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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 22]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-22/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 22]]></description>
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      <title><![CDATA[Peña Pintada, una casa sin encanto, pero encantada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/pena-pintada-casa-encanto-encantada_1_1127835.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/39b929ba-5540-432a-9223-7ea34d7c9351_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Peña Pintada, una casa sin encanto, pero encantada"></p><p>En nuestro pueblo, Cercedilla, hay una casa rural, un caserón del XIX con un gran jardín y unas rocas de granito con vías de escalada, y el viejo caserón pretendía ser algo diferente, no una casa con encanto, que de esas hay muchas, sino una casa encantada, un lugar en el que no dejaran de suceder acontecimientos sorprendentes. Nos hicimos llamar Hotel Nómada, como dijo <strong>Cees Noteboom</strong>, y por aquí empezaron a pasar algunos nómadas impenitentes. Uno dio la vuelta al mundo en bicicleta y paró aquí para contarlo. Otro se subía todos los ochomiles que encontraba y le dimos cobijo (murió al año siguiente, en el Anapurna). Otro no paraba de rular con su guitarra y junto a la chimenea dejó muestras de su arte juglaresco. Muchos de nuestros amigos (alpinistas, escaladores, músicos, guías de montaña) son literalmente nómadas y de vez en cuando vienen a vernos en sus destartaladas furgonetas y nos cuentan cómo les va la vida. También hay en el pueblo ajedrecistas y desde hace tiempo recibimos con la misma hospitalidad al Club de Ajedrez Al Paso y nuestros ocho tableros se enfrentan a los del pueblo rival, Los Molinos. </p><p>Era inevitable que, por pequeño que fuera el pueblo, aparecieran unos cuantos escritores, novelistas y poetas, desde <strong>Luis Mateo Díez</strong> (en verano) a <strong>Ricardo Gómez </strong>o <strong>Rafael Reig </strong>(todo el año). Así empezamos a reunirnos un grupo de amigos para comentar libros. Lo primero fue un recital de un poeta <em>underground </em>de Lavapiés, un maldito (<strong>Carlos Vidania</strong>). El segundo fue nuestro escritor total (porque toca todos los géneros con la misma sabiduría), <strong>Ricardo Gómez</strong>. El tercero, nuestro poeta local y helenista puntero, traductor de <strong>Cavafis</strong>: <strong>Juan Manuel Macías</strong>. </p><p>Luego se fue corriendo la voz y aparecieron más: <strong>Alberto Olmos</strong> comprobó que aquí el escritor a veces acaba como el pianista en un Salón del Oeste. Hubo disputa, sí, porque a ningún escritor, se llame como se llame, se le concede más autoridad que a cualquiera, y seguimos siendo lo mismo: un grupo de amigos que comparten lecturas y, como hacen los amigos, discuten con pasión. </p><p>De tú a tú, entre amigos, sin la menor solemnidad, y siempre a gusto gracias a las atenciones, la cocina, los generosos vinos y la simpatía de <strong>Esther</strong>, nos han visitado autores como <strong>Belén Gopegui</strong>, <strong>Almudena Grandes</strong>, <strong>Marta Sanz</strong>, <strong>Jorge Riechmann</strong>,<strong> Luis Landero</strong>, <strong>Martín Casariego</strong>, <strong>Teresa Aranguren</strong>, <strong>Luis García Montero</strong>. <strong>Javier Azpeitia</strong>, <strong>David Torres</strong>, <strong>Constantino Bértolo</strong>, <strong>Cristina Fallarás</strong>, <strong>Isaac Rosa</strong>, <strong>Txema Arinas</strong>, <strong>Ana Pérez Cañamares</strong> y muchos otros, incluyendo nuestro vecino en verano Luis Mateo Díez y <strong>Juan Cárdenas</strong>, la noche antes de regresar a Colombia. No siempre tenemos al autor de cuerpo presente: también nos reunimos para hablar de <strong>Doctorow </strong>o de <strong>Piglia </strong>sin su permiso, o para rendir homenaje a nuestro querido <strong>Rafael Chirbes</strong>. Otras veces vienen traductores tan notables como <strong>Ramón Buckley </strong>y nos dejamos enredar con las maravillas de Alicia. </p><p>A menudo, sin previo aviso, siguen tomando la casa los nómadas, los escaladores o los ajedrecistas, de manera que todo el año, en el jardín en verano y junto al fuego en invierno, nos reunimos a compartir nuestras lecturas, viajes o partidas. Aquí se celebra Bloomsday con nuestro narrador irlandés de plantilla, <strong>Séamus Mac Aoigáin</strong>; y cuando aprieta el calor, nuestro legendario Campeonato Internacional de Free-Cubing, un deporte que todavía no es olímpico y que consiste en demostrar quién tarda menos en llenar un recipiente sacando agua del pozo. También tenemos concursos permanentes de cocidos, tortillas de patatas y fotografías. </p><p>En el pueblo hay un Instituto, La Dehesilla, en el que, como en casi todos, hay heroicos profesores como <strong>Emilia</strong>, <strong>Paco</strong>, <strong>Carlos </strong>y <strong>Lucía </strong>que ponen remiendos de mejor tejido a todos los recortes que les hagan, así que Peña Pintada también acoge a los chicos del Insti para que tengan su propia tertulia y comenten los libros que les interesan. A veces dejan pasar a algún adulto, pero no es frecuente. La directora del Insti, <strong>Emilia</strong>, se ofreció a darnos algunas charlas sobre lírica griega y<strong> Max Hierro</strong>, un ilustrador de renombre y también vecino, está preparando su taller de pintura al aire libre y de caricatura. Otros días se quitan todos los muebles para convertir el comedor en un centro de yoga. Algún día, no siempre sobrios, echamos pulsos en la barra. Otros no se oye más que música: puede ser un guitarrista flamenco, pueden ser los amigos de SonAdos, <strong>Paco </strong>y <strong>Jesús</strong>, que tocan entre los dos diez instrumentos, puede ser el violín de <strong>Iria</strong>, o puede ser una <em>jam-session </em>abierta a todo, desde <strong>Víctor Jara </strong>al punk, desde jazz a rancheras. </p><p>En otras palabras: en el viejo caserón decimonónico, en el amplio jardín, bajo el tilo y en las vías de escalada, sólo hay una cosa: vida compartida y por eso mismo multiplicada por la compañía y la amistad. </p><p>Esto es Peña Pintada, amigos, no se sabe nunca lo que te espera; esto es la Sierra de Guadarrama, donde ya explicaba el <strong>Arcipreste de Hita </strong>que abundan los peligros, proliferan los salteadores de caminos y las exigentes vaqueras plantean dilemas exorbitantes. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jun 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Rafael Reig y Pedro Sáez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Peña Pintada, una casa sin encanto, pero encantada]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Música,Los diablos azules número 22]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘El ruido del tiempo’, de Julian Barnes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/ruido-tiempo-julian-barnes_1_1127833.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/05a8aa25-e1f9-4299-969a-cc5510d2e691_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘El ruido del tiempo’, de Julian Barnes"></p><p><strong>El ruido del tiempo</strong><strong>Julian BarnesAnagramaBarcelona2016</strong></p><p>Desde los inicios de la cultura occidental, la música ha sido vinculada con realidades de orden trascendente y se le han atribuido correspondencias simbólicas. Se atribuye a <strong>Pitágoras</strong>, aunque es probable que proceda de fuentes más antiguas, la noción de la armonía de las esferas o de un universo gobernado por patrones análogos a los que se encuentra en la música, la mayoría imperceptibles para el profano, en el que todos los órdenes de existencia se corresponden como lo hacen las escalas y los acordes. Es en este sentido que las ciencias matemáticas, la astronomía y la música se consideraban saberes afines, pero la realidad simbólica de la música se extiende a la armonía del alma y del espíritu, de las sociedades y la naturaleza. Estas ideas fueron concebidas asociadas a la religión y lo sagrado, pero la importancia de la música ha sobrevivido a la secularización e incluso al nihilismo contemporáneos, como lo demuestra, por mencionar a alguien, la filosofía de <strong>Nietzsche</strong>, acerbo anti-cristiano, quien sin embargo atribuye a la música la posibilidad de comunicar realidades superiores cuya expresión no es posible de otra manera, realidades que trascienden el orden racional y simbólico, de naturaleza dionisíaca. Tomó la idea de su maestro <strong>Schopenhauer</strong>, para quien la música vehicula la Voluntad nouménica sin la distorsión de las representaciones de la razón. Si se quiere, la música ha conservado un cierto carácter de sacralidad secular de naturaleza inefable que, sin embargo, instiga a la interpretación. </p><p>Dicho carácter sacro sufrió una degradación reduccionista, no obstante, en las sociedades con un sesgo más agudamente ateo, como en la Unión Soviética, en la que la música, como todo arte, debía ponerse al servicio de aquella hipóstasis de lo trascendente llamado Pueblo o, mejor dicho, quien lo representaba de manera más fiel, el Partido. Y al pueblo le gustaba las melodías claras y asequibles, no las complejidades formales de la música moderna que solo alimentan el narcisismo elitista de la corrupta burguesía. Y quién mejor que el Gran Timonel <strong>Josef Stalin</strong> para saber lo que necesita el pueblo en aquella gran empresa de ingeniería social que fue la URSS. </p><p>Con una ya larga y distinguida trayectoria novelística, <strong>Julian Barnes </strong>dedica su atención en su última novela a la inherente tensión entre libertad creativa e imposición dictatorial, recreando de modo lírico momentos selectos de la vida del músico soviético <strong>Dimitri Dimítrievich Shostakovich</strong>, o más bien debiera decirse, novelando la conciencia del compositor durante partes cruciales de su vida, haciendo uso de un estilo libre indirecto íntimo y algo desapegado a la vez, a la manera del monólogo interior, pero equilibrando el estilo con referencias a la situación política y social de la Unión Soviética que le tocó vivir a Shostakovich y con escenas realistas de supuestas conversaciones con el Poder y episodios de su vida personal. El tono general de la novela es poético, si bien de una intensidad mesurada, una larga reflexión sobre el desgarramiento de una conciencia que se ve jalonada por sus principios artísticos y éticos de un lado, y la necesidad de sobrevivir, del otro, tanto él como su familia, amigos y allegados, en una sociedad en la que la más mínima desviación o signo de disidencia podía costarle la vida a todos. El resultado es hermoso, sin duda, una novela escrita con sabiduría técnica y conocimiento de su tema (Barnes revela al final de la misma las fuentes en las que ha basado su escritura), pero no exenta de disonancias (para decirlo a la manera musical), las que se dan entre el sujeto de su exploración poética y lo que sabemos de aquella época, de la cultura en la que tuvo lugar su supervivencia. Tres momentos le sirven a Barnes de pivotes narrativos para estructurar su obra, situaciones de terror, derrota y humillación para Shostakovich, quien a pesar de sus desencuentros con el Poder, logró sobrevivir a la época de Stalin y morir como un músico de éxito y respetado internacionalmente, pero estragado por abismos morales de los que nunca supo recuperarse.</p><p>La primera parte se centra en la perturbadora experiencia de asistir a una representación de su ópera <em>Lady MacBeth</em> en Mtsensk, la cual se ha representado con éxito en otras partes, el 26 de enero de 1936, cuando dignatarios del régimen también concurren, entre ellos Stalin, quien se aposta detrás de una cortina en el palco principal. Antes de terminar la ópera, todos se han retirado, indicando con ello su desaprobación. Shostakovich comprende lo que esto significa. Una editorial, unos días más tarde, en el periódico oficial del Estado, <em>Pravda</em>, en la que se vitupera su obra de manera ponzoñosa, como ruido propio de burgueses degenerados (aquí la palabra inglesa tiene connotaciones de las que carece la traducción española, <em>muddle</em>, una mezcolanza barrosa de sonidos), producto del formalismo elitista y la autocomplacencia, le convence de que su fin está cerca, por lo que decide prepararse. Espera todas las noches de pie frente al ascensor, con una pequeña maleta en la que empaca un pijama, un cepillo de dientes, un dentífrico, para salvar a su familia de las agonías de la detención. Noches enteras en vela en las que medita sobre su existencia y los compromisos a que le obliga componer en una sociedad constreñida y asfixiante. El primer amor pasa por su mente, su timidez, su talento para la música y su torpeza para con los seres humanos, las ideas sobre el amor libre, las mutaciones que conlleva tener una familia. Le llaman para una conversación con el Poder, con un oscuro funcionario que le conmina a recordar todo aquello de lo que ha podido ser testigo durante las reuniones con uno de sus más queridos protectores, el <strong>Mariscal Tujachevsky</strong>, quien ha perdido el favor del régimen y es ejecutado por una supuesta conspiración para derrocar al actual gobierno. El funcionario le da unos días para recordar lo que no puede recordar, conversaciones sobre la conspiración, y Shostakovich se atormenta durante el fin de semana, seguro de que su conversación con el Poder significaría su detención y su ejecución, pero cuando acude a la cita para contar lo que no puede contar, el propio funcionario ha desaparecido, engullido por las fauces de un sistema que no salvaguarda a nadie, ni a sus propios lacayos y sirvientes. Dimitri, por tanto, se salva, pero no así su ópera, que permanecerá prohibida por mucho tiempo.</p><p>Barnes nos lleva luego, en la siguiente parte de su novela, a un viaje de Shostakovich a los Estados Unidos de Ámerica, a un congreso por la paz, en los comienzos de la guerra fría, en 1948. Stalin mismo le ha pedido que vaya, llamándole por teléfono y asegurándole que lo de prohibir su ópera e impedirle el trabajo ha sido una confusión lamentable que se rectificará al instante. Al inicio se niega, comprobando, para su sorpresa, que teme al Poder, a toda forma de opresión sistemática y anónima, pero no al mismo Stalin como persona, como individuo, con el que discute pero con el que, al final, y a pesar de sus reticencias, acuerda ir al congreso. Este viaje solo le reportará más degradación moral y un sentimiento de culpa que le acompañará siempre. Tiene que repetir los discursos preescritos para él por los funcionarios del Estado, asentir con artículos que se han atribuido a su nombre sin que siquiera los haya visto de antemano, responder a preguntas hirientes de los que atienden la conferencia que da en América, sobre todo de <strong>Nicholas Nabokov</strong> (pariente del famoso escritor), al servicio de la CIA, se sabe después, y quien hace hincapié en su condena de la música formalista y, en especial, del compositor al que Shostakovich admira más, <strong>Prokófiev</strong>, hace años exilado en dicho país y que se ha negado a asistir, para no apoyar un régimen que desprecia y la farsa del congreso por la paz. El discurso que pronuncia lo hace con monotonía displicente, las respuestas le salen prefabricadas y sosas, su actitud es vacua y desencajada. ¿Cómo ha podido llegar a este nivel de bajeza moral, se pregunta, de sistemática cobardía?</p><p>Porque la novela, si algún tema la insufla y estructura, es el de la cobardía, la de aquellos que tuvieron que acomodarse a un sistema criminal que no respetaba ninguna frontera ética o política, una cobardía que suscita reflexiones amargas e irónicas de parte del Shostakovich de Barnes, que le hacen incluso postular la paradoja de que se requiere más valentía para persistir en la cobardía toda la vida, con la constante amenaza de represalias, detención, humillación, que ejecutar un acto heroico que significase el fin de la vida en la Unión Soviética, hecho que le ocurrió a muchos otros artistas, conocidos y desconocidos. Una cobardía que solo encuentra respiro en la ironía, en el cinismo, en el silencio. Y en la música, por supuesto, la que sostiene su vida y su existencia, allende el absurdo de la tiranía. </p><p>La última parte de la novela nos muestra a un Shostakovich maduro, reconocido y asentado en su profesión, conducido por chófer, director de la federación de compositores de Rusia. Para ello, ha tenido que hacerse miembro del Partido Comunista, lo que había evitado toda su vida, ya muerto Stalin y durante el proceso de cambio desde el período del culto a la personalidad al de reformas parciales y apertura hacia Occidente. Le ha llevado a esa decisión que le agobia otra de sus conversaciones con el Poder, en la figura de un tal Piotr Nikoláievich Pospelov, a quien, no obstante sus temores, llega a decirle que no quiere hacerse miembro de un partido que mata, a lo que replica el diligente funcionario que esa es precisamente la razón por la que tendría que afiliarse, pues el Partido ya no mata, ya han pasado los tiempos del asesinato arbitrario y el crimen de Estado, ahora se le necesita para darle un nuevo lustre al comunismo soviético y para dirigir los destinos de la música en Rusia. Antes, el compositor ha sido sometido a una reeducación política a domicilio, que aseguraría su comprensión de los principios básicos del socialismo realmente existente, uno de los cuales era asentir y callar. Shostakovich no tiene más remedio, nos hace creer Barnes, que afiliarse, hecho que le hace merecedor del desprecio de muchos y que se suma a su larga lista de cobardías y culpas, por las que sufre el más acerbo remordimiento, por la que se desprecia a sí mismo incluso más que antes. Pero allí está, su fama consolidada, su reputación a salvo, su música interpretada en muchas partes, miembro del Partido y de una élite de artistas que el Poder utiliza para promocionarse, para justificarse. Unos años después moriría, admirado por su país y el mundo musical, pero derrotado por el poder, quebrado en su conciencia, lo que expresaría al final de su vida en una serie de cuartetos desgarradores y tortuosos que expresarían mejor que cualquier biografía su tormento interior.</p><p>Barnes toca en esta novela el eterno problema de la tensión entre libertad artística y el poder estatal absoluto, y nos entrega un Shostakovich del que un crítico ha afirmado que parece antes inglés que ruso, dado a reflexiones irónicas y comedidas, llagadas por el temor, la culpa y el desprecio de sí mismo, es verdad, pero circunspectas y hasta serenas, con resignación de noble caballero, de profesor de Cambridge o de Oxford. Nadie podrá jamás saber cómo discurrieron las tormentas de su conciencia y mal haría cualquier interpretación al servirse de estereotipos o lugares comunes. Si uno se vale tan solo de la propia literatura rusa, empero, bien puede afirmarse que el Shostakovich de Barnes está lejos de Raskólnikov y es ciertamente ajeno al subsuelo del que ha brotado no poca literatura de aquella parte del mundo. Barnes deja al lector el juicio moral a un compositor que tuvo que traicionar su conciencia para sobrevivir y crear una de las obras musicales más notables del siglo veinte, admirada por algunos, considerada mediocre por otros. Bien puede la música pertenecer a otro orden que el simbólico o el racional, Shostakovich no pudo evitar que se vieran en su obra luchas de clases o irónicos desplantes al poder, según la interpretación al gusto. Su caso y su obra han sido debatidos <em>ad infinitum</em>, siempre asumiendo que la música permite dichas lecturas, traduce realidades que le son ajenas o distantes. La disputa hermenéutica quizá no tiene solución o final. Pero el Shostakovich de Barnes parece volver a los orígenes sagrados de la música, a su pureza elemental y trasracional, a aquel espacio impoluto desde donde surge la creación más elevada, la que tramonta los ardores ideológicos o políticos de su época, la que hará olvidar sus tormentos, cobardías y humillaciones. La que acuerda con la armonía de las esferas y la música del espíritu. </p><p>La novela de Barnes comienza y finaliza con la misma escena, un detalle poético conmovedor que enmarca con simple belleza la reflexión lírica de la novela. Shostakovich viaja en tren con un amigo, el cual se detiene en alguna estación distante, en medio de la vasta geografía de Rusia. Por el andén se mueve un mendigo, un veterano de guerra al que han amputado las piernas en la Gran Guerra, quien canta canciones algo obscenas para agradar a los viajeros e incitarles a darle unas monedas. Dimitri y su amigo le muestran la botella de vodka que llevan y el mendigo accede a beber con ellos, por lo que se apean premunidos de unos vasos, que llenan, pero en diferente medida. Al chocarlos para brindar, la diferencia en las medidas de vodka producen una armonía, que el fino oído de Shostakovich capta al instante, y así lo refiere. Una armonía de vasos de vodka en un andén olvidado, y brindando con quien lo ha perdido todo, menos la voz para cantar, beber vodka y pedir monedas para sobrevivir. Barnes quiere decirnos, con la voz de un Shostakovich trágico, atormentado y, a pesar de todo, puro, que la música es símbolo del universo y está en todas partes, cualesquiera que fueran los avatares del poder, la miseria humana y las desgracias de la existencia, más allá del ruido del tiempo, de la historia, de las contingencias y pérdidas. Piensa Shostakovich: "¿Qué podría oponerse al ruido del tiempo? Sólo esa música que llevamos dentro –—a música de nuestro ser, que algunos transforman en auténtica música. Que, a lo largo de las décadas, si es lo suficientemente fuerte y auténtica y pura para acallar el ruido del tiempo, se transforma en el susurro de la historia. A esto se aferraba él". Un hermoso final para una bella novela en la que la esencia del arte se sitúa más allá del miedo, la culpa y el dolor. </p><p><em>*Frans van den Broek es crítico literario.</em></p><p><strong>Frans van den Broek </strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jun 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Frans van den Broek]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘El ruido del tiempo’, de Julian Barnes]]></media:title>
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      <title><![CDATA[‘Poemas pequeñoburgueses’, de Juan Bonilla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/poemas-pequenoburgueses-juan-bonilla_1_1127830.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/eddebd09-1d7d-46e3-95f1-389f1a56f20a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Poemas pequeñoburgueses’, de Juan Bonilla"></p><p><strong>Poemas pequeñoburgueses</strong></p><p><strong>Juan BonillaRenacimientoSevilla2016</strong></p><p>Para quienes estén familiarizados con la poesía de<strong> Juan Bonilla</strong>, puede que <em>Poemas pequeñoburgueses </em>no vaya a suponer una gran novedad. O sí. Digamos que se pueden rastrear las constantes vitales del poeta en esta nueva entrega: ironía, descreimiento, puesta en solfa y en cuestión de la realidad, nihilismo optimista… Sin embargo, el relato que subyace en estos nuevos poemas se nutre de la novedad que supone escribir desde la atalaya del medio siglo recién cumplido, desde un bagaje vital que varía de forma significativa la voz y el tono de sus anteriores libros de poesía, y que instala al poeta en un estado de gracia y madurez poética envidiables. </p><p>Al contrario de lo que cabría suponer, el personaje poético cincuentón que protagoniza este poemario cuenta con pocas certezas y mucha perplejidad; en el debe de la vida se dan cita más incertidumbres que verdades graníticas en el haber, a pesar de la experiencia acumulada. Así pues, lo único seguro al cabo de todo este tiempo es ese estado de zozobra, de duda, de inquietante fluir. O, parafraseando el arranque del apartado titulado "Filosofía" de su poema "Apuntes de Bachillerato": "No hay verdad alguna en la realidad. / Eso quiere decir que hay, al menos, una verdad: / que no hay verdad alguna en la realidad. / Pero entonces habría otra verdad: / la verdad de que sólo hay la verdad de que no hay verdad alguna en la realidad…". Y así hasta el infinito, hacia el absurdo de la humorada de los silogismos filosóficos, que es lo mismo que decir de la vida. </p><p>Habitar esa nada cuando se tiene cierta edad —y conciencia de ello— debe de resultar bastante desasosegante. Entonces el personaje poético se agarra al clavo ardiendo del humor, de la ironía, como apuntábamos al principio —una de las marcas registradas de la casa—, porque desde el distanciamiento que proporciona este recurso se entiende mejor lo que sucede —o, al menos, se siente uno menos abandonado—; o, cuando el poeta se pone más serio, se refugia en una de esas burbujas de oxígeno que deja el devenir asfixiante de la vida —de la conciencia, otra vez—, "uno de esos paréntesis / en que se nos devuelve al Paraíso", según reza el final del poema llamado precisamente "Paréntesis". </p><p>En estos <em>Poemas pequeñoburgueses</em> ese Paraíso se identifica fácilmente con la infancia, con los partidos de fútbol en blanco y negro, con los tebeos, con el chicle Cosmos, con los columpios, con la voz de la madre muerta convocando al personaje poético a la cita obligada con la merienda —"Por regresar", por ejemplo—. Y es aquí donde quizá hallamos la novedad más destacable de este poemario, el tono elegíaco que asalta al lector a lo largo de él. En cualquier caso, la memoria de la infancia y de la adolescencia en la poesía de Juan Bonilla no se halla edulcorada, mitificada. En este sentido, el extenso poema central del libro, "El día de regalo —Borrador de un poema—", supone un contrapunto necesario a esa mirada nostálgica, aparte de convertirse en uno de los hallazgos más destacados de este último poemario del escritor jerezano. Y no desvelo nada más sobre este texto, porque correría el riesgo de privar al lector que aún no se haya acercado a este libro del placer de leer una joya de varios quilates. </p><p>Ya que estamos descubriendo los tesoros que guarda <em>Poemas pequeñoburgueses</em>, no querría dejar de lado otro de los poemas esenciales del poemario, "La secta de los viles". Alejado de la temática anterior, en el diálogo necesario entre pasado y presente que es la vida, el personaje poético se plantea su identidad social acompañado del poeta ruso <strong>Maiakovski</strong>, protagonista de su novela <em>Prohibido entrar sin pantalones</em>. A pesar de la admiración hacia el maestro, se le contradice en un relato que reivindica la trascendencia histórica de la normalidad ajena a la épica de los hombres de vidas extraordinarias. En la misma línea, el poemario se alimenta aquí y allá de momentos que cantan la potencia significativa de las pequeñas cosas para ofrecer un sentido a la existencia —"Beberse un árbol", por ejemplo—, al tiempo que confieren una carga emocional nada desdeñable, pero también nada sensiblera.</p><p>A propósito de esto último y para ir concluyendo, habría que destacar que el oficio poético demostrado por Juan Bonilla en estos <em>Poemas pequeñoburgueses</em> lo salva de los peligros de caer en lo melodramático o en el chiste fácil. Al mismo tiempo, evita que el poema desbarre hacia la sobreactuación o hacia el retoricismo aullador, confiriendo al discurso una limpieza y una contención que el lector agradece y que, por otra parte, contribuye a la eficacia de todos y cada uno de los poemas de este libro. </p><p>Bienvenidos, en fin, a todo un festín literario que, a pesar de las sombras y del pesimismo que proyecta, nos va a dejar buen cuerpo y una media sonrisa desconcertante; como la vida misma.</p><p>*<strong>Juan Carlos Sierra</strong><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a>es profesor de Literatura.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jun 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Carlos Sierra]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Poemas pequeñoburgueses’, de Juan Bonilla]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Poesía,Los diablos azules número 22]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘El azar y viceversa’, de Felipe Benítez Reyes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/azar-viceversa-felipe-benitez-reyes_1_1127827.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f912538b-aab7-4850-acdb-f2acd7a0027d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘El azar y viceversa’, de Felipe Benítez Reyes"></p><p><strong>El azar y viceversa</strong></p><p><strong>Felipe Benítez ReyesDestinoBarcelona2016</strong></p><p>El paso del tiempo, el instinto de supervivencia, la identidad y el tiempo protagonizan <em>El azar y viceversa</em> (Destino), la nueva novela de <strong>Felipe Benítez Reyes</strong> que venía fraguando desde siete años atrás, con un discurso narrativo que viene a coincidir con la propia geografía vital del autor, la que le lleva de Rota a Cádiz y a Sevilla, como el viaje iniciático que él mismo emprendió en sus días de estudiante y que presumiblemente le ancló a aquel territorio que <strong>Fernando Villalón</strong> definió de forma lucida pero inexplicablemente controvertida: “El mundo se divide en dos partes, Sevilla y Cádiz”.</p><p>“Cádiz –describe brevemente-- era una ciudad estadísticamente pobre, pero la gente tiraba a la basura muchas cosas: butacones y sofás, comedores y dormitorios, percheros y sillas, cómodas y consolas”. O, mucho después: “Sevilla me resultó tan laberíntica como Cádiz, pero de otra manera: menos lineal, más barroca, más inabarcable, más bulliciosa, más exhibicionista y menos homogénea”.</p><p>La novela también establece una suerte de carrera de relevos que llevaría desde la picaresca tradicional al Max Estrella de <em>Luces de bohemia</em>, con un cierto acento de novela bizantina, en la que asistimos a la peregrinación vital de su principal personaje, un pelirrojo llamado Antonio Jesús Escribano Rangel. Sus venturas y desventuras transcurren en esos mismos espacios, en etapas históricas que se corresponden, año más o año menos, con las que vivió el propio escritor. Como la vida misma, el relato está trenzado de sonrisas y lágrimas, en clave de comedia o en clave de drama. Asistimos en estas páginas a las idas y venidas de un buscavidas al que vamos a conocer con diferentes nombres: Antoñito, Antonio, el Rányer, Padilla, Jesús o quizá Toni, tal vez un <strong>Sigmund Freud</strong> pasado por el Lazarillo, como él mismo llega a definirse, aunque encierre también el alma imbatible de los héroes juveniles de <strong>Charles Dickens</strong>.</p><p>Quizá esas duplicidades estriban en que todos encerramos en nuestro fuero interno varias personalidades, sin alcanzar necesariamente el don de la esquizofrenia: “No sé si estará usted de acuerdo conmigo –escribe Felipe Benítez nada más abrir el libro—, pero creo que todos llevamos una triple vida, sustentada en tres pilares: lo que creemos ser, lo que quisiéramos ser y lo que en verdad somos. La mezcla de los tres elementos suele resultar bastante mala, aunque conviene mostrarse optimista y hacerse cuanto antes a la idea de equilibrar de la menor manera posible esa conjugación desconcertante”. Bajo semejante premisa, a lo largo de su aventura biográfica, Antonio como se llame "conocerá los caprichos de la buenaventura y de las adversidades, las quimeras cumplidas y los ensueños malogrados, la deriva y el rumbo”.</p><p>Atención a los personajes secundarios, con sus excelentes retratos al natural. Yanquis de la base y tragaldabas diputados autonómicos, comerciantes y camellos, poetas de barra de bar, mujeres religiosas, macarras de Iron Maiden, fugitivos del Grapo, libros Cádiz en la calle Cardenal Zapata –donde la tertulia de Marejada—, Tiresias libertarios que vienen del Hades, el garito donde se celebra a raudales la muerte de <strong>Franco</strong>; contrabandistas de tabaco de Gibraltar, Grimaldis de origen genovés, gitanos de la cabra o los <strong>Bakunin </strong>que se llaman Cupido entre cobistas aflamencados que desfilan por un texto que también frecuentan personajes a los que no será difícil identificar con las identidades reales de <strong>Rafael de Cózar</strong>, con quien tanto seguimos queriendo, <strong>Jesús Fernández Palacios</strong>, <strong>José Ramón Ripoll</strong> o<strong> Rafael Adolfo Téllez</strong>, enfrentado a un poetastro en la nocturnidad y alevosía de La Carbonería sevillana.</p><p>En esos tiempos todos que desembocan lógicamente en los de ahora, “llenos de oportunistas disfrazados de redentores”, asistimos a la transfiguración del país y de sus vividores. La política, sin embargo, sólo aparece de refilón, bajo una España en la que persiste el fantasma remoto de la Guerra Civil y una atmósfera gris, a veces claustrofóbica.</p><p>Así, el <em>prota</em> nace en una Rota que ya había canjeado como cuesta de cristal los huertos, el melón y la calabaza de <strong>Rafael Alberti</strong> por los acuerdos bilaterales con Estados Unidos y una base que no sólo fabricaría Polaris y policías navales para la VI Flota, sino música de <em>rock and roll</em> a través de su emisora, güisquerías y licencias de taxi como si Mr. Marshall hubiera venido hasta allí con un taxímetro bajo el brazo:</p><p><em>"(…) Mi padre nunca se sacó el carnet de conducir, pero fantaseaba con comprarse algún día un Dodge Dart de color rojo y tenía recortada la página de una revista en la que se anunciaba un Dodge Dart de color azul. El día en que se lo llevó por delante la leucemia, la casa se nos llenó de allegados y de susurros reverenciales, como si hablasen delante de un dormido. Por falta de experiencia fúnebre, yo no sabía qué hacer, y conservo en la memoria un detalle chocante: el ataúd tenía la misma tonalidad y el mismo brillo que nuestro mueble bar.</em></p><p><em>Mi madre, Herminia Rangel Riquelme, montó al poco de casarse una mercería a la que bautizó El Dedal de Oro, imagino que para sugerir el prestigio de las cosas que fulguran, pero no pudo resistir la competencia de El Hilo de Holanda y acabó echando el cierre cuando las cuentas sólo podían escribirse en rojo de sangre, igual que los créditos de las películas de vampiros, lo que tuvo como consecuencia el que durante años nuestra casa fuese un almacén de mercadurías inertes, pues abrías cualquier cajón y te lo encontrabas repleto de carretes de hilo, de muestrarios de botonaduras y de alfileres de novia. Poco a poco, aquellos enseres fueron desapareciendo, en parte porque mi madre cosió durante un tiempo para la calle y en parte porque los regalaba a quien se los pidiese, ya que ella fue muy de dar lo que pudiera, incluida ella misma.A los pocos meses del cierre de El Dedal de Oro, el 25 de enero de 1958, en el 3º izquierda del número 14 de la calle Progreso, en Rota, provincia de Cádiz, a las cinco y diez de la madrugada, nací yo, Antonio Jesús Escribano Rangel. En mayo de 1962, mi madre tuvo una niña medio muerta que murió a la edad de cuatro días".</em></p><p>Claro que su progenitora acabará liada con oficiales o soldados de la base y él crecerá a la sombra de un tío detestable que llegará a convertirse naturalmente en concejal, gracias a la fortuna que amasara durante la dictadura. Él comenzará ejerciendo como camarero de la Base pero termina a mitad de camino entre haragán mantenido y postulante a una administración de loterías. Entre el callejero de Cádiz –de Feduchy a Sagasta y el Callejón del Tinte, hasta el Palacio del Moro en Sevilla—, hay muchos bares y muchos motes –El Fiti, tan quiñonesco, El Tunecino, El Seneca— a lo largo de esta novela que sigue a su celebrado <em>Mercado de espejismos</em>, con la que Felipe Benítez ganó el premio Nadal en 2007. Desde entonces, habíamos conocido nuevos relatos, versos, <em>post </em>de Facebook y artículos, o títulos como <em>Cada cual y lo extraño</em>, <em>Las identidades</em> y <em>Vidas improbables</em>.</p><p>¿Qué hay de la Rota infantil de Antonio en la Rota del niño Felipe Benítez?: “Con quince años conocíamos a <strong>Jimmi Hendrix,</strong> Creedence Clearwater, Deep Purple, Led Zeppelin… --escribe este músico de <em>blues—</em>. Después los soldados y los oficiales norteamericanos viajaban con todas sus pertenencias a cuestas, desde los coches a los muebles. Las calles de un pueblo pequeño, pesquero y marinero, se llenaban de Chevrolets, Plymouths… Íbamos al pueblo de al lado y todos los coches nos parecían ridículos. El primer restaurante chino de España se abrió en Rota y había lavanderías como las de las películas. Y después había muchos bares de alterne con camareras que venían desde cualquier lugar del mundo. Era un ambiente muy peculiar en aquella España, abierto pero muy artificial, como de pueblo invadido”.</p><p>Sirve Antonio, o como se llame en cada momento de la novela a numerosos monipodios y establece, como brújula vital, su propia ley y su propia trampa, a partir de sus trece años de <em>Rinconete y Cortadillo</em>, una inocencia que empieza a perder entre sinsabores tempranos, porros, tripis y amores de juventud, cuando la vida y la Transición democrática prometían mejores horizontes que los que terminaron logrando: "Cualquier vida –leemos es la historia mal contada de alguien que da tumbos en un laberinto trazado por un demente, sin saber que el demente es él. Cualquier existencia es un acertijo sin solución posible, pues la solución del acertijo es el acertijo mismo".</p><p>Premio de la Crítica y Premio Nacional de Literatura, Felipe Benítez Reyes debutó en el ámbito de la novela con <em>Humo </em>(Premio Ateneo de Sevilla en 1995), a la que siguieron <em>La propiedad del paraíso</em>, <em>El novio del mundo </em>y <em>El pensamiento de los monstruos</em>. Su obra poética, desde <em>Paraíso manuscrito</em>, está reunida en el volumen titulado <em>Trama de niebla</em>. Sus libros han sido traducidos y publicados en Francia, Italia, Rusia, Rumania, Portugal y Estados Unidos, pero él sigue residiendo o resistiendo en casa, con el telón de fondo de un Cádiz del que se resiste a huir.</p><p>Menesteroso y caradura, así es el perfil de su protagonista. Camaleónico, como los años que le ha tocado vivir, en donde la postmodernidad nos cambió las trenkas por las hombreras y luego, cuando nos creímos ricos de <em>nativitate </em>por los pelotazos pequeños, medianos o gigantescos, cambiamos por la arruga es bella, el diseño y los gastrobares. <em>El azar y viceversa</em> es un claro homenaje al trapicheo, a la economía sumergida que es la principal industria del país. Y lo fue siempre, desde el Imperio en el que no se ponía el sol hasta los días presentes en donde parece que no se ponen nunca las noticias sobre corrupción. A menos garantías sociales, ha declarado, más buscavidas. No hay moralina ni hipocresía al uso: es preferible buscar la vida que la muerte. Si el Estado no protege, el ser humano crea su propia ley.  </p><p>En estas páginas, el crimen no es de cuello blanco y de picos pardos, el que alentaba detrás de cada fortuna según <strong>Honoré de Balzac</strong>. Se trata, en todo caso, de delincuentes comunes y corrientes, apenas pícaros con más necesidades que ambiciones.  Por esta obra, cruzan sobre todo sobrevivientes que, lejos de los <em>papeles de Panamá</em>, persiguen tan sólo llegar a fin de mes o al fin del día, una epopeya trenzada de la vida misma, desde la utopía a la crisis, mecida toda ella por la chichimona del azar, un dios caprichoso que, a decir de Felipe Beniíez, gobierna nuestras horas.</p><p>Como tantos otros coetáneos, el protagonista de <em>El azar y viceversa</em> ha sobrevivido ejerciendo el arte del camuflaje. Hay destellos de heroísmo y la larga sombra del ridículo, tiritando sobre un inexplicable optimismo que Antonio se empeña en exhibir con una vitalidad contagiosa. Esta novela se levanta sin embargo sobre las cenizas de su anecdotario. No es una concatenación de sucedidos, aunque también lo sea. Su magia última se basa en el estilo y en el lenguaje que, en realidad, constituyen el núcleo duro de su contenido y de su continente. De ahí que Felipe Benítez haya tardado varios años en escribirla, sobreponiéndose a la tentación comercial de aprovechar el tirón mediático del Premio Nadal para matricularse en la apetitosa academia de los <em>bestsellers</em>.</p><p>Es una obra abierta porque satisface por igual a quienes busquen una historia bien contada y aquellos otros que también intuyan parte de la formidable tramoya literaria que sustenta su argumento: la perspectiva de lo que narra, por ejemplo, cambia en la misma media que muda su narrador. La autobiografía sólo aparece de soslayo, como ráfagas de realidad, o quizá como el deseo de otro yo que esconde Felipe Benítez Reyes en sus silenciosas fantasías personales: “Quien escribe sobre sí mismo –alerta— está levantando, en definitiva, su propia estatua”. El humor, eso sí, es un maquillaje a la tristeza que en el fondo envuelve a toda esta historia, aunque el lector menos avisado quizá no lo note. Detrás de la carcajada, acecha el pensamiento. Detrás de la ironía, alienta una idea. La memoria es un <em>joker</em>. Tengan cuidado. Es un serio aviso.</p><p><em>*Juan José Téllez es escritor. Su último libro es </em><strong>Juan José Téllez</strong><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-paco-de-lucia-el-hijo-de-la-portuguesa/190548" target="_blank">Paco de Lucía. El hijo de la portuguesa</a><em> (Planeta, 2015).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jun 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan José Téllez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘El azar y viceversa’, de Felipe Benítez Reyes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Novela,Los diablos azules número 22]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[‘Biografía de nadie’, de Juan Manuel Roca]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/biografia-nadie-juan-manuel-roca_1_1127823.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f8f77fef-ad8b-4a32-b86c-6eeac37f8487_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Biografía de nadie’, de Juan Manuel Roca"></p><p><strong>Biografía de Nadie</strong></p><p><strong>Juan Manuel RocaVisorMadrid2016</strong></p><p>En la editorial Visor acaba de aparecer la antología personal del colombiano <strong>Juan Manuel Roca</strong>, <em>Biografía de Nadie</em>, con un detallado prólogo de <strong>Luis García Montero</strong>.</p><p>Desde su libro <em>Luna de ciegos </em>(1975) se notaba en la poesía de Roca una levedad y una suavidad rítmica, un trazo de imágenes delicado y diáfano, pero donde los contenidos escondían una zona sombría: se entraba ya a una región de oscuridad, de noche, de sombra, de apariencias, de sueño, de locura, de dobles, de desdoblamientos, de disfraces y máscaras de ahora y de los siglos... Si habría otro oficio al que Roca le hubiera gustado consagrarse es el de pintor y el otro arte que ha dejado profundas marcas en su poesía es la pintura. En alguna dirección, su obra poética es una suerte de galería donde las imágenes de los cuadros están en movimiento. En esa galería hallamos numerosos cuadros vivamente imaginativos donde las figuras nos cuentan las historias. Es difícil hallar en la actual poesía de lengua española un poeta con tantos poemas que a la vista parecen revelados por la gracia. </p><p>En otra vía su obra puede verse como la escritura de sueños o volverse el sueño de la escritura. Entre las imágenes que el insomne crea y las que crea sin saberlo el que sueña, Roca está más cerca del último. En ese escenario de apariencias y sueños en el gran teatro del mundo, Roca podría reconocerse en personajes creados por él mismo como “el fabricante de espejos”, o nombrarse “Ciudadano de la noche” o “Nadie”, u ocasionalmente “Johannes el nocturno”, o trazarse como un ángel contrahecho y sin rostro. Pero debe tenerse cuidado con los puntos de vista: en numerosos poemas es difícil distinguir entre el yo y el él, los nosotros y los otros, y aun hay libros, como en los libros <em>Monólogos </em>y<em> Testamentos</em>, donde el otro o los otros se imponen con amplitud a la primera persona.</p><p>Nacido en 1946 en Medellín, Colombia, Roca se ha sentido desde siempre profundamente atraído por la oscuridad. En un ensayo, “<strong>Borges</strong> y la noche”, muestra lo hondamente que el argentino lo ha imanado: está no sólo como personaje en sus poemas, sino ha dejado su sello en lenguaje y temas, sobre todo en su prosa, y de forma más marcada en cuentos como “El diálogo de las antípodas”, que es la manera contrastada de ver el mundo de dos detallados pero mediocres estudiosos: uno, apegado al misticismo, otro en su condición de satanista; al final los extremos acaban tocándose. Como en Borges, en una buena parte de las imágenes y metáforas de Roca vienen de la noche o de lo que se relaciona con ella. “En la noche —escribe Roca— la ciudad y los personajes se enfantasman más. Nadie y Ninguno la recorren como poseedores de su Reino”. El señor Nadie recorre la ciudad en noches que le pertenecen.</p><p>Si hay un personaje que se encuentra en la obra de Roca es Nadie. ¿Nadie o nadie? A fin de cuenta, Ulises, “fértil en recursos”, en el canto IX de la <em>Odisea </em>se nombra Nadie para embaucar al cíclope, lo cual es una astucia para <em>desaparecer</em>; por otros recorridos Roca, en sus juegos de hipótesis, <em>desaparece </em>él mismo o hace <em>desaparecer </em>el mundo: Nadie se convierte en Juan Manuel Roca o Nadie se convierte en todos los que en su total inmovilidad –en una imagen que parecería tomada de los eleatas- no tienen linaje ni descendencia, ni pertenecen a oriente ni a occidente. Nadie habita en la tierra de nadie. Es pariente de Ninguno, lejano de Alguien, pariente de fantasmas, portaestandarte “de las batallas de la nada”. Nadie es aquél que escribe o pinta todo lo que <em>no es creyendo que es</em>. Está en la negación de su yo, en la sombra de su sombra, en el vacío del sueño.  Siguiendo con inteligencia e imaginación las huellas de Nadie, Luis García Montero, en el ensayo que abre el libro, hace y deshace los caminos para contarnos la biografía de quien nunca sabemos ni sabremos bien a bien quién es, pero que nos deja acompañarlo por un mundo habitado por fantasmas y desconocidos y donde la realidad sólo es dable conocerla a través de las sombras y la niebla.</p><p>Juan Manuel Roca es uno de los poetas mayores de nuestra lengua. Una viva muestra de ello es esta admirable antología personal.</p><p><em>*Marco Antonio Campos es uno de los maestros de la poesía mexicana. Su último libro es </em><strong>Marco Antonio Campos</strong><a href="http://www.visor-libros.com/tienda/novedades/de-lo-poco-de-vida.html" target="_blank">De lo poco de vida</a><em> (Visor, 2016).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jun 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marco Antonio Campos]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Biografía de nadie’, de Juan Manuel Roca]]></media:title>
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      <title><![CDATA[El viejo que escribe]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/viejo-escribe_1_1127819.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5b6d8110-d958-47f2-9b5e-0d0d8b52416c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El viejo que escribe"></p><p><em>(Inicia el cuento José María Merino)</em><strong>José María Merino</strong></p><p>Se habían trasladado poco tiempo antes a aquella urbanización y tanto Lola como Pablo se sentían muy satisfechos. La casa, de dos plantas, estaba adosada a otras similares, y el conjunto formaba un enorme cuadrado en cuyo interior había dos pistas de tenis, una gran piscina y otros espacios. Además, el colegio de los niños quedaba bastante cerca. </p><p>En el coche, Lola tardaba lo mismo que antes en llegar al hospital. En cuanto a Pablo, sentía la modificación de sus traslados a la oficina como un inefable regalo que le hacía vivir las rutinas diarias con una disposición más jubilosa de lo que era su costumbre: en ir de casa a la estación del tren de cercanías empleaba apenas ocho minutos andando, luego menos de veinte en llegar a su destino, y por fin otros ocho o diez, también andando, en alcanzar el edificio de la compañía. Resultaba así que el haberse alejado del centro de la capital no solo no había complicado su vida, sino todo lo contrario...</p><p>Tardó casi una semana en descubrir a aquel viejo. Había advertido su presencia, pero sin que la percepción se materializase con claridad en su conocimiento. El viejo estaba en la cafetería que remataba el final de la avenida. El día en que racionalizó la difusa visión, pudo comprender en su breve pasar que el viejo se encontraba sentado ante la mesa más cercana a la gran cristalera, con un vaso de líquido ambarino a su lado, y que parecía muy afanado en pulsar el teclado de un ordenador portátil. Le sorprendió como una graciosa casualidad que, a su vuelta del trabajo, nueve horas más tarde, el viejo continuase allí, absorto ante su portátil en la misma actitud ensimismada, de incansable tecleo, y también con un vaso de líquido ambarino a su derecha.</p><p>“Parece que está escribiendo”, pensó.</p><p>En los días sucesivos pudo comprobar que el viejo estaba siempre allí, atareado frente a su ordenador y con el vaso al lado, por la mañana y por la tarde, e incluso por la noche, como llegó a constatar cuando salió de casa con el pretexto de comprar algo en una farmacia que permanecía abierta todo el día, aunque la verdadera razón fuese conocer si persistía a aquellas horas la figura de aquel viejo entregado a su embebida tarea.</p><p>Mas aquella vez la visión no le pareció divertida, sino inquietante. Aquel tipo, bastante calvo, de pelo y barbas blancas, ofrecía una peculiar inmovilidad, y solo por los movimientos de sus manos en el teclado podía suponerse que no se trataba de una de esas estatuas que cierto realismo acaba insertando en algunos espacios cotidianos, pues hasta sus ropas tenían un color oscuro, más mineral que textil.</p><p>Pablo se detuvo durante un rato para observar al afanoso escritor. De repente, el viejo detuvo su tarea, levantó la cabeza y lo miró. Sobre la barba blanca, sus ojos, acompasados a una mueca del rostro severa e inquisitiva, presentaron una singular fijeza penetrante. </p><p>Pablo sintió aquella mirada como una punzada y echó a andar al momento, pero el efecto de los ojos incisivos del viejo, que parecían completar el enigma de su permanente presencia en el café y de su misteriosa tarea ante el teclado, lo había desazonado tanto que le pareció que el panorama de edificios, que en los últimos tiempos se presentaba ante él como el escenario plácido de un acertado cambio de domicilio, modificaba sutilmente su aspecto para ofrecer la ominosa inconsistencia que había acabado mostrándole el entorno de su residencia anterior, y que estructuras y puertas, jardincillos y farolas, sombras y luces, tenían más que ver con la experiencia de los sueños adversos que con la de la vigilia.</p><p><em>(Continúa Jesús Ortega)</em><strong>Jesús Ortega</strong></p><p>A la mañana siguiente, Pablo trató de no pensar en aquel viejo y en su inquietante mirada. Se dijo que debía recuperar la plácida satisfacción de los primeros días, cuando el mundo parecía un soleado abrazo, un mecanismo equilibrado y perfecto en el que cada cosa ocupaba el lugar que le correspondía. Para tranquilizarse se concentró en las recién inauguradas rutinas de la urbanización: el siseo de los aspersores que comenzaban a regar el césped poco antes del amanecer, las toses y explosiones de la vieja moto del repartidor de periódicos, el beso de despedida que Lola le lanzaba con la punta de los dedos desde la ventanilla del coche, el largo timbrazo tímido de la asistenta que venía para encargarse de los niños, el paseo hasta la estación con el primer sol dándole en el rostro, la hilera de casas simétricas y relucientes, las aceras impolutas, las zonas de juegos infantiles a la espera de ser estrenadas.</p><p>Todo parecía en su sitio. Sin embargo, no pudo evitar pensar que su percepción de cuanto le rodeaba se había tintado de un leve desasosiego, de un halo borroso que desenfocaba los contornos. Nada preocupante, se dijo, nada que no pudiera desaparecer al adentrarse en la mañana.</p><p>Para rehuir el encuentro con el viejo decidió dar un rodeo y alcanzar la estación de tren por el lado contrario, orillando la larga avenida arbolada. El cambio de dirección duplicó los minutos del paseo, y esa pequeña alteración en el tiempo pareció afectar a todo el mecanismo. Vislumbró el andén cuando el tren se marchaba y tuvo que esperar casi media hora hasta que apareciese el siguiente. Eso lo hizo llegar tarde a la oficina, y se sorprendió a sí mismo inventando una excusa para hacer frente a las primeras bromas sobre su inusual tardanza. Como no quería contar nada del viejo ni de su íntimo desasosiego, porque le parecía absurdo, se inventó que había tomado uno de los dos coches de la familia y que un atasco lo había obligado a retrasarse. Aquella mentira lo hizo sentir desamparado. Para seguir manteniéndola a lo largo de la jornada, tuvo que mentir varias veces más. Por la tarde, a la salida del trabajo, alguien le pidió ir con él en el coche, y de nuevo volvió a mentir para deshacerse de la molesta compañía. </p><p>En el tren que lo traía de regreso estuvo rumiando sombríamente lo estúpido de su comportamiento. Al echar a andar desde la estación volvió a dar el mismo rodeo, pero debió de extraviarse aún más porque se adentraba por calles desconocidas. Le resultaba extraño que no hubiese nadie en las aceras, solo coches aparcados; apenas algunas ventanas encendidas indicaban algún rastro de vida en los edificios. Un perro cruzó con paso torcido a unos metros de distancia y se le quedó mirando, magullado y acezante, en mitad de la acera, antes de refugiarse entre los coches aparcados. Pablo pensó que el perro acababa de ser atropellado y aquel pensamiento no lo llenó de compasión sino de inquietud. Casi al lado descubrió a un somnoliento vecino que regaba con una manguera las plantas de un arriate; parecía no haber reparado en él ni en el perro, pues miraba con abstraída fijeza el caer del agua. Aún alcanzó a ver a otros vecinos igualmente solitarios y silenciosos, varados en los jardines, como si el tiempo se hubiese detenido en aquella parte del mundo.</p><p>De vuelta a casa discutió con Lola por no saber explicar su tardanza. Después de la cena la hija mayor se hizo un corte en el dedo índice con uno de los cuchillos de la cocina, y brotó tanta sangre y le entró tanto miedo que tuvieron que llevarla a urgencias en uno de los dos coches de la familia, precisamente el mismo que había protagonizado las mentiras de la oficina.</p><p>Por la mañana, Pablo llamó a la compañía para anunciar que tenía unas décimas de fiebre y que no iría a trabajar. Echó a andar por la avenida dispuesto a encontrarse cara a cara con el viejo que tecleaba incansable junto al ventanal de la cafetería. Se le había metido en la cabeza que todo lo que le estaba sucediendo tenía que ver, de un modo insidioso e inexplicable, con el viejo escritor. </p><p><em>(Continuará Manuel Vilas)</em><strong>Manuel Vilas</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jun 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José María Merino / Jesús Ortega]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El viejo que escribe]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Narrativa,Los diablos azules número 22]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Materia del asombro’]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/materia-asombro_1_1127814.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/89d8138f-73eb-46d4-9776-78c5810882bf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Materia del asombro’"></p><p>"¡Luz! Me invade / Todo mi ser. ¡Asombro!". Luz y asombro están en el inicio del cántico guilleniano. Con luz y asombro cierra este libro su acendrada composición (no sé si en el léxico de nuestros poetas actuales aún pervive el verbo <em>componer</em>, o ha sido desterrado por falta de uso), su cuidada armonía.</p><p>"Materia del asombro, da tu luz a mis ojos". La elección del poema “Materia del asombro” (<a href="http://www.hiperion.com/index.php/libreria/poesia-hiperion/materia-del-asombro-detail" target="_blank">que da título al libro</a>) para cerrar esta antología, es el acorde final de una bien orquestada disposición poética por parte del antólogo, es decir, el compositor, al reunir este conjunto de voces que componen la voz única, personal e irrepetible, del poeta <strong>Jesús Munárriz</strong>.</p><p>En la contraportada se nos dice que este libro es un regalo que ha querido hacer <strong>Francisco Javier Irazoki</strong> a su paisano y amigo Jesús Munárriz al cumplir éste los 75 años. No niego que así sea, pero afirmo también que ese regalo lo es para quien leyere, tanto si ya conoce la obra del poeta, como si tiene el placer de descubrirla en esta antología. Y no sólo porque incluye poemas de libros inéditos, sino porque la composición del libro, al establecer nuevos vínculos entre los poemas, arroja una distinta luz que propicia una lectura nueva. Porque ahí está la clave de este libro: en la composición. </p><p>Movido el antólogo por propia iniciativa (así lo afirma en la nota inicial) y, suponemos, por el solo criterio de su gusto lector, que es acaso el más válido de todos, armoniza y ordena estos 75 poemas (tantos como los años del poeta) a la manera de una sinfonía en seis movimientos, en el que cada uno desarrolla un tema. Es decir, que no sigue el criterio cronológico que suelen seguir las antologías al uso, sino que responde a un deseo de dar cuenta y razón de una manera libre, personal y fértil, de estar en las palabras, regalándonos un cuerpo vivo en su complejo modo de vivir, con la clara conciencia de su lugar en el mundo y la poesía.</p><p>Todos los poemas son contemporáneos, porque los mueve un mismo afán. Aunque hablen de momentos históricos distintos, tanto personal como colectivamente, y aunque esos momentos sean oscuros, esperanzados, turbulentos, luminosos, ásperos, delicados, los poemas que verifican lo vivido, cumplen la machadiana exigencia de estar a la altura de las circunstancias. </p><p>Eso es lo que nos brinda este concierto. Una poesía de la claridad, de llamar a las cosas por su nombre, ya sea el impulso que le lleva a sentarse ante el papel en blanco la indignación, la duda, la amistad, el sosiego, la sangre del crepúsculo, el arrebato frente a la injusticia, la muerte de un amigo, las primeras alas libres de una hija, la pasión, la añagaza del deseo, la afirmación constante de la vida frente a quien la envilece, el porqué de esta magia menor. Porque como leemos en “Señales”, el poema que hace de obertura: "Todo es señal: la sombra del cerezo, / el rumor de la hiedra, la frigidez del arce, / la infantil sosería de la lima, / el manantial perfume de la menta, / todo es señal, todo es revelación. (…) Todo es señal, todo se nos revela. / Tratemos de entender tanta belleza". </p><p>Y el poeta es quien con su eficacia para aunar formalmente verdad y belleza nos ayuda a entender esas señales, quien con el modo en que ordena y dispone las palabras, levanta el velo de la realidad y nos ofrece "lo que se oculta y se insinúa, / lo que se encubre y se presiente". </p><p>Dar cuenta en 75 poemas de una obra tan rica y compleja (y dejo fuera al traductor, al editor, al cantautor…) es acaso imposible. Pero lo que hace posible Francisco Javier Irazoki, el amigo compositor de este regalo, es ofrecernos el fruto de su lectura selectiva (a la que sólo cabría oponer mis preferencias personales, que no vienen a cuento)  y cuyo mayor mérito estriba en la organización de los poemas, esa ya mencionada composición (perdón por la insistencia) que es la que hace de este libro un acontecimiento poético, por cuanto se diría que es un nuevo libro, hasta hoy inédito, en la amplia bibliografía de Jesús Munárriz.</p><p>Elección y composición que permiten apreciar una labor poética de limpios trazos y eficaz belleza, de velada transparencia (permítaseme el oxímoron), de firmeza y vigor en la pasión y la delicadeza, de verdad y señuelo, de compromiso y dulce abandonarse, de ironía y solidaridad, de escepticismo y entrega, que no rehúye ni el rigor formal ni la añagaza de la ligereza, sobria y desmelenada según lo pida el tema o la ocasión. </p><p>Y en la que quien se acerque a su lectura no se irá de vacío.</p><p><em>*Francisco Castaño es poeta. Su último libro es</em> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/05/27/una_mirada_que_compromete_francisco_castano_50293_1821.html" target="_blank">Una mirada que se compromete</a><em> (Hiperión, 2015). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jun 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Francisco Castaño]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Materia del asombro’]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Poesía,Los diablos azules número 22]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[“Lápices”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/lapices_1_1127809.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/759321db-0d8d-4cc0-9d59-5192d8a3672b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="“Lápices”"></p><p>Antonio Jiménez Millán lee su poema "Lápices".</p><p><strong>Lápices</strong></p><p>Y esta manía de escribir a lápiz,</p><p>artesanal y ajena</p><p>a los destellos del ordenador,</p><p>sugiere una memoria en blanco y negro</p><p>o la deriva sepia de las fotografías.</p><p>No es eficaz, lo sé,</p><p>pero va más allá de un simple hábito:</p><p>un gesto de paciencia que no esconde</p><p>las dudas, la pasión, los espejismos</p><p>del ritual y el lujo,</p><p>las palabras tachadas,</p><p>el sol ambiguo de la incertidumbre.</p><p>Los lápices se gastan y se gasta la vida.</p><p>Tal vez estoy hablando</p><p>de una infancia velada y a destiempo,</p><p>como un lejano borrador de sombras.</p><p>Poema inédito.</p><p>*antonio Jiménez Millán es poeta. Su último libro es <a href="http://www.visor-libros.com/tienda/clandestinidad-2004-2010.html" target="_blank"><em>Clandestinidad</em></a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a>(Visor, 2011).</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jun 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antonio Jiménez Millán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[“Lápices”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Poesía,Los diablos azules número 22]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Novelas a trazos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/novelas-trazos_1_1127788.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/99455188-1451-43c0-bd44-113c44ae7b9f_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Novelas a trazos"></p><p><em>Daniel Aubareda, responsable de la libería especializada Atom Cómics (Madrid), recomienda algunas de las novedades que más le han interesado en los últimos meses. </em> <strong>El ala rota </strong></p><p><strong> Antonio Altarriba y KimNorma EditorialBarcelona2016</strong></p><p>Tras narrar en <em>El arte de volar</em> (De Ponent) la biografía de su padre, y ante una sencilla pregunta de una lectora que echaba en falta un mayor desarrollo del personaje de la madre, <strong>Antonio Altarriba</strong> sintió la necesidad de contar la vida de su madre.</p><p><em>El ala rota</em> es una biografía, pero es mucho más. No solo visitaremos la España rural de los años veinte y treinta sino que descubriremos la historia de muchos vencedores de la Guerra Civil que acabaron derrotados: militares del bando nacional que nunca fueron franquistas, o simples ciudadanos que lucharon por unos valores no respetados en las postguerra. Asistiremos al comienzo del <em>boom </em>inmobiliario —el ladrillo español lleva años trabajando— y sentiremos la lucha permanente de mucha gente por vivir.</p><p><em>El ala rota </em>es un pedazo de historia de España, pero sobre todo es la historia de una mujer trabajadora en un país que puede llegar a ser muy cruel. Un relato directo y crudo pero tremendamente emotivo y sincero.</p><p><strong>IntrusosAdrian TomineSapristiBarcelona2016</strong></p><p><em>Intrusos</em></p><p>Una recopilación de diferentes historias sin aparente conexión entre ellos salvo la sensibilidad del autor. Diversos estilos narrativos y gráficos, múltiples tonos pero siempre una falsamente aparente sencillez es su ejecución. <strong>Tomine </strong>demuestra aquí por qué es uno de los autores más valorados en la intelectualidad comiquera norteamericana.</p><p>Con <em>Intrusos </em>el lector ríe, se emociona y se sorprende, y además tiene la sensación de que en cada historia hay algo más. Que esos personajes están vivos y solo hemos visto una minúscula parte de todo lo que son, han sido o serán. Ese estilo no especificativo, donde el lector tiene que comprender, rellenar o imaginar durante la lectura y posteriormente, elevan a Tomine a nivel de maestro.</p><p>Bajo esa línea limpia y composición ordenada hay una obra compleja y profunda que gustará tanto al lector de tebeos como al de narrativa contemporánea.</p><p><strong>Rituales</strong><strong>Álvaro OrtizAstiberriBilbao2015</strong></p><p><strong>Álvaro Ortiz</strong> es una debilidad personal, pero creo sinceramente que es un autor de carácter y una realidad del cómic europeo: lo de joven promesa quedó tiempo atrás. En <em>Rituales </em>nos presenta una serie de relatos cortos interrelacionados: en temática, una misteriosa figura y extraños rituales siempre presentes; y en tono, un humor negro cercano al de los hermanos <strong>Coen</strong>.</p><p><em>Rituales </em>es un cómic que entra por los ojos: la viñeta pequeña, el trazo falsamente infantil, la tipografía. Una estética visual muy característica que nos da la bienvenida a un mundo personal lleno de personajes geniales, desde un mostoleño deseoso de escribir literatura negra escandinava, gente que se derrite en bares o pisos misteriosos donde nadie entra o sale. La sorpresa, lo cotidiano, lo real y lo imaginado se entremezclan en un cóctel agridulce. </p><p><em>Rituales </em>es un cómic diferente, un cómic de esos que llamamos de culto. Porque el culto y el ritual tienen mucho que ver. </p><p><strong>Starlight</strong><strong>Mark Millar y Goran ParlovPaniniGirona2016</strong></p><p>El cómic siempre ha sido refugio de aventura y escapismo. <em>Starlight </em>es justamente eso, una <em>space-opera</em>, un cómic de aventuras, un tebeo de acción, la garantía de que durante un rato de lectura podrás escapar de tus problemas y pasarlo bien, realmente bien. </p><p>El protagonista de <em>Starlight </em>es un antiguo aventurero espacial, un anciano al que nadie parece creer cuando habla de sus antiguas aventuras rescatando princesas de más allá de Orión o luchando contra tiranos siderales. La muerte de su esposa parece suponer el final de sus días de felicidad. Sin embargo, una última aventura está a punto de llamar a su puerta. </p><p><strong>Mark Millar </strong>puede ser el guionista que más cómics vende en Estados Unidos, sus proyectos son trasladados al cine y pero a no ser un tipo, en mi opinión verdaderamente genial, hay que reconocer que domina los tempos y formas para crear cómics adictivos y sumamente entretenidos. Por su parte, <strong>Parlov</strong>, dibujante croata, brilla con un estilo propio pero claramente deudor a grandes del cómic: <strong>Moebius</strong>, <strong>Risso</strong>, <strong>Manara </strong>o hasta <strong>Hergé</strong>. </p><p>Si te gusta la ciencia ficción más aventurera, los rayos láser y las princesas ligeras de ropa, pero todo ello acompañado de un dibujo bien chulo y gran ritmo, este es tu cómic. </p><p><strong>El hombre sin talento Yoshiharu TsugeGallo NeroMadrid2015</strong></p><p><em>El hombre sin talento</em></p><p>Qué decir de un hombre que no quiere hacer nada. Qué contar de una vida de alguien que no aspira a nada. La premisa no puede resultar menos atractiva; el resultado final, uno de los cómics más fascinantes que he leído. </p><p>La obra, de carácter semibiográfico, nos presenta a un antiguo autor de manga de éxito que decide romper con todo y vivir vendiendo piedras de un río que tiene a sus espaldas. Un método de vida imposible que sólo le puede llevar a ser un <em>outsider </em>de la sociedad y que le hará entrar en contacto con otras personas como él. </p><p>La desesperanza de un Japón devastado en la Segunda Guerra Mundial y la capacidad autodestructiva del propio autor se entremezclan en una estructura casi circular de la obra. Un manga de digestión lenta —una primera aproximación puede resultar chocante, más aún para un lector occidental—, un dibujo feísta lleno de suciedad, como el relato, y unos personajes desesperantes pueden descolocar al público, pero se trata, sin lugar a dudas, de una de las más gratas sorpresas editoriales de los últimos meses. </p><p><em>*Puedes encontrar la librería Atom Cómics en la calle de Fuencarral, 134 (entrada por calle Alburquerque), en Madrid, o en su </em><strong>Atom Cómics</strong><a href="http://www.atomcomics.net/" target="_blank">página web</a><em>. </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jun 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Librería Atom Cómics]]></author>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Escuela y teatro: camino para la vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/escuela-teatro-camino-vida_1_1127787.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/348fde91-5ee5-481f-a795-d406d0d2c0be_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Escuela y teatro: camino para la vida"></p><p>El IES <strong>Fernando de los Ríos</strong> de Fuente Vaqueros (Granada) es un centro de compensatoria de Educación Secundaria Obligatoria (de 1º a 4º de ESO). Cada mañana acuden al centro unos 180 alumnos y alumnas. La mayoría de ellos son hijos e hijas de pequeños campesinos que emplean un sistema de rotación anual de cultivos que pone a merced de las leyes del mercado una pobre economía complementada con otras actividades relacionadas con el empleo precario. </p><p>Existe además un importante núcleo de población gitana repartido y agrupado en varios barrios. Llegaron a finales del siglo XIX y su personalidad y sus vidas fueron continua fuente de inspiración para <strong>Federico García Lorca</strong>. Se dedican, fundamentalmente a la venta ambulante o al trabajo temporero en el campo (en el espárrago, la aceituna, los ajos…). </p><p>Una parte del alumnado del centro tiene unas condiciones sociales desfavorecidas y vive en una zona rural que mantiene roles y estereotipos tradicionales. Las familias tienen un bajo nivel cultural. Además hay absentismo y otras problemáticas (al igual que en otros centros) como las de la convivencia. </p><p>En este centro ha existido siempre una gran preocupación por la expresión artística, considerada una herramienta eficaz para combatir la situación de desventaja social del alumnado, acabar con el absentismo escolar, mejorar la convivencia. Casi desde sus inicios existe un coro, dirigido por la profesora de música, <strong>Inmaculada Ramos del Amo</strong>, que año tras año permite al alumnado que se acerca a él conocer la música más de cerca y participar en conciertos junto a la Orquesta Ciudad de Granada. La expresión plástica también es una seña de identidad del centro. La profesora, <strong>Cinta Roca</strong>, inunda con sus propuestas los pasillos y las aulas, y les ofrece a los chicos y las chicas un vehículo para expresarse. </p><p>Como, sin duda, lo es el teatro. Desde hace cinco años existe un grupo de teatro en el centro. Su nombre, recogido de la tradición lorquiana que inunda cada esquina de Fuente Vaqueros es La Barraca de La Fuente. Cada curso se incorporan chicos y chicas nuevos y otros lo dejan, en muchos casos al abandonar el centro para proseguir sus estudios en otros lugares o para incorporarse al mundo del trabajo. Ellos y ellas vuelven por la tarde al instituto, tras su jornada escolar, con ilusión a preparar el proyecto teatral que se desarrolla cada año y que elegimos entre todos y todas. Porque tienen ganas y, aunque les cueste, les favorece en su vida diaria, en las ganas de venir al centro, en su autoestima. En definitiva, crecen junto al proyecto. Los chicos y las chicas lo disfrutan. </p><p>Yo también. Yo nunca me niego ante la petición de un alumno o una alumna de formar parte de La Barraca y hago los malabarismos necesarios para incluirlos en la obra: divido papeles, creo otros, busco otras responsabilidades. No puedo negarme ante un alumno o una alumna que voluntariamente quiere incorporarse al teatro, que viene por la tarde a ensayar, que se esfuerza y se ilusiona con el proyecto que ponemos en marcha todos juntos. Pienso que si quieren pertenecer al grupo de teatro, hay que apoyarlos y fomentarlo. </p><p>El alumnado del grupo de teatro es diverso, como lo es el de nuestro centro. Hay alumnos y alumnas de apoyo a grupo flexible, grupo flexible, ordinario y diversificación. De todas los sectores del pueblo, desde los más desfavorecidos a los menos. Todos ellos y todas ellas juntos trabajan, se divierten, aprenden, participan y dan lo mejor de ellos mismos para conseguir que sus compañeros y compañeras se diviertan, rían, lloren o se estremezcan con sus personajes. Ellos y ellas aprenden y trasladan a sus compañeros y familias lo aprendido, lo desarrollado a través de una labor conjunta y cooperativa. Son todos juntos, cada uno y cada una con su responsabilidad, los que hacen que la obra triunfe. No hay nadie más importante que otro. Todos, en su lugar, lo son: quienes piensan y construyen la escenografía, los que buscan la música, el atrezo, quienes componen los coros, quien es protagonista, quien sólo tiene una frase... </p><p>Con cada obra, con cada proyecto se fomentan y desarrollan todos las capacidades y potencialidades que el alumnado, generoso y joven, es capaz de dar. Cada año es un nuevo reto. Aprendemos juntos y disfrutamos juntos. Desarrollamos todos los aspectos artísticos: desde la plástica a la expresión corporal pasando por la musical. Aprenden a esperar y a escuchar. A declamar y vocalizar. A memorizar y a expresarse. Se expresan con el cuerpo y la voz. El lenguaje gestual es importante, lo mismo que la expresión oral, algo que cuesta trabajo en una zona rural como es Fuente Vaqueros.  Mejora la creatividad (entre todos hacemos los personajes, los decorados…), mejora la iniciativa y la autonomía. Contribuye a trabajar aspectos del currículum de ESO: arte,literatura, historia… Y también temas transversales: igualdad de género, medio ambiente, paz.</p><p>El teatro contribuye a la educación integral de nuestro alumnado. Es un medio eficaz para combatir el absentismo escolar, ya que quienes participan, de una u otra manera, en el mismo, tienen que asistir con regularidad al centro y, además, tienen que venir por la tarde para los ensayos. También se ha demostrado un medio eficaz para mejorar la convivencia escolar, puesto que el alumnado que pertenece al grupo de teatro tiene que tener un comportamiento ejemplar y sirven de modelos para el resto. Además permite que trabajemos aspectos como la autoestima que, en muchos casos, son muy necesarios entre unos chicos y unas chicas que provienen de situaciones difíciles. Sirve para que aprendan a desarrollar una labor conjunta y cooperativa. </p><p>Los inicios fueron tímidos. Con un grupo de no más de diez alumnos y alumnas (sobre todo alumnas). Hubo dificultades para encontrar alumnos, por lo que algunos de los papeles masculinos de la primera obra que se puso en marcha fueron interpretados por chicas.  Estando en el pueblo de Fuente Vaqueros iniciamos nuestra andadura con una obra de Federico García Lorca. Se hizo una adaptación de <em>Los títeres de cachiporra</em> junto con <em>El retablillo de Don Cristóbal</em>. Fue todo un éxito. Los chicos y las chicas se implicaron mucho. Lo pusimos en escena con caretas (que hizo el alumnado de Arte de 4º) porque ellos eran como títeres y así deberían moverse y hacer. De hecho, si olvidaban algo, lo que hacían era dejarse caer hasta que llegaba el poeta y les ayudaba con el texto. </p><p>El segundo año, algunos de los componentes del grupo propusieron llevar a escena <em>Romeo y Julieta</em>, de <strong>William Shakespeare</strong>. Era todo un reto y nos pusimos mano a la obra. Aprendieron, disfrutaron, crecieron y maduraron. Lo que hicimos fue adaptar el texto al espacio de Fuente Vaqueros para que nuestro alumnado lo entendiera. La representación fue también un éxito. </p><p>El curso 2013-2014 hicimos una adaptación de la obra de <strong>Rafael Alberti</strong> <em>Noche de guerra en el Museo del Prado</em>. El texto nos permitió trabajar arte e historia. En el curso 2014-2015 pusimos en escena una obra de elaboración propia <em>La vida, ¿es un culebrón?</em>, con la que desmitificamos el amor romántico y trabajamos la violencia de género. Y este curso, el 2015-2016 nos hemos atrevido con el teatro de <strong>Valle </strong>con la puesta en escena de la farsa de<em> La cabeza del dragón</em>.</p><p>Siempre estrenamos en el teatro de Fuente Vaqueros y también realizamos una representación en el vecino pueblo de Valderrubio, en el teatro que hay en la Casa Museo de Federico García Lorca. En ambos, la experiencia siempre es gratificante y hermosa para los alumnos y alumnas. </p><p>Poco a poco el grupo se consolida en el centro. Hay una estrecha colaboración con algunos miembros del profesorado: la profesora de Música (con el coro),  la profesora de Educación Plástica, el profesor de Lengua y Literatura, el profesor de Educación Física, el resto del profesorado que ayuda en los ensayos, la vocalización, etc. El equipo directivo que ofrece toda su colaboración, dentro de los medios con los que cuenta el centro. El administrativo del centro, el conserje. Las  familias. En resumen, un proyecto que crece día a día gracias a la generosidad de nuestros alumnos y alumnas y del profesorado y todas las demás personas implicadas. </p><p>Con el teatro intento crear grupo, integrar a todo el alumnado, hacer personas buenas, "en el “buen sentido de la palabra, bueno". Acercando la Cultura (con mayúsculas) y aprendiendo de una forma activa y divertida, global. Todos juntos. Sintiendo que el teatro en la escuela es, sin duda, camino para la vida. </p><p><em>*Lola Ruiz Domenech, profesora del IES Fernando de los Ríos y directora del grupo de teatro del centro, La Barraca de La Fuente. </em><strong>Lola Ruiz Domenech</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jun 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lola Ruiz Domenech]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Escuela y teatro: camino para la vida]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Educación,Educación secundaria,Teatro,Los diablos azules número 22]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Fe de erratas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/fe-erratas_1_1127786.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/922deaf8-c60c-4575-ac69-65bf592b9455_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fe de erratas"></p><p><em>“Un dios nace. Otros mueren. La verdad ni ha venidoni se ha ido: sólo el error ha cambiado”.</em></p><p><strong>Fernando Pessoa</strong></p><p>De errores con causa está lleno el arte, como en el célebre relato en el que un hombre perdido e insolado bajo el pirómano sol del desierto, se tropieza con “una virgen hermosa” en un oasis y le dice, según afirman don <strong>José de la Colina</strong> e <strong>Ilán Stavans</strong>, estas palabras auto-consoladoras: “Dime que no eres un espejismo, a lo que ella responde: el espejismo eres tú. Y acto seguido, el hombre desaparece”.</p><p>El error quizá esté en pedirle la verdad a ese espejismo que es el hombre. Lo mismo ocurre con los artistas que inventan las verdades para vengarse de que, a lo mejor, solamente seamos nada más que una errata de Dios.</p><p>A ellos, a los artistas, quizá sea mejor no preguntarles en qué lugar de sus vidas son gobernados por las certezas. “Si me equivoco, soy”, decía <strong>San Agustín</strong>, y quién diablos soy yo para refutar a un santo tan alabado como Agustín de Hipona, a quien se le ocurrió este aserto, quizá para ayudarme a escribir este texto acerca del error. Y para hacerme caer en una suma de dislates, en un febril disparatorio hondo como un pozo, y gozar de la justificación de un hombre de Dios. </p><p>Al comienzo de esta fe de erratas, quise dedicar el texto a<strong> Cristóforo Colombo</strong>, el genovés que debería ser el santo patrón de los equivocados, quizá el marinero más legendario de la historia, que llegó a América en 1492 creyendó haber llegado a otra parte. Y bien, aparte del error magistral de descubrir una tierra que estaba descubierta por sus propios habitantes, pasó a la historia por algo que él mismo ignoraba. Pues bien, es gracias a ese equívoco histórico que hablo en este idioma. Me expreso por una equivocación en esta lengua en la que también escribo, quizá para poder afirmar que si tenemos que hablar, en cualquier idioma o dialecto, es para señalar que no nos entendemos y que empezamos a conocernos por los dos lados de un catalejo, gracias a su majestad el error.</p><p>En verdad, al decir de <strong>Amiel</strong>, nunca tenemos un mayor descontento con los demás que cuando lo estamos con nosotros mismos. El pensador suizo afirmaba que “la conciencia de un error nos vuelve impacientes”. Tan impaciente fue el agudo y áspero Amiel, que combatió su conciencia del error escribiendo un <em>Diario íntimo</em> de 17 mil páginas, en el que empleó solamente 42 calendarios de su vida. Qué más exorcismo contra el <em>error vacui</em>, contra la página en blanco que nunca se equivoca antes de que nos de por agregarle algunas letras.</p><p>Me he dado a cazar grandes pensamientos de grandes hombres que hablando sobre el error creían no caer en él, creían superarlo como los saltadores con jabalina. Y, en verdad, es claro que entre lo que quiso decir un poeta, lo que en verdad dijo y lo que creemos que dijo, se nos oculta el misterio, y ya de entrada hay en esto un error de percepciones.</p><p>Por ejemplo, cuando<strong> Nicolai Gogol</strong> escribió su formidable <em>Almas muertas</em>, amigos, conocidos y lectores acudieron a su casa a manifestarle que con esa novela había hecho la demolición del zarismo; y el primer preocupado, inclusive molesto, fue él, que se creía zarista. ¿En qué lugar de quiebre, en qué momento una suerte de fantasma lo indujo a un error personal pero a la que en adelante sería una certeza colectiva? A la historia no le interesa que una verdad nazca de un equívoco, diríamos pensando en la bellísima obra del escritor ruso.</p><p>El caso de Gogol, cuyo personaje, Chichikov, parece equivocado de lugar de nacimiento en la Rusia zarista, pues parece más bien un mañoso burócrata colombiano, me lleva a tener que aceptar a regañadientes, más allá de sus para mí dudosas teorías, una idea, repito, de ese gran escritor llamado<strong> Sigmund Freud</strong>: “Todo acto frustrado, toda acción resultante de un error, expresan una voluntad oculta”. Y que Gogol nos perdone.</p><p>Por algo la palabra <em>reconocer</em>, que en griego quiere decir volver atrás y que no en balde es un palíndromo —una palabra que se puede leer de izquierda a derecha, como lo hacemos en Occidente, y de derecha a izquierda como lo hacen los rabinos, los tipógrafos y los espejos—, tantas veces está asociada a la palabra <em>error</em>. </p><p><em>"Reconocer </em>un <em>error"</em>, se dice haciendo maridaje entre las dos palabras, para señalar algo que a pocos les gusta aceptar. Tal vez por eso los pintores acuden al pentimento, a pintar sobre una pintura que consideran equivocada, pero la belleza de la obra superpuesta nace de otra obra que el artista considera errada.</p><p>Por supuesto que hay errores provocados de manera conciente, como en el <em>nonsense </em>carroliano, pero también inducidos por las ideologías: “razas superiores”, “destinos manifiestos”, y es en estos últimos en los que la inocencia de errar se vuelve perversa, manipulable y manipulada.</p><p>Frente a una historia como la que sigue, puede crearse una pugna entre el elogio de la imaginación y la obtusa racionalidad del realista. Creo haberla visto en un filme, pero para no equivocarme diré que fue en un sueño: </p><p>Hay un pabellón de hospital con decenas de camas y de enfermos. Solamente uno de los pacientes tiene acceso a una ventana con vista a la calle. El hombre entreabre sus dos hojas y cuenta lo que ocurre en el afuera del hospital: una mujer joven y pelirroja cruza bajo un paraguas azul, dos niños patean un balón entre los charcos, una monja casi enana como en un filme de Fellini les da comida a las palomas del parque, una pareja de novios se besa a la entrada de un café, un cartero veterano se empina frente a un timbre...</p><p>Una noche, el enfermo que narra esos suecesos a los compañeros de infortunio muere y, por supuesto, todos quieren heredar su camastro con vista a la calle. Cuando el hombre al que le asignan su lecho entreabre la ventana, descubre que solo hay un muro de ladrillo que le impide a cualquiera ver el paisaje. Creo que no haya nada más parecido al poeta que el personaje de esta historia, Se trata de alguien capaz de fabular, de pastorear un error inducido desde su condición de reo del mundo, condición a la que siempre se niega el hombre insatisfecho.</p><p>Ante una historia como esta, el realista que detesta todo lo que no sea palpable, el que no cree que si la vida comete errores es porque todo equívoco funda nuevas posibilidades creadoras, mirará con desdén lo que no resulta comprobable y entonces llamará al cura y al barbero de don Quijote para que no sigamos confundiendo molinos con gigantes ni rebaños de ovejas con batallones de soldados, como si en esa equivocación visual no mediara el concepto de que los ejércitos del mundo son hatos de seres obtusos y obedientes.</p><p>“Ningún medio para prosperar es más rápido que los errores ajenos”, decía de manera enigmática <strong>Francis Bacon</strong>, que por lo demás hizo fortuna litigando como abogado, una profesión especializada en buscar el error en el contrario. </p><p>Me gusta más la frase de <strong>Albert Camus</strong>, de cuño humanista, que dice que “hacer sufrir es la única manera de equivocarse” y que en otro paraje de sus reflexiones afirmaba que la necesidad de tener razón es señal de un espíritu vulgar. Valdría la pena agregar que los cazadores de errores siempre me producen el malestar propio de quien se arriesga a errar con tal de explorar nuevos mundos, nuevas hipótesis de ellos. Cómo me agrada encontrar un error original, ya que la mayoría de los errores son muy viejos bajo el sol y casi siempre están catalogados en el capítulo de las certezas. Por ejemplo: que el hombre es un ser superior, hecho a imagen y semejanza de Dios. No habla bien del creador el supuesto de que seamos parecidos a él. He ahí un error inducido por la religión y tan viejo y fijo como el sol.</p><p>Y sigamos especulando, creándole espejos deformes a la verdad, que es lo propio de toda fe en las erratas. El temor a errar paraliza. El que no yerra está muerto. Porque en verdad no hay aventura sin la posibilidad de equivocarse. El funámbulo, el que camina por la cuerda tensa y pastorea el abismo, es quien no teme equivocarse porque de entrada se ha dedicado, como el filósofo, a un oficio de equívocos. Él va a las grandes verdades por vías de la duda. El error es la flor anómala del jardín, la que crece sin el estímulo de nadie. </p><p>Pero, a pesar de todo esto, no hay nada más triste ni patético —y a cada tanto lo vemos en los grandes foros y congresos— que dos errores que se refutan con pasión, que dos dislates que se atacan con brutal vehemencia mientras la verdad, impasible, guarda silencio. Tal vez a eso se refiera el punzante duque de la <strong>Rochefoucauld</strong>, que escribía con vitriolo y sin temor a errar: “No durarían mucho tiempo las disputas si el error estuviese de un solo lado”.</p><p>Solamente, ya que cometí el error de aceptar escribir sobre este tema, me basta con garabatear un conato de poema:</p><p><strong>La calle del error</strong></p><p>Entre la calle de las certezas</p><p>Y la avenida de la soberbia,</p><p>Preferí cruzar</p><p>Por la vereda del error.</p><p>Allí encontré viejos </p><p>Amigos desconocidos.</p><p>Encontré al hombre </p><p>Que creía posible</p><p>Inventar un espejo de hielo</p><p>Para las muchachas del desierto,</p><p>Al que quiso caminar</p><p>En tres orillas del río,</p><p>Al que pensó en fabricar</p><p>La moneda de tres caras,</p><p>Al que creyó indeleble</p><p>Su nombre escrito en el agua,</p><p>Al hombre que quiso</p><p>Dejar su cuerpo en casa</p><p>Para irse de paseo</p><p>Sin su estorbosa presencia.</p><p>Preferí la callejuela</p><p>De los equivocados</p><p>Que el salón de las certezas.</p><p>Perseguí las confusas</p><p>Palabras de uno</p><p>Que pintó un túnel en un muro</p><p>De la cárcel</p><p>Para ayudar a escapar a sus amigos,</p><p>Al que tuvo errores de cálculo</p><p>En la fabricación </p><p>De una bicicleta de viento,</p><p>Al pintor fracasado que quería</p><p>Saborear con vino</p><p>El pan pintado en la alacena.</p><p>Entre la calle de las certezas</p><p>Y la avenida de la soberbia,</p><p>Preferí cruzar</p><p>Por la vereda del error.</p><p>Allí encontré, nervioso aún, </p><p>Al  que quiso esconder en un poema</p><p>A un hombre a punto de ser fusilado,</p><p>Al que siempre ignora qué responder</p><p>Cuando preguntan“quién anda por ahí”,</p><p>Al ladrón de imposibles,</p><p>Al que quiso ser jinete de sí mismo</p><p>Y se dio a galopar en su locura,</p><p>Al que quiso colorear las vocales</p><p>Y besar la lejanía,</p><p>Al ciego que no declaraba</p><p>En las aduanas los paisajes</p><p>Que llevaba en su tacto</p><p>Y solo quería escribir un libro</p><p>Hecho de olores y sabores,</p><p>Al que nunca acertó con el arco</p><p>Y jamás dio en el clavo de lo cierto.</p><p>Entre la calle de las certezas</p><p>Y la avenida de la soberbia,</p><p>Preferí cruzar</p><p>Por la vereda del error.</p><p>Allí me encontré viejos amigos</p><p>Que solo leían en los libros</p><p>El colofón de las erratas.</p><p>En todos ellos, </p><p>Hay más verdades </p><p>Que en los hechos comprobados</p><p>De nuestra estúpida historia.</p><p><em>*Juan Manuel Roca es uno de los maestros de la poesía colombiana. Su último libro es </em></p><p><strong>Juan Manuel Roca </strong><a href="http://www.visor-libros.com/tienda/novedades/biografia-de-nadie.html" target="_blank">Biografía de nadie. Antología personal</a><em> (Visor, 2016). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jun 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Manuel Roca]]></author>
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