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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 79]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-79/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 79]]></description>
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      <title><![CDATA[Ficción autobiográfica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/ficcion-autobiografica_1_1203118.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0b27a768-a4b1-429c-a67f-840aa7528eeb_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ficción autobiográfica"></p><p>  </p><p>   <strong>Ficción autobiográfica</strong></p><p>Esta tarde, a la hora en que la luz es bodegón</p><p>de luces candeales, yo dejaría, sobre el sillón</p><p>de mi despacho, la redecilla que recoge mi pelo</p><p>y lo anuda. Yo dejaría, al sol como los cuerpos</p><p>en verano, el uniforme militar de entre semana,</p><p>los cuellos rectos, el <em>Mein Kampf</em>, el cuero largo</p><p>con que ajusto mis modales.</p><p>Yo dejaría, para mañana, la vara fina</p><p>que en mi espalda forma un ángulo recto,</p><p>que nunca tiembla y que me trae ante los ojos</p><p>la niña de posguerra que no fui: las manos</p><p>ofreciéndose al maestro, el latigazo del castigo</p><p>inmerecido.</p><p>Yo dejaría, digo, sobre la mesa, el hermetismo,</p><p>el cónclave, los versos, el símbolo, la cruz,</p><p>las dos orillas.</p><p>Si lo encontrara, yo cruzaría sin pensármelo siquiera</p><p>un puente destructible hacia la <em>humanitate sapiencia.</em></p><p>Y flotaría, haciendo el muerto sobre Jung y el inconsciente</p><p>en el remanso ideal y remoto de una piscina de barrio.</p><p><em>*Ana Rodríguez Callealta es poeta. Su último libro es </em><strong>Ana Rodríguez Callealta</strong><a href="http://revistadeletras.net/el-dolor-de-una-doble-transicion-en-la-frontera-vertigo-de-ana-rodriguez-callealta/" target="_blank">Vértigo</a> <em>(Diputación de Cádiz, 2010).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ana Rodriguez Callealta]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Poesía,Los diablos azules número 79]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[De Galileo al Everest]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/galileo-everest_1_1146057.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ccdd1f8b-c040-4bc3-934a-8d87a42fd646_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De Galileo al Everest"></p><p><strong>Jesús García Sánchez</strong>, responsable de la librería y la editorial Visor (Madrid), recomienda algunos de los títulos que más le han llamado la atención en los últimos meses.</p><p>_________________________</p><p>  <strong>Los pacientes del doctor GarcíaAlmudena GrandesTusquetsBarcelona2017</strong><em>Los pacientes del doctor García</em></p><p>  </p><p>Los lectores de <strong>Almudena Grandes</strong> celebran cada nueva novela suya. Su capacidad narrativa deja testimonio de la singularidad de muchos personajes y de su definición en unas épocas históricas determinadas. El amor, el miedo, las desilusiones y los sueños… tejen el sedimento de la vida privada de las naciones en medio de los sucesos históricos. En este nuevo episodio de Almudena Grandes, el lector conoce la existencia de una trama franquista para salvar a criminales nazis y la soledad de los republicanos españoles abandonados por las democracias del mundo a la dictadura franquista.</p><p>  <strong>Palo seco. Letras de cancionesJoaquín SabinaVisor Madrid2017</strong><em>Palo seco. Letras de canciones</em></p><p>  </p><p>El poeta y escritor <strong>Benjamín Prado</strong> hace una selección de canciones de uno de los cantautores imprescindibles en la cultura española de las últimas décadas. Desde sus primeras letras hasta las que forman parte de su último disco, <em>Lo niego todo</em>, el lector tiene una buena muestra de una lírica que forma parte de la educación sentimental de muchos seguidores del cantante de Úbeda. Amigo íntimo y colaborador en algunas de sus letras, Benjamín Prado es un antólogo de lujo.</p><p>  <strong>Asimetría</strong></p><p><strong>Adam ZagajewskiTraducción de Xavier FarréAcantiladoBarcelona2017</strong></p><p>  </p><p>«En pocas ocasiones—afirmó <strong>Joseph Brodsky</strong>—ha hablado la musa de la poesía con tanta claridad como a través de <strong>Adam Zagajewski</strong>». Su singular lucidez, su soberbia economía de estilo, así como el mordaz sentido del humor, el sutil escepticismo y la profunda conciencia de la necesidad de observar el pasado y el presente para evitar las amenazas que entraña el futuro, le han merecido reconocimiento internacional y consagrado como un clásico contemporáneo. En esta nueva colección de poemas, la asimetría que caracteriza la experiencia humana—entre la felicidad y el dolor, la verdad y la mentira, la vida y la muerte, el amor y su ausencia—no impedirá al poeta hallar extraordinarios destellos de verdad y belleza en lo cotidiano.</p><p>  <strong>En el silencio</strong></p><p><strong>Wade DavisTraducción de Nuria Molines GalarzaPre-TextosValencia2017</strong></p><p>  </p><p><em>En el silencio</em> recrea la historia definitiva de los aventureros británicos que tras sobrevivir a las trincheras de la I Guerra Mundial, siguieron jugándose la vida con el ascenso al Everest. El 6 de junio de 1924, dos hombres salieron de un campamento encaramado a 7.000 metros en un saliente de hielo, bajo el borde del collado Norte del Everest. George Mallory, de 37 años, era el mejor alpinista de Gran Bretaña. Sandy Irvine, de 22 años estudiaba en Oxford y tenía poca experiencia en la montaña.</p><p><em>*Puedes encontrar la Librería Visor en la calle Isaac Peral, 18, de Madrid. Los libros de la editorial están también en su web.</em><strong>Librería Visor</strong><a href="http://www.visor-libros.com/tienda/" target="_blank">web</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Jesús García Sánchez (Librería Visor)]]></author>
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      <media:title><![CDATA[De Galileo al Everest]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La emperatriz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/emperatriz_1_1146054.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/67446619-62ee-43d0-a70a-e21cfddee675_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La emperatriz"></p><p><em>La sección de microrrelatos inéditos Liebre por gato está coordinada por Gemma Pellicer y Fernando Valls. En esta nueva entrega recoge tres textos de la escritora Ildiko Nassr.</em><strong>Gemma Pellicer</strong><strong>Fernando Valls</strong><strong>Ildiko Nassr</strong></p><p>___________________________________ </p><p><strong>La emperatriz </strong></p><p>La mujer permanece con los labios pintados y su mejor ropa. El cajón abierto permite que todos los presentes husmeen en su intimidad. Seguramente, se hubiera quejado. Pero sus labios están sellados ahora.</p><p>Su hija luce el anillo en uno de sus dedos. Aprieta tanto las manos que no se puede distinguir en cuál. Ha heredado un honor tan grande que no se siente a la altura. Sin embargo, viste su mejor sonrisa y observa con altanería a los intrusos.</p><p>Desde hoy, la emperatriz es ella. Lo único que lamenta no es la muerte de su madre. No podrá escaparse por las noches a vivir las aventuras que el día y las costumbres le prohíben.</p><p>  <strong>El ermitaño </strong></p><p>Sostiene el cuchillo con firmeza y lo inserta entre la carne y el hueso. La sangre brota y empalaga la mano que sostiene el cuchillo. Hay un eco como de tambores que se sienten en el cuerpo y martillean las sienes. Despedazar un cuerpo no es tarea sencilla. Separa huesos, entrañas y carne. Los acomoda en bolsas negras de residuos. Quiere hacer un trabajo prolijo pero la sangre es como la pintura en un bote que ha sido pateado sin querer. Se esparce por todos lados y no escurre. Todo lo mancha, todo lo pinta con su intensidad. Todo es rojo. Incluso los huesos.</p><p>La fuerza y la firmeza en los cortes flaquean. Lo que comenzó como una profunda incisión de desguace se convirtió en un macheteo improlijo y salvaje.</p><p>Los recuerdos de aquella madrugada no le permiten caminar tranquilamente por las calles de la ciudad, por ello se mudó a la casita de la montaña y vive a base de meditación y soledad.</p><p>  <strong>Aprendizaje</strong></p><p>Aprendieron a caminar por calles diferentes del pueblo. A no nombrarse y a vivir como si el otro no existiera. Pero nunca aprendieron a engañar a los sueños.</p><p><strong>*Ildiko Nassr</strong> (Río Blanco, Jujuy, Argentina, 1976) ha publicado libros de poemas (Reunidos al azar<em>, 1999; </em>La niña y el mendigo<em>, 2002; y en coautoría </em>Ser poeta<em>, 2007), de cuentos (</em>Vida de perro<em>, 1998) y de microrrelatos (</em>Placeres cotidianos<em>, 2007; </em>Animales feroces<em>, 2011; y </em>Ni en tus peores pesadillas<em>, 2016). Sus microrrelatos han sido incluidos en recopilaciones como la de Laura Pollastri, </em>El límite de la palabra. Antología del microrrelato argentino contemporáneo<em> (Menoscuarto, Palencia, 2007) y </em>Monoambientes. Microrrelatos del Noroeste Argentino, 4 voces de la microficción argentina<em> (Buenos Aires, 2009), entre otras. Estos microrrelatos son inéditos.</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ildiko Nassr]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Narrativa,Los diablos azules número 79]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El viaje de doña Susana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/viaje-dona-susana_1_1146050.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/252db3a8-037d-4ebd-877f-bb83efc93522_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El viaje de doña Susana"></p><p><em>(Comienza Sergio Ramírez.)</em><strong>Sergio Ramírez</strong></p><p>La trágica noticia que recibió doña Susana Armijo temprano del lunes  en su domicilio del barrio El Erial de Somoto, un pueblo de las montañas en la frontera con Honduras, se iba componiendo por pedazos en su cabeza según entraban acongojados los vecinos, teléfono en mano. Traían mensajes de familiares que habían emigrado a España y vivían en el País Vasco, y todo lo puso más en claro un Whatsapp con la grabación de un breve segmento del informativo de EITB Radio Euskadi.</p><p>Su hijo Misael había perdido la vida la noche del viernes anterior hacia las 21.10 horas al ser arrollado por un tren de cercanías a la altura del Puente de Hierro, en el barrio de Amara de San Sebastián, cuando según testigos presenciales caminaba en medio de la vía.</p><p>La Ertzaintza logró identificarlo gracias a los datos de su teléfono móvil, y también determinó que trabajaba como pinche de cocina en el hospital San Juan de Dios aunque se trataba de un inmigrante sin papeles. El levantamiento del cadáver se produjo a las 22.43 horas y fue conducido a la morgue de Medicina Legal. El accidente obligó a suspender el tráfico ferroviario durante hora y media.</p><p>Por qué Misael iba caminando a esas horas de la noche en una carrilera y hacia donde se dirigía eran asuntos que doña Susana no lograba entender, y si un día llegaba a saberlo no le serviría de nada. Su hijo estaba muerto, lo había matado un tren. Y ella tenía que estar allá con él, en aquel lugar del mundo, y traerlo de regreso para que fuera enterrado en Somoto.</p><p>Sentada en una vieja silla trenzada de filamentos de plástico en la cocina de paredes ahumadas donde horneaba el pan que salía a vender cada madrugada de puerta en puerta, se cubría el rostro con una pequeña toalla listada de colores, pero nadie piense que su espíritu se había derrumbado, o que las lágrimas la ahogaban. Solo tenía cabeza para el viaje.</p><p>La cocina seguía llena de gente pero las noticias se iban haciendo más escasas, y cada vez más repetitivas. Ahora el asunto era otro. Cada quien buscaba disuadirla después que la oyeron decir, atribuyéndolo a un extravío causado por su dolor, que se iba a España: nunca había viajado al extranjero, nunca se había subido a un avión, nunca había atravesado el mar. ¿Y de dónde sacaría el dineral que costaba el pasaje?  ¿Y encima el costo de repatriar el cadáver? Según uno de aquellos mensajes traerlo a Nicaragua no bajaría de cinco mil euros, según se había averiguado. Trasladarlo a una funeraria, la preparación, el ataúd, el embalaje del ataúd, el valor del flete aéreo.</p><p>No tenía ni un real doña Susana. Lo que el hijo había alcanzado a enviarle desde que consiguió trabajo en el hospital, haría de eso seis meses, ella lo había invertido en agregar un cuarto a la casa para cuando él volviera, y aún faltaba ponerle el techo. Pero seguía en su terquedad y las razones en contrario se fueron apagando. La primera que cedió en apoyarla fue su hermana Clarisa. ¿Quién va a negarle a una madre el derecho de ir a buscar a su hijo muerto al fin del mundo si es preciso? Después ya se vería lo de traer el cadáver.</p><p>Y entonces fue como una llamarada la que prendió en Somoto. Salieron los escolares con alcancías a las calles, barrio por barrio, y esas alcancías uno las encontraba también en los mini súperes, en la pizzerías, y al cabo de dos días, al vaciarlas, el total de la recaudación sumaba 17 mil córdobas. El domingo siguiente se organizó una kermesse en el atrio del templo parroquial de Santiago Apóstol que rindió 19.000 córdobas más.</p><p>Con lo cual tenemos ahora a doña Susana entre la multitud de pasajeros que salen de la manga del avión de Iberia que la ha traído a Madrid después de trasbordar en Panamá. Va vestida de negro riguroso, y por todo equipaje lleva un valijín de vinilo obsequio de la agencia de viajes Aeromundo donde su boleto fue comprado en Managua.</p><p><em>(Sigue Almudena Grandes.)</em><strong>Almudena Grandes</strong></p><p>Al filo de la medianoche, doña Susana Armijo ocupó una silla en una hilera de asientos vacíos, frente a uno de los restaurantes de la T4.</p><p>Llevaba siete horas en Madrid y aún no había salido del aeropuerto. En ese plazo, su ánimo había subido y bajado tantas veces como las piernas de un niño pequeño que nunca se cansa de un tobogán. La sensación de triunfo que experimentó al aterrizar había encogido al mismo ritmo que sus pasos mientras avanzaba por aquella terminal inmensa, su altísimo techo de madera sostenido por vigas pintadas de colores vivos, como una catedral profana, hasta burlona. Siguió a los pasajeros de su vuelo sin hacer preguntas hasta el puesto de policía donde tuvo que enseñar el pasaporte. Allí sí preguntó, se enteró de que tenía que coger un tren hasta otro edificio, luego un metro, un autobús o un taxi hasta la dirección de Madrid a la que se dirigiera. Pero yo no vengo a Madrid, señorita, dijo ella, yo tengo que ir a San Sebastián. No se preocupe, la policía sonrió, está muy cerca. Pregunte a cualquiera, yo creo que le conviene coger el metro hasta la Plaza de Castilla y desde allí, en autobús, no tardará ni media hora.</p><p>Doña Susana tenía mucho miedo a la policía española. En Somoto le habían contado que no era fácil entrar en el país, que quizás la harían esperar, que tal vez sospecharían que era una inmigrante ilegal, igual que su hijo. La sonrisa de la agente que miró y selló su pasaporte sin ponerle pegas la desconcertó tanto como su optimismo. Ella no era culta, no había estudiado, pero sabía que la ciudad donde había muerto Misael no estaba a media hora de Madrid. Sin embargo, cuando volvió a tener el pasaporte en la mano, pensó que se había librado con bien y no se atrevió a hacer más preguntas.</p><p>En el tren se acercó a una señora española, más o menos de su edad, que fue mucho menos simpática que la policía, lo justo para deshacer el malentendido. El San Sebastián que estaba a media hora de la plaza de Castilla no era el del País Vasco, sino otro que se apellidaba de los Reyes. Cuando doña Susana le preguntó cómo podría llegar al primero, la señora se encogió de hombros. En autobús, en tren, usted verá…</p><p>Sin equipaje que recoger, la señora Armijo vagó durante horas por los pasillos de la T4. Tenía que pedir ayuda, pero no sabía por dónde empezar. A ratos se sentía animada, confiada en sus fuerzas, porque había llegado a Madrid desde Managua, sin haber montado nunca en avión y sin un céntimo, pero enseguida se venía abajo, porque todo le parecía muy grande y ella demasiado pequeña, una figura de escala diminuta en una realidad nueva, gigantesca. Entonces se sentaba un rato, se animaba de nuevo, volvía a ponerse en pie y buscaba a alguien con pinta de buena persona. Los mejores que encontró eran quienes menos lo parecían.</p><p>Cuando un hombre bien vestido no sólo le dijo que no podía ayudarla, sino que se alejó mascullando que a quién se le ocurría viajar en esas condiciones, escuchó a su espalda una voz joven, de mujer. Gilipollas…, dijo la voz que un instante después se dirigió a ella. ¿Qué le pasa, señora? Doña Susana giró la cabeza muy despacio y se encontró con lo que en Nicaragua habría definido como una pareja de mendigos.</p><p>Él era tirando a rubio y llevaba el pelo muy largo, unos mechones raros, como retorcidos, recogidos en una coleta, y una extraña barba del siglo XIX. Ella llevaba el pelo teñido de verde, los brazos repletos de tatuajes bajo las mangas de una camiseta ceñida. En Managua les habría dado limosna, en Barajas les contó la verdad y descubrió con asombro que los dos estaban muy bien educados. ¿Tiene usted dinero?, le preguntó él, y negó con la cabeza. ¿Y tarjeta de crédito?, la chica obtuvo el mismo resultado. Entonces hablaron entre ellos y decidieron que lo mejor sería que fuera a su embajada. Sacaron sus teléfonos, empezaron a teclear y apuntaron en un papel una dirección y una estación de metro. Pero ahora estará cerrada, claro, dijo ella, ¿y dónde va a dormir? ¿Conoce usted a alguien en Madrid?</p><p>Doña Susana no conocía a nadie en Madrid, pero no dijo que no. Tampoco que sí. Sólo preguntó a sus benefactores si iban a la universidad. Los dos afirmaron con la cabeza y no comprendieron por qué los ojos de aquella señora nicaragüense, tan mayor, tan bajita, se llenaban de lágrimas. A mí me habría gustado que mi Misael fuera a la universidad, les dijo al rato, después de que le trajeran una botella de agua y un donut. Por si tiene hambre, le dijeron antes de despedirse. Cada uno de ellos le dio dos besos, ella además un billete de cinco euros, él un bonometro en el que quedaban tres viajes. No tenemos más, se disculparon, y ella les bendijo antes de dejarles marchar.</p><p>Se bebió el agua, se comió el donut y siguió vagando por el aeropuerto, pensando que el siguiente sería otro día. Hasta que, al filo de las 12, se sentó en aquella silla y se quedó dormida. Cuando despertó, a las tres de la mañana, otra extraña pareja la miraba. Estos eran mayores e iban aparentemente bien vestidos. Estaban limpios, no olían mal, pero los zapatos de la mujer parecían tan deformados por el uso como el cuello roído de la camisa del hombre, y ambos tenían bolsas bajo los ojos, como si hiciera mucho tiempo que no dormían en una cama.</p><p>Doña Susana Armijo tuvo la intuición de que ellos sí eran mendigos, y acertó.</p><p>Acababa de contactar, sin pretenderlo, con la comunidad de indigentes que vive en la T4 del aeropuerto de Barajas.</p><p><em>(Continúa Jorge Franco.)</em><strong>Jorge Franco</strong></p><p>Epifanio era colombiano y ella, María Rosa, salvadoreña, cosa que alegró inmensamente a doña Susana. Gracias a Dios encuentro gente como yo, les dijo, que no habla tan rápido y con esas eses tan raras. En un par de minutos los puso al tanto de su situación y, mientras hablaba, Epifanio y María Rosa se miraban, como si ya conocieran la historia que ella les estaba contando. Volvieron a mirarse, ya con otro gesto, cuando doña Susana recalcó que apenas tenía cinco euros que le habían regalado dos almas caritativas. Epifanio fue claro: una cosa es no saber adónde ir si se tiene dinero y otra muy distinta si no se tiene. Como todo en la vida, complementó María Rosa. También les mostró la dirección de la embajada que le habían anotado los mismos que le dieron la plata. Epifanio miró el papel y dijo, esa es una posibilidad que podría funcionar si mañana, es decir hoy, no fuera sábado. ¿Ya es sábado?, preguntó desconcertada doña Susana. La pareja asintió y doña Susana dijo, Dios bendito, pero si yo salí un jueves, ¿qué pasó entonces con el viernes?</p><p>María Rosa le susurró algo a Epifanio junto a la oreja y él miró el reloj en su muñeca. Ajá, masculló y le preguntó a Susana, ¿ha comido algo? Lo que me dieron en el avión, respondió la señora y añadió, la verdad es que tengo más angustia que hambre. Venga con nosotros, le dijo Epifanio, justo ahora estamos recogiendo lo del desayuno y además el comité podría ayudarla a resolver su lío. Eso sí, aclaró María Rosa, nada de esto a las autoridades, ¿eh? Doña Susana enarcó las cejas y sacudió la cabeza como un pajarito asustado. ¿De qué le estaban hablando? ¿Comité? ¿Autoridades? Epifanio le extendió la mano y le insistió, venga, apúrese, vamos retrasados. Doña Susana los siguió no tanto por gusto sino porque no tenía otra opción.</p><p>Caminaron por pasillos en los que se cruzaron con algún pasajero adormilado o con jóvenes que dormían recostados en los morrales mientras les llegaba el momento de tomar su vuelo. En el trayecto, Epifanio le explicó a doña Susana que a esa hora las tiendas de comida del aeropuerto comenzaban a recibir los alimentos frescos y tiraban los del día anterior, por eso tenían que darse prisa para recuperar la comida antes de que la echaran en las canecas de basura. Pero, ¿ustedes trabajan aquí?, preguntó doña Susana, que no había entendido muy bien la explicación de Epifanio. Vivimos aquí, le dijo María Rosa. Ella y yo somos de la comisión de alimentos, dijo Epifanio y doña Susana entendió menos. ¿Comisión? Cada cosa que decían le parecía más extraña. Sin embargo, silenciosa y resignada, los siguió hasta cada restaurante, cafetería o puesto de comidas donde ya los conocían y les iban llenando las bolsas con los alimentos sobrantes.</p><p>Cargados de quesos, panes, tortas, jamones, verduras y hasta con filetes de pescados y carnes, ingresaron a las desconocidas entrañas de la T4. Doña Susana los siguió aferrada a la camisa de María Rosa, con miedo de quedarse atrás, de perderse, de que se la tragase ese monstruo de pasillos, escaleras y puertas. ¿Para dónde vamos?, les preguntó varias veces, las mismas que le hicieron una señal con el dedo en la boca para que hablara bajito. En un par de ocasiones se cruzaron con otras personas que vestían uniformes de alguna cosa. Doña Susana se quedaba sin aliento, creía que eran autoridades españolas que venían a detenerlos, o tal vez era el permanente miedo a los uniformes que le quedó desde niña, allá en su Nicaragua natal. Sin embargo, con la gente que se cruzaron no intercambiaron saludos ni palabras, y María Rosa y Epifanio avanzaron muy orondos como si fueran funcionarios del aeropuerto.</p><p>En algún punto se detuvieron frente a una puerta grande y sólida. Epifanio dejó las bolsas en el suelo y golpeó con los nudillos como siguiendo el ritmo de una canción. Les abrió una mujer oriental con el pelo canoso y revuelto. Room service, le dijo Epifanio y soltó una carcajada que estalló en el interior de la bodega a la que entraron con los alimentos. La mujer oriental miró a doña Susana con curiosidad y le preguntó a María Rosa, ¿otra más?, pero María Rosa no le respondió.</p><p>La bodega estaba en penumbra aunque tal vez por el olor a comida, o porque seguían una rutina y ya era hora de levantarse, las luces blancas del techo comenzaron a encenderse, una a una, hasta que doña Susana pudo ver las camas improvisadas, los bultos que se removían bajo las mantas, las caras adormiladas de los que todavía no se acostumbraban a la luz. Ella intentó calcular cuántos eran, si quince, si más de veinte, tal vez una treintena. La mujer oriental se alejó con las bolsas, acompañada de otras dos, más jóvenes que ella pero también orientales. Liang es la encargada de la cocina, le dijo María Rosa a doña Susana. ¿Cocina?, ¿ahí?, se preguntó doña Susana mientras más gente, de distintas edades y razas, iba saliendo desde otros rincones.</p><p>Perpleja y con ganas de devolverse a la sala de pasajeros, poco a poco doña Susana fue comprendiendo que los que estaban ahí no habían logrado llegar a su destino. La invadió el terror. Temió que ella no pudiera regresar a Somoto con el cuerpo de su hijo o que ni siquiera lograra salir de esa bodega. Y temió más cuando Epifanio le dijo, espere aquí, póngase cómoda, voy a avisarle a Roca.</p><p><em>(Cierra Marta Sanz.)</em><strong>Marta Sanz</strong></p><p>En el barrio de El Erial de Somoto todo el mundo se preguntaba que habría sido de doña Susana. Se lo preguntaba su hermana Clarisa y se lo preguntaban todos los vecinos que, en su día, haciendo un gran esfuerzo, con mucha compasión y buena voluntad, habían depositado sus billetitos de córdoba por la rendija de las alcancías. Lo cierto es que se sentían un poco estafados e incluso habían llegado a pensar, sin querer decirlo en alto, que la esperanza no merecía la pena. Qué pájaros les volarían por la cabeza cuando entregaron sus migajas y sus ahorros para financiar el loco periplo de doña Susana. Bien en el fondo de sus corazones, en la parte que tira hacia el color negruzco, los vecinos creían que no era conveniente invertir en historias sin finales felices. Por eso, los amantes del fútbol, pese a estar en Somoto y ser más nicaragüenses que <strong>Carlos Mejía Godoy</strong> y los de Palacagüina, se hacían hinchas del Real Madrid o del Barcelona. Del River o del Manchester United como poco. Nadie quiere malgastar la ilusión ni pertenecer eternamente al bando de los perdedores. Algunos vecinos, los más indignados, los que habían pasado del negruzco al negro ébano en las entretelas de su corazón, ya hasta le daban la espalda a Clarisa cuando se la encontraban por la calle.</p><p>—¿Bernardo?</p><p>Bernardo, como muchos otros, se hacía el despistado y rumiaba, entre dientes y cargado de razón, que se dan unas monedas para que un niñito se cure o para que alguien arregle el techo de su casa, pero si el niñito se muere, el techo se derrumba o doña Susana desaparece sin dejar huella, a uno se le queda una sensación de fracaso que le hace peor persona. Para qué se va uno a esforzar si todo acaba en drama, si los córdobas se esfumaron por la rendijita de la alcancía. Y eso sin pensar mal. A Bernardo a veces se le venían a la mente imágenes de la doña Susana esfumada y de la sosa de Clarisa montando una sociedad financiera; sin embargo, la imagen se le borraba pronto porque ni la recaudación había sido para tanto ni las hermanas Armijo tenían cabeza para infraestructuras empresariales.</p><p>No es que los vecinos aspirasen a que, por arte de magia, sus córdobas volvieran a meterse dentro de sus bolsillos, pero al menos querían rentabilizar un poco sus acciones bondadosas para seguir creyendo en el cielo, san Pancracio y la santa Madre de Dios. Ahora se veían a sí mismos como a unos tiernos infantes, con sus dientecitos de leche aún prendidos a la encía, que habían estudiado mucho para un examen que, no se sabe por qué misteriosos designios del infierno, por qué asquerosos y maléficos azares, después suspenden. En esas condiciones y con esas pesadillas, a cualquiera se le quitan las ganas de ayudar. Así que a muchos y a muchas, cuando se cruzaban con Clarisa Armijo por el barrio y ésta seguía sin darles buenas nuevas, les ardía la cara como si la mujer les hubiera dado un bofetón. La miraban mal porque estaban hastiados de pena y necesitaban recompensas y premios para sus impulsos de buenos samaritanos. Motivos para dejar de fumar. Inmediatos efectos benéficos en la salud. No toser por las mañanas. “Refuerzos positivos”, que decía la maestra del Erial a los papás de sus alumnos cuando iban a las reuniones escolares. La maestra era una docente modernísima que ratificaba la idea de que, si no había premio, costaba mucho que los nenes aprendiesen que la eme con la a es <em>ma</em> o el modo de resolver los logaritmos neperianos “o naturales”, añadía la maestra que era muy versada en letras, pero también en ciencias. Los papás y las mamás iban un poco más lejos y se preguntaban “Para qué ser buenos si a los buenos todo les sale malo”.</p><p>Al volver a casa, después de hacer la compra, Clarisa tenía que desclavarse de la espalda cientos de cuchillos metafóricos. Las miradas aviesas como aguijones y las preguntas con segundas, deslenguadas y biliosas:</p><p>—¿Y a la doña Susanita qué? ¿También la pilló un tren?</p><p>Por un tiempo, nadie le dio noticias de doña Susana, y Clarisa, una mujercita con pocos recursos y poca imaginación, como su hermana antes de emprender su vuelo a España, porque la pobreza aviva el ingenio, pero también desorienta y es una carga demasiado pesada para algunos hombros, por todas estas cosas, Clarisa no sabía a quién dirigirse para que le diera razón del paradero de Susana. A veces se le oía un murmullo que en realidad era un rezo:</p><p>—Ojalá mi hermanita haya tropezado con gente buena. Dios lo quiera. </p><p>A través del párroco de la comunidad, que se ofreció a hacer algunas llamadas telefónicas, Clarisa supo con certeza que Susana Armijo Ramírez, de nacionalidad nicaragüense, había entrado en territorio español el día y la hora fijados. Ahí se perdía la huella del pie pequeño y regordete de Susana que no había llegado a inscribirse en ninguna pensión de San Sebastián ni se había puesto en contacto con las autoridades para reclamar el cadáver de su hijo Misael. Para Clarisa, a Susana se la había tragado la tierra, aunque en realidad se la hubiera tragado una ranura de ventilación del aeropuerto. Clarisa penaba:</p><p>—A mi Susana me la han secuestrado.</p><p>Las vecinas más caritativas intentaban poner algo de sensatez en la pesarosa imaginación televisiva de Clarisa Armijo. Nadie podía suponer que la imaginación televisiva de la pequeña Armijo se había quedado tan corta. Clemen, a quien el nombre le cuadraba regular, tenía ascendencia gallega, exhibía un gran sentido práctico y se jactaba de conocer bien el valor de las cosas.</p><p>—¿Y para qué iban a querer a tu hermana, Clarisa? ¿Para relleno de empanadas? ¿Para hacer jabones? Mira que se te ocurren a ti unas boberías…</p><p>—Ay, Clemen, no me digas esas cosas.</p><p>—¿A ver qué quieres tú que yo te diga? ¿Pero cuánto iban a pedir por tu hermana? ¿Se han puesto en contacto contigo los secuestradores? No, ¿verdad? ¡Entonces ni secuestro ni Cristo que lo fundó!</p><p>Clarisa no entendió a Clemen que últimamente también estaba más irascible con ella que de costumbre. Como si la debiera y no le pagara. Las palabras de Clemen a Clarisa le sonaron blasfemas, pero decidió fingir que no las había oído.</p><p>—A lo mejor la tienen de esclava en alguna parte…</p><p>—Mira, Clarisa, tú mejor que nadie tendrías que saber que las malas noticias vuelan. Si no, acuérdate de lo que tardó Susana en enterarse de que a Misael lo había atropellado un tren en San Sebastián.</p><p>—Ese es otro gran misterio.</p><p>Clarisa miró hacia el cielo que no la respondió; sin embargo, Clemen no cerró la boca:</p><p>—Las buenas, las buenas noticias son las que no llegan nunca. Seguro que Susana está viviendo como una reina. Y ahora, échale un galgo… —barruntaba Clemen, contagiada por el perverso ambiente vecinal—.</p><p>—Ay, Clemen, que no, que mi hermana es una santa, una pobre mujer y a nosotras nos miró un tuerto.</p><p>—Ni tuerto ni nada. Y, por cierto, nunca quise decírtelo a las claras, pero hoy te lo digo: lo que debía de llevar el Misael, cuando el tren se lo llevó por delante, era una tajada como un piano.</p><p>Pero hasta las conversaciones con Clemen se acabaron y no porque la gallega decidiese darse un puntito en la boca, sino porque de manera imprevista Clarisa había dejado de hablar. Había dejado de pronunciar el nombre de Susana Armijo. La mudez llegó después de recibir una carta procedente de Madrid. El remitente era Avelino Roca. Y acababa con una frase lapidaria: “El hombre es un lobo para el hombre. Y para la mujer, también”.</p><p>Antes de leer aquellas últimas palabras, Clarisa casi no podía dar crédito a lo que se aparecía delante de sus ojos en forma de letras, sílabas y frases muy floridas. Aun así, hizo de tripas corazón y acabó la lectura de la carta que no era demasiado extensa y venía a decir que Avelino Roca, intendente de la comunidad subterránea de la Terminal 4 del Aeropuerto de Madrid, se ponía al aparato bajo nombre supuesto —por supuesto— para comunicar a doña Clarisa Armijo el fallecimiento de su hermana Susana que no había sabido digerir la bondad de sus nuevos anfitriones, los solícitos habitantes de los intersticios secretos de la T4. Al verse allí metida, se había puesto como una histérica y le había arreado un soponcio que la condujo a un desmayo comatoso del que no pudo rescatarla ni el buen de Epifanio que, además de ser el responsable de la comisión de alimentos, una vez fue doctor allá en Colombia. Pero ya se sabe los tiempos que corren, comentaba Avelino Roca, los ingenieros son reponedores de supermercado y pocas almas culminan su destino porque los tiempos vienen muy mal dados en lo económico y social, y no quedan muchos lugares donde caerse muerto, si Clarisa le permite la expresión dadas las circunstancias. Afortunadamente ellos habían podido fundar una comunidad que se preciaba de ser sobre todo humanitaria, hospitalaria y filantrópica en este mundo de lobos y lobatos. Ahí encontró Clarisa la conexión con la misteriosa frase lapidaria que remataba la epístola. Avelino aseguraba que hicieron por Susana todo lo que pudieron: le dieron tecitos del Starbucks —no posos, no restos: tés sin estrenar, pagados de su propio bolsillo—; comida macrobiótica y nutriente, expurgada y seleccionada por la mismísima Liang, virtuosa y asiática encargada de cocina; y tartar de salmón —ese sí un poquito pasado— de la tienda de delicatesen… Pero Susana, cada vez que abría los ojos, los volvía a cerrar entre ayes y lamentos, e imprecaciones a Dios y a la Virgen Santísima que, al principio, no le entendían bien porque, después del primer arrechucho, a Susana se le había quedado la lengua de trapo. Hasta que en uno de esos que me muero o que no me muero se había quedado efectivamente en el sitio, no sin antes darles la dirección de su hermana Clarisa para que pusieran en su conocimiento su destino aciago. El señor Roca resaltaba que la verdad es que doña Susana le pareció un poquito desagradecida, que él nunca se había comido a nadie, aunque ganas le entraban a veces, y que confiaba en la discreción de Clarisa de quien esperaba que no delatase a un grupo de buenísimas personas que habían sido el consuelo y el sostén de su hermana en sus últimos momentos. También informaba a la pariente de Susana Armijo de que no debía preocuparse por el cadáver. La propia Susana, que no había sido muy lenguaraz al principio por la sorpresa, después por la timidez, luego por el espanto y la enfermedad, había tenido tiempo suficiente para dar cuenta de las razones que le habían llevado a acabar metida en una tubería de la T4. Por todo ello, Avelino se hacía cargo de que las repatriaciones eran carísimas y la comunidad subterránea se había desecho del cadáver de doña Susanita —después de tres meses de estar desmayándose y despertándose le habían cogido mucho cariño a la vieja— tan higiénica como cristianamente. En este sentido, Avelino Roca no proporcionaba más detalles y, sin otro particular, se despedía de la señorita Armijo atentamente, bla, bla, bla… En una posdata detallaba el número de un apartado de correos por si Clarisa quería hacer una donación para corresponder a los cuidados de su amada hermana y colaborar con la supervivencia de la filantrópica comunidad subterránea de la T4 que tanto y tan acreditado bien llevaba haciendo, desde tiempos no tan inmemoriales, a las almas perdidas y desorientadas en los pasillos de la terminal y en este mundo de fieras.</p><p>Clarisa volvió a meter dentro del abultado sobre el papel con el relato de las vicisitudes subterráneas de Susana Armijo en las tripas de dinosaurio de la Terminal 4 del aeropuerto de Madrid. Posiblemente le prendería fuego. “A ver cómo se lo cuento a los vecinos”, era el pensamiento que le martilleaba en las sienes y le secaba la boca. En un instante tomó una decisión: les diría a sus vecinos de El Erial que Susana le había escrito. Que todo le había ido muy bien. Que se había quedado a vivir en San Sebastián porque allí había dado santa sepultura a Misael y allí había conseguido un trabajo, bien cómodo, para cuidar a unos niños encantadores en una familia estupenda. Sí, tenía que subrayar “encantadores” y “estupenda”. Ahora doña Susana no quería apartarse del lado de su hijo, cuya muerte seguía siendo un gran misterio, y se quedaba con su penita en San Sebastián, comiendo buen pescado y llevando flores al cementerio los fines de semana. Susana pedía encarecidamente a Clarisa que les transmitiera su inmensa gratitud a todos, que sin ellos nunca lo habría logrado y que era muy feliz. Así por lo menos una comunidad filantrópica se quedaría medio contenta, porque a Avelino Roca y a sus huestes internacionales no les iba a mandar ni un centavo. Y que los huesos de Susana la perdonaran. Seguro que ya habían sido reciclados para un buen caldo o para un coctel de recepción.</p><p><em>*Sergio Ramírez es escritor. Su último libro es </em><strong>Sergio Ramírez</strong><a href="https://www.megustaleer.com/libro/sara/ES0139613" target="_blank">Sara</a><em> (Alfaguara, 2015).</em></p><p><em>*Almudena Grandes es escritora. Su última novela es </em><strong>Almudena Grandes</strong><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-los-pacientes-del-doctor-garcia/252790" target="_blank">Los pacientes del doctor García</a><em> (Tusquets, 2017).</em></p><p><em>*Jorge Franco es escritor. Su último libro, </em><strong>Jorge Franco</strong><a href="https://www.megustaleer.com/libro/el-mundo-de-afuera-premio-alfaguara-de-novela-2014/ES0138849" target="_blank">El mundo de afuera</a><em> (Alfaguara, 2014).*Marta Sanz es escritora. Su último libro es </em></p><p><strong>Marta Sanz</strong><a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/clavicula/9788433998293/NH_581" target="_blank">Clavícula </a><em>(Anagrama, 2017). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sergio Ramírez | Almudena Grandes | Jorge Franco | Marta Sanz]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El viaje de doña Susana]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Almudena Grandes,Literatura,Literatura española,Marta Sanz,Narrativa,Los diablos azules número 79]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Memoria de 'la Desbandá']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/memoria-desbanda_1_1146046.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2b219c40-8035-4b2a-9503-369e670d4f42_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Memoria de 'la Desbandá'"></p><p><strong>Por la libertad del pueblo. Vol I. De Castel de Ferro a LújarFernando Alcalde y Juan José AyalaARMH 14 Abril / Junta de AndalucíaGranada2014</strong><em>Por la libertad del pueblo. Vol I. De Castel de Ferro a Lújar</em></p><p><strong>Por la libertad del pueglo Vol. II.  La Guerra en la Sierra de LújarFernando Alcalde, Juan José Ayala, Manuel Cañadas y Antonio José Pérez SalgueroARMH 14 Abril / Junta de Andalucía</strong><em>Por la libertad del pueglo Vol. II.  La Guerra en la Sierra de Lújar</em></p><p><strong>Granada2016</strong></p><p><em>La lección del Holocausto es que a partir de ahora dejar hablar al sufrimiento debería ser la condición de toda verdad.</em></p><p><strong>Theodor W. Adorno</strong></p><p>  </p><p>No fue el Holocausto ni tuvo la resonancia mediática de Gernika pero <em>la Desbandá</em> fue una de las mayores tragedias de la Guerra de España y en ella se reconocen tanto los elementos que se superlativizarían posteriormente como las lógicas de poder que condujeron a un grupo minúsculo de personas a sacrificar a un país entero, a continentes completos.</p><p>Pese a su magnitud, este trágico acontecimiento ha permanecido invisibilizado, desaparecido de la historiografía franquista y negado institucionalmente. La trilogía <em>Por la libertad del pueblo</em> es uno de los trabajos que están surgiendo en los últimos años para afrontar esta desmemoria tan vinculada a la Transición política española; investigación y divulgación que no solo parten desde los ámbitos académicos (véase el excelente trabajo de <strong>Fernández Martínez </strong>y <strong>Brenes Sánchez</strong>, <em>1937: Éxodo Málaga Almería</em>, de 2017), sino también en obras como las que aquí presentamos, que rescatan los datos del lugar en el que han permanecido todos estos años, en la memoria de las víctimas, desde donde están siendo recuperados para armarlos con las evidencias y construir así un relato que pretende romper el olvido.</p><p>Los hechos que se relatan comienzan en febrero de<strong> </strong>1937 y acaban con la represión inmediatamente posterior al final de la contienda. Primero se habla de <em>la Desbandá</em>, esto es, la huida del orden de 200.000 personas, hombres, mujeres y niños, por la carretera costera de Málaga a Almería bajo las bombas de la aviación italogermana, la flota sublevada y las tanquetas de los <em>camisas negras. </em>Luego, de la conformación del frente en la línea construida entre la costa de Granada y las cumbres de Sierra Nevada, de la participación de las Brigadas Internacionales, de la reflexión sobre el abismo conceptual de ambos bandos en cuanto a la guerra y sus medios. Y finalmente de los testimonios de las víctimas y los actores.</p><p>  </p><p>Todo esto surge desde donde tuvieron lugar los acontecimientos, desde el territorio. La trilogía, que se encuentra a las puertas de presentar su último volumen, sorprende por el enorme trabajo de campo desarrollado, la minuciosidad en la localización de esos restos materiales distribuidos por una geografía casi homérica que se extiende entre las nieves y el mar y donde se encuentran las huellas  que transforman la memoria en conocimiento. En el territorio se descubre la cotidianidad del sufrimiento, reflejado en los agujeros habilitados en refugios, en paredes salpicadas de metralla, en un tenedor fabricado con una lata de conserva, en un costurero en una vaina de bala, en un pase para viajar, en la foto de una víctima recortada para eliminar a su asesino, en una de tantas fosas, como la del Carrizal de Lanjarón con más de 2000 víctimas.</p><p>Estas publicaciones tratan de hacer visible el crimen de la carretera de Málaga a Almería, como ya lo hiciera <strong>Jesús Majada</strong> con su exposición sobre el doctor canadiense <strong>Norman Bethune </strong>y sus crudelísimas fotos de los jirones de refugiados a lo largo de 200 kilómetros de recorrido. Tratan de materializar una historia que fue borrada con ahínco no solo en los documentos sino también en la transmisión oral entre generaciones, acallada a través del miedo y la vergüenza, pero refugiada en los rincones de la memoria de las pocas victimas que aún viven para recordar.</p><p>Recordar para amurallar las lógicas de la barbarie aún presentes, para, en palabras de <strong>Reyes Mate</strong>, construir la justicia desde la memoria del sufrimiento y no desde el olvido o la compasión.</p><p><em>*Mar Campos F.-Fígares es profesora de la Universidad de Almería.</em><strong>Mar Campos F.-Fígares</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Mar Campos F.-Fígares]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo,Historia,Literatura,Literatura española,Los diablos azules número 79]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Inter-exilio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/inter-exilio_1_1146045.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/bff3f3d7-307b-46e3-bdc4-ce5568fe503c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Inter-exilio"></p><p><strong>Testigos de la utopíaJulio César Galán</strong><em>Testigos de la utopía</em></p><p><strong>Pre-TextosValencia2017</strong></p><p>  </p><p><a href="http://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=1721" target="_blank">Testigos de la utopía</a>, de <strong>Julio César Galán</strong> (Cáceres, 1978), es un libro sorprendente y necesario en estos tiempos en que la poesía se ha vuelto un asunto de mercadotecnia para lenguajes vueltos cliché, emociones trilladas, experiencias sentimentales ya transitadas y poesía clónica. La poética liminar de <em>Testigos de la utopía</em> destaca como una de las aventuras más recomendables de los últimos tiempos para lectores avisados y buscadores de formulaciones interesantes y atractivas, para los que no se conforman con lo que nos dicen que debemos sentir y están a la expectativa de lo que se está haciendo, innovando y creando —al margen de cualquier prurito de originalidad— como ebullición, como manantial que brota. Experiencia liminar pero también —sobre todo, y por tanto— experiencia textual, ya que el texto se erige como la base sígnica de la propuesta ultracreacionista de Julio César Galán. «escucho que alguien abre el buzón: / 1. se abren las aduanas de los sentidos / 2. abro el libro del mar y veo la espuma que no existe / 3. pero existe el blanco» (del «Libro VII», p. 20).</p><p>El resultado se resuelve en una explosión compositiva que va y viene, salta y rebota, se acerca y se aleja, y sucesiva y continuamente nos provoca y estimula con materiales de deshecho y de cuño propio múltiples, guiños y venas líricas, que en todo momento se acompasan y se amoldan a una especie de recital lúdico —habría que subrayar el humor de muchos fragmentos y soluciones diegéticas— donde los versos adquieren entidad, usando separaciones más remarcadas de lo habitual, incisivos hipérbatos, repeticiones (muchas repeticiones rítmicas como fuegos artificiales), multipalabras y cesuras simbólicas, cargadas de significado. «Enuncias, te corriges sobre la marcha, y nos ofreces todo el tiempo la experiencia completa, llena de tachaduras, de matices, de espacios en blanco, de tanteos.» (p. 83). Las tachaduras, por ejemplo, mostrarán el laboratorio del poeta, las indecisiones, como en «Libro XIII» (p. 30): <em>«(Poema excluido, pendiente de reescritura)</em>» (<em>ibíd</em>.), apareciendo todo tachado.</p><p>Con el ser heideggeriano en el centro, ese que busca el lenguaje como el pastor de palabras: «todo te ama: le sale la luz del corazón / y sin embargo estos versos quieren / afirmarse en sí mismos / no quieren salir / fuera / quieren ser / lo que somos / lo que siempre seremos» (de «Octavo testigo», p. 47). O: «cómo va afectarnos / la era del no-lugar / siempre: ahora: aquí / cuando el verano es» (de «Noveno testigo», p. 49). Una preocupación que tiene el resorte social en el eje, como —por ejemplo— cuando se habla de la Primavera Árabe, de las oleadas de protestas que conmocionaron al mundo, para desembocar en las dudas de hacia dónde se dirige la humanidad: «la Primavera Árabe se quemó en su propia mano ¿utopía? Fuimos testigos de la utopía El Cairo ardiendo» (de «Figura 3», p. 62). Esta preocupación social aparecerá matizando también diferentes fragmentos, añadiendo un plus testimonial a considerar en el corpus temático. Y la virtualidad de ese ser estará muy presente, ya sea como sueño: «hemos vuelto de un sueño / que apenas recordamos» (de «Sexto testigo», p. 43), o «¿fue un sueño Argel Cartago Trípoli?» (de «Figura 5», p. 65); o en las referencias a Internet y las redes que aparecen por doquier, dotando al sedimento interpretativo de un repliegue semántico. El ser, por lo demás, se encuentra en perpetuo exilio, o más definido, en un «inter-exilio» (de «Figura 3», p. 61), que recuerda el verso de <strong>Francesco Petrarca</strong> «En todas partes soy un peregrino» (ibíd.), y al mismo tiempo invierte la relación «marcharse: regresar» para actualizarla o resignificarla: «y regresar: marcharse» (ibíd.). Así, en otro pasaje, concluye: «reconoce que te has desviado / y gira» (de «Segundo testigo», p. 36). Un sujeto líquido, que argumentaría <strong>Bauman</strong>, dispuesto a todo por conseguir su propósito. En el fondo, vuelve el tema de la identidad —nómada, antiesencialista— como nuclear de una realidad cambiante, que no es sino el texto, el cual posee un correlato en el sujeto, como no podía ser menos, y que se objetiva en «El azar, único sino definitivo» (en nota a pie de página de «Figura 7», p. 68) ), con lo que asistiríamos a una lectura que confluiría hacia un panorama totalmente abierto.</p><p>Nada más, por ahora, y nada menos, puesto que <em>Testigos de la utopía</em> es un poemario muy recomendable que no podíamos dejar de señalar entre nuestras lecturas preferidas. Gracias a Julio César Galán por este reto y este libro extraordinario.</p><p>  </p><p><em>*Juan Carlos Abril es poeta y profesor de Literatura. Su último libro es Lecturas de oro. ‘Un panorama de la poesía española’ (Bartleby, 2014). </em><strong>Juan Carlos Abril </strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Carlos Abril]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Inter-exilio]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Poesía,Los diablos azules número 79]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Rilke, más allá de su tiempo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/rilke-tiempo_1_1146041.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cd8189ae-7bad-471a-9b1c-b4a622fd0f87_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Rilke, más allá de su tiempo"></p><p><strong>Releer a RilkeAdam ZagajewskiTraducción de Javier Fernández de Castro</strong><em>Releer a Rilke</em></p><p><strong>AcantiladoBarcelona2017 </strong></p><p><em>Gozar leyendo</em></p><p>  </p><p>A la hora de hacer la lista de los grandes poetas vivos en todas las lenguas, uno de los nombres obligatorios es <strong>Adam Zagajewski</strong>, polaco nacido en Lvov (hoy Ucrania) en 1945. Además de varios libros de poemas, de él, en castellano, hay una excepcional autobiografía, <a href="http://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=961" target="_blank">En la belleza ajena</a> (Pre-Textos), simplemente una obra maestra. Además de gran poeta es, también, un excepcional ensayista; varios de sus textos en prosa han sido publicados en Acantilado. El último en aparecer es <a href="http://www.acantilado.es/catalogo/releer-a-rilke/" target="_blank">Releer a Rilke</a>, un hermoso ensayo sobre el autor de las <em>Elegías de Duino</em>: un gran poeta escribe sobre otro gran poeta, y lo lee como un autor que estuvo más allá de su propio tiempo –“apenas tiene nada que ver con las circunstancias externas de su época”– y que permanece en nuestros días.</p><p>Zagajewski deja un hermoso testimonio de su primera experiencia con Rilke: “Cuando siendo todavía un estudiante de instituto (…) compré (…) <em>Elegías de Duino</em>, (…) leí por vez primera las mágicas frases de la primera elegía. La calle desapareció de repente, se evaporaron los regímenes políticos, el día se volvió intemporal, me topé con la eternidad y la poesía despertó”. A propósito de <strong>Rilke</strong>, el polaco va dejando sabias lecciones para quien escriba poesía, como cuando dice: “Hay al menos dos grandes traiciones que le acechan a todo poeta, una de las cuales consiste en olvidar el dolor de la historia moderna en nombre de una vida espiritual a la que no han afectado los acontecimientos, y otra relacionada con el prestar atención al dolor de la historia moderna pero olvidando la delicada e innombrable sustancia de nuestra interioridad”. Hermoso libro.</p><p><strong>Algunas frases de Releer a Rilke</strong></p><p>  </p><p><em>*Darío Jaramillo Agudelo es escritor. Su último libro, </em><strong>Darío Jaramillo Agudelo</strong><a href="http://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=1675" target="_blank">El cuerpo y otra cosa</a><em> (Pre-Textos, 2016). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Darío Jaramillo Agudelo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Rilke, más allá de su tiempo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo,Libros,Literatura,Literatura europea,Poesía,Los diablos azules número 79]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El presente es eterno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/presente-eterno_1_1146039.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/27d73021-aa94-463a-9fbd-274d92ba1eb6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El presente es eterno"></p><p><strong>Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivirRüdiger SafranskiTraduccción de Raúl GabásTusquetsBarcelona2017</strong><em>Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir</em></p><p>  </p><p>No es común que libros de filosofía se conviertan en rotundos éxitos de ventas, salvo que sean escritos con dicho propósito y para un público más amplio, como <em>El mundo de Sofía</em> o <em>Menos Prozac y más Platón</em>, por citar un par de libros de contenido filosófico popularizado. Los libros de <strong>Rüdiger Safranski</strong>, sin embargo, han llegado a un público masivo, por razones que siempre es difícil discernir con claridad. Sus biografías intelectuales sobre <strong>Nietzsche, Goethe </strong>o <strong>Schopenhauer </strong>le han procurado fama y lectores, sin que la calidad de su obra se haya resentido o su nivel haya tenido que ser adaptado a fines comerciales. El libro que nos ocupa también ha alcanzado una lectura extendida y se ha publicado en varios idiomas europeos. Quizá haya contribuido a la difusión de tales libros el hecho de que Safranski participó en un famoso programa de televisión durante diez años, junto al también muy conocido filósofo <strong>Peter Sloterdijk</strong>. De todos modos es difícil imaginarse a masas de lectores sumergiéndose en las minucias filosóficas de <strong>Heidegger </strong>o Schopenhauer, de no ser por la habilidad de Safranski de presentar temas difíciles en lenguaje asequible, y con atención a las particularidades sociales y vitales de los autores o temas que le han ocupado.</p><p>En este libro no se vuelca sobre algún filósofo en particular, sino sobre uno de los temas más importantes de la condición humana, el tiempo, las diferentes dimensiones que tiene en nuestra vida privada y social, y lo hace sin recurrir a lenguaje técnico y sin dejar de lado el rigor expositivo. Su aproximación es a la vez fenomenológica y objetiva, dándole al libro una riqueza de miras bien ensambladas. <strong>Antonio Machado</strong> consideraba a toda poesía auténtica emanando de la experiencia del tiempo; Safranski ilumina las diferentes facetas de este aspecto inevitable de nuestra vida, la temporalidad, y parece querer decirnos que toda filosofía que olvide este aspecto esencial de nuestra existencia será ineluctablemente limitada.</p><p>Su libro comienza recurriendo a una experiencia humana que ya le había servido a Heidegger para ilustrar la experiencia del Ser a través de la experiencia de la nada: el aburrimiento. Mientras experimentamos una vida en la que nuestra atención se encuentra ocupada con actividades o distracciones, no nos damos cuenta del tiempo. Pero en cuanto nos invade el aburrimiento, ya que no ocurre nada, nos percatamos de su existencia y de sus características más patentes. El autor quiere hacernos ver que el tiempo es en realidad <em>nada</em> en cuanto le prestamos atención. El presente, que es fugaz, inaprehensible, en verdad está siempre rodeado de dos <em>nadas</em>, el pasado que ya no está y el futuro que todavía no es. Al no ocurrir nada nos damos cuenta de su paso, y añoramos que los sucesos vuelvan de nuevo, para que esta <em>nada </em>que es el tiempo nos parezca de nuevo experiencia, ocurrencia.</p><p>Por ello, el tiempo de los comienzos abre el futuro para nosotros, y permite que nuestro yo que aún no es guíe nuestros actos presentes y dé alas a nuestra condición existencial. El tiempo de los comienzos es el siguiente aspecto que Safranski explora como vivencia y como apertura vital. El yo que experimenta el tiempo del comienzo es también a la vez otro yo, el yo que quiere ser y que se transmuta en el tiempo. Un tiempo, que a pesar de ser nada, se instala también sobre lo que llama el tiempo del cuidado, de la preocupación. Los seres humanos somos seres que se preocupan, que introducen el futuro en la conciencia, más aún en una sociedad del riesgo como la nuestra. Ya Heidegger había introducido el concepto de <em>Zorg</em> en su análisis del ser en el tiempo, y hay ecos de este análisis en las palabras de Safranski. En algunas traducciones se llama <em>cura</em> a este concepto, pero creo que cuidado o preocupación representa mejor lo que denota el término alemán.</p><p>Además de preocuparnos, de cuidar por la vida y sus avatares, el tiempo está también sujeto a la socialización, esto es, a su estructuración o institucionalización social. Esto significa la irrupción de los relojes, que aspiran, ahora más que nunca, en nuestra era de simultaneidad, a unificar nuestras nociones del tiempo, a coordinar globalmente el transcurso del tiempo objetivo, algo para lo que quizá la conciencia humana, escribe Safranski, no está preparada. Tanta simultaneidad, en una conciencia hecha para transcursos lentos, esperas largas, puede afectarnos de maneras que aún no comprendemos del todo. Y una de las formas de socialización más agudas es, por supuesto, la comercialización del tiempo, la conversión del tiempo en dinero. Los trabajos están sujetos a regulación temporal, cada minuto cuesta, el tiempo adquiere cualidades políticas, y cada vez más el pasado se consume en aras del presente y del futuro regularizado. La economía de hoy en día, con sus transacciones inmediatas, con la interacción global y la explotación de los recursos naturales, sacrifica lo que tomó millones de años en formarse, creando una falta de balance entre los tiempos naturales y el tiempo explotado y regimentado.</p><p>Luego, nuestro tiempo socializado y explotado se inserta en ritmos cíclicos y cósmicos a los que prestamos cada vez menos atención, aun cuando los seres humanos siempre han procurado darle un sentido a la relación entre el tiempo de la vida humana y el incomprensible tiempo cósmico. ¿Cómo concebir los enormes ciclos astronómicos, la historia de la humanidad, el nacimiento, florecimiento y declive de las civilizaciones? Toda cultura conocida ha recurrido a algún mito o historia para explicar dichos lapsos temporales, como en el cristianismo la historia de la creación y el juicio final, o en el hinduismo los yugas cíclicos, o la idea de progreso en la civilización occidental. En la misma ciencia contemporánea, el tiempo se ha relativizado y la física ha concebido la historia del big bang, de un inicio del tiempo mismo y de toda realidad, un tiempo que se ha convertido en una dimensión del espacio mismo, comprensible solo para los científicos.</p><p>Con lo que Safranski vuelve al tiempo propio, al tiempo de la conciencia que se desvanece irremediablemente en cuanto la conciencia olvida o el sujeto desaparece, una experiencia que nos confronta con la fugacidad de la experiencia vivida, sin correlatos objetivos, sin capacidad de almacenamiento o de registración, pues es exclusiva de nuestra conciencia y es nada en cuanto nuestra conciencia se convierte también en nada. Algunas culturas asignan a esta conciencia una permanencia metafísica, en la forma del alma, pero en nuestros tiempos seculares la conciencia propia está signada por la pérdida, pues los estados propios, interiores, no son exactamente reproducibles, si bien queden huellas de su paso por la subjetividad cuando se expresan de alguna manera. El tiempo es implacable y los estados interiores se deshilachan como hebras de agua que se lleva el río del transcurrir.</p><p>Por ello, tal vez, el hombre ha querido jugar con el tiempo, darse la oportunidad de manejarlo, en vez de ser esclavo del mismo, apropiarse de su naturaleza y trastocarlo, lo cual se hace posible hasta cierto punto en el arte, del cual Safranski enfatiza el arte narrativo, aunque no deja sin mencionar la música o las imágenes del arte plástico. En las novelas modernas, sobre todo, el tiempo se flexibiliza hasta el punto de crear un caleidoscopio de tiempos disímiles orquestados por la pluma del autor, en los que el presente se llena de significaciones pasadas y futuras. El escritor y el lector se crean leyes lúdicas de creación y recepción lectora que transgreden las limitaciones propias de nuestra condición humana y, al menos mientras dura la ilusión, nos hacen sentir como dioses creando universos y participando de juegos que nos liberan de la esclavitud del transcurso irreversible del tiempo. Ocurre algo parecido con las imágenes plásticas, que parecen detener el paso del tiempo, o con la música, que presupone en su percepción el pasado y el futuro, pues las armonías no serían posibles sin la memoria de las notas pasadas o la anticipación de las que siguen. En este punto, Safranski podría haber recurrido a la obra del letrado holandés, historiador y pensador <strong>Johan Huizinga</strong>, <em>Homo Ludens</em>, que postula que el ser humano tiende al juego de manera natural e incluso interpreta muchas de las actividades humanas como basadas en dicha tendencia lúdica.</p><p>Pero si el tiempo es fugaz, el hombre también ha concebido la eternidad, la que se interpreta no solo como un tiempo que no se acaba, sino como algo sustancialmente distinto, la superación del tiempo en otra dimensión de realidad. El análisis del presente nos lleva a la conclusión de que el presente es eterno, esto es, siempre estamos en el presente, con lo que el presente mismo se convierte en una imagen de la eternidad. Teologías de toda religión han dedicado incontables páginas al análisis de la eternidad y no pocas veces se concibe a la eternidad como el destino superior del ser humano. Pero en la eternidad el tiempo se disuelve en otra nada, que oblitera pasado y presente, una nada que es plenitud, atributo divino, absoluto. En este sentido, Safranski toca un tema que ha dejado de preocupar a la filosofía contemporánea, el de la eternidad, pero que ocupa el espacio cultural de la mayoría de la humanidad que aún posee una orientación religiosa y que sin entrar en disquisiciones filosóficas concibe, sin embargo, que la eternidad es una realidad patente, propia de Dios o de Brahma, y que incluso vive en nuestro interior y en nuestra realidad cotidiana, en la forma de eterno presente.</p><p>Safranski ha escrito un libro lleno de sugerencias y matices y, repito, asequible al lector común interesado en reflexionar sobre una realidad en la que habitamos y que nos constituye como individuos y sociedades. Uno podría decir que no solo es el aburrimiento el que nos hace conscientes de la naturaleza del tiempo, sino la lectura de libros como estos, cuya traducción es excelente y cuya validez es, sin duda, de todos los tiempos. Es de esperar que su lectura también capture el interés del lector hispanohablante.</p><p><em>*Frans van den Broek Chávez es escritor. </em><strong>Frans van den Broek </strong><strong>Chávez </strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Frans van den Broek Chávez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El presente es eterno]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo,Libros,Literatura,Filosofía,Los diablos azules número 79]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Arte público]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/arte-publico_1_1146037.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b0224f1d-b73b-4afa-ab37-929fc11df3e6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Arte público"></p><p>El final del verano llega siempre y se va de forma casi inesperada.  Sigiloso anuncia el comienzo de un nuevo curso y su página en el calendario nos previene con noches frías de la inminente llegada de los cielos violentos del otoño donde ubico, al menos, los versos leídos y releídos, amados y reamados de <strong>Ángel González.</strong></p><p>Pero antes de que comiencen a caer las hojas siento aún en la piel la emoción del arte público al que somos invitados los pobladores nómadas cuando las noches tan cálidas regalan música, teatro, cine o poesía.  Porque el verano es generoso y nuestros pueblos y ciudades acogen a público abierto, a corazón abierto, todo tipo de festivales. Por eso este artículo pretende mostrar reconocimiento a todas las personas que hacen posible las noches de tanto arte con tanto talento.</p><p>La primera semana de agosto se celebró en Calanda (Teruel) la XIII Edición del Festival de cine Buñuel-Calanda. En este certamen se rinde homenaje a la figura y obra del gran cineasta aragonés. Se proyectan películas de manera gratuita para todo aquel que quiera acercarse a la sección oficial de donde saldrían los premios en una gala surrealista que estuvo apadrinada desde algún sitio por don Luis. <strong>Vicky Calavia</strong> ganó el suyo merecido por <em>María Moliner. Tendiendo palabras</em>. Además de cine, se trató el guion y la literatura. Con la presencia en Calanda durante varios días de <strong>Guillermo Arriaga</strong>, escritor, productor, director cinematográfico y guionista que nos sedujo desde el primer momento con su discurso cercano y comprometido, compartimos noches y veladas amables y talentosas charlando con él y con otros directores tras la proyección de la cinta nocturna que al aire libre invita a calandinos y amantes del cine a disfrutar del arte, que siempre debería ser público y accesible. Por cierto, la última novela de Guillermo Arriaga, <em>El salvaje</em> (Alfaguara 2017), es una novela imprescindible que se lee con los ojos y con las tripas. Absolutamente recomendable.</p><p>En estos días también pudimos conocer y hablar de cine o de literatura con <strong>Paula Ortiz</strong>, directora como saben de <em>La novia</em>, basada en <em>Bodas de sangre</em> de <strong>Federico García Lorca</strong>. Guardo un recuerdo entrañable que me encantaría compartir.  Tengo una hija de dieciséis años que deseaba decirle a la cineasta que después de ver su película leyó todas las obras dramáticas de Lorca por amor a lo que intuyó cuando Leonardo se escapa con la novia. Ortiz me dijo después que “todos los productores deberían haberlo oído” y como comparto su opinión lo dejo aquí para constatar que los jóvenes sí leen y sí van al cine. Solo que para muchos de ellos sigue siendo un artículo de lujo que cuesta permitirse. En cambio, en los festivales te regalan cultura. Y apuestan, con mucho trabajo, con muchos colaboradores anónimos, por llevar a cada persona que se acerque ese halo mágico que envuelve toda creación artística. </p><p>En La Puebla de Montalbán (Toledo) nació el bachiller <strong>Fernando de Rojas</strong>. ¿Es <em>La Celestina</em> mi libro favorito? Puede ser. Lo que sí sé con absoluta admiración es el hecho de que durante los últimos 19 años se represente esta obra en la plaza de La Puebla para todos los espectadores que deseen asistir, también de manera gratuita. La compañía La Recua Teatro, con <strong>María Elena Diardes</strong> al frente, derrocha ingenio, agudeza, sentimiento, no solo para traernos cada año a Calisto y Melibea y Areúsa y Pármeno y Sempronio y magia e hilado y homenaje al vino, sino para ponernos la piel erizada, para que nos emocionemos, para que el lamento de Pleberio nos recuerde que el amor y la literatura nos pertenecen. Así que de nuevo gracias a tantos actores, colaboradores, regidores, técnicos, que desinteresadamente o quizás interesados en este arte que hemos llamado público nos acercan la belleza y la pureza del teatro con un hilo visible que nos ata con La Barraca, por ejemplo, con ese Lorca siempre citado que creyó como todas las personas aludidas en este artículo que el teatro era tan importante como el pan.</p><p>Vayan ustedes a escuchar siempre que lo vean anunciado al juglar <strong>Crispín D’Olot</strong>. Vayan a festivales de poesía como el que acontece en Toledo el primer fin de semana de septiembre: Voix Vives, con la poesía en la calle, en cada rincón de esta ciudad mágica. Yo, gracias a ellos, he escuchado los poemas de <strong>Miguel Hernández</strong> en la voz de <strong>Carmen Linares</strong> al lado de mi profesor <strong>Gutiérrez Carbajo</strong>. En la balanza queda mi admiración, mi agradecimiento, mi aplauso largo y sincero, sentido, para todas las personas que regalan arte, talento y amor por todas las calles de todos los pueblos de todos los países de todo el mundo. Disculpen que hoy solo hable de belleza.</p><p><em>*Sonia Asensio es profesora de Literatura. </em><strong>Sonia Asensio</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sonia Asensio]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Festivales,Literatura española,Teatro,Los diablos azules número 79]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Los mundos de Felisberto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/mundos-felisberto_1_1146026.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/35c55315-c4bb-418c-b097-ea7641353e1e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los mundos de Felisberto"></p><p><em>La joven editorial Sitara está reivindicando en España la figura de Felisberto Hernández (Montevideo, 1902-1964), un nombre singular e indispensable en la literatura fantástica latinoamericana. Este año ha publicado dos libros suyos: </em><a href="http://www.editorialsitara.com/obra/mosaicos" target="_blank">Mosaicos</a> <em>y </em><a href="http://www.editorialsitara.com/obra/hoy-estoy-inventando-algo-que-todavia-no-se-lo-que-es" target="_blank">Hoy estoy inventando algo que todavía no sé lo que es</a><em>. Publicamos aquí un fragmento de «Retrato de Felisberto Hernández», el posfacio que acompaña a </em>Mosaicos<em>. </em></p><p>__________________</p><p>Los primeros cuentos de <strong>Hernández</strong>, publicados en España de la mano de <strong>Cristina Peri Rossi</strong>, tienen un cariñoso prólogo de <strong>Julio Cortázar</strong>; y es que nadie mejor que él para comprenderle y entrar en diálogo. En su biblioteca personal encontramos multitud de libros de Hernández cuidadosamente leídos, subrayados y anotados. Cortázar, conocedor, cercano y efusivo, nos entrega esta afirmación:</p><p>  </p><p>Dejemos que hable el autor sobre su escritura:</p><p>  </p><p>   </p><p>La especialidad de Felisberto se basa en escribir lo que no sabe, y así mismo lo comprendieron tantos escritores posteriores en el reconocimiento que le dieron y en su admiración. Él citaba entre sus lecturas más frecuentes a <strong>Henri Bergson</strong>, a <strong>Marcel Proust</strong> y a <strong>Kafka </strong>pero, como bien escribió<strong> Italo Calvino</strong> en el prólogo del libro del que se ocupó en su traducción al italiano: «un escritor que no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un “francotirador” que desafía toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir sus páginas». Podemos encontrar rasgos de otras literaturas, como buen lector que asimiló; sin embargo, Hernández es un eslabón perdido de la literatura, que creó y abrió mundos para las siguientes generaciones. Así, <strong>Onetti </strong>descubrió su admiración en la novela <em>Por los tiempos de Clemente Colling</em>; también <strong>García Márquez</strong> lo tuvo entre sus referencias y, por supuesto, Julio Cortázar que tomó su huella en libros tan encumbrados como <em>Historia de Cronopios y Famas</em> o <em>Rayuela</em>, considerándolo siempre un precursor y un extraordinario creador del extrañamiento que camina más allá de lo fantástico: «Nadie como él para disolverla en un increíble enriquecimiento de la realidad total que no solo contiene lo verificable sino que lo apuntala en el lomo del misterio.»</p><p>Parece haber caído una injusta capa de olvido sobre Felisberto Hernández en algunos lugares de lengua hispánica, mientras es traducido al alemán, francés, inglés, italiano, griego y portugués; pero no podemos olvidar su papel inicial en la literatura hispanoamericana, todo aquello que tendrá tanto que ver con la literatura fantástica y el realismo mágico.</p><p><strong>La palabra y sus silencios</strong></p><p>  </p><p>Estas palabras pertenecen a una carta de Felisberto dirigida a <strong>Paulina Medeiros</strong> recogida en <em>Felisberto y yo</em>, donde se encuentra toda su correspondencia; libro que también se encuentra en la biblioteca personal de Cortázar; este párrafo es uno de los marcados por su bolígrafo azul.</p><p>En estas sinceras palabras dedicadas a una mujer que será su compañera y que, por tanto, no pensaron traspasar a más ojos y están limpias de toda intencionalidad literaria, podemos comprender que lo que leemos en sus libros es su propia visión del mundo. Hernández concibe las palabras como entidades autónomas, que pululan entre nosotros como otros objetos o los recuerdos pueden hacerlo. El primero de los libros, <em>Fulano de tal</em>, termina con «Prólogo de un libro que nunca pude empezar». Si releemos este párrafo, comprendemos que no es un párrafo, que es una obra en sí mismo al tiempo que una declaración de lo que será toda la obra de Felisberto. De la misma manera empieza «Elsa», el cuento que cierra <em>La envenenada</em>: «Yo no quiero decir cómo es ella. Si digo que es rubia se imaginarán una mujer rubia, pero no será ella. Ocurrirá como con el nombre: si digo que se llama Elsa se imaginarán cómo es el nombre Elsa; pero el nombre Elsa de ella es otro nombre Elsa». Será toda una vida tratando de alcanzar la palabra exacta, rondando la certeza de la imposibilidad de conseguirlo. Pensemos en el niño de <em>Tierras de la memoria </em>que se entretiene aportando nuevos significados a palabras, y creando otras para significados sin palabra. Constantemente encontramos reflexiones metalingüísticas, igual que metaliterarias: reflexión y preocupaciones en torno a la creación artística.</p><p>No olvidemos que para nuestro escritor es importante lo que no sabe, igual que es importante lo no dicho. Los silencios y lo omitido tienen más peso que la palabra pronunciada. Y es que el pianista que tuvo que vender su piano para poder subsistir siempre comprendió que la musicalidad y el significado vienen dados por el silencio y la pausa en el momento adecuado.</p><p><em>Mosaicos</em> acoge sus cuatro primeras publicaciones, así como sus <em>Relatos varios</em> publicados de manera desperdigada. En ocasiones, se han tratado estos libros como composiciones fragmentarias y, casi, despreciados como ejercicios de escritura de un aprendiz. Es difícil seguir manteniendo esa teoría después de comprender el silencio y la ausencia del tiempo en sus narraciones más extensas y aceptadas. Los cuentos que recogemos bajo este título son ya la imagen de lo que será su obra: cuentos que detonan en el foco de interés, dejando al lector partes a completar, huyendo de la linealidad y del tiempo, recurriendo a digresiones y a la memoria como fuente de conocimiento. Esto hace que los cuentos sean un puzle que se forma ante nuestros ojos, reconocible, pese a la falta de algunas piezas. Ese es el mundo que nos muestra: un mundo roto pero entero, compuesto de la misma forma que se compusieron las constelaciones en el pasado. Construye desde la observación, desde aquello en lo que se está presente; de igual manera que vivimos todos, el niño que narra «La cara de Ana» no puede saber lo que sucede más allá de sus territorios, y no es necesario que él suponga o haga ligaduras de los puntos que nos muestra, esa es la tarea encomendada al lector.</p><p>  </p><p>Felisberto Hernández quiere un lector capaz de comprender sus silencios; disfrutarlos, como se disfruta la tensión de un silencio en una melodía donde se comprende que después vendrá una intensidad, o llenarlos si fuera necesario. Esos silencios y rupturas, esas ligazones  crean la tensión y el rastro en nuestra lectura. Es esa «piedra libre», son esos fragmentos no dichos los que completan toda la historia y los que, cuando ya hemos terminado de leer las páginas, quedan flotando y orbitando en nosotros para ganar significados y desgranar las realidades.</p><p>Sabemos, pues, que nada en los textos es aleatorio; desde una intuición, cada palabra está pensada y es intencionada para dar un sentido armónico. Las connotaciones son innegables, los significados asociados de cada persona; Felisberto complementa su lenguaje utilizando el idioma del silencio, para dejar que cada imaginario rellene los huecos sin condicionar con las palabras. Escribe en pinceladas de orfebre buscando un lector cómplice e inteligente y, al mismo tiempo, un lector libre.</p><p><em>*María Agra es poeta y editora. Su último libro es </em><strong>María Agra</strong><a href="http://valparaisoediciones.es/tienda/poesia/238-91-destierros.html" target="_blank">Destierros</a><em> (Valparaíso, 2016). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Agra]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Los mundos de Felisberto]]></media:title>
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      <title><![CDATA[El taxi]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/taxi_1_1146022.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f29a82bd-8a3c-4eff-b72f-59f827979f77_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El taxi"></p><p><em>La joven editorial Sitara está reivindicando en España la figura de Felisberto Hernández (Montevideo, 1902-1964), un nombre singular e indispensable en la literatura fantástica latinoamericana. Este año ha publicado dos libros suyos: </em><strong>Felisberto Hernández</strong><a href="http://www.editorialsitara.com/obra/mosaicos" target="_blank">Mosaicos</a> <em>y </em><a href="http://www.editorialsitara.com/obra/hoy-estoy-inventando-algo-que-todavia-no-se-lo-que-es" target="_blank">Hoy estoy inventando algo que todavía no sé lo que es</a><em>. Presentamos aquí un relato perteneciente a </em>Mosaicos<em>.</em></p><p>__________________</p><p>Estimado colega: sí, sí, me refiero a ti lector, que te miro por los ojos, agujeros, cuerpos y desde los ángulos de estas letras. Tú pretenderás hacer lo mismo y aparentaremos el inocente juego de la «piedra libre», si al movernos entre las letras, escondemos las armas. Y ¡guarda con el que tropiece primero! ¡Si vieras con qué sonrisa cargué esta madrugada mi Parker! ¡Si supieras, si yo te pudiera decir, si yo supiera, lo que hay detrás de esa sonrisa! Porque sabrás que yo quiero trabajar con el que está detrás de la sonrisa. (Para mis adentros: qué sé yo con quién, ni con qué ni por qué quiero trabajar.) ¡Ah, sí, sé, es decir, quién sabe! Bueno, si no echo mano a la cintura y agarro una seguridad, estoy perdido. Tengo la última palabra en seguridades: ¡qué linda forma de arma! Es celosa, repetidora y va lejos; pega en un punto solamente y puede matar.</p><p>He tomado una metáfora de alquiler y me dirijo a «la oficina». La metáfora es un vehículo burgués, cómodo, confortable, va a muchos lados; pero antes tenemos que decirle al conductor dónde vamos y concretar el sitio: si le digo que quiero ir a lo incognoscible sabe dónde llevarme: al manicomio. ¡Siquiera se perdiera! Fugazmente puedo ver algo mientras el otro dirige. Pero hasta la velocidad está organizada: si vamos más lentamente que los demás, nos rompen los oídos con alaridos artificiales los que vienen detrás; si vamos más ligero podemos chocar, y no hay que olvidar que llevamos un número detrás, y como tenemos número, forzosamente alguno tendrá que ser culpable. ¡Si yo inventara un vehículo! Pero tengo que patentarlo después que una comisión esté de acuerdo. Perdería tiempo, y nada menos que el tiempo convenido en todos los relojes. A algunos lugares iré a pie. Además, puedo robar un vehículo con chapa de prueba. Y estaré predispuesto a encontrarlo útil: no hay como utilizar una cosa para encontrarla útil. La metáfora pasa por lugares parecidos a los que yo he recorrido a pie y sin atenderlos mucho, pues en esos momentos atendía a tipos determinados; es una coincidencia feliz que la metáfora pase por lugares parecidos a aquellos que no sé bien del todo por qué me han hecho feliz; estos lugares, a veces y en parte, me hacen recordar a aquellos; la metáfora tiene la ventaja de la síntesis del tiempo, y de la provocación de recuerdos; de acuerdo con mi profesión, aquellos lugares tenían muchos rincones en sombras; las sombras que veo ahora no son iguales, pero me hacen recordar a aquellas y misteriosamente, y a pesar de la comparación geométrica de las calles, me despiertan sombras que he visto y me hacen ver otras nuevas, peculiares. Sin embargo, antes crucé por una cantidad mucho más grande de sombras —esto de las sombras me sugestiona sobremanera—. No siempre pienso que las cruzo y las miro, sino que siento que ellas me invaden. En este cruzar rápido de la metáfora, hay algo que no me concluye de conformar, ni mucho menos: por un lado me infla de satisfacción, pues me encuentro que mientras perseguía a tipos determinados, también me invadieron sombras que ahora tengo cierta ilusión de comprender; con respecto a la ilusión, no sé bien hasta qué punto es, y cómo esta se siente y se comprende; con respecto a comprender, no sé bien qué sentido tiene comprender; con respecto a sentido, no sé bien qué es sentido; con respecto a saber, no sé qué es saber; y muy especialmente no sé, ni tengo el sentido, ni comprendo, ni tengo la ilusión, de lo que quiero; y así sucesivamente; sin saber bien, tampoco, lo que es ignorar, tal vez aspire a ignorar artísticamente o graciosamente; tengo terror a ignorar con seguridades, quiero ignorar sin seguridades, y lo que más me asusta es ignorar con una sola seguridad; tal vez si algún día me suicido me suicidaré con una seguridad-síntesis, y la peor manera de morir la considero esta, atended bien: que sea otro el que me mate con una seguridad-síntesis. Ahora, mientras voy en metáfora, siento que contengo mejor muchas sombras, que me las meto en el bolsillo y me aprieto fuertemente unos dedos contra otros, porque de pronto me creo que la sombra tiene cuerpo; y, sin embargo, ¡cuántos cuerpos me he encontrado en la sombra! Ahora, miro las calles, y veo que por otro lado, la metáfora, en su velocidad, en su síntesis de tiempo en el espacio, en esta ilusión de achicar el espacio, tiene también algo de provisorio que me exaspera; atropella demasiado al cruzar las calles; tendría que pensar y sentir con otro ritmo y con otra cualidad de pensamiento; el misterio de las sombras se transforma demasiado bruscamente en el misterio de lo fugaz. Pero ¿qué diablos quiero atrapar yo? ¿Será simplemente que me ataca el instinto de atrapar? Estoy un poco incomodado y no sé por qué, a veces, cuando lo descubro, me quedo tranquilo; pero al rato, zas. ¿Será el instinto que olfatea a la policía? No, yo quiero estar más allá de la policía, y, sobre todo, de donde me encierra la policía. Ya esta metáfora me inquieta y me predispone exageradamente en contra de ella. Esta metáfora la usa el burgués —la usa pero no la inventó; ¡y cómo hace penar a los que inventan! y todavía ciertas cosas parecen más del que las usa que del que las inventa, ¡qué gángster es este burgués!—, bueno, esta metáfora acostumbra a ir por caminos que previamente ha construido el burgués; con altoparlante tenemos la síntesis del tiempo y del espacio, ¡lástima que en él suenan palabras que también oímos de cerca y que tan poca cosa nueva nos traen! Arrellanados en la falsa oscuridad del cine vemos la falsa claridad de la pantalla, donde tan falsamente viven otros. Pero algo olfateo entre tanta oscuridad y tanta falsedad: la gente que concurre lleva «cosas» en los bolsillos de afuera, y ¡qué cosas en los bolsillos de adentro! Claro que hay muchas clases de metáforas. ¡Caramba! parezco un paisano que nunca hubiera andado en metáfora. Y eso que he subido en metáforas que andan por el aire y que me han empequeñecido las cosas mostrándomelas desde una altura inconveniente, ¡y eso que he andado en subterráneos de gran profundidad donde no se ve nada para los costados! Bueno, ahora trataré de arrellanarme en esta metáfora y de recordar las sombras: una de las ventajas positivas de la metáfora, es que uno puede pensar en cosas que no tienen nada que ver con ella. Es posible que lo que me incomodara hace un momento fuera la intención de relacionar lo que ahora veo y las sombras anteriores: quería aprovechar el viaje en metáfora; y cuando el hombre se pone a intencionar los hechos es terrible, es peor que Dios, acaso él es el mismo Dios. Sin embargo, hay que intencionar. Si no intencionas, te intencionan.</p><p>El precio de la metáfora ha aumentado demasiado para mi bolsillo. Aprovecho las circunstancias de que el «varita» hace señal de que los vehículos se detengan; pero mis ideas siguen: ellas han comprendido que ya han estado demasiado tiempo adentro y que si no quiero que me encierren, deben trabajar para afuera. Entonces, he abierto de pronto la portezuela del taxi y me he perdido entre la multitud.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Felisberto Hernández]]></author>
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