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      <title><![CDATA[La sífilis, las putas y Luís Vaz de Camões]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/sifilis-putas-luis-vaz-camoes_1_2225678.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/facaf567-bc87-4a33-9992-f531096bce31_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La sífilis, las putas y Luís Vaz de Camões"></p><p><strong>Lo que hizo </strong>Luís Vaz de Camões hasta los 29 años, en 1553, fecha en la que zarpó hacia la India, es básicamente el gamberro. Cabe imaginarlo como un espadachín tirando a pendenciero, y sirve como ejemplo lo que el biógrafo Manuel de Faria e Sousa había oído decir: parece que un hidalgo lo contrató para dar escarmiento a alguien que lo había ofendido y –esto es importante– éste era ciego de un ojo; al advertirlo Camões, no quiso llevar a cabo el encargo y se lo justificó al hidalgo “porque tuerto que mata tuerto / no me pareció derecho”. Podía hacer de sicario, pero con ciertos principios, no le iba a atizar a un ciego como él, pobre hombre... Pero “sabéis que no ando en paz”, le dirá a un amigo en una de las cartas de Lisboa, posiblemente de 1552, porque hay un tal Simão Rodrigues que “paga el servicio de los mayores matarifes de esta tierra, quienes ya <em><strong>in illo tempore</strong></em> le habían cocinado la muerte”. </p><p>A su vez, a eso del anochecer y por los alrededores de la plaza do Rossio, Camões dice que unos cuantos le han propiciado una buena tunda a un tal Denís Boto, por cosas de amoríos, y, de paso, también ha recibido un Gaspar Borges Corte-Real (a quien no hay que confundir con el Gonçalo Borges al que Camões le arrearía con la espada en el pescuezo y, por ello, fue a la cárcel). Como es lógico, en la carta al amigo no se denuncia a sí mismo como miembro de esta<strong> tropa canallesca que va asustando a la gente por la noche</strong>, pero se muestra tan enterado de todo que casi se le ve metido por allí en medio. En realidad, se delata al final de la carta: “Dicen que se ha dado en esta tierra la orden de prender a dieciocho de nosotros”, y añade que el primero de la lista es el destinatario de la carta. De todo lo cual se concluye que Camões estaba en el ajo, o en los ajos, de los pandilleros. Y lo contaba en tono de risa, pero, si se piensa un poco o se aceptan los hechos aludidos de manera textual, la cosa no parecía una broma: Camões era un alborotador y un matón. Y eso que ya no era un chaval; tenía veintiocho años en 1552. </p><p>Lo más probable es que las cartas en prosa que se conservan escritas por Camões en Lisboa sean anteriores a la partida a la India, y, por su contenido, es indiscutible que entonan bien con este camorrista pendenciero, de vida disoluta y desordenada, que está lejos, pero muy lejos, de la dignidad marmórea y laureada a la que lo elevó la posteridad. En realidad, el autor de estas cartas se quedaría atónito de haber sabido que acabaría siendo <strong>un monumento nacional en toda su desbordada magnitud.</strong> </p><p>Resulta revelador que, desde la edición de las <em>Rimas</em> de 1598 (donde aparecen dos de estas cartas) o la edición de <em>Os Lusíadas</em> de los Craesbeeck de 1626, se fueron anunciando cartas de Camões que nadie se decidió a publicar. Y ¿por qué no, si son tan absolutamente de carne y hueso esas cartas? Pues quizá porque son perturbadoras: no está ahí el enorme cantor del amor y de la patria. Las cartas muestran un Camões indiscutiblemente<strong> lejos del mármol, son una identidad, una voz irónica</strong> que habla con soltura de comportamientos y flaquezas de hombres y mujeres de toda condición y nivel social. Y a la vez, esas cartas son un autorretrato, propio y también colectivo. Los sucesivos editores las anunciaron, pero no las publicaron, porque a los camonistas parecía incomodarles más el Camões frecuentador de prostíbulos que el Camões espadachín, o aquel acusado de mala gestión de los bienes de difuntos en Oriente (si es que realmente llegó a desempeñar este cargo), o el que fue de cabeza a la cárcel tanto en Lisboa como en Goa; o el Camões pobre de solemnidad que recogió en Mozambique su amigo el cronista Diogo do Couto para traérselo al Reino. </p><p>Este también era Camões, pero parece que no les parecía tan indecoroso. Quizá a excepción de Jorge de Sena, a los camonistas de diferentes siglos les disgustó saber de un Camões de vida disoluta y díscola. Preferían imaginar amores con altas damas, disfrazados con motivos petrarquistas o neoplatónicos de desamor cortés en una interpretación biográfica desorientada o distante de lo que es, textualmente, voluntad poética. Si en lugar de buscar amores entre sus versos se buscan en sus prosas (o en algunas de sus obras jocosas) aparecen entonces muchas mujeres, o bastantes, claramente más accesibles para un soldado-escudero que quiere ser un hidalgo. Algunas de ellas, tan accesibles como lo eran las claramente prostitutas.</p><p>Esas<strong> cartas son espectaculares</strong>. Una de ellas está fechada a 20 de mayo de 1553, fecha incuestionablemente errónea, y ha de ser 1551; o puede que lo que equivocara el copista fuera el mes, porque en mayo Camões ya estaba en comprobar rumbo a Oriente. Zarpó el 24 de marzo de 1553 y, por el contenido de la carta, quizá se quiso dar una buena despedida… En cualquier caso, las otras dos cartas no están fechadas, pero parecen posteriores, por lo que cabe entender ese año de 1553 como error y aceptar el de 1551. No era común copiar las fechas, ni siquiera era común conservar el nombre del autor de la carta, ni el del destinatario. No es la letra de Camões la que se aprecia en esos manuscritos, sino la de un copista o la del compilador. </p><p>La epistolografía era todo un género ya de tradición clásica que buscaba la burla y la sátira a través de lo absurdo, de la crítica mordaz, de la exposición del ridículo, la necedad o la insensatez, pero su primer editor, Pedro Alvares Varejão, recogió también los llamados <em><strong>disbarates</strong></em><strong>, el </strong><em><strong>convite</strong></em><strong> y la </strong><em><strong>zombaria</strong></em>, géneros que Camões también practicaba. El compilador no destacó el nombre de Camões, no era esa la función de la antología; tampoco trabajó con documentos originales, sino con copias, y quizá, dado el contenido, que no apareciera en esos textos el autor era algo intencionado. Pero, una vez identificado claramente el autor, lo que más rabia da es que no aparezcan los nombres de los destinatarios de esas cartas tan suculentas. Los copistas omitían tanto la <em>subscriptio</em> como la firma al final de la carta, y muchas veces añadían un título de iniciativa propia, que otro copista podía mantener o alterar a su gusto y entendimiento. </p><p>En total, son cinco las cartas en prosa que se consideran inequívocamente escritas por Camões: una enviada desde Ceuta; tres escritas en Lisboa y una enviada desde la India. Todas son, como mínimo, sorprendentes, pero las escritas en Lisboa, por su contenido, son, como mínimo, pasmosas. A veces, parece que los destinatarios de las cartas sean una misma persona; otras, por detalles concretos, parece que sean varios los interlocutores. Tampoco importa: ha de ser un buen amigo o unos buenos amigos de la vida soldadesca y disoluta compartida, porque son cartas de burdel, y demuestran que tanto Camões como sus interlocutores conocían perfectamente a algunas de las mujeres que se ganaban o se buscaban la vida con la prostitución. </p><p>De ellas habla Camões, sin literatura ni artificio, apenas para dar noticia de cómo les van las cosas a “vuestras amigas”: a Maria Caldeira la mató el marido; también murió Beatriz da Mota; a Antónia Brás la deportaron y la ataron por el pelo al mástil de la galera <em>Nueva</em> –esto le debió de doler a Camões poque le gustaba esta mujer–; Francisca Gomes ha cambiado de lupanar porque ahora, en el que estaba, hay otro proxeneta que la ha echado; otra ha mandado a paseo a su <em>guardador</em>; parece que, para protegerse, las mujeres se han refugiado en una “torre de Babilónia”, es decir, de Babel, donde se puede escuchar todo tipo de lenguas de tantos y tan variados clientes que las visitan, y ese es un prostíbulo que Camões conoce bien porque hasta ha participado en la elección del nombre: él lo llama el Mal-Cozinhado, dado que allí siempre hay algo que comer. </p><p>Lo cierto es que a la izquierda del Terreiro do Paço, la gran plaza frente al Palacio Real, mirando hacia el Tajo, se encontraba el mercado de la Ribeira Velha, en el que se vendía absolutamente de todo, y junto a él, además de muchas casas nobles, creció un barrio para gente humilde llamado Malcocinhado. En la calle, entre pequeños comercios y tabernas, los había que medio improvisaban sus negocios: encendían brasas para cocinar sardinas y pescado a la parrilla, servían caldo y cocidos, y esas comidas y cenas para gente pobre de toda condición también recibía el nombre de<strong> malcocinhados</strong>. Los frecuentaban también marinería y soldadesca, hidalgos y escuderos ociosos, baja nobleza de servicio fuera ya de sus jornadas laborales, amigos en busca de diversión. Lógicamente, como tantos otros, por ahí andaba Camões.</p><p>La última de las cartas hasta parece haber sido esquivada deliberadamente por los sucesivos filólogos, sin duda por alusiones explícitas al sexo y sus consecuencias. No era este un tema que Camões evitase, más bien todo lo contrario, como se advierte en trovas y odas diversas, como la tan conocida <em>Fermosa fera humana</em>, en la que el poeta, fiel al tradicional tópico de la amada cruel y desdeñosa que cierra la puerta al amante en plena tormenta, la convierte, no obstante, en una de las lobas exentas (es decir, libres), que amor venden. Una prostituta. Y hay otras prostitutas entre los versos camonianos, pero esta carta en cuestión –la primera de las escritas en Lisboa y la única fechada– describe una auténtica orgía, y por eso Camões le pide a su interlocutor que sea discreto y no divulgue lo que le va a contar. Y lo que cuenta Camões es que una serie de putas, dirigidas por la celestinesca Puta Velha y su hija Barbora, deciden organizar una especie de romería desde el puerto de Lisboa hasta la Horta Navia, en Alcântara, hacia la desembocadura del Tajo, para montar una pagoda, es decir, un baile, con comida y mucha bebida, que acaba en bacanal. Parece que fue una fiesta tan loca que hasta Camões se sintió escandalizado y no entra de lleno en detalles (para fastidio del destinatario de la carta, cabe imaginar). </p><p>Pero aparte del desmadre, lo que interesa de la carta es el cuadro social que presenta Camões sobre las diferentes tipologías de prostitutas y sus frecuentadores, un auténtico retrato de la prostitución en Lisboa, de sus prácticas sexuales, del papel de las alcahuetas como cirujanas reconstructoras del himen y, evidentemente, de la rápida transmisión de enfermedades venéreas entre mujeres, soldados y marinos, algunos de ellos muy jóvenes y a punto de embarcar para ocupar sus primeros puestos de servicio en el norte de África. Camões fue uno de ellos, pero el tono que emplea en la carta parece ya el de un veterano que se apiada de esos muchachos a los que <strong>las putas despluman de sus soldadas cobradas por adelantado</strong> y a los que infectaban, sin contemplaciones, de sus males sifilíticos. </p><p>Por eso hay que leer con cuidado esas cartas, y colocarlas no solo en la vida de Camões, sino en el momento en que las escribe, y quizá hasta valdría la pena preguntarse por qué las escribe. Evidentemente, lo celestinesco estaba de moda en época de Camões, y ahí apenas hay que repasar la cantidad de autores peninsulares que dedicaron o incluyeron en sus obras a alcahuetas, <strong>cosedoras de virgos y mediadoras de amores imposibles</strong>. Fue pionero en eso, muy a principios del XVI, el dramaturgo Gil Vicente, tan aficionado a las tipologías sociales, al meterlas en tantos de sus versos, en el <em>Auto das Fadas</em>, en <em>O Velho da Orta</em>, en <em>A Barca Primeira</em>, en la <em>Comédia de Rubena</em>, en el <em>Auto de Inês Pereira</em>, en <em>O Juiz da Beira</em>. Sin duda le gustaba el personaje. </p><p>Pero también lo celestinesco, al margen de lo mucho que podía contar de las costumbres y hábitos sexuales de la época, sobre todo en ciudades portuarias con mucho movimiento de hombres arribando o zarpando, estaba directamente vinculado al impacto devastador que causaban las dolencias venéreas, generadoras, asimismo, de grandes páginas literarias. De ello habla Camões en su carta de 1551, con tensa violencia, casi indignado al ver caer en las redes de las expertas prostitutas a los jóvenes ceutíes, es decir, los reclutas que apuraban sus últimos días en Lisboa antes de zarpar hacia Ceuta y las plazas militares en el norte de África. Se indigna Camões, porque las mujeres saben que están enfermas y aun así practican el sexo con los chavales. Pero esta indignación que muestra es muy importante, porque explica que los estragos causados por la sífilis habían servido para entender algo absolutamente revolucionario para la ciencia: las enfermedades pueden transmitirse y tienen una causa natural que debe ser estudiada para poder explicarse. <strong>El mal se contagia y se expande. Quizá lo sabía bien Camões</strong>.</p><p><em>*El último libro de Isabel Soler ha sido ‘Magallanes & Co’ (Acantilado, 2024).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Jul 2026 04:01:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Isabel Soler]]></author>
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      <title><![CDATA[La perturbadora normalidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/perturbadora-normalidad_1_2225667.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4c389121-781c-43ba-a62c-f96162a5c2ec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La perturbadora normalidad"></p><p><strong>Lo has logrado.</strong> Has huido. Por fin te atreves a contar algunas cosas a algunas personas. Esperas un gesto suave, una tregua, el alivio físico tras compartir algo que casi te aplasta. No sabes que hay gente que todavía tiene un mecanismo automático de defensa que consiste en apartar la vista del origen del daño para fijarla en el comportamiento de quien lo recibe. La pregunta no se hace esperar, llega como un golpe en el pecho que te deja sin respiración:</p><p><strong>¿Y por qué no lo contaste antes?</strong></p><p>No saben que una mujer tarda en verbalizar o denunciar el maltrato psicológico una media de siete años y nueve meses. Quizá tú tampoco lo sabes, porque los ministerios miden el tiempo en balances anuales, pero tú lo medías en la tensión que te generaba el sonido de sus llaves al otro lado de la puerta. En todas las veces que te soltó la mano con desprecio. En las largas ausencias. En los silencios impuestos que dejaban las conversaciones ahorcadas en cada habitación de vuestra casa. De su casa.</p><p><strong>¿Por qué lo has permitido?</strong></p><p>No le dices que los primeros tres años se esfumaron creyendo que aquella hostilidad era solo una mala racha laboral, o la consecuencia de tus desaciertos, o la herencia de esas exparejas que le hicieron la vida imposible. Una estaba loca, otra bebía mucho, la última le era infiel.</p><p>Te encantaría contarle que esto no empieza con portazos ni aspavientos. Empieza con una corrección. Con una mueca cuando observa cómo te queda un <em>top</em> nuevo, cómo doblas las camisetas, cómo miras a tus amigos mientras te hablan o cómo gestionas tu dinero. Es una pedagogía humillante que se administra en dosis tan pequeñas que el organismo la integra como parte de la rutina doméstica. Cuando te quieres dar cuenta, hay nombres que no vuelves a decir en voz alta, ropa que ha quedado en el fondo del armario y todo tu dinero está en la cuenta común.</p><p><strong>¿Por qué no pediste ayuda?</strong></p><p>La voz no te sale cuando quieres explicarle que te repitió tanto que tu entorno no te convenía, que tus amigas de la facultad son superficiales, que tu madre interfería demasiado en vuestra vida que, al final, dejaste de llamarlas para ahorrarte las dos horas de reproches y caras largas que seguían a cada salida sin él. </p><p>Cuando esa red social desaparece, desaparece también el espejo donde contrastar la normalidad. Entonces comienza otra fase que desde fuera tampoco se ve y que no requiere más que instalar una sospecha permanente sobre tu criterio. Te dice que exageras, que recuerdas mal las conversaciones, que eres demasiado sensible. Te corrige los hechos con una seguridad tan perturbadora que acabas revisando tus propios recuerdos. Al principio discutes. Intentas demostrar que tienes razón. Le repites una y otra vez lo que dijo él, lo que contestaste tú, cómo reaccionó él. Sabes de memoria las palabras que elige e imitas los aspavientos que nunca te rozan pero que retuercen tu columna vertebral. No tardarás en dejar de hacerlo, porque tu enfado genera un cabreo en él que apenas puedes sostener con la poca fuerza que te queda. Finalmente, te acostumbras a pedir perdón por cosas que no has hecho.</p><p><strong>¿Por qué le creíste, con lo inteligente que eres?</strong></p><p>Hay una estadística que quizá no aparece en ninguna tabla porque debe resultar imposible medirla: el número de veces que una víctima deja de confiar en su propia percepción para confiar en la versión de su agresor. Sin embargo, sí existen cifras que permiten intuir la dimensión del fenómeno. Se estima que el 20,9% de las mujeres residentes en España ha sufrido violencia emocional por parte de la pareja y el 25,1% violencia de control en algún momento de su vida. Si supieras esos datos, si alguien te hubiese contado que casi diez millones de mujeres han vivido algo parecido a lo que has sufrido tú, tal vez te sentirías menos sola y dejarías de pensar en lo vivido como en una excepción para entenderlo como un problema estructural.</p><p>La persona que te interroga tampoco conoce esos datos pero, a diferencia de ti, no necesita saberlos. Le basta con presuponer que el dolor prolongado es una forma de consentimiento.</p><p><strong>¿Por qué seguiste con él si te trataba mal?</strong></p><p>La siguiente etapa de la relación suele confundirse con estabilidad. Ya no hay tantas discusiones. El agresor parece más tranquilo. Tú también. Lo que nadie ve es que la paz se ha conseguido a través de tu desaparición progresiva. Has aprendido qué temas no mencionar, qué amistades evitar, qué opiniones guardar para ti. Has desarrollado una habilidad extraordinaria para anticipar sus estados de ánimo mientras pierdes contacto con los tuyos. Se ha expandido como una metástasis, ha colonizado tu interior.</p><p>Cómo ibas a saber que los datos oficiales muestran que un 11,7% de las mujeres ha sufrido violencia económica por parte de su pareja o expareja. Controlar gastos, limitar recursos o generar una dependencia convierte cualquier intento de salida en un problema financiero de dimensiones casi insalvables. ¿Cómo te vas de un lugar si, para hacerlo, necesitas la garantía de que al otro lado habrá una puerta que abrir? Una que puedas pagar. Una que se abra con unas llaves que solo tengas tú.</p><p><strong>¿Por qué aguantaste tanto tiempo?</strong></p><p>Entonces llega la etapa de la normalización. Quizá sea la más peligrosa porque coincide con el momento en que el sufrimiento deja de parecer una anomalía. Ya no comparas tu relación con relaciones sanas, la comparas con la semana anterior. Si ayer hubo una pelea y hoy no la hay, vuelves a encontrarte con la persona de la que te enamoraste. El umbral del dolor se desplaza lentamente. Lo intolerable se convierte en desagradable. Lo desagradable se convierte en habitual. Lo habitual acaba pareciendo inevitable. ¿Crees que alguien que no lo haya vivido podría llegar a entender que, en esos días enteros sin tensión, la esperanza se convierte en otra forma de cautiverio?</p><p>Sientes vergüenza por haber tardado tanto en entenderlo, por haber justificado conductas inaceptables, por haber protegido a quien te rompía, por no contarlo antes. Y, cuando finalmente lo cuentas, llegan estas preguntas pegajosas que no te puedes quitar de encima. Parece ser que el relato se evalúa según las expectativas de quienes lo escuchan. Si tardaste demasiado, sospechan. Si te vas rápido, sospechan. Si no denunciaste inmediatamente, sospechan. Si denunciaste, preguntan por qué.</p><p><em><strong>    *	* *</strong></em></p><p>La conversación termina, pero las preguntas se quedan contigo mucho después de que la otra persona haya cambiado de tema. Se sientan contigo en el bus de vuelta. Se tumban a tu lado en la cama. Se enganchan a tus párpados. No quieres llorar, pero lloras. Durante años has vivido bajo la mirada de alguien que cuestionaba cada una de tus decisiones y ahora descubres que parte del mundo exterior parece dispuesta a continuar ese trabajo. </p><p>Nadie se hace las únicas preguntas cuyas respuestas te encantaría conocer: ¿Por qué alguien quiso dedicar años de su vida a destruir la autonomía, la confianza y la libertad de otra persona? <strong>¿Por qué pudo hacerlo? </strong>¿Qué mecanismos le permitieron ejercer ese control durante tanto tiempo? ¿Por qué todos conocemos a una superviviente de malos tratos y nadie a un maltratador? ¿Sus amigos y su familia saben que es un maltratador?</p><p>Otra de las cosas que nadie te ha contado es que, para salir, hay que abandonar a una persona y también a toda una narrativa. Durante años viviste dentro de una historia construida por otro, una historia en la que eras exagerada, egoísta, conflictiva, inmadura o incapaz de comprender lo mucho que se desvive por ti. Cuando escapas, crees que esa versión de ti desaparecerá con él. Pero descubres que algunas personas la han aprendido de memoria. <strong>La repiten sin saberlo.</strong> La sostienen con preguntas aparentemente inocentes. La alimentan cada vez que te piden explicaciones que jamás le pedirían a él.</p><p>A él le mantienen el saludo en la escalera, le invitan a las cañas de los viernes y se obvia su historial bajo el pretexto de que en el trabajo es un profesional intachable o que habría que conocer la otra parte. Jamás le preguntarán por qué ya ni siquiera os saludáis o si hay algún motivo<strong> para que ya nunca camines sola por la calle.</strong> A ti se te exige un relato perfecto. Tienes que ser una víctima coherente, que no guarde rencor, que muestre la dosis justa de fragilidad pero que se recupere pronto para no resultar repetitiva. A él, que siga su vida con normalidad.</p><p>Cuando planificaste la huida un año antes de que por fin sucediera, no contaste con que chocarías contra la hostilidad del entorno. Aprendiste a buscar pisos navegando en modo incógnito, pero no memorizaste cada momento de vuestra relación porque no sabías que te pedirían que recuerdes cada detalle sin contradicciones. Volviste a ver a tus amigas y disfrutaste de las excursiones en las que te volvieron a incluir, ¿era posible imaginar que esas escapadas no encajaban con la imagen idealizada de lo que la sociedad espera de una víctima? Si además tienes estudios, trabajo y una vida aparentemente estable,<strong> ¿cómo te pudo pasar eso a ti? </strong>Al parecer, tú eres la única responsable de la violencia que ejerce una persona sobre ti.</p><p>Estás tan cansada que ya <strong>no te quedan fuerzas para revisar afectos ni para cuestionar lealtades antiguas</strong>. Pero el silencio de los demás, aunque parezca inofensivo, acaba alimentando la revictimización.</p><p>Hay violencias que todos reconocen cuando ocurren lejos. Las vemos en una noticia, asentimos con indignación y sabemos exactamente de qué lado estamos. Pero cuando esa misma violencia habita cerca, cuando tiene un nombre conocido y comparte nuestros espacios, la certeza se vuelve incómoda, y ese lado en el que creíamos estar se llena de matices, explicaciones y silencios. Admitir que sabemos quién es el agresor obliga a revisar el lugar que ocupa en nuestras vidas. Es más fácil pensar que se trata de un malentendido, de un exceso puntual o de un defecto de carácter que siempre estuvo ahí,<strong> ¿acaso tú no lo sabías? </strong></p><p>Ahora no lo sabes, pero llegará un momento en que dejarás de medir cada día por el dolor que contiene. Las preguntas seguirán ahí durante un tiempo, pero se irán despegando de tus párpados poco a poco. Ya no aparecerán cuando intentas dormir. Volverás a reconocerte, aunque también asumirás que hay partes que han cambiado. Algunas cosas regresarán tal y como las recuerdas, otras, lo siento mucho, no estarán más. Volverá la calma, el deseo, la curiosidad, la confianza. Activarás las notificaciones del teléfono porque nadie las revisará por encima de tu hombro. <strong>Saldrás de casa sin tener que justificar a dónde vas</strong>. Habrá días malos, por supuesto. Días en los que una frase, un lugar o un recuerdo te devolverán por un instante a quien eras entonces. Pero cada vez regresarás más rápido a ti misma.</p><p>Con el tiempo, sin darte cuenta exactamente de cuándo ocurrió, comprenderás que ya no estás sobreviviendo. La vida no estaba esperándote al otro lado, pero tampoco te ha expulsado. Ha seguido avanzando mientras tú aprendías a habitarla de nuevo. </p><p>Todavía es pronto, aún tienes los ojos hinchados de tanto buscar respuestas pero, algún día, no confundirás más la culpa con la verdad.</p><p><em>*Lucía Solla Sobral es autora de la novela ‘Comerás flores’ (Libros del Asteroide, 2025).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Jul 2026 04:00:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Solla Sobral]]></author>
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      <title><![CDATA[Los amores del río de la luna]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/amores-rio-luna_1_2220205.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e8884924-be86-4496-a3a3-dce508c02e0c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los amores del río de la luna"></p><p>En 1995, la editorial Plaza & Janés, en su colección Cisne, publicó una novela de Rebecca Brandewyne titulada Amores turbulentos. Seiscientas exitosas páginas y una cubierta grana marcadamente <strong>pasional,</strong> digna del género: tipografía serifa con remates sobre un fondo ilustrado donde solo se ve pelo mullido, suave y espeso. El cabello de ella, una mujer tumbada sobre lo que podría ser una sedosa piel de oso, con los ojos cerrados y esa actitud sufriente en la que se confunden el placer y la entrega; es de color cobrizo y cae, abundante y ondulado, cubierta abajo. Él, cómo no, posee también una fuerte pelambrera. Negra y brillante, como sus cejas y el vello que se le intuye en el brazo. Abraza a la mujer, en una postura profundamente activa, concienzuda. Sus manos fuertes la atraen hacia él al mismo tiempo que se vuelca sobre ella. No hay salida. El escote descubierto, los pechos turgentes, <strong>la clavícula presta al bocado</strong> y otra piel más: un pelo grisáceo como la plata, casi el pelo de un lobo siberiano, que la cubre. </p><p>El argumento es a prueba de infarto: el abuelo de Morgana, un excéntrico y rico hacendado irlandés, establece una cláusula maquiavélica (sic) en su testamento. Obligará a su nieta a casarse con uno de sus nietos, aquel que consiga seducirla, que heredará, como segundo premio, la fortuna y las tierras. Al parecer, aunque Morgana se siente humillada por este<strong> deleznable contrato unilateral,</strong> entre su cazador (un tal Brian) y ella existe una atracción innegable, etcétera. Seiscientas páginas de amor turbulento. Me pregunto si eran hermanos o solamente primos (o nada). También me pregunto en qué plano se cruzan la seducción y la obligación. Ella está obligada a casarse con uno de entre un puñado elegido por el abuelo (¿hermanos, primos?), tiene un mínimo margen (tú no, tú sí). Pero lo de él es meridianamente distinto: el que consiga engañarla será el heredero. Competición básica en la que lo único importante es la recompensa, no el cuerpo por el que se accede a ella. Se gana siempre, porque como mucho se deja de ganar. El caso es que, al final, la tal Morgana y el tal Brian parece que se desean y se buscan a lo largo y ancho del mundo, durante toda una vida, y que esta premisa (esta perversa transacción) compone un arranque tipificado: esto es un amor turbulento, y lo demás, hiel. </p><p><strong>Lo turbulento es también turbio, sobre todo si es líquido</strong>. Una agitación, un alboroto, una confusión, un desorden: cualidades todas que arrastran las colisiones físicas y emocionales. Dice el diccionario de la Real Academia que la condición de turbulenta en una persona la hace <strong>belicosa, bulliciosa, rebelde y agitadora</strong>. Hace años, estos adjetivos me resultarían atractivos, puro caramelo rojo. Hoy, todo es distinto, todo lo observo distinto. Atravesado por una mirada más crítica, el amor se adelgaza enseguida. Belicoso no queremos. Turbio, tampoco. Bullicioso, rebelde, alborotado: bueno está; en el aire, finalmente, se forman remolinos. </p><p>Hace unos meses se publicó en español la última novela de Eva Baltasar, Peces. Cuenta una historia entre dos mujeres (un sexo bíblico, una atravesada del alma y del cuerpo, y nadie escribe, describe, el sexo como Baltasar) y es una<strong> historia turbia, belicosa</strong> y una palabra que hoy día, en mi opinión, define y confunde a la vez: tóxica. Hace años, lo tóxico era solo lo que te envenenaba, la contaminación del tubo de escape de los coches, beber lejía, las drogas. Pero hoy, el amor se acompaña en numerosas ocasiones de ese adjetivo: una historia de amor tóxica, una relación tóxica. Sí, una relación es tóxica cuando los niveles de turbiedad son altos y cuando el estado de excepción es la norma. Y esto puede darse de forma bilateral. Yo intento evitar esa palabra porque muchas relaciones de maltrato están definidas, tanto desde dentro como desde fuera, por este término: relaciones tóxicas.<strong> Y la toxicidad encubre la violencia unilateral</strong>. Las relaciones de maltrato son tóxicas, es claro; venenosas, peligrosas, opresivas. Pero la violencia es ejercida, implementada, por una de las dos personas, no por ambas. La toxicidad de las relaciones de maltrato no es consuetudinaria a la relación misma, no es el resultado natural de la atmósfera que esas dos personas respiran, no: es la asfixia impuesta por una de ellas. En la punzante y maravillosa novela de Baltasar, solo una de ellas es violenta con la otra. Pero la víctima piensa (un clásico) que forma parte del juego, que ella misma, con su deseo febril, con su entrega de fuego, ejerce la monstruosidad. ¿Es Peces un amor turbulento? Lo es, sin lugar a duda; un amor turbulento como el de ese libro de Brandewyne, un amor injusto, desigual, violento, un no amor. Porque <strong>¿es amor lo que hasta ahora considerábamos un amor turbulento?</strong> ¿Dónde ha quedado ese adjetivo tallado, en el rostro de qué gárgola? </p><p>En las mismas horas que leía sobrecogida y sedienta de venganza esta novela sobre la escritora y la vendedora de pescado frito, tenía a mi lado un libro del gran <strong>Roberto Juarroz,</strong> que abría de vez en cuando para detenerme en un poema. Una noche, caí en uno que decía: Algún día encontraré una palabra // que penetre en tu vientre y lo fecunde. A pesar de venir de las profundas corrientes tenebrosas de aquella historia de Peces, donde las fronteras del cuerpo y de la lucidez se rebasan todas, los versos de Juarroz me resultaron, primero, amenazantes. Hallaré una palabra / que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta, / que contenga tu cuerpo / y abra tus ojos como un dios sin nubes / y te use tu saliva / y te doble las piernas. Luego, desagradables. Tú tal vez no la escuches / o tal vez no la comprendas. / No será necesario. / Irá por tu interior como una rueda / recorriéndote al fin de punta a punta, / mujer mía y no mía, / y no se detendrá ni cuando mueras. Brutalmente violentos, al fin. Pero ¿qué metáfora ruin…? ¿Una palabra que<strong> te invada, te penetre y te fecunde</strong>, que te violente el cuerpo, te voltee, te haga caer de rodillas, hasta que te mueras, ¡después de que te mueras…!? ¡Y que tú ni comprendas, ni te enteres, y no importe! En mitad de la noche de este primer cuarto de siglo XXI, me vi nítida, años atrás (¿cuántos?, quizá no tantos), leyendo ese poema como una promesa arrebatada de amor, de no amor, de amor turbulento, una advertencia de pestilente felicidad. </p><p>A lo mejor alguien piensa, a estas alturas de texto, que la que escribe desecha la furia de los cuerpos cuando los cuerpos hacen furia, la oscuridad luminosa en la que se vive cuando solo interesa una boca, una mirada, una habitación que se hace calle, y manglar, y mundo, la pérfida sensación de descontrol que invade lo cotidiano cuando un huracán terrible nos transforma los días. A lo mejor alguien piensa que el consentimiento está reñido con la pasión.<strong> Qué error tan triste</strong>, nada más lejos: el consentimiento es la verdadera revolución social del siglo XXI, la electricidad que debería atravesar nuestros tormentos, nuestros amores, nuestra airada diversión, la deliciosa saliva que ha de cubrir nuestra piel cuando la fiebre y abrigar nuestros huesos bajo el frío. Solo hay que esforzarse un poco en entenderlo. </p><p>No quiero acabar esta página sin antes hacer referencia a un amor al que acabo de llegar, uno atravesado por una turbulencia fatal, la pandemia del sida. En Ángeles en América (la miniserie de Mike Nichols basada en la obra teatral de Tony Kushner), en la ciudad de Nueva York, en pleno nuevo conservadurismo de Reagan, año 1985, Prior Walter le cuenta a Lou, su novio, que está enfermo, y este, al poco tiempo, incapaz de asumir la dura tarea de los cuidados, incapaz de asistir a la terrible devastación del cuerpo de su amante, lo abandona. La nave donde alucina Prior, impactada doblemente por esa masa de aire cambiante <strong>(el sida, el abandono: el magnífico estigma)</strong>, se convierte en un lugar desolador y divino al que acuden, cada delirio, ángeles y fantasmas. En una de tantas secuencias oníricas, vemos bailar a la pareja. El atormentado y culpable Louis entra en escena para abrazar a Prior, delgadísimo, en pijama, de pronto sin llagas, y danzar juntos al compás de Moon River de Mancini. Cada vez que pensaba en escribir sobre amores turbulentos, regresaba esa escena a mi cabeza. Esos cuerpos pegados, absolutamente heridos, respirándose durante un sueño, recomponiendo en la fantasía del deseo y la nostalgia lo que la realidad ha destruido. Ese amor, ahora sí, turbulento: por tierno y doloroso, por devastado. </p><p><strong>Llamemos al amor por su buen nombre</strong>. Ese que contiene todos los elementos y expulsa al farsante de la fiesta. Ese por el que jamás, jamás de los jamases, acabará nadie limpiándose la sangre de las manos, en medio de la plaza, en una fuente pública, al borde del cadáver.  </p><p><em>*El último libro de Lara Moreno ha sido ‘Ningún amor está vivo en el recuerdo’ (Lumen, 2025).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Jul 2026 04:00:45 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lara Moreno]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Los amores del río de la luna]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Un fuerte aplauso para ellos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/fuerte-aplauso_1_2220176.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/23252fc5-cc14-4d00-b015-eb36107e12a2_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un fuerte aplauso para ellos"></p><p><strong>A lo largo de mis treinta y pocos años me he enrollado con tres divorciados y un asesino</strong>. También con un pastelero, un profesor universitario de física adicto a la ketamina, un diseñador de cajas de cartón para Amazon, un famoso cantante que casi representa a España en Eurovisión y un zapatero italiano obsesionado con ETA. <strong>Y, por desgracia, todos ellos viven</strong>. Menos uno, el esquizofrénico: una mañana se decantó por tomarse una caja de benzodiacepinas; dejó una carta de despedida en la que aparecían unos diez nombres de chicas. Ninguno era el mío.</p><p>Todo el largo listado de penes adosados a un cuerpo que he tenido la desdicha de conocer comparte una serie de cualidades innatas: un lloriqueo por el anhelo de la figura materna equivalente a los gritos de un cerdo cuando es sacrificado, una aburrida insistencia en venderse como seres excepcionales que no se excitan con las tetas operadas y sí con la belleza natural paliducha, un consumo fetichista por un porno muy concreto que roza lo delictivo. Y, por descontado, <strong>un no elegirme bajo ninguna circunstancia</strong>: a mí, que soy la más mejor según mi abuela cada minuto hasta que murió. Pero de la extensa totalidad de rasgos del carácter machirulo, hay uno que debo reconocer como especialmente valioso. No porque sea la mejor virtud que uno pueda poseer sino porque se trata de un don que, a lo largo de la historia, solamente ha pertenecido y pertenecerá a los hombres: <strong>la de hacerte ver que eres profundamente gilipollas</strong>.</p><p>De nada ha servido que me licenciase en Literatura comparada ni que haya pasado horas y horas en aulas sin calefacción ni aire condicionado analizando las mil posibilidades que tiene un texto de ficción: me la han colado por todos lados. Y no, no voy a sumarme al debate de si la lectura te hace mejor persona, pero sí me mojo al confesar que no te convierte en más lista: a mí no me ha quitado ni un ápice de mi despiste de párvulos. <strong>Ni, por supuesto, me ha hecho esquivar mentirosos más cutres que un sujetador de tirillas transparentes</strong>. </p><p>Voy a ilustrar esta miopía emocional mía, inexplicable para unos progenitores que te han pagado un sinfín de actividades extraescolares. Y empezaré por el ejemplo más básico y con el que tantas hemos topado: el del que carga con un matrimonio longevo y te promete por sus cinco hijos tener una relación abierta de la que, ¡sorpresa!, solamente es conocedor él, el cazador de la presa. Por suerte, <strong>este mamarracho no acabó convirtiéndose en mi pareja</strong> porque, claro, a fin de cuentas, él no me había prometido ni una gilda en el restaurante de la esquina. Quien sí terminó por ser noviete mío fue Daniel –nombre falso, uno con menos habilidades teatrales–. Pasó al poco de empezar a salir: estábamos celebrando su cumpleaños, regocijándonos en el sofá de su casa, cuando empezaron a fundir el timbre. Sin embargo, él seguía hablándome con melosidad o, mejor dicho, provocándome urticaria con su barba mal afeitada; cuando le corté y le pregunté que por qué no iba a comprobar quién había detrás de ese taladro, me respondió que era el del gas, en sábado. <strong>Tiempo después descubrí que era su reciente exnovia</strong>, con un regalo en mano y el desconocimiento de que yo estaba al otro lado.</p><p>Pero en el momento lo creí, y del todo. Como también<strong> creí al psicópata de mi compañero de trabajo con quien mantuve un romance clandestino</strong>: un día, este señor en cuestión, desesperado por no brindarle un caso enloquecido, quiso añadir dramatismo a nuestra historia para que así yo experimentara un vértigo angustiante ante la posibilidad de que dejara de magrearme las tetas cuando nos cruzábamos en la máquina de café. El susodicho, que tocaba la guitarra –una no puede irse de este mundo sin liarse con un aspirante a estrella del rock–, me contó que lo habían seleccionado para estudiar un grado de música en Abbey Road y, por lo tanto, debíamos separarnos para que él pudiera cumplir su sueño. Obviamente, me lo tragué: le regalé unos billetes para ir a Londres, donde nos recorrimos hasta los barrios más periféricos y malolientes para que calibrase dónde instalarse cuando empezara a cursar esa beca que, por cierto, no existía. </p><p>Pero no todo van a ser sombras y tomaduras de pelo en el arte de la retórica masculina trovadoresca. También he estado con muchachos que decían la verdad de un modo tan cristalino como arrollador. Es el caso de un informático que trabajaba para una agencia de <em>spam</em>, que<strong> me dejó plantada porque tenía que hacer sí o sí una lavadora</strong>; o la declaración de un cómico Youtuber, que en medio de una discoteca me confesó que, aunque no era ni de lejos la tía que estaba más buena de todas con las que compartía espacio, esa noche –pausa dramática– era yo la primera con la que se acostaría. </p><p>Son anécdotas sin importancia si las comparas con otras patinadas que solo pueden considerarse fruto de un retraso mental que merece la más alta certificación de discapacidad; y con ello me refiero al modo en cómo <strong>mi expareja me estampó en la cara la viva imagen de un engaño de más de seis meses</strong> que yo, con mi santa inocencia, ni tan solo sospechaba. Pasó una tarde cualquiera: estábamos haciendo el tonto mientras él recogía la colada en el cuchitril que alquilaba, y que olía a lomo embuchado porque apenas ventilaba, cuando me dijo: “ten, esto es tuyo”. Y me lanzó un tanga de color carne. Miré esa prenda entre mis manos, estupefacta: todos, absolutamente todos los que me han comido el coño, ya sea para succionarlo como quien sorbe con pajita un granizado o para relamérmelo como quien rebaña la salsa de fricandó del plato, han tenido que bajarme unas bragas de goma suelta, negras y cien por cien algodón. </p><p>Pero si hay que hablar de la osadía a la hora de ponerme una bonita cornamenta, hay una traición que se lleva el primer puesto. Tuvo lugar en mi cumpleaños: yo, en casa, completamente sola y enferma de covid, disfrutando del único obsequio que había recibido, que era mi autorregalo de un pedido de arroz tres delicias y ternera con salsa de ostras a domicilio; mientras tanto, mi chico estaba en un bar morreándose con otra que, para colmo, no era su inaguantable tentación, es decir, carne fresca, sino una niñita del instituto que había manoseado tanto como para que le salieran callos. El giro cruel e inesperado no fue que me llamara mi amiga, camarera del local, para avisarme de todo el espectáculo del que estaba siendo testigo; la estocada final vino cuando, en el momento de soltarle que lo había pillado, <strong>prefirió dejarme en vez de suplicar que le perdonase ese descuido</strong> al que se había entregado como una babosa en medio una carretera lluviosa. </p><p>Y ya que hemos convocado las infidelidades, ¿por qué no dar espacio a esas escenas erótico-festivas más propias de <em>sitcom</em> que del pasaje de una novela de Sade?<strong> Describir los polvos ridículos que ha protagonizado una misma es un terreno pantanoso</strong>, ya que puede inducir a arcadas a quien las teclea; por suerte, es aquí cuando descubro que mi cabeza no está tan estropeada. Reacciona como toda tía traumatizada: proyectando el recuerdo como un canal de la televisión que no sintoniza. </p><p>No obstante, como adulta indignada con que haya individuos triunfando que no valen ni un centavo, quiero explicar un par de veladas que dan fe de cómo un pringado puede manipularte solo por tenerte encima de su colchón. En una de ellas,<strong> me comí una bronca descomunal porque no había tenido un orgasmo, ni lo había fingido</strong>. El cuarentón este, que paseaba una barba de Robinson Crusoe donde habitaba no sé cuánta microscópica fauna, no podía entender que folláramos –a sus ojos, que me follase– y no muriera ahogado por el tsunami de mi corrida. Indignado, me recomendó que pidiera ayuda psicológica, porque él nunca había topado con este suceso tan extraño de penetrar una vagina sin culminar en una explosión de éxtasis. </p><p>Cuando salí de su piso en la zona alta, llamé de inmediato a mi madre que al no ser del Opus Dei me podía socorrer: estaba asustada y, sobre todo, necesitaba que estuviera al corriente si finalmente tenía que ir a terapia, pues no podía costeármela porque en esa época era tan solo una estudiante; me contestó con el sentido común que escasea entre tanta testosterona, deletreándome la fórmula de que <strong>el coito no equivale a performatividad onomatopéyica</strong>. </p><p>El segundo momento que tengo clavado en el cerebro es ese que, gracias a dios, hoy es considerado de violación y que tiene que ver con esa manía tan extendida entre los chavales de <strong>quitarse el condón en medio del acto</strong>. Yo no iba a ser una excepción: de repente, vi semen en mi muslo y no dentro del plástico, unas salpicaduras de unas formas que se acercaban a una composición de Joan Miró. Pero toparse con eso no fue el verdadero motivo de infarto: lo siniestro de la situación fue cuando <strong>el tipo empezó a bromear con padecer sida</strong>. A la mañana siguiente somaticé con sarpullidos pero, como toda joven adiestrada en sociedad, no expliqué absolutamente nada acerca de mi nueva hipocondría y me fui a correr una carrera de diez kilómetros por la lucha contra el cáncer, a petición obligatoria por parte de mi empresa.</p><p>¿Eran todas estas vivencias, en las que he intercambiado fluidos, sinónimos de amor? Es evidente que no: ni en su faceta más mediocre. Pero <strong>lo que fueron es pura frustración</strong>. Porque comunicarse mediante pinturas rupestres con los tíos, y todo un largo etcétera, te lleva a darte tantos golpes contra la pared que acabas por ir deambulando por los sitios, desorientada, buscando un punto de referencia y encontrándolo en las miradas de los albañiles que te gritan que te embarazarían. O descifrando el signo del zodiaco, el horóscopo chino y la carta astral de cuantos te han roto el corazón para así quitarte la culpa de su decisión de abandonarte por empotrar a otra. ¿Eran todas estas historietas con maromos a los que he acribillado con mis monólogos interiores algo parecido a quererse? Ni por asomo. Pero <strong>lo que sí fueron es pérdida de tiempo y delirio histérico</strong>. De esos que te generan la creencia de que eres tú quien tiene el coño grande y no ellos la polla tan delgada como una guindilla en conserva; y que te hacen fantasear con perder la voz para convertirte en esa hada misteriosa e increíblemente seductora.</p><p>Ninguna de mis relaciones con estos fulanos invocados desde mi hipérbole y su anonimato me ha durado más de un trienio, y solo unos pocos han luchado cuando la cosa se torcía, aunque siempre fue un poquito de nada. Pero, ¿qué más da? Al final lo importante de todo este embrollo no es rendir homenaje a una épica ancestral, sino en <strong>ser quien sufre menos de los dos</strong>. O se lo pasa mejor. Y yo, en temas de jolgorio, me quito el sombrero ante los hombres, esos especímenes que andan a sus anchas con sus huevos cubiertos de pena cual paja de corral, y que te sonríen con un entrecejo más poblado que una calle de Tokio. Porque ellos sí lo saben hacer. Para ellos la vida sí es una tómbola, una to-to-tómbola y, encima, te marean a ti mientras ellos dan una triple voltereta al aire y caen de pie. Una acrobacia posible porque, pese a quejarnos de no ser vistas, nos inspeccionan con infrarrojos hasta vislumbrar lo más hondo de nuestra candidez y comprobar que sí, que seguimos siendo aquellas bobas de anteayer a quien volvérsela a meter doblada en un futuro más bien próximo. Así que, queridas lectoras, un fuerte aplauso para ellos, los únicos capaces de percatarse de toda esa peligrosa ingenuidad que no sabíamos que llevábamos dentro. </p><p><em>*Andrea Genovart ha sido Premi Llibres Anagrama con la novela ‘Consum Preferent/ Consumir preferentemente’ (2023).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Jul 2026 04:00:49 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Andrea Genovart]]></author>
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      <title><![CDATA[Fantasías de amor derrumbadas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/fantasias-amor-derrumbadas_1_2220912.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/58811580-af6d-4af5-9a3a-e51ad2df7e4d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fantasías de amor derrumbadas"></p><p>Irene está pasando un ocioso mes en Grecia. Hoy se ha bañado en las aguas de la isla de Icaria, dicen que brota agua termal y quiere probar a ver si le calma el dolor que siente en la rodilla izquierda y que arrastra desde hace tiempo. Hace más de 30 años que <strong>su vida se caracteriza por las quejas físicas, aunque las mentales se llevan la mayor parte</strong>. Cuando la idea del mar es más fuerte que su pesadumbre, Irene se marcha con exceso de equipaje a alguna costa mediterránea y en su piso abarrotado de recuerdos se queda todo aquello que continúa aplazando y que no logrará resolver.</p><p>En Naxos pasa un par de días, antes de coger el ferry que la llevará a Koufonissi, una isla pequeñísima que se puede recorrer en pocas horas y en la que las aguas transparentes la continuarán acompañando. Irene recogerá las simpáticas flores con filamentos lilas de la alcaparrera que crece en las grietas de los muros y las colocará en un vasito con agua, sobre la mesa de la terraza del hotel. <strong>Ella nunca desestima la armonía preciosa que encuentra en las flores y las plantas</strong>, uno de sus refugios más preciados.</p><p>En el islote de Palatia, cerca del puerto de Chora, se encuentra la Portara, que forma parte del templo inacabado de Apolo. Estamos a principios de junio y con Irene ya hay al menos cien personas fotografiando la belleza que el sol del atardecer dibuja sobre el mar, las montañas y la imponente puerta de mármol que rodean los visitantes. El astro crea sombras serenas a juego con la fragancia de la brisa salada. </p><p><strong>Irene carga con la idea del abandono desde muy temprana edad</strong> y con 70 años no la va a dejar escapar. Forma parte de su yo y nunca se ha prestado a analizarlo, optando por resguardar su relato y su educación sentimental en las óperas y en la mitología. Subida a una piedra irregular mientras graba unos segundos de esta puesta de sol rojiza, le aparece <strong>el drama de Ariadna</strong>. </p><p>Cuenta la tradición que fue aquí, en Palatia, donde Teseo la abandonó después de huir de Creta, antes de seguir el viaje hacia Atenas. <strong>A la pobre Ariadna nadie la saca de la canallada que le hizo Teseo</strong>, piensa Irene. Luego llegó Dionisio para quererla, pero a Irene le parece una solución falsa y de mínimos. Como todas las que ha tenido ella desde que acabó su segunda y última historia sentimental, cuando se dejó llevar por un amor desbocado que le exacerbó la perturbación. <strong>Convirtió al hombre en el centro de su vida y con él intentó llenar el vacío existencial</strong>.</p><p>En la ópera <em>Ariadne auf Naxos</em>, en el monólogo de Ariadna que empieza con: <em>¡Ay! ¿Dónde estoy? ¿Muerta?</em><a href="//#_ftn1" target="_blank">[1]</a>, Harlekin, Brighella y Truffaldin las describen bien a las dos: <em>¡Qué joven tan bella y tan desmesuradamente triste! ¡Y difícil, imposible de consolar, para mí!</em> A Irene la tranquilidad le durará lo que dure este mes en Grecia y aun así,<strong> la soledad tejida al pasado respirará en cada paseo</strong>, en el pescadito frito que comerá y en la arena que pisará cada vez que se levante de la agradable hamaca. Será una anhelada y breve calma en un sitio bello y remoto. </p><p>Irene entiende la vida como el decorado de una ópera que esconde y confunde sus emociones mientras lee y susurra arias frente al paraíso. <strong>La ópera, como la vida, está alimentada por la turbulencia</strong> y a los amores que en ella empiezan sencillos siempre les llega algo (como el veneno) o alguien (déspota, tal vez) que los estropea. Por eso es tan importante saber salir de escena a tiempo y no quedarse atrapado. 	</p><p>Irene ha llegado a Koufonissi y le molestan los todoterrenos que encuentra por los caminos y el restaurante mexicano con una pizarra chillona. Piensa que dentro de dos días esto se convertirá en Ibiza. ¿Qué quieres? Todo aquel que se lo puede permitir busca la misma exclusividad. En el instante en que Irene redescubre las calles de la isla y se encuentra con alguna cala rocosa vacía, su hijo Carlos descubre unas cartas. Se trata de la correspondencia que Irene le envió a aquel segundo y último amor mientras este realizaba el servicio militar. Era el año 1985. </p><p><em>“Si tú estuvieras aquí, todo sería bien distinto. Hasta el piso que, por cierto, está muy limpio, me parecería más bonito. Nunca más quiero viajar sin ti”.</em></p><p><em>“Hoy es el último día para apuntarse a alemán. Supongo que me conviene mucho vivir pendiente de algo más que de tus peripecias, aunque no estoy del todo segura de que las clases o cualquier otra ocupación me puedan distraer de esto. No puede ser que me sienta morir cada vez que te ponen cinco días de castigo. Te quiero y querría que pasara, a cámara rápida, esta pesadilla inacabable”. </em></p><p><em>“Si no te he escrito antes, es por culpa de estos celos enfermizos y feroces, estúpidos y todo lo que les quieras llamar. Tienes que perdonarme. Ya comprendo que es una exageración no ser capaz de soportar que ni un destello de tu pensamiento salte hacia un lugar que no sea yo. Perdóname, pequeño. Ya sabes que el día que te fuiste no pude ir a dar clase. Me sentía hasta enferma, como perdida, incapaz de nada”.</em></p><p><em>“No rascabas, pero la cara la tengo bastante enrojecida y el pecho lleno de puntitos rojos. Pero ¿quién pensaba en esto?… Ya podrías llamar ahora mismo. ¿Cómo crees que se puede vivir con esta locura? Llámame mañana, amor mío. Llámame. Te quiero y te deseo como cuando estamos juntos”.</em></p><p>Estas cartas confirmaban lo que Carlos ya sabía. <strong>El tormento acompañó la historia entre su madre y su padre desde el primer hasta el último día</strong>. Los momentos de relativa calma fueron únicamente aquellos en los que se iban de vacaciones. Por eso ella sigue haciéndolo. Irene se va. Y siempre ha puesto fuera de sí la responsabilidad emocional, intentando cobijarse en un amor miraje que era más bien su necesidad de que alguien la salvara del pozo de su soledad donde se acompañaba de jerseys de cachemir, libros, óperas y langosta. </p><p><em>“Mientras desayunaba en la cama, me perdía pensando en la librería de la que hablamos. En el baño que construiríamos en la bodega, la piscina que imaginabas, etc., etc. pero todo muy poco a poco, lo pensaba, como si el corazón estuviera muy cansado y no diera para más. Qué intenso este fin de semana juntos. Qué sueño tenía esta mañana cuando el despertador sonó a las nueve para ir a clase de alemán. Me he girado y, media hora más tarde, aún estaba en la cama. Mamá ha entrado y me ha preguntado: “¿Sabes qué hora es, preciosa?”. Me he levantado, pero parecía que el cuerpo me pesaba 100 kilos y no 50. No me has llamado tal como habíamos quedado y lo he hecho yo, pero no me han dado ninguna novedad. Espero que me llames luego. Sufro por todo: por si te dormiste en el autocar y nadie te avisó, por si no te dejaron entrar, por si perdiste la cinta de vídeo y yo qué sé, por todo. ¿Y si te dejaron entrar pero no te has despertado a diana? Esta noche he soñado que aún estábamos juntos. Muchos besos, pequeño”.</em></p><p><em>“Empieza a pensar qué haremos en Semana Santa. Voto para irnos al extranjero. A Venecia, por ejemplo, o a Múnich. ¿Aunque fueran solo cinco días, eh, pequeño? Si te apetece, también podríamos ir a Holanda, ¿no? Muchos, muchos besos”. </em></p><p>La pasión que sentía por este hombre joven se confundía con la historia que había armado a su alrededor. La fantasía perfecta. El padre de Carlos era el objeto de todas las alegrías y de todas las tristezas de su madre. Irene le dio un peso que ningún hombre podría cargar, aunque, a la vez, uno que casi cualquier hombre, incluido su padre, se vería capaz de abordar. Un hombre que quiere probarse ante una mujer imponente. Otra quimera.</p><p><em>“Ayer cuando me iba a dormir hacia las dos de la madrugada escuché, viniendo de no sé dónde, el mismo toque de campanas que hacen las horas en el reloj de Castellón, bajé las escaleras corriendo, abrí la puerta de la calle, pensando si tu estarías fuera y habrías orquestado aquel montaje, pero sólo encontré frío, lluvia y niebla. Más bien me entró el miedo y volví para arriba. Más tarde, leyendo, iba oyendo el toque de los cuartos, de las medias, de los tres cuartos y, de nuevo, de las horas. Así toda la noche. No sabía si soñaba o qué. ¡Pero no, estaba despierta y lo sentía; más que soñar es que ya me había vuelto bien loca como Lucia di Lammermoor! Al final resulta que han puesto un reloj igual que el de la plaza de Castellón. Ni en el pueblo me dejarán en paz estas musiquitas que solo me hacen pensar en soledad, deleite, angustia y la falta de ti. Mañana tengo que plegar todas las toallas y nuestras sábanas que el otro día escaldé y lavé. Y también, cómo no, ordenar la habitación, perpetuamente hecha un caos”.</em></p><p>Y así como <strong>Ariadna queda fijada en el delirio del abandono y no quiere seguir viviendo</strong>, <em>Lucia de Lammermoor</em> enloquece porque la realidad se vuelve insoportable. Ella está enamorada de Edgardo, enemigo de su familia, y su hermano la manipula para que se case con otro hombre. En la noche de bodas rechaza violentamente el matrimonio impuesto y mata al hombre. Luego reaparece, sin poder distinguir ya entre lo ocurrido y la ilusión de reunirse con Edgardo, de quien cree que oye la voz. La razón se ha extraviado asegura el capellán. </p><p>Es entonces cuando Lucia, en la escena <em>¡Oh, justo cielo!… El dulce sonido…</em>, habla de una voz que le ha bajado al corazón. Se imagina que su enamorado la llama y asegura: ¡<em>Edgardo! Edgardo! Vuelvo a ser tuya. </em>Solamente está en su cabeza, cuando Edgardo acaba llegando en carne y hueso, el coro le cantará: <em>Funestas fueron para ella las bodas... el amor la arrancó de la razón... se acerca a sus últimas horas, y te reclama... por ti gime...</em> Lucia continúa agonizando y muere. En este caso, él irá detrás y se suicidará esperando reencontrarse con la amada. </p><p>La que pasea por Koufonissi este atardecer se ha cruzado con unos que sí han logrado unirse en matrimonio. La pareja caminaba desde el yate del que habían bajado hasta un restaurante situado en unas terrazas de piedra frente al mar. Ella lucía un vestido largo de color verde y el novio vestía una americana negra y unos pantalones blancos cortos, igualmente elegante. Otras embarcaciones grandes llegaban al diminuto puerto para unirse a las nupcias. La fiesta y los fuegos artificiales retumbarán por toda la islita la noche entera. Irene sigue fastidiada por los ricos que se apoderan de su escondite como si fueran dioses, aunque, con seguridad, le gustaría ser la madre del novio. </p><p><strong>Para las tres mujeres de esta historia la fantasía amorosa se derrumba</strong>. Sin contar con la del vestido verde; aún es pronto para descubrir su porvenir. Podemos sacar en claro que la turbulencia amorosa nos puede acompañar hasta la tumba, pero es que la llevamos dentro y nos separa de la comunidad si no conseguimos pactar con la cordura. Es necesario el perdón, hacia uno mismo y hacia los otros y así podremos aspirar, al menos, a un <em>feliz desenlace</em>. 	</p><p>Llegamos así a Mozart y a la clemencia y al autocontrol de las pasiones, tan presentes en el imaginario ilustrado del XVIII. Herramientas perfectas para cerrar el caos. En <em>Le Nozze di Figaro</em> la condesa Almaviva perdona al conde por haber querido seducir a otra mujer. <em>Yo soy más benigna, y digo que sí </em>asegura la condesa cuando él le pide que le perdone. Todo acaba en una gran fiesta y todos juntos cantan: <em>Este día de tormentos, de caprichos, de locura, en contento y alegría sólo el amor puede concluir.</em> Claro está, es una ópera.</p><p>En la historia de Irene,<strong> ni ella ni él reconocen jamás su responsabilidad</strong> y podría ser que no exista nada, ni siquiera las bellísimas olas del mar griego, que logre tranquilizar sus almas turbulentas. 	</p><p><em>*Laura Calçada Barres es autora de ‘Fucking New York. Història dels meus límits’ (Destino, 2023).</em></p><p><strong>*Este relato ha sido publicado en la versión impresa de </strong><em><strong>TintaLibre</strong></em><strong> con algunas erratas en la edición, pedimos disculpas, ésta es la versión definitiva.</strong></p><p><a href="//#_ftnref1" target="_blank">[1]</a> Las traducciones del libreto en alemán están extraídas de la página Kareol.es.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Jul 2026 04:01:15 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Laura Calçada Barres]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Fantasías de amor derrumbadas]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Perdona, pero tengo que marcharme]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/perdona-marcharme_1_2219094.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0d5034db-c754-47f7-81f8-b0ad2048bbd7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Perdona, pero tengo que marcharme"></p><p>En sus primeras fantasías con él, lo que Natalia <strong>se imaginaba </strong>era<strong> cómo le decía que no</strong>. A veces era en una situación espontánea, una noche de verbenas que se alargaba en la que ambos acababan lejos del resto y subían juntos la avenida de camino al barrio. Él estaba muy borracho, como siempre, y Natalia, que era más comedida, se desviaba unos pasos para acompañarlo. Óscar le ofrecía un piti antes de entrar al portal, pero en su lugar le daba un beso. Ella dejaba que sus labios sorprendentemente húmedos se posaran un segundo en los suyos y daba un paso atrás, riéndose, ¿qué haces?, no seas tonto. En otras, el asunto se enrevesaba: quedaban para ver una película en su casa a solas y Natalia (la Natalia de su propia fantasía) no pensaba nada raro, al fin y al cabo casi todo el mundo estaba de vacaciones, así que acudía sin sospechar nada, ni siquiera cuando él se sentaba demasiado cerca y le acariciaba la cintura, o quizás ahí sí, pero <strong>se decía que no era tan grave</strong> hasta que el roce era inequívocamente sexual y él intentaba besarla. Perdona, no sé qué me pasa, se disculpaba Óscar cuando ella daba un respingo, es que desde que comenzó el verano creo que… Calla, lo cortaba Natalia, levantándose. No pasa nada, pero sabes que no podemos. En otras versiones se quedaba a dormir: Óscar era un insomne crónico, de ahí venía (en teoría) <strong>su arcana relación con la marihuana</strong>. Bien visto, puede que ese fuera también uno de los primeros motores de sus ensoñaciones: Natalia sentía que comprendía a Óscar, un hombre indudablemente necesitado de comprensión, sentía que a él le vendría bien una chica como ella, que lo entendiera en sus oscuridades, pero también fuese capaz de hacer su vida un poco más liviana, a diferencia de la miríada de mujeres con las que se acostaba y con cuyas historias extravagantes entretenía a todo el grupo cuando quedaban los fines de semana. Juntos dormían bien, sus cuerpos se giraban sin importunarse en el sueño, Natalia le hacía casi toda la noche la cucharita y ambos se recreaban en un estupor perezoso que ella asociaba con las siestas sin sueños de su adolescencia después de haber hecho algo importante, como un examen. Por la mañana, ambos se resistían a abandonar las sábanas, aunque ambos tenían que trabajar, él le acariciaba el pelo y le contaba algún detalle absurdo de su infancia, de su perro Rodolfo, le besaba la frente cuando Natalia lo hacía reír y luego la intentaba besar en los labios. Tengo que marcharme, decía ella, y Óscar decía ¿En serio? e intentaba retenerla, y entonces Natalia se incorporaba y le recordaba que Jesús era uno de sus mejores amigos, que eran amigos mucho antes de que Natalia comenzara a salir con Jesús, hacía ya cuatro o cinco años, que era, en todos los sentidos, una mala idea. Óscar ponía<strong> la misma cara que debía poner su perro Rodolfo cuando exigía sobras</strong> de la mesa, pero la dejaba ir, porque era un chico sensible, razonable y bueno. Óscar era bueno, Natalia lo sabía aunque muchos no se dieran cuenta. Era bueno. </p><p>A veces dejaba que otras fantasías continuaran la primera, la de <strong>una noche durmiendo juntos sin que al final sucediera nada</strong>: fiestas en las que Óscar estaba mal y Jesús y ella lo acompañaban a casa y compartían un incomodísimo taxi, al menos para Natalia y Óscar. Nocheviejas en las que Jesús la besaba con el año nuevo y Óscar apartaba la mirada. Cumpleaños de Natalia en los que Óscar, para sorpresa de todos, se acordaba de llevarle un regalo. A mí lleva sin regalarme nada desde el instituto, se mofaba Jesús más tarde, ya a solas en casa con ella, No sé qué le habrá dado. En una de esas posibles continuaciones, Óscar y ella se acostaban en una noche en la que Natalia (contra su costumbre) se había drogado y<strong> la droga había nublado su juicio</strong>. Sabía cómo era su polla porque hacía un par de años la había visto, flácida y mojada, en uno de los festivales de verano al que acudieron todos los del grupo y compartieron un bungaló. Era capaz de imaginársela en todo su esplendor, cómo se sentiría dentro. Estaba circuncidado. </p><p>Lo cierto es que Natalia y Óscar habían compartido mucho tiempo aquel verano, y no siempre de noche, como solía suceder en su día a día. Aunque Óscar era poco proclive a utilizar el teléfono, se habían intercambiado algunos mensajes después de haber compartido una tarde de cine o piscina, de una noche de cervezas. Jesús apenas había estado aquel verano por Madrid, sus vacaciones de funcionario le permitían viajar sin límites, a diferencia de Natalia, que tenía que trabajar. Se llamaban todos los días, pero <strong>esas llamadas solían durar unos diez minutos</strong>, y también era verdad que Natalia se aburría, ella, que siempre decía necesitar más tiempo para sus aficiones: en la oficina se pasaba los días sin hacer nada, leyendo <em>ebooks</em> sin disimularlo; casi todo el mundo había huido de la ciudad y no renovaban ni las exposiciones ni la cartelera; los pocos que quedaban del grupo estaban hartos de verse las caras todas las tardes. Una de esas largas tardes de aburrimiento, Natalia le confió sus preocupaciones a Juan: <strong>creo que a Óscar le gusto</strong>, le dijo en el sofá mientras veían videoclips antiguos de Lady Gaga por puro aburrimiento. ¿En serio?, dijo Juan, y ella pasó a detallarle los motivos que la habían llevado a sospecharlo: le leyó algunos mensajes que habían intercambiado, le habló de aquel domingo en el que habían quedado para desayunar y al rato ella se había dado cuenta de que Óscar había ido de empalme. Pero ¿fuiste tú la que le dijo de desayunar?, quiso aclarar Juan, y Natalia asintió, pero solo lo había hecho porque Óscar, en una velada anterior, le había dicho que podían hacerlo, que llevaba mucho sin desayunar fuera de casa. Creo que está muy solo, dijo Natalia, y Juan asintió, dudoso. Puede ser. Pero no creo que sea nada, no te preocupes. O sea, puede que tontee contigo, concedió ante su silencio, pero solo como lo hace con cualquiera. <strong>No tienes por qué preocuparte</strong>, la tranquilizó, ni le vas a romper el corazón ni se va a poner pesado.</p><p>No creo que sea nada, confirmó Juan días después, cuando se marcharon de casa de María. Aquella noche Óscar y ella se habían pasado horas hablando a solas aprovechando que eran casi los únicos que fumaban, Natalia no había sabido cómo salir de la terraza, con las ganas que Óscar parecía tener de hablar con alguien de algo que no fuera tonterías del día a día o el nuevo disco de Bad Bunny. ¿De verdad no lo crees?, le insistió Natalia, y Juan le dijo que no, que de verdad no pensaba que tuviera de qué preocuparse. De hecho, creo que intentaba ligarse a la amiga de María, apuntilló Juan, y Natalia quiso explicarle por qué estaba segura de que no, pero ¿para qué? En su lugar, le escribió a Óscar para preguntarle si había llegado bien a casa y él le contestó enseguida y le pasó un vídeo del que habían hablado. Juan no se entera de nada, pensó Natalia, y por la noche se durmió con<strong> la fantasía en la que dormían juntos</strong> y él le hablaba del perro Rodolfo e intentaba besarla. Como no le había contestado a su último mensaje nocturno, lo saludó dándole los buenos días y preguntándole qué iba a hacer esa tarde. Tengo que ir a por unas cosas al Obramat, dijo él, quiero arreglar una cosa, y Natalia se ofreció a acompañarlo, a pesar de que iba a llegar justa de la oficina y el Obramat estaba en un barrio que le caía muy lejos. Le sorprendió que comprara esas cosas, un largo tablón de madera con algunos accesorios que subieron juntos a su casa. Óscar ya tenía el salón preparado para el bricolaje con algunas herramientas y papeles de periódico en el suelo, No hace falta que te quedes si te aburre, le dijo mientras ponía algo de música en un piso que no se parecía tanto al que Natalia había dibujado en sueños. Tenía sentido, apenas había estado ahí dos o tres veces, y siempre de <em>after</em>. Óscar pegó dos estantes de metal, cortó la madera y se la puso encima, como si fuese un aparador. No sabía que hacías estas cosas, valoró Natalia, que de verdad nunca jamás se lo habría imaginado. Tampoco la casa limpia, los pósters enmarcados o las ventanas con cortinas. Estudié escultura y trabajé muchos años en la tienda con mi padre, le explicó él. Ayúdame a recoger y te invito a una cerveza.</p><p>Sacó dos botellines de Alhambra muy fríos y un cuenco metálico con anacardos, pero <strong>no se sentó a su lado</strong>, terminó de recoger y puso el aparador en el que iba a ser su sitio, junto a la puerta. Creo que pondré mis vinilos ahí, le dijo cuando acabó, pero tampoco entonces fue al sofá, sino que le dio la vuelta a una silla y se sentó frente a ella, a casi dos metros. ¿Todo bien?, insistió entonces Óscar, Pareces preocupada.</p><p>Cuando regresó a su propia casa por la noche, Natalia se dijo que tenía que hacer algo para que la situación avanzara: <strong>o bien cortarlo todo de raíz o bien facilitar que ambos tuvieran por fin un momento</strong>. Por mucho que Óscar pareciera disfrutar de su compañía (como mostraba lo mucho que se había alargado la velada, algunas miradas de Comprensión Profunda después de haber tenido a la vez la misma ocurrencia, que hubiese tenido la casa tan limpia para su llegada), no se había acercado a ella ni un milímetro, de hecho se había acercado tan poco que resultaba sospechoso. Si le diera igual, si no pensara que necesitara protegerse de su propio deseo, no habría puesto tantas barreras, se dijo, igual que tampoco habría invocado tantas veces el nombre de Jesús. </p><p>Aquella fue la primera noche en la que <strong>moduló un poco su fantasía</strong>: cuando dormían juntos y él le hablaba del perro Rodolfo (esa misma tarde habían compartido muchas anécdotas de infancia y adolescencia; Natalia había sentido con claridad que le habría encantado conocerlo en el instituto) y la besaba, se apartaba, sí, pero no decía simplemente Tengo que marcharme y se escapaba de un salto, sino que lo abrazaba y le pedía Perdón, Perdóname, yo también querría, pero… En ese camino de la fantasía, en el que Natalia reconocía su deseo, ambos se recreaban un poco de más en ese gris, el de dormir juntos en la cama, intercambiaban miradas sentidas en esa Nochevieja ficticia y en ese taxi ficticio e incómodo que compartían con un ignorante Jesús. Sus ensoñaciones le asustaron un poco, así que al día siguiente recurrió a Juan y le explicó que Óscar la había invitado a su casa, a solas. Fue raro, le aseguró. ¿Hizo algo raro?, quiso saber Juan. Bueno, no me parece tan grave, valoró su amigo cuando le resumió todo, incluso que él se había ofrecido a pedir una pizza cuando se acabaron los anacardos. Pero si te preocupa, prueba a no hablarle durante unos días. Si insiste mucho, sabremos.</p><p>Natalia siguió su consejo, en parte porque Jesús iba a pasar unos días por casa. Óscar no le escribió en ningún momento y la espera solo le resultó soportable mientras Jesús estaba en casa, entreteniéndola. Cuando se marchó, Óscar y ella llevaban casi ocho días sin coincidir ni enviarse un mensaje, y aún tardó cinco días más en ocurrir. Durante aquella semana larga, Natalia se lo había figurado muchas veces insomne con su porro, <strong>mirando su conversación y dudando si escribirle</strong>, como ella. Quizás piensa que Jesús sigue aquí, se le ocurrió una de esas noches de espera, y casi se muere del alivio: eso explicaba la falta de insistencia, aunque también abría una puerta angustiosa, la de imaginarse su sufrimiento callado y a la espera de migajas. Tengo que escribirle mañana yo, se dijo, y con ese pensamiento por fin se le cerraron los ojos.</p><p><em>*Sara Barquinero es autora de las novelas ‘Los Escorpiones’ (2024) y ‘La chica más lista que conozco’ (2026), ambas en Lumen.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Jul 2026 18:46:48 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sara Barquinero]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Perdona, pero tengo que marcharme]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Amores tormentosos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/amores-tormentosos_1_2217763.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0ae644b3-3966-4524-92cb-f68bf5bcc895_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Amores tormentosos"></p><p><em>Un número esquizo</em>, por Jordi Gracia.</p><p><em>Como en una película</em>, por Cristina Araújo Gámir.</p><p><em>Perdona, pero tengo que marcharme</em>, por Sara Barquinero.</p><p><em>Fantasías de amor derrumbadas</em>, por Laura Calçada Barres.</p><p><em>Olvidar la piel</em>, por Najat El Hachmi.</p><p><em>Un fuerte aplauso para ellos</em>, por Andrea Genovart.</p><p><em>Tres veces adiós</em>, por Amanda Mauri.</p><p><em>Ni boba ni Bovary</em>, por Luna Miguel.</p><p><em>Horchata otrora</em>, por Cristina Morales.</p><p><em>Los amores del río de la luna</em>, por Lara Moreno.</p><p><em>Lo mejor que tiene mi marido está en sus discos</em>, por Anna Mur.</p><p><em>Los muertos y nosotros (lo sublime ordinario),</em> por Marina Perezagua.</p><p><em>Como una piedra agujerea el agua</em>, por Llucia Ramis.</p><p><em>La perturbadora normalidad</em>, por Lucía Solla Sobral.</p><p><em>Real Ideal</em>, un cómic de Candela Sierra.</p><p><em>La sífilis, las putas y Luís Vaz de Camões</em>, por Isabel Soler.</p><p><em>El incordio de Juan Ramón Jiménez</em>, por Laia Arcusa.</p><p><em>Desnudando al diablo que viste de Prada</em>, por Paloma Rando.</p><p><em>Malratadores</em>, por Flavita Banana.</p><p>Puedes leer los números anteriores <a href="https://www.infolibre.es/suplementos/historico-tintalibre/" target="_blank"><strong>aquí</strong></a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 Jul 2026 04:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Amores tormentosos, en TintaLibre de verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/amores-tormentosos-tintalibre-especial-verano_1_2217757.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>No nos ha dado un ataque de romanticismo, pero casi. Este verano en el <strong>número especial de TintaLibre</strong> las que escriben son mujeres desde la portada hasta la última letra, y a la veintena de autoras, les hemos pedido que relataran y dibujaran, que nos contaran en resumen sus <strong>amores tormentosos</strong>. Y nadie, y esos hemos conseguido, se pone de perfil, ni escatima recuerdos, ni escenas, ni tampoco heridas.</p><p><strong>Paula Bonet</strong>, en la portada, representa ese sueño febril entre sábanas revueltas en el que no sabemos nunca donde acaba el placer y empieza el sufrimiento. Es el amor, ya, y se puede contar de mil maneras distintas. Queríamos jugar entre la portada y la contraportada y <strong>Flavita</strong> <strong>Banana</strong>, se marca un relato crudo acompañado de viñeta que se llama, ahí queda eso, Malratadores (no hay errata). </p><p>Dentro, en las páginas, en las arterias de corazones a menudo rotos, el desfile se inaugura con <strong>Cristina Araújo Gámir</strong> que suelta la primera andanada: “Ella ya es un manifiesto somático de la rabia: la cara le arde como la lava, como una piedra de calentar carne en láminas, tiene los ojos brillantes de enfermedad victoriana, y manos que agita, dientes que aprieta, mechones de pelo que rastrilla hacia atrás sin necesidad”. Estamos en el escenario. <strong>Sara Barquinero</strong> aborda los amores confusos y atropellados, a veces colocados, con sus fantasías que juegan al amor verdadero y pasan como los apartamentos compartidos y los taxis de madrugada por la ciudad. <strong>Laura Calçada Barres</strong> se refugia en el gran escenario operístico, en una escapada a las islas griegas, hurga en el libreto de Ariadna para dar rienda suelta a las pasiones y las turbulencias de las voces (y las mentiras) que rompen ante el Egeo. <strong>Najat El Hachmi</strong> pone su foco en el cuerpo, en las cicatrices de esos cuerpos operados, de esas tetas de silicona en los que la autora halla la frialdad de un cadáver. Se llama, lo suyo, Olvidar la piel.</p><p>Pero también hay humor, el humor desenfrenado e irreverente con el que <strong>Andrea Genovart</strong>, en <em>Un fuerte aplauso para ellos</em>, puede llegar a decir sin ningún tipo de resentimiento: “Todo el largo listado de penes adosados a un cuerpo que tuve la desdicha de conocer comparte una serie de cualidades innatas: un lloriqueo por el anhelo de la figura materna equivalente a los gritos de un cerdo cuando es sacrificado, una aburrida insistencia en venderse como seres excepcionales que no se excitan con las tetas operadas y sí con la belleza natural paliducha, un consumo fetichista por un porno muy concreto que roza lo delictivo”.</p><p>La historia de <strong>Amanda Mauri</strong>, <em>Tres veces adiós</em>, es teatral, un ensayo, un teatro en el que la verdad y la interpretación se confunden como tantas veces en la vida sentimental. Una historia de las que duelen. Nada que ver con la desacomplejada y risueña incursión de <strong>Luna Miguel</strong> en los lances eróticos e intelectuales con que la autora nos conduce a la Rumanía profunda de un Congreso en busca de Cioran, filósofo de la pesadumbre. Y qué decir de la rebeldía siempre poderosa y afilada de <strong>Cristina Morales</strong> que nos regala esta vez un descacharrante karaoke con horchata en una terraza de pueblo y de verano de toda la vida donde ustedes pueden escuchar al mismo tiempo a Umberto Tozzi y a Iggy Pop.</p><p>Más ensayística se pone <strong>Lara Moreno</strong> en <em>Los amores del río de la luna</em> al situar en el centro de su texto y del tema que nos ocupa esta reflexión: “El consentimiento es la verdadera revolución social del siglo XXI, la electricidad que debería atravesar nuestros tormentos, nuestros amores, nuestra airada diversión, la deliciosa saliva que ha de cubrir nuestra piel cuando la fiebre y abrigar nuestros huesos bajo el frío”.</p><p>Nada que ver, o poco que ver, con esa cita a ciegas de <strong>Anna Mur</strong> en las bamabalinas del rock y de la fama, en los escenarios de la adoración y la mentira, en los pies y los sexos de barro (o plastilina) de esos héroes desenmascarados que hacen canciones de amor y logran que sus fans les sigan por el mundo y los moteles. Lean, por favor, Lo mejor que tiene mi marido está en sus discos.</p><p>Volvemos a la cicatriz con <strong>Marina Perezagua</strong> que sitúa su relato en los refugios de la guerra de Ucrania, en un quirófano de luz vacilante, en un escenario de miembros amputados, donde también, sí, puede surgir la pasión erótica, en ese <em>sublime ordinario</em> al que se refiere la escritora.</p><p>Un cuchillo y la sangre, una tentación (y muchos cuernos), señalan la peripecia de <em>Como una piedra agujerea el agua</em>, de <strong>Llucia Ramis</strong>. Hay violencia, pero también pasión o nostalgia de la pasión. <strong>Lucía Solla Sobral</strong>, busca en <em>La perturbadora normalidad</em>, como suele, los recovecos del maltrato con una clarividencia que a veces hipnotiza y que casi siempre duele. Hay pelos y señales. “Cuando te quieres dar cuenta hay nombres que no vuelves a decir en voz alta, ropa que ha quedado en el fondo del armario y todo tu dinero está en la cuenta común”.</p><p><strong>Candela Sierra</strong> desmonta en su cómic <em>Real Ideal</em> las noches y los ligues de una generación muy perdida y se interna en los espejos falsos de las relaciones en red y sin red. Tormentosos, y muchos, son también los sarpullidos (de la sífilis) de Camões en el ensayo que le dedica <strong>Isabel Soler</strong> donde nos muestra a un poeta laureado y pendenciero, también lo son  los desafectos y migrañas de Zenobia Camprubí con Juan Ramón Jiménez que nos actualiza <strong>Laia Arcusa</strong> o incluso la diabólica influencia en los amantes de la moda que sigue ejerciendo Anne Wintour desde un trono donde todos aspiran a vestirse de Prada. Lo cuenta <strong>Paloma</strong> <strong>Rando</strong>.</p><p>Disfruten de la lectura, del amor y también, en lo posible, de la tormenta.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 Jul 2026 04:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
      <media:title><![CDATA[Amores tormentosos, en TintaLibre de verano]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Cultura,TintaLibre]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[TintaLibre presenta ‘Amores Tormentosos’, su número especial para sobrevivir a las pasiones del verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/tintalibre-presenta-amores-tormentosos-numero-especial-sobrevivir-pasiones-verano_1_2218166.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6bcd23b0-6cee-48b4-8deb-c136360191a5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="TintaLibre presenta ‘Amores Tormentosos’, su número especial para sobrevivir a las pasiones del verano"></p><p>El verano suele ser sinónimo de lecturas ligeras, amores fugaces y tramas amables que se consumen frente al mar o la piscina. Sin embargo, la realidad de los vínculos afectivos rara vez cabe en ese molde idílico. Las relaciones se construyen, pero, sobre todo, desordenan. Con esta premisa, que huye de la superficialidad estival para adentrarse en <strong>las grietas de la pasión, los celos, la dependencia y la violencia</strong>, el número de verano de <em><strong>TintaLibre</strong></em><strong> </strong>se presenta bajo el título <em>Amores tormentosos</em>, toda una declaración de intenciones.</p><p>Para desgranar este mapa del amor, la revista ha reunido este miércoles a sus lectores en la Sala Azul del Espacio Ronda, en Madrid. El número, <strong>ilustrado por la artista Paula Bonet</strong>, autora también de la portada, cuenta con textos de 16 mujeres que escriben con absoluta libertad sobre el deseo, el desamor y la memoria.</p><p>Ante un público de medio centenar de asistentes, Jesús Maraña, ha arrancado la presentación lanzando una advertencia clara al auditorio: “Quien piensa que no ha tenido un amor tormentoso es que no ha vivido con las suficientes ganas”. El director editorial de <strong>infoLibre </strong>y codirector de <em>TintaLibre </em>ha destacado que se trata de un número “muy especial”, poniendo en valor la generosidad de las autoras, ya que “se han abierto a contar sus historias de amor”.</p><p>Ha sido Ramón Reboiras, jefe de redacción de <em>TintaLibre</em>, quien ha lanzado al aire la pregunta que ha vertebrado gran parte de la cita: “<strong>¿Es posible el amor sin tormenta?</strong>”. Esa reivindicación de la pasión incontrolable ha encontrado eco en el resto de la mesa. Marta Gesto, directora general de infoLibre, ha defendido que “existe el amor sin tormento”, aunque ha matizado: “No concibo el amor sin pasión.<strong> Enamorarse no se puede controlar, el deseo es como una emoción primaria, que sube y baja</strong>”, ha admitido. En esa misma línea, la escritora Lara Moreno ha abrazado la intensidad de los afectos al asegurar que “el deseo va mucho más allá del sexo” y que “la pasión a veces da tormento, y <strong>bienvenido sea ese tormento</strong>”. Para la autora, que el cuerpo y el alma atraviesen esas tempestades resulta “vital para la complicidad y la felicidad”. Como un guiño al verano, Andrea Genovart ha enlazado la idea recordando que “hay tormentas de verano increíbles que, una vez a resguardo o mojándote si quieres, te empapan en el momento más preciso”.</p><p>Sin embargo, el debate ha trazado <strong>una línea roja entre la intensidad emocional y la violencia machista</strong>. La dibujante Candela Sierra, autora del único cómic del número, ha compartido un aprendizaje personal: “Yo tuve un amor que me enseñó a poner límites muy importantes, al igual que el consentimiento”. Un término, el del consentimiento, que Gesto ha elevado a la categoría de hito histórico. “No hay un mayor logro del feminismo que poner el consentimiento en nuestras cabezas”, ya que para ella, “las relaciones tienen que ser un espacio seguro, como todo lo demás”.</p><p>Lara Moreno ha sido la encargada de desglosar la fina línea que a veces la sociedad confunde. “Una cosa es una historia de tormento y otra una historia de maltrato. <strong>No todas las historias tormentosas tienen que ser maltrato</strong>”, ha subrayado. La escritora ha explicado que tuvo la urgencia de narrar el abuso “con pelos y señales” en su novela <em>La ciudad</em> para que el público comprenda “cómo esta violencia está arraigada en nuestra sociedad, que no tiene una educación sexoafectiva correcta”.</p><p>Frente a las heridas de los vínculos tradicionales, la mesa también ha explorado cómo las dinámicas están cambiando. Candela Sierra ha apuntado que “el modelo de pareja en el que yo crecí ha cambiado”. Y en este proceso de deconstrucción, <strong>las redes de apoyo y el sentido del humor son las principales salidas de salvación</strong>. “Las amigas siempre las necesitamos porque ellas ven cosas que nosotras no vemos”, ha reivindicado Gesto, confesando que su método para sanar es bucear en el dolor: “Las mujeres estamos aprendiendo a meternos en el drama para analizarlo y curarlo, y luego mirarlo y reírnos”.</p><p>Esa risa sanadora y cómplice ha sido el terreno de Andrea Genovart, quien ha transformado la presentación del nuevo número de <em>TintaLibre </em>en “cualquier quedada con amigas”. Desde el humor y la caricaturización de ciertas masculinidades, a las que ha dedicado su relato, Genovart ha lanzado una lúcida reflexión: “<strong>Ahora muchas mujeres deciden no desde el deseo, sino desde lo que les conviene</strong>”. </p><p>Un debate complejo que, como ha señalado Jesús Maraña al inicio, nos invita a adentrarnos en las páginas de este número especial y a jugar con ese espacio misterioso y fascinante en el que las autoras se abren en canal y el lector debe descifrar “qué hay de cierto y qué hay de ficción”.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Jul 2026 19:30:05 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Gómez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[TintaLibre presenta ‘Amores Tormentosos’, su número especial para sobrevivir a las pasiones del verano]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Revistas,Literatura,verano]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA['Amores tormentosos': TintaLibre presenta en Madrid su especial de verano sobre los matices del amor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/amores-tormentosos-tintalibre-presenta-madrid-especial-verano-dedicado-claroscuros-amor_1_2217505.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/867abead-f994-45c7-b43c-75baed9788f1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Amores tormentosos': TintaLibre presenta en Madrid su especial de verano sobre los matices del amor"></p><p>El nuevo número de<strong> </strong><em><strong>TintaLibre</strong></em> llega este verano con una propuesta que huye de la ligereza estival para adentrarse en el lado más complejo de los vínculos afectivos. Bajo el título <em>Amores tormentosos</em>, la revista reúne a 16 autoras que escriben con absoluta libertad sobre <strong>las relaciones que nos construyen y nos desordenan</strong>: pasiones, celos, dependencia, violencia, deseo, humor y memoria.</p><p>El especial, ilustrado por Paula Bonet —autora también de la portada—, recoge textos de <strong>algunas de las voces más destacadas de la literatura contemporánea</strong>. Entre ellas, Cristina Araújo Gámir, Sara Barquinero, Najat El Hachmi, Luna Miguel, Cristina Morales, Lara Moreno, Marina Perezagua, Llucia Ramis o Isabel Soler, junto a los cómics de Candela Sierra y Flavita Banana. Los relatos transitan desde el desamor y la ruptura hasta la ironía y la crítica, en un recorrido que invita a leer sin prejuicios y a dejarse sorprender.</p><p>La presentación del número tendrá lugar el <strong>miércoles 1 de julio</strong>, de <strong>19:00 a 20:00 horas</strong>, en el <strong>Espacio Ronda</strong> (Ronda de Segovia 50, Madrid), en su Sala Azul. La mesa estará moderada por Ramón Reboiras, jefe de redacción de <em>TintaLibre</em>, y contará con la participación de las escritoras Lara Moreno, Candela Sierra, Andrea Genovart y Marta Gesto.</p><p>El acceso es gratuito, aunque el aforo es limitado y requiere reserva previa. Si eres socia o socio de <strong>infoLibre</strong>, puedes inscribirte <a href="https://www.tickettailor.com/events/infolibre/2281069?utm_source=infoLibre&utm_campaign=62abfea7e0-email_20260629_RefEventoTintaLibreVerano_Socios&utm_medium=email&utm_term=0_-85b1a9190a-169865455" target="_blank">en este enlace</a>. ¡Y si no eres socio, <a href="https://usuarios.infolibre.es/hazte_socio/" target="_blank">pinchando aquí</a> puedes remediarlo!</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 30 Jun 2026 17:29:30 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Amores tormentosos': TintaLibre presenta en Madrid su especial de verano sobre los matices del amor]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[El cante católico con toque integrista: Hakuna y el Opus Dei]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/cante-catolico-toque-integrista-hakuna-opus-dei_1_2203828.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/878f3500-5300-41ca-99f2-b9910c7f9dd6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El cante católico con toque integrista: Hakuna y el Opus Dei"></p><p><strong>Yo estuve presente el día que Hakuna nació</strong>. Es posible que yo mismo contribuyera al nacimiento de esta asociación católica. Estamos en 1997, a las afueras de Bilbao, en Gaztelueta, colegio que el Opus Dei fundó en octubre de 1951, primero de los muchos que crearía en todo el mundo. El año anterior había llegado un nuevo sacerdote: <strong>don José Pedro Manglano, el fundador de la Hakuna</strong> al que se le ha concedido algún papel en el reflorecimiento del catolicismo juvenil en España. No era el capellán. Por el simbolismo que el colegio tiene en la intrahistoria del Opus, este cargo se lo reservan a sacerdotes mayores y elegantes. Sacerdotes mayores y elegantes con pinta de estar preocupados por las reformas de su ático en el Trastevere. Sacerdotes a los que, gracias a dios, las previsibles cuitas adolescentes no parecían preocuparles mucho. Sacerdotes que muy probablemente no nos habrían reconocido si por la calle les hubiéramos pedido la hora.</p><p>Este no era el caso de don José Pedro, mucho más urgente a la hora de tratar nuestras necesidades espirituales, totalmente convencido de que detrás de todo pijo con escúter se escondía un candidato a misa diaria, quizá un futuro miembro del Opus. A pesar de que don José Pedro llegó sin ningún cargo sonoro y nunca nos lo presentaron formalmente, sin duda era el <em>new priest on the block</em>. Gracias al constante machaqueo con que el Opus exalta a algunos de sus miembros –curas, filósofos, historiadores de la literatura, ministros de Hacienda, jóvenes sin cualidades visibles, animadores de cinefórum–, los alumnos tuvimos que irnos convenciendo de que se trataba de un sacerdote especial. En los 12 años que estuve en el colegio, nunca se habló de un sacerdote tanto como de él (y nunca se dejó de hablar tan rápido de alguien). Los demás profesores se lo imaginaban como el definitivo punto de inflexión que desharía nuestra completa apatía espiritual, en principio inexplicable después de haber recibido ocho o nueve años de la mejor formación católica. Una vez instalado, el mismo don José Pedro era el que más convencido estaba de que a nuestras dormidas semillas espirituales solo les faltaba el empujoncito que él podía darles.</p><p>Parte de su convicción tenía que deberse a la novedad de sus métodos proselitistas. Podían no gustarnos –diría que era el parecer general–, pero <strong>los estudiantes no dudábamos de que era un torbellino</strong>. Había una tendencia en sus métodos que a mí me molestaba bastante: era un proselitista de malotes. Como en todo colegio español por pijo que sea, existía un grupo de estas características y a este don José Pedro dedicaba casi todos sus esfuerzos evangelizadores. A los más empollones, a los llamados bichos, no nos prestaba ninguna atención. No había en su caso apostolado de la inteligencia, si con esta palabra identificamos a los que conseguían mejores calificaciones. Quizá no esté de más decir que los malotes de mi año eran de familias más ricas y conocidas que los buenos estudiantes, lo que no creo que sea una regularidad estable entre los alumnos de Gaztelueta.</p><p>No sé qué teoría proselitista se le habría ocurrido. De acuerdo con el elitismo del Opus, quizá pensaba que, después de que viera que la élite malota empezara a confesarse, el alumno promedio también comenzaría a hacerlo, a pesar de tener menos pecados de los que ser absuelto. En cualquier caso, el proselitismo le tuvo que pasar algo de factura a la salud de este sacerdote. Don José Pedro se ventiló más de un cartón de Ducados en el fumadero en compañía de los más peligrosos pilotos de ciclomotores de Neguri y Las Arenas. La historia de nuestro país se puede enriquecer con un pequeño detalle sobre esta incansable labor espiritual. Alejandro Hamlyn López-Tapia, fundador de Hafesa, que ha ocupado recientemente los titulares de los periódicos por encontrarse prófugo en Oriente Medio y denunciar tramas de corrupción en el PSOE, fue uno de los que más se benefició de los <em>pitis</em> de don José Pedro. Esto de hacer la vista gorda al tabaquismo adolescente para ganar adeptos a las prácticas piadosas no era raro en Gaztelueta en la década de los 90, lo que seguramente escandalice al catolicismo sano de nuestros días. Me imagino que si alguno de esos inveterados fumadores se hubiera confesado con don Pedro por fumar –pecado seguro contra el más importante de los mandamientos: honrarás a tu padre y a tu madre–, don José Pedro habría tranquilizado la conciencia del hijo transgresor con la palabra venial.</p><p>A pesar de sus malos hábitos como fumador, don José Pedro no perdió vigor físico. Se iba de excursión, hacía surf, estaba metido en todos los campamentos, en todos los autobuses, en todas las convivencias, buscando ratos íntimos, momentos de calidad en los que, después de haber echado unas pelotas al pádel, sus fúlgidos ojos azules te ametrallasen con comentarios como: “el catolicismo no es supermercado, no puedes coger lo que quieras” (entiendo que la frase rechaza la posibilidad de una religión a la carta, no que el bajo nivel de renta pudiera llegar a impedir que el consumidor escogiera el catolicismo por ser demasiado caro). En un exceso mimético con los malotes, utilizaba jerséis Quicksilver, en el que el <em>clergyman</em> era solo un poco más visible que el símbolo comercial de la marca de ropa australiana. Si por modernidad entendemos la adopción de conductas capitalistas sin preocuparse lo más mínimo no solo de su posible compatibilidad con la ética cristiana, sino de su corrección moral y hasta del decoro que se le supone al entorno burgués en que se desenvuelve este episodio, <strong>don José Pedro era más moderno que Andy Warhol</strong>. No recuerdo, sin embargo, que la música, que tanto éxito le ha dado con Hakuna Music Group, estuviera entonces en su repertorio evangelizador. Por el aspecto de los miembros de esta banda, más parecidos a Siempre Así que a Eskorbuto o Platero y Tú, entiendo que don José Pedro ha renunciado a su ingenioso apostolado de los malotes.</p><p>II</p><p>Seguimos en Gaztelueta, ahora sí <strong>el día exacto en que se fundó Hakuna</strong>. Estamos en clase de Literatura española leyendo el manual de Lázaro Carreter. El profesor es un supernumerario del Opus Dei, concejal del PP, a quien esperan dos guardaespaldas a la puerta de clase y quien muchas veces se pira corriendo a responder un teléfono que solo él sabe que va a sonar. Evitar que te mate ETA es más importante que preparar las clases, así que, por turnos, leemos el libro de texto en voz alta. Somos 31 individuos aburridos. Somos 31 tipos adolescentes sin novia ni teléfono móvil. Somos 31 alumnos avanzando en silencio la lectura del manual para ver si encontramos alguna palabra que pueda usarse como insulto contra el compañero que está leyendo en voz alta y así empezar a toser, a tirar bolas de papel o a reírnos cuando le toque leerla. En la clase, hay un monje, un negro, un jorobado, un ruso, un mono, un <em>patata</em> y dos cerdos, uno muy parecido a Pumba. No se lo ponemos difícil a Lázaro Carreter para pasárnoslo bien. </p><p>A quien pensamos uno de los preferidos de <em>Chepe</em> –en Gaztelueta a don José Pedro todo el mundo, amigos y enemigos, le llamaba así– le toca la palabra “penetrar”. Antes, bastante antes de que mi compañero diga la palabra, la clase ha estallado en risas. El profesor, un tipo bastante duro, está incómodo y tarda un par de minutos en contenerlas. Más incómoda va a ser la situación que se crea ahora. Normalmente cuando el profesor pregunta por qué nos reímos, el acusado se queda callado hasta que se le impone algún castigo arbitrario. Hoy se rompe el <em>modus operandi</em>. El lector explica al profesor por qué sus compañeros se ríen. Forma una frase estruendosa en que José Pedro es el sujeto y el verbo aparece conjugado en compañía de algún complemento circunstancial de lugar. La clase vuelve a explotar. Es fácil de recordar. Va a ser la única frase de contenido sexual que los alumnos de Gaztelueta, durante 12 años, escuchemos en presencia de un profesor. Sin llamada telefónica que responder, el profesor se escapa del aula con la misma velocidad con la que salía cuando ETA mataba a algún compañero de partido.   </p><p>No recibimos ningún castigo: ni la clase ni la persona que había pronunciado la frase. Estoy seguro de que a este no lo echaron porque su familia era muy cercana al Opus y de hecho después, si no lo era ya entonces (con 14 años se puede ser), fue miembro del Opus. <strong>De </strong><em><strong>Chepe</strong></em><strong> no se volvió a hablar ni bien ni mal en mi colegio</strong>. Ni siquiera el fumadero lo va a echar de menos. Fue transferido al colegio de chicas que el Opus Dei tiene en Vizcaya, Ayalde, a unos 20 kilómetros, por si acaso, del nuestro. Siempre me cayó mal <em>Chepe</em>. Siempre le caí mal. Siempre me pareció que el colegio se comportó de manera cobarde con él. No se aplicó el lema que tantas veces nos repitieron: “Sea nuestro sí, sí; sea nuestro no, no”. De hecho, como cambiar de colegio o de lugar era la costumbre con la que la Iglesia trataba a los sacerdotes culpables, esta decisión podía interpretarse como indicio de alguna culpa. Ese día se cometió una injusticia grave. Ese día <em>Chepe</em> tuvo que empezar a desconfiar del Opus, a dejar de tomarse en serio a Gaztelueta y a todos los alumnos con corbata y chaqueta con escudo. Ese día nació Hakuna. Ese día los hijos de los que rieron en segundo de BUP A, los hijos de supernumerarios, católicos conservadores, dejaron de ir a centros del Opus Dei y empezaron a vibrar al ritmo de Hakuna.</p><p>III</p><p>Me llama la atención que, cuando se habla de Hakuna, apenas se menciona que su “iniciador” –don José Pedro rehúye la palabra fundador– fue miembro del Opus Dei, posiblemente desde antes de cumplir la mayoría de edad. Se habla de él como si fuera un sacerdote diocesano que hubiera meditado media vida en la nueva institución, como si la decisión de formarla no viniera precisamente de que el Opus le hubiera decepcionado. La discreción que el Opus consigue para sí mismo se la ha traspasado a don José Pedro. No se lo suele mencionar como exopus, ni como <em>rebotado</em>, término con que las personas del entorno del Opus descalifican a los exmiembros, pero también a los exalumnos que se atreven a expresar en voz alta dudas y críticas sobre ideas y métodos que les marcaron los años más importantes de la vida. El mismo don José Pedro mantiene el estilo del Opus Dei: no explicar los acontecimientos en sus causas inmediatas, sino en grandilocuentes y formales proyecciones teológicas. En los cientos de vídeos que hay en la red, no explica exactamente cuál fue su decepción, por qué su vieja casa le dejó de hacer tilín. A pesar de esta omisión, para entender a Hakuna, es necesario verla como la continuación lógica y a veces hasta exagerada de algunos aspectos definidores del Opus Dei. Hakuna se parece mucho más a su antecedente genético que a los flirteos ocasionales con la fe de Rosalía o de Alauda Ruiz de Azúa. <strong>Existen al menos cuatro aspectos de Hakuna que se comprenden mejor si se conectan con la lógica profunda del Opus Dei</strong>: su nombre, su ligereza, sus objetivos proselitistas y su éxito. </p><p>Empecemos por los nombres. <strong>Hakuna continúa la asepsia católica con que el Opus Dei nombra a sus instituciones</strong>. Ninguno de sus colegios o de sus universidades recibe el nombre de un santo. Los motivos de este desinterés no son fáciles de explicar y hasta contradicen la naturaleza histórica del catolicismo hispánico, tan aferrado a sus santos en las nominaciones, hasta de las propias ciudades. Pero el Opus Dei tenía un límite a este anonimato. El mismo nombre de la organización suena espiritual: Obra de Dios. Hakuna extrema la asepsia y traspasa este último límite. El movimiento se llama a sí mismo con una palabra sin ninguna connotación católica, ni cristiana. Quizá los mismos conocedores de la cultura africana nos confirmen que ni siquiera evoque en este continente un contenido espiritual relevante. </p><p>La palabra pertenece a la lengua suahili, pero sobre todo pertenece a Disney Company. L<strong>a frase se afincó en la cultura popular gracias al himno “hakuna matata” de la película </strong><em><strong>El rey león</strong></em><strong> de 1994</strong>, la cual don José Pedro pudo ver sin censuras, lo que no solía ser habitual, con alumnos de Gaztelueta. Don Josepe no niega que este film le inspiró para bautizar el nuevo carisma católico. No creo que le haya dado muchas vueltas al origen lingüístico, ni siquiera al contenido moral del himno (cercano a la espiritualidad de Bob Marley, quizá un pelín irresponsable y hasta egoísta). La decisión por este nombre se ha de deber exclusivamente a que suena bien, a que, como dice uno de los comentarios de su página web, tiene <em>punch</em>. También es importante para entender el catolicismo contemporáneo que a sus jóvenes adeptos no les haya inquietado afiliarse a un nombre tan evidentemente comercial, tan desprovisto de cualquier huella cristiana, tan lejos de Dante o de Santo Tomás como podría estarlo Noel Gallagher. Quizá no nos equivocamos si vemos estas manifestaciones del catolicismo, más que como un rechazo a la frivolidad capitalista y publicitaria, como una expresión estándar más.</p><p>En cualquier caso, este nombre extiende un camino de ligereza que no se ha inventado. Esta pequeña revolución se comprueba de modo especialmente aplastante en los títulos de los libros de Manglano. <em>Santos de carne, Santos de copas</em> y <em>Santos de mierda</em> componen su trilogía más famosa. La “santa desvergüenza”, expresión inventada en <em>Camino</em>, de Escrivá de Balaguer, parece haber llegado a la máxima expresión en estos títulos que me siguen pareciendo tremendos y escandalosos. El canal de Youtube de Hakuna agrupa una serie de videoconferencias con el título del último libro de la trilogía. Yo no soy papa, pero no hace falta serlo para saber que una asociación cristiana inventada por una persona que ha escrito <em>Santos de mierda</em> tiene muchas papeletas para acabar fatal.</p><p>Creo que algunos de estos libros los publicó cuando todavía era sacerdote del Opus Dei. Seguramente a los opusianos más seriotes les ha tenido que aliviar deshacerse de estos volúmenes; hasta tener que hablar bien de don José Pedro, como habría impuesto la solidaridad grupal, les habrá dado muchísima paz. Pero más allá del alivio, en el estilo supremamente desenvuelto de Manglano, se refleja la ligereza con la que el Opus Dei trata la santidad, sobre todo cuando la vincula a los trabajos que se llevan a cabo en el poscapitalismo (y antes en la España de posguerra o en la amoral España de los 80). De acuerdo a su teología, un sacerdote coherente y creativo podría haber escrito <em>Santos comerciantes de armas</em>, <em>Santos políticos enchufados</em>, <em>Santos Rumasa</em>, <em>Santos profesores de historia del cine que no van al cine</em>, <em>Santos que desahucian pisos</em>. Más que demonizar estas profesiones, me gustaría pensar que el cristianismo, por mínimo buen gusto espiritual y estético, rechaza la posibilidad de santificarlas. Y de modo mucho más razonable, invita a los ejecutores de todas estas profesiones a buscar el perdón que a los miembros de la especie <em>homo sapiens</em> tanto nos interesa.</p><p>Ambos grupos se entienden por su misión proselitista. Pero la ejercen sobre personas que ya son católicas, que son muy católicas, que son demasiado católicas. <strong>Hakuna no busca nuevos católicos, sino enchufar espiritualmente a los que ya lo eran</strong>. En la historia numéricamente decreciente del catolicismo, el Opus y Hakuna habrán sumado muy pocos miembros a la Iglesia de San Pedro. En un vídeo de 2024, José Pedro se enorgullecía de haber enviado los primeros misioneros de Hakuna fuera de España. Dice con la boca pequeña que han marchado algunos a Corea para luego enumerar los otros países a donde van estos primeros apóstoles de Hakuna: México, Chile y Perú. De nuevo, un parecido con el Opus Dei. </p><p>Volvamos un segundo a Gaztelueta. En la década del 50 el Opus abre, “para hacer apostolado”, su primer colegio en Bilbao. Resulta difícilmente verosímil pensar que en 1951 existiera un solo bilbaíno o bilbaína que no conociera el padrenuestro, los sacramentos, los mandamientos y hasta los mandamientos de la Iglesia. El poeta máximo de la ciudad, Blas de Otero, la describía en un verso de aquella década como “mi villa despiadada y beata”. Si el Opus hacía apostolado sobre católicos, Hakuna, en una concentración lógica verdaderamente admirable, lo hace sobre los miembros del Opus, especialmente sobre sus hijos. Hakuna, como el Opus, nos taladrarán con algún destino exótico cuando digamos que convierten a los conversos, como si fuéramos tontos, como si no supiéramos que todo el tinglado depende de la atención a minorías muy católicas en países bastante católicos como España, México, Perú o Chile, donde solo poquísimos no conocen la revelación de Jesucristo.</p><p>Me da la sensación de que los amigos del Opus vinculan su éxito, verdaderamente enorme entre 1950 y 1975, a una gran elaboración teológica. También los enemigos se inventan a veces una organización formada por brillantes y ultrarreacionarios Leo Naphtas, lo que inconscientemente confirma la lógica grandiosa de la propia organización. Podría ser, pero tiendo a creer que su éxito depende de mucho menos y que tanto el Opus como Hakuna se parecen muchísimo al catolicismo que existe en su medio ambiente, al que se limita a introducir un pequeño retoque. Y es esta modificación la que explica su éxito, el cual se puede predecir gracias a una pequeña ley: pequeñas transformaciones teológicas dan enormes rendimientos en el mercado espiritual. </p><p>El Opus tiene éxito no por una <em>Suma teológica</em>, sino por la figura del supernumerario, un hombre o mujer que se puede casar, tener hijos y trabajo normal, quien cumple de manera típica las obligaciones del catolicismo conservador que hasta los 60 era el único que existía. El Opus descubre de modo azaroso –o al menos tardío, en 1948, 20 años después de su fundación– que en el mercado espiritual a bastantes católicos les interesa tener una chapa por comportarse de modo bastante parecido a sus padres, abuelos y tatarabuelos. </p><p>Del mismo modo, Hakuna tiene éxito no por la hora santa, donde de acuerdo con don Josepe se toca a dios, ni por los consejos que da en la trilogía de Santos. Lo tiene por algo tan sencillo como que los adolescentes de diferente sexo pueden ir a misa juntos, a confesarse, a retiros espirituales, a excursiones con rezos de rosario, sin tener que separarse en grupos sexualmente impermeables. Su éxito puede ser enorme, en parte porque el Opus Dei excluyó como anatema el proselitismo mixto, desaprovechando con esta medida ridícula y antinatural un capital enorme para adentrarse en la vida de los jóvenes. Posibilidad comercial que Hakuna ha visto con el olfato de un delantero centro en racha. Hoy, cuando el Opus Dei tiene dudas sobre si seguir o no con la educación segregada (Gaztelueta, por ejemplo, admite a niñas), se tiene que estar tirando de los pelos, pues puede empezar a ofrecer demasiado tarde un producto espiritual que Hakuna ha ofrecido antes. Por supuesto, <strong>en algún momento futuro, las juventudes del Opus y Hakuna podrán reunirse</strong>. Ninguna diferencia teológica los separa. Pero en la historia del catolicismo la falta de sintonía personal y el narcisismo de la pequeña diferencia puede hacer que dos instituciones compatibles caminen por vías separadas de modo indefinido.  </p><p>El éxito de Hakuna no es el del Opus, pero, ojo, el Opus necesitó 20 años para tenerlo. A Hakuna le quedan todavía diez. En esta sociedad con miedo, más cerrada sobre los subgrupos que la componen, más determinados sus individuos por los criterios repetitivos y rectificadores del algoritmo –existe el algoritmo católico y hasta el Tinder católico–,<strong> juntar a chicos y chicas en un laboratorio de canciones sagradas, buen rollo y </strong><em><strong>barbours</strong></em><strong> parece una apuesta ganadora</strong> para las importantes minorías católicas que siguen presentes en la sociedad española.  </p><p><em>*</em><em><strong>Miguel Saralegui </strong></em><em>es autor de ‘Matar a la madre patria’ (Tecnos) y profesor de la Universidad San Sebastián (Chile).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Jun 2026 04:01:15 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Miguel Saralegui]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El cante católico con toque integrista: Hakuna y el Opus Dei]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Soledad Gallego-Díaz, maestra en ética periodística]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/soledad-gallego-diaz-maestra-etica-periodistica_1_2203816.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c6d59cf7-c059-4439-8651-30ca3bdcee4f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Soledad Gallego-Díaz, maestra en ética periodística"></p><p>Mi presencia en esta tribuna es un acto temerario. Correspondía por derecho propio a Joaquín Estefanía el placer de proclamar la virtud profesional de la periodista Soledad Gallego-Díaz Fajardo; Sol Gallego; simplemente Sol. Pero al hermano más próximo le ha sorprendido una abolladura temporal, leve, que le tendrá enclaustrado aún varios días.</p><p>Así que me toca un honor sin más mérito que la complicidad de muchos años con la, enorme, periodista premiada. Con ella y con Joaquín y con Andreu Missé y bastantes más seguimos manteniendo un falansterio espiritual utópico: trabado sobre el estupendo y asediado oficio de periodista, compartiendo una mirada crítica al mundo y tratando de seguir desplegando una nunca desmayada <strong>pasión por la vida y la gente</strong>.</p><p>Hay en este acto otras ausencias que lamentar, por causa distinta. De amigos que habrían deseado estar aquí, para reconocerla. Me refiero a nuestros colegas, muy íntimos de Sol, Bonifacio de la Cuadra, Malén Aznárez, Joaquín Prieto y Antonio Franco, entre otros que se fueron, demasiado deprisa, de viaje sin retorno. Aunque eso sí, siempre vuelven, puntuales, a nuestro afectuoso recuerdo.</p><p>En el pasado nos referíamos a los colegas veteranos, sobresalientes y creadores de escuela y de amplios lazos profesionales como “maestros de periodistas”, a veces así nombrados con voz algo engolada, como de antiguo telediario. El título que la FAPE –en sintonía con otras distinguidas entidades– otorga hoy a Sol Gallego supone un avance tangible desde entonces, porque detalla de qué va esa maestría: lo es, no solo de carácter general, sino específicamente ética. Una asignatura muy pendiente tanto en nuestra sociedad, como en nuestro oficio. <strong>Quien lo recibe es una verdadera “Maestra en ética periodística”</strong>. Ella a su vez honra a la institución que lo inaugura hoy –en su esfuerzo por representar amplia y dignamente a los periodistas de este país–, con su prestigio personal.</p><p>Gallego-Díaz es persona –¡y qué amor de persona!– y ciudadana –¡y qué impulsora de ciudadanía!–, incluso antes que periodista, que lo va siendo más de medio siglo. <strong>Su árbol familiar nos interesa más por los valores que destila</strong> que por curiosidad genealógica: está poblado de gente de progreso, inquieta y rebelde. Muy antes de todo esto, su bisabuelo fue ministro liberal, con Práxedes Mateo Sagasta. Su abuelo Eduardo, notable andaluz, uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, esa marca que tanto carácter imprime, así como de la primera revista de economía española, en 1917. Su padre, José Gallego-Díaz, fue un notabilísimo matemático comunista y profesor universitario depurado por la dictadura, fallecido con poco más de 50 años en Caracas.</p><p>Muy joven, ella se apuntó por hambre de libertad al movimiento antifranquista, desde la óptica ácrata, o mejor, libertaria. Y también fue depurada, en su caso como periodista de la agencia de noticias del llamado Movimiento, Pyresa, por participar en una huelga. Publicó en <em>Cuadernos para el Diálogo</em> la gran exclusiva en la época de la Transición, obtenida con Federico Abascal y José Luis Martínez: <strong>el primer texto de la Constitución de 1978</strong> a presentar al Congreso. Ella misma ha explicado que anduvieron persiguiéndolo largo tiempo, convencidos de que los ciudadanos tenían derecho a conocer lo que estaban cocinando los constituyentes, aunque estos preferían dirimir discretamente sus diferencias.</p><p><strong>Aquella primicia era ya simbólica de un modo de ejercer la profesión</strong>. Fijémonos en sus distintos elementos: noticia relevante y verídica; responsabilidad individual con trabajo colectivo; servicio al lector como guía fundamental de la tarea; respeto liberal-libertario por el Estado en su versión más democrática. No en vano aquella Carta Magna aún en ciernes, y a cuyo debate general dedicaría un libro en dueto con Bonifacio, <em>Crónica secreta de la Constitución</em>, incorporaba un amplísimo catálogo democrático de libertades y derechos democráticos: entre ellos, el artículo 20, que garantiza el derecho “a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión”. Subrayemos el verbo <em>recibir</em>, que suponía enfatizar hacia el receptor el significado de la tradicional “libertad de expresión”. Y, además, solemnizaba el “secreto profesional” sobre las fuentes de la noticia. Que sus protagonistas han mantenido durante todo el tiempo transcurrido. Algo que era un deber legal, sí, pero de cumplimiento no tan frecuente en una actividad a veces tildada de (y ejercitada como) chismosa, charlatana y frívola.</p><p>Desde antes de la fundación del diario <em>El País</em> en 1976 –al inicio compaginándolo con su dedicación a <em>Cuadernos</em>– hasta hoy mismo, <strong>Sol Gallego está desarrollando sin interrupción el oficio de periodista</strong>. En múltiples vertientes: como redactora, subdirectora, directora adjunta, defensora del lector, columnista, y directora (entre 2018 y 2020), así como comentarista radiofónica en la SER. Y reiteradamente, salpicándolas en distintos momentos separados en el tiempo, por sus estancias como corresponsal en Bruselas, Londres, París, Nueva York y Buenos Aires. Amén de una etapa como delegada del periódico en Sevilla, para coordinar la edición andaluza.</p><p>Recuerdo con especial regocijo los primeros años 90, en que simultaneábamos funciones, ella en Madrid y yo en Barcelona, como directores adjuntos de Joaquín. Exprimí como un limón sus consejos de gran oteadora olfativa de lo que se avecinaba, noticias y ciclos, tendencias y problemas organizativos y personales, con mucha antelación sobre mí. <strong>Procuré aprender de su generosidad, de esas de compartirlo todo</strong>, y de su hábil temple en manejar conflictos, a veces nada sencillos. Y revisito con alborozo el período en que ejercitaba el análisis con desplazamientos a las cumbres europeas, como la del lanzamiento del euro en 1998: con mucha delicadeza, respeto y palmadas de júbilo en los aciertos o por el reencuentro con viejas amistades y anchos hombros comprensivos prestados cuando los reveses. Que siempre culminaban ante los fogones de La Fiorentina, catedral de la gastronomía <em>casalinga</em>, casera, de la <em>signora</em> Maria, ya desaparecida.</p><p>No hay demasiados colegas entre nosotros, si es que los hay, que exhiban una trayectoria tan intensa y tan entrelazada entre el enraizamiento local/nacional y ese cosmopolitismo que abre el espíritu y afianza <strong>la afición a la aventura de descubrir lo nuevo</strong>. Y con un desempeño tan circular o transversal –ahora en funciones básicas, mañana en responsabilidades intermedias, después centrándose exclusivamente en la escritura– en el sentido de distinto u opuesto al empeño vertical de alcanzar los más altos niveles de la jerarquía, y de eternizarse en ellos. Y también era nuevo lo que no se produjo. <strong>Renunció en 1988 al encargo de desempeñar la dirección de </strong><em><strong>El País</strong></em><strong>; lo aceptó solo 30 años más tarde</strong>, y por un breve período de dos años, el indispensable para rescatar al periódico tras una etapa muy complicada. Asimismo, ha sido una acérrima defensora práctica de combinar el rejuvenecimiento de la redacción con la veteranía, dispensando un trato digno a las distintas capas generacionales. Y una abanderada sistemática de la igualdad entre las mujeres y los hombres.</p><p>Esa dinámica profesional no es solo consecuencia de la empatía, la curiosidad intelectual y <strong>el afán por conocer la realidad desde distintos observatorios</strong>, un empeño bien completado. Es también expresión de valores superiores: la primacía que Soledad Gallego-Díaz ha otorgado siempre al poder de las ideas, por encima de las ideas del poder; y la lealtad para con las reglas del oficio y en el ejercicio de sus responsabilidades</p><p>En distintos episodios, de los que guardo memoria muy viva, <strong>utilizó su libertad expresando firmes discrepancias</strong> –con elegancia a veces mayéutica y con salero–, respecto a la autoridad interna o las autoridades exteriores. En una sonada ocasión se avino a retirar de una entrevista que había realizado a un presidente la contestación a una de las cuestiones, pero de ninguna manera a eludir la constancia de que había formulado la incómoda pregunta. Sin necesidad de alharacas. Respetuosamente con todos, y con ella misma.</p><p>Al cabo, la primera premiada con el galardón Aurelio Martín de la FAPE es persona de muy fuertes convicciones de progreso, que pueden resumirse en la clásica tríada de libertad-igualdad-fraternidad, aunque siempre actualizada; y en caso de duda, a favor de inclinar la balanza o el dilema, hacia el lado del más débil. Empedernida lectora, <strong>Sol es una convencida de que existe “una cierta manera de hacer las cosas”</strong>, como sostiene la mejor cultura francesa, una defensora del ideal kantiano de “paz universal” y una asidua practicante de la ética personal y profesional como “imperativo categórico” que trasciende intereses y conveniencias.</p><p>Eso, y no nada muy diferente es la Ética, que según uno de sus grandes patriarcas proviene del conocimiento, sí, pero también de la actividad convertida en hábito orientado hacia una finalidad: para algunos, como el autor de la <em>Ética a Nicómaco</em>, se trata de la felicidad. Y adivino que <strong>para ella versa más sobre el equilibrio, la justicia, la equidad</strong>.</p><p>También en el ejercicio del periodismo. <strong>El trayecto de Sol arroja un compendio de actuaciones según valores como el respeto a la verdad</strong> (o más exactamente, acercarse a la verdad aproximándose a la realidad de la manera más honesta y adecuada posible) y el objetivo de dar cumplimiento al derecho ciudadano de obtener información veraz. Estos valores se traducen en dos reglas principales, precisas y básicas, pero claras. Una, el contraste y verificación mediante varias y distintas fuentes, de lo que se publica o se emite. Otra, la orientación a los ciudadanos receptores/afectados, a cuyos puntos de vista e intereses se debe prestar siempre la atención debida.</p><p>La maestría ética de la premiada se expresa asimismo en cómo se amplifican y aplican esas normas de conducta ante nuevos problemas o frente a intersticios de dilemas sobrevenidos o, simplemente, en casos de complejidad creciente para dirimir entre derechos concurrentes. De su larga etapa como directiva del periódico, <strong>muchos hemos aprendido gracias a sus intuiciones y su criterio</strong>, de fabricación sofisticada pero de expresión sencilla. Y de la necesidad de rectificar tajantemente cuando erramos, que, ay, me ocurre y nos ocurre, y resulta doloroso pero justo. Su opinión al respecto es terminante: “Eso no es”, o “eso no es así”. O sea, repáralo, chaval. Y también de su corta pero fructífera fase como Defensora del lector.</p><p>De ella son muy destacables bastantes aportaciones. Quizá la principal sea <strong>la denuncia del periodismo </strong><em><strong>declarativo</strong></em><strong> como ejercicio de segunda división</strong>, en el que se sustituyen datos y hechos por manifestaciones verbales, frecuentemente vacías, de personajes públicos, sobre todo políticos y empresariales, meras reproducciones de ruedas de prensa o manifestaciones cocinadas <em>ad hoc </em>por protagonistas de la vida pública, en lugar de noticias buscadas por los redactores en virtud de su interés. En una conferencia en la UIMP, Soledad Gallego subrayaba que más del 70% del espacio en las secciones de Política y Economía se dedicaba a recoger ese tipo de material más bien propagandístico, y en más del 50% en las secciones de Sociedad y Cultura.</p><p>Y en el propio diario destacaba algunas recetas aplicables al asunto, entre ellas la que en una ocasión aplicaron varias cadenas de TV norteamericanas. Rechazaron distribuir en directo una charla del presidente George Bush por preverla informativamente poco interesante, y por ello la relegaron a noticia suelta de menor relieve. Algo muy evocable en estos tiempos informativos desarbolados, cuando la actualidad geopolítica se suele reemplazar por recuas de exabruptos, insultos, amenazas y ultimátums.</p><p>Pero muchos otros hallazgos acompañan ese hito, como la denuncia de la abusiva introducción en un texto de opiniones anónimas de protagonistas de una noticia, preferiblemente con críticas a otros personajes, falseando así la credibilidad de la mercancía. O <strong>el rechazo a aceptar regalos navideños a periodistas</strong>, “porque siempre tendrán relación con su trabajo”.</p><p>Deseo concluir esta recopilación de hechos y vivencias enfatizando la independencia profunda de sus escritos de análisis y opinión, su ecuanimidad que no implica equidistancia, su carisma de referencia, como muy pocos alcanzan, y aún menos durante tan extenso calendario. Y que se resume en la calidad de los títulos elegidos por la homenajeada. Devuelven la cualidad de obvio a lo que nunca debió dejar de ser evidente. Para muestra, tres botones, espigados entre decenas: 1: “<a href="https://elpais.com/ideas/2025-10-05/no-sobran-inmigrantes-faltan-medicos-enfermeras-y-maestros.html" target="_blank">No sobran inmigrantes; faltan médicos, enfermeros y maestras</a>”; 2: “<a href="https://elpais.com/ideas/2025-01-12/los-jueces-deben-ser-discretos-y-los-periodistas-veraces.html" target="_blank">Los jueces deben ser discretos y los periodistas, veraces</a>” y 3: “<a href="https://elpais.com/ideas/2024-02-11/israel-quiere-demoler-la-misma-onu-que-le-dio-su-partida-de-nacimiento.html" target="_blank">Israel quiere derribar la misma ONU que le dio su partida de nacimiento</a>”.</p><p>Así que rendida y cálida admiración, también, a su empleo exacto de la palabra, materia prima esencial del periodismo. Y de su significado. Como escribió Salvador Espriu: <em>“Hem viscut per salvar-vos els mots/ per retornar-vos el nom de cada cosa/ perquè seguissiu el recte camí/ d’accés al ple domini de la terra”</em>. Es decir: “<em>Hemos vivido para salvaros las palabras/ para devolveros el nombre de cada cosa/ para que continuarais el recto camino/ de acceso al dominio pleno de la tierra”</em>. Sea.</p><p><em>*</em><em><strong>Xavier Vidal-Folch</strong></em><em> es de </em><em><strong>todo</strong></em><em>.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Jun 2026 04:01:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Xavier Vidal-Folch]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Soledad Gallego-Díaz, maestra en ética periodística]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Periodistas,El País,Transición democrática]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Lo que la IA no sabe hacer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/ia-no_1_2202225.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e87da5c6-912e-462b-a1ac-ef0b80f7eaed_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que la IA no sabe hacer"></p><p>Cuando Isaac Asimov escribió <em>Yo Robot</em> en 1950 elaboró las tres leyes para garantizar la seguridad humana frente a la tecnología. <strong>Un robot no hará daño a un ser humano ni tampoco permitirá que lo sufra</strong>; obedecerá las órdenes dadas por los humanos excepto si entra en conflicto con la anterior ley y un robot protegerá su propia existencia, siempre y cuando esa protección no entre en conflicto con alguna de las leyes anteriores. Un estudio del FMI alerta de que en torno al 60% de los empleos podrían perderse por culpa de la inteligencia artificial en economías avanzadas. Otro informe de la OCDE avisa de que un 27,4% de los empleos en España están en riesgo por la IA generativa. El robot estaría incumpliendo la primera ley ética del escritor y bioquímico ruso. </p><p>El <em>Wall Street Journal</em> y la BBC alertaron en 2023 de que <strong>la IA podría reemplazar hasta 300 millones de trabajos entre Estados Unidos y Europa</strong>. Las grandes corporaciones parecen moverse al respecto. Hace unas semanas Meta confirmó un recorte de 8.000 trabajadores y la congelación de 6.000 contrataciones; Amazon despidió a unos 30.000 empleados de oficina en el cambio de 2025 a 2026; Ebay ha despedido al 6% de su plantilla, Pinterest a un 15% y Block –la compañía financiera del fundador de Twitter– ha echado a 4.000 empleados. ¿El motivo? No lo esconden: las crecientes capacidades de la IA. “Un equipo significativamente más pequeño, con las herramientas que estamos desarrollando, puede hacer más y mejor. Y las capacidades de la IA se multiplican cada semana”, reconoció Jack Dorsey, de Block. </p><p>El miedo surge casi espontáneo cuando vemos a una máquina agilizar tareas complejas para los humanos. Pero se debe evitar el ludismo. Esclavizar a los robots debería ser una forma de emancipación humana. Pasar menos tiempo trabajando y más disfrutando de la vida. “Estoy a favor de que una máquina haga cosas aburridas que no tienen sentido para mí. Me parece estupendo que los robots realicen tareas de camarero, repartan botellas de agua en un comedor, limpien…”, detalla Margot Rot, filósofa y escritora de <em>Infoxicación</em> (Paidós, 2023). La cuestión, para ella, es “que se crea que una IA pueda traducir mejor un poema de Ashbery que una persona”. El problema de la implementación tecnológica no es tanto su capacidad sino <strong>la elección que hacemos sobre al servicio de qué ponemos esa capacidad</strong>. Mención aparte a la recopilación de datos personales que hacen empresas como OpenAI o su falta de criterios éticos respecto a cuestiones de salud pública como el suicidio. </p><p>Las predicciones laborales de las grandes empresas tecnológicas responden también a sus intereses ideológicos. Otro estudio hecho por economistas del Laboratorio de Presupuestos de la Universidad de Yale y del centro de estudios Brooking Institution contradice a los líderes de las tecnológicas. Indican que desde que OpenAI lanzó el popular ChatGPT en noviembre de 2022, la IA generativa no ha tenido un efecto más drástico sobre el empleo que los avances tecnológicos anteriores. Tampoco encuentran evidencias directas de que estos <em>chatbots</em> estén dejando a la gente sin trabajo. “<strong>No nos encontramos ante un apocalipsis laboral</strong> que afecte a toda la economía; la situación es, en su mayor parte, estable. Ese debe ser el mensaje”, incidió Martha Gimbel, coautora del estudio en su presentación. </p><p>¿Por qué se alimenta el relato de que la IA se <em>come</em> nuestros puestos de trabajo? Si bien es cierto que los empleos repetitivos y de poca complejidad (cajeros, administrativos, operadores…) sí tienen riesgo de ser automatizados, hay voces que lo identifican como <em><strong>AI washing</strong></em>. Esto es, el uso interesado del mito que se ha creado alrededor de esta tecnología para justificar despidos o subidas de precios que iban a hacerse de igual manera. Amazon ha reconocido en varias ocasiones que “sobredimesionó” su plantilla durante el covid y despide a empleados desde 2022. Un exjefe de recursos humanos de Block reconoció a <em>The New York Times</em> que la propia Block había pasado por rondas de despidos durante 2024 y 2025.</p><p>Parece que más que un cambio de modelo de empleabilidad hay un <strong>cambio cultural</strong>. En concreto de intenciones publicitarias. “Desde ChatGPT muchas personas y empresas usan y anuncian su conocimiento en IA para demostrar un alto grado de especialización y actualización tecnológica. Se trata de una exageración de conocimientos”, valora César Fieiras, investigador especialista en las repercusiones transversales de la IA en el sector de la comunicación en la Universidad de Santiago de Compostela. Transformar los recortes en innovaciones tecnológicas suaviza el impacto de los despidos y disminuye la responsabilidad en ellos. </p><p><strong>¿Qué pasa con el periodismo?</strong></p><p>Aunque el periodismo rehúye la primera persona, voy a usarla: durante meses, entrené a una inteligencia artificial para un medio extranjero en el que trabajaba y <strong>acabó quitándome el trabajo</strong>. Mis jefes de entonces nos pidieron que supervisáramos y corrigiésemos las torpes noticias que un robot creaba a partir de teletipos y fotos creadas por un <em>prompt</em>. La IA ordenaba la portada, enviaba notificaciones y editaba las noticias. Nuestra misión era verificar que lo hiciese bien y enseñarla. ¿Un espóiler? No era capaz de titular, jerarquizar ni contrastar. </p><p>Mi caso no es aislado. La lógica del <em>AI slop</em>, el contenido basura que genera en cadena una Inteligencia Artificial, se está colando en más medios. Un ejemplo es el de <em>Quartz</em>, una revista de negocios. En 2024, todos los redactores, excepto el editor jefe y el editor ejecutivo, fueron despedidos. La producción de noticias quedó en manos de una IA bautizada como Quartz Intelligence Newsroom. No solo falla en la veracidad de sus noticias, sino que el robot también ha llegado a usar como fuente principal a Devdiscourse, otro sitio de <em>slop</em> evidente. </p><p>“<strong>El peor uso de la IA es el que se está haciendo en periodismo</strong>. Es una vergüenza absoluta que la profesión esté en semejante decadencia”, critica Margot Rot. “Es curioso cómo al usar la IA en el periodismo se trata de esconder y hay connotaciones negativas y estigmas”, explica Javier Mayoral, profesor e investigador de Periodismo en la UCM. En marzo de este año, <em>The New York Times</em> despidió a un periodista por usar inteligencia artificial. Eso dice el titular, pero lo echaron porque se había ayudado de ella para escribir una reseña de un libro con similitudes de otra reseña del <em>The Guardian</em> británico. Vamos, lo echaron por plagio, no por usar la IA.</p><p>Un estudio publicado por Javier Mayoral analiza cómo perciben la IA los periodistas en España. Casi el 75% de ellos dice que su empresa no le ha ofrecido formación en IA generativa y seis de cada diez afirman que ni siquiera se ha debatido internamente su uso. Más del 85% señala alguna contribución de la inteligencia artificial a sus tareas cotidianas. Otro informe de la Universidad de Stanford señala que la IA facilita mucho el trabajo de los periodistas senior, pero sí dificulta la puerta de entrada a los nuevos. “Cuando directores, editores o jefes de sección hablaban con nosotros se subrayaba lo positivo y se insistía especialmente en que la IA no iba a eliminar puestos de trabajo. Esas mismas personas reconocían que la visión de los redactores era más pesimista, que había mucho miedo”, destaca Mayoral. “<strong>La introducción de la IA en las redacciones no ha sido un proceso dialogado y transparente</strong>, con una planificación consensuada con los trabajadores y con sesiones formativas previas”. </p><p>Las grandes cabeceras de medios de comunicación <strong>no esconden el uso de la IA</strong>. Sería ilógico negarnos a una herramienta que puede organizar datos, transcribir entrevistas, aportar ideas o detectar faltas de ortografía. El británico <em>The Guardian</em> publicó en marzo un editorial detallando su política editorial sobre el uso de esta tecnología en el periodismo. El principio central establece que el periodista es siempre responsable de lo que firma. Cualquier uso extraño de la IA generativa en una noticia debe contar con la aprobación explícita del editor y estar destacada para el lector. Según el documento, “las audiencias tienen derecho a esperar que lo que aparece bajo una firma fue escrito por un periodista”. </p><p>En el estudio de Mayoral los periodistas consideran una línea roja recurrir a la inteligencia artificial generativa para crear un primer borrador de un texto. En España, <em>El País</em> ha puesto en marcha una IA para automatizar tareas repetitivas y de escaso valor dentro del trabajo periodístico para que, dicen, los redactores destinen más esfuerzos a elaborar información propia. “Esto redundará en un enriquecimiento de las noticias”, auguran. </p><p>“Este tipo de regulaciones internas en los medios son muy importantes”, destaca Fieiras. “Incluso podríamos abogar por una ley específica del uso de la IA en el periodismo. El conflicto ético siempre estará ahí”. Lo importante estará siempre en el criterio editorial. “Es importantísima la supervisión y la iteración. <strong>La IA no deja de ser un intermediario</strong>. Es una herramienta potentísima, pero un intermediario más para conseguir algo”, subraya. La IA de forma autónoma y, aún menos sin supervisión, jamás podrá hacer todas las tareas de jerarquizar, sintetizar, contrastar o consultar. “Los medios que consigan gobernarla y hacerla suya, trasladando el criterio ético y periodístico a la producción del día a día, serán aquellos diferenciales”, defiende el investigador.</p><p>Si se sustituyera a los periodistas por máquinas para automatizar las tareas <strong>disminuiría la calidad periodística, la creatividad o la empatía</strong>. Pero también el control, la comprobación o la verificación. “¿Cuántas veces nos ha dicho algo falso o impreciso una herramienta de inteligencia artificial sin el menor atisbo de duda (porque la IA no está pensada para dudar) y luego, cuando le hemos mostrado el error, nos ha reconocido que su dictamen anterior no era verdad? ¿Qué podemos esperar que ocurra si dejamos a la inteligencia artificial a los mandos, sin ningún control humano?”, cuestiona Mayoral.</p><p>El periodismo observa, analiza, busca enfoques y luego desarrolla una historia única. <strong>La inteligencia artificial parte de algo ya creado por la humanidad.</strong> “La IA no llama a una fuente, no es capaz de convencer a una persona para que ofrezca su testimonio, no tiene intuición para descubrir nada nuevo en sentido estricto”, subraya Mayoral. No obstante, si el trabajo periodístico se basa en copiar y pegar un robot sí sabe hacerlo. </p><p>La pregunta del millón: <strong>¿Qué va a suceder con los empleos periodísticos?</strong> “Si los medios de comunicación quieren producir piezas a bajo coste, se perderán puestos de trabajo. Si los medios de comunicación no buscan abaratar costes, sino mejorar la calidad, se implantará progresivamente la IA sin una pérdida sustancial de empleos, porque los periodistas dejarán de hacer algunas tareas, pero asumirán nuevas funciones”, responde Mayoral. “Los medios podrán ofrecer servicios de valor que partan de informaciones humanas, pero con una mayor calidad. Incluso puede ayudar a generar puestos de trabajo técnicos. <strong>Poder centrarse más en el periodismo que en la productividad</strong>”, añade Fieiras. El futuro depende de los intereses empresariales.</p><p>¿Y mi conclusión sobre el paso por aquella empresa? La IA no parece capaz de sustituir a los periodistas, aunque en ese caso sí lo haya logrado. <strong>No tiene curiosidad, no distingue y no contrasta</strong>. Ese medio es uno sintético. Por ahora el periodismo está relativamente a salvo siempre y cuando los medios de comunicación apuesten por él. Por ahora, las leyes sobre robótica que Asimov imaginó hace casi 100 años aún aguantan. </p><p><em>*</em><em><strong>Raúl Novoa </strong></em><em>es periodista y guionista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 21 Jun 2026 04:01:08 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raúl Novoa]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Lo que la IA no sabe hacer]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La IA no destruirá el periodismo, pero puede volverlo invisible]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/ia-no-destruira-periodismo-volverlo-invisible_1_2202680.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1f52a921-ff97-40a5-ba69-bf47e2774fd6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La IA no destruirá el periodismo, pero puede volverlo invisible"></p><p>Hubo un momento, hace apenas dos décadas, en que los periódicos comprendieron que <strong>Internet había roto para siempre el viejo equilibrio entre información, publicidad y poder</strong>. La prensa perdió entonces el monopolio de la distribución, pero conservó algo esencial: seguía siendo quien producía la información original que alimentaba el ecosistema digital.</p><p>Durante la mayor parte de la historia moderna del periodismo, la relación entre los medios y el público fue relativamente directa. Los lectores compraban un periódico, encendían la radio o visitaban una página web. Los límites entre productor y consumidor eran claros, incluso cuando existían intermediarios de distribución. <strong>Hoy esa relación está cambiando</strong>.</p><p>La irrupción de la inteligencia artificial generativa plantea ahora una amenaza más profunda. Ya no se trata solo de que las plataformas distribuyan contenidos ajenos. Se trata de que puedan absorberlos, resumirlos, reorganizarlos y devolvérselos al usuario sin necesidad de pasar por el medio que los produjo.</p><p>Cada vez más personas <strong>acceden a la información no buscando directamente un medio concreto</strong>, sino interactuando con sistemas que agregan y sintetizan contenidos. Una pregunta escrita en una interfaz de IA puede generar una respuesta elaborada a partir de múltiples fuentes, condensada en un único texto coherente. El trabajo periodístico original sigue siendo esencial –sin él no habría nada que resumir–, pero su origen se vuelve menos visible. El periodista, en cierto modo, sigue presente, pero deja de ocupar el centro y esa no es una cuestión tecnológica sino que atraviesa las conversaciones sobre negocio, democracia, audiencias, suscripciones, credibilidad y futuro de las redacciones. La sensación dominante es de cambio de era. El periodismo ha entrado silenciosamente en una segunda gran crisis digital y la diferencia es decisiva.</p><p>Si Google y Facebook todavía enviaban tráfico a los medios, los asistentes conversacionales aspiran, en cambio, a sustituir parcialmente la experiencia misma de lectura. El usuario pregunta. La IA responde. Y el periódico desaparece del recorrido. Es lo que Reuters Institute ha definido como <strong>el paso de la </strong><em><strong>economía del clic</strong></em><strong> a la </strong><em><strong>economía de las respuestas</strong></em>. Es una fórmula aparentemente técnica, pero describe una mutación enorme. Durante años, los medios compitieron por atraer lectores hacia sus portadas digitales. Ahora temen que la conversación informativa ocurra directamente dentro de sistemas como ChatGPT, Gemini o Claude, sin visita, sin publicidad y, sobre todo, sin vínculo con la marca periodística.</p><p>El gran miedo de las redacciones no es únicamente perder tráfico. <strong>Es perder relevancia cultural</strong>. Quizá estamos asistiendo al fin de la portada como centro organizador de la vida pública. Durante más de un siglo, los periódicos jerarquizaron el mundo. Decidían qué abría el día, qué era importante, qué merecía atención colectiva. La IA fragmenta esa experiencia en millones de respuestas individualizadas. Cada usuario recibe una realidad ligeramente distinta.</p><p><strong>Concentración de poder</strong></p><p>La consecuencia no es solo económica. También democrática. Lo más importante es que se erosiona la posibilidad de una conversación pública compartida y ello incide directamente sobre los consensos imprescindibles para la salud de la democracia y la cohesión social. <strong>Sin una noción compartida de la realidad estamos desnudos frente a los </strong><em><strong>deepfakes</strong></em><strong> y la manipulación sintética</strong>.</p><p>Detrás de esa transformación aparece otra cuestión todavía más delicada: la concentración de poder informativo en manos de unas pocas grandes empresas tecnológicas estadounidenses. Nunca antes en la historia contemporánea un número tan reducido de compañías había tenido tanta capacidad para ordenar el acceso global a la información, definir qué contenidos circulan, qué medios son visibles y bajo qué condiciones económicas. La Unión Europea empieza a comprender que la discusión sobre la IA no es únicamente tecnológica ni comercial, sino también política y democrática. El European Union Artificial Intelligence Act, la Digital Services Act o la European Media Freedom Act responden precisamente a ese temor: <strong>que el espacio público europeo quede subordinado a algoritmos</strong>, modelos lingüísticos y plataformas privadas cuyo funcionamiento escapa al control democrático. Es una cuestión de soberanía. Soberanía informativa, cultural y tecnológica. Porque si Europa no es capaz de poner límites regulatorios a las grandes plataformas, corre el riesgo de que buena parte de su conversación pública quede mediada por actores privados que no responden ni a criterios editoriales ni a intereses democráticos europeos.</p><p>Sin embargo, el mismo fenómeno que amenaza al periodismo puede reforzar su valor. Si la IA convierte la información básica en una mercancía abundante y casi gratuita, entonces lo verdaderamente escaso pasa a ser otra cosa: la confianza. Como en una inundación, lo realmente valioso es el agua potable. La abundancia de texto, de ruido, hace más escasa y más valiosa la credibilidad. La paradoja es fascinante. Nunca hubo tanta capacidad para producir contenido. Y quizá <strong>nunca fue tan importante distinguir qué contenido merece ser creído y leído</strong>.</p><p>De entrada, la IA en las redacciones se está utilizando como una nueva herramienta del oficio. Las aplicaciones prácticas ya están transformando las redacciones con las transcripciones automáticas, las traducciones, la subtitulación de vídeos, la búsqueda de documentación, el análisis masivo de datos, la detección de patrones, la verificación audiovisual y la ordenación y recuperación de archivos. <strong>No ha habido un momento único de disrupción</strong>, ninguna línea clara que separe la vieja redacción de la nueva. La tecnología se ha ido instalando casi imperceptiblemente en las rutinas diarias de los periodistas. Un reportero sube una transcripción y recibe un resumen estructurado. Un editor prueba titulares alternativos generados en segundos. Un equipo de producto experimenta con nuevas maneras de recomendar artículos a los lectores a partir de sus hábitos de consumo. Todas estas herramientas, que hace tres años parecían futuristas, ahorran hoy horas de trabajo rutinario y mecánico que se pueden dedicar a dotar nuestra información de valor añadido: investigar, contextualizar, contrastar y narrar. La IA abarata el contenido <em>commodity</em>, pero aumenta el valor del análisis, la interpretación y la autoridad editorial.	</p><p><strong>Dinámicas de optimización</strong></p><p>El riesgo es emborracharse si la jerarquización, el enfoque narrativo o la selección editorial <strong>dejan de depender del criterio profesional y pasan a estar excesivamente condicionados por métricas</strong>, algoritmos y dinámicas de optimización. Un titular puede seguir siendo escrito por un editor, pero probablemente estará influido por datos sobre rendimiento y comportamiento de audiencia. Una historia puede seguir seleccionándose por criterios periodísticos, pero esos criterios conviven cada vez más con analíticas y objetivos de visibilidad. La inteligencia artificial ayuda a llegar al lector e intensifica estas dinámicas porque las vuelve más rápidas, más precisas y más omnipresentes.</p><p>El problema aparece si la lógica industrial invade o ahoga el núcleo editorial. El gran temor académico y profesional es que la automatización no se limite a tareas auxiliares, sino <strong>que empuje hacia un periodismo más rápido, más barato y más homogéneo</strong>. La inteligencia artificial puede ayudar a producir información. Pero no puede asumir la responsabilidad pública. No se puede olvidar qué merece ser explicado, cuál es el contexto, cuáles son las consecuencias y quién somete a verificación.</p><p>La palabra clave es <em>confianza</em>. Necesita una defensa feroz de la propiedad intelectual, conscientes de que nuestro principal activo ya no es solo la información, sino <strong>la confianza acumulada durante décadas</strong>. La IA puede asistir, pero el juicio editorial sigue siendo irreductiblemente humano.</p><p><strong>Es importante que los medios se doten de códigos éticos para la utilización de la IA</strong>. En el caso de <em>Ara</em> somos conscientes de que muchas herramientas de IA procesan información en sus servidores y pueden utilizarla para entrenar modelos. Por ello, solo pueden utilizarse herramientas corporativas autorizadas para trabajar con material sensible, y queda prohibido introducir en ellas datos que identifiquen fuentes confidenciales, investigaciones en curso o documentos reservados. En materia de verificación, el código recuerda que los modelos de IA pueden inventar datos, citas o referencias. Por ello, ninguna información generada por IA puede publicarse sin contraste independiente y acceso a fuentes verificables.</p><p>En el fondo, el debate actual recuerda una vieja intuición de la historia del periodismo: cada revolución tecnológica destruye parte del ecosistema anterior, pero también <strong>redefine el valor diferencial del buen periodismo</strong>. La IA tampoco hará desaparecer automáticamente el periodismo. Pero probablemente sí eliminará parte del periodismo indiferenciado, repetitivo y puramente agregador.</p><p>El gran interrogante es quién sobrevivirá económicamente durante la transición. Porque<strong> la cuestión decisiva sigue siendo el negocio</strong>. ¿Por qué alguien pagará una suscripción si una IA puede resumir gratuitamente las noticias del día? Esta es la pregunta que obsesiona hoy a directivos y editores. Los más pesimistas creen que la IA destruirá el tráfico y reducirá la disposición a pagar. Los más optimistas sostenemos exactamente lo contrario: que cuanto más ruido automatizado exista, más valor tendrán las marcas capaces de ofrecer criterio, profundidad, honestidad intelectual y que sean capaces de crear una comunidad construida por una relación de confianza con sus lectores.</p><p>El verdadero cambio de era no consiste solo en la aparición de una nueva tecnología. Consiste en el desplazamiento del valor. Durante años, el valor estuvo en distribuir información rápidamente. Ahora vuelve a desplazarse hacia algo más antiguo y más difícil de automatizar: <strong>el criterio, la verificación, la interpretación, la reputación y la confianza pública</strong>. En una época en la que cualquiera podrá producir contenido casi ilimitado, quizá el periodismo recupere precisamente aquello que lo hizo indispensable desde el principio: la capacidad de distinguir lo verdadero de lo simplemente verosímil.</p><p><em>*</em><em><strong>Esther Vera</strong></em><em> es directora del diario ‘Ara’.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Jun 2026 04:00:48 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Esther Vera]]></author>
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      <title><![CDATA[Periodismo frente al expolio algorítmico]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/periodismo-frente-expolio-algoritmico_1_2202689.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/68f7aaf9-75f8-49f8-9efc-0ecfe5a1cbcf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Periodismo frente al expolio algorítmico"></p><p>El periodismo siempre ha cambiado cuando cambiaron sus herramientas. Forma parte de su esencia, aunque en apenas un cuarto de siglo estas nos hayan dado la vuelta como un calcetín. Tengo 53 años y he vivido suficientes mudanzas tecnológicas en la profesión como para desconfiar tanto de la nostalgia como del entusiasmo hacia cada nueva innovación. Empecé a trabajar con máquina de escribir. En la primera redacción que pisé, los teletipos se rasgaban en los cantos de las mesas y se repartían en mano. He grabado en radio con magnetófonos de bobina abierta, he visto a documentalistas en archivos de papel encontrar en minutos lo que hoy un buscador devuelve en milésimas de segundo (y no siempre con más inteligencia). También he vivido <strong>el salto a internet</strong>, la promesa de la abundancia y del procomún –¡ja!–, el vértigo del tiempo real, la ruptura del modelo de negocio, la conversión del lector en usuario y del periódico en una portada sin fin.</p><p>La digitalización de archivos, los gestores de contenido, las bases de datos, las alertas automáticas, las transcripciones asistidas o la edición digital no han destruido por sí mismas el oficio; en muchos casos lo han hecho menos ingrato y más ambicioso. <strong>Internet abrió puertas extraordinarias</strong> y, al mismo tiempo, arrasó los cimientos económicos de buena parte de la prensa. Ocurrió porque<strong> la tecnología nunca llega sola</strong>: llega acompañada de una cultura empresarial que casi siempre opera en la misma dirección, la de capturar valor y redistribuir poder hacia quien ya lo tiene. Lo que viene siendo el capitalismo.</p><p>En relación muy directa con esto último, la <strong>inteligencia artificial generativa</strong> ha colonizado un espacio crítico de la esfera pública: el umbral entre los lectores y el periodismo. Ahí, justo antes del <em>clic</em>, antes de la lectura y antes del reconocimiento de una firma, ofrece respuestas limpias, rápidas y convincentes, pero construidas con materiales que periodistas tuvieron antes que seleccionar, buscar, investigar, verificar, editar y de los cuales se hicieron responsables en el mismo momento de darle al botón de publicar. La IA no pisa la calle, no habla con fuentes, no recibe burofaxes, no rinde cuentas ni desde luego paga redacciones. Pero depende de todo ello para existir. </p><p>No estamos ante una herramienta que escribe más deprisa, sino ante <strong>una tecnología capaz de suplantar una responsabilidad reconocible</strong> –la que, en buena parte, otorga la credibilidad– a través de una voz que suena plausible y que parece tener autoridad. Por eso, la disputa entre IA y periodismo es por el valor, la autoría y la confianza pública. Es económica, jurídica y democrática. La cuestión, entonces, no es tanto si la inteligencia artificial generativa es capaz de acabar ella sola con el periodismo, como a quiénes interesa que eso ocurra y por qué. </p><p>No es casual que la UNESCO y Reporteros Sin Fronteras hayan entrado de lleno en este debate. Cuando organismos dedicados desde hace décadas a la libertad de prensa han salido a la palestra, es porque han entendido que <strong>aquí no se discute sobre innovación</strong>, sino sobre las condiciones de posibilidad de esa esfera pública como espacio donde se juega también la democracia.</p><p>El periodismo es una industria extraña: produce <strong>un bien público con un modelo de ingresos privado y frágil</strong>. Su sostenibilidad depende de una combinación inestable de publicidad, suscripciones, prestigio, tráfico y paciencia empresarial. Por tanto, cuando las plataformas de IA contestan dentro de sus propios entornos con materiales obtenidos del trabajo periodístico, capturan el valor sin soportar el coste de producirlo. La demanda de <em>The New York Times </em>contra OpenAI y Microsoft refleja bien esa tesitura: el periódico sostiene que sus contenidos fueron usados para construir productos que compiten con él, desvían audiencia y erosionan el incentivo económico que hace posible el periodismo original.</p><p>Pero esta historia también la hemos vivido antes. Durante años, las plataformas prometieron a los medios visibilidad a cambio de dependencia. El precio fue alto: empobrecimiento del vínculo directo con los lectores y subordinación del criterio editorial a la lógica –o ilógica– del algoritmo. <strong>La IA amenaza con llevar ese ciclo a una fase superior</strong>. El Reuters Institute lo formula con claridad inquietante: los buscadores se están convirtiendo en “motores de respuesta”, y los responsables de medios encuestados esperan que el tráfico procedente de buscadores caiga más de un 40% en los próximos tres años.</p><p>Hasta hace nada, los medios escribían para aparecer en buscadores. En la era de la IA, lo hacen para ser absorbidos, resumidos y citados –con suerte– por sistemas conversacionales. Antes, el buscador mostraba un enlace y el medio podía recibir una visita que le generara unos ingresos, aunque fueran irrisorios. Ahora, el sistema ofrece una respuesta compuesta de tal forma que el usuario ni siquiera siente la necesidad de salir de esa página para ir a la del medio. <strong>El periodismo queda convertido en combustible para una caldera</strong> que no calienta a nadie, pero llena la habitación de gases tóxicos.</p><p>La primera emanación, y quizá la más dañina, es la <strong>degradación de la verdad factual</strong>. Los modelos de lenguaje producen frases convincentes con una desenvoltura que confunde incluso a lectores entrenados. Su habilidad para sintetizar convive con una incapacidad estructural para distinguir entre lo verificado y lo inventado. Pueden resumir una investigación y, en la misma operación, deslizar un matiz falso, atribuir una frase a quien no la dijo o enlazar a una página que no existe. Y eso sin entrar en fotos que captan algo que no ha sucedido, audios que recogen frases que nadie ha pronunciado o vídeos en los que un dirigente dice lo contrario de lo que dijo.</p><p>La desinformación ya era una industria financiada, profesional y con intereses geopolíticos. La IA generativa la alimenta. Y el periodismo, que durante décadas fue el oficio de contrastar, se ve obligado ahora a demostrar que lo real es real. Esa<strong> inversión de la carga de la prueba</strong> –antes había que probar la mentira, ahora hay que probar la verdad– es una de las transformaciones más serias de nuestro tiempo.</p><p>Una investigación del Tow Center for Digital Journalism (de la Escuela de Periodismo de Columbia) sobre ChatGPT Search concluye, además, que los medios están expuestos a que su contenido sea mal atribuido o mal representado (más allá de que permitan o no el rastreo de sus contenidos por OpenAI; es decir, su canibalización a cambio de un generoso pago). El lector recibe una respuesta envuelta en una pretendida autoridad mientras la fuente original aparece desfigurada, desplazada o directamente desaparece. El mismo centro analizó en otra ocasión ocho herramientas de IA generativa, entre ellas ChatGPT, Perplexity, Gemini y Grok. Más del 60% de las respuestas contenían<strong> errores en la identificación de artículos periodísticos, autores o enlaces originales</strong>. Y con frecuencia generaban hipervínculos a páginas de error o dominios falsos. </p><p>Hay otro frente donde el extractivismo de la IA respecto al periodismo se vuelve casi obsceno: <strong>el plagio</strong>. En junio de 2024, <em>Forbes</em> acusó a Perplexity de republicar partes de exclusivas con atribución insuficiente. La controversia creció cuando otros medios denunciaron prácticas semejantes y, meses después, Dow Jones y <em>New York Post</em> demandaron a la empresa alegando infracción de <em>copyright</em> y un <em>metadaño</em>: la invención de noticias falsas atribuidas a cabeceras reales.</p><p>Más recientemente, una red local impulsada por IA, <em>Nota News</em>, que se presentaba como remedio para los desiertos informativos de Estados Unidos, cerró sus webs tras descubrirse decenas de casos de plagio. Axios y Poynter documentaron que sus páginas habían copiado citas, frases e incluso fotos de medios locales. La promesa, noble en apariencia, terminó devorando aquello que decía venir a salvar. </p><p>Europa ha empezado a entender que <strong>esta discusión no puede quedar a merced de contratos privados</strong> entre gigantes tecnológicos y grandes cabeceras. El caso Like Company contra Google Ireland, pendiente de resolución por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, deberá responder si un <em>chatbot</em> como Gemini puede vulnerar derechos de autor al resumir o reproducir contenido periodístico protegido, y si el entrenamiento de modelos con publicaciones de prensa puede quedar amparado por las excepciones de minería de textos y datos.</p><p>Entre tanto, la homogeneización formal y estilística es una amenaza menos aparatosa que el plagio, pero de propagación más rápida. Los modelos generativos tienden a escribir con corrección, incluso con cierta elegancia, pero <strong>su inclinación natural es hacia la mediocridad verosímil</strong>. El periodismo suele nacer de lo contrario: de una anomalía, una frase que no encaja, un matiz que obliga a reenfocar la pieza. La IA puede ordenar el mundo según patrones, pero es el periodista quien debe desconfiar de ellos.</p><p>Y ahí se juega también una pérdida de calidad literaria. Porque <strong>una crónica no solo informa</strong>: guía al lector a través de una experiencia. Una investigación no es una acumulación de pruebas: es una arquitectura levantada sobre esas pruebas. Una prosa neutra e intercambiable huele a muerto; está en las antípodas de lo que debería ser el periodismo: frescura, viveza, vivencia, ingenio, profundidad.</p><p>La Fundación Gabo ha señalado otra mutación inquietante: la <strong>IA generativa está saturando Internet con contenido de baja calidad</strong>, producido masivamente y sin supervisión humana. Se lo conoce como <em>AI Slop</em> –<em>slop</em> significa bazofia–. Textos, imágenes o vídeos diseñados para engañar algoritmos, atraer <em>clics</em> y generar ingresos publicitarios, más que para informar. Esta, discúlpenme, <em>mierdificación</em> dificulta distinguir la información verificada de la falsa o irrelevante, devalúa el trabajo periodístico y debilita la credibilidad de medios y autores.</p><p>A todo esto hay que sumar que<strong> la IA ya funciona como argumento para recortar plantillas</strong>. <em>Fortune </em>despidió aproximadamente al 10% de su redacción aludiendo, entre otros factores, al advenimiento de la IA y la caída del tráfico web. Associated Press ha ofrecido bajas incentivadas a más de 120 periodistas en Estados Unidos mientras se aleja del periodismo escrito y busca nuevas fuentes de ingresos, incluida la IA. Sería ingenuo atribuir cada despido únicamente a esta tecnología. La prensa lleva años adelgazando plantillas por causas que la preceden: fuga de publicidad, concentración del mercado, captura de la atención por plataformas, precarización de las redacciones. Pero la IA entra en esa crisis como un acelerador.</p><p>Por si fuera poco, el Comité para la Protección de los Periodistas alertó ya en 2025 sobre el plan del Estado de Maharashtra, en India, para usar <strong>inteligencia artificial con el fin de monitorizar la cobertura mediática </strong>y responder a informaciones que el Gobierno clasifique como “negativas”. Una estrategia perfecta para alimentar la autocensura y disuadir de coberturas críticas.</p><p>En este punto conviene recordar algo elemental: <strong>el periodista no es solo un productor de texto, es una cadena de responsabilidades humanas</strong>. La IA es una herramienta de procesamiento estadístico; el periodismo, un ejercicio ético, de campo y de confianza pública, basado en la selección de historias y enfoques, en la investigación laboriosa, la edición con criterio, la responsabilidad legal y la firma como compromiso. Elementos, todos ellos, que requieren de la intervención de mujeres y hombres. </p><p>Tal vez por eso la <strong>pregunta decisiva</strong> no sea qué impacto tendrá la inteligencia artificial en el periodismo, sino <strong>qué periodismo queremos defender frente a la inteligencia artificial</strong>. Si aceptamos que la información es un bien público, hay que exigir condiciones a empresas y gobiernos y también imponérnoslas a nosotros mismos: desde la transparencia radical en su uso, la protección efectiva de la autoría o la adopción de reglas de atribución hasta el establecimiento de límites al entrenamiento extractivo. </p><p>Porque en el fondo<strong> la disputa</strong> no es entre humanos y máquinas. Es <strong>entre un periodismo que responde por lo que difunde y una industria que absorbe contenido</strong>, lo recombina y lo devuelve sin asumir los costes de producirlo ni las consecuencias de publicarlo. La IA ya nos está poniendo a prueba: nos obliga a elegir entre responsabilidad y extractivismo, entre un bien público y un residuo procesable. Y de esa prueba podemos salir más fuertes o con los pies por delante. De nosotros depende.</p><p><em>*Virginia P. Alonso es directora de ‘infoLibre’.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Jun 2026 04:01:23 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Virginia P. Alonso]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Inteligencia artificial,Periodismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La prueba definitiva para el periodismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/prueba-definitiva-periodismo_1_2201320.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4eeee797-ff86-4c54-9fc2-c56c7f248c73_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La prueba definitiva para el periodismo"></p><p>En la nueva era de la inteligencia artificial –escrito así, en minúsculas, porque no es un nombre propio (solo las siglas IA sí se escriben en mayúsculas)– <strong>el periodismo se está jugando su ser o no ser</strong>. Y, con ello, todas las personas nos estamos jugando que el periodismo pueda seguir ejerciendo el rol esencial que ha tenido, durante décadas, en la vida democrática de nuestra sociedad y de nuestras naciones.</p><p>Dada la intensidad de los desarrollos de la IA, parece que ha pasado ya una eternidad desde que la IA generativa irrumpiera en nuestras vidas con la promesa de revolucionarlo todo. Pero, en realidad, <strong>han pasado solo tres años y medio</strong> desde que OpenAI anunciara al mundo, el 30 de noviembre de 2022, el lanzamiento de una herramienta con un nombre muy poco atractivo, ChatGPT, pero que en este tiempo ha conseguido hacerse un hueco en el imaginario colectivo y atraer a casi mil millones de usuarios semanales.</p><p>Como ha sucedido anteriormente con otras revoluciones, son muchas las voces que anuncian que ya nada va a ser como era antes, que todo va a cambiar de manera radical, que quien no se adapte al nuevo entorno estará acabado y que debemos abrazar esta nueva tecnología casi sin cuestionárnosla.</p><p>Pero creo que lo que debemos hacer es muy distinto. De hecho, la IA estará bien utilizada en el periodismo<strong> si sirve para potenciar el trabajo humano y diferencial de los periodistas</strong>, para mejorar nuestra capacidad para descubrir y explicar historias, para apoyar nuestro criterio a la hora de decidir qué es noticia y qué no, o qué es relevante para nuestras audiencias y para la sociedad en general. En definitiva, si nos ayuda a crear medios más solventes y útiles para los usuarios, y más rentables para sus propietarios, porque eso será lo que asegurará su continuidad en las mejores condiciones posibles.</p><p><strong>Riesgos de la IA</strong></p><p>Pero el uso de la IA encierra también numerosos riesgos para la actividad periodística.</p><p>La IA generativa está ya provocando un aumento espectacular de la producción editorial, realizada de manera automática por numerosos actores que, en la inmensa mayoría de los casos, no persiguen los objetivos del buen periodismo, sino simplemente<strong> generar negocio con la producción y explotación comercial de contenidos sin que importe su calidad</strong> o veracidad.</p><p>Estos contenidos no aportan realmente valor, pero sí un ruido cada vez más ensordecedor en el mercado de la información. Además, las herramientas de IA generativa se alimentan, para sus respuestas, de lo que otros han publicado. Si la base de contenidos se deteriora, se generará una espiral negativa de retroalimentación que empobrecerá las respuestas y la información facilitada a los usuarios. Este es un punto crucial: <strong>sin creadores de calidad, la IA perderá su materia prima</strong> para ofrecer un producto realmente bueno.</p><p>Por otra parte, al menos de momento, se ha demostrado que la IA no es fiable al 100%. De hecho, las propias herramientas de IA se encargan de recordárnoslo cada vez que las utilizamos, y por eso <strong>nos piden que verifiquemos la información con fuentes solventes</strong>. Es un tema realmente sorprendente, que supone un riesgo claro de que muchos usuarios puedan tomar por correctas informaciones que son total o parcialmente falsas. Varios estudios realizados por entidades diversas así lo demuestran. Por ejemplo, la Unión Europea de Radiodifusión y la BBC revelaron en un amplio estudio que el 45% de las respuestas sobre noticias facilitadas por algunas de las principales herramientas de IA –ChatGPT, Copilot, Gemini y Perplexity– contenían errores serios.</p><p>Por otra parte, algunos medios que han creído ver en la IA generativa una opción para generar contenidos de manera rápida y barata han sufrido dolorosas consecuencias para su credibilidad cuando han publicado errores o se ha descubierto que hacían pasar por creaciones humanas lo que eran artículos escritos 100% por la IA. Si un medio utiliza la IA sin criterio ni supervisión, <strong>puede poner en grave riesgo su reputación y, por tanto, su supervivencia</strong>. Sin el valioso e imprescindible activo de la credibilidad, un medio o un periodista tienen muy poco que aportar.</p><p><strong>El pago por el periodismo que entrena y usa la IA</strong></p><p>A todo esto debemos sumar uno de los elementos más conflictivos en la relación que mantienen las compañías de IA con los medios de comunicación: el uso de los contenidos de los medios para entrenar a las herramientas de IA y para elaborar respuestas a las consultas de los usuarios. </p><p>Esta relación se está desarrollando de manera simultánea en varios escenarios de signo muy distinto. Por un lado, las compañías de IA y principales medios de comunicación de distintos países, generalmente líderes o jugadores destacados en su mercado o sector, han firmado acuerdos millonarios que contemplan los mencionados usos y que implican remuneraciones económicas relevantes para los medios, a veces por períodos de varios años. </p><p>Por otro lado, algunos medios han denunciado ante los tribunales a las compañías de IA por <strong>vulnerar sus derechos de autor</strong> al hacer uso, sin permiso, de sus contenidos. El caso emblemático es la denuncia presentada a finales de 2023 por el diario <em>The New York Times</em> contra OpenAI –propietaria de ChatGPT– y Microsoft. El caso está todavía en los tribunales, y de lo que se decida puede depender en buena parte el modelo en el que se basará esta relación entre medios y tecnológicas en el futuro. O no solo entre medios y tecnológicas, sino entre toda la industria creativa –escritores, compositores, periodistas, artistas…– y las empresas de IA.</p><p><em>The New York Times </em>entiende que se han infringido sus derechos al utilizar sin permiso ni remuneración sus contenidos, publicados durante años, para entrenar a las herramientas de IA y ofrecer un servicio de información a los usuarios. Servicio que, además, compite directamente con la misión informativa del <em>Times</em>. El principal argumento de las compañías de IA es que están protegidas por la doctrina del “uso legítimo” establecida en la legislación sobre los derechos de autor de Estados Unidos y que los datos públicos utilizados, incluyendo las noticias del <em>NYT</em>, son para un uso transformativo que consideran legal. Las empresas de IA entienden que el <em>Times</em> pretende limitar la innovación al oponerse a ese uso.</p><p>Personalmente, espero que los tribunales den la razón al <em>NYT</em>. Coincido con sus argumentos, expresados también en el eslogan de la campaña <em>Stealing Isn’t Innovation</em> (<em>www.stealingisntinnovation.com</em>) impulsada por la coalición internacional Human Artistry Campaign, que pide un uso responsable y ético de la IA que respete los derechos de todos los creadores.</p><p>Un tercer escenario es el que están intentando crear diversas iniciativas que proponen distintos sistemas de uso y remuneración de los contenidos de los medios y periodistas por parte de las compañías de IA. Estas iniciativas han surgido, sobre todo, para atender las necesidades de los miles de medios de todo el mundo que nunca podrán llegar a firmar acuerdos con las grandes empresas de IA. </p><p>Un informe publicado en abril de 2026 por el Open Markets Institute, titulado <em>Same Gatekeepers, New Tollbooths</em>, pone de manifiesto las miles de consultas que los robots de la IA realizan a páginas web para consultar contenidos y poder así ofrecer respuestas sin que eso se traduzca luego en números mínimamente relevantes de visitas de usuarios a esos medios, como sí sucedía anteriormente con los resultados de búsqueda de Google y otros buscadores. Se está imponiendo, al menos por ahora, lo que se ha llamado un comportamiento de <em>zero-click</em>, sin visitas hacia los editores, porque <strong>las respuestas ofrecidas por la IA son ya suficientes para los usuarios</strong>. Y esto está afectando más a los medios pequeños y medianos que a los grandes.</p><p>Ante este escenario, y mientras no existan otras reglas más justas para los medios, se me hace especialmente incomprensible que los medios cometan el error de trabajar para las herramientas de IA intentando optimizar sus contenidos para ellas, con el objetivo de ser utilizados y citados. Pero, ¿citados para qué? ¿Con qué beneficios? A día de hoy, prácticamente con ninguno, salvo que el medio haya firmado un acuerdo individual con la tecnológica correspondiente. </p><p>Además, una simple compensación por tráfico de referencia no creo que sea la solución justa, porque sería dejar en manos de las tecnológicas el ponerle precio al periodismo realizado por los medios. La contribución de los periodistas y medios de comunicación al desarrollo de la IA va mucho más allá; incluye el entrenamiento de los modelos de IA, el ajuste fino de los mismos, la verificación y actualización de los hechos o la aportación de credibilidad a las respuestas, entre otros elementos. La pregunta que considero que los medios y periodistas debemos hacernos es la siguiente: “¿Estamos trabajando para nosotros y nuestra audiencia, a la que nos debemos, o para las tecnológicas?” <strong>Optimizar nuestros contenidos para la IA generativa sin una remuneración justa y clara</strong>, sin un beneficio real y tangible a cambio, no tiene ningún sentido. </p><p><strong>Apostar por lo que la IA no puede replicar</strong></p><p>Uno de los descubrimientos que más me han llamado la atención al analizar a fondo, durante años, la actividad de un medio como <em>The New York Times</em>, es su incuestionable apuesta por la calidad de la información, no por la cantidad. El <em>NYT</em> cuenta actualmente con algo más de 2.300 periodistas. A pesar de ello, el número de piezas periodísticas publicadas cada día es de solo unas 200. Infinidad de medios de todo el mundo con redacciones muchísimo más pequeñas publican esa misma cantidad de noticias, o incluso muchas más, cada día. Cada pieza periodística del <em>Times</em>, por la que los usuarios juzgarán la calidad y el valor del medio, tiene un valor muy elevado. <strong>Esta línea de publicar poco y bien se ha relevado muy rentable para el </strong><em><strong>NYT</strong></em>, convertido en el medio del mundo con un mayor número de suscriptores de pago: más de 13 millones a finales de marzo de 2026. La misma estrategia exitosa, basada en apostar por pocas piezas, pero diferenciales, la están aplicando medios como <em>Le Monde</em> en Francia o <em>The Times</em> en el Reino Unido, entre otros. Publicar menos, pero muy bien, se ha traducido en crecimiento de la audiencia y de los suscriptores.</p><p>La apuesta de los periodistas y de los medios debe ser por la información diferencial, aquella que solo existe cuando los profesionales la trabajan sobre el terreno, la contrastan, la contextualizan, la dotan de testimonios y fuentes relevantes, aplicando un criterio profesional desarrollado durante años. <strong>Son productos que la IA no puede fabricar.</strong></p><p>Creo que esto encierra una lección clave para el futuro del periodismo en la era de la IA: la apuesta de los periodistas y de los medios debe ser por la información diferencial, aquella que solo existe cuando los profesionales la trabajan sobre el terreno, la contrastan, la contextualizan, la dotan de testimonios y fuentes relevantes, aplicando un criterio profesional desarrollado durante años. Son productos que la IA no puede fabricar. Y son productos originales por cuyo valor y precio los medios podrán luchar frente a cualquier actor, ya sea su propia audiencia o las empresas de IA que quieran dar también el mejor servicio a sus usuarios. </p><p>El auge de los creadores digitales nos da también una pista muy relevante: los usuarios buscan y aprecian la autenticidad, la conexión humana, el criterio, la voz propia. Elementos que difícilmente tendrán un origen algorítmico. Paradójicamente, la IA nos deja claro cuál es el valor esencial del periodismo: el juicio humano, la ética, la verificación, el uso adecuado de fuentes, la originalidad, el contexto o la responsabilidad. Estoy convencido de que los medios y periodistas que intenten competir con la IA en velocidad y volumen <strong>perderán la batalla</strong>. Los que apuesten por lo que la IA no puede ofrecer, son los que tienen futuro. Y un futuro brillante. </p><p><em>*Ismael Nafría es periodista, editor y consultor especializado en medios digitales. Autor de la newsletter ‘Tendenci@s’ y de los libros ‘La reinvención de The New York Times’ y ‘Clarín, actualizado’, entre otros.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 13 Jun 2026 04:01:43 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ismael Nafría]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La prueba definitiva para el periodismo]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Por una inteligencia colectiva. Cómo rescatar las imprentas digitales de Silicon Valley]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/inteligencia-colectiva-rescatar-imprentas-digitales-silicon-valley_1_2200425.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/38e3f454-a19e-4dc8-a405-cea4b01f53b7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Por una inteligencia colectiva. Cómo rescatar las imprentas digitales de Silicon Valley"></p><p>El futuro tecnológico que dicta Silicon Valley no está escrito en piedra. Cientos, miles, quizá millones de plumillas harán falta para contar una historia distinta sobre el siglo XXI. Créanme, <strong>el fin del trabajo no es la utopía socialista anhelada</strong>: alguien tendrá que narrar lo que venga después, y a nuestras máquinas de escribir inteligentes no les quedan tantos años de energía. Pero parece que a muchos periodistas se nos ha olvidado, entre el ritmo cacofónico del capitalismo lingüístico del <em>clickbait</em>, que las palabras crean mundos. Fue en algún momento entre la crisis de las puntocom y el <em>crash</em> financiero global que se nos extravió la concepción material de nuestra práctica. En la era en la que las plataformas han roturado el suelo sobre el que se cuentan los sucesos, los periodistas somos formalmente libres de escribir cualquier cosa y de hacerla llegar al planeta entero. Pero solo si esa información genera <em>engagement social</em>, si se vuelve viral, es decir, si en último término produce interacciones que <strong>maximizan el beneficio y abaratan el coste</strong> de cada artículo. Más impactos, más <em>feedback</em>, más publicidad dirigida vendida. </p><p>No es solo que hayamos perdido el poder sobre las imprentas, es que las imprentas se han convertido en oleoductos tecnológicos, y los periodistas en los operarios que extraen el crudo para que los <em>tech bros</em> lo refinen de la manera en que mejor se adapte a su visión del mundo. Y así seguirá siendo mientras las infraestructuras que organizan la opinión pública –los servidores, los algoritmos, las métricas, los sistemas de reputación e identidad, las redes neuronales– pertenezcan a Google y a Meta. La imprenta digital de estas empresas ha colonizado los últimos reductos del mundo de la vida democrática; esa esfera donde el difunto Habermas situaba la conversación, el diálogo y la deliberación cotidiana. En los últimos años se han <strong>privatizado los mecanismos que sostienen la atención pública </strong>sobre lo que se cuenta. La racionalidad sistémica del dinero y del poder tecnológico ha dejado de presionar desde fuera a los guardianes de la información para censurar artículos: el periodismo del <em>caso Watergate</em> murió para siempre en 2007 y ahora su herencia se reparte entre patrimonios construidos en la nube. </p><p>Jeff Bezos compró el <em>Washington Post</em> por 250 millones y, una década después, su lema pasó de “la democracia muere en la oscuridad” a una defensa de “las libertades personales y el libre mercado”. Patrick Soon-Shiong adquirió <em>Los Angeles Times</em>, y poco después una inteligencia artificial reetiquetaba los artículos de opinión según el “sesgo” del accionista. Elon Musk pagó 44.000 millones por Twitter para que sus algoritmos ocultaran los enlaces a la prensa progresista. El hijo de Larry Ellison –fundador de Oracle, cuarto hombre más rico del mundo– se sienta sobre el accionariado de CBS News. Marc Benioff, CEO de Salesforce, compró <em>Time</em> y la convirtió en púlpito de su “capitalismo de <em>stakeholders</em>”. Los ejemplos son interminables: Laurene Powell Jobs con <em>The Atlantic</em>, John Henry con el <em>Boston Globe</em>, Joe Mansueto con las revistas <em>Fast Company</em> e <em>Inc</em>. </p><p>Si los medios de comunicación han sucumbido a los magnates tecnológicos es porque fueron los primeros en <strong>caer en el fetiche de que la digitalización era sinónimo de innovación</strong>. Esa es la conclusión del libro <a href="https://www.akal.com/libro/despertar-del-sueno-tecnologico_50513/" target="_blank"><em>Despertar del sueño tecnológico</em></a>, que escribí en 2019. La crisis económica no solo se llevó por delante a millones de editores, corresponsales, cronistas, colaboradores de toda índole, sino también el modelo de negocio que los sostenía. La<strong> ideología solucionista de Silicon Valley</strong> predicó un futuro tecnológico ante el cual las redacciones debían someterse para no quedar fuera del nuevo siglo, mientras les entregaba sus poderosas herramientas de analítica, <em>engagement</em>, optimización y embudos de conversión. Pongamos los ejemplos del Digital News Innovation Fund (DNI) / Google News Initiative y del Facebook Journalism Project. Presentados como ejercicios de filantropía para combatir la desconfianza hacia los medios, funcionaron como un caballo de Troya para “capturar el periodismo”. El gran capital tecnológico –no los directores de las cabeceras, ni mucho menos los sindicatos de periodistas– decidió qué problemas merecían solución y en qué términos. Por eso la única condición para acceder a las becas de Silicon Valley era que las tecnologías fueran monetizables. Y <strong>progresivamente se transformó la naturaleza institucional de los periódicos</strong>. Las redacciones se convirtieron en laboratorios de I+D y los periodistas en científicos de datos.</p><p>El <em><strong>Washington Post</strong></em><strong> </strong>desplegó Heliograf, un sistema que en su primer año publicó 850 artículos automatizados. <em><strong>The New York Times</strong></em><strong> </strong>delegó parte de la moderación de sus comentarios en Perspective API, un algoritmo de Google que decide si las intervenciones del lector son admisibles en el debate público. <em><strong>El Mundo</strong></em><strong> </strong>recibió financiación de Google para implementar Content Intelligence, un modelo de aprendizaje automático diseñado para maximizar los ingresos publicitarios de cada artículo. <em><strong>Público</strong></em> desarrolló el Transparent Journalism Tool, un sistema que cuantificaba el coste exacto de producir cada pieza para luego recibir micropagos. La <strong>agencia británica Press Association</strong> construyó RADAR, un servicio capaz de generar 30.000 historias locales automatizadas al mes a partir de bases de datos públicas, distribuidas hoy a cientos de medios regionales que en su mayoría han ido prescindiendo de los reporteros en los últimos años. Incluso los periodistas que recibían dinero para proyectos de test A/B en Google Analytics alimentaron durante años los modelos lingüísticos que terminarían sustituyéndolos. Detrás de todo también está el trabajo gratuito del ejército de periodistas precarios que labran su marca <em>online</em> produciendo contenido viral en las redes sociales de Meta, y el trabajo invisible de las redacciones que rellenan el cuadro de indexación para aumentar el tráfico en el motor de Google.</p><p><strong>Las cosas no mejorarán con la llegada de la IA</strong>. Los estudios confirman que la dependencia de las redacciones respecto a las plataformas no desaparecerá. Se volverá “invisible”. Más que en algoritmos inmateriales, la imprenta digital se sostiene en cables submarinos, puntos de intercambio, CDNs, centros de datos y servicios <em>cloud</em>. Hasta el prestigioso <em>Columbia Journalism Review</em> concluye que la complejidad técnica de la IA está generando nuevos <em>lock-ins</em> donde los medios grandes consiguen acuerdos especiales para acceder al desarrollo de los modelos de frontera mientras los medios locales, pequeños y del Sur Global quedan rezagados, lo que reduce la diversidad de los contenidos y de los modelos futuros. Según el consenso de las revistas académicas especializadas en periodismo, el giro hacia la IA monopolizará para siempre el poder de definir qué es una noticia. Las respuestas a los problemas de los medios no vendrán de Palo Alto, y tampoco las soluciones. Debemos liberarnos del mito originario de la inteligencia artificial.</p><p>Al fin y al cabo, como polemizó <a href="https://www.theguardian.com/commentisfree/2023/mar/30/artificial-intelligence-chatgpt-human-mind" target="_blank">Evgeny Morozov en </a><a href="https://www.theguardian.com/commentisfree/2023/mar/30/artificial-intelligence-chatgpt-human-mind" target="_blank"><em>The Guardian</em></a><a href="https://www.theguardian.com/commentisfree/2023/mar/30/artificial-intelligence-chatgpt-human-mind" target="_blank">,</a> “<strong>la inteligencia artificial no es ni inteligente ni artificial</strong>”. No hay ejemplo que mejor ilustre esto que una redacción periodística. Todo sistema inteligente necesita del trabajo creativo de los plumillas, así como de las instituciones culturales y mediáticas que se han ido construyendo en los últimos siglos de historia. <strong>La “inteligencia artificial” es siempre “inteligencia colectiva”</strong>: el archivo acumulado de periódicos y revistas, los criterios de edición, las relaciones con autores, los rituales de presentación, el diseño tipográfico reconocible, la disposición física de los periódicos en los quioscos, el hábito de los lectores. Todo ese conjunto material y social incorpora <strong>una forma de ver el mundo</strong> que no se almacena en ninguna superinteligencia. Vive en la práctica comunicativa de seleccionar, editar y distribuir; exige ciertos gestos y excluye otros, produce sentido donde antes no había más que palabras sueltas. </p><p>Para salir del fetichismo de la IA generativa y de la excepcionalidad algorítmica, el filósofo brasileño Álvaro Vieira Pinto nos invita a pensar que ninguna tecnología es meramente moderna. No existe un salto cualitativo entre el escriba medieval, el linotipista del siglo XIX, el ludita del <em>Washington Post</em> que en los setenta saboteó las rotativas industriales y la red neuronal entrenada con el archivo digitalizado de un periódico que escribe los artículos automáticamente. <strong>Los humanos, y también los periodistas, siempre hemos sido tecnológicos</strong>: observamos la realidad y reflexionamos sobre las fuerzas naturales, nos abstraemos creando formas de conocimiento y desarrollando métodos para transmitirlos, y lo aplicamos sistemáticamente para transformar el mundo mediante proyectos tan ambiciosos como lo fue la imprenta de Gutenberg.</p><p>Las máquinas son siempre extensiones del poder creativo, reflexiona Vieira Pinto. Lo único que las vuelve deshumanizadoras son las relaciones sociales en las que se inscriben, la división del trabajo intelectual y la propiedad privada. Es por eso que debemos recuperar la lección del periodismo ilustrado: la profundidad del lenguaje, el pensamiento conceptual y el uso de la palabra son tecnologías de creación de mundos. Pero solo si renunciamos a que el mercado sea la única institución para codificarlos en la esfera pública. La información no puede ser una mercancía, los regímenes de verdad no pueden estar sometidos a la competencia. Como decía Raymond Williams, “una sociedad libre requiere que los <strong>medios de comunicación sean elementos de educación extendidos</strong>, infraestructuras democráticas que van más allá de la mera transmisión de mensajes entre emisor y receptor”. La comunicación es siempre un proceso de comunidad: compartir significados, actividades y finalidades comunes; proponer, recibir y comparar nuevos significados, que llevan a los logros del progreso social. </p><p>Pensar la inteligencia artificial requiere hacerlo fuera del modelo hegemónico de las plataformas. Recordemos el debate sobre el Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación que ocupó a la UNESCO y al Movimiento de Países No Alineados durante los años setenta y ochenta. Una comisión experta, presidida por el premio Nobel Seán MacBride, elaboró una serie de recomendaciones para <strong>democratizar el orden informativo mundial,</strong> promover la paz y el desarrollo humano. El informe resultante, <em>Many Voices, One World</em>, defiende que los medios tienen nuevas tareas sociales, que el acceso a la información es un recurso esencial para construir un mundo interdependiente, respetuoso con las identidades culturales y los derechos individuales, y que la comunicación es un derecho democrático fundamental. </p><p>Este proyecto fracasó estrepitosamente por culpa de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, pero sentó las bases para muchas otras formas de entender las tecnologías. <strong>Indymedia</strong> fue el primer ensayo planetario de periodismo ciudadano construido desde los movimientos de alterglobalización, donde la lucha por el <em>software</em> libre se entrelazaba con la batalla por el conocimiento abierto. <strong>WikiLeaks</strong> demostró que la información puede emplearse para revelar elementos de la realidad que muchas veces la propiedad privada del conocimiento esconde. <strong>Wikipedia</strong> nació con un gesto similar, pero recordando que las bibliotecas y archivos existen desde hace siglos al margen de las leyes de la propiedad intelectual. </p><p>La tarea utópica en el presente es construir un nuevo <em>stack</em>: mapear los experimentos del pasado y del presente que han creado nuevos mundos, desarrollar las herramientas necesarias para diseñar qué tipo de vida en común queremos y, sobre ese mapa, <strong>levantar una pila de instituciones radicalmente distinta </strong>a la que la Costa Oeste estadounidense nos ha vendido durante quince años. Aplicado al periodismo y a la inteligencia artificial, ese <em>stack</em> pasa, en primer lugar, por modelos de propiedad alternativos. </p><p>Existen al menos <strong>29 cooperativas periodísticas internacionales</strong> donde los lectores tienen voto sobre la línea editorial y existen tecnologías de deliberación democrática como Decidim para debatir sobre los temas que merecen ser narrados y con qué enfoques. Frente a la falsa dicotomía entre rentabilidad y servicio público, caben plataformas digitales en propiedad de los trabajadores, los usuarios o ambos. Imaginemos además que cada ciudadano dispone, junto con su renta básica y cesta de servicios digitales gratuitos, de un crédito anual destinado a financiar los medios cooperativos que él mismo elija.</p><p>Pasa, en segundo lugar, por construir infraestructuras públicas e internacionales de innovación tecnológica que socialicen las herramientas de visualización, investigación y creación. Fondos que faciliten el florecimiento de iniciativas individuales, que permitan escalar las más sostenibles con servidores y archivos comunes y sobre los cuales se levanten las imprentas digitales. La creación de consorcios internacionales de investigación para publicar exclusivas mundiales sobre corrupción prueba que el modelo en red multiplica la capacidad del periodismo, siempre y cuando se construya sobre la solidaridad y el reparto de la visibilidad entre medios de comunicación. </p><p>Pueden desarrollarse, también, <em><strong>small language models</strong></em><strong> de código abierto </strong>(menos de 10.000 millones de parámetros) alojados en centros de datos de titularidad pública y entrenados con datos verificados. Muchas informaciones importantes en los últimos diez años han salido de redes mixtas de investigación forense ciudadana donde un arquitecto, un programador, un vecino y un periodista reconstruyen bombardeos, masacres, accidentes industriales con imágenes abiertas. Hasta pueden fomentarse materiales pedagógicos y culturales colaborativos, lo que evitaría que cada redacción tenga que pagar cantidades millonarias a Silicon Valley por <em>token </em>usado.</p><p>Los medios públicos como “infraestructura crítica democrática” requieren redes federadas interdisciplinares –ya bosquejadas en el Fediverso, Mastodon, Lemmy, Peertube o en decenas de protocolos como ActivityPub– capaces de curar la esfera pública sin necesidad de algoritmos de estandarización ni publicidad dirigida (como hace <em><strong>The Syllabus</strong></em>), lo que además devolvería al lector la posibilidad de descubrir lo genuino y al periodista la libertad creativa. Los servidores interoperables permiten que cada instancia se autogobierne, que el <strong>lector deje de ser un espectador y pase a ser productor</strong>, transformando así las condiciones técnicas en las que la información se produce y distribuye. Si el algoritmo es, además, modificable, se adaptará a las decisiones que vayan tomando las distintas comunidades. Sobre esa base podrían levantarse escuelas populares de OSINT, de uso de IA, de archivos digitales y de redacción.</p><p>Ese <em>stack</em> alternativo pasa por institucionalizar lo invisible de la comunicación cotidiana: que un artículo escrito por el periodista de cualquier medio pueda dialogar con un archivo público de libros, con una <strong>base de datos científica abierta</strong>, con otra crónica local, con conversaciones grabadas en museos, bibliotecas y espacios autogestionadas, o con el enorme ecosistema de pódcasts. Y todo con un modelo lingüístico entrenado sobre el procomún que permita a cada ciudadano llevar a cabo ese viaje, si quiere como lector, pero también con las capacidades adquiridas para tomar la palabra. Solo entonces podrán convivir las tecnologías y los periodistas, cuando las prácticas que ya están naciendo dejen de ser experimentos aislados y se nombren y se compartan para generalizarse. </p><p>Las prácticas que harán posible la <strong>convivencia entre tecnología y periodismo</strong> ya existen. Falta nombrarlas, compartirlas y multiplicarlas hasta que dejen de ser algo excepcional. </p><p><em>*Ekaitz Cancela es escritor, investigador y editor. Autor de ‘Utopías digitales. Imaginar el fin del capitalismo’ (Verso Libros, 2023).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 08 Jun 2026 04:01:08 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ekaitz Cancela]]></author>
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      <title><![CDATA[Perder la ilusión de realidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/perder-ilusion-realidad_1_2201317.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2a836203-ddf8-4108-addc-2f702ed97ccf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Perder la ilusión de realidad"></p><p><strong>Las imágenes</strong> <strong>sintéticas alteran nuestra percepción de la realidad</strong>. Los periódicos publican fotos de hospitales bombardeados sin tiempo de verificar su origen. Los jefes de Estado comparten escenas de arrestos que no han tenido lugar. La propaganda se mezcla con el fotorreportaje en redes sociales administradas por algoritmos optimizados para amplificar el impacto, favoreciendo lo emocionante por encima de lo real. Hasta el jefe de Instagram admite que no podemos creer nada de lo que vemos. La sensación es de colapso: <strong>si todo es mentira, todo es verdad</strong>. Todo se desmorona, como en el poema que escribió Auden en 1919: “<em>El centro no se sostiene (…) los mejores carecen de toda convicción y los peores están llenos de pasión intensa</em>”. ¿Hay esperanza de certeza después del túnel o seremos arrollados por el tren de la inteligencia artificial?  </p><p>Los humanos somos criaturas del mundo. Estamos como dice Heidegger <em>in-der-Welt-sein</em>, en el mundo mismo, atrapados en él. Vemos y percibimos el universo sentados en una de sus ramas, y el mundo se revela desde nuestra perspectiva, <strong>un punto de vista que es único porque es el nuestro</strong>, necesariamente subjetivo y por lo tanto ideológico. Pero tenemos la certeza de que fuera de nosotros hay algo llamado realidad que, como dice Philip K. Dick, es aquello que no desaparece cuando dejamos de creer en ella, y tampoco desaparece cuando dejamos de existir. Para eso inventamos el lenguaje; para nombrar esto y aquello y estar seguros de que hablamos de las mismas cosas y, uniendo nuestras diferentes perspectivas, reconstruir la realidad. Pero el lenguaje es una herramienta imperfecta. Nuestra percepción interna, un proceso de interpretación que depende de nuestras células y sensores, pero también nuestros recuerdos y el estado de nuestra población intestinal es tan inestable que ni siquiera vemos los colores de la misma forma. Hasta Terence Tao, el matemático más importante de nuestro tiempo, suspendía exámenes por describir el mundo de la forma que consideramos intuitiva. “Me pidieron escribir sobre mi casa y no supe qué querían decir así que hice una lista de las habitaciones y de todos los muebles que había en cada una”. Por eso inventamos objetos técnicos capaces de describir el mundo desde fuera de nuestra subjetividad. Entre ellos, la fotografía ocupa un lugar único.</p><p>Tenemos relojes para medir el tiempo porque sabemos que es relativo. Una hora puede ser un suspiro o una eternidad dependiendo de cómo y con quién estamos. Tenemos termómetros para detectar la fiebre con independencia de nuestra propia temperatura corporal. Usamos metros para que un cuarto tenga las mismas dimensiones para los muy altos como para los bajitos. Sabemos que vivimos en mundos diferentes pero compartimos una realidad, con la sagrada convicción de que los ojos no mienten. Que nuestra retina registra lo que sucede realmente, aunque luego no acertemos a describirlo exactamente y <strong>la fotografía es la prueba literal de algo que pasó “de verdad”</strong>.</p><p><strong>Una imagen vale más que mil palabras</strong></p><p>Hasta hace poco, la foto era una prueba literal de la realidad retratada. La luz rebota sobre la superficie del mundo y la imagen reflejada entra por el ojo de la cámara, y se quema sobre un material sensible, dejando una copia exacta de sí misma que amplificamos al imprimir sobre un papel. Por eso la sentimos más “objetiva” que una descripción verbal o un registro sonoro. Que los ojos no mienten es una convicción que comparten todas las culturas. Que las palabras engañan, también. Por supuesto que la fotografía puede ser artística y reflejar emociones pero en general pensamos que hacer bien una foto es captar de forma literal lo que captura el ojo, antes de ser procesado por nuestro cuerpo, produciendo subjetividad. Que <strong>la cámara no interpreta el mundo, sólo lo registra.</strong> Es plateada y exacta, como dice el poema de Sylvia Plath, y no tiene prejuicios.</p><p><em>Todo lo que veo me lo trago inmediatamente</em></p><p><em>tal como es, sin empañarlo de amor ni rechazo.</em></p><p><em>No soy cruel, solo soy veraz,</em></p><p><em>el ojo de un pequeño dios.</em></p><p>Como consecuencia de su objetividad irreprochable, adquiere más autoridad como memoria que la nuestra, tan imperfecta. Guardamos fotos, películas y otras pruebas forenses de la realidad en archivos, museos y bibliotecas como una memoria expandida y colectiva de lo que realmente pasó. Naturalmente que la ilusión es inestable. Como explica Sontag en su famoso ensayo sobre la fotografía, las imágenes fotográficas también son una manera de organizar, seleccionar y dar sentido a esa realidad. La prueba más sangrante está en los archivos coloniales y la imposibilidad de reconstruir la historia de los que fueron conquistados, silenciados y, a menudo, exterminados. Pero, si incluso esa legitimidad está siendo destruida por las imágenes generadas por IA, es porque la traición había empezado mucho antes. La cámara digital no era una simple continuación de la anterior, sino que <strong>reemplaza el instrumento fotográfico por un sistema que interpreta la luz interpolando datos</strong>. Los algoritmos no son testigos de un hecho sino que proyectan una nueva subjetividad.</p><p><strong>Corregir la Luna</strong></p><p>En algún momento de 2022, <strong>Samsung decidió </strong><em><strong>corregir</strong></em><strong> la Luna</strong>. El fabricante de móviles coreano observó que es prácticamente imposible capturar una noche de luna sin acabar con una mancha borrosa porque es una forma retroiluminada rodeada de oscuridad. Demasiado contraste. Entonces integró un programa dentro del <em>software</em> de la cámara que detectaba la Luna y, comparándola con una base de datos de imágenes de lunas, interpoló la mancha con un compuesto de detalles lunares apropiados, como cráteres y texturas, generando una luna perfecta en alta resolución.</p><p>Samsung aseguró que era la misma luna, pero optimizada con una “mejora computacional basada en múltiples exposiciones y aprendizaje”. Es seguro que se parecía más a la que quería retratar el fotógrafo. En ese sentido, se acercaba más a la realidad. Pero a los usuarios no les gustó nada porque, al alterar sus fotos, Samsung estaba manipulando la realidad. La luna que habían retratado, aunque borrosa e imperfecta, era la suya, y había sido alterada sin permiso por el fabricante. Me gusta esta anécdota aparentemente banal porque es la prueba de un cambio, no de tecnología sino de paradigma: la cámara es un instrumento que refleja los movimientos del fotógrafo. Podemos aprender a manejarla porque es predecible. La cámara digital es un sistema que parece una cámara, pero que proyecta una interpretación del mundo que es dictado desde el servidor de una empresa, por un <em>software</em> que cambia su comportamiento de forma invisible para el usuario. Ya no es un reflejo fiable, pero seguimos sacando fotos y pensando que sí lo es.                                              </p><p><strong>La fotografía digital manipula la realidad sin que nos demos cuenta</strong>. Cada vez que Samsung –o Apple– actualiza su <em>software</em>, la lente fotográfica altera su proyección de la realidad. Si la cámara digital manipula la imagen que entra por la lente antes de que se registre en el servidor, la IA se desvincula completamente de la realidad. Es como el <em>ángel de la historia</em> de Walter Benjamin, que sólo puede mirar el mundo hacia atrás. Contempla una única y gigantesca realidad que acumula dato sobre dato, y con ellos construye una realidad convincente que nos arrastra. Como explica astutamente Carissa Veliz en su último libro, esa proyección estadística de una realidad probable funciona como una forma moderna de adivinación. El contenido sintético es una profecía que borra la distancia entre pasado y futuro para organizar el presente, alterando nuestra visión. No hace falta que sea inteligente. Si un algoritmo calcula que alguien tiene “alto riesgo” de impago, probablemente no reciba el préstamo y su riesgo de impago se convierte en realidad. Por la misma lógica, borra la distancia entre lo imaginado y lo sucedido. Si calcula que un candidato a un trasplante es susceptible de morir en el quirófano, probablemente no reciba el órgano y muera, ratificando la tesis de que estaba demasiado débil para sobrevivir al quirófano, sin que podamos saber realmente si el resultado de su cálculo estaba bien. Desde un punto de vista filosófico, <strong>la inestabilidad de la realidad podría ser un problema fundacional de nuestro siglo</strong>. Tenemos ansia de certeza, pero, cuanto más sabemos, más tiembla el universo bajo nuestros pies.</p><p>“El principal acontecimiento de la era moderna es la conquista del mundo como una imagen”, dice Heidegger en 1938. Está señalando una alteración profunda de la realidad. El cambio de siglo ha sido un momento de enorme efervescencia científica, con la física liderando un cambio de perspectiva fundacional. Gracias al conocimiento derivado de los instrumentos técnicos, <strong>vemos por primera vez el mundo como un objeto que podemos conocer, calcular, medir y predecir</strong>. Su perspectiva es positiva. En <em>Un verdor terrible</em>, el autor chileno Benjamín Labatut lo describe como una catástrofe existencial: “el momento en el que dejamos de comprender el mundo”, porque la profundidad y el alcance de la ciencia, derivado de los objetos técnicos, nos ofrece una explicación del mundo muy diferente a nuestra experiencia de la realidad. El universo percibido de los objetos y fenómenos visibles es una tapadera para un universo de partículas subatómicas que no se rigen por las leyes de la física, pero que rigen sobre todo lo que hay. Nos pareció ver el mundo desde lo alto de una rama, pero la física cuántica nos devolvió a la cueva. La realidad se expande y se esponja como los pulmones metálicos de un acordeón.</p><p>Tenemos más datos que nunca, pero <strong>naufragamos en la desinformación</strong>. Quizá porque los datos no nos sirven. “Tenemos acceso a más información que cualquier otro ser humano en la historia de la humanidad y la usamos para pelear con desconocidos en pequeños rectángulos luminosos propiedad de multimillonarios calvos, que descubrieron que podían monetizar la miseria humana, la vanidad y la inestabilidad emocional –dijo recientemente la activista ambiental australiana Natalie Kyriacou–. Teníamos datos científicos sólidos y los usamos para formar teorías de conspiración, negar el cambio climático y perfeccionar técnicas de cirugía estética. Construimos un sistema económico que prosperó gracias a los derrames de petróleo, la guerra, el cáncer, la adicción a las drogas, el juego, las adicciones y las crisis de salud mental, pero no tuvimos en cuenta la salud humana o ambiental”. Las instituciones que se dedican a verificar los acontecimientos del mundo desarrollan protocolos forenses para determinar el origen de las imágenes, para seguir componiendo una visión objetiva del mundo. Creando nuevos protocolos y consorcios de verificación, fabricantes, programadores e instituciones colaboran en la creación de sellos, marcas de agua y algoritmos que registran el historial de cambios que sufre una imagen en cadenas de <em>blockchain</em>. Son soluciones técnicas pensadas para mantener una ilusión de certeza del mundo, sin alterar su enfermedad: no somos criaturas racionales que viven de acuerdo con la realidad del mundo. Colaboramos voluntariamente con la manipulación.</p><p>Un ejemplo fácil. El <em>software</em> que corrige la luna en los móviles de Samsung es idéntico al algoritmo que suaviza nuestras ojeras y nos hace más atractivos en los selfis, y que funciona en todos los teléfonos modernos, sin permiso y sin agitación. Sin embargo, no sentimos que nuestra imagen haya sido manipulada, sino que ha habido un proceso de selección genética. Que, de todas las partículas de luz que han reflejado nuestro rostro, la cámara ha elegido simplemente la mejor versión. Eso es porque la imagen propia es parte de la proyección del ego, y el ego es un gran manipulador de realidad. Por eso somos tan vulnerables a la propaganda sintética: <strong>cuando niega nuestra percepción del mundo es propaganda. Cuando la confirma, es la verdad</strong>.</p><p><em>*Marta Peirano es periodista especializada en relaciones entre poder y tecnología informática. Su último ensayo es ‘Contra el futuro. Resistencia ciudadana frente al feudalismo climático’ (Debate, 2022).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 07 Jun 2026 04:01:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta Peirano]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Perder la ilusión de realidad]]></media:title>
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      <title><![CDATA[El tsunami de la IA: TintaLibre presenta su número de junio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/tsunami-ia-tintalibre-presenta-numero-junio_1_2202844.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e1285d89-3de2-45e7-a9ef-3f28ce2a9631_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El tsunami de la IA: TintaLibre presenta su número de junio"></p><p>Una nueva realidad está naciendo tras la irrupción de la inteligencia artificial (IA) en la vida cotidiana. El cambio ya no es solo en el sector tecnológico, sino que, poco a poco, <strong>la IA se está convirtiendo en una herramienta fundamental en aspectos que no imaginábamos</strong>. La forma de trabajar, pensar, aprender o incluso hacer la lista de la compra ya se ve influida por ella. También el periodismo. El número de junio de <strong>TintaLibre</strong>,<a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/periodismo-sigue-vivo-ia-acecha-tintalibre-junio_1_2199713.html" target="_blank"> </a><a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/periodismo-sigue-vivo-ia-acecha-tintalibre-junio_1_2199713.html" target="_blank"><em>La IA y el periodismo profesional</em></a>, recoge el análisis de <a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/ia-periodismo-profesional_1_2199716.html" target="_blank">distintos pensadores</a> sobre los efectos y posibles consecuencias de esta tecnología para la profesión en un futuro que ya es presente.</p><p>Este martes, el evento ha repetido escenario en la Sala Azul del Espacio Ronda, en Madrid. Diversas voces expertas se han repartido los micrófonos para presentar la revista acompañados de medio centenar de socios. Entre ellas, se encontraban Jesús Maraña, director editorial de infoLibre y codirector de <strong>TintaLibre</strong>; Jordi Gracia, escritor, catedrático y la otra mitad de la dirección de la revista; Virginia P. Alonso, directora de <strong>infoLibre</strong>; Ekaitz Cancela, escritor, investigador y editor; y Marta Gesto, directora general del periódico.</p><p>Los profesionales, portadores de análisis concienzudos y, en ocasiones, discordantes con los de su compañero de debate, han sido presentados por Maraña, que ha asegurado que el fin de este número es<strong> analizar “la parte oscura y la menos oscura” de la IA</strong>: “Sus luces y sombras”. </p><p>Gracia, con una energía contagiosa y una locución similar a la del mejor comentarista, ha abierto  el debate asegurando que “el instinto conspiratorio es necesario para pensar”. “Es decir, conjeturar, imaginar, ponerse en el papel de los malos”, ha sostenido. Pese a los peligros de la IA, el escritor ha defendido que la única mirada no es la del miedo, y que “<strong>no puede ser la mirada progresista la única que teme a la inteligencia artificial</strong>”. </p><p>P. Alonso, tras él, ha añadido algunos matices. La directora de <strong>infoLibre </strong>ha recordado cómo, en sus comienzos en la profesión, apenas existía internet, y ha comparado aquella aparición con la irrupción actual de la IA para explicar sus temores: “Internet provocó un cataclismo en el periodismo”. Sin embargo, y pese a advertir que el uso actual de la inteligencia artificial por parte de la ciudadanía perjudica a la profesión, ha asegurado: “Vamos a tener que encontrar la manera de convivir con todo esto, y para mí l<strong>a manera es hacer el mejor periodismo posible</strong>”.</p><p>Cancela, experto en esta materia y autor del libro <em>Utopías digitales</em>, ha defendido que, entendiendo la tecnología como una extensión humana, todas las épocas son tecnológicas. “<strong>Es importante politizar la IA. </strong>Hay que reivindicar la tecnología como extensión de la creatividad”. El escritor ha incidido en la idea de que la inteligencia humana, y fundamentalmente el periodismo, es la fuente que alimenta la IA, y que sin ella no existiría. “El derecho de autor ha muerto”, ha asegurado. Con gran ímpetu, Cancela ha defendido su uso como una herramienta para “mapear la realidad”, frente al riesgo de que estas tecnologías están subdesarrollando las capacidades creativas y analíticas de la ciudadanía, a favor del neoliberalismo: “La IA solo va a beneficiar a la ultraderecha”. Esta idea, mencionada por todos los asistentes y presente a lo largo del debate, ha despertado el murmullo y las afirmaciones del público, visiblemente preocupado por esta nueva realidad.</p><p>P. Alonso ha lanzado la reflexión: “¿A quién beneficia esto? A quien interesa que desaparezca el periodismo. Hay algunos muy concretos a los que ahora les interesa mucho quitar la capa de pensamiento crítico que existe en el periodismo de verdad”. “<strong>La IA no te da ese pensamiento crítico</strong>”. Y Gesto ha reafirmado esa narrativa de vigilancia a los poderosos: “La IA tiene pinta de que puede ser un tsunami”. “Creo que los medios de comunicación y la sociedad en general nos estamos entreteniendo con unos fuegos artificiales que alguien ha construido, mientras que por detrás están pasando un montón de cosas”, ha advertido.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 02 Jun 2026 19:42:16 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alba Meseguer Alacid]]></author>
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      <title><![CDATA[La IA y el periodismo profesional]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/ia-periodismo-profesional_1_2199716.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4f1e3a23-e2fc-49f0-a026-59d9f427441f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La IA y el periodismo profesional"></p><p><em>Múltiples perturbaciones</em>, por Jordi Gracia.</p><p><em>Por una inteligencia colectiva. Cómo rescatar las imprentas digitales de Silicon Valley</em>, por Ekaitz Cancela.</p><p><em>Perder la ilusión de la realidad</em>, por Marta Peirano.</p><p><em>La prueba definitiva para el periodismo</em>, por Ismael Nafría.</p><p><em>Lo que la IA no sabe hacer</em>, por Raúl Novoa.</p><p><em>La IA no destruirá el periodismo, pero puede volverlo invisible</em>, por Esther Vera.</p><p><em>Periodismo frente al expolio algorítmico</em>, por Virginia P. Alonso.</p><p><em>Ríos voladores. La ruta migratoria del Darién</em>, por Lina M. Moros.</p><p><em>El cante católico con toque integrista: Hakuna y el Opus Dei</em>, por Miguel Saralegui.</p><p><em>Parábola de Jesucristo y Marc Giró</em>, por Miguel Sánchez-Romero.</p><p><em>El caso Tucker Carlson</em>, por Carlos C. Pérez.</p><p><em>Soledad Gallego-Díaz, maestra en ética periodística</em>, por Xavier Vidal-Folch.</p><p><em>Obra en marcha. Meter a los amigos dentro de un libro</em>. Poemas de Elisa Fernández Guzmán.</p><p><em>Historia privada de una fotografía. Patti Smith, la musa despeinada</em>, por Ramón Reboiras.</p><p>Puedes leer los números anteriores <a href="https://www.infolibre.es/suplementos/historico-tintalibre/" target="_blank"><strong>aquí</strong></a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 01 Jun 2026 04:01:22 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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