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Tiempo de pioneras en la Residencia de Señoritas

Tiempo de pioneras en la Residencia de Señoritas

En una carta dirigida a María de Maeztu, directora de la Residencia de Señoritas, en 1916, el padre de una alumna del centro reflejaba toda la concepción moral reaccionaria que se imponía a las mujeres en aquella época. “Hay por ejemplo”, escribe don Ventura Alvarado, desde Villablino (León), “los viajes a la sierra que yo de buena gana le suprimiría y que le he permitido en la creencia de que a usted, señorita Maeztu, le agradaba hiciese. Tengo entendido que han llegado a ser estas reuniones en la sierra, más que motivo de sport, quizás de amistades poco envidiables, pues a veces degeneran en amorosas y, como usted comprenderá, no estoy dispuesto a que continúe, si usted no está segura de que me han engañado, al decirme esto que acabo a usted de comunicar”. No vayan ustedes a pensar que don Ventura Alvarado era un conservador recalcitrante, ya que la mayoría de estudiantes de la Residencia de Señoritas procedía de familias liberales e ilustradas. Pero la libertad tenía muchos límites, incluso para aquellas alumnas que representaron entre 1915 y 1936 la élite de un movimiento feminista que comenzaba a gestarse en España.

Con una filosofía de discreta emancipación femenina, a imagen y semejanza de la masculina Residencia de Estudiantes y alentada por los aires de renovación pedagógica, esta institución intentó brindar a las chicas residentes, en su mayor parte de clase media y alta, “un ambiente sano, favorable a los ideales morales, utilizando para ello la acción de la vida corporativa en un régimen de prudente libertad”, según reza una memoria de la época de la reformista Junta de Ampliación de Estudios. A pesar de estos postulados tan moderados, cualquier avance social en favor de la mujer era considerado subversivo en la España de la monarquía de Alfonso XIII de comienzos del pasado siglo, un país marcado por la retrógrada ideología de la Iglesia católica y donde más de la mitad de las españolas eran analfabetas.

Organizada al estilo de lo que hoy podríamos considerar un colegio mayor o un college al estilo anglosajón, la Residencia de Señoritas ofrecía, junto al alojamiento, servicios de biblioteca, excursiones, viajes de estudio, práctica de deportes, laboratorio de química o becas para estudios en el extranjero. Además, las actividades culturales incluían conferencias de personalidades de aquellos años como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Ramón Gómez de la Serna o Niceto Alcalá Zamora. O sea, una auténtica revolución para un país donde casi todas las mujeres seguían con la pata quebrada y en casa.

Por ello, no resulta exagerado afirmar que en aquellos edificios de la calle Fortuny, entonces una vía en las afueras de Madrid y hoy una de las zonas más elegantes y exclusivas del centro de la capital, se formó en buena medida la intelectualidad feminista que irrumpió en la década de los veinte y sobresalió, más tarde, en los fructíferos años republicanos. Las que Shirley Mangini, una historiadora experta en el feminismo español, llamó las “modernas de Madrid” pasaron o bien por la Residencia de Señoritas o bien fundaron el Lyceum Club en 1926. La lista integra a escritoras como Zenobia Camprubí, Carmen Baroja, María Lejárraga, Concha Méndez o Carmen Conde; pintoras como Maruja Mallo; abogadas y diputadas como Victoria Kent e Hildegart Rodríguez; o diplomáticas como Isabel de Oyarzábal. Todas estas profesionales fueron, sin lugar a dudas, la punta de lanza que permitió que las heroicas 21 mujeres entre 15.000 hombres que cursaban estudios superiores en 1910 pasaran a ser 2.000 universitarias entre 30.000 varones en 1932.

Ingresada en la Residencia de Señoritas en 1916, un curso después de la apertura del centro, Victoria Kent procedía de una familia de clase media de Málaga y contó con el respaldo de sus padres, un sastre y un ama de casa liberales, para seguir sus estudios en Madrid tras haberse graduado como maestra en su ciudad natal. Apoyada por María de Maeztu, la directora de la Residencia, Victoria Kent trabajó como bibliotecaria del centro entre 1916 y 1922, mientras cursaba su carrera de Derecho. Una vez colegiada como abogada, la primera en la historia de España, Kent siguió vinculada a la Residencia.

Esas circunstancias otorgan, por tanto, un notable valor al testimonio de Victoria Kent sobre el ambiente en la Residencia de Señoritas. En su archivo personal figura la siguiente descripción del clima que encontró en la Residencia y que ilustra el día a día de aquellas pioneras. “Después de la cena nos reuníamos en el salón a conversar, algunas veces el piano sonaba y bailábamos un poco. (...) El ambiente creado por las residentes era fraternal y convivíamos cordialmente con todas las ideologías. Disponíamos de toda libertad para asistir a nuestras clases, bien en la universidad, bien en otros centros culturales. Pero las salidas de noche sólo eran permitidas si íbamos acompañadas por algunas amigas o familia responsable. No teníamos contacto con la Residencia de muchachos, es decir, no teníamos reuniones conjuntas, pero podíamos asistir a las conferencias que se organizaban allí”.

Alumnas de la residencia estudiando.

Como ocurrió con todas las iniciativas progresistas y emancipadoras, la República significó un espaldarazo a sus actividades y su proyección pública entre 1931 y 1936. Utilizada para fines educativos y también para menesteres hospitalarios durante la Guerra Civil, la victoria franquista en la contienda convirtió la Residencia de Señoritas en el colegio mayor Santa Teresa, bajo la dirección de la Sección Femenina de la Falange. Desde 1983, el restaurado edificio de la calle Fortuny alberga a la Fundación Ortega y Gasset.

Con el viento a favor de la experiencia de la Residencia de Señoritas e inspirado en instituciones de mujeres fundadas en Londres o en París, nace en 1926 el Lyceum Club, que también estuvo presidido por María de Maeztu, indiscutible matriarca de un feminismo moderado que evolucionará a posiciones franquistas tras el fusilamiento de su hermano Ramiro por los republicanos. Con Victoria Kent e Isabel de Oyarzábal como vicepresidentas, el Lyceum Club fue concebido como club social y cultural, como lugar de reunión y centro de agitación. La presencia entre sus impulsoras de varias esposas de personajes famosos llevó a la maledicencia machista a calificar el Lyceum como el “club de las maridas”.

En casa para cenar

De cualquier modo, las contradicciones de aquellas vanguardistas les llevaron a romper mucho moldes y, al mismo tiempo, a transigir con roles sociales que las condenaban a un papel secundario. Este párrafo de Recuerdos de una mujer de la generación del 98, obra de Carmen Baroja, hermana de Pío Baroja, esposa de Rafael Caro y una de las responsables del Lyceum Club, resume el largo camino que las mujeres habían de recorrer en busca de la igualdad. “Yo tenía la buena costumbre de dejar a mis conferenciantes sentados en un magnífico sillón que teníamos para el caso, detrás de una mesita con un vaso de agua y hasta alguna flor, y marcharme a casa, pues Rafael, si no estaba para la hora de cenar, que solía ser muy temprano, se ponía hecho una furia. Así que casi nunca me enteraba de lo que habían dicho los conferenciantes”.

Rafael Caro no era ni mucho menos el único ejemplo de intelectual varón que despreciaba la emancipación de las mujeres. A pesar de que grandes nombres de la literatura y de la política disertaron en el Lyceum Club, algunos como el premio Nobel de Literatura Jacinto Benavente, se negaron a dar una conferencia “a tontas y a locas”.

La exposición 'Mujeres en vanguardia. La Residencia de Señoritas en su centenario' se podrá ver hasta el 27 de marzo de 2016 en la Fundación Residencia de Estudiantes, calle Pinar 1, Madrid.

'Mujeres en vanguardia. La Residencia de Señoritas en su centenario'

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