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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 27]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-27/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 27]]></description>
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      <title><![CDATA[‘Hotel Florida’, de Amanda Vaill]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/hotel-florida-amanda-vaill_1_1129088.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/59944708-b3b3-472a-bc83-8821fc5ad5b7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Hotel Florida’, de Amanda Vaill"></p><p><strong>Hotel Florida. Verdad, amor y muerte en la Guerra Civil</strong></p><p><strong>Amanda VaillTraducción de Eduardo JordáTurnerMadrid2014</strong></p><p>La verdad y la guerra, la guerra y la verdad. La cita de <strong>Hemingway </strong>"es muy peligroso escribir la verdad durante una guerra" ofrece casi tres millones de resultados en Google. Con esto queremos decir que la difícil relación entre la claridad y la luz necesaria para alcanzar la verdad y el caos que conllevan las guerras —las civiles aún más, si cabe— no es un terreno precisamente inexplorado. La escritora <strong>Amanda Vaill </strong>no pretende descubrir la rueda con <a href="http://www.turnerlibros.com/book/hotel-florida.html" target="_blank"><em>Hotel Florida. Verdad, amor y muerte en la Guerra Civil</em></a>, pero sí añadir una capa de complejidad al relato de cómo se narró el conflicto que abrió una brecha en España en carne viva aún en nuestros días. </p><p><em>Hotel Florida</em> (Turner) toma su nombre del negocio madrileño que dio cobijo a gran parte de los periodistas e intelectuales extranjeros que residieron en algún momento en Madrid durante la Guerra Civil. Entre sus huéspedes estuvieron el actor <strong>Errol Flynn</strong> y el poeta <strong>Stephen Spender</strong>, pero el grupo que ocupa a Vaill tiene una característica común: todos ellos ejercieron el periodismo durante el conflicto, todos ellos durmieron en algún momento en el Florida y todos ellos establecieron complejas relaciones entre sí. Sus protagonistas son tres parejas de reporteros: Ernest Hemingway y <strong>Martha Gellhorn</strong>, <strong>Gerda Taro</strong> y <strong>Robert Capa</strong>, y <strong>Ramón Barea</strong> —el único español— e <strong>Ilsa Kulcsar</strong>. </p><p>"A pesar de que <em>Hotel Florida </em>es una narración, y no un estudio académico, no se trata de una ficción, ni siquiera de una ficcionalización". Aunque la narración transcurra de manera ágil durante los tres años de la guerra, saltando de un personaje a otro, de una pareja a otra —con una cadencia que recuerda al montaje cinematográfico—, no estamos, se supone, ante elucubraciones de la autora. Su narración está basada en confesiones, diarios y biografías recogidos en varias docenas de títulos —las notas y la bibliografía ocupan unas 60 páginas— que la autora parafrasea con frecuencia para aligerar la historia. </p><p>Por su carácter histórico —o incluso periodístico—, <em>Hotel Florida </em>podría ser leído como tres obras distintas: una exposición sobre la Guerra Civil; un recorrido por las relaciones personales de los seis protagonistas mencionados; o un ensayo sobre el papel del periodista en un conflicto armado y el difícil acuerdo entre activismo y periodismo. Aunque Amanda Vaill combina los tres aspectos, el primero es sin duda el más débil. Un lector medio olerá de lejos que el receptor tipo del ensayo es, precisamente, extranjero, lo que exige unas aclaraciones y generalizaciones que el español juzgará innecesarias o insuficientes. Pero además, a tenor de las críticas publicadas, un lector versado en el tema encontrará varias inexactitudes, o al menos encontrará que ciertos relatos que se dan por ciertos ofrecen, en realidad, muchas más dudas. </p><p><em>Hotel Florida</em> encuentra su espacio, sobre todo, cuando se centra en las motivaciones de sus personajes. Dejando de lado la verdad literal que resida en las ideas, diálogos y ensoñaciones que Vaill pone en sus bocas, los seis periodistas acaban teniendo una solidez sorprendente, teniendo en cuenta la cantidad de datos que ha manejado la autora. No es, por tanto, un relato amable. En lo personal, estos seis reporteros no son inmunes a los enfrentamientos y mezquindades propios de la contienda, y propios también de un grupo cerrado que debe compartir espacio durante demasiado tiempo. </p><p>Pero es su faceta periodística la que más sentimientos encontrados genera. No hay aquí un relato heroico. Vaill subraya el peso del compromiso político de todos ellos en su decisión de acudir a España. Parecen ser conscientes de que lo que se juega en la Península es mucho más que el futuro de un solo país del sur de Europa. Hay una certidumbre de estar en un nudo de la historia de cuyo desentrañamiento depende el continente. Pero existen más motivaciones en ellos que la pureza de la lucha por una idea. </p><p>La ambición —la de Capa y Taro, forjando a la fuerza una marca personal mucho antes de que existiera este término—, un enfermizo gusto por la adrenalina —lo han averiguado: Hemingway— o, incluso, la sensación de que España es el sitio en el que "hay que estar" son tanto o más decisivos que la lucha por una España democrática y de progreso. De la misma forma en que España es un campo de pruebas de la lucha entre fascismo y democracia que tendrá lugar luego en toda Europa, es también laboratorio de un nuevo modo de contar la guerra: las cámaras fotográficas, más pequeñas y rápidas; la transmisión más ágil de los textos; la práctica inmediatez de la radio; la cada vez mayor libertad de movimiento gracias a transportes modernos y, sobre todo, una audiencia de masas que espera con avidez las noticias del frente. </p><p>¿En qué lugar deja todo esto al periodista? <em>Hotel Floria</em> no contribuye a construir la imagen del sacrificado corresponsal de guerra dispuesto a arriesgar su vida —e incluso a perderla, como Gerda Taro, y más tarde Robert Capa— por el bien de la información. Más bien, la cuestiona. ¿Qué motivaciones empujan, todavía hoy, a un reportero a entrar de cabeza en un avispero y a tratar de informar en situaciones de riesgo extremo que le son a menudo ajenas? ¿Es valor? ¿La necesidad de hacerse un nombre? ¿El compromiso con una idea, con la verdad? ¿El deseo de aventura? Y, ¿cómo se relacionan esos elementos con el derecho del lector a recibir una información veraz?</p><p>Tenemos bastante claras las causas que dificultan el ejercicio del periodismo en la actualidad: la censura o la presión de los gobiernos; el oligopolio de las empresas informativas; la existencia de gigantescos mediadores entre el medio y su audiencia, como son Twitter y otras redes sociales; la tiranía de las visitas; la amenaza del amarillismo; la precariedad que hace tirar la toalla a los mejores... Todas ellas son, por supuesto, determinantes. Pero <em>Hotel Florida</em> llama la atención sobre otro elemento más, quizás atemporal, bien arraigado en el centro de cada persona que decide que lo suyo es contar lo que pasa. El propio ego. </p><p><em>*Clara Morales es periodista de </em><strong>Clara Morales</strong>infoLibre<em>. </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Clara Morales]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Guerra Civil española,Libros,Periodismo,Periodistas,Los diablos azules número 27]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘Los cínicos no sirven para este oficio’, Ryszard Kapuściński]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/cinicos-no-sirven-oficio-ryszard-kapuscinski_1_1129085.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ceaff81a-7a48-4a36-8a7b-c7face5e73b1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Los cínicos no sirven para este oficio’, Ryszard Kapuściński"></p><p><strong>Los cínicos no sirven para este oficio</strong></p><p><strong>Ryszard KapuścińskiAnagramaBarcelona2006</strong></p><p>Ni la verdad ni siquiera la lucha política importa. Lo verdaderamente necesario en periodismo es el espectáculo. Las palabras de <strong>Kapuściński </strong>me retumban día a día, como un moscardón incómodo, cuando recuerdo los titulares de la semana. El periodismo muere en las redacciones, cuando la noticia la decide el espacio de portada, la que venderá más ejemplares. Decía el periodista polaco, testigo de más de una decena de guerras y de otras tantas revoluciones del siglo XX, que, por norma general, los periodistas podrían dividirse en dos grandes categorías: la de los siervos de la gleba y la de los directores. Estos últimos son los que dictan las reglas y la<em> agenda setting</em>, los “grandes ejecutivos” de los medios, los que comprendieron hace mucho que la información podía ser un gran negocio lucrativo. Los mismos que están empezando a cavar la propia tumba, la zanja que lleva abierta varios años. </p><p>Los periodistas, los soldados rasos de las redacciones, no hemos sido inocentes en asumir el trato, hemos cerrado los ojos al despido del compañero, hemos mirado de soslayo el éxito ajeno, hemos agachado la cabeza a la orden del delegado comercial/director y hemos vuelto a casa con una nómina, con un coche nuevo, con un nuevo teléfono con el que colgar en las redes sociales nuestros “grandes éxitos”, con el conformismo de quien ve acercarse la tormenta en otoño. Pero elegimos la profesión sabiendo que no íbamos a hacernos ricos, que no tendríamos el beneplácito de la sociedad, que no tendríamos más aval que nuestro trabajo. </p><p>Ryszard Kapuściński (1932-2007) creía que para ejercer el periodismo había que ser un buen hombre o una buena mujer. En <a href="http://www.anagrama-ed.es/libro/compactos/los-cinicos-no-sirven-para-este-oficio/9788433967961/CM_365" target="_blank"><em>Los cínicos no sirven para este oficio</em></a> (Anagrama) el escritor polaco reconstruye los pilares de lo que en su opinión debe ser el buen periodismo, proponiendo un ideario moral y ético del periodista que está cansado de ver agonizar su profesión. Para ejercer el oficio correctamente es necesario tener nociones de psicología y ponerse en el lugar del otro, y por eso nunca puede ser un buen periodista quien es un cínico. El cinismo, el perejil de todas las salsas de las tertulias televisivas, es incompatible con la profesión. En las entrevistas que recoge el libro, muy recomendable para quien haya olvidado para qué se metió en una redacción, Kapuściński cree que la arrogancia y el cinismo harán imposible que comprendamos al otro, necesario para la construcción de la información.  “Es un error escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un tramo de la vida”, advertía el reportero polaco, que además veía en la objetividad una quimera. </p><p>Cuando a <strong>García Márquez </strong>le preguntaron en uno de los talleres de periodismo que organizaba su Fundación si era lícito reforzar el efecto literario de una crónica, el Nobel colombiano lo tenía claro. No había traición en eso. “Tú también mientes a veces, ¿verdad Ryszard?”, le preguntó al escritor polaco entonces. Él se limitó a sonreír. La única información posible siempre resulta “personal y provisional”, había dicho. Kapuściński ya advertía hace casi veinte años de que la prensa internacional estaba manipulada por diversas razones, ya fueran económicas o ideológicas, y también ponía el acento en algo que bien pudiera estar escrito hoy mismo: la dependencia que tiene el periodista actual de las nuevas tecnologías, y su conversión en multimedia. Es decir, el advenimiento del periodista sin problemas éticos de ninguna clase, al que lo mismo le da publicar en su perfil de Twitter que todo apunta a que el perturbado que ha disparado contra personas indefensas en Múnich era alguien que había pedido asilo en Alemania tras huir de su país en guerra que una foto de sus últimas vacaciones. </p><p>Pese a todo, sigue habiendo ejemplos heroicos que llenan de esperanza el futuro del periodismo. Profesionales incómodos para el poder, que se resisten a caer en sus tentáculos, como lo fue Kapuściński, que no sucumbió al espectáculo y que prefirió la verdad a la imparcialidad, en su continua defensa de la importancia de contar el sufrimiento del mundo, de la necesidad de mantener con vida un periodismo que “no consiste en pisar las cucarachas, sino en prender la luz, para que la gente vea cómo las cucarachas corren a ocultarse”. </p><p><em>*Nieves García Prados es periodista. </em><strong>Nieves García Prados</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Nieves García Prados]]></author>
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      <title><![CDATA[‘El fin del homo sovieticus’, de Svetlana Alexiévich]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/homo-sovieticus-svetlana-alexievich_1_1129080.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0351bbef-9e54-41bf-8a86-830adfc01b6a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘El fin del homo sovieticus’, de Svetlana Alexiévich"></p><p><strong>El fin de “Homo sovieticus”</strong><strong>Svetlana AlexiévichTraducción de Jorge FerrerAcantiladoBarcelona2015</strong></p><p>El poder procura siempre utilizar la información para decidir en su provecho el sentido de las grandes verdades colectivas. Instaura una determinada realidad del mundo —lo que es y lo que debe ser— en busca de su propia legitimación. El poder político totalitario impone el discurso imperante a través del control directo del Estado. El poder económico ejerce un control indirecto a través de la acumulación de medios de comunicación sometidos a sus intereses. Es también una forma de controlar al Estado cuando no existen ámbitos consolidados de solvencia democrática. En la realidad contemporánea, el concepto de libertad de expresión tiene más que ver con la libertad del dinero a la hora de crear medios de información que con una verdadera libertad a la hora de difundir ideas y noticias. Si no fuese por las nuevas tecnologías que han permitido la existencia de ámbitos de resistencia cívica, la información del mundo sería una verdad monolítica y colectivizada en los despachos financieros.</p><p>Frente a este tipo de verdad total, el periodismo encuentra una buena respuesta en la investigación. A veces se trata de buscar y publicar los secretos económicos, políticos o militares del poder. Ese tipo de periodismo le costó la vida, por ejemplo, a <strong>Anna Politkóvskaya</strong>. En su libro <em>Sólo la verdad. Antología fundamental</em> (Debate, 2011), el lector puede encontrar los motivos de valentía y decencia profesional por los que el autoritarismo mafioso de <strong>Putin </strong>la condenó a muerte.</p><p>Otras veces se trata de buscar un tipo de secreto que no se encuentra en papeles ocultos o en documentos archivados, sino en la experiencia cotidiana e individual de las víctimas. Ese es el periodismo que practica <strong>Svetlana Alexiévich</strong>, autora de libros imprescindibles como <em>La guerra no tiene rostro de mujer</em> (Debate, 2015) o como <em>El fin de “Homo sovieticus”</em>. La periodista enciende la grabadora y deja hablar, componiendo un relato polifónico, un entramado de voces que cuentan su vida. “Siempre me ha atraído —escribe Alexiévich— ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano, uno solo… Porque, en verdad, ahí es donde ocurre todo”. </p><p>Como la sociedad es un entramado de vidas, la reunión de evocaciones individuales acaba conformando un retrato social. Pero la polifonía aporta algo más. Las víctimas suelen asumir su propia historia como una condena a la soledad. Reunir soledades es luchar contra este tipo de aislamiento sentimental provocado por un poder que quiere convertir en secreto y en asuntos particulares el dolor de las víctimas. </p><p>El libro dibuja un mapa informativo que ayuda a conocer los datos, pero también las emociones, que definieron la desaparición de la Unión Soviética, los años de la perestroika y la consolidación de un personaje como Putin. El oído se abre a historias que cuentan el horror de los campos de trabajo y la represión estalinista, donde los asesinos a sueldo de un Estado y de una ilusión de futuro eran tratados como héroes, y a otras historias que tienen que ver con un tiempo en el que aparece “La libertad de Su Majestad el Consumo”, con una corte sangrienta de corrupciones, mafias, desamparos, guerras provocadas, conflictos de identidad y pérdidas de pudor a la hora de caer por la pendiente de la degradación humana. Una de las voces recuerda a <strong>Gorki</strong>: “La palabra hombre suena con orgullo”. Prepara la conversación porque afirma después: “Pero hoy ha dejado de sonar con orgullo para sonar de cualquier manera”.</p><p>Las contradicciones de la sentimentalidad humana explican que muchas víctimas de la represión sientan nostalgia por un mundo perdido. Las contradicciones de la historia explican el espacio turbio que habitan los que quizá aprendieron a morir por la libertad, pero no a vivir en libertad. Los nietos de las víctimas de <strong>Stalin </strong>vuelven a llevar su imagen en las camisetas. Quieren mostrar así su rechazo a un presente marcado por los antiguos mandarines del Partido que hoy son oligarcas de los negocios negros con mansiones en Miami. Añorar una ilusión colectiva es una respuesta al dominio absoluto del cinismo y la falta de escrúpulos. Parece que las aberraciones del presenten borran los pasados, del mismo modo que las promesas de futuro borraban antes el presente.</p><p>En las historias que se cuentan llama la atención la importancia que en el pasado soviético tuvieron los libros. Aparecen una y otra vez autores y títulos, se insiste en un respeto social a la lectura, algo impensable en una época nueva en la que leer es un acto de estupidez, una pérdida de tiempo dentro de una realidad zafia en la que la formación ha perdido su prestigio. El éxito se confunde con la acumulación rápida del dinero. Claro que no sólo contaban con prestigio los autores disidentes. También eran masivamente respetados los autores burócratas que trabajaban al servicio del Régimen. Es difícil trazar aquí una frontera sencilla entre el bien y el mal, lo culto o lo inculto, la víctima y el verdugo. Las cosas son más complejas.</p><p>Alexiévich coloca al principio de su ensayo una cita de <strong>David Rousset</strong>: “La verdad es que la víctima y el verdugo son igualmente innobles y lo que nos enseña la experiencia de los campos de trabajo es que la abyección los hermana”. Después de leer algunos libros de Svetlana Alexiévich no creo que se apunte a esa famosa idea de <strong>Nietzsche </strong>del “error de la responsabilidad”. Claro que hay responsabilidad a la hora de elegir si se le clava o no un lápiz a un ser humano en el pecho. Pero conviene recordar que el verdugo es tan ser humano como la víctima y que con mucha frecuencia intercambian sus papeles a lo largo de las historias. Esto no desemboca necesariamente en el relativismo, sino en el autoexamen. ¿Qué escribo yo?, ¿cómo actúo yo?, es la pregunta que surge en una polifonía conflictiva.</p><p>Algunos periodistas habían recibido el Premio Nobel por la importancia de su obra literaria. Creo que, con Svetlana Alexiévich, es la primera vez que se concede el premio a una autora por los logros literarios de su periodismo. Y no estoy hablando de una cuestión de estilo. Libros como <em>El fin de “Homo sovieticus”</em> nos lleva hasta una de las raíces de la literatura: esa que convierte al lector en un heredero.</p><p>La caída radical de un mundo supone, entre otras cosas, que las víctimas se quedan sin herederos a los que contar la historia. El sufrimiento tiene algún sentido, recibe algún consuelo, si deja rastro ya sea en el presente o en el porvenir. ¡Que alguien lo sepa, que alguien se acuerde de nosotros! Frente al silencio y al desamparo, las huellas del dolor dan sentido histórico al sacrificio. El estar ahí, el escuchar el dolor de las víctimas y dar noticia de los abusos del poder en el presente es la tarea del periodismo. La literatura consigue convertir a los lectores en herederos de ese dolor, aunque pase el tiempo y los hechos no tengan actualidad. Un heredero es alguien que, por lo menos, salva y se salva del vacío.</p><p>Las voces que escucha Svetlana Alexiévich hablan una y otra vez de su soledad. ¿A quién le interesa el dolor? ¿A quién contarlo? ¿Quién puede interesarse por la historia de una mujer deportada a un campo de trabajo en un país que ya no existe? ¿Quién se va a preocupar por el sufrimiento que provoca un atentado en el Metro de Moscú cuando ya se conocen los verdaderos motivos de la ocupación de Chechenia? Pues nosotros, los lectores, que heredamos la emoción y la situamos en un lugar que no distingue entre el pasado, el presente y el futuro. </p><p><em>*Luis García Montero es escritor y profesor de Literatura. Su último libro, </em><strong>Luis García Montero</strong><a href="http://www.megustaleer.com/libro/un-lector-llamado-federico-garcia-lorca/ES0148402" target="_blank">Un lector llamado Federico García Lorca</a><em> (Taurus). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura europea,Periodismo,Narrativa,Los diablos azules número 27]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘Los últimos mohicanos’, de Manuel Vicent]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/ultimos-mohicanos-manuel-vicent_1_1129077.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a62a41ff-aed3-4628-b509-874265dfc5c5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Los últimos mohicanos’, de Manuel Vicent"></p><p><strong>Los últimos mohicanos</strong></p><p><strong>Manuel VicentIlustraciones de Fernando VicenteAlfaguaraMadrid2016</strong></p><p>Que el periodismo sea o no literatura depende de quién lo escriba. Cuando lo hacen autores sobresalientes, de esos que se defienden de cada frase como si fuera la última, una página de un diario es más que eso, se vuelve otra cosa, cambia de nivel y casi de elemento, igual que cuando se hace con ella un avión de papel y se lanza por el balcón, y hasta podría intercalarse en una buena novela sin desentonar. No es que los intelectuales resulten sospechosos en la prensa, es que son lo mejor que tiene. No es que sus opiniones estén de sobra, sino que le dan otra dimensión a las noticias. Pueden ir en direcciones opuestas, pero la literatura y el periodismo son dos carriles de la misma carretera. Leer <a href="http://www.megustaleer.com/libro/los-ultimos-mohicanos/ES0144575" target="_blank"><em>Los últimos mohicanos</em></a>, el nuevo libro de <strong>Manuel Vicent</strong>, lo prueba. Por algo es autor de obras que logran un equilibrio perfecto entre la ficción y el ensayo, como  <em>Aguirre, el magnífico</em> y <em>El azar de la mujer rubia</em>.</p><p>Esta colección de apuntes del natural o fotografías en prosa, empieza con <strong>Vicente Blasco Ibáñez</strong> y llega hasta <strong>Manuel Vázquez Montalbán</strong>. El primero fue un duelista a quien le salvó de una muerte segura la hebilla de su cinturón al parar la bala de un rival; millonario gracias al éxito de sus novelas en Hollywood; republicano convencido, azote de dictadores, héroe muerto en el extranjero y que cuando regresó a la España ilusionada de 1933 cayó sobre él una errata inolvidable, cuando en un artículo se publicó que “su féretro iba cubierto por una señora”, en lugar de por la bandera valenciana, la <em>senyera</em>. El segundo, era casi todo eso, menos duelista y otro par de cosas, y lo fue en otra época, cuando haber sido de izquierdas ya era un delito y él tuvo que esperar a cumplir cinco años para conocer a su padre, en el momento en que este salió de la cárcel, donde fue a parar acusado de ser antiguo militante del PSUC. Unos años más tarde, el autor de <em>Asesinato en el comité central</em> acabaría en el mismo sitio y por la misma causa. Y si él no fundó ningún rotativo, como hizo el creador de <em>Cañas y barro</em> con <em>El pueblo</em>, sí que fue, sin ningún género de dudas, un columnista que creó escuela y dejó claro que en trescientas palabras, además de mucha ideología, cabía mucha literatura.</p><p>Entre uno y otro, Vicent traza breves y certeros retratos de <strong>Miguel de Unamuno</strong>, <strong>Azorín</strong>, <strong>Ramón Gómez de la Serna</strong>, <strong>Corpus Barga</strong>, <strong>José Bergamín</strong>, <strong>Ramiro de Maeztu</strong>, <strong>Julio Camba</strong>, <strong>Álvaro Cunqueiro</strong> o el ambiguo y serpenteante<strong> César González-Ruano</strong>, hasta llegar a los más recientes, aquellos con los que compartió tiempo, espacio y hasta redacción y cabecera, y donde yo, si me apuran,  le pondría la única pega posible a su selección: no está <strong>Manuel Alcántara</strong>, que lleva siete décadas impartiendo lecciones en ese terreno, con una lucidez incombustible.</p><p>Por lo demás, no todos los dibujos que hace Vicent son amables. Por ejemplo, a <strong>Eugenio D'Ors</strong>, del que lamenta que “su honda sabiduría se hiciese cada vez más campanuda”, lo crucifica afirmando que “toda su filosofía consistió en elevar la anécdota a categoría”, algo que ha hecho que de su figura “solo sobrevivan las frases irónicas, las réplicas felices o malvadas que disparaba a bocajarro en las tertulias y los chismes...”   En lo que respecta a César González-Ruano, afirma que decidió ser alguien en este oficio aunque para ello tuviera que caer “en cualquier bajeza, provocación, desplante, escándalo o golfería, sin detenerse, incluso, en la vera del código penal”. Para conseguirlo, no se ahorró ninguna treta promocional, aunque a menudo le salió cruz y lo pusieron en su sitio, como cuando quiso escandalizar a uno de sus auditorios sosteniendo que el hecho de que <strong>Cervantes </strong>fuese manco lo confirma “que el <em>Quijote </em>esté escrito con los pies” y al día siguiente, en la páginas de<em> La voz</em>, apareció una escueta información sobre su conferencia titulada: “A un tal González no le gusta Cervantes.” </p><p>Otro personaje que sale mal parado en estas micro-biografías es <strong>Manuel Aznar</strong>, a quien ve como la encarnación perfecta de esa frase cínica atribuida a <strong>Churchill </strong>que para él describe como ninguna otra a todos los tránsfugas y según la cual “quien a los veinte años no es de izquierdas, es que no tiene corazón; y quien lo sigue siendo a los cuarenta, es que no tiene cabeza”; porque aquel reportero acomodaticio se cambiaba de chaqueta según para dónde soplase el viento, seguro de que a él le iba a pillar a resguardo, porque era tan hábil a la hora de no mojarse que, entre otras cosas, se hizo célebre por escribir unas detalladas crónicas de los frentes de la Primera Guerra Mundial que en realidad redactó sin salir de Bilbao. Ese pasado no le impidió mudarse con armas y bagaje a Madrid para ser director de <em>El sol</em>, que era un proyecto de <strong>José Ortega y Gasset</strong>, y pasar de monárquico a azañista y de ahí a lo que hiciera falta. Después, se puso un mono de miliciano para pasear por Madrid, se pasó al enemigo, dio a la imprenta una catarata de elogios a los sublevados y cuando estos le quisieron ajustar las cuentas por sus veleidades rojas se puso su uniforme, entró con las tropas insurrectas en Barcelona y se incautó pistola al cinto de <em>La Vanguardia</em>, que estuvo bajo su mando un tiempo. A partir de ahí, todo fueron cargos y honores, hasta recibir el premio de entrevistar al dictador en <em>Franco, ese hombre</em>, la película de<strong> Sáenz de Heredia</strong>. Su nieto se llama <strong>José María Aznar</strong> y llegó a presidente del Gobierno.</p><p>No se sabe a ciencia cierta si el roce hace al cariño, las heridas o las dos cosas; pero aquí se nota un calor especial en los personajes que fueron personas para quien ahora los describe, con mirada de lince,  desde el ángulo del superviviente. A <strong>Luis Carandell</strong>, aquel hombre con porte aristocrático, de “ojos grises e inteligentes en medio de una cara adusta que parecía tener más huesos de lo normal” y que “no tenía enemigos porque navegaba siempre entre dos aguas”, parece admirarlo sin escapatoria, porque no lo puede evitar. A <strong>Haro-Tecglen</strong>, “el perdedor que entraba primero en la meta”, lo alaba sin concesiones.  A <strong>Francisco Umbral</strong>, le hace un traje a la medida. Su historia la empieza por el principio, cuando trabajaba de botones en un banco, poco antes de entrar en este oficio como tantos otros, gracias al impulso de un maestro que vio algo en él y le abrió las puertas de <em>El norte de Castilla</em>: <strong>Miguel Delibes</strong>. El irreverente autor de <em>Mortal y rosa</em> y de algunos otros títulos que uno no entiende que sean tan poco conocidos, entre ellos <em>Las giganteas</em> y <em>El hijo de Greta Garbo</em>, nunca olvidó aquella bendición dada por su maestro y le guardó hasta el final de sus días una gratitud a prueba de bombas. Aquel joven de Valladolid quería ser “escritor por dentro y por fuera”, era un individuo narcisista que se usaba a sí mismo como laboratorio o banco de pruebas, lanzaba miradas al agua como quien tira piedras a un escaparate y sólo tuvo una ideología, según dice Vicent: la de convertirse en “apacentador de verbos y adjetivos.” En eso, no tuvo rival y aquel toque mágico que le daba a sus artículos hizo de él otro renovador del género. No sé si tendría o no “un ángel lírico en cada yema de los dedos con que machacaba el teclado de su Olivetti”, pero atreverse a decir, por ejemplo, que <strong>Rafael Alberti </strong>se había dejado crecer la melena “para cederle espacio a la blancura” sólo se le podía ocurrir a él. Aparte de eso, su colega le atribuye el invento de “la crónica social achampañada”, hecha “con una libertad y una falta de respeto admirables hacia el idioma”, y reconoce que con ella se apuntó “el éxito periodístico y literario de la Transición”. Su arrogancia unida a su éxito provocó envidias sin número, algunos le acusaban de construir una “prosa sonajero”, creo que entre ellos el gran <strong>Juan Marsé</strong>, con el que tuvo algún conflicto público y privado, y otros de ser un “ladrón de oído”. El caso es que por unas y otras cosas “se le hurtó la Academia, pero se vengó escribiendo mejor que ninguno”, sentencia Manuel Vicent.</p><p><em>Los últimos mohicanos</em> es un libro estupendo, que cuenta además con las ilustraciones sugestivas de <strong>Fernando Vicente</strong>. Su autor podría no serlo para ser uno de los protagonistas, y a nadie le extrañaría. Y es, además, una luz al final de este túnel en el que nos movemos, un toque de atención que nos recuerda que cuando un periódico se vuelve la casa de un gran escritor, éste le hace una reforma que lo llena de luz y lo amplifica. Otra cosa es que haya quien prefiera convertir los diarios en boletines y a los redactores en mecanógrafos. Ese, sin embargo, ya es otro tema. Aquí hablamos de gente que dio lo mejor de sí misma cada mañana o cada tarde, aún sabiendo que un periódico era entonces flor de un día, no como ahora que se ha vuelto eterno en la red. Hablamos de personas que fueron capaces de sintetizar toda una época con su pluma, como dice Vicent que logró hacer <strong>Julio Camba</strong>. Creadores de los que se sigue hablando mucho tiempo después de que a los medios en los que derramaron su inteligencia ya no los recuerde nadie.</p><p>*Benjamín Prado es escritor. Su último libro, <a href="http://www.hiperion.com/index.php/libreria/libros-hiperion/m%C3%A1s-que-palabras-detail" target="_blank">Más que palabras</a> (Hiperión, 2015). </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Benjamín Prado]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Los últimos mohicanos’, de Manuel Vicent]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo,Libros,Literatura,Literatura española,Periodismo,Los diablos azules número 27]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La selva un poquito]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/selva-poquito_1_1129072.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1fc26520-ebf2-4cb6-be97-31a9c4f8f888_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La selva un poquito"></p><p><em>(Comienza Rafael Espejo) </em><strong>Rafael Espejo</strong></p><p>El propietario nos explica que ya nadie alquila casas tan grandes. La gente joven no quiere tener hijos, dice, y si los tiene sólo se atreve con uno, dos a lo sumo. Al parecer, el hombre ha dedicado su tiempo a elaborar una teoría sobre cómo será el mundo en un futuro, cuando el presidente y los ministros y los capitostes de la sociedad sean todos hijos únicos. Adiós a la fraternidad, dice, si seguimos así desaparecerá la palabra “hermano”, y eso, por lo que puedo entender, desencadenará un apocalipsis de egolatría. Un año atrás, su mujer había decidido dividir la casa y cobrar así dos alquileres. Una idea nefasta, debe reconocerlo, porque ahora nadie alquila la mitad de abajo, más oscura. Y por la de arriba no pueden cobrar lo que antes pedían por la casa entera.</p><p>Detrás de la cerca de madera vive un viejo que apenas sale, pero el resto del barrio siempre se queda vacío por estas fechas, así que de momento no tenemos que preocuparnos por los vecinos. Parece convencido de estar dándonos una buena noticia. ¿Habrá empezado ya su futuro ególatra?, pienso mientras subimos por una escalera empinada y estrecha. La madera de los peldaños cruje. El casero introduce la llave en la cerradura, la gira y da un puntapié a la puerta. Las paredes necesitan una mano de pintura, pero en la terraza hay una lavadora industrial y la cocina está equipada con lavavajillas, fuegos a gas y un generoso frigorífico. Las camas disponen de sábanas, fundas, mantas, el ajuar completo, nos explica, de una tía de su mujer que nunca se casó.</p><p>—Algodón puro.</p><p>En el patio de entrada, junto al garaje, tenemos un cobertizo lleno de trastos. Por supuesto, somos libres de deshacernos de todo y meter ahí lo que queramos. Nos invita a que echemos un vistazo a solas, él estará fuera fumando.</p><p>—Si os interesa —dice encendiendo un cigarrillo— desde hoy mismo os podéis quedar, tengo aquí otro juego de llaves. Este fin de semana no lo cobro, cortesía de la casa.</p><p>No negaré que a menudo he fantaseado con algo así, y no me refiero sólo a la casa. Lo que necesitamos es un poco de calma. Una temporada tranquila, sin hombres cerca. Y lo que a menudo he imaginado es exactamente esto: una casa de verdad para las dos. Así que tras darle algunas vueltas, pocas y apresuradas, la verdad, me decido. A mediados de septiembre aún hace bueno y todo puede ocurrir, ¿no?</p><p>Por la noche preparo una lista de tareas más o menos urgentes: cambiar las sillas de la salita por las de la cocina, montar la estantería donde ahora está la tele y llamar a un técnico para que instale otra en la habitación de Margot, aprovechar el plástico acolchado de mis cuadros para embalar las láminas de cacerías y angelotes, etc. Cuanto más pienso, más trabajo se me acumula. Al fin, sólo consigo pegar ojo un par de horas, ya de madrugada. Tras el desayuno, Margot sale a jugar al jardín de entrada y al poco vuelve llorando. La abrazo, trato de consolarla. No está herida. Cuando nos tranquilizamos, entiendo que se ha cruzado con el vecino. El viejo le ha ofrecido unas flores y ella se ha asustado. Por lo que entrecuenta, deduzco que el hombre tiene algo en la cara, una especie de mancha. O una cicatriz. No sabe explicármelo. La verdad es que el casero llevaba razón al decir que casi nunca sale, yo aún no lo he visto. Le explico que mostrar temor por alguien con un defecto no es mejor que burlarse de él. Intento imaginarme qué tipo de deformidad ha asustado a Margot, y deduzco que ese debe de ser el motivo de la reclusión del hombre. Al fin y al cabo, le digo, sólo trataba de ser amable con sus nuevas vecinas, ¿no? Mañana mismo le hacemos una visita. Nos presentamos y de paso le aceptas las flores, ¿qué dices? ¿Le preparamos un brownie?</p><p>Creo que a Margot la casa no le parece ni bien ni mal. Quizá son demasiadas emociones para una niña. Primero murió Mara, su perrita, un golpe duro, hace ahora un año. De su padre sólo le he dicho que está de viaje en Brasil, en una competición de caza deportiva, y que tardará en volver. Ante su insistencia, tuve que improvisar algunos animales: antílopes, íbices, impalas, onagros. La psicóloga insistió en que el duelo puede manifestarse de muchas formas. Los niños, me explicó, somatizan las tensiones de los padres. De modo que lo mejor era tenerla ocupada. Y que no la agobiase. Antes de reñirle por lo que sea, me explicó, piensa que lo que vas a hacer se parece bastante a rascarte un sarpullido, no dejará de picarte así, al contrario... En estos casos conviene tener paciencia. Y aclaró que lo decía con conocimiento de causa: ella también criaba sola a su hijo.</p><p>Aprovecho el primer día de colegio para comprar provisiones y algunas herramientas básicas y un poco arbitrarias: un martillo, arandelas metálicas, cola blanca, silicona, clavos. Soy consciente de que debo ponerme al día con algunas tareas que antes delegaba en Philippe.</p><p><em>(Continúa Andrés Navarro)</em><strong>Andrés Navarro</strong></p><p>Tal vez sea autosugestión, pero noto a Margot más animada. Al terminar las clases, aparece con una compañera, Elena, una niña rubia y enclenque que vive en nuestra misma urbanización. Le pregunto si ha avisado a sus padres de que no va a ir directamente a casa y me enseña su teléfono móvil por toda respuesta. Luego se encierran en el cuarto de Margot y ya no salen hasta la merienda. Las dejo tranquilas. Sobre las ocho acompañamos a Elena unas manzanas más abajo. Su madre, una mujer de mi misma edad y clavada a su hija, parece encantada con la idea de que Elena tenga una nueva amiga. Su marido, encaramado a una escalera, se disculpa por no bajar a saludarnos, la calefacción se ha obstruido y no debería dejarlo más, el frío llegará en cualquier momento. De camino a casa resolvemos visitar al viejo, pero no se ve luz, no parece que haya nadie, y encontramos entonces una excusa perfecta para postergar el protocolo: ni siquiera tocamos el timbre. </p><p>Esa misma noche, al abrir la nevera para preparar unas tortillas, compruebo que faltan huevos: en la bandeja, una de las dos hileras es más corta que la otra. Teniendo en cuenta que suelo comprarlos por docenas, y que sólo cocino para Margot y para mí, resulta cuanto menos dudoso un número de huevos impar.</p><p>La casa está en buen estado, aunque es cierto que se acerca el frío. Así que a la tarea de sacar y organizar la ropa de entretiempo, se suma la de repasar la silicona de las ventanas y las contraventanas. Es increíble lo rápido que cambia el tiempo, como si el otoño durara sólo unos días. También aprovecho el horario escolar para ponerme al día con las traducciones. La mudanza ha retrasado casi todos los trabajos que tenía previsto acabar para finales del verano. Aunque entre el depósito y la primera mensualidad nos hemos quedado casi sin dinero, estoy tranquila. Las chicas de la editorial acostumbran a ser pacientes. Sé que si fuera necesario no me negarían un adelanto.</p><p>Parece que Margot y Elena han hecho buenas migas. Ahora pasan todas las tardes juntas, abstraídas en sus misteriosos juegos en el cuarto de Margot o, como esta tarde, en el cobertizo. Ha sido Elena la que, con voz melosa, me ha pedido permiso para trasladarse allí. </p><p>—De acuerdo, pero tened cuidado. No toquéis nada.</p><p>He dispuesto dos mesas: la rectangular, con el ordenador, un flexo y la foto de familia, mirando al paisaje; y en el rincón, junto a la puerta, la mesa camilla donde irán la impresora y la radio, aunque mientras me organizo se han ido acumulando trastos encima: dos cajas de libros, la colección de piedras de Margot, los diccionarios, el atril, mi anillero en cola de gato… Una montaña. He de reconocer que me cuesta desprenderme de las cosas que me han acompañado durante un tiempo, porque las asocio al estado de ánimo de cuando las usaba. Y todos esos son objetos felices, aunque no del todo necesarios. ¿Para qué quiero tres flexos, por ejemplo? La magdalena de <strong>Proust</strong>, supongo.</p><p>Estoy pensando en eso cuando veo al viejo por la ventana. Cruza el porche de izquierda a derecha, mirando hacia abajo, exhalando humo muy blanco, y luego de derecha a izquierda sin detenerse, y vuelta a empezar. Imagino un ratón atrapado en una urna de vidrio transparente. La primera vez se da de bruces, tal vez sangra un poco por el hocico, de modo que en lo sucesivo gira sobre sí mismo antes de topar con el cristal, por más que un trozo de queso lo tiente al otro lado. Con unos electrodos azules medirían la actividad neuronal, con unos rojos la temperatura... A la vuelta de ese pensamiento el viejo ha desaparecido.</p><p>Está oscureciendo. Es hora de que las niñas se despidan. Las oigo cuchichear desde la escalera. Me acerco con cuidado hasta la puerta. A través de la madera me llegan sus voces intrigantes y sus risitas. Retrocedo unos peldaños y luego piso fuerte, carraspeo, les grito: ¡Hora de cenar, jovencitas, despedíos hasta mañana!</p><p><em>(Sigue Rafael Espejo) </em><strong>Rafael Espejo</strong></p><p>Tras la cena, Margot se retira voluntariamente a dormir, brindándome una tregua con la que no contaba. Aunque estoy cansada, decido aprovechar para organizar el escritorio. Mientras voy sacando trastos de las cajas y buscándoles sitio, no puedo esquivar una de mis conversaciones mentales con Philippe.</p><p>—Hola Cristina, soy yo.</p><p>—A buenas horas.</p><p>—Perdona, no sabes la de veces que he querido llamarte... Todo esto me supera…</p><p>Cuando cuelgo el auricular imaginario me siento fuerte y frágil a la vez, no sé, es una sensación extraña. Esa noche la paso dando vueltas en la cama.</p><p>De alguna manera, vamos creando nuestra pequeña rutina. Me levanto temprano, preparo el desayuno de Margot y, cuando se marcha, aprovecho toda la mañana para trabajar. Las tardes las dedico a ordenar nuestras cosas, además de todo lo que las niñas han ido desordenando. Sé que es normal, y hasta positivo, que Margot me excluya de sus juegos con Elena, pero me preocupa su retraimiento. Por ejemplo, rehuye a toda costa la conversación sobre el colegio, no sé cómo se siente con el cambio. Cuando le pregunto qué tal los maestros, o qué tal los compañeros, o qué tal el gimnasio, lo que sea, ella responde con desgana. Y si le insisto, encuentra siempre el modo de que acabemos hablando de su padre, se enroca, los ojos le tiemblan, y entonces ya no quiero complicarle más la vida. Por eso a veces me acerco a la pared de su habitación, sigilosamente, mientras juega con Elena, o paso por delante de la puerta fingiendo alguna tarea, aguzando el oído. Luego me arrepiento, siento que espiándolas no estoy siendo muy diferente a ellas. La psicóloga me recomendó que respetara su espacio. Es importante que tenga un lugar de intimidad, la niña empieza a destetarse. Y no debería, insitió, inmiscuirme demasiado en sus asuntos.</p><p>Otras veces, casi por accidente, también espío al viejo. Lo veo ahora sentado en su terraza. Aunque es de noche, parece trabajar. Necesitaría unos prismáticos para asegurarlo, pero diría que está modelando una pequeña muñeca de madera. Se ilumina con un flexo de pie, muy parecido al que suelo usar para leer en el salón. Y de pronto caigo en que no he vuelto a ver ese flexo desde que descargamos la furgoneta de la mudanza. ¿Será posible? ¿Habrá algún hueco por el que el viejo haya podido colarse en la casa? ¿Me estará espiando él también a mí? Decido repasar todas las puertas y ventanas, incluido el garaje. Pero quizá lo mejor será que me presente. Sí, de mañana ya no pasa. Repasaré puertas y ventanas y me acercaré a presentarme, eso es lo que haré.</p><p>A la mañana siguiente, una vez que Margot se ha ido al colegio, busco por toda la casa el flexo de pie, pero no está. Ni entre las cajas que faltan por desempacar ni en el garaje. Y estoy segura de que lo trajimos. Reparo en que también me falta una lámpara de mesa. Vuelvo a repasar una a una las tres habitaciones de la casa, el salón, los dos aseos, la cocina. Nada. Acopio fuerzas entonces para visitar al viejo, y a eso voy cuando me tropiezo con un macetero. El dedo gordo del pie me arde, mi manía de andar descalza. Me siento y desde el suelo recompongo las piezas de cerámica. Amontono con cuidado la tierra esparcida para concentrarme en algo y no pensar en el dolor. Y entre la tierra encuentro la llave del cobertizo...</p><p><em>(Cierra Andrés Navarro)</em><strong>Andrés Navarro</strong></p><p>En una de las paredes exteriores, con pintura verde oliva que probablemente ha salido del propio cobertizo, han pintarrajeado: «La selva un poquito». Me quedo mirando esas palabras y no puedo reprimir una carcajada. Doy la vuelta completa al cobertizo, pero ya no hay más pintadas. Abro el portón metálico. Al fondo, en un rincón, veo luces encendidas. Directamente sobre los tablones del suelo, entre el chasis oxidado de una bicicleta y un par de neumáticos, hay tres nidos improvisados con una mezcla de jirones de fieltro, envoltorios de caramelo y hojas secas. Las niñas han dispuesto un huevo en cada nido. Y sobre cada huevo, respectivamente, el flexo de pie, la lámpara de mesa y otro flexo que no reconozco y que probablemente haya venido clandestinamente desde casa de Elena.</p><p>Lo dejo todo como está y vuelvo a la casa. Hay varias llamadas perdidas en el teléfono, todas del mismo número. Justo cuando voy a devolver la llamada, el teléfono vuelve a sonar.</p><p>— Sí, buenos días. ¿Hablo con Cristina, la madre de Margot?</p><p>Es una secretaria, alguien del colegio. Me pide que no me retire, la directora quiere hablar conmigo.</p><p>—¿Cristina? Soy Marisa, nos vimos hace unos días —la recuerdo: cincuenta y tantos, cuidadosamente teñida de moreno azulado y muy nerviosa—. Verá, no sé cómo decírselo, pero Margot ha hecho algo… Margot ha encerrado a su amiga Elena en el baño. En el aseo de profesores. No sé cómo ha podido convencerla, pero así ha sido. Y luego ha ido a buscar a tres niños de su clase y les ha dicho que si pasaban de uno en uno, Elena, bueno, Elena les enseñaría las bragas. Ha ocurrido esta mañana, a primera hora. Hemos preferido no avisarle hasta estar completamente seguros de que ha ocurrido así. Elenita, quiero decir, Elena, ha sufrido algo parecido a un colapso nervioso. Como comprenderá, todo esto resulta bastante embarazoso. Imagínese. Así que he llamado a su madre y nos hemos reunido con la jefa de estudios para analizar el incidente… Su hija necesita ayuda, quiero decir ayuda de un profesional. No es la primera vez que hace cosas extrañas, quizá deberíamos haberle avisado antes, pero quisimos dar un voto de confianza a la niña, ver cómo respiraba... Entiéndame, apenas llevamos un mes de curso. Y lo de hoy ha colmado el vaso, escapa a nuestras competencias. Lo siento, pero tiene que irse. Me veo obligada a expulsarla. Cristina, ¿está usted ahí?</p><p>—Pero es el único colegio de la zona...</p><p>—Lo lamento de veras, ha sido una decisión delicada. Hay una amenaza de denuncia si… Nosotros no vamos a expedientarla, conocemos su situación y no queremos ponerle las cosas más difíciles. Este centro ha sido siempre un ejemplo de buenas maneras. Lo siento. He pedido a un ordenanza que acerque a Margot a casa. Debe de estar al caer. Buenos días.</p><p>Me siento en el escalón del porche y enciendo un cigarrillo. Una auténtica estupidez: es el primer pitillo en siete meses. Decido que no quiero perder ni un segundo con eso. Tampoco con el hecho de que puedo dar por perdida la fianza. Me viene entonces a la cabeza, más que una idea, una revelación: aún no he colocado la ropa de invierno. Sigue perfectamente doblada y metida en cajas, con el precinto de la empresa de mudanzas intacto. Y el frío llegará en cualquier momento. </p><p><em>*Rafael Espejo es escritor. Su último libro es </em><a href="http://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=1610" target="_blank">Hierba en los tejados</a><em> (Pre-Textos, 2015). *Andrés Navarro es escritor. Su último libro es </em></p><p><strong>Un huésped panorámico</strong><em> (DVD, 2010). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Rafael Espejo | Andrés Navarro]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Narrativa,Los diablos azules número 27]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[“Eclipse de mar”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/eclipse-mar_1_1129067.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4531a3f5-5bc8-4d15-8292-fca17b7458b3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="“Eclipse de mar”"></p><p>Joaquín sabina lee los versos de 'Eclipse de mar'.</p><p><strong>Eclipse de mar</strong></p><p>Hoy dice el periódico </p><p>Que ha muerto una mujer que conocí, </p><p>Que ha perdido en su campo el Atleti </p><p>Y que ha amanecido nevando en París </p><p>Que han pillado un alijo de coca, </p><p>Que a Piscis y Acuarios les toca </p><p>El vinagre y la hiel </p><p>Que aprobó el Parlamento Europeo </p><p>Una ley a favor de abolir el deseo </p><p>Que falló la vacuna anti sida, </p><p>Que un golpe de Estado ha triunfado en la Luna </p><p>Y movidas así </p><p>Pero nada decía la prensa de hoy de esta sucia pasión, </p><p>De este lunes marrón </p><p>Del obsceno sabor a cubata de ron de tu piel, </p><p>Del olor a colonia barata del amanecer</p><p>Este cuarto sin medias ni besos</p><p>Este frío de agosto en los huesos</p><p>Como un bisturí</p><p>Hoy amor, como siempre </p><p>El diario no hablaba de ti</p><p>El diario no hablaba de ti, ni de mí </p><p>Hoy dijo la radio </p><p>Que han hallado muerto al niño que yo fui </p><p>Que han pagado un pasote de pelas </p><p>Por una acuarela falsa de Dalí </p><p>Que ha caído la bolsa en el cielo, </p><p>Que siguen las putas en huelga de celo en Moscú </p><p>Que subió la marea, </p><p>Que fusilan mañana a Jesús de Judea, </p><p>Que creció el agujero de ozono, </p><p>Que el hombre de hoy es el padre del mono del año 2000 </p><p>Pero nada decía el programa de hoy de este eclipse de mar, </p><p>De este salto mortal, </p><p>De tu voz tiritando en la cinta del contestador, </p><p>De la manchas que deja el olvido a través del colchón</p><p>Del otoño como una amenaza</p><p>Del dolor de encontrar en las tazas huellas de carmín</p><p>Hoy amor, como siempre </p><p>El diario no hablaba de ti</p><p>El diario no hablaba de ti</p><p>El diario no hablaba de ti, ni de mí </p><p>Esta canción pertenece al disco <em>Mentiras piadosas</em> (1990)</p><p><em>*Joaquín Sabina es músico y poeta. Su último libro es Garagatos (Artika, 2016). </em></p><p><a href="http://ciudadsabina.com/" target="_blank">Joaquín Sabina</a><a href="http://artika.es/joaquin-sabina/garagatos.html" target="_blank">Garagatos</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Joaquín Sabina]]></author>
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      <media:title><![CDATA[“Eclipse de mar”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Joaquín Sabina,Literatura,Música,Los diablos azules número 27]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cimientos periodísticos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/cimientos-periodisticos_1_1129055.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2759d62a-30f6-4149-a6f4-58eba8efd447_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cimientos periodísticos"></p><p><em>La redacción de</em> infoLibre<em> </em><em>recomienda algunos de los títulos sobre periodismo que han influido en su forma de abordar el oficio. </em></p><p><strong>Matar a un periodista. El peligroso oficio de informar</strong></p><p><strong> Terry GouldTraducción de Isabel MurilloLos libros del linceBarcelona2013</strong></p><p>“Ninguno de los periodistas de este libro se mantuvo a una distancia prudente del lobo”. Engarzada en un párrafo del último capítulo de <a href="http://www.loslibrosdellince.com/matar-a-un-periodista/" target="_blank"><em>Matar a un periodista. El peligroso oficio de informar</em></a>, esa es la valiente, terrible y conmovedora seña de identidad que une a los protagonistas del libro de <strong>Terry Gould</strong>, todos ellos asesinados. Neoyorquino afincado en Vancouver desde su etapa de estudiante y representante él mismo del mejor periodismo de investigación, los seis retratos individuales que dibuja Gould —de la célebre <strong>Anna Politkovskaya</strong> al casi desconocido en España informador local colombiano <strong>Guillermo Bravo</strong>, <em>el Loco Bravo—</em> hielan el corazón. O lo caldean si quien los lee cree que el periodismo siempre y necesariamente implica meterse en la boca de algún lobo. A ser posible, en la de alguno menos cruento y sanguinario que aquellos que se vislumbran en este volumen. <em>Por Alicia Gutiérrez. </em><strong>Alicia Gutiérrez</strong></p><p><strong>¡Noticia bomba!</strong></p><p><strong> Evelyn Waugh Traducción de Antonio MauriAnagramaBarcelona2014</strong></p><p>Que el periodismo no está para risas no es noticia. Pero está bien abstraerse unas horas y echarse unas carcajadas <a href="http://www.anagrama-ed.es/libro/la-conjura-de-la-risa/-noticia-bomba-/9788433921031/CNJ_3" target="_blank">con este libro de Evelyn Waugh</a>. Puede ocurrir que el director de un periódico quiera dar prestigio a sus crónicas de guerra echando mano de un escritor que viene bien recomendado por altos representantes de la clase política. Y también puede ocurrir que cuando traslada a sus subordinados la orden de fichar a ese escritor para convertirlo en corresponsal, una cadena de errores conduzca a que se acabe contratando a una persona apellidada igual, Boot, pero que nada tiene que ver con la pretensión original. Sin ser consciente de ello, el <em>Daily Beast</em> acaba enviando a cubrir la guerra en una república africana a un columnista especializado en retratar la Inglaterra rural con nulo interés en la información internacional, y menos en los conflictos bélicos. Las escenas que este contexto proporcionan al lector son surrealistas, sí. Pero, con la ironía como canal, también se percibe cierta crítica a la labor de las empresas periodísticas y a los profesionales de la información. Waugh escribió esto en 1938. Hay cosas que todavía no han cambiado. <em>Por Yolanda González. </em><strong>Yolanda González</strong></p><p><strong>La noche de Tlatelolco</strong></p><p><strong>Elena Poniatowska Escolar y MayoMadrid2015</strong></p><p>La matanza de decenas de estudiantes en la Ciudad de México, en 1968, es una de las historias clave de la historia reciente mexicana. Publicado en 1971, <a href="http://www.escolarymayo.com/libro.php?libro=7004089&menu=7001002&submenu=7002004" target="_blank">en esta macrocrónica</a> se recogen multitud de testimonios de los agitados días anteriores y posteriores a la trágica noche que se vivió en la céntrica plaza de Tlatelolco. Un trabajo exhaustivo y minucioso que cede el protagonismo a la forma de contar, al lenguaje y a las ideas de los entrevistados. <em>Por </em><em><strong>Saila Marcos</strong></em>. </p><p><strong>Mujer en guerra</strong></p><p><strong>Maruja TorresPlanetaBarcelona2007</strong></p><p><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-mujer-en-guerra/11303" target="_blank"><em>Mujer en guerra</em></a> es una lectura cómplice acerca de las andanzas que la periodista catalana experimentó en sus inicios, desde las calles del Raval hasta las barricadas de un Líbano en pleno conflicto. Se trata del relato de una joven de barrio —mujer, pobre, subversiva— que recorre toda una serie de caminos, pedregosos casi por norma, hasta llegar a lo que más tarde se convierte en oficio y compañero de vida. La fuerza contagiosa de sus palabras hacen de <em>Mujer en guerr</em>a un imprescindible donde la sencillez y la ironía no dejan lugar a los mitos y egos que tan habitualmente monopolizan las voces de la profesión. <em>Por </em><em><strong>Sabela Rodríguez Álvarez</strong></em>. </p><p><strong>Mediterráneo descapotable</strong></p><p><strong>Íñigo DomínguezLibros del K.O.Madrid2015</strong></p><p><a href="http://www.librosdelko.com/products/mediterraneo-descapotable" target="_blank">En este libro</a>, que recopila una serie de artículos publicados en <em>El Correo</em>, Domínguez recorre la costa española registrando las heridas que ha dejado la cultura del derroche en el paisaje. Con tono irónico, la historia bascula entre el humor -el periodista arroja datos tan desconcertantes como el análisis de sangre gratuito que hacen a todo huésped alojado en Marina D'Or— y la nostalgia por un urbanismo sostenible y un turismo menos agresivo. <em>Por Saila Marcos. </em><strong>Saila Marcos</strong></p><p><strong>Zona de obras</strong></p><p><strong> Leila GuerrieroCírculo de tizaBarcelona2014</strong></p><p>A ojos de los lectores, el periodismo (el decente) es un ejercicio de seguridad, una exposición constante de certezas. De puertas para adentro, es un ovillo de dudas. Las preguntas que plantea el reportero son aquellas que le habitan. <strong>Leila Guerriero</strong>, cronista brillante y maestra casi a su pesar de jóvenes y no tan jóvenes deseosos de ingresar en la secta de los plumillas, acepta compartir <a href="http://circulodetiza.es/atencion-estas-en-zona-de-obras/" target="_blank">en este compendio de artículos </a>el trabajo que queda entre bambalinas. Las dudas, la permanente construcción que es el periodismo (el bueno). Quienes admiramos su prosa rica y exacta admiramos también la humildad con la que aborda el oficio y el respeto con el que aborda la escritura. <em>Por </em><em><strong>Clara Morales</strong></em>.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[La redacción de infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Cimientos periodísticos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Periodismo,Periodistas,Los diablos azules número 27]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En memoria de Michael Herr]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/memoria-michael-herr_1_1129053.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f2276ea7-a726-41ba-bd3e-44fa85e5570b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En memoria de Michael Herr"></p><p>Cuando a la verdad del periodismo y la verdad de las novelas se le añade el talento de un gran cineasta puede surgir una obra tan auténtica como <em>Apocalypse Now</em>. La historia de esta película de <strong>Francis Ford Coppola</strong> bebe en dos fuentes narrativas previas: <em>El corazón de las tinieblas</em>, la novela de <strong>Joseph Conrad</strong>, y<em> Despachos de guerra</em>, la recopilación de las crónicas vietnamitas de <strong>Michael Herr</strong>. La primera aporta el hilo conductor del viaje de pesadilla a través de un río en busca del perturbado Kurtz; la segunda, las espeluznantes escenas que dan cuenta de la demencia que se adueñó de Estados Unidos y sus soldados en la guerra de Vietnam.</p><p>Michael Herr ha muerto a comienzos de este verano, a los 76 años de edad. Hacía mucho que no seguía la actualidad, así que, de todas formas, se habría evitado el espectáculo de los asesinatos en masa de estos tórridos meses en Francia, Alemania, Irak, Turquía, Japón, Estados Unidos y otros lugares. Él ya tuvo en Indochina su ración de derrame absurdo de sangre y jamás se repuso. “Vietnam fue lo que tuvimos en vez de una infancia feliz”, solía decir. Cuentan que vivía consagrado a intentar cicatrizar sus heridas internas.</p><p><em>Despachos de guerra</em> (<em>Dispatches</em>, en la versión original) es uno de los mejores libros periodísticos jamás publicados. Herr supo encontrar el febril tono narrativo que convenía a aquella guerra. Nada de transcripción de los ridículos comunicados oficiales de la Casa Blanca o el Pentágono; en su lugar, alucinantes escenas de acción y diálogos tan trepidantes como una escapada del fuego enemigo a través de la jungla. Unas y otros vividos por él en sus múltiples excursiones al frente junto a unos soldados que no entendían qué carajo estaban haciendo allí.</p><p>Con aquellas crónicas bélicas para la revista <em>Esquire </em>de entre 1967 y 1969, Herr se convirtió en uno de los ejemplos canónicos de lo que dio en llamarse nuevo periodismo estadounidense, un periodismo que intentaba estar tan bien escrito como, al menos, una novela aceptable. Otros ejemplos fueron lo que nos ofrecieron <strong>Truman Capote</strong>, <strong>Norman Mailer</strong>, <strong>Tom Wolfe</strong>, <strong>Gay Talese</strong>, <strong>Hunter S. Thompson</strong> y <strong>Robert Sabbag.</strong> </p><p>Herr colaboró con Coppola en el guión de <em>Apocalypse Now</em>. (También fue el autor del guión de otra gran película sobre Vietnam:<em> La chaqueta metálica</em>, de <strong>Stanley Kubrick</strong>). Su aportación le dio al filme la verdad periodística del asalto de los helicópteros norteamericanos a la aldea vietnamita a los sones de la<em> Cabalgata de la Valkirias</em>, o del estado de total estupefacción química con el que combatían los bravos soldados que allí defendían a Occidente de los terribles peligros del comunismo, la invasión de los marcianos, la irrupción de Godzilla o lo que fuera que encarnaran aquellos hombrecillos de ojos rasgados del Vietcong.</p><p>Coppola había querido que el eje de su trama estuviera basado en otra verdad: la de las novelas. En concreto, la de <em>El corazón de las tinieblas</em>. Obra de ficción, <em>El corazón de las tinieblas</em> constituye, no obstante, el mejor testimonio sobre la colonización del Congo por los belgas del rey <strong>Leopoldo II</strong>. El horror que destila esta corta novela está basado en la propia experiencia de Conrad, que, nueve años antes de escribirla, trabajó de marinero en una expedición por el río Congo y fue testigo de la brutalidad con que los colonizadores trataban a las poblaciones indígenas. El tráfico de marfil, el desvarío de Kurtz y hasta las cabezas empaladas son tan genuinos como el napalm de Vietnam.</p><p>La verdad del periodismo se fundamenta en su condición de estar basado en hechos ciertos y verificables. La de las novelas, en su capacidad de poder contar cosas reales que el periodismo no podría hacer sin que el autor, el director y el editor dieran con sus huesos en la cárcel. No son contradictorias: el buen lector sabe que dónde termina una y comienza la otra.</p><p>Si está bien escrito, como lo están las crónicas de Herr, el periodismo es literatura de no ficción, un pariente noble del relato, el cuento o la novela. El reportaje le transmite al lector una historia real que puede interesarle, una historia de cuyos hechos, protagonistas y ambientes el periodista es notario. </p><p>Si está bien documentada, como lo está <em>El corazón de las tinieblas</em>, la novela es un reportaje presentado con la coartada de la ficción. Le advierto de que todo lo aquí va a leer es fruto de la imaginación del autor, pero, como usted no tiene un pelo de tonto, no va a tardar en descubrir que todo es mil veces más auténtico que lo que dicen el rey Leopoldo II y los periodicuchos que transmiten su propaganda. La novela —así la utilizó Conrad para contar el infierno congolés— puede ser utilizada como un modo de acceder a la verdad sin abrasarse.</p><p>La calidad de un reportaje o una novela no están tanto en la historia en sí como en el modo en que el autor hace que el lector la recorra. El periodismo y la novela comparten la obligación de atrapar al lector desde la primera hasta la última palabra. No hay novelista o aprendiz de novelista que lo haya olvidado, pero sí, lamentablemente, la mayoría de los periodistas. Sería bueno que leyeran a Herr y mandaran a la mierda al redactor jefe.</p><p><em>*Javier Valenzuela es periodista. Trabajó 30 años en </em><a href="https://twitter.com/cibermonfi?lang=es" target="_blank"><strong>Javier Valenzuela</strong></a>El País<em>, es fundador de </em>tintaLibre<em> y columnista de </em>infoLibre<em>, y autor de </em><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-tangerina/174725" target="_blank">Tangerina</a><em>(MR). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Javier Valenzuela]]></author>
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      <media:title><![CDATA[En memoria de Michael Herr]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Novela,Periodismo,Los diablos azules número 27]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Viviendo entre el mejor oficio del mundo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/viviendo-mejor-oficio-mundo_1_1129051.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>El periodismo, como decía <strong>Gabriel García Márquez</strong>, es “el mejor oficio del mundo”. Y el reportaje, que también es un género literario; y la literatura, que podría ser su variante, en cuanto a que el escritor es, primero, un espía de la realidad, y luego un creador, igual hacen parte del mejor oficio porque se comportan como pasiones que te empujan a vivir y, sin las cuales, la vida se convierte en una aburrida sucesión de días vacíos de emoción… Ahora, por ejemplo, cuando acabo de publicar mi última novela, <a href="http://www.megustaleer.com/libro/el-rastro-de-tu-padre/CO27733" target="_blank"><em>El rastro de tu padre</em></a>, y apenas empiezo a concebir una nueva, sueño con regresar a ese tiempo en que me encerraba durante meses a inventar y a narrar la historia de unos personajes que había imaginado y sin cuya compañía ya no quería estar.</p><p>Pero el periodismo también es un vicio que te obliga a no abandonarlo en ningún momento; a descubrir la noticia escondida a donde quiera que vas, así se trate de un velorio, o de una fiesta de pueblo, o de una reunión política, o de una tertulia de comadres; a brincar de emoción cuando das con una primicia; a estar pendiente de los diarios y los noticieros las 24 horas del día; a vivir para ser periodista porque te es imposible imaginarte en una vida distinta...</p><p>Además, el periodismo tiene otra característica: te impide aburrirte porque, gracias a su presencia, tus días son todos diferentes y los vives al borde del colapso, moviéndote entre el vértigo del cierre de la edición de hoy y del de la de mañana. Y, así, en medio de la pasión absoluta, la vida se te pasa y piensas que si te tocara volver a vivir, serías de nuevo periodista, y escribirías novelas, e intentarías ponerle algo de poesía y de emoción a esos días que, como decía el poeta <strong>Auelio Arturo</strong>, uno tras otro son la vida.</p><p><em>*</em><a href="http://www.patricialarasalive.com" target="_blank">Patricia Lara </a><em>es una referencia imprescindible del periodismo colombiano. Ha sido corresponsal para </em>Nueva Frontera<em> y </em>El Espectador,<em> y fundadora de </em>Cambio16 Colombia<em>. Recibió el Premio Nacional de Periodismo en su país en 1994.  #dts iframe {display:none!important;}   #dts #txt iframe, #dts .col8-f1 iframe {display:block!important;}   </em></p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Patricia Lara Salive]]></author>
      <media:title><![CDATA[Viviendo entre el mejor oficio del mundo]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Colombia,Periodismo,Periodistas,Los diablos azules número 27]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘¡La exclusiva!’, el choque entre el viejo y el nuevo periodismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/exclusiva-choque-viejo-nuevo-periodismo_1_1129050.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/97e776a7-b9db-4ab6-aa00-f9f58968d7b3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘¡La exclusiva!’, el choque entre el viejo y el nuevo periodismo"></p><p><strong>Annalena McAfee</strong>, experimentada periodista británica y exdirectora del suplemento cultural de<em> The Guardian</em>, publicó en 2012 la mejor versión moderna de las mejores novelas clásicas de periodismo. Quién sabe por qué casi todas las novelas de periodistas son mordaces, cínicas, irónicas y con personajes que trabajan al límite de la moral. Lo es <a href="http://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/-la-exclusiva-/9788433978462/PN_816" target="_blank"><em>¡La exclusiva!</em></a>, como tituló McAfee de forma convencional la que fue su primera novela. Un entretenido y brillante relato sobre el comienzo del fin del periodismo tradicional que perece a manos de la revolución digital. La crítica recibió el libro con agradable sorpresa por la calidad literaria de una ópera prima escrita por una autora ya en su madurez profesional.</p><p>La periodista sitúa la trama novelesca a finales de los años noventa, con la prensa británica como escenario. El mundo digital aún estaba en pañales, pero ya se barruntaba que el reinado de Internet no iba a ser un simple cambio tecnológico, sino toda una revolución llamada a transformar la práctica periodística hasta el tuétano. Las décadas transcurridas no han hecho sino acrecentar las tendencias que apunta McAfee en su novela. El periodismo de descolgar el teléfono para hablar con las fuentes o de relatar los hechos desde el lugar de la noticia ha dejado paso a las redes sociales como manantial inagotable de impactos y virales. </p><p>Los personajes que sujetan <em>¡La exclusiva! </em>son dos mujeres periodistas. Honor Tait, una gran dama del periodismo de 79 años, curtida en los tiempos gloriosos de la tinta del papel como corresponsal de guerra, cronista de los mayores acontecimientos históricos del siglo XX y entrevistadora de los grandes líderes del planeta. No es difícil intuir en ella los rasgos de la legendaria <strong>Oriana Fallaci</strong>. Le da la réplica Tamara Sim, joven veinteañera ambiciosa y sin escrúpulos, que busca salir de la precariedad laboral buscando una exclusiva a toda costa en el mundo del sensacionalismo y el cotilleo donde se mueve. Aquel en el que la vida privada de los famosos es lo único interesante y donde los detalles más escabrosos de la intimidad de famosos, políticos o empresarios ganan la partida a cualquier otra información.</p><p>Tamara entrevista por encargo a Honor y el choque entre las dos mujeres y su forma de ejercer el periodismo es el telón de fondo de la novela. Toda una vida las separa. La una, agarrada a su gloriosa historia del periodismo. La otra, con el “todo vale” y la búsqueda del impacto inmediato como única escuela de periodismo. McAfee retrata con sarcasmo las diferencias culturales que separan a la joven —obsesionada por descubrir los detalles escabrosos de la vida íntima de Honor Tait— de la anciana periodista que evita responder a las preguntas y se burla de la ignorancia de los nuevos reporteros. El abismo entre ambas puede resumirse en un momento dado de la entrevista y en media página de la novela. Tamara teme que la grabadora no funcione y Honor le responde —sarcástica— que sería una lástima porque no se habría perdido un conocimiento semejante desde la Biblioteca de Alejandría. La joven apunta en su libreta: consultar en Google qué es Alejandría y qué le pasó a su biblioteca. Más adelante, la entrevistada le habla de la Revolución Cultural y de Vietnam y la entrevistadora tampoco sabe de qué le hablan. Muy crítica con la deficiente y mediocre formación de los nuevos periodistas, la autora ha recomendado a los alumnos de las Facultades de Periodismo que se formen en Historia y en Humanidades. Cualquiera que haya trabajado en una redacción en las últimas décadas formulará exactamente la misma recomendación que Annalena McAfee.</p><p>A pesar de que la novela está ambientada a finales de los noventa, cualquier periodista se sentirá como en casa al pasar sus páginas. El choque entre Honor Tait y Tamara Sim llega hasta nuestros días. La autora es capaz de relatar con toda naturalidad la vida diaria en las redacciones de los diarios porque es el ambiente donde ella misma ha vivido. No sólo eso. También ha experimentado en su propia familia cómo se las gasta la prensa amarilla británica. Su marido es el célebre escritor <strong>Ian McEwan</strong>, cuya vida ha dado para más de una portada y no sólo por su obra literaria.</p><p>La novela está recorrida por la añoranza de una forma de entender el periodismo que toca a su fin. McAfee es contundente en la denuncia de las manipulaciones, la mediocridad y el sensacionalismo de los editores de los tabloides. Si bien acaba siendo piadosa para con los jóvenes periodistas como Tamara Sim, a quienes presenta como víctimas de la nueva realidad digital a la que tienen que acomodarse obligatoriamente. Tal y como ella misma ha dicho, "finalmente ni la mujer mayor es tan íntegra ni la joven tan rastrera". La rutilante fachada de fama y premios de la veterana esconde las miserias del naufragio familiar motivado por la dedicación exclusiva de la madre a su profesión. También aquí las mujeres periodistas podrán sentirse identificadas con la protagonista. En definitiva, las dos periodistas representan lo mejor y lo peor del oficio. Y el coro de colegas y jefes que las acompañan, también. El periodismo veterano y el nuevo acaban por reconocerse mutuamente. Así como se identifican los dilemas éticos consustanciales al ejercicio profesional desde el comienzo de los tiempos.</p><p>El lector reconocerá en la novela la falta de ética de algunas prácticas periodísticas, la ambición de publicar cualquier información al precio que sea, los codazos para ser el primero, la ausencia de límites que lleva a hurgar en la basura —de forma real y literal—, la vanidad de los periodistas que persiguen la fama a toda costa, el vértigo con el que se desencadenan los acontecimientos informativos y las consecuencias que tiene lo que se publica en los medios sobre la vida de las personas. En suma, el periodismo en estado puro. El de antes y el de ahora, inmersos en una crisis —de modelo de negocio pero también de principios— que empezó a finales de los noventa y aún no ha terminado.</p><p><em>*Lucía Méndez es periodista y madre (como se define en Twitter), redactora-jefe de </em><a href="https://twitter.com/LuciaMendezEM" target="_blank"><strong>Lucía Méndez</strong></a>El Mundo<em>, analista política en radio y televisión y autora de los libros </em><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-duelo-de-titanes/2493" target="_blank">Duelo de titanes</a><em>y </em><a href="http://www.esferalibros.com/libro/morder-la-bala/" target="_blank">Morder la bala</a><em>, y editora de El poder es cosa de hombres, memorias de Cristina Alberdi. </em><a href="http://www.esferalibros.com/noticias/cristina-alberdi-presenta-sus-memorias-un-libro-combativo/" target="_blank">El poder es cosa de hombres</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Méndez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘¡La exclusiva!’, el choque entre el viejo y el nuevo periodismo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Periodismo,Periodistas,Los diablos azules número 27]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Crítica y reivindicación del periodismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/critica-reivindicacion-periodismo_1_1129043.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/eaca132f-a2b3-443e-bf41-2f52557d3b3d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Crítica y reivindicación del periodismo"></p><p>El periodismo español ha sufrido un tsunami. En un paisaje de escombros se divisan las ruinas de grandes grupos editoriales mientras se levantan aquí y allá nuevos medios digitales con recursos limitados. Ni ha terminado de morir un sistema que enfermó hace ya muchos años ni se sabe aún cuánto logrará crecer el recién nacido. Abundan los análisis de gurús que reparten culpas o vaticinan nuevas revoluciones. Mientras tanto, miles de periodistas en lo mejor de sus trayectorias vagan como zombies porque las empresas respondieron a la crisis desechando precisamente la materia prima de su negocio: la información, y los profesionales que la manejaban se han visto despedidos, prejubilados o forzados a colaborar en cinco cabeceras para reunir un salario mileurista. Hay decenas de estudios y testimonios muy valiosos para entender esa tormenta perfecta que nos ha traído hasta aquí. Pero hemos elegido dos libros de memorias, tan diferentes como complementarios, entre los publicados en los últimos meses, para entender la complejidad del panorama mediático, eso que los sabios llaman <em>cambio de paradigma</em>, y para poner en valor lo que de verdad importa: ¿qué podemos hacer para expiar nuestras propias culpas y recuperar la credibilidad? ¿Qué debemos hacer para convencer a los ciudadanos de que un buen periodismo es más necesario que nunca como arma de defensa democrática contra los abusos del poder? De la mano de veteranos y excelentes periodistas encontramos algunos caminos, preguntas y respuestas.</p><p><strong>José Martí Gómez</strong> (1937, Morella, Castellón) ha escrito lo que él mismo dibuja como “una desordenada crónica personal” y la ha titulado con la célebre definición que <strong>Albert Camus</strong> hizo del periodismo: <a href="http://www.claveintelectual.com/index.php/titulos/el-oficio-ms-hermoso-del-mundo-una-desordenada-crnica-personal/" target="_blank"><em>El oficio más hermoso del mundo</em></a> (Clave Intelectual). La elección no es simplemente estética o vocacional. Se trata de una reivindicación ética del ejercicio del periodismo como oficio, con todo lo que eso conlleva de autoexigencia, de pasión por el detalle, de curiosidad enfermiza por conocer lo que pasa y por entender por qué pasa. Y contarlo cumpliendo el papel que Camus otorgaba a los periodistas como “historiadores de nuestros días”. Cada página de estas singulares memorias contiene píldoras más eficaces contra las enfermedades actuales del periodismo que cualquier tratado académico. </p><p>No es casual que Martí Gómez, a quien <strong>Enric González</strong> califica como “el mejor reportero español”, elija para el arranque de estas memorias una conversación que mantuvo con <strong>Roy Lewis</strong>, autor de <em>Por qué me comí a mi padre</em>. Hablan de la evolución, del progreso, de la resistencia a la modernidad o de la pérdida de valores. Y Martí da voz a Lewis para advertir: “chimpancés, gorilas y periodistas, especies en riesgo de extinción”. </p><p>Como tampoco es casual que el libro concluya con otra conversación, a cuatro voces, del autor con tres reconocidos periodistas que de distintos modos forman parte de la memoria profesional y vital de Martí Gómez y que además representan tres grandes <em>autovías </em>de la información: <strong>Josep Ramoneda</strong> (prensa), <strong>Javier del Pino</strong> (radio) y <strong>Jordi Évole</strong> (televisión). En esa charla dan un repaso crítico, autocrítico, irónico y sobre todo realista al comatoso estado de salud del periodismo en España.</p><p>Y entre el principio y el final desarrolla Martí Gómez una crónica personal tan “desordenada” como puede ser la vida de un periodista entre la dictadura franquista de los años sesenta y la desorientación democrática de 2016. Contiene el “desorden” lógico en quien ha abordado con la misma pasión el periodismo de sucesos o de tribunales que la crónica política o la entrevista en profundidad, todos ellos terrenos en los que Martí Gómez ha desempeñado el oficio durante cinco décadas. Van asomando al relato nombres protagonistas de la evolución política, de la censura de prensa en Barcelona o en Madrid, de la corrupción de la dictadura y de quienes circulaban cómodamente por esas cañerías que conectaron el franquismo y la transición, o lo que el autor irónicamente bautiza como “transfranquismo”.</p><p>Ese aparente e intencionado desorden en la narración desaparece si se observa la coherencia del relato en lo que más importa: la descripción y los testimonios directos de personajes clave de la época, pero no sólo de la política o el periodismo, incluso voces anónimas que dicen más del tiempo vivido que voluminosas autobiografías frecuentemente hagiográficas. Como ocurre cuando Martí Gómez cuenta los riesgos que corría el escritor <strong>Juan Marsé</strong> en la Barcelona de finales del franquismo. “Por su barrio paseaba un anciano que, siempre que le veía, le decía: 'Vigile, Marsé, que le pueden pegar una hostia'. '¿Quién?' [preguntaba Marsé].' No lo sé , pero en este país siempre hay gente dispuesta a pegar una hostia' [concluía el anciano]. Repite Marsé, como un mantra: '¡Este país de todos los demonios!”.</p><p>En aquel país de todos los demonios, <strong>Manuel Vázquez Montalbán</strong> firmaba artículos con veinte seudónimos diferentes para intentar sortear la persecución implacable de la censura. “Manolo fue un hombre forjado en los juzgados del franquismo y en la censura del estertor del transfranquismo…”, escribe Martí Gómez recordando los días, meses y años en los que Vázquez Montalbán entraba y salía de los juzgados o pasaba un tiempo en la cárcel. Otro ejemplo de ese sentido camusiano del periodismo que recorre el libro. Vázquez Montalbán no podía concebir un periodismo que no fuera comprometido con los más débiles y enfrentado al poder. </p><p>Historias del poder recorren la crónica. Pero no exclusivamente centradas en los gobernantes, de <strong>Manuel Fraga</strong> a <strong>Felipe González</strong>, <strong>José María Aznar </strong>o <strong>Jordi Pujol</strong>, sino protagonizadas a menudo por personajes tenidos por secundarios pero que en realidad marcan y condicionan la historia, como <strong>Carmen Díez de Rivera</strong> o <strong>Teresa Pámies</strong>. El periodismo de trazo grueso suele quedarse en los números uno, en la cartelería de la política; el de precisión y observación hurga en los alrededores, en los entornos del poder, donde suelen cocerse los asuntos de enjundia u ocultarse las claves que explican la realidad.</p><p>Quien quiera entender en qué consiste, o debería consistir, la labor del periodista, tiene en el ensayo de Martí Gómez una estupenda hoja de ruta. Tras su paso por distintas corresponsalías, el reportero vuelve al reporterismo de lo más cercano, y los capítulos dedicados a analizar, con ejemplos concretos y muy útiles confesiones, la teoría y la práctica del periodismo de investigación, son imprescindibles. Para distinguir la filtración dirigida a desviar el foco de la búsqueda documentada de una verdad. O para saber confiar más en la palabra de una fuente absolutamente fiable que en esa doctrina de contrastar en cinco o en siete voces lo que no sirve sino para reiterar una media verdad.</p><p>La charla con la que concluye el libro de Martí Gómez tiene la cualidad de huir del sermoneo y la solemnidad tanto como de la resignación. La amigable confrontación de reflexiones y experiencias entre Del Pino, Ramoneda y Évole, con Martí Gómez como conductor o testigo discreto, parte de la confesión de que están hablando unos “privilegiados” en una profesión absolutamente diezmada y acorralada. Se trata de voces de distintas generaciones, curtidas en radio, televisión y prensa, con los matices que eso significa, pero coincidentes a la hora de señalar que los grandes grupos de comunicación no están interesados en el buen periodismo y en su dimensión social. Que quedan o surgen “rendijas” de libertad en esos grandes medios. Que vivimos “un periodo de guerrillas”, en palabras de Ramoneda corroboradas por Évole. Y que en la realidad digital abunda, como en televisión, la pura banalidad o entretenimiento, pero también aparecen nuevos medios sin ligaduras al poder económico, político o financiero que se esfuerzan por utilizar las nuevas herramientas precisamente para ejercer un mejor periodismo. </p><p>Cita Martí Gómez, en un pasaje del libro, algo que le dijo en su día la escritora <strong>Ana María Matute</strong>: “La experiencia es algo que te llega cuando ya no te sirve para nada”. Lo indudable es que la experiencia propia puede servir a otros. La de Martí Gómez reivindica “el oficio más hermoso del mundo” al tiempo que advierte sobre el riesgo de extinción de la especie de los periodistas si “en lugar de patear la calle rastreando historias se sientan al ordenador como si fuese un juguete”. Como los chimpancés. Como los gorilas. Eso es exactamente lo que al poder interesa que hagamos.</p><p>_____________________________</p><p><strong>Nativel Preciado </strong>(1948, Madrid) ha escrito, como Martí Gómez, una crónica personal, repleta de vivencias directas que incluyen también el periodo de finales del franquismo y la Transición de la dictadura a la democracia y llegan hasta el día de hoy. La ha titulado <a href="http://www.planetadelibros.com/libro-hagamos-memoria/211943" target="_blank"><em>Hagamos memoria</em></a> (Fundación José Manuel Lara), y coloca el foco principal en la compleja relación entre políticos y periodistas. Utiliza Preciado un recurso original para acercar la narración al presente y trasladar una constante sensación de <em>déjà vu</em>: charla con “un joven politólogo (la profesión de moda), listo y culto… que está colaborando en una investigación sociológica sobre las causas de la decepción política de los españoles”.</p><p>La conversación entre la veterana periodista y el joven politólogo bloquea la más mínima tentación de caer en “batallitas del abuelo” o en la recreación de mitos establecidos desde la melancolía, pero a la vez aporta la clarividencia de que no se descubre cada día el Mediterráneo. Cada página añade elementos que llevan a la conclusión de que nada de lo que estamos viviendo es completamente nuevo. Cada línea de este <em>Hagamos memoria</em> es una cura de humildad, para políticos y periodistas, así como una reivindicación del protagonismo de los ciudadanos como principales impulsores de todo cambio profundo.</p><p>Nativel Preciado parte de una convicción que no es frecuente en la literatura periodística (ni política) memorialista: “Muchos tienden a confundir la historia con su propia biografía… Dicha confusión entre la historia y cómo la vivimos, nos lleva a mitificar el pasado; porque de jóvenes éramos arrogantes y nos creíamos muy listos. Lo mismo que les sucede a los políticos de ahora”. Así que Preciado intenta en todo momento tener en cuenta el presente y analizar el pasado desde la autocrítica y la humildad, huyendo de la mitología de la Transición, pero también de la demonización facilona de la misma. Sólo se puede ser mínimamente “objetivo” si se empieza por asumir la subjetividad que impregna cualquier visión del presente o del pasado. Por eso denuncia Nativel Preciado la abundacia de “memorias alteradas”, y pone el ejemplo del intento de golpe del 23-F y el empeño de unos cuantos diputados en contar que permanecieron en pie como <strong>Suárez </strong>o <strong>Carrillo</strong>, pese a que las imágenes grabadas y los testigos presenciales los dejan en evidencia. El relato de Preciado gana aún más credibilidad en el momento en que relata cómo se inventó que estaba embarazada para poder escapar de las metralletas que la apuntaban en una sala del Congreso tomado por el coronel <strong>Tejero</strong>.</p><p>Preciado ejerció el periodismo parlamentario justo cuando el Congreso acababa de recuperar la potestad de legislar democráticamente la gobernación del país, por cierto sin mayorías absolutas, todo pendiente de cada pacto o transacción puntual. Recuerda la autora el altísimo nivel de transparencia informativa en materia política, basada no en la convicción sino “en las inquinas de unos contra otros”, especialmente entre los diversos grupos que conformaban la UCD de Adolfo Suárez. Por el libro van desfilando datos, imágenes, entrevistas recuperadas con los principales protagonistas de la evolución política, y reconoce Preciado que entre los periodistas “había más compadreo con los socialistas (“lo mismo que ahora sucede entre los informadores más jóvenes y los dirigentes de Podemos”), por una cuestión de afinidad generacional, ideológica y hasta estética.</p><p>Quizás ese sea el mayor valor del testimonio de Nativel Preciado: su permanente intento de confrontar la realidad actual del periodismo y de la política con la que se vivió hace cuarenta años. “No tiene sentido el afán exterminador de los nuevos frente a los viejos”, le explica a su interlocutor politólogo, y le recuerda que “los tiempos de penuria son nefastos para la solidaridad”. Lo cual es válido para la política (para la vida misma, desgraciadamente) y para el periodismo. Y Nativel sabe de lo que escribe, porque durante sus primeros años sufrió la precariedad absoluta de este oficio y el obstáculo añadido de ser mujer, acosada en el trabajo hasta extremos denunciables judicialmente. “Dudo que a mi generación le dejaran mejor herencia que a la vuestra”, le espeta al interlocutor politólogo, que reacciona ofreciendo a Preciado a una interpretación indignada del presente: “Encontraste el trabajo que más te gustaba cuando todavía estudiabas en la Universidad. Tus penurias laborales se reducen a que te acosaban y te pagaban poco. Hasta en eso, lejos de avanzar, hemos retrocedido. Ya quisiéramos muchos haber tenido la mitad de tu suerte”. </p><p>Las páginas de <em>Hagamos memoria</em> van reflejando éxitos y derrotas, logros y miserias del oficio del periodismo y de la política no entendida como servicio público. No tiene precio el relato de la relación entre protagonistas de la Transición y periodistas que ejercían su oficio bajo contaminaciones diversas, la confirmación autorizada de la “bula mediática” de la que durante tres décadas gozó la monarquía de<strong> Juan Carlos I</strong> y el fin del silencio pactado sobre los dislates cometidos por el estandarte del juancarlismo. Preguntada Preciado por el futuro de la monarquía con <strong>Felipe VI</strong>, y por el carácter anacrónico del régimen, recuerda aquella frase de <strong>Cambó</strong>: “Las monarquías no caen por los republicanos sino por su propia obra”. </p><p>Hasta llegar al capítulo XVI, en el que Preciado hace un repaso de las definiciones clásicas del periodismo y las pasa por el filtro de la realidad y el escepticismo. Huye de los mitos para asumir, con Jean François Revel, que “la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira” y para añadir que “la democracia no puede vivir sin una cierta dosis de verdad”.</p><p>No es nada fácil encontrar periodistas que prefieran confesar debilidades antes que perorar desde los púlpitos: “Admito que perdí la objetividad con algunos políticos…”, escribe Nativel, y cita entre ellos a<strong> Ernest Lluch</strong>, <strong>Txiqui Benegas</strong> o<strong> Santiago Carrillo</strong>. Concluye Preciado con un doble mensaje: por una parte, el diagnóstico de la grave situación del oficio (“la mitad de mis colegas se sienten explotados y la otra mitad fracasados”) y por otra una reivindicación de la urgente necesidad de fortalecerlo, “porque la prensa libre es la mejor inversión contra la tiranía”. </p><p>Y conviene no olvidar que la tiranía en estas primeras décadas del siglo XXI se identifica sobre todo con los poderes económicos y empresariales, con esa globalización financiera capaz de convencer al ciudadano de que su único rol es el de consumidor/elector, en un formato de democracia cada día más limitada y débil, entre otras razones por la galopante fragilidad del periodismo independiente.</p><p>____________________</p><p>P.D. Además de los dos libros de memorias reseñados, en los últimos meses se han publicado interesantes análisis más académicos sobre la situación del periodismo y su futuro. <strong>Josep Carles Rius </strong>(Valls, 1956), profesor de Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona y presidente de la Fundación Periodismo Plural, ha escrito un trabajo titulado <a href="http://www.publicacions.ub.edu/ficha.aspx?cod=08437" target="_blank">Periodismo en reconstrucción (Universitat de Barcelona Edicions)</a>, que aborda con detalle los factores que han contribuido a la gran crisis de los medios en España y al mismo tiempo se muestra optimista sobre las posibilidades que ofrecen las nuevas apuestas nacidas en el ámbito digital. <strong>Pascual Serrano</strong> (Valencia, 1964), fundador de <a href="http://www.rebelion.org/" target="_blank">Rebelión.org</a> y autor de trabajos críticos con los grandes medios tradicionales como <em>Desinformación</em>. <em>Cómo los medios ocultan el mundo </em>(2009) o <em>Traficantes de información. La historia oculta de los grupos de comunicación españoles </em>(2012), acaba de publicar un nuevo ensayo titulado <a href="http://www.akal.com/libros/Medios-democrAticos/9788494528354" target="_blank"><em>Medios democráticos. Una revolución pendiente en la comunicación</em></a> (Ediciones Akal). El libro analiza la realidad del ecosistema mediático en Latinoamérica, desmonta tópicos y denuncia el papel de agentes políticos que han ejercido grandes medios en esos países. Las nuevas legislaciones que limitan, por ejemplo, las posibilidades de que los bancos sean propietarios de cabeceras periodísticas o audiovisuales, o las medidas que fortalecen el papel de los medios públicos de información son absolutamente interesantes para ubicar en su justo punto el estado de salud del periodismo en Europa. Y para denunciar las consecuencias antidemocráticas que suponen la concentración de la propiedad de los medios y la formación de oligopolios.</p><p><em>*</em><a href="http://www.infolibre.es/tags/autores/jesus_marana.html" target="_blank">Jesús Maraña</a><em> es periodista y director editorial de</em><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a>infoLibre.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Jesús Maraña]]></author>
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      <title><![CDATA[Lo real]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/real_1_1129041.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/985c609a-27d7-4f37-86c9-4fabaf3e6b4b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo real"></p><p>Hay imágenes que periódicamente vuelven a la memoria y, aunque no sepamos muy bien por qué, intuimos que vuelven porque significan algo, porque algo nos quieren decir. Yo tengo una imagen que siempre me viene a la mente cuando toca hablar o escribir  sobre periodismo; es la de una joven a la que conocí en abril de 1999,  poco después de un ataque de la OTAN sobre la ciudad serbia de Nis. La chica se acercó al grupo de periodistas que acabábamos de llegar al barrio devastado por el bombardeo y nos dijo: “<em>Please tell the world…</em>”, pero su inglés era tan precario que se quedó sin palabras a mitad de la frase, entonces extendió el brazo señalando en un gesto circular lo que nos rodeaba y simplemente dijo: “<em>that</em>”, esto. Esto era las casas destruidas, los cadáveres de los vecinos cubiertos con sábanas y mantas, el enorme cráter dejado por el misil… Por favor contad al mundo esto, pedía la chica de Nis, contad lo que hacen las bombas, no la versión del portavoz de la OTAN, no la versión del gobierno yugoslavo (entonces aún era Yugoslavia), contad esto, la realidad. </p><p>La súplica de aquella chica en una calle  de una ciudad bombardeada, expresaba la primera obligación del periodismo. Contar lo que pasa. Buscar los hechos, los testimonios, los datos de la realidad que no es solo cuestión de versiones, porque hay versiones que se elaboran precisamente para taparla.  Informar, a veces, consiste en destapar un velo tejido con palabras y silencios  para ocultar lo que pasa. Informar, a veces, es desvelar lo real o al menos tratar de desvelarlo. No creo en el periodismo que simplemente trasmite lo que le cuentan. El oficio de informar requiere el esfuerzo de informarse previamente. Una obviedad sin duda pero hay obviedades que dejan de serlo cuando comienzan a olvidarse.  Tengo la impresión de que la función primordial del periodismo, la de contar lo que pasa, está desapareciendo en pro de un “periodismo declarativo”, más barato y más cómodo, consistente en acumular y contraponer declaraciones, de políticos por supuesto, hasta el punto de que “lo que pasa” queda reducido a lo que ha dicho tal y lo que ha contestado cual.  Al último tuit y la última réplica. Teatro  de palabras  y contra-palabras que apenas deja  espacio para mirar lo que ocurre fuera de ese teatro. Lo que ocurre fuera es la vida real: nacer, trabajar, perder el trabajo, ir a la oficina del paro, amar, cuidar de los hijos, ser desahuciado, protestar, envejecer, enfermar, morir… Lo real no se esfuma porque no lo miremos. Está ahí y actúa. Hasta que un día nos golpea y nos obliga a mirar.  </p><p><em>*Teresa Aranguren es periodista y ha trabajado durante décadas como corresponsal de guerra. Forma parte de Consejo de Administración de RTVE.  #dts iframe {display:none!important;}   #dts #txt iframe, #dts .col8-f1 iframe {display:block!important;}    </em><a href="https://twitter.com/terearanguren" target="_blank"><strong>Teresa Aranguren</strong></a></p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Teresa Aranguren]]></author>
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      <title><![CDATA[Para contar la vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/contar-vida_1_1129039.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Ejerzo el periodismo escrito desde 1964, primero bajo el seudónimo de<strong> Juan Ángel Real</strong> y después con mi nombre. En 1975 me inicié en el género televisivo —que sigo practicando— y años después en el radiofónico. Desde el principio me incliné por la crónica, el reportaje y sobre todo la entrevista: un viaje fascinante, sin aduanas ni fronteras, hacia otras formas de entender el mundo. </p><p>El trabajo periodístico me ha concedido grandes privilegios: escuchar las historias de la gente, conocer sus espacios domésticos y de trabajo, acercarme a su manera de organizarse y de sobrevivir, acompañarlas en la celebración y en el duelo, seguirlas cuando llegan a esta ciudad inmensa o a la hora en que se van. </p><p>Mi enfoque se dirige a las personas que  caminan al nivel de la calle, individuos anónimos que no aparecen en las páginas de sociales, luchan, sueñan, no aspiran a medallas ni pedestales; su presente tiene un futuro incierto, a veces limitado, hacia el que van guiados por la rosa de los vientos que se llama esperanza. </p><p>La actividad periodística que me enseñó la disciplina y un inmenso mural de escenarios, ha ido en paralelo con la de escritora. Durante toda mi vida me he dedicado a inventar historias a partir de lo que veo, escucho, recuerdo o sueño. Vivo para eso y de eso, como cualquier narrador de pueblo que se detiene en  la plaza pública en espera de que alguien escuche sus relatos. </p><p>No soy teórica. Por experiencia sé que este oficio y la literatura tienen una intención, una velocidad y un espacio distintos; el primero exige apego a los hechos y la segunda brinda la libertad de ordenarlos, reinventarlos y sumarlos a la realidad en donde nunca habían estado. Por encima de esas diferencias, las dos actividades se prestan elementos, tienen como herramienta las palabras y exigen por igual el compromiso de nunca traicionarlas. Aprendí la lección escuchado las voces de la calle: la mejor narradora de historias.  </p><p><em>*Cristina Pacheco es una referencia imprescindible del periodismo mexicano. Ha pasado por diarios como </em><a href="http://oncetv-ipn.net/aquinostocovivir/" target="_blank"><strong>Cristina Pacheco</strong></a>El Sol de México<em> o </em>La Jornada<em>, y trabaja desde los setenta en el Canal Once de televisión. </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Cristina Pacheco]]></author>
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