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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 61]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-61/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 61]]></description>
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      <title><![CDATA[Contra lo sublime]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/sublime_1_1203099.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b7a8c7e6-01de-486d-be68-73a440191bf8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Contra lo sublime"></p><p>  </p><p>  </p><p><strong>Contra lo sublime</strong></p><p>(Variación sobre un tema de Kay Ryan)</p><p>No me dicen gran cosa</p><p>los valles, los glaciares,</p><p>ciertas formas abruptas,</p><p>todas las superficies escarpadas.</p><p>No me seduce el vértigo.</p><p>No me tienta el abismo.</p><p>No me fío de nada que no pueda medir.</p><p>Más que miedo, respeto.</p><p>Pido una proporción hospitalaria.</p><p>Busco la magnitud de lo habitable.</p><p>  De <em>Clima mediterráneo </em>(Visor,2017).</p><p><em>*Luis Bagué Quílez es escritor y crítico literario. Su último libro, </em><strong>Luis Bagué Quílez</strong><a href="http://www.visor-libros.com/tienda/clima-mediterraneo.html" target="_blank">Clima mediterráneo</a><em> (Visor, 2017).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Apr 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis Bagué Quílez]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Poesía,Los diablos azules número 61]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA['Jane Eyre', una lectura redonda]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/jane-eyre-lectura-redonda_1_1139694.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/962b61fe-3b74-46ad-b5fa-b1f3d8ae7899_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Jane Eyre', una lectura redonda"></p><p><em>Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Les dejamos esta sala para que comenten sus lecturas y nos ayuden a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para contarnos vuestra historia y hacernos llegar vuestras recomendaciones.</em><strong>losdiablosazules@infolibre.es</strong></p><p>___________________________________</p><p>Según <strong>Mark Twain</strong> “un clásico es un libro que la gente elogia, pero no lee”. Libros escritos para ser estudiados y relacionados en las listas imprescindibles de la cultura, para releerlos una minoría. Impresiones estas que junto a la exigencia de “una vivaz atención, y tal vez cierta lentitud, para llegar a captar con precisión lo que nos dice por encima de los ecos de su trasfondo de época” (<strong>Italo Calvino</strong>) hacen su lectura, en principio, poco apreciada en los clubes de lectores. Y a pesar de ello, hay que animarse a programar algún clásico de vez en cuando e implicarse en su promoción, porque suelen ofrecer gratas sorpresas a todo el grupo y constituirse en un magnífico</p><p>descubrimiento.</p><p>  </p><p>Así ha ocurrido en nuestro maxi-club Lecturas redondas con <em>Jane Eyre</em>, leído coincidiendo con el bicentenario de la autora, <strong>Charlotte Brontë</strong>. En este caso, a los reparos a leer un libro del siglo XIX, se unió el ser una obra de la que todos conocemos algo porque hemos visto una película o una serie u oído comentarios, pero, en realidad, nunca hemos leído. Las más de 600 páginas de la novela también hacían un flaco favor a una acogida entusiasta y, sin embargo, <em>Jane Eyre</em> se convirtió en la reunión más concurrida de los tres años de Lecturas redondas. Este club siempre es muy numeroso al conformarlo la suma de lectores de distintos clubes de Córdoba y su provincia. El 13 de enero, <em>Jane Eyre </em>casi hace inviable la reunión porque el espacio se quedó pequeño y conversar mirando a los interlocutores fue una prueba de obstáculos visuales.</p><p>¿Por qué este afán lector? La historia tiene algunos ganchos para su éxito. Partiendo de una premisa romántica, un amor desigual donde el eterno binomio chica pobre se enamora de chico rico y final feliz, oculta también un tenebroso misterio. Y muchas sorpresas para el año 1847 en que fue escrita. Charlotte Brontë vivió junto a sus hermanas y hermano en la casa parroquial de Haworth, un lugar de los páramos de Yorkshire, murió joven, con 39 años, por ello impresiona su inspiración e imaginación, su madurez. Era una familia volcada en el estudio y la lectura, con valores fuertemente asentados y una percepción de sí misma como mujer impensable en aquella</p><p>época.</p><p><em>Jane Eyre</em> está escrita en primera persona, pero podemos imaginar que muchos de los pensamientos de Jane son un trasunto de los de Charlotte. La figura de la protagonista está apartada de los cánones habituales de belleza, timidez, candor y sometimiento. Jane no es agraciada: "Siempre tuve el deseo de ofrecer la mejor imagen posible y de gustar tanto como me permitiera mi escasa belleza". El galán, Mr. Rochester, tampoco. Es una mujer fuerte inteligente, íntegra, fiel a sus principios en cualquier situación, sin transigir nunca. La autocompasión no existe en su reducido mundo. No claudica a la tristeza, sino que sigue adelante, siempre activa empujada</p><p>por el instinto de supervivencia de su propio ser. La mayoría de los lectores coincidió en señalar la postura feminista, si bien individual, de Jane creyendo firmemente en la igualdad de hombres y mujeres y la vitalidad de sus personajes secundarios.</p><p>Lecturas redondas es un club especial, distinto, también en el inicio de la reunión. <strong>María Valero</strong>, que realiza su tesis doctoral sobre Emily Brontë y <em>Cumbres borrascosas</em> en la Universidad de Córdoba, fue la encargada de inaugurar la sesión sobre <em>Jane Eyre</em>. Proporcionó muchos datos sobre las hermanas Brontë, sus vidas, sus escritos y la fuerte pervivencia de <em>Jane Eyre</em>. Destacó, sobre todo, la precuela escrita en 1966 por <strong>Jean Rhys</strong>, <em>Ancho mar de los Sargazos</em>, la historia de Bertha, o, mejor dicho Antoinette, el verdadero nombre de Bertha, la mujer loca de Rochester. En esta novela, Rhys narra los acontecimientos que podrían haber tenido lugar en la niñez y juventud de Bertha, así como los primeros años de matrimonio con Rochester. Y que muchos de los que alli estaban habían leído como un valioso complemento a Jane Eyre.</p><p>Al terminar la reunión, estábamos convencidos de haber participado en una lectura sin edad, sin tiempo; un clásico que resuena en lectores muy diversos y en diferentes culturas y, sobre todo, un libro para disfrutar en sus largas horas de lectura. Como Jane Eyre, a todos nos gusta pensar: "No soy un pájaro y ninguna red me atrapa. Soy un ser humano libre con una voluntad independiente".</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Apr 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Gloria Martínez Gallego (Lecturas redondas)]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Jane Eyre', una lectura redonda]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Los diablos azules número 61]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Preparando Sant Jordi]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/preparando-sant-jordi_1_1139686.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e41f94f5-e8f6-41ca-8711-0ad5a435a18e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Preparando Sant Jordi"></p><p><em>Con los ojos puestos ya en Sant Jordi, Xavier Vidal, responsable de la prestigiosa Llibreria Nollegiu de Barcelona, nos recomienda estos libros.</em><strong>Xavier Vidal</strong></p><p>__________________________</p><p>  <strong>La trilogía del muchachoJón Kalman StefánssonSalamandraBarcelona</strong><em>La trilogía del muchacho</em></p><p>Tenía algunos referencias de los tres títulos de este islandés nacido en 1963. Siempre recelo de las fajas editoriales del estilo "el mejor escritor islandés" o "la voz universal del gran escritor islandés de nuestro tiempo". Lo que me impulsó a leer <em>Entre el cielo y la tierra, La tristeza de los ángeles y El corazón del hombre </em>fueron dos lectores que una vez publicada la tercera parte vinieron corriendo a buscarla. Y si <strong>Imma Buxadera</strong>, lectora de confianza, entra por la puerta pidiendo un libro, al librero algo le escama. Total, que se lo llevó justo cuando tenía unos días para descansar y se leyó las casi 900 páginas de la trilogía como agua de mayo. <strong>Stefánsson </strong>escribe con un narrador que bien podría ser su país, Islandia, explicando la historia de sus personajes. Algo así com <strong>Elena Garro</strong> en <em>Los recuerdos de un porvenir </em>o <strong>José Emilio Pacheco </strong>en <em>Mañana en la batalla piensa en mí. </em>Añadimos un país frío, una creencias muy arraigadas, una relación con el mar de amor-odio y las dotes poéticas y nos resultan tres libros que han venido para quedarse y ser consultados en mi biblioteca personal.</p><p>  <strong>Cosmonauta. Poesía completaFrancesc Garriga BarataLaBreu EdicionsBarcelona2017</strong><em>Cosmonauta. Poesía completa</em></p><p>Lo siento por ustedes si no entienden el catalán ni tampoco quieren esforzarse en entenderlo. LaBreu Edicions acaba de publicar la poesía completa de este poeta de Sabadell, que se nos fue hace un par de años después de dejar centenares de alumnos consternados por su desaparición. Se lo digo yo que fui el día del entierro y allí no cabía una alma más. Y lo mejor de todo: de lo más variado. <strong>garriga</strong>, así en minúsculas porque odiaba las mayúsculas —y ya pueden imaginar el por qué– dejó tras de sí un puñado de buenos libros publicados mayoritariamente en los últimos 15 años de su vida y una generación de jóvenes poetas a los que mimó y acompañó –<strong>Marc Romera</strong> y <strong>Marc Masdeu</strong>, los prologuistas, son una muestra a las que se ha debe estar atento—. Poeta de la experiencia, de la reflexión, del minimalismo lingüístico para describirlo todo en pocas palabras… Háganse un favor: léanlo en catalán y pidan a su editor de referencia en castellano, inglés, francés, alemán, checo y swahili que lo traduzcan. Estamos ante un poeta universal que si fuera inglés hace tiempo que hubiera figurado en las listas del Nobel.</p><p><strong>El hombre que se creía Vicente RojoSònia HernándezAcantiladoBarcelona2017</strong><em>El hombre que se creía Vicente Rojo</em></p><p>Me dirán que otra vez, que <strong>Sònia Hernández </strong>siempre aparece en mis recomendaciones. ¿Y qué? ¿Algún problema? Si con <em>Los Pissimboni</em>, esta escritora me fascinó por su ambiente kafkiano, por su enfrentamiento a lo jurídicamente racional que nos gobierna —Estado de Derecho, creo que lo llaman—, en <em>El hombre que se creía Vicente Rojo</em>, Hernández culmina una nueva pieza de su manifiesto contra el pensamiento único. Empiezas leyendo, disfrutas el dominio de la tensión y la trama y cierras el libro lleno de preguntas. Magistral.</p><p><strong>Barcelona. Libro de los pasajes Jorge CarriónGalaxia GutenbergBarcelona2017</strong><em>Barcelona. Libro de los pasajes </em></p><p>¡Cuidado! ¡No huyan! Ya sé que el título habla de los pasajes de Barcelona. Pero el libro de <strong>Carrión</strong>, a parte de pasearnos por un centenar de pasajes de Barcelona nos deja una reflexión sobre las ciudades: como se crean, como se transforman, como se renuevan… En la línea de <em>Librerías</em>, <em>Libro de los pasajes</em> es un viaje, una novela, un ensayo, o todo junto. Un homenaje a <strong>Walter Benjamin.</strong> Un regalazo.</p><p><strong>Terroristas modernosCristina MoralesCandayaBarcelona2017</strong><em>Terroristas modernos</em></p><p>Una novela que nos (re)descubre la conspiración del triángulo. Una conspiración de 1816 para asesinar a <strong>Fernando VII</strong> y restaurar la Pepa, la Constitución de 1812. Una excusa para construir una trama protagonizada por un coro de personajes, con lenguaje preciso y una forma sorprendente. Un viaje al Madrid de la época a partir de la mirada de hoy de una autora que ya nos dejó atónitos con el libro de la vida alternativo de <strong>Santa Teresa de Jesús </strong>en <em>Malas palabras</em>.</p><p><em>*Puedes encontrar la Llibreria Nollegiu en Carrer Pons i Subirà, 3, en Barcelona y en su página web.</em><strong>Llibreria Nollegiu</strong><a href="http://www.nollegiu.cat/" target="_blank">página web</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Apr 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Xavier Vidal (Llibreria Nollegiu)]]></author>
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      <title><![CDATA[Quemados vivos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/quemados-vivos_1_1139684.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d6bdc54d-6b05-4e25-b3a4-0ba8291e3e10_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Quemados vivos"></p><p><strong>Un incendio invisibleSara MesaBarcelonaAnagrama2017</strong><em>Un incendio invisible</em></p><p>  </p><p>La segunda novela de la escritora sevillana <strong>Sara Mesa</strong>,<em> Un incendio invisible</em>, que ahora, acertadamente, <a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/un-incendio-invisible/9788433998286/NH_579" target="_blank">reedita Anagrama</a>, ya mereció  el Premio Málaga en el año 2011. Entonces su publicación corrió a cargo de la Fundación José Manuel Lara y Sara Mesa era una interesante promesa que venía de publicar un poemario, dos –excelentes— libros de relatos de escasa difusión y la sorprendente novela <a href="http://www.tropoeditores.com/producto/el-trepanador-de-cerebros/" target="_blank">El trepanador de cerebros</a> (Tropo Editores, 2011). En su primera salida a las librerías, <em>Un incendio invisible</em> no tuvo demasiados lectores, según confiesa la autora en la nota que abre la nueva edición de Anagrama, revisada y corregida desde una concepción estilística más madura y exigente, pero con esa misma voz narradora que mantiene su salvaje inocencia y parece seña de identidad en la literatura de Sara Mesa. Ahora la escritora dejó de ser promesa, ya es una fascinante realidad literaria y <em>Un incendio invisible</em> se desvela como el primer fruto auténticamente maduro de su mundo narrativo. Esta obra que supera las expediciones de exploración de los libros anteriores y pone la primera piedra de un edificio en construcción, que ya anuncia su solidez ante el paso del tiempo y los vaivenes de las modas estéticas, merecía un rescate y la atención de lectores que no se conforman con cualquier cosa.</p><p>Un incendio invisible (porque consume por dentro) está destruyendo la vida en Vado, una ciudad antaño símbolo de las virtudes del capitalismo, que ahora se desmorona sin remedio. Los seres que la habitan están, sin saber por qué, quemándose vivos. El paisaje distópico de la ciudad que se derrumba no es más que otro reflejo, esta vez de la decadencia de sus gentes, incapaces de sentir algo que no sea abandono, rabia o rencor, pero también incapaces de actuar, paralizados por la acumulación de cenizas que les llena los cuerpos como sacos de escombros. Algunos huyen y otros se quedan, ninguno sabe por qué lo hace. Quizá la niña-niño Miguel o la enfermera Ariché, que cuidan a los desamparados, tienen una misión clara, aunque parecen entregarse a ella (al perro Tifón, a los viejos enloquecidos de la residencia New Life) sin otro motivo que una inclinación natural a no dejar que el sufrimiento de los demás deje de importarles.</p><p>En medio de una ciudad en lento apocalipsis, llega el doctor Tejada a hacerse cargo de los ancianos abandonados a su suerte en el antaño lujoso asilo New Life. "Un gran hombre con una gran misión" que tropieza con un ex-enfermero borracho, una vieja loca por el dolor, un profeta del fin de los tiempos, un investigador social conspiranoico y una mujer sin nombre, pero con apellido y kimono, que se deja morir en medio del tedio, porque ya no puede vivir ni siquiera del pasado. Nada importa al gran hombre, salvo la inocencia de la niña-niño y la pureza de la enfermera Ariché, precisamente otros dos espejos que reflejan la culpa que arrastra por dentro y que solo ante ellas se deja intuir.</p><p>El doctor Tejada, en otro tiempo, si no un gran hombre, tal vez sí tuvo otro reflejo más armónico donde reconocerse; quizá una vez hubo un espejo pulido, limpio y hermoso en su vida: en su maleta llevaba un ejemplar de <em>Harmonium</em> de <strong>Wallace Stevens</strong>, el más geométricamente perfecto de los poetas del siglo XX; pero los versos de Stevens se fueron con la maleta robada el primer día de su llegada a Vado y con ellos toda posibilidad de escapar del desastre.</p><p>De los aciertos más sorprendentes de <em>Un incendio invisible</em>, y tiene muchos, me gustaría destacar, otra vez, esa mirada que se esconde tras la voz que cuenta el relato. Una mirada que selecciona los escenarios, los sucesos y las gentes de Vado para focalizarlos desde la perplejidad, lo que dota a la historia de una atmósfera de irrealidad que al mismo tiempo es absolutamente verosímil, gracias a la acertada arquitectura de la fábula y al diseño naturalista de los personajes. A veces, cuando mira a la niña que se quiere niño Miguel, el lector siente que se están ligando la voz que cuenta y el personaje que participa en el relato. Técnicamente hay una separación marcada entre el narrador y lo contado, pero esa inocencia salvaje que arma el relato carece de compasión o de afán de condena, contempla y no entiende —como esa niña que busca tesoros ocultos en la basura— esa derrota casi metafísica que se va adueñando de un mundo de muertos vivientes que habitan una tierra baldía.</p><p><em>Un incendio invisible</em> es una novela dura, escrita con un estilo desapasionado, salvo en esas pocas ocasiones en las que el narrador mira a los ojos puros de alguno de los personajes más admirables del relato, como si esa mirada salvaje y limpia fuera también la de un entomólogo que estuviera observando una colonia de insectos que camina hacia su extinción. Su mundo ya no es posible, el egoísmo, la mentira, el abuso del poder y la cobardía de emprender la huida cuando se tiene la posibilidad de escapar sin mirar atrás y sin recordar a los que se quedan, han ido minando la razón de vivir. No tiene sentido seguir en Vado, ya nada es posible allí. El investigador que observa, a veces, siente que todavía hay en la colonia un atisbo de esperanza, pequeños seres hermosos que aún pueden salvarse. Los mira con cierta complicidad. Pero ve cómo ellos también se van, cómo se los llevan otros, o cómo su misma inocencia les impide, al fin, escapar del lento apocalipsis irremediable.</p><p>La novela de Sara Mesa no aspira a reflejar grandilocuencias simbólicas, es un relato de acciones íntimas, una radiografía de la vida cotidiana cuando todo se va al infierno y nadie parece darse cuenta de ello. El juego con la distopía es un recurso narrativo, pero no es esta una novela de ciencia ficción, ni una novela de tesis, sino un espléndido artefacto literario que mantiene en vilo al lector hasta la última página. Preciso, cruel en ocasiones, y en otras pintado de humor o de ternura: algún amor sórdido puede salvar, por un breve instante, la sinrazón de habitar un mundo absurdo. Pero no, no es suficiente. Ahí están para recordarlo los símbolos de la ciudad en ruinas, el gran hotel Madison, la insolente Torre Grady, el centro comercial Sunrise... abandonados; el barrio de Bocamanga convertido en un estercolero, los cortes de luz y de agua, el peregrinaje de piso abandonado en piso abandonado... Y es que quizá todo pueda cifrarse en una breve reflexión de Tejada: "Así como yo no puedo comprender mi tristeza tampoco él puede comprender su vergüenza".</p><p>Nadie comprende nada, pero todo camina inexorablemente hacia el desastre. No son muchos los momentos de reflexión en esta novela; de haber optado por explicar lo inexplicable, Sara Mesa habría forzado el relato hacia una proyección ideológica demasiado simplista. La escritora <em>encuentra </em>un mundo y se sumerge en él sin prejuicios. Las acciones se suceden, pero nada acaba por salir adelante, salvo la lenta agonía de Vado, que ni siquiera la noche de los incendios feroces podrá acelerar. Un tiempo lento en la intrahistoria resuelto de manera muy efectiva con un discurso medido y rápido en el <em>tempo</em> del relato.</p><p>La indagación en los espacios claustrofóbicos y en las relaciones humanas que en ellos se desenvuelven hace de <em>Un incendio invisible</em>, como decíamos al principio, una estancia destacada en el edificio que Sara Mesa continuará con las dos novelas siguientes, <em>Cuatro por cuatro</em> (2012) y <em>Cicatriz</em> (2015), y el volumen de relatos <em>Mala letra</em> (2016), en su empeño por construir un universo narrativo que no tiene comparación con ningún otro de la narrativa española contemporánea. Una novela que resiste la interpretación unidireccional, donde nada es lo que parece, como los tesoros que encuentra en la basura la niña Miguel o ese Rosebud privado de Tejada que responde al nombre de Elena. Una novela magnífica que ahora vuelve a estar en las librerías, donde corresponde.</p><p><em>*Carlos Serrato es profesor de Literatura.</em><strong>Carlos Serrato</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Apr 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carlos Serrato]]></author>
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      <title><![CDATA[Poemas al padre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/poemas-padre_1_1139680.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6aef91f7-45a1-4e49-8b26-a7277d11e360_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Poemas al padre"></p><p><strong>Tu sangre en mis venas. Poemas al padreSelección y prólogo de Enrique García-MáiquezRenacimientoSevilla2017</strong><em>Tu sangre en mis venas. Poemas al padre</em></p><p>  </p><p>"Siendo tuya la sangre de mis venas/ ay, padre mío, ay sombra de mi vida/ ¿cómo yo nunca pude darte sombra?". La adaptación del primer endecasílabo de este terceto de <strong>Pedro Garfias</strong> ha dado el título a la antología <a href="http://www.editorialrenacimiento.com/antologias/1756-tu-sangre-en-mis-venas.html" target="_blank"><em>Tu sangre en mis venas</em></a><em>, </em>que acaba de publicar la editorial Renacimiento y que será la primera de las selecciones temáticas en una colección dedicada hasta ahora a las antologías de un solo poeta. Esta serie de antologías se conciben, como se afirma en la solapa de esta primogénita edición, como otra manera de acercarse a la poesía.</p><p><em>Tu sangre en mis venas</em> recoge una selección de poemas, a cargo de <strong>Enrique García-Máiquez</strong>, que versan sobre la figura del padre, <em>del padre concreto, cuya sangre corre en nuestras venas</em>. El antólogo, tal como explica en el prólogo, se centra en la poesía en lengua española, o en algunas de las lenguas españolas, escrita en el siglo XX-XXI —quizá falte en la edición la referencia del traductor o traductora de los poemas que no están escritos en lengua castellana—.</p><p>Un total de 49 poetas, cuyos poemas se ordenan cronológicamente según la fecha de nacimiento de sus autores, reflexionan, y nos hacen reflexionar, sobre esa figura del padre que desde <strong>Homero </strong>ha recorrido la literatura universal. Afirma García-Máiquez "en esta antología nos concentraremos en la poesía hispánica moderna, que se mantiene fiel a las líneas de la tradición y, a la vez, la enriquece con la complejidad de unos tiempos en que la figura del padre ha sido cuestionada y se enfrenta a cambios importantes y a retos inéditos".</p><p>Si bien es cierto que los poemas seleccionados son de una intensidad poética desigual, la panorámica que nos ofrece esta antología es muy amplia y los distintos puntos de vista y tonos con los que los antologados se acercan al tema del padre —con la dificultad que esto conlleva—, nos muestran una perspectiva histórica en la producción de una tradición literaria, la hispánica, que cuenta con el maravilloso precedente de <em>Las coplas a la muerte de su padre</em> de <strong>Jorge Manrique</strong>.</p><p>Todos ellos, desde <strong>Unamuno </strong>hasta los poetas más actuales reunidos en este volumen, toman al padre como punto de partida de sus versos, pero también como punto de llegada y como punto en el que confluyen los grandes temas de la poesía universal.  El amor, la vida, la muerte, el tiempo, o el deseo de inmortalidad van recorriendo los poemas y nos convocan a indagar en nuestra intimidad buscando respuestas.</p><p>A través del recuerdo se suceden en estos versos, en su mayoría elegíacos, la evocación de un pasado que se hace presente y se hace presencia, como en el haiku de <strong>Susana Benet</strong>: "A cada vuelta/del tiovivo, mi padre/diciendo adiós”. O en el memorable poema de <strong>César Vallejo:</strong> "Y si hay algo quebrado en esta tarde,/y que baja y que cruje, son dos viejos caminos blancos, curvos./ Por ellos va mi corazón a pie". Otras composiciones evocan la muerte del padre y nos hablan de la intemperie a la que empuja la orfandad. Así, en el poema de <strong>Eloy Sánchez Rosillo:</strong> "Noto en la piel ahora/los dedos fríos de ese olor,/e igual que sucedía en las tardes aquellas/todo mi ser se encoge". </p><p>La necesidad de vencer esa muerte se extiende por algunos de los poemas como en "Mallorca Revisited" de <strong>Miguel Ángel Velasco</strong>: "porque esta noche/contra la muerte bailas,/como un fragmento suyo desatado,/como su cola eléctrica, amputada,/de lagarto amarillo". El diálogo con el padre acaba convirtiéndose en algunos de los poemas en un monólogo en el que el yo poético conversa consigo mismo, buscándose, es notable al respecto el poema "Habla a su padre" de <strong>Miguel d’Ors</strong>. La nostalgia del mundo creado por el progenitor y su estrecha relación con la poesía es otro de los temas reiterados en la antología. Una muestra de ello es el  poema del poeta valenciano <strong>Vicent Andrés Estellés</strong>, "Coral roto": "Pero yo sé que tengo el corazón todo lleno de grillos,/ y también los bolsillos y si escribo es por ellos,/ por esta nostalgia que tengo de un mundo verdísimo".</p><p>Destacan, en <em>Tu sangre en mis venas</em>, composiciones de poetas reconocidos como los poemas de Unamuno y <strong>Antonio Machado</strong> que abren el libro o los fragmentos de <em>Algo sobre la muerte del mayor Sabines</em> de <strong>Jaime Sabines</strong>, pero la lista de autores es larga y junto a estas composiciones cabe señalar también, además de los ya citados, los versos de <strong>Manuel Alcántara, Gloria Fuertes, Francisco Brines, Joan Margarit, Leopoldo María Panero, Luis Alberto de Cuenca, Jon Juaristi, Luis García Montero, Karmelo Iribarren, Felipe Benítez Reyes, Juan Bonilla, Jesús Cotta</strong> o <strong>Raquel Lanseros</strong> entre otros. La emoción poética fluye en sus versos, como la sangre de un padre en las venas.</p><p><em>*Mònica Vidiella es profesora de Literatura. </em><strong>Mònica Vidiella</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"><em> </em></a><em> </em><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Apr 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Mònica Vidiella]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Poemas al padre]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura española,Poesía,Poetas,Los diablos azules número 61]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA["Y no temer el hilo anuda un alfabeto"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/no-temer-hilo-anuda-alfabeto_1_1139675.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3c19e07a-2251-4111-81e1-99c9a95c7c13_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt=""Y no temer el hilo anuda un alfabeto""></p><p><strong>LuciérnagaAlba CeresKriller71 EdicionesBarcelona2017</strong><em>Luciérnaga</em></p><p>  </p><p><strong>Paul Celan</strong> lo sabía: cuando se escribe sobre el ser amado arrebatado por la fuerza de thánatos, se produce un desgarro en el lenguaje y desde el lenguaje. La escisión de la lengua poética. Cielo que al punto se vuelve blanco y de pronto comienza a caer la nieve.</p><p><a href="http://kriller71ediciones.com/luciernaga-alba-ceres/" target="_blank">Luciérnaga</a><em>,</em> de <strong>Alba Ceres</strong>, primera criatura de la colección Kokoro Libros que nace al amparo de la editorial Kriller71 Ediciones, es un retrato luminoso de ese espejo deformante que es la enfermedad. Quien ha tejido estas páginas nos muestra que no solo es posible escribir poesía sobre el tabú del cáncer, sino que en este universo de olores químicos también existen caminos para decir, enhebrar un balbuceo que es origen, fruto nuevo y distinto, savia y letra.</p><p>Desde el comienzo del libro Alba Ceres trenza un hilo que atraviesa los poemas y los convierte en seres corpóreos. Si la mano que escribe necesita de la firmeza del lápiz, la mano que cuida se aferra al tacto del enfermo. El poema se convierte en un silabeo, apenas un murmullo, que cae desde la boca hasta la misma tierra. Las luciérnagas funcionan como diminutos portadores de sentido que polinizan y trasladan el impulso poético de un poema a otro:</p><p>  </p><p>El lenguaje se hace molde para acoger el balbuceo, vagidos que emergen de la garganta como los primeros tanteos lingüísticos de un niño. Las luciérnagas parpadean en la noche más larga; la enfermedad se perfila y dibuja sus huellas para ocultar los síntomas un tiempo más tarde. Qué importante se vuelve entonces conjurar al silencio, a la manera de los dadaístas, con el matrimonio delirante de imágenes: "intestina burla" evoca el avance invisible de lo que va por dentro y "lo pecho que es mamá" nos trae a la memoria la canción de cuna, el arrullo materno. Hay en la poeta un empeño por despojarse de los lugares comunes que acompañan tradicionalmente a la enfermedad como el miedo o lo oscuro. Para tal fin está ahí el claror de las luciérnagas, que testimonian la fiebre. Lo febril se convierte en pretexto para un hermoso calambur como el que sigue: "quemas, ma / má / qué más si/ todo se rompe y / acentúa", así como para estrechar el vínculo entre lo bello y lo terrible: "Haces tanto calor / cerca de la muerte / madre ¿es la belleza?".</p><p>Si es posible hacer un camino que vaya construyendo una morfología de la enfermedad sin duda se halla en estas páginas. Aquello que sucederá después, cuando la enfermedad guarde silencio, sólo se puede evocar a través de la levedad, lo ingrávido: "Tu mano es un nido / antes de morir / será / cuando alrededor / de mi mano / dejes mucho espacio / ¿un vuelo?". Muerte que es <em>inconsistencia</em>, <em>vacío sin contornos</em>, <em>sedimentos</em>, así como la negación de la identidad, del nombre: <em>lo no tú</em>. La palabra es instrumento, posibilidad inaudita, pero también una voz que depende de la voluntad de quien la pronuncia. Alba Ceres recurre a la tachadura para indicar la huella de la palabra que se escribió y ya no significa, o tal vez se tacha precisamente porque no hace falta que esté ahí para ser aprehendida. Así, aparecen tachadas las palabras: <em>invisible, hueco, vacío, lugar, dóndes </em>y<em> sima. </em>"Pero el instante-ya es una luciérnaga que se enciende y se apaga", escribió <strong>Clarice Lispector</strong> en ese salmo plástico que es <em>Agua viva</em>.</p><p>Al igual que las luciérnagas irradian luz, trenzan movimiento para dejar huella de su vuelo, el poema se vuelve contra sí mismo y se pregunta, muestra sus propias flaquezas como si de un ser sensible se tratara. "¿Es una casa? ¿Es abrigo?", dice con su voz, entre el sosiego y el ansia, para interpelarnos. La música también tiene un lugar propio en estas páginas: melodía que es celebración de la vida y de la pérdida porque abraza el presente, pero se queda a vivir en el recuerdo, en el garabato de la memoria: "Sin tu / cuerpo / soy ¿tu / caja de / resonancias?".</p><p>Hablo de este libro como si pudiera pero acaso no es posible porque está vivo y esto no se termina, no consigo atraerlo al lenguaje, está muy por encima, nos sobrevuela nos  construye de fuera a dentro, a través de, por un canal angosto. Se hace molde en la piel.</p><p>  </p><p><em>*Gema Palacios es poeta. Su último libro publicado es </em><strong>Gema Palacios</strong><a href="http://www.elsastredeapollinaire.com/producto/treinta-y-seis-mujeres/" target="_blank">Treinta y seis mujeres</a><em> (El sastre de Apollinaire, 2016).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Apr 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Gema Palacios]]></author>
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      <media:title><![CDATA["Y no temer el hilo anuda un alfabeto"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Poesía,Los diablos azules número 61]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Esta no es otra maldita novela sobre la Guerra Civil]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/no-maldita-novela-guerra-civil_1_1139670.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/458c70a3-1f95-4e57-8409-b657f3bbd883_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Esta no es otra maldita novela sobre la Guerra Civil"></p><p><strong>El monarca de las sombrasJavier CercasLiteratura Random HouseBarcelona2017</strong><em>El monarca de las sombras</em></p><p>  </p><p>A estas alturas de la historia de la Historia de la Literatura Española, atreverse con una novela sobre la Guerra Civil a muchos les puede sonar a molesta osadía o a tediosa inconsciencia –o a ambas cosas a la vez-. Seguramente serán los mismos que tratan de hacer pasar aquel episodio de la historia de España y su desgraciada consecuencia como algo inevitable y casi necesario, los que dicen que no es imprescindible hurgar en las heridas del pasado, los que apelan al olvido, la comprensión y a una reconciliación de cartón piedra; esa masa social con sus voceros políticos y judiciales que hoy persiguen a humoristas y denigran en ruedas de prensa a quienes buscan legítimamente a sus abuelos en cunetas o en fosas comunes.</p><p>Precisamente por cómo está el patio patrio en esta cuestión histórica, se hace necesaria una obra como <a href="http://www.megustaleer.com/libro/el-monarca-de-las-sombras/ES0139497" target="_blank">El monarca de las sombras</a>, la última novela –por llamarla de alguna manera— de <strong>Javier Cercas</strong> (Ibahernando, 1962). Porque no se trata de otra maldita novela sobre la Guerra Civil, como rebautizaría <strong>Isaac Rosa</strong> en 2007 su novela del 99 <em>La mala memoria</em>, ni es una historia más con su lista de buenos y malos, de héroes y villanos, de blancos y negros o de rojos y azules, sino que estamos ante un relato descarnadamente familiar y sincero que trata de bucear y comprender –no de justificar— las razones últimas e íntimas que llevan a alguien a inclinarse en contra de sus intereses de clase hacia el lado equivocado de la historia –esta última afirmación no es mía, sino que el autor insiste en esta idea reiteradamente durante toda la obra—: <strong>Manuel Mena</strong>, tío de la madre del autor, llegado el momento de tomar una decisión en cuanto a qué bando defender en la Guerra Civil, elige la facción rebelde.</p><p>A partir de aquí, se inicia un viaje físico –a Ibahernando, a los escenarios bélicos donde hizo la guerra Manuel Mena y a Bot, la localidad tarraconense donde muere—, pero sobre todo un recorrido íntimo, emocional-familiar y literario, para intentar explicar lo inexplicable, que el hijo de unos pequeños propietarios extremeños se viera igualado a los ojos de los grandes terratenientes que lo explotaban, sin bien algo menos que a los jornaleros sin tierras. En este sentido, la novela de Cercas posee una brutal y dramática actualidad o, dicho de otro modo, se puede leer en clave de análisis sociológico aplicable a un presente en el que la clase obrera vuelve a votar a la ultraderecha en Estados Unidos, en Francia, en Holanda… o en España.</p><p>Con estos mimbres, resulta llamativo que <em>El monarca de las sombras </em>haya sido tachada, y su autor de paso, como novela en la onda de cierto revisionismo histórico, como si a Javier Cercas le hubiera susurrado esta historia la musa fullera de <strong>Pío Moa</strong>. En cualquier caso, aunque esto fuera así –que no lo es—, me acojo a estas palabras recientes del poeta y traductor <strong>Antonio Rivero Taravillo</strong> en sus <a href="https://laisladesiltola.es/coleccion/aforismos/vilanos-por-el-aire/" target="_blank">Vilanos por el aire</a>: "Cuando a alguien fanatizado no le guste una obra tuya por razones ideológicas, tampoco te alegres mirándolo por encima del hombro como en un triunfo de creencias contrarias. Tan falso es su disgusto como el elogio de quienes la alaben por razones igualmente ideológicas. Lo que te debería importar es si la obra es buena o mala, alta o baja. Y en eso, el tuerto, por no decir el ciego, poco podrán orientarte".</p><p>De modo que la literatura hay que buscarla más allá o más acá de la riña de gallos ideológicos, si entendemos la ideología simplemente como tendencia política. En este sentido, podemos decir además que la novela de Javier Cercas traspasa lo meramente ideológico, porque en el fondo esta no es otra maldita novela sobe la Guerra Civil. A pesar de las apariencias, la obra va más allá de este acontecimiento histórico, ya que realmente su intención última, creemos, se centra en analizar en profundidad el proceso de creación, la necesidad y la utilidad de la literatura para contar y contarnos. Y para ello el pretexto de Manuel Mena resulta más que eficaz. <em>El monarca de las sombras </em>está compuesta, pues, por diversos estratos de lectura. La ideológica e histórica es quizá la primera, pero por debajo o por encima existe toda una experiencia literaria, toda una reflexión sobre la escritura y su necesidad desde el yo que escribe, que duda y que en este proceso ajusta cuentas en el espejo de las páginas en blanco con el reflejo de las imágenes y las mitologías familiares.</p><p>Para darle forma a este entramado narrativo, Javier Cercas, como ya hiciera en obras anteriores –verbigracia, <em>Anatomía de un instante</em> o <em>Soldados de Salamina</em> por apuntar un par de casos llamativos y de sobra conocidos—, se vale de los códigos compositivos de géneros limítrofes con lo estrictamente narrativo. Y como en aquellos títulos, la fórmula funciona porque se ajusta como un guante al propósito de la narración. En esta obra, el vaivén de capítulos impares, donde se habla desde el yo que novela, y pares, reservados a un rigor historicista sin contemplaciones ni concesiones a la fabulación, va componiendo la historia de Manuel Mena, pero también –y quizá más relevante— la historia de los rescoldos familiares, emocionales e insoportablemente contradictorios y conflictivos de la vida mistificada de Manuel Mena en la del escritor, que solo a través de la composición de esta novela va a dar salida a este fantasma familiar, hallando en la literatura el único modo de contar la historia y que no se la cuenten, la única manera de narrar a su vez una versión más ajustada a la realidad de esa incómoda figura familiar.</p><p>Por otra parte, el lector puede constatar todo un proceso metaliterario, la obra en marcha, la novela que se va escribiendo al mismo tiempo que se desarrolla su propio proceso de creación. Avanzar por este camino sin que la obra chirríe, sin que desbarre, sin caer en la tentación de que el escritor se ponga estupendo es uno de los mayores méritos literarios de <em>El monarca de las sombras</em> y, a la vez, un síntoma inequívoco del buen oficio como novelista de Javier Cercas. Todo ello, finalmente, con una prosa fluida y envolvente desarrollada por igual en diálogos vivos o en párrafos a veces infinitos. En este último aspecto, Cercas demuestra poseer un dominio más que solvente de la sintaxis, la morfosintaxis, la pragmática y de todas las ciencias lingüísticas para no crear cansancio en el lector o perderlo en el intento.</p><p>No me atrevería a calificar a <em>El monarca de las sombras </em>como la novela definitiva sobre la Guerra Civil, porque no he leído tanto como para lanzar un juicio de este calibre. Lo que sí me queda claro es que, como se ha repetido en varias ocasiones, esta no es otra maldita novela sobre la Guerra Civil, porque va más allá, y que estamos ante un auténtico festín literario o metaliterario.</p><p><em>*Juan Carlos Sierra es profesor de Literatura. </em><strong>Juan Carlos Sierra</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Apr 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Carlos Sierra]]></author>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Acercarse al genio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/acercarse-genio_1_1139660.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3fecc9fa-9a35-4dba-9f45-f4383d55f2fc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Acercarse al genio"></p><p>Posiblemente sea <strong>Glenn Gould</strong> uno de esos intérpretes que consiguió superar lo que interpretaba, un pianista que argumentó su vida desde lo que algunos llaman excentricidad y que, aquí situado, abordó un compromiso enorme con la música. Su figura, su singular manera de tocar, su vida y sus reflexiones en torno a la creación musical nos dejan a un hombre que marca un territorio curioso dentro del mundo de la interpretación. Curioso por dos razones, la capacidad para descifrar las partituras trascendiendo lo escrito para situarse en el alma de la pieza y defenderla por encima de cánones y experiencias pasadas, aún a costa de dinamitar lo que otros intérpretes habían dejado hecho, defendían y, probablemente, defenderán; pero también por un recorrido vital que pone de manifiesto, no solo la conducta de un Asperger de libro, sino toda una serie de conductas que han hecho de Gould un pianista de dimensiones extraordinarias. También una capacidad intelectual que le llevó a verbalizar una filosofía musical particular y diversas teorías que describen a un hombre muy ocupado en teorizar sus prácticas musicales.</p><p>Esta capacidad intelectual ha venido apareciendo en los últimos años en algunas publicaciones que han tratado, creo que con éxito, de presentar al Gould teorizante y de poner de manifiesto la lectura de textos que abordan asuntos asequibles para el lector no especialista. Pero también espacios de ficción, recuerdo la novela de <strong>Thomas Bernhard</strong>, <em>El malogrado</em>, donde aparece el asunto de la envidia y el fracaso como componentes fundamentales en la relación de compañeros de conservatorio del joven canadiense.</p><p>  </p><p>Porque la imagen de Gould está perfectamente descrita en las grabaciones recibidas (YouTube contiene<a href="https://www.youtube.com/watch?v=aEkXet4WX_c" target="_blank"> buena parte de ellas</a>) que han ido marcando una figura destartalada, anómala dentro de la interpretación, distinta para el común de los mortales, magistral. Pero no demasiado difundida su capacidad para la reflexión y sus teorías musicales, así como la actitud en el mundo que lo rodeaba o la opinión respecto a sus contemporáneos.</p><p><a href="http://www.acantilado.es/catalogo/glenn-gould/" target="_blank">Glenn Gould. No, no soy en absoluto un excéntrico</a> (Acantilado, 2017), viene a fijar un papel fundamental dentro de la aproximación a los pasados acercamientos al intérprete canadiense. El libro es una recopilación de opiniones y textos de Gould llevada a cabo por el documentalista musical <strong>Bruno Monssaingeon</strong>, autor de buena parte de las grabaciones de sus conciertos para estudio, y nos trae la figura más representativa del músico, dejando espacio para desmentir algunas excentricidades, valorar algunas anécdotas que han pasado a la historia y conformar un perfil oficioso tremendamente interesante.</p><p>La capacidad de conversación de Gould es aprovechada por el montador de este libro para ir trazando espacios de especial interés: la interpretación para televisión de, por ejemplo, la <em>Fantasía </em>de <strong>Schönberg </strong>acompañado por el genial <strong>Yehudi Menuhin</strong>; su especial fobia a los conciertos; el excelente armazón de <strong>Bach </strong>en su vida; <strong>Beethoven</strong>, <strong>Mozart</strong>, <strong>Strauss;</strong> el descubrimiento de la grabación y sus múltiples posibilidades; sus previsiones vitales; su obsesión por la perfección. Pero también esas excentricidades que él argumenta y que componen buena parte de su imagen pública, desde el uso de guantes para proteger sus manos (incluso cuando acudía a la piscina) hasta la famosa silla que formaba parte de su indumentaria, la misma que lo situaba veinte centímetros por debajo de otros intérpretes y que hacía que sus manos descansarán sobre el teclado de manera mucho más precisa para llegar a donde llegaba. Cabe pensar que el canadiense podría ser, a ojos de sus contemporáneos, algo parecido a lo que la interpretación musical del nuestro siglo, respecto a la imagen del intérprete, viene describiendo: vigoréxicos, tremendamente sexualizados, iconos de imagen y moda, etc. Pero esto requeriría otro artículo.</p><p>Hay alguna opinión de Gould, que se deja ver en las páginas del libro, que aporta otra razón más para empezar a conocerlo quien no lo haya hecho ya. Los fundamentos de su teoría del arte y la vida nos dejan afirmaciones como esta: "El arte es capaz de engendrar grandes bajezas, y la sociedad estaría mejor sin él. Sin embargo, ya que existe —y las sociedades puritanas son tremendamente pragmáticas— más vale adaptarse, pero a condición de que el artista deje de ser un antagonista y se transforme en portavoz, de manera que, gracias a una capacidad de transformación espiritual extremadamente rara, el arte se convierta en un instrumento de salvación y el artista, en un misionero".</p><p>Con estos territorios, aparece también, casi de manera recurrente, su especial afición a la grabación, argumentando ésta desde los nuevos procesos técnicos que llevaban a poder cortar y pegar, a poder postproducir montajes muy afortunados para el disfrute de las composiciones, sin tener que recurrir a una interpretación lineal y ordenada en el proceso. O a soñar con la posibilidad de cambiar el tempo de las composiciones, dependiendo del estado de ánimo del escuchante, sin que afecte a la tonalidad. La modernidad en Gould está entendida desde estos argumentos, los mismos que hicieron desentenderse de los conciertos en directo, algo ya diseñado en su vida (recordemos que se apartó voluntariamente de los escenarios con solo 32 años de edad), para centrarse en las grabaciones y sacar el mayor partido posible a la técnica con la que contaba. Algunos puristas ya venían criticando la obsesión del músico por el laboratorio de montaje, quizá animados por juicios como este: "Cuando salgo de una sesión de grabación, ignoro lo que va a dar de sí. Solo lo sé cuando llego a la sala de montaje". Un visionario de lo que luego ha llegado a ser el marco principal de la música clásica.</p><p>En definitiva, un libro suficientemente amplio como para abordar los diferentes espacios en los que Glenn Gould se movía, aquellos en los que se sentía más cómodo y los que le provocaban verdadera incomodidad, del joven y ortodoxo pianista al más heterodoxo de los intérpretes; pero también una buena justificación para encontrarse de nuevo con la genialidad.</p><p><em>*Javier Lorenzo Candel es escritor y crítico literario. Su último libro, </em><strong>Javier Lorenzo Candel </strong><a href="http://valparaisoediciones.es/tienda/poesia-digital-/68--manual-para-resistentes-digital-.html" target="_blank">Manual para resistentes</a><em> (Valparaíso, 2014).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Apr 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Javier Lorenzo Candel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Acercarse al genio]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo,Libros,Literatura,Música,Los diablos azules número 61]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[La tormenta en el vaso]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/tormenta-vaso_1_1139651.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7897566b-fc72-4f1d-8e06-07794877115a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La tormenta en el vaso"></p><p><em>La sección de microrrelatos inéditos Liebre por gato está coordinada por Gemma Pellicer y Fernando Valls. Se inicia con dos narraciones de José María Merino.</em><strong>Gemma Pellicer</strong><strong>Fernando Valls</strong><strong>José María Merino</strong></p><p>___________________________________</p><p><strong>La tormenta en el vaso</strong></p><p>Esta noche me despertó el retumbar amortiguado de un trueno. Imaginé que había una tormenta en los alrededores, pero un resplandor súbito, cercanísimo, acompañado de otro trueno de la misma intensidad, me hizo descubrir que la tormenta estaba a mi lado, sobre el vaso de agua que mantengo por las noches en la mesita. Los relámpagos y los truenos se sucedieron, y pude advertir claramente que coronaba el vaso una pequeña pero densa nube. Mi mujer continuaba durmiendo tranquilamente. Uno de los de los rayos descargó sobre mi reloj de pulsera, que se ha parado, acaso para siempre. Yo sentía mucho temor. Cuando la tormenta terminó, el nivel del agua en el vaso había subido por lo menos tres centímetros. Me he llevado el vaso a la cocina y me he prometido no volver a tener agua en la mesita nunca más.</p><p>La pecera</p><p>Anoche, al volver a casa, cuando iba a echarles comida a los peces que tengo en la pecera, me encontré con que en la superficie del agua flotaba un extraño objeto. Observándolo con cuidado, comprendí que se trataba de una especie de desvencijada balsa, sobre la que había dos figuritas humanas, una tumbada boca abajo y la otra agarrada a una especie de mástil hincado entre los maderos. Creí que era un adorno que había puesto mi mujer, pero de repente descubrí que la figurita agarrada al tosco mástil movía un brazo desmayadamente,  como pidiendo ayuda, y que en la tumbada había también signos de vida. Aquellos seres diminutos y vivos, al parecer náufragos,  me desconcertaron tanto que me fui a la cama sin decirle nada a mi mujer  y pasé la noche en blanco. Me he levantado muy pronto, he ido corriendo a la sala donde tenemos la pecera, pero solo he encontrado a las tres carpas rojas que la ocupan. Entonces me he sentido muy aliviado, al imaginar que esos diminutos náufragos no corresponden al mundo de mi realidad cotidiana.</p><p><strong>* José María Merino</strong> <em>es uno de los mejores cultivadores del microrrelato hispánico, sobre cuyas características nos ha dejado sugestivas reflexiones, amén de poeta, narrrador y ensayista. Entre sus libros, en esta dimensión brevísima, destacan: </em>Días imaginarios <em>(2002), </em>Cuentos del libro de la noche<em> (2005), </em>La glorieta de los fugitivos<em> (2007) y parcialmente se recogen también en </em>El libro de las horas contadas <em>(2011).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Apr 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José María Merino]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La tormenta en el vaso]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Literatura española,Narrativa,Los diablos azules número 61]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Siempre en lunes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/lunes_1_1139645.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b8222316-3dd8-4df1-a6a8-efd71f4a53e3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Siempre en lunes"></p><p><em>Este cuento ha sido escrito por algunos alumnos del taller juvenil de la escritora Carmen Peire, que ha iniciado el relato para que ellos lo continuaran. En él participan por orden de aparición Ana Manso, Paloma Caramelo e Inés Herrero, aunque ha sido leído y trabajado también por los compañeros del taller, que pusieron nombre a los protagonistas, corrigieron e intervinieron, en especial Inés Vázquez y Pablo Merlín Tous. Todos llevan tiempo asistiendo al taller, aman los libros y las historias, y  forman parte de la antología juvenil publicada en diciembre de 2016 bajo el título de </em><strong>Carmen Peire</strong><strong>Ana Manso, Paloma Caramelo </strong><strong>Inés Herrero</strong><strong>Inés Vázquez</strong><strong>Pablo Merlín Tous</strong><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/02/03/habitacion_prohibida_60637_1821.html" target="_blank">La habitación prohibida</a><em>.</em></p><p>___________________________________</p><p><em>(Comienza Carmen Peire.)</em><strong>Carmen Peire</strong></p><p>Por lo único que le gustaba a Javier el lunes era porque podía verla, aunque solo fuera unos minutos y agazapado tras las cortinas de su habitación en el piso compartido con Juan, Ismael y Pedro. No se podía permitir otra cosa. La beca solo daba para pagar el master, lo demás salía de clases particulares y  ayudando los fines de semana en el bar de la familia. Pero era independiente, independiente con ayudas, pero independiente. Y los lunes madrugaba más que el resto de la semana solo por verla, a ella, la única barrendera del distrito. Los demás, todos hombres incapaces de seguir sus pasos cuando ella hacía su trabajo, por el afán y destreza conque trajinaba. Pasaba por su calle a las siete de la mañana, empujando el carro, con los guantes y el mono puestos. Le tocaba los lunes la zona más difícil, aquella en que los jóvenes se concentran en el fin de semana para beber, estar con los amigos y de paso ver si conseguían esa noche acostarse calientes de gresca, alcohol y acompañante. Era la zona donde Javier vivía. A la barrendera le tocaba hacerse con los estragos del fin de semana, papeleras rebosantes, papeles y latas de cerveza en el suelo, cagadas de perro sin recoger, platos de cartón de comida rápida para cuerpos que solo querían empapuzar el estómago y seguir bebiendo. En algún callejón, cerca de las alcantarillas, solía encontrar un montón de botellas vacías, bolsas de plástico y algún condón usado que no quería imaginar cómo, dónde ni con quién.</p><p>Por ella, por la barrendera, Javier madrugaba los lunes más de lo debido, la veía entrar en su calle y salía corriendo para hacerse el encontradizo, de paso saludaba, aunque a ella le pareciera raro, porque nadie, y cuando se dice nadie, es nadie, saluda a una barrendera, aunque limpie la mierda de su distrito.  Quizá algún día podía entablar conversación.  Ya en la calle, daba la vuelta a la manzana, se acercaba al quiosco de la esquina y regresaba a su habitación. Todo lo llevaba en secreto porque ¿a quién podría contar lo que siente? ¿A sus amigos? ¡Qué locura, ni por asomo! Tampoco a Juan, Ismael o Pedro. Una cosa era compartir piso, y otra, confidencias. Se imaginaba además lo que diría Pedro, el más sarcástico de todos: uy, al señorito le gusta una que barre. Claro, así tendrá la habitación recogida porque ahora es una pocilga. Menudo cachondeo se iban a traer. Bastante se reían de él cuando le sorprendieron un domingo por la noche salir a la calle a altas horas, no para tomar copas sino para apiñar botellas, litronas, latas de cerveza desperdigadas, sin atreverse a decir el motivo, mejor que pensaran en su afán ecologista y no para que ella no tuviera tanto trabajo al día siguiente. Aunque siempre había algún bandarra que las desparramaba después de una patada. Por eso dejó de hacerlo.</p><p>De la barrendera le gustaba todo, su cara, su movimiento, su presencia y tamaño, cómo se bamboleaba, las caderas moviéndose al compás del escobón y ese canalillo que a veces asomaba, sobre todo en verano, con la cremallera del mono bajada hasta bien abajo, y ella que se agachaba y Javier que se ponía malo, y sudaba, sudaba como un loco. Era tan poderosa…   A Javier le gustaría atreverse a preguntar su nombre, conversar con ella, verla sonreír y proponerle dar una vuelta o tomar un café. Y todos los lunes se arrepentía de no hacerlo. Eres tonto, se decía, imagínate que la cambian de barrio, que tiene que irse a otro sitio, no vas a saber buscarla. ¿Te atreverías entonces a preguntar por ella a los de la limpieza? Del próximo día no pasa, seguro, el próximo lunes le pregunto, al saludarla, buenos días, frío ¿eh?, yo es que vivo aquí, ¿cómo te llamas? No vaya a ser que un día desaparezca y no sepas ni por quién preguntar.</p><p>Llegó la primavera y el trabajo de los lunes por la mañana aumentó. Venían dos a barrer su zona, ella y otro, con el que parecía reírse, bromear y limpiar. Al menos fue la sensación que tuvo y sintió unos celos tremendos. ¡Cómo le gustaría ser barrendero! Se imaginaba ser su compañero, trabajar a su lado, olerla, aspirar el mismo aire que ella. ¿Cómo haría para abordarla? Ahora puede ser más fácil, pensaba, te paras a hablar con él, preguntas cómo se llama y de paso…  Pero seguía sin atreverse. Y llegó aquel lunes, un lunes que quedaría señalado por encima de los demás. El lunes en que todo iba a cambiar.</p><p><em>(Sigue Ana Manso.)</em><strong>Ana Manso</strong></p><p>Era domingo. Javier se había levantado tarde después de estar hasta las tantas recogiendo en el bar de su familia: había fregado copas, limpiado la barra y barrido innumerables palillos y pelotillas de papel del suelo, porque por lo visto girar la muñeca dos milímetros para encestar en la papelera, era demasiado trabajo para los clientes.</p><p>Cuando llegó a la cocina, Pedro y Juan ya estaban desayunando. Juan le saludó al verle:</p><p>—¿Qué pasa tío? Llegaste tarde anoche, ¿eh? No me digas que mojaste.</p><p>Pedro no dejó pasar la oportunidad y antes de que Javier pudiera contestar le interrumpió:</p><p>—Qué va mojar el ecologista éste. Lo que pasa es que estuvo amamantando focas.</p><p>Los dos se empezaron a reír. Javier suspiró, pero no dijo nada, no quería descubrirse. Al fin y al cabo, cuando barría en el bar de la familia se acordaba de su barrendera, y se la imaginaba a su lado, haciendo lo mismo.  Juan le dio un amistoso puñetazo en el hombro.</p><p>—Venga tío no te enfades, si ya sabes que a nosotros el modo Greenpeace<em> </em>nos parece muy bien, pero tienes que admitir que era un poco triste lo de ponerse a amontonar botellas los domingos por la noche.</p><p>—Bueno, ¿y dónde está Ismael?— dijo Javier cambiando de tema.</p><p>—¿Dónde va a estar?— saltó Pedro— Durmiendo, además el muy cabrón ligó ayer, así que tiene a la tía ahí metida.</p><p>Eso no sorprendió a Javier, Ismael día sí día no, se traía una chica a casa, no sabía cómo, pero el chaval se las llevaba de calle. Javier incluso se planteó pedirle consejo, pero descartó la idea enseguida. Aunque no le contase lo de la barrendera no quería ni imaginar las bromas de "a Javi le gusta una chica" que eso supondría. El resto del desayuno se lo pasó en silencio escuchando a Juan y Pedro cómo repasaban toda la cantera del Real Madrid y se enzarzaban en un intenso debate sobre si el fuera de juego que había pitado el árbitro en el partido de la noche anterior habías sido justo o no. Javier solía participar en la conversación, aunque fuese con breves comentarios, pero ese día ni siquiera los estaba escuchando. Solo podía pensar en una cosa: mañana va a ser  lunes, mañana sí que le hablo, mañana… En su imaginación dibujaba escenas completas sobre cómo se desarrollaría su primera conversación: empezaría siendo amable y educado y, cuando rompiese el hielo, soltaría alguna broma, ella reiría, él le propondría salir a tomar algo  y quizás…</p><p>Estos pensamientos lo acompañaron durante todo el tiempo. Cuando terminó de desayunar se despidió de sus compañeros y se dirigió a casa de Laura, la niña a la que le daba clase de inglés. En realidad, Javier ofrecía clases de matemáticas y ciencias, pero cuando sus padres le contrataron resultó que asistía a un colegio bilingüe donde no daban ciencias sino <em>science</em>, ni matemáticas sino <em>maths,</em> y la pobre chica apenas pasaba de saber decir buenos días, por lo que le pidieron si no le importaba hace un pequeño repaso del idioma "no muy profundo, no te preocupes, es una niña muy lista". Javier acabó yendo dos días por semana a explicarle los verbos irregulares. Uno de ellos, las mañanas de algunos domingos. Planazo.</p><p>Mientras ella los repetía en voz alta, él elucubraba sobre cuál podía ser el nombre de su barrendera; Marta o Julia no le convencían, Carmen era demasiado común. Nunca llegaba al nombre perfecto y entonces se ponía a pensar en su cara, su cuerpo, las cosas de ella que ya conocía, su trabajo y la zona que le habían asignado… eso decía mucho de ella. Seguro que era el centro en su grupo de amigos, la que lideraba y se llevaba bien con todo el mundo. ¿Tímida? No, eso nunca. Su presencia inundaría la sala.</p><p>El día pasó y Javier estaba cada vez más emocionado. Mañana era la definitiva, seguro. Cuando llegó a su casa se puso a estudiar, pero cada vez se concentraba menos. Finalmente, después de una cena con banda sonora de burlas de su "comida para conejos", todo verde, Pedro le dejó tranquilo y Javier se fue a dormir.</p><p><em>(Continuará Paloma Caramelo.)</em><strong>Paloma Caramelo</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Apr 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carmen Peire | Ana Manso]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Narrativa,Los diablos azules número 61]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El tiempo que nos mira]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/tiempo-mira_1_1139641.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2084ab3f-fe1f-4850-82c4-c08a1a63c126_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El tiempo que nos mira"></p><p><em>La editorial Drácena publica </em><a href="http://www.editorialdracena.com/para-parar-las-aguas-del-olvido/" target="_blank">Para parar las aguas del olvido</a><em>, el libro de memorias del escritor asturiano-mexicano Paco Ignacio Taibo.</em><strong>Paco Ignacio Taibo</strong></p><p>___________________________________</p><p>Conocí a José Ignacio Taibo I al principio de los años noventa con motivos de unas lecturas de poesía organizadas en la ciudad de México por el Centro Cultural Español. Una mañana, durante el desayuno en el hotel, fue muy comentado entre los amigos un artículo de Taibo que acababa de aparecer en el periódico <em>El Universal</em>. La tesis del insigne escritor asturiano, con residencia en México desde 1959, se reducía a afirmar que el único poeta español de interés se llamaba <strong>Ángel González</strong> y que, por desgracia, no estaba presente en esas lecturas.</p><p>No sé si Paco Ignacio sabía que poco después iba a ser invitado a comer en la embajada de España con los poetas visitantes. A mí me divirtió mucho la irónica prevención con la que se sentó en la mesa. Si habíamos leído el artículo, era más que posible que alguna sensibilidad lírica estuviese herida. Yo me las arreglé para confesarle enseguida mi complicidad y mi devoción por Ángel González, su amigo de infancia y su compañero en tantas aventuras. Lo mejor de la comida diplomática fue para mí la oportunidad de verlo reírse de todo a cuenta del artículo: de él, de la amistad, de las imprudencias, de las coyunturas difíciles y del aspecto remilgado de algún poeta. Paco Ignacio Taibo I sonreía con los ojos gracias a un brillo puntiagudo y vital que tenía mucho de celebración de la inteligencia.</p><p>  </p><p>Yo conocía a través de Ángel la personalidad de Taibo I, sabía muy bien con quién estaba hablando. No había leído aún la novela <em>Juan M. N.</em> que publicó en 1955, antes de marchar a México, en las ediciones Corinto de Manuel Lombardero. Pero había disfrutado de otras lecturas que fijaban la unión valiosa de su personalidad humana y su literatura. La novela <em>Fuga, hierro y fuego</em> (1979) mezclaba con una energía irónica la vida de un convento de monjas del siglo XVIII con los riesgos literarios de un novelista del siglo XX. El asombro de ver aterrizar a una bandada de ángeles sobre una ciudad abría camino entre risas y advertencias al reconocimiento de las luchas frente a la injusticia y el valor de la dignidad humana.</p><p>Había leído también <em>El juglar y la cama</em> (1967), un espectáculo teatral en siete historias dedicado a <strong>León Felipe</strong>, “maestro de este juglar mío”. El juglar pide una cama para demostrar la fuerza del amor y lo que acaba apareciendo en esa cama al final de la obra es la imagen del “autor sentado en pijama, escribiendo en una máquina portátil. ¡Qué vergüenza! ¡Señoras y señores: esta sí que es una manera deshonesta de usar la cama!”. El humor como estrategia de defensa, fruto de sabiduría y afirmación de humanidad, saltaba de la personalidad de Paco Ignacio Taibo I a sus libros.</p><p>Sabía también que Taibo I era amigo de poetas y que había convertido su casa en una embajada familiar para exiliados y viajeros españoles. Andando el tiempo publicó en la Semana Negra de Gijón una antología de la poesía del exilio español, <em>Con el mar por medio </em>(2003), para establecer puentes entre los jóvenes de la democracia y los autores obligados a abandonar el país después de la derrota de la República. A muchos de ellos los había sentado en su mesa, junto a <strong>Luis Buñuel</strong>, para disfrutar de la cocina hospitalaria de <strong>Mari Carmen Mahojo</strong>, su mujer, quizá la única persona que he visto rivalizar con Taibo I en el arte de sonreír con los ojos y de llenar de inteligencia viva el humor cotidiano.</p><p>Su cercanía a los poetas cobró un valor especial en <em>Con el mar por medio</em>. El lector pudo encontrar en sus páginas retratos personales trazados con una mano ágil y penetrante. De León Felipe, escribe: “Su tertulia, en la que muchos fuimos a caer, se instaló en el café Sorrento de la Ciudad de México, en donde su impresionante aspecto, boina negra, chamarra de pastor zamorano, bastón de nudos y gafas de concha, lo hacían inconfundible. León Felipe llevaba por dentro una mezcla de generosidad y de candor; y por fuera un talento dado a la controversia e, incluso, a la bronca airada”. Así recuerda a <strong>Pedro Garfias</strong>: “Personaje estupendo, bien podía una noche de desconsuelo mascullar sus propios versos sin dar a este hecho gran importancia, sino como quien se recuerda a sí mismo. Yo lo conocí en la barra del restaurante El hórreo frente a esa alameda que pintó<strong> Diego Rivera</strong> en un mural lleno de color y de gracia, pero que tiene el gran defecto de no haber incluido entre sus múltiples personajes a Pedro Garfias; acaso porque Diego pintaba los murales de día y Garfias era un noctámbulo pertinaz”.</p><p>La agilidad del periodista, la penetración profunda en los personajes y la necesidad de unir la cultura a la propia vida convierten con frecuencia la imaginación literaria de Paco Ignacio Taibo I en un ejercicio de memoria. La manera de ser de cada individuo se sitúa en un lugar de la historia colectiva. Por eso es inevitable que el buen humor conviva con la melancolía ante el tiempo que pasa, el tiempo que nos hace y nos deshace. Al escribir de <strong>Luis Rius </strong>se nota de forma inevitable esta convivencia con la pérdida: “Atendió con cuidado y esmero a cada palabra de los poetas grandes. Le amamos tanto que aún cargamos con su pérdida. No es fácil olvidarlo ni separarlo de nuestras vidas”.</p><p>Paco Ignacio Taibo I fue reconocido como periodista cultural en México. Fue reconocido también como autor de novela, <em>Siempre Dolores</em> (1984), <em>Pálidas banderas</em> (1989), <em>Flor de tontería</em> (1997), y como autor de teatro, <em>La quinta parte de un arcángel</em> (1967) y <em>Morir del todo</em> (1983). Alcanzaron mucho éxito, además, sus ensayos sobre cine, <em>Historia popular del cine </em>(1996), <em>La risa loca. Enciclopedia del cine cómico</em> (2005), y sobre sus pasiones gastronómicas, <em>Breviario de la fabada</em> (1981) y <em>El libro de todos los moles </em>(2003). Pero cuando yo lo conocí en la embajada de España la estrella de su creatividad era El Gato Culto, la viñeta diaria firmada por PIT en El Universal. Un gato dibujado con sencillez siempre encontraba las palabras precisas para opinar sobre la vida, la cultura, los acontecimientos de actualidad y la condición humana.</p><p>Me interesa recordar aquí dos frases de El Gato Culto que tienen que ver con el recuerdo. La primera: “Todo tiempo pasado es tiempo perdido”. La segunda: “Si yo recordara todo lo que olvidé, me moriría de arrepentimiento”.</p><p>Las cosas sencillas son con frecuencia cargas de profundidad. Jugar con el tiempo que se pierde supone no sólo navegar entre el tiempo inútil, sino tomar conciencia de una pérdida más grave, el paso irremediable de la vida, para decidir después qué actitud debe adoptarse ante el pasado, tal vez la nostalgia paralizadora, tal vez el compromiso con el presente, tal vez el reconocimiento de que nuestras experiencias del ayer están como un sedimento en nuestra forma de vivir la palabra hoy. Por otra parte, arrepentirse al recordar lo que se había olvidado invita a asumir la culpa de los errores pasados, pero al mismo tiempo obliga a comprender la gravedad del olvido, no sólo porque la pérdida de memoria es prueba de la fragilidad irrefutable de la vida, sino por la dimensión negativa que supone abandonar ciertos recuerdos. El diálogo con el tiempo resulta siempre para un escritor uno de los campos más profundos de debate ético.</p><p>Esta es la perspectiva en la que nos sitúa un libro de memorias como <em>Para parar las aguas del olvido</em>, uno de los acercamientos más personales que conozco a lo que significó la vida de guerra y la inmediata posguerra en la educación sentimental de un tiempo histórico difícil: la infancia y la adolescencia de los derrotados. Paco Ignacio Taibo I define mejor que nadie su libro cuando comenta el sentido de lo que está escribiendo con Ángel González: “Es un libro para quejarme de aquellos años, para dar compasión a los jóvenes que me lean, para sacudirme monstruos y quitarlos de encima. Es un libro para parar las aguas del olvido y para que no vuelvan a inundarnos aquellas otras aguas del terror y de las fórmulas cerradas y vengativas”.</p><p>Es un libro, me atrevo a añadir yo, en el que se cuenta sin patetismo un momento muy doloroso de la historia de España. El patetismo tuvo muy poco que ver con el carácter de su autor, que prefirió siempre contar la realidad con ironía e imaginación creativa, dos caminos que permiten también llegar a la emoción. Creo que la posibilidad de salvar el patetismo en una historia extrema de amenazas, violencias y represiones se debe al contrapeso de la camaradería, los sentimientos de vinculación y dignidad compartida que pueden llegar a establecerse en un grupo de víctimas. Decía El Gato Culto que vivir es meterse en un lío y que <em>tú</em> y <em>yo </em>no son dos palabras, sino toda una novela. A la hora de definirnos cabe toda la novela de la historia en la palabra <em>yo</em>, o <em>tú</em>… o <em>nosotros</em>. Bajo el título cervantino de <em>Para parar las aguas del olvido</em>, Taibo I nos cuenta la novela del nosotros protagonizada por cinco amigos que se enfrentaron entre la infancia y la adolescencia a la dureza de una ciudad republicana tomada por el fascismo en 1936.</p><p>Después de empezar a educarse en la Asturias progresista que creyó en la justicia social y en el valor de la educación y la cultura, este grupo de amigos se vio de golpe (de golpe de Estado) en una realidad muy diferente, marcada por la violencia, el clasismo de los vencedores y la barbarie. Las estrategias que encontraron de forma conjunta para defenderse de este asalto dieron como resultado los vínculos necesarios no para evitar el testimonio del dolor, pero sí para salvarse del patetismo. No se trata de caer en la ingenuidad, porque un optimista es un pesimista sin experiencia. Lo que ocurre es que, incluso en la tragedia, hay valores en la vida que merecen ser evocados con melancolía y agradecimiento. La vida sólo merece la pena cuando uno descubre estos valores.</p><p>La familia Taibo-Lavilla estaba muy marcada en el paisaje político de la época, sobre todo por la personalidad del tío <strong>Ignacio Lavilla</strong>, pintor, periodista y persona clave en la redacción del diario <em>Avance</em>, una de las grandes referencias del socialismo español. Después del fracaso de la Revolución de Asturias, la familia debió exiliarse a Bélgica y estuvo fuera de España hasta el triunfo del Frente Popular en 1936. Iniciada la guerra y con Oviedo en manos de los golpistas, el padre Taibo se sumó al ejército republicano y el tío Lavilla tuvo que esconderse. Cuando se produjo la derrota, el padre fue un segundo escondido. Tener familiares rojos ocultos en casa era un secreto grave. Cualquier comentario imprudente en la calle podía costarle la vida al perseguido; y la falta de cuidado al llamar a una puerta se convertía de inmediato en un susto de muerte para los que siempre estaban temiendo la llegada del ejército vencedor o de la policía.</p><p>El secreto forma la intimidad de los individuos. Y en tiempos difíciles, cuando se comparte ese secreto, resultan muy consolidados los vínculos profundos que hay en la palabra <em>nosotros</em>. Se aprende a llamar a la puerta con amor, respetando la contraseña, y la complicidad de los nudillos representa toda una conciencia del lugar en el que se vive, de la historia que se soporta y de las alianzas necesarias para sobrevivir. Por eso detrás de todas las desgracias, las cárceles y las ejecuciones, se afirma la lealtad humana como forma de resistencia. Lo escribió el autor al recordar lo sucedido en 1934: “A los diez años mi familia fue zarandeada por la Revolución del Octubre y yo aprendí algo que más adelante me serviría para defenderme; que ninguna derrota es la derrota”. También lo señaló Ángel González en el prólogo a la primera edición de <em>Para parar las aguas del olvido</em>: “Pese a todas las limitaciones —enormes— que se derivan de esas circunstancias, aprendimos muchas cosas importantes; decir <em>no </em>(en voz baja, por supuesto, pero con inquebrantable terquedad); a no darnos nunca por vencidos a pesar de sabernos derrotados; a arrancar ilusiones de la desesperanza…”.</p><p>El autor de este libro es uno de los mejores ejemplos de que no hace falta engañarse y caer en la ingenuidad para seguir manteniendo un vitalismo enérgico en las convicciones y en la manera de comportarse más allá de las esperanzas inocentes. Cuando compuso este libro, con 54 años de edad y después de casi 20 años viviendo en México, volvió a Asturias sin engañarse sobre la dureza de lo ocurrido, pero con la necesidad melancólica de dar testimonio de un tiempo en el que la amistad iluminó una y otra vez el lado decente de la vida.</p><p>Las escenas duras de la vida cotidiana son aquí fáciles de comprender en su intensa gravedad. Basta con pensar en los familiares escondidos o encarcelados, en los hermanos ejecutados, en las madres castigadas, en la desorientación de unos niños educados al margen de los sentimientos religiosos cuando se vieron forzados a ponerse de rodillas para confesarse y comulgar, o en la tensión de unos adolescentes obligados a aplaudir cuando Franco aparecía en la pantalla del cine y condenados a aprender los laberintos del deseo y la sexualidad en Vetusta la casta. La vida se convirtió en un asunto lleno de aristas y falto de alimentos apetecibles. Si llamar a una puerta se cargaba de significado, conseguir una fabada podía ser un verdadero acontecimiento histórico.</p><p>El lado bueno de la vida, por su parte, se configuró en el entorno del Parque de San Francisco, en la Librería Cervantes, en algunos rincones de la ciudad y, sobre todo, en un mundo familiar de mujeres que se vieron obligadas a soportar el peso del país sobre sus hombros. Las mujeres fueron una escuela imprescindible de amor, entrega, audacia y lealtad. Y en ese mundo surgió de forma natural el operativo de la imaginación que necesitaban los adolescentes para refugiarse de los tiempos amargos. Dos de ellos se convirtieron en compañías decisivas en el mundo de Paco Ignacio Taibo I: el cine y la literatura.</p><p>Las películas protagonizadas por <strong>Ken Maynard</strong> permitieron al grupo alejarse de la represión cotidiana y viajar a las praderas del lejano Oeste. Al cine de los domingos acudían los jóvenes rebeldes, los vencidos y depurados, las parejas de novios que iban a tocarse la mano, “toda una espesa humanidad con olor a cebolla y aceite sin refinar, vestida con trajes a los que le habían dado la vuelta”, para cabalgar en libertad sobre el caballo blanco de Ken Maynard.</p><p>Y, sobre todo, la literatura: los libros compartidos, la novela rusa, los poemas vanguardistas, la revista <em>Carmen</em>, las palabras sonoras de <strong>Rubén Darío</strong>, la humanidad ética de don <strong>Antonio Machado</strong>, la seriedad enlutada de <strong>Unamuno</strong>, las discusiones sobre <strong>Juan Ramón Jiménez</strong> y su burro <em>Platero</em> y las metáforas de <strong>García Lorca</strong> a través de romances y canciones. También la desilusión viva al enterarse del derechismo de <strong>Gerardo Diego</strong>. El autor de una poesía audaz y de una antología decisiva para el conocimiento de la generación del 27 podía dedicarle poemas de elogio a los militares fascistas. La vida da todo tipo de sorpresas, y la literatura intenta recrearlas a través de la imaginación. El modo natural, libre y sorprendente con el que desfilan los escritores en este libro (se convierten en personajes, aparecen, hablan, son castigados o perdonados), da cuenta de la importancia que tuvo la literatura a la hora de hacer habitable un mundo roto. Los libros y los escritores leídos son compañeros de fatigas.</p><p>Así fue componiéndose el <em>nosotros</em>, cada cual con su manera de ser y su destino. Pero los vínculos existen hasta el punto de que definir a uno de ellos supone poner en marcha la enredadera de todos los demás. ¿Cómo era Ángel González? Pues: “Ángel era por entonces un muchacho de rostro redondo, con una mancha de color café con leche en la frente y un caminar un poco a saltos, como si danzara o pisara sobre un colchón. Era más callado que yo y menos pintoresco que <strong>Benigno</strong>, tan apacible como <strong>Amaro </strong>y menos sarcástico que <strong>Manolo</strong>”.</p><p>Las complicidades de la amistad forman parte decisiva de las estrategias de resistencia porque permiten, al igual que los libros, un nuevo significado para la identidad y para los sentimientos de pertenencia. El desarraigo no sólo se produce cuando alguien experimenta un exilio geográfico. Los derrotados en una guerra civil, después de que la barbarie y la muerte cruzan de un modo implacable por sus vidas, soportan también una quiebra de su identidad y de su pertenencia a un lugar. Las injusticias invitan a sentir la ajenidad y el vacío de un espacio que se queda sin vínculos naturales. Resulta imprescindible buscar otros vínculos, otra oportunidad para la pertenencia. De ahí que la amistad y la literatura se conviertan en las grandes protagonistas de <em>Para parar las aguas del olvido</em>.</p><p>Paco Ignacio Taibo I elige su perspectiva para contar el pasado, construye la historia y deja que la imaginación salte la barda y mueva con libertad recuerdos, escena, personajes, lugares, para dibujar el estado de ánimo de la memoria, es decir, del presente en su diálogo con el pasado. Sabemos bien que el futuro suele decepcionarnos cuando llega con sus realidades. Pierde mucho si lo comparamos con las ilusiones antiguas. Una ciudad, un país imaginado en la adolescencia, un territorio utópico, casi siempre desdibujan parte de su valor cuando lo tenemos delante de los ojos. Los paraísos sólo existen en la lejanía. ¿Pero qué ocurre con el pasado que se recuerda? ¿Cómo se viaja al ayer?</p><p>La memoria es un territorio movedizo que borra y selecciona con flexibilidad los recuerdos en su negociación con el presente. El autor lo advierte de diversos modos, se las arregla para darle su papel al ensueño, la imaginación y el olvido. El momento más claro en esta voluntad de advertencia tiene que ver con un recuerdo insistente: el niño vio a un minero negro entrando en Oviedo, durante los días de la Revolución, casi a la cabeza de una patrulla. Inolvidable el cinturón de cartuchos de dinamita en su cintura. Pero ocurre que <strong>Paco Ignacio Taibo II</strong>, autor de un libro indispensable sobre la Revolución de Asturias, ha examinado miles de nóminas de pozos de carbón sin encontrar a ningún minero negro: “Papá, tienes que estar equivocado”. La respuesta del dueño de la memoria es inevitable: “Pero yo lo recuerdo… Lo veo muy bien, muy alto, muy seguro, caminando por la calle, rodeado de otros muchos mineros. Y contra mi recuerdo se alza la historia”.</p><p>Mi memoria recrea con facilidad una conversación parecida, como si yo estuviese allí, tal vez alguna noche de verano durante la Semana Negra de Gijón, tal vez en alguna sobremesa en México, disfrutando de la legendaria hospitalidad de Mari Carmen Mahojo. La tribu de los Taibo ha heredado la complicidad, el humor inteligente de Taibo I, y es un gusto mezclarse en las conversaciones cruzadas de sus hijos y sus nietos. En un momento determinado llega a dar igual la exactitud del dato, porque hay en juego otro tipo de acercamiento a la verdad: la voluntad de ser a la vez alegres y justos.</p><p>Bueno, la memoria es un género de ficción, ya se sabe. Pero se trata de un medio muy valioso para el conocimiento. Minero de más o de menos, anécdotas recreadas de una manera o de otra según los recuerdos de Benigno, Amaro, Ángel, Manolo o Paco Ignacio, el lector de <em>Para parar las aguas del olvido</em> encuentra un testimonio imprescindible de cómo se vivió con dignidad un tiempo marcado por la guerra y la dictadura. El poder literario nos hace vivir unas fechas por dentro. Y es verdad: ninguna derrota es la derrota.</p><p><em>*Luis García Montero es escritor y profesor de Literatura. Su último libro, </em><strong>Luis García Montero</strong><a href="http://www.megustaleer.com/libro/un-lector-llamado-federico-garcia-lorca/ES0148402" target="_blank">Un lector llamado Federico García Lorca</a><em>(Taurus, 2016).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Apr 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El tiempo que nos mira]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Para parar las aguas del olvido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/parar-aguas-olvido_1_1139633.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/aece570a-3e81-42c1-bd9c-a3f90ad2441d_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Para parar las aguas del olvido"></p><p><em>Publicamos varios fragmentos de </em><a href="http://www.editorialdracena.com/para-parar-las-aguas-del-olvido/" target="_blank">Para parar las aguas del olvido</a><em>, el libro de memorias del escritor asturiano-mexicano Paco Ignacio Taibo I que acaba de publicar la editorial Drácena. Paco Ignacio Taibo, escritor y periodista exiliado a México en 1959, hace en sus memorias una evocación llena de humor de los años duros de la Guerra Givil y de la soberbia de los vencedores en la posguerra. Un grupo de niños aprende el arte rebelde de la supervivencia.</em><strong>Paco Ignacio Taibo I</strong></p><p>___________________________________</p><p>  <strong>Están llamando a la puerta</strong></p><p>La policía sabe que es policía, sabe que tiene el poder, sabe ejercerlo, sabe que las puertas se le tienen que abrir y que al otro lado de cada puerta hay un rostro desencajado que intenta, inútilmente, reconstruir la calma.</p><p>La policía no usa nunca el timbre, aun cuando lo haya y esté funcionando.</p><p>La policía estrella el puño contra la tabla y espera que la tabla no caiga al suelo; pero lo que se cae, al otro lado, es el corazón y el pulso, y las rodillas. Hasta los calcetines de los muchachos se caen al otro lado, cuando se estrella el puño del policía.</p><p>Por todo esto, los perseguidos nos acostumbramos a llamar a la puerta con un toquecito liviano, con un suave rasguño, con un repiqueteo de dedos.</p><p>Con el puño, jamás.</p><p>Por todo esto, que muchos de ustedes comprenderán de inmediato, mi familia, al igual que miles de españoles, llamamos siempre a la puerta con amor.</p><p>  <strong>El moro que se quiso casar con una puta</strong></p><p>La cosa nunca estuvo muy clara; parece ser que el moro pidió permiso para casarse en Oviedo y que el comandante se lo denegó.</p><p>Después intervino la junta de señoras que atendían a que las fuerzas africanas no se sintieran desamparadas en tierra de cristianos y entonces autorizaron la boda.</p><p>La novia, se dijo, estaba dispuesta a no consentir, si el moro no se hacía católico, y el moro aceptó ser bautizado.</p><p>Por lo que se contaba en el barrio la novia había conseguido traer a un pagano a la verdadera religión y esto acaso haya sido lo que movilizó tanto entusiasmo alrededor de la boda y de los prolegómenos.</p><p>Sin embargo, las cosas se estropearon, súbitamente, cuando las señoras supieron que la novia era puta y que seguía ejerciendo las actividades propias de su negocio.</p><p>  </p><p>La gente comprensiva afirmaba que si la novia seguía puteando era porque quería reunir un poco más de dinero, para poner un restaurante, con su marido, en Ceuta.</p><p>El moro, al que nunca conocí, le parecía bien que su futura esposa pensara en el mañana.</p><p>A las damas que atendían a los moritos, todo esto les sonaba a escándalo.</p><p>—Es que lo menos que se le puede pedir es que se regenere.</p><p>Pero ella no se regeneraba y el moro no se hacía cristiano mientras no supiera, claramente, lo que daban las señoras por cada católico conquistado.</p><p>La puta, el moro, las damas y el comandante, tuvieron una junta que debió ser deliciosa.</p><p>La puta quería el restaurante en Ceuta, el moro pedía cuatro mil pesetas y un traje de civil, con sombrero; las damas aconsejaban a la puta que dejara su negocio, ella se negaba a abandonar la casa mientras no estuviera claro su futuro y el comandante terminó enfadándose y diciendo una grosería tan grande que las damas le acusaron de ser digno de la zona roja.</p><p>Y no hubo boda.</p><p>Pero desde entonces la puta era señalada por todos, en Oviedo, con un gran respeto o, por lo menos, con una gran curiosidad.</p><p>—Mírala; es la puta que se quiso casar con un moro.</p><p>—¿Y el moro?</p><p>Extraña cosa, no se volvió a hablar de él y parece que jamás se hizo cristiano.</p><p>Una dama que estuvo en mi casa comprando a mi madre el reloj de pared que teníamos, le dijo, muy atribulada:</p><p>—No merecía esa bendición.</p><p>El moro que se quiso casar con una puta fue tema de conversación entre los amigos que tomaron diversos partidos, según su grado de politización, de ateísmo y de misterioso respeto por la prostitución nacional.</p><p>Sin embargo, y en líneas generales, la actitud del moro fue mejor comprendida que la actitud del comandante y de las damas.</p><p>A este se le señalaba falta de rigor en su análisis del temperamento moruno y a las señoras se les acusaba de contradictorias.</p><p>Primero: traen los moros de África.</p><p>Segundo: abren casas de putas en Oviedo.</p><p>Tercero: dan un traje a cada moro que se bautice.</p><p>Cuarto: patrocinan las bodas de militares.</p><p>Los amigos nos mirábamos, después de haber desarrollado toda la situación y nos decíamos:</p><p>—Entonces, si las cosas son así; ¿por qué coño se tienen que meter en cama de la novia?</p><p>Sin embargo, parece que el punto de vista de las damas que habían tomado a su cargo a los moritos no era el nuestro.</p><p>Cuando pasé por Ceuta andaba yo mirando los restaurantes y preguntándome: ¿habrá conseguido el moro otra puta en Oviedo?</p><p>  <strong>Tuberculosis</strong></p><p>En el año 1944, <strong>Ángel </strong>enfermó de tuberculosis.</p><p>Tenía diecinueve años y todos los amigos, aterrados, andábamos secándonos las lágrimas con la manga y ocultándole a Ángel tanta pena. Tío decía: «Se puede salvar; hay gente que se salva».</p><p>Entonces doña <strong>María </strong>decidió enviar a su hijo a Páramos del Sil, en tierras de León, para ponerle los pulmones a secar.</p><p>Comenzó con esto un epistolario juvenil, lleno de poemas, descripciones y periódicos manuscritos.</p><p>Iban y venían las cartas contándonos Ángel cómo miraba, desde su ventana abierta, pasar a las pastoras que iban al monte arreando ovejas y borricas.</p><p>Nosotros devolvíamos cuento por poema, noticia por noticia.</p><p>Páramo del Sil comenzó a ser un lugar amado e imaginado.</p><p><strong>Benigno</strong>, <strong>Manolo</strong>, <strong>Amaro </strong>y yo mirábamos hacia Páramo del Sil en donde el quinto amigo había puesto al sol sus dos pulmones.</p><p>Ángel allá estaba haciéndose poeta, al mismo tiempo que secaba.</p><p>El día trece de octubre del año mil novecientos cuarenta y cuatro, Ángel me envía un Envío. Lo dedica: a P. I. T.</p><p>  Mis versos están tuberculosos.</p><p>Por eso, como yo, necesitan reposo.</p><p>Léelos detenidamente</p><p>y acuéstalos en el lecho de tu mente,</p><p>y luego resucítalos si los crees curados</p><p>para ver si maduran sobre los verdes prados.</p><p>Decidimos reunir el dinero suficiente e irnos a pasar a Páramo del Sil la Nochebuena.</p><p>Viajamos en autobuses y en tren, llegamos al pueblo, que era pequeño, en una camioneta.</p><p>El pueblo tenía un puente y un río, una iglesia y algunas casas viejas y aplastadas en un suelo de roca.</p><p>Aquella noche entramos en la taberna y pedimos un anís cada uno: después llegó la Guardia Civil, dio las buenas noches y, uno por uno, fuimos mostrando los papeles.</p><p>La Guardia Civil usaba enormes capotes verdes, húmedos y olorosos a humo de leña y sudor humano. Los vecinos de Páramo del Sil bebieron sus cazallas mientras los cuatro recién llegados iban mostrando la documentación dentro de un silencio enorme, muy profundo.</p><p>Se fueron, después de habernos deseado unos días de descanso muy satisfactorios, y dejaron la puerta bien cerrada, porque por ella entraba un frío muy vivo.</p><p>Esa noche estuvimos los cinco muy cerca de las estrellas, que parecían brillar como recién cargadas de energía, y caminamos por el pueblo, cruzándonos con sombras que daban las buenas noches, dejando atrás a la luz amarilla de la taberna y entreviendo muy lejos ya, las dos sombras de los guardias que iban desgajando las piedras del camino.</p><p>Ninguno de nosotros sabíamos aún qué hacer o a dónde dirigirnos; qué modelar con la vida que quedaba, si es que quedaba.</p><p>La sombra de la tuberculosis de Ángel nos tenía a todos asustados.</p><p>Vivíamos en la casa de un cura que se había muerto hacía unas semanas y el ama del cura nos daba, como postre, flanes con doce huevos.</p><p>Al tercer día los cuatro recién llegados estábamos enfermos de comida.</p><p>Caminamos mucho, hablamos de poetas y de novelistas recién aparecidos, nos burlamos de los últimos poetas victoriosos, que eran una mierda pinchada en asta de bandera, dimos noticias de amores y de besos, de chicas que acababan de ponerse medias; de todo. Y nos fuimos dejando a Ángel con los carrillos enrojecidos de tanto viento, aire, sol, huevos y pastoras.</p><p>Había algo que teníamos seguro al marchar: ya no se iba a morir. Un tipo que recibe la visita de cuatro amigos así, ya no se muere.</p><p>Una camioneta nos bajó hasta el ferrocarril.</p><p>De aquellos días recuerdo la escena de la taberna, alumbrado el lugar con una luz que se nos iba y venía en un suave oleaje; recuerdo también los flanes, la mesa de Ángel con el papel blanco cuidadosamente alineado y también la máquina de escribir sobre la mesa. Las montañas, una pastora gordita, canciones en la noche, ese cielo tan alto y tan lleno de estrellas, y esa ternura que siempre siento cuando estoy con ese mismo grupo, con el que crecí, leí, me fui haciendo grande y luego esa cosa sutil que llamamos maduro.</p><p>*<strong>Paco Ignacio Taibo</strong><strong>I </strong>(Gijón, Asturias, 1924 - Ciudad de México,  2008)<em>fue escritor y periodista, autor de obras como </em>Fuga, hierro y fuego<em>, </em>La risa loca. Enciclopedia del cine cómico<em> o </em>El juglar y la cama. </p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Apr 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Paco Ignacio Taibo]]></author>
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