Lorca entrevisto

Andrés Soria Olmedo

Acaban de publicarse dos libros que recogen las entrevistas de Federico García Lorca en la prensa de su época: Palabras de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas (Malpaso), con edición de Rafael Inglada, la colaboración de Víctor Fernández y prólogo de Christopher Maurer; y Treinta y una entrevistas a Federico García Lorca (Entorno Gráfico Ediciones), con selección, introducción y notas de Andrés Soria Olmedo. 

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La fama de García Lorca se sustenta en la presencia simultánea de un factor literario y un factor biográfico. Al lado de la obra, que sigue reclamando el interés de los públicos y lectores más diversos, su asesinato ha adquirido un  valor simbólico duradero, como emblema de las víctimas de la Guerra Civil.

En ambos sentidos su figura ha alcanzado fama universal. Pero es importante recordar que la fama de Lorca no es en absoluto póstuma. Al contrario, alcanzó en vida una notoriedad continuada y creciente que puede calibrarse por la atención periodística que recibió en los ámbitos local, nacional e internacional. Esta edición quiere ser una muestra representativa de un género de escritura atractivo por juntar resonancias biográficas y autobiográficas, orales y narrativas, con la fuerza de la metonimia —la parte por el todo— resistente a la autoridad de la voz unificadora de la biografía narrada. 

Puesto que no conservamos ningún testimonio radiofónico —aunque sí textos para la radio—, estas entrevistas se encuentran a la mitad del camino en la presencia multiplicada de los mass media en la sociedad, o por lo menos a mitad del camino del auge de la prensa escrita, previa a su vez a la explosión digital. Esto las dota de un cierto aire de época, cuyo síntoma más claro es la convicción de modernidad que respiran.

 

En esta selección hay desde textos que podrían considerarse autógrafos, proporcionados al periódico por el propio interesado, como en la aparecida en la revista Blanco y Negro (1933), donde el periodista Luis Méndez Domínguez puso en boca de Federico el propio texto de su conferencia-recital sobre Nueva York, hasta conversaciones refundidas, o casos excepcionales como la entrevista de Gar­cía Lorca con Luis Bagaría (10 de junio de 1936), donde el entrevistado entrevista a su vez. El agudo libro de Antonio Elorza, al mostrar la in­tensidad intelectual que se esconde en el «caricaturista salvaje», una figura creada para sim­bolizar el reverso negativo del orden civilizado, nos permite situar en sus justos tér­minos de complicidad el diálogo que mantienen, jocoso y vagamente unamuniano, en cuyo transcurso afloran, entre bromas y veras, cuestiones metafísicas como el más allá y la felicidad, únicas en el conjunto. El periodista gráfico socialista y pacifista se entiende bien con el poeta que se distancia de las almas «que no ven el torrente de lágrimas que nos rodea, producido por cosas que tienen remedio».

Quizá el extremo opuesto pueda percibirse en la entrevista con Rodolfo Gil Benumeya (1931), quien se empeña en atarlo a una hipotética esencia granadina o andaluza de la que el poeta huye a cada pre­gunta. Pero aquí el resultado es una declaración extraordinaria, en la que pesa más el género («perseguidos») que las especies concretas: «Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpáti­ca de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío..., del morisco, que todos llevamos dentro». De modo análogo, en la entrevista con Bagaría, tras deplorar que se perdiera «una civilización admirable» constata con trágica amargura que en Granada «se agita actualmente la peor burguesía de España». El escándalo ante el presente prevalece sobre la  añoranza de un pasado idílico.

El espacio de la difusión y la recepción pública del medio influye en el tono y el rumbo de las declaraciones. Las entrevistas suelen ser más respetuosas con lo que se espera de él en los diarios de las capitales que en los de provincias, donde se permite mayores libertades (en La Mañana de León (1933) adopta una «pose» de provocación vanguardista que no se repite más: el teatro actual es «un teatro hecho por puercos y para puercos»).

Al repetirse obligadamente muchas preguntas, la diversidad de situaciones da lugar a que de las palabras del poeta se deduzcan, además de datos meramente informativos, secuencias de actitudes ante sí mismo, ante el arte y ante la sociedad que el lector puede sorprender en momentos sucesivos, con la nitidez y el secreto último de las fotografías.

En las manifestaciones autobiográficas sorprende la repetición de la infancia y de lo rural como elementos básicos de una vida que se presenta a sí misma como literatura, sometida a parámetros que pueden extenderse a la obra. (1935: «Toda mi infancia es pueblo. Pastores, campos, cielo, soledad»). Junto al recato y a la oferta de una imagen construida con rasgos estéticos, son propias de esa vertiente las pequeñas inexactitudes vanidosas, que siempre celan o estilizan hechos auténticos. Un apartado especial es el de los proyectos y especulaciones sobre su obra futura en poesía y teatro (diversos títulos posibles para el libro que trajo de Nueva York, El Público). Esto tiene que ver menos con el gusto por fantasear que con un laboratorio creativo ca­racterizado por ser reacio a la publicación, por confiar más bien en la memoria o en la representación y por proyectarse literalmente hacia formas siempre renovadas. (...)

Otra secuencia la constituyen las entrevistas dadas a propósito de obras concretas, a raíz de los estrenos, con interesantes comentarios cobre el carácter de los personajes (Mariana, Doña Rosita) y muy a menudo sobre aspectos formales del espectáculo (papel de la música en Perlimplín, mezcla de verso y  prosa en Bodas, […], ritmo y claridad en La Zapatera, los coros en Yerma). Poseen el encanto de comprobar cómo se esfuerza siempre por transmitir su noción del tono que las piezas deben dar en escena, como un compositor que dirigiese un concierto de su música, y con una seguridad creciente.

Por último, donde la sucesión de las entrevistas  resulta impagable es en lo relativo a tres aspectos profundamente conectados entre sí: la poética, la estética teatral y el compromiso social y político, cuyas líneas de progreso se muestran en todos sus matices.

Siguen los meandros de la historia y un cami­no de maduración personales, en poesía desde el amparo en la poética gongorina hasta la más duradera «vuelta a la inspiración» y la «manera espiritualista» cimentada en 1928. Al teatro lo lleva el afán de comunicación, y su práctica a la sensibilización hacia los problemas sociales. La estética teatral se asienta sobre dos pilares de igual resistencia: «Hacer arte. Pero arte al alcance de todo el mundo».

El pedagogo teatral que se perfila a comienzos de los treinta dispone de un excelente banco de pruebas en La Barraca, experimento si­multáneo de repertorio, montajes, organización teatral y público. Este último aspecto, el del pú­blico, va siendo objeto de una apasionada dis­criminación positiva por parte del poeta, cercana al populismo de izquierdas de los años treinta. Al mismo tiempo se desarrolla, en sentido negativo, un rechazo cada vez más radical de la burguesía como público, aunque en el terreno del compromiso político y social Lorca diferencia su disposición personal, cada vez más cercana a la causa popular, de su actitud artística, que sigue una disciplina más lenta y cautelosa.

La primera reacción importante a la pregunta de si el arte y la política deben mantenerse separados (1933), encierra una convicción íntima: «El artista, y particularmente el poeta, es siempre anarquista, sin que sepa escuchar otras voces que las que afluyen dentro de sí mismo: tres fuertes voces: la VOZ de la muerte, con todos sus presagios, la VOZ del amor y la VOZ del arte». En 1936 dirá a Bagaría: «Ningún hombre verdadero cree ya en esta zarandaja del arte  puro, arte por el arte mismo». En los tres años que median entre ambas declaraciones asistimos a los sondeos de Lorca en busca de una fórmula que le permita conciliar sus exigencias formales y poéticas con la impregnación de los problemas sociales.

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En todos los registros que hemos recorrido la voz del poeta surge del modo más vivo posible con un efecto indudable de inmediatez. Leídas al tanto de cada circunstancia, las entrevistas van desplegando una biografía paralela que se diferencia de la biografía narrada y dotada de explicaciones causales, donde se han encajado todas las piezas, por su carácter discontinuo, sujeto a contradicciones, a veladuras, tentativas y arrepentimientos. Lorca entrevisto, vivo.

*Andrés Soria Olmedo es Catedrático de Literatura Española. Andrés Soria Olmedo

Acaban de publicarse dos libros que recogen las entrevistas de Federico García Lorca en la prensa de su época: Palabras de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas (Malpaso), con edición de Rafael Inglada, la colaboración de Víctor Fernández y prólogo de Christopher Maurer; y Treinta y una entrevistas a Federico García Lorca (Entorno Gráfico Ediciones), con selección, introducción y notas de Andrés Soria Olmedo. 

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