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Una mujer no tan oscura

Ilustración de Concepción Arenal.

Anna Caballé

 

Una mujer no tan oscura. ILUSTRACIÓN: ISABEL GÁLVEZ

Concepción Arenal estaba sola en su modesta casa alquilada de Oviedo con sus dos hijos cumpliendo alguna tarea escolar, o tal vez en el colegio. En todo caso, ella se sentía lo suficientemente tranquila como para dedicarle tiempo a su amiga Pilar Tornos y contestar a su larga carta donde esta le preguntaba, y se preguntaba, por las razones de su falta de proyección. ¿Por qué una mujer con una inteligencia tan incisiva como la suya no brillaba debidamente en el mundo? Su fiel amiga Pilar había leído algo de la prosa o de los versos que escribía entonces Arenal, ensimismada en tierras asturianas, intentando hacer frente a su reciente viudedad, lejos del cuarto de Madrid donde había visto morir a su esposo, y sopesando sus propias opciones de futuro. Hasta entonces, Arenal (Ferrol, 1820-Vigo, 1893) era conocida por algunos artículos, pocos, publicados en La Iberia y por un delicioso libro de fábulas en verso, escrito poco después de nacer su primera hija, Conchita, al hilo de la ilusión que puede sentir una madre ante su primer bebé. Con el abogado y tutor de los hijos de los marqueses de Villarreal Fernando García Carrasco había encontrado al hombre adecuado para ella, librepensador, amante del progreso, cultivado y a quien no importaba la apariencia severa, un tanto excéntrica, de su mujer. Pero aquella sólida relación duró poco.

García Carrasco enfermó y murió a los siete años de casados, el 10 de enero de 1857. Su hija, Conchita, probablemente concebida antes del matrimonio, había muerto de hidrocefalia a los dos años de nacer, de modo que Arenal se encontraba en un momento muy delicado de su vida. Con tendencia a la tristeza, aquellas dos muertes casi consecutivas la habían empujado a refugiarse en los paisajes del Norte, donde había crecido. ¿Cómo orientar su vida a partir de entonces con dos hijos pequeños y una pasión por las letras y la justicia social que no conseguía encontrar su camino? “¿Por qué el destino te mantiene tan alejada de un mundo en que tan brillante papel debieras hacer?”, le pregunta Pilar Tornos. “Tú y tu marido sois los únicos vivos que habéis intentado abrir paso a una inteligencia que nadie juzgaba buena, solo porque estaba perdida”, responde Arenal con la conciencia de la soledad intelectual que siente a sus 38 años y que nunca la abandonaría.

Ahora, gracias a la correspondencia recién descubierta, sabemos sin sombra de duda que su juventud fue rebelde, tormentosa, díscola y dominada por una vocación que la España de aquel tiempo no comprendía en una mujer. Tampoco lo entendió su madre, Concha Ponte, y el conflicto entre ambas nunca pudo resolverse. De modo que, en 1858, Arenal se ve como una inteligencia oscura, observada con recelo y sin capacidad para incidir en la sociedad, pero con el deseo de romper ese aislamiento.

Transformar la realidad social

Escribe versos (no es buena en poesía ni lo será, su literatura es demasiado racional), ha publicado fábulas para niños, tiene al menos dos novelas en un cajón y algunas obras de teatro. Todo inédito prácticamente. ¿Qué hacer? ¿Cómo romper la dinámica del ostracismo en el que vive? En Oviedo las conversaciones que mantiene con el párroco de Colloto sobre dios, la ciencia o la legitimidad de las revoluciones le dan una idea: escribir un ensayo que medie entre el cristianismo y el progresismo. Lo titulará Dios y libertad y en él se mueve entre dos filosofías, creyentes versus liberales y no creyentes, una oposición a la que se resiste, asegurando que es posible conciliar los contrarios.

Jaime Balmes, de personalidad tan independiente como la propia Arenal, se había arriesgado unos años atrás, queriendo conciliar a su vez el carlismo con el liberalismo, al proponer el matrimonio de Isabel II con el hijo del infante don Carlos (y hermano de Fernando VII), Carlos Luis, conde de Montemolín. Lo intentó sin ningún éxito; muy al contrario, se convirtió en el centro de una polémica que le conduciría en poco tiempo a la tumba. Arenal hereda algunos conceptos balmesianos como el de “pensar la nación” en términos morales antes que políticos, y en ello convendría profundizar, pues son muchas las correspondencias que rigen las vidas de los dos pensadores: su extremado orgullo, por ejemplo, y también el hecho de mantener ambos un periodo de “vida oculta” del que apenas tenemos noticias, como si en sus respectivos años de silencio (también Kant los tuvo) hubieran incubado las líneas generales de su obra posterior. Los dos sentirían pasión por transformar la realidad social de su tiempo. Los dos fracasaron.

En todo caso, Dios y libertad fue el texto que marcó el punto de inflexión de la escritura arenaliana. “¿Por qué escribo? Cuántos somos? ¿Dónde estamos?”, se pregunta en las primeras cuartillas de su ensayo, instituyendo su forma de reflexionar en el futuro, a partir de preguntas sencillas pero fundamentales, desde las cuales centra su punto de vista. En esta ocasión, se presenta como una pensadora cristiana que con su libro aspira a congregar las voluntades de cuantos deploran, en silencio, el radical divorcio que se ha producido entre religión y libertad, fe y ciencia, católicos y liberales, ortodoxos y reformistas. Su distancia, sostendrá, no es tanta, pues entre unos partidarios y otros hay un espacio compartido, constituido por la inteligencia, el sentimiento y el instinto del bien común. A Balmes le hubiera interesado el ensayo, pero había fallecido justo 10 años atrás, el 9 de julio de 1848.

Aunque el ensayo quedó inédito, a partir de entonces Arenal se concentraría en la prosa doctrinal y ética, abandonando casi por completo la literatura de imaginación en la que no había logrado abrirse camino. Excepto su conmovedor libro Cuadros de la guerraCuadros de la guerra (reeditado recientemente por Renacimiento), escrito durante su estancia en el hospital de sangre instalado en Miranda de Ebro en 1874. Una colección de relatos donde el sufrimiento y la destrucción ocasionados por la tercera guerra carlista se convierten en el epicentro de las historias contadas. En realidad, la obra constituye una apología del pacifismo y no creo que le hayamos prestado la debida atención.

Un árbol en una arboleda

Pero volvamos a 1858 cuando Arenal toma la decisión de salir del anonimato a base de muchísimo esfuerzo. La carta a Pilar Tornos que se cita al comienzo de este artículo muestra la fortaleza de su decisión: “Ha llegado para mí el tiempo de renunciar a mi retraimiento por dos razones. La primera, porque quiero tributar a la memoria de mi marido un homenaje que, para que signifique algo, no debe ser el de una mujer oscura; la segunda, porque quiero dar a mis hijos las ventajas de un nombre que sea algo más que un árbol en una arboleda, como decía Larra”.

La pensadora ferrolana nada dice de una tercera razón, más convincente y arraigada aún que las dos anteriores, y es la necesidad que siente de ejercer una influencia real y efectiva en la sociedad española. No llevaba nada bien, en efecto, eso de ser un árbol más en una arboleda, convencida como estaba de sus dotes intelectuales. El problema hasta entonces había sido cómo encauzarlos, cómo encontrar su camino y hacerlo en la soledad que podía experimentar la ambición de una mujer en aquel tiempo.

Aquel verano de 1858 Arenal se trasladaría con sus dos hijos a Potes para vivir entre montañas, en un aislamiento total. Alquiló una casa a la familia Monasterio y, al poco de llegar, leyó en la prensa, que llegaba al pueblo cántabro con varios días de retraso, el anuncio de la convocatoria de un concurso promovido por la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. La verdad es que parecía pensado para ella. El objetivo propuesto por la Academia era reflexionar sobre cómo articular la caridad privada con la beneficencia pública y a quién correspondía qué. Los conceptos se mostraban muy confusos.

Arenal vio de inmediato la forma de rentabilizar algunos de los argumentos que había utilizado en el libro que acababa de escribir. Por ejemplo, la diferencia diáfana que ya establecía entre beneficencia, filantropía y caridad. La primera, dirá, es un deber político y corresponde al Estado; la filantropía es un sentimiento filosófico que procede de los ideales de igualdad y justicia, y pertenece a la sociedad civil; la caridad es un concepto cristiano y a los cristianos corresponde ejercerla.

En su escrito, Arenal está proponiendo ya que toda la población tenga derecho a una cobertura sanitaria, que las instituciones de beneficencia se rijan por las leyes de la eficacia y la transparencia en la gestión de los recursos, que el Estado promueva la obra pública en relación con asilos, hospitales, escuelas y cárceles. Y lo que es más importante, propone fomentar un estado de opinión que favorezca un cambio de sensibilidad en la sociedad en relación al bien público y a sus necesidades. También propone la rehabilitación moral del demente: ninguno de nosotros, dice, podría preservar su razón si viviera encerrado en una jaula inmunda solo a la espera de la muerte. Maravillosa Arenal, con su sentido neto de la justicia y de la eficacia.

Ampliamente reconocida en el extranjero

Al pie de su trabajo puso el nombre de su hijo, Fernando García Arenal. El niño tenía 10 años. La Academia quedó deslumbrada con el trabajo presentado e hizo público el fallo y el nombre del “premiado” en la prensa, tal y como se anunciaba en las bases. Al saberse la verdad y conocerse la edad del pequeño, en la Academia quedaron desconcertados. ¡La autora del escrito que se había impuesto con gran diferencia al resto de participantes era la madre del firmante! El malentendido pudo solucionarse y fue la primera vez que la Academia de Ciencias Morales y Políticas concedía el premio a una mujer, aunque lo hizo ignorando que lo fuera.

Concepción Arenal ganaría, excepcionalmente, en tres oportunidades distintas el premio de la Academia. Nunca la invitaron a formar parte de la misma, cuando era costumbre que a los premiados se les invitara a ingresar como miembros de la corporación. Sin embargo, ella alcanzó una gran proyección internacional gracias a la publicación de sus Estudios penitenciarios, y su obra como penalista fue reconocida y estimada en Europa, Estados Unidos y también en América Latina.

Me pregunto qué hubiera sido de la carrera de Arenal sin ese premio inicial capaz de reconocer sus méritos pensando que eran los de un hombre. Para ella fue un respaldo suficiente y eso le dio la fuerza necesaria para labrarse un futuro propio. Cuando la Academia, consciente de la representatividad moral que ejercía la institución, intentó reparar su falta de generosidad y bonhomía, Arenal veía pasar sus últimas horas y el intento de proponer su acceso como miembro de número se desvaneció como una voluta de humo en el horizonte de la indiferencia general. Era demasiado tarde. Hoy nadie se acuerda de muchos de aquellos hombrecillos que frenaron su incorporación, pero Concepción Arenal está más viva que nunca.

*Este artículo está publicado en el número de marzo de tintaLibre. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.aquí

 

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