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    <title><![CDATA[infoLibre - Cuánto te he echado de menos]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/cuanto-te-he-echado-de-menos/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Cuánto te he echado de menos]]></description>
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      <title><![CDATA[¡¡Me quiero ir a Madrid!!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/quiero-madrid_1_1208184.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0376ccf8-f5c0-49f9-9726-9eadbc8652c9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¡¡Me quiero ir a Madrid!!"></p><p>A pesar de los años, tengo grabado a fuego en mi cabeza lo que hice la primera vez que visité el mar, ese momento que para todos los <strong>madrileños</strong> como yo —los gatos, gatos— se convierte en todo un acontecimiento. Mi madre, mi hermana y yo llegamos a la playa de algún lugar del <strong>Mediterráneo</strong> que no recuerdo, plantamos —plantaron— las toallas y la sombrilla, y nos fuimos al agua. Salimos, seguramente con los dedos arrugados, y empecé a ver cosas que comenzaron a desestabilizar mi experiencia. ¿Qué es esto? Me estoy llenando de arena. Madre mía, estoy pegajosa. Estaba arrancando uno de mis ataques de impulsividad que, por desgracia, todavía mantengo. Tres, dos, uno… y estallo. “<strong>¡¡Me quiero ir a Madrid!! ¡¡Odio la playa!! ¡¡Me quiero ir a Madrid!!</strong>”. Ellas todavía me lo recuerdan y ahora que lo escribo pido perdón a quienes presenciaron la escena. No tuvo que ser fácil.</p><p>Me ha pasado más veces. Para que se me entienda: soy una especie de producto fabricado bajo los deseos de Ayuso. He nacido en <strong>Madrid</strong> y toda mi familia ha nacido en Madrid. Sí, soy una de esas niñas huérfanas de “el pueblo” que afortunadamente siempre ha tenido alguna amiga que se apiadaba de ella y la invitaba al suyo algún fin de semana de agosto. Pero es que me pasaba lo mismo. “Que no, que yo me voy, que esto no me gusta”. Y me iba de verdad. A cabezota no me gana nadie.</p><p>Recordándolo, intento entenderme. ¿Qué narices se me pasaría a mí por la cabeza cuando estaba fuera de casa para que empezara a echarla tantísimo de menos? Afortunadamente, la madurez —creo que será eso si es que me ha llegado— ha hecho que deje de pasarme. Ahora me ocurre al revés: <strong>quiero salir de aquí</strong>. Me asfixias, Madrid, quiero volver a echarte de menos.</p><p>Como a todos, la pandemia me ha obligado a no salir de esta “tierra de la libertad” en meses. Ni siquiera del municipio, de hecho. En ese momento, y fallándole a mi yo de la infancia, una de las cosas que más deseaba era volver a ver el mar —la otra, ya sabéis, era <a href="https://www.infolibre.es/noticias/veranolibre/2021/08/31/un_concierto_los_antes_para_volver_normalidad_antano_122684_1621.html" target="_blank">ir a un concierto</a>—. Sí, ahora el mar y la playa y llenarme de arena y quedarme pegajosa me encanta. Quizá porque lo hago poco porque soy de Madrid, puede ser, pero el caso es que la primera vez que veo el mar después de tiempo sin hacerlo siempre grito desde el coche: “<strong>¡Mira, ya se ve, ya se ve!</strong>”. </p><p>Eso hace, claro, que <strong>las vueltas de vacaciones se conviertan en un drama</strong>. Pero un auténtico drama. Porque se acabó lo bueno y tengo que volver a cargar sobre mi espalda todas esas obligaciones de mierda que implica Madrid. Por eso la borraría del mapa. “Odio Madrid, <strong>me estresa</strong>”, digo siempre. Y pronuncio esa frase tal cual, siempre desde el coche, mientras derramo alguna que otra lagrimita.</p><p>Este mes de julio, en <strong>Tazones</strong> (un pueblo precioso de Asturias, cómo no, que con razón se ha ganado el título de uno de los más bonitos de España), compartí ese sentimiento con un camarero que nos preguntó de dónde éramos. “¿Y venís mucho?”, dijo después de servirme otro <em>culín</em>. “Pues casi cada año. Cuando podemos”, le respondimos con total sinceridad después de beberlo. “He estado en Madrid alguna vez y es diferente. <strong>Va todo como muy acelerado</strong>”, aseguró. No puede tener más razón.</p><p> Vista de Tazones, en Asturias. | LC</p><p>“Al final, <strong>la vida son elecciones</strong>. Allí está todo, pero aquí se vive mejor”. Se me clavaron esas frases. En ese momento, <strong>si hubiera podido elegir, me habría quedado</strong>. Pero las malditas obligaciones, como siempre. Me lo impidieron, pero no lo hubiera dudado.</p><p>Quien estaba conmigo en ese momento me conoce mejor que nadie. “Lara, acabarías volviendo”. Yo se lo negaba mientras le rogaba que lo hiciéramos de una vez, que dejáramos Madrid. Pero en el fondo sé que, como el camarero, tiene razón. <strong>En algún momento de la historia saltaría mi yo de la infancia</strong>. ¡¡Me quiero ir a Madrid!!</p><p>Suena a tópico, pero para mí vivir a la madrileña es esto: quieres irte, quieres salir, no volver nunca… pero en el fondo Madrid tiene algo que hace que <strong>no puedas vivir sin ella</strong>. A pesar de sus obligaciones. Cómo me gustaría echarte de menos, pero no me dejas. Yo, como dice Sabina, siempre me bajo en Atocha. Y, en el fondo creo que más por suerte que por desgracia, lo seguiré haciendo. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Sep 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lara Carrasco]]></author>
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      <media:title><![CDATA[¡¡Me quiero ir a Madrid!!]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Madrid,Viajes,Cuánto te he echado de menos]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Un resort cargado de recuerdos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/resort-cargado-recuerdos_1_1208056.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/91d3c54f-8fd3-41a0-8077-2fa7c2319c41_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un resort cargado de recuerdos"></p><p>Nunca he sido un niño de playa. Y no lo he sido por varios motivos. Primero, porque siempre he odiado la arena y la sal por cada rincón de mi cuerpo. Segundo, porque nunca he sido capaz de encontrar la diversión de achicharrarse echado en una toalla en pleno mes de agosto. Tercero, porque me agobian los paseos marítimos abarrotados de gente. Y cuarto, porque en mis 28 años de vida jamás he sido capaz de encontrar por toda la costa un <em>resort</em> tan perfecto para desconectar como <a href="http://www.santibanezdelaisla.es/" target="_blank">Santibañez de la Isla (León)</a>. ¿Para qué leches querría yo de rapaz levantar castillos de arena en Roquetas de Mar, Torremolinos o Gandía si podía ser el mejor arquitecto de casetas de la comarca de La Bañeza? <strong>Sí, siempre fui muchacho de pueblo</strong>. De ese que, desde que eres pequeño, te ofrece una libertad que ni el Madrid de Ayuso es capaz de darte.</p><p>Si algo he echado de menos durante esta eterna pandemia ha sido escaparme allí cada vez que podía. Es cierto que, desde que comencé la vida adulta, no subo tanto como me gustaría. Pero cada vez que lo hago, vuelvo a la ciudad con la cabeza reseteada. No hay nada como pasear por allí y echar la vista atrás. Recordar aquellas tardes de verano a la sombra de los chopos, las excursiones a la presa de las que, si había suerte, <strong>volvías con un cubo de cangrejos enganchado al manillar de la bicicleta</strong> o las raudas incursiones en territorio enemigo –siempre son los pueblos de alrededor– para responder a los ataques lanzados por otras cuadrillas contra la caseta que habíamos levantado con tanto esfuerzo a base de palés, cuerda y sacos de patatas. Eran nuestras particulares guerras, esas que quedaban zanjadas con un partido de fútbol al caer la tarde.</p><p>Buena parte de mi familia materna vive hoy allí. A medida que se han ido jubilando, han dejado Madrid atrás y han vuelto a sus raíces. Quizá, con la vista puesta en eso, mis padres decidieron hace unos años comprar una casa. Todavía recuerdo el infantil cabreo que me agarré porque la vivienda se ubicase en <em>El Otro Barrio </em>y no en<em> Este Barrio. </em>Me explico<em>. </em>Santibañez se divide en dos áreas conectadas por un puente. Y, por supuesto, mi corazón siempre ha estado con la que se ubica en la margen derecha del río Tuerto en descenso. Es cierto que en <em>El Otro Barrio</em> es donde se encuentra buena parte de la vida: el bar, la iglesia, el campo de fútbol, el parque, la tienda o la plaza, punto neurálgico de las fiestas veraniegas. Sin embargo, de <em>Este Barrio</em> eran buena parte del grupo de amigos. Esos a los que <strong>cada noche ibas picando casa por casa</strong> para salir a bajar la cena –los teléfonos allí solo sirven de pisapapeles–.</p><p>Pero, sobre todo, siempre me he sentido de ese lado del río porque es allí donde se alza, desde hace décadas, el mejor hotel que he conocido. Una casita a doble altura blanca que siempre se caracterizó por su enorme portón de chapa azul y que nunca tuvo nada que envidiar a un cinco estrellas cualquiera. No teníamos piscina, pero sí un enorme corral, una manguera y varios baldes por si el calor apretaba. Tampoco un gran comedor. Con la cocina, esa que se convertía en escuela a base de cuadernillos de verano tras el desayuno, nos apañábamos. Eso sí, cuadrando un par de turnos en comidas y cenas. Porque en temporada alta nos podíamos juntar perfectamente en el <em>resort</em> que <strong>con tanto mimo regentaban Palmira y Liberio</strong> cerca de una veintena de personas. Sí, mi familia es numerosa. Nunca tuve hermanos, pero jamás me faltaron primos encargados de suplir ese vacío.</p><p>De hecho, es frente a esa casa donde tengo uno de los recuerdos más viejos que conservo en la memoria. Estoy yo en la calle, subido en una bicicleta infantil BH color azul. No tengo ni idea de cuántos años tendría, solo sé que estaba aprendiendo a montar sin ruedines. Tras un buen rato para un lado y para otro, seguía negándome a que mi abuelo me soltara. Fue entonces cuando las campanas repicaron. "Así no vas a aprender", dijo Liberio –o al menos así lo he archivado yo en mi cabeza– mientras enfilaba el camino hacia la Iglesia para asistir, supongo, a la misa de los domingos. Y yo, que terco soy un rato, me puse a ello. Para cuando regresó, ya me movía solo poco a poco en esa bicicleta con aspecto ochentero en la que <strong>hemos dado nuestros primeros pasos todos los niños y niñas de la familia</strong>. Cada vez que arrancaba el verano, se le limpiaban las telarañas y que pasara el siguiente.</p><p>En aquellos años, esos en los que acompañabas a los abuelos a la huerta para ver cómo iban los garbanzos y acababas entreteniéndote lanzando piedrecitas al reguero, Santibañez podría tener censados cerca de trescientos habitantes. Ahora, la última estadística del INE <strong>habla de 178</strong>, aunque seguramente en invierno sean todavía muchos menos. Sí, mi pueblo forma parte de esa España rural que poco a poco han ido vaciando los grandes núcleos urbanos. De esa que ha visto cómo las escuelas se veían abocadas a cerrar sus puertas ante la falta de niños y el médico pasaba a atender a la envejecida población una vez por semana. Esa a la que los medios de tirada nacional solo prestan atención cuando miles de agricultores y ganaderos deciden colapsar con sus tractores medio país para decir que ya es suficiente, que el sector no puede más y que están hartos de vender sus patatas a unos céntimos para que luego el consumidor final las compre en las grandes superficies por encima de un euro el kilo.</p><p>Pero el pueblo nunca ha estado falto de ingenio. Los más jóvenes, desde que tengo uso de razón, se han estrujado la cabeza para impedir que se muera: tan pronto te organizan un festival con el que atraer a visitantes como te montan con un par de tractores un circuito de <em>rally</em> a orillas del Tuerto. Y ahora, en plena pandemia, los vecinos se han decidido a poner en marcha un proyecto cooperativista para montar en la antigua casa parroquial un hotel rural, con su tienda de productos locales, y una empresa de servicios sociales. Cada vez que habla de la iniciativa, mi madre lo hace con cierto orgullo. Y siempre resaltando la parte centrada en ayudar a los más mayores que no quieren dejar el <em>pueblín</em>. "Por ejemplo, haciéndoles la comida", me decía al acabar una de las muchas reuniones telemáticas en las que ha participado. <strong>Sí, la pandemia la ha obligado a ponerse las pilas con las nuevas tecnologías</strong>.</p><p>Todo para hacer frente a esa maldita despoblación que lleva décadas secando buena parte de la geografía española. Ojalá, en algún momento, alguien se ponga las pilas para revertir esta situación. Yo he sido de esos afortunados niños con pueblo. Y quiero que los rapaces que me sigan también puedan, cada verano, dejar atrás la asfixiante ciudad para volar libres, como tantos hemos hecho, entre aquellos paisajes amarillentos que <strong>dibujan los campos de trigo y maíz de la comarca</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Álvaro Sánchez Castrillo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Un resort cargado de recuerdos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cuánto te he echado de menos]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Por qué los de Santiago siempre saben volver a casa y quedan 'en las dos en punto']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/santiago-volver-casa-quedan-punto_1_1207515.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/30620e9c-ac69-4fc7-826f-c4b91e5d058a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Por qué los de Santiago siempre saben volver a casa y quedan 'en las dos en punto'"></p><p>Antes de empezar quiero aclarar que <strong>los gallegos no echamos de menos, tenemos morriña.</strong> Y, sobre todo, como escribió Rosalía de Castro, tenemos morriña de la "terriña que nos criou". Esa <em>terriña </em>para mí es Santiago, con sus calles y sus parques que se han quedado congelados en mi inexacta memoria infantil. Esa casa, ese hogar, que uno reconocería hasta con los ojos cerrados y que, en el último año y medio de pandemia, han sido, por deformación profesional, huequitos que se colaban en la esquina de una conexión en directo de un reportero en la televisión. Por ejemplo, cuando las hacían desde Porta Faxeira, uno de los puntos de entrada<em> </em>al Casco Vello de la ciudad, yo recordaba los helados que mi hermana terminaba por mí cuando era pequeña. Aunque mi hogar, entendido tanto como ese espacio en el que pasamos la mayor parte de nuestra vida actual como aquel al que volvemos para sentirnos realmente en casa, lleva ya un tiempo sin ser Compostela, una servidora <strong>siempre se sentirá picheleira </strong><em>picheleira </em>(el gentilicio no oficial, pero no por ello menos importante, de los santiagueses). </p><p>Y si algo nos define a los <em>picheleiros</em>, y espero no sonar pretenciosa, son tres cosas. La primera es evidente: <strong>el amor hacia la Catedral.</strong> Podemos pasarnos años cruzando la praza do Obradoiro todas las mañanas y no levantar la cabeza para admirarla, pero después presumimos de ella como si fuera nuestra hija favorita. Sobre todo, cuando hace un par de meses se deshizo de unos andamios que la decoraban desde hacía mucho tiempo. Es la más bonita, y punto.</p><p> Señal del Camino Xacobeo en la madrileña calle Bravo Murillo.</p><p>La segunda deriva de la primera. Los <em>picheleiros </em><strong>siempre conocemos el camino a casa, el camino a Compostela. </strong>Y más en año Xacobeo, sobre todo cuando dura por primera vez en su historia dos años (gracias al coronavirus, supongo, por alargarlo y convertirlo en histórico...). En mi caso, el pequeño y diario pinchazo de morriña es una señal amarilla en la acera con una concha y un oso. Porque si una cosa descubren los de Santiago cuando se alejan de su ciudad es que siempre habrá un ínfimo detalle que les indique hacia dónde echar a andar para volver a casa. En Bruselas, por ejemplo, había una concha dorada de vieira en un adoquín en la entrada de la Grande Place. Y en Madrid está <strong>este pequeño oso sin madroño pero con el bordón de peregrino al lado de un árbol a la salida del metro de Canal</strong> en la calle de Bravo Murillo. Está demostrado (no científicamente) que los compostelanos siempre encontramos una señal que nos lleve de vuelta al hogar y que nos recuerde hacia dónde echar a correr cuando la morriña nos inunda el corazón.</p><p>Y la tercera cosa es nuestra peculiar forma de quedar con nuestros amigos o con algún familiar porque<strong> lo hacemos </strong><strong>en</strong><strong> </strong><strong>las dos en punto</strong><em>dos en punto</em>. Y no, no me he equivocado de preposición porque no me refiero, ni mucho menos, a la hora en sí, sino a un lugar. Probablemente, uno de mis lugares favoritos de Compostela. Ese que me recibía de pequeña cuando iba a la Alameda durante las fiestas de la Ascensión o ese en el que quedaba con mis amigos en mis años de colegio, de instituto y de universidad. Ese lugar es <strong>la estatua en homenaje a las Dos Marías: Maruxa y Coralia, las hermanas Fandiño Ricart. </strong></p><p>Ellas son las encargadas de dar la bienvenida a una de las zonas más bonitas de Santiago, que conforman<strong> </strong><strong>el paseo de la Alameda, la carballeira </strong><strong>de Santa Susana y el paseo da Ferradura</strong>, considerados el "parque y paseo más noble de España". Palabras de Otero Pedrayo, que nació en Ourense, no mías, que puedo pecar de poca objetividad hablando de Compostela. Pero ni una de las mejores vistas de la Catedral desde uno de los bancos da Ferradura (donde, por cierto, lleva sentado años Valle-Inclán), ni el banco acústico, ni el espectacular Palco de Música, le roban un ápice de protagonismo a la estatua de las Dos Marías. </p><p><strong>Las 'dos en punto'</strong></p><p>En realidad, y aunque parezca que llevan en la Alameda toda una vida (para mí es toda la vida),<strong> solo permanecen impertérritas al paso del tiempo, que no de los vándalos, desde 1994</strong>. Fue la insistencia del escultor César Lombera la que convenció al entonces alcalde Xerardo Estévez para rendirle homenaje a estas dos míticas picheleiras. Os las presento: Maruxa, a la derecha y la más baja, lleva un vestido verde con topos junto con un abrigo rosa y un mantón a juego. Coralia, a la izquierda, luce un vestido granate con un abrigo amarillo y un paraguas violeta. En realidad, yo no las recuerdo así: para mí siempre llevarán un abrigo rojo, o rosa dependiendo de la luz de ese día, y uno azul. Pero, en 2018, se decidió optar por colores más vivos para recordar que las Dos Marías solían vestir de manera mucho más llamativa. Probablemente con estos colores, y muy arregladas y con maquillaje, sea como las recuerda mi madre paseando por el gris Santiago de la dictadura de Franco. Ella, cuando era una niña, se las encontraba a la salida del colegio bajando por la rúa do Preguntorio. Sobre la una y media, más o menos, para su tradicional paseo a las dos en punto, de ahí el sobrenombre. </p><p> Imagen de Maruxa e Coralia Fandillo, Las Dos Marías. | Concello de Santiago</p><p>Maruxa y Coralia eran dos de los 13 hijos de Arturo Fandiño y Consuelo Ricard: él, zapatero y ella, costurera. Vivían en la rúa do Espírito Santo, muy cerca de mi colegio, por cierto. Sus hermanos <strong>Manuel, Antonio y Alfonso fueron destacados dirigentes de la CNT. </strong>Según relata el documental Coralia e Maruxa, as irmás Fandiño, de Xosé Rivadulla, tras el estallido de la Guerra Civil, los franquistas las usaron, a ellas y al resto de la familia, para dar con los dos que lograron huir, ya que uno murió durante el conflicto. "No está demostrado, pero hay gente que afirma que las llegaron a torturar e incluso a violar", explicó el director a <a href="https://elpais.com/diario/2008/04/17/galicia/1208427509_850215.html" target="_blank">El País</a> en 2008. </p><p>Rivadulla también relata en el documental episodios de registros en la casa familiar a horas intempestivas de la noche, humillaciones en plena calle y multitud de insultos como<strong> "rojas", aunque eran anarquistas, y "putas".</strong> La detención de sus hermanos provocó que estas vejaciones cesaran, pero el daño ya estaba hecho. La situación económica de la familia era muy precaria, ya que los clientes dejaron de llevarles ropa para coser, oficio que compartían con su madre, por ser "una familia de anarquistas" y por miedo a significarse. Aunque los vecinos, todo hay que decirlo, nunca las dejaron de ayudar. </p><p><strong>El color del gris Santiago de la dictadura</strong></p><p>Tal y como explica <a href="http://culturagalega.gal/album/detalle.php?id=213" target="_blank">la historiadora Encarna Otero Cepeda</a>, sobrevivieron las décadas siguientes creando un mecanismo de defensa: "Se volvieron locas, y en su locura recuperaron el sueño de la juventud, se vistieron de luz y color, llenas de maquillaje en ese Santiago de la mediocridad, de la miseria y del terror". En verano, paseaban desde la rúa do Espírito Santo hasta el Paseo do Toural. Y en invierno, por los míticos soportales de la rúa do Vilar para que la lluvia no chafara sus <em>looks </em>que muchas <em>influencers </em>querrían ahora. <strong>Eran "mujeres felices" que dieron una "inmensa luz gratuita y generosa a una Compostela oscura"</strong>. </p><p>Una luz que se apagó en los ochenta: Maruxa murió en 1980 y su hermana Coralia tres años después. Pero que volvió a comienzos de los noventa con esa estatua de homenaje para estas dos mujeres que ha iluminado a varias generaciones que hemos crecido a su sombra. Una estatua que además ha cambiado de forma discreta y sencilla las rutinas de la ciudad. Antes, por ejemplo, cuando mi madre era más joven, la gente solía quedar a escasos metros de allí, en Porta Faxeira, o en el ya desaparecido Edificio Castromil (<a href="https://www.elcorreogallego.es/santiago/te-acuerdas-de/cuando-el-elegante-edificio-castromil-derribado-en-1975-ennoblecia-la-actual-plaza-de-galicia-CX5473361" target="_blank">lo tiraron para construir un aparcamiento subterráneo en 1975</a>, una auténtica aberración urbanística). Hoy, en cambio, o por lo menos hace una década,<strong> los </strong><strong>picheleiros </strong><strong>se congregan en modo espera alrededor de Maruxa y Coralia, compartiendo espacio con los turistas que se paran a hacerse una foto con estas dos mujeres</strong>. A día de hoy, creo que sólo rivaliza con la frase "nos vemos en las <em>dos en punto</em>" quedar en las míticas escaleras del Zara de praza de Galicia. Pero, para mí, donde estén Maruxa y Coralia, que se quite Amancio Ortega.</p><p><strong>PD. </strong>Agradecería mucho a los reporteros que hacen directos desde Porta Faxeira que comenzasen a hacerlos unos pocos metros más allá. <strong>Las Dos Marías se merecen lucir sus galas en televisión. </strong>Y yo, identificar, en ese huequito tras el periodista de turno, uno de mis lugares favoritos de Compostela. En esta época de pandemia, de estar lejos de casa y de pocos viajes a Galicia, y con Santiago cerrado perimetralmente la mayor del tiempo en el invierno, hubiese agradecido ese pinchazo de morriña provocado por mi estatua favorita. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alba Precedo]]></author>
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      <title><![CDATA[Hay un fuego dentro y lo dejé arder en Sancti Petri]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/hay-fuego-deje-arder-sancti-petri_1_1208032.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/45d91021-628b-404f-bcf8-0b4b5a73c495_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Hay un fuego dentro y lo dejé arder en Sancti Petri"></p><p><strong>Hay un fuego dentro. </strong>Intentamos que no nos queme, pero nos quema. Lo ideal sería bajar un poquito la intensidad de la llama, para que simplemente alumbrara el camino y nos diera calor si nos perdemos, pero dan muchísimas ganas de darle un manotazo y extinguirlo y espolvorear las cenizas, y que se acabe todo. Es el fuego que nos hace avanzar, desear otras bocas, llorar en un concierto, soñar con funerales, escribir con rabia, odiar al enemigo de clase.</p><p>Vivir en pandemia —o, mejor dicho, vivir <em>así</em><em> </em>en pandemia, con la producción por encima del cuidado y con la vida siendo asediada por tantos frentes— es querer apagar el fuego y marchar a dormir al fondo de la cueva. Así que <strong>el verano pasado salí corriendo buscando que le diera un poco al aire.</strong> Montamos cuatro planes, cogimos dos coches y nos plantamos en <strong>Sancti Petri</strong>, Cádiz, antiguo poblado marinero. </p><p>Podría contarles muchas cosas. Podría explicarles que en Novo Sancti Petri, al este, los grandes complejos hoteleros intentan privatizar la playa, de lo poco que nos queda público. Ponen vallas y senderos y los turistas sonríen, aplauden, asienten y pagan. Podría matizar que, al oeste,<strong> algunos restos del antiguo poblado se mantienen en pie a duras penas. Hemos tenido suerte: ninguna administración ha sabido muy bien qué hacer con ellos.</strong> Una excavadora tiró en 2008 la mayoría de las edificaciones maltrechas. Un paseo entre las que quedan devuelve la belleza brutal de lo abandonado, del fin de una historia. Los pescadores, que practicaban el sencillo arte de la almadraba para capturar atunes, tampoco están. Pero sigue oliendo muy fuerte a sal y un artista local ha pintado un grafiti en un muro. Los guardias civiles tuvieron la sorprendente decencia de pillarle in fraganti y dejarle hacer. </p><p>Podría incidir en el hecho de que aquí la masificación turística, probablemente más por el azar que por la ordenación urbanística sensata, no ha llegado. Aquí se respira. No hay mucho que comprar ni que consumir. Algunas empresas de lo que, de manera un tanto irónica, llaman "turismo activo" alquilan kayaks con las que tirarse al mar y llegar al islote de Sancti Petri, donde se levanta el castillo del mismo nombre. <strong>Es tan, tan antiguo que se cree que lo fundaron los fenicios, los primeros que llegaron a la zona calificados como civilización</strong>, y que visitaron el paraje personajes tan legendarios como Aníbal Barca o Julio César.</p><p>Un poco más allá se ubica un pequeño puerto deportivo, sin demasiadas pretensiones, y dos o tres restaurantes donde pedir unas cuantas raciones de buen pescaíto frito, con tercios baratos, ortiguillas en la carta y mantel de cuadros. No hace falta más. No hay un grandioso paisaje, ni una historia épica. <strong>Es sencillo: aquí se para el tiempo. </strong></p><p>Podría contarles que cogí el kayak, que visité y revisité el poblado, que me empapé de su pasado, que conocí al artista y le pregunté por su historia, pero sería mentira<strong>: no hicimos nada de eso. Hicimos lo que necesitábamos. Nos sentamos en un chiringuito cualquiera y pedimos una copa</strong>, y luego otra más, nos bañamos en el mar y volvimos y reímos. No pensamos en el jefe, ni en el alquiler, ni en <em>ese dolor que no le cuentas a nadie</em>. Vimos atardecer acompañados de un camarero jerezano que no paraba de hacer bromas y luego dimos un largo paseo, en práctica soledad, charlando de trivialidades para acabar cenando en una de esas terrazas poco pretenciosas. </p><p>Nos hacía falta parar y Sancti Petri es un buen lugar para parar. Porque<strong> si nunca nada para de agitarse, el fuego se acaba apagando</strong>. Veníamos de una pandemia que había estado a punto de llevarse por delante a nuestros seres queridos, viviendo a 500 kilómetros, aislados con un ordenador enfrente, mucho trabajo por hacer y las Unidades de Cuidados Intensivos como principal noticia. Una y otra vez. Luego volvimos de Cádiz y la llama volvió a titilar, lloramos por amor, por ansiedad y por las dos cosas a la vez, echamos de menos, cumplimos con nuestro papel en el engranaje productivo, intentamos seguir tirando <em>palante</em> aunque no sabíamos muy bien adónde íbamos. </p><p>Este verano de mierda, de una nueva promesa incumplida de normalidad, intentaremos volver, si las variantes y el protocolo de aislamiento anticovid nos dejan. Le he prometido a mi amiga Alba que esta vez, de verdad, sí que cogeremos el kayak. Creo —no se lo digan— que ella piensa un poco que perdimos el tiempo allí tirados en aquella terraza, riendo y pontificando sobre la identidad andaluza como si fuéramos la reencarnación de Blas Infante. <strong>Yo creo que no lo perdí, sino que lo gané.</strong> Pero este verano vamos a ir un poco más allá y vamos a intentar que el fuego arda fuerte y sano, simbolizando el hogar en vez del infierno. </p><p><strong>Sin quemar. </strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 15 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Javier Martínez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Hay un fuego dentro y lo dejé arder en Sancti Petri]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Viajes,Cuánto te he echado de menos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Esta noche dormimos en ese pueblo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/noche-dormimos-pueblo_1_1208044.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/42531a9b-14a6-404b-aeed-e32969a7f8e9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Esta noche dormimos en ese pueblo"></p><p>A la torre de pisos más alta del Paseo de Parra, los amigos la llamaban en broma “Manhattan”. Con múltiples plantas que parecían 20, el Manhattan de Águilas, Murcia, sobresalía en una hilera de edificios todavía chatos, siempre luminosos y muy alejados del otro paseo junto al mar: La Colonia. Casi rozando la rambla de La Colonia, la misma que en 2010 se convirtió en una pista de coches de choque <strong>arrastrados por un inesperado diluvio agosteño</strong>, quedan algunas casas con terraza voladiza sobre grandes soportales frente a la playa. Cerca, hay otras con balcones modernistas, fachada color arena y un constante piar de golondrinas. Casi de soslayo, todas ellas acarician un pasado de minas —plata, plomo, hierro— con ingleses al mando. Y de campos de esparto recio pero maleable.</p><p>Más allá del Paseo de Parra, <strong>un embarcadero de hierro bautizado como El Hornillo </strong>y construido nada más empezar el siglo XX fue lo primero que la viajera conoció allí de cerca. El Hornillo alentaba a los amigos a entusiasmarse narrando la influencia de Eiffel en aquel pueblo nacido del cartabón imaginario de Carlos III y el conde de Aranda. Levantado para exportar mineral, <a href="http://www.sedhc.es/biblioteca/actas/Aju%20044%20Gonzalez.pdf" target="_blank">en realidad fue obra de un británico</a>. Pero, no lo neguemos, a Eiffel todo el mundo lo conoce. De Gustave Gillman, ingeniero y fotógrafo, pocos en cambio han oído hablar.</p><p>Una vez en El Hornillo, los anfitriones pidieron a su invitada que mirase de frente. Porque asomada a una cala más tranquila que la bulliciosa Colonia, enfrente se sigue alzando la mansión <a href="https://www.elmundo.es/loc/famosos/2020/05/17/5ebe46d921efa0ca1c8b45f5.html" target="_blank">del banquero Alfonso Escámez</a>. “Escámez es de aquí”, anunció el anfitrión con un tono que en su caso sonó extraño por pletórico. “<strong>Es el hijo de un pescadero</strong>”, añadió redondeando el relato. El anfitrión usaba el presente porque todo esto pasó mucho antes de que el presidente del ya extinto Banco Central <a href="https://www.laopiniondemurcia.es/cultura/2010/05/17/muere-alfonso-escamez-botones-llego-32827457.html" target="_blank">falleciera en 2020</a>.</p><p>A su espalda, la invitada notó que se había activado la competición. Y escuchó esto: “¡<strong>Y Paco Rabal también es de aquí</strong>!”. Fue lo que añadió otra de las inquilinas del Manhattan aguileño. La forastera ya lo sabía pero abrió la boca y cabeceó para quedar bien.</p><p>Años más tarde, la misma visitante se subió de paquete a una moto campera y no se bajó hasta que las dos ruedas se detuvieron en la polvorienta, solitaria y empinada Cuesta de Gos. <strong>En esa pedanía había nacido Rabal,</strong> el que enamoró a medio batallón internacional de actrices. O a un batallón entero. Desde luego, por esa segunda opción se inclinaron quienes, en otro lugar, un invierno y gracias a un vídeo de <em>Viridiana</em>, comprobaron sorprendidos que Luis Buñuel había engañado a la censura franquista. Porque la sonrisa, la arrolladora guapura y la voz envolvente del actor cerraban la película con el anuncio de un inequívoco <em>ménage à trois </em><a href="https://www.elperiodicodearagon.com/cultura/2021/05/17/menage-trois-reaccion-bunuel-propuesta-51898810.html" target="_blank">disfrazado de juego de cartas</a>.</p><p>En la Cuesta de Gos, <strong>un primo del actor mantenía semiabierto un bar discrecional </strong>y un pequeño zoológico doméstico con cabras, gallinas de Guinea y otros animales comunes a los que se prestaba atención solo hasta que el primo decidía que los visitantes le caían bien y les hacía pasar a la fase B. Porque en ese momento quedaba abierto el bar discrecional para que los recién llegados pidiesen cerveza, cocacola o vino que iba sacando de un frigorífico que se cimbreaba por cojo. De inmediato, buscaba y enseñaba el álbum donde había ido recolectando fotos y recortes de prensa sobre el actor: Paco, el Rabal más célebre de una estirpe pobre en la posguerra de <strong>aquella Águilas que permaneció fiel a la República</strong>.</p><p>De Águilas, contaban los que lo habían vivido o solo oído, <strong>partieron barcos hacia Argelia</strong> cuando las sirenas del exilio ya habían dejado de ulular en el puerto de Alicante. ¿Zarparon realmente? La viajera se preguntó si la narración de ese episodio formaba también parte del imaginario a veces brumoso de un territorio que, transitado por fenicios, griegos y romanos, ya se codeaba con el cosmopolitismo mucho antes de que los invernaderos y sus aledaños lo convirtiesen en destino de emigrantes andaluces, magrebíes, latinoamericanos. Luego corroboró que, en efecto, de Águilas <a href="https://archivodemocracia.ua.es/es/exilio-republicano-africa/3-los-barcos-del-exilio.html" target="_blank">habían salido barcos que pusieron a salvo a cientos de republicanos</a>. ¿También después de que el buque británico Stanbrook se hiciera a la mar desde Alicante hacia Orán el 28 de marzo de 1939 con 2.638 refugiados a bordo, los últimos que lograron aferrarse a la esperanza de huir desde aquel puerto? Si es así, la viajera lo ignora.</p><p>Entre aquellos que en agosto se tumban al sol o combaten la humedad casi caribeña a base de cerveza helada en algún bar de La Colonia o el Paseo de Parra hay quienes ponen sonrisa curil si oyen que Águilas tiene una parte cosmopolita. Pero lo cierto es que ya la tenía antes de que su población sobrepasara en invierno los 35.000 habitantes para dispararse en verano con un turismo que <strong>sembró de apartamentos, hoteles</strong> y todo tipo de setas de cemento lo que no mucho antes eran enormes campos a tiro de piedra del mar.</p><p>Y en buena parte era cosmopolita porque siguiendo la estela de la Costa del Sol y la levantina y antes de que el franquismo entrase en barrena, <strong>a Águilas se habían mudado ingleses, franceses, alemanes, holandeses, austriacos</strong>. En bares donde el chato de vino jalonaba las barras de cinc mientras un argot casi incomprensible para los de fuera se alternaba con momentos de silencio coral, aparecía de pronto un barbudo de pecho germánico. Y pedía otro chato para él.</p><p>El runrún de conversaciones callejeras en otros idiomas ascendió de tal modo que incluso está acreditado por múltiples fuentes que una coreana se domicilió en Águilas. Lo hizo cuando el nombre del dictador Kim Jong-un habría sonado, como mucho, a película de Bruce Lee y kung fu.</p><p> La isla del Fraile, en Águilas, Murcia. / CARLOS RAMÓN (CC-BY-SA)</p><p><strong>Adolescentes que saltan como delfines </strong></p><p>Volviendo al Manhattan del comienzo, la viajera sabe que aquella fue la <em>Estación Termini </em>de un viaje que ya nunca dejó de repetirse <strong>hasta que varios tropiezos y finalmente la pandemia los interrumpieron</strong>. Desde la planta décima del que entonces parecía un altísimo edificio del Paseo de Parra, la visitante miraba cada día el mar. A lo lejos se veía el Castillo de San Juan de las Águilas. Y una tarde supo, porque también lo vio pero esta vez a pie de acera, que algunos adolescentes escalaban el Peñón que a menor altura se pega al castillo de cara a poniente. Ya arriba, saltaban como delfines orgullosos hacia el agua sin que, desde la siguiente bahía, alcanzara a verles la perfecta águila de piedra que siglos de viento, agua salada y erosión en suma habían transformado en un icono escultórico casi con misión de esfinge local. Y las esfinges, ya se sabe, suelen lanzar preguntas incómodas. De ver a los adolescentes que trepaban peñasco arriba, la que habría formulado la esfinge del Pico de la Aguilica se podría resumir así: ¿<strong>te atreves a saltar o prefieres que te digan que eres de Lorca</strong>?</p><p>Porque como casi en todas partes sucede entre vecinos, la rivalidad con la extensísima y relevante Lorca (95.000 habitantes, 1.677 kilómetros cuadrados), de la que Águilas dependió administrativamente hasta 1834, no ha desaparecido. Ahora bien, si solo a un centenar de kilómetros alguien habla mal de un lorquino, seguramente el aguileño pondrá mala cara. O muy mala. Los asuntos de familia se tratan en familia.</p><p>La perfección escultórica del Pico de la Aguilica constituye en sí misma un misterio. Pero para la visitante no es el único que esconde Águilas. Y nimbado de excitantes incógnitas, el segundo misterio se llama <strong>Isla del Fraile</strong>. El año del Manhattan aguileño, hasta la montaña marina que sobresale a escasa distancia de la costa más allá de El Hornillo llegaban parte de los amigos a pie aprovechando la marea baja. Mientras y con la mano de visera, otros hacían de indiferentes observadores en la Playa Amarilla para ocultar su miedo a cruzar.</p><p>En el acervo del islote hay verdades, leyendas y mentiras, así que concentrados en las verdades cabría dividiarlas en tres. La primera señala que en 1912, dos años antes de que el atentado de Sarajevo <a href="http://https://www.elmundo.es/especiales/primera-guerra-mundial/mundo-cambiante/el-detonante.html" target="_blank">desencadenara la Primera Guerra Mundial</a>, en la isla del Fraile <strong>se instaló con sus sirvientes un escocés: Hugh Pakenham Borthwick</strong>. Los investigadores han descubierto que el tal Borthwick era en realidad un espía que avisaba a los británicos cuando un barco alemán cargaba mineral de hierro. Segunda verdad: los investigadores han descubierto igualmente que 20 siglos atrás los romanos también fabricaban allí la mítica salsa de pescado conocida como <em>garum</em>. Y tercera verdad: que luego hubo una necrópolis islámica. Conclusión: es tan abigarrada su historia que algo les decía el olfato a quienes preferían quedarse en la orilla en vez de nadar o cruzar a pie con la marea baja.</p><p>El instinto funciona incluso en agosto. Detectar que hay viento de Levante en el canal que une la playa con la isla, también. Y que, por tanto, no es momento de darse un guati. O sea, un baño de mar más bien corto y pacífico. Guati, de <em>water</em>, es <strong>una de esas palabras-rescoldo nacidas de una influencia británica </strong>que no todos recuerdan. Con finísimas escamas, la peculiar herencia anglosajona se solapa con una forma de ser autóctona que te abraza y dulcifica con un ico o ica al final de tu nombre pero que, llegado el caso, te lanza también su aviso. Por ejemplo, con su propia variante del “arrieritos somos”: “Ya pagará el inglés el vino que se bebió”.</p><p>Cuando por primera vez la viajera oyó lo del inglés y el vino, acababan de poner sobre el mantel de hule la ronda de cervezas y algo difícilmente olvidable: huevas de maruca en lonchas de un naranja aterciopelado como una puesta de sol y en compañía de almendras fritas.</p><p>Muchos años más tarde, los amigos habían dejado atrás el piso de Manhattan a cuyo interior la brisa traía, de tarde en tarde por la distancia, el aroma de <strong>las frituras de La Cigarrilla</strong>, que también servía unas espléndidas huevas de maruca. Favorito de la pandilla, aquel era uno de esos bares de playa que enfrentan el corazón con el cerebro. Porque como un coloso de Rodas en miniatura que convence a los enemigos a base de raciones, esos bares clavan un pie en la arena y otro en el asfalto. Y así siguen hasta que los derrumba el terremoto de una orden municipal.</p><p>Ya no existe La Cigarrilla. Y hay menos balcones modernistas repartidos por las calles del que durante décadas o siglos fue un modesto pero deslumbrante puerto de gamba, sardina, pulpo, boquerón y una ristra de pescados cuya enumeración requiere casi un traductor simultáneo: <strong>magre, doblada, lecha</strong>. Y la delicia de los letones: testículos de atún.</p><p>En el puerto, muy cerca del bar donde la viajera probó los letones sin indagar esta vez de qué hablaba el camarero, Paco el de la Bomba amarró durante lustros con su padre y sus hermanos una pequeña flota pesquera. Se quedó para siempre como Paco el de la Bomba cuando, triangulando mar adentro para fijar las coordenadas, <strong>localizó la que el 17 de enero de 1966 cayó al mar en Palomares</strong> desde un bombardero americano. De la bomba nuclear, a la que el agua salvó del estallido, no queda rastro. Y como periódicamente se quejan ecologistas y otros movimientos sociales, si alguno queda está clasificado.</p><p>Tampoco queda ya nada visible de la flota familiar de Paco el de la Bomba, que en realidad se llamaba Francisco Simó. <a href="https://elpais.com/diario/1984/01/18/ultima/443228403_850215.html" target="_blank">Ni de muchas otras cosas</a>. Pero en la carretera que parte de Lorca en dirección a la costa y, antes de bajar por la Cuesta del Tío Juan Rabal, hay una curva. Y, allí, cualquiera se sigue topando con el perfil del castillo de San Juan de Águilas, que de pronto emerge troquelado en el horizonte con las calles y las casas tendidas en su falda. Con la pandemia que se aleja guadaña al hombro —toca madera—, la forastera se pregunta <strong>si este será por fin un buen año para volver</strong>. Y de pronto se le viene a la memoria lo que, llegados a la curva de la Cuesta del Tío Rabal tras recoger a su invitada en la estación de Lorca, dijo con un guiño uno de los amigos de la torre de Manhattan: “Esta noche dormimos en ese pueblo”. En Águilas.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alicia Gutiérrez]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Murcia,Viajes,Cuánto te he echado de menos]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[No me acuerdo, pero repetiría]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/no-acuerdo-repetiria_1_1207834.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/af562fdc-b0f4-47d9-b0ed-da4656729820_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No me acuerdo, pero repetiría"></p><p>Mi amigo <strong>Antonio Avendaño</strong>, periodista y sin embargo buena persona, cuenta que tiene un truco infalible para calibrar cómo se lo ha pasado <em>realmente</em> alguien durante un viaje. Cuando el turista o viajero regresado ya le ha dado la consabida chapa con el anecdotario y los misterios del lugar, Antonio le suelta:</p><p>–Ah, qué maravilla todo esto que me has contado con todo detalle durante los últimos tres cuartos de hora, sobre todo esa conversación con el taxista. Pero, entonces, <strong>¿cuándo vas a volver?</strong></p><p>La mayoría de las veces la respuesta es un rostro de extrañeza. ¿Volver? ¿Para qué, si ya lo he visto?</p><p>Mi amigo, que es buena persona pero tampoco nos pasemos, sonríe hacia dentro y se dice: "Este se ha aburrido como un muerto, por mucha foto que traiga".</p><p>Nada, sólo cuento esta maldad porque me reafirma en mi vago deje antiturístico. <strong>Me da que buena parte del turisteo es para cubrir el expediente</strong>, tachar un paisito en el mapamundi, colgar un selfi y tirarse el rollo a la vuelta. Pero bueno, lo dejo aquí porque estoy bordeando la imitación a Javier Marías.</p><p>A mí no es que no me guste viajar, es que no tengo demasiadas vacaciones y, para el tiempo libre del que dispongo, me tienta demasiado la opción B: no viajar. Entiéndase: unas cómodas vacaciones no viajeras, <strong>centradas en estar con gente que te agrada en sitios que ya controlas</strong>, son una delicia.</p><p>Luego, si toca viajar lejos y se puede, pues se viaja. Y sin problema. Siempre me lo paso bien y disfruto, pero diría que más por la compañía que por el destino. Espero no parecer demasiado garrulo, pero, ¿no es todo demasiado caro e incómodo cuando uno viaja?</p><p>Además, a mí viajar no me luce, porque luego <strong>no me acuerdo bien de los sitios en los que he estado</strong>. Sí de la ciudad, claro, pero no de los rincones. No acumulo en la memoria <em>enclaves inolvidables</em>. No soy de los que te sorprenden con un "mi vida cambió el día que vi posarse el atardecer sobre el Castillo de Shimabara".</p><p>Cuando viajo, me gusta ir pelín a ciegas. Dejarme llevar por Ana, que lleva la Lonely Planet y es muy organizada. ¡Bastante me documento ya para escribir en infoLibre como para documentarme también para viajar! Así que una vez que regreso, no traigo casi nada registrado, y lo poco que se queda como recuerdo en el disco duro se empieza a borrar en cuanto le tengo que hacer hueco a alguna nueva obsesión cotidiana.</p><p>Ana me ha preguntado alguna vez, pasado el tiempo:</p><p>–¿Y te acuerdas aquel día en tal ciudad que comimos en tal restaurante, en la calle noséqué, y luego fuimos a tal sitio y demás?</p><p>Y yo <strong>me veo en la fea necesidad de mentir</strong>: "Oh, ¡cómo olvidarlo!".</p><p>Bueno, espero que Ana no lea hoy infoLibre. Porque la verdad es que no, no me acuerdo. Sólo sé que lo pasé bien y que repetiría, <strong>pero porque fui con ella</strong>. Que volvería a ese restaurante que ella dice, aunque no sé cuál es. Volvería porque me ha dicho que allí pasamos un buen rato, y yo me lo creo aunque lo he borrado porque seguramente estaba con la cabeza en otra parte, como me suele pasar. La próxima vez estaré más pendiente, de ella y del sitio. Lo que quiero decir es que <strong>esos son los lugares que yo, sin recordarlos, echo de menos</strong>: los que he compartido con Ana y ahí siguen, subrayados en su guía.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ángel Munárriz]]></author>
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