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    <title><![CDATA[infoLibre - Aquí no hay quien viva: la ciudad en disputa]]></title>
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      <title><![CDATA[La desaparición del bar tradicional deja ciudades más solitarias, caras y segregadas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/politica/desaparicion-bar-tradicional-deja-ciudades-solitarias-caras-segregadas_1_2222255.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3feeb3ef-8ed7-41b1-81a9-f67d42af7360_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La desaparición del bar tradicional deja ciudades más solitarias, caras y segregadas"></p><p>En el bar, ese de barra de acero inoxidable o de madera, con vitrinas refrigeradas con ensaladilla rusa, patatas ali-oli, tortilla o boquerones en vinagre, se compartían conversaciones, titulares de periódicos manchados de grasa y opiniones de todo tipo: fútbol, política o religión. <strong>El bar ha funcionado durante décadas como extensión de la casa</strong>, <strong>como antesala del trabajo</strong>, como sitio para quedar con amigos y como espacio intercultural e intergeneracional.</p><p>“Podríamos decir que el bar y la plaza eran <strong>tecnologías sociales analógicas</strong> <strong>humildes</strong>, imperfectas, pero muy eficaces para mantener viva la convivencia espontánea”, resume <strong>Óscar Barroso</strong>, profesor del máster en Dirección de Personas y Desarrollo Organizativo de ESIC University. Pero, de un tiempo a esta parte, en las grandes ciudades y capitales se ha ido perdiendo ese “bar de toda la vida” en favor de locales más sofisticados.</p><p>El bar en España es similar al pub en Irlanda o la <em>brasserie </em>en Francia: un punto de encuentro, tertulia y refugio social. Sin embargo, desde hace 15 años está en claro retroceso. Según el <a href="https://www.ine.es/dyngs/INEbase/es/categoria.htm?c=Estadistica_P&cid=1254735576863" target="_blank">Instituto Nacional de Estadística</a>, desde 2010<strong> el número de bares ha caído de 202.720 a 163.890</strong>, una pérdida del 19,15%.</p><p>“Cuando el bar cierra o deja de ser accesible, económica o temáticamente, la ciudad pierde zonas de baja exigencia social”, dice Barroso. “Y eso es grave, porque una ciudad sana necesita <strong>lugares donde uno pueda estar solo por estar</strong>, sin producir, sin consumir mucho”.</p><p>Mientras, los <strong>restaurantes de diseño</strong>, “que cada vez se parecen más entre ellos”, como recuerda Mari Carmen, del bar El Botijo en Torrevieja, han pasado de 71.818 en 2010 a 83.714 en 2024. La transformación que advierte esta hostelera no es casual. Para <strong>Adama Sophie Ndao</strong>, geógrafa especializada en desarrollo y género, esta evolución responde también a la gentrificación y al turismo, dos fenómenos que alteran profundamente los espacios vecinales.</p><p>“En el plano económico, estas dinámicas provocan un <strong>aumento de los precios</strong>, a menudo desvinculado de la realidad económica local, lo que limita el acceso de la población residente”, explica Ndao. En el plano cultural, añade, los bares funcionaban como “microcosmos de la sociedad”, pero la expansión de conceptos estandarizados, como los gastrobares, favorece la <strong>pérdida de particularidades locales</strong> y modifica el papel social y cultural que históricamente desempeñaban los bares tradicionales.</p><p>Barroso reconoce que hay gastrobares magníficos, pero advierte de que muchos convierten esa autenticidad en una <strong>experiencia diseñada, empaquetada y vendible</strong>. “El problema aparece cuando sustituyen completamente al bar de proximidad y convierten la vida local en una escenografía”.</p><p>“El bar siempre fue un espacio de mezcla”, recuerda Rosi, del bar Vega en Madrid. Rosi lleva toda la vida dedicada a la hostelería y ha visto, personal y profesionalmente, cómo ese mestizaje ha ido decayendo en favor de “<strong>más planificación y menos azar</strong>”. De esa pérdida también advierte Ndao, porque contribuye a la fragmentación de la vida urbana mediante configuraciones espaciales cada vez más segregadas.</p><p>Mari Carmen y Rosi coinciden en que esa reunión de diferentes en el bar repercute en la <strong>tolerancia hacia la diversidad, la solidaridad y la convivencia</strong>. Para la socióloga <strong>Marianna Martínez Alfaro</strong>, la desaparición de los bares “no es neutra”, porque reduce los espacios informales de participación y convivencia, aumentando el aislamiento social y la sensación de pérdida de vida comunitaria.</p><p>“Cuando se pierde esa mezcla, aumenta la fragmentación social”, añade Barroso. “Los jóvenes se relacionan con jóvenes, los mayores con mayores, las clases medias con clases medias, los turistas con turistas y los vecinos con vecinos cada vez más parecidos. Eso empobrece la conversación pública, <strong>reduce la empatía y alimenta percepciones de amenaza</strong> o abandono”. </p><p>Para Javier Rueda, autor de <a href="https://lenguadetrapo.com/libros/es-posible/utopias-de-barra-de-bar/" target="_blank"><em>Utopías de barra de bar</em></a>, muchos nuevos establecimientos funcionan como filtros sociales: “Nos dicen ‘ven aquí si sabes lo que es lo umami’, ‘no vengas si quieres tomarte tres birras a buen precio’”. Esa transformación provoca una <strong>sensación de </strong><a href="https://www.understandingsociety.ac.uk/research/publications/publication-536891/" target="_blank"><strong>declive social</strong></a>, como argumenta la investigadora Diane Bolet, de la London School of Economics.</p><p>El cierre del bar tradicional está provocando la pérdida de espacios intermedios de socialización. Si la casa se vuelve más privada y el ocio más caro, el <strong>tiempo informal compartido se reduce</strong> y apenas quedan lugares para compartir.</p><p>Desde el punto de vista de Barroso, cuando desaparecen estos espacios para espontaneidad, las personas reconfiguran sus relaciones en tres lugares: el hogar, las redes sociales y los espacios de consumo más segmentados. <strong>“El hogar privatiza la vida social; las redes conectan, pero también polarizan</strong> y aceleran; y los nuevos espacios de consumo están filtrados por precio, estética o estilo de vida”.</p><p>En ese contexto, el bar cumplía una función silenciosa pero esencial: <strong>combate la soledad</strong>, facilita relaciones y sostiene la vida de barrio. </p><p>En la actualidad, “las <strong>interacciones son menos espontáneas</strong> y más organizadas, a menudo en torno a temporalidades definidas”, recuerda Ndao. Plazas y bares siguen funcionando como soportes de sociabilidad, pero esa sociabilidad aparece más regulada, menos informal y menos continua que en el pasado.</p><p>Estamos, quizá, ante un cambio de paradigma. “En un mundo ultradigitalizado, cada vez más estructurado por la inteligencia artificial, fragmentado y centrado en el individuo, las <strong>relaciones sociales se desarrollan en gran medida en el espacio digital</strong>”, dice Ndao. Y añade que no es posible un retorno al pasado, sino que hace falta identificar alternativas adaptadas a nuestros tiempos.</p><p>En esto, Rosi y Mari Carmen difieren. Para ellas, <strong>ese retorno al pasado existe en el pueblo</strong> y, más concretamente, en el bar del pueblo. En el mundo rural, los bares que aguantan son un refugio para sus habitantes: allí juegan a las cartas, charlan, toman café, se pasan para hablar con quien esté; en definitiva, socializan.</p><p>Los pueblos, sostiene Barroso, pueden ser uno de los últimos <strong>grandes laboratorios de comunidad</strong> real. “En verano vuelve la gente, vuelven los rituales, vuelve la plaza, vuelve el bar, vuelven las fiestas y vuelven los niños a la calle. Eso demuestra que la necesidad de comunidad no ha desaparecido”, dice este profesor.</p><p>Y es ahí, en los pueblos, donde los bares continúan su función social. Pablo, residente en Madrid y que pasa los veranos en <strong>Cabeza de Framontanos</strong> (Salamanca), cuenta que el bar es el lugar para quedar o para ver el fútbol, aunque también pueda verse en casa. Rafa y su esposa, que se mudaron a <strong>San Julián de Bimenes</strong> (Asturias), “sin costumbre de bares” tuvieron que pasar las tardes en el bar del pueblo “por donde pasa todo”.</p><p>Para Barroso, los pueblos no reviven en verano solo por nostalgia, “quizá el pueblo no sea el pasado, <strong>quizá sea una pista de futuro</strong>: ciudades más lentas, más relacionales y menos transaccionales”.</p><p>La duda que queda para las generaciones futuras es si esos “Bares, qué lugares / tan gratos para conversar”, como cantaba <a href="https://www.youtube.com/watch?v=6mVo3potenk&list=RD6mVo3potenk&start_radio=1&pp=ygUbZWwgY2Fsb3IgZGVsIGFtb3IgZW4gdW4gYmFyoAcB" target="_blank">Gabinete Caligari</a>, seguirán existiendo o acabarán recreados en un mundo digital donde ya no podamos hablar con el vecino, criticar al entrenador de turno, ver la lotería o mojarnos la manga de la camisa al apoyarnos en la barra.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 30 Jul 2026 04:00:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Iván Muñoz]]></author>
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