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Plaza Pública

Túnez: ¿Una transición “a la española”?


Javier Doz Publicada 20/02/2014 a las 06:00 Actualizada 20/02/2014 a las 11:11    
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El pasado 10 de febrero estuvo en Madrid el ex-primer ministro de Túnez, Hamadi Yabali. Participó junto con Bernardino León, y presentados por Eduardo Madina, en un debate organizado por Nueva Economía Forum. Los medios de comunicación resaltaron más el implícito apoyo de Bernardino León a la candidatura de Madina para dirigir el PSOE que lo que dijeron ambos conferenciantes sobre la situación tunecina y de los países de la ribera sur del Mediterráneo. Y sin embargo, los dos conferenciantes dijeron cosas interesantes. Sólo me referiré a algunas de las afirmaciones del ex-premier tunecino y a la reflexión que me provocaron.

Pero primero, unas breves informaciones que sirvan de contexto. Tras dirigir durante año y medio el gobierno de la coalición formada en torno a su partido, el islamista Ennahda (Partido del Renacimiento), vencedor de las elecciones legislativas y presidenciales que se celebraron el 23 de junio de 2012, Hamadi Yabali dimitió el 19 de febrero de 2013, en contra de la opinión de su partido. Trece días antes había sido asesinado Chokri Belaid, uno de los líderes históricos de la izquierda tunecina. Yabali logró imponer a Ennahda su criterio de que debía de formarse un gobierno de transición técnico y apostar por alcanzar un consenso constitucional con la oposición laica y de izquierdas. Su objetivo se alcanzó el pasado 27 de enero cuando 200 de los 216 diputados de la Asamblea Nacional votaron “sí” a una constitución de consenso fruto de muy largos debates, y que tuvo que sortear muchos obstáculos, entre ellos el del recrudecimiento de la violencia política.

Pero la violencia que se cobró la vida de otro político de izquierdas, Mohamed Brahmi, en julio de 2013, y que ha llevado a grupos radicales salafistas del entorno de Al Qaeda a establecer una guerrilla en las montañas fronterizas con Argelia, o a batallar con la policía en zonas urbanas, no ha logrado su propósito de desestabilizar políticamente al país. Por el contrario, puede haber empujado a las fuerzas políticas tunecinas a dejar de lado las diferencias y evitar que Túnez se deslice a situaciones como la egipcia o la libia, por no hablar de la trágica guerra civil siria cuya dictadura todavía no ha caído. En Madrid, Hamadi Yabali dejó claro que él y los demás políticos tunecinos forjadores del consenso constitucional quisieron evitar a toda costa los enfrentamientos y la violencia política de sus vecinos que les ha llevado a situaciones de difícil salida.

Varias menciones hizo Yabali a Egipto. Se distanció de los Hermanos Musulmanes subrayando la necesidad de evitar la exclusión política y social, al tiempo que recordó, muy acertadamente, a los gobiernos occidentales que no volvieran a resolver el dilema entre seguridad y libertad del mismo modo que lo habían hecho, antes de las revoluciones árabes, apoyando a todas las dictaduras de la región. Y que eso era lo que estaban haciendo al refrendar el golpe de Estado del general Abdul Fatah al-Sisi.

Escuchando a Yabali se confirmó mi impresión de que lo que está viviendo Egipto desde julio del pasado año ha tenido una influencia decisiva en hacer que Ennahda renunciara finalmente a la mayoría de sus pretensiones. Ha renunciado a impregnar de islamismo el nuevo texto constitucional y ha aceptado una Constitución básicamente laica y avanzada en comparación con las que tienen los demás países árabes o de mayoría de población musulmana. Yabali sostuvo la necesidad de prolongar el consenso político durante los próximos años para levantar la economía del país y luchar contra la otra exclusión, la social. Implícitamente se postuló como candidato no partidista a la presidencia de la República en las próximas elecciones.

Sólo de pasada se refirió al positivo papel de la Unión General de Trabajadores de Túnez (UGTT) en la construcción del consenso constitucional. Este papel, en el que la central sindical ha puesto muchísima energía y muchos recursos humanos, ha sido muy importante. Algunos analistas lo han definido como decisivo para que se lograra el acuerdo constitucional. En varios momentos han actuado conjuntamente con la patronal tunecina presionando a los diputados para que aprobaran una Constitución que pudiese ser votada por una gran mayoría de la Asamblea Nacional. La participación de la UGTT y de otras organizaciones de la sociedad civil ha sido muy activa, realizando propuestas concretas en la línea de preservar el laicismo heredero de los valores fundacionales de la República de Túnez tras su independencia en 1957 -de la mano del Néo Destour liderado por Habib Burguiba- y de ampliar la garantía de los derechos políticos y humanos, en particular de los derechos de la mujer.

Papel ambiguo y contradictorio

El papel de la UGTT bajo la dictadura de Ben Alí fue ambiguo y contradictorio. En la base era refugio y ámbito de acción semiclandestina de la izquierda y los islamistas perseguidos por su régimen. Sin embargo, la mayoría de su cúpula, dirigida por Abdessalem Jerad, secretario general de 2000 a 2011, se comportó como dócil colaboradora del régimen de Ben Alí. Pero, a diferencia del papel jugado por la central única de Egipto, ETUF, bajo la dictadura (una estructura más del poder del régimen), la UGTT había protagonizado, tanto bajo el Burguiba dictador como bajo Ben Alí, momentos puntuales de fuertes enfrentamientos con el poder, incluidas sangrientas huelgas generales. Durante el proceso revolucionario que se inició el 17 de diciembre de 2010, con el asesinato de Mohamed Bouzizi en Sidi Bouzid, y culminó el 14 de enero de 2011, cuando Ben Ali huyó a Arabia Saudí, las federaciones de la UGTT, algunas de las cuales ya habían protagonizado huelgas locales en los dos años anteriores, fueron incorporándose progresivamente al movimiento popular espontáneo hasta culminar en la convocatoria de la Huelga General del 12 de enero en la Región de Túnez. La impresionante manifestación que esta huelga generó en las calles de la capital dio la puntilla al régimen de Ben Ali.

La actual UGTT, dirigida por Husein Al-Abbassi, a la que algunos han criticado por meterse en política y no dedicarse a las funciones estrictamente sindicales, ha contribuido en una medida importante a un gran acuerdo nacional sobre bases inequívocamente democráticas que debería facilitar el camino para salir de una situación económica y social muy difícil. Esperemos que esta vez con la cooperación, tantas veces pregonada como pocas realizada, de la Unión Europea. Hoy, desde diversos sectores de la izquierda se está cuestionando el consenso de la transición política española plasmado en la Constitución de 1978. Puedo compartir algún aspecto de esas críticas. Pero, salvando las distancias y las diferencias, a la luz de lo que está pasando en la transición tunecina y en los demás procesos que vive el mundo árabe, creo que hay que reafirmar el valor del consenso en la transición española a la democracia. Reconocer su valor no significa, en absoluto, aceptar el inmovilismo constitucional que practica hoy el gobierno del PP y que nos puede llevar a situaciones muy críticas. Por el contrario, el mejor servicio que se puede hacer a la Constitución Española, que sigue siendo válida en muchos aspectos, es demostrar que también sirve para su propia reforma en aquellos otros aspectos que lo necesitan, uno de los cuales es, sin duda, el modelo de Estado.

El referente español

Desde mi experiencia personal puedo afirmar que en los medios políticos, sindicales y de la sociedad civil tunecina se ha tenido muy presente la transición política española. Por supuesto hay una diferencia fundamental. En España, el pacto se dio entre las fuerzas del régimen dictatorial y las de la oposición democrática. En Túnez, una revolución derribó la dictadura y la confrontación posterior, superada por el consenso constitucional se ha dado entre islamistas y laicos, ambos opositores de Ben Alí. Pero el elemento común de ambas transiciones, el más importante, es el compromiso entre fuerzas políticas y sociales opuestas para evitar una confrontación violenta y encontrar soluciones, si es posible comunes, a un agrave crisis económica y social.

Tuve ocasión de visitar Túnez varias veces en los meses posteriores a la Revolución del 12 de enero, por mi actividad como secretario de internacional de CC OO. Comprobé allí que existía una sociedad civil, más o menos organizada, que había florecido incluso bajo la dictadura y actuado bajo la misma, a pesar de la persecución sufrida. Seguramente más que en cualquier otro país árabe. Esto puede explicar en buena medida el mucho mejor rumbo del proceso tunecino respecto al de los demás países árabes. Los sindicalistas, los abogados y jueces, las feministas, los periodistas y los políticos con los que me entrevisté, las opiniones que escuché en diversos debates, coincidían tanto en su gran interés en conocer con detalle como había sido la transición española como en desear para Túnez una "transición a la española".

Parece que pueden tenerla. Deseemos que eviten nuestros errores.



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