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El vivir del jubilado

Jaime Richart Publicada 12/06/2015 a las 06:00 Actualizada 12/06/2015 a las 21:44    
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Voy a hablar del jubilado hombre. De la jubilada mujer ya se ocupará una mujer. Pese al igualitarismo entre ambos sexos que la sociedad actual persigue tenazmente sigue habiendo diferencias entre ellos; sigue habiendo diferencias, por la fortuna que hay en todo fuerte contraste.

Pues bien, la jubilación produce en el jubilado uno de estos dos efectos globales: el de una condena o un castigo, o el más normal de una bendición. En el primer caso es el principio anticipado del fin de una vida. En el segundo es el inicio de una nueva y segunda oportunidad.

Hablaré aquí de este último, más habitual.

Partiendo de una salud normal o media del jubilado en el que pienso, necesitamos conocer tres datos que condicionarán la nueva situación vital: el montante económico de la pensión; la necesidad o no de allegar ayuda a hijos o a nietos; las expectativas o el nivel de exigencias materiales del pensionista.

Suponiendo que no se dé el caso de la ayuda que merma considerablemente las posibilidades de vida desahogada del jubilado constriñéndole a una austeridad forzada, en el resto de los casos y sea cual fuere la suma de la prestación, el jubilado normal se encuentra ante una súbita necesidad que no viene determinada por ninguna otra condición: aprovechar al máximo el tiempo para sí mismo, devorar la vida que le quede por delante.

Al principio y por varios años éste será el objetivo. Se reunirá con viejos amigos o buscará nuevas relaciones. Se acostará a altas horas de la noche y, dependiendo del carácter personal, hará a lo largo del día la obra o las cosas que antes no pudo hacer o disfrutará simplemente del dejarse llevar por el día a día. Comerá la cantidad que siempre comió o más, dormirá menos o más pero no lo mismo que las horas que durmió; en condiciones normales las relaciones sexuales con su pareja, si la tiene, serán más frecuentes; añadirá ejercicio físico, caminatas o paseos rutinarios; en general se mostrará exultante como si hubiera vuelto a nacer.

Pero luego, poco a poco, la naturaleza, el instinto y los mensajes que envía un organismo ya menos anestesiado por la presión de las preocupaciones derivados de la actividad que precedió a la jubilación, empezarán a acusarse y a hacer a su vez un significativo efecto. Paulatinamente y como consecuencia de una reducción natural del estómago, comerá menos aunque no haya decaido el apetito; las relaciones sexuales se irán haciendo más espaciadas, como lo serán también las reuniones con viejos amigos; no serán infrecuentes las rupturas o el enfriamiento de las viejas relaciones sociales y aun de las viejas amistades... Nuevas, inéditas sensaciones consecuencia de la oxidación del cuerpo, del endurecimiento del alma, de una circulación sanguínea más dificultosa, de una digestión más lenta, de una micción más frecuente y de una pérdida progresiva del asombro harán acto de presencia en la vida cotidiana y en el sueño.

Será difícil librarse de la medicación que amenaza vitalicia por causa de la hipertensión o del aumento de la glucosa en sangre o del insomnio. Pero si, después de luchar para evitarla, se ha librado uno de ella, el organismo será una sensible caja de resonancia que hasta ahora apenas se había escuchado a causa de la euforia o de trajines novedosos.

Entramos en la tercera fase: la intensa atención al cuerpo. Cualquier cosa, incluida por supuesto la alimentación, repercute en el metabolismo y en el ánimo. Acecha la fatiga psicológica. La impresión que nos han causado hasta ayer los hechos, los acontecimientos y los entretenimientos habituales cede, en parte favorablemente porque nos libera de la tensión que provocan, y en parte porque se nos muestran reiterados, repetitivos, monótonos. Hemos de protegernos del tedio. La existencia que supone la plena consciencia de uno mismo a lo largo de los sesenta segundos de que se compone cada minuto, será un hecho. Y, para resumir ese singular proceso vital y principalmente a partir de la fecha de la jubilación, ya es ilustrativa la alegoría del alpinista que, a medida que va subiendo la montaña de la vida y alcanzando más altura, va viendo a sus congéneres cada vez más pequeños y sus comportamientos los que tienen lugar en una jungla o en un zoo; más insignificante se ve a sí mismo, menos importante lo que hizo en su vida anterior y más vulnerable e indefenso ante el vuelo de una mariposa que podrá dañarle e incluso matarle con sólo posarse en su corazón.




Jaime Richart es antropólogo y jurista y socio de infoLibre


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