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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 15]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-15/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 15]]></description>
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      <title><![CDATA[Historia de un telegrama]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/historia-telegrama_1_1125920.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/57ab8c41-7b70-4fd5-805e-b67842b1bcb4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Historia de un telegrama"></p><p>Mi abuelo <strong>Lisandro Ramírez</strong>, artista del violín y compositor de valses, mazurcas, misas de gloria y marchas fúnebres, solía contar que cuando se anunció que <strong>Rubén Darío </strong>pasaría en tren por Masatepe, todo el pueblo se desbordó hacia la estación, él entre todo aquel gentío, y que lo vio salir a la plataforma del vagón adornado con guirnaldas de flores, elegante y bien atildado, y agradecer desde allí, con el sombrero panamá en alto, los aplausos y vítores, para bajar por fin al andén y caminar hasta la oficina de telégrafos del mismo pequeño edificio de madera, donde puso un telegrama.</p><p>Nunca atribuí aquel relato a una mentira suya porque era hombre circunspecto, y aún de pocas palabras, pero me llamó siempre la atención que su memoria, casi medio siglo después, siguiera registrando la escena del telegrama que Rubén Darío había compuesto tras solicitar una esquela, escribiendo de pie frente al pupitre, remojando la plumilla del empatador en el tintero, y entregado luego la esquela ya llena al telegrafista. Este contaría las palabras para deducir el cobro, y el poeta habría pagado de su monedero, o a lo mejor el telegrama había sido transmitido por cortesía, dada la celebridad del personaje. </p><p>¿Qué viaje era aquel de Rubén Darío en un tren enflorado que pitaba con júbilo mientras se acercaba desde Niquinohomo, donde más tarde nacería el general <strong>Sandino</strong>, para avisar a la gente congregada en la estación que el príncipe de los cisnes se aproximaba a los linderos de un pueblo olvidado? ¿Y a quién había sido dirigido aquel telegrama que mi abuelo vio escribir, asomado a la ventana de la oficina telegráfica, entre muchas otras cabezas apiñadas? ¿Y cuándo había sucedido todo aquello?</p><p>He tardado en descubrirlo, pero ahora tengo los hilos en la mano y puedo dar por cerrado el caso. El hecho ocurrió el 7 de diciembre de 1907 a eso de las 9.30 de la mañana, en las primeras semanas de su retorno triunfal a Nicaragua. El tren era un tren expreso, y el vagón enflorado en que viajaba era el vagón presidencial, puesto a su disposición por el presidente general <strong>José Santos Zelaya</strong>, caudillo de la revolución liberal, derrocado en 1909 por una intervención militar de Estados Unidos. Y no sólo el vagón presidencial, también la locomotora y los demás vagones, donde viajaban no menos de doscientos acompañantes, iban adornados de flores.</p><p>El viaje se había iniciado en la ciudad de San Fernando de Masaya a las 7 de la mañana, adonde el poeta había llegado la víspera, y la nutrida comitiva estaba formada por “damas, damitas y caballeros de la sociedad fernandina”, que iban a agasajar a Rubén con un “<em>lunch</em>” en la quinta Saratoga de don <strong>Francisco Altschul</strong>, a orillas de la laguna de Apoyo, un extinto cráter volcánico, cuando el tren regresara de su recorrido por los pueblos de la meseta cafetalera, Santa Catarina, Niquinohomo, Masatepe, San Marcos, Jinotepe y Diriamba. Encima del asiento acolchado que Rubén ocupaba en el vagón presidencial, amoblado con sillones de mimbre, colgaba una lira hecha de flores, con sus cuerdas de alambre. Todos los jardines de Masaya habían sido despoblados para adornar el tren con aquella profusión de gladiolos, hortensias, margaritas, claveles, y por supuesto rosas.</p><p>¿Y el telegrama? Iba dirigido al general Zelaya: “Felicítolo grandiosa obra ferrocarril a los pueblos que llama mi atención por prodigio y belleza que enaltecen su gobierno dedicado al progreso nuestra patria, afectísimo, Rubén Darío”. Mi abuelo, que sólo lo vio escribir de lejos, no pudo saber nada del destinatario del telegrama. </p><p>¿Y por qué bajarse en aquella estación de la ruta para ponerlo? Yo sospecho que alguno de sus ilustres acompañantes en el vagón presidencial, por ejemplo el doctor <strong>Hildebrando Castellón</strong>, ministro de Instrucción Pública, oriundo de Masatepe, debe haberle aconsejado aquella lisonja. Castellón era del partido de quienes querían convencer a Zelaya de que nombrara a Rubén embajador en Madrid antes de su vuelta a Europa, pero había entre los allegados al presidente quienes se oponían, bajo el argumento de que no podía un dipsómano representar dignamente a Nicaragua ante una corte real. Zelaya no se decidía. Un telegrama elogioso podía ser útil. Y eso fue lo que presenció mi abuelo, y lo registró en su memoria, para poder contarlo un día a su nieto.</p><p><em>*Sergio Ramírez es escritor.</em><strong>Sergio Ramírez</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 May 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sergio Ramírez]]></author>
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      <title><![CDATA[Supongamos que hablo de Chirbes (P.M.)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/supongamos-hablo-chirbes-p-m_1_1125919.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6acd6d35-daf0-4ba3-8d96-6e6cab8d5ea4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Supongamos que hablo de Chirbes (P.M.)"></p><p>Supongamos que hablo de un <strong>Rafael Chirbes</strong> niño, con solo una hermana mayor y a quien su madre decide enviar a un internado para huérfanos ferroviarios, con apenas ocho años, al morir su padre. Aprendió a leer antes, a los tres, por empeño de ese padre peón ferroviario, para que su hijo tuviera más oportunidades. El libro con el que aprendió lo ha conservado toda su vida. Me lo imagino pequeño, delgado y asustadizo, con la mirada gacha, como les pasa a los que vivieron en internados. Supongamos también por añadidura que mamó la derrota sobre una victoria impuesta, lo que no contaba casi nunca por pudor, punto común en todos los de la cáscara amarga.</p><p>Supongamos que ahora hablo de un Rafael Chirbes joven, que llega a Madrid para estudiar, comparte piso y entusiasmo con otros estudiantes, se matricula en la facultad de Filosofía, en su caso, Historia. Y como no podía ser menos en aquella época de dictadura, con los grises en el campus y la esperanza en cada paso, militó mientras estudiaba. Fue detenido. Me lo imagino en aquellas sesiones de interrogatorios, digamos que duros, en los sótanos de la DGS (Dirección General de Seguridad, para los jóvenes que no lo sepan) temblando como haría también en el internado. De todo ello casi nunca hablaba y cuando lo rememoraba era con humor, como un episodio pasajero. Si lo  mencionaba alguien, miraba por un instante a los ojos para bajarlos después, soltar una medio sonrisa y algo así como “bueno”, dándole más o menos la misma importancia que si hubiera ido a comprar el pan al pueblo de al lado. Porque para él fue más importante la etapa de alfabetización que hizo por barrios, fuente de aprendizaje en aquellos años, inspiración de personajes, acaso necesidad de devolver algo de lo que un hijo de peón ferroviario tuvo la fortuna de aprender y estudiar.</p><p>Supongamos que Rafael Chirbes es ya un licenciado que empieza a buscarse la vida, consigue trabajar en la librería de la Autónoma. La felicidad entre libros que devora y apunta mientras atiende de vez en vez a un cliente. Me lo imagino rodeado de <strong>Galdós</strong>, devorando a <strong>Dickens</strong>, estableciendo complicidades con <strong>Max Aub</strong>, <strong>León Felipe</strong>, <strong>César Vallejo</strong>, <strong>Miguel Hernández</strong>, leyendo a <strong>Braudel</strong> o lo que se publicaba en América Latina y lo que llegaba de Ruedo Ibérico, todos aquellos libros prohibidos que te acercaban a la realidad, que no la del régimen, y que solía encontrarse en las trastiendas de las librerías de entonces, no en todas, solo en unas cuantas, pero las suficientes para abrir los ojos y encontrar explicaciones a lo que aquí no se estudiaba. Siempre ha sido un devorador de libros.</p><p>Supongamos ahora que a ese recién licenciado trabajador en una librería le corroe algo por dentro, algo que le da vueltas y le inquieta. A ese niño huérfano de ferroviario de la cáscara amarga, de familia pobre, que escoge una carrera sin apenas salidas, que trabaja entre libros, le da por escribir. Porque no tiene nada que perder, y sin padre que le reprenda o que le haya dejado un oficio que pueda continuar, se pone a ello. Se va dos años de profesor de español a Marruecos y vuelve con su primera novela bajo el brazo, <em>Mimoun</em>. Con ella queda finalista del premio Herralde. Sigue escribiendo. De lo que sea. Durante una temporada, bastante, ya estamos en la Transición, en los años ochenta, en la cultura del pelotazo, de la gastronomía y del vino como señales de distinción de una nueva clase o sectores de profesionales a los que les va bien, parece incluso que el dinero cambia algo de bando, Rafael Chirbes consigue trabajo en una revista de gastronomía y vinos: <em>Sobremesa</em>. Escribe sobre eso, que le da de comer, para luego escribir lo que le interesa. Y qué curioso, ese ambiente sí lo refleja en sus novelas. La enología como religión, amigos que cambian de bando, traiciones entre sus filas, poso de amargura cuando lo que esperaba no sucede, cuando los ideales se van por la alcantarilla, cuando la amnesia lo invade todo y nadie quiere hablar de la dictadura, de los desaparecidos, de los derrotados y de una transición que así no, compañeros, así no. </p><p>Y entonces da una vuelta de tuerca más. Abandona la revista y decide que tiene que vivir solo de la literatura y sin presiones para que nada le condicione. Se retira a un pueblo, primero de Extremadura, después a otro en el interior de Alicante, allí no se tienen muchos gastos y Chirbes es austero. Pero se retira tras viajar y vivir mucho, un año en Marruecos, estancias en París, Barcelona, A Coruña; tras recorrer México de norte a sur en autobús introducido de la mano de <strong>Carlos Blanco Aguinaga</strong>, su gran maestro, la persona que, acaso, más ha influido en Chirbes, tras haber sido un gran comedor, un gran bebedor, un gran fumador.</p><p>Supongamos ahora un Rafael Chirbes que llega a Anagrama de la mano de <strong>Carmen Martín Gaite</strong>, una gran admiradora de su literatura, una admiración mutua y un agradecimiento perpetuo. Y tras<em> Mimoun</em>, todas las demás. Novelas que hablan de lo que siente y le preocupa. Las primeras tienen que ver con la posguerra: <em>En la lucha final</em>, <em>La buena letra</em>, <em>Los disparos del cazador</em>. Ay, <em>La buena letra</em>, esa voz femenina, materna, que desgrana en un lenguaje depurado y sencillo como las mujeres de campo, todos sus pesares, sus sentimientos, su vida. Después, la trilogía de la Transición:<em> La larga marcha</em>, <em>La caída de Madrid</em>, <em>Los viejos amigos</em>. En ellas cuenta lo que por aquel entonces casi nadie quiere oír, de lo que tenía que haber sido y no fue. Novelas no reconocidas en España  pero con gran prestigio en Europa, sobre todo en Alemania. Plasma lo que está pasando en el país, sabiendo que así no, que la cultura del pelotazo no traería nada bueno, que de aquellas lluvias estos lodos.</p><p>Y llegó <em>Crematorio</em>. Y el Premio de la Crítica. Y la realidad acercándose a la literatura de Chirbes. Y los lectores empiezan a descubrirle. Hasta entonces había sido minoritario. Me imagino que comprábamos sus novelas una pléyade de admiradores y amigos que pensábamos lo que él, pero que Chirbes era capaz de plasmar, lo que nos confortaba, nos hacía ver que no estábamos solos, que todavía había escritores que eran honrados en su oficio, que no se vendían a las exigencias del mercado o lo que marcaban los grandes grupos editoriales. Y es capaz de presentarse en el Hay Festival en Xalapa, capital del estado de Veracruz, México, con sandalias y calcetines, una camisa a cuadros y unos vaqueros, y aprovechar el pequeño hueco de sus actividades para ir al Museo Antropológico y admirar la obra de los tloltecas, sus enormes esculturas de cabezas humanas, las diferencias con las pirámides y el arte de los mixtecas, la admiración profunda a los pueblos indígenas, para terminar en un restaurante comiendo uno de sus platos favoritos: los chiles en nogada.</p><p>Sobre <em>Crematorio</em> hicieron una serie y aquello le dio un poco más de fama y reconocimiento. Porque <em>Crematorio</em>, novela que habla del pelotazo urbanístico, salió al inicio de la crisis y del fin de la burbuja inmobiliaria. Y tras<em> Crematorio</em>, <em>En la orilla</em>. A punto estuvo de no publicarla, de decirle a Herralde que se la devolviera, inmerso en esa duda escéptica que produce siempre lo nuevo, lo arriesgado, lo que rompe moldes. Y en su caso, por la constante duda que le ha producido su honradez profesional y el conocimiento de sus limitaciones. Él dijo que para escribir esta novela leyó de nuevo a Galdós, el de <em>Las tormentas del 48</em>, el Galdós mayor y pesimista que pensaba que este país no tiene remedio, ese mismo sentir que se entrevera en las páginas de <em>En la orilla</em>.</p><p>Supongamos a un Rafael Chirbes  profundamente tímido e hipocondríaco, con esa peculiar misantropía como un escudo a su vulnerabilidad, pensando que el reconocimiento le pasa a una persona que no es él, que no es el Rafa Chirbes que vive solo, con sus perros y su huerto, en contacto con la tierra, con su oficio de escritor impregnado de honestidad, sin pertenecer a ninguna sociedad literaria, sin ser un personaje mediático, sin aparecer en los medios de comunicación. Incluso si le llamaba algún amigo para darle le enhorabuena contestaba: “Bueno, bien, pero, ¿me habré equivocado en algo? ¿Qué he hecho mal para que me reconozcan hasta en el <em>ABC</em>?”. Sus concesiones tecnológicas se reducían al móvil y al<em> e-mail</em>. En las manifestaciones se confundía entre la gente y era difícil descubrir, en esa persona tímida y huidiza de ojos desvalidos, un lúcido analista político y literario, que ha seguido, hasta el final, poniendo todo patas arriba, con su humor ácido y benevolente, su misantropía cariñosa, que siempre ha pensado en su última novela como su testamento, hasta que ha sido verdad.</p><p><em>*Carmen Peire es escritora.</em></p><p><strong>Carmen Peire</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 May 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carmen Peire]]></author>
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      <title><![CDATA[Darío y las contradicciones del poeta moderno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/dario-contradicciones-poeta-moderno_1_1125918.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f0dd2db5-efc9-4340-8315-6a80283e662b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Darío y las contradicciones del poeta moderno"></p><p>“Yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer”, afirma <strong>Rubén Darío </strong>en “Las palabras liminares” de uno de sus libros más importantes, <em>Prosas profanas</em>. Cien años se cumplen ahora de su muerte y por todo el mundo no dejan de sucederse homenajes y actos literarios en recuerdo de su obra, decisiva como ninguna otra para las letras hispánicas de la modernidad. </p><p>Afortunadamente, lejos queda ya la tendencia a dividir su producción poética en dos compartimentos absolutamente incomunicados e irreconciliables: la primera etapa evasiva, esteticista, cosmopolita; frente a una segunda donde imperaría el compromiso con lo hispánico, la preocupación ética y la interrogación metafísica. Si bien sigue resultando legítimo estudiar la trayectoria del nicaragüense evidenciando su evolución y los cambios que se van produciendo en su devenir poético, lo que, en cambio, ha quedado superado es la propensión a separar de forma categórica los periodos de su obra, como si no existieran pulsiones comunes y espacios de inteconexión. Se ha impuesto ya, desde la perspectiva que permite el paso del tiempo, una mirada que enlaza ambas estéticas y las considera respuestas (tentativas, inconclusas, condenadas al fracaso) de un único conflicto no resuelto: la entrega del poeta a su “religión del arte”, como un espacio sagrado, pero también “raro” o maldito, dentro de una sociedad utilitaria que se rige fundamentalmente por criterios económicos. </p><p>Por esto, Darío resulta, en su momento, un poeta total, ya que encarna todas las contradicciones de su época: representa el entusiasta camino de ida hacia la civilización moderna, pero también el desencantado camino de vuelta hacia la propia tradición hispánica y latinoamericana, como señalaran<strong> Juan Carlos Rodríguez</strong> y <strong>Álvaro Salvador</strong>. </p><p>Nos enfrentamos, pues, a un escritor difícil de integrar en una definición unívoca. Creyente, pero fascinado con lo esotérico y con los placeres mundanos; defensor de la libertad, pero dependiente del beneplácito de editores y posibles mecenas (sobre todo, los políticos); admirado por las masas y humillado por los poderosos; idealista, pero también vanidoso y egocéntrico; fascinado con la figura femenina, pero compañero veleidoso y fugitivo; sensible, enfermizo y de temperamento nervioso, pero, a su vez, propenso a la bohemia nocturna y al abuso del alcohol… </p><p>Su obra refleja todas las aristas de una personalidad fascinante, en un momento histórico especialmente significativo para el ámbito americano: sucesivos golpes de estado en Nicaragua (1890 y 1909); la guerra del 98 entre Estados Unidos y España, con la consecuente pérdida de las últimas colonias españolas; la Guerra de los mil días en Colombia (1899-1902); la construcción norteamericana del canal de Panamá (1904-1914);  los primeros años de la Revolución Mexicana... Varios de estos hechos influyeron, en mayor o menor medida, en la trayectoria vital de Darío, sobre todo en lo que afectaba a su posición como diplomático, primero en Buenos Aires, después en Madrid, así como en las varias delegaciones internacionales de las que formó parte. </p><p>Ahora bien, más allá de su legendaria biografía, que él mismo ayudó a construir en <em>La vida de Rubén Darío escrita por él mismo</em> y en <em>Historia de mis libros</em>, lo que permanece y legitima su presencia en nuestras letras sigue siendo su obra poética y la indispensable influencia que va a ejercer en otros autores, tanto hispanoamericanos como españoles.</p><p>Una voz poética de la que se podría destacar, por una parte, su renovación de los esquemas métricos y rítmicos (asimilable a la que propiciara <strong>Garcilaso de la Vega</strong> en la lírica castellana del siglo XVI); y, por otra, su capacidad para dar cuenta de las preocupaciones y los conflictos del artista moderno en la sociedad burguesa.</p><p>Ciertamente cuanto más atentamente nos acercamos a sus versos, más fascinante resulta el minucioso trabajo que este poeta lleva a cabo con la sonoridad, hasta conventirla en uno de los ejes fundamentales de su creación. Esta cualidad, que el estudioso <strong>Noé Jitrik </strong>definió como “fonocentrismo”, le lleva a renovar fórmulas tradicionales ya olvidadas (como el verso alejandrino), a usar con plena conciencia y valentía las aliteraciones o a investigar con la posición de los acentos. </p><p>En clase acostumbro a analizar su famosa “Sonatina”, de <em>Prosas profanas</em> (1896), que empieza: “La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de su boca de fresa, / que ha perdido la risa, que ha perdido el color”. Les propongo, entonces, a mis alumnos que se fijen en los acentos y ahí surge la sorpresa y la admiración: están acentuadas la tercera y la sexta sílaba de cada hemistiquio. Siempre. Y este esquema se mantiene a lo largo de los cuarenta y ocho versos de esta composición, con una precisión tan rigurosa que convierte a este poema en un verdadero prodigio rítmico (más allá del tono aparentemente infantilizado y naíf con el que siempre se la ha catalagado). </p><p>También resulta muy sugerente analizar con los estudiantes, desde este punto de vista, el poema “Lo fatal”, perteneciente a <em>Cantos de vida y esperanza</em> (1905): </p><p><em>Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque ésa ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo ni mayor pesadumbre que la vida consciente. Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror... ¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida y por la sombra y por lo que no conocemos y apenas sospechamos, y la carne que tienta con sus frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!... </em></p><p>Un soneto alejandrino, pero de trece versos: un soneto, pues, deteriorado, truncado, interrumpido, en el que los versos doce y trece ya se han acortado (como si se fueran deshaciendo) y en el que ha desaparecido del todo el necesario verso decimocuatro. O quizá, un soneto en el que el último verso existe sólo como un eco, como un silencio, como un vacío latente tras los puntos suspensivos. El esquema métrico previsible se deteriora, se trunca, se interrumpe, para simbolizar así la llegada de la muerte, que deja también la vida incompleta, silenciada, en suspenso. </p><p>Por otra parte, cabe destacar, al hilo de estos dos poemas citados, esa compleja trayectoria poética de Darío ya apuntada anteriormente: entre uno y otro texto (entre la sensual imagen de la princesa —la poesía, tal vez—, que espera a su príncipe para que la encienda con un beso de amor, y la conciencia fatídica y nihilista de ese “no saber nada”), han transcurrido menos de nueve años. </p><p>Pero Darío es el uno y el otro: analogía e ironía, como propone <strong>Octavio Paz</strong> en su libro  <em>Los hijos del limo</em>; dos caras de una misma moneda, dos reacciones del poeta a un mismo detestar el tiempo y la vida en que le ha tocado nacer. </p><p><em>*Gracias Morales es profesora de Literatura Hispanoamericana.</em><strong>Gracias Morales</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 May 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Gracia Morales]]></author>
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      <title><![CDATA[‘Canto XLVIII’]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/canto-xlviii_1_1125909.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b5c16f18-2835-41f9-be38-2b04a25970b8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Canto XLVIII’"></p><p>Vicente Gallego lee su poema 'Canto XLVIII' a Paco Brines, su maestro.</p><p><strong>Canto XLVIII</strong></p><p>¿Qué habrá más delicado que morir?</p><p>No se molesta a nadie para eso,</p><p>nadie se va o se queda, y todo brilla</p><p>al final por su ausencia meridiana.</p><p>Unos detrás de otros,</p><p>qué paso delicado de gorriones</p><p>dimos al borde mismo</p><p>de nunca habernos dado un mal alcance.</p><p>Toda luz, olvidada de sus muertos,</p><p>abre su corazón la madre muerte.</p><p>Estaba en esas Juan</p><p>de Yepes, un hombre</p><p>de saberse estas cosas en la pura</p><p>pobreza de la vista.</p><p>«¿Qué hora es?», preguntó.</p><p>«No son las doce aún», le respondieron.</p><p>«No llegarán a serlas y estaré</p><p>cantando ya maitines en la gloria</p><p>del Señor de mi amor».</p><p>Lo lloraban los frailes aún presente.</p><p>Tomaron el breviario,</p><p>le quisieron leer</p><p>la recomendación del alma.</p><p>Él los puso en lo cierto:</p><p>«Déjenlo, por amor</p><p>de Dios y aquiétense. Dígame, padre,</p><p>de los Cantares sólo,</p><p>que eso no es menester».</p><p>Oía de la boca de un amigo</p><p>aquel cantar de amores que él hiciese</p><p>crecerse con el suyo, y ya iba queda,</p><p>quedándose la hora sosegada.</p><p>Pasó por Juan la muerte;</p><p>dijo él a su paso: «¡Qué preciosas</p><p>margaritas!», y allí</p><p>se abrió el claustro a los montes,</p><p>quedó la muerte lúcida de sol.</p><p>No habiendo menester en su morir,</p><p>qué delicadamente vio</p><p>en su muerte sus flores Juan de Yepes.</p><p>De <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/04/01/ser_canto_vicente_gallego_47112_1821.html" target="_blank"><em>Ser el canto</em></a><em> </em>(Visor, 2016).</p><p><em>*Vicente Gallego es poeta. </em></p><p><strong>poeta</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 May 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Vicente Gallego]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Canto XLVIII’]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Poesía,Los diablos azules número 15]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No es lo que parece o don Quijote ha vuelto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/no-parece-don-quijote-vuelto_1_1125907.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7bbb1ba6-641e-43c5-bc3e-6eb13ec1196a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No es lo que parece o don Quijote ha vuelto"></p><p><em>(Comienza Andrés Trapiello)</em><strong>Andrés Trapiello</strong></p><p>Los alumnos de 2º del colegio Nuestra Señora del Mar, de El Ronquillo, fueron dejando en la mesa del profesor, al entrar en clase, el trabajo de redacción de tema único: “Don Quijote ha vuelto”.</p><p>La idea de los responsables de Educación de la Junta de Andalucía fue esta: para conmemorar el cuarto centenario de la muerte de <strong>Cervantes</strong>, los alumnos de EGB y Bachillerato debían encontrar entre las gentes de hoy, nacionales o extranjeras, a quien en su opinión encarnara mejor las virtudes, se supone que explicadas por los profesores en clase, de don Quijote de La Mancha. Los trabajos participarían en un concurso cuyo primer premio consistía en un viaje de tres días con los gastos pagados a Argamasilla de Alba y otros lugares quijotescos. </p><p>Como buen cervantino le gustaron todos, en todos encontró algo genuino y los que no le divirtieron por discretos le hicieron sonreír por disparatados. ¿Quiénes eran los nuevos quijotes en opinión de sus alumnos? Había para todos los gustos: el rey <strong>Felipe</strong>, algún que otro político, científicos, voluntarios, cooperantes y activistas de oenegés, <strong>Cristiano Ronaldo</strong> (“por razones humanitarias”, y aquí soltó la carcajada, y también cuando llegó a la parte en la que aparecía <strong>Leo Messi</strong> como Sancho Panza), <strong>Bill Gates</strong> (en este coincidieron cinco o seis) e incluso hubo una alumna, esa que está enamorada en secreto de su profesor, que no dudó en elegirle a él, José Luis Pellitero, si no como nuevo don Quijote, sí como reencarnación de Cervantes, ya que le había oído decir a él en clase que seguramente don Quijote tenía tanto de loco como de cuerdo, pero también que se parecía mucho a Cervantes en lo guasón. No obstante, de todos los trabajos el que sin duda llamó más la atención del profesor fue el de Farouk Abdelhay. No le extrañó, porque lo tenía por uno de los más inteligentes, aunque fuera también uno de los que le alborotaban la clase. Fue el único que había encontrado a don Quijote en El Ronquillo. Pellitero dio las gracias a sus alumnos, celebró el alto nivel de los ejercicios, comentó varios de ellos y anunció que el seleccionado para concursar era el de Farouk. </p><p>Se armó un grandísimo revuelo, con alborotos y parabienes, porque Farouk tenía muchos partidarios, y también se oyeron dos o tres tímidas protestas de algunos envidiosos que no entendían cómo un moro que ni siquiera era capaz de hablar español sin acento fuese el ganador de un trabajo de lengua.</p><p>Al acabar la clase, Farouk, a solas con el profesor, le dijo que no quería concursar. En realidad le dijo que no podía concursar: si llegaba a oídos de su padre que había contado aquello, lo mataba. </p><p>Este era el hecho: un domingo de hacía un año, recién llegados a El Ronquillo, cuando apenas les conocía nadie en el pueblo, a su padre lo sorprendió el guarda de La Solana furtiveando la finca de la marquesa de Ajales, setecientas hectáreas, un tercio de cereal, otro de olivar y otro de monte. Lo llevaba a punta de escopeta al cuartelillo. Al rato se cruzó con ellos Braulio, albañil y muy conocido en el pueblo. Venía de cazar del coto cercano que tenía la Sociedad de Cazadores de El Ronquillo. El guarda le contó lo que pasaba y le mostró triunfal la liebre que había decomisado a aquel hombre. Preguntó Braulio al furtivo si era verdad lo que decía el guarda, y este asintió con la cabeza, y en mal castellano añadió que ponía los lazos por necesidad. El guarda apenas le dejaba hablar y repetía prolijo: “Pues no haber entrado en mi finca, so cabrón; a robar a tu país, que allí bien que os dan por culo y os cortan la mano” (esta parte José Luis Pellitero era partidario de redactarla de otro modo). Braulio, que oía aquello en silencio, dijo al fin: “Mira, Manolo, tú eres un gilipollas (también habría que cambiar esta palabra) si por una liebre montas este escándalo; ¿no te acaba de decir que lo hace por necesidad? Devuélvele la liebre y déjale marchar”. “No me toques los cojones (ídem) y métete en tus cosas”, le respondió el guarda. Discutieron al principio normal y luego a gritos, hasta que Braulio lo apuntó con la escopeta y le dijo que o lo soltaba o le soltaba a él un tiro en la barriga, y que si no iría él mismo a la Guardia Civil a denunciarlo por abuso de autoridad. </p><p>No tuvo otra el guarda que soltarlo, y Karim, padre de Farouk, en cuanto se vieron libres de él, se lo agradeció con lágrimas en los ojos y no consintió que Braulio se fuese sin antes pasar por su casa y conocer a su familia, a su mujer, a su suegra y a sus cinco hijos, la mayor de los cuales, Axa, era entonces una muchacha de 17 años, alta para su edad, bellísima, con unos ojos grandes y negros como aceitunas y una sonrisa que no parecía de este mundo. Braulio, soltero, 37 años, se enamoró de ella desde aquel día y empezó a frecuentar la casa de Karim, y sin que nadie se explicase cómo, pues jamás los vieron hablar ni nadie sospechaba nada, el mismo día en que Axa cumplió los dieciocho Braulio se la llevó a vivir con él. Los padres y hermanos de Braulio dejaron de hablarle y los padres y tíos de Axa amenazaron con raptarla y devolverla a su aldea, donde la habían prometido a un viejo desde que era niña, y si no la matarían.</p><p>“Y de paso me corta los <em>güevos </em>(habla bien, Farouk, le amonestó el profesor), si llega a oídos de mi padre que he contado esto”. Pero nadie le podría quitar de la cabeza a él, Farouk, que de no haber sido por Braulio a su padre lo hubieran metido en la cárcel y los hubieran deportado a todos. Braulio era un nuevo don Quijote, decía en su redacción, pues había remediado una grandísima injusticia a punto de cometerse, y aunque ahora las cosas anduvieran tan revueltas en su casa, para él Braulio seguía siendo un quijote. Cierto que esa parte de la historia ya no la había metido en su trabajo (dos folios), pero tenía muchas razones para seguir pensando que quien se había arrejuntao (juntado, Farouk, le corrigió el profesor) con su hermana era un gran tipo, por cosas que le había contado de él su hermana, cuando iba a visitarla en secreto, y por cosas de las que él mismo era testigo y que tenían que ver con el contrabando de tabaco. </p><p>De estos últimos negocios, naturalmente, no le dijo una palabra al profesor.</p><p><em>(Continúa Juan Marqués)</em><strong>Juan Marqués</strong></p><p>Algo de don Quijote, en verdad, debía de tener el profesor Pellitero, pues, impresionado por el relato de su alumno, decidió hacer sus propias pesquisas, tratar de enterarse de más, asegurarse de que nadie estaba cometiendo ni sufriendo ningún tipo de agravio o de necesidad. Ante algunos delitos se podía hacer la vista gorda, pensaba Pellitero, pero no ante las injusticias.</p><p>El joven maestro, gran madrugador, tenía para sí que todas las cosas de cierto valor que había hecho en su vida las había hecho antes de las nueve de la mañana, de modo que un martes, cuando apenas empezaba a amanecer, salió por la puerta de su casa y se subió al coche, decidido a merodear por la finca donde vivían Braulio y Axa.</p><p>El cielo se abrió como un libro en cuanto dejó atrás el cartel que decía: “El Ronquillo les da las gracias por su visita”. Era principios de abril. El campo estaba vacío pero radiante. Pocos kilómetros después se cruzó con algunos cazadores en busca de perdices o conejos. Sólo se dejaban ver los pájaros que se sabían a salvo, no codiciados por los cazadores, y ésos se hacían notar con todo el jolgorio y la alegría de la primavera. A la algarabía se unieron las cigarras, los grillos y enseguida el sol, discreto pero en buena forma, majestuoso a su pesar, subiendo.</p><p>Pellitero comenzaba a estar seguro de que se había confundido de desvío cuando se encontró junto a una pequeña casa que respondía con exactitud a la descripción que Farouk le había hecho de la vivienda de su hermana. Era un lugar modesto, amplio pero desangelado, con un huerto, un tendedero y, junto a una hormigonera oxidada y una manguera descolorida, restos de material de construcción acumulado sobre el suelo y apoyado contra una pared, demasiado cerca de la puerta. Todavía era muy temprano y no se veía a nadie.</p><p><em>(Sigue Carlos Marzal)</em><strong>Carlos Marzal</strong></p><p>El profesor Pelliterio, con un punto de intranquilidad y otro de alegría expectante, llamó con los nudillos a la puerta de la casa. Desde pequeño había desarrollado una aversión íntima hacia los timbres, las aldabas y los porteros electrónicos, que le parecían invenciones del diablo, utensilios poco respetables para anunciarse en casa de los demás. Las llamadas de los individuos como Dios manda debían hacerse con los dedos de la mano, y siempre en su justa medida, ni demasiado fuerte ni demasiado flojo, porque en la forma de llamar a las puertas se manifestaba el carácter de la persona. Los jactanciosos aporreaban las viviendas ajenas, y los pusilánimes no se dejaban oír: en cambio, los ciudadanos cabales llamaban de manera musical, con un repiqueteo firme y bien temperado, signo de buena crianza. En los detalles ínfimos —se decía a menudo—, gusta de esconderse la mejor educación.</p><p>Le abrió una muchacha de ojos enormes y oscuros, y nada más ver su sonrisa luminosa supo que era Axa, la hermana de Farouk. Pensó para sus adentros que la habría reconocido en mitad de la multitud en un día de Feria, tan grande era su parecido de familia, sobre todo en lo que tocaba al aura de entusiasmo para con el mundo que los dos emanaban a su alrededor.</p><p>En pocas palabras, Pellitero le hizo saber a Axa el motivo de su visita, y su intención de servir de ayuda, en todo lo que estuviera a su alcance, para beneficiar a la pareja, porque había conocido su aventura por el relato de Farouk. El aprecio que sentía por su alumno, y el rechazo que le provocaban las injusticias —máxime si son sentimentales, y provocadas por historias de amor— lo habían empujado hasta alli. Venía a ponerse a su servicio. La caballerosidad —afirmó, sintiendo crecer en él un impulso mitad quijotesco y mitad sanchopancista— no era un asunto literario, una fábula escondida en los libros, para uso de lectores y ratones de biblioteca, sino una virtud laboral, por así decir. Si lo que aprendemos en las novelas y en los poemas no nos sirve para portarnos mejor con nuestros vecinos, los poemas y las novelas no sirven para nada. Y, nada más acabar la frase, se sintió levitar un palmo por encima del suelo, como si por primera vez en su vida hubiese conciliado en su persona la acción y el pensamiento, la carne y el pescado, las armas y las letras.</p><p>Sorprendió a Pellitero el acicalamiento y cuidado interior de la vivienda, que contrastaba con el destartalado aspecto exterior. Había pocos muebles y objetos en la habitación principal, que era el comedor, el salón y la cocina de la casa,  pero todos eran sencillos, adecuados y hermosos. Imaginó que un clásico hubiese podido escribir que las mecedoras de madera, la mesa camilla con faldones, los sillones de orejas y la pequeña estantería blanca con varios trofeos deportivos, fotografías enmarcadas, revistas y algún libro eran cosas honestas, queriendo decir con ello que indicaban la evidencia de que quien vivía entre aquellas cuatro paredes procuraba pasar su existencia en armonía, sin estridencias ni alborotos.</p><p>Al poco, salido de una habitación, apareció Braulio, con un mono gris de trabajo. Aquella mañana no tenía nada que hacer hasta las doce, comentó, mientras invitaba a Pellitero a tomar asiento en una de las mecedoras. Al profesor, el acto de mecerse, ya fuera en solitario, con un buen libro entre las manos, o en compañía de interlocutores, para proceder a una animada charla, se le antojaba uno de los mayores logros de la civilización, en nada inferior al descubrimiento del fuego, o de la rueda, o del jamón de bellota. Cada vez que tenía la oportunidad de sentarse en una mecedora intachable —y por eso disponía de una en su biblioteca— se ensanchaba su espíritu, se le despertaba un humor filosófico y misericordioso, y rebrotaban en él remotos acunamientos de su madre.</p><p>Axa preparó una tetera humeante con el mejor té que Pellitero había probado nunca, hervido con azúcar moreno y abundantes hojas de hierbabuena. </p><p>En un rincón, había un narguile con cortavientos, junto a una bandera del Real Betis Balompié, una mezcla que —en opinión del profesor Pellitero— resumía de una manera doméstica el intrincado concepto de la alianza universal de civilizaciones.</p><p>Las emanaciones salvíficas del té y su exquisito dulzor hicieron que los tres contertulios abrieran sus corazones de manera recíproca. Axa sufría indecibles tormentos de conciencia, porque su familia la había repudiado al incumplir las tradiciones matimoniales. La angustia de Braulio no era inferior: sus padres estaban decepcionados por su comportamiento, y muy coléricos con aquella situación, que ponía de manifiesto unos prejuicios de los que ellos mismos no se creían capaces. Sus amigos ya no frecuentaban su casa, ni siquiera en los días señalados en que el Real Betis procuraba sus epifanías futbolísticas. Lo cierto es que, como dijo aquel —sentenció Braulio—, uno era él y sus circunstancias, y las circunstancias a menudo se empeñaban en arruinarle la vida a él, y a ella, y a todo hijo de vecino.</p><p>De repente, el profesor Pellitero, enardecido por la hospitalidad, por la bebida moruna, y por un cosquilleo cervantesco que sentía brotar en lo más profundo de su sistema límbico, dijo, poniéndose en pie: "Esto, mis queridos Axa y Braulio, lo arreglo yo. Si hay algo que no tolera un lector del <em>Quijote</em>, es que se malogre el amor".</p><p>Allí mismo trazó un plan para llevar a buen puerto todo aquel episodio generado por dos oscurantismo idénticos: el aborígen y el extranjerizante. </p><p>En presencia de Axa y Braulio, apoltronado beatificamente en la mecedora mágica, llamó con el móvil a los padres de ambos, a Farouk, a los dos mejores amigos de Braulio —Luis, el cura de la parroquia de El Divino Salvador, y Mauricio, el entrenador del equipo de futbol sala del pueblo—, y, para que no faltara nadie en el aquel conflicto interdisciplinar, emplazó también a doña Milagros, marquesa de Ajales, y a Licinio, que así se llamba el guarda trabucaire de la finca La Solana. Bajo distintos pretextos, citó a todos al día siguiente en el seminario de Literatura Española del Colegio Nuestra Señora del Mar, no sin antes advertirles de la importancia capital del asunto que allí se trataría.</p><p>De los laberintos ronquilleros se sale con soluciones ronquilleras, concluyó el profesor, antes de despedirse con besos, abrazos y vítores de sus ya para entonces amigos Axa y Braulio. </p><p><em>(Terminará el cuento Pedro García Montalvo)</em><strong>Pedro García Montalvo</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 May 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Andrés Trapiello / Juan Marqués / Carlos Marzal]]></author>
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      <media:title><![CDATA[No es lo que parece o don Quijote ha vuelto]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Narrativa,Los diablos azules número 15]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Clásicos y novedades]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/clasicos-novedades_1_1125903.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ccdd1f8b-c040-4bc3-934a-8d87a42fd646_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Clásicos y novedades"></p><p><em>Los responsables de la Librería Visor (Madrid) recomiendan algunos de los títulos que más les han interesado en los últimos meses.</em></p><p><strong>Últimas tardes con Teresa</strong><strong>Juan MarséSeix BarralBarceloma2016</strong></p><p>Con motivo del 50 aniversario de su publicación, se lanza una edición conmemorativa de esta novela fundamental en el mundo narrativo de <strong>Marsé </strong>y en la literatura española de posguerra. La figura del Pijoaparte sirvió para abrir una mirada irónica sobre las sublimaciones políticas antifranquistas y el desconocimiento que la burguesía catalana podía llegar a tener de la realidad de la clase obrera. Se añaden materiales inéditos del archivo de la censura y textos de <strong>Pere Gimferrer</strong>, <strong>Manuel Vázquez Montalbán</strong> y del propio Juan Marsé.</p><p><strong>El poder del mito</strong><strong>Joseph CampbellCapitán SwingMadrid2015</strong></p><p>Se trata de un ensayo que analiza el lugar que ocupan los mitos y los héroes a lo largo de la historia en la búsqueda humana de una identidad colectiva. En sus páginas se revela cómo los temas y símbolos, los arquetipos mitológicos, religiosos y psicológicos de las antiguas narraciones, continúan dando significado al nacimiento, la muerte, el amor y la guerra. Una interpretación del pasado que ayuda a entender el presente. La traducción se debe a <strong>César Aira</strong>.</p><p><strong>Fuera de sitio (Poesía, 1995-2015)</strong><strong>Antonio LucasVisorMadrid2016</strong></p><p>El poeta reúne en este volumen su poesía escrita entre 1995 y 2015. El lector puede encontrar aquí una de las trayectorias más personales del panorama poético español. <strong>Felipe Benítez Reyes</strong> lo presenta así: “La madurez de Antonio Lucas nos ha traído un poeta seguro de sí, pero arriesgado. Un poeta que domina con maestría los recursos que lo caracterizaron desde sus inicios, pero que a la vez no se conforma con ese dominio y asume, como deber estético, no sólo la búsqueda sino también la osadía”.</p><p><strong>Hotel Vivir</strong><strong>Fernando BeltránHiperiónMadrid2016</strong></p><p>El nuevo libro de <strong>Fernando Beltrán</strong> (Oviedo, 1956) ofrece un mundo lírico que equilibra la imaginación, el pulso narrativo, la capacidad evocativa y el reconocimiento del presente. El poeta funda en sus versos una relación ética, una pregunta sobre el “¿Quién soy?”, en el que el “Hotel Vivir” es inseparable del “Hotel Decir”. Si el deseo de vivir implica un cotidiano hacer la habitación, la escritura nos reserva una alcoba en un trozo de papel.</p><p><em>* Puedes encontrar la Librería Visor en la calle de Isaac Peral, 18, en Madrid, o en su página </em><strong>Librería Visor</strong><a href="http://www.visor-libros.com/tienda/" target="_blank">web</a><em>. </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 May 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Librería Visor]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Librerías,Libros,Literatura,Los diablos azules número 15]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Materia del asombro’, de Jesús Munárriz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/materia-asombro-jesus-munarriz_1_1125897.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/89d8138f-73eb-46d4-9776-78c5810882bf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Materia del asombro’, de Jesús Munárriz"></p><p><strong>Jesús Munárriz</strong><strong>Materia del asombroHiperiónMadrid2015</strong></p><p>El asombro, esa capacidad para maravillarse y sorprenderse ante lo pequeño y lo grande que conforma la existencia, siempre ha sido considerado como el origen de la filosofía. Decía <strong>Platón</strong>: “Nuestros ojos nos hacen ser partícipes del espectáculo de las estrellas, del sol y de la bóveda celeste”. Este inmenso, bello y enigmático espectáculo nos lleva a preguntarnos, a investigar, a fascinarnos. Y es precisamente en esa búsqueda incesante de respuestas —o quizá deberíamos decir en ese planteamiento constante de preguntas— donde habita no sólo la filosofía, sino también la poesía. <strong>Léon Daudet</strong> definió a los poetas como “hombres que han conservado sus ojos de niño”. Así, el poeta se siente deslumbrado ante el despliegue de la propia vida, a la que persigue, interroga, ama, cuestiona y abraza. La existencia, con su constante evolución, es un enigma ante el cual sólo la poesía puede servir para arrojar algo de luz. </p><p><strong>Jesús Munárriz</strong>, en su poema “Contigo”, reflexiona: “¿Alguna vez seré un señor mayor? / me preguntaba a veces / siendo joven, / sin verme en el papel. / Ahora que para ellas ya lo soy / […] / ahora que ni me huyen ni les tiento, / ante ellas sí me veo / en el papel. / Pero contigo, amor / […] / Contigo es imposible / no ser joven”. La perplejidad ante el paso del tiempo es un signo inequívoco de esa reminiscencia de asombro que es el germen de la poesía. La que mira eternamente la vida con ojos de niño. La que sólo es redimida por el amor y el arte. Jesús Munárriz ha cumplido 75 años, pero mira el mundo desde sus ojos asombrados de niño. Como regalo de cumpleaños, su amigo <strong>Francisco Javier Irazoki</strong> (también poeta, también navarro), ha escogido 75 de sus poemas, uno por cada año de vida, y los ha recopilado en este volumen único, que reúne poemas escritos entre 1970 y 2015. Es muy extensa y diversa la obra poética de Jesús Munárriz, de modo que esta selección de Irazoki conforma una antología muy personal, plena de amistad y cercanía, amor por las palabras y sabiduría. </p><p>Los poemas se presentan organizados en seis apartados, cuyos temas son tan heterogéneos y dispares como lo es la propia vida, unificados por el hecho de constituir todos ellos materia de asombro. Así, Munárriz, con su factura poética ágil y elegante, recorre el universo de los sueños, del amor, del deseo, de las convicciones personales, de los valores, de los recuerdos, de las aspiraciones, de las personas admiradas, de la naturaleza y de la muerte. Nada escapa al sobrecogimiento del poeta: “Todo brota, respira, se alza, se abre / hacia la luz, extiende / sus brazos, sus afanes / florece se engalana / […] / Todo es señal, todo se nos revela. / Tratemos de entender tanta belleza”. En esta fecunda inmersión en el universo personal de Jesús Munárriz, no faltan los versos biográficos, algunos deslumbrantemente esclarecedores de toda una época en nuestro país, como sucede, por ejemplo, en el poema “Cuarentena”: “ yo nací en el cuarenta / y la paz empezó en el treintainueve. / así que me tocó / prácticamente toda.” Otros, conmovedores y hondos como las “Instrucciones de vuelo” que el poeta escribe a su hija Gabriela. Algunos, muy reveladores de esa doble vertiente de poeta y editor [es director de Hiperión], que tantos títulos prodigiosos ha regalado a los amantes de la poesía durante los últimos cuarenta años. En el poema “Monólogo del poeta editor”, Munárriz alude a <strong>Jorge Luis Borges</strong>, quien “prefería ufanarse / de los libros leídos / antes que de los frutos de sus manos, / a mí también recuérdenme / más por los que edité que por los que escribí, / aunque éstos los tracé con mis mejores artes / y a algunos les gustaron”. </p><p>Los setenta y cinco poemas de la antología componen un caleidoscopio tan variado como luminoso, en el cual los lectores pueden deleitarse con la pasión, emocionarse con los recuerdos, reflexionar sobre el sentido último de las cosas. La pluma de Jesús Munárriz, certera en su oficio de poeta, se muestra ácida, tierna, perspicaz y contundente, siempre impulsada por una inteligencia aguda y una sensibilidad clarividente. El septuagésimo quinto poema, que cierra el libro y da título al volumen, constituye una encendida invocación al asombro, para que nunca abandone al poeta: “Guía después mi mano, y que sean tus versos / los que ella escriba, llenos de la asombrosa vida / que ejerce la materia en sus mil apariencias. / Así se habrá expresado a través de palabras / también, de sus palabras, porque suyo lo es todo, / la silenciosa, mágica y eterna realidad. / Y yo habré sido sólo escriba de mí mismo”. Mientras recorran estos versos, al calor de la buena poesía, conservarán ustedes con certeza sus ojos de niños.</p><p><em>*Raquel Lanseros es poeta.</em></p><p><strong>Raquel Lanseros</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 May 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Lanseros]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Materia del asombro’, de Jesús Munárriz]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Poesía,Los diablos azules número 15]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘Un año en la otra vida’, de José Mateos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/ano-vida-jose-mateos_1_1125896.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/58508041-e9b7-4444-9c26-468802d067c5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Un año en la otra vida’, de José Mateos"></p><p><strong>Un año en la otra vida</strong><strong>José MateosPre-TextosValencia2016</strong></p><p>En el desempeño del oficio de comentarista de libros, a veces se me ocurre que lo mejor tal vez sería no añadir nada, no calificar sino dar tan solo una demostración empírica de la calidad de libro en cuestión, mostrando  los subrayados que mi lápiz ha trazado sobre el texto.</p><p>A veces el reseñista preferiría hacer caso a su pudor y esconderse y poner sobre la mesa (¡y sobre la pantalla!) las pruebas de la calidad de libro comentado. Eso me sucedió con <em>Un año en la otra vida</em> de <strong>José Mateos</strong> (Jerez de la Frontera, 1963), el diario de un año exacto, de 13 de octubre a 13 de octubre entre 2013 y 2014, un libro lleno de virtudes, muchas, como la imaginación, como la sutileza, como la sensibilidad, como la pasión por la poesía, como la agudeza en la observación, todas ellas envueltas en una prosa limpia, con un ritmo sabio, con un apego al rigor de la buena escritura y con una honestidad que convierte en cómplice al lector.</p><p>Lo que me sucedió cuando terminé las 127 páginas de <em>Un año en la otra vida</em> fue darme cuenta de la cantidad de subrayados que había dejado mi lápiz 6B. Para empezar, y sin proponérmelo, tenía una colección, preciosa, magnífica, de cuentos brevísimos sobre fantasmas, cuentos originales —en un género en donde abundan las repeticiones— y llenos de humor. Diría que la protagonista principal del diario, a más del propio diarista, es una fantasma, Luisa. Como sin proponérselo, se revela en este diario la vocación aforística de su prosa. </p><p>Si al lector de una reseña le hablan de breves cuentos de fantasmas, sería un desaire no transcribir alguno. Mejor callarse y transcribir una pequeña muestra de mis subrayados: </p><p><em>Le apunté con la luz de la linterna y comprobé que aquella vez no era nadie conocido, aunque bien familiar que me resultaba. Se intuía que no era de los de este mundo porque se movía con esa lentitud y esa indecisión propia de los muertos. (…) Salió del dormitorio y, al rato de pasear por la casa, volvió de nuevo y se sentó al pie de la cama. Me miraba fijamente y yo, sin dejar de apuntarle con la linterna, lo miraba también intentando reconocerlo. Como soy algo curioso de vidas y muertes ajenas le pregunté si nos habíamos conocido:—Sí y no —me dijo—. Pero es inútil que busques en tu memoria. Soy algo que te pasará.</em></p><p> ***</p><p><em>Desapareciste antes de que pudiera darte las gracias por venir. Te habías sentado en la última fila, a la espalda de todos. (…) Terminé la lectura y la sala se fue vaciando poco a poco. Cuando apenas quedaban dos o tres señoras, te acercaste hasta la mesa sin ser visto por nadie. (…) Te miré a la cara, me froté los ojos con los puños y después comprobé si seguías ahí. — No puede ser. ¿De verdad eres tú?— Claro. ¿No me reconoces?— Sí sé que eres tú (…), pero al mismo tiempo hay algo en ti que no eres tú.— Soy el mismo, pero cambiado por la eternidad.</em></p><p>***</p><p><em>Esos recuerdos que regresan del olvido inesperadamente, tan limpios, tan inéditos y rozagantes, ¿no parecen decirnos que hay un lugar dentro de nosotros donde vivimos sin nosotros, donde aquello que perdimos se encuentra a salvo de todas esas estratagemas del deseo, de todas esas ambiciones y conveniencias con que modelamos nuestro pasado?</em></p><p>***</p><p><em>Basta fijarse un poco  en cualquier cosa para sentir que todo es siempre más de lo que es.</em></p><p>***</p><p><em>La sonrisa es quizás la expresión más alta de la que es capaz el rostro humano. La única que sabe el secreto.</em></p><p>***</p><p><em>Tengo la descabellada fantasía de creer que mientras haya librerías estaré  a salvo. Que no hay herida, ni cansancio, ni dolencia que una visita a una librería no pueda curarme.</em></p><p>***</p><p><em>Creo en los hilos invisibles que enlazan a vivos y muertos.</em></p><p>***</p><p><em>Los grandes libros, cuando uno cree entenderlos, es porque los ha entendido mal.</em></p><p>***</p><p><em>Una de las principales y más profundas enseñanzas de la poesía es probablemente anterior a la poesía. Se trata de un conocimiento antiquísimo que hunde sus raíces en lo religioso y lo mágico. Consiste en saber que ninguna cosa de este mundo es nada más que eso que es, que todas las cosas son muchas otras cosas… en muchos sentidos. Y eso que enseña la poesía es, en buena medida, lo que la hace posible.</em></p><p><em>*Darío Jaramillo es escritor. #dts iframe {display:none!important;}   #dts #txt iframe, #dts .col8-f1 iframe {display:block!important;}   </em><strong>Darío Jaramillo</strong></p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 May 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Darío Jaramillo Agudelo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Un año en la otra vida’, de José Mateos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Los diablos azules número 15]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘Yo soy más de series’]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/series_1_1125893.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fc0b3b59-bad6-4361-8ba9-d33b159c919b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Yo soy más de series’"></p><p><strong>Yo soy más  series</strong><strong>VV. AA.EsdrújulaGranada2016</strong></p><p>Decía <strong>Julio Cortázar</strong> que mientras el cuento puede compararse con la fotografía, la novela se emparejaría con el largometraje. Los cuentistas, decía el más parisino de los habitantes de Banfield, escogen  un suceso que actúe en el lector como un fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad; y lo trabajan en escasez de tiempo, con profundidad. El novelista divaga por los personajes, y es al final preso de sus propias elecciones, esclavo de sus personajes y del armazón de verosimilitud que él mismo ha creado.  Una imagen captada por un <strong>Cartier-Bresson</strong>, decía, explota, agita un campo más amplio que el reducido ángulo que abarca la cámara. El largometraje es un orden abierto, capta una realidad más amplia, multiforme desarrollando elementos parciales, acumulativos. El personaje es fundamental en la novela, añadiríamos, mientras en el cuento prevalece el hecho, sometido a alta presión.</p><p>Pero Cortázar no conocía (los apuntes que utilizamos se publicaron en La Habana en 1970), el fenómeno de la serie televisiva. En los últimos cuarenta años, la serie de televisión ha escalado en calidad, ha convencido a los grandes estudios y envalentonado a las cadenas, ha absorbido a las estrellas del<em> star system </em>y ha propuesto una reflexión sobre el fenómeno. El libro<em> Yo soy más de series</em>,publicado por Esdrújula Ediciones, es un compendio de sesenta textos de otros tantos autores, coordinados por <strong>Fernando Ángel Moreno</strong> y <strong>Víctor Miguel Gallardo</strong>, que presentan un fresco del mundo de la ficción televisiva de las últimas décadas. El prólogo es del sutil <strong>Jorge Carrión</strong>, que tanto nos ha enseñado sobre el mundo de la serie con su fundacional <em>Teleshakespeare </em>de hace un lustro.</p><p>La selección agrupa 60 títulos que van desde alguna serie procedimental de los sesenta a los fenómenos transmedia más recientes. La clasificación, decisión necesaria, ubica los textos de manera genérica —drama, género negro, comedia, fantasía, género histórico— pero establece en algunas notas a pie de página un diálogo que los coordinadores han sabido captar entre los distintos textos recibidos, como un coloquio de generación que subyace entre los invitados.</p><p>La serie televisiva no es un fenómeno reciente, pero sí lo es que sea tratada como objeto de estudio y reflexión. Algunas voces eruditas, que siempre pondrán en solfa el interés más popular, las tratan con desdén  e ignoran que todo fenómeno artístico, en esta era que vivimos, no será ajeno a las verdades y las mentiras, las pasiones y las desgracias, ni se sustrae a la época del gran capital, sino que todos conviven, muestran el presente, diseñan el futuro y con mayor o menor fortuna pretenden ser arte que emocione, con un discurso emotivo e inteligente. Ni más ni menos que los empeños que señalaba Cortázar. Quien no vea esa proyección de inteligencia y sensibilidad en <em>Bands of brothers</em>, <em>A dos metros bajo tierra</em>, <em>The wire</em> o <em>Breaking bad</em>, padece de privación del sentido o vive de epifanías artísticas que le llevan a un lugar que casi ninguno de nosotros frecuentamos.</p><p>Desde nuestro punto de vista, hay tres tipos básicos de series. En primer lugar, las miniseries, que no dejan de ser largometrajes muy largos. No son de las que abundan en <em>Yo soy más se series</em>, pero podríamos poner como ejemplo el <em>Yo, Claudio</em> de la BBC basado en los libros de <strong>Robert Graves</strong>.</p><p>Le siguen las series procedimentales, aquellas que reproducen un caso por episodio, casi siempre de la misma manera, hijas del folletín y de la novela de kiosko. Puede que una trama superior atraviese cada una de las diversas temporadas pero basadas en el personaje —o en el grupo de personajes— reproducen esquemas de uno a otro episodio, convenciendo al espectador de una repetición ritual, siempre la misma pero siempre nueva, y que a veces se permite experimentos y dobles capítulos. Pensemos en <em>House</em>, en <em>El príncipe de Bel Air</em>, en <em>Canción Triste de Hill Street </em>o <em>Expediente X</em>, algunas de las que ustedes pueden encontrar en el libro. Este modelo es un recurso cómodo para la serie cómica, de escasa media hora y personajes planos. </p><p>En tercer lugar, los dramas seriales, los hermanos mayores de los culebrones, las series de tramas largas que familiarizan al espectador con unos personajes a quienes llegan a conocer mejor que al vecino de al lado —aunque conocer personajes es el fundamento de las series de televisión—.  En los grandes dramas seriales, las temporadas se multiplican, los <em>cliffhangers </em>[mecanismo de guion que sirve para crear suspense]se reproducen fractalmente: mantienen el interés antes del corte publicitario, de un episodio a otro, de una temporada a otra. Los grandes dramas seriales —pienso en <em>Juego de tronos</em>, en <em>Los Soprano</em>, <em>House of cards—</em> alargan tramas hasta la extenuación, tiran del espectador, lo absorben.</p><p>Han aparecido subgéneros: el <em>spin off </em>[utilizar a un personaje secundario como centro de otra narración], que puede tomar carácter de serie alternativa (pensemos en <em>Cheers </em>y <em>Frasier</em>) o de secuela/precuela (<em>Better call Saul </em>y <em>Breaking bad</em>), y los casos de miniseries, que cuando fusionan con los dramas seriales eclosionan en las series-antología, donde cada temporada es una serie en sí, en un espacio, tiempo o tema que vincula a unas temporadas con otras. Son un fenómeno tan reciente que en algún caso deberán esperar a una segunda edición de este libro: están <em>True detective </em>o <em>Fargo</em>, pero lo fundó —de alguna manera— <strong>David Simon</strong> con <em>The wire</em>.</p><p><em>Yo soy más de series</em> viene a cumplir con la realidad. Las series de televisión son cumbre de la creación audiovisual del cambio de siglo. Se hicieron un hueco en el imaginario colectivo a partir de los años sesenta y han avanzado hasta copar gran parte del consumo cultural. Se nutren del cine clásico y de la literatura. La serie como objeto de estudio nos aporta una apertura de miras en el arte de contar de la que carecíamos en los tiempos en que Cortázar planteó aquella comparación. Por eso habría que preguntarse qué habría dicho Julio, con quién habría comparado este fenómeno que tanto abunda en el personaje y su comportamiento. Arriesgando, podríamos decir que siguiendo aquella comparación la fotografía ha ocupado el lugar del poderoso microrrelato y del aforismo, el cuento el del largometraje, y la novela el de la serie televisiva.  El prodigio nos ha planteado un nuevo acontecimiento creativo: la serie inconclusa, aquella que es cancelada por su productor y que deja al creador sin más que poder decir y al lector sin más que disfrutar. Son nuevas obras inacabadas pero elevadas en su categoría artística, obras por las que los laicos enfermos de serie rezamos: porque algún día algún productor se apiade y nos muestre el final de <em>Deadwood</em>. Los mismos que pedimos que <em>Yo soy más de series</em> tenga segunda temporada y no se cancele.</p><p><em>*Alfonso Salazar ha participado en el libro 'Yo soy más de series' y presenta el programa de radio en internet </em><a href="http://www.ivoox.com/podcast-vida-serie_sq_f1172507_1.html" target="_blank">La vida en serie</a><em>.</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 May 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alfonso Salazar]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Yo soy más de series’]]></media:title>
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      <title><![CDATA[‘La guerra no tiene rostro de mujer’, de Svetlana Alexiévich]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/guerra-no-rostro-mujer-svetlana-alexievich_1_1125863.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/425d5c89-da38-4b97-89b8-6d8a0c2a7cf8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘La guerra no tiene rostro de mujer’, de Svetlana Alexiévich"></p><p><strong>La guerra no tiene rostro de mujer</strong><strong>Svetlana AlexiévichEditorial DebateMadrid2015</strong></p><p>Es bastante probable que el lector de <em>La guerra no tiene rostro de mujer</em> tenga que parar a coger aire cada cierto número de páginas. Hay cuerpos desmembrados en el campo de batalla, adolescentes que dejan su casa por primera vez para morir en las trincheras y mujeres que ahogan a sus hijos para que no descubran a un destacamento de partisanos. Pero lo que más hay es sangre, sobre todo sangre reseca en los pantalones de las mujeres que integraron el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial: la de sus compañeros y la de su propia menstruación, que se congelaba por las temperaturas bajo cero y les cortaban los muslos como si fueran cuchillas. </p><p>Los centenares de historias que ha recogido la periodista bielorrusa, premio Nobel de Literatura en 2015, son de una crudeza demencial, pero según se avanza en la historia es fácil darse cuenta de lo absolutamente necesario que resulta el trabajo de <strong>Svetlana Alexiévich</strong>. Todas se quejan del olvido y rechazo que sufrieron tras el final de la contienda: pasaron de ser las “hermanas” de sus camaradas a apestadas sociales. “No me reconocía en el espejo, en cuatro años no nos habíamos quitado el pantalón. ¿Me atrevería a confesar que me habían herido, que tenía lesiones? Si lo reconoces, después nadie quiere darte trabajo, nadie quiere casarse contigo. Nos lo teníamos callado. No le confesábamos a nadie que habíamos combatido. […] Transcurrieron por lo menos unos 30 años hasta que empezaron a rendirnos honores… A invitarnos a dar ponencias… Al principio nos escondíamos, ni siquiera enseñábamos nuestras condecoraciones. Los hombres se las ponían, las mujeres no. Los hombres eran los vencedores, los héroes; los novios que habían hecho la guerra, pero a nosotras nos miraban con otros ojos”, recuerda <strong>Valentina Pávlovna</strong>, sargento y comandante en una unidad de artillería.</p><p>Las excombatientes se convirtieron en un rostro incómodo en la memoria de la guerra. Su olvido resulta tan injusto y doloroso como que el corrector automático de Word indique una incoherencia entre las palabras ganadora y premio Nobel. </p><p>A pesar de que las mujeres comenzaran a participar en ejércitos profesionales en el siglo IV a.C., durante las guerras griegas, no fue hasta la Segunda Guerra Mundial cuando se produjo una incursión masiva de mujeres a las filas militares. Según un historiador citado por Alexiévich, en el Ejército estadounidense combatieron entre 400.000 y 500.000 féminas; en el inglés, 225.000; en el soviético, casi un millón. Dice la autora de este macrorreportaje que, en muchas ocasiones, ella fue la primera persona (y quizás la única) que escuchó sus historias. </p><p>Alexiévich realizó las entrevistas entre 1980 y 1982 y se encontró con una guerra totalmente desconocida para ella. El relato oficial hablaba de mujeres sacrificadas y sumisas en la retaguardia; mientras que las que ella entrevistó fueron zapadoras, pilotos, francotiradoras, guerrilleras, cirujanas y telegrafistas. Mujeres que estaban en primera línea de batalla, pero con un recuerdo plagado de matices e historias de la (poco hagiográfica) vida cotidiana. “En lo que narran las mujeres no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer y a escuchar: cómo unas personas matan a otras de forma heroica y finalmente vencen”, escribe la periodista, “los relatos de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio”. </p><p>Es una guerra con la empatía que se puede tener dentro de una guerra. Ellas cuentan cómo les costaba mantener la disciplina militar; lo duro que era moverse con uniformes masculinos (con calzoncillos incluidos) y botas cuatro o cinco números más grandes. Alguna cuenta que nunca más pudo ponerse ninguna prenda de color rojo y que en la propaganda nazi las llamaban hermafroditas. </p><p>Alexiévich se encontró también con la censura soviética, donde le recriminaron estar mancillando la Gran Guerra Patriótica. “Después de leer un libro como este, nadie querrá ir a la guerra. Usted con su primitivo naturalismo está humillando a las mujeres. A la hembra heroína. La destrona. Hace de ella una mujer corriente. Una hembra. Y nosotros las tenemos por santas”, le gritó el censor de turno. La futura premio Nobel no había esquivado en su libro temas tabú como la violencia sexual o el amor, ni tampoco la vida de las excombatientes a partir de la Victoria. Ahí encontró el gran drama de estas mujeres. Afortunadamente, con el deshielo de la Unión Soviética, el trabajo de Alexiévich finalmente salió a la luz y se convirtió en un<em> bestseller</em>: vendió dos millones de ejemplares. </p><p>Durante las 365 páginas de <em>La guerra no tiene rostro de mujer</em>, la periodista bielorrusa intenta buscar una explicación a la capacidad de sacrifico de aquel millón de mujeres que se alistó voluntariamente en el Ejército soviético cuando ni siquiera llegaban a la mayoría de edad. Para ellas, hubiese sido más simple quedarse en la retaguardia, como santas y heroínas de la Patria, en lugar de aprender a matar o amputar miembros gangrenados. ¿Por qué negar, entonces, su legado? </p><p>El relato coral que compone Alexiévich intenta aliviar el olvido al que fueron condenadas las excombatientes soviéticas durante décadas. Aunque la duda que subyace todo el texto es el significado de la palabra Patria, que ellas pronuncian todavía así, con mayúsculas y el corazón encogido. </p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 May 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Saila Marcos]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘La guerra no tiene rostro de mujer’, de Svetlana Alexiévich]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Bielorrusia,Literatura,Mujeres,Premios Nobel,Unión Soviética,Los diablos azules número 15]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Atlas de la España imaginaria’, de Julio Llamazares]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/atlas-espana-imaginaria-julio-llamazares_1_1125912.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/676517db-197c-40ef-b924-583bf1163c10_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Atlas de la España imaginaria’, de Julio Llamazares"></p><p><em>Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Os dejamos esta sala para que comentéis vuestras lecturas y nos ayudéis a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para hacernos llegar vuestras sugerencias. </em><strong> losdiablosazules@infolibre.es</strong></p><p>El club de lectura de Casa del Libro de Gran Vía surge en 2012 a cargo de la librera <strong>Marisa Mayoral,</strong> y desde noviembre de 2014 lo coordina<strong> Abril G. de Enterría</strong>. Cada mes proponemos un libro (habitualmente novela o compilación de relatos, aunque estamos introduciendo nuevos géneros) y tratamos de que en la tertulia nos acompañe el autor o, en su defecto, el editor, traductor o alguna persona relacionada de alguna manera con la obra elegida. La mayor parte de los libros que proponemos son de autores españoles contemporáneos no siempre conocidos por el gran público, aunque siempre reservamos varias sesiones al año para autores clásicos y extranjeros atendiendo a efemérides o temáticas del interés de los participantes. Para la selección de las lecturas tenemos en cuenta, en la medida de lo posible, las sugerencias de quienes participan de forma habitual en los encuentros.</p><p>El club se reúne, de forma habitual, el último o penúltimo lunes de cada mes, en horario de siete a nueve de la tarde, en la sala de actividades de la tercera planta de nuestra librería de Gran Vía, 29. Los encuentros son abiertos y gratuitos y suelen participar entre 15 y 20 lectores, en su mayoría mujeres, que son quienes dotan de contenido los encuentros y dan sentido a la existencia de esta actividad en nuestra librería. El objetivo de estas tertulias es compartir las impresiones que nos generan las obras elegidas, tratando de profundizar en el análisis de las mismas y relacionándolas con el mundo que nos rodea y las vivencias de quienes participan en los encuentros.</p><p><strong>Atlas de la España imaginaria</strong><strong>Julio LlamazaresNórdicaMadrid2015</strong></p><p>En una de las sesiones de este año  pudimos contar con la participación del escritor <strong>Julio Llamazares</strong> y <strong>Diego Moreno</strong> (editor de Nórdica Libros) para comentar <em>Atlas de la España imaginaria</em>, compilación de textos publicados en <em>La Vanguardia</em>, bellamente ilustrados por <strong>David de las Heras</strong> y que incluye una selección de fotografías de <strong>Navia</strong>.</p><p>En el encuentro hicimos un repaso por las características y curiosidades de los siete lugares descritos por Llamazares: Babia, las Batuecas, la Ínsula Barataria, Pinto y Valdemoro, Fuente Obejuna, Jauja y los cerros de Úbeda. Comentamos tanto éstos como otros tópicos lingüísticos presentes en nuestra cultura popular y que se quedaron fuera de esta serie: Lepe, San Andrés de Teixido, San Borondón, Villadiego o la luna de Valencia.</p><p>La charla dio pie a un interesante debate sobre la literatura de viajes, literatura en estado puro en palabras del autor; y también sobre cómo parece que el turismo se ha desnaturalizado a partir de trayectos de una rapidez inimaginable hace unas décadas, de grupos numerosísimos y de la observación del entorno a través del objetivo de una cámara, donde parece que prima el exotismo del destino y la acumulación de imágenes frente al disfrute del trayecto y de los lugares visitados y la interacción con quienes los habitan.</p><p>No nos quedamos ahí, pues pudimos destacar la labor fundamental de las pequeñas editoriales y conocer otra forma de publicar: nos adentramos en el proceso que lleva a hacer de unos textos periodísticos, concebidos por el autor como una unidad, un libro ilustrado con un discurso coherente tan cuidado y sugerente como ha resultado este <em>Atlas de la España imaginaria</em> en las manos de Diego Moreno. Esto nos llevó a hablar de las fronteras comunes entre el periodismo y la literatura, y de cómo siempre encontramos algo de ficción en el primero y una buena dosis de realidad en la segunda. Hablando de realidad, no pudimos omitir algunas reflexiones en torno a los problemas fiscales con que se encuentran los autores españoles que, percibiendo una pensión de jubilación, quieren continuar haciendo lo que mejor se les da: escribir y publicar lo que escriben para que todos podamos disfrutar de ello.</p><p><em>*Si quieres más información sobre el club de lectura puedes escribirles a clublector29@gmail.com.</em><strong>clublector29@gmail.com</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 05 May 2016 12:18:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Club de lectura Casa del Libro de Gran Vía]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Narrativa,Los diablos azules número 15]]></media:keywords>
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