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Los libros

Los enigmas del archiduque, o el caleidoscopio de los recuerdos

  • Tras empaparse en Mallorca de la historia del archiduque Luis Salvador, Carme Riera desentraña en la ficción los enigmas sobre el personaje
  • En una primera parte, la autora y narradora afirma que publica el texto para "dar a conocer una versión inédita de la vida del aristócrata"

Publicada 19/05/2017 a las 06:00 Actualizada 18/05/2017 a las 15:09    
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Las últimas palabras
Carme Riera

Alfaguara
Madrid

2017
  Desde su misma infancia mallorquina, la autora no ha dejado de estar vinculada por una u otra circunstancia a un personaje histórico que forma parte ya de la historia legendaria de Mallorca, el archiduque Luis Salvador (1847-1915), o S'Archiduc, como se le conoce en la isla. La autora veraneaba en Deià, en una finca emplazada en unos terrenos que pertenecieron a este personaje, e incluso algunos restos de su barco, el Nixe, se los regalaron a su tío abuelo los descendientes del aristócrata, al construirse la casa. Pero el detonante reciente, el origen de esta novela, debe buscarse en la exposición que se le dedicó al aristócrata en el 2015 en el Palau Solleric de Palma, de la que fue comisaria Carme Riera. Al tener que empaparse de su historia, de las peripecias vitales del archiduque, debió plantearse una serie de preguntas que no acababan de tener respuesta, por lo que pensaría en la posibilidad de dedicarle una novela, una buena manera de poder desentrañar en la ficción esos enigmas que se enumeran en la primera parte, la otra imagen "misteriosa (...), más atractiva y sugerente" (pág. 16 y 17).

La obra obtuvo en el 2016 el Premi Sant Joan de Novela Catalana, un galardón que antes habían ganado buenos escritores: Miquel Bauça, Baltasar Porcel, Jordi Coca, Josep Piera, Pep Coll, Valentí Puig y Andreu Martín, entre otros. La novela se publicó, por tanto, primero en catalán, Les darreres paraules, y ahora en castellano, reescrita al ser traducida por la misma autora.

Se compone de dos partes desiguales: con 23 y 118 páginas, respectivamente. En la primera, la propia autora toma la palabra para contarnos cómo buscando más datos sobre el aristócrata, intentando clarificar algunas circunstancias de su vida, se topó con un par de postales dirigidas a él desde Viena y luego con las memorias perdidas del Archiduque, pista en la que la puso un librero. Se trata, claro está, de un recurso habitual en la narrativa, el clásico procedimiento del manuscrito encontrado, aquí en la curiosa variante del manuscrito perseguido y comprado, aunque a un precio tan astronómico que la autora –confiesa— necesitó pedir un préstamo en un banco para pagarlo.

En esta parte inicial, la autora y narradora afirma que publica el texto para "dar a conocer una versión inédita de la vida del Archiduque", sobre todo su relación con el poder, aunque no se ocupe menos de su agitada vida sentimental y sexual, o de sus trabajos como "naturalista, botánico, zoólogo, antropólogo y geógrafo" (pág. 33, 96 y 97). No menos curioso resulta que dos de las personas que le prestaron ayuda fueran precisamente quienes la antecedieron en la entrada a la Real Academia, el jurista Santiago Muñoz Machado y el traductor Miguel Sáenz, los cuales la acompañaron el día en que Carme Riera leyó su discurso de ingreso. Y, por último, esta especie de prólogo, que le insufla verosimilitud al conjunto, aparece adobado con jugosos comentarios sobre el carácter de sus paisanos, representados aquí por el librero de viejo, patente en ciertos usos habituales de la lengua mallorquina: "ya le diré cosas", "no passi pena" (no se preocupe)...

El resto de la novela está compuesto por los recuerdos que el archiduque le dictó en alemán a Erwin Hubert, su secretario, en el palacio de Brandýs, en la actual Chequia, y que él rememora en su lecho de muerte, cuando literalmente lo ronda la bella dama de blanco, donde fallecería unas semanas después: "me permiten seguir devanando al hilo de mi pensamiento todo cuanto hubiera querido contar yo por mí mismo" (pág. 92). La confesión adopta la forma de un monólogo que dirige a su interlocutor, quien nunca interviene. Pero lo que leemos en Las últimas palabras es la traducción del alemán al castellano de la transcripción de las notas taquigráficas que su secretario tomó al dictado, y que se supone que el archiduque pudo corregir. Trata de contarnos su verdad ("quiero llegar a la verdad. Decir la verdad es lo que me lleva a esta confesión", pág. 115), por mucho que esta no deje siempre al archiduque en buen lugar, aquellas vicisitudes de su existencia que apenas se conocían: la ambigua relación con su familia, los Habsburgo, sobre todo con su madre, quien le costea gran parte de sus empresas, a veces útiles y en ocasiones meramente extravagantes, y con Juan Nepomuceno Salvador, su singular hermano, desaparecido en el mar en 1890, quien merecería otra novela, amén de la relación de poder que establece con sus deudos, la pequeña corte con mucho de circo creada a su alrededor en Mallorca, y formada sobre todo por amantes y servidores, a los que somete a cambio de una supuesta vida mejor. E impresiona, aun siendo certero, su cruel autorretrato: muy feo, deforme, demasiado alto, de aspecto desaliñado y conducta atrabiliaria.

La imagen que la narración nos proporciona del personaje es la de un hombre culto (cita a Darwin y a Freud, y su confesión está plagada de alusiones intertextuales), libre y moderno, amante de la naturaleza y generoso con sus deudos, hasta donde podía serlo un aristócrata a caballo entre el siglo XIX y el XX, que puso a Mallorca en el mapa del mundo, enseñando a sus habitantes a valorar otros paisajes de las islas, sobre todo la costa, los acantilados, el mar, cuando ellos solo apreciaban el interior, los frondosos valles de Sóller. Es preciso recordar que Luis Salvador había nacido en el palacio Pitti de Florencia y jugaba de niño en los jardines de Boboli. En suma, se trata de un individuo que cuando siente que se le acaba la vida, a finales de septiembre de 1915, se propone poner orden desvelándonos algunos cloroscuros de su existencia, antes silenciados por cobardía, pero sobre todo por no disgutar al Emperador, a su familia.

Estamos, en esencia, ante una historia contrafáctica: cómo podrían haber sido las memorias de Luis Salvador. Pero también frente a unas memorias que acaban convirtiéndose en novela. El caso es que mientras se esclarecen algunos misterios (el archiduque confiesa haber sido espía al servicio de su primo el Emperador desde 1870; o que apenas fue correspondido en sus amores, quizá con la excepción de la campesina Catalina Homar), surgen otros nuevos enigmas, tanto en el texto de la narración como en los paratextos. Así, por ejemplo: ¿A quién está dedicada la novela, quién es ese misterioso “quien lo sabe“, sea hombre o mujer? ¿Quién custodiaba y vendió las memorias? Sea como fuere, además de llevar una atractiva cubierta, el libro se lee con gusto e interés, pues las peripecias individuales aparecen contextualizadas entre algunos de los grandes conflictos europeos de la época, y por tanto es de esos libros que consiguen hacer lectores. Así, en la novela se comenta o cuestiona la política del Emperador; el fusilamiento de Maximiliano –su primo— en México, 1867; los supuestos suicidios de Rodolfo y María Vetsera en Mayerling, en 1889; los asesinatos de la emperatriz Sissi en Ginebra, en 1898, y de Francisco Fernando y Sofía Chotek en Sarajevo, en 1914. En suma, la decadencia de un gran Imperio o, con el estallido de la Gran Guerra.

Carme Riera, además, consigue proporcionarle una voz plausible al personaje, al tiempo que evita la prosa de madera de la mayoría de las novelas históricas al uso, su simplicidad formal y argumental, así como el trazo monolítico de los personajes. Si el objetivo de la autora era deleitarnos, llamar la atención sobre los aspectos más misteriosos de la vida de este personaje histórico, más conocido por las anécdotas que generó que por su compleja existencia real, creo que esta obra lo cumple con creces.

*Fernando Valls es crítico y profesor de Literatura.
 
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