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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 163]]></title>
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    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 163]]></description>
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      <title><![CDATA[¿Dónde está Leila Guerriero?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/leila-guerriero_1_1177239.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c13db73a-9d64-4d9a-b7a4-a4e80464c224_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Dónde está Leila Guerriero?"></p><p><a href="http://www.librosdelasteroide.com/-teoria-de-la-gravedad" target="_blank">Teoría de la gravedad</a> es el libro en el que la periodista <strong>Leila Guerriero</strong> (Junín, provincia de Buenos Aires, 1974), referencia de la crónica latinoamericana y una de las autoras responsables de que las facultades de Comunicación estén llenas de locos por el periodismo narrativo, recoge sus columnas publicadas en el diario <em>El País</em> desde 2014. No todas. El volumen está liberado —¿desprovisto?— de aquellos textos que la autora llama "coyunturales", los que reaccionan ante un asunto de actualidad o señalan los temas que no están en la portada de los periódicos pero deberían. Los 96 textos que habitan el libro son aquellos, de nuevo en sus palabras, que hablan "de la existencia humana". Un término algo vago para un concepto inasible: textos sobre lo que significa estar vivos. Todos. También, o acaso primero, ella. </p><p>Pongamos un ejemplo. La primera columna del libro lleva por título <a href="https://elpais.com/elpais/2019/10/01/opinion/1569932017_683272.html" target="_blank">"El pacto"</a>. Es reciente, del pasado mes de octubre, y arranca: "Aquí yo, otra vez, arrastrándome en el pantano de los rotos o flotando feliz entre la euforia de los vivos". Un poco más adelante, está <a href="https://elpais.com/elpais/2017/12/26/opinion/1514291620_726869.html" target="_blank">"El tiempo"</a>, donde dice, sobre su yo de los 19 años: "Nunca fue peor que entonces. Sabía lo que quería hacer —escribir, escribir—, pero no cómo se hacía para vivir de eso. El tiempo transcurría con una asfixia extraña, a empellones de euforia y desazón". Luego está <a href="https://elpais.com/elpais/2015/09/01/opinion/1441098882_083935.html" target="_blank">"No te suelto"</a>, que recuerda un gesto de su padre hacia su madre cuando esta acababa de salir de una operación, y dice: "Yo sabía que a Dios no había que agradecerle nada porque la enfermedad iba a enterrar a mi madre a puñetazos en un cuarto de hospital del que no volvería a salir nunca". </p><p>El lector que se encontró en el diario con estas columnas, pudo pensar que ahí estaba esa firma, Leila Guerriero, enteramente en esa página de papel de periódico. Que ahí estaba su duda sobre lo que una es y sobre para qué escribir lo que una escribe, que ahí estaba la punzada lejana de aquella pena casi adolescente, que allí estaba el dolor por la enfermedad y la muerte de su madre, la admiración hacia la generosidad y el valor de su padre. El lector pudo pensar que la conocía. Pues que se desengañe. "Aunque las columnas parezcan muy personales, no siento que nadie leyendo esto pueda tener muy claro quién soy yo del todo", lanza, en su habitación de hotel en Madrid. El edificio, se queja, no tiene cafetería, y se ve obligada a recibir a los periodistas que se pelean por entrevistarla en ese cuarto impersonal, con un vaso de agua. No, no le da pudor escribir todo eso: "Mido mucho el nivel de exposición, hay muchísimas cosas que jamás contaría". Que, de hecho, no cuenta. </p><p>Tampoco hay que extrañarse. Lo dice el escritor <strong>Pedro Mairal</strong> en el prólogo: "No podría decir que el libro es autobiográfico. Por momentos pareciera que lo fuera, que la autora se dejara ver completamente, pero cuando entramos a cada texto ella acaba de salir y nos dejó sobre su escritorio estas fotos ardiendo". (Sobre el escritorio, aquí, no hay fotos ardiendo, sino un ordenador minúsculo con la tapa levantada, listo para la acción). Ella dirá luego que deja "una especie de aura, como un rastro medio fantasmal" en sus columnas. Y algo parecido dice también <strong>Juan José Millás</strong> <a href="https://elpais.com/cultura/2019/03/20/babelia/1553103615_875787.html" target="_blank">en su reseña</a> de <a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/opus-gelber/9788433998729/NH_623" target="_blank">Opus Gelber</a>, el último libro de la periodista, un largo perfil del pianista <strong>Bruno Gelber</strong> que es también el retrato de una obsesión, la de ella misma por ese personaje huidizo. Dice Millás: "Ella, Guerriero, es la protagonista secreta, el personaje oculto que golpea en la mente del lector y del que le gustaría saber más de lo que muestra". Se sonríe, halagada o tal vez descubierta: "Yo traté eso en el libro de <em>Opus Gelber</em>, estar sin estar. Aparezco mucho, mucho, mucho en el libro, pero hay una desaparición voluntaria muy fuerte".</p><p>Leila Guerriero es conocida por sus perfiles, recogidos en el volumen <em>Plano americano</em>, esos retratos periodísticos que son el imperio de la mirada. Se sumerge en sus escudriñados, el poeta <strong>Nicanor Parra</strong>, el pintor <strong>Guillermo Kuitca</strong>, el propio Juan José Millás, que van tomando cuerpo mientras ella hace ese ejercicio de prestidigitación: la periodista no está, esa mirada no es de nadie, vuelvan a lo importante. Leila Guerriero habla cuando se le pregunta, y es a menudo, por el uso de la primera persona en el relato periodístico, y para ello recurre también a menudo al <em>Manual para periodistas modestos</em> de <strong>Homero Alsina</strong>, que fue su editor: "Utilice la primera persona solo para hablar de una experiencia intransferible". Ella la usa en sus crónicas de viajes, en algún texto suelto, tras haber reflexionado sobre si está suficientemente justificada, a menudo para mostrar la incapacidad de la autora de abarcar el tema que se ha propuesto. Y la usa en las columnas. Aquí está la primera persona, aquí está la experiencia intransferible por antonomasia, aquí están sus recuerdos de infancia, y sus ansiedades, y sus pequeños placeres, absolutamente suyos. ¿Cómo es posible que no esté ella?</p><p>Hay una solución: ¿se inventa Leila Guerriero a Leila Guerriero? "Las columnas no tienen nada de invento ni de ficción", niega, salvo la serie "Instrucciones", relatos demoledores sobre la incomunicación y el hastío del otro. "No es ficción, en el punto en que se puede decir que la memoria es una máquina de deformar las cosas. Estos son como pantallazos, postales. La cámara se abre y se cierra, se abre y se cierra, y en medio hay una persona que sigue viviendo. Por supuesto, hay una construcción de una voz pública". Pero no es mentira. Mentira habría sido que contara que de chica cazó un jabalí, dice, cuando no sucedió. Lo suyo es otra cosa: "Aíslo un recuerdo en el campo y eso fue así, y no de otra manera. Es verdad que decido contar ese recuerdo, no lo anterior ni lo posterior. Pero al mismo tiempo estoy segura de que por contar ese recuerdo no deformo ni lo anterior ni lo posterior, que por contar ese recuerdo no me presento como más endeble o más valiente o más corajuda de lo que puedo llegar a ser o fui". Aquel texto, "El pacto", el único que no eligió ella, sino su editor, es una sucesión de adjetivos, de calificativos, que la periodista parece ponerse a sí misma. Los tres primeros del largo listado son: "la muy sincera, la muy falsa, la esquiva". </p><p>Aquí, defiende, todo lo aparentemente íntimo, desde el olor de su casa de infancia al nombre del hombre con el que vive —así se refiere a él—, aparece por un motivo: "Está puesto al servicio de contar algo que yo intuyo que le pasa a mucha gente. Trato de evadirme de la cosa egotrípica. Todos somos únicos, pero es difícil que uno sea tan, tan, tan único que sea la única persona en el mundo que tiene ese tipo de sentimientos". Y sabe acompañarse. Primero, de aquellos que, antes de ella, "han hecho del paisaje emocional una experiencia pública", como <strong>Clarice Lispector</strong> —"No quiero ni compararme, porque ella era una mujer majestuosa, un genio absoluto"—. Y también de los versos. A menudo, un poema prestado sirve para cerrar un artículo, para apuntalar una duda. "Me gusta mucho contrabandear poesía en las columnas", explica, "con la idea de que a lo mejor un lector busca después un libro de <strong>Idea Vilariño</strong>, de <strong>Louise Glück</strong> o de <strong>Sharon Olds</strong>. Eso ya merece la pena". Pero también le ayuda decirse: "no estoy sola en este sentimiento". Y hay otra cosa, que tiene que ver con la "economía de recursos" de la poesía, que admira, pero no solo. Es una especie de rendición: "Bueno, mire, después de toda esta perorata, lo que yo quería decir era esto. Si lo hubiera podido decir yo, lo hubiera dicho, pero no me salió".</p><p>Así que esa primera persona que parece sola ante el peligro, sin la vida de otros a la que acogerse, sin preguntas que hacerle a ese personaje misterioso que ha accedido a prestarle su tiempo, sin datos en los que apoyarse, al fin sin escudo frente al mundo, termina encontrando también dónde esconderse. ¿Dónde, en qué trinchera? No era un enigma, lo decía antes, estaba a plena vista: en la voluntad de contar no su existencia, sino "la existencia humana". O no. Página 61, columna titulada <a href="https://elpais.com/elpais/2019/05/27/opinion/1558976825_728395.html" target="_blank">"Oculta"</a>, últimas líneas: "A lo mejor esto es mentira. A lo mejor no. No pueden saberlo porque no saben quién soy. Yo vivo oculta". </p><p> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 Nov 2019 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Clara Morales]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Los diablos azules número 163]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Toques]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/toques_1_1177228.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d3dbb696-ea6f-4e39-8c3b-eb1da977bc84_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Toques"></p><p><em>La sección de microrrelatos inéditos 'Liebre por gato' está coordinada por Fernando Valls y Gemma Pellicer. En esta nueva entrega recoge dos microrrelatos del escritor Ricardo Sumalavia.</em></p><p>_____</p><p>  <strong>Toques</strong></p><p>Recuerdo aquella puerta. Era la primera del pasillo, a la derecha. Estaba cerrada. En aquel entonces tendría seis años. Como es obvio, desde los ojos de esa memoria, la puerta era colosal. Mis dedos eran pequeños y débiles como para girar el picaporte. ¿O acaso era un pomo blanco y brillante? Veo mis nudillos todavía huesudos que dan dos, tres, débiles toques a la puerta. Del otro lado alguien también ha dado dos, tres, toques igual de débiles. Del otro lado de la puerta alguien también recuerda.</p><p>  <strong>Monedas</strong></p><p>La mujer busca unas monedas en los bolsillos de su pantalón. No las encuentra, pero insiste en la búsqueda porque está segura de que esta mañana introdujo unas cuantas en aquel bolsillo pequeño hecho justamente para dichas piezas de metal. Así le viene a su mente: “en piezas de metal”. Con los dedos hace presión dentro los bolsillos y trata de descubrir orificios que comprobarían lo evidente: “las monedas cayeron por esos huecos”. El problema es que si confirma que no hay tales orificios, no encontraría una razón válida para tal pérdida de monedas. El pantalón era de esos sumamente apretados al cuerpo. No había manera de que cayeran libremente, ni que una tercera mano, por muy ladrón profesional que fuere, pudiese extraerlas. Las explicaciones lógicas se agotaron. “No”, se dice. Aún le queda la alternativa de asumir un vacío en su memoria. En realidad se le viene a la mente “un trou de memoire”, una frase común en francés. “Un hueco en la memoria”. Las monedas se perdieron, cayeron en ese hueco de la memoria. Este razonamiento la tranquiliza. Cambia de planes. Decide quedarse en casa. Va a su habitación, se quita los pantalones, y, de pronto, cientos de monedas caen de sus bolsillos. <em>_____Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) es doctor en Letras por la Universidad de Burdeos. Fue responsable de la Colección Underwood y de la Colección Orientalia en la Universidad Católica, donde actualmente es profesor y director adjunto del Centro de Estudios Orientales. Ha sido profesor visitante en la Universidad Dankook (Corea del Sur) y en las universidades coreanas de Kyung Hee y Sun Moon. Ha publicado los libros de cuentos </em></p><p><strong>Ricardo Sumalavia </strong>Habitaciones <em>(1993) y </em>Retratos familiares<em> (2001), y otros dos de microrrelatos, </em>Enciclopedia mínima<em> (2004) y </em>Enciclopedia plástica<em> (2016). Es autor de las novelas </em>Que la tierra te sea leve<em> (2008), </em>Mientras huya el cuerpo<em> (2012), </em>No somos nosotros<em> (2017) e </em>Historia de un brazo<em> (2019).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 Nov 2019 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ricardo Sumalavia]]></author>
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      <title><![CDATA[Mirar desde la siesta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/mirar-siesta_1_1177225.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>  </p><p>Mirar desde la siesta</p><p>las ramas amarillas de los plátanos.</p><p>Mirar mientras se pueda,</p><p>sin saber,</p><p>el día que termine esta faena,</p><p>hacia dónde se pierde lo mirado. _____</p><p><em>Horacio Cavallo es poeta. Su último libro publicado es la novela </em><strong>Horacio Cavallo</strong><a href="http://horaciocavallo.blogspot.com/2018/10/ya-se-encuentra-en-librerias-casa-en.html" target="_blank">Casa en ninguna parte</a><em>(Criatura Editora, Montevideo, 2018).</em></p><p>  </p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 Nov 2019 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Horacio Cavallo]]></author>
      <media:title><![CDATA[Mirar desde la siesta]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Poesía,Poetas,Los diablos azules número 163]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Un supuesto pasado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/supuesto-pasado_1_1177221.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1c079da7-ae2b-4c25-b3a4-86989755ed06_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un supuesto pasado"></p><p><strong>Un hombre bajo el aguaJuan Manuel GilDonostiaExpediciones Polares2019</strong><em>Un hombre bajo el agua</em></p><p>  </p><p>Una literatura que es capaz de cuestionar esos cimientos sobre los que se sostiene nuestra noción de realidad y de fantasía, y lo hace con la sutileza de una estética dilatada a lo largo de una historia cuya tensión nunca decae, y mantiene el interés durante el tiempo que sostenemos el libro, merece la pena que sea tenida en cuenta. Incluso el hecho de aprender a desdoblarse, a mirarse desde fuera y a construir ficción con el material de la vida cotidiana resulta, sin lugar a dudas, uno de los mayores desafíos de la escritura a que un narrador pueda someter su obra.<strong> Juan Manuel Gil </strong>(Almería, 1979) ha supeditado su narrativa a un exigente proceso creativo que iniciaba con <em>Inopia</em> (2009), una primera novela que proponía una experimentación transparente, un arriesgado texto de perspectivas narrativas variadas que debe leerse con una mirada múltiple. Este primer libro era un ejemplo de relato fragmentario, con esa híbrida imbricación que propone una nueva técnica en el terreno arquitectónico de la narración o de aquellos otros géneros literarios cuya frontera aún estamos lejos de delimitar, textos construidos con una variedad formal y con una técnica, una estilística y una temática que, desde el punto de vista narrativo, se mueven entre el relato, más o menos extenso, y la novela, e incluyen temas tan característicos como las relaciones humanas y la sumisión que delimitan el conflicto de identidad. Textos que rozan esa locura incluso que lleva a los personajes a la soledad, la incomunicación y el miedo, un terror físico que condiciona al ser humano. Juan Manuel Gil buscó el encuentro de los tiempos y de las voces en <em>Mi padre y yo </em>(2012), un delicioso e irónico <em>western</em>, e insistió en un nuevo espacio narrativo <a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2018/04/20/mapa_para_inventariar_una_isla_81930_1821.html" target="_blank">en la turbadora Las</a><a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2018/04/20/mapa_para_inventariar_una_isla_81930_1821.html" target="_blank"><em> islas vertebradas</em></a><em> </em>(2017), una novela repleta de preguntas y sin las respuestas que más convienen, pero construida con mucho acierto. Se entendía como una inteligente narración en torno a la fragilidad y las muchas contradicciones humanas que, temáticamente, y sin un atisbo de buen quehacer, hubiera desembocado en un realismo sociológico al uso por cuanto le ocurre a Martín de Juan, un personaje que en su huida se esconde entre las sombras y las luces que proyectan las imágenes de la isla que con algo de suerte pueda convertirse para él en su única salvación.</p><p><em>Un hombre bajo el agua</em> (2019), su última entrega, es una novela que busca descubrir, en la reminiscencia prestada del pasado y de los amigos, la recuperación de la memoria real, un episodio que verdaderamente sucedió durante su adolescencia. El protagonista, de nombre Juan Manuel, encuentra en una balsa de riego el cadáver de Eduardo, un hecho que se convierte en un acontecimiento a nivel personal y vecinal que, sin saberlo, marcará el resto de su vida, una obsesión constante que dibujará en el niño el perfil del adulto del mañana, pero que sobre todo dejará atrás definitivamente la infancia. La balsa se convierte ese componente simbólico que le devuelve, una y otra vez, a ese sentimiento de dolor y de angustia, a una turbulenta relación con quienes convive el ya adulto Juan Manuel y cuyo recuerdo amplifica la sensación de desasosiego, de irrealidad y de oscuridad que, a modo de relato escrito, transmite cuando intenta reconstruir la historia.</p><p>En esta novela nada es verdad, y por consiguiente nada es mentira y todo pudo haber pasado como lo cuenta el narrador, y esa es la sensación que el lector va percibiendo a medida que se reconstruye ese complicado y extraño puzle en que se traducen los recuerdos de una adolescencia esquiva y atormentada por miles de piezas salpicadas de unos minutos, de unas horas, de unas semanas, de unos meses, e incluso el angustiado peso de los recuerdos con el paso de los años. En este sentido, la memoria, tanto la propia como la de los demás, se convierte en ese evidente material de reciclaje que el escritor intenta hilvanar para transformar en un relato un suceso marcado por la incertidumbre y el desarraigo que, acertadamente, ofrece múltiples lecturas y una no menos inquietante interpretación. Con el efectivo e interesante diálogo al que somete a la infancia frente a la edad adulta, el narrador-escritor Juan Manuel Gil ofrece, de alguna manera, a lo largo de todo el texto, una revisión o examen de la niñez desde la perspectiva de la madurez, una mirada nada complaciente, lejos de otras muchas recreaciones de una infancia inocente y feliz, retratada como el espacio de alegría y de amor que desde siempre hemos añorado y que, como es obvio, ya nunca volveremos a disfrutar a lo largo del resto de nuestra vida. El paisaje social y geográfico descrito de la adolescencia del protagonista muestra esa sociedad de barrios, en otro tiempo callejera, humilde y en ocasiones festiva porque los niños aún jugaban en la calle, los vecinos tomaban el fresco en las puertas de sus casas y en las comunidades, las de toda la vida, y se establecían inclasificables relaciones que iban más allá de las familiares en muchos casos. Quizá este aspecto se convierta en una añoranza porque, además, no existe una premeditación interesada, se retrata un espacio sencillo: el autor ha querido rescatar aquella sociedad a través de la mirada vertida por quienes le ayudan en sus pesquisas, y se puntualiza definitivamente en la línea que servirá de argumento de sus recuerdos.</p><p>El narrador almeriense ha conseguido que la denominada autoficción, género en auge, se convierta en una excelente novela que se sustenta en la memoria y en los recuerdos, aunque nos cabe imaginar, como buenos lectores, que en demasiadas ocasiones la historia a contar no coincide con lo realmente vivido o sucedido. Quizá porque en este caso, Juan Manuel Gil ha planteado en su texto si a lo largo de nuestra existencia no hacemos otra cosa que recuperar una memoria y contar aquello con lo que sentirnos bien, agradecidos, a salvo, y al menos no despreciados. La escritura actúa entonces como un espacio de búsqueda sobre el pasado, porque quien recuerda y narra desea encontrar el momento en que todo empezó a cambiar, es decir, el punto en el que algo se quebró o se fastidió para siempre; solo así avanzará sobre la realidad. Su propósito queda abducido por la ambición de un realismo a ultranza, y ese haz de pecados acumulados con el paso de los años solo podrán salvarlo con su capacidad para responder a las muchas preguntas que son ciertas e importan en el mundo de la literatura. _____</p><p><strong>Pedro M. Domene</strong> es escritor.</p><p>  </p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 Nov 2019 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pedro M. Domene]]></author>
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