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    <title><![CDATA[infoLibre - Fernando Claudín di Fidio]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/fernando-claudin-di-fidio/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Fernando Claudín di Fidio]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La última oportunidad de la izquierda]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/ultima-oportunidad-izquierda_129_2230106.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8e2e132e-f2b4-4406-9bd0-fadd2af03cb5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La última oportunidad de la izquierda"></p><p>Hay momentos en la historia política en los que los nombres dejan de servir. Las marcas se desgastan. Las siglas envejecen. Los liderazgos se consumen. Y<strong> las estructuras que ayer parecían imprescindibles se vuelven obstáculos para construir el mañana</strong>.</p><p>La <strong>izquierda española </strong>atraviesa uno de esos momentos.</p><p>Durante años ha vivido atrapada en una paradoja: mientras una parte creciente de la sociedad reclama respuestas progresistas ante problemas gigantescos —la desigualdad, la vivienda, la crisis climática, la precariedad laboral, la transformación tecnológica—, las fuerzas llamadas a representar esas inquietudes muestran una<strong> imagen de fragmentación, disputa interna y agotamiento</strong>. El ciudadano que busca una alternativa encuentra un mosaico de pequeños territorios políticos en vez de un horizonte común. </p><p>Frente a ese escenario, la derecha española ha entendido mejor una vieja lección de la política: el poder no pertenece a quien tiene más razones, sino a quien consigue construir una mayoría reconocible. La historia está llena de propuestas "sin contenido" que triunfaron por aunar una narrativa compartida: Trump es el último ejemplo.</p><p>No se trata de qué partido debe sobrevivir, sino qué proyecto puede nacer. </p><p>El error sería pensar que la solución consiste en sumar siglas, como agregando piezas de un puzle roto. La política no funciona así. <strong>Las coaliciones electorales sin alma son acuerdos administrativos destinados a gestionar una derrota</strong>.</p><p>La izquierda española necesita algo más ambicioso: una nueva identidad política capaz de superar el ciclo nacido hace una década. El tiempo de las pequeñas guerras culturales, de las marcas personales y de las organizaciones concebidas alrededor de dirigentes concretos debería dar paso a una etapa de reconstrucción. </p><p>Antonio Gramsci hablaba de la necesidad de construir una hegemonía cultural antes de alcanzar la hegemonía política. Una sociedad no cambia solo porque una mayoría vote una opción determinada; cambia cuando esa opción consigue explicar el mundo mejor que sus adversarios.</p><p>La izquierda necesita volver a contar una historia convincente sobre España. </p><p>No basta con defender derechos adquiridos. Hay que explicar cómo será la vida de una persona joven dentro de 20 años. No basta con denunciar la desigualdad. <strong>Hay que ofrecer un modelo de prosperidad compartida</strong>. No basta con responder a la nostalgia de otros. Hay que construir una <strong>idea atractiva de futuro</strong>.</p><p>En ese contexto aparece una figura singular: <strong>Gabriel Rufián</strong>.</p><p>Su eventual papel en una operación de convergencia tendría ventajas evidentes. Es un político con capacidad comunicativa, con experiencia parlamentaria, con una relación directa con sectores populares y con una imagen menos asociada al desgaste de las estructuras tradicionales de la izquierda estatal. </p><p>Pero también tendría límites. Una figura nacida de una tradición política territorial concreta difícilmente puede convertirse por sí sola en el punto de encuentro de sensibilidades tan diversas como las que conviven a la izquierda del PSOE. Para algunos sectores sería un puente; para otros, una frontera.</p><p>El problema no es Rufián. El problema es creer que la solución puede depender de una persona. </p><p>La izquierda española ha cometido demasiadas veces el error de buscar un nuevo mesías político. Primero fue la ilusión de creer que un liderazgo carismático resolvería las contradicciones internas. Luego la esperanza de que una nueva marca electoral solucionaría los problemas estructurales. La historia reciente demuestra que <strong>ningún dirigente, por brillante que sea, puede sustituir a un movimiento social amplio</strong>.</p><p>La alternativa debería ser inversa: construir primero el proyecto y después elegir a quienes puedan representarlo.</p><p>La mejor opción no sería resucitar Sumar ni crear otra plataforma electoral con fecha de caducidad. Sería fundar una nueva casa común. Una organización abierta, parecida en espíritu a los grandes movimientos políticos europeos que nacieron cuando las sociedades cambiaron de época. Una estructura donde convivan ecologistas, socialdemócratas desencantados, federalistas, movimientos por la vivienda, feministas, defensores de los servicios públicos y sectores progresistas que hoy no encuentran una representación clara.</p><p>No debería presentarse como "la izquierda contra la derecha", porque esa batalla ya no moviliza como antes, sino como una alternativa entre dos modelos de país.</p><p>Uno basado en la competición permanente entre ciudadanos, en la reducción de la política a identidad y conflicto, en la idea de que los problemas complejos tienen soluciones simples.</p><p>Otro basado en la cooperación, la modernización económica, la ciencia, la educación, la justicia social y una democracia más profunda. </p><p>La izquierda necesita recuperar algo que ha perdido: la <strong>capacidad de ilusionar</strong>.</p><p>Si el gran eje político del próximo ciclo puede ser la confrontación entre una visión cerrada de España y otra abierta, la izquierda comete un error cediendo el concepto de nación a sus adversarios. </p><p><strong>Las naciones no son propiedad de una ideología</strong>. </p><p>La tradición progresista europea siempre defendió una idea de patria vinculada a la ciudadanía, no a la sangre; a los derechos, no a los privilegios; al futuro compartido, no a la nostalgia.</p><p>El escritor Albert Camus recordaba que la verdadera rebeldía no consiste en decir "no", sino en afirmar aquello que merece ser defendido. La izquierda necesita recuperar esa dimensión afirmativa. </p><p>No puede limitarse a advertir sobre los peligros de la extrema derecha. Tiene que explicar por qué su proyecto de sociedad es más deseable.</p><p>La próxima batalla electoral no será entre partidos, sino entre <strong>imaginarios</strong>. </p><p>La extrema derecha ha comprendido algo importante: la política moderna funciona con emociones, símbolos y relatos. La izquierda, demasiado concentrada a veces en la gestión y demasiado dividida en sus debates internos, ha olvidado que también necesita poesía. </p><p>Porque la política, en el fondo, es una forma de arquitectura. Construye edificios invisibles donde millones de personas colocan sus ladrillos de esperanza.</p><p>La derecha radical ofrece un edificio basado en el miedo: <strong>miedo al extranjero, miedo al cambio, miedo al futuro</strong>.</p><p>La izquierda debería ofrecer otro basado en la<strong> confianza</strong>: confianza en la inteligencia colectiva, en la innovación, en la convivencia, en la capacidad de una sociedad democrática para resolver problemas difíciles.</p><p>España no necesita otra guerra entre siglas progresistas. Necesita una generación política capaz de entender que las próximas décadas estarán marcadas por desafíos enormes: inteligencia artificial, envejecimiento, cambio climático, concentración económica, crisis de la democracia liberal.</p><p>Ante esos retos, las viejas fronteras internas de la izquierda parecen cada vez más… mezquinas.</p><p>Quizá el verdadero liderazgo no consista en ocupar la primera fila, sino en<strong> saber abrir una puerta por la que puedan entrar muchos</strong>.</p><p><strong>Rufián podría participar en esa tarea</strong>. También otros dirigentes y movimientos. Pero nadie debería ser propietario de la nueva izquierda antes de que exista.</p><p>La oportunidad histórica consiste precisamente en lo contrario: crear un espacio donde nadie sea imprescindible porque todos son necesarios.</p><p>La izquierda española no pide a gritos una nueva marca electoral. Su SOS lleva años suplicando una visión “real” de España, dinámica, viva, con alma.</p><p>Solo esa visión, si llega a construirse, sería capaz de impedir que el futuro sea escrito por quienes han aprendido a manufacturar miedo en su propio beneficio.</p><p>____________</p><p><em><strong>Fernando Claudín di Fidio</strong></em><em> es escritor.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 04 Aug 2026 04:00:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Claudín di Fidio]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La última oportunidad de la izquierda]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Política,Izquierda,Gabriel Rufián]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El algoritmo del fútbol]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/club-infolibre/librepensadores/algoritmo-futbol_129_2227814.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4d2151df-07e2-4cd1-a877-c8c7c9717545_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El algoritmo del fútbol"></p><p><strong>La final del Mundial entre España y Argentina debería ser una celebración.</strong> Dos países unidos por una lengua, una historia entrelazada, millones de vínculos familiares y culturales. Dos pueblos que durante décadas han compartido canciones, literatura, migraciones, alegrías y tragedias. Un partido entre hermanos. Una fiesta.</p><p>No. <strong>En este mundo hiperpolarizado hasta una pelota vive presa de la lógica de bloques.</strong> España y Argentina encarnan simbólicamente las dos sensibilidades geopolíticas enfrentadas: una España más cercana a las posiciones propalestinas y una Argentina alineada con el eje político israelí. <strong>El césped se torna cuadrilátero donde las tensiones del mundo exterior proyectan sus sombras.</strong> Ya no basta ganar un partido: es necesario que se imponga una identidad, una ideología, una forma de entender el mundo.</p><p><strong>¿Qué queda del fútbol de la calle, de la escuela, del barrio, del corazón?</strong></p><p>El fútbol nació como una ceremonia colectiva sencilla: veintidós personas persiguiendo un balón, una multitud compartiendo emociones, una competición donde el talento, el esfuerzo y el azar decidían el resultado. <strong>Era una metáfora lúdica de la vida: había vencedores y vencidos, y también respeto, belleza, incertidumbre, épica.</strong></p><p>Hoy esa imagen parece lejana. <strong>El fútbol es una gigantesca industria global. Los jugadores son logotipos comerciales.</strong> Los clubes son multinacionales. Los aficionados son consumidores. La selección es “la marca España” en vez de “la alargada sombra del ciprés”. No encarna el alma de nuestro país, sino nuestra hambre patria de éxito planetario.</p><p>El balón sigue rodando, pero alrededor de él gira <strong>una maquinaria económica de dimensiones colosales: derechos televisivos, patrocinadores, apuestas, merchandising, plataformas digitales, turismo deportivo.</strong></p><p><strong>¿Cuánto hay de competición y cuánto de espectáculo diseñado para generar beneficios?</strong></p><p><strong>¿Dónde termina el deporte y dónde empieza el show-business?</strong></p><p>Los ansiados mundiales, esperados con tanta expectación durante cuatro años, ya no solo venden partidos; venden experiencias, identidades y emociones manufacturadas. Un aficionado puede recorrer miles de kilómetros, pagar precios desorbitados por un vuelo, un hotel y una entrada, endeudarse durante meses para estar noventa minutos en una grada. <strong>No compra un asiento, una localidad, sino un sitio, el suyo: compra la sensación de pertenecer a algo más grande que su “insignificante humanidad”.</strong> Y una eyaculación de felicidad. Diez mil euros es un precio razonable por ese “orgasmo de poder” que no está al alcance del simple mortal de ninguna otra forma.</p><p>En una sociedad donde muchas personas se sienten aisladas, desconectadas y privadas de grandes relatos colectivos, <strong>el fútbol ofrece una patria emocional instantánea</strong>. Durante unas semanas millones de personas dejan de ser individuos anónimos y se mimetizan anímicamente en una multitud con un mismo afán y un grito unánime de aliento.</p><p><strong>Pero esa emoción no es limpia. Desemboca en fanatismo.</strong></p><p><strong>¿Por qué necesitamos tanto ganar y demostrar públicamente que hemos ganado? </strong></p><p><strong>¿Por qué una derrota deportiva puede provocar tristeza profunda, rabia o incluso violencia?</strong> ¿Por qué alguien que jamás conocerá personalmente a los jugadores siente que una victoria de once desconocidos representa un triunfo propio, quizá el mayor de su vida?</p><p>Acaso porque <strong>el fútbol ha ocupado el espacio que antes llenaban otras formas de pertenencia</strong>. Las comunidades tradicionales se han debilitado, las religiones pierden influencia en muchas sociedades, las ideologías políticas ya no movilizan como antaño, y <strong>el </strong>individuo contemporáneo, más libre pero también más solo, busca nuevas formas de identidad e integración colectiva.</p><p>La camiseta de una selección se transforma en bandera emocional. El estadio, en templo. El partido, en ritual colectivo. <strong>Pero todo ritual puede ser manipulado.</strong></p><p>El fútbol actual no solo mueve emociones; mueve miles de millones. Y cuando hay tanto dinero en juego, resulta ingenuo pensar que la política permanece al margen. La polémica intervención de Donald Trump para retirar la tarjeta roja a un jugador de la selección estadounidense demuestra hasta qué punto el poder político intenta apropiarse del espectáculo deportivo. La independencia del deporte queda cuestionada cuando los líderes descubren que <strong>un balón moviliza más pasiones que los discursos, el precio del petróleo o las bombas</strong>.</p><p>El fútbol se vuelve un instrumento de influencia,<strong> una plataforma de propaganda </strong>y un territorio donde las naciones proyectan su poder.</p><p>Y los aficionados se dejan arrastrar. <strong>Son la pieza clave del engranaje y al tiempo sujeto pasivo movido por hilos invisibles.</strong></p><p>La industria del fútbol necesita emociones extremas porque son más rentables que las emociones moderadas. <strong>Un aficionado tranquilo consume menos que un hincha enfervorizado.</strong> La pasión devora consumo. La rivalidad vende. El enfrentamiento es un acelerador comercial.</p><p><strong>El negocio no quiere que veamos un partido; necesita que vivamos una batalla. </strong>¿Es esa histeria colectiva la consecuencia de una sociedad cada vez más vacía de alma?</p><p>Vivimos rodeados de estímulos permanentes, algoritmos que predicen nuestros gustos, redes sociales que amplifican nuestras emociones y sistemas económicos que lo reducen todo a mercancía. La atención humana es el nuevo petróleo. <strong>Quien controla nuestras emociones controla también nuestro tiempo, nuestros hábitos y nuestras decisiones.</strong></p><p>Antaño se afirmaba que el fútbol es un dispositivo de distracción masiva, “el opio del pueblo”. Hoy se ha construido alrededor del fútbol una arquitectura comercial capaz de explotar nuestras necesidades más profundas: <strong>pertenecer, competir, ser reconocidos, formar parte de una comunidad, triunfar, ocupar el primer lugar, gritar “soy yo”.</strong></p><p>Sí, hay millones de personas que aman el fútbol, aman su simbolismo, aman su sencillez, aman sus orígenes humildes, aman la autenticidad de su compromiso colectivo. Pero ese <strong>“excesivo volcarse”, esa “sobreactuada teatralidad”, esa “visceralidad patológica”</strong> que saca de nosotros por un momento una animalidad soterrada... ¿a qué obedece?</p><p>Una final entre España y Argentina debería recordarnos precisamente lo contrario. Antes que rivales somos seres humanos<strong>.</strong> Una frontera, una bandera o una camiseta no deberían borrar siglos de vínculos compartidos. <strong>La grandeza del deporte no está en destruir al adversario, sino en reconocer su valor.</strong></p><p>Quizá el verdadero triunfo no sea que España gane a Argentina o Argentina a España.</p><p><strong>El verdadero triunfo sería recuperar un fútbol donde la victoria no necesite humillar al otro. </strong>Donde la pasión no sea odio. Donde la competición no sea rapaz negocio. Donde una pelota vuelva a ser simplemente una pelota.</p><p>Cuando todo se vuelve espectáculo, propaganda y mercancía, perdemos lo bello del juego: <strong>la ilusión inocente de sentir durante noventa minutos que el mundo es tan sencillo como cantar ¡gol!</strong></p><p>____________</p><p><em><strong>Fernando Claudín di Fidio</strong></em><em> es escritor y socio de </em><em><strong>infoLibre</strong></em><em>.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 21 Jul 2026 04:00:55 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Claudín di Fidio]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Fútbol,Selección Fútbol España,Argentina,Fanatismo,Geopolítica,Negocios]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El estrecho Onán]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/club-infolibre/librepensadores/estrecho-onan_129_2224674.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c1f9da74-5076-4edf-8031-b77117adef98_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El estrecho Onán"></p><p>Donald Trump siempre <strong>había sospechado que la Historia le debía algo</strong>. </p><p>No sabía exactamente qué. Tal vez<strong> una estatua de cien metros con el pelo dorado iluminada por reflectores</strong> en la entrada de todas las capitales del planeta. Tal vez una moneda con su perfil y una frase debajo: "El hombre que arregló el mundo porque el mundo estaba claramente mal diseñado". Tal vez un capítulo entero en los libros escolares donde los niños aprendieran que, antes de él, la humanidad caminaba perdida entre políticos aburridos, científicos con gafas y expertos incapaces de entender que la solución a cualquier problema complejo era decir una frase sencilla con voz de trueno. </p><p><strong>Trump no quería gobernar</strong>. Gobernar era una tarea de funcionarios grises, de carpetas, informes y reuniones donde la gente usaba palabras como «matiz» o «contexto». Él quería conquistar. La palabra le gustaba porque tenía músculos. Conquistar sonaba a botas pisando alfombras, a banderas ondeando al viento, a fotografías históricas con hombres importantes mirando al horizonte. </p><p>Una mañana, mientras desayunaba <strong>un café tan negro que parecía una amenaza diplomática</strong>, observó el mapa de Oriente Medio sobre la mesa. </p><p>—Ahí falta orden —dijo. </p><p>Su asesor de seguridad, un hombre que llevaba veinte años aprendiendo a asentir sin que pareciera que asentía, <strong>miró el mapa.</strong> </p><p>—Señor presidente, esa región tiene una historia de miles de años, conflictos religiosos, intereses geopolíticos, alianzas complejas... </p><p>Trump levantó una mano.</p><p>—<strong>Demasiadas palabras.</strong> El problema del mundo es que nadie tiene suficiente confianza. </p><p>El asesor comprendió entonces que la reunión había terminado. Cuando un hombre cree que la realidad es un espejo que debe obedecerle, cualquier argumento contrario parece una falta de educación. <strong>Semanas después llegó la operación militar contra Irán</strong>. Los comunicados oficiales fueron magníficos. No hablaban de bombas, soldados ni consecuencias. Hablaban de "acción decisiva", "nuevo amanecer" y "victoria histórica". Cada palabra había sido elegida para que pareciera que el ejército no entraba en un país, sino que inauguraba un hotel de lujo. </p><p>Trump apareció ante las cámaras con una sonrisa de vendedor de apartamentos frente al mar. </p><p>—Hemos conseguido una victoria increíble. <strong>Nadie habría podido hacerlo</strong>. Nadie. Los expertos decían que era imposible. Por eso lo hice. </p><p>Los periodistas preguntaron por los daños, por la respuesta iraní, por la estabilidad regional. Trump frunció el ceño. Aquellas preguntas tenían un defecto imperdonable: hablaban de la realidad. <strong>La realidad era una invitada incómoda en las grandes ceremonias del poder</strong>. Siempre llegaba tarde, despeinada y con una factura en la mano. </p><p>Al principio todo pareció funcionar según el guion. Las fotografías mostraban explosiones lejanas, generales serios y mapas llenos de flechas rojas. Los comentaristas hablaban de la «nueva era americana». Algunos tertulianos, expertos en descubrir grandezas después de que otros arriesguen sus vidas, <strong>comparaban la operación con grandes momentos militares del pasado</strong>. </p><p>Pero la Historia, que tiene un sentido del humor cruel,<strong> empezó a escribir otro relato</strong>. Irán no se transformó en un trofeo. La región no se volvió más tranquila. Los aliados comenzaron a hacer preguntas. Los mercados rompieron a temblar. Los soldados regresaron con historias que no cabían en los discursos presidenciales. </p><p>La gran victoria tenía una pequeña complicación: nadie sabía dónde estaba. Trump reunió a sus asesores. </p><p>—¿Cómo puede ser que después de ganar no parezca que hemos ganado? Nadie respondió. </p><p>Era una pregunta difícil porque contenía una paradoja: para alguien que solo <strong>entendía el mundo como una competición de televisión,</strong> perder el control del relato era peor que perder una batalla. Entonces un viejo historiador invitado a la Casa Blanca pidió permiso para hablar. </p><p>—Señor presidente, quizá haya un problema de interpretación. </p><p>—¿Con mi interpretación?</p><p>—Con la interpretación del poder. </p><p>Trump lo miró con aire de sospecha. </p><p>—Explíquese. </p><p>El anciano abrió una Biblia gastada. </p><p>—Existe un personaje llamado Onán. Durante siglos se ha utilizado su nombre para hablar de una conducta relacionada con el placer sin fruto. Pero hay otra lectura más profunda: <strong>Onán es alguien atrapado en sí mismo</strong>, incapaz de comprender que sus actos tienen consecuencias más allá de su propio deseo. </p><p>Trump sonrió. </p><p>—¿Está diciendo que soy bíblico? </p><p>—Estoy diciendo que muchos poderosos padecen la enfermedad de Onán. El presidente arqueó una ceja. </p><p>—¿Qué enfermedad? </p><p>—El orgasmo de poder. </p><p>La expresión quedó flotando en la sala. Nadie se rió porque todos sabían que <strong>algunas verdades solo dan risa cuando las dice un bufón</strong>. Cuando las dice un anciano, provocan silencio. </p><p>El historiador continuó: </p><p>—Los dictadores y los líderes narcisistas confunden su satisfacción personal con el destino de los pueblos. Creen que cada impulso suyo es una necesidad histórica. Se excitan con la imagen de la fuerza, pero olvidan que el poder no consiste en sentirse poderoso. Consiste en responder por lo que haces. </p><p>Trump miró por la ventana. </p><p>Afuera, Washington seguía funcionando con su habitual indiferencia. Los coches avanzaban, los funcionarios caminaban, la gente compraba café. El mundo tenía la insolencia de continuar sin pedirle permiso. </p><p>Aquello era lo más insoportable. <strong>No había estatua</strong>. No había música épica. No había final de película. Solo consecuencias.</p><p>Con el tiempo, los periódicos comenzaron a llamar aquel episodio "el estrecho Onán", una expresión que <strong>nació como una broma entre periodistas y terminó convirtiéndose en una metáfora</strong>. El estrecho era el lugar donde se habían encontrado dos ilusiones: la de un hombre que creía que podía dominar el mundo con una orden y la de un sistema que confundía espectáculo con poder. </p><p>Porque todos los grandes conquistadores tienen un momento en que descubren una verdad humillante: <strong>el mundo no es una extensión de su ego</strong>. Alejandro murió lejos de su casa. Napoleón terminó en una isla. Muchos emperadores acabaron contemplando ruinas que ellos mismos habían construido. Trump tuvo algo más moderno: una pantalla encendida veinticuatro horas al día recordándole que la realidad tenía más audiencia que él. </p><p><strong>La Historia no lo recordaría como el hombre que conquistó Irán</strong>. Lo recordaría como el hombre que intentó conquistarse a sí mismo y terminó derrotado por su propio reflejo. </p><p>El último imperio que quiso construir no estaba hecho de territorios. <strong>Estaba hecho de espejos</strong>. Y todos los espejos, tarde o temprano, tienen la desagradable costumbre de devolver la imagen exacta de quien se mira en ellos.</p><p>____________</p><p><em><strong>Fernando Claudín di Fidio</strong></em><em> es escritor y socio de </em><em><strong>infoLibre</strong></em><em>.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 16 Jul 2026 04:01:02 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Claudín di Fidio]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Donald Trump,Estados Unidos,Oriente Medio,Irán]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El alma de Gaza]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/alma-gaza_129_2221669.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8e2e132e-f2b4-4406-9bd0-fadd2af03cb5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El alma de Gaza"></p><p>Hospital Al-Quds. A la doctora Amal le pesaba todo. El aire cargado del quirófano. La mascarilla. <strong>El desinfectante raspando los pulmones.</strong> El calor sofocante. </p><p>Sobre la mesa de operaciones, un hombre. Anestésico profundo. <strong>Había llegado casi con muerte cerebral, tras el ataque aéreo.</strong> Cirugía a corazón abierto. </p><p>Sintió el cuerpo cubierto de sudor bajo el mono quirúrgico. <strong>Cansancio</strong>. La cabeza le daba vueltas. <strong>Los movimientos repetían la rutina de años de práctica</strong>. </p><p>Había muchos heridos esperando. <strong>La operación era su prioridad</strong>. Aisló la mente del caos que invadía el hospital. Pulso firme. Bisturí. </p><p><strong>El tic-tac del reloj martilleaba sus sienes</strong>. Alrededor, el equipo de apoyo se hizo notar. Estaba allí, asistiéndola. Protocolos sincronizados, ecos de muchas cirugías. <strong>¿Cuánto tiempo llevaban trabajando en precario, paso a paso, para no desesperarse? </strong></p><p>Sonaron las bombas. <strong>Amal no mostró sorpresa.</strong> Ninguno de los presentes. Continuaron. <strong>Lo único importante era salvar esa vida. </strong></p><p>Los monitores pitaron más fuerte. <strong>La operación había sido un éxito.</strong> Amal y sus colegas cruzaron miradas de alivio. </p><p>—Buen trabajo, doctora —dijo la enfermera. </p><p>Con el mismo automatismo, Amal desinfectó. <strong>No había tiempo para más</strong>. Aguardaba un parto urgente. Se quitó los guantes manchados de sangre. <strong>El corazón del hombre latía, regular</strong>. </p><p>Siguiente paso. </p><p>Amal entró en la sala de partos. <strong>Cielos, una niña</strong>. Alaridos. Se retorcía de dolor, bañada en sudor. Carita de desesperación. <strong>Las manos infantiles aferraban la sábana tan fuerte que la desgarraban</strong>. </p><p>Amal le habló. Su voz serenaba. Volvió a funcionarle, la chiquilla respiró como le indicaba. Un parto difícil, pero no era novata. <strong>Cientos de nacimientos habían pasado por sus manos</strong>. </p><p>El bebé nació. Amal cortó el cordón. <strong>Una niña, preciosa</strong>. La puso en los brazos de la madre. Preguntó cómo iba a llamarse. La muchacha, pálida, agotada, miró a su hija. Ojos vidriosos. Sonrisa tímida. Lágrimas. <strong>Abrazó al bebé como si fuera una muñeca grande</strong>. </p><p>—Salma. </p><p>Un estruendo sacudió el hospital. Las luces se apagaron. Otra explosión. <strong>Le iban a estallar los tímpanos</strong>. Amal se sintió suspendida en el aire. <strong>Todo colapsaba</strong>. Techo. Paredes. La mente pasó fotogramas. Momentos. <strong>Rostros queridos</strong>. </p><p><strong>El suelo se hundió</strong>. Nube de polvo. Escombros. Amal cayó. Se desvaneció. </p><p><strong>Despertó en otra realidad</strong>. El emblemático hospital Al-Quds, que tantas vidas había salvado durante las últimas décadas, víctimas de los bombardeos y las emergencias humanitarias, en cuya maternidad habían visto la luz por primera vez infinidad de criaturas… <strong>Ya no existía</strong>. </p><p><strong>En 2014 y 2018 también había sufrido bombardeos y fue reconstruido</strong>. Ella participó en las obras, como directora sanitaria. </p><p>Había que levantarlo desde los cimientos. </p><p>Ruinas. <strong>El antiguo emblema y santuario de esperanza, resistencia y vida era ahora una extensión de muerte y polvo</strong>. </p><p>Amal se incorporó entre los escombros. Le dolía todo. Persistía el pitido en los oídos, le costaba estar de pie. El mundo daba vueltas. </p><p><strong>Recurrió al autocontrol y la disciplina, integrados en su rutina</strong>. Se obligó a caminar, un paso detrás de otro. <strong>El sonido de los derrumbes retumbaba en su cabeza</strong>. Cada paso era un logro. Debía caminar. Entre corredores desplomados, pisando cristales rotos. <strong>Y a veces cuerpos, sin querer</strong>. </p><p><strong>Ver aquello le encogió el corazón. </strong></p><p><strong>Cadáveres</strong>. Rostros desfigurados. <strong>Una doctora amiga suya, enfermeros, celadores, pacientes</strong>. En el magma polvoriento.<strong> Todos sus colegas estaban allí</strong>. Se despedían en silencio. Habían trabajado juntos salvando vidas o haciéndolas nacer durante años. </p><p>Con la visión borrosa, Amal suspiró. </p><p><strong>¿Por qué no había nadie más vivo? ¿Qué tenía ella de especial? </strong></p><p>Reconoció al gerente, compañero de universidad. Recordó la frase que le había dicho días atrás:<strong> “Eres el alma de Gaza, Amal”</strong>. </p><p>Avanzó. En vano buscaba un rescoldo de vida en los cuerpos aún calientes. <strong>¿Cómo era posible aquella aniquilación? </strong></p><p>Se negaba a rendirse. <strong>Rastreaba aliento en cada víctima. </strong></p><p>Preguntó si alguien necesitaba ayuda. <strong>Escupió impotencia y polvo. </strong></p><p><strong>No tenía voz. </strong></p><p><strong>Las piernas se obstinaban en trepar por trozos de pared. Los dedos tanteaban un latido de esperanza en la yugular</strong>. No se detendría mientras pudiera mantenerse en pie. No cedería. Llevaba años conteniendo las emociones. Primero su profesión. Luego, lo personal. </p><p>Oyó algo. Bajo los escombros. <strong>Llanto.</strong> Amal agachó la cabeza. Dedos temblorosos. Tocó una camilla retorcida. <strong>El llanto sonó más claro, más cercano. </strong></p><p><strong>Un bebé. </strong></p><p>Desplazó una capa de escombros. <strong>El esfuerzo acabó de agotarla. </strong></p><p>A pesar de la capa gris, la reconoció. <strong>La chiquilla que acababa de dar a luz</strong>. El rostro inmóvil. Los ojos, fijos. <strong>Muerta. </strong></p><p>La criatura, frágil, a su lado, <strong>agitándose bajo el polvo</strong>. </p><p>Amal le limpió la carita. La acunó. El llanto se acalló. El bebé se aferraba a ella. Buscaba su calor. <strong>Le reclamaba un alimento que no podía darle</strong>. Aún. </p><p><strong>El contacto de ese cuerpecito tierno y tibio rompió el dique</strong>. Las lágrimas quemaban. Todo lo perdido era un derrumbe aún mayor. <strong>Un abismo de incertidumbre a sus pies</strong>. </p><p>Amal abrazó a la criatura. Cerró los ojos. <strong>Ese pedacito de carne daba sentido a todo</strong>. Aunque el mundo fuera escombros y miedo. </p><p>Debía seguir. <strong>Tenía entre sus manos la razón</strong>. </p><p>Sonrió al recordar el nombre que quería ponerle la madre. <strong>Salma significaba paz</strong>. </p><p><strong>—Te prometo que volveremos a levantar este hospital, alma mía.</strong></p><p>____________</p><p><em><strong>Fernando Claudín di Fidio</strong></em><em> es escritor.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Jul 2026 04:00:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Claudín di Fidio]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El alma de Gaza]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Gaza,Palestina,Hospitales,Palestina bajo las bombas,Bombas sobre Gaza,Opinión]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Soledad hiperconectada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/soledad-hiperconectada_129_2218091.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8e2e132e-f2b4-4406-9bd0-fadd2af03cb5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Soledad hiperconectada"></p><p>Nunca antes tantos seres humanos habían estado tan conectados. <strong>Nunca antes tantos habían declarado sentirse solos</strong>. Hoy la soledad no es una experiencia puntual, asociada al desengaño, la vejez o al aislamiento físico. Es una condición estructural de la vida contemporánea. No es un accidente emocional. Es <strong>un fenómeno global, difuso, persistente</strong>. Atraviesa clases sociales, edades y geografías, como una marea silenciosa. </p><p>En la superficie del mundo digital, la vida bulle de presencias. Mensajes que llegan en milisegundos, videollamadas que cruzan continentes, redes sociales y su conversación ininterrumpida. Y bajo esa hipercomunicación, un vacío sofisticado:<strong> la ilusión de compañía</strong>. Pero estar rodeado de notificaciones no es lo mismo que ser escuchado. <strong>Acumular contactos no equivale a ser comprendido. </strong></p><p>La soledad moderna tiene varios rostros. </p><p>Está la soledad conectada: la del individuo que interactúa sin descanso y sin profundidad. Responde mensajes mientras cena solo, comparte imágenes de su vida sin nadie que la sostenga, acumula reacciones que duran segundos y desaparecen. Es <strong>una soledad ruidosa, casi histérica, que se disfraza de sociabilidad</strong>. Y en su interior late una pregunta: ¿quién permanecería, si el ruido desapareciera? </p><p>Está <strong>la soledad urbana</strong>. Millones de personas conviven en ciudades densas, atraviesan estaciones de metro, comparten ascensores, compran café en el mismo local cada mañana. Y <strong>pueden pasar semanas sin un intercambio significativo</strong>. La ciudad contemporánea no aísla por distancia. Por saturación. El exceso de presencia ajena produce invisibilidad. Estás rodeado de cuerpos y te sientes fuera de lugar. </p><p>Está <strong>la soledad del rendimiento</strong>. Te acompaña si vives bajo la lógica de la productividad constante: trabajar, optimizar, mejorar, demostrar. El otro deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un espejo competitivo. Las relaciones se vuelven frágiles, intermitentes, condicionadas por agendas y objetivos. <strong>El descanso emocional se pospone</strong>. Y en ese aplazamiento la soledad se instala como una sombra funcional. </p><p><strong>Virginia Woolf </strong>exploró la interioridad como un territorio vasto, casi oceánico, donde la mente se enfrenta a su propia deriva. En sus personajes,<strong> la soledad no es solo ausencia de compañía</strong>, sino una forma de conciencia exacerbada. <strong>Una lucidez que duele</strong>. Woolf entendió que la vida interior puede ser tan intensa que<strong> incluso en compañía uno sigue estando solo</strong>, atrapado en la distancia entre lo que se piensa y lo que se puede decir.</p><p>Frente a esa introspección desgarrada, <strong>Albert Camus</strong> propuso la figura del <strong>individuo arrojado a un mundo sin respuestas definitivas</strong>. En su pensamiento, la soledad no es únicamente emocional, sino existencial. El ser humano, al buscar sentido en un universo indiferente, descubre su aislamiento radical. Y en esa constatación surge una forma de dignidad. <strong>La posibilidad de rebelarse</strong>. De vivir sin consuelo. De construir significado en medio del silencio. </p><p>La interioridad saturada de Woolf y el absurdo lúcido de Camus dialogan con <strong>la actual soledad digital</strong>. Hoy el aislamiento no se percibe como vacío, sino como exceso. <strong>Exceso de estímulos, de interacciones, de demandas</strong>. Un exceso que no llena, distrae, dispersa, fragmenta la atención. </p><p>Conocer a otra persona es una experiencia superficial, intercambiable, fugaz. Adoptamos plantillas de comportamiento de quita y pon. Y por el camino perdemos espontaneidad, sinceridad, profundidad.<strong> El acto reflejo también funciona al relacionarnos con nosotros mismos</strong>. Usamos las mismas plantillas al volver los ojos hacia adentro y formularnos una pregunta existencial, si se nos ocurre tomarnos la molestia de hacerlo. </p><p><strong>La pandemia fue un acelerador brutal</strong> de esa soledad hiperconectada que mete el alma en un pozo negro mientras la mente navega por el cosmos infinito de las pantallas, conversando con las voces megasaturadas de la red. Durante meses millones de personas <strong>sintieron una soledad física sin precedentes en nuestra era</strong>. Pero el retorno a la vida social no eliminó la soledad, que nos había mostrado su cara fantasmal, sin adornos, sin sucedáneos. <strong>Muchas relaciones no recuperaron su densidad anterior</strong>. La distancia aprendida permaneció. El aislamiento dejó huella en la manera de vincular las emociones. </p><p>Y está la soledad de los jóvenes, que <strong>no conocen el mundo sin redes sociales</strong> y sienten que su vida discurre en paralelo a la de los demás, sin confluir nunca. </p><p>Y está la soledad de los mayores que <strong>sobreviven en entornos hiperconectados </strong>que no comprenden. </p><p>Y está la soledad de quienes migran y viven entre lenguas que <strong>no les devuelven del todo la identidad</strong>. </p><p>Y está la soledad de la rutina y las parejas que sienten que<strong> la conversación ha sido sustituida por la convivencia automática</strong>. </p><p>Y está la soledad de la depresión, que puede darse en <strong>una vida aparentemente intacta desde fuera</strong>. Su rasgo más perturbador es la invisibilidad. En ella no hay abandono. Hay desconexión interna. El mundo sigue ahí, pero deja de tener acceso a nuestro yo. <strong>Las palabras ajenas ni siquiera nos rozan</strong>. Las relaciones son filtradas por un vidrio opaco. La mente deja de ser un lugar habitable. No hay épica ni dramatismo. Solo un desgaste lento, que nos aísla y empobrece la percepción, la vuelve improbable, impostada. Hasta el intento de acompañamiento es una distancia más. No por falta de amor. Por <strong>la imposibilidad de recibirlo</strong>.</p><p>Y está la soledad de la soledad, al ser normalizada. <strong>Hemos aprendido a convivir con ella</strong> como si fuera un subproducto inevitable del progreso. Se la diagnostica, se la estudia, se la mide en encuestas, pero rara vez se la cuestiona como estructura. Y su expansión coincide con la piedra angular de nuestro tiempo: la conexión permanente. Qué paradoja. </p><p>La soledad de ayer era amiga de la falta de vínculos. La de hoy, de su <strong>superficialidad</strong>. Cuanto más rápido vivimos, más profundidad existencial perdemos. La disponibilidad ha reemplazado a la presencia. Y<strong> la imagen del otro ha desplazado al otro mismo</strong>. Al final en un mundo donde todo puede ser comunicado, lo difícil es comunicar algo que realmente “nos llegue”. </p><p>Muchas veces quedamos reducidos a <strong>un personaje que mira su móvil en una habitación</strong>. Recibe mensajes, responde, sonríe levemente. Desde fuera el personaje no muestra signos de angustia. Así funciona <strong>la soledad contemporánea</strong>. Interacción sin arraigo. Conexión sin cuerpo. Compañía sin peso. </p><p>Lo cierto es que soledades las ha habido siempre. La diferencia actual <strong>es su escala y su invisibilidad</strong>. Los solitarios nunca habían estado tan integrados en el funcionamiento normal de la vida social. Nunca habían dado tanto el pego de <strong>“felicidad compartida”</strong>. </p><p>La soledad contemporánea no grita. <strong>Susurra</strong>. No se manifiesta como ruptura. Como continuidad. No es una excepción. Es paisaje de fondo. Y en ese fondo lo humano se redefine. No es pertenencia. Es la necesidad, cada vez más irrealizable, de <strong>encontrar una verdadera conexión</strong>. De almas. </p><p>¿Por qué nos da miedo el aislamiento voluntario fértil, creativo, necesario, buscado, que permite pensar, escribir, recordar, procesar los acontecimientos vividos, y en cambio <strong>nos entregamos a ese compartir vacío de contenido</strong>, tan extendido, que no produce pensamiento, sino desgaste, que no enriquece el mundo interior, lo estrecha? </p><p>¿Por qué cada vez nos cuesta más relacionarnos <strong>“de verdad”</strong>, tú a tú, sin mediaciones, sin interrupciones, sin fugas por la puerta de atrás? ¿Tan difícil es focalizarse en una persona, sin desviar la atención hacia mil estímulos accesorios? </p><p>Recuperar el cuerpo a cuerpo, <strong>“sin dispersión periférica”</strong>, no es un gesto nostálgico. Es resistencia contracultural. Lo esencial no es cuánta gente nos rodea, ni cuántos mensajes recibimos, ni cuántos vínculos acumulamos. Es <strong>relacionarse con otra persona a un nivel profundo de empatía</strong>. Porque ese conocimiento nos permite conocernos mejor y crecer personalmente. </p><p>Cuando todo se apaga, cesa el ruido y las pantallas dejan de iluminar la habitación, <strong>¿quién queda ahí?</strong> ¿Contamos por lo menos con nuestra propia compañía, o también hemos extraviado por el camino nuestro yo? </p><p>No pretendo culpar a<strong> la tecnología, a las ciudades, al estilo de vida</strong>. Solo propongo formularnos una sencilla pregunta. </p><p>¿Seguimos siendo capaces de mirar a otro ser humano<strong> sin convertirlo en un reflejo de nuestra propia soledad</strong>?</p><p>Lo digo porque<strong> hay una soledad peor que estar solo</strong>. Descubrir que nadie nos ha acompañado de verdad. Ni siquiera nosotros mismos. </p><p>____________</p><p><em><strong>Fernando Claudín di Fidio</strong></em><em> es escritor.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Jul 2026 04:00:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Claudín di Fidio]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Soledad hiperconectada]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Redes sociales,Tecnología digital]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La impunidad del nexo corruptor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/impunidad-nexo-corruptor_129_2213104.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8e2e132e-f2b4-4406-9bd0-fadd2af03cb5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La impunidad del nexo corruptor"></p><p><strong>Hay figuras que no aparecen en el primer plano de la corrupción, pero sin las cuales la corrupción no existiría.</strong> No son los grandes protagonistas, ni los rostros reconocibles de la política o las grandes corporaciones. Son el contacto, la bisagra, la correa de transmisión: el “nexo corruptor”. Sin ellos el dinero no cruzaría ciertas fronteras; el favor no encontraría cauces; la ilegalidad quedaría contenida por la fricción institucional.</p><p>El caso de Aldama —condenado como articulador de una trama de intermediación entre intereses privados y estructuras públicas— vuelve a colocar esta figura en el centro del debate. Su no ingreso en prisión tras colaborar con la justicia es jurídicamente explicable dentro del marco de la cooperación procesal. Pero abre una grieta profunda en el tejido político y social: la percepción de que <strong>quien más sabe, quien más conecta, quien más estructura el sistema opaco, puede también ser quien más fácilmente negocia su salida.</strong></p><p><strong>No es una anomalía. Es un patrón.</strong></p><p>El capitalismo global ha consolidado un mecanismo donde <strong>la responsabilidad penal se fragmenta</strong>, se diluye y se vuelve negociable para quienes poseen recursos suficientes. Hay condenas y procesos, sí, pero la desigualdad de medios se traduce en desigualdad de consecuencias.</p><p>El sistema judicial opera en un mundo donde <strong>la capacidad económica conlleva ventajas.</strong> Permite contratar los mejores equipos legales. Alarga los procedimientos hasta el agotamiento institucional. Y transforma cada imputación en una batalla de desgaste. La justicia existe, pero su velocidad, su contundencia y su alcance varían en función del poder adquisitivo de quien se sienta en el banquillo.</p><p>El caso de Donald Trump es paradigmático. Su trayectoria judicial —entre imputaciones, condenas, recursos, inmunidades y dilaciones— ilustra una mutación del sistema. <strong>La justicia no es horizontal.</strong> Se negocia en niveles simultáneos. El proceso se convierte en una extensión del terreno político. Y la capacidad de resistir económicamente se vuelve tan determinante como la verdad de los hechos.</p><p>Pero sería un error reducir el fenómeno a individuos concretos. <strong>El patrón es estructural y global.</strong> En el ámbito corporativo, los grandes acuerdos extrajudiciales en casos de corrupción o prácticas ilícitas se traducen en multas millonarias que no alteran la continuidad del negocio. La condena es riesgo calculado. La multa por irregularidades, coste operativo.</p><p>En Europa, los escándalos bancarios posteriores a la crisis del 2008 mostraron con claridad esa tramoya. Rescates públicos masivos, responsabilidades difusas y consecuencias penales limitadas para los altos niveles de decisión. <strong>La maquinaria financiera sobrevivió casi indemne, mientras el coste social se trasladaba a la ciudadanía.</strong></p><p>Este desplazamiento de la carga no es accidental. Responde a una transformación más profunda. <strong>La progresiva subordinación de las instituciones democráticas al poder económico global.</strong> No es solo corrupción directa. Es dependencia estructural. Estados que compiten por inversión. Sistemas fiscales presionados a la baja. Regulaciones que deben “no espantar a los mercados”. Y una política cada vez más condicionada por la lógica de la competitividad.</p><p>En este contexto, <strong>la justicia deja de ser un poder autónomo.</strong> Es un territorio atravesado por tensiones económicas. Y la figura del nexo corruptor resulta el comodín perfecto. Concentra información. Facilita transacciones. Conecta mundos que deberían permanecer separados. Y a la postre su cooperación lo blinda legalmente, garantizándole inmunidad.</p><p><strong>La cuestión no es solo jurídica. Es sistémica.</strong></p><p>¿Qué ocurre cuando las estructuras diseñadas para limitar el poder dependen, de hecho, del mismo poder que deben limitar?</p><p>La crisis climática es el ejemplo más evidente de esta contradicción. ¿Por qué no se toman medidas drásticas? No por desconocimiento. La evidencia científica es abrumadora. Por falta de ejecución política en un sistema donde los intereses económicos de corto plazo tienen una capacidad de bloqueo superior a la urgencia colectiva. <strong>Las grandes transiciones energéticas chocan con industrias consolidadas</strong>. Con activos fósiles ya amortizados en los balances. Y con lobbies capaces de influir en legislaciones nacionales y supranacionales.</p><p>El resultado es una política de la dilación. Se reconoce el problema, pero se pospone la solución estructural. Se anuncian objetivos, pero se aplazan las medidas que los hacen posibles. <strong>La inacción no es ausencia de decisión: es una forma de decisión condicionada y diferida.</strong></p><p>Así, <strong>la corrupción no es fenómeno penal. Es lógica cultural extendida.</strong> Es la idea de que todo puede ser compensado, negociado o liquidado si el precio es suficiente.</p><p>La literatura ha sido lúcida al describir esta deriva. Hannah Arendt analizó cómo los sistemas pueden normalizar lo inadmisible mediante la burocratización de la responsabilidad. <strong>Nadie es plenamente culpable, porque todo está distribuido en cadenas de decisión.</strong> Esa dispersión produce una forma de impunidad estructural.</p><p>Ursula K. Le Guin imaginó sociedades donde la organización económica no era un telón de fondo neutral. Era el núcleo mismo de la moral colectiva. En sus relatos, cambiar la economía equivalía a cambiar el tipo de humanidad posible. Esa intuición es hoy actual: no hay instituciones neutrales cuando la estructura material condiciona los valores.</p><p>Margaret Atwood ha explorado, desde la ficción distópica, cómo los sistemas no colapsan de golpe. <strong>Se reconfiguran para normalizar lo que antes era intolerable.</strong> El abuso. La desigualdad. La excepción jurídica.</p><p>Incluso en registros más clásicos, autores como Balzac o Dickens ya mostraban cómo el dinero reconfigura la moral pública. <strong>La ley puede ser igual en el papel, pero desigual en su aplicación.</strong> La diferencia hoy es la escala global y la sofisticación de los mecanismos.</p><p><strong>No hay excepciones. Las excepciones se integran en el funcionamiento ordinario del sistema.</strong></p><p>Cuando el nexo corruptor negocia su salida. Cuando el gran capital condiciona la legislación ambiental. Cuando la justicia se convierte en un campo de estrategias económicas. Entonces, el mensaje es claro: <strong>todo es negociable, todo tiene precio, todo puede ser absorbido.</strong></p><p>Y surge la internalización social de esa lógica.</p><p>La ciudadanía lee el mundo en clave de interés económico. Exclusivamente. Las decisiones políticas se interpretan como transacciones. <strong>La ética se vuelve un lujo retórico.</strong> El lenguaje de los valores financieros sustituye al de los valores humanos allí donde éstos deberían predominar.</p><p><strong>El resultado no es solo desigualdad. Es desgaste civilizatorio.</strong></p><p>El planeta como recurso finito explotado sin freno. La democracia como sistema sensible a la presión del capital. La justicia como estructura susceptible de negociación. Y la vida cotidiana como un espacio donde <strong>la lógica del beneficio individual es el cristal desde el que se contempla cualquier horizonte colectivo.</strong></p><p>Una sociedad que acepta que todo puede ser comprado, acaba vendiendo el tiempo político, la reparación del daño, la memoria de las víctimas y la integridad de las instituciones.</p><p><strong>El nexo corruptor, ya no figura excepcional, es metáfora general del sistema.</strong></p><p>Un sistema donde el intermediario ya no es una anomalía, sino el modelo a seguir, como el propio Aldama se ha encargado de recordarnos al salir de los juzgados. Donde acudió voluntariamente para celebrar la sentencia que le libra de desembolsar una multa millonaria y acudir a la cárcel. En cambio, sus colaboradores, no amparados por el omnipotente estamento capitalista, han sido condenados a 24 y 19 años. <strong>La desproporción es significativa.</strong></p><p>Y cuando eso ocurre, <strong>la corrupción, lejos de considerarse un problema del sistema, se vuelve su lenguaje.</strong></p><p>El desenlace es silencioso, pero constante. <strong>El mundo se agota por explotación material. Y por debilidad moral.</strong></p><p>La tierra se desgasta. La democracia se vacía. La justicia se negocia. Y en ese triángulo, <strong>lo único que crece sin límites es la capacidad del dinero para redefinirlo todo.</strong></p><p>Hasta el punto que ya no necesita violar las normas.</p><p>Le basta reescribirlas.</p><p>Pagando.</p><p>____________</p><p><em><strong>Fernando Claudín di Fidio</strong></em><em> es escritor.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Jun 2026 04:01:07 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Claudín di Fidio]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Corrupción,Justicia,Capitalismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Begoña somos todos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/begona_129_2212551.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8e2e132e-f2b4-4406-9bd0-fadd2af03cb5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Begoña somos todos"></p><p>Hay procesos judiciales que no se entienden tanto por sus autos como por su eco. <strong>Se desvirtúan al hacerse públicos.</strong> Sus reglas internas se ven contaminadas por el escenario. El expediente pertenece al ámbito de lo verificable, pero su resonancia se rige por reglas inestables, donde<strong> el Derecho deja de ser un sistema de garantías y se vuelve relato colectivo.</strong></p><p>El caso de Begoña Gómez se ha desplazado a un territorio donde el Derecho, la política y la conversación mediática conviven en una simbiosis perversa que se retroalimenta de los otros elementos.</p><p>El Derecho penal moderno se sostiene sobre una tensión permanente entre dos principios: <strong>la presunción de inocencia y la necesidad de asegurar la eficacia del proceso.</strong> Las medidas cautelares —como la retirada del pasaporte, la prohibición de salida del país o la obligación de comparecencias periódicas— forman parte de ese equilibrio inestable.</p><p><strong>Su finalidad es preventiva, no punitiva. Técnica, no simbólica.</strong></p><p>Esa distinción, nítida en los manuales, se vuelve menos evidente cuando el procedimiento afecta a figuras de alta exposición pública. <strong>Entonces ya no se interpreta solo la medida, sino su contexto,</strong> y éste a veces pesa tanto como la norma.</p><p><strong>La teoría jurídica rara vez logra preservarse intacta cuando entra en contacto con casos de alta densidad política.</strong></p><p>Conviven la literalidad de una decisión y su traducción pública en un entorno mediático saturado de interpretación inmediata. <strong>Cada resolución judicial es fragmento de una narración mayor,</strong> ya en marcha antes que el procedimiento comenzara.</p><p>La discusión sobre la proporcionalidad y la motivación de las medidas cautelares en contextos de alta exposición institucional es recurrente. Algunos juristas sostienen que deben ajustarse al marco ordinario de apreciación judicial. Otros subrayan que la intensidad de la exposición pública exige una justificación rigurosa, <strong>para evitar lecturas distorsionadas.</strong> Ambas posiciones conviven en el ordenamiento legal.</p><p>El caso de Begoña Gómez ha sido absorbido por la política, que lo interpreta según sus propios códigos. <strong>El Gobierno denuncia una judicialización excesiva del conflicto político.</strong> La oposición interpreta el proceso como síntoma de deterioro institucional. Y con frecuencia la opinión pública no discrimina entre lecturas jurídicas e interpretaciones del poder.</p><p>En esa superposición de planos —jurídico, mediático, político— emerge una vieja pregunta que España conoce bien. <strong>¿Qué ocurre cuando la justicia deja de ser percibida como un espacio de resolución y es percibida como un espacio de confrontación?</strong></p><p>El problema no es nuevo. Lo novedoso es la aceleración “vertiginosa”. Entre el auto judicial y su interpretación política apenas transcurren minutos. Segundos. <strong>Entre la decisión y su transformación en consigna no hay apenas mediación.</strong> El relato se impone de forma automática, antes de que el hecho haya terminado de formularse.</p><p>Javier Cercas insiste en que las democracias no se sostienen en la unanimidad, sino en la aceptación de procedimientos imperfectos que permiten la convivencia. Y esa aceptación depende de una condición frágil: <strong>la confianza.</strong> Cuando se mina, el procedimiento pierde la capacidad de generar legitimidad compartida.</p><p><strong>El efecto erosivo es acumulativo.</strong></p><p>También la literatura ha descrito esa tensión entre realidad y relato. Javier Marías desconfiaba de las narraciones cerradas y las explicaciones demasiado limpias acerca de asuntos sucios. Esa desconfianza, trasladada al presente, adquiere una dimensión casi institucional. <strong>La opinión pública se siente impulsada a hacer suyos los mensajes de interpretación sesgada, que se le ofrecen de forma inmediata.</strong></p><p>Y ya nadie advierte que esa inmediatez de “ver el árbol que uno tiene en frente” tiene consecuencias: <strong>impide alzar la vista para contemplar el bosque.</strong></p><p>El caso de Begoña Gómez deja de ser solo procedimiento judicial y se convierte en espacio simbólico donde se proyectan tensiones más amplias. <strong>Jurídicas, políticas y mediáticas.</strong> El expediente en apariencia respeta la lógica interna, pero su percepción pública lo desborda.</p><p><strong>Las personas implicadas son al tiempo sujetos procesales y figuras “juzgadas públicamente”.</strong> Sobre ellas se proyectan sospechas, expectativas e interpretaciones interesadas.</p><p>Miguel Hernández lo expresó desde otro tiempo histórico, con una intensidad que aún hoy resulta incomoda. En su El hombre acecha escribió: <strong>“Para la libertad, sangro, lucho, pervivo.”</strong></p><p>No es un lema. Es una condensación de experiencia histórica. <strong>La libertad entendida no como abstracción, sino como algo que se ejerce incluso en condiciones adversas.</strong></p><p>Hernández no escribía desde la distancia. Escribía desde la urgencia. Quizá por eso su voz reaparece en momentos en los que <strong>la noción misma de libertad vuelve a ser objeto de debate público.</strong></p><p>En esa misma tradición de pensamiento crítico sobre la democracia, María Zambrano propuso una idea que hoy cobra una resonancia particular. La democracia, decía, no es solo un sistema político. <strong>Es también una forma de razón.</strong> Una “razón poética” capaz de sostener la complejidad sin reducirla a esquemas cerrados.</p><p><strong>Una forma de pensamiento que no se apresura a cerrar el sentido.</strong></p><p>Esa idea es relevante en un entorno donde la realidad pública se acelera hasta volverse casi instantánea y todo tiende a interpretarse de inmediato, <strong>desdeñando el posible error de apreciación y la pérdida del matiz diferencial.</strong></p><p><strong>Cuando todo se juzga ¡ya! nada se comprende jamás.</strong></p><p>El caso de Begoña Gómez no puede reducirse a una sola lectura sin empobrecerlo. Es al tiempo procedimiento judicial —con sus tiempos y garantías—, acontecimiento político —en un contexto de alta polarización— y fenómeno mediático que amplifica, selecciona y reorganiza la información según sus propias dinámicas.</p><p><strong>El riesgo no reside en la existencia de estas capas, sino en su colisión constante.</strong></p><p>Cuando un caso concreto se vuelve “símbolo total” —de legitimidad institucional o de su cuestionamiento—, el espacio intermedio desaparece. Y sin ese espacio <strong>la democracia se ahoga y pierde una de sus condiciones esenciales: la capacidad de convivir con la incertidumbre.</strong></p><p>“Begoña somos todos” no es una afirmación literal. Tampoco es una consigna. <strong>Es una advertencia sobre el peligro que corremos todos.</strong> Dañar la justicia, la política y la imparcialidad de los medios es dañar los fundamentos de la democracia y del estado de derecho.</p><p>Cualquier figura situada en el centro del foco institucional deja de pertenecer exclusivamente a su individualidad. <strong>Se convierte en superficie de proyección colectiva.</strong></p><p>Y esas proyecciones no son neutrales. <strong>Simplifican. Ordenan. Condensan.</strong></p><p>En ese proceso se pierden los elementos que el Derecho necesita para funcionar: <strong>los matices, los tiempos largos, las distancias necesarias para deliberar sin urgencia.</strong></p><p>La cuestión de fondo no es quién tiene razón. <strong>Sino cómo evitamos la progresiva demolición del Derecho.</strong></p><p><strong>La vida necesita tiempo. Es decir, tiempos distintos.</strong></p><p>Tiempos en los que <strong>el Derecho pueda operar sin ser inmediatamente absorbido por la política o por el ruido mediático.</strong></p><p>Cuando todo se interpreta al mismo tiempo, <strong>el juicio deja de ser posible. Y solo queda el reflejo.</strong></p><p>____________</p><p><em><strong>Fernando Claudín di Fidio</strong></em><em> es escritor.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 23 Jun 2026 04:01:02 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Claudín di Fidio]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Begoña somos todos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Begoña Gómez,Derecho,Justicia,Democracia,Medios comunicación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La belleza de Sánchez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/belleza-sanchez_129_2210164.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8e2e132e-f2b4-4406-9bd0-fadd2af03cb5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La belleza de Sánchez"></p><p>Existe una curiosa asimetría en la percepción pública de Pedro Sánchez.</p><p>Pocas figuras políticas españolas han sido sometidas a un escrutinio tan feroz, tan constante y tan emocional. <strong>Desde que alcanzó la presidencia, Sánchez no ha conocido tregua.</strong> Cada gesto, cada decisión, cada silencio y cada palabra han sido diseccionados con una intensidad que supera ampliamente la aplicada a la mayoría de sus predecesores.</p><p>Y basta cruzar las fronteras españolas para encontrarse con una imagen muy distinta.</p><p>Mientras dentro del país se le presenta a menudo como un dirigente oportunista, ilegítimo o incluso peligroso, fuera de él suele aparecer retratado como uno de los pocos líderes europeos capaces de exhibir personalidad propia en un escenario internacional cada vez más uniformado. <strong>Un político dispuesto a discrepar cuando otros callan. A incomodar cuando otros contemporizan.</strong> A defender posiciones impopulares cuando resultan coherentes con sus convicciones.</p><p>La diferencia entre ambas miradas resulta tan llamativa que merece una reflexión. Sánchez no es perfecto.</p><p>Sus gobiernos no están libres de errores.</p><p>No es inmune a los mecanismos de poder que afectan a cualquier dirigente.</p><p>La experiencia histórica aconseja prudencia frente a cualquier idealización de la política. Todos los partidos han conocido episodios oscuros. Todas las organizaciones humanas generan estructuras de influencia, intereses particulares y dinámicas de autoprotección. <strong>Pretender que existe una formación política moralmente pura equivale a desconocer la naturaleza humana.</strong></p><p>Por eso resulta interesante observar qué sucede cuando dejamos de analizar a Sánchez como líder de una sigla y comenzamos a observarlo como fenómeno político.</p><p>Primero llama la atención su extraordinaria capacidad de resistencia.</p><p>La carrera política española está llena de dirigentes que parecían invencibles y desaparecieron tras una derrota, una campaña adversa o una crisis interna. <strong>Sánchez ha sobrevivido a todo ello.</strong> Ha sido apartado por los suyos, dado por amortizado innumerables veces, convertido en objeto de burlas y sometido a campañas de desgaste de una intensidad poco habitual en las democracias europeas.</p><p>Y continúa ahí.</p><p>Esa perseverancia suele interpretarse como ambición. Sin duda lo es. <strong>Pero también exige otra cualidad menos frecuente: fortaleza.</strong></p><p>Vivimos en una época fascinada por los personajes.</p><p>La política se ha convertido en una competición de estímulos. Importan los apodos, las excentricidades, los gestos teatrales y las provocaciones virales. Un dirigente logra notoriedad por su peinado imposible. Otro por blandir una motosierra. Otro por su capacidad para insultar al adversario con mayor creatividad.</p><p><strong>La atención se ha convertido en la moneda principal de nuestro tiempo.</strong></p><p>Paradójico que el político español que más rechazo despierta sea también uno de los que mejor encajan en el molde clásico del liderazgo institucional.</p><p>Alto, elegante, correcto en las formas, disciplinado en el discurso y muy cuidadoso en su imagen pública, Sánchez recuerda más a los dirigentes de otra época que a las celebridades políticas contemporáneas.</p><p><strong>La belleza siempre ha provocado sentimientos contradictorios.</strong></p><p>La admiramos y la sospechamos.</p><p>La deseamos y la castigamos.</p><p>La celebramos cuando aparece lejos y la cuestionamos cuando la tenemos cerca.</p><p>No me refiero solo a la belleza física, aunque forme parte del fenómeno. <strong>Me refiero a esa combinación de presencia, autocontrol, confianza y capacidad comunicativa que históricamente ha acompañado a ciertos liderazgos.</strong></p><p>Los españoles solemos considerarnos inmunes a esas influencias. Nos gusta pensar que juzgamos exclusivamente las ideas. <strong>Pero la realidad demuestra que la apariencia continúa desempeñando un papel enorme en nuestras valoraciones.</strong></p><p>¿Qué ocurriría si parte de la animadversión hacia Sánchez procediera precisamente de las cualidades que más admiramos en otros lugares?</p><p>¿Qué ocurriría si el mismo político que suscita recelos en un bar de provincias fuera celebrado como estadista en una cumbre internacional?</p><p>No sería la primera vez.</p><p><strong>España mantiene una relación compleja con la excelencia individual.</strong></p><p>A menudo celebramos a nuestros compatriotas cuando triunfan lejos y los sometemos a un escrutinio despiadado cuando permanecen cerca.</p><p>La literatura española está llena de observaciones sobre este fenómeno. Cervantes escribió que “la envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”. Y Quevedo dedicó páginas memorables a retratar una sociedad donde el resentimiento podía ser más poderoso que la admiración.</p><p>Quizá exageraban.</p><p>O conocían bien el país.</p><p>La reacción que despierta Sánchez rara vez es tibia. Pocos dirigentes generan opiniones moderadas. <strong>Se les ama o se les detesta. Se les considera un peligro o una esperanza.</strong> Se les atribuyen todos los males o todas las virtudes.</p><p>Cuando una figura pública provoca semejante intensidad emocional, suele significar que estamos proyectando sobre ella algo más profundo que un simple juicio político.</p><p>En los últimos años Sánchez ha encarnado para muchos europeos una cierta idea de resistencia frente al avance internacional de las derechas radicales, el nacionalismo excluyente y la política entendida como espectáculo permanente. <strong>Ha sido una de las voces más visibles en asuntos internacionales.</strong> Por encima de poderosos dirigentes de perfil más cauto.</p><p>Se puede discrepar de sus posiciones.</p><p>Se debe debatir sobre ellas.</p><p>Pero es innegable que ha demostrado una <strong>disposición poco frecuente </strong>a sostener públicamente sus planteamientos, cuando éstos implican costes políticos.</p><p>Y esa cualidad, compartida por líderes de cualquier ideología, merece reconocimiento.</p><p>Quizá la cuestión interesante no sea si Pedro Sánchez es un gran presidente o un mal presidente. <strong>La historia se encargará de responderla.</strong></p><p>Sino… ¿por qué un dirigente que proyecta una imagen relativamente sólida, en buena parte del exterior, provoca dentro de España reacciones tan viscerales?</p><p><strong>Tal vez la respuesta tenga menos que ver con Pedro Sánchez que con nosotros mismos.</strong> Con nuestras expectativas.</p><p>Nuestras frustraciones.</p><p>Nuestra tendencia a convertir a los políticos en espejos donde contemplamos nuestras propias obsesiones.</p><p>La belleza no habla solo de quien la posee.</p><p><strong>También revela algo sobre quienes la observan.</strong></p><p>____________</p><p><em><strong>Fernando Claudín di Fidio</strong></em><em> es escritor.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jun 2026 04:00:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Claudín di Fidio]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La belleza de Sánchez]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Pedro Sánchez]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Persépolis']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/persepolis_129_2205466.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8e2e132e-f2b4-4406-9bd0-fadd2af03cb5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Persépolis'"></p><p>Hoy hice un ejercicio de empatía.</p><p>Me rebauticé <a href="https://www.infolibre.es/cultura/libros/muerte-satrapi-deja-shock-feria-libro-madrid-persepolis-deberia-lectura-obligatoria_1_2204029.html"  >Marjane Satrapi</a> y renací en Teherán en 1969, en una familia donde las conversaciones sobre política y justicia eran tan naturales como hablar del tiempo.</p><p>Desde niña <strong>me enseñaron a cuestionarlo todo</strong>, a no aceptar medias verdades y a evaluar los acontecimientos con ojos críticos. Mi infancia estuvo regada de arte y preguntas polémicas: ¿Por qué el sufrimiento de unos nutre el superávit de otros? ¿Inspirar normas espira anormalidad? ¿Lo arbitrario es legal?</p><p>Yo soy hija de este Irán-marioneta cuyos hilos penden de <strong>cuatro sucesos antagónicos</strong> que han arrojado nuestras vidas a un cuadrilátero del horror.</p><p>En 1951, Mohammad Mossadeq, primer ministro democrático, abrió la caja de Pandora al <strong>nacionalizar la industria petrolera</strong>, hasta entonces controlada por la compañía británica AIOC.</p><p>En 1953, un <strong>golpe de Estado, promovido por USA y el Reino Unido</strong>, instauró la monarquía del Sha: miles de disidentes ejecutados durante su reinado, decenas de miles de torturados, carta blanca al servicio secreto SAVAK, oligarquía, elitismo, vasallaje a occidente.</p><p>En 1979, la <strong>Revolución Islámica del Ayatolá Jomeini</strong> estableció su régimen religioso: decenas de miles de ejecuciones y torturados, teocracia, segregación patriarcal de la mujer, velo y normas de vestimenta, limpieza ideológica.</p><p>En 1980, USA, Reino Unido, Francia y Alemania intentaron <strong>recuperar el monopolio del petróleo</strong> apoyando la invasión de Irak en Irán. Sembraron un millón de cadáveres y ocho años de desolación.</p><p>Entre tanto, mis progenitores despertaron mi conciencia. Me educaron para pensar sin renunciar a la curiosidad, el asombro y la compasión. Aprendí la historia de Irán, con sus logros y errores. <strong>Mamé un axioma</strong>: la libertad y los derechos humanos son tesoros que se obtienen con sacrificio y valor.</p><p>Pero fuera de la égida parental, <strong>mi espíritu rebelde se ahogaba bajo la panoplia de las reglas</strong>. No consentí que mi estilo de vida lo guiara un pedazo de tela como las anteojeras de las caballerías de tiro. Ningún gobernante tenía potestad para controlar mi cuerpo y mi pensamiento. Mis amigas y yo nos inventábamos triquiñuelas clandestinas para preservar nuestras ideas en una sociedad que nos quería tapadas y calladas.</p><p>Mis ansias de conocimiento devoraban libros y hacían de mí una esponja de lo divino y lo humano. Me fue poseyendo el impulso de expresarme. Necesitaba compartir los sentimientos que me inspiraba el mundo. <strong>Comenzó mi pulso personal</strong>. Frente a censura y coacciones, literatura e ilustraciones.</p><p>A los catorce años me enviaron al liceo francés de Viena para impedir que cortasen las alas a mi formación. Dejar atrás familia, amistades y raíces fue duro. <strong>Añoraba Teherán, sus olores, sus sonidos, sus sabores, sus calles</strong>, y el aliento de mis allegados. Sufrí soledad. Ser libre no siempre resultó cómodo, requería reprogramar los automatismos conductuales. La búsqueda de mi lugar, en una encrucijada que conciliase evolución y autenticidad, era un laberinto.</p><p><strong>Europa me enchufó su electroshock cultural</strong>. Los iraníes suscitábamos prejuicio, paternalismo o fisgoneo inquisitivo. Tenía que explicarme, defenderme, justificarme. Empecé a sentirme orgullosa de mis orígenes. La distancia me ayudó a comprender la complejidad histórica de mi nación, sus contradicciones y la fuerza indómita de sus gentes.</p><p><strong>Construir mi identidad era una tarea diaria</strong>, a caballo entre dos mundos a veces incompatibles, y el regreso a Irán me exigía armonizar pasado y presente para no sentirme extraña en mi propia casa.</p><p>Con el tiempo decidí contar mi experiencia. La novela gráfica, combinando imágenes y palabras, era la mejor herramienta para transmitir sentimientos que no podía comunicar solo con texto.</p><p><strong>Nació </strong><em><strong>Persépolis</strong></em><strong>, síntesis de humor, crítica social y emociones desgarradas</strong>. Espejo de una generación que vivió la revolución, la guerra, la represión y el exilio. Retrato de una niña que creció entre bombas y reivindicaciones, una joven que quiso ser ella misma en un mundo polarizado e intransigente, y una mujer que destiló sus vivencias en arte y testimonio. Semblanza de toda una juventud aferrada a sus ideales, que no entregó al miedo su destino. Dibujos y relato al servicio de la resistencia de un pueblo frente a la opresión de los intereses económicos y fundamentalistas. Legado contra imposiciones. <strong>Narrativa escénica versus belicismo cruel.</strong></p><p><em>Persépolis</em> recoge el eco de la antigua capital persa, símbolo de una época floreciente. Aunque estuviera sometida al rey y su administración, y solo la elite disfrutara de la cultura, existía una riqueza creativa e intelectual impensable en nuestro Teherán regido por el oscurantismo y la represión.</p><p>Inmune a los vaivenes del poder, esa legendaria promesa de realización, impregnada en nuestra entraña, siempre regresa. Es un ágora inmortal, como los cuentos farsi de <em>Las mil y una noches</em>, donde <strong>hallan voz quienes luchan por hacerse escuchar</strong> en un tiempo empeñado en silenciarles.</p><p>Mi madurez de cincuenta y seis años, mis creaciones y mi refugio en el bello Marais de París no evitan que siga arrastrando el <strong>estigma de esquizofrénica dualidad existencial</strong>. Mientras mi obra recibe premios —del León en Bélgica, Princesa de Asturias, del jurado en el Festival de Cannes, nominación al Óscar—, mi amado Irán la prohíbe…</p><p>Ver mi tierra masacrada otra vez por <strong>el imperialismo extranjero</strong> clava un puñal en mi corazón, y prende en mis ojos un fuego de amargura que arde noche y día. Dos mil quinientos años atrás, Alejandro Magno borró del mapa Persépolis. Y ahora pretende emularlo el nuevo pelele de esa vieja aspiración usurpadora.</p><p>La bola de cristal de la actualidad refleja a los mismos conquistadores de antaño, <strong>vomitando la violencia de siempre</strong> y disfrazando su afán de lucro con discursos mendaces.</p><p>El pueblo paga la factura de esa delirante ambición. <strong>Terror, ruina, víctimas y duelo. </strong>Cada joven que sale a la calle, cada familia que pierde a un ser querido o el hogar, replica las tragedias que viví en mi infancia y adolescencia.</p><p>Invoco el <strong>lenguaje del alma frente a los regímenes dictatoriales</strong> y la hegemonía de las superpotencias. La libertad y la creatividad son las dos piernas de esa memoria activa que sobrevive a las tiranías y camina hacia el futuro incluso en la noche más negra.</p><p>¡<strong>Persépolis, levántate y anda</strong>!</p><p>____________</p><p><em><strong>Fernando Claudín di Fidio</strong></em><em> es escritor.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 09 Jun 2026 04:01:12 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Claudín di Fidio]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Persépolis']]></media:title>
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