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    <title><![CDATA[infoLibre - El verano de mi infancia]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/el-verano-de-mi-infancia/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - El verano de mi infancia]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El verano en el que un cine de Ceuta me descubrió el bikini de Ursula Andress]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/verano-cine-descubrio-bikini-ursula-andress_1_1869243.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e2b3e6ee-2b9c-4c95-9448-b64f005d1edd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El verano en el que un cine de Ceuta me descubrió el bikini de Ursula Andress"></p><p>Estaba deseando ir, ese día era todo nervios. Mi madre me llevaba a la <strong>Estación de Atocha</strong> y como viajaba solo desde que tenía nueve años, me encomendaba a la Guardia Civil durante el viaje. Ellos pasaban para comprobar que allí estaba, era así para los menores. Un viaje en vagones de tercera con asientos de madera y cabinas de 10 personas. <strong>Más de 16 horas de viaje, </strong>paraba casi en todas las estaciones, en un vagón lleno y todos con bocadillos. </p><p>En Ronda sobre las seis de la mañana estaba <strong>mi tío Antonio</strong> esperándome (era tío de mi madre), siempre con un paquete de Tortas de Aceite <em>Inés</em> <em>Rosales</em>, que aún se venden.<strong> Tengo 72 años</strong> y le recuerdo, era un hombre menudo como su madre. Paraba el tren 5 minutos, bajaba, nos besábamos y vuelta al tren. El trayecto terminaba en <strong>Algeciras</strong>, pero en el puerto muy cerca del barco con destino a <strong>Ceuta</strong>, cambio de custodia de Guardia Civil tras hora y media de viaje oliendo a Ceuta desde la popa y viendo delfines. Llegaba. Me esperaba <strong>la tía Concha</strong> (otra tía de mi madre), y andando hasta el Patio Castillo, detrás de Correos, calle Amargura, 6 (aunque casi siempre entrabamos por la tienda "Casa Bravo" de Manolo y Paquirri). Ese era mi mundo. Allí estaban todos mis primos y casi primos: los <strong>Luque</strong>, los <strong>Pérez</strong>, mis tíos <strong>Rafa</strong>, <strong>Curro</strong>, <strong>Concha</strong>, <strong>Eudolia</strong> (tíos de mi madre) con su prole. Había muchos Pepes y Rafas en el patio, también los vecinos de siempre: los <strong>Borregos</strong>, <strong>Antonia</strong> la del Rincón, <strong>Magdalena</strong> con 8 niños y su padre en <strong>Alemania</strong> y otros que no recuerdo los nombres. Serían como 20 familias. Con la abuela del patio "María la chica", mi bisabuela y centro de mi cariño.</p><p>Días de juego y playa,<strong> íbamos solos a la playa del Recinto</strong> con una pendiente por camino de tierra. Siempre decía mi tía: "a las tres a comer". Nadie tenía reloj, pero a las tres llegábamos. <strong>Siesta, merienda de pan con chocolate o con aceite y azúcar</strong>. A veces limpiábamos el cine de verano con suelo de piedras, recogíamos colillas, papeles y algunos días entrábamos gratis si era para menores. Cuando no, la veíamos desde una tapia detrás del cine, incluso la de mayores. Allí vimos el primer bikini, con <strong>Ursula</strong> <strong>Andress</strong> saliendo del mar en la película <em>Agente 007 contra el Dr. NO. </em><strong>Toda la chiquillería aplaudiendo</strong>, incluso los adultos del cine. Un aplauso estruendoso y no sólo el primer día. Así transcurrían los días hasta la vuelta a Madrid y añorar hasta hoy. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 31 Aug 2024 17:43:47 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Enrique Centén Martín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El verano en el que un cine de Ceuta me descubrió el bikini de Ursula Andress]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El verano de mi infancia,Ceuta,Vacaciones,Trenes]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[De los bueyes a las segadoras, el verano que fui testigo de un veloz cambio de época]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/tiempo-siega-testimonio-veloz-cambio-epoca_1_1862367.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a5d7ee97-3645-4a2e-9241-42dfb2719dcf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De los bueyes a las segadoras, el verano que fui testigo de un veloz cambio de época"></p><p>Nací en <strong>Astrain</strong>, pueblo de la <strong>Cendea de Zizur</strong>, en la segunda mitad de la década de los cincuenta, viviendo allí hasta los 10 años. Aldea más que pueblo, con poco más de 200 habitantes, de la <strong>Navarra </strong>media, en pleno Camino de Santiago, rodeado de cereal por todas partes. </p><p>Mi memoria me trae imágenes y olores de <strong>caminos embarrados,</strong> la matanza de los “cutos” por San Martín, las hogueras de San Juan… Y las <strong>bueyadas </strong>paciendo en las diferentes eras distribuidas por los barrios que conformaban la aldea. Porque la <strong>mecanización agrícola</strong> sucedió en esos años de una<strong> manera rápida</strong>. Y pude ser testigo del <strong>veloz cambio de época </strong>que hizo <strong>inútiles a los bueyes</strong>, hasta entonces tracción de arados, segadoras o galeras. </p><p>En <strong>verano todo lo llenaban la siega y la trilla</strong>. Rodeados del color amarillo pajizo que marcaba la estación. La siega se realizaba, en mi recuerdo, con aquellas segadoras de palas, en las que los aldeanos nos dejaban a la <strong>chiquillería </strong>(imagino porque pesábamos menos y era menos difícil arrastrarlas), sentarnos en esos asientos ortopédicos de hierro, desde los que controlábamos la “liz” (o cuerda) de las gavillas, que luego se apilaban antes de ser recogidas por las galeras y llevadas a las eras de trilla. Sólo una vez acompañé a los <strong>labriegos </strong>a segar con <strong>hoz y guadaña </strong>a un campo inaccesible para las máquinas.   </p><p>Luego entraban en acción las <strong>trilladoras </strong>(rara vez vi el trillo operar llevado por caballerías), accionadas por correas unidas a los tractores, tragando gavillas y con esos grandes tubos que escupían paja. Por otras salidas, como por arte de magia, el grano iba llenando los sacos. Los aldeanos, un poco socarronamente,<strong> nos animaban a los niños a colocarnos dentro de los pajares del caserío</strong> y distribuir con las horcas la paja que entraba por el tubo. Después venían los <strong>picores </strong>e irritaciones, entre risas de los adultos.</p><p>La llegada posterior de las <strong>cosechadoras</strong>, que hacían todo sobre el terreno, fue muy rápida y también la viví. Una vez acabada la siega y la trilla, en la vida del pueblo, pronto vendrían las <strong>fiestas </strong>donde un <strong>acordeonista</strong>, o más tarde un conjunto de música, subido encima de una mesa o de un remolque amenizaba el baile de la tarde-noche y aprendíamos a bailar <strong>pasodobles</strong>, <strong>valses </strong>y algo parecido a la <strong>rumba</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Aug 2024 16:46:11 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carlos Sánchez-Valverde Visus]]></author>
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      <title><![CDATA[A las aguas termales de Alhama de Aragón en 'la Zambomba', un placer de los dioses en verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/veranos-aguas-termales-alhama-aragon-placer-dioses_1_1869396.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0c8ad7cb-2721-4eb4-9ed4-e32f074d42b7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="A las aguas termales de Alhama de Aragón en 'la Zambomba', un placer de los dioses en verano"></p><p>Nací en diciembre de 1951, en una familia numerosa, ocho hermanos: seis chicas y dos chicos. Yo soy la quinta y ya sabéis lo que se dice: "No hay quinto malo". <strong>Estar en medio supone que te "dan" los de arriba y los de abajo</strong>. Como era un poco llorona, mis hermanos me llamaban "patito cuacua" por mi tono de voz. </p><p>Cuando llegaba el verano mi padre y mi madre nos montaban a todos en un precioso once ligero o en una furgonetilla que llamábamos la Zambomba <strong>y tirábamos hacia Alhama de Aragón</strong>, lugar de nacimiento de mi padre y donde tenemos nuestras raíces.</p><p>Antes de empezar el viaje mi madre había llenado una enorme tartera, que había hecho mi padre de aluminio, de una primera capa de pimientos verdes fritos, otra de filetes empanados y la última de tortillas de patatas. Para tan suculenta merienda parábamos en una fuente,<strong> donde nace el rio Jalón</strong>, y allí nos lo zampábamos.</p><p>Después de llenar la barriga, y mientras mi padre se echaba una siestecita, los ocho hermanos, sobre todo los mas pequeños, <strong>corríamos como locos</strong> <strong>por aquellos campos donde se había producido una batalla durante la Guerra Civil</strong> y donde los italianos recibieron lo suyo por parte del ejército republicano. Allí recogíamos cosas de la batalla: botas, botones y <strong>muchas cosas más que mi padre nos hacia dejar allí.</strong></p><p>En fin, llegar a Alhama de Aragón y bañarnos en el lago de aguas termales <strong>era un placer de dioses</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 29 Aug 2024 17:58:16 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carmen Ariza]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[verano,El verano de mi infancia,Aragón]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[De Vigo a Jamaica: el verano que atravesé el Atlántico en una motonave]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/verano-atrevese-atlantico-vigo-jamaica-motonave_1_1869245.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/18fbb415-a5a3-49e2-9fc8-30762d49dc1b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De Vigo a Jamaica: el verano que atravesé el Atlántico en una motonave"></p><p>El primer recuerdo que reconoce mi memoria es el desembarco bajo la nieve en el <strong>puerto de Nueva York</strong> en brazos de mi madre. La banda sonora que acompaña a la imagen —borrosa, como una foto en blanco y negro desenfocada— es la del plural sonido de las sirenas de los vapores superponiéndose a las voces de mucha gente en el muelle. <strong>Como todos los isleños, siempre he ansiado viajar</strong>. Aún, cuando puedo permitírmelo, lo hago.  </p><p><strong>Una docena de años más tarde volví a atravesar el Atlántico</strong>. No he olvidado el nombre del paquebote, <em><strong>Ascania</strong></em><em>, </em>tampoco el de la naviera, <em><strong>Fratelli Grimaldi</strong></em>. Embarqué en Vigo muy al final de la primavera y, como viajaba solo, me encomendaron a la custodia del segundo oficial de a bordo, un <em>sorrentino</em> oriundo de Torre del Greco, en Nápoles. <strong>Betro</strong>, como todos le llamaban, era su apellido. Su físico corpulento y su mirada bonachona sí que han persistido nítidos entre mis recuerdos. Una mañana de aguas serenas me llevó a visitar las bodegas y la sala de máquinas explicándome con detalle su funcionamiento. Aquel día ya noté la seguridad que me transmitía.  </p><p>Durante la travesía, unas tres semanas, <strong>cumplí quince años</strong>. No me resultó ni larga ni azarosa, se comía muy bien —siempre había un plato de pasta en el menú— y me movía dentro de la nave como Pedro por su casa. <strong>Llegué a configurar el personaje que aquel temprano adolescente pensaba llegar a ser</strong>.</p><p>Pero lo más importante: Betro me bajaba a tierra en casi todos los puertos que el barco tocaba, lo que no era posible para el resto de los pasajeros. Me bajaba en la lancha y me acompañaba hasta un sitio fácilmente identificable de la ciudad en cuestión. Me dejaba algo de dinero para comer, y se despedía —ni se soñaban entonces los teléfonos móviles— citándome a una hora muy exacta para encontrarnos allí mismo. Así lo hizo en <strong>Lisboa</strong>, en <strong>Willemstad</strong>, la ciudad más importante y pintoresca de las Antillas Holandesas, y en <strong>Kingston</strong>, Jamaica, donde por aquellos años debió nacer Bob Marley.</p><p><strong>Betro convirtió aquel viaje en una aventura imperecedera: ser dueño de mis actos</strong>, atento a las consecuencias que de ellos podrían derivarse y a ser puntal, como presumo de seguir siéndolo. <strong>Disfruté de sentirme libre</strong>, paseé sin temor por lugares legendarios para mí hasta entonces, ensayando por primera vez lo que podría llamarse responsabilidad.  </p><p>Nunca dejaré de reconocer <strong>la deuda con aquel entrañable marino por todo cuanto ha trascendido desde esos días en el mar a mi carácter</strong>, hasta sesenta y cinco años después de aquel feliz experimento.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 28 Aug 2024 18:53:26 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antonio Vélez Catrain]]></author>
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      <media:title><![CDATA[De Vigo a Jamaica: el verano que atravesé el Atlántico en una motonave]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El verano de mi infancia,Viajes,Barcos,Atlántico]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA["Mi familia era pobre, pero nunca olvido las vacaciones que nos dieron": de Madrid a Santander en el tren nocturno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/familia-pobre-olvidare-vacaciones-dieron-santander_1_1862357.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7930c1a3-ae62-4909-bfa2-d0035291730a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt=""Mi familia era pobre, pero nunca olvido las vacaciones que nos dieron": de Madrid a Santander en el tren nocturno"></p><p>Íbamos a la <strong>Estación del Norte de Madrid</strong> a coger el tren con destino a <strong>Santander</strong>. Su nombre real es Estación de <strong>Príncipe Pío</strong>, aunque antes se llamaba Estación del Norte porque todos los trenes que salían de allí tenían ese destino. Ahora han construido un centro comercial y más cosas. Me gustaba más antes, cuando era solo estación. Era muy bonita. Además allí trabajaba mi padre y me sentía muy orgulloso. Cuando <strong>eres niño todo lo que hace tu padre te parece una hazaña</strong>, aunque sea un trabajo normal.</p><p>El viaje de las vacaciones era una <strong>aventura </strong>para mí. Desde que salíamos de casa me interesaba todo, era pequeño y estaba <strong>descubriendo </strong>cosas nuevas, olores, sabores, escenas... que se fijaban en mi cerebro y no las entendía, algunas las preguntaba y otras las dejaba pasar.</p><p>Iba con mi hermano un poco mayor que yo, mi madre y la <strong>tía Pili,</strong> todo un personaje. Era tía de mi madre, pero todos la llamábamos “tía Pili”. Tenía una pierna más corta que otra, decía que había sido al nacer, y para igualarlas llevaba un zapato con un tacón mucho más alto, de los que ya no se utilizan, y aunque tenía una ostensible <strong>cojera </strong>podía hacer de todo. Pero cuando pasaron los años la cosa cambió y tuvo problemas de cadera. Mi padre no venía con nosotros, tenía que trabajar y la semana que no estábamos <strong>se quedaba solo</strong>.</p><p><strong>Llegamos a Santander al día siguiente</strong>. El tren, cuyo olor no se me olvidará nunca, <strong>salía por la noche y llegaba por la mañana</strong>, pasábamos toda la noche sentados mal durmiendo, y yo pasaba mucho <strong>miedo</strong>, menos mal que tenía a mi madre para refugiarme.</p><p>Nos hospedábamos en la casa de un señor que<strong> nos alquilaba una habitación donde dormíamos los cuatro</strong> y teníamos derecho a cocina. Es lo que se llama piso <strong>compartido </strong>que ahora es la forma de emanciparse de muchos jóvenes.</p><p>Siempre íbamos a la playa de <strong>El Sardinero</strong>, en autobús, claro. Era muy grande, muy bonita, de arena tremendamente blanca, y su intenso olor a mar cantábrico no se me olvidará nunca, quedó grabado para siempre en mi diminuto cerebro. Nos bañábamos los cuatro, y mi hermano y yo no salíamos del agua por lo que <strong>recibíamos </strong>reprimendas de mi madre, aunque no muchas. </p><p>Volvíamos a la casa alquilada, mejor dicho, habitación alquilada, y comíamos la comida que había dejado mi madre medio preparada. Por la tarde dábamos un paseo por la ciudad. <strong>Mi familia era muy pobre</strong>, pero nunca olvidaré las vacaciones que nos dieron.  Ahora sé el <strong>esfuerzo que tuvieron que hacer.</strong> Les estoy eternamente <strong>agradecido.</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Aug 2024 17:41:29 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Javier Carrero González]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[El verano de mi infancia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aquel verano libre del 64 en El Albaicín en el que de pronto se acabó mi infancia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/vida-duro-verano_1_1854918.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/92f49d80-ba99-411f-b5b3-316a870d8e88_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Aquel verano libre del 64 en El Albaicín en el que de pronto se acabó mi infancia"></p><p>Para mí no hay mejor recuerdo de aquellos años que los cuidados de mi madre con sus dichos y refranes de sabiduría popular. Aquel verano del 64, con mis doce años recién cumplidos, no quise seguir en el <strong>internado religioso en tierras de Castilla</strong>. Yo no veía bien tanta severidad, tanta disciplina, <strong>los curas disfrutaban haciendo sufrir a los niños</strong> y vi abusos y formas que me dieron mucho miedo y asco a la vez.</p><p>No, definitivamente le dije a mi <strong>padre </strong>que aquello no era para mí y no le sentó nada bien. </p><p>Pero yo pasé a vivir un <strong>verano libre,</strong> lo disfruté intensamente, me dediqué a <strong>gamberrear </strong>con los amigos de mi <strong>Albaicín </strong>querido. Éramos cuatro o cinco <strong>chaveas </strong>locos por correr y por ver pasar a las <strong>muchachas </strong>que vivían por allí. Las mañanas eran lo mejor, echábamos a andar y lo mismo nos metíamos en la <strong>Alhambra </strong>por las veredas de la fuente del Avellano que por la cuesta de los chinos. </p><p>Por la tarde, después de la obligada siesta y el partidillo, andábamos por el barrio a ver lo que pillábamos. Había grupos de gente por todas partes y nos parábamos a hablar o jugar. </p><p>El verano fue avanzando entre juegos, <strong>conatos de sexo</strong>, paseos y excursiones, había placetas muy cuidadas por todo El Albaicín. Todo el <strong>barrio habitado y lleno de vida</strong> con los vecinos sentados en la puerta de sus casas tomando <strong>el fresco y charlando</strong>. ¡Qué verano más estupendo, pleno de libertad, lleno de luz, intenso... infinito! </p><p>Pero <strong>llegó septiembre</strong>, casi todos mis amigos ya sabían que iban a seguir estudiando. ¿Y yo? Yo no sabía si iba a continuar estudiando. Había sacado buenas notas en el internado y tenía toda la ilusión puesta en un futuro pleno de nuevos conocimientos.</p><p>Ante mi desconcierto, mi padre me dijo que a la mañana siguiente tenía que ir con él a trabajar, a su taller de tapicería. Que como no quería seguir en el <strong>seminario </strong>se habían acabado los estudios. A mí se me vino el mundo encima, no supe qué decir. No me podía creer que por no acatar su voluntad me iba a condenar a una vida sufrida y triste, sin darme opciones, sin preguntarme, sin saber lo que yo quería. </p><p>De pronto <strong>se acabó mi infancia y mi juventud</strong>, mi vida se iba a convertir en una monotonía de trabajo manual sin más. Una persona tan llena de ilusión como yo, no iba a poder seguir aprendiendo. No podría disfrutar más veranos con los amigos. Me tendría que olvidar de los estudios y de descubrir el mundo. Lamentablemente, “mi vida duró solo un verano”.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 20 Aug 2024 18:16:15 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Julio Fernández Serrano]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[El verano de mi infancia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[1948-2024 en Txingudi: de los que huían a nado de Franco a los africanos que buscan un futuro al otro lado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/1948-2024-bahia-txingudi-huian-nado-franco-migrantes-africanos_1_1854901.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/de507f85-3d9b-4191-b768-dd7f4f5654a0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="1948-2024 en Txingudi: de los que huían a nado de Franco a los africanos que buscan un futuro al otro lado"></p><p>Vestido de <strong>blanco</strong>, tocado con <strong>sombrero de tela</strong> de ondulantes alas que enmarcan mi abundante <strong>melena del color de la mostaza</strong>, saludo al mundo desde el costado de una <strong>barca</strong> varada en el puerto viejo flanqueado por la lonja, frente a la <strong>bahía </strong>que nos separa de ese mundo que veo próximo y lejano a la vez. En las playas, en los jardines del <strong>verano </strong>entre mis <strong>hermanos</strong>, en brazos de mis <strong>hermanas</strong>. Siempre vestido de blanco. </p><p><em>Nicomedes Feliz </em>es el nombre de la barca y mademoiselle Magne<em>, Tel </em>nacida en París, ocupará el lugar de mi <strong>madre </strong>y me regalará su idioma para el resto de mi vida. <strong>Guipúzcoa</strong>, fronteriza en <strong>Fuenterrabía</strong>, solo separada de <strong>Francia, </strong>eterna promesa de libertades, por la estrecha franja que con la marea baja se convierte en un vado de arena que le da su nombre en euskera: <em><strong>ondar ibia</strong></em><em>.</em></p><p>El <strong>Bidasoa</strong>, camino de agua que llega desde los montes de <strong>Navarra </strong>atraviesa el valle de <strong>Baztán </strong>y desemboca en ese lugar mezclando las suyas con las del mar en la bahía de <strong>Txingudi</strong>. Son años en los que se pueden ver las garitas desde las que la <strong>Guardia Civil vigila la ría</strong> limítrofe, en busca de algún fugitivo que intenta llegar a nado hasta las playas de <strong>Hendaya</strong>. </p><p>Se cuentan historias acerca de estos arriesgados <strong>nadadores, </strong>sorteando los <strong>disparos </strong>del naranjero que empuña el centinela desde su puesto de observación en la garita de ladrillo rojo, al borde del malecón. En <strong>1948 </strong>emergen de las aguas de la bahía los restos de algunas construcciones militares del <strong>ejército alemán</strong>, llegado hasta allí para iniciar la invasión de la Península Ibérica desde una Hendaya que parece haber olvidado ya <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/mito-habilidad-franco_1_1118588.html" target="_blank" >antiguas entrevistas ferroviarias en su estación</a>, tan cercana al <strong>Puente de Santiago</strong> (y cierra España), mientras estrena llamativos establecimientos en los que ya se empieza a vender “<strong>todo a cien francos</strong>”. </p><p>Hoy se repite la historia y son los <strong>migrantes africanos</strong> quienes vuelven a intentar pasar a nado otra frontera marítima en busca de un futuro, de otras promesas de <strong>libertad</strong>, que imaginan posibles en un país como el nuestro. Un país que los rechaza, los <strong>estigmatiza </strong>amontonándolos en carcelarios centros y finalmente los devuelve implacable a sus imposibles países de origen. <strong>Semidesnudos, exhaustos</strong>. Vestidos de blanco.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Aug 2024 17:48:13 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Enrique Cavestany Pardo Valcárce]]></author>
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      <media:title><![CDATA[1948-2024 en Txingudi: de los que huían a nado de Franco a los africanos que buscan un futuro al otro lado]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El verano de mi infancia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Dar de comer a las gallinas o ir con el tío Pedro metida en un serón del burro: mis veranos en 'Costa de la Pana']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/veranos-costa-pana-villafranca-barros_1_1860983.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/10566e47-8b2c-44d3-916e-0940d6ad12c8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dar de comer a las gallinas o ir con el tío Pedro metida en un serón del burro: mis veranos en 'Costa de la Pana'"></p><p>Mi mejor verano fue de los cinco hasta los 12 años, en la<strong> </strong><em><strong>Costa de la Pana</strong></em>. El nombre lo puso mi madre, jugando con la idea del tejido de los <strong>pantalones </strong>para ir al campo. De allí, de <strong>Villafranca de los Barros </strong>(Badajoz), era mi <strong>padre </strong>y mi familia paterna. </p><p>Nos quedábamos, mi madre y yo, en la casa de una hermana de mi abuela. Lo mejor de estos veranos era la <strong>libertad de poder salir a todas horas</strong> con las amigas que tenía, que me decían<em><strong> La Sevillanina</strong></em><em>.</em> En Sevilla me controlaban más. Allí todo era <strong>distinto</strong>: echarle de comer a las gallinas, recoger los huevos que ponían o ir con el tío Pedro al campo, metida en un serón del burro.</p><p>El <strong>burro</strong> era mi <strong>Platero </strong>particular, al que mimaba y sin que me vieran le daba trocitos de perrunillas. Un día se escapó del corral y apareció rebuznando, en nuestro <strong>dormitorio</strong>. Me riñeron, pero yo a escondida le daba trocitos. Aún recuerdo la <strong>dulzura </strong>de sus ojos.</p><p>Para refrescarnos íbamos a los <strong>Baños Catalinos</strong>, donde me lo pasaba en grande, más que en la posterior piscina de La Marina. Otros baños eran en una <strong>alberca </strong>de un cortijo que cuidaba una prima. Cogíamos <strong>melocotones </strong>del árbol que hacían cosquillas por la pelusilla, que solo se quitaba al bañarte, siempre seguida por el perro guardián para que le acariciara. </p><p>Cuando mis tíos se fueron a <strong>Mataró</strong>, cambiamos a la casa de <em>La Verdeja</em>, amiga de mi abuela, junto a la casa fue de mi familia, o en la granja donde trabajaba su hija y el marido. La casa de mis <strong>bisabuelos </strong>se vendió cuando se fueron a Sevilla sus tíos y mi abuela con sus hijos.<strong> A mi abuelo lo habían fusilado en las tapias del cementerio</strong>. Pero eso no lo supe hasta más tarde, porque <strong>de “eso” no se hablaba</strong>.</p><p>Allí hice otras amigas con las que jugar, menos Mariana que tenía que trabajar en la lechería porque su madre había muerto. Esa situación me impresionó al sentir que se podía <strong>perder a una madre</strong>. Por las tardes, salíamos al paseo y a la iglesia de la Coronada, para tirarnos por la <em>resbalaera</em> de la escalera. Cuando volví de mayor me asombré del tamaño y del profundo surco. </p><p>Dejé de ir al pueblo pero he vuelto cuando los <strong>restos de quienes fueron fusilados</strong> se trasladaron al centro del cementerio con una lápida conmemorativa, y cuando llevé las <strong>cenizas de mi padre</strong> para que siguiera escuchando los cuentos que su padre le contaba. Y vuelvo para recorrer sus calles, <strong>viéndome niña feliz</strong>, cuando todo me parecía que era posible.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 13 Aug 2024 18:12:37 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Matilde Durán Curado]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Dar de comer a las gallinas o ir con el tío Pedro metida en un serón del burro: mis veranos en 'Costa de la Pana']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El verano de mi infancia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA["Lo que nos contaba Antonio no estaba en ningún libro", la profunda huella de la tradición oral]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/contaba-antonio-no-libro_1_1854738.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b374b54d-8a51-4cf5-a913-8dab70e8ef97_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt=""Lo que nos contaba Antonio no estaba en ningún libro", la profunda huella de la tradición oral"></p><p>Hay un momento en los <strong>atardeceres del estío</strong> en que el <strong>tiempo parece detenerse</strong>. Es cuando los colores comienzan a confundirse aun sin haberse transformado todavía en sombras. Las últimas luces siguen luchando ante la ausencia de color que sobreviene. El sentido de la <strong>vista </strong>cede su papel al <strong>olfato </strong>y al <strong>oído</strong>, para adecuarse al nuevo cuadro natural del momento. A esa hora, los olores de las húmedas acequias y los caces de riego se hacen presentes. Los dompedros abren sus trompetas. </p><p>Es entonces cuando Antonio, que ha recogido varias <strong>gavillas de esparto </strong>del remojo de la <strong>alberca</strong>, camina hacia un promontorio de piedra cercano a la casería. Es la señal. Toma asiento en la meseta que sobresale horadada por tres oquedades que infantilmente atribuíamos a <strong>tumbas </strong>de hombres primitivos, pero luego supimos que se llamaban <strong>godos</strong>. Tan primitivamente lejanos como la imagen de una muerte inadvertida, presente, pero a la vez borrosa como los árboles del lejano horizonte. </p><p>Erguido y con su camisa remangada coloca bajo su brazo izquierdo la gavilla de esparto. <strong>Engola la voz</strong> a la vez que sus áridos dedos de jornalero de campo comienzan a moverse con destreza para enlazar los ramalillos de esparto y confeccionar las <strong>tiras de pleita</strong>. En cuclillas y formando un semicírculo, nuestra infantil expectación nos sobrecoge. Antonio es hábil y retarda el inicio del relato para convocar aun más el interés <strong>curioso </strong>de la <strong>chiquillería</strong>. Mira hacia la veleta de la casería de San José. Indaga si la flecha pinta solanera para la madrugada y habrá trilla en las eras. Del preciso saca el mechero de torcida y un caldo de gallina. Lo enciende y después de la primera humareda comienza su relato. </p><p><strong>Lo que nos contaba Antonio no estaba en ningún libro</strong> de los que entonces ya empezábamos a leer, ni recuerdo tampoco encontrarlo en los muchos que pasaron ante mis ojos. Cuando los grillos iniciaban su coro nocturno, la voz de Isabel y la de <strong>mi madre llamaban a la cena</strong> bajo la parra que daba sombra a la lonja, limitada por la alberca de riego. </p><p>Siempre he recordado esa <strong>inmensa habilidad creativa de la tradición oral</strong>, de la que posiblemente Antonio fuera receptor y a la vez transmisor cuando la palabra cantada había sido ya vencida por la escrita. Sus <strong>narraciones no tenían fin</strong>. Se extendían una, dos y cuantas tardes-noches considerara su imaginación o su recuerdo, como aquellos viejos aedos griegos que nos dejaron la <em>Ilíada </em>y la <em>Odisea</em>. <strong>En mi mochila llevo lo mucho que aprendí </strong>con quienes conviví durante muchos veranos.</p><p><em><strong>A Antonio e Isabel, a Adela, Pili y Juan Fausto, santos caseros que como otros de tantas caserías supervivieron con tesón y esfuerzo a la escasez.</strong></em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 09 Aug 2024 18:55:36 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Manuel Arévalo Badía]]></author>
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      <media:title><![CDATA["Lo que nos contaba Antonio no estaba en ningún libro", la profunda huella de la tradición oral]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El verano de mi infancia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un microcosmos del mundo rural gallego durante el franquismo: tarde de verano en el Mesón de Muras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/tarde-verano-meson-muras-microcosmos-mundo-rural-gallego-franquismo_1_1852952.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1c14f428-283f-4334-be5e-6df2150adf2a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un microcosmos del mundo rural gallego durante el franquismo: tarde de verano en el Mesón de Muras"></p><p>Eran unas <strong>tardes húmedas y sofocantes</strong>. Tras la comida, el mesón caía en un sopor silencioso solo alterado por el rechinar de un carro lejano o el zumbido de una abeja. Nadie aparecía hasta que antes de las cinco llegaba un paisano con un caballo que ataba a una argolla de la fachada. Franqueaba el umbral con un educado 'buenas tardes' mientras retiraba la boina con la que cubría una blanca calva. </p><p>Uno a uno iban <strong>apareciendo los habituales. </strong>Como <strong>Ramiro da Ponte</strong>, que preparaba  oposiciones a secretario de ayuntamiento, escondido tras las enormes lentes de sus gafas.  Era considerado un intelectual del que se decía sabía de todo; hablaba alemán y entendía ruso. Recogía todas las tardes el diario ABC que enrollado le traía el correo. Nunca faltaban a la cita algunos vecinos que habían hecho <strong>fortuna en La Habana</strong>. Marcaban un contraste con su atildado aspecto, grandes sortijas de oro, blancas guayaberas y anchos y frescos pantalones de inmejorable caída que solo tenían los indianos. </p><p>Los potentes ruidos de las herraduras contra el suelo anunciaban la <strong>llegada de la autoridad</strong>. La <strong>pareja de la Guardia Civil</strong> finalizaba su servicio. Cruzaban el umbral con un recio saludo: "¡buenas tardes, caballeros!", emitido con un acento foráneo. Y pidiendo al tío Bernardo, que regentaba el negocio del mesón y el bar tras una pequeña barra: "¡dos Castillas, Bernardo!"</p><p><strong>Bernardo era menudo</strong>, con una traviesa mirada y un sutil sentido del humor, parecido al actor francés Luis de Funes. Cruzaba la carretera arrastrando una pierna debido a una caída juvenil. Se contaba que, tras un desengaño amoroso, una tarde de lluvia <strong>se arrojó desde la Ponte Nova al rio Eume</strong> agarrado a un enorme paraguas que frenó su caída, desviándolo al centro de un enorme zarzal donde, malherido pero vivo, gritó avergonzado hasta que lograron rescatarlo. </p><p>En aquel <strong>microcosmos </strong>se representaba a la perfección el <strong>mundo rural gallego del franquismo</strong>. Alguien a la puerta anunciaba: "ahí viene 'la línea'". Efectivamente, avanzaba cruzando el Eume por la Ponte Nova el <strong>autocar de los hermanos Veiga,</strong> que viajaba de <strong>Viveiro </strong>a <strong>Lugo </strong>por las mañanas y regresaba por la tarde. Súbitamente emergía con un estruendo, saliendo del túnel formado por la bóveda de robles arrastrando tras de sí una densa nube de polvo.</p><p>El bus se detenía pero el polvo que lo seguía continuaba inadvertido carretera adelante hacia el <strong>Alto de La Gañidoira,</strong> flanqueado por dos filas de abedules. El ruido de las puertas daba paso al salto de <strong>Angelito, el revisor</strong>, un joven atlético que de tres zancadas subía a la baca  y entregaba a los viajeros sus equipajes, arrojando al suelo la saca de recia lona del correo, atravesada con las  bandas roja y gualda y la leyenda <strong>Correos Españoles</strong>. A veces se alternaban con alguna que lucía la bandera roja, gualda y morada con la leyenda: <strong>Correos República Española</strong>.</p><p>Mi habilidosa y pragmática <strong>abuela </strong>utilizó las que sobraban para tapizar el somier de la cama de mis padres, donde ajenos a pasados conflictos conviven aún apaciblemente. Tras beberse de un trago la pequeña copa de coñac, <strong>revisor y conductor </strong>gritaban: "¡señores, nos vamos!" Y tras la nube de polvo desaparecía el autobús camino de <strong>Viveiro</strong>.</p><p>La <strong>paz soñolienta</strong> volvía y poco a poco los <strong>parroquianos se iban dispersando. </strong>Solo aquellos sin ocupaciones o más aburridos continuaban la cháchara acodados en la barra.</p><p><em><strong>El Mesón de Muras era una casa familiar que servía de tienda para todo, tasca, estafeta de correos, estanco y parada del autobús de línea, dado que el núcleo de Muras estaba algo apartado de la carretera general.</strong></em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 06 Aug 2024 18:11:08 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[H. Beiras Cal]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Un microcosmos del mundo rural gallego durante el franquismo: tarde de verano en el Mesón de Muras]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El verano de mi infancia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tú a Teruel, yo a Oviedo: cuando el sarampión te fastidia el mejor verano de tu niñez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/verano-sarampion-asturias_1_1852620.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6aa287af-1e9d-4b50-b45b-e13591d0b132_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tú a Teruel, yo a Oviedo: cuando el sarampión te fastidia el mejor verano de tu niñez"></p><p>Estos días mi madre recordaba nuestros <strong>viajes a Asturias a principios de los años sesenta</strong>. De Teruel a Asturias, toda una aventura. En el <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/sueno-ruedas-escapar-franquismo-familia-600-no-tenia-limite_1_1370401.html" target="_blank" >600</a> que mi padre había comprado, el segundo en <strong>Teruel </strong>por aquella época. En particular recuerdo el verano en el que fui sola con mis padres. Yo tendría unos cuatro años y mi hermano, de dos, se había quedado en casa con mi yaya Consuelo por el <strong>sarampión</strong>. Así que me llevaron con ellos para evitar el contagio. </p><p>Llegamos a <strong>Oviedo </strong>a casa de la hermana de mi padre, mi tía María. Mis padres salían de viaje a <strong>Galicia </strong>y yo me quedaba con ella, con su marido y su hijo. Y así fue. Mis padres se marcharon y al día siguiente yo amanecí con toda la cara llena de <strong>granos</strong>. Lo inevitable había sucedido. Fiebre, picores, el cuerpo lleno de granos. En fin, lo propio del sarampión.</p><p>Mis padres llamaban todos los días para saber qué tal estaba y para hablar conmigo. Llamaban al <strong>único teléfono que había en el edificio</strong>, que era el de los dueños de la panadería de la calle. Y mi tía siempre buscaba alguna excusa para tranquilizarles: “ha salido con Quini de paseo”, “está jugando en la calle con la hija de Galindo”. Galindo era el panadero y Begoña su hija, a la que querían casar con mi primo Quini.</p><p>En cualquier caso, no tengo ningún recuerdo sobre los picores, la fiebre o los granos propios del sarampión, salvo alguna señal que me ha quedado por el cuerpo. Pero sí recuerdo los <em><strong>praos </strong></em><strong>que rodeaban la casa de mi tía</strong>. Verdes, donde se extendían las sábanas para que se blanquearan. Verdes de un verde que en la provincia de Teruel era y es imposible encontrar, a pesar de que el verde de los <strong>olivares del Bajo Aragón</strong> es incomparable.</p><p>Lo que sí tengo bien claro en la memoria son los picores de las <strong>ortigas</strong>. Cerca de la casa de mis tíos había unos ortigales tremendos en los que un día que me colé para investigar porque no sabía qué eran aquellas plantas. Salí de esa <strong>excursión </strong>como un <em>ecce homo</em>. Menos mal que mi tía enseguida me lavó con agua fría y los picores se fueron calmando. La ignorancia, la inconsciencia y el <strong>atrevimiento </strong>de la niñez. Todo en esa excursión por un ortigal asturiano.</p><p>Mis padres regresaron de su viaje por Galicia y en nuestro SEAT 600 volvimos a Teruel, donde mi hermano se había curado de su sarampión, igual que yo del mío. Y <strong>se acabaron mis emociones infantiles</strong> por aquel verano. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Aug 2024 19:01:14 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Consuelo Peláez Sanmartín]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Tú a Teruel, yo a Oviedo: cuando el sarampión te fastidia el mejor verano de tu niñez]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El verano de mi infancia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA["¡No le hables de la guerra a la chiqueta, Salvador!": las batallas que mi abuelo me contaba en la Malvarrosa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/veranos-felices-malvarrosa_1_1842525.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/967e42b4-019a-4e0b-bb02-f4422d86d661_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt=""¡No le hables de la guerra a la chiqueta, Salvador!": las batallas que mi abuelo me contaba en la Malvarrosa"></p><p>Cada verano<strong> mi abuelo Salvador</strong> esperaba impaciente mi llegada para poder ir al <strong>balneario de la Malvarrosa</strong>. Nos levantaríamos temprano, cogeríamos el autobús en la Gran Vía, frente al antiguo colegio de los Jesuitas. Luego, un largo recorrido con las sillas plegables, las toallas, el pan, la fruta y las bebidas frescas cuidadosamente colocadas en la <strong>heladera</strong>. Al bajar del autobús, cruzábamos la calle y él compraba dos entradas en la taquilla con el dinero que le había entregado mi abuela (siempre sobraba para un par de helados).</p><p>Sentados bajo los pinos <strong>saborearíamos juntos un arroz</strong>. "¿Qué queréis que os prepare para mañana?", preguntaba mi abuela: "¿Arroz caldosito? ¿Arroz melosito? ¿Arroz al horno? ¿O paella ?" <strong>Mi abuelo había sido campeón de boxeo</strong>, hacía gimnasia sueca todas las mañanas y las <strong>abuelas del balneario le rondaban </strong>siempre, atosigándole con preguntas sobre la hora o el tiempo, a las que él contestaba indiferente, fumando los cigarrillos que había traído escondidos.</p><p>En la Malvarrosa <strong>él me contaba su vida de antes de París</strong> y los casi cuarenta años en una sexta planta de la rue de Maubeuge sin agua corriente. Me hablaba de 'la Valencia de la época aquella' que nunca conocí, de los combates de <strong>boxeo</strong>, del viaje a <strong>América </strong>ya organizado. "Mi padre había pagado ya la cuota para acabar pronto el servicio militar", suspiraba con pesadumbre: "Pero estalló la <strong>guerra </strong>estando yo en el cuartel". </p><p>Mi abuelo me contaba en la Malvarrosa <strong>cosas que le tenían prohibido decir </strong>en la calle doctor Zamennhoff, donde le regañaban siempre: "¡Deja a la chiqueta en paz!" En la Malvarrosa mi abuelo se encontraba libre lejos de mi abuela y de sus "¡<strong>no le hables de la guerra a la chiqueta, Salvador!</strong>", "che Salvador, no quiero que hables de eso con la chiqueta". El obedecía sumiso. Nunca se rebeló.</p><p>Solos los dos en la Malvarrosa <strong>me contaba sus batallas.</strong> Pausadamente, fumando, yo haciendo como que no escuchaba sus recuerdos sobre el ring, los combates, las trincheras, las traiciones, los <strong>franceses </strong>que no dejaban pasar las armas... </p><p>Conforme iba creciendo me daba cuenta de que <strong>sus relatos iban cambiando, volviéndose más duros</strong>. De pequeña solo me contaba infancia, la miseria, sus hermanos, su madre. Cuando fui creciendo, empezó a hablar de combates amañados y de boxeo. Y cuando fui haciéndome mayor empezó a contar batallas. Del encierro en las <strong>Torres de Cuarte</strong> me habló muy tarde. Y muy poco. </p><p>"Te lo cuento para que lo sepas, che", decía. <strong>"No le digas a tu abuela que hemos hablado de esto</strong>". Todos los veranos mi abuelo y yo íbamos a la Malvarrosa para escapar del bochorno de Valencia. Veranos felices de una memoriosa infancia. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 30 Jul 2024 19:36:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carole Viñals]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[El verano de mi infancia]]></media:keywords>
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