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El vídeo de la semana

Esta Europa oscura y miserable

Publicada 30/01/2016 a las 06:00 Actualizada 30/01/2016 a las 12:21    
EL AUTOR
Mientras en España dos figurantes de The Walking Dead esperan a que el otro caiga como única posibilidad de supervivencia, se nos siguen muriendo Aylanes en las costas de Grecia. Más de una decena de niños ahogados esta semana.

Y digo “se nos siguen”, y lo entrecomillo y si hay que subrayarlo lo hago también, porque su muerte es un espejo de la inmundicia moral, de la infamia en que Europa es capaz de embarrarse en las circunstancias en las que los hombres y los pueblos retratan su alma verdadera: cuando toca el sacrificio de los momentos difíciles.

¡Qué pena nos dio aquella imagen de la cara aplastada en la arena y los zapatitos de Aylan Turki, ahogado sin entender nada! Que pena, ¿verdad? Pues duró aquel sentimiento de culpa y solidaridad lo que dura el informativo entre corte y corte publicitario. Después se olvidó, y los sirios que huyen de la guerra y el exterminio volvieron a convertirse en el eco lejano de una desgracia que ni nos va ni nos viene. A no ser que vengan de verdad a llamar a nuestras puertas. Entonces sí es cercana, pero tanto que nos da miedo. Predicamos la Europa de los hombres y a la hora de repartir nuestro trigo preferimos no tener invitados o hasta echarlos al mar. Y no es una metáfora, si hemos de creer lo que esta semana denunciaba en la BBC el ministro griego de Migración, Ioannis Mouzalas: “Un ministro belga dijo que teníamos que hacer retroceder a los refugiados aunque se ahogaran en el mar”.

Bélgica lo niega, claro, faltaría más. Pero los hechos de esta Europa altiva y cerrada restan vigor a esa negativa. Es como si Suecia dijera que le importa la vida de los 80.000 refugiados que va a expulsar –aunque al menos ha recibido unas cuantas decenas de miles, y son contados quienes lo han hecho–, o que Dinamarca tratara de convencernos de que respeta a esos miles de desesperados a los que les va a quitar lo que tienen para que puedan pagar su estancia. Bueno, no todo… parece que les permiten conservar las joyas de la familia. Que no entren, o que se vayan, como ya quiere hacer la mujer del vídeo.

Europa se ha convertido en una pesadilla vergonzante y rácana, que en vez de imponer sus principios se está dejando vencer por sus miserias. Empezaron los húngaros y los polacos; luego croatas y austriacos; ahora son los holandeses y los nórdicos. Y los alemanes, por supuesto. Bruselas, incapaz y abotargada, sólo puede o quiere reprochar a Grecia que se le cuelen los refugiados, pero no libra los medios prometidos ni se atreve a alumbrar las ideas necesarias.

¿Sabe usted, querido lector, cuántos de los 160.000 que íbamos a acoger han podido legalizar su situación? Poco más de 300 (no es una errata: un tres y dos ceros). A España han llegado 18, de más de 15.000 que iban a venir. Pero es que éstos también siguen teniendo problemas. ¿Tiene usted noticia de que aquel sirio de la zancadilla que llegó a España para trabajar en el Getafe no ha podido todavía unir a su familia?

Hace unos días, un destacado dirigente político, en conversación sobre la situación de bloqueo tras las elecciones generales, me decía que no había que creer nada de lo que viéramos o escucháramos y que las cosas iban a ir tan rápido que en semanas nos moveríamos años. Se refería, naturalmente, al tejer y destejer de acuerdos y desacuerdos para alcanzar un gobierno. Pero la reflexión bien nos vale en la estupefacta contemplación, amargamente decepcionante, de la mentira que es esta Europa que ni es unida ni solidaria; que es miserable.

Esta Europa que en el artículo 1 de su Carta de Derechos Fundamentales afirma que “la dignidad humana es inviolable y será respetada y protegida” , que en el artículo 4 de esa misma Carta determina que “nadie será sometido a tratos inhumanos o degradantes”, que en el 18 garantiza el “derecho de asilo” y en el 19 de este papel mojado asegura rimbombante en su primer apartado que “se prohíben las expulsiones colectivas” y en su segundo –atención– que “nadie podrá ser devuelto, expulsado o extraditado a un estado en el que corra grave riesgo de ser sometido a la pena de muerte, a la tortura o a otras penas o tratos inhumanos o degradantes”.

Papel mojado, basura apenas voluntarista que se esfuma como humo de pajas ante la crisis humanitaria más brutal en Europa desde la guerra de los Balcanes o, si me apuran, la Segunda Guerra Mundial: palabras vacías a la hora de la verdad.

Europa empieza a ser mentira incluso para los que mantenemos la ingenua esperanza de que llegue algún día a ser algo de lo que soñamos. También, como en la política española, en semanas podemos correr años. Pero en el caso europeo esa carrera está siendo hacia atrás. Y probablemente no pueda jamás volver a recuperarse de tanto y tanto que hayamos retrocedido.


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