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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 225]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-225/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 225]]></description>
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      <title><![CDATA[La exploradora]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/exploradora_1_1195204.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1ae126c7-e981-4ca1-bc9d-fb9c2e4c1b2a_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="La exploradora"></p><p><em>La sección de microrrelatos inéditos 'Liebre por gato' está coordinada por Fernando Valls y Gemma Pellicer. Esta nueva entrega recoge tres textos de Sergio Astorga.</em></p><p>_____</p><p><strong>La exploradora </strong></p><p>Era una muñequita de salón ferviente en las madrugadas fogosas. Trabajaba de nueve a cinco y se arreglaba las uñas todos los fines de semana. Con las ojeras que le quedaban, soñaba el futuro del mañana con su café de olla y su mirada plástica. Retoca su maquillaje y se desenamora con su lápiz labial azul de despedida. Se le amotinan los días cuando pide la cuenta en el restaurante del diario. No quería mar, ni velero; ella se despoja de la bastardía de los viajes. Se arropa y se muere de frío cuando vuelve al hogar de sus papás. Sus alas se le pegaron al cuerpo y la mala fama de su sonrisa empañó las fotografías de los cumpleaños. Ella quería ir al fin del mundo en ese segundo posterior al parpadeo. Mucha cosa para una simple vida. Al final se conformaba con todos los finales iguales. Por eso le gustaban las escaleras. Subir y bajar y escuchar el gemido del taconeo. Desafinar y desafiar los juicios sumarios de su vecindario, que sólo flota en esa burbuja de champú.</p><p>Las madrugadas calientes la hacen sentir muñequita en estos cielos de península Ibérica.</p><p>No es chantaje. Ella busca otro arrabal.</p><p><strong>En metálico</strong></p><p>Sus besos sabían a metálico desde que se tragó accidentalmente una moneda de diez centavos. Le aconsejaron hacer buches de alumbre y masticar ramitas de cilantro. Como no tenía prisa, su espera floreció como un vals vienés. Se perfumó el escote y con impúdica decencia se espabiló su cintura. Ahora sus besos de noche arrebatan y los del día contienen el jugo del almuerzo. Su corazón derramó tinta china y sus amigas de colegio le llaman ahora «la mujer del puerto de los besos de sal». Ella como ave de paso se yergue altiva, como Mata Hari en desbandada. Suplanta con tatuajes su pensamiento y esa voz de no querer frotarse con los brazos en cruz.</p><p>Casada en Portugal, ya no recordaba lo que su corazón de viaje le decía. Fuera de quicio, comenzó a jugar a las cartas zodiacales. Sacó los géminis y se tiró a la vagancia. Hoy en el periódico dicen que una mujer fue encontrada tirada en la calle con una moneda en la boca. Su muerte sabe a calderilla corriente y se advierte que no hay equidad en el fracaso.</p><p>Como siempre, salgo a comprar el diario con ganas de encontrar el amor alguna vez y tirar los dados en paz.</p><p><strong>Flirteo</strong></p><p>Como una enredadera que no encuentra ventanas, la alegría intentó enamorar la ropa de cama.</p><p><em>_____</em></p><p><em>De Sergio Astorga podría decirse que es un pintor que escribe, o un escritor que pinta. Procedente de la ciudad de México, en la actualidad reside en Oporto. Se licenció en Comunicación Gráfica en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (Antigua Academia de San Carlos) e impartió un taller de Dibujo durante doce años en la UNAM. También estudió Filología Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras de esa misma universidad. Ha publicado sus textos y dibujos en varios suplementos culturales y revistas de habla hispana. Tiene en su haber el libro de poemas </em><strong> </strong>Temporal<em> (2010). Además, gestiona los blogs personales </em>Antojos<em> y </em>Conversas en el balcão del abarrote<em>, además de la revista de minificción </em>Brevilla<em>, que publica microrrelatos, aforismos y haikús, en colaboración con Lilian Elphick, Patricia Nasello y Camilo Montecinos.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Mar 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sergio Astorga]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Los diablos azules número 225]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Los ojos abiertos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/ojos-abiertos_1_1195198.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5d1fd7d5-67da-463c-9f6f-fbfca9d7320b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los ojos abiertos"></p><p><strong>La rama verde</strong></p><p><strong>Eloy Sánchez Rosillo</strong></p><p><strong>Tusquets</strong></p><p><strong>Barcelona</strong></p><p><strong>2020</strong></p><p>Con persistente voluntad estética, <strong>Eloy Sánchez Rosillo</strong> (Murcia, 1948) ha enriquecido el cauce temporal con un fértil itinerario creador. Del mismo, da fe el volumen <em>Las cosas como fueron</em><em> </em>(2018), una compilación que acoge la escritura lírica desde 1974 hasta 2018, donde anticipaba algunos inéditos de <a href="https://www.planetadelibros.com/libro-la-rama-verde/321898" target="_blank">La rama verde</a>. El poeta y profesor universitario protagoniza una sabia madurez, inclinada a mantener abiertos los ojos de la reflexión. Los poemas nacen del atento aprecio a lo cercano; desde una sensibilidad dispuesta y vigilante, sabe que el discurrir existencial es azaroso y proclive al contraluz.</p><p>Tras la publicación en 2015 de <em>Quien lo diría</em><em> </em>y la reedición del ya citado corpus completo, agrupa 64 inéditos en el poemario <em>La rama verde</em>, epígrafe que parece subrayar el primer plano que la naturaleza y sus elementos adquieren en el ideario poético de Eloy Sánchez Rosillo. Lo exterior despierta las secretas cadencias del intimismo ensimismado. Propicia, entre los pasos del vivir, una conversación silenciosa, que fuerza a la conciencia del sujeto a ampliar límites. Las respiraciones del entorno se hacen costumbre y desplazan sensaciones hacia las galerías internas de quien percibe. Allí mantienen las constantes vitales, que mudan en abstracción y pensamiento.</p><p>La temporalidad enlaza pasado y presente en una continua renovación cíclica. En su seno, las secuencias van y vienen, haciendo de la memoria un organismo proteico que recupera estampas emotivas para enriquecer las manos del ahora. El paisaje de infancia, en su fragilidad, perdura. Es un espacio de afirmación y resistencia: “Dentro de la leyenda del vivir, / que el minucioso olvido / desordena y desdice, / el sueño aquel primero / de la niñez no se ha desvanecido”.</p><p>El transcurso evocador conforma una colorista superficie en la conciencia; en su quehacer establece un orden natural de quietud y permanencia que se hace presente desde la lejanía; el recuerdo crea un percibir cercano y paradójico que propicia el contraste. Están en las aceras cotidianas los declives de sombras y luces, la finitud temporalista de lo diario y la compensación de la experiencia, donde lo contingente se hace categoría y conocimiento.</p><p>El hablante lírico verbal no solo insiste en el patrimonio sensorial del discurrir. Las horas propician la felicidad unánime de estar entre las cosas, de ser parte de su fervorosa plenitud y de su apacible armonía en la intemperie y desprendimientos del tiempo: “Aquí no necesito meditar, / abismarme en honduras insondables / para llegar al corazón de todo. / hay tanta soledad, tanta quietud, / que el fondo está a la vista, en lo inmediato. / Clarea la mañana. / Miro y escucho, huelo, saboreo, / palpo la realidad que se me ofrece / como regazo y vínculo. Me extraño de ser yo / y me aparto de mí y de mis zozobras”.</p><p>La mirada interior es amanecida y refuerza la cálida proximidad entre periplo vital y escritura. En el poema “Hablo aquí del comienzo”, que alcanza muy altas cotas emotivas, el amor se convierte en semilla de la identidad. Nada concede más sentido al poema que dejar en sus palabras el cauce amoroso porque el sentir afecta a la misma condición de ser. El poema es también un renacido homenaje a la tradición amorosa que encarnan las voces de Garcilaso, Machado, Neruda o Juan Ramón y el firme anhelo de vestir las palabras con la piel emotiva del sentir. En su pensar a solas, como escribe en “Al mirar lo vivido” el verso ratifica: “El amor lo era todo, y no lo supe / no lo supe del todo a cada instante. / Algo mío muy puro lo intuía, / pero yo me ofuscaba en otras cosas”.</p><p>En <em>La rama verde </em>asoma vivo y pleno un mundo respirable e inmediato, que es al mismo tiempo hebra frágil y permanencia, que muestra en su desorden ese azar pautado donde se deshoja la existencia convertida en lección y elegía. Entre la conciencia y el sentir del tiempo se establece siempre una distancia corta; en ella el pensamiento busca ese “centro sereno del asombro”, el pulso elemental de la belleza, la rama verde, el peciolo auroral de lo que empieza “en un mar tibio y quieto, bajo el sol estruendoso / y un cielo azul sin mácula”.</p><p><em>_____</em></p><p><strong>José Luis Morante</strong> es poeta y autor de la antología <a href="https://lagaruapoesia.com/project/ahora-que-es-tarde/" target="_blank">Ahora que es tarde</a><em> (La Garúa, 2020).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Mar 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Eloy Sánchez Rosillo]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Los diablos azules número 225]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Magdalena versus Fallarás]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/magdalena-versus-fallaras_1_1195194.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fb48d0ad-221d-43b0-920c-2b45c7416cb9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Magdalena versus Fallarás"></p><p>Escribir es buscar un punto de vista. Escribir es elegir un personaje, sentirte parte de él, desmenuzarlo, ponerte en su piel, pensar cómo lo haría tu protagonista. Es lo que ha querido hacer <strong>Cristina Fallarás</strong> en <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/18619-el-evangelio-segun-maria-magdalena" target="_blank"><em>El Evangelio según María Magdalena</em></a>(Ediciones B), una propuesta arriesgada, pero no la única de un tiempo a esta parte. Hay un intento por parte de las mujeres de dar voz a otras mujeres, de reescribir la historia que nos han tergiversado, de plantear otros supuestos, no solo factibles, también verosímiles y que pueden acercarse bastante más a la realidad que lo que nos han contado hasta ahora.</p><p>Se recuperan mujeres importantes que fueron pintoras y estaban en los sótanos de los Museos. Se recuperan científicas que hicieron una labor impagable, aunque no aparecieran en los libros de ciencia y fueran ellos los que se llevaron la gloria. Se recuperan políticas, pensadoras, escritoras de otros momentos que, llegando a ser muy importantes en su época, cayeron después en el olvido por el simple hecho de no volver a editar sus libros. Todo ese trabajo nos va acercando a una realidad distinta y nos hace ver la complejidad de la historia, lo que en verdad fue, no lo que nos contaron después. Y la literatura es un arma para ello. Hace unos años empezó esta corriente que espero sea duradera, porque nos va restituyendo en el lugar del que nunca debieron apearnos.</p><p>Recuerdo cuando las mujeres empezamos a cuestionarnos las pinturas de las cavernas, el arte paleolítico, y lanzamos la pregunta de por qué se suponía siempre que eran de hombres, cuando las que pasaban más tiempo en las cuevas eran las mujeres, portadoras además de la magia. (Los últimos estudios en Francia han concluido que la mayoría de las manos en las pinturas rupestres halladas en Europa son de mujeres). Me viene también a la cabeza una frase de <strong>Virginia Woolf:</strong> “Durante la mayor parte de la historia, ‘Anónimo’ era una mujer”. Pienso también en la escritora <strong>Margaret Atwood</strong>, no con el famoso <em>El cuento de la criada</em>, sino con una novelita titulada <em>Penélope y las doce doncellas</em>, en la que se atrevía a darle la vuelta al mito, me imagino que basada en <em>Los mitos griegos</em> de <strong>Robert Graves</strong>, analizados desde el punto de vista de cómo sirvieron para consolidar el patriarcado en relación a una etapa anterior, la del matriarcado, en el que la vida, la moral, las diosas, eran distintas. Me viene también a la cabeza el que la primera persona que aparece con sus textos firmados en la humanidad fue una mujer, <strong>Enheduanna</strong>, escritora acadia, hija del rey Sargón. 2285 a.C. Aún se conservan fragmentos de sus versos.</p><p>Y, ahora, Cristina Fallarás se atreve a darle la vuelta al personaje de María de Magdala, la María Magdalena que ha pasado a la historia como la prostituta arrepentida que acompañó a Jesús. ¿Por qué una novela? Al no haber suficientes testimonios es la mejor manera de recrear cómo pudo ser ese personaje que, a todas luces, debió de ser una mujer de gran carácter, al estilo de Cristina Fallarás, una mujer alta, con esa melena rojiza, esa potente voz arrolladora. No olvidemos que cada paso de una etapa histórica a otra se ha iniciado con la quema y destrucción de los vestigios anteriores, entre ellos, lo escrito, lo edificado, lo oral. Seguimos viendo que es así, no solo pasó con la biblioteca de Alejandría, también con la de Sarajevo, por poner un ejemplo, una de las más importantes que había en cruce de culturas, que recogía en su seno corrientes orientales de pensamiento y que fue barrida en la guerra civil de Yugoslavia. Por no hablar ya de los destrozos en Siria, la destrucción de Alepo, ciudad símbolo de convivencia de culturas y religiones. Luego la historia dirá que nunca se ha convivido entre distintas creencias. Si se borran los vestigios, ese será el discurso predominante.</p><p>Pero la literatura, la novela, nos da pie a la recreación de personajes míticos. Eso es lo que nos propone Cristina Fallarás. La Magdalena siempre ha sido un personaje fascinante, defendido por unos y denostado por otros, oculto para la mayoría. Y así la describe en el libro:</p><p>  </p><p>Lo que propone Fallarás en <em>El Evangelio según María Magdalena</em> son unas memorias que escribe al final de su vida, tras reflexionar e intentar analizar lo que pasó con su amante, Jesús, y los discípulos que le acompañaron. No está de acuerdo con la versión oficial, la que se construyó y, por tanto, escribe la suya. Así le da para analizar la época, parte de los personajes evangélicos o de la historia conocida desde otro prisma, otra perspectiva: la femenina, el punto de vista de una mujer que amó.</p><p>  </p><p>Según el libro, María de Magdala pertenecía a una familia adinerada, hija única, educada por su padre para que tuviera libertad de elección, algo poco frecuente en aquella época (o no, vayamos a saber). Culta, rica, descendiente de los asmoneos, que tuvo la única reina de los judíos: Salomé Alejandra. Con un padre de mente abierta, razonable, que deja un espacio en la casa para que determinadas mujeres, las curanderas, las sabias, pudieran encargarse de los partos, de mujeres que llegaban violadas, mutiladas, enfermas. Mujeres que curaban heridas, atendían a enfermos, conocían la medicina. Tras el asesinato de su padre a mano de los zelotes, Magdalena marcha a Roma, a vivir acogida en una familia de clase alta, a estudiar, a prepararse para encontrar un marido. Pero decide regresar a Magdala y regentar el negocio familiar, relacionado con la pesca. Ya tenemos el ambiente creado: los pescadores, los apóstoles que dejan su oficio para seguir a Jesús, los panes y peces que se multiplican y que no es otra cosa que las dotes organizativas de Magdalena, empeñada en dar de comer a todos los seguidores, a miles, que siguen a Jesús, alojado en su casa. Cuestiona el milagro, pues, por mucho que ella organizara la intendencia junto a sus colaboradoras, el fanatismo de la turba seguía viéndolo como un milagro, y no como ese trabajo oscuro hecho por mujeres que siempre es invisible. Y se enamora:</p><p>  </p><p>El último tercio del libro está centrado en dar otra visión de lo que pasó en aquella Pascua, en la entrada a la ciudad montado en el borrico, en lo que sucedió después, en la última cena, en la traición de sus seguidores más fieles, que no estuvieron allí y se inventaron después lo que pasó.</p><p>Con estas premisas intenta dar un vuelco a una historia no contada, sobre otra historia, acaso la más contada de todas y siempre sin tener en cuenta el otro punto de vista, el que ella intenta recrear, el femenino. Esa es la validez de su libro que, imagino, no sentará bien a mucha gente. Yo le reconozco el mérito y me he divertido, por su valentía, por intentar trastocar y dar la vuelta, por añadir a la historia que nos han contado ese otro punto de vista ausente que planteaba al principio de la reseña.</p><p>_____</p><p><strong>Carmen Peire</strong> es escritora. Su último libro es<a href="http://www.menoscuarto.es/libro/cuestion-de-tiempo/" target="_blank">Cuestión de Tiempo</a><em> (Menoscuarto, 2017).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Mar 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carmen Peire]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Los diablos azules número 225]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Un brindis por el impulso]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/brindis-impulso_1_1195190.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d0488ba4-ea73-4b82-a0a9-27fb4785b44f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un brindis por el impulso"></p><p><strong>Simón</strong></p><p><strong>Miqui Otero</strong></p><p><strong>Blackie Books</strong></p><p><strong>Barcelona</strong></p><p><strong>2020</strong></p><p>“A menudo olvidamos que para entender quiénes somos deberíamos saber no solo de dónde venimos sino cómo hemos llegado hasta aquí”. Este es el mapa del tesoro y en <a href="https://blackiebooks.org/catalogo/simon/" target="_blank">Simón</a>, la última novela de <strong>Miqui Otero</strong> (Barcelona 1980) publicada en Blackie Books y premio Ojo Crítico de narrativa 2020, todos los personajes acaban por descubrir que es el mapa y no el tesoro lo que verdaderamente importa.</p><p>La novela nos presenta, de la mano de un lúcido y agudo narrador omnisciente, el paso de la infancia a la madurez de Simón, un niño que crece en el bar de sus padres y que, como la Barcelona olímpica de su infancia, cree en un futuro esperanzador y que, también como ella, perderá la confianza en los sueños.</p><p>Simón, el héroe entrecomillado con tintes de pícaro barojiano, cuyo patrimonio, como el de Scaramouche, es el don de la risa y la intuición de que el mundo está loco, caminará por su infancia y su adolescencia fascinado tras la sombra de Rico, su primo hermano, que desaparecerá —sin desaparecer— a principios de la novela y de quién heredará libros subrayados y la necesidad de encontrarse. A lo largo de su periplo por el mundo en busca de su identidad, deberá descubrir que la realidad no es una bola de billar blanca que puede romper el color y empezar la partida. Y como telón de fondo una Barcelona post olímpica, corrupta, gentrificada, cuyo desencanto en la novela culminará en los atentados de agosto de 2017. Esta Barcelona, en la que cada fortuna esconde un crimen, le descubrirá a Simón la predeterminación de clase y le hará reconstruirse a partir de la realidad.</p><p>Además de Simón y Rico pueblan la novela unos personajes que sin salir apenas de un bar enmarcado por tres relojes estropeados que parecen detener el tiempo, “fiando toda su vida a la textura de su cotidianidad y sus nostalgias”, exhiben una fuerza y una ternura que acrecientan la fuerza y la ternura del protagonista. <em>Simón</em> es una novela tierna en la que todos los personajes, a pesar de la sordidez que los rodea, muestran, en muchas ocasiones sin saber cómo hacerlo, su afecto por los que como ellos deben lidiar con sus derrotas.</p><p>A pesar de las más de 400 páginas que tiene la novela, en <em>Simón</em> lo que no se dice es casi tan importante como lo que se dice: porque es una novela de huidas silenciosas y de regresos silenciosos, con la única seguridad de que regresar a casa es un olor y hay ocasiones en las que no hace falta hablar.</p><p><em>Simón</em> presenta inicialmente una estructura de novela clásica y se transforma al ir avanzando con trucos que el mismo narrador anticipa, pero los lectores cómplices sabemos “que solo los aburridos piensan en el truco”. Con ecos del universo de <strong>Juan Marsé</strong> o de <strong>Francisco Casavella</strong>, enriquece la nómina de novelas que nos hacen coger de la mano a los protagonistas y salir volando, para desde la montaña de Montjuïc, desde el Monte Carmelo o desde una azotea del Raval, mirarnos el mundo con sus ojos.</p><p>La novela del escritor barcelonés es también un canto a los libros. Simón vive en los libros de aventuras; los “libros libres” son una promesa; Estela, la niña del pelo verde, reivindica lo que aprende en “los libros que hablan de cosas”; en un mercado de libros de segunda mano se aprende la diferencia entre el precio y el valor; en una biblioteca o en una librería se esconden las vidas que los protagonistas quieren vivir.</p><p>Miqui Otero chasquea sus dedos y nos ofrece la magia de una novela que nos hace sentir vivos, más vivos que si no la hubiésemos leído. Un brindis, pues, por el impulso.</p><p><em>_____</em></p><p><strong>Mònica Vidiella</strong> es profesora de Literatura.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Mar 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Mònica Vidiella]]></author>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Pál Kepenyes, escultor de almas escondidas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/pal-kepenyes-escultor-almas-escondidas_1_1194801.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1a82472b-cbda-4660-9dcd-7a871047292e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pál Kepenyes, escultor de almas escondidas"></p><p>Su única enemiga era la muerte. La doblegó durante 94 años, hasta el último día del pasado mes de febrero, cuando ya no pudo someterla más al olvido. Enamorado de la vida hasta las trancas y apasionado por bebérsela sorbo a sorbo, el húngaro-mexicano <strong>Pál Kepenyes Kovács</strong> ha dejado, para nuestra pena, la casa-estudio suya en Cumbres de Llano Largo, con vistas a la bahía de Acapulco y, sin abdicación alguna, se nos ha marchado a la inmortalidad. Fue al amanecer. También amanecía recién llegado a una eternidad bien poblada por sus ilustres compatriotas <strong>Franz Liszt </strong>y <strong>Béla Bartók</strong>, <strong>Sándor Márai</strong>, <strong>Magda Szabó </strong>e <strong>Imre Kertész</strong>, los poetas <strong>József Attila</strong>, <strong>Sándor Petöfi</strong> y <strong>Miklos Radnotti </strong>o los fotógrafos <strong>Sándor Gyenes</strong> y <strong>Friedmann Endre Ernö</strong>, más conocido por <strong>Robert Capa,</strong> por citar sólo un puñado. Seguro que ya se hicieron las oportunas presentaciones, pues la cortesía obliga en tan excepcional parnaso. Pal Kepenyes les habrá dicho que nació el 8 de diciembre de 1926 en Kondoros, a menos de doscientos kilómetros al sureste de Budapest, en el corazón de la <em>puszta</em>, que ellos bien conocían, la llanura en la gran planicie que los magiares llaman Alfold. Y luego, con detalle y deleite se habrá explayado en sus pasiones del vivir, en cómo hubo de dejar Hungría para llegar desde Bilbao a México, y seguro que también se habrá detenido en algún que otro entrañable secreto. Y en su arte y destino.</p><p>Conociéndole como le conocí, seguro estoy de que no se ha privado de contar a sus compatriotas que se fue ganando la vida a fuerza de gratificantes soledades desde que se dio cuenta del don de sus manos, que temprano se hicieron grandes, huesudas, dueñas en su vuelo del tacto, sabias en el dominio del troquel y en el poder de ahormar cualquier materia. Y que fue alumno del Gimnasium Peter Vajda y lector precoz de la novela <em>Beau geste</em> de <strong>Percival Christophe Wren</strong>, del <em>Eugenio Onegrin</em><em> </em>de <strong>Pushkin</strong>, de <strong>Tolstoi</strong>, de <strong>Ivan Turguénev</strong>, de <strong>Nikolái Gógol</strong>… Orgulloso de sí mismo, Pál Kepenyes habrá confiado a tan ilustre galería de inmortales que en 1933 dibujó un príncipe de Transilvania, que mereció la felicitación de su padre y que, por ello, acarició las nubes más altas. E incluso les habrá dicho que, vestido de veinteañero soñador, en 1942 puso rumbo a Budapest para estudiar en la Escuela de Diseño Industrial, donde aprendió orfebrería, el arte del retrato e hizo sus primeras figuras de cera. Ese año preparatorio facilitó su entrada en la Real Escuela de Dibujo de Hungría (Magyar Királyi Mintarajztanoda)<em>, </em>de la céntrica avenida Andrassy. En ella enseñaba <strong>Desiderio Erdey</strong>, su primer maestro, gran teórico y quien le introdujo en la escultura libre; además de <strong>Beni Ferenczy</strong> —discípulo de <strong>Aristide Maillol </strong>y <strong>Auguste Rodin</strong>—, de cuyo magisterio Kepenyes siempre se consideró deudor y que, unido a la influencia del escultor nacido en la capital húngara <strong>Tibor Vilt</strong>, autor de esculturas técnicas, serían esenciales para que Pál lograse estatuir los fundamentos de la singular concepción de su arte en bronce. Europa, despojada de fascistas y nazis, por entonces aprendía a construir la paz después de la Segunda Guerra Mundial.</p><p>Pero los soviéticos ocuparon Hungría y se instauró el régimen comunista de <strong>Mátyás Rákosi</strong>, secretario general del PC húngaro. Kepenyes no olvidará que fue acusado de anticomunista, detenido el 10 de marzo de 1950 por la policía secreta Államvédelmi Hatóság (AVH) o Autoridad de Protección del Estado y, como ha precisado el escritor <strong>Patrick Stin</strong>, condenado a diez años por conjuración contra la seguridad del Estado. Le delató injustamente una muchacha con la que había tenido amores. Estuvo durante dos años infernales en el antiguo convento Maria Nostra, transformado en cárcel, en total aislamiento y en la más absoluta oscuridad para evitar que el recluso viera el cielo; le daban pan muy aguado y con él se entretenía haciendo caballitos de miniatura que al final se comía entre hambre y miserias. Después lo trasladaron a las minas de carbón al norte del país.</p><p>Sin duda alguna Pál habrá dicho a sus coterráneos inmortales, no sin gozo, que bajo control policial salió en 1955 con su compañero <strong>Andrés Laurimiez </strong>cuando, tras la muerte de <strong>Stalin</strong>, <strong>Nikita Kruschov</strong> atenuó las condenas de los presos políticos de los países satélites. El 23 de octubre de 1956 no dudó en participar activamente, arma en mano, en la revolución popular, obrera y estudiantil, que acabó el 4 de noviembre con Budapest ocupado por el ejército rojo soviético, el golpe de Estado de <strong>János Kadar</strong> y la detención, deportación en Rumanía y posterior ejecución de <strong>Imre Nagy</strong>, primer ministro húngaro, con quien él, Pál, tuvo especial trato. El 8 de noviembre, con una condena a muerte por contumacia a sus espaldas, en compañía de su hermano <strong>György</strong> y una joven revolucionaria, sobrina del alcalde de Viena, logró cruzar clandestinamente la frontera austro-húngara por el puente de madera de Andau, paso de multitud de exiliados descrito por <strong>James A. Michener</strong>, con quien coincidió en las calles sublevadas. Se vio de pronto en Viena y, poco después, merced a la mediación del embajador francés en la capital austriaca, en un tren lleno de refugiados húngaros llegaba a su idolatrado París. Despuntaba el mes de diciembre de 1956.</p><p>Obtuvo una beca como estudiante de la École de Beaux-Arts, 14 rue Bonaparte, y se alojó en la Cité internationale universitaire, donde conoció a una muchacha mexicana que le hablaba de su país. Le deslumbraba la efervescencia artística e intelectual parisina, que festejaba (encuentros con <strong>Beauvoir</strong> y <strong>Lanzmann</strong>, con <strong>Signoret</strong> y <strong>Montand</strong>, con el anciano <strong>Picasso</strong> mientras esculpía en madera <em>Las bañistas</em>, dicen las crónicas); fue contratante de figurantes para la película <em>Christine,</em> interpretada por <strong>Romy Schneider</strong> y <strong>Alain Delon</strong>, y aún tenía tiempo para seguir tallando y malvendiendo figuritas, dijes, collares algún anillo… Su particular manera de moldear el latón y el bronce, la singularísima artesanía y las peculiares estatuillas en movimiento fueron moldeando la voz personal de su creatividad. Y la buena ventura no se hizo esperar. Una rica viuda de Lieja le encargó varias esculturas bien pagadas, que le permitieron recorrer mundo a su antojo. En 1958, pudo conseguir de los franceses el asilo político y un pasaporte de apátrida que le prohibía su regreso a Hungría. Se hizo novio de una bella pelirroja francesa de nombre <strong>Nicole</strong> con quien visitó Roma, viajó imantado por las ruinas a Grecia y Egipto... Pero necesitaba el mar y ver las pirámides de Teotihuacán. Recordó que la compañera de la <em>cité</em> universitaria dijo que le aguardaría en México. En Bilbao supo de la inminente salida de un barco a México. En la Semana Santa de 1959 llegó a Veracruz y de allí puso rumbo a la capital azteca.</p><p>Kepenyes no habrá olvidado confiar a sus compañeros de eternidad algunos secretos íntimos. Que en el Bazar Sábado de San Ángel comenzaba su período artístico mexicano vendiendo miniaturas y un surtido de alhajas. Que después, atraído por la fama social y auge turístico de Acapulco al comenzar los sesenta, resolvió establecerse allí. Y, sobre todo, que el 13 de octubre de 1973 tropezó en la Zona Rosa de Ciudad de México con una bellísima mujer de exquisitez y talento, que le hizo sentar la cabeza, <strong>Luz María Dehesa Orozco</strong>, familiarmente <em>Lumi</em> para todos, compañera inseparable suya desde entonces, brújula nunca desatenta. Y que en el cerro más alto, desde donde se adivina la Laguna de Coyuca en lontananza, se inventaron una casa-taller, hospitalaria siempre a las brisas y a gente amiga, el mejor nido para esculpir la creación.</p><p>Cuantos fuimos afortunados por la afable amistad de Pál, hoy hemos vuelto a los retratos y a desempolvar en la memoria los tiempos que cada cual tuvimos con él. Lo hemos visto en imágenes de insolente juventud, apuesto y bello, con elegancia una pizca estrafalaria, coqueto e ingenioso, provocando el pasmo de enamoradas y hasta de algunas damas entradas en años de cierta alcurnia.</p><p>Mucho poso de aquel joven conservó el escultor que cada mañana bajaba a bañarse en el mar frente a la isla de la Roqueta, tan cernudiana, antes de entregarse como fiel amante a su íntimo universo. Recordamos su imperecedero espíritu de juventud alegre, flaco y esbelto, con chambergo negro y bastón, levemente rendido hacia adelante por la edad. Y su obsesivo culto al cuerpo para dar inacabable vuelo salubre a la existencia. Y aquella mirada suya de un azul desmesurado y penetrante, retadora bajo pobladas cejas; o su guedeja de suave seda entre rubia y blanca. Y su muy personal desaliño indumentario, rémora quizás de un desdén hacia convencionalismos sociales o excusa para dejarse mimar. Y su sonrisa pícara, imantada por el gesto cómplice de los traviesos… Era Pál persona de encanto, simpatía y animoso talante, o todo lo contrario, hasta maldiciente, si acaso su enfado lo requiriese; ameno conversador con quien merecía su atención o extremadamente parco por descontento o disgusto. Y sus manos, siempre sus manos, que, mientras hablaba, en sus giros eran caricia y tacto, como si fuera también un orfebre del aire. Era un trabajador empedernido en su oficio, dotado de extraordinario genio creador, seducido hasta lo indecible por su arte y por vivirlo.</p><p>Aun considerando la precedencia de los objetos móviles abstractos o estructuras colgantes de <strong>Alexandre Calder</strong>, e incluso los trabajos de su maestro Tibor Vilt, Pál Kepenyes los superará ampliamente yendo más lejos, hasta conferir un dinamismo nuevo a la escultura o a la pieza de artesanía, mediante rupturas y enganches que posibilitan múltiples movimientos sabiamente estudiados y controlados y, por consiguiente, la aparición de nuevos volúmenes. Como en un mecano con engastes. En definitiva, consiguiendo la recreación misma del objeto esculpido. La singularidad del proceso de creación de Kepenyes se fundamenta en la invención, alejada de la mímesis radical, y en la búsqueda de una inédita concreción poético-artística. La creación es superada por la recreación a la que contribuye la propia obra de arte. Los vuelos del "mundo roto" kepenyesiano comenzaban durante una especie de hermenéutica previa a la ejecución material de la escultura, o del objeto, o del artefacto artístico, independientemente de su tamaño, que iba coherentemente concibiéndose en una perfecta comunión entre el hacedor y lo creado. Una interpretación verbal mediante la escritura y pictórica bosquejada o plenamente dibujada.</p><p>Los cuadernos de Pál Kepenyes tienen, en su desorden, un valor artístico incalculable. En ellos proyectaba y anotaba con minucia cada movimiento posible de la obra esculpida y quebrada, describía lo que su dinamismo podría sugerir, sus giros y caídas, sus bloqueos y engastes, hasta esculpir en la memoria todas y cada una de las factibles posturas de su alma escondida. Si la variada orfebrería de Pál Kepenyes acoge colgantes, gargantillas, sortijas y pulseras, entre otros originales adornos, la heterogeneidad e ingeniosidad de sus grabados son producto de su buril excepcional. La obra mayor, sus estatuas y efigies, reproducen con dispar tamaño un amplio repertorio de objetos, a menudo no exentos de simbolismo (cajas, soles con piedras engastadas, corazas, vasijas cilíndricas…) y una fauna digna de estudio (la recurrente serie de caballos que recuerdan la panonia húngara, gallos, leones, algún toro, pájaros…), además de figuras de gran sensualidad e icónico erotismo (desnudos de la mujer, de la pareja), u otras no menos específicamente kepenysianas que en su abstracción y movimiento parecen ser la construcción de una idea sagazmente esculpida, o de varias a la vez. Lo demás consistía en transmitir la obra pensada y concebida al bronce con la ayuda del fiel <strong>Amadeo</strong> y darle la pátina que mejor convenía a la escultura, la del bronce viejo o la muy habitual de cardenillo, azul turquesa, a modo de herrumbre venida de la profundidad de los océanos.</p><p>Más todavía. Si Pál Kepenyes entiende que lo imperativo para el artista plástico es crear inventando y recrear la abstracción, la singularidad de su producción escultórica se acrecienta por cuanto facilita que el espectador, más allá de la mera contemplación y ensueño, participe, copartícipe en la labor creativa de la obra al poder modelar a voluntad y con sus propias manos la formas del objeto esculpido por el autor.</p><p>Hoy, mientras acaba el invierno y es todo tristura, he compartido recuerdos con las obras suyas que honran mi casa. Nos conocimos afortunadamente en Budapest en noviembre de 2011 con motivo de su exposición <em>Heridas profundas</em> y otra de la ceramista húngara <strong>Eva Bertok </strong>en la Galería VAM, que tuve el gran honor de alentar desde mi dirección del Instituto Cervantes en Hungría. Meses antes le habían condecorado con la Signum Laudis de la Academia de Arte Moderno de Roma. Supe de su reconocimiento, escaso para cuanto merecía, y de sus muestras antológicas, entre otras, en el Dovan Museum de Montreal, Museum of Modern Art de Washington, en la Southampton East Gallery de Nueva York, en la Galerie Alexis Mistini de París, en Ciudad de México… Luego fuimos tejiendo la urdimbre de los afectos.</p><p>En su casa fui huésped venturoso varias veces. En la última, recuerdo que justo a la salida de Acapulco camino del aeropuerto y a la altura de su monumental grupo escultórico <em>Pueblo del sol</em> (emparentado con la obra <em>La familia</em> de Monterrey), sobre cuya rehabilitación y cromatismo habíamos trabajado durante mi estancia, tuve el mal presentimiento de que no nos volveríamos a ver. Quise acompañarle el 23 de octubre pasado en la Embajada de Hungría en México con motivo de la entrega del premio Kossuth, que le otorgaron como reconocimiento nacional a sus ilustres compatriotas, pero la peste asesina de nuestro tiempo lo impidió. Su mujer dijo que tres días antes no había alcanzado a leer <em>Mitomorfosis</em>, el último libro sobre su obra, pero que tuvo entre sus manos y que le hizo brotar una sonrisa. Durante la misa de córpore insepulto, trasmitida desde su casa-taller, pudimos despedirnos en la distancia del viejo Pál Kepenyes. Le imaginé entre los inmortales húngaros al tiempo que advertí cómo sus estatuas y sus mil objetos se duelen huérfanos en el cerro más alto de Acapulco… Hasta les cinceló las lágrimas y la pena en sus almas escondidas. <em>Sit tibi terra levis</em>.</p><p>_____________</p><p><strong>Javier Pérez Bazo</strong> es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Toulouse – Jean Jaurès.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Mar 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Javier Pérez Bazo]]></author>
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