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    <title><![CDATA[infoLibre - ¡Conmigo que no cuenten!]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/conmigo-que-no-cuenten/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - ¡Conmigo que no cuenten!]]></description>
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      <title><![CDATA[La Manga no tuvo la culpa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/manga-no-tuvo-culpa-ay-recuerdos-volver_1_1567007.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3364c6e1-4e7d-48e6-9bf4-b804359e142e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La Manga no tuvo la culpa"></p><p>Aviones Vigo-Madrid y Madrid-Alicante. Ya en el aeropuerto de Alicante, aún mediodía, decidí no buscar transporte colectivo, porque <strong>mi novio acababa de dejarme</strong>, así que, por esta vez, me merecía el lujo de hacer 80 kilómetros en taxi hasta el hotel de La Manga. Le dije destino al taxista, y que parara en el primer cajero que viera, porque solo llevaba 20 euros. Paró, bajé al calor del Levante y <strong>al abrir la cartera descubrí que había olvidado la tarjeta</strong>. Así que me giré, le expliqué lo que me ocurría, se cobró sus nueve euros –"señor, ¿dónde estoy, cómo dice que se llama este pueblo?"– y se fue. Ahora yo disponía de 11 euros para 72 kilómetros.</p><p>De modo vip a sistema de alerta. <strong>Trasiego de tren, caminatas y buses hasta llegar al hotel, diez horas después</strong> de poner pie en el aeropuerto. Conocer el Mar Menor y el Mediterráneo en ese estado, cansada como un trapo, rozando ya la medianoche, fue una delicia. Era sábado. Ya conseguir dinero quedaba para el lunes, malo será que no me arregle con <strong>dos eurillos que me quedan</strong>.</p><p>Pero no: el lunes descubrí que el DNI no servía para nada sin tarjeta (año 2002, no sé ahora). Los bancos dijeron que <strong>pidiera un giro postal a mi oficina del pueblo de Lugo</strong>, la de mi cuenta. Llamo y le explico a la chica de mi oficina rural que no, que no podía ir mi madre a llevar dinero del banco a Correos, porque mi madre no sabía que yo andaba por España aliviando mis tristezas en soledad. Que si sería tan amable de acercarse ella misma, sería un ángel para mí, en su horario de oficina, a hacerme el giro desde Correos. Todo bien. Llegaría al día siguiente. <strong>Solo tenía que pasar sin la comida de mediodía y ya.</strong></p><p>Después del desayuno del martes, que sí estaba pagado (desayunos y cenas), enfilé hacia Correos de La Manga, en la otra punta de la misma, caminando, que el bus urbano no es gratis. <strong>Varios kilómetros bajo el sol de agosto</strong> para que, al llegar, me explicaran que los giros se hacen a los hoteles, que mi dinero estaría ya en el hotel del que venía sudorosa. </p><p>Bueno, ese día hice mucho ejercicio y de todo se aprende. El dinero había llegado, por fin una <strong>tregua</strong>. Durante unos días pude comer por allí, descubrir que no había más que hoteles y chringuitos con flotadores, aburrirme un poco y navegar. Sí, <strong>navegar por el Mar Menor con la barca hinchable que compré</strong>, de un solo remo, que bien pudiera ser kayak en unos rápidos trepidantes. No, pero estuvo bien. Todo muy plácido y relajante.</p><p>Resultó que <strong>había calculado mal el dinero que necesitaba</strong>. Las vacaciones terminaban y de nuevo no tenía suficiente para llegar al aeropuerto de Alicante. Último día: ¡audacia!, cacahuetes y agua hasta llegar a Vigo. <strong>Le eché moral.</strong> Conocía trenes y buses, pero hete que algún malentendido funesto me dejó sin transporte alguno a la altura de Cartagena, con el avión que salía a pocas horas y <strong>mi cartera, ahora sí, con los últimos de Filipinas.</strong></p><p>¿Qué haría una mujer con arrojo, <strong>una mujer Almodóvar,</strong> en una situación así? Me acerqué a la parada de <strong>taxis </strong>y <strong>a todos como gremio expliqué mi drama</strong>, solucionable con algo de generosidad por su parte, ya que al voluntario que me llevara a Alicante podría pagarle aproximadamente la mitad del trayecto, pero con la promesa de quedar en mi recuerdo como un ángel. Y sí, uno se ofreció, y <strong>llegué a tiempo para volar </strong>en un avión donde me ofrecieron, como piscolabis gratuito, una bolsa de cacahuetes y un botellín de agua.</p><p>Ya en Vigo, solo tenía que coger mi coche, pero estaba en el parking del aeropuerto y ya ni una moneda para pagarlo. Eran las 12 de la noche y yo empezaba a trabajar a las 9 de la mañana siguiente a cuarenta kilómetros de allí. Entonces, abandonada a mi suerte en la medianoche de aquel no-lugar, vi a Juan. <strong>Juan, el hermano de mi cuñado</strong>, ese tío al que veo una o ninguna veces al año. "¡Juan… tú aquí! ¿Podrías prestarme dinero, digamos… 30 euros? Para pagar el parking… Es que, en fin, no te imaginas qué viaje, en serio". </p><p>¡Ah, qué alivio! Juan estaba esperando a su mujer y a su hija, que llegaban en un avión que llevaba retraso. Abrió la cartera (un ángel), sacó un billete, me acompañó al coche. Ah, pero <strong>el contacto no funcionaba, el coche no se ponía en marcha</strong>. Juan dijo que yo habría dejado encendida algún foco, por lo que la batería, en diez días, se había agotado. Y ya, sin más, me encomendé a su sabiduría.</p><p>Resultó que él, precisamente, es uno de esos precavidos que lleva en el maletero <strong>“las pinzas” </strong>para, caso de urgencia, encender un coche con la batería de otro. Entonces, sí: acercó su coche al mío, usó el artilugio de cables y encendió mi coche. Me aconsejó no detenerlo hasta llegar a mi casa (Pontevedra), tener cuidado al parar en el peaje de la autopista, y, bueno, ya le contaría si todo había ido bien. ¡Qué mujer afortunada! <strong>Llegué sin percance a Pontevedra (1:30 AM) puntual y sonriente al trabajo (9 AM)</strong> y ¡al toro! Porque mi amado coche de segunda mano, mi Saxo, tuvo a bien hacer plof solo tras cumplir mi jornada laboral y llegar a casa. </p><p>No obstante, quiero dejar constancia de que para mí <strong>el Mar Menor y el Mediterráneo son maravillosos</strong> y que, a veces, una puede encontrarse a uno o dos ángeles que te sacan del lío, por lo que la niña angelical que en el regreso Alicante-Vigo vino chillando y dando patadas al respaldo de mi asiento, esa <strong>desalmada</strong>, queda ya para otra historia.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Sep 2023 17:22:23 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luz Moscoso]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La Manga no tuvo la culpa]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[¡Conmigo que no cuenten!]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA["Quiero que mi esqueleto permanezca aquí durante siglos, que los excursionistas vengan a verlo"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/quiero-esqueleto-permanezca-durante-siglos-excursionistas-vengan-verlo_1_1565229.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/89f7a823-96ba-410f-b2bf-8bf5d87e3078_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt=""Quiero que mi esqueleto permanezca aquí durante siglos, que los excursionistas vengan a verlo""></p><p>Cuando se abre el ascensor, <strong>ella pasa delante pero se queda casi en la puerta</strong>, mirándose en el espejo y obstruyéndome el paso con su mochila. La empujo a un lado y se vuelve a mirarme con un gesto de reproche. Meto la llave para bajar al garaje, se cierran las puertas y ella sigue a la caza de alguna arruga incipiente. No bajo mucho al <strong>garaje</strong>, apenas utilizo el coche porque no me gusta conducir. Y siempre, cuando bajo, el descenso se me hace demasiado largo. Una vez rebasada la planta calle, empiezo a temer que, cuando se abran las puertas, una nube caliente dé paso a un hombre colorado vestido como un jefe de planta de El Corte Inglés que me da la <strong>bienvenida al infierno </strong>como mi nueva residencia permanente.</p><p>Pero hoy esa no me parece una mala alternativa, frente a lo que me espera. Y es que ella ha decidido que debemos salir de nuestra zona de confort y ha reservado plazas para una experiencia, como a ella le gusta llamarlo: <strong>el descenso de barrancos en el río Vero</strong>. Ella conduce y habla y su monólogo tiene aún más vericuetos que la propia carretera de montaña. Que ya verás lo bien que lo pasamos. Que Luis y Ana lo hicieron y se lo pasaron chupi. Que, claro, Luis no es como tú, es más lanzado. Que ya verás cómo <strong>esta experiencia nos cambia la vida</strong>.</p><p>En el punto de encuentro se congrega un grupo de <strong>gente joven y entusiasta</strong>, gente que flipa con sus flipes y con sus descargas de <strong>adrenalina</strong>. Y yo ya no soy joven, ni entusiasta ni tengo adrenalina que descargar. Soy pícnico, sedentario, <strong>apenas sé nadar y me horroriza lanzarme al vacío</strong>. Los chicos me estrechan la mano como lo hacen los deportistas, no como lo hacemos los empleados de banca. Las chicas me dan besos que no me rozan. Nos presentamos: <strong>Elena y Carlos, venimos de Zaragoza</strong>. Asier, el guía, nos anticipa lo bien que lo vamos a pasar mientras saca de la furgoneta unos trajes de neopreno. Asier me mira de arriba abajo para evaluar mis proporciones y me elige una talla XXL.</p><p>A medida que pasa el tiempo <strong>disminuyen mis posibilidades de huida.</strong> Si me pongo el maldito traje ya no habrá vuelta atrás. Pero me dejo llevar por el entusiasmo ambiental y, sin darme cuenta, ya me estoy enfundando en esa piel de goma que me transformará en <strong>héroe anfibio</strong>. Paula, una esbelta y fibrosa colega de Asier, se percata de que tengo dificultades a la altura de la barriga. Se me acerca y, con amabilidad profesional, me recomienda que me tumbe en el suelo, que expire, que encoja la tripa. Elena está siendo innecesariamente atendida por Asier, que viste una camisa de cuadros arremangada para lucir un tatuaje maorí. Ya <strong>estamos todos embutidos y el divino Asier </strong>todavía está prodigando zalamerías a Elena quien, objetivamente, es la más atractiva de las chicas y por tanto su objetivo a batir. Asumo que estoy en desventaja. Nada que hacer frente a sus ojos verdes, su barba al dos y su trabajada sonrisa de manual del seductor. Y, para colmo, se quita la camisa y exhibe su torso cincelado y broncíneo, en el cual descubrimos que el decorado polinesio se extiende hasta el omóplato. Elena lo mira embobada, ajena a mi existencia.</p><p>Asier, ya enfundado de <strong>neopreno naranja</strong>, toca palmas para congregar a los discípulos y explica de corrido el plan del descenso: encontraremos dos o tres rápeles, saltos, toboganes, sifones y un increíble y profundo pasillo estrecho. <strong>En dos o tres horas llegaremos al final del barranco, donde encontraremos una zona de saltos</strong>. Todos aplauden y lanzan grititos entusiastas. Todos menos yo, que todavía me estoy preguntando cómo he cedido una vez más, cómo seré incapaz de salir corriendo, cómo a estas alturas todas mis alternativas están entre el ridículo y quién sabe si la muerte. Y con esa tenaza en la garganta, me uno a los aplausos y levanto el puño, uh, uh. <em><strong>Morituri te salutant</strong></em>.</p><p>Subimos a la furgoneta que nos llevará al inicio del barranco. Elena parece reparar en mi existencia y se sienta a mi lado y me dedica una mirada de ya verás qué bien, aunque no sé yo si tú… Mientras conduce, Asier desgrana las <strong>maravillas del paisaje y anticipa los retos a superar</strong>. Porque la vida es lucha, pienso. Y se supone que lo que hago aquí es luchar. Luchar por el respeto de Elena, por recuperar lo que tuvimos. Eso que, ingenuos, llamábamos amor. Engancho el mosquetón y me voy deslizando. Hay poca luz abajo y se oye el rumor del agua. Pienso si el infierno de los hidrofóbicos será un lago, un mar, un balneario. El agua es poco profunda, chapoteamos y seguimos adelante. Luego, un rápel, un descenso lento y mayestático, como Satán tomando posesión del infierno.</p><p>Bajo agarrándome a las rocas húmedas, me hiero las manos, me rompo las uñas pero no importa. Para eso, <strong>para romperme la crisma, he salido de mi zona de confort</strong>. Elena parece feliz, ríe y grita como una imbécil. Y Asier está muy pendiente de ella. Cuidado, agárrate ahí. No, así no. Ven, te sujeto. Supongo que es más importante que ella llegue a la cama sin rozaduras que yo perezca atrapado entre las rocas. Sus manos suaves valen más que mi vida, siempre lo supe. <strong>Y ahora tenemos que saltar. Nada, solo son cuatro metros y la poza es profunda</strong>. Solo tienes que caer en medio. Niego con la cabeza: <strong>no, yo no salto</strong>. Venga, hombre. No, no soy un hombre. No ese tipo de hombre. Asier, condescendiente, me propone que me deslice con la cuerda. Elena se me acerca: joder, Carlos, siempre dando la nota. <strong>Joder, Elena, vete a la mierda</strong>. Y me deslizo como un fardo de vergüenza, ya no importa si el río sigue, si el barranco tiene salida. Una vez abajo, desengancho mi arnés y <strong>me siento en una roca</strong>. Yo me quedo, les digo. <strong>Quiero que mi esqueleto permanezca aquí durante siglos, que los excursionistas vengan a verlo</strong>. Que tengan una experiencia.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Aug 2023 18:12:23 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alfredo Pérez Sánchez]]></author>
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      <media:title><![CDATA["Quiero que mi esqueleto permanezca aquí durante siglos, que los excursionistas vengan a verlo"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[¡Conmigo que no cuenten!]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El accidentado viaje a Las Negras en el que estrenamos el coche pero nada salió como esperábamos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/lanzamos-rodaje-r19-rumbo-negras-playa-moda-mundo-hablaba_1_1565190.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5d40f9a5-226b-4379-8af9-7c254b65708d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El accidentado viaje a Las Negras en el que estrenamos el coche pero nada salió como esperábamos"></p><p>A principios de aquel mes de agosto<strong> me había comprado un coche nuevo</strong>. Y tenía entendido que los coches nuevos necesitaban “hacer rodaje”: los primeros cinco mil kilómetros sin rebasar los cien por hora. Elegí un lugar no muy alejado de nuestra casa (en Los Nietos, <strong>Cartagena</strong>), dejamos a los niños con su abuela y el día quince de ese mes, cuando hay fiestas del pueblo hasta en los pueblos que presumen de no tener fiestas, nos lanzamos a hacer el rodaje del <strong>R19 rumbo a Las Negras</strong>, la playa de moda de la que todo el mundo hablaba, donde el Mediterráneo acariciaba los cuerpos y los preparaba para una ceremonia de lujuria placentera. <strong>Dos jóvenes alborozados conduciendo un Renault nuevo de trinca</strong>. Lo máximo.</p><p>Aún no existía autovía por la costa, la circulación discurría por <strong>Mazarrón, Águilas, Garrucha, Carboneras</strong>, a través de una carretera llena de <strong>baches</strong>, poco señalizada y cargada de tráfico en esa fecha. Tanto que circulamos largo rato detrás de una de esas caravanas que ocupan todo el carril, con cortinillas al viento en las ventanas, tirada por un Simca 1200 que resoplaba por aquellas cuestas. Fue entre Águilas y Garrucha. Pensé que si no adelantaba llegaríamos a la hora de cenar, así que me salí hacia el otro carril y para no estampar mi nuevo coche contra el que venía de frente, lo <strong>restregué contra la caravana realizándole un corte</strong> limpio en todo el costado (nunca me supieron decir en el taller con qué parte de mi Renault rajé la chapa), pero al menos salvamos el pellejo por centímetros. Mal comienzo.</p><p>Como el coche andaba, decidimos seguir. Paramos a comer en un lugar donde no pedí la tarjeta después de pagar la cuenta. Debía tener cerca algún <strong>vertedero </strong>porque las <strong>moscas </strong>oscurecían las paredes del comedor. Nos sirvieron pescado frito y una ensalada donde advertí algo negro que no era ni lechuga, ni tomate ni pepino. Cuando llamé al camarero que atendía el comedor y le señalé la <strong>mosca dentro de la fuente</strong>, mostró su extrañeza diciéndonos que la fuente había llegado a la mesa sin huésped. Yo estaba aún bajo el efecto del shock de una hora antes, y una fuerza interior me llevó a preguntarle entre furioso y burlón por la propiedad de aquel enjambre negro que se movía sobre nuestras cabezas. Me miró extrañado y no supo qué contestar. Lo hice yo, aclarándole que no habían venido con nosotros. Lo más raro de aquel restaurante de carretera, es que la gente comía y charlaba sin reparos, teniendo aquella <strong>nube negra y espesa sobrevolando</strong> encima de sus platos.</p><p>Por fin llegamos a Las Negras con el <strong>susto en el cuerpo </strong>por lo que pudo haber sido y no fue. Esa tarde, las olas llegaban violentas hasta la orilla llena de cantos limpios y redondos. Luego, aquellas <strong>piedras </strong>bajaban veloces hacia el mar golpeando los tobillos y, fue entonces cuando comprendimos cómo eran las caricias del Mediterráneo en los cuerpos. Apenas nos bañamos. Recuerdo que mirábamos hacia el horizonte ensimismados sentados sobre aquel montón de piedras y con los pies en remojo. Yo me preguntaba por qué se llamaría aquel paraje Las Negras. Decidimos <strong>pasar la noche en San José</strong>, un pueblo del que también habíamos oído hablar maravillas. Pero ese día de agosto, el de la Virgen, San José estaba de fiesta. Habían vuelto a casa todos los de allí y habían llegado muchos de fuera, ocupando por completo los pocos alojamientos disponibles. <strong>Seguíamos en racha</strong>.</p><p>En uno de esos arrebatos juveniles, subimos al coche y dijimos, “nos vamos”. Pero en el fondo teníamos ganas de descubrir algo nuevo. No todo iba a ser malo. Estábamos aún afectados por el accidente, así que decidimos dormir y recuperarnos. Lo hicimos<strong> en la Venta del Pobre.</strong> Un lugar en mitad de la carretera de Almería, con una estación de servicio, un restaurante y una pensión donde dormían los camioneros. <strong>Fumamos mucho</strong> esa noche. El ruido del tráfico se colaba por las ventanas abiertas y si las cerrábamos nos asábamos de calor. El lugar hacía honor a su nombre. Del aire acondicionado, ni rastro. Aún mantengo el recuerdo vivo pues aunque dejé de fumar hace años, el <strong>cenicero </strong>con el nombre grabado que me traje para no olvidar el episodio, lo encuentro cada vez que hago alguna de mis mudanzas. Y <strong>no se rompe</strong>. Resiste.</p><p>Aún nos quedaba el día dieciséis. El de la vuelta. Para resarcirnos, teníamos que comer y olvidar, como si nada de lo anterior hubiese existido. No había entonces posibilidad de hacer búsquedas de restaurantes a través de las redes. Nos guiábamos por la intuición y la pinta del lugar. Volvimos por la costa, <strong>nos acercamos de nuevo hasta Las Negras</strong> y seguimos en dirección a Vera hasta encontrar ese lugar que nos estaba esperando. Por fin un buen arroz y pescado o unas almejas al ajillo. Nada de eso. Estupefactos escuchamos decir a la camarera que solo tenían <strong>sopa de ave y huevos fritos con patatas</strong>. ¡El dieciséis de agosto y junto a la playa! Parecía increíble. Nos explicó que el día anterior la gente había arrasado con el pescado y el marisco de la zona. <strong>Nos dimos por vencidos</strong>.</p><p>He seguido escuchando maravillas de Las Negras, de San José, de <strong>Cabo de Gata</strong>. Pero pasa el tiempo y sigo ahí, clavado en el “no vuelvo”. El miedo a equivocarme es superior al deseo de encontrar algo nuevo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Aug 2023 16:45:44 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Antonio Cegarra Sánchez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El accidentado viaje a Las Negras en el que estrenamos el coche pero nada salió como esperábamos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[¡Conmigo que no cuenten!]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA["Decían que era 'el paraíso' pero nos devoraron los mosquitos y la playa estaba llena de escombros"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/vacaciones-descubrimientos_1_1555912.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/91cb590b-6208-426a-8b7b-59cbab289662_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt=""Decían que era 'el paraíso' pero nos devoraron los mosquitos y la playa estaba llena de escombros""></p><p>Si Cádiz es un <strong>paraíso</strong>, la propuesta que encontré en internet era "el" paraíso. Un lugar exclusivo, un oasis a pocos metros de una playa salvaje y pegado a una laguna en la que recalaban flamencos y otras aves migratorias. Un oasis con vegetación exuberante y con las zonas residenciales decoradas con esmero. <strong>Visillos alrededor de camas con dosel</strong>, confortables cojines en hamacas en muchos rincones. Desde luego, el reportaje justificaba el elevado precio.</p><p>Llegó la hora. No fue fácil encontrar Entre Armonías, que así se llamaba. En un <strong>poblado polvoriento ilegal entre Barbate y Zahara</strong>. Al entrar, mucha vegetación, pero algo descuidada. Mangueras por el suelo, una piscina llena de hojas... pero bueno. Los alojamientos, muy limpios y bonitos. Pero ningún velo en las camas, ni cojines ni colchonetas en el porche. Puro cemento (la pandemia fue buena excusa para muchos). </p><p>No cundió el desaliento. Nos dispusimos a tomar un primer <em>gin tonic</em> al atardecer con vistas a la laguna. <strong>Antes del primer sorbo ya nos habían devorado los mosquitos.</strong> A partir de las cinco, para salir de la casa había que disfrazarse de comando y pertrecharse de insecticidas, velas de citronela, raqueta eléctrica. Y ni así. También hubo que renunciar a cenar en el porche. No importó, decididos a descubrir al día siguiente la <strong>prometedora playa salvaje</strong>. Esa noche no tardamos en saber que el sitio era irregular. Se fue la luz, la primera de las ocho veces, en dos semanas. Cuando la tercera vez nos pilló con la nevera llena de pescados nos convencimos de que lo mejor era comer y cenar fuera. ¡Qué dolor tener que tirar el atún!</p><p>Segundo día. Vamos a la playa. A veinte metros. Salimos de la casa a las 12:00. Hasta las 12:30 no conseguimos cruzar. <strong>Todos los coches de Cádiz habían decidido pasar por allí</strong>. ¿La playa? Salvaje. Con <strong>cristales, escombros</strong>... y <em>ñordos </em>de caballo. Vista la salvaje, a las civilizadas playas de Zahara retrasando lo más posible la hora de volver.</p><p>Esta segunda noche descubrimos que <strong>los alrededores eran terreno militar.</strong> Y los militares hacían prácticas. Por la noche. Tres veces en semana. No digo más. A los perros del vecindario no debían gustarles las explosiones, los helicópteros... La policía local, muy amable, dispuesta a tomar medidas hasta que digo dónde es. Allí no van.</p><p>Menos mal que veníamos de pasarlo muy mal durante la pandemia y <strong>nos lo tomamos con humor.</strong> Muy negro, a veces. El colmo de la risa era cada vez que hablaba con la dueña. ¡Qué pena! Todo desgracias. Siempre acababa consolándola yo. Los míos me prohibieron volver a llamarla. Si sigo, ¡le pago unas vacaciones! A mí es que me entran por la pena.</p><p>Me callo muchas cosas para que no parezca que soy tonta del todo. Pero el caso es que conservo las fotos de las <strong>mesas de hierro oxidadas, los muebles de madera mohosos</strong>, desvencijados, las telarañas por doquier. El pilón lleno de colillas. El sitio, cuidado, sería otra cosa. Quizá parecida a la que siguen vendiendo en la página web. Todo idílico.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 12 Aug 2023 17:17:49 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ángeles Bazán]]></author>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Vacaciones de dos años]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/vacaciones-anos_1_1552984.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2a9e68b4-f10b-47ac-a1cb-b475512e812e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Vacaciones de dos años"></p><p>Hace ya mucho tiempo, tendría yo unos veinte años, recibí una <strong>invitación irrenunciable a pasar una temporada en determinado lugar</strong>. De entrada, la cosa me pareció atractiva y no sé si mi afición a la aventura o las ganas de marchar de aquel entorno encorsetado y aburrido en el que vivía, me llevaron a aceptar aquella amable invitación.</p><p>De entrada, el desplazamiento hacia aquel <strong>remoto y paradisíaco lugar</strong> me pareció demasiado abrumador. Cientos, quizás miles, de “<strong>voluntarios</strong>” fuimos aposentados en un tren, casi cómo borregos, pero, en fin, la atracción del viaje y el destino eran ciertamente, muy atractivos. Al llegar continuaron las sorpresas. De entrada, nos dieron ropa igual para todos para movernos por el sitio. Ante tamaña situación algunos <strong>protestaron</strong>, pero la respuesta fue tan convincente que todos aceptamos la situación.</p><p>Otro aspecto bastante conflictivo era la comida. Todos los invitados al lugar almorzábamos en unos grandes comedores y la <strong>comida no era precisamente agradable:</strong> más bien todo lo contrario, hasta el punto de que yo salía a comer fuera cada día antes de morir de inanición.</p><p>Una cosa sí que era divertida: los diversos <strong>entretenimientos que los organizadores montaban cada día. </strong>Estábamos rodeados de montañas y las excursiones a paso ligero arriba y abajo, los ejercicios físicos, las lecciones de símbolos y otras cosas, permitían que todos estuviéramos la mar de entretenidos. Otros ejercicios más fogosos y ruidosos no los explico, porqué estoy convencido que eran ilegales, o como mínimo, <strong>alegales</strong>.</p><p>Un día si que montaron un espectáculo increíble: a todos <strong>nos hicieron pasar por debajo de un gran trapo </strong>y nos indicaron que el juego consistía en estamparle un óculo a la tela. La verdad es que a mi me pareció bastante <strong>poco higiénico,</strong> puesto que yo, por ejemplo, tenía 435 invitados delante de mí, los cuales habían de pasar sus narices por el mismo sitio, con lo que al llegar mi turno ya os podéis imaginar cómo estaba la cosa.</p><p>El caso es que al cabo de un tiempo les dije a los organizadores que mi invitación se prolongaba demasiado y que <strong>me iba a marchar.</strong> Las razones que me expusieron para que no me moviera, también eran del todo convincentes y por lo tanto me quedé. Al cabo de dos años un día, sin más, me dijeron que ya podía irme. Ostras, que mala suerte… ¡En aquel momento yo ya me hubiera quedado, per <em>sécula seculórum</em>! </p><p>Esta historia no la había contado a nadie hasta hace poco que la expliqué a un amigo mío, el cual mostró un rostro de sorpresa y me contestó: Tío… ¿<strong>No me estarás hablando de la mili</strong>? Y entonces caí en la cuenta. Pues claro, aquella invitación irrenunciable fue la mili. Si señores…<strong> ¡La puta mili!</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Aug 2023 17:11:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ramón Gasch]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Vacaciones de dos años]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[¡Conmigo que no cuenten!]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA["¿Dónde nos hemos metido? ¡Todo el mundo va desnudo!"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/vacaciones-naturistas-urbanizacion-no-esperabamos-desnudos_1_1304733.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/18063a74-d955-4029-ac53-3393eecad342_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt=""¿Dónde nos hemos metido? ¡Todo el mundo va desnudo!""></p><p>Esta es la historia de un grupo de amigas de la universidad que, muchos años después de dejar las aulas y de haber vivido miles de aventuras de distinto calibre, decidieron irse de<strong> vacaciones un verano</strong>. Habían pasado más de diez años, ellas ya se creían adultas y maduras hasta que llegaron a su destino de<a href="https://www.infolibre.es/veranolibre/playlist-rememorar-verbenas-no-disfrutamos_1_1302514.html" target="_blank" > veraneo</a>, el cual digamos que... no habían investigado demasiado antes de llegar.</p><p>La risa nerviosa típica de adolescentes empezó a surgir entre ellas según avanzaban por las calles próximas a la que se encontraba la casa, porque estando todavía dentro del coche, al doblar la esquina, se encontraron de frente con <strong>varias personas desnudas</strong> caminando por la acera con bolsas de la compra. Entre el susto, la sorpresa y los gritos, empezaron a especular qué estaba pasando: ¿Eran exhibicionistas? Les pareció raro porque parecía que esa gente acababa de comprar en el supermercado. La alarma definitiva se activó en sus cabezas cuando una de ellas proclamó: "¿Será una zona nudista?". "¡No puede ser!" exclamaba otra, pero según avanzaban en esa premisa la sospecha se iba confirmando: algunos de los viandantes iban desnudos de cintura para abajo, es decir, llevaban una camiseta de la que iban asomando por debajo sus genitales balanceándose al ritmo en el que caminaban. No cabía duda. ¡Estaban en una <strong>zona nudista</strong>! Pero no querían creérselo, al menos no todavía.</p><p>Llamaron a Alfonso (nombre ficticio), el propietario del alojamiento que habían alquilado. Quedaron en la puerta de la casa, y nada más entrar en la urbanización dijo: "Chicas, este es un espacio naturista y el<em> dress code</em> es ir desnudo, lo sabíais, ¿no?". Las jóvenes le miraron perplejas, no salían de su asombro, no eran capaces de articular una sola palabra mientras sus cerebros nos paraban de gritarles "¡No!". Porque, evidentemente, ellas no lo sabían, no lo especificaba en la plataforma en la que reservaron el alojamiento, y en las conversaciones previas con el dueño a través de esa plataforma no lo mencionó... <strong>¿Dónde se habían metido?</strong></p><p><strong>Todo el mundo estaba desnudo </strong>por todas partes. La urbanización era un recinto de mini casitas de dos plantas con un piso en cada una, algunas con jardín y otras con terraza, veías a todo el mundo todo el rato miraras a donde miraras, y ¡claro!, todos ellos eran personas que continuaban con su vida normal desnudos: tendían la ropa desnudos (parece una ironía pero es verdad), sacaban al perro desnudos, cenaban al fresco desnudos, o se bañaban en la piscina desnudos, en la que por cierto era complemente obligatorio hacerlo así 100% si la querías usar. </p><p>Y, ¿qué pasó con las chicas? ¿Se sumaron a la <strong>fiesta naturista</strong> o estaban demasiado cohibidas por las normas sociales del lugar? Pues tristemente no, no se sumaron a eso de quitarse la ropa. Se pasaban el día fuera de casa visitando monumentos y otras playas, y volvían a la urbanización solo a dormir. Por supuesto, nunca usaron la piscina... Ahora, un verano después, este grupo de amigas se apena pensando que perdieron la oportunidad de vivir una experiencia nueva y lamentan haberse dejado llevar por lo convencional en lugar de jugársela y probar algo nuevo. Porque aunque ninguna se planea volver a ese sitio, ¿quién sabe? ¡Igual les habría gustado! </p><p>Y, por si algún lector se lo pregunta... sí, una de las amigas de aquel grupo era yo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Aug 2022 19:22:07 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Valdeolivas]]></author>
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      <media:title><![CDATA["¿Dónde nos hemos metido? ¡Todo el mundo va desnudo!"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[¡Conmigo que no cuenten!]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Madrid, lo siento, pero me matas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/madrid-siento-odio_1_1302299.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/239c9e32-f7f7-4875-8654-327c995385b6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Madrid, lo siento, pero me matas"></p><p>Lo recuerdo como si fuese ayer, aunque hayan pasado ya casi siete años. Después de pasar prácticamente toda mi vida entre Santiago y Valga, un año en La Laguna y otro en A Coruña, <strong>llegaba el momento de </strong><em><strong>vivir a la madrileña</strong></em><strong> y mudarse a la capital</strong>. Era una salida hacia delante, pero mentiría si no admitiese que me hacía especial ilusión. Desde fuera, la ciudad es tan brillante, espléndida y dinámica que es totalmente deseable. Sin embargo, el amor se acabó de tanto usarlo y, ahora, aquí estoy, explicando porqué no volvería ni atada. Si bien es mi lugar de residencia actual, cuando en julio se me planteó este artículo lo tuve clarísimo. <strong>¿A dónde no tendría intención de regresar? Pues a Madrid. </strong>El resto de sitios que he visitado ninguno me ocasiona rechazo, pero Madrid sí. A pesar de lo evidente de la elección, tengo que reconocer que he tenido instantes de duda. </p><p>Antes de irme de vacaciones, analicé si realmente hablaba realmente yo o era mi cerebro recocido y cansado por las noches de sueño intermitente por el calor. Dude, pero no retrocedí en mis intenciones. Al volver del descanso estival, tras bajarme de un Alvia en el andén de la estación de Chamartín, bajo el sol de agosto y a más de treinta grados a las dos de la tarde, me volví a hacer la misma pregunta. <strong>Y mi respuesta volvió a ser clara: ni borracha regresaría voluntariamente a Madrid. </strong>Y ya que me daban la oportunidad, ¿por qué no dejarlo por escrito?</p><p>Sobre todo después de leer hace poco a Manuel Jabois en <a href="https://elpais.com/opinion/2022-07-27/irse-de-aqui.html" target="_blank">una columna en </a><a href="https://elpais.com/opinion/2022-07-27/irse-de-aqui.html" target="_blank"><em>El País</em></a> reflexionar sobre los motivos por los que irse de la capital es visto en muchos círculos como una derrota. Entiendo la premisa, ¿pero por qué alguna gente lo entiende como un fracaso?<strong> </strong>Más allá del etnocentrismo madrileño que encierra esto, para mí sería todo lo contrario: <strong>coger la A-6 de vuelta a Galicia sería como un paseo de la victoria.</strong> Y es que al final, como canta Xoel López en <a href="https://www.youtube.com/watch?v=pO9sECzh4Xc" target="_blank">su canción </a><a href="https://www.youtube.com/watch?v=pO9sECzh4Xc" target="_blank"><em>Madrid</em></a>, este sitio te abraza pero también te engulle y te araña. ¿Madrid de todas mis suertes? Más bien, y discúlpame paisano, Madrid de todas mis desgracias. Y esto lo digo después de haber pasado por<strong> todas las fases típicas del enamoramiento con esta ciudad</strong>.</p><p>Primero, <strong>la atracción</strong>: esa etapa en la que todo era nuevo, emocionante y admiraba lo espectacular que eran (y siguen siendo) el Templo de Debod, el Palacio de Cibeles, el Edificio Metrópolis o el Museo del Prado. Después, <strong>el flechazo</strong>: esa época en el que todos los planes parecían ideales y descubrí todas las ventajas de vivir en una gran ciudad con toda su vida cultural al alcance de mis manos.</p><p>Y, por último, <strong>la decepción</strong>: ese período en el que todo me irrita. Y cuando digo todo, es todo. Puede ser que todo comenzase a torcerse la mañana que me tiré más de 40 minutos perdida en la estación de Nuevos Ministerios (para muchos, sé que este momento desquiciante se ha sufrido en el laberinto que es la estación de Atocha) o cuando aprendí por las malas que <strong>el "está aquí al lado" </strong>en esta ciudad no es igual que en el resto de la Península. Creo que para cualquier madrileño de <em>pro</em>, el Palacio Real "está al lado" de las Torres Kio y eso que están separados por más de seis kilómetros. </p><p>Aunque también destacaría esa tarde en la que por primera vez <strong>me llamaron </strong><em><strong>provinciana</strong></em>. Porque sí, Madrid es el único sitio donde <em>provinciana </em>suena casi (o sin casi) como un insulto. Mucho peor que cuando te llaman goda en las Islas Canarias.</p><p>Y en esta fase de decepción estoy. Y ya me molestan desde<strong> las aglomeraciones constantes</strong> de gente, pasando por que <strong>el Metro tarde siete minutos en llegar </strong>en hora punta, hasta que<strong> la suciedad se acumule en el portal </strong>de mi edificio o que<strong> haga 30 grados a las doce de la noche</strong>. Y no piensen que esto es una pataleta veraniega o postvacacional. Yo, al contrario que Isabel Díaz Ayuso, ya hace tiempo que dejé de ver las ventajas, o "las libertades" para la presidenta regional, de vivir en la capital. </p><p>Que sí, que en Madrid podemos tomar una caña en una terraza. Pero, ojo: <strong>en el resto de España, también. </strong>Y, además, por mucho menos dinero, con una tapa y, probablemente, sin estar rodeados de coches. A todo esto, ¿quién se sienta en las terrazas de Gran Vía a tomar un café? Sigue siendo todo un misterio para mí y por ello, con el tiempo, he aprendido a evitar ciertas zonas de la capital. Como muchos de ustedes, yo he visto las obras de la Puerta del Sol por Twitter y eso que vivo y trabajo aquí. </p><p>Que sí, que en Madrid no te encuentras con tu ex puesto que la ciudad es tan grande que es matemáticamente imposible. Aunque, como en todo, hay excepciones y el mundo es un pañuelo muy pequeño. Eso sí, la capital juega con una ventaja: como siempre hay tanta gente en todos los sitios y a todas horas, pues es prácticamente inviable ver a nadie. Como mucho, te cruzas con algún conocido pero<strong> ni te puedes parar a saludar ya que te arrastra una marea constante de miles de personas</strong>. </p><p>Que sí, que en Madrid nos iluminan los escaparates los siete días de la semana y las 24 horas del día (o, por lo menos, así era hasta que Pedro Sánchez sumió a la ciudad en "la penumbra" del alumbrado público, según Ayuso). Y, sí, esto sólo pasa aquí. Pero, lo siento: viví 24 años de mi vida <strong>sin tener un supermercado abierto ni un domingo ni un festivo</strong> y creo que podría volver a acostumbrarme. </p><p>Que sí, señora Ayuso, que soy consciente de todas las ventajas. Intento recordármelo. Pero, hay momentos en los que <strong>la balanza está totalmente manipulada </strong>hacia el lado de querer gritar lo mucho que odio esta ciudad.</p><p>Por ejemplo, detesto Madrid en verano ya que <strong>hace un calor insoportable</strong>. Y sí, este verano ha hecho calor en toda Europa. Pero es que en el resto del continente (o por lo menos del río Miño hacia la izquierda) a partir de las seis o siete de la tarde suele empezar a hacer fresquito. En cambio aquí, el calor se queda atrapado en el asfalto, <strong>la ciudad se recalienta como un horno</strong> y a las diez de la noche hace más calor que a las dos del mediodía. No obstante, para ser totalmente sincera, los 40 grados de Madrid son más "fáciles" de llevar que 30 en cualquier parte de Galicia (cosas de la humedad). </p><p>Pero tampoco me gusta Madrid ni en otoño, ni en invierno, ni en primavera. <strong>¿En qué ciudad se vive bien estando más de un mes sin ver caer una gota de agua? </strong>Que alguien me lo explique, porque no lo entiendo. Y sí, ahora saldrán los <em>ofendiditos </em>a decirme que los gallegos amamos por naturaleza la lluvia. Pero esto es totalmente falso. A los gallegos tampoco nos entusiasma, pero entendemos que tiene que llover. Pero también nos enfadamos cuando llueve, pero con una gran diferencia: a los diez minutos aquí es un drama y en Galicia sólo nos cabreamos cuando el cielo se tira encapotado tres semanas seguidas.</p><p>Y también odio Madrid porque, probablemente, sea<strong> la ciudad más petulante, presuntuosa y ostentosa del mundo. </strong>Todo lo que pasa aquí es importante (y aquí quizás tengamos mucha culpa los medios de comunicación). Si llueve, es <em>trending topic </em>en Twitter y se abren los informativos con esta noticia. Si nieva, hace sol, truena o hay una nube de polvo sahariano, más de lo mismo. ¿La mejor agua del grifo de España? La de Madrid. ¿Hay un incendio en Portugal? La noticia será que en la capital huele a quemado y el cielo está gris. ¿Hay una moción de censura en Murcia? Pues en la Comunidad de Madrid se convocan elecciones. Y así, con todo. </p><p>Pero, como probablemente, nadie me haga caso y los lectores de <strong>infoLibre </strong>sigan viniendo a visitar la capital, permítanme un sólo consejo. <strong>Háganlo de octubre a mayo. </strong>No es necesario venir a ver <em>El rey león </em>o ir a la Warner en pleno agosto. Háganme caso: Madrid sólo está bien para un rato. Y mejor que sea un rato fresco y, sobre todo, corto. No casi siete años. Lo digo por experiencia. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Aug 2022 18:30:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alba Precedo]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[verano,¡Conmigo que no cuenten!,Madrid]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mejor cerca del suelo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/mejor-cerca-suelo_1_1295867.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/53893fd4-3a25-4d0b-a105-2bee1adb1107_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mejor cerca del suelo"></p><p>Como si fuese una persona de esas súper profundas, sensibles y originales que va a un programa <em>buscapareja </em>—¿concursantes se llaman? ¿cómo se llama a esa gente?—, lo diré: <strong>me encanta viajar</strong>. Planear a dónde ir, qué ver, la compañía con la que siempre viajo, estar de vacaciones… Todo lo que implica un viaje me gusta. Ahora bien, ¿está muy lejos? ¿Hay que atravesar el mar? Uy, ahí la cosa se pone complicada. Digamos que los aviones no son lo mío. Bueno, por ser clara: <strong>odio volar</strong>. Me da auténtico terror. Yo, cuanto más cerca del suelo, mejor. Ponme un coche, una moto, un tren, una bicicleta o un patinete, lo que quieras, pero no me eleves por los aires, por favor.</p><p>Cuento esto porque, cuando se me planteó hacer un artículo para esta sección, empecé a dar vueltas a qué lugar no volvería ni harta de vino. ¿Algún sitio en España? Qué va, todos los viajes han sido increíbles. ¿Y fuera? Tampoco he salido mucho fuera, y todas mis experiencias son buenas, además de que los destinos siempre me han gustado. El bloqueo era un poco importante. Pero pensando y pensando, recordé un viaje a <strong>Budapest</strong> que, aunque me encantó, resultó un poquito atropellado. Que si no entienden mi inglés —yo lo hablo genial, el problema son ellos—, que si tengo que ir con el pijama debajo de la ropa porque el frío es indescriptible, que si casi nos quedamos sin hotel… No me parecía mala opción para contaros. Además, antes de despegar, la aventura empezó en el aeropuerto. </p><p>Lo tenía claro. Ese era mi <a href="https://www.infolibre.es/temas/conmigo-que-no-cuenten/" target="_blank">“Conmigo que no cuenten”</a>. Empiezo a escribir y, al terminar de contar lo del aeropuerto, me asalta la duda. “¿Fue en este viaje? Yo juraría que sí, pero no estoy segura”. Se me empiezan a venir a la mente otras anécdotas similares. “¿Y te acuerdas de cuando…?”, me digo a mí misma una y otra vez. “Jolín, es que a donde yo no volvería jamás es a cualquier sitio que implique volar”, concluyo. </p><p>Quien me conoce sabe que peco un poquito de tener unos nervios sensibles, digamos. Y un vuelo me los altera. Por eso, <strong>cuando sé que tengo que coger un avión, hago cosas raras</strong>. A ver, no de manera exagerada, pero casi siempre pasa algo. </p><p>Esta es la historia que me ha traído hasta aquí...</p><p>Como ya he dicho, no recuerdo el destino, pero sí <strong>sé que llegamos al aeropuerto cinco horas antes, más o menos, de la hora de embarque</strong>. De esto estoy segura porque son los horarios que manejo en los aeropuertos. Si ya estoy nerviosa y encima existe la remota posibilidad de ir con prisas, apaga y vámonos. En esta ocasión fue un acierto.</p><p>No es que hubiera mucha gente, no, es que la larga cola que se formó en el control fue culpa mía. Todo iba bien, a pesar de que en mi cabeza aflorasen pensamientos del tipo: "<strong>Seguro que llevo un arma en el bolso y no lo sé</strong>", "<strong>a lo mejor he metido droga en la maleta y no me acuerdo y ahora me pillan y me meten en la cárcel y cómo le explico yo esto a mi madre</strong>"... Lo típico. Me recuerda esto al monólogo de Enrique San Francisco en el que contaba que, al pararle la Guardia Civil cuando iba al volante, pensó que "algo" debía "llevar mal": "el carné caducado, un faro roto, el coche robado...". Pues tal cual. </p><p>En nuestro caso también entró en juego la Guardia Civil. Vayamos por partes. Pusimos las maletas en la cinta, nos quitamos cinturones y dejamos en las cestitas de colores los objetos electrónicos. No recuerdo exactamente por qué, pero la mujer que trabajaba en nuestra cinta nos pidió abrir la maleta. "Ya está, ahora saldrá la heroína que llevo escondida entre un pantalón y se me caerá el pelo". "<strong>No puedo</strong>", empecé a decir. No por miedo a que saliese algún estupefaciente, es que no podía de verdad. El candado de seguridad de la maleta se había quedado atascado de alguna manera. "¿Recuerda la clave?", me preguntó ella. "¿Pero cómo no la voy a recordar? ¡Claro!", le dije yo. "¡No puedo abrirla!", seguí diciendo, ya un pelín de los nervios.</p><p>Se apiadó de mí. "Déjelo, no la abra", me indicó. Pero yo ya estaba en pleno bucle. "Si el problema no es ahora, ¿qué hago al llegar? ¡Va todo aquí dentro!", le dije, como si le importase a ella y no tuviese suficiente con estar trabajando. No podía ayudarme, me decía. Me sugirió, no sé si con sorna, que acudiera a la <strong>Guardia Civil</strong>, que estaba ahí al lado. </p><p>Pues lo hice. "Por favor, no hagas el ridículo", debió de pensar Miguel. Me dio igual. <em>A ver, en serio, sigo pensando que no es tan raro, ¿no? ¿Cómo me iba a cambiar de ropa? </em>Me fui directa hacia uno que parecía más o menos simpático, le expliqué la situación y le pedí por favor que me abriera la maleta, como fuese. Me dijo que podía intentar forzarme el candado y me dieron unas ganas tremendas de darle un abrazo. Le di las gracias y se puso manos a la obra.</p><p>Ahí estuvo un rato largo, metiendo un gancho. Cuando reflejaba que ya no podía más y que eso no había manera de abrirlo, yo le animaba como el público de <em>La ruleta de la suerte </em>a los concursantes. "¡Que sí, que sí puedes!", le decía. Y surtió efecto. La maleta se abrió y yo nunca antes en mi vida había sentido el impulso de decir "viva la Guardia Civil". Esta tampoco iba a ser la ocasión. </p><p>Esta no ha sido la única historia. La primera me pasó bien pequeña, en mi primer vuelo. Yo tendría unos 11 años y unas ganas locas de llegar por fin a Eurodisney. También tenía ganas de saber cómo era eso de montar en avión, claro, pero la aventura, como me pasó recientemente, empezó en el control. A pesar de que este recuerdo es algo más borroso, me acuerdo perfectamente de mi hermana, mi prima, mi madre y yo <strong>pasando el arco de seguridad casi sin hueco entre nosotras</strong>. "¡Pi, pi, pi!", contestaba la maquinita. "Por favor, retrocedan y de una en una", nos indicaban. Salíamos y mientras una pasaba la otra iba detrás, pero la de delante ya había pitado y justo retrocedía. Y vuelta a empezar. En fin, una escena graciosa si la ves desde fuera, frustrante desde dentro y desesperante para los trabajadores. </p><p>No sé el tiempo que pudimos estar así. Solo sé que yo no sabía hacia dónde moverme. En medio de nuestro ridículo ritual, ya empezaron a sacar tijeras del bolso de una, grapadoras del de otra... "¿Pero esto qué es?", nos preguntaban. Como pinta de atentar no teníamos —ya digo que nos chocábamos entre nosotras todo el rato—, pues lo dejaron en un apartado y ya está. "¿Y eso que llevas tú ahí qué es ahora?", me preguntaron al llegar mi turno para pasar el arco.<strong> "Mi tamagotchi"</strong>, respondí yo. Lo llevaba colgado al cuello, como siempre, y no me lo iba a quitar. "Venga, anda, pasad". Habíamos vencido. </p><p>El resto del viaje no fue mal. Es más, la experiencia no me pareció aterradora. Eso empezó a pasarme años después, cuando en un viaje a Tenerife, también de pequeña, confundía las olas del mar con <strong>"trozos de un avión estrellado"</strong>, pensaba yo. Desde entonces, para abajo, nunca mejor dicho. Cada vuelo, más miedo. Tanto es así, que en el primero que tuve que hacer sola tuve la poca vergüenza de decirle a la mujer que se sentó a mi lado: "Hola, tengo miedo, por favor, ¿le importaría ir hablándome?". Nunca la voy a olvidar porque fue un absoluto encanto. No paró de hablar. Y como para decirle que se callara, encima. </p><p>Hacen falta más personas como ella, sobre todo en los aeropuertos, para lidiar con personas insoportables pero absolutamente aterrorizadas como yo. En lugar de eso, me he encontrado a una trabajadora del aeropuerto de <strong>Tel Aviv </strong>que estuvo 15 minutos con mi pasaporte en la mano preguntándome que por qué había viajado hasta allí, si llevaba armas en la maleta, si alguien había tocado mi equipaje... Al final, acabó queriendo comprobarlo, y esa vez sí que se abrió, sí. Y de par en par. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Aug 2022 19:19:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lara Carrasco]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Mejor cerca del suelo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[verano,¡Conmigo que no cuenten!]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Celebrar la Navidad en verano solo es posible en dos sitios: el hemisferio sur y Marina d’Or]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/verano-hemisferio_1_1296400.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9a96d752-766c-48ec-a835-d341bba6fc10_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Celebrar la Navidad en verano solo es posible en dos sitios: el hemisferio sur y Marina d’Or"></p><p>Mis padres pudieron llevarme muchos veranos a los Picos de Europa, a la Costa Brava o a comer espetos. Pero ahí estaba yo, con siete años y el pelo mojado todavía de la playa, viendo una cabalgata con un alumbrado cegador y fuegos artificiales como si fuese Navidad. Una situación tan surrealista solo se puede dar en el hemisferio sur o en <strong>Marina d'Or</strong>. </p><p>Todavía hoy se puede disfrutar de este espectáculo a 15 minutos en coche de Benicàssim (Castellón). Es un pasacalle muy parecido a lo que se puede ver el cinco de enero en una ciudad cualquiera, pero <strong>a 40 grados y con bailarines</strong> que ponen su mejor sonrisa embutidos en un disfraz que imita a los personajes de Disney. </p><p>Esta cabalgata representa el espíritu de Marina d'Or, el único sitio que alumbra sus avenidas con miles de bombillitas durante todo el verano. Todo esto para atrapar a los niños mientras sus padres cenan en la terraza de <strong>una pizzería terrible</strong> y cuentan los días para que acabe su única semana de descanso del año. </p><p>Mis dos pasatiempos favoritos en este paraíso del entretenimiento tenían que ser un sufrimiento para mi familia. El primero era ir al jardín de la ciudad, un parque minúsculo con <strong>un estanque de peces </strong><em><strong>koi </strong></em><strong>decorado con piedras de cartón</strong>, olivos, plantas exóticas y estatuas griegas de mármol. </p><p>El segundo era visitar el pabellón de Marina d'Or Golf, <strong>una carpa corporativa de la constructora</strong> llena de maquetas de lo que sería la urbanización en el futuro. Eran miniaturas de un complejo diez veces más grande de lo que era entonces la ciudad y prometían levantar un campo de golf kilométrico en un terreno que entonces tenía cultivos de secano, junto con hoteles, piscinas, lagos e incluso una Torre Eiffel y una torre calcada al campanario de la plaza de San Marcos de Venecia. </p><p>Evidentemente nada de esto se construyó, pero tampoco nadie me dijo que fuera imposible que eso llegase a existir en medio de Castellón. Porque quien entraba en Marina d'Or daba por hecho que eso <strong>terminaría siendo Las Vegas de Europa. </strong>Porque así lo vendieron sus promotores allá por 2005, en los años más locos de la burbuja. </p><p>Más de veinte años después, para la mayor parte de los españoles la ciudad ha quedado como un recuerdo de aquellos años de la fiebre del veraneo en el Mediterráneo de la nueva clase media, donde se madrugaba para coger hueco en la playa. Como mucho recordarán los anuncios de: <em>Marina d'Or, ¡qué guay!</em> o <em>Marina d'Or, ciudad de vacaciones, dígame!</em>. </p><p>Quienes terminaron comprando una casa viendo esas maquetas terminarían por meterse en un pozo: <strong>habían pagado una millonada </strong>por vivir en un supuesto complejo de lujo que solo tenía un par de supermercados para 15.000 viviendas y una playa de piedras que tardarían años en arreglar. </p><p>La casa donde pasé la mayor parte de mis veranos en Marina d'Or todavía pertenece a unos amigos de mis padres que pagaron más de 200.000 euros por un piso que <strong>hace poco valía 40.000</strong>. Está en la otra punta de la ciudad y para llegar a él tienes que atravesar toda la avenida de Barcelona, la carretera que recorre los tres kilómetros y medio de la ciudad. </p><p>Allí ya no llegan las luces de Navidad ni se ven los hoteles de cinco estrellas. Simplemente son <strong>tres moles de ladrillo</strong> levantadas en mitad del campo, una metáfora de la ciudad. La idea era construir más edificios alrededor, pero llegó la crisis del ladrillo y lo único que les dio tiempo a poner fueron las aceras. Ahora los únicos que se pasean por allí son los <strong>jabalíes</strong>, que bajan de la montaña por la noche en busca de basura. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Aug 2022 18:43:32 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Daniel Lara]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Castellón,Comunitat Valenciana,verano,Olas calor,Vacaciones,burbuja inmobiliaria,¡Conmigo que no cuenten!]]></media:keywords>
    </item>
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