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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 30]]></title>
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      <title><![CDATA[‘Sobornos’, de Ángel Viñas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/sobornos-angel-vinas_1_1130545.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b5eb55db-5f2b-40ef-a6c1-ab43a63d4fe7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Sobornos’, de Ángel Viñas"></p><p><strong>Sobornos. De cómo Churchill y March compraron a los generales de Franco</strong></p><p><strong>Ángel ViñasCríticaBarcelona 2016</strong></p><p>La propaganda franquista lanzó a los cuatro vientos; por tierra, mar y aire el mensaje de que la “hábil prudencia” del dictador había logrado mantener la neutralidad de España durante la Segunda Guerra Mundial. Tan potente fue la campaña de mentiras e intoxicaciones que incluso gentes que habían defendido al bando republicano aceptaron que el general <strong>Franco</strong> había evitado una catástrofe todavía mayor para el país. Sin embargo, como solía ocurrir en el franquismo, la propaganda respondía a rotundas falsedades, a burdos engaños. Básicamente el autoproclamado Caudillo no entró en la guerra, al lado de las potencias del Eje, porque una España depauperada y un Ejército exhausto y diezmado no podían afrontar un nuevo conflicto bélico, recién terminada la Guerra Civil. No obstante, como es bien sabido la dictadura española envió una División Azul, junto a los nazis, al frente ruso; al tiempo que facilitó apoyo logístico en puertos y aeropuertos a Alemania e Italia.</p><p>El libro que ahora publica el profesor <strong>Ángel Viñas</strong>, uno de los grandes especialistas en la dimensión internacional de la Guerra Civil y del franquismo, desvela una nueva e importante faceta en esa neutralidad española. A partir de papeles y archivos desclasificados recientemente, el historiador demuestra la notable implicación de los gobiernos británicos para evitar que España se alineara abiertamente junto a la Alemania de <strong>Hitler </strong>y la Italia de <strong>Mussolini</strong>. ¿Cómo? Pues muy sencillo: a través de sobornos económicos, de chantajes políticos y de una red de espionaje. Estos documentos, procedentes sobre todo de fuentes británicas, prueban que tanto Franco como su propio hermano <strong>Nicolás </strong>y algunos de sus generales recibieron cuantiosas sumas económicas (millones de pesetas de la época) y prebendas de todo tipo para observar esa neutralidad. Entre los generales que fueron comprados por los británicos se encontraban destacados militares monárquico-franquistas como <strong>Luis Orgaz</strong>, <strong>Antonio Aranda</strong> y <strong>Alfredo Kindelán</strong>.</p><p>Ahora bien, la política del premier conservador <strong>Winston Churchill </strong>se vio reforzada por la inestimable colaboración del banquero <strong>Juan March</strong>, un respaldo sustancial para Franco en la sublevación de 1936, de cara a que el Ejército español no entrara en el conflicto mundial. Así pues, March jugó el papel de puente entre los británicos y los franquistas. Esta operación británica se mantuvo principalmente entre los años 1940 y 1943, ya que a partir de esa última fecha y del declive de las ofensivas de los ejércitos alemanes en los distintos frentes, los gobiernos de Franco comenzaron a virar y a buscar complicidades con los aliados. Por ello, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, la dictadura española comprendió que debía desnazificar el régimen si quería sobrevivir en la Guerra Fría y en el nuevo orden mundial.</p><p>Catedrático emérito de la Universidad Complutense, técnico comercial del Estado y con una amplia trayectoria académica y diplomática, Ángel Viñas figura a sus 75 años como uno de los mayores expertos en todas las implicaciones internacionales en las que se vio envuelta España en el periodo entre 1931 y 1945 con obras ya de referencia como <em>El escudo de la República</em> (2007), <em>La República en guerra</em> (2012) o <em>La otra cara del Caudillo</em> (2015). Sus libros son fruto de intensas investigaciones y están basados en fuentes de primera mano y, por ello, Viñas ha logrado un indiscutible prestigio en las materias de las que se ha ocupado. Por otra parte, Viñas ha procurado atraer a un lector especializado y también a un público más generalista. En <a href="http://www.planetadelibros.com/libro-sobornos/216173" target="_blank"><em>Sobornos </em></a>(que lleva como revelador subtítulo <em>De cómo Churchill y March compraron a los generales de Franco</em>) persevera en ese intento con un libro extenso, pero escrito en un tono ameno y con afán divulgativo. Para ello el historiador se sirve de unas muy útiles referencias a la panorámica de fondo para identificar siempre el contexto histórico o para aclarar el papel de personajes fundamentales pero poco conocidos, como<strong> Samuel Hoare</strong>, embajador británico en la España franquista de los años cuarenta.</p><p>De cualquier manera, todas las revelaciones de <em>Sobornos </em>apuntan también a explicar las claves de la posterior supervivencia política del franquismo, una circunstancia que rompió los pronósticos de los que auguraban una corta vida a un régimen fascista, una vez derrotados los nazis. Así las cosas, la transformación de la dictadura, tras la Segunda Guerra Mundial, en un reducto en el sur de Europa contra la extensión del comunismo tuvo su prólogo en aquel alineamiento con los británicos. Unos británicos, sobre todo del Partido Conservador, que siempre recelaron de la España republicana y que se contaron entre los principales responsables de la derrota de la democracia en España. Resulta evidente que estos episodios son muy desconocidos para el gran público y de ahí el gran mérito del último libro de Ángel Viñas. De este modo, <em>Sobornos </em>representa una contribución más de este historiador al estudio de las implicaciones en el tablero europeo de la Guerra Civil, primero; y de la Segunda Guerra Mundial, más tarde. De hecho, las aportaciones de Viñas son decisivas para comprender las claves tanto del conflicto español como de la supervivencia del franquismo durante cuatro interminables décadas. </p><p><em>*Miguel Ángel Villena es periodista de </em><strong>Miguel Ángel Villena</strong>infoLibre <em>y editor de </em>tintaLibre<em>. </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Miguel Ángel Villena]]></author>
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      <title><![CDATA[‘La maniobra de la tortuga’, de Benito Olmo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/maniobra-tortuga-benito-olmo_1_1130542.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/10939d89-7848-4cba-84f1-e2a3b85810c4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘La maniobra de la tortuga’, de Benito Olmo"></p><p><strong>La maniobra de la tortuga</strong></p><p><strong>Benito Olmo SumaMadrid2016</strong></p><p>La salada claridad de Cádiz convive desde antiguo con una vibrante serie negra cuyo primer testimonio impreso quizá fuera el de <strong>Ramón Solís </strong>en su novela <em>El alijo</em>, una trepidante aventura de narcotráfico desde las costas del Estrecho al Madrid de los años setenta: claro que <strong>Ángel del Pozo</strong> trasladaría la adaptación de esta <em>road movie</em> a las rías de Huelva. <strong>Ángel Torres</strong> <strong>Quesada </strong>con <em>Sombras en la eternidad</em>, ganadora de la Semana Negra de Gijón o el mismísimo <strong>Fernando Quiñones</strong> con un intenso aunque breve <em>thriller </em>sureño titulado <em>Vueltas sin fecha</em>, en torno al narcotráfico, convivieron en los escaparates con la saga de<strong> David Serafín-Ian Michael</strong>, en torno a la transición española, uno de cuyos títulos fue<em> Incidente en la bahía</em>, que giraba en torno a la posibilidad de que un grupo ultra se refugiase en la Santa Cueva gaditana bajo la coartada de acudir a la Oración Nocturna. </p><p>Quizá sea <strong>Rafael Marín Trechera </strong>el autor gaditano que más ha recreado el espíritu de la novela negra en dicho entorno. Desde su primera novela corta, <em>Nunca digas buenas noches a un extraño</em>, publicada por Nueva Dimensión cuando morían los setenta, a su saga en torno a Torre, un olvidadizo investigador que aparece en títulos como <em>Detective sin licencia</em> o <em>Los espejos turbios,</em> por no hablar de su inquietante recreación carnavalesca de <em>La ciudad enmascarada</em>, en una atmósfera que <strong>Paco S. Sampalo </strong>retomaría en <em>La maldición de los duros antiguos</em>.</p><p>También respiran una atmósfera decididamente negra las tres primeras novelas, tan distintas entre sí, de <strong>Ó</strong><strong>scar Lobato</strong>: <em>Cazadores de humo,</em><em>Centaurae </em>y <em>La fuerza  y el viento</em>, mucho más que una trepidante aventura de piratas contemporáneos.  Hay mucho más, claro es, desde el gaditano <strong>Félix Bayón</strong> –<em>Adosados, Un hombre de provecho, De un mal golpe</em>, ambientada en la Marbella de <strong>Jesús Gil</strong>— a <strong>Montero Glez</strong> –<em>Manteca colorá </em>o <em>Pistola y cuchillo</em>, en la que lleva al mismísimo <strong>Camarón </strong>al microcosmos de las galleras—, pasando por <strong>Carmen Moreno</strong>, la intriga intimista de <strong>Daniel Heredia</strong> en <em>La sombra vencida</em> y  algunos relatos de <strong>José Manuel Benítez Ariza</strong>, <strong>Felipe Benítez Reyes</strong>, <strong>Enrique Montiel</strong> o de su hijo <strong>Enrique Montiel de Arnáiz</strong>, así como <strong>Manuel Jesús Ruiz Torres</strong>. </p><p>Ahora, <strong>Benito Olmo </strong>(Cádiz, 1980) viene a cerrar ese círculo negro bajo la luminosa Cádiz con una trepidante novela titulada <a href="http://www.megustaleer.com/libro/la-maniobra-de-la-tortuga/ES0142056" target="_blank"><em>La maniobra de la tortuga</em></a> (Suma, 2016) que cumple con todas las reglas del género, desde la verosimilitud a la solución racional del enigma central y de las historias transversales que cruzan su argumento. Olmo confirma las buenas maneras apuntadas en sus anteriores títulos, <em>Caraballo </em>(2007) y especialmente <em>Mil cosas que no te dije antes de perderte</em> (2011). </p><p><em>La maniobra de la tortuga </em>es un <em>thriller </em>de reglamento, a la manera de como los quería <strong>Dashiell Hammet</strong>, en la medida en que la intriga desvelaba un trasfondo corrupto. Los crímenes evidentes denunciaban otros crímenes disimulados, los de una democracia manifiestamente mejorable y un poder empeñado en erigirse juez y parte de la historia. Olmo elige, además, para conducir su narración a un investigador <em>hard-boiled</em>, decadente y de vuelta, aunque en su caso es agente de policía, un oficio al que el autor de <em>El halcón maltés</em> nunca concedió protagonismo alguno. Más allá del asesinato de una joven inmigrante, Olmo construye un alegato contra la violencia machista, pero también contra la violencia de un sistema cuyo patriarcado a menudo permanece impune de todas sus fechorías. </p><p>Una novela bien escrita, con la precisión de una <em>storyboard</em>, pero con un saludable equilibrio entre el cuidado léxico y el de la acción propiamente dicha. Desde la Punta de San Felipe a la Zona Franca, desde la calle Plocia al paseo marítimo de Puerto Real, los personajes de su trama van tejiendo una sólida red de ficciones con un indudable pálpito de realidad. En ese sentido, el autor asume al pie de la letra el célebre decálogo de otro de los maestros del género, <strong>Raymond Chandler</strong>, que pasaba por la verosimilitud de la historia y del desenlace, la precisión que no admite errores técnicos en cuanto al asesinato y la investigación; el realismo, la consistencia de la historia que sostiene el misterio, la sencillez –que no simpleza— de su estructura narrativa, la sorpresa que encierre la solución del caso, la coherencia, la concreción en torno a un enigma al alcance de la mano, el acto de justicia que no tiene que venir necesariamente de la justicia y, algo mucho más ambiguo, la honestidad respecto al lector, evitando las trampas inútiles. A rajatabla sigue Olmo esa hoja de ruta: la alta sociedad se entremezcla con la humilde con la comisaría de policía como único puente entre ambos universos.</p><p>Prostíbulos, hospitales, bares de mala muerte, frente a una reflexión constante en torno a la legitimidad de la Ley del Talión frente a la aparente indolencia o sumisión del poder policial o judicial.<strong> Mickey Spillane</strong> lo habría resuelto con el habitual arrebato fascistoide de sus personajes. Olmo, en este caso, prefiere las tradiciones patrias, más progresistas aunque también estremecedoras, cuyas pistas conducen hacia <strong>Andreu Martín</strong> o <strong>Juan Madrid</strong>, por poner un par de buenos ejemplos: la mala conciencia y el buen oficio del inspector Manuel Banquietti, la memoria y la intuición de un final feliz que ningún personaje espera, plantean un retrato a vuelapluma de una España que, desde hace años y al margen de la reedición de algunas utopías razonables, respira rabia, resignación o, en cualquier caso, impotencia. </p><p>Algún mínimo error en la secuencia temporal que inicia cada capítulo y que habrá de ser corregido en futuras ediciones aparece como el único pero en esta novela resuelta con la misma solvencia con que un huelebraguetas de los de antaño entregaba el informe de sus investigaciones a un cliente escéptico. En este caso, este último abriría el sobre y miraría su contenido con un cierto temor, el de que no iba a gustarle lo que iba a ver pero que, como cantara <strong>Joan Manuel Serrat</strong>, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. De ahí, el miedo al otro, el complejo de superioridad, la ambición y el desprecio. Las cuidadas páginas de <em>La maniobra de la tortuga</em> salpican más asco que sangre. Ya espero la segunda entrega de la serie contemplando, en la portada del libro, tres casquillos de bala sobre la blanca catedral de Cádiz, teñida ahora de un apropiado gris. </p><p><em>*Juan José Téllez es escritor. Su último libro es </em><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-paco-de-lucia-el-hijo-de-la-portuguesa/190548" target="_blank">Paco de Lucía. El hijo de la portuguesa</a><em> (Planeta, 2015).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan José Téllez]]></author>
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      <title><![CDATA[‘Once goles y la vida mientras’, de Pablo Santiago Chiqueros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/once-goles-vida-pablo-santiago-chiqueros_1_1130540.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/225dc3e6-7d1e-4eab-a7b8-1f9941618c40_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Once goles y la vida mientras’, de Pablo Santiago Chiqueros"></p><p><strong>Once goles y la vida mientras</strong></p><p><strong> Pablo Santiago Chiquero Maclein y ParkerSevilla2016</strong></p><p><strong>Eduardo Galeano</strong> pensaba que el fútbol es lo más importante de entre las cosas sin importancia. Esta definición, algo vaga y juguetona, invita a proponer diferentes e incluso dispares interpretaciones sobre qué es el fútbol, cuáles son esas cosas importantes y en qué consiste exactamente la trascendencia de este deporte. Con estos mimbres y esta ambigüedad, me atrevo a adelantar una tesis: en la dinámica del juego –del fútbol en este caso— y según todos recordamos de nuestra infancia, lo único que existe es el propio juego en sí, su microcosmos, su perímetro, sus reglas y, por supuesto, sus victorias o sus derrotas; todo lo demás, mientras tanto, queda en un aparte, suspendido, aplazado, cancelado en un limbo del que solo se sale cuando ha terminado la partida –o el partido—. Así que el fútbol es lo más importante mientras sucede, mientras se juega, mientras estamos en el estadio o delante de la pantalla de televisión, mientras peleamos por que no nos quiten el balón o por quitarlo, por que no nos marquen un gol o por marcarlo. Una vez que el árbitro pita el final del partido, el juego se diluye en eso que llamamos vida, el espacio de las cosas realmente importantes de las que hablaba Galeano. O esto es lo que creo que quería decir el escritor uruguayo.</p><p>En cierto sentido, <strong>Pablo Santiago Chiquero</strong> (Valenzuela, Córdoba, 1981) recoge con matices esta visión del fútbol y de la vida en su debut literario, los cuentos que componen <a href="http://www.macleinyparker.com/catalogo_MPL012.html" target="_blank"><em>Once goles y la vida mientras</em></a>. En este libro vida y fútbol no siempre ni necesariamente recorren líneas paralelas o sucesivas, no son puntos y seguido, sino que conviven en una sintaxis compleja, compuesta, llena de subordinadas y coordinadas, incluso yuxtapuestas, porque ni la vida ni el fútbol se reconocen en los enunciados simples.</p><p>El autor cordobés entrecruza hábilmente momentos inolvidables del fútbol, goles decisivos, con capítulos igualmente decisivos de las vidas que nos ofrece en sus once relatos. Evidentemente, Pablo Santiago Chiquero sabe de fútbol, pero en este libro demuestra que sobre todo conoce los recovecos de la vida, esas cosas realmente importantes –otra vez Galeano—: sus dolores, sus miserias, sus soledades, sus decepciones, sus héroes caídos, pero también sus gestos de grandeza, de ternura, de compasión, de cariño... </p><p>En muchos de los relatos de <em>Once goles y la vida mientras</em> la infancia se alza, explícita o implícitamente, como protagonista: el nieto que le narra al abuelo maltrecho por una caída un gol inenarrable de <strong>Butragueño;</strong> el veterano de las Malvinas que sueña en primera persona de su niñez el gol de <strong>Maradona </strong>a Inglaterra en México 86; los hermanos que tras muchos años sin verse, mientras <strong>Iniesta </strong>hace historia, juegan al fútbol en la casa del padre como cuando eran niños; el adolescente que aprende en propias carnes la importancia de la humildad en un gol de <strong>Guardiola </strong>o el niño que sigue adorando a sus ídolos –a su padre y a <strong>Cantona—</strong>, a pesar de sus meteduras de pata. Este binomio compuesto por el fútbol y la infancia –incluso la adolescencia— funciona literariamente porque en la vida, al menos cuando uno solo sabe conjugar el verbo <em>jugar</em>, este deporte es una de las cosas más importantes. El lugar del fútbol es la infancia y, salvo en frecuentes casos patológicos, el adulto que somos, para reconciliarse consigo mismo y con la vida cuando vienen mal dadas, necesita rescatar las sensaciones de un gol espectacular, divino, legendario, casual o excéntrico. </p><p>Tanto estos relatos, que huelen a barro y rodillas raspadas, como el resto están escritos con sobriedad y corrección. No se trata de literatura efectista en su retórica o en su arquitectura, porque el autor no la necesita, ya que lo narrado contiene la suficiente fuerza y verdad como para pensar en empeorarlo con giros rocambolescos o florituras seudoliterarias. Además, salvo en "Un gol para la eternidad", se respira cercanía y cotidianidad, que encajan perfectamente con el tono y el estilo elegidos por Pablo Santiago Chiquero para su libro, o viceversa: sus personajes recorren las avenidas de nuestras ciudades y las calles de nuestros pueblos, viven en casas de renta media y dejan huellas de café o de cerveza en las barras de los bares, bajan de las oficinas de seguros a los barrios más humildes o hablan el mismo idioma que la mayoría de nosotros —ya sea español con acento argentino o inglés—. </p><p>Escribir sobre fútbol no es fácil, como cualquiera puede comprobar si se acerca a los cientos de páginas diarias –o de horas de radio y televisión— que giran en torno a este deporte: lenguaje hiperbólico, metáforas bélicas, primera persona del plural inclusiva y excluyente, exabruptos gratuitos derivados de fidelidades ciegas, moral de juguete entre el bien y el mal… Muy cercanos, por cierto, a las maneras de algunos políticos y de sus voceros mediáticos. Para escribir sobre este deporte y sobre la vida Pablo Santiago Chiquero demuestra en <em>Once goles y la vida mientras</em> que no es necesario este estilo artificioso y esta moral infantiloide con fecha de caducidad. Para escribir sobre las cosas importantes y perdurar en la memoria y en la sensibilidad de los lectores, no hay que  situarse en la torre de marfil de un palco o en las cabinas de prensa, sino comprar una entrada barata o colarse en el estadio cuando abren las puertas, oler el césped y poner oído a las conversaciones a pie de grada, donde realmente suceden las cosas importantes del fútbol y de la vida.</p><p><em>*Juan Carlos Sierra es profesor de Literatura.</em></p><p><strong>Juan Carlos Sierra</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Carlos Sierra]]></author>
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      <title><![CDATA[‘Subsuelo’, de Marcelo Luján]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/subsuelo-marcelo-lujan_1_1130535.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b959f675-9101-4a73-adcb-525c3b4ac545_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Subsuelo’, de Marcelo Luján"></p><p><strong>Subsuelo</strong><strong>Marcelo LujánSalto de páginaMadrid2015</strong></p><p>“No fue la noche. Ni el verano ni el hielo. No fue nada de eso. O tal vez haya sido todo”. Así comienza la novela <a href="http://www.saltodepagina.com/libro/subsuelo-93/" target="_blank"><em>Subsuelo</em></a>, de <strong>Marcelo Luján</strong> (Buenos Aires, 1973). Prosa contundente. Frases cortas. Sin escapatoria. Subsuelo y el mal, subsuelo y hormigas, subsuelo y  mellizos. Raíces en el subsuelo.  Subsuelo y procedencia argentina en una madre que escapa de la dictadura y parece llevar tras de sí la tragedia. La muerte. El mal.</p><p>Narrador omnisciente, todo lo ve, lo oye, se adelanta o se atrasa, los personajes como marionetas en sus manos. Adentramiento a la zona oscura, la de todos, la de los personajes. Todos con secretos. Todos con algo que ocultar. Todos construyen su vida sobre ello, como si no pasara nada. Pero al final estalla. En un espacio específico,  la parcela. Ni campo ni ciudad. Tierra de nadie. Espacio acotado, claustrofóbico, con piscina, elemento central en el relato, desencadenante del principio y el fin. Rodeado de árboles, apenas hay casas, solo una y su terreno, comunicada por un camino sin asfaltar hasta la carretera. Dos veranos. Clase media, acomodada. Supervivencia a través del mal. Y un accidente que lo desencadena, aflora la perversión.</p><p>Marcelo Luján va enhebrando la historia, con saltos también de página, en la historia, temporales, adelante y atrás. Frases en futuro para volver al presente. Espiral que los envuelve. Capítulo tras capítulo: “Ahora no están. No hay rastro. No hay nada. Ni siquiera una. Ni siquiera la más descarriada y subversiva. Nada. No están”. No se ven: las hormigas. Que al final afloran, como el secreto, como el mal. Frases negativas, que construyen el no mundo, la no empatía, el no amor, la no vida, la culpa.</p><p><em>Subsuelo </em>es su tercera novela. De Marcelo Luján. Hay que aprenderse el nombre. Anteriormente ha ganado, entre otros, el premio Ciudad de Alcalá y con la primera novela, <em>La mala espera</em>, traducida al italiano, francés, checo y sigue sumando, obtuvo el Ciudad de Getafe de Novela Negra 2009. Con esta última ha ganado el premio Dashiell Hammet, en la semana negra de Gijón. Ganó por unanimidad. Y sin ser una novela negra al uso.</p><p>Aparte de su faceta de escritor, a Marcelo Luján le debemos también su faceta de divulgador y animador literario, mostrando al público más variopinto el trabajo de otros cuentistas en unas jornadas semanales tituladas <em>El tamaño sí importa</em>, una iniciativa que emprendió inicialmente en el bar literario Diablos Azules y que, tras su clausura, sigue desarrollando en Vergüenza Ajena (calle Galileo, 56, en Madrid), todos los martes.  Este divertimento consiste en programar a un cuentista  para que lea  y luego, con una frase que éste proponga, el público ha de escribir in situ un relato. El ganador se lleva premio. Que no se desvela. Solo el tamaño. Ni grande ni pequeño. Por a esta iniciativa, muchos cuentistas nuevos, apenas desconocidos, hemos encontrado un espacio para darnos a conocer,  jugar con textos, acercar el cuento, tan poco leído aun en nuestro país. Yo he participado. Me he divertido. He visto cómo otros se divertían. He descubierto muy buenos cuentistas. Y también, este verano he disfrutado leyendo <em>Subsuelo</em>. De Marcelo Luján. Habrá que seguir sus pasos. Aunque sea bajo tierra. </p><p><em>*Carmen Peire es escritora. Su último libro es </em><strong>Carmen Peire</strong><a href="http://www.edicionesevohe.com/products-page/evohe-narrativa/en-el-ano-de-electra-carmen-peire" target="_blank">En el año de Electra</a> <em>(Evohé, 2014). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carmen Peire]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Subsuelo’, de Marcelo Luján]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura latinoamericana,Novela,Novela negra,Los diablos azules número 30]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘Tengo en mí todos los sueños del mundo’, de Jorge Díaz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/suenos-mundo-jorge-diaz_1_1130526.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4bdd4ab8-b6b8-4b0c-9efd-6793f32fc3ec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Tengo en mí todos los sueños del mundo’, de Jorge Díaz"></p><p><em>Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Os dejamos esta sala para que comentéis vuestras lecturas y nos ayudéis a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para hacernos llegar vuestras sugerencias.</em><strong>losdiablosazules@infolibre.es </strong></p><p>Empieza la nueva temporada de<a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/06/10/libros_perros_51038_1821.html" target="_blank"> encuentros literarios</a>. Y qué mejor comienzo que con <strong>Jorge Díaz</strong>, el escritor con el que tuvo lugar toda esta andadura, hace ocho años, y del cual hay muchísimos seguidores en Alcalá.</p><p>En esta ocasión tenemos su última novela, <a href="http://www.megustaleer.com/libro/tengo-en-mi-todos-los-suenos-del-mundo/ES0142979" target="_blank"><em>Tengo en mí todos los sueños del mundo</em></a>, basada en el postrero viaje del Príncipe de Asturias, el famoso barco español de hace un siglo al que se denominó el Titanic español. El encuentro con Jorge Díaz tendrá lugar el 24 de septiembre de 2016, a las seis de la tarde, en el Salón de Tapices del Círculo de Contribuyentes (Plaza de Cervantes, 9). Hablaremos de esta obra, nos comentará su trayectoria literaria en estos ocho años que han transcurrido, firmará ejemplares de sus cuatro novelas y se hará fotos con todos los asistentes. Ya sabéis, tenéis una cita ineludible.</p><p>Este es el comentario a la obra que debatiremos con el autor:</p><p><strong>Tengo en mí todos los sueños del mundo</strong></p><p><strong> Jorge DíazPlaza & JanésBarcelona2016</strong></p><p>Jorge Díaz es un escritor bien conocido —y reconocido— dentro del panorama de las letras hispanas. Después de su espectacular debut con <em>Los números del elefante</em>, que estando unos años desaparecida vuelve a ponerse a la venta en formato bolsillo, nos ofreció dos buenas obras de corte histórico y de aventuras, de títulos <em>La justicia de los errantes </em>y <em>Cartas a Palacio</em>. Ha colaborado en varias series con sus guiones y, hace unos días, ha aparecido su nuevo libro. En esta novela, <em>Tengo en mí todos los sueños del mundo</em> —sacado de un verso de Pessoa: No soy nada, / Nunca seré nada, / No puedo querer ser nada. /Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo"—, narra las aventuras de unos seres llamados a ser perdedores de la vida por obra de la casualidad, la casualidad de embarcarse en el buque <em>Príncipe de Asturias</em>, un barco mítico que estaba dotado con todos los adelantos posibles en su época.</p><p>La trama de la nueva novela de Jorge Díaz se basa en una serie de vidas cruzadas de ciertos personajes que comienza unas semanas antes de la partida del <em>Príncipe de Asturias</em> del puerto de Barcelona en febrero de 1916. Estos personajes, que irán cobrando forma y vida a través de las páginas de esta cautivadora novela, se irán engarzando en sus propias existencias hasta que sean polizones de dicho barco, acabando la novela en las costas de Brasil diez años después.</p><p>Una vez más la pericia de este gran tejedor de historias nos sorprende con una obra vibrante y muy sugerente. Y es que, si bien el lector parte sabiendo que la vida de los diversos personajes de esta novela tendrá un final entrelazado entre todos ellos, el escritor nos depara infinitas sorpresas a través de las páginas de esta novela. Gabriela, una chica mallorquina casada por poderes con Nicolau, un tratante de blancas en Argentina, y que sin embargo sigue enamorada de Enriq, el cual planea darle esquinazo casándose con otra. Raquel, una cantante de variedades y de cabaret erótico que se ve desplazada por una nueva vedette, una nueva más del gusto del director de la obra. Gaspar Medina, periodista polémico por sus columnas en<em> El Noticiero de Madrid</em> y amenazado en varias ocasiones. Giulio, un soldado italiano de la Primera Guerra Mundial y que deserta después de tener que matar a un enemigo. Sara, una judía forzada a casarse con Max, el cual planea llevarla a Argentina para venderla como prostituta virgen a un prostíbulo de una mafia polaca. </p><p>Estos son sólo unos cuantos de los personajes de esta obra que, poco a poco, huyendo de un presente oscuro y de una Europa en guerra, irán metiéndose, en la vida del lector y a los que difícilmente el lector podrá olvidar. Esta novela enlaza con su primera obra, <em>Los números del elefante</em>, en varios aspectos de la trama y con su anterior, <em>Cartas a Palacio</em>, en una anécdota alrededor del rey de España en esos tiempos, <strong>Alfonso XIII</strong>. Jorge Díaz teje un tapiz de personajes con sabia maestría, saltando de uno a otro con inusual destreza y procurando que en ningún momento el lector se pierda en la historia. Una historia de personajes reales en un viaje memorable dentro de la historia de España y del que se cumple en estos días su centenario en el más profundo de los olvidos. Es de agradecer pues el rescate de esta odisea gracias a la habilidad de este fantástico tabulador, que es Jorge Díaz.</p><p>Jorge Díaz nació en Alicante en 1962. Es escritor, periodista y guionista de televisión. Ha participado en multitud de series de televisión como <em>Hospital Central</em>, <em>Víctor Ros</em>, <em>El don de Alba</em>,<em> Ciega a citas</em> o <em>Acacias 38</em>, series con las que ha cosechado grandes premios de la profesión, como el TP y el Ondas, entre otros muchos. Tras un año sabático en Brasil, regresó con su primera novela bajo el brazo, <em>Los números del elefante. La justicia de los errantes</em>, en la que novelaba el viaje latinoamericano de los anarquistas españoles <strong>Francisco Ascaso</strong> y <strong>Buenaventura Durruti</strong> en los años veinte del pasado siglo, fue su primera incursión en el género histórico, a la que siguió <em>Cartas a Palacio</em>, ambientada en la desconocida Oficina Pro Cautivos creada por Alfonso XIII durante la Gran Guerra. <em>Tengo en mí todos los sueños</em> del mundo es su cuarta novela, la fantástica epopeya de unos seres a la deriva que ven en Argentina una salida a su existencia, y a ella se encaminan, en un buque mítico que habría de pasar a la historia. </p><p><em>*Puedes encontrar la Librería de Javier en la calle Ramón y Cajal, 10, de Alcalá de Henares (Madrid), y en </em><strong>Librería de Javier </strong><a href="http://www.lalibreriadejavier.com/" target="_blank">su página web</a><em>. </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Librería de Javier]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Tengo en mí todos los sueños del mundo’, de Jorge Díaz]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La abuela]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/abuela_1_1130524.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ff7ab742-e569-4491-bbd1-2f6cacb7c9ef_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La abuela"></p><p><em>(Comienza Santiago Roncagliolo)</em><strong>Santiago Roncagliolo</strong></p><p>Hay muertos que se niegan a morirse, como si justo antes de llegar al cielo —o al infierno, o a donde vayan los muertos— les diese por remolonear en el camino, por entender mal las señales de tráfico, y finalmente, después de horas perdidos entre carreteras, por tomar el camino de regreso. A la gente indisciplinada no se le debería confiar nada, y menos algo tan serio como su deceso, pero ya sabemos que Dios le da pan al que no tiene dientes, y por eso mismo, también jubila al que no sabe ni dónde cobrar la pensión.</p><p>Mi abuela fue uno de esos muertos irresponsables. Aunque nadie lo habría dicho. El día que la enterramos se veía muy formal, vestida con su traje de terciopelo negro, con el pelo tan blanco que parecía teñido de plata, y maquillada con el mismo cuidado que ponía para las bodas y bautizos de la alta sociedad que tanto le gustaban. Había escogido ella misma un cementerio carísimo, para no pasarse la eternidad rodeada de muertos de hambre y gente sin apellidos. Con tantos cuidados y precauciones por su parte, sus deudos y parientes pensamos que lo tenía todo controlado. </p><p>Y sin embargo, al entierro solo asistimos los cuatro miembros de la familia. Al parecer la abuela, tan amiga de ágapes y cócteles de sociedad, había organizado su última despedida sin pompa ni circunstancia, como un evento más de nuestra rutina doméstica, un desayuno o una merienda. Ni siquiera se habían presentado sus mucamas ni su abogado. Y eso que, como sabía incluso yo a mis 11 años, la gente que más apreciaba a la abuela era la que cobraba regularmente de ella sin tener que aguantar su prepotencia y su mal humor. Sus familiares también vivíamos de su dinero, es verdad, pero los rigores de su compañía, su sarcasmo y su desprecio, convertían nuestra manutención en el mediocre salario por un trabajo duro.</p><p>De vuelta en casa, nuevas señales fueron revelando que la abuela, en realidad, no tenía pensado marcharse. Había organizado ese funeral porque un cuerpo muerto se estropea, y su vanidad le impedía andar maloliente por la casa. Pero no iba a privarse de seguir recibiendo en casa. No perdería su lugar como la socialité más cotizada de la ciudad. Se había pasado la vida labrándose una posición, y no sacrificaría todo eso por un detalle tan vulgar como estar pudriéndose en un cajón a dos metros bajo tierra.</p><p>Comencé a comprenderlo esa misma tarde, al pasar frente a la habitación del abuelo. A fuerza de aguantar a su mujer durante seis décadas, el abuelo llevaba un buen tiempo viviendo tras una neblina mental, incapaz de recordar nuestros nombres o de saber dónde vivía. Aún así, esa tarde mostró una gran seguridad al salir a mi encuentro y gritarme:</p><p>—¡Dile a tu abuela que si quiere hablar conmigo tendrá que venir a buscarme!</p><p>—Abuelo, la abuela está muerta. La enterramos esta mañana.</p><p>—¡Díselo de todos modos!</p><p>Y se encerró dando un portazo.</p><p>Seguí mi camino hacia la cocina, en busca de una magdalena, y al pasar junto al salón, escuche a mis padres hablando:</p><p>—Del patrimonio, no quedan más que deudas —decía mi padre—. Lo siento, cariño, pero tu herencia es un gran agujero fiscal.</p><p>—Si es que mi madre lo hace todo para molestar —respondía mi madre—. Hasta morirse.</p><p>Entendí que la abuela había empleado un truco maestro: al morirse, se ahorraba la pestilencia y transfería sus deudas, pero mantenía su brillo social y su pasatiempo favorito, que era torturar al abuelo. Y todo con un costo mínimo.</p><p>Admiré su inteligencia, pero también sentí miedo. Mucho miedo. Porque si alguien en nuestra casa tenía razones para querer a la abuela muerta —muerta de verdad, digo, muerta del todo, sin dudas ni murmuraciones— ese era precisamente yo.</p><p><em>(Continúa Juan José Millás)</em><strong>Juan José Millás</strong></p><p>Enterramos a la abuela sin bragas. Vestida de arriba abajo, y de punta en blanco, como ha quedado dicho, pero con el sexo al descubierto. Yo me enteré por una discusión que mantuvieron el abuelo y mi madre siete u ocho días después del funeral. La voces, procedentes del salón, fueron subiendo de tono, de modo que abandoné sigilosamente mi dormitorio, avancé como una sombra por el pasillo, y ocupé el “lugar de la escucha” (así lo llamaría años después en mis sesiones de terapia analítica). Situado entre la cocina y el salón, el “lugar de la escucha” era un raro hueco arquitectónico utilizado en su día para guardar el cubo de fregar y otros objetos de limpieza. En un momento dado, mi abuelo dispuso que permaneciera vacío al descubrir —eso fue al menos lo que dijo— que allí reposaba el alma de la casa (el almario, lo llamaba él). Sobra decir que el padre de mamá era animista, lo que me llevó a creer que en cada objeto, por miserable que fuera, alentaba un espíritu. El espíritu de la cuchara, del tenedor, de la tostadora, incluso el espíritu de la taza del váter. Por qué llegó a la conclusión de que el alma de la casa se encontraba en aquel agujero, y no en cualquier otro sitio, constituye un misterio que se llevaría a la tumba. </p><p>Me oculté allí, decía, compartiendo el escaso espacio con el principio vital de la vivienda, y escuché decir al abuelo que había revisado el cajón de la ropa interior de su mujer y que no faltaba ninguna braga.</p><p>—¿Por qué se la ha enterrado sin bragas? —gritó.</p><p>—¡Porque fue una de sus últimas voluntades! —respondió mi madre fuera de sí.</p><p>El abuelo empleaba sus momentos de lucidez, cada vez más raros, en hacer un inventario de todo lo que había dentro de la casa. Lo veías allí, en las profundidades del sillón de orejas, medio deglutido por el mueble, con la mirada perdida dentro de sí, cuando se levantaba de repente urgido por la necesidad imperiosa de contar los interruptores de la vivienda para comprobar que no faltaba ninguno. La electricidad era una de sus obsesiones. Yo heredé su manía, la de inventariar continuamente las cosas para comprobar que al mundo no le falta nada. Por cierto, que en el fondo del “lugar de la escucha” había un interruptor en desuso que en su día alimentó una bombilla de 40 vatios fundida desde hacía siglos.</p><p>Pues bien, había inventariado la ropa interior de su mujer y resultó que no faltaba ninguna braga, de donde dedujo que había sido enterrada sin esa prenda. </p><p>Piénsese en la relación enfermiza de un crío de 11 años con el universo de la lencería. Yo conocía perfectamente las bragas de mamá porque me gustaba hurgar en aquel cajón repleto de aderezos sutiles. Las manoseaba, las olía, en alguna ocasión llegué a ponérmelas… Nunca, sin embargo, se me pasó por la cabeza la idea de hundir mis manos entre la ropa interior de la abuela. Observado con perspectiva, supongo que me habría parecido un trabajo arqueológico. Pero estaba equivocado. Según deduje de la discusión entre mamá y su padre, la abuela usó hasta el final una lencería enormemente provocativa, llena de calados y transparencias. Mi confusión fue enorme. Pero creció al tratar de imaginar por qué una de las últimas voluntades de aquella mujer había sido la de ser enterrada sin bragas. Recuérdese: 11 años, con el sexo empezando a manifestarse en erecciones inauditas.</p><p>—¡Hay que exhumar el cadáver! —decidió mi abuelo de repente.</p><p>Desconocía el significado de exhumar, pero fui a buscarlo enseguida al diccionario y me quedé espantado. </p><p><em>(Continúa Cristina Fernández Cubas)</em><strong> Cristina Fernández Cubas</strong></p><p><em>Exhumar : Desenterrar. Sacar de la tierra algo que está escondido, particularmente restos humanos”.</em></p><p>Entendí  que, una vez más,  la abuela iba a salirse con la suya y que su muerte  no era una muerte de verdad, aquella “muerte del todo” con la que yo  ingenuamente había soñado. Y fue como si la pudiera ver en aquel mismo instante dentro de la tumba. No estaba enterrada, sólo escondida. Con la cabeza entre las rodillas, aguantando la risa, esperando el momento de volver, darnos el susto  y seguir fastidiándonos  el resto de su vida. Porque eso sí lo hacía bien. Fastidiar.  Y sorprendernos. Nunca dejaba de sorprendernos.  Ni de asustarnos, lo cual era muchísimo peor.  El susto empezaba en la cabeza e iba bajando muy despacio hasta llegar a los pies y dejarte tieso sobre el suelo, sin poder moverte, como si de repente te hubieras vuelto paralítico.  Algo demasiado parecido a lo que ahora me sucedía a mí. No podía moverme, ni siquiera respirar, únicamente mirar espantado la manchita roja que acaba de descubrir entre la palabra <em>restos</em> y la palabra <em>humanos</em>… Y no era sangre.  Si hubiera sido sangre –una simple gotita de sangre— no me habría quedado inmóvil como una estatua y  muerto de miedo. Pero no era sangre, sino  esmalte. O laca. O como quiera que se llame ese líquido pegajoso que la abuela coleccionaba en botellitas idénticas y guardaba en su tocador  junto a limas, tijeritas y palillos de madera de todos los tamaños.  Aquello era un aviso, un mensaje, una forma de decirme: “Sabía que vendrías, descastado”. Y  encima, para que no  quedara la menor duda, la abuela se había esmerado en dejar su firma. Un trocito de uña. Un repugnante trocito de uña teñido de rojo y dejado allí, al descuido, unas líneas más abajo, como si hacerse la manicura sobre un diccionario abierto fuera la cosa más natural del mundo. Cerré el tomo de golpe. Aquello me daba más asco aún que imaginar a la abuela con la lencería que, según decían, le gustaba usar. O, peor aún, sin ella. Tal y como (también según decían) la habían enterrado.</p><p>Ahora ya no podía engañarme. La abuela  <em>sabía</em>.  Ignoraba cómo  lo había adivinado, pero tenía aún muy presente el día en que  se puso enferma  y mamá me dijo: “Reza por ella, hijo. A los niños les hacen mucho caso en el cielo”. Y ¡vaya si me hicieron caso!  Le pedí  a Dios,  a la Virgen y a los santos que se la llevaran cuanto antes.  Una muerte de verdad. Una “muerte del todo”. Con sus joyas, sus vestidos, sus ganas de fastidiar y sus largas uñas de bruja pintadas de rojo. Pero de pronto resultaba que nada era verdad y la abuela <em>volvía</em>. O, a lo peor, ni siquiera hacía falta que volviera porque nunca se fue. Lo entendí de golpe. Con la misma brusquedad con la que había cerrado hacía un momento el diccionario. ¿No era sorprendente que el abuelo hubiera recuperado de un día para otro sus facultades? ¿Que nos reconociera a todos? ¿Que abandonara su estado vegetal y  no dejara de impartir órdenes y contraordenes? Y la respuesta no podía ser más   sencilla.  El espíritu de la abuela hablaba por su boca. Ella estaba <em>allí</em>, dentro de su mente. Liando, enmarañando, confundiendo. Por eso  tejía esa asombrosa historia  de   prendas provocativas y exigía, además, que la sacáramos de la tumba. ¡Genio y figura! ¿Y quién me aseguraba que no había sido el abuelo el autor material de lo que acababa de descubrir junto a la entrada “exhumar” de nuestro diccionario?</p><p>Volví a rezar. Pedí a Dios, a la Virgen y a  los santos  que se llevaran al abuelo. Tenía claro que estaba matando dos pájaros de un tiro… Y me sentía  feliz. Muy feliz.</p><p><em>(Continuará Felipe Benítez Reyez)</em><strong>Felipe Benítez Reyez</strong></p><p><em>*Santiago Roncagliolo es escritor y periodista. Su último libro publicado es </em><strong>Santiago Roncagliolo</strong><a href="http://www.megustaleer.com/libro/la-noche-de-los-alfileres/ES0144648" target="_blank">La noche de los alfileres</a><em> (Alfaguara, 2016).*Juan José Millás es escritor y periodista. Su último libro es </em></p><p><strong>Juan José Millás</strong><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-desde-la-sombra/209188" target="_blank">Desde la sombra</a><em> (Seix Barral, 2016).*Cristina Fernández Cubas es escritora y periodista. Su último libro es </em></p><p><strong>Cristina Fernández Cubas</strong><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-la-habitacion-de-nona/195586" target="_blank">La habitación de Nona</a><em> (Tusquets, 2015). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Santiago Roncagliolo | Juan José Millás | Cristina Fernández Cubas]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La abuela]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Juan José Millás,Narrativa,Los diablos azules número 30]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Inundación por ‘rentrée’]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/inundacion-rentree_1_1130521.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b138e2d5-7a2b-4e78-bcf6-24c65372d9bf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Inundación por ‘rentrée’"></p><p><em><strong>Francisco Goyanes</strong></em><em>, responsable de la librería Cálamo (Zaragoza), recomienda algunas de las novedades que más le han interesado en los últimos meses.</em></p><p>Este otoño se anuncia repleto de buenos libros. Los editores españoles —pero también mexicanos y argentinos, a los que como sabes prestamos mucha atención— parece que han olvidado de la palabra “crisis” y se han lanzado a publicar sin parar con la esperanza de que el mercado –tú y nosotros— responda. Lógicamente salen muchos malos libros, o al menos carentes de interés en mi modesta opinión,  pero también muy buenos e incluso espectaculares. Permíteme algunas recomendaciones de narrativa extranjera. En mis siguientes recomendaciones comentaré algunas hispanas y latinoamericanas.</p><p><strong>Me llamo Lucy Barton</strong></p><p><strong>Elisabeth StroutDuomo Barcelona2016</strong></p><p><strong>Elisabeth Strout</strong>, veterana escritora norteamericana curtida en mil textos, es escrito una delicada obra sobre la vida cotidiana de las personas “normales”, esas que somos y con las que nos cruzamos a cada instante: <a href="http://www.duomoediciones.com/es/catalogo-editorial/me-llamo-lucy-barton-812.htm" target="_blank">Me llamo Lucy Barton</a> (Duomo). De una tacada ha ganado el Premio Pulitzer y el fervor del público de muchos países. En España apunta alto esta narración sustentada en la relación entre una madre, una hija y un hospital…</p><p><strong>Tan poca vida</strong></p><p><strong>Hanya YanagiharaLumenMadrid2016</strong></p><p>Desde la altura que le dan sus 1004 páginas, <a href="http://www.megustaleer.com/libro/tan-poca-vida/ES0143058" target="_blank"><em>Tan poca vida</em></a> (Lumen) –de poca nada, como puedes barruntar— se anuncia como el novelón tocho interesante del año.  <strong>Hanya Yanagihara</strong> nos cuenta la historia de cuatro amigos nacidos en Manhattan. Dicho así parece poco para, repito, 1004 páginas. No te engañes: es brutal.</p><p><strong>Brújula</strong></p><p><strong>Mathias EnardLiteratura Random HouseMadrid2016</strong></p><p><strong>Mathias Enard</strong>, nacido en Niort (Francia), vive y escribe en Barcelona desde hace muchos años. Excelente autor y tipo, su última obra,  <a href="http://www.megustaleer.com/libro/brujula/ES0144748" target="_blank"><em>Brújula </em></a>(Literatura Random House), ha sido galardonada con el Premio Goncourt. En ella ha volcado todo su amplio conocimiento del mundo islámico en un memorable intento por tender puentes entre Oriente y Occidente. Su esfuerzo merece una atenta lectura.</p><p><strong>Botas de lluvia suecas</strong></p><p><strong>Henning MankellTusquets Barcelona2016 </strong></p><p><strong>Henning Mankell</strong>, el inolvidable creador de la serie Wallander y autor de tantas y tan variadas obras literarias, dejo al morir una última novela: <a href="http://www.planetadelibros.com/libro-botas-de-lluvia-suecas/217002" target="_blank"><em>Botas de lluvia suecas</em></a> (Tusquets), una hermosa lección de amor a la vida desde la madurez y la cercanía de la muerte.</p><p>Y apunten la próxima presentación que haremos en la librería: </p><p>22 de septiembre jueves  a las 19 horas: Mujeres barbudas de<strong> María José Galé Moyano</strong></p><p><strong>María José Galé Moyano</strong> presenta Mujeres barbudas. Cuerpos singulares, obra publicada por Edicions Bellaterra.</p><p>Junto a ella intervendrá <strong>Elvira Burgos Díaz</strong>.</p><p>Sinopsis:</p><p>El presente trabajo se constituye al modo en que lo hacen aquellos proyectos que están inacabados, que se aproximan a la vida y solo son susceptibles de constatar que esta se aleja de la posibilidad de desarrollar sobre ella una mirada objetiva y, al mismo tiempo, se imbrican con el yo que investiga que, en definitiva, no busca sino un modo de poder decirse, de participar como sujeto canónico en el discurso de la ontología. Una ontología que se revela, en el pensamiento occidental, como sesgada por las nociones que constituyen los ejes de emergencia de lo humano: el género, el sexo, las sexualidades, la raza, el nivel socioeconómico, el lugar de procedencia.</p><p>Se ha tratado de alterar ese lugar hegemónico recogiendo, en una suerte de línea de sentido, datos acerca de aproximadamente setenta mujeres, cuya configuración corporal singular supone, ante la mirada, una quiebra de la norma y una necesidad de resituarse y confrontar las certezas acerca de lo corporal. Su situación personal, la fuerza con que cuentan sus apariciones en distintos contextos de intelección, sus palabras, permiten encontrar espacios de resistencia, no solo para su permanecer en la vida, sino para abrir lugares de habitabilidad para todos los cuerpos. </p><p>*Puedes encontrar la librería Cálamo en la Plaza de San Francisco, 4 y 5, 3, en Zaragoza o en <a href="http://www.calamo.com/" target="_blank">su página web</a>.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Librería Cálamo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Inundación por ‘rentrée’]]></media:title>
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      <title><![CDATA[‘Antonio vuelve a casa’, de Ivan Thays]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/antonio-vuelve-casa-ivan-thays_1_1130517.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a2afee8f-1e3f-4622-81e9-084d65ac3fba_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Antonio vuelve a casa’, de Ivan Thays"></p><p>El tema del doble en la literatura tiene una larga tradición que, según algunos, se remonta a la antigüedad clásica. Es probable que sus orígenes se hundan en la prehistoria, como parte de la literatura oral de los pueblos más primitivos. Lo que se sabe desde que dichas historias pudieron ser plasmadas en la escritura es que la figura del doble era tomada muy en serio, y tenía más bien un carácter negativo, pues el encuentro con el doble o la visión del mismo podía augurar la muerte o el infortunio. En general, el doble poseía una cualidad metafísica, acorde con las creencias de entonces, como espíritu, fantasma o proyección astral, de lo que la literatura fantástica se hizo eco. Más tarde, el doble adquirió un talante psicológico, siguiendo el desarrollo de la cultura occidental hacia el paradigma humanista, como la expresión de las fuerzas ocultas e incontroladas que anidan en todo ser humano, aunque no faltaron quienes lo rescataran del reino de la conciencia humana al del esoterismo o las realidades alternativas, lo que se refleja en la literatura. <strong>Stevenson </strong>o <strong>Borges </strong>acuden a la memoria para ejemplificar estas tendencias.</p><p>El escritor peruano<strong> Ivan Thays</strong>, en su último libro, <a href="http://www.megustaleer.com.pe/libro/antonio-vuelve-a-casa/PE28810" target="_blank"><em>Antonio vuelve a casa</em></a> (Alfaguara), se vale de la figura del doble de manera más bien tenue para poner en la piqueta la vida de su personaje principal, Antonio, quien ha llevado hasta la aparición del doble en su vida una existencia anodina e insulsa. Antonio tiene un trabajo rutinario, está casado desde muy joven con la misma mujer, ha ejercido con mediocridad su labor paternal con su único hijo, ya independiente y distante, cuando se aparece un nuevo y misterioso vecino, Halsen, el que le habla de la existencia de los dobles (sobre lo que Antonio se muestra intrigado, pero escéptico) y quien le pide después de un tiempo que le cuide la casa y alimente a sus peces mientras él está de viaje. Antonio va la casa del vecino a cumplir con lo prometido y observa desde allí, sin demasiada consternación, que alguien igual a él entra en su casa y toma su lugar, sin que su esposa, Mercedes, note la diferencia. Decide entonces permanecer en la casa del vecino y observar la vida de su doble, su propia vida, desde la escasa distancia de una pista de por medio, con ocasionales incursiones por los alrededores de su casa para observar dentro lo que pasa. </p><p>Este marco argumental le sirve a Thays para construir una historia en la que el tono general es el de una cotidiana extrañeza, con eventos de carácter extraordinario en la vida de Antonio, pero narrados como si de hechos naturales se tratara. Aparece, sin explicación alguna, una bella y joven mujer, Valdemar, con la que se entrega a sesiones de sexo satisfactorio y desangelado. Observa con difidencia los ires y venires de su doble y de su esposa, a quienes ve compartir momentos de gozosa intimidad familiar que él mismo ya había olvidado, da de comer a los peces y aprende  de sus vidas usando libros de la casa, cocina y comparte vinos y cenas con Valdemar, duerme hasta tarde, va a buscar a su hijo y llega a ver una pelea entre el mismo y su doble en la que no interviene. Valdemar le presenta a una amiga suya, una gorda descomunal que tartamudea y transpira una inocencia primitiva que le conmueve. Ofilia, la gorda, es testigo de la muerte de un pez del acuario y le pide a Antonio que no lo eche por el váter, que le evite el destino del alcantarillado, y lo entierran con debido respecto en el jardín metido en una caja. A todo esto, de Halsen no hay señales. </p><p>Más tarde, a Valdemar, mujer sin demasiados escrúpulos, se le ocurre la idea de filmar una película porno con Ofilia y alguien que ha conocido por allí, ducho ya en estas tareas sexuales. El objetivo es ganar dinero, aprovechando el interés que despertaría un acto tan grotesco, pero el principal resultado es desarticular la precaria vida de Ofilia y arruinarla. Antonio ha asistido a todos estos hechos con poca o nula participación de las emociones, como si el doble se hubiera llevado consigo su vida interior. Al mismo tiempo, Antonio experimenta, en sordina, lo que hubiera sido imposible en su adocenada vida anterior, el deseo, la improvisación, hasta la compasión y la ternura por Ofilia o por su propio hijo. Se da cuenta del absurdo de su propia vida, resignado a una existencia sin amor, sin fantasía, sin sobresaltos. Al final, después de destrozar el auto de su doble, decide volver, transmutado su ego en algo que la novela deja a la imaginación del lector.</p><p>Todo lo anterior está narrado en un estilo límpido y económico, que remeda el estado semicatatónico del protagonista, sin alambiques formales o rítmicos, casi en estilo telegráfico a ratos. Este aspecto formal contribuye a la coherencia de la novela y agiliza la lectura de hechos que son, a todas luces, ajenos a la normalidad vital del lector. Sin embargo, cabe preguntarse por el uso de la figura del doble como artilugio argumental, esto es, en qué medida contribuye a reforzar lo que parece ser la intención principal de la novela o a distraer de lo que podría ser una carencia argumentativa. El doble no habla jamás, como no fuera más que de modo indirecto, no demuestra atributos que le distingan del original de modo significativo, aparte de ser más amable o cariñoso con su mujer y más antagónico con su hijo, y parece antes un fantasma referencial que un verdadero doble de carne y hueso. Algo peor pasa con el vecino, Halsen. Después de hablarle de los dobles, dejarle la casa y encargarle a sus peces, desaparece de la novela, para no volver jamás, más que de modo indirecto, mencionado por otros personajes. ¿Para qué invocarle en primer lugar, se pregunta uno? </p><p>Valerse de la fantasía literaria permite al escritor una libertad creativa que, diríase, no está disponible al escritor de ficción realista. Esto es ilusorio, por supuesto, pues hasta la literatura más realista es fantasía. Pero alejarse de la correspondencia con lo que consideramos de común la realidad autoriza al lector a incursionar en terrenos imaginativos que están vedados a quien pretende reflejar, de modo ficticio, la realidad. Dicha libertad debiera haber concedido a Thays un margen imaginativo que utiliza apenas. Da la impresión de que Thays no ha querido alejarse  demasiado de la así llamada realidad sin renunciar a la libertad que le conceden las premisas de la literatura fantástica, pero haciendo justicia a ninguna. Antonio ha llevado una vida carente de significado o de trascendencia, pero ¿en qué medida asistir y hasta colaborar con una escena pornográfica en la que alguien se folla a una mujer groseramente obesa contribuye al desarrollo psicológico de Antonio o al desarrollo del personaje? Alimentar peces, que puede tomarse como una metáfora de una sociedad que nos nutre y condiciona sin mayor conciencia de lo que hacemos, ¿es adecuado reflejo de la evolución psíquica de Antonio, quien ha de aprender lo que se necesita para llevar una vida en un nivel más elevado de existencia? </p><p>Si bien la novela de Ivan Thays muestra cierta originalidad en ejecución y argumentación (aun cuando el tema del doble, como se dijo, tiene una larga presencia en la literatura universal), decepciona en los detalles y en la tesitura narrativa. Antonio puede ser cualquiera de nosotros, es cierto, pero no cualquiera de nosotros le dejaría su casa a un doble sin una historia que justifique tal indiferencia. No cualquiera de nosotros asentiría con un acto grotesco que más quita que deja en cualquier persona que no haya abandonado toda referencia moral. Thays, como otros escritores de su estilo, operan bajo la preconcepción de que hechos chocantes tienen un efecto liberador sobre la conciencia, mientras que la liberación viene, más bien, de no necesitar hechos chocantes para acceder a lugares más elevados de funcionamiento psíquico. La literatura abunda en hechos horríficos, por supuesto, y son incontables las historias chocantes o desconcertantes. Quedarse a medio camino, no obstante, produce un efecto de falta de compleción, el que aureola esta nueva novela de Ivan Thays. A la larga, la historia de Antonio y de su aventura en los confines del Yo deja un sabor de dejadez creativa y de carencia imaginativa. A tal punto que, al finalizar la novela, cuando Antonio decide volver a su casa después de meses en la casa del vecino, nos importa menos lo que podría pasarle entonces que el hecho de haber concluido una historia en la que todo es irrelevante, incluido dicho final.</p><p><em>*Frans van den Broek es crítico literario.</em></p><p><strong>Frans van den Broek</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Frans van den Broek]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura latinoamericana,Novela,Los diablos azules número 30]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[“Invocación”, de Raquel Lanseros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/invocacion-raquel-lanseros_1_1130508.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ae8c730f-e027-48c0-9abc-260be77999ba_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="“Invocación”, de Raquel Lanseros"></p><p>Maribel Verdú lee "Invocación", de Raquel Lanseros.</p><p><strong>Invocación</strong></p><p>Que no crezca jamás en mis entrañas</p><p>esa calma aparente llamada escepticismo.</p><p>Huya yo del resabio,</p><p>del cinismo, de la imparcialidad de hombros encogidos.</p><p>Crea yo siempre en la vida</p><p>crea yo siempre</p><p>en las mil infinitas posibilidades.</p><p>Engáñenme los cantos de sirenas</p><p>tenga mi alma siempre un pellizco de ingenua.</p><p>Que nunca se parezca mi epidermis</p><p>a la piel de un paquidermo inconmovible,</p><p>helado.</p><p>Llore yo todavía</p><p>por sueños imposibles</p><p>por amores prohibidos</p><p>por fantasías de niña hechas añicos.</p><p>Huya yo del realismo encorsetado.</p><p>Consérvense en mis labios las canciones,</p><p>muchas y muy ruidosas y con muchos acordes.</p><p>Por si vinieran tiempos de silencio.</p><p>De <em>Diario de un destello</em>, Rialp, 2006</p><p><em>*Raquel Lanseros es poeta. Su último libro es </em><strong>Raquel Lanseros</strong>Las pequeñas espinas son pequeñas <em>(Hiperión, 2013). Ha dirigido la antología </em><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/07/22/poesia_soy_yo_52803_1821.html" target="_blank">Poesía soy yo</a><em> (Visor, 2016) junto a Ana Merino. </em></p><p><em>*Maribel Verdú es actriz. Su última película ha sido </em><strong>Maribel Verdú</strong><a href="http://www.infolibre.es/noticias/cultura/2016/04/28/la_punta_del_iceberg_49019_1026.html" target="_blank">La punta del iceberg</a><em>. Acaba de rodar </em>Abracadabra<em>, nuevo filme de Pablo Berger.</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Lanseros | Maribel Verdú]]></author>
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      <title><![CDATA[El cuerpo y otra cosa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/cuerpo-cosa_1_1130506.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ad46745f-35f6-4717-abd3-c8ca8c889bd4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El cuerpo y otra cosa"></p><p>El poeta colombiano <strong>Darío Jaramillo</strong> ha escrito un libro radical sobre el cuerpo. Si la carne no fuese protagonista de esta radicalidad, podríamos decir que se trata de un libro descarnado por su enfrentamiento con la verdad. <em>El cuerpo y otra cosa</em> (Pre-Textos, 2016) pertenece a esa tradición literaria en la que una voz herida necesita saltar por encima de las estrategias líricas para vivir sin mentiras la realidad. </p><p>En su famoso “Canto de Adiós”, <strong>Whitman </strong>jugó a apostar por la sinceridad y confesó: “Camarada, esto que tienes entre las manos no es un libro; / Quien vuelve sus hojas toca un hombre”. Si se toma en serio ese camino, la expresión no sólo cuestiona la retórica tradicional representada por el libro. Necesita también quebrar la propia entidad del poeta, la confianza en el sujeto. <strong>García Lorca</strong> radicalizó el significado de esta confesión al desplazarla del libro al autor y al ser humano en <em>Poeta en Nueva York</em>: “Quiero llorar porque me da la gana, / como lloran los niños del último banco, / porque yo no soy un hombre ni un poeta ni una hoja, / pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado”. Y <strong>Jaime Sabines </strong>lanzó contra el lector una desesperada conciencia de la crisis y de la realidad en<em> Algo sobre la muerte del Mayor Sabines</em>: “Me avergüenzo de mí hasta los pelos / por tratar de escribir estas cosas. / ¡Maldito el que crea que esto es un poema!”.</p><p>Los tres maestros parecen estar en una situación en la que es mejor dejarse de tonterías y de engaños para mirar a los ojos más radicales de la verdad. Creo que esta radicalidad es la que marca el origen y la que domina la atmósfera del último libro de Darío Jaramillo. El reconocimiento materialista del cuerpo, “Somos sólo cuerpo”, se produce en una situación en la que la enfermedad, el dolor físico y la presencia de la vejez no pueden ser negados. De ahí la aceptación implacable de que “La vida es intestino y glándula, / fiebre de la materia” o de que “no existen las esencias”.</p><p>Este tono de protagonismo físico adquiere significación en la obra de un poeta que asumió con pudor literario y biográfico la mutilación de una pierna al pisar una mina colocada por la guerrilla en una casa de campo en Colombia. Por eso sus lectores sentimos aquí una intensidad cargada de valor.</p><p>Llegados a este punto la salida que parece más lógica es el esfuerzo por irse borrando lentamente, ir alejándose del ruido de la ciudad, adquirir una calma oscura que supone la anticipación de la muerte, pero también una forma de evitar las perturbaciones, los malos insomnios y el dolor. El silencio se convierte así en una referencia de autoridad en el presente. También a la hora de hacer examen del pasado: “lo principal consiste en los silencios que debo, lo que debí callar, / los ruidos que pude suprimir, mis aturdimientos”.</p><p>Este eje central de<em> El cuerpo y otra cosa</em>, conducido incluso al cuestionamiento literario, desemboca en cuatro emocionantes elegías que el autor se escribe a sí mismo o escribe para el ser que ha habitado su cuerpo. Puestos a buscar el silencio, el olvido y la nada, resulta necesaria la despedida. Pero despedirse de uno mismo no es asunto sencillo. El condenado a marcharse tiene muchos trucos para permanecer, trucos que son verdad, su verdad: “Qué voy a hacer con las cosas que descubro para ti. / Ayer era una pluma estilográfica que acababan de sacar, / una pluma enchapada en plata, pesada y noble, / diseñada sin diseño, el mejor diseño, el diseño invisible: / sé que dirías esto con la pluma en la mano, sopesándola”. La permanencia de los deseos cotidianos, modestos o altivos, son un truco para que no olvidemos al que ha habitado en nosotros. Y eso no es una mentira, sino una parte de la verdad que quiere enfrentarse a la mentira.</p><p>El diálogo con el ser múltiple o desdoblado que habita en un mismo cuerpo no es una inquietud nueva en la obra de Darío Jaramillo. En su libro más leído, <em>Poemas de amor</em>, ya había escrito: “Ese otro que también me habita, / acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos…”. Ese otro es ahora el alma que cambia con la física, el ser múltiple que recuerda, se acostumbra a la vejez, se adapta a los cambios del cuerpo e intuye la muerte. El cuerpo es dolor y es orgasmo, y por eso los poemas pueden recordar en su diálogo con la muerte las meditaciones sobre el erotismo de <strong>Bataille</strong>, cuando el placer último supone la disolución de la conciencia y de la identidad individual, un anticipo de la nada: “Me veo fuera de mí, mirándome, / mirándome como si fuera otro, / mirándome hacer el amor, desfallecido, agonizando…”.</p><p>La otra cosa que acompaña al cuerpo en el libro de Darío Jaramillo es una realidad abierta: el otro que lo habita, es decir, el alma que desaparece con la muerte. Como no caben las esencias, la vida espiritual no es inmóvil, sino perecedera y cambiante, humana, vital, vinculada a la carne, el deseo y la melancolía. Por eso el camino de perfección que responde a la vejez con una voluntad de calma absoluta se ve asaltado por una densidad de recuerdos que nos devuelven a la plenitud de otro tiempo y nos advierten de que no todo es ruido en el mundo, de que también existe en el presente la música o la evocación de la música. Es verdadera la música que “suena medio siglo más tarde” y nos invita a un entonces. Es verdadero un presente que no promete inmortalidad, pero que se acomoda al lado más digno de la vida.</p><p>Y es verdad la escritura. El silencio puede ser una salida de negación, un anticipo de la muerte; pero la escritura es la respuesta de un vitalismo escondido bajo la mirada radical, ese vitalismo que, precisamente, nos fuerza enfrentarnos con la verdad de la muerte. Sólo lamentamos la pérdida de aquello que nos importa. Aceptar sin más la muerte es la tarea de los muertos. Los vivos deben aceptar la verdad de la muerte, la vejez y la enfermedad, pero no sin más, porque en ellos está también la verdad de la memoria y del deseo. La escritura permite crear un ámbito que no es negación, ni renuncia, sino conversión de la realidad biológica en lenguaje humano, en el todavía del ser, en el aún que salva las distancias entre el yo que siente y el mundo: “En ninguna parte es más palabra una cosa que en el poema. / En ninguna parte es más cosa una palabra que en el poema”. </p><p>Darío Jaramillo Agudelo ha escrito un libro conmovedor, denso, despojado. El pudor y la verdad libran un duelo de sabiduría y de sentimientos que se resuelve en una viva calidad poética. Es la mirada sin engaños hacia la enfermedad y la vejez de una persona de raíz alegre. La mirada a la muerte de un vitalista. </p><p><em>*Luis García Montero es escritor y profesor de Literatura. Su último libro, </em><strong>Luis García Montero </strong><a href="http://www.megustaleer.com/libro/un-lector-llamado-federico-garcia-lorca/ES0148402" target="_blank">Un lector llamado Federico García Lorca</a><em> (Taurus). </em><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El cuerpo y otra cosa]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura latinoamericana,Poesía,Los diablos azules número 30]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Darío Jaramillo: “Este libro me sirvió para mirar la muerte cara a cara”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/dario-jaramillo-libro-sirvio-mirar-muerte-cara-cara_1_1130497.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a14fac50-b8bb-40d1-b9d9-062e5238649b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Darío Jaramillo: “Este libro me sirvió para mirar la muerte cara a cara”"></p><p>Cuando se vive en una época como la nuestra en la que el poder hace un esfuerzo titánico por desacreditar las humanidades o en la que los gurús de la tecnología quieren <em>regalarnos </em>esa suerte de falsa virtud de la ubicuidad que nos permite estar virtualmente en muchos sitios a la vez para que en el fondo no podamos acceder de verdad a ninguno; cuando abrazamos la posibilidad de alcanzar la inmortalidad porque, según nos dicen, han descubierto en Siberia una bacteria eterna; cuando hemos preferido sentirnos inteligentes viendo a un idiota antes que sentirnos idiotas viendo a un inteligente, nos llega un libro como <a href="http://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=1675" target="_blank"><em>El cuerpo y otra cosa</em></a> [Pre-Textos] de <strong>Darío Jaramillo</strong>, su hasta la fecha última entrega poética. Un libro que viene a recordarnos de manera sencilla de qué materia estamos hechos, de qué emociones partimos, supone, créame el lector, la llegada de un inesperado regalo. De un regalo, pese a su tono elegíaco y quizás de despedida, lleno de vida, de una vaharada de aire fresco, de estímulo o trallazo desde muy adentro.</p><p><strong>Pregunta. A menudo te oigo repetir la famosa frase que le dice Rick en la película Casablanca al oficial alemán que le insinúa la posibilidad de invadir Nueva York: “Hay determinados barrios en los que no les aconsejaría que se metieran”. ¿Cómo se te ha ocurrido meterte en los barrios temáticos en los que te has metido con este último libro?</strong><em>Casablanca </em></p><p><strong>Respuesta</strong>. Tengo la sospecha de que yo no escojo los temas. Los temas se me meten, como obsesiones, como insomnios, como deudas que tengo que pagar. En este caso concreto las cosas comienzan con una percepción: que, entre los varios seres que me habitan y desfilan entre mi pellejo, hay unos nuevos que están llegando a mi cuerpo ahora, a mis 69 años. Y con un reproche: que me sobran palabras, que tengo deudas muy serias con el silencio.</p><p><strong>P. Para mí un libro como El cuerpo y otra cosa es un libro que nos recuerda quiénes fuimos y además nos impele a reconciliarnos con el cuerpo que se siente herido. ¿Compartes mi opinión?</strong><em>El cuerpo y otra cosa</em></p><p><strong>R</strong>. Bien sabes lo difícil que es para mí diseccionar el contenido de un libro mío, más éste, que sale de un trasfondo mío que, en realidad, no tiene palabras: acaso es la reafirmación de que soy sólo cuerpo en el sentido de que, desaparecido el cuerpo, dejaré de ser. Y a la vez es la intuición de otra cosa, otras cosas, que corresponden a otras identidades que han formado mi yo, mi intimidad.</p><p><strong>P.  ¿Piensas, mi querido Darío, que la poesía es el arte más directo de mostrarnos la naturaleza y por ende de mostrarnos a pelo nuestra propia naturaleza?</strong></p><p><strong>R.</strong> A mí me sirve para tratar de reconocerme como individuo y como parte de una especie; y es un asunto inacabable porque a cada asomo de respuesta surgen muchas más preguntas. La poesía es un intento, un intento terco y repetitivo, de ahondar en los abismos interiores. También es una ascética y una inacabable artesanía.</p><p><strong>P.  En este libro pareces querer decirnos que a medida que la vida crece crecen las preguntas.</strong></p><p><strong>R</strong>. Sí, las preguntas crecen, las preguntas cambian, las respuestas engendran más preguntas y así.</p><p><strong>P.  ¿Tú crees que al poeta le permanece todo en un perpetuo presente y una euforia que además le acompañará hasta el fin?</strong></p><p><strong>R.</strong> Tiendo más a la euforia que a la tristeza, adivino una especie de juego lleno de humor en los asuntos más trascendentales. Eso no le quita trascendencia a la indagación poética. Pero la ataraxia proporciona una especie de euforia.</p><p><strong>P.  Además, ¿para qué entristecerse si uno mientras está vivo puede seguir gozando de las cosas de la vida?</strong></p><p><strong>R.</strong> Lo que más le debo a la vida, a los que me criaron, a mis amigos, a mi gente, acaso también a mí mismo, es la vocación de placer que tengo. Y procuro ser fiel a esa vocación.</p><p><strong>P.  Yo también observo esa especie de juego lleno de humor incluso en este libro, ¿me puedes decir cómo se manifiesta en tus poemas? Es decir, ¿cómo actúa a favor de la vida, de las cosas?</strong></p><p><strong>R.</strong> Creo que el humor es una cosa muy seria. El humor no está en algo que se llama sentido del humor del sujeto sino que está en las cosas mismas, en las relaciones de paradoja o de exageración o de verdad desnuda que presenta la realidad.</p><p><strong>P.  ¿No crees que todo libro elegíaco, como el tuyo, esconde, en el fondo, al lamentar el transcurso del tiempo, un profundo amor por la vida, es decir, un trasfondo hímnico?</strong></p><p><strong>R.</strong> Sin duda: quien ama la vida, acepta la muerte. Si fuéramos inmortales sospecho que detestaríamos nuestra condición.</p><p><strong>P.  ¿Qué es eso otro que ya desde el título del libro nos dices acompaña al cuerpo?</strong></p><p><strong>R.</strong> En un verso de <em>El cuerpo y otra cosa</em> dice: “Yo moriré, yo moriré como carne y como yo, pobre y efímero animal, bestia gozosa, y esa otra cosa que es el alma, seguirá sin recordarme más”.  Y, para más (deliberada) confusión, en otro fragmento dice:</p><p><em>El cuerpo y esa otra cosa y esa otra.El cuerpo y el alma y esa otra.El cuerpo y el alma y la muerte.La muerte que es cuando el tiempo ha dejado de pasarnos.El tiempo, que es el cuerpo. </em></p><p><strong>P.  Tengo para mí, a lo peor porque soy muy ingenuo, que eso otro que quizá nos sobreviva nos sobrevivirá sólo en la medida en que hayamos sabido amar la vida.</strong></p><p><strong>R. </strong>Creo lo mismo (a lo mejor porque me sumo a la tribu de los ingenuos).</p><p><strong>P.  ¿Te sientes deudor en silencios? ¿Tratas de reducir, en definitiva, tu tamaño para conseguir hacerte invisible?</strong></p><p><strong>R. </strong>Quiero ser invisible. No hacerme notar. No pensar en primera persona. Ahorrar palabras.</p><p><strong>P.  ¿Crees que mucha de la poesía que hoy se hace se enreda mucho en la jungla de las palabras, es decir, le sobra palabrería?</strong></p><p><strong>R.</strong> Hay muchas clases de poesía y que a uno le guste una determinada no deslegitima las otras. Mi búsqueda está más cerca del silencio que de la exuberancia verbal. Eso lo noto cuando corrijo porque corrijo tachando.</p><p><strong>P.  ¿Qué opinión te merece la siguiente frase de Epicuro: “Todo el mundo se va de la vida como si acabará de nacer"?</strong></p><p><strong>R. </strong>Tiene razón porque siempre estamos acabando de nacer. Y empezando a morir. Siempre. A cada instante.</p><p><strong>P.  Para mí la realidad nunca es triste, ¿lo es para ti?</strong></p><p><strong>R. </strong>No, la tristeza es un invento de la autocompasión.</p><p><strong>P.  ¿Qué puede esperar el lector tras un libro como El cuerpo y otra cosa?</strong><em>El cuerpo y otra cosa</em></p><p><strong>R.</strong><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a>No lo sé, al menos no lo sé de otros lectores. A mí me sirvió para limpiar el alma, para sacudirme de cosas superfluas, para mirar la muerte cara a cara.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Manuel Borrás]]></author>
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