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Festival de Cine del Sáhara, un ejercicio de resistencia cultural

Asistentes a la pasada edición de FiSahara.

De las tristes noticias que todos los días llegan de cines desiertos, un pequeño giro en la expresión da pie, por una vez, al alivio y al entusiasmo: desde hoy vuelve el festival de cine en el desierto, el único en el mundo que se celebra en un campo de refugiados, FiSahara, que se prolongará hasta el día 13 en la wilaya (una división administrativa) de Dajla, en el Sáhara Occidental, parte de unos territorios ocupados por Marruecos desde 1975 en un conflicto que continúa sin visos de resolución.

En su décima edición, este certamen que, como explica su directora ejecutiva, María Carrión, tiene por objetivo ejercer de palanca para la “resistencia cultural”, ha dado un volantazo en su ruta habitual, para dirigirse hacia unos derroteros más enfocados “en los derechos humanos y en las mujeres saharauis”. Aunque estos siempre habían sido faros que iluminaban la senda del festival, esta vez, dice Carrión, se han incluido “muchas películas de temática social, y se han potenciado las que tratan sobre el Sáhara Occidental, tanto las que están hechas por saharauis, que son pocas, como las que están hechas por otros cineastas”. 

María Carrión, directora ejecutiva de FiSahara. 

Si antes nombres de peso internacional como Javier Bardem –cuyo documental Hijos de las nubes, la última colonia, sobre los refugiados saharauis, le valió un goya como productor– se desplazaban a los campamentos, ahora, más allá de la participación de las actrices españolas Melani Olivares y Ana Wagener, el protagonismo recaerá sobre todo en los directores y activistas internacionales que presentan sus proyectos y realizan talleres y actividades en el festival. Entre los filmes que se presentan, destacan títulos como The runner, de Saeed Taji Farouky, Girl rising, de Richard Robbins, o El retorno al Sáhara Occidental, de Milly Moabi,The runnerGirl risingEl retorno al Sáhara Occidental que se proyectarán en paralelo a otras de carácter comercial, como Lo imposible, de J. A. Bayona, o La vida de Pi, de Ang Lee.

Más allá de ver películas, los asistentes también podrán participar mano a mano con los invitados, que imparten una serie de talleres sobre cine. “Hay un componente de formación añadido, no solo en el aspecto técnico, sino también en el de la estrategia y la metodología para hacer que el cine sea una herramienta para denunciar y educar”, explica Carrión. Entre los ponentes, hay participantes procedentes de muy diversos rincones del mundo, como Maureen Mangono Shonge, abogada pro derechos humanos de Zimbabue; la activista brasileña Iara Lee, fundadora de la red Culturas de la resistencia, o el cineasta marroquí Nadir BouhmouchNadir Bouhmouch, que presentará su película Mi majzén y yo, en torno al Movimiento 20 de febrero, que se inició en el país norteafricano en 2011 tras el estallido de la revolución en Túnez. 

“Es una película que habla de cómo se originó el movimiento y de los obstáculos que el régimen (el majzén) pone para su desarrollo: la represión de las protestas, las intimidaciones, los arrestos, los manifestantes falsos que se infiltran y son violentos…”, explica Bouhmouch, que estudia cine en EEUU, y que añade que, a pesar del drástico descenso de las manifestaciones en cantidad, las protestas han conseguido algunos logros relevantes. "Ahora existen nuevas organizaciones de la sociedad civil independientes y sin ayuda internacional. Ese es el gran éxito: que se han abierto debates, por ejemplo sobre la homosexualidad, cosa que antes no había”. 

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Como simpatizante y activista por la causa saharaui, Bouhmouch mantendrá una charla durante el festival con Guy Davidi, israelí, propalestino y codirector del documental nominado al Oscar 5 cámaras rotas. Ambos se enfrentan a una situación similar: apoyan los territorios que sus países de origen mantienen ocupados. “La diferencia es que hay más repercusiones para mí, porque yo me enfrento directamente a las autoridades”, asegura el marroquí, que no sabe si podrá volver a su país próximamente. "Allí el movimiento de apoyo al pueblo saharaui es muy subterráneo, y solo se da en la Red, porque es el único lugar en el que puede existir”.

Sin las ayudas que antes proporcionaba la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, la AECID, que hace ha retirado toda la financiación al proyecto de FiSahara por los recortes, el festival se encuentra en un momento de transición, en busca de patrocinios nuevos o reforzados. Con todo, prosiguen con programas como la Escuela de cine del Sáhara, abierta durante todo el año, y que este verano ha graduado a su primera promoción de cineastas saharauis. 

“Ahora hay una generación de jóvenes que puede preservar su cultura a través del cine”, destaca la directora ejecutiva, quien añade que, más allá del cine, el certamen tiene proyectadas numerosas actividades paralelas, como carreras de camellos, talleres infantiles, partidos de fútbol, una feria cultural o exposiciones. “El festival es un ejercicio de resistencia”, concluye. “Muchos saharauis viven en los territorios ocupados o en el exilio, así que es importante que su cultura resista, porque esa es su identidad”.

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