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    <title><![CDATA[infoLibre - TintaLibre]]></title>
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      <title><![CDATA[La prueba definitiva para el periodismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/prueba-definitiva-periodismo_1_2201320.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4eeee797-ff86-4c54-9fc2-c56c7f248c73_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La prueba definitiva para el periodismo"></p><p>En la nueva era de la inteligencia artificial –escrito así, en minúsculas, porque no es un nombre propio (solo las siglas IA sí se escriben en mayúsculas)– <strong>el periodismo se está jugando su ser o no ser</strong>. Y, con ello, todas las personas nos estamos jugando que el periodismo pueda seguir ejerciendo el rol esencial que ha tenido, durante décadas, en la vida democrática de nuestra sociedad y de nuestras naciones.</p><p>Dada la intensidad de los desarrollos de la IA, parece que ha pasado ya una eternidad desde que la IA generativa irrumpiera en nuestras vidas con la promesa de revolucionarlo todo. Pero, en realidad, <strong>han pasado solo tres años y medio</strong> desde que OpenAI anunciara al mundo, el 30 de noviembre de 2022, el lanzamiento de una herramienta con un nombre muy poco atractivo, ChatGPT, pero que en este tiempo ha conseguido hacerse un hueco en el imaginario colectivo y atraer a casi mil millones de usuarios semanales.</p><p>Como ha sucedido anteriormente con otras revoluciones, son muchas las voces que anuncian que ya nada va a ser como era antes, que todo va a cambiar de manera radical, que quien no se adapte al nuevo entorno estará acabado y que debemos abrazar esta nueva tecnología casi sin cuestionárnosla.</p><p>Pero creo que lo que debemos hacer es muy distinto. De hecho, la IA estará bien utilizada en el periodismo<strong> si sirve para potenciar el trabajo humano y diferencial de los periodistas</strong>, para mejorar nuestra capacidad para descubrir y explicar historias, para apoyar nuestro criterio a la hora de decidir qué es noticia y qué no, o qué es relevante para nuestras audiencias y para la sociedad en general. En definitiva, si nos ayuda a crear medios más solventes y útiles para los usuarios, y más rentables para sus propietarios, porque eso será lo que asegurará su continuidad en las mejores condiciones posibles.</p><p><strong>Riesgos de la IA</strong></p><p>Pero el uso de la IA encierra también numerosos riesgos para la actividad periodística.</p><p>La IA generativa está ya provocando un aumento espectacular de la producción editorial, realizada de manera automática por numerosos actores que, en la inmensa mayoría de los casos, no persiguen los objetivos del buen periodismo, sino simplemente<strong> generar negocio con la producción y explotación comercial de contenidos sin que importe su calidad</strong> o veracidad.</p><p>Estos contenidos no aportan realmente valor, pero sí un ruido cada vez más ensordecedor en el mercado de la información. Además, las herramientas de IA generativa se alimentan, para sus respuestas, de lo que otros han publicado. Si la base de contenidos se deteriora, se generará una espiral negativa de retroalimentación que empobrecerá las respuestas y la información facilitada a los usuarios. Este es un punto crucial: <strong>sin creadores de calidad, la IA perderá su materia prima</strong> para ofrecer un producto realmente bueno.</p><p>Por otra parte, al menos de momento, se ha demostrado que la IA no es fiable al 100%. De hecho, las propias herramientas de IA se encargan de recordárnoslo cada vez que las utilizamos, y por eso <strong>nos piden que verifiquemos la información con fuentes solventes</strong>. Es un tema realmente sorprendente, que supone un riesgo claro de que muchos usuarios puedan tomar por correctas informaciones que son total o parcialmente falsas. Varios estudios realizados por entidades diversas así lo demuestran. Por ejemplo, la Unión Europea de Radiodifusión y la BBC revelaron en un amplio estudio que el 45% de las respuestas sobre noticias facilitadas por algunas de las principales herramientas de IA –ChatGPT, Copilot, Gemini y Perplexity– contenían errores serios.</p><p>Por otra parte, algunos medios que han creído ver en la IA generativa una opción para generar contenidos de manera rápida y barata han sufrido dolorosas consecuencias para su credibilidad cuando han publicado errores o se ha descubierto que hacían pasar por creaciones humanas lo que eran artículos escritos 100% por la IA. Si un medio utiliza la IA sin criterio ni supervisión, <strong>puede poner en grave riesgo su reputación y, por tanto, su supervivencia</strong>. Sin el valioso e imprescindible activo de la credibilidad, un medio o un periodista tienen muy poco que aportar.</p><p><strong>El pago por el periodismo que entrena y usa la IA</strong></p><p>A todo esto debemos sumar uno de los elementos más conflictivos en la relación que mantienen las compañías de IA con los medios de comunicación: el uso de los contenidos de los medios para entrenar a las herramientas de IA y para elaborar respuestas a las consultas de los usuarios. </p><p>Esta relación se está desarrollando de manera simultánea en varios escenarios de signo muy distinto. Por un lado, las compañías de IA y principales medios de comunicación de distintos países, generalmente líderes o jugadores destacados en su mercado o sector, han firmado acuerdos millonarios que contemplan los mencionados usos y que implican remuneraciones económicas relevantes para los medios, a veces por períodos de varios años. </p><p>Por otro lado, algunos medios han denunciado ante los tribunales a las compañías de IA por <strong>vulnerar sus derechos de autor</strong> al hacer uso, sin permiso, de sus contenidos. El caso emblemático es la denuncia presentada a finales de 2023 por el diario <em>The New York Times</em> contra OpenAI –propietaria de ChatGPT– y Microsoft. El caso está todavía en los tribunales, y de lo que se decida puede depender en buena parte el modelo en el que se basará esta relación entre medios y tecnológicas en el futuro. O no solo entre medios y tecnológicas, sino entre toda la industria creativa –escritores, compositores, periodistas, artistas…– y las empresas de IA.</p><p><em>The New York Times </em>entiende que se han infringido sus derechos al utilizar sin permiso ni remuneración sus contenidos, publicados durante años, para entrenar a las herramientas de IA y ofrecer un servicio de información a los usuarios. Servicio que, además, compite directamente con la misión informativa del <em>Times</em>. El principal argumento de las compañías de IA es que están protegidas por la doctrina del “uso legítimo” establecida en la legislación sobre los derechos de autor de Estados Unidos y que los datos públicos utilizados, incluyendo las noticias del <em>NYT</em>, son para un uso transformativo que consideran legal. Las empresas de IA entienden que el <em>Times</em> pretende limitar la innovación al oponerse a ese uso.</p><p>Personalmente, espero que los tribunales den la razón al <em>NYT</em>. Coincido con sus argumentos, expresados también en el eslogan de la campaña <em>Stealing Isn’t Innovation</em> (<em>www.stealingisntinnovation.com</em>) impulsada por la coalición internacional Human Artistry Campaign, que pide un uso responsable y ético de la IA que respete los derechos de todos los creadores.</p><p>Un tercer escenario es el que están intentando crear diversas iniciativas que proponen distintos sistemas de uso y remuneración de los contenidos de los medios y periodistas por parte de las compañías de IA. Estas iniciativas han surgido, sobre todo, para atender las necesidades de los miles de medios de todo el mundo que nunca podrán llegar a firmar acuerdos con las grandes empresas de IA. </p><p>Un informe publicado en abril de 2026 por el Open Markets Institute, titulado <em>Same Gatekeepers, New Tollbooths</em>, pone de manifiesto las miles de consultas que los robots de la IA realizan a páginas web para consultar contenidos y poder así ofrecer respuestas sin que eso se traduzca luego en números mínimamente relevantes de visitas de usuarios a esos medios, como sí sucedía anteriormente con los resultados de búsqueda de Google y otros buscadores. Se está imponiendo, al menos por ahora, lo que se ha llamado un comportamiento de <em>zero-click</em>, sin visitas hacia los editores, porque <strong>las respuestas ofrecidas por la IA son ya suficientes para los usuarios</strong>. Y esto está afectando más a los medios pequeños y medianos que a los grandes.</p><p>Ante este escenario, y mientras no existan otras reglas más justas para los medios, se me hace especialmente incomprensible que los medios cometan el error de trabajar para las herramientas de IA intentando optimizar sus contenidos para ellas, con el objetivo de ser utilizados y citados. Pero, ¿citados para qué? ¿Con qué beneficios? A día de hoy, prácticamente con ninguno, salvo que el medio haya firmado un acuerdo individual con la tecnológica correspondiente. </p><p>Además, una simple compensación por tráfico de referencia no creo que sea la solución justa, porque sería dejar en manos de las tecnológicas el ponerle precio al periodismo realizado por los medios. La contribución de los periodistas y medios de comunicación al desarrollo de la IA va mucho más allá; incluye el entrenamiento de los modelos de IA, el ajuste fino de los mismos, la verificación y actualización de los hechos o la aportación de credibilidad a las respuestas, entre otros elementos. La pregunta que considero que los medios y periodistas debemos hacernos es la siguiente: “¿Estamos trabajando para nosotros y nuestra audiencia, a la que nos debemos, o para las tecnológicas?” <strong>Optimizar nuestros contenidos para la IA generativa sin una remuneración justa y clara</strong>, sin un beneficio real y tangible a cambio, no tiene ningún sentido. </p><p><strong>Apostar por lo que la IA no puede replicar</strong></p><p>Uno de los descubrimientos que más me han llamado la atención al analizar a fondo, durante años, la actividad de un medio como <em>The New York Times</em>, es su incuestionable apuesta por la calidad de la información, no por la cantidad. El <em>NYT</em> cuenta actualmente con algo más de 2.300 periodistas. A pesar de ello, el número de piezas periodísticas publicadas cada día es de solo unas 200. Infinidad de medios de todo el mundo con redacciones muchísimo más pequeñas publican esa misma cantidad de noticias, o incluso muchas más, cada día. Cada pieza periodística del <em>Times</em>, por la que los usuarios juzgarán la calidad y el valor del medio, tiene un valor muy elevado. <strong>Esta línea de publicar poco y bien se ha relevado muy rentable para el </strong><em><strong>NYT</strong></em>, convertido en el medio del mundo con un mayor número de suscriptores de pago: más de 13 millones a finales de marzo de 2026. La misma estrategia exitosa, basada en apostar por pocas piezas, pero diferenciales, la están aplicando medios como <em>Le Monde</em> en Francia o <em>The Times</em> en el Reino Unido, entre otros. Publicar menos, pero muy bien, se ha traducido en crecimiento de la audiencia y de los suscriptores.</p><p>La apuesta de los periodistas y de los medios debe ser por la información diferencial, aquella que solo existe cuando los profesionales la trabajan sobre el terreno, la contrastan, la contextualizan, la dotan de testimonios y fuentes relevantes, aplicando un criterio profesional desarrollado durante años. <strong>Son productos que la IA no puede fabricar.</strong></p><p>Creo que esto encierra una lección clave para el futuro del periodismo en la era de la IA: la apuesta de los periodistas y de los medios debe ser por la información diferencial, aquella que solo existe cuando los profesionales la trabajan sobre el terreno, la contrastan, la contextualizan, la dotan de testimonios y fuentes relevantes, aplicando un criterio profesional desarrollado durante años. Son productos que la IA no puede fabricar. Y son productos originales por cuyo valor y precio los medios podrán luchar frente a cualquier actor, ya sea su propia audiencia o las empresas de IA que quieran dar también el mejor servicio a sus usuarios. </p><p>El auge de los creadores digitales nos da también una pista muy relevante: los usuarios buscan y aprecian la autenticidad, la conexión humana, el criterio, la voz propia. Elementos que difícilmente tendrán un origen algorítmico. Paradójicamente, la IA nos deja claro cuál es el valor esencial del periodismo: el juicio humano, la ética, la verificación, el uso adecuado de fuentes, la originalidad, el contexto o la responsabilidad. Estoy convencido de que los medios y periodistas que intenten competir con la IA en velocidad y volumen <strong>perderán la batalla</strong>. Los que apuesten por lo que la IA no puede ofrecer, son los que tienen futuro. Y un futuro brillante. </p><p><em>*Ismael Nafría es periodista, editor y consultor especializado en medios digitales. Autor de la newsletter ‘Tendenci@s’ y de los libros ‘La reinvención de The New York Times’ y ‘Clarín, actualizado’, entre otros.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Jun 2026 04:01:43 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ismael Nafría]]></author>
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      <title><![CDATA[Por una inteligencia colectiva. Cómo rescatar las imprentas digitales de Silicon Valley]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/inteligencia-colectiva-rescatar-imprentas-digitales-silicon-valley_1_2200425.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/38e3f454-a19e-4dc8-a405-cea4b01f53b7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Por una inteligencia colectiva. Cómo rescatar las imprentas digitales de Silicon Valley"></p><p>El futuro tecnológico que dicta Silicon Valley no está escrito en piedra. Cientos, miles, quizá millones de plumillas harán falta para contar una historia distinta sobre el siglo XXI. Créanme, <strong>el fin del trabajo no es la utopía socialista anhelada</strong>: alguien tendrá que narrar lo que venga después, y a nuestras máquinas de escribir inteligentes no les quedan tantos años de energía. Pero parece que a muchos periodistas se nos ha olvidado, entre el ritmo cacofónico del capitalismo lingüístico del <em>clickbait</em>, que las palabras crean mundos. Fue en algún momento entre la crisis de las puntocom y el <em>crash</em> financiero global que se nos extravió la concepción material de nuestra práctica. En la era en la que las plataformas han roturado el suelo sobre el que se cuentan los sucesos, los periodistas somos formalmente libres de escribir cualquier cosa y de hacerla llegar al planeta entero. Pero solo si esa información genera <em>engagement social</em>, si se vuelve viral, es decir, si en último término produce interacciones que <strong>maximizan el beneficio y abaratan el coste</strong> de cada artículo. Más impactos, más <em>feedback</em>, más publicidad dirigida vendida. </p><p>No es solo que hayamos perdido el poder sobre las imprentas, es que las imprentas se han convertido en oleoductos tecnológicos, y los periodistas en los operarios que extraen el crudo para que los <em>tech bros</em> lo refinen de la manera en que mejor se adapte a su visión del mundo. Y así seguirá siendo mientras las infraestructuras que organizan la opinión pública –los servidores, los algoritmos, las métricas, los sistemas de reputación e identidad, las redes neuronales– pertenezcan a Google y a Meta. La imprenta digital de estas empresas ha colonizado los últimos reductos del mundo de la vida democrática; esa esfera donde el difunto Habermas situaba la conversación, el diálogo y la deliberación cotidiana. En los últimos años se han <strong>privatizado los mecanismos que sostienen la atención pública </strong>sobre lo que se cuenta. La racionalidad sistémica del dinero y del poder tecnológico ha dejado de presionar desde fuera a los guardianes de la información para censurar artículos: el periodismo del <em>caso Watergate</em> murió para siempre en 2007 y ahora su herencia se reparte entre patrimonios construidos en la nube. </p><p>Jeff Bezos compró el <em>Washington Post</em> por 250 millones y, una década después, su lema pasó de “la democracia muere en la oscuridad” a una defensa de “las libertades personales y el libre mercado”. Patrick Soon-Shiong adquirió <em>Los Angeles Times</em>, y poco después una inteligencia artificial reetiquetaba los artículos de opinión según el “sesgo” del accionista. Elon Musk pagó 44.000 millones por Twitter para que sus algoritmos ocultaran los enlaces a la prensa progresista. El hijo de Larry Ellison –fundador de Oracle, cuarto hombre más rico del mundo– se sienta sobre el accionariado de CBS News. Marc Benioff, CEO de Salesforce, compró <em>Time</em> y la convirtió en púlpito de su “capitalismo de <em>stakeholders</em>”. Los ejemplos son interminables: Laurene Powell Jobs con <em>The Atlantic</em>, John Henry con el <em>Boston Globe</em>, Joe Mansueto con las revistas <em>Fast Company</em> e <em>Inc</em>. </p><p>Si los medios de comunicación han sucumbido a los magnates tecnológicos es porque fueron los primeros en <strong>caer en el fetiche de que la digitalización era sinónimo de innovación</strong>. Esa es la conclusión del libro <a href="https://www.akal.com/libro/despertar-del-sueno-tecnologico_50513/" target="_blank"><em>Despertar del sueño tecnológico</em></a>, que escribí en 2019. La crisis económica no solo se llevó por delante a millones de editores, corresponsales, cronistas, colaboradores de toda índole, sino también el modelo de negocio que los sostenía. La<strong> ideología solucionista de Silicon Valley</strong> predicó un futuro tecnológico ante el cual las redacciones debían someterse para no quedar fuera del nuevo siglo, mientras les entregaba sus poderosas herramientas de analítica, <em>engagement</em>, optimización y embudos de conversión. Pongamos los ejemplos del Digital News Innovation Fund (DNI) / Google News Initiative y del Facebook Journalism Project. Presentados como ejercicios de filantropía para combatir la desconfianza hacia los medios, funcionaron como un caballo de Troya para “capturar el periodismo”. El gran capital tecnológico –no los directores de las cabeceras, ni mucho menos los sindicatos de periodistas– decidió qué problemas merecían solución y en qué términos. Por eso la única condición para acceder a las becas de Silicon Valley era que las tecnologías fueran monetizables. Y <strong>progresivamente se transformó la naturaleza institucional de los periódicos</strong>. Las redacciones se convirtieron en laboratorios de I+D y los periodistas en científicos de datos.</p><p>El <em><strong>Washington Post</strong></em><strong> </strong>desplegó Heliograf, un sistema que en su primer año publicó 850 artículos automatizados. <em><strong>The New York Times</strong></em><strong> </strong>delegó parte de la moderación de sus comentarios en Perspective API, un algoritmo de Google que decide si las intervenciones del lector son admisibles en el debate público. <em><strong>El Mundo</strong></em><strong> </strong>recibió financiación de Google para implementar Content Intelligence, un modelo de aprendizaje automático diseñado para maximizar los ingresos publicitarios de cada artículo. <em><strong>Público</strong></em> desarrolló el Transparent Journalism Tool, un sistema que cuantificaba el coste exacto de producir cada pieza para luego recibir micropagos. La <strong>agencia británica Press Association</strong> construyó RADAR, un servicio capaz de generar 30.000 historias locales automatizadas al mes a partir de bases de datos públicas, distribuidas hoy a cientos de medios regionales que en su mayoría han ido prescindiendo de los reporteros en los últimos años. Incluso los periodistas que recibían dinero para proyectos de test A/B en Google Analytics alimentaron durante años los modelos lingüísticos que terminarían sustituyéndolos. Detrás de todo también está el trabajo gratuito del ejército de periodistas precarios que labran su marca <em>online</em> produciendo contenido viral en las redes sociales de Meta, y el trabajo invisible de las redacciones que rellenan el cuadro de indexación para aumentar el tráfico en el motor de Google.</p><p><strong>Las cosas no mejorarán con la llegada de la IA</strong>. Los estudios confirman que la dependencia de las redacciones respecto a las plataformas no desaparecerá. Se volverá “invisible”. Más que en algoritmos inmateriales, la imprenta digital se sostiene en cables submarinos, puntos de intercambio, CDNs, centros de datos y servicios <em>cloud</em>. Hasta el prestigioso <em>Columbia Journalism Review</em> concluye que la complejidad técnica de la IA está generando nuevos <em>lock-ins</em> donde los medios grandes consiguen acuerdos especiales para acceder al desarrollo de los modelos de frontera mientras los medios locales, pequeños y del Sur Global quedan rezagados, lo que reduce la diversidad de los contenidos y de los modelos futuros. Según el consenso de las revistas académicas especializadas en periodismo, el giro hacia la IA monopolizará para siempre el poder de definir qué es una noticia. Las respuestas a los problemas de los medios no vendrán de Palo Alto, y tampoco las soluciones. Debemos liberarnos del mito originario de la inteligencia artificial.</p><p>Al fin y al cabo, como polemizó <a href="https://www.theguardian.com/commentisfree/2023/mar/30/artificial-intelligence-chatgpt-human-mind" target="_blank">Evgeny Morozov en </a><a href="https://www.theguardian.com/commentisfree/2023/mar/30/artificial-intelligence-chatgpt-human-mind" target="_blank"><em>The Guardian</em></a><a href="https://www.theguardian.com/commentisfree/2023/mar/30/artificial-intelligence-chatgpt-human-mind" target="_blank">,</a> “<strong>la inteligencia artificial no es ni inteligente ni artificial</strong>”. No hay ejemplo que mejor ilustre esto que una redacción periodística. Todo sistema inteligente necesita del trabajo creativo de los plumillas, así como de las instituciones culturales y mediáticas que se han ido construyendo en los últimos siglos de historia. <strong>La “inteligencia artificial” es siempre “inteligencia colectiva”</strong>: el archivo acumulado de periódicos y revistas, los criterios de edición, las relaciones con autores, los rituales de presentación, el diseño tipográfico reconocible, la disposición física de los periódicos en los quioscos, el hábito de los lectores. Todo ese conjunto material y social incorpora <strong>una forma de ver el mundo</strong> que no se almacena en ninguna superinteligencia. Vive en la práctica comunicativa de seleccionar, editar y distribuir; exige ciertos gestos y excluye otros, produce sentido donde antes no había más que palabras sueltas. </p><p>Para salir del fetichismo de la IA generativa y de la excepcionalidad algorítmica, el filósofo brasileño Álvaro Vieira Pinto nos invita a pensar que ninguna tecnología es meramente moderna. No existe un salto cualitativo entre el escriba medieval, el linotipista del siglo XIX, el ludita del <em>Washington Post</em> que en los setenta saboteó las rotativas industriales y la red neuronal entrenada con el archivo digitalizado de un periódico que escribe los artículos automáticamente. <strong>Los humanos, y también los periodistas, siempre hemos sido tecnológicos</strong>: observamos la realidad y reflexionamos sobre las fuerzas naturales, nos abstraemos creando formas de conocimiento y desarrollando métodos para transmitirlos, y lo aplicamos sistemáticamente para transformar el mundo mediante proyectos tan ambiciosos como lo fue la imprenta de Gutenberg.</p><p>Las máquinas son siempre extensiones del poder creativo, reflexiona Vieira Pinto. Lo único que las vuelve deshumanizadoras son las relaciones sociales en las que se inscriben, la división del trabajo intelectual y la propiedad privada. Es por eso que debemos recuperar la lección del periodismo ilustrado: la profundidad del lenguaje, el pensamiento conceptual y el uso de la palabra son tecnologías de creación de mundos. Pero solo si renunciamos a que el mercado sea la única institución para codificarlos en la esfera pública. La información no puede ser una mercancía, los regímenes de verdad no pueden estar sometidos a la competencia. Como decía Raymond Williams, “una sociedad libre requiere que los <strong>medios de comunicación sean elementos de educación extendidos</strong>, infraestructuras democráticas que van más allá de la mera transmisión de mensajes entre emisor y receptor”. La comunicación es siempre un proceso de comunidad: compartir significados, actividades y finalidades comunes; proponer, recibir y comparar nuevos significados, que llevan a los logros del progreso social. </p><p>Pensar la inteligencia artificial requiere hacerlo fuera del modelo hegemónico de las plataformas. Recordemos el debate sobre el Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación que ocupó a la UNESCO y al Movimiento de Países No Alineados durante los años setenta y ochenta. Una comisión experta, presidida por el premio Nobel Seán MacBride, elaboró una serie de recomendaciones para <strong>democratizar el orden informativo mundial,</strong> promover la paz y el desarrollo humano. El informe resultante, <em>Many Voices, One World</em>, defiende que los medios tienen nuevas tareas sociales, que el acceso a la información es un recurso esencial para construir un mundo interdependiente, respetuoso con las identidades culturales y los derechos individuales, y que la comunicación es un derecho democrático fundamental. </p><p>Este proyecto fracasó estrepitosamente por culpa de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, pero sentó las bases para muchas otras formas de entender las tecnologías. <strong>Indymedia</strong> fue el primer ensayo planetario de periodismo ciudadano construido desde los movimientos de alterglobalización, donde la lucha por el <em>software</em> libre se entrelazaba con la batalla por el conocimiento abierto. <strong>WikiLeaks</strong> demostró que la información puede emplearse para revelar elementos de la realidad que muchas veces la propiedad privada del conocimiento esconde. <strong>Wikipedia</strong> nació con un gesto similar, pero recordando que las bibliotecas y archivos existen desde hace siglos al margen de las leyes de la propiedad intelectual. </p><p>La tarea utópica en el presente es construir un nuevo <em>stack</em>: mapear los experimentos del pasado y del presente que han creado nuevos mundos, desarrollar las herramientas necesarias para diseñar qué tipo de vida en común queremos y, sobre ese mapa, <strong>levantar una pila de instituciones radicalmente distinta </strong>a la que la Costa Oeste estadounidense nos ha vendido durante quince años. Aplicado al periodismo y a la inteligencia artificial, ese <em>stack</em> pasa, en primer lugar, por modelos de propiedad alternativos. </p><p>Existen al menos <strong>29 cooperativas periodísticas internacionales</strong> donde los lectores tienen voto sobre la línea editorial y existen tecnologías de deliberación democrática como Decidim para debatir sobre los temas que merecen ser narrados y con qué enfoques. Frente a la falsa dicotomía entre rentabilidad y servicio público, caben plataformas digitales en propiedad de los trabajadores, los usuarios o ambos. Imaginemos además que cada ciudadano dispone, junto con su renta básica y cesta de servicios digitales gratuitos, de un crédito anual destinado a financiar los medios cooperativos que él mismo elija.</p><p>Pasa, en segundo lugar, por construir infraestructuras públicas e internacionales de innovación tecnológica que socialicen las herramientas de visualización, investigación y creación. Fondos que faciliten el florecimiento de iniciativas individuales, que permitan escalar las más sostenibles con servidores y archivos comunes y sobre los cuales se levanten las imprentas digitales. La creación de consorcios internacionales de investigación para publicar exclusivas mundiales sobre corrupción prueba que el modelo en red multiplica la capacidad del periodismo, siempre y cuando se construya sobre la solidaridad y el reparto de la visibilidad entre medios de comunicación. </p><p>Pueden desarrollarse, también, <em><strong>small language models</strong></em><strong> de código abierto </strong>(menos de 10.000 millones de parámetros) alojados en centros de datos de titularidad pública y entrenados con datos verificados. Muchas informaciones importantes en los últimos diez años han salido de redes mixtas de investigación forense ciudadana donde un arquitecto, un programador, un vecino y un periodista reconstruyen bombardeos, masacres, accidentes industriales con imágenes abiertas. Hasta pueden fomentarse materiales pedagógicos y culturales colaborativos, lo que evitaría que cada redacción tenga que pagar cantidades millonarias a Silicon Valley por <em>token </em>usado.</p><p>Los medios públicos como “infraestructura crítica democrática” requieren redes federadas interdisciplinares –ya bosquejadas en el Fediverso, Mastodon, Lemmy, Peertube o en decenas de protocolos como ActivityPub– capaces de curar la esfera pública sin necesidad de algoritmos de estandarización ni publicidad dirigida (como hace <em><strong>The Syllabus</strong></em>), lo que además devolvería al lector la posibilidad de descubrir lo genuino y al periodista la libertad creativa. Los servidores interoperables permiten que cada instancia se autogobierne, que el <strong>lector deje de ser un espectador y pase a ser productor</strong>, transformando así las condiciones técnicas en las que la información se produce y distribuye. Si el algoritmo es, además, modificable, se adaptará a las decisiones que vayan tomando las distintas comunidades. Sobre esa base podrían levantarse escuelas populares de OSINT, de uso de IA, de archivos digitales y de redacción.</p><p>Ese <em>stack</em> alternativo pasa por institucionalizar lo invisible de la comunicación cotidiana: que un artículo escrito por el periodista de cualquier medio pueda dialogar con un archivo público de libros, con una <strong>base de datos científica abierta</strong>, con otra crónica local, con conversaciones grabadas en museos, bibliotecas y espacios autogestionadas, o con el enorme ecosistema de pódcasts. Y todo con un modelo lingüístico entrenado sobre el procomún que permita a cada ciudadano llevar a cabo ese viaje, si quiere como lector, pero también con las capacidades adquiridas para tomar la palabra. Solo entonces podrán convivir las tecnologías y los periodistas, cuando las prácticas que ya están naciendo dejen de ser experimentos aislados y se nombren y se compartan para generalizarse. </p><p>Las prácticas que harán posible la <strong>convivencia entre tecnología y periodismo</strong> ya existen. Falta nombrarlas, compartirlas y multiplicarlas hasta que dejen de ser algo excepcional. </p><p><em>*Ekaitz Cancela es escritor, investigador y editor. Autor de ‘Utopías digitales. Imaginar el fin del capitalismo’ (Verso Libros, 2023).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 08 Jun 2026 04:01:08 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ekaitz Cancela]]></author>
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      <title><![CDATA[Perder la ilusión de realidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/perder-ilusion-realidad_1_2201317.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2a836203-ddf8-4108-addc-2f702ed97ccf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Perder la ilusión de realidad"></p><p><strong>Las imágenes</strong> <strong>sintéticas alteran nuestra percepción de la realidad</strong>. Los periódicos publican fotos de hospitales bombardeados sin tiempo de verificar su origen. Los jefes de Estado comparten escenas de arrestos que no han tenido lugar. La propaganda se mezcla con el fotorreportaje en redes sociales administradas por algoritmos optimizados para amplificar el impacto, favoreciendo lo emocionante por encima de lo real. Hasta el jefe de Instagram admite que no podemos creer nada de lo que vemos. La sensación es de colapso: <strong>si todo es mentira, todo es verdad</strong>. Todo se desmorona, como en el poema que escribió Auden en 1919: “<em>El centro no se sostiene (…) los mejores carecen de toda convicción y los peores están llenos de pasión intensa</em>”. ¿Hay esperanza de certeza después del túnel o seremos arrollados por el tren de la inteligencia artificial?  </p><p>Los humanos somos criaturas del mundo. Estamos como dice Heidegger <em>in-der-Welt-sein</em>, en el mundo mismo, atrapados en él. Vemos y percibimos el universo sentados en una de sus ramas, y el mundo se revela desde nuestra perspectiva, <strong>un punto de vista que es único porque es el nuestro</strong>, necesariamente subjetivo y por lo tanto ideológico. Pero tenemos la certeza de que fuera de nosotros hay algo llamado realidad que, como dice Philip K. Dick, es aquello que no desaparece cuando dejamos de creer en ella, y tampoco desaparece cuando dejamos de existir. Para eso inventamos el lenguaje; para nombrar esto y aquello y estar seguros de que hablamos de las mismas cosas y, uniendo nuestras diferentes perspectivas, reconstruir la realidad. Pero el lenguaje es una herramienta imperfecta. Nuestra percepción interna, un proceso de interpretación que depende de nuestras células y sensores, pero también nuestros recuerdos y el estado de nuestra población intestinal es tan inestable que ni siquiera vemos los colores de la misma forma. Hasta Terence Tao, el matemático más importante de nuestro tiempo, suspendía exámenes por describir el mundo de la forma que consideramos intuitiva. “Me pidieron escribir sobre mi casa y no supe qué querían decir así que hice una lista de las habitaciones y de todos los muebles que había en cada una”. Por eso inventamos objetos técnicos capaces de describir el mundo desde fuera de nuestra subjetividad. Entre ellos, la fotografía ocupa un lugar único.</p><p>Tenemos relojes para medir el tiempo porque sabemos que es relativo. Una hora puede ser un suspiro o una eternidad dependiendo de cómo y con quién estamos. Tenemos termómetros para detectar la fiebre con independencia de nuestra propia temperatura corporal. Usamos metros para que un cuarto tenga las mismas dimensiones para los muy altos como para los bajitos. Sabemos que vivimos en mundos diferentes pero compartimos una realidad, con la sagrada convicción de que los ojos no mienten. Que nuestra retina registra lo que sucede realmente, aunque luego no acertemos a describirlo exactamente y <strong>la fotografía es la prueba literal de algo que pasó “de verdad”</strong>.</p><p><strong>Una imagen vale más que mil palabras</strong></p><p>Hasta hace poco, la foto era una prueba literal de la realidad retratada. La luz rebota sobre la superficie del mundo y la imagen reflejada entra por el ojo de la cámara, y se quema sobre un material sensible, dejando una copia exacta de sí misma que amplificamos al imprimir sobre un papel. Por eso la sentimos más “objetiva” que una descripción verbal o un registro sonoro. Que los ojos no mienten es una convicción que comparten todas las culturas. Que las palabras engañan, también. Por supuesto que la fotografía puede ser artística y reflejar emociones pero en general pensamos que hacer bien una foto es captar de forma literal lo que captura el ojo, antes de ser procesado por nuestro cuerpo, produciendo subjetividad. Que <strong>la cámara no interpreta el mundo, sólo lo registra.</strong> Es plateada y exacta, como dice el poema de Sylvia Plath, y no tiene prejuicios.</p><p><em>Todo lo que veo me lo trago inmediatamente</em></p><p><em>tal como es, sin empañarlo de amor ni rechazo.</em></p><p><em>No soy cruel, solo soy veraz,</em></p><p><em>el ojo de un pequeño dios.</em></p><p>Como consecuencia de su objetividad irreprochable, adquiere más autoridad como memoria que la nuestra, tan imperfecta. Guardamos fotos, películas y otras pruebas forenses de la realidad en archivos, museos y bibliotecas como una memoria expandida y colectiva de lo que realmente pasó. Naturalmente que la ilusión es inestable. Como explica Sontag en su famoso ensayo sobre la fotografía, las imágenes fotográficas también son una manera de organizar, seleccionar y dar sentido a esa realidad. La prueba más sangrante está en los archivos coloniales y la imposibilidad de reconstruir la historia de los que fueron conquistados, silenciados y, a menudo, exterminados. Pero, si incluso esa legitimidad está siendo destruida por las imágenes generadas por IA, es porque la traición había empezado mucho antes. La cámara digital no era una simple continuación de la anterior, sino que <strong>reemplaza el instrumento fotográfico por un sistema que interpreta la luz interpolando datos</strong>. Los algoritmos no son testigos de un hecho sino que proyectan una nueva subjetividad.</p><p><strong>Corregir la Luna</strong></p><p>En algún momento de 2022, <strong>Samsung decidió </strong><em><strong>corregir</strong></em><strong> la Luna</strong>. El fabricante de móviles coreano observó que es prácticamente imposible capturar una noche de luna sin acabar con una mancha borrosa porque es una forma retroiluminada rodeada de oscuridad. Demasiado contraste. Entonces integró un programa dentro del <em>software</em> de la cámara que detectaba la Luna y, comparándola con una base de datos de imágenes de lunas, interpoló la mancha con un compuesto de detalles lunares apropiados, como cráteres y texturas, generando una luna perfecta en alta resolución.</p><p>Samsung aseguró que era la misma luna, pero optimizada con una “mejora computacional basada en múltiples exposiciones y aprendizaje”. Es seguro que se parecía más a la que quería retratar el fotógrafo. En ese sentido, se acercaba más a la realidad. Pero a los usuarios no les gustó nada porque, al alterar sus fotos, Samsung estaba manipulando la realidad. La luna que habían retratado, aunque borrosa e imperfecta, era la suya, y había sido alterada sin permiso por el fabricante. Me gusta esta anécdota aparentemente banal porque es la prueba de un cambio, no de tecnología sino de paradigma: la cámara es un instrumento que refleja los movimientos del fotógrafo. Podemos aprender a manejarla porque es predecible. La cámara digital es un sistema que parece una cámara, pero que proyecta una interpretación del mundo que es dictado desde el servidor de una empresa, por un <em>software</em> que cambia su comportamiento de forma invisible para el usuario. Ya no es un reflejo fiable, pero seguimos sacando fotos y pensando que sí lo es.                                              </p><p><strong>La fotografía digital manipula la realidad sin que nos demos cuenta</strong>. Cada vez que Samsung –o Apple– actualiza su <em>software</em>, la lente fotográfica altera su proyección de la realidad. Si la cámara digital manipula la imagen que entra por la lente antes de que se registre en el servidor, la IA se desvincula completamente de la realidad. Es como el <em>ángel de la historia</em> de Walter Benjamin, que sólo puede mirar el mundo hacia atrás. Contempla una única y gigantesca realidad que acumula dato sobre dato, y con ellos construye una realidad convincente que nos arrastra. Como explica astutamente Carissa Veliz en su último libro, esa proyección estadística de una realidad probable funciona como una forma moderna de adivinación. El contenido sintético es una profecía que borra la distancia entre pasado y futuro para organizar el presente, alterando nuestra visión. No hace falta que sea inteligente. Si un algoritmo calcula que alguien tiene “alto riesgo” de impago, probablemente no reciba el préstamo y su riesgo de impago se convierte en realidad. Por la misma lógica, borra la distancia entre lo imaginado y lo sucedido. Si calcula que un candidato a un trasplante es susceptible de morir en el quirófano, probablemente no reciba el órgano y muera, ratificando la tesis de que estaba demasiado débil para sobrevivir al quirófano, sin que podamos saber realmente si el resultado de su cálculo estaba bien. Desde un punto de vista filosófico, <strong>la inestabilidad de la realidad podría ser un problema fundacional de nuestro siglo</strong>. Tenemos ansia de certeza, pero, cuanto más sabemos, más tiembla el universo bajo nuestros pies.</p><p>“El principal acontecimiento de la era moderna es la conquista del mundo como una imagen”, dice Heidegger en 1938. Está señalando una alteración profunda de la realidad. El cambio de siglo ha sido un momento de enorme efervescencia científica, con la física liderando un cambio de perspectiva fundacional. Gracias al conocimiento derivado de los instrumentos técnicos, <strong>vemos por primera vez el mundo como un objeto que podemos conocer, calcular, medir y predecir</strong>. Su perspectiva es positiva. En <em>Un verdor terrible</em>, el autor chileno Benjamín Labatut lo describe como una catástrofe existencial: “el momento en el que dejamos de comprender el mundo”, porque la profundidad y el alcance de la ciencia, derivado de los objetos técnicos, nos ofrece una explicación del mundo muy diferente a nuestra experiencia de la realidad. El universo percibido de los objetos y fenómenos visibles es una tapadera para un universo de partículas subatómicas que no se rigen por las leyes de la física, pero que rigen sobre todo lo que hay. Nos pareció ver el mundo desde lo alto de una rama, pero la física cuántica nos devolvió a la cueva. La realidad se expande y se esponja como los pulmones metálicos de un acordeón.</p><p>Tenemos más datos que nunca, pero <strong>naufragamos en la desinformación</strong>. Quizá porque los datos no nos sirven. “Tenemos acceso a más información que cualquier otro ser humano en la historia de la humanidad y la usamos para pelear con desconocidos en pequeños rectángulos luminosos propiedad de multimillonarios calvos, que descubrieron que podían monetizar la miseria humana, la vanidad y la inestabilidad emocional –dijo recientemente la activista ambiental australiana Natalie Kyriacou–. Teníamos datos científicos sólidos y los usamos para formar teorías de conspiración, negar el cambio climático y perfeccionar técnicas de cirugía estética. Construimos un sistema económico que prosperó gracias a los derrames de petróleo, la guerra, el cáncer, la adicción a las drogas, el juego, las adicciones y las crisis de salud mental, pero no tuvimos en cuenta la salud humana o ambiental”. Las instituciones que se dedican a verificar los acontecimientos del mundo desarrollan protocolos forenses para determinar el origen de las imágenes, para seguir componiendo una visión objetiva del mundo. Creando nuevos protocolos y consorcios de verificación, fabricantes, programadores e instituciones colaboran en la creación de sellos, marcas de agua y algoritmos que registran el historial de cambios que sufre una imagen en cadenas de <em>blockchain</em>. Son soluciones técnicas pensadas para mantener una ilusión de certeza del mundo, sin alterar su enfermedad: no somos criaturas racionales que viven de acuerdo con la realidad del mundo. Colaboramos voluntariamente con la manipulación.</p><p>Un ejemplo fácil. El <em>software</em> que corrige la luna en los móviles de Samsung es idéntico al algoritmo que suaviza nuestras ojeras y nos hace más atractivos en los selfis, y que funciona en todos los teléfonos modernos, sin permiso y sin agitación. Sin embargo, no sentimos que nuestra imagen haya sido manipulada, sino que ha habido un proceso de selección genética. Que, de todas las partículas de luz que han reflejado nuestro rostro, la cámara ha elegido simplemente la mejor versión. Eso es porque la imagen propia es parte de la proyección del ego, y el ego es un gran manipulador de realidad. Por eso somos tan vulnerables a la propaganda sintética: <strong>cuando niega nuestra percepción del mundo es propaganda. Cuando la confirma, es la verdad</strong>.</p><p><em>*Marta Peirano es periodista especializada en relaciones entre poder y tecnología informática. Su último ensayo es ‘Contra el futuro. Resistencia ciudadana frente al feudalismo climático’ (Debate, 2022).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 07 Jun 2026 04:01:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta Peirano]]></author>
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      <title><![CDATA[El tsunami de la IA: TintaLibre presenta su número de junio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/tsunami-ia-tintalibre-presenta-numero-junio_1_2202844.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e1285d89-3de2-45e7-a9ef-3f28ce2a9631_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El tsunami de la IA: TintaLibre presenta su número de junio"></p><p>Una nueva realidad está naciendo tras la irrupción de la inteligencia artificial (IA) en la vida cotidiana. El cambio ya no es solo en el sector tecnológico, sino que, poco a poco, <strong>la IA se está convirtiendo en una herramienta fundamental en aspectos que no imaginábamos</strong>. La forma de trabajar, pensar, aprender o incluso hacer la lista de la compra ya se ve influida por ella. También el periodismo. El número de junio de <strong>TintaLibre</strong>,<a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/periodismo-sigue-vivo-ia-acecha-tintalibre-junio_1_2199713.html" target="_blank"> </a><a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/periodismo-sigue-vivo-ia-acecha-tintalibre-junio_1_2199713.html" target="_blank"><em>La IA y el periodismo profesional</em></a>, recoge el análisis de <a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/ia-periodismo-profesional_1_2199716.html" target="_blank">distintos pensadores</a> sobre los efectos y posibles consecuencias de esta tecnología para la profesión en un futuro que ya es presente.</p><p>Este martes, el evento ha repetido escenario en la Sala Azul del Espacio Ronda, en Madrid. Diversas voces expertas se han repartido los micrófonos para presentar la revista acompañados de medio centenar de socios. Entre ellas, se encontraban Jesús Maraña, director editorial de infoLibre y codirector de <strong>TintaLibre</strong>; Jordi Gracia, escritor, catedrático y la otra mitad de la dirección de la revista; Virginia P. Alonso, directora de <strong>infoLibre</strong>; Ekaitz Cancela, escritor, investigador y editor; y Marta Gesto, directora general del periódico.</p><p>Los profesionales, portadores de análisis concienzudos y, en ocasiones, discordantes con los de su compañero de debate, han sido presentados por Maraña, que ha asegurado que el fin de este número es<strong> analizar “la parte oscura y la menos oscura” de la IA</strong>: “Sus luces y sombras”. </p><p>Gracia, con una energía contagiosa y una locución similar a la del mejor comentarista, ha abierto  el debate asegurando que “el instinto conspiratorio es necesario para pensar”. “Es decir, conjeturar, imaginar, ponerse en el papel de los malos”, ha sostenido. Pese a los peligros de la IA, el escritor ha defendido que la única mirada no es la del miedo, y que “<strong>no puede ser la mirada progresista la única que teme a la inteligencia artificial</strong>”. </p><p>P. Alonso, tras él, ha añadido algunos matices. La directora de <strong>infoLibre </strong>ha recordado cómo, en sus comienzos en la profesión, apenas existía internet, y ha comparado aquella aparición con la irrupción actual de la IA para explicar sus temores: “Internet provocó un cataclismo en el periodismo”. Sin embargo, y pese a advertir que el uso actual de la inteligencia artificial por parte de la ciudadanía perjudica a la profesión, ha asegurado: “Vamos a tener que encontrar la manera de convivir con todo esto, y para mí l<strong>a manera es hacer el mejor periodismo posible</strong>”.</p><p>Cancela, experto en esta materia y autor del libro <em>Utopías digitales</em>, ha defendido que, entendiendo la tecnología como una extensión humana, todas las épocas son tecnológicas. “<strong>Es importante politizar la IA. </strong>Hay que reivindicar la tecnología como extensión de la creatividad”. El escritor ha incidido en la idea de que la inteligencia humana, y fundamentalmente el periodismo, es la fuente que alimenta la IA, y que sin ella no existiría. “El derecho de autor ha muerto”, ha asegurado. Con gran ímpetu, Cancela ha defendido su uso como una herramienta para “mapear la realidad”, frente al riesgo de que estas tecnologías están subdesarrollando las capacidades creativas y analíticas de la ciudadanía, a favor del neoliberalismo: “La IA solo va a beneficiar a la ultraderecha”. Esta idea, mencionada por todos los asistentes y presente a lo largo del debate, ha despertado el murmullo y las afirmaciones del público, visiblemente preocupado por esta nueva realidad.</p><p>P. Alonso ha lanzado la reflexión: “¿A quién beneficia esto? A quien interesa que desaparezca el periodismo. Hay algunos muy concretos a los que ahora les interesa mucho quitar la capa de pensamiento crítico que existe en el periodismo de verdad”. “<strong>La IA no te da ese pensamiento crítico</strong>”. Y Gesto ha reafirmado esa narrativa de vigilancia a los poderosos: “La IA tiene pinta de que puede ser un tsunami”. “Creo que los medios de comunicación y la sociedad en general nos estamos entreteniendo con unos fuegos artificiales que alguien ha construido, mientras que por detrás están pasando un montón de cosas”, ha advertido.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 02 Jun 2026 19:42:16 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alba Meseguer Alacid]]></author>
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      <title><![CDATA[La IA y el periodismo profesional]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/ia-periodismo-profesional_1_2199716.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4f1e3a23-e2fc-49f0-a026-59d9f427441f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La IA y el periodismo profesional"></p><p><em>Múltiples perturbaciones</em>, por Jordi Gracia.</p><p><em>Por una inteligencia colectiva. Cómo rescatar las imprentas digitales de Silicon Valley</em>, por Ekaitz Cancela.</p><p><em>Perder la ilusión de la realidad</em>, por Marta Peirano.</p><p><em>La prueba definitiva para el periodismo</em>, por Ismael Nafría.</p><p><em>Lo que la IA no sabe hacer</em>, por Raúl Novoa.</p><p><em>La IA no destruirá el periodismo, pero puede volverlo invisible</em>, por Esther Vera.</p><p><em>Periodismo frente al expolio algorítmico</em>, por Virginia P. Alonso.</p><p><em>Ríos voladores. La ruta migratoria del Darién</em>, por Lina M. Moros.</p><p><em>El cante católico con toque integrista: Hakuna y el Opus Dei</em>, por Miguel Saralegui.</p><p><em>Parábola de Jesucristo y Marc Giró</em>, por Miguel Sánchez-Romero.</p><p><em>El caso Tucker Carlson</em>, por Carlos C. Pérez.</p><p><em>Soledad Gallego-Díaz, maestra en ética periodística</em>, por Xavier Vidal-Folch.</p><p><em>Obra en marcha. Meter a los amigos dentro de un libro</em>. Poemas de Elisa Fernández Guzmán.</p><p><em>Historia privada de una fotografía. Patti Smith, la musa despeinada</em>, por Ramón Reboiras.</p><p>Puedes leer los números anteriores <a href="https://www.infolibre.es/suplementos/historico-tintalibre/" target="_blank"><strong>aquí</strong></a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 01 Jun 2026 04:01:22 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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    <item>
      <title><![CDATA[‘La IA y el periodismo profesional’, el reto democrático que TintaLibre presenta este martes en Madrid]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/ia-periodismo-profesional-reto-democratico-tintalibre-presenta-miercoles-madrid_1_2201040.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4f1e3a23-e2fc-49f0-a026-59d9f427441f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘La IA y el periodismo profesional’, el reto democrático que TintaLibre presenta este miércoles en Madrid."></p><p>La inteligencia artificial ya no pertenece a la ciencia ficción, ni es una nueva promesa de Silicon Valley; su papel ocupa un lugar central no solo en el mundo <strong>tecnológico,</strong> sino también en nuestra forma de informarnos, trabajar, pensar y relacionarnos con la realidad. Un lugar, además, muy inquietante cuyas ramificaciones y efectos en la comprensión del mundo solamente acaban de empezar. Ante este reto abrumador,<em> </em>el número de junio de <em><strong>TintaLibre</strong></em><strong> </strong>se ha puesto manos a la obra para tratar de explicar a los lectores cómo la IA afecta y subvierte las reglas de lo que más nos duele: el periodismo.</p><p>El encuentro para presentar el nuevo número de <em><strong>TintaLibre</strong></em><em>,</em> <em><strong>La IA y el periodismo profesional, </strong></em>tendrá lugar <strong>este martes 2 de junio</strong>, a las 19:00 h, en la <strong>Sala Azul del Espacio Ronda</strong>, situado en el centro de Madrid. El espacio cuenta con una capacidad máxima para 50 personas. Las socias y socios podrán asistir al acto previa inscripción a través de <a href="https://www.tickettailor.com/events/infolibre/2234875" target="_blank" >este enlace</a>. ¡Y si no eres socio, <a href="https://usuarios.infolibre.es/hazte_socio/" target="_blank" >pinchando aquí</a> puedes remediarlo!</p><p>La presentación estará a cargo de <strong>Jesús Maraña</strong>, director editorial de<em> </em><strong>infoLibre</strong>. A continuación, tendrá lugar una mesa redonda centrada en el <strong>impacto y la irrupción de la inteligencia artificial</strong>. El encuentro, moderado por <strong>Jordi Gracia</strong>, codirector de<em> </em><em><strong>TintaLibre</strong></em><em>, </em>buscará abrir un diálogo plural sobre cómo la IA está transformando la producción informativa, los modelos de negocio y<strong> la relación con la verdad</strong>.</p><p>El coloquio contará con la presencia de <strong>Ekaitz Cancela</strong>, escritor, investigador y editor, que en el número de junio esboza el diagnóstico del paciente colectivo de esta transformación imparable: “La imprenta digital de Google y Meta ha colonizado los últimos reductos de la vida democrática”. También intervendrá <strong>Virginia P. Alonso</strong>, directora de <strong>infoLibre</strong>, que en la revista plantea un interrogante situado en el ojo del huracán: “Tal vez la pregunta decisiva no sea qué impacto tendrá la IA en el periodismo, sino qué periodismo queremos defender ante los retos tecnológicos”. La mesa contará, además, con la presencia de <strong>Marta Gesto</strong>, directora general de <strong>infoLibre </strong>y <a href="https://www.infolibre.es/el-cuarto-de-maquinas/"  >articulista</a> en este medio precisamente sobre IA y nuestra relación con ella.</p><p>Este número incluye un emotivo homenaje <em>in memoriam</em> a <strong>Soledad Gallego-Díaz</strong>, en un texto de <strong>Xavier Vidal-Folch</strong> con el que <em><strong>TintaLibre </strong></em>recuerda su trayectoria y reivindica su compromiso con el rigor informativo y el periodismo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 01 Jun 2026 04:01:21 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sara Carrasco]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘La IA y el periodismo profesional’, el reto democrático que TintaLibre presenta este martes en Madrid]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Periodismo,Inteligencia artificial]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El periodismo sigue vivo, la IA acecha, en TintaLibre de junio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/periodismo-sigue-vivo-ia-acecha-tintalibre-junio_1_2199713.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4f1e3a23-e2fc-49f0-a026-59d9f427441f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El periodismo sigue vivo, la IA acecha"></p><p>Ha llegado el momento; el momento en que la inteligencia artificial ya no es ninguna película de ciencia-ficción, ni una nueva empresa de Silicon Valley; su papel, ahora mismo, ocupa un lugar central en el mundo, no solo tecnológico sino cognitivo y cultural de la sociedad. Un papel, hay que decir, muy inquietante y cuyas ramificaciones y efectos en la comprensión del mundo solamente acaban de empezar. Ante este reto abrumador, <em>TintaLibre </em>de junio se ha puesto manos a la obra para tratar de explicar a nuestros lectores cómo afecta y subvierte las reglas de donde más nos duele: el periodismo. </p><p><strong>Ekaitz Cancela</strong>, uno de los más reputados analistas del poder tecnológico, esboza de este modo la situación del paciente colectivo de esa transformación imparable: “La imprenta digital de Google y Meta ha colonizado los últimos reductos de la vida democrática: esa esfera donde el difunto Habermas situaba la conversación, el diálogo y la deliberación cotidiana. En los últimos años se han privatizado los mecanismos que sostenían la atención pública sobre lo que se cuenta”.</p><p>Quizás no hay mejor preámbulo para una realidad que escapa muchas veces hacia los límites de la propia irrealidad. Lo dice <strong>Marta Peirano</strong>: “Hasta el jefe de Instagram admite que no podemos creer nada de lo que vemos. La sensación es de colapso: si todo es mentira, todo es verdad”.</p><p>Centrando más el foco en la profesión que nos afecta (y nos desvela), <strong>Ismael Nafría</strong>, abunda en la verificación de un efecto que ya estamos notando todos los días en la prensa: “La IA generativa está ya provocando un aumento espectacular de la producción editorial realizada de manera automática por nuevos actores que, en la inmensa mayoría de los casos, no persiguen los objetivos del buen periodismo, sino simplemente generar negocio”.</p><p>Porque en gran medida se trata de negocio, simplemente de negocio y mucha codicia. Desde dentro de las tripas de la IA otro especialista en la materia, <strong>Raúl Novoa</strong>, cuenta un caso real que le ayudó a comprender cómo se las gasta el bicho, al mismo tiempo que la educaba acabó con su trabajo. “La IA ordenaba la portada, enviaba notificaciones y editaba. Nuestra misión era verificar que lo hiciera bien y entrenarla. ¿Un <em>spoiler</em>? No era capaz de titular, ni jerarquizar, ni de contrastar”.</p><p>El colofón de nuestro amplio análisis sobre la IA lo ponen dos mujeres directoras de medios de comunicación en España, un dato sobre el que no hace falta ningún tipo de inteligencia androide para saber que son dos casos únicos. <strong>Esther Vera,</strong> directora del diario <em>Ara,</em> plantea un problema que trae desde hace tiempo de cabeza a las redacciones: “La irrupción de la IA generativa plantea ahora una amenaza más profunda. Ya no se trata solo de que las plataformas distribuyan contenidos ajenos. Se trata de que puedan absorberlos, reorganizarlos y devolvérselos al usuario sin necesidad de pasar por el medio que los produjo”. <strong>Virginia P. Alonso</strong>, directora de nuestro <em>infoLibre</em>, abre un interrogante situado en el ojo del huracán: “Tal vez la pregunta decisiva no sea qué impacto tendrá la IA en el periodismo, sino la pregunta es qué periodismo queremos defender ante los retos tecnológicos”.</p><p>Mientras Silicon Valley diseña nuestro futuro tecnológico a la carta y abre la puerta a un mundo incierto, por aquí abajo, en las redacciones honestas y las piezas escritas sin robots, seguimos pulsando la tecla del periodismo real. Y hay humor, tanto como que <strong>Miguel Sánchez-Romero</strong> se aventura esta vez en llevar al plató de Marc Giró al mismo Jesucristo (que nos sorprende con su dominio ante las cámaras), o también podemos comprobar en la crónica en primera persona de <strong>Miguel Saralegui</strong> como el Opus Dei sigue dando el cante, esta vez a cargo de ese grupo que tanto gusta a Ayuso que se llama Hakuna. </p><p>Pero si volvemos a hablar del periodismo lean por favor la <em>laudatio</em> que un correcaminos de la profesión como <strong>Xavier Vidal-Folch</strong> realizó sobre <strong>Soledad Gallego-Díaz </strong>con motivo del premio a la ética periodística concedido por la FAPE. Fue solo un mes antes de su fallecimiento. Va por ella.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 May 2026 17:25:49 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Inteligencia artificial]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Principio, medio, fin]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/obra-marcha-principio-medio_1_2188275.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/406b62ef-1fe8-4488-acf0-254ceb40f2b9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Principio, medio, fin"></p><p><strong>ÍNDICE DE CONTENIDOS: </strong>En el principio eran una madre y una hija. Después, por ahí de la mitad, habría otras madres e hijas, algunos hombres, otras personas en general. Pero por ahora somos solo ella y yo, y un haz de luz entra a la recámara por la ranura entre las cortinas, y la luz cruza el aire humoso y espeso y pega en la cama, donde se esparce por las arrugas de las sábanas dibujando su silueta entera –pies, piernas, torso, cuello– hasta que se dispersa en su cara descubierta, y está dormida, y le toco la frente con la palma de la mano y la despierto.</p><p>Llevaba un rato buscando algo así como un nuevo comienzo. Injusto o extraño, quizás, pedirle eso al tiempo: la posibilidad de empezar, de empezar de nuevo. Lo único que tenía que hacer, o eso creía entonces, era responder a una pregunta: ¿cómo lo reinvento todo: nuestra historia, nuestras vidas cotidianas, nuestra forma de estar en el mundo? Por ahora íbamos a ser solo ella y yo.</p><p>Me hacía falta estar en otra parte, en otro momento de vida, lejos de donde estaba entonces. Había terminado un libro, luego un proyecto demandante grabando paisajes sonoros y testimonios en la frontera entre México y Estados Unidos, y después había pasado por un divorcio lento, difícil, enmarañado. Esa constelación –terminar, terminar, terminar– me había dejado como astronauta: circunflotando, encapsulada, ante todo ausente. </p><p>Pasaron las semanas y luego los meses, la rotación incesante del calendario, pero me encontraba siempre como en el mismo sitio. Durante un buen tiempo después de esos finales, estuve trastabillando de un falso principio a otro. No había podido empezar a escribir nada nuevo, apenas notas dispersas, no había construido nada que se asemejara a una relación amorosa, no había encontrado esa sensación –que tantos y tantas describían– de que la vida, después de un final, vuelve también a empezar. </p><p>Ahora, después de casi un año, el libro estaba por publicarse en varios países europeos, y yo había aceptado todas las invitaciones que enviaron a mi agencia. Incluso le había pedido a mi agente que por favor buscara más, lo que fuera: lecturas, conferencias, talleres, círculos de lectura. Un amigo opinó: </p><p>Eres como esas personas que se comen toda la comida en el avión nomás porque es gratis. </p><p>Saqué a mi hija de la secundaria unos meses antes del final del ciclo escolar y la registré como estudiante a distancia. Logré encontrar inquilinas ideales: una pareja de medievalistas canadienses. Se quedarían de abril a septiembre, pagarían a tiempo, cuidarían nuestras plantas, no se robarían mis libros. No le respondí nada a ese amigo, pero durante días, en mi cabeza, le estuve diciendo: Ya nada es gratis en los aviones, cabrón.</p><p>Dos maletas: una gris, una verde. Nos fuimos de Nueva York cuando empezaba la primavera. El plan original: mudarnos de ciudad en ciudad, las veces que fuera necesario, de vida en vida, maletas ligeras, hasta que las cosas volvieran a caer en su lugar.</p><p>Durante abril y mayo nos movimos cada dos o tres días, de un lugar a otro, hoteles casi siempre, pueblos chicos y ciudades, lecturas públicas, charlas, entrevistas. En Suiza y Austria, todos los lectores que asistieron a mis eventos eran octogenarios o septuagenarios, circunstancia a la vez conmovedora y un poco preocupante. Hubo estancias breves en París y Lyon, Varsovia, Estambul, Atenas, Londres y Berlín. En Múnich, una ginecóloga me extrajo un DIU. En un café en Praga, mi hija perdió una muela, la penúltima, adentro de un plato de sopa. </p><p>La observaba con atención, tal vez con demasiada atención desde que nos volvimos solo ella y yo. Sus comportamientos, un espejo extraño de mi capacidad o incapacidad para criarla. Adonde fuéramos, se compraba postales, escribía cosas en sus reversos, pero después se negaba a mandarlas por correo a nadie. No importa dónde estuviéramos, lo único que quería hacer era leer por su cuenta o jugar al ajedrez conmigo.</p><p>En Berlín, le traté de enseñar a andar en bicicleta: imposible, pedaleaba siempre en reversa. Intenté no pensarlo como metáfora de nada. </p><p>En un pueblo costero cerca de Ámsterdam, estuvimos un buen rato paradas en una playa, frente al mar gris, donde un grupo de adolescentes aprendían a nadar con zapatos. Cada que una ola se aproximaba a la orilla, los adolescentes se lanzaban contra la corriente, sus zapatos y botas visibles en la espuma de la superficie revuelta, sus patadas breves y veloces. La escena le pareció inquietante, y se negó a volver al mar durante semanas enteras después de eso. </p><p>Unos días más tarde, en la Rambla del Raval de Barcelona, se puso a llorar desconsolada cuando vimos a una mujer, tal vez joven o tal vez vieja, posiblemente pordiosera, balbuceándole insultos a una pared. Cuando pasamos junto a ella, la mujer abrió una mochila y vació sus contenidos sobre la banqueta: un reguero de libros antiguos. Luego tomó uno, lo abrió, leyó unas palabras incomprensibles, nos volteó a ver directo a los ojos y con una sonrisa vaga, anunció:</p><p><em>¡Omnes fines mundi!</em></p><p>¿Qué es volver a empezar? ¿Dónde está el principio? Tal vez las cosas no caen nunca en su lugar, pero cuando llegó el mes de junio y terminé con todos mis compromisos de trabajo, y tomamos un avión que aterrizó una noche en el aeropuerto de Catania, tuve la sensación, por primera vez en mucho tiempo, de que por fin habíamos llegado a alguna parte, de que por fin íbamos a poder asentarnos. </p><p>Mi abuela materna, la Nanna, era de un pueblito no muy lejos de Catania. Y aunque murió cuando yo aún era niña, y yo nunca había venido a su isla natal, en cuanto bajamos por las escalerillas del avión y vi sobre nosotras el cielo cuajado de estrellas, tuve una sensación muy clara de pertenencia –pasada o futura, no sé–. Mi hija se detuvo al pie de las escalerillas, apuntó hacia el horizonte, donde la silueta negra del volcán Etna apenas se distinguía del cielo tan oscuro, y dijo: </p><p>Mira, Ma, viene un bostezo celeste. </p><p>¿Un qué? </p><p>Un bostezo celeste. </p><p>¿Qué es eso? </p><p>Nada, no importa. </p><p>O tal vez no tanto una sensación de pertenencia, sino un eco de la pertenencia: memorias prestadas, rumores heredados. Leí alguna vez que la palabra eco viene del griego antiguo <em>oikos</em>, que significa <em>casa</em>. Y si eso es cierto, tal vez el eco y la pertenencia están más estrechamente ligados de lo que se suele pensar. Era, por supuesto, un proyecto imposible: movernos, mudarnos, ir de vida en vida hasta que algo por fin cayera en su lugar, porque nada simplemente cae por sí solo en su sitio. Una idea liberadora, pero un proyecto imposible. Con el tiempo, pensé, tendría un plan más claro y concreto. Con el tiempo, sin embargo, tuvimos que movernos por motivos muy distintos a los que nos impulsaban en un inicio, pero eso vino después, y en ese momento no intuíamos nada todavía.</p><p><em><strong>II</strong></em></p><p>En el taxi del aeropuerto, el señor en la radio anuncia que esta mañana el Etna emitió una fumarola de gas y ceniza, pero que hasta ahora no se reportan daños. También dice que habrá un eclipse lunar antes del amanecer, y que al mismo tiempo el levante entrará desde el este. Mi hija me pregunta: </p><p>¿Qué es el Etna? </p><p>Un volcán. </p><p>¿Peligroso? </p><p>No, en absoluto.</p><p>¿Y qué es el levante? </p><p>No sé, amor. </p><p>Pero el taxista sí que sabe. Hay dos estirpes de taxistas: los que dicen que no saben nada y los que lo saben absolutamente todo. Nos explica que el levante es un buen viento, uno de los muchos que recorren la isla. Aquí son tantos y tan constantes los vientos, dice, que los griegos pensaban que era en uno de los acantilados de los alrededores que el dios Eolo los albergaba a todos, dispensándolos a su antojo: del norte, el <em>maestrale</em> frío y seco, y también el <em>grecale</em> y la tramontana; del sur y suroeste los cálidos <em>libeccio</em> y <em>mezzogiorno</em>; del oeste, el <em>ponente</em>, que trae cielos despejados y aguas quietas; del sur y sureste, el <em>bestial</em>, ardiente e insoportable <em>scirocco</em>, que trae arenas desde el Sáhara y pinta el cielo de rojo y llena a la gente de rabia, ansiedad y locura. Y, por fin, este suave y húmedo levante, que está por llegar desde el este, y que traerá a las corrientes marinas un azul mucho más profundo, y traerá también brisas más frescas y tal vez un poco de lluvia. Los marineros lo prefieren a cualquier otro viento, termina el taxista con entusiasmo lírico, porque los empuja hacia altamar con soplos constantes y ráfagas de popa. </p><p>Pienso que debe ser un buen augurio, llegar con el levante, ráfagas de popa. ¿O estoy confundiendo popa con proa y esta ráfaga es propicia para irse y no para llegar? En todo caso es aquí, en esta isla, con esta llegada, durante este verano, que quiero que ella y yo encontremos por fin un nuevo principio. Solo tengo que buscar una nueva rutina, una cotidianidad sostenida, una nueva forma de ser madre. Quizás incluso un reencuentro con la escritura, poner orden a mis notas y terminar un nuevo libro. </p><p>Pregunta, así que durante el resto del camino al departamento le cuento cosas que recuerdo de su bisabuela, la Nanna: empezó a fumar a los doce años y se fumaba un paquete y medio de cigarros Camel todos los días, nació en un poblado en el mero corazón de la isla, un poblado con el nombre casi mitológico de Philosophiana, era campesina, recia de carácter pero llena de calidez y sentido del humor, a los veintiuno se vistió de hombre para que la contrataran como jornalera en una campaña de excavaciones arqueológicas cerca de su casa, formó parte de un equipo de excavadores que encontró ruinas importantes, pero un día descubrieron que era mujer y la corrieron, decidió migrar a las Américas, aprendió a leer y escribir a bordo del barco y fue una lectora voraz el resto de su vida, sobrevivió a un naufragio cerca de Veracruz, jugaba al ajedrez, era inconvenientemente guapa, ojos miel botticellianos, piel morena, melena china, dientes desastrosos, era en extremo supersticiosa, nunca aprendió a pronunciar la jota, le gritaba <em>pinches pendecos</em> a los malos conductores, a los hombres poco caballerosos, <em>pendecos deficientes</em>, a los políticos en la tele, <em>pinches pendecos cretinos del cazzo</em>, cocinaba pésimo, le encantaba el fútbol. Perdió la memoria a los setenta y algo. Murió en un asilo para enfermos de la mente en la Ciudad de México en los años ochenta. </p><p>Mi hija y yo compartimos varias de sus características: los malos dientes, el amor por los libros y la afición por el ajedrez. Heredamos también supersticiones: nunca pasar la sal de mano en mano, no mirarse a los ojos en el reflejo de una ventana mientras llueve, pellizcarse y pedir un deseo a las 11:11 de la mañana y a las 11:11 de la noche. Yo heredé la pasión por la nicotina y la pasión por el fútbol. Mi hija tiene su belleza leonina –melena envidiable, toda rizos– y sus ojos botticellianos, más oscuros que los de mi abuela, color miel de <em>maple</em>. Tal vez todas esas cosas puedan considerarse ecos de una persona, en el sentido de la repetición y la reverberación, pero también en el sentido de que nuestros cuerpos son casas, espacios físicos en donde los rastros de quienes vinieron antes siguen viviendo y rebotando. </p><p>Piazza Manganelli 16, un arco barroco enmarcado por pilastras, decorado con querubines de yeso, un portón pesado de madera, patio interior, escaleras de mármol, primer piso, llaves debajo del tapete, departamento número dos. </p><p>El departamento le pertenece a un hombre que conozco, pianista. Les dejo las llaves, me dijo, siéntanse como en su casa. Iba a estar de gira todo el mes. Regresaría a inicios de julio, y si queríamos quedarnos más tiempo, con gusto nos hospedaría. </p><p>Nos habíamos conocido hacía más o menos un año, en Nueva York, mientras daba una temporada de conciertos. Tuvimos un breve y febril encuentro después de mi divorcio y seguimos en contacto remoto todo este tiempo, escribiéndonos casi diario, a veces hablando por teléfono a horas absurdas del día o de la noche, hablando sobre todo acerca de los divorcios (él llevaba dos a cuestas, así que tenía consejos, aunque no siempre buenos), hablando de la maternidad y la paternidad (él no tenía hijos, así que la conversación, de su lado, era sobre todo especulativa), hablando de nuestros planes, los suyos, los míos, por separado, sus conciertos, mis proyectos, y también de los planes que podríamos hacer juntos, tal vez, un día, en el futuro, tal vez. </p><p>Dejamos nuestros zapatos, maletas, mochila y portafolio en el vestíbulo. Vamos directo a la cocina y nos sentamos a la mesa, una mesa larga de madera rústica, esperando a que el agua hierva para hacer una pasta. Mi madre me escribe un mensaje de texto para preguntar si llegamos bien. Cuando mi mamá envía mensajes escritos, parece que está entregando al mismo tiempo un horóscopo y una predicción climática, y muchas veces firma el mensaje al final, como si no tuviera yo su contacto almacenado, como si estuviera mandándome un fax desde una máquina pública. En este mensaje, confirma y redobla lo que dijo la radio hace rato, solo que en sus palabras las predicciones suenan ominosas: </p><p>Eclipse penumbral ¡Vienen tormentas! Tiempos de cambio. Besos, Mamá, Manuela. </p><p>Menos convencida de que un eclipse penumbral seguido de tormentas sea buen presagio, seguimos las instrucciones de mi madre, por si acaso, y recogemos tres dientes de un enjambre de cabezas de ajo que cuelgan junto a la estufa, y los plantamos con los pulgares izquierdos bajo la luz de la luna en una maceta de romero moribundo en el balcón de la cocina.</p><p>Mi hija se cuelga su portafolio al hombro y arrastra su maleta verde al cuarto más chico; yo me cuelgo mi mochila y arrastro la maleta gris al cuarto más grande, ambas recámaras en extremos opuestos de una gran sala. </p><p>Mi maleta sobre la cama, la lenta coreografía de desempacar. Aquí, en su cuarto, el cuarto del pianista, no desempaco como lo suelo hacer: contenido entero de la maleta vertido sobre la cama y luego poco a poco distribuido en cajones y clóset. Aquí, trato de desempacar como si fuera él, un hombre sistemático y de rutinas fijas. Saco una cosa a la vez, de maleta a clóset, maleta a clóset. Hay un cuento de Antonio Di Benedetto, ‘El abandono y la pasividad’, sobre una mujer que abandona a un hombre, pero nunca vemos a la mujer y nunca vemos al hombre. Solo vemos una maleta abandonando un cuarto, y un vaso de agua en la mesita de noche, debajo del cual hay una nota escrita a mano cuyo contenido nunca se muestra al lector. Lo único que hay en el cuento es un cuarto vacío, nunca ningún humano ni ser viviente, salvo por una mosca, que aparece a la mitad del cuento: “Por su inercia cobra vigencia una mosca, entre un sol y otro, entre un sol y otro, pero no más de dos”. Nunca he entendido del todo esa línea: ¿una mosca que vive cuarenta y ocho horas? ¿O algo enteramente distinto sobre el patrón de vuelo de las moscas? </p><p>Todos los objetos en su clóset parecen elegidos por la mano templada del método: zapatos, corbatas, cinturones, pantalones, camisas, sacos, pocas camisetas. Cuelgo y doblo mis cosas junto a las suyas. Todas las suyas: negras o azul marino. Las mías: un revoltijo de colores. Cuelgan juntos, suspendidos en el aire, un vestido mío y un saco suyo: una danza afantasmada, extraña, un encuentro de los dos <em>in absentia</em>.</p><p><em>*Extracto de la ‘Primera parte (Levante)’ de la novela de Valeria Luiselli, ‘Principio, medio, fin’ (Barcelona, Feltrinelli Editores, 2026).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 May 2026 04:01:27 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Valeria Luiselli]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Principio, medio, fin]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Angélica Liddell o la rabia poética]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/angelica-liddell-rabia-poetica_1_2188254.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9cb5858d-9d4b-4577-b765-813f882f8026_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Angélica Liddell o la rabia poética"></p><p>Imaginemos el Palacio de los Papas en el Festival de Aviñón, año 2024. Sobre el escenario, una mujer lee en voz alta críticas negativas, salpimentadas con insultos directos hacia los críticos presentes en la sala que más tarde le valieron una denuncia. No es un exabrupto improvisado, sino parte de <em>DÄMON</em>. El funeral de Bergman, la obra que inauguró el certamen más prestigioso del mundo, convirtiendo a Angélica Liddell en la primera artista española en alcanzar este hito histórico. Este gesto radical define a la perfección a la creadora que <strong>se alzó en 2025 con el Premio Nacional de Teatro</strong>, pero ¿qué hace que esta artista sea verdaderamente excepcional? </p><p>La formación del yo <em>liddelliano </em>es indisociable de su entorno original. Nacida en Figueres (1966) como Angélica González, su infancia estuvo marcada por la disciplina militar paterna, la rigidez religiosa y la cercanía de un hospital psiquiátrico. Este imaginario de soledad y uniformes forjó una indefensión que ella define como el germen de su rabia. El desarraigo motivado por los constantes traslados familiares y <strong>una adolescencia marcada por la depresión</strong> convirtieron su cuerpo en el primer mapa de su dolor.</p><p>La llegada a Madrid para estudiar Dramaturgia solo aumentó su desapego hacia las instituciones. Liddell rechazó frontalmente la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD), a la que calificó años después como una <strong>reserva de mediocridad y un corralito para trepas</strong>. Abandonó la titulación en el último curso y se licenció en Psicología, mientras sobrevivía trabajando en Port Aventura o pasando la gorra en el Retiro. Junto a Gumersindo Puche, fundó en 1993 Atra Bilis Teatro, iniciando un camino de resistencia en las salas alternativas, donde su apuesta por lo escabroso la mantuvo durante una década al margen de los apoyos institucionales.</p><p>El salto definitivo al teatro público se produjo en 2007 con el estreno de <em>Perro muerto en tintorería</em> en el Centro Dramático Nacional. Fue un punto de inflexión paradójico: la artista que despreciaba el <em>establishment</em> teatral español, denominándolo en ocasiones Cementerio Dramático Nacional, <strong>se convertía en su figura más visible y exportable</strong>.</p><p>El teatro de Angélica Liddell es, ante todo, un territorio de riesgo extremo. Su excepcionalidad no reside en la mera provocación, sino en una poética del dolor y en la magnificación de una presencia escénica que se niega a ser una simple narración de historias de segunda mano. En su propuesta, <strong>la violencia y el sufrimiento se transmutan en materia dramática</strong>, permitiendo que el cuerpo y la palabra se fundan en un dispositivo pulsional único. </p><p>Frente al actor gélido de Diderot, que priorizaba la técnica sobre la emoción, la catalana sostiene que solo el dolor real valida el acto teatral. Esta ruptura dinamita incluso el sistema de Stanislavski; si el maestro ruso buscaba una verdad interna protegida por la ficción, la creadora exige una presencia ontológica en la que el personaje se disuelve para que emerja la persona que sufre y sangra de verdad. Su trabajo no consiste en construir una máscara, sino en despojarse de todas ellas <strong>hasta alcanzar una vulnerabilidad capaz de reducir cualquier distancia ficcional</strong>. Bajo esta luz, la interpretación deja de ser un oficio para convertirse en el rito de sacrificio que soñó Artaud: el actor como un condenado que hace señas desde la hoguera. Vinculada al <em>actor santo</em> de Grotowski, Liddell propone una entrega total mediante el trance y rechaza al <em>actor cortesano</em> cuya máxima aspiración es venderse al público en busca del aplauso. Su objetivo no es que el intérprete salga ileso, sino que, cual muñeca vudú, su cuerpo quede marcado para que el público también abandone la sala <strong>con una herida compartida</strong>.</p><p>Esta apuesta por habitar la experiencia implica que la biografía de la artista no es algo que se deja en el camerino, sino que es el combustible de la obra. La escena es el lugar donde se vive con una intensidad que el mundo cotidiano no permite. La artista catalana grita el tabú que la sociedad tiende a silenciar. El agotamiento físico, el llanto real o la exposición del trauma obligan al espectador a abandonar su cómoda posición de juez estético (“¿lo hace bien o mal?”) <strong>para situarse en una posición ética insoslayable</strong>: “¿qué hago yo ante el dolor de este ser humano que tengo delante?”.</p><p>Esta arquitectura de lo extremo se sostiene sobre cinco pilares fundamentales que definen su poética:</p><p><em>El teatro de la crueldad y del shock</em>. Liddell bebe de fuentes tan diversas como Jerzy Grotowski, Thomas Bernhard y Sarah Kane para utilizar el desasosiego del espectador no como un escándalo gratuito, sino como un medio de conmoción espiritual. Desarrolla ante nosotros un collage formado por la reiteración cíclica de ideas fragmentarias y de palabras escogidas por su corta mecha. Sus obras heredan del movimiento In-Yer-Face esa estética cruda que explota en las narices del público. Al tratar temas como la pederastia, el desamor o la muerte con una brutal honestidad, <strong>busca forzar una reflexión racional sobre la realidad que solo puede nacer del impacto sensorial previo</strong>. El <em>shock</em> es aquí la única vía de entrada a una conciencia anestesiada por la sobreexposición mediática.</p><p><em>La artista total</em>. La excepcionalidad de Liddell reside también en su capacidad para fusionar las funciones de dramaturga, poeta, directora y actriz. <strong>Su propio cuerpo sirve de centro de gravedad de la puesta en escena</strong> al actuar como un dispositivo que canaliza el trauma y el odio para transformarlos en belleza; una belleza que ella define como un acto de justicia. Esta entrega absoluta la sitúa cerca de las <em>performances</em> de Marina Abramović, en las que la exposición de la vulnerabilidad física extrema se convierte en el único puente posible hacia una comprensión mutua.</p><p><em>La estética posdramática.</em> Su trabajo supone una ruptura constante con la cuarta pared y la linealidad narrativa. A través de la autoficción, <strong>Liddell borra las fronteras entre su biografía y la representación</strong>, convirtiendo el teatro en la presentación de lo real. El uso de fluidos biológicos o las autolesiones en escena no son accesorios, sino elementos que validan la sinceridad de lo narrado. Es obvio que el arte dramático pivota sobre un acontecimiento que está sucediendo en el aquí y el ahora del público, pero la creadora catalana va más allá. Planta un stop en el camino, pone el foco de la sospecha sobre el espectador y liquida cualquier posibilidad de refugio en la convención teatral.</p><p><em>El eclecticismo referencial.</em> Liddell posee una capacidad única para <strong>hibridar en una misma partitura emocional referencias aparentemente irreconciliables</strong>. La <em>Biblia </em>y Schopenhauer, la delicadeza de una imagen y el insulto gritado, conviven con la música barroca de Bach o Schubert y el pop de La Oreja de Van Gogh. Sus obras son una travesía tormentosa por la historia de la cultura, la oficial y la oficiosa, pues, para ella, el referente más exquisito y el más comercial se nutren del mismo dolor universal, y esa democratización del sufrimiento es lo que otorga a su obra una resonancia tan vasta. </p><p><em>El elemento poético.</em> Más allá de la puesta en escena, los textos de Liddell poseen una entidad poética propia y autónoma. Pueden leerse como poemas extensos donde <strong>el desgarro de la palabra hace visible lo que la sociedad prefiere ignorar</strong>. Su lenguaje no busca la comunicación funcional, sino la revelación estética. Al construir estas piezas, que son también literatura, Liddell otorga una importancia capital a la palabra para abrir esa herida que obliga al lector a confrontar el vacío y la belleza con la misma intensidad. Aunque la catalana comparte mucho con La Fura dels Baus y podría perfectamente ser una de las firmantes de su <em>Manifiesto canalla</em> –por ejemplo, cuando dicen aproximarse “más a la autodefinición de fauna que al modelo del ciudadano” o se identifican con una “organización delictiva dentro del panorama actual del arte”–, Atra Bilis sitúa el eje de su revolución en la soberanía de la palabra poética, vertebrada a través de un flujo de conciencia incesante y no tanto en la resemantización de los espacios y el despliegue tecnológico que son proverbiales en La Fura.</p><p>La trayectoria de Liddell muestra una evolución desde la reivindicación social hacia la búsqueda de lo metafísico. El teatro fue arma de protesta política directa en obras como <em>Y los peces salieron a combatir contra los hombres</em>, en la que trataba la tragedia de la inmigración: “¿Cuándo se van a dar cuenta de que no hay champán para todos, señor Puta? / No se preocupe por el negro, señor Puta, / no puede protestar, / los negros están fuera del lenguaje”, y <em>El año de Ricardo</em>, donde analizaba el abuso de poder y la podredumbre política de forma despiadada. En estas piezas, el objetivo era <strong>despertar conciencias ante las grietas de la democracia</strong>.</p><p>Con la trilogía <em>El centro del mundo</em>, su foco se desplaza hacia lo místico. Tras la muerte de dios, Liddell busca nuevas formas de lo sagrado para sostener la vida espiritual, mediante la exploración del miedo a la muerte, la pérdida de la juventud y el sacrificio como acto poético. En esta etapa, sus obras adquieren una mayor tonalidad ritualística, utilizando a menudo la <em>Biblia</em> para criticar la sumisión, pero también para buscar lo trascendental en el nacimiento y la desaparición.</p><p>Su postura actual, consolidada en 2024, defiende el concepto del <em>arte inútil </em>heredado de Oscar Wilde, pero va más allá para arremeter contra el <em>artivismo</em> y contra cualquier tipo de teatro que tenga una pretendida utilidad social. Liddell sostiene que <strong>el arte no debe pretender mejorar la sociedad</strong>. En su lugar, aboga por un arte irresponsable y desvergonzado que simplemente cree belleza mediante la exposición de las bajas pasiones y la destrucción de un mundo abyecto. Como somos mayores de edad y el escenario no es ni una escuela ni una iglesia, la creadora escupe sobre las tesis cívicas o pedagogistas. Para ella, no se va al teatro a aprender a ser mejores ciudadanos, sino a enfrentarse a lo sublime y a lo aterrador. Este doble enfrentamiento nos sitúa, de manera inevitable, en el territorio del <em>unheimlich</em> freudiano. Lo que Liddell pone sobre las tablas no es una alteridad lejana, sino esa inquietante extrañeza de lo que, siendo profundamente familiar –el padre, el deseo, la sangre–, ha sido silenciado o bloqueado por las estructuras de la civilización y el decoro. </p><p>Al forzar la mirada sobre lo que el subconsciente se empeña en ocultar, la creadora activa un mecanismo de catarsis que recupera el sentido primigenio de la tragedia griega. No se trata de una purificación moralizante, sino de una purgación visceral de aquellas pasiones que no nos atrevemos a verbalizar y que el sistema social nos impide incluso reconocer. En este espacio de transgresión absoluta, el tabú –pongamos por caso el incesto, tan recurrente en su genealogía escénica– se despoja de los ornamentos con los que Sófocles estetizó el mito de Edipo, y renuncia asimismo a la distancia clínica y al blindaje intelectual con los que Freud intentó domesticar el impulso. Aquí no existe mediación literaria que nos proteja ni refugio académico que nos permita observar desde la barrera: <strong>el horror se lanza con una crudeza insoportable a la cara del público</strong>, interpelándolo no como un mero analista de una patología ajena, sino como un criminal en potencia o un cómplice necesario que, ya sea por acción o por omisión, habita la misma zona de sombra que la escena pone al desnudo. El espectador de Liddell experimenta una liberación por horror; al ver sus propios miedos y tabúes encarnados en la verdad ontológica de un cuerpo que sufre en escena, se produce el desbloqueo de lo indecible. Es aquí donde la palabra poética desborda los diques del yo consciente para alcanzar esa catarsis colectiva que solo el rito del sacrificio puede otorgar. Así, sus convulsiones en escena están pensadas para ser, no una pacífica banda sonora para el espectáculo de nuestra autocomplacencia, sino todo lo contrario; la butaca del espectador es en realidad una silla eléctrica de alto voltaje para la ciudadanía anestesiada y Liddell acciona la palanca con su mirada pérdida, sus gestos desencajados y esa voz gutural como de ultratumba.</p><p>La singularidad del talento de Liddell no oculta ciertas tensiones dialécticas que atraviesan su obra y que plantean interrogantes sobre su recepción actual.</p><p>En primer lugar, la apuesta por un <em>teatro del yo </em>absoluto sitúa la biografía privada como horizonte único. Esta autorreferencialidad extrema plantea un dilema ético y estético: cuando el escenario se convierte en un confesionario donde solo rige la ley de la propia herida, el espectador corre el riesgo de perder su condición de interlocutor dialéctico. En la liturgia <em>liddelliana</em>, la comunicación tiende a desplazarse hacia una estructura vertical propia de la religión personal. Muchos espectadores no juzgan ni interpretan, sino que asisten como fieles a un rito en el que la sacerdotisa es oficiante de su martirio. Este solipsismo, aunque potente en su entrega, podría comprometer la universalidad del hecho teatral al dificultar que la obra resuene en realidades ajenas. Es decir, <strong>corre el riesgo de que el público se sienta intruso en un exorcismo privado</strong> al que ha sido convocado no para participar, sino para adorar la persistencia de una herida que se niega a cicatrizar.</p><p>La poética de Liddell se ha cimentado sobre imágenes de una crudeza casi insoportable para muchos. Este impacto sensorial, próximo a la lógica de los lenguajes publicitarios o mediáticos que buscan la reacción nerviosa, provoca el aturdimiento inmediato y, por tanto, <strong>dificulta esa huella reflexiva y duradera que define la experiencia estética profunda</strong>, de acuerdo con los postulados de Juan Mayorga. En ocasiones, la saturación del grito y el insulto puede velar la sutileza necesaria para que el dolor se filtre en el subconsciente del espectador de manera transformadora. Y esto es un obstáculo en el camino a la construcción de comunidad, de un debate colectivo. Tanto mejor para Liddell, que jamás ha ocultado su animadversión hacia lo comunitario en cualquiera de sus formas y sus propuestas, de hecho, rezuman un individualismo feroz.</p><p>Por otra parte, <strong>toda estética de la transgresión se enfrenta a la ley de rendimientos decrecientes</strong>: el impacto inicial del escándalo tiende a erosionarse mediante la habituación del espectador. El uso recurrente del <em>shock</em> y la crudeza visual corre el peligro de integrarse en una mecánica previsible, convirtiendo lo que nació como subversión en una marca de estilo esperada. En efecto, muchos de sus seguidores, ya inmunizados, acuden a la sala esperando ser escandalizados, preguntándose no por el sentido del horror, sino por la magnitud de la próxima provocación. Y es que la subversión, cuando pasa a ser requisito del espectáculo, pierde capacidad de generar la misma conmoción del principio. </p><p>Finalmente, existe una paradoja estructural en la recepción de su obra. Mientras el discurso de Liddell arremete contra los valores burgueses, sus piezas se legitiman principalmente en circuitos de alta cultura y festivales internacionales de difícil acceso para todos los bolsillos. Se genera así una base de <em>iniciados</em> con un capital cultural elevado que encuentra en su radicalidad una forma de distinción. Liddell ha configurado un teatro de culto cuya feligresía posee un nivel de estudios superiores muy por encima de la media de los asistentes al teatro convencional. Esta desconexión levanta un muro de sofisticación que transforma el teatro en un producto de nicho, alejándolo de la realidad social que pretende subvertir y limitando su potencia transformadora a un círculo de espectadores ya convencidos de antemano. En una carta abierta de febrero de 2026, Paco Bezerra hablaba de la capacidad del sistema para capitalizar la disidencia y del riesgo de que la institución utilice la transgresión de Liddell como una coartada de vanguardismo, asimilando su grito poético mientras se mantienen intactas las estructuras que ella misma cuestiona. Es, por tanto, oportuno reflexionar sobre qué se gana y qué se pierde cuando una propuesta escénica cambia de hábitat, cuando <strong>un teatro ha pasado de ser grito de resistencia periférica a convertirse en un rito privado para una clase social altamente instruida</strong> que sabe que va a ser insultada y que puede permitirse, tanto económica como intelectualmente, participar en su liturgia del desgarro.</p><p>El reconocimiento de Angélica Liddell con el Premio Nacional de Teatro 2025 subraya su capacidad para consolidar un lenguaje de riesgo que ha reconfigurado la percepción del espectador contemporáneo. Es una figura excepcional por contradicción: capaz de recibir honores del mismo sistema que ridiculiza y de convertir su dolor privado en una cuestión pública universal. Más allá de la mera provocación, su verdadero valor reside en proponer el teatro como una experiencia límite que obliga al público a confrontar verdades incómodas sobre la muerte, el deseo y la identidad. Aunque se pueda cuestionar su extremismo, <strong>es innegable que su obra pone en crisis la complacencia del espectador medio.</strong></p><p>Este animal escénico opta por lo mínimo y lo íntimo, sintonizando plenamente con la sensibilidad contemporánea de la autoexposición. Es fundamental reconocer que su voluntad de ruptura no constituye una novedad técnica o conceptual, pues el teatro dadaísta –y, en general, las vanguardias históricas– ya hicieron de la transgresión, el <em>shock</em>, la crudeza y el <em>épater le bourgeois</em> su principal motor estético. Sin embargo, la importancia de su obra reside precisamente en la vigencia y actualización de estas propuestas. Es vital que sigan existiendo voces que recojan el testigo de la provocación con obras como las de la artista catalana, que, lejos de agotarse en el escándalo, se han consolidado ya como una necesidad. En el asfixiante escenario de nuestro período de entreguerras híbridas, el poderoso lenguaje de Angélica Liddell <strong>se erige como un pulmón de libertad indispensable</strong> para que la conciencia del presente no termine por claudicar.</p><p><em>*Gaston Gilabert es profesor de Literatura y Teatro en la Universitat de Barcelona y director del aula de investigación teatral Metadrama.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 May 2026 04:00:58 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Gaston Gilabert]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Angélica Liddell o la rabia poética]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Una fe blaugrana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/fe-blaugrana_1_2187390.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f55e94e2-8c2c-41cf-a6bb-3e714b9e8b15_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una fe blaugrana"></p><p>Yo me sentaba en la banqueta de ordeño. Detrás de la barra. El suelo estaba lleno de cáscaras de cacahuetes y colillas. En la taberna los hombres (solo entraba alguna mujer a esa hora a por aceite o una hoja de bacalao) juraban en arameo, que si Guruceta, que si Amancio, que si los putos catalanes. Todo olía al vino ácido del país como si un enano verde hubiera vomitado en el suelo. Y mi abuela aplaudía, aplaudía a Sadurní, Rifé, Gallego, Eladio, <strong>aquel Barça chungo, de entreguerras</strong>, con las medias caídas, que a principios de los setenta ganaba de vez en cuando la Copa de Ferias. Pero a mi abuela, republicana (se lo tenía muy calladito por la pareja de la Benemérita que venía a ver el partido con el arma y las ruanas), le tiraba el blaugrana y yo me hice del Barça porque era también la némesis del Real Madrid, el equipo de Santiago Bernabéu y del Generalísimo, a veces los confundo, deben ser los bigotes, la única manera de poder sentarme en la banqueta y llevar la contraria a casi todos, así que <strong>ahí estaba yo, barcelonista, republicano</strong>, comiendo cacahuetes del saco de arpillera.</p><p>Cuando se habla de fútbol y del <strong>periodo de la televisión en blanco y negro</strong> (con algún corte del suministro eléctrico si había temporal y había que encender las velas), se habla del franquismo y del claroscuro, de aquella España de la 1 y la 2 que se bebía todavía la dictadura con una copa de Veterano o, los más jóvenes, de Cointreau o Licor 43 antes de arrancar el Mirafiori camino de las salas de baile. A mí me daban una gaseosa La Pitusa y un puñado de manises, de vez en cuando un bocata de sardinas Escurís cuyo aceite se me escurría por los pantalones cuando Martí Filosia, Charly Rexach o Asensi, que me recordaba mucho al caballo de mi tío Serafín, estaban a punto de hacer gol, aunque fuera una ilusión óptica, otro desengaño. </p><p>Solíamos perder en Las Palmas, en Granada, en Amberes, hasta en Pontevedra perdimos aquella vez, aunque a veces le ganábamos al Madrid y ya salían en el Gol Nord las<strong> pancartas de </strong><em><strong>Aquest any sí</strong></em><strong>.</strong> Pero el <em>any</em> tardaba demasiado y la banqueta me quedaba ya pequeña, también Franco, cada vez más jibarizado, también los trenes, la televisión en color y la inmensa pena de pertenecer a un equipo perdedor, bonito sí (ahí quedaba el recuerdo de Kubala y Luisito Suárez), pero perdedor. El Barça era por entonces un equipo que parecía entrenado por Samuel Beckett: fracasaba mejor que ningún otro.</p><p>La pelota (la <em>pilota</em>) es <strong>recuperar la infancia perdida</strong>, el tiempo de juego, y todavía ahora me veo en la banqueta, la televisión como un altar sobre las latas de melocotones y los membrillos de Puente Genil, la bombilla vacilante, el matamoscas con su zumbido de silla eléctrica y Rexach, tan desgalichado como el resto del equipo, que de vez en cuando la mandaba a la Diagonal. No importaba. Éramos ya del Barça, republicanos y del Barça, apóstatas, y pasamos un largo periodo sin celebrar hasta que en esas llegó El Profeta y lo cambió todo. </p><p><strong>Por profeta me refiero a Johann Cruyff</strong>, el dios neerlandés, el hombre de la gabardina, el Nureyev que pisaba el área para demostrar que era un experto en artes marciales. Fue en agosto del 73. Me compré el <em>As </em>de color sepia, el <em>Sábado Gráfico</em>, el <em>Marca</em> que mi tío Manuel compraba en Vilagarcía de Arousa después de repartir la leche. A su lado un <em>sanchopanza</em> de la vida, El Cholo Sotil, porque <strong>hubo un </strong><em><strong>cholismo</strong></em><strong> antes de Simeone</strong>, un peruano que arrastraba el culo por el pasto como un cuy, pero que metía esos goles de deshollinador con el ombligo, con la rabadilla, esa anatomía que a veces tienen los goleadores cortos de estatura pero con hambre atrasada de una niñez miserable.</p><p>Inolvidables imágenes de Johan llegando al Prat, Johan con su esposa rubia sonriendo en el control de pasaportes con los picoletos de mostacho en la cabina revisando el pasaporte del hereje. Parecía que venían de vacaciones a Lloret de Mar. He oído decir muchas veces que con él cambió la historia, y es verdad, cambió para siempre la fisonomía de un equipo triste (todavía hoy hay un fatalismo crónico) que se convirtió en una escuadrilla de ataque como aquel Ajax inolvidable (para mí el mejor equipo de siempre) en el que las patillas de Neskeens eran un cambio de agujas en el medio campo, un John Deere moderno que dejaba como una patena el campo de alfalfa. </p><p>Neeskens, Cruyff, Rinus Michels... <strong>Nos hicimos holandeses</strong> y nos fue bien siendo de los Países Bajos, todos de color naranja, pura vitamina C, jugábamos al pie sobre la alfombra, gambeteábamos como liebres, importamos la táctica del fuera de juego, metíamos casi siempre un par de goles más que el contrario, incluso cuando jugábamos contra el Sabadell. Era comprensible que la defensa (‘Tarzán’ Migueli, Alexanco y compañía) se sintiera, tal como con Flick ahora mismo, siempre vendida con aquella recua de melenudos que iban al ritmo de los Rolling Stones y entendían que su mandato era pisar el área contraria, morder los travesaños de la portería. </p><p>Con Cruyff no ganamos en Europa hasta que se puso la gabardina y con el chupa chups en la boca vio cómo Ronald Koeman, otro holandés en esta historia neerlandesa, fulminaba a la Sampdoria con un libre directo que he visto repetido muchas más veces que el gol de Iniesta en el Mundial de Sudáfrica. Todo conduce al mismo punto: Koeman, Andrés Iniesta, <strong>La Masía, esa escuela de derviches </strong>que puso de moda en todo el mundo el control orientado, la conducción temeraria, el rondo del Ballet de Montecarlo, el olor a pasto mojado cuando el fútbol se viste el traje de gala y te pone “la gallina en la piel”, como decía El Profeta en su dislexia.</p><p>Al final Cruyff prefirió seguir fumando y jugando al golf fuera de los banquillos y probamos suerte con un señor inglés, Terry Venables, que escribía novelas policíacas y con el que perdimos (muy Barça) la final más absurda de la historia contra el Steaua de Bucarest en Sevilla. Todavía lloro y sigo teniendo pesadillas nocturnas con los bigotes suabos de Duckadam. </p><p>Pero algo debió sembrar Johan porque empezaron a surgir jugadores que ya eran entrenadores cuando jugaban, como Pep Guardiola, un iluminado que devolvió al Barça al <em>jogo bonito</em>, <strong>un </strong><em><strong>dream team</strong></em><strong> abusón por el control y la tiranía</strong> que ejercía sobre los rivales, cualquier que fuera el rival. Empezó perdiendo en Soria contra el Numancia, pero levantó dos Champions, tras el breve periodo de otro fumador empedernido que dirigía al Barça fiestero de Ronaldinho, Frank Rijkjaard (<em>You’ll Never Smoke Alone</em>). Es un equipo muy vicioso el Barça.</p><p>Tras el breve repaso al historial clínico, dejando a Maradona aparte porque Barcelona fue una escala venérea antes de su reencarnación napolitana, decir que <strong>la fe inconmovible de un </strong><em><strong>culer</strong></em><strong>, sienta mejor en el exilio</strong>, y si vives en Madrid es mucho más masoquista y placentera; Cibeles y Neptuno ya tienen dueño, Canaletas queda fuera de juego. Veo incluso los partidos del Barça en Sidney, Marrakech o Los Ángeles o cierta vez incluso en un crucero por cortesía del capitán, un croata que bebía los vientos por Iniesta. Hay dos cosas que no cambian en mi vida: la llamada de mi madre los domingos por la mañana y el Barça, aunque juegue contra el Barbastro, incluso a veces mi adicción crónica me ha llevado a seguir los entrenamientos por <em>streaming</em> y el túnel de collejas de algún reaparecido.</p><p>Cada vez se oye menos decir que el fútbol es “el opio del pueblo”. Pienso que <strong>no hay que desdeñar nunca ni al opio ni al pueblo</strong>. Y en el Barça la epifanía la encarnó Cruyff y creo que también influyó a aquella España de bostezos y sacristías, de Nadiuska y curas pedófilos. Fue en 1973, repito, cuando llegó El Profeta y a Franco no le temblaba el pulso con las sentencias de muerte pese al Parkinson. Pero algo cambió para siempre: con Cruyff nos liberamos del sistema carcelario y las mujeres metieron el sujetador en el bolsillo (<em>brass in the pocket</em>) como en la canción de los Pretenders. Una coincidencia astral: Gay Mercader trajo a los Rolling Stones por primera vez a la Monumental de Barcelona el 12 de junio de 1976; en mi subconsciente, que es colectivo, siempre conecto una cosa con otra, los Stones y Cruyff, alto voltaje en aquel país de bombillas de escasa potencia: <em>You Can’t Always Get What You Want.</em></p><p>La televisión también mutó pese a Laura Valenzuela y Joaquín Prat. Ya amanecía el color y pudimos ver (además de a Paloma Chamorro, <em>La Clave</em> y el gol de Koeman) el blaugrana tal como era, la publicidad de Banca Catalana en los fondos del Camp Nou y el logotipo de Meyba, tan <em>camp</em>, impreso en la camiseta de los jugadores. El pasto era tan verde como un sueño de ovejas eléctricas.</p><p><strong>El retrogusto del barcelonismo es de </strong><em><strong>amaretto</strong></em><strong> italiano</strong>. El suelo donde pisas siempre está sembrado de cáscaras de cacahuetes. Siempre estamos esperando la llegada del nuevo Profeta. Todavía mantenemos la fe. Ese chaval de Rocafonda, Mataró, 403, Lamine, apunta a derribar la escuadra si las <em>influencers </em>no le vuelan antes la cabeza. En Madrid le llaman “puto moro”, una manera de indicar que vamos por el buen camino.</p><p><em>*El último libro publicado por Ramón Reboiras es ‘El Chevrolet de Pessoa’ (La Umbría y La Solana, 2025).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 May 2026 04:01:12 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ramón Reboiras]]></author>
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      <title><![CDATA[Un Mundial para cínicos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/mundial-cinicos_1_2187385.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d178c837-01b5-44c1-97eb-910f4c15177e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un Mundial para cínicos"></p><p>El fútbol es <strong>el más político de los deportes</strong>, y la Copa del Mundo es el más político de los campeonatos de fútbol. Para los futboleros de ley, que contamos la vida no en años, sino en mundiales, esta ceremonia de cada cuatrienio es también una manera de leer la historia: una metáfora o cifra del momento político. La última Copa del Mundo nos dejó la final más bella de que tengo memoria –un partido que pareció diseñado para reclutar adeptos y desactivar escepticismos–, pero nos dejó también la evidencia insoslayable de la venalidad, la hipocresía y el cinismo de los dueños del negocio, que pusieron <strong>el fútbol al servicio de una autocracia </strong>donde la libertad no existe y los derechos humanos son un chiste de mal gusto. En realidad, aquello no tenía por qué sorprender a nadie: cuatro años antes, la Rusia de Putin había organizado la Copa del Mundo como si se tomara un recreo entre la anexión de Crimea y la invasión a Ucrania. En tiempos de Gianni Infantino, eso es la FIFA: una máquina grotesca de lavarles la cara a los regímenes más deplorables. </p><p>Sí, todos vimos lo que sucedió en Qatar: los obreros muertos en el intento de llegar a tiempo con la construcción de un estadio, los denunciantes silenciados o encarcelados, la censura implementada con la connivencia abierta de las autoridades internacionales. Abdullah Ibhais, director de comunicación del Mundial, decidió en algún momento <strong>rebelarse contra la inhumanidad ambiente</strong>, y habló de las condiciones de esclavismo en que trabajaban muchos y de botellas de plástico vacías de agua durante semanas y de las amenazas que recibían los trabajadores por llamar a la huelga. Su testimonio gustó poco al régimen: Ibhais pasó tres años en la cárcel sin que la FIFA moviera un dedo. Tampoco esto era digno de nuestra sorpresa, claro. Poco antes, cuando algunos capitanes de las selecciones mundiales anunciaron su intención de llevar en sus brazaletes los colores de la bandera gay en un país donde rige la <em>sharía</em> y la homosexualidad es delito, la FIFA respondió amenazándolos con sanciones. Algunos recordamos la carta abierta (y tan, pero tan boba) que Infantino les envió a los futbolistas: “No permitan que el fútbol se vea arrastrado a cada batalla política o ideológica que exista”. Si hay maneras más evidentes de no entender el fútbol, no las conozco. </p><p>Porque el fútbol es político y es ideológico, y la Copa del Mundo ha sido el escenario de esas batallas desde 1930: el fútbol, con perdón de Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios. Lo ha sido siempre, para lo bueno y para lo malo, como defensa de causas más o menos legítimas o como maquillaje de monstruosidades de diverso cuño. No recuerdo quién dijo hace mucho tiempo que <strong>un hombre tiene menos ganas de matar a otro hombre en la guerra si antes ha jugado con o contra él</strong>, y no es imposible que la declaración se refiriera a ese partido de leyenda que los soldados alemanes y los ingleses disputaron en las trincheras de la Primera Guerra, allá por las navidades de 1914. Como se sabe, los altos mandos militares se opusieron a posteriores treguas, con fútbol o sin él, pues temían (con razón) que aquellos encuentros en tierra de nadie socavaran el ánimo guerrero. En otras palabras: que les quitaran a los hombres las ganas de matar. Ese episodio se nos ha convertido en símbolo de algo, pero falta saber con certeza de qué.</p><p>Pero no nos entusiasmemos demasiado. El problema con el fútbol, y su gran paradoja, es su <strong>falta de inocencia</strong>: por cada episodio de la historia en que un partido es una tregua, hay cien más en que un partido es alegoría o incluso combustible de la guerra. Alegoría: en 1986, cuando Maradona marcó un gol con la mano contra Inglaterra, no sólo fue autor de un gol tramposo y al mismo tiempo genial, sino de una reparación o venganza por la derrota argentina en Las Malvinas. Combustible: a finales de los años 60, tras décadas de conflictos no resueltos que tenían que ver con tierras cultivables, poblaciones inmigrantes, la persecución cometida por paramilitares hondureños –la infame <em>Mancha brava</em>– contra campesinos salvadoreños y otros cuantos ingredientes, los gobiernos de Honduras y El Salvador prefirieron irse a la guerra que lidiar con sus propios problemas internos, y el fútbol fue el subterfugio perfecto. Se disputaba la clasificación al Mundial de México 70; después tres partidos rocosos, El Salvador acabó clasificándose con un gol conseguido en tiempo de reposición. La crispación popular hizo lo suyo: agresiones, pedradas, declaraciones grandilocuentes, oportunismo político. Tras el último partido, los dos países rompieron relaciones diplomáticas. La guerra estalló el 14 de julio; terminó cuatro días y unos seis mil muertos después. </p><p>De manera que no, señor Infantino: <strong>al fútbol no se le puede pedir que se mantenga al margen de las batallas ideológicas o políticas</strong>, porque ellas forman parte de su naturaleza. Pedirle a un futbolista o a un equipo que no intervenga en política es ignorante y además absurdo, pues el fútbol siempre ha sido escenario de todas nuestras tensiones sociales. En la Bombonera de Buenos Aires los hinchas cantaban esas palabras que ahora se oyen sólo a veces: “Boca y Perón, un solo corazón”. Yo tengo en la retina la foto en que Johann Cruyff se enfrenta a un policía franquista para discutir su expulsión arbitraria contra el Málaga en 1975 [<a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/fe-blaugrana_1_2187390.html" target="_blank">véase 'Una fe blaugrana' en TintaLibre</a>], como si España entera no se diera cuenta de que allí <strong>se discutía mucho más que una expulsión</strong> arbitraria. Ha pasado más de medio siglo desde esa foto, pero no se puede decir que las cosas hayan cambiado. Hace un par de días Lamine Yamal, que supera apenas la mayoría de edad, puso el reflector sobre los racistas que gritaban sus bellaquerías contra los musulmanes de la selección egipcia. La ocasión fue uno de esos partidos que llamamos <em>amistosos</em> aunque sepamos que ese adjetivo no es realmente posible en el fútbol de selecciones: no por las selecciones, sino por lo que los hinchas proyectan sobre ellas. El de Lamine fue un gesto político, profundamente político, de un muchacho que acaso no haya votado por primera vez, pero que sabe para qué sirve el escenario más visible del mundo. </p><p>“Dejen que el fútbol ocupe el escenario”, decía Infantino en otra parte de aquella carta, justo antes de pedirles a los futbolistas que no participaran en batallas políticas o ideológicas. Cínico Infantino: mientras redactaba o dictaba esas palabras, estaba llevando a cabo sus propias batallas políticas, que consistían en el lavado de imagen de los regímenes políticamente más tóxicos, pero económicamente más atractivos. Fue tan repugnante lo de Qatar que un neologismo inglés, <em>sportswashing</em>, comenzó a aparecer en nuestras conversaciones, y algunos llegaron tal vez a creer que, como la palabra era nueva, lo que nombraba era nuevo también. Pues bien, no lo es: la tradición viene de lejos. El <strong>fútbol ya era material de propaganda en la segunda Copa del Mundo</strong>, que se celebró en la Italia de Mussolini con estadios nuevos de arquitectura fascista y con un afiche promocional diseñado por el futurista Marinetti, y Mussolini se metió tanto en el asunto que inventó un trofeo propio, la Coppa del Duce, para entregar a los ganadores junto con el trofeo principal. Y no tengo que hablar, supongo, del Mundial de 1978 en la Argentina de Videla, cuando un equipo de fantasía –Fillol, Ardiles, Kempes, Bertoni– recibió una ayuda indirecta e invisible, pero también incontestable, de la dictadura militar. </p><p>La próxima Copa del Mundo no será la excepción a las manipulaciones políticas. Tendrá lugar, por primera vez, en tres países distintos, dos de los cuales no tienen ninguna tradición futbolística y uno de los cuales está intentando ahora mismo incendiar el mundo que comparte con los otros. Lo de la tradición nos importa más de lo que debería a los futboleros, y es difícil explicar al profano la importancia que tiene para un país creyente ser anfitrión de esta fiesta; pero lo que está en juego ahora va más allá de esas supersticiones. Tiene que ver con la obscenidad de que los Estados Unidos de Trump –cuyo gobierno persigue a los inmigrantes, separa a sus familias y encarcela a sus hijos menores, y cuyas agencias se han convertido en milicias paramilitares que secuestran y asesinan a la vista de todos– sean anfitriones de un encuentro que es popular sobre todo entre los inmigrantes. A mí no me queda inocencia suficiente para creer que el ICE no buscará a los inmigrantes para arrestarlos en los estadios: y así veremos los partidos de una Copa del Mundo convertidos en trampas, sí, en ratoneras para los hombres y mujeres a los que Trump llamó “plaga”, a los que acusó de “envenenar la sangre” de Estados Unidos. <strong>Trump ha destruido ya las vidas de miles de latinoamericanos </strong>en su cruzada xenófoba; por otra parte, ahora mismo no puedo saber qué consecuencias tendrá su guerra ilegal con Irán, ni qué forma tomarán la violencia y el caos provocados por Trump en los partidos de esta Copa del Mundo. Pero recuerdo el trofeo que se inventó Infantino para regalarle a Trump, ese Premio de la Paz, y no puedo no pensar en Mussolini. Los parecidos son más que una mera coincidencia.</p><p><em>*Juan Gabriel Vásquez es escritor. Su último libro es la recopilación de artículos ‘Esto ha sucedido’ (Alfaguara, 2026).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 May 2026 19:36:56 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Gabriel Vásquez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Un Mundial para cínicos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Messi y la pandereta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/messi-pandereta_1_2187388.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b3cb897e-d6e3-4586-8511-a4c277b4ae75_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Messi y la pandereta"></p><p>Vuelvo a verlo, una vez más. Es un <a href="https://www.youtube.com/shorts/F_Mw2rFXxaU" target="_blank">vídeo viral de 2019</a> pero ha tenido un recorrido más largo de lo habitual. Un músico de Puerto Rico toca una pandereta a una velocidad de vértigo. Algo detrás de él, medio ensombrecido, perfilada la barba con aires de poeta decimonónico, <strong>Lionel Messi trata de encontrar el ritmo</strong> en alguna parte. Su cuerpo permanece rígido mientras no sabe dónde mirar. En ocasiones busca al músico, en otras se detiene en el pandero boricua; sea como sea, <strong>una súplica de ayuda</strong> late en cada uno de sus gestos. Messi mueve la cabeza como la movía el perro que mi padre tenía sobre el salpicadero de su Renault 21. Son apenas diez segundos, un <em>reel</em> rápido, suficientes para contemplar a Messi como el hombre absurdo condenado a decir sí.</p><p>El jueves 5 de marzo de este año volví a ver este vídeo en su<strong> versión extendida, mejorada </strong>y con comentarios del director. Lionel Messi visitaba la Casa Blanca por primera vez. Su equipo, el Inter de Miami, había sido invitado como vigente campeón de la liga de fútbol de Canadá y Estados Unidos, la Major League Soccer (MLS). Una semana después del comienzo de los bombardeos sobre Irán, Messi estaba ahí. <strong>Donald Trump</strong> lo esperaba con los brazos abiertos. La puesta en escena era la de las grandes ocasiones. La fanfarria con los sones de <em>Hail to the Chief</em> anuncia la llegada al Salón Este de la Casa Blanca del presidente de los Estados Unidos, flanqueado a su derecha por Jorge Mas, dueño del Inter de Miami, y a su izquierda por Lionel Messi, un paso por detrás y con la cabeza gacha [véase la foto que acompaña a este texto]. </p><p>No falta nadie. Tan sólo David Beckham, copropietario y cara bonita del equipo, se ha permitido el lujo de ausentarse. Por ahí rondan Marco Rubio y toda la <em>troupe</em> de Miami, junto al tradicional <strong>coro de palmeros</strong>. Trump comienza su discurso, por llamarlo de alguna manera. Detrás suyo, la plantilla de los campeones. Sin tregua, arranca a hablar de sus “maravillosos socios israelíes”, del “aparato militar más importante del mundo” y de variopintas mutilaciones en Teherán. En segundo plano, más que visible, entrelazadas las manos al frente, Messi baja la vista, mira al vacío. Dicen que no sabe inglés, pero entiende cada una de las palabras de Trump. Algo más que incómodo, frunce el ceño, se balancea. <strong>Leo vuelve a ser el perro en el salpicadero </strong>del coche de mi padre. No puede dejar de estar ahí. Quiere huir, aunque afirma. Trump prosigue su delirio con las bondades de Delcy Rodríguez y las amenazas de invasión a Cuba. Pasan ocho minutos para que el presidente comience a hablar de fútbol, en un batiburrillo donde se confunden el Cosmos de Pelé, su hijo Barron, Cristiano Ronaldo y los Yankees de Nueva York. </p><p>Lo conozco bien y creo que no he visto sufrir tanto a Messi como en esos más de veinte minutos de monólogo interior-exterior de Donald Trump. Mucho más cómodo entre los tacos de Pepe y Sergio Ramos, sin duda. ¿Pudo evitarse estar ahí? Quizá. Siempre se ha dicho que Messi ha logrado <strong>sortear el uso populista de su imagen </strong>por parte de la clase política, desde los años de Barcelona, sobre todo en tiempos del procés, a los vaivenes de Argentina entre Cristina Fernández de Kirchner y Javier Milei. Incluso rechazó la invitación de Joe Biden, en los últimos días de su mandato, para recibir la Medalla de la Libertad, máximo honor civil del país. Pero, esta vez, parece que el futbolista no pudo o no quiso negarse a la cordial invitación. Por un lado, Jorge Mas, el propietario principal de su equipo, pertenece a esa élite de cubanos de Miami, hijos del exilio, que pone ojitos cada vez que Trump menciona la palabra invasión. Y, por otro, en año de Mundial en Estados Unidos, ¿cómo renunciar al piscolabis del anfitrión? Muchos seguidores de Leo se sintieron traicionados, invocaron incluso la coherencia del genuino populista <strong>Diego Armando Maradona</strong>. El propio Messi, se diría que avergonzado, ocultó la visita a la Casa Blanca en sus redes sociales, al contrario de lo que hizo Cristiano Ronaldo sólo unos meses atrás. Ahora bien, no debemos ver el encuentro entre Donald Trump y Lionel Messi como un acto clásico de propaganda, sino como un gesto de paz. Litúrgico, ecuménico y futbolístico.</p><p>Es fácil pensar que el presidente de los Estados Unidos escogió <strong>recibir al mejor futbolista del mundo</strong> en plena escalada bélica. No caigan en el reduccionismo. Lo cierto es que Trump invitó al jugador argentino en su condición de actual Premio FIFA de la Paz. No lean esto como un oxímoron, ni sean malintencionados. En efecto, primer Premio FIFA de la Paz. Un galardón que Donald J. Trump recibió durante el sorteo del Mundial 2026 de manos de su amigo y presidente de la FIFA, Gianni Infantino. La relación entre estos dos personajes haría levantar a Freud y Propp de la tumba. El clásico matón de escuela y su servil lacayo. Un patrón narrativo que nos ayudaron a fijar las películas adolescentes de la década de los 80. A muchos nos resultaba imposible pensar que la FIFA pudiera caer más bajo tras los mandatos del fascista João Havelange y el cleptómano Joseph Blatter, pero el bueno de Gianni lo ha conseguido con creces. Cuando la corrupción casi es inherente a tu cargo, apenas se trataba de aparentar una mínima dignidad. El suizo Infantino llegó a la presidencia de la FIFA en 2016 con una ridícula pátina progresista que en estos diez años se ha disuelto en una ciénaga de autoritarismo, servilismo y modélica ejecución de <em>sportswashing</em>. </p><p><strong>Gianni Infantino ha entregado la FIFA y el Mundial 2026 a Donald Trump</strong> como el más lujoso de sus diamantes. La alianza entre estos dos sujetos ha dado lugar a un gobierno futbolístico al que podríamos dar el nombre de <em><strong>Trumpantinato</strong></em>. Tan ridículo el nombre como los personajes. Dos trileros al mando de un imperio decadente y de una organización sin ánimo de lucro, no es sarcasmo, conformada por 211 federaciones nacionales. El <em>Trumpantinato</em> es entregar plenos poderes a tu colega, consagrar una distopía dorada seguida por miles de millones de personas, vender las entradas más caras de la historia, imponer a Arabia Saudí como sede del Mundial 2034, no imponer jamás sanciones a ese otro amigo común y, en definitiva, compartir unos ingresos que se espera vayan más allá de los diez mil millones de euros. A cambio, entre otras prebendas, el multimillonario compensó a Gianni entregándole <strong>una silla en su llamada Junta de Paz</strong>. ¿Ven como siempre terminamos hablando de paz? Ahí estaba Infantino con una gorra roja de USA, clásico modelo MAGA, como paradigma del tonto útil, sentado justo delante de Javier Milei y Viktor Orbán, lo cual es ser muy tonto y también muy útil.    </p><p>Porque, en efecto, <strong>el fútbol es paz</strong>. Así nos lo demuestra la historia de los mundiales. Un pequeño repaso a un acto tan aparentemente trivial como el discurso de inauguración nos pone sobre la pista. El mejor ejemplo se dio en Argentina en 1978. Durante su proclama, el teniente general <strong>Jorge Rafael Videla</strong>, “Excelentísimo señor presidente de la Nación”, mencionó en cinco ocasiones dicha palabra y puso de relieve “esa paz dentro de cuyo marco el hombre pueda realizarse plenamente como persona con dignidad y en libertad”. Un poco más cerca en el tiempo, pero con un espíritu semejante, <strong>Vladímir Putin</strong> dio arranque al Mundial de 2018 ensalzando la unidad que permite “el fortalecimiento de la paz y el entendimiento entre los pueblos”. </p><p>Las muestras son múltiples, inagotables. De una u otra manera, la paz siempre ha estado ahí. En la Italia de 1934 o en la paloma echada a volar desde el centro del Camp Nou en 1982. Y allí donde la paz no se ha colado en las palabras de bienvenida, ha sido para abrir espacio a otros valores arraigados en la tradición local. En la última Copa del Mundo, en 2022, el emir de Qatar, <strong>Tamim Bin Hamad Al Thani</strong>, animó a dejar de lado las diferencias para “celebrar la diversidad”. ¿Será este Mundial de Estados Unidos, Canadá y México un mundial de paz? No cabe duda. Donald y Gianni se siguen esforzando para que así sea. ¿Cuántas veces pronunciará Trump durante este mes y pico la susodicha palabra? Hagan sus apuestas, deportivas, por supuesto. ¿Con la medalla del premio Nobel de la Paz ya en su poder, compensará el presidente a María Corina con la Bota de Oro del torneo? </p><p>Hasta llegar aquí, hasta este desborde de codicia y estupidez encarnado en la FIFA, el fútbol ha recorrido un largo camino de ida y vuelta. No está de más recordarlo. Sin tener en cuenta sus precedentes, el fútbol nace y se consolida en<strong> tiempos de capitalismo industrial</strong> ligado a la élite de las <em>public schools</em> inglesas. Tras la creación de la primera asociación de fútbol en 1863, no tardará en irrumpir la disputa entre el amateurismo y el profesionalismo. O, lo que es lo mismo, entre quienes podían jugar sin cobrar y quienes necesitaban cobrar para seguir haciéndolo. Este debate precede al desarrollo del<strong> fútbol como fenómeno de masas dentro del capitalismo financiero</strong> en las primeras décadas del siglo XX. Hablamos de su expansión como deporte más popular del planeta, sin más, identificado de manera general con las clases trabajadoras ¿Y dónde nos encontramos ahora? Son muchos los que hablan de un regreso a aquellos primeros años de partidos entre Eton y Winchester, apenas nos toca cambiar el nombre de los <em>college</em> por cualquier fondo de inversión saudí o estadounidense. En tiempos de turbocapitalismo, el fútbol ofrece capital real, simbólico y un constante ejercicio de <em>soft power</em>. Ya no se trata sólo de su uso político, nos hemos acostumbrado también a la futbolización de la política ¿Y dónde queda el aficionado en todo esto? A fin de cuentas, ¿es necesario el aficionado?</p><p>Voy a recurrir al menos futbolero de los escritores argentinos y autor de una de las frases más populistas, en todos los sentidos, de la historia del deporte: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”. La pronunció <strong>Jorge Luis Borges</strong>, capaz de perdonarle todo a su querida Inglaterra menos que hubiera llenado el mundo de “juegos estúpidos”. A pesar de ello, junto a su amigo Adolfo Bioy Casares, escribió un relato de temática futbolística, una parábola incluida en el libro <em>Crónicas de Bustos Domecq</em> (1967). Con el título de <em>Esse est percipi</em>, los autores juegan con la filosofía idealista de Berkeley para llevarnos a un mundo donde los encuentros se dirimen tan sólo en la imaginación de los locutores: “El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el <em>cameraman</em>”. Estadios vacíos, rentabilidad inmediata, hinchas que consumen insaciables un relato tramado de antemano, en definitiva, el sueño húmedo de cualquier propietario actual. El objetivo ya no es que la PlayStation se parezca al fútbol, sino que el fútbol sea una copia certificada de la Play. La pandemia nos mostró que era factible, la conversión del aficionado en cliente evidencia que quizá sólo es una cuestión de tiempo.  </p><p>El próximo Mundial será un evento monstruoso donde por primera vez participarán 48 selecciones. Confieso mi agotamiento ante el exceso. Crecí viendo fútbol como un ritual cíclico, al modo de Mircea Eliade y <em>Estudio Estadio</em>, que se reproducía en determinados días de la semana. Organizo mi memoria por los cuatro años que van de un mundial a otro. <strong>El fútbol ha pasado a jugarse todos los días, a todas horas</strong>. No está permitido el tiempo de la espera, de la expectativa. La voracidad de las élites nos maltrata y expulsa, pero, después de todo, seguimos ahí. No quiero ver a Donald y Gianni juntos de la mano, pero no puedo evitar recordar que ahora Qatar es, para mí, para tantos, el país en el que Messi levantó la Copa del Mundo. Dirán la paz, es obvio. Será obsceno, grotesco y agotador. Quisiera negarme, pero afirmo de nuevo como el perro sobre el salpicadero del coche de mi padre, como Leo en el Salón Este de la Casa Blanca. Veré el Mundial, sí, encadenado a todas las contradicciones del mundo. Buscaré el juego, sea donde sea. No quiero estar ahí, pero estaré. La pandereta sigue sonando.  </p><p><em>*David García Cames es periodista y profesor de Literatura. Autor de ‘La jugada de todos los tiempos’ (2018), ‘Kafka en Maracaná’ (2020) y ‘Gambetas entre un discípulo de Bolaño y un fanático de D10S’ (2023).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 May 2026 18:14:11 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[David García Cames]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol,Estados Unidos]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Con el niño en el diván]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/nino-divan_1_2187383.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f11b743f-824e-494e-aacc-195127d2e86c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Con el niño en el diván"></p><p><em><strong>1. Vestuario</strong></em></p><p>Si dijo Javier Marías que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia, vayamos al origen de la cuestión. No a la recuperación semanal –no el sucedáneo, no el remedo, no el placebo– sino a la infancia. Qué pasó allí. </p><p>Qué traumas. </p><p>Qué sueños. </p><p>Qué emoción. </p><p>Por qué el fútbol una y otra vez. Adorado y después rechazado. Ignorado y luego añorado. Reconstruido desde la razón algo que no escapa al corazón. </p><p>Qué pasó en la infancia. </p><p>Sentémonos en el diván. Juguemos. Pero sin botas ni medias. Juguemos con los pies desnudos. Sintiendo de verdad los pies en el suelo de una vida, la niñez. Oyendo, aislada, esa misma melodía que va y viene y luego se esconde y al cabo vuelve a reaparecer en el ciclo interminablemente finito que es la vida. </p><p>Por qué esa melodía. <strong>Por qué el fútbol</strong>. </p><p>He querido saber, pero no he sabido.</p><p><em><strong>2. Primer tiempo</strong></em></p><p>No tenía por qué haber sucedido así, pero sucedió. </p><p>A mi padre le gustaba la <em>pilota valenciana</em> y el recuerdo de las corridas de toros que habían quedado en su retrovisor de soltero; el fútbol le era ajeno. Con mi madre no iban los deportes. </p><p>Vivíamos en un pueblo pequeño, muy pequeño, de las comarcas centrales valencianas. Al final de los años ochenta lo normal allí era ser del Valencia de Lubo Penev, Quique Sánchez Flores y Ochotorena. Sin embargo, hubo un tío, padrino mío y sin hijos, que nos hizo del Barça a los tres hermanos. Digo nos hizo porque no tengo conciencia de haber decidido al respecto. </p><p>Nada de Kierkegaard y esa angustia que produce el vértigo de la libertad. Nada del miedo –el temor paralizante– que provoca la capacidad absoluta de elegir entre una infinidad de posibilidades. No hubo abismo de sentirse libre y delegar, esclavo, tu destino. Tampoco hubo existencialismo que pesara en demasía sobre los hombros. Simplemente fue eso: que otro decidió por mí sin que yo me enterase de nada. </p><p>De lo que sí tengo conciencia es de las dos monedas de veinte duros. Una para la cocacola; la otra para el paquete de fritos. Porque uno no podía ir solo al bar Fany del Genovés a ver por Canal+ el último partido de Liga, con el sol inundando el Heliodoro Rodríguez de Tenerife, y no consumir nada. Eso no se podía hacer. Y eso me pasó a mí con siete y con ocho años. Dos años seguidos. Dos agónicos finales. Dos épicas improbables. Dos orgasmos sentimentales mucho antes del descubrimiento del amor o del placer onanista. Dos descargas de pasión inolvidables con una cocacola que duraba dos horas y una bolsa de Matutano racionada con austeridad franciscana. </p><p>A esas dos finales, la segunda liga y la tercera del <em>Dream Team</em> de Cruyff, le sucedería la última tabla del tríptico. La central. La del penalti de Djukic. Un monumento a la tragedia. No hubo Fany aquella noche. Vino el tío del Barça con un aparato descodificador del Canal+. Nosotros, familia numerosa, flipábamos. Mi tío lo conectó al televisor. Sacó una llave blanca. Dijo que era la llave de la pasión –sensacional campaña– y la metió en el aparato. El partido comenzó. <strong>Y lo veíamos sin achinar los ojos para descifrar las rayas grises y la nieve que veíamos los pobres con el transistor de fondo</strong>. Qué sensación aquella, la de sentirse rico. Total: que vimos el penalti. Aquel fallo hiperventilado de Djukic nos arrojó como bestias felices que gritaban y movían los brazos en alto contra el televisor. Echamos el aparato por el suelo. La señal se fue. Volvían las rayas y la nieve del toldo verde y la familia numerosa, pero qué más daba. Era el final del partido. El final de la Liga. El Barça había provocado el tercer orgasmo emocional en un momento tan único: los nueve años. Justo la noche del 14 de mayo de 1994. Y ahora, al buscar esa fecha y sentir un chispazo, me he levantado del sillón. Algo ha cruzado mi mente. Un presentimiento. Quizá una parte de la explicación que rebusco en este diván. Y necesitaba comprobarlo. Si hay que cavar hondo, utilicemos las armas investigadoras de la no ficción. Vayamos a los detalles. No inventemos. No improvisemos. No manipulemos en beneficio del relato redondo y coherente. Por suerte, he encontrado esa pegatina que buscaba. </p><p>Dice así: <em>Record de la meua Comunió. Francesc Cerdà i Arroyo. Parròquia Verge dels Dolors. El Genovés, 29 de maig de 1994. </em></p><p>Miradlo. Mirad a aquel niño. Han pasado quince días exactos desde el penalti de Djukic y esa cuarta liga de su Barça. El niño está ebrio de barcelonismo. Todo lo que le importa de la comunión no está en la oblea –¡no la mastiquéis!–, sino en la cama, entre los regalos. Unos días antes, una tía suya de sonrisa ancha y dientes separados le ha preguntado qué regalo quería para la comunión. Él no ha dudado: cuesta mil duros y lo ve cada mediodía en el quiosco del pueblo cuando va a comprarle el periódico a su padre y, en el camino de regreso a casa, en su primer contacto con el periodismo, va hojeando las páginas deportivas. Ese regalo tan anhelado es una caja con la camiseta del Barça. <strong>Lleva el 10 a la espalda y el nombre de Romàrio</strong>. La caja incluye pantalón corto y medias blaugranas. Ahora es suya. Y es alucinante verla sobre la cama. Nunca ha tenido una camiseta del Barça: un lujo para familias acomodadas. Las que van a restaurantes el día de su comunión. Por eso, cuando acabe la comunión y la banda del pueblo lo deje en casa desfilando en el pasacalle que reparte a todos los comuniantes casa por casa, el niño rápidamente se deshará del traje de marinero que le ha prestado un primo suyo y allí, en la habitación que tiene las sábanas del Barça, la colcha del Barça, los pósters del Barça, labufandaylabanderayelbalónfirmadoytodo del Barça, entonces el niño se vestirá del Barça. Parecía una comunión, pero es un bautismo: el ritual de esta liturgia pagana que es el fútbol. La camiseta es un sudario dispuesto para la pasión. Una reliquia de identidad y pertenencia. De identificación con los dioses venerados. Y ese niño ya tiene la suya. Su camiseta-sudario. Así aparece en todas las fotos del día de su comunión: camiseta de Romàrio, pantalón corto, medias blaugrana. He contado alguna vez lo feliz que parecía ese niño de las fotos, por fin con su camiseta del Barça. Pero había un detalle. Un pequeño detalle que engendraría un trauma. El nombre de Romàrio estaba enmarcado. Y las siluetas de Kappa eran triángulos blancos. Aquella camiseta era falsa. </p><p>El niño de las fotos ya nunca —nunca— tendría una camiseta oficial del Barça. Y de mayor, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento de la adultez, aquel niño muerto en un cuerpo de adulto lo sublimaría comprando camisetas históricas. Hungría 54, DDR 74, Francia 84, Argentina 86, Alemania 90, Holanda 74, Holanda 83, Holanda 88, Holanda 2014. Muchas camisetas. Demasiadas, quizás. Pero nunca, jamás, la del Barça. En la carencia estaba la obsesión. Y la gracia. Cómo manchar el inalcanzable recuerdo de lo que pudo haber sido. </p><p>No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Sabina, sí. Y una camiseta auténtica para un niño enamorado del Barça que un día, a los doce años, se marchó para siempre y solo dejó unas huellas, el aura, algo parecido a un cerco.</p><p><em><strong>3. Segundo tiempo</strong></em></p><p>De niño me encantaban los cromos. Eso sí: nunca completé ninguna colección. Aún guardo los álbumes y una caja de puros con muchos cromos sueltos de los años noventa. A veces los regalo. A Javier Cercas le regalé el de Julio Salinas: otro heterodoxo, como él, nacido en el 62, como él, y criado en un lugar humilde antes de llegar a Catalunya, como él, y explotar a finales de siglo, como él. El caso es que los cromos me han hechizado desde los cinco años y aquel verano con el Mundial de Italia 90. No hay magdalena proustiana que iguale el olor a paquete nuevo de Panini. </p><p>Igual que la pasión por el fútbol fue sustituida por la del baloncesto, y luego por la <em>pilota valenciana</em>, y luego por el olimpismo, y después por la literatura deportiva de ciclismo, boxeo o montañismo, la pasión por los cromos de fútbol desapareció. O eso parecía. Porque la melodía, el maldito fútbol y sus aledaños, siempre vuelve cuando menos la esperas. </p><p>Hubo un Mundial –el anterior– en el que algo extraño ocurrió. <strong>Me obsesioné con los cromos</strong>. ¿Por qué? Lo veremos al dejar el diván. El caso es que me obsesioné. Los miraba compulsivamente. En Ebay, en Wallapop, en Todocolección. Pasaba la medianoche y ahí estaba yo: solo en el sofá mirando fotos de cromos. De cromos antiguos, claro. Un remedo o placebo, en cierto modo, con el que huir del asqueroso, hipercapitalista y desmemoriado fútbol contemporáneo. Y no sabría decir cómo, pero brotó una idea bizarra. Soñé con reunir los cromos de todas las selecciones campeonas de los mundiales de fútbol desde que Panini inició la serie. Eran 14 mundiales: desde México 70 hasta Qatar 22. Unos 250 cromos. Y me puse manos a la obra. A perseguir cromo a cromo. </p><p>Una noche me acostaba tarde rastreando el cromo de Romario en el Mundial del 94. Otro día ganaba una subasta por el cromo de Mbappé en el Mundial de Rusia. Así empecé a recibir sobres llegados de Francia, de Italia, de Alemania y de muchos rincones de España. Ahí estaban Pelé, Cruyff, Kempes, Rossi. Ahí estaban, congelados en el tiempo, Maradona, Klinsmann, Zidane, Iniesta. </p><p>La búsqueda era apasionante. Escrutaba las fotos. Inspeccionaba las imágenes. Quería que los cromos no tuvieran esquinas dañadas. Nada de cromos recortados. Los quería intactos. Relucientes. Como si el tiempo se hubiera detenido para ese cromo y su comprador.</p><p>Cuando me di cuenta ya solo me quedaba uno para completar la colección. Un solo cromo: el escudo de Francia 98. ¿Es mucho gastar 20 euros en un cromo? ¿Tiene precio, o lógica, una ilusión? El caso, claro, es que lo compré. Y entonces sucedió algo raro. Digno de diván. Cuando llegó de Italia el sobre con el último cromo, de repente me di cuenta de que aquello era el fin. Ningún cromo, ninguna colección completa, iba a igualar la pasión sostenida que había movido la búsqueda de aquellas 250 pegatinas. </p><p>Hoy abro mi álbum de tapas azules. Hay un hueco en el mundial del 98. Y al final de todo, un sobre postal con siete sellos italianos. Aún continúa sin abrir. Tal vez porque encierra aquello que un día fue y luego se fue. Lo que uno tiene miedo de abrir y no encontrar. ¿La infancia? No exactamente. </p><p><em><strong>4. Tiempo de descuento</strong></em></p><p>Uno sueña con ser futbolista. Uno sueña con jugar en la selección. Uno sueña con marcar un gol decisivo. Uno sueña caminos de la tarde con el <em>Carrusel</em> de fondo. Uno, de repente, deja de soñar y en el corazón queda la espina de una pasión. Ya la tarde cayendo estaba. Pero la hora de aquel sueño llegó. </p><p>Un día me convocaron a la Selección española de escritores. Se disputaba en Berlín la primera Eurocopa de escritores. Ocho países con sus novelistas, poetas y ensayistas pugnando sobre el césped por una copa. Y tú allí, veinte años después de haber jugado tu último partido de fútbol. Tú allí, con la camiseta —la camiseta oficial de España— que lleva el escudo y la estrella de campeona mundial. Tú allí, sobre el césped. Con el número 4. Con toda la épica leída, vivida y soñada, compitiendo en el cerebro contra el miedo a hacer el ridículo y el temor a lesionarte en el calentamiento y que eso impida el ansiado debú.</p><p>El equipo –La Cervantina– pasa de ronda, supera los cuartos y, en el partido de semifinales contra Francia, un balón llega al área y tú rematas con el muslo. El balón entra. Es gol. <strong>Has metido a España en la final de la Eurocopa</strong>. El muslo de dios. Corres por todo el campo con los brazos abiertos y mirando al cielo, como Tardelli en la final del Mundial 82. Es inexplicable la alegría. Un éxtasis puro. Sin sombra ni noche. Todo luz. </p><p>Contaban los místicos, sobre el arrobamiento, que era un trance extraordinario de unión profunda con dios. Un instante que mantenía el alma suspendida. Un momento de paz y revelación. </p><p>Quita dios. Pon niño. Mejor: pon despreocupación. </p><p>Creo que eso era el fútbol en el Fany, con la cocacola caliente y unos dedos sabor a barbacoa. Creo que eso ansía el adulto que rastrea cromos de madrugada y compra camisetas históricas con la ilusión menguada. Creo que eso es el fútbol: el regreso imposible a la despreocupación.</p><p><em>*Paco Cerdà es periodista y escritor. Su último libro es ‘Presentes’, Premio Nacional de Narrativa. Escribe en ‘El País’.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 May 2026 04:01:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Paco Cerdà]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Con el niño en el diván]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Un refugio cuando dan agua]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/refugio-dan-agua_1_2186153.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0683438e-58f7-45e1-9761-179edb754e33_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un refugio cuando dan agua"></p><p><strong>Esa tarde daban</strong> <strong>agua, </strong>así que todas las pistas cubiertas estaban reservadas. Lo sensato habría sido desconvocar el partido de pádel, pero acabamos en uno de esos cubículos de cristal, como peces en deportivas, mirando al cielo del Sardinero. En Santander, la previsión del tiempo es una ciencia tan exacta como ver el futuro en las témporas, y si de repente cambia el viento, cambian también las nubes y hasta el color del cielo. Cuando alguien lanzó la primera bola, eso fue lo que pasó; con la puesta de sol, la tormenta se disipó tras una luz anaranjada. Poco después, empezaron a sonar los cánticos. </p><p>El estadio del Racing está a unos cien metros del centro deportivo. Habíamos sufrido el atasco y la imposibilidad de aparcar en una zona de la ciudad donde un día normal solo se escuchan las olas. <strong>Cuando hay partido, es como si subiera la marea y todo se junta: coches, peñas, pancartas, bufandas, banderas, incluso alguna bengala</strong>. A un lado de la pista donde peloteábamos, veíamos el gimnasio con gente en chándal haciendo sentadillas búlgaras o subidos a la elíptica, y al otro lado, el estadio con veinte mil gargantas entonando a la vez lo mismo; el <em>speaker </em>decía la alineación por megafonía y, a cada nombre del jugador, sonaba la ovación consiguiente. La emoción era pegajosa y empezamos a golpear la pelota como si supiéramos hacer una derecha cortada, como si fuéramos flexibles; aplaudimos también algunos nombres, vitoreamos. Esa tarde que iba a llover, todos habíamos salido de casa convocados por lo mismo, sin embargo, las voces del estadio transformaron el propósito del deporte en otra cosa. </p><p>¿Cómo afecta el fútbol a nuestro día a día? ¿En qué momento ha pasado de ser un entretenimiento a convertirse en una forma de pertenencia del lugar que habitamos? Lo que sucede con la afición del Racing de Santander no es una excepción, sino un ejemplo de un fenómeno global que afecta de manera concreta a cada población. No hay dos aficiones iguales, cada equipo tiene una historia singular escrita en la vitrina de sus éxitos y derrotas, y ahí, en esa singularidad, está su mayor fortaleza: aunque gol se cante igual en todos los idiomas y se celebre con la misma voracidad en los abrazos,<strong> cada equipo de fútbol es un ecosistema genuino</strong>.  </p><p>El deporte se alinea con valores como el esfuerzo, el compromiso, la superación; además, el cuidado del cuerpo se ha convertido en otra religión de nuestro siglo. Pero a estas alturas, el deporte ya no es solo un juego. Las grandes citas olímpicas se van convirtiendo cada ciclo en un reclamo de audiencias planetarias, como sucedió en los Juegos de Londres, que marcaron en 2016 el antes y el después de los espectadores conectados a las proezas de cada disciplina. Sin embargo, el fútbol y su negocio, que <em>a priori </em>poco tiene que ver con los ideales que impulsó Pierre de Coubertin, <strong>es la espina dorsal de un cuerpo social forjado en bares de barrio y carnets numerados de socios</strong>, en locales de peñas y en los cajones donde se guardan las bufandas heredadas del abuelo o de tu padre, para sacar cada domingo y seguir fabricando recuerdos juntos. </p><p>La filiación emocional al fútbol es hoy en día una forma de ser y participar del lugar en el que vives, y eso, además de una lucrativa ingeniería de <em>márketing</em>, está reformulando la idea de comunidad y transformando qué se entiende por un estadio y las actividades que a su alrededor se generan; desde festivales de literatura, cine y eventos solidarios, de inclusión o vinculados con el tercer sector, a conciertos multitudinarios o incluso centros dedicados a la investigación científica como el Innovation Hub del Barça. </p><p>Te guste o no el fútbol, <strong>lo que le sucede al equipo de tu ciudad, te sucede a ti tambié</strong>n. Y eso que el fútbol tiene mucho en contra. A pesar de la tendencia a romantizar este deporte, maneja cifras de negocio insultantes, alberga en sus gradas la actitud beligerante y retrógrada de ciertos grupos amparados por la pasión –y no solo en las hinchadas, sino en las gradas familiares de categorías inferiores–, idolatra personajes cuyo valor reside en ser habilidosos y, por tanto, su aportación a la sociedad es meramente estética; si a esto le sumas la saturación mediática que conlleva, al fútbol le deberían de sobrar varias escarapelas. Pero nada más lejos.</p><p><strong>Entre poetas y brechas</strong></p><p>“Decir que pagaron para ver a veintidós mercenarios dar patadas a un balón es como decir que un violín es madera y tripa”. Y no le faltaba razón al escritor británico John Boynton Priestley, a quien se le atribuye esta frase, a la vista de la narrativa emocional que está emergiendo desde los estadios hasta la calle de muchas ciudades del mundo. Porque el fútbol, con su aparente sencillez en forma y fondo, con su violencia y su griterío, su fuera de juego y sus tacos abriendo la frente de alguna cabeza, está devolviéndonos a <strong>un territorio social donde lo colectivo y lo comunitario han encontrado un refugio</strong>.</p><p>En un momento en el que la polarización es máxima, y que el algoritmo, las redes y algunos medios nos dan razones para separarnos o incluso odiarnos, <strong>el fútbol congrega en una misma bancada a aficionados de todos los estratos sociales, económicos e ideológicos</strong>, y esa transversalidad, tal y como están las cosas, es lo más parecido a un milagro. “En el fútbol, como en pocas cosas, los desconocidos se reconocen”, dice el escritor Eduardo Galeano. Y es verdad, en un estadio te encuentras con un fenómeno tribal, tan burdo y apasionante, tan rico y a la vez prosaico, que cabe preguntarse si en el fondo no estamos obviando algo crucial cuando nos ponemos de pie y cantamos el gol, abrazados a extraños, como si fuera un exorcismo colectivo. </p><p>¿Qué tiene el fútbol para generar estas afinidades? El periodismo, el cine y la literatura han ahondado en este misterio. De hecho, uno de los poemas más citados para quitar tosquedad y mugre al fútbol es la <em>Oda a Platko</em>, de Rafael Alberti. Lo escribió en el antiguo estadio del Sardinero, que estaba a escasos metros de donde estamos jugando con una pelota al pádel. En el fondo, eso es lo que hacía Alberti cuando lo escribió tras ver el partido entre el Barcelona y la Real Sociedad en 1928: jugar, como han hecho también después con sus textos Vila-Matas, Nick Hornby, Juan Villoro, Fontanarrosa, Albert Camus, y tantos otros; teclear como si fuera posible desvelar ese recóndito azar que hace entrar el balón y ganar el partido. O perderlo. O remontar lo inimaginado. Sin embargo, algo está cambiando. Mientras el relato del fútbol emérito se ha sostenido sobre los hombros de gigantes literarios, ahora son los aficionados con sus móviles y sus pulgares los que también escriben odas sobre las proezas cotidianas. El relato es de cada uno y lo comparte con una audiencia que suma <em>likes</em> y experiencias más allá de los 90 minutos, con la fe en que su mirada construya, narre y sume costuras a esas banderas que son algo más que un emblema deportivo.  </p><p>En 2005, Manuel Vázquez Montalbán publicó el ensayo <em>Fútbol. Una religión en busca de un Dios</em> en el que decía que los deportes se han convertido en un fenómeno de masas “porque han tenido divinidades prodigiosas capaces de convertirse en mitos contemporáneos”. Y añadía: “Los jugadores ya no son sacerdotes fundamentales, como tampoco los feligreses son los dueños de la iglesia: la llenan, pero el poder condicionante del dinero pasa por las exclusivas de televisión y la publicidad, esperamos un diseño en el que la emoción de la comunión de los santos será cada vez más teleconducida”. Veinte años después, la realidad ha tomado otro camino. Si de un lado se mantiene la advertencia del escritor catalán, como se ha visto con la celebración de la Supercopa de España en Arabia Saudí o el Mundial de Qatar, <strong>hay otro fútbol que reivindica su sentido familiar, un fútbol del tamaño de un cromo de Panini</strong>, de grada y apellido. Y cuando eso pasa, la pelota se convierte en una especie de metrónomo. </p><p><strong>Estribillo por la banda</strong></p><p>Las luces del gimnasio que tenemos al lado proyectan una claridad que vuelve nuestra pista de pádel más oscura; nos llega enlatada la música de dentro, la reverberación de los bajos que pretenden impulsar las repeticiones con las mancuernas. En el estadio, sin embargo, no hay sombra que valga cuando empiezan a cantar la <em>Fuente de Cacho</em>, una canción tradicional de la región que se ha convertido en himno del Racing. Detenemos el juego y con la pelota en la mano empezamos a cantar contagiados por lo mismo. En el cielo del estadio, las cuatro torres de luz son cañones que iluminan un escenario.  </p><p>A pesar de que la literatura se ha encargado de dotar de una lógica intelectual este fanatismo caudaloso, lo cierto es que cuando uno escucha lo que sube al cielo desde las gradas es posible creer que<strong> el fútbol es una forma colectiva de conectar</strong>, como sucede por ejemplo al escuchar música en directo: hay quien encuentra en la <em>Quinta Sinfonía</em> de Mahler el paraíso de su bienestar, el espejo que refleja su identidad y su aspiraciones; y lo mismo sucede en un concierto de Rosalía, donde la potencia vocal y sonora del espectáculo genera una experiencia física –y hasta onírica, para algunos–. Frente al monopolio de lo virtual, ¿acaso no tienen en común ambas experiencias el hecho de estar compartidas con las personas que lo están viendo y viviendo a la vez? </p><p>La hora de pista se acaba. Aliviados porque no ha llovido, recogemos las pelotas y guardamos las raquetas. La mía era prestada y no he vuelto a jugar al pádel, sin embargo, las voces que cantaban y animaban el partido eran el síntoma de un compromiso más allá de un plan puntual: me pregunto qué empuja a un individuo a formar parte de un grupo gregario, a compartir colores y formas de expresión día tras día, un lenguaje que lo define por encima de su propia individualidad. <strong>El sociólogo Pierre Bourdieu dice que no hay nada más social que el deporte. Y a la vista de las cifras, el fútbol va a la cabeza</strong>. Según los datos del Consejo Superior de Deportes, en 1992 –fecha de los Juegos Olímpicos en Barcelona, que cambiaron nuestra relación con el deporte en materia de inversión y profesionalización– en España había 429.040 licencias federativas de fútbol: en 2024, esa cifra se había triplicado hasta sumar 1.260.556 permisos. </p><p>Para el periodista Simon Kuper, el fútbol es una forma de contar historias sobre nosotros mismos, ¿pero qué dice de nosotros este relato ahora mismo? En una entrevista en la Fundación Botín, el máximo accionista del Racing, el matemático Sebastián Ceria, decía que el fútbol es uno de esos pocos lugares donde todavía se puede pensar en una idea de comunidad porque es una pasión que despierta un sentimiento de pertenencia: “En un mundo lleno de grietas y divisiones, en el que se trabajan los odios y las cosas que nos separan, <strong>el fútbol trabaja las cosas que nos unen</strong>, y ante la crisis de representación que sufre la sociedad contemporánea, hay que buscar lugares alternativos”. Y ese lugar, entre lo emocional y lo gregario, entre lo heredado y lo conquistado, es el estadio de fútbol. </p><p>Al lado del centro deportivo hay un bar donde todas las cabezas miran al televisor, que proyecta el partido que se está jugando a escasos metros. Si ganan, saben que la caja será mayor. La cocina está preparada para lo que viene después, porque hasta eso, hasta los platos y los turnos se adecuan al pitido final. </p><p><strong>Benedetti decía que un estadio de fútbol vacío es un esqueleto de multitud</strong>. Las bufandas ahora sirven para tapar las gargantas, los coches abandonan el recinto en un lento discurrir y se vuelven a escuchar las olas en esa zona de la ciudad. Los focos del estadio aún están encendidos, pero en el cielo que alumbran no hay nubes. Y eso que daban agua. </p><p><em>*Marta San Miguel es periodista y escritora. Autora de la novela ‘Antes del salto’ (Libros del Asteroide, 2022).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 May 2026 04:00:37 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta San Miguel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Un refugio cuando dan agua]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Una mirada daltónica al mundo del fútbol: pensar en verde]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/mirada-daltonica-mundo-futbol-pensar-verde_1_2185853.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ffa4ceab-9134-48a1-afca-b2c4f2bf6e39_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una mirada daltónica al mundo del fútbol: pensar en verde"></p><p><em>Balones dentro. </em>Con una autoestima futbolística sin precedentes, Dylan Thomas dijo: “La pelota que lancé cuando era niño, todavía no ha tocado tierra”. Pues ya os digo que la mía ni siquiera fue lanzada. Y es que, cuando era niño,<strong> mi padre decretó que el fútbol era el opio del pueblo, y también un placer pequeñoburgués</strong> (nunca me quedó claro cuál de las dos cosas era). Y, aunque yo siempre fui de tocar las pelotas, en aquel momento desaproveché la ocasión de hacerme futbolero. Craso error. Porque muchos años después de que mi padre no me llevase a conocer… el fútbol, cada fin de semana, él, mi suegro, mi cuñado, un sobrino y mi hijo mayor (<em>tu quoque!</em>) ven el partido juntos como un pelotón de fusilamiento. Tanto es así que, durante mis primeros cien años de soledad futbolística, no vi ni un solo partido entero y, durante el milenio que duró mi <em>cursus horrorum </em>en el precariato universitario, lo único que me interesaba de los partidos era quién era titular y quién no. Pero nunca es tarde. Porque la vida es un partido infinito, cuya prórroga está en todas partes, y el final en ninguna. De ahí estas páginas con sabor a partido de vuelta. </p><p>Valga como saque inicial la creencia de que un poco de distancia siempre es buena para pensar acerca de cualquier tema. Eso es lo que significa, después de todo,<em> theoria</em>. No puede ser casualidad que la mayoría de los filósofos y escritores que han hablado sobre fútbol jugasen como porteros. Pienso en Camus, en Derrida, en Barnes y en Nabokov, quien, en un arranque, quizás desesperado, de automitificación, llegó a decir que <strong>el portero “es el águila solitaria, el hombre del misterio, la muralla última”</strong>… Recogiendo mi autopase, diré que la mirada distanciada del lateral, del defensa, del portero, e incluso del desterrado, o desterrenado, como yo, se parece mucho más de lo que puede parecer a primera vista (claro, están tan lejos), a la mirada filosófica. Ya en la <em>Ilíada</em> Homero presentó a los dioses observando las vicisitudes humanas de un modo no muy diferente a como los humanos siguen un partido de fútbol. Digamos que <em>sine ira et stadio (sic)</em>. Y Epicteto presentó al filósofo como un espectador de espectadores, que no contempla la arena del circo, sino las gradas en las que él mismo se halla sentado. </p><p>Pero, como la filosofía nunca fue una actividad fundamentalmente teórica, sino práctica, una filosofía del fútbol no puede limitarse a ser una teoría del fútbol, esto es, un modo de verlas venir (una <em>futbalística</em>), sino que debe ser, tal y como le dice el maestro de filosofía al señor Jourdain, en <em>El burgués gentilhombre</em>, de Molière: “Un modo de recibir las cosas”. Esto es, un modo de controlar el balón de las circunstancias. Idea que Albert Camus recibe y controla en el citadérrimo artículo “Lo que le debo al fútbol”, publicado en <em>France Football</em>, en 1957, donde dispara: “<strong>Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga</strong>”.</p><p>Los Monthy Python captaron bien el extríngulis práctico de la filosofía futbolística cuando, en el cuadro de los Juegos Olímpicos de la XXª olimpiada en Múnich, <strong>organizaron un partido entre un equipo de filósofos alemanes y otro de filósofos griegos</strong>. Tras los primeros 88 minutos, que todos los filósofos habían dilapidado absortos en sus reflexiones, sin hacerle ningún caso a la pelota, Karl Marx saltará al terreno de juego, marcando, de este modo, el paso de la comprensión del mundo a su transformación, tal y como él mismo postuló en la undécima tesis sobre Feuerbach. Si bien, en el minuto 89, Arquímedes despertará al equipo griego gritando “¡<em>Eureka</em>!”, después de haber comprendido que, en vez de vagar por el campo, perdidos en solitarias especulaciones metafísicas, los jugadores pueden hacer algo con el balón. El partido se anima entonces, de golpe, nunca mejor dicho, y el equipo griego acaba marcando el gol definitivo del único modo en que este podía ser marcado, esto es, de cabeza. <strong>Titular: “El fútbol sin filosofía es ciego, y la filosofía sin fútbol, coja”</strong>.</p><p><em>El toque de Sísifo.</em> Volvamos a Albert Camus. Pero no ya al artículo “Lo que le debo al fútbol”, que no da para mucho más, sino a uno de sus libros fundamentales, como es <em>El mito de Sísifo</em>. ¿Acaso soy el único que ve en la roca esférica, una pelota; en la cumbre, una portería; en la subida, el ataque; en la bajada, el contraataque; y en la sucesión de subidas y bajadas, el ir y venir de un partido de fútbol? Más allá del parecido formal, existe un parecido existencial, pues <strong>tanto el fútbol como Sísifo se enfrentan, en el fondo, o en la cumbre, pues nunca se sabe en su caso, al mismo rival: el absurdo</strong>. </p><p>De hecho, parece que sea el mismo Pascal quien le haya dado la idea a Camus, al afirmar, en sus <em>Pensamientos</em>, que “corremos sin pensar hacia el precipicio después de haber puesto alguna cosa ante nosotros que nos impida verlo”. Pues, ¿qué hace la pelota de fútbol si no protegernos del absurdo que nos ronda los domingos por la tarde, cuando se paran máquinas, e intuimos el carácter fútil de la vida? <strong>Es justamente en esos melancólicos momentos, cuando el deporte rey instaura su propio reino de sentido</strong>, y la futilidad se transforma en <em>footilidad</em>. </p><p>Pero ¿cuál es el origen de esta transubstanciación milagrosa? Aunque creo, con John Keats, que no es posible destejer el arcoíris, arriesgaré tres explicaciones. Primero, en tanto que juego, <strong>el fútbol tiene la habilidad de crear un espacio, un tiempo y un sentido propios</strong>, capaces de imponerse al sentido cotidiano, que, en tantas ocasiones, experimentamos como absurdo. Basta colocar estratégicamente un par de chaquetas en el suelo, y hacer una bola de papel de plata, para que un descampado polvoriento (por ejemplo, en Argelia), en el que unos niños se aburren a muerte (entre los que se halla, por ejemplo, un joven Albert Camus), se convierta, como por arte de magia, en un espacio pleno de sentido. Creo que esa confianza en la capacidad del ser humano para electrizar y significar un mundo absurdo, sin apelar a ningún tipo de instancia trascendente (ya sean dioses o ideas platónicas), sino por un mero acto de voluntad, individual y colectiva, es lo que Camus –ahora sí– le debe realmente al fútbol. Como diría Nietzsche: “O fútbol o nihilismo”. </p><p>La segunda explicación del milagro reside, cómo no, en la palabra. Esto es, en el <em>logos</em> o el verbo del fútbol. Porque, aunque, en tanto que juego, este sea capaz de generar sentido por sí mismo, <strong>necesita de la palabra para ser algo más que un simple juego </strong>(y lo digo con todo el respeto del mundo por los juegos). Y es que la palabra lo dota de sentido (hasta el punto de que algunos exégetas futbolísticos, hipnotizados por sus propias elucubraciones, pueden llegar a olvidarse del partido); de permanencia (pues la rememoración de los goles, las temporadas, las anécdotas o las estadísticas, en eso que llaman “el tercer tiempo”, permite que el partido se extienda más allá de sus límites); y de trascendencia (porque, gracias a la palabra, podemos dotarlo de un significado más profundo, existencial o filosófico, que es lo que, más o menos, estamos intentando hacer aquí).</p><p>Tercero, en virtud del paso del paradigma religioso-dinástico (en el que cada unidad política se definía por su fidelidad a una religión y a un rey) al paradigma nacional (en el que la cohesión social ya no podía ser garantizada por la unidad religiosa, que había desaparecido tras el cisma religioso, sino por el culto a un pueblo supuestamente homogéneo, para el que, digamos: “París bien vale una misa”), se produjo un trasvase simbólico desde el ámbito religioso al político. En un proceso que muchos se precipitaron a tildar de “secularizador”, cuando se trataba, esta vez sí, de una verdadera resurrección: los himnos religiosos se transformaron en himnos nacionales; los mártires, en próceres; las insignias, en banderas; los sacerdotes, en filólogos; y los rituales, en esas tradiciones inventadas en serie, ya en el siglo XIX, tal y como nos enseñó Hobsbawm. Pues, entre las muchas expresiones pseudo o más bien neorreligiosas que surgieron en esta época, se halla, claro está, el deporte. Sin duda (o con fe), <strong>no es casual que un partido de fútbol sea una especie de eucaristía laica</strong>, en la que una comunidad se reúne a comer y a beber ante un objeto a veces blanco y redondo, que es transubstanciado por el ritual del juego en el cuerpo místico del gol que quita el pecado del mundo, que es el absurdo. </p><p><em>Punto pelota.</em> <strong>Pero el fútbol no sólo nos protege frente al absurdo, sino también frente a la incertidumbre, o la incerteza, que nunca he sabido cómo debe decirse</strong>. Pues, ¿quién no llega al sábado agotado por el hecho de haberse pasado la semana teniendo que tomar mil decisiones inciertas basándose en cantidades inasumibles de información contradictoria? Entonces llega el partido del <em>sabbat</em>, que supone una deliciosa simplificación, en virtud de la cual la madeja multifactorial de lo real queda reducida a un rectángulo unánimemente verde y deliciosamente compartimentado sobre el que progresan en perfecta armonía una veintena de puntitos que giran alrededor de una esfera, que hace las veces de sol.</p><p>Pero en el fútbol las cosas no son sólo sencillas, sino también evidentes. Pues, durante el partido, el ciudadano de ese ágora simplificada y electrizada que es el estadio, el bar o el comedor, puede ejercer un dogmatismo compensatorio, que le permite descansar de las desgastantes inseguridades que lo trabajan durante el resto de la semana. De ahí que, para muchos, <strong>el partido sea el paraíso de su cuñado interior</strong>, gracias al cual pueden disfrutar de la agradable <em>ersatz</em> de seguridad que le ofrecen las afirmaciones rotundas, las frases repetidas <em>in crescendo</em>, los golpes en la mesa, los chasqueos despreciativos, las ráfagas de órdenes dirigidas a los jugadores, los silbidos y los gritos. Además, el fútbol genera a su alrededor una atmósfera de erudición, en la que las fechas, estadísticas, nombres, anécdotas, declaraciones y tecnicismos producen una agradable sensación de conocimiento y de control, que trasciende el ámbito meramente deportivo. No, no puede ser casual que una de las muletillas típicas del dogmatismo sea: “Y punto pelota”. Y punto pelota. </p><p>Por si esto no fuese suficiente, el fútbol nos anima a suspender nuestras propias capacidades críticas. No importa que el árbitro lo haya visto, no importa que todo el mundo lo haya visto, no importa siquiera que uno mismo lo haya visto. <strong>Los sentidos y la razón nada pueden contra el sentimiento futbolístico</strong>. Somos libres de construir una realidad a nuestra medida, y de clamar al cielo si la realidad la contradice. Se trata de una pequeña psicosis pasajera, tan gratificante como, quizás, necesaria. Un poco como el hombre que fue al psiquiatra porque cada noche soñaba con hormigas que jugaban al fútbol y, cuando el psiquiatra le recetó unas pastillas que debían acabar con esos sueños, exclamó: “¡Sí, hombre, ahora que se acerca la final!”. Al fin y al cabo, los 9.990 minutos restantes de la semana, es la realidad la que siempre lleva la razón.</p><p><em>1 X 2.</em> Pero a veces lo que necesitamos no es sentirnos totalmente seguros frente el mundo, sino relativamente liberados de la obligación de comprenderlo y controlarlo. Lo que necesitamos, en fin, es un cierto abandono cognoscitivo, o qué sé yo. Pues, cuando decimos que “el fútbol es así” (de claras resonancias bíblicas, <em>yah vé usté</em>), estamos reconociendo su carácter incognoscible, ante el cual no podemos hacer más que acatar la realidad, como el santo Job, o suspender el juicio, como el sabio Pirrón. <em>¿E po’ khé?</em> Porque, cuando renunciamos a saber, y aceptamos las cosas tal y como vienen, que es como viene la pelota, tal y como notó Camus, <strong>toda aquella energía que solemos gastar en tratar de predecir y controlar el mundo queda liberada para que podamos dedicarla a asentir y a disfrutar el momento presente</strong>. </p><p>Que es lo que sucede, precisamente, durante los 90 minutos que dura un partido, en los que la concentración en el instante, el aislamiento lúdico y la sumisión al azar nos permiten suspender todas aquellas desaforadas preguntas con las que solemos amargarnos la vida: “¿Quién soy?” “¿Cuánto valgo?” “¿Realmente me quieren?” “¿Tiene sentido lo que hago?”. Como dijo Oliverio Girondo: “La variedad de cicuta con la que se envenenó Sócrates se llamaba <em>Conócete a ti mismo</em>”. En el fútbol, en cambio, la concentración extrema de los jugadores o la entrega pasiva de los espectadores propicia una ligereza cognoscitiva enormemente placentera. ¿Por qué? Ya veis lo difícil que es resistirse a la tentación de comprender…</p><p>Según Roger Caillois, todos los juegos participan en mayor o menor medida de cuatro factores: el azar o <em>alea</em>, la competición o <em>agon</em>, el vértigo o <em>ilinx</em> y la imitación o <em>mimesis</em>. Cada juego respondería a una combinatoria particular y cambiante de estos cuatro elementos. Pues, en lo que respecta al fútbol, el azar cumple un papel fundamental. Apostaría que todos los partidos se inician con el ritual de lanzar una moneda al aire para recordarnos que, a pesar de la habilidad, la fuerza y la resistencia, que van a entrar en juego,<strong> todo va a estar condicionado por el azar</strong>. Al fin y al cabo, cuando se está absolutamente seguro de que uno de los dos contrincantes va a ganar, cuando no existe ni la más mínima posibilidad de que David le gane a Goliat, entonces no hay juego, sino ejecución, lo cual ya es otro género de espectáculo. Por eso gustan tanto los partidos de Copa del Rey, donde los equipos pequeños tienen la oportunidad de enfrentarse y de ganar a los equipos grandes. Algo semejante sucede con la imprevisible dialéctica que existe entre la primera y la segunda parte de los partidos. <strong>Pues una buena primera parte no asegura una buena segunda parte</strong>. Ni una mala primera parte impide que el equipo pueda reaccionar. Todo es desconexión, incongruencia e impredictibilidad. Parece que no haya relación de causa y efecto. (<em>Humm</em>, oigo que dice Hume con escepticismo.) Por no hablar del balón, que entra un poco cuando quiere, pudiendo llegar a ser un símbolo del azar trágico en una película como <em>Match Point</em>, de Woody Allen, aunque sea en forma de pelota de tenis. ¿A alguien le extraña que una pelota de caucho simbolizase el cosmos en el juego ritual maya del <em>pot-a-tok</em>? Pero, como decimos en Cataluña, <em>poc a poc</em>. </p><p><em>Drink team.</em> Pero el fútbol no sólo pone en juego nuestras formas de conocimiento, sino también nuestras formas de relacionarnos con la realidad. Para empezar, <strong>todo partido es una especie de derby entre las dos grandes fuerzas que estructuran la realidad</strong>. De un lado están las fuerzas cósmicas, apolíneas u olímpicas, que definen y contienen, como las líneas que delimitan el campo, las reglas que ordenan el juego y el árbitro, que, vestido de negro, como un juez o un cura, vela por su cumplimiento; por no hablar del esfuerzo deportivo, dietético o psicológico que los jugadores deben realizar. </p><p>Del otro lado, están las fuerzas caóticas, dionisíacas o tartáricas, que disuelven y liberan, como son las pulsiones y compulsiones físicas o psicológicas que cada jugador debe aprender a controlar; <strong>la liberación de las pasiones reprimidas durante toda la semana, que se desborda en insultos</strong>, exclamaciones, llantos, aplausos, risas o golpes; el regreso al estadio preverbal del grito y el cántico desarticulado; o la embriagadora promiscuidad de los cuerpos, los olores, las formas y los ruidos, que transforman cada mónada individual en una de las múltiples gotas que constituyen la (nunca mejor dicho) ola humana que los arrastra. Y aunque el espectador televisivo no es poseído por la omnipresencia sublime de la masa, sí que dispone en el bar o en la casa de un ambiente relajado en el que la compañía festiva, las cervezas, los gritos, los saltos, los abrazos, y el hipnótico ir y venir de los ataques y contraataques, también le permiten liberarse, por un momento feliz, de todas las restricciones que normalmente lo atenazan. </p><p>A la vez, casi ningún encuentro acaba en pelea o en orgía, como habría deseado Dioniso. <strong>Porque, en el fondo, todo está bajo control</strong>. Como en las tragedias griegas, lo apolíneo y lo dionisíaco se complementan estupendamente como una silla de montar sobre una vaca suiza. Lo que importa es que, tras la catarsis futbolística (¿nos estará permitido soñar una tercera parte de la <em>Poética</em> de Aristóteles, dedicada al deporte, y una última novela inédita de Umberto Eco, titulada <em>El nombre del césped</em>?), <strong>todos pueden abandonar el campo, y regresar, reconciliados, al banquillo de la normalidad</strong>, donde pronto echarán de menos poder volver a tirar al campo. </p><p>Todos estamos atravesados por dicha escisión. Pero no en la misma medida. Por eso podemos distinguir, tal y como hace Fernando Iwasaki, en <em>Del sentimiento trágico de la liga </em>(2019), entre jugadores apolíneos y jugadores dionisíacos. Los primeros juegan siempre para ganar, como Oliver y Benji. Por eso no les gusta arriesgar la jugada genial y peligrosa. Los segundos, en cambio, lo hacen para divertirse, y el espíritu creativo, riesgoso y gratuito del juego predomina sobre el de la producción. No tienen miedo a experimentar y a fallar, porque la esperanza de una jugada admirable vale más que la seguridad de un resultado mediocre, o medio gris. Son artistas, no oficinistas. Recordemos, por ejemplo, a Ronaldinho, quien, en una ocasión en la que el Barça tuvo que jugar a las 24:00, exclamó: “Genial, esta es mi hora”. Lo suyo era el regate, no el regateo. Para Spinoza siempre debe primar el amor por la vida sobre el miedo a la muerte. <strong>Pues en el jugador dionisíaco siempre prima el amor por el juego sobre el miedo a la derrota</strong>. Y, pase lo que pase, esa será siempre su victoria. </p><p><em>Ontología del pie.</em> Más. Si sospechamos que lo apolíneo representa nuestra parte humana, y lo dionisíaco nuestra parte animal, y aceptamos, con Anaxágoras, primero, y los etólogos, después, que la mano hizo al hombre, concluiremos que la prohibición del uso de las manos en el fútbol (el saque de banda no deja de ser una especie de gesto de despedida) supone un regreso voluntario a lo dionisíaco o lo animal. Casi unas vacaciones de humanidad. Y es que, quizás en mayor medida que otros juegos y deportes, puede que incluso más que la caza (sobre la que Ortega y Gasset escribió páginas muy interesantes), <strong>el fútbol nos permite regresar a ese estadio prehumano, casi puramente animal</strong>, en el que nuestros ancestros aún no sabían utilizar las manos. Este hecho es gratificante, porque sucede que nos cansamos de ser hombres, como diría un <em>nerudito</em>… </p><p>Por su parte (o por sus partes), Hegel realizó una ontología de la mano, que concebía como un órgano racional, productivo y humanizador, y a la que opuso una <em>ontología del pie</em>, que vio como algo sucio, oculto e inútil. De hecho, quién sabe si el nacimiento y el éxito del fútbol en la Inglaterra industrial no responde al hartazgo de los proletarios, en tanto que trabajadores de la mano. Desde esta perspectiva, <strong>el fútbol puede ser visto como el anti-trabajo</strong>. (Consúltese en el diccionario etimológico de guardia el origen del término <em>alirón</em>).</p><p><em>Rosebud.</em> Sócrates solía decirle a sus interlocutores: “Habla para que te vea”. Pues los juegos, en general, y el fútbol, en particular, dicen: “Juega para que te vea”. En su novela autobiográfica <em>Infancia</em>, Coetzee evoca cómo “la bola, mientras silba y desciende en el aire hacia él”, le dice: “Déjanos ver de lo que estás hecho”. Y es que <strong>cada jugada es una “situación límite”</strong>, que es como Karl Jaspers llama, en su <em>Filosofía de la existencia</em>, a aquellas situaciones excepcionales, en las que nuestro ser se pone al rojo vivo, y, golpeándose, con mayor o menor constancia y coraje, contra el límite frío de lo real, adopta su forma más auténtica (sea lo que sea que eso signifique ahora). Son situaciones extraordinarias y extremas, como la aventura, la enfermedad, la creación, el accidente, la revolución, la creación o el juego… Situaciones en las que nos conocemos realmente, o quizás sería mejor decir, para no sonar demasiado esencialistas, que nos producimos realmente. Porque no se trata de una cuestión cognoscitiva, sino también ontológica. De ahí que Jaspers diga: “si quieres ser, ponte en disposición de ser”. Que, en nuestro caso, significa: “Ponte a jugar”. </p><p>Sin duda (y no tengan problemas en reírse de este servidor, que lleva 20 años estudiando el escepticismo, para que se le acabe pegando la coletilla “sin duda”). Sin duda, digo, <strong>el fútbol comparte con la aventura, el juego y las experiencias religiosas, estéticas o eróticas, la capacidad de crear una isla o burbuja de sentido separada del océano de la cotidianidad</strong>. Dentro de esa isla, a la que se accede y de la que se sale mediante un salto, simbolizado por el silbato del árbitro, predomina un estilo específico, tanto en el ámbito cognoscitivo (sabemos quiénes somos realmente), como en el ontológico (somos más plenamente) y el ético (sentimos una mayor felicidad). </p><p>De un lado, los jugadores seguramente la sienten con mayor intensidad, porque todo su ser está, nunca mejor dicho, en juego, y todas sus potencias físicas y psicológicas se despliegan al máximo. En un partido no hay aplazamientos, esperas, nostalgias, arrepentimientos o tiempos muertos. Incluso “dormir la pelota” es una acción tan exigente como chutarla. <strong>Todo es ahora. Y todo es acción</strong>. Porque, aunque cada jugador no tenga la pelota más de tres minutos de media, lo más importante, tal y como decía Cruyff, es lo que hace durante los 87 minutos restantes, cuando se esfuerza por desmarcarse y propiciar el pase perfecto, la ocasión oportuna, el hueco inesperado. La plenitud ontológica del jugador se demuestra también por la vía negativa. Pues, cuando un jugador retorna al banquillo o abandona su carrera, le invade una triste lasitud existencial, de la que difícilmente se repondrá. Pues es difícil ser sólo a medias cuando se ha conocido la plenitud. Algunos logran hallar otras formas de volver a ser, como es el caso de aquellos que, finalizada su carrera como jugadores, se convierten en entrenadores. <strong>Pero la mayoría viven en un estado permanente de nostalgia y melancolía.</strong></p><p><strong>También los espectadores tienen sus momentos épicos, que les gusta recordar de forma recurrente</strong>, en tanto que hechos fundamentales de su propia identidad. Aquella remontada histórica, la temporada de las cuatro o cinco copas, las hazañas de un equipo de ensueño, o el haber sido testigo de los inicios de un jugador que luego hizo historia. Súmenseles también los viajes para acompañar a su equipo al extranjero, las aventuras de estadio, los triunfos futbolísticos de un hijo o un nieto, aquella vez que casi hicimos pleno al 15, o los partidos históricos vistos con familiares y amigos. Todas estas experiencias y relatos, cuya rememoración nos dota de fundamento y sentido, son importantes seguramente porque están relacionados con la idea que nos hicimos de nosotros mismos en la niñez, que es una idea a la que nos sentimos especialmente vinculados, ya sea por una especie de impronta ontológica, ya sea porque los niños poseen una profunda intuición existencial. </p><p>Según dice Marina Garcés en <em>El tiempo de la promesa</em>, hay un momento en la infancia o la adolescencia en el que todo el mundo se hace, de forma explícita o implícita, una promesa acerca de lo que quiere ser. A partir de ese momento, el resto de nuestra vida es un vaivén entre cumplirla y traicionarla. Por eso, para Alain, “existir es olvidar, más de una vez al día y más de una vez por hora, lo que nos hemos jurado ser”. Pero si la olvidamos tantas veces es porque hemos vuelto a recordarla otras tantas. Esa es, en fin, la historia de Odiseo, que, a pesar de las tentaciones del olvido, se mantiene leal a la promesa de regresar. Así que <strong>un partido no es sólo una isla, como decíamos, sino que es la isla por excelencia: Ítaca. De ahí, quizás, lo del </strong><em><strong>tiqui-Itaca</strong></em>. </p><p>La cuestión es que el fútbol, que es una pasión directamente conectada con nuestra infancia, <strong>nos reconecta cada vez que jugamos o vemos un partido con aquella promesa infantil que debemos tratar de realizar</strong> (cosa que evoca tan bien Eduardo Sacheri en sus cuentos y novelas de tema futbolístico). Una promesa que está ligada con los valores de la resistencia, el coraje, el compañerismo, la elegancia o la justicia, así como con la conexión, no siempre fácil, con los familiares, como el padre o el abuelo, y los lazos no siempre eternos de la amistad. De ahí que la parte más interesante del artículo “Lo que le debo al fútbol”, de Albert Camus, no resida tanto en esa vaga enseñanza “acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres”, sino en la manifestación de su deseo por preservar la imagen que se hizo de sí mismo cuando era niño: “Preservemos esta gran y digna imagen de nuestra juventud. También estará vigilándolos a ustedes”. Quizás Camus pensase, al escribir estas palabras, en el proverbio árabe que nos exhorta a que el niño que fuimos no se avergüence del adulto que somos. Sin duda, para muchos (para mí no), ese niño sigue vestido de equipación en el patio del colegio, o está viendo un partido con su padre sentado en el comedor de su infancia. </p><p>Porque no es que seamos leales a un equipo, ni siquiera a un deporte, <strong>somos leales a la idea que nos hicimos de nosotros mismos en ese contexto específico</strong>. En cierta ocasión, Baudelaire dijo, y Savater desarrolló magistralmente, que la literatura es la infancia al fin recuperada. Pues el fútbol también lo es. Todos los balones deberían llamarse “Rosebud”. </p><p><em>Prórroga.</em> Y ya que tenemos las agujetas de mañana aseguradas, acabemos con una última serie de reflexiones. Más aún. Si es cierto que la filosofía es quitarle la silla a lo que damos por sentado, caigamos en la cuenta de que una de las principales causas (no la única) de nuestra infelicidad es nuestra incapacidad para darnos cuenta de que ya somos, de hecho, felices. Me explico. Dejando a un lado las situaciones dramáticas, normalmente escasas y puntuales,<strong> en la mayor parte de las ocasiones se dan las circunstancias mínimas para que seamos más o menos felices, o </strong><em><strong>felicinchis</strong></em><strong>.</strong> Y, si no lo somos, es porque vamos demasiado deprisa, porque dirigimos mal nuestra atención y también porque nuestras expectativas desaforadas, inspiradas normalmente por nuestro propio “idealismo”, nos llevan a fijarnos y a enredarnos en las pequeñas incomodidades, insatisfacciones y frustraciones. De este modo, lo que no deberíamos considerar más que manchas al sol, se transforma, por nuestra propia culpa, en un eclipse total. Canguilhem definió bellamente la salud como el silencio del cuerpo. Pero, ¿y si una de las fuentes de nuestra infelicidad fuese nuestra incapacidad para oír la música de la salud? Porque esa bendición nos resulta, por lo general, inaudible, y sólo reparamos en ella cuando toca repararla. Y eso mismo nos sucede con la felicidad, en general, que la ignoramos cuando está, y sólo la reconocemos, como dice Jacques Prévert, por el ruido que hace al marcharse.</p><p>Se trata, sin duda (<em>argh</em>), de un problema de la desatención, conectado en parte con la revolución digital, y su extractivismo atencional. Pero, ¿qué decía? Sí, que el problema de la desatención es mucho más antiguo de lo que pensamos. De hecho, coincide con la historia misma de la metafísica. Porque <strong>aquello que desatendemos, en verdad, no son los estudios, el trabajo o los amigos, sino la vida mism</strong>a. Una vida que está siempre ahí dispuesta, como los zapatitos rojos de Dorothy, en <em>El mago de Oz</em>, que los tuvo siempre a mano, mejor dicho, al pie. Que es, precisamente, donde está también el balón. Y es que no hay mejor metáfora que el balón (también exagero un poco) para entender que atender o no atender es la cuestión… </p><p>Un joven poeta llamado Homero pensó sobre este asunto en un poema titulado <strong>la </strong><em><strong>Ilíada</strong></em><strong>, que narra una especie de partido de fútbol entre dos grupos de personas con las piernas al aire</strong>, que se empujan entre dos porterías, representadas, de un lado, por las murallas de Troya y, del otro, por los barcos de los griegos. Pero, para mí, el verdadero balón de la <em>Ilíada</em> no son las cabezas cortadas, ni el frente de batalla, que avanza y retrocede, tratando de llegar a la portería contraria, sino el escudo de Aquiles, que es un objeto esférico, que se desplaza rápidamente por el centro del campo, después de que Hefesto se lo entregue a Tetis, y Tetis se lo pase a Aquiles, quien, a su vez, se lo deja a Patroclo, al que se lo arrebata Héctor, si bien Aquiles lo recupera, y avanza con él hacia la muralla defensiva del equipo rival… <em>Zzz</em>…</p><p>Más allá del parecido dinámico, lo más interesante es que ese escudo, igual que el balón de fútbol, encierra un secreto. Y el secreto que cifró en él Hefesto, a modo de “magnífica ironía”, como diría Borges, es que ese escudo, que es el centro móvil de la guerra de Troya, que es, a su vez, símbolo de todas las demás guerras (entre las que debemos incluir también las laborales, las sentimentales, las políticas y las familiares); digo que ese escudo muestra, y a la vez oculta, a la vista de todo el mundo, el secreto de la vida feliz. ¿Por qué? Porque en él están grabadas varias escenas de la vida sencilla, libre, frugal y pacífica, que, según Homero, está al alcance de cualquiera, porque es poco lo que se necesita para darle alcance, que es, precisamente, soltar ese escudo, que no nos protege y libera del ataque de los enemigos, como promete, sino que nos encierra y enreda en una guerra absurda, hasta que la mete, digo la muerte. La ironía reside en que ese gesto radical, que parece tan sencillo, es, a la vez, el gesto más difícil de realizar, porque estamos como hipnotizados por la inercia de la lucha, el miedo a la muerte y la adicción a los falsos valores. <strong>Por eso la vida es, a la vez, lo más accesible, y lo más inalcanzable. </strong></p><p>Pues, en el fútbol, la pelota también encierra un secreto semejante. ¿Cómo no ver en ese centro móvil del partido, que no puedes quedarte, sino que debes alejarlo a base de patadas y de pases, y a la vez seguirlo corriendo para no perderlo de vista, <strong>el símbolo de una vida</strong>, que debemos impulsar y luego perseguir en una dirección determinada? La pelota es como el <em>conatus</em> de Spinoza. Esto es, la fuerza que nos empuja a permanecer en nuestro ser, y a aumentarlo. A conservar la pelota y a hacerla avanzar. A perderla y a recuperarla. Hasta que suene el final del partido, y podamos soñar eternamente con la final de las hormigas futbolistas. </p><p><em>*El último libro de Bernat Castany es ‘Una filosofía de la risa’ (Anagrama, 2026).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 May 2026 04:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Bernat Castany Prado]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Una mirada daltónica al mundo del fútbol: pensar en verde]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Las enseñanzas del fútbol]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/ensenanzas-futbol_1_2186145.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/177ba7e9-7732-499f-99cd-045f5e1ab2da_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las enseñanzas del fútbol"></p><p>Soy del Real Madrid porque mi padre era del Real Madrid. Bueno, del Real Madrid y del Granada Club de Fútbol. <strong>Los niños de provincias estamos acostumbrados a la doble militancia futbolera</strong>. Somos del equipo de nuestra ciudad, pero nos identificamos también con uno de los grandes equipos acostumbrados a ganar. Nos vinculamos al mismo tiempo con las alturas y con la tierra firme, la posibilidad de ganar títulos o el miedo al descenso. Los dos extremos producen un inevitable sentido de pertenencia, igual que el deseo y el miedo.</p><p>Mi padre nació en Burgos, se hizo militar, se especializó en la alta montaña, aprendió el oficio en Jaca y después fue destinado a Granada para poner en marcha la compañía de escaladores y esquiadores de Sierra Nevada. En la nueva ciudad se enamoró, se casó, tuvo hijos, yo el primogénito, y acabó por sentirse unido al futuro de su descendencia y a un equipo de fútbol que luchaba por mantenerse en Primera División. Mi padre me hizo socio del Granada, empezó a llevarme los domingos después de comer al viejo Estadio de Los Cármenes. También me aficioné a su otro equipo, el Real Madrid, y <strong>con mi padre he disfrutado muchas horas delante del televisor</strong>, con una Fanta de limón primero, y después con una cerveza, y más tarde con un whisky. La celebración de las ligas y las copas de Europa creció de la sidra al champán en una alegría llena de burbujas.</p><p>Me gusta el fútbol. <strong>Reconozco que le agradezco una manera de vivir el sentido de pertenencia</strong>. Por ejemplo, me ha enseñado algunas dinámicas éticas para habitar mis realidades (que suelen ser conflictivas). Empiezo por explicar que mi padre era un hombre conservador y que sus ideas tuvieron mucho que ver a lo largo de los años con su oficio, teniente, capitán, comandante, teniente coronel, coronel y general de infantería, en un ejército de origen franquista. No fue para él una alegría que su hijo se identificara con los curas obreros en el bachillerato y empezara a militar como estudiante universitario en el Partido Comunista y en el compromiso de que su patria encontrara, frente a los equipos de la vieja historia, el contraataque de una democracia con marcadas dimensiones sociales. Nos conocíamos, nos reconocíamos y nos sentábamos juntos para celebrar un gol o compartir una derrota. El fútbol me ayudó a comprender que, más allá de las identidades personales, <strong>hay una identidad compartida que merece la pena conservar al margen de las diferencias ideológicas</strong>. Me gusta el trato familiar con las personas que quiero y con los libros que me han hecho como soy. <strong>Me parezco a mi padre y a los libros que he leído</strong>.</p><p>A esta confesión debo añadir la idea de la doble militancia. El verbo ser invita frecuentemente a una pertenencia rotunda, sin matices, sin posibilidad de entendimiento o diálogo. Pero <strong>ser de dos equipos a la vez ayuda a comprender y negociar con los matices</strong>, salvándonos del fanatismo, los dogmas y la verdad totalitaria. Los partidos entre el Madrid y el Granada se han sometido en mi estado de ánimo a muchos contextos diferentes. La necesidad de los puntos para ganar el título o para no descender definía los latidos del corazón y las razones del entendimiento a la hora de esperar un resultado convincente. Primero, que el Granada no descienda; después, que el Madrid gane la Liga, y luego el resto de los mortales con sus equipos, sus defensas y sus delanteras. Saber que la vida requiere acuerdos con uno mismo ayuda mucho a entender las relaciones con los demás y la valoración de las diversas realidades históricas.</p><p>Suele hablarse del fútbol, y a veces son buenos los argumentos, como un generador de pasiones incontenibles. Y es verdad. Pero mi experiencia me ha llevado a ser futbolero y pacificador, una camiseta risueña y unas botas irónicas, pero con sentimientos. Suele hablarse también de que el fútbol es un enemigo de la cultura. Y puede ser. Pero yo he tenido la suerte de ir al campo con uno de mis maestros en la Universidad, el profesor Juan Carlos Rodríguez, y con muchos compañeros en la poesía, en especial con Antonio Jiménez Millán y Benjamín Prado, aliados de mi doble militancia. <strong>He hablado de fútbol y literatura con Manolo Vázquez Montalbán y Juan Villoro</strong>. Y me he reído mucho, cuando nos llamaban fachas por ser del Madrid, con Marcos Ana, el poeta comunista que pasó más años en las cárceles de Franco. Muchas veces expliqué en clase la <em>Oda a Platko</em> de Rafael Alberti, poema que celebró una victoria del Barça en 1928, y la <em>Contraoda </em>con la que respondió Gabriel Celaya en nombre de la Real Sociedad.</p><p>Antonio Jiménez Millán fue desde joven profesor de Filología Románica en la Universidad de Málaga. El sabor de los boquerones malagueños, tan grato en los chiringuitos de Pedregalejo, no le hizo renunciar a su afición por el Granada Club de Fútbol. Durante muchos años tomaba el coche los domingos para animar, con mi padre y conmigo, a nuestro equipo en Los Cármenes. Ha sido el aficionado más sensato y comedido que pueda uno imaginarse en medio de las tensiones provocadas por un terreno de juego a rayas, cargado de sorpresas, jugadores y árbitros imprevisibles. Tenía que suceder algo muy grave para que llegase a murmurar un insulto. Y nuestra complicidad era una muestra más del respeto a las diversidades, porque su doble militancia lo hizo del Barcelona de manera rotunda, igual que nuestro amigo pintor Juan Vida. Como yo era madridista de manera rotunda,<strong> me hice también socio del Real Madrid cuando en 1994 empecé a compartir la vida con una atlética rotunda, Almudena Grandes</strong>. El fútbol es lo más importante de las cosas que no tienen importancia, y por eso es posible la complicidad, la amistad y el amor, entre seguidores de distintos equipos. Al fin y al cabo, se trata de una lección ética a la hora de discutir y acordar las cosas que sí tienen importancia. También es verdad que ayuda el hecho de que tu equipo sea el que tenga mejores resultados.</p><p>Ahora utiliza mi carné del Granada un sobrino. <strong>Los domingos por la tarde, con Benjamín Prado, voy al Santiago Bernabéu</strong>, cuando la vida me lo permite, y comparto comentarios con él, casi tan comedido y discreto como Antonio Jiménez Millán. Cada cual tenemos nuestro carácter. Pero los dos somos muy prudentes con los delirios antimadridistas de Chus Visor, que es muy objetivo al hablar de poesía, aunque muy surrealista al opinar sobre un penalti, un fuera de juego o una actuación arbitral. Atlético puro, se defiende de sus manías recordando que Juan García Hortelano era peor que él.</p><p>Están apareciendo en este artículo muchos nombres relacionados con la literatura. Y es que <strong>el fútbol, con su doble militancia, me ha permitido a veces meditar sobre algunas dimensiones éticas de la literatura</strong>. Pudiera parecer lógico que mi defensa de una poesía cercana a los hechos se adapte bien a mis costumbres futboleras y que por eso no me afecten los desprecios elitistas a un deporte de masas. La verdad es que he aprendido a desconfiar tanto del culturalismo elitista como del populismo barato de los que escriben sin rigor, como suelen pitar los árbitros comprados o como disparan a puerta los malos fichajes. Ni me identifico con los que desprecian al fútbol, ni desprecio a los que viven sin interesarse por un deporte que me ha dado a mí muy buenos momentos y me ha hecho naufragar en muchas ocasiones. <strong>Soy un madridista de la experiencia.</strong></p><p>Hay quien piensa que ser de izquierdas es incompatible con ser del Madrid, un equipo poderoso, millonario e identificado con el pensamiento conservador. Más que <strong>recordar los orígenes republicanos del Madrid</strong>, por ejemplo, frente a un Atlético de Aviación, quiero sostener que mi afición y mi doble militancia no me empujan a desconocer las dinámicas que buscaban en el deporte un opio para el pueblo o las estrategias que ahora animan unas influencias populistas muy reaccionarias. El poder del fútbol facilita que los negocios oscuros y las manipulaciones afecten a sus seguidores, a los resultados, la calidad de cada equipo y la utilización demagógica del deporte rey. <strong>Todo lo malo de la sociedad en la que vivimos anida en el fútbol</strong>, como anida en cualquier espacio significativo. Ya lo sé.</p><p>Y también sé que las dinámicas colectivas pueden seguirse con fanatismos individualistas o grupales, incluso con un individualismo grupal o un colectivismo individualista. Pero pueden sostenerse también en una conciencia ética de la realidad. Y yo debo confesar que no soy crédulo con la decencia de los dirigentes y responsables del mundo futbolístico, pero que <strong>me gusta el fútbol porque me ha permitido convivir en mis alegrías y mis tragedias</strong> con una ética del acuerdo, la doble militancia, la convivencia y el no dogmatismo. Como el <em>Ángel de la Historia</em> de Walter Benjamin, camino por los campos de juego vuelto de espaldas, miro al niño que fui, siento la mano de mi padre.</p><p>Los balones envenenados son peligrosos. Pero a mí me han quitado muchas veces la sed. </p><p><em>*Luis García Montero es director del Instituto Cervantes y su último libro es la novela ‘La mejor edad’ (Tusquets, 2026).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 May 2026 17:24:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Las enseñanzas del fútbol]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[El fútbol no es el opio del pueblo: TintaLibre presenta su número de mayo en Madrid]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/futbol-no-opio-pueblo-tintalibre-presenta-numero-mayo-madrid_1_2188583.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1b84a8a1-aa6c-45ba-b405-455dbfef1954_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El fútbol no es el opio del pueblo: TintaLibre presenta su número de mayo en Madrid"></p><p>Ser parte de <strong>una identidad compartida </strong>es un anhelo profundamente humano. Hay ciertos elementos que consiguen colocarnos en ese lugar gracias a su ancestralidad, su reclamo emocional o la forma que tiene de mover masas, y —nos guste o no—, <strong>el fútbol es uno de ellos</strong>. Por todo ello, el número de TintaLibre este mes de mayo se titula <a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/rueda-balon-tintalibre-mayo_1_2185413.html" target="_blank">‘La furia del fútbol’</a>, una edición que ha sido presentada y debatida este martes 5 de mayo en el Espacio Ronda de Madrid.</p><p>Con el objetivo de desgranar el fenómeno cultural y social de este deporte y analizar cómo crea política y opinión pública, la mesa redonda se ha servido de voces diversas: <strong>Marta Gesto</strong>, directora general de infoLibre; <strong>Lucía Taboada</strong>, periodista y escritora; <strong>Ramón Reboiras</strong>, jefe de redacción de TintaLibre; <strong>Leyre Ollero</strong>, jugadora cadete del Sporting de Hortaleza; y <strong>Mónica Grandes</strong>, socia y colaboradora de infoLibre.</p><p>Gesto ha dado la bienvenida al evento, primero, agradeciendo a la comunidad por sostener el proyecto, y ha presentado el tema asegurando: “Frente al fútbol que <strong>representa menos los valores de la sociedad </strong>y más los del dinero, nosotros vamos a mirar hacia otro fútbol”. Y es que las raíces de este deporte van más allá de los intereses comerciales de unos pocos.</p><p>“El mundo del fútbol es una pasión que se origina en la infancia”, ha asegurado Reboiras. Taboada, con una bufanda del Celta de Vigo sobre las piernas, ha contado cómo su padre le hizo socia a los cinco años junto con su hermana: “Mi padre era una persona muy ausente, que trabajaba muchas horas. Fue su modo de conectar con nosotras”. “Para mí el Celta es parte intrínseca de mi identidad y de mi identidad familiar, creo que es algo que conecta con muchas historias de muchas personas diferentes”, ha asegurado.</p><p>Grandes también ha contado historias familiares donde el fútbol es el nexo de unión: “Hay algunos que somos muy de izquierdas, y otros que son de Ayuso, pero todos somos del Atleti… es un tema que<strong> trasciende a todo lo demás</strong>”.</p><p>La composición del conversatorio, eminentemente femenina, se ha sacado a relucir tras el reclamo de Reboiras: “<strong>El fútbol también está compuesto por mujeres</strong>”. Y es que la atribución de este deporte solo a un género es un reflejo del machismo, pero no representa la realidad. Como ha asegurado Gesto, las mujeres van al campo de fútbol, como ella misma ha hecho desde siempre, pero aún así es mucho más difícil verlas “en los grupos ultra y en las directivas”.</p><p>Ollero, jugadora cadete y contando 14 años, ha contado su experiencia al comenzar en este mundo: “Al principio solo entrenaba con chicos y, claro, no tocaba mucho el balón. Me iba a mi casa enfadada, pero luego se empezaron a unir más chicas y formamos un equipo”. </p><p>El conversatorio, con chanzas entre quienes pertenecen a un equipo o a otro, la historia de los clubes, o qué afición es más fanática, contenía un mensaje de unión que sobrevolaba todo lo demás. Con todo esto, también se ha hablado de la violencia que a veces resulta de estos fanatismos, y su, a veces, irracionalidad. “El fútbol es un espejo que devuelve todos los males que hay en la sociedad pero amplificadísimos”, ha asegurado Taboada.</p><p>Aún así, la periodista reflexionaba: “Creo que el fútbol es una figura muy literaria”. “Hay gente que sigue pensando que es el opio del pueblo”. El componente cultural y reivindicativo que radica en los clubes, pese a la poca atención de algunas directivas, es universal. “El Celta hace algo que creo que deberían hacer más equipos. Está recuperando la identidad gallega, ya no solamente a nivel futbolístico, sino musical y cultural”. “<strong>El fútbol puede trascender a lo cultural</strong>”, ha reivindicado.</p><p>Jesús Maraña, director editorial de infoLibre y codirector de TintaLibre, ha concluido el acto recordando la variedad de escritores que forman parte del número de mayo,<strong> como Bernat Castany, Marta San Miguel, Luis García Montero o Paco Cerdà</strong>, entre otros. Además, ha animado a los allí presentes a asistir a la siguiente presentación, el próximo martes 2 de junio, cuya inscripción será publicada para los socios en breve. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 05 May 2026 20:01:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alba Meseguer Alacid]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El fútbol no es el opio del pueblo: TintaLibre presenta su número de mayo en Madrid]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol,Cultura,Deportes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/rueda-balon-tintalibre-mayo_1_2185413.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/99640439-5df4-4bd9-8b33-59d7b6d902f7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo"></p><p>Con el Mundial de fútbol que comienza el próximo mes de junio muchos lectores de TintaLibre pensarán que hemos cometido penalti. Que nos ha dado un ataque de importancia, pero no es así. El fútbol que contamos y vivimos en las páginas de mayo poco o nada tienen que ver con la idolatría y las corruptelas de sus dirigentes, con el relato de la prensa deportiva, sino más bien con el juego y la educación sentimental, con la crítica política y el respeto, sí, el respeto a los rituales tribales de este deporte tan unido tanto a la infancia como al culto.</p><p><strong>Bernat Castany</strong>, que no ha visto un partido en su vida, lo resume a su manera siempre filosófica y humorística: “La madeja multifactorial de lo real queda reducida a un rectángulo unánimemente verde y deliciosamente compartimentado sobre el que progresan en perfecta armonía una veintena de puntitos que giran alrededor de una esfera que hace las veces de sol”.</p><p>Entramos al césped de esa manera. Desde Santander, donde se escuchan los cánticos en las gradas de El Sardinero, la escritora <strong>Marta San Miguel</strong>, añade otra reflexión certera sobre el tema: “Aunque el gol se cante igual en todos los idiomas y se celebre con ala misma voracidad de los abrazos, cada equipo de fútbol es un ecosistema genuino”.</p><p>Hablamos de un rito, de una tribu, de una pasión irracional. <strong>Luis García Montero</strong>, que se autodefine como madridista de la experiencia, mamó esas cosas desde su infancia tanto en Los Cármenes, estadio del Granada CF, como en el Bernabéu de su Real Madrid: “El fútbol”, sostiene el director del Instituto Cervantes, “me ayudó a comprender que, más allá de las identidades personales, hay una identidad compartida que merece la pena conservar al margen de las diferencias ideológicas”.</p><p>Pero si ahora ponemos ya el foco en el Mundial, el Mundial de Trump y de la FIFA más que de Lamine Yamal o Mbappé, el escritor colombiano <strong>Juan Gabriel</strong> <strong>Vásquez</strong> lanza un inquietante aviso para navegantes: “A mí no me queda inocencia suficiente para creer que el ICE no buscará a los inmigrantes en los estadios para arrestarlos: y así veremos los partidos de la Copa del Mundo convertidos en trampas, sí, en ratoneras para los hombres y mujeres que Trump llamó plaga”.</p><p>La infancia (y el barcelonismo) vive en las crónicas tanto de <strong>Paco Cerdà</strong> como de <strong>Ramón Reboiras</strong>. Desde Brasil, <strong>Luiza Romão</strong> rescata un cuento de Bolaño, Buba, que va de fútbol y de racismo en el fútbol y desde Colombia <strong>David García Cames</strong> nos refresca la memoria de las corruptelas que gobiernan este deporte llamado rey.</p><p>En TL de mayo hay más cosas aparte de esos puntitos persiguiendo una esfera y como siempre nos permitimos algún lujo cultural: la escritora argentina <strong>Pola Oloixarac</strong> recuerda (y celebra) la importancia de los 25 años de la publicación de <em>Soldados de Salamina</em>, de Javier Cercas, el libro que cambió y trastocó desde entonces el relato de la narrativa en español. También damos un jugoso aperitivo de la esperada nueva entrega de <strong>Valeria Luiselli</strong>, Principio, medio, fin, y podemos confirmar que la escritora mexicana (autora del inolvidable <em>Desierto sonoro</em>) sigue en plenitud de forma. </p><p>Más balones de oxígeno: <strong>Gaston Gilabert</strong>, nos acerca la dramaturgia de Angélica Liddell, la autora de una obra exigente para el espectador que es también (en eso se parece al fútbol) rito, dolor y sacrificio. Y <strong>Boris Izaguirre</strong> nos invita a revisitar desde fuera del armario, <em>Más Lejos</em>, la película de Gerard Oms con un imponente Mario Casas que muchos se han perdido.</p><p>¿Falta algo? Ah sí, Marilyn cumple cien años y nos la dibuja en toda su imperfección la escritora <strong>Sara Barquinero</strong>.</p><p>Disfruten y, como suele decirse, que gane el mejor. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 04:01:42 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ya rueda el balón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/rueda-balon_1_2185422.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/99640439-5df4-4bd9-8b33-59d7b6d902f7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ya rueda el balón"></p><p>Puedes leer los números anteriores <a href="https://www.infolibre.es/suplementos/historico-tintalibre/" target="_blank"><strong>aquí</strong></a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 04:00:40 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Ya rueda el balón]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un, dos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/un-dos_1_2171760.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/13c05a99-e407-498d-abe5-75c223edca68_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un, dos"></p><p>No hay mejor definición de una adolescente que la incomprensión. Ni imagen que la de tumbada en la cama, mirando al techo, regocijándose en una sensibilidad de poeta soterrada; aislada de un entorno hostil con unos auriculares de orejeras y cable, que le susurran al oído versos tan egocéntricos y machacados como que dentro de mi ser hay un fuego que nadie ve, que somos dos afluentes yendo a parar a un océano de sal, etc. Sí: la <strong>música</strong> fue, para la mayoría de chavalas y chavales, una<strong> vía de entrada</strong> –o escape– hacia el ansiado y supuestamente soberano <strong>mundo de la adultez.</strong> Pero en el umbral de mi infancia tardía, subyugada por unos cambios hormonales canalizados en montañas de lágrimas y pus, descubrí que las canciones también podían ser disfrutadas fuera de casa y tejer puentes con iguales. Y no, no fue debido a tener por banda sonora a los Backstreet Boys o las Spice Girls, con sus actitudes alentadoras de <em>boy scout</em>; eso sólo sucedió gracias al invento de moda del radiocasete. </p><p>Todos sabemos que el curso escolar puede ser tan largo y tedioso como la sala de espera del INEM. Pero si en mi época púber algo nos salvaba de querer ahogarnos con una bolsa de plástico cada mañana al sonar el pitido estridente del despertador, era recordar que, en medio de un horario lectivo conformado por clases impartidas o bien por profesores resentidos pro-Aznar, o bien por blandengues recién licenciados, nos aguardaban unos treinta minutos de recreo. El sonido de la campana nos indicaría que ya pueden cerrar sus libros de texto y nosotras saldríamos disparadas al patio, cual presos liberados, para gozar de ese tocho y preciado objeto de plástico. Nos empezaron a crecer las tetas en los dos mil, así que los radiocasetes que se vendían ya eran muy modernos: tenían <strong>reproductor de CD y de casete</strong>, aunque este último compartimiento apenas lo utilizábamos porque solo los pajilleros que paraban a repostar cerca de Albacete compraban cintas folclóricas. También llevaban incorporada una antena de radio extensible, que luego quedaba bien escondidita cual picha en río congelado; y una opción grabadora de <em>mixtapes</em>, para las que venían de una casa de educación castradora en la que solo les dejaban jugar al ajedrez. Pero lo más importante de este aparato electrónico eran sus altavoces: prominentes. Capaces de disparar el pulso a quienes nos colocábamos en fila y delante, y de imponer al resto del colegio un <em>hit</em> que escuchar. Antes de pisar el pavimento, con áreas de baloncesto y porterías señalizadas con tinta blanda, ya sabíamos qué trozo teníamos que ocupar: en una banda de chicas, y más cuando está conformada por la endogamia de alumnas de una misma clase que rivalizan con la de al lado, todo es un ejercicio militar. Nos poníamos en posición, chequeábamos a nuestro alrededor que todo estuviera en orden y, entonces, alguien le daba al botón de reproducción; <strong>sonaba la canción y un, dos: empezábamos a bailar.</strong> </p><p>Un, dos; tres, cuatro: volvamos. Un, dos. Que no tía, que no: lo haces mal; mírame a mí, ¿ves? Nos inventábamos coreografías para la sintonía de la serie de moda y, cuando llegaba el buen tiempo, para el nuevo éxito del verano. </p><p>Como nos obsesionaba que quedaran perfectas y, para ello, todas teníamos que ir a la par, nos convertimos en policía de la compañera a la vez que testigo llamado a declarar. Señalábamos, sin piedad, a la repetidora zurda que volteaba a la derecha; le repetíamos, a la raquítica ortopédica, que debía exagerar muchísimo más la sacudida de caderas. No había ni un resquemor de benevolencia: debíamos ser impecables. Y <strong>al mínimo fallo: </strong><em><strong>¡pause! </strong></em>Y a repasar el un, dos; y vuelta a empezar. Nuestro propósito común era relucir como una legión de robots entrando a pie por la ciudad; ser una masa, homogénea e impersonal de manos y pies sincronizados. No nos podíamos permitir empatía con la que se encontraba sufriendo su primer rechazo amoroso y sin fuerzas para brincar. La flojera emocional solo era una fisura en la meticulosidad de la misión. Un, dos; a ver, vuélvelo a hacer. Un, dos: sí, así mejor. Vale, ¿todas preparadas? Eo, tú: <em>¡play! </em></p><p>¿Pero quién era la encargada de custodiar, entre unas piernas que se abrían como las de una mártir del arrancacebollas, el radiocasete? ¿Quién era la que lo escondía bajo sus pliegues de carne, evitando así que recibiera los balonazos de los niñatos que jugaban a fútbol al otro extremo de la pista? Pues una anónima. Una sin nombre, porque no lo merecía: no cumplía los requisitos mínimos para ser de la pandilla. Porque no tenía el carisma de la Britney Spears ni la delgadez de Kate Moss: mucho menos el desparpajo de Ana Obregón. La verdad que esa presencia femenina, <strong>nuestra ama de llaves musical invisible, era solo tímida</strong> y, en el peor de los casos, mustia como una ciruela deshidratada. Pero nosotras, tan campantes: no nos sentíamos culpables porque no nos habían señalado que la exclusión fuera un maltrato. Solamente no la habíamos invitado a hacer un, dos; no le habíamos soltado eres una Cuasimodo y nadie te va a tocar con un palo. De hecho, le habíamos adjudicado una tarea y bien fácil: perder cada día todo su tiempo de descanso en la misma postura cómoda mientras nos miraba en silencio al son de una melodía, boquiabierta. Deseando ser como una de las nuestras: seguras, bellas. Magnéticas. </p><p>Y es que no éramos un equipo de animadoras, pero casi. Hacíamos mambos, piruetas; flexionábamos las rodillas hasta el suelo y nos volvíamos a poner de pie con los brazos tan abiertos como un paracaidista. Danzábamos coordinadas, sí: pero también conjuntadas: no nos valía con movernos al mismo tiempo y ritmo, sino que la propia imagen resplandeciera. O nos hacíamos todas con dos coletas o ninguna; o aparecías con vaqueros acampanados o fuera. Una vez la líder, que obviamente solo lo era por hija de puta, le dijo a una con el brazo roto que no podía ensayar hasta que no le quitaran el yeso; pero que debía quedarse a observar, no fuese que se perdiera nuevos pasos. <strong>Habíamos descubierto, en definitiva, la mirada ajena. No, perdón: la masculina</strong>. El objetivo de exhibir nuestro baile en la fiesta de fin de curso, o en la fecha que indicaba el cartel con el que habíamos empapelado los pasillos, no era otro que hacer un y dos, un y dos delante de unos chicos engominados con pelo pincho. Y que cuchicheasen entre sí; y susurraran: qué bien lo hace y qué buena está, esa es la que más me gusta, sin duda. Y que, en definitiva, la piba sobre la que cotillearan fuese una misma, como un concurso de mises. </p><p>¿Fue ese pasatiempo afrontado como una cuestión de Estado el culpable de forjarnos un carácter intolerante a la frustración? ¿Y ese cacharro que irradiaba los temas del momento a todo trapo, el silbato de un árbitro inclemente? Por supuesto que no: fue mucho más que eso. Gracias a ese trozo de huevo gigante con <em>forward</em>, <em>rewind</em> y mil opciones más, hoy entro en un club y me muevo desvergonzada delante de bafles y apareando zancadillas sobre un suelo mojado de cerveza ardiente. El radiocasete permitió que, durante esos años en que solo esperas que la vida deje de ser una contemplación aburrida de unos mayores estridentes, unas <strong>niñas creasen su propia escuela de danza autogestionada</strong>. Y que aprendieran a sobreponer la compenetración de grupo a los codazos y tirones de pelo entre particulares. Fue el empeño por sofisticar un proyecto compartido, amortizado en devolver con los movimientos del cuerpo la energía de unas notas concatenadas, lo que nos hizo creer que la constancia implica mejoría, y que el triunfo personal nunca luce ni se disfruta tanto como el colectivo. Y que, después de tanto esfuerzo y ceños fruncidos en un marco de decibelios y ociosidad, una siempre topa con la misma conclusión: convertirse en una mujer desinhibida y sensual supone <strong>pagar demasiados peajes</strong>. </p><p><em>*Andrea Genovart es escritora, su último libro publicado es ‘Consumo preferente’ (Anagrama, 2023).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Apr 2026 04:01:20 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Andrea Genovart]]></author>
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