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Luces Rojas

PSOE, socialismo utópico y energía política



Publicada 15/11/2013 a las 06:00 Actualizada 02/09/2014 a las 10:18    
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Una izquierda necesitada de utopías observaría con sorpresa que una persona de la entidad humana y coherencia política de Vázquez Montalbán, del que celebramos los 10 años de su defunción, se presentara en vida como "socialista científico", una denominación que Engels, en 1876, la utilizara en oposición a la del "socialista utópico".

El rechazo a lo utópico no era entonces ni ahora rechazo a la transformación social, sino todo lo contrario. Era la oposición a un idealismo buenista que pensaba que bastaba con desear la verdad, la razón y la justicia "para que por su propia virtud conquiste el mundo". O, puestos a comentar la actualidad de la Conferencia Política del fin de semana, creer "que el PSOE ha vuelto" como una alternativa sólida por el mero hecho de consensuar algunas medidas reformistas, por muy adecuadas que sean, en un documento. Se necesita algo más para anticiparse y evitar lo que empieza a ser habitual: las sucesivas frustraciones que genera la izquierda cuando accede al gobierno en Francia, Grecia, Italia o España en una coyuntura como la actual.

Felipe dijo en 1993 que "he tomado nota de los mensajes de los electores" pero no las tomó, Zapatero se presentó en 2004 con un "no os defraudaré" pero defraudó. Elena Valenciano, acaba de decir en la Conferencia Política que “entendimos el mensaje, nunca podrá volver a tocarse a los más débiles”. Demasiadas disculpas.

Dice Soledad Gallego que es necesario convertir las 385 páginas, en un "dificilísimo discurso de 10 minutos en el que llegue a un diagnóstico radical de lo ocurrido y a una propuesta sustancial de compromisos políticos". Efectivamente: una declaración extensa "que recoja todo" puede hacer las veces de dibujo utópico de la realidad. Tiene de atractivo que permite modelizar el armazón de las políticas públicas de izquierda, anticipar la coherencia interna de las diversas propuestas.

Pero, a la vez, no deja de ser progresismo de salón. Los documentos programáticos siempre cuidaron un lenguaje y un tono adecuado pero pocas veces sirvieron de referencia de gobierno cuando tocaba medir los apoyos reales y enfrentarse a las resistencias existentes en la sociedad. Ocurre que esas circunstancias eran perfectamente previsibles cuando se realizaron los programas, que alejados de la realidad, acabaron convertidos en un ejercicio de simulación.

Cuanto mayor sea la debilidad de las fuerzas progresistas más necesario es una jerarquía en el diagnóstico y en los objetivos si se desea evitar la frustración temprana y mantener el poder. Hay elementos centrales que reúnen un amplio consenso entre las bases sociales de la izquierda, sean cuales sean las resistencias que generen, y otras que son más discutibles socialmente y recaban menos apoyos. Entre las primeras, existe unanimidad en dar un giro completo a la política energética para fomentar las renovables; también en impulsar una fiscalidad que grave a las grandes corporaciones como a cualquier otra empresa y que aumente la operatividad y los recursos de la lucha contra el fraude. Solo esas dos medidas concitarían amplísimas resistencias en lobbies muy poderosos con amplias conexiones mediáticas. Y hay que saber vencerlas.

Lo que Engels denominaba "socialismo científico" partía del reconocimiento de que las leyes económicas acaban configurando la realidad social. Hoy hay que saber, por ejemplo, que no es posible confiar todo a la capacidad de redistribución del Estado para hacer frente a las inequidades que provoca el sistema productivo. La globalización hace que la capacidad de redistribuir sea menor mientras las injusticias son mayores. No queda más remedio que cuestionarse las entrañas del sistema desde planteamientos predistributivos.

Por eso, es de agradecer que el PSOE se plantee dar un giro a las relaciones laborales, pero habrá que ver si se dispone realmente a acabar con las raíces de las políticas de devaluación que residen en la unilateralidad del poder del primer ejecutivo y se recupera hasta sus últimas consecuencias el principio de la negociación colectiva. Es ahí, venciendo todas las resistencias y favoreciendo los consensos internos y la participación de los trabajadores en el gobierno de las empresas y en sus beneficios, en el sentido de Alemania (Consejos de Vigilancia), Suecia (Fondos de Asalariados), Austria (Cámaras de Trabajadores), donde nos jugamos realmente el principio de la predistribución y el éxito de las políticas progresistas. Solo desde esa posición será posible ganar simultáneamente en competitividad y equidad.

Saber qué fuerza material se dispone (medida en la capacidad de movilización en la calle, pero también en apoyos sociales e institucionales, votos, dineros, recursos mediáticos, poderes territoriales) es determinante para definir los objetivos reales de Gobierno. Mucho más si, como repite Josep Ramoneda, “las élites económicas no ven necesidad alguna de hacer concesiones" porque "las clases populares han perdido capacidad de intimidación". Parte de la debilidad de la izquierda procede de que no quiere reconocerse en ese reto.

Lo esencial no son los programas coherentes sino la construcción de una nueva energía política suficiente para vencer las resistencias de un poder compacto y agresivo al que hay que disputar, como reclamaba Gramsci, “la hegemonía, los consensos, el sentido común” en religión, justicia, educación o medios de comunicación. Si la disputa del poder es necesaria en todos esos ámbitos lo es, especialmente, en economía, que es la asignatura pendiente de la socialdemocracia como nos recuerda el hecho de que el 50% de los ciudadanos no aprecian apenas diferencias entre los discursos del PP y el PSOE en materia económica.

¿Cómo se construye esa energía política? Recuperar credibilidad es esencial y, en ese sentido, los pasos dados por el PSOE para la democratización de los candidatos son muy importantes. Pero la experiencia de Italia y Francia demuestra que una amplia participación en primarias no es un activo duradero. Un debate interno entre los miembros del colectivo Economistas Frente a la Crisis nos llevaba a reclamar que cada candidato a primarias hiciera visible su equipo económico, que el debate político incluyera los acentos y matices sobre determinadas medidas económicas. Se trata, en mi opinión, de un paso imprescindible para hacer más difícil que, en el último momento, los grupos de presión coloquen determinadas personas en el gobierno, menos dañinas o más cercanas a determinados planteamientos. La transparencia en ese paso es fundamental para evitar los efectos de las puertas giratorias.

No olvidemos tampoco que si las primarias democratizan el acceso de los nuevos líderes, no modifican el control posterior sobre sus actuaciones. ¿Puede un presidente de gobierno, con el apoyo incluso de los órganos ejecutivos de su partido, poner en marcha medidas que confrontan radicalmente con su programa electoral? En ese sentido, Odón Elorza y el grupo Foro Ético, reclamaban que, para evitar giros como el realizado por Zapatero en mayo del 2010, o la sinrazón del comportamiento de Rajoy, haciendo desde el primer momento lo contrario de su programa, se debe instaurar un procedimiento de consulta urgente a sus militantes/ simpatizantes.

La energía política requiere también la cohesión de los cuadros partidarios de una idea. En ese sentido nadie puede ignorar que la claridad de mensajes es el sustento de una mayor fuerza material, y que la Conferencia Política ha contribuido a elevar la moral del PSOE. Compartir emociones es también hacer política: es estúpida la izquierda que se limita al discurso frío y racional olvidando que sentir el calor de verse juntos y unidos, gritar contras las mismas injusticias, es también un requisito para convertir en fuerza colectiva positiva las posiciones individuales dispersas. Debatir francamente con otros colectivos, abrirse a los discursos e interrogantes de otras fuerzas de izquierda es también una condición para hacer converger diversas energías.

Señala Soledad Gallego citando a Jorge Guillén, que, al final, todo se resume en saber si la injusticia se traga o no se traga. Casi sí. Pero habría que añadir que se necesita también habilidad y energía para ganar batallas y no sólo sinceridad para pedir disculpas por perderlas.

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Ignacio Muro Benayas, economista de formación, actualmente es profesor de periodismo en la Universidad Carlos III de Madrid. Experto en nuevas tecnologías e información, es miembro del colectivo Economistas frente a la Crisis.
 
 
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