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    <title><![CDATA[infoLibre - Cambiar la vida]]></title>
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      <title><![CDATA[El verbo exacto no era administrar]]></title>
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      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/98f1e07e-d68b-46dd-a8f2-0f62cb36387d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El verbo exacto no era administrar"></p><p>Rimbaud sentenció que<strong> "la verdadera vida está ausente e hizo bandera de la urgencia de cambiar la vida".</strong> Con ello expresaba la necesidad de reinventar la existencia y de romper con la pasividad de una vida rutinaria y sin horizonte. Sería André Breton quien, décadas después, trazaría el puente definitivo entre esa rebelión íntima y la acción política al proclamar: "Transformar el mundo", dijo Marx<em>; </em>"cambiar la vida"<em>, </em>dijo Rimbaud: para nosotros estas dos consignas son una sola. </p><p>Así, un siglo más tarde de los versos del poeta, en 1971, <strong>ese anhelo emancipador dejó de ser un poema para transformarse en un proyecto político</strong> <strong>de mayorías</strong>. Las fuerzas progresistas francesas asumieron el desafío de unirse bajo el histórico <em>Programme commun</em>. El programa con el que sellaron aquella alianza y alcanzaron el poder en 1981 se tituló, precisamente, <em>Changer la vie </em>(Cambiar la vida, aquí y ahora). </p><p>Esa es la ambición que nos falta hoy. ¿Somos capaces de imaginar un mañana que nos empuje a cambiar el presente? El peligro de perder la imaginación política es que nos deja paralizados, <strong>esperando pacientemente el colapso del orden neoliberal, que no tiene ninguna intención de suicidarse</strong>. Llevamos años diagnosticando la muerte del neoliberalismo, pero nos equivocamos de verbo: el orden neoliberal no está muriendo, está mutando. </p><p>Los grandes tratados de libre comercio están cediendo el paso a las guerras comerciales, los aranceles y un proteccionismo feroz. La vieja retórica de la cooperación internacional y <strong>los derechos humanos ha sido barrida por el auge de nacionalismos excluyentes y un giro autoritario a nivel global</strong>. El neoliberalismo está dejando atrás su fachada alegre y consumista para mostrar su rostro más crudo: un modelo de exclusión, represión y violencia. Los valores democráticos que antes simulaba defender se están derribando por completo (si es que alguna vez existieron realmente). Sin embargo, mientras algunos cimientos de este orden se transforman, otros permanecen intactos: la defensa de la acumulación de riqueza, la desigualdad estructural como único motor de crecimiento para unos pocos a costa de las mayorías y, en definitiva, el culto al capital y el trabajo concebido como mera explotación. </p><p>El proyecto neoliberal forjado en los años setenta muestra síntomas de fatiga y agotamiento. Se está replegando hacia un conservadurismo oscuro, proteccionista y aferrado a los valores tradicionales. ¿Y cuál ha sido la respuesta? <strong>Toda intervención hasta ahora se ha limitado a intentar ponerle parches al sistema. </strong>A intentar volver a esa fase <em>alegre </em>del capitalismo, a enmendarlo un poco en lugar de socavarlo desde la raíz. </p><p>Y es aquí donde la izquierda tiene que mirarse al espejo. Hay muchísima gente ahí fuera que necesita que le digan las cosas de verdad, sin eufemismos. A pesar de los esfuerzos reales que hemos hecho para mejorar las cosas, la realidad demuestra que no son suficientes y la frustración crece. <strong>Hay una mayoría social profundamente descontenta, que no llega a fin de mes ni ve futuro, y nosotros no estamos interpelando a ese malestar. </strong>Nadie está a gusto en nuestro espacio, y es lógico: este agotamiento es el resultado directo de dedicarnos a gestionar el mundo diseñado por la derecha en lugar de cambiarlo. Y lo gestionamos, además, en unas condiciones materiales cada vez peores para la mayoría. </p><p>Construir el camino exige pisarlo, pero también saber hacia dónde se camina y cómo. Por eso, quizás, <strong>ha llegado el momento de preguntarnos qué somos realmente</strong>: ¿somos una excavadora dispuesta a remover los cimientos o una simple pala de playa que solo sirve para mover un poco de arena en la orilla? </p><p>La pala de playa es celebrar un indicador macroeconómico o una pequeña bonificación fiscal a las clases medias mientras la vivienda se traga más de la mitad del sueldo de una familia. Mover la arena del sitio para que, con la siguiente marea, todo vuelva a estar igual.<strong> La excavadora, en cambio, entra en el terreno de la propiedad y del poder. </strong>No maquilla la realidad: la remueve. Una izquierda con vocación de excavadora no se limita a pedir "responsabilidad social" a los fondos buitre; recupera para lo público las viviendas con las que especulan. No pide por favor. </p><p>Cuando se renuncia a encender la excavadora, lo único que queda es la gesticulación. Que la política del zasca parlamentario, la ocurrencia rápida o la idea de contraponer las bibliotecas a los vídeos de TikTok nos parezcan lo más combativo que tenemos <strong>es solo un síntoma de nuestra propia desorientación.</strong> Nos hemos creído que el ruido y la ocurrencia son por sí solos, un proyecto político.</p><p>A nuestro alrededor ya están pasando cosas: en California, la cuna de Silicon Valley y de los nuevos tecnoligarcas, se empujan referéndums para gravar a los multimillonarios. En Dinamarca, la presión social obligó a poner los impuestos a las grandes fortunas en el centro del debate electoral. En Berlín, la ciudadanía demostró que se puede ganar un referéndum para expropiar miles de viviendas a los grandes fondos buitre. En España, se debate cómo limitar el rentismo y empujan reformas de universalidad —desde ayudas a la crianza y comedores gratuitos hasta la regularización extraordinaria de las personas migrantes—. En Brasil, <strong>el Gobierno de Lula logró aprobar una reforma fiscal para aliviar la carga sobre la clase trabajadora</strong>. Todas estas victorias ayudan a dibujar ese horizonte deseable. Demuestran que la resignación no es un estado de ánimo inevitable, sino una victoria cultural de los de siempre que se puede revertir cuando se apela a la universalidad y a lo común. </p><p><strong>Ir a por todas no es solo una declaración de principios estéticos; es, de partida, el único enfoque ganador para la izquierda.</strong> Si cuando planteamos reducir la jornada laboral aceptamos discutir bajo los marcos de la derecha —si el eje de la conversación pasa a ser la "productividad", el "absentismo" o la "competitividad empresarial"— habremos perdido antes de empezar. Esos conceptos no nos pertenecen. No podemos defender el derecho al descanso justificándolo en que así el trabajador rendirá mejor para su jefe. Hay que hablar, sin complejos, desde la calidad, el disfrute de la vida y el derecho al tiempo libre. </p><p>La urgencia es total porque la alternativa es la barbarie literal. Mientras el progresismo titubea intentando convencer a la patronal de que sea un poco más amable, la extrema derecha no tiene miedo de mostrar sus cartas. En Chile, el mismo país en el que el gobierno de Boric y Jara conquistó las 40 horas, <strong>la ultraderecha de Kast propone ahora desregular el mercado para elevar la jornada semanal a 52 horas.</strong> En Argentina, Milei ha llegado al extremo patológico de habilitar la privatización de ríos y recursos naturales comunes. </p><p>Si estas disputas se pelean como batallas aisladas y bajo la jerga neoliberal, la derrota cultural está asegurada. Cuando ellos proponen robarte 12 horas más de vida a la semana o ponerle precio al agua que bebes, no están haciendo ajustes técnicos de eficiencia; están colonizando lo que queda de nuestra existencia. </p><p>En este marco, el nuevo programa de los Socialistas Democráticos de América (DSA) en lugar de abrumarte con un listado eterno de propuestas, te invita a hacer un ejercicio casi olvidado: <strong>imaginar un día de tu vida sin capitalismo. Imagina despertarte sin la angustia de que el casero te eche de casa</strong> porque la vivienda es un derecho garantizado y fuera del mercado. Imagina desayunar sabiendo que tu salud, tu educación y la de tus hijos no dependen del saldo de tu cuenta bancaria. Imagina un trayecto al trabajo en un transporte público rápido, gratuito y limpio. Imagina trabajar menos horas porque la tecnología y la automatización se han puesto al servicio de tu descanso. Imagina volver a casa con energía y tiempo para leer, pasear, cuidar a los tuyos o, sencillamente, no hacer nada. </p><p>Por eso, frente a la distopía del odio que promueve la derecha, nuestra respuesta tiene que ser la promesa tangible de una vida mejor, más fácil y más bonita. </p><p><strong>No podemos resignarnos a este grisáceo conformismo de administrar lo que hay.</strong> Frente a un capitalismo que nos roba las horas y nos vende la ansiedad como estado natural, la alternativa no puede ser una izquierda de la regañina, el sacrificio o la mera contención de daños. La política tiene que volver a hablar de cambiar la vida, de construir un <em>socialismo alegre </em>que reclame el derecho al tiempo, al descanso, al disfrute y a la belleza. Un proyecto que entienda que el verdadero lujo es la soberanía sobre el propio tiempo. </p><p><strong>La vida exige que la cambiemos, no que nos acostumbremos a ella.</strong> Esa debe ser la idea central que marque cada uno de nuestros pasos: nuestro programa nunca puede reducirse a ocupar un ministerio. La derrota de la izquierda no sería perder el Gobierno; la derrota de verdad sería perder la ambición.</p><p>___________________</p><p><em><strong>Ángel Muñoz Muelas</strong></em><em> es codirector del think tank </em><a href="https://ideasenguerra.com/" target="_blank"><em><strong>Ideas en Guerra</strong></em></a><em>. </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Jul 2026 04:01:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ideas en Guerra]]></author>
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