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Los libros

‘Espectros del capitalismo’, de Arundhati Roy

  • El ensayo de la escritora india alza la voz, con datos exhaustivos, sobre la situación política y social del país asiático
  • El capitalismo triunfante ha barrido bajo la alfombra que el desarrollo económico ha causado desastres ecológicos y cientos de miles de muertes

Publicada 18/03/2016 a las 06:00 Actualizada 18/03/2016 a las 11:32    
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Portada de 'Espectros del capitalismo', de Arundhati Roy.

Portada de 'Espectros del capitalismo', de Arundhati Roy.

Espectros del capitalismo
Arundhati Roy
Capitán Swing
Madrid
2015

Espectros del capitalismo
No es infrecuente que el oficio de escribir y el activismo político se junten en la misma persona, algunas veces para bien, como cuando la escritura se ve enriquecida por un conocimiento directo del ejercicio político o de las condiciones sociales de los más desfavorecidos, y otras veces para detrimento de la escritura, como cuando las obras de arte se transforman en panfletos y arengas sin savia vital. La lectura del libro de Arundhati Roy que ocupa estas líneas produce una sensación a medio camino entre ambas posibilidades, pero no tanto por el texto en sí, cuyo contenido podrán debatir a conciencia quienes conocen la situación de su país, la India, sino por la renovada constatación de una vocación perdida.


Como se sabe, Roy publicó un libro hermoso y controvertido que la impulsó a la fama internacional, El dios de las pequeñas cosas (Anagrama, 2000), del que se vendieron millones, un cuadro vívido de la India más tradicional y su confrontación con el mundo moderno, enhebrado en la historia de una familia de Kerala, estado con el que la autora tiene vínculos ella misma. Pero luego la escritora se dedicó al activismo y a escribir ensayos de contenido político, y no ha vuelto a escribir ficción, para decepción de sus admiradores literarios, pero deleite, me imagino, de sus lectores de vena más social. Si el ensayismo comprometido ha sido responsable del abandono de la imaginación es difícil decirlo, aunque supongo que la insistencia de la autora india en la urgencia de los temas que trata en sus libros explica en parte su decisión. Cabe afirmar, sin embargo, que pone en su labor ensayística una pasión literaria hermanada con la que desplegó en su novela, si bien dicha pasión le ha valido en algunas ocasiones la acusación de histerismo o de exageración. Fuera como fuere, El espectro del capitalismo no solo alza la voz, sino que lo hace con datos y documentación exhaustivos. Otra cosa es la interpretación o de dichos datos y las conclusiones que deriva de los mismos. En ocasiones es probable que la pasión se sobreponga al razonamiento, pero esto concuerda con la afirmación de la propia autora de que la acusación de histerismo argumentativo o expresivo no es casual, pues ella es y quiere ser histérica, dada la importancia de los hechos comentados. Hechos en los que abundan la injusticia, la corrupción y hasta el genocidio.

La imagen que propalan los medios de la India coincide con lo que alguna vez afirmara el escritor y político indio Shashi Tahroor —otro buen ejemplo del maridaje entre ficción y activismo, si bien desde un punto de vista más moderado—, en el sentido de que de la India se puede afirmar cualquier cosa y también la contraria. Riqueza monumental coincide con pobreza extrema, modernidad capaz de mandar una nave a Marte con un tradicionalismo que se resiste a abandonar un sistema de castas que, en principio, la constitución ha abolido. El crecimiento económico de la India tras el inicio de políticas de liberalización en los noventa, sin embargo, se ha celebrado por doquier como uno de los logros más exitosos de los países en desarrollo. La democracia más populosa del mundo ha crecido a un ritmo sostenido durante los últimos veintitantos años, lo que ha resultado en una expansión considerable de la clase media. Esta imagen, no obstante, nos recuerda la autora de este libro, es no solo incompleta, sino hasta falaz, basada en criterios de desarrollo que ignoran el destino de una mayoría de la población, cuando no oculta adrede crímenes y explotación.

Un cuarto de la riqueza del país está concentrada en algo así como cien familias en posesión de conglomerados que incluyen negocios en toda rama de actividad económica, desde la agricultura a las telecomunicaciones, sin olvidar el sector de los servicios que es en buena parte responsable del crecimiento mencionado. Lo que no se sabe o se calla es que el desarrollo ha supuesto entre otras cosas el despojamiento de tierras de poblaciones minoritarias sin capacidad de respuesta, como no fuera la lucha armada que libran algunos grupos maoístas o las protestas de los desposeídos, que no pocas veces acaban con muertos. Lo que es mejor barrer bajo la refulgente alfombra del capitalismo triunfante es que el desarrollo económico ha causado desastres ecológicos cuyas consecuencias se seguirán sintiendo por generaciones, ha significado cientos de miles de muertes y se ha cimentado en una corrupción rampante que afecta a todos los estratos de la sociedad, una colusión insana entre política y empresa que no para mientes en consideraciones sociales, ecológicas o democráticas. Y esta corrupción implica a todos los principales partidos, como el del Congreso o el BJP, el primero de raigambre socialista —al menos en principio-—y el segundo, hinduista, hoy en el gobierno. Y este desarrollo no ha venido aparejado siempre de modernización de las costumbres, sino que ha incitado una reversión religiosa de carácter hinduista y nacionalista, que promueve una identificación de la nación con su pasado ancestral, en una versión simplista que es análoga a la que muestran los fundamentalismos islámicos o evangelistas, con similares peligros y despropósitos.

Nadie ejemplifica mejor este panorama que el actual primer ministro de la India, Narendra Modi, un hinduista casto y astuto, asociado a la matanza de miles de musulmanes mientras era la autoridad principal del estado de Gujarat, la que habría tolerado, o incluso instigado, y a la vez un fanático promotor del libre mercado y las inversiones favorables, libre, esto es, para quienes tienen acceso a su red de privilegiados, y favorables por sus tratos sesgados, con exenciones fiscales y favoritismos políticos. El libro de Roy fue escrito antes de la victoria de Modi y no acertó a predecir el futuro: según ella, una gran coalición gobernaría de nuevo la India y todo seguiría igual. Pero los resultados para el hinduista BJP fueron apabullantes, por lo que Modi puede gobernar en solitario e impulsar sus planes de liberalización capitalista e hinduización del país. Y ahora, a quien le fuera prohibida la entrada a los Estados Unidos de América por su implicación en la antedicha masacre, es recibido con honores por todos los jefes de estado del mundo.

Mientras tanto, miles de pueblos siguen siendo evacuados, con muertes incluidas, para dejar libre paso a las empresas mineras, constructoras o industriales, comunidades enteras tienen que refugiarse en la selva y resistir como pueden, leyes siguen siendo aceptadas para conceder más poderes al estado, el ejército y la policía en su labor de guardianes del capitalismo, opositores políticos terminan con sus huesos en la cárcel, donde la tortura es habitual, medios de comunicación siguen en manos de conglomerados económicos de inmenso poder y aquellos que se atreven a adelantar críticas a esta situación se ven a menudo asaltados sin razón por una ley al servicio de los poderosos o ahogados financieramente y un cuarto de millón de agricultores cometen suicidio sofocados por las deudas y la falta de perspectivas. Roy habla de todo esto y mucho más, y su crítica se extiende incluso a la labor caritativa de ONG financiadas por el gran capital para lavar su imagen y controlar cualquier proceso de resistencia dentro de cauces sacramentados por los mismos, concediendo incluso generosas becas educativas para estudiar en el extranjero y volver como pulidos representantes del mismo capitalismo que les ayudó y que desean perpetuar. Y la justicia, en lugar de corregir esta situación insostenible, se convierte en derechos humanos o en cuotas para los grupos desfavorecidos de las castas más bajas, muchas de las cuales se pelean ahora para ser consideradas como tales, dados los beneficios parciales que reporta el hacerlo.

Uno de los temas más controversiales que toca el libro es el de Kashmir, aquel pedazo de paraíso terrenal devenido infierno por las disputas territoriales, la guerra y la opresión militar, y que ha sido motivo ya de tres guerras con Pakistán. Medio millón de soldados del ejército indio ocupan el estado de Janmu Kashmir, donde operan con impunidad y arrestan y asesinan cuando estiman que el estado indio está en peligro. Pero en las circunstancias de crispación neurótica en que se encuentra el mundo por el terrorismo islámico, y Kashmir en particular, por la sediciosa influencia de Pakistán, cualquier crítica al Estado indio se concibe como traición y al perpetrador como enemigo de la patria, lo que ha resultado en ejecuciones extrajudiciales y el descubrimiento de entierros masivos cuya presencia se quiere ocultar. En este contexto es que Roy critica la ejecución "legal" de Afzal Guru, a quien se acusó de haber estado implicado en el asalto al parlamento indio del 2001, tras un juicio lleno de irregularidades y en el que el acusado tuvo poca o nula ayuda judicial. Una ejecución que solo serviría para inflamar aún más los ánimos en una región explosiva, donde los enfrentamientos entre la población y el ejército son frecuentes. Nuestra autora ha llegado a sugerir que Kashmir tendría que poder decidir su destino libremente, sugerencia que ha sido recibida con indignación en su país, para cuya clase política y el ciudadano común dicha posibilidad es anatema y herejía máximas.

No cabe duda que Arundhati Roy pone el dedo en muchas llagas supurantes del Estado indio, corrigiendo la imagen estereotipada que tenemos en general los occidentales de dicho país como un ejemplo de liberalismo económico exitoso o de repositorio de sabiduría espiritual pasiva, y aun cuando los detalles se le escapen al lector común, pues suponen el conocimiento de eventos que han pasado desapercibidos a la prensa internacional, la esencia permanece, y no es otra que el carácter destructivo de un capitalismo sin frenos y encabalgado en la corrupción, donde las víctimas son siempre las mismas, los destituidos de la tierra, los parias, los invisibles, los intocables. Tal vez hubiera favorecido al tenor del libro, que es en verdad un tanto chillante, la presentación de alternativas que muestren lo que es posible cuando la voluntad política se dirige en la dirección correcta, como en el Estado indio de Kerala, donde sucesivos gobiernos de izquierda han logrado desterrar el analfabetismo y han instituido un sistema de salud efectivo, sin desatender a las necesidades del mercado y de la integración económica. En este sentido, el libro ofrece una imagen un tanto ladeada e inocente, como cuando se aboca al caso de Kashmir, donde las variables político-militares son muchas y en extremo peligrosas, dada la potencia nuclear de India y Pakistán, y el rol que indudablemente juega la expansión del fundamentalismo terrorista. Un Kashmir independiente no es solo impensable, sino un peligro para la comunidad internacional en estos momentos, sin que esto, por supuesto, justifique la actuación opresiva del ejército indio. Pero como la misma Roy afirma, en cierto tipo de cuestiones, es mejor parecer histérico que complaciente, por lo que libros como el suyo son necesarios y hasta urgentes. Algo en lo que a todas luces está de acuerdo el lector español, pues ha permitido a este libro quemante llegar a la segunda edición, a pesar de tratar de una India lejana y desconocida.

*Frans van den Broek es escritor y profesor en la Hospitality Business School de La Haya.


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