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Y reinará el terror

África Olaria Ballús Publicada 18/01/2015 a las 18:52 Actualizada 10/02/2015 a las 18:53    
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No hace falta ser un gran erudito o un especialista en religiones para encontrar fácilmente en todas ellas referencias a un futuro reino del terror, descrito con mayor o menor precisión; y parece que ese reino ha llegado.

En un momento en el que la tecnología entra cada vez más en nuestras vidas, al más puro estilo 1984, con sus rastreos informáticos, las filmaciones de sus drones por encima de nuestras cabezas y sus múltiples cámaras de seguridad –en Inglaterra, por ejemplo, eres el protagonista de tu vida cada minuto y medio– ni baja significativamente la delincuencia, ni se tiene mayor sensación de seguridad.

Al contrario, los terroristas se hacen más fuertes y osados, atacando a plena luz del día, sin miramientos ni temor, actuando como si fueran los especialistas de una vulgar película de acción –curiosamente siempre hay alguien dispuesto a arriesgar su vida para filmar sus hazañas y que podamos ver, en vivo y en directo, como rematan a un hombre indefenso que, tirado en el suelo, suplica clemencia– pero con víctimas que sangran y mueren de verdad, desgraciadamente.

Y todo el mundo a rasgarse las vestiduras, a movilizarse en manifestaciones multitudinarias: el pueblo por aquí, los (y las) mandatarios por allá, y a pedir a gritos más medidas de control para que no me toque a mí.

Lamento informarles de que, por mucho que se haga, nunca va a ser suficiente; si alguien quiere atentar, atentará.

El problema no está en evitar el acto en si, tampoco las nuevas tecnologías son una fuente de riesgo añadido: antes no las había y también se perpetraban sangrientos atentados.

Parece que a nadie le importa indagar en las razones que empujan a un ser humano a asesinar indiscriminadamente a otros, como lo pueden ser la falta de oportunidades y la miseria –humana y monetaria– ingredientes perfectos para un caldo de cultivo en el que pueda arraigar el fanatismo. Fomentar la impotencia, el odio y la rabia, corrupción a corrupción, injusticia a injusticia, recorte a recorte, ayuda a despertar de nuevo en el de enfrente viejas rencillas fuertemente arraigas tales como “la culpa es del emigrante y todo musulmán es un fanático”, trampa en la que se cae, una y otra vez, a lo largo de la historia pese a haberse demostrado en cada ocasión que no tenía fundamento y servía el interés de unos pocos. Y es que el ser humano parece programado para señalar a un culpable antes que mirar en su propio interior, reflexionar sobre los hechos concretos o cuestionarse las explicaciones fáciles que le ofrecen en bandeja los poderosos.

Al mismo tiempo poco o nada se informa de la carta abierta dirigida al califa-jefe del Estado Islámico en la que eruditos musulmanes del mundo entero condenan, apoyándose en el Corán, las atrocidades cometidas por los djihaidistas, en la que se dice, entre otras muchas cosas: “Habéis dado al mundo un bastón con el que castigar al Islam cuando en realidad el Islam es completamente inocente de esos actos y los condena".

Tolstoi ya decía que una sociedad tiene que estar muy enferma para que uno de sus hijos esté lo suficientemente desesperado como para que el matar indiscriminadamente le sea indiferente.

Pero los actos de terror de hoy no se llevan a cabo solos:

¿De dónde salen los que adoctrinan a los ejecutores?

¿De quién aprendieron a hacerlo con tanta eficacia?

¿Quién los organiza?

¿Quién los financia?

Para contestar a estas preguntas de sentido común quizás lo mejor sea hacer una más:

¿Esta situación a quién beneficia?
 
No deja de ser curioso que en un momento tan convulso, en el que muchos se están cuestionando la legitimidad de un sistema que nos ha abocado al fracaso y a una desigualdad cada vez más manifiesta, y en el que, además, esos sentimientos van ganando adeptos día a día abriéndose camino hacia la victoria en las urnas, se sucedan en Europa, de forma obviamente planificada, esa serie de actos terroristas clamando que nadie está a salvo.

Y la coincidencia es todavía mayor cuando los detractores y reticentes al cambio se caracterizan por agitar en el aire, entre aspavientos y amenazas, el falaz y visceral argumento del miedo: si votáis a fulano os echaremos del euro, si votáis a mengano os quedaréis sin papel de aseo...

Por todo ello a lo mejor nos falta preguntarnos:

¿A quién sirven esos violentos?

¿Quién es el principal beneficiario de este reino del terror?



África Olaria Ballús es socia de infoLibre


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