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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 93]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-93/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 93]]></description>
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      <title><![CDATA[María y el fantasma]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/maria-fantasma_1_1203134.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a1306b00-8fc7-4c5e-8b96-4ce23d57a1e3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="María y el fantasma"></p><p>  </p><p><strong>María y el fantasma</strong></p><p>Existen ciertas noches en las que Ángel González</p><p>olvida que está muerto</p><p>y entra en casa,</p><p>enciende un cigarrillo,</p><p>jugamos a poner las cartas boca arriba.</p><p>Si me ve melancólico,</p><p>se enfada;</p><p>dice que la tristeza es de cobardes;</p><p>que el equilibrio sólo lo merece</p><p>quien sabe negociar con la caída;</p><p>que me ponga de pie</p><p>y vuelva a la pelea.</p><p>Si hablamos de política,</p><p>sostiene</p><p>que en España</p><p>eso es el arte</p><p>de hacer de la otra orilla lo contrario del río.</p><p>Si me pongo a escribir,</p><p>me exige que mis versos</p><p>nunca dejen atrás a sus poemas;</p><p>que no salga a cazarlos y espere a las palabras</p><p>que vengan</p><p>a leer</p><p>en ellos</p><p>su destino.</p><p>Y si le hablo de mí,</p><p>dice que no me fíe:</p><p>—<em>Pregúntale a los otros para saber quién eres.</em></p><p>Él ya no es tan callado como cuando aún vivía</p><p>y yo sé que no estar en este mundo</p><p>no es razón suficiente para que no te escuchen,</p><p>para que no te crean.</p><p>Si le hablo de nosotros</p><p>me dice que recuerde</p><p>que el amor es un ciego con un arma en la mano</p><p>y me ordena que corra hacia las balas.</p><p>—<em>No lo dudes: María es tu respuesta.</em></p><p>Te aseguro</p><p>que hay noches en las que Ángel González</p><p>no recuerda que ha muerto</p><p>y se sienta a mi lado</p><p>para hablarme de ti. </p><p>De <em>Ya no es tarde</em> (Visor, 2014)</p><p><em>*Benjamín Prado (Madrid, 1961). Su último libro, </em><strong>Benjamín Prado</strong><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-incluso-la-verdad/250026" target="_blank">Incluso la verdad</a><em> (Planeta, 2017), junto a Joaquín Sabina. </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jan 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Benjamín Prado]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Poesía,Los diablos azules número 93]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Ángel González]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/angel-gonzalez_1_1203133.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/30371353-9493-4365-90fa-71acbfd10e14_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ángel González"></p><p><em>Este enero se cumplen diez años desde que falleció el poeta Ángel González, miembro del grupo poético del 50 y figura</em><em> clave de la literatura de posguerra. En este número, algunos de sus (numerosos) amigos le rinden homenaje y recuerdan su obra. Entre ellos está el escritor José Manuel Caballero Bonald, que en su último libro, </em><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-examen-de-ingenios/248429" target="_blank">Examen de ingenios</a> <em>(Seix Barral, 2017), reunía retratos de distintos escritores y artistas. Recogemos aquí el capítulo dedicado al poeta asturiano, que lee la novelista Almudena Grandes. ___________________</em></p><p>  </p><p><strong>Ángel González</strong></p><p>En alguno de aquellos encuentros de conspiradores o a cuenta de las correlaciones imprevistas de la amistad, aparecieron una noche por casa <strong>Ángel González</strong> y <strong>Pepe Amillo</strong>, conducidos por algún otro comunista noctámbulo. Debió ser a mediados de los años cincuenta. Pepe Amillo trabajaba teóricamente en <em>ABC </em>en calidad de periodista infiltrado y era afable, rubicundo y bebedor. En días tempestuosos, solía conducir un pequeño automóvil indistintamente por la calzada y por la acera, con lo que sus comparecencias en las comisarías no eran por razones políticas. Siempre andaba explicando a quienquiera que fuese que una de las causas más notorias de la muerte súbita se debía al hábito de ingerir yogures.</p><p>Ángel González y yo nos conocimos pues cuando empezamos a publicar. A partir más o menos de la aparición de su primer libro de poesía, <em>Áspero mundo</em> (1956), solíamos vernos con regular frecuencia y acordamos tácitamente que, salvo casos de extrema necesidad, no teníamos por qué referirnos a cuestiones literarias en el curso normal de las conversaciones. Y siempre respetamos ese pacto, a no ser que nos fallara la memoria o que se cruzara por delante alguno de esos funcionarios de la literatura tan propensos a suscitar juicios destemplados. Ángel aún no se había dedicado por entonces a la enseñanza de la literatura, suponiendo que eso se pueda enseñar, pero ya gozaba de una magnífica capacidad de observación poética. Sus puntos de vista tenían mucho de registros temporales donde se engranaba lo que pasó hace poco con lo que va a pasar mañana mismo. Quizá se trate de una maniobra de aproximación crítica donde hasta la fachada del humor reactivaba la lucidez del fondo. Una lucidez que siempre llegaba a su máxima temperatura durante esos desvíos entrecruzados de la conversación que coinciden con la alta madrugada.</p><p>Los encuentros con Ángel, itinerantes o no, siempre suponían una lección entre irónica y erudita, aparte de incluir de modo desigual el antídoto del ingenio y una especie de improvisado ejercicio imaginativo. A mí me parece que eso se le notaba más a Ángel cuando no tenía una guitarra a mano (aunque la buscara incluso con insolencia) y se viera obligado a suplir la tesis melódica de una vaqueira o un bolero por una teoría absolutamente rigurosa —pongo por caso— sobre el uso del adjetivo patológico en los últimos modernistas.</p><p>Después de aquellas descubiertas iniciales, Ángel y yo anduvimos juntos por diversos recodos de dentro y fuera de España: París, Nápoles, Estocolmo, Ciudad de México, amén de por algún que otro país de circulación entonces prohibida o alguna que otra incursión por sus pagos norteamericanos de Albuquerque, en cuya universidad dejó fama de profesor intachable. Allí se celebró un simposio sobre el 50 que resultó altamente fructífero, con unos festejos adicionales que aún deben resonar en la memoria universitaria colectiva. También estuvimos juntos en Colliure, en la conmemoración del vigésimo aniversario de la muerte de <strong>Antonio Machado</strong>, donde se fraguó mal que bien el que sería llamado grupo poético del 50. Es muy posible que, a partir de ahí, se instaurara en el abatido espacio cultural español un fértil sistema de saneamiento literario.</p><p>Pienso que el autor de <em>Áspero mundo</em> alcanzó una solvente madurez sin abandonar en ningún momento la ruta emprendida con ese primer libro suyo. No quiero decir que su poesía haya ido sucediéndose a sí misma sin mayores mudanzas, en una progresión mimética nada infrecuente, o sin atravesar por sus correspondientes tramos evolutivos. Lo que pasa es que Ángel González fue avanzando sin dejar de ser fiel a sus orígenes. Su voz última siguió siendo la misma que la de hace medio siglo, si bien aportó en todo momento nuevos hallazgos retóricos: esos decisivos pulimentos verbales que conducen a<em> Otoños y otras luces</em>. Ahí está justamente manifestada la plenitud a que me refiero.</p><p>Esa primera fase de la poesía de Ángel me enseñó algunas cosas. Una de ellas se convirtió con el tiempo en una lección impagable. Me refiero al uso de la ironía. A partir de algunos poemas de<em> Sin esperanza, con convencimiento</em>, de <em>Tratado de urbanismo</em>, entendí muy bien que la poesía —que la literatura en general— en la que no se filtre una cierta dosis de ironía, aunque se trate de una ironía matizada por el correlato objetivo, tiende a convertirse en un sermón. Y la verdad es que cada vez estaba uno menos dispuesto a oír sermones. Otra cosa bien distinta es que el coloquialismo que usa el poeta para encauzar ciertos tramos de su poesía se quedaba las más de las veces un poco a trasmano de mis gustos.</p><p>Las pautas esenciales de la obra poética de Ángel González —la crítica de la sociedad, las actitudes morales, la metafórica caricatura de la vida— desembocarían en una crisis de escepticismo donde hasta la citada ironía se convierte en sátira, en parodia o simplemente en chiste. «Largo es el arte, / la vida en cambio corta / como un cuchillo.» Pero con <em>Otoños y otras luces </em>volvería el poeta, como digo, a su mejor tensión expresiva, a su más eficiente manera de abordar el conocimiento de la realidad, de intervenir en la historia. De la narratividad figurativa se llega a los fructuosos sondeos en el simbolismo. Son poemas de amor y desamor, de lirismo paisajístico, de memorias y deseos, por donde fluyen sombras queridas y justicieros tributos literarios: <strong>Juan Ramón Jiménez</strong>, Machado, <strong>Pedro Salinas</strong>, <strong>Claudio Rodríguez</strong>... Hasta en la forma de asociar las figuras retóricas se percibe esa actitud del poeta enfrentado, como él diría, a la moratoria crepuscular de la vida.</p><p>Durante su etapa madrileña Ángel trabajaba en el Ministerio de Obras Públicas. Disponía de un puesto bastante cómodo en cuya gestión algo tuvo que ver <strong>María Rosa Campos</strong>, alias <em>la Marquesa</em>, que mantenía secretos amores con el ministro del ramo. María Rosa Campos, vieja amiga de <strong>Carmina Labra</strong> —prima de Ángel y protectora mayor de clandestinos—, era una mujer altamente seductora: su <em>glamour </em>y su refinamiento acentuaban su papel de arquetipo de novela galante. Vivía en el madrileño hotel Wellington, donde disfrutaba de una <em>suite </em>en la que se organizaron algunas francachelas de mucho regocijo.</p><p>Bien. Ángel y yo solíamos vernos preferentemente de noche. Tanto es así que cuando coincidíamos en algún sitio de día nos quedábamos como extrañados, como si no nos reconociéramos del todo. El alcohol tenía entonces mucho de contraofensiva contra los convencionalismos de turno y los biempensantes de siempre. «Otro tiempo vendrá distinto a éste», decía Ángel González en un poema de aquellos años, pero ese tiempo tardó demasiado en llegar, al menos para nosotros. Algunas de esas noches disponían además de epílogos disparatados. A veces, cuando cerraba el último bar habitual —Oliver, Boccaccio, Whisky Jazz— se iniciaba una especie de rastreo en busca de lugares presuntos donde poder tomar una copa. Recalábamos así en sitios inverosímiles: gasolineras, tanatorios, estaciones. Sin duda que no era un epílogo edificante, pero en ese itinerario estaban también implícitos los desajustes de nuestra propia vida. </p><p>Ángel eligió desde siempre el riesgo de los amores difíciles y consecutivos, una práctica que le supuso a veces un buen acopio de tensiones añadidas. En los años en que publicó su primer libro, <em>Áspero mundo</em>, viví muy de cerca la que acaso fuera su más conflictiva experiencia amatoria. Luego, cuando inició su periplo universitario en EE. UU., siempre que volvía a España se traía una nueva novia. No era ningún alarde sentimental, era una simple variante operativa del solitario. Todas esas novias eran o habían sido alumnas y todas presentaban muy buenas cualidades de trato y de aspecto. La última, <strong>Susana Rivera</strong>, medio mexicana medio gringa, fue también la depositaria de los pocos papeles —adecuadamente desordenados— que dejó Ángel.</p><p><em>Nada grave</em>, editado póstumamente, prolonga la agudeza sucinta del último Ángel González. Viene a ser como una muestra fragmentaria del libro que tal vez, no sin alguna desavenencia consigo mismo, hubiese publicado el poeta, aunque tampoco estoy nada seguro de que finalmente se decidiera a hacerlo. Unos pocos de los concisos poemas que se reúnen en <em>Nada grave</em> ya aparecieron anteriormente en alguna antología; los restantes se encontraban medio perdidos entre los borradores del poeta y no sé si fue una buena idea reunirlos en una edición de urgencia. Todos ellos disponen de una pesadumbre que las enseñanzas de la vida fueron acrecentando y tienen mucho de bocetos de poemas que a lo mejor nunca se iban a terminar. La intempestiva muerte se encargó de corroborarlo.</p><p><em>*José Manuel Caballero Bonald es escritor y ganador del Premio Cervantes en 2012. Su último libro, </em><strong>José Manuel Caballero Bonald</strong><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-examen-de-ingenios/248429" target="_blank">Examen de ingenios</a><em> (Seix Barral, 2017). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jan 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Caballero Bonald]]></author>
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      <title><![CDATA[Leer en la Ángel González]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/leer-angel-gonzalez_1_1149929.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/abf231bd-0d45-4f7e-9f8b-f531b2c24542_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Leer en la Ángel González"></p><p><em>Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Les dejamos esta sala para que comenten sus lecturas y nos ayuden a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para contarnos vuestra historia y hacernos llegar vuestras recomendaciones.</em><strong>losdiablosazules@infolibre.es</strong></p><p>___________________________________</p><p>Por club de lectura entendemos toda reunión periódica para hablar en torno a un libro, seleccionado con anterioridad y leído por los integrantes del grupo. La gran aceptación que tienen los clubes se debe a que reúnen dos alicientes, la lectura personal e íntima y la posibilidad de compartir esa lectura con otras personas. En la biblioteca pública municipal Ángel González, en Madrid, contamos con tres variantes de esta misma actividad.</p><p>La primera incluye un moderador que dirige la charla, controla turnos de palabra, recoge y transmite al grupo el mensaje contenido en el libro y plantea preguntas que estimulen la intervención de todos los miembros del grupo; se habla del tiempo narrativo, los giros de la trama, el género, el espacio, el punto de vista del narrador, la credibilidad de la obra, el formato, la portada, los personajes y el argumento. La línea ideal de un club es la que mezcla el aprendizaje con el debate, la literatura con la socialización. En estos casos el grupo es de un máximo de 15 personas y los libros son prestados por la propia biblioteca, que los obtiene del fondo específico de títulos para clubes de lectura de la Unidad Central de Bibliotecas. Las labores de coordinación las pueden llevar a cabo bibliotecarios o terceras personas, invitadas o contratadas, en todo caso, es importante no variar de coordinador con frecuencia.</p><p>Los últimos libros que han pasado por el club han sido <em>Octubre, octubre</em> de <strong>José Luis Sampedro</strong>, <em>El corazón de las tinieblas,</em> de <strong>Joseph Conrad</strong> y <em>Will,</em> de <strong>Tom Sharpe</strong>. Otros títulos de 2017 fueron, <em>La mancha humana</em>, de <strong>Philip Roth</strong>, <em>Manual de Inquisidores</em>, de<strong> Antonio Lobo Antunes</strong>, <em>Estrella distante,</em> de <strong>Roberto Bolaño</strong> y <em>El jardín secreto</em>, de<strong> Frances Hodgson Burnett</strong>. En general, se busca que sean libros no demasiado extensos, y la alternancia entre clásicos, novedades, premios literarios, lecturas ligeras y, de forma esporádica, poesía.</p><p>La segunda modalidad de club de lectura, denominada en nuestra biblioteca Reunión literaria, surgió a petición de un grupo numeroso de usuarios que no tenían plaza en el club de lectura al uso. En este caso, la selección del libro a leer no la realiza el coordinador propuesto por la biblioteca, sino que son los participantes los que gestionan las lecturas y el funcionamiento de la actividad; son también ellos quienes se encargan de conseguir los ejemplares que necesitan. Títulos que se han leído en este grupo han sido <em>El tiempo amarillo,</em> de <strong>Fernando Fernán Gómez</strong>, <em>Tea Rooms,</em> de <strong>Luisa Carnés</strong>, <em>El mundo de ayer,</em> <strong>Stefan Zweig</strong> y <em>Son</em> c<em>osas que pasan,</em> de <strong>Pauline Dreyfus</strong>.</p><p>Tanto en el caso de las tertulias literarias, como de los clubes de lectura clásicos, la duración suele ser de hora y media y la periodicidad mensual. Otros elementos importantes son la colocación del grupo en círculo, viéndose las caras y que todos los miembros del club conozcan los nombres de los demás.</p><p>Por último, existe otro tipo de club de lectura, en este caso, clubes de lectura fácil, en los que los libros son adaptaciones al formato de lectura fácil y que va dirigido a un grupo de usuarios con dificultades en la comprensión lectora. La lectura se realiza compartida y en voz alta, los títulos son seleccionados por la biblioteca y la gestión del grupo, de no más de 10 personas, y la coordinación de la actividad corre a cargo del personal de la biblioteca Ángel González, si bien suele haber, en cada sesión, dos personas en lugar de una. El objetivo es aportar seguridad al lector y facilitar el aprendizaje y el gusto por la lectura; en el caso de la biblioteca Ángel González trabajamos con alumnos de centros educativos del barrio. Entre los libros compartidos en este taller encontramos <em>Nick</em> de<strong> Inma Chacón</strong>, <em>Drácula,</em> de <strong>Bram Stoker</strong>, <em>El libro de la selva,</em> de <strong>Rudyard Kipling,</strong> la <em>Vuelta al mundo en 80 días,</em> de <strong>Julio Verne </strong>y <em>Peter Pan,</em> de <strong>J.M. Barrie</strong>. Esta actividad también se ha llevado a cabo con grupos de personas adultas, en este caso se escogió el título <em>Bajo el mismo cielo,</em> de <strong>Núria Martí</strong>.</p><p>Los clubes de lectura son una más de las herramientas que utiliza la biblioteca pública en su labor de consolidación de hábitos lectores, promoción del patrimonio cultural, en este caso, a través de la literatura, y de fomento del diálogo, la cohesión, la convivencia y el desarrollo personal, dentro de un marco de universalidad y gratuidad que quiere acercarse a todos.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jan 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Biblioteca Pública Ángel González]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Bibliotecas,Libros,Literatura,Los diablos azules número 93]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Todos los ángeles]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/angeles_1_1149921.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ccdd1f8b-c040-4bc3-934a-8d87a42fd646_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Todos los ángeles"></p><p><em>Jesús García Sánchez, de la librería y la editorial Visor, recomienda algunos de los títulos del poeta asturiano Ángel González cuando se cumplen diez años de su fallecimiento. </em></p><p>_________________________ </p><p><strong>Palabra sobre palabrasSeix BarralBarcelona2010</strong><em>Palabra sobre palabras</em></p><p>  </p><p>Bajo este título, <strong>Ángel González</strong> reunió su poesía completa. Él mismo presentó así su personalidad: «Nací en Oviedo en 1925. El escenario y el tiempo que corresponden a mi vida me hicieron testigo de innumerables acontecimientos violentos: revolución, guerra civil, dictaduras. En muy pocos años me convertí, de súbdito de un rey, en ciudadano de una república y, finalmente, en objeto de una tiranía. Regreso, casi viejo, a los orígenes, súbdito de nuevo de la misma Corona. Me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo poesía fue, para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero acto de vivir.»</p><p>  <strong>La poesía y sus circunstanciasSeix BarralBarcelona2005</strong><em>La poesía y sus circunstancias</em></p><p>  </p><p>Editado y prologado por <strong>José Luis García Martín</strong>, este libro que reúne los ensayos sobre poesía del autor asturiano. Con minuciosa lucidez escribe el poeta sobre su maestro de la adolescencia, <strong>Juan Ramón Jiménez</strong>, y sobre <strong>Antonio Machado</strong>, <strong>Blas de Otero, Gabriel Celaya</strong> y <strong>Emilio Alarcos</strong>. Y también sobre su propia obra y el áspero tiempo de guerras, dictaduras y exilios que le tocó vivir. Crítica literaria de primer orden, hecha con una enorme capacidad creadora y gran sagacidad: toda una fiesta de la inteligencia.</p><p>  <strong>Nada graveVisorMadrid2008</strong><em>Nada grave</em></p><p>  </p><p>Libro que dejó Ángel González dispuesto para publicar después de su muerte. Compuesto por 28 poemas que están a la altura de su mejor poesía, la mirada de poeta anciano se acerca al final y siente que la muerte no es nada grave. Las desilusiones sentimentales de un amor cruel imponen una relación con la vida marcada por el miedo y la desolación. La carencia de sentido de la realidad tiene que ver con una vista cansada en la que el dolor del que mira es comparable con el dolor que hay en lo visto. El sentimiento de fracaso aquí expresado no es consecuencia de un pesimismo imperativo, sino de la lucidez penetrante que caracteriza la poesía de uno de los mal altos autores de la literatura española contemporánea acostumbrado a reconocer el odio, la culpa y el rencor, tanto como la celebración de la amistad y de los sueños.</p><p>  <strong>Donde la vida se doblega, nunca</strong></p><p><strong>Granada2017</strong></p><p>  </p><p>Así presenta la editorial Valparaíso esta antología preparada por <strong>Susana Rivera</strong>: “Su infancia se vio fuertemente marcada por la muerte de su padre, fallecido cuando apenas tenía dieciocho meses de edad. Cursó estudios de Derecho y Magisterio en la Universidad de Oviedo. En 1950 se trasladó a Madrid para estudiar en la Escuela Oficial de Periodismo. En 1956 publicó su primer libro de poemas, <em>Áspero mundo</em>, con el que obtuvo un accésit del Premio Adonais. Tras su segundo libro, <em>Sin esperanza, con convencimiento </em>(1961), Ángel González pasó a ser adscrito al grupo de poetas conocido como Generación del 50. En 1962 fue galardonado en Colliure con el Premio Antonio Machado de la editorial Ruedo Ibérico de París por su libro <em>Grado elemental</em>. Fijó su residencia en Estados Unidos en 1973 dictando clases en las Universidades de Utah, Maryland y Texas, regresando en 1974 a la Universidad de Nuevo México en Albuquerque como profesor de Literatura Española Contemporánea. En 1985 le concedieron el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y en enero de 1996 fue elegido miembro de la RAE. El mismo año obtuvo el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En 2004 se convirtió en el primer ganador del Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca-Ciudad de Granada”.</p><p><em>*Puedes encontrar Visor Libros en la calle Isaac Peral, 18, de Madrid o en su página web.</em><a href="http://www.visor-libros.com/tienda/" target="_blank">página web</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jan 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Jesús García Sánchez (Librería Visor)]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Todos los ángeles]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Librerías,Literatura,Poesía,Los diablos azules número 93]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Percepción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/percepcion_1_1149920.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6bc7ad66-e3ea-443c-af4c-06bff2806ca5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Percepción"></p><p><em>La sección de microrrelatos inéditos Liebre por gato está coordinada por Gemma Pellicer y Fernando Valls. En esta nueva entrega recoge tres textos del escritor argentino Juan Romagnoli.</em></p><p>___________________________________</p><p>  <strong>Percepción</strong></p><p>La vi venir por la vereda, con sus movimientos danzantes. La brisa se demoraba en su cabello negro y ondeado, y jugaba en su pollera breve. Sin distinguir aún los detalles, intuía una sonrisa dulce en su rostro. Era una luna transitando el cielo limpio de la tarde. Se fue acercando. Yo no lograba moverme ni dejaba de observar su figura armoniosa. Sus caderas flotaban sobre las piernas de piel morena, sus pies se deslizaban sobre las baldosas sonrojadas. No sé si me había visto, sólo sé que avanzaba hacia mí y que me enamoraría del todo antes de llegar. Se la veía alegre, portadora de la primavera original. A mi derecha había un jardín; pensé en tomar una rosa para obsequiársela, pero no me resolví a tiempo. Ya estaba a pocos metros y su movimiento errático y leve la trajo casi hasta mi nariz. Alcancé a ver en sus alas la línea y el círculo oscuros que delimitaban zonas amarillas, naranjas y azul cobalto. Me esquivó en un giro rápido y natural. Ingresó al jardín y se perdió entre las flores.</p><p>  <strong>Desencuentro</strong></p><p>  <em>a Caro Fernández</em></p><p>La encontré en la playa solitaria, entre las rocas, varada en la arena y a pocos metros del agua. Sus ojos eran hermosos, sus pechos también, apenas los pezones tapados por la larga cabellera rubia. Boqueaba. Me acerqué y se aferró a mis piernas con mirada suplicante. Por medio de gestos me pidió que le tirara agua en su cola escamosa. Recordé leyendas en las que, echándoles agua de mar en esa parte, se completa su forma humana. Arrebatadamente enamorado, me apresuré a hacerlo. Me indicó que la mojara entera y accedí sin titubear, interpretando su apuro. Luego me soltó, terminó de convertirse en un gran pez, y se zambulló en el mar.</p><p>  </p><p><strong>Casita de muñecas</strong></p><p>La niña juega sola en su cuarto. Ubica una pareja de muñecos en los pequeños sillones de su casita de madera. Tararea una canción alegre. Acomoda el vestidito de ella y la ropa diminuta de él.</p><p>Momentos después, deja de cantar y simula una irrupción por la puerta principal de la casita: Dos soldados de su hermano menor, muñecos articulados, desparraman los muebles de juguete. La niña los maneja con brusquedad, mientras susurra órdenes. Con sus manos coloca capuchas ínfimas, que cosiera su abuela, en las cabezas de su pareja de muñecos, y los hace salir a todos por la misma puerta.</p><p>La madre llama a cenar. La niña devuelve a su lugar los juguetes del hermano menor y acomoda la casita de madera. Sin demora, se asea las manos en el lavabo y desciende las escaleras. No sea cosa que haga enojar a su padre.</p><p><em>*Juan Romagnoli nació en Argentina, en 1962. Se crió en Mendoza y reside en Buenos Aires. Entre sus libros de microrrelatos se cuentan </em><strong>Juan Romagnoli</strong>Universos ínfimos<em> (Tres Fronteras ediciones, Murcia, 2009), reeditado por Macedonia (Buenos Aires, 2011), editorial en la que también han aparecido </em>#ElSueñodelaMariposa<em> (2013); </em>Narrar es humano<em> ( 2015) y </em>Caracolas <em>(2017).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jan 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Romagnoli]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Percepción]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Libros,Literatura,Literatura latinoamericana,Narrativa,Los diablos azules número 93]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Otro cuento de Navidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/cuento-navidad_1_1149919.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/55e913f9-4150-4a1e-83ef-38d1dfc2fb9f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Otro cuento de Navidad"></p><p><em>(Comienza Manuel Vilas.)</em><strong>Manuel Vilas</strong></p><p>No era un recurso para sentirse menos solo cuando llegaba la noche, en absoluto. Sentía una auténtica fascinación cuando entraba en las páginas web de grandes tiendas que solo vendían por internet. Tenía una gran curiosidad por todas las cosas que el ser humano producía y con las cuales comerciaba a través de sofisticados programas y aplicaciones informáticas. Le fascinaba especialmente Amazon, que consideraba una especie de resumen general de la historia y del mundo. Tal vez el mito de la abundancia inacabable. El mito de El Dorado reinventado. O el mito de la Arcadia. O el mito del Paraíso Terrenal.</p><p>A veces Amazon le defraudaba. Eso ocurría cuando en tiendas de la ciudad encontraba en determinados productos los mismos precios o incluso más baratos que en Amazon. Eso le sumía en un estado de tristeza profunda, y eso le acababa de ocurrir con un pack de agua de colonia para hombre más loción para después del afeitado de Calvin Klein. En las cadenas de Tjmax, en la tienda correspondiente a Iowa City, había encontrado ese pack a 26,99 dólares. El mismo pack estaba en Amazon a 35,99 dólares. Sintió un quebranto especial. Nunca pensó que Amazon le pudiera fallar de esta forma. Era como si le abandonara la mano de su propio padre.</p><p>Estaba en Iowa City con una beca del International Writing Program, una beca de tres meses de duración, tres meses en donde los escritores invitados se dedican a escribir y a acudir a eventos relacionados con la literatura. Había treinta escritores más con él. Aunque hablaba inglés (lo aprendió en Manchester trabajando de camarero) era la primera vez que estaba en Estados Unidos.</p><p>Llevaba un cuaderno, una especie de diario, donde anotaba sus pensamientos. Había anotado esto “en mí la pobreza se acerca tanto al sentimiento de desolación como a la necesidad de fornicar, la necesidad de posesión o de placer, de hacer el amor, aunque no sabría concretar más este ansia”.</p><p>La mañana la pasaba explorando todos los departamentos de Amazon.</p><p>Había contratado el servicio <em>prime </em>de Amazon, y lo había conseguido gratis durante los primeros 30 días. El servicio le aseguraba que la entrega de sus pedidos se producía en 48 horas. Pensó: “48 horas de espera y el mundo es mío”.</p><p>Ayer recibió un paquete. Sintió una gran emoción. El cartero de UPS dejó el paquete en la puerta de la casa. Había pedido seis pares de calcetines de invierno y un reloj Casio cuyo diseño le encantaba. Era un pedido modesto. Los calcetines sumaban 9,99 y el reloj 15,99 dólares. Con las tasas se ponía todo en 29 dólares. Le fastidiaba que los impuestos fuesen siempre aparte, eso oscurecía la oferta. Siempre había que añadir unos cuantos dólares, y la alegría de la oferta disminuía, se hacía imprecisa. Pero era tan bonito el paquete de cartón. Una caja solvente. Con su nombre bien claro. Como vivía en una planta baja, el cartero de UPS dejaba el paquete en la misma calle.</p><p>Pensó en los Reyes Magos de Oriente, en su infancia, en sus padres dejando sus regalos en el árbol de Navidad. Sus fallecidos padres. Se acercaba la Navidad, y todos los compañeros escritores regresaban a sus países para pasar esos días con sus familias. Él pidió alargar su estancia, pasar la Navidad allí, solo, en Iowa, en su pequeño apartamento, esperando paquetes de Amazon. Le concedieron la ampliación de la beca, sin ni siquiera preguntarle la razón.</p><p>Había comenzado a nevar. Menos mal que la puerta de su casa tenía un saliente que impediría, llegado el caso, que la nieve cayera encima de sus deseados paquetes.</p><p><em>(Continúa Use Lahoz.)</em><strong>Use Lahoz</strong></p><p>Sin el resto de escritores, la ausencia de sonidos humanos en la residencia de la Iowa City llegaba a resultarle incómodo durante las mañanas. Aun así, experimentar la soledad matutina en la cocina era un placer. El 23 de diciembre, tras dejar la cafetera en el fuego, se acercó a la entrada y abrió la puerta. Suspiró aliviado al ver los nuevos paquetes de UPS. Antes de agacharse, guiado por la luz intensa del amanecer –esos incipientes rayos que le dañaron la vista—, arrugando los ojos observó con agrado la flotante densidad de la nieve que se extendía a sus pies y cubría toda la calzada. Otro día más sin salir de casa, pensó. Otro día más delante del ordenador combatiendo la tentación de Amazon.</p><p>De nuevo en su cuarto, a buen recaudo y con la taza de café llena, abrió los paquetes haciendo uso de unas tijeras (ya no perdía tiempo haciendo fuerza con las manos para romper el plástico): ahí estaban la crema de manos y los auriculares que compró en la madrugada del día 21, cuando se desveló a las tres de la mañana y acudió a Amazon como quien busca compañía, agradeciendo los inventos de la economía 24/7. Probó los auriculares y olió la crema L'Occitane Karité, tan útil en Iowa. Regalos que llegaban por arte de magia. Regalos que venían de la Arcadia por 19,89 dólares. Sin embargo, pronto le sobraron. Era la reciente visión de la nieve la culpable de que aquellos regalos fueran menos poderosos que la memoria. Porque aquella nieve evocaba navidades pasadas, aquellas de la infancia, las que pasó en Monzón, donde la nieve llegaba puntualmente al inicio del invierno y, lejos de retener a los niños en sus casas, los sacaba de ellas incitándoles al esparcimiento. Reaparecieron las noches de Reyes en que se acostaba soñando con los regalos que traerían esos magos que su padre insistía en que venían de oriente. Entonces todo tenía sentido. Así se vio estrenando una guitarra un lejano 6 de enero, fascinado con aquel instrumento (ah, el olor de la madera barnizada, ¡si aún podría reconocerlo!) que habría venido desde tan lejos en las alforjas de vete a saber qué paje o qué camello. Pero hoy, mientras se lleva la taza a los labios, angustiado por algo que no sabe nombrar, se pregunta: ¿cuántas horas extras tuvo que hacer mi padre en la fábrica para traerme aquella guitarra?, ¿en qué momento pediría permiso al patrón para ausentarse?, ¿en el coche de quién acudiría a la capital para adquirirla?</p><p>Para evitar el avance de unos remordimientos que conoce bien, acude a Amazon, pero se obliga a retenerse. Se levanta y, con la taza en la mano, se acerca al pasillo y aprovecha el vacío de la residencia para caminar a la espera de una coartada que engañe al recuerdo. Hay retratos de escritores que disfrutaron de la beca en años pasados (<strong>Anne Provoost</strong>, <strong>John Lanchester</strong>, <strong>Niccolo Amanitti</strong>). Al pasar por delante de la puerta 11 se acuerda de la escritora belga (o flamenca, según puntualizó ella) que llegó a la casa  después que él y que de buenas a primeras se mostró excesivamente simpática, tan cálida, como si el hecho de compartir oficio diera pie a la confianza. Sandrine quiso que él le explicara el funcionamiento de la casa y, sobre todo, en eso insistió hasta tres veces, de la lavadora y la secadora. Y él accedió –con ese inglés macarrónico que aprendió en Manchester—, como accedió a ir a comer con ella al Joseph Steakhouse pese a que no le apetecía gastar dólares. Sandrine había vuelto a Amberes a pasar las navidades con su marido y sus tres hijos. Y él recordó que aquel día, a la vuelta del restaurante, alguien llamó a su puerta. Al abrir, encontró a quien esperaba y no pudo evitar que su mirada se escurriera hacia las manos de ella, que sujetaban un fardo de ropa.</p><p>—Dijiste que pensabas poner una lavadora esta noche, ¿verdad? —preguntó ella.</p><p>—Sí –logró pronunciar él, entrecortado.</p><p>—¿Podrías lavarme esto con tu ropa, por favor?</p><p>—Claro, claro —¿qué podía decir si no?</p><p>—Gracias —dejó caer ella, estirando la palabra con su sonrisa y levantando la mano en señal de adiós.</p><p>Ahora rememora su impresión al desdoblar el bulto y descubrir una camiseta de tirantes, dos calcetines de rayas y las braguitas azules Wild Rose.</p><p>Sandrine volvería el día 31 por la tarde. Antes de irse le había hecho prometer que cenarían juntos la noche de fin de año. Y él, que no quería pasar la noche de fin de año con nadie porque no había noche que odiara más que aquella, y porque había planeado pasarla rastreando ofertas en Amazon —solo, tranquilo, lo más alejado posible de los recuerdos—, había accedido también.</p><p>Antes de volver a la cocina a por más café, buscó el cuaderno donde iba anotando pensamientos, y con cierta prisa garabateó:  “23 diciembre: Nunca sabemos por dónde viene ni qué forma tiene el riesgo, pero aguardamos su regreso como si fuera necesario”. Al cerrarlo, una vez más se le quedó abierto por la primera pagina, en la que dos años atrás había escrito una única entrada que volvió a leer de nuevo: “Cuando odies a alguien con todas tus fuerzas, recuerda que ese alguien también fue niño y también acabará muerto”.</p><p><em>(Continuará Marcos Giralt Torrente.)</em><strong>Marcos Giralt Torrente</strong></p><p><em>*Manuel Vilas es escritor. Su última novela es </em><strong>Manuel Vilas</strong><a href="https://www.megustaleer.com/libro/ordesa/ES0155130" target="_blank">Ordesa </a><em>(Alfaguara, 2018).</em></p><p><em>*Use Lahoz es escritor. Su último libro, </em><strong>Use Lahoz</strong><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-los-buenos-amigos/217111" target="_blank">Los buenos amigos</a><em> (Destino, 2016). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jan 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Manuel Vilas  Use Lahoz]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Otro cuento de Navidad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Narrativa,Los diablos azules número 93]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Un mundo en equilibrio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/mundo-equilibrio_1_1149916.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/24203a36-84b6-436a-9e2f-1f29f52d9a1b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un mundo en equilibrio"></p><p><strong>La vida sumergidaPilar AdónGalaxia GutenbergBarcelona2017</strong><em>La vida sumergida</em></p><p>Para <strong>Pilar Adón</strong> (Madrid, 1971), que ensaya una literatura lírica, elegante, cargada de observaciones tan inteligentes como certeras sobre la vida, su percepción del mundo se parece a “una araña que dejara como único rastro los invisibles hilos de su asfixiante tela”. Excepcional y reveladora en sus planteamientos narrativos breves, ha publicado hasta el momento las colecciones de relatos, <em>Viajes inocentes</em> (2005), cuyo tema, esencial y común, es la debilidad del ser humano y cuanto se deriva de ella: locura, ansiedad, soledad y desconfianza, o la huida, en definitiva; con <em>El mes más cruel</em> (2010), volvía al terreno del cuento, y entregaba un libro que, cuando uno cierra sus páginas, percibe cómo una curiosa atmósfera unifica el conjunto, y una expresa y manifiesta voluntad sustituye, en ocasiones, a la auténtica trama de las historias contadas, como si de un auténtico tratado sobre el miedo y las perversidades se tratara, y todo ello fruto de una extraña, interesante, e inquietante escritura que de la mano de Adón nos traslada a los confines de lo aparentemente previsible y/o, aún más, de lo imprevisible en nuestra debilitada visión de la vida cotidiana. Y, su más reciente colección, <em>La vida sumergida</em>, en cuyos cuentos sobresale esa idea de dominio, el invisible poder que alguien ejerce sobre los otros, porque para la mayoría de los personajes de la madrileña la vida acecha siempre en todas las partes.</p><p>La narradora ha señalado, en alguna ocasión, que “los seres salvajes no han nacido para ser felices”, y lo afirma a propósito de <em>La vida sumergida</em>, cuyos cuentos nos devuelven a la memoria algunos de los temas que narrativamente obsesionan a la escritora: la dependencia y la sumisión humanas, la naturaleza asfixiante y, por consiguiente, cruel, que lleva a sus personajes al aislamiento como forma de huida y refugio, buscan la seguridad de la utopía, y sufren su posterior desencanto; incluso se verán envueltos en las relaciones de interdependencia, que ya había ensayado anteriormente en su narrativa extensa y en su faceta lírica. Las historias de este volumen se plantean desde una perspectiva lateral, se soslaya la intención final porque los personajes se presentan poco a poco y de una manera abstracta sin que sepamos nunca qué les ocurrirá, o deparará el destino cercano. De ahí el juego y la magnífica construcción de los asuntos planteados, característica reforzada por una carga psicológica bastante fuerte, lo suficiente como para que el lector se vea obligado a analizar el resultado, porque la reflexión y las referencias abundan en esa otra realidad, en esa otra manera particular de mirar al mundo que propone Pilar Adón.</p><p>Los trece cuentos que forman <em>La vida sumergida</em> muestran un particular estilo porque las abstracciones y las ideas se conciben como un medio natural por donde se mueven los protagonistas de sus historias, personajes de los que se ofrece apenas la idea que representan; tan es así que el estilo por el que podríamos definir la escritura de Adón se nutre básicamente del poder de la irracionalidad, y en muchos de ellos las sensaciones que predominan es lo instintivo, o tal vez un exclusivo poder intuitivo, que nos obliga como lectores a emplear todos nuestros sentidos, nos somete a definir muchos de sus significados, que de una forma ejemplar favorecen esa continuidad que se espera en un buen relato. La narradora concibe la mayoría de sus cuentos como esa historia en la que predomina una dimensión psicológica muy acentuada, y quizá por ello limita sus escenarios a espacios cerrados, y en este sentido nunca ligado a un lugar determinado y preciso, porque muchos de los personajes de Adón apuntan una tremenda inseguridad.</p><p>Y<em> La vida sumergida</em> propende a reincidir en esa supuesta vida ideal a través de una utopía alternativa que nos recuerda y devuelve a tiempos pasados, esa especie de comuna descrita por <strong>Tolstói </strong>y que la narradora recrea en el excelente cuento “Un mundo muy pequeño”, la historia de un noble rico que deja todo para seguir una vida alternativa de pobreza que, finalmente, acaba por desencantarlo y, aun más, por asfixiarlo. En un cuento anterior, “Vida en colonias”, ya se apunta esa dificultad comunitaria porque una chica espera a su hermano mayor para ir juntos en autobús hacia una comuna en la que vivirán esa experiencia de la desposesión total ante una vida sin prejuicios y valores superfluos, pero una vez mostrado ese desencanto, se incide en la idea de caída, de dependencia y, finalmente, de decepción. No menos magistral resulta el cuento titulado “La primera casa de la aldea”, porque implica una versión del miedo al lobo del clásico infantil, pero solo reducido a la angustia y a cierta espera. Otros cuentos reiteran situaciones de soledad, de incomunicación y de desamparo, encarnadas en seres condenados a la lucha entre la realidad y el deseo, y se concretan en espacios de incertidumbre y de aislamiento, como se cuenta en la difícil convivencia entre las dos hermanas del relato “Pietas”, en el frustrado acuerdo de Lea y Jermo en “Vida en colonias”, en la búsqueda del otro en “Virtus” y en la fragilidad de la paciente postrada en “Recaptación”.</p><p>Pilar Adón consigue escribir unas historias exigentes que recrean una vida tan extraordinaria como perturbadora, una existencia casi espiritual sostenida por la imagen de un mundo, creado a su medida, donde la extrañeza se despliega y convierte en inestabilidad el devenir de sus personajes, pero debemos a puntar que su mayor acierto consiste en esa elusiva técnica de tanta eficacia en el cuento que se percibe como un auténtico apunte onírico, abstracto e impresionista que en ningún momento deja indiferente al lector.</p><p>La narradora madrileña aspira, con cada uno de sus libros, en convertirse en el reflejo de ese espejo donde uno se mira y, una vez fijada la imagen, ser capaz de sentir la curiosidad de ver a través de él para así poder seguir avanzando.</p><p><em>*Pedro M. Domene es escritor. Su último libro es </em><strong>Pedro M. Domene</strong><a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/06/23/de_tierras_pasiones_secreto_las_beguinas_66769_1821.html" target="_blank">El secreto de las </a><a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/06/23/de_tierras_pasiones_secreto_las_beguinas_66769_1821.html" target="_blank">Beguinas</a><em>(Trifaldi, 2016).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jan 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro M. Domene]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Los diablos azules número 93]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[En el buen sentido de la palabra, bueno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/buen-sentido-palabra-bueno_1_1149912.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0d3d0c9b-5d52-49a4-be37-f12d67980d1b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En el buen sentido de la palabra, bueno"></p><p><strong>Poética machadiana en tiempos convulsos. Antonio Machado durante la República y la Guerra CivilFrancisco Morales LomasEditorial ComaresGranada2017</strong><em>Poética machadiana en tiempos convulsos. Antonio Machado durante la República y la Guerra Civil</em></p><p>Era, como quiso, un hombre bueno, en el mejor sentido de la palabra bueno. La presencia de <strong>Antonio Machado </strong>y de su célebre fotografía con mascota ilustró como un póster intelectual la adolescencia de <strong>Francisco Morales Lomas</strong>, quien confiesa que en su mesilla de noche juvenil convivían sus <em>Poesías completas</em> con las <em>Rimas y Leyendas </em>de <strong>Gustavo Adolfo Bécquer</strong>. Ahí sin duda, en esa memoria con acné hay que rastrear el origen de la pesquisa que ha emprendido y que corona con el ensayo que hoy presentamos, <em>Poética machadiana en tiempos convulsos. Antonio Machado durante la República y la Guerra Civil</em>. A la hora de analizar ese corpus teórico y lírico del poeta andaluz, Francisco Morales Lomas se centra en un periodo ya consolidado de su obra y, sobre todo, en el de mayor compromiso del escritor sevillano: la etapa que sucede a su traslado desde Segovia, donde compartía tertulia con don <strong>Blas Zambrano</strong>, el padre de nuestra <strong>María </strong>filósofa, al Madrid convulso del <em>delenda est monarchia</em> en donde, al calor de los acontecimientos políticos que siguen al izado de la bandera republicana que él mismo llevara a cabo, se suscita un claro enfrentamiento entre dos teorías del mundo y del tiempo, la suya, la razón poética, frente a la razón histórica de<strong> José Ortega y Gasset</strong>.</p><p>En este estudio, publicado por la editorial granadina Comares, que ya nos regaló una valiosa reflexión sobre la novela negra y la novela policial bajo el título de <em>El signo de los cuatro</em>, de <strong>Manuel Valle</strong>, se recoge buena parte de la peripecia biográfica de Antonio Machado, desde las tertulias madrileñas a su fin de guerra en Barcelona, pero sobre todo supone un rastreo documental heterodoxo y cargado de rigor, en el que Morales Lomas destapa “su compromiso con la poesía, con el humanismo, con una historia de valores y principios que siempre adujo y, de modo extraordinario, estuvo presente en sus escritos de estos años de la República cuando percibía que todo en el país se iba desmoronando, casi al mismo tiempo que se desmoronaba su salud, a pesar de estar en una de las épocas de amor más extraordinarias de su vida con la presencia omnímoda de la escritora <strong>Pilar de Valderrama</strong>”.</p><p>Morales Lomas (Jaén, 1957) ha publicado más de 40 obras de narrativa, poesía, teatro, artículos periodísticos y ensayo. Nació en Campillo de Arenas (Jaén) el 26 de julio de 1957, aunque ha vivido en Granada, Barcelona y Málaga, esta última ciudad donde reside. Lleva 12 años como presidente de la Asociación de Escritores y Críticos Literarios de Andalucía. Es catedrático de Lengua Castellana y Literatura y doctor en Filología Hispánica. Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras, ejerce de profesor de la Universidad de Málaga. Es columnista de opinión en diversos medios y críticos literario en periódicos y revistas especializadas.</p><p>Con esta obra, Morales Lomas nos regala una visón poliédrica de Antonio Machado y su entorno, incluyendo a sus hermanos menos conocidos y no sólo a Manuel quien, como dato curioso que él mismo aporta, se posicionaría en la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, cuyos pasos en tal sentido no seguiría su hermano Antonio que prefería considerarse como un republicano platónico, aunque terminara planteándose si su pluma valdría tanto como la pistola de <strong>Enrique Líster</strong>.</p><p>A lo largo del libro, Morales Lomas viaja desde el nombramiento de Antonio como hijo adoptivo de Soria, al Instituto Calderón de la Barca, las Misiones Pedagógicas, la muerte de <strong>Abel Martín</strong>, el bienio negro, la escalofriante y metafórica tierra de Alvargonzález, Juan de Mairena como prosista avezado de la realidad en el <em>annus horribilis</em> de 1934, su cátedra en el Instituto Cervantes, su adhesión al comité mundial de escritores por la defensa de la Cultura, la guerra, el éxodo hacia Valencia, la idealización del pueblo, la figura de Guiomar a través de sus encuentros, la Barcelona de sus artículos en<em> La Vanguardia</em> o su relación con la generación del 27, desde el joven músico y pintor <strong>Federico García Lorca</strong> en Baeza, a<strong> José Moreno Villa</strong> y sus reflexiones sobre la lírica.</p><p>El libro incorpora un texto anterior a la Segunda República, tan interesante como sus reflexiones políticas o las de Juan de Mairena. Se trata de un discurso que nunca pudo leer, el de ingreso en la Real Academia Española, para la que fue elegido a 23 de marzo de 1927 y cuyo sillón no ocupó jamás. Morales Lomas nos hace saber que, en dicho texto, “nos dice que no se consideraba con dotes para ser académico, pues no es ni humanista, ni filólogo, ni erudito, anda 'flojo en latín', estudió griego con tardío aprovechamiento y, aunque ha leído mucho, su memoria es frágil. Más que literatura estudió filosofía y con excepción de algunos poetas 'las bellas letras no [le] apasionaron". Un ser extraño sin duda para su época. Un poeta al que no le apasiona la literatura.</p><p>Aquí y ahora debo recordar una anécdota reciente: hace unos meses, el taxista que me llevaba a la estación María Zambrano llevaba en la radio el programa El ojo crítico de Radio Nacional de España, en el que estaban hablando de la generación del 27. Le pregunté si le gustaba ese programa tanto como a mí, pero respondió que llevaba puesta Radio 3 porque le gustaba mucho –también como a mí— su programa de jazz. Sin embargo, quizá por simpatía, me preguntó:</p><p>—¿Esa señora también era del 27?</p><p>—¿Quién?</p><p>—María Zambrano.</p><p>—Sí —repuse.</p><p>—¿Y usted conoce a <strong>Henri Bergson</strong>?</p><p>—¿El filósofo francés? —respondí extrañado— Claro que sí. Antonio Machado asistió a algunas de sus clases en París  y siempre le admiró mucho.</p><p>—Yo es que no me separo de esto —y me mostró un ejemplar de las <em>Poesías completas</em> que viajaban en su guantera—. No hay mucha gente de mi gremio que sepa quién era Henri Bergson.</p><p>—Ni en el mío, tampoco. Y, en general –concluí—, todavía habrá quien piense que Antonio Machado era un letrista de <strong>Serrat</strong>.</p><p>Esta obra de Francisco Morales Lomas lo humaniza mucho más, porque lo politiza al mismo tiempo. Y lo convierte definitivamente en un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra bueno.</p><p><em>*Juan José Téllez es escritor y director del Centro Andaluz de las Letras. Su último libro, </em><strong>Juan José Téllez</strong>María Zambrano, razón de vida<em> (publicado en Cuba en 2016). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jan 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan José Téllez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[En el buen sentido de la palabra, bueno]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Antonio Machado,Ensayo,Escritores,Literatura,Literatura española,Poesía,Los diablos azules número 93]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Poesía en la ruta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/poesia-ruta_1_1149907.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/00df008d-aae7-4e6f-a500-b157061909b6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Poesía en la ruta"></p><p><strong>Ruta DosDaniel CalabreseVisorMadrid2017</strong><em>Ruta Dos</em></p><p>  </p><p><strong>Daniel Calabrese</strong> presenta en <a href="http://www.visor-libros.com/tienda/novedades/ruta-dos.html" target="_blank">Ruta Dos</a> una poesía resuelta, sólida, eficaz. Se diría que ella fluye con la gran espontaneidad y arrojo de un gran río, metáfora sobre la cual, por lo demás, este poemario recurre en varias ocasiones.</p><p><em>Ruta Dos</em> es un libro que, en primer lugar, sorprende agradablemente por su unidad y, sobre todo, por la manera en que logra esa unidad. En efecto, sin ser un poema largo, ya que está compuesto por muchos poemas que poseen autonomía y valor propios, al lector le queda claro que, bajo la clave de una lógica poética, es un solo poema. Esta unidad —que va por detrás de la dispersión del texto— se logra, desde luego, por la apelación exterior a un viaje, a un viaje por una ruta, un largo viaje por alguna de esas extensas carreteras contemporáneas. <em>Ruta Dos</em>, desde su título, plantea su poética situada en ese <em>locus</em>, que no es un lugar quieto e inmóvil, sino lo que queda a la vista por el tránsito mismo. La obra está, según esa lógica, estructurada en dos <em>tramos</em>,y en los nombres que preceden cada poema —muchas veces pistas que indican un norte para buscar una interpretación— y en sus versos Calabrese coloca hábilmente referentes reconocibles de una ruta caminera. De ese modo va tejiendo la urdimbre que le concede unidad semántica al poema.  Ese ámbito se ve reforzado por un talante, por un tono vital común a la totalidad de los poemas, una oscura melancolía que se alza a partir de ese ir y venir incesante por la ruta, un tono de desencanto, lucidez y delicada observación.</p><p>En el poema inicial —"Método para calcular el tiempo"— señala: "Los que viven a este lado de la ruta/ saben de compensaciones;/ cada vez que alguien pasa rumbo al Sur/ anotan la hora exacta/ y dejan caer una piedra en el vacío del ser.// Quienes viven del otro lado/ conocen la polaridad:/ cada vez que alguien pasa en sentido contrario/ anotan lo mismo,/ la hora exacta/ pero sacan una piedra del vacío del ser.// Así unos llenan su vacío/ y otros lo despejan.// Cada cierto tiempo, los que han llenado su vacío/ cruzan por el puente viejo (que era nuevo)/ y esperan con paciencia/ a que pasen los regresadores del Sur,/ uno tras otro,/ hasta que el vacío es total". Este poema pone en ejercicio uno de los recursos que Calabrese emplea con mayor lucimiento, lo que podría llamarse una "paradoja poética": la contabilidad de los que pasan de ida y de vuelta, que se suma, es un símbolo del tiempo vacío que morosa y monótonamente se diluye, una resta. La muerte y la condición irremediablemente herida del hombre son otros temas recurrentes que refuerzan ese talante gris y melancólico. Así, en "Vidas privadas", expresa: "La muerte es pan de cada día./ El veintiséis de marzo, por ejemplo,/ se quebró la última copa de aquel juego italiano.// Al llegar el invierno perdimos una caja/ y en su vientre/ se fue una antigua foto de mis padres.// La muerte es a cada momento./ Hace un año murió el perro de la casa/ y recién ayer me di cuenta.// Todos los días muerte./ Un choque enterró lo que pensaba/ de ciertos obstáculos./ La botella se agota y se recarga/ como en los peores sueños,/ se agota y se vuelve a llenar cuando/rebasamos el pequeño humilladero/ que todos llevamos dentro".</p><p>El tercer elemento que otorga unidad a este poemario es formal, lo que podría llamarse un estilo. Calabrese emplea los recursos poéticos tradicionales forjando un verso fuertemente rítmico, cadencioso, con un régimen de cortes, cesuras y encabalgamientos, de pausas y acentuaciones que parecen provenir del habla y de la cultura popular. El nudo formal de sus versos se establece en torno a una ilación poética paradojal. Con un buen manejo de los ilativos, Calabrese crea poemas que poseen una coherencia engañosa, porque no es la de la lógica, sino la de un discurso poético que se teje a partir de imágenes afines y palabras que resuenan entre sí como lejanos ecos y que dejan flotando deliberadamente un sentido abierto e intrigante. Hay poemas que, incluso, adoptan la forma de un acertijo o adivinanza (como el poema "Bocas", por ejemplo), pero en todos se encuentra presente una subversión coherente del sentido y esa singular manera de crear una lógica paradojal sobre la base de un giro extraño o remate inusual en los versos finales. Calabrese, que en escasas oportunidades se deja arrastrar por el caudal de una retórica grandilocuente, como en el poema "Velocidad máxima", mantiene así un control y contención firmes sobre su decir, produciendo poemas altamente logrados como "En rodaje" o "El hombre, de a poco".</p><p>Calabrese obtuvo por unanimidad el Premio Revista de Libros de <em>El Mercurio</em> en Chile, entre 511 libros inéditos, con un jurado integrado por los prestigiosos poetas <strong>Raúl Zurita</strong>, <strong>Óscar Hahn</strong>, y el académico <strong>César Cuadra</strong>. La edición de Visor lleva prólogo de Zurita.</p><p><em>*Pedro Gandolfo es crítico literario. </em><strong>Pedro Gandolfo</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jan 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro Gandolfo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Poesía en la ruta]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura latinoamericana,Poesía,Los diablos azules número 93]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[¿Sirvió para algo?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/sirvio_1_1149903.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08fc259f-da85-4d8f-94ed-1ae701d005e6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Sirvió para algo?"></p><p><strong>El hijo del héroeKarla SuárezEditorial CombaBarcelona2017</strong><em>El hijo del héroe</em></p><p>  </p><p>“Un bosque es un lugar adonde tu papá te lleva para que nunca te olvides de inventar historias y de creer en ellas”, escribe <strong>Karla Suárez</strong> en <a href="https://www.editorialcomba.com/catalogo/libros/narrativa/hijo-del-heroe/" target="_blank">El hijo del héroe</a> (Editorial Comba, 2017). Yo acabo de añadir la historia contada en esa obra por Karla Suárez a la balda de mi biblioteca reservada a los autores cubanos. <em>El hijo del héroe</em> es una buena novela, de las que me gustan, las que enhebran el relato de las andanzas de individuos con el retrato de un lugar y un tiempo relevantes.</p><p>Ernesto, su protagonista, es el hijo de un ingeniero cubano muerto en la guerra de Angola. Karla Suárez nos cuenta su vida en el último tercio del siglo XX y el arranque del XXI, siempre bajo la sombra de aquel héroe que fue su padre y con el tormento de una pregunta: ¿qué carajo hacían los cubanos en la guerra de Angola?</p><p>“En mi país comimos, almorzamos y desayunamos con la Historia”,  reflexiona Ernesto en un determinado momento. Karla Suárez recoge muchos de los instantes en que Cuba se sentía actor principal de la Historia: el <strong>Che</strong>, la Zafra de los diez millones, la alianza con la Unión Soviética, el resuello amenazante de Estados Unidos, la llegada de <strong>Gorbachov</strong>, la última batalla angoleña en Cuito Cuanavale, la ejecución del general <strong>Ochoa</strong>, la visita de <strong>Mandela </strong>en 1991…  Ernesto crece en ese ambiente. Su padre y su madre están convencidos “de ser parte del proceso de construcción de una nueva sociedad, incluso de un nuevo mundo”. Luego, durante su relación amorosa con la peruana Renata, irá descubriendo que la mayoría del resto de la humanidad no comparte esa visión febril y épica. Renata le revelará que “en Cuba nos habían inoculado la enfermedad de sentirnos en peligro”.</p><p>Ernesto termina viviendo en Berlín y, después, Lisboa, pero en estas dos ciudades europeas su existencia, como la de la mayoría de sus compatriotas expatriados, no logra desprenderse de la nostalgia de Cuba. Ni tampoco de la sensación de que las muchas esperanzas despertadas por la revolución terminaron transformándose, por tales o cuales razones, en tristes realidades. “¿Sirvió para algo?”, se preguntará Ernesto en una conversación en la azotea de su casa habanera con su amigo Lagardere, cuando ambos ya son adultos.</p><p>Berto, un cubano de la generación de su padre que también estuvo en Angola, es el gran descubrimiento de Ernesto durante su estancia en Lisboa. Ernesto se siente fascinado por este veterano que le dice que todas las guerras juntan varias verdades diferentes, pero que ninguna de ellas merece que los seres humanos se líen a tiros. Pero también sospecha que si Berto habla así es porque, a diferencia de su padre, el héroe, él es un desertor.</p><p>La novela tiene un final sorprendente, en el que el padre de Ernesto resulta ser un héroe, sí, pero de distinta naturaleza que el del relato oficial. Entretanto, Karla Suárez, nacida en La Habana en 1969 y actualmente vecina de Lisboa, nos ha contado unas cuantas historias sabrosas de amores y desamores personales y de esperanzas y decepciones generacionales. También nos ha regalado viajes a La Habana, Berlín y Lisboa. Y todo ello con buena prosa.</p><p><em>*Javier Valenzuela es periodista y escritor. Su último libro, </em><strong>Javier Valenzuela </strong><a href="http://www.anantescultural.net/?p=1522" target="_blank">Limones negros</a><em> (Anantes, 2017). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jan 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Javier Valenzuela]]></author>
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      <media:title><![CDATA[¿Sirvió para algo?]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Érase un ángel fieramente humano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/erase-angel-fieramente-humano_1_1149898.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b3fffb6d-571b-4f8a-b6ca-f1fd3d1c605f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Érase un ángel fieramente humano"></p><p><em>​​​​​​Este enero se cumplen diez años desde que falleció el poeta Ángel González, miembro del grupo poético del 50 y figura clave de la literatura de posguerra. En este número, algunos de sus (numerosos) amigos le rinden homenaje y recuerdan su obra.​ La periodista y escritora Mara Torres recuerda aquí su primer encuentro, literario y personal, con el poeta. </em></p><p>___________________</p><p>Érase un ángel fieramente humano que se presentó en mi casa un domingo de 1997, cuando yo todavía vivía con mis padres, existían las pesetas y se compraban los periódicos. Mi padre subió del quiosco el diario y me dio el suplemento dominical para que lo leyera mientras tanto. <em>El País Semanal </em>dedicaba un reportaje a la poesía española contemporánea y allí, en aquellas páginas de revista, de golpe y sin previo aviso, me topé con “Quise”. “Quise mirar el mundo con tus ojos/ ilusionados, nuevos/ verdes en su fondo/ como la primavera./ Entré en tu cuerpo lleno de esperanza/ para admirar tanto prodigio desde/el claro mirador de tus pupilas./Y fuiste tú la que acabaste viendo/el fracaso del mundo con las mías”.Recorté el poema con los dedos, lo puse en un corcho que tenía en la pared al lado de la cama y me dormí mirando el trozo de papel sujeto con la chincheta. En esos nueve versos estaban todos los temas que me interesaban: el amor, el paso del tiempo, la esperanza, el fracaso, el realismo social y el deseo. Acababa de enamorarme, y ya sería para siempre, del poeta <strong>Ángel González</strong>.</p><p>Mi primer libro suyo fue <em>Poemas</em>, una edición que el autor hizo para Cátedra y compré poco después de aquel domingo, en agosto del 97. Abrí al azar por “Me falta una palabra…” (“La necesito: ¿no veis / que sufro?”) y doblé la esquina de la página para seleccionarlo. Salté a otro: “Me basta así” (“Creo en ti/ Eres./ Me basta”), y también doblé la esquina de la página. Otro: “El conformista” (“Cuando era joven quería vivir en una ciudad grande. /Cuando perdí la juventud quería vivir en una ciudad pequeña./Ahora quiero vivir”) y doblé la esquina. Otro: “Canción para cantar una canción” (“Esa música… /Insiste, hace daño/en el alma”) y doblé. Y así fui haciendo con “Es la felicidad lo que hoy lamento”, “Muerte en el olvido”, “En ti me quedo”, “Eso era amor”, “Nada es lo mismo”, “Porvenir”, “Dos homenajes a Blas de Otero” —a quien robo un título en este artículo—, “Estoy Bartok de todo”… Hoy, al revisar aquel primer poemario, compruebo que tiene todas las páginas marcadas y asumo que nunca he podido elegir un poema de Ángel González porque me gustan todos.</p><p>Sin que él lo supiera, a partir de aquel verano vino a vivir conmigo. Se instaló en las estanterías, encima de la cama, en la mesa del salón, en el cuarto de baño. Recorrí junto a él infinitos estados de ánimo: si la madrugaba era oscura, él la iluminaba; si había ruido, lo convertía en música; si tenía pena, me acompañaba hasta dentro de la tristeza. Cuando necesité reírme, me enseñó a hacerlo de mí misma; y cuando algo me desconcertaba, aportó la reflexión y la ironía. Ante la desesperanza, ponía el convencimiento; ante la aspereza del mundo, la amistad; y si tenía sed, me ponía una copa. Recuerdo una de esas en las que me estaba muriendo (ya no recuerdo de qué, intuyo que de amor, era veinteañera) y él dijo serenamente que para vivir un año era necesario morirse muchas veces mucho. En asuntos humanos, el ángel era un fiera.</p><p>Un día, <strong>Luis García Montero</strong>, a quien agradezco tantas cosas que no me caben en ningún texto, me invitó a cenar a su casa. “Estaremos <strong>Almudena </strong>y yo, y vienen también Ángel y <strong>Susi</strong>”. “¿Qué Ángel?”, pregunté. “Ángel González, así le conoces”. Casi me da un infarto. Me puse tan nerviosa que no se me ocurrió otra cosa que llevar una botella de champán que compré en el Vips de la calle Fuencarral porque se me olvidó que bebía whisky. Después de aquella cena, vinieron otras y en todas fui testigo de lo que significaba Ángel González para sus amigos: cuando caía la noche, se convertía en la luz de la hoguera.</p><p>Al apagarse él, se apagaron todas las luces.</p><p>Uno de los poemas más tristes que conozco se titula “Caída”, es el último poema del libro póstumo <em>Nada grave</em>, publicado por Visor cuando Ángel ya no estaba (“Y me vuelvo a caer desde mí mismo/ al vacío, / a la nada./ ¡Que pirueta! / ¿Desciendo o vuelo?/ No lo sé./ Recibo/ el golpe de rigor, y me incorporo./ Me toco para ver si hubo gran daño,/mas no me encuentro./ Mi cuerpo ¿dónde está?/ Me duele sólo el alma./ Nada grave”<em>), </em>y si este cuento tuviera un final inventado yo no sería lectora, sino poeta, para poder haber curado sus heridas tal y como él hizo tantas veces con las mías.</p><p><em>*Mara Torres es escritora y periodista. Su último libro, </em><strong>Mara Torres</strong><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-los-dias-felices/254445" target="_blank">Los días felices</a><em> (Planeta, 2017). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jan 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Mara Torres]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Érase un ángel fieramente humano]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Literatura española,Los diablos azules número 93]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Hasta mañana si tú quieres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/manana-si-quieres_1_1149893.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9ef0ff58-6c76-4c08-9685-adc000d397eb_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Hasta mañana si tú quieres"></p><p><em>Este enero se cumplen diez años desde que falleció el poeta Ángel González, miembro del grupo poético del 50 y figura clave de la literatura de posguerra. En este número, algunos de sus (numerosos) amigos le rinden homenaje y recuerdan su obra. El escritor Luis García Montero construyó su biografía, a partir de conversaciones con el asturiano, en </em><a href="https://www.megustaleer.com/libro/manana-no-sera-lo-que-dios-quiera/ES0136614" target="_blank">Mañana no será lo que Dios quiera</a><em> (Alfaguara, 2009). Recogemos aquí su último capítulo. </em></p><p>___________________</p><p>  <strong>Epilogo</strong></p><p>—¿Nos llenan?</p><p>—Venga, pero la última, que he quedado a cenar. <strong>Almudena </strong>me está esperando —le respondo a Ángel, y llamo al camarero para que sirva otra copa.</p><p>La Kon-Tiki  está casi vacía. El frío cae sobre la tarde de enero como un manto de soledad y silencio. No hay quien salga de casa. Este fin de semana ha nevado mucho en Madrid, con una vehemencia desconocida. Entre las tejas y la hierba de los jardines vigilan todavía las lenguas de nieve. Una señora mayor, que no se ha atrevido a quitarse su abrigo verde oscuro, corta en dos un sándwich y le da un sorbo agradecido a su taza de té caliente. Se sentó hace diez minutos junto al ventanal que da a la esquina de la plaza. El camarero rumano sonríe mientras prepara y sirve el whisky con hielo, en vaso bajo. El whisky con hielo, en vaso bajo, tiene menos posibilidad de caerse por culpa de un accidente, un movimiento torpe de las manos. El televisor está encendido, pero sin voz. Pasan las imágenes mudas ante nosotros y permiten que nos inventemos las noticias del telediario. Inventamos alegrías y catástrofes para situar la realidad. Resulta fácil, nieve en el norte, nieve en el sur, nieve en Madrid. El parque del Retiro parece un paisaje escandinavo.</p><p>—No sé por qué se extraña tanto la gente. Cuando yo vine a Madrid era normal este frío, y nevaba dos o tres veces cada invierno.</p><p>—El periodismo madrileño de entonces te dejó helado.</p><p>—Bueno, digamos que la primera impresión fue negativa. Me gustó poco la ciudad. Yo la conocía de antes, porque <strong>Carmina </strong>me había invitado a su casa para pasar unos días. Todo me pareció gris, los edificios que rodeaban la estación de Príncipe Pío, la niebla en la cara de la gente, la angustia y la pobreza de unos peatones que parecían forajidos, los carros de los traperos, el olor espantoso del metro, las canciones groseras que se cantaban  en las tabernas. Acostumbrado al lirismo del folklore asturiano, me horrorizó la tosquedad de las coplas de borrachos que se coreaban aquí. Se me encogió el corazón. Luego conocí otra ciudad, otra gente, otro folklore, y me enamoré de Madrid. Era entonces una capital de supervivientes, de personajes maravillosos, como <strong>Concha Silla</strong>, la señora que regentaba la pensión de la calle Alcántara en la que yo viví. Primero estuve con <strong>Paco Ignacio</strong> en una pensión de la plaza de Santa Ana, pero después caí bajo el cuidado de doña Concha. Había sido amante del <strong>marqués de Viana</strong>, y los hijos le pasaban todavía una pensión. Se lamentaba de haber quemado durante la guerra sus fotos con el marqués y con <strong>Alfonso XIII</strong>. Era una mujer maravillosa. Ella me presentó la verdadera ciudad. Le gustaba que yo volviese tarde por la noche. Aunque viniera de una reunión literaria o de casa de Carmina, pensaba que volvía de algún lupanar. Desengáñese, me aseguraba, lo único que se saca de esta vida es lo que se mete. Ésa era su filosofía.</p><p>—Te enamoraste de Madrid, y de alguna vecina madrileña.</p><p>—Habíamos quedado en que no íbamos a contar nada de todo eso. Mejor no acercarse a terrenos pantanosos. Lo acordado es que nos basta con Oviedo y Páramo del Sil. Está bien así. Infancia, adolescencia y juventud de un aspirante a periodista que se vino a Madrid con la intención única de convertirse en poeta. La verdad es que por un momento pensé que podía ganarme la vida como periodista. Pero tardé poco en darme cuenta de que iba a tener que buscarme otra profesión. Me encargaron un artículo sobre el Ateneo, lo escribí, y sólo pude publicar la cuarta parte.</p><p>Cuando Ángel decidió venirse a Madrid, su madre le compró un reloj Certina. Todavía no estaban los tiempos para muchos gastos, pero la relojería Hevia, en la calle Campomanes, trataba bien a sus clientes. Si la inversión era importante y requería un esfuerzo, se podía pagar a plazos.</p><p>—Doña María, llévese usted éste, es un buen reloj. Podemos dividir el pago en seis meses, si le viene mejor.</p><p>Una noche, al mes de vivir en Madrid, conoció a dos hombres en una taberna de la cuesta de San Vicente. <strong>Antonio </strong>era algo mayor, y <strong>Cándido</strong>, con una cojera llamativa de la que hacía gala al pasear de un extremo al otro del mostrador, parecía de su misma edad. Al tercer vaso de vino, cuando la esfera de reloj Certina marcaba las nueve, la fraternidad se apoderó de ellos. Ángel aceptó la invitación a una aventura nocturna. Sus nuevos amigos conocían una casa con cuatro hermanas en la que serían bien recibidos para tomar una copa. No hacía buen tiempo aquella noche, pero ni la lluvia, ni la nieve, ni el frío impedían caminar. La ciudad le estaba abriendo a Ángel un pasadizo, una ruta secreta con destino a las tentaciones confusas. Ponerse en manos de los desconocidos formaba parte del deseo y de la noche. Antonio caminaba nervioso y con prisa, señalando el camino, aunque iba igual de lento que Cándido, que arrastraba muerta la pierna derecha. Mi padre era cojo de la pierna izquierda, pensó Ángel, pero seguro que no haría buena pareja con este amigo madrileño. Entraban en el Campo del Moro cuando sintió un movimiento  suave en su muñeca izquierda, la que quedaba del lado de la cojera derecha de Cándido y de su reloj Certina, que desapareció por arte de magia, con una delicadeza vertiginosa y profesional. Hay cierres elegantes demasiado fáciles de abrir para los dedos expertos.</p><p>Aunque una oscuridad vegetal, húmeda y profunda marcaba el ambiente, Ángel no se vio completamente solo cuando Antonio y Cándido salieron corriendo. Un sereno respondió con rapidez a sus gritos de ladrones, ladrones, que me roban. Salió detrás de la pareja de sinvergüenzas, y a los pocos minutos volvió con su chuzo en la mano izquierda y con el cuello de la chaqueta de Cándido en la mano derecha.</p><p>Cojeaba más que nunca, porque cada paso fallido era una entrega arrastrada y lenta a los designios de la fatalidad. La pericia de los dedos para actuar no se correspondía con la torpe complicidad de las piernas a la hora de correr. Sus delitos eran una osadía sin posible fuga, una apuesta sin términos medios entre la perfección y el desastre.</p><p>Sólo se camina hacia una comisaría con el alma en los pies. A Ángel le pesaba el sentimiento de culpa, la imagen de su madre comprando el reloj, los cuatro plazos que faltaban por pagar, la hostilidad de un mundo que escondía la estafa junto a una copa de vino y una declaración de amistad. Pronto le pesó también la impertinencia contundente del comisario.</p><p>—¿En el Campo del Moro? ¿A las nueve y media de la noche? Usted es maricón. ¿Qué iba usted a hacer en la oscuridad, con dos jóvenes, en el Campo del Moro?</p><p>La indignación de Ángel, que en algunas contadas y precisas ocasiones, casi siempre en relación con la injusticia del desorden establecido, se olvidaba de sus sentimientos de culpa y de los sacrificios de doña María, le impidieron dar más explicaciones. Prefirió mantener un silencio orgulloso y seco ante el enfado amarillento del comisario. Parecía como si le hubiesen interrumpido en medio de algo muy importante, una cena, un sueño, un aburrimiento, una conspiración, un sofoco, una duda metódica, una conversación amorosa. Entró por la puerta de la oficina con una irritación agresiva. Como no podía pagar los sobresaltos de su trabajo con el funcionario responsable de la interrupción, que al fin y al cabo cumplía órdenes, estaba decidido a reafirmar su autoridad desagradable con el denunciante  y el denunciado.</p><p>—Si pone denuncia, no tengo más remedio que abrirle una ficha por maricón.</p><p>—Muy bien, ábrame la ficha.</p><p>—¿Usted le ha robado un reloj?</p><p>—Yo no, señor.</p><p>—A ver, documentación...  Nombre...</p><p>—Cándido.</p><p>—Nombre  y apellido del padre...</p><p>Ángel se fijó en su cara, estremecida de repente. Debajo de la piel maltratada, el miedo había borrado su rostro de tabernas y aventuras nocturnas, y había hecho aflorar un gesto de niño miedoso, compungido, avergonzado. ¿Mi padre? ¿Apellido de mi padre? El tartamudeo, las dudas, la intemperie se convirtieron  en un llanto convincente y desconsolado cuando Cándido, o como se llamara, se vio en la obligación burocrática de confesar que era hijo de padre desconocido. Al peso del reloj dilapidado, los plazos por pagar, los sacrificios de doña María y las impertinencias  de la autoridad, Ángel añadió las lágrimas de Cándido, un delincuente más desvalido y roto que su víctima. El drama se hizo tan real y tan encogido, en aquella dependencia de los primeros años cincuenta, que el comisario decidió enternecerse ante el espectáculo del desamparo.</p><p>—Muchacho,  cálmese, no pasa nada, o son cosas que pasan, sólo eso. Conozco yo señoras de buena sociedad..., estas cosas pasan. Cálmese, no llore, no tiene de qué avergonzarse. ¿Y usted? ¿Mantiene la denuncia?</p><p>Al salir de la cárcel, caminando con el paso lento de la cojera derecha de Cándido, sin denuncia y sin reloj en la muñeca izquierda, Ángel se atrevió a preguntar:</p><p>—La historia de tu padre ¿es verdad o es teatro?</p><p>—Es verdad.</p><p>—Si se la ha creído el comisario, no voy yo a ser más desconfiado. ¿Y el reloj?</p><p>—Lo tiré en cuanto empezó a correr el sereno. Cuando alguien me persigue, me doy por perdido. No pude pasárselo a Antonio. Ése es más un desertor que un compañero.</p><p>Un reloj perdido en el Campo del Moro. Ya no pertenece a su antiguo propietario, tal vez no pertenece a nadie, está perdido durante horas, durante una noche, un día de lluvia o de nieve. Pero sigue marcando el tiempo, solitario, con un tictac que se confunde con la hierba, con la tierra, con la espesura de los arbustos, con el paso descuidado de la gente. Sigue vivo el reloj en su secreto hasta que se le acaba la cuerda, o hasta que alguien lo encuentra, y se lo pone en su muñeca, y hace que las agujas se muevan, y vivan, de minuto en minuto, abriéndose camino como una memoria vigilante y cautiva entre las sombras. Eso es la literatura. Los documentos de la carpeta azul pueden seguir vivos mientras una memoria recuerde la vida que hay en los nombres, las fechas y las ciudades. Los papeles arden, los cuerpos arden, pero la literatura consigue que no se pierda todo lo que arde, que existan las inquietudes, los sentimientos, los miedos y las ilusiones después de desaparecer. Y en eso se parece a la realidad, porque hay muertos de muerte imposible en la vida y en la literatura. Una extraña intuición nos asegura que el olvido no es justo, ni conveniente, ni siquiera posible. No se le pueden poner puertas al campo, y mucho menos al tiempo, al amor y a la historia.</p><p>—Mira que te gusta la anécdota del reloj.</p><p>—Un reloj que sigue marcando las horas, aunque ya no pertenezca a su dueño. Creo que eso es la literatura.</p><p>—La historia de mi infancia era demasiado dolorosa, casi patética. Nunca me atreví a escribirla.</p><p>—Me la has contado a mí.</p><p>—Estás a punto de confesarle a los lectores mi nueva condición —dice Ángel, mirándome por encima de sus gafas, con el vacío de la muerte y de la cafetería Kon-Tiki a sus espaldas. La mujer del abrigo verde oscuro se ha marchado hace un rato, y el camarero rumano busca con el mando a distancia algo que ver, sin voz, en la televisión—. Estoy muerto.</p><p>—Hace hoy justo un año, cuando yo andaba por la mitad de este libro. Hay cosas que merece la pena conocer. Eres un muerto de muerte imposible, y espero que la carpeta azul siga viva, aunque tú ya no tengas interés en recordarla.</p><p>—Te equivocas. Cuando hablábamos de los muertos vivos, yo te explicaba la compañía familiar de mi abuelo y de mi padre, que bajaban de sus fotografías y pisaban el mundo para discutir sobre mi destino. Aunque no llegué a conocerlos, vinieron conmigo a la escuela, hicieron la guerra y me acompañaron a los exámenes de la universidad. Eran como personajes literarios, lecturas de una historia ficticia que nos emociona, nos envuelve, vive con nosotros y nos hace sentir de verdad, con absoluta sinceridad. Ahora puedo explicarte que los muertos vemos a los vivos casi de la misma manera. Sois una ficción, pero sentimos vuestra realidad. ¿Te acuerdas de un poema de <em>Nada grave </em>que se titula «La verdad de la mentira»?</p><p>  </p><p>Nos quedamos callados. Parecemos imágenes mudas en el televisor de una ciudad solitaria y nevada. Desde que Ángel se me aparece como un muerto de muerte imposible, le he confesado muchas veces lo que pienso de él en su nueva forma de vida, pero nunca me he atrevido a preguntarle lo que él piensa de mí. Ahora tampoco. Prefiero romper el silencio con una consideración general.</p><p>—Cuando la gente demasiado cercana se muere, uno tiene la sensación de pertenecer a dos mundos, el de los vivos y el de los muertos. La realidad se ensancha cuando algunas personas empiezan a vivir en el otro lado.</p><p>—Eso pensaba antes, pero tal vez es al revés. Ahora siento que cuando la gente demasiado cercana sigue viviendo, los muertos tenemos la sensación de pertenecer a dos mundos, el nuestro y el de los vivos. El reloj se ha perdido, el tiempo deja de vivir en nuestra muñeca, en nuestros brazos. Pero salimos de una carpeta azul para tomarnos un whisky en la Kon-Tiki. En esta barra vacía caben hoy una familia, un piso, un tercero izquierda, y un edificio, Fuertes Acevedo, 8, y una ciudad, Oviedo, y un porvenir literario. Por cierto, ¿cómo ha ido mi libro póstumo?</p><p>—¿Te importa?</p><p>—Claro que sí. ¡Cómo no me va a importar!</p><p><em>—Nada grave </em>es un buen libro, no tienes de qué avergonzarte. Ha ido muy bien.</p><p>—Tienes razón en eso de que los principios difíciles invitan a perseguir el futuro, mientras que los finales tristes paralizan la historia. Los recuerdos pesan, y los míos han pesado mucho. Pero no puedo quejarme de mi vida, me gustaría que mi madre y mis hermanos hubieran podido ver la España que yo he visto.</p><p>—Están todos aquí, contigo.</p><p>—Pues vamos a invitarlos a una copa —dice Ángel, mientras se levanta del taburete y se pone el chaquetón que le trajeron los Reyes el año pasado. De color azul oscuro, impermeable por fuera y acolchado por dentro, es una buena ayuda para caminar por el frío.</p><p>—Pues yo quiero otra copa —exige Paco Ignacio, irrumpiendo en la conversación.</p><p>—No os paséis, que ahora no podéis invitar vosotros —les respondo, y empezamos a reír los tres, empeñados en no perder las viejas costumbres. El camarero rumano me mira, y comprueba si en la pantalla del televisor hay alguna escena de humor. Yo le pido la cuenta—. Además, tengo que irme, es tarde, hemos quedado a cenar.</p><p>—¿Quiénes?</p><p>—Los de siempre. Queremos cenar y tomar una copa juntos.  Ya sabes que nos acordamos de ti.</p><p>Pago, me despido del camarero rumano, que me devuelve el saludo con un gesto cargado de amistad, y de silencio, porque su sonrisa conserva todavía la complicidad de un pésame. Hace frío en la calle, quedan restos de nieve en los tejados y en los alcorques. Quedan restos de amor en la plaza de San Juan de la Cruz, en la calle Zurbano, en la ciudad de Madrid, que se pone a caminar junto a mí, mientras  se deshiela, en busca de una cita con los amigos que han heredado junto a mí esta historia.</p><p>—¿Hay Reyes Magos en la muerte?</p><p>—En los cementerios tal vez, pero la muerte ha sido siempre una región muy democrática.</p><p>—Entonces, por Dios ni te pregunto, no vaya a enfadarse tu padre.</p><p>—Mejor que no.</p><p>—Pues hasta mañana.</p><p>—Hasta mañana si tú quieres.  </p><p><em>*Luis García Montero es poeta y profesor de Literatura. Su último libro, </em><strong>Luis García Montero</strong><a href="http://www.visor-libros.com/tienda/novedades/a-puerta-cerrada.html" target="_blank">A puerta cerrada</a><em> (Visor, 2017). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jan 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
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