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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 224]]></title>
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    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 224]]></description>
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      <title><![CDATA[Javier Cercas: "Esta novela es una llamada a la insubordinación"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/javier-cercas-novela-llamada-insubordinacion_1_1194904.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0a2d5db1-db47-47fb-90b3-cd4c9372bd4f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Javier Cercas: "Esta novela es una llamada a la insubordinación""></p><p>No, <strong>Javier Cercas</strong> (Ibahernando, Cáceres, 1962) no quiere matar a nadie, ni a los responsables del <em>procés</em> ni a quienes les han apoyado ni a nadie, en general. Jamás defendería tal cosa en público. Jamás lo diría en ningún artículo ni en ninguna entrevista, y condenaría a quien lo hiciera. Pero en su última novela, <a href="https://www.planetadelibros.com/libro-independencia/328960" target="_blank"><em>Independencia</em></a>(Tusquets), la secuela de <a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2020/01/10/cristales_rotos_terra_alta_javier_cercas_102667_1821.html" target="_blank">Terra Alta</a>, con la que ganó el Planeta, ahí... es otra cosa. El libro supone el regreso de Melchor Marín, el mosso protagonista de aquel título, su primera novela policial. Si todo va según sus planes, esta es la segunda entrega de una tetralogía. Si el escritor no se cansaba de insistir sobre <em>Terra Alta</em> que aquello no iba, de ninguna manera, del <em>procés</em>, aquí lo tiene más difícil. Por el título, sí, pero también porque, en la búsqueda de justicia de Marín, se cruzan aquí algunos personajes conocedores del movimiento político por la independencia catalana, que no dudan en abordar el tema. “No he escrito para expresar mis opiniones sobre este asunto o cualquier otro. La verdad de esta novela es más plural, más ambigua. Pero también porque lo que yo he dicho en esta novela no podría decirlo en ningún artículo. ¿Qué dice esta novela? Los matamos a todos”, concede. Pero esto solo lo dice la novela. “¿Para qué sirve la literatura?”, se pregunta. “Para darle cabida a lo que no tiene cabida en esta vida. <strong>Bataille</strong> la llamaba 'la parte maldita'. Que cada uno lleva dentro una bestia y la literatura es la expresión de eso. Yo no puedo escribir un artículo diciendo que los matemos a todos, porque eso destruye la convivencia civilizada, me destruye a mí, lo destruye todo. Pero en la literatura sí. Las novelas deben decir aquello que solo las novelas pueden decir”.</p><p>El novelista, autor de <em>Anatomía de un instante</em>, <em>El impostor</em> o <em>Soldados de Salamina</em>, no tiene empacho en admitir que esta nueva etapa de escritura, alejado de la Guerra Civil y la tensión entre ficción y verdad histórica, invención y memoria, viene en parte de su “<em>shock</em>” ante la experiencia del <em>procés</em>, con el que ha sido y es muy crítico. “Para los escritores, lo malo es mejor que lo bueno, somos bestias carroñeras. De este <em>shock</em> sale una cosa nueva. Esto no va del <em>procés</em>, pero el carburante es el <em>procés</em>”, cuenta. En <em>Terra Alta </em>presentaba a Melchor Marín, un agente de la policía autonómica, héroe de los atentados de Cambrills, un hombre que huye de su pasado pero que se ve espoleado, casi a su pesar, por su sentido de la justicia. En el subtexto —pero de ninguna manera oculto— de lo que sabemos que será ya una saga de cuatro episodios están <em>Los miserables</em> de <strong>Victor Hugo</strong>: el paralelismo entre el comisario Javert y Melchor Marín es evidente, aunque Jean Valjean aparezca por ahí como un Mr. Hyde. Para el futuro, Javier Cercas imagina reunir las cuatro novelas de Melchor Marín en un solo volumen, bien grueso, como <em>Los miserables</em>. Este segundo título empezó a escribirlo apenas terminó el primero, y ya tiene muy avanzado el tercero, gracias al encierro motivado por la pandemia.</p><p>“Borges dice que todas las novelas son novelas policiales, y en mi caso es una evidencia”, admite. “Yo he explicado cómo mis novelas y las novelas que yo más quiero funcionan así: un enigma y alguien que tiene que resolverlo”. Pero aquí hay literalmente un policía. “Sí”, explica, “y tiene casos que resolver, pero yo descubrí que Melchor iba a ser un policía ya casi en la segunda redacción”. Y no lo será para siempre, aclara. La ilusión de Marín en este segundo tomo es sacarse las oposiciones a bibliotecario y abandonar el cuerpo. Mientras, trasladado a Barcelona, tendrá que enfrentarse a un caso de extorsión: la alcaldesa de la ciudad está siendo chantajeada con la amenaza de que se haga público un vídeo sexual en el que aparece. Los delincuentes piden 300.000 euros. Pero la cosa es más compleja de lo que parece, y los agentes sospechan que detrás de los anónimos que recibe la política pueda haber más que unos tipejos en busca de dinero. Aunque haya pensado en sus novelas como <em>thrillers</em>, lo cierto es que formalmente esta es su segunda incursión en el género. “Yo no me propongo adaptarme a un género”, despacha. “Si alguien quiere leer esto como una novela policiaca, me parece perfecto; si alguien me dice que esto no es una novela policiaca, me parece perfecto. Por otra parte, si alguien todavía cree que existen géneros mayores y menores, y que la novela policiaca es un género menor, es que no sabe lo que es la literatura. No existen géneros menores y mayores, existen formas mayores y menores de utilizar los géneros literarios”.</p><p>Desde que ganó el Planeta —insiste en varias ocasiones en la entrevista que no escribió <em>Terra Alta </em>para el Planeta, como se ha podido creer—, Cercas le da vueltas a la cuestión de la popularidad. Y no es que antes le faltara: al fin y al cabo, <em>Soldados de Salamina </em>es un libro muy leído y que cuenta con una exitosa adaptación cinematográfica. Pero lo del Planeta es otra cosa. “Siempre he intentado escribir novelas fáciles de leer y difíciles de entender”, defiende. Entre otras cosas porque “una de las principales supersticiones literarias de nuestro tiempo es la que dice que la buena literatura es minoritaria”. Menciona el <em>Quijote</em>, a <strong>Shakespeare</strong>, a Victor Hugo, a <strong>Flaubert</strong>, todos ellos autores populares antes de entrar en el canon de la alta literatura. Y termina con un relámpago de optimismo: “¿Eso quiere decir que solo la literatura popular es buena? No, pero a la larga la buena literatura es popular. Ya sabemos que el único crítico literario infalible es el tiempo”.</p><p>Y hablando de tiempo: <em>Independencia</em> no es una novela futurista ni de ciencia ficción, pero sí sucede parcialmente en el futuro. El futuro inmediato: 2025, cuatro años después de los sucesos de la anterior novela. En el futuro nadie habla del coronavirus, y no porque la novela estuviera terminada antes de la pandemia, defiende el escritor... sino porque realmente considera que en unos años esto habrá desaparecido de la memoria reciente y del debate público: “Piensa lo que pasó con la más brutal epidemia, de dimensiones planetarias, la gripe española: dime una novela ambientada en 1925 o 1926 que hable de la gripe española. No la hay. ¿Por qué? Porque pasa. Porque nos olvidamos. Esto lo sé no porque sepa del futuro, sino porque sé del pasado”. Otra apuesta: en 2025, el <em>procés</em> se ha acabado, se habla de él en pasado como algo concluido hace tiempo. “Es que hoy los propios políticos hablan en pasado del <em>procés</em>”, señala. “Porque lo que llamamos el <em>procés</em> como tal ha acabado, aunque ahora estamos con sus consecuencias, que pueden ser peores. Dividir a la sociedad es muy fácil, pero volver a unirles es muy complicado”. Sus consecuencias, desde luego, se dejan ver en la novela. En la figura de Ricky Ramírez, por ejemplo, un personaje que sirve de contraparte de Melchor Marín y que para Cercas “busca la independencia de manera equivocada”. “Su padre [del que hereda la carrera política] le dice 'Arrímate a los buenos', que es lo que le dice la madre al Lazarillo cuando se va de casa. Lo que quiere decir el padre es: acércate a los poderosos. Y la élite qué hace con él: usarle para sus propósitos perversísimos y luego tirarle como papel higiénico. Esto es lo que han hecho con Cataluña”. Y remata: “Esto no es una opinión, son hechos”.</p><p>Y aunque en la novela se describen estos “hechos”, en boca de algunos personajes ficticios que los vivieron, el novelista insiste en que no pretende hacer “una crónica”. “Pero este libro es un retrato de lo que es la élite catalana”, lanza, “y barcelonesa en particular, que no es muy distinta de otras élites del mundo. Que lleva ahí un siglo y que, como dice el padre de Ricky, ahí seguirá cuando nos hayamos muerto, a no ser que pongamos remedio”. Javier Cercas vuelve a acordarse de Bataille y de la parte maldita, y sonríe: “Esto es una llamada a la insubordinación”.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Mar 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Clara Morales]]></author>
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      <title><![CDATA[Porque ellas fueron, hoy somos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/hoy_1_1194884.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7c93c012-be3f-40ba-9f6a-741419301de4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Porque ellas fueron, hoy somos"></p><p>Desde hace un año casi nada es como nos gustaría. No es que antes echáramos campanas al vuelo, pero podíamos festejar, manifestarnos, salir a la calle, estar presentes. Hoy, en todos los ámbitos, nos mantenemos a la espera para, en el momento que nos den el pistoletazo de salida, volver a ocupar nuestras posiciones. Por eso ha habido que reinventarse, e intentar celebrar el 8 de marzo de otro modo.</p><p>Entre las diferentes propuestas habidas, está el AMEIS de Plata, un distintivo creado por la <a href="https://ameisescritoras.es/" target="_blank">Asociación de Mujeres Escritoras e Ilustradoras</a> (AMEIS). Pero ¿qué es este galardón? ¿Un colgante, un símbolo, un reconocimiento? Todo esto y más. Es cariño, es reconocimiento literario a mujeres que nos precedieron, que abrieron camino, o al menos iniciaron un surco para que las demás pudiéramos plantar semillas y ver cómo iba creciendo poco a poco hasta convertirse en un hermoso huerto. Es difícil ver los frutos en época de pandemia y confinamientos, pero están ahí, hay que hacerlos visibles. Y es lo que pretende esta asociación, aglutinar a todas las mujeres que se mueven en torno a la literatura, ya sea como lectoras, editoras, bibliotecarias, traductoras, libreras o autoras. En definitiva, se trata de interrelacionar todo lo que tiene que ver con mujer y literatura, porque tanto escritura como lectura, edición o traducción, son palabras femeninas. Y hay que sacarlas a la luz porque estamos hablando de la mitad de la humanidad, no de una minoría a la que hay que garantizar sus derechos. Y en la literatura, en todo su amplio sentido, se puede aportar esa otra visión que nos ha faltado, producir ese machihembramiento que ya es necesario e imprescindible para que la visión del mundo y de la vida no se desmembre más, porque ganamos todos, nos enriquecemos todos, nos pensamos y repensamos en el otro/otra. Y así avanzamos.</p><p>El AMEIS de plata es un colgante con el logotipo de esta asociación, de plata maciza, fácil de llevar, hecho con todo el amor del mundo y todo el cariño literario, para reconocer a otras mujeres que, dentro de la literatura, hicieron un camino previo. El año pasado se suspendió el acto debido a la pandemia. Este año, el 14 de marzo, domingo, a las siete de la tarde, el AMEIS de plata se celebra en las redes, en un acto público vía Zoom, y se hará entrega de él a dos mujeres, una por el año 2020 y otra por el 2021: <strong>Marisa Mediavilla</strong> y <strong>Rosa Regás</strong>.</p><p>Marisa Mediavilla (Boadilla del Camino, Palencia, 1945) es una bibliotecaria, documentalista y feminista que se ha dedicado durante más de treinta años, con una labor de hormiguita hacendosa, a montar, organizar y estructurar la Biblioteca de Mujeres de Madrid, con el objeto de reunir la cultura y el saber de las mujeres a lo largo de la historia, especialmente en España. Ha ido recopilando libros escritos por mujeres, catalogándolos y cuidándolos como un preciado tesoro para que nuestras voces no caigan en el olvido. La falta de espacio y de dinero han sido los retos que esta mujer ha tenido que solventar a lo largo de los años, aunque optó por no depender de los fondos públicos. La Biblioteca de Mujeres está compuesta en la actualidad por más de 30.000 volúmenes, con algunas obras del siglo XVIII, pero fundamentalmente del XIX y del XX. Esta bibliotecaria reconoce la existencia de anteriores bibliotecas dedicadas a la mujer, como la Biblioteca Popular de la Mujer, fundada por <strong>Francesca Bonnemaison </strong>en Barcelona en 1909; también el Lyceum Club, creada en 1926, o la biblioteca de la Residencia de Señoritas creada en 1915, ambas dirigidas por <strong>María de Maeztu</strong> y desmanteladas tras el estallido de la Guerra Civil. En la actualidad, la Biblioteca de Mujeres de Madrid se encuentra en el Museo del Traje, suena estrambótico, pero es todo un símbolo de dónde se confina la literatura escrita por mujeres y con lo que se la identifica. Pese a ello, sin su trabajo esta Biblioteca no existiría. Y eso es lo que han entendido las socias que votaron mayoritariamente para que recibiera el AMEIS de plata en el año 2020. Y es esa labor la que ha inspirado a la Asociación de Mujeres Escritoras e Ilustradoras a crear su propia Biblioteca AMEIS. Marisa Mediavilla sigue con el sueño de conseguir un lugar específico para la Biblioteca de Mujeres, y no está dispuesta a rendirse.</p><p>Rosa Regás (Barcelona, 1933) es una de las escritoras en activo más veteranas del panorama nacional y una mujer activista que ha sido madre de cinco hijos. Ha tenido múltiples trabajos siempre relacionados con la palabra, en Seix Barral, como traductora independiente para la ONU en diferentes ciudades o como directora de la Biblioteca Nacional. En 1994 ganó el Premio Nadal con <em>Azul</em>; en 1999 consigue el Premio Ciudad de Barcelona de Narrativa por <em>Luna lunera</em>, en el 2001 gana el Premio Planeta por <em>La canción de Dorotea </em>y en el 2013, el Premio Biblioteca Breve por <em>Música de cámara.</em> A su edad sigue derrochando una gran energía, energía contagiosa y un gran sentido del humor. Si para muchas escritoras en la actualidad es difícil sacar cabeza y hacerse visible, nos imaginamos lo que pudo ser a lo largo de la vida de esta mujer, licenciada en Filosofía por la Universidad de Barcelona, en una época oscurantista, habiendo vivido una infancia dura, como ella misma dice, la infancia de los vencidos. Ha escrito seis novelas, dice que ahora está acabando otra; cuatro libros de relatos y doce libros de ensayo, algunos de ellos autobiográficos o libros de viajes, como <em>Viaje a la luz del Cham</em> o <em>Volcanes dormidos</em>, un viaje por Centroamérica. Empezó a publicar bastante tarde, quizá por el tema de siempre, la necesidad de cuidar, pero ha sabido aprovechar muy bien el tiempo. Actualmente vive en el campo y compagina la construcción de su último gallinero con su última novela.</p><p>El 14 de marzo serán las galardonadas. Con ellas brindaremos por todo lo que han hecho, en una fiesta virtual-comunitaria, a la espera del abrazo que podremos darnos algún día.</p><p>Si es tan importante reconocer el trabajo de las que han precedido, es, evidentemente, aparte de por gratitud, por lo que se ha allanado el camino. Y en literatura es evidente. Hay una generación muy potente de voces femeninas escribiendo, capaces de diseccionar la realidad y remover los cimientos de las estructuras actuales, jóvenes que empujan con fuerza, contadoras de historias abiertas, duras, defensoras rabiosas de ese otro punto de vista, las voces de la mitad de la población. Y en todas partes del planeta, según miro, ocurre lo mismo. Escritoras africanas, de Senegal, Nigeria, el Congo, que cuestionan las sociedades patriarcales, que recogen la fortaleza de las mujeres que se oponen a poligamia, mutilaciones genitales y sumisiones; que nos dejan ver, a través de la ficción y de bellas historias, cómo son ellas las que levantan sus pueblos. Escritoras de mestizaje, transfronterizas, que han estudiado en la metrópoli y no renuncian a sus raíces. Mezclan sentimientos, lenguajes, costumbres, y son capaces de recoger ambos mundos. Escritoras en toda América Latina que han bebido de las fuentes y le dan un vuelco asombroso: no se podrá hablar ya de lo gótico en la literatura, del realismo sucio o de la lírica sin tener en cuenta estas voces que cuestionan, hablan abiertamente en una sociedad violenta en la que las mujeres son las primeras violentadas. Si miramos a Europa, encontramos un producto literario de mestizaje: las que han convertido nuestros países de metrópoli en lugares de convivencia, de nuevo la mezcla, el mestizaje, lo transfronterizo. No solo de estilos literarios, que también, no solo de nuevas formas de expresión, sino de nuevos puntos de vista para escribir sobre los grandes temas de la literatura. Aquí está el futuro. No podemos ni debemos darle la espalda porque, aunque haya gente que se empeñe en hacerlo, será barrida por este huracán de voces femeninas que marcarán un antes y un después en la literatura. Estoy convencida de ello.</p><p>_____</p><p><strong>Carmen Peire</strong> es escritora y presidenta de AMEIS. Su último libro es<a href="http://www.menoscuarto.es/libro/cuestion-de-tiempo/" target="_blank">Cuestión de Tiempo</a><em> (Menoscuarto, 2017).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Mar 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carmen Peire]]></author>
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      <title><![CDATA[Variaciones sobre la soledad y el crimen]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/variaciones-soledad-crimen_1_1194881.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d9a8e2d6-c2da-4f02-bdfc-d74b6512c34b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Variaciones sobre la soledad y el crimen"></p><p><strong>Degenerado</strong></p><p><strong>Ariana Harwicz</strong></p><p><strong>Anagrama</strong></p><p><strong>Barcelona</strong></p><p><strong>2019</strong></p><p><strong>Año</strong></p><p>Conocí a <strong>Ariana Harwicz</strong> (Buenos Aires, 1977) por una entrevista reciente contra la corrección política y el arte infame que genera. Con ese breve bagaje entré en lo último que encontré de ella, <a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/degenerado/9788433998798/NH_631" target="_blank">Degenerado</a> (Anagrama, 2020). Con una actitud inicial un tanto escéptica, dada la desconfianza que a algunos nos produce el éxito, enseguida nos topamos con un lenguaje muy rico y conciso para narrar, precisamente, la extrema miseria de nuestro mundo. Algunos dirían que puede haber desde el comienzo concesiones a lo que se ha llamado <em>pornomiseria</em>, pero el foco de Harwicz no se fija en los otros, en los de siempre, sino en <em>nuestro</em> mal. Pronto conmueve la sequedad de su escritura, de una crueldad sobria, minuciosa, plegada paso a paso a los escenarios de la vida más oscura. Tal vez esto no se puede fingir. De manera que la trabajosa construcción de <em>Degenerado</em> ni siquiera parece una "construcción", de apretada que está a los intersticios de un sufrimiento innombrable.</p><p>Es tal vez secundario si el laberíntico monólogo de su protagonista sin nombre, acusado de violar y matar a una niña, le hace finalmente inocente o culpable. Lo que parece crucial en esta historia, y es lo que más duele, es la furia hipócrita de una sociedad que estimula por doquier la perversión para después regodearse en su castigo.</p><p>Al principio podría pensarse que Harwicz usa la carnaza de moda, con un "manoseo" que ya aparece en la cuarta línea y un registro de sórdidos abusos que se mantiene. Aparentemente, ningún tema de moda en nuestro apocalipsis es ajeno a sus poco más de cien páginas: la pedofilia, los viejos verdes, los padres aberrantes, el aparente horror sórdido que son los adultos, particularmente el varón. Y los pobres hijos, "ventrílocuos de papá y mamá". Hasta aparece, muy pronto, el sufrimiento judío y el tímido intento de boicot al actual Estado de Israel. <em>Degenerado</em> no deja ninguna de las pistas que puede hacer un libro muy vendible. Pero esto Harwicz lo hace muy bien, con toda la crudeza del mundo, con autenticidad y sin vergüenza, como acaso solo una mujer puede atreverse: "Las niñas saborean que les metan mano y más cuando se trata de un chico que les gusta... muchas se hacen las inocentes pero en el fondo son mujeres y les puede gustar tanto un chiquito como un señor, lo salvaje no distingue" (p. 95). ¿Qué hombre se atrevería a escribir algo así, aun poniéndolo en boca de otro? Si el autor fuese masculino, probablemente saldría despedido de la visibilidad y el éxito hacia las cloacas de la más irreversible condena.</p><p>No Harwicz, que mantiene impasible el ritmo seco y duro del lenguaje, elegantemente sórdido. Pronto <em>Degenerado</em> nos muestra la clandestinidad de las vidas actuales, la tristeza de una biografía cualquiera, como el origen de lo que llamamos "vicios". Sin que por ello la autora justifique nada. Se limita a tomar nota de un soliloquio espeluznante. Muy pronto, <em>despertar y ser viejo</em>: "Morirse a los noventa, morirse después de una vida ordenada, sacar la basura, meter la basura, pagar impuestos y dar de comer al gato". Harwicz parece describir la posibilidad de que el celebrado bienestar sea nuestra forma de genocidio, aunque a cámara lenta y en medio de risas enlatadas y un baile de postureos. La verdad, no vemos esto todos los días.</p><p>Pronto el "ardor sin duración" del acusado y los vecinos que tiran piedras. Por momentos, la novela recuerda algunas obras sobre la fiereza de la jauría humana, allí donde se desata contra quien sea desagradable y además parezca caído del lado del mal. <em>El extranjero </em>de <strong>Camus</strong> o <em>Desgracia</em> de <strong>Coetzee</strong>, podrían ser ejemplos. <em>Degenerado</em> es más amarga que <em>La caza </em>de <strong>Thomas Vinterberg</strong>, pues aquí no hay nadie inocente; ni siquiera el acusado, menos todavía los acusadores. El centro de gravedad está en otra parte. Si hay centro, tendría que ver con una desolación que se extiende, inundándolo todo. ¿Justificando el horror de unos con el de otros? No, no exactamente.</p><p>"Ustedes no pueden tolerar que haya muerto una niña sin que haya un asesino, sin que ese asesino tenga odio racial, sin tener a quién vengar". Es cierto que ante el pesimismo de Harwicz acerca de esta época, y de la condición humana, puede quedar una reserva de duda. ¿Solo hay víctimas y verdugos entre nosotros? Peor aún, ¿víctimas que son a la vez verdugos, verdugos que son a la vez víctimas? ¿Es éste el legado de <em>Degenerado</em>? Si sus novelas nacen de este oscuro tronco de duda, parece que Ariana Harwicz no ha tenido una experiencia muy radiante de nuestra normalidad. La premiada <em>Mátate, amor</em>, dicho sea de paso, tampoco parece ser el título de una novela fácil y romántica. Lo grave es que, en buena medida, uno no puede más que asentir en este pesimismo, tal vez como punto de arranque de otra moralidad. ¿No saboreamos por esta razón a <strong>Dostoievski</strong> y a <strong>Chéjov</strong>? A <strong>Walser</strong>, a <strong>Lispector</strong>, a <strong>Sábato</strong>. Solo una visión de apocalipsis puede salvarnos de nuestra falsa y paralizante cobertura total.</p><p>Pobres madres incluso, con "lo que les hicieron a su hijos". ¿Qué salvaría Harwicz de este mundo nuestro, donde ella, yo y ustedes somos también responsables? Porque su novela, insisto, no parece solamente un excelente ejercicio literario. Como <em>Degenerado</em> no se preocupa de los signos de puntuación clásicos, no se sabe muy bien quién habla en cada caso. Casi siempre parece ser el claroscuro del protagonista, cuyo nombre ni aparece. Y no importa, el discurso es suficientemente contundente: "Yo soy el principal responsable". Pero sus hijos, los de ustedes, aún con pañales y en la escuela, "ya son criminales". ¿<em>Todos</em>, preguntaríamos de nuevo, también la autora y yo somos criminales? Es posible, no hay que descartar nada. Hago estas preguntas porque ni se puede imaginar, tal como escribe esta mujer, que en esta novela se trate solo de <em>ficción</em>, ni siquiera una ficción muy bien hecha.</p><p>Uno no tiene precisamente en alta estima esta sociedad tan encantada de haberse conocido, más todavía que otras. De Buenos Aires y Barcelona a París, de Chicago a Londres y Tel-Aviv, muchos odian nuestra soberbia autista, esta violencia democráticamente <em>afelpada</em>. Algunos tampoco adoramos, sin más, la condición humana, entendida incluso de la manera más alejada posible de lo que llamamos, con harta frivolidad, <em>capitalismo</em>. Capitalismo, como si eso no fuera algo de cada uno de nosotros. Se ha dicho que la caza encarnizada del supuesto criminal, esta fiebre actual por saber, perseguir y juzgar, brinda a esta humanidad indescriptible un <em>sucedáneo de inocencia</em>. "Me cargan el mote de pederasta, de islamofóbico, de evasor fiscal. Ellos mismos son los que veneran a los que provocan derrumbes para ver las ejecuciones, son los que van a las corridas de toros y agarran a las jovencitas por el coño".</p><p>De acuerdo. En el catálogo de nuestros horrores oficiales no podían faltar las corridas de toros. Ahora bien, pregunto con dudas sobre mí mismo, ¿no es todo demasiado perfecto, demasiado <em>correctamente incorrecto</em>, tal vez para lograr impactar? Es posible que seamos injustos en esta reserva, pues ni siquiera conocemos las primeras novelas de la autora. El caso es que <em>Degenerado</em> sigue impresionando: "Siempre la carroña poscrimen hace el resto. El que levanta la cerveza y brinda la copa en sangre... así que ni esperen que me largue a llorar". Mear, dormir, eyacular. <strong>Céline</strong> y <strong>Genet</strong> son admirados, dice Harwicz, sobre todo porque están <em>muertos</em>. Pero <strong>Haneke</strong> también es admirado, aunque algunos le odiemos por <em>traficar</em> y hacerse rico con el horror de los otros. Y no está muerto.</p><p>¿Hay o no en toda esta novela un excesivo un regusto por la mugre, por el "sucio secretito" tan francés? No sé, otro margen de duda. Puede haber algo de una hipersensibilidad judía que, desde una venerable trascendencia muy real, ve éste mundo bastante cercano al Apocalipsis<em>.</em> Puede ser ése el caso de <strong>Canetti</strong>, de <strong>Primo Levi,</strong> de <strong>Tiqqun</strong>... ¿Recuerdan? En todo caso, me repito, no parece fácil que se trate en <em>Degenerado</em> de un trabajo literario muy bien hecho, sino de un espanto real ante el devenir del mundo. No el de los otros, sino el <em>nuestro</em>. Además, su lenguaje es tan preciso, tan parco y ceñido a lo tétrico de algunas escenas cotidianas, que no parece fácilmente inventado. Igual que en Onetti y en Rulfo, no se ve el artificio. Parece sin más una historia real, con la verosimilitud de una vida herida <em>manando</em>, tomando la palabra.</p><p>Otra pregunta, hecha sin conocer otras novelas de Harwicz. ¿Podría hacer ella algo sin desolación? ¿Qué tendría que narrar si la vida no fuera tan triste, tan rota?: "Lloro, lloro, duermo con los zapatos en la mano como cuando tenía que bailar dando brincos en el salón para que papá y mamá dejaran de pelear". <strong>Joyce</strong> hace la inmensa catedral que es el <em>Ulises</em>, y Lispector construye <em>Aprendizaje</em>, sin que haya una sola gota de horror. Quiero decir, ninguna distinta al horror inimputable que es vivir.</p><p>Es posible que Harwicz esté en este plano. Tragicómica, plagada con un humor más que negro, <em>Degenerado</em> es también una elegía sobre la crueldad, normalmente escondida, del mundo. ¿Recuerdan <em>13'99 euros</em>, de <strong>Frédéric Beigbeder</strong>? Algo así, anotando el fondo infinitamente "totalitario" de la vida, sumergido bajo la norma de cualquier sociedad. "Los latinos monos danzantes con tetas y culos. Yo, yo, yo. Y todo el mundo es igual en un sistema que exalta la diferencia". Pero antes: "Te gustó más porque era negra, te ensañaste porque era negra, el europeo educado y selecto al que le brota de pronto toda la violencia aria". ¿Se atrevería a decir <em>europea</em>, en vez de europeo? Probablemente, pero Harwicz no lo ha hecho.</p><p>"No puedo ni sentir piedad... El mundo vuelto decorado lunar". ¿Es auténtica esta rabia danzante? Ya sé que es un pregunta impertinente, extra-literaria. Pero es que esta obra es tan primaria que potencia ese tipo de preguntas vulgares: "Vos te enojaste, la lapidaste con el puño. En ese desayuno empecé a tartamudear". De acuerdo, absolutamente, en el repaso de nuestro falso maniqueísmo: "Hay que animarse a pensar menos en el violador como un monstruo y más en el acusador como un experto ventrílocuo". ¿La persona Harwicz estará de acuerdo, seguro? ¿O solo es literatura? Disculpen la reiteración de la duda moralista.</p><p>Momentos de <em>La naranja mecánica</em><em>, </em>cuando cablean al protagonista para estudiar sus reacciones. Momentos también de <em>Eichmann en Jerusalén</em>, cuando se muestra la medianía íntima, el sufrimiento lento, el drama familiar del supuesto monstruo. Lo peor de cada asesino, de cada monstruo (también <strong>Stalin</strong> y <strong>Hitler</strong>, decía <strong>Sokurov</strong>) es que al final se trata de un ser humano cualquiera, sea culpable o no. Y esto es en verdad lo peor, casi inimaginable: nadie, tampoco el más abyecto, es un monstruo venido de otro mundo. Ha sido criado entre nosotros.</p><p><em>Degenerado</em> es una colección de infortunios, un Vademécum de la gravedad del mal que, bajo esta banalidad programada, nos ha afectado hasta el tuétano. "Comer sano, evitar el cáncer y votar a la izquierda. Mi culo es más ecológico que estos árboles clavados por ustedes". Como ven, apenas hay descaso ni desperdicio. Todo ello en medio de abundantes sarcasmos sobre nuestra <em>limpieza</em> democrática, personalizada. Y mucho de esa impotencia kafkiana que sobreviene cuando, de pronto, alguien cae del lado del mal. Un mal que acecha en todas partes, bajo la infinita banalidad de nuestro bien.</p><p>"Ellos son tan culpables como yo". Nadie es inocente en este mundo cruel, volcado a veces en una malicia minuciosa, neutra y puramente técnica. La autora de <em>Degenerados</em> hace bien, para que esta novela fluya, en abstenerte de juzgar moralmente. Más o menos como intenta el psicoanalista en su sesión. Recuerdo ahora la novela de un compatriota suyo, <strong>Gustavo Dessal</strong>, que también levantó alguna ampolla: <em>Clandestinidad</em>.</p><p>Otra cosa final, hablando de psicoanálisis. En nada importante pasa el tiempo. No solo en el inconsciente, tampoco los <em>hitos</em> de la conciencia (las humillaciones, las delicias del placer clandestino) tienen tiempo. Esta novela es, en tal sentido, un homenaje al tiempo que no pasa, la crónica de un día o de un solo minuto. Todo ha ocurrido ayer, con todo el ardor y la nitidez del insomnio. Una cosa importante en <em>Degenerado</em> es que la urdimbre, la trama narrativa no la pone el tiempo lineal de la sintaxis, de la coherencia verbal o temática, continuamente rota por la intensidad del monólogo. Aunque, a la vez, salvada por la gramática intensa de la desolación. Con el lenguaje discontinuo de una vida dañada, es la intensidad <em>poética</em> la que pone, hasta en el horror, cierta dulzura en la narración.</p><p>Es posible que el delito no sea nada frente al horror de vivir: "No sé qué decir, ya dije que estoy hecho un sonajero". Pesimismo y humor, entre azul oscuro y casi negro, se trenzan en <em>Degenerado</em>. Y cierta ternura, también un poco terminal: "Como dos ancianos yendo a costarse, pasito a pasito ya cada uno sabe quien apaga la luz".</p><p><em>_____</em></p><p><strong>Ignacio Castro Rey</strong> es filósofo y crítico de arte. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Mar 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ignacio Castro Rey]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Variaciones sobre la soledad y el crimen]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Los diablos azules número 224]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La larga cadena femenina]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/larga-cadena-femenina_1_1194878.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1f37f423-ace7-4897-8a3e-2161a45b2b00_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La larga cadena femenina"></p><p><strong>Ellas contaron la historia</strong></p><p><strong>Novela y mirada de mujer (1939-1979)</strong></p><p><strong>Edición de José Luis Calvo Carilla</strong></p><p><strong>Institución Fernando El Católico</strong></p><p><strong>Zaragoza</strong></p><p><strong>2020</strong></p><p>Este es uno de esos buenos libros que publican las instituciones públicas, a los que los medios suelen prestarles menos atención de la que debieran. Forma parte de la colección Letra última<em>,</em> dirigida por la profesora <strong>María Ángeles Naval,</strong> que consta ya de 12 volúmenes de interés, en la que encontramos libros de poesía y de cuentos, novelas y antologías.</p><p>Se trata de una recopilación de fragmentos representativos de novelas publicadas entre 1940 y el 2005, aunque algunas de ellas fueron escritas antes, sin que pudieran ver la luz a causa de la censura, por 26 escritoras españolas de diferentes orígenes sociales (del proletariado a la aristocracia), generaciones e ideologías (del falangismo al comunismo, pasando por el anarquismo y el feminismo, en algunos casos de raíz católica), cuya narración se centra en los distintos avatares de la vida durante la postguerra. A través de ellos, el lector podrá hacerse una idea cabal de los asuntos que preocuparon a estas autoras a lo largo de casi cuatro décadas.</p><p>De entre las narradoras seleccionadas, destacan obras de autoras representativas de esos años, como puedan ser <strong>Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite, Josefina Aldecoa, Elena Quiroga, Esther Tusquets, Ana María Moix, Lourdes Ortiz</strong> o <strong>Rosa Montero</strong>. Se echa de menos, sobre todo, a <strong>Rosa Chacel, María Teresa León</strong> y <strong>Ana María Matute</strong>, la única de todas ellas que ganó el Premio Cervantes (otras han obtenido galardones como el Nadal, el Planeta, el Café Gijón, el Barral, el Tigre Juan, el Príncipe de Asturias, el de las Letras Españolas, el Ciudad de Barcelona, o el Ciudad de Barbastro y el España Errante), pero también podría haberse añadido a <strong>María Luz Morales</strong> y <strong>Carmen Kurtz</strong>. No faltan, es uno de los aciertos del libro, las narradoras del exilio republicano: <strong>María Dolores Boixadós, Luisa Carnés, Elena Fortún, Concha Castroviejo</strong> (su novela <em>Los que se fueron</em>, 1957, es considerada como la primera escrita en castellano que trata sobre el exilio, publicada en España), <strong>Carmen Mieza, Silvia Mistral </strong>o <strong>Carlota O'Neill.</strong> Todas ellas poco conocidas, con la excepción de la autora de <em>Celia</em><em> </em>y la muy reivindicada en estos últimos años Luisa Carnés. La sorpresa más grata ha sido encontrar fragmentos de autoras y obras poco asequibles, a algunas ya las hemos citado, pero habría que mencionar el nombre de <strong>Elena Sanemeterio Navas</strong>, poco conocida hasta hoy.</p><p>El prólogo, la bibliografía, las breves presentaciones que contextualizan los textos recogidos, las sucintas biografías de las autoras y las actividades que se proponen para trabajar con las obras, todo ello al cuidado de <strong>José Luis Calvo Carilla</strong>, profesor en la Universidad de Zaragoza y uno los mejores conocedores de la literatura española de los siglos XX y XXI, resultan muy útiles, pues ayudan a entender y valorar mejor estas narraciones, en el contexto histórico del franquismo, el exilio y la Transición.</p><p>Contribuye también a ello la división del material en tres partes, denominadas: “Los desastres de la guerra”, “Sobrevivir en la posguerra” y “En torno a la Transición”. Tratan estas novelas de los avatares de la contienda (la toma de Madrid); del sacrificio de una generación; del hambre y la falta de aseo; del trabajo en los hospitales; la vida en las cárceles; la fisiología femenina; la condición del exiliado (“El hombre fuera de su patria no es nada”, se afirma con contundencia, p. 140); la vida en los campos de concentración del sur de Francia y la ruindad del país vecino con los exiliados republicanos; el sufrimiento de los niños; los años terribles de la Victoria; la vida de los exiliados en México y el deseo mutuo de diálogo con los que permanecieron en el interior (p. 142); las crisis matrimoniales; el relato detallado del nacimiento de un niño; el maquis, <em>los del monte</em>, que Luisa Carnés nos presenta como patriotas, los buenos hijos de España (p. 163); la visita de una niña de 5 años a su padre, en la cárcel, a quien solo puede ver a través de unas alambradas, a lo lejos; el viaje en tren de una señorita por la España profunda; el decepcionante reencuentro de una pareja tras la guerra, cuando él ya no es aquel hombre que ella esperaba; las gentes que suben y bajan de un autobús (otra variante de<em> </em><em>La colmena</em><em> </em>y de<em> </em><em>La noria</em>); la condena que supone haber nacido mujer y la preocupación por el qué dirán..., en la narración de Concha Alós; el adulterio, en diferentes versiones, y sus correspondientes trampas; la prostitución, con sus razones y sinrazones; las huelgas en el campo andaluz, la represión y el caciquismo; el entierro de Franco visto desde la televisión de un bar; la separación de un matrimonio que ha militado en el antifranquismo, la explicación que ella nos proporciona, a través del retrato muy crítico de Enrique; la descripción de la familia de Esther Tusquets, vencedores en la guerra; el reencuentro en 1977, muchos años después, de dos mujeres, Irene (<em>alter ego</em> de <strong>Juana Doña,</strong> la autora) y Beatriz, y la revelación de un misterio que ni siquiera sospechaban, cuando “en el año setenta y ocho aún no habían comenzado las grandes decepciones ni las huidas en masa de los ideales” (p. 296); la vida en un internado femenino y la relación lésbica que mantienen Dorita y Sela; los abusos a los que Lidia somete a Julia, compañera de clase, la posterior estancia de esta en la Universidad, la rebeldía sin causa de una niña bien, el conflicto con sus padres y abuelos, las huelgas y manifestaciones, y la burla de los numerosos jóvenes que cultivan la poesía social; los inconvenientes a los que tiene que enfrentarse una joven separada y con un hijo, llamada Ana, y los acosos que padece de un falangista untuoso a quien le solicita trabajo, los agresivos acercamientos en los transportes públicos, etc.; y los problemas de la vida en pareja, con un personaje, Luis, prototipo del narcisismo y la estupidez, en la novela de <strong>Consuelo García</strong>. En el último texto, que proviene de <em>Otras mujeres y Fabia</em> (1982), de <strong>Carmen Gómez Ojea</strong>, situado al final del libro de manera muy oportuna, la protagonista se siente parte de una cadena de mujeres que han estado en el vientre de otras a lo largo de los siglos, lo que podríamos denominar <em>la larga cadena femenina del ser</em>.</p><p>Como lector, uno tiene la impresión de que hay mucho de histórico y autobiográfico en estas novelas, que a menudo utilizan el punto de vista femenino. En el fragmento que se recoge de <em>El cuarto de atrás</em><em> </em>(1978), de Carmen Martín Gaite, podríamos hallar algunas pistas, no todas, ni mucho menos, sobre lo que el libro de Calvo Carilla nos quiere contar: “lo que yo quería rescatar era algo más inaprensible, eran las miguitas, no las piedrecitas blancas. Aquel verano releí también muchas novelas rosa, es muy importante el papel que jugaron las novelas rosa en la formación de las chicas de los años cuarenta. Bueno, y las canciones...” (p. 274 y 275).</p><p>No faltan en estos textos imágenes impactantes, como la del desfile por la Castellana de animales disecados de la colección Medinaceli que llevan al Museo de Ciencias Naturales (p. 85); o la del moro que guarda la cabeza de un muerto, con la dentadura de oro, en la bolsa de sus pantalones (p. 122). Ni tampoco los retratos y los detalles, a veces minuciosos, de la psicología de los personajes, ni las alusiones literarias, culturales (<strong>Lope de Vega, Gorki, Pedro Salinas</strong> o <strong>Silvio Pellico</strong>). Y todo contado a veces con un estilo que se caracteriza por la utilización de párrafos muy breves.</p><p>Calvo Carilla no elude cuestiones palpitantes y se mete en esos avisperos, de los que acaba saliendo bien parado, al plantearse —por ejemplo— si “la mujer aporta a la novela una visión del mundo distinta y, por lo general, más personal e íntima” (p. 15). El caso es que se muestra consciente de que puede ser un estereotipo más, aunque no ignora la parte de verdad que pueda tener en función de los temas tratados (p. 15). O la idea de <em>la mujer nueva</em>, que aparece en Carmen Laforet, a quien luego replica <strong>Almudena Grandes</strong>, desde una ideología muy diferente. Pero quizás el mayor mérito de esta antología estribe en llamar la atención sobre novelas que no conocíamos, abriéndonos el apetito y el deseo de leerlas.</p><p><em>_____</em></p><p><strong>Fernando Valls</strong> es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Mar 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <title><![CDATA['Feria', la memoria fértil]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/feria-memoria-fertil_1_1194852.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5236719d-888e-4e63-891a-735df161aa37_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Feria', la memoria fértil"></p><p><a href="https://circulodetiza.es/libros/feria/" target="_blank">Feria</a> es un libro sorprendente, muy divertido y muy bello. Es también difícilmente clasificable porque, aunque está escrito en primera persona, y esa persona con su nombre y apellidos, <strong>Ana Iris Simón</strong>, es la autora, y todos los personajes que pueblan su historia no son personajes sino personas que existen o han existido o siguen existiendo pese a que hayan muerto, porque su presencia está muy viva en la memoria de la autora y en las páginas de un relato que versa sobre el entorno familiar y las vivencias de quien lo escribe, no es una autobiografía. Diría más bien que es una mirada, la mirada desacomplejada e inteligente de una chica de pueblo, de estirpe de feriantes por parte de madre y de campesinos comunistas, los Simón o los simones, por parte de padre. La palabra estirpe casi siempre se asocia con la nobleza , el pueblo llano no tiene estirpe, como mucho tiene familia y a veces ni eso, pero Ana Iris Simón reivindica su origen pueblerino y trasmite orgullo de estirpe que en su caso es también orgullo de clase, de clase trabajadora, se entiende. “Lo que hay en su mirada cuando mueve la mano para despedirte se llama serenidad y se llama orgullo. Y no hay nada más bello que el orgullo que se permiten los humildes”.</p><p>Debo decir que he sentido envidia de ese mundo de familia-clan, tíos, primos, abuelos, abuelas, un bisabuelo que ya murió pero que fue quien inauguró la tradición comunista que continuaron los simones hasta el padre de la autora que además de comunista es “ateo monoteísta”. Quizás esta sana envidia tiene que ver con la necesidad de pertenencia que se agudiza, como un bien perdido y añorado, en nuestras modernas sociedades donde prima el individualismo y la exaltación de la diferencia.</p><p>Ana Iris Simón mira a su familia con amor y algo parecido al agradecimiento, esa es la clave de su historia. La conciencia de que ella es quien es por lo que ha recibido, lo que ha mamado de todos ellos: el tío <strong>Hilario</strong> que recitaba versos de <strong>García Lorca </strong>y <strong>Miguel Hernández</strong>, la abuela <strong>María Solo</strong> que era muy supersticiosa y después de muerta solía “aparecerse<em>”</em>, su padre que cree que siempre debe decirle la verdad a su hija y “vive en los relatos”, su madre la <strong>AnaMari </strong>que “es como el Universo: se expande” según definición de su ya exmarido, porque los padres de la autora se separaron cuando esta tenía 12 años y ese hecho está contado sin darle especial relevancia, sin que dé penita ni sugiera un posible trauma en la niña que ella era entonces. Los niños de entonces no tenían traumas. Claro que ese entonces se refiere a una época que abarca tiempos que la niña Ana Iris no vivió pero que vivieron los suyos y por eso son también suyos. Tiempo antiguo, formas de vida antiguas, virtudes antiguas que desaparecen y alguien tiene que molestarse en recordar. Hay una cierta reivindicación de lo antiguo en la mirada de Ana Iris Simón. Y una sutil y afilada crítica a la modernez de una supuesta izquierda que habla una jerga pseudocientífica y tan alejada de lo real que ni siquiera sabe cómo nombrarlo. No hay complacencia ni sentimentalismo en esta especie de crónica vital de una chica de pueblo que ha estudiado en Madrid y, cumpliendo con lo esperado, ha logrado ser “<em>mileniun</em>”. La ironía que despliega en su visión de la modernidad de “la España de la rotonda”<em> o </em>“la competición de plañideras”<em> </em>en la que se ha convertido nuestra vida social, no es hiriente ni amarga, es más bien la constatación de que las cosas cambian y de que el mundo que puebla su historia está en proceso de extinción por no decir que ya se ha extinguido. No es una visión nostálgica sino más bien de afirmación: de ahí vengo, ese es mi legado. Y mi reivindicación.</p><p>Hay mucha ironía y mucha agudeza crítica pero ninguna mala leche, lo cual es un signo de madurez sin duda.</p><p>Además de la familia , los vecinos, las amigas y todo un universo de seres humanos descritos siempre a través de algo que hicieron o dijeron o les ocurrió y de animales como el Roly “que dormía en el patio y siempre estaba en el patio, nunca en casa, porque era un perro, no una mascota”<em>,</em> la otra gran presencia que habita estas páginas es La Mancha, ese mar de esparto <em> </em>que se define por la ausencia total de relieve<em> </em>y donde “si uno alza la vista comprende que igual es sobria y austera en el suelo porque robar protagonismo a esos cielos no sería de ley y para comprender eso también hace falta valor y saber mirar, concretamente hacia arriba, más allá de uno mismo”.</p><p>El saber mirar de la autora viene de atrás, tiene raíces, por eso la tierra importa, pero es también muy moderno si por moderno entendemos aquello que tiene que ver con nuestro tiempo y ayuda a comprenderlo mejor, y por eso, aunque habla de una España que fue y ya no es si no es en forma de huella y memoria, es actual. Se abra por donde se abra este libro, uno encuentra una observación inteligente, una reflexión original, una descripción extrañamente poética o el relato de una anécdota sin importancia pero capaz de revelar la belleza de un instante. Y su fugacidad .</p><p>Ana Iris Simón se expresa en un castellano sencillo, con resonancias populares, potente y sin artificio. Hay un notable desparpajo en su estilo narrativo, como si su escritura fluyese naturalmente, sin especial reflexión ni cuidado. No es así. Creo que, al igual que en el caso de la interpretación —todo buen actor sabe que la mejor improvisación es la que se ha ensayado al milímetro—, la escritura de Ana Iris Simón, su aparente facilidad, surge de lo minuciosamente trabajado y analizado y procesado. Y también de un bagaje cultural muy amplio e inusual en una persona tan joven que menciona a <strong>Ezra Pound </strong>o a <strong>Pasolini</strong> o a <strong>Sylvia Plath</strong> o al <em>Quijote</em> con la naturalidad de lo bien asimilado porque sus lecturas, que uno intuye que son muchas y variadas, no son un adorno o un alarde erudito sino que forman parte de su personalidad y de su manera de estar en el mundo. Y de verlo.</p><p>El inesperado éxito de este libro publicado en vísperas de la pandemia, sin campaña de lanzamiento ni el aval de una firma famosa, es un dato reconfortante y significativo; indica que, más allá del <em>marketing</em> y el cálculo de los ingredientes necesarios para cocinar un <em>best-seller</em>, hay vida en la literatura y lectores que confían en el consejo de otros lectores, y editoriales como Círculo de Tiza con criterio para detectar lo valioso. Y eso es <em>Feria</em>, algo valioso, una pequeña joya.</p><p><em>_____</em></p><p><em>Teresa Aranguren esperiodista y escritora.</em><strong>Teresa Aranguren </strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Mar 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Teresa Aranguren]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Feria', la memoria fértil]]></media:title>
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