<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[infoLibre - Cuentos de oficio]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/cuentos-de-oficio/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Cuentos de oficio]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <item>
      <title><![CDATA[944 452 145]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/944-452-145_1_1305103.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="944 452 145"></p><p>Roberto volvió mirar el reloj. De forma compulsiva lo hacía cada pocos minutos y comprobaba así como avanzaba el contador de kilómetros. Había madrugado para aprovechar las sombras que las hileras de olmos y abedules le proporcionaban haciendo más fresco el camino. En todo caso las mañanas del mes de septiembre en la campiña inglesa no eran particularmente cálidas. Era su cuarto día de vacaciones de la semana que había dejado para después de agosto, y de forma metódica había caminado dos horas cada mañana en cada uno de los días previos. El trazado plano del recorrido le permitía, si forzaba el ritmo, llegar a una velocidad media de siete kilómetros/hora. Esta mañana se había propuesto como objetivo superar esa marca y sobrepasar los 15 kilómetros, antes de regresar al hotel, ducharse, volver a desayunar y preparar las excursiones que tenían planeadas en las localidades de alrededor. Hoy se iban a desplazar, ni más ni menos, a Liverpool. </p><p>Llegando a las diez al hotel, Carla y Enzo apenas se habrían levantado de la cama. La noche anterior se habían entretenido algo más de la cuenta en el único pub que permanecía abierto hasta tarde en la pequeña localidad inglesa de Marple, y por el ruido que hicieron al entrar en la habitación, las pintas de Guinness que habían caído habían sido más de una y más de dos.</p><p>Transcurrida la primera hora de camino giró sobre sus pasos para dar la vuelta. Hoy no había optado por la ruta circular. Había seguido un sendero que discurría paralelo a unos canales, jalonados por numerosos pantalanes en los que permanecían amarradas embarcaciones diversas de pequeño tamaño: botes, kayaks, piraguas, y alguna lancha un poco más preparada pero con esloras cortas, sin duda las únicas que podían navegar por aquel canal que no parecía especialmente profundo.</p><p>Para la vuelta optó por colocarse unos auriculares y escuchar música. Seleccionó una <em>playlist</em> que tenía programada con música británica de los setenta y los ochenta. Antes de arrancar dio un trago al bidón de agua que llevaba. </p><p>Y entonces lo vio.</p><p>Sobre la proa de una de las lanchas había un cartel amarrado de forma bastante rústica que anunciaba su venta: <em>FOR SALE.</em> Pero lo que le llamó la atención fue el número anotado debajo. Tras los prefijos correspondientes (el 44 británico y el 151 de Liverpool) aparecía un número que correspondía exactamente a su viejo teléfono en la casa familiar: el 944 452 145.</p><p><em>“Joder, ¿eso es un número de teléfono? Ya es casualidad”</em>. Roberto era bastante malo para recordar dígitos, claves o números de teléfono. Pero nunca habían desaparecido de su memoria varios teléfonos de su niñez, incluidos el de la casa de sus padres, así como el de algunos vecinos, sus tías y dos o tres amigos. Podía repetirlos sin error, con tanta precisión como inutilidad, pues todos aquellos números habían sido desplazados por los nuevos de los teléfonos móviles, que era incapaz de recordar exceptuando el suyo propio. </p><p>Sacó el <em>smartphone</em> e hizo una fotografía a la lancha. Se ladeó para que se viera con nitidez el cartel y el teléfono +44 151, y en caracteres mucho más grandes el 944 452 145.</p><p> ------------------------------------------------------------------------------------</p><p>Roberto olvidó comentar la anécdota hasta bien entrada la tarde. Tanto Carla como Enzo habían insistido hasta la saciedad para que hoy sí, siendo ya viernes, se uniera a ellos a compartir unas pintas de cerveza. Estaban en Liverpool y habían reservado una habitación triple para poder pasar allí la noche sin depender de los horarios de los trenes que les obligaban a volver a Marple demasiado pronto esa misma tarde-noche, o esperar insomnes hasta el primer tren de la mañana, demasiado tarde y probablemente en un estado calamitoso.</p><p>Cuando les habló de que había encontrado un anuncio para la venta de una lancha cuyo número de teléfono coincidía dígito por dígito con el que él había tenido en su niñez, la ocurrencia de Enzo fue la acorde a su carácter y temperamento: <em>“Coño, pues llama, a ver qué precio ponen. Igual es tu lancha y no te has enterado. Puedes pedir una comisión”.</em> Carla le rio la gracia. A partir de la tercera pinta Carla le reía todas las gracias a Enzo y Enzo le reía todas las gracias a Carla. Roberto sospechaba que la relación entre ambos tenía algún recoveco que él no conocía. De hecho, en algún momento tenía la sensación de ejercer “de carabina” de alguna historia de la que no tenía constancia.</p><p>Tras la recurrente visita a un abarrotado <em>The Cavern</em> e imbuirse durante una hora en la actuación en directo de un grupo tributo a <em>The Beatles</em>, los tres amigos se dirigieron a otro pub cercano, el <em>Rubber Soul</em>, donde las cervezas podían pedirse sin tantas apreturas y a un precio menos disparatado.</p><p>Carla convenció a Enzo y a Roberto de complementar la ingesta de cervezas con sucesivos chupitos de <em>Jagermeister</em>. La acción combinada de alcoholes iba desinhibiendo al grupo y el florentino volvió a la carga con la idea de llamar al teléfono que Roberto había encontrado en la lancha del canal.</p><p>El socorrido y masculino recurso a resolverlo en una apuesta terminó como tenía que terminar. Con Enzo provocando la risa de Carla y Roberto pagando la siguiente ronda. Fue el italiano quien finalmente tecleó el número y llamó al 44 151 944 452 145. Apoyado en la estatua que recuerda –vagamente– a John Lennon, tuvo una conversación en inglés de poco más de 30 segundos. Vino decepcionado.</p><p><em>“No me ha dado ninguna explicación. Me ha dicho que de la venta de la lancha se ocupa su hija. Ella, la mujer que me ha cogido el teléfono, se llamaba Angela. La hija Ann; Ana me ha dicho. Me ha notado el acento latino y la ha llamado Ana. Y ha colgado.”</em></p><p>Roberto se quedó mudo. <em>“Ángela se llama mi madre. Y mi hermana se llamaba Ana”. </em>Estuvo a punto de propinar un puñetazo a Enzo porque la broma no tenía ninguna gracia. Su hermana Ana había muerto hacía algunos años. Pero se contuvo. </p><p>Porque –recordó– nunca había hablado a Enzo del nombre de su madre o del de su hermana.</p><p> --------------------------------------------------------------------------------------------</p><p>La resaca con la que amanecieron en el hotel de Liverpool no disuadió a Roberto de la idea de volver a llamar a las propietarias de la lancha que había visto en el canal cercano a Marple. Estaba perplejo de que tras un número de teléfono idéntico al de su casa familiar contestara una mujer con el mismo nombre que su anciana madre, que tenía una hija cuyo nombre coincidía con el de su difunta hermana, fallecida hacía años en un trágico accidente.</p><p>En contraste con el día anterior, quien trataba de sacarle la idea de la cabeza era Enzo. <em>“Vamos, Rober, es una jodida casualidad, lo mismo hasta yo entendí mal los nombres. Volvamos a Marple para comer y déjate de historias”</em>. Pero no terminó de convencer a Roberto. Medió Carla. <em>“Roberto, si tienes tanta curiosidad por hablar con estas mujeres, vámonos a Marple y que te vengan a enseñar la lancha. Tú sacias tu curiosidad sobre estas señoras y Enzo sacia su hambre…”.</em> En efecto, la razón por la que el italiano quería volver a toda costa al hotel (un apartahotel en realidad) era porque tenía comida preparada y en modo alguno quería descuadrar su exiguo presupuesto volviendo a pagar por comer fuera en una ciudad como Liverpool. </p><p>Roberto accedió. Era razonable que para contactar de nuevo con Angela y con Ann, lo hiciera allí donde estaba amarrada la lancha y no en la ciudad donde vivían ambas mujeres. ¿Cómo explicaría que se había presentado allí para preguntar las condiciones de venta de un artilugio del que, por otro lado, no tenía el más mínimo conocimiento ni criterio a la hora de plantear una conversación y tampoco ninguna intención de comprar? Utilizaron el billete de vuelta como estaba previsto. Liverpool-Marple. A las 12:17 minutos.</p><p> -------------------------------------------------------------------</p><p>Ann era una mujer menuda y de cara sonrosada. Pelo claro aunque no nítidamente rubio. Rostro inglés, fuera lo que fuera un rostro inglés. No resultaba fácil calcularle la edad. En todo caso, era diametralmente distinta a Ana, cuyo pelo moreno era abrumador y rotundo, y no llegó nunca a convivir con cana alguna, fruto de la prematura muerte que todavía maltrataba la intimidad de Roberto.</p><p>No era fácil mostrar el interés que justificara haber hecho recorrer a aquella buena mujer más de 60 km para mostrarle las características de una lancha de apenas cinco metros de eslora, pensada para transportar pasajeros desde los embarcaderos hasta las naves de mayor calado y por ello con dificultades para acercarse a los pantalanes de los pequeños puertos, pretenciosos y aspiracionales, que proliferaban por los pueblos costeros del norte de Europa, atestados por incipientes masas de turistas que huían de los rigores del verano sahariano que había penetrado definitivamente en el sur del continente desde el año 2022. </p><p>Tampoco era fácil introducir en la conversación alguna referencia a las casualidades del teléfono y de los nombres, sin aparecer como un perturbado, cuando no un potencial acosador. Para evitar situaciones desagradables o un malentendido, Roberto había preferido no ir solo a la cita y se había llevado con él a Enzo y a Carla. Permanecían un poco apartados. No les había hecho ninguna gracia perder unas horas de vacaciones dando pábulo a la tontería de querer conocer a la tal Ann y a la tal Angela. Por si fuera poco, y como era lógico, solo había acudido la hija. Pero Carla y Enzo tenían una innata facilidad para buscarle el lado cómico a cualquier situación y apenas podían contener la risa mientras esperaban el momento en el que Roberto le dijera a Ann: <em>“´Pues muchas gracias por la información y haber venido hasta aquí, pero no me interesa. Entre otras cosas porque la lancha no me cabe en el avión de vuelta a Madrid, donde por otro lado no hay mar. Gracias y buen viaje de vuelta a Liverpool”</em>. Carla imitaba muy bien la voz de Rober desde que se conocieron en aquel Erasmus en Berlín, hace ya tantos años.</p><p>Roberto se acercó tras despedirse de Ann. Ahora sí, Carla y Enzo no podían contener la risa. Hasta que llegó su compañero. <em>“Le he comprado la lancha. Mañana he quedado con su madre, Angela, en Liverpool, para arreglar los papeles”.</em></p><p> -------------------------------------------------------------------------------------</p><p><em>“Ni de coña, Rober. No vamos a volver a Liverpool. ¿Pero qué locura te ha entrado? Nos quedan tres putos días de vacaciones y ¿vamos a echar una mañana entera en el trámite de una compra de una lancha que no vas a comprar? Ni de coña, vas tú si quieres.” </em>Enzo fue taxativo.</p><p>“<em>Cuando le dije a Ann mi nombre, me contestó: ¿Roberto? Te llamas igual que mi hermano. Robert. Dentro de tres días se cumplirán 30 años de su muerte. Iba en uno de los aviones que impactaron en las torres gemelas, el 11 de septiembre de 2001”</em>. </p><p>Enzo permaneció en sus trece: No. Carla, en cambio, ya no supo qué decir.</p><p> ------------------------------------------------------------------------------------</p><p>Llegó de Liverpool ya de noche. Carla y Enzo apuraban una pinta mientras disputaban una partida de dardos. La máquina tenía incrustada una cámara donde se veía a otra pareja contra la que estaban compitiendo. <em>“Están en un pub de Bristol”</em>, le informó Carla. </p><p>El tema de la compra de “la barca”, como decía Enzo, se había convertido en conflictivo en el grupo. De hecho el grupo se había desmembrado. Enzo maldecía las últimas horas de las vacaciones, Carla estaba manifiestamente incómoda con la situación y Roberto solo tenía en mente aprovechar los estertores de su estancia en Inglaterra para encontrar espacios compartidos con Ann y si podía ser, con Angela.</p><p><em>“¿Qué tal?”,</em> se vio obligada a preguntar Carla, aprovechando que Enzo volvía a solicitar una partida virtual en la máquina de dardos.</p><p><em>“No pude subir a su casa. Me citaron en un bar cercano. Otra vez vino Ann únicamente. Pero mañana volveré para acabar de formalizar la compra de la lancha. Y ya por fin, veré a esa mujer”</em></p><p><em>-      Pero Roberto, te estás obsesionando ¿Qué vas a hacer con esa lancha? ¿Cómo vas a pagar ese dineral para nada?</em></p><p>Roberto no contestó a esa pregunta. Con la mirada perdida y voz monocorde narró:</p><p><em>“Estuve con Ann en un bar cercano a su casa. Se llamaba St. Andrews Pub. Un bar pintoresco lleno de objetos antiguos, dispuestos de manera desordenada. Como un viejo colmado. Mira, colgado en una pared estaba esto”</em></p><p>En su Smartphone le enseñó a Carla una foto de un cuadro. En él se veía a cuatro mujeres de edad avanzada jugando a las cartas. Sentadas en sillas, sostenían naipes entre los cuales solo era visible el as de copas que iba a arrojar la situada en la derecha del cuadro. Era un lienzo sin mayores pretensiones aparentes. Tres mujeres con el pelo blanco, y otra con la cabellera oscura y de espaldas que cerraba el cuarteto. Tonos ocres y un fondo difuminado, descontextualizaban espacialmente el cuadro.</p><p>-         Muy bien. Cuatro señoras jugando al cinquillo. O a la brisca ¿Y?</p><p>Roberto le mostró otra captura. Esta de una fotografía. Eran las mismas cuatro mujeres en la parte delantera de una casa rodeada por plantas, una enorme parra y numerosas flores. Estaban dispuestas exactamente igual que en el cuadro. La mujer que iba a arrojar la carta tenia en la mano un cuatro de copas. En la parte izquierda de la foto y sentados en unas escaleras aparecía un niño y una niña con un vergel floreado detrás.</p><p><em>“Esta mujer que aparece en la foto y retratada en el cuadro es mi abuela. La que está de espaldas es mi tía. Las dos de los laterales son vecinas del pueblo. Y los niños son mis primos. Es una vieja foto familiar. Alguien ha hecho un cuadro de la escena central de la foto. Y está aquí. En un bar de Liverpool”</em></p><p>-         Pero ¿qué dices, Rober? Eso es imposible </p><p>Le arrebató el teléfono y observó las dos capturas. Era indudable que el cuadro estaba hecho reproduciendo la fotografía. Y era cierto. Aquella casa era la que alguna vez Roberto le había enseñado que tenían en un pequeño pueblo de Valladolid. Carla deslizó la foto del cuadro para comprobar los datos sobre cómo fue tomada. “Sábado, 13 de abril de 2019. <em>Colmao</em> de San Andrés. Valladolid” </p><p>-         Pero Rober, esta foto no está hecha en Liverpool. Es de hace más de diez años…</p><p>Roberto no dijo nada. Recuperó de un tirón su Smartphone y se marchó, solo, al hotel.</p><p><em> -------------------------------------------------------------------------------</em></p><p><em>“No cogeré ese avión. Mañana hace 30 años del 11-S. Robert Bennett, el hermano de Ann, el hijo de Angela, volaba ese día en el avión que impactó en la torre sur del World Trade Center tras salir de Boston. No cogeré mañana ese avión a Madrid. Y vosotros debiérais hacer lo mismo”.</em></p><p>Enzo descontaba las horas para que terminaran aquellas vacaciones que desde hacía tres días se habían vuelto un infierno. No tanto por la actitud de Roberto –nunca había sido una persona con la que congeniara en exceso, y lo consideraba un acompañante solo tolerable en aquel viaje de una semana a Inglaterra– como por la de Carla. La condescendencia que mostró desde que la estúpida historia de Roberto copara todo el protagonismo del viaje, le habían desplazado a un plano secundario. Una cosa era aceptar una habitación triple en un apartahotel y tomarse el viaje respecto a Carla como una inversión de seducción para el otoño-invierno. Otra, que Carla pareciera comprender la paranoica actitud de Roberto ante la coincidencia del número de teléfono e incluso le animase a profundizar en la supuesta historia cruzada. Pero ya esto del avión…</p><p>Enzo y Carla partieron en un taxi desde el apartahotel hasta el aeropuerto de Manchester. Roberto, tras anular el vuelo de vuelta, optó por viajar solo y en tren hasta Liverpool. No volvería en el avión, y en los próximos días resolvería cómo y cuándo volver a España. Mientras tanto debía volver a quedar con Ann y por fin con Angela, para hacer efectivo el pago de las 3.000 libras en que finalmente habían concertado el precio de la lancha. No sabía cómo se tomarían que una vez hecho el pago, les volviera a entregar la embarcación, ya que no tenía ninguna posibilidad de trasladarla, ni darla uso alguno.</p><p>Según el tren se acercaba traqueteante a la Liverpool Lime Street, decidió que les contaría el cúmulo de casualidades que habían motivado la compra de la lancha y su posterior donación. Angela, una mujer de avanzada edad, quizás no entendiera nada. Ann en cambio, quizás entendiera algo y temía su reacción. En todo caso, Roberto lo quería hacer. Necesitaba hacerlo.</p><p>------------------------------------------------------------------------------------- </p><p>Todas las cabeceras de la prensa digital, los informativos y las tertulias coincidían. El Estado Securitario Español (así se llamaba tras la reforma constitucional de 2025) había salido netamente reforzado tras desactivar la operación terrorista que pretendía hacer estallar un avión comercial en alguno de los edificios de las Cuatro Torres Business Area. Un avión que realizaba el trayecto Manchester-Madrid iba a ser secuestrado por un comando terrorista que pretendía escribir una trágica secuela de los atentados de las torres gemelas, en el trigésimo aniversario de los ataques de aquel lejano mes de septiembre del año 2001. Sin embargo, los servicios secretos anglo-hispanos habían hecho un seguimiento desde hacía tiempo de la operación y la abortaron apenas iniciado el vuelo. Cada uno de los terroristas llevaba a su lado a dos agentes infiltrados, de manera que apenas uno de ellos hizo el primer movimiento fueron detenidos sin mayor contemplación. </p><p>El Distrito Federal de Madrid era objetivo prioritario para un ataque terrorista desde que, tras la ruptura de la Unión Europea, se constituyera en zona franca de la Europa Atrasista. El nuevo Consejo Atrasista había determinado tres polos de desarrollo regional (Budapest, Madrid y Varsovia) que debían permanecer al margen de regulaciones medioambientales y fiscales. Tres “tierras prometidas” de desarrollo económico, en la esperanza de que las nuevas tecnologías energéticas permitieran en pocos años hacer frente a la emergencia climática prescindiendo de las férreas regulaciones que se impulsaron tras el trienio de inundaciones, fuego y revueltas sociales transcurridas entre 2023 y 2025.</p><p> ----------------------------------------------------------------------------------</p><p>Sacó la maleta de la consigna y se dirigió al andén 5. En él ya reposaba un tren, de apariencia antigua, que le iba a trasladar a Londres. Allí había encontrado finalmente la combinación más barata para poder volver a Madrid. Sentía que había burlado a su destino, fatalmente escrito en ese vuelo que, de haberlo tomado –estaba convencido de ello–, hubiera terminado estrellado en alguna de aquellas torres que coronan el Paseo de la Castellana. Había salvado su vida y seguramente la de Carla y Enzo, con los que no se había vuelto a comunicar desde que partieran a España. Volvía además con 3.000 libras que había dado por gastadas a cuenta de la abortada compra de la lancha. Ann sobreprotegía a Angela, y tras servir amable una taza de te y unas pastas, entró en pánico cuando Roberto comenzó a relatarle de forma minuciosa el cúmulo de datos, nombres, cuadros, fotos y números cruzados que entrelazaban inverosímilmente la historia de sus familias. Antes de que la cosa fuera a mayores, Roberto abandonó el piso. Como preveía, Angela no fue muy consciente de la situación y solo hizo un gesto de desagrado cuando entendió que la lancha volvía a quedarse sin vender. </p><p>Fue al parar ante un máquina de vending para adquirir una botella de agua con la que calmar el reseco que tenía aún en la garganta y gastar los últimos peniques, cuando dejó apartado el equipaje, apenas medio metro. Ese instante fue el que aprovecharon para abalanzarse violentamente sobre él. Vestidos de transeúntes, incluso con apariencia desaliñada, un grupo de casi diez policías le inmovilizaron, maniataron y detuvieron en apenas unos segundos.</p><p>El desplazamiento a España se hizo por la vía de urgencia. Roberto Gil Arrospide fue trasladado directamente a Lanzarote, donde la isla entera se había convertido en el “Centro de Detención Canarias II”. Entró al avión ataviado ya con el traje naranja característico de los reclusos que allí habitaban. Desde los acuerdos de colaboración entre el Eje Anglófilo y la Europa Atrasista (grupo de los países de Visegrado con la incorporación de Italia y España, que ejercía la presidencia rotatoria del influyente lobby de distritos federales tras el proceso de secesión de sus estados), los juicios sumarios se hacían de forma postrera al internamiento de los acusados con “alta probabilidad de ser culpables”. Roberto había sido el único pasajero que sorpresivamente había anulado su vuelo el día anterior al intento frustrado de atentado. Señal casi inequívoca de su implicación en el mismo. La declaración de Enzo Mennonna reconociendo que, en efecto, el español cambió su ruta de vuelta porque conocía de la existencia de un plan para perpetrar un atentado similar al de las torres gemelas de New York, confirmó la sentencia. Roberto pasaría el resto de sus días en el Centro de Lanzarote, hasta que su mente fuera olvidando a Angela, Ana, Liverpool, Madrid o Bilbao.</p><p>----------------------------------</p><p><strong>Unai Sordo</strong> (Barakaldo, 1972) es secretario general de Comisiones Obreras</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[fcc8c43a-cfc4-4d88-a878-3922bd59c2c2]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Aug 2022 19:21:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Unai Sordo]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" length="196829" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="196829" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[944 452 145]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Unai Sordo,Cuentos de oficio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Puta loca]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/puta-loca_1_1300718.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Puta loca"></p><p>Giró tres veces la llave y abrió la puerta. La casa estaba a oscuras. Pese a los veinte años transcurridos –veinte años y un día concretamente–, aún recordaba donde estaba el interruptor general de la corriente. Lo activó poniéndose de puntillas y milagrosamente tanto tiempo después, algunas de las bombillas del pasillo y de alguna habitación se encendieron.</p><p>Entró en la sala. Las persianas estaban bajadas aunque no selladas del todo. Unos rayos oblicuos de sol permitían ver en la penumbra aquel espacio dominado por una tupida capa de polvo. Su mero movimiento mientras subía la persiana levantó y arremolinó polvo en suspensión que le hizo estornudar.</p><p>La sala estaba tal y como la recordaba. El mueble principal de tres cuerpos con el hueco donde se ponía la televisión, una enorme mesa dispuesta trasversalmente pegada a una pared y un sofá granate de escay. </p><p>Salió de la sala. A la derecha, junto a la puerta de la entrada, estaba la cocina con ventana al patio, y a ambos lados de los 6 metros de pasillo, dos habitaciones. Una la suya y la de su hermana; otra, contigua, la suya y la de Eva. Y al fondo, de frente, la habitación de mamá y de papá.</p><p>Recorrió todo el pasillo hasta llegar a la habitación de sus padres. Al accionar el interruptor de la luz ninguna de las bombillas de una horrorosa lámpara de araña se encendieron. De nuevo levantó una persiana que prácticamente mugía cuando iba enrollándose y dejando entrever un luminoso día de sol.</p><p>La cama estaba cubierta por una colcha tejida de punto y atravesada por unas grecas longitudinales, en forma de rombos. Amarillenta y con toneladas de polvo sobre ella. Abrió el armario. Vacío, solo contenía algunas perchas y una chaqueta, enrollada más que doblada, y que no reconoció.</p><p>Se colocó bajo el quicio de la puerta y miró la escena. Irremediablemente le vino la imagen de sus padres a la cabeza. Él, su padre, había pasado los últimos años de su vida siendo un mueble más de la casa. Incontables horas en la cama, que apenas interrumpía para desayunar, comer y cenar. Alguna vez se iba a la sala para ver el fútbol, cuando de forma muy ocasional echaban algún partido del Celta de Vigo. Perdió el interés tras el traspaso de Baltazar al Atlético de Madrid para sustituir a Hugo Sánchez, que a su vez había firmado con el Real Madrid. Ella, su madre, que siempre salía de la habitación con la bata puesta, nunca en camisón, hiciera el tiempo y la temperatura que hiciera.</p><p>Se encaminó a su primera habitación. La de la niñez. Con sus camas plegables que dejaban, al replegarse, una extensa zona de juegos y una mesa de trabajo para estudiar a la que nunca hizo demasiado caso. Se acercó a la ventana y repitió el ejercicio de levantar la persiana. Daba al patio interior con lo que el borbotón de luz que iluminó la estancia fue mucho menos intenso. Miró con disimulo al viejo patio. Una vecina estaba tendiendo ropa y canturreaba. Sus rasgos eran latinoamericanos, quizás colombianos. Con cierta sorpresa reparó en que allí, en la estantería sobre la cama plegada, permanecía la Enciclopedia Universal. Mamá se había empeñado en comprarla a plazos porque pensaba que con esos volúmenes allí, con sus fotos, sus dibujos, sus explicaciones… tanto él como su hermana Emma desarrollarían afición a leer.</p><p>Hasta ese momento no había recordado a su hermana. Acarició el pomo que facilitaba el despliegue de la cama contigua, donde ella había dormido al menos hasta los doce años. Todavía permanecía en el estante superior una foto de Emma. Rodeada de un grueso y carcomido marco se la veía con Hans y los tres niños. La foto era muy fea. El pequeño Nikolaus acababa de nacer. Habían tenido los tres hijos en los seis primeros años desde que se marchó a Hamburgo con Hans. Nikolaus, Niki, fue el tercero y el único varón, tomó el nombre del piloto de Fórmula 1, Niki Lauda. Fue el único que tuvo un nombre que no fuera en castellano y eso porque tenía fácil traducción como Nicolás. Para estas cosas Emma era muy suya, aunque realmente tanta españolidad en los nombres de sus hijos casaba poco con el hecho de que, salvo un puente de diciembre para presentar al recién nacido a sus padres, nunca volvió a casa. Ni en Navidad. A nada.</p><p>La última habitación por ver era la que había ocupado cuando Emma y él mismo fueron adentrándose en la adolescencia y ya no estaban por la labor de compartir espacio. Y fue también en la que después se instaló Eva durante las largas temporadas de su matrimonio que vivieron con sus padres. Repitió la secuencia y abrió el que fuera su armario. Estaba completamente vacío. Por un momento, le vinieron a la mente aquellas primeras chupas vaqueras, y aquellos trajes lisos que se hicieron tan populares en el barrio, gracias a él.</p><p>Alberto volvió a recorrer el pasillo en sentido inverso, hacia la puerta de salida. Había quedado con la agente de una inmobiliaria para tasar el piso. Abrió la puerta y salió a la escalera. El largo pasillo que conducía a la zona del ascensor estaba prácticamente igual que como lo recordaba desde su niñez. Únicamente faltaban las macetas que lo flanquearon a ambos lados, hasta hacer la zona de paso mucho más angosta que lo que ahora era. Pero a las madres les encantaban las macetas. Bastantes broncas le habían costado los balonazos que se cargaron más de un tiesto desparramando la tierra por el suelo, mientras los niños de todas las manos del piso, y también de los del segundo y el primero, salían huyendo ante la trastada de rigor, en un portal donde se convivía con las puertas abiertas durante buena parte del día.</p><p>Reparó en la puerta contigua. La del piso de la que había sido su vecina de toda la vida: Ascen. Una mujer menuda y nerviosa que en caso de vivir debiera tener ya más de 90 años. El felpudo parecía nuevo y tenía escrito en unas rudimentarias letras rojas “Ongi Etorri”. De pronto escuchó que la llave giraba dentro de la cerradura. Hizo ademán de cerrar su puerta porque no tenía intención de ver a nadie, ni de hablar con nadie, y mucho menos con cualquier nuevo vecino. Pero le pudo más la curiosidad y esperó un par de segundos.</p><p>Cuando la puerta del “C” se abrió, apareció una mujer diminuta, envuelta en una bata de verano. Tenía los ojos minúsculos y apagados tras unas gruesas gafas con montura de hueso marrón que le comían media cara. Aunque no lo podría afirmar a ciencia cierta, le pareció que aquella mujer era Ascen. Con el pelo entre blanco y amarillento. Masculló un <em>hola</em> y, entonces si, cerró la puerta. Se sintió extraño. Por alguna cuestión, había interiorizado que en el portal no quedaría nadie de quienes hacía veinte años y un día, eran ya muy mayores. Miró el reloj. Todavía faltaba casi media hora para que viniera la agente de la inmobiliaria y decidió esperarla en la calle.</p><p>Al abrir la puerta para salir, de forma casi simultánea se abrió la de Ascen. Alberto decidió hacer cómo que no se había dado cuenta de ello, acelerar y marchar sin volver a decir palabra. Pero aquella mujer lo miró fijamente. Durante apenas un segundo una leve chispa iluminó su mirada que trascendió la gruesa anchura de la lente.</p><p><em>— Loca, puta loca, estás loca — </em>farfulló Ascen. Y cerró la puerta.</p><p>Alberto volvió a cambiar de idea y entró de nuevo en su casa. Se dirigió con dificultades a la sala, la respiración le pesaba, y volvió a recorrer las estancias de la que había sido su casa. Abrió de nuevo su armario y sacó las perchas vacías. Le asaltó un afán por tirarlas, por hacerlas desaparecer, aunque tampoco sabía cómo porque no había nada con qué recogerlas. Las chupas vaqueras que llevaba cuando conoció a Eva en la OVNI. Eva era la chica más guapa del barrio. Altísima, medía un metro setenta, solía posar como modelo para el Corte Inglés, en alguna colección de chaquetas y bolsos. Apenas la pagaban, pero ser modelo era un <em>status</em>. Pronto se hicieron novios, apenas con 16 años. Eva estaba junto a él la primera vez que le dieron una paliza por deudas con el suministrador de costo. Fue un aviso, y solo le golpearon la cara dos veces (<em>“Guaperas, hoy te dejamos la cara limpita para que no te quejes, a la próxima te la reventamos y vas a ligar con quien yo te diga”</em>), más un par de patadas con fuerza medida en la tripa. Dañar y no romper. Le humillaron. Eva se acercó a ayudarle y Alberto la separó de un manotazo que le alcanzó el rostro clavándole el pendiente en el lóbulo. <em>“Déjame. Estoy bien”.</em> Fue la primera vez. Ella se retiró un par de metros, asustada, y cuando él se levantó y se repuso de la humillación, le dijo simplemente <em>“Perdona, gordi”</em>. Ella le cogió la mano con la que le había golpeado y se la besó. Desde entonces, hasta su muerte por sobredosis en 1988, nunca se separó de él.</p><p>Tras la primera paliza, Alberto nunca volvió a ponerse chupas vaqueras. Empezó a traficar. Heroína. Encontró unos trajes de americanas lisas y telas brillantes inspiradas en Don Johnson, en concreto en el personaje que interpretaba en <em>Corrupción en Miami.</em> En los alrededores de la OVNI se empezaba a hablar con condescendencia macarra de la pareja de guapos que se paseaban disfrazados de modelos. Durante poco tiempo. Cuando Alberto empezó a ser <em>camello</em> de buena parte de los que por allí paraban y jugó acertadamente con favores, préstamos y palizas, la condescendencia desapareció. A “Los marqueses” no se les podía toser. </p><p>Arrojó las perchas sobre la cama y decidió que tendría que volver con bolsas de plástico para tirar lo que encontrara por armarios y cajones. Quería eliminar todo lo que no fuera mobiliario inamovible. </p><p>Salió al pasillo. A la altura de la puerta de la cocina se apoyó con ambas manos en el marco de la puerta. Eva salía de cenar. Como tantos días, como todos los días desde que había huido de Proyecto Hombre y había vuelto a casa. Mamá la odiaba, no la pasaba una: que si no hablaba, que si no aportaba nada, que si era un estorbo. Y no. Eva era buena chica. Aunque con poco apego a la vida. A veces hacía ademán de besar a mamá y era ella quien la rechazaba <em>“Quita de aquí y haz algo útil, desgraciada”</em>. Aquel día Alberto estalló:</p><p><em>— </em>¡¡¡¡Déjala en paz!!!. Déjala en paz. Es mi mujer. Loca, puta loca, que estás loca, déjala en paz!!!!</p><p>Papa intervino. Papá, a partir de aquel día, pasó a ser Teodoro. </p><p><em>— </em>No le hables así a tu madre.</p><p>Alberto se giró y le dio un puñetazo con todas su fuerzas. En la cara. Luego en el vientre. Teodoro cayó al suelo, y estuvo tirado diez minutos hecho un ovillo, retorciéndose del dolor. Cuando se pudo levantar fue arrastrando los pies a la habitación y se metió en la cama. Nunca volvió a interponerse entre su hijo y su esposa. Nunca volvió a decir apenas nada. Entró en barrena y fue perdiendo capacidades cognitivas hasta el final de sus días, pasando el tiempo entre la cama y los desayunos, comidas y cenas, más algún partido de fútbol hasta que Baltazar se fue del Celta al Atlético de Madrid.</p><p>Cuando, tras esparcirlas, vio las perchas desparramadas por la cama, pensó que no era la mejor imagen para la agente de la inmobiliaria. Las volvió a recoger y las metió de nuevo en el armario, solo que en lugar de colgarlas ordenadas en la barra dispuesta al efecto, las tiró de cualquier manera sobre la carcomida balda.</p><p>Miró la cama. Donde tantas veces había dormido con Eva. <em>“Deja de quejarte, deja de temblar. Puto mono. Puta. Viciosa de los cojones. ¿Cómo has pillado el caballo cuando yo he estado fuera? ¿Trabajando? ¿O a quién te has follado? Dímelo, dímelo, o deja de temblar. Puta.”</em></p><p>Las redadas se sucedían y los suministradores de Alberto habían caído varias veces. La semana anterior, el Toly había aparecido acribillado a tiros en el cruce entre la calle Uribarri y la Travesía Ciudad Jardín en un atentado que reivindicó ETA en su “cruzada” contra la heroína. El Toly era un traficante de medio pelo que solía tener a un precio más barato el caballo. Entonces no se conocía demasiado en que consistían las prácticas de cortar la droga, pero el Toly, metiendo Paracetamol en el corte del gramo, conseguía venderlo casi a mitad de precio. Pese al cariz supuestamente político del asesinato, Alberto siempre pensó que habían sido camellos que perdían cuota de mercado los que lo tirotearon. La tasa de paro en Bizkaia superaba entonces el 25%, y en el barrio era muy superior.</p><p>Tuvo que huir un tiempo porque los impagos de ahora no se iban a saldar solo con dos puñetazos y un par de patadas. Eva se quedó en Bilbao. Tal vez ellos podían usarla como rehén o hacerle a ella lo que no pudieran hacerle a él, escondido durante un tiempo en un piso del barrio madrileño de Tetuán, pero no le quedaba más remedio. Cuando huyó, Eva estaba carcomida. Tenía los pómulo hundidos. Un hoyuelo en el mentón que parecía un cráter, las bolsas de los ojos siempre hinchadas, y la mandíbula se le transparentaba perfectamente dando forma a la piel, hasta el punto de parecer uno de aquellos esqueletos del colegio en los que aprendían anatomía.</p><p>Un tiempo después, tras haber vuelto a rehacer el negocio y saldado deudas –además de procurarse las que a él le debían– regresó y se encontró con que Eva se había agenciado un perro. Un diminuto pequinés de morro achatado que solía llevar en brazos cuando salía a la calle. Eva aún conservaba el abrigo de piel que años atrás él le había regalado y cuyo uso estiraba hasta bien avanzada la primavera pese a las suaves temperaturas habituales en Bilbao. En su ausencia había vuelto a pintarse la boca y los ojos. Apenas le servía de nada para disimular las ojeras perpetuas que le arrastraban los ojos al suelo, pero con los tacones, el abrigo, el perro y las pinturas, volvía a parecer una mujer distinguida pese a lo arrasado de su rostro.</p><p>Alberto vio que por primera vez su madre toleraba un beso en la mejilla de Eva cuando una tarde se disponían a salir de casa. </p><p><em>“Un hijo. Le has dicho a mamá que te has comprado el puto perro ese porque echas de menos haber tenido un hijo. ¿Pero quién te crees que eres? ¿La reina de Saba? Tienes ese abrigo de visón gracias a mí, a que me he jugado la vida por ti y tus vicios. Tus putos vicios”.</em></p><p>Apenas habían pasado tres semanas desde el retorno de Alberto cuando Eva comenzó a incrementar sus dosis de caballo, las que él le facilitaba. Se olvidó de las pinturas y de los labios, y volvió a recluirse en la habitación. Cada vez que las operaciones policiales dificultaban el acceso a los alijos que se distribuían por el barrio, sus síndromes de abstinencia eran más insoportables. </p><p>Mamá la volvió a rechazar, aquella mujer le servía para canalizar toda la frustración que le generaba su hijo aunque ella, primaria, no lo sabía. Alberto no soportaba el rechazo de su madre a su mujer, después de hacer todo lo posible por fomentar ese rechazo. </p><p><em>— ¡Déjala en paz!. Es mi mujer. Loca, puta loca, que estás loca!</em></p><p>Los gritos se extendían –a veces todas las noches de la semana– por buena parte del edificio. Todo el vecindario los escuchaba. Eran cosas que pasaban de puertas a dentro. Las casas son así. La pareja más guapa del barrio. Tan altos, ella tan modelo, él tan Don Johnson con bigote poblado y gafas de sol de madero, tan bien vestidos, tan elegantes. Pero mira. </p><p>La comercial de la inmobiliaria se paseó por cada una de las estancias. Mantenía una actitud de neutralidad profesional a la hora de evaluar aquel desvencijado piso, y de vez en cuando hacía fotos exagerando mucho el picado de las perspectivas para intentar dar más profundidad a las habitaciones.</p><p><em>— </em>Pues tiene usted que ser consciente de que si lo quiere vender con cierta urgencia tiene que ajustar el precio. No hace mucho tiempo en este edificio se ha vendido un piso por 42 millones de las antiguas pesetas, pero ahora en plena crisis, como pida más de 150 mil euros no lo vende. Dese cuenta que quien coja este piso no lo reforma por menos de 60 mil euros adicionales.</p><p><em>— </em>150 mil…- Alberto parecía confuso.</p><p><em>—</em> Veinticinco millones de los de antes.</p><p> La comercial volvió a pasearse por las habitaciones y a tomar nuevas fotos.</p><p><em>—</em> ¿Por qué hace fotos? ¿Qué quiere encontrar?</p><p><em>— </em>¿Perdón…?</p><p><em>— </em>Si, que… ¿Qué busca con las fotos? Aquí no hay nada, es la casa de mis padres, no tienen por qué buscar nada.</p><p>La comercial de la inmobiliaria dio un paso atrás, guardó su cámara de fotos e instintivamente recorrió con cautela el pasillo hacia la puerta de entrada. O de salida.</p><p><em>— </em>No busco nada. Hago fotos para colgar en la página web. Si usted quiere que nosotros llevemos su piso en exclusiva no puede cedérselo a ninguna inmobiliaria más y trabajaremos en unas condiciones. Si no quiere llevarlo en exclusiva con nosotros, las condiciones son otras.</p><p>Con la evidente pero extemporánea explicación comercial buscaba ganar tiempo para comprobar si la reacción del dueño, el tal Alberto, había sido puntual o aquel hombre suponía algún peligro. No le cabía duda de que firmar un contrato de exclusividad con aquel propietario, de pelo ajado aunque queriendo criogenizar la melena que sin duda algún día llevó, y aquel bigote que mantenía un tono negro en torno a una perilla ya cana y una barba rala e irregular, era un brindis al sol. Pero ahora eso le importaba poco. Diez años de exuberancia inmobiliaria y floreciente negocio, le habían dotado del instinto necesario para detectar de lejos a personas desequilibradas e incluso peligrosas, a través de las cientos de visitas a casas que había realizado. Y aquel hombre, indiscutiblemente, lo era nada más ver su reacción, fuera debida a lo que fuera debida.</p><p><em>— </em>Claro, claro, perdone. Haga las fotos que necesite.</p><p><em>— </em>No tranquilo, las que tengo bastan. Deme su teléfono y le llamo en cuanto haya hecho los cálculos de la tasación y me dice lo que quiere hacer.</p><p><em>—</em> …eh. Si, claro. Le digo: 445 90 45.</p><p><em>— </em>Su teléfono. He dicho su teléfono. </p><p><em>— </em>Es ese. Ah bueno, ahora con el 94 por delante ¿no?</p><p><em>— </em>Si. Claro, claro…</p><p>Verónica, la comercial de la única inmobiliaria superviviente en la parte alta de Uribarri de las siete que llegó a haber, abrió la puerta y se despidió acelerando el paso hasta el ascensor. Cuando llegó a él, al no oír que se cerrase la puerta del piso que acababa de abandonar no quiso esperar más y se precipitó escaleras abajo. Solo al dejar tras de sí la puerta del enorme portal y desembocar en la calle, sintió alivio mientras bajaba la cuesta hacia la calle Trauko.</p><p>Cuando la comercial se marchó, Alberto salió de su casa y comenzó a recorrer el ancho boulevard en el que se había convertido la antigua “autopista”; la vía rápida que salía de Alameda de Recalde y atravesando a gran altura la ría, hacía de frontera entre Zurbaran y Uribarri para continuar hasta salir de Bilbao por Otxarkoaga y Bolueta.</p><p>Bajó hacia el centro. “Bajamos a Bilbao”, recordó que se decía siempre pese a que el barrio distaba apenas unos cientos de metros del Ayuntamiento. Tras andar unos cinco minutos llegó al lugar donde en su día estuviera la discoteca OVNI. Aquella lejana noche de viernes había salido del pabellón de la Casilla. Tras ver a Frank Zappa, el hombre al que había imitado dejándose el bigote poblado y la “mosca” bajo el labio inferior. Un sonido cochambroso y una absurda interpretación final del Bolero de Ravel habían puesto broche a un concierto donde apenas 3000 personas se congregaron ante un mito musical. Alberto cayó en la cuenta de que, casualidades de la vida, el boulevard por el que transitaba ahora se llamaba precisamente “Maurice Ravel”. Pese a haber casas de nueva construcción aun pervivía una zona descampada, apenas a doscientos metros de la vieja zona de bares y atisbó el lugar exacto donde estuvo la OVNI. Se detuvo. En algún lugar de ese descampado era donde había aparecido Eva, muerta por sobredosis aquella misma noche del concierto en la Casilla. Ahora había un parking en superficie. Él se había metido en la cama de madrugada, con una buena ingesta de alcohol y caballo y no la echó en falta hasta la mañana, cuando una patrulla de policía llamó al timbre de un sábado 14 de mayo de 1988. </p><p>Continuó andando hacia el puente de la Salve. Es un recorrido de poco más de un kilómetro, pero que para quien lleva dos décadas encerrado y solo en los últimos años disfrutando del tercer grado, es un paseo excesivo.</p><p>Cuando llega al puente se arremolina un montón de gente en el lado que mira hacia el museo Guggenheim. Otea en ambas direcciones. Hacia la Campa de los Ingleses, donde hoy se sitúa la pinacoteca, ve aún la antigua terminal de contenedores en plena zona portuaria. Al otro lado, el paseo de Uribitarte donde actualmente un tranvía rasga unas zonas verdes en un larguísimo y hermoso paseo, antes dominado por inhóspitas vías de tren, donde tantos picos de heroína se había metido y había contribuido a que otros tantos se metieran.</p><p>Se acerca al montón de personas que miran algo. <em>“Red Bull Cliff Diving World Series”</em>. Una plataforma y saltadores de trampolín. “Clavadistas” lee en alguna parte. Se acerca hasta llegar a una zona sellada y protegida por pequeñas vallas que impiden acercarse al límite del puente. </p><p><em>— </em>Disculpe, no puede avanzar más. Este espacio ya es para los profesionales y sus equipos<em>— </em>una chica rubia con una camiseta con un extraño toro dibujado en una lata de Coca Cola se acerca, pero de repente ve algo y cambia de dirección.</p><p>“<em>Gary Hunt</em>” escucha decir a gritos, “<em>Jonathan, Jonathan</em>” se oye en numerosas voces de las personas allí presentes. <em>“Jonathan Paredeeees ya ha llegadoooo”</em> se anuncia por un altavoz. Todo el equipo de organización se distrae con la llegada de los astros que se van a lanzar con la sola protección de un minúsculo bañador a la ría del Nervión desde una altura de 27 metros. </p><p>Alberto aprovecha la distracción y se cuela en la zona reservada. Quiere ver la ría con aquel gentío de decenas de miles de personas a ambas orillas. Alcanza la barandilla sin que nadie repare en él pese a que su indumentaria resulta absolutamente estrafalaria en aquel contexto de shorts y camisetas anudadas en el vientre.</p><p>De repente una de las responsables de la organización le grita: <em>“¿Dónde va? Oiga usted, ¡no puede estar ahí! ¡Salga de ahí!”</em></p><p>Alberto la mira y masculla <em>“Loca, puta loca, estás loca”. </em>En poco más de tres segundos su cuerpo recorre los 27 metros que separan el Puente de la Salve del asfalto del Campo Volantín. Todos sus órganos vitales, veinte años y un día después, se destrozan del brutal impacto.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[2ae385b0-cda9-4a20-b743-4986c74307b4]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Aug 2022 18:24:57 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Unai Sordo]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" length="196829" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="196829" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Puta loca]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Unai Sordo,Cuentos de oficio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La mujer que miraba el mar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/mujer-mar-literatura-cuentos-unai-sordo_1_1295849.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="La mujer que miraba el mar"></p><p>Se incorporó sacudiéndose la arena del pareo azul que se había mojado con la espuma de la última ola que llegó a la orilla, cuando le vio a la entrada de la playa. De forma instintiva miró al otro extremo y comprobó que la marea ya había subido lo suficiente como para hacer inviable pasar al arenal situado al otro lado de los acantilados. </p><p>Se echó la mano a la cara. La mejilla todavía le escocía y la temperatura de la piel  era más caliente de lo habitual. Es cierto que si no se tocaba, el dolor ya era imperceptible, pero aún presiente el color amoratado que los días anteriores le han hecho refugiarse en casa y bajar a la playa únicamente a primera hora de la mañana, cuando aún no hay nadie disfrutando de los primeros escarceos primaverales. Hace ademán de empezar a correr, pero la pleamar angosta el espacio de arena a apenas una veintena de metros y no podría escapar en ese reducido margen de él, más alto, más rápido y más fuerte. No podrá escapar por ese lado que da a la salida peatonal de la playa hasta el paseo marítimo, ni por el lado contrario, al menos sin correr un serio riesgo de ahogarse ante el embate de las olas sobre las afiladas rocas que separan Cala Larga y Cala Chica.</p><p>Se vuelve a sentar en la arena y le espera perdiendo la vista en el mar y observando de reojo: </p><p>- Buenos días cariño, ¿cómo estás hoy?- mientras mete los pies en el agua y se moja el pecho con la espuma de la primera ola que muere en la orilla.  </p><p>Jon entra en el mar y María ve el camino libre para huir de la playa. Pero permanece inmóvil. Espera. Siente miedo. A huir o a que la atrape en la huida. Esa es la duda que la carcome. El caso es que permanece quieta a la espera de que Jon salte entre las olas, dé unas brazadas y permanezca medio minuto quieto haciendo sus necesidades en el agua. El baño es rápido, y vuelve.</p><p>Junto a ella. Apenas se sienta un minuto, porque él es inquieto y en seguida querrá salir de la playa y desayunar. Dos tostadas, café y zumo.</p><p>- ¿Cómo tienes eso?- le acerca la mano a la mejilla y María automáticamente retira la cara y se retrae. </p><p>- ¿Qué te pasa, cariño? Ya casi no se te nota, debes tener más cuidado, aunque es verdad que esas putas escaleras están puestas a mala hostia. </p><p>Han desayunado y como siempre toca planificar el día. Bajar a la ciudad un sábado siempre es un plan apetecible. Se pueden hacer compras, se puede comer fuera. Hace sol. Aun es abril pero la temperatura es agradable y solo cuando la brisa del mar arrecia un poco más, se nota algo de fresco. </p><p>María está con la espalda cerca de la pared al lado del ventanal por el que se ve la playa y mira la cerradura de la puerta que Jon ha cerrado tras de si antes de ponerse a exprimir las naranjas para su zumo. La llave está puesta como casi siempre. ¿Estará dada la vuelta? ¿Una vuelta, dos vueltas?  </p><p>Preparan la bolsa. El día en la ciudad se abre como una posibilidad. ¿Pero de qué? ¿De escapar, de denunciar? </p><p>Cuando se dirigen al garaje es Jon quien abre la puerta del dúplex para salir. Pues no, la llave no estaba dada la vuelta. Quizás podría haber escapado mientras él estaba lavándose los dientes. De forma sigilosa dirigirse al coche y salir en él antes de que tuviera tiempo de reaccionar. En todo caso ya da igual. Si esta vez no cerró la puerta con doble llave, sería señal inequívoca de que había estado pendiente de ella en todo momento y aun en el momento de lavarse los dientes hubiera sido imposible una huida. Bajar al garaje, subir al coche, arrancarlo y esperar diez segundos a que el control remoto active la puerta de salida. Imposible. Jon es ágil y extremadamente rápido. Afortunadamente abortó la operación y evitó males mayores. </p><p>Jon pone la música del coche alta como siempre y abre las ventanillas. El sol de la media mañana transforma el trayecto a la ciudad, de apenas diez minutos, en una agradable experiencia. </p><p>María baja del coche y ve el centro sanitario a lo lejos. Cuando estaba con la mejilla recién golpeada y sangre en el labio debía haberse desplazado hasta allí y aprovechar para emitir alguna señal aunque hubiera sido al enfermero de guardia. ¿Qué hubiera hecho éste? ¿Llamar a la policía? ¿O decírselo a Jon “<em>oye tu mujer dice que la has pegado, es así</em>”? Jon es un tipo popular en el pueblo. Ella no. Es forastera, quién te va a decir que no es peor el remedio que la enfermedad… Finalmente fueron a casa de Andrés, que es ATS y total para curar ese golpe al resbalarte por la escalera vale igual. Si mañana no te encuentras bien bajamos al ambulatorio, cariño. </p><p>El trascurso del día va envolviendo a María en cierta sensación de calma, recuperando placeres intrascendentes. Toman unas cervezas en el paseo marítimo, compran un bolso cruzado para él y unos pendientes para ella, mientras van mirando las cartas expuestas en las puertas de los bares hasta elegir el menú que más les convence. Lo malo de comer fuera de casa es que el rato posterior a la comida se echa de menos el sofá. Además Jon tiene que estar una hora y media cuanto menos sin coger el coche para no correr ningún riesgo de que un control de alcoholemia le juegue una mala pasada. Sin el coche no puede trabajar. En esto si que es prudente y taxativo.</p><p>Mientras deambulan por la parte interior del pueblo, ve la comisaría de la Policía Nacional. Instintivamente mira a Jon por el rabillo del ojo. María maquina a toda prisa una idea. No puede escapar a la comisaría pero puede perder algo y tendría que acercarse a hacer una denuncia. El DNI. Si pierde el DNI y va a pagar algo con la tarjeta de crédito, Jon no podrá excusar nada para ir a la comisaría. Si lo hiciera sería la prueba evidente de que la agredió. Porque la agredió. La pegó. ¿La pegó?  </p><p>- ¿Pero para qué quieres una chupa vaquera? Están muy pasadas de moda… </p><p>María ha aprovechado un segundo de distracción de Jon para deslizar su DNI por una alcantarilla, de manera que cuando se dirige a la caja de una franquicia de ropa, le palpita el corazón hasta el punto que teme que la dependienta o el propio Jon pueda escucharlo. </p><p>- El carnet… ¿has perdido el carnet? ¿Pero cuando? Si te lo he visto en el restaurante… </p><p>Jon se acerca a la caja y paga el importe de la cazadora vaquera que María se ha empeñado en comprar. Salen a la calle.  </p><p>- Cariño… tendría que denunciar la pérdida del DNI, lo voy a necesitar esta semana y al menos me darán un resguardo…  </p><p>Jon la mira. Serio. <em>“Joder María, se nos van a hacer las mil ¿Ahora a la comisaría? En una hora empieza el futbol y había quedado con los chicos para verlo.”</em> María permanece quieta. No le va a permitir ir a la comisaría, va a darse cuenta de todo.</p><p>- Anda vamos, haz la denuncia.</p><p>El recorrido hasta las escalinatas donde están las instalaciones de la policía apenas dista 400 metros. Jon aprieta el paso y María lo sigue medio metro por detrás. El otro día lo vio en internet, aunque luego tuvo que esmerarse en borrar el rastro de la búsqueda: una señal de ayuda, un código de socorro, que consiste en abrir la mano y estirar los dedos escondiendo el dedo pulgar en la palma y terminar cerrando discretamente el puño. ¿Lo conocerá el policía? ¿Actuarán con eficacia?</p><p>María entra a la comisaría siguiendo los pasos de Jon. No se va a separar de ella ni medio metro, seguro, va a tener que ser extremadamente cuidadosa y no mostrar ansiedad alguna, intentar mantener una mínima distancia respecto a él mientras cursa la denuncia de manera que no le impida realizar el gesto de socorro. ¿Y si se lo dice abiertamente al agente? Mi marido me pega, me maltrata.</p><p>Otra vez siente que los latidos de su corazón emiten un ruido que tiene que estar escuchando toda la comisaría, por otro lado sumida en una cierta indolencia apenas rota por un borracho al que sacan de un calabozo para trasladarle no se sabe dónde.</p><p>- María, voy fuera, tengo que hacer una llamada para decirles a estos que llego tarde, pero que voy. </p><p>Jon sale a la calle mientras saca su teléfono y teclea algún número. Quizás el de Luis que es donde suelen ver los partidos de fútbol. Ah no, que se había ido el fin de semana al pueblo a reparar el tejado que había tenido una gotera enorme que les había puesto perdidita de agua la sala.</p><p>María se acerca al mostrador donde informan sobre en qué mesa hay que hacer la gestión en cuestión. “<em>He perdido el DNI</em>”. Mira a lo lejos y ve a Jon enfrascado en su conversación en la calle, totalmente ajeno a sus trámites. </p><p>Cuando vuelven a casa empieza a anochecer. Los días son cada vez más largos y el reflejo de los últimos rayos de sol en el mar dibujan un paisaje crepuscular que a María siempre le gustó. Lo mira absorta dudando de si misma, y viendo en la fusión del sol con su reflejo en el agua y la dispersión de las formas, la mejor metáfora de la confusión que la carcome. “¿Cómo pude llegar a pensar…? Hace ocho horas me quería escapar de casa. ¿Cómo pudo ser? Me estoy volviendo loca…”</p><p>Entran al garaje y salen por la puerta hacia el pequeño jardín que lo separa de las tres escaleras de entrada al dúplex, tan resbaladizas a menudo. Las mira. Según entra por la puerta se toca la mejilla y la nota aun irritada y dolorida. Pero hoy las escaleras están secas y no resbalan. Menos mal. </p><p>Jon cierra la puerta. Da dos vueltas a la cerradura y retira la llave que se guarda en el bolsillo. Se dirige al cuarto de baño mientras arroja el bolso que se ha comprado al sofá. <em>“Idiota, te he robado hasta la memoria”</em>. María se quita los flamantes pendientes. Para evitar que le hagan herida. </p><p>_____</p><p><strong>Unai Sordo</strong> (Barakaldo, 1972) es secretario general de Comisiones Obreras.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[249c84d4-7a01-4896-b4e7-22b2be17d73a]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Aug 2022 19:19:32 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Unai Sordo]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" length="196829" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="196829" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La mujer que miraba el mar]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[verano,Literatura,Unai Sordo,Cuentos de oficio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Isabel]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/isabel_1_1295821.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Isabel"></p><p><strong>Waalwijk</strong></p><p>Desenrolló el poster y lo dejó extendido sobre la cama. Kortabarria, Larrañaga, Arkonada, Zamora, Periko Alonso, Satrustegi, López Ufarte… “joder qué equipazo teníamos”.</p><p>Xabi terminó de deshacer el paquete que contenía unos sobres de embutido y algunas latas de anchoas. Escuchó el sonido de la cisterna en el exterior y apenas unos segundos después por la puerta aparecía la rechoncha figura de Osvaldo, terminándose de abrochar el pantalón.</p><p>- Pues sí Javier. Aquí el sueldo pasa a un segundo plano. Se trabaja para poder seguir trabajando. Es sencillo. No haga nunca planes con más de dos horas de antelación. Tenga en cuenta que en pocos días empieza la próxima <em>Bull week</em>. No se aleje de Waalwijk más de la distancia que pueda recorrer en una hora, teniendo el horario de trenes siempre presente.</p><p>- Como me vuelvas a llamar Javier, te llamo yo a ti Panchito Regordete. No te jode. ¿Qué me dijiste que era eso de <em>Bull Week</em>?</p><p>- Son diez días seguidos en los que te hacen ofertas especiales de horas para ir a trabajar. A usted como está empezando seguro que le ofrecen todos los días algo. Yo en cambio, en la última <em>Bull Week</em> tuve que suspender unas mini-vacaciones que tenía reservadas para conocer Brujas, y luego apenas no más me llamaron para trabajar 3 días, los muy chingones…</p><p>Xabier salió fuera a fumar un cigarro. El sol empezaba a decaer y el aire había refrescado súbitamente. A unos doscientos metros se encendió un letrero que fue ganando intensidad en los siguientes minutos: <em>Flexhousing.</em> Y debajo aparecía una inscripción en varios idiomas. Uno de ellos el castellano <em>“</em>Soluciones de alojamiento flexible, a precios mucho atractivo<em>”</em></p><p>- Javier, allí están las polacas. Aunque hay pocas. Son casi todo hombres –la voz de Osvaldo se tornó pícara, mientras señalaba al otro lado de una carretera, donde se alzaba un edificio de cubos prefabricados, aproximadamente 80 ó 100 cubos montados unos sobre otros, y que levantaban tres plantas con una extensión de unos cien metros de largo.</p><p>- Me llamo Xabier, hostias –dio una calada larga al cigarro– ¿Y ahí viven?</p><p>- Si, por lo menos cuatrocientas personas. Pero ya le digo, casi todo hombres. Tienen una cancha de <em>basketball</em> aunque son bastante malos, y unas mesas. A veces se ponen allí a tomar. En eso son algo mejores. La parte de los polacos está siempre llena de gente. Aquí traen mucha más gente de la que se necesita a diario para ir a trabajar. Son unos tontos estos holandeses.</p><p>Xabier empezó a caminar lentamente, arrastrando los pies hasta llegar a la carretera que separaba el pequeño motel en el que se alojaba temporalmente de la colonia de polacos que parecía tener como vecindario. Osvaldo le siguió.</p><p>- Allí a lo lejos se alojan los turcos y creo que algunos marroquíes. Yo no suelo ir nunca por allí. Ustedes los españoles viven más dispersos. En los moteles, en los campings… En la otra parte del polígono hay más cubos como estos y creo que también viven españoles. Entérese donde hacen los quilombos o se aburrirá mucho aquí. </p><p>- Yo he venido a trabajar, para fiestas me vuelvo a mi pueblo.</p><p>- Bueno, ustedes se supone que se tienen que marchar a España cada cuatro meses, si no quiere registrarse en el censo. Así matan eso… ¿cómo lo dicen los gallegos? Morriña…</p><p>Xabier sacó un papel de su bolsillo. Lo leyó no sin dificultades porque la ausencia de claridad se hacía más pronunciada por momentos. Eran ya las ocho y media y la luz de abril declinaba en Brabante, la provincia más meridional de los Países Bajos, de forma paralela a una pronunciada bajada de la temperatura que durante aquella tarde que moría había sido bastante agradable.</p><p>- Eso me han dicho ¿sabes cómo va eso del registro?</p><p>- Pues aquí es muy fácil regular el acceso al trabajo y bastante más difícil regular el resto de cosas. Para trabajar hay que disponer de un número BSN. Si no quiere registrarse en el censo declara que no va a estar más de cuatro meses; le dan el código y le registrarán como no residente. Se supone que usted irá y vendrá de España. Hay gente que se pasa mucho tiempo así, pero bueno, usted lo tiene más fácil para registrarse correctamente porque es europeo; europeo del sur y eso hace que les llamen “manitos”. Pero luego, eso si, aquí todos somos “camitas”. Todos los que nos alojamos aquí. ¿No le parecen nombres bien chéveres? Deme un abrazo ¡mi camita!</p><p>Xabier se retiró bruscamente ante el amago de su compañero de cuarto de estrecharle un abrazo. Apenas le conocía hacía treinta horas y no sabía cuando hablaba en broma y cuando en serio. Volvió sobre sus pasos hasta llegar a la habitación del motel. Encendió la luz y puso el poster de la Real Sociedad en la pared, sujetándolo con unas tiras de celo</p><p> - Bueno señor Javier, me voy a mi pieza. Si entra al wáter tire de la cadena y no deje restos de mierda en el retrete, que el olor llega a las dos piezas, y yo duermo fatal si hay ruido o huele mal. Recuerde que el cepillo de dientes verde es el mío.</p><p> - Que me llamo Xabier, cojones… – y  cerró la puerta mascullando un “hasta mañana “ entre dientes.</p><p><strong>Tempoteam</strong></p><p>Cuando Xabier abrió los ojos tuvo un leve momento de desconcierto. Rápidamente se situó. Estaba en Holanda. En los Países Bajos como se denominaba ahora, tratando de concertar cuanto antes la entrevista que le procurase empezar a trabajar. Llevaba dos días allí tras un periodo de selección en el que apenas le habían pedido requisito alguno.</p><p>Se levantó y antes de plantearse salir a desayunar leyó los diversos documentos que formaban una lista interminable, como las pruebas a superar en una <em>gymkana</em>: <em>“</em>Temporales<em>”</em> una empresa de selección de personal con sede en Majadahonda y con la que se había conectado por <em>Skype</em> nada más salir de la cárcel; “<em>EUFLEX</em>”, la empresa a la que le habían remitido tras la breve entrevista con <em>“T</em>emporales”<em> </em>y que le habló por primera vez de la posibilidad de facilitarle, no solo el transporte sino también el alojamiento junto al polígono Puerto 8, en Waalwijk, una pequeña ciudad de apenas 50.000 habitantes pero con un centro logístico de más de 70 hectáreas, donde esperaba trabajar y orientar una nueva vida; <em>Flexhousing </em>la empresa que gestionaba su alojamiento y –parece– el de miles de personas que de alguna manera u otra trabajan –o eso pretenden– en aquella inmensa extensión de plantas empaquetadoras y distribuidoras; y por último “TempoTeam”, de la que no poseía ningún documento y solamente tenía anotado el nombre a bolígrafo, pero que según le había explicado Osvaldo era el vértice de todo este entramado.</p><p><strong>Jenkin</strong></p><p>La pequeña cabaña situada en la parte cercana al canal Bergse Mass, a escasos metros de la orilla, estaba aquella tarde iluminada por una tenue luz interior. Jenkin estaba apoyado en el respaldo de una silla con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, con la cabeza semi-agachada, y con una pequeña rama entre los dedos de ambas manos, con la que parecía jugar.</p><p>Xabier se acercó como venía haciendo habitualmente cada tarde los días en que la aplicación le concedía tiempo libre. Los solía hacer en el periodo en que el sol desaparecía y hasta que la noche vencía los últimos reflejos de luz. Le gustaba observar el reflejo crepuscular del sol en las aguas del canal. </p><p>Sin embargo todavía recordaba el susto que le había dado el pelo raído y casi albino del holandés que le tapaba buena parte de la cara, el primer día que se le apareció súbitamente entre la maleza baja que separaba su cabaña de la orilla del canal. </p><p>Esta vez Jenkin no levantó la vista hasta que Xabier hizo un perceptible ruido arrastrando la suela del zapato sobre la tierra que rodeaba la vieja construcción de traviesas de madera en la que se levantaba la “caseta del buzo”.</p><p>Como todos los días, parecía dubitativo al ver la aparición de Xabier. Le miraba unos segundos hierático hasta que de pronto cambiaba el rictus, y relajaba las facciones de la cara, en una especie de señal casi imperceptible reconocimiento y de tranquilidad amistosa.</p><p>Eso, los rasgos faciales, era la única información que Jenkin retenía con dificultad de los encuentros que solía tener con Xabier. Hacía unos años había sufrido una narcosis de nitrógeno cuando trabajaba en el fondo marino. Producto del estado de euforia repentino que le invadió mientras se sumergía en el agua varias decenas de metros, se quitó temporalmente la mascarilla de respiración. Algún problema que, al parecer, nadie pudo nunca identificar correctamente, le llevó a tardar demasiado tiempo en volvérsela a poner y la falta de oxígeno le provocó una anoxia que le afectó al hipotálamo. Desde entonces Jenkin, uno de los más experimentados buzos profesionales que trabajaba para la empresa SubCom, había perdido la capacidad de acumular información. También había adquirido la costumbre de beber, según se decía porque el estado de euforia que a veces amenaza a los buzos cuando están sumergidos es una sensación cercana al que produce la ingesta de alcohol, y por tanto era el estado más cercano al que sintió en sus últimos momentos de memoria, cuando le sobrevino la narcosis que, accidente mediante, le había retirado de su oficio.</p><p>Xabier le había contado su verdadera historia. Hablar con Jenkin era como llenar un lavabo de agua y colocarle el tapón con la sensación de que va a preservar el líquido, aunque sabes que al día siguiente, indefectiblemente, el agua habrá caído lentamente por el sumidero. Y volver a empezar. Quizás por eso, era reparador para él. Por eso le relataba su vida, su paso por la cárcel, su presencia actual en Holanda para reiniciarla desde el anonimato, el desprecio que le hicieron sentir cuando volvió a su pueblo, tras cumplir condena. Incluso le hablaba de las galopadas de López Ufarte por la banda izquierda del viejo Atotxa y los remates de cabeza de Satrústegi. Curiosamente los recuerdos futbolísticos eran de las pocas cosas que Jenkin parecía retener de alguna manera. “Cruyff” le había dicho alguna vez cuando le veía aparecer desde el campamento de trabajadores que distaba apenas cuatrocientos metros de la cabaña en la que vivía.</p><p>La caseta de madera desvencijada de Jenkin formaba parte de la “obra social” de <em>Flexhousing</em>. Había trabajado durante muchos años como buzo en el proceso de extensión de fibra óptica a lo largo y ancho del mundo y sus mares. Y fue precisamente en las costas vascas, junto a Sopelana, donde sufrió el fallo respiratorio que le llevó a la vida en presente continuo. </p><p><em>Flexhousing</em> había colocado un panel explicando la historia de “Jenkin el buzo”, y de su trabajo desde el “<em>Dependable”</em>, un buque cablero que había desplegado más de seis mil kilómetros de cable por todo el Atlántico. Por ese cable,  en la llamada ruta Grace Hopper, discurren ingentes cantidades de datos sobre las que reposa la interconectividad del mundo. “Sin ese cable, sin esa ruta, sin Jenkin… ni Tempoteam, ni Flexhousing, ni todo el Polígono 8, habrían tenido lugar”. Así estaba inscrito con letras a relieve en un panel protegido por metacrilato que leyeron el día que se le facilitó a Jenkin Van Aerle una cabaña para que pudiera vivir de su exigua pensión de jubilación, en las inmediaciones del Polígono 8 de Waalwijk<em>, </em>de donde era natural.</p><p>Jenkin no recuerda nada de eso.</p><p><strong>ISABEL</strong></p><p>-Isabel</p><p>-¿Isabel?</p><p>- Si, ISABEL. Es una plataforma informática que actúa como vínculo entre los cargos de coordinación con los <em>flexworkers</em>. Es un programa de software que permite establecer un único departamento de recursos humanos entre las diferentes empresas. Es decir, cualquiera de los empleados con funciones de gestión o coordinación como es mi caso, pertenezca a la empresa que pertenezca, puede y debe, en función de los privilegios accesos a su estatus, conocer en tiempo real la información registrada de cada trabajador. Pero, al mismo tiempo, debe registrar en él todas las decisiones que adopta para que éstas sean validadas por el algoritmo. De tal manera que, en última instancia es realmente éste el que dirige la acción del personal que coordina a los <em>flexworkers</em>. </p><p>Xabier habla con Adriana, una coordinadora que se ha puesto por primera vez en contacto con él, después de unos días en que empezaba a pensar que su estancia en Holanda llegaba a su fin por la falta de concreción de ningún trabajo. Adriana le dijo que había nacido en Malinas, pero sus padres eran españoles y habían emigrado a Bélgica a mediados de los años 60. Por alguna razón que Xabier no sabía, tenía algún tipo de relación con Osvaldo y el <em>metomentodo</em> compañero de pieza, había convencido a la coordinadora de que conociera al “vasco Javier”. Algo que no era muy ortodoxo en las normas de funcionamiento del conglomerado de empresas que operaba en el Polígono 8.</p><p>- Yo seré tu coordinadora y me puedo meter en tu perfil  o en el de cualquier persona como si fuera esa persona. Tengo una opción que pone “actuar como este trabajador”. Entonces yo me puedo meter por ejemplo en tu perfil y ver lo que tú estás viendo. Por ejemplo, hay gente que me dice: “Adriana, es que tengo tres días a la semana” y yo a lo mejor le digo “No, macho tienes cuatro que lo estoy viendo” O cosas así. </p><p>- ¿Y el programa te ayuda a cuadrar todo?</p><p>- Normalmente sí, porque el programa tiene todas las horas asignadas y si yo, por ejemplo, un día tengo que despedir a alguien, pues esas horas pasan a horas disponibles. Entonces cierro el perfil de esa persona… pero te quedas con esas horas y el programa propio te va diciendo la gente que tiene ese “<em>skill</em>” y la gente que tiene libre ese día y por tanto puede trabajar en ese turno. </p><p>- O sea que ¿estoy hablando con la persona que me puede despedir en cualquier momento y me va a ordenar el trabajo?</p><p>- Bueno… realmente no. De hecho, es ISABEL quien, en última instancia, hace los <em>plannings</em>. El sistema registra las horas de trabajo de cada operador, sus salarios acumulados, los no <em>shows</em>, sus ratios y evaluaciones individuales la antigüedad, las <em>skills</em> (o competencias), los lugares de residencia, los <em>warnings…</em></p><p>- ¿Lo qué?</p><p>- Los <em>warnings</em>. Las faltas. Pueden estar motivadas por la falta de puntualidad o por déficits en la limpieza de las habitaciones en los bungalós y casas que pertenecen a las ETTs. Para ello cada <em>flex</em> lleva colgada una tarjeta personal, que no puede perder de vista en ningún momento, y que utiliza constantemente para indicar sus movimientos y las tareas que inicia y que termina. </p><p>Xabier sujetó la tarjeta que minutos antes le había entregado Adriana y ya llevaba colgada por el cuello.</p><p>- ¿El <em>flex </em>soy yo, verdad?</p><p>Adriana asintió con la cabeza.</p><p>- ISABEL produce los <em>plannings</em> semanales de los trabajadores de cada ETT, y conoce el número, los cronogramas y los historiales de todos trabajadores de las ETTs con las que trabaja. Es decir, de los trabajadores que tienen en espera y de los que lo hacen en otras empresas usuarias. Esta tarjeta, conocida como BATCH, toma el nombre, por un efecto metonímico, de ‘lote de trabajo’…</p><p>- No tengo ni idea de lo que es un efecto metonímico…</p><p>- Es igual. El caso es que el BATCH el trabajador comunica las horas que ha trabajado y la producción que ha realizado. Esta posibilidad de medir la productividad individual es, en primer lugar, un método <em>taylorista </em>clásico de intensificación del trabajo cuando se utiliza para normalizar estándares de trabajo, premiando a los operadores que más ítems por hora son capaces de recoger.</p><p>- ¿Un método qué…?</p><p>Xabier pensó que Adriana padecía de una incontinencia verbal añadida a cierta dificultad por percibir la capacidad de entendimiento real de su interlocutor. Se preguntó furtivamente quien dejaría con la palabra en la boca a quien, cuando se juntaban ella y Osvaldo. También pensó que quizás hablaba con esa contundencia y esa complejidad para abrumarle y trasladarle la sensación de que todo, absolutamente todo, estaba controlado por algún tipo de programa informático. Si esa era la intención de la coordinadora, desde luego lo había conseguido.</p><p>- Déjalo. Es igual. Te cuento lo de los tiempos de parada. Esto no te lo debiera decir, pero me ha gustado que te hayas hecho amigo de Jenkin. A mí también me da mucha pena el hombre...</p><p>Ten siempre en cuenta que siempre vamos a saber, bueno ISABEL va a saber, si has estado un tiempo sin trabajar o sin hacer nada. Si en 10 minutos no has trabajado, ya te vamos a preguntar a ver qué pasaba. </p><p>- ¿Y por qué sabéis que no he trabajado? </p><p>- Por el sistema. Por el sistema, claro. Comprobando por usuario o por ID: tal persona ha estado en tal piso en la localización tal, y ha puesto tantos objetos de este código de barras. </p><p>- Y ahora –Adriana mutó ligeramente el tono de voz para hacerlo menos monótono y robotizado, como si fuera a comunicar algo de índole más informal o personal– han hecho una cosa muy chula: cada persona debía hacer cada hora, entre 100 y 120 productos. Y como han visto que esto se estaba cumpliendo, recortamos personal, subimos el ratio de cada persona y si en vez de con 20 trabajamos con 10 ya está, en vez de 100 productos les exigimos 180, y si no lo hacen nos quejamos, y ya está. </p><p>Adriana se enfundó una cazadora con el logo corporativo de la empresa tatuado en su espalda. Se disponía a marcharse. </p><p>- Solo una cosa más. No te extrañes de ver gente que va y viene, y tener siempre la sensación de que aquí hay mucha más gente de la que de verdad trabaja. No es una sensación. Es así. Hay lo que llamamos “un superávit consciente de trabajadores en los campings”, mediante la aparente incoherencia en la configuración de los <em>plannings</em> semanales. La extrema disponibilidad permite que cualquier operador, pueda ser llamado a su móvil un día cualquiera a cualquier hora para estar en su puesto dos horas más tarde sin aviso previo, consciente de que la empresa puede no volver a llamar si no acude. </p><p>- Ya. Pues espero que me eches una mano, porque vaya plan de vida. Aunque todo será mejor que esta espera. He perdido la cuenta de los días que llevo aquí y apenas me han dado horas de trabajo…</p><p>- Eso va a cambiar ya. Y de lo de echarte una mano, ya quisiera, pero no será fácil. Yo teóricamente soy tu <em>flex coach </em>y cuando estés adaptado al trabajo seré tu <em>team leader. </em>Si tienes algún problema con la asignación de carga de trabajo, o con los procedimientos de aprendizaje, en la aplicación tienes una forma de dirigirte a mí. Yo la tramitaré y quizás eso pueda cambiar alguna variable sobre las decisiones del algoritmo, no tengas duda de que lo haré, pero al final no decido. Es ISABEL la que determina todo. El algoritmo, ya sabes. Bueno Javier, encantada de conocerte. Dale recuerdos a Osvaldo. Y suerte en tus próximos días de trabajo.</p><p>- Que me llamo Xabier, hostias.</p><p><strong>Manitos</strong></p><p>El ambiente se estaba enrareciendo en la zona polaca. La última “<em>Bull week”</em> se había saldado con escasa carga de trabajo para buena parte del los habitantes de los “cubos”, que habían sido llamados de media únicamente unos tres días según le explicó Osvaldo a Xabier en uno de los ratos que compartieron.</p><p>Cuando Xabier salió de la habitación percibió más movimiento de lo habitual en los bungalós cercanos al motel. En efecto, allí había nuevos inquilinos que estaban tomando posesión de sus aposentos con mochilas y petates a la espalda, así como con algunas maletas de ruedas que arrastraban con dificultad por lo rugoso de la superficie del suelo.</p><p>Xabier enfiló el paso con premura en dirección contraria. Por primera vez en tres semanas el <em>planning</em> que tenía instalado en la aplicación estaba señalando un sábado con color amarillo. Esta es el color que identifica el día libre. Lo había solicitado para comprar algunos utensilios que necesitaba para la habitación, que estaba desvencijada y con una imperiosa necesidad de algo más que un lavado de cara. Por eso cuando ya se atisbaba a lo lejos el apeadero por el que pasaba la furgoneta que le trasladaría al centro de la ciudad y vio acercarse a Osvaldo, trató de escabullirse por la parte trasera de las edificaciones.</p><p>- Mi “camita”, ¡no se vaya! Espere…</p><p>- Osvaldo, tengo que coger la furgoneta para acercarme a la ciudad. Pago 70 euros al mes para poder usarla, y hasta ahora ha sido como tirar el dinero. Si se me escapa, se me jodió el día.</p><p>- Don Javier, le tengo que dar buenas noticias. No se apresure y escuche. ¿No ha visto el grupo de <em>flexworkers </em>que tenemos al lado? Son españoles. Más “manitos” para que no esté usted tan solo, que parece un alma en pena… Vienen a esos bungalós de aquí al lado. De Cádiz, de Valencia, de Barcelona… y es gente joven la mayoría. ¿No se alegra?</p><p>- Me voy, pierdo la furgoneta y tengo compras que hacer.</p><p>- No. No se vaya. La señorita Adriana quiere hacerle una propuesta. No me ha dicho cual es. Está allí en la oficina portátil que pusieron el otro día. Acérquese un momento, no sea chingón. No es muy habitual que la señorita hable con un <em>flexworker</em>, y menos que lo haga dos veces. </p><p>Xabier dudó. Iba a perder el único medio de transporte que podía disponer para hacer las compras que necesitaba. Finalmente cambió la trayectoria que le llevaba al apeadero y se dirigió a una oficina con aires rústicos que recordaba a la que en los cuentos de navidad refugia a Papá Noel. Osvaldo en cambio, giró sobre sus pasos y se dirigió donde estaba el grupo de españoles.</p><p><strong>Stocks y flujos de trabajo vivo</strong> </p><p>La lista de Spotify que sonaba en un pequeño Aiwa situado sobre una banqueta combinaba temas de Vetusta Morla y Leiva de forma aleatoria, mientras un grupo de personas estaban dispuestas alrededor de forma desordenada. En la pequeña explanada que perimetraban varios bungalós, algunas estaban sentadas, otras recostadas sobre las paredes, fumando, o simplemente dejándose acariciar por la agradable brisa que aquel día soplaba por el Polígono 8 y su zona residencial.</p><p>- ¿A 70 kilómetros? </p><p>- Pues sí. A esa distancia estábamos alojados. El alquiler por las habitaciones era más barato que aquí, pero cada día teníamos entre dos y tres horas de desplazamiento contando ida y vuelta, y finalmente nos han concedido el traspaso que habíamos pedido hace ya algunos meses.</p><p>Pese a su habitual resistencia a relacionarse con otras personas que no fueran Jenkin u Osvaldo, Xabier había terminado por establecer un diálogo con el grupo de españoles que se habían alojado cerca de su motel. </p><p>-Lo que tiene cojones es que nos traigan aquí y ahora llevemos cuatro días casi sin trabajo y estemos muertos de risa mano sobre mano. Te venden la moto de que vas a tener 40 horas semanales por lo menos algunas semanas, y tú haces tus cálculos, 40 por 10, todos los meses voy a sacar aunque sea 1000 o algo más. Aunque pague 400 por el bungaló me quedan 600-800. Y he ganado 1000 euros apenas un par de veces en 6 meses, pero al paso que hemos arrancado aquí, ni eso.</p><p>- Si lo que quieras, pero yo o salía de allí o reventaba. Y desde luego o esto es distinto o me vuelvo a España aunque sea corriendo. En el camping donde me alojaba, los supervisores tienen derecho a penetrar en los espacios privados de los trabajadores. Te pueden despedir si tu habitación no está recogida o si te encuentran algún tipo de droga aunque sea para consumo privado. Me río yo de la legalidad del cannabis en Holanda. Te tienen una semana mirando el techo y encima si te pillan con un canuto, te dan boleto…</p><p>- Bueno, y tú eres tío. Donde yo estaba había un movimiento de gente que flipas. Gente que entraba, que se iba, que se la echaba. Yo que sé… Yo el día que llegué serían eso de las 9 de la noche. Hacía un frío de cojones. Me estaba esperando un polaco con un mosqueo considerable porque había terminado su trabajo a las 6 y llevaba 3 horas esperando.</p><p>- ¿Pero otro trabajador o un supervisor?</p><p>-Ni lo sabía en aquel momento. Tenía que hacerse cargo de mí. Así que alguna jerarquía tendría, que sé yo… el caso es que me metió a empujones en un cuarto. Gritaban por la noche. Entraban absolutamente borrachos a mirar quién eras y a mirar mis cosas. Una cosa tremenda.</p><p>Xabier se revolvía en la silla en la que estaba sentado. Según escuchaba las conversaciones  en las que ocasionalmente participaba, le venía a la cabeza, la voz rítmica, fría y robótica de Adriana <em>“E</em>llo permite mantener los niveles mínimos de cada empleado y maximizar también la disponibilidad de la fuerza de trabajo para hacer frente a virtuales demandas de las empresas clientes con las que trabajamos. Esta elevada disponibilidad del ejército de reserva –¿te suena eso Xabier?– depende, por una parte, del número de personas desocupadas en cada momento y, por otra, de su necesidad de conseguir horas de trabajo.” Xabier nunca entendía literalmente lo que Adriana decía, pero era capaz de hacerse una composición de lugar de lo que su lenguaje alambicado exponía y finalmente se llegaba a una conclusión, simple, contundente e inequívoca. “Xabier, aunque formalmente seas un <em>flexworker </em>más, te estoy ofreciendo que seas un supervisor oculto de la zona en la que te alojas, que será paulatinamente reforzada con más españoles y latinos. Tus retribuciones aumentarán. De forma opaca para que nadie se entere. Tus condiciones y turnos de trabajo serán aun mejores que los actuales. En pocos días, solo si aceptas, se reformulará tu <em>planning </em>de trabajo.”</p><p>- Pues yo lo peor que he pasado ha sido cuando más he ascendido. Fue horroroso. Yo era mando intermedio de una ETT cuando se prohibió que las ETTs facilitaran directamente el trabajo de <em>housing</em> a los trabajadores. Pues lo que hicieron fue crear echando leches una empresa para gestionar el alojamiento de los trabajadores de puesta a disposición que ya tenía contratados  mi ETT.</p><p>- ¿Y te cambiaron de empresa?</p><p>- Si. Bueno, al principio formalmente no. Hacía las dos funciones. Pero luego si, me cambiaron de empresa. Me pusieron de encargada de la empresa de <em>housing</em>. Nos llevaron a la gente más joven allí, porque querían hacer una empresa dinámica. Y allí que fui, de gaditana por el mundo.</p><p>- ¿Pero estuviste mejor o peor?</p><p>La chica gaditana pareció asustarse ante lo repentino, brusco y directo de la pregunta de Xabier.</p><p>- Tienes algunas ventajas. No pagas camping y alojamiento y tal, pero claro, es un trabajo 24/7, porqué tú vives allí, estás resolviendo problemas y todo el mundo sabe dónde estás. Te buscan todo el rato, entran en el bungaló. Llegué a cambiar de empresa y la gente me seguía buscando, me paraban aunque trabajara otra vez en la ETT, y al final es hasta violento “joder que no trabajo allí, que ya no estoy allí”.</p><p>- Ganarías más…</p><p>- Si claro. Ganas más. Es que depende también como seas porque el trabajo es bastante frustrante. Recurren a ti para todo tipo de problemas y la gran mayoría no puedes hacer gran cosa para solucionarlos. Que si me han puesto dos días de <em>planning</em>, que si me he hecho una herida y necesito un médico, que si hacen falta 3 extras, que no sé quien no ha ido a trabajar y tienes que ir a buscar a no sé quien a su casa… que vete a saber si trabajó ayer o salió por ahí y está de resaca, porque la gente era bastante joven… en fin.</p><p>Xabier cambió la vista y miró al horizonte. Nada de eso les iba a ocurrir aquí porque pronto tendrían su tarjeta BATCH y todas esas contingencias se registrarían automáticamente. Sería ISABEL quien resolvería todos esos problemas de asignación. Su función únicamente era palpar el estado de ánimo de la pequeña colonia española cuya calculada inactividad parcial iba a modificar las condiciones de trabajo de otros colectivos <em>“excesivamente instalados y acomodados”</em> recordó en forma de voz rítmica, fría, y robótica.</p><p><strong>Osvaldo </strong></p><p>- Chabier, o como se diga esa “ese” tan rara, ¡nunca sé si es como Xabi Alonso o como “Chavi” Hernández! Llámese Javier y todo arreglado, carajo… Yo no es por asustarle. Pero anoche en el campamento polaco estaban algunos bien tomados de vodka. Y hablaron varias veces de usted. Les ha quitado varios turnos de trabajo buenos, que según ellos le han dado a usted, han tenido que hacer sustituciones de otros turnos que usted no asumía y les ha estropeado días de vacaciones. Dicen que las guardias sin retribuir que a ellos les tienen empantanados días enteros en el campamento, a usted no se las imponen nunca. Y sobre todo, que desde que llegó el último contingente de <em>flexworkers</em> españoles, todo les está yendo peor.</p><p>Xabier miró a Osvaldo y se encogió de hombros.</p><p>- No tengo ni idea de lo que dices. Yo lo único que hago es seguir lo que me marca la puta aplicación. </p><p>- Yo solo le digo que le ven como un problema, y creen que tiene algún trato de favor con la coordinadora por ser de ascendencia española y porque habló con usted, cosa que nunca hizo con ellos.</p><p>- ¿Y a mí qué me importa lo que crean? No conozco a ninguno, de hecho no sé porqué les conoces tú. ¿Hablas polaco?</p><p>- Señor Javier, yo me relaciono aquí con mucha gente. Soy el “camita” más antiguo de esta zona del campamento y conozco el paño. Los polacos como el resto de grupos aquí, son como una copa rota. Cuando está entera parece una cosa inofensiva, cuando se rompe cada cristalito corta y es peligroso y agresivo. Y esta gente es agresiva.</p><p>Xabier abrió su aplicación y recuperó las notas con las que le habían explicado el funcionamiento de su calendario semanal, con las horas del día plasmadas en diferentes colores. Se lo mostró a Osvaldo. Las notas estaban manuscritas y con una escritura un tanto confusa <em>«Verde: disponibilidad, y aquí te dice, digamos, las horas que puedes estar disponible o no. El color te dice, disponible, disponible adicional, planificado, sin planificar. Disponible significa que te podrían llamar. El verde significa la espera, una guardia sin retribuir en la que el trabajador es penalizado si te llaman y no contesta o contesta que no puede acudir. El verde es el color preestablecido, sobre él se señalan en amarillo las horas planificadas, en rojo las bajas por enfermedad (que en cualquier caso sólo aparecen tres horas después de haber informado a la empresa, pues los trabajadores deben avisar con tres horas de antelación que no pueden ir a trabajar). En amarillo más oscuro aparecen los permisos solicitados concedidos, es decir, cuando el trabajador pide a la empresa con antelación tener esas horas no disponibles y ésta se lo concede; lo que para cualquier otro trabajador es el tiempo libre». </em></p><p>- Esto fue lo que me dijeron más o menos, y a esta mierda es a lo único que hago caso ¿Dónde está el problema?</p><p>- Mire, “mi camita”, yo no digo que usted esté creando ningún problema. Le digo que usted tiene un problema. Y se llama Krzysztof Jasinski. Es el cabecilla de los polacos y consiguió, o eso creen ellos, que los suyos tuvieran buenas cargas de trabajo, <em>plannings</em> que se cumplen, polivalencia, les dejan seleccionarse más días libres sin penalización, les exigen ratios por persona que pueden cumplir y que son mucho más llevaderos que los de los moros... Yo no sé si es verdad. ISABEL no sé yo si entiende de polacos, ni de argelinos, ni de españoles… pero el caso es que ellos lo creen. Y dicen que desde que llegó a trabajar usted aquí, sus condiciones de trabajo son peores, mucho peores.</p><p><strong>Krzysztof</strong></p><p>Krzysztof Jasinski conserva aun la cojera que le quedó como secuela del largo viaje en la caja del camión en el que huyó de su país. Tras el cambio en la política migratoria de Polonia y Lituania respecto a las ingentes cantidades de kurdos, sirios, libios y afganos que llegaban a Bielorrusia, Krzysztof comprendió que había dejado de ser una figura cómoda en Minsk. Pronto la policía fronteriza de su país, que había sido colaboradora necesaria para facilitar la entrada de huidos de la guerra de Siria, trataría de neutralizarle. El conflicto diplomático subía de tono y el negocio se iba a venir abajo de forma abrupta. Jasinski valoró la idea de volver a Varsovia, pero por un lado sabía como se las gastaban las autoridades polacas con quienes dejaban de ser funcionales y pasaban a ser testigos incómodos, y, por otro, intuía que a sus propios secuaces les iba a costar renunciar al dinero fácil que obtenían gestionando la entrada de migrantes desde el aeropuerto de Minsk hasta detrás de la frontera polaca. El último día hizo acopio de todo el dinero que tenían escondido en distintos lugares, y huyó escondido en el camión de uno de los colaboradores habituales que en este caso hacía una ruta legal hasta los Países Bajos.</p><p>Una vez allí, llegó a Waalwijk<em><strong>, </strong></em>una pequeña ciudad donde había crecido un enorme polígono ligado al negocio de la paquetería y la logística. Él no tenía ninguna experiencia en esa actividad. Pero sabía que miles de compatriotas trabajaban allí. Y él sabía crear redes, generar dependencias, y utilizar métodos expeditivos para hacerse valer. Adriana le habló de ISABEL, pero sobre todo le habló de cómo convencer a los suyos, los polacos que vivían en los cubos prefabricados, de que podían trabajar en una situación de privilegio respecto a los marroquíes, los turcos, e incluso los españoles, por muy europeos que fueran.</p><p><strong>Jenkin</strong></p><p>La cabaña estaba destrozada y humeante. Habían actuado a conciencia y con saña. Los sombreros vaqueros que Jenkin solía colgar en alcayatas que sobresalían varios centímetros de la pared habían sido utilizados como antorchas.</p><p>El rumor llegó rápidamente al poblado, y cuando Xabier se dirigió a la cabaña, Osvaldo ya volvía de la misma con la cara desencajada. Un pequeño camión de bomberos con la sirena ululando, dotaba de un aire espectral a la zona cuando ya había oscurecido. La policía había acordonado el terreno y varios agentes caminaban con linternas por el camino de tierra que separaba la cabaña del canal que bordea el polígono 8 de Waalwijk.</p><p>No fue hasta la mañana, con el clareo del día cuando el cadáver del buzo apareció entre unos caños que situados en la orilla del Bergse Mass y conforman una especie de humedal tupido. Con el cuerpo deformado por la ingestión de agua y, parecía, señales de violencia.</p><p>Nadie era capaz de dotar de significado a una brutalidad así. Jenkin era parte del paisaje que circundaba el polígono y jamás protagonizó incidente alguno. Bebía, se emborrachaba habitualmente, pero vivía lo suficientemente alejado como para no molestar con ningún ruido. Además tenía un beber retrospectivo. Apenas se relacionaba con los trabajadores del campo y su pérdida de memoria le hacían un ser inofensivo. La policía no dio muchas explicaciones. Nadie las pidió en exceso. </p><p>Xabier apenas volvió dos días más hasta los restos de la caseta. Todo el andamiaje de traviesas de madera, los restos calcinados y la propia placa rememorando el pretérito accidente laboral del buzo, fueron derruidas rápidamente por una contrata enviada por <em>Tempoteam</em>. En apenas una semana no había resto ni rastro de Jenkin Van Aerle en el polígono Puerto 8 de Waalwijk.</p><p><strong>Osvaldo</strong></p><p>Vacía. Así estaba la habitación de Osvaldo. Con la cama hecha de manera precipitada, con la manta puesta de cualquier manera, y algunos cajones sin cerrar. Alguna botella de agua sin vaciar. Ni una nota, ni un aviso.</p><p>Osvaldo había estado esquivo desde la noche en que ardió la caseta de Jenkyl. Xabier pensó en utilizar la aplicación para dirigirse a Adriana y preguntar al respecto. Pero la <em>app</em> no permitía cualquier tipo de pregunta, sino únicamente unos ítems que aparecían en un desplegable que tenía que ir seleccionando. Y ninguna de las opciones hacía ninguna referencia a cuestionar por la desaparición de un compañero de alojamiento que se ha esfumado. </p><p>En la habitación no había ninguna señal de violencia, nada roto, nada forzado. Si parecía que se había vaciado de forma precipitada y sin preocupación alguna por dejar un cierto orden en armarios y cajones.</p><p>Xabier le envió un mensaje a través del teléfono. Comprobó que se activaba el doble <em>check</em>. Lo había leído pero no contestó. Pensó en llamar, pero finalmente no lo hizo. Intuía que Osvaldo había desaparecido voluntariamente. Había huido. </p><p>No pensó que echaría de menos a aquel hombre, cotorro y activo, pero al llegar a su habitación, con la noche ya apropiándose de las luces del campo, una sensación de inquietud atosigaba a Xabier. Pensó en volver a dirigirse a Adriana. Esta vez si, para utilizar una de las opciones del desplegable. La que solicitaba el cambio de alojamiento. El motel en el que se hospedaba desde que llegara a <em>Waalwijk</em>, ahora le parecía aislado, inhóspito y peligroso. Nadie entendía las razones que habían llevado al asesinato de Jenkin, salvo tal vez Osvaldo.</p><p>La <em>app</em> contestó. “Mañana intentaremos resolver la incidencia. En todo caso su asignación de alojamiento no se podrá modificar hasta la semana que viene”.</p><p>Xabier cerró la puerta de su habitación. Dio doble vuelta a la llave y colocó una pequeña butaca en la que habitualmente dejaba descuidadamente la ropa que se quitaba, como una barricada detrás de la puerta.</p><p>Esa noche apenas pudo dormir.</p><p><strong>ISABEL</strong></p><p>La aplicación permaneció en silencio en todo lo que tenía que ver con el cambio de alojamiento que Xabier había solicitado. Aquella semana intentó establecer contacto con algún otro trabajador, sobre todo algún español que viviese en otras zonas del polígono para solicitar allí el traslado. Llegó a pensar en trasladarse a vivir a la ciudad. A fin de cuentas ya pagaba 70 euros por poder acceder a la furgoneta de transporte, y con sus actuales retribuciones (que se habían incrementado notablemente), tal vez fuera posible alquilar una habitación fuera de aquel complejo. Pensó en bajar a la ciudad a hacer una visita prospectiva. No le fue fácil porque tuvo un gran actividad laboral. El <em>planning</em> volvió a rehacerse de forma imprevista, y la nueva distribución de tiempos de trabajo que apareció era incompatible con los horarios de la furgoneta que tenía como único medio posible de transporte para salir del polígono.</p><p>Eso sí, su valoración aumentaba diariamente porque el <em>skill</em> (las competencias) que acumulaba le permitían acceder a las distintas áreas de trabajo que hacía apenas unas semanas no hubiera sabido ni distinguir. Recibió un email con un encabezado <em>Cross training.</em> Cuando entró en el archivo adjunto le confirmó los niveles que le señalaba la aplicación. En efecto, había adquirido en un tiempo récord competencias para poder hacer frente a las distintas tareas (<em>Picking</em>, <em>packing</em> y <em>receiving</em>, figuraban en su calendario de la última semana) y esto le estaba procurando acceder a trabajos bastante bien remunerados y con horarios relativamente cómodos y previsibles. Desde luego que fuera a causa de Adriana o fuera ISABEL, él no podía tener queja de cómo le iban las cosas, sobre todo tras la segunda conversación con su <em>team coach.</em></p><p>Vio otro archivo que le había pasado desapercibido. “Overbooking: <em>flexworkers</em>, campings y residencias”.</p><p>Apareció un listado de lugares a los que se podía trasladar. Pensó que necesitaría saber quien vivía allí. Prefería que fueran españoles o latinoamericanos. Sin duda cambiar de ubicación le iba a alejar de aquellos a los que tenía que supervisar secretamente. No quería convivir con magrebíes y desde la conversación con Osvaldo (de la que apenas habían pasado quince días, aunque le parecía que habían transcurrido quince meses) no quería ni ver a los polacos.</p><p>Debajo del listado de ubicaciones aparecía otro con al menos un par de decenas de nombres. Casi todos polacos. Con dos columnas con fechas situadas al lado. Todas las fechas de la segunda columna correspondían a los últimos días. </p><p><strong>Adriana</strong></p><p>Adriana aparece entre la penumbra. En el campo hoy se percibe un rumor poco habitual para ser un miércoles laborable. Más parece el murmullo de los días de menor actividad, cuando más <em>flexworkers</em> de los que han acumulado horas suficientes para no tener la ansiedad de tener que buscar más horas y así seguir trabajando, aprovechan su tiempo para jugar al basket, beber, o simplemente gritar y explayarse. En la zona polaca de los cubos se arremolina una creciente cantidad de personas.</p><p>Adriana permanece inmóvil, solo acompañada por una Tablet junto al motel de Xabi.</p><p>- No te quejarás, Xabier. En apenas un par de meses has adquirido un <em>skill</em> al que nadie en el polígono accedió tan rápido. Puedes estar satisfecho de ISABEL. Por alguna razón te ha premiado con los mejores turnos, el mejor acceso a la polivalencia, y ha valorado extraordinariamente tus resultados.</p><p>Xabier permanece callado. Algo extraño se desprende del tono de la conversación. Han desaparecido las complicidades que habían trabado en la última conversación en la que accedió a ocupar otro rol dentro del organigrama no oficial del conglomerado de empresas que allí operaba. Es decir, a actuar de chivato respecto al grupo de españoles recién llegados. Opta por cambiar de tema.</p><p>- ¿Dónde está Osvaldo? ¿Qué ha sido de él? ¿Sigue trabajando aquí?</p><p>- No. Se marchó. Se fue voluntariamente. Osvaldo maneja buena información en el campo. Sabía que tus resultados estaban cambiando umbrales en el algoritmo respecto a la exigencia de productividad a cientos de <em>flexworkers</em>. Y que estaba sacando de esos ratios de productividad a muchos. El grupo de españoles que vigilas también han influido. Forman parte de una subasta.</p><p>- ¿De una subasta?</p><p>- Si. En este semestre necesitábamos 1800 trabajadores. Esa demanda se subasta entre distintas ETTs que nos dan perfiles distintos de plantillas. Una parte que tú no conoces tiene un contrato indefinido con una ETT. Jornadas de 40 horas y son polivalentes. Prácticamente cómo tú ahora. </p><p>- ¿Por ejemplo los polacos?</p><p>- Por ejemplo. Pero no es una cuestión de nacionalidades. En otras partes del campo son de otros países. Algunos acaban adquiriendo esa situación de privilegio que motiva al esfuerzo de los demás. Que sean de la misma nacionalidad facilita durante un tiempo ese contagio por la idea de prosperar. Pero cuando adquieren ese <em>status</em>, se empiezan a relajar. Entonces hay que romperles los ratios de trabajo a los que se han acostumbrado.</p><p>- Algo de eso me dijo Osvaldo…</p><p>- Si, primero se rompen los ratios y se cambian objetivos. En la subasta, otros entran con menos horas de trabajo. Entre 25 y 32, para regular las fases de picos y valles entre los almacenes. Y luego están los <em>flex-flex</em>, sin garantía de horas, con contratos renovables semanalmente y con serios problemas para pagar los gastos fijos y de alojamiento. Los podemos enviar a 70 km. en función de picos de producción, y son una cuña maravillosa para deteriorar las condiciones de otros colectivos y trabajadores a los que nos interesa degradar. Las pasan tan putas que “necesidad obliga”. Ya has visto a tus “manitos” a los que tan eficazmente vigilas. Lo que cuentan es solo una parte de lo que han pasado. Acoso, explotación, incluso intentos de violación. ¿Te imaginas compartir bungaló con dos o tres hombres de otras nacionalidades a varias decenas de kilómetros de tu lugar de trabajo? Cuando consiguen llegar aquí, y además con otros de su país, se esfuerzan al máximo ¿Lo has entendido?</p><p>Xabier continua inmóvil. Es cierto. El grupo de españoles había accedido a sus primeras cargas de trabajo en pésimas condiciones. Recuerda la primera frase que recordaba de Osvaldo <em>“Aquí el sueldo pasa a un segundo plano. Se trabaja para poder seguir trabajando”</em>. También le llama la atención expresiones que por primera vez escucha a Adriana y que no concuerdan con su castellano monocorde y poco espontaneo habitual <em>“¿Las pasan tan putas</em>?”. La intranquilidad aumenta por momentos</p><p>-No lo sé aún si he entendido algo o no. He visto un listado con un montón de nombres en polaco y dos listas de fechas…</p><p>-Cierto. Buena observación. La primera es la fecha de ingreso. La segunda la de despido.</p><p>-Y eran todos polacos…</p><p>-Principalmente polacos. Insisto, no es una cuestión de nacionalidades. Ya no están en ratios aceptables para continuar aquí. Se van a la calle. Mira, García Arregi. ¿O prefieres Xabi?: Me preguntabas por Osvaldo. Osvaldo conoce bien a Krzysztof<strong>. </strong>Estaba convencido que quienes ahogaron a Jenkin, querían darte un susto a ti. Y que si tu relación con ISABEL no variaba, el siguiente sería él, porque le consideran amigo tuyo. Por eso huyó. Para dejar el camino libre. El panchito no tiene alma de mártir…</p><p>Xabier da un paso atrás hasta situarse bajo el quicio de la puerta de su habitación. El murmullo de personas arremolinadas en la zona polaca va en aumento y cada vez se nota con más nitidez y cercanía. Allí apenas a unos cientos de metros se acumula gente y empiezan a avanzar hacia el motel.</p><p>-¿Qué es esto, Adriana? ¿Qué pasa? ¿Qué van a hacer?</p><p>-ISABEL ha despedido a decenas de polacos que llevaban años trabajando aquí. Sus <em>skills</em> se han deteriorado, y la productividad de su trabajo ha caído por debajo de los umbrales de rentabilidad que el algoritmo tolera. Han sido despedidos. ¿Lo entiendes así?</p><p>Xabier gira la cabeza. Unas cuarenta personas están ya a menos de cien metros del motel. Se acercan aún otros cincuenta metros. Se paran. El que encabezaba la comitiva es un hombre muy alto que cojea ostensiblemente.</p><p>-Tranquilo. Mientras esté yo aquí no se acercarán más.</p><p>-¿Qué quieren? Por favor Adriana, no te vayas. Habla con ellos. Despídeme. Deteriora mis <em>skills</em>, méteme otra vez a hacer solamente <em>picking</em>. Yo no he hecho nada. No les he hecho nada.</p><p>-No, tú no, Xabier. Ha sido ISABEL. Yo solo hice lo que te prometí. Mejorar tus rendimientos, hacerte un trabajador modelo. Ofrecerte un ascenso. Fíjate qué consecuencias, ¿verdad?</p><p>Xabier está al punto de la histeria. No entiende el tono frío, burlón y con un toque de sadismo que denota la forma de hablar de su <em>team leader</em>.</p><p>-Pero ¿por qué dices eso, Adriana?</p><p>-Has tenido un trato de favor Xabier. ¿O te puedo llamar Patillas? Quizás porque seamos del mismo pueblo. De Lasarte, ¿verdad?. Por cierto, nunca me he llamado Adriana.</p><p>Xabier no entiende nada. Está a punto de salir corriendo pero el miedo y la perplejidad lo dejan congelado.</p><p>-¿Cómo… cómo que no te llamas Adriana? ¿Lasarte? ¿Quién eres tú?</p><p>-Ane, Xabier. Soy Ane. Ane Etxebarria. La hija de Cosme Etxebarria Pueyo*. El camionero que entró en la cárcel por tu puta culpa. Por tu puta culpa, traficante de mierda. Ama no lo pudo soportar. Recuerdas a Miren ¿verdad?. La viste en el juicio. Aquella señora situada en el primer banco de la sala de vistas de la Audiencia de Donosti. ¿No la recuerdas? No soportó la estancia de aita en Martutene. Agur Xabier, ondo izan.</p><p>Adriana, o Ane, o Isabel, se retira andando a paso muy ligero alejándose del motel. Xabier hace el ademán de ir hacia ella, pero el grupo de polacos encabezados por Krzysztof ya ha reiniciado el paso casi a la carrera. Xabi, ahora si, huye a todo velocidad. No sabe dónde ir. Cuando quiere ubicarse, ya se ha adentrado en el camino de tierra que lleva al lugar donde había estado erigida la cabaña de Jenkil. Sigue corriendo en dirección al río. No hay salida. Solo unos caños que, situados en la orilla del Bergse Mass, conforman una especie de humedal tupido. Luego, el agua.</p><p><em>(Relato ficticio pero basado –en varios extractos literalmente– en el estudio de investigación publicado por la Fundación Primero de Mayo y titulado “Bienvenidos al norte. Explotación de la nueva emigración española en el corazón logístico de Europa”. Los autores del estudio son Pablo López Lacalle, José Ángel Calderón, Antonio J. Rodríguez Melgarejo, Ferando Sabin Galán, Sander Junte y Andrés Pedreño Cánovas. Se puede consultar aquí:  </em><a href="https://1mayo.ccoo.es/1e375d89aa2eb67704bbecb7b67f4c81000001.pdf#page201" target="_blank"><em><strong>https://1mayo.ccoo.es/1e375d89aa2eb67704bbecb7b67f4c81000001.pdf#page201</strong></em></a>)</p><p>_____</p><p><strong>Unai Sordo</strong> (Barakaldo, 1972) es secretario general de Comisiones Obreras.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[d845ec6b-53e5-486a-b936-6c16074e1843]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Aug 2022 18:43:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Unai Sordo]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" length="196829" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="196829" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Isabel]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[verano,Libros,Literatura,Unai Sordo,Cuentos de oficio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Irrelevante para el sumario]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/irrelevante-sumario_1_1207600.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Irrelevante para el sumario"></p><p>— ¿Pero cómo puede acordarse de los detalles de lo que hizo durante toda la tarde, y no recordar los hechos por los que está denunciado?</p><p>— No lo sé, agente. Tengo una nebulosa. No me acuerdo.</p><p>El agente de policía nacional se subió ligeramente las mangas de la camisa de su uniforme y puso de nuevo las manos sobre el teclado del ordenador. El interrogado se fijó en que llevaba <strong>una pulsera de silicona con los colores rojigualda de la bandera de España</strong> y una pequeña inscripción donde se leía “A por ellos, oeee”. Era una pulserita exactamente igual que la que él mismo tenía, aunque se la habían requisado antes de entrar a declarar en una sala de interrogatorios dentro de la comisaría de Entrevías.</p><p>— Vamos a ver. Voy a repasar lo que usted ha declarado, a ver si mantiene lo dicho y es capaz de completarlo porque yo no me creo que no se acuerde del final. Y a mí no me gusta que me tomen el pelo, y menos a estas horas.</p><p>El agente de policía se reclinó ligeramente sobre el ordenador y con una mano agarró el ratón mientras con otra se sujetaba el mentón, lo que dificultaba la movilidad de la mandíbula y la vocalización de lo que iba a decir. <strong>Comenzó a relatar lo expuesto por el hombre que tenía enfrente</strong>, y cada diez segundos aproximadamente levantaba la vista de la pantalla y fijaba la mirada en el declarante.</p><p>— Usted llegó a la casa de su hermano a eso de las cuatro y media de la tarde. Llegó tarde a la cita que tenía con él por problemas de tráfico, de manera que cuando accedió a...</p><p>— Llegué tarde porque salí tarde del trabajo. Tenía servicio de once a una, pero esto de las firmas de libros se va de las manos cuando el autor es un famoso como Iker Jiménez. Y hasta las dos y veinte no fuimos capaces de vaciar la librería de los últimos pesados que seguían queriéndose hacer un <em>selfie</em>.</p><p>— Pero usted me ha dicho que no trabaja en una librería ¿no es así?</p><p>— No. Soy guardia de seguridad y hoy he tenido que ir a una librería a vigilar la fila y que la gente no se apelotone para entrar. La pandemia, ya sabe. Si puedo meter unas horas en un sábado como hoy es la forma de ganarme un sueldo, sino no llego a fin de mes. Por eso llegué tarde donde mi hermano.</p><p>— Bueno, da igual, eso es irrelevante para este sumario, el caso es que llegó media hora tarde y su hermano ya no estaba en casa...</p><p>— No. Solo llegué 10 minutos tarde, lo que pasa que mi hermano ya se había marchado. Fue incapaz de esperarme diez minutos para que pudiera meter mi coche en su plaza de garaje, que él dejaba libre, y me tocó estar veinte minutos dando vueltas para poder aparcar. Tuvo los santos cojonazos de marcharse sin poder yo acceder al garaje.</p><p>El agente soltó el ratón y tecleó en el sumario <strong>corrigiendo la declaración previa del acusado.</strong></p><p>— Mi hermano tiene un Škoda, no se vaya a pensar. Con todos los accesorios posibles y muy fantasma, pero un Škoda por muy largo que sea y mucho color de coche de ministro que tenga.</p><p>— A ver, eso es irrelevante para el sumario. El caso es que aparcó y llegó a su casa. ¿No es así? Calle Ensanche, número 73, portal 3, piso 4º derecha izquierda, ¿verdad?</p><p>— Sí. Bueno, primero me di una vuelta por el patio. Me acerqué al charco. A la piscina esa que tienen entre todos los que viven allí, que a mi me parece que con tanto niño tiene que ser un montón de pis caliente en verano, pero bueno, que a mí <em>ni fú ni fa.</em></p><p>— ¿Hizo algo en la piscina?</p><p>— Nada. Estaba cerrada. Estamos ya en junio pero han retrasado la apertura hasta el día 15. Con la excusa de la pandemia dicen que hay que retrasar un poco la apertura hasta que esté más gente vacunada. Pero lo que no quieren es contratar al socorrista. Tuvieron una bronca en la reunión de la comunidad que no vea usted, señor agente. El caso es que la piscina estaba sin agua, sin limpiar y con el toldo puesto.</p><p>El agente <strong>se encogió de hombros.</strong></p><p>— Eso es irrelevante para el sumario.</p><p>Dejó el teclado y volvió a tomar el ratón para<strong> continuar desgranando la declaración previa.</strong></p><p>— El caso es que subió al piso de su hermano. Entró en el mismo y no se encontró nada extraño. Usted iba allí a cuidar al gato que comparten su hermano y su esposa, así como la hija de ambos que lógicamente es su sobrina, ¿cierto?</p><p>— Sí. El gato se pone nervioso cuando se queda solo y se come trozos que arranca del sofá o de las mantas. Hace poco tuvieron que llevarle al veterinario porque se le hizo bola en el estómago y le obstruía el intestino o no sé muy bien qué. A veces se lo llevan con ellos, pero hoy no. Hoy se han ido a un Spa y a darse una masaje a cuatro manos con una oferta de “Atrápalo”, ni más ni menos que a Pardillo del Cigüeñal, a 83 kilómetros de Madrid.</p><p>— Será Pardillo de las Cigüeñas ¿qué es eso del Cigüeñal?</p><p>— Eso, de las cigüeñas, yo es que fui mecánico antes que guardia de seguridad y he visto más cigüeñales que cigüeñas. Hasta que cerró el taller de Arsenio, y luego ya no hubo manera, ¿sabes? Te puedo tutear ¿no? Somos casi compañeros.</p><p>El agente de policía asintió y<strong> se desabrochó el botón de arriba de la camisa.</strong></p><p>— Pero vamos a ver. ¿Qué tiene eso que ver con lo que nos ocupa? Es irrelevante al sumario.</p><p>— Nada, no sé. Pero si me preguntas pues contesto. Arsenio cerró el taller. Últimamente le iba fatal. La gente que tenía coches nuevos los llevaba a reparar y hacer el mantenimiento a la casa porque era la condición que les ponían en el concesionario para financiárselo barato. Cada vez había menos curro y los coches que traían al taller eran tartanas. Casi todos eran de la gente del barrio que andaba a dos velas, y aquello no salía a cuenta. Cuando llegó la edad de jubilación Arsenio no lo dudó. Le quedaba una mierda de pensión porque siempre cotizó poco, pero pensaba que vendiendo el taller, le daría para irse a vivir al pueblo. Y de repente la crisis. No había manera de vender el puto local. Y yo pendiente de si alguien ponía otro taller, para intentar currar allí, pero nada.</p><p>— Que no lo vendió... — el agente chasco la lengua “joder, qué comentario más idiota, irrelevante para el sumario”.</p><p>— Solo hubo una oferta de la inmobiliaria.</p><p>— ¿Para poner un taller?</p><p>— No. Para poner una tienda de Naturhouse, pero cuando vieron el local no les cuadraba, claro. De hecho cuando vino el comercial no habíamos limpiado la grasa. Hasta había aún posters de Samantha Fox. El de Naturhouse no duró allí ni diez minutos.</p><p>— Vamos a ver. Esto es completamente irrelevante para el sumario. Volvamos a donde estábamos.</p><p>— Al spa. Se van a un spa y a darse un masaje a cuatro manos a 83 kilómetros de Madrid. Todo por una oferta del Atrápalo con una rebaja del 40%, que, digo yo, que menos mal que la oferta no era en el Congo Belga...</p><p>— Pero vamos al caso. ¿Qué más da para qué se había ido su hermano? El caso es que usted estaba en su casa para cuidar del gato esa tarde, ¿no?</p><p>— Sí. Sin comer.</p><p>— ¿Cómo?</p><p>— Sin comer. Llegué a mi casa tarde porque como ya le he dicho tuve que meter hora y veinte de más hasta que vaciamos la librería de gente que venía a la firma de libros de Iker Jiménez, y no me dio tiempo a comer.</p><p>— Bueno, pues sin comer, me da igual. ¿Qué hizo?</p><p>— Abrir la nevera. Bueno, en realidad antes de abrirla encontré una nota sujeta con un imán con las instrucciones del día. Un imán de la Riviera Maya para más señas.</p><p>— ¿Pero se me quiere centrar? Instrucciones si, eso me ha dicho antes ¿de qué?</p><p>— De cómo cuidar al gato. Cómo funciona el difusor del agua, a qué hora le tengo que poner la comida, y cómo actuar en caso de que empiece a arañar fuera de su “zona de desfogue” donde tiene un tronco para afilar las uñas y contener el stress.</p><p>El policía por un momento <strong>estuvo a punto de perder la paciencia. </strong>Se dio cuenta de que había dejado de seguir lo relevante del sumario y era él quien estaba pendiente del relato del declarante, que repetía lo que ya había descrito con anterioridad, aportando nuevos detalles, la inmensa mayoría de ellos irrelevantes para el sumario.</p><p>— A ver. Déjeme continuar. Usted en efecto, lee las instrucciones sobre cómo actuar con el gato y supongo que actúa, pero aquí es donde, de repente, se olvida de lo que ocurre y que es lo que motiva la denuncia que su hermano...</p><p>— Bueno a ver. Primero abrí la nevera para buscar algo de comer. No había nada. Solo unas tónicas, <em>Nordics</em> eso sí, porque en la nota no solo aparecían las instrucciones para cuidar al gato.</p><p>— ¿Su hermano le había dejado más notas?</p><p>— Sí. Bueno no. En realidad no es mi hermano el de la nota. Es Victoria. Vicky. Su mujer. Aunque escribe las notas en mayúsculas para confundir, yo sé que esa letra es suya. De ella, quiero decir.</p><p>— Bueno, su hermano o su mujer habían escrito las instrucciones, da lo mismo ¿Y qué más le decían?</p><p>— Dos cosas. Una que si me quiero tomar un Gin Tonic tengo la tónica en la nevera, el Martin Miller en el mueble-bar, y el cardamomo en el mueble de las especias. Pero que no hay hielo, así que me tendría que bajar a comprarlo a la gasolinera pero que por favor, solo salga de casa a partir de las seis cuando ya le haya puesto la comida al gato, porque es el momento de menor riesgo para que tenga comportamientos autodestructivos.</p><p>— ¿Cómo?</p><p>— Y luego me ponía otra cosa. Que Laura, mi sobrina ha estado un mes sin poder acudir a extraescolares porque la asignación voluntaria que cada familia tiene que pagar al cole ha subido a 250 euros y van un poco justos con el ERTE de él -mi hermano- y la menor facturación de ella. Y que a ver si podía adelantarle a la niña el regalo de cumpleaños, que es en noviembre...</p><p>El agente de la policía nacional número 065 se levantó de la silla y se dirigió a la máquina del agua<strong>. Se llenó un vaso de plástico y tras dar un sonoro sorbo se puso detrás del interrogado.</strong></p><p>— Rafael te llamas ¿no es así? Mira, me estás empezando a chinar un poco. ¿Quieres centrarte en las cosas importantes y llegar al quid de la cuestión? Tengo más cosas que hacer que estar escuchando tus películas, que son irrelevantes para el sumario.</p><p>— Yo le digo lo que me pregunta. Después de eso abrí la nevera como le he dicho. No había más que tónicas y una bandejita con la cena que me habían dejado: cinco trozos de sushi. Ya le he dicho que no había comido nada.</p><p>— Está bien. Continuemos. Y usted se dirige, según me ha dicho, a la ventana para comprobar si está el Telepizza abierto y pedir algo más sustancioso para comer. Es así, ¿verdad?</p><p>— No.</p><p>— ¿Pero cómo que no? ¡Si me ha declarado eso hace media hora!</p><p>— Es que me daba vergüenza decir la verdad. Yo ya sé de sobra que el Telepizza está abierto. En la nevera está el <em>flyer</em> de propaganda sujeto con un imán de Puerto Banús. No tenía más que llamar por teléfono.</p><p>— ¿Y entonces que hizo los siguientes diez minutos, antes de perder la memoria?</p><p>— Cagar.</p><p>— ¿Cómo?</p><p>— Cagar. Me metí al baño y me puse a cagar. ¿Usted no caga? Me entretuve con una revista de coches. De esas que hacen comparativas. En este caso entre berlinas. La de BMW, el A-4 y el A-5, la gama alta de Wolswagen, y algunas más. Pero no, al final fue el Škoda y el viaje a la Riviera. Con el crédito del piso, claro.</p><p>— O sea que hojeó la revista durante diez minutos y salió del baño ¿fue así, no?</p><p>— Sí. Bueno me quedé un rato pensando. En cuánto valdría un spa y un masaje a cuatro manos, cuanto había ganado yo con las horas extras de once de la mañana a dos y veinte de la tarde, y en los 250 euros de Laura en el colegio ese que cómo dice Vicky “si chico, es un esfuerzo al mes, pero así ni negros, ni moros, ni pobres. Imagínate a Laurita en el Miguel Hernández...”</p><p>— Pero Rafael, ¿qué tiene que ver eso? Es irrelevante al...</p><p>— ... al sumario. Ya, ya. No lo repita. Al colegio Miguel Hernández va mi hijo, ¿sabe agente?</p><p>El agente levantó la cabeza. Dejó el ratón y empezó a teclear. Intuyó en la voz helada de Rafael que <strong>iba a tener que incluir en el informe muchas de las cuestiones que hasta ahora le habían parecido irrelevantes </strong>para el sumario.</p><p>— Bueno, ¿y qué más recuerda?</p><p>— Salí del baño. Me había dejado la bandeja de sushi en la encimera. Y <em>Gorby</em>, el gato, había rasgado el plástico y estaba engullendo ya el tercer trozo del sushi ese.</p><p>— ¿Y...?</p><p>— Le quité la bandeja y la metí con los dos trozos de sushi restantes en el microondas. Es un microondas muy grande porque también tiene grill ¿sabe? Cabe un gato adulto. <em>Gorby</em> entró siguiendo la bandeja. Es un gato bastante estúpido. Cerré. Diez minutos. Máxima potencia. Se encendió la luz interior y la bandeja empezó a girar. Ya no recuerdo más.</p><p>_____</p><p><strong>Unai Sordo</strong> (Barakaldo, 1972) es secretario general de Comisiones Obreras.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[e2910c4e-6a9e-41fa-ada3-e99fa1e190e5]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 Sep 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Unai Sordo]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="196829" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="196829" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Irrelevante para el sumario]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Unai Sordo,Cuentos de oficio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Martina y Martín]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/martina-martin_1_1207598.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Martina y Martín"></p><p><em>A todas las víctimas del amianto</em></p><p>Martina se levantó como un resorte de la cama cuando escuchó el motor del coche. Se dirigió a la ventana y levantó la persiana. Aunque se apresuró a saludar con el brazo, el coche, un viejo Citroën Xsara azul celeste<strong>, enfiló la avenida sin que su padre pudiera verla</strong>. Oculta tras los cristales perlados por gotas de agua. Llovía. No demasiado, pero llovía.</p><p>Martina volvió a su cama y miró el despertador. Apenas quedaban cinco minutos para la hora en que se levantaba habitualmente. Abrió la puerta de su habitación y se dirigió a la cocina. La luz ya estaba encendida.</p><p>“Buen día, ma.. Buen día, gorda. ¿Cómo dormiste? Bien, pero no pude despedir a papá. Sí, se fue un poco antes. Ya sabes que cuando llueve se forma caravana en la carretera y tiene que salir con un poco más de tiempo si no quiere llegar tarde al laburo. Ma, ¿papá se puso el buzo que le lavé ayer? ¿O no se había secado? Sí, Martina,<strong> se fue a trabajar muy contento con el buzo que le lavó su hijita</strong>. Dale, Marti, andá a ducharte. No, ma, porfa, prefiero desayunar primero mientras se calienta el baño. Hace frío. Qué va a hacer frío, dale friolenta, que nos vamos a fundir con la cuenta de la luz".</p><p>Pero Martina no se movió. Sabía que su madre nunca le impedía calentar el cuarto de baño con la estufa de dos barrotes incandescentes. Se empezó a poner la leche con el Cola-Cao mientras su madre le preparaba dos tostadas con el <strong>pan que había sobrado anoche</strong> en la cena.</p><p>Como cada día cuando salía hacia el colegio, la última mirada era para la fotografía que colgaba junto a la puerta. Aparecían risueñas mamá y la tía Sara, hacía pocos años. Salían abrazadas por el hombro y por detrás se veía al tío Leandro, preparando el asado, sonriente y con la camisa desabrochada y un sombrero de paja. El Río de la Plata al fondo. Oscuro. La tía Sara se había arrojado desde un sexto piso apenas cuatro meses después de aquella fotografía. <strong>En pleno corralito, y tras el entierro de la tía Sara, el tío Leandro desapareció, no le volvieron a ver nunca más. Papá y mamá dijeron que hasta aquí. No aguantaban más. Y en pocos días organizaban el viaje para España.</strong> Dejaron Argentina atrás.</p><p>Martina llegó pronto al colegio y se acercó al patio pequeño. Cuando llovía, los chicos se refugiaban allí para jugar al fútbol aunque apenas quedasen diez minutos para entrar a clase. Gol-portero, el que mete se pone. Martina se incorporó al juego. Chicazo. Intentó ir a por el balón, pero Luis Valiente se pegó a ella. La marcaba y se acercaba tanto que su pierna la rozaba la falda y a veces su propia pierna. Y él se reía. Martina se alejó y él volvió a pegarse a ella. Idiota. Cogió su carpeta con las fotos de Batistuta y se enfiló a clase. Roberto Díez chutó con fuerza, qué bruto es, y <strong>el balón impactó en el techo agrietado de uralita que cubría el patio pequeño, del que se desprendió polvo y agua que fue a parar al jersey y a la falda de Martina</strong>. La niña se limpió con las manos antes de subir a clase.</p><p>En el recreo Martina se acercaba a la cabaña de los mayores. Y de las mayores. Sin saber muy bien por qué, ellos, los niños, la acogían sin mayor problema. Era una niña bajita pero con desparpajo, aires y hechuras de más mayor. Las niñas de 14 ó 15 años le sacaban la cabeza entera y la acogían con menos entusiasmo. El puto acento argentino. Ya están todos embobados. El caso es que la permitían estar allí con ellos, incluso comer bocadillos que hacían con panes que abrían con navajas. <strong>Navajas que apoyaban en las placas de uralita que se habían ido desprendiendo del patio pequeño</strong>, y con las que Juan Jiménez, Alberto Pozo y JuanMa Díez –el hermano de Roberto Díez, el de los balonazos– habían construido “el chozo”. Que era como llamaban a aquel cubículo donde se refugiaban fuera de la vista de los profesores, y en el que enterraban colillas de tabaco.</p><p>Al día siguiente el colegio “Gustavo Adolfo Bécquer” se cerró. Súbitamente apareció la policía, algunos políticos y unos hombres vestidos con unos buzos en los que aparecían impresas en letras grandes las siglas RERAMI y, en caracteres mucho más pequeños “Retirada de Residuos de Amianto”. <strong>Les explicaron que se iba a proceder al desamiantado del colegio y tendrían que trasladarse lo que quedaba de curso a otros centros. </strong>Algunos cercanos y otros más lejanos. Sin entender gran cosa, Martina y el resto de niños y niñas fueron saliendo de las aulas. Apenas un rato después, las mamás y algún papá –es que ese está en el paro– aparecieron para recoger a sus hijos. Martina se aferró a la mano de su madre, confusa. No volvería a ese colegio nunca.</p><p>Cuando Martina Paez Goikolea recogió su título de doctorado ya llevaba meses con <strong>serios problemas de respiración y cansancio creciente</strong>. Papá y mamá, Martín y Aurora, aplaudían junto a otros amigos a la salida del acto. En el atrio central de la facultad de económicas, se hicieron las fotos de rigor. Se retiraron pronto a casa. La fatiga de la nueva doctora era intensa. Impropia de una joven de veintisiete años.</p><p>En apenas unos meses Martina tuvo que aparcar conceptos estadísticos y econométricos, para informarse sobre lo que era la asbestosis, el mesoteloma maligno o los derrames de pleuras. Su caso obtuvo un importante eco mediático. <strong>Era la primera alumna del “Bécquer” a la que se le había manifestado una patología relacionada con el escándalo del amianto</strong>, que quince años antes había provocado la dimisión del mismísimo presidente de la comunidad autónoma y de la ministra de Educación.</p><p>El funeral fue multitudinario.</p><p>El tanatorio donde se hizo <strong>el velatorio recibió cientos de visitas durante las 24 horas de exposición del cadáver de aquella muchacha</strong>, de complexión exuberante, escasa estatura y rostro atractivo. Cuando apareció el féretro en el que iba a hacer el último viaje, un ataúd de prácticamente dos metros, mamá se escandalizó. ¿Cómo van a meter ahí a la nena? Por dios, va a ir golpeándose durante todo el trayecto. La niña no mide ni un metro sesenta. Por dios…</p><p>Papá, Martín, dio un paso adelante. “<em>Martina hija, levantate, ya voy yo. Te vas a dar mil coscorrones de aquí al cementerio”.</em> Martina se movió levemente. Notaba que tenía la cara flácida, los pómulos sin tensión ninguna, el pelo se le desprendía de la cabeza al más mínimo movimiento, el maquillaje mortuorio apenas podría disimular durante cinco minutos el tono agrisado de la piel, por no hablar del abotargamiento del estómago. Si la viera así Batistuta… No. Así no saldría. <strong>No se movió hasta que el maquillador fue rehaciendo su color y sus rasgos en la medida que la sangre volvía a oxigenar sus células</strong>, el cabello se atenazó de nuevo al cuero cabelludo, las uñas recuperaron rigidez y queratina. Lo del estómago iba a costar más…</p><p>Cuando Martín ocupó el féretro y se cerró el mismo, un suspiro de alivio recorrió el tanatorio y se extendió por todo el trayecto hasta el cementerio, los siete kilómetros a lo largo de los que esperaban apostados miles de ciudadanos. Habían acudido a la llamada para dar la última despedida a “Martina, la niña del Bécquer”, aquel colegio del escándalo del año 2002. Finalmente se enterraba a Martín. Un migrado argentino, trabajador de una fundición metalúrgica que había tenido –se decía, vete tú a saber en realidad– <strong>una exposición prolongada al amianto en su puesto de trabajo</strong>. La gente volvió a sus casas y a sus quehaceres, sin esperar el paso del coche fúnebre. Solo había muerto un obrero.</p><p>Los titulares a cinco columnas que abrían los periódicos del día –“Multitudinario entierro de Martina, la niña del Bécquer”–, pasaron a ser breves en la página par de economía de los periódicos locales: <strong>“CCOO denuncia el fallecimiento de un trabajador por exposición al amianto”</strong>. El Trending Topic del día <em>#TodosSomosMartina</em> se desinfló en cuestión de minutos. Martín dejó de aparecer en las estadísticas como muerto por enfermedad profesional. Porque Martín bebía, Martín fumaba. Y antes, en Argentina, vete a saber en qué condiciones habría vivido. Se le denegó el origen profesional de su cáncer de pulmón, y Martina tuvo que emprender un calvario legal para tratar de que reconocieran a su padre como muerto por una contingencia profesional.</p><p>Cuando obtuvo la sentencia favorable de la sala de lo social del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, <strong>Martina lloró y celebró lo que no pudo celebrar el día de su doctorado.</strong> No estaba papá; y mamá ya hacía años que no estaba para ningún festejo. En la puerta del juzgado había una pancarta portada por una docena de personas: <strong>“El problema existe. El amianto mata. </strong>Hiltzaile isila”. Se acercó al bigotón que le puso en contacto con ASVIAMIE (Asociación de Víctimas del Amianto de Euskadi), un hombre llamado Jesús Uzkudun, y con Alfonso Ríos, un chico calvo y muy serio –aunque alguna vez le había visto en fiestas de Deusto y le pareció menos serio–. Les dio un abrazo y se marchó, con su recargo de prestaciones, su indemnización, su victoria moral y sus lágrimas.</p><p>Se dirigió a la sede del sindicato, apenas a 300 metros del juzgado, para agradecer el trabajo a la asesoría de salud laboral. Antes paró en un bar que hacía esquina y pidió un café. Ojeó el periódico: <strong>“Primera sentencia favorable a una víctima del amianto por haber lavado ropa</strong>. Un juzgado de Tolosa ha condenado a la empresa CAF a pagar 175.897,50 euros al viudo de una mujer que falleció por una enfermedad derivada del contacto con el amianto al lavar los buzos de su marido...”</p><p>Mientras sorbía el café miró al espejo que acompañaba en paralelo toda la longitud de la barra del bar, dando al local más amplitud visual que la que realmente tenía. Vio reflejada a una niña. Bajita, espabilada. Que siempre quería desayunar primero, mientras dejaba que se calentase el cuarto de baño. Con una vieja estufa de dos barras incandescentes.</p><p>(Próxima entrega: <em>Irrelevante para el sumario</em>).</p><p>_____________________</p><p><strong>Unai Sordo</strong> (Barakaldo, 1972) es secretario general de Comisiones Obreras.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[df030630-60e7-472e-9b80-ba4b99650f5c]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 26 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Unai Sordo]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="196829" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="196829" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Martina y Martín]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Unai Sordo,Cuentos de oficio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[#Patito]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/patito_1_1207585.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="#Patito"></p><p>Tito salió del bar empujando con el pie la puerta para evitar tocarla con la mano. Como siempre, rozaba el suelo emitiendo un chirriante sonido cuando hacía tope contra la pared. Se colocó la mascarilla y casi sintió alivio al volver a embozar su cara en el anonimato de aquel —por otro lado— desagradable artefacto protector.</p><p>Desde el incidente de hacía ya quince días, mientras retransmitía la concentración de vehículos convocada por grupos de extrema derecha en protesta por el confinamiento, su vida había sufrido dos cambios que constituían una paradoja para un periodista. <strong>El primero es que se había hecho popular. Muy popular. El segundo es que no había vuelto a trabajar.</strong></p><p>Salía del bar, de su bar del barrio, con cierta mala leche. Habían sido demasiadas semanas encerrado, apenas asomándose a la calle para hacer compras esenciales, y para acudir a los encargos que ocasionalmente la televisión remitía a la productora con la que trabajaba de <em>freelance</em>. Y que Arturo, el dueño del bar, también se sumase al escarnio de llamarle "PaTito", con la sonrisa burlona que se hacía eco en toda la clientela, le tocó la moral.</p><p>Uno de esos encargos laborales fue, como se ha dicho, la concentración motorizada que había colapsado el centro de la ciudad. Mientras Tito grababa su pieza para emitir en el informativo del mediodía, un grupo de exaltados le rodeó ondeando banderas y profiriendo gritos: "Televisión, manipulación", "Que noo, que nooo, que no nos confinamos, que noooo…".</p><p><strong>Es habitual someter a las personas que cubren estas informaciones a todo tipo de perrerías</strong>, obligándoles a montar sus piezas informativas en la zona cero del suceso. Así, a bote pronto, Tito recordaba haber grabado en unas inundaciones, con los píes sepultados en unas katiuskas fucsias y en medio del imprevisible cauce de un torrente de agua que bajaba una calle; en una ciclogénesis explosiva, expuesto en la mitad de un parque en las afueras, rodeado de enormes ramas que el viento cimbreaba y que amenazaban con quebrar; en plena nevada en la cima de un puerto de montaña, con los labios ateridos por un frío que apenas le dejaba vocalizar correctamente la obviedad de que sí, que nevaba.</p><p>Pues lo que el agua, el viento o la nieve no consiguieron, lo lograron los cabeza de alcornoque que le iban cercando y embistiendo con banderas. Uno de ellos se vino arriba y le cogió la mascarilla FFP2, estirándola y volviéndola a soltar abruptamente para hacerla impactar en su cara, y pronunciando las palabras que se harían célebres:<strong> "Quítate la mascarilla, que pareces un patito"</strong>, aludiendo a la forma puntiaguda y picuda de la mascarilla.</p><p>Tito reaccionó instintivamente y le soltó un manotazo. <strong>Con la mala suerte de que impactó en las gafas del tipo, que salieron volando, provocando un silencio instantáneo</strong>. En un segundo la turba volvió en sí, y comenzaron los empujones y algún que otro golpe. Obviamente se paró la grabación y Tito pudo salvar su integridad física, pero el material quedó grabado y registrado. No habían pasado ni cuatro horas, cuando el corte con el incidente aparecía por primera vez en una red social y apenas otra hora después se convertía en viral.</p><p>Aquella noche, mientras Tito cuajaba una tortilla de patata sin cebolla y miraba su <em>smartphone</em>, recibía una llamada de Rebeca, la jefa de la productora. "Tito, eres <em>trending topic</em>". Y así era. Más concretamente era triple tendencia del momento.</p><p>El hashtag <em>#patito</em> era la etiqueta más mencionada en esos momentos en España y en Europa, y estaba entre las cinco primeras del mundo. Además, había otras dos asociadas: <em>#PatitoAntifa</em> y <em>#PatitoKill</em>, donde <strong>partidarios y detractores le habían convertido a la vez en un símbolo de la lucha contra el fascismo, y en sostén de un Gobierno asesino</strong> que nos encierra en casa para acabar con la libertad de expresión.</p><p>—Rebeca, y... ¿por qué cojones se ha filtrado el vídeo?</p><p>El tema se fue de las manos hasta tal punto que Tito —"Ya es casualidad lo del Tito y el Patito, joder, Arturo no toques tú también los huevos"— se veía reconocido por la calle. Todos los programas televisivos de la franja de tarde se hicieron eco al día siguiente del incidente, emitiendo en bucle el video, e incluso llegó a tener propuestas para acudir a tertulias. Eso sí, tenía que dejar claro si era un antifascista o, por el contrario, "<strong>le parecía de recibo coartar la libertad de expresión de un tipo, que si, quesverdá, que le estiró las gomas de la mascarilla</strong><em>quesverdá</em> para dejársela impactar en la cara en plena jornada laboral, pero que ejercía un derecho fundamental y tampoco es para ponerse así. Que los periodistas tenemos una responsabilidad con la democracia y ante todo, profesionalidad".</p><p>Lo peor fue que dejó de trabajar. Rebeca dejó de llamarle. Apenas le contestaba a los whatsapps. "Es complicado, Tito, las cadenas quieren que las piezas las haga un periodista más neutro, no un <em>antifa</em>. Tranquilo, que esto se pasa en cuestión de días. Besos… PAtito. (Emoticono, sonrisa desternillándose)".</p><p>Y así arrancó Antonio Sánchez Elorza, <em>Tito</em>, ahora <em>Patito</em>, su fase 3 en la desescalada pandémica. Entrando en el simulador de la página web del Ministerio de Inclusión y Seguridad Social, para ver si podía acceder a cobrar la prestación del cese de actividad.</p><p><strong>Teniendo en cuenta que cotizaba por la base mínima…</strong></p><p>(Próxima entrega: <em>Martín y Martina</em>).</p><p>_____________________</p><p><strong>Unai Sordo</strong> (Barakaldo, 1972) es secretario general de Comisiones Obreras.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[aefbbe20-3e68-485e-bbed-3d9e385ed531]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 19 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Unai Sordo]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="196829" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="196829" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[#Patito]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Unai Sordo,Cuentos de oficio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lucro cesante]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/lucro-cesante_1_1207566.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Lucro cesante"></p><p>—Son las cinco y veinte. Llevamos casi tres horas comiendo. Y ya sabes que los domingos por la tarde prefiero estar en casa. No me gusta llegar tarde.</p><p>–Nos vamos enseguida. Creo que ya está pidiendo la cuenta, así que pagará y nos levantamos. ¿No te quejarás de haber comido mal?</p><p>—¡Joder, Luis! No es eso. He comido de la hostia. <strong>Pero tu padre es denso</strong>. Siempre es lo mismo. En los entrantes nos cuenta con pelos y señales su último juicio, la pasta que ha ganado y que por eso nos invita a comer. Luego en el entremés nos pregunta por nuestras cosas, así como de paso. Y con los segundos y los postres se tira una hora contando su filosofía de vida, sus idas y venidas… Buff, es muy plasta.</p><p>—Bueno, déjalo Delia. Tienes muy poca paciencia. ¿Qué va a hacer? No tiene otra cosa en que entretenerse un domingo. Calla, que ya vuelve…</p><p>Un hombre de media estatura, con camisa a cuadros, se acerca a la mesa donde le espera su hijo Luis y la mujer de éste, Delia. Mientras se limpia un resto de comida junto al ojal desabrochado del botón que destaca en su barriga, observa cómo Delia interrumpe súbitamente su conversación. <strong>“Ya me estará poniendo a parir, esta gilipollas”</strong>.</p><p>—Bueno, queridos. Pagado, podemos irnos. ¿Tenéis prisa? ¿Queréis tomar algo más? Aún no son las cinco y media. Y la verdad que con lo que gané en la última liquidación de concurso ciego, me da para invitaros a unas copas antes de rematar el día.</p><p>—No, papá. Nos tenemos que ir. Mañana es lunes y ya sabes, empieza una semana bastante ajetreada.</p><p>Un camarero se acerca a la mesa. Con una bandejita en la mano que contiene dos papeles y una tarjeta de crédito.</p><p>Luis “Padre” deposita diez euros en la bandeja.</p><p>—Muchas gracias, don Luis. —El camarero se reclina cortésmente—. Su cuenta, su copia y su tarjeta. Como siempre, con la factura a su nombre: <strong>Luis Pellicer Alonso</strong>.</p><p>—<strong>Luis Pellicer Alonso</strong>, conforme al artículo 198.2 de la Ley Concursal le hago copia de la sentencia depositada en registro público, en referencia al Expediente CBJ-0410, que resuelve el pago íntegro de los créditos reconocidos en el concurso ciego objeto de dicho expediente. El mismo trámite se ha llevado a cabo con los diversos acreedores, algunos de los cuales usted representa en este procedimiento.</p><p>Pellicer, con el documento que le ha entregado la secretaria judicial en la mano, atraviesa el pasillo que separa el juzgado número dos de lo mercantil del <em>hall</em> principal del palacio de justicia y se encamina a la calle.</p><p>En el <em>hall</em> le espera una mujer vestida con traje chaqueta azul marino y que se incorpora a andar a su lado. Le acompaña apenas los cincuenta metros que separa el centro del <em>hall </em>de la puerta, con la claraboya cenital que permite un torrente de luz natural cuando el día es despejado.</p><p>—Creo que es la primera vez que en un inventario se valora de una manera tan generosa el lucro cesante por inutilización temporal de un espacio de negocio. Y el juez ha descartado cualquier incidente concursal al respecto. Esto hay que explorarlo porque <strong>nos abre una línea de negocio fácil si rastreamos bien</strong>. Nos ha salido de cojones, Lydia.</p><p>—Bueno, Luis. Esa fue la idea cuando lo metimos como enmienda en la actualización de la Ley Concursal. Pero es verdad que este pastón por un coche ocupando un espacio… no me lo esperaba yo, joder, nos lo pone a huevo.</p><p>Lydia, la mujer del traje azul, se retira antes de llegar a la puerta y deja que Luis salga solo a la calle. No quiere que el cliente, que espera fuera, les vea juntos.</p><p>–Hola, don Luis. –Un hombre se dirige apresuradamente a su abogado–.</p><p>–Lo prometido es deuda. —Luis le extiende los papeles—. Este es el documento que le posibilita cobrar por la reparación del coche lo que no le pagaron, así como de forma prioritaria frente a otros acreedores, por lo que supuso para su negocio tener aparcado en su taller ese coche durante veintisiete días. Este es el total. —Enseña el documento al cliente, que casi se lleva las manos a la cabeza.</p><p>—Gracias, don Luis. Desde luego, con lo mal que me va el taller, este dinero me viene de maravilla. ¿Tengo que firmar algo?</p><p>—Como convenimos. Este es el contrato de representación y el importe de mi minuta. Si quiere lo hacemos esta tarde. Tenía cita con usted por videoconferencia a las 18:00 horas.</p><p>—…Vale, bueno. Está bien. Ya sabe que no me arreglo muy bien aún con estas cosas de las videoconferencias, pero lo haré. Quizás le diga a mi hijo que me ayude. Por cierto, don Luis. <strong>Yo le voté cuando se presentó a diputado</strong>.</p><p>Luis Pellicer Alonso da por finiquitada la conversación y se despide con un leve gesto. Deja en la puerta del palacio de justicia a un hombre vestido con una chaquetilla azul, que lleva bordado en letras rojas “Taller Arsenio”. Arsenio ojea los papeles que le acaba de dejar su representante en las manos. Avanza lentamente con un ojo puesto en unos documentos que apenas sabe interpretar y el otro pendiente de evitar golpearse entre los zigzagueantes andares de las decenas de personas que entran y salen del edificio, hormigueando a toda velocidad.</p><p>Unos honorarios del 20%. Joder con el abogado. Pero cuando lee el importe que él mismo se lleva, se da por satisfecho. En todo caso, ya no tendría vuelta atrás. Lo deja claro el conforme firmado por él mismo. <strong>Arsenio Lorente Huertas</strong>.</p><p><strong>Arsenio Lorente Huertas</strong> mira el Opel Vectra verde, 2.0 DTI. Matrícula 0410-CBJ. Lleva desde finales de febrero en el taller y nadie lo reclama. Está reparado desde primeros del mes de marzo, es decir, prácticamente hace un mes y estamos a un tris de que llegue la Semana Santa. Por más que intenta ponerse en contacto con el propietario, no consigue localizarle.</p><p>Vuelve a mirar la ficha y el albarán. En efecto, se solicitó la reparación del coche a través de una aplicación Noche y Día, con carácter de urgencia. Tuvo que ajustar el precio. A fin de cuentas la subasta digital se resolvió en apenas 37 minutos y 25 segundos, y en ella concurrieron seis talleres. Los tres que quedan abiertos en el barrio y otros tres del resto de la ciudad. Ganó su oferta. <strong>El mejor presupuesto, es decir, el peor presupuesto</strong>.</p><p>Reparar un coche a ese precio ni merece la pena. El negocio está hecho una ruina, así no vamos a ningún sitio. O me jubilo ya, o con estas cotizaciones de los últimos años no voy a tener pensión ni para sobrevivir. Y vender el taller… ¿a quién le vendo yo este local a estas alturas de la vida, cuando nadie sostiene un negocio?</p><p>El coche había aparecido en el taller <strong>conducido por un messenger</strong><em>messenger</em>. Un recadero de puesta a disposición para tareas menores y que, en numerosas ocasiones, son el único contacto que tenía con los propietarios de los vehículos. Traen el coche y lo vuelven a recoger cuando está reparado para devolvérselo al dueño.</p><p>Arsenio deja la <em>tablet</em> donde tiene recogidos los datos del pedido. Mira la tarjeta que le han dejado sobre la desvencijada mesa del taller. En letras negras de tipografía clásica, aparece el nombre de Lydia Arana, una <em>seeker</em> o <em>buscador</em>, que apareció unos días después de que le trajeran al taller el Opel Vectra verde, interesándose por los problemas del negocio y ofreciendo información sobre un ramillete de leyes que pueden explorarse para mejorar sus márgenes de beneficio en un momento <em>“de legislación cambiante para impulsar el dinamismo empresarial”</em>.</p><p>Con la mano manchada de aceite de motor, Arsenio lee las notas que ha tomado mientras la tal Lydia le daba una explicación sobre la nueva Ley Concursal. <em>“Concurso ciego. Lucro cesante”</em><em>.</em> Recuerda la explicación de aquella mujer, demasiado bien vestida para dejarse caer por un taller de mala muerte y que da sus estertores, como casi todos los negocios del barrio.</p><p>“El coche le está ocupando un espacio que no puede utilizar con otro coche, con lo que usted deja de recibir unos ingresos potenciales que le puede demandar al propietario que no ha venido a reclamar su coche. Se llama lucro cesante y se puede reclamar a través de un <em>concurso ciego</em>, una figura jurídica creada para <strong>reclamar responsabilidades a clientes o a otras empresas, con las que usted nunca ha tenido un contacto directo</strong>, y por tanto nunca ha visto, ya que el intermediario es un <em>messenger</em>. Por eso es ciego. No sea tonto, la ley le ampara. Si me llama, yo le pongo en contacto con un abogado”.</p><p>Cuando se queda solo, Arsenio baja a media altura el portón del taller. Se acerca al Opel Vectra. Entra en él por la puerta del copiloto y recoge la funda en la que el propietario guarda los papeles del coche. Ahí están el permiso de circulación, pagos de los últimos años del recibo del seguro, los datos del conductor y dueño del vehículo… <strong>Rubén Artiga Lendoiro</strong>.</p><p><strong>Rubén Artiga Lendoiro </strong>apareció muerto en su casa el 24 de marzo. Su cadáver estaba en avanzado estado de descomposición. Sus vecinos no sospechaban nada. Tras las últimas reformas en el edificio financiadas con fondos de reconstrucción europeos las viviendas se convirtieron en auténticos búnkeres.</p><p>“<em>Mejoras en la estructura con criterios de eficiencia energética y con aislamiento térmico que aíslan mejor del frío en invierno y protegen del exceso de calor en verano. Pero por un poco más se pueden completar reformas para el aislamiento acústico y de olores. Y si emprenden toda la obra con nosotros, y en unas condiciones muy ventajosas de financiación, instalaremos equipos de domótica para que sepan en todo momento</em><em> </em><em>cuándo las zonas comunes están vacías. También para que sus proveedores estén controlados en todo momento. Con nuestro programa NOBODY IN SIGHT cualquier servicio que usted solicite —de compra, reparación, mantenimiento, sexual o de compañía— solo transitará por el edificio cuando nadie de sus convecinos utilice una zona común. Mientras el servicio permanece en el portal o se mueve por las escaleras, es decir, mientras no ha llegado a entrar en sus viviendas o una vez que sale de la misma y en el intervalo hasta que sale de su portal, las cerraduras se bloquean temporalmente. Con un tope, eso sí, de dos minutos. El tiempo necesario calculado para que se pueda transitar —andando o en ascensor— desde la puerta del portal hasta el último piso. O viceversa.</em></p><p><em>Sus viviendas quedarán completamente aisladas. Ni se oirán, ni se olerán, ni se verán, ni se relacionarán. Vivirán con las ventajas en ahorro de costes de los edificios de muchas viviendas, y con las ventajas de la privacidad total de su vida que le proporciona un adosado o un chalet NOBODY IN SIGHT. Aislados y aislantes”.</em> La obra completa fue aprobada por 23 propietarios a favor y 2 en contra.</p><p>“Artiga Lendoiro tenía ciertos problemas de movilidad, señor agente. <strong>Yo no le recuerdo en la calle ni en los espacios comunes desde hacía meses</strong>. Quizás años. Supongo que funcionaba con aplicaciones. No era muy estricto con la domótica y tuvimos varias broncas con él por eso. Te cruzabas con sus proveedores en el portal ¡y alguna vez hasta en el ascensor! Con el servicio médico y el de atención domiciliaria y las compras, eso lo recuerdo seguro. He visto traerle bolsas de todo tipo muchas veces. ¿El ocio? Ni idea. ¿Aplicaciones de contactos? Tampoco. No lo sé. Ahí igual era más cuidadoso…”.</p><p>El departamento de la policía local especializado en levantar cadáveres que aparecían en sus casas tras periodos de descomposición alargados efectuó las indagaciones de rigor. No reparó en nada extraño al analizar los discos duros de sus aparatos electrónicos. Típico caso de persona aislada. Las relaciones personales llevaban años produciéndose a través de páginas de contactos. Diversos perfiles. Anónimos unos. Falsos todos. Heterosexuales, homosexuales. De todo tipo. Mucha afición a los juegos de rol.</p><p>El agente recopiló la información sanitaria y la económica que se desprendía de sus aplicaciones informáticas, para ultimar el informe. Como en tantos casos, <strong>se abriría un proceso concursal ciego </strong>para distribuir los créditos preferentes de sus acreedores tras valorar su patrimonio.</p><p>El agente se apartó discretamente a la entrada del piso y, en un momento de descuido de su compañero de patrulla, tecleó en Telegram<em>:</em> “Papá, te paso datos. Artiga Lendoiro, Rubén. Varias deudas. Una, con un tal Taller de Arsenio. Un Opel Vectra verde que lleva allí veintitantos días… Calle Romanones, 7. Habla con Lydia y date vida, que me apetece ir de jamada”.</p><p>Enviar. “Papá trabajo. <strong>Luis Pellicer</strong>”.</p><p>(Próxima entrega: <em>#Patito</em>).</p><p>_____________________</p><p><strong>Unai Sordo</strong> (Barakaldo, 1972) es secretario general de Comisiones Obreras.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[c5f72c84-c39f-4fdb-9ae1-26e128476c8d]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 12 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Unai Sordo]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="196829" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="196829" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Lucro cesante]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Unai Sordo,Cuentos de oficio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Falso autónomo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/falso-autonomo_1_1207564.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Falso autónomo"></p><p>I</p><p>Cosme ajustó por última vez la minúscula cámara de vídeo, tratando de orientarla de manera que enfocase con más holgura todo el fondo de la cabina del camión, hasta la puerta del copiloto.</p><p>Cuando creyó haber encontrado el ángulo ideal<strong> encendió su tablet y entró en la aplicación que se había descargado previamente</strong>. La imagen, en efecto, era bastante nítida, coloreada y enfocaba perfectamente las dos plazas de copiloto que tenía a su derecha, como pretendía. Su propia cabeza, al estar situado en el asiento de conducción, apenas se veía de refilón. Levantó la vista y miró directamente a la pequeña lente que había anclado en la parte superior de la visera frontal, disimulada junto al espejo de cortesía. Luego bajó abruptamente la vista a la tablet. Pues sí, como le había dicho el comercial, la retransmisión era prácticamente en tiempo real porque ni siquiera le había dado tiempo a verse los ojos en la pantalla. De nuevo la parte posterior de su cabeza aparecía en el primer plano, y el conjunto de la cabina de su camión a continuación.</p><p>Cosme apagó la aplicación, y miró distraído el sistema de navegación, con una flamante pantalla de 12 pulgadas que facilitaba el seguimiento de las rutas, y el sistema de tacógrafo digital que controlaba las distancias y los tiempos del viaje. Cuando por uno de los espejos exteriores del camión, <strong>vio salir a Xabier del servicio de caballeros</strong> ajustándose aún el pantalón y abrochándose la cremallera de su chaleco, saltó de la cabina al suelo y le esperó junto a la puerta del camión, que cerró con un sonoro golpe.</p><p>Empezaba a chispear en Usurbil. Cosme miró el cielo encapotado y su reloj. Las seis y veinte de la tarde. Todavía Miren, su mujer, tardaría 10 minutos en venir a buscarle.</p><p>—Bueno, pues ya está todo listo. Salgo rápido que va a empezar a llover. —Xabi sacó un paquete de tabaco negro y encendió un cigarro al que apenas iba a dar media docena de caladas antes de subir al camión e iniciar su ruta.</p><p>—Aquí tienes. —Cosme sacó de su chambergo un sobre blanco que le entregó a Xabi. Este abrió el sobre para <strong>comprobar que había suficiente número de billetes</strong>, y sin llegar a recontarlos se lo guardó en la cremallera frontal de un bolso negro con forma de bandolera.</p><p>Tras apurar la quinta calada, Xabi le <strong>deslizó una sonrisa burlona</strong> a Cosme: “Hoy a las nueve o así. Mañana parecido, depende cuando cargue”, le susurró antes de exhalar el humo. De un salto se encaramó a la cabina y bajó la ventanilla, antes de cerrar con otro sonoro golpe la pesada puerta. Tiró el resto del cigarro al suelo, prácticamente a la mitad, y encendió el motor del camión.</p><p>—Venga, agur. Marcho ya.</p><p>—Agur bai. Buen viaje.</p><p>Cosme salió a paso ligero del parking para camiones de la estación de servicio de Aritzeta. Se dirigió a la puerta del autoservicio que había a apenas cien metros, y contaba con un pequeño techo exterior que protegía de la lluvia. Decidió esperar en la calle. <strong>Miren solía ser puntual </strong>y apenas faltaban tres minutos para las seis y media.</p><p>Vio salir el camión de su propiedad, un Iveco que ya tenía cinco años, marcando el intermitente a la izquierda. “Transportes Cosme”, rezaba en el lateral de la caja en renovadas letras negras. Xabi, el transportista que conducía, alargó el brazo por la ventanilla, efectuando un gesto a medio camino entre el saludo y la medición de la intensidad de la lluvia con la palma de la mano extendida hacia el cielo.</p><p>El camión se incorporó por el carril de aceleración hacia la autopista, en dirección Donostia-Francia, y<strong> se fue alejando levantando a su paso una fina capa de agua que retenía el asfalto</strong>, tras el último chaparrón de hacía apenas una hora.</p><p>Cosme cambió la dirección de su mirada esperando atisbar cuanto antes el Skoda Octavia familiar que traería Miren desde Lasarte, donde se había apuntado a clase de pilates, o algo así. Instintivamente <strong>miró el reloj aun sabiendo de sobra que eran las 18.30 horas</strong>. En poco más de una hora llegaba Ane, su hija menor, que tras pasar la semana en el campus de económicas de Sarriko, en Bilbao, había decidido volver el jueves al pueblo porque su cuadrilla había quedado para el <em>pintxopote</em><em> </em>por los bares del barrio. Si Miren salía a dar una vuelta, como solía hacer los jueves, cuando Ane ya había dejado la maleta en su habitación, a las nueve Cosme estaría solo en casa.</p><p>II</p><p>Audiencia Provincial de San Sebastián. Juzgado número uno de lo penal. Dori Sueskun ha franqueado el control de acceso a las salas, no sin antes haber tenido que repetir el paso por el escáner de arco. Se le había olvidado poner en la bandeja para objetos metálicos los<strong> nimios auriculares inalámbricos que llevaba en el bolsillo</strong>, y las luces rojas del arco han denunciado con estrépito el lapsus. No se va a quejar. Hacía tiempo que la dirección del <em>Diario Vasco</em> no se marcaba un largo así con el material de trabajo, y prescindir de los cables de los anteriores auriculares le facilitaba la tarea cuando tenía que retransmitir o contar algo por el teléfono, y a la vez seguir lo que tenía apuntado en el mismo dispositivo o mirar internet, para hacer más redonda la crónica.</p><p>El juicio va a quedar<strong> visto para sentencia</strong>. Repasa sus notas recogidas en las anteriores vistas del juicio oral. El relato está más o menos bien construido y hoy lo único que pretende es palpar el ambiente en los alrededores de la sala. Como siempre, debe ser prudente. No es agradable para ningún acusado, testigo o implicado en causas judiciales —y menos de carácter penal— saber que la prensa anda husmeando el caso y lo va a trasladar al periódico. La discreción es buena actitud para evitar situaciones desagradables.</p><p>Las conclusiones definitivas y los informes parecen bastante contundentes, de manera que el caso judicialmente no tiene un especial interés. Tráfico de drogas a pequeña escala. Pero pese a lo manidas que suelen estar, estas piezas tienen buena entrada en local <strong>si se combinan adecuadamente los elementos</strong>: pequeño empresario del terruño, flotilla de camiones conocida en la comarca, un poco de ambición mal gestionada, algún ingrediente morboso, un transportista tarambana… puede valer.</p><p>Necesita encontrar el punto de cercanía que haga digerible y humana la pieza,<strong> sin hacer particular escarnio del hombre cuya actitud más le sorprende en el juicio: Cosme Etxebarria Pueyo</strong>. El propietario de una pequeña empresa de transporte, 56 años, socio compromisario de la Real Sociedad, miembro de la sociedad Lagun Artea de Lasarte-Oria, con cuyos camiones se lleva introduciendo droga en Gipuzkoa, aprovechando los viajes a Holanda para llevar material metalúrgico.</p><p>El principal acusado en el juicio ha sido Xabier García Arregi, Xabi. Un hombre de treinta y dos años, transportista profesional y que realmente ni siquiera trabajaba en Transportes Cosme. Era un autónomo que regularmente hacía el trayecto entre Gipuzkoa y Sloterdijk, una de las áreas industriales de Amsterdam Westpoor, el distrito de la capital holandesa donde se encuentra el puerto y una importante concentración de empresas de todo tipo.</p><p>Según consta en el sumario, el transportista García Arregi solía cargar el camión en distintas empresas del polígono industrial Osinalde. Normalmente <strong>materiales de talleres mecanizados de la zona</strong>, aunque a veces lo combinaba con piezas de construcción para carpas de todo tipo. Desde las destinadas a eventos, a otras de uso industrial, o incluso mamparas de protección para piscinas domésticas.</p><p>Xabier García Arregi no iniciaba los viajes con la droga en el camión. Era en el trayecto donde solía parar y, según se deduce de las distintas prácticas probatorias, se introducían en la caja del remolque <strong>pequeños alijos de droga que eran convenientemente camuflados</strong>. Las cargas se hacían tanto en el trayecto de ida, como en el de vuelta. Y el <em>modus operandi</em><em> </em>era siempre bastante similar. Xabier detenía el camión en la cercanía de algún local de prostitución y permanecía allí en torno a una hora, tiempo suficiente para introducir o retirar la carga correspondiente. Esta operación la hacía habitualmente con cómplices que se encontraban en los locales o alrededores.</p><p>Las cargas y descargas se hacían en el tramo inicial del viaje. Apenas una hora después de arrancar. En el último trayecto, en el que se habían obtenido las pruebas más concluyentes, las paradas se hicieron en torno a las nueve de la noche; en la ida, apenas pasada la <em>muga</em> (frontera) entre España y Francia. En un local de carretera cercano a la autopista que lleva a Burdeos. En la vuelta, también en un horario similar, pero en la explanada contigua a un local situado apenas a 70 kilómetros de Ámsterdam, de donde Xabier había partido aproximadamente a las 19.50 horas, según consta en los datos del tacógrafo.</p><p>Respecto a la implicación de Cosme Etxebarria, la demostración había resultado más compleja. De hecho, la prolongación de la investigación durante algunos meses se había producido porque los agentes de la policía<strong> eran incapaces de encontrar pruebas concluyentes</strong> sobre la participación en la trama del propietario de la empresa de transporte que daba soporte logístico con sus camiones al tráfico de drogas. A fin de cuentas, la relación entre Transportes Cosme y Xabier García Arregi era mercantil, y como se indica sobradamente en el sumario, en ningún caso la droga se ha introducido o extraído junto con el material correctamente transportado, desde el polígono Osinalde hasta Holanda.</p><p>Sin embargo en la instrucción, la jueza otorgó a la policía judicial la potestad de hacer un seguimiento a ambos acusados, y finalmente<strong> las investigaciones dieron sus frutos</strong>. En el camión se ha introducido —y lo ha hecho el propietario Cosme Etxebarria Pueyo— un sistema de vigilancia a través de una cámara de video de altas prestaciones, cuyo seguimiento se puede hacer desde una aplicación que, en efecto, Cosme tiene instalada en sus dispositivos portátiles. Es por tanto impensable que el segundo acusado no tuviera conocimiento de las paradas recurrentes que Xabier hacía en sus trayectos y el objeto de estas.</p><p>Por otro lado, en el seguimiento efectuado por los agentes de la Ertzaintza se comprueba que, además de las facturaciones ordinarias —correspondientes a los contratos mercantiles entre Transportes Cosme y García Arregi, que justifican correctamente los viajes comerciales—, Cosme hace entrega de sobres con dinero a Xabier antes del inicio de cada viaje. Aunque la finalidad de este dinero —no reconocido ni declarado en parte alguna— no es concluyente —en el momento de su detención, ya pasada la frontera de Irún, Xabier García Arregi no portaba una excesiva cantidad de dinero en efectivo— indiciariamente<strong> se vincula a algún tipo de pago por las operaciones de tráfico de estupefacientes</strong> que se encuentran en el camión.</p><p>En el juicio se aportan como pruebas de estas entregas de efectivo, fotografías efectuadas a ambos en la Estación de Servicio de Aritzeta, en Usurbil, donde nítidamente se aprecia a Cosme entregando un sobre a Xabier con una importante cantidad de billetes que este se guarda, antes de iniciar el trayecto.</p><p>No consta a lo largo del sumario, en modo alguno, ningún retorno económico por parte del transportista a Cosme Etxebarria, lo que deja la investigación con <strong>algún fleco extraño por falta de beneficio objetivo para el empresario</strong>; pero en todo caso, la complicidad del mismo parece más que probada a lo largo del juicio. La conclusión de la policía judicial, examinadas las cuentas corrientes de empresa y propietario, y no encontrando ningún retorno económico irregular, es que este se producirá sin duda con pagos en B, que —reconocen— no han sido capaces de detectar. Ni en el interrogatorio al acusado, ni en las alegaciones a las pruebas documentales y testificales de la policía, Cosme ha sido capaz de argumentar una explicación cabal a su aparente falta de interés y lucro por las actividades ilegales a las que ha dado todo el soporte logístico.</p><p>En la última sesión del juicio, Dori Sueskun observa a los acusados, sus abogados, a la fiscal. <strong>El clima es tenso</strong>. La mujer de Cosme Etxebarria, Miren Apaolaza, se encuentra en la sala, al igual que ha estado presente en las anteriores vistas. Es la única persona personalmente implicada en el caso con la que la periodista ha podido hablar brevemente. Remisa a cualquier tipo de declaración, solo le traslada la absoluta confianza en la inocencia de su marido. Tráfico de drogas. Impensable. No somos millonarios, pero no necesitamos nada. Ese sinvergüenza. Ese putero. Xabier. Nada más. Miren no quiere decir nada.</p><p>Últimas palabras de conclusiones en el juicio oral. Hablan los abogados. El de Cosme Etxebarria <strong>defiende enérgicamente la inocencia de su cliente</strong>, amparándose en la ausencia de cualquier tipo de lucro por su parte respecto a las operaciones ilícitas del otro acusado, con quien su cliente mantienen una mera relación mercantil, sin ser ni siquiera empleado de su empresa. Cosme no interviene. Tiene la cabeza agachada, mira al suelo, y la sujeta con sus dos grandes manos que la mantienen como cogida al peso desde las sienes. Durante un segundo mira a Xabier. Este, sentado a su izquierda en un banco contiguo, le devuelve la mirada, ladeando levemente su rostro. Apenas dibuja una brevísima sonrisa burlona. Cosme fija la vista en el frente de la sala, evitando mirar directamente a la jueza, y cabecea serio, como negando con un tenue resoplido, en un gesto que a Dori Sueskun le parece como de incomprensión, y que es incapaz de interpretar. Visto para sentencia.</p><p>III</p><p>Cosme cierra la puerta de su habitación. Son casi las nueve de la noche. Conecta su pequeña tablet al ordenador mediante un cable que ha comprado para poder efectuar esta operación sin complicación. No se fía de las conexiones sin cable. ¿Dónde acabarán esos archivos que discurren por el aire, por la nube dicen…? Conecta la aplicación de la cámara del camión. Tiene una clave para poder acceder: 260592. <strong>La fecha de su boda</strong>.</p><p>Se reclina en su silla de despacho, se desabrocha la bragueta, desliza el pantalón hacia media pantorrilla y empieza a tocarse. Primero por encima del calzoncillo a ritmo pausado y luego por dentro del mismo cada vez con mayor cadencia. Nota su propia erección aunque apenas ve el cuerpo de una mujer que se mueve rítmicamente, por debajo del cuerpo de un hombre sin camiseta, con el pantalón por las rodillas, que se apoya en ella, acomodando sus movimientos, y al que rodea con sus piernas. Ni siquiera se ha quitado unos botines con un largo tacón de aguja.</p><p>La calidad de la imagen es alta, pese a la escasa luminosidad de la noche holandesa. Ha valido la pena la inversión. Se refleja luz externa, como de farolas que emiten una iluminación anaranjada que penetra por la luna frontal del Iveco. Pero la razón por la que se aprecian perfectamente los cuerpos entrelazados en los asientos de copiloto, es porque Xabier<strong> ha dejado conscientemente encendida la luz interna de la cabina</strong> del camión. La prostituta muestra su extrañeza al principio. No es la primera vez que le exigen salir del local y terminar en un camión situado en la explanada, normalmente en busca de discreción; es más extraño hacerlo para exponerse tanto con la iluminación encendida en el parking cercano al puticlub donde aquel camionero suele detenerse de vez en cuando. Pero él lo deja claro, “<em>no problem</em>”, antes de empezar a desnudarla y a penetrarla sin demasiado miramiento.</p><p>Cosme aguanta la eyaculación hasta que Xabier se retira del cuerpo de ella, y de forma un tanto espectral, entre los cruces de los haces de la luz externa e interna, <strong>se aprecia con la nitidez propia de un cámara de alto standing sus pechos cuando se incorpora en el asiento del camión</strong><em>standing</em>. Ahí, Cosme se corre definitivamente. Hubiera preferido recrearse en la escena del día anterior, haber visto ayer a Xabier con un hombre como le prometió, pero Ane salió más tarde de lo previsto al<em> </em><em>pintxopote</em>, y eso hizo que a su madre se le hiciera un poco tarde, y definitivamente optara por no salir el jueves a la tarde-noche. La degustación cierra antes.</p><p>Cosme recupera el tono de la respiración tras el jadeo. Tiene la mano mojada y ha manchado la mesa. Se levanta. Aún con los pantalones sin atar se dirige al baño. Se lava las manos, se aclara los testículos y el vientre en el bidé, y con un trozo de papel higiénico limpia la mesa.</p><p>Se quita el calzoncillo y con las manchas de semen, lo hace una bola y lo mete en la lavadora. Apenas está a media carga, pero la pone a lavar. Cuando llegue Miren le dirá si está cocolo, a ver a quién se le ocurre poner la lavadora en marcha<strong> sin estar ni a la mitad y a estas horas</strong>. Como si fuéramos accionistas de Iberduero. <em>Txotxolo</em>.</p><p>Vuelve a la tablet. Borra el archivo que acaba de ver en directo. Apenas mira por encima el de ayer, el del jueves, a velocidad rápida. Xabier con un chaval de poco más de veinte años. Musculado y con varios tatuajes en el hombro y en los brazos. Duda si guardarlo para otro momento. Ya han terminado, porque el chaval se está poniendo la camiseta y Xabier le entrega varios billetes de cincuenta euros que extrae de un sobre que tiene en la cremallera frontal de un bolso negro con forma de bandolera. Cuenta el dinero, mira la luz encendida con expresión de incomodidad, se baja del camión de un salto y desaparece.</p><p>Xabier mira furtivamente a la cámara situada en la parte superior de la visera frontal, donde está anclada junto al espejo de cortesía. Desliza una leve sonrisa burlona. Apaga la luz interior.</p><p>Cosme borra el vídeo. Acaba de <strong>eliminar dos pruebas de descargo</strong> y otra la ha metido a la lavadora a 30 grados. Aunque aún no lo sabe.</p><p>No falta mucho para que llegue Miren. Hoy ya es viernes y sí ha salido a la <em>degus</em>, que cierra un poco más tarde.</p><p>Tampoco falta mucho más para que llamen a la puerta. La policía.</p><p>(Próxima entrega: <em>Lucro cesante</em>).</p><p>_____________________</p><p><strong>Unai Sordo</strong> (Barakaldo, 1972) es secretario general de Comisiones Obreras.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[84178b4d-cc59-4b27-afac-03d8cd1eb0a3]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 05 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Unai Sordo]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="196829" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="196829" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Falso autónomo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/91720ba6-6fa9-4b58-aa72-0930e0aeefe4_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Unai Sordo,Cuentos de oficio]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
