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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 73]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-73/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 73]]></description>
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      <title><![CDATA[Ciudad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/ciudad_1_1203109.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ae3698e2-8615-4066-8af4-c773b07d3ac7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ciudad"></p><p>  </p><p>   <strong>Ciudad</strong></p><p>La luz de mi ciudad tiene un tamiz</p><p>de sombras,</p><p>como lavada en los naufragios</p><p>que la alzaron sobre el cerro.</p><p>Los nogales convertidos en cruces</p><p>y las gavias en ministerios,</p><p>un resplandor de oro</p><p>en las vitrinas del tiempo.</p><p>La lluvia vuelve a juntar</p><p>estragos en un agua</p><p>de murmullos y cenizas</p><p>moviendo arenas.</p><p>Cae la humedad como si entrara</p><p>un potro frío a los cinemas.</p><p>Y se oyen voces en las calles rotas</p><p>y voces que les responden</p><p>en las plazas desocupadas.</p><p>La niebla se vislumbra en el café.</p><p>Tiene algo de ballena</p><p>cuando brama contra los cerros.</p><p>De un galeón fantasma</p><p>que partirá sobre las cumbres</p><p>cuando suba la marea.</p><p>Abajo la ciudad, arrojada con todas</p><p>sus luces en un cruce de huesos</p><p>y de estrellas. Tenía razón el que decía,</p><p>“no pierda el tiempo descubriendo</p><p>su ciudad, hay que inventarla primero”.</p><p><em>*Santiago Espinosa es poeta y ensayista. Su último libro, la antología </em><strong>Santiago Espinosa</strong><a href="http://valparaisoediciones.mx/" target="_blank">Luz distinta</a><em> (Valparaíso México, 2017).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Santiago Espinosa]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Poesía,Los diablos azules número 73]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La puerta abierta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/puerta-abierta_1_1143243.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6ead70da-45c1-46ba-8504-ad0210b86e79_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La puerta abierta"></p><p><em>Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Les dejamos esta sala para que comenten sus lecturas y nos ayuden a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para contarnos vuestra historia y hacernos llegar vuestras recomendaciones.</em><strong>losdiablosazules@infolibre.es</strong></p><p>___________________________________</p><p>En una de nuestras últimas sesiones en el club de lectura de la Casa del Libro de Gran Vía, en Madrid, tuvimos la oportunidad de comentar con <strong>Lara Moreno</strong> su segunda novela, <em>Piel de lobo</em>. Lara Moreno (Sevilla, 1978) es licenciada en periodismo y actualmente vive en Madrid, donde trabaja como editora e imparte talleres de escritura creativa. Es la editora invitada para elaborar el catálogo de Caballo de Troya de 2017, donde publicará seis títulos de los cuales ya están en las librerías <em>La hija del comunista</em>, de <strong>Aroa Moreno Durán</strong>; <em>Hamaca</em>, de <strong>Constanza Ternicier</strong>; <em>Televisión</em>, de <strong>María Cabrera</strong> y <em>Animal doméstico</em>, de <strong>Mario Hinojos</strong>. Lara ha participado en numerosas antologías de relatos, entre las que destacan <em>Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual</em>, <em>Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo</em> y la reciente <em>Drogadictos</em>. Es autora de los libros de relatos <em>Casi todas las tijeras</em> y <em>Cuatro veces fuego</em>, de los poemarios <em>La herida costumbre</em> y <em>Después de la apnea</em> y de la novela coral <em>Por si se va la luz</em>, por la que obtuvo el reconocimiento del público y la crítica y fue elegida por FNAC entre los autores revelación del año. Además, Lara es letrista y cuenta con diversas colaboraciones con cantautores como <strong>Paco Cifuentes</strong> (autor de <em>Solo tramoamarte</em>), <strong>Joaquín Calderón</strong> y <strong>Carlos Chaouen</strong> (autor de <em>Canciones, poemas y otros textos</em>).</p><p>  </p><p><em>Piel de lobo</em> construye el relato personal de las dos hermanas que la protagonizan, y lo hace a través de las heridas, la culpa y la responsabilidad. La novela muestra los agujeros negros y las grietas que se producen y mantienen en las relaciones familiares a través de los silencios, denuncia sus consecuencias; y lo hace combinando diversas voces narrativas, insertando los diálogos en la narración, utilizando un lenguaje con una gran carga poética y poniendo un gran énfasis en el ritmo del texto.</p><p>Llegados a este punto, aprovecho para recomendar a los lectores que si no han leído <em>Piel de lobo</em> se acerquen cuanto antes a su librería de confianza, consigan la novela y solo después de haberla leído hasta el final vuelvan sobre esta reseña y continúen leyendo. ¿Por qué? Porque inevitablemente voy a sacar a la luz uno de los temas fundamentales de la trama, que aparece casi al final del texto y explica en buena medida lo narrado.</p><p>Así, saltándome la norma básica que habrán seguido quienes han hablado públicamente de la novela, desvelo una parte de la trama dando por hecho que ya la habéis leído porque si bien el silencio, los problemas de comunicación, la pérdida y la soledad son temas ampliamente tratados en la literatura desde muy diferentes perspectivas, no ocurre lo mismo con otro de los temas centrales de la novela: los abusos sexuales en la infancia; violaciones que no son hechos aislados en nuestra sociedad, tal como tristemente podemos comprobar si echamos un vistazo a la prensa y, quizá, si observamos con atención nuestro propio entorno.</p><p>Cuando en el mes de diciembre hablábamos en nuestra tertulia del teatro que “te deja tocado" al salir de la sala de representación, sugerí a las participantes en la tertulia leer la obra de <strong>Andrew Bovell </strong><em>Cuando deje de llover</em>, que tiene como uno de sus temas centrales la pederastia. En el ámbito de la ficción, pero en este caso basada en el caso real de <strong>Justin Berry, Jose Serralvo</strong> publicaba en 2015 la sobrecogedora novela <em>El niño que se desnudó delante de una webcam</em>. No menos desgarradores resultan los testimonios reales del escritor <strong>Olivier Ka</strong> en su cómic <em>Por qué he matado a Pierre</em> (premio Angoulême 2007) y del pianista <strong>James Rhodes</strong> en <em>Instrumental. Memorias de música, medicina y locura</em>. Leyendo estos textos podemos comprender lo necesario que resulta no solo romper el silencio ante el tabú de los delitos sexuales cometidos contra menores y que quienes los han sufrido elaboren su propio relato que les permita liberarse de buena parte de sus secuelas y de la culpa que reina entre todas ellas, sino también encontrar la manera de evitar que se sigan reproduciendo. Como bien dicen sus protagonistas al final de <em>Piel de lobo</em>: "y yo le digo por qué no me has llamado, y ella me responde, dejé la puerta abierta, solo tenías que entrar".</p><p>Al hilo de esto, aprovecho para recomendar dos libros infantiles: <em>¡Mi cuerpo es mío!</em>, un álbum ilustrado para la prevención de los abusos en la infancia, y <em>Cuéntamelo todo</em>, un divertido y abierto compendio de respuestas para niños y niñas a partir de 5 o 6 años (basado en preguntas reales); así como la novela juvenil <em>Palabras envenenadas</em>, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil de 2011.</p><p>En el encuentro que mantuvimos, tras reflexionar sobre la oportunidad que ofrecen los clubes de lectura a los autores, Lara nos explicó cómo había sido el proceso de escritura de <em>Piel de lobo</em> y dimos paso a una interesante tertulia en torno a la novela, su forma y su fondo.</p><p>La novela tiene una clara intención de denuncia de un asunto de triste actualidad, tema central que sin embargo la autora no quiso plantear desde el principio y prefirió convertirlo en un tema secundario en el relato, de forma que éste fuera desgranando poco a poco la consecuente denuncia de la naturalidad de la violencia y de la falta de respuesta a la misma, de los tabúes en la comunicación con los padres en temas fundamentales —amor, sexo, violencia...— y de la hipocresía de la sociedad. Así, Lara nos explicó que, a diferencia de sus creaciones anteriores, empezó a escribir <em>Piel de lobo </em>sabiendo cómo quería que terminara la novela y fue construyendo el relato en base a este final, para llegar a él. A medida que avanza el relato, las dos voces narrativas —una tercera persona subjetiva y los recuerdos de infancia de Sofía, una de sus protagonistas— van expresando lo que se ve, nos van dando pistas sutiles sobre lo que desconocemos y que se desvelará en un grito desgarrador al final de la novela. Esto explica la desorientación que manifestaron haber experimentado algunas lectoras al comenzar la novela, cuando trataban de encontrar el tema de la misma y se preguntaban si el relato profundizaría más adelante en alguna de las cuestiones planteadas desde el principio: la maternidad, las relaciones de pareja, la falta de comunicación... Es el resultado de un intento consciente de la autora de no escribir un relato que gire en torno al tema principal, sino que poco a poco nos vaya acercando él mientras nos muestra sus antecedentes y sus consecuencias.</p><p>Hablamos de la estructura de la novela y de los cambios en las voces narrativas, de la magistral integración de las conversaciones en la narración, de la fuerza de todos sus capítulos y especialmente del último —que Lara escribió de un tirón y donde casi sin darse cuenta dio con la frase definitiva que le hizo dar la obra por concluida— y de la dificultad de dar con el título adecuado. Hablamos sobre la construcción de los personajes, los tipos que representan —bien definidos, realistas y cercanos— que van tomando forma al tiempo que avanza la historia y con los que podemos sentirnos identificados o identificar a personas de nuestro entorno. Hablamos también del estilo narrativo de Lara Moreno, de su capacidad para describir situaciones y ambientes y de la importancia del ritmo en su narración, que tiene un fuerte componente poético. Además, la autora compartió con las lectoras algunos de los consejos que le dieron quienes leyeron la novela antes de ser publicada, y explicó las razones por las que en ocasiones hizo en parte oídos sordos y tomó la decisión de mantener algunos capítulos o escenas que le permitieran abordar todo aquello que quería transmitir.</p><p>A lo largo del encuentro tuvimos la oportunidad de reflexionar y debatir sobre distintos asuntos que están presentes en nuestra vida cotidiana, pero también sobre otras cuestiones que por no estar en nuestro día a día a veces pasamos por alto. Así, a partir de los personajes y las situaciones que plantea la novela, fueron surgiendo reflexiones en torno a la maternidad y la paternidad, las relaciones familiares y de pareja, la sexualidad, la infancia, las preocupaciones modernas, la violencia, los problemas de comunicación, etc. Paso a resumir algunas de estas reflexiones.</p><p>Ante la pregunta sobre el personaje del padre de las protagonistas, Lara explicó que se trata de una novela generacional, la de aquellos que crecieron en los años noventa donde a menudo la figura del padre —rígido, autoritario, despótico en la educación— todavía estaba prácticamente ausente en el cuidado de los hijos, especialmente en lo relativo a los aspectos emocionales. Esta figura contrasta con el personaje de Julio, que representa un nuevo modelo de paternidad, que se implica en la educación y cuyas acciones a lo largo del relato no representan un abandono del hijo que tiene en común con Sofía, sino un punto y final a la relación de pareja. Reflexionamos también en torno al personaje de Sofía en su rol de madre, un personaje que lejos de mostrarnos una imagen idealizada nos plantea los miedos y las exigencias a las que se ve sometida y que trata de superar en el día a día, en ocasiones poniendo el punto de control en el lugar equivocado. Hablamos de los aspectos positivos y negativos de la maternidad desde la experiencia de nuestras lectoras, de cómo abordarla, del tratamiento actual del embarazo como si prácticamente fuera una enfermedad —con restricciones y controles impensables hace tan solo unas décadas— y del vértigo que produce la crianza y la responsabilidad sobre el desarrollo de ese niño o niña que se verá determinado en buena medida en estos primeros años de vida. Al hilo de esto último, hablamos de dos experiencias extremas en cuanto a la responsabilidad que entraña la crianza, la de dos madres (una real y otra imaginada) que deben decidir el destino de sus hijos: la historia de <strong>Marina Tsvietáieva</strong> relatada en sus <em>Confesiones</em> —y citada en la novela— y la de la protagonista de la película <em>La decisión de Sophie</em>. Finalmente, coincidimos en la necesidad de reflexionar en torno a las obligaciones que asumimos —que a menudo son tales que exceden nuestra capacidad— y de relativizar la importancia de las tareas a las que hemos de enfrentarnos en nuestro día a día; lecturas que a menudo hacemos a toro pasado pero que no por ello deben perseguirnos en forma de culpa.</p><p>Otro tema que tratamos fue la sexualidad de las mujeres, a partir del cual reflexionamos en torno a la ausencia o pérdida de la sexualidad y cómo ésta es a menudo, en palabras de la autora, un termómetro de cómo está funcionando la pareja. Hablamos también del tabú de la sexualidad y, especialmente, de la masturbación en las mujeres; así como de las experiencias de intercambio de parejas que se relatan en la novela, hecho con el que la autora pretende hacer hincapié en el esfuerzo contemporáneo de hacer que una relación perdure al tratar de buscar soluciones a la desidia, la rutina o el aburrimiento. Así, reflexionamos sobre cómo han cambiado los tiempos y, si bien ahora parece que no queremos ser desgraciados durante toda la vida —como sucedía en ocasiones en el pasado—, nos hemos ido al extremo opuesto en el que parece que nos autoexigimos ser felices todo el tiempo.</p><p>Además, hablamos de diversas emociones que manifiestan las protagonistas, entre las que destacan la soledad y el sentimiento de culpa dirigido tanto a uno mismo como a la relación que mantenemos con personas de nuestro entorno próximo. Hablamos también de la indefensión aprendida que se genera en quienes son víctimas de cualquier tipo de violencia y no han encontrado soluciones tras pedir ayuda —verdadero drama del tema principal de la novela—. Y, para terminar, reflexionamos en torno al papel de la infancia, puesto que los niños son el centro de la vida en las relaciones familiares y están siempre presentes; pero, tal como decía Lara, a menudo no les damos voz para que se expresen.</p><p>Tras la tertulia, después de compartir reflexiones interesantes con las lectoras, Lara nos recomendó tres libros: <em>La hija del comunista,</em> de Aroa Moreno Durán; <em>El nadador en el mar secreto,</em> de <strong>William Kotzwinkle </strong>y <em>Manual para mujeres de la limpieza,</em> de <strong>Lucia Berlin</strong>. No quedan excusas para no leer.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Abril Gómez de Enterría]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Libros,Literatura,Literatura española,Los diablos azules número 73]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Los (casi) cinco]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/cinco_1_1143240.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9f3d510e-4c7c-4839-a2bb-88cfe282db7b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los (casi) cinco"></p><p><em>El escritor Rafael Reig, desde su librería Fuenfría de Cercedilla (Madrid), recomienda algunos de sus títulos favoritos de los últimos meses (o unos cuantos más).</em><strong>Rafael Reig</strong></p><p>_________________________</p><p>  <strong>Los cinco y yoAntonio Orejudo</strong><em>Los cinco y yo</em></p><p><strong>TusquetsBarcelona2017</strong></p><p>  </p><p>Toni siente que es un escritor que no escribe y un profesor que no enseña. Creció leyendo las aventuras de Los Cinco escritas por <strong>Enid Blyton</strong>, unos libros que le proporcionaban lo que la España de los años previos e inmediatamente posteriores a la muerte de Franco era incapaz de ofrecerle: diversión sin vigilancia, libertad de movimientos y cerveza de jengibre, es decir, el mundo sin límites que requería la intensidad vital de su transición a la adolescencia. A lo largo de esta novela, aquellos personajes a los que Toni tanto envidió de niño parecen convertirse en seres de carne y hueso como él, que sufre el proceso inverso y termina siendo lo que siempre deseó, uno más de ellos.</p><p>  <strong>ClavículaMarta SanzAnagramaBarcelona2017</strong><em>Clavícula</em></p><p>  </p><p>Durante un vuelo, a <strong>Marta Sanz</strong> le duele algo que antes nunca le había dolido. Un mal oscuro o un flato. A partir de ese instante crece el cómico malestar que desencadena <em>Clavícula:</em> "Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece". Aquí, la narración del episodio autobiográfico se fractura como el mismo cuerpo que se deforma, recompone o resucita al ritmo que marcan las violencias de la realidad. La descomposición del cuerpo parece indisoluble de la descomposición de un tipo de novela orgánica donde se mienten las verdades y se usan trampillas y otros trucos de prestidigitación.</p><p>  <strong>Aunque tú no lo sepasCharlie Arnaiz y Alberto OrtegaVisorMadrid2017</strong><em>Aunque tú no lo sepas</em></p><p>  </p><p><strong>Charlie Arnáiz</strong> (Alicante, 1975) y <strong>Alberto Ortega</strong> (Madrid, 1983) apuestan por una película documental que reivindica el valor de la poesía en la sociedad contemporánea. Eligen la figura de <strong>Luis García Montero</strong> (Granada, 1958) porque su voz, entre la lealtad a la tradición lírica y las nuevas experiencias urbanas, ha intentado abrir caminos para los jóvenes poetas y los lectores. En la película han contado con la colaboración de <strong>Miguel Ríos</strong>, <strong>Serrat</strong>, <strong>Chus Visor</strong>, <strong>Joaquín Sabina</strong>,  <strong>Àngels Barceló</strong>, <strong>Benjamín Prado</strong>, <strong>Almudena Grandes</strong>, <strong>Juan Diego</strong> <strong>Botto</strong>, <strong>Benítez Reyes</strong>, etc. Este libro incluye también una antología poética de Luis García Montero y el DVD de la película.</p><p>  <strong>No quisiera morirmeBoris VianHiperiónMadrid2003</strong><em>No quisiera morirme</em></p><p>  </p><p><strong>Boris Vian</strong> nació en Ville-d’Avray, Francia, en 1920, y murió en París en 1959. Fue autor de canciones, relatos, óperas, obras de teatro y cabaret, guiones cinematográficos, escritos sobre jazz, novelas y poemas, así como traductor y músico de jazz. Su obra poética se compone de cinco títulos, de los que el último, <em>No quisiera morir</em>, se publicó póstumamente, en 1962. En palabras de su traductor, <strong>Juan Antonio Tello</strong>, se trata de un manifiesto en favor de la vida, de sus pequeños y grandes placeres, de las incertidumbres de lo cotidiano y del deseo de inventar nuevas realidades, de poblar la vida y la muerte, la literatura, con imágenes inusitadas.</p><p><em>*Puedes encontrar la librería Fuenfría en la Avenida Sierra del Guadarrama, 9, de Cercedilla (Madrid) o en su página web.</em><strong>librería Fuenfría</strong><a href="http://fuenfria.blogspot.com.es/" target="_blank">página web</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Rafael Reig]]></author>
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      <title><![CDATA[Sin momentos de descanso]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/momentos-descanso_1_1143236.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/075b4a95-0913-4754-9e71-fba6c71c249f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sin momentos de descanso"></p><p><strong>Los cinco y yoAntonio OrejudoTusquetsBarcelona2017</strong><em>Los cinco y yo</em></p><p><strong>Antonio Orejudo</strong> ha escrito en <a href="https://www.planetadelibros.com/libro-los-cinco-y-yo/248139" target="_blank">Los cinco y yo</a> (Tusquets) unas memorias mentirosas, como lo son todas las memorias. Y no porque omita datos, enfatice otros o maquille episodios de su vida sino porque ha elaborado un caldo tropical con ingredientes de huerto ibérico: digamos que añade picante a la costumbrista sopa de ajo. El escritor, nacido en Madrid en 1964, cuenta la niñez, la adolescencia y la vida adulta de un profesor universitario (como él) y de sus amigos, que también se llaman como los suyos (al menos, el principal: <strong>Rafael Reig</strong>) de forma hilarante, con un ritmo vertiginoso y un estilo único, brillante.</p><p>No deja de ser un repaso por sus propias vivencias mezclado con historias ficticias y lecturas juveniles como <em>Los cinco</em>, la saga de la inglesa <strong>Enid Blyton</strong> que le da nombre. Desde esos colegios tardofranquistas donde empezaba a abrirse la cultura de la calle hasta la situación literaria actual, pasando por un mensaje negativo sobre la escasa implicación política de su generación: tras aquellos adalides de la Transición y antes de los <em>indignados</em>, sus contemporáneos se quedaron en la atonía. “Hemos sido mansos por falta de músculo. No tenemos la corriente de energía colectiva que sí tuvieron nuestros hermanos mayores con la muerte de Franco y la construcción de la democracia o la colectiva que ha vuelvo a aparecer en el 15-M. Nosotros no hemos participado de ninguna de las dos. Fuimos muy jóvenes para construir la democracia y ahora mayores para la tienda de campaña”, explicaba en una entrevista reciente de <em>El País</em>.</p><p>Todo se entrelaza de forma magistral sin capítulos, exigiendo al lector caminar atento por cada regate narrativo y olvidarse del marcapáginas. Lo mismo que empezó haciendo en sus <em>Fabulosas narraciones por historias</em> (publicada por Lengua de Trapo en 1997 y reeditada por Tusquets en 2007) y continuó en ese bombón titulado <em>Ventajas de viajar en tren</em> (Alfaguara, 2000), pero quizás de forma más transparente y socarrona consigo mismo. Así llega a expresarse el protagonista: “Vivir como si al otro lado de nuestra vida hubiera espectadores sentados en una butaca, asistiendo al discurrir de nuestra existencia; como si la vida en vez de ser la vida fuera su relato, una construcción retórica hecha a base de anticipaciones, redundancias y anagnórisis. Pero el argumento de la vida no tiene planteamiento, nudo y desenlace, sino más bien un flujo de acontecimientos que parece escrito por un autor de tercera fila”.</p><p>“Convierto a mis personajes de ficción en reales y a mí mismo en personaje de ficción, y ese es el doble camino que establezco. Porque no estoy hablando de <em>Los cinco</em>, sino de mi generación y de mí mismo. ¿Qué ha sido de nosotros 50 años después, hemos cumplido nuestros sueños, cuál es el debe y el haber? Y el balance siempre es negativo. Da igual que seas millonario o lo que sea, cuando tienes 50 te das cuenta de que te has equivocado en todo. Hay frustración, desilusión. Hay que ser muy ingenuo para no estar desengañado literaria, política y vitalmente”, explicaba recientemente en la mencionada charla.</p><p>Habrá quien alegará que Orejudo repite fórmula. ¿Y qué? Sus obras no son un calco de las otras sino un continuo despliegue de humor fino, de maniobras lúdicas del lenguaje, de baile entre la realidad y lo inventado. Cada párrafo es una delicia. Cada anécdota, una risotada. Da pena cerrarlo y pensar que pueden pasar otros seis años para devorar otra historia tan original y bien armada. De estructura compacta y sin ese <em>momento de descanso</em> que pedía el título de su anterior obra, publicada en 2011.</p><p><em>*Alberto G. Palomo es periodista y colaborador de </em><strong>Alberto G. Palomo</strong>infoLibre <em>y </em>tintaLibre<em>. </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Sin momentos de descanso]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Novela,Narrativa,Los diablos azules número 73]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aquellas manzanas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/manzanas_1_1143234.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/39616377-e6a7-4fe4-b091-85e1c922bf1c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Aquellas manzanas"></p><p><strong>Manzanas robadasMiguel d'OrsRenacimientoSevilla2017</strong><em>Manzanas robadas</em></p><p>  </p><p>Cuando tantas veces el poeta es paisaje, <strong>Miguel d'Ors</strong> hace del paisaje poesía. Un paisaje gallego que tantas veces cantado ofrece, desde este poemario, <a href="http://www.editorialrenacimiento.com/calle-del-aire/1781-manzanas-robadas.html" target="_blank">Manzanas robadas</a> (Renacimiento), una nueva dimensión. La mirada de aquel que hace de este paisaje, de esta plantación literaria, reflejo de sí mismo, una introspección en la naturaleza que se convierte en autorretrato desde la experiencia, desde la mirada y el contacto físico que sepulta emociones en un interior convertido en tintero. Es emocionante ver como escenarios imponentes desde su silencio y anonimato, como la sierra del Candán o el monte Tomba, condensan la sensación de ser ajenos al ser humano para aproximarse desde unas palabras que mezclan lírica y experiencia en un cóctel derramado a través de poemas que sirven para acercarnos a la persona a través de una naturaleza que hace de esas primaveras, sabores y latidos, gozo personal y medida frente a lo cotidiano. Un diapasón ante los números del IRPF, coladas de ropa y campañas electorales. Bálsamo ante la necesidad de escribir, ante la obligatoriedad del verso. “Otra manera de robar manzanas”, sentencia. Robar sabores, robar instantes y memorias que se sustentan en la naturaleza como en pocas despensas de nuestra vida.</p><p>Acostumbrados a darle la espalda, a mancillar con nuestro desprecio todos eses territorios regalados, Miguel d'Ors se muestra como un resistente, un necesitado de la naturaleza, pero también del papel que ella misma desempeña en la memoria, el asidero imprescindible, el tono que da la medida de lo vivido, pero también del presente y quién sabe si del futuro. Manzanas proustianas, pero también bocadillos de queso de tetilla con membrillo, silvas, xestas y tojos. “Pero el alma no se olvida/ de que una vez estuvo aquí la vida”, escribe el poeta, reafirmando su capacidad de contener memoria, de extenderla ante nosotros, como el itinerario de lo realmente importante, aquello que resiste al tiempo y a las frustraciones en la afirmación de su presencia cada cierto tiempo como la contingencia de lo real. Como lo que fue y siempre será realmente importante. Quizás lo único, al fin y al cabo.</p><p>Es el gran mérito de este libro, el poder conformar la naturaleza como medida de uno mismo. Cuando tantas veces los poetas hoy se miden con las aceras y su vida urbana, con las líneas de metro y los cafés a deshora, al tiempo que parecen despreciar nubes y montañas en las que son incapaces de reconocerse, aquí llega Miguel d'Ors y reclama esa naturaleza más allá de un ejercicio bucólico entendiéndola como parte de la existencia pese a su silencio, a su ancestral ausencia de protagonismo.</p><p>Pero Miguel d'Ors, seguramente, ante la estrechez del camino, y desde la atalaya de un pasado de idas y venidas, de diferentes residencias y localizaciones, necesita a esa naturaleza gallega para anclarse a la vida, para situarse realmente ante su propia identidad y la necesaria pertenencia a una geografía, a un contexto, a un paisaje. Como aquellos poetas que habitaban un territorio y que él mismo apunta (<strong>Camões</strong>, <strong>Pushkin</strong>, <strong>Mickiewicz</strong>, <strong>Petöfi</strong>, <strong>Rosalía de Castro</strong>...), nuestro protagonista necesita el suyo, quizás hasta ahora esa necesidad no lo era tanto, pero el olvido necesita fijar ciertas cuestiones inexcusables cuando el minutero apremia. Es cuando memoria y corazón se vuelven bandera y viento que enarbolar, cuando el mapa se hace musgo, cuando la factura realmente importante es la que uno mismo necesita cobrarse.</p><p>Queda un recodo en el camino, un final inesperado que nos aleja de jardines y cielos estrellados y nos conduce directamente al callejón de la duda. Allí donde el poeta se mide con sí mismo, con los destellos y las dudas, con la mirada, no al árbol, sino al pasado, a la sombra que uno arrastra, tan larga que hasta provoca la pregunta para el propio autor: ¿merece la pena ser poeta? Y quizás, en esa duda sea cuando lo único que toma realmente sentido sea toda esa naturaleza y aquellas “manzanas robadas”.</p><p><em>*Ramón Rozas es crítico literario.</em><strong>Ramón Rozas</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ramón Rozas]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Aquellas manzanas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Libros,Literatura,Literatura española,Los diablos azules número 73]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La herencia de la memoria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/herencia-memoria_1_1143229.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cc18cc84-8f14-432d-b3eb-8339d3fa3fa9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La herencia de la memoria"></p><p><strong>La memoria del árbolTina VallèsAnagramaBarcelona2017</strong><em>La memoria del árbol</em></p><p>  </p><p>“No les he dicho que las palabras eran del abuelo, que ahora se las guardo yo.” Estas palabras de Jan, el pequeño protagonista de <a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/la-memoria-del-arbol/9788433998392/NH_589" target="_blank"><em>La memoria del árbol</em></a><em>, </em>novela de <strong>Tina Vallès </strong>(Barcelona, 1976) que recibió el Premio Anagrama de novela en catalán en enero de 2017 y cuya traducción al castellano acaba de ser publicada por la misma editorial, nos conmueven y nos hacen reflexionar, como toda la novela, sobre la importancia de los recuerdos, de su origen, de su transmisión, de la trascendencia que tienen en la construcción de nuestra identidad y en la construcción de la identidad de aquellos a quienes se los regalamos.</p><p>La novela está escrita desde el punto de vista, y en la voz narrativa, de Jan, un niño de 10 años que se pregunta si debe alegrarse cuando sus abuelos dejan su casa en el pueblo y se instalan en la suya. Intuye que no es una buena noticia y, a lo largo de la novela, a través de preguntas sin respuesta y a través de respuestas cuyas preguntas no han sido formuladas, va descubriendo una realidad que deberá asumir. Igual que deberá hacerlo Joan, su abuelo, que está perdiendo la memoria. Jan y su abuelo deciden, sin decírselo, coincidir en esa memoria que se desvanece y que, sin embargo, construye.</p><p>La sencillez aportada por el punto de vista del protagonista  nos aleja del sentimentalismo y de la dramatización que podría comportar la historia narrada. Una de las citas que abre el libro, “Un niño es un buen sitio para vivir”, de <strong>Roberto Piumini</strong>, es el preludio de esta idea. Nosotros lectores, igual que el abuelo Joan, nos adentramos en la historia de la mano de Jan, y eso nos posibilita hacerlo de una manera tranquila, cercana e íntima y la ingenuidad de su mirada nos permite una sonrisa cómplice, como las que comparten Jan y su abuelo.</p><p>La estructura de la novela también apuesta por la contención de las emociones, una contención que la autora ha afirmado en alguna ocasión toma como modelo la narrativa de <strong>Mercè Rodoreda</strong>. Construida en once capítulos compuestos de escenas muy breves, a modo de mosaico, entre las que se abren elipsis de forma magistral son capaces de transmitir todas las presencias, los gestos, las palabras y los silencios que configuran la historia que se nos explica. “El abuelo siempre hacía ruido, como los relojes de antes, que nunca dejaban de hacer tictac. Hasta que se estropeaban. Ahora de golpe se queda callado y, si estoy solo con él, me pongo yo a hablar por los dos. Pero si están mamá o la abuela el silencio pesa tanto que tengo que respirar más fuerte para no ahogarme.” La estructura hilvanada a través de  metáforas y juegos lingüísticos que se erigen como hilo conductor de la narración, hace de <em>La memoria del árbol </em>un relato de estilo pausado y convincente que invita al lector a adentrase en esa relación cómplice entre abuelo y nieto, capaz de atravesar la superficialidad y la rutina y vencer la dictadura de lo efímero.</p><p>La presencia, o la ausencia, de los árboles, en especial de un sauce llorón, es de vital importancia en la vida de los personajes, en el discurso que juntos construyen. El abuelo Joan, cuyo tiempo se desvanece inexorablemente, necesita explicarse, necesita contar y apoyará su voz en esos árboles que compartirá con su nieto. En las conversaciones con su abuelo, el niño madurará y aprenderá a relacionarse con el mundo. Poco a poco irá encontrando su espacio en la historia y se sabrá heredero de un relato generacional.  “El abuelo es un árbol, he pensado. Y ahora es el sauce llorón herido por el rayo. Y cuando no quede de él ni el tocón me mancharé los dedos de tiza verde para dibujarlo.”</p><p>Tina Vallès, autora de los libros de cuentos <em>L'aeroplà del Raval</em> (LaBreu, 2006), <em>Un altre got d'absenta</em> (LaBreu, 2012) y <em>El parèntesi més llarg</em> (Proa, 2013), premio Mercè Rodoreda 2012, y de la novela <em>Maic</em> (Baula, 2011), nos sorprende de nuevo con su capacidad para percibir los pequeños detalles que, a menudo, pueden pasarnos desapercibidos y que, sin embargo, nos conducen a la esencia y nos explican los significados más profundos de la vida.</p><p>Es <em>La memoria del árbol</em> una novela memorable que nos habla de la importancia de los recuerdos y de cómo puede ser de trágica su pérdida.  Con su lectura nuestros ojos se llenan de luz como les sucede, según la mirada de su nieto, a los del abuelo Joan cuando se encuentra con los ojos de la abuela.</p><p><em>*Mònica Vidiella es profesora de Literatura.</em><strong>Mònica Vidiella</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Mònica Vidiella]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La herencia de la memoria]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Francisco Ayala, siempre en su tiempo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/francisco-ayala-tiempo_1_1143226.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/919c750a-27af-4600-90e2-30719d5fa617_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Francisco Ayala, siempre en su tiempo"></p><p><strong>Una conversación literaria (Madrid, 1970)Francisco Ayala y Miguel Fernández-BrasoUniversidad de Granada y Fundación Francisco AyalaGranada2016</strong><em>Una conversación literaria (Madrid, 1970)</em></p><p>Bienvenido sea este cuarto libro de conversaciones con <strong>Francisco Ayala</strong>, tras los tres de que ya disponíamos de<strong> Rosario Iriart, Enriqueta Antolín </strong>y <strong>Antonio Astorga</strong>, publicados en 1982, 1993 y 2015, respectivamente. Si lo situamos en el momento en que fue gestado, podría decirse que se trata del primero, aunque haya permanecido inédito hasta ahora. El caso es que todos ellos apuntan a sus memorias, <a href="https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=1367073&id_col=100508" target="_blank">Recuerdos y olvidos</a>, al anticiparlas o completarlas.</p><p>El interlocutor de Ayala, <strong>Miguel Fernández-Braso</strong>, era entonces un periodista de 30 años que colaboraba en la sección de cultura de <em>ABC</em> y <em>Pueblo</em>, y en el suplemento literario de este último periódico había entrevistado al autor de <em>Muertes de perro</em> en junio de 1969. Era ya un avezado cultivador del género, pues en dicha fecha había publicado en una pequeña editorial llamada Azur el primer libro de conversaciones con <strong>García Márquez</strong>. Su contribución se completó con varios libros más: <em>De escritor a escritor</em> (1970), <em>Conversaciones con Tàpies (1971) y Conversaciones con Alfonso Guerra (1983). Recuérdese, además, que en 1971 Fernández-Braso abrió en Madrid su primera galería de arte, Rayuela, y en 1975 fundó la revista de artes plásticas Guadalimar, cuya existencia se prolongó durante casi treinta años.  La técnica que utiliza el entrevistador, en esta ocasión, es la de disolverse, desaparecer, dejando las preguntas en su mínima expresión. El conjunto se ciñe a lo anunciado en el título, por ello arranca el diálogo hablando del primer libro de Ayala, Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925), que tacha de novela, para pasar de inmediato a referirse a Ortega y Gasset (“El defecto de Ortega, si defecto es, era la soberbia”, pág. 30) y de la Revista de Occidente, la tertulia, la editorial y la revista, de la que nuestro autor fue parte activa. Dada la gran importancia que Ayala le concede en la vida intelectual española de la primera mitad del siglo XX, Ortega surge una y otra vez en la conversación. A lo largo de estas páginas, nos transmite sus impresiones y nos cuenta las relaciones que mantuvo con grandes autores –y no tan grandes— de aquellos años anteriores a la Guerra Civil o del exilio republicano, como fueron Juan Ramón Jiménez (“quizá su importancia para la historia de la literatura se deba más a la influencia ejercida que a la propia creación poética […], en conjunto hay algo de artificioso en su poesía”, pág. 156); Ramón Gómez de la Serna (“era un escritor realmente fabuloso, pero de ese tipo de escritor que, siendo genial, carece de control intelectual sobre lo que hace”, pág. 24); Ramón J. Sender (“su refinamiento literario era y es muy escaso” y su obra muy desigual, pág. 27 y 137); Unamuno (“con Unamuno no hablaba nadie: hablaba él y basta”, pág. 32); González Ruano (“hizo cosas como periodista que a mí me parecieron sencillamente repugnantes”, pág. 33); Antonio Espina (“es de esos hombres que cree que es peligrosísimo para la salud estar a más de diez kilómetros de la Puerta del Sol”, pág. 35); Azaña (“me parece un escritor de primera calidad […], se consideraba en un plano intelectual muy superior al común de las gentes”, pág. 36); Max Aub (“Él es persona que sí sabe manejar su propia publicidad muy bien”, pág. 142); Pérez de Ayala (“tenía un desdén hacia el género humano”, “desdeñaba a los países españoles de América”, y “pensaba que la realización del hombre no se puede dar sino a través de la nación”, pág. 180-182); Ricardo Gullón (“es uno de los críticos más sagaces y más afectos a mí, en fin, un amigo entrañable”, pág. 108); Américo Castro (“ha puesto de relieve la importancia fundamental que tuvo en la vida española ese problema de la limpieza de sangre”, pág. 112); Segundo Serrano Poncela (“ha escrito algunos cuentos muy, muy buenos”, pág. 150); y José Gaos (“cumplió la hazaña verdaderamente casi increíble de hacer que Heidegger resultara más difícil en la traducción española que en el original alemán”, pág. 163). Sobre todos ellos y sobre bastantes otros, como Azorín, nos proporciona Ayala juicios y retratos, a menudo certeros, sin dejar por ello de mostrarse subjetivo y en algunas ocasiones injusto, como no podía ser de otro modo, dada la naturaleza del libro. Por tanto, para hacerse una idea cabal de lo que pensaba, es necesario leer todo cuanto comentaba sobre ellos, no solo las frases lapidarias que he escogido. En suma, viene a reconocer la labor de la crítica, con una generosidad poco habitual en los escritores: “He tenido mucha suerte en lo que se refiere a la crítica. Ha habido interpretaciones muy numerosas y muy atinadas. Algunas de ellas, extraordinariamente sutiles” (pág. 112).Hay en la vida de Ayala unos cuantos momentos fundamentales: la estancia como estudiante en Alemania; la Guerra Civil y el consiguiente exilio; y la reintegración paulatina en España. Haciendo balance de su trayectoria como escritor, repite en un par de ocasiones que le interesaba sobre todo la literatura de creación, de ficción, y que lo que más le preocupaba como novelista era conseguir expresar el sentido del mundo en que vivía (pág. 62 y 190). En 1929, Ayala se va a estudiar ciencias políticas a Alemania con una beca de la Universidad de Madrid; pero no cursa estudios regulares, sino libres, asistiendo a las clases del jurista socialdemócrata Hermann Heller (1891-1933), entre otros, quien al ser judío tuvo que exiliarse en España, donde murió. Después, Ayala regresó a Berlín en 1933, ya con Hitler en el poder, invitado por la universidad, y el ambiente le pareció terrorífico.La Guerra Civil lo pilló impartiendo conferencias en Hispanoamérica, donde entabla amistad con Borges y Eduardo Mallea, entre otros. Tienen también mucha presencia en el libro los avatares personales e intelectuales del exilio, que lo llevaron primero a Buenos Aires y Río de Janeiro, allí vivió en 1945, y luego a Puerto Rico, donde se instaló en 1950, y finalmente a Estados Unidos. A diferencia de la mayoría de los exiliados, Ayala afirma que nunca sintió nostalgia de España, pues creía que los afortunados habían sido ellos al poder vivir en libertad, evitando la dictadura, a pesar de lo mucho que influyó en la recepción de su obra, pues era consciente que sus lectores no podían ser otros que los españoles (pág. 47, 69, 105, 136, 138, 157 y 194). Para describir a los exiliados utiliza el concepto de escritores desorbitados, a quienes Steiner llamaría extraterritoriales en 1972, aquellos que como él tuvieron que gestar su obra lejos de su ambiente natural (pág. 131). Ayala regresó a Europa por primera vez en 1952, y a España en 1960, no en 1957 o 1958 como se dice en el libro.Pero, recuérdese que entre 1930 y 1944, cuando aparece El hechizado, no publica ninguna obra de ficción, debido a unas circunstancias que aquí nos recuerda. Sus ideas y principales preocupaciones literarias aparecen condensadas en esta conversación. Así, afirma que la patria de la literatura, del escritor, es el idioma, no la nación (pág. 72, 167 y 168); se plantea el problema que supone fijar de forma artística el lenguaje hablado (pág. 84); se reafirma en la creencia firme de que la experiencia y la imaginación están imbricadas, fundidas (pág. 85), y que la literatura se hace con palabras, más que con ideas (pág. 104), de ahí su rechazo del realismo, tal y como se entendía entre nosotros, del denominado realismo social, mostrándose contrario a la literatura política, de protesta (pág. 97, 103), porque como se ha repetido hasta la saciedad, nos recuerda Ayala, las buenas intenciones suelen producir mala literatura (pág. 130). Junto con su afán por no repetirse y hacer algo distinto de lo escrito hasta entonces, una virtud que también le atribuye a Cela y a Delibes (pág. 110 y 124). Resulta de interés, aunque no la compartamos del todo, la idea que tiene Ayala de los géneros narrativos clásicos, su distinción entre cuento, novela corta y novela (la diferencia entre estos dos últimos, nos dice, se debe a la distinta complejidad de sus estructuras), pues a los textos que componen Los usurpadores y La cabeza del cordero, que tanto los lectores como la crítica, en general, han calificado como cuentos o novelas cortas, los considera novelas, ya que la extensión no le parece determinante; mientras que en el caso concreto de “El as de bastos”, la define como una elegía en prosa (pág. 81, 126, 127, 132-135).No muestra excesivo aprecio por los narradores del llamado boom, y aun cuando reconozca que son buenos novelistas, sobre todo Cortázar y García Márquez, constata que se han valido de “una especie de promoción colectiva”. En suma, concluye: “No creo que artísticamente, literariamente, signifique gran cosa”. En cambio, parece apreciar más a los escritores hispanoamericanos anteriores, como Borges y Juan Rulfo, aunque se confunda con Arguedas, al que considera boliviano, en vez de peruano (pág. 161 y 164-166).A pesar de que afirma no saber a ciencia cierta a qué generación literaria pertenece, pues es un poco más joven que los autores del 27, me parece que sus pares –por la trayectoria seguida— tal vez fueran escritores como Rosa Chacel, Sender y Max Aub, quienes nacieron entre 1898 y 1906, publicaron su primer libro entre 1924 y 1930 y tuvieron que exiliarse. Si nos detenemos en el útil índice de nombres y títulos de obras citadas con el que se cierra el volumen, observaremos que a lo largo de esta conversación se refiere a muchos de sus libros, aunque a los que más atención les preste sean a La cabeza del cordero, El fondo del vaso, Muertes de perro y Los usurpadores. En algunos casos, además, se detiene en detalles concretos, como el significado de alguno de sus títulos, o el sentido de la obra.Por lo que se refiere a la política, confiesa Ayala que como actividad le repugna, y que sus ideas fueron siempre “moderadas, liberales, con un temple realmente conservador”, “debiendo entenderse por liberal el reconocimiento y respeto de la autonomía de la persona”, pues consideraba que “el realismo político consiste en tratar de obtener lo mejor dentro de las posibilidades reales” (pág. 44, 48 y 95).El libro, en suma, muestra muy bien cuáles eran las preocupaciones de un escritor español exiliado a la altura de 1970, cuando la dictadura entraba en su recta final y consideró la publicación de estas conversaciones “una oportunidad de decir cosas que, sin caer en lo trivial, tengan a la vez un tono ligero e íntimo en cierta medida; cosas, en fin, que no son para ser escritas, sino más bien para ser habladas” (pág. 198). Muy significativa me parece la preocupación que muestra por fijar su imagen pública como escritor de la manera más adecuada, por lo que se interesa por el trabajo de Julio-César, autor de las fotos que acompañan a la entrevista de Pueblo (pág. 13 y 197). Sea como fuere, si tuviera que seleccionar unas pocas páginas me quedaría con el relato sobre la búsqueda del carmen de la Cruz Blanca, la casa familiar, cuando regresó a Granada (pág. 88 y 89).No quiero concluir sin elogiar la labor de edición que viene realizando la Fundación Francisco Ayala, al rescatar estudios descatalogados, editar epistolarios (véase, al respecto, su página web), libros de conversaciones y documentos relativos a la vida del escritor, unos trabajos que tanto los investigadores como los lectores más curiosos tenemos que agradecerle.*Fernando Valls es crítico y profesor de Literatura.#dts iframe {display:none!important;}   #dts #txt iframe, #dts .col8-f1 iframe {display:block!important;}     </em><strong>Tàpies</strong><strong> </strong><em>Conversaciones con Alfonso Guerra (1983). Recuérdese, además, que en 1971 Fernández-Braso abrió en Madrid su primera galería de arte, Rayuela, y en 1975 fundó la revista de artes plásticas Guadalimar, cuya existencia se prolongó durante casi treinta años.  La técnica que utiliza el entrevistador, en esta ocasión, es la de disolverse, desaparecer, dejando las preguntas en su mínima expresión. El conjunto se ciñe a lo anunciado en el título, por ello arranca el diálogo hablando del primer libro de Ayala, Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925), que tacha de novela, para pasar de inmediato a referirse a Ortega y Gasset (“El defecto de Ortega, si defecto es, era la soberbia”, pág. 30) y de la Revista de Occidente, la tertulia, la editorial y la revista, de la que nuestro autor fue parte activa. Dada la gran importancia que Ayala le concede en la vida intelectual española de la primera mitad del siglo XX, Ortega surge una y otra vez en la conversación. A lo largo de estas páginas, nos transmite sus impresiones y nos cuenta las relaciones que mantuvo con grandes autores –y no tan grandes— de aquellos años anteriores a la Guerra Civil o del exilio republicano, como fueron Juan Ramón Jiménez (“quizá su importancia para la historia de la literatura se deba más a la influencia ejercida que a la propia creación poética […], en conjunto hay algo de artificioso en su poesía”, pág. 156); Ramón Gómez de la Serna (“era un escritor realmente fabuloso, pero de ese tipo de escritor que, siendo genial, carece de control intelectual sobre lo que hace”, pág. 24); Ramón J. Sender (“su refinamiento literario era y es muy escaso” y su obra muy desigual, pág. 27 y 137); Unamuno (“con Unamuno no hablaba nadie: hablaba él y basta”, pág. 32); González Ruano (“hizo cosas como periodista que a mí me parecieron sencillamente repugnantes”, pág. 33); Antonio Espina (“es de esos hombres que cree que es peligrosísimo para la salud estar a más de diez kilómetros de la Puerta del Sol”, pág. 35); Azaña (“me parece un escritor de primera calidad […], se consideraba en un plano intelectual muy superior al común de las gentes”, pág. 36); Max Aub (“Él es persona que sí sabe manejar su propia publicidad muy bien”, pág. 142); Pérez de Ayala (“tenía un desdén hacia el género humano”, “desdeñaba a los países españoles de América”, y “pensaba que la realización del hombre no se puede dar sino a través de la nación”, pág. 180-182); Ricardo Gullón (“es uno de los críticos más sagaces y más afectos a mí, en fin, un amigo entrañable”, pág. 108); Américo Castro (“ha puesto de relieve la importancia fundamental que tuvo en la vida española ese problema de la limpieza de sangre”, pág. 112); Segundo Serrano Poncela (“ha escrito algunos cuentos muy, muy buenos”, pág. 150); y José Gaos (“cumplió la hazaña verdaderamente casi increíble de hacer que Heidegger resultara más difícil en la traducción española que en el original alemán”, pág. 163). Sobre todos ellos y sobre bastantes otros, como Azorín, nos proporciona Ayala juicios y retratos, a menudo certeros, sin dejar por ello de mostrarse subjetivo y en algunas ocasiones injusto, como no podía ser de otro modo, dada la naturaleza del libro. Por tanto, para hacerse una idea cabal de lo que pensaba, es necesario leer todo cuanto comentaba sobre ellos, no solo las frases lapidarias que he escogido. En suma, viene a reconocer la labor de la crítica, con una generosidad poco habitual en los escritores: “He tenido mucha suerte en lo que se refiere a la crítica. Ha habido interpretaciones muy numerosas y muy atinadas. Algunas de ellas, extraordinariamente sutiles” (pág. 112).Hay en la vida de Ayala unos cuantos momentos fundamentales: la estancia como estudiante en Alemania; la Guerra Civil y el consiguiente exilio; y la reintegración paulatina en España. Haciendo balance de su trayectoria como escritor, repite en un par de ocasiones que le interesaba sobre todo la literatura de creación, de ficción, y que lo que más le preocupaba como novelista era conseguir expresar el sentido del mundo en que vivía (pág. 62 y 190). En 1929, Ayala se va a estudiar ciencias políticas a Alemania con una beca de la Universidad de Madrid; pero no cursa estudios regulares, sino libres, asistiendo a las clases del jurista socialdemócrata Hermann Heller (1891-1933), entre otros, quien al ser judío tuvo que exiliarse en España, donde murió. Después, Ayala regresó a Berlín en 1933, ya con Hitler en el poder, invitado por la universidad, y el ambiente le pareció terrorífico.La Guerra Civil lo pilló impartiendo conferencias en Hispanoamérica, donde entabla amistad con Borges y Eduardo Mallea, entre otros. Tienen también mucha presencia en el libro los avatares personales e intelectuales del exilio, que lo llevaron primero a Buenos Aires y Río de Janeiro, allí vivió en 1945, y luego a Puerto Rico, donde se instaló en 1950, y finalmente a Estados Unidos. A diferencia de la mayoría de los exiliados, Ayala afirma que nunca sintió nostalgia de España, pues creía que los afortunados habían sido ellos al poder vivir en libertad, evitando la dictadura, a pesar de lo mucho que influyó en la recepción de su obra, pues era consciente que sus lectores no podían ser otros que los españoles (pág. 47, 69, 105, 136, 138, 157 y 194). Para describir a los exiliados utiliza el concepto de escritores desorbitados, a quienes Steiner llamaría extraterritoriales en 1972, aquellos que como él tuvieron que gestar su obra lejos de su ambiente natural (pág. 131). Ayala regresó a Europa por primera vez en 1952, y a España en 1960, no en 1957 o 1958 como se dice en el libro.Pero, recuérdese que entre 1930 y 1944, cuando aparece El hechizado, no publica ninguna obra de ficción, debido a unas circunstancias que aquí nos recuerda. Sus ideas y principales preocupaciones literarias aparecen condensadas en esta conversación. Así, afirma que la patria de la literatura, del escritor, es el idioma, no la nación (pág. 72, 167 y 168); se plantea el problema que supone fijar de forma artística el lenguaje hablado (pág. 84); se reafirma en la creencia firme de que la experiencia y la imaginación están imbricadas, fundidas (pág. 85), y que la literatura se hace con palabras, más que con ideas (pág. 104), de ahí su rechazo del realismo, tal y como se entendía entre nosotros, del denominado realismo social, mostrándose contrario a la literatura política, de protesta (pág. 97, 103), porque como se ha repetido hasta la saciedad, nos recuerda Ayala, las buenas intenciones suelen producir mala literatura (pág. 130). Junto con su afán por no repetirse y hacer algo distinto de lo escrito hasta entonces, una virtud que también le atribuye a Cela y a Delibes (pág. 110 y 124). Resulta de interés, aunque no la compartamos del todo, la idea que tiene Ayala de los géneros narrativos clásicos, su distinción entre cuento, novela corta y novela (la diferencia entre estos dos últimos, nos dice, se debe a la distinta complejidad de sus estructuras), pues a los textos que componen Los usurpadores y La cabeza del cordero, que tanto los lectores como la crítica, en general, han calificado como cuentos o novelas cortas, los considera novelas, ya que la extensión no le parece determinante; mientras que en el caso concreto de “El as de bastos”, la define como una elegía en prosa (pág. 81, 126, 127, 132-135).No muestra excesivo aprecio por los narradores del llamado boom, y aun cuando reconozca que son buenos novelistas, sobre todo Cortázar y García Márquez, constata que se han valido de “una especie de promoción colectiva”. En suma, concluye: “No creo que artísticamente, literariamente, signifique gran cosa”. En cambio, parece apreciar más a los escritores hispanoamericanos anteriores, como Borges y Juan Rulfo, aunque se confunda con Arguedas, al que considera boliviano, en vez de peruano (pág. 161 y 164-166).A pesar de que afirma no saber a ciencia cierta a qué generación literaria pertenece, pues es un poco más joven que los autores del 27, me parece que sus pares –por la trayectoria seguida— tal vez fueran escritores como Rosa Chacel, Sender y Max Aub, quienes nacieron entre 1898 y 1906, publicaron su primer libro entre 1924 y 1930 y tuvieron que exiliarse. Si nos detenemos en el útil índice de nombres y títulos de obras citadas con el que se cierra el volumen, observaremos que a lo largo de esta conversación se refiere a muchos de sus libros, aunque a los que más atención les preste sean a La cabeza del cordero, El fondo del vaso, Muertes de perro y Los usurpadores. En algunos casos, además, se detiene en detalles concretos, como el significado de alguno de sus títulos, o el sentido de la obra.Por lo que se refiere a la política, confiesa Ayala que como actividad le repugna, y que sus ideas fueron siempre “moderadas, liberales, con un temple realmente conservador”, “debiendo entenderse por liberal el reconocimiento y respeto de la autonomía de la persona”, pues consideraba que “el realismo político consiste en tratar de obtener lo mejor dentro de las posibilidades reales” (pág. 44, 48 y 95).El libro, en suma, muestra muy bien cuáles eran las preocupaciones de un escritor español exiliado a la altura de 1970, cuando la dictadura entraba en su recta final y consideró la publicación de estas conversaciones “una oportunidad de decir cosas que, sin caer en lo trivial, tengan a la vez un tono ligero e íntimo en cierta medida; cosas, en fin, que no son para ser escritas, sino más bien para ser habladas” (pág. 198). Muy significativa me parece la preocupación que muestra por fijar su imagen pública como escritor de la manera más adecuada, por lo que se interesa por el trabajo de Julio-César, autor de las fotos que acompañan a la entrevista de Pueblo (pág. 13 y 197). Sea como fuere, si tuviera que seleccionar unas pocas páginas me quedaría con el relato sobre la búsqueda del carmen de la Cruz Blanca, la casa familiar, cuando regresó a Granada (pág. 88 y 89).No quiero concluir sin elogiar la labor de edición que viene realizando la Fundación Francisco Ayala, al rescatar estudios descatalogados, editar epistolarios (véase, al respecto, su página web), libros de conversaciones y documentos relativos a la vida del escritor, unos trabajos que tanto los investigadores como los lectores más curiosos tenemos que agradecerle.*Fernando Valls es crítico y profesor de Literatura.#dts iframe {display:none!important;}   #dts #txt iframe, #dts .col8-f1 iframe {display:block!important;}     </em><strong>Alfonso Guerra</strong><em>Guadalimar</em></p><p><em>Tragicomedia de un hombre sin espíritu</em><strong>Ortega y Gasset </strong><em>Revista de Occidente</em><strong>Juan Ramón Jiménez</strong><strong>Ramón Gómez de la Serna</strong><strong>Ramón J. Sender</strong><strong>Unamuno </strong><strong>González Ruano</strong><strong>Antonio Espina</strong><strong>Azaña </strong><strong>Max Aub</strong><strong>Pérez de Ayala</strong><strong>Ricardo Gullón</strong><strong>Américo Castro</strong><strong>Segundo Serrano Poncela</strong><strong>José Gaos</strong><strong>Heidegger </strong><strong>Azorín</strong></p><p><strong>Hermann Heller</strong><strong>Hitler </strong></p><p><strong>Borges </strong><strong>Eduardo Mallea</strong><em>escritores</em><em>desorbitados</em><strong>Steiner </strong><em>extraterritoriales</em></p><p><em>El hechizado</em><em>realismo social</em><strong>Cela </strong><strong>Delibes </strong><em>Los usurpadores</em><em>La cabeza del cordero</em><em>cuentos</em><em>novelas cortas</em><em>novelas</em></p><p><em>boom</em><strong>Cortázar </strong><strong> Juan Rulfo</strong><strong>Arguedas</strong></p><p><strong>Rosa Chacel, Sender</strong><strong>Max Aub</strong><em>La cabeza del cordero</em><em>El fondo del vaso</em><em>Muertes de perro</em><em>Los usurpadores</em></p><p><strong>Julio-César,</strong><em>Pueblo</em></p><p><a href="http://www.ffayala.es/" target="_blank">su página web</a></p><p><em>*Fernando Valls es crítico y profesor de Literatura.</em><strong>Fernando Valls</strong></p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Francisco Ayala, siempre en su tiempo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Literatura española,Periodismo,Los diablos azules número 73]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Hermanas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/hermanas_1_1143215.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c7ac9e14-7c6d-4e0b-a680-3222787b7d8c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Hermanas"></p><p><em>(Comienza Beatriz Rodríguez.)</em><strong>Beatriz Rodríguez</strong></p><p>La hermana Matilde se arrodilla ante el altar. Su hermana Esperanza la observa detrás de los barrotes de Santo Domingo, en Soria. Viene de ver la tumba de la mujer del poeta. Viene de leer los poemas del río y los álamos. Ante los barrotes ella también se arrodilla. Matilde Silva, que era pequeña y regordeta, algo mística, algo bruja, solía refugiarse para leer durante horas en el frío mármol de las iglesias. Ahora es vieja y huesuda y todos sus conocimientos se han reducido a una sonrisa hueca.</p><p>Bajo las sombras de Santo Domingo se congelan los recuerdos de una vida que ya no existe. Detrás de los barrotes, hermanas, mayores y jóvenes, gordas y flacas, feas y muy pocas guapas se esconden del mundo. Lo crean todo, lo creen todo. Inventan, sueñan, lamentan. Rodillas cansadas de adorar ficciones, caderas cansadas de esconder deseos. Mujeres derrotadas que crean hogares sin ventanas. Barrotes en el tiempo. Venid conmigo, recuerdos de las sombras, y arrodillaos.</p><p>Piensa entonces su hermana Esperanza en el rosario que le robaron al padre Ignacio una tarde de agosto que las dos entraron en la Iglesia del Carmen. El calor de la siesta disuadía cualquier intento de juego en la calle y era más peligroso quebrantar el sueño de padre que ser descubiertas jugando a la rayuela en la casa de dios.</p><p>¿Cuántas decepciones puede soportar la necesidad de amor? Le pregunta la beata Matilde a su hermana recién divorciada, pero Esperanza solo quiere hablar del rosario. Colgaba de uno de los reposabrazos que tenía la gran silla de cuero que había en la sacristía. Un trono inestable, la pata izquierda trasera era más corta que las demás, sobre el que se sentaba el padre Ignacio a esperar a su monaguillo.</p><p>No siempre era el mismo, cada año los cambiaba para no enamorarse de ellos, le diría Esperanza a su hermana, y esta, santiguada y mirada perdida hacia los cielos, porque en los pucheros nunca había encontrado a dios, le contestaría es que el padre Ignacio estaba enfermo.</p><p>Pero la rayuela en la iglesia era imposible, ya las habían castigado varias veces por pintar con tiza el suelo de la iglesia, hecho con grandes cuadrados de mármol blancos y negros, como el ajedrez del abuelo, así que saltaban como si fueran figuritas de ese mismo ajedrez: el peón hacia adelante, el caballo en diagonal, la torre corre que te corre por el pasillo central, directo hasta el altar, el rey la espera en la esquina de la izquierda, donde Nuestra Señora de las Angustias congela su llanto eterno. Jaque mate, dice la torre, y Matilde corre hacia su hermana Esperanza y la tira al suelo, y el silencioso juego se convierte en risas hasta que calla, calla te digo, y las dos escuchan un leve jadeo.</p><p>¿Gimen los ángeles cuando están enfadados?, piensa Esperanza y mira a su hermana mayor. Las dos tumbadas todavía en el suelo, con las faldas levantadas, enseñándole las bragas a dios.</p><p>En la iglesia de Santo Domingo, cuarenta años más tarde, la pregunta vuelve a retumbar en los oídos de la Hermana Matilde: ¿Gimen los ángeles cuándo están enfadados?, dice en voz alta su hermana menor mientras saca el rosario del bolso. La mano temblorosa atraviesa los barrotes prohibidos y las cuentas quedan suspendidas sobre la muñeca, columpiándose al ritmo de su memoria, como se columpiaban aquel día en el trono del padre Ignacio.</p><p>Suenan las campanas en Soria llamando a las hermanas al rezo, es un sonido alegre. Hoy no ha muerto nadie, piensa Matilde, solo tendremos que rogar por nuestro silencio.</p><p><em>(Sigue Alfons Cervera.)</em><strong>Alfons Cervera</strong></p><p>Los jadeos. La vuelta atrás en la memoria que va quedando a ras de tanto olvido. Aquellas otras visitas al pueblo de la infancia, lejos en la distancia de los rosarios y las rayuelas en el suelo frío de la iglesia del Carmen. Los mismos susurros en el pozo oscuro de la sacristía, la negrura del pasillo detrás del altar mayor donde se colgaban las vestimentas de los monaguillos, como si fueran telas ahorcadas sin cuerpo dentro, el humo dulce del incienso que Matilde aspiraba con los ojos cerrados y lo dejaba caer como un chicle de arena en la boca medio cerrada de Esperanza. El miedo a que llegara demasiado pronto el fin del mundo. La miraba Esperanza, la pequeña Esperanza, y le preguntaba eso: por qué la mano del Niño Jesús está cada día más inclinada y la bola del mundo a punto de resbalar hasta el suelo. El cura —otro distinto, no el padre Ignacio, el de la silla coja y los niños invisibles que lo enfermaban en el recuerdo huesudo de Matilde— lo decía desde el púlpito en la misa del domingo: todo desaparecerá cuando la bola choque contra el suelo. Y las dos, hermanas y juntas en los juegos secretos de risas y rayuelas, de bragas altivas a los ojos del Altísimo, imaginaban el ruidoso estallido de santos y reliquias: la casa solariega de la Andenia, el fantasma que aparecía por las tres eras juntas todas las noches del verano, los gritos que se escuchaban en el cuartel de la guardia civil cuando ya hacía tanto tiempo que allí sólo quedaban unas insignificantes ruinas llenas de ratas, envases de plástico y huesos negros de paloma.</p><p>Después, el regreso a Soria. Lo que iba quedando de los juegos silenciosamente abruptos del verano. El humo del incienso dando vueltas y más vueltas por la boca. Como un chicle de arena que no desaparece nunca.</p><p>El tiempo no se doma. Resulta cada vez más insurrecto. Menos dispuesto a la inmolación gratuita a manos de un recuerdo complaciente. No había entonces nada complaciente, acaso sólo esa ficción que nos convertía en dueñas de una inocencia cruel y violenta, en personajes con el destino fijado desde el origen de los tiempos. Eso piensa Esperanza tantos años después. El rosario dando vueltas y más vueltas en su mano. La muñeca rota por la rozadura de las cuentas redondas, como los huesos, hechos polvo ya, de las palomas muertas en el cuartel de los veranos.</p><p>La verja de hierro. El silencio a una parte y otra de la verja. Tampoco se ha muerto el silencio. Lo que hablan —cada una desde su lado, las dos juntas en la misma memoria insatisfecha, como todas las memorias— pertenece a aquella vieja historia que habla miedosamente de bolas de fuego y jadeos que parecían llegados de ultratumba. El miedo, siempre. El susurro de unas manos deslizándose sobre las telas —ahora con cuerpo dentro— que cuelgan ahorcadas en las perchas del estrecho pasadizo que arrancaba de la sacristía. Aquel mismo susurro llegado, no sabían Matilde ni Esperanza de qué altar secreto perdido en una infancia que, como el chicle de arena que nunca se derrite, anda dando vueltas y vueltas por un rezo que se despliega —cuarenta años más tarde y con la misma, intensa, insobornable fiereza de entones— a un lado y otro de la reja.</p><p>No se enfadan los ángeles. Y menos aún gimen cuando están alegres en las profundidades del pozo. Pero lo que no saben esos ángeles —o sí, cuando escuchamos los gritos desde lejos tantos años después de aquellos días— es que el horror nos llega muchas veces con las señales dulces del incienso rodando por la boca. Y que aquel gozo de bragas altivas y desobedientes rayuelas va a ser otro cuando Esperanza salga a la calle y se queden, en las traviesas antiguas de la iglesia de Santo Domingo, aquellos versos que nunca les enseñaron en la escuela cuando los tiempos oscuros:</p><p><em>De toda la memoria, sólo vale</em></p><p><em>el don preclaro de evocar los sueños</em>.</p><p>En la calle sopla un aire frío. Mira Esperanza lo que queda del día. A saber, piensa. Seguro que lo de siempre. Siempre lo que queda del día es lo de siempre. Y se levanta el cuello del abrigo. El mismo abrigo de todos los inviernos, dice. A nadie. Porque Matilde se queda en la parte de atrás de lo que piensa, de lo que dice. De lo que poco a poco empieza a ser más olvido que tiempo recobrado. La vida que le espera. O la otra. A saber la vida que le espera. Las manos. Ahora se da cuenta. Las huellas de la reja en la piel reseca de las manos. Las cuentas del rosario. La risa de los ángeles caídos. La vida fuera de la infancia. El nombre de Gustavo que surge de repente. Los ángeles tienen nombres distintos cuando los recordamos. Un día entró en sus juegos. Salía del pozo oscuro de la sacristía. Por qué ahora le viene a la memoria. Precisamente ahora, cuando ya empezaba a ser nada en su vida, incluso en sus recuerdos.</p><p>Ya no está, Gustavo ya no está con nosotras. No se lo ha dicho a Matilde, pero no ha hecho falta. Las dos saben que no hace falta. No le ha dicho nos acabamos de separar y no sé dónde habrá ido desde que dejó la casa.</p><p>Siempre han sabido —la hermana mayor y la pequeña— que abandonar aquella infancia no iba a ser fácil para nadie. Y aún menos, salir del pozo. Eso aún menos. El abrigo se le ha quedado corto, piensa. Y estira los bordes por abajo. A ver si así.</p><p><em>(Continuará Lola López Mondéjar.)</em><strong>Lola López Mondéjar</strong></p><p><em>*Beatriz Rodríguez es escritora. Su último libro, </em><strong>Beatriz Rodríguez</strong><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-cuando-eramos-angeles/206166" target="_blank">Cuando éramos ángeles</a><em> (Seix Barral, 2016).</em></p><p><em>*Alfons Cervera es escritor. Su último libro, </em><strong>Alfons Cervera </strong><a href="http://sintarima.com/evento/yo-no-voy-a-olvidar-porque-otros-quieran-de-alfons-cervera/" target="_blank">Yo no voy a olvidar porque otros quieran</a><em> (Montesinos, 2017). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Beatriz Rodríguez | Alfons Cervera]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Narrativa,Los diablos azules número 73]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Escribimos lo que somos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/escribimos_1_1143214.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6ed592a8-0ec4-477a-9742-9ee7aab6c964_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Escribimos lo que somos"></p><p><em>Amok </em>es un síndrome identificable, una catarsis, un estado emocional extremo, una disociación entre mente y cuerpo. ¿El origen? Cualquiera. Aislamiento prolongado, altas temperaturas, una obsesión anquilosada en forma de tumor que te oprime la razón. <em>Amok </em>no entiende de responsabilidades, ni de consecuencias, se lleva todo por delante, no contempla márgenes, ni líneas rojas, ni bondades. <em>Amok </em>persigue una sombra poderosa que te arrastra hasta lo más oscuro de tu propia conciencia, hasta un lugar sin retorno en el que la identidad de uno se diluye hasta desaparecer, volviéndonos invisibles para nosotros mismos. <em>Amok </em>no pertenece a ninguna región en particular porque el mundo, en su propia locura, lo ha adoptado. Ahora yace en cualquier rincón del planeta. Una playa, un instituto, un avión, un supermercado… cualquier lugar puede ser el cruel escenario de <em>Amok</em>.</p><p>  </p><p>El autor del relato con este nombre, el austriaco <strong>Stefan Zweig</strong>, sabe qué efecto quiere causar en el lector. ¿Lo aprendió de <strong>Edgar Allan Poe</strong>? Quizá. El planteamiento de muchos de las historias cortas o <em>nouvelle</em> de Zweig son un descenso desesperado por aguas bravas en el que no hay un solo instante de reposo. Uno no se detiene a contemplar el paisaje sino que el paisaje va implícito en la escena que conforman todas y cada una de sus historias. Las aguas arremolinadas elevan la embarcación y la lanzan a una velocidad narrativa extraordinaria donde la puntuación, los silencios, la historia y el lenguaje se confabulan para dominar los sentidos del lector, mantenerle en cautividad el tiempo exacto. Sobran los informantes, basta sentir. <em>Veinticuatro horas en la vida de una mujer</em>, <em>Carta a una desconocida</em>, <em>El avaro</em>, <em>Mendel el de los libros</em>, <em>Leporella</em>, <em>Historia de un ocaso</em>, <em>La calle del claro de luna</em> o <em>La cruz,</em> acompañan al lector de manera diferente, pero con la misma intensidad, hacia las entrañas de la psique humana. Ese laberinto donde la literatura acampó a finales del siglo XIX e inicios del XX y por el que Zweig, <strong>Kipling, James, Joyce, Hesse, Woolf, Musil</strong> y tantos otros caminaron y exploraron en sus escritos. Una época en la que la locura se desprendía de todo sesgo filosófico y  al loco se le dejaba de torturar para tratarle como a un enfermo cualquiera, alguien que aunaba en su interior la razón y la sin razón. Fue también en esa época, cuando se descubrió la bipolaridad, las crisis maniacodepresivas y se puso nombre a los diferentes tipos de esquizofrenia. Fue entonces cuando el delirio era el enemigo y las agresivas terapias biológicas un arma de doble filo para erradicarlo. La melancolía quedaba atrás y la psique se convertía en uno de los campos de investigación que marcarían el cambio de siglo en el que, por fin,  la histeria femenina dejaba de considerarse un problema uterino y los aparatos de tortura una solución eficaz.</p><p>Los escritores se alimentan de su entorno como vampiros, se bañan en las inquietudes de los años en los que desarrollan su obra. ¿Qué tocaba?:  ¡En el individuo! Sí, sin duda; pero también la barbarie. Stefan Zweig no solo bebía de <strong>Kafka </strong>y <strong>Dostoyevski</strong>, también se nutría de <strong>Moniz</strong>, <strong>Freud</strong>, <strong>Jung</strong>, <strong>Schnitzler</strong>, <strong>William James </strong>o <strong>Emil Kraepelin</strong>. Quiero imaginarlo, y lo imagino con gusto, absorto en cualquier avance en el campo de la psiquiatría, convirtiendo un artículo, experimento o informe clínico en una trama, en parte de alguno de sus personajes: Madame de Prie, Crescentia o en un doctor de Calcuta. Y, como tantos otros, anunciándonos entre párrafos, comas y parlamentos lo que sería el final de su propia vida. Y es que ese susurro que nos trae la literatura atormentada, aunque se tiña a veces de un color amable, es la antesala del desenlace de nuestra propia vida. Escribimos lo que somos, aunque sea siempre desde la incerteza, y lo hacemos desde el lugar al que pertenecemos, y cualquier cosa alejada de eso me resulta ajena e impuesta.</p><p><em>*Eva Losada Casanova es escritora. Su último libro, </em><strong>Eva Losada Casanova</strong><a href="https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=4707234&id_col=100500&id_subcol=100501" target="_blank">El sol de las contradicciones</a><em> (Alianza, 2017). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Eva Losada]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Escribimos lo que somos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Libros,Literatura,Los diablos azules número 73]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La vida que se escribe]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/vida-escribe_1_1143207.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e59ca9fa-6b6d-4cd5-bc00-961a221f9aba_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La vida que se escribe"></p><p><em>Con motivo de la publicación de </em><a href="http://www.eluniversal.com.mx/articulo/cultura/letras/2017/03/27/los-inventarios-de-pacheco-llegan-al-publico" target="_blank">Inventario</a><em>, una antología de las columnas semanales de José Emilio Pacheco, Juan Villoro analiza esta faceta del poeta mexicano. El ensayo completo ha sido editado en formato digital por el sello del Colegio Nacional mexicano.</em><a href="https://libroscolnal.com/products/la-vida-que-se-escribe" target="_blank">analiza </a><a href="https://libroscolnal.com/products/la-vida-que-se-escribe" target="_blank">ha sido editado</a></p><p>____________________</p><p><strong>La vida que se escribe</strong></p><p><em>El periodismo cultural de José Emilio Pacheco1Fanfarria para el hombre comúnDel 5 de agosto de 1973 al 4 de julio de 1976, José Emilio Pacheco publicó la columna semanal “Inventario” en el suplemento Diorama de la cultura, del periódico Excélsior, dirigido por Julio Scherer García. Luego del golpe orquestado por el presidente Luis Echeverría contra un diario que había logrado convertirse en uno de los diez mejores del mundo, Pacheco continuó publicando en la revista Proceso, también dirigida por Scherer, de noviembre de 1976 hasta su fallecimiento, en enero de 2014.Antes de abordar la excepcional columna de Pacheco, vale la pena detenerse en el contexto en que fue publicada. Nadie colabora en un medio sin que alguien abra la puerta. Julio Scherer García concibió un periodismo heterodoxo, capaz de involucrar a articulistas provenientes de muy distintas disciplinas. Historiadores, politólogos, teólogos, comunicólogos, ingenieros convertidos en activistas se sumaron a un proyecto donde se hacía cultura desde la noticia y donde la cultura era noticia. Una entrevista con Julio Cortázar merecía primera plana.Excélsior renovó las posibilidades del “periodismo de autor”; a tal grado que esa tendencia influyó en las zonas menos “intelectuales” del oficio. Ramón Márquez urdió impecables piezas en el ringside del boxeo (más tarde abordaría con fortuna la “nota roja”), y Manuel Seyde demostró que las crónicas de futbol podían ser variantes del lirismo o la diatriba, dependiendo del desempeño de los “ratoncitos verdes” de la selección nacional.La realidad del periodismo no está en los hechos sino en la manera de contarlos. Esta certeza definió la calidad de Excélsior y sus publicaciones paralelas, Plural, dirigida por Octavio Paz, Diorama de la cultura, suplemento dirigido por el novelista Ignacio Solares, donde Pacheco publicó su “Inventario”, y Revista de Revistas, dirigida por Vicente Leñero, cronista capaz de convertir la visita de la actriz Raquel Welch a la Ciudad de México en un episodio inolvidable y de generar textos como el recuento de José Agustín sobre su estancia en la cárcel de Lecumberri o las entrevistas que la escritora argentina Tununa Mercado hizo a los sobrevivientes del Holocausto que vivían en México.  El afán de trasformar una exclusiva en buena prosa venía de lejos, según recordó Pacheco en el “Inventario” dedicado a José Joaquín Fernández de Lizardi, cuyas colaboraciones en la prensa de principios del siglo XIX fueron “literatura de emergencia”. De 1968 a 1976, en el Excélsior de Scherer esa emergencia se volvió costumbre y la “firma”, tan importante como el tema abordado.En 1976 entré a estudiar la carrera de Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa y un profesor nos advirtió: “Estudien, muchachos, o van a acabar de periodistas”. Durante décadas, el oficio había sido degradado por escribidores que recibían sobornos del gobierno y pensaban, como el general Gonzalo N. Santos, que “la moral es un árbol que da moras”. Pero las cosas habían comenzado a cambiar, al menos en Excélsior. Ese mismo año, el presidente Echeverría juzgó que el periódico había ido demasiado lejos en su independencia y creó las condiciones para una sublevación “interna”, sin saber que los expulsados fundarían diversos medios críticos, como el unomásuno, La Jornada, Vuelta y, por supuesto, Proceso, revista encabezada por el propio Scherer.La afrenta a la libertad de expresión fue narrada con pulso maestro por Vicente Leñero en su novela sin ficción Los periodistas. Desde su título, el libro anuncia que el tema a tratar es un oficio. Al narrar los avatares de Excélsior, diagnostica las amenazas que se ciernen sobre la verdad y otorga valor épico a la sala de redacción donde se fragua el destino que se leerá mañana.En un ámbito donde los colaboradores de la prensa adquirían progresiva importancia, Pacheco se presentaba como un testigo que rehuía el primer plano. Firmaba con sus iniciales (JEP) y dosificaba sus opiniones para realzar las de los otros. Al hablar de la voz sosegada de Antonio Machado, señaló que era “un conversador extraviado en una asamblea de oradores”. Lo mismo puede decirse del tono de Inventario, donde rara vez se usa la primera persona y donde los alardes estilísticos se suprimen en favor de la eficacia narrativa. Si para Ortega y Gasset la claridad es la cortesía del filósofo, para Pacheco es la obligación del cronista.Esta voluntad de desaparecer contrasta con el tono confesional de otro colaborador del diario, Jorge Ibargüengoitia, maestro de la primera persona que escapó al narcisismo gracias al humor con que se burlaba de sus equívocos. Mientras Pacheco narraba la historia que antecedió al golpe de Estado en Chile, el calvario de Sacco y Vanzetti o la ascensión y caída de Vicente Guerrero, Ibargüengoitia ofrecía exclusivas de su vida privada y transformaba a sus tías de Guanajuato en celebridades noticiosas. En forma brillante, ambos registros establecieron polos complementarios del nuevo periodismo mexicano.Pacheco apostó por un punto de vista a medio camino entre la crónica y el ensayo. Para Alfonso Reyes, el ensayo representa el “centauro de los géneros”, una criatura dual, hecha de ideas y aconteceres. Jinete de sí mismo, es un comentarista que relata, que piensa al cabalgar. Pacheco amplía estos atributos e incluye las exigencias del momento: en su caso, la mirada de Sagitario depende del paisaje que recorre semanalmente. Al escribir para un periódico, adquiere estrictos compromisos con la legibilidad, la extensión y la pertinencia temporal de sus textos. Opera en un espacio restringido. Curiosamente, estas exigencias fomentan su creatividad. Si el poeta debe liberarse entre las catorce rejas de un soneto y atender a la métrica y la rima, el periodista debe cumplir con un riguroso número de caracteres y satisfacer requisitos de interrogatorio judicial: quién, qué, cómo, cuándo, dónde.El autor de Inventario fue ensayista desde el periodismo, lo cual equivale a decir que logró que la erudición pactara con los favores de la claridad y los imperativos de la hora.Sabemos, por Roland Barthes, que la persona que firma un texto no es la misma que lo cuenta. Autor y narrador son categorías distintas. JEP se postuló como una voz que podría parecer contradictoria: fue un proselitista discreto. Sin exhibirse a sí mismo, exhibía sus convicciones; se borraba como autor para fortalecerse como narrador.No quiso recopilar en vida sus “Inventarios”, aunque recibió infinidad de solicitudes al respecto. Hasta la fecha, la mayoría de esos trabajos sólo se encuentran en Internet o en las remotas salas de las hemerotecas. Sus lectores recuerdan, o creen hacerlo, datos e ideas leídos a lo largo de cuatro décadas. Los más fetichistas conservan algunos textos en su archivo personal, la mayoría los atisba de modo fragmentario en las citas que de ellos hacen otros autores. Durante cuatro décadas hemos practicado una lectura legendaria de una obra mayúscula que escapa a cualquier antecedente en la literatura en lengua española.Editorial Era acaba de publicar una antología en tres tomos del caudaloso Inventario. Más de dos mil páginas resumen la enciclopédica contribución de Pacheco, que en caso de publicarse completa requeriría de unos doce tomos.En 2003, Marco Antonio Campos reunió en un magnífico volumen, La lumbre inmóvil, las colaboraciones de Pacheco sobre el poeta Ramón López Velarde. Siguiendo ese ejemplo, se podrían extraer de Inventario libros sobre el modernismo, el Siglo de Oro, el grupo de Contemporáneos, los independentistas latinoamericanos, los liberales del siglo XIX (“la mejor generación que ha dado este país”) o el annus mirabilis de 1922, que produjo las obras maestras de Joyce, Eliot, Vallejo y Rilke. Sin embargo, Pacheco se negó a ordenar sus “Inventarios” en libros temáticos. La antología publicada por ERA es fiel al carácter ecléctico de textos motivados por muy variadas exigencias periodísticas, pero ha sido podado con cuidada cortesía para evitar excesivas reiteraciones (toda columna semanal es, en sí misma, la puesta en escena de una obsesión).En forma deliberada o involuntaria, el escritor dispone de una estrategia para presentar su obra. Incluso las “actitudes secretas” —guardar silencio, vivir en reclusión o carecer de una conducta pública notoria— definen la percepción pública de su persona y la forma en que circulan sus libros.Pacheco era célebre por su modestia, contradicción reforzada por otra ambivalencia: no concedía entrevistas, pero dialogaba durante horas con quienes asistían a sus multitudinarias conferencias. En su espléndida semblanza de Chesterton, publicada en el “Inventario” del 2 de junio de 1974, hizo un retrato indirecto de sí mismo. Maestro de las paradojas, el autor de El hombre que fue jueves dejó esta frase sobre la inutilidad de las noticias: “El periodismo consiste esencialmente en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”. Después de desacreditar la importancia del género, Chesterton lo ejerció con pasión. Pacheco dice de él: “con la más sincera modestia se definía como ‘a jolly journalist’”; el periódico le parecía “una escuela de trabajo y humildad […] la mayor obra publicada anónimamente desde que se erigieron las grandes catedrales cristianas”.Chesterton era un tremendista que disfrutaba la cultura y los placeres: “Puso su oído sobre la hierba y escuchó el rumor de las catástrofes que se aproximaban. Su optimismo es una respuesta al caos que nos amenaza por todas partes”, escribe Pacheco. La mayor similitud entre ambos es el respeto por quien se encuentra al otro lado de la página, el ignorado testigo que lee: “Lo que más aprecio del hombre: el viejo bebedor de cerveza, forjador de credos, frágil, sensual, respetable”.No es común asociar a Pacheco con el católico e irónico Chesterton, extraño caso de conservador liberal. Sin embargo, ambos entienden el periodismo como una tarea colectiva y anónima, redactan con la sutileza de quien incorpora su voz al coro sin pretender cambiar la melodía, conciben la Historia como un teatro del desastre y profesan un amor mundi que les permite celebrar la naturaleza, ciertas calles, algún atardecer y la literatura. Por último, se dirigen a un lector marcado por una nobleza vulnerable, el ser común que bebe cerveza.Discreción y fama públicaDesde su título, “Inventario” se presenta como un recuento de activos que no pertenecen al autor. Pacheco actúa al modo de un notario (oficio que, por cierto, ejerció su padre): da fe de acontecimientos y méritos ajenos. Enemigo de “darse aires”, solía citar una frase de Flaubert: “Los honores deshonran y los grados degradan”. Si acaso se refería a sí mismo, usaba la expresión “este redactor”. Sin embargo, las iniciales JEP, destinadas a ocultarlo, acabaron por tener el efecto opuesto. En Francia, el hipermediático Bernard-Henri Lévy es conocido como BHL. ¿Qué autor mexicano ha logrado un sello equivalente? La discreción de Pacheco fue un ingrediente de su notoriedad. Aunque “Inventario” hubiera aparecido sin sus siglas, se habría reconocido su autoría.Si el estilo ensayístico de Octavio Paz es el de quien deletrea el mundo desde su balcón con luminosa contundencia, sin pedir auxilio a las voces con las que dialoga y que rara vez llegan a sus páginas en forma de citas, José Emilio Pacheco es su contrafigura ensayística, el escribano que anuda los cabos sueltos de la tradición y se reconoce deudor de infinitos predecesores. En este sentido, “Inventario” representa la más dilatada muestra de cortesía en la literatura del idioma.Con inaudita generosidad, Pacheco se ocupó del trabajo de los otros. Fue amanuense de Juan José Arreola, prodigioso orfebre verbal que le dictó Bestiario, y Fernando Benítez no publicaba un libro sin someterlo a sus correcciones. Su rigor en este territorio alcanzó rango mítico: “Ver a José Emilio corregir un texto es asistir a un campo de batalla”, comentó Carlos Monsiváis.La genuina valoración de los autores sólo puede ser póstuma. En uno de sus primeros “Inventarios”, escrito en 1974 con motivo de la muerte de Rosario Castellanos en un accidente en Israel, Pacheco comenta: “Nadie puede saber verdaderamente quién es un poeta hasta que sus versos son su única voz, hasta que nos hablan no ya de la muerte sino desde la muerte, y al cerrarse sobre sí mismos se iluminan con su auténtica luz”.La importancia de entender la literatura como un legado y no como algo que se produce de modo todavía tentativo es tan significativa que Pacheco elogia el peculiar trato casi póstumo que Vasconcelos da a sus conocidos: “Tuvo el valor de hablar sobre los vivos como si ya estuvieran muertos”. La frase alude a la inevitable condición necrológica de la escritura testimonial: quien lleva la cuenta de los días trabaja con una materia evanescente; escribe hoy el pasado de mañana. Sobre este punto, conviene recordar el inagotable Cuaderno gris, de Josep Pla, donde el diarista reflexiona en la dificultad de ser contemporáneo de los personajes retratados. La objetividad surge de la distancia que sólo brinda lo que ya ocurrió, sin enmienda posible. Es la perspectiva que Pacheco encomia en Vasconcelos.El cronista debe situarse en un plano que le permita entender el instante como algo que será olvidado y sólo alcanzará resistente condición cuando lo rescate la memoria. Escribir es una apuesta contra la fugacidad que construye el pasado del futuro. En palabras de Michel Foucault: “Escribir significa ocuparse de la muerte de los otros, pero sobre todo ocuparse de los otros como si ya estuvieran muertos. En cierto sentido, escribo sobre el cadáver de los otros. Debo admitir que, de algún modo, estoy postulando su muerte. Al hablar de ellos, me coloco en la posición del anatomista que practica una autopsia […] No los condeno a muerte, sencillamente asumo que están muertos”2.La obsesión por el paso del tiempo se advierte en los títulos de numerosos libros de poesía de Pacheco: Tarde o temprano, Irás y no volverás, Desde entonces, Siglo pasado y, por supuesto, No me preguntes cómo pasa el tiempo.En el poema “Contraelegía”, de Irás y no volverás, dice:   Mi único tema es lo que ya no está.Sólo parezco hablar de lo perdido.Mi punzante estribillo es nunca más. La vida que se escribe hoy, necesariamente, estará muerta mañana. Asumirlo no significa apelar a un sentido necrofílico de la escritura; es su razón de ser. Toda obra tiene un carácter testamentario. La observación de Pacheco sobre Vasconcelos no es un juicio moral, sino un principio técnico.Aquella frase, por cierto, va precedida de otra: “Escribir es herir, afrentar, difamar”. JEP fue un cronista cauteloso. Aunque opinaba con franqueza, puso especial esmero en reconocer hasta la más mínima deuda intelectual, rara vez criticó a un colega y no tuvo talante de polemista.El narrador reticente evita la contundencia y favorece las suposiciones. En los cuentos de El viento distante, Pacheco opera por alusión: lo insinuado es más fuerte que lo dicho. En Inventario asume un tono más directo y franco, pero no olvida que “escribir es herir, afrentar, difamar” y se detiene antes de que la queja o la discrepancia puedan ser vistas como un ataque.De cualquier forma, sabe que alguien, en alguna parte, lo lee con mala leche. Todo fabulador es un profesional de la sospecha; imagina posibilidades: la paranoia favorece la ficción. En esa tesitura, Pacheco advierte: “Siempre somos la bestia negra de alguien que en secreto anota los agravios que involuntariamente le infligimos. El día menos pensado nos presentan la cuenta”. Una indudable ventaja del autor póstumo es que desconoce la forma en que es leído y, sobre todo, la forma en que es ignorado.¿Inventario permaneció inédito como libro para evitar el caprichoso y tal vez vengativo juicio de los otros? Sean cuales fueran las razones, no pueden atribuirse a un autocrítico repudio del columnista a su mayor torrente literario del autor ni a un veleidoso rechazo a los lectores.Pacheco se interesaba en la circulación, la recepción y el devenir público de los textos. Una fotografía de Rogelio Cuéllar lo muestra en medio de una vorágine de libros y sugiere a un ermitaño que rara vez abandona su biblioteca. No es erróneo verlo como un bibliófilo, pero también estamos ante un testigo del acontecer que no escatima el trato con los otros. Su universidad fueron las redacciones. En 1957, a los dieciocho años, se hizo cargo de la sección “Ramas nuevas”, dedicada a los jóvenes escritores en la revista Estaciones, que dirigía y pagaba con generosidad el poeta Elías Nandino. Desde entonces, colaboró en numerosos medios y desplegó una intensa actividad en la vida cultural. Aunque prefería no ser reconocido, rara vez lo lograba. Con simpática coquetería, aseguraba que sus libros estaban destinados a no salir de las bodegas de las editoriales, pero era uno de los pocos escritores reconocidos por los pasajeros del metro (con justicia poética, un vagón lleva hoy su nombre). Poeta, novelista, cuentista, guionista de cine (le debemos El castillo de la pureza y El Santo Oficio, dirigidas por Arturo Ripstein) y de noticieros cinematográficos, traductor, antologador, profesor universitario, miembro de El Colegio Nacional, Pacheco ejerció la literatura en muy diversos frentes. No fue un alquimista refugiado en su santuario, sino un lector inmenso que conocía el entorno circundante. Su amistad con Carlos Monsiváis dependió de afectos y complicidades generacionales, del sentido del humor y el interés por el modernismo o los liberales del siglo XIX, pero también de su mutua pasión por la cultura popular. Baste mencionar la forma en que Pacheco recupera el mundo de la lucha libre en la novela breve El principio del placer, el “Inventario” que dedica a Agustín Lara y la importancia que en Las batallas en el desierto concede a las fotos tímidamente eróticas de la revista Vea, consultadas en el recoleto espacio cultural de una peluquería.Un tema transversal recorre numerosos “Inventarios”: la reflexión sobre el contexto que favorece o limita la cultura. Crítico de la banalización, Pacheco se refirió a las “alusiones perdidas”, los referentes —muchos de ellos tomados de la Biblia o la tradición grecolatina— que durante siglos formaron parte de la educación media y que han perdido significado en la sociedad del espectáculo. En este sentido, su Inventario representa una decisiva intervención para evitar el incesante repliegue de las referencias culturales. La nota exacta, la efeméride sorprendente, la renovada pertinencia de un poema, muestran la forma en que un garante del tono civilizado se harta y desespera ante el deterioro del ambiente.Equidistante del apetito por lo nuevo y el conocimiento de la tradición, entendió la originalidad no como un exabrupto surgido de la nada, sino como una informada discrepancia con lo anterior: “La única ruptura válida es el rompimiento con lo aprendido y dominado, no la que sirve pare disfrazar la torpeza, la indolencia o la ineptitud”, escribió cuando iniciaba su columna, en enero de 1974.Las vanguardias le interesaron como ensayista sin influirlo como poeta. No se apropió del “diccionario amotinado” que Borges atribuyó a los estridentistas, pero en su calidad de cronista registró ése y otros arrebatos literarios. Como creador, su gesto más rupturista fue la novela Morirás lejos, influida por la nouveau roman. En julio de 1981 precisó: “La vanguardia es, tiene que ser, un momento, no un modus vivendi”. Al triunfar como sorpresa, lo nuevo se diluye pronto.Su rescate de la tradición no le impidió interesarse en subgéneros como el cómic o el folletín, y en alguna ocasión dedicó su columna al autor de bestsellers Harold Robbins, que había vendido más libros que todos los autores mexicanos juntos. Consciente del carácter mundano e histórico de la escritura, se interesó en la fama pública de los autores (“escritor famoso es aquel a quien negamos apasionadamente sin habernos tomado nunca la molestia de leer un párrafo suyo”) y de los malentendidos que acarrea. A propósito de Hemingway, comentó que la leyenda del novelista como hombre de acción, interesado en visitar el frente de guerra, cazar leones y descorchar botellas de champaña, había ocultado las fatigas de quien pasaba horas ante los borradores para renovar la prosa: “Si algo se nos derrumba en 1981 es la imagen anti-intelectual de Hemingway: el feroz combatiente, el insensible conquistador, el macho a la intemperie, pasa a segundo plano ante el humilde estudioso y denodado trabajador de las letras, el Borges de Montparnasse (quién lo diría) y el Flaubert de San Francisco de Paula […] Y quien hoy se levanta de sus cenizas no es tanto el campeón vencido, el cazador desmoronado que cobró su última pieza en sí mismo, como aquel muchacho que en un Montparnasse que ya no existe miraba lleno de valor y de esperanza un provenir que hoy es nuestro terrible pasado”.Pacheco tampoco fue ajeno a la forma en que la conducta cívica influye en los destinos literarios. Estudió la vanguardia estridentista pero lamentó que sus principales voceros se transformaran en diplomáticos o diputados y lucharan contra Salvador Novo, Carlos Pellicer, Jorge Cuesta y los demás miembros del grupo Contemporáneos para acabar con “la comedia de maricones y el cinismo de los pederastas”.Su renuencia a aparecer en televisión o dar entrevistas no fue un gesto de misantropía; derivaba de su genuina timidez, pero también de una convicción: el discurso literario se abarata bajo los reflectores. Aquilató el valor del silencio y el secreto, convencido de que la fuerza magnética de un documento inencontrable sólo se ve disminuida por su hallazgo. Al posponer la publicación de su muy solicitado Inventario, le otorgó el interés de lo que debe ser aguardado. En medio del frenesí de lo instantáneo, apostó por otro tiempo para la lectura, menos ansioso, más perdurable.Esta dilación conllevaba un riesgo. El periodismo cultural vive de la circunstancia; al paso de los años, las columnas semanales pueden parecer extemporáneas o incluso incomprensibles. La demora en publicar Inventario como libro aumenta la expectativa, pero también pone a prueba la resistencia de los textos. Ya ajenos a la oportunidad periodística, tendrán que sobrevivir como literatura.La escritura imposibleRicardo Piglia señaló que su verdadero interés como autor consistió desde un principio en practicar una forma privada de la escritura: el diario. Sin embargo, resulta difícil que se publiquen las páginas íntimas de alguien que no ha escrito nada más. Para remediar esta situación, publicó novelas, ensayos y cuentos, construyendo una personalidad literaria que, a la postre, le permitiera dar a conocer sus papeles personales. Esta explicación es algo más que una broma: Piglia necesitaba ser dos autores, uno público y otro oculto, que sólo podía aparecer gracias el primero, en segundo término. Adelantó algunos pasajes del diario, pero la mayor parte de ese corpus se mantuvo oculto hasta 2015, cuando apareció el primer volumen de Los diarios de Emilio Renzi. Así concluía un itinerario bibliográfico, el largo camino del escritor conocido al escritor secreto.El caso de Pacheco es diferente porque “Inventario” salió a la luz. Sin embargo, sólo un maniático del coleccionismo hubiera podido conservar esas publicaciones a lo largo de cuarenta años. El autor no ocultó las partes, sino el todo que le daba cabal sentido, pues la escritura enciclopédica opera por acumulación.En sentido inverso a los diarios de Piglia, los “Inventarios” publicados durante cuarenta y un años fueron puestos en reposo, sometiéndose al olvido o la lectura parcial. No se trataba de los residuos nunca recogidos en libro que deja todo autor, sino de un proyecto esencial, al que Pacheco dedicó la mayor parte de su trayectoria. Con los años, el caudaloso panorama de la cultura en el último cuarto del siglo XX y los primeros años del XXI adquirió el aura de lo que sólo se conoce de oídas, a partir de citas o las búsquedas en Internet.¿Algo falló en el camino? Uno de los temas recurrentes en la poesía de Pacheco es el fracaso literario. Desde su título, el poema “Despedida”, incluido en Tarde o temprano, tiene un aire testamentario. Ahí, el poeta aborda su incierto legado:   Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia.Eso me pasa por intentar lo imposible. La poesía de Pacheco suele asumir un tono conversacional y sus cuentos rehúyen la imaginación desaforada. En prosa y en verso es un autor que se percibe fácilmente cercano; no pretende que el lector se adentre en magníficas tinieblas ni procura cegar con su mucha luz. Lejos del deliberado artificio, descifra y crea enigmas en lengua llana y en espacios de entrañable familiaridad.Entre sus empeños, lo que más se acerca a una “escritura imposible” es “Inventario”. Ahí se sirvió de todos los géneros para apoyar el de la crónica y aceptó el enciclopédico y extenuante desafío de ser Diderot una vez a la semana. Acaso, la negativa a publicar se vio influida por el hecho de escribir algo que jamás podría estar completo —el devenir transformado en escritura—, o que sólo lo estaría con la muerte del autor. Lo cierto es que el destino final de esas copiosas páginas se convirtió en su trama decisiva. Gran lector de novelas de  aventuras (no es casual que dedicara dos “Inventarios” a Jack London), JEP no podía ignorar que cuando sus textos regresaran para someterse a la prueba del tiempo, tendrían la sugerente condición de “manuscrito hallado”.Hay algo descomunal en el interés de cubrirlo todo, del secuestro de la millonaria Patricia Hearst a los crímenes de Charles Manson, pasando por la invención de la máquina de escribir y los poemas del olvidado José Santos Chocano. Pacheco sabía que estaba creando un libro imposible y lo más congruente era no publicarlo. Antes de Internet, y al igual que su amigo Carlos Monsiváis, se convirtió en un “motor de búsqueda” que articulaba datos dispersos y referencias que jamás se habían cruzado. La sostenida aparición de sus columnas hizo que esa peculiaridad adquiriera la rara apariencia de algo “natural”. JEP ocultó su originalidad transformándola en costumbre.Armando Ponce, director de la sección cultural de Proceso, ha relatado el tino con que reaccionaba ante la concesión del Premio Nobel. Ciertos galardonados, que podían sorprender a otros comentaristas, eran abordados por Pacheco con la seguridad de quien lleva años esperando la noticia.Esto permite hacer algunas conjeturas sobre la forma en que leía, anticipando temas futuros. Coleccionista de minucias, aguardaba el momento para conectarlas. En el laberinto de los libros, las revistas y los cables noticiosos recogía hallazgos que podían calificar como rarezas o curiosidades y adquirirían relevancia con el acontecer. Inventario sólo se explica por el fervor con que Pacheco ejercía la lectura potencial, aquilatando un texto en espera de un sentido posterior, dictado por la contingencia.Tanto el escritor satírico como el enciclopedista ejercen una pedagogía moral. El primero edifica por medio del defecto, señalando los vicios que deben evitarse; el segundo, preserva la civilización en medio de las ruinas y propone un sistema de alarma para evitar daños mayores. Como Voltaire, Rousseau, Borges o Alfonso Reyes, Pacheco pertenece al segundo orden; acopia el saber y critica la decadencia de la cultura, la urbanidad en riesgo, la destrucción de la naturaleza. Cuando no tiene un blanco a la vista, y así esté hablando de otra cosa, arremete contra la devastación de la Ciudad de México (al ocuparse de Efraín Huerta recuerda los “dos volcanes muertos cubiertos por la nieve” descritos por el poeta en 1950, ya convertidos en “el único espacio del DF que aún no alcanzamos a destruir ni a envilecer”, y al resumir la curiosa biografía de José Santos Chocano se desvía para decir que las nuevas obras de vialidad “han convertido de una vez y para siempre a México en el Detritus Federal”). Inventario es, simultáneamente, archivo y ventanilla de quejas, el compendio de lo que merece ser conservado y de los impedimentos para que eso suceda.Pero también estamos ante un formidable caso de hedonismo. La columna le permitió a Pacheco ejercer en forma vicaria variantes de la escritura que le apasionaban, pero que no abordó de modo canónico. No fue biógrafo, historiador, novelista de aventuras, dramaturgo ni analista de estrategias militares; sin embargo, todas estas facetas alimentan su periodismo cultural. Ante la necesidad de informar, suplanta a la autoridad que no ha llegado al tema. Abre el tremendo expediente de Antonio López de Santa Anna, once veces presidente de México, y comenta: “Hay buenos libros acerca de Santa Anna pero aún nos falta la gran biografía, el estudio del hombre, época y sociedad que ya puede emprenderse con base en los trabajos monográficos de años recientes. Mientras llega esa obra, conviene repasar en forma mínima lo que aprendimos y olvidamos en la escuela”. Con típica falsa modestia, finge apoyarse en sus recuerdos escolares para trazar un complejo retrato del ditirámbico guía de hombres que celebró un funeral de Estado para su propia pierna. No es casual que le entusiasmara la novela Ragtime, de E. L. Doctorow, publicada un año antes de esa nota, que convierte episodios históricos en sustancia narrativa.En sus textos historiográficos acude con frecuencia a la anécdota secundaria, la petite histoire que redondea y sazona los hechos: “El paso del tiempo dignifica los chismes de una época y los convierte en historia”, escribe a propósito de la legendaria Rosario, que hechizó a Luis G. Urbina, Guillermo Prieto y José Martí, y llevó al suicidio a Manuel Acuña.Algunos de los momentos más felices de Inventario son miniaturas teatrales, como el encuentro de Amado Nervo y Ramón López Velarde en la calle de San Juan de Letrán. En el México de los ochenta, López Velarde, discípulo de Nervo, tiene una reputación superior, pero el autor de La amada inmóvil entiende mejor la forma en que se fraguan las reputaciones y acepta complacido que todos los poetas se mezclen y confundan en la sensibilidad de los lectores.En otro diálogo imaginario, Pacheco hace que Ignacio Ramírez diga que la palabra “México” significa “Lugar donde los muertos se convierten en calles”. Visto desde la historia oficial, el pasado es materia inerte, placas que se oxidan en las esquinas de las calles. A contrapelo de la museificación de la historia, el memorialista busca darle vida a lo ya sucedido. Por ello, al evocar la figura de Tina Modotti, Pacheco se refiere a “la nostalgia de lo inmemorable, de lo que no vivimos ni viviremos jamás”. Paradoja de la crónica: el presente es la actualidad que muere y el pasado, la vida que se recupera y no se tuvo. En un juego de perspectivas, el narrador aleja lo próximo y acerca lo distante.En el periodismo de los modernistas, con Martí y Darío a la cabeza, Pacheco distinguió “el gran campo experimental del movimiento renovador”. Décadas después, “Inventario” se beneficia de la ficción y ofrece, entre otras fabulaciones, el monólogo interior del asesino de Álvaro Obregón y una farsa futurista de la sociedad del espectáculo en la que el actor de telenovelas Ernesto Alonso es secretario de Gobernación, el Indio Fernández secretario de Defensa y Chespirito secretario de Educación.De manera emblemática, el texto sobre Santa Anna se publica el 27 de junio de 1976, once días antes del golpe a Excélsior. Se trata del penúltimo “Inventario” en el periódico dirigido por Scherer. Al retratar los delirios del poder en otra época, Pacheco retrata el clima en el que escribe. Pacheco está pendiente de la circunstancia que lo rodea; a tal grado que en ocasiones se reclama a sí mismo su falta de oportunidad. En octubre de 1980 dedica cuatro piezas a Quevedo y al comienzo de la cuarta exclama: “¡Otro artículo sobre Quevedo! Es antiperiodístico. Es evasivo. Realmente no vale la pena. Qué tiene que ver con México. ¿Usted cree que a un campesino de Chiapas le interesa Quevedo, puede entenderlo?”. Esta autocrítica tiene un sentido paródico; obviamente, la literatura del Siglo de Oro no es prioritaria para un campesino de Chiapas, pero tampoco lo son los demás temas de Inventario. Aunque acepta su exageración al concentrarse tanto en un solo autor, su idea del periodismo depende de ese tipo de excursiones intelectuales. Escribe convencido de que la cultura clásica española es parte de nuestra tradición, de que no hay asunto suficientemente complejo para que no lo aborde un periódico y de que las monedas antiguas tienen valor de cambio en el presente.Después de abrir su texto sobre el autor de del Buscón con una arenga contra lo “antiperiodístico”, encuentra en el propio Quevedo su razón de ser como cronista: “No se ha dicho que él es el primer periodista español, el primer escritor que habló desde la actualidad inmediata en obras como La España defendida y los tiempos de ahora, Grandes anales de quince días, La rebelión de Barcelona, El alevoso manifiesto de Vasconcelos”.¿Qué límites plantea el continuo mirar atrás? La recuperación narrativa del pasado corre el riesgo de mistificar a sus criaturas. Al escribir de los piratas de América, Pacheco señala que los corsarios y los bucaneros corren el riesgo de ser vistos como convenciones literarias y no como realidades que amedrentaron las costas del mundo. Los novelistas se ocuparon tanto y tan bien de ellos que contribuyeron a un “proceso irrealizador” de figuras auténticas. Al glorificar a los personajes históricos, la ficción puede transformarlos en seres de leyenda. Es posible que este prurito haya influido en su renuncia a escribir novelas sobre dos temas que lo apasionaron durante toda su vida y que suelen llegar juntos: los acontecimientos históricos y las batallas. Inventario es una demostración del espléndido novelista de peripecias que Pacheco no quiso ser. El efecto secundario de esa vocación cancelada son indelebles crónicas sobre protagonistas de la Independencia, la Reforma o la Revolución, y sugerentes descripciones de escaramuzas militares. Borges dijo que, en su condición de hombre cobarde, admiraba la valentía. Como otros pacifistas antes que él, Pacheco detestaba la guerra pero se dejaba cautivar por el ajedrez de los ejércitos.Varias veces se refirió al primer Porfirio Díaz, en el que no podía intuirse al futuro dictador, el héroe que recuperó la Ciudad de México durante la Intervención Francesa, apoyándose en una tropa muerta de hambre, los chinacos. Su entrada a la capital produjo más susto que alivio, no por lo que esos andrajoso batallones pudieran hacer ahí, sino por el estado en que se hallaban. Hombres enjutos, famélicos, almas en pena que sin embargo habían derrotado a uno de los ejércitos más poderosos sobre la Tierra.En otro pasaje, Pacheco describe con precisa logística la toma de Puebla por parte de Díaz: “Al frente de cuatro mil hombres Díaz ya estaba entrando casa por casa en Puebla. Cuando supo que Márquez se aproximaba, decidió jugarse el todo por el todo y lanzarse al asalto general. Tres columnas atacaron el convento del Carmen a fin de distraer a los imperialistas mientras otras catorce columnas esperaban la señal para la gran ofensiva: un enorme lienzo que ardería en la iglesia de San Juan”.Los pasajes épicos de Inventario contrastan con dosificadas y eficaces ráfagas de humor. En su registro de la realidad no faltan los golpes de ironía (“El Congreso —tradicionalmente formado por hombres capaces de aplaudir de pie su propia sentencia de muerte”), ni los asombros del observador atento: “El gran talento urbanístico estadounidense fue confiar la belleza de sus pueblos exclusivamente a los árboles”. Tampoco escasean los atinados atisbos del porvenir. En 1979, JEP anticipa la pérdida de privacidad que traerá la cultura digital: “En algún lugar hay una computadora en cuya memoria está inscrita nuestra intimidad toda” y aborda un tema que años después será tratado por Paul Virilio, el cortocircuito que provoca la excesiva marea de datos. Antes de la avasalladora llegada de las redes sociales, profetiza: “La información es tan abrumadora que no sirve para nada, la plétora nunca vista de datos hará prácticamente imposible reconstruir nuestra época”.El autor de No me preguntes cómo pasa el tiempo no podía resistirse a practicar ejercicios contrafactuales, imaginando la posible historia alterna de hechos verídicos. En un “Inventario”, imagina que Ramón López Velarde no muere a los 33 años. Como ha sido maestro de Miguel Alemán en la Preparatoria, obtiene un “hueso” y se convierte en burócrata de la cultura. En otro texto, Álvaro Obregón no es asesinado en 1928: el general invicto de la Revolución se consolida en el poder y se convierte en un dictador comparable a Porfirio Díaz.Historiador de los demás, en ocasiones también lo fue de sí mismo. De vez en cuando exhumaba alguno de sus textos primerizos para contrastarlo con sus ideas en el presente. En 1982 recordó que, veinte años antes, había escrito la primera nota mexicana sobre un ilustre desconocido, Gabriel García Márquez. En otro texto recupera una crítica a Las peras del olmo, de Octavio Paz. Estamos ante un singular caso de ambivalencia, muy propio de la barroca cortesía mexicana. El redactor de “Inventario” se descalifica con estas palabras: “Pontifiqué con el aplomo que sólo puede dar la ignorancia”. Luego cita in extenso la reseña en la que habla de “las retorcidas ‘Semillas para un himno’” y arremete contra los “súbditos laudatorios y críticos particulares” que tanto daño le están haciendo al poeta. Al reproducirse en 1982, cuando Paz es la figura dominante y en cierta forma opresiva de la cultura mexicana, la crítica ofrece una saludable nota discordante en un medio donde la discrepancia casi siempre ha sido vista como enemistad (el propio Paz lamentó que no hubiéramos tenido una Edad Crítica). Es cierto que Pacheco se descalifica, pero su argumentación no deja de surtir efecto.Inventario registra la evolución de un temperamento intelectual que muy rara vez, pero siempre en forma definitiva, toca la vida del autor. Dentro de los escarceos autobiográficos, vale la pena detenerse en la columna del 7 de noviembre de 1977 que rememora una estancia en el Campeche de 1951. A los doce años, José Emilio descubre los placeres del mar y la naturaleza. El hedonismo del entorno representa un decisivo rito de paso. Sin embargo, en esa apartada costa también conoce la pobreza extrema, se siente perseguido por los “otros” y se avergüenza de sus privilegios. Aprende que el paraíso existe pero ha sido mancillado. Esta lección no lo abandonará en ninguno de sus textos, muchos de ellos dedicados a ejercer un recurso que encomió en Quevedo: “la imaginación del desastre”.En las sobremesas, disfrutaba narrando el sinfín de coincidencias necesarias para que un milenario bloque de hielo hubiera chocado con el Titanic. Con peculiar deleite, conectaba los datos dispersos que volvían explicable la tragedia.A propósito de la relación entre la Nueva España y la metrópoli escribió: “Los pobres ven a sus opresores devorar platos de una cocina suntuosa, engendradora de la siesta que aprovechan sus frugales enemigos protestantes para ir socavando el suelo donde se apoya el dominio peninsular”. De nueva cuenta, acontecimientos que parecerían destinados a no cruzarse explican lo real de modo sorprendente: la injusticia social del siglo XVI permite a las clases altas de España sucumbir a la glotonería, lo cual les impone la moda de la siesta; mientras tanto, más sobrios y calculadores, los puritanos ingleses se preparan para vencer a la Armada Invencible. Demasiados guisos y demasiadas siestas cambian la historia del mundo.Compendio de asombros disfrazados de minucias, Inventario es la aventura, necesariamente parcial, de un artífice que se planteó, con modestia de artesano y pasión por lo imposible, abarcar la totalidad.La arena y el agua¿Resisten las empresas literarias? ¿Es posible edificar entre ruinas? Una y otra vez Pacheco alude a la condición perecedera de la cultura. Es pesimista respecto al número de lectores, la calidad de la educación, el desprecio contemporáneo por valores que una vez fueron esenciales. Y sin embargo, insiste. Inventario es el tenaz espacio donde alguien dibuja sobre la arena, sabiendo que los signos serán borrados por el agua. Todo dura demasiado poco. Después de revisar la titánica tarea de Vasconcelos, concluye que en 1982 el maestro de la novela autobiográfica apenas merece un “fugaz minuto de su posteridad”. Más temprano que tarde, cae el crepúsculo y los dioses relegan al olvido a quienes fueron sus favoritos.Sin embargo, es posible Pacheco no comparta una certeza sino una advertencia. Aunque señala que la cultura se desvanece, la defiende con denuedo. “Somos nuestras contradicciones”, comenta hacia el final de su columna dedicada a Vasconcelos.En un ensayo apasionante, el poeta y ensayista colombiano Darío Jaramillo Agudelo descifró el enigma de los heterónimos poéticos de José Emilio Pacheco: “Los dos principales son Julián Hernández y Fernando Tejeda (o Tejada), que aparecen en No me preguntes cómo pasa el tiempo y están recogidos en las diferentes ediciones de Tarde o temprano en una sección que, vuelvo al principio, alude a don Antonio Machado y a su Cancionero apócrifo. También en diferentes circunstancias aparecen Juan Pérez Pineda, Daniel López Laguna y Pedro Núñez.“Estos cinco heterónimos poetas, los dos principales, Hernández y Tejada, y los otros tres, Pérez Pineda, López Laguna y Pedro Núñez, tienen un denominador común que no he visto citado y que descubrí por casualidad. El primer indicio surgió cuando averigüé por Julián Hernández y en los buscadores de la red me apareció un Julián Hernández, un cajista de tipografía del siglo xvi conocido como traficante de traducciones del nuevo testamento. En aquella época, ese trabajo merecía las atenciones que con tanto esmero solía procurar la Santa Inquisición de Sevilla, según lo cuenta don Marcelino Menéndez y Pelayo en esa singular (y, a su modo, entretenida gracias a un involuntario humor negro) Historia de los heterodoxos españoles”.  Para despistar, Pacheco mexicaniza la vida de sus cinco heterónimos, pero todos ellos provienen del acervo de los irregulares recogido por Menéndez y Pelayo. No es casual que se amparara en nombres de herejes perseguidos por la Inquisición, tema que aborda tanto en el guión de El Santo Oficio, como en significativos pasajes de la novela Morirás lejos. El descubrimiento que Jaramillo Agudelo dio a conocer en 2015 confirma el interés de nuestro autor por las vidas que ocurren a contrapelo. En Inventario asume la perspectiva de un heterodoxo descontento con sus días y dispuesto a una tenaz y dilatada resistencia; desde esa inconformidad, celebra novedades que podrían pasar inadvertidas y defiende los amenazados logros de la tradición.Una y otra vez, José Emilio Pacheco diagnosticó la catástrofe para luchar contra ella. Su apuesta fue deliberadamente imposible; mientras registraba la devastación de la cultura, escribía un riguroso instrumento para combatirla: Inventario, el libro incesante que sólo podía quedar inacabado.Apéndice“Inventario” de datos curiosos recogidos por Pacheco   A Antonio López de Santa Anna “un día le sirve la mesa un adolescente descalzo llamado Benito Juárez”. 1822 es “el año en que se inicia formalmente el modernismo porque Martí comienza entonces sus ‘Cartas de los Estados Unidos’”. La costumbre mexicana de contestar el teléfono diciendo “bueno” posiblemente viene de fines del siglo XIX, cuando se instalaron las primeras líneas en el país y las llamadas se hacían a través de una central y había que dar por bueno el enlace con la telefonista que lo producía. Santa Anna fue hecho prisionero en Washington; ahí “mastica sin deglutirla una extraña sustancia”. Su custodio le pregunta qué es eso. “Se llama chicle”, dice el mexicano. “El oficial se apellidaba Adams. Fundó el imperio del chewing-gum”. “Un anónimo artesano de Kocs, Hungría, desencadenó un proceso que aún no termina y puso el nombre de su aldea en todos los idiomas (Kocs: coche)”. “Garibaldi fue en 1884 el modelo de Emilio Salgari para inventar Sandokán”. “Los investigadores nacionales deberían decirnos si es por garibalidismo que llamamos ‘sardos’ (oriundos de Cerdeña) a los soldados rasos”. “Haile Selassie no es un militar ni puede comunicarse con sus tropas más que mediante tambores (en 1935 el teléfono aún no llega a Abisinia”. José Santos Chocano tiene el mérito de ser el único escritor al que Pancho Villa le escribió un prólogo. “La gente cree que ‘marine’ quiere decir ‘marinero’. No es así: son los soldados que vienen dentro de los barcos, un cuerpo de ejército especialmente entrenado para estas misiones. No se ocupan de la navegación, sólo de combatir en tierra”. La vida breve, de Juan Carlos Onetti, no comenzaba con la exclamación “Mundo loco”, sino con esta otra, censurada por los editores y nunca restituida en ediciones posteriores: “Burdel de Dios”. Henry Ford encontró en los mataderos de Chicago la idea para la producción en serie de automóviles. Francisco de Terrazas, primer poeta lírico de nuestra lengua, nació en la Nueva España y fue hijo del mayordomo de Hernán Cortés El último sobreviviente del batallón del general Custer fue un caballo. Se llamaba “Comanche”. La narrativa en español se renovó gracias a un autor de libros de mercadotecnia experto en seminarios para preparar vendedores: J. Salas Subirat, que tradujo el Ulises, de James Joyce. La guerra y el amor tienen algo en común: ambos “se declaran”.  __________________  1. Escribo “Inventario” para referirme a una columna puntual de Pacheco e Inventario para aludir al libro que las reúne.2. En El lenguaje comienza después de la muerte, conversaciones con Claude Bonnefoy.#dts iframe {display:none!important;}   #dts #txt iframe, #dts .col8-f1 iframe {display:block!important;}     </em><strong>1</strong></p><p><strong>Fanfarria para el hombre común</strong></p><p><strong>José Emilio Pacheco</strong><em>Diorama de la cultura,</em><em>Excélsior</em><strong>Julio Scherer García</strong><strong>Luis Echeverría</strong><em>Proceso</em></p><p><strong>Julio Cortázar </strong></p><p><em>Excélsior</em><strong>Ramón Márquez</strong><em>ringside</em><strong>Manuel Seyde </strong></p><p><em>Excélsior</em><em>Plural</em><strong> Octavio Paz</strong><em>Diorama de la cultura</em><strong>Ignacio Solares</strong><em>Revista de Revistas</em><strong>Vicente Leñero</strong><strong>Raquel Welch</strong><strong>José Agustín</strong><strong>Tununa Mercado</strong></p><p><strong>José Joaquín Fernández de Lizardi</strong><em>Excélsior</em></p><p><strong>Gonzalo N. Santos</strong><em>Excélsior</em><em>unomásuno</em><em>La Jornada, Vuelta</em><em>Proceso</em></p><p><strong>Vicente Leñero</strong><em>Los periodistas</em><em>Excélsior</em></p><p><strong>Antonio Machado</strong><em>Inventario</em><strong>Ortega y Gasset</strong></p><p><strong>Jorge Ibargüengoitia</strong><strong>Sacco </strong><strong>Vanzetti </strong><strong>Vicente Guerrero</strong></p><p><strong>Alfonso Reyes</strong></p><p><em>Inventario</em></p><p><strong>Roland Barthes,</strong></p><p><em>lectura legendaria</em></p><p><em>Inventario</em></p><p><strong>Marco Antonio Campos</strong><em>La lumbre inmóvil</em><strong>Ramón López Velarde</strong><em>Inventario</em><em>annus mirabilis</em><strong>Joyce, Eliot, Vallejo</strong><strong>Rilke</strong></p><p><strong>Chesterton</strong><em>El hombre que fue jueves</em><em>a jolly journalist</em></p><p><em>amor mundi</em></p><p><strong>Discreción y fama pública</strong></p><p><strong>Flaubert</strong><strong>Bernard-Henri Lévy</strong></p><p><strong>Juan José Arreola</strong><em>Bestiario,</em><strong>Fernando Benítez</strong><strong>Carlos Monsiváis</strong></p><p><strong>Rosario Castellanos</strong></p><p><strong>Vasconcelos </strong><em>Cuaderno gris</em><strong>Josep Pla</strong></p><p><strong>Michel Foucault</strong><strong>2</strong></p><p><em>Tarde o temprano</em><em>Irás y no volverás</em><em>Desde entonces</em><em>Siglo pasado</em><em>No me preguntes cómo pasa el tiempo</em></p><p><em>Irás y no volverás</em></p><p><em>El viento distante</em><em>Inventario</em></p><p><em>Inventario</em></p><p><strong>Rogelio Cuéllar</strong><em>Estaciones</em><strong>Elías Nandino</strong></p><p><em>El castillo de la pureza</em><em>El Santo Oficio</em><em>El principio del placer</em><strong>Agustín Lara</strong><em>Las batallas en el desierto</em><em>Vea</em></p><p><em>Inventario</em></p><p><em>Morirás lejos</em><em>nouveau roman</em><em>modus vivendi</em></p><p><em>bestsellers</em><strong>Harold Robbins</strong><strong>Hemingway</strong></p><p><strong>Salvador Novo, Carlos Pellicer, Jorge Cuesta</strong></p><p><em>Inventario</em></p><p><em>Inventario</em></p><p><strong>Ricardo Piglia</strong><em>dos</em><em>Los diarios de Emilio Renzi</em></p><p><em>Tarde o temprano</em></p><p><strong>Patricia Hearst</strong><strong>Charles Manson</strong></p><p><strong>Armando Ponce</strong><em>Proceso</em></p><p><em>Inventario</em></p><p><strong>Voltaire</strong><strong>Rousseau</strong><strong>Efraín Huerta</strong><strong>José Santos Chocano </strong><em>Detritus Federal</em><em>Inventario</em></p><p><strong>Antonio López de Santa Anna</strong><em>Ragtime</em><strong>E. L. Doctorow</strong></p><p><em>petite histoire</em><strong>Luis G. Urbina, Guillermo Prieto </strong><strong>José Martí</strong><strong>Manuel Acuña</strong></p><p><em>Inventario</em><strong>Amado Nervo</strong><strong>Ramón López Velarde</strong><em>La amada inmóvil</em></p><p><strong>Ignacio Ramírez</strong><strong>Tina Modotti</strong><em>nostalgia de lo inmemorable</em></p><p><strong>Álvaro Obregón</strong><strong>Ernesto Alonso</strong><strong>Indio Fernández</strong><strong>Chespirito </strong></p><p><em>Excélsior</em><strong>Quevedo </strong><em>Inventario</em></p><p><em> Buscón</em><em>La España defendida y los tiempos de ahora, Grandes anales de quince días, La rebelión de Barcelona, El alevoso manifiesto de Vasconcelos</em></p><p><em>Inventario</em></p><p><strong>Porfirio Díaz</strong></p><p><strong>Márquez </strong></p><p><em>Inventario</em><strong>Paul Virilio</strong></p><p><em>No me preguntes cómo pasa el tiempo</em><strong>Miguel Alemán</strong></p><p><strong>Gabriel García Márquez</strong><em>Las peras del olmo</em><em>in extenso</em></p><p><em>Inventario</em></p><p><em>Inventario</em></p><p><em>Inventario</em></p><p><strong>Darío Jaramillo Agudelo</strong><strong>Julián Hernández </strong><strong>Fernando Tejeda</strong><em>No me preguntes cómo pasa el tiempo </em><em>Tarde o temprano</em><em>Cancionero apócrifo. </em><strong>Juan Pérez Pineda, Daniel López Laguna </strong><strong>Pedro Núñez</strong></p><p><em>Historia de los heterodoxos españoles”.  </em></p><p><em>El Santo Oficio</em><em>Morirás lejos</em><em>Inventario</em></p><p><em>Inventario</em></p><p><em>“Inventario” de datos curiosos recogidos por Pacheco</em></p><p><span id="ftn1"></span><strong>1</strong><em>Inventario</em></p><p><strong>2</strong><em>El lenguaje comienza después de la muerte</em></p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Villoro]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La vida que se escribe]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Libros,Literatura,Literatura latinoamericana,Periodismo,Periodistas,Los diablos azules número 73]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Rodrigo Fresán: “Ahora el enemigo de la lectura es la lectura”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/rodrigo-fresan-ahora-enemigo-lectura-lectura_1_1143172.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8167abe3-2ea2-4f0d-91a3-5e0caf040664_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Rodrigo Fresán: “Ahora el enemigo de la lectura es la lectura”"></p><p>Parte de una trilogía que se ha ido haciendo sola, <a href="http://www.megustaleer.com/libro/la-parte-sonada/ES0144883" target="_blank">La parte soñada</a> (Literatura Random House, 2017), es la nueva novela del escritor argentino afincado en Barcelona <strong>Rodrigo Fresán</strong>. Un proyecto que ha ido construyéndose sobre la marcha, a partir del núcleo de personajes y la trama que empezaron a anudarse en <a href="http://www.megustaleer.com/libro/la-parte-inventada/ES0120597" target="_blank">La parte inventada</a> (Literatura Random House, 2014) y que supone una de las apuestas literarias más valientes de la actual literatura escrita en español. No hace falta decir, que <em>La parte soñada</em>, como su hermana de 2014, es una obra que exige la lectura pausada y entregada que toda gran obra que va a durar en el tiempo merece.</p><p>Nunca se sabe cómo salen estas novelas que van arrastrando como un vórtice en el tiempo la experiencia literaria de un autor hasta exprimirlo –la novela a quien se deja escribir por ella— y licuarlo en un océano lleno de vida escrita. Fresán narra el delirio onírico con la precisión de quien a la vez está dentro y fuera del relato. Su discurso no es en modo alguno delirante, pero el lector que entra en él experimenta una sensación de suspensión de las leyes espaciotemporales, un vértigo de vacío que le hace caer en un mundo alucinado. Fresán no nos cuenta los sueños, fabrica sueños para que el lector los sueñe. Una voz exclusivamente narrativa que teje en un tiempo sin tiempo, carente de diálogos, un universo donde la aventura y lo ensayístico, la cultura pop y la libresca, los sueños como libros preservados en <em>Farenheit 451.</em></p><p>Charlamos con al autor en Sevilla. Sí, Rodrigo Fresán es un tipo agradable que está escribiendo una obra maestra (o ha escrito dos obras maestras que se dan la mano y le tienden la que les queda libre a la tercera que está en camino, como ustedes prefieran) y parece que lo haya hecho, que lo esté haciendo, tomándose un vermú para alegrar la tarde. A qué andarse con milongas cuando la escritura te posee —supongo yo que piensa tras su rostro impenetrable— y uno se entrega, se deja, se abre al demonio de la escritura y ya no hay remedio. A eso, me parece que lo llaman autoborrado del autor; no hay nada que justificar, lo escrito escrito está, si quieres lo lees. Quizá aquí debió terminar la entrevista, antes de haber empezado siquiera, pero ni pude resistirme a saber por qué y cómo se le había ocurrido escribir sonámbulo, ni, ya que tenía delante a un poseído por el demonio de la literatura en los tiempos de la banalidad institucionalizada, a decirle de alguna manera que yo sí, que quise y la leí o que la estoy leyendo porque <em>La parte inventada</em>, <em>La parte soñada</em> y la que le queda por contar no se acaban nunca de leer del todo, están escritas para ser visitadas de cuando en cuando, como se hace con los amigos, como pasa con las obras maestras que salen porque tienen que salir.</p><p><strong>Pregunta</strong>. <strong>La parte soñada es una novela ambiciosa, enciclopédica, parte de una trilogía aún más ambiciosa, su trilogía sobre los procesos de la mente creadora del escritor. En estos tiempos de literatura light, ¿cómo es posible que un escritor se haya propuesto una empresa tan ambiciosa y tan fuera de las tendencias comerciales del mercado literario?</strong><em>La parte soñada</em><em>light</em></p><p>  </p><p><strong>Respuesta</strong>. Seguramente no siendo en absoluto consciente de eso, ¿no?, desde la pura inconsciencia. De hecho, en términos prácticos reales, yo nunca pensé en escribir una trilogía, yo pensé que con <em>La parte inventada</em> la cosa terminaba ahí, pero enseguida descubrí que me costaba mucho separarme de ese libro. De hecho me la pasé todo el año largo siguiente al que salió el libro escribiendo partes para <em>inserts</em> que fueron incorporadas luego a las ediciones francesa y norteamericana y ahora a la española de bolsillo que está a punto de salir. Y después la gente me preguntaba por Penélope y qué había pasado, qué sé yo... y todo eso a mí me obligó a seguir pensando en esta gente, los Karma y todo eso... Mi plan, en realidad, era escribir una cosa muy breve como próximo libro, una novela corta de unas cien páginas, que fuera simplemente una sola noche en la vida de dos niños con su tío recorriendo una ciudad, que era una especie de Buenos Aires espectral, crepuscular, de mi infancia, buscando a sus padres, y esto fue absorbido finalmente por este libro. Ese tramo quedó en seis o siete páginas de <em>La parte soñada</em>, y, te digo, no había ninguna intención ni de trilogía ni de <em>magnum opus</em>, sino de aquí está lo que tengo para decir; pero, al mismo tiempo, también me produce una cierta gratificación que desde afuera sea considerado de ese modo, porque también yo siento que me lo he trabajado, digamos. Esto no quiere decir que la escritura de los libros haya sido agónica o sufrida, sobre todo a partir del momento en que supe que esto era la segunda parte de una tercera parte —que ya incluso está bastante avanzada—, porque se fue escribiendo un poco en sincro. Fue todo muy grato y así como sobre ruedas.</p><p>En cuanto a la literatura <em>light</em>, siempre la hubo, ¿no? Y estoy contento de que exista, porque así uno tiene algo en contra de lo que escribir, no en contra, en oposición a, o una cosa beligerante, pero sí decir: bueno esto a mí no me interesa, está bien que exista, está bien que esto incluso financie gestos como el mío y cada loco con su tema.</p><p><strong>P.</strong> <strong>Bien, pero curiosamente la escritura de esta novela enciclopédica muestra no solo tu manejo de la alta cultura, sino también de la cultura pop.</strong></p><p><strong>R. </strong> Sí, yo no hago muchas diferencias. O sea, cuando dicen que soy un escritor pop y todo eso... Me parece que <strong>Jane Austen</strong> era pop y que <strong>Borges </strong>era pop y que cualquier libro que refleje medianamente su circunstancia y su tiempo se va a nutrir de elementos naturales. En cuanto a lo de la alta cultura, no sé, cada vez está más al alcance de la mano y a la gente cada vez le preocupa menos. La gente está en otras cosas. Cuando yo era niño me decían que el enemigo de la lectura era la televisión, y ahora el enemigo de la lectura es la lectura. La gente está leyendo y escribiendo todo el tiempo, no cosas demasiado profundas que digamos, pero la literatura siempre va a estar ahí. De hecho, en relación a lo que tú dices, yo creo que <em>En busca del tiempo perdido, Ulysses</em>, <em>Bajo el volcán</em>, <em>Tristam Shandy</em>, la obra de <strong>Kafka</strong>, quiero decir, los libros más formalmente exigentes que se te ocurran siempre van a tener lectores, probablemente cada vez tengan más lectores, por una cuestión demográfica, pero lo que sí me parece preocupante es que los <em>best-sellers</em> están cada vez peor escritos. A mí también me gusta leer <em>best-sellers</em>, pero yo me acuerdo de escritores, no sé, como <strong>Irving Wallace</strong> o <strong>Morris West</strong>, ya no digamos <strong>Somerset Maugham</strong>, ni <strong>Chesterton</strong>... En comparación a los <em>best-sellers</em> de ahora eran muy superiores. Los vampiros de <strong>Anne Rice</strong> en comparación con los de <strong>Stephenie Meyer</strong>... Me parece que antes los <em>best-sellers</em> en muchos casos eran como una especie de escalerilla de piscina pública que tú podías utilizar para subir y luego pegarte el gran clavado y lanzarte al abismo de las grandes cosas; pero ahora, me parece que es una literatura muy..., bueno, una ficción o una narración muy escasa, muy baja.</p><p><strong>P. Tu novela aparece como ambición de escritura total, absorbes todo ese material heterogéneo en un concepto absoluto de narratividad literaria (ya adviertes al principio de tu poco aprecio por los diálogos), casi como si se tratase de una narración oral desatada.</strong></p><p><strong>R</strong>. Sí, y también una cosa que a mí me preocupa mucho que tenga, porque es una cosa que a mí me parece que es un signo de los buenos libros, que es el sentido del humor. La gran literatura solemne, marmórea, broncínea, donde todo es como con eco, con grandes bóvedas, no me parece que tampoco esa sea gran literatura. No hay nada peor que la gran literatura con ganas de ser gran literatura, que está todo el tiempo como diciendo “ojo que soy gran literatura”. El caso más noble y al mismo tiempo, a veces, más ridiculizable es el de <strong>Thomas Mann</strong>, que está siempre diciendo “soy el Gran Escritor”. Que lo era, pero no tenía por qué repetirlo él todo el tiempo, no hacía falta, ya con lo que decían de él debería alcanzarle de sobrado.</p><p>A mí me gustó mucho el discurso este que <strong>Bob Dylan</strong> no fue a pronunciar a Estocolmo, donde él hace una maniobra astutísima: se comparaba con <strong>Shakespeare</strong>, pero, acto seguido, lo rebajaba a la altura de un tipo simplemente preocupado por entretener, por la calavera y por quién se iba a sentar en la primera fila y quién no. Quiero decir, uno no tiene que ser tan consciente del efecto o de la posible trascendencia de lo que hace, ¿no?</p><p><strong>P.  En tu caso eso es evidente, tu escritura parece...</strong></p><p><strong>R</strong>. No, el secreto me parece que está en divertirte. Si no te diviertes tú no tienes por qué pensar que vas a divertir a otros.</p><p><strong>P. Pero aparte, a pesar del cálculo, que se nota en cada página, es una novela muy visceral, parece una novela escrita de un tirón, aunque eso es imposible por el volumen, pero el ritmo narrativo es asombrosamente mantenido</strong></p><p><strong>R</strong>. Eso tanto en este libro como en el anterior, que están conectados por esa especie de voz, que es una tercera persona pero parece que fuera primera persona en realidad, una cosa un poco engañosa... También por eso me costó mucho desprenderme de lo escrito y me dije por qué no seguir con esto, porque la verdad es que era agradable y, al mismo tiempo, era algo que me daba un poco de tristeza matar tan rápidamente. Con el próximo libro ya será suficiente, pero me costaba la verdad, pensé que estaba logrado, entonces, ¿por qué no seguirlo?</p><p><strong>P. La parte soñada me pareció un novela psicológica, pero no la típica novela, no sé, si utilizo el término postmoderno igual te molesta, pero no es ni la típica novela psicológica del XIX sobre la mente del personaje ni la del XX sobre la mente del escritor, sino una novela psicológica sobre la literatura como mente colectiva. ¿Hay algo de eso?</strong><em>La parte soñada</em></p><p><strong>R</strong>. Ya, probablemente. Con el tiempo uno se adapta, es mi décimo libro, entonces uno ya puede sacar algunas conclusiones al respecto y me doy cuenta de que a mí lo que más me interesa como tema es —y está dicho en el libro en algún momento—, cómo diría... Me parece que el tema más transgresor, revulsivo, controversial e incomodante es leer y escribir, me parece que no hay nada más inquietante que eso.</p><p><strong>P. Inapropiado por lo menos. Me parece que era William Boyd quien decía que le gustaba vivir en un barrio de banqueros, porque cuando salía por la mañana a buscar el pan, la gente, que sabía que él era escritor, lo miraba como si fuese una persona de mal vivir y eso le encantaba. Me vengo a vivir a este barrio porque aquí me miran mal.</strong></p><p><strong>R</strong>. Sí, sí, sí.</p><p><strong>P. Por otra parte, tu novela me parece rara, tremendamente arriesgada en el panorama actual de la literatura española y, yo diría, con un poco de atrevimiento, que en el panorama de la literatura hispana. Los referentes que se me ocurren son Gaddis, Pynchon o Foster Wallace.</strong></p><p><strong>R</strong>. <strong>Kurt Vonnegut</strong> también, sobre todo Vonnegut. Pero igualmente siento que en la literatura, no diría argentina, pero sí rioplatense, todas las novelas son bastante particulares sobre lo formal, ¿no?, desde <em>Rayuela</em> o <em>Adán Buenosayres</em>, incluso <em>Sobre héroes y tumbas</em>. En ese sentido yo, de las pocas cosas de las que me siento contento de ser argentino, si bien ya llevo más años de escritor en activo en España que todos los que llevé en Argentina en su momento, es que te da una inmensa libertad, no estás ni siquiera constreñido por la idea de la novela como género y tampoco te preocupa la idea de la gran novela latinoamericana a la <strong>Vargas Llosa</strong> o a la <strong>Carlos Fuentes</strong>. Después, hay una cosa que la repito siempre y es que la literatura rioplatense es la única, en español, seguro, pero me atrevo a decir también en todo el mundo (y diría, incluso, en todo el universo, a ver si en esos siete planetas que descubrieron hay escritores, un planeta de escritores nada más), la única literatura en la que todos sus escritores canónicos y totémicos practicaron el género fantástico, la única. Los grandes escritores, todos, no hay uno que no lo haya hecho, ni vivo ni muerto, y eso te da, de entrada, una especie de gran liberación, no tienes un pudor por el género, ni siquiera piensas si esto es ciencia ficción o esto es fantástico, sino que lo ves como una parte más de la realidad. Quiero decir, una novela como <em>Ada o el ardor</em>, de <strong>Nabokov</strong>, podría ser también una novela de ciencia-ficción, si lo ves en términos genéricos, y a Nabokov tampoco le interesaba la ciencia ficción. Para mí eso es muy gratificante.</p><p><strong>P. Otro referente que se me viene siempre a la cabeza es William Burroughs cuando te leo a ti, aunque con una visión muy distinta de la forma. Por ejemplo, aquí en esta novela entras en el mundo de lo onírico, pero el lenguaje es muy racional, no sigue en esa línea el lenguaje descoyuntado de Burroughs.</strong></p><p><strong>R</strong>. No. Bueno, ahí en <em>La parte </em>soñada está dicho: no hay nada más difícil que escribir sueños o escribir escenas de sexo, esos son los dos máximos desafíos de la literatura narrativa. A mí, la verdad, es que si me pones contra una pared y me preguntas “¿para qué escribes?”, te respondería que a mí me gusta pensar que mis libros dan ganas de escribir o ganas de leer, me parece que no hay más que eso. Incluso cuando hago reseñas yo tengo una actitud completamente evangélica, en cuanto predicar la buena nueva y tanto cuando leo como cuando escribo me gusta que eso esté ahí, ¿no?</p><p><strong>P. Una última pregunta, a mí La parte soñada me parece una novela melvilleana, más allá del recurso compartido de las extensas citas iniciales, entonces, la curiosidad es: ¿quién es el capitán Acab y qué es Moby Dick en tu novela?</strong><em>La parte soñada</em></p><p><strong>R</strong>. Ambos están afuera del libro, puede ser. A mí me gusta, a la hora de relatar los sueños, tener en cuenta a quien mejor lo ha hecho, en términos artísticos, y quien mejor ha reflejado lo que son los sueños, por lo menos en el cine, es <strong>David Lynch</strong>. La gran astucia de David Lynch es que nunca ves quién está soñando; el soñador probablemente sea el espectador. Por eso me gusta pensar que Acab y Moby Dick son dos lectores del libro que están dando vueltas por ahí. Quiero decir, yo pongo el océano, la ballena y el capitán que los pongan los lectores.</p><p>Luego nos tomamos un vermú y seguimos charlando, pero de rock, de los nuevos discos de <strong>Ray Davis</strong> y de <strong>Robyn Hitchcock</strong>, del disco póstumo de <strong>Bowie </strong>y de que su <em>Hunky Dory</em> es insuperable. Así, como si tal cosa.</p><p><em>*Carlos Serrato es profesor de Literatura. </em><strong>Carlos Serrato</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carlos Serrato]]></author>
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