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Degradación económica y perversión democrática

Amador Ramos Martos Publicada 23/10/2015 a las 06:00 Actualizada 22/10/2015 a las 19:22    
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Desempleados hacen cola en una oficina de Empleo.

Desempleados hacen cola en una oficina de Empleo.

EUROPA PRESS
Después de siete años de crisis, no creo exagerado calificar la situación de nuestro país de inquietante.

Las escandalosas cifras de paro han reducido la condición de muchos trabajadores a la de zombis laborales precarios. La sangría de emigrantes jóvenes –aunque no todos- muchos altamente cualificados y la caída brutal en I+D lastran el cambio de modelo imprescindible para un desarrollo productivo acorde con los tiempos que corren y con los que se nos echan encima – cada vez más rápidos- corriendo.

La esperanza de vida creciente con cada generación y la baja natalidad combinadas, nos acercan al crecimiento vegetativo negativo remodelando una pirámide poblacional que se estrecha peligrosamente su base.

Estos riesgos y el vaciamiento progresivo de la “hucha de las pensiones” para paliar un déficit y deuda crecientes, contribuyen a cebar la “bomba de relojería demográfica” que de estallar sumirá en la precariedad a las próximas –cada vez más- generaciones futuras.

Si todo lo anterior preocupa, más debe preocuparnos la respuesta de los responsables del sistema radicalmente empecinados en una paranoica política de recortes discutida a estas alturas por una mayoría de economistas de prestigio que con las evidencias, consideran errónea y no remedian las consecuencias de un modelo neoliberal económico que beneficia en exclusiva a minorías cuya renta financiera sigue creciendo y divergiendo con la renta del trabajo de la mayoría restante. Las “élites extractivas” minoritarias (Acemoglu- Robinson) se benefician del expolio dejando exangües a la “mayorías vampirizada” de ciudadanos.

El nudo gordiano ideológico con el que tratan de inmovilizarnos y ahogar nuestras reivindicaciones legítimas, es el paradigma repetido machacona y cínicamente por los responsables del saqueo, de que fuera de las soluciones aportadas por ellos no hay alternativa viable.

Todo intento de argumentación fundada en modelos alternativos al que nos imponen y que discrepe de su manual ideológico, es populista, radical, peligroso, naif, trasnochado, bolivariano…

Nuestro Gobierno –elegido democráticamente, no lo olvidemos- trata de embotar y anestesiar nuestro espíritu ciudadano de reivindicación con sus falaces “cantos de sirena” al mismo tiempo que hacen oídos sordos al estrépito social provocado por la corrupción, la incompetencia y la ineficacia que corroe las estructuras de poder diseñadas y remodeladas a su medida y de las minorías dominantes. Una simbiosis de poderes a todas luces parasitaria de los ciudadanos.

Hundida la credibilidad de las instituciones, asistimos a la degradación del viejo sistema económico social, sustituido por el nuevo modelo neoliberal que en lugar de salvaguardar nuestro bienestar y cohesión social, los recorta y diluye.

Las épocas de penuria social y económica, en ocasiones, no casan bien con la calidad de la democracia dando lugar a disonancias en la forma de practicarla con el riesgo de su debilitamiento y en ocasiones extremas… con su pérdida.

La degradación económica trae como corolario la perversión de la democracia.

En España en una delicada situación económica –en riesgo de volver a empeorar en caso de una no imposible nueva recesión- reaparece el perenne problema de la vertebración incluyente de los nacionalismos periféricos. Al frente económico se añade el de la “guerra identitaria” nacional desatada en Cataluña y atenuada paradójicamente hoy por hoy afortunadamente en Euskadi.

El paulatino desencuentro entre el Estado y un nacionalismo catalán -a punto de descoser las costuras de una Constitución que le aprieta- demandando una salida que le permita ampliar entiendo que pacífica y democráticamente sus horizontes políticos, es un añadido más y no menor para el ya asfixiante ambiente económico.

Mientras todo esto ocurre, Rajoy, inerme, congelado, en estado de hibernación perenne, enrocado en su papel monolítico de Tancredo político, de frío y paciente estadista achacando la responsabilidad de la actual tragedia económico-social en exclusiva al incompetente Zapatero y la del creciente desencuentro del Estado con Cataluña al inflexible nacionalismo catalán representado por Mas.

La inhibición --cuando no colaboracionismo- de Rajoy ante los causantes de la crisis económica junto al inmovilismo derivado del empecinamiento en su visceral forma de entender España y lo español ante el problema del nacionalismo catalán, han seguido demostrando con tozudez que lo que iba mal y era empeorable, sigue a pesar de los paranoicos profetas del optimismo del gobierno, empeorando y degradándose.

A estas alturas –bajuras sería más exacto- de la crisis que nos asola, el Gobierno y Rajoy tratan cínicos de cuajar socialmente el argumento –que ya no cuaja- de que la actual coyuntura nacional es ajena a sus decisiones.

En eso, llevan razón. Sus “decisiones” económicas, son dictadas desde el poder financiero y en política nacional desde un rígido y añejo españolismo que no concibe sensibilidades diferentes en la forma de entender el ser y sentirse español , ni tolera las legítimas aspiraciones de nacionalismos o sentimientos identitarios tan legítimos como los suyos… pero diferentes.

Pero lo más alarmante es que enrocados en inoperantes e inamovibles “sinrazones” ofrecen su muestrario de soluciones intentando hacernos creer –nos deben considerar simples en exceso cuando no idiotas- que extra muros de sus ofertas, pensadas para una minoría, no hay alternativas, no hay solución posible.

Ni el voto ni la libertad de ejercerlo nos garantizan una democracia de más calidad y más representativa. Al contrario, si analizamos la actual situación española, el monopolio por parte del gobierno del PP de los poderes legislativo y ejecutivo del estado y con un tercero, el judicial, reflejo y trufado ideológicamente al menos en parte por los dos primeros, han permitido a Rajoy y su gobierno abusar de su mayoría parlamentaria sin contrapeso democrático.

La legalidad de sus decisiones será indiscutible y legalmente impecable, pero quedan deslegitimadas democráticamente por la imposibilidad de la minoría parlamentaria –representante de la mayoría social restante- de romper el monopolio del PP que se reproduce en cada nivel de decisión.

Excluida la posibilidad de control de las medidas y decisiones adoptadas por un gobierno que gobierna en exclusiva para “los suyos” e ignorante del resto de votantes o de la “mayoría silenciosa” que utiliza a su favor o en contra de otros, según le conviene y según circunstancias, la intocable separación de poderes es manoseada impúdicamente por los responsables en ejercicio del poder obligados a respetarla hasta pervertirla.

”Es el juego democrático” argumentarán utilizando el monopolio del poder legislativo para desde el ejecutivo alumbrar un derecho a su medida y excluyente para una mayoría - minoritaria parlamentariamente- de ciudadanos anulados democráticamente. Su “juego democrático” marcado en exclusiva por sus reglas, en lugar de contribuir a fomentar espacios políticos compartidos flexibles e incluyentes, provoca su achique, reconvirtiéndolo en una perversión del mismo que atenaza y desvirtúa la democracia.

La regla básica democrática: un hombre un voto se mantiene pero devaluada cualitativamente y ejercitada solo en su versión cuantificable. Revertir esta situación que constituye una anomalía democrática, es nuestra responsabilidad como ciudadanos y potenciales votantes.

Un voto cuantitativamente es un voto, nadie sensato democráticamente va poner en duda este paradigma base de la democracia, pero debemos recapacitar individualmente que un voto sectario, no deliberado ni contrastado con el de opciones diferentes, desinformado o que no evalúe los efectos sociales derivados de votos precedentes, decidido sin espíritu autocrítico y sin enfrentarlo en el espejo de la ética personal, es un voto legítimo pero peor cualitativamente, de resultados a veces indeseables e imprevisibles.

No deberíamos olvidar que personajes aberrantes alcanzaron el poder elegidos por ciudadanos libres tras un proceso de perversión de la democracia con consecuencias catastróficas que no debieran olvidarse nunca y alertarnos, de la necesidad de ser conscientes de los riesgos de nuestras legítimas, libres pero en ocasiones desacertadas decisiones democráticas.

La regeneración democrática –tan proclamada por nuestros democráticamente pervertidos representantes- sólo será posible y es una responsabilidad que nos corresponde a todos, mejorando nuestra calidad como ciudadanos y la calidad de nuestro voto. De no hacerlo, el riesgo de degeneración de la democracia será responsabilidad nuestra. El derecho al voto –que nadie discute- ejercido en situaciones de anomia, no siempre trae como consecuencia la elección de los mejores, si no la de algunos advenedizos humana y éticamente mediocres y en situaciones de excepción... inhumanamente feroces.

La democracia solo garantiza a los ciudadanos el derecho libre al voto, pero los resultados del mismo no siempre nos garantizan el de la libertad de poder seguir ejerciéndolo.



Amador Ramos Martos es socio de infoLibre




1 Comentarios
  • 1 gusalo 24/10/15 11:35

    Admirable síntesis de la situación actual en nuestra sociedad y un aviso realista de lo que puede estar esperándonos. Busco en el texto algo en que disentir (quizá buscando un pie para un comentario); pero estoy de acuerdo en el contenido de cada párrafo. La lectura y relectura de textos como este sí que es un antídoto contra ese embotamiento y anestesia, que usted menciona de “nuestro espíritu ciudadano de reivindicación”. Así que, gracias de nuevo, señor Ramos.

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