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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 75]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-75/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 75]]></description>
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      <title><![CDATA[Impresión de destierro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/impresion-destierro_1_1203111.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f39155fb-461a-424e-892e-679b9452da93_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Impresión de destierro"></p><p>  </p><p><strong>Impresión de destierro</strong></p><p>Fue la pasada primavera,</p><p>hace ahora casi un año,</p><p>en un salón del viejo Temple, en Londres.</p><p>Tras edificios viejos, a lo lejos,</p><p>entre la hierba el gris relámpago del río.</p><p>Todo era gris y estaba fatigado</p><p>igual que el iris de una perla enferma.</p><p>Eran señores viejos, viejas damas,</p><p>en los sombreros plumas polvorientas;</p><p>un susurro de voces allá por los rincones,</p><p>junto a mesas con tulipanes amarillos,</p><p>retratos de familia y teteras vacías.</p><p>La sombra que caía</p><p>con un olor a gato,</p><p>despertaba ruidos en cocinas.</p><p>Un hombre silencioso estaba</p><p>cerca de mí. Veía</p><p>la sombra de su largo perfil algunas veces</p><p>asomarse abstraído al borde de la taza,</p><p>con la misma fatiga</p><p>del muerto que volviera</p><p>desde la tumba a una fiesta mundana.</p><p>En los labios de alguno,</p><p>allá por los rincones</p><p>donde los viejos juntos susurraban,</p><p>densa como una lágrima cayendo,</p><p>brotó de pronto una palabra: España.</p><p>Un cansancio sin nombre</p><p>rodaba en mi cabeza.</p><p>Encendieron las luces. Nos marchamos.</p><p>Tras largas escaleras casi a oscuras</p><p>me hallé luego en la calle,</p><p>y a mi lado, al volverme,</p><p>vi otra vez a aquel hombre silencioso,</p><p>que habló indistinto algo</p><p>con acento extranjero,</p><p>un acento de niño en voz envejecida.</p><p>Andando me seguía</p><p>como si fuera solo bajo un peso invisible,</p><p>arrastrando la losa de su tumba;</p><p>mas luego se detuvo.</p><p>«¿España?», dijo. «Un nombre.</p><p>España ha muerto.» Había</p><p>una súbita esquina en la calleja.</p><p>le vi borrarse entre la sombra húmeda.</p><p>De <em>Las nubes</em> (1940) </p><p><em>*Luis Cernuda nació el 21 de septiembre de 1902, en Sevilla. Murió en México el 5 de noviembre de 1963. </em><strong>Luis Cernuda</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis Cernuda]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Exilio,Literatura,Literatura española,Poesía,Poetas,Luis Cernuda,Los diablos azules número 75]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Carta a los alumnos de la Universidad de Granada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/carta-alumnos-universidad-granada_1_1143767.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><em>Esta pieza pertenece a un monográfico sobre el exilio, coordinado por el profesor Antolín Sánchez Cuervo. Consulta todos los temas en el número 75 de Los diablos azules.</em><strong>Antolín Sánchez Cuervo</strong><a href="https://www.infolibre.es/tags/temas/los_diablos_azules_numero_75.html" target="_blank">el número 75</a></p><p><em>Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Les dejamos esta sala para que comenten sus lecturas y nos ayuden a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para contarnos vuestra historia y hacernos llegar vuestras recomendaciones.</em><strong>losdiablosazules@infolibre.es </strong></p><p>___________________________________</p><p>  <strong>Club Lectura Fundación Francisco Ayala</strong></p><p><strong>Carta a los alumnos de la Universidad de Granada</strong></p><p><strong>(Sobre La cabeza del cordero de Ayala)</strong><em>La cabeza del cordero</em></p><p>Queridos amigos:</p><p>Fue para mí un placer el poder reunirme con vosotros el pasado jueves por la tarde en la Fundación Francisco Ayala. El veros allí, tan atentos a las palabras de vuestro profesor, suscitó en mí una enorme alegría, pues quedó muy claro que en la Universidad de Granada sigue vigente el aprecio de la literatura… la cual, según el propio autor del libro de que se habló, <em>La cabeza del cordero</em>, es la realidad. “La realidad —declaró en 2006 el centenario autor—, lo que llaman realidad, es la literatura en el sentido de que las cosas no existen, no adquieren realidad más que a través de la literatura.”</p><p>  </p><p>Ahora —es decir, unos días después de nuestra reunión— doy vueltas a esta observación de <strong>Ayala </strong>dentro del contexto, todavía, de las palabras que, sin premeditación, me salieron durante nuestra charla. Me refiero, claro está, a lo que dije acerca de la relación entre el contenido de <em>La cabeza del cordero</em> (1949) y los tiempos actuales: la “realidad” histórico social que estamos viviendo todos en este mundo cada vez más pequeño, más maltratado por unos seres humanos destinados a vivir, y sobrevivir, en una lucha continua por el poder y por los bienes materiales que conlleva.</p><p>“El poder ejercido por el hombre sobre su prójimo —se lee en el prólogo a <em>Los usurpadores</em> (1949), recopilación de narraciones basadas en la historia española desde el medioevo hasta el imperio de los Habsburgo— es siempre una usurpación.” Dicho libro, cuyo contenido se remonta a la misma década en que redactó Ayala las cuatro novelas cortas reunidas luego en la primera edición de <em>La cabeza del cordero</em>, se puede leer, también, como una especie de preludio histórico al contenido contemporáneo de este último.</p><p>Lo que a mí personalmente me ha llamado la atención al repasar ahora las páginas de <em>La cabeza del cordero</em> es la sensación que en ellas se produce de una inevitable desavenencia entre los seres humanos: una tensión que en cualquier momento puede estallar en algún tipo de conflicto. También he sentido en ellas la existencia de una cadena, ineludible, de causa y efecto que por sí sola llega a anular cualquier intento de cambiar el rumbo de las cosas. Esto lo ilustra Ayala de otro modo en la primera de sus llamadas “novelas del Caribe”, <em>Muertes de perro</em> (1958); en la segunda, <em>El fondo del vaso</em> (1962), se vale el autor de la metáfora del billar, “¡carambola!”.</p><p>Y ¿no es eso lo que ahora estamos viendo en las noticias estos días tan revueltos, tan precarios, tan peligrosos? Me refiero aquí, no sólo a lo que, a través de todos los sentidos, estamos <em>presenciando</em>, sino también —insisto— a lo que, en nuestro fuero interno, estamos <em>sintiendo</em>… y <em>presintiendo</em>.</p><p>En los cuatro relatos ayalianos, los sentimientos están encerrados dentro de personajes a punto de explotar; la tensión, en el aire, se transmite al lector. A través del monólogo interior, los protagonistas se van desvelando, quitándose la máscara, revolcándose en su propia verdad. El de “El mensaje” se revela, no ya a sus familiares, sino directamente al lector; el de “El Tajo”, tal vez el único salvable —de ahí su papel simbólico dentro del volumen—, da más bien pena; el de “El regreso” (un republicano), es un cretino de primer orden; el de “La cabeza del cordero” (un nacionalista), un hipócrita asqueroso. Esta, nos dice Francisco Ayala, es la condición humana.</p><p>Consciencia de todo ello tiene el autor, según deja constancia en los ocho últimos párrafos de su “Proemio” a la primera edición del libro. En los anteriores ofrece unas agudas observaciones acerca de su propia vida y producción literaria dentro de unas circunstancias históricas —las del exilio— que por desgracia siguen repitiéndose en todo el mundo hasta el día de hoy. Es esta, amigos, nuestra condición “humana”.</p><p>Gracias por vuestra atención. Recibid un fuerte abrazo de</p><p><strong>Carolyn Richmond</strong></p><p>Madrid, 23 abril 2017</p><p>Fundación Francisco Ayala</p><p>Calle Rey Abu Said, 0, 18006 Granada</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carolyn Richmond]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Exilio,Libros,Los diablos azules número 75]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Libros contra el olvido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/libros-olvido_1_1143764.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2ab2646b-9893-4638-aaca-32f87ad5cdb8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Libros contra el olvido"></p><p><em>Esta pieza pertenece a un monográfico sobre el exilio, coordinado por el profesor Antolín Sánchez Cuervo. Consulta todos los temas en el número 75 de Los diablos azules.</em><strong>Antolín Sánchez Cuervo</strong><a href="https://www.infolibre.es/tags/temas/los_diablos_azules_numero_75.html" target="_blank"> el número 75</a></p><p><em>Desde un sótano de la calle Florida de Buenos Aires, el librero argentino Héctor Delgado ha ayudado a reconstruir la biblioteca del exilio a muchos bibliófilos españoles. Estas son algunas de sus joyas. </em><strong>Héctor Delgado</strong></p><p>___________________________</p><p>  <strong>Los intelectuales en el drama de EspañaMaría ZambranoPanoramaSantiago de Chile1937</strong><em>Los intelectuales en el drama de España</em></p><p>Cuando su marido fue destinado como Secretario de la Embajada Española en Chile, <strong>María Zambrano</strong> se trasladó con él a Santiago. Allí publicó en plena Guerra Civil este ensayo para explicar las razones de la guerra con una claridad cívica muy exacta. Una parte del ejército español había preparado un levantamiento para evitar la transformación social que se estaba dando. Al fracasar en su intento golpista, los militares no habían dudado en vender a España al fascismo de <strong>Mussolini </strong>y el nazismo de <strong>Hitler</strong>, es decir, a dos potencias extranjeras que respaldaron la guerra. Este hecho inaudito, vender al propio país, les proporcionó la victoria que no consiguieron con el golpe de Estado.</p><p>  <strong>Revista Realidad (1947-1949)</strong><em>Realidad </em></p><p>  </p><p>Publicada en Buenos Aires, se trata de una de las revistas más importantes de la década de los años cuarenta del siglo XX. Alcanzó 18 número bajo la dirección oficial de <strong>Francisco Romero</strong> y la dirección real de <strong>Francisco Ayala</strong> y <strong>Lorenzo Luzuriaga</strong>. Debido al poder editorial argentino de esta época, en la revista aparecieron los intelectuales y escritores más importantes del momento:<strong> Sartre, Juan Ramón Jiménez, Heidegger</strong>… La revista intentó establecer puentes entre la literatura de exilio y la escrita en el interior de España, y dio a conocer a jóvenes escritores como <strong>Julio Cortázar</strong>.</p><p>  <strong>Memoria de la melancolíaMaría Teresa LeónLosadaBuenos Aires1970</strong><em>Memoria de la melancolía</em></p><p>Con este libro de memorias, <strong>María Teresa León </strong>culminó su carrera literaria. Nacida en 1903, fue una de las escritoras más importantes de la Generación del 27. Sus recuerdos, escritos desde una experiencia de mujer, nos hablan de la transformación española que se produjo en los años de la Segunda República y de la catástrofe social que supuso el golpe de Estado de 1936. Salida al exilio en 1939, que vivió en Buenos Aires y Roma, la melancolía fue para ella un modo de mantener presente el compromiso con la historia de España.</p><p>  <strong>Las nubesLuis CernudaColección Rama de OroBuenos Aires1943</strong><em>Las nubes</em></p><p>  </p><p><strong>Rafael Alberti</strong> dirigió la colección Rama de Oro poco después de instalarse en Buenos Aires. Como otras editoriales (Séneca, Cruz del Sur, Losada…), esta colección intentó dar a conocer la literatura de los poetas españoles republicanos que habían muerto en la Guerra Civil o que había salido al exilio. Con este motivo se publico <em>Las nubes</em>, una edición exenta del primer libro terminado en el destierro por <strong>Luis Cernuda</strong> e incluido en <em>La realidad y el deseo</em>.</p><p><em>*Puedes encontrar la librería Los Siete Pilares en el local 9 del número 835 de la calle Florida, en Buenos Aires, o en su página de Facebook. </em><strong>Los Siete Pilares</strong><a href="https://www.facebook.com/libreria.lossietepilares" target="_blank">página de Facebook</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Héctor Delgado (Los Siete Pilares)]]></author>
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      <title><![CDATA[Hermanas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/hermanas_1_1143761.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/532d75da-6f29-4b3b-aca4-e3258f678edd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Hermanas"></p><p><em>(Comienza Beatriz Rodríguez.)</em><strong>Beatriz Rodríguez</strong></p><p>La hermana Matilde se arrodilla ante el altar. Su hermana Esperanza la observa detrás de los barrotes de Santo Domingo, en Soria. Viene de ver la tumba de la mujer del poeta. Viene de leer los poemas del río y los álamos. Ante los barrotes ella también se arrodilla. Matilde Silva, que era pequeña y regordeta, algo mística, algo bruja, solía refugiarse para leer durante horas en el frío mármol de las iglesias. Ahora es vieja y huesuda y todos sus conocimientos se han reducido a una sonrisa hueca.</p><p>Bajo las sombras de Santo Domingo se congelan los recuerdos de una vida que ya no existe. Detrás de los barrotes, hermanas, mayores y jóvenes, gordas y flacas, feas y muy pocas guapas se esconden del mundo. Lo crean todo, lo creen todo. Inventan, sueñan, lamentan. Rodillas cansadas de adorar ficciones, caderas cansadas de esconder deseos. Mujeres derrotadas que crean hogares sin ventanas. Barrotes en el tiempo. Venid conmigo, recuerdos de las sombras, y arrodillaos.</p><p>Piensa entonces su hermana Esperanza en el rosario que le robaron al padre Ignacio una tarde de agosto que las dos entraron en la Iglesia del Carmen. El calor de la siesta disuadía cualquier intento de juego en la calle y era más peligroso quebrantar el sueño de padre que ser descubiertas jugando a la rayuela en la casa de dios.</p><p>¿Cuántas decepciones puede soportar la necesidad de amor? Le pregunta la beata Matilde a su hermana recién divorciada, pero Esperanza solo quiere hablar del rosario. Colgaba de uno de los reposabrazos que tenía la gran silla de cuero que había en la sacristía. Un trono inestable, la pata izquierda trasera era más corta que las demás, sobre el que se sentaba el padre Ignacio a esperar a su monaguillo.</p><p>No siempre era el mismo, cada año los cambiaba para no enamorarse de ellos, le diría Esperanza a su hermana, y esta, santiguada y mirada perdida hacia los cielos, porque en los pucheros nunca había encontrado a dios, le contestaría es que el padre Ignacio estaba enfermo.</p><p>Pero la rayuela en la iglesia era imposible, ya las habían castigado varias veces por pintar con tiza el suelo de la iglesia, hecho con grandes cuadrados de mármol blancos y negros, como el ajedrez del abuelo, así que saltaban como si fueran figuritas de ese mismo ajedrez: el peón hacia adelante, el caballo en diagonal, la torre corre que te corre por el pasillo central, directo hasta el altar, el rey la espera en la esquina de la izquierda, donde Nuestra Señora de las Angustias congela su llanto eterno. Jaque mate, dice la torre, y Matilde corre hacia su hermana Esperanza y la tira al suelo, y el silencioso juego se convierte en risas hasta que calla, calla te digo, y las dos escuchan un leve jadeo.</p><p>¿Gimen los ángeles cuando están enfadados?, piensa Esperanza y mira a su hermana mayor. Las dos tumbadas todavía en el suelo, con las faldas levantadas, enseñándole las bragas a dios.</p><p>En la iglesia de Santo Domingo, cuarenta años más tarde, la pregunta vuelve a retumbar en los oídos de la Hermana Matilde: ¿Gimen los ángeles cuándo están enfadados?, dice en voz alta su hermana menor mientras saca el rosario del bolso. La mano temblorosa atraviesa los barrotes prohibidos y las cuentas quedan suspendidas sobre la muñeca, columpiándose al ritmo de su memoria, como se columpiaban aquel día en el trono del padre Ignacio.</p><p>Suenan las campanas en Soria llamando a las hermanas al rezo, es un sonido alegre. Hoy no ha muerto nadie, piensa Matilde, solo tendremos que rogar por nuestro silencio.</p><p><em>(Sigue Alfons Cervera.)</em><strong>Alfons Cervera</strong></p><p>Los jadeos. La vuelta atrás en la memoria que va quedando a ras de tanto olvido. Aquellas otras visitas al pueblo de la infancia, lejos en la distancia de los rosarios y las rayuelas en el suelo frío de la iglesia del Carmen. Los mismos susurros en el pozo oscuro de la sacristía, la negrura del pasillo detrás del altar mayor donde se colgaban las vestimentas de los monaguillos, como si fueran telas ahorcadas sin cuerpo dentro, el humo dulce del incienso que Matilde aspiraba con los ojos cerrados y lo dejaba caer como un chicle de arena en la boca medio cerrada de Esperanza. El miedo a que llegara demasiado pronto el fin del mundo. La miraba Esperanza, la pequeña Esperanza, y le preguntaba eso: por qué la mano del Niño Jesús está cada día más inclinada y la bola del mundo a punto de resbalar hasta el suelo. El cura —otro distinto, no el padre Ignacio, el de la silla coja y los niños invisibles que lo enfermaban en el recuerdo huesudo de Matilde— lo decía desde el púlpito en la misa del domingo: todo desaparecerá cuando la bola choque contra el suelo. Y las dos, hermanas y juntas en los juegos secretos de risas y rayuelas, de bragas altivas a los ojos del Altísimo, imaginaban el ruidoso estallido de santos y reliquias: la casa solariega de la Andenia, el fantasma que aparecía por las tres eras juntas todas las noches del verano, los gritos que se escuchaban en el cuartel de la guardia civil cuando ya hacía tanto tiempo que allí sólo quedaban unas insignificantes ruinas llenas de ratas, envases de plástico y huesos negros de paloma.</p><p>Después, el regreso a Soria. Lo que iba quedando de los juegos silenciosamente abruptos del verano. El humo del incienso dando vueltas y más vueltas por la boca. Como un chicle de arena que no desaparece nunca.</p><p>El tiempo no se doma. Resulta cada vez más insurrecto. Menos dispuesto a la inmolación gratuita a manos de un recuerdo complaciente. No había entonces nada complaciente, acaso sólo esa ficción que nos convertía en dueñas de una inocencia cruel y violenta, en personajes con el destino fijado desde el origen de los tiempos. Eso piensa Esperanza tantos años después. El rosario dando vueltas y más vueltas en su mano. La muñeca rota por la rozadura de las cuentas redondas, como los huesos, hechos polvo ya, de las palomas muertas en el cuartel de los veranos.</p><p>La verja de hierro. El silencio a una parte y otra de la verja. Tampoco se ha muerto el silencio. Lo que hablan —cada una desde su lado, las dos juntas en la misma memoria insatisfecha, como todas las memorias— pertenece a aquella vieja historia que habla miedosamente de bolas de fuego y jadeos que parecían llegados de ultratumba. El miedo, siempre. El susurro de unas manos deslizándose sobre las telas —ahora con cuerpo dentro— que cuelgan ahorcadas en las perchas del estrecho pasadizo que arrancaba de la sacristía. Aquel mismo susurro llegado, no sabían Matilde ni Esperanza de qué altar secreto perdido en una infancia que, como el chicle de arena que nunca se derrite, anda dando vueltas y vueltas por un rezo que se despliega —cuarenta años más tarde y con la misma, intensa, insobornable fiereza de entones— a un lado y otro de la reja.</p><p>No se enfadan los ángeles. Y menos aún gimen cuando están alegres en las profundidades del pozo. Pero lo que no saben esos ángeles —o sí, cuando escuchamos los gritos desde lejos tantos años después de aquellos días— es que el horror nos llega muchas veces con las señales dulces del incienso rodando por la boca. Y que aquel gozo de bragas altivas y desobedientes rayuelas va a ser otro cuando Esperanza salga a la calle y se queden, en las traviesas antiguas de la iglesia de Santo Domingo, aquellos versos que nunca les enseñaron en la escuela cuando los tiempos oscuros:</p><p>De toda la memoria, sólo vale</p><p>el don preclaro de evocar los sueños.</p><p>En la calle sopla un aire frío. Mira Esperanza lo que queda del día. A saber, piensa. Seguro que lo de siempre. Siempre lo que queda del día es lo de siempre. Y se levanta el cuello del abrigo. El mismo abrigo de todos los inviernos, dice. A nadie. Porque Matilde se queda en la parte de atrás de lo que piensa, de lo que dice. De lo que poco a poco empieza a ser más olvido que tiempo recobrado. La vida que le espera. O la otra. A saber la vida que le espera. Las manos. Ahora se da cuenta. Las huellas de la reja en la piel reseca de las manos. Las cuentas del rosario. La risa de los ángeles caídos. La vida fuera de la infancia. El nombre de Gustavo que surge de repente. Los ángeles tienen nombres distintos cuando los recordamos. Un día entró en sus juegos. Salía del pozo oscuro de la sacristía. Por qué ahora le viene a la memoria. Precisamente ahora, cuando ya empezaba a ser nada en su vida, incluso en sus recuerdos.</p><p>Ya no está, Gustavo ya no está con nosotras. No se lo ha dicho a Matilde, pero no ha hecho falta. Las dos saben que no hace falta. No le ha dicho nos acabamos de separar y no sé dónde habrá ido desde que dejó la casa.</p><p>Siempre han sabido —la hermana mayor y la pequeña— que abandonar aquella infancia no iba a ser fácil para nadie. Y aún menos, salir del pozo. Eso aún menos. El abrigo se le ha quedado corto, piensa. Y estira los bordes por abajo. A ver si así.</p><p><em>(Continúa Lola López Mondéjar.)</em><strong>Lola López Mondéjar</strong></p><p>¿Cuántas decepciones puede soportar el amor? Esperanza vuelve a la pregunta de Matilde mientras camina arrostrando el porvenir, como si el frío le infundiese unas energías nuevas. ¿Qué quatum de diferencias tolera el afecto?, insiste con la misma decisión con la que pisa. Imagina la firmeza de sus pasos como una quilla, la quilla del barco pirata en el que, de niña, le gustaba pensar que navegaría como Sandokán por los mares del Sur, hendiendo las olas. Nunca entendió el encierro de su hermana, su pequeño cuerpo encendido no presagiaba esa voluntaria y definitiva abstinencia. ¿Pensaba, tal vez, que sería ella la elegida?</p><p>Su autobús salía a las cuatro, tenía tiempo para tomar un café en la estación.</p><p>—Ha entrado el invierno —comentó la camarera, una joven de pelo azul entrada en carnes.</p><p>—Eso parece.</p><p>Esperanza leyó los mensajes de su móvil. De Gustavo ni una palabra. Lo devolvió al bolso y bebió despacio. En el fondo, lo que más le dolía de su divorcio era que hubiese sido él quien llevase la iniciativa. Se pasó en el porcentaje de diferencias tolerables; calculó mal y se le adelantó. Pero ya no más, con 50 años bien cumplidos iba siendo hora de tomar las riendas de su vida, dominada hasta entonces por la misma culpa que había encerrado a Matilde en la clausura.</p><p>Sacrilegio. Ofensa a Dios, concupiscencia, pecado.</p><p>No existen los ángeles. Protegido bajo su sotana de monaguillo y excitado, Gustavo, espiaba a las niñas desde el interior del confesionario. Gustavo, que un día se atrevió. La penitencia de Esperanza fue su matrimonio con un joven a quien no amaba, una penitencia cruel. La de Matilde, sus esponsales con Dios.</p><p>Pagó el café y dejó una generosa propina. Ahora era libre. Había saldado sus cuentas, y el placer transgresor, que encendiera las mejillas de los tres en sus clandestinos encuentros, apenas era un recuerdo vago que ya no le avergonzaba. Fueron dos o tres años, prefería no recordar. Las mismas chiquillas que osaron, buscaron después con su sacrificio la redención.</p><p>Se detuvo delante del panel informativo instalado en lo alto de la sala. Su autobús salía del andén número 12. En el 12, y a la misma hora, se anunciaba otro que partía hacia el sur.</p><p>El sur. Promesas de un viento todavía cálido, protector, que la envolvería en una tímida experiencia de comunión con la naturaleza. Durante su viaje de novios visitaron las islas. En septiembre la temperatura era perfecta, un óptimo climático que recordaría el resto de su vida. Como recordaría el silencio de la habitación del hotel, y las manos exploradoras de Gustavo. ¿Por qué no?, se dijo. Dejaría que fuese el azar quien aprobara su decisión.</p><p>—Aquí tiene.</p><p>La empleada le tendió el billete; el azar había apostado por ella.</p><p>Fuera de la ventanilla, aburridos y lisos, se extendían los campos de Castilla. La austeridad de un paisaje que, pensó, conformaba a su semejanza las conciencias. Detrás de su asiento una mujer joven daba de comer a su bebé. El olor del mejunje color mostaza le molestaba, y se felicitó por no haber tenido hijos. ¿Fue Gustavo o fue ella quien atribuyó su infertilidad a un castigo divino?</p><p>No tenían hijos y eso, ahora, le convenía. Soy libre, se repitió. Aunque no estaba segura de saber qué haría en adelante con su libertad.</p><p>El sol lucía más luminoso a medida que el autobús se acercaba a la costa. En la parada de descanso ya le sobraba el abrigo.</p><p>Compraría lo indispensable y se quedaría cerca del mar por tiempo indefinido. Cuando estas cosas sucedían en el cine, la pragmática Esperanza se preguntaba siempre cómo se las apañarían  los que escapaban para sobrevivir. Pero ahora la protagonista era ella. Ahora tendría que inventar. Trabajaré, pensó. Qué disparate. Pensó también. Y de nuevo, ¿por qué, disparate? Y sonrió.</p><p>Era noche cerrada cuando llegó a su destino. No conocía a nadie en la ciudad. Caminó sin equipaje por la alameda, que se le antojó la calle más transitada, en busca de un hotel barato. Tenía que hacer cuentas. Ser cuidadosa con sus gastos. Pensó en el maldito rosario del padre Ignacio, en las cuentas de alabastro cuyo roce retumbaba en el eco de la iglesia; y sonrió de nuevo. Hacía tiempo que no sonreía tanto. Las cuentas. Se le escapó una carcajada que no pasó desapercibida a los jóvenes que  se cruzaron con ella.</p><p>—¿Saben dónde puedo encontrar cerca de aquí un hotel?</p><p><em>(Cierra Jesús Ortega.)</em><strong>Jesús Ortega</strong></p><p>Ahora es el final. Esperanza está sola en la ciudad desconocida junto al mar, y es de noche y es invierno y las luces mortecinas de las calles vacías se encogen bajo un fanal de tiempo, un limbo, piensa Esperanza, por el que vagan como medusas en el aire los pecados que no se borran, los hijos que nunca tuvo, las atenciones que no prestó, los daños que causó, los amores que no supo retener ni cuidar. En el hotel elegido casi al azar agradeció que nadie reparase en ella. Camina con los ojos cerrados por un paseo de barandillas blancas y palmeras recién plantadas que bordea el mar. Turistas abotargados y soñolientos se desperdigan por las terrazas vacías o se cruzan con ella sin mirarla. Sopla una brisa que casi la hace sonreír. Está sola y ya no es joven y es libre y camina por una ciudad fantasma en la que no conoce a nadie, todo resulta extraño pero también exaltante, quizá tenga algún sentido haber llegado a ese lugar de plástico y neón donde los recuerdos no pesan, donde el pasado pueda calmarse, empequeñecerse, darle la distancia que necesita para poder reflexionar sobre las vidas estériles de Esperanza y Matilde, sobre su hermana yugo de la que nunca pudo separarse, su hermana espejo que ha vigilado sus pasos en la distancia, su hermana que reza por ella cada día desde el convento mesetario, encerrada en una celda con cama de piedra, creyéndose casada con un dios que no existe.</p><p>Entra en un bar cualquiera. Al cruzar el umbral reprime el gesto de dar la vuelta y marcharse. Como en esas escenas en las que el forastero se cuela en el sitio equivocado, varios pares de ojos siguen el recorrido de Esperanza hasta la barra de zinc. El camarero congela el gesto de limpiar un vaso con un trapo y clava sus ojos en ella como si quisiera alertarla de algo. Una mosca deja de zumbar y se posa en un letrero que dice "Hay caldo casero".</p><p>Pide una cerveza bajo la presión del silencio que la mira y se sienta a una de las mesas puestas en hilera entre la puerta y el fondo del bar, la más cercana a la puerta. El borde del vaso tiene trozos de suciedad pegados, ha de darle la vuelta hasta encontrar el lado por donde poder beber. En otra mesa del fondo está sentada una mujer joven, rubia, tal vez extranjera, que remueve lentamente una cuchara en un tazón, como si estuviera preparando una pócima o como si quisiera leer señales del futuro, "la taza de caldo del letrero", piensa Esperanza, justo cuando la chica detecta su mirada y le sonríe. Pero al instante vuelve a ensimismarse. Esperanza trata de no importunarla, o de mirarla de soslayo, sin dejar de preguntarse a qué tipo de espera obedecerán la breve camiseta ceñida, los pendientes de aro, los labios pintados de granate oscuro.</p><p>En la barra de zinc un hombre sentado en un taburete da la espalda a Esperanza. Exhala, no sabe por qué, un aire de propiedad o de protección sobre el tugurio. Una bolsa suya con una hogaza de pan reposa en la barra, entre el platillo con aceitunas y un cenicero atestado de colillas. Detrás y por encima de su cabeza, sobre una rinconera en altillo, hay una pequeña naturaleza muerta bañada por la luz escuálida de la bombilla del techo: una pata de jamón, un aceitero, un santo de yeso y un fajo de billetes de lotería.</p><p>Pasan los minutos. Nadie entra, nadie se marcha. Algo sucede: el hombre del taburete se ha acercado a la chica de la taza de sopa. Con el corpachón inclinado sobre ella le anuncia lo que parece un mensaje, tal vez una orden. La chica lo mira en silencio y hace amago de seguir comiendo, pero el hombre pone una mano terminante sobre su hombro. La chica se levanta y al echar a andar hacia a la puerta, y al pasar junto a Esperanza logra dejarle un aviso en forma de breve mirada de terror. No han pagado la cena y el camarero no ha hecho el menor gesto por reclamar nada. De pronto Esperanza está sola frente al camarero. Acuciada por la angustia, deja un billete grande en su mesa y sale corriendo del bar.</p><p>En el paseo ya no hay nadie.</p><p>Echa a correr sin saber hacia dónde, y al cabo de unos metros gira y se interna en la playa.</p><p>Se descalza. Deja escapar una risa nerviosa al hundir los pies en la arena. Avanza entre nuevas risas hacia la orilla del mar. Los pies entran en el agua. Ahora respira profundamente. En el cielo oscuro las lentas constelaciones siguen girando su rueda. Amanecerá, saldrá el sol y ella tendrá hambre, pero de momento solo siente frío y una rara alegría: decide caminar.</p><p><em>*Beatriz Rodríguez es escritora. Su último libro, </em><strong>Beatriz Rodríguez</strong><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-cuando-eramos-angeles/206166" target="_blank">Cuando éramos ángeles</a><em> (Seix Barral, 2016).</em></p><p><em>*Alfons Cervera es escritor. Su último libro, </em><strong>Alfons Cervera</strong><a href="http://sintarima.com/evento/yo-no-voy-a-olvidar-porque-otros-quieran-de-alfons-cervera/" target="_blank">Yo no voy a olvidar porque otros quieran</a><em> (Montesinos, 2017).</em></p><p><em>*Lola López Mondéjar es escritora. Su último libro, </em><strong>Lola López Mondéjar</strong><a href="http://www.siruela.com/catalogo.php?opcion=colecciones&b_coleccion=18&id_libro=2967" target="_blank">Cada noche, cada noche</a><em> (Siruela, 2016).*Jesús Ortega es escritor y editor de </em></p><p><strong>Jesús Ortega</strong><a href="http://cuadernosdelvigia.com/proyecto-escritorio-jesus-ortega-ed/" target="_blank">Proyecto Escritorio</a><em> (Cuadernos del vigía, 2016).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Beatriz Rodríguez | Alfons Cervera | Lola López Mondéjar | Jesús Ortega]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Hermanas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Narrativa,Los diablos azules número 75]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Cien años después]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/cien-anos-despues_1_1143757.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/55743da7-969e-49e0-8ebd-d245913c77c5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cien años después"></p><p><em>Esta pieza pertenece a un monográfico sobre el exilio, coordinado por el profesor Antolín Sánchez Cuervo. Consulta todos los temas en el número 75 de Los diablos azules.</em><strong>Antolín Sánchez Cuervo</strong><a href="https://www.infolibre.es/tags/temas/los_diablos_azules_numero_75.html" target="_blank">el número 75</a></p><p>__________________________</p><p>  <strong>ObrasJuan A. Ortega y MedinaUNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, Facultad de Estudios Superiores AcatlánMéxico2013-2016</strong><em>Obras</em></p><p>  </p><p><strong>Juan A. Ortega y Medina</strong> es uno de esos personajes que responden perfectamente al arquetipo de transterrado: tras su formación en Málaga y Madrid (donde estudió brevemente con <strong>Ortega y Gasset</strong>, entre otros), se alistó en el bando republicano en la Guerra Civil, resultando herido de gravedad en la contienda. Tras la derrota, se exiló a México, donde consiguió hacer carrera junto a otros pensadores de primerísimo nivel, desde <strong>Edmundo O’Gorman</strong> hasta <strong>Leopoldo Zea</strong>. Desde que en 2013 se cumpliera el centenario de su nacimiento, dos de sus discípulas –<strong>María Cristina González</strong> y <strong>Alicia Mayer</strong>— han dado a la imprenta por vez primera las <em>Obras</em> de este fascinante historiador, habiendo visto ya la luz los cinco primeros volúmenes (de los siete programados) que agrupan temáticamente distintos escritos.</p><p>El primer tomo, titulado <em>Europa moderna</em>, comienza con un estudio introductorio seguido de una pequeña autobiografía que nos muestra el talante de Ortega y Medina (<em>Espíritu y vida en claro</em>). A continuación, el lector encontrará <em>Reforma y modernidad</em>, el texto que habilitaba a nuestro autor como maestro y en el que se refleja pormenorizadamente la relevancia que el movimiento protestante tuvo para el posterior desarrollo del continente europeo, empleándose como contraste la visión imperial de <strong>Carlos V</strong> de España. No obstante, el texto más relevante de este volumen es <em>El conflicto anglo-español por el dominio oceánico. Siglos XVI y XVII</em>. Esta obra, que entronca nítidamente con la anterior, contrapone a los personajes de Robinson y Andrenio, explicando con ello las distintas formas que tuvieron de enfrentarse al mar la España del momento (que alcanzará su nadir al respecto con las extravagantes e incompetentes decisiones de <strong>Felipe II</strong>) y la Inglaterra isabelina. Así, Ortega y Medina apreciará con plena claridad cómo el monopolio eclesiástico-monárquico típicamente hispano a la hora de navegar por el Atlántico, que venía en cierto modo determinado por consideraciones religiosas, estaba condenado de antemano frente a la apuesta por la empresa privada típicamente británica. El volumen lo cierran dos artículos que no deben dejar de leerse, en tanto en cuanto complementan los dos grandes textos del volumen. Sus títulos respectivos son <em>Lutero y su contribución a la modernidad</em> y <em>De Andrenios y Robinsones</em>.</p><p>El segundo volumen, titulado <em>Evangelización y destino</em>, contiene la que sin ningún género de duda es la obra fundamental de nuestro autor: <em>La evangelización puritana en Norteamérica. Delendi sunt indi</em>, prologado por el ya mencionado Leopoldo Zea. Desde luego, este texto entabla una perfecta continuidad con los aparecidos en el tomo precedente: en él, Ortega prueba cómo la visión protestante (y específicamente puritana) del cristianismo fue empleada por los colonos novoingleses para justificar tanto la apropiación de la tierra americana como la subordinación (y exterminio) de un indio que pasaba a ser concebido como ser demoníaco. Esta obra, por supuesto, es una apropiación de algunas de las tesis fundamentales de la obra de <strong>Max Weber</strong> <em>La ética protestante y el “espíritu” del capitalismo</em>, si bien se ven ampliadas desde un punto de vista histórico.</p><p>Junto a <em>La evangelización puritana en Norteamérica</em>, el segundo volumen de las obras incluye <em>Destino manifiesto. Sus razones históricas y su raíz teológica</em>. El contenido del mismo resulta muy aclarador, pues en él se manifiesta la raíz teológica que subyace al sentimiento de <em>pueblo elegido</em> típicamente inglés –aunque otros pueblos también hayan alojado en su ser esa percepción— que lleva a quien lo siente a pretender la imposición de su modo de vida, más allá de sus límites territoriales originales. Esta obrita, que tan bien enlaza con las anteriores, adquiere especial relevancia si la contextualizamos, pues fue escrita en una época en la que desde México se veía a los Estados Unidos como un peligro que acechaba desde el norte en pos de cualquier excusa para expandirse. El tomo se cierra, como no podía ser de otro modo, con una colección de capítulos breves reunidos en un solo libro, <em>Imagología del bueno y del mal salvaje</em>, en que el autor va analizando la concepción que del indio se ha ido teniendo históricamente en función de diversos autores, incluidos <strong>Oviedo </strong>o <strong>Rousseau</strong>; y con los artículos “Mito y realidad o de la realidad antihispánica de ciertos mitos anglosajones” y “Razones y sinrazones anglosajonas frente al otro. La imagen cambiante del símbolo: de la consideración idílica del piel roja al aniquilamiento”.</p><p>No están desconectados de cuanto va dicho los contenidos del volumen tercero, significativamente titulado <em>Literatura viajera</em>. Su principal texto es <em>México en la conciencia anglosajona</em>, libro que aparece por primera vez reunido en un solo tomo (tradicionalmente eran dos, correspondiendo el primero a la primera parte de la obra, centrada en los siglos XVI-XVII, y el segundo, obviamente, a la segunda, el siglo XIX). En él se aprecia cómo la manera en que los visitantes –particularmente ingleses y norteamericanos— veían y comprendían la realidad mexicana fue transformándose: pasó de ser el paraíso prometido a convertirse en un lugar absolutamente degradado por su herencia hispánica y católica. Desde luego, nuestro historiador acierta a ver que esta progresiva decepción con lo que México era o parecía ser se correspondía con el hecho de que esos visitantes no veían cumplidas sus expectativas de negocio. Dicho de otro modo, México dejaba de ser un lugar de promisión justo cuando dejaba de rendir las ventajas monetarias que se esperaba obtener. Junto a esta obra monumental, hay que destacar los artículos que el volumen incorpora, fundamentalmente (si es que hubiera que señalar sólo uno) <em>Monroísmo arqueológico. Un intento de compensación de americanidad insuficiente</em>, donde Ortega señala con mucha claridad la apropiación del arte maya por parte de los Estados Unidos a fin de acreditarse como puramente americanos (el arte maya reunía las condiciones de ser antiguo –esto es, “clásico”— y de haber sido despreciado por los autóctonos del modo más grave: vendiéndolo).</p><p>Ortega y Medina advierte que los visitantes alemanes no tenían los mismos prejuicios que los ingleses y norteamericanos. Así, también en el tomo tercero, <em>La literatura viajera alemana del siglo XIX sobre México</em> nos muestra que los teutones carecían en buena medida de algunos de los peores prejuicios que sí opacaron la mirada inglesa y norteamericana. Sin embargo, que careciesen de dichos prejuicios (racismo protestante, especialmente) no significa que no tuvieran ninguno.</p><p>El gran prejuicio alemán en la mirada sobre México es el que da nombre al cuarto tomo publicado, a saber: <em>Humboldt</em>. En efecto, su <em>Ensayo político sobre el reino de la Nueva España </em>determinará las relaciones germano-mexicanas desde su aparición, y el tomo que ahora estamos revisando así lo constata. En él encontramos, fundamentalmente, la obra <em>Humboldt desde México</em>, en que se analiza pormenorizadamente, y de forma cronológica, las sucesivas maneras en que la obra del célebre viajero se entendió desde México (destacando particularmente, y no es baladí explicitarlo, la utilización que el Porfiriato hizo de esta figura). Lo más significativo de este texto es que Ortega y Medina intenta poner a <strong>Humboldt </strong>en su lugar; esto es, purgarlo de versiones prejuiciosas y atender a la totalidad de su obra, eclipsada en general por la potencia y fácil instrumentalización del <em>Ensayo</em>. Además, servirá a Ortega para denunciar un rasgo del México decimonónico que seguía muy presente en el siglo xx: la desigualdad.</p><p>Cabe notar que el cuarto volumen incorpora, además de la obra mencionada, el prólogo que Juan A. Ortega y Medina realizó, precisamente, para el <em>Ensayo</em>; y los artículos <em>Otra vez Humboldt, ese controvertido personaje, El Ensayo </em><em>cubano de Alejandro de Humboldt desde la perspectiva historiográfica mexicana y Landeskunde humboldtiana y pintura del paisaje</em>.</p><p>Por motivos editoriales, la aparición del sexto tomo, titulado <em>Descubrimiento y conquista</em>, ha precedido en el tiempo a la aparición del quinto. Dicho volumen 6 supone un nuevo giro temático, orientándose a los dos polos que su título enuncia: <em>La idea colombina del descubrimiento desde México (1836-1986)</em>, primer libro incluido en el volumen, recorre las opiniones y estudios realizados en el país azteca acerca del Descubrimiento, generando un mapa intelectual sobre el particular que abarca, por una parte, un “Desfile crítico de autores” (algunos de la talla de los ya citados O’Gorman y Leopoldo Zea, pero también <strong>Alfonso Reyes, Sánchez Macgrégor</strong>, etc.); y por otra, un “Apéndice crítico” que recoge tesis y réplicas de diversos autores (de nuevo O’Gorman, <strong>Dussel</strong>, <strong>Silvio Zavala</strong>…). El segundo libro recogido en este tomo resulta particularmente destacable, pues es la primera publicación de la que se tiene constancia elaborada por Ortega, aunque al alimón con su compañero de estudios <strong>Manuel Jiménez Marín</strong>: <em>Ensayo sobre la conquista española: sus antecedentes económicos, humanísticos y la proyección de éstos en ella</em>, del año 1943. Dicha obra resulta ser el germen, aún poco pulido, de algunas de las tesis sostenidas en sus obras principales. Encontramos así un análisis de la significación de la Contrarreforma y de los presupuestos humanistas previos a ella respecto al modo de conquistar y tratar al indio por parte de los españoles, la dualidad del conquistador, y en último término un primer intento por desvanecer la leyenda negra española, aunque todavía sin profundizar en lo que podría ser la leyenda negra anglosajona. Como ocurre con el resto de volúmenes, el tomo sexto incluye una serie de artículos, a saber: «Antecedentes de la conquista: <em>philosophia Christi</em> y Contrarreforma», muy afín al <em>Ensayo sobre la conquista española…</em>; <em>La “universitas christiana” y la disyuntiva imperial de la España del siglo XVI, La conciencia jurídica hispánica del siglo XVI a nivel literario popular, La imagen de Cristóbal Colón en la historiografía mexicana, La novedad americana en el Viejo Mundo y Los reinos hispánicos antes del descubrimiento del continente americano</em>, todos ellos rayando a gran altura.</p><p>Por ahora, sólo queda esperar a que aparezcan los dos volúmenes proyectados restantes para que la obra de Juan A. Ortega y Medina alcance por fin el reconocimiento tan merecido que en su tierra natal, acaso por desconocimiento de la misma, se le ha negado.</p><p><em>*Rodolfo Gutiérrez Simón es profesor de la Universidad Complutense de Madrid.</em><strong>Rodolfo Gutiérrez Simón</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Rodolfo Gutiérrez Simón]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Exilio,Historia,Libros,Los diablos azules número 75]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El duelo por María Zambrano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/duelo-maria-zambrano_1_1143755.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/74bdf8aa-dd97-477f-967e-2f7e048972b6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El duelo por María Zambrano"></p><p><em>Esta pieza pertenece a un monográfico sobre el exilio, coordinado por el profesor Antolín Sánchez Cuervo. Consulta todos los temas en el número 75 de Los diablos azules.</em><strong>Antolín Sánchez Cuervo</strong><a href="https://www.infolibre.es/tags/temas/los_diablos_azules_numero_75.html" target="_blank">el número 75</a></p><p>__________________________ </p><p><strong>Obras completasMaría ZambranoEdición de Jesús Moreno SanzGalaxia Gutenberg2015 </strong><em>Obras completas</em></p><p>  </p><p>Recuperar el pensamiento del exilio forma parte de esa tarea de duelo, aún no completada, por los desaparecidos de nuestra sociedad en la Guerra Civil. La edición crítica de su pensamiento es la contribución del historiador de la filosofía al restablecimiento de una tradición/transmisión interrumpida primero y negada después durante decenios.</p><p>El director de las <em>Obras completas</em> de <strong>María Zambrano</strong>, <strong>Jesús Moreno Sanz</strong>, que ha dedicado buena parte de su tarea investigadora a hacer realidad la primera edición crítica de la obra completa en castellano de María Zambrano, subrayaba la voluntad de los editores de mantener físicamente unido en un tomo el tramo de obras escritas entre 1930 y 1950. No quiero debatir su tesis de la unidad teórica de ese periodo, pero celebro que la materialidad del volumen haya obligado a respetar la cesura, histórica y personal, que marca el año 1939. Ya en La Junquera en enero de 1939, en espera de atravesar la frontera con Francia, Zambrano cuenta lo siguiente, hablando en tercera persona de sí misma: “No había sentido la derrota. (…). Todavía no se había desgajado de la comunidad, era nada más que aquello que había sido durante la guerra y especialmente en los últimos meses en Barcelona, uno, uno más entre todos. Y mientras se siente uno así no hay derrota posible (…). Pero ahora, entonces, ya sola en un cuarto de hotel, ya sí. Sabía que para siempre se había desgajado de aquella multitud de la que formaba parte (…); se había desgajado para siempre”<strong>1</strong>.</p><p>No es fácil expresar mejor el patetismo de la ruptura de la pertenencia a una colectividad. A partir de ahí habría que recorrer el pensamiento de Zambrano como mapa de un territorio de cultura que, a pesar de la ruptura, puede seguir siendo común.</p><p>El cambio experimentado afecta al ciudadano y a la identidad de la persona. Zambrano dibuja la producción por el exilio del <em>homo sacer</em> cuando dice de quienes partían: “Eran ya diferentes. Tuvieron esa revelación: no eran iguales a los demás, ya no eran ciudadanos de ningún país, eran exiliados, desterrados, refugiados… algo diferente que suscitaría aquello que pasaba en la Edad Media a los “seres sagrados”: respeto, simpatía, piedad, horror, repulsión, atracción, en fin…eso, algo diferente. Vencidos que no han muerto, que no han tenido la discreción de morirse, supervivientes”<strong>2</strong>. Ese es, precisamente, el trasfondo histórico y vital de los escritos que reúne el volumen II de sus <em>Obras completas</em>, cuya reciente aparición motiva esta nota.</p><p>De nuevo <em>Delirio y destino</em>, incluido en el volumen VI de esta mismas <em>Obras completas</em>, nos da las coordenadas de una visión unitaria de la cultura española y europea que elabora en esta década de los cuarenta. Buscando la distancia de sí que da la tercera persona, confiesa: “Ella sabía de guerras civiles algo (…). Y ahora Europa siguiendo el mismo destino (…). Los acontecimientos históricos tienen varias dimensiones, tienen un dentro, una profundidad, como la vida personal. Y, paradójicamente, desde esta islita del Mar Caribe, una de las que avanzaron al paso del Almirante, se sentía dentro de Europa”<strong>3</strong>. La “Isla de Puerto Rico”, vivida –según el título del primer libro de este volumen II— como “Nostalgia y esperanza de un mundo mejor”, es la elaboración filosófica de la perspectiva necesaria en 1940 para pensar a fondo la crisis civilizatoria que suponen las dos guerras civiles sucesivas de España y Europa. Mirando la experiencia de un conflicto civil desde una perspectiva a la vez lejana e interior, profundiza Zambrano en la función de la naturaleza mediadora de la filosofía.</p><p>En <em>La confesión, género literario</em> está en acto esa función, a la vez que encontramos algo más que ecos del magisterio de Ortega y de la presencia de Unamuno que defiende la singularidad. Pero Zambrano no pretende una síntesis imposible de estas dos aproximaciones inconmensurables a la filosofía. Organiza, más bien, la razón vital como razón poética y el análisis de la circunstancia como acceso narrativo a la voluntad  de encuentro entre acción y verdad, a la que da cuerpo la reflexión sobre la existencia del sujeto.</p><p>Hay proximidad a <em>El tema de nuestro tiempo</em> cuando Zambrano afirma que “el drama de la cultura moderna ha sido la falta inicial de contacto entre la verdad de la razón y la vida”<strong>4</strong>.Y a la necesidad de lograr que “vida y razón se entiendan” responde su análisis de la confesión como género literario que “se ha esforzado por mostrar el camino en que la vida se acerca a la verdad <em>saliendo sin ser notada</em>”<strong>5</strong>. La cita de <strong>San Juan de la Cruz</strong>, impensable en Ortega, sería ya, como señalan los autores de esta edición, un indicio del diálogo entre filosofía, literatura y sentimiento místico que caracteriza los mejores momentos de la escritura de Zambrano.</p><p>La conexión buscada con los dos grandes filósofos contemporáneos mencionados no apunta, por mi parte, a buscar síntesis de contrarios, ni responde a una preocupación de aclarar las influencias. Señala la construcción, por parte de Zambrano, de un entramado profundo, subyacente al pensamiento español contemporáneo, en el que alimentar el pensamiento de ese “nosotros” vivo que el exilio rompió, dejando a sus autores sin referentes compartidos, sin lo que podríamos llamar sus lectores naturales y con enormes dificultades de interlocución entre ellos.</p><p>Podría ser Zambrano, pero es <strong>Unamuno </strong>quien dice: “Porque la razón aniquila y la imaginación <em>entera</em>, integra y totaliza; la razón por sí sola mata y la imaginación es la que da vida”<strong>6</strong>. Y también podría ser Zambrano, pero es <strong>Ortega </strong>quien establece un estrecho vínculo entre la filosofía de la circunstancia y el pensamiento del amor, de <strong>San Agustín</strong> o de <strong>Spinoza</strong>, al referirse a sus <em>Meditaciones del Quijote</em> como “unos ensayos de amor intelectual”, aclarando su uso metódico con la afirmación de que “hay dentro de toda cosa la indicación de una posible plenitud. Un alma abierta y noble sentirá la ambición de perfeccionarla, de auxiliarla, para que logre esa plenitud. Esto es amor –el amor a la perfección de lo amado”<strong>7</strong>. Son actitudes que delatan esa unidad estructural profunda que supone una actividad tan nueva y necesaria como la filosofía escrita en castellano, empresa a la que Zambrano se suma sin abandonar un ápice de su singularidad.</p><p>Pero esa estructura compartida no intenta construir algo así como los rasgos de un nacionalismo filosófico. Cuando en 1943, al analizar <em>La confesión como género literario</em>, reúne los nombres de <strong>Baudelaire </strong>y <strong>Rimbaud </strong>a las <em>Confesiones</em> de <strong>Rousseau </strong>y al <em>Segundo manifiesto</em> del surrealismo, está estableciendo la conexión de la razón vital que busca con los nombres emblemáticos de la modernidad europea. Si en <em>Pensamiento y poesía en la vida española</em>, ya en México, confiesa haberse lanzado a los temas filosóficos sin pensar en la peculiaridad española, en los textos de la década de que hablamos, ya reflexionada ésta, vuelve a convertir en sustantivo el modo de hacer filosófico cuando afirma que “en todo caso, el conocimiento es una forma de amor y también una forma de acción, la única quizás que podamos ejercitar sin remordimiento en los días que corren”<strong>8</strong>. En las conferencias reunidas bajo ese título reaparece constantemente la poesía, el realismo literario y la mística como géneros de pensamiento.</p><p><em>El pensamiento vivo de Séneca </em>(1944) y <em>La agonía de Europa </em>(1945) serán la elaboración filosófica de la crisis de ese espíritu a la vez español y europeo. Si todavía en la década anterior “la cuestión del estoicismo español” representaba “el racimo de razones de la conducta del hombre español frente a la muerte, la razón de su manera de morir, tanto o más que de su manera de vivir”<strong>9</strong>, a mediados de la década de los cuarenta Séneca representa la tarea de mediar entre la vida, ciertamente menesterosa, y el pensamiento; y afirma: “No es <strong>Séneca </strong>un pensador de los que piensan para conocer, embalado en una investigación dialéctica, ni tampoco le vemos lanzado en la vida, sumergido en sus negocios y afanes y ajeno al pensamiento. Es propiamente un mediador, un mediador, por lo pronto, entre la vida y el pensamiento, entre ese alto <em>logos</em> establecido por la filosofía griega como principio de todas las cosas, y la vida humilde y menesterosa”<strong>10</strong>.</p><p>La figura de Séneca como mediador se inscribe en esa repetida tentación de la filosofía, que no abandonaron ni los proyectos más racionalistas —caso de <strong>Husserl</strong>, al hablar de la “filosofía como ciencia estricta”— que, junto a la satisfacción de las necesidades teóricas más profundas, exige que la filosofía “haga posible, desde el punto de vista ético-religioso, una vida regida por normas puramente racionales”<strong>11</strong>. La capacidad de que la filosofía tenga una dimensión normativa capaz de justificar, no ya una moral formal, sino una forma de vida concreta, racionalmente revisable, no es, por tanto, una ocurrencia reciente de <strong>Pierre Hadot</strong> o de <strong>Michel Foucault</strong>. No es tampoco, en los escritos de Zambrano de los años cuarenta, una mera concreción del raciovitalismo. Pienso que es su forma más rigurosa y honesta de aproximar la producción filosófica a la solución de los peores efectos de la crisis de las dos guerras, a los problemas intelectuales y morales de la sociedad de los años cuarenta. “Porque –afirma textualmente— la filosofía no podría distraerse de su empeño esencial de hacer frente a estas desgracias particulares que toda vida lleva consigo. No, no se ha distraído, sino que realmente es ella su tarea, su razón de ser. Es la filosofía, la razón compadecida de la condición desvalida del hombre”<strong>13</strong>. El “nosotros” convertido en mera agregación de “hombres sagrados”, sin vinculo social ni referencia a una ley patria, es ya la dolorosa condición compartida por tantos españoles y europeos que necesitan de la filosofía una labor de mediación. En <em>La agonía de Europa</em>, lo que señala la editora de los anejos como “la pérdida del mejor idealismo”<strong>13</strong>, ha roto la tensión vital interior que mantenía viva la civilización europea. Si para Husserl el fracaso de la cultura europea es el fracaso en lograr una teoría de la racionalidad lo suficientemente potente para superar la crisis de las ciencias, fundar una moral, y una axiología concreta, universalmente compartida y cumplir por fin el programa del legado griego, Zambrano añade a esa herencia la que deriva de <em>La ciudad de Dios</em> de San Agustín. Sólo cabe leer el diagnóstico con que acaba el capítulo sobre la esperanza de Europa: “Barbarie monista, falsificada mística que suplanta a la permanente esperanza de resurrección y a la consustancial utopía creadora. Cansancio de la lucidez y del amor a lo imposible y abandono del saber más peculiar del hombre europeo: el saber vivir en el fracaso”<strong>14</strong>. Repárese en que la filosofía no se presenta como instancia de emancipación, o como una promesa de felicidad, sino, negativamente, como una ayuda en nuestra condición desvalida; y la religión tampoco aparece tanto como promesa de plenitud, cuanto para enseñar a vivir con dignidad la indigencia y el fracaso. Sería interesante contrastar lo que Zambrano espera de la recuperación de las raíces religiosas en <em>El hombre y lo divino</em>, con el papel que Husserl asigna a la fenomenología de la religión en su <em>Renovación del hombre y la cultura</em>.</p><p>Las valoraciones y las indicaciones de interpretación realizadas deben tomarse tan sólo como otras tantas invitaciones a la insoslayable lectura directa de los textos de Zambrano, y al debate hermenéutico que una obra tan rica en sugerencias merece. Pero es de justicia señalar que, al leer esta edición, no nos encontramos sólo con un cuidado exquisito de la textualidad y con una presentación general que orienta al lector sobre el sentido de lo reunido, sino también con sendas presentaciones a cargo de los mejores especialistas, que ofrecen tanto información como criterios para que el lector se adentre con seguridad en los textos presentados. Esta labor de edición culmina con un extenso y detallado trabajo que, bajo el rótulo “Anejos y notas”, ofrece la información temática, genealógica, de historia de las ediciones y notas, que constituyen un apoyo poco habitual para los investigadores que decidan adentrarse en estos textos.</p><p>En suma, una lectura bella y estimulante para la elaboración teórica, y una ayuda recomendable para nuestros jóvenes investigadores, que se inician en trabajos de fin de grado o de máster, y para quienes entran en una tesis doctoral.</p><p><em>*Sergio Sevilla es profesor de la Universitat de Valencia.</em><strong>Sergio Sevilla</strong>    <span id="ftn1"></span><strong>1</strong>. M. Zambrano, <em>Delirio y destino</em>, en <em>Obras completas VI. Escritos autobiográficos. Delirios. Poemas  (1928-199). Delirio y destino (1952)</em>, ed. dirigida por Jesús Moreno Sanz, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2014, p.1051.</p><p><span id="ftn2"></span><strong>2</strong>. <em>Ibid., </em>p.1052.</p><p><span id="ftn3"></span><strong>3</strong>. <em>Ibid. </em>p.1056.</p><p><span id="ftn4"></span><strong>4</strong>. M. Zambrano, <em>Obras Completas</em> II, p.75</p><p><span id="ftn5"></span><strong>5</strong>. <em>Ibid., </em>p.79.</p><p><span id="ftn6"></span><strong>6</strong>. M. Unamuno, <em>Del sentimiento trágico de la vida</em>, ed. de A.M. López Molina, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, p.137.</p><p><span id="ftn7"></span><strong>7.</strong> J.Ortega y Gasset, <em>Meditaciones del Quijote</em>, Madrid, Espasa Calpe, p.12.</p><p><span id="ftn8"></span><strong>8</strong>. M. Zambrano, <em>Obras completas I. Libros (1930-1950)</em>, ed. dirigida por Jesús Moreno Sanz, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2015, p. 558.</p><p><span id="ftn9"></span><strong>9</strong>. <em>Ibid.</em>, p. 605.</p><p><span id="ftn10"></span><strong>10</strong>. M. Zambrano, <em>Obras completas II, </em>p. 186.</p><p><span id="ftn11"></span><strong>11</strong>. E. Husserl, <em>La filosofía como ciencia estricta</em>, Ed.Nova, Buenos Aires, p.7.</p><p><strong>12</strong>. M Zambrano, Obras completas II, p.188.</p><p><span id="ftn13"></span><strong>13</strong>. <em>Ibid.</em>, p.715.</p><p><span id="ftn14"></span><strong>14</strong><em>. Ibid.,</em><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a>p.378.</p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sergio Sevilla]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El duelo por María Zambrano]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Exilio,Libros,Literatura,Literatura española,Filosofía,Los diablos azules número 75]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Casa y colegio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/casa-colegio_1_1143749.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e93ff49f-6bb2-4fab-8e2c-95bf9bc75c78_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Casa y colegio"></p><p><em>Esta pieza pertenece a un monográfico sobre el exilio, coordinado por el profesor Antolín Sánchez Cuervo. Consulta todos los temas en el número 75 de Los diablos azules.</em><strong>Antolín Sánchez Cuervo</strong><a href="https://www.infolibre.es/tags/temas/los_diablos_azules_numero_75.html" target="_blank">el número 75</a></p><p>__________________________</p><p><strong>Los empeños de una casa. Actores y redes en los inicios de El Colegio de México 1940-1950Edición y coordinación de Aurelia Valero PieEl Colegio de MéxicoMéxico2015</strong><em>Los empeños de una casa. Actores y redes en los inicios de El Colegio de México 1940-1950</em></p><p><strong>José Gaos en México. Una biografía intelectualAurelia Valero PieEl Colegio de MéxicoMéxico2015</strong><em>José Gaos en México. Una biografía intelectual</em></p><p>  </p><p>En 2015 se publicaron dos volúmenes destacados sobre la obra intelectual del exilio español republicano de 1939 en México, ambos con el sello editorial de El Colegio de México. <em>Los empeños de una casa. Actores y redes en los inicios de El Colegio de México 1940-1950, </em>en primer lugar, es un libro conmemorativo del propio Colegio con motivo de su 75 aniversario, en el que han colaborado más de una veintena de autores bajo la coordinación de <strong>Aurelia Valero Pie</strong>. Como es sabido, dicho colegio fue una de las realizaciones institucionales más emblemáticas con motivo del exilio en cuestión, si es que no la más importante de todas ellas en el ámbito académico. Se fundó en 1940, aunque en realidad ya funcionaba desde hacía dos años aunque con otra denominación y otro perfil: el 8 de agosto de 1938 <strong>Alfonso Reyes</strong> y <strong>Daniel Cosío Villegas</strong> habían puesto en marcha La Casa de España, con el propósito de ofrecer asilo (supuestamente provisional) a un contingente de intelectuales, científicos, profesores y creadores leales a la República, para entonces ya agonizante, desangrada y abandonada a su suerte. Reyes había vivido más de una década en Madrid siguiendo muy de cerca algunos compases de la llamada Edad de Plata y a Cosío le había sorprendido el estallido de la guerra durante un viaje a España. Aun de manera desigual y desde diferentes ángulos, ambos tenían experiencia y conocimiento de la realidad española, de su pasado reciente y de su tragedia actual, que asumieron como propia.</p><p>En 1940 la Casa de España se transformó en El Colegio de México para satisfacer las necesidades derivadas de su propio crecimiento: mayor flexibilidad administrativa, una denominación más integradora, menos exclusiva y más abierta a otros colectivos, mayor enraizamiento en México a la vista de que el asilo inicial podía convertirse en un exilio de larga duración, una contribución más profesional a las políticas científicas y educativas de la nación… En todo caso, la nueva institución fue fiel reflejo de la postura de México ante la República española durante y después de la guerra, caracterizada, como es sabido, por un apoyo inequívoco e insólito en medio de una comunidad internacional que se había dejado intimidar por el nazi-fascismo. No es necesario idealizar esta postura para reconocer su valor político y moral, y son innumerables los matices y contrapuntos que obligan a evitar cualquier mitificación al respecto, pero siempre quedará ese apoyo diáfano y único. México mostró al mundo que la estrategia nacional no tiene porqué estar reñida con la justicia universal y que la fraternidad –la pata rota de la Revolución francesa, no olvidemos, desbancada del lugar que estaba llamada a ocupar junto a la libertad y la igualdad— puede ser una virtud política y de proyección internacional. Las políticas de asilo a los republicanos españoles salieron al paso de una de las grandes contradicciones de la ciudadanía moderna como es la invalidez absoluta de los derechos humanos sin la previa pertenencia a un Estado-nación que los compulse, misma que muy pocos años después teorizaría <strong>Hannah Arendt</strong> a propósito del totalitarismo. La imagen del féretro de <strong>Manuel Azaña</strong> en Montauban arropado por la bandera de México sigue dejando sin palabras, hoy día, a quien la contempla.</p><p>El Colegio de México fue, probablemente, una de las principales plasmaciones institucionales de este espíritu fraterno y por eso constituye un “lugar de la memoria”, tal y como afirma la coordinadora del volumen en la Introducción. Memoria de la enorme obra científica, cultural y artística del exilio republicano en México y de su contribución al desarrollo y a la profesionalización de algunas de sus tradiciones académicas; algo, por cierto, que siempre habrá que precisar y matizar con rigor, a contrapelo de numerosas visiones eurocentristas aún predominantes de este lado del océano. Quizá la historiografía española y europea en general del exilio en cuestión, y especialmente el hispanismo, no se hayan desprendido del todo de enfoques un tanto adánicos, que tienden a infravalorar las óptimas condiciones de recepción de dicha obra en el México de entonces, posibles gracias a su propia riqueza cultural, a las políticas que allí se habían ido activando durante la década anterior, y a la iniciativa de actores concretos empezando por los mismos fundadores del colegio, Daniel Cosío Villegas y Alfonso Reyes; sin olvidar, por supuesto, ciertas redes que, aun de manera incipiente, se habían ido construyendo entre la política cultural española –al hilo, sobre todo, de las iniciativas institucionistas- y la mexicana –en la estela, por ejemplo, del movimiento ateneísta-. Los dos primeros capítulos de <em>Los empeños  de una casa</em>, a cargo de <strong>Javier Garciadiego</strong> y <strong>Lorenzo Meyer</strong>, se centran en esas condiciones de posibilidad a propósito, sobre todo, de ambos emprendedores. Y tras los anfitriones, hablan los invitados: primero los historiadores <strong>Silvio Zavala </strong>–discípulo mexicano de Altamira en el Centro de Estudios Históricos de Madrid, con quien se reencontrará en el homónimo centro creado en 1940 en el propio Colegio de México-, <strong>Agustín Millares Carlo, José Miranda, Ramón Iglesia </strong>y <strong>José María Miquel i Vergés</strong>, a través de la pluma de <strong>Andrés Lira, Alberto Enríquez Perea, Bernardo García Martínez, Álvaro Matute</strong> y <strong>Virginia Guedea</strong>. De estos tres últimos historiadores llama la atención su interés por la historia de México, especialmente por momentos tan decisivos y traumáticos como la Conquista y la Independencia; y más aún el enfoque crítico y la sobria empatía con los conquistados y los insurgentes, tan distante de nacionalismos o hagiografías patrióticas.</p><p>Sigue un apartado con dos trabajos de<strong> Laura Angélica Moya López</strong> y <strong>Eva Elizabeth Martínez Chávez</strong> sobre el sociólogo <strong>José Medina Echavarría </strong>y el filósofo del derecho <strong>Luis Recasens Síches</strong>, respectivamente; un apartado que nos hace presentes, entre otras muchas cosas, la creación del Centro de Estudios Sociales en 1943 y la celebración, en sus recintos, de un importante seminario sobre la actual guerra cuyos resultados nutrieron la colección Jornadas. Era una fiel concreción de la vocación crítica y del sentido vital que esta casa de estudios quería impulsar, lejos de la erudición vanamente academicista.</p><p>Esa vocación también se plasmó en la obra de varios filósofos, ya fueran habituales de la casa o residentes de paso, académicos estables o expuestos a la zozobra. En todo caso, algún aire de familia tenían <strong>José Gaos, Joaquín Xirau, Juan Roura-Parella, Eugenio Ímaz, Juan David García Bacca</strong> y los mexicanos <strong>Leopoldo Zea</strong> y <strong>Juan Hernández Luna</strong>. De las trayectorias de estos autores dan cuenta las aportaciones de <strong>Luis Arturo Torres, Antolín Sánchez Cuervo, Alejandro Estrella, Iñaki Adúriz Oyarbide,  Aurelia Valero Pie, Ana Santos Rui </strong>y <strong>Diana Roselly Pérez Gerardo</strong>.</p><p>Pero El Colegio de México no sólo albergó a investigadores, sino que también reservó un lugar a los creadores, al que está dedicado el siguiente apartado, con trabajos de <strong>Luis de Pablo Hammeken, Carlos Villanueva, Miriam Alzuri, María José Ramos de Hoyos, Rebeca Saavedra Arias</strong> y <strong>Miranda Lida</strong>. Conocemos entonces los perfiles de los músicos <strong>Adolfo Salazar </strong>y <strong>Jesús Bal y Gay</strong>; del crítico de arte<strong> Juan de la Encina</strong>; del escritor y crítico literario <strong>Enrique Díaz Canedo</strong>, autor del célebre poemario <em>El desterrado</em>; de otro escritor y crítico, fino observador de la realidad mexicana como <strong>José Moreno Villa</strong>, autor de <em>Cornucopia de México </em>y del filólogo <strong>Raimundo Lida</strong>, a caballo entre Argentina, México y Estados Unidos.</p><p>Un apartado dedicado a la obra de los científicos <strong>Antonio Medinaveitia</strong> y <strong>José Giral</strong>, a cargo de <strong>José María López Sánchez</strong> y <strong>Francisco Javier Puerto Sarmiento</strong>, cierra este recorrido por un laberinto de historias y memorias, realizaciones y fracasos, actores y redes en el que tampoco están, por supuesto, ausentes, las disputas, los desencuentros y las tensiones propias de toda aventura colectiva de envergadura.</p><p>En el ámbito de la filosofía, fue Gaos uno de los grandes autores de referencia, no ya del Colegio de México, sino del exilio español del 39 en su conjunto. A su trayectoria intelectual durante los años de su exilo, que sumaron más de treinta años y la mayor parte de su obra, está dedicada la biografía arriba citada. En <em>José Gaos en México. Una biografía intelectual (1938-1969)</em>, la propia Aurelia Valero construye una narración compleja en la que confluyen planos diversos, en un constante equilibrio entre la fidelidad a las fuentes y la recreación hermenéutica, entre la arqueología y la teleología. Se trata además de una biografía con un cierto don de la oportunidad, pues desde hacía largo tiempo se echaba de menos un trabajo sólido sobre Gaos que aunara e integrara enfoques parciales, a menudo desconectados entre sí. Se ha escrito con relativa abundancia sobre el Gaos promotor de la historia de las ideas en general y en lengua española en particular, y sobre su relación con la filosofía mexicana; de manera más escueta sobre el Gaos creador de una filosofía propia, o sobre su faceta de traductor y estudioso de <strong>Heidegger </strong>y otros pensadores contemporáneos ligados a la fenomenología y el existencialismo, o de discípulo de <strong>Ortega</strong>, entre otras. Gaos sembró semillas diversas, cada cual con su propio abono, y el resultado fue una herencia plural, tendente a veces a una cierta fragmentación. Por eso hacía falta un estudio que recogiese e integrase estas perspectivas, y también otras menos conocidas como su reflexión sobre la actualidad de la guerra y el totalitarismo, o su visión de la institución universitaria. Oportunidad también porque llega esta biografía cuando parece que el interminable proyecto de las <em>Obras completas </em>de Gaos está a punto de concluir. A falta sólo de los volúmenes I y XVIII, resulta muy pertinente disponer de una visión de conjunto, amplia y precisa, que pueda introducir en la inmensa obra de Gaos a quien quiera sumergirse en ella. Bien es cierto que no abarca la totalidad de su vida ya que se inicia con su exilio, pero sí comprende su itinerario intelectual más relevante, sin menoscabo de los escritos españoles que conformarán el volumen I, actualmente en prensa.</p><p>El libro se estructura en cuatro partes, que al mismo tiempo constituyen cuatro grandes núcleos vitales e intelectuales de ese itinerario. La primera, titulada “José Gaos en el exilio”, recorre los momentos cruciales de su llegada a México invitado por La Casa de España, las vicisitudes de su adaptación a su “patria de destino” como él mismo la denominará, y sus esfuerzos y estrategias para lograrlo; todo ello en la estela de la guerra civil española y del magisterio de Ortega, dos referencias muy presentes en esta primera parte y que de hecho identifican al recién llegado de una España asolada por la guerra y una Europa intimidada por el nazi-fascismo. Se nos muestran así algunos aspectos de Gaos muy poco conocidos, tales como su faceta más política y militante. Al hilo de un amplio material inédito, sabemos cómo se fue concretando su compromiso con la República española en las trágicas circunstancias de la guerra. Conocemos entonces al Gaos rector de la Universidad Central de Madrid responsable de su evacuación, delegado en Suecia y Noruega para contrarrestar las políticas no intervencionistas en diversos foros internacionales, o comisario de la Exposición  de París en la que se expuso el <em>Guernica </em>de <strong>Picasso</strong>. Paralelamente, se trazan algunas aproximaciones al perfil ideológico de Gaos que permiten entender la lógica de sus actos y decisiones durante aquellos años turbulentos. Reconocemos entonces su talante liberal en un sentido amplio del término, escorado hacia el socialismo no marxista en el que de hecho militaba (hacia un “liberalismo socialista” o un “neo-socialismo”, como él mismo lo denominará pasados los años y a propósito de otros escenarios como la guerra fría y la revolución cubana); un talante que le permite ubicarse en un punto intermedio entre los derechos del individuo y la demanda de bienestar colectivo o de justicia social, así como asimilar y reconducir la influencia de su maestro Ortega.</p><p>La segunda parte reconstruye los procesos de adaptación de Gaos a su nuevo medio y de inserción en el mismo con una voz propia y una autoridad intelectual cada vez más consolidada. Es decir, se recorre aquel trecho que media entre el exilio y el “transtierro”, célebre neologismo acuñado por el propio Gaos del que tanto se ha abusado para identificar al conjunto del exilio y en cuya semántica no se ha reparado lo suficiente. En esta ocasión sí, lo cual se agradece. La biógrafa dedica algunas reflexiones a esta cuestión, advirtiendo la incompatibilidad del término con la experiencia de compañeros de viaje cuyo exilio fue mucho más duro y amargo.</p><p>Para Gaos, la vivencia del exilio fue en todo caso fecunda. A ella estuvo ligado uno de sus proyectos filosóficos más genuinos, sus <em>Jornadas filosóficas</em>, concebido en forma de diario desde 1935 y que encontrarán una suerte de expresión gemela en las <em>Confesiones profesionales </em>publicadas casi dos décadas después. Sus páginas traslucen todo un ejercicio de desmitificación de la propia pretensión filosófica, reduciéndola a su autenticidad más simple y desnuda, aquella que, despojada de toda máscara, ya no tiene otro asidero que el sujeto decepcionado ante la búsqueda de certezas y un discurso autobiográfico consecuente. Propia de un “transterrado” fue, por otra parte, su visión de Hispanoamérica en términos de una comunidad de pensamiento, sobre la que reflexionó haciendo aportaciones importantes y de largo alcance. Gaos fue uno de los promotores de eso que hoy día se denomina “pensar en español”, recorriendo un lugar común al que insufló complejidad y al que liberó de viejos lastres hispanistas y de prejuicios eurocentristas. O al menos late esta intención en un buen número de cursos y conferencias, libros, ensayos y antologías que Gaos ofreció a sus alumnos, lectores y colegas desde los años del seminario que impartiera sobre esta temática en El Colmex, como resultado de su interés, tan estratégico como genuino, por ubicarse con nombre propio en el panorama actual de la cultura mexicana. Hasta qué punto lo lograra siempre será motivo de debate, pero el caso es que el transtierro, como creciente estimación de esa cultura, como posibilidad de continuar una vocación interrumpida y proyección en el destino de aquello que no pudo ser en el origen –no sin momentos de desencanto y decepción- fue el motivo y al mismo tiempo la expresión de una renovada visión del pensamiento de lengua española que, dicho sea de paso, llevaba el perspectivismo orteguiano más allá de sí mismo.</p><p>La tercera parte, “Gaos, filósofo y traductor”, retoma una de las líneas de fuerza que pueden distinguirse en la parte anterior. Concretamente, la búsqueda de una filosofía propia que, aun a pesar de su tendencia radical al escepticismo y al personalismo autobiográfico logrará la paradoja, casi milagrosa, de una expresión sistemática. Tal será la que conformen sus dos grandes libros de madurez, <em>De la filosofía </em>y <em>Del hombre, </em>dos libros a menudo soslayados por su aridez y dificultad, no en este caso como era de esperar. Pero en esta parte también se rescatan un buen número de reflexiones gaosianas que fueron de la mano de esta búsqueda, empezando por un curso sobre <strong>Marx </strong>impartido en la UNAM al poco tiempo de llegar a México y que, si bien no fue exitoso en cuanto a público, tuvo algo de novedoso al centrarse en su obra filosófica de juventud, una faceta que en Europa aún no había sido redescubierta con claridad. Otras aportaciones significativas giraron en torno a problemas de gran actualidad como el irracionalismo y el nihilismo, la publicidad y el totalitarismo, la razón instrumental y la tecnocracia, o la autonomía del intelectual, su compromiso con el mundo y su relación con el ámbito público.</p><p>“Gaos, maestro de maestros”, la cuarta y última parte retoma la otra línea de fuerza que se había distinguido anteriormente, centrada en la recuperación del pensamiento de lengua española con especial atención a la filosofía mexicana, y que en 1951 dio lugar a su obra <em>El siglo del esplendor en México, </em>escrita en 1951 para conmemorar el IV Centenario de la UNAM. Ahora bien, la contribución de Gaos como historiador de las ideas desbordó el contexto mexicano e hispanoamericano hasta convertirse en referente de la nueva historia intelectual y de los debates que por entonces se desarrollaban en México en torno a nuevas maneras de concebir y rescatar el pasado. Su nombre se hacía así presente entre las discusiones mantenidas por O’Gorman y Zavala, entre otros.</p><p>Ya fuera como historiador de las ideas, promotor de una filosofía “nacional” o auténtica (que no nacionalista), tentador de una filosofía propia o riguroso conocedor de tendencias contemporáneas como la fenomenología, el historicismo o el existencialismo, Gaos se distinguió también por su faceta de transmisor del saber. Esta es, precisamente, la principal faceta que se explora en esta última parte, en la que se revisa su proyección en el Grupo Hiperion o su reflexión sobre la educación sentimental, entre otras cuestiones, hasta llegar a los incidentes de 1966 que motivarán su polémica renuncia, así como una amplia reflexión sobre la misión de la universidad y el retorno a El Colegio de México. Allí, en la que fuera su primera casa, transcurrirán los tres últimos años de su vida, durante los que retomará el antiguo seminario sobre pensamiento de lengua española e inaugurará un programa de historia de las ideas. A esta cuestión dedicará diversas lecciones en 1966, las cuales conformarán uno de sus libros más voluminosos y quizá también más importantes, su <em>Historia de nuestra idea del mundo</em>. Su muerte en 1969, en plena faena como bien es sabido, cierra esta apasionante recorrido por los laberintos de una de las vidas más fecundas del pensamiento contemporáneo en lengua española y del exilio español del 39. Su final fue el principio de una memoria que, casi medio siglo después, no deja de interpelarnos.</p><p><em>*Antolín Sánchez Cuervo es profesor del Instituto de Filosofía-CSIC de Madrid.</em><strong>Antolín Sánchez Cuervo</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antolín Sánchez Cuervo]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Exilio,Libros,Literatura,Literatura española,Literatura latinoamericana,Los diablos azules número 75]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[Reconstrucción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/reconstruccion_1_1143747.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a8ece5b4-a5f5-4544-aaa6-6ff2d1354059_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Reconstrucción"></p><p><em>Esta pieza pertenece a un monográfico sobre el exilio, coordinado por el profesor Antolín Sánchez Cuervo. Consulta todos los temas en el número 75 de Los diablos azules.</em><strong>Antolín Sánchez Cuervo</strong><a href="https://www.infolibre.es/tags/temas/los_diablos_azules_numero_75.html" target="_blank">el número 75</a></p><p>__________________________</p><p><strong>Biblioteca del ExilioRenacimientoSevilla2015-2016</strong></p><p>  </p><p>A finales del año 1952, el infatigable promotor de iniciativas culturales que fue <strong>Max Aub</strong> impulsó la hermosa iniciativa editorial Patria y Ausencia. Se trataba de una colección que debía constituir una “Biblioteca de Escritores Españoles Contemporáneos” que diera a conocer ese patrimonio cualitativa y cuantitativamente fundamental que formaba la labor desarrollada por los autores exiliados. La colección, que iba a abrirse con <em>Guerra en España</em> de <strong>Juan Ramón Jiménez</strong> y contaba con una previsión de al menos un centenar de títulos, no llegó a editarse nunca. Durante las siguientes décadas, distintos proyectos editoriales, tanto en el exilio como en el interior, intentaron llevar a cabo iniciativas parecidas (como la colección El Puente de la hispano-argentina Edhasa o la colección Memoria rota. Exilios y heterodoxias de la barcelonesa Anthropos). No obstante, fue en el año 2000 cuando la aparición de la colección Biblioteca del Exilio supuso el acontecimiento editorial más importante dedicado a los escritores del exilio republicano de 1939 y al estudio de sus culturas.</p><p>Emblemáticamente, la Biblioteca del Exilio se había creado en Collioure el 18 de diciembre de 1999 durante la clausura del congreso plural <em>Sesenta años después</em>, una serie de once congresos celebrados en doce comunidades autónomas dedicados al exilio republicano de 1939 y que fueron coordinados por el Grupo de Estudios del Exilio Literario (GEXEL). Desde su fundación en 1993, este grupo de investiga­ción (adscrito al Departamento de Filología Española de la Universitat Autò­noma de Barcelona y dirigido por <strong>Manuel Aznar Soler</strong>) se marcó como principal objetivo contribuir a la reconstrucción de la memoria histórica, cultural y literaria del exilio republicano de 1939. Una reconstrucción cuyos fundamentos debían traducirse de modo material y no meramente simbólico, cuya necesidad más perentoria era posibilitar que el lector español leyese unas obras que la dictadura franquista le había sustraído durante décadas. De esta convicción nacería finalmente la Biblioteca del Exilio, utopía quijotesca que, gracias a la complicidad colectiva de editores, familiares de exiliados, investigadores y público lector ha superado ya sus quince años de existencia.</p><p>Los editores iniciales de esta Biblioteca del Exilio fueron Manuel Aznar Soler (As­sociació d'Idees-GEXEL), <strong>Isaac Díaz Pardo</strong> (Ediciós do Castro), <strong>José Esteban </strong>(José Esteban, editor) y <strong>Abelardo Linares</strong> (Renacimiento). Su objetivo era publicar, con el debido rigor filológico y acompañados de estudios introductorios a cargo de especialistas, un catálogo que divulgase este patrimonio esencial de nuestra historia cultural. Actualmente la Bi­blioteca del Exilio está publicada únicamente por la editorial Renacimiento, gracias al empeño e interés de Abelardo Linares, nombre imprescindible para entender la cultura española de los últimos cuarenta años. Desde el año 2000 y hasta la fecha han aparecido cincuenta y tres ediciones de obras, más treinta Anejos de estudios y dos libros de la serie Menor de una colección que se ha planteado la edición de al menos un centenar de autores. Con la publicación de los títulos de creación 51 a 53 durante el año 2015, la Biblioteca del Exilio ha recorrido, por tanto, la mitad del camino que inicialmente se había marcado, sumando en paralelo un contundente catálogo de estudios sobre este corpus literario.</p><p>La primera de estas entregas de 2015 recuperó la figura del escritor y periodista asturiano <strong>Clemente Cimorra</strong> (1900-1957) con la publicación de <em>Gente sin suelo (novela del éxodo civil)</em>, cuya primera edición bonaerense del año 1940 era difícilmente accesible. Precedida de un estudio de <strong>Josefa Bauló Doménech</strong>, <em>Gente sin suelo </em>nos brinda la oportunidad de conocer uno de los primeros intentos de novelar el inicio del exilio, mostrándonos la habilidad de su autor para aunar el registro periodístico, la pulsión costumbrista y el tema histórico en una prosa que tiene en el <strong>Galdós </strong>de los <em>Episodios nacionales</em> uno de sus modelos. <em>Los nudos del quipu</em>, novela de <a href="http://www.editorialrenacimiento.com/autores/280__g-de-guilarte-cecilia%20/%20M%C3%A1s%20sobre%20%20Cecilia%20G.%20de%20Guilarte" target="_blank">Cecilia G. de Guilarte</a> (1915-1989) editada por Manuel Aznar Soler, es una muestra más de la notable labor literaria de la escritora guipuzcoana. Una novela inédita que en 1968 completó su trilogía del exilio, configurada además por <em>Cualquiera que os dé muerte</em> (1969) y <em>La soledad y sus ríos</em> (1975). Protagonizada por una mujer republicana, exiliada junto a su familia en México, la obra propone una interesante reflexión sobre el encuentro con la realidad mexicana y las dificultades de adaptación, los conflictos intergeneracionales y sus repercusiones identitarias y, sobre todo, las dificultades de esta mujer escritora, personaje recurrente de la narrativa de Guilarte, ante las trabas que el matrimonio y la maternidad suponen en el desarrollo de su vocación literaria y aspiraciones intelectuales. Igualmente inéditas son las dos piezas teatrales que agrupa el libro de <strong>Álvaro de Orriols</strong> (1894-1976) <em>Romance de Madrid. Campanarios</em>, en edición a cargo de <strong>Diego Santos Sánchez</strong>. Teatro de propaganda, en el mejor sentido del término, ambas obras fueron compuestas por el escritor barcelonés a inicios de los años cuarenta y nunca serían representadas en España. <em>Romance de Madrid</em> aborda la guerra en la capital hasta su caída a manos de las tropas rebeldes, mientras que <em>Campanarios</em> se centra en el fenómeno de la lucha guerrillera contra la dictadura franquista.</p><p>A lo largo de 2015 la serie de Anejos de la Biblioteca del Exilio publicó asimismo varios estudios. <em>El exilio republicano de 1939. Viajes y retornos</em>, en edición de Manuel Aznar Soler, J<strong>osé-Ramón López García, Francisca Montiel Rayo</strong> y <strong>Juan Rodríguez</strong>, recoge los materiales del V congreso internacional convocado por el GEXEL en 2013, en esta ocasión para reflexionar acerca de los múltiples modos en que los viajes y regresos (ficticios o reales) afectaron a los exiliados republicanos. De igual modo, <em>Antonio Machado y el exilio republicano de 1939 en Francia</em>, en edición de <strong>Monique Alonso</strong> y Manuel Aznar Soler, recoge los distintos materiales de las jornadas que el Institut Français de Barcelona y el GEXEL celebraron en febrero de 2014 para conmemorar los setenta y cinco años de la muerte del poeta <strong>Antonio Machado</strong> en su exilio francés de Collioure. En 2015 se inició también la publicación de los catorce volúmenes que conformarán la ambiciosa serie <em>Escena y literatura dramática en el exilio republicano de 1939</em>. Una serie que ha buscado reconstruir la labor de los exiliados en el ámbito teatral tanto por lo que afecta a la obra escrita como a la representación, recepción e integración en los distintos sistemas culturales que los acogieron, dando cuenta así de las posibilidades transnacionales de esta labor exiliada. La primera entrega correspondió al volumen editado por <strong>Juan Pablo Heras González</strong> y <strong>José Paulino Ayuso</strong>, <em>El exilio teatral republicano de 1939 en México</em>, en el que se reconstruyen las trayectorias de los principales autores, directores, actores, escenógrafos, críticos y compañías que se incorporaron al sistema teatral mexicano (desde <strong>Margarita Xirgu, Cipriano de Rivas Cherif, </strong>Max Aub, <strong>José Bergamín</strong> o <strong>Ramón J. Sender</strong> hasta <strong>Ofelia Guilmáin, Augusto Benedico, Álvaro Custodio, María Luisa Algarra, Luisa Carnés</strong> o <strong>Maruxa Vilalta</strong>). De otro tanto se ocupa <em>El exilio teatral republicano de 1939 en Europa</em>, editado por Mario Martín Gijón, donde se estudia por primera vez de manera extensa la labor teatral de los exiliados en el continente europeo, con la excepción de Francia, que será objeto de un libro aparte. Los estudios acerca de autores como <strong>José García Lora</strong> en Gran Bretaña,<strong> José Herrera Petere</strong> en la Suiza francófona, <strong>José María Camps </strong>en la República Democrática Alemana y<strong> César M. Arconada</strong> en la Unión Soviética nos explican cómo sus momentos más innovadores sólo se explican por las particulares condiciones de sus exilios. En el caso de <em>Escenografía en el exilio republicano de 1939. Teatro y danza</em>, escrito por<strong> Idoia Murga Castro</strong> y<strong> Ana María Arias de Cossío</strong>, se ofrece una panorámica de la labor que los artistas exiliados republicanos llevaron a cabo en los terrenos del teatro y de la danza, un fascinante recorrido por distintos países de Europa y América que pone de relieve la interdisciplinariedad y los procesos de internacionalización consustanciales a los artistas exiliados.</p><p>A lo largo de 2016, la serie <em>Escena y literatura dramática en el exilio republicano de 1939 </em>se ha ampliado con cuatro nuevos volúmenes. Dando cuenta de la condición plurinacional y plurilingüística del proyecto republicano, el primero de estos tomos, en edición a cargo de <strong>Inmaculada López Silva</strong> y <strong>Euloxio R. Ruibal</strong>, se centró en <em>El teatro gallego y el exilio republicano de 1939</em>. Se trata de una serie de trabajos que refiere los esfuerzos por parte de los exiliados gallegos de mantener en el destierro la formación de un verdadero teatro nacional gallego, labor esencial para entender la supervivencia de este teatro durante la dictadura y condiciones que, en su conjunto, explican algunas de las características presentes en el actual sistema teatral de Galicia. <strong>Francesc Foguet i Boreu</strong>, por su parte, es el autor del volumen dedicado a <em>El teatro catalán en el exilio republicano de 1939</em>, afectado por unas circunstancias similares a las anteriores puesto que la derrota republicana de 1939 supuso también la ruptura del proceso de modernización de la cultura y teatro catalanes. Foguet i Boreu traza un completo mapa de la diáspora de los republicanos catalanes hacia países de Europa o de América, ámbitos en el que pudieron desarrollar su labor con limitaciones evidentes pero en un contexto de libertades inexistente en el interior. En <em>Escena y literatura dramática del exilio republicano de 1939 en Centroamérica</em>,<strong> José Ángel Ascunce</strong> visibiliza un ámbito apenas explorado hasta la fecha, demuestra la importante labor desempeñada por actores, directores y dramaturgos del exilio en los distintos procesos de modernización escénica de las naciones centroamericanas y nos permite acceder a figuras apenas conocidas pero de indudable interés como <strong>Renato Ozores. Verónica Azcue</strong> y <strong>Teresa Santa María Fernández </strong>son las autoras de <em>Mito y tradición en el teatro del exilio republicano de 1939</em>, un estudio acerca de los mitos y temas tradicionales en los autores exiliados que da cuenta de la riqueza de los materiales míticos de esta dramaturgia, desde arquetipos literarios tradicionales (Don Quijote o Medea) o históricos (<strong>El Cid</strong> o Fuenteovejuna) hasta la elaboración de nuevos mitos (<strong>Goya, García Lorca</strong> o <strong>Picasso</strong>). En suma, el conjunto de la serie <em>Escena y literatura dramática en el exilio republicano de 1939</em> demuestra la necesidad de un nuevo marco historiográfico y crítico, superador de las limitaciones de un relato y un canon erigidos casi en exclusividad a partir de las dinámicas que se dieron en el interior de una España aherrojada por la dictadura.</p><p>Finalmente, la Biblioteca del Exilio cerró el año 2016 con la publicación de lo que a buen seguro constituirá una obra de referencia: el <em>Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939</em>, cuatro tomos coordinados por Manuel Aznar Soler y <strong>José-Ramón López García</strong> que integran las cuatro lenguas de la Re­pública literaria española: castellano, catalán, gallego y vasco. Fruto del trabajo colectivo desarrollado por más de cien especialistas a lo largo de más de quince años, su objetivo ha sido constituirse como una obra de consulta, el atlas de los distintos mapas del exilio republicano de 1939, proporcionando una información rigurosa que propicie futuras líneas de investigación, incluidos autores olvidados, poco o mal estudiados, sin cu­yo conocimiento nunca estará completa la historia y cultura españolas del siglo XX.</p><p>“La cuantía y la calidad de los escritores españoles en el exilio no ha tenido nunca una posibilidad de expresión propia”, escribía Aub en la presentación de la frustrada colección Patria y Ausencia. Setenta y cinco años después de esta declaración, la Biblioteca del Exilio ha convertido esta posibilidad en una realidad.</p><p><em>*José-Ramón López García es profesor de la Universitat Autònoma de Barcelona.</em><strong>José-Ramón López García</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Ramón López García]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Reconstrucción]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Exilio,Libros,Literatura,Literatura española,Los diablos azules número 75]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Eduardo Nicol: la vocación de pensar el tiempo propio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/eduardo-nicol-vocacion-pensar-tiempo-propio_1_1143739.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><em>Esta pieza pertenece a un monográfico sobre el exilio, coordinado por el profesor Antolín Sánchez Cuervo. Consulta todos los temas en el número 75 de Los diablos azules. </em><strong>Antolín Sánchez Cuervo </strong>el número 75</p><p><strong>Eduardo Nicol</strong> nació el 18 de diciembre de 1907 en la ciudad de Barcelona y falleció en la ciudad de México el 6 de mayo de 1990. Desembarcó del buque francés <em>Sinaia</em> en el puerto de Veracruz, México, el 13 de junio de 1939 (“sin un amigo, sin un centavo en el bolsillo y sin saber qué me iba a pasar”). Se integró desde 1940 como profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde fundó, con <strong>Eduardo García Maynes</strong>, el Centro de Investigaciones Filosóficas en 1941. En 1946 creó y fue director del Seminario de Metafísica, además de miembro del Institut Internacional de Philosophie (París);y  miembro fundador de la Asociation Guillaume Budé (París); Fellow de la Guggenheim Foundation (New York). Fue Profesor Emérito y distinguido en 1986 con el Premio Universidad Nacional de la UNAM (México) y en 1988 le fue concedida la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio (España). A la fecha su obra consta de una veintena de libros y un amplio archivo actualmente en revisión, depositado en la Biblioteca Tomás Navarro Tomás del Centro de Ciencias Humanas y Sociales-CSIC de Madrid, en el cual existen textos inéditos.</p><p><strong>Un metafísico</strong></p><p>“…Solo soy un filósofo, un metafísico”<strong>1</strong>. Con estas palabras Nicol tomaba postura en junio de 1965 frente a cierta interpretación sociológica, polémica y astringente de su pensamiento, que se había publicado dos años antes en la revista estadounidense <em>Philosophy and Phenomenological Research</em>. En su respuesta, titulada <em>Algunas indicaciones en torno a la metafísica de la expresión</em>, aclaraba qué es eso de ser <em>un filósofo, un metafísico</em>. Aquí la historia y la voz del filósofo de origen catalán:</p><p>Proponemos esta puerta de ingreso a la exploración de la figura del metafísico, tal y como la asume Nicol, en tanto que filósofo.</p><p>El carácter <em>no contagioso</em> de la metafísica puede atenderse en el hecho de que la obra de Nicol no fue, en sus 50 años de producción, producto de una influencia epidemiológico-académica, sino de una labor ardua cuya intención lo ocupó en restituir a la<em> metafísica</em> su derecho y justificación como ciencia, aunque para ello tuviese que mostrar su falta de vigencia teórica, pues a Nicol no le bastaba aquello de “vivir a expensas, como en otros tiempos, de la propia tradición y permanecer recluso en ella”<strong>3</strong>. Así, Nicol interroga por el presente de la metafísica y sugiere que este ha de ser planteado como una pregunta desde la sospecha, no solo sobre su funcionamiento, límites y alcances como saber, sino también sobre su dependencia de criterios extrínsecos a su validez. Por ejemplo, los de carácter tecnológico, fruto de los últimos dos siglos de procesos teóricos y de métodos de investigación <em>aplicada</em></p><p>Dar razón del presente de la metafísica implica entonces, en gran medida, responder por su vigencia, cuestionada desde los criterios y factores que se le exigen a otras ciencias. Porque, más allá de todo balance, ¿acaso alguien se cuestiona por el presente de la astrobiología, la microbiología o la física cuántica? La existencia de estas y otras ciencias mantiene unos cimientos de aceptación incuestionada, aunque sean pocos los entendidos en el tema, oscuros sus objetos de estudio y, consecuentemente, seamos legión los profanos.</p><p>La embarazosa escena acontecida en la universidad norteamericana y narrada por Nicol, <em>un metafísico</em>, nos dota de una imagen de cómo andaría el estatuto de la ciencia primera entre los departamentos de filosofía en los que, ya para la década de 1960, el panorama de la incertidumbre y descrédito de la metafísica era asunto público. Entonces como ahora campeaba el recelo y renuencia sobre la “metafísica”, término usado a capricho para hablar de creencias y especulaciones que podrían ser consideradas legítimamente exóticas, pero acientíficas por ocuparse de objetos que no pueden ser verificados o señalados en objetos específicos bajo procesos de análisis y experimentación, más allá del orden de la experiencia. ¿Qué estatuto debería darle el filósofo a estos pareceres? No otro, piensa Nicol, sino el de la crítica externa a la propia metafísica que abochornan al filósofo, pero que no bastan para poner en crisis a la ciencia mayor. Dicha puesta en crisis solo la puede hacer la ciencia crítica por antonomasia: la filosofía, cuando cuestiona su propia forma de proceder, esto es, cuando plantea una crítica de la razón.</p><p>Un filósofo creador</p><p>Sereno, Nicol sostiene: “solo soy un filósofo, un metafísico”. Resulta intrigante una obra escrita en castellano que no fue renuente ni huidiza, en su fundamentación, a servirse del término de linaje griego, hasta el extremo de titular su obra central <em>Metafísica de la expresión</em>. No se trata de una ingenuidad ni obstinación nicolianas. Innumerables páginas publicadas, pero también folios de archivo en los que se encuentran notas de investigación, preparativos del Seminario de metafísica, orientaciones, retracciones y revisiones críticas que pasan revista a los grandes maestros de la historia de la filosofía, nos ubican en el trabajo que Nicol realizó para asegurarse de que su escritura o bien afirmaría a la metafísica después de un arduo proceso crítico o definitivamente rompería con ella como “cosa del pasado”<strong>5</strong>. El espíritu de revolución teórica y de innovación filosófica sostiene permanentemente la tarea de Nicol, que en este caso consiste en la única manera posible de desarrollar una crítica de la metafísica: “asumiendo su pasado entero, en la tarea de una revisión que permita aligerar la marcha y prescindir de lo que ya no pueda servirnos para el futuro”<strong>6</strong>. Palabras que resuenan como un ejercicio de apropiación fenomenológica del ambicioso proyecto que es y fue “la destrucción de la historia de la ontología” de <em>Ser y tiempo</em> con <strong>Martin Heidegger7</strong>.</p><p>Así, la construcción de una metafísica de la expresión parte de la misma puesta en cuestión de su quehacer:</p><p>  </p><p>Aquí Nicol distingue entre la vocación filosófica y la profesión académica. Puesto que la profunda crisis de la metafísica con la que se confronta requiere, no solo lo que él llama “artificios del puro tecnicismo” y rigor de la profesión académica, sino también de una <em>vocación de problemas</em> en la que el filósofo ha de ser capaz de poner su tradición en crisis, internamente, suspendiendo provisionalmente la validez de los instrumentos teóricos de que se sirve, todo ello para emprender una actividad creadora; para ser un filósofo creador, un revolucionario:</p><p>  </p><p>Para Nicol, la revolución es la confirmación de facto de que la libertad es un acto posible, un dato de aquello que el revolucionario afirma: la no sujeción a un modo de ser o hacer impuesto. Se advierte que una obra filosófica revolucionaria no podría surgir de un sistema que había agotado sus recursos, o de la desesperación por un futuro más benévolo. Hacia 1980, cuarenta y un años después del desembarco en Veracruz, Nicol aclara:</p><p>  </p><p>Metafísica de la expresión: nada nuevo por descubrir</p><p>Hasta aquí podemos observar que Eduardo Nicol, uno de los filósofos de lengua española más representativos del siglo XX, se interroga por el presente de la metafísica; afronta el descrédito de la misma causado por factores externos que no pueden ponerla en crisis, pues para realizar esa operación se requiere un profundo ejercicio de reflexión sobre la historia de la filosofía, en particular sobre la metafísica, para el que no es suficiente con ser un artificioso ni tener oficio intelectual. De ahí que “…solo soy un filósofo, un metafísico” es la indicación directa de que se asume una vocación innovadora, revolucionaria, misma que funciona desde el principio como la asunción de los primeros asombros filosóficos entre los helenos; como el desarrollo de los problemas y respuestas a la pregunta por el ser a lo largo de la historia de la filosofía, y la específica puesta en crisis de la metafísica bajo la suspensión de los presupuestos acreditados como válidos por la historia. Desde ahí Nicol muestra las fallas de la “vieja ciencia del ser”; pero, al mismo tiempo, crea los conceptos, teorías y métodos que permitirán a la metafísica ser considerada la ciencia del ser y el conocer<strong>11</strong>. Entonces, “los fundamentos de las ciencias deben ser comunes a todas ellas, y corresponde a la ciencia que se define a sí misma como ciencia de los principios y esta es la metafísica”<strong>12</strong>. Veintitrés años (1942-1965) bajo postulados fenomenológicos, hermenéuticos, dialécticos e historicistas llevan a Nicol a trabajar en la metafísica de la expresión, un sistema de categorías ontológicas como las de relación, evidencia, acción, movimiento, temporalidad, contingencia, entre otras. Desde estos conceptos, inspirados en los datos fenoménicos de la realidad, Nicol intenta neutralizar y dejar atrás a la “metafísica tradicional de la razón”: aquella que para pensar el ser definió principios de identidad, ocultó o alejó la dignidad ontológica de nuestra realidad, privilegió los métodos como caminos de conocimiento de unos cuantos y despreció el conocimiento pre-científico, suspendió al tiempo para pensar no solo la estabilidad sino la eternidad abstracta<strong>13</strong>. Veamos en pocas palabras lo que esto supone.</p><p>Nicol propone que el principio y objeto primario de la metafísica de la expresión no sea una forma de operar de la razón, sino una evidencia tal y tan común que no deba buscarse al estar universalmente presente, además de prestar certidumbre y certeza a los seres humanos de la realidad. Es así un principio con el cual se cuenta cuando se inicia el proceso de investigación y de construcción teórica. Sentencia Nicol que: “La investigación se inicia para saber cómo son las cosas no para decidir si existen o no. Partimos con la certeza de que aquello que investigamos es. El Ser no puede ser probado teóricamente, no hay alternativa; en este sentido no es un supuesto, así que: o permanecemos en la duda acerca de él antes y después de la teoría o bien hay una certidumbre que precede a todo proyecto y método posible”<strong>14</strong>. Por ello la evidencia del Ser no es una experiencia singularizada ni aislada ante un sujeto pasivo, sino una presencia activa y activada, una presentación entre sujetos: “una operación simbólica, dialógica”, es decir, expresiva, un acto de expresión de un ser que existe presentándose-presentando al ser: el ser de la expresión<strong>15</strong>.</p><p>Todos los seres humanos somos entonces sujetos de conocimiento cuando nos comunicamos mediante una referencia común que es la misma para todos. Esta es una “revolución alegre”, porque “Hay ser”; “el ser está a la vista” y su forma de haber y de estar es una evidencia de la que se habla y que se expresa entre nosotros: hablamos del ser. Pero esta metafísica de la expresión “no encuentra nada nuevo”, afirma su autor. En sentido estricto solo nos permite esclarecer lo que ya poseíamos, y que fue alejado u ocultado bajo estructuras sistemáticas, teoréticas, que supusimos como válidas e incuestionables bajo el desarrollo de la historia de la metafísica y de  argumentos de autoridad.</p><p>Ha de cambiar la manera de filosofar</p><p>Nicol, un metafísico, no propone entonces la reactivación de los postulados de la vieja ciencia del ser. Antes bien, impulsa el esclarecimiento teórico del principio que <em>no es una creación sino una posesión permanente17</em><strong>17</strong>: Hay ser. Piensa él que si se advierte este principio “no se debe temer entonces la tarea revolucionaria” de la metafísica: prescindir de ideas, autores, teorías de las más grandes aceptadas e incuestionables. Muchos problemas asomarán como artificiales, tal como sucede con el problema de la intercomunicación<strong>18</strong>; muchas dudas acerca del ser resultarán ociosas, tales como su eternidad inmutable, sus atributos y vías negativas de conocimiento.</p><p>Este periodo de la construcción del sistema de la metafísica de la expresión mantiene una robustez tan creadora como propositiva desde 1942 hasta 1965, cuando se publica en el Fondo de Cultura Económica <em>Los principios de la ciencia. </em>Después hay siete años en los cuales Nicol no publica un libro más. Si acaso artículos en revistas filosóficas, como aquel que hemos citado al inicio, y ensayos en columnas de periódico. Poco menos.</p><p>En la década de 1960 y tal y como se desprende de varios materiales de su archivo, Nicol piensa la estructura de lo que será su<em> Crítica de la razón simbólica,</em> la cual supone la recuperación, ordenación retrospectiva de los logros del sistema de la metafísica de la expresión, y el comienzo consecuente de la tarea revolucionaria: una propuesta novedosa en el pensar. Pero Nicol toma distancia, no sólo de su obra sino también del mundo en el cual busca desarrollar la anhelada revolución teórica. ¿Qué es aquello que retrasa durante siete años la publicación de su siguiente libro y diecisiete en total la de su <em>Crítica de la razón simbólica</em>, subtitulada <em>La revolución en la filosofía</em>? Algún esbozo de respuesta se puede advertir en las primeras páginas de <em>El Porvenir de la filosofía</em> (1972), en lo que Nicol titula <em>El prefacio del temor. </em>El autor da cuenta ahí de la necesidad de volver a aquellas experiencias primitivas de la filosofía, aquellas que los presocráticos activaron con la audacia de su pensamiento. Sin embargo:</p><p>  </p><p>Finalmente, sentencia:</p><p>  </p><p>El nuevo régimen de razón de fuerza mayor</p><p>Hay un cambio interno en la obra de Nicol, que es lo que ahora buscamos enfatizar y que tiene que ver no sólo con el largo periodo de formulación temática y de vías de aproximación, pues siete años implicaron no solo un cambio de estilo. La robustez de argumentos tan sólidos como asertivos que son propios de la <em>Idea del hombre </em>(1946), <em>Metafísica de la expresión</em> (1957), o los <em>Principios de la ciencia</em> (1965) dio lugar a los tránsitos de exposición, análisis, ajustes y propuesta de una obra que, entre 1972 y 1982, expresa temor ante el fin, incertidumbre no de ni por la filosofía sino por aquello que crece exponencialmente y que lleva a Nicol a alterar el programa mismo de la filosofía de la expresión. Los núcleos temáticos de <em>El porvenir de la filosofía</em> ni de su posterior <em>La reforma</em> <em>de la filosofía</em> (1980) ya no serán los principios de la ciencia, el tiempo, la apodiciticidad o la expresión</p><p><em>El porvenir de la filosofía </em>destaca porque en ella Nicol atiende a situaciones, que a decir de nuestro autor, serían marginales, externas y hasta anecdóticas en otros momentos históricos de la filosofía; pero que ahora son sintomáticos de un periodo en el que toman protagonismo conceptos primarios que amenazan no exclusivamente a la metafísica, a la filosofía o la ciencia, sino al orden integral de la cultura, como construcción histórica diversa, accesible y universal por cuanto posibilidad humana. El <em>Porvenir </em>no polemiza sólo contra <strong>Parmenidés, Hegel, Kant, Heidegger</strong>, o el personalismo de <strong>Ortega y Gasset</strong>.  Más allá de la crítica de la metafísica tradicional, emerge la preocupación ante evidencias ineludibles de <em>algo más</em>: conceptos como los de violencia, vida, libertad, enajenación, naturaleza amenazada, tecnología, velocidad, protesta juvenil… Todas ellos permiten explicar lo que Nicol formula como “la razón de fuerza mayor”, un régimen de razón que se caracteriza por:</p><p>1° la sustitución del tradicional régimen de las ideas (“el régimen de la verdad”);</p><p>2° una racionalidad artificial, que no puede ser la originaria razón natural, pero tampoco la razón desinteresada de las vocaciones libres, como la filosofía, la mística, la poesía, etc</p><p>3° una racionalidad que centra sus funciones en una aspiración conjunta, a saber, la pervivencia de la especie, y no ya el mantenimiento de las comunidades en las ideas vitales;</p><p>4° una razón que no da razones, que no es crítica de sus alcances, sus fundamentos, sus aspiraciones, ni de finalidades o posibilidades, sino que su fin es único y forzoso. Una razón cuyas funciones y acciones son conducidas al único fin de la subsistencia de la especie.</p><p>Frente a todo ello, la finalidad filosófica del </p><p><em>Porvenir de la filosofía</em> es un proceso paulatino en su tránsito y esclarecimiento teóricos, tal y como enuncia el autor:</p><p>  </p><p> Este es el motivo de la detención de Nicol. Hacia 1966-1967 nuestro metafísico advirtió y dejó constancia en su archivo sobre la necesidad de que su <em>Crítica de la razón simbólica. La revolución en la filosofía</em> no procedería si antes no atendía a una racionalidad que crecía en magnitudes desproporcionadas y a velocidades preocupantes manifiestas en alteraciones sociales, políticas, culturales y tecnológicas, que en sí mismas concentraban un ejercicio que poco tenía de aleatorio, errático o ajeno a los actos humanos. Había una cierta racionalidad en su ejecución. No eran actos demenciales, faltos de razón, sino que se sumaban a un sistema de predisposiciones y dispositivos de regulación que hacían peligrar aquello que Nicol había denominado desde su tradición fenomenológica “la mundanidad”; es decir, la capacidad del hombre de hacer mundo, de crear universos referenciales con los otros y con el ser; las intenciones vitales y las capacidades humanas de dar razón. Lo hacían peligrar en la medida en que factores y procesos ineludibles que alteraban la cualidad de la razón histórica, libre y vocacional, crecían cuantitativamente ante las forzosidades<strong>21</strong>.</p><p>Conclusión</p><p>El periodo umbral del 65 al 72 atestigua, en tanto que tiempo de detención, la paulatina integración de componentes que se suman a la complejidad de una obra que se asumía metafísicamente revolucionaria por esclarecer los principios. <em>El porvenir de la filosofía </em>muestra a un metafísico cuyo tema de los principios del ser y el conocer da lugar al estudio de los fundamentos de la razón de fuerza mayor, pues se debe considerar si es posible la filosofía, y si una metafísica de la expresión tiene cabida en un mundo de lo ineludible y lo forzoso.</p><p>Tal como puede advertirse en su archivo, Nicol visualiza sus libros: <em>El povernir de la filosofía</em>, <em>La reforma de la filosofía y la crítica de la razón simbólica</em> como la extensión de un mismo problema, pues constituyen el desarrollo de una racionalidad combatiente, tan revolucionaria como reformadora, que requiere eso que Nicol enuncia como “una obra de Madurez escrita con ímpetu juvenil” ante un presente inquietante. Ese presente es el siglo XX que vio la instauración de los regímenes totalitarios, de los campos de concentración y exterminio, los genocidios, las detonaciones de las bombas atómicas, vinculados todos ellos con el ejercicio de la violencia excesiva que declaran la dificultad de pensar en nuevas formas de relaciones y asociaciones sociopolíticas donde la violencia no fuera intermediaria. De ahí que a finales del siglo XX las afirmaciones de una crisis, muerte o retracción definitivas de la filosofía, ante la desmesura suscrita, concentraron su devastación sobre la filosofía como orden de construcción conceptual, ejercicio de sabiduría y sendero espiritual diversificado de vinculación con los otros y lo otro. Así, en el <em>Porvenir</em>, Eduardo Nicol afirmará que frente la “precipitación frenética” y el “vacío interior” de la época contemporánea: “Es una novedad histórica, un fenómeno que no se había producido nunca antes de nuestro siglo: es la barbarie ilustrada”<strong>22</strong>.</p><p>Lo que hemos sugerido en este abordaje es no sólo una compleja riqueza de contenidos, sino también un proceso de creación filosófica que en ningún caso fue lineal, sumergida en la indiferencia de su tiempo. La obra de Nicol, a la luz de lo públicado y de su archivo, tiene el potencial de exponer fases de creación filosófica en las que las proyecciones, pretensiones y expectativas se confrontan con las propias condiciones, responsabilidades y la vocación de pensar el tiempo actual. Los veinte libros del <em>corpus</em> nicoliano, aquello que dicen, presuponen para los jóvenes investigadores de hoy un fondo más denso y fértil en su producción. Los procesos creadores y la escritura nicolianos en su propio archivo conforman una patrimonio conceptual invaluable de uno de los pensadores más sólidos, sistemáticos y cuya obra el autor depuró con enfoque autocrítico frontal.</p><p>Esperamos que esta presentación permita considerar la obra de Nicol en los tres momentos siguientes: 1) La creación de categorías filosóficas y la construcción del sistema de la expresión en su crítica a la metafísica de la razón, 2) el umbral de meditación de la década de 1965-1972 y 3) la elaboración de la crítica de la razón simbólica en el tríptico <em>El porvenir, la reforma y La crítica </em>como un tránsito en donde el filósofo crea, no sin errores y sin tropiezos, en un camino de distanciamientos y retornos, de miradas que son el movimiento del pensar cuando se las ve con la realidad de la que busca dar razón.</p><p><em>*Arturo Aguirre Moreno es profesor de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. </em><strong>Arturo Aguirre Moreno</strong>   </p><p><strong>1</strong>. Nicol, E., “Algunas indicaciones en torno a la metafísica de la expresión”, en Nicol, E., <em>Ideas de vario linaj, </em>México, UNAM, 1990, p.39.</p><p><strong>2</strong>. <em>Ibid., </em>p.40</p><p><strong>3</strong>. Nicol, E., <em>Metafísica de la expresión</em> (1a. ed.). México, FCE, 1957.</p><p><strong>4</strong>. Véase Nicol, E., <em>Los principios de la ciencia</em>, México, FCE, 1965.</p><p><strong>5</strong>. Nicol, E., <em>Metafísica de la expresión,</em> México, FCE, 1974</p><p><strong>6</strong>. Nicol, E., <em>Metafísica de la expresión</em> (1a. ed.). México, FCE, 1957.</p><p><strong>7</strong>. Heidegger, M., <em>Ser y tiempo</em> (3a. ed.). Madrid, Trotta, 2012.</p><p><strong>8</strong>. Nicol, E., <em>Metafísica de la expresión</em> (1a. ed.). México, FCE, 1957.</p><p><strong>9</strong>. Nicol, E. (2007). “La revolución en filosofía”, en Nicol, E., <em>Las ideas y los días</em>, México, México, Afínita, 2007, p.462.</p><p><strong>10</strong>. Nicol, E., <em>La reforma de la filosofía</em>, México, FCE, 1980.</p><p><strong>11</strong>. Véase Nicol, E., <em>Los principios de la ciencia</em>, México, FCE, 1965.</p><p><strong>12</strong>. Nicol, E., “El retorno a la metafísica”, en Nicol, E., <em>Ideas de vario linaje</em>, México, UNAM, 1990</p><p><strong>13</strong>. Nicol, E., <em>Metafísica de la expresión,</em> México, FCE, 1974</p><p><strong>14</strong>. Nicol, E. “Discurso sobre el método”, en Nicol, E., <em>Ideas de vario linaje</em>, México, UNAM, 1990, p.273.</p><p><strong>15</strong>. Nicol, E. (1990). Verdad y expresión, en Nicol, E., <em>Ideas de vario linaje</em>, México, UNAM, 1990.</p><p><strong>16</strong>. Nicol, E., <em>Metafísica de la expresión</em> (1a. ed.). México, FCE, 1957.</p><p><strong>17</strong>. Nicol, E., “Algunas indicaciones en torno a la metafísica de la expresión”, en Nicol, E., <em>Ideas de vario linaje, </em> México, UNAM, 1990.</p><p><strong>18</strong>. Nicol, E., “El falso problema de la intercomunicación”, en Nicol, E., <em>Ideas de vario linaje</em>, México, UNAM, 1990</p><p><strong>19</strong>. Nicol, E., “Prefacio del temor”, en Nicol, E., <em>El porvenir de la filosofía</em>, México, FCE, 1972, p.9</p><p><strong>20</strong>. Ibid., p.11.</p><p><strong>21</strong>.  Nicol, E., “Teoría de la mundanidad”, en Nicol, E., <em>La reforma de la filosofía</em>, México, FCE, 1980.</p><p>22.Nicol, E., “Origen y decadencia del humanismo”, en Nicol, E., <em>Las ideas y los días. Ensayos e inéditos</em>, México, México, Afínita, 20017, p.442.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank">  </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Arturo Aguirre Moreno]]></author>
      <media:title><![CDATA[Eduardo Nicol: la vocación de pensar el tiempo propio]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Exilio,Filosofía,Los diablos azules número 75]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Adolfo Sánchez Vázquez: ¿marxismo radical o crítica romántica?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/adolfo-sanchez-vazquez-marxismo-radical-critica-romantica_1_1143736.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/dcf362cb-3499-411f-a322-350db9c09d31_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Adolfo Sánchez Vázquez: ¿marxismo radical o crítica romántica?"></p><p><em>Esta pieza pertenece a un monográfico sobre el exilio, coordinado por el profesor Antolín Sánchez Cuervo. Consulta todos los temas en el número 75 de Los diablos azules.</em><strong> Antolín Sánchez Cuervo</strong><a href="https://www.infolibre.es/tags/temas/los_diablos_azules_numero_75.html" target="_blank">el número 75</a></p><p>__________________________</p><p>¿Cuál es el panorama que muestra la obra de <strong>Sánchez Vázquez</strong>? Podemos decir que, sin caer en la desmesura de proyectar y publicar sus obras completas, es un autor que prestó mucha atención a la conformación de sus trabajos. Republicó, agrupó y reescribió algunos de sus textos. Se jactó, en diversas ocasiones, de ser un autor falible y crítico de su propia obra, así como de la obra de sus autores cercanos, empezando por <strong>Marx</strong>. Propició la existencia de volúmenes críticos –realmente críticos y no simples actos vasallescos– en torno a su trabajo; además, contamos con su propia reflexión biográfica y contextual del desarrollo de su pensamiento y la serie de trabajos que compiló para formar un <em>corpus</em> de estética y marxismo crítico en la lengua española.</p><p>No vaciló, pues, en salpicar aquí y allá sus reflexiones con su biografía. Es un autor, en este sentido, cercano, abierto e incluso cálido. No es críptico ni oculta sus fuentes, sus deudas o los derroteros de su obra. Tampoco peca de falsa modestia; señala con precisión cuáles considera sus avances y descubrimientos teóricos y cuáles sus contribuciones a la posibilidad de revolucionar el mundo y de derrocar al sistema capitalista.</p><p>Sostuvo importantes polémicas en el siglo XX mexicano, por ejemplo, con <strong>Luis Villoro, Cardoza y Aragón,  Jorge Veraza</strong> o<strong> Ramón Xirau</strong>; asimismo debatió con teorías muy diversas al marxismo. Él mismo señala que, entre diversas obras y autores, se pueden sintetizar polémicas de la manera que sigue: a) en confrontación con la estética analítica, respecto a la definición del arte; b) sobre el tema de las relaciones entre estructura e historia frente a las tradición de <strong>Levi-Strauss</strong>; c) sobre las relaciones entre filosofía, ideología y sociedad frente a <strong>Ferrater Mora</strong>; d) dentro de la tradición marxista, contra el <em>Diamat</em> soviético, la estética oficial soviética y el marxismo de <strong>Althusser</strong>; además, frente a Marx “al señalar los elementos utópicos de su obra” y, frente a Lenin, “al mostrar las limitaciones de su teoría de la conciencia socialista en el terreno de la organización”.</p><p>Habría que sumar las polémicas contra las posiciones de la socialdemocracia; una latente confrontación frente a la teoría crítica, desde <strong>Benjamin </strong>y <strong>Adorno </strong>hasta <strong>Bolívar Echeverría</strong>; su crítica a <strong>Heidegger</strong>, al antihumanismo, a algunas corrientes de la posmodernidad y al estructuralismo; y hacia el final de su vida, una confrontación de sus tesis estéticas frente a la teoría de la recepción y la hermenéutica. En el terreno de la literatura, no hay que pasar por alto su deslinde de la idea hispanista de la Generación del 98; su vindicación de <strong>Kafka</strong>, que implica toda una polémica importante para el tiempo y el contexto en que fue escrita, 1965, contra varios fundamentos de las estéticas marxistas, caso particular frente a las ideas de <strong>Luckács</strong>; por último, su polémica contra la idea del exilio como transtierro, una idea que siempre pensó y repensó en una abierta confrontación con la poderosa filosofía de <strong>Gaos</strong>. Es en este contexto intelectual que hacia 1985 sintetizaba así Sánchez Vázquez su obra:</p><p>  </p><p>Todos estos elementos permitirían exponer y evaluar de manera diáfana su obra y, sin embargo, esto no es así. Sánchez Vázquez también puede ser un autor árido, que peca de didáctico y se enfrasca en discusiones fechadas donde lo primordial es encontrar la racionalidad presente –la racionalidad que está en juego en cierta coyuntura– y no avanzar hacia una hipotética verdad de larga duración. En muchas ocasiones, esto le condena al anacronismo, a sucumbir junto con aquellos autores o tradiciones que él mismo refutó; en algunas ocasiones tardíamente, en otras, prestándoles una atención que le distrajo frente a otros desarrollos más importantes para entender la crisis del mundo actual.</p><p>Existe otra hipótesis de mayor envergadura: el problema consistiría en que, pese a la vocación holística de su obra, el centro de la misma, la filosofía de la praxis, no tiene la suficiente fuerza para agrupar y potenciar los temas que trabaja.</p><p>Finalmente, ya sea por alguna de las razones expuestas o por todas ellas, termina siendo difícil hablar de su obra como un conjunto –porque la suya es una obra que está pensada para ser presentada como un conjunto– y es complicado, sin refutar toda ella, extraer los elementos vigentes de su teoría. ¿Qué hacer entonces? ¿Mostrar las grandes líneas de su obra, como él mismo lo ha hecho, e inscribirlas en una historia de las ideas del marxismo y de la estética? ¿Refutar su obra toda y, por lo tanto, buscar las respuestas a las preguntas vigentes que él planteó en otras obras y otros autores? No parece que ninguna de las dos posibilidades sea ni justa ni pertinente. Por un lado, al hacer una exposición general y fecharla o refutarla –o fecharla para refutarla– hay elementos que pueden ser borrados en ese acto intempestivo. Por otro lado, la figura de este marxista y esteta es demasiado importante en la historia del marxismo crítico (y lamentablemente periférico) del siglo XX; una historia que, posiblemente antes de lo imaginado, puede ser central y pueda desplazar, o por lo menos convivir en términos más equitativos, con el marxismo del occidente europeo. En este sentido, se puede fechar e incluso refutar su obra pero, incluso después de hacer esto, habría que someterla a una suerte de <em>lectura barroca</em>, esto es, mostrar que dentro de ese “fracaso” teórico, que es parte del fracaso teórico de la izquierda del siglo XX en el entendido de que no se cumplió su proyecto en la práctica, hay posibilidades de que se actualicen determinadas tesis y, en el caso de Sánchez Vázquez, de que se actualicen formas prácticas y cotidianas –<em>práxicas</em>, diría él– de ejercer el pensamiento y de plegarlo a causas y objetivos utópicos, revolucionarios y de resistencia frente al desarrollo del capitalismo. Sea pues ésta la estrategia de exposición de una pequeña parte de su obra, la que él refiere y sintetiza en los años ochenta, en torno a la estética y el marxismo. Finalmente, fue él quien señaló que la cortesía del filósofo es la crítica y quien  puntualmente dijo que</p><p>  </p><p><strong>I</strong></p><p>Adolfo Sánchez Vázquez nace en 1915, obtiene su título de maestro en filosofía en 1955 y publica la primera versión de la que considera su obra “fundamental”, <em>Filosofía de la praxis</em>, en 1967. Realiza una profunda revisión y ampliación de esta obra que se reimprime en 1980. Desde su perspectiva, su trabajo más importante se circunscribiría a la década de los setenta en el siglo XX. En esa década escribe los siguientes libros: <em>Ciencia y revolución (El marxismo de Althusser), </em>en 1978; <em>Filosofía y economía en el joven Marx</em> <em>(Los Manuscritos del 44)</em> publicado en 1982. Otro de sus libros fundamentales se publica en 1965, <em>Las ideas estéticas de Marx</em>. Sánchez Vázquez señala sobre este período:</p><p>  </p><p>Un estudio detallado sobre su obra posterior sigue siendo necesario y habrá que deslindar si hay aportes sustanciales al trabajo que había realizado en los años setenta. Hay además otros datos relevantes para entender la concentración de su trabajo en ese período que implicará la confrontación abierta con el marxismo oficial y el distanciamiento del mismo. Estos datos tienen que ver, centralmente, con la decadencia del movimiento comunista a finales de los sesenta, las revueltas del 68 y el auge de los movimientos revolucionarios en América Latina. Sánchez Vázquez se refiere así, en 1975,  a algunos de estos problemas:</p><p>  </p><p>En ese mismo comentario, fechado en 1978, Sánchez Vázquez divide su obra en tres campos básicos y, puede decirse, cierra sistemáticamente su obra presentándola como un <em>organum. </em>esta obra es dividida en tres campos: Estética, Ética y Marxismo y a estas tres “disciplinas” subyace su idea primaria de la filosofía como <em>praxis</em>. Voy a referir y comentar sus anotaciones sobre algunos debates que conciernen al marxismo.</p><p>Algunos debates sobre marxismo</p><p>En su texto autobiográfico, Adolfo Sánchez Vázquez dice cosas muy precisas sobre el marxismo. En primer lugar, de acuerdo con una “actitud crítica y antidogmática”, define el marxismo como “un proyecto de transformación de la realidad a partir de una crítica radical de lo existente, basándose a su vez ambos aspectos en un conocimiento de la realidad que se pretende transformar.” Señala también cómo este conocimiento se logra a través del que es el elemento central de su obra, la praxis:</p><p>  </p><p>Michel Löwy señala, en este sentido y coincidiendo con Sánchez Vázquez, que  “el desarrollo creador del marxismo y la superación de su actual ‘crisis’ requiere, paralelamente a la <em>radicalización de su negatividad dialéctica, el restablecimiento de su dimensión utópica”</em><strong>6</strong><em>, </em>justo los elementos que están detrás de la filosofía de la praxis de nuestro autor. Sin embargo, el problema aparece al contrastar esta teoría con la historia real de los países socialistas. Sánchez Vázquez comenta sobre esta realidad histórica lo siguiente:</p><p>  </p><p><strong>Ludolfo Paramio</strong> aprovecha esta cita de Sánchez Vázquez para marcar dos de las líneas más destacadas del filósofo marxista; líneas que a la postre constituyen dos de los elementos más valiosos de su teoría. Por un lado, su crítica a la burocracia que termina por llevar a los Estados a formas totalitarias y, por el otro, su anotación sobre la necesidad del cambio de las formas de producción en el mundo, lo que implicará la pertinencia de la línea utópica del pensamiento de Sánchez Vázquez. Paramio sintetiza así ambas ideas. Por un lado, se da el:</p><p>  </p><p>El segundo aspecto es, a juzgar de Paranio, más sutil:</p><p>  </p><p>Precisamente esta crítica que Sánchez Vázquez desarrolla en los años setenta y ochenta del siglo XX, consistente en ver la emergencia de nuevas clases y de formaciones sociales dentro de la dinámica del capital –ya sea en los países liberarles o socialistas– es lo que le permite sostener la idea del socialismo después de la caída de los países socialistas en 1989, y así seguir explorando la configuración clasista en las sociedades que desarrollan formas de producción que implican la subordinación y explotación con el objetivo de aumentar el capital.</p><p>No obstante, la crítica a Sánchez Vázquez va más allá de los puntos que son reconocidos por buena parte de los reformistas, demócratas, socialistas, comunistas y/o marxistas con los que él debate. La situación es muy especial, pues a la par que se avecina el desmantelamiento y la sustitución brutal y mercantil de la gran mayoría de los países socialistas, en varios países del mundo se desmantelan los Estados nacionales. Cuando uno ve la historia en perspectiva, es muy claro que en el tiempo del colapso interno del bloque de los países socialistas, también se desmorona el proyecto de Estado-nación en regiones como Latinoamérica. Específicamente en México, este debate tiene que ver con la implantación del modelo neoliberal de los años ochenta y con el franco desmantelamiento del Estado de bienestar popular de inspiración nacionalista que había mantenido el Partido de la Revolución Institucional (PRI) en medio de su talante autoritario y represor. Insisto en la pertinencia de contextualizar este debate porque en ese momento es Sánchez Vázquez una de las figuras más emblemáticas y, sin embargo, por su condición de exiliado pasa desapercibido de la arena pública y se concentra  en la práctica teórica.</p><p>Así, a la par que se forman los movimientos de resistencia frente al desmantelamiento del Estado-nación; que surgen movimientos estudiantiles que paralizan la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se pretendía llevar a cabo reformas para acotar el carácter público y gratuito de la institución; que se da un movimiento cívico de gran importancia en la Ciudad de México a raíz del sismo de 1985; que se forman movimientos y ejércitos indígenas que confrontarán al Estado; y que se comete el primer fraude electoral que instaura al Salinato en México el año de 1988 (mismo que concluirá en 1994 con el levantamiento del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, primer antecedente de las nuevas geopolíticas regionales de las empresas del capital transnacional),  una de las principales figuras que en México discute sobre la pertinencia de un socialismo utópico es Adolfo Sánchez Vázquez. Frente a la disyuntiva que él sostiene, socialismo utópico y humanista frente al socialismo científico que se gesta en la Europa francesa y que hoy tiene repercusiones teóricas muy importantes, Sánchez Vázquez es, en esas últimas décadas del siglo XX, interpelado con la idea de pensar, frente al socialismo de carácter utópico y revolucionario, en un socialismo factible. Un socialismo que enarbolarán buena parte de las socialdemocracias y de los movimientos reformistas en los años noventas y principios del siglo XXI –años antes de los escenarios que inauguran los movimientos  terroristas y su contraparte, los terrorismos del los Estados capitalistas-. Es en este contexto que Paramio señala:</p><p>  </p><p>Como sabemos, el contexto ha cambiado vertiginosamente en los últimos 30 años y esta afirmación tendría que matizarse, pues ni la reforma ni la revolución parecen ser los escenarios presentes, ni siquiera los escenarios verosímiles frente a toda la clase de crisis que ya han acontecido en el siglo XXI. No obstante, el contexto del argumento sí es el contexto de la instauración salvaje del neoliberalismo, asunto que de una u otra forma nos condujo a la crisis que ahora, 2017, azota al mundo. Y ese contexto no era extraño para Paramio; él mismo señala que no se pueden “ignorar las amenazas desencadenadas por la crisis actual”, entre las que señala, simplemente: la quiebra y reestructuración de empresas que ponen a la defensiva a los sindicatos frente a una derecha que se opone -señala Paramio- “a la participación del Estado en la economía y busca una reprivatización de los servicios sociales”.</p><p>Por muchos años esta discusión se esfumó, por lo menos en América Latina, pues se adelgazó a tal grado al Estado y se privatizaron en tal medida los servicios públicos que no había Estado al que reclamarle su intervención. Frente a este escenario, Paramio era optimista:</p><p>  </p><p>A estas alturas del desastre capitalista, ya sólo se puede permanecer sosteniendo estas posturas por maldad, en el sentido socrático, o sea, ignorancia, o por cinismo. Pensar de origen que hay una serie de conquistas que pueden funcionar <em>estructuralmente </em>dentro del capitalismo, es simplemente no entender bien la constitución del movimiento interno del capital; por otro lado, sostener que el respaldo tiene algo que ver con procesos de bienestar que el ciudadano o ciudadana cree poder consolidar a través de su apoyo a la derecha, y pretender que ese sujeto que Paramio denomina clase obrera tradicional, deba integrarse poco a poco en los desarrollos estructurales de la rentabilidad del capital, no es reformismo sino una especie de derrotismo o conformismo muy típico del intelectual seducido o cegado por los poderes fácticos; eso que <strong>Maquiavelo </strong>llamaba eufemísticamente el Príncipe.</p><p>Por el contrario, las consecuencias de esas reformas neoliberales o políticas de derecha de los años ochenta son, en buena medida, el riel que hoy tiene a buena parte de Europa colapsada y a gran parte del mundo gobernada e intervenida por ese otro eufemismo del entramado profundo de los gobiernos de derecha, el crimen organizado y la empresa global. Frente a todo ese escenario, muchas de las decisiones y debates en la economía y política actual ya son de corte técnico y su dimensión práctica es de sobrevivencia. Ésta es, en parte al menos, la discusión sobre la situación de la Unión Europea en la actualidad, pero en aquel entonces todavía estas discusiones se ventilaban en un tono moral que debió ser analizado con más cuidado por todos sus participantes: </p><p>Es difícil pues encontrar un criterio moral superior a otro si no es a partir de la postulación de un ideal o de una creencia que debe desarrollarse y ceñirse, al menos hipotéticamente, a determinadas actitudes vitales. Discutir este punto, por lo tanto, es uno de los elementos que hoy muestra la debilidad de la teoría filosófica frente a otras formas de constitución de nuestra cotidianidad. A fuerza de razonamientos y educación se podrá formar un individuo, quizá hasta una sociedad e incluso con capacidad de valorar racionalmente la pertinencia de una moral sobre otra; pero por ahora, el mundo real parece estar lejos de esa perspectiva pedagógica y sus alcances ya no pueden plantearse de forma tan simplista como se hizo con la distinción entre ciencia y mito o conocimiento y creencia. Hubo otros marxistas, desde<strong> </strong>Walter Benjamin hasta Bolívar Echeverría, y el propio Marx, que pensaron el fenómeno de la existencia en coordenadas más complejas que las de la moral racional o la moral cristiana. El marxismo en el que se debatió Sánchez Vázquez siguió atrapado en esa red elemental de la tolerancia racional, donde se prefigura una idea del bien y del mal social.</p><p>Addenda</p><p>El argumento que abiertamente lleva Paramio a la política es, desde otra perspectiva, el argumento que el marxismo de Sánchez Vázquez tuvo que remontar frente a las tradiciones académicas de la filosofía, en especial frente a la filosofía analítica. Juego de formación y formalización, entrenamiento pre-filosófico en cierto sentido, la filosofía analítica en Latinoamérica ha salido de ese espectro en muchas ocasiones y ha confundido el plano de la realidad social con el ejercicio filosófico primario. Es como si un buen jugador de ajedrez pensara que, realmente, en el campo de batalla esas reglas psicológicas formalizadas en el juego se pudieran cumplir. Así, Sánchez Vázquez libró debates de este tipo en muchas ocasiones. Dos de sus exponentes más brillantes fueron <strong>Carlos Pereyra</strong> y <strong>Luis Villoro</strong>. Los debates con Villoro son un magistral ejemplo de cómo desmontar y restituir un argumento, pero basta con que se señale que ese argumento debe ser colocado en el tiempo para que todas las premisas y la conclusión sean archivadas y tratemos de pedir un poco de ayuda al sentido común.<strong>14</strong> Pereyra en cambio es más feroz; él no busca en el fondo un acuerdo sino una clara división: el mundo de la teoría es uno, tiene reglas de operación e institucionalización; el de la práctica política otro y la mejor manera de actuar en ambos es separarlos. Se trata de una racionalidad más fría y más precisa, acorde con el mundo y, por eso mismo, quizá en el fondo verdadera. Estas son las últimas palabras que le dedica a Sánchez Vázquez en un artículo donde cuestiona la idea de praxis:</p><p>  </p><p>En el mismo sentido escribe <strong>Ramón Xirau</strong> en su elogio, a Sánchez Vázquez al recordar las palabras del marxista y llevar la comparación hasta la obra de <strong>Pierce </strong>y Marx:</p><p>  </p><p>Se trata, como puede verse, de dos conjuntos ajenos, el de la teoría y la práctica, y que, formalmente, no podrían tener intersección alguna. Si uno se ve tentado a decir que incluso en la más aséptica de las teorías hay una ideología de fondo, un propósito práctico que se cumple en los tiempos y que tiene una consecuencia práctica y moral, Pereyra respondería que el vocablo teoría  no puede hacer depender su presunción de verdad de la práctica pues se extiende injustificadamente “al ámbito de los enunciados una idea que sólo puede formularse en el terreno de las proposiciones”.<strong>17</strong> Y, en efecto, en esos términos le asiste la razón a Pereyra: permanecer en este debate, dentro de ese primer principio de formalización es baladí para el marxismo. En esa división no pueden operar las tradiciones marxistas, simplemente porque no se trata, como pretendía Sánchez Vázquez, de una teoría epistemológica, moral y revolucionario, en el mismo sentido que lo cree gran parte del marxismo occidental en el siglo XX, sino una forma romántica de la crítica.</p><p>  <em>*Carlos Oliva Mendoza es profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México.</em><strong>Carlos Oliva Mendoza</strong></p><p>   <span id="ftn1"></span><strong>1</strong>. Una trayectoria comprometida, Facultad de Filosofía y Letras-UNAM, México, 2006, p. 467.</p><p><span id="ftn2"></span><strong>2</strong>. “Mi obra filosófica”, en <em>Praxis y filosofía</em>, p. 442.</p><p><span id="ftn3"></span><strong>3</strong>. “Mi obra filosófica”, en <em>Praxis y filosofía</em>, pp. 438-439 (texto fechado en la ciudad de México el 15 de noviembre de 1978).</p><p><span id="ftn4"></span><strong>4</strong>. Ibid, p. 438.</p><p><span id="ftn5"></span><strong>5</strong>. “Mi obra filosófica”, p. 442.</p><p><strong>6.</strong> Véase González, Juliana, Carlos Pereyra y Gabriel Vargas Lozano (eds.), <em>Praxis y filosofía</em>, Grijalbo, México, 1985, p. 390.</p><p><span id="ftn7"></span><strong>7</strong>. Paramio, Ludolfo, “Del socialismo científico al socialismo factible”, en <em>Praxis y filosofía</em>, pp. 337-338. (Remite a <em>Ensayos marxistas sobre historia y política</em>. Océano, México, 1985 y  <em>Nexos</em> # 44)</p><p><span id="ftn8"></span><strong>8</strong>. Ibid, p. 338.</p><p><span id="ftn9"></span><strong>9</strong>. Ibid, pp. 338-339.</p><p><span id="ftn10"></span><strong>10</strong>. Sánchez Vázquez, Adolfo, <em>Del socialismo científico al socialismo utópico</em>, p. 15.</p><p><span id="ftn11"></span><strong>11</strong>. Paramio, Ludolfo, “Del socialismo científico al socialismo factible”, en <em>Praxis y filosofía</em>, p. 344</p><p><span id="ftn12"></span><strong>12</strong>. Ibid, p. 347.</p><p><span id="ftn13"></span><strong>13</strong>. Ibid, pp. 348-349</p><p><span id="ftn14"></span><strong>14</strong>. Villoro, Luis, “El concepto de ideología en Sánchez Vázquez”, pp. 189-207.</p><p><span id="ftn15"></span><strong>15</strong>. Pereyra, Carlos, “Sobre la ‘Práctica teórica’, p. 432.</p><p><span id="ftn16"></span><strong>16</strong>. Xirau, Ramón, “Adolfo Sánchez Vázquez. Elogio”, p. 131.</p><p><span id="ftn17"></span><strong>17</strong>. Ibid, p. 431.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carlos Oliva Mendoza]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Adolfo Sánchez Vázquez: ¿marxismo radical o crítica romántica?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Exilio,Filosofía,Los diablos azules número 75]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Historia y memoria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/historia-memoria_1_1143735.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7e3fa726-dc7b-4407-b893-ae0557746413_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Historia y memoria"></p><p><em>Esta pieza pertenece a un monográfico sobre la literatura del exilio, coordinado por el profesor Antolín Sánchez Cuervo. Consulta todos los temas en el número 75 de Los diablos azules. </em><strong>Antolín Sánchez Cuervo</strong><a href="https://www.infolibre.es/tags/temas/los_diablos_azules_numero_75.html" target="_blank">el número 75</a></p><p>__________________________</p><p>Se han cumplido en 2016 cuarenta años de la aparición de la monumental obra dirigida por <strong>José Luis Abellán</strong> <em>El exilio español de 1939</em>, publicada por la editorial Taurus en seis tomos entre 1976 y 1978. La obra liderada por el estudioso de la filosofía hispánica fue en su momento el primer intento con visos de garantía, una vez acabada la dictadura, de ofrecer una panorámica lo más completa posible de la riqueza cultural e intelectual que los integrantes del exilio republicano habían aportado al mundo y que la España postfranquista necesitaba reconocer como parte de su patrimonio. En aquel momento, la obra era un gran desafío a la nada o a la pobreza de conocimiento fiable sobre el exilio a que habían obligado las condiciones de censura y el sesgo ideológico del franquismo. En erigirse en orgullosa respuesta a todas esas carencias políticamente motivadas de sus predecesores que <em>El exilio español de 1939</em> encontraba su razón de ser. Por oposición a ellas, esta obra podía enorgullecerse de ser un producto democrático. La dictadura había acabado y una España en libertad no podía permitirse obviar al exilio republicano como parte de su legado.</p><p>  </p><p>El proyecto entero partía de una verdad aplastante, si bien implícita. El legado del exilio se había generado en el imperativo de un movimiento centrífugo. Por ello, su destino estaba marcado por una trayectoria que, originándose en el interior, irradiaba desde él en una multiplicidad inabarcable de direcciones vitales y profesionales que, a la altura de la primera Transición, en pocos casos desembocaba en una vuelta al país.  En ese sentido, y sin perjuicio de la inmensa aportación que hacía a la historia del exilio republicano español, <em>El exilio español de 1939</em> era también constatación y prueba fehaciente de los límites y retos a los que se enfrenta quien aspira a ofrecer una visión de conjunto de la realidad conocida como “exilio republicano español”. En el epílogo de la obra, Abellán lamentaba lo que no se había podido incluir, pero también reconocía, con razón, que empecinarse en la ambición a la totalidad habría reducido el proyecto a la nada<strong>1</strong>. Aun así, en la profusa erudición de los seis tomos de la obra, en la proliferación de categorías y subcategorías de ordenación disciplinaria, en las largas enumeraciones de los integrantes del exilio y sus obras que encontramos en su lectura, se adivina una serie de ansiedades. Ansiedad ética por dar testimonio y por hacer justicia a todos los actores al nombrarlos y ubicarlos, una ansiedad que explica el “acento [puesto] en la información documental y bibliográfica”<strong>2</strong>, que deja constancia de la existencia de un legado a valorar como paso previo imprescindible para las futuras interpretaciones y análisis en las que el proyecto de Abellán no se podía detener; ansiedad disciplinaria por hacer encajar el saber aportado en categorías reconocibles y valorables con cada volumen dedicado a y dividido a su vez en ámbitos de conocimiento: historia política, antropología, educación, pensamiento, literatura –compartimentada a su vez en poesía, narrativa, teatro, ensayo y crítica–, arte, ciencia, arquitectura; y ansiedad historiográfica —finalmente y abarcando a las anteriores— por encontrar UNA narrativa capaz de incorporar a todos los actores en la creación de sentido, y capaz de dotarse de una conclusión, a ser posible feliz. Esta última ansiedad Abellán la expresa como una esperanza, al principio de la Transición, de que los exiliados, cuya vuelta es deseada por todos –dice-, se integren en la España democrática como sus guías morales<strong>3</strong>.</p><p>Esa “operación retorno” de los actores del exilio, como se la llamó en el tardo-franquismo para referirse al campo de la literatura, encontraba sus defensores en aquellos que reconocían una conexión ética, si no política, con ese exilio, además de una filiación patriótica. <strong>Rafael Conte</strong>, reconociendo el peligro en que el exilio se encuentra de perderse para esas dos causas, la ética y la patriótica, hablaba en 1970 de “rescate” calificándolo de “absolutamente inexcusable”,” necesario” y “enriquecedor” porque es “una parte de nosotros mismos.”<strong>4</strong></p><p>Como es sabido, ni los argumentos de Conte ni la esperanza de Abellán y su equipo se materializaron en la España democrática. La historia de la Transición española a la democracia es también la de la cancelación de la mayoría de las aspiraciones del exilio republicano a reincorporarse con rango protagonista a la vida democrática española, cultural o políticamente. La renuncia a la República como forma de estado deshizo lo que para muchos exiliados era una equivalencia inapelable entre ésta y la democracia en la historia de España. Para ellos, esa renuncia era a todas luces un signo de desinterés por la herencia política y ética que encarnaba el exilio. Con ella, la Transición cerró explícitamente el paso a vías de reincoporación en el tiempo nacional que para el exilio podrían haber existido más allá de las que dictara la longevidad de sus propios protagonistas, y que el consenso con el franquismo no permitió al considerarlas un exceso de democracia. Si partidos republicanos, aglutinados en el exilio en torno a ARDE (Asociación Republicana Democrática Española), no se podían presentar a las elecciones cuando defendían la última forma de estado que había tenido legitimidad democrática en el país antes de su derribo por la dictadura, mal podían empezar el camino de la reinserción de sus valores políticos en medio de las nuevas generaciones. Por otra parte, la Ley de Amnistía de 1977, arma de dos filos, exoneraba de culpa por igual a los presos políticos del franquismo (reivindicación de todos los partidos antifranquistas) y a sus verdugos franquistas, dejando por su misma lógica un legado penoso de bloqueo a las demandas de justicia de las víctimas del franquismo, entre las que se encontraban las de los exiliados.  Era la amnistía la forma judicial del pacto entre las élites de no instrumentalizar el pasado, y en esa medida no podía por menos que perjudicar el legado del exilio republicano. Este último señalaba un pasado deseoso de convertirse en presente en el nuevo contexto democrático, pero las dinámicas de la Transición demostrarían que era precisamente el pasado que ellos encarnaban el que había que des-enfatizar como un signo tóxico para el presente. Guerra civil, dictadura y los fantasmas de la discordia nacional ponían palos a la rueda del progreso democrático español. Pertenecían a un ciclo histórico agotado y daban una imagen, no sólo opuesta a, sino incompatible con la de jóvenes sin pasado reprochable, misma que se imponía como idónea para liderar el proceso hacia la democracia.</p><p>En el terreno cultural la estrategia no fue de supresión frontal, sino de banalización e instrumentalización. El gobierno de la UCD creó el primer Ministerio de Cultura con vocación de ruptura con las formas del dirigismo censor que habían presidido las relaciones del poder con la cultura durante la dictadura. Así, sus políticas culturales tuvieron como uno de sus cometidos centrales la recuperación de la memoria histórica de la República, silenciada por el franquismo<strong>5</strong>. La cultura del exilio, materializada en congresos, premios, exposiciones y nombramientos, servía en la medida en que destilaba libertad de expresión y democracia, activos altamente cotizados para legitimar el proceso transicional. En consonancia con ello, emerge el exilio en la producción cultural de este momento como parte de un nuevo tratamiento de la memoria reciente, que acoge tanto a vencedores como a vencidos de la Guerra Civil y la dictadura en un <em>totum revolutum </em>que subraya coyunturalmente la euforia postcensura y, de manera más estructural, una visión de la historia “equidistante” entre culpables y víctimas, que había llegado en los años 50 para quedarse. La serie <em>Espejo de España </em>de Planeta es su ejemplo editorial paradigmático, y una versión más culta de lo mismo encontramos en el medio audiovisual, en el programa televisivo de entrevistas <em>A fondo</em>, de <strong>Joaquín Soler Serrano</strong>. En ese contexto, la vuelta de ilustres exiliados del mundo de la política y de la cultura fue celebrada y publicitada en los medios de comunicación, en la medida en que éstos estaban dispuestos a cumplir un papel de vagos referentes nacionales a un pasado democrático que reforzaba el <em>statu quo</em> en construcción.  Esa fue su capitalización político-cultural y ahí encontramos a figuras como <strong>Jorge Guillén, María Zambrano</strong> o <strong>Francisco Ayala</strong>. Pero se les vetó cuando osaron ser críticos o meterse en propuestas políticas que se apartaban de la senda marcada. Con<strong> Claudio Sánchez Albornoz</strong> tenemos temprano ejemplo de retorno icónico que se celebró como figura intelectual, pero se abortó en tanto que alto representante de la República (su Presidente en el exilio, nada menos). Más ejemplos de ello tenemos en la figura de <strong>José Bergamín</strong>, como bien ha estudiado <strong>Iván López Cabello6</strong>, censurado repetidamente en sus colaboraciones de <em>Sábado Gráfico</em> en 1977 y 1978 por su impenitente anti-monarquismo, o en el ostracismo al que se abandonó a un Francisco Giral dispuesto a reintegrarse en la vida académica y política española, a causa de su filiación republicana.<strong>7</strong></p><p>En definitiva, en la Transición se dieron los pasos legales y políticos para anular las posibilidades de que la democracia se fundamentara en la adopción de la forma de estado republicana y en la reparación a las víctimas del franquismo. Sin estas dos cosas, que eran las que daban sentido y legitimidad al exilio republicano, su función en la orquestada Transición fue la de un invitado ajeno, figurante por las buenas, estorbo por las malas, no habiendo en la joven democracia española rastro de influencia alguna de su directa predecesora.</p><p>Desde los años 80, la memoria del exilio se fue invocando en función de intereses coyunturales. <strong>Giulia Quaggio</strong> y <strong>Abdón Mateos</strong> lo han estudiado para el caso del socialismo en los años de los gobiernos de <strong>Felipe González</strong>: República y exilio juegan un papel significativo en la construcción simbólica de una genealogía moderna y europeizante para la España centrada en el socialismo, que sin embargo no altera de manera significativa la línea marcada por los gobiernos de la UCD en la Transición<strong>8</strong>. Igualmente claro es que ese uso del pasado necesitaba someter los conceptos y las personas, los colectivos y las instituciones que los encarnaban, a un vaciado ideológico bajo el que monarquía y república se convertían en términos intercambiables<strong>9</strong>, conceptos post-políticos e ideológicamente maleables. Para muchos retornados, sobre todo aquellos con una imagen pública, las condiciones de la vuelta produjeron sentimientos de decepción, indignación, resignación -casi siempre reservadas para el ámbito privado- o a lo sumo de indiferencia ante la interpretación interesada de su pasado, si no personal, sí colectivo. En la semiótica de la Transición y la España de los ochenta, la figura del intelectual o político exiliado ilustre fue un significante cuyo significado se reducía a un pasado prestigioso que había que capitalizar con la menor intervención posible del individuo portador del signo. Por eso las muestras de agencia política o cultural, con resultados visibles de intervención significativa en el curso de la Transición y la democracia, son muy pocas en este colectivo<strong>10</strong>.</p><p>En cualquier caso, la visibilización e incentivación financiera de la cultura del exilio que resultó del mecenazgo de los gobiernos socialistas, arrojó a medio plazo otros frutos menos acomodaticios y banalizadotes. En concreto, los de la profundización en la sociedad y la ampliación en los círculos académicos de un conocimiento complejo y crítico de la República y el exilio. Esto es particularmente claro en la aparición de redes culturales académicas financiadas con dinero público que incluyen grupos de investigación y publicaciones, que empiezan a vincular directamente el estudio del exilio republicano con una visión crítica de su tratamiento desde la Transición por el estado democrático. De la misma manera, aparecen nuevos acercamientos metodológicos al estudio del exilio republicano, específicamente concebidos para reflexionar sobre el fenómeno del exilio, y/o que relacionan el exilio republicano con las culturas de llegada, y/o con fenómenos globales contemporáneos, cuestionando y desestabilizando así, las estructuras de pensamiento sobre el exilio que el franquismo había hecho hegemónicas y que se habían continuado en democracia.</p><p>Por otra parte, en la medida en que el nombre de la República y los republicanos (muchos de ellos exiliados) fue sometido a un uso público que implicaba el grado de abstracción al que me he referido, acabó resultando compatible con el ideario político del partido que había nacido como refugio de franquistas más o menos reciclados, el Partido Popular. Desde el momento en que <strong>José María Aznar</strong> observa la posibilidad de ganar unas elecciones a González, su discurso, queriendo atraer un voto de centro y no sólo de derecha, incorpora una conexión con la República y con figuras de exiliados, con <strong>Manuel Azaña</strong> a la cabeza. Abdón Mateos habla de un momento en que parecía posible llegar a un acuerdo de estado entre los grandes partidos políticos alrededor del concepto de República. Y además habría que seguir matizando y recordando que esta postura de moderación del discurso del PP produce, en las primeras elecciones que logra ganar, lo contrario en su principal rival político; es decir, el abandono por parte del PSOE de su política de no agresión a la derecha por su pasado franquista. En ese sentido, la invocación de la República por parte del PP, en lugar de su reivindicación de Franco y el franquismo, es paradójicamente la que ayuda a abrir la puerta y a dar paso a lo que diversamente se ha denominado la ruptura del consenso de la Transición o Segunda Transición. La década de los noventa es por todo ello un momento clave hacia la re-politización del pasado de República, la guerra, el exilio y el franquismo, hasta ese momento banalizados institucionalmente, vaciados ideológicamente y silenciados por lo que se refería a las responsabilidades criminales del estado franquista. Mateos habla del exilio como una cuestión de Estado para el nuevo milenio y de la construcción de una memoria compartida hasta 2004. A partir de entonces, el presente: un renovado interés de la ciudadanía por los pormenores del propio pasado, una vez asentada la democracia. La intensificación de la conciencia del valor político de los símbolos del pasado que poblaban el paisaje nacional, ayudada por un verdadero <em>boom</em> de la producción editorial y audiovisual inspirada en, o recuperadora de ese pasado terminaron de dibujar, ya en el nuevo milenio, un panorama de “Segunda Transición”, de creciente polarización social y política alrededor de la memoria histórica. Solo la crisis económica desencadenada en 2008 fue desbancando a la memoria histórica como punto central de discordia social, a la par que generando otras formas, más cáusticas, de revisionismo del <em>statu quo</em> generado por la Transición, incluida la forma de estado.</p><p>Pero a este rápido repaso de la recepción del exilio en España desde la Transición en su mezcla de política y cultura, le falta un componente de influencia importante que de hecho nos retrotrae al libro con el que comenzábamos, <em>El exilio español de 1939</em>. Me refiero a la consignación histórica del pasado del exilio, o dicho de otra manera, a las políticas historiográficas. En 1976, la imposibilidad de historiar la totalidad del exilio podía achacarse al reconocido desconocimiento de una parte importante de sus realidades. Hoy, sin embargo, entendemos que el desconocimiento del exilio republicano español, su invisibilidad y la capacidad de superar ambos obstáculos, no dependía sólo de la desaparición de las condiciones de censura política que imponía la dictadura franquista, tal y como creían los autores de la obra coordinada por Abellán. Con el paso de los años, hemos podido comprobar que su presencia y visibilidad públicas como legado cultural y político también dependían de las estructuras historiográficas y conceptuales en las cuales sus conocedores fueron –y somos– capaces de insertarlos. Y estas estructuras, en lugar de potenciar al máximo la valoración y visibilidad del legado exiliado de la Segunda República, hasta hoy han tendido más bien a minimizarlo y a estorbar el estudio de sus especificidades. Por mencionar el caso de la literatura, que conozco bien, la historiografía nacional ya en democracia lidió mal con el cuerpo extraño del exilio. De hecho, hay evidencias de que las estructuras ideológicas discursivas que la historiografía producida bajo del franquismo había establecido con respecto a la (no) relación entre cultura del interior y cultura del exilio, y a la incommensurabilidad de sus respectivos parámetros, siguen vigentes bien entrado el periodo democrático. Dicho de otra manera, se siguen reproduciendo estructuras incuestionadas que perpetúan el sesgo franquista de la cultura española, ya sea por inercia intelectual o por convicción ideológica. Más a fondo ha estudiado el tema <strong>Fernando Larraz</strong> con respecto a la literatura, concluyendo que “aún hoy, el exilio [es] una realidad hosca para la voluntad aglutinadora del historiador: demasiado disperso, demasiado desconocido, demasiado difícil agruparlo bajo categorías unificadoras.”<strong>11</strong> Según la interpretación de <strong>Antolín Sánchez Cuervo</strong>, durante la Transición la disciplina filosófica siguió lógicas diferentes, pero con un mismo e incluso más radical resultado de ignorancia del patrimonio exiliado. La perspectiva historiográfica de este último se vio condicionada por un “historicismo continuista planteado desde el punto de vista de la filosofía oficial de los vencedores”.  Por ende, de forma análoga a la literatura, los más radicales entre los jóvenes filósofos, en su afán de desprenderse del polvo de la dehesa del franquismo, se desentendieron del legado exiliado metiéndolo en el mismo saco que el de sus verdugos del interior.<strong>12</strong></p><p>Como contrapartida, resulta a mi juicio imprescindible para reconstruir un corpus anómalo y potencialmente explosivo como el del exilio republicano español, cultivar una historiografía activa y explícitamente consciente de las premisas históricas, ideológicas e institucionales que la sostienen. Imprescindible porque en el uso continuo y no cuestionado de unas determinadas estructuras historiográficas, esas premisas desaparecen, permitiendo que las estructuras se nos presenten naturalizadas, como flotando desasidas de toda determinación o condicionamiento extra-disciplinario. Llamar la atención sobre esta naturalización es un paso previo a la posibilidad de pensar categorías distintas de análisis, que puedan servir, no solo para la comprensión más compleja de los objetos de estudio, sino para también reactivarlos en el presente.</p><p>En los últimos tres años he asistido a congresos de historiadores en el Reino Unido, cuya razón de ser era la preocupación por el legado o la importancia para el presente de la Guerra Civil española, entendida como una herida que no se ha cerrado y en la que el exilio aparece como una consecuencia inseparable del conflicto.<strong>13</strong> Como sabemos, los aniversarios –de los 75 años del final en un caso (2014), y de los 80 del principio en el otro (2016) –, invitan a la conmemoración. Esta misma preocupación por el presente es la que siempre ha animado mi trabajo sobre el exilio.</p><p>Respecto a España, el exilio republicano sigue estando presente entre nosotros porque es parte de un problema irresuelto; porque los españoles, a día de hoy, no se han puesto de acuerdo sobre cuál es la narrativa dominante del siglo XX que explica la llegada del país al final feliz de la democracia. Para quienes apoyaron en su día o aceptan todavía el golpe del 18 de julio del 1936, el <em>alzamiento</em> era una necesidad para traer ley y orden, cuyos frutos vinieron a dar en prosperidad económica y en un estado demócrata liberal. En otras palabras, para quienes defienden esta versión, la guerra y la dictadura son parte de una narrativa lineal que nos lleva directamente al día de hoy. Para ellos, la República derrotada y quienes partieron al exilio pertenecen como mucho a la categoría de daños y pérdidas colaterales que ha valido la pena asumir. Por otra parte, para quienes apoyaron o aceptan, entonces o ahora, la legalidad democrática de la Segunda República, guerra y dictadura son desviaciones aberrantes del camino deseable del progreso y la modernidad para el país. Para éstos, cualquier narrativa sobre la historia del siglo XX español debe reconocer guerra, dictadura y exilio como tales aberraciones, y preocuparse por ello de que los legados antifranquistas y republicanos en todas sus formas sean restituidos con la relevancia que merecen en la historia de la modernidad española. Para éstos, por tanto, guerra y dictadura solo pueden ser reconocidos críticamente y como parte del camino a la democracia y la modernidad, subrayando el sacrificio en derechos humanos y progreso social, político y cultural que su hegemonía durante cuatro décadas supuso para el país.</p><p>El exilio, en su relación con España, forma parte indefectiblemente de esa problemática y nos interpela hasta el día de hoy. Para mí, trabajar el exilio republicano es sentirme responsable de un legado y tomar partido ante él. Soy sensible al llamamiento ético del exilio y sus condiciones de posibilidad, a la idea de responsabilidad de su rescate. Parte de ello es entender que éste no debe satisfacerse con la ambición monumental o enciclopédica. Sin duda la erudición es imprescindible, pero en ningún caso suficiente para hacer relevante la memoria del exilio en el presente, para pensarla con respeto y con rigor como un patrimonio que aún nos incumbe. En el exilio hay un margen crítico, un lugar al que acudir para pensar la forma en que hegemónicamente se desarrollaron los acontecimientos en España. En el curso de verano <em>El pensamiento del exilio español de 1939 y la construcción de un racionalidad crítica </em>(Universidad de Granada, 13-16 de septiembre de 2016), las presentaciones de <strong>José Antonio Pérez Tapia</strong> sobre <strong>Anselmo Carretero</strong> y su visión de una España federal, <strong>Pedro Cerezo</strong> sobre María Zambrano y la propuesta política y ética de su <em>Persona y democracia</em>, como también las referencias de <strong>Luis García Montero</strong> a <strong>Aub </strong>y a <strong>Cernuda</strong>, son paradigmáticas del filón crítico para pensar el presente que podemos encontrar en el exilio republicano. No sería cierto pretender que todo en el legado cultural del exilio se presta a esas lecturas, pero sí lo es que todos sus productos merecen considerarse como parte del patrimonio cultural democrático más importante que produjo el s. XX español.</p><p>  <em>*Mari Paz Balibrea es profesora en la Birkbeck University of London. </em><strong>Mari Paz Balibrea</strong></p><p>_______________________</p><p>  <span id="ftn1"></span><strong>1</strong>. Abellán, José Luis (dir.). <em>El exilio español de 1939. I. La emigración republicana,</em> 6 vol. Madrid, Taurus, 1976, vol. 6, p.338.</p><p><span id="ftn2"></span><strong>2</strong>. <em>Ibid., </em>vol.1, p.20</p><p><span id="ftn3"></span><strong>3</strong>. Ibid., vol1, p.31; vol.6, pp.340-348.</p><p><span id="ftn4"></span><strong>4</strong>. Conte, Rafael, “Para una teoría de la literatura del exilio”, en <em>Narraciones de la España desterrada. </em>Barcelona: Edhasa, 1970, pp. 20-21, 30.</p><p><span id="ftn5"></span><strong>5</strong>. Quaggio, Giulia, “Política cultural y transición a la democracia”. Seminario de Historia. Dpto. de Hª del Pensamiento y de los Movs. Sociales y Políticos, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, Fundación José Ortega y Gasset, 2011 [<a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">http</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">://</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">pendientedemigracion</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">.</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">ucm</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">.</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">es</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">/</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">info</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">/</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">historia</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">/</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">ortega</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">/1-11.</a><a href="http://pendientedemigracion.ucm.es/info/historia/ortega/1-11.pdf" target="_blank">pdf</a>], p.6.</p><p><span id="ftn6"></span><strong>6</strong>. Véase <em>José Bergamín, una voz republicana y disidente en la España de la Transición.</em> Tesis doctoral Univerisité Paris X Nanterre; Universidad de Cadiz, 2012 [<a href="https://tel.archives-ouvertes.fr/HCTI/tel-01311289v1" target="_blank">https://tel.archives-ouvertes.fr/HCTI/tel-01311289v1</a>], consultado el 29 de septiembre de 2016.</p><p><span id="ftn7"></span><strong>7</strong>. Por su condición republicana fue encarcelado nada más poner pie en territorio español procedente del exilio mexicano, irónicamente el mismo día en que se legalizaba el PCE. Véase Hoyos Puente, Jorge de. “Las limitaciones de la Transición española. El imposible retorno de los republicanos Victoria Kent y Francisco Giral”, <em>Historia del presente</em>, 23 (2014), p. 47</p><p><span id="ftn8"></span><strong>8</strong>. Coincido en este punto con Quaggio, Giulia, <em>La cultura en transición. Reconciliación y política cultural en España, 1976-1986</em>, Madrid, Alianza Editorial, 2014, pp. 329-336.</p><p><span id="ftn9"></span><strong>9</strong>. González, Felipe. y Cebrián, José Luis, <em>El futuro no es lo que era</em>. Madrid: Punto de Lectura, 2002, pp.59-85.</p><p><span id="ftn10"></span><strong>10</strong>. Francisco Ayala, Jorge Semprún y Rafael Alberti son los ejemplos más evidentes de esta excepción</p><p><span id="ftn11"></span><strong>11</strong>. “El lugar del exilio en las historias literarias postfranquistas” en Mari Paz Balibrea (ed). <em>Líneas de fuga. Hacia otra historiografía cultural del exilio republicano español</em>. Madrid: Akal, 2017, en prensa.</p><p><span id="ftn12"></span><strong>12</strong>. “La épica transicional y la recepción del pensamiento del exilio en la España democrática” en Mari Paz Balibrea (ed). <em>Líneas de fuga. Hacia otra historiografía cultural del exilio republicano español</em>. Madrid, Akal, 2017, en prensa</p><p><span id="ftn13"></span><strong>13</strong>. Los congresos son <em>75 years since the Spanish Civil War. Perspectives from the 21st Century</em>, University of Sheffield, Marzo 2014 y <em>Spain’s Civil War 80 Years Later. The Wound that Will Not Heal?</em><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a>Canterbury Christ Church University, Julio 2016.</p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Mari Paz Balibrea]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Historia y memoria]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Exilio,Literatura,Literatura española,Transición democrática,Los diablos azules número 75]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Pensar la ausencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/pensar-ausencia_1_1143733.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/58b284c4-60a8-4cc3-910d-c03044a66f6e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pensar la ausencia"></p><p><em>Esta pieza pertenece a un monográfico sobre el exilio, coordinado por el profesor Antolín Sánchez Cuervo. Consulta todos los temas en el número 75 de Los diablos azules.</em><a href="https://www.infolibre.es/tags/temas/los_diablos_azules_numero_75.html" target="_blank">número 75</a></p><p>__________________________</p><p>Ha sido un trabajo largo y difícil. <strong>Manuel Aznar Soler</strong> y <strong>José Ramón López García</strong> han editado al fin su <em>Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939 </em>(Renacimiento, 2016), cuatro volúmenes labrados durante años con el trabajo colectivo del Grupo de Estudios del Exilio Literario (GEXEL). Los investigadores de la Universitat Autònoma de Barcelona se proponían recuperar, para otros investigadores y para la memoria colectiva, la actividad a menudo olvidada de los autores que cruzaron el charco tras la Guerra Civil. Luis García Montero hace memoria junto a ellos en esta entrevista. </p><p>  </p><p><strong>Pregunta. En Campo de los almendros, la novela con la que Max Aub cerraba El Laberinto Mágico, hay una famosa escena en la que un padre le pide a su hijo que mire a los derrotados republicanos y que no olvide nunca la grandeza de su lucha. Están sucios, cansados, rotos, pero son lo mejor del mundo, los que se han atrevido a luchar contra el asalto del fascismo. Un trabajo como este Diccionario es heredero de ese deseo: no olvidar. Me ha resultado emocionante el tono de rigor profesional que se utiliza en el prólogo de este “atlas de los distintos mapas de nuestro exilio republicano”. Pero se sienten latir los años de apuesta apasionada. ¿Cuánta pasión y compromiso caben en una tarea profesional? He leído y consultado vuestro esfuerzo como un alegato contra la tecnocracia de los que quieren imponer una idea desvinculada del saber en las universidades. Aquí el saber tiene una evidente dimensión ética.</strong><em>Campo de los almendros</em><em>El Laberinto Mágico</em><em>Diccionario </em></p><p><strong>En 1993 se constituyó en la Universitat Autònoma de Barcelona el Grupo de Estudios del Exilio Literario (GEXEL). En el manifiesto se planteaba la reconstrucción de la memoria histórica, cultural y literaria del exilio como una tarea “prioritaria y urgente”. Quiero preguntaros por la prioridad y la urgencia. Habían pasado 18 años de la muerte del dictador, 15 de la Constitución… ¿Qué pasaba con la memoria del exilio? ¿Era normal la falta de atención? Muchos exiliados aún estaban con vida cuando nos llegó la democracia por la que había luchado.</strong></p><p><strong>Respuesta</strong>. Ya en el Manifiesto fundacional de nuestro Grupo de Estudios del Exilio Literario (GEXEL) esa “evidente dimensión ética” que destacas se explicaba con claridad. En efecto, el GEXEL es un grupo de investigación, adscrito al Departamento de Filología Española de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), que se constituyó formalmente el 30 de enero de 1993 con la aprobación por parte de sus miembros fundadores de un Manifiesto donde se explicaban sus objetivos y proyectos, algunos fragmentos del cual nos parece necesario recordar ahora:</p><p>  </p><p>Desde 1993, para el GEXEL investigar, editar, estudiar y divulgar la literatura de nuestro exilio republicano de 1939 no era una cuestión puramente académica, que naturalmente lo es y que hemos tratado de realizar con el máximo rigor científico, sino que desde el principio implicaba también un compromiso ético y político, porque reconstruir nuestra memoria republicana es reconstruir sencillamente la historia de nuestra tradición cultural y democrática más inmediata. En enero del próximo año 2018 nuestro GEXEL va a cumplir sus primeros veinticinco años de edad y, por desgracia, la recuperación del patrimonio literario de nuestro exilio republicano de 1939 sigue siendo una asignatura pendiente de la política cultural del Estado y de la sociedad democrática española.</p><p><strong>P. ¿Nuestra democracia fue la democracia por la que habían luchado? Siempre me ha llamado la atención el sentimiento de tristeza que hay en algunas “vueltas” o visitas. La España de los últimos años 60 se integra en el capitalismo avanzado europeo. Pese a las luchas clandestinas, la sociedad avanza hacia unos valores que tienen más que ver con el consumo que con la tradición republicana. ¿Empieza en este momento el tipo de Transición que se desarrolló después? Creo que es importante tener en cuenta la mirada de los exiliados para analizar el tan debatido tema de la Transición española.</strong></p><p><strong>R</strong>. Creemos que el franquismo reconvertido en democrático de la Unión de Centro Democrático de <strong>Adolfo Suárez</strong> impuso durante la Transición unas reglas del juego (amnistía por amnesia, por ejemplo) en las que el exilio republicano de 1939 quedaba condenado de nuevo al silencio y al olvido que había padecido durante la dictadura militar franquista. Desde la convicción de que el dilema real era dictadura o democracia, y que el dilema entre monarquía o República era irrelevante, los partidos políticos que habían luchado por la democracia —entre ellos el Partido Socialista Obrero Español y el Partido Comunista de España, vencidos en 1939—, aceptaron las reglas fundamentales de esa democracia “controlada”. Por ello, obviamente, la mayoría de los exiliados republicanos sintieron un temprano desencanto, una profunda decepción, ante una Transición democrática que los derrotaba por segunda vez, que los convertía de nuevo en víctimas del silencio y del olvido. Los propagandistas de la derecha y algunos socialdemócratas que sostienen que nuestra Transición fue “modélica”, ignoran que el precio que debió pagarse fue muy alto, y que el olvido y el ninguneo del exilio republicano de 1939 fue parte de esa factura.</p><p><strong>P. Los escritores son sólo una parte del número alto de españoles y españolas que salieron al exilio cuando la república perdió la guerra. Pero es una parte significativa, porque a través de sus poemas, sus narraciones, sus dramas y sus ensayos podemos hacernos una idea del significado histórico y sentimental de aquel exilio. Lo que pudo sentir cualquier persona al cruzar la frontera después de la derrota para buscar un nuevo horizonte. Me gustaría que intentaseis definir ese sentimiento.</strong></p><p><strong>R</strong>. “Entre España y México” es un poema antológico de <strong>Pedro Garfias</strong>, escrito a bordo del Sinaia, en el que hay un verso, concretamente el noveno, que significa todo un programa de acción política:</p><p>  </p><p>Los exiliados republicanos perdieron España, pero desgraciadamente España perdió en 1939 la riqueza cultural y la calidad intelectual del patrimonio literario y político de nuestro exilio republicano. Ya hemos dicho que, desgraciadamente, ha faltado una verdadera política cultural de Estado desde 1975 hasta hoy. Sin embargo, han existido oportunidades históricas desperdiciadas como, por ejemplo, la del año 1992, con la conmemoración del Quinto Centenario del descubrimiento de América, del Encuentro entre España y América. Entonces el Gobierno de <strong>Felipe González</strong> derrochó dinero en la Expo de Sevilla, pero a ningún político socialdemócrata se le ocurrió que, lejos del  conquistador <strong>Hernán Cortés</strong> y de los gachupines que habían ido a México para enriquecerse con la explotación del indio americano, el exilio republicano había sido decisivo para una nueva relación entre España y América, para un verdadero encuentro y no para un desencuentro o un encontronazo, como fue el de la Conquista. A ningún político socialdemócrata se le ocurrió que era un momento idóneo para honrar la memoria de nuestro exilio republicano de 1939, que se podía haber encargado a un equipo interdisciplinar de cualificados investigadores sobre el tema la redacción de un <em>Diccionario biobibliográfico </em>como el nuestro, pero mucho más completo, y publicarlo aquel año 1992 como homenaje y reparación a quienes lucharon por la democracia y la libertad de España. Así, de la indignación que nos produjo en 1992 este nuevo silencio y este nuevo olvido de nuestro exilio republicano de 1939, surgió la idea de crear un modesto grupo de investigación, el GEXEL, y de iniciar un proceso de trabajo que nos ha conducido, entre otros proyectos, hasta la publicación de nuestro <em>Diccionario </em>a finales del pasado año 2016.</p><p>Porque, contra las actitudes del antiguo conquistador y del viejo gachupín, en 1939, como bien expresaba Pedro Garfias en los versos finales de su poema, era la Re-conquista, la Conquista al revés:</p><p>  </p><p><strong>P. Hubo una intención clara de mantener vivo el pensamiento republicano en el exterior para seguir combatiendo la idea de España que imponían los golpistas. Se fundaron revistas, editoriales, asociaciones, instituciones. Recuerdo ahora un editorial de España peregrina en la que los intelectuales españoles se negaban a aceptar la injusticia como lógica del mundo y se unía a la causa universal de la libertad y la igualdad desde su propia experiencia republicana. El legado cultural de los españoles exiliados enriqueció mucho la vida universitaria de México o Argentina. A veces tengo la sensación de que se les ha hecho más justicia en México que en su propio país. ¿Es posible?</strong><em>España peregrina </em></p><p>Hay un ensayo magistral de <strong>Adolfo Sánchez Vázquez</strong>, el filósofo marxista en lengua castellana más importante del siglo XX, que se titula muy expresivamente “Fin del exilio y exilio sin fin” (1997). Es decir, que el fin político del exilio, cuando con la llegada de la democracia los exiliados ya podían regresar a España, coincidió con la revelación de que, en la práctica, su exilio no tenía fin. Y ello porque la dictadura militar franquista duró casi cuarenta años y la mayoría de ellos habían echado raíces en sus respectivos países de acogida, tenían hijos mexicanos o franceses, y su identidad era ya doble. Se trata de la tragedia del desarraigo y así, cuando Sánchez Vázquez paseaba por la Gran Vía madrileña, sentía nostalgia del Zócalo de la ciudad de México, y cuando paseaba por el Zócalo de la capital mexicana sentía nostalgia de la Gran Vía madrileña. En este sentido, vale la pena recordar una afirmación suya en este ensayo que dice así: “Lo decisivo es ser fiel –aquí o allí— a aquello por lo que un día se fue arrojado al exilio, Lo decisivo no es estar –acá o allá— sino <em>cómo </em>se está”. Y la clave estriba en ese <em>cómo, </em>que compartimos por completo.</p><p>México ha reconocido el protagonismo de nuestro exilio republicano de 1939 en el desarrollo cultural, económico e intelectual del país. Y para nuestro exilio republicano la figura del general <strong>Lázaro Cárdenas</strong> ha sido una figura intocable por su generosa inteligencia al acogerlos, pese a la oposición de la derecha mexicana, con los brazos abiertos. La sociedad democrática española sigue teniendo una deuda moral con nuestros exiliados republicanos y ya son demasiados años sin pagarla.</p><p><strong>P. Cuando se lee a los exiliados, se tiene la impresión de que al principio pensaban que el regreso se produciría en pocos años. Pensaban incluso que la victoria de los aliados contra el nazismo y el fascismo permitiría también la recuperación de la democracia para España. Pero las democracias europeas prefirieron santificar a la España franquista. No quiero hablar de esta historia, sino del sentimiento de desarraigo que sintieron los escritores españoles al pasar de los años, 10, 15 años, y sentir que ya no pertenecían a la vida española y que tampoco podían sentirse del todo integrados en el país que los acogía. Es un momento de quiebra duro, saber que en realidad uno ya no es del todo de ningún sitio.</strong></p><p>Sin duda, la cuestión del retorno, el regreso, la vuelta, es uno de los elementos que caracterizan a la especial circunstancia del exilio, tanto si se produce de modo real (de manera permanente o puntual) o de forma imaginativa o ficcional. Y, en efecto, una de las particularidades del exilio republicano de 1939 en comparación con otros fenómenos similares, es, además de su condición masiva e interclasista, su larga duración temporal. Por eso, no es posible responder de modo unilateral a esta pregunta porque, al igual que con otras cuestiones, el tratamiento de este aspecto es muy plural, determinado tanto por las circunstancias personales de cada exiliado, sus actitudes vitales y las variables que implican este paso del tiempo y las distintas determinaciones históricas (segunda guerra mundial, guerra fría, desarrollismo franquista, transición democrática…) a la hora de valorar el regreso o de plantearlo literariamente. Así, sin entrar ahora en sus recreaciones literarias, tenemos retornos muy tempranos y no siempre bien entendidos, como el de <strong>Juan Gil-Albert</strong> en 1947; polémicos y decepcionantes para la joven disidencia antifranquista del interior, como fue el caso de <strong>Alejandro Casona</strong> en 1962 o el viaje de <strong>Ramón J. Sender</strong> en 1974; lúcidamente críticos y desgarrados, como el que <strong>Max Aub</strong> testimonia en <em>La gallina ciega</em>, el diario de su viaje a la España franquista del año 1969 (“he venido, pero no he vuelto”, declarará de modo inmediato tras pisar suelo español); las variables que definen los regresos, durante la dictadura, la Transición y la democracia, de autores como <strong>Francisco Ayala, Jorge Guillén, Cecilia G. de Guilarte, Rafael Alberti, Jorge Semprún, María Zambrano</strong>…; los condicionamientos derivados de una muy particular transmisión del imaginario nacional español en el caso de los llamados niños de la guerra, quienes casi siempre fueron sujetos de un “exilio heredado” de sus padres al tiempo que vivieron una inserción compleja, pero indudable, en los países de acogida en que crecieron, etc.</p><p>Una de las mejores definiciones de ese ambiguo sentimiento de pertenencia es, sin duda, la que Adolfo Sánchez Vázquez precisa en el texto que antes mencionábamos, “Fin del exilio y exilio sin fin”:</p><p>  </p><p><strong>P. Y esta sensación de desarraigo, ¿cómo afecta a la creación literaria? La materia de la creación es la vida, y el alejamiento de la vida española se seca al cabo de los años de distancia. En un artículo de los años 50 en la revista La Torre, Serrano Poncela plantea este problema. Antes, en 1949, en Cuadernos Americanos, Francisco Ayala se pregunta “¿Para quién escribimos nosotros?”. Os lo pregunto a vosotros: ¿qué relación con los lectores puede plantearse un escritor exiliado?</strong><em>Cuadernos Americanos</em></p><p>La literatura de los exiliados, como es lógico, está recorrida transversalmente por su sensación de desarraigo. El exilio es su nueva circunstancia vital y, como tal, se trasvasa de modo muy diverso a sus creaciones. En este sentido, sus relaciones con el sistema cultural al que pertenecen se plantean, en primer término, como una necesidad de mantener la continuidad (en toda la extensión ideológica y estética del término) con cuanto había definido el proyecto republicano, a sus distintas culturas, un legado del que se sentían responsables y que sabían amenazado por el franquismo. Pero, claro está, la llegada a otros sistemas culturales, su inserción, problemática o no, en nuevos imaginarios políticos y sociales, también determinaron la introducción de variables en sus vidas y creaciones. Además de enfrentarse, en muchos casos, con las limitaciones evidentes que podía suponer un exilio que, como veíamos antes, se extendió en el tiempo de modo desmesurado y sin posibilidad de resolución efectiva.</p><p>Los exiliados, de modo general y mayoritario, escribían pensando en el público español, aunque lo hicieran desde la conciencia de una recepción diferida (aunque sin imaginarse inicialmente la magnitud de este paréntesis). Un público al que querían hacer llegar estas concepciones de la cultura y de la historia derivadas de su genealogía republicana, así como su visión e interpretación de los hechos; de ahí, por ejemplo, la eclosión de las llamadas “literaturas del yo” (diarios, autobiografías, testimonios…). Aunque pueda resultar paradójico por el tópico que suele asociar a los exiliados con una imagen congelada del pasado, su realización y destinatarios se orientan de un modo generalizado hacia el futuro.</p><p>Ahora bien, tampoco ha de olvidarse que muchos exiliados defendieron e intentaron llevar a cabo su integración en los países que los acogieron y que, en bastantes casos, fueron muchos sus lectores en tierras americanas, donde en países como México o Argentina, por ejemplo, dejaron una huella importante y aún visible a día de hoy. <strong>José Gaos</strong>, pongamos por caso, y mediante un concepto sin duda cuestionable, se refería a la opción del “transtierro”, la plena integración en el suelo mexicano; o <strong>Juan Larrea</strong>, con una formulación mesiánica de difícil aplicación, entendía América como el nuevo espacio en que podía fecundar de modo cierto su concepción del hispanismo, que proyectó en la revista <em>Cuadernos Americanos</em>.</p><p>Es evidente que la experiencia del exilio fue traumática, pero también enriquecedora, y que posibilitó ámbitos de escritura en libertad impensables en la España del interior, abiertos a temáticas y reflexiones que iban más allá de lo estrictamente nacional español, sin que eso niegue los abundantes discursos nacionalistas de todo tipo que están presentes en las culturas del exilio. Es decir, a la hora de plantearse las relaciones con el lector/es (americano, europeo y español, esencialmente), el escritor exiliado pudo entender el exilio, además de como una limitación, como una opción que abría otras posibilidades en otros sistemas literarios, con independencia de los resultados efectivos con los que luego, desde un punto de vista de sociología literaria, se haya traducido esta presencia.</p><p>No obstante, la pregunta de Ayala, sin duda, era muy pertinente (y no deja de resultar curioso, en este sentido, las contradicciones que su reflexión plantea años más tarde con otro ensayo suyo muy polémico del año 1981, “La cuestionable literatura del exilio”). Ayala concluía su texto, fechado en 1948, posponiendo la solución en un indeterminado futuro en el que los exiliados y disidentes franquistas se definían heroicamente como preservadores de “los signos del espíritu”, una “confabulación de almas solitarias, de obstinados y secretísimos anacoretas, disimulados entre las muchedumbres y retirados en medio de la ciudad, a la espera de ser descubiertos”. No fueron pocos quienes, acaso con algo de ingenuidad, confiaban en que este descubrimiento se produciría o, incluso, ya se estaba dando. Por ejemplo, lo evidencia la amargura y decepción de Aub en la ya referida <em>La gallina ciega</em> al constatar que apenas si es conocido y leído en la España franquista. En este sentido, podría afirmarse que, a pesar de lo mucho que se ha avanzado en los últimos años, las literaturas del exilio republicano de 1939 distan bastante de haber sido descubiertas por quienes eran y son sus lectores naturales. Algo que sigue siendo una cuenta pendiente y evidencia las limitaciones que mantiene la sociedad española con su historia y su memoria colectivas.</p><p><strong>P. Tal y como va el mundo, os confieso que con frecuencia me siento huérfano. Veo la televisión, veo ela realidad, los valores que se han impuesto, veo que la gente vota a Trump en EE.UU, a Rajoy en España… ¿Puede el desarraigo de un exiliado servir de ejemplo en sus negociaciones con la vida a los que nos sentimos huérfanos?</strong></p><p><strong>R</strong>. Desde nuestro punto de vista, no podemos menos que afirmar rotundamente que sí. No sólo en el sentido de hallar un espejo en el que ver reflejada nuestra propia orfandad en nuestras particulares negociaciones con la vida. También, y sobre todo, como un ejemplo de insobornabilidad ética ante las desdichas del presente. Porque las decepciones, los proyectos de vida que truncó el exilio, el desarraigo…, toda esa parte, por así decir, más doliente del exilio, no debe hacer perder de vista que, más allá de sus miserias (que también las tuvo),  las biografías y las obras de los exiliados republicanos de 1939 nos hablan asimismo de la fidelidad a un ideario con el que enfrentarse a estas negociaciones que mencionas.</p><p>En un fragmento muy hermoso de <em>Memoria de la melancolía</em> (1970), <strong>María Teresa León</strong>, dirigiéndose a los “jóvenes sin éxodo y sin llanto”,  hablaba de la necesidad de “partir de las ruinas, de las casas volcadas y los campos ardiendo para levantar nuestra ciudad fraternal de la nueva ley”. O desde otro espectro ideológico, y a pesar de las denuncias constantes que había hecho en otros lugares de su obra exiliada a problemáticas como la comprensión exclusivamente economicista de las relaciones humanas o la acelerada carrera hacia la autodestrucción en plena amenaza nuclear, Pedro Salinas escribía su último libro de poemas titulado <em>Confianza</em> (1955), en cuyo poema que le da título, con Bécquer al fondo, planteaba todo un programa de esperanza en el futuro: “Mientras haya / lo que hubo ayer, lo que hay hoy, / lo que venga”.</p><p><strong>P. María Teresa León hizo mil trabajos para sacar la vida familiar a flote en la Argentina. Qué buen libro es Memoria de la melancolía. Pienso en María Lejárraga, en Concha Méndez, en María Zambrano, en Zenobia Camprubí. O en Dolores Ibárruri, Clara Campoamor, Victoria Kent… ¿Hay una perspectiva de mujer dentro del mundo del exilio?</strong><em>Memoria de la melancolía</em></p><p>El proceso que culminó con la proclamación de la Segunda República y que luego perviviría en el exilio tuvo como una de sus manifestaciones más importantes el impulso decisivo del feminismo. Frente a una política franquista que realizó cuanto estuvo en su mano para recluir a las mujeres españolas en la esfera privada, para mantener un ideario femenino que las encerraba en la ideología de la domesticidad, las exiliadas republicanas de 1939 tuvieron que hacer frente al reto de salvaguardar sus aún incipientes modelos modernos de mujer en contextos especialmente adversos. Contextos en los que a su condición de exiliadas se sumaba, en la mayoría de los casos, una doble invisibilidad como resultado de su inserción en sociedades básicamente patriarcales. Cuestiones como la identidad femenina, la situación social de la mujer, la presencia de modelos e imágenes de mujer que abordan aspectos esenciales como la sexualidad, la profesionalización literaria o la maternidad, la emancipación femenina como instancia ideológica, el desarrollo de instituciones y espacios de mujeres, el activismo político… En fin, todo cuanto implica una lucha mantenida contra viento y marea para redefinir las relaciones de género y alcanzar una verdadera igualdad entre los sexos, forma parte esencial del legado del exilio republicano de 1939 y establece una genealogía insoslayable para las actuales perspectivas y campos de lucha del presente. Se trata de un corpus muy variado, que despliega todo tipo de sensibilidades ideológicas y estéticas, pero con el elemento común de potenciar una perspectiva particular de mujer que nos muestra los difíciles, y fructíferos, procesos de negociación que tuvieron que llevar a cabo para desarrollar su labor como intelectuales y escritoras. En este sentido, son ya importantes los estudios y avances en el tema, un conjunto de investigaciones que van dando visibilidad en la esfera pública a esos nombres que mencionas y a otros muchos: <strong>Isabel Oyarzábal, Dolores Ibárruri, Mercè Rodoreda, Rosa Chacel, Federica Montseny, Ernestina de Champourcin, María Dolores Arana, Maruxa Vilalta, Margarita Nelken, Carlota O'Neill, Matilde de la Torre, Nuria Parés, Cecilia G. de Guilarte, María Luisa Algarra, Angelina Muñiz Huberman, María Luisa Elío, Silvia Mistral, Matilde Cantos, Neus Català, Luisa Carnés, Aurora de Albornoz, María Enciso</strong>…</p><p><strong>P. Empezaba esta conversación recordando una escena emocionante de Campo de los almendros. Me sigue emocionando leer poemas como “1936” de Cernuda o los Retornos de lo vivo lejano de Alberti. Me gustaría que recordaseis aquí alguna página, alguna escena, alguna reflexión del exilio que os emocione con especial intensidad.</strong><em>Campo de los almendros</em><em>Retornos de lo vivo lejano </em></p><p><strong>R</strong>. Algunos nombres y reflexiones ya han ido apareciendo a lo largo de la conversación. Realmente, la vastedad del corpus al que nos enfrentamos hace difícil una selección en la que, sin duda, suscribimos los ejemplos que ahora mencionas. Quizá la proyección pública del exilio se ha visto en ocasiones demasiado afectada por una perspectiva sentimental, en el sentido más limitado del término, que ha impedido observar otras dimensiones de tanta o más importancia. ¿Cómo no sumar al excepcional Alberti ovidiano de <em>Retornos de lo vivo lejano</em> el vitalismo y juvenil experimentalismo de su <em>Roma, peligro para caminantes</em>, o al Aub de los <em>Campos </em>la lucidez de su vertiente lúdica en un <em>Jusep Torres Campalans</em>?</p><p>Existen, no cabe duda, algunos textos antológicos en los que la vivencia del exilio cuaja de modo memorable. Poemarios como <em>Las nubes</em> de Luis Cernuda, <em>Primavera en Eaton Hastings</em> de <strong>Pedro Garfias</strong>, <em>El desterrado</em> de <strong>Enrique Díez-Canedo</strong>, <em>Español del éxodo y el llanto </em>de <strong>León Felipe</strong>, <em>Espacio</em> de <strong>Juan Ramón Jiménez</strong>…; narraciones como <em>Crónica del alba</em> de Sender o <em>La forja de un rebelde</em> de <strong>Arturo Barea</strong>; relatos de Francisco Ayala, Max Aub, <strong>Segundo Serrano Poncela</strong>…; obras dramáticas de <strong>Alejandro Casona</strong>, Max Aub o <strong>José Bergamín</strong>; autobiografías como <em>Memoria de la melancolía</em> de María Teresa León, <em>Delirio y destino</em> de María Zambrano… Pero en todo caso, más allá de los grandes nombres que acuden de inmediato cuando pensamos en el tema, también hay un ámbito emocional que se sitúa en los márgenes y que a menudo se descuida, como la estremecedora cotidianidad de las decenas de epistolarios que conservamos o, por ejemplo, las revistas que en más de un caso se elaboraron ya en los mismos campos de concentración franceses. Publicaciones de elaboración manual, como <em>Barraca</em>, confeccionada en el campo de Argelès-sur-Mer en 1939, con textos manuscritos acompañados de acuarelas y dibujos hechos a pluma o lápiz y una tirada de quince ejemplares, cuya fragilidad artesanal encubre la firmeza de aquellos hombres y mujeres que no dejaron de creer en la cultura y en la palabra como espacios de resistencia y memoria.</p><p><em>*Luis García Montero es escritor y profesor de Literatura. Su último libro, </em><strong>Luis García Montero</strong><a href="http://www.megustaleer.com/libro/un-lector-llamado-federico-garcia-lorca/ES0148402" target="_blank">Un lector llamado Federico García Lorca</a><em> (Taurus, 2016).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Jul 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
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