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Los diablos azules

El universo de ‘Furias divinas’

  • Eduardo Mendicutti retrata la fauna de El Garbo, un club donde albañiles y fontaneros se transforman en la Furiosa, la Tigresa de Manaos o la Canelita
  • Este es un adelanto de la nueva novela del autor de Mae West y yoUna mala noche la tiene cualquiera, en las librerías el 1 de marzo

Eduardo Mendicutti Publicada 26/02/2016 a las 06:00 Actualizada 26/02/2016 a las 11:47    
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El escritor Eduardo Mendicutti.

El escritor Eduardo Mendicutti.

Itziar Guzmán
Un albañil, un jardinero, un mozo de comedor y un maestro de primaria deciden quitarle la clientela al Loren, el club de alterne de La Algaida, abriendo El Garbo. Allí, estos artistas transformistas —que no travestis— se convierten en la Furiosa, la Tigresa de Manaos o la Canelita. Ese es el universo de 'Furias divinas', la nueva novela de Eduardo Mendicutti, editada por Tusquets, que llegará a las librerías el 1 de marzo. Y este es un adelanto de la nueva obra del autor de 'Mae West y yo', que retoma el humor ácido de 'Una mala noche la tiene cualquiera'.



El presupuesto era otra fantasía

(…)

Píter entró enseguida en materia. La Furiosa y él, y un grupito de amigas muy graciosas y con mucho arte —casi todas en paro, por supuesto—, tenían un proyecto. El proyecto tenía ya nombre y sitio. Por votación democrática, y casi por unanimidad, habían acordado que se llamaría Garbo, para que contrastase con el Loren, el club que quedaba justo frente por frente, al otro lado de la carretera. El Loren es un club de niñas, o sea, de alterne, y el Garbo sería un escándalo de transformistas, que no travestis, la mayoría más bien camastrones, la verdad, pero todos ellos artistas incomparables y con mucho morbo y mucho gancho. A poco que supieran hacerlo bien, la mitad por lo menos de la clientela del Loren acabaría en el Garbo: por despiste, por curiosidad, por rematar la noche, por cambiar un poco, por divertirse, por gusto, por vicio. De local ya disponían, la antigua casa de los guardeses de la antigua finca Los Portales. Esa finca la expropiaron y la subastaron y la embargaron y la volvieron a subastar y a embargar y ahora a saber en qué manos estaba, pero los antiguos guardeses, los padres de la Pandereta, tenían, a saber cómo y por qué, unos papeles de propiedad de la vieja casa, en realidad cuatro paredes en estado de ruina casi total. Por suerte, entre los artistas incomparables que harían el espectáculo todos los viernes y sábados en sesiones de tarde y noche, y todos los domingos y festivos por la tarde, y las vísperas de festivos por la noche, había de todo: un albañil y pintor de brocha gorda, un jardinero y fontanero, uno que sabía de electricidad, y todos con muy buena mano para la costura. Otros tenían oficios más refinados: la Furiosa, maquillador a domicilio —ya me lo barruntaba yo—; la Tigresa de Manaos, mozo de comedor —moderno, según él mismo, me dijo Píter, pero mozo de comedor—; el propio Píter, también conocido como la Canelita, porque el chiquillo tira a pelirrojo, es maestro de primaria sin plaza y compositor free lance de canciones infantiles; y aficionadísimo al drag, claro. Además, para algunas funciones, como artista invitada y discontinua contaban con un ex legionario auténtico, de la Legión Extranjera auténtica, de nombre artístico la Marlon-Marlén, casado con una mujer auténtica y con tres hijos biológicos auténticos: una rareza, un lujo.

—Fuerte, fuerte, fuerte —dijo Píter.
—Borda la canción francesa auténtica, con un maquillaje muy pálido y muy dramático y vestida ella de negro de la cabeza a los pies —dijo Joaquín.
—Canciones de Édith Piaf y Juliette Gréco —aclaró Píter.
—También borda —dijo Joaquín— el himno de la Legión.

Yo pregunté a Joaquín cómo podía resultar creíble un ex legionario de la Legión Extranjera cantando La vie en rose.
—Cuestión de fantasía, cariño.
Sólo les faltaba, para que el proyecto fuese una realidad y un éxito rotundo, arreglar los papeles y completar el presupuesto. Y ahí entraba yo.
—Tú sabrás de alguien que pueda arreglarnos el papeleo —dijo Píter.
—Si te refieres a alguien que esté dispuesto a hacerlo gratis, no, la verdad. Pero en cualquier gestoría seguro que os lo pueden llevar bien. El único problema es que eso cuesta dinero.
—Ay, cariño, dinero cuesta todo, qué asco —y la Furiosa se esmeró en que se le notase muy asqueada.
—En realidad —dijo Píter, y sonrió como si estuviera advirtiéndome de que iba a gastarme una broma pesada—, ese es el otro motivo de nuestra visita. ¿No te interesaría poner dinero, como socio capitalista, en el proyecto?


(…)

En el fondo, aquel desvarío tenía bastante gracia.
Así que me sorprendí a mí mismo diciendo:
—Bueno, me lo tendría que pensar.
—Si se lo piensa mucho acabará diciendo que no —dijo Joaquín volviendo al usted, pero retador, y entonces me quedó claro que la Furiosa era una furiosa de acción, no una furiosa reflexiva.
—Ella también es fuerte, fuerte, fuerte —dijo Píter, mirando de reojo a su compañera de fatigas—. Y comunista.
—Y ella se ha hecho de Podemos —y Joaquín volvió a poner cara de asco.
Sólo me faltaba que terminaran tirándose cuchillos afilados allí mismo.


La Furiosa está furiosa

Furias divinas
Brujas. Culebras. Cerdas. Dicen que a ese fiestón van a ir todas con alhajas hasta en el pernambuco, mientras la mitad de La Algaida se muere de necesidad. ¡Como para no ponerse furiosa!
—¡No grites tan embravecida! Que pierdo el desenfreno y me enfrío.
—Qué temprano has llegado hoy, Tigresa. Y qué temprano te has enchufado a la corriente. Tal como estás bailando, pareces un cortacircuito, maricón.
—Parezco lo que soy, aunque ni las crianzas se lo crean: una profesional responsable. ¡Y no grites, o subo el volumen del sambódromo!


¡Que estamos saliendo de la crisis y hay que celebrarlo! Eso dicen que van diciendo las muy sobradas. Sobradas del ombligo para arriba, que del ombligo para abajo están todas carpantas desde que Franco entró en el muermo eterno. Pero todas ellas siempre tan almidonadas, desde el jopo a la coquina, de nacimiento o por un buen casorio, que hay que ver lo que se pega el fijador, que cualquiera diría que todas mamaron brillantina. Tiesas del todo se van a quedar las hijas de su madre cuando se pinchen ellas mismas con su propio pellejo hecho viruta, aunque, hasta entonces, van a estar dándonos la tabarra mientras les quede un soplo de respiración. Ahora, con la fiestecita de marras.

Ay, qué misterioso está el Garbo, así, todo apagado, menos el escenario. Y hay que ver lo que luce este muchacho sin necesidad de vestirse de muchacha, y con todo el foco encima, mientras baila como un cristobita con calambres. ¿Quién le habrá encendido el foco? El niño de la iluminación, que estará por ahí, digo yo. Y también él le habrá abierto, todavía queda más de una hora para que el Garbo abra sus puertas.
Qué prisas te has dado esta noche, Tigresa.


Uy, cada vez me cuesta más subir esta escalerita. Esta escalerita del escenario es matona. Luego, te abrigas bien, Tigresa, a ver si te enfrías. Pero una noche tendrías que actuar así, sin las plumas, sólo con ese taparrabos. Tigresa, por Dios, ¡quédate un rato quietecita, que te estoy hablando! ¡Y baja el sonido!
—¡Me estoy calentando, bichona!
—Te vas a descoyuntar. ¡Y vas a ponerlo todo perdido de sudores!
—¡Sudor divino, perfume de Gaultier!


Perfume de cabra va a ser el de esa fiesta. Una fiesta de mucha solera y de mucho abolengo, eso dicen ellas que es, una fiesta de muchísima tradición, que hay que recuperarla, dicen, una cosa que se inventó, por lo visto, en tiempos del pelargón la señora madre de la señora marquesa de Pontebianco, una que era de Puente Genil, con posibles, sí, pero de Puente Genil.

La actual marquesa, aunque de Puente Genil por parte de madre, es medio italiana por parte de padre, el título les vendrá de alguno de esos enjuagues medio mafiosos que se traen siempre los italianos con los papeleos de nobleza. Marqueses de Pontebianco, ahí queda eso. ¿De dónde lo sacarían? Suena a chatarra con mucho sidol, ¿no?

Pues a la señora marquesa de Pontebianco, Escolástica por fe de bautismo, aunque la llamen Tania, que ya hace falta enredarse la lengua para llamar así a una Escolástica, no se le ha ocurrido mejor cosa que resucitar, como ellas cacarean, el Baile de las Diademas, háganme ustedes el favor de irse a un sitio discreto a vomitar. ¡Baile de las Diademas!, así se llama el contradiós, en estos tiempos en los que todavía hay cientos y cientos de criaturitas, en La Algaida por no ir más lejos, en el sitio con más paro de España, con el hambre y el agobio incrustados en el estómago, las espaldas derrumbaditas por no encontrar con qué ganarse honradamente la vida, y calvas en el cuero cabelludo por culpa de la ansiedad, que está más que demostrado que el estrés es incompatible con la alta peluquería. Que se lo pregunten a Orión, la peluquera fashion de La Algaida, empeñada además en ser en un futuro próximo, como ella dice, delegada de fiestas del Ayuntamiento, la tía, claro que a lo mejor ella puede, ella es amiguísima de toda la vida de nuestro flamante y guapísimo alcalde. ¡Baile de las Diademas! Una ofensa cochambrosa, eso es la dichosa fiesta. Y todo porque dicen que ya es hora de apostar sin complejos por el optimismo, por el lujo, por la elegancia, por el buen gusto y por el glamur. ¿No es como para ponerse mala de la fatiga y de la furia que a una le entran?



1 Comentarios
  • 1 Rollon 26/02/16 13:56

    Ganas de que llegue el 1 de marzo para abrazarme a esta ilusión ta emocionante. Por cierto, al inicio me ha surgido una pregunta -en relación a la votación por unanimidad sobre el cambio de nombre del local- ¿Es democrático que tengamos que aceptar lo que votan los ignorantes, aunque éstos sean  mayoría?  

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