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La nueva legislatura

El factor campo

  • Tras la batalla electoral es momento de negociaciones y de batalla dialéctica. Y el cambio en el discurso suele anticipar un cambio en las posiciones
  • El referéndum está asumido ya por casi todas las partes, si bien aún no se conoce su calidad democrática

Guillem Martínez (Ctxt) Publicada 18/02/2016 a las 06:00 Actualizada 17/02/2016 a las 20:23    
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Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera a la salida del debate electoral emitido por Atresmedia.  EUROPA PRESS

Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera a la salida del debate electoral emitido por Atresmedia. EUROPA PRESS

Lo único que se sabe, a ciencia cierta, sobre las negociaciones para un pacto de legislatura, son las declaraciones vertidas al respecto. Lo que es, a su vez, una mala noticia en una cultura política y periodística sustentada en la declaración. La declaración es el gran qué en nuestro periodismo. Si se fijan, el rol del periodismo de declaraciones ha consistido, estadísticamente, en priorizar el punto de vista del Estado/el político y, con ello, aplazar la realidad. Prueba del algodón: en caso de urgencia informativa, de tener que verificar declaraciones que te dicen y que no cuadran de manera dramática y acuciante, es la prensa extranjera la que acaba informando y explicando realidades que no coinciden con declaraciones. Por situar algunos ejemplos recientes, fue la prensa extranjera la que fijó lo que pasó el 11-M, la que explicó que el 15-M era democrático y no vandálico, que la banca fue, en efecto, rescatada, que la abdicación del último abdicado no fue por espíritu de sacrificio, sino por todo lo contrario, corrupción. Que en Catalunya hay un problema político, o que –como ha señalado el Financial Times hace escasas horas– el PP se enfrenta a un futuro incierto por su corrupción estructural, ese concepto que en el periodismo local siempre ha sido solapado a través de la declaración "la corrupción son casos individuales".

Lo malo del periodismo de declaraciones es que, en fin, las declaraciones nunca suelen ser ciertas. Salvo cuando lo son, momento en que ya es demasiado tarde para todo el mundo, como demostró Molière en su Don Juan. Las declaraciones, además, jamás son sinceras –exemplum: "lo siento mucho, no lo volveré a hacer", dijo uno para explicar, básicamente, su hacer–. Obedecen a una meditación sobre lo no declarado, que es lo más importante/el turrón. En ese sentido, siempre se ha de recordar el adagio del Rabino de Vilma. Trailer: durante el estudio del Verbo, un discípulo le preguntó cómo debíamos hablar con Dios –ojo: se trata del tipo de declaraciones más bestias; con Dios; no te digo más–. El Rabino no se complicó la vida y le contestó que con sinceridad. A lo que el discípulo, un ficha, contestó: "se debe de ser muy astuto para hablar con sinceridad con Dios". Imagínate, por tanto, con La Sexta.

En una realidad informativa/política patológica local, sustentada en declaraciones no necesariamente confirmables, emitidas por políticos de Vilma, quizás sean más útiles –no mucho más, como verán al final de este artículo– los análisis culturales. Ya saben, analizar las declaraciones para saber de qué marco parten, qué marco acotan y qué marco, por tanto, no pueden superar. Para saber, en fin, lo que están diciendo. En ese sentido, me atrevería a señalar que en todo este –súmamente hipotético– proceso de elaborar un pacto de legislatura, hay dos intentos de crear sendos marcos. Tal vez, poco más.

PSOE, C's y el pack Podemos tienen en común una lucha por visualizar que, si no llega a haber gobierno, no será por culpa, respectivamente, de ellos. Supongo que este esfuerzo consume una notoria parte de las energías vertidas en todo este trance. Aparte de ello, PSOE y C's están elaborando el marco "progresista y reformista". Es decir, intentando ser el propietario de ambos conceptos, de manera que puedan hacer con ellos lo que quieran/incluso lo contrario. Es una lucha por una reivindicación léxica. Es decir, es política de declaración. El Progresismo –fue un partido progresista el que hizo la reforma exprés–, y el reformismo –PP se presenta como el partido que más reformas ha hecho, lo que es, glups, cierto–, son conceptos que ya existen y tienen obra, que se puede observar si abren la ventana de su casa y sacan la cabeza. Supongo que la idea es tratar de reivindicar y de limpiar este par de conceptos, si no para este gobierno –integrado por PSOE y C's–, para el próximo –con más integrantes, y si bien no progresistas sí reformistas por un tubo–. El pack Podemos, a su vez, parece estar creando otro marco, que puede no ser estrenado en esta emisión de gobierno. Se le podría llamar Democrático. Es decir, apuesta por a) la democracia para solucionar lo de Catalunya. Algo que, no se engañen, no será lo que impedirá que haya o no Gobierno. El referéndum está asumido ya por casi todas las partes, si bien aún no se conoce su calidad democrática. Puede ser, socorro, más Marca España que británica. Lo que sí puede impedir un Gobierno con PSOE-C's es el punto b): la apuesta por superar el límite del déficit para emitir algo parecido al Bienestar, la (ex)forma de democracia en Europa. Es decir, por plantear el conflicto democrático en Europa. En esta emisión, con menos soledad y más información y cara de póquer que cuando lo intentó Grecia.

Estos son los dos marcos en fricción. Básicamente, salvando las distancias y con alguna corrección, son los dos marcos con los que se estuvieron arreando en la cabeza Junts pel Sí y CUP, durante los tres meses que no negociaron ningún gobierno, sino que exhibieron marcos-declaraciones. El Gobierno se negoció –muy poco–, y se formó –muy rápido– en 24 horas, cuando las dos formaciones abandonaron sus marcos declarativos y asumieron sus marcos reales: supervivencia, calculo electoral por ambas partes y, en las izquierdas, eso que se llama responsabilidad de Estado, y que debe de ser otra cosa, pues el Estado, como estamos viendo a tiempo real desde la crisis, es un irresponsable peligroso detrás de un matojo.

¿Puede pasar eso en estas otras negociaciones? Puede pasar. Es decir, puede pasar que uno de los dos marcos en fricción sea aún más declarativo que el otro, y pueda ceder –es decir, cederlo todo– en 24 horas. O, al menos, hay indicios de ello. La crisis cultural que ha protagonizado el pack Podemos –más pack que Podemos– en Madrid, la semana pasada, es uno. Frente a un problema de abuso de poder contra la libertad de expresión, la región más institucional del pack abandonó el marco democrático, y optó por léxico y lógica del marco opuesto, compartido por PSOE, C's y PP. No es la primera vez. Sucedió con el caso Zapata. Y se trata de algo inquietante: un indicio de que, a una determinada presión y temperatura, el pack puede contraer una responsabilidad de Estado que tira de espaldas, y abandonar todo marco propio. Mal indicio en una época de negociación de legislatura/batalla de marcos. Y, en general, un indicio a tener en cuenta, si pensamos que las izquierdas nunca juegan en casa, y que, por aquí abajo, existe una cultura política y periodística –un factor campo– que dificulta su juego en cada pase.


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