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Armas de mujer


Mercè Rivas Torres Publicada 01/04/2013 a las 09:21 Actualizada 01/04/2013 a las 11:16    
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Los hombres suelen justificar la posesión de armas para proteger a las mujeres vulnerables pero la realidad es al revés. Ellas “afrontan un peligro mayor cuando sus comunidades están armadas” según Barbara Frey, relatora de Naciones Unidas.

Se calcula que en la actualidad hay en el mundo casi 650 millones de armas ligeras. Más del 60 por ciento de ellas están en manos de hombres. Y la gran mayoría de quienes fabrican, venden, poseen y usan las armas son hombres. ¿Qué significa esto para las mujeres y niñas del mundo?

Estas armas son utilizadas en la violencia doméstica y de género en primer lugar. Si además se vive en una zona en conflicto son una forma de amenaza hacia ellas. En casi todas las violaciones y agresiones sexuales son utilizadas como forma de intimidación. Y como consecuencia de esas acciones bélicas, muchas mujeres acompañadas de sus hijos tienen que huir del país, pasando a ser el 80% de los más de 15 millones de refugiados que hay en el mundo.

“Gran parte de la violencia dirigida contra las mujeres en sociedades en conflicto es una manifestación extrema de la discriminación y abusos que padecen las mujeres en tiempos de paz”, afirma Naciones Unidas en uno de sus informes sobre el uso de armas.

Existen ya casos ejemplares de mujeres que se han levantado contra el uso de las armas en ciertas comunidades. Pero algunos hombres, afortunadamente, también se han movilizado lanzando campañas como la de la Cinta Blanca, la mayor iniciativa que existe en el mundo de hombres que combaten la violencia contra las mujeres. Comenzó en Canadá “para cuestionar la complicidad silenciosa de los hombres en la violencia contra las mujeres” y ha servido de ejemplo para otros países como Costa Rica, México, Namibia o Sudáfrica. Su principal herramienta de trabajo es la educación dirigida a los hombres y niños para que aprendan a respetarlas.

Sin embargo, a pesar de estas iniciativas, no hay que olvidar a aquellas mujeres que en situaciones límite son obligadas a portar armas como las secuestradas por las guerrillas o las niñas soldado. Según cifras aproximadas de organismos internacionales, representan el 40% de todos los niños soldados que países como Afganistán, Sudán, República Democrática del Congo, Malí o Yemen siguen reclutando. Se calcula que hay cerca del medio millón de jóvenes atrapados, pero ellas tienen un plus, además de portar armas y ser obligadas a matar, se convierten en esclavas sexuales de sus secuestradores con sus consecuencias indeseables: transmisión del SIDA, enfermedades de tipo sexual o embarazos forzosos. Toda una máquina de humillación y degradación.

Pero frente ante estos dramas humanos nos podemos encontrar con frivolidades mercantiles. Algunas compañías norteamericanas como Pinkguns.com se dedican a fabricar armas para mujeres de color rosa, con incrustaciones de perlas y brillantes con la excusa de que deben de sentirse protegidas en un mundo hostil pero siempre sin perder su feminidad.

Otros sitios como Armed in Heels (Armadas y en tacones) venden rifles, escopetas y pistolas rosas con nombres como "chic lady". También tienen una sección de accesorios y consejos para ocultar las pistolas entre la ropa interior y bajo el vestido.

Dos balas por ser humano

Muchos son los países que de puertas afuera proclaman que no se deben vender armas a países que no respeten los derechos humanos, incluido el Vaticano, pero muy pocos los que cumplen este punto.
En la década de los sesenta la producción de armas absorbía la mitad de la inversión de capital de todo el mundo. Sólo el Departamento de Defensa de Estados Unidos acaparaba el 80% del presupuesto federal en 1960.

En estos momentos la compra venta de armas da unos réditos de 840 mil millones de dólares anuales. “Se trata de un mercado particularmente parecido al de las drogas que constituye el segundo negocio ilegal más lucrativo” afirma el Catedrático Roberto Velasco en su libro “Las Cloacas de la Economía”.

Amnistía Internacional calcula que en el mundo hay cerca de 650 millones de armas cuyo tráfico es incontrolable. El diario The Guardian añade que 550 millones de armas ligeras circulan por el mundo de las que 250 son adquiridas de forma ilegal. Roberto Velasco calcula en su libro que cada año se fabrican 16 mil millones de municiones, lo que significa dos balas por cada ser humano del planeta.
En julio del año pasado, Naciones Unidas inició un debate para crear un sistema internacional que regule la exportación de armas, llegando a la conclusión de que hay más normas internacionales que regulan el comercio de plátanos que de armas.

La ley en España prohíbe al Gobierno autorizar la exportación de material a lugares donde pueda ser utilizado para la "represión interna" o la "violación de derechos humanos", pero eso no parece ser un obstáculo para el Ministro de Defensa, Pedro Morenés, el cual defiende la venta de armas a países que no cumplen los requisitos de la ley española. "Nada es perfecto en política" ,declaró recientemente.
Amnistía Internacional, Intermon Oxfam, Greenpeace, Fundació per la Pau y el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria hacen un informe anual sobre los países a los que España vende armas incumpliendo la ley como es el caso de: Arabia Saudí, Bahrein, Colombia, Egipto, Ghana, Israel, México o Pakistán. Ninguno de estos países destaca por su democracia, defensa de los derechos humanos ni por su igualdad entre los géneros.

Negociadoras de paz

Sin embargo a pesar de ser víctimas de la proliferación de armas, las mujeres se han destacado mucho más en los últimos años en la defensa de la paz y en su trabajo en los conflictos y postconflictos.
El papel de las mujeres en las negociaciones para la paz en el mundo es imprescindible ya que aportan cohesión, equilibrio, nuevos enfoques y sostenibilidad. Tienen fuerza y la saben transmitir.

Los hombres que se dedican a estas tareas suelen ser políticos o militares mientras que ellas vienen de la sociedad civil. Conocen mejor que nadie los problemas sociales, educativos, económicos y su enfoque es siempre incluyente. Quieren trabajar junto a los hombres pero éstos se resisten a perder el poder, ya que quieren ser los protagonistas del inicio y final de los conflictos bélicos.

Un caso significativo fue el de las mujeres de Liberia. Ellen Johnson-Sirleaf y Leymah Gbowee fueron galardonadas con el Nobel de la Paz por haber potenciado la presencia de las mujeres en las negociaciones por la paz en Liberia, pero ha habido muchas más.

Conviene recordar el trabajo de Leymah Gbowee utilizando las tradicionales cabañas palavas, una estructura redonda con techo de paja en donde suelen habitar los ancianos de la comunidad en el África Occidental. En ese lugar los jefes del lugar discutían y resolvían los conflictos.

En plena postguerra de Liberia las cabañas palavas se convirtieron en lugares donde las mujeres de Liberia, encabezadas por Leymah, llevaron a cabo el proceso de desarme, desmovilización y reintegración de los combatientes. Los individuos confesaban sus delitos y pedían perdón a la comunidad. Las llamaron las cabañas de la paz.

Estas mujeres durante 14 años cargaron con el peso de dos brutales guerras en donde las consecuencias de estos enfrentamientos fueron la proliferación de niños soldados, el desplazamiento masivo de liberianos y la generalizada violencia sexual contra ellas por parte de ambos bandos. Pero lo peor fue que, como ha sucedido en otros conflictos, también fueron agredidas sexualmente por las tropas de paz o por personal humanitario.

Sexo a cambio de comida o de un lugar mejor en el campo de refugiados. Demoledor.

Estas liberianas tuvieron el valor de dejar sus hogares, teniendo en cuenta que eran y son la columna vertebral de la familia y se trasladaron a la ciudad de Acra (Ghana) para presionar a los que estaban negociando la paz. Lanzaron la campaña de no practicar sexo si no había paz y encerraron a los políticos para obligarles a llegar a acuerdos.

Y lo consiguieron. Esas fueron sus armas de mujer.
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Mercè Rivas Torres es periodista y escritora.


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