p><p>Estas son las preguntas que plantea <strong>Francesc Soler</strong> en <em>Los asesinos guapos. La oscura fascinación por Luigi Mangione y otros criminales bellos</em>, un ensayo que analiza uno de los fenómenos culturales más inquietantes de los últimos años: la transformación de determinados asesinos en auténticos iconos pop.</p><p>Tomando como punto de partida el caso de Luigi Mangione, acusado del asesinato del director ejecutivo de una gran aseguradora estadounidense y convertido casi de inmediato en un fenómeno viral, Soler amplía la mirada hacia figuras como Ted Bundy, Richard Ramírez, Jeffrey Dahmer, Daniel Sancho, los hermanos Menéndez o Chris Watts, entre muchos otros, para preguntarse qué dice esta fascinación sobre nosotros mismos. </p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta a continuación un fragmento de este libro, que llega a las librerías el próximo 7 de septiembre, de la mano de la editorial <a href="https://alreveseditorial.com/" target="_blank" >AlRevés</a>.</p><p>___________________________________________________________</p><p>¿Quién es el joven asesino encapuchado? El joven encapuchado que el 4 de diciembre de 2024 disparó contra Brian Thompson, director general de United Healthcare, no podía saber que además de acabar con la vida de un "padre devoto" y "un gran amigo de muchos" acababa de poner en marcha uno de los grandes fenómenos sociales de toda la historia de internet. </p><p>Por supuesto, Luigi Mangione esperaba y deseaba que su acción tuviera una gran repercusión mediática y que se percibiera como un acto político, como una manifestación de la ira popular contra las pérfidas aseguradoras de salud privadas, pero me apuesto lo que quieras a que ni se le pasó por la cabeza que su belleza acabaría eclipsando su discurso político. </p><p>El presunto asesino no solo había preparado el crimen con esmero, sino que también había trabajado el relato que esperaba que se impusiera en los medios y la sociedad, ofreciendo a los investigadores del asesinato una serie de pistas de lo más peliculeras. </p><p>Para empezar, había escrito las palabras "retrasar", "negar" y "defender" —una crítica a las compañías de seguros acusadas de retrasar y negar reclamaciones, para luego defender sus decisiones en los tribunales— en la munición que usó para matar a Thompson. </p><p>En segundo lugar, su cuaderno, una suerte de manifiesto de 262 palabras que llevaba consigo en el momento de su detención. A pesar de que los grandes medios de comunicación se negaron a publicarlo íntegramente, el periodista independiente Ken Klippenstein se hizo con una copia del documento —escrito a mano y con algunas palabras ilegibles— que colgó en internet y en seguida empezó a circular por las redes. </p><p>Aquí te lo reproduzco, traducido al español: </p><p>"A los federales, seré breve, porque respeto lo que hacen por nuestro país. Para ahorrarles una larga investigación, afirmo claramente que no estaba trabajando con nadie. Esto fue bastante trivial: un poco de ingeniería social básica, CAD básico, mucha paciencia. El cuaderno espiral, si está presente, tiene algunas notas sueltas y listas de tareas que iluminan la idea general. Mi tecnología está bastante protegida porque trabajo en ingeniería, así que probablemente no haya mucha información ahí. Pido disculpas por cualquier conflicto o trauma, pero tenía que hacerse. Francamente, estos parásitos simplemente se lo tenían merecido. Un recordatorio: Estados Unidos tiene el sistema de salud más caro del mundo, pero ocupamos aproximadamente el puesto 42 en esperanza de vida. United es la [indescifrable] empresa más grande de EEUU por capitalización bursátil, solo detrás de Apple, Google y Walmart. Ha crecido y crecido, pero ¿y nuestra esperanza de vida? No. La realidad es que estos [indescifrable] se han vuelto demasiado poderosos y continúan abusando de nuestro país para obtener enormes ganancias porque el público estadounidense les ha permitido salirse con la suya. Obviamente, el problema es más complejo, pero no tengo espacio, y, francamente, no pretendo ser la persona más calificada para exponer el argumento completo. Pero muchos han iluminado la corrupción y la avaricia (por ejemplo: Rosenthal, Moore) hace décadas, y los problemas simplemente permanecen. Ya no es un asunto de conciencia, sino claramente de juegos de poder. Evidentemente, soy el primero en enfrentarlo con tanta brutal honestidad".</p><p>Un criminal y, al mismo tiempo, un héroe anónimo, defensor de las causas justas. Ese podría haber sido el relato, ¿verdad? Sin embargo, sabemos que no fue así. El 9 de diciembre, tras su arresto en un McDonald’s de Altoona (Pensilvania), el mundo descubrió no solo el nombre del presunto asesino, Luigi Mangione, sino sobre todo su rostro. Desde ese preciso momento, empezó a construirse su imagen pública como asesino guapo. Su lucha contra la injusticia simplemente nos permitía celebrarlo sin sentirnos tan… ¿culpables? Luigi tenía un motivo, cierto, pero por encima de todo era terriblemente sexy. Cuando se publicó su primera foto bajo custodia policial, tanto medios serios como tabloides comenzaron a subrayar en sus informaciones sobre el caso el atractivo físico de Mangione. En un abrir y cerrar de ojos se pasó del "guapo" y "atractivo" de los titulares de prensa al "asesino caliente" en redes sociales. </p><p>En el momento de su detención, Mangione tenía 26 años y, como buen Z, parte de su vida podía rastrearse en internet con todo lujo de detalles. Que sepamos: desciende de una de las familias más acomodadas y respetadas de Baltimore, donde se graduó con las mejores calificaciones en la prestigiosa Escuela Gilman. En la Universidad de Pensilvania, cursó estudios en informática e ingeniería eléctrica y, posteriormente, obtuvo una maestría y llegó a trabajar como ingeniero de software en California. </p><p>También descubrimos que sufría una lesión severa de espalda, diagnosticada como una desalineación vertebral que le provocaba dolor crónico y que, en 2023, se sometió a una cirugía de fusión espinal. Tras aquella operación empezó a perder el contacto con amigos y familiares. En la plataforma Goodreads, había dejado reseñas de libros de autoayuda y de salud, pero también del manifiesto del Unabomber, Ted Kaczynski, al que calificaba de inquietante pero profético. </p><p>¿Cómo pudo convertirse en un asesino a sangre fría ese joven guapo y pijo, con un expediente académico impecable y un futuro brillante esperándole a la vuelta de la esquina? ¿Fue el dolor físico un fatal catalizador? ¿Cómo pudo liderar una lucha contra la sanidad privada alguien como Mangione, que precisamente por su fortuna familiar no debió de tener ningún problema para pagar las facturas hospitalarias de su intervención? </p><p>El proceso judicial, que aún debe dirimir su culpabilidad, deberá también tratar de responder a preguntas como las del párrafo anterior, que todos nos hemos hecho en algún momento. Sin embargo, admitámoslo, hay preguntas sobre Mangione que nos interesan y divierten mucho más: ¿de qué marca es el estupendo jersey morado que llevó en su comparecencia judicial? ¿Le queda mejor el pelo largo o un poco más cortito? ¿Qué rutina siguió para lucir ese cuerpazo? ¿Será gay o bi? ¿Es cierto que, como se dice por las redes, protagonizó unas cintas sexuales?</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Aug 2026 04:00:29 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Francesc Soler]]></author>
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      <title><![CDATA['La noche cae sobre Shanghái': el nacimiento de la oscuridad del siglo XX]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/noche-cae-shanghai-nacimiento-oscuridad-siglo-xx_1_2222232.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7a141bed-5b3b-4025-bf63-69e7ccf7bf6b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'La noche cae sobre Shanghái': el nacimiento de la oscuridad del siglo XX"></p><p>Tras siete años en China, el escritor y diplomático <strong>Luis Melgar</strong> recrea el Shanghái de los años 30 en un thriller histórico sobre el nacimiento de la oscuridad del siglo XX.</p><p>En <em><strong>La noche cae sobre Shanghái</strong></em><em> </em>(Plaza & Janés, 2026), el autor aplica su experiencia diplomática y su conocimiento directo de China a una novela de espionaje, deseo, culpa y memoria histórica. Ambientada en el Shanghái cosmopolita y fracturado de 1935, la historia arranca con un asesinato en el consulado de España y crece hasta convertirse en una intriga internacional donde se cruzan el auge del nazismo, la amenaza japonesa en Asia y los prolegómenos de la Guerra Civil española. </p><p><strong>infoLibre </strong>ofrece a sus socias y socios un fragmento en exclusiva de esta novela, ya en librerías, que elabora un retrato de Shanghái como laboratorio del siglo xx: una ciudad de diplomáticos, empresarios, mafias, periodistas, exiliados y oportunistas en la que ya laten los conflictos que cambiarán el mundo. </p><p>___________________________________________________________________________</p><p><em>Domingo, 23 de junio de 1935.</em></p><p><em>La noche de San Juan.</em></p><p>Asier estaba agotado. La noche anterior había estado hasta las tantas en el Paramount. Al final se había llevado a Jakob con él. En el estado en que se encontraba, no se había atrevido a dejarlo solo en casa. Le había prestado uno de sus esmóquines de trabajo, que le quedaba un poco grande de pecho y algo corto de mangas y pantalones, pero aun así le daba un aire lo bastante sofisticado como para entrar en el local. La presencia de su amigo lo había llevado a beber más de lo habitual durante el turno. Al volver juntos a casa, habían seguido con la cerveza —fría, por supuesto— y bueno…</p><p>El resultado era un dolor de cabeza monumental, pero no le quedaba otra que aguantar. Tenía que ganarse la vida y, además, se lo debía a Isabel. Tenían que averiguar qué estaba sucediendo en Shanghái. En qué andaban metidos tanto Yungli como el señor Roxas.</p><p>Llevaba en la mano derecha una bandeja cargada de comida típica española: pequeñas tapas de jamón serrano, pinchos de tortilla de patatas y croquetas para ofrecer a los invitados. Aprovechaba su libertad de movimientos para observar cada detalle de lo que ocurría en la fiesta. Un poco más allá estaba Isabel, charlando con el vicecónsul y con una pareja china. También veía al señor Roxas, que había dejado a Bernhardt a solas con el cónsul y parecía confundido. Cerca de ellos, el príncipe Nikolai conversaba con un grupo de diplomáticos. Era extraño que la princesa no lo acompañara. Normalmente, iban juntos a todos los actos sociales. </p><p>Tenía que averiguar de qué hablaban Bernhardt y el cónsul. Decidió acercarse con la bandeja para intentar escuchar lo que discutían, pero un rostro entre la multitud lo hizo cambiar de objetivo. Entre los invitados, creyó adivinar la figura de Yungli. Llevaba un traje oscuro de corte occidental, una camisa clara y una corbata corta y estrecha, con el nudo pequeño. En ningún caso la indumentaria de un «pobre» comprador. Claro que tampoco era lo bastante ostentoso para un miembro de la Banda Verde. Yungli permanecía algo apartado, como si quisiera pasar inadvertido, pero sus ojos recorrían el jardín con atención, captando cada detalle.</p><p>Asier sintió cómo el enfado volvía a hervirle por dentro. ¿Qué demonios hacía allí? ¿Es que no podía dejarlo en paz ni un segundo? Sin soltar la bandeja, se dirigió hacia él.</p><p>—¿No decías que esto era tan peligroso? —le preguntó en voz baja, con tono mordaz—. ¿Qué haces aquí, pues?</p><p>Yungli se apartó un poco más del bullicio. Asier lo siguió y se detuvo frente a él, esperando una respuesta.</p><p>—Va a suceder algo esta noche —dijo Yungli con voz tensa—. Por favor, busca dónde ocultarte.</p><p>Asier frunció el ceño.</p><p>—¿Qué? No soy ningún cobarde.</p><p>Yungli lo miró con una intensidad que Asier no pudo ignorar.</p><p>—Si alguna vez has sentido algo por mí, hazme caso y busca una excusa para marcharte. Refúgiate en las cocinas y ponte a lavar platos si hace falta, pero aléjate de aquí.</p><p>Asier dio un paso atrás, incrédulo.</p><p>—¿Estás loco? ¿Qué demonios…?</p><p>Yungli lo interrumpió, la voz cargada de urgencia.</p><p>—Sobre todo, aléjate de Bernhardt. De Bernhardt y del príncipe Volkov…</p><p>Antes de que Asier pudiera responder, se escuchó el sonido de un disparo, seguido casi al instante por otro. Las detonaciones, secas y contundentes, cortaron el aire festivo, sumiendo el ambiente en un silencio denso y asfixiante.</p><p>El eco de los disparos aún flotaba cuando Yungli sacó un revólver. </p><p>Asier reconoció el modelo al instante, una Smith & Wesson, muy frecuente entre los militares y las fuerzas de seguridad… y también en los círculos de contrabando de armas.</p><p>Esos, Asier los conocía bien.</p><p>	***</p><p>Miguel se despidió del príncipe Volkov con una última inclinación de cabeza. El aire de la noche acariciaba su rostro mientras los acordes de una guitarra española resonaban en el jardín. Alrededor, las pequeñas hogueras comenzaban a brillar con más intensidad a medida que la oscuridad se asentaba. Cerca de una de las fogatas, un grupo de jóvenes había comenzado a saltar y aplaudir al compás de una jota aragonesa. </p><p>Miguel centró de nuevo su atención en Isabel. Por fortuna, no se había movido del sitio, ni parecía estar hablando con nadie. De hecho, lo miraba directamente, como si lo estuviera esperando. Se dirigió hacia ella con una amplia sonrisa.</p><p>—No te haces una idea de lo que me alegro de verte.</p><p>Isabel le devolvió la sonrisa, y por un momento, el mundo a su alrededor pareció desvanecerse, dejando solo la calma de su presencia. Pero la sonrisa de ella duró apenas un instante.</p><p>—Miguel, ya sabes que siempre me alegro de verte… pero no tanto en esta ocasión.</p><p>Él frunció el ceño.</p><p>—¿Por qué?</p><p>Isabel lo miró a los ojos. Su mirada reflejaba una preocupación que Miguel no comprendía del todo.</p><p>—¿De qué hablabas con el príncipe Nikolai?</p><p>Él se sintió un poco atrapado por la pregunta, pero intentó mantener la calma.</p><p>—A decir verdad, Isabel, es un asunto privado y no me gustaría traicionar su confianza. ¿Tú lo conoces? </p><p>Isabel soltó un pequeño bufido, que en cualquier otra persona habría parecido rudo, pero que en ella solo aumentaba su atractivo.</p><p>—Estás aquí con Johannes Bernhardt, ¿verdad?</p><p>—¿Qué tiene que ver el príncipe con Bernhardt? —preguntó él, desconcertado.</p><p>Isabel sacudió la cabeza, su expresión se tornó aún más seria.</p><p>—¿No me lo vas a contar, entonces?</p><p>Miguel se la quedó mirando, desconcertado.</p><p>—Te prometo que no sé de qué estás hablando.</p><p>Isabel suspiró, como si el peso del mundo descansara sobre sus hombros.</p><p>—Johannes Bernhardt. No deberías hacer tratos con él. Es un hombre peligroso.</p><p>Miguel sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. </p><p>—Mira, sabes que contigo no tengo secretos. Mi primo Andrés y mi madre me pidieron que se lo presentara al cónsul. Ya lo he hecho, y no tengo nada más que ver con él ni sé qué se traerá entre manos —explicó, quizá un poco aceleradamente, con la voz más insegura de lo habitual. Después se detuvo y la miró directamente—. ¿Pero tú qué tienes que ver con todo esto?</p><p>Isabel tomó un respiro profundo, como si le costara soltar lo que iba a decir.</p><p>—Todo comenzó con un encargo del periódico, pero ahora… Asier y yo creemos que Bernhardt tiene algo que ver con el tráfico de opio.</p><p>Miguel abrió los ojos con sorpresa.</p><p>—¿Asier también? ¿Pero qué es esto?</p><p>—Es muy largo de explicar, pero Asier me está ayudando. ¿Tú no sabes nada que me pueda ser de utilidad?</p><p>Miguel se quedó en silencio por un momento, tratando de comprender la situación. Sabía que el<em> Weekly</em> tenía una línea editorial liberal, siempre alerta a los peligros del totalitarismo, y muy crítica con los regímenes imperialistas en Japón, en Alemania y en Italia. No era sorprendente que quisieran investigar a alguien como Bernhardt. Y si él podía hacer algo para ayudar a Isabel...</p><p>—Bernhardt mencionó un cargamento que había que enviar a España; a Tetuán, en concreto —murmuró—, pero no me dio más detalles.</p><p>—¿A España? Pero eso no tiene sentido, el opio se importa desde la India a China…</p><p>De repente, un disparo resonó en el aire, seguido rápidamente por otro. La gente comenzó a chillar, y en un instante, el caos se apoderó del jardín.</p><p>—¡El príncipe! ¡Han matado al príncipe Nikolai!</p><p>Miguel miró a su alrededor, tratando de identificar de dónde venían los gritos. Entonces lo vio. No hacía ni cinco minutos habían estado juntos. Bernhardt, aún agarrado del hombro del cónsul, se guardaba una pistola debajo de la chaqueta con disimulo.</p><p>Nadie había reparado en él.</p><p>Solo Miguel.</p><p>—¡Ahí! —chilló—. Junto al cónsul, se llama Johannes Bernhardt, ¡es el asesino!</p><p>El alemán le clavó una mirada de odio y echó a correr en medio del gentío.</p><p>	***	</p><p>—¡Han matado al príncipe Nikolai! </p><p>Me he quedado paralizada. Las palabras retumban en mis oídos, como la onda expansiva de una bomba. Han. Matado. Al. Príncipe. Nikolai. Estaba convencida de que iba a pasar algo… ¿pero esto? No esperaba verme envuelta en un asesinato.</p><p>Las hogueras, que hace apenas un momento eran el centro de la celebración, se han vuelto inquietantes, casi malignas. Me dan miedo. Las llamas crean un ambiente infernal que me pone la carne de gallina. Hay gente que corre en todas direcciones, con el rostro desfigurado por el miedo. Otros se quedan paralizados, incapaces de moverse, como si el horror los hubiera anclado al suelo. Las voces se mezclan con el crepitar de las llamas y los pasos atropellados.</p><p>De pronto, oigo otro grito.</p><p>—¡Ahí! Junto al cónsul, se llama Johannes Bernhardt, ¡es el asesino!</p><p>Compruebo atónita que ha sido Miguel.</p><p>Miro a mi alrededor, intentando distinguir algo entre el tumulto, pero solo veo un torbellino de confusión. Miguel tiene el rostro pálido y los ojos abiertos de par en par. Le hago un gesto de cariño para tranquilizarlo, aunque yo misma estoy bastante asustada.</p><p>No puedo quedarme quieta. Tengo que vencer la parálisis. Saco la cámara, la agarro con fuerza y me sumerjo en la multitud. Necesito capturar lo que está sucediendo a mi alrededor. La gente corre, choca entre sí, sus rostros muestran terror y desconcierto. Algunos tropiezan con las hogueras, avivando aun más las llamas.</p><p>A lo lejos me parece ver una zona despejada. La gente se ha apartado para formar un círculo en torno a un lugar específico. Camino hacia allí, con la respiración contenida. A medida que me acerco, veo lo que todos miran: el cuerpo del príncipe Nikolai, tirado en el suelo. Su elegante traje está manchado de sangre. En la mano derecha aferra aún el maletín de piel de cocodrilo.</p><p>A su lado hay un hombre arrodillado que le toma el pulso con manos temblorosas. Después, acerca su oreja al pecho del príncipe y levanta la vista.</p><p>—Está muerto —anuncia—. La bala le ha acertado en el corazón.</p><p>El caos a mi alrededor es total, pero me mantengo firme, con la cámara aún entre las manos. Mientras la conserve, conservaré algo de control sobre lo que sucede. Es mi salvavidas en medio del naufragio. Como una autómata, sigo fotografiando el cuerpo sin vida. Entonces veo una figura que se mueve entre la multitud: es el vicecónsul, Julio de Larracoechea. Su rostro refleja la más absoluta concentración. No puedo dejar de admirar que sepa mantener la profesionalidad en un momento como este. Cuando me ve, se dirige hacia mí.</p><p>—¿Qué ha ocurrido? </p><p>—Han disparado al príncipe Nikolai... —respondo—. Está muerto.</p><p>Al instante llega el cónsul francés, Marcel Baudez. Después de todo, estamos en su concesión. Lo acompañan Fitzgerald y Davis, sus colegas británico y americano. Este último me dirige una mirada de reconocimiento.</p><p>—<em>Et qu’en est-il du meurtrier?</em> —pregunta el francés, entre jadeos—. ¿Alguien ha visto quién ha sido? </p><p>—Ha sido ese hombre, el alemán, Johannes Bernhardt —dice Miguel, que de algún modo se ha abierto paso entre la multitud y ha llegado hasta nosotros. </p><p>—¿Cómo? —pregunto, con un nudo en el estómago.</p><p>—Lo he visto perfectamente —continúa Miguel—. Dejé a Bernhardt con el cónsul, querían hablar a solas. No llevaban ni cinco minutos de conversación cuando el alemán sacó una pistola y disparó contra el príncipe. Vi con toda claridad cómo la escondía debajo de su chaqueta antes de echar a correr.</p><p>La gravedad de lo que acaba de decir cuelga en el aire como un nubarrón imposible de disipar. Miro al Miguel, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. ¿Cómo es posible? La imagen de Bernhardt con la pistola en alto me da escalofríos. </p><p>Las llamas de las hogueras siguen ardiendo, proyectando sus sombras demoníacas sobre nosotros. Mientras, el cuerpo sin vida del príncipe Nikolai yace a nuestros pies. La noche de San Juan se ha convertido en una pesadilla. </p><p>— <em>A la khe jieh luh! —</em>grita una mujer en shanghainés<em>—. </em>Yo lo he visto. El hombre que disparó salió huyendo por allí —señala hacia la tapia del jardín del consulado, que da directamente a la calle—. Salieron detrás de él otros dos, quizá tres, no estoy segura.</p><p>Las palabras de la mujer resuenan en el aire, y por un instante, todo se queda en silencio. Mis ojos siguen la dirección que señala, pero la oscuridad detrás de la tapia es impenetrable. No hay ningún rastro visible del asesino.</p><p>El vicecónsul Larracoechea es el primero en reaccionar. Veo que intenta mantener la calma, pero puedo percibir en él una urgencia creciente y, quizá cierta exasperación con su jefe, que no parece dispuesto a hacerse con las riendas de la situación. Él y Baudez intercambian una mirada. El francés se aclara la garganta.</p><p>—Estamos en el consulado español —murmura—. La jurisdicción es suya, aunque estemos en la concesión francesa. <em>Je ne veux pas marcher sur vos plates-bandes</em>, ya me entiende. No quiero excederme en mis funciones.</p><p>—Por otro lado, el presunto asesino es alemán —interviene Davis, que sigue sin separarse de su colega—. Mal que me pese, según los acuerdos de extraterritorialidad, debería ser juzgado bajo ley alemana…</p><p>—Y la víctima es un ruso blanco exiliado: un apátrida, ya que los soviéticos les han retirado la nacionalidad —añade Fitzgerald—. La jurisdicción corresponde a las autoridades chinas. ¡Un problema digno de un catedrático de derecho internacional!</p><p>Miro a los tres cónsules, atónita. El príncipe Volkov acaba de ser asesinado a sangre fría y ellos debaten como si estuvieran en la facultad. </p><p>—¿Alguien ha visto al cónsul general? —interviene Larracoechea—. ¿Eduardo?</p><p>En ese momento, Vázquez Ferrer aparece entre la gente. Al contrario que su segundo, se le ve aterrorizado. Su tez está demudada, como si hubiera visto a un fantasma. Apenas parece consciente de su entorno mientras se acerca con los ojos desenfocados.</p><p>—Esto no es asunto mío —sentencia, con voz temblorosa—. Yo no tengo nada que ver. Soy una víctima.</p><p>Larracoechea sacude la cabeza, obviamente atónito.</p><p>—Está bien, supongo que hay que avisar a la <em>garde municipale</em>, pare que ellos determinen cuál es la jurisdicción competente, ¿le parece, <em>monsieur</em> Baudez?</p><p>—Muy prudente, amigo mío, muy prudente.</p><p>Larracoechea dirige la mirada hacia Vázquez Ferrer, que sigue paralizado, incapaz de reaccionar. Al constatar por fin que su jefe no puede tomar el mando, apoya la mano en mi hombro. </p><p>—Por favor, ayúdame —susurra—. Me parece que eres la única persona sensata por aquí. </p><p>Miro a Miguel, que continúa en pleno ojo del huracán, en primera fila, contemplando el cuerpo del príncipe con los ojos como platos. Me giro hacia Larracoechea y asiento. Juntos, nos dirigimos hacia el interior del consulado en busca de un teléfono.</p><p>—¿Estás seguro de que quieres llamar a la <em>garde municipale</em>, Julio? —pregunto entre susurros—. Es vox populi que están vendidos a la Banda Verde…</p><p>—No tenemos alternativa, Isabel. Esto es la concesión francesa. Estamos en sus manos.</p><p>—Que Dios nos pille confesados.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 02 Aug 2026 04:01:04 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis Melgar]]></author>
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      <media:title><![CDATA['La noche cae sobre Shanghái': el nacimiento de la oscuridad del siglo XX]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Libros,Prepublicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Menina a mi pesar': un retrato satírico sobre la polarización en la que vivimos en la sociedad actual]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/menina-pesar-retrato-satirico-divertido-polarizacion-vivimos-sociedad-actual_1_2224150.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/663afa0b-b1cf-424e-942c-18ce40ef23a2_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Menina a mi pesar': un retrato satírico sobre la polarización en la que vivimos en la sociedad actual"></p><p>Tras sufrir la undécima crisis económica y la promulgación de la Ley de Memoria Democrática, los marqueses de Cervina pugnan por mantener su statu quo en el Madrid de los Austrias. </p><p>Receptora de los descartes genéticos de la familia, la heredera de los Cervina recibirá el sobrenombre de La Menina. Y, tal como le ocurriera a Mariabárbola, su destino quedará ligado a un cuadro: un lienzo de valor incalculable convertido en tabla de salvación para los descendientes de una saga familiar en vías de extinción. </p><p>Diestra en descubrir secretos, la Menina no dudará en utilizar las debilidades ajenas, asegurándose su propia supervivencia. Los intereses creados, la lucha de clases y el relevo intergeneracional dan lugar en <em><strong>Menina a mi pesar</strong></em> (<a href="https://www.duriieditorial.com/" target="_blank" >Durii</a>, 2026), a través de la pluma de <strong>Juan Loste</strong>, a un retrato satírico y divertido sobre la polarización en la que vivimos en la sociedad actual. </p><p>A continuación publicamos dos fragmentos de este libro, que está ya disponible en las librerías</p><p>___________________________________________________________________</p><p>Hubiese entregado mi alma al diablo para conseguir convertirme en una joven esbelta y bonita. Nunca lo deseé tanto como aquella noche. Jamás me hubiera atrevido a soñar lo que pasó después. No pude impedir que ciertos sentimientos se adueñaran de mí. </p><p>Desde entonces os dirán que me he radicalizado; que ya no creo en fábulas, sino en fabulaciones; que se me agotó la paciencia; que además de estrábica, soy daltónica y no distingo colores; que para mí todo es blanco o negro. Se trata de gente envidiosa, temerosa, tal vez, de que sus secretos acaben aflorando, manchando reputaciones inmaculadas a base de lavados de cara y blanqueos de pecunios de dudosa procedencia. </p><p>Quizás me falte el talante orgulloso y despótico de la alta aristocracia. Sin embargo, de ardides y triquiñuelas ando sobrada, lo que me ha permitido sobrevivir en una pecera repleta de pirañas mimadas y hambrientas. ¡Y no ha sido fácil! </p><p>(...) </p><p>Para bien o para mal, nací llamando la atención. Simplemente... ¡destacaba!</p><p>Mi aspecto físico parecía una broma pesada. Pudiendo haber heredado el donaire caribeño de mamá o la fina estampa de caballero español de papá, salí tirando a feíta, bajita y regordeta. Era como si el azar genético se hubiera cebado conmigo otorgándome los descartes de mis ancestros. </p><p>¡Como cuando me diagnosticaron la enfermedad de <em>Blount</em>! Llevo toda la vida luchando contra ello. El anormal crecimiento de mis huesos hizo que las piernas se volteasen hacia adentro. A pesar de los correctores ortopédicos y las dosis extras de calcio y vitamina D, no quedó otra que acudir a la cirugía. Dejé que cortaran huesos, enderezaran tibias y sujetaran el conjunto con placas y tornillos. Esto recibe el nombre de osteotomía y, no os mentiré, es un procedimiento doloroso del que me estoy recuperando. </p><p>A los problemas óseos se unieron otras menudencias. Como diastema, ahora en boga. Así que he dejado de despotricar contra el hecho de que mis paletas estén ligeramente separadas. Igual que tampoco me quejo por tener un ojo más vago que la chaqueta de un guarda. </p><p>Sentirse atrapada en un cuerpo, determina la forma de interaccionar. En mi caso, infiriendo juramentos y palabras mal sonantes. La deformidad me empujaba a ser desafiante; quizás, algo más de lo normal. </p><p>Encerrada en mí misma, solo quería que me dejaran en paz. No sabéis cuánto aborrezco ser objeto de lástima o compasión. Llegué a sentir que, por culpa de mis imperfecciones, no recibía el amor y afecto que merecía. </p><p>Sin ser experta en cálculo diferencial, la derivada de mi insatisfacción crónica se traducía en pequeños cortes y quemaduras para aliviar la tensión que sentía. ¡No quedaba otra! Como un tahúr, recurrí a trampas y engaños mientras voy aprendiendo a gestionar mejor mis emociones. Empecé con trucos sencillos. Una banda elástica en la muñeca. Un lápiz rojo con la punta blanda. Apretar de más las ortesis mortificando la carne con una versión 2.0 del cilicio de toda la vida. Además, las cinchas compresoras resultan más prácticas y discretas que la cadenilla con púas que porta mamá durante las seis semanas que dura la cuaresma.</p><p>Fue a raíz de tuit que había recibido de un seguidor de Imperial Hixpania, el partido de extrema derecha de padre. Tras releerlo un par de veces, a mi padre no le quedó otra que acudir a mí para entender el significado de aquel vocablo que parecía estar de moda entre los más conservadores del planeta. </p><p>—Estoy convencido de que es un simple error —me dijo padre —. Seguro que se le ha ido el dedo y lo que quería poner era: “Ewoks”.</p><p>—¿Te refieres a esos ositos peludos que aparecen en la guerra de las galaxias en medio de un bosque y que apoyan a los rebeldes en su lucha contra el malvado Imperio? —le contesté mofándome de él. </p><p>—Si ya decía yo que no me encajaba que aquellos seres tan entrañables pudieran ser los responsables últimos de posturas consideradas como “políticamente correctas” por unos y tan incorrectas para nosotros —contestó, intentando justificar su ignorancia. </p><p>—“Woke” —le dije — es la palabra de moda entre los más conservadores del mundo, iglesia incluida, y se usa como un sinónimo despectivo de lo que viene a ser el “progre” de toda la vida. </p><p>—Ahora ya me encaja todo—respondió, explayándose más, para dejar claro que lo había entendido —. Los “wokes” representaban el lado oscuro de la fuerza mientras que los conservadores somos ahora los rebeldes que luchan con denuedo contra la tiranía del imperio de lo políticamente correcto… </p><p>—También conocido como Nuevo Orden Mundial…—apostillé. </p><p>—O Estrella de la Muerte, si lo extrapolamos a la galaxia —proclamó sonriendo para quitarle hierro a la cosa. </p><p>Todo resultaba demasiado confuso para alguien de su edad, así que no le quedaba otra que acudir a los clásicos en busca de referentes conocidos. </p><p>—“Woke", en sus orígenes —le expliqué a padre — era un término utilizado por las comunidades negras de los Estados Unidos para describir a las personas que habían despertado a las cuestiones progresistas y que se mantenían alerta ante las injusticias. </p><p>—Entonces, ¿viene del verbo “despertar” en inglés? —quiso cerciorarse. </p><p>—Exacto, “wake up”, despertar o estar despierto: “...consciente y alerta ante los hechos y cuestiones importantes” —le dije parafraseando no sé qué diccionario, que no era el de la RAE —. En principio, ¡no tendría por qué ser algo peyorativo! </p><p>—Entonces, dependiendo de cómo se use, puede ser algo bueno o no. ¡Como la “fuerza”! — atajó, contento con el filón de analogías que había encontrado en<em> Star Wars.</em> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Aug 2026 04:01:01 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Loste]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Menina a mi pesar': un retrato satírico sobre la polarización en la que vivimos en la sociedad actual]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Maleta de libros,Prepublicación]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA['Manual anticapitalista de la moda': la ropa cuenta una historia de desigualdad, racismo y crisis climática]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/manual-anticapitalista-moda_1_2030171.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4d005811-08bd-41c8-95a0-f14822d619ec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Manual anticapitalista de la moda': la ropa cuenta una historia de desigualdad, racismo y crisis climática"></p><p><strong>La moda es política</strong>. Desde las alfombras rojas de la <strong>Gala del Met</strong> hasta la moda rápida <em>online</em>, la ropa cuenta una historia de <strong>desigualdad</strong>, <strong>racismo </strong>y <strong>crisis climática</strong>. Tansy E. Hoskins deshace los hilos de la industria <strong>capitalista </strong>para revelar cómo las marcas de moda nos incitan a <strong>consumir </strong>más <strong>manipulándonos </strong>para que nos sintamos <strong>feos</strong>, <strong>pobres </strong>e <strong>inútiles</strong>, sentimientos que llenan los bolsillos de multimillonarios que <strong>explotan </strong>las cadenas de suministro <strong>coloniales</strong>. Y también cómo los trabajadores textiles con <strong>salarios </strong>de pobreza arriesgan sus vidas en <strong>fábricas peligrosas</strong>, se <strong>tortura </strong>a animales, se extraen combustibles <strong>fósiles </strong>y se esparcen productos químicos <strong>tóxicos </strong>solo para mantener las colecciones de esta temporada frescas. </p><p>Por otro lado, la autora explora el uso de la ropa para <strong>resistir</strong>. ¿Puedes escandalizar a una industria que ama escandalizar? ¿Es la 'moda verde' una alternativa? Este libro ofrece un <strong>examen crítico</strong> de la cultura contemporánea y las prioridades del capitalismo. Moviéndose entre <strong>Karl Lagerfeld</strong> y <strong>Karl Marx</strong>, <a href="https://capitanswing.com/libros/manual-anticapitalista-de-la-moda/" target="_blank" ><em>Manual anticapitalista de la moda</em></a> va más allá de la moda <strong>ética </strong>y la responsabilidad del consumidor, mostrando que si queremos sentirnos cómodos con nuestra ropa, necesitamos <strong>transformar </strong>el <strong>sistema </strong>y asegurarnos de que esta no sea nuestra última temporada.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta en exclusiva un fragmento de <em><strong>Manual anticapitalista de la moda, </strong></em>un ensayo necesario y revelador que llega a las librerías españolas este mismo <strong>1 de septiembre</strong> de la mano de la editorial <a href="https://capitanswing.com/" target="_blank" >Capitán Swing</a>. </p><p>-------------</p><p>La primera vez que me encontré cara a cara con la realidad de la producción textil fue en 2008, en un viaje de investigación a Dharavi, el tristemente famoso barrio bajo de Bombay; una ciudad dentro de la ciudad que aloja a más de un millón de personas. Caminamos a través de callejones con voladizos bordeados de talleres llenos de trabajadores infantiles que perdían la vista a medida que cosían ropa.</p><p>Muchos de los talleres eran unidades de vida y trabajo con habitaciones que alojaban a familias enteras encaramadas en la parte de arriba. Subimos una escalera desvencijada para hablar con una fila de niños que trabajaban en un telar. Otros niños estaban sentados sobre los duros tablones de madera del suelo cosiendo cuentas en chales de lujo. "Dedos pequeños para cuentecitas difíciles", dijo nuestro guía haciendo un gesto de tristeza con la cabeza.</p><p>Más tarde, al doblar una esquina, el olor de pieles de cabra colgadas para secarse al sol abrasador afectó a la parte de atrás de mi garganta y me provocó arcadas, para diversión de los trabajadores de la curtiduría. Las pieles goteaban sobre el polvoriento suelo, mientras alrededor del patio la gente de los talleres cosía bolsas y tejía tiras de cuero para convertirlas en cinturones y joyería. Pregunté a uno de los propietarios del taller: "¿Hacen cosas para clientes internacionales?" "Sí, por supuesto. -Se rio y me señaló. Para ti". Estaba señalando a mi cinturón, comprado la noche anterior. Cuero tejido con azul y oro aplicados con pistolas pulverizadoras por personas que ahora sabía que trabajaban sin equipo ni máscaras protectoras.</p><p>Desde entonces, he investigado y visitado centros de producción textil de ropa y calzado de todo el mundo, desde Bangladés a Macedonia y a los almacenes de Topshop en Solihull. He entrevistado a líderes sindicales del sector textil en Birmania que han cumplido penas de cárcel por protestar, me he reunido con supervivientes de incendios en fábricas y con defensores de los derechos laborales que han sido criminalizados, y he revelado cadenas de suministro multinacionales y abusos de los derechos humanos en el mundo de la moda. He visto cómo el ambiente se volvía más autoritario y peligroso. He visto a consejeros delegados convertirse en dragones humanos que amasan montañas de oro. Y he visto temblar el planeta hasta un punto de no retorno. </p><p>Así pues, este libro no mistificará la industria de la moda porque, por encima de todo, Manual anticapitalista de la moda adopta la postura de que si bien los artículos de la industria de la moda pueden ser considerados signos de su tiempo o productos de la conciencia social, también deberían ser vistos como productos de la industria. Un vestido no es solo una estructura de significado, es también una mercancía producida por una empresa y vendida en el mercado por un beneficio con enorme coste medioambiental. El diseñador es un trabajador cuyo trabajo existe para enriquecer a su compañía y proporcionarle un salario, por muy extravagante que sea.</p><p>La Paris Fashion Week no es más que un carísimo argumento de venta. Al analizar la industria de la moda como una industria, <em><strong>Manual anticapitalista de la moda</strong></em> aspira a mantener de forma firme el debate de la moda dentro del mundo material y a reconocer que no hay nada académico en las luchas de aquellas mujeres y hombres que procuran liberarse de la explotación y la opresión.</p><p>Al principio, cuando empecé a criticar la industria de la moda, me preguntaron bruscamente qué derecho tenía a escribir sobre una industria en la que no había trabajado (aparte de los inevitables periodos a pie de diversas tiendas). Mi respuesta fue que tenía la necesidad de escribir este libro porque nadie había explicado adecuadamente este elemento omnipresente de mi vida, porque no había ni un solo libro sobre moda que abordara todo lo que yo deseaba que acabara: las terribles condiciones de trabajo, la destrucción medioambiental, los trastornos alimentarios que he observado combatir a mis amigas, el racismo que promueve la moda, el desprecio por uno mismo y ese agujero negro de necesidad que existe y que no se puede llenar por mucho que compres. </p><p>También rechazo la idea de que solo la gente que trabaja en los escalones superiores<strong> </strong>de la industria de la moda pueda escribir sobre ella. Las corporaciones de moda trabajan resueltamente para tener un efecto sobre todos nosotros. Sus ideas deben ser respondidas y, donde sea necesario, rechazadas. La obligación de aguantar nos da el derecho a saber, pero también nos da el derecho —y la urgente necesidad— de protestar. No trabajar en la moda me ha bendecido con la libertad de escribir sin preocuparme por futuras perspectivas de trabajo, una cuestión seria en una industria tan desprovista de crítica. </p><p>Como dijo el fotógrafo Nick Knight: "Un medio artístico sin un foro crítico no es un medio artístico saludable". Después de diez años escribiendo sobre moda, estoy más convencida que nunca de la necesidad de un pensamiento y una acción independientes, críticos y de izquierdas.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 Aug 2025 04:00:44 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Tansy E. Hoskins]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Manual anticapitalista de la moda': la ropa cuenta una historia de desigualdad, racismo y crisis climática]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Ciencias del comportamiento' o por qué comunicas más por lo que callas que por lo que dices]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/ciencias-comportamiento-domina-comunicacion-no-consciente-leer-personas-e-influir_1_2035667.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7c14edd6-cd7a-4619-9304-5f95f2a8652e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Ciencias del comportamiento' o por qué comunicas más por lo que callas que por lo que dices"></p><p>Según un estudio de la revista Science, <strong>decimos unas 16.000 palabras diarias</strong>. En cambio, el <strong>lenguaje corporal</strong> está activo las 24 horas del día. Aunque parezca mentira, comunicamos más por lo que callamos que por lo que decimos.</p><p><a href="https://www.instagram.com/cienciasdelcomportamiento/?hl=es"  >Juan Manuel García ‘Pincho’</a>, experto en ciencias del comportamiento, comunicación no consciente y <strong>negociación de incidentes críticos</strong>, te ofrece su método para que puedas aplicarlo en tu día a día y salir victorioso de todas las situaciones que se te pongan por delante: una entrevista o una presentación de trabajo, una reunión de vecinos, una discusión con tu pareja... Porque <strong>tocarte la nariz</strong> no siempre significa que estés mintiendo ni cruzarte de brazos que seas distante.</p><p>Con <em><strong>Ciencias del comportamiento</strong></em> (<a href="https://www.planetadelibros.com/editorial/temas-de-hoy/10" target="_blank" >Temas de Hoy</a>, 2025), que llega a las librerías este <strong>3 de septiembre</strong>, aprenderás a analizar los gestos, las microexpresiones y el comportamiento humano para leer a las personas en una sociedad <strong>hiperconectada </strong>pero llena de <strong>malentendidos</strong>.</p><p>----------------</p><p>A mis catorce años tuve una ligera sospecha de lo que podía ser la comunicación no consciente, aunque no lo entendí hasta mucho tiempo después. Los fines de semana y algunas tardes trabajaba en la hamburguesería de mi pueblo, Torrelaguna, un rincón con pocos habitantes en plena sierra madrileña. Iba al instituto, pero quería ahorrar algo de dinero para ir a Inglaterra en verano, así que me metí en el mundo de la hostelería.</p><p>Mi jefe, Jose, era un tipo duro, con las ideas muy claras sobre cómo se tenían que hacer las cosas y cómo llevar su negocio: con mano firme. Aunque era un local de hamburguesas, se consideraba como el típico bar de pueblo, por lo que solían venir vecinos a pasar la tarde. Aquella fue mi primera experiencia atendiendo al público, y pronto me di cuenta de que servir comida y copas era casi lo de menos, ya que para trabajar allí lo más importante no era conocer el producto, sino a las personas.</p><p>Una tarde de viernes bastante tranquila, entró un cliente y se sentó en una esquina. Jose me lanzó una advertencia: "Uy, este nos va a dar hoy la tarde". No entendí la predicción agorera, sobre todo porque el hombre nos había saludado con un entusiasta "¡Buenos días!" Sin más, me acerqué a tomarle nota.</p><p>—Una caña, y ponme algunas aceitunas.</p><p>—¡Marchando!</p><p>Al cabo de media hora, me hizo un gesto para que me volviera a acercar.</p><p>—Muchacho, ponme otra.</p><p>Hasta aquí, todo normal. Veinte minutos después, desde lejos, me señaló la copa vacía con un leve movimiento de cabeza. Tres cañas en una hora era un buen ritmo, pero era viernes por la tarde, así que probablemente sería la última... o eso pensé. Jose lo estaba observando todo desde la barra, sin decir ni mu, con el ceño cada vez más fruncido. No habían pasado ni diez minutos cuando el cliente pidió otra caña. Miré al jefe buscando su aprobación y, bajito, me dijo:</p><p>—Le sirves esta y ya está, que sea la última.</p><p>Obedecí, aunque no pude evitar preguntarme qué pasaría si pedía otra. ¿Cómo le diría que no? ¿Cómo reaccionaría el cliente? Mientras tanto, el bar se llenaba. La mesa junto a la suya se ocupó con un grupo animado y, de repente, en pleno ajetreo, lo vi ponerse en pie y hablarles a gritos. Busqué a Jose, de nuevo, con la mirada.</p><p>—Te lo dije —murmuró.</p><p>Con su mano izquierda para manejar estas situaciones, supo calmar al cliente e invitarlo a marcharse sin grandes altercados, aunque tuvo que escoltarlo hasta la puerta. Yo, que lo estaba observando todo incapaz de hacer nada, no paraba de preguntarme: "Pero ¿cómo lo sabía? Por toda respuesta, cuando le pregunté directamente a Jose, solo obtuve un encogimiento de hombros y un escueto "se veía venir".</p><p>Estaba claro que había algo allí que yo me estaba perdiendo, ¿qué había visto Jose en aquel hombre para pronosticar semejante desenlace? ¿Había sido la manera de decir "buenos días"? ¿Su forma de andar hasta la mesa? ¿Algún gesto en su rostro que lo delatara? ¿Cómo había sido capaz de oler el conflicto?</p><p>Con los años, he revisitado muchas veces aquella escena. Lo que a mi yo adolescente le parecía magia o intuición, después de años formándome en incidentes críticos y trabajando como negociador en conflictos, entendí que era, en realidad, análisis de la comunicación no consciente, es decir, de todas esas señales que emitimos sin darnos cuenta: gestos automáticos, micro expresiones, tics, posturas, reacciones fisiológicas como el rubor o la dilatación de las pupilas... Muchas veces a este tipo de comunicación se le llama comunicación no verbal, pero me gusta diferenciarla porque no toda la comunicación no verbal es necesariamente no consciente. Hay gestos, posturas o actitudes que sí controlamos de forma deliberada, como sonreír para parecer amables o forzar una postura abierta para mostrar seguridad.</p><p>Durante aquel curso conseguí ahorrar lo suficiente para ir a Inglaterra a estudiar inglés. Pasaron los años, aprobé COU y me presenté a la oposición de la Guardia Civil. En todo ese tiempo, nunca dejé la hostelería: fui camarero en un local donde se celebraban bodas, trabajé en un bar de copas, llegué a ser encargado de sala en un restaurante...</p><p>Cuando entré en el cuerpo policial y tuve que dejar la barra para ingresar en la academia, pensé que cerraba un capítulo de mi vida y estrenaba otro completamente distinto. Sin embargo, pronto descubrí que muchas de las lecciones aprendidas en la hostelería me serían útiles en mi nuevo oficio. En más de una ocasión, fijarme en las personas y en cómo actuaban me salvó la vida y la de otros, tanto en mis primeros años como agente de seguridad ciudadana, como más adelante cuando estuve en la central de emergencias o en la policía judicial.</p><p>Sin tener una carrera universitaria —aunque nunca había dejado de formarme ni de leer sobre comunicación no verbal—, mis papeletas para ingresar en un cuerpo de élite eran más bien escasas. Aun así, me animé a intentarlo y durante el proceso de selección se valoraron las competencias sociales que había desarrollado en mis años en la hostelería, además de mi facilidad para recordar caras y de pasar un sinfín de pruebas durísimas.</p><p>Gracias a las llamadas 'habilidades blandas' —esas que son transversales y útiles en cualquier entorno laboral, como la empatía, la asertividad, la capacidad de escucha o la organización— me dieron el destino en la Unidad Central Operativa (UCO), encargada de la persecución de las formas más graves de delincuencia y crimen organizado (algo así como el FBI español). Y no se equivocaron, porque esa herencia en la comunicación se confirmó. </p><p>Dentro de la UCO, que se encarga de investigar delitos como el narcotráfico a gran escala, la trata de seres humanos y los homicidios complejos, integré el grupo de homicidios y secuestros y, aunque la investigación de este tipo de casos tiene muchas vertientes, hay un factor siempre presente: el trato con las personas y el análisis del comportamiento.</p><p>Con el tiempo, ese mismo interés por la comunicación y el comportamiento humano derivó en un profundo amor por la divulgación. Me abrí una cuenta de TikTok y otra de Instagram, empecé a impartir cursos, a participar en pódcast y a colaborar en distintos espacios, siempre con la voluntad de transmitir lo aprendido, compartir ideas, contrastar opiniones y, sobre todo, acercar el conocimiento tanto a profesionales del sector como a cualquiera interesado. Este libro no es más que un peldaño más de esa vocación de divulgador que, lejos de agotarse, no deja de crecer.</p><p>Según un estudio de 1970 de la Universidad de Pensilvania realizado por R. L. Birdwhistell hablamos una media de doce minutos al día. Otros estudios más recientes, como el de 2007 llevado a cabo por un equipo de psicólogos de la Universidad de Arizona y liderado por Mathias R. Mehl, sostienen que hablamos entre dos y tres horas al día, con una media de 16.000 palabras diarias.</p><p>En cambio, nuestro lenguaje corporal está activo las veinticuatro horas del día. Es imposible no comunicar. No querer comunicar ya nos dice algo. Muchas cosas de las que comunicamos son reacciones fisiológicas que no podemos controlar: ¿cómo controlar un rubor, una pupila más o menos dilatada...? Otras veces, nuestro andar apesadumbrado nos delata, o el tono de voz que usamos no concuerda con el sentido de nuestras palabras o nuestros gestos expresan lo que los labios no pronuncian. Todo lo que hacemos cuenta algo sobre quiénes somos, qué pensamos y sentimos, todo es susceptible de que nos perciban de una forma u otra, de que nos tomen más o menos en serio, de que cuenten más o menos con nosotros, de que se fíen o no.</p><p>Dentro del universo de la comunicación, mi especialidad son las ciencias del comportamiento. Se trata de una disciplina transversal que integra conocimientos de economía, antropología, sociología, psicología, criminología, biología y neurociencia, entre otros, con el objetivo de estudiar, de manera rigurosa y sistemática, la conducta humana. Aunque a primera vista puedan parecer campos dispares y de difícil integración, lo que los une es un enfoque metodológico común basado en la observación empírica, la formulación de hipótesis contrastables y la validación mediante datos replicables.</p><p>Como sostiene el reconocido economista y sociólogo Herbert Gintis, las ciencias del comportamiento han alcanzado estatus científico precisamente por su capacidad para integrar modelos teóricos con evidencia empírica. Además, los recientes avances en neurociencia y en tecnologías de la imagen cerebral permiten reformular muchas ideas tradicionales sobre la emoción, la cognición o la toma de decisiones, lo que aporta nuevos marcos interpretativos que enriquecen los estudios existentes.</p><p>Este dinamismo constante garantiza que nuestro conocimiento sobre el comportamiento humano evolucione, se refine y se adapte a los cambios sociales y culturales. Las ciencias del comportamiento, por tanto, no solo permiten comprender cómo pensamos, sentimos y actuamos, sino que se actualizan a medida que la ciencia refuta, matiza o confirma hipótesis previas.</p><p>Por eso, dentro de su campo de estudio se incluyen áreas como el análisis de la comunicación no verbal, el lenguaje, el contexto físico y social, ¡e incluso todos aquellos medios que nos permitan recabar información! Es decir, todo aquello que moldea nuestra forma de comunicarnos. Hablando en plata, las ciencias del comportamiento consisten en analizar el comportamiento para comprender mejor a los demás, conocernos mejor a nosotros mismos y desarrollar nuestra capacidad de influir. </p><p>Y eso es lo que vamos a hacer en este libro: aprender a separar el grano de la paja, ver qué nos puede dar información útil y qué no, qué podemos usar a nuestro favor y en qué no vale la pena perder el tiempo para, en definitiva, sacar provecho de este acto tan humano y que hacemos a diario sin apenas pensar: comunicarnos. Los beneficios pueden ser comprender mejor a un nuevo compañero de trabajo hasta negociar tu sueldo, saber leer cuándo una persona tiene intenciones ocultas y hasta prevenir un conflicto inminente.</p><p>Todo esto, lo aprenderemos aplicando un sencillo método de tres pasos, que son los mismos tres elementos que dan forma a las ciencias del comportamiento: analizar, conocer, influir.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Aug 2025 04:00:13 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Manuel García 'Pincho']]></author>
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      <media:title><![CDATA['Ciencias del comportamiento' o por qué comunicas más por lo que callas que por lo que dices]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Mañana matarán a Daniel', la historia de los últimos fusilados por el franquismo en 1975]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/manana-mataran-daniel-historia-ultimos-fusilados-franquismo-1975_1_2047127.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4f7070bc-d42e-400e-88b0-7dbdd836ec79_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Mañana matarán a Daniel', la historia de los últimos fusilados por el franquismo en 1975"></p><p>Poco antes de la muerte de Franco, en la madrugada del <strong>27 de septiembre de 1975</strong>, tres jóvenes fueron ejecutados en la sierra de Madrid. Daniel, Hidalgo y Pito habían sido detenidos y <strong>torturados </strong>por la policía, acusados de matar ese verano a un policía y a un guardia civil. </p><p>La condena se impuso <strong>sin juicio legal</strong> y de forma precipitada, después de una farsa militar en la que no hubo pruebas ni posibilidad de defensa. Junto a otras dos ejecuciones, aquellos jóvenes fueron <strong>los últimos fusilados por el Régimen</strong>.</p><p>Muchos años después, <strong>Aroa Moreno Durán</strong> encuentra por casualidad, muy cerca de su casa, las huellas de aquellos asesinatos: en el monte donde tantas veces ha acampado de joven existe todavía el talud donde se llevaron a cabo las ejecuciones. ¿Cómo pudo este hecho quedar <strong>sepultado </strong>en las crónicas de nuestra historia más reciente?</p><p>A caballo entre la <strong>ficción </strong>y la <strong>crónica </strong>más personal, esta sobrecogedora <strong>novela</strong>, cimentada sobre una investigación exhaustiva y la bella prosa de la autora, ilumina uno de los episodios más <strong>siniestros </strong>del final de la <strong>dictadura </strong>española.</p><p>Por eso, <strong>infoLibre </strong>adelanta en exclusiva un fragmento de <a href="https://penguinclubdelectura.com/libro/manana-mataran-a-daniel-aroa-moreno-duran/" target="_blank" ><em>Mañana matarán a Daniel</em></a><em> </em>(Random House), que llegará a las librerías el próximo miércoles <strong>10 de septiembre</strong>.</p><p>-------------</p><p>Daniel</p><p>Marzo de 1973</p><p>A Pite le llueve sobre la cama. Y llueve frío porque, aunque sea primavera, es la primera estribación de la sierra. Llueve fuera del cuartel, sobre la tierra y la piedra, llueve como una cortina en el horizonte nocturno. Pero a quién le preocupa que a los reclutas les caiga el agua encima, que todo tenga ese olor a moho, a desconchón y barro. Que estén empapados o secos. Quién escucha esa tos. </p><p>La tinta de la carta que escribe a su hermana se corre con la gotera y él empuja el catre a otro rincón. Alguno se queja por el ruido. Baena, acaba ya. El tiempo pasa muy lento, escribe. La instrucción militar se le hace interminable. Lleva seis meses y le quedan otros nueve. Cree que le van a trasladar a otro cuartel. Tiene veintitrés años y está cada día más flaco y cómo es posible que un hombre como él pueda perder todavía algo de peso. Le sobra el uniforme verde por todo el cuerpo. </p><p>A dos compañeros les han amenazado con un consejo de guerra, se quejaron porque los alféreces cobraban demasiado, les cuenta. Al final, los han metido en los calabozos. Ya no tendrán permisos para ver a la familia o a las parejas. Tampoco se lo conceden a uno que tiene un hijo en Madrid. El trato es inhumano, escribe. Se afeitan los unos a los otros y Pite no ve ese bigote de herradura que le cambia radicalmente el aspecto y le endurece. </p><p>Hay noches en que cenan a punta de metralleta si se niegan a comer como protesta por los tratos que reciben. Nos lavamos en un río cercano, cuenta, a la intemperie. A veces, con gaseosa. Nos obligan a pasar días enteros de pie, nos desplomamos. Pite no está ahí sin más. La Academia de Ingenieros de Hoyo de Manzanares es el cuartel al que van a parar los reclutas que tienen antecedentes políticos. </p><p>Están vigilados constantemente por el Servicio de Información Militar. Son, sobre todo, obreros y estudiantes que han participado en alguna revuelta o salto. Viven aislados junto a la montaña. Pero hablan entre ellos, comparten ideas, futuros posibles, levantan el puño cuando no los ven, y qué pasa si se junta bajo un mismo techo a jóvenes que tienen el mismo ánimo. Pite conoce a otros chicos, le hablan del frente, quiere formar parte cuanto antes.</p><p>A Pite lo habían detenido, por primera vez, en 1970, por una sentada estudiantil en su universidad, en la facultad de Filosofía y Letras de Santiago, por desacuerdos con el rector. Es un fascista, decían los estudiantes. Abajo la oligarquía imperialista española. Rompamos con la cultura y la ideología burguesas en la universidad. Eso se leía en los panfletos que tiraban por las aulas. He conocido a personas que no piensan como nosotros, dijo en casa una vez. </p><p>Ahora recuerda otro día, cuando la policía le pidió a su padre que les dejara pasar para hacerle unas preguntas. Claro que su padre lo permitió. Su padre, Fernando Baena, que había estado en la guerra con Millán Astray, en África, no le temía a la policía entonces. Había permitido que el chico fuera a la universidad, porque se portaba bien y tenía ganas de estudiar y se le daba. El bachillerato lo había hecho entero con becas en un instituto privado. </p><p>Pero Pite fue procesado por un Tribunal de Orden Público, que dejaría escrito su nombre en unos antecedentes imborrables para siempre. De ahí, lo mandaron a Coruña y después a la cárcel de Santiago. Estuvo en prisión dos meses. Perdió el primer curso. Su padre recaudó una fianza entre los amigos y familiares y mandó quince mil pesetas, el hijo fue puesto en libertad bajo fianza. Ese dinero viene del comunismo, les dirán después, no tienen derecho a él. Lo perdieron.</p><p>Dos años más tarde, fue absuelto. Pero Pite no volvió nunca a la universidad. Buscó trabajo en varios sitios, camarero, dependiente, daba igual, quién iba a querer contratar a un joven sin expediente de buena conducta. Mientras, a su alrededor, caían decenas de conocidos, detenían a los compañeros. Pero ese compromiso ni era nuevo ni acabaría ahí. La madre de Xosé Humberto, Pite para la familia, había trabajado siempre en el campo, sin haber podido aprender nunca a leer ni a escribir. </p><p>Tampoco le sirve ahora a él haberse peleado con el latín, el francés, el griego y el esperanto. No le sirve de nada que le guste tanto escribir. La poesía no le sirve a Pite hoy para nada. Galicia es difícil y áspera, corta en oportunidades. Lo es España. Y, además, Pite había estudiado en el instituto Santa Irene con el escritor galleguista Xosé Luis Méndez Ferrín, que había participado en la fundación de Unión do Povo Galego y había sido procesado varias veces, yendo a parar a la cárcel algunos años. </p><p>Después, vivió aquella huelga de la Citröen de Vigo en septiembre de 1972. Fueron despedidos cinco sindicalistas. Pedían la supresión del trabajo los sábados por la tarde, querían la jornada de cuarenta y cuatro horas. El paro se extendió rápidamente por la ciudad, se sumaron veinte mil trabajadores. Los astilleros, la banca, los hornos. Los autobuses seguían circulando, pero siempre bajo escolta policial. </p><p>Y el Régimen respondió. Con palos y con tiros. Aquello ya no era un conflicto laboral, aquello era política. Era un desafío directo al corazón del Estado. Se enviaron policías armadas desde otras regiones del país y la Brigada Político-Social se puso encima de todos. Los trabajadores cortaban el tráfico y la policía cargaba sobre ellos. Fueron despedidos cinco mil de varias empresas y, durante quince días, Vigo estuvo sitiada. Y Vigo era su ciudad. En Ferrol, a la exigencia de los obreros de un convenio colectivo en los astilleros, la policía contestó matando a dos sindicalistas en una manifestación. En septiembre de aquel año, cerraron los bares de la ciudad, los cines, los restaurantes. A Pite lo molieron a palos en una de aquellas.</p><p>Porque la policía mataba, mataba el Régimen, y cómo iban a dejarlo estar. Gritando libertad, soltando propaganda, reventando bancos, qué conseguían. Nada. Más detenciones y más torturas. Muerto Pedro Patiño por repartir octavillas entre los obreros que levantaron los edificios del barrio de Zarzaquemada, a las afueras de Leganés. Muerto Amador Rey, en Ferrol, por unos disparos al aire de la policía en una protesta pacífica. El estudiante Chema Fuentes, de Santiago, muerto, dijeron, por otro disparo que tampoco fue al aire y fue a la carne. Roberto Pérez Jauregi, muerto en Éibar con veintiún años en una manifestación. Tres obreros muertos en Granada en un paro laboral. Muerto en San Adrián de Besós otro trabajador en un incidente con la policía. </p><p>El último condenado por crímenes de la guerra, Julián Grimau, fusilado en el cuartel de Campamento en Madrid y muerto casi treinta años después del fin de la contienda. El estudiante Enrique Ruano, muerto boca abajo en el patio de un edificio de Chamberí. Se tiró por la ventana, tenía conductas suicidas, escribieron.</p><p>Pite recuerda todos esos nombres en la noche fría de marzo. No te olvides de felicitar a papá en su cumpleaños, el día seis o siete, no lo recuerdo, escribe. Cierra los ojos con rabia, debería intentar dormir. Se despide de Flor, la menor de los tres hermanos, a la que está más unido y tanto echa de menos. Ya está bien de quejas, ¿no?, concluye. Hasta luego. </p><p>En ese  mismo lugar donde ahora Pite mete la carta en un sobre, firmada como J. Baena y un garabato alrededor, todavía no es Daniel, morirá, así la vida, un par de años más tarde.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Aug 2025 04:01:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Mañana matarán a Daniel', la historia de los últimos fusilados por el franquismo en 1975]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Una escalera hacia el cielo': John Boyne satiriza la ambición en el mundo literario a ritmo de thriller]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/escalera-cielo-satira-john-boyne-ambicion-mundo-literario_1_2047148.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fd7db2f1-4faa-48e8-b1c1-1301b8fadffe_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Una escalera hacia el cielo': John Boyne satiriza la ambición en el mundo literario a ritmo de thriller"></p><p>Maurice Swift <strong>quiere ser escritor,</strong> pero es incapaz de crear <strong>historias</strong>. No tiene imaginación, aunque sí un rasgo que ha aprovechado desde su adolescencia, cuando descubrió que era irresistiblemente <strong>atractivo </strong>para hombres y mujeres. ¿Por qué no utilizar esa ventaja para conseguir su objetivo? </p><p>Un encuentro casual con el <strong>conocido novelista</strong> Erich Ackermann en un hotel de Berlín a finales de los años ochenta supone su primera gran oportunidad, y enseguida inicia una relación con aquel hombre mayor tan <strong>famoso </strong>como solitario, sonsacándole un terrible <strong>secreto </strong>muy bien guardado de su pasado durante la guerra: material perfecto para su primera novela. <strong>Alcanzado el éxito</strong>, Swift descubre que ya no podrá detenerse ante nada con tal de mantenerse en la cumbre: necesita más historias, y para ello deberá descubrir otras presas, <strong>destruir y devorar otras vidas</strong>.</p><p>Ambientada en el <strong>mundo editorial</strong>, esta novela ofrece una mirada atractiva y <strong>mordaz </strong>a lo que a menudo implica la llamada escalera hacia el cielo de la<strong> gloria literaria</strong>, con sus premios, promociones y envidias sin fin. Con un juego de perspectivas, abundantes dosis de <strong>humor negro</strong> y el constante cuestionamiento moral del protagonista, <strong>John Boyne</strong> nos regala una experiencia de lectura cautivadora.</p><p>¿Hasta dónde está dispuesto a llegar un <strong>novelista </strong>para hallar la <strong>inspiración </strong>que no tiene? ¿Saborear las mieles del <strong>triunfo </strong>merece sacrificar el <strong>alma</strong>? A través de un personaje tan seductor como absolutamente desalmado, <strong>John Boyne</strong> aborda estas preguntas en <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/390678-libro-una-escalera-hacia-el-cielo-9788419456908?srsltid=AfmBOopomVe9kCKTkkvfWdcUAFo3rvcfbF4K9mLDHMJIum3xfzkt53BB"  ><em>Una escalera hacia el cielo</em></a><em> (Narrativa Salamandra) </em>una novela que llega a las librerías el <strong>4 de septiembre</strong> y que es también una profunda inmersión en el <strong>círculo de los escritores</strong>, con sus dudas, sus sueños, sus alegrías y sus <strong>miserias</strong>.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta a continuación en exclusiva un fragmento de esta novela.</p><p>--------------</p><p>La idea de regresar a Alemania me inquietó desde el momento en que acepté la invitación. Después de todo, habían pasado tantos años desde la última visita que era imposible presagiar qué recuerdos se despertarían una vez allí. Corría la primavera de 1988, año en que la palabra perestroika se incorporó al lenguaje común, y yo me encontraba sentado en el bar del hotel Savoy de la Fasanenstrasse pensando en mi sexagésimo sexto cumpleaños, para el que faltaban apenas unas pocas semanas. </p><p>Delante, sobre la mesa, tenía una botella de <em>riesling </em>que me habían servido en una copa que, según informaba una nota en el menú, se había modelado con la forma del seno izquierdo de María Antonieta. Era un vino delicioso, uno de los más caros de la extensa carta del hotel, pero no me sentía culpable por haberlo pedido; al fin y al cabo, mi editor había insistido en que no me privase de nada. De todos modos, no estaba acostumbrado a ese derroche de generosidad. </p><p>Mi carrera literaria, que constaba de seis novelas cortas y un desacertado volumen de poesía en treinta y cinco años, nunca había sido exitosa. Ninguno de mis libros había atraído a muchos lectores, a pesar de haber recibido reseñas generalmente positivas, ni despertado demasiado interés en el ámbito literario internacional. Sin embargo, para mi gran sorpresa, el otoño del año anterior me habían otorgado un importante galardón por mi sexta novela, <em>Pavor</em>. </p><p>Después de ganar El Premio, el libro se vendió bastante bien y se tradujo a numerosos idiomas. La indiferencia con que acostumbraba a recibirse mi obra fue rápidamente reemplazada por admiración y estudios críticos, mientras los suplementos literarios se peleaban por adjudicarse mi redescubrimiento. Pronto empezaron a llegarme invitaciones para asistir a festivales literarios y realizar giras promocionales en el extranjero. Uno de esos actos, una serie de lecturas programadas a lo largo de un mes en la Literaturhaus, se celebraba en Berlín, mi ciudad de nacimiento, aunque allí no me sentía en casa.</p><p>Me había criado cerca del Tiergarten, donde jugaba a la sombra de las estatuas de aristócratas prusianos. De pequeño, me encantaba ir al zoológico y fantasear con que algún día trabajaría allí de cuidador. A los dieciséis años estuve en ese mismo lugar junto a algunos amigos de las Hitlerjugend, todos con nuestros brazaletes con la esvástica, y aplaudí efusivamente cuando destaparon el monumento a Bismarck, una estatua de Begas que hasta entonces había estado frente al Reichstag y que habían trasladado al centro del parque como parte de los planes de Hitler para la creación de la Welthaupstadt Germania. Un año más tarde, solo en el Unter den Linden, vi desfilar a miles de soldados de la Wehrmacht tras la exitosa anexión de Polonia. Y diez meses después, me encontraba en la tercera fila de una manifestación en el Lustgarten, rodeado de soldados de mi edad, cuando saludé y juré lealtad al Führer, que nos arengaba desde una tarima erigida delante de la catedral del Reich de los Mil Años.</p><p>Finalmente dejé mi tierra natal en 1946 tras ser aceptado en la Universidad de Cambridge, donde estudié Literatura Inglesa, antes de pasar unos años difíciles como profesor en una escuela de primaria de la zona, donde los niños, cuyas familias habían quedado traumatizadas y diezmadas después de cuatro décadas de conflictos armados e inestables reconciliaciones entre ambos países, se burlaban de mi acento. Sin embargo, una vez terminado el doctorado, obtuve una plaza en el claustro docente del King’s College, donde mis colegas me trataban como a una especie de fenómeno curioso, un individuo que había sido arrancado de las filas de una generación teutónica homicida y adoptado por una noble institución británica que, tras la victoria, estaba dispuesta a mostrarse magnánima. En menos de una década me recompensaron con una cátedra, y la seguridad y respetabilidad que conllevaba ese título me hizo sentir a salvo por primera vez desde mi infancia, convencido de que había conseguido un hogar y un puesto de trabajo para toda la vida.</p><p>No obstante, cuando me presentaban a gente nueva, a los padres de mis alumnos, por ejemplo, o a un benefactor que estuviera de visita, mis colegas siempre subrayaban que yo era «también escritor», comentario que me desconcertaba y avergonzaba a partes iguales. Por supuesto que esperaba poseer algún atisbo de talento y anhelaba llegar a un número más amplio de lectores, pero mi respuesta habitual a la inevitable pregunta de «¿Puede ser que conozca alguno de sus libros?» era «Probablemente no». Luego solían preguntarme el título de alguna de mis novelas, a lo que yo accedía anticipando mi humillación y observando sus expresiones vacías mientras las enumeraba por orden cronológico.</p><p>Esa noche, la noche de la que hablo, el acto en la Literaturhaus, donde había participado en una entrevista pública con un periodista del Die Zeit, no había salido bien. Como me sentía incómodo expresándome en alemán, un idioma que prácticamente no hablaba desde que me había instalado en Inglaterra hacía ya más de cuarenta años, los organizadores habían contratado a un actor para que leyera en voz alta un capítulo de la novela. </p><p>Cuando le señalé el fragmento que había escogido, el actor negó con la cabeza y exigió que se le permitiera leer uno del penúltimo capítulo. Me opuse, por supuesto, ya que la parte que él proponía revelaba información que en principio debía ser una sorpresa para el lector. No, insistí, cada vez más irritado por la arrogancia de aquel Hamlet de tres al cuarto, que, al fin y al cabo, había sido contratado para levantarse, leer el fragmento y hacer mutis por el foro. No, le dije, alzando la voz. Eso no. Lea esto.</p><p>El actor se ofendió mucho. Por lo visto preparaba sus lecturas en público siguiendo un método tan riguroso que cualquiera diría que se disponía a subir al escenario del Schaubühne. Me pareció exagerado y así se lo hice saber, lo que provocó algunas protestas airadas de los asistentes que me alteraron profundamente. Por fin, accedió a leer lo que yo le pedía, pero lo hizo sin gracia, y me bastó mi oxidado alemán para darme cuenta de que su lectura era deslavazada, carente del dramatismo necesario para conectar con el público. Más tarde, de camino al hotel, muy afectado y desilusionado por todo ese asunto, me entraron unas ganas terribles de volver a casa.</p><p>Ya me había fijado en aquel chico, un joven de unos veintidós años que se encargaba de servir las mesas, porque además de guapísimo me había parecido que me miraba mientras me tomaba mi copa de vino. Me pasó por la cabeza la asombrosa posibilidad de que se sintiera atraído por mí, aun sabiendo que semejante idea era absurda. Yo era un viejo, después de todo, y nunca había sido especialmente atractivo, ni siquiera a su edad, cuando la mayoría de la gente cuenta con el magnetismo de la juventud para compensar sus carencias físicas. Desde el éxito de Pavor y mi consiguiente ascenso al rango de celebridad literaria, los periódicos me describían invariablemente como «un hombre de rostro curtido» o «ajado por los golpes de la vida», aunque a Dios gracias, ignoraban lo duros que habían sido esos golpes. </p><p>De todas maneras, esos comentarios no me resultaban hirientes, y no sólo porque carecía de vanidad, sino también porque hacía mucho tiempo que había renunciado al amor. Los anhelos que me habían asediado y casi aniquilado durante mi juventud fueron disminuyendo con el transcurso de los años, aunque nadie conquistó mi virginidad, y el alivio que acompañó ese progresivo exilio de la lujuria podría compararse con el haber sido desencadenado de un caballo salvaje que por fin corriera libremente por la pradera. </p><p>Esto, además, fue muy ventajoso para mí, a la hora de enfrentarme a ese interminable torrente de chicos guapos que desfilaba por las aulas del King’s College año tras año, a pesar de que algunos coqueteaban descaradamente conmigo con la esperanza de obtener mejores calificaciones, pues me volví por completo indiferente a sus encantos. Jamás albergué fantasías vulgares ni sentimientos embarazosos hacia ellos, y siempre los traté con una actitud entre bondadosa y distante. No tenía favoritos ni protegidos, y nunca di motivos para que se me atribuyeran intereses impuros en el marco de mis obligaciones pedagógicas. De modo que fue una tremenda sorpresa verme contemplando a aquel joven camarero con un deseo tan intenso.</p><p>Después de servirme otra copa de vino, cogí la cartera de cuero, que había dejado a los pies de la silla, y saqué la agenda y dos libros: una edición en inglés de <em>Pavor </em>y una copia anticipada de la novela de un viejo amigo que iba a publicarse al cabo de unos pocos meses. Reanudé la lectura donde la había dejado, tal vez a un tercio del libro, pero me resultaba imposible concentrarme. No estaba acostumbrado a ese problema y miré a mi alrededor para analizar las causas. El bar no era particularmente ruidoso. En realidad no había ninguna razón que explicara mi falta de concentración. </p><p>Y entonces, cuando el joven camarero pasó a mi lado y dejó en el aire una dulce y embriagadora estela de transpiración juvenil, me percaté de que la causa de mi distracción era él. Aquel infame se me había metido en la cabeza y se negaba a abandonar el sitio que había ocupado. Hice a un lado la novela y me limité a observarlo mientras él retiraba los platos de una mesa cercana. La limpió con una toalla húmeda, volvió a colocar los posavasos y encendió una vela votiva.</p><p>Llevaba el típico uniforme del Savoy: pantalones oscuros, camisa blanca y un elegante chaleco granate con la insignia del hotel. Era de estatura media y complexión normal; tenía la piel increíblemente tersa, como si aún no hubiera conocido el roce de una hoja de afeitar, los labios rojos y carnosos, las cejas espesas y una mata de pelo rebelde, dispuesta a enfrentarse con la resolución de trescientos espartanos en el paso de las Termópilas ante cualquier peine que intentara domarla. Me recordaba al joven Minniti del retrato de Caravaggio, un cuadro que siempre había admirado. </p><p>Sin embargo, por encima de todo desprendía una inconfundible fogosidad juvenil, una poderosa combinación de vitalidad e impulso sexual, y me pregunté a qué dedicaría su tiempo cuando no estaba trabajando en el Savoy. Daba la impresión de ser un muchacho bueno, decente y amable. Y eso que aún no habíamos cruzado ni una palabra</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 Aug 2025 04:00:44 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[John Boyne]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Una escalera hacia el cielo': John Boyne satiriza la ambición en el mundo literario a ritmo de thriller]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Diva virtual' o cómo un mundo obsesionado con la imagen ha distorsionado los cuerpos de las mujeres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/diva-virtual-mundo-obsesionado-imagen-distorsionado-cuerpos-mujeres_1_2045135.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2e0432d3-353d-4fb3-9154-6100f33f4012_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Diva virtual' o cómo un mundo obsesionado con la imagen ha distorsionado los cuerpos de las mujeres"></p><p>Entretejiendo su experiencia personal con testimonios diversos, Ellen Atlanta expone los <strong>efectos devastadores</strong> que una <strong>cultura obsesionada con la imagen</strong> están teniendo en la <strong>salud mental</strong> de las <strong>mujeres</strong>.</p><p><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-diva-virtual/422518" target="_blank" >Diva virtual</a> se convierte así en un relato revelador que interpela a una generación atrapada entre la <strong>proyección idealizada</strong> de los <strong>cuerpos </strong>en el entorno digital y la búsqueda de la perfección estética en el mundo analógico.</p><p>Este ensayo llegará a las librerías españolas el próximo <strong>24 de septiembre</strong> de la mano de la editorial <a href="https://www.planetadelibros.com/editorial/deusto/14" target="_blank" >Deusto</a>, pero en <strong>infoLibre </strong>adelantamos ya un fragmento en exclusiva para nuestros lectores.</p><p>-----------------</p><p>He aquí mis confesiones:</p><p>No soy una bellísima persona. Pienso constantemente en mi cuerpo y en mi aspecto, y, cuando me veo reflejada en el espejo, cojo un cuchillo y empiezo a diseccionar mis rasgos uno por uno.</p><p>A veces me olvido de comer y me he inculcado que debo disfrutar la sensación de tener hambre. Estoy famélica. Me siento culpable. Quiero que mi cuerpo se consuma a sí mismo.</p><p>Desde que iba al instituto, llevo un registro de mi peso, en sentido literal y de forma inconsciente. No tengo ni idea de cómo es mi cuerpo, aunque lo veo todos los días. Al parecer, soy incapaz de tener una imagen clara de su aspecto pese a que evalúo cada detalle, pliegue y arruga que lo forman. Y sé que es así por la desconexión que hay entre la manera en que la gente habla de mi físico y mi percepción de este. </p><p>Al menos tengo la lucidez mental suficiente para darme cuenta de que es imposible que todo el mundo esté equivocado y yo sea la única a quien le funcionan los ojos. Nunca me han diagnosticado dismorfia corporal —de la misma forma que nunca me han diagnosticado un trastorno alimentario—; pero, como muchas otras mujeres, me encuentro en la periferia de la categorización. En ese límite difuso, previo a la necesidad de intervenir.</p><p>Quiero dejar de meterme en las redes sociales, aunque soy incapaz de soltar el móvil. Sé que lo utilizo para escapar de la realidad. Elimino las aplicaciones; pero, cuando quiero darme cuenta, despierto de un sueño confuso y me encuentro deslizando las pantallas de inicio, buscando algo que ya no está. Mi pulgar se mueve con autonomía mientras mi cerebro intenta seguirle el ritmo a un cuerpo que, por lo visto, ya no controla.</p><p>Tenía dieciséis años cuando empecé a decapitarme en Instagram. A cortarme la cabeza para que no saliera en las fotos. Por aquel entonces, tenía un pie dentro y otro fuera de ese mundo, pero no era yo misma en ninguno de los dos lados. Mi madre no entendía por qué no sonreía en las fotos. Por qué ocultaba esa carita tan encantadora. Yo no entendía por qué ella no se daba cuenta de que ese espacio estaba pensado para trocear, para construir un <em>feed </em>con los mejores pedacitos de uno mismo. Era mi vida en 280 caracteres o 1080 píxeles cuadrados. ¿Cómo podía esperar que me mostrara completa?</p><p>A veces reviso mis fotos y amplío la imagen al máximo. Las amplío más y más hasta que lo único que veo es un degradado de matices. Entonces empiezo a esculpir. Voy limando los píxeles hasta que, al alejarme, me gusta lo que veo. Así es como quiero que me perciban. Publico la foto y recibo un caluroso aplauso.</p><p>Pienso en ponerme relleno en los labios casi a diario. Y, si no es en los labios, es en los pómulos, la barbilla, la mandíbula u otras partes de la cara que aún no me he dado cuenta de que están mal. Sé que a mi cara le falla algo, pero no consigo precisar qué es. He concertado varias citas para que un cirujano plástico me despeje las dudas, pero nunca he sido capaz de ir a la consulta. La gente me hace cumplidos y yo no me los creo. </p><p>En 2019, antes de una noche de chicas, me compré un top porque quería sentirme sexy. Nunca enseño mucho las tetas, a pesar de que son lo que más me gusta de mi cuerpo. Me siento superficial siempre que lo digo, pero es la verdad. El top era de manga larga y escotado. Me pareció el equilibrio ideal de carne a la vista (paso una cantidad de tiempo considerable pensando en cuánto debo enseñar). Me hice algunos <em>selfis </em>en el espejo y los subí a <em>stories</em>. El veredicto no se hizo esperar: fueguitos, caritas con corazones en los ojos y signos de exclamación me dieron el empujón que necesitaba para salir por la puerta de casa.</p><p>Fuera, hacía una cálida noche de primavera en la que el crepúsculo iba camino de convertirse en atardecer. Con cada paso que me alejaba de la puerta, con cada par de ojos que se posaban en mi piel, sentía que me arrancaban una capa de células. Mis partículas se desprendían con cada mirada que subía y bajaba por mi cuerpo. Me puse el abrigo, me abroché los botones, uno a uno, sobre la parte del pecho y no me lo quité en toda la noche. Me pasé todo el trayecto en tren, tanto de ida como de vuelta, sudando. Mi top nuevo permaneció oculto y acabó empapado. Me sujeté las solapas del abrigo hasta que se me pusieron los nudillos blancos.</p><p>Cuando publico algo en internet, cierro todas las aplicaciones y tiro el móvil al otro lado de la habitación. Grito. Después me levanto y voy a buscarlo para poder actualizar la página. Borro y vuelvo a publicar, elimino y retoco. Actualizo. Escondo los «me gusta». Vuelvo a actualizar. Una vez, una amiga subió una foto mía sonriendo a su cuenta de Instagram, la séptima de un carrusel. La odié tanto que me pasé una hora llorando.</p><p>Un cirujano plástico me dijo una vez —sin que nadie le hubiera preguntado— que tenía los labios bonitos —lo cual me pareció bien—, pero que a mis pómulos les faltaba definición —nunca antes me había parado a pensar en los pómulos—. Desde ese día, no he parado de pensar en ellos. A menudo siento que no tiene sentido vivir si no es con la combinación adecuada de cosas. El brillo de labios justo, el peinado ideal, las deportivas adecuadas o la cantidad de maquillaje correcta; ni mucho ni poco. Cuando entro en una habitación llena de gente, me siento la suma de mis atributos.</p><p>Finjo que no quiero destacar, pero es en vano, y regirse por la percepción de los demás es como bajar al infierno; una necesidad que surge de nuestras carencias, de un vacío que ansiamos llenar. Lucho por que se me perciba de la forma que deseo, por ser bella y excepcional y radiante y perfecta, cueste lo que cueste.</p><p>Cada vez estoy menos segura de lo que significa ser real. Veo en internet las comparaciones entre el verdadero aspecto de la gente y lo que quieren que veamos. La diferencia es inmensa. Sé que esas imágenes no son reales y, sin embargo, conforman el trasfondo de mi realidad. Cuerpos que cambian y fluctúan transformados en moldes con bordes afilados. No obstante, en este mundo digital, todo es bonito y el dolor no existe.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 Aug 2025 04:00:35 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ellen Atlanta]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Diva virtual' o cómo un mundo obsesionado con la imagen ha distorsionado los cuerpos de las mujeres]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA['Ana contra Gürtel': la novela que se pregunta si la corrupción forma parte de nuestra identidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/ana-gurtel-forma-parte-corrupcion-identidad-habrias-hecho-lugar_1_2041220.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/68570504-fe05-48a9-8852-230b472dcb0f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Ana contra Gürtel': la novela que se pregunta si la corrupción forma parte de nuestra identidad"></p><p>¿Cómo se <strong>corrompe </strong>una persona? ¿Y una organización? ¿Hasta qué punto es imposible no acabar cayendo en la <strong>tentación </strong>de <strong>meter </strong>la <strong>mano</strong> en la <strong>caja </strong>del <strong>dinero </strong>cuando todos a tu alrededor sucumben a su poder?</p><p>Esta novela basada en <strong>hechos rigurosamente reales</strong> es la historia de una mujer que presenció en primera persona cómo a raíz de la <strong>especulación inmobiliaria</strong> el dinero empezaba a entrar en el <strong>ayuntamiento </strong>de una ciudad dormitorio de Madrid y cómo, poco a poco, todos a su alrededor, empezaban a <strong>enredarse </strong>en las pegajosas redes de la <strong>corrupción</strong>. Y, en vez de dejarse llevar por la corriente, decidió <strong>denunciarlo</strong>.</p><p>El final no es ni bonito ni <strong>aleccionador</strong>: lo perdió todo menos, tal vez, su <strong>dignidad</strong>.</p><p>Esta <strong>no es la historia</strong> de uno de los casos de<strong> corrupción institucional</strong> más famosos de los últimos años, la famosa trama <a href="https://www.infolibre.es/temas/caso-gurtel/"  >Gürtel</a>, ni siquiera de un ayuntamiento o de un partido político, porque la corrupción y el abuso de poder no entienden de siglas. Es la historia de <strong>cómo actúa la corrupción</strong>, de cómo nace, crece y se desarrolla hasta abarcarlo todo, narrada con <strong>ironía </strong>e <strong>incisión</strong>, en primera persona y con esos tintes tan <strong>españoles </strong>de <strong>esperpento</strong>, absurdo, picaresca y, sí, cutrez.</p><p>infoLibre adelanta en exclusiva un fragmento de <em>Ana contra Gürtel,</em> novela de Javier Bardón que llega a las librerías el próximo 15 de septiembre de la mano de <a href="https://alreveseditorial.com/"  >AlRevés Editorial</a>, en la que la gran pregunta es: ¿forma parte la <strong>corrupción </strong>de nuestra <strong>identidad nacional</strong>? Y... la más importante: ¿<strong>qué habrías hecho tú en su lugar</strong>? </p><p>----------------</p><p>A la mañana siguiente, Irene la espera en Barajas.</p><p>Irene es policía y amiga de Bosquegolf, la urbanización donde vive —vivía— Ana. Salvo Gallardo, que compró el billete, es la única que conoce los detalles del vuelo. Por precaución, ni siquiera se lo ha dicho a sus padres. Es precisamente esa sensación de cautela e hipervigilancia la que, a modo de <em>déjà vu</em>, la sitúa en su inmediata realidad: Madrid, Gürtel, año 2011.</p><p>El abrazo con Irene libera un nudo en el estómago, que sube, se enquista en la garganta y deviene en lloro. Un lloro irrefrenable, a golpes, mezcla de ira, alivio, odio, alegría, esperanza. Un lloro como pocas veces lo ha llorado. Aunque apenas lleva un año y medio fuera, ciertos estímulos la sorprenden, empezando por la sensación de frío, que tenía ya olvidada; el aeropuerto, limpio, moderno, donde todo el mundo camina deprisa; la gente, seria, arreglada, vestida de colores oscuros; el paisaje de camino a casa, pardo, mustio, árido; las autovías de varios carriles, sin socavones, como alfombras grises, semivacías un domingo por la mañana.</p><p>—Esta gente no sabe que vienes. Les he invitado a un desayuno en casa. Van a flipar cuando te vean —dice Irene, sacándola de su recalibración.</p><p>—Tengo ganas de verlos a todos —se aventura a decir.</p><p>El desayuno sorpresa es un carrusel de emociones. En realidad, toda la semana lo es, a pesar de que restringe su agenda a familiares y amigos. No obstante, varias personas ajenas a ese círculo tratan de ponerse en contacto con ella. Gallardo es el más insistente; quiere verla antes de la declaración. Ana le da largas. Sabe que, si queda con él, la va a marear con todo lo que tiene que decir y lo que no tiene que decir y cómo lo tiene que decir… y ya está muy cansada de cálculos. No quiere más cálculos, solo quiere contar la verdad. Y punto.</p><p>La noche anterior a la comparecencia repasa mentalmente los hechos y se visualiza ante el juez. Apenas entra en un estado de duermevela. Esa es otra herencia de aquella época: el insomnio. El insomnio, las pesadillas, la desconfianza, la ansiedad, la paranoia, las pastillas. Por eso la declaración es tan importante. Puede que sea el principio del fin.</p><p>A la mañana siguiente, se arregla como en los viejos tiempos: se maquilla, se perfuma, se pone un pantalón de pinzas, una chaqueta, tacones y un bolso grande que le ha prestado una amiga para meter la carpeta con los documentos. El espejo le devuelve la imagen de una mujer segura de sí misma. ¡Hacía tanto tiempo que no se veía así! Está tan contenta que hasta se da el lujo de ir en taxi a los juzgados.</p><p>Visto desde la calle, el convento de las Salesas Reales, sede del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, es un edificio imponente. El estilo neoclásico de la fachada, armonioso y solemne, infunde confianza. Era ahí, piensa, era ahí adonde debería haber ido desde el principio, en vez de dar palos de ciego por parques, cafeterías y hoteles de mala muerte.</p><p>Tras cruzar el vestíbulo y pasar por el detector de metales, sube al segundo piso por la imponente escalinata de piedra. En los pasillos de la galería superior, se cruza con un hombre de mediana edad que sostiene unos papeles en la mano. El hombre la observa por encima de unas gafas de lectura. Ana se pregunta si será alguien de la trama. De muchos se conoce vida y milagros, pero sería incapaz de reconocer sus caras.</p><p>Al doblar la última esquina del cuadrilátero, frente a la puerta de la sala de vistas, se topa con la primera sorpresa: Pepe Iberia. Allí está él, sentado en una especie de sillón, leyendo El Mundo, igualito que siempre, impecablemente trajeado, con su cara alargada, su calva frontispicia y su bigotito a lo Aznar. Al cruzarse las miradas, sus minúsculas pupilas azules se dilatan como si hubiera visto al mismísimo diablo. Aun así, guarda las formas: se levanta, la saluda ceremoniosamente y le planta dos besos de esos tan suyos, humedeciéndole las mejillas.</p><p>—Pero ¿tú qué haces aquí? —pregunta sin poder disimular la sorpresa.</p><p>—Pues supongo que lo mismo que tú, solo que yo vengo a decir la verdad.</p><p>Al escuchar la respuesta, Pepe Iberia deja escapar su característica risa de conejo.</p><p>—En eso te equivocas. Yo también vengo a decir la verdad.</p><p>—Que nos conocemos, Pepe. No veo las carpetas por ningún lado.</p><p>Con gesto desconfiado, el concejal alza la vista, como si buscara alguna cámara en el techo. Pepe es un tipo retorcido y algo bocazas, pero hubo un tiempo en el que se llevaban bien, incluso muy bien. Él la había ayudado a entender algunas de las maniobras de Arturo, porque entre ambos se odiaban. El alcalde lo despreciaba públicamente y lo había degradado de concejalía. Por mucho que ahora fuera a testificar a su favor, en realidad lo hacía para salvar su propio culo. De cualquier manera, encontrárselo allí era un contratiempo; enterarse él era enterarse todo el mundo.</p><p>Cuando el concejal entra por fin a declarar, Ana se da cuenta de que le tiemblan las manos. Baja al claustro a fumar un cigarrillo e intentar calmarse. Aprovecha para llamar a Gallardo.</p><p>—Agustín, escucha, estoy aquí, en los juzgados. Me he encontrado con Pepe.</p><p>—¡Qué me dices!</p><p>—Lo que oyes.</p><p>—¡Joder! ¿Es que no hay nadie en este país que tenga dos putos dedos de frente?</p><p>—Escucha, tú me compraste el billete. Necesito que me cambies la vuelta.</p><p>—Claro.</p><p>—Si puedes para mañana.</p><p>—Lo intento, pero antes tengo que hablar contigo.</p><p>—No sé si voy a poder. Esta tarde ya he quedado con dos personas.</p><p>—Si puedo cambiar el billete, ¿te veo mañana en Barajas?</p><p>—Vale.</p><p>—Pues lo hacemos así.</p><p>—¿Agustín?</p><p>—Sí.</p><p>—Nada.</p><p>—Escúchame. Aguantas, ¿vale? Piensa que cuando termines se acaba tu pesadilla.</p><p>—Vale.</p><p>La declaración de Pepe es breve. Antes de la media hora, reaparece con una mueca burlona.</p><p>—Facilito —dice.</p><p>—Me alegro por ti.</p><p>Te parece si te espero y tomamos juntos el vermú?</p><p>—No puedo, he quedado con mis padres a comer. —Luego, pensándolo mejor, le finta—: Si quieres podemos quedar en Boadilla la próxima semana. Llámame el viernes y concretamos.</p><p>—¡Perfecto! Tengo que contarte un montón de cosas.</p><p>Pasado un rato, una voz de mujer grita su nombre desde el otro lado de la puerta. La sala de declaraciones no es el espacio blanco y aséptico que había imaginado; más bien recuerda al de una cafetería modernista, con columnas de hierro estriadas, arcos, tragaluces redondos y una grisalla de un carro tirado por caballos a lo largo de una de las paredes. Según se entra, a la derecha, hay una mesa larga y maciza; a continuación, varias hileras de sillas negras y, al fondo, el estrado, de madera tallada y con forma de U. Allí se sientan Antonio Pedreira, su ayudante —contratado a consecuencia del párkinson que padece el juez—, y la fiscal Concha Castell. En el interior de la U, una silla y un trípode con un micrófono esperan a Ana.</p><p>—Adelante, siéntese. —La voz del magistrado se diluye como un hilillo tembloroso en la amplitud de la sala. </p><p>Es una voz acorde con el cuerpo frágil y consumido que la emite. En las fotos de internet parece más joven. Pueden buscarlas. Desde que lo nombraran instructor del caso, a raíz de la inhabilitación del juez Garzón, varios artículos de prensa lo describen con un tono manifiestamente amable. Un diario conservador lo tilda de «antítesis de Garzón» y acompaña el reportaje con una foto en la que se ve al magistrado distendido, en una comida familiar. En otra, en blanco y negro, posa —fila de arriba, segundo por la derecha— en un equipo de fútbol de su Coruña natal: «El juez que pudo ser defensa del Deportivo»; y en una más reciente, se le ve saliendo de un taxi, sonriendo, con su pelo lacio y blanco repeinado hacia atrás. Obsérvenlo bien, ¿no les recuerda a Wojtyla?</p><p>—¿Es usted doña Ana Garrido Ramos?</p><p>—Sí.</p><p>—Señora Garrido, le agradecemos que haya venido a declarar desde tan lejos.</p><p>—No hay de qué, estoy encantada.</p><p>—Bien.</p><p>—Perdone, ¿podría decir algo antes de empezar? Es que, si no lo digo, reviento.</p><p>—Adelante.</p><p>—Lo primero, reiterar que estoy muy contenta de estar aquí, vaya eso por delante. Pero ahí fuera, en el descansillo, he tenido que soportar una situación muy desagradable.</p><p>—¿Desagradable en qué sentido?</p><p>—En el sentido de que me he encontrado con alguien con quien no me debería haber encontrado.</p><p>—¿Se refiere a otro declarante?</p><p>—Sí.</p><p>—Entiendo.</p><p>—Verá usted, yo pedí ser testigo protegido y me dijeron que no era posible, que esa condición solo aplicaba a los casos de terrorismo y tráfico de drogas. Ya se lo he contado muchas veces a la Policía. Recibo amenazas constantemente. Todo tipo de amenazas, incluso de muerte. No quería que nadie supiera que había venido a declarar y ahora lo va a saber todo el mundo.</p><p>—Entiendo, señora Garrido. —El juez susurra algo a su ayudante—. Queda constancia de su comentario en el acta. Veremos qué se puede hacer al respecto.</p><p>—Se lo agradezco.</p><p>—Muy bien. Ahora vamos a proceder con su declaración, ¿de acuerdo? ¿Está usted dispuesta a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?</p><p>—Sí.</p><p>—¿Tiene usted enemistad manifiesta con alguno de los imputados?</p><p>—¿A qué se refiere con «enemistad manifiesta»? ¿Quiere decir si les odio? Evidentemente sí, esa gente me ha destrozado la vida.</p><p>La fiscal, atenta, sale al quite.</p><p>—Eso lo entendemos. Lo que queremos saber es si está usted dispuesta a contar los hechos tal y como sucedieron.</p><p>—Sí, claro. Yo lo único que quiero es que la verdad se conozca y se haga justicia.</p><p>—Eso es lo que queremos todos —resuelve el juez—. Ahora le pido que se ciña con precisión a las preguntas que se le formulen.</p><p>La fiscal toma la palabra.</p><p>—¿Qué sabe usted de un dosier con información acerca del Ayuntamiento de Boadilla del Monte?</p><p>—¿Que qué sé? Todo, porque ese dosier lo hice yo.</p><p>—Pero no aparece su nombre.</p><p>—No lo incluí a propósito, para mantener mi anonimato, precisamente por lo que les comentaba antes.</p><p>—Ya veo. Entonces, ¿conoce usted al señor González Panero?</p><p>—Claro.</p><p>—¿De qué lo conoce?</p><p>—¿A Arturo? Es una larga historia.</p><p>—No se preocupe, tenemos tiempo de sobra.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Aug 2025 04:00:05 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Javier Bardón]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Ana contra Gürtel': la novela que se pregunta si la corrupción forma parte de nuestra identidad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Limpiezas traumáticas', la vida invisible de una persona sin hogar con síndrome de Diógenes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/limpiezas-traumaticas-hay-muerte-sindrome-diogenes_1_2039793.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2befa01b-6e3a-4731-9019-12b1e98ad4f5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Limpiezas traumáticas', la vida invisible de una persona sin hogar con síndrome de Diógenes"></p><p>Una <strong>casa cerrada</strong>. Un <strong>cadáver olvidado</strong>. Un pasado que nadie quiere recordar. Cuando una empresa especializada en <strong>limpiezas extremas </strong>entra en una vieja villa abandonada en <strong>San Sebastián</strong>, lo último que espera encontrar es un hombre degollado en medio del caos. Simón Aguado, una persona sin hogar con Síndrome de <strong>Diógenes</strong>, parecía <strong>invisible </strong>para todos... hasta que apareció muerto.</p><p>La <strong>oficial Carmen Arregui,</strong> entre comidas familiares, compañeros impertinentes y el peso de la rutina, se ve arrastrada a una <strong>investigación </strong>donde los márgenes de la sociedad, la memoria y la compasión se entrelazan. Porque cada objeto acumulado guarda una historia, y cada silencio, una sospecha.</p><p><a href="https://www.casadellibro.com/libro-limpiezas-traumaticas/9788410455351/17139857?srsltid=AfmBOoqt3wpypo0ZAMPe3_TVJRFbmA5g4ozY__yAffwWwxI0x0pNXHL7" target="_blank" ><em>Limpiezas traumáticas</em></a><em> </em>(<a href="https://alreveseditorial.com/" target="_blank" >AlRevés Editorial</a>, 2025) es una <strong>novela policiaca</strong> diferente, <strong>humana </strong>y afilada, donde el misterio se mezcla con la <strong>crítica social</strong>, y cada personaje —del poeta callejero a la <em>youtuber </em>octogenaria— tiene algo que decir.</p><p>Un nuevo caso para la oficial Carmen Arregui y sus compañeros de la <strong>brigada de Homicidios de la Ertzaintza, </strong>que llegará a las librerías el próximo 8 de septiembre, pero del que <strong>infoLibre </strong>adelanta en exclusiva un fragmento a continuación.</p><p>--------------------</p><p>Mientras esperaba al señor Rosell y a sus empleados, Carmen echó un vistazo a la página web de la empresa: «Limpiezas traumáticas Rosell». La primera imagen era de un campo de lavanda, algo que ella no hubiera asociado nunca a ese negocio. Supuso que era parecido a los anuncios de las compañías de seguros, que ponían niñas rubias trotando por un trigal en vez de presentar imágenes de muertos o accidentes. No había que asustar a la clientela. Había varias pestañas: casas okupadas, limpieza postincendio, limpiezas forenses, síndrome de Diógenes, síndrome de Noé. Le parecía un negocio singular y muy poco atractivo.</p><p>Jordi Rosell y su equipo llegaron antes de las cuatro. Lorena se ocupó de los dos trabajadores y Carmen, del dueño de la empresa. Fuentes e Iñaki querían hablar con la Policía Municipal y dar otra vuelta por el barrio en busca de información sobre Simón Aguado. Jordi Rosell parecía más tranquilo que por la mañana. Rechazó el café que le ofrecía Carmen y, cuando comenzó a hablar, el problema fue de la oficial para conseguir que se centrara en el caso que les ocupaba.</p><p>—Este es un oficio muy difícil, inspectora, ¡lo que no habré visto yo!</p><p>Carmen pasó por alto el cargo que le atribuía el hombre e intentó dirigir la conversación.</p><p>—Cuando visitó la casa para hacer presupuesto, ¿estaba más o menos igual que hoy?</p><p>—No, no. De <em>cap </em>manera. Hoy mucho peor. Y eso que casi no he mirado, porque me he quedado de pasta de boniato cuando he visto al hombre muerto, pero en nuestro oficio, ¿sabe?, uno ve las cosas, aunque no las mire. O sea, que solo de un vistazo ya me he dado cuenta de que estaba todo patas arriba.</p><p>—Pero a usted ya le contrataron porque el hombre había metido mucha basura en la casa, ¿no?</p><p>—Sí, pero cuando yo lo vi lo tenía todo en <em>pilonets</em>. Vamos, todo basura, pero con un cierto orden, como si el hombre apreciara sus cosas. Hoy estaban los cajones volcados y todo por el suelo. El día que fui yo, no. Por ejemplo, la ropa la tenía doblada. Encima de una silla y bastante sucia, pero doblada. Hoy estaba por el suelo. Yo es que estas cosas tengo un ojo especial. Y tampoco se crea que he estado toda la vida trabajando de esto, no señora, digo inspectora, no. Yo tenía un buen trabajo de comercial en Sabadell. Sábanas y toallas, de las buenas. Pero aquello se fue a hacer puñetas. Ya me dirá usted, con cincuenta y tres años, ¿quién me iba a contratar? Mi mujer, Olatz se llama (por la patrona de Azpeitia, que ella es de allí), me dijo: «Pues mira, Jordi, nos volvemos para allá, que tenemos la casa que nos dejaron mis padres y montamos algo».</p><p>Ella es muy lista y muy trabajadora. Estuvo unos años de limpiadora en el aeropuerto de Barcelona, pero también recortaron personal. Así que pedí que me pagaran todo el paro y montamos la empresa: Limpiezas Rosell. Se vinieron a trabajar dos primas de la Olatz y, bueno, íbamos haciendo. Pero tuvimos la suerte de que nos llamaran para limpiar un piso de una señora que se murió y tardaron en encontrarla y, claro, nadie quería ir, porque no es plato de gusto, ¿oi que me entiende? Pero yo pensé: si con este negocio nos ponemos <em>llepafils</em>, apaga y vámonos.</p><p>Carmen, aturdida por la verborrea del hombre, no pudo evitar preguntar:</p><p>—¿<em>Llepafils</em>?</p><p>—Sí, tiquismiquis. Es que cuando estoy nervioso me sale más el catalán. Bueno, pues lo acertamos, porque luego nos llamó una trabajadora social porque tenían una señora que vivía con trece gatos y la habían llevado a una residencia y había que limpiar aquello. Síndrome de Noé lo llaman, ¿sabe? Peor que lo de la muerta, no le digo más. Y ya nos especializamos, también hacemos portales y limpiezas normales, pero esto es lo que más nos cunde porque somos pocos.</p><p>Carmen se levantó. No veía otra forma de terminar la entrevista con aquel hombre y no pensaba arriesgarse a preguntar nada más. Si requería de más información que tuviera que venir de ese individuo, se lo encargaría a Fuentes. Le rogó que esperara fuera un momento para firmar la declaración y cuando se quedó sola respiró hondo.</p><p>Al momento entró Lorena con la declaración firmada de Édgar Mendoza y Luis Carlos Zambrano, los empleados de Limpiezas Rosell. Apenas habían añadido nada a su testimonio de la mañana. En la primera visita a la casa, ellos no estaban presentes, esas cosas las hacía su jefe solo. Y por la mañana, fue apenas un vistazo. El señor Rosell se demoró quizás un minuto más. Edgar, el empleado de más edad y con más experiencia, sí reparó en que había muchas cosas tiradas de cualquier forma, pero lo achacó a que quizás el hombre se había peleado con alguien o estaba borracho y se puso a arrojar todo al suelo.</p><p>Carmen resumió la declaración de Rosell y se la entregó a Lorena para que se la diera a firmar. Prefería evitar otro contacto con el hombre.</p><p>Fuentes e Iñaki llegaron a media tarde. Con los vecinos no habían tenido más suerte que por la mañana. Un par de personas creían haberlo visto pasar con un carrito, pero nadie había hablado con él o lo había visto entrar en la casa.</p><p>—Los municipales sí lo conocían —dijo Fuentes—. Tienen registrados a todos los que viven en la calle u <em>okupan </em>casas. También conocen a los vecinos, los <em>okupas</em>. Dicen que ahí hay mucho movimiento de gente.</p><p>—Sí, de Simón Aguado dicen que era un hombre pacífico —añadió Iñaki—. No era de los que se emborracha y se mete en peleas. Vivió un tiempo en un garaje alquilado en Sagüés. Por lo visto, cobraba algún tipo de pensión o de ayuda y con eso pagaba el alquiler. Los vecinos se quejaron por los olores y lo echaron. Durmió un tiempo en la calle y ahora le habían perdido la pista, no sabían que estaba en Villa Atsedena. Dicen que las que más sabrán del sujeto serán las trabajadoras sociales del ayuntamiento.</p><p>—Vamos a empezar a llamar a la víctima por su nombre: Simón Aguado —puntualizó Carmen.</p><p>Iñaki asintió enrojeciendo.</p><p>—Como quiera, jefa —dijo Fuentes—. Si quiere hasta le podemos llamar ilustrísimo. No va a estar ni más vivo ni más muerto.</p><p>Carmen se contuvo, pero decidió que al día siguiente ella volvía a hacer pareja con Lorena. Si los jóvenes de su equipo querían estar juntos, que se fueran de cañas después del trabajo. Fuentes solo se podía soportar en pequeñas dosis.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 Aug 2025 04:01:03 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Laura Balagué Gea]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Limpiezas traumáticas', la vida invisible de una persona sin hogar con síndrome de Diógenes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Convencer o morir', el peligroso arte de la política en la época dorada de la China antigua]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/convencer-morir-peligroso-arte-politica-epoca-dorada-china-antigua_1_2035569.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8ca58ca5-82d9-4706-bda1-baa69f49adbc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Convencer o morir', el peligroso arte de la política en la época dorada de la China antigua"></p><p>A lo largo de la <strong>convulsa historia de China</strong>, los consejeros políticos —figuras de sabiduría y sacrificio— se debatieron entre el arte de la <strong>palabra </strong>y el riesgo <strong>mortal </strong>de su oficio. En <em><strong>Convencer o morir </strong></em>(<a href="https://arpaeditores.com/" target="_blank" >Arpa Editores</a>, 2025)<em>,</em> que <strong>acaba de llegar a las librerías</strong>, Juan Luis Conde nos invita a descender a ese fascinante mundo de intrigas cortesanas, <strong>luchas dinásticas</strong> y la persistente tensión entre la persuasión y la <strong>violencia</strong>.</p><p>El autor, <strong>clasicista</strong>, traductor y ensayista de referencia, ofrece un relato <strong>hipnótico </strong>que ilumina el papel crucial de los consejeros: <strong>shì </strong>itinerantes que, con la palabra como única arma, se enfrentaban a reyes <strong>caprichosos </strong>y soberanos <strong>despóticos</strong>. Desde la figura trágica de <strong>Yi Yin</strong>, el cocinero convertido en estratega, hasta el refinado arte de la disuasión en la corte de los <strong>Reinos Combatientes</strong>, esta obra revela la potencia <strong>retórica </strong>como herramienta de resistencia y como teatro de poder.</p><p>En un tiempo en que la retórica política aún resuena en las decisiones de los gobiernos <strong>contemporáneos</strong>, este libro traza un puente entre la retórica de ayer y la política de hoy, proponiendo una lectura tan <strong>rica en saber</strong> como comprometida con el presente. Un <strong>viaje fascinante</strong> a la China antigua para descubrir cómo se forjaron las estrategias de <strong>persuasión </strong>política más sutiles y peligrosas de la historia.</p><p>---------------------</p><p>La época era un hervidero de ideas y de armas. Las armas se combatían entre sí y las ideas pretendían impedirlo. Para ello tenían que derrotar a las propias armas, grave asunto. En Roma, Cicerón se hizo famoso por exclamar: "¡Que las armas se rindan a la toga!" Quería decir que los guerreros debían obedecer a un gobierno civil. La Crónica del Señor Lü nos permite asistir a un episodio del enfrentamiento, a la china, entre la toga y la espada, entre la sabiduría y la fuerza.</p><p>La anécdota nos presenta así el esfuerzo evangelizador de los shì, los caballeros-filósofos, que pretenden inculcar los principios morales de Confucio o la idea pacifista del «amor universal» de Mozi, en los que se han formado, a quienes no quieren saber nada de buenismo. Nos presenta de nuevo al auditorio más difícil: el que no quiere oír. Por consiguiente, vuelve a repetirse el planteamiento indirecto, con su aparente respeto a la exigencia fundamental de ese auditorio: no hablar de lo que el poderoso no quiere ni oír hablar. La escena discurre esta vez en el estado de Song, bajo el rey Kang, quien ocupó el trono entre el año –328 y el –286. El protagonista es el astuto consejero Hui Ang:</p><p>Hui Ang tenía audiencia con el rey Kang de Song. El rey Kang dio un enérgico pisotón en el suelo, carraspeó y le espetó:</p><p>—Lo que a mí me gusta son hombres con coraje y fuerza, no humanistas y moralistas. ¿Sobre qué pretende aleccionarme nuestro huésped?</p><p>Hui Ang respondió:</p><p>—Supongamos que poseo el método para que una persona, por coraje que tenga, no consiga atravesarte cuando</p><p>intenta apuñalarte ni, por fuerte que sea, acierte cuando intenta atacarte. ¿No estaría Vuestra Majestad interesado en conocerlo?</p><p>—¡Estupendo! —dijo el rey—. Eso es lo que quiero escuchar.</p><p>Dijo Hui Ang:</p><p>—Pero, aunque el agresor no consiga atravesarte cuando te apuñala ni acertar cuando te ataca, es capaz todavía de humillarte. Poseo el método para que, por coraje que tenga, ni siquiera se atreva a apuñalarte ni, por fuerte que sea, se atreva siquiera a atacarte. ¿No estaría Vuestra Majestad interesado en conocerlo?</p><p>—¡Estupendo! —dijo el rey—. Sobre eso sí que quiero saber.</p><p>Dijo Hui Ang:</p><p>—Pero, aunque esa persona no se atreva a apuñalarte ni se atreva a atacarte, eso no significa que no tenga la intención. Poseo el método para conseguir que la gente no albergue siquiera esa intención. ¿No está interesado Vuestra Majestad en eso?</p><p>—¡Estupendo! —dijo el rey—. No espero otra cosa.</p><p>Dijo Hui Ang:</p><p>—Pero, aunque la gente no tenga esa intención, puede que en su corazón no sienta aún amor hacia los demás y voluntad de hacer el bien. Poseo el método para lograr que todos los hombres y mujeres del mundo sin excepción deseen fervientemente sentir amor y hacer el bien. Eso es, sin duda, mejor que tener coraje y fuerza, superior en cuarto grado. ¿No estaría Vuestra Majestad interesado en eso?</p><p>Respondió el rey:</p><p>—Es precisamente lo que quiero conseguir.</p><p>Hui Ang repuso:</p><p>—Pues eso es lo que enseñan Confucio y Mozi. Confucio y Mozi no eran soberanos de territorios ni tenían funcionarios a su servicio, y sin embargo todos los hombres y mujeres del mundo estiraban el cuello y se empinaban esperando sus atenciones y beneficios. Hoy día, Vuestra Majestad es el dueño de diez mil carros: si tuviera esa misma aspiración, entonces todos dentro de las cuatro fronteras disfrutarían de sus beneficios y Vuestra Majestad sería mucho más grande que Confucio y Mozi.</p><p>El rey de Song no supo qué contestar y Hui Ang se apresuró a salir.</p><p>—¡Qué argumentación! ¡Cómo me ha obligado a admitirla nuestro invitado! —confesó el rey a sus cortesanos.</p><p>Al comienzo y al final de la anécdota, el rey Kang da a Hui Ang el tratamiento de kè 客: invitado, huésped o forastero. En otras palabras, reconoce en él a uno de los sabios itinerantes (los yóu shuì) que venían tratando de impresionarle para que les contratase. El encuentro debió de tener éxito para Hui Ang, porque se le conoce precisamente como consejero de este rey cuya resistencia venció sin enfrentarse directamente a ella en ningún momento.</p><p>El rey está caracterizado aquí, desde el principio, como un tipo enérgico y zafio, de modales bruscos y violentos, muy poco dispuesto a escuchar los sutiles razonamientos que presupone en Hui Ang, a quien precede la fama de los consejeros, educados en las tradiciones escolares fundadas por los grandes maestros del período Primavera y Otoño. Eso que presume el rey con lo que viene a sermonearle Hui Ang se denomina en el original rén yì 仁义, buena voluntad y justicia, virtudes que predicaban estas escuelas. Las traducimos como "humanistas y moralistas" para actualizar el alcance de su significado y ajustarlo al punto de vista del rey.</p><p>Desde su sitial, la actitud del rey de Song es agresiva, desafiante, exhibe un desprecio sin paliativos por esa cultura sapiencial. Semejante actitud de partida añade valor al logro final de Hui Ang, quien ha obligado a tan reticente personaje a aceptar que con la «moralina» de los grandes filósofos puede obtenerse lo que no consigue el recurso a la fuerza: no ya prevenir y derrotar los ataques, sino sencillamente hacer imposible que se produzcan. Hui Ang defiende la educación pública como la mejor guerra preventiva contra la guerra.</p><p>Para desarrollar su estrategia argumentativa y por encima de todo, Hui Ang respeta las expectativas e intereses del soberano («Eso es lo que quiero escuchar», corrobora él). El ingrediente de simulación o distracción que vimos en la estrategia de Chu Long vuelve a estar aquí presente, pero, en lugar del mecanismo de disociación y reasociación de las identidades de la regente que plantea el General de la Izquierda, aquí el «nudo» que permitirá apretar el lazo argumentativo y atrapar en él a su interlocutor radica en la ambigüedad de una palabra clave, dào 道.</p><p>Este concepto se ha transcrito tradicionalmente como tao y es un instrumento fundamental del pensamiento chino clásico. Lo traducimos aquí como «método», aprovechando la conexión etimológica de esta palabra de origen griego con la idea de «camino», que también está en el espectro original de significados de la palabra china. </p><p>Sin embargo, en el ámbito de la filosofía china, la palabra dào, sobre la que se construye una de las grandes corrientes del pensamiento chino, el taoísmo, tiene fama de esquiva y elusiva. En el Daodejing (o Tao te ching), el texto fundacional de esa corriente y atribuido a Laozi (Lao Tse), dào se define ni más ni menos que como lo indefinible. </p><p>Hui Ang explota esa célebre vaguedad e imprecisión del vocablo o, si se prefiere, su capacidad de evocación. Puesto que se habla de combatir la violencia, esa palabra puede sugerir en la mente de Kang un sistema defensivo: una nueva táctica, una nueva arma o incluso un conjuro mágico. Esa ambigüedad calculada permite que Hui Ang mantenga al rey dentro de lo que «quiere escuchar» mientras lo prepara para aceptar lo que no quería oír desde el principio.</p><p>Hablando de fuerza y de violencia, no de moral y de virtud, consigue que el rey admita que, si las doctrinas de Confucio y Mozi se instalasen en los corazones de la población (objetivo último de Hui Ang y precisamente la prédica contra la que estaba prevenido el monarca), eso significaría una victoria «superior en cuarto grado» contra los enemigos del rey. El «método» que ofrece el consejero va ganando propiedades a cada nueva intervención. No se trata ya de hacer que fracasen los ataques potenciales que se perpetren contra el rey Kang (victoria en primer grado), o de que sus enemigos no se atrevan a atacarle (segundo grado), o —mejor todavía— de que ni siquiera tengan interés en hacerlo (tercer grado): mucho más seguro y eficaz que todo eso es que incluso sientan afecto y amor hacia él, voluntad de protegerle. El «método» defensivo más eficaz y poderoso, más que los arcos y las flechas, es la educación moral y la cultura de la paz. Esa es la garantía más firme de la derrota del enemigo.</p><p>Esta misma anécdota aparece en otras obras de la Antigüedad china con algunas variantes. Es curioso que ninguna de las versiones alternativas recoja las repetitivas y entusiastas respuestas del rey («¡Estupendo!») a cada proposición de Hui Ang. Resulta evidente que el narrador de la Crónica del Señor Lü ha elegido presentar el episodio sobredimensionando el diálogo allí donde las otras versiones incluyen una sola interrupción del rey partiendo en dos un monólogo de Hui Ang relativamente extenso.</p><p>Este narrador, en cambio, ha optado por una presentación interactiva, una construcción pendular donde la conversación avanza a base de preguntas y respuestas: a cada intervención, pequeñas modificaciones de gran valor significativo por parte de Hui Ang obtienen una réplica mecánicamente igual por parte del rey Kang. De este modo, el narrador de la Crónica parece dibujar una esgrima envolvente, gracias a la cual el rey está —sin que pueda sospecharlo— cada vez más acorralado. En su versión, Hui Ang consigue la victoria persuasiva final no de un golpe, sino gradualmente: cada uno de los cuatro pasos argumentativos que admite Kang es una victoria parcial del shì, un asalto ganado. Y, al revés, cada "¡Estupendo!" del rey Kang constituye, irónicamente, una derrota por puntos.</p><p>No menos significativo resulta el hecho de que en ninguna de las versiones alternativas aparece la coda con la que se remata aquí la anécdota: El rey de Song era un soberano mediocre, pero su corazón podía aún ser convencido con la técnica yīn del «apoyo». Con ese arte, el pobre y humilde puede superar al rico y noble, el pequeño y débil puede controlar al fuerte y poderoso.</p><p>A diferencia de esos otros narradores, el responsable de esta versión era un rétor, un profesor de retórica, y quiso, evidentemente, subrayar el interés didáctico del episodio: ejemplificar la táctica persuasiva que denomina yīn 因 (la técnica del «apoyo») y su fuerza. Esa fuerza está clara y contundentemente recogida en las líneas finales, que son un verdadero sumario del secreto que la retórica clásica china pretende ofrecer a quien se interna en ella: un arma con la que el débil puede derrotar al fuerte, el subalterno al superior, el dominado al dominante. </p><p>La reivindicación del contrapoder que concede la retórica al oprimido, enarbolada aquí con orgullo, permite entender con claridad por qué la ortodoxia imperial china tuvo históricamente poco interés en difundir estos tratados. ¡Al Primer Emperador no le hubiera gustado en absoluto que este secreto se divulgara!</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 Aug 2025 04:00:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Luis Conde]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Convencer o morir', el peligroso arte de la política en la época dorada de la China antigua]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Centauros del Rif', el libro que rescata un episodio épico y olvidado de la guerra de Marruecos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/centauros-rif-episodio-epico-olvidado-guerra-marruecos_1_1860744.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/eca20a2e-73b4-41e9-bc65-c08340d1db7a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Centauros del Rif', el libro que rescata un episodio épico y olvidado de la guerra de Marruecos"></p><p>Toque de carga. Y el regimiento de caballería Cazadores de Alcántara número 14 responde de inmediato a la llamada. En <strong>plena retirada de Annual,</strong> lo que queda del ejército español del general Silvestre es hostigado por las tribus rifeñas de Abd elKrim. Por el camino, y en cada estación, miles de cuerpos se pudren bajo el ardiente sol del desierto. <strong>Monte Arruit </strong>es la única salvación posible para los españoles, pero para ello deben cruzar el río Gan, donde los espera el enemigo atrincherado, sediento de sangre y venganza.</p><p>Junto al líder del Alcántara, el teniente coronel <strong>Fernando Primo de Rivera, c</strong>abalga un testigo de excepción:<strong> Luis Codrán. </strong>Como periodista, su obligación es narrar la crónica de la jornada. Todos y cada uno de los hombres tiene un deber en la carga de caballería que está por venir. Y nadie, ese 23 de julio de 1921, puede mostrar cobardía.</p><p>Aventura de tintes épicos y trágicos David Gómez rescata en <em>Centauros del Rif,</em> su segunda novela, un episodio olvidado de la guerra de <strong>Marruecos</strong>. Con exquisita delicadeza narrativa, y una mezcla casi perfecta de ficción y realidad, es esta una historia de lealtad, valor, amor, muerte y amistad.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta un extracto de esta novela histórica que llega a las librerías este mes de septiembre de la mano de la editorial <a href="https://www.edhasa.es/" target="_blank" >Edhasa</a>.</p><p>----------</p><p><em><strong>Madrugada del 22 de julio, 1921. Campamento Annual, a 107 km de Melilla</strong></em></p><p>Despertar de la pesadilla no siempre significa regresar a un lugar confortable, cómodo y seguro. La realidad puede ser más oscura, tenebrosa y mortal que el más terrible y angustioso sueño que hayamos tenido. Porque, en ocasiones, por mucho que corras, no puedes escapar.</p><p>No fueron los gritos agonizantes de los <strong>soldados </strong>luchando por su vida o muriendo <strong>acuchillados </strong>en plena batalla, ni los ya familiares sonidos de las descargas de fusil impactando en los sacos terreros, sino el estruendo de las balas de cañón sobre el terreno árido y pedregoso de Igueriben lo que despertó bruscamente al joven. Se incorporó sobresaltado y, durante unos angustiosos segundos, miró a su alrededor con la respiración agitada. Al fin, suspiró. Se encontraba en un lugar distinto de todo aquel <strong>infierno onírico aparentemente ficticio</strong>. Más calmado, se tumbó de nuevo en el camastro, aunque sin dejar de mover la cabeza de un lado para otro, tal vez, intentando olvidar lo sufrido para negar la terrible realidad.</p><p>	–Tranquilo, estás a salvo, todo ha pasado.</p><p>Una voz femenina le hizo abrir los ojos de nuevo. Por un momento creyó que se encontraba en <strong>Madrid</strong>, en su casa. </p><p>	 –Procura descansar. Bebe esto –dijo ella.</p><p>Y aquel instante, aquel fugaz momento de felicidad, desapareció como el relámpago que refulge en la tormenta para enseguida extinguirse y volver a la oscuridad.</p><p>La mujer, sentada junto al <strong>catre</strong>, acercaba a los labios resecos y agrietados de un desconcertado Codrán una cuchara con la sopa que, humeante aún, llenaba un cacillo colocado sobre una caja de madera.</p><p>           –Despacio, no quiero que te suceda como a otros…</p><p>           –¿Quién es usted? –preguntó con recelo.</p><p>           –Una amiga.</p><p>           –¿Qué les ha pasado a los otros? –se interesó, fatigado.</p><p>           –Llegaron al campamento exhaustos y sedientos, bebieron agua hasta reventar... <strong>Los pobres han muerto… </strong>Lo lamento de veras. Te llevarán a <strong>Melilla</strong>. Varios heridos ya han salido en los camiones, y en poco tiempo tú también marcharás en un «rápido», con una escolta de caballería. El viejo no quería dejarte ir hasta saber que estuvieras bien.</p><p>	–¿Qué día es? ¿Qué hora es? –Codrán, desorientado, trataba de ubicarse.</p><p>	–Pues es temprano o tarde..., según se mire –respondió ella, indolente.</p><p>	–No entiendo... ¿Qué ocurre? –insistió Codrán.</p><p>	–El campamento está rodeado. Manolo… El general Silvestre y los demás oficiales están reunidos –explicó al fin la mujer mientras le ofrecía otra cucharada–. Seguramente estarán decidiendo qué hacer<strong>: pelear y morir o correr y morir. </strong>Absurdo. ¿No crees?</p><p>	–¿Absurdo?</p><p>	–Todo esto –dijo, pensativa–. La <strong>guerra</strong>, el poder, la vida...</p><p>Codrán sintió una urgencia repentina por ver a Silvestre; debía hablar con el general. Intentó incorporarse, pero al momento se dio cuenta de que todo el cuerpo le dolía, como también la garganta, le quemaba cada vez que tragaba el líquido que aquella misteriosa mujer le daba. </p><p>           –Espera, no debes moverte. Tienes que descansar. Todo ha terminado para ti, pronto estarás en casa –susurró ella, impidiendo que se levantara.</p><p>           –¿Terminado? Esto no ha hecho más que empezar. Debo ver a Silvestre, él me conoce, soy amigo de su hijo, de Bolete<em> </em>–protestó<em>.</em></p><p>           –El <strong>general</strong>, como te he dicho antes, está reunido con los oficiales y no atiende a nadie. Ni a ti, ni a mí. Sé de lo que hablo, muchacho. Silvestre sólo escuchará a Silvestre –se lamentó–. Bebe, debes reponer fuerzas. </p><p>	La mujer le dio otra cucharada de sopa.</p><p>	–¿Qué hora es? ¿Dónde está mi camisa? –insistió el joven.</p><p>	Ella, al ver imposible que se tomara la sopa, dejó el cazo sobre la caja.</p><p>	–Tu camisa, o lo que quedaba de ella, está ahí colgada. –Señaló entonces el mástil de la tienda cónica–. Te la quitaron los enfermeros para poder limpiarte y refrescar tu cuerpo. Ahí tienes una camisa limpia del oficial que se aloja en esta tienda y... Bueno, si tanto te interesa saberlo –la mujer se levantó y cogió un reloj que había en una mesa–, toma, es tuyo, tú mismo puedes verlo. –Se sentó de nuevo y tomó el cacillo de sopa.</p><p>Luis sintió una <strong>punzada </strong>en el corazón al notar entre sus manos aquel reloj de bolsillo Omega. Su padre se lo había dado en la estación de <strong>Atocha </strong>el día de su partida a Melilla, y eran demasiados los recuerdos: su padre, Benítez, sus camaradas de Igueriben, su madre con ojos llorosos aquella mañana en el andén... Abrió la tapa de plata, rozada y ya sin brillo, y vio la hora.</p><p>	–Las cinco..., las cinco de la madrugada. ¿Cuánto he dormido?</p><p>Pero la mujer no tuvo tiempo de contestar, porque en ese momento el coronel Morales, <strong>jefe de la Policía Indígena</strong>, irrumpió en la tienda. En cuanto oyó el roce de levantar la lona que cubría la entrada, ella se giró, sobresaltada.</p><p>	–Por fin te encuentro.</p><p>	–Hola, viejo –contestó la mujer con desgana.</p><p>           –El general quiere verte –indicó Morales.</p><p>	–Lo estaba esperando –repuso con voz cansada. Se levantó, no sin antes poner un trozo de tela empapada en agua en la frente del joven–. Suerte, chico. Ha sido un placer conocerte –se despidió, algo aliviada por separarse al fin de aquel enfermo tan difícil.</p><p>	Al pasar junto a Morales, junto a la entrada, apoyó la mano en el hombro del militar y le dio un beso en la mejilla.</p><p>	–Ten cuidado,<em> </em>viejo<em>.</em></p><p>El hombre asintió con afecto. Se miraron por unos instantes, y finalmente, ella, tras un par de toques suaves en el hombro de Morales, se marchó.</p><p>	–<strong>Idiotas </strong>–dijo cuando dejó caer la lona tras de sí al salir de la tienda.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 31 Aug 2024 17:44:28 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[David Gómez]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Centauros del Rif', el libro que rescata un episodio épico y olvidado de la guerra de Marruecos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA['Aventuras en democracia', el ensayo que nos recuerda la responsabilidad política que tenemos cada uno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/aventuras-democracia-turbulento-mundo-popular_1_1860678.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8fc44af3-d384-48b6-bfb8-d3a97bcfa01b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Aventuras en democracia', el ensayo que nos recuerda la responsabilidad política que tenemos cada uno"></p><p>La democracia es algo vivo, que respira. Y Erica Benner ha pasado toda una vida pensando en el papel que juegan los ciudadanos comunes para mantenerla viva: desde su infancia en el Japón de la posguerra, donde la democracia fue impuesta en un país vencido, hasta trabajar en la Polonia postcomunista, con sus repentinas brechas de riqueza y seguridad. Este libro se basa en sus experiencias personales y en un exhaustivo recorrido histórico para replantear algunas de las preguntas más difíciles que enfrentamos hoy en día.</p><p>Desafiando los mitos bien trillados del triunfo heroico sobre la tiranía, Benner revela las vulnerabilidades inevitables del poder del pueblo, invitándonos a considerar por qué vale la pena luchar por la democracia y el papel que cada uno de nosotros debe desempeñar.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta un extracto de este título, que llegará el <strong>10 de septiembre</strong> a las librerías de la mano de la editorial <a href="https://www.planetadelibros.com/editorial/editorial-critica/1" target="_blank" >Crítica</a>.</p><p>-------</p><p><strong>¿Se pueden unir las señoras al club?</strong></p><p>En casi todas las democracias actuales, plenas o imperfectas, hay amplios sectores de la clase dirigente para los que el <strong>feminismo </strong>y otros tipos de <strong>igualdad </strong>de género forman parte de una estrategia para <strong>corromper </strong>a la sociedad y dividir al <em>demos </em>en fragmentos subdemocráticos obsesionados por la identidad. Aproximadamente la mitad de las personas que conozco dicen que las mujeres y las personas no blancas alcanzaron la igualdad cuando consiguieron el voto y otros derechos políticos. Afirman que las nuevas luchas por una igualdad aún mayor ponen en peligro la democracia. Al reclamar más para las mujeres y otras «minorías» menos favorecidas, estas nuevas luchas sobrepasan todo tipo de límites y usurpan la parte de la igual libertad que les corresponde a los <strong>hombres blancos. </strong>Los que dicen esto no son todos hombres blancos viejos. Muchos son jóvenes. También hay algunas mujeres. Como las democracias se desmoronan cuando uno se limita a ignorar las opiniones que chocan con las suyas, y como muchos de los que sostienen esto son buenos amigos míos, quiero tratar de entender de dónde viene.</p><p>Si la igual libertad y un <strong>amplio reparto del poder</strong> son los principios más básicos de la democracia, los primeros gobiernos populares de los que se tiene constancia no fueron verdaderas democracias. Eran <strong>monopolios esclavistas masculinos</strong>. Y lo mismo es válido para la mayoría de las democracias a lo largo de la historia: enclaves democráticos patriarcales dentro de un mundo patriarcal más amplio que frustraba cualquier intento de compartir el poder con el segundo sexo. La República de <strong>Córcega </strong>concedió el voto a las mujeres en 1755, pero fue anulado en 1769 cuando los franceses se anexionaron el país insular. Cuando Francia se convirtió en una república cruzada veinte años más tarde, sus dirigentes rechazaron las peticiones de extender <strong>la </strong><em><strong>liberte</strong></em><strong>, la </strong><em><strong>egalite </strong></em><strong>y la </strong><em><strong>fraternite </strong></em>a las personas con útero.<strong> Nueva Jersey</strong> retiró el derecho a voto a las mujeres en 1807, tras habérselo concedido en 1776.</p><p>Ese mismo año revolucionario, <strong>John Adams,</strong> uno de los padres fundadores de Estados Unidos, recibió una carta de su esposa Abigail en la que le instaba a que «te acuerdes de las damas y seas más generoso y favorable con ellas que tus antepasados». Y le amenazaba, quizá con ánimo juguetón, aunque quién sabe, con que, de no ser así, «estamos decididas a fomentar una <strong>rebelión </strong>y no nos someteremos a ninguna ley en la cual no tengamos ni voz ni representación». John respondió: «<strong>No puedo dejar de reír</strong>». Le informaba a su esposa de que los aires revolucionarios estaban creando agitación en todas partes y que se decía que «los niños y los aprendices eran desobedientes... las escuelas y los colegios se volvían turbulentos... los <strong>indios </strong>despreciaban a sus guardianes y los <strong>negros </strong>se habían vuelto insolentes con sus amos». Solo la mano firme del hombre (blanco) podría poner orden en el caos. «Tenlo por seguro. Sabemos hacer algo mejor que derogar nuestros sistemas masculinos.»</p><p>El primer país en aprobar el derecho a voto para todas las mujeres fue <strong>Nueva Zelanda, en 1893</strong>. Poco a poco, con muchos titubeos y duras batallas callejeras, protestas, encarcelamientos, intimidaciones y humillaciones, lo irían siguiendo otros. En 1906, <strong>Finlandia </strong>se convirtió en el primer país europeo en conceder el derecho a voto a las mujeres y el primero del mundo en otorgar a todos los hombres y mujeres el derecho a voto y a presentarse a las elecciones; un año más tarde, los pioneros finlandeses eligieron a las primeras mujeres parlamentarias del mundo. En el otro extremo del espectro del progreso, <strong>Suiza</strong>, una de las democracias más longevas, no reconoció el sufragio femenino a nivel federal hasta 1971, mientras que el cantón suizo de Appenzell Innerrhoden, architradicionalista, no lo hizo hasta 1991.</p><p>En vista de sus audaces eslóganes igualitarios, cabría esperar que la democracia fuera mucho más favorable a la <strong>igualdad </strong>de género que otras formas de gobierno, pero la historia nos cuenta que no es algo tan sencillo. La idea de que los hombres son más aptos que las mujeres para gobernar está profundamente arraigada en el manual de la democracia. Comienza cuando Teseo secuestra y mata a las reinas guerreras amazonas, un feminicidio fundacional que se convirtió en un motivo de orgullo en los mitos democráticos de <strong>Atenas</strong>, ya que demostraba que los hombres habían conseguido el monopolio del poder de forma limpia, tras una prueba de fuerza física y astucia. Tras haber puesto en su lugar a las mujeres mortales, el poder femenino adquirió una forma más abstracta y divinizada: una estatua de bronce de Atenea, diosa de la guerra y la justicia, se alzaba sobre la <strong>Acrópolis </strong>como protectora de la incipiente democracia. Sin embargo, la divinidad tutelar de Atenas les ahorró a las mujeres de carne y hueso la carga de compartir el poder en la <em>polis</em>, dejándolas libres para hacer lo que los mortales más alaban de su sexo: agradar, salvaguardar su virginidad hasta el matrimonio, dar a luz a los hijos de su marido (¡y de nadie más!) y llevar una casa.</p><p>La historia fundacional de la República de <strong>Roma </strong>también incluye un acto de violencia machista contra una mujer. Esta vez, sin embargo, nuestros héroes estuvieron del lado de la mujer. Se trataba de un grupo fraternal de nobles que pusieron fin a la degenerada monarquía de Roma después de que el hijo del rey Tarquinio violara a una noble, Lucrecia, quien se suicidó por vergüenza. El relato presentaba a la nueva república como un <strong>protectorado masculino</strong> de las mujeres vulnerables. También servía como disculpa tardía por la violencia desenfrenada contra las mujeres en la primera fundación de Roma.</p><p>La leyenda cuenta que <strong>Rómulo</strong>, uno de los gemelos fundadores, era un supermacho alfa <strong>secuestrador </strong>y <strong>violador </strong>que hacía que el ateniense Teseo pareciese un caballero. Tras cometer un acto fratricida fundacional, asesinar a su hermano gemelo <strong>Remo</strong>, que no había hecho nada malo salvo aguardar a tener su parte en la dirección del gobierno, Rómulo convenció a su variopinta banda de delincuentes, piratas y matones para que secuestraran en masa a las mujeres de la tribu de los sabinos. «Si no lo hacemos, nos extinguiremos pronto, así que venga, muchachos, ¡coged una chica y procread», tal fue su razonamiento. Para cuando varios siglos más tarde llegaron los vengadores de Lucrecia y pusieron a Roma en la senda de un gobierno más democrático, el <strong>machismo </strong>ya estaba bien asentado en la sociedad y la política romanas.</p><p>Cuando empecé a aprender sobre estas cosas en la escuela, me preguntaba si el <strong>nacimiento de la democracia fue algo bueno para las mujeres o no.</strong> La democracia ateniense acabó con el monopolio político de los <strong>ricos </strong>sobre los <strong>pobres </strong>y de los <strong>tiranos </strong>sobre todos, pero mientras ponía a unos 40.000 hombres de todas las clases al frente del gobierno, las mujeres quedaban peor que excluidas: a las atenienses de clase acomodada se las encerraba en casa, se casaban jóvenes y se las mantenía alejadas de los deportes y de los asuntos de la guerra. Sus hermanas de <strong>Esparta</strong>, el principal rival griego de Atenas y su enemigo acérrimo durante la guerra del Peloponeso, lo tenían mejor. Esparta no era una democracia, sino una oligarquía militar gobernada por unos 3.000 ciudadanos varones altamente adiestrados como guerreros.</p><p>Sin embargo, las mujeres de estas familias dirigentes también se entrenaban para la guerra y el atletismo, y solían practicar <strong>desnudas </strong>delante de los hombres. Podían poseer y heredar propiedades, tenían mejor formación que la mayoría de las mujeres atenienses y se casaban entre los dieciocho y los veinte años, en lugar de a los trece o catorce. Le pregunté a Claire, mi única compañera de clásicas, qué preferiría si pudiera viajar en el tiempo a aquella época, acabar en Esparta, donde solo sería en parte desigual, o en la democrática Atenas, con su radiante cultura y sus comedias y tragedias, a las que probablemente no le permitirían asistir, ya que lo más probable es que el teatro estuviera vedado a las mujeres.</p><p>Durante mucho tiempo pensé que todos estos eran hechos históricos lejanos que tenían poco que ver con las<strong> luchas por la igualdad actuales</strong>. Ahora veo que la democracia siempre ha tenido dos lógicas en pugna que la impulsan en direcciones opuestas. Una se expresa en los principios de libertad, igualdad y reparto del poder universales. Estos principios son abiertos, inclusivos y generosos. La otra es la lógica de un club masculino.<strong> Lo siento, chicas, pero la democracia es un club con su propia cultura</strong>, sus tradiciones y sus cosas a puerta cerrada que hacen que todo funcione, una institución con las filas prietas, como lo era la mayor parte de Oxbridge en la época de <strong>Virginia Woolf</strong>. Si empezamos a cambiar las costumbres del club, ¿cómo acabará todo? ¿Con la muerte de la propia democracia?</p><p>He llegado a ver la historia de la democracia como una <strong>batalla constante</strong> entre estas dos lógicas. Por un lado, las ideas simples y radicales que subyacen a la democracia plantean un desafío, una pregunta constante y persistente: si todos los hombres (de nuevo, blancos) son iguales, libres y aptos para ser miembros de nuestra fraternidad democrática, ¿qué es exactamente lo que hace que las personas que no son hombres sean tan diferentes? <strong>Filósofos, dramaturgos y ensayistas</strong> ya se formularon esta pregunta en la antigüedad (capítulo 10) y muchos otros lo han hecho desde la era de las revoluciones democráticas, incitando a sus contemporáneos a justificar el concepto de club masculino o a descartarlo, personas como Virginia Woolf y <strong>Mary Wollstonecraft</strong>, la feminista británica que escribió <em><strong>Vindicacion de los derechos de la mujer </strong></em>durante los emocionantes primeros años de la revolución francesa e instó a los amigos del gobierno popular a empoderar a las mujeres y a los hombres de clase media. La mayoría ignoró sus argumentos, pero su libro, uno de los primeros dedicados íntegramente al «<strong>problema de la mujer</strong>», quedaría como un duro reproche a la incoherencia democrática.</p><p>Por otra parte, la cuestión radical sigue chocando con toda clase de <strong>mitos</strong>, costumbres arraigadas, prejuicios, deseos de control y emociones histéricas (¿está bien decir esto, teniendo en cuenta que <em>hysterā</em> significa «útero» en griego antiguo e «histérica» suele reservarse para las mujeres?), que reniegan de la igualdad. El concepto de <strong>club masculino,</strong> basado en hábitos, ansiedades, vanidades y sentimentalismos indiscutidos, no puede resistirse a intentar acallar la lógica racional más directa y pura de la igualdad democrática.</p><p>Pensemos en uno de mis filósofos favoritos de todos los tiempos, el inconformista ginebrino <strong>Jean-Jacques Rousseau</strong>, cuyos escritos contribuyeron a inspirar los movimientos democráticos que desencadenaron la <strong>revolución francesa</strong>. En 1755 publicó un impresionante ensayo sobre las causas de la desigualdad humana. Muestra que hay un total de cero buenas razones para situar a unos sectores de la humanidad más arriba o más abajo que a otros, solo un batiburrillo de racionalizaciones estúpidas, todas ellas descaradamente interesadas. Demuestra que las <strong>desigualdades </strong>entre ricos y pobres, entre Estados grandes y pequeños, entre pueblos colonizados y opresores coloniales están destruyendo nuestra especie y sus relaciones con otros animales y con la naturaleza. Sin embargo, como para ilustrar cómo los beneficios del club masculino pueden sesgar un razonamiento excelente, cuando Rousseau añade a las mujeres a la ecuación, este pensador maravillosamente lúcido pierde el norte. </p><p>El argumento sería más o menos como sigue: ¡<strong>Claro que las mujeres son iguales a los hombres!</strong> <em>Absolument! </em>Simplemente son iguales de una manera diferente; en algunos aspectos mejores, en realidad: las señoras son mucho más agradables, se comportan mejor en general (y son tan guapas...) [Nótese cómo la rigurosa lógica masculina se desintegra]. Su vocación natural es ser compañeras del hombre. Evidentemente. Lo que las encauza hacia actividades que las convierten en buenas <strong>sirvientas</strong>, ¡uy!, quiero decir en iguales (incluso superiores en las virtudes más ligeras y en belleza) a los hombres. Naturalmente, su vocación también confiere a la igual dignidad humana de las señoras un aire diferente. Significa comportarse de una manera sumisa y coqueta que hace que los hombres se hinchen como gallos para poder disfrutar al máximo de su tipo masculino de igual dignidad diferente-pero-igual.</p><p>¡<em>Merci, </em>señoras, sois las mejores, <strong>no podría haber igualdad revolucionaria radical sin vosotras</strong>! Me quedé abatida la primera vez que leí las disparatadas excusas de mi amigo Jean-Jacques para convertir a las mujeres en <strong>juguetes sexuales y fregonas de retretes</strong> de la democracia masculina. Mary Wollstonecraft estaba aún más horrorizada por su traición. Ahí estaba ella, en medio de una agitación democrática mundial que tenía una oportunidad de oro de incorporar a las mujeres como iguales, y ahí estaba Rousseau, ya muerto pero venerado como el filósofo mascota de la revolución, dando un portazo y diciendo a las mujeres que su mayor honor residía en halagar los egos masculinos.</p><p>Por suerte para las futuras feministas e igualitaristas, Mary decidió rechazar el sexismo de Jean-Jacques sin desdeñar todas sus ideas. Retomó sus argumentos a favor de la igualdad humana y los extendió al <strong>sexo subordinado </strong>descartando sus ideas sexistas de última hora. En esto estoy con Wollstonecraft: las buenas ideas son para todos, las encuentres donde las encuentres. No dejaría que el profesor Tony me dijera que las niñas no pueden entender la historia dominada por los hombres y no creo que los filósofos varones, sexistas o no, no tengan nada valioso que decir a todos los seres humanos. Estaría bien, por supuesto, que devolvieran el favor y admitieran que los no hombres pueden comprender verdades básicas sobre nuestra humanidad compartida que no son tan obvias para ellos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Aug 2024 16:47:27 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Erica Benner]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Aventuras en democracia', el ensayo que nos recuerda la responsabilidad política que tenemos cada uno]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘El gato que cuidaba las bibliotecas’, un homenaje a la literatura desde la pasión lectora de la infancia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/gato-cuidaba-bibliotecas-homenaje-literatura-importancia-leer-infancia_1_1857570.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a2120461-c8de-4948-a7f0-3844dc15306f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘El gato que cuidaba las bibliotecas’, un homenaje a la literatura desde la pasión lectora de la infancia"></p><p>Después de <em>El gato que amaba los libros</em>, el fenómeno literario japonés que conquistó las librerías de medio mundo, llega una novela que nos brinda un nuevo <strong>homenaje a la literatura.</strong> </p><p>La joven Nanami no puede participar en actividades extraescolares por su asma, pero le encanta leer y pasar el tiempo en la biblioteca, entre historias. Un día, se da cuenta de que, a pesar de que la biblioteca está tan poco frecuentada como siempre, <strong>sus libros favoritos están desapareciendo poco a poco</strong>. Cuando avisa al personal, nadie la toma en serio. Pero entonces se topa con un misterioso hombre con un traje gris. Intenta seguirlo, pero fracasa y él deja a su paso tan solo un extraño haz de luz entre las estanterías. Es entonces cuando Tora, el gato favorito de los lectores, acude al rescate. ¿Podrán superar juntos los desafíos que les aguardan?</p><p>Así arranca <em><strong>El gato que cuidaba las bibliotecas</strong></em>, nueva novela de <strong>Sosuke Natsukawa</strong>, que llega a las estanterías de las librerías españolas el <strong>19 de septiembre</strong> de la mano de <a href="https://www.penguinlibros.com/es/11332-grijalbo" target="_blank" >Grijalbo</a>. Médico y escritor, ha despachado ya más de tres millones de ejemplares de sus obras, ha sido galardonado con el Premio de los Libreros de Japón y el Premio Shogakukan de Ficción. <em>El gato que amaba los libros</em> lo confirmó como autor best seller en el país nipón y se convirtió en su carta de presentación para los entusiastas editores de más de treinta países.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta un extracto de este nuevo libro, esperado por miles de lectores de todo el planeta.</p><p>----------------</p><p>La joven había vislumbrado un leve destello entre las altas estanterías de acero sumidas en la <strong>penumbra </strong>de aquellas horas, tan densa que los fluorescentes, con su perezosa y macilenta luz, apenas lograban contrarrestar —obviamente, no por ser aquella la sección de <strong>literatura francesa</strong> habría uno de esperar encontrar allí una esplendorosa iluminación ni una pomposa decoración de estilo rococó—. Cuando sus ojos se acostumbraron un poco más a la oscuridad, Nanami descubrió una tenue luz azulada muy pálida, proyectada al final del pasillo, frente a los estantes que albergaban las obras de <strong>Baudelaire </strong>y de <strong>Flaubert</strong>. Pero lo más extraño era que la pared había desaparecido allí donde brillaba aquella luz y que, más allá del hueco dejado por esta, el pasillo se prolongaba en una aparente sucesión interminable de estanterías.</p><p>—¿Cómo es posible…? —se preguntó, llena de estupor.</p><p>Para ella, la <strong>biblioteca era un laberíntico jardín</strong> que había recorrido por todos sus recovecos, entre ocasionales enfados del tío Ham cuando, de niña, se internaba en la oficina o en el depósito de libros. Así pues, conocía al dedillo cada rincón, y estaba segura de no haberse encontrado nunca ante aquella pálida luz azulada ni ante aquel largo pasillo cuya entrada la luz iluminaba.</p><p>Trató de salir de su estupor y ponerse en pie, pero no pudo. Una voz grave que resonó a sus espaldas paralizó toda posibilidad de acción.</p><p>—No te acerques —dijo la voz.</p><p>Alarmada, Nanami se volvió de inmediato, para descubrir que allí no había nadie. Sin moverse de donde estaba, observó con mayor atención y descubrió por fin un pequeño bulto agazapado entre las sombras, bajo la sección de literatura italiana. <strong>Algo con… ¡orejas!</strong> ¡Y con ojos, brillantes y hermosos ojos verdes!</p><p>—¿Un gato?</p><p>Efectivamente, era un <strong>gato</strong>. Estimulado tal vez por la voz de Nanami, el felino se incorporó y comenzó a acercarse lentamente a la joven, con sus rayas atigradas, marrones, negras y blancas, delineando perfectamente su elegante silueta. Nanami pudo contemplar la belleza de sus <strong>ojos verdes como el jade </strong>cuando el gato se situó frente a ella.</p><p>—¿Te encuentras bien? —preguntó, con su voz grave, el felino.</p><p>Paralizada por el asombro, la joven no fue capaz de responder.</p><p>—Menuda crisis asmática, ¿eh? —insistió el gato—. Pero ya estás mejor, ¿verdad?</p><p>El contenido amable de dichas palabras contrastaba con cierto aire intimidatorio en el tono de voz. Después de parpadear dos o tres veces, Nanami asintió con la cabeza.</p><p>—Sí…, creo que sí —admitió.</p><p>—Bien —dijo el gato y, tras asentir escueta y serenamente con la cabeza, miró hacia la leve claridad azulada—. Déjalo estar. Es inútil. De nada te servirá perseguirlo. Nunca lo atraparás. </p><p>Su voz, de imponente resonancia, parecía provenir de lo más profundo de su estómago. Si ya era <strong>raro encontrarse a un gato en una biblioteca</strong>, desde luego más raro aún era que este <strong>pudiera hablar.</strong> Nanami se llevó ambas manos al pecho y respiró profundamente. Los ruidos parecían ir remitiendo y, por tanto, el ataque de asma también.</p><p>En algún libro había leído que una crisis asmática especialmente virulenta podía llegar a producir <strong>alucinaciones </strong>en el paciente, debido a la súbita bajada de los niveles de oxígeno en el cerebro. Sin embargo, la presencia de aquel gato era demasiado vívida como para tratarse de una visión. La muchacha volvió a mirarlo.</p><p>—Eres… un gato, ¿verdad?</p><p>—Vaya pregunta. ¿Acaso parezco un perro?</p><p>Que <strong>un gato hablador le preguntara a un humano</strong> si le parecía un perro no hacía sino añadir más confusión al asunto. Naturalmente, Nanami carecía de los elementos suficientes para determinar que ese ser que tenía ante sí pudiera ser realmente un gato. Al fin y al cabo…</p><p>—Al fin y al cabo, los gatos no hablan —señaló la joven.</p><p>—Qué tontería. Lo único que no hacemos es decir sandeces sin parar, como hacéis vosotros los humanos. Nos limitamos a hablar cuando es debido y a callar también cuando es debido.</p><p>Aquel era, desde luego, un<strong> gato muy particular</strong>. Nanami nunca había visto nada parecido. Desconcertada, se llevó las manos a la cabeza.</p><p>—En cualquier caso —prosiguió el felino—, solo debo advertirte de una cosa. No te acerques a ese pasillo, ¿lo has comprendido?</p><p>—¿Por… qué?</p><p>—Simplemente, no te acerques.</p><p>—Habrá alguna razón… Además, ¿adónde conduce ese <strong>pasillo </strong>que se ha abierto al fondo? —Nanami estaba empeñada en que el animal le contara lo que estaba sucediendo—. Que yo sepa, ahí no debería haber ningún pasillo.</p><p>—Bien, jovencita, permíteme explicártelo de otro modo: ¡no te metas donde no te llaman!</p><p>Sin duda, semejante <strong>contundencia </strong>invalidaba cualquier nueva pregunta. </p><p>—Esto es más serio de lo que imaginas —continuó el gato—. Internarte por ese pasillo no te traería nada bueno. Si cometes la imprudencia de…</p><p>Nanami lo interrumpió.</p><p>—¿Qué sabes del hombre que rondaba por aquí hace unos minutos?</p><p>La osada actitud de la joven pareció pillarlo por sorpresa. Tan imperturbable y seguro de sí hasta ese momento, el felino se mostró repentinamente contrariado. Nanami insistió. </p><p>—¿Estaba <strong>robando libros</strong>?</p><p>—Eh… Sí, pero…</p><p>—¿Y se los ha llevado al fondo de ese extraño pasillo?</p><p>—¡Jovencita! —El tono de voz del gato se intensificó—. Acabo de decirte que no es asunto tuyo, ¿de acuerdo? Deja que te lo explique. Es muy fácil: lo único que tienes que hacer es cerrar la boca, taparte los oídos, mirar hacia otro lado y largarte de aquí. Y, por supuesto, olvidarte de esto. ¡Aaah!</p><p>El gato había lanzado un repentino maullido de dolor al notar la mano de Nanami cerrarse sobre la base de su cuello. La joven lo agarró con firmeza suficiente para levantarlo del suelo y mantenerlo sujeto, en vilo, ante sí.</p><p>—¿Qué…, qué haces?</p><p>—Los libros sustraídos… ¿están o no están al fondo de ese pasillo?</p><p>—¡Suéltame! ¡Te lo advierto por tu bien!</p><p>Los ojos del gato relampaguearon llenos de fiereza pero, aparte de eso, no había nada que el animal pudiera hacer. Suspendido en el aire, su única movilidad consistía en balancear su grueso rabo de un lado al otro.</p><p>—Dime qué debo hacer para <strong>recuperar los libros</strong> —exigió Nanami.</p><p>—¿No acabo de decirte que es peligroso?</p><p>—Si es peligroso, entonces al menos es posible. Así que explícame qué debo hacer para traer los libros de vuelta.</p><p>El gato clavó la vista en Nanami, con un gesto fiero en el que bullía una mezcla irreconciliable de rabia, hastío y desconcierto.</p><p>—¿Qué harás si me niego?</p><p>—Seguiré sujetándote así, colgando, hasta que el brazo se me quede dormido y no pueda moverlo más.</p><p>—No digas estupideces…</p><p>—Parezco frágil, pero tengo mucha fuerza en los brazos. Los he entrenado cargando libros pesados durante años.</p><p>Por muy en serio que se expresara Nanami, el gato no parecía dispuesto a dar ninguna explicación, hasta que finalmente, después de unos instantes de silencio, volvió a hablar, esta vez con evidente resignación.</p><p>—Bájame…</p><p>Nanami obedeció y, una vez en el suelo, el gato se estremeció.</p><p>—Mira que eres rara. A la mayor parte de la gente le basta <strong>oírme hablar para salir corriendo</strong>. Pero a ti no te doy miedo.</p><p>—Obviamente, pertenezco a la menor parte de la gente.</p><p>—Ni siquiera eso, porque quienes no salen corriendo se limitan a ignorarme y hacer como si nada.</p><p>—Ah, ya veo —aceptó Nanami mecánicamente—. Reconozco que me he llevado una buena sorpresa, pero es verdad que no me das ningún miedo. Lo que me preocupa realmente es el <strong>robo de esos libros</strong> tan importantes para mí.</p><p>—¿Qué libros son tan importantes para ti?</p><p>—Las obras de <strong>Arsène Lupin</strong> —respondió Nanami con serenidad. La mirada de la muchacha era afilada y seria, pese a la calma aparente. El gato debió de percibir tal intensidad, porque a partir de ese momento se mostró más cauto. Contempló a la muchacha como si tratara de sondear sus intenciones y, a continuación, preguntó con su voz grave y sedosa:</p><p>—¿De verdad quieres recuperar los libros? </p><p>Nanami volvió a asentir con la cabeza, y a continuación dijo:</p><p>—Ahora, seguro que vas a replicarme que una chica enclenque y con asma no puede hacer nada…</p><p>—El asma no tiene nada que ver con esto —aseveró el gato—, y el que seas una chica o un chico tampoco. Si te internas por ese pasillo, lo único que te servirá de ayuda será tu honestidad y tu valentía.</p><p>—En tal caso, no veo que haya ningún problema. Mentalmente, me considero una persona fuerte.</p><p>—Hum… —El gato la observó fijamente—. Sí, supongo que lo eres. —Entonces, inspiró profundamente y preguntó—: ¿De verdad estarías dispuesta a acompañarme?</p><p>—Si ello me permite recuperar los libros…, sí.</p><p>—No puedo asegurarte nada, jovencita. Pero, de acuerdo, intentémoslo.</p><p>Nanami asintió con firmeza.</p><p>—Antes de nada —dijo—, <strong>ya está bien de llamarme «jovencita»</strong>. Me llamo Nanami. Encantada. —Y tras levantar la pata del gato con su mano izquierda, le estrechó la garra con la derecha.</p><p>—Yo soy <strong>Tora</strong>, que significa «<strong>tigre</strong>». El nombre me viene por las rayas atigradas de mi pelaje.</p><p>A pesar de la aclaración, su voz mantenía cierta hosquedad. Al menos, no trató de zafarse de la mano de la niña, aunque Nanami notó un <strong>leve tirón de la garra</strong>, quizá involuntario.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Aug 2024 17:19:34 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sosuke Natsukawa]]></author>
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