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Occidente ataca a Occidente

Occidente ataca a Occidente

Luz Gómez

“Si tenían una religión, era París”, declaraba a propósito de los hermanos Kouachi un viejo compañero de orfelinato, Mohamed Badaoui, rememorando su adolescencia a raíz del atentado contra el semanario Charlie Hebdo (The New York Times, 17.1.2015). Durante seis años, Saïd y Chérif Kouachi crecieron en un centro estatal de acogida de un pueblo de 1.700 habitantes de Corrèze, en el centro de Francia. Salieron de allí en 2000, por fin rumbo a París. Pero algo se torció: la primera vez que fue detenido, Chérif, repartidor de pizzas, confesó haber comenzado su viaje al yihadismo tras ver por televisión las imágenes de las vejaciones a los musulmanes en la prisión iraquí de Abu Ghraib, un año después de la invasión de Irak en 2003.

“¿Por qué nos odian los musulmanes?” En estas últimas semanas, una pregunta así ha vuelto a las tertulias de los medios de comunicación intentando que cale en la gente. Sin embargo, la historia de Chérif comenzó justo al contrario, cuando un chaval de provincias que soñaba con París se preguntaba por qué los europeos odiamos a los musulmanes. Ambas preguntas resumen el desafío al que se enfrenta la Europa civil arrinconada por la Europa de los mercados: el fracaso de la construcción de una Europa igualitaria. Las dos preguntas, por motivos distintos, reproducen la lógica perversa del nosotros/ellos que ha sostenido desde el siglo XIX el proyecto colonial europeo, aún en curso. Pero existe una gran diferencia entre ellas: una es la pregunta de las víctimas de la historia, que no puede olvidarse cuando conviene.

Hay que recordar que ha sido Occidente el que ha mirado y tratado con desprecio e impunidad a amplias capas sociales del resto del mundo, desde China al Mágreb. Y que ha sido el que ha excluido del club de la europeidad a la mano de obra inmigrante necesaria para sostener el desarrollo económico de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Las contrarrevoluciones que padece el mundo árabe son el último episodio de esta larga historia de manipulaciones e intervenciones: cicateros en su apoyo a las demandas de pan, justicia y dignidad de los pueblos árabes, los mandatarios europeos, desde Hollande a Cameron, añoran hoy la estabilidad de la autocracia en Siria y Libia o la saludan en Egipto y Bahréin.

Un grupo de mujeres musulmanas en Barcelona.

Una característica primera de la mirada hegemónica europea, que hace gala de su Ilustración y su secularismo, es la sobredeterminación religiosa de los musulmanes y de sus sociedades. Pensar que el islam prevalece sobre otras formas de identidad o pertenencia, o más aún, que es incompatible con ellas, condiciona todo entendimiento en términos occidentales, y convierte en sospechosos tanto a individuos como a colectividades enteras. Este no es el mejor de los caminos. En Europa los musulmanes se ven en la necesidad de reafirmar continuamente su lealtad a los principios constitutivos de la ciudadanía (la democracia, la libertad de expresión y conciencia, los derechos humanos) en respuesta a un estado de opinión que los estigmatiza, o, en el mejor de los casos, los trata con condescendencia paternal.

A ello ha de sumarse la consideración generalizada y acrítica del islam como una realidad monolítica, no articulada por los diversos espacios geográficos y culturales en que ha arraigado ni por sus 14 siglos de historia. Si los europeos ni siquiera toman en consideración la existencia de un islam árabe, persa, indio, turco, burgués o feminista... ¿cómo van a considerar un islam europeo o un partido demoislámico? Una frase tan simple como demasiadas veces escuchada lo resume con la plasticidad de lo inapelable: “Es que es musulmán, y el islam dice...” A partir de esa premisa, el menor esfuerzo de comprensión resulta inútil. Porque el islam, como cualquier religión, dice esto y aquello, todavía más hoy en que las formas de decir del islam se han desterritorializado gracias al mundo digital. Eso por no hablar de lo que John Esposito y Dalia Mogahed han calificado de “secuestro del islam” a manos de gobiernos musulmanes y de terroristas de todo signo.

La supuesta superioridad moral de Occidente se ceba con particular saña en las mujeres musulmanas, a las que hay que “liberar”: disminuidas por su indefensión e inferioridad jurídica y social, necesitan el consejo y apoyo de los occidentales, sobre todo de las occidentales, para salvarse. En este sentido, la “cuestión del velo” es paradigmática de cómo se alimenta el inconsciente colectivo sobre el islam en Occidente. La musulmana es un estereotipo, impersonal y comunitario, hasta el punto de que ponerse o quitarse el hiyab se convierte en Europa en asunto de Estado.

La legislación francesa lo ha llevado al paroxismo con la prohibición de su uso en escuelas y lugares de la administración, pero en España, donde la descentralización del Estado abre resquicios a legislaciones locales y autonómicas ad hoc, la cuestión no es menos alarmante: algunos ayuntamientos catalanes ya se han lanzado a prohibir burkas en nombre de la seguridad ciudadana. Poco importa si las musulmanas acaban sintiéndose “un trozo de trapo andante”, un objeto y no una persona, lleven burka o hiyab o dejen de llevarlo.

Hoy la cuestión de la mujer es, en expresión de la feminista argelina Marnia Lazreg, “el nuevo caballo de Troya de la geopolítica neoimperial contra la pujanza de la contestación islámica”. El yihadismo lo sabe bien, y lo utiliza a su vez en su beneficio. Las mujeres afganas, nigerianas o yazidíes están aún más, si cabe, en el punto de mira de los radicales en la medida en que vejarlas llenará los titulares de la prensa occidental: ¡Quién no se ha solidarizado con las 200 chicas secuestradas por Boko Haram! Pero ¿quién se ha preocupado de los 2.000 campesinos asesinados de una tacada por este mismo grupo yihadista en el norte de Nigeria, coincidiendo con los atentados de París?

Fabricando yihadismo

El yihadismo aúna dos características que le hacen muy seductor: es a la vez profundamente moderno y sabiamente antiguo, es a la vez del siglo XXI y del XIX. Es tan actual como para utilizar con destreza los marcadores posmodernos del relativismo (“Nosotros no matamos mujeres”, le dijo uno de los hermanos Kouachi a Sigonèle Vison, periodista de Charlie Hebdo que se escondía bajo una mesa) y de la comunicación (Coulibaly preparó un vídeo reivindicativo antes de su asalto al supermercado kosher y lo puso a salvo para que se difundiera después). Y es tan antiguo como para tener el atractivo de las grandes ideologías que en el pasado amenazaron la existencia misma de lo que se llama “Occidente”.

Lo más notorio de los atentados de París, a efectos de análisis político, es que por primera vez el yihadismo ataca a Occidente desde dentro de Occidente: el yihadismo también es francés, no viene de remotos desiertos. No querer verlo, escindir Oriente y Occidente para explicar que son las descompuestas sociedades árabes o el islam los que alimentan la barbarie que llevó a los hermanos Kouachi y a Amedy Coulibaly a cometer los atentados es una ceguera de consecuencias previsibles: más odio, más ignorancia, más violencia.

Amer Mohsen, conocido articulista libanés, insistía en ello en una temprana tribuna en el periódico Al-Ajbar (8.1.2015): “En lugar de recurrir a las disculpas, hay que explicarles a los franceses, con claridad, que ese es su islam, de ellos, no nuestro islam, y que lo que ha pasado en París es el principio y no el final de la cosecha que han sembrado. Ahora les quedan dos opciones: o buscar los fallos de sus políticas y de su racismo, o tomar la dirección contraria, es decir, el camino de la extrema derecha, y rendirse a la idea de que el problema es el islam y los musulmanes, que vienen de la estratosfera».

Hay que decirlo de una vez: el odio al musulmán es una forma de racismo, por más que los dirigentes europeos traten de suavizar los términos y huyan de pronunciar la palabra “islamofobia”. Como tal, no es el estallido imprevisible de una aberración, sino, como insiste Angela Davis, algo lógico, inevitable, producto de una serie de políticas.

El racismo se fabrica en las instituciones y en los medios de comunicación. En Europa, la arrogancia cultural de sus élites ha acompañado a las políticas sociales y económicas miopes que alimentaban un mundo binario: los europeos y los inmigrantes; Occidente contra el terror; Ilustración frente a islam. La crisis actual es tan grande que Manuel Valls ha llegado a reconocer que en Francia existe “un apartheid territorial, social y étnico”.apartheid Si bien buena parte de la responsabilidad recae sobre los gobiernos, que no han querido o no han sabido ejecutar auténticas políticas igualitarias, la clase intelectual no es menos responsable de la aceptación condescendiente con que, como el menor mal posible, se mira a estos “otros” europeos. Es algo que no se suele destacar, pero en lo que conviene insistir si de entender lo que ha pasado y de pensar el futuro se trata.

La elección del semanario satírico francés como objetivo terrorista ha convertido a los intelectuales en su conjunto, no a un determinado autor o artista, en “militares” a los que la lógica yihadista combate. Otra frase de uno de los hermanos Kouachi es sintomática de todo ello: “¡Largo! ¡Nosotros no disparamos a civiles!”, le gritó a un comercial que visitó la imprenta en la que se escondieron. Lo que Kouachi quiere decir es: no soy un bárbaro, un tercermundista desalmado que desconoce las leyes de la guerra. Pero además, se da voz a sí mismo y con ello responde al racismo ilustrado de buena parte de la intelectualidad francesa, a su peligrosa islamofobia de salón, utilizando igualmente un doble lenguaje, una doble moral.

Luz Gómez es arabista y profesora de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Autónoma de Madrid.

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