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De angulas y chanquetes

Fernando Pérez Martínez Publicada 25/09/2014 a las 19:15 Actualizada 25/09/2014 a las 19:16    
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La anguila es un pez que puede medir entre 70 y 150 cm o más. Su alevín, la angula, no llega a 8 cm alcanzando un peso de 1 gramo. Ronda precios estratosféricos y está destinado a servirse en los menús de postín o como alimento de los paladares de poseedores de barrigudas cuentas corrientes. Es el único alevín permitido para la pesca por las leyes internacionales. Es decir que en una minúscula tapa de angulas al ajillo con un leve aroma de cayena el comensal engulle un par de docenas de pececillos atrapados en dos o tres movimientos de tenedor que equivaldrían a dos metros y medio de anguila si se hubiese dado tiempo a los alevines para desarrollarse como peces adultos. Lo cierto es que esa inmensa ración de anguila adulta nunca alcanzaría el precio de mercado de sus correspondientes alevines.

Es este sutil detalle económico el que al parecer hace que valga la pena el desperdicio alimentario que ensombrece el futuro de la anguila. Hay quien afirma que es prácticamente indistinguible para el paladar humano la diferencia entre un bocado de espagueti cortado al tamaño adecuado y otro de angulas cocinados ambos al ajillo con un leve rubor de guindilla. El chanquete, rigurosa y razonablemente prohibida su pesca, era en cambio bocado exquisito para los paladares populares. Disuadidos éstos de su ancestral consumo por el daño que causa a la reserva de sardina y boquerón. Disciplinadamente el gusto popular prescindió de la degustación de este manjar por razones de equilibrio ecológico y amor a sardinas y boquerones.

Dos ejemplos de las diferencias que distinguen a los poseedores de rasgos tan contrapuestos dentro de la especie humana. Aquellos que hacen prevalecer su deleite egoísta abocando a la extinción a una especie animal por mor de un placer efímero y aquellos otros que renuncian a la satisfacción momentánea y fugaz antes que amenazar la supervivencia de una estirpe de seres vivos.

Si trasladamos este ejemplo a otros consumos desaforados y prescindibles o regulables: energía, vestido, ocio, agua, nos encontramos con la misma reacción. La mayoría de la humanidad se abstiene de determinados hábitos consumistas, mientras que grupos minoritarios que rentabilizan en hipertróficos beneficios patológicos el derroche de recursos no están por la labor. Siendo estos grupos minoritarios los responsables de las amenazas más directas a la viabilidad del planeta en cuanto se refiere a recursos y contaminación amparados en la mixtificación que los medios de comunicación establecen. La falaz equidistancia entre usuarios y abusadores sin diferenciarlos cuando se refieren a estos asuntos. La apuesta por el uso casi exclusivo de los combustibles fósiles y contaminantes no es responsabilidad de otros sino de quienes pudiendo propiciar el desarrollo de fuentes de energía como la radiación solar, no muestran el más mínimo interés en su sustitución por energías limpias y prácticamente inagotables, además de muchísimo más baratas a medio plazo. A estos genocidas del planeta nadie emplaza a dar explicaciones. A estos, los medios de comunicación no denuncian, permitiéndoles medrar amparados en campañas publicitarias engañosas. Se les teme y se les respeta por miedo a su poder exterminador puesto de manifiesto en su falta de escrúpulos con los bienes colectivos. Éstos no amenazan a la anguila, la sardina o el boquerón, amenazan a los alevines humanos. Tus hijos y los míos. Contra lo que se pudiera pensar y se induce a creer el futuro de las generaciones humanas no está en manos de la colectividad sino en las de una exigua minoría a la que permitimos traficar y beneficiarse de los recursos del planeta que despilfarran obscenamente amparados en campañas publicitarias que inducen a considerar iguales los desaforados gastos de agua y combustible, por ejemplo de factorías de productos innecesarios pero lucrativos y los del hogar medio que en la ducha invierte más de cinco minutos por persona o el uso del vehículo familiar para ir al colegio y al trabajo en lugar del autobús.

Cuando uno visita un centro comercial tiene ocasión de apreciar la enorme cantidad de productos prescindibles que abarrotan los expositores, la abigarrada multitud de manufacturas que nunca echaríamos de menos sin la falaz labor de la publicidad. Toda esta producción basura agota los recursos de agua y energía y contamina vanamente la naturaleza para dejar un criminal saldo en las obesas cuentas de resultados de las empresas de media docena de particulares sin escrúpulos ni conciencia de estar impidiendo el desarrollo de otros flancos de la inteligencia humana que alumbrarían la viabilidad de un futuro para todos.

Fernando Pérez Martínez es socio de infoLibre



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