<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:webfeeds="http://webfeeds.org/rss/1.0" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[infoLibre - Ida y vuelta]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/ida-y-vuelta/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Ida y vuelta]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <item>
      <title><![CDATA[El viaje interminable]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/viaje-interminable_1_1208766.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="El viaje interminable"></p><p>Cuando en 1990 publiqué mi primer libro de viaje (<em>El río del olvido </em>se titula), tuve que <strong>dar más explicaciones que si hubiese cometido un crimen</strong>. Comenzando por el editor, que se quedó sorprendido cuando le anuncié el género de mi nueva obra, y terminando por el último lector, parecía como si el libro fuera una provocación, como si nadie recordara ya la larguísima tradición de literatura de viaje que España tiene desde hace mucho tiempo. Era como si Camilo José Cela, con su famoso <em>Viaje a la Alcarria</em>, hubiese agotado el género y los Delibes, Carnicer, Juan Goytisolo, Sueiro, Ferres, Torbado o Leguineche no existieran, de la misma manera en que Unamuno, Azorín, Ortega o Pla (o los cronistas de Indias antes que ellos) habrían quedado eclipsados por el renombrado libro del Premio Nobel gallego.</p><p>Así que, en aquellos días, me harté de contestar a periodistas que por desconocimiento<strong> consideraban una extravagancia que mi libro no fuera una novela </strong>y de explicarles una y otra vez lo que en cualquier país europeo hasta los estudiantes de bachillerato saben: que la literatura de viaje es tan vieja como el mundo; que todos los grandes libros fundacionales, desde la <em>Anábasis</em> al <em>Quijote</em>, pasando por la <em>Odisea</em>, el <em>Cantar de Mío Cid</em> o <em>El viaje de Marco Polo</em> han sido libros de viajes aunque a veces se disfracen de romances o novelas, y que la literatura de viaje, en fin, es la literatura en estado puro. ¿Pues qué diferencia hay entre la imagen de un hombre que camina por un sitio y, a la caída de la tarde, se sienta bajo un árbol o en el cuarto de su hotel a escribir lo que ha visto y le ha ocurrido en ese día y la del hombre que va andando por la vida y cada cierto tiempo se sienta a recordar lo que ha visto o le ha ocurrido hasta ese momento?.</p><p>Pero cuando yo publiqué <em>El río del olvido</em><strong> </strong>la literatura estaba viviendo un auge de la novela cuyos efectos (positivos y no tanto) todavía perduran hoy. Así que todo lo que no fuera publicar una novela se consideraba un error o cuando menos una pérdida de tiempo. Si el lector demandaba novelas, si el mercado editorial<strong> pedía ficciones y más ficciones</strong>, da igual su calidad y contenido, ¿a qué andar experimentando con otros géneros cuya rentabilidad económica era sensiblemente menor?.</p><p>Hacia el final del siglo pasado, sin embargo, las cosas cambiaron sustancialmente. La persistencia de algún escritor –entre los que me cuento– en el cultivo del género, el cansancio de un mercado saturado de novelas (y de novelistas profesionales) y el inesperado éxito de algunos libros de viaje refrendados por la firma de afamados escritores europeos (<em>El Danubio</em>, de Claudio Magris, o <em>El desvío a Santiago</em>, de Cees Noteboon), hicieron que los editores comenzaran a mirar con interés un género literario que hasta entonces<strong> consideraban una servidumbre a la que les obligábamos de cuando en cuando</strong> algunos escritores irredentos. Todavía tengo presente el gesto de sorpresa del mío cuando, después de un tiempo esperando una nueva obra, me presentaba en la editorial con un libro que no era una novela. Pero, como decía, el inesperado éxito de algunos libros de viaje, incluidos de autores españoles, hizo que el género se abriera un lugar en los catálogos de las editoriales, incluso en las relaciones de libros más vendidos de los periódicos, al tiempo que aparecían revistas y editoriales dedicadas en exclusiva a él.</p><p>¿Qué es lo que mueve a un escritor, conocido o no, a coger la maleta y un cuaderno y, abandonando la comodidad de su casa y su mesa de trabajo, echarse a cualquier camino para escribir al regreso lo que aquél le haya deparado?. La respuesta no es sencilla, pero lo que parece claro es que, detrás de cualquier otra intención, está la de despegarse del habitual entorno de vida; y, también, y a la vez, la de enfrentarse a otros diferentes. Es lo que hacen también los turistas que cada año invaden por millones el planeta, pero, a diferencia de éstos, e<strong>l escritor va buscando la literatura que los caminos ofrecen a quien la quiere ver</strong>. Los caminos no se andan con las piernas, se andan con el corazón, dijo Cela en algún libro, y a fe que no andaba errado, pues cualquier camino sirve para encontrar la felicidad o, al revés, para sentirse el hombre más solitario del mundo.</p><p>Como para los primeros viajeros (los que escribieron el <em>Exodo</em>, la <em>Anabásis</em> o la <em>Odisea</em>, pero también los que recorrieron caminos desconocidos sin dejar una sola línea de testimonio), el viaje es un pretexto para contar. El viaje como metáfora de la vida (y de la propia literatura: cuando uno empieza a escribir, como cuando empieza un viaje, nunca sabe lo que le sucederá) es una excusa para reflexionar sobre la condición humana. Emprender un viaje, pues, el que sea, <strong>sin saber lo que encontrarás</strong>, lo que te sucederá en él, ni siquiera si querrás o podrás contarlo a la vuelta, produce una emoción, mezcla de libertad y de inseguridad vital, que hace que nos sintamos fuera de la realidad, pero también, y a la vez, dueños de ella, como ocurre cuando uno hace ficción.</p><p>El hombre viaja para soñar, pero también sueña mientras lo recuerda. Si así no fuera, si al escribir o viajar siguiera en el mismo sitio, con las mismas obsesiones y las mismas ataduras cotidianas, nadie caminaría ni escribiría, salvo por su profesión, que también se da. Pero la profesionalización del viaje choca con la precariedad de éste. En el viaje la estructura es una línea, la del camino que se recorre y no siempre en línea recta, y lo mismo sucede con el argumento, y hasta con los personajes, que aparecen por sorpresa y apenas viven unos segundos. Al revés que en las novelas, en los libros de viaje el azar es el que manda. De ahí la grandeza de un género que fue el primero en surgir y de ahí que el hombre, después de miles de años, siga viajando para contar pese a que de antemano sepa que tampoco ese viaje es definitivo. Lo decía el viajero que una vez fui por las altas montañas del río Curueño, en mi tierra leonesa, viendo a un ciego que, de tanto ir y venir por el huerto de su casa guiándose de una cuerda colgada de lado a lado, había hecho un sendero en la hierba: “<strong>El viajero es un hombre que nunca deja de andar y nunca llega a ninguna parte</strong>”.</p><p><em>Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) es guionista de cine, narrador y poeta. Autor de numerosos libros de relatos, viajes y novelas, ha sido dos veces finalista del Premio Nacional de Literatura por 'Luna de lobos' (1985) y 'La lluvia amarilla' (1988). Su título más reciente es 'Primavera extremeña' (Alfaguara, junio 2021).</em><a href="https://www.penguinlibros.com/es/biografias/7265-primavera-extremena-9788420456324" target="_blank">Primavera extremeña</a></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[5856fc52-59a3-40d2-b22b-e90e27cb0a2e]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Sep 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Julio Llamazares]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="169612" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="169612" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El viaje interminable]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Ida y vuelta]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un pececito excavado en el fango]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/pececito-excavado-fango_1_1208811.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Un pececito excavado en el fango"></p><p>Mi relación con el territorio tiende a ser confusa. De entrada, no entiendo bien <strong>el concepto de territorio </strong>y cuanto mejor lo entiendo más rechazo me causa, lo que no me quita vivir lidiando constantemente con su significado y sus implicaciones. Es un contexto en el que me desenvuelvo y los contextos siempre son determinantes. La mayoría nos vienen dados y no queda otra que intentar hacer malabares con ellos tratando de que el espíritu subsista de alguna forma a lo largo del camino. El lugar de crianza, por ejemplo, supone un contexto importante, pero ninguno tan determinante como la cuestión monetaria, lo que implica <strong>tener dinero o no tenerlo.</strong></p><p>Escribía Mariana Enríquez en <em>Nuestra parte de noche</em> que el dinero es en sí <strong>un país para todos aquellos que nadan en billetes</strong>, una concepción muy acertada que recibió grandes aplausos de un montón de personas entre las que me incluyo. Reflexionando sobre ello me parece que la ausencia de billetes supone también una suerte de país. Mis movimientos a través del territorio han venido coartados en gran parte por la condición económica que atraviesa mi existencia igual que atraviesa la de todo el mundo. No dejemos que nos engañen con esas consignas crueles que dictan que ser rico va de tener grandes sueños y trabajar duro porque semejante chiste negro rarísimas veces funciona. Tales consignas sólo pretenden <strong>aumentar el desprecio hacia los pobres</strong> por si no tenían bastante con haber nacido en aplastante desventaja. Ahora encima se tienen que sentir culpables.</p><p>Yo en concreto nací con un presupuesto limitado y lo hice en Andalucía, <strong>el lugar donde más tiempo he vivido</strong>. A Andalucía le guardo un enorme cariño por unas cosas y algo de asco por otras, como me podía haber ocurrido con cualquier otro lugar, pero tal vez si hubiera nacido en el país del dinero o me hubiera empantanado en alguna mudanza temeraria sin garantía, habría conocido más mundo. Habría elegido irme a vivir a Asturias unos años, por ejemplo, a ver el campo verde en agosto y a bañar el culo en aguas fresquitas, y o bien habría tenido de sobra para permitirme visitar a mi madre cada mes o habría dejado de verla. Ya puestas a imaginar, si de verdad hubiera nacido en pleno país del dinero me habría comprado una casa en Finlandia, o en Nueva Zelanda, y un avión privado con un piloto contratado a jornada completa que me llevase ver a mi madre o a las Bahamas en cualquier momento. Suena hasta gracioso pero es cierto que hay gente que vive más o menos así y si lo piensas suficiente rato te dejas de reír.</p><p>No poseo una villa en la Provenza ni una casa forrada de madera con enormes ventanales y suelo radiante en los bosques de noruega, tampoco una isla caribeña ni un penthouse en Nueva York y mucho menos una aerolínea propia. Viví en Sevilla durante siglos temiendo el verano hasta que me fui a un monte cercano<strong> buscando ver crecer la hierba alrededor</strong>, lo barato y la permanencia del andaluz. Luego me mudé a Madrid en persiguiendo algo de prosperidad económica y social. Resultó fructífero, aprendí y presencié hermosuras pero me quemaron el alquitrán, la presión económica, el ritmo frenético y finalmente la ruina del covid me condujo a la huida. Añoraba el cielo negro y estrellado, el verde y el marrón en el horizonte, los precios módicos, el espacio, el aire limpio, añoraba el andaluz. Por suerte la escritura, mi hogar más fiable, la he podido encontrar en todas partes.</p><p>Desde joven la exploración del lenguaje supuso una especie de sustituta de la exploración del territorio físico que me resultaba dificultosa a muchos niveles. Para empezar ya hemos apuntado no soy rica, lo que significa que mi libertad tiene las alas cortas. Los viajes a pequeña o gran escala han ido siempre bastante calculados, cuestión que vuelve engorrosos los movimientos. Para seguir soy quisquillosa, maniática, y eso no casa bien con los presupuestos ajustados. Las maletas que yo preparo son <strong>obras de arte de nueve quilos</strong> y las obras de arte requieren de un esfuerzo a menudo agotador. Por último, no soy muy hábil socialmente. A estas alturas me encuentro siempre deseosa de un escondite, y un escondite a ser posible andaluz. Lo del andaluz tiene que ver con lo de la sustitución del territorio, porque mis movimientos están limitados y porque por mucho que la geografía de Andalucía sea interesantísima, a nada he resultado al final tan adherida como al lenguaje. De las cienes de hablas andaluzas que existen todas me hacen sentir en casa, todas las encuentro valiosas, de todas aprendo con fascinación y el sano interés de estudiar y preservar <strong>un fenómeno tan bello como proscrito</strong>, todas las echo de menos cuando estoy fuera, todas me alegro de oírlas al atravesar Despeñaperros en dirección sur. Su fluidez me acoge como una cama recién hecha y comprobar que nadie se expresa con pudor me llena de regocijo porque más allá de la meseta he visto demasiadas veces a la gente perder su acento como estrategia de superviviencia.</p><p>Mi apego por el territorio viene a pequeña escala, una escala tan pequeña que a la palabra patria no le veo sentido más allá de unos árboles alrededor de una porción de arroyo sin dueño, de cierto vocabulario y cierta caligrafía, de una manera de hacer el pan o de criar los tomates, lo que no implica que no albergue sentimientos de pertenencia. Mi corazón le rinde cuentas a cualquier texto que tenga entre manos en el presente, a las circunstancias de mi condición económica, a<strong> la tierra que no ha sido asfaltada</strong>, a un núcleo familiar formado por más animales que personas, a algunas canciones y a las diferentes manifestaciones del andaluz.</p><p>En términos de recreo soy una veleta, una convenía. Ahora mismo pertenezco a este texto, existo y entrego mi sangre a través de él, pero se está acabando. En cuanto ocurra acudiré a otro que tengo preparado para seguir respirando como <strong>un pez que no ha nacido en el mar </strong>necesita saltar de una charca viscosa a otra en busca de túneles llenos de un agüita tan fresca y oscura como las pupilas de alguien que te quiere.</p><p><em>Elisa Victoria es escritora. Es autora de 'Porn &Pains', 'Vozdevieja' o '</em><em>El Evangelio'.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[0a82c974-6c26-4e6b-a68a-51c29d16ba35]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Sep 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Elisa Victoria]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="169612" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="169612" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Un pececito excavado en el fango]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Ida y vuelta]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En busca de las ciudades perdidas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/busca-ciudades-perdidas_1_1208592.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="En busca de las ciudades perdidas"></p><p>Aprendí que las ciudades tienen una realidad alegórica desde que pasaron por delante de mis ojos Las flores del mal de Baudelaire. Caminamos sobre una realidad de carne y hueso, un escenario de calles, avenidas, edificios, esquinas, plazas, jardines, pasos de cebra, semáforos, comercios, guardias municipales y paseantes, <strong>un rumor de piedra que forma parte de nuestra vida cotidiana.</strong> Pero Baudelaire advirtió que su París lo había hecho y luego se había deshecho antes que él. Estaba condenado a vivir sobre una ausencia. Aquello que no estaba era una compañía que formaba parte de su urbanidad.</p><p>Los lectores habitamos muchas ciudades que ya no están, pero que laten en las paredes y los árboles y pueden tocarse con los ojos. Tiendo siempre a confundir mis sentimientos como lector y mis pasos como persona, así que empecé pronto a buscar ciudades en esa alegoría que son los escenarios de cualquier vida. Cuando descubrí las Obras completas de Federico García Lorca en la biblioteca que había en el salón de las visitas de la casa de mis padres, una habitación sagrada y puesta a salvo de los movimientos destructivos de seis hermanos,<strong> me sumergí en un mundo donde las cosas eran algo más que una apariencia. </strong>¿Qué significaban la luna, el jinete, el limón, la fuente…? ¿Y Granada? </p><p>Tardé unos años en mezclar las cosas y descubrir que bajo las calles de mi ciudad, los caminos por donde navegaban los tranvías amarillos, los lugares por los que atravesaba para ir al colegio, a la casa de mis abuelos o al campo de fútbol, <strong>esperaba escondida otra ciudad en la que había vivido Federico García Lorca.</strong> Los escombros de una guerra, el silencio de una dictadura y el inevitable paso del tiempo habían cubierto un mundo que estaba ahí, bajo el carácter reservado de una ciudad por la que cruzaba sumergido el río Darro. También había sumergidas muchas conversaciones. En un poema de uno de mis primeros libros, “Sonata triste para la luna de Granada”, intenté evocar la ciudad en la que vivieron García Lorca y Falla, una energía cultural y económica en las primeras décadas del siglo XX, <strong>borrada por el golpe de Estado de 1936 y la ejecución del poeta. </strong></p><p>Paseaba por lugares perdidos, por huellas de la memoria, por fechas, para hacerlas mías, para volver a habitarlas. Una parte de mi vida y de la de mis amigos consistió desde los años 70 <strong>en la tarea de recuperar la ciudad que había intentado borrar el fascismo. </strong>Visitar la Huerta de San Vicente o Fuente Vaqueros suponía un modo de buscar aliento para mover una cultura que transformase la vida. Bajaba la marea desde Sierra Nevada. La democracia no era para nosotros poder votar cada cuatro años, sino cambiar la atmósfera clerical y represiva del franquismo, sentir de otra manera a la hora de hablar de poesía, narrativa, teatro, pintura, música, política, sexo, amor, hombres, mujeres, pasados y antepasados. En esa libertad vibró también una nueva articulación territorial de la cultura. Para hacer carrera del poeta ya no hacía falta irse a Madrid o a Barcelona. La conciencia alegórica sirve para comprometerse con la realidad, <strong>igual que la memoria es un modo de caminar hacia un futuro elegido.</strong></p><p>En los años 90 cambió mi vida y puse casa en Madrid, que fue como poner casa en otra ciudad perdida, inevitable costumbre de un lector. Conservo en la memoria una llegada a la estación de Atocha. <strong>Me bajo del tren y me están esperando en el andén Benjamín Prado y Rafael Alberti.</strong> Debe tratarse de una tarde de mediados de los años 80, aunque yo la retraso a la década siguiente, porque al empezar a convivir en Madrid con Almudena habité una ciudad de carne y hueso, pero también una alegoría, un rumor en el que estaban los personajes de Pérez Galdós, los cafés de Valle-Inclán o Azaña, la Residencia de Estudiantes, la Universidad de Giner de los Ríos o de Ayala, los amores de Alberti y María Teresa León, el compromiso intelectual de María Zambrano, <strong>los tres años de la defensa heroica contra el fascismo y la dictadura</strong> soportada en una mesa nocturna por Gabriel Celaya, Ángel González, Pepe Caballero Bonald y Juan García Hortelano. Ellos también me recibieron.</p><p><strong>Este murmullo de las ciudades perdidas no tiene remedio para un lector.</strong> Me lo dice la Barcelona de Laforet, Matute, Marsé, Gil de Biedma, Barral, Goytisolo o Margarit. Siempre se viaja con unos zapatos que no distinguen entre la piedra y la memoria. Lo tuve que asumir del todo en un poema en prosa de Balada en la muerte de la poesía (2016) al hacer recuento de ciudades íntimas. García Lorca, Borges, García Márquez, Paz: “Bajaré a la ciudad vestido para el entierro. Al doblar la primera esquina, me encontraré con los pies fríos de Nueva York. Después de la segunda esquina, preguntaré por Borges ante las manos cruzadas de Buenos Aires. En el Distrito Federal de la tercera esquina me costará trabajo acostumbrarme a las mejillas hundidas de México. Más pálido que el tiempo de la separación, en la cuarta esquina de Bogotá habrá un nocturno de sombras repetidas. Cádiz callará anclada en la quinta esquina del horizonte”.</p><p>El poema acaba en Granada. Asumir que se habita en ciudades perdidas <strong>deja un día de ser un equipaje de lector para convertirse en una realidad biográfica.</strong> Quien avisa no es traidor y Baudelaire, al invitarme a vivir el mundo de las realidades alegóricas, me lo había avisado. Cuando regreso a Granada, a la ciudad en la que nací, tengo siempre la sensación de que vuelvo a casa. Vuelvo a Granada, vuelvo a mi hogar, cantaba Miguel Ríos mientras buscaba estrategias para convertir el rock en una parte más de la identidad española. Y es verdad, vuelvo a Granada, pero <strong>volver al hogar significa un aprendizaje de la desaparición.</strong></p><p><strong>Muchas cosas con las que me cruzo en mi ciudad no son de mi ciudad.</strong> Otras muchas, casas, pastelerías, librerías, bares, pasos de cebra, personas, ilusiones, han desaparecido, aunque siguen formando parte de mi realidad. La ciudad que me hizo se ha deshecho, y la de hoy no es mejor ni peor, sino diferente…, tal vez inesperada. Puede uno caer en la renuncia, pensar que el mundo se acaba, o se puede vivir con la esperanza de formar parte de un palimpsesto, de una herencia con rastros del pasado en la nueva escritura. García Lorca paseó por El Albaicín sobre la memoria de los moriscos, yo caminé por la memoria de la Granada de los años 20. <strong>Es bueno esperar que alguien busque su mundo de hoy en la memoria de una ciudad de los años 80. </strong>Leer es elegir.</p><p>___________________________</p><p><strong>Luis García Montero</strong> es poeta, Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada y actualmente director del Instituto Cervantes.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[10ced1e3-790a-498b-9b67-204ab07e6440]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="169612" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="169612" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[En busca de las ciudades perdidas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Ida y vuelta]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ahí os quedáis, hijos de puta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/quedais-hijos-puta_1_1208448.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Ahí os quedáis, hijos de puta"></p><p>Para muchos de nosotros, existe un lugar donde podrías ir al bar en calzoncillos sin dar que hablar (e incluso sin ellos), <strong>recorrer las calles con los ojos vendados sin golpearte</strong>, presentarte a comer en cualquier casa sin necesidad de avisar y donde hay un montón de piedras de Pulgarcito que te llevan a ti mismo.</p><p>Ese lugar es un pueblo donde estuviste tú, hace muchos años, siendo otro. Mejor. Menos mezquino. Sin estropear todavía por la bulimia de la prisa y el zarpazo de la ciudad. </p><p>Cuando tenemos miedo, cuando necesitamos coger carrerilla, cuando<strong> lo que hace falta es frenar</strong>, cuando echamos de menos tantas sencillas verdades; volvemos allá.</p><p>Si existe un momento de la vida en que sólo creces si te vas, también hay otra época más veterana en la que descubres que necesitas regresar para no perder altura.</p><p>Se llama tener los pies en la tierra. Y las rodillas. Y las manos. Y oler la lluvia. Y volver al barro. Y no sólo ir al bar con el taparrabos del calzoncillo, sino hacerlo descalzo, poniendo el oído contra la panza del suelo a cada rato, como un viejo cheyenne que buscase el sonido de su corazón.</p><p>En San Marcial del Vino (Zamora) nos educaba la tribu. Lo mismo valía lo que te decía el señor Andrés que lo que te decía tu padre. Vivíamos con las puertas abiertas y la molesquine de las deudas cerrada. El sentido de pertenencia era de clan palermitano: si los del pueblo vecino tocaban a uno, nos tocaban a todos. <strong>La costra nostra.</strong></p><p>Mucho tiempo después, el 31 de mayo de 2007, Gabriel García Márquez regresaba a Aracataca, su pueblo colombiano, después de 25 años sin hacerlo. Lo hizo en un tren de color crema y azul celeste que tardó casi cuatro horas en recorrer 80 kilómetros. En el vagón principal iban el escritor y su esposa Mercedes. Al llegar, fue recibido por una algarabía de niños, mayores y autoridades. Luego paseó por las calles en un coche de caballos. Al comprobar los colores y las gentes y los olores y las casas, se encogió de hombros y dijo: "¿<strong>Se dan cuenta de que yo no inventé nada</strong>?".</p><p>(...)</p><p>Recuerdo el regreso al pueblo como una necesidad. El viaje nocturno en diciembre. Recuerdo aquella primera mañana en que abrí el ordenador Lenovo para comenzar a escribir Los ingratos. </p><p>No había nadie en el pueblo, apenas yo (y ni siquiera entero). La chimenea crepitaba. Me levanté para asegurarme de que la puerta estaba bien cerrada. Al menos tres veces. Apagué el móvil. Me acomodé en la silla. Era una página en blanco. </p><p>Entonces miré por la ventana hacia la calle, vi aquellas infantiles piedras de Pulgarcito y por ahí tiré. Puse: "<strong>Un viento glacial azotaba el pueblo como a un crío que no se puede defender</strong>".</p><p>Y entonces ya sí, empecé a escribir furiosamente de espaldas a todos, sin ruidos, al menos poniendo a salvo las palabras que dicen cosas, un poco como en ese poema de <strong>Karmelo Iribarren</strong>.</p><p>Llegar al fin</p><p>hasta la puerta</p><p>de tu casa,</p><p>entrar,</p><p>echar todas las cerraduras,</p><p>y, como quien saborea </p><p>el sabor de la venganza,</p><p>decirlo:</p><p>'Ahí</p><p>os quedaís,</p><p>hijosdeputa'. </p><p>________</p><p><em>Pedro Simón (Madrid, 1971) es periodista y escritor. Actualmente trabaja en el diario 'El Mundo'. Entre sus libros destacan dos antologías de reportajes ('Siniestro total' y 'Crónicas bárbaras') y sus novelas 'Peligro de derrumbe' y 'Los ingratos'.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[fd9cf0ef-d31c-4fd1-b9b6-5b4145e8e7bd]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Simón]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="169612" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="169612" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Ahí os quedáis, hijos de puta]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Ida y vuelta]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Raíz también es mi corazón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/raiz-corazon_1_1208420.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Raíz también es mi corazón"></p><p>Durante los primeros días del confinamiento aprendí que hay una especie de tilo (tilia cordata) que suele ser elegida por los pájaros carpinteros para<strong> anidar</strong>. Lejos de mi familia y de mi tierra, por las noches soñaba con los árboles que cuidaba con mimo mi abuelo, y con todos los alimentos que cada año nos ofrecían y con los que crecí. Jugaba a recordar de cuál me alimenté primero, qué árbol frutal correspondía a cada uno de nosotros, cuáles nacieron en ese trocito de campo y cuáles otros llegaron a modo de trasplante, injerto o semilla de otros lugares y sustratos. De repente, me vi en ese trocito de norte donde empiezo a echar a raíces y a tantear un hogar, aferrada al único tarro de cristal con hojas y flores de tilo que el verano anterior había recogido mi padre y que me había dado. </p><p>Los días en los que estoy nerviosa y no consigo dormir suelo hervir hojas y flores, y preparo una infusión para llamar al sueño. Durante ese tiempo de incertidumbre, lejos de mi familia, el recipiente de cristal se convirtió en amuleto, en una raíz que me llevaba al primer hogar, al primer árbol. Decidí no preparar infusiones, apenas lo abría, no quería que se fuera el olor, no quería que desapareciera. De repente, esa parte del árbol era lo único que me quedaba del lugar de donde venía y que tanto amaba. Y no dejaba de pensar que<strong> el infinito puede contenerse a veces</strong>, aunque nos parezca inverosímil, en un tarrito de cristal, en una despensa, en un papel con notas y tachones, en un dedal de tierra, en una canción, en una voz o en un esqueje. Me preguntaba qué sería de ellos, si seguirían creciendo solos y salvajes a pesar de la enfermedad y el colapso. Hoy escribo cerca del árbol, y descubro que este tilo no es el primero ni el único. </p><p>Mi padre me cuenta que en la casa antigua había un tilo de casi doscientos años del que sacó tres hijos y los llevó al campo. Cuatro años después se sembraba cerca el primer peral porque nacía yo. Hoy miro al suelo y sé que sus raíces se entrelazan y nos sostienen. Raíces que no dejan de crecer, que se agarran con todas sus fuerzas, buscando agua y nutrientes a pesar de todo. Caminamos y crecemos sobre ellas, vivimos en una raíz viva, cambiante, rebosante de especies y vínculos. Habitamos un zurcido vivo de relaciones y vínculos no solo con las personas que queremos y nos rodean, sino con otros organismos. Formamos parte de la costura viva del mundo. Fragmentos, vidas, seres e historias que <strong>se hilvanan y se multiplican haciendo posible la vida</strong>. Y aunque muchos quieran que seamos a la fuerza los que no fuimos, y que vivamos sobre historias y momentos que nunca existieron, la vida continua y podemos reescribirla y romper lo que fue creído e impuesto. Porque no hay un solo territorio, una sola familia, una sola historia, como no hay un mirlo que cante igual que otro. Estos pájaros componen cada uno su propia canción a lo largo de su vida, y cuando la creen lista y terminada, entre otros cantos y tonos, se preparan para cantarla durante toda su vida. </p><p>El mundo aún permanece y estamos a tiempo. No llevamos con nosotras una sola oscuridad, también nos acompañan múltiples y nuevos mañanas y formas de habitar y transcurrir por este sendero. Porque un territorio también es un ala de una mariposa, las moléculas que hacen posible la luz que sale del abdomen de una luciérnaga, la estela que deja tras su paso una babosa en la tierra. Hay otros hogares y mundos fuera de los que solo concebimos como únicos y nuestros. En La poda, la escritora londinense Laura Beatty escribe: “¿<strong>Quién dice que la hierba es más digna que los helechos</strong>?”. Pienso en una imagen hermana de esta en el artículo <a href="http://contraeldiluvio.es/el-hogar-siempre-vale-la-pena/" target="_blank">El hogar siempre vale la pena</a>, de Mary Annaïse Heglar, sobre la emergencia climática y los futuros que vienen: “Si solo puedo salvar una brizna de hierba, lo haré. De ella haré un mundo y en ella y para ella viviré.” Quizás ahí puede estar un principio, una nueva manera de mirar, otro modo de querer y habitar lo que nos rodea, sea una porción de tierra, una región, una casita, un huerto, una habitación, un amor, el canto de un pájaro o un patio compartido. Acuerparnos no solo entre y con nosotras, sino con todo lo que nos rodea y nos sustenta. </p><p>Y mientras paso unos días en el sur, siguen siendo casa los árboles que me dan sombra en el norte, el petirrojo que siempre sobrevuela cuando trabajo al lado del huerto y del ciruelo, todas las palabras de la nueva lengua todavía desconocida que me acoge y que quiero, como ese verbo que existe en gallego para llamar a las vacas.<strong> No creo en una raíz inmóvil</strong> y atada en un solo lugar: creo en múltiples y diversas raíces aéreas que originan nuevas vecindades y posibilitan otros mañanas. También de ellas estamos hechas, también gracias a ellas somos raíces para otros. Gracias a ellas, cada mañana el mundo sigue. Ya el poeta y monje portugués Daniel Faria lo escribió hace más de veinte años: “No creo que cada uno tenga su propio lugar. Creo que cada uno es un lugar para los otros”.</p><p><em>María Sánchez es veterinaria de campo. Coordina el proyecto Las entrañas del texto, desde el que invita a reflexionar sobre el proceso de creación, y Almáciga, un pequeño vivero de palabras del medio rural de las diferentes lenguas de nuestro territorio. Es autora del libro Cuaderno de campo (La Bella Varsovia, 2017).</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[1a3c2499-25fa-43f8-a361-33bce88f29cd]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Sánchez]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="169612" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="169612" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Raíz también es mi corazón]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Ida y vuelta]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dónde están mis amigos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/amigos_1_1208286.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Dónde están mis amigos"></p><p>En el parque al que da mi jardín, se escondían los precoces a darse besos con lengua y a fumar. El parque no tenía entonces ese circuito de máquinas para hacer ejercicio, no había pista de fútbol ni de baloncesto, allí no iban los niños pequeños. Era solo un trozo de campo vallado en mitad del pueblo al que íbamos con nuestro uniforme de cazadoras de borrego. El verano pasado, en una noche de insomnio, me levanté y llamé a la policía. Los chavales tenían puesto el reggaetón muy alto. La policía vino y se acabó la fiesta. Tumbada en la cama, mirando el ventilador, <strong>me pregunté entonces qué señora era yo</strong>.</p><p>No hay tierra más lejana que la adolescencia. No hay lugar de paso más inaccesible para el ya siempre extranjero que la juventud primera. Se necesita mucho coraje para crecer, dice Cummings. Muchos años después de tener quince años, <strong>después de algunas casas y de algunos países, volví al paisaje que acentuó mis ridículos</strong>, que despertó mis estrógenos, donde tuve la osadía de hacerme mayor. Al que me gustaría regresar para saber responder.</p><p>Hace ya tres años que pisé de nuevo las calles de este pueblo. En las primeras estribaciones de la ladera de Guadarrama. A cinco leguas de Madrid. Donde siguen sus jaras de mayo y las púas de pino cayendo sobre el jardín. Cuando bajo hasta la plaza del Caño con mi hijo, me pregunto siempre por qué no hay nadie esperándome a las cinco de la tarde. Y cuando subo a las rocas, no estamos en corro cantando, con Madrid como un telón, un espejismo. Luego miro su mano en la mía y me acuerdo de que todos ellos ya no están, <strong>que casi todos abandonaron</strong>, y que yo persistí para rodearle a él de la fortuna más grande de la que he disfrutado en mi vida: <strong>ir en bicicleta al colegio</strong>.</p><p>Vivo apenas a unos metros de la casa de A. En el sótano de sus padres, vimos <em>Martín Hache</em><em>,</em> <em>La vida de Brian</em>, vimos <em>Airbag</em>. Quiénes éramos y quiénes creíamos que íbamos a ser. <strong>Jóvenes hambrientos de ideología. Privilegiados del noroeste</strong>. Devoradores de vida. Motos, Martens, pantalones de campana y el pelo muy largo, el pelo, por supuesto, muy sano, mejillas rosas hormonadas, pañuelo palestino al cuello. Incapaces de reconocernos a salvo. Gente que tenía un sótano y que tenía un trozo de tierra con árboles. Yo quise también un sótano para mi hijo. Quise un suelo exterior al que salir descalzos. Lo quise y tuve la suerte de que pudo pasar.</p><p><strong>Pero ahora ya no sé si volví por él o volví a por mí.</strong></p><p>Este invierno crucé la pista del polideportivo municipal. Me llamaron para un cribado masivo de test de antígenos. Sentada en la silla de plástico, rodeada de mis vecinos, manteniendo la distancia de seguridad y esperando el veredicto, miré el marcador de la cancha central donde tantos partidos echamos. <strong>Recordé aquellas competiciones escolares de los noventa</strong>. De cómo el 14-1 se convirtió en 16-14 en una final. Mi test salió negativo.</p><p><strong>No existen los regresos totales</strong>. Lo sé ahora. Porque aunque los paisajes permanezcan –este es el parque donde nos tocábamos, esta la roca donde cantamos a Silvio, este el atardecer sobre el Gasco que tanto le gustaba a tu madre–, no hay posibilidad de vuelta a lo que uno ya fue. No después del brillo de traer a un hijo, no después de haber clavado raíces en otras latitudes, no después de atravesar una pandemia mundial.</p><p>Con todo, daría lo que fuera por volverme a creer algunas consignas, por reabrir las leves heridas que nos hacíamos entonces, por cantar a voz en grito en las rocas “dónde vas triste de ti”. Dentro de unos años, los niños con los que mi hijo va al colegio crecerán y se marcharán de aquí, <strong>huirán de este lugar por comedido, de este campo acobardado por las urbanizaciones</strong>. Pero, tal vez, un día también tengan hijos y regresen. Y una noche de verano llamarán a la policía y se preguntarán en quiénes se han convertido.</p><p>Tal vez.</p><p>Torrelodones, agosto de 2021</p><p>Para Carla y Belén, mi resistencia</p><p><em>_____</em></p><p><strong>Aroa Moreno Durán</strong> es periodista y escritora. Su último libro es <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/12068-la-hija-del-comunista-caballo-de-troya-2017-1-9788415451808" target="_blank">La hija del comunista</a><em> (Caballo de Troya, 2017).</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[2ab99634-4d36-4adc-acc8-5af1c0e92d68]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="169612" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="169612" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Dónde están mis amigos]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Ida y vuelta]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La causa boba]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/causa-boba_1_1208082.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="La causa boba"></p><p>Me gustaría saber por qué me vine. O, mejor: por qué me fui. <strong>Hace ocho años decidí dejar otra vez ¿mi país?, la Argentina</strong>. Allí nací, de allí me fui por mucho tiempo y después volví y viví 25 años corridos, con alguna interrupción de uno o dos cada tanto. Me sorprendió: me creía más inquieto.</p><p>Los vaivenes habían empezado en 1976, <strong>cuando hubo un golpe un poco bruto y me tuve que ir</strong>. En esos días tenía 18 años, recalé en París, estudié, trabajé, la pasé bomba; con el tiempo decidí que intentaría escribir y que, para eso, sería mejor vivir en un lugar que hablara mi idioma. Confundido, me fui a Barcelona; después vine a Madrid y, casi sin proponérmelo, <strong>terminé quedándome hasta 1987.</strong> En esos años escribí mis primeras novelas y aprendí muchas cosas; aprendí, sobre todo, que cambiar de lugar también es una opción y, a veces, la única posible. Ahora sé que aquel aprendizaje definió mi vida.</p><p>Y sin embargo en 2012 llevaba mucho tiempo en Buenos Aires –y decidí dejarlo–. La primera vez que me fui no había tenido opción y fue más fácil; <strong>lo difícil, en general, es elegir</strong>. La segunda lo hice: mis razones todavía no están claras. Eso me tranquiliza: nunca confié en los que creen que saben por qué hacen lo que hacen.</p><p>En esos días las circunstancias me jugaban a favor. Sonaba aquel fracaso de mis veinte años: vivir en Barcelona se me había vuelto una especie de asignatura pendiente, y no me queda tanto tiempo para tratar de solventarlas. Tengo un privilegio: hace muchos años que viajo mucho pero, sobre todo, <strong>puedo hacer mi trabajo donde quiera que esté</strong>; no necesito incrustarme en ningún sitio para escribir mis tonterías –y escribirlas me permite sobrevivir en cualquier sitio. Así que, para mí, la idea de cambiar de lugar no significaba grandes cambios laborales: pasa cada vez más en el mundo globalizado y ultraconectado. El <em>home working </em>puede ser, al fin y al cabo, <em>country working</em>.</p><p>Nada práctico me impedía la partida, y para colmo acababa de terminar –ella– una relación larga y no tenía compromisos y parecía el momento. Pero, creo, todas esas son minucias al lado de una razón de peso: <strong>la Argentina me pesaba mucho</strong> –que es una forma fina de decir que me rompía las pelotas–. Imagino que no me habría ido de no ser por eso.</p><p>En la Argentina llevaba años y años interviniendo bastante en el debate público –con libros, artículos, columnas, trabajos en diversos medios–. En ese momento, tras diez de gobierno peronista, tenía la sensación –la certeza– de que ya había dicho casi todo lo que podía decir: que me empezaba a repetir como ese, mi “país calesita” –o tiovivo o carrusel–. L<strong>a argentina era una sociedad que parecía moverse pero estaba siempre en el mismo lugar –y yo con ella–</strong>: mes tras mes, año tras año redundaba en los mismos conceptos con ligeras variantes, con suaves maquillajes. Era una sociedad encantada con sus propias impotencias, absorta en sus pequeñas discusiones, incapaz de mirar un poco más allá: tan provinciana, como casi todas –con el agravante terrible de que es, pese a todo, la mía–. Estaba harto, sentía que perdía el tiempo, que cada vez me quedaba menos y lo desperdiciaba como un tonto –y al mismo tiempo no creía que pudiera evitar esas reyertas y querellas–. Nunca lo había hecho, no sabía cómo hacerlo. De pronto, creí que irme sería la única manera de pensar en cuestiones más interesantes.</p><p><strong>Así que me fui a Barcelona, como a mis 22</strong>. Y, como a mis 22, terminé por dejarla y me vine a Madrid. En estos ocho años he vivido en la una y la otra y la otra y la una, aunque nunca del todo: siempre estuve viajando –por trabajos– la mitad del tiempo. Hasta la peste.</p><p><strong>La peste, como a tantos en tantos otros campos, me obligó a elegir</strong>. O, en verdad: confirmó las elecciones que había hecho pero no terminaba de confesarme. Ahora me he empadronado, soy un vecino de mi calle. Es extraño. Soy español porque siempre lo fui: mi padre Antonio nació en Madrid en 1928 y recién se fue a la Argentina, con sus padres, cuando a mi abuelo Antonio lo soltaron de una cárcel franquista en el cuarenta y tantos. O sea que <strong>en mi casa infantil el acento español era la mitad de las palabras</strong> –y sin embargo soy brutal, claramente argentino–.</p><p>Me gusta, y otras veces no. Algunas me cabrea que me digan que no puedo o no debo opinar sobre asuntos de acá porque no soy de aquí –a veces incluso les contesto que no soy de acá ni de aquí porque un dictador expulsó a mis mayores, pero no es del todo cierto porque mi otra mitad es judía rusa y polaca–. En cualquier caso, mantengo una rara relación con la ciudad donde me voy quedando. Madrid no me parece bonita, no me parece especialmente apetecible; ya he vivido en ella muchos años pero nunca elegí vivir en ella pero vivo en ella. Siempre seré, supongo, en ella un extranjero, y eso me gusta y me disgusta. Suelen decir que lo bueno de Madrid es que todos venimos de fuera, y es cierto pero no: <strong>no es lo mismo venir de fuera si fuera es Badajoz o Zaragoza que si es Buenos Aires o Caracas</strong>. Y sin embargo Madrid es la ciudad donde mi padre nació, donde murió, la segunda ciudad donde más he vivido.</p><p>Así que tengo lo mejor y lo peor de cada mundo: soy forastero y no siempre puedo opinar o intervenir y –a diferencia de Buenos Aires– nadie me pregunta, pero al mismo tiempo soy forastero y lo que pasa no es del todo mi asunto. Soy español y tengo derecho a todos los derechos y nadie puede decirme que me vaya o me quede, pero al mismo tiempo soy español y tengo los deberes.</p><p>Y aquí estoy, tratando de entenderlo o resignado a no entenderlo. Me gustaría poder contar <strong>una historia de persecuciones y penurias, que son las que nos gustan y conmueven, pero ya no hay</strong>; de tanto en tanto cambio de sitio porque me da la gana: ni por obligación ni por necesidad ni por nada que un par de vinos no remedie. Y ya he cambiado demasiadas veces. Sé que soy un privilegiado, pero querría saber por qué lo hice, por qué lo sigo haciendo. Una razón es más o menos presentable: la neurosis de pensar que el mundo ofrece demasiadas atracciones como para pasarse toda la vida en un lugar. Esa idea de que siempre hay más, que siempre hay más allá, que siempre hay otros y otras y otras cosas que me estoy perdiendo: la razón de mi vida.</p><p>La otra razón no es razón sino comprobación. Soy, digamos, un viajero –un migrante– por la causa más boba, la que no suele entrar en ninguna estadística: más acá de cualquier argumento, la enorme mayoría de esas veces en que he cambiado de lugar <strong>fue por seguir un amor</strong>. No me jacto; a veces me sorprende, pero ya terminé por aceptarlo: hoy, a mis 64, negarlo sería necio. Y lo soy, por supuesto, pero me muevo mucho para disimularlo.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[77357042-b6cc-4a16-95e8-f191504e4b61]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Martín Caparrós]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="169612" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="169612" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La causa boba]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Emigración,Periodismo,Ida y vuelta]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Contigo adonde vayas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/adonde-vayas_1_1208016.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Contigo adonde vayas"></p><p>No sé por qué se me hace extraño darme cuenta de que <strong>el único sitio al que he regresado alguna vez</strong>, en puridad, con todo mi alijo (mis maletas, mis cajas, mis enseres), ha sido Madrid. Quizá también podría decir que es el único lugar del que todavía no me he ido. Estas dos afirmaciones parecen contradictorias, pero no lo son, o no lo son del todo.</p><p>Es cierto que Madrid es el lugar al que regresé sin haberme ido porque no llegué a salir de sus límites territoriales. Solo me mudé de la ciudad al campo. Más tarde, solo volví del campo a la ciudad. Pero era el campo de Madrid, misma comunidad autónoma. No es una gran escalada, hay que reconocer. También es cierto que para una andaluza de provincias como yo, <strong>la gran partida será siempre haber dejado el lugar donde creció</strong>, donde se crio, y sin embargo esa huida queda ya tan desdibujada en el tiempo, tan falsamente natural con el paso de los años, que no parece una grieta. <strong>No parece, en ningún caso, un movimiento migratorio</strong>. Aunque técnicamente lo sea. Uno, por supuesto, voluntario.</p><p>Yo fui a la universidad y <strong>perfectamente pude haber elegido otro destino vital </strong>sin salir de mi comarca. Con un poco de esfuerzo y determinación habría podido estudiar unas oposiciones, por ejemplo, y haberme quedado cerca de mis mayores, que seguro me lo habrían costeado e incluso agradecido. Los motivos por los que no elegí esa opción, por los que decidí irme a vivir a la capital del reino cuando acabé la carrera, son a todas luces un privilegio. Claro, <strong>en mi tierra no había posibilidades de dedicarme a lo que yo quería</strong>. Por eso me fui. Pero ¿a qué quería dedicarme?, ¿acaso lo tenía claro con veinte años? Que luego todo resultara más fácil o más difícil, teniendo siempre sobre la mesa la opción de volver, es lo de menos.</p><p>Los motivos por los que decidí, cuando llevaba ya unos años viviendo en el centro de la gran urbe, mudarme a una pequeña casa en la sierra, cerca del puerto de la Cruz Verde, con una amiga, eran también un privilegio. Uno más grande aún. Teletrabajaba, así que podía hacerlo desde aquella montaña, y <strong>buscaba por aquel entonces la tranquilidad de un jardín</strong> (hoy día no se me ocurre mayor lujo que este), porque deseaba sacarme de encima el ruido para escribir. Todavía en ese momento <strong>no sabía que el ruido tiene más que ver con el tiempo que con el sonido </strong>y que también en aquel paraje detenido, adonde no había nada (apenas un bar, una carnicería, un desavío), debería luchar con uñas y dientes contra la hecatombe de las condenas laborales para sacar un rato de escritura limpia, para liberar mi mente del bullicio. Porque la rueda de ratón también irá contigo adonde vayas.</p><p>Los motivos por los que decidí, cinco años después, regresar a la urbe y dejar atrás la sierra de Madrid <strong>responden quizá a aquello que llaman cohesión social y reto demográfico</strong>. Volví porque, tras haber recorrido en coche, a ciento cuarenta kilómetros por hora, <strong>la distancia que separaba mi casa en el campo de un hospital decente</strong>, con mi hija convulsionando en el asiento de atrás en los brazos de su padre, le cogí miedo a las montañas. Volví porque, tras haber tenido a mi hija, por aquel entonces un bebé, ingresada en el hospital de La Paz durante varios meses, le cogí miedo al aislamiento. Aun así, conté con el privilegio de volver. Y la ciudad, inmensa en sus aristas, hospitalaria en su dolor como ninguna, nos recibió, otra vez, con los brazos abiertos. Con esa forma de abrir los brazos que tienen las ciudades solo para algunas personas. Para las que quieren porque pueden.</p><p>A mi ciudad, la de las oportunidades, <strong>la he visto enseñar los dientes desde que empezó la pandemia</strong>. He visto sus tentáculos de cemento y grisura, y aun así los he mirado desde un castillo de cristal. He sentido el ruido tenebroso de su silencio, cuando no era posible caminarla, y veo ahora cómo se oscurece cada vez más, cuando <strong>tu médico de cabecera no te da cita en los próximos catorce días</strong>, ni en los catorce siguientes.</p><p>A mi ciudad, la de las oportunidades, acude cada día gente desde distintas partes del mundo, buscando algo que todavía no ha encontrado porque seguramente no exista. A mi país llegan, arrastrándose por la orilla quienes consiguen mantenerse con vida, personas de otros mundos <strong>que no llevan entre los dientes un billete que les permita volver cuando no sean bien recibidos</strong>. Volver, cuando se haga de noche, cuando se apaguen las luces, cuando la fiesta, por fin, se haya acabado.</p><p>Yo, en realidad, no me he ido nunca de ningún sitio. Porque puedo permitirme el lujo de pisar con nostalgia cada camino recorrido. De buscar, incansablemente, el reloj detenido que me permita sentarme a escribir, por ejemplo, estas palabras. No importa dónde.</p><p>_____</p><p><strong>Lara Moreno</strong> es escritora. Su último libro es <a href="https://www.penguinlibros.com/es/poesia/30726-tempestad-en-vispera-de-viernes-9788426409317" target="_blank">Tempestad en víspera de viernes</a><em> (Lumen, 2020), que recoge su poesía completa. </em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[2a82ea8d-3214-47d3-89ce-d3fbf103cb39]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lara Moreno]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="169612" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="169612" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Contigo adonde vayas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Ida y vuelta]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No parar quietas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/no-parar-quietas_1_1207773.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="No parar quietas"></p><p>He pasado toda mi vida huyendo, en el camino. A veces lo hacía llorando de rabia, otras, resignado. A veces incluso fingía una dignidad que no tenía y amenazaba a los niños que se metían conmigo con contárselo todo a sus padres. <strong>La primera vez que sales corriendo de un sitio es como la primera vez que te llaman maricón</strong>, una cosa de la que no te acuerdas porque ocurre antes que tu conciencia. Es como preguntarse cuándo fue la primera vez que viste llover. Son cosas que ocurren sin tu permiso.</p><p>Recuerdo, por poner un ejemplo, la noche de verano, con siete u ocho años, que llegué a casa llorando porque a la calle había llegado un niño nuevo. Todas las noches de julio y agosto los niños vecinos jugábamos hasta que las viejas se quejaban de nuestros gritos. Aquella noche el niño nuevo, que estaba solo de visita en el pueblo, me llamó maricón con tanta insistencia que no me quedó otra opción que salir corriendo: cederle a un forastero mi pedacito de calle, de niños vecinos, de juegos nocturnos, y buscarme yo otra forma de pasar la noche.</p><p>A veces lo de salir corriendo era algo que ocurría sin dramas y de forma casi voluntaria. Me acuerdo por ejemplo de cuando tenía quince años, vivía ya en la ciudad y solo tenía amigas en las que empezaba a despertarse el interés por las discotecas, o, mejor dicho, por los muchachos que habría en ellas. Con mi cara de niño chico y mis hechuras de entonces nunca me habrían dejado entrar, así que no eran pocos los viernes en que pasaba la tarde con mis amigas hasta el momento justo en el que se iban a la discoteca. Entonces yo corría de nuevo a casa, a lo mejor sin llorar, <strong>cediendo mis amigas y mis viernes a una serie de lógicas que no terminaba de entender del todo.</strong></p><p>Más tarde, aún en el instituto, tuvo quizá lugar la huida más significativa, la de hablarse —en mi caso escribirse— a uno mismo, <strong>ponerse nombre, saber qué se es, y decirse: no voy a confesarle nada a nadie</strong>, porque el año que viene me voy a estudiar a la universidad y allí no habrá que salir de ningún sitio, nadie me llamará maricón ni me hará irme corriendo. Dice Lemebel: Irse de casa es una cosa que se puede hacer solo una vez. Pero como ya me sabía el camino, después de eso seguí yéndome de los sitios muchos más años.</p><p>Tenía un afán loco por salir al extranjero cuanto antes, correr mucho mundo, vivir en muchos sitios, volver hablando alemán tan fluido que pareciera natural de la Selva Negra y no de la Sierra de Segura. Pienso en la obsesión por hacer las cosas bien, para <strong>demostrar, no sé muy bien a quién, que sería algo más que el niño que corría cada tarde llorando a casa</strong>, que tendría trabajo, dinero, y sería, pensaba entonces, uno de esos homosexuales adinerados que salen en las películas americanas y compran hijos. En aquellos años negros de la crisis, salir al extranjero, correr mundo, era la receta mágica para conseguirlo, y en eso puse mi empeño.</p><p>No sé si en algún momento mis padres llegaron a compararme con mis hermanos, decir algo como que no podía ser que yo no parara quieto, siempre mudándome de un país a otro, y ellos estuvieran tan tranquilos viéndolas venir. Quizá nunca lo hicieron, porque nunca han sido muy de compararnos y porque entonces viajar estaba de moda y se tomaba como un rasgo más de las personalidad de cada uno. Pero lo cierto es que yo sí lo hice. Y bajo la conclusión latía siempre la intuición inexplicable de que si yo hacía las maletas con tanta ligereza, y me plantaba en una ciudad nueva, o no tenía miedo a empezar en un trabajo aleatorio, era porque <strong>desde bien chico se me había enseñado a ceder mi lugar</strong>, mi red de apoyos y mis relaciones personales <strong>a las violencias y presiones heteropatriarcales que me rodeaban</strong>. No es que me fuera a vivir a Canadá y de Canadá a Alemania y de Alemania a Irlanda porque me estuvieran llamando maricón en ningún sitio —si bien en todos esos sitios me lo llamaron—. Lo que quiero decir es que si supe hacer el camino solo y con entereza fue porque desde chico aprendí, a la fuerza y con lloros, a hacerlo solo.</p><p>Tan solo que a veces<strong> he huido también de hombres que me querían muy bien</strong>, o de amigos que me cuidaban como nadie, o de ciudades que han sido realmente amables conmigo y me han ofrecido generosas un atardecer naranja tras otro. Es triste el desarraigo y he estado intentando ponerle remedio desde que lo identifiqué. Pero las piernas y la lengua tienen algo en común. Igual que no se me olvida el sonido de la Ü o la -ch alemana por muchos meses que pase sin hablar ese idioma, tampoco mis piernas, de tanto haber andado y corrido, saben parar quietas. A los mariquitas, dicen, se nos reconoce por los andares rápidos.</p><p>Parece que me lamento y no estoy seguro de hacerlo. Quiero decir: de las veces que me llamaron maricón cuando era niño claro que me lamento, y me genera tanta rabia que todavía hoy, si voy al pueblo, no me siento cómodo saliendo de casa solo. De todo lo demás no estoy seguro. Porque entiendo los traumas que lleva intrínsecos la huida constante, como las dificultades para conectar con los demás, incluso para confiar en ellos, pero <strong>entiendo también que en ese tránsito constante está la esencia de ser un maricón</strong>, esa cosa que va y viene, que fluctúa entre dos polos inequívocos y que se va haciendo a medida que se va andando. Toda la vida sin parar quietas.</p><p>Ahora vivo, por casualidad, en uno de los barrios más ricos de Madrid, y cada tarde me cruzo con jóvenes que no han salido corriendo de un solo sitio en su vida. Es algo que he observado en esta ciudad más que en ninguna otra y encuentro que este fenómeno hace que una gran parte de los habitantes de Madrid me parezca tremendamente aburrida. A pesar de todo lo que aquí escribo, no los envidio casi nada. Me da mucha ternura cuando la gente me pregunta si voy a asentarme aquí: <strong>me encojo de hombros, qué forma tengo de saberlo</strong>. Los espacios se transforman sin previo aviso y se quedan sin lugar para nosotros, también eso hay que decirlo. Como aquella noche en la que mi calle y mis amigos fueron un lugar hostil solo porque había un niño nuevo. Cabría preguntarse, eso sí, si algún día se acabarán los sitios a los que irse corriendo.</p><p><em>_____________</em></p><p><strong>Carlos Catena Cózar</strong> es escritor. Su último libro es <a href="https://www.hiperion.com/tienda/poesia-hiperion/los-dias-habiles/" target="_blank">Los días hábiles</a> (Hiperión, 2019).</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[bbed088f-8fd4-48ef-b4ef-354ceda48689]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Jul 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carlos Catena Cózar]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" length="169612" type="image/png"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" type="image/png" fileSize="169612" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[No parar quietas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/cffbb19e-9b6c-471d-8208-7308db3d70db_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Ida y vuelta]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
