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    <title><![CDATA[infoLibre - El patio de mi recreo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/el-patio-de-mi-recreo/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - El patio de mi recreo]]></description>
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      <title><![CDATA[Los campos de trigo sin segar en verano de la llanura castellana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/campos-trigo-segar-verano-llanura-castellana_1_2044274.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cdccc5c5-f701-408d-b1f1-12db50c880c6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los campos de trigo sin segar en verano de la llanura castellana"></p><p><strong>Los veranos de infancia en la llanura castellana de un pueblo de Segovia:</strong></p><p>Son las madres y abuelas cosiendo debajo de un árbol.</p><p>Son los campos de trigo antes de segar que nos servían para jugar al escondite.</p><p>Son las noches tomando el fresco con los vecinos y los niños aprovechábamos para jugar a Tres navíos.</p><p>Alguna noche venía el cine e íbamos a la plaza con la silla.</p><p>Son los baños que hacíamos en las pilas de las huertas donde se almacenaba el agua para regar.</p><p>Son los días que nos subíamos en los trillos tirados por un mulo en las eras.</p><p>Son los silencios de los mayores que comprendí después debido a la situación política.</p><p>Podría seguir pero...</p><p>Gracias </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 Aug 2025 04:00:44 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Rosa Tejedor]]></author>
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      <title><![CDATA[Merienda de pan y chocolate para cuidar a las vacas, esas felices tardes de verano de los años 60]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/merienda-pan-chocolate-cuidar-vacas-felices-tardes-verano-anos-60_1_2033502.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2495cd91-f4b5-403e-a142-07e46651c6d8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Merienda de pan y chocolate para cuidar a las vacas, esas felices tardes de verano de los años 60"></p><p><strong>Cuidar las vacas</strong>. Las dos o tres vacas que tenían María Luisa y Julián en la cuadra de su caserío las llevábamos casi todas las tardes del verano a pastar. Éramos Antoni, su hermana Tere y yo, Joaquín, su vecino y amigo de todos ellos. ¡<strong>Qué recuerdo más bonito</strong>! </p><p>Bien sea Julián unos días o María Luisa otros, sacaban las vacas y <strong>atadas con pequeñas sogas</strong> por los cuernos las llevaban por el <strong>pueblo </strong>hasta pasar el cruce de la carretera general o hasta atravesar el puente, y ya seguíamos nosotros hasta la <strong>finca de hierba fresca</strong>. </p><p>El <strong>jersey </strong>por la cintura y la <strong>merienda </strong>de pan y chocolate en una sombra era lo necesario. Esas tres o cuatro horas las pasábamos jugando y charlando. <strong>Queriendo ser mayores</strong>. Así esperábamos a María Luisa o Julián para de nuevo atar las vacas y volver a casa.</p><p>¡<strong>Tardes de verano de los años 60</strong>! Inocentes en juegos y conversaciones. Hoy les recuerdo y lo <strong>recuerdo</strong>. Grandes María Luisa y Julián. Amiga Tere, que a tus cincuenta<strong> nos dejaste</strong>. Antoni, la más responsable de los tres. <strong>Qué bonitas tardes de verano</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 28 Aug 2025 04:00:04 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Joaquín López de Maturana Uriarte]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Merienda de pan y chocolate para cuidar a las vacas, esas felices tardes de verano de los años 60]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Un verano de ayer en el pueblo, rebosante de flora y fauna entre los ríos Pirón y Eresma]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/verano-ayer-pueblo-rios-piron-eresma_1_2024794.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/394c03ac-1d2c-453f-b700-9082841ef74b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un verano de ayer en el pueblo, rebosante de flora y fauna entre los ríos Pirón y Eresma"></p><p>Por aquellos días de la década de los <strong>años cuarenta</strong> y primer lustro de los <strong>cincuenta </strong>del <strong>siglo pasado</strong>, en el sur de la entonces <strong>Castilla La Vieja</strong>, los niños en junio ya teníamos vacaciones. No había notas, nadie suspendía. El verano era para para ayudar en el <strong>campo</strong>, en la era, en las pequeñas industrias familiares. Recogían lo <strong>sembrado</strong>, 'hacían el agosto'. Mis agostos fueron de <strong>aprendizaje </strong>sobre algo que los humanos nos hemos propuesto destruir.</p><p>Quedó atrás la <strong>primavera</strong>. Quienes por entonces ya disfrutaban de la naturaleza, entre los que me encuentro, habíamos visto la nidificación entre las matas de <strong>romeros </strong>y <strong>tomillos</strong>, la puesta de huevos, y seguíamos su evolución hasta ver alzar sus primeros vuelos a las nuevas sagas de <strong>jilgueros</strong>, <strong>verderones</strong>, <strong>pardillos...</strong> </p><p><strong>Tordos </strong>y <strong>gorriones </strong>en las oquedades de paredes, <strong>vencejos </strong>en zonas elevadas. Las <strong>alondras </strong>y <strong>calandrias </strong>en el suelo, sobre los surcos de las siembras de <strong>cereales</strong>, ellas con su metálico gorjeo allá en lo más alto, todos los días al alba, y en el ocaso nos invitaban al trabajo y al descanso.</p><p>No teníamos mar, aunque, si dos <strong>ríos: </strong>el chico y el grande. El <strong>Pirón </strong>y el <strong>Eresma </strong>nos arropaban por la derecha y la izquierda. El <strong>Pirón</strong>, con sus limpias aguas, regaba algunas <strong>huertas </strong>y nos proporcionaba <strong>cangrejos</strong>, <strong>ranas</strong>, <strong>pintos</strong>, <strong>bermejuelas</strong>… Pescar a mano mientras las ledas y límpidas corrientes movían las <strong>ovas </strong>y masajeaban las piernas era un gran <strong>deleite</strong>, y si volvías a casa con unas docenas de <strong>cangrejos</strong> y peces suficientes para la comida de un par de días, las alabanzas y los “serios” consejos para no volver solo al río matizaban el cansancio. </p><p>La <strong>presa del molino</strong> era nuestra <strong>piscina</strong>, allí aprendimos a <strong>nadar</strong>. Las riberas, juncales y espadañas escondían entre otros a los grandotes <strong>azulones, </strong>que al 'despegar' hacían tanto ruido como los B-52. Los <strong>chopos</strong>, <strong>olmos</strong>, <strong>sauces</strong>, <strong>fresnos </strong>eran los lugares elegidos por trepadores, <strong>urracas</strong>, carboneros comunes, herrerillos o <strong>ruiseñores </strong>para darse los buenos días entre ellos. </p><p>Sin saberlo, nos regalaban los oídos con enormes <strong>sinfonías </strong>sin nombre a las que solo lo ponía fin el rey sol y su calor. A pocos metros, comenzaban los <strong>pinares</strong>, con los picapinos, arrendajos, urracas, mirlos, <strong>ardillas</strong>, <strong>conejos</strong>, <strong>zorros</strong>, culebras de escalera… y en el pino más alto vivían las encargadas de mantener el orden, varias parejas de <strong>águilas</strong>.</p><p>El <strong>rio grande (Eresma), </strong>con sus fuertes corrientes, <strong>pozas</strong>, restos de antiguos lavaderos de lana, una pequeña central generadora de electricidad, era más peligroso. Su <strong>fauna</strong>: barbos, tencas, cangrejos, <strong>truchas</strong>, alguna <strong>anguila</strong>, <strong>culebras </strong>de agua que tomaban el sol sobre la hierba de las orillas. Sus colores y dibujos geométricos eran dignos de ser disfrutados, como lo era ponerlas en la palma de la mano frente su lengua que ellas alargaban haciendo <strong>cosquillas</strong>… Contaba mi abuelo que hubo algunas <strong>nutrias</strong>…</p><p>A veranear venían grandes aves como <strong>avutardas</strong>, que necesitaban largos espacios para elevarse y posarse. Me encantaba verlas arrastrar sus <strong>pechugas </strong>sobre la hierba en sus “aterrizajes”. Las esbeltas <strong>garzas </strong>y las negras <strong>fochas, </strong>con su cresta blanca, recorrían las orillas buscando alimento y refugio en los momentos de calor. No quiero olvidar el monótono y repetitivo canto de las <strong>chicharras </strong>en los momentos de más calor. La <strong>flora </strong>de este río era la misma que la del Pirón: chopos olmos, fresnos, vergueras, espadañas, junqueras y el pinar con sus pinos <strong>piñoneros</strong>.</p><p>Disfrutábamos de lo relatado, sin olvidar la “función”, con <strong>vaquillas </strong>y <strong>toros</strong>, <strong>bailes </strong>en la plaza y pista, comidas extras… Los niños de entonces eran <strong>felices</strong>, como los de hoy… si no hay algo mejor con que comparar. Eso da para otro comentario.</p><p>Queridos amigos: <strong>hoy el noventa por ciento de lo relatado no existe.</strong> Ni fauna, ni flora, ni quienes la cuiden.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Aug 2025 04:01:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fidencio Palomares Arévalo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Un verano de ayer en el pueblo, rebosante de flora y fauna entre los ríos Pirón y Eresma]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El patio de mi recreo]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Gipuzkoa, años 60 en las playas de La Concha y Hondarribia (tras un viaje interminable desde Madrid)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/gipuzkoa-anos-60-playas-concha-hondarribia-viaje-interminable-madrid_1_2027415.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ad0ee652-4693-4b4c-b434-ef2fd404ebbe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Gipuzkoa, años 60 en las playas de La Concha y Hondarribia (tras un viaje interminable desde Madrid)"></p><p><strong>Soy de ese tipo de madrileños que no somos </strong><em><strong>gatos</strong></em><strong> </strong>en el estricto sentido de esa alcurnia. Me explico: mi padre nació en Almadén, provincia de Ciudad Real, y mi madre en Beasain, que en aquellos tiempos eran las Vascongadas y concretamente Gipuzkoa.</p><p>Es decir, soy de esos madrileños que no tuvo pueblo al que ir o más bien donde escapar de Madrid, aunque sí recuerdo los <strong>veraneos en Beasáin o Irún,</strong> donde nos acogían o unos tíos de mi madre o unos amigos de su padre, que a la sazón se llamaba Víctor como yo... Más bien yo me llamo como él, claro.</p><p>Llegar a Gipuzkoa en los años 60 era un poco como un viaje transoceánico (por lo interminable). Recuerdo que cogíamos un tren que salía de la estación de Príncipe Pío a las 10 de la noche y llegaba a Beasain a las 10 de la mañana. </p><p><strong>Esto de que parase en Beasáin era una especie de magia, </strong>pues como en ese pueblo estaba (y está) la fábrica de vagones y trenes llamada CAF (Construcciones y Auxiliar de Ferrocarriles S.A.), los trenes paraban uno o dos minutos como en una especie de agradecimiento o de saludo a sus compañeros vagones<strong> </strong>que aún no habían recorrido ni un metro y estaban limpitos en la fábrica diciendo "hola" con los bujes.</p><p>No era raro que en alguna estación importante como la de Venta de Baños, en la que se cambiaba la locomotora para que se pudiese subir el puerto de Echegárate, apareciesen gentes que <strong>te ofrecían navajas, miel, queso, uvas o chorizo de su pueblo </strong>y tampoco era raro que a esas horas en un vagón se iniciase una risotada<strong> </strong>que contagiaba al tren entero. Claro, un tío vendiéndote uvas a las tres de la madrugada era un motivo más que sobrado para comenzar la risa histérica de los de los vagones de segunda y tercera. Los de primera eran más estirados. </p><p>Ir a la playa sin coche (mi padre nunca tuvo permiso de conducir) era una aventura que <strong>me río yo de Jesús Calleja</strong>. Si estábamos en Beasáin, cogíamos un cercanías que nos llevaba a San Sebastián. <em>La familia Cebolleta, </em>con sus archiperres para montar el chiringuito en La Concha. Si el viaje al ignoto mar Cantábrico era desde Irún, el vehículo era una camioneta que nos llevaba a la cercana y enorme playa de Hondarribia<strong>, </strong>donde cogíamos mejillones<strong> </strong>que mi abuela y Leo, la anfitriona, nos hacían con patatas<strong> no sin antes darnos un vasito de vino quina </strong>que además de atontarnos se supone que nos daba ganas de comer.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 21 Aug 2025 04:00:44 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Víctor Manuel García García]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Gipuzkoa, años 60 en las playas de La Concha y Hondarribia (tras un viaje interminable desde Madrid)]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El patio de mi recreo]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Abuelos y nietos a la orilla del mar: imágenes arrebatadas en instantes fugaces]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/abuelos-nietos-orilla-mar-imagenes-arrebatadas-instantes-fugaces_1_2027429.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/74f07bc6-aef4-414a-9c54-2e5899636d67_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Abuelos y nietos a la orilla del mar: imágenes arrebatadas en instantes fugaces"></p><p><strong>Hace meses cumplieron 83 años</strong>. Traían vaga imagen del mar. Ella lo recordaba de una vez que fue a <strong>Valencia </strong>para conocer a Tina, su primera <strong>sobrina</strong>. Él hablaba de la <a href="https://www.infolibre.es/temas/guerra-civil-espanola/"  >Guerra Civil</a> y aquellas guardias en el norte de <strong>África </strong>siendo muy muy joven. Solo entonces.</p><p>Su disfrute se ceñía a la celebración de la <strong>Santa</strong>, única mujer doctora de la <strong>Iglesia</strong>. Volver al pueblo cada octubre, encontrarse con los <strong>vecinos</strong>, ponerse al día: casamientos, muertes y el nacimiento de nuevos <strong>malagoneros</strong>. En muchos años fue el único festejo que se permitieron.</p><p>Los vecinos de rellano, <strong>Santiago </strong>y <strong>Antonia</strong>, los animaron a conocer su apartamento en un pueblo costero: el <strong>mar</strong>. Unos días después dejaban una señal para reservar el único <strong>piso </strong>por vender en el mismo edificio. Mayor que el de los vecinos, esquina a dos calles principales por donde desfilaban las <strong>procesiones </strong>y lucían las <strong>comparsas </strong>de moros y cristianos.</p><p>Claramente, ella <strong>presumía </strong>de las mejoras de su propiedad. Sus <strong>hijos desaprobaron</strong> la decisión por el nuevo gasto siendo tan mayores. El piso estaba <strong>amueblado</strong>, poco hubo que añadir. Ver su cara de <strong>alegría </strong>aún hoy me alienta, saca <strong>sonrisas </strong>y empuja para afrontar el desánimo o el temor ante cualquier tropiezo. Fuerza y decisión era su secreto.</p><p>Alentador también era observar la facilidad para vestirse de <strong>turistas</strong>. Gorras de béisbol anunciadoras de alguna caja de ahorros, camisas ligeras de tonos pastel, pantalón corto, <strong>blusones </strong>frescos con <strong>flores </strong>de colores, cremas solares. Espantar lo correcto. Desmontar el posible <strong>ridículo</strong> con esas pintas a su edad. Asumir los horarios y costumbres del lugar y del nuevo ambiente. Otra forma de justificar su decisión de comprar el <strong>apartamento </strong>y pagarlo al contado "por si nos pasa algo".</p><p>No obstante, echaban de menos a sus <strong>nietos </strong>pequeños: uno nacido con poco peso y <strong>pulmones </strong>débiles; otra, con una <strong>dermatitis </strong>generalizada. Los <strong>nietos fueron llegando con alegría</strong> y entusiasmo, expectantes ante la <strong>novedad</strong>. Los abuelos, nerviosos aguardando el tren. El gusto y expectativas de abuelos y nietos no cabe en estas líneas. Mi cámara Olympus guardó muchos <strong>momentos </strong>de aquellos. Es el poder de la <strong>fotografía</strong>, siempre en guardia contra el <strong>tiempo </strong>y el <strong>olvido</strong>.</p><p>Más que disuelto en palabras, <strong>el patio de mi disfrute</strong> está hoy en las <strong>imágenes arrebatadas</strong> en <strong>instantes fugaces</strong> mientras ocurrían. <strong>Abuelos </strong>y <strong>nietos </strong>frente al horizonte con tanto deseo como miedo ante su fiereza tibia. Era el mar de verdad. Deseos de <strong>aventura</strong>, los pequeños; <strong>prudencia </strong>de mil temores, los demás.</p><p><strong>Agarrados de la mano</strong> para darse fuerza, pisaban la espuma antes de colarse en la arena. Atónitos miraban a los bañistas caminar hasta muy lejos. Los daños que deja el tiempo. <strong>Detrás del objetivo creí sentir el pálpito de su emoción</strong>: sentir que la esperanza se ampliaba y que estaba al alcance.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Aug 2025 16:58:56 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Rosa Victoria Collado]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Abuelos y nietos a la orilla del mar: imágenes arrebatadas en instantes fugaces]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El patio de mi recreo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un barrio del extrarradio de Madrid en los años 60, el mejor patio de mi vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/mejor-patio-vida-barrio-extrarradio-madrid-anos-60_1_2035087.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7f8bb739-0fe5-48e8-8cbb-ea7aab30d648_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un barrio del extrarradio de Madrid en los años 60, el mejor patio de mi vida"></p><p>Todo empezó al poco de nacer. <strong>Nací al inicio del verano</strong>, para no perderme el calor del <strong>mejor periodo del año. </strong>Era domingo, para no tener prisa. Por la tarde, después de la siesta, para estar preparado para la <strong>noche de San Juan</strong>. Allí, en mi barrio, la hoguera de San Juan era todo un <strong>acontecimiento </strong>entre los vecinos.</p><p>De <strong>bebé </strong>disfrutaba de la <strong>calle</strong>, de la explanada donde años después jugaría al <strong>futbol</strong>, a la <strong>comba</strong>, al <strong>escondite inglés</strong>, a la <strong>lima</strong>, al <strong>burro </strong>y otros muchos juegos que nos inventábamos. Así, se convirtió en el patio del <strong>recreo </strong>de mí infancia, un <strong>barrio </strong>del <strong>extrarradio </strong>de <strong>Madrid </strong>en la década de <strong>los sesenta del siglo pasado</strong>, donde todo era de <strong>arena </strong>y las chicas y chicos jugábamos en cuanto salíamos del colegio. Corriendo tirábamos las carteras y, sin llegar a casa, nos poníamos a <strong>jugar</strong>. </p><p>Era un espacio abierto, donde improvisábamos partidos de <strong>fútbol</strong>. Las <strong>porterías </strong>las preparábamos con <strong>dos piedras</strong>, que marcaban los extremos y que servían de orientación para definir si había sido <strong>gol </strong>o fuera, todo a ojo. ¡Ha sido un tiro alto! ¡No ha sido gol! Entrabamos en continuas discusiones hasta llegar al consenso.</p><p>Los días de <strong>lluvia </strong>se <strong>separaba </strong>ese espacio arenoso en dos partes de manera clara y contundente por el <strong>arroyo </strong>que se formaba, que a veces era tan ancho que tenían que poner <strong>tablones </strong>para <strong>cruzarlo</strong>. Para nosotros era otro momento de grata actividad, hacíamos <strong>charcas</strong>, pequeñas <strong>presas </strong>donde intentábamos contener el agua. Había veces que lo conseguíamos y otras la fuerza del <strong>riachuelo </strong>acababa con nuestra construcción, a pesar del esfuerzo <strong>creativo </strong>y de <strong>ingeniería </strong>que realizábamos.</p><p>También recuerdo como aprendía a montar en <strong>bicicleta </strong>tirándome por la cuesta, todo un <strong>atrevimiento </strong>de infancia, pues las <strong>caídas </strong>eran continuas, raspones y <strong>pantalones rotos</strong>. Los <strong>arañazos </strong>en rodillas, codos y palma de las manos eran perennes como las hojas de algunos árboles.</p><p>Ese era <a href="https://www.infolibre.es/temas/el-patio-de-mi-recreo/"  >el patio de mi recreo</a> al que ansiaba llegar cada día y que <strong>disfrutábamos </strong>mas tiempo que en ningún otro lugar.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 Aug 2025 04:00:21 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ángel Rufo Cerezo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Un barrio del extrarradio de Madrid en los años 60, el mejor patio de mi vida]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El patio de mi recreo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Fonda Bango, un caserón en Sahagún encogido y encorvado, como algunos de sus más viejos clientes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/fonda-bango-caseron-encogido-encorvado-viejos-clientes_1_2024082.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c76546e5-6f80-42c3-9352-a9e59c41eb2a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fonda Bango, un caserón en Sahagún encogido y encorvado, como algunos de sus más viejos clientes"></p><p>Los <strong>veranos de mi infancia</strong> se enredaron en la madreselva que crecía en un rincón del patio de la fonda de mis tías, <strong>Caya </strong>y <strong>Sofía</strong>. La <strong>fonda Bango</strong> era un caserón encogido y encorvado, como algunos de sus más viejos clientes. Se mantenía, a duras penas, bajo los soportales de una calle en la parte más baja de la Plaza Mayor de <strong>Sahagún (León)</strong>. </p><p>Era de <strong>adobe </strong>y estaba atravesado por pasillos muy estrechos a los que daban varias alcobas interiores que en verano eran frescas y en invierno más templadas. También había habitaciones exteriores, las más <strong>alegres </strong>daban al patio pavimentado donde la <strong>madreselva </strong>cubría parte de la fachada y los cristales de la galería inferior. La <strong>antigua pocilga </strong>servía entonces de almacén de las bombonas de butano y del carbón para la cocina <strong>bilbaína</strong>. </p><p>El <strong>antiguo lagar </strong>era nuestro <strong>santuario</strong>. Mis primas y yo convertimos ese espacio en una especie de <strong>mansión amueblada</strong> con la silla de montar de mi bisabuelo y un trillo de piedras afiladas que usábamos como mesa, adelantándonos a la recuperación de <strong>aperos </strong>en la decoración de las <strong>casas rurales actuales</strong>. </p><p>Un aparador destartalado completaba el espacio donde jugábamos a recibir visitas y ofrecer suculentos banquetes a costa de los <strong>flanes </strong>que <strong>sisábamos </strong>de la despensa y que debían servirse de postre a los huéspedes. Por las <strong>desapariciones misteriosas</strong>, mis tías siempre hacían algunos de más.</p><p>Visto desde la perspectiva actual, nuestros <strong>veranos </strong>no estaban exentos de <strong>peligros</strong>. El lagar conservaba los <strong>tinos</strong>, tapados apenas con unos tablones ligeros y tambaleantes sobre los que saltábamos con soltura. No obstante, ningún adulto advertía en ello el más mínimo <strong>riesgo</strong>, así que, miel sobre hojuelas.</p><p>Cada día, el juego se veía interrumpido por las voces de mis tías que nos colocaban en las manos dos calderos de cinc para ir a <strong>buscar hielo</strong> a la fábrica de<strong> gaseosas de Nino Blanco</strong>, un hombre pequeño, con gafas de vidrios gruesos y que cojeaba levemente. Tiraba con fuerza de los moldes que contenían las barras de hielo, sumergidos en la <strong>salmuera </strong>enfriada para congelar el agua potable. Serraba una barra en varios trozos, los cargaba en los <strong>calderos</strong>, pagábamos y arrastrábamos la carga, turnándonos hasta la fonda.</p><p>Las noches completaban el <strong>imaginario </strong>personal de los veranos. En el gran comedor, antiguo taller de guarnicionería de mi <strong>bisabuelo Fermín</strong>, se reunían todos los <strong>huéspedes </strong>y mi <strong>familia</strong>. Los mayores contaban <strong>chistes</strong>, historias antiguas y hacían un repaso de las novedades locales. Nosotras, mientras tanto, <strong>jugábamos en la calle</strong> al castro, a la comba o al escondite con las niñas que se alojaban en la fonda, en su mayoría procedentes de las <strong>cuencas mineras asturianas</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 Aug 2025 04:01:03 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Piedad Luna Tovar]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Fonda Bango, un caserón en Sahagún encogido y encorvado, como algunos de sus más viejos clientes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El patio de mi recreo]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Los días lentos de verano ante el imponente Mediterráneo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/dias-lentos-verano-mediterraneo_1_2039007.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c23f689a-3bff-4ceb-8a0a-ee067de073b4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los días lentos de verano ante el imponente Mediterráneo"></p><p>Terminábamos el instituto <strong>sin un duro en el bolsillo</strong>, pero comenzaba la temporada y nos íbamos a recoger melocotones. La huerta que rodeaba Murcia estaba llena de pequeñas fincas de frutales, tratados con mimo por los dueños en los meses previos al verano, varios de trabajo para ganar un dinero que estirábamos en los dos meses de vacaciones. </p><p>A finales del mes de julio se organizaba la excursión a la playa en<strong> bicicleta</strong>. Javier, Rosendo, Stiles, Nico, Tornel. Algún año vino Espín. La gente salía a la calle para ver los preparativos de aquella marcha. Algunas bicicletas brillaban al sol de la tarde. </p><p>Más de sesenta kilómetros por delante en nuestras máquinas de hierro, <strong>sin platos ni piñones</strong>. Ilusión y piernas para recorrer la carretera de Torremendo salpicada de cuestas y baches, cruzar San Miguel de Salinas y llegar tres horas después a la playa de Rio Seco, cerca de Campoamor.</p><p>El padre de Javier, que era maestro, trasladaba en su Simca 1000 verde oliva las tiendas de campaña, los balones, las neveras llenas de cerveza, la comida y los<strong> macutos con nuestra ropa</strong>. Se nos hacía de noche montando el campamento. Pero dormir allí, sobre la arena durante dos o tres noches, era un premio al esfuerzo desplegado en la carretera.</p><p>Yo iba en la Orbea que mi padre había dejado cuando compró una Rieju para hacer sus rutas comerciales por la huerta. Tenía dos portaequipajes, el trasero más grande que el delantero. Y con ese trasto me iba a la playa, <strong>siempre cerrando el pelotón</strong>.</p><p>No había casas en la desembocadura de aquel río seco, solo pinos, arena finísima, alguna que otra tienda de campaña y el imponente Mediterráneo ante nosotros. </p><p>Un año, Rosendo nadó tanto hacia adentro que, al salir el viento había cambiado y casi no llega a la orilla. Instantes muy angustiosos mezclados con bromas y risas. Pero tomamos nota para no hacerle <strong>desafíos al mar</strong>.</p><p>Algunos han vuelto a aquellas playas. Los recuerdos tiran de nosotros; a veces con tanta fuerza que nos hacen variar el rumbo. Eran días lentos, <strong>demasiado lejanos</strong> y extraños en esta época de vértigo. Nuestro verano en la playa se reducía a ese corto espacio de tiempo en un lugar del que nos adueñábamos durante unos días, para transformarlo a nuestro capricho. Cerca de allí veíamos crecer edificios en obra sobresaliendo entre las pinadas. </p><p>Ahora esa playa está irreconocible, urbanizada, <strong>plagada de chalecitos </strong>donde seguro que, sus moradores disfrutan estos días e intentan aplacar la urgencia de un tiempo que allí parece detenerse.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 07 Aug 2025 04:00:05 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Antonio Cegarra Sánchez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Los días lentos de verano ante el imponente Mediterráneo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El patio de mi recreo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aquella piscina de mi infancia en el camino de La Fortuna]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/piscina-infancia-camino-fortuna_1_2024808.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/378b8c68-6c9d-4372-bd39-a075c9caef52_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Aquella piscina de mi infancia en el camino de La Fortuna"></p><p>Comenzaban las <strong>vacaciones sin salir de Madrid</strong>. No teníamos coche. Atravesando un descampado repleto de cascotes de obras, los siete magníficos en chanclas, con las <strong>neveras </strong>y las bolsas llenas de toallas para coger la <strong>camioneta</strong>. Yo me sentía una privilegiada en mi familia <strong>numerosa </strong>y <strong>humilde</strong>. </p><p>En mi barrio, las vacaciones eran polvo en los solares y un bocata en la calle hasta entrada la noche. Pero nosotros, a esas horas, volvíamos exhaustos de la <strong>piscina </strong>para familias, propiedad de la empresa de camiones en la que trabajaba mi padre. Un vaso de leche, la espalda de <strong>piel de cangrejo </strong>frotada con vinagre y a dormir rendidos hasta<strong> la tortilla y los filetes empanados</strong> del día siguiente.</p><p>Tan solo se nos reclamaba en el <strong>merendero </strong>a la hora de comer y de cenar. La única prohibición era bañarse antes de la larga <strong>digestión </strong>de tres horas. El resto del tiempo <strong>jugábamos </strong>en las pistas deportivas, nos columpiábamos, corríamos <strong>libres </strong>como conejos de monte, y sofocábamos los estragos del calor con <strong>chapuzones </strong>bomba, de espaldas o de cabeza; inventando <strong>olimpiadas </strong>con carreras de largos en estilo libre; haciéndonos <strong>aguadillas</strong>, huyendo del más pillo de la panda para que no te bajara las <strong>bragas </strong>del biquini; permaneciendo en el fondo y retándonos a ver quién aguantaba más debajo del agua… </p><p><strong>Aprendimos a nadar solos</strong>. Lanzarme a la piscina y unas píldoras de <strong>libertad </strong>caminan parejos en mi recuerdo. Al caer el sol volvíamos <strong>hambrientos </strong>al merendero: una pistola con <strong>chorizo </strong>o <strong>salchichón</strong>, y otra vez… al pilla pilla o al <strong>escondite </strong>hasta que nos echaban con viento fresco. De nuevo, volver en la camioneta, atravesar el descampado y llegar <strong>agotados </strong>al barrio.</p><p>Con el tiempo, los <strong>juegos </strong>se hicieron más sutiles. Me acuerdo del <strong>chico </strong>que me gustaba. Las <strong>manos </strong>apretadas, las palabras en la oreja enviando el telegrama, el vello de la cara <strong>erizado</strong>. Los tibios <strong>roces</strong>, escondidos entre los setos, intentando alargar el momento de ser descubiertos, y también el verano en el que no volvió: se había echado <strong>novia</strong>, ¡tan joven!... Y una amiga comprensiva, que permitió que le restregara las <strong>lágrimas </strong>en su regazo ese comienzo estival tan triste. De aquellos años en los que aprendí a nadar, <strong>bucear </strong>y hacer toda clase de piruetas 'a lo <strong>Esther Williams</strong>' en <em>Escuela de sirenas</em>, el agua se convirtió en mi elemento.</p><p>No sé si la piscina se fue o yo me marché de la piscina. <strong>Todo cambió</strong> cuando empecé a sentir la necesidad de nuevas experiencias fuera del control de los <strong>adultos</strong>, pero esos ya son otros veranos...</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Aug 2025 17:17:17 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Elena Terrones Hernández]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Aquella piscina de mi infancia en el camino de La Fortuna]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El patio de mi recreo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Volvimos muchas veces, pero ninguna fue como el primer verano en Bajo de Guía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/volvimos-veces-primer-verano-guia_1_2024093.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1a6226dd-3087-4db2-9823-a1d9aeeb4a89_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Volvimos muchas veces, pero ninguna fue como el primer verano en Bajo de Guía"></p><p>Miraba, no recuerdo si <strong>sorprendida </strong>o <strong>asustada</strong>, aquel <strong>enorme charco azul marino</strong> que se extendía hasta las arenas del Coto.</p><p>El <strong>cosquilleo de la arena</strong> en mis <strong>pies </strong>unido al de la <strong>espuma </strong>de la primera ola me hicieron recular. Metía un pie, lo sacaba y retrocedía; no porque el <strong>agua </strong>estuviese fría, que a mis <strong>ocho años</strong> el agua siempre estaba estupenda para darse un <strong>chapuzón</strong>, sino porque yo, niña de ciudad, acostumbrada al rectángulo escueto de la <strong>alberca </strong>de mi casa, no me fiaba en absoluto de lo que podía pasarme si avanzaba un paso más.</p><p>Mi <strong>padre </strong>hablaba con un hombre que acababa de arrastrar su <strong>barca </strong>fuera del agua. Noté que regateaban. Luego el hombre extendió su mano derecha, aun mojada, y recibió unas monedas.</p><p>—¡Vamos, subid! Daremos un <strong>paseo </strong>—gritó mi padre.</p><p>Nuestros menudos <strong>cuerpos temblorosos</strong> buscaron refugio arremolinándose junto a la madre.</p><p>—¡Qué <em><strong>cobardicas </strong></em>sois! No va a pasaros nada. Es solo un paseo por aquí cerca —insistió.</p><p>Se acercó a nosotros, <strong>nos cogió en brazos</strong> uno a uno y nos subió a la <strong>barquilla</strong>. A la rubia le pusieron unos corchos, pero ella protestaba porque, decía, 'esto pica y <em>teno </em>mucho susto'. El más chico no soltaba la mano de mi madre así le arrancaran el brazo. El segundo de a bordo se hacía el <strong>machito valiente</strong>. Y yo me agarraba a las maderas como si en ello me fuese la vida.</p><p>Mis <strong>padres tiraban del bote</strong> de un lado al otro sin que el agua les cubriese algo más que las <strong>rodillas</strong>. Nosotros, poco a poco, nos fuimos soltando, reíamos y queríamos que avanzaran más <strong>rápido</strong>, que entrásemos más <strong>adentro</strong>, que ellos también subieran y atravesáramos la <strong>Boca del Guadalquivir</strong> y descubriésemos aquella playa que se veía en frente.</p><p>Mi madre sacudía la cabeza. Y mi padre dijo que eso no era posible porque solo podíamos montar los <strong>niños </strong>y por <strong>quince minutos</strong> que ya estaban a punto de cumplirse.</p><p><strong>Bajamos llorando</strong>. Queríamos seguir. Mi madre, uno tras otro, nos metió en el agua y nos remojó. "Aprieta el sol y hay que <strong>refrescarse</strong>", dijo.</p><p>Se fue el <strong>miedo</strong>. Llegaron las <strong>risas</strong>. Jugamos en la orilla. Saltábamos las puntillas de encaje que las olas utilizaban para acariciar la arena dorada. Mi padre trajo la <strong>pala</strong>, el <strong>rastrillo </strong>y los <strong>cubos</strong>. Donde antes no había más que albero crecieron un castillo y unas murallas. Cinco monedas se convirtieron en las cabezas de los defensores y cinco sansones de las gaseosas en fieros atacantes.</p><p>El <strong>verano en Bajo de Guía</strong> había comenzado. Volvimos muchas veces; <strong>ninguna fue como la primera</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 31 Jul 2025 04:00:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Inmaculada González Benavides]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Volvimos muchas veces, pero ninguna fue como el primer verano en Bajo de Guía]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El patio de mi recreo]]></media:keywords>
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