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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 63]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-63/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 63]]></description>
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      <title><![CDATA[Última memoria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/ultima-memoria_1_1203101.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/89534f73-b478-4b9b-829c-4c3cc19af61f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Última memoria"></p><p>  </p><p>   <strong>Última memoria</strong></p><p>Padre, algún día llegarán las garzas al arroyo</p><p>y serán más altos nuestros brazos para poder apresarlas.</p><p>Algún día, el cuerpo diminuto de las flores</p><p>poblará las laderas de ese bosque de los vientos rojizos</p><p>y silbarán las ramas de los chopos una canción surgida de repente</p><p>pero que ya estaba ahí, latiendo en nuestro labio,</p><p>y podremos tararearla en nuestro propio lenguaje</p><p>mientras danzamos sobre el pie único del tiempo</p><p>y la cáscara de lluvia que humedece la tierra</p><p>empapará lentamente nuestros dedos descalzos.</p><p>Así será, algún día,</p><p>y bajarán las luces altas de las copas</p><p>al pie de nuestro paso,</p><p>y ese sol, ese bocado rojo de fruta que madura</p><p>nos quemará en las manos y hará brotar de ellas</p><p>pájaros diminutos que volarán tan fuerte</p><p>que ni siquiera nuestros brazos altísimos</p><p>podrán apresarlos encima de los chopos. Encima de la luz.</p><p>Encima del recuerdo.</p><p>Padre, es este tiempo nuestro un espacio de difícil memoria,</p><p>esa memoria frágil que te queda y confunde los nombres</p><p>como letras sin patria, que detiene las fechas</p><p>al borde del abismo</p><p>en el tiempo repentino en que los cuerpos</p><p>no sentían el frío del pasado, ni cortaba la luz</p><p>entre los párpados como una hoja de acero</p><p>hendida en el iris con su gota de lluvia.</p><p>Y nos llegan las voces de repente. Y nos prestan sus gritos</p><p>de madera de chopo en medio de la sala</p><p>y yo alzo los brazos como alambres de musgo</p><p>para apresar tu cuerpo, tu cuerpo tan alto</p><p>como el silencio de un bosque</p><p>y yo alzo los ojos en un gesto de hierba</p><p>para ofrecerte a la hija que mereces</p><p>la hija pretérita que no conoció la lengua en que le hablabas</p><p>y que ahora te abraza débil como un pájaro</p><p>que no bate sus alas ni conoce</p><p>del dolor del que carga tu maleta de olvidos</p><p>y verdades a medias, del dolor que me habita</p><p>en el cuerpo imposible que contemplas extraño</p><p>cuando cruzo despacio el salón de esta casa</p><p>como las altas garzas bajan de los árboles</p><p>su plumaje límpido hasta el arroyo</p><p>y yo hago crujir la tierra muy cerca de tus brazos</p><p>y salpico en tus ojos mil peces diminutos</p><p>que brillan tan fuerte</p><p>que cerramos por inercia los párpados para no cegarnos con su luz.</p><p>Padre, es este tiempo nuestro un espacio de difícil recuerdo</p><p>y la memoria última que queda en tu senil belleza</p><p>no será suficiente para poder encontrarnos.</p><p>Pero un día, un día alto, muy alto,</p><p>llegarán las garzas al arroyo con su plumaje intacto</p><p>y donde había brazos ya tendremos dos alas</p><p>−dos alas puras, y blancas, e infinitas−</p><p>para apresar su vuelo. </p><p>(Del poemario inédito <em>Los ojos amarillos.</em>)</p><p><em>*Virginia Cantó es poeta. Su último libro, </em><strong>Virginia Cantó</strong><a href="http://huergayfierro.com/pasaporte-renombrado/" target="_blank">Pasaporte renombrado</a><em> (Huerga y Fierro, 2013). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 May 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Virginia Cantó]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Poesía,Poetas,Los diablos azules número 63]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[De España a Chile (pasando por Roma)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/espana-chile-pasando-roma_1_1140317.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/abd6edf2-ce51-4129-afee-50b932d82cad_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De España a Chile (pasando por Roma)"></p><p>Aunque poco a poco la imagen de España e Hispanoamérica va cambiando en el mundo, todavía muy a nuestro pesar, sigue habiendo mucha gente que conoce sólo los tópicos de nuestra cultura y de los nombres más conocidos de nuestra literatura, pasando desapercibidos tantos otros de gran calidad que desafortunadamente no tienen la fama de <strong>Cortázar, Cervantes, Lorca, Borges</strong>…</p><p>La lectura es una magnífica forma de acabar con el desconocimiento y los prejuicios, ya que leer amplía nuestros límites, ensancha nuestro mundo, nos abre puertas a realidades completamente diferentes. Con este club de lectura queremos acabar con los tópicos y, en la medida de lo posible, con las limitaciones de nuestro día a día.</p><p>Leer es un acto individual y solitario, que puede convertirse en un acto social. No solo cuando leemos en voz alta para otros, también cuando compartimos lo que hemos aprendido en la lectura. Todos hemos sentido la necesidad de hablar a alguien sobre un libro que tanto nos gustó o un personaje o un escritor que nos ha marcado especialmente y con el que nos sentimos muy identificados.</p><p>El club de lectura de la biblioteca María Zambrano del Instituto Cervantes de Roma tiene, entre otros, el objetivo de dar a conocer nuestro rico patrimonio literario,  incentivar la lectura y la conversación en español e intercambiar conocimientos sobre distintos temas relacionados con la literatura española e hispanoamericana. Queremos ser un punto de encuentro para la comunidad hispanohablante de Roma.</p><p>En nuestros encuentros mensuales pretendemos compartir el placer por la lectura, disfrutar de la complicidad que se crea cuando encontramos a otras personas que han  leído el mismo libro que nosotros y ponemos en común lo que cada uno vivió y experimentó mientras lo leía, cuando nos damos cuenta de que ambos emprendimos el mismo viaje, en momentos y situaciones diferentes, pero con experiencias similares.</p><p>Las tertulias se hacen en español, de forma que los contertulios puedan disfrutar de la riqueza de nuestro idioma y practicarlo sin moverse de la ciudad en la que viven, aunque la lengua nunca es excluyente.</p><p>Cada club de lectura está  moderado por una persona diferente y siempre que tenemos la posibilidad nos gusta tener con nosotros a los escritores del libro que hemos elegido.</p><p>En nuestro último encuentro, el 19 de abril, tuvimos la suerte de tener con nosotros a <strong>Antonia Santolaya</strong>, ilustradora del cómic <a href="http://www.rtve.es/rtve/20150302/winnipeg-barco-neruda-salvo-dos-mil-supervivientes-guerrra-civil/1105261.shtml" target="_blank">Winnipeg: el barco de Neruda</a>, escrito por <strong>Laura Martel</strong>.</p><p><em>Winnipeg</em> trata sobre el barco que el poeta<strong> Pablo Neruda</strong> fletó para ayudar a más de 2000 refugiados de la Guerra Civil española en Francia, donde estaban recluidos en campos de internamiento para exiliarse en Chile. “Ante mi vista, bajo mi dirección, el navío debía llenarse con dos mil hombre y mujeres. Venían de campos de concentración, de inhóspitas regiones del desierto. Venían de la angustia, de la derrota y este barco debía llenarse con ellos para traerlos a las costas de Chile, a mi propio mundo que los acogía. Eran los combatientes españoles que cruzaron la frontera de Francia hacia un exilio que dura más de treinta años”. Así lo relataba Pablo Neruda en su libro de memorias <a href="http://www.agenciabalcells.com/autores/obra/pablo-neruda/para-nacer-he-nacido/" target="_blank">Para nacer he nacido</a>.</p><p>Antonia Santolaya insistió en varias ocasiones en la importancia de esta historia, que desafortunadamente no es muy conocida en España. Según la ilustradora, cuando se habla de guerras se tiende a poner mucho más énfasis en los dramas que estas desencadenan que de las historias con final feliz. Por eso ella y Laura Martel consideraron conveniente exaltar la solidaridad del poeta chileno, quien reaccionó inmediatamente a una carta escrita por el también poeta <strong>Rafael Alberti</strong>, hablándole de la triste situación de estos refugiados, y la generosidad del pueblo chileno que los acogió como a hermanos. También la guerra nos ofrece en algunas ocasiones capítulos que dejan una puerta abierta a la esperanza.</p><p>Al club también asistió el embajador de Chile en Italia, quien aportó un testimonio de primera mano, ya que él había conocido a algunas de las personas que viajaron en el Winnipeg y a varios descendientes de los refugiados a los que hoy en día se les llama <em>los hijos de Neruda</em> o <em>winnipitos,</em> y destacó la importancia que tiene este capítulo de la historia de Chile y de lo orgullosos que están los chilenos del mismo.</p><p>Winnipeg nos sirvió para reflexionar sobre un acontecimiento que hoy en día se está repitiendo continuamente y que afecta de manera importante tanto a Italia como a España, el de la llegada a Europa de refugiados de muy diversas nacionalidades y de lo deprisa que a menudo se nos olvidan a los españoles e italianos los tiempos difíciles en los que otros países nos acogieron y nos dieron la paz y las oportunidades que no habían en nuestra tierra.</p><p>En definitiva, se trata de una lectura muy recomendable con la que resulta difícil no emocionarse.</p><p>Toda la información sobre los futuros encuentros de nuestro club de lectura está disponible en <a href="http://bit.ly/1yflqsW" target="_blank">nuestra página web</a>, y para aquellos que no tengan la oportunidad de poder acudir personalmente, la red de bibliotecas del Instituto Cervantes ofrece un <a href="http://clubvirtualdelectura.cervantes.es" target="_blank">club de lectura virtual</a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a>en el que se puede participar desde cualquier parte del mundo.</p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 May 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Begoña Colmenero Niño (Instituto Cervantes de Roma)]]></author>
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      <title><![CDATA[Siempre en lunes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/lunes_1_1140309.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/afe43058-0888-4217-adc7-ad3db0229446_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Siempre en lunes"></p><p><em>Este cuento ha sido escrito por algunos alumnos del taller juvenil de la escritora Carmen Peire, que ha iniciado el relato para que ellos lo continuaran. En él participan por orden de aparición Ana Manso, Paloma Caramelo e Inés Herrero, aunque ha sido leído y trabajado también por los compañeros del taller, que pusieron nombre a los protagonistas, corrigieron e intervinieron, en especial Inés Vázquez y Pablo Merlín Tous. Todos llevan tiempo asistiendo al taller, aman los libros y las historias, y  forman parte de la antología juvenil publicada en diciembre de 2016 bajo el título de </em><strong>Carmen Peire</strong><strong>Ana Manso, Paloma Caramelo</strong><strong>Inés Herrero</strong><strong>Inés Vázquez </strong><strong>Pablo Merlín Tous</strong><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/02/03/habitacion_prohibida_60637_1821.html" target="_blank">La habitación prohibida</a><em>.</em></p><p>___________________________________</p><p><em>(Comienza Carmen Peire.)</em><strong>Carmen Peire</strong></p><p>Por lo único que le gustaba a Javier el lunes era porque podía verla, aunque solo fuera unos minutos y agazapado tras las cortinas de su habitación en el piso compartido con Juan, Ismael y Pedro. No se podía permitir otra cosa. La beca solo daba para pagar el master, lo demás salía de clases particulares y  ayudando los fines de semana en el bar de la familia. Pero era independiente, independiente con ayudas, pero independiente. Y los lunes madrugaba más que el resto de la semana solo por verla, a ella, la única barrendera del distrito. Los demás, todos hombres incapaces de seguir sus pasos cuando ella hacía su trabajo, por el afán y destreza con que trajinaba. Pasaba por su calle a las siete de la mañana, empujando el carro, con los guantes y el mono puestos. Le tocaba los lunes la zona más difícil, aquella en que los jóvenes se concentran en el fin de semana para beber, estar con los amigos y de paso ver si conseguían esa noche acostarse calientes de gresca, alcohol y acompañante. Era la zona donde Javier vivía. A la barrendera le tocaba hacerse con los estragos del fin de semana, papeleras rebosantes, papeles y latas de cerveza en el suelo, cagadas de perro sin recoger, platos de cartón de comida rápida para cuerpos que solo querían empapuzar el estómago y seguir bebiendo. En algún callejón, cerca de las alcantarillas, solía encontrar un montón de botellas vacías, bolsas de plástico y algún condón usado que no quería imaginar cómo, dónde ni con quién.</p><p>Por ella, por la barrendera, Javier madrugaba los lunes más de lo debido, la veía entrar en su calle y salía corriendo para hacerse el encontradizo, de paso saludaba, aunque a ella le pareciera raro, porque nadie, y cuando se dice nadie, es nadie, saluda a una barrendera, aunque limpie la mierda de su distrito.  Quizá algún día podía entablar conversación.  Ya en la calle, daba la vuelta a la manzana, se acercaba al quiosco de la esquina y regresaba a su habitación. Todo lo llevaba en secreto porque ¿a quién podría contar lo que siente? ¿A sus amigos? ¡Qué locura, ni por asomo! Tampoco a Juan, Ismael o Pedro. Una cosa era compartir piso, y otra, confidencias. Se imaginaba además lo que diría Pedro, el más sarcástico de todos: uy, al señorito le gusta una que barre. Claro, así tendrá la habitación recogida porque ahora es una pocilga. Menudo cachondeo se iban a traer. Bastante se reían de él cuando le sorprendieron un domingo por la noche salir a la calle a altas horas, no para tomar copas sino para apiñar botellas, litronas, latas de cerveza desperdigadas, sin atreverse a decir el motivo, mejor que pensaran en su afán ecologista y no para que ella no tuviera tanto trabajo al día siguiente. Aunque siempre había algún bandarra que las desparramaba después de una patada. Por eso dejó de hacerlo.</p><p>De la barrendera le gustaba todo, su cara, su movimiento, su presencia y tamaño, cómo se bamboleaba, las caderas moviéndose al compás del escobón y ese canalillo que a veces asomaba, sobre todo en verano, con la cremallera del mono bajada hasta bien abajo, y ella que se agachaba y Javier que se ponía malo, y sudaba, sudaba como un loco. Era tan poderosa…   A Javier le gustaría atreverse a preguntar su nombre, conversar con ella, verla sonreír y proponerle dar una vuelta o tomar un café. Y todos los lunes se arrepentía de no hacerlo. Eres tonto, se decía, imagínate que la cambian de barrio, que tiene que irse a otro sitio, no vas a saber buscarla. ¿Te atreverías entonces a preguntar por ella a los de la limpieza? Del próximo día no pasa, seguro, el próximo lunes le pregunto, al saludarla, buenos días, frío ¿eh?, yo es que vivo aquí, ¿cómo te llamas? No vaya a ser que un día desaparezca y no sepas ni por quién preguntar.</p><p>Llegó la primavera y el trabajo de los lunes por la mañana aumentó. Venían dos a barrer su zona, ella y otro, con el que parecía reírse, bromear y limpiar. Al menos fue la sensación que tuvo y sintió unos celos tremendos. ¡Cómo le gustaría ser barrendero! Se imaginaba ser su compañero, trabajar a su lado, olerla, aspirar el mismo aire que ella. ¿Cómo haría para abordarla? Ahora puede ser más fácil, pensaba, te paras a hablar con él, preguntas cómo se llama y de paso…  Pero seguía sin atreverse. Y llegó aquel lunes, un lunes que quedaría señalado por encima de los demás. El lunes en que todo iba a cambiar.</p><p><em>(Sigue Ana Manso.)</em><strong>Ana Manso</strong></p><p>Era domingo. Javier se había levantado tarde después de estar hasta las tantas recogiendo en el bar de su familia: había fregado copas, limpiado la barra y barrido innumerables palillos y pelotillas de papel del suelo, porque por lo visto girar la muñeca dos milímetros para encestar en la papelera, era demasiado trabajo para los clientes.</p><p>Cuando llegó a la cocina, Pedro y Juan ya estaban desayunando. Juan le saludó al verle:</p><p>—¿Qué pasa tío? Llegaste tarde anoche, ¿eh? No me digas que mojaste.</p><p>Pedro no dejó pasar la oportunidad y antes de que Javier pudiera contestar le interrumpió:</p><p>—Qué va mojar el ecologista éste. Lo que pasa es que estuvo amamantando focas.</p><p>Los dos se empezaron a reír. Javier suspiró, pero no dijo nada, no quería descubrirse. Al fin y al cabo, cuando barría en el bar de la familia se acordaba de su barrendera, y se la imaginaba a su lado, haciendo lo mismo.  Juan le dio un amistoso puñetazo en el hombro.</p><p>—Venga tío no te enfades, si ya sabes que a nosotros el modo Greenpeace nos parece muy bien, pero tienes que admitir que era un poco triste lo de ponerse a amontonar botellas los domingos por la noche.</p><p>—Bueno, ¿y dónde está Ismael?— dijo Javier cambiando de tema.</p><p>—¿Dónde va a estar?— saltó Pedro— Durmiendo, además el muy cabrón ligó ayer, así que tiene a la tía ahí metida.</p><p>Eso no sorprendió a Javier, Ismael día sí día no, se traía una chica a casa, no sabía cómo, pero el chaval se las llevaba de calle. Javier incluso se planteó pedirle consejo, pero descartó la idea enseguida. Aunque no le contase lo de la barrendera no quería ni imaginar las bromas de "a Javi le gusta una chica" que eso supondría. El resto del desayuno se lo pasó en silencio escuchando a Juan y Pedro cómo repasaban toda la cantera del Real Madrid y se enzarzaban en un intenso debate sobre si el fuera de juego que había pitado el árbitro en el partido de la noche anterior habías sido justo o no. Javier solía participar en la conversación, aunque fuese con breves comentarios, pero ese día ni siquiera los estaba escuchando. Solo podía pensar en una cosa: mañana va a ser  lunes, mañana sí que le hablo, mañana… En su imaginación dibujaba escenas completas sobre cómo se desarrollaría su primera conversación: empezaría siendo amable y educado y, cuando rompiese el hielo, soltaría alguna broma, ella reiría, él le propondría salir a tomar algo  y quizás…</p><p>Estos pensamientos lo acompañaron durante todo el tiempo. Cuando terminó de desayunar se despidió de sus compañeros y se dirigió a casa de Laura, la niña a la que le daba clase de inglés. En realidad, Javier ofrecía clases de matemáticas y ciencias, pero cuando sus padres le contrataron resultó que asistía a un colegio bilingüe donde no daban ciencias sino science, ni matemáticas sino maths, y la pobre chica apenas pasaba de saber decir buenos días, por lo que le pidieron si no le importaba hace un pequeño repaso del idioma "no muy profundo, no te preocupes, es una niña muy lista". Javier acabó yendo dos días por semana a explicarle los verbos irregulares. Uno de ellos, las mañanas de algunos domingos. Planazo.</p><p>Mientras ella los repetía en voz alta, él elucubraba sobre cuál podía ser el nombre de su barrendera; Marta o Julia no le convencían, Carmen era demasiado común. Nunca llegaba al nombre perfecto y entonces se ponía a pensar en su cara, su cuerpo, las cosas de ella que ya conocía, su trabajo y la zona que le habían asignado… eso decía mucho de ella. Seguro que era el centro en su grupo de amigos, la que lideraba y se llevaba bien con todo el mundo. ¿Tímida? No, eso nunca. Su presencia inundaría la sala.</p><p>El día pasó y Javier estaba cada vez más emocionado. Mañana era la definitiva, seguro. Cuando llegó a su casa se puso a estudiar, pero cada vez se concentraba menos. Finalmente, después de una cena con banda sonora de burlas de su "comida para conejos", todo verde, Pedro le dejó tranquilo y Javier se fue a dormir.</p><p><em>(Continúa Paloma Caramelo.)</em><strong>Paloma Caramelo</strong></p><p>Debería haberme ido a dormir antes, piensa Rocío, la barrendera, cuando suena el despertador. Pega unos saltos torpes a la pata coja para ponerse los calcetines y los pantalones y va al baño. Se lava los dientes con agua caliente, el casero aún no se ha dignado a arreglar el grifo. Tiene que hacerlo rápido antes de que el agua empiece a quemar, aunque ya se ha acostumbrado. Después se toma un café de camino a la Central. Sin azúcar.  La voz de su madre diciéndole que debería beberse el café antes de lavarse los dientes le taladra la cabeza. Ella qué sabrá.</p><p>El primer autobús llega casi siempre puntual para recoger a los últimos borrachos y noctámbulos que llegan a casa de día. Saca un chicle de su mochila y se lo da a una chica rubia sentada delante de ella y que farfulla gritos a la amiga que tiene al lado: “Por tu culpa ahora mis padres me van a pillar. Habíamos comprado esos chicles para las dos y le has dado el último a ese chico, sólo porque era guapo y te lo ha pedido. Y ahora yo apesto a vodka. Me van a matar”. La chica coge el chicle que Rocío le ofrece y la abraza. Es verdad que apesta.</p><p>El conductor lo ve todo por el retrovisor y se ríe. Cuando las chicas se bajan y sólo queda ella en el autobús, le sugiere que se acerque a la parte delantera. Ella lo hace. Charlan. Él es muy agradable, tiene cara y formas de profesor de infantil.</p><p>Se baja en su parada. Maldito enero en Madrid, hace frío como para criar osos polares. Oye otra vez la voz de su madre: “Ay, hija, si tú supieras lo que es el frío no te quejarías tanto.  Cuando tu padre y yo vivíamos en...”. Cállate.</p><p>Llega a la Central y se viste de guerra: mono, escoba, botas para escalar la basura. Desde hace unas semanas tiene un compañero nuevo. Cada turno le da las buenas noches, que en este trabajo equivalen a los buenos días, le pasa el cubo y le hace una señal para que vaya delante de él. Las señoritas primero, dice. Rocío no sabe de qué señorita habla. Es un poco charlatán. A ella le marea y a veces piensa que no hay tanta diferencia entre su verborrea y la de los borrachos que se encuentra de vez en cuando por las calles. A su compañero se le va la fuerza de trabajo por la boca.</p><p>Cuando termina el turno, como siempre, vuelve a casa.</p><p>Los lunes son el peor día porque todo apesta a fin de semana. Los buenos propósitos de los ciudadanos se despiertan entonces, y con ellos la responsabilidad. Pero a ella le toca recoger todos los síntomas de su inconsciencia: las colillas y los cascos vacíos, malditos botellones. ¿Qué les cuesta recoger? O ponerlo en  bolsas. O en el contenedor.  Están por todas partes. Restos de cadáveres de la fiesta del día anterior. Los lunes no hay piedad. Rocío supone que tienen más ganas de morirse de cáncer o cirrosis en fin de semana, o fuman tres cigarros en vez de uno para contrarrestar el dolor de verle la cara a su jefe después de dos días de descanso. Incluso su compañero, el que le han asignado en primavera, fuma más los lunes. Como si librase los fines de semana.</p><p>Otra vez oye esa voz: “Hija, haz caso a tu madre, estudia algo, lo que sea, haz como tu hermano”.</p><p>Pero a ella le encanta su libertad.</p><p>El lunes pasado se fue a merendar con el conductor. Hacía tiempo que no merendaba con nadie,  no es muy usual, pero le gustó.  Quedaron en repetirlo al jueves siguiente, después del turno, por el centro. Está bien tener un amigo con el que conversar. A partir de entonces se sienta directamente en la parte delantera del autobús. Se pasa todo el recorrido hablando con él. No se había equivocado, es profesor de primaria. Tal y como están las cosas ahora es mejor ser conductor que profesor, le dice riendo.  Ella se ríe también y después se quedan en silencio durante un rato, los dos mirando hacia el frente hasta que ella le mira de reojo, él sigue sonriendo.</p><p>Ya son varios los días en que han quedado para merendar juntos. Él quiere pagar, ella se niega, pero aprovecha cuando va al baño para hacerlo. Rocío se enfada un poco pero le quita importancia después.</p><p>Al siguiente lunes el autobús hace como si se hubiera pasado la parada y la deja justo en la puerta de la Central, un poco más arriba de la calle. El conductor no dice nada. Le sonríe y le abre la puerta. Rocío coge el macuto y se despide por dos semanas:</p><p>—Me toca volver a casa de mis padres unos días. Nos vemos a la vuelta si sigo viva—. Se ríe y le choca la mano.</p><p>—Si vuelves viva lo celebraremos.</p><p>Llega a la Central y se va a cambiar. Su compañero está ya preparado y se ofrece a ayudarle con el macuto hacia el vestuario. No sabía que te ibas, le dice. No se lo había contado, ni ganas. Rocío se va a cambiar. Su compañero le guiña un ojo, menudo cretino. Cuando sale del vestuario le dice además que puede llevarla a la estación después del turno. Rocío le contesta que no hace falta.</p><p>—No seas tonta, mujer, deja que te lleve—. Y le vuelve a guiñar un ojo mientras le coge el macuto. Ella se lo arranca de las manos y lo mete en su taquilla.</p><p>Menos mal que tiene unos días de vacaciones. A ver si se olvida de ella y la deja en paz.</p><p><em>(Cierra Inés Herrero.)</em><strong>Inés Herrero</strong></p><p>Al siguiente lunes, la barrendera no apareció. Ni el que vino después. Cuando Javier volvía los domingos a casa, a veces con un par de cervezas en el cuerpo, a veces vacío, pero siempre solo, miraba casi con nostalgia las botellas que arañaban la acera. No, ya no las recogía, una vez incluso reventó una contra la farola, pero luego se arrepintió y juntó los pedazos en un montón. Como la hubieran trasladado de barrio ya se podía olvidar de todos sus planes, pero prefirió pensar en otra cosa, a lo mejor estaba enferma, sí, eso iba a ser, seguro que tarde o temprano aparecería.</p><p>Llevaba dos semanas sin verla. Ya no ponía el despertador y hundía la cara en la almohada. Sus compañeros ni siquiera se dieron cuenta, demasiado ocupados con el fútbol, las birras y las chicas. Las chicas. Alguna mañana, cuando Javier desayunaba, con ese aire melancólico de los viejos enamorados, antes de que los demás se levantaran, había alcanzado a ver a un par de ellas escabullirse de la habitación de Ismael. Esas nunca volvían.</p><p>Hasta que un lunes se despertó unos minutos antes de que sonara la alarma, saboreando la convicción de que ese día  iba a ser <em>el lunes</em>. No sabía por qué, pero se sentía más ligero, más alto, algo iba a cambiar. Era una corazonada. Se vistió sin prisa, con cuidado. Y esperó paciente a que ella apareciera por la calle bajo su ventana. Y sí, por fin la vio llegar, había vuelto. Venía acompañada, él y ella, barrendero y barrendera. Parecían felices. ¿Qué derecho tengo yo a meterme en medio? Pero no todo estaba perdido, empezó a percibir que algo había cambiado. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, en un desesperado intento por ver una oportunidad donde se había dado por vencido, pero no. Venían juntos, el barrendero y la barrendera, pero  ella iba delante, él detrás y al trote, para mantener su ritmo. Como un cachorro, siempre siguiendo su sombra. La barrendera ya ni siquiera le miraba. Y Javier veía cómo el otra alzaba la voz, y ella apretaba los puños, y Javier lo veía todo, pero no era capaz de cruzar esa puerta, por miedo, vergüenza y un deje de vaguería. Era verdad, su vista no le engañaba, ella iba más deprisa que de costumbre, una mueca de hastío cruzaba su cara. De repente vio cómo el barrendero se acercaba por detrás, demasiado, casi se echaba encima de ella y trató de rodear su cintura. Javier iba a retirar la mirada cuando la barrendera le apartó de un empujón. ¡Bien!, se dijo. El otro insistía, la cogía de la mano, trataba de cercarla. Ella se zafaba de sus caricias con fuerza.</p><p>¡Ya basta!, se dijo el chico desde su cuarto. Cogió las llaves y se precipitó escaleras abajo para terminar con la escena. Había llegado su momento. Los nervios goteaban por su cara, con la adrenalina de saltar a la acción. En su cabeza imaginaba la escena, hundiendo su puño en la cara de ese, el otro. Porque él era el protagonista, el primero, el héroe. ¿Cómo podía haber dudado? Ella era la única, no debía buscar más. Esto era el destino, o por lo menos algo parecido.  Según salía por el portal ya empezó a gritar:</p><p>—¡Eh, aléjate de ella!</p><p>—¿Y tú quién eres?</p><p>—¡El tío que te va a partir la boca!</p><p>Mientras ambos desplegaban toda su virilidad, lanzando insultos y puñetazos al aire, la barrendera miró el reloj, tiró la escoba al suelo, se desabrochó el mono, dejando ver unos vaqueros y una camiseta, lo metió en el fondo de su carrito de la basura, y se dirigió hacia ellos.</p><p>—¿Qué os habéis creído?— gritó, acerándose con los puños cerrados. Después, bajando el tono de voz y agachando la cabeza, soltó:</p><p>—No soporto a los machitos.</p><p>Javier y el barrendero se pararon y  se quedaron congelados por el eco de sus pasos al alejarse. No hubo héroe del cuento, ni príncipe, ni perdices para cenar. Y aquel lunes cambió todo, definitivamente, porque Javier nunca llegó a hablar con la barrendera.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 May 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carmen Peire | Ana Manso | Paloma Caramelo | Inés Herrero]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Siempre en lunes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Narrativa,Los diablos azules número 63]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Versos detestados]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/versos-detestados_1_1140305.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/03ba4029-1b52-4f64-853b-2772ef620973_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Versos detestados"></p><p><strong>El odio a la poesíaBen LernerTraducción de Elvira Herrera FontalbaAlpha DecayBarcelona2017</strong><em>El odio a la poesía</em></p><p>  </p><p>El poeta y novelista estadounidense <strong>Ben Lerner</strong> aborda en <a href="http://www.alphadecay.org/libro/el-odio-a-la-poesia/" target="_blank">El odio a la poesía</a> una constante: la respuesta extrema que produce el género. En menos de cien páginas Alpha Decay ha publicado con traducción de <strong>Elvira Herrera Fontalba</strong> las cavilaciones del joven poeta de Kansas.</p><p>Hay quien ama la poesía por encima de todas las cosas. Hay quien la detesta hasta lo indecible. Las acusaciones al género son varias, desde el infantilismo de su cultivo, la trascendencia que nunca se cumple, hasta el insultante culturalismo o la práctica del surrealismo que expulsa lectores a mansalva. Aunque las nombra todas ellas, el análisis de Lerner se remonta a una versión platónica de la poesía: la poesía como inefable, indecible expresión que resuena en el interior del poeta, incapaz por definición de exponerla a la tribu con toda su expresividad y contenido original. Como si existiese el poema que todo lo dice y todo lo expresa. Lerner achaca a esta búsqueda castigada con el fracaso el constante rechazo de lectores y críticos.</p><p><strong>Platón </strong>abominaba de la poesía porque los poetas proyectaban imaginación sobre donde debía haber verdad: así debía ser en la República, donde el lenguaje no corrompiera y se dedicase a la filosofía antes que a la irracionalidad. Ese ataque milenario a la poesía la promovió a la categoría de arma peligrosa, de grave impacto político. Quizá el propio ataque platónico tenía ese objetivo, la sacralización de la poesía antes que su entierro, tal y como se santifica a los mártires. A partir de entonces, dice Lerner, la poesía se puso a competir con la historia y la filosofía, como campos ajenos e irreconciliables. Parece que se refiriese a la literatura, a la ficción en general. Lerner atraviesa Renacimiento y Romanticismo para plantear como conclusión que la alternativa poética al enfermizo y materialista siglo XIX es un retorno a Platón, pues la custodia consiste en defender la débil sombra de la poesía –sombra de un poema mesiánico, que nunca llega—, consumida casi siempre por los malos poemas.</p><p>Para Lerner hay dos perfiles fundamentales que odian la poesía: aquellos que caen decepcionados por la falta de poder que a la poesía se le supone y aquellos otros que la detestan por su aire mistérico y porque no pueden comprender qué quiere decir el poema. Los poetas, incluso, admiran a otros poetas que dejaron de escribir poesía, hastiados o convencidos de que no hubiese mejor poema que el silencio. Difícilmente los novelistas admirarían al que dejó de escribir novela, pues no se puede admirar el lucro intelectual cesante. Los poetas leen a los poetas y los lectores de poesía quisieran escribir poemas. No todos los espectadores de cine quisieran rodar películas. Pero casi todos aquellos que escribieron poesía, o que siguen haciéndolo –inconfesablemente— esperan que algún día sus versos queden grabados en algún libro, en una revista, aunque sean cuatro versos y medio. Aunque detesten la poesía.</p><p>Sin embargo, a pesar de su sugestivo título <em>El odio a la poesía</em> solo se puede leer desde el conocimiento de la obra poética en lengua inglesa. No es para menos. No se puede argumentar la filia y la fobia poética sin descender al objeto. Desde la búsqueda del himno litúrgico y definitivo de <strong>Whitman </strong>al descubrimiento de malos –muy malos— poetas como el escocés <strong>McGonagall</strong>, desde el empeño genuino de <strong>Dickinson </strong>y <strong>Keats </strong>a recientes voces como <strong>Rankine</strong>, Lerner deambula por la poesía angloestadounidense en busca del concepto “genuino” de la poesía. No aclara qué es genuino, pero creo que no es su objetivo. Desfilan por sus páginas versos, bandazos de vanguardias, reflexiones sobre el significado de la vírgula, razonamientos sobre medida de versos y complicaciones de rima, discursos sobre igualdad social y poesía.</p><p><em>El odio a la poesía</em> merecería su versión hispánica, porque el lector emerge del breve ensayo con la sensación de que ese odio no se sustenta en los poemas fracasados que buscan el poema original, ni en las consecuencias de la poética clásica griega. Ni siquiera puede interpretarse en el aire irónico que la búsqueda de lo genuino destila. Creo que hay abismos culturales entre la poesía hispánica y la escrita en lengua inglesa que dificultan hacer una traducción cultural adecuada. El esfuerzo de la editorial y los traductores no consiguen interpretar un discurso que quizá tiene mucho sentido en la filología inglesa y en la realidad literaria estadounidense –incluso conforme a su historia y política reciente— pero cuyos argumentos palidecen en el sentido hispánico de la poesía. No sé si para mejor o para peor, solo obtengo la sensación de que sería distinto.</p><p><em>*Alfonso Salazar es escritor.</em><strong>Alfonso Salazar</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 May 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alfonso Salazar]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Versos detestados]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo,Literatura,Poesía,Poetas,Los diablos azules número 63]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Un viaje a la negrura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/viaje-negrura_1_1140301.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6c6b98fc-786c-40f7-b398-bb6c4df6429c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un viaje a la negrura"></p><p><strong>Bajo los montes de KolimaLionel DavidsonTraducción de Mª Cristina Martín SanzSalamandraBarcelona2016</strong><em>Bajo los montes de Kolima</em></p><p>  </p><p>Sería presuntuoso asemejar <a href="http://salamandra.info/libro/montes-kolima" target="_blank"><em>Bajo los montes de Kolima</em></a> a <em>La Odisea</em> de <strong>Homero</strong>. La “semilla inmortal” del viaje –<a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/argumentos/la-semilla-inmortal/9788433905482/A_198" target="_blank">como llamaron Jordi Balló y Xavier Pérez</a> a ese manojo de argumentos que se repiten de forma recurrente en la literatura— es también el principal motivo de su trama. De ahí una comparación que parece inapropiada pero que tiene más de sentido común que de exageración una vez te vas internando en la acción. Porque por encima del anunciado suspense, que no se precipita desde su primera página sino que va desplegándose en cada línea de las 540 restantes, están los avatares de sus protagonistas, la profundidad en el retrato a base de frases libres de adornos y la conversión de un <em>thriller </em>en una mezcla de <em>western </em>gélido y aventura.</p><p>Esto lo consigue <a href="http://salamandra.info/autor/davidson-0" target="_blank">Lionel Davidson</a>, escritor inglés (Yorkshire, 1922-Londres, 2009) curtido en el reporterismo y al que se le suele enmarcar en la novela de espías, en la tradición de <strong>John Le Carré</strong>, con quien se le agrupa o compara. <em>Bajo los montes de Kolima</em> apareció en 1994 y hasta hace unos meses no llegó la edición en castellano (gracias a <a href="http://salamandra.info/catalogo/filtrado?imprint=1085" target="_blank">la colección negra de Salamandra</a>). En su día ya supuso la culminación de una trayectoria que contaba con ocho libros previos (y alguno juvenil bajo el pseudónimo de <strong>David Line</strong>) y con <a href="https://thecwa.co.uk/the-daggers/categories/gold/" target="_blank">el premio Gold Dagger</a>, de la Crime Writers’ Association, recibido en tres ocasiones.</p><p>¿Qué propone? Siguiendo los cánones del género, la novela nos presenta a varios personajes con una misión. Un par de científicos, una ayudante o una doctora se mezclan con marineros, transeúntes y la fauna de una geografía inhóspita. Entre las coordenadas de la Columbia Británica y Siberia emerge Johnny Porter, el Ulises de <em>Bajo los montes de Kolima</em>, que se mueve en el tiempo y en el espacio como alguien supraterrenal. Además, responde a una especie de superhéroe: es cautivador, habla veinte lenguas (con sus respectivos acentos) y puede desarrollar destrezas de patrón de carguero o de conductor de camiones en la estepa.</p><p>Soporta Porter en sus múltiples identidades el peso de la historia, que comienza con la búsqueda de una base científica secreta donde parecen experimentar con unas curiosas criaturas (no es ninguna revelación improcedente: hablamos de los primeros capítulos) y va avanzando entre saltos por continentes, romances o momentos de tensión hasta el final. En todo este recorrido hay pasaportes falsos, cartas con mensajes que descifrar o cruces bruscos con la persona menos indicada: todo el arsenal de una intriga clásica. Y, de esta forma, el desenlace no se espera como la solución a una serie de incógnitas sino como el fin natural de una larga marcha. Algo más orgánico que la estructura del ‘quién lo ha hecho’ de otros autores de género.</p><p>Olvidado habitualmente en las listas de clásicos, Davidson llega aquí a las más altas cotas de la narrativa, saltando un peldaño por encima de la concepción más sencilla de la negrura. Su estilo no admite florituras ni descripciones detalladas físicas o psicológicas: le basta con injertar músculo verbal en cada párrafo para que sepamos cómo son las sensaciones que atraviesa cada actor. Algún apunte solitario sobre el pasado ayuda a redondear la biografía de sus agentes. Poco más. El único daño que puede sufrir <em>Bajo los montes de Kolima</em> es la invasión de este tipo de relatos en el cine, con <a href="http://www.imdb.com/title/tt4196776/" target="_blank">la saga de Jason Bourne</a> a la cabeza. Puede que esa primacía de lo audiovisual merme la magia que supone leer —en un lenguaje sobrio, sereno, que te mece de un lado a otro— los lances pirotécnicos o la tensión del aliento enemigo en la espalda. Nada resta su categoría de novela mayúscula, total. Más próxima, eso sí, al <em>noir </em>histórico de <a href="http://dennislehane.com/" target="_blank">Dennis Lehane</a> en <em>Cualquier otro día</em> que a los detectives de posguerra o las andanzas nórdicas actuales, a pesar de la analogía del paisaje.   </p><p><em>*Alberto G. Palomo es periodista y colaborador de </em><strong>Alberto G. Palomo</strong>tintaLibre<em>. </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 May 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <title><![CDATA[Vila-Matas y sus pasatiempos...]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/vila-matas-pasatiempos_1_1140292.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cac05da3-7b62-40b7-bd2a-a28a82de010c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Vila-Matas y sus pasatiempos..."></p><p><strong>Mac y su contratiempoEnrique Vila-MatasSeix BarralBarcelona2017</strong><em>Mac y su contratiempo</em></p><p>  </p><p>No se me ocurre una manera más apropiada de empezar la reseña de un libro de <strong>Vila-Matas </strong>que con una cita de <strong>Joyce</strong>, recordada recientemente por la novelista irlandesa <strong>Edna O'Brien</strong>, quien apunta que toda ficción es una autobiografía fantaseada. El caso es que en esta nueva obra, un hombre en la edad madura, con más de sesenta años, tras haber fingido ganarse la vida en una inmobiliaria, es despedido del bufete de abogados en que trabaja. Adopta, entonces, el nombre de Mac Vives Vehins y empieza a llevar un diario para ir aprendiendo a escribir y quizá convertirse un día en narrador. Así, decide reelaborar uno de los primeros libros de su vecino y autor de éxito, Ander Sánchez, titulado <em>Mac y su contratiempo</em>, que este considera fallido. Dicho texto tiene su equivalente en <em>Una casa para siempre</em> (1988), del mismo Vila-Matas, quien utiliza este procedimiento oblicuo para reconsiderar su obra anterior. Y, por cierto, fue muy ponderada en su momento por <strong>Roberto Bolaño</strong>, autor que campea por estas páginas. El caso es que el nuevo Mac se muestra obsesionado con su vecino, pues incluso está convencido de que es el amante de Carmen, su mujer.</p><p>Lo que se cuenta, en suma, es la relectura que Mac lleva a cabo, tras declararse una y otra vez lector empedernido (pág. 14, 24, 53), a pesar de lo cual no se nos ahorran repeticiones, algún vulgarismo y numerosos catalanismos. Enamorado de las formas breves, de los diez relatos que componen el añejo libro de Sánchez, cada uno de ellos remedo de un clásico del género (<strong>Cheever</strong>, <strong>Djuna Barnes</strong>, <strong>Hemingway</strong>, <strong>Jean Rhys</strong>, <strong>Carver</strong>...), Mac glosa, aunque de forma prolija, y tediosa, las posibilidades de reescritura, aunque esta nunca se lleve a cabo, quedándose en la mera enunciación. Pues a lo que aspira, al fin y a la postre, es a dejar una obra que parezca inacababa, a la manera de <em>53 días</em>, de <strong>Perec</strong>. En suma, Vila-Matas publica un libro que glosa otro ficticio, de un tal Ander Sánchez, que a su vez nos remite a una antigua obra suya, aunque el objetivo del narrador sea en realidad remedar el último libro del citado escritor francés. Es decir, nos sirve tres tazas de caldo <strong>Borges</strong>, y la última con colmo.</p><p>Esa negación de la estricta originalidad, con el consiguiente elogio de la repetición (¿por qué no llamarla recreación?) y la correspondiente variación, está en la poética del autor, aunque me temo que tanto Borges como Perec empiecen a ser vacas demasiado ordeñadas. No en vano, se trata de juegos que funcionan una vez, pero que cuando se repiten tanto, acaban desactivándose. Lo malo es que, a veces, las elucubraciones de Mac nos hagan pensar en obras recientes de <strong>Eduardo Lago</strong> y <strong>Fernández Mallo</strong> (no sé si es necesario aclarar que el primero, como narrador, está a años luz del segundo), quienes se han dedicado, a falta de empeños más sugestivos, a tratar con obras de <strong>Nabokov</strong> o Borges, respectivamente.</p><p>Los hechos transcurren en el barrio actual del autor, situado a la derecha del Ensanche barcelonés (entre la actual plaza Macià, la Diagonal y la Rambla de Cataluña), que él decide llamar barrio del Coyote, porque allí vivió el popular escritor <strong>José Mallorquí</strong>, cuyo domicilio ocupa en la actualidad Ander Sánchez. Así, el espacio, o los comercios que frecuenta el narrador protagonista son todo lo reales que puedan llegar a ser en la literatura.</p><p>La estructura, la propia de un diario, con sus correspondientes entradas sin fechar, le proporciona a Vila-Matas una gran libertad y le permite traer a colación todo lo que se le ocurre (dispararse en mil direcciones, que diría él), bien se trate de las increpaciones de la voz de un muerto, bien de las reflexiones sobre las obras de <strong>Hawthorne</strong> (el motivo de “Wakefield“ al que se alude lo han utilizado antes <strong>Luis Mateo Díez </strong>y <strong>Javier Marías</strong>), <strong>Duchamp</strong>, <strong>Macedonio Fernández</strong> —aunque dudo que el autor argentino haya sido el Duchamp de la literatura, ni mucho menos, como aquí se afirma, pues su incidencia ha resultado mucho menor—, <strong>Malamud</strong>, <strong>David Foster Wallace, Alejandro Zambra</strong> o <strong>Samanta Schweblin</strong>.</p><p>A estas alturas, los lectores familiarizados con la obra de Vila-Matas no podrán dejar de sospechar que aunque el narrador sea el tal Mac, tanto este como Ander Sánchez guarden no poco del autor, de sus características, aunque estrictamente ninguno de los dos sea Vila-Matas, como suele ser habitual en las ficciones. Forzando la interpretación y quizá la intención del autor, podría recordarse que <em>Vehins</em> suena en catalán (<em>veïns</em>) igual que <em>vecinos, </em>mientras que <em>andere</em> significa <em>otro</em> en alemán.         </p><p>Pero, ¿de qué se trata, de ficción, de realidad; es una obra narrativa, un diario, acaso un ensayo? Vila-Matas disfruta transitando por estos jardines, que deben hacer las delicias de los aficionados a semejantes vericuetos de la escritura, pero cuyos mecanismos, al reiterarse en demasía, empalagan. Asimismo, cansa el abuso de las citas, pues ahogan la narración, e incluso el ensayo, en lo que pudiera tener el libro de tal. Me temo, sin embargo, que al lector de a pie, el que lee por puro placer, para emocionarse o acabar perturbado, ese lector un poco menos sofisticado, todo esto debe de sonarle a música celestial, y ni la aparición de mendigos le va a parecer un rasgo de compromiso social por parte del autor, ni quizá tampoco consiga apreciar el humor absurdo que se nos administra en dosis homeopáticas. Pero, es que, además, el abogado en paro resulta excesivamente redicho, poco verosímil, un mirlo blanco, si nos atenemos a los múltiples saberes literarios que despliega, por muy fanático lector que se declare. Así, tengo la impresión de que el autor, en uno de sus enmascaramientos llevado a cabo con menos pericia, ha anulado al personaje y narrador protagonista, de modo que la voz nos suena a Vila-Matas, más que a Mac. Sí llamaría la atención, en cambio, sobre algunas historias intercaladas, como el episodio de la cotorra argentina o la antigua leyenda jasídica (pág. 103-105, 172 y 173). Y destacaría también las preguntas que se hace Mac sobre el libro de Sánchez, puesto que son las mismas que debería formularse todo lector interesado en la obra de Vila-Matas.</p><p>Tampoco escasean los componentes metaliterarios. El narrador lo presenta en las primeras páginas como un diario de aprendizaje, secreto; aunque si lo primero se cumple, no ocurre así con lo segundo. En cambio, en la contrasolapa del volumen se define el libro como una “asombrosa novela que se disfraza de divertidísimo diario“, lo que es mucho decir, no solo por los desmesurados adjetivos, sino también por el barajar de los géneros, que la postmodernidad, o donde estemos ahora (a ver qué nos dictan las universidades americanas, para ir tras ellas sin rechistar), ha caracterizado de híbridos, como si semejante condición, o siquiera su tratamiento, fuera algo novedoso y en sí mismo añadiera algún valor extra a la obra. La cuestión, al fin y a la postre, es cómo se lee el libro. Creo que, en esencia, como un diario.</p><p>Con el tiempo, Vila-Matas ha acabado convirtiéndose en un saltamontes, logrando hacer de la necesidad virtud, pues ha conseguido sacarle partido a sus habilidades como narrador, ya que como ensayista propiamente dicho no parece que tenga mucho nuevo que decir; pero sí —con variaciones— que repetir. Desde el punto de vista teórico, sus afirmaciones a menudo resultan sugestivas, aunque no siempre funcionen en la práctica, como podemos observar en sus propios libros. Las reflexiones sobre los tres géneros que aquí tienen una presencia mayor: la novela (con disquisiciones sobre el <em>Nouveau Roman</em>), el cuento y el diario, no creo que añadan nada a lo consabido.</p><p>Si el reto consistía en reiventar un antiguo libro, los resultados no parecen precisamente halagüeños, pues el empeño en ello denota un cierto agotamiento creativo que acaba quedándose en un mero juego intelectual. Pero ya que andamos en el mundo de las apropiaciones y repeticiones, acaso la mejor manera de concluir sea recordando una frase del pintor <strong>Braque</strong>: "En arte solo es válido un argumento, el que no puede explicarse". Y así ocurre en esta ocasión, pues si algo sigue siendo valioso hoy en el desbordado territorio de las artes, de la literatura, es que la obra aparezca electrificada por un cierto <em>contratiempo</em>. No parece que sea el caso que ahora nos ocupa, pues todo este manierismo sitúa a Vila-Matas en el complaciente terreno del pasatiempo.</p><p><em>*Fernando Valls es crítico y profesor de Literatura.</em><strong>Fernando Valls</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 May 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Vila-Matas y sus pasatiempos...]]></media:title>
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      <title><![CDATA[De Madrid al cielo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/madrid-cielo_1_1140270.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cd58126e-295b-4b6a-bf97-98b3b8028cd9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De Madrid al cielo"></p><p><em>Presentamos un capítulo del libro</em><a href="http://tienda.efeeme.com/libros-efe-eme/714-julio-valdeon-sabina-sol-y-sombra.html" target="_blank"> Sabina. Sol y sombra</a><em>, un retrato del músico de Úbeda a caballo entre el ensayo y la biografía, construido a partir del testimonio de más de cuarenta de sus amigos y colaboradores, y publicado por la editorial Efe Eme.</em></p><p>________________________</p><p>Aunque <em>Juez y parte</em> confirma que <strong>Joaquín Sabina </strong>está para quedarse, las grandes ventas no llegan hasta 1986, cuando publica <em>Joaquín Sabina y Viceversa: En directo</em>. En aquel momento grabar un álbum en directo tenía algo de consagratorio a la vez que servía de trampolín. Era la prueba de que habías llegado. La señal de que tu disquera estaba dispuesta a respaldarte mientras hacía caja. La confirmación de que disponías de un repertorio suficiente como para decantar lo mejor y empaquetarlo en un resumen que fijara tu estado de forma. Pero, en paralelo, era una herramienta de <em>marketing</em> para intentar conquistar nuevas audiencias y el mejor resorte para impulsar una carrera.</p><p>  </p><p>Los elegidos, aquellos que podían permitirse el directo de rigor, seguían así la tradición anglosajona, que a partir de los años setenta explotó las posibilidades comerciales del subgénero. Un artefacto que en los ochenta alcanza categoría de monstruo comercial. Antes de que lo hiciera Sabina otros grupos y solistas españoles ya habían registrado en el magnetofón su arte sobre las tablas en esa década. Ahí está, en primerísimo lugar, el <em>Rock & Ríos</em>, de<strong> Miguel Ríos</strong>, de 1982. Un fenómeno que trascendió lo musical y, de alguna forma, puso banda sonora a un tiempo nuevo. <strong>Felipe González</strong> había ganado las elecciones, España vibraba con la libertad recién conquistada, Madrid era una fiesta y Miguel Ríos, nuestro <strong>Chuck Berry</strong>, encaraba la década explicando a niños y adultos cómo se lo hacían sobre las tablas los dioses del rock. Por cierto, que allí, con Ríos, toca <strong>Antonio García de Diego</strong>, muy pronto reclutado para el equipo y, andando el tiempo, pieza indispensable en ese grupo a tres que responde por el nombre de Joaquín Sabina. «Teníamos tan estudiado <em>Rock & Ríos</em>…», rememora <strong>Pancho Varona</strong>, «se oía tanto en todas las plazas y en todos los pueblos, que toda España se lo sabía de memoria. Era tal el éxito de <em>Rock & Ríos</em> que aunque no lo compraras y aunque no lo tuvieras en tu casa, te lo sabías de memoria, toda España se lo sabía de memoria. Era el álbum de referencia, y es un grandísimo disco. Yo no he visto en mi vida un éxito igual».</p><p>Ilegales, <strong>Ramoncín</strong>, Barón Rojo… El rock español, en todas sus variantes, alcanzaba la mayoría de edad y un puñado de directos aterrizó en los escaparates para refrendarlo. Otro antecedente crucial es <em>Entre amigos</em>, de <strong>Luis Eduardo Aute</strong>, que en 1983 graba durante dos noches su correspondiente <em>live</em> en el teatro Salamanca de Madrid acompañado por <strong>Joan Manuel Serrat</strong>, <strong>Silvio Rodríguez, Pablo Milanés </strong>o <strong>Teddy Bautista</strong>. De la experiencia de Aute, Sabina importará la idea de traer a unos cuantos invitados, aunque aquí su papel sea más secundario. Asunto distinto es la intención musical. Sabina busca no tanto hacer memoria de lo vivido y cantado como de fijar, de una maldita vez, las canciones con el sonido y los arreglos que merecerían haber tenido en las pistas originales. La idea del cantautor eléctrico, del rockero poeta, está más presente que nunca. La apuesta de <em>Juez y parte</em>, el primer disco que reconoce como propio al cien por cien en cuanto al trabajo en el estudio, se multiplica. Ayudan unos Viceversa espléndidos. Estas líneas del crítico de <em>El País</em>, <strong>Antonio Gómez</strong>, publicadas el 17 de febrero de 1986, aclaran las intenciones: «Joaquín Sabina y Viceversa es algo más que un cantante con un grupo de acompañamiento; es un todo único e indisoluble que se ha cohesionado a la perfección. Viceversa suena con la solidez de los mejores grupos y tienen plena ocasión de demostrarlo al servicio de unas canciones construidas con minuciosidad e inteligencia. La incorporación de <strong>Marcos Mantero</strong> a los teclados, un músico veterano, contribuye de manera importante en el resultado final de un sonido compacto y sin fisuras». Para grabar el disco hicieron dos conciertos en dos días. Al decir de quienes asistieron, el segundo, con menos parafernalia y estrellas, pero más rodado, fue mejor, más compacto.</p><p>Circula por Internet un texto mecanografiado, escrito por Joaquín Sabina, con la escaleta del futuro concierto. Un borrador previo a lo que finalmente apareció en el doble disco, colgado en su web por <strong>Manolo Rodríguez</strong>, entonces guitarrista de Viceversa y hoy, tras una travesía del desierto, reputado músico de sesión e ingeniero de sonido. Recuerden que el concierto no aspiraba solo a fructificar en un disco: TVE daría un especial. Disponer de una o dos horas en televisión multiplicaba tu visibilidad hasta extremos inimaginables en la era minifundista del blog, Twitter, iTunes y Spotify. Consciente de lo que se jugaba, Sabina describe o adelanta, canción por canción, lo que sucederá en el escenario. Qué espera de los técnicos de sonido. Cuándo y dónde deben subrayar con sus focos determinada canción los expertos en luminotecnia. Este humilde papel, conservado de forma azarosa, explica inmejorablemente el cuidado que Sabina ponía en su oficio. La calculada disposición de cada tema y cada invitado, cada golpe de efecto y cada broma, no impide el quiebro, el arrebato. Todo está pensado con vistas a alcanzar un nirvana escénico donde la mezcla de improvisación y locura galvanicen al público.</p><p>Conviene aclarar un malentendido: abunda la idea de que la verdad del rock, el momento de morir o matar, reside en el directo. En realidad, y desde que se consagró el formato del disco de larga duración en los años sesenta, el legado definitivo de los artistas de rock y aledaños está en el estudio. O estaba, hasta que llegó el vendaval de la piratería y, con ella, el hundimiento de buena parte de la industria. Incluso hoy, en pleno terremoto, un artista son sus discos como un cineasta sus películas y un escritor sus libros. Sus poderes. Su canon. Pero en el caso de Sabina, las obras editadas, <em>Malas compañías</em> y <em>Ruleta rusa</em>, e incluso <em>Juez y parte</em>, no hacían justicia a sus propósitos. Zarandeados por los productores, los discos caían en todos los vicios ochenteros, incompatibles con una estética tan alejada del artificio. Con el concierto del teatro Salamanca Sabina consolida el cambio de piel. Presenta al rockero con inclinaciones omnívoras, del folk al pop, del cabaret al <em>rockabilly</em>. Va más allá de la imagen cáustica, para iniciados, de La Mandrágora. Registra sus canciones con el <em>punch</em> que nunca tuvieron en las cintas originales.</p><p>Para mezclar el audio «nos quedamos en Eurosonic», dice Varona, «donde también teníamos muchos problemas, porque queríamos contratar a <strong>Juan Vinader</strong>, y no pudo. Juan era el jefe de Eurosonic, el ingeniero de sonido estrella. Nos lo mezcló <strong>Luis Villera</strong>, y al final muy bien, pero entramos al estudio con un poco de miedo, a ver cómo salía. Era la primera vez que nosotros íbamos a mezclar algo en directo… no teníamos tiempo de nada, pero Joaquín decía, “bueno, con <em>Juez</em><em> y parte</em> ha estado bien, pero lo podíamos haber hecho nosotros, y <em>Ruleta rusa </em>no estuvo mal, pero lo podíamos haber hecho nosotros, pues esto que ya está grabado, vamos a hacerlo nosotros. ¡Hagámoslo!”». «Tuvimos la suerte de dar con un buen técnico de sonido», añade, «y de estar bien aconsejados. Es la primera vez que nos ponemos delante de una mesa de sonido. Joaquín tenía esa postura de que para que nos lo haga mal un profesional, pues lo hacemos mal nosotros, que somos unos aficionados, ¿no? Y por lo menos el resultado final era lo que queríamos, con lo malo y con lo bueno. Tuvimos suerte y no salió mal, salió bien, y ahí ya nos embalamos y dijimos: a partir de ahora produzcamos nosotros, porque podemos hacerlo. En <em>Juez y parte</em> <strong>Jesús Gómez</strong> nos puso arreglos con maquinita, por ejemplo en “Rebajas de enero”. Esas piezas que mete de máquina queríamos olvidarlas y dejar atrás los arreglos maquineros. Ese disco en directo nos dio la oportunidad de hacer las canciones como nosotros queríamos, mucho más cerca del sonido de Viceversa que del sonido de Jesús Gómez, por supuesto».</p><p>Sabina podría haberse retirado entonces y solo con este directo tendría garantizado un lugar prominente en la historia. Quién, con apenas cuatro discos, cinco si contamos <em>La Mandrágora</em>, disponía de un cancionero semejante: “Princesa”, “Cuando era más joven”, “Calle Melancolía”, “Hay mujeres”, “Caballo de cartón”, “Rebajas de enero”, “Pongamos que hablo de Madrid”, “El joven aprendiz de pintor”…</p><p>Después de una introducción demoledora con “Ocupen su localidad”, tres puñales: “Cuando era más joven”, “Princesa” y “Hay mujeres”, en devastadora sucesión. La tercera, recién estrenada, deja algunos de los mejores versos escritos por Sabina hasta entonces. Un amenazador despliegue firmado a medias con el maestro <strong>Armando Llamado</strong>, pseudónimo de <strong>Ricardo Solfa</strong>, pseudónimo de <strong>Sisa</strong>, o sea, <strong>Jaume Sisa</strong>. Armando/Sisa, en la piel de heterónimo Solfa, que no debutará en disco hasta un año después con el <em>vintage</em> y melodramático <em>Carta a la novia</em>, acompaña a Joaquín en escena. Sabina, en 1988, le devuelve el favor regalándole la fantástica “Como un explorador”, que luego revisaría él mismo en <em>Esta boca es mía</em>.</p><p>“Hay mujeres”, verso a verso, es pura metralla:</p><p>  </p><p>“Zumo de neón”, otra novedad, recorre los paisajes de la ciudad nocturna, del esplendor previo al desastre tras la batalla. Transita del arrebato inicial —«De pronto alguna tarde / te pasan calidad y de repente / los bulevares arden, / la piel recibe un telegrama urgente»— a las conclusiones desesperanzadas: «La noche se derrama / sin dejarme chupar su caramelo». Más adelante:</p><p>  </p><p>La canción le trajo un enfrentamiento con <strong>Antonio Falcón</strong>, comisionado en Andalucía para la Droga, que en la apertura del centro Provincial de Drogodependencia de Andalucía declaraba que «la cocaína tiene una imagen que contribuyen a dársela cantantes como Ramoncín y Joaquín Sabina, que están promocionando esta droga de forma irresponsable». Sabina, en comunicación telefónica con <em>El País</em>, respondió que las declaraciones de Falcón eran «demenciales». «Ni Ramoncín ni yo promocionamos nada de eso», dijo, para recordar que la cocaína solo aparecía de forma explicita en «“Zumo de neón”, en que digo “los jefes de coca, los curros de tinto y aspirina” (...) Los cantantes no promovemos nada. Sucede, sin embargo, que es una canción humorística y los estamentos oficiales carecen de sentido del humor». Lo mejor de todo es que Ramoncín, que amenazó con acudir a los tribunales, era completamente abstemio. Siglos después, cuando Sabina ya había dejado la coca, le comentó a <strong>Jesús Quintero</strong> que gracias a su sinceridad, a que nunca había escondido sus hábitos, posiblemente ayudó «a forjar mi propia caricatura; colaboré, como decía alguna vez <strong>Antoñete</strong>, en el sentido de que nunca me escondí y en que es verdad que vivía de noche, es verdad que iba de putas, es verdad que los borrachos eran una maravillosa compañía. Todo eso es verdad. Y es verdad que frecuentaba los baños de los <em>after</em><em> hours</em>, y no para mear. Todo eso es verdad. Pero, al no esconderlo y estar ahí, parecía que era una especie de autopublicidad canalla, de no se sabe qué vida romántica, absurda y trasnochada. Bueno, llevo tres años tratando de destruir ese tópico. No sé si lo voy a conseguir, pero estoy muy aburrido». Esto fue en 2002. Dos años antes, en el 2000, le dijo a <strong>Carlos Boyero:</strong> «Yo tengo muy claro eso de Jesucristo y de los curas de “Odia el pecado y compadece al pecador”. Yo amo el alcohol y las drogas pero detesto a los drogadictos y a los borrachos. Las drogas, unas sí y otras no, están ahí para ser usadas. Lo que no pueden es crear la creatividad. Ahora bien, una copita, un canutito y una rayita te ponen en un estado mucho mejor para escribir. Antes, otra gente lo hacía con absenta o con opio. Los artistas, estoy de acuerdo en lo que me decías antes de que los biempensantes eligen a malditos porque así ellos se sienten a salvo. Y no me parece mal. Pero lo que no seremos nunca es un modelo de <em>jogging</em> o de salud o de sensatez, pero a cambio compensamos dándole a la gente ese gramo de locura que falta hace. <strong>Jim Morrison</strong>, al que amamos los dos, canta mejor después de morirse, y a <strong>Dylan</strong>, a <strong>Jagger</strong>, a <strong>Cohen</strong>, a <strong>Lou Reed</strong>, se les reprocha que no se hayan muerto».</p><p>Regresando a la canción inédita incluida en el doble elepé en directo, “Zumo de neón” confirma que Sabina estaba escribiendo con una concreción, una exactitud y una precisión arrebatadoras. Viceversa no le iba a la zaga: en <em>Más de cien verdades</em>, el libro de Pancho Varona, el compositor explica que sacaron la música en un instante. «Un día llegó Joaquín al local de ensayo con una letra que empezaba “De pronto alguna tarde, te pasan calidad y de repente…”, y enseguida tuvimos la melodía».</p><p>Tras ella, arriba otra sorpresa: “Tratado de impaciencia N°11”, es decir, una canción de <em>Inventario</em>. La única que Sabina recupera de aquella primera experiencia discográfica, y que vestida con delicados arreglos jazzísticos cobraba nueva vida, encajando perfectamente en el repertorio.</p><p>Después del desmadre de “Qué demasiao” y la reivindicación de la libertad sexual en “Juana la Loca”, el segundo vinilo entrega una de las dos canciones, tres con “Princesa”, que lo habían consolidado como una voz excepcional, “Calle Melancolía”. Luego, turno para la cariñosa parodia y/o homenaje con “Pongamos que hablo de Joaquín” a cargo de <strong>Luis Eduardo Aute</strong>, y después “Caballo de cartón” o la neblinosa cortina de vapor tóxico con la que cantaba a las rutinas de su chica.</p><p>Y llega “Cuervo Ingenuo”, de <strong>Javier Krahe</strong>, con el propio Krahe sobre las tablas, una enmienda a la postura del PSOE y Felipe González en relación a la OTAN. Aunque en 2017 cueste imaginar a España fuera de la Alianza Atlántica, no conviene subestimar la profunda decepción que provocó entonces el giro de González; tampoco las consecuencias que la canción tuvo para Krahe. Antes de que Krahe y Sabina arrancaran, las cámaras de TVE dejaron de grabar. Krahe aseguraba que a raíz de “Cuervo ingenio” incluso entró en una lista negra que cortaría de cuajo sus posibilidades de trabajo. Apestado en los ayuntamientos gobernados por el PSOE, justo en los años de las vacas gordas y los grandes presupuestos de cultura, su proyección comercial habría quedado muy resentida. En España, al heredero de <strong>Georges Brassens</strong>, al gran sardónico, al moscardón ácrata y quevedesco, lo fusiló por lo civil una izquierda cainita.</p><p>Pancho Varona recuerda que «Apagaron las cámaras, todas, menos la general, la que está detrás del todo [de ahí que circule una grabación en Youtube]. Joaquín hizo el especial de TVE, sin la canción de Krahe, porque habían apagado las cámaras y el material, con la que dejaron grabando, no vale, pero eso sí, incluyó la canción en el disco. Yo creo que Joaquín podría haberse negado a que saliera sin lo de Krahe en la tele, pero era terrible que eso pasara. Imagina lo que suponía, en un país con dos cadenas de televisión, emitir un especial de Joaquín Sabina en el teatro Salamanca un sábado por la noche, que lo veían diez millones de personas. Hablo de memoria, pero da la impresión de que Joaquín pudo decir, “si no está Krahe, si se censura a Krahe, esto no sale”, pero también lo que creo es que dijo algo así como, “no puede salir porque no está grabado, así que, bueno, que salga aunque sea sin Krahe”. Otra cosa es que lo hubieran grabado en condiciones, porque entonces no hubiera dado permiso para que lo emitieran sin Krahe. Tampoco creo que tuviera tanta repercusión. Ni siquiera Krahe le dio importancia nunca, y Joaquín y él siguieron siendo amigos siempre, sin problemas. Krahe siempre tuvo su circuito, desde que lo conocí hace treinta y cuatro años hasta que murió, siempre fue por un circuito diferente, que es lo que él quería, y dudo que le perjudicara. De hecho imagino que, incluso, aquello agrandaba un poco su leyenda. Sí me parece que Felipe González debió de enfadarse mucho. La canción era estupenda y entrañable... Javier era un tipo maravilloso, muy querido, y su desaparición fue un palo terrible, nadie se lo esperaba».</p><p>«Hombre blanco hablar con lengua de serpiente», cantaban Krahe y Sabina, ataviados con unas plumas y acompañándose con la guitarra del segundo y unos mandragorianos kazoos: «Cuervo Ingenuo no fumar la pipa de la paz con tú, / ¡Por Manitú!».</p><p>En 2004, en una entrevista para el fanzine <em>Desakordes</em>, luego recuperada por <em>Diagonal</em>, <strong>Rubén Burén</strong> le preguntó a Krahe por “Cuervo Ingenuo”: «Esa canción la empecé a escribir cuando gobernaba <strong>Calvo-Sotelo</strong>, se hablaba mucho de las crisis de energía. Tenía un par de estrofas, algo así como: “...yo nadar en agua fría, tú nadar agua caliente...”. Cuando Sabina me invitó a cantar, en la grabación de su disco con Viceversa, yo le dije que no me apetecía mucho, precisamente por lo grande del evento. Él me dijo: “No seas maricón (que es algo que dice mucho) haz una canción con kazoo y guitarra, que yo te acompaño”. Me puse entonces a mirar mi cuaderno y encontré lo del cuervo, me dije: “Esto lo voy a aprovechar”. Lo primero que añadí fue lo de la OTAN, en esa época todo el mundo hablaba de ello, había mucha presión y tenía que mojarme. Luego de las comisarías, ya podían haber acabado con eso y no solamente no acabaron sino que permitían tenerte encerrado hasta diez días. Y, por último, lo de los aviones que habían comprado a los americanos, esos tan baratos. Fui a liarla. Yo sabía que tenía en las manos algo fuerte, muy fuerte. La canción la estrené en un instituto de la sierra, para probarla, y funcionaba. Yo me ponía muy nervioso al cantar, bueno, ahora también tengo que cantar una canción varias veces para estar seguro... Sabina sabía que podía ser una bomba, pero seguimos adelante. Me presentó en el concierto como: “Cuervo Ingenuo va a decir algo a Oídos Sordos”, y me acompañó a la guitarra». «¿Qué supuso?». «Muchos disgustos, aunque una satisfacción personal grande. Mi mujer se enfadó conmigo, hasta recibí anónimos por teléfono avisándome de que no cantara aquella canción. Pero salimos y entonces varias cámaras dejaron de grabar. La gente se puso en pie, aplaudiendo, porque se dieron cuenta. Me vetaron en la tele, hecho que me trae sin cuidado. Pero se me cayeron todos los recitales y eso sí fue muy tenso, me anularon los bolos que tenía en ayuntamientos y demás, durante años. Me obligó a prescindir del grupo y tuve que sobrevivir en bares junto a <strong>Antonio Sánchez </strong>(ahora en Académica Palanca) a la guitarra. Fue una época muy dura».</p><p>«Yo estaba tan al margen de la política en general», rememora <strong>Manolo Rodríguez</strong>, «que no me paré a pensar mucho en lo que suponía que el partido de la libertad y el progreso, al que yo había votado también, no aceptase la crítica por su contradicción con respecto a la entrada en la OTAN, era lógico que fueran criticados, pero no que censuraran a Krahe y a Joaquín por aquello».</p><p>Después del bombazo, y con las cámaras otra vez encendidas y “Whisky sin soda” mediante, volvía Sabina en la piel de rockero ufano y arrogante. “Rebajas de enero” sonaba majestuosa en directo. El gran final trae a<strong> Javier Gurruchaga</strong> para cantar la inédita “Adiós, adiós”, que firmaban ambos, y “Pisa el acelerador”. “Pongamos que hablo de Madrid”, “Eh Sabina” y una apropiada “Despedida”, de nuevo con Gurruchaga, indomable, sirven de broche. Sobre Javier Gurruchaga también opina Varona: «Músico sí, compañero y amigo, al menos mío, no. De Joaquín puede que sí. A mí hace años me dejó tirado con un disco que estábamos preparando y se fue con otra gente. Es un gran músico, pero de compañero tiene muy poco. Pero, vamos, hizo un gran papel en el disco. También es cierto que, musicalmente, Gurruchaga ha desaparecido. Fue muy importante en una época, la gente disfrutó mucho, se rió mucho y, finalmente, desde hace quince o veinte años, ha desaparecido».</p><p>«Tengo pocos recuerdos concretos de esas noches», comenta <strong>Andreas Prittwitz</strong>, «¡todo era tan intenso! Me acuerdo que hablamos por teléfono, yo estaba rodando una película en Asturias, llegué justo al último ensayo (o no…), y a tocar. Joaquín, como Krahe y la mayoría de “mis” cantautores siempre me han dejado una libertad extraordinaria para hacer lo que quería. Y yo no les defraudaba ni abusaba de esa confianza».</p><p>«Aquel concierto supuso un antes y un después», recuerda Manolo Rodríguez, «a partir de la publicación de ese disco los conciertos se triplicaron, los llenos eran absolutos, la sensación de estar en lo más alto también. Fue lo mejor de mis años de músico, tocar además con Gurruchaga, Aute y Sisa, recién bautizado Ricardo Solfa, un privilegio. Recuerdo que en los días previos al concierto Joaquín nos avisó de que vendría Gurruchaga a ensayar su tema, y que le habían dicho que tenía mucho carácter, pero resultó ser el tío más cercano, divertido y simpático del mundo, tengo un buenísimo recuerdo de Javier».</p><p>«El directo está claro que fue un antes y un después», explica <strong>Paco Beneyto</strong>, «se notaba que aquello apuntaba a algo muy grande, todos sentíamos ese nervio en el estómago. Vino una unidad móvil inglesa, que trabajaban de forma increíble, y respecto al sonido me parece que pocos discos suenan con esa frescura en directo. De Ricardo Solfa recuerdo que era como un profesor chiflado y todos teníamos mucho respeto hacia lo que representaba como músico, igual que con Aute, Krahe y Gurruchaga. Para nosotros todo era como un sueño.... y del veto a “Cuervo Ingenuo”, la verdad, no sé por qué no se habló del asunto. Puede que la magia de aquel momento tapara todo aquello. No sé. Para nosotros todo fue espectacular». «Recuerdo», añade, «que tocábamos después en las fiestas de Bilbao, en la Semana Grande, en La Casilla. ¡Al llegar vimos una cola para entrar al concierto interminable y nos quedamos alucinados! Ahí nos dimos cuenta de la dimensión que cogía aquello».</p><p>«Este directo es importantísimo», remata Varona, «importantísimo. Si ya veníamos lanzaditos, aquí la gente se da cuenta de que en directo tenemos un poderío… y les interesa mucho. De ahí sale muchísimo trabajo y muchas ventas, porque también veníamos del <em>Rock & Ríos,</em>que había sido un disco en directo espectacular, y era cuando se llevaban los discos dobles en directo, y es un pelotazo tremendo, se disparan las ventas y se disparan los conciertos. Es fantástico».</p><p>«Fue una de las noches más disfrutonas de mi carrera», recuerda<strong> José María Cámara</strong>, «todo iba sobre ruedas y nada podría haber impedido ese encuentro de talentos». ¿Y el incidente con Krahe? «El punto álgido de mis recuerdos se refiere al momento en el que Krahe y Sabina están cantando “Cuervo Ingenuo” y todas las cámaras de la unidad móvil de TVE se apagan y pasan a posición de descanso, para cerciorarse de que no se recoge imagen ni sonido. El director de TVE era <strong>Antoni Pérez</strong>, y el director de programas de TVE <strong>Ramón Gómez Redondo</strong>. Hecho lamentable y cuyo consentimiento siempre reproché a Sabina y Krahe, quienes jamás hubieran tolerado semejante censura si viniera de un partido de derechas. Joaquín hizo lo correcto siguiendo adelante, <em>the show</em> siempre <em>must go on</em>, pero no al no montar el pollo correspondiente por el ejercicio de censura. Todavía me cabreo al recordar el episodio. Pero fue un gran disco y otro momento clave en el desarrollo de la carrera de Joaquín Sabina».</p><p>(…)</p><p>Ese año, junto al histórico rockero <strong>Noel Soto</strong>, Sabina firmó “Doña Pura”, una estupenda canción incluida en la <em>I Antologia de cantautores andaluces</em>, en la que también participan dos artistas tan próximos y queridos por él como <strong>Carlos Cano</strong> y <strong>Javier Ruibal</strong>. El tema se pierde en esa discografía dispersa que nunca se ha agrupado. Con Noel Soto, por cierto, ya había colaborado en “Al otro lado del Edén”, que Soto publicó como cara B del maxisingle de “Apuesta por la paz”, en 1983, y Sabina en la cara B del maxisingle de “Que se llama soledad”, en 1987.</p><p>En agosto del 86 falleció su padre, en Jaén, a los 72 años. Ese mismo verano Sabina había dado su primer recital en la plaza de toros de Las Ventas. Son tiempos de conciertos y más conciertos. «Las giras de esa época eran intensas», asegura Beneyto, «como todo lo que las rodeaba, drogas y alcohol a saco. Viajábamos en esas furgonetas que tenían un único asiento detrás sin reclinarse, una auténtica tortura... y horas y horas por esas carreteras nacionales, y para pasarlas, pues eso, a saco de todo... Muchas risas, la verdad. Fue la época dorada de la música».</p><p>«Aunque nos pasábamos días en la carretera», recuerda Manolo Rodríguez, «no nos resultaba agotador, como mucha gente nos preguntaba, supongo que la edad y las ganas de encontrarte con lugares nuevos y miles de personas vibrando contigo en el escenario hacía los kilómetros llevaderos. Íbamos siempre escuchando música, lo nuevo, lo de siempre, etc., pero lo que nos entretenía de verdad era la noche y pasarlo bien allí donde nos llevaban en volandas después de los conciertos, era una fiesta continua, qué te puedo decir… [risas]. Anécdotas hubo cientos, pasó de todo… Intentamos tirar a Joaquín a varios pilones en distintos lugares del país, pero el tío se lo olía siempre y nunca lo conseguimos, sin embargo los demás caímos casi todos alguna vez, incluso cuando él era la próxima víctima, es muy listo el cabrón… Otra vez salimos huyendo del pueblo de al lado de donde había nacido Joaquín, un rato antes de empezar el concierto, no sé muy bien qué había pasado, pero <strong>Paco Lucena</strong>, el mánager, vino al hotel alarmado diciéndonos que saliésemos por piernas porque corríamos el peligro de ser linchados. Creo recordar que Paco sospechó que no iban a pagar y se debió montar alguna bronca. Esa noche huimos de allí para dormir en otro lugar. Otro día que viajábamos hacia el norte paramos en la carretera cerca de la sierra norte de Madrid para decidir si comíamos cerca, o algo así, a mí se me ocurrió decir que podíamos subir al Alto de los Leones, porque había un restaurante al que había ido alguna vez con mis padres de enano, Joaquín entró en cólera, empezó a gritar y a decirme que él no pisaba ese lugar, que cómo se te ocurre, que me cago en todo, etc… Yo me quedé helado, porque Joaquín me impresionaba mucho incluso estando de buen humor, se dio cuenta de que para mí no tenía el mismo significado que para él, y no porque no odiase como todos aquello que tuviera relación con el franquismo, sino porque no conocía tal relación con aquel lugar, si hubiera sido por ejemplo el Valle de los Caídos, sí, ¿pero el Alto de los Leones? No entendía nada… A los dos minutos me pidió mil veces perdón, se disculpó de tal forma y con tanto cariño que me sentí casi peor».</p><p>Joaquín no olvida a los amigos y el 8 de noviembre se sube al escenario del teatro Principal de Valencia para participar en la grabación del disco en directo <em>Silenci, gravem</em>, del histórico cantautor <strong>Lluís Miquel</strong>, al que había conocido en los programas televisivos de Tola cuando el valenciano estaba al frente del grupo humorístico Patxinguer Z (un sencillo divertimento a escala local que la televisión engrandeció) y con el que había hecho buenas migas. En ese álbum en vivo, en el que también participaron <strong>Quico Pi de la Serra</strong> y<strong> </strong>Joan Manuel Serrat, Sabina interpretó en valenciano, y con soltura, la solemne “L’arbre”.</p><p>Remata el año cantando en el especial televisivo de Nochevieja una canción de circunstancias, “Cualquier tiempo pasado fue peor”, junto a Miguel Ríos, <strong>Víctor Manuel, Ana Belén, Rosa León </strong>y <strong>Amaya Uranga</strong> (de Mocedades), tema que saldría editado por el sello Ariola (donde grababa Sabina) en un maxisingle. Los músicos que registran la canción son Viceversa al completo, más Andreas Prittwitz y, atención, Antonio García de Diego a los teclados, por entonces en la banda de Víctor Manuel y Ana Belén. El dato es crucial y debería de hacer salivar a los coleccionistas. ¡Nada menos que la primera grabación oficial en la que Antonio colabora junto a Joaquín y Pancho!</p><p>Miguel Ríos recuerda que «<strong>Pilar Miró</strong> había aterrizado en TVE y le quería dar un golpe estético a la casa. Nos pidió que hiciéramos el programa que va antes de las uvas. Lo montamos alrededor de canciones de nuestro repertorio. Con la intención de reflejar el cambio, buscamos un título que mostrara nuestra posición ética y artística, para el que Joaquín escribió una letra en la que describía nuestras carreras y el deseo de cambio que vivía la sociedad española de entonces».</p><p>Los versos que Sabina se dedica a sí mismo en la letra lo retratan, de nuevo, en ese Madrid que ya es plenamente suyo:</p><p><em>Pongamos que hablo del Madrid aquel,</em></p><p><em>papel de todos mis pecados,</em></p><p><em>mi corazón y mi casa levanté,</em></p><p><em>con los escombros del pasado.</em></p><p>Haciendo gala de su buen humor, al final de la canción, tras sonar por última vez ese estribillo machacón que él mismo ha escrito y que dice, dylanísimo, «Cualquier tiempo pasado fue peor, / somos más jóvenes ahora», Sabina, inmediatamente, y ya sin música y mirando a la cámara, exclama, «O no».</p><p><em>*Julio Valdeón es periodista y escritor, autor de </em><strong>Julio Valdeón</strong><a href="http://tienda.efeeme.com/libros-efe-eme/714-julio-valdeon-sabina-sol-y-sombra.html" target="_blank">Sabina. Sol y sombra </a><em>(Efe Eme, 2017). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 May 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Julio Valdeón]]></author>
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      <media:title><![CDATA[De Madrid al cielo]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La intimidad como cactus]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/intimidad-cactus_1_1140266.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b9696b9e-6eb5-4051-b909-27f640274ed0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La intimidad como cactus"></p><p>El asesinato de <strong>Federico García Lorca</strong>. <strong>Oscar Wilde</strong> escondiéndose tras la máscara de Sebastian Melmoth. <strong>Anna Ajmátova</strong> frente a la prisión de San Petersburgo donde estaba encarcelado su hijo. La locura de <strong>Hölderlin</strong>. El alcoholismo de <strong>Raymond Carver</strong>. La relación incestuosa de <strong>Georg Trakl</strong> con su hermana <strong>Grete</strong>. <strong>Rimbaud</strong> y <strong>Verlaine</strong>, pájaros en la noche. <strong>Ezra Pound </strong>recluido en el hospital psiquiátrico de St. Elizabeth. El suicidio de <strong>Anne Sexton</strong>. También el de <strong>Sylvia Plath</strong>. O el de <strong>Alejandra Pizarnik</strong>… No sé hasta qué punto somos dueños de nuestra biografía. Pero es evidente que ninguno de estos datos tendría relevancia alguna si no se acompañara de libros como <em>Poeta en Nueva York</em>, <em>Réquiem</em>, <em>Una temporada en el infierno</em> o <em>Ariel</em>.</p><p>  </p><p><strong>Maryann Burk</strong> fue la primera esposa de Carver. <em>Así son las cosas</em> relata aquellos años. Más de dos décadas. En noviembre de 1977, durante un congreso en Dallas, una mujer le regaló al autor del por entonces reciente <em>¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?</em> una rosa amarilla en mitad de su lectura. Y eso que aún no había escrito su extraordinario relato sobre <strong>Chéjov</strong>. Fue en aquel congreso donde conoció a <strong>Richard Ford</strong>, y también a <strong>Tess Gallagher</strong>. Ella ya había publicado el memorable poema que le dedica a Anna Ajmátova: “Tú que viviste en tu dolor hasta que le creció / su propio rostro (…) Siéntate conmigo. / Nadie se ha ido; nadie regresa”. Quiero decir con esto que, si bien es cierto que Tess Gallagher iba a terminar casándose con Carver, no es menos cierto que ella ya era una destacada poeta antes de conocerle. Y lo continuaría siendo después.</p><p>Por eso no me parece del todo justo que la primera de sus obras que llegó traducida a las librerías españolas fuese <em>El puente que cruza la luna</em>, escrita tras el fallecimiento de su marido. Y que después viniera un volumen en torno a su relación con él: <em>Carver y yo</em>. Y en tercer lugar un libro de relatos –<em>El amante de los caballos</em>– en cuya contracubierta se destaca no sólo su vínculo con Ray, así le llamaba ella, sino incluso que fuese este quien “la animó a escribir ficción en prosa”. Cosas del <em>marketing</em>, supongo. Lo que no quita que el poemario publicado por la editorial Bartleby sea un libro muy recomendable, con textos como “Habitación infinita”: “Dime otra vez que esto sólo va a durar / lo que dure. Quiero ser / frágil y verdadera, como quien prolonga / el momento con su muerte intacta, / con su corazón, demasiado sabio, / limpio de los desechos que llamamos esperanza”.</p><p>Por todo ello, celebro que la editorial Trea –que en su catálogo incluye a otros autores norteamericanos realmente interesantes, como <strong>Theodore Roethke</strong> o <strong>Robert Hass</strong>– haya publicado <a href="http://www.trea.es/books/amplitude" target="_blank">Amplitud</a>, una selección que abarca cuatro de sus libros: <em>Instructions to the Double</em>, <em>Under Stars</em>, <em>Willingly</em>, <em>New Poems</em>. Los dos primeros, anteriores a Carver. Y en los que ya empezaba a definir ese estilo que varios críticos han etiquetado de “lirismo narrativo”. No en vano llama la atención su capacidad para contar historias dentro de un poema. Por ejemplo: la de aquella anciana que, valiéndose de su andador, entra en el jardín de la casa alquilada en la que vive la protagonista de “Unos con alas, otros con crines”. Es la nueva vecina: “Se llama Dolly, como una yegua de carga / que conocí en Missouri, y ha sobrevivido / a una hermana muerta de la misma enfermedad”. Y unos versos más tarde “me entero de la muerte / de su única hija, conozco a su marido, / al que le gustan los huevos y los dulces, y habla poco. / <em>Soy la última de mi familia,</em> dice”. Es un cuento que supera al propio cuento. O, quizá mejor, un poema que paradójicamente va más allá de la anécdota a través de la anécdota y de los detalles que la conforman.</p><p>Quizá mi texto preferido sea aquel en el que una pareja de amantes se detiene a escuchar a una mujer que recita un poema en público. Y se abrazan. El abrazo es “como una estrella variable que despide / luz para sentirse cómoda, luego / se apaga”. De repente un extraño se acerca y le pregunta a él si puede recibir también un abrazo de ella: “¿Me puede dar a mí uno de esos?”. Él dice que sí. Ella se sorprende de que no le diga “que soy tuya, sólo / tuya, etc. (…) Amor –de esos estamos hablando–, amor / que te sujeta con un <em>sólo</em> / <em>para mí</em> y resiste”. Y entonces ella abraza al extraño y él le devuelve el abrazo “de forma tan tierna, tan verdadera” que se quedan así, detenidos en el tiempo. Hasta el punto de que ella empieza a pensar en “la huella / de planeta que el botón de su abrigo / dejará sobre mi mejilla”. Detalles, sí. Pero es a través de esos detalles sencillos, cotidianos, auténticos que sus historias y personajes se cargan de fuerza expresiva. A la manera de <strong>Bruce Davidson</strong>, maestro entre los maestros de la fotografía íntima.</p><p>  </p><p>De hecho, al leer el artículo de <strong>Carlos Gollonet </strong>sobre Bruce Davidson que se incluye en el catálogo publicado por la Fundación Mapfre –alguien debería reconocer ya su importante labor de impulso a la fotografía en nuestro país– he pensado inmediatamente en Tess Gallagher. Destaca el comisario de la exposición, que hasta no hace mucho podía verse primero en Barcelona y luego en Madrid, la “atención al detalle y su mirada poética, que no cae nunca en excesos sentimentales moralistas o compasivos, su obra empieza a ser reflejo de un compromiso ético ante las duras realidades y los entornos precarios y vulnerables en los que se desenvuelve la existencia cotidiana de las personas fotografiadas”. Y ya no sé si Gollonet está hablando de la vecina con andador, del poema “Mi madre recuerda que fue hermosa” o de la icónica serie de imágenes que Bruce Davidson realizó de <strong>Jimmy Armstrong</strong>, el enano payaso que además de arrancar sonrisas a los niños era el chico para todo del circo Clyde Beatty. Imágenes como aquella en la que Jimmy está sentado en una cafetería, comiéndose un sándwich, mientras las personas que están en la mesa de al lado le observan con la misma curiosidad que le observamos nosotros. Aunque él no se da cuenta. Su expresión es triste. A veces me parece que tiene la mirada perdida. Otras, que está contemplando el jarrón y las flores que hay en su mesa, consciente de que la belleza no está al alcance de todos.</p><p>Cabe señalar que Davidson se ganó la confianza y el acceso a la vida de cada una de las personas que retrató. Ya fuese su amigo Jimmy Armstrong o el líder de una banda callejera de Brooklyn que inmortalizó para <em>Esquire</em>, o cualquiera de las personas del Spanish Harlem de Nueva York, donde se mezcló con la gente, hizo y repartió fotografías de forma gratuita entre los vecinos e incluso asistió a varias reuniones de la comunidad. Los niños de East 100th Street le llamaban “el hombre de las fotos”. Era uno más. Consiguiendo acceder a la médula de lo que retrataba. La fotografía se convirtió en una ética. Exactamente igual que la poesía para Tess Gallagher. Qué reveladora, en este sentido, la cita de <strong>Jean Cocteau</strong> que encabeza uno de sus textos: “Posiblemente no me habría dedicado a la poesía en este mundo que sigue siendo insensible a ella, si la poesía no fuera una ética”.</p><p>Y ahora cito de ese poema en concreto: “Si el corazón pudiera ser tan simple. La foto / de las últimas pertenencias de <strong>Ghandi </strong>pegada al lado de / mi máquina de escribir: gafas, sandalias, papel / y pluma, escritorio portátil y algo blanco / al fondo como un colchón enrollado. / A menudo la miro, sólo un papel arrancado / de un libro, y desearía poder reducirme a / eso, unos pocos elementos esenciales, no / más”. Y así, gracias a esos elementos esenciales, a esos detalles, Tess Gallagher y Bruce Davidson se cuelan en la intimidad de lo que quieren retratar. De forma no invasiva. La imagen de la niña que juega al lado de una tumba, en un cementerio de Gales, o la de aquel muchacho semidesnudo apoyado en una reja, detrás de él los edificios de la calle 100 Este –en lo que parece una revisión de la iconografía de San Sebastián–, o la serie del Metro de Nueva York… Sirven de correlato para los versos “El amor es la única deuda”. “Recordar no es más que otra manera de estar solo”. “Está visitando / a su hija, que nunca está cerca / ni lo bastante lejos para ir a verla”. O “la empatía, triste delantal, me lo / pongo y me lo quito”.</p><p>Con la naturalidad de un vecino que nos encontramos en el ascensor o del dependiente de la tienda de la esquina, Tess Gallagher y Bruce Davidson nos ofrecen una sólida obra alrededor de los límites de la intimidad. Y lo hacen mediante imágenes y versos que se nos quedan clavados sin que nos demos cuenta, como un cactus secreto esperando emerger.</p><p>  </p><p><strong>*Josep M. Rodríguez </strong>es poeta,<strong> </strong>su último libro se titula <a href="http://www.hiperion.com/index.php/libreria/poesia-hiperion/sangre-seca-rodr%C3%ADguez-detail" target="_blank">Sangre seca</a><em> (Hiperión, 2017).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 May 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Josep M. Rodríguez]]></author>
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