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    <title><![CDATA[infoLibre - Prepublicación]]></title>
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      <title><![CDATA['La vida clandestina': la novela de los que sobreviven en los márgenes, lejos de la mirada de los demás]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/vida-clandestina-novela-sobreviven-margenes-lejos-mirada_1_2234727.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2a227028-4efa-4dd9-9020-fb55431bd2b4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'La vida clandestina': la novela de los que sobreviven en los márgenes, lejos de la mirada de los demás"></p><p>Una tarde de lluvia el agua comienza a filtrarse por la escalera de un edificio de nueva construcción. El origen, al parecer, está en el piso piloto, donde se encontrará el cadáver de una mujer. Pronto el inspector Mauricio Tedesco, encargado de investigar el caso, comprenderá que más allá de las apariencias, que apuntan a un suicidio, ese fallecimiento entraña historias y motivos mucho más complejos y profundos. </p><p>Mientras la investigación avanza, salen a la luz las vidas de quienes sobreviven en los márgenes, lejos de la mirada de los demás: un inmigrante sin papeles obligado a hacerse invisible, una mujer que libra una batalla diaria contra sí misma y un hermano que lleva años sosteniéndose precariamente en un equilibrio imposible. Pero en una ciudad donde la soledad y el miedo forman parte del día a día, también hay hueco para la generosidad, la esperanza y, después de todo, pese a todo, el amor. </p><p>Con la intensidad emocional y la mirada social que caracterizan su trayectoria, <strong>Empar Fernández</strong> construye en <em><strong>La vida clandestina </strong></em> un <em>noir</em> profundamente humano sobre la fragilidad de esas vidas clandestinas que transcurren a nuestro lado sin que apenas reparemos en ellas. Una novela valiente, empática, humana y luminosa, que llegará a las librerías el próximo <strong>21 de septiembre</strong> de la mano de la editorial <a href="https://alreveseditorial.com/" target="_blank" >AlRevés</a> y de la que <strong>infoLibre </strong>adelanta un fragmento en exclusiva.</p><p>_____________________________________________________________</p><p>Carpio no se molesta en escucharla, aparca la cortesía y se aproxima a la habitación principal, la destinada a la pareja que adquiera el piso. La misma que Natalia tiene prohibido pisar porque da a la calle y alguien podría advertir su presencia. </p><p>La recuerda perfectamente: cama de matrimonio, mesitas y armario empotrado del mismo color que el parqué. En la ventana, un estor blanco y liviano de los que dejan pasar la luz y que permanece siempre levantado. En un piso piloto no se bajan persianas ni estores a no ser que las vistas sean espantosas: una autopista, un vertedero, un cementerio o un polígono industrial humeante. Nunca. Son las primeras cosas que se aprenden. La primera clase. No enseñar nunca un piso oscuro. Y si está muy nublado y los compradores parecen interesados: postergar la visita con cualquier excusa y esperar a un día radiante. </p><p>Abre la puerta y, acto seguido, se lleva la mano libre a la boca para sofocar el horror. Como puede, retiene un grito. Un aullido de pavor. Siente que todo él cae, se precipita. Sigue sujetando la maneta de la puerta como si una trampilla acabara de abrirse bajo sus pies y pudiera resistir aferrándose a ella. La vecina, un par de pasos detrás de él, ni tan siquiera lo intenta. Marisol Morgades grita y salta hacia atrás golpeándose con la pared del pasillo y perdiendo una de las zapatillas rojas que, al caer, salpica la pared más próxima. </p><p>Sigue gritando. No logra hacer otra cosa. </p><p>Una mujer completamente vestida yace desmadejada sobre la cama. Inmóvil, muy pálida, los brazos y las piernas abiertos, las palmas de las manos en dirección al techo y el rostro inclinado hacia la ventana como persiguiendo la poca luz que no velan las nubes. El cabello, rubio y largo, parece algo sucio y mal teñido, y le oculta los ojos. Es una mujer muy delgada y, a simple vista, ambos comprenden que está muerta.</p><p>Carpio se abalanza sobre ella, la sacude, aproxima los labios a su cara. Lo está. Definitivamente muerta. El gesto relajado, las manos desmayadas. Consigue como puede no susurrar su nombre, no apoyar sus labios sobre su frente, no abrazarla, no maldecirla, no decirle que lo siente, no reprocharle que le esté arruinando la vida. No asegurarle que la querrá siempre. </p><p>En el umbral, la mujer ha dejado de gritar, pero respira con esfuerzo y se agita visiblemente como si soportara un calambre. Ha dejado de frotarse los dedos. Cierra los ojos unos instantes y respira profundamente. Cuando los abre, algo más calmada, anuncia: </p><p>—Voy a llamar a la Policía. </p><p>Se aleja chapoteando en dirección a su piso. </p><p>—¡Usted quédese aquí! —le grita a Rubén desde el rellano, haciendo entrechocar las llaves en el aire. Ha tomado el mando. </p><p>Carpio, paralizado por el espanto, asiente en el vacío. La ha perdido de vista. </p><p>El comercial, sentado sobre la cama con la cabeza de la mujer sobre las piernas, no consigue controlar sus emociones. Tiembla. Desaparecida la vecina escaleras abajo, las lágrimas resbalan por sus mejillas y caen sobre sus manos y sobre los ojos cerrados de ella. Las retira como puede. Necesita pensar. </p><p>En el suelo, un frasco vacío de pastillas, y en los brazos de la mujer y en sus muslos, cerca de sus rodillas, algunos cortes aparentemente recientes, pero ya cicatrizados, que no le sorprenden. Los ha visto otras veces. Muchas. </p><p>No puede explicar su presencia en el piso. Nadie lo entendería, nadie lo disculparía. Estaría en la calle en un abrir y cerrar de ojos. Puede hablar de una intrusa, puede asegurar que no la conoce, que la mujer una vez había visitado el piso, que quizás había podido copiar la llave, que…</p><p>Puede… </p><p>¡Adorada Natalia! Maldita. Frágil. </p><p>¡Siempre adorada Natalia! </p><p>La Policía no tardará en llegar. Unos minutos. Pocos. Estas cosas son rápidas. Necesita tomar una decisión. Es urgente, muy, muy urgente. Solo concibe dos opciones: puede hablar desde el primer momento y reconocer la identidad de la mujer y explicar cómo había entrado en el piso, o puede negar cualquier relación y jurar que no la ha visto nunca. Quizá no lleguen a establecer una conexión entre ambos, los primeros apellidos no coinciden y pueden despistar a cualquiera. No ve otra salida. </p><p>Carpio no conoce a fondo el procedimiento policial, pero sabe, como todo el mundo, que la Policía no resuelve todos los casos, que muchos quedan abiertos a la espera de que, pasados unos años, sean olvidados. Se cierran en falso. Un caso de suicidio quizá se olvide pronto. </p><p>Sabe que si la identifica está perdido. Mejor intentar… </p><p>Idrissa Seidy alcanza el andén en la estación de Hospital Clínico. Queda poco más de una hora para poder llegar a lo más parecido a una casa que ha tenido nunca. No quiere esperar sentado en una plaza ni en las escaleras de una iglesia como un indigente. Y menos si sigue lloviendo, aunque sea poco. No necesita caridad. No por el momento. No quiere verse así, suplicando unos euros para seguir viviendo. Tiene un techo, incluso una mujer guapa, aunque algo desconcertante. Y, sobre todo, conserva un resto de dignidad que le impide alargar la mano y mendigar.</p><p>Entrará en el café diminuto regentado por Ji Bo, el chino joven y sonriente con el que simpatiza a pesar de que no consiguen cruzar más de tres palabras. El establecimiento, que alguien decidió llamar Pequeño Singapur, parece intentar pasar desapercibido en un barrio de renta media-alta. Por la falta de parroquianos, es evidente que lo logra. Parece pensado para gente de paso, para asistentas y repartidores de Glovo. A Ji Bo no le importa que con sus bicicletas dificulten la entrada o el acceso a los lavabos. En el Pequeño Singapur coincide a veces con Baakir y con Moussa, un par de senegaleses en parecida situación, sus únicos amigos en la ciudad, sus iguales. Si tiene ocasión, a Idrissa le resulta agradable volver a utilizar la propia lengua y recordar entre risas los lugares comunes. </p><p>Uno de sus compatriotas, Baakir, se busca la vida en la construcción, aprendió cuatro cosas cuando era un crío, pero no le hace ascos a descargar camiones o arrancar malas hierbas. El otro, Moussa, el más hablador, es mantero. Ambos duermen desde hace semanas en un almacén recientemente abandonado a pocos pasos del Pequeño Singapur. Siempre van juntos, la suerte de Baakir corre pareja a la de Moussa. Son, el uno para el otro, casi todo lo que ambos tienen en la ciudad hostil. Emigraron juntos. Juntos arriesgaron la vida y juntos consiguen subsistir desde hace meses. Carecen de electricidad y no logran calentar la desvencijada nave si el día es frío, pero, por el momento y mientras la compañía no se moleste en cortarla, disponen de agua y de un lavabo en condiciones aceptables. </p><p>A veces, Idrissa envidia la complicidad que los une y entonces piensa en la cama, en la ducha y en la mujer que lo espera y que habla a menudo de un futuro juntos en el que dejará de ser invisible. Una mujer inestable, rara, voluble, pero irresistible en sus buenos días. </p><p>Al salir del metro y alcanzar la calle, comprueba con satisfacción que ha dejado de llover. En el bar, el sitio más barato y discreto en muchas manzanas a la redonda, solo es un cliente solitario. Un habitual. Un anciano ojea el diario deportivo en la mesa más alejada de la entrada, justo bajo el televisor. Lo ha visto otras veces. Pasa horas y horas ante un café y una copa de coñac. Primero La Vanguardia, luego el Mundo Deportivo. Todo el tiempo por delante y siempre las mismas palabras a flor de labios: </p><p>—Perras, pocas, las justas. Una pensión miserable, pero uno no puede andar a oscuras por la vida, uno tiene que saber lo que tiene que saber. —Ji Bo asiente y sonríe. Lo haría aunque acabara de pronunciar una sentencia de muerte. </p><p>Idrissa cree entender que un perro es un animal que ladra. Incomprensiblemente, en este país algunos los llevan sujetos con una correa, por eso no consigue entender. ¿«Perras»? Quizás el anciano empiece ya a confundir las cosas, piensa. Aunque lo sospecha, tampoco le queda muy claro qué quiere decir con «andar a oscuras». Cree haber comprendido que «a oscuras» es como pasan las noches Natalia y él al no poder encender la luz en las habitaciones no seguras. </p><p>Idrissa recuerda entonces los últimos meses de su abuelo, cuando confundía los nombres de sus hijos, cuando no recordaba haber comido, no reconocía a sus vecinos y parecía hablar con personas que nadie más veía. Por eso asiente y sonríe cuando el viejo del diario se empecina en repetir siempre lo mismo, en hablar sin sentido: </p><p>—Uno tiene que saber lo que tiene que saber. </p><p>Ji Bo, el muchacho chino que atiende la barra desde el amanecer hasta casi la medianoche, lo saluda alzando levemente las cejas. El pelo hirsuto, la piel muy blanca y las pupilas casi totalmente ocultas por sus párpados, como si mirase por una ranura muy fina. Habla lo justo, pero resulta siempre una presencia amable. Nunca mira mal a nadie, no hace preguntas y, a falta de mejor discurso, acostumbra a sonreír a la clientela con el menor pretexto. Y sin él. </p><p>Idrissa juraría que Ji Bo tampoco comprende las palabras del viejo que siempre habla de perros hembra y de andar sin luz. </p><p>—Un café —pide, pronunciando lo mejor posible, mientras se sienta en un taburete junto a la barra y abre el diario que el viejo acaba de liberar.</p><p>Comprueba que alguien, quizás el anciano del rincón aunque no le parece muy probable, dado que parece haber perdido el juicio, ha resuelto el sudoku y dejado a medias el crucigrama. Piensa en el día en el que podrá intentar rellenar los cuadros vacíos, el día en el que domine la lengua. Por no entender, Idrissa no entiende ni el significado del nombre del rotativo, La Vanguardia, pero sí en líneas generales el contenido de algunos titulares de la portada que aparecen acompañados de imágenes alusivas: </p><p>«Última oportunidad para frenar el cambio climático». </p><p>«La crisis energética no remite. La descarbonización avanza lentamente. La UE lo tiene cada vez más difícil». </p><p>«La diplomacia resulta determinante en la resolución de los conflictos armados».</p><p>«Avance imparable de la ultraderecha». </p><p>Nada parece ir bien en el mundo. En ninguna parte. A veces resulta un consuelo, un alivio. Mal de muchos... Mire hacia donde mire, siempre puede encontrar a alguien que está peor, basta con echar una ojeada. En general, las condiciones laborales están en regresión, los enfrentamientos armados son cada vez más numerosos, el volumen de refugiados y de desplazados sigue aumentando y las revueltas, las detenciones, los atentados y los conflictos enquistados tienden a eternizarse. Por otra parte, los derechos civiles están en franco retroceso. Un mundo complejo en el que las cosas no andan bien. Nada bien. </p><p>«Uno tiene que saber lo que tiene que saber», repite el hombre cargado de años y de dolencias. Quizá sea cierto, aunque, a juicio de Idrissa Seidy, lo más justo sería que todos, la humanidad entera, no uno solo como cree entender, sepan de la miseria y de las injusticias de este mundo. </p><p>—Tú, cansado —aprecia Ji Bo, situando la taza de café junto al diario abierto y señalando a Idrissa con el índice. </p><p>Este asiente con la cabeza. Cansado, muy cansado. Pero la fatiga es menor si se alcanza trabajando. Peor es patear las calles para nada, eso sí que cansa, agota, corrompe todos y cada uno de los pensamientos y envenena la sangre. No dice nada, su vocabulario es limitado, pero, de haber podido hacerlo, le habría hablado del buen cansancio. </p><p>En silencio, sorbe el café al que ha añadido el sobre entero de azúcar y fija la vista en la pantalla del televisor durante unos instantes. Se suceden las imágenes de las manifestaciones, los gráficos indescifrables de indicadores económicos y las declaraciones de personas presuntamente importantes, políticos nacionales, que empiezan a resultarle vagamente familiares.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 17 Aug 2026 04:01:09 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Empar Fernández]]></author>
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      <title><![CDATA['El sur': una exploración luminosa del deseo y la familia como campo de batalla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/sur-exploracion-luminosa-deseo-familia-campo-batalla_1_2234612.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/20dac02f-2ed4-4061-a6df-8ffd3bbf21d0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'El sur': una exploración luminosa del deseo y la familia como campo de batalla"></p><p>En una plantación abrasada por la sequía, bajo un sol que parece capaz de incendiar el país entero, dos muchachos caminan entre árboles enfermos que pronto serán talados. Allí, en medio de la maleza reseca y el olor a corteza viva, el deseo irrumpe con la misma violencia silenciosa que se cierne sobre la naturaleza. Años después, ese instante —breve, torpe e irreversible— seguirá proyectando una alargada sombra.</p><p><strong>Tash Aw </strong>compone en <em><strong>El sur</strong></em> una novela de iniciación y memoria que es también el retrato de Malasia, un país en transformación. A finales de la década de 1990, la familia de Jay, un joven malasio de 16 años, viaja al sur del país. La madre, Sui Ching, ha heredado de su suegro una finca en decadencia, administrada por Fong y su hijo Chuan, que se convertirá en epicentro de tensiones, secretos y revelaciones largamente postergadas.</p><p>El autor explora así las jerarquías invisibles y las lealtades ambiguas que sostienen —y asfixian— a unos personajes que intentan encontrarse a sí mismos en un espacio donde confluyen la memoria colonial, la desigualdad persistente y la promesa incierta de un futuro mejor. </p><p><strong>infoLibre </strong>ofrece en exclusiva a sus lectores un adelanto de <em>El sur,</em> una novela sobre el desarraigo, la herencia invisible del pasado, la necesidad de pertenecer y el impulso de huir, que llegará a las librerías el <strong>2 de septiembre</strong> de la mano de <a href="https://www.anagrama-ed.es/" target="_blank" >Anagrama</a>.</p><p>____________________________________________________________________</p><p>El campo desfilaba a nuestro lado: la selva cedió paso a unas plantaciones de palma aceitera antes de recuperar el terreno de un verde monótono, con una densa masa de vegetación salpicada de pequeñas urbanizaciones más o menos apartadas de la carretera. Viejas y adolescentes se lanzaban a la calzada en sus ciclomotores y a veces parecía que las íbamos a atropellar, pero siempre torcían justo a tiempo. En todo caso, no íbamos muy rápido y ellas tampoco; el calor lo ralentizaba todo. Ni siquiera los perros callejeros que paseaban por el asfalto se molestaban en trotar.</p><p>El polvo entraba por la ventanilla abierta y me dio un ataque de tos. Chuan rebuscó en el bolsillo lateral de su asiento y me tendió una botella de agua a medio beber que estaba asquerosamente caliente, pues debía de llevar allí un buen rato.</p><p>–No estás acostumbrado al calor –dijo.</p><p>–No hace más calor aquí que en casa.</p><p>–Pero seguro que no pasas mucho tiempo fuera cuando estás allí.</p><p>Se volvió hacia mí y paseó la mirada de mi cara a mis brazos y mis rodillas, como para asegurarse de que estaba tan mal preparado para el clima como él suponía.</p><p>–¿Volviste tarde a casa anoche? –pregunté, dispuesto a disculparme por haber usurpado su cama.</p><p>–No volví.</p><p>Buscó a tientas el paquete de Marlboro que se había caído entre los asientos, pero se lo pesqué yo. Al abrirlo, vi que solo quedaba uno. Lo saqué, se lo di y estrujé el paquete. Él se lo encajó entre los labios y sacó el mechero del bolsillo.</p><p>–Ya compraremos más en el pueblo –murmuró.</p><p>–¿Dónde pasaste la noche?</p><p>No supe si sonreía o era solo su manera de dar una calada al cigarro.</p><p>–En casa de una amiga, cerca del trabajo. Hacía el turno de noche y acabé tarde. No valía la pena volver a esa hora.</p><p>–¿Una amiga?</p><p>–Una amiga. ¿No tienes amigos, tú? Lo hago siempre que curro hasta tarde, al día siguiente libro y duermo hasta las mil o vengo a ayudar en la finca, si hay algo que hacer. Como hoy. Pero no será por mucho tiempo, porque yo me voy de aquí. Bien lejos, puede que a Singapur.</p><p>–¿Y qué hará tu padre?</p><p>Se encogió de hombros.</p><p>–El viejo hace lo que quiere con su vida y yo hago lo que quiero con la mía.</p><p>–¿Qué vas a hacer en tu día libre?</p><p>–Cuántas preguntas... ¿Eres siempre así de cotilla?</p><p>Nos acercábamos ya a las afueras del pueblo, las aldeas daban paso a hileras de casas de una sola planta que bordeaban las calles: el mismo tipo de viviendas que se veían por todo el país, en el mismo tipo de suburbio residencial de cualquier localidad de provincias. No tenían más de 20 o 30 años, pero estaban bastante deterioradas, con la pintura blanca cubierta de moho y los desagües obstruidos por la maleza y pequeños diques de bolsas de plástico, latas y otros desperdicios.</p><p>En el semáforo, Chuan asomó la cabeza por la ventanilla y silbó para llamar la atención de alguien. Lo hizo juntando dos dedos bajo la lengua como un actor de cine, y el silbido, repentino y fortísimo, me sobresaltó. Una chica se dio la vuelta y levantó la cabeza; si antes caminaba cabizbaja, como si quisiera medir la distancia entre cada paso que daba o evitar los hoyos del pavimento, ahora permanecía inmóvil. Chuan silbó de nuevo y ella saludó con la mano antes de acercarse al camión. Llevaba unas gafas de sol enormes y un flequillo teñido del mismo rubio arenoso que Chuan.</p><p>–¿Tu viejo ya te ha vuelto a esclavizar? –dijo.</p><p>–Es mi sino –dijo Chuan–. Pero mira, ya que te preocupas tanto por mí, le diré que la próxima me sustituirás. Te sacarás un extra por los servicios nocturnos.</p><p>La chica se subió las gafas a la cabeza. Al reír, se le formaron arrugas en torno a los ojos y en el entrecejo.</p><p>–Muy gracioso –dijo y agregó, señalando con la barbilla en mi dirección–: ¿Quién es el chaval?</p><p>–Un primo mío –dijo Chuan.</p><p>–¿Tienes un primo? Primera noticia. ¿Por parte de padre o de madre?</p><p>–¿A qué viene hoy tanto interrogatorio? En realidad no es mi primo, solo un pariente lejano que está de visita.</p><p>Los coches de detrás se habían puesto ya a tocar el claxon, pero Chuan no se daba por enterado; empezaron entonces a adelantarnos por el carril contrario, acelerando y pitando con más rabia al pasar.</p><p>–¿Te veo esta noche? –dijo la chica mientras Chuan ponía la primera.</p><p>–¡Quién sabe! –le gritó mientras nos alejábamos.</p><p>Ella soltó un taco que no alcancé a oír y Chuan lanzó una carcajada.</p><p>–¿Es tu novia? –le pregunté.</p><p>–¿Por qué eres tan cotilla?</p><p>Las calles del pueblo, de una anchura sorprendente, hervían de coches y ciclomotores, pero muchas de las tiendas habían cerrado definitivamente y sus escaparates estaban pintados por dentro con una cal blanquecina, de modo que era imposible distinguir qué clase de negocios prosperaba en los espacios vacantes. En los cristales habían pegado carteles de vivos colores, con el nombre y el teléfono de agentes inmobiliarios, que anunciaban su venta o alquiler, aunque era obvio que no había muchos interesados; no era de extrañar que Chuan confiara en encontrar en el pueblo alguna habitación de alquiler. A la entrada de un banco había una larga cola de clientes esperando pacientemente para entrar. Habían tapiado el cajero automático con maderos y supuse que aquella gente quería sacar algo de efectivo. </p><p>–Se llama Jessie –dijo Chuan por fin, sin responder a mi pregunta–. Antes trabajábamos en el mismo sitio.</p><p>Al llegar nos encontramos al mayorista esperando junto al mercado. Tenía la piel lisa, brillante, y los ojos muy hundidos en las mejillas.</p><p>–Llegáis tarde –refunfuñó–. No sé ni por qué me molesto en ser puntual.</p><p>Me apeé y me dirigí a la parte trasera del camión, dejando que Chuan hablara con él. No quería ser testigo de su conversación: el tipo parecía a punto de ponerse grosero y tenía miedo de la reacción de Chuan, del conflicto que pudiera estallar.</p><p>Budi empezó a tendernos las cajas a Eka y a mí desde la plataforma. Siguiendo el ejemplo de Eka, fui dejándolas en un rincón a la sombra, ahí al lado. No pesaban tanto y me sorprendió la soltura con la que me desenvolvía. El comerciante se acercó a la parte trasera del camión y observó la operación de descarga.</p><p>–¿Eso es todo? –dijo–. Tu padre me prometió el doble de lo que trajisteis la última vez.</p><p>Chuan encajó el comentario con una risa y pensé que quizá lo había malinterpretado todo, que no entendía cómo se comunicaba la gente del campo. A lo mejor estaban de broma.</p><p>–Te estamos vendiendo la mejor fruta del mundo –dijo Chuan.</p><p>Cuando pasó junto al comerciante fue a darle una palmadita amistosa en la espalda, pero el hombre le apartó la mano.</p><p>–No te hagas el loco. Cada remesa que me traes es más pequeña que la anterior. Se está yendo a pique esa finca de mierda que tenéis.</p><p>Cogí una caja que me tendía Budi y al girarme tropecé con una piedra. No la sueltes, pensé mientras caía, no la sueltes. Fui a aterrizar sobre una rodilla antes de caer hacia delante, luego la barbilla se me enganchó en el lateral de la caja, que se me escurrió finalmente entre las manos. Qué estampa más extraña, pensé, todas esas frutas ovaladas rodando de cualquier manera por el suelo polvoriento de la calzada. El comerciante se agachó y recogió una. Se la puso a Chuan en las narices y dijo: </p><p>–Mira qué birria. Es más pequeña que tu picha. Me estás tomando el pelo. Te doy 500, ni un céntimo más.</p><p>Recogimos la fruta desperdigada y terminamos de descargar el camión. Luego paramos en un colmado para comprar tabaco y unos baos de pollo. Chuan se acercó a las neveras y sacó tres botellas de Carlsberg. Cuando me preguntó qué quería le dije que lo mismo que ellos, pero se echó a reír.</p><p>–Estás de broma –dijo y me compró una Pepsi.</p><p>Nos acabamos fuera nuestras bebidas y Chuan le dio a cada jornalero un billete de diez ringgits. </p><p>–Lo siento –le dije a Chuan en el camino de vuelta.</p><p>–¿Por qué? Tú no tienes la culpa de que el tío sea un capullo.</p><p>–No sé cómo dejé caer esa caja. Todo iba bien y al cabo de un momento estaba por el suelo.</p><p>–No es para tanto. De todas formas, no nos la ha pagado.</p><p>–Ya lo sé. Aun así, lo lamento.</p><p>Se volvió para mirarme y entornó un poco los ojos, concentrándose, como si reparase en mí por primera vez.</p><p>–Estás sangrando –dijo, tocándose la barbilla para indicarme dónde estaba la herida. Cogió una toallita que tenía embutida entre el salpicadero y el parabrisas y me la tendió. Cuando me la llevé a la cara, estaba caliente.</p><p>–Lo peor de todo –dijo– es que el muy capullo tiene razón. La finca se nos muere.</p><p>Chuan volvía a mirar la carretera y palpaba ahora en busca del paquete de cigarros que se había escurrido de nuevo entre los asientos. Lo cogí y le di uno, como había hecho antes.</p><p>–Mi padre no podrá apañárselas, ni conmigo ni sin mí. La sequía de este año lo ha matado todo.</p><p>–Es el Niño –dije–. No me preguntes por qué, pero lo llaman así.</p><p>–¿Qué coño es eso?</p><p>Le expliqué que era un fenómeno climático cíclico causado por el movimiento de las corrientes cálidas del Pacífico. Le repetí lo que había leído en los periódicos y había visto en la tele: estábamos padeciendo el episodio más severo del Niño jamás registrado. No era solo aquí en el campo donde había escasez de agua: también en la ciudad nos cortaban a veces el suministro. Abrías el grifo y no salía más que un hilillo de agua marrón terrosa. En otras partes del mundo había inundaciones terribles. Media China estaba anegada.</p><p>Chuan escuchaba atentamente, echándome una mirada de vez en cuando.</p><p>–Ah –dijo–, así que el Niño nos está dando por culo a todos.</p><p>Nos reímos. El Niño aquel era un hijo de puta peligrosísimo.</p><p>Las carreteras se iban vaciando a medida que nos acercábamos a la finca. Ya solo pasaban unos pocos coches en sentido contrario, rumbo al pueblo. Empezaba a reconocer algunos puntos de referencia que indicaban el camino: la colina en forma de triángulo escaleno, la casa de madera abandonada en medio de un campo de maleza, el cartel descolorido que anunciaba una crema de blanqueado facial. Las modelos seguían sonriendo, blanqueadas por el sol; el papel se había despegado y donde antes estaba la oreja de una de ellas se abría ahora un gran orificio por el que se veían los árboles del fondo, como si estuviera escuchando la selva. Pensé que si me perdía bastaría con buscar a la modelo de la oreja hueca para encontrar el camino de vuelta. </p><p>–¿Vuelves esta noche a casa o te quedas con tu amiga? –le pregunté.</p><p>Se volvió hacia mí, esbozó una sonrisa y le dio una última calada al cigarro antes de tendérmelo. El humo que salía de la brasa trazó en el aire un signo de interrogación.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 16 Aug 2026 04:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Tash Aw (traducción de Álex Gibert)]]></author>
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      <media:title><![CDATA['El sur': una exploración luminosa del deseo y la familia como campo de batalla]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Prepublicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['24 horas en la vida de tu cerebro': qué hacer a lo largo del día para pensar, sentir y vivir mejor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/24-horas-vida-cerebro-dia-pensar-sentir-vivir-mejor_1_2230778.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1eea025c-a82f-4346-87ee-03c58ba23972_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'24 horas en la vida de tu cerebro': qué hacer a lo largo del día para pensar, sentir y vivir mejor"></p><p>¿Qué ocurre en el cerebro mientras dormimos y hasta que volvemos a acostarnos por la noche? ¿Qué papel tienen la luz, el movimiento, la comida, las pausas, la naturaleza o los vínculos en la forma en que pensamos, sentimos y vivimos?</p><p>A través de investigaciones recientes, historias fascinantes y propuestas prácticas, <em><strong>24 horas en la vida de tu cerebro</strong></em> recorre toda una jornada del calendario para explicar cómo funcionamos en cada momento, qué nos ayuda y qué nos desgasta, al tiempo que muestra que cuidar el cerebro no depende de una única práctica, sino de pequeños hábitos integrados en la vida cotidiana.</p><p>Rachel Carson, Viktor Frankl, Winston Churchill, Charles Darwin o Arianna Huffington ponen rostro humano a lo que la ciencia describe. Dormir bien, despertar con luz, ejercitar el cuerpo, comer con calma, descansar a tiempo, salir, crear, conocerse y cultivar vínculos significativos están más conectados entre sí de lo que solemos creer. Con rigor científico y sin recetas milagrosas, el astrofísico especializado en neurociencia y doctor por la Universidad de Barcelona, <a href="https://www.instagram.com/jesuscguillen/?hl=es" target="_blank" >Jesús C. Guillén</a>, nos invita a comprender mejor nuestra biología para vivir con más lucidez y equilibrio.</p><p>Este libro llega a las librerías el próximo 23 de septiembre de la mano del sello <a href="https://www.penguinlibros.com/es/11417-vergara?srsltid=AfmBOop6HRWFD0zVS9AeK-GEkiDNJP8dHjKWS-DIthjhUTY3AhUJU-0p" target="_blank" >Vergara</a> (Penguin Random House), pero hoy ofrecemos ya a los lectores de <strong>infoLibre </strong>un fragmento en exclusiva a modo de adelanto.</p><p>________________________________________________________</p><p>Lo neuro está de moda. Neurociencia, neuroeducación, neuropsicología, neuroética… pero también neuroventas, neuroespiritualidad, neurofitness, neurosexología. Como puedes intuir, no todas las disciplinas que recurren a este prefijo tienen el mismo respaldo empírico. En algunos casos este es sólido, pero en otros apenas existe. Sin embargo, más allá de las diferencias de metodología y rigor, todos los enfoques anteriores comparten un mismo objetivo: explicar o justificar determinadas prácticas apelando al funcionamiento del cerebro.</p><p>Este nos atrae porque ayuda a comprender al ser humano. Es el órgano que crea nuestras percepciones, pensamientos, emociones, conductas y conciencia, como parte de un organismo en el que todos los órganos cooperan de forma continua. No somos cerebros, sino personas. No obstante, nuestra actividad mental emerge de la comunicación en red de unos 86 mil millones de neuronas que pueden llegar a formar billones de conexiones. Ante tal complejidad, todavía desconocemos muchos aspectos de su funcionamiento. Aun así, también conocemos lo suficiente como para obtener ideas útiles para la vida cotidiana.</p><p>La gran revolución de la neurociencia cognitiva comenzó en los años 90 del siglo XX con el desarrollo de las técnicas de neuroimagen funcional que permitieron estudiar por primera vez el cerebro en vivo. Desde entonces, la incorporación de herramientas procedentes de otras disciplinas, junto con el avance reciente de la inteligencia artificial, ha acelerado el progreso en este campo. Por ejemplo, un gran consorcio internacional de laboratorios, el proyecto MICrONS, ha reconstruido los circuitos neuronales de una pequeña porción de la corteza visual de un ratón. En un solo milímetro cúbico de tejido cerebral identificaron más de 200.000 células y alrededor de 500 millones de conexiones sinápticas, elaborando un mapa funcional y estructural con un nivel de detalle sin precedentes (<em>The MICrONS Consortium</em>, 2025). Cartografiar una red de esa complejidad habría sido impensable sin las nuevas herramientas de inteligencia artificial.</p><p>La neurociencia también avanza en la comprensión de las enfermedades. Un estudio reciente ha identificado un estado alterado de la microglía, un tipo de célula inmunitaria del cerebro que, cuando activa una respuesta celular al estrés, puede liberar lípidos tóxicos y contribuir a la pérdida de sinapsis característica del alzhéimer. Frenar esa respuesta mitigó parte del daño en modelos animales (Flury et al.,2025). Y, aunque pueda parecer que buena parte de la investigación neurocientífica se dedica a comprender y tratar problemas del sistema nervioso, muchas de sus aportaciones también pueden ayudarnos a vivir mejor, algo muy relevante en los tiempos actuales.</p><p>Resulta paradójico. Nunca habíamos tenido acceso a tanto conocimiento, tantas herramientas tecnológicas y tantas posibilidades materiales. Podemos editar genes, utilizar la inteligencia artificial, comunicarnos de forma instantánea y producir cantidades ingentes de información. Y, sin embargo, el cansancio, el estrés, la soledad, la dificultad para concentrarse o la insatisfacción persistente forman parte de la experiencia cotidiana de muchas personas.</p><p>Soy docente, y me gusta comenzar mis clases con una pregunta sencilla: "¿Cómo te sientes?". Difícilmente un estudiante estará en condiciones óptimas para aprender si no se siente bien. ¿Y cómo se sienten los estudiantes? Investigadores de la Universidad de Yale pidieron a 22.000 adolescentes de Estados Unidos que describieran cómo se sentían en el instituto. Tres cuartas partes de las palabras que emplearon fueron negativas: "cansado", "aburrido" y "estresado" encabezaban la lista (Moeller et al., 2020). Y el malestar no se limitaba al alumnado. Cuando ese mismo grupo de investigadores preguntó a más de 5.000 docentes de Secundaria, descubrió que pasaban casi el 70% de su jornada laboral sintiéndose "frustrados", "superados" y "estresados" (Floman et al., 2018).</p><p>Estos datos no se restringen al ámbito educativo. La encuesta global de Gallup, una de las fuentes más robustas a escala internacional, muestra que una proporción muy elevada de adultos en el mundo experimenta preocupación, estrés, tristeza o enfado de forma cotidiana. En su informe de 2025, un 39% de los adultos encuestados afirmó haber sentido una preocupación significativa gran parte del día anterior, y un 37% declaró haber experimentado mucho estrés (Gallup, 2025). Estas no son cifras marginales. A ello se suma otro dato inquietante. Un estudio basado en más de 4,5 millones de respuestas de adultos estadounidenses recogidas entre 2013 y 2023 muestra que la proporción de personas que manifiestan dificultades cognitivas significativas —problemas de memoria, atención o toma de decisiones— ha aumentado de manera sostenida en la última década, en especial entre los 18 y los 39 años, grupo en el que esas complicaciones casi se han duplicado (Wong et al., 2025). El deterioro del funcionamiento cognitivo no puede entenderse solo como un problema de envejecimiento, sino también como el resultado de factores físicos, mentales, sociales y económicos que afectan a la vida cotidiana mucho antes de la vejez.</p><p>Comprender cómo funciona el cerebro puede ayudarnos a entender mejor muchas decisiones cotidianas. Algunos problemas actuales, como el estrés crónico, la dificultad para concentrarse o ciertas formas de malestar emocional, no son simples dificultades personales. Reflejan también un desajuste entre la biología con la que hemos evolucionado y las condiciones del mundo en el que vivimos. Entender ese desajuste no lo resuelve todo, pero puede ayudarnos a afrontar la complejidad actual con mayor comprensión y rigor. </p><p>Este libro nace de ahí. Conocer el cerebro puede ser útil para saber qué necesita a lo largo del día para funcionar razonablemente bien. Optimizarlo exige comprender mejor cómo cuidarlo, no pedirle cada vez más.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Aug 2026 04:01:41 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Jesús C. Guillén]]></author>
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      <media:title><![CDATA['24 horas en la vida de tu cerebro': qué hacer a lo largo del día para pensar, sentir y vivir mejor]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Prepublicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Chica': ¿Y si el lenguaje está armado para humillar a las mujeres?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/chica-si-lenguaje-armado-humillar-mujeres_1_2228122.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/aae2f321-2adf-4c45-885c-c3e955372770_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Chica': ¿Y si el lenguaje está armado para humillar a las mujeres?"></p><p>¿Y si la palabra puta no fuera solo un insulto, sino la prueba más evidente de que el lenguaje está armado para humillar a las mujeres? Desde su primera bocanada de aire, Laurence Barraqué descubre que ser chica es, ante todo, una decepción. </p><p><em><strong>Chica </strong></em>es el retrato de una época, de una clase social, de una educación que reproduce sin decirlo el orden patriarcal. A través de los años, <strong>Camille Laurens</strong> atraviesa los grandes cambios sociales de Francia: el acceso de las mujeres a la vida pública, la lucha por el aborto y la entrada en una conciencia feminista. No es solo el diario íntimo de una vida; es un acto de resistencia literaria, una interrogación constante al lugar que se le asigna a la mujer desde la cuna. </p><p>Laurens no ofrece respuestas fáciles. En su lugar, entrega una novela que incomoda, ilumina y, sobre todo, invita a pensar. Un libro necesario para comprender cómo se construyen —y cómo pueden desmontarse— las lógicas del poder y del género. Muestra una verdad brutal: ser mujer es siempre salir perdiendo.</p><p><em>Chica </em>llegará a las librerías el próximo <strong>2 de septiembre</strong> de la mano de <a href="https://malpasoycia.es/categoria-producto/malpaso/" target="_blank" >Malpaso</a>, pero <strong>infoLibre </strong>publica a continuación para sus lectores un fragmento a modo de anticipo literario.</p><p>_____________________________________________________________________</p><p>Gritas, te desgañitas, la fría verdad te llena los pulmones, la rima es femenina, grita y crea en ti el áspero sentimiento de la separación, sientes que todo se divide, ya está, son dos partes, se corta, se ha cortado. Tu nacimiento te separa a la vez de tu madre, que también es chica, algo notorio, y te separa de toda la humanidad que no lleva el nombre de chica. La palabra adversa no se ha pronunciado, y con razón, pero flota silenciosa en el éter de la habitación, la palabra contraria se estampa en el aire, un embrión, un feto, un bebé, hasta ahora el género estaba de su parte. Hace algunos instantes, ella o él, todo era posible, la gramática fantaseaba con un paisaje, ahora te han cortado las alas (¿qué otra cosa si no?), estás más sola que Robinson y, sin embargo, ya está, con la placenta la suerte también está echada, dios, nacido chico, dicen, padre de un hijo, según la creencia, dios es un niño que juega a los dados: es una niña.</p><p>"Es una niña". </p><p>La voz que enuncia tus inicios no está modulada por ninguna inflexión peculiar, salvo la que implica que el trabajo está bien hecho. Catherine Bernard empina el codo fuera del servicio, pero por ahora los resultados no se han visto afectados. A las mujeres que ha ayudado a ser madres sí les ha sacado los frutos de sus entrañas. Ahondando un poco, no se le conocen sus preferencias, quizás algo de ambivalencia: el niño recién nacido siempre le recuerda al niño Jesús en el pesebre, lo sagrado de su oficio y de la Natividad. Las chicas le son menos extrañas, las asea con mayor facilidad. De vez en cuando, pasa la mayor parte del tiempo toqueteándolas en sus partes genitales. En los chicos, estas son enormes en relación con el resto del cuerpo, están hinchadas de hormonas, es lo único que se ve. Las de las niñas, discretas, le dan menos vergüenza, aunque sea una bobada. Perdona, Señor, mis pensamientos.</p><p>"Es una niña". </p><p>Del otro lado de la frase de sor Catherine están tus padres, los destinatarios, los responsables también, los hacedores de niñas, los instigadores: él, ella, en el momento t, que no supo dar ¿el qué? Pero en este instante preciso no es la pregunta más importante, aunque más adelante será posible devolverles la pelota para rubricar su despecho y escudriñar el fracaso. Reciben la noticia. Al esperarla, esperándote, no sabían nada. No te vieron perforar la opacidad del vientre materno y remover con tus manos el aire líquido en cualquier pantalla luminosa escudriñada por una bata blanca a la que acechaban, colgados de la frase decisiva siempre aureolada por la duda (conciencia profesional), emocionados por su propia e íntima interpretación (como se mueve tanto, debe ser un…), pendientes de la emisión de un oráculo, de su probable verdad, no "es una niña" sino una prudente analogía, un sinónimo aproximado: "No veo nada". No se les informó de tu falta de formas en el lugar en el que eso se forma. "No veo nada", entiéndanme: "Es una niña…". No hay nada que ver, circulen, es una niña. Tus padres ni esperan ni oyen semejantes anuncios, pues las máquinas ad hoc todavía no existían. Estamos en 1959. Sin eco de los gloriosos testículos o nada que se pixele a ojos vistas, la idea es apenas concebible; la técnica todavía no escribe la onda gelificada de los deseos o los resquemores, ninguna imagen consigue captar a los nadadores amnióticos, por lo que puedes tranquilamente mover los pies y las manos, remover cielo y tierra con los talones, el suspense se mantiene intacto hasta el final, e inútiles son tus saludos con los pies a pesar de las predicciones del embarazo: sin náuseas, es un chico, ganas de vomitar, una niña; la libido al máximo, es un niño, el deseo por los suelos, una chica. ¿Ganas de sal, ganas de azúcar? Es sabido que las chicas son golosas. La tripa redonda, un chico guapo, la tripa como un balón de rugby, sin colita. ("Pff", dice tu abuelo, que fintó con los All Blacks en 1925 en un estadio hasta los topes). Existen incluso hipótesis más secretas que se repiten de parturienta a parturienta, entre dos respiraciones del cachorro: si se ha gozado en el momento de la concepción, será un chico, si no se sintió nada, será una niña. Tu madre está preocupada. </p><p>Es también una noticia porque tú no eres la primera. No solo es una niña, era otra nueva niña la que se anunciaba. Otra hija: prefieren no decir "una segunda", pues no contemplan que haya continuación (se equivocan). No solo eres una niña, sino otra niña. Eres la siguiente niña. Tu hermana (lo entenderás enseguida), tu hermana nació antes que tú: eres tú la que al nacer le das el nombre de hermana, eres tú la que bautizas a las dos con ese otro nombre diferente del de niña, con ese sustantivo de hermanas (ella no lo quiere, ni tú, ni nadie). A tu hermana mayor, por la gracia de dios, la dejaron llegar sin titubear. La llamaron Claude, con todo, para decirle a dios (en quien no creen) que bueno, esperaban, imaginaban, habían confiado en que… Tú, la segunda, desconciertas. "Otra niña": eres una decepcionante noticia. No te esperaban. Tu hermana no inauguraba el deseo del rey, pero tú ni siquiera eres el deseo de la reina. No eres una princesa.</p><p>No obstante, tu padre se desplazó. Asiste impaciente a tu nacimiento. Lo que apenas sí se practicaba entonces, diez años antes de Mayo del 68; los padres se mantenían a distancia del dilatado sexo de las mujeres, del dolor que se despierta en ellas en medio de un perfume de mierda y de sangre, de los gemidos del animal que, muriéndose, se vacía. Les hubiese costado recuperarse, dicen, verlo los volvería impotentes. Se protege a los hombres del fracaso y a las parejas de la repugnancia de sí mismas. Pero con tu padre hicieron una excepción, lo consideraron lo bastante sólido como para permanecer en la sala del parto, después de todo formaba parte del gremio, o bueno, casi: es dentista. Acostumbrado pues a las dilataciones, sin emocionarse ni asombrarse por las mucosas sangrientas. Familiarizado con las encías, no corría el riesgo de sentirse amenazado por una vagina dentada. De que ¡uf! se pudiera desmayar, castrado para siempre por tan terrorífica visión. Todos los días, él… Pero no, espera… Tu padre no es dentista, qué bobada, es el Dr. Galiot, con quien se cruzó en el pasillo entre una nube de humo cerca del recinto de las matronas, hace un momento; será tu dentista cuando tengas dientes, y el hijo que se dispone a coger entre sus brazos sin ni siquiera apagar el pitillo estará un día contigo en la escuela, Jérôme Galiot, un gilipollas nacido el mismo día que tú, falso gemelo que según tú no desmentirá la expresión "sexo opuesto" con sus chistes malos, pero, por el momento, trofeo de sus padres en la clínica Santa Águeda de Rouen, se te adelantó un cuarto de hora y con una corta extremidad. No, tu padre es médico general en la calle Jeanne d’Arc, y ya había previsto tu nombre. Jean-Matthieu. Jean como su padre y Matthieu como él, honrados sean los hombres de la familia y los dos Evangelios más hermosos, fe del protestante. Le avisaron en su consulta que era inminente, acudió dejando sus ocupaciones, se volvió a marchar y luego regresó a las cinco de la mañana, con el aire de la noche perfumando el cromosoma XY, esta vez sí, es un chico, lo presiente y quiere estar presente. Saludó al pasar al Dr. Galiot, "enhorabuena", y se precipitó a la sala de partos justo en el instante en el que salías del abismo. A sor Catherine no le pareció muy acertada la intrusión, mueve los pliegues del delantal como si la hubiesen sorprendido desnuda, nada más percibir tu cabeza, la despacha hacia tu madre ignorante y adormilada: los celos no caben y, además, es más correcto. Teniendo en cuenta las pocas mechas pegadas encima de tu cabeza, eres del sexo masculino, eso seguro, incluso podría decirse sin temor a equivocarse que tienes 50 años, una alopecia galopante mucho antes de ser calvo; tu padre hace bromas, pero nadie se ríe, tu madre sufre como una loca, el fruto de sus entrañas la vapulea, había olvidado ese terrible dolor, pero nunca te dirá nada porque, en efecto, el sufrimiento físico se borra de la memoria del cuerpo antes que el placer, la naturaleza es sabia, y el supremo dolor de nacidas-niñas lo conocerás bastante pronto. De pie junto a la cama, tu padre sostiene distraídamente la mascarilla por encima de la nariz de tu madre, a la que le falta oxígeno y ternura, con el cuello inclinado hacia sor Catherine, que se implica en el esfuerzo por la vida, "vamos, empuje, venga, respire", uf, uf, repite, sigue, comprime los hombros, ¿cuántos niños habrá parido con palabras? Se acerca el alumbramiento, a tu padre le da un ataque de apnea por el no nacido, de repente deja de creer, con el cuello rígido, sin aliento, al borde del vacío. "¿Qué es?", pregunta la madre entre dos bocanadas de aire, no se sabe nada, empuja una última vez, no huele a rosas y tu padre se descompone, ¿alguna vez lo creyó? ¿Qué es? Qué fracaso.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 09 Aug 2026 04:00:30 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Camille Laurens]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Chica': ¿Y si el lenguaje está armado para humillar a las mujeres?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Prepublicación,Libros]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA['Los asesinos guapos': la oscura fascinación por Luigi Mangione y otros criminales bellos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/asesinos-guapos-oscura-fascinacion-luigi-mangione-criminales-bellos_1_2234596.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b10cda0d-7453-475a-9c98-2f848962b4b5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Los asesinos guapos': la oscura fascinación por Luigi Mangione y otros criminales bellos"></p><p>¿Qué hace que millones de personas idealicen a un asesino únicamente porque es atractivo? ¿Por qué algunos criminales acaban convertidos en estrellas de las redes sociales, protagonistas de series y objetos de deseo? </p><p>Estas son las preguntas que plantea <strong>Francesc Soler</strong> en <em>Los asesinos guapos. La oscura fascinación por Luigi Mangione y otros criminales bellos</em>, un ensayo que analiza uno de los fenómenos culturales más inquietantes de los últimos años: la transformación de determinados asesinos en auténticos iconos pop.</p><p>Tomando como punto de partida el caso de Luigi Mangione, acusado del asesinato del director ejecutivo de una gran aseguradora estadounidense y convertido casi de inmediato en un fenómeno viral, Soler amplía la mirada hacia figuras como Ted Bundy, Richard Ramírez, Jeffrey Dahmer, Daniel Sancho, los hermanos Menéndez o Chris Watts, entre muchos otros, para preguntarse qué dice esta fascinación sobre nosotros mismos. </p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta a continuación un fragmento de este libro, que llega a las librerías el próximo 7 de septiembre, de la mano de la editorial <a href="https://alreveseditorial.com/" target="_blank" >AlRevés</a>.</p><p>___________________________________________________________</p><p>¿Quién es el joven asesino encapuchado? El joven encapuchado que el 4 de diciembre de 2024 disparó contra Brian Thompson, director general de United Healthcare, no podía saber que además de acabar con la vida de un "padre devoto" y "un gran amigo de muchos" acababa de poner en marcha uno de los grandes fenómenos sociales de toda la historia de internet. </p><p>Por supuesto, Luigi Mangione esperaba y deseaba que su acción tuviera una gran repercusión mediática y que se percibiera como un acto político, como una manifestación de la ira popular contra las pérfidas aseguradoras de salud privadas, pero me apuesto lo que quieras a que ni se le pasó por la cabeza que su belleza acabaría eclipsando su discurso político. </p><p>El presunto asesino no solo había preparado el crimen con esmero, sino que también había trabajado el relato que esperaba que se impusiera en los medios y la sociedad, ofreciendo a los investigadores del asesinato una serie de pistas de lo más peliculeras. </p><p>Para empezar, había escrito las palabras "retrasar", "negar" y "defender" —una crítica a las compañías de seguros acusadas de retrasar y negar reclamaciones, para luego defender sus decisiones en los tribunales— en la munición que usó para matar a Thompson. </p><p>En segundo lugar, su cuaderno, una suerte de manifiesto de 262 palabras que llevaba consigo en el momento de su detención. A pesar de que los grandes medios de comunicación se negaron a publicarlo íntegramente, el periodista independiente Ken Klippenstein se hizo con una copia del documento —escrito a mano y con algunas palabras ilegibles— que colgó en internet y en seguida empezó a circular por las redes. </p><p>Aquí te lo reproduzco, traducido al español: </p><p>"A los federales, seré breve, porque respeto lo que hacen por nuestro país. Para ahorrarles una larga investigación, afirmo claramente que no estaba trabajando con nadie. Esto fue bastante trivial: un poco de ingeniería social básica, CAD básico, mucha paciencia. El cuaderno espiral, si está presente, tiene algunas notas sueltas y listas de tareas que iluminan la idea general. Mi tecnología está bastante protegida porque trabajo en ingeniería, así que probablemente no haya mucha información ahí. Pido disculpas por cualquier conflicto o trauma, pero tenía que hacerse. Francamente, estos parásitos simplemente se lo tenían merecido. Un recordatorio: Estados Unidos tiene el sistema de salud más caro del mundo, pero ocupamos aproximadamente el puesto 42 en esperanza de vida. United es la [indescifrable] empresa más grande de EEUU por capitalización bursátil, solo detrás de Apple, Google y Walmart. Ha crecido y crecido, pero ¿y nuestra esperanza de vida? No. La realidad es que estos [indescifrable] se han vuelto demasiado poderosos y continúan abusando de nuestro país para obtener enormes ganancias porque el público estadounidense les ha permitido salirse con la suya. Obviamente, el problema es más complejo, pero no tengo espacio, y, francamente, no pretendo ser la persona más calificada para exponer el argumento completo. Pero muchos han iluminado la corrupción y la avaricia (por ejemplo: Rosenthal, Moore) hace décadas, y los problemas simplemente permanecen. Ya no es un asunto de conciencia, sino claramente de juegos de poder. Evidentemente, soy el primero en enfrentarlo con tanta brutal honestidad".</p><p>Un criminal y, al mismo tiempo, un héroe anónimo, defensor de las causas justas. Ese podría haber sido el relato, ¿verdad? Sin embargo, sabemos que no fue así. El 9 de diciembre, tras su arresto en un McDonald’s de Altoona (Pensilvania), el mundo descubrió no solo el nombre del presunto asesino, Luigi Mangione, sino sobre todo su rostro. Desde ese preciso momento, empezó a construirse su imagen pública como asesino guapo. Su lucha contra la injusticia simplemente nos permitía celebrarlo sin sentirnos tan… ¿culpables? Luigi tenía un motivo, cierto, pero por encima de todo era terriblemente sexy. Cuando se publicó su primera foto bajo custodia policial, tanto medios serios como tabloides comenzaron a subrayar en sus informaciones sobre el caso el atractivo físico de Mangione. En un abrir y cerrar de ojos se pasó del "guapo" y "atractivo" de los titulares de prensa al "asesino caliente" en redes sociales. </p><p>En el momento de su detención, Mangione tenía 26 años y, como buen Z, parte de su vida podía rastrearse en internet con todo lujo de detalles. Que sepamos: desciende de una de las familias más acomodadas y respetadas de Baltimore, donde se graduó con las mejores calificaciones en la prestigiosa Escuela Gilman. En la Universidad de Pensilvania, cursó estudios en informática e ingeniería eléctrica y, posteriormente, obtuvo una maestría y llegó a trabajar como ingeniero de software en California. </p><p>También descubrimos que sufría una lesión severa de espalda, diagnosticada como una desalineación vertebral que le provocaba dolor crónico y que, en 2023, se sometió a una cirugía de fusión espinal. Tras aquella operación empezó a perder el contacto con amigos y familiares. En la plataforma Goodreads, había dejado reseñas de libros de autoayuda y de salud, pero también del manifiesto del Unabomber, Ted Kaczynski, al que calificaba de inquietante pero profético. </p><p>¿Cómo pudo convertirse en un asesino a sangre fría ese joven guapo y pijo, con un expediente académico impecable y un futuro brillante esperándole a la vuelta de la esquina? ¿Fue el dolor físico un fatal catalizador? ¿Cómo pudo liderar una lucha contra la sanidad privada alguien como Mangione, que precisamente por su fortuna familiar no debió de tener ningún problema para pagar las facturas hospitalarias de su intervención? </p><p>El proceso judicial, que aún debe dirimir su culpabilidad, deberá también tratar de responder a preguntas como las del párrafo anterior, que todos nos hemos hecho en algún momento. Sin embargo, admitámoslo, hay preguntas sobre Mangione que nos interesan y divierten mucho más: ¿de qué marca es el estupendo jersey morado que llevó en su comparecencia judicial? ¿Le queda mejor el pelo largo o un poco más cortito? ¿Qué rutina siguió para lucir ese cuerpazo? ¿Será gay o bi? ¿Es cierto que, como se dice por las redes, protagonizó unas cintas sexuales?</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Aug 2026 04:00:29 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Francesc Soler]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Los asesinos guapos': la oscura fascinación por Luigi Mangione y otros criminales bellos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Prepublicación]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA['La noche cae sobre Shanghái': el nacimiento de la oscuridad del siglo XX]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/noche-cae-shanghai-nacimiento-oscuridad-siglo-xx_1_2222232.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7a141bed-5b3b-4025-bf63-69e7ccf7bf6b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'La noche cae sobre Shanghái': el nacimiento de la oscuridad del siglo XX"></p><p>Tras siete años en China, el escritor y diplomático <strong>Luis Melgar</strong> recrea el Shanghái de los años 30 en un thriller histórico sobre el nacimiento de la oscuridad del siglo XX.</p><p>En <em><strong>La noche cae sobre Shanghái</strong></em><em> </em>(Plaza & Janés, 2026), el autor aplica su experiencia diplomática y su conocimiento directo de China a una novela de espionaje, deseo, culpa y memoria histórica. Ambientada en el Shanghái cosmopolita y fracturado de 1935, la historia arranca con un asesinato en el consulado de España y crece hasta convertirse en una intriga internacional donde se cruzan el auge del nazismo, la amenaza japonesa en Asia y los prolegómenos de la Guerra Civil española. </p><p><strong>infoLibre </strong>ofrece a sus socias y socios un fragmento en exclusiva de esta novela, ya en librerías, que elabora un retrato de Shanghái como laboratorio del siglo xx: una ciudad de diplomáticos, empresarios, mafias, periodistas, exiliados y oportunistas en la que ya laten los conflictos que cambiarán el mundo. </p><p>___________________________________________________________________________</p><p><em>Domingo, 23 de junio de 1935.</em></p><p><em>La noche de San Juan.</em></p><p>Asier estaba agotado. La noche anterior había estado hasta las tantas en el Paramount. Al final se había llevado a Jakob con él. En el estado en que se encontraba, no se había atrevido a dejarlo solo en casa. Le había prestado uno de sus esmóquines de trabajo, que le quedaba un poco grande de pecho y algo corto de mangas y pantalones, pero aun así le daba un aire lo bastante sofisticado como para entrar en el local. La presencia de su amigo lo había llevado a beber más de lo habitual durante el turno. Al volver juntos a casa, habían seguido con la cerveza —fría, por supuesto— y bueno…</p><p>El resultado era un dolor de cabeza monumental, pero no le quedaba otra que aguantar. Tenía que ganarse la vida y, además, se lo debía a Isabel. Tenían que averiguar qué estaba sucediendo en Shanghái. En qué andaban metidos tanto Yungli como el señor Roxas.</p><p>Llevaba en la mano derecha una bandeja cargada de comida típica española: pequeñas tapas de jamón serrano, pinchos de tortilla de patatas y croquetas para ofrecer a los invitados. Aprovechaba su libertad de movimientos para observar cada detalle de lo que ocurría en la fiesta. Un poco más allá estaba Isabel, charlando con el vicecónsul y con una pareja china. También veía al señor Roxas, que había dejado a Bernhardt a solas con el cónsul y parecía confundido. Cerca de ellos, el príncipe Nikolai conversaba con un grupo de diplomáticos. Era extraño que la princesa no lo acompañara. Normalmente, iban juntos a todos los actos sociales. </p><p>Tenía que averiguar de qué hablaban Bernhardt y el cónsul. Decidió acercarse con la bandeja para intentar escuchar lo que discutían, pero un rostro entre la multitud lo hizo cambiar de objetivo. Entre los invitados, creyó adivinar la figura de Yungli. Llevaba un traje oscuro de corte occidental, una camisa clara y una corbata corta y estrecha, con el nudo pequeño. En ningún caso la indumentaria de un «pobre» comprador. Claro que tampoco era lo bastante ostentoso para un miembro de la Banda Verde. Yungli permanecía algo apartado, como si quisiera pasar inadvertido, pero sus ojos recorrían el jardín con atención, captando cada detalle.</p><p>Asier sintió cómo el enfado volvía a hervirle por dentro. ¿Qué demonios hacía allí? ¿Es que no podía dejarlo en paz ni un segundo? Sin soltar la bandeja, se dirigió hacia él.</p><p>—¿No decías que esto era tan peligroso? —le preguntó en voz baja, con tono mordaz—. ¿Qué haces aquí, pues?</p><p>Yungli se apartó un poco más del bullicio. Asier lo siguió y se detuvo frente a él, esperando una respuesta.</p><p>—Va a suceder algo esta noche —dijo Yungli con voz tensa—. Por favor, busca dónde ocultarte.</p><p>Asier frunció el ceño.</p><p>—¿Qué? No soy ningún cobarde.</p><p>Yungli lo miró con una intensidad que Asier no pudo ignorar.</p><p>—Si alguna vez has sentido algo por mí, hazme caso y busca una excusa para marcharte. Refúgiate en las cocinas y ponte a lavar platos si hace falta, pero aléjate de aquí.</p><p>Asier dio un paso atrás, incrédulo.</p><p>—¿Estás loco? ¿Qué demonios…?</p><p>Yungli lo interrumpió, la voz cargada de urgencia.</p><p>—Sobre todo, aléjate de Bernhardt. De Bernhardt y del príncipe Volkov…</p><p>Antes de que Asier pudiera responder, se escuchó el sonido de un disparo, seguido casi al instante por otro. Las detonaciones, secas y contundentes, cortaron el aire festivo, sumiendo el ambiente en un silencio denso y asfixiante.</p><p>El eco de los disparos aún flotaba cuando Yungli sacó un revólver. </p><p>Asier reconoció el modelo al instante, una Smith & Wesson, muy frecuente entre los militares y las fuerzas de seguridad… y también en los círculos de contrabando de armas.</p><p>Esos, Asier los conocía bien.</p><p>	***</p><p>Miguel se despidió del príncipe Volkov con una última inclinación de cabeza. El aire de la noche acariciaba su rostro mientras los acordes de una guitarra española resonaban en el jardín. Alrededor, las pequeñas hogueras comenzaban a brillar con más intensidad a medida que la oscuridad se asentaba. Cerca de una de las fogatas, un grupo de jóvenes había comenzado a saltar y aplaudir al compás de una jota aragonesa. </p><p>Miguel centró de nuevo su atención en Isabel. Por fortuna, no se había movido del sitio, ni parecía estar hablando con nadie. De hecho, lo miraba directamente, como si lo estuviera esperando. Se dirigió hacia ella con una amplia sonrisa.</p><p>—No te haces una idea de lo que me alegro de verte.</p><p>Isabel le devolvió la sonrisa, y por un momento, el mundo a su alrededor pareció desvanecerse, dejando solo la calma de su presencia. Pero la sonrisa de ella duró apenas un instante.</p><p>—Miguel, ya sabes que siempre me alegro de verte… pero no tanto en esta ocasión.</p><p>Él frunció el ceño.</p><p>—¿Por qué?</p><p>Isabel lo miró a los ojos. Su mirada reflejaba una preocupación que Miguel no comprendía del todo.</p><p>—¿De qué hablabas con el príncipe Nikolai?</p><p>Él se sintió un poco atrapado por la pregunta, pero intentó mantener la calma.</p><p>—A decir verdad, Isabel, es un asunto privado y no me gustaría traicionar su confianza. ¿Tú lo conoces? </p><p>Isabel soltó un pequeño bufido, que en cualquier otra persona habría parecido rudo, pero que en ella solo aumentaba su atractivo.</p><p>—Estás aquí con Johannes Bernhardt, ¿verdad?</p><p>—¿Qué tiene que ver el príncipe con Bernhardt? —preguntó él, desconcertado.</p><p>Isabel sacudió la cabeza, su expresión se tornó aún más seria.</p><p>—¿No me lo vas a contar, entonces?</p><p>Miguel se la quedó mirando, desconcertado.</p><p>—Te prometo que no sé de qué estás hablando.</p><p>Isabel suspiró, como si el peso del mundo descansara sobre sus hombros.</p><p>—Johannes Bernhardt. No deberías hacer tratos con él. Es un hombre peligroso.</p><p>Miguel sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. </p><p>—Mira, sabes que contigo no tengo secretos. Mi primo Andrés y mi madre me pidieron que se lo presentara al cónsul. Ya lo he hecho, y no tengo nada más que ver con él ni sé qué se traerá entre manos —explicó, quizá un poco aceleradamente, con la voz más insegura de lo habitual. Después se detuvo y la miró directamente—. ¿Pero tú qué tienes que ver con todo esto?</p><p>Isabel tomó un respiro profundo, como si le costara soltar lo que iba a decir.</p><p>—Todo comenzó con un encargo del periódico, pero ahora… Asier y yo creemos que Bernhardt tiene algo que ver con el tráfico de opio.</p><p>Miguel abrió los ojos con sorpresa.</p><p>—¿Asier también? ¿Pero qué es esto?</p><p>—Es muy largo de explicar, pero Asier me está ayudando. ¿Tú no sabes nada que me pueda ser de utilidad?</p><p>Miguel se quedó en silencio por un momento, tratando de comprender la situación. Sabía que el<em> Weekly</em> tenía una línea editorial liberal, siempre alerta a los peligros del totalitarismo, y muy crítica con los regímenes imperialistas en Japón, en Alemania y en Italia. No era sorprendente que quisieran investigar a alguien como Bernhardt. Y si él podía hacer algo para ayudar a Isabel...</p><p>—Bernhardt mencionó un cargamento que había que enviar a España; a Tetuán, en concreto —murmuró—, pero no me dio más detalles.</p><p>—¿A España? Pero eso no tiene sentido, el opio se importa desde la India a China…</p><p>De repente, un disparo resonó en el aire, seguido rápidamente por otro. La gente comenzó a chillar, y en un instante, el caos se apoderó del jardín.</p><p>—¡El príncipe! ¡Han matado al príncipe Nikolai!</p><p>Miguel miró a su alrededor, tratando de identificar de dónde venían los gritos. Entonces lo vio. No hacía ni cinco minutos habían estado juntos. Bernhardt, aún agarrado del hombro del cónsul, se guardaba una pistola debajo de la chaqueta con disimulo.</p><p>Nadie había reparado en él.</p><p>Solo Miguel.</p><p>—¡Ahí! —chilló—. Junto al cónsul, se llama Johannes Bernhardt, ¡es el asesino!</p><p>El alemán le clavó una mirada de odio y echó a correr en medio del gentío.</p><p>	***	</p><p>—¡Han matado al príncipe Nikolai! </p><p>Me he quedado paralizada. Las palabras retumban en mis oídos, como la onda expansiva de una bomba. Han. Matado. Al. Príncipe. Nikolai. Estaba convencida de que iba a pasar algo… ¿pero esto? No esperaba verme envuelta en un asesinato.</p><p>Las hogueras, que hace apenas un momento eran el centro de la celebración, se han vuelto inquietantes, casi malignas. Me dan miedo. Las llamas crean un ambiente infernal que me pone la carne de gallina. Hay gente que corre en todas direcciones, con el rostro desfigurado por el miedo. Otros se quedan paralizados, incapaces de moverse, como si el horror los hubiera anclado al suelo. Las voces se mezclan con el crepitar de las llamas y los pasos atropellados.</p><p>De pronto, oigo otro grito.</p><p>—¡Ahí! Junto al cónsul, se llama Johannes Bernhardt, ¡es el asesino!</p><p>Compruebo atónita que ha sido Miguel.</p><p>Miro a mi alrededor, intentando distinguir algo entre el tumulto, pero solo veo un torbellino de confusión. Miguel tiene el rostro pálido y los ojos abiertos de par en par. Le hago un gesto de cariño para tranquilizarlo, aunque yo misma estoy bastante asustada.</p><p>No puedo quedarme quieta. Tengo que vencer la parálisis. Saco la cámara, la agarro con fuerza y me sumerjo en la multitud. Necesito capturar lo que está sucediendo a mi alrededor. La gente corre, choca entre sí, sus rostros muestran terror y desconcierto. Algunos tropiezan con las hogueras, avivando aun más las llamas.</p><p>A lo lejos me parece ver una zona despejada. La gente se ha apartado para formar un círculo en torno a un lugar específico. Camino hacia allí, con la respiración contenida. A medida que me acerco, veo lo que todos miran: el cuerpo del príncipe Nikolai, tirado en el suelo. Su elegante traje está manchado de sangre. En la mano derecha aferra aún el maletín de piel de cocodrilo.</p><p>A su lado hay un hombre arrodillado que le toma el pulso con manos temblorosas. Después, acerca su oreja al pecho del príncipe y levanta la vista.</p><p>—Está muerto —anuncia—. La bala le ha acertado en el corazón.</p><p>El caos a mi alrededor es total, pero me mantengo firme, con la cámara aún entre las manos. Mientras la conserve, conservaré algo de control sobre lo que sucede. Es mi salvavidas en medio del naufragio. Como una autómata, sigo fotografiando el cuerpo sin vida. Entonces veo una figura que se mueve entre la multitud: es el vicecónsul, Julio de Larracoechea. Su rostro refleja la más absoluta concentración. No puedo dejar de admirar que sepa mantener la profesionalidad en un momento como este. Cuando me ve, se dirige hacia mí.</p><p>—¿Qué ha ocurrido? </p><p>—Han disparado al príncipe Nikolai... —respondo—. Está muerto.</p><p>Al instante llega el cónsul francés, Marcel Baudez. Después de todo, estamos en su concesión. Lo acompañan Fitzgerald y Davis, sus colegas británico y americano. Este último me dirige una mirada de reconocimiento.</p><p>—<em>Et qu’en est-il du meurtrier?</em> —pregunta el francés, entre jadeos—. ¿Alguien ha visto quién ha sido? </p><p>—Ha sido ese hombre, el alemán, Johannes Bernhardt —dice Miguel, que de algún modo se ha abierto paso entre la multitud y ha llegado hasta nosotros. </p><p>—¿Cómo? —pregunto, con un nudo en el estómago.</p><p>—Lo he visto perfectamente —continúa Miguel—. Dejé a Bernhardt con el cónsul, querían hablar a solas. No llevaban ni cinco minutos de conversación cuando el alemán sacó una pistola y disparó contra el príncipe. Vi con toda claridad cómo la escondía debajo de su chaqueta antes de echar a correr.</p><p>La gravedad de lo que acaba de decir cuelga en el aire como un nubarrón imposible de disipar. Miro al Miguel, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. ¿Cómo es posible? La imagen de Bernhardt con la pistola en alto me da escalofríos. </p><p>Las llamas de las hogueras siguen ardiendo, proyectando sus sombras demoníacas sobre nosotros. Mientras, el cuerpo sin vida del príncipe Nikolai yace a nuestros pies. La noche de San Juan se ha convertido en una pesadilla. </p><p>— <em>A la khe jieh luh! —</em>grita una mujer en shanghainés<em>—. </em>Yo lo he visto. El hombre que disparó salió huyendo por allí —señala hacia la tapia del jardín del consulado, que da directamente a la calle—. Salieron detrás de él otros dos, quizá tres, no estoy segura.</p><p>Las palabras de la mujer resuenan en el aire, y por un instante, todo se queda en silencio. Mis ojos siguen la dirección que señala, pero la oscuridad detrás de la tapia es impenetrable. No hay ningún rastro visible del asesino.</p><p>El vicecónsul Larracoechea es el primero en reaccionar. Veo que intenta mantener la calma, pero puedo percibir en él una urgencia creciente y, quizá cierta exasperación con su jefe, que no parece dispuesto a hacerse con las riendas de la situación. Él y Baudez intercambian una mirada. El francés se aclara la garganta.</p><p>—Estamos en el consulado español —murmura—. La jurisdicción es suya, aunque estemos en la concesión francesa. <em>Je ne veux pas marcher sur vos plates-bandes</em>, ya me entiende. No quiero excederme en mis funciones.</p><p>—Por otro lado, el presunto asesino es alemán —interviene Davis, que sigue sin separarse de su colega—. Mal que me pese, según los acuerdos de extraterritorialidad, debería ser juzgado bajo ley alemana…</p><p>—Y la víctima es un ruso blanco exiliado: un apátrida, ya que los soviéticos les han retirado la nacionalidad —añade Fitzgerald—. La jurisdicción corresponde a las autoridades chinas. ¡Un problema digno de un catedrático de derecho internacional!</p><p>Miro a los tres cónsules, atónita. El príncipe Volkov acaba de ser asesinado a sangre fría y ellos debaten como si estuvieran en la facultad. </p><p>—¿Alguien ha visto al cónsul general? —interviene Larracoechea—. ¿Eduardo?</p><p>En ese momento, Vázquez Ferrer aparece entre la gente. Al contrario que su segundo, se le ve aterrorizado. Su tez está demudada, como si hubiera visto a un fantasma. Apenas parece consciente de su entorno mientras se acerca con los ojos desenfocados.</p><p>—Esto no es asunto mío —sentencia, con voz temblorosa—. Yo no tengo nada que ver. Soy una víctima.</p><p>Larracoechea sacude la cabeza, obviamente atónito.</p><p>—Está bien, supongo que hay que avisar a la <em>garde municipale</em>, pare que ellos determinen cuál es la jurisdicción competente, ¿le parece, <em>monsieur</em> Baudez?</p><p>—Muy prudente, amigo mío, muy prudente.</p><p>Larracoechea dirige la mirada hacia Vázquez Ferrer, que sigue paralizado, incapaz de reaccionar. Al constatar por fin que su jefe no puede tomar el mando, apoya la mano en mi hombro. </p><p>—Por favor, ayúdame —susurra—. Me parece que eres la única persona sensata por aquí. </p><p>Miro a Miguel, que continúa en pleno ojo del huracán, en primera fila, contemplando el cuerpo del príncipe con los ojos como platos. Me giro hacia Larracoechea y asiento. Juntos, nos dirigimos hacia el interior del consulado en busca de un teléfono.</p><p>—¿Estás seguro de que quieres llamar a la <em>garde municipale</em>, Julio? —pregunto entre susurros—. Es vox populi que están vendidos a la Banda Verde…</p><p>—No tenemos alternativa, Isabel. Esto es la concesión francesa. Estamos en sus manos.</p><p>—Que Dios nos pille confesados.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 02 Aug 2026 04:01:04 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis Melgar]]></author>
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      <media:title><![CDATA['La noche cae sobre Shanghái': el nacimiento de la oscuridad del siglo XX]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maleta de libros,Libros,Prepublicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Menina a mi pesar': un retrato satírico sobre la polarización en la que vivimos en la sociedad actual]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/menina-pesar-retrato-satirico-divertido-polarizacion-vivimos-sociedad-actual_1_2224150.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/663afa0b-b1cf-424e-942c-18ce40ef23a2_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Menina a mi pesar': un retrato satírico sobre la polarización en la que vivimos en la sociedad actual"></p><p>Tras sufrir la undécima crisis económica y la promulgación de la Ley de Memoria Democrática, los marqueses de Cervina pugnan por mantener su statu quo en el Madrid de los Austrias. </p><p>Receptora de los descartes genéticos de la familia, la heredera de los Cervina recibirá el sobrenombre de La Menina. Y, tal como le ocurriera a Mariabárbola, su destino quedará ligado a un cuadro: un lienzo de valor incalculable convertido en tabla de salvación para los descendientes de una saga familiar en vías de extinción. </p><p>Diestra en descubrir secretos, la Menina no dudará en utilizar las debilidades ajenas, asegurándose su propia supervivencia. Los intereses creados, la lucha de clases y el relevo intergeneracional dan lugar en <em><strong>Menina a mi pesar</strong></em> (<a href="https://www.duriieditorial.com/" target="_blank" >Durii</a>, 2026), a través de la pluma de <strong>Juan Loste</strong>, a un retrato satírico y divertido sobre la polarización en la que vivimos en la sociedad actual. </p><p>A continuación publicamos dos fragmentos de este libro, que está ya disponible en las librerías</p><p>___________________________________________________________________</p><p>Hubiese entregado mi alma al diablo para conseguir convertirme en una joven esbelta y bonita. Nunca lo deseé tanto como aquella noche. Jamás me hubiera atrevido a soñar lo que pasó después. No pude impedir que ciertos sentimientos se adueñaran de mí. </p><p>Desde entonces os dirán que me he radicalizado; que ya no creo en fábulas, sino en fabulaciones; que se me agotó la paciencia; que además de estrábica, soy daltónica y no distingo colores; que para mí todo es blanco o negro. Se trata de gente envidiosa, temerosa, tal vez, de que sus secretos acaben aflorando, manchando reputaciones inmaculadas a base de lavados de cara y blanqueos de pecunios de dudosa procedencia. </p><p>Quizás me falte el talante orgulloso y despótico de la alta aristocracia. Sin embargo, de ardides y triquiñuelas ando sobrada, lo que me ha permitido sobrevivir en una pecera repleta de pirañas mimadas y hambrientas. ¡Y no ha sido fácil! </p><p>(...) </p><p>Para bien o para mal, nací llamando la atención. Simplemente... ¡destacaba!</p><p>Mi aspecto físico parecía una broma pesada. Pudiendo haber heredado el donaire caribeño de mamá o la fina estampa de caballero español de papá, salí tirando a feíta, bajita y regordeta. Era como si el azar genético se hubiera cebado conmigo otorgándome los descartes de mis ancestros. </p><p>¡Como cuando me diagnosticaron la enfermedad de <em>Blount</em>! Llevo toda la vida luchando contra ello. El anormal crecimiento de mis huesos hizo que las piernas se volteasen hacia adentro. A pesar de los correctores ortopédicos y las dosis extras de calcio y vitamina D, no quedó otra que acudir a la cirugía. Dejé que cortaran huesos, enderezaran tibias y sujetaran el conjunto con placas y tornillos. Esto recibe el nombre de osteotomía y, no os mentiré, es un procedimiento doloroso del que me estoy recuperando. </p><p>A los problemas óseos se unieron otras menudencias. Como diastema, ahora en boga. Así que he dejado de despotricar contra el hecho de que mis paletas estén ligeramente separadas. Igual que tampoco me quejo por tener un ojo más vago que la chaqueta de un guarda. </p><p>Sentirse atrapada en un cuerpo, determina la forma de interaccionar. En mi caso, infiriendo juramentos y palabras mal sonantes. La deformidad me empujaba a ser desafiante; quizás, algo más de lo normal. </p><p>Encerrada en mí misma, solo quería que me dejaran en paz. No sabéis cuánto aborrezco ser objeto de lástima o compasión. Llegué a sentir que, por culpa de mis imperfecciones, no recibía el amor y afecto que merecía. </p><p>Sin ser experta en cálculo diferencial, la derivada de mi insatisfacción crónica se traducía en pequeños cortes y quemaduras para aliviar la tensión que sentía. ¡No quedaba otra! Como un tahúr, recurrí a trampas y engaños mientras voy aprendiendo a gestionar mejor mis emociones. Empecé con trucos sencillos. Una banda elástica en la muñeca. Un lápiz rojo con la punta blanda. Apretar de más las ortesis mortificando la carne con una versión 2.0 del cilicio de toda la vida. Además, las cinchas compresoras resultan más prácticas y discretas que la cadenilla con púas que porta mamá durante las seis semanas que dura la cuaresma.</p><p>Fue a raíz de tuit que había recibido de un seguidor de Imperial Hixpania, el partido de extrema derecha de padre. Tras releerlo un par de veces, a mi padre no le quedó otra que acudir a mí para entender el significado de aquel vocablo que parecía estar de moda entre los más conservadores del planeta. </p><p>—Estoy convencido de que es un simple error —me dijo padre —. Seguro que se le ha ido el dedo y lo que quería poner era: “Ewoks”.</p><p>—¿Te refieres a esos ositos peludos que aparecen en la guerra de las galaxias en medio de un bosque y que apoyan a los rebeldes en su lucha contra el malvado Imperio? —le contesté mofándome de él. </p><p>—Si ya decía yo que no me encajaba que aquellos seres tan entrañables pudieran ser los responsables últimos de posturas consideradas como “políticamente correctas” por unos y tan incorrectas para nosotros —contestó, intentando justificar su ignorancia. </p><p>—“Woke” —le dije — es la palabra de moda entre los más conservadores del mundo, iglesia incluida, y se usa como un sinónimo despectivo de lo que viene a ser el “progre” de toda la vida. </p><p>—Ahora ya me encaja todo—respondió, explayándose más, para dejar claro que lo había entendido —. Los “wokes” representaban el lado oscuro de la fuerza mientras que los conservadores somos ahora los rebeldes que luchan con denuedo contra la tiranía del imperio de lo políticamente correcto… </p><p>—También conocido como Nuevo Orden Mundial…—apostillé. </p><p>—O Estrella de la Muerte, si lo extrapolamos a la galaxia —proclamó sonriendo para quitarle hierro a la cosa. </p><p>Todo resultaba demasiado confuso para alguien de su edad, así que no le quedaba otra que acudir a los clásicos en busca de referentes conocidos. </p><p>—“Woke", en sus orígenes —le expliqué a padre — era un término utilizado por las comunidades negras de los Estados Unidos para describir a las personas que habían despertado a las cuestiones progresistas y que se mantenían alerta ante las injusticias. </p><p>—Entonces, ¿viene del verbo “despertar” en inglés? —quiso cerciorarse. </p><p>—Exacto, “wake up”, despertar o estar despierto: “...consciente y alerta ante los hechos y cuestiones importantes” —le dije parafraseando no sé qué diccionario, que no era el de la RAE —. En principio, ¡no tendría por qué ser algo peyorativo! </p><p>—Entonces, dependiendo de cómo se use, puede ser algo bueno o no. ¡Como la “fuerza”! — atajó, contento con el filón de analogías que había encontrado en<em> Star Wars.</em> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Aug 2026 04:01:01 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Loste]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Menina a mi pesar': un retrato satírico sobre la polarización en la que vivimos en la sociedad actual]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Maleta de libros,Prepublicación]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[La democracia amenazada. Cuando el fascismo ataca la convivencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/democracia-amenazada-fascismo-ataca-convivencia_1_2198570.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/42a38055-7f96-40da-8ca0-4d6f040b099c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La democracia amenazada. Cuando el fascismo ataca la convivencia"></p><p><strong>Baltasar Garzón</strong> ha investigado algunos de los mayores delitos cometidos en España, como crímenes contra la humanidad, terrorismo de Estado y corrupción política y económica. También ha ejercido, entre otros cargos, de asesor del Tribunal Penal Internacional de la Haya y de director de la defensa jurídica del periodista <strong>Julian Assange</strong>.</p><p>En este nuevo <strong>ensayo</strong> nos ofrece argumentos para reflexionar sobre asuntos que están impactando en nuestras vidas. Desde el aquelarre judicial a los casos evidentes de <em>lawfare,</em> la corrupción, el racismo, los bulos, el juicio incomprensible al exfiscal general o las nefastas consecuencias de la irrupción de Trump en el mundo. </p><p>El libro llegará este próximo <strong>3 de junio</strong> a las librerías a través de la editorial Planeta, pero <strong>infoLibre </strong>adelante a sus lectores un fragmento.</p><p>_______________________________________________________</p><p>Lo he dicho públicamente y lo repito aquí: la Sala Segunda del Supremo es el órgano con más poder en España, más que el presidente del Ejecutivo o que el propio Parlamento, y no tiene un sistema de contrapesos, no hay segunda instancia para poder valorar pruebas de un procedimiento. La carga política de sus resoluciones es definitiva. Si no, que se lo pregunten a la magistrada Victoria Rosell, que, con la simple admisión por esta sala —al ser Rosell aforada como diputada en el Congreso por el partido político Podemos— de una querella instrumental presentada en abril de 2016 por el exministro José Manuel Soria, fue relegada de las listas de su formación política en aplicación de su código ético. Finalmente, la causa fue archivada en diciembre del mismo año. La ligereza en la admisión por el Tribunal Supremo supuso un daño irreparable para quien tenía legitimas expectativas de representación popular; expectativas que le fueron sustraídas. O el caso de un diputado del mismo partido, Alberto Rodríguez Rodríguez, que fue condenado por este tribunal en octubre de 2021, perdiendo su escaño, hasta que, casi tres años después, en enero de 2024, el Constitucional estimó su recurso de amparo por considerar que la pena de inhabilitación había sido desproporcionada e ilegal y dejó sin efecto la retirada de su escaño.</p><p>Pero también en otras jurisdicciones ha habido casos sangrantes. Por ejemplo, en la Audiencia Nacional y dentro del denominado <em>caso Villarejo</em>, con el punto de mira puesto en Pablo Iglesias en el denominado <em>caso Dina</em>; se elevó una exposición razonada al Supremo contra Iglesias que, en este caso, fue rechazada.</p><p>También son destacables los casos que han tenido como objetivo a otras militantes de ese partido, como Isa Serra o Irene Montero, con claro sesgo de género; o el denominado <em>caso Neurona Consulting</em> (consultora mexicana contratada por Podemos en 2019), que en julio de 2020 inició su andadura con la participación, como acusación popular, del partido de extrema derecha Vox, concluyendo con el archivo de todas sus piezas por parte de la Audiencia Provincial en octubre de 2024. El daño irreparable, nuevamente, ya estaba consumado.</p><p>Lo mismo podría decirse del caso de Mónica Oltra, exvicepresidenta de la Generalitat Valenciana y exconsellera de Igualdad por el partido Compromís, a quien sacaron de la carrera política por un acto delictivo cometido por su exmarido: el caso fue manufacturado por periodistas de derecha, con el claro objetivo de quitarle a Oltra su credibilidad y criminalizarla frente a la opinión pública en contexto electoral. Ni el fiscal ni el juez de instrucción estaban de acuerdo por ausencia de indicios sólidos, tratándose de una «situación relativamente inusual»; por eso la causa fue cerrada en abril de 2024. En mayo de 2025 fue reabierta y, finalmente, en diciembre de ese año, el juzgado volvió a rechazar la reapertura, pero, de nuevo, la Audiencia Provincial obligó a la jueza a abrir juicio oral, lo que hizo el día 3 de marzo de 2026. El impacto en la carrera política de Oltra y, sobre todo, en su persona y su entorno familiar, ha sido de máxima gravedad. El <em>lawfare</em> sobrevuela, desbocado, la cabeza de esta lideresa.</p><p>Sí, en la Justicia española hay un componente de soberbia muy grande que genera desconfianza en la ciudadanía. No de otra forma puede entenderse que más del 60 por ciento de los españoles considere que los jueces no son independientes, y que las interferencias políticas en la justicia estén normalizadas. A esto hay que añadir asociaciones judiciales o fiscales que hacen política de confrontación con el Gobierno. El deterioro es evidente. Reitero que, para mí, esa mezcla de instrumentalización degenera en una guerra jurídica o lawfare de consecuencias imprevisibles.</p><p>Los jueces tienen que juzgar con imparcialidad y no entrar en esta dinámica de confrontación política. Tampoco deben sumarse a dinámicas partidistas, como acontece con las supuestas reuniones, más o menos secretas pero, desde luego, no transparentes, de ciertas asociaciones profesionales conservadoras con el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo para, al parecer, trazar estrategias y desmontar leyes del Gobierno.</p><p>Algún día se estudiará cómo en España los jueces y los fiscales (al menos un sector importante) perdieron la imparcialidad y se situaron fuera de la ley para convertirse en actores políticos, siendo conscientes del poder que ejercen en demérito de la soberanía popular. O cómo han humillado y llevado a una posición de desconfianza y de nula credibilidad a la Justicia española al exponer interesadamente en el extranjero, en la Unión Europea, una imagen irreal de institución agredida y acorralada supuestamente por el Gobierno. Un Gobierno que, por su parte, ha destilado miedo al no ejercer sus funciones ante una ocupación judicial más que evidente y que ha ido haciéndose fuerte, de forma soterrada, en los diferentes espacios.</p><p>Llego por tanto a esta reflexión: ¿es esta la Justicia por la que yo me he desvivido durante toda mi carrera profesional? No, desde luego que no. En gran medida, no reconozco como propio este modo de impartir justicia, con múltiples procesos penales instrumentales; con renuncias a actuar con firmeza para evitar la instrumentación de aquella; con apertura de investigaciones absurdas y prospectivas, que se debaten en los platós de televisión y las tertulias radiofónicas; con unos órganos de gobierno anquilosados y enfrentados ideológicamente, sin diálogo constructivo. Más aún, órganos consultivos que responden a filias y fobias dentro de la carrera respectiva; asociaciones de fiscales que ejercen de acusaciones populares; fiscales que asumen roles políticos y no jurídicos; mecanismos de destrucción de iniciativas válidas y ventajosas para la propia función por razones ideológicas; apariciones en redes sociales con insultos a otros actores públicos o políticos, llegando hasta la humillación y el insulto.</p><p>A pesar de todo, no puedo dar el partido por perdido, porque ello sería tanto como renunciar a lo que ha sido la lucha constante por una justicia mejor, verdaderamente imparcial e independiente, defensora de las víctimas y de los derechos humanos. Me aterra lo que acontece cuando observo que las nuevas promociones muestran escaso interés por el conocimiento y la defensa de los derechos humanos, mientras exacerban su fascinación por dinámicas sociales y de reconocimiento inmerecido, simples apariencias de lo que representa la verdadera justicia. No pierdo la esperanza de que las nuevas promociones sean conscientes de que no significan nada el reconocimiento ni el boato que desde determinadas esferas políticas o mediáticas se otorgan a quienes ocupan esos cargos de gran responsabilidad, por cuanto deciden con sus resoluciones la vida y el futuro de millones de personas, sino que ese reconocimiento debe ganarse día a día, sudando la camiseta, cumpliendo con la inmediación, estando abiertos a la sociedad, atendiendo a los justiciables, sin soberbia, sin olvidar que son servidoras y servidores públicos. La humildad en el desarrollo de la función judicial es la que te otorga el carácter de autoridad y debería ser la marca de quienes ejercen la jurisdicción.</p><p>Pero volvamos a la pregunta de inicio: hoy por hoy, ¿existe <em>lawfare</em> en España? La respuesta es sí, evidentemente, existe. Es una realidad insoslayable. No porque se niegue va a desaparecer. Solo lo hará cuando realmente pongamos todos los medios para que su desaparición sea una realidad. Mientras que, tal como se observa, antiguos y nuevos protagonistas favorezcan desde sus despachos judiciales a las formaciones políticas de su interés, con un desprecio claro a la independencia y la imparcialidad a las que se comprometieron, el problema seguirá existiendo. Y se agrandará hasta que sea imposible combatirlo. Y, de ahí, se pasará a su justificación y finalmente a su ejecución ilimitada. Para evitarlo, debemos desenmascarar a los actores que preconizan y apuestan por el<em> lawfare</em>, que, normalmente, son los que niegan su existencia. Las caretas caerán y se perderán los miedos a estas sus todopoderosas señorías, sobre las que, hay que decirlo, sobrevuela la sombra de la prevaricación. Del mismo modo que cada día es más patente que, en cada acción de este calibre, acecha el fascismo con todas sus consecuencias. Ya aconteció en la Alemania nazi y hasta hoy sufrimos sus efectos y estamos en riesgo de resucitarlos. No olvidemos que, en esas épocas pretéritas, tanto en España como en otros países, tales como Alemania, Italia o Francia, por citar solo los europeos, sin el apoyo del poder judicial no hubieran triunfado las ideologías y los regímenes fascistas.</p><p>El jurista italiano Luigi Ferrajoli, en entrevista para la revista mexicana <em>Proceso</em>, mantenía la necesidad de la independencia judicial: «Los jueces deben tener la posibilidad e incluso el coraje de emitir sentencias no populares e independientes de los intereses políticos, lo que garantizará el respeto entre el poder judicial y los poderes políticos (ejecutivo y legislativo) con miras a mantener vivos los gobiernos democráticos».</p><p>Pienso que los profesionales de la justicia son auténticos valedores de los principios democráticos y constitucionales, por lo que su comportamiento debe estar alejado de los políticos y de las miserias que, a veces, los rodean. Pero ¡qué difícil les resulta a algunos!</p><p>Con ello contribuyen al descrédito de la justicia, corrompida precisamente por quienes están obligados a defenderla. El mal funcionamiento de la Administración de justicia es una fuente de responsabilidades, como también lo es encubrir corporativamente una realidad palpable, especialmente cuando se refiere a quienes administran justicia, porque no solo tienen el deber de decidir, sino también el de convencer. Si el <em>lawfare</em> triunfa, se llevará por delante como un tsunami los derechos que a todos y a todas nos corresponden.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 May 2026 04:01:26 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Baltasar Garzón]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La democracia amenazada. Cuando el fascismo ataca la convivencia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Prepublicación,Ensayo,Libros,Democracia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Exhumar en guerra']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/exhumar-guerra_1_2142702.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/034c04e0-4c08-4d6a-80a2-143f9f806bd8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Exhumar en guerra'"></p><p>Los historiadores Miriam Saqqa Carazo, Oriol Dueñas Iturbe y Queralt Solé Barjau acaban de publicar <em>Exhumar en guerra. La investigación judicial y forense republicana de las muertes en la retaguardia (1936-1939)</em>, un trabajo que "pretende cambiar la perspectiva histórica desde la que abordar las exhumaciones de las fosas comunes en España, centrando la atención en aquellas que tuvieron lugar durante la guerra". </p><p>El libro está llegando estos días a las librerías a través de la editorial <a href="https://www.catarata.org/"  >Catarata</a>, pero <strong>infoLibre </strong>ofrece a sus lectores un fragmento de la introducción.</p><p>_______________________________________________________</p><p>“Contar muertos”, así se referían de forma peyorativa a la labor de los historiadores pioneros que en los años ochenta empezaron las investigaciones para saber quiénes habían sido las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura franquista. Estos inicialmente se focalizaron en conocer las identidades de aquellos muertos a los que el franquismo había pretendido borrar de la historia. Las fuerzas sublevadas —integradas por el ejército, milicias fascistas y monárquicas, eclesiásticos militarizados y civiles armados— condujeron al régimen a la victoria, ejerciendo una violencia extrema que provocó numerosas muertes y desapariciones. </p><p>Pero, a diferencia de lo que había hecho el régimen, estos historiadores también expusieron la violencia vivida en la retaguardia republicana y las muertes provocadas a pesar de que estas víctimas, aquellos denominados mártires y caídos, sí habían sido reconocidas, homenajeadas y recordadas continuamente durante la dictadura. Guiados por la voluntad de mantener la objetividad científica, que no neutralidad, sumaron a sus investigaciones y análisis las muertes y los nombres de las víctimas de la retaguardia de la República.</p><p>Estas investigaciones se llevaron a cabo en medio de grandes dificultades. Sin acceso a los archivos militares ni a los municipales, los investigadores lograron obtener permisos —en ocasiones incluso judiciales— para consultar los registros civiles y los de los cementerios. También pudieron acceder, ya en los años ochenta, a la Causa General (CG) y recurrir a la memoria oral como fuente complementaria. Todo ello se realizó sin el apoyo de los recursos técnicos e informáticos de los que se dispone en la actualidad. </p><p>El punto culminante de todas las investigaciones que fueron publicándose a lo largo de los años ochenta y noventa fue la aparición del libro coordinado por Santos Juliá, Víctimas de la guerra civil, en 1999. En él, los autores exponían los sucesos que habían provocado un alto índice de muertes en el frente y en ambas retaguardias, analizando los distintos modus operandi que se habían dado en la zona rebelde y en la zona republicana. Daban asimismo unas “cifras de la represión” sin cerrar, en función de las provincias que habían podido ser estudiadas y advertían de que “los datos tradicionales son casi siempre corregidos al alza, en cuanto a la represión franquista, y corregidos a la baja, en cuanto a la represión republicana”.</p><p>Unas conclusiones que se corroboraron en otro punto culminante respecto el análisis de la represión durante la guerra, cuando se publicó en 2010 el libro <em>Violencia roja y azul,</em>  coordinado por Francisco Espinosa Maestre. En él se ponía de manifiesto que se habían continuado contando muertos a nivel local, regional y provincial y, junto con Víctimas de la guerra civil, quedaba claro que había una demanda social por conocer las identidades y las cifras de las muertes violentas de la guerra y la dictadura. </p><p>En 2010, a partir de la investigación histórica, se podía establecer que las víctimas de la violencia en la retaguardia republicana habían sido 49.272, y durante la represión franquista, aun sin haberse estudiado de forma completa todas las comunidades autónomas, llegaba a 130.199 muertos. Y a estas cifras se podían sumar, por primera vez, los resultados de las exhumaciones llevadas a cabo desde el año 2000: 207 fosas abiertas de las que se habían encontrado 4.956 restos. Se constataban las posibilidades que aportaban las nuevas fuentes: aunque la fuente oral se iba perdiendo progresivamente, era posible acceder, entre otros materiales, a los consejos de guerra franquistas y a la documentación municipal, entonces mejor catalogada y con un relevo generacional que facilitaba su consulta. </p><p>Además, había aparecido una fuente histórica nueva: la aportada por los resultados de las exhumaciones de las fosas comunes que se habían empezado a abrir por todo el Estado a partir del año 2000. La documentación histórica al respecto era casi inexistente, pero los restos óseos y las fosas en sí mismas eran y son una nueva y gran fuente de información histórica. La cifra de víctimas de la represión republicana no se veía alterada por las exhumaciones; en cambio, la correspondiente a la represión franquista comenzaba a superar las 135.000 víctimas.</p><p>Las fosas comunes de la Guerra Civil son una prueba material de la violencia que transita el espacio, pero también el tiempo. Sus diferentes fases cronológicas deben ser entendidas y analizadas de manera individual. En 2014, el antropólogo Francisco Ferrándiz evidenciaba la existencia de diferentes ciclos de exhumaciones de fosas comunes de la Guerra Civil (Ferrándiz, 2014: 148-203). La premisa de partida es que cada uno de los ciclos de exhumaciones corresponden a diferentes encuadres necropolíticos (Ferrándiz y Robben, 2015: 1-40). Cada una de estas fases de desenterramientos ha de ser entendida en su contexto histórico y con sus particularidades técnicas, políticas y sociales, teniendo muy presentes las víctimas que son recuperadas y los relatos memoriales que acompañan cada caso. El estudio de las fosas y el hecho de tener presente las distintas fases del periodo las convierte en aportaciones fundamentales para el conocimiento histórico de la guerra y la posguerra, cuya resonancia alcanza nuestros días. </p><p>Esta obra pretende cambiar la perspectiva histórica desde la que abordar las exhumaciones de las fosas comunes en España, centrando la atención en aquellas que tuvieron lugar durante la guerra. Debido a ello, este libro se proyecta como una contribución única que permite revelar uno de los cuatro principales ciclos de exhumaciones (Ferrándiz, 2014: 148-203; Ferrándiz y Robben, 2015: 20) en la historia contemporánea de España. Múltiples investigaciones en las últimas décadas han ido mostrando la realidad de esos diferentes ciclos y sus características particulares. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 10 Feb 2026 05:00:59 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Miriam Saqqa Carazo, Oriol Dueñas Iturbe, Queralt Solé Barjau]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Exhumar en guerra']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Prepublicación,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Criptoprofetas']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/criptoprofetas_1_2140387.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5fa6d7a9-382b-4884-87ab-72678f1ed542_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Criptoprofetas'"></p><p>Musk, Zuckerberg, Durov.... todos fueron pioneros, admirados y celebrados por sus invenciones. Ahora, todos ellos parece que no están satisfechos con lo que han conseguido. Quieren más. Es una sucesión de imágenes: Zuckerberg aparece con un cambio de aspecto generalizado, con ropa juvenil, collares y unos rizos naturales; Bezos cierra Viena por completo para celebrar su boda multitudinaria; Musk se presenta en un mitin del partido republicano haciendo un saludo que se parece (mucho) al mismo que hacían los nazis. Todos ellos presencian juntos la investidura de Donald Trump en un lugar privilegiado. Desde hace ya un tiempo, son <strong>los grandes magnates de la tecnología los que deciden —</strong>en gran parte— sobre el futuro de naciones tan importantes como Estados Unidos. La tecnología lo puede todo. Sus dueños creen que ellos también. </p><p><strong>Paula C. Chang</strong>, investigadora de Filosofía por la Universidad Complutense, y <strong>Andrea G.Galarreta</strong>, doctorada en Filosofía por la misma institución, escriben a cuatro manos <em>Criptoprofetas: Hipermasculinidad y nueva derecha, </em>un ensayo que destripa este fenómeno. Se sumergen en la arquitectura ideológica y afectiva que rodea a una masculinidad nueva. Aquella que reniega de todo tipo de afecto, vulnerabilidad o pacto social, y que (sobre todo) mira con buenos ojos a la extrema derecha. </p><p>En <strong>infoLibre</strong> adelantamos la introducción de este ensayo que saldrá a la venta el 11 de febrero.</p><p>_______________________________________________________</p><p>El mundo cambió mucho antes de que nos diéramos cuenta. No se trata de un discurso anecdótico ni de casos aislados, sino un susurro amplificado, una avalancha de conversaciones que se diseminan en foros, pódcast y canales privados. Un ejército de hombres — muchos jóvenes, precarizados y convencidos de que algún día dejarán de serlo— empezó a surgir en los márgenes de la política y la teoría social. </p><p>Autoproclamados como incorrectos e incómodos, los «criptoprofetas» se convirtieron en símbolo y síntoma de algo más grande, algo que estaba gestándose en la oscuridad de los algoritmos de internet y en las sombras de los mercados globales. Era el retorno de un viejo espectro y el renacimiento de una patología que muchos pensaban superada; pero, en la fabricación de valores culturales en la fase actual de la era postfordista, el culto a los caudillos no parece una realidad tan alejada ni remota.  </p><p>Se trata de un fenómeno que combina el desdén por las instituciones tradicionales con una fe casi mística en el poder de la tecnología para derribar todo lo que se interponga en su camino hacia la restauración de un orden anterior a la crisis de la masculinidad, incluida la restauración de su lugar en el mundo. Mientras algunos observaban el fenómeno como simple síntoma del disenso social, sectores políticamente movilizados mirábamos con desconfianza esa retórica del señalamiento: una masculinidad rígida, un deseo de demolición de lo establecido y una profecía de ruptura absoluta con el consenso social y sus formas organizativas. </p><p>Los criptos se convirtieron en la imagen de un nuevo tipo de sujeto político y económico, un nodo donde convergen la especulación financiera, el individualismo exacerbado y una masculinidad inquieta y ansiosa de validación. Hágase justicia aunque caiga el cielo; una aproximación teórica a la creciente reactividad social era imperativa. Estamos ante el auge de una ultraderecha renovada, impulsada tanto por la tecnología como por un desencanto radical con las instituciones y un progresismo social que cuestiona sus privilegios existenciales: la actualidad donde se hace más patente que nunca que la separación entre persona y avatar no existe, ahí donde la violencia se moviliza a partir de ese no-lugar común que son los foros. </p><p>El fenómeno de los criptoprofetas, en apariencia complejo y fragmentario, se mueve bajo principios que parecen claros para sus adeptos, pero indescifrables para el resto. Una aproximación a ellos supone también una redefinición del poder en sus múltiples formas de expresión. Lo que encontrarás en las próximas páginas no es una solución definitiva al problema que plantea este resurgimiento, sino una serie de claves para comprenderlo en toda su transversalidad. El objetivo de nuestro texto es esbozar de qué modo se configuran las políticas de la reactividad en los nuevos entornos virtuales, una aproximación a través de la convergencia entre el ensayo y la etnografía; un pretexto para reivindicar la filosofía como una herramienta viva, orgánica y con una vehemente orientación práctica, encomendada a entender todo fenómeno que nos rodea e interpela. </p><p>Por lo expuesto, el texto que tienes entre manos se forja apostando por el análisis criptográfico, ofrece la reflexión teórica y su marco, con la integración interdisciplinar de la visión del devenir mundo de distintos agentes sociales: filósofos, periodistas, activistas, docentes, artistas… Huelga destacar que, dada la complejidad del análisis que comporta nuestro objeto de estudio, la estructura de este libro se presenta como arborescente; una narrativa con distintas ramificaciones para abordar qué son los criptoprofetas, explicar su emergencia como fenómeno vivo de nuestro ecosistema político de actualidad y comprender la arquitectura afectiva de las masculinidades de la nueva derecha. En la primera parte abordaremos la taxonomía de las subjetividades y perfiles sociales que articulan este fenómeno de las masculinidades criptoproféticas a la vista de una crisis de la masculinidad que va de la mano de la crisis de Lehman Brothers; una cartografía de los actores que convergen en el nuevo ecosistema virtual, escenario de nuevos modus vivendi y nuevas ansiedades. Aquí exploraremos cómo las nociones de otredad, parásito, deseo y poder se reconfiguran en este espacio, y de qué manera se articulan discursos de masculinidad que hacen del resentimiento y la ruptura su piedra angular. </p><p>La segunda parte de este libro se sumerge en la concreción práctica de estas subjetividades en comunidades explícitamente ultraderechistas, donde lo latente se vuelve manifiesto y las redes de afinidad se consolidan en estructuras políticas basadas en el odio. Aquí, la ultraderecha no solo emerge como mera preferencia ideológica con la que cohabitar, sino como amenaza a la diversidad social, apoyada en las ínfulas de la higienización y el despliegue de violencia simbólica que, paradójicamente, se reviste de una retórica de «libertad» y defensa de la tradición. Este trabajo aspira a ser un esbozo para entender, por un lado, cómo se entrelazan las fuerzas subyacentes del postfordismo en los nuevos ecosistemas políticos que auspician el nacimiento de esta nueva ultraderecha y, por otro, cómo la figura del criptoprofeta es, en el fondo, mucho más que una nueva moda pasajera en tiempos de fascismo pop: es el epítome de una resistencia subterránea a las transformaciones sociales y de género de nuestro tiempo. Son cuatro las manos que escriben este texto. Concebimos esta obra como madres primerizas que, con mucho amor y esfuerzo, han procurado que las diferencias entre los pares de manos se difuminen, se entremezclen. Como la progenie: estos ojos son tuyos y la boca es mía, pero en realidad no son de ninguna de las dos porque son única y exclusivamente de esta nueva vida que es el libro. Con el fin de comprender algunos términos nucleares sobre los que se construye este ensayo adjuntamos a continuación algunas definiciones aclaratorias.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 Feb 2026 05:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Paula C. Chang y Andrea G. Galarreta]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Criptoprofetas']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Tecnología digital,Elon Musk,Mark Zuckerberg,Gestión cultural,Industria cultural,Filosofía,Prepublicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Retrato de la Transición']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/retrato-transicion-no-quisimos-ver-consenso-78_1_2127250.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1f1e8ffe-a43c-49ec-9896-44b13de11551_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Retrato de la Transición'"></p><p>A pesar de que la <a href="https://www.infolibre.es/temas/transicion-democratica/"  >Transición española</a> se sigue catalogando como modélica, libros como <em><strong>Retrato de la Transición. La memoria que escondimos en el desván</strong></em>, de Francisco J. Leira Castiñeira, desmitifican este periodo histórico. Entre sus páginas, editadas por Siglo XXI, se realiza un viaje hacia atrás en el tiempo para abordar el regreso de la democracia en España, pero también con vistas a futuro, en pleno auge de la ola reaccionaria.</p><p><strong>Leira Castiñeira</strong> es profesor de la <a href="https://www.infolibre.es/temas/universidad-carlos-iii/"  >Universidad Carlos III de Madrid</a> y doctor en Historia por la de Santiago de Compostela, con la tesis <em>La socialización de los soldados del ejército sublevado (1936- 1945). Su papel en la consolidación del Régimen franquista</em>, que fue galardonada con el premio Premio Miguel Artola 2019 a tesis doctoral. También ha escrito <em>Soldados de Franco. Reclutamiento forzoso, experiencia de guerra y desmovilización militar</em> (Madrid, Siglo XXI, 2020).</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta un fragmento de esta obra, que sale a la venta el próximo lunes 19 de enero.</p><p>___________________________________________</p><p>Dorian Gray, el personaje principal del libro de Oscar Wilde, guarda sorprendentes similitudes con la transición a la democracia. Aquel periodo ha sido sacralizado por políticos, por medios de comunicación y por parte de la generación que lo protagonizó. Es cierto que esa etapa pudo deslumbrar, pero el paso del tiempo ha revelado una narrativa que fue más allá de la necesidad política y que se asentó sobre un discurso rígido e incuestionable. Las declaraciones de algunos políticos, las posturas de algunos sectores de la prensa y los datos de ciertas encuestas, como las del CIS, reflejan que hoy un sector sociopolítico sigue prefiriendo no mirar ese retrato por miedo a lo que pueda encontrar. </p><p>El relato hegemónico presenta la transición como un proceso ejemplar de reconciliación nacional, acordado entre antiguos enemigos, y como un modelo para otros países. Se exalta la figura del rey Juan Carlos I como garante de la democracia, se glorifica la aprobación mayoritaria de la Constitución de 1978 como el gran hito fundacional del nuevo sistema político y se ensalza la llamada cultura del consenso como la clave que permitió el paso pacífico de la dictadura a la democracia. Sin embargo, esta visión ha ocultado otros detalles —el miedo a una regresión autoritaria, las limitaciones impuestas por el aparato franquista, aún vigente en muchos ámbitos del Estado, la violencia política en las calles y la renuncia a profundizar en una memoria crítica de la dictadura— y ha silenciado otras voces —el asociacionismo vecinal, los movimientos sociales y la cultura alternativa— cuya vitalidad fue muy superior a la representación parlamentaria que lograron.  Esta versión oficial ha derivado en una especie de intocabilidad simbólica: la monarquía parlamentaria, la Constitución, la bandera, el modelo de descentralización, que en gran medida parte desde Madrid, se han convertido en los pilares incuestionables del edificio constitucional. Ponerlos en cuestión, más que un derecho democrático, se ha considerado durante décadas una amenaza al sistema mismo. Hoy nadie se acuerda del rechazo casi generalizado del nombramiento de Adolfo Suárez, ni de su marcha por la puerta de atrás —si no fuese por su sereno papel en el 23F— tan solo siete años después. </p><p>En su contexto, la transición fue sin duda un logro, pero convertirla en mito ha impedido en muchas ocasiones que la democracia española evolucione según las necesidades y las exigencias de cada momento. Su legado institucional es, en gran medida, una herencia viva que, sin embargo, necesita revisarse a la luz de nuevas sensibilidades y realidades. Lo primero será aclarar por qué sostengo que la transición no comenzó con la muerte de Franco, sino en pleno franquismo y dentro de la mentalidad de sus líderes. Desde 1975, tras la muerte del dictador, se articuló un proceso destinado a insertar a España en la órbita de los países democráticos europeos. Pero ese proceso —sin aludirlo abiertamente— estuvo desde el inicio condicionado por un pasado incómodo, violento y no resuelto. Voluntaria o involuntariamente, quienes protagonizaron la transición distorsionaron la historia de España y efectuaron una reinterpretación con el fin de construir un nuevo marco institucional sin tener que afrontar los traumas colectivos. Es cierto que durante la transición se impulsaron algunas medidas para reparar el daño que se causó a los «vencidos» de la guerra civil. Se reconocieron pensiones y derechos simbólicos a funcionarios depurados y combatientes republicanos. También se aprobaron indemnizaciones para quienes fueron encarcelados por causas políticas, pero la transición evitó incorporar plenamente este pasado en su relato oficial. </p><p>El primer mecanismo al que se recurrió fue el silencio: para evitar —o eso se decía— un nuevo conflicto armado, se decidió no hablar de la guerra civil ni del franquismo. Esta omisión afectó a todos los ámbitos: impregnó la educación, los medios de comunicación, la producción cultural y el relato institucional. En segundo lugar, se difundió, y aún hoy se reproduce, una tesis que solo puede calificarse de verdad a medias: la de la «particularidad española». ¿Fuimos realmente tan distintos al resto de Europa? Solo en parte. Es cierto que la dictadura franquista duró casi cuatro décadas, pero España no fue un caso aislado. La llegada del fascismo, el auge de los nacionalismos autoritarios y el colapso de los sistemas liberales fueron fenómenos comunes en casi todo el continente, y muchos países europeos atravesaron conflictos civiles internos, además de sufrir las consecuencias de dos guerras mundiales. Y, en tercer lugar, se intentó adoptar una postura <em>centrista</em> inexistente y se idealizó el concepto de la tercera España. Este concepto, que plantea una vía alejada de los extremos enfrentados en la guerra civil, sirvió a muchos actores políticos para desmarcarse tanto del franquismo como del republicanismo y permitió a buena parte de la derecha desprenderse del estigma del franquismo y adoptar una postura equidistante.</p><p>La transición española no fue un periodo perfecto —ninguno lo es—, pero resulta imprescindible observarlo sin nostalgia ni rencor para aprender tanto de sus aciertos como de sus carencias. El principal mérito de este modelo de reforma es que hizo frente al riesgo de una involución autoritaria —como la del 23F—, pero dejó abiertas cuestiones fundamentales: el encaje territorial del país, la jefatura del Estado, la aplicación efectiva de los derechos sociales, la reparación de los represaliados de la guerra civil y del franquismo. Con las primeras elecciones democráticas, que revelaron una «correlación de debilidades», ningún partido consiguió los resultados suficientes para imponer su proyecto, y todos se vieron obligados a negociar, ceder y construir consensos. En aquel contexto, las ambigüedades no solo eran funcionales, sino necesarias, porque servían para llegar a acuerdos. Sin embargo, su prolongación hasta hoy genera una parálisis institucional que impide dar respuesta a las nuevas exigencias sociales.</p><p>Una democracia que no se actualiza es una democracia que envejece. Lo que pone en peligro la democracia es la petrificación de la Constitución, no la idea de reformarla. La generación que padeció el crac económico de 2008 tiene razón en señalar que no hubo una ruptura política ni institucional con el régimen anterior. La crítica al sistema político de 2011 nacía de una firme vocación democrática. Sin embargo, la confrontación intergeneracional —agria y precipitada—impidió alcanzar acuerdos esenciales para que toda la ciudadanía se sintiera partícipe. El descontento con las instituciones ha sido capitalizado por la extrema derecha, que enarbola la bandera de la antipolítica con posiciones xenófobas, homófobas, machistas y autoritarias. Por eso, no es momento para luchas generacionales que no conducen a ningún sitio. </p><p>Debemos entender que en algo estamos de acuerdo: en que queremos un Estado de derecho moderno, plural y vanguardista que sea un referente a nivel mundial. La defensa de la democracia no puede entenderse como el patrimonio exclusivo de una época ni de unos protagonistas concretos, sino como un esfuerzo colectivo, inacabado y permanente que nos compromete a todos: a quienes la construyeron, a quienes la habitamos y a quienes la heredarán. Por eso sería profundamente injusto —y paradójico— que la generación del 78, que luchó con valentía para abrir espacios de libertad y participación, se convierta ahora en un obstáculo para la transformación que reclama la generación actual y que reclamarán las generaciones futuras. El objetivo de <em>Retrato de la Transición. La memoria que escondimos en el</em> <em>desván</em> —compuesto con más de cincuenta testimonios de los protagonistas de este periodo— no es fortalecer la democracia actual, sino alertar de que la forma más honesta de actualizarla consiste en mostrar esa pintura que hemos guardado en el desván.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[fe73f1fc-94dc-47ce-84b7-a486dd179cfd]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 18 Jan 2026 05:00:38 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Francisco J. Leira Castiñeira]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Retrato de la Transición']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Prepublicación,Historia,Transición democrática,España]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Las huellas de la Transición']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/huellas-transicion_1_2077519.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ff288f07-e2e4-42fe-b8aa-89298e9c7475_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Portada de 'Las huellas de la Transición' de Robert M. Fishman e Ignacio Sánchez-Cuenca"></p><p>En contra de la idea de que <strong>la Transición</strong> debe ser indiscutible, los científicos sociales Robert M. Fishman e Ignacio Sánchez-Cuenca publican <em><strong>Las huellas de la Transición. 50 años de cambio y conflicto en democracia</strong></em>, editado por <a href="https://www.catarata.org/" target="_blank">Catarata</a>, un libro que plantea observar este evento crucial en la historia de España como<strong> un hecho aún en construcción</strong>. Desde una relectura de los años setenta hasta las decisiones de <a href="https://www.infolibre.es/temas/pedro-sanchez/" target="_blank" >Pedro Sánchez</a>, los sociólogos realizan un recorrido por los sucesos más relevantes y analizan su relación, tomando el inicio de la democracia como la raíz de las estructuras políticas actuales.</p><p><strong>Robert M. Fishman</strong> e <strong>Ignacio Sánchez-Cuenca </strong>exponen la idea, a través de la observación de los contrastes entre las construcciones que realizan la izquierda y la derecha españolas, de que en la actualidad la llama de <a href="https://www.infolibre.es/temas/transicion-democratica/" target="_blank" >la Transición</a> se está apagando. Con este libro, invitan a los lectores a abrir nuevas perspectivas sobre la historia, y a crear las bases para construir un <strong>futuro democrático </strong>de inclusión y tolerancia.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta un extracto del ensayo, que ya está disponible en librerías.</p><p>_____________________________________________</p><p>Este libro se fundamenta en nuestra convicción de que hay motivos muy sustanciales para repensar la Transición, motivos relevantes no solo para los estudiosos del cambio político, sino también para la ciudadanía en general y sobre todo para los sectores más activos políticamente. Como parte de ese replanteamiento del cambio político que dio lugar a la democracia, proponemos una idea importante: que la Transición de alguna forma sigue abierta. Defendemos que la Transición aún está abierta en dos sentidos fundamentales: primero, porque desde los inicios de los años ochenta y hasta nuestros tiempos los resultados de la Transición se han ido revisando y modificando, a veces de forma muy importante. El legado de la Transición y con ello las instituciones que forjó, han ido cambiando. </p><p>El proceso de transformación sigue vivo sin que las modificaciones posteriores necesariamente supongan una vulneración del espíritu del cambio político en los años setenta. Denominamos a esas revisiones los “epílogos” de la Transición. Desde nuestro punto de vista, los ha habido en diferentes momentos clave, forjados unas veces bajo la influencia de la derecha y otras de la izquierda. Estas modificaciones se pueden leer como intentos de afinar resultados iniciales de la Transición que contenían ambigüedades, lagunas o facetas del sistema que luego se han considerados obsoletas, o al menos insuficientes. Segundo, proponemos la idea de que el recuerdo y la interpretación de la Transición se ha ido modificando constantemente en un proceso político-cultural del tipo que los académicos genéricamente suelen llamar una “construcción”, en este caso, una “construcción” en cambio permanente y por tanto abierta. </p><p>Hay otra razón por la que proponemos que<strong> </strong>la Transición se “repiense” y es que, lejos de ser un proceso sujeto a una única lectura, más bien se trata de un periodo complejo de transformaciones expuestas a múltiples interpretaciones. Los debates en torno a la Transición han sido y siguen siendo considerables. Y dentro de las complejidades del cambio político de los años setenta, señalamos algunos momentos y episodios en los que los hechos fueron bien distintos de lo que muchos piensan hoy en día. En este sentido, defendemos que Adolfo Suárez fue un líder mucho más rompedor de lo que suele considerarse. En un tema de gran transcendencia en los debates actuales como es el nacional, vemos que algunas iniciativas de Suárez son bastante parecidas a otras más recientes de los presidentes José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez, algo que no suele decirse abiertamente. Sobre este y otros puntos, aspiramos a abrir nuevas perspectivas sobre la historia, animando a nuestros lectores a encontrar en la relectura de los años setenta las bases para construir un futuro democrático de inclusión y tolerancia. </p><p>Todas estas ideas sirven, en nuestra opinión, para percibir la importancia de repensar la Transición en estos momentos. Si aceptamos la idea de que la Transición sigue abierta y que se debe repensar de diversas formas ¿qué consecuencias tiene? Por lo pronto, nos gustaría poner en duda el supuesto frecuente en muchos análisis del periodo de que por ser la Transición la fase fundacional de la democracia, lo que se hizo entonces debe considerarse inmutable e indiscutible. Los problemas con ese supuesto son múltiples: pierde de vista la complejidad de la Transición, sus muy diferentes facetas y el debate constante que ha habido sobre sus implicaciones actuales. El hecho innegable es que todos los grandes acontecimientos históricos están abiertos, se quiera o no, a reinterpretaciones constantes y por tanto al debate vivo sobre su significado. En un sistema democrático, el sistema debe estar abierto a la modificación de sus estructuras institucionales, siguiendo las preferencias y aspiraciones de la ciudadanía.  </p><p><span class="highlight" style="--color:white;">Las distintas construcciones de la Transición salen a relucir de forma recurrente en el debate político español. Para cerrar este capítulo, proponemos una comparación de las construcciones nostálgica y prometeica, como un ejemplo de la fuerza que tienen estas construcciones en la política española. </span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">Las derechas, desde su construcción nostálgica, defienden la tesis de que las políticas que vayan más allá de los consensos alcanzados en la Transición son ilegítimas y suponen una traición. Mariano Rajoy, en su condición de líder de la oposición, se dirigía así a los diputados del Congreso en el debate sobre el estado de la nación de 2006:</span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;"><em>Señorías, la democracia española de 1978 se asentaba en un gran consenso fundacional: consenso en la reconciliación, consenso en las reglas de juego, consenso en la defensa de los valores del nuevo Estado. Pues bien, el señor Rodríguez Zapatero, por razones nunca explicadas, ha decidido, unilateralmente, que las cosas no se hicieron bien en 1978, y que como todo se ha hecho mal es preciso corregirlo todo</em></span><a href="//about:blank" target="_blank"><span class="highlight" style="--color:white;"><em>[1]</em></span></a><span class="highlight" style="--color:white;"><em>.</em></span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">Estas palabras ilustran a la perfección lo que significa una construcción acabada y cerrada de la Transición. Cualquier intento de ir más allá de lo que entonces se resolvió aparece como una deslegitimación de la época fundacional de la democracia. En el repaso de los epílogos de la Transición del capítulo anterior, pudimos ver cómo el intento de legislar sobre las cuestiones de la memoria histórica y la justicia transicional despertó una oposición tajante de la derecha por romper el pacto del olvido y acabar con el principio de reconciliación entre españoles. </span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">El aludido en el discurso de Rajoy, el presidente Zapatero, no solo no creía que fuera preciso realizar una enmienda a la totalidad de la Transición, sino que entendía que las raíces últimas de sus políticas procedían justamente de la Transición. De hecho, nada más ser elegido secretario general del PSOE, en 2000, ante el asesinato de Ernest Lluch a manos de ETA, reclamó el clima de consenso que hizo posible la Transición</span><a href="//about:blank" target="_blank"><span class="highlight" style="--color:white;">[2]</span></a><span class="highlight" style="--color:white;">. En la misma línea, cuando, estando ya fuera del poder, defendió los indultos a los líderes independentistas condenados y encarcelados, lo hizo en nombre de los valores de la Transición:</span></p><p><em>Me sorprende que quienes reivindican la Transición democrática y se abrazan a la Constitución no comprendan que el espíritu constitucional, el espíritu de la Transición, es el espíritu de la integración, del diálogo y de la generosidad. Tengamos presente lo que hicieron Carrillo y Fraga. Creo que estaban mucho más distantes de lo que puede estar ahora Oriol Junqueras de Pablo Casado. Porque veníamos de donde veníamos. ¿Por qué se han trastocado esos valores? Curiosamente, los que más reivindican la Transición son los que más se oponen al diálogo. Alguien que reivindique la Transición española, tiene que defender el diálogo</em><a href="//about:blank" target="_blank"><em>[3]</em></a><em>.</em></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">Aquí se aprecia con nitidez el gran contraste entre las construcciones nostálgica y prometeica de la Transición. En nombre de los valores de la Transición, Zapatero no reivindica políticas concretas de las que se llevaron a cabo en los albores de la democracia; más bien, considera que la forma de abordar los problemas y conflictos de la política deben resolverse ahora como se resolvieron entonces, es decir, reconociendo la pluralidad de posiciones sobre asuntos difíciles y buscando acuerdos que sean aceptables para todas las partes. Esos son los principios que guiaron algunas de sus iniciativas más arriesgadas, como el proceso de paz para acabar con el terrorismo de ETA o el intento de acomodar las demandas del nacionalismo catalán en el Estatut de 2006. En el capítulo siguiente, sobre los legados de la Transición, analizamos esta gestión con mayor detenimiento.</span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">En contraste, la derecha heredera de Alianza Popular defiende que negociar con ETA o con el independentismo supone desacreditar la Constitución de 1978 y, más en general, la Transición. Pero esa construcción selectiva deja fuera de consideración, es decir, fuera de su recuerdo de los años de cambio político, el hecho de que en los años de la Transición la UCD negoció con ETApm (político-militar) y lo hizo en momentos de una actividad terrorista muy intensa, ofreciendo condiciones de reinserción muy favorables a los etarras que querían abandonar la violencia, incluso a aquellos que tenían delitos de sangre. De la misma manera, hemos visto cómo el Gobierno de UCD reconoció la legitimidad republicana que Josep Tarradellas encarnaba. Y, en la misma línea, hemos subrayado en varias ocasiones que la Constitución abordó de forma flexible el problema de la plurinacionalidad, admitiendo la distinción entre regiones y nacionalidades.</span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">Desde nuestra construcción, no importan solo los detalles de las operaciones a las que acabamos de hacer referencia, sino también, y en mayor medida incluso, los valores que las inspiraron. En este sentido, la clave fue el espíritu de integración, es decir, el propósito de hacer sitio para todos aquellos que quisieran formar parte del nuevo sistema democrático, ya fueran antiguos gobernantes franquistas o terroristas. En lugar de pedir cuentas por el pasado, se ofreció acomodo a cuantos quisieran comprometerse con la democracia. Ese impulso incluyente es el que, a nuestro juicio, mantiene viva la llama de la Transición, aunque, a decir verdad, la llama parezca estar consumiéndose rápidamente, pues los intentos realizados en este siglo por resolver desde parámetros incluyentes el problema del terrorismo y por superar las secuelas del conflicto catalán se han enfrentado a una oposición muy dura que acusaba de traición y deslealtad a todo lo que no fueran políticas compatibles con la construcción nostálgica.</span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">Quizá el mejor ejemplo sea la controvertida Ley de amnistía aprobada por el Congreso de los Diputados en 2024. Numerosos dirigentes, analistas e intelectuales de las derechas han argumentado que dicha Ley es una aberración política, un abuso de poder y un fraude constitucional. Aunque recientemente el Tribunal Constitucional la ha declarado constitucional en su conjunto (con muy leves modificaciones), continúa despertando reacciones furibundas, y no solo en la derecha: Felipe González, uno de los personajes centrales de la democracia española, ha afirmado que la aprobación de la Ley es un acto de corrupción política y una negación de los principios democráticos. Estas críticas contrastan con el gran consenso que despertó en su día la Ley de amnistía de 1977, aprobada por todos los grupos con la abstención de Alianza Popular. El caso de González que acabamos de mencionar es especialmente interesante porque él estuvo rotundamente a favor de la amnistía en la Transición. ¿Qué razones hay entonces para que, casi cincuenta años después, arremeta contra la segunda amnistía de la democracia? </span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">Más allá de consideraciones jurídicas, que no son objeto de nuestro interés en este momento, creemos que hay algunos parecidos importantes entre la primera Ley de la democracia, la Ley de amnistía de 1977, y la Ley de amnistía de 2024. Por supuesto, el contexto es muy diferente en cada caso. En 1977, el país se encontraba en medio del proceso de Transición, experimentando un cambio de régimen bastante peculiar. En 2024, en cambio, España era una democracia más dentro de la Unión Europea, con sus fortalezas y sus debilidades, plenamente consolidada. Algunos aducen que esta diferencia en las condiciones del país es ya suficiente para invalidar cualquier ensayo de comparación entre las dos amnistías. El supuesto detrás de ese razonamiento es que las amnistías pueden tener sentido en las circunstancias extraordinarias de un cambio de régimen, pero no durante un periodo de normalidad democrática. Así, las amnistías se aprueban típicamente después de guerras civiles, transiciones políticas o fenómenos similares de gran trascendencia política. Este patrón empírico es indiscutible. Cuando las democracias se consolidan, no suele haber necesidad de realizar amnistías.</span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">Ahora bien, la situación de Cataluña en 2017 no era la de una democracia normal. El Gobierno de España se negó a negociar con los representantes de Cataluña, los independentistas organizaron unilateralmente un referéndum de secesión, hubo violentas cargas policiales contra los ciudadanos que quisieron participar en dicho referéndum, se produjo una declaración de independencia (ambigua y sin efectos jurídicos), se encarceló a los líderes independentistas y el Tribunal Supremo les impuso condenas muy considerables y, por si todo esto no fuera suficiente, el Gobierno de Mariano Rajoy impulsó operaciones de “guerra sucia” contra los líderes del independentismo, con campañas de espionaje y desprestigio. Este conjunto de elementos no es habitual en las democracias que funcionan con normalidad. Pero aparte de todo eso, desde la perspectiva de conseguir que España sea un país con sus fronteras actuales y democrático, no fue nada eficaz. </span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">El apoyo a la independencia se mantuvo sólido, como demostraron las elecciones catalanas de 2017 y 2019. Sin embargo, la tendencia cambió cuando el Gobierno de España optó por una política que nosotros consideramos congruente con el espíritu de la Transición. El paso a una política de reconciliación mediante la Ley de amnistía ha producido un declive importante en el apoyo a la independencia y una reincorporación de muchos catalanes a la estructura autonómica y constitucional que permite la convivencia en democracia. En nuestra construcción prometeica, la Ley de amnistía reciente ha sido un ejemplo del espíritu de la Transición y un éxito importante para todos los que buscan una reafirmación del encaje de Cataluña en España. </span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">Siendo verdad que el PSOE había descartado hasta 2023 la posibilidad de una amnistía, alegando incluso que era inconstitucional, el hecho es que la investidura de Sánchez sólo fue posible gracias al compromiso alcanzado con los partidos independentistas catalanes acerca de la amnistía. Por esta razón, son muchos quienes han insistido en que es una Ley hecha simplemente para que el PSOE permanezca en el poder, es decir, se trataría del precio a pagar por obtener el apoyo parlamentario del independentismo. Sin embargo, que las motivaciones inmediatas de la Ley sean esas (o cualesquiera otras) no impide reconocer que, al mismo tiempo, la amnistía de 2024 tiene el mismo objetivo integrador e incluyente que la de 1977, restablecer las bases de la convivencia y el reconocimiento político entre grupos y personas con ideas muy diferentes. </span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">En 1977, se quería superar la división entre ganadores y perdedores de la Guerra Civil, abriendo una época en la que sus diferencias se resolvieron a través de procedimientos e instituciones democráticas; de manera parecida, en 2024 se buscaba restablecer la convivencia entre el nacionalismo separatista y el resto de la sociedad catalana y española tras una fase de enfrentamiento agudo que había desembocado en la situación anómala (al menos en el contexto de las democracias europeas) de que los máximos dirigentes de partidos políticos legales estuvieran en la cárcel por acciones y estrategias políticas.</span></p><p><span class="highlight" style="--color:white;">Nuestra lectura prometeica de la Transición encuentra un fundamento común a las amnistías de 1977 y 2024, a pesar de los rasgos distintivos de cada una de ellas. Lejos de entender que se trata de una medida inconstitucional o incompatible con la democracia, creemos más bien que esta nueva amnistía guarda un innegable parecido con la de 1977, siendo ambas elementos cruciales para garantizar la convivencia política entre diferentes. </span></p><p><a href="//about:blank" target="_blank">[1]</a> <em>Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados</em>, 182, 30/5/2006, p. 9.096.</p><p><a href="//about:blank" target="_blank">[2]</a> <em>El Pais</em>, 23/11/2000 (<a href="https://elpais.com/diario/2000/11/23/espana/974934011_850215.html" target="_blank">https://elpais.com/diario/2000/11/23/espana/974934011_850215.html</a>). </p><p><a href="//about:blank" target="_blank">[3]</a> <em>Eldiario.es</em>, 12/6/2021 (<a href="https://www.eldiario.es/politica/zapatero-reivindican-transicion-olvidan-fraga-lejos-carrillo-casado-junqueras_128_8032314.html" target="_blank">https://www.eldiario.es/politica/zapatero-reivindican-transicion-olvidan-fraga-lejos-carrillo-casado-junqueras_128_8032314.html</a>). </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Oct 2025 04:00:32 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Robert M. Fishman e Ignacio Sánchez-Cuenca]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Las huellas de la Transición']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cultura,Transición democrática,Pedro Sánchez,Adolfo Suárez,Democracia,Prepublicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['El delirio de Israel']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/delirio-israel_1_2069494.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/49f58590-804d-4467-b447-9a0671f25b6b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El delirio de Israel"></p><p><em>El delirio de Israel</em> es un libro que retrata las heridas abiertas del conflicto entre Israel y Palestina en un acto de resistencia frente a la distorsión y el silencio. El autor, <strong>Meir Margalit</strong>, no busca ofrecer certezas, sino sostener una verdad frágil en medio del fragor. No adoctrina: interpela, invita a mirar sin vendas, a reconocer que la frontera más peligrosa no está en la tierra disputada, sino en el corazón que la habita. Todo mostrando cómo un pueblo puede extraviarse en su propio reflejo, cómo Hamás y el actual Gobierno de Israel <strong>encuentran en este conflicto su justificación mutua</strong>.</p><p>Margalit es un activista por los derechos humanos y político argentino-israelí. Es miembro del <strong>Center for Advancement of Peace Initiatives</strong> y del Comité Israelí contra la Demolición de casas palestinas. Además, <strong>fue concejal en el Ayuntamiento de Jerusalén</strong> por el partido pacifista Meretz. <strong>infoLibre</strong> adelanta el prólogo del libro, publicado por la editorial Catarata y que se podrá comprar en librerías a partir de este lunes, 13 de octubre.</p><p>____________________________________</p><p>Hay imágenes que lo dicen todo. Un estudio abocado al estado de la sociedad israelí tras dos años de guerra puede sintetizarse con esta imagen que lo refleja fehacientemente. Toda frase adicional está de más.</p><p>A esta altura de los acontecimientos podemos afirmar que todos los pronósticos vaticinados en mi libro anterior se han consumado con creces y siguen vigentes, alcanzando grados de violencia hasta entonces inimaginables. A lo largo de este último año, todas las fallas, deformaciones y delirios, que han corrompido a la sociedad israelí no han hecho sino intensificarse.<strong> </strong>Cada vez que creímos haber tocado fondo, descubrimos que aún era posible hundirse más. Jamás pudimos concebir que seríamos artífices de una de las páginas más siniestras de la miseria humana.<strong> </strong>Mientras redactaba las páginas de mi libro anterior no podía ni imaginar que un año después continuaríamos derramando sangre a granel. Las personas normales, escribe David Rousset, no saben que todo es posible.</p><p>Ya he pronosticado que el ataque del 7 de octubre marca un antes y un después, que Israel no volverá a ser la que era. Sin embargo, para que salte tanta ponzoña, debía estar ya instalado un fondo de odio profundo y una predisposicion homicida previa a aquella fecha fatídica. Ningún país se convierte en asesino de la noche a la mañana —esta disposicion a matar e inmolarnos por causas infames estaba ya inscrita en la misma base del proyecto sionista. Durante 72 años, esta pulsión destructiva ha estado presente en los intersticios de la sociedad, a veces agazapada y otras descontrolada, siempre a punto de estallar. El ataque del 7 de octubre ha sido el detonante que produjo el desencadenamiento y desde entonces todo está fuera de control. </p><p>A esta altura de los acontecimientos, podemos afirmar con pena y dolor, que Israel está enterrado en las arenas de Gaza. En la tumba contigua yace la condicion humana.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Oct 2025 04:01:55 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Meir Margalit]]></author>
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      <media:title><![CDATA['El delirio de Israel']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Prepublicación,Israel,Palestina,Gaza,La invasión de Gaza]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Resentidos y resabiados': cómo las visiones dominantes fracasaron para darnos un mundo mejor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/libros/visiones-dominantes-han-fracasado-hora-darnos-mundo-mejor_1_2073826.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cc88895d-84af-4a0e-925a-0ebd169104d5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Resentidos y resabiados': cómo las visiones dominantes fracasaron para darnos un mundo mejor"></p><p>Todas las grandes visiones dominantes del mundo están siendo refutadas con el mismo argumento, ninguna de ellas ha logrado convertir sus ideales en realidad, fracasando en el intento. Al naufragio del llamado socialismo real en el siglo XX, simbolizado con la caída del muro, le ha seguido la caída en desgracia de tantas otras visiones. Incluso el liberalismo, que se creía a salvo, es cuestionado por no poder materializar sus pretensiones.</p><p>La sensación que inunda a la sociedad en general es que no disponemos de las herramientas teóricas necesarias para entender la realidad social, y tampoco encontramos la manera de relacionarnos con ella. El autor explica que dos adjetivos nos definen, en el mundo de las ideas estamos resabiados y en la practica estamos resentidos.</p><p><strong>Manuel Cruz</strong> explica en<a href="https://www.galaxiagutenberg.com/producto/resabiados-y-resentidos/" target="_blank"><em> Resabiados y Resentidos</em></a> como las grandes visiones de futuro de la modernidad se dan de bruces con su incapacidad para crear un mundo mejor.<strong> infoLibre</strong> adelanta un fragmento de este ensayo, editado por la editorial Galaxia Gutenberg y que verá la luz el próximo día 8 de octubre:</p><p><strong>A</strong>. He de confesar que mi primera intención fue la de titular esta  introducción de una manera, aunque parecida, algo diferente. En  concreto, «Del Gran Apagón a la Gran Decepción», fundamentalmente para subrayar desde el principio la profunda continuidad temática que mantiene este libro con el mío anterior. El Gran Apagón al que se pretendía hacer referencia explícita desde el mismo título introductorio habría sido el de las luces de la razón, cuya reivindicación definió el surgimiento de la Modernidad –ese  periodo que se abrió explosivamente con la Revolución francesa e instauró el humanismo como una nueva religión frente a la fe tradicional, la convicción del progreso imparable de los logros mate riales del hombre y la expansión de la racionalidad– pero que hoy  en día se encontraría en manifiesto declive. Sin embargo, pronto caí en la cuenta de que semejante título podía dar lugar a una interpretación errónea, por insuficiente, de la cuestión que pretendo plantear aquí, por lo que es preciso destacar la importancia de  las causas que habrían provocado lo que había abordado en mi libro anterior, esto es, el <em>eclipse de la razón en el mundo actual </em>(tal es el subtítulo de dicho libro). </p><p>En efecto, es el fracaso de las dos grandes concepciones del mundo que han surgido de la Modernidad, la más conservadora y  la más progresista, y que se encuentra en el origen del supuesto  eclipse. Si resulta preferible poner el foco de la atención en la causa (la falsación) más que en el efecto (el apagón) es porque nos permite pensar de manera más completa y adecuada la naturaleza de lo  que nos está pasando. De hecho, muy probablemente la extendida tendencia a considerar la situación actual como una fatalidad, cuando no como un destino ya inamovible, está relacionada en  gran medida con el hecho de no introducir en el análisis la cuestión del origen. De ahí que en numerosas ocasiones muchos de los que supuestamente criticaron en su momento, desde la izquierda, las tesis de Fukuyama acerca del final de la historia parezcan haberse  apuntado a las mismas, sólo que en clave negativa o pesimista. Y donde aquel celebraba el triunfo del modelo capitalista-liberal de producción de riqueza y organización de la vida política, estos ven  una condena prácticamente irreversible, que no deja más actividad  teórica para quienes lo impugnaban que la de lamerse las heridas.  </p><p>Pero hablar en términos de falsación tiene una ventaja añadida, porque así como en el plano del conocimiento científico, en el  que surge la popperiana categoría, el hecho de que una teoría se vea falsada no implica en modo alguno que no haya ninguna explicación para aquello que dicha teoría pretendía conocer, del  mismo modo que si la propia realidad se ha encargado de refutar determinadas predicciones o ha echado por tierra las más bienintencionadas expectativas, tampoco implica que no se intente hacerlo inteligible. Si se me permite la grosera simplificación: que algo no resulte cognoscible con determinados instrumentos teóricos no significa que sea del todo incognoscible. Lo que sí significa  seguro es que dichos instrumentos en concreto no son útiles para este propósito gnoseológico en concreto.  </p><p>Probablemente buena parte del estupor y de la perplejidad en  los que vivimos inmersos están relacionados con este «malentendido». Y siguiendo con el paralelismo: de la misma manera que la  refutación de una teoría no llevaría a ningún científico a renunciar a la búsqueda de explicaciones alternativas a la teoría refuta da, tampoco las buscaría fuera del marco del conocimiento científico. Si aplicamos la misma lógica al asunto que aquí estamos  tratando, podríamos decir que necesitamos discursos nuevos que,  además de dar cuenta de todas aquellas dimensiones de lo real  que los discursos heredados no fueron capaces de explicar, abran nuevos horizontes para la intervención en la realidad. Hay que acompasar el pensamiento y la acción, y tan erróneo resultaría identificar la dificultad de pensar con la imposibilidad de actuar, como interpretar que basta con desprenderse de las categorías y discursos heredados para que se muestren, espontáneamente, las nuevas sendas por las que debe discurrir nuestro obrar. No faltan elaboradas utopías a modo de requisito previo para  ponerse a luchar, se trata de que sin una visión de conjunto de la realidad –al menos en grado de tentativa– sobre la que se pretende intervenir, lo más probable es que la mera politización del malestar que algunos proponen –como quien descubre el Mediterráneo– dé lugar, en el mejor de los supuestos, a una revuelta que quede finalmente en nada, como suele ocurrir cada vez con mayor frecuencia en los últimos tiempos (la denominada en su momento «primavera árabe» constituiría un clarificador ejemplo de  ello). O, si se prefiere, podemos formular esto mismo de otra manera más sencilla: el problema no es que hagan falta utopías sino que hacen falta horizontes. Sin ellos, estamos condenados a un activismo desnortado que, en el peor de los casos, puede entrar en sintonía con nihilismos irracionalistas de infausta memoria y, en el caso menos malo, en una sucesión de palos de ciego sin perspectiva de futuro alguna. Pero afirmar que necesitamos algo tan potente y efectivo como aquello que pretendemos reemplazar, esto es, un modelo holístico capaz de mejorar lo que ahora hay, en modo alguno puede interpretarse en el sentido de que, en tanto no dispongamos de él, que damos condenados a la inacción. Por el contrario, estamos obligados a intervenir en lo existente porque si, en efecto, descreemos de concepciones hegelianas o <em>hegelianizantes</em> de la historia (las  únicas capaces de darla por clausurada en algún sentido) hemos de asumir que la contingencia de lo histórico puede derivar tanto hacia lo mejor como hacia lo peor, y resultaría del todo absurdo que nos cruzáramos de brazos ante esta última posibilidad, con  el argumento, por completo inconsistente, de que, en tanto que no dispongamos de una visión de conjunto alternativa, no hay nada que hacer, o poco importa cualquier cosa que hagamos. </p><p>De hecho, esto es lo que parece que está ocurriendo en nuestros días. Precisamente esa dificultad para formular una propuesta articulada acerca de aquel modelo de mundo que nos parece deseable, constituye un rasgo muy característico de nuestro presente. Ello no impide, sin embargo, que no podamos enunciar lo que nos parece indeseable, esto es, aquello en lo que vale la pena esforzarse para que no ocurra. Parafraseando las palabras que en 2002 hizo famosas en una rueda de prensa Donald Rumsfeld, el entonces secretario de Defensa de Estados Unidos, cuando enunciamos aquello que rechazamos estamos mostrando que hay cosas que no sabemos que sabemos, ya que dicho rechazo contiene una carga de lo que podríamos denominar conocimiento práctico, implícito, rigurosamente insoslayable.  </p><p>Bien podríamos afirmar que, en nuestros días, ese rechazo, visto desde una perspectiva propositiva, está demandando un cambio en la forma de vida dominante. Forma de vida que, en el caso del neoliberalismo imperante, significa endeudamiento, consumo, expectativas sin esperanza, competencia desaforada, etcétera. Rebelarse contra todo eso puede ser considerado como la ex presión de una forma de vida <em>no-nata</em>, contenida en el presente, que compete a la razón intentar desarrollar. Es preciso tener en cuenta este aspecto, especialmente para no incurrir en el error de atribuir a los gritos de dolor una autoridad mayor que a unos elaborados argumentos. Ahora bien, para cumplir correctamente la tarea de desarrollar la mencionada forma de vida es una condición indispensable valorar con la máxima precisión posible el peso que tienen los diferentes elementos que constituyen nuestra  realidad en la generación de los efectos que se ponen en cuestión. </p><p>En este caso tener en cuenta el planteamiento de la filosofía de la ciencia popperiana puede resultarnos de utilidad. Y lo que los pensadores, en la línea del autor de la <em>Lógica de la investigación  científica </em>(fundamentalmente Imre Lakatos), han planteado es que prácticamente nunca se produce una falsación de la totalidad de una teoría científica, sino que son los propios científicos los que se encargan de minimizar los daños del fracaso y acotan lo falsado a algún elemento particular de lo sometido a control experimental (un cálculo erróneo, un problema técnico con los instrumentos utilizados, etc.). Sin duda, esa resistencia puede ser criticable si se utiliza para ocultar una voluntad –en el fondo,  dogmática– de escapar a la crítica, pero también puede ser considerada positiva si llama la atención sobre la necesidad de no ex tender a la totalidad de una propuesta compleja una refutación que, en realidad, sólo estaría afectando a una parte de la misma.  </p><p><strong>B</strong>. Pues bien, si tenemos en cuenta todo lo dicho, resulta perfecta mente pertinente preguntarse qué ha quedado falsado y qué no en esa Gran Falsación a la que se está haciendo referencia. La advertencia es relevante porque a menudo podemos constatar cómo  toda una visión del mundo –la de la izquierda de la Ilustración,  para entendernos– queda descalificada con el argumento de que la forma política que adoptó a lo largo del pasado siglo xx, en el entonces denominado <em>socialismo real</em>, se saldó con un inequívoco fracaso. Pero inferir de ahí que tanto el conocimiento científico de  la sociedad, en el que dicho modelo declaraba basarse, como el  anhelo de emancipación en todos los órdenes que parecía animar le han quedado descalificados por dicho fracaso, resultaría abiertamente abusivo desde el punto de vista del discurso. Si bien debemos puntualizar que, con este proyecto histórico, se trata de  adoptar la misma actitud que solemos mantener con el representado por la derecha de la Ilustración. Y así como en este último caso constituye casi un lugar común señalar que la deriva neoliberal adoptada por el capitalismo en los últimos tiempos no debería  contaminar nuestro juicio sobre los antecedentes e impedirnos valorar los elementos positivos (incluso también emancipatorios) propios de la tradición liberal, idéntico trato, ponderado, habría que reclamar para quienes hicieron de la superación del capitalismo su máxima aspiración.  </p><p>No es una introducción el momento procesal de desarrollar el contenido de tales matices, que ahora se presentan tan sólo en  forma de anuncio de lo que se encuentra, ampliado, en el interior. Pero la referencia a ellos debería servir al menos a modo de advertencia de alguno de los peligros que se ha pretendido evitar. Uno  de ellos, nada desdeñable, es el que, si partimos de la premisa de que nos encontramos ante dos modelos de sociedad antagónicos, por completo excluyentes, se da por supuesto que el fracaso de uno hace bueno al otro en alguna medida. Pero si sustituimos esta premisa por la del carácter necesariamente parcial de cualquier falsación, puede darse el caso de que ambos modelos se hayan visto falsados en gran medida (sin descartar que uno más que  otro, como parece haber sido el caso), pero no por ello deben ser por completo abandonados. </p><p>Por supuesto que a los amantes de la brocha gorda (también conocida en ciertos ámbitos como polarización) tanta ponderación y matiz les habrá de parecer un melindre discursivo sin la menor operatividad práctica. Pero sólo si asumimos la actitud que proponemos podremos dar mínimamente cuenta de la complejidad poliédrica de nuestra realidad, en la cual se hallan tanto quienes pugnan por dar forma política y teórica a un profundo malestar ante la deriva del mundo, como quienes hacen suyo un discurso y unas prácticas que, de hecho, implican la aceptación, más o menos resignada, de toda una forma de vida. Y eso sin descartar la presencia de relevantes sectores que, de alguna manera, participan de los rasgos de los dos grupos mencionados. Pues bien, quizá sean estos últimos los más significativos y genuinos representantes de nuestro presente. Ni son fervientes activistas persuadidos de la bondad de su causa (y de la maldad del adversario) ni dóciles conformistas que dan por buena la realidad por el solo hecho de que es lo que hay. Son conscientes de su situación, pero profundamente escépticos con respecto a las posibilidades de transformar lo existente. Bien podría decirse que es a ellos –a esos <em>resabiados y resentidos </em>que aparecen en el título– a  los que va dedicado el presente libro. </p><p>Esta parece ser, en efecto, la tesitura que nos define. La idea de Bloch, evocada en su momento entre nosotros por Javier Muguerza, según la cual no hay esperanza sin razón, ni razón sin esperanza, habría dejado de regir, y el desafío que nos tocaría  afrontar sería –formulándolo con una rotundidad ciertamente exagerada–, el de cómo vivir sin razón y sin esperanza. Nuestra  formulación es, desde luego, exagerada, ya que el autor de <em>El  principio esperanza </em>había matizado la suya en su libro de manera significativa (literalmente se sostiene allí que «la razón no puede  florecer sin esperanza ni la esperanza puede expresarse sin la razón»), pero cumple la función de señalar el calado de la crisis en la que vivimos inmersos. </p><p>Sin duda no es el caso, ciertamente, de que se haya producido un abandono absoluto de la razón. Si acaso, más preciso sería hablar de un profundo debilitamiento de la misma o, planteado de  otra manera, la progresiva sustitución de la razón dialógica por una racionalidad puramente instrumental, de la misma forma que  lo que se ha producido ha sido la derrota de una esperanza fuerte,  relacionada con una transformación radical de lo existente, y su  reemplazo por esperanzas e ilusiones de baja intensidad, vinculadas fundamentalmente al consumo, pero sin un horizonte utópico más allá del que ofrece en nuestros días la tecnología (y que suele sustanciarse en la promesa de una prolongación sustantiva de la vida o en la desaparición de toda forma de dolor físico). Pero, como veremos luego, tales ilusiones y utopías, tan venidas a menos que apenas parecen merecer ese nombre, en modo alguno  pueden ocupar el lugar y desarrollar la función de las de antaño, y es la constatación de esta impotencia la que genera el resentimiento de los individuos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 06 Oct 2025 04:00:43 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Manuel Cruz]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Resentidos y resabiados': cómo las visiones dominantes fracasaron para darnos un mundo mejor]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cultura,Libros,Industria cultural,Editoriales de libros,Prepublicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cómo desmontar las excusas del franquismo para justificar 'La hambruna española']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/hambruna-espanola-miguel-arco-desmonta-excusas-franquismo-justificar-hambruna_1_2060794.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7d6943d6-73b3-47cd-a93e-b128c6f50330_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cómo desmontar las excusas del franquismo para justificar 'La hambruna española'"></p><p>Ante la hambruna en la que se sumió España después de la Guerra Civil, Franco habló de aislamiento internacional, de una supuesta “pertinaz sequía” y de desastres provocados por la guerra. Ahora sabemos que la realidad es otra. <strong>Miguel Ángel del Arco</strong> desmonta en su nuevo libro todas las excusas que el Franquismo inventó para justificar la falta de alimento, por la que murieron 200.000 españoles. En <a href="https://www.planetadelibros.com/libro-la-hambruna-espanola/424047" target="_blank" ><em>La hambruna española</em></a>, el autor desvela otros motivos como la economía adoptada, el afán de Franco por acercarse al fascismo europeo, su régimen dictatorial o la corrupción generalizada. </p><p>Del Arco es catedrático en la Universidad de Granada y ha centrado sus investigaciones en el estudio de la guerra civil, la posguerra y el fascismo, abordando temas como las actitudes políticas, la represión, la memoria o la hambruna franquista. Ahora vuelve para recordar que “el régimen de Franco tuvo una vida suficientemente larga como para construir mitos y esculpir silencios”. </p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta un fragmento de esta obra que publica Editorial Crítica y que sale a la venta el miércoles 17 de septiembre: </p><p>Este libro está lleno de pequeñas historias personales que nos ayudan a revivir aquellos terribles días de pan negro. Son también una forma de dignificar a las víctimas de la hambruna y una oportunidad para explicar lo sucedido. Un poeta del pueblo que, por negarse a abjurar de sus ideas ante los vencedores, muere famélico y ahogado por la tuberculosis en una prisión de Alicante. Un antiguo presidente del Congreso de los Diputados que limpió letrinas en su cautiverio y, anciano, desnutrido y enfermo, fallece en una cárcel de Carmona (Sevilla). Ancianos que, en inviernos de frío y sin nada que echarse a la boca, mueren solos en cuevas, chabolas y agujeros. Presos desesperados que, en un monasterio de Galicia, dibujan grafitis de banquetes o animales como muestra de su obsesión por una comida que nunca les llega. O aquellos otros que comen perros, gatos, ratas, cerdos infectados, algas o hierbas del monte para sobrevivir. Familias quebradas por la guerra y la violencia que se dedican a la mendicidad y cuyos miembros son encerrados en espacios para no ser vistos cuando llegan las Navidades, donde la muerte va a buscarlos. Mujeres solas, muchas veces viudas, vestidas de luto, que se dedican al mercado negro o venden su cuerpo para dar de comer a sus hijos. Niños que mueren antes de cumplir un año y de los que nadie se acuerda, o aquellos que son entregados a otras familias porque sus padres no pueden alimentarlos, o los que acaban en las manos del régimen franquista para comer, en aquellos hogares del Auxilio Social donde el alimento es un arma transformadora. O incluso los que, en el colmo de la desesperación y siempre con el estómago vacío, se suicidan. Todos estos son los rostros de la hambruna española. Los protagonistas de este libro.</p><p>La obra se divide en cuatro partes. La primera está dedicada a las causas de la hambruna, en la que desmontamos uno por uno los mitos del franquismo sobre «los años del hambre». Este tipo de penurias son fenómenos tan complejos que no pueden explicarse por un solo factor y, por eso, apuntamos al menos a cinco grandes causas. No podemos obviar que la hambruna fue precedida por la guerra civil y esta debe incluirse entre los factores que la originaron. Aunque las secuelas demográficas del conflicto deban ser tenidas en cuenta, la destrucción y la ruina de la economía española fueron limitadas.</p><p>La hambruna fue originada por una decisión humana: la adopción de la política autárquica. La autarquía era un modelo económico que aspiraba a la autosuficiencia plena de la nación, fomentando la industrialización y el crecimiento económico con fines imperiales y ultranacionalistas. Los resultados de esta arcadia económica fueron desastrosos y están en la raíz última de la hambruna. Aunque la propaganda de la dictadura prometiese en medio de los vítores de la victoria que España sería «Una, Grande y Libre», a la luz de los resultados podríamos decir que más bien lograría una nación hambrienta. En todo ello también hay que hablar de responsabilidades: la autarquía fue una política voluntariamente aceptada y decidida por Franco y sus hombres. Ellos conocían sus efectos, sabían que la gente fenecía de hambre, que las enfermedades galopaban sobre los cuerpos de los más pobres. Y no dieron marcha atrás.</p><p>Hay otro factor humano para explicar el origen de la catástrofe: la orientación política filofascista del franquismo. Desde la guerra civil estaba clara la simpatía de Franco y de los sublevados por las potencias fascistas, que habían sido decisivas en asegurar la victoria. Tras el 1 de abril de 1939, esta estrecha amistad se intensificó, también después del comienzo de la segunda guerra mundial ese septiembre. Ahí está el paso de la neutralidad a la no beligerancia de Franco. El franquismo cooperó militarmente con la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini: permitió el aprovisionamiento de sus submarinos, espió para ellos y coqueteó seriamente con la idea de entrar en la guerra. También lo hizo económicamente: mientras España se moría de hambre, enviaba materias primas y alimentos esenciales para la supervivencia. Ante esta ayuda activa a sus enemigos, los aliados —especialmente Gran Bretaña y posteriormente Estados Unidos— impusieron un bloqueo económico que asfixió a España: la idea central era impedir su entrada en la guerra limitando la importación de artículos y, para domesticar a Franco y asegurar su neutralidad, tender siempre la mano para abastecer a cambio a España con alimentos. En esa encrucijada, el régimen tuvo que elegir entre pan o imperio. Entre 1939 y 1942 escogió imperio, decisión que agravó la hambruna y potenció el sufrimiento de muchos españoles.</p><p>La corrupción generalizada también contribuyó a la aparición y al desarrollo de la hambruna. La autarquía propició un sistema corrupto que controló los alimentos en momentos de necesidad. Surgió el mercado negro o estraperlo, que provocó el aumento espectacular de los precios e hizo desaparecer productos del mercado oficial. La corrupción de este gran estraperlo se extendió por todas las esferas de la Administración y de los sectores afectos a la dictadura: desde el palacio de El Pardo a los ministros, del ejército a la Iglesia, de los gobernadores civiles a los presidentes de diputación y alcaldes... y, por supuesto, a todos aquellos que ocupaban puestos en las instituciones autárquicas que controlaban el pan de la supervivencia, además de Falange, verdadero buque de salvación —y de corrupción— para muchos.</p><p>El último factor para explicar lo sucedido es la violencia, la represión de los vencidos. No pueden entenderse aquellos años sin tomarnos en serio las políticas de la «victoria» del franquismo, tan vinculadas a la ideología autárquica. La «verdadera España» había vencido al mal en la «Cruzada», pero el enemigo no estaba del todo vencido: había que perseguirlo, castigarlo y reeducarlo. Entonces, el hambre fue también un arma para castigar a los republicanos, dentro y fuera de las cárceles.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Sep 2025 04:00:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Miguel Ángel del Arco]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Cómo desmontar las excusas del franquismo para justificar 'La hambruna española']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cultura,Industria cultural,Libros,Editoriales de libros,Prepublicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['A cuatro patas']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/cuatro-patas_1_2011195.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6520f37a-43e3-4188-b653-e32002331ce9_16-9-discover-aspect-ratio_default_1019070.jpg" width="995" height="559" alt="'A cuatro patas' de Miranda July"></p><p>Seleccionada a la vez por el<em> New Yorker</em> y el<em> New York Times</em> como el mejor libro de ficción del año, <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/373184-libro-a-cuatro-patas-9788439744863?srsltid=AfmBOoojLUXx-MliithbgsPmoueR1CCH0CaaFTY6bNwyr8IsFNMPQnZp" target="_blank"><em>A cuatro patas</em></a>, la segunda novela de<strong> Miranda July</strong>, plantea un viaje interior para intentar mostrar las inquietudes de una mujer en su cuarentena. Aunque la premisa del libro es un viaje en coche entre Los Ángeles y Nueva York de nuestra protagonista, lo cierto es que se queda a pocos kilómetros de su casa en un motel. Sin necesidad de alejarse, ejecuta un detallado replanteamiento vital tras estudiar al detalle su vida social y laboral, pero también matrimonial y familiar e incluso sexual.</p><p><strong>Miranda July </strong>logra en esta novela apropiarse de lo familiar, lo íntimo y lo doméstico y convertirlo en algo nuevo, emocionante y profundamente vivo. Convertida en EEUU en una de las novelas que más dio que hablar en 2024, llega ahora a España para confirmar la brillantez del genuino enfoque de su autora para la ficción. </p><p><strong>infoLibre</strong> adelanta el primer capítulo de esta obra que publica Random House y que sale a la venta este mismo jueves 12 de junio: </p><p>"No quisiera preocuparte", empezaba diciendo la nota, una manera genial de empezar. ¡Preocúpame, por favor! ¡Sí, preocúpame! Llevo toda la vida esperando que una nota así me llene de preocupación.</p><p><em>No quisiera preocuparte, pero parecía que alguien estaba haciendo fotos de tus ventanas con un teleobjetivo. Si era algún conocido tuyo, entonces perdón por el malentendido, pero si no, tengo la marca/modelo/matrícula de su vehículo.</em></p><p><em>Brian (el vecino de al lado) [y su número de teléfono]</em></p><p>En realidad no hace falta un teleobjetivo porque en la parte de delante tenemos unos ventanales inmensos sin cortinas. A veces me paro un momento antes de entrar y miro cómo Harris y Sam se ocupan inocentemente de sus asuntos. Harris explicándole algo –que yo no oigo– a Sam, o haciendo volar a Sam. Siento por ellos una profunda ternura. "Intenta recordar este sentimiento –me digo a mí misma–. De cerca, son las mismas personas que vistas desde aquí".</p><p>Enseguida supimos qué vecino era Brian. El del FBI. Si algo hemos aprendido de Brian es que ser miembro del FBI no es un secreto, como ser de la CIA. Brian lleva su chaleco (¿antibalas?) con las letras FBI claramente visibles mucho más a menudo de lo que sería menester. Como si alguien de los Dodgers se pusiera el equipamiento para regar el césped. Vale, tío, lo hemos pillado: juegas en los Dodgers, pensaríamos los vecinos.</p><p>Lo primero que hizo Harris cuando terminé de leer la nota en voz alta fue burlarse diciendo que cómo no iba el vecino del FBI a "pillar" a un tío con un "teleobjetivo". Y lo siguiente fue no hacer absolutamente nada. Estaba ocupado y le pareció que no merecía la pena molestarse por una tontería.</p><p>–Pero da un poco de yuyu, ¿no crees?</p><p>–Hoy en día la gente saca fotos de cualquier cosa –dijo él, saliendo de la habitación.</p><p>–Pero ¿no crees que debería llamarle? Harris no me oyó.</p><p>–Llamar ¿a quién? –preguntó Sam.</p><p>Yo estaba allí con la nota en la mano y esa curiosa sensación como de abandono que uno tiene mil veces al día en el ámbito doméstico. Podría haber gritado, pero ¿por qué? No es que necesite cotillear con mi marido sobre cualquier nimiedad; para eso están las amigas. Harris y yo somos más formales, como dos diplomáticos que no están seguros de que el otro no les haya envenenado la bebida. Siempre muertos de sed pero siempre esperando a que el otro tome el primer sorbo.</p><p>"Adelante".</p><p>"No, ¡tú primero!".</p><p>"Por favor, después de ti".</p><p>Este "andarse con pies de plomo" podría antojarse muy estresante, pero yo estaba segura de que al final saldríamos victoriosos. Cuando todos los demás estuvieran hasta la mismísima coronilla del cónyuge respectivo, nosotros estaríamos capeando el temporal, en plena luna de miel. Calculo que con sesenta años ya cumplidos.</p><p>Mi amiga Cassie se despide con un ¡Te quiero! cada vez que habla por teléfono con su marido. Yo, cuando la oigo, siento vergüenza ajena.</p><p>Pero si es que le quiero, dice Cassie.</p><p>Hace un momento hablabas de lo vacía y desdichada que te sentías…</p><p>Y entonces se ríe a medias como si fuera algo que escapa a su control. Yo no espero que se sincere con su marido, ¡pero al menos que no intente colármela a mí! Las relaciones conyugales ajenas siempre nos parecen marcianas. Una vez le hice grabar a Jordi, mi mejor amiga, una conversación casual entre ella y su mujer. Jordi es una muy buena escultora además de persona capaz de teorizar sobre cualquier cosa, pero en dicha conversación apenas si dijo esta boca es mía mientras su mujer despotricaba de un popular programa de televisión. Solo de vez en cuando se oía a Jordi hacer una pregunta en voz baja; básicamente se reía como una tonta de las cosas que decía Mel. Yo pensé que Jordi sentiría apuro, pero qué va.</p><p>–Me encanta lo segura que está Mel de sí misma. Adoro a las personas que tienen opinión para todo. Como tú.</p><p>Eso me halagó tanto que de inmediato sentí cierta empatía por la dinámica que tenían las dos.</p><p>–La verdad es que ese programa da pena –dije–. Mel clavó el comentario.</p><p>Mis amigas siempre me están obsequiando con cosillas así –emails a sus madres respectivas, capturas de pantalla de mensajes sexuales–, debido a mi eterno deseo de saber qué se siente siendo otra persona. ¿Qué estábamos haciendo, los humanos?</p><p>¿Qué demonios estaba pasando aquí en la Tierra? Naturalmente, ninguno de estos artefactos tenía la menor importancia; era como querer agarrar el humo por el mango. ¿Mango? ¿Qué mango?</p><p>Guardé la nota del vecino en mi mesa. Yo también tenía cosas que hacer, pero siempre encuentro tiempo para preocuparme por algo. Bien pensado, creo que cuando llegó la nota yo ya había empezado a preocuparme por la posibilidad de que alguien nos hiciera fotos desde la calle con un teleobjetivo. Digo "preocupar" y no es el término correcto; más bien</p><p>"esperar". Esperaba, confiaba en que esto ocurriera y hubiera estado ocurriendo desde el día en que nací; bueno, o algo por el estilo. Si no el hombre ese, entonces Dios, o mis padres, o mis padres de verdad, que de hecho son solo mis padres, o mi verdadero yo, que lleva un tiempo aguardando el momento oportuno de tomar el relevo y mandarme a la papelera de reciclaje. Oh, por favor, que haya alguien lo bastante sensible como para cuidar de mí. Tardé dos días en llamar a Brian, el vecino, porque me apetecía deleitarme en mi posición, como cuando un ligue te responde por fin un mensaje y quieres disfrutar un rato de que la pelota esté en tu tejado.</p><p>–Se me hace raro llamar por teléfono a alguien que vive en la casa de al lado –dije–. Bastaba con abrir la ventana, ¿no?</p><p>–Ahora mismo no estoy en casa.</p><p>–Vale.</p><p>Brian dijo que el hombre en cuestión había estacionado en la esquina y que no había hecho fotos de ninguna otra casa.</p><p>–Puede que solo le gustara la vuestra –sugirió.</p><p>Eso me tocó las narices. A ver, la casa es bonita, pero venga ya. Yo no había demorado dos días la llamada porque nuestra casa sea bonita.</p><p>–Digamos que soy un poquito famosa –dije, cargando tintas en la falsa modestia. La falsa modestia es una de esas cosas con las que es difícil no pasarse, como cuando aprietas el tubo de la nata batida.</p><p>Él respondió que esa era la razón por la que estaba inquieto, por mi notoriedad.</p><p>–Vaya, muchas gracias –dije yo, humildemente–. Es bueno saber que estás tan atento a lo que pasa.</p><p>–De hecho, es mi trabajo –dijo Brian.</p><p>–De acuerdo –dije yo, cortando por lo sano.</p><p>Tampoco es que sea una persona muy conocida. No entraré a detallar a qué me dedico, sería tedioso, pero imaginaos una mujer que a muy temprana edad cosechó éxitos en diversos medios y que ha continuado más o menos así, siempre con una suerte de fuga disociativa en torno a sus principales preocupaciones y con la confianza en sí misma propia de quien sabe que no existe otro camino; su vida entera va a ser esta conversación personal con Dios. Quizá en lugar de Dios debería decir el Universo. El Demiurgo. Yo trabajo en lo que antes era el garaje de la casa. Mi mesa tiene una pata más corta que las otras y cada día, durante los últimos quince años, pienso en calzarla con lo que sea, pero mi trabajo es siempre demasiado urgente, me pilla invariablemente en un punto de inf lexión importantísimo; siempre estoy al borde de algún tipo de revelación. A las cinco tengo que hacer un esfuerzo por reducir la marcha antes de entrar de nuevo en casa, como el astronauta Buzz Aldrin disponiéndose a vaciar el lavavajillas justo después de regresar de la Luna. No hables de la Luna, me recuerdo a mí misma. Pregunta a todos qué tal les ha ido el día. El vecino del FBI preguntó si yo sabía de alguien que quisiera comprar una camioneta.</p><p>–Es una F-150 del año 2013. Voy a mudarme y me deshago de la mayor parte de mis cosas.</p><p>–¡Anda! ¿Y adónde te vas?</p><p>–No puedo desvelar mi nuevo domicilio –respondió Brian. Yo me disculpé por preguntar.</p><p>–Imagino que en tu vida habrá muchas cosas que tienen que ser ultrasecretas.</p><p>–Pues sí –dijo él con voz suave–. Este barrio me encanta, que conste. Todos esos árboles, y los aullidos de los coyotes por la noche.</p><p>–A mí eso también me gusta mucho. ¡Y mira que hay coyotes! Docenas, yo diría.</p><p>–Más.</p><p>–¿Centenares, tú crees?</p><p>–Sí.</p><p>Nos quedamos callados y no quise ser yo quien rompiera el silencio; me pareció que él, como agente del FBI, sabría cuándo hacerlo. Pero el silencio se prolongaba, y empecé a sonreír para mis adentros, más mueca que sonrisa por lo incómodo de la situación, pero el silencio continuó hasta el punto de que dejé de estar nerviosa; ahora pensaba que ese silencio era algo que estábamos haciendo juntos él y yo, como una <em>jam session</em>, pero luego esa sensación pasó de largo y me puse inexplicable y abrumadoramente triste. Mis ojos se llenaron de lágrimas, y el silencio finalmente cesó porque yo hice ruido al sorber por la nariz y él dijo Sí otra vez, con resignación. Y luego, como si nada hubiera pasado (como, de hecho, así era), él se puso a hablar otra vez del tío del teleobjetivo.</p><p>–Apunté el número de la matrícula, por si las moscas.</p><p>Cuando llegue a casa, si quieres te lo paso.</p><p>–Desde luego –dije–. Sería estupendo.</p><p>Naturalmente, a Harris ni le mencioné esta conversación. Habría levantado las cejas y sonreído con gesto de cansancio. Oh, vaya, ¿o sea que tienes una relación extrañamente íntima con un desconocido? ¿Cómo es posible?</p><p>Yo procuro que la mayor parte de mi persona quede extramuros a salvo. De puertas adentro me concentro en llevar el timón de la casa a fin de que podamos tener una vida tranquila y saludable sin catástrofes ni enfermedades. Esto supone estar siempre planificando. Por ejemplo, cada fin de semana hago siete gofres para Sam con dosis extra de huevos, que luego tostaré ligeramente para que sirvan de desayuno alto en proteína durante toda la semana. Pero como toda esta previsión puede resultar más fatigosa que divertida, intento equilibrarla con algo espontáneo, ya sea un juego que me invento para el desayuno o un aderezo sorpresa para los gofres. Harris diría que, básicamente, lo que intento es tenerlo todo controlado. ¿Quién lleva razón? Él y yo, ambos, pero admiro ese estoicismo suyo a la antigua usanza. Incluso viste de una manera un tanto anticuada, como un albañil o un viajante de comercio. "La sal de la tierra" es una expresión que le cuadra bastante, mientras que de mí nadie diría que soy la sal de la tierra. Y no porque yo sea una mala persona, pero de los dos yo soy sin duda la peor. Muchas veces me muerdo literalmente la lengua (sujetándola con cuidado entre los dientes) y cuento hasta cincuenta. Para entonces, el impulso de decir algo innecesario suele haber pasado.</p><p>Estaba en la cama cuando Brian me mandó un mensaje acerca del coche del telefotógrafo.</p><p><em>Era un Subaru 5 puertas negro, número de matrícula 6GPX752. </em></p><p><em>Gracias!, escribí yo.</em></p><p><em>De nada. Si te interesara comprobar a quién pertenece, me avisas. Yo no puedo hacerlo, pero te pondría en contacto con alguien que sí. Para tus archivos: Varón blanco o asiático, estatura media o un poco por encima de la media, ligeramente barrigudo, con barba. Estuvo allí el sábado sobre las 4 de la tarde.</em></p><p>Sábado. Me levanté de la cama y miré el calendario en mi ordenador. (Cosas así puedes hacerlas fácilmente si no compartes lecho con tu marido. Y es que él ronca y yo tengo el sueño ligero). El sábado a las tres Harris había llevado a Sam a una fiesta en casa de una amiga, de modo que a las cuatro yo estaba sola. Exacto, sí: había llamado a mis padres como una buena hija pero no estaban en casa, de modo que me puse a enviar mensajes a amigas sobre mi próxima visita a Nueva York; yo acababa de cumplir cuarenta y cinco y la excursión era un regalo que me hacía a mí misma. Iría al teatro, a ver exposiciones, y me alojaría en un buen hotel y no en casa de una u otra amiga, cosa que normalmente podría parecer un derroche de dinero, pero resulta que había recibido un talón sorpresa: una marca de whisky había vendido los derechos de una frase que escribí años atrás para una nueva campaña publicitaria a escala mundial. La frase iba de masturbarse, pero sacada de contexto le cuadraba también al whisky. Veinte mil dólares.</p><p>Jordi consideró importante que me gastara ese dinero de manera nada sensata. Whisky viene, whisky va. </p><p>–¿Es lo que harías tú?</p><p>–No, yo lo emplearía en despedirme de FTC y dedicarme a tiempo completo a mi arte.	</p><p>FTC es una agencia de publicidad. Yo le ofrecí a Jordi el dinero sin pensarlo dos veces: ¡Es una beca!, dije. Pero ella me puso las manos en los hombros y me miró de hito en hito.</p><p>–Piensa. ¿Qué es lo que más deseas en este mundo? –dijo, sacudiéndome de una forma que me hizo reír como una tonta.</p><p>–Oh, pueeees, ¿una idea buena para mi nuevo proyecto?</p><p>–Vale, pues haz lo contrario de lo que harías normalmente. ¡Invierte en belleza!</p><p>Los escultores piensan que la belleza es un tema de primer orden, no una chorradita más. Qué afortunada soy, ¿verdad? No es común tener una mejor amiga como Jordi.</p><p>Había reservado habitación en el Carlyle y luego, el sábado a las cuatro de la tarde, había enviado selfis desnuda a todas mis amistades neoyorquinas. Es algo que solemos hacer, además de mandarnos fotos de los críos y las mascotas; actualmente ya forma parte del ritual de seguir en contacto. Recordé que me había costado encontrar el ángulo apropiado y que eso me perturbó un poquito. Antes no era tan difícil hacerse un selfi desnuda que quedara bien. Podía ser que la calidad de la luz estuviera cambiando: cosas del calentamiento global.</p><p>Volví a la cama y le envié este mensaje a Brian:</p><p><em>¿Cómo haría para identificar al dueño del coche, si me interesara hacerlo?</em></p><p>Mientras esperaba su respuesta me toqué, imaginándome al barbudo y ligeramente tripudo fotógrafo cascándosela en su Subaru cinco puertas mientras mi cuerpo desnudo iluminaba la diminuta pantalla de su cámara digital. Me corrí dos veces, la segunda de ellas oyendo mentalmente el plop, plop de su tripa sobre mi estómago. Me limpié los dedos en la camiseta y miré el móvil.</p><p><em>Llama a Tim Yoon (323) 555-5151. Es un detective de la policía jubilado. Seguramente estará dispuesto a hacerlo a cambio de una pequeña suma.</em></p><p>Era demasiado tarde para llamar, de modo que le envié un mensaje y me quedé dormida imaginándome a Tim Yoon enfrascado en su búsqueda.</p><p>Yoon pronunciado como "atún". Una búsqueda meticulosa, no al buen tuntún. Yoon pronunciado como "rayón". Yoon pescando atún vestido con su túnica de rayón. Y luego volvía pisando fuerte, un plato blanco en cada mano.</p><p>–¿Te apetecen más matrículas, querida? –gritaba al acercarse.</p><p>–Oh, sí, no pares. Tráeme más, porfa.</p><p>–Lo intentaré –respondía él, jadeante, al pasar por mi lado. Y allá que iba, mi pescador, surcando las aguas hasta perderse de vista en el horizonte. Luego me di la vuelta y lo vi</p><p>resurgir con sus capturas.</p><p>Tim Yoon tardó muchos meses en llamarme; para entonces, yo ya había deducido quién era el telefotógrafo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 11 Jun 2025 19:00:47 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Miranda July]]></author>
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      <media:title><![CDATA['A cuatro patas']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Prepublicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Bajos fondos']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/bajos-fondos_1_1999623.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e485a3f2-3c28-425b-a97c-7d33d51708df_16-9-discover-aspect-ratio_default_1018854.jpg" width="1596" height="898" alt="'Bajos fondos'"></p><p>Una fija en las quinielas del Premio Nobel, la escritora china más traducida de su país y reconocida como una de las autoras más representativas del movimiento experimental y de vanguardia chino de finales del siglo XX. Con esta tarjeta de presentación, <strong>Can Xue</strong>, cuyo nombre real es <strong>Deng Xiaohua</strong>, trae ahora a España su novela<em> </em><a href="https://www.aristasmartinez.com/producto/bajos-fondos" target="_blank"><em>Bajos fondos</em></a><em> </em>(traducción por <strong>Tyra Díez</strong>), un libro de cuentos que la catapultó a su segundo Premio Booker. </p><p>Con un estilo particular e irreconocible, <em>Bajos fondos</em> es una asombrosa fábula contemporánea cargada del temperamento experimental y filosófico presente en toda la narrativa de <strong>Can Xue</strong>. Su protagonista es una rata, Wei Qi, que ha sido desahuciada del valle de sus ancestros. En la novela se relatan sus peripecias en el extenso barrio de chabolas donde se ve obligada a subsistir atada a las duras condiciones que los bajos fondos le imponen, a medio camino entre la resignación y la esperanza.</p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta adelanta un fragmento del primer capítulo de esta obra que publica Aristas Martínez y que sale a la venta este jueves 21 de mayo:</p><p>Yo vivo en los arrabales. No tengo un sitio fijo, más bien me acoplo allí donde haya lumbre. Por la zona producen carbón, las casas dejan prendida la hornilla de noche, y allí yo que me acurruco para cobijarme del frío; siempre me aterra la helada a esas horas.</p><p>Al pie de la escalinata está la hondonada donde se levantan las chabolas. Para la gente era una tierra maldita, donde ni los niños dormían tranquilos. Gritaban asustados, de un salto brincaban de la cama, con los pies descalzos salían por la puerta despavoridos. Corrían y corrían por esas angostas callejuelas, por no congelarse si paraban. Sus padres aguardaban a que despuntara el alba para salir a recogerlos. Madres y padres muy delgados y muy oscuros, a los que tan solo se les veía el blanco de los ojos rotando en el rostro. Había observado que raramente lograban dormir de noche; más bien se amodorraban recostados en sus camastros. Y aunque apenas dormitaban, soñaban mucho, y charlaban en sueños no solo los matrimonios, sino también los vecinos, a través de esos finos biombos de bambú enjambrado que los separaban. Tan solo me hacía falta oír el contenido de la conversación para saber si era un sueño. A veces se abroncaban o incluso se pegaban pero sin sufrir ni un golpe, los puñetazos se dirigían todos al aire.</p><p>Me olvidé comentar lo de las casas. Eran de esas que se apilan en largas hileras conectadas. ¿Las construirían así de pegadas por miedo? A mí me daba la impresión que cualquiera de ellas era en realidad la misma chabola. Y aunque tenían su puerta, por dentro los ventanucos escaseaban y reinaba la oscuridad. A veces no recordaba cuál de ellas tenía lumbre en invierno y cuál no. Si por error me colaba en alguna sin fogón, el niño de la casa me agarraba la pata y me impedía salir. Trataba de zafarme entonces con tanto ahínco que me hacía rasguños en la piel. En las casas sin hornilla comen mayormente platos crudos; normal que sean tan salvajes. </p><p>Conocí al ratón de la casa cuando aún era de día. A pleno sol, el interior estaba casi tan oscuro como de noche. Oí algo royendo un hueso, pensé que era el gato, me bajé de la hornilla de un brinco, corrí a verlo. Anda, no era el gato, era un ratón doméstico el doble de grande que otros. Maldito, ¡estaba mordisqueando el talón del abuelo! Le vi al viejo un hueso cadavérico, pero sin gota de sangre. El ratón andaba muy excitado, estremeciéndose roe que te roe el hueso, ñi ñi ñi, como si fuera el manjar más exquisito del mundo. A este abuelo lo tenía yo fichado; criaba dos cerdos detrás de la casa, que ahora gruñían de hambre en el cercado. ¿Estaría muerto? Husmeé por la cama, no había muerto, estaba allí reclinado limpiándose las gafas, esas que llevaba cuando se sentaba en la entrada a mirar largamente los dibujos de cualquier papel que se pegaba al rostro. ¿Cómo iba a alimentar a los cerdos, si tenía el talón desollado? El ratón pareció saciarse al fin y dejó de roer, se giró y me vio, asintiendo ligeramente en señal de reconocimiento. Arrastró entonces su protuberante barriga haciéndola retumbar contra el suelo. Sentí curiosidad, ¿cómo se metería en la ratonera? No había agujero tan grande en esa casa. Pero en lugar de colarse en ningún lado, siguió deambulando despacio, como si le doliese la tripa de tanto comer. ¿Qué habría ingerido?, me dieron ganas de vomitar solo de pensarlo. Tras vagar un rato más le entró sueño y se puso a dormitar recostado en la pared, sin mirarme siquiera. </p><p>El abuelo se sentó al borde de la cama y se dispuso a vendarse el talón con unas telas mugrientas; era obvio que las tenía listas de antemano. Hacía mucho ruido al rasgarlas, como si tuviera mucha fuerza. Retal tras retal se envolvió el talón hasta que fue una bola de trapo. Los cerdos chillaban en el corral, parecían a punto de saltarse la cerca. Se levantó enérgicamente, sin calzarse el pie herido. ¿De qué iba todo esto? ¿Por qué dejaba al ratón roerle la planta? ¿Quizá tenía allí un tumor, y quería que el ratón fuera su cirujano? ¡Qué admirable voluntad! Observé de nuevo al roedor: tenía el cuerpo visiblemente inflado y hasta sus patas parecían más gruesas, ¿le habría afectado la toxicidad del bocado? Dormía. Me sentí agobiada; con el corazón pesado, salí a tomar el aire.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 21 May 2025 19:00:15 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Can Xue]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Bajos fondos']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Prepublicación,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Una niña hecha y derecha']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/nina-hecha-derecha_1_1994947.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2043042e-a406-4c4d-a569-257793637e12_16-9-discover-aspect-ratio_default_1018740.jpg" width="1008" height="567" alt="'Una niña hecha y derecha' de Pia Edvardsen"></p><p>El segundo libro de la noruega <strong>Pia Edvardsen</strong> no deja indiferente a nadie: es una novela incómoda al mismo tiempo que impactante, conmovedora, valiente y absolutamente imprescindible. Basada en su experiencia con la terapia de conversión, <a href="https://www.consonni.org/es/publicaciones/una-nina-hecha-y-derecha" target="_blank"><em>Una niña hecha y derecha</em></a> construye una historia que desmonta el mito de que vivimos en sociedades tolerantes con la diversidad sexual y de género.</p><p>Ambientada en una Noruega contemporánea, la protagonista es una joven atrapada entre su deseo y las exigencias de su entorno. Aunque se ha explorado en el mundo de la cultura la historia sobre personas no aceptadas por su entorno, <strong>Pia Edvardsen</strong> profundiza en la novela en cómo el personaje principal es el que lleva su negación al extremo, reprimiendo su identidad, su cuerpo y su autenticidad. </p><p><strong>infoLibre </strong>adelanta el capítulo siete de esta obra que publica Consonni y que salió a la venta este lunes 12 de mayo:</p><p><strong> </strong></p><p>Estoy sentada en la escalera que lleva a la planta de arriba. El fondo de pantalla del móvil alumbra mi cara. Cuando Lars y yo estábamos juntos, el fondo de pantalla era una foto de él. Tuve la misma foto durante años, era tan bonita que no la cambiaba. Era yo la que la había tomado, en uno de nuestros primeros viajes al extranjero. Lars estaba cerca de la cámara, de manera que su cara se veía con nitidez, desde la clavícula para arriba. Al fondo hay arena blanca, mar azul y personas bañándose, y detrás de todos ellos se distinguían las siluetas de montañas llenas de olivos. Lars estaba moreno, así que la debimos de haber tomado en uno de los últimos días de las vacaciones. Llevaba una cadena de plata. No la que yo le había regalado, sino otra, más gruesa. Sonreía de manera que los dientes de arriba quedaban a la vista. Tiene los dientes separados, hay hueco entre ellos, pero no tanto hueco como para que no sea bonito. Eso les da más nitidez, le da a cada diente un lugar marcado. No sé si era el agua del mar lo que hacía que su pelo estuviera ondulado por arriba, o si llevaba cera o gomina puesta. No era tan largo como yo quería, pero tampoco tan corto como él en realidad prefería tenerlo. Llevaba mis gafas de sol puestas. Las había comprado en el aeropuerto en el viaje de ida. No sé si las llevaba puestas de broma, o si se había olvidado las suyas. Ya no me acuerdo. Tenía veintiuno o veintidós, ni niño ni hombre, era las dos cosas a la vez. Ahora la foto del fondo de pantalla del móvil es de la casita para los pájaros en el claro del bosque, pero el código para desbloquear el móvil sigue siendo 1011, el día de su cumpleaños.</p><p>Tengo el pósit con el nombre y el teléfono apoyado en el muslo del pantalón. Abro la mano y separo los dedos, empiezo a escribir un mensaje, pero lo acabo borrando. He intentado pensar que el lenguaje solo es una pequeña parte de las personas, he estado intentando no definirme a mí misma con palabras. No soy lesbiana, no soy homosexual, no soy una bollera o una chupacoños, yo no soy las palabras, he intentado pensar así, pero no es verdad. ¿Quién soy yo, quién puedo ser, si no tengo un lenguaje sobre mí misma? No estoy acostumbrada a ser honesta, los pulgares escriben rápido, que soy lesbiana, pero que quiero ayuda para vivir de manera heterosexual porque no encuentro sosiego. Pulso "enviar", pongo el móvil en silencio y me lo meto en el bolsillo. No lo siento como una traición, ni contra mí misma ni contra otros homosexuales, porque no soy parte de una comunidad, no lucho por una causa política, porque no sirve de nada. No hay el suficiente número de heterosexuales a los que les preocupen los derechos de los homosexuales, que trabajen para que sea más fácil tener hijos y que las lesbianas y los maricones decidan sobre su propia vida. La comunidad con purpurina y arcoíris no tiene relevancia.</p><p>Me paro delante del espejo de la entrada. Me han salido líneas marcadas en la frente. Mis ojos ocupan más espacio en la cara que antes. Están totalmente oscuros, aunque en realidad son azules. Estoy segura de que se puede ver en ellos que vivo sola.</p><p>El bosque está cubierto por la neblina. El cielo gris es como una tapadera que presiona la casa y los árboles frutales contra el suelo. Abro la trampilla para bajar al sótano y bajo la pequeña escalera. Tengo dos cobertizos, uno con leña y otro con heno. Abro uno de los grandes fardos redondos de heno y me llevo todo el heno que consigo cargar. Algunos de los tallos me arañan la cara, y siento el olor del verano seco. Coloco el heno bajo los árboles frutales. Justo después esparzo semillas de girasol en la bandeja para los pájaros. Hace no mucho que estuve en la tienda de suministros agrícolas y compré un saco de veinte kilos de semillas. No sé de qué voy a vivir cuando se me acabe la herencia. Tal vez pueda partir y vender leña. Si la apilo sobre la tarima de madera bajo techo, se mantendría seca y en buen estado. La puedo empaquetar en sacos de leña más grandes que los de la tienda y aun así ponerlos a la mitad del precio al que la venden ellos. Y en verano puedo recoger ostras y venderlas a restaurantes de la ciudad. Donde suelo ir a nadar, hay muchas ostras. Lo he hecho ya varias veces, con escarpines, guantes, el formón para cortar las ostras y una bolsa. Me da la posibilidad de ganar algo de dinero, si no se me ocurre otra cosa. Si me dejan que trabaje tranquila y me libro de tener que hablar con nadie, puedo ser rápida y autosuficiente.</p><p>Me siento en la piedra que hay bajo uno de los árboles frutales, me canso con nada. Las manzanas están amontonadas en el suelo. Suelo exprimirlas y hacer zumo con ellas, pero este año no lo he hecho. El móvil se sale del bolsillo trasero del pantalón, pero me quedo sentada. Tengo miedo de que un encuentro con el psiquiatra no cambie nada, que vaya a seguir teniendo ganas de volver a ver a mujeres hermosas, seguir pensando en ellas mucho después y acordarme de manera precisa de cómo olían. Mientras que no me encuentre con él, sigue existiendo una esperanza, como una posible solución. ¿Qué voy a hacer si no ayuda, si sigo siendo la misma que siempre he sido? El teléfono vibra, pero yo dudo. Me levanto y les doy una patada a algunas de las manzanas. Se rajan de manera que el zumo salpica, se hacen pedazos que los pájaros pueden comerse. Al final no consigo resistirme. Aunque no tengo su número guardado, veo de inmediato que es de su parte: <em>Hola. Es difícil decir algo con seguridad al respecto, así, de buenas a primeras, pero con una conversación, valoración y una discusión puede ser posible averiguar algo más. </em>¿Puedes mañana a las 10 h? De repente me entra la inseguridad. ¿A qué estoy diciendo que sí si me encuentro con él? ¿Qué partes de mí misma es necesario que muestre? No les puedo pedir consejo a mi madre o a mi padre. No lo van a entender. Van a decir que están en contra, que debería ser ilegal, que el mundo es lo suficientemente grande para todos independientemente de a quién amemos. ¿Pero qué papel juegan esas palabras? Ellos no tienen que vivir la vida que yo estoy viviendo. Yo no he deseado dar este paso, me han presionado todos los que dicen que es tan fácil ser homosexual, que no es ningún problema, <em>¿visteis toda la gente que se juntó en el último Orgullo? </em>Nada más que alborozo y alegría en sus voces, porque no tienen nada en contra de la homosexualidad, todo lo contrario, les parece que los gais son un punto de color en la paleta, la alegría de la huerta. Son la misma gente que lee a Édouard Louis y hablan de lo terrible que es ser homosexual en la Francia rural, convencidos de que es totalmente diferente aquí. A la mierda las dudas que siento. No tengo nada que perder. Esta es una oportunidad de tomar el mando sobre mi propia historia. Le respondo que nos vemos mañana.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 14 May 2025 19:00:35 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pia Edvardsen]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Una niña hecha y derecha']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Prepublicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Agnès Varda']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/agnes-varda_1_1986996.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b93770ed-798c-4b4f-a0b8-670aa71c2b99_16-9-discover-aspect-ratio_default_1018585.jpg" width="816" height="459" alt="'Agnès Varda'"></p><p>Seis años después de su fallecimiento, <strong>Carlos Tejera</strong> nos devuelve en forma de libro la figura de <strong>Agnès Varda</strong>, una de las pioneras de la <em>nouvelle vague </em>y una de las pocas directoras de aquella gran renovación. El autor explora en esta obra la completa y maravillosa trayectoria de esta cineasta francesa que transita entre el diario de viaje, el puzle, el <em>collage</em>, el atlas y esa sensación de "work in progress" que se enfantiza por la ausencia de la palabra "fin" en sus películas, como <em>Cleo de 5 a 7</em> o <em>Caras o lugares,</em> pero también en su obra fotográfica, sus videoinstalaciones o sus escritos.</p><p>Amante del arte, <strong>Varda </strong>concibió un cine ajeno a modas y, sobre todo, comprometido en el que plasmó cuestiones sobre la memoria, el paso del tiempo, la vejez, la muerte o el propio cine. Ahora, de la gran pantalla hasta las páginas de este libro, <strong>Tejera </strong>nos devuelve un trocito de esta cineasta pionera, original y enormemente carismática.</p><p><strong>infoLibre </strong>publica un fragmento de uno de los capítulos de<em> </em><a href="https://www.catedra.com/libro/signo-e-imagen-cineastas/agnes-varda-carlos-tejeda-9788437649061/" target="_blank"><em>Agnès Varda</em></a><em> </em>que publica Ediciones Cátedra y que sale a la venta este 2 de mayo.</p><p>Al contrario que sus coetáneos de la <em>Nouvelle Vague, </em>devotos cinéfilos que se curtieron primero como críticos en las páginas de la revista <em>Cahiers du Cinéma, </em>como François Truffaut, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Éric Rohmer o Jacques Rivette, Agnès Varda (Ixelles, Bélgica, 1928-París, 2019), ajena a todo ese ambiente, recibió formación en la L’École du Louvre, donde cursó estudios superiores en historia del arte y, más tarde, de fotografía en la École de Vaugirard5 para después iniciar su trayectoria profesional como fotógrafa en el Théâtre National Populaire (TNP) fundado por Jean Vilar en 1947. Además, confesó que apenas había visto una decena de películas cuando inició el rodaje de su primer largometraje, <em>La Pointe Courte </em>(1954), protagonizada por los aún por aquel entonces desconocidos Philippe Noiret y Silvia Monfort, que en aquella época formaban parte de la compañía de Vilar. Un título en el que, además, y quizá de manera inconsciente, la joven cineasta comenzó a prefigurar los rasgos conceptuales y estéticos por los que después transitarán los <em>enfants terribles </em>de <em>Cahiers du Cinéma</em>.</p><p>El término <em>Nouvelle Vague </em>fue utilizado por primera vez por Françoise Giroud en un artículo sobre el auge de un nuevo espíritu en la juventud francesa publicado en <em>L’Express </em>el 3 de octubre de 1957 —al año siguiente vería la luz su libro, <em>La Nouvelle Vague, portratit de la jeunesse </em>(L’Air du Temps, 1958)—, cuando, en ese mismo año, el crítico Pierre Billard, en el número de febrero de 1958 de <em>Cinéma 58, </em>propone una encuesta para analizar el estado del cine francés y utiliza dicha expresión, aunque solo una vez y de paso, tal como recoge Michel Marie, para expresar que "La prudencia con la que esta <em>Nouvelle Vague </em>sigue los pasos de sus mayores es desconcertante". Asimismo, el historiador de cine constata que es <em>L’Express </em>el que recurre de nuevo a esa etiqueta para englobar las películas producidas en 1959 y, sobre todo, las presentadas en el Festival de Cannes de ese mismo año, como fue el caso de <em>Los cuatrocientos golpes (Les Quatre Cents Coups, </em>François Truffaut, 1959). Marie reproduce unas declaraciones del propio Truffaut al <em>France Observateur </em>el 3 de diciembre de 1959 en las que afirma que:</p><p><em>Creo que la Nouvelle Vague ha tenido una realidad anticipada. Empezó como un invento de los periodistas y se acabó convirtiendo en algo efectivo. En todo caso, si no se hubiera creado ese eslogan periodístico en el momento del Festival de Cannes, creo que habría surgido esta denominación o cualquier otra, por la fuerza de las cosas, en el momento en que hubiésemos tenido conciencia del número de "óperas primas".</em></p><p>Sea como fuere, y aunque entre esos jóvenes cineastas que surgieron bajo esta etiqueta hubo ciertos rasgos comunes en cuanto a la concepción cinematográfica —el director es el autor, rodajes en escenarios reales, bajos presupuestos, equipos reducidos, etc.—, en realidad, cada uno de sus integrantes concibió su obra siguiendo sus propios intereses estéticos y conceptuales. Agnès Varda, simplemente, coincide en el tiempo y en el espacio bajo el paraguas de esos nuevos aires de renovación. Tiene amistad con algunos, y, como ellos, es otro espíritu libre que siempre se mantuvo ajeno a tendencias y modas, que defendió su condición de cineasta independiente, incluso de <em>outsider, </em>imagen que la propia realizadora se encargó de cultivar si cabe aún más en sus dos últimas décadas con la aparición de las cámaras digitales y el inicio de su <em>tercera vida </em>como artista visual. Sin embargo, Flitterman-Lewis afirma que es en los escritos de Alexandre Astruc, aunque Agnès Varda nunca los leyó, según apunta la historiadora, donde se pueden detectar sus "afinidades teóricas y conceptuales" con los miembros de la <em>Nouvelle Vague </em>por cuanto su forma de entender el cine, que definió como <em>cinécriture, </em>está en consonancia con las hipótesis que expuso aquel en su artículo</p><p>"Nacimiento de una nueva vanguardia: la <em>Caméra-stylo</em>", publicado en 1948. En este texto Astruc defiende el cine como un acto de escritura y, por tanto, la noción de autor-director, es decir, el cineasta es un autor que "escribe con su cámara de la misma manera que el escritor escribe con una estilográfica". Ideas que suscriben los miembros del movimiento, aunque el punto de partida sobre las teorías de la "política de autor" se halla, según Marie, en el célebre y polémico artículo de François Truffaut "Una tendencia del cine francés" publicado varios años después, en 1954, en <em>Cahiers du Cinéma</em>.</p><p>Y aunque Agnès Varda tuvo amistad con Jean-Luc Godard, quien protagonizó junto a Anna Karina su cortometraje <em>Les fiancés du pont Mac Donald, </em>incluido dentro del largometraje <em>Cleo de 5 a 7 (Cléo de 5 à 7, </em>1961), y luego le dará plantón cuando va a visitarlo con JR en <em>Caras y lugares </em>(2017) a Rolle, localidad suiza donde vivía, sus amistades más cercanas fueron sobre todo algunos cineastas de la <em>rive gauche </em>parisina como Alain Resnais, quien realizó el montaje de su primer film, <em>La Pointe Courte, </em>o el propio Chris Marker, con quien compartió rasgos comunes, como su autonomía creativa, ya que no se adscribieron formalmente a grupo alguno. Incluso ambos tuvieron su propio avatar "gatuno": si el del primero fue el atigrado Guillaume- en-Égypte, al que utilizaba como portavoz —son escasas, como es bien sabido, las fotografías existentes de su rostro real—, la cineasta incluyó en algunos films la imagen de su gata Zgougou, cuyo rostro forma parte del logotipo de su productora Ciné-Tamaris.</p><p>El historiador y profesor Bernard Bastide, quien además fue asistente de la cineasta entre 1993 y 1998 en su productora, constata que, en el año 1954, solo dos de las setenta y siete películas que se rodaron ese año fueron realizadas por mujeres. Una era <em>La Pointe Courte </em>y la otra fue <em>Huisclos, </em>que, protagonizada por Arletty y Frank Villard, dirigió Jacqueline Audry (1908-1977), cuya carrera se había iniciado con el mediometraje <em>Les chevaux du Vercors </em>en 1943 y quien, hasta esa fecha, había firmado <em>Les malheurs de Sophie </em>(1945), <em>Sombre dimanche </em>(1948), <em>Gigi </em>(1949), <em>Minne, l’ingénue libertine </em>(1950), <em>Olivia </em>(1951) y <em>La caraque blonde </em>(1953).</p><p>De ahí, según Bénézet, la importancia que posee la figura de Varda en el momento en que comienza su carrera, y por un doble motivo: su condición de joven principiante y el hecho de entrar en un ámbito como el cinematográfico, dominado en aquella época enteramente por hombres. Bénézet recoge una cita de Vincendeau:</p><p><em>Dado que el modelo del autor sigue siendo el genio individual, o al menos el artista impulsado por una "necesidad interna" hacia la autoexpresión, esto ha tenido el resultado paradójico de empujar a las directoras francesas hacia un individualismo exacerbado por un lado y una alineación con "colegas" masculinos por otro. </em></p><p><em>Dos años después, </em>en la que aparece junto a la propia Varda; <em>L’univers de Jacques Demy</em>, en un momento con Jacques Demy mientras este está escribiendo sus recuerdos, y <em>Le lion volatil, </em>sobre el pedestal del León de Belfort.</p><p>De hecho, otra prueba de esa independencia es que para llevar a cabo <em>La Pointe Courte, </em>y a falta de productor, Agnès Varda creó su productora, que inicialmente se llamó Tamaris, para hacer frente a los gastos de la producción, circunstancia de la que ella misma deja constancia.</p><p>En este sentido, varias décadas después, cuando ya es una cineasta reconocida, en una entrevista concedida a Barbara Quart en 1986 para <em>Film Quarterly, </em>confiesa que "con cada película tengo que luchar como un tigre. No me quieren". A lo que la entrevistadora le pregunta: "¿Con todo lo que has hecho? ¿Con la magnitud de tus logros?". Y responde: "Soy un perfecto artilugio cultural, me tienen en todas las librerías y cinetecas. Seré inolvidable. Pero no me quieren para hacer películas".</p><p>Sea como fuere, y pese a las dificultades, Agnès Varda concibió una sólida filmografía que gira en torno a cuarenta y cinco títulos, entre cortometrajes, mediometrajes y largometrajes, todos ellos con el rasgo común, incluidos sus encargos, de que sus guiones son de autoría única, original y exclusiva de la propia cineasta, es decir, nunca realizó adaptación alguna de una obra literaria ni filmó guiones escritos por otros. Además, continuó su actividad como fotógrafa, a lo que se sumaría su trayectoria como artista visual, que se inició con la videoinstalación <em>Patatutopia, </em>exhibida por primera vez en la Bienal de Venecia de 2003 cuando contaba ya con 75 años de edad. "La vieja cineasta se transforma en joven artista plástica", apostilla en <em>Las playas de Agnès (Les plages d’Agnès, </em>2008). Una obra que controló en su totalidad desde el proceso creativo hasta las ediciones en DVD de sus películas o sus catálogos de exposiciones.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 30 Apr 2025 19:00:08 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carlos Tejera]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Agnès Varda']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Prepublicación,Libros,Cine,Cine europeo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Terrestre']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/terrestre-cristina-rivera-garza_1_1974139.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/23ee0cc7-c9a3-4a5e-b7fa-ef52d3f8da64_16-9-discover-aspect-ratio_default_1018264.jpg" width="2000" height="1125" alt="'Terrestre'"></p><p>La ganadora del Premio Pulitzer en 2024,<strong> Cristina Rivera Garza, </strong>vuelve este jueves 10 de abril a las librerías españolas con <em>Terrestre </em>(Random House, 2025), un libro entre la crónica personal, el relato de viaje y la literatura especulativa. Las historias que componen esta obra son puro movimiento: a pie, en bus o en tren, las jóvenes protagonistas de estas historias avanzan en diferentes lugares de México, de donde es la autora, pero también por lugares del mundo como Irlanda del Norte o el medio oeste americano. </p><p>Además de los viajes terrestres que articulan esta novela, <strong>Rivera Garza</strong> indaga también la geografía de la amistad, la juventud, la memoria, el deseo, el poder de la transformación y la experiencia del tiempo. </p><p><strong>infoLibre </strong>reproduce a continuación un fragmento del primer capítulo de este libro:</p><p>Tenía mucho tiempo sin pensar en Julia O’Bradeigh. </p><p>De hecho, no sería falso decir que había olvidado a Julia O’Bradeigh por completo. Fue cosa de llegar a Belfast una tarde gris de primavera para volver a sentir sus pasos cerca. Se aproximaba poco a poco, dudosa, sin decidirse bien a bien a hacerse presente. Pero se aproximaba de cualquier manera. </p><p>¿Primera vez en Belfast? Me preguntaron varias veces y, todas esas veces, contesté con la verdad: mi primera vez, ciertamente. Y, sin embargo, la familiaridad del espacio y la inequívoca sensación de regreso me aguijoneaban el cráneo. Durante la caminata inicial por los campos de la universidad tuve que detenerme a considerar mi respuesta. ¿Había estado antes en este lugar y lo había olvidado? ¿Había recorrido sus calles húmedas con zapatos de suela ancha hasta caer rendida en una acera no muy distinta a ésta? ¿Había soñado con estas nubes iridiscentes que se perdían en un telón gris como de perla? Avanzaba entre los charcos y, pausando con discreción, me volvía hacia atrás. ¿Me perseguía alguien? Luego, dirigía la mirada hacia el frente: ahí se abrían las veredas empedradas entre los amplios prados de jacintos y las isletas circulares donde irrumpían, alebrestadas, las coronas amarillas de los narcisos. ¿Estaba alguien allá, esperándome? Al final de todo, apenas del otro lado de la reja, me pareció distinguir la figura de una mujer que, inmóvil bajo la lluvia, me observaba desde lejos. Lloviznaba en realidad, y dejaba de lloviznar casi al mismo tiempo: el clima, afuera, tan inseguro como yo misma adentro. Una suave presión, como de piedra que cae en un pozo de aguas quietas, me obligó a llevar la mano al pecho. Supuse que era el cansancio, que con frecuencia produce alucinaciones, o la desorientación natural de quien acaba de llegar de un viaje largo. El penetrante olor de los jacintos me regresó de súbito al lugar donde me había detenido: es sólo que llueve, me dije, y que estoy aquí, bajo la lluvia, como una estatua con frío. </p><p>En la Ciudad de México las lluvias son muy puntuales. Alguien aseguró eso durante la primera cena. Y yo añadí: empezaba a llover a las dos de la tarde y terminaba de llover un par de horas después a lo mucho, enfatizando la conjugación en tiempo pasado. ¿Hace ya cuánto tiempo que esto no ocurría así? La plática pronto viró hacia cuestiones del cambio climático y cómo ahora los horarios se habían vuelto cada vez más inciertos, desalmados incluso, pero yo continuaba sonriendo con algo de nostalgia y otro tanto de secreta algazara mientras hacía esfuerzos por distinguir, en el reflejo del ventanal, a través de los goterones que resbalaban lentamente sobre el vidrio, ese otro sitio y ese otro tiempo de lluvias disciplinadas y previsibles. Por eso nadie usaba paraguas o gabardinas, murmuré después, ya cuando la plática había cedido ante la calidad de los postres o los rasgos del aire nocturno, como si acabara de dar con la respuesta a un enigma ancestral. </p><p>Julia O’Bradeigh tenía la costumbre de ponerse una gabardina beige —una prenda muy holgada y medio raída, con un cinto hecho nudo en la cintura del cual siempre colgaba una hebilla de carey— sobre unos pantalones de pana. Tenis oscuros. Así deambulaba por las calles de la Ciudad de México a paso lento, absorta dentro de sí misma, con las manos en los bolsillos y la mirada sobre el pavimento, sin percatarse de que la tarde de lluvia había llegado a su fin. Si eso no hubiera sido suficiente para notar que era distinta a nosotros, sólo habría hecho falta fijarse un poco en los rizos cerrados de su cabellera rojiza y la piel blanca, salpicada de pecas, para darse cuenta de que venía de lejos. Fue eso lo que despertó la curiosidad de Xian la tarde en que se detuvo, en alguno de los cuentos de Andamos perras, andamos diablas, apenas unos pasos detrás de ella en la cola del autobús. La cercanía era tal que podía distinguir los brotes de orzuela en las puntas de su cabello descuidado y el aroma, una pesada combinación de sudor y cítricos, que se desprendía de su piel. Tal vez fue eso o tal vez fue la crueldad lo que la llevó a urdir una broma y a ejecutarla en el acto. Me persiguen unos hombres, le dijo a la muchacha justo después de picarle la parte posterior del hombro con el dedo índice. Ayúdame. La voz de alarma. La mirada como súplica. Y Julia O’Bradeigh, crédula y solidaria a la vez, inocente y arriesgada al mismo tiempo, salió corriendo junto a ella, a su paso, preocupada por criminales imaginarios mientras atravesaban la colonia Doctores a toda velocidad. </p><p>Es difícil saber a ciencia cierta cómo o por qué surgen personajes específicos. Tal vez Julia O’Bradeigh, la irlandesa triste, la pelirroja atroz, nació justamente de ese momento de credulidad. Una confianza primigenia. Algo fuera de lugar. Xian ya había reparado en ella antes, intrigada por sus largas caminatas solitarias que parecían desprenderla del mundo, pero no fue sino hasta que corrieron a la par que supo, y esto a ciencia cierta, que quería estar a su lado. Quería conocerla. Ya luego le regaló un pájaro, que Julia dejó volar libre por ese departamento de techos altos donde coincidían, a veces, tránsfugas del sistema, extranjeros de profesión, mujeres sin hombres y extraños personajes del submundo de la réplica. Protegida por otro nombre u otros nombres (a veces se llamó, por ejemplo, Terri, porque era, en realidad, terrible), Julia pasó el verano de disciplinados aguaceros vespertinos al lado de Xian: despertaban juntas y, juntas, intercambiaban monedas húmedas por piezas de pan recién hecho o divisaban el vuelo de las palomas sobre las estatuas de los parques abandonados. Juntas reían, y juntas se volvían taciturnas, piedras cerradas dentro de sí mismas. Hubo un verano y, dentro del verano, un dúo de jovencillas larguiruchas y desempleadas que vivían de milagro, o de robar pequeños objetos con algo de valor en las casas de los ricos que, a veces, seguramente por equivocación, les abrían sus puertas: unas mancuernillas de jade, una pierna de jamón, alguna cartera llena de billetes límpidos. </p><p>¿Era ella la que apenas se alcanzaba a distinguir allá, del otro lado del tiempo, borrosa tras las marejadas intermitentes de la lluvia de la mañana? Me llevé la mano al pecho otra vez, porque algo se desbocaba dentro. El pulso. O la ansiedad. Y seguí caminando hacia el museo de Ulster a paso lento, como si paseara por Belfast por primera vez. </p><p>Hubo rachas de agua y tormentas alucinadas, lloviznas como rezos, chaparrones, diluvios.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 09 Apr 2025 19:00:02 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Cristina Rivera Garza]]></author>
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