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    <title><![CDATA[infoLibre - Cines de verano]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/cines-de-verano/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Cines de verano]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El futuro de los cines de verano empieza en Canarias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/adios-carnaval-futuro-cines-verano_1_1579176.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b09417f3-4623-4cd7-aeb3-0956c802fef0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El futuro de los cines de verano empieza en Canarias"></p><p>Un cine de verano es como una máquina del tiempo escacharrada. Esta vez seguramente la haya roto yo mismo, a fuerza de buscar pistas para el futuro en una cultura desacoplada de él. Después de cinco semanas porfiando en comprender este fenómeno marginal, una posible respuesta ha aparecido en <strong>Canarias, la periferia de la periferia para el imaginario cinematográfico español</strong>.</p><p>La historia del cine y sus espacios es, entre otras cosas, una historia de discriminaciones. Y los territorios sobre los que han actuado estas fuerzas van de lo más vasto a lo más nimio. Desde unas pulgadas entre asientos —<strong>con los vetustos palcos para privilegiados transmutados en modernas butacas vip</strong>— hasta los miles de kilómetros que separan las grandes ciudades de tantos otros lugares donde la experiencia de asistir al cine es más compleja y diversa.</p><p>Con el término <em><strong>gothamcentrismo</strong></em>, el teórico Robert C. Allen criticó el vicio de los académicos de pensar la experiencia de ir al cine siempre sobre el mismo escenario: una metrópolis moderna e industrial, llena de vida y rascacielos. Pero el dechado de Madrid o Barcelona —no digamos Nueva York— es inútil para explicar l<strong>a cultura cinematográfica de espacios alternativos</strong>, como regiones rurales o pequeñas poblaciones de costa.</p><p>Tal vez en los pueblos de Canarias, precisamente, haya respuesta para la incógnita que lleva revoloteando por aquí desde hace un mes: <strong>¿qué será de una cultura atascada en el tiempo </strong>como los cines de verano?</p><p>Una de las entregas de esta sección de<strong> veranoLibre</strong> recibió respuesta de la asociación Tenique Cultural, que ha recorrido los municipios de Lanzarote este estío con su Cine Ambulante de Verano. Según cuenta su presidente, Javier Fuentes, en las últimas décadas las proyecciones al aire libre en la isla se habían limitado a las organizadas por el Cabildo o los ayuntamientos, pero <strong>sin que pudiera hablarse de un proyecto sistemático </strong>para dar continuidad a esta forma de consumo cinematográfico en común.</p><p>“En un tiempo en el que cada vez impera más el aislamiento y <strong>la atomización de la experiencia</strong>, cultural o no, a través de plataformas digitales o el consumo zombi del <em>scroll</em> en el móvil, hacer un proyecto de este tipo es fundamental”, señala el presidente de Tenique Cultural. “Son proyectos que reivindican los espacios públicos y la experiencia colectiva. Es algo clave”.</p><p>En el corazón de la asociación y todos sus proyectos, explica Fuentes, está el <strong>compromiso con entender la relación con las imágenes</strong>, qué buscan y qué generan. “Las películas, como decimos al inicio de cada sesión de cine, quieren algo de quienes las ven, proponen valores, visiones del mundo, defienden de manera explícita o no diferentes ideologías”, añade. “Tomar conciencia de eso a la hora de ver cualquier audiovisual es prioritario como proceso de emancipación”.</p><p>Aunque quizá no tan explícitamente, <strong>otras iniciativas de cine descubierto del archipiélago </strong>se hacen preguntas parecidas. Muchas, en concreto, sobre esa coordenada maldita de los cines de verano, donde se cruzan las imágenes y el futuro. Ha ocurrido este verano en la terraza del centro comercial Siam Mall, en Tenerife, con un día de la semana dedicado concretamente a la ciencia ficción. Y lo mismo pasó el verano anterior, en las proyecciones al aire libre del Festival Internacional de Música de Cine de Tenerife (FIMUCITÉ) consagradas a<strong> la estética inevitablemente política del ciberpunk</strong>.</p><p>Hablando de la tercera entrega de esta serie, la más triste con diferencia, una amiga me señaló que <strong>eso del fatalismo distópico es una cosa muy masculina </strong>y no demasiado útil. Y tal vez sea verdad: que unas salas a las que hace tiempo que les clausuraron el futuro no sean tan mal sitio para volver a imaginárselo.</p><p>Si estas plazas en conserva son realmente el fantasma de un mundo que podía ser libre, conjurarlo no es otra cosa que inaugurar de nuevo esa ruta. Puede que en una <strong>era de infinita replicabilidad digital</strong>, donde si se ha perdido algo ha sido precisamente la capacidad de perder —por citar a traición a Fisher una última vez y quizá darnos un descansito de su negrura—, la máquina del tiempo de los cines de verano funcione justo por haberse escacharrado. Despedirlos entonces significa saludar a lo nuevo que se cuela por sus tejados huecos: adiós, carnaval.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 30 Aug 2023 18:27:01 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antonio Rivera]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El futuro de los cines de verano empieza en Canarias]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Cines de verano]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[A nadie le importa la película que pongan en un cine de verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/nadie-le-importa-pelicula-pongan-cine-verano_1_1574932.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7c92cb92-815a-4c72-bbf6-e2a5aabc49f1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="A nadie le importa la película que pongan en un cine de verano"></p><p>Un cine de verano es como <strong>una máquina del tiempo escacharrada</strong>. Y hasta los dueños están de acuerdo. Según me cuentan varios, cuando una película les interesa especialmente, a menudo prefieren ir a verla a otra parte; al <em>multiplex </em>del centro comercial que menos a desmano les pille, por ejemplo. Su negocio no es otro que proyectarlas, pero ni siquiera ellos conceden tanto poder a las películas. El parque de terrazas de Almería, que<strong> ha pasado de plató mundial a tierra sin sala</strong>s, lo deja bien claro: lo que pongan en un cine de verano es lo de menos.</p><p>Como espacios, los cines de verano esconden una contradicción inquietante. Están construidos alrededor de un tótem, la pantalla, que luego desdeñan. Para ser más exactos, lo que da igual son las imágenes proyectadas en ella. El muro blanco sí retiene su poder: la dimensión, el resplandor en plena noche, los sonidos imposibles que le atribuimos y que, en realidad, parecen surgir de ninguna parte. Pero, en un punto incierto del viaje entre la pared y los ojos del espectador, el engaño —si es que quedaba algo de él— se deshace.</p><p>Esa sensación de filfa que se desmiente sola envuelve el rico pasado cinematográfico de Almería. Especialmente a partir de la década de los sesenta, la provincia fue un escenario de enorme interés para la industria cinematográfica internacional. <strong>Las posibilidades estéticas sugeridas en los contornos del desierto de Tabernas </strong>atrajeron el interés de cientos de producciones, en buena medida de <em>westerns </em>europeos, cuyo paso por la zona quedó grabado en forma de poblados del Oeste que todavía siguen en pie.</p><p>A estos sitios espectrales dedicó Álex de la Iglesia en 2002 una de sus mejores películas, <em>800 balas</em>. Más de dos décadas después de su estreno, estos viejos decorados levantados en pleno paraje natural de Tabernas siguen cumpliendo la misma función: servir a la vez de museo y de circo, homenajeando —<strong>con espectáculos de especialistas y bailarinas de </strong><em><strong>saloon</strong></em>— el pasado cinematográfico de Almería mientras certifican su defunción.</p><p>Porque Almería, que un día fuera una ciudad casi hecha de cine, se ha quedado prácticamente sin ninguno. En el centro, <strong>las salas de exhibición ya no existen en el espacio público</strong> ni fuera del marco del ocio-consumo: solo se encuentran en el cine Monumental, dentro del centro comercial Mediterráneo, o en el complejo Torrecárdenas, a cuál más retirado del centro urbano. Cerca de la capital sí operan hasta septiembre las terrazas comerciales Aguadulce (Roquetas de Mar), con varias pantallas, pero también en las afueras.</p><p>El drama del acceso al cine en pantalla grande en Almería y la mascarada decadente de sus poblados-película se retroalimentan con la verdad fundamental de los cines de verano, al menos en su forma más festiva y comunal: que a nadie le importa la película que pongan en ellos. Al cine de verano no se va —como mínimo, no exclusivamente— por los títulos proyectados, sino <strong>por una experiencia completa y compartida que los trasciende</strong>. La investigadora Jie Li, para el caso de las terrazas en China, define este disfrute extrafílmico a partir del concepto popular chino <em>hot noise</em>, que hace referencia a una confluencia de cuerpos, voces y sensaciones en un determinado ambiente.</p><p>Y sin embargo, solo en un cine de verano me ha ocurrido que me proyectaran una película sobre, precisamente,<em> </em>cómo se ha de ver el cine. Era el videoclip animado de la canción <em>Vente al cine, ya!</em>, de la banda Tennessee. Se trata de <strong>un corto musical creado por la Fundación Lumière en 1993</strong>, como parte de una campaña para incentivar el regreso del público a las salas en plena crisis de espectadores, y protagonizado por Cinecito, un personajillo con un cinematógrafo por cabeza. Además de ilustrar el caos que todo lo permea en estos lugares, el cortometraje invocaba una paradoja.</p><p>Desde el interior de la cinta —que solo uno de los trabajadores del cine de verano en cuestión proyecta aleatoriamente, cuando le viene en gana—, Cinecito exhortaba a los españoles a acudir a las salas de cine como<strong> la forma más apropiada de ver una película</strong>. Pero, por fuerza, el cortometraje codificaba esa idea de la sala adecuada en unas coordenadas espaciales muy concretas, rápidamente identificables con el interior de una monosala del siglo pasado o incluso de uno de estos arcanos palacios del cinema. Solo he visto a esta película dialogar tan seriamente con el auditorio de un cine de verano y, por supuesto, cortocircuitó en el intento.</p><p>Aquella vez, la reivindicación de Cinecito acabó desprendida en el tiempo, como el Billy Pilgrim de Vonnegut. Y como esa misma máquina escacharrada que son los cines de verano. Tal es el poder erosivo del dichoso <em>ruido caliente</em>, que anula el caché hasta de las películas más canónicas, quizá incluso el capital cultural mismo. La fiesta colectiva de los cines de verano da al traste con el lenguaje cinematográfico, que no es más que gramática; la gramática, normas; y las normas, autoridad y jerarquía. <strong>Lo habría dicho Marshall Berman si hubiera tenido el gozo de pasar una noche en una terraza mediterránea</strong>, dosificando la atención entre la pantalla y el bocadillo de tortilla: todo lo sólido se desvanece en el aire.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 23 Aug 2023 18:21:31 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antonio Rivera]]></author>
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      <media:title><![CDATA[A nadie le importa la película que pongan en un cine de verano]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cultura,Cine,Cines de verano]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Un fantasma inglés recorre mi cine de verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/fantasma-ingles-recorre-cine-verano_1_1571240.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/412d36a1-678d-4121-9225-db6656b2da2e_16-9-aspect-ratio_default_0." width="1200" height="675" alt="Un fantasma inglés recorre mi cine de verano"></p><p>Un cine de verano es como una máquina del tiempo escacharrada. Tal vez no esté rota ella misma, pero rompe lo demás. Coloca, por ejemplo, <strong>la nostalgia en un estado cuántico: entre sus paredes sin techo</strong>, puede ser al mismo tiempo un motor y un lastre, útil e improductiva, propia y ajena, buena y mala. En las terrazas de la Vega Baja, en la costa de la Comunidad Valenciana, esta añoranza de Schrödinger se me ha vuelto especialmente intensa.</p><p>“Está tu propia nostalgia por ahí”. Me lo dijeron al hilo de la primera entrega de esta sección, sobre los cines de verano de mi infancia en las playas de Murcia. Supongo que era cierto: no es fácil desmenuzar unos lugares tan embebidos en ese sentimiento sin que se cuele algo de la melancolía personal. <strong>Los cines de verano se cimientan sobre nostalgia vieja mientras producen otras nuevas</strong>.</p><p>En esta forma tan particular de ver películas a la serena se cruzan lo que el crítico y filósofo inglés Mark Fisher separaría en nostalgia psicológica y nostalgia formal. La primera es <strong>la añoranza de toda la vida</strong>, un echar de menos vertido sobre lugares y momentos concretos. La segunda es la primera devenida parodia: una nostalgia de las formas, de las apariencias, desgajadas de su tiempo y recuperadas para el <em>collage </em>del presente.</p><p>Todos los cines de verano tienen algo de ambas. Primero, se presentan como la reencarnación de una cultura colectiva más antigua de lo que ningún espectador debería poder recordar. Su interior suele estar dispuesto de manera que remita, por los ojos, a <strong>esa forma de disfrutar el cine en común más propia de principios del siglo pasado</strong>. Y sobre ese simulacro vierte luego cada uno su propia memoria.</p><p>Es lo que ocurre, por ejemplo, en el cine Horadada, a pocos metros de la arena de Torre de la Horadada, en Alicante. Uno de los miembros de la familia que lo gestiona —a medias con los empresarios del cine Acapulco, en Murcia— me contó por qué <strong>su cine de verano sigue luciendo antiguo</strong>: “Hemos querido siempre llevar la misma filosofía de cine: la silla de hierro, sesión doble, cartelera por la calle con pizarra..., como antiguamente. Hemos querido mantener ese encanto”.</p><p>En la gestión de esta terraza, como en la de tantas otras de la región, convive la pulsión nostálgica de los propios exhibidores con un cierto interés por explotar comercialmente esos mismos sentimientos de añoranza en el público. No deja de ser una paradójica nostalgia por lo desconocido, por las cosas no vividas.<strong> Los espectadores modernos difícilmente habrán visto de primera mano el tipo de modelos espaciales</strong> —un típico <em>Cinematógrafo al aire libre en un pueblo de Levante</em>, como el del proyecto que ganó el II Concurso Nacional de Arquitectura en 1931— que emulan las terrazas de hoy.</p><p>El estándar está más que arraigado en la zona. Estos días,<strong> en Valencia dan cine al aire libre en todas sus variables</strong>: están las iniciativas institucionales del Centre del Carme, que dedica este agosto su habitual ciclo CCCCinema d’Estiu a las comedias europeas, y la Filmoteca d’Estiu, montada en los jardines del Palau de la Música; la quincuagenaria Terraza Lumière, modélicamente levantina, y hasta el autocine Star, a la orilla del mar y junto al Spook, discoteca decana de la Ruta del Bakalao.</p><p>En la provincia de Alicante, el último registro oficial cuenta apenas siete cines de verano en activo en todo el litoral. Desaparecieron a montones a partir de la década de los setenta, incluso de <strong>ciudades tan relevantes para la historia del sector como Torrevieja o Benidorm</strong>, algo antes de los años más duros de la crisis de los cines tradicionales. Con el cambio de milenio, las terrazas siguieron tiritando mientras proliferaban en las mismas costas los <em>multiplexes </em>—complejos cinematográficos con muchas pantallas, a menudo situados en centros comerciales a las afueras—.</p><p>Las salas al aire libre sobreviven aún en las playas de la Vega Baja, quizá por la cercanía al Mar Menor. Por allí siguen funcionando el cine Costa San Juan, en San Juan de Alicante, y el Navia, en Orihuela, ambos gestionados por la iniciativa Exhicine, que trabaja por la recuperación y actualización de las terrazas clásicas; el cine Las Villas o el mencionado cine Horadada.</p><p>Sentado en las sillas metálicas de este último he notado alguna vez el sabor de los tomates rellenos, cena obligada para los días de cine de verano en mi familia; incluso si jamás me comí uno entre sus muros encalados, porque este no lo pisé hasta los veintitantos. Estos cines son máquinas nostálgicas —<em>ergo </em>del tiempo— que arrastran los cascotes más extraños consigo. Desde que acepté escribir una sección sobre ellos para <strong>veranoLibre</strong>, no he podido dejar de pensar en la noche del año pasado en que casi me mato volviendo en coche de esa misma terraza.</p><p>El joven médico suizo que se inventó la nostalgia en el siglo XVII lo hizo como un diagnóstico. En la Europa posterior a la guerra de los Treinta Años, <strong>andar dolido por el deseo de regresar al hogar era una enfermedad</strong>. Ahora es todo más complejo: el hogar está a tres horas en AVE, pero tampoco es que regresar a él arregle nada. Una noche en un cine de verano tan nostálgico como el Horadada lo evidencia bien.</p><p>En los cines de verano se arremolinan los espectros. Por ejemplo, el de un fetiche naturalista que solo expresa un amargo descontento con las ciudades modernas, el de un tiempo donde disfrutar colectivamente de algo no era una excepción o el de un romanticismo tórrido que va camino de acabar transformado en infierno climático. <strong>Mi cine de verano lo recorre un fantasma inglés: el del propio Mark Fisher, que se quitó la vida en 2017</strong>.</p><p>En la rampa hacia este verano imposible, he visto al escritor popularizarse con virulencia entre mis amigos mientras trataba de armar en mi cabeza <strong>un discurso mínimamente inteligible sobre las terrazas y su importancia</strong>. Me he visto a mí mismo conectar con él más profundamente de lo que me gustaría reconocer mientras pensaba si un sitio tan nostálgico como un cine de verano puede servir para algo a estas alturas. Si no será la nostalgia una patología otra vez, como en el XVII.</p><p>Fisher —caracterizado en el <a href="https://www.theguardian.com/commentisfree/2017/jan/18/mark-fisher-k-punk-blogs-did-48-politics" target="_blank">obituario de su colega Simon Reynolds</a> como un John Berger de vuelta de una <em>rave</em>— llamaba a sacar la pandemia de angustia mental que nos tiene cercados del marco de los problemas individuales y devolverla al terreno de lo público y lo político. <strong>¿Y si la nostalgia es otro calambre más de ese cuadro sintomático colectivo? </strong>¿Y si no se puede hablar de unos cines varados en el tiempo sin hablar también del miedo a que el cansancio, la ansiedad, el estrés y esta enorme soledad no se vayan nunca?</p><p>La cultura congelada de las terrazas de verano está de alguna forma en el mismo <em>impasse </em>que el resto de nosotros, en el mismo que yo: atascada, con <strong>el futuro cancelado y el pasado disponible solo en forma de simulacros reconfortantes pero de pega</strong>, como el de este cine. Incómodo en la silla, saboreando tomates invisibles y sudando, sudando a mares, me he preguntado si en esta comunidad desfasada de los cines de verano no se esconderá alguna clave para traer determinadas cuestiones vitales de vuelta a lo público. Si no habrá manera de encontrar una nostalgia progresista en este teatrillo húmedo y que ella nos sane. No creo que nos queden muchas más opciones.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 16 Aug 2023 18:32:55 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antonio Rivera]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Películas,Cines de verano]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[¿Qué pinta un cine de verano en la jungla neoliberal de Madrid?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/pinta-cine-verano-jungla-neoliberal-madrid_1_1567955.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f66b0446-7eaa-47db-9b14-e1c8001285cd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Qué pinta un cine de verano en la jungla neoliberal de Madrid?"></p><p>Un cine de verano es como una <strong>máquina del tiempo escacharrada</strong>. Solo así se entiende que los haya también en plena <strong>jungla neoliberal madrileña</strong>. Quedarse atrapado en la capital durante la canícula no priva del cine al aire libre, pero la experiencia en las terrazas de Madrid es bien distinta a la del Mar Menor.</p><p>Estos días, hay <strong>cines de verano montados por toda la ciudad</strong>: en Cibeles, en el parque Enrique Tierno Galván y en el de la Bombilla, además de en Barajas, Ciudad Lineal, Canillejas, Moratalaz, Tetuán, Chamartín, Salamanca, Carabanchel, Hortaleza, Villaverde, Vallecas, Usera y Vicálvaro. La idiosincrasia de la política madrileña se hace especialmente visible en el <strong>cine de verano de la plaza de España</strong>. Como una suerte de contracara usurera de las terrazas levantinas, el espacio, pese a estar plantado en plena plaza, no podría parecer menos público.</p><p>Es el sino de una plaza de España reformada precisamente para esto. La reciente puesta a punto de los espacios ajardinados frente al RIU no contemplaba otra cosa que dejarlos listos para <strong>cualquier entidad privada que se prestase a ocuparlos</strong>. Y esa es la ideología que rezuma la terraza de la plaza: un lugar intervenido con alegría por acciones de <strong>marketing </strong>y diseñado minuciosamente para goce y rédito de los <em>influencers </em>de planes en Madrid.</p><p>Para lo que queda de mes, tienen programado cine estadounidense, la secuela de <em><strong>Campeones </strong></em>y el debut como realizador de <strong>Mario Casas</strong>. Nada demasiado alejado de la oferta cinematográfica estival del Mar Menor. Pero hay que esforzarse mucho para vivir ese <a href="https://www.infolibre.es/veranolibre/cines-verano-cultura-resiste-distopia-convertido-mar-menor_1_1563742.html" target="_blank" >momento radical del que hablábamos la semana pasada</a> en un cine de verano con un nombre que recuerda a uno de esos <strong>restaurantes petulantes para pijos </strong>que a veces echan a arder, patrocinado por una aseguradora y con el epíteto —<em>Food and cinema</em>— en inglés.</p><p>La <strong>diferencia no es estrictamente una cuestión de tamaño</strong>. Puede que en el cambio del XIX al XX tuviera sentido hablar, como Simmel, de la “intensificación de la vida nerviosa” que las metrópolis producían en los urbanitas frente al sosiego de los pueblos más pequeños y rurales. Hoy, sin embargo, los torrentes de estímulos nos salen a todos del bolsillo: uno no se libra del yugo taquicárdico de las pantallas por dejar de hacer el <strong>flâneur </strong>por Madrid y refugiarse en la <strong>modorra </strong>que da el sol de La Manga.</p><p>La enorme <strong>distancia que se abre entre los cines de verano de la capital y los de periferias </strong>como la murciana tiene más que ver con la cualidad, otra vez, distópica de los espacios de Madrid. Una terraza como la de la plaza de España me hace pensar menos en los cines sin tejado de mi infancia que en, por ejemplo, los <strong>espectrales pasadizos de AZCA</strong>, ese tipo de estampa consumista <strong>postapocalíptica </strong>que ni la música <em>vaporwave </em>más pesimista podría inventarse y que no falta nunca en esta ciudad. No es sencillo arrancarle a la cultura madrileña imágenes tan decadentes.</p><p>Por otro lado están las terrazas de la <strong>CinePlaza de Matadero </strong>y de la <strong>Filmoteca Española</strong>. La primera —que cierra su ciclo veraniego este próximo 13 de agosto— ha contraprogramado los <em>blockbusters </em>que suelen colonizar los cines de verano con revelaciones festivaleras, películas de latitudes diversas y obras de autores como <strong>Mariano Llinás </strong>o <strong>Raúl Perrone.</strong> La segunda, reabierta este verano después de siete años cerrada, seguirá exhibiendo el extenso catálogo de la institución durante lo que queda de mes. Ver una película allí tampoco tiene nada que ver con hacerlo en uno de los cines playeros de Levante.</p><p>Mantener el mundo encerrado afuera es imposible. Incluso en la <strong>sala descubierta del Cine Doré, </strong>en la calle Santa Isabel, una diminuta palomilla puede revolotear si quiere frente al cristal de la cabina de proyección e iluminarse, acaparando la atención que con tanto cuidado suele dirigirse aquí única y exclusivamente sobre las películas. Por lo demás, el patio es como un tórrido museo del control. Las sillas son relativamente cómodas y están nuevas, como las tablas del suelo. Hay una barra para comer o beber algo —pecado capital dentro de las salas techadas del Doré—, pero en sus estantes, en lugar de <strong>gusanitos </strong>y <strong>pipas</strong>, hay botellas de <strong>Tanqueray, Ballantine’s y Brugal</strong> y bolsas de <strong>Lay’s Gourmet</strong>.</p><p>La terraza está cercada por una pared de hiedra y unas chimeneas que se asoman sobre la pantalla, pero el <strong>acomodador trajeado que vigila</strong> siempre las sesiones cubiertas del Doré anda también por aquí, imponiendo la misma disciplina. A un par de minutos del comienzo de la proyección, <strong>una famosa actriz</strong> se sienta con un amigo en un par de sillas con un cartel de <strong>“Butaca anulada”</strong>. Sería tan impensable en los cines de verano de mi tierra el concepto de una butaca anulada como la bronca que les echa a los pocos minutos el elegante ujier por saltarse el protocolo. De hecho, estoy convencido de que no me reprende también a mí por escribir estas mismas líneas en el móvil en plena sesión solo porque me he sentado en la fila más alejada, con el cogote apoyado en el muro. En el idioma de los cines de verano —parece que incluso en los de Madrid—, la <strong>última fila significa vía libre para desmadrarse</strong>.</p><p>Una pareja frente a mí chapurrea inglés. El que tiene el acento británico de los dos se ha quitado los zapatos, dejando ver un calcetín blanco vuelto sobre sí mismo. Junto al Mar Menor, haría falta bastante más que un <strong>anciano desnudo de cintura para arriba</strong> para empezar a remover el saber estar de cualquiera; aquí, <strong>el tobillo agrietado de este chico rubio se siente una blasfemia</strong>. La película de la noche es La mujer rubia; hace cosa de un mes dieron ¿Quién puede matar a un niño? En los términos de esa relación ominosa e inexplicable con el Mediterráneo y con lo guiri que nutría la cinta de Chicho Ibáñez Serrador se mueve exactamente el cine de verano pasado por el filtro de la alta cultura que ha montado la Filmoteca Española. Un patio para sudar pero con patatas fritas premium.</p><p>Tiene sentido hacerse la pregunta del titular porque el Madrid donde se han levantado todos estos cines de verano, los elitistas y los popistas, los que practican el modernismo popular y los que no se esfuerzan ni un poquito, es el mismo: el <strong>Madrid futurófobo</strong> que describe el ensayista Héctor García Barnés, hermanado con el punk de extrarradio de <strong>Biznaga</strong>. Un Madrid que las letras de la banda pintan atravesado por una “acelerada soledad” que abarca únicamente no-lugares, “del Lidl al Primark”.</p><p>Un <strong>Madrid insolidario de remate </strong>y capaz de superar día tras día las peores expectativas de cualquier vecino mínimamente reacio a la idea de vivir en un complejo hotelero de tres millones de huéspedes. Aquí no hay patrimonio junto al que no pueda derrapar un Fórmula 1, ni cine de verano que no pueda convertirse en una yincana de centro comercial si los anunciantes se prestan. Por eso <strong>vuelve a estar escacharrada nuestra máquina del tiempo</strong>: no hay manera de meter en esta ciudad un dispositivo cultural con tanto potencial para la libertad —la de verdad—sin romperlo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 09 Aug 2023 19:08:17 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antonio Rivera]]></author>
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      <media:title><![CDATA[¿Qué pinta un cine de verano en la jungla neoliberal de Madrid?]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Cines de verano, la cultura que resiste en la distopía del Mar Menor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/cines-verano-cultura-resiste-distopia-convertido-mar-menor_1_1563742.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/40de2a20-a900-42af-b7ff-320e2de8e6f3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cines de verano, la cultura que resiste en la distopía del Mar Menor"></p><p>Un cine de verano es como una máquina del tiempo escacharrada. Los de mi infancia se arraciman al borde del Mar Menor. Llevan allí, en la costa murciana, más o menos desde los años treinta, cuando comenzaron a aflorar como una alternativa estival a las calurosas salas cubiertas, y <strong>han terminado funcionando como extraño reducto de un carácter ferial desaparecido</strong>. Cines de verano los hay también en otros lugares, con apariencia semejante y en el mismo riesgo de extinción, pero <strong>los de Murcia resisten además en un paisaje en descomposición</strong> figurada y literal: <a href="https://www.infolibre.es/medioambiente/gobierno-murcia-cede-ecologistas-prorrogara-moratoria-urbanistica-mar-menor_1_1564076.html" target="_blank" >frente a una laguna salada que se asfixia</a> y flanqueados por macrocomplejos con butacones mullidos y pantallas gigantes.</p><p>Al contrario de lo que ocurre en centros comerciales, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/macrofestivales-piscifactorias-turbocapitalismo-encuentra-gente-saquear-maneras_1_1499415.html" target="_blank" >macrofestivales</a> de música y otros no-lugares, <strong>pasar una noche sudorosa en las terrazas estivales del Mar Menor sigue equivaliendo a estar </strong><em><strong>presente</strong></em>. Pasa en todos los cines al aire libre de Levante, donde el modelo se ha hecho especialmente fuerte en el imaginario: las cintas las proyectan particulares —y no ayuntamientos o instituciones culturales— en recintos privados, pero las invasiones del exterior son constantes e incontrolables. Ni la película-anuncio más alienante del Hollywood del último año es capaz de arrancarlo a uno de allí.</p><p>Los cines de verano, además de verse, se oyen, huelen y tocan, como los convencionales. Pero, contra la corriente neoliberal de los <em>megaplexes</em>, las salas de centro comercial y sus espacios producidos en cadena, <strong>lo que se ve, oye, huele y toca dentro de ellos escapa a la lógica del mercado</strong>. Por su obvia condición de espacios descubiertos, pero también por el <strong>diálogo que se establece entre estas terrazas y el espacio urbano con el que lindan</strong>, los cines veraniegos ofrecen experiencias donde no todo se rige por el principio único de la productividad económica.</p><p>Una noche cualquiera en el <strong>Acapulco, el cine de verano de San Pedro del Pinatar</strong>, está trufada de esos recordatorios del mundo exterior. En una misma sesión doble del local —que regentan varias generaciones de la <strong>familia Contreras desde 1990</strong>— pueden colarse la luz de una farola, las campanas de la iglesia, varios perros que se ladran, el zumbido de un puñado de tubos de escape, la nube densa de un porro, una pelea a gritos entre vecinos, actuaciones musicales para turistas en los bares cercanos, una ráfaga de fuegos artificiales y la megafonía de las fiestas patronales.</p><p>Interferencias como estas son esperables en una proyección al aire libre; sin embargo, la arquitectura de terrazas como la del Acapulco y los modos de sus exhibidores hacen que funcionen como <strong>espacios cinematográficos especialmente libres</strong>. Las películas se pasan en los cines veraniegos del Mar Menor <strong>siempre de noche, al fresco y hasta las tantas</strong>, en recintos amplios y con muros altos, prolongados por celosías y pintados de un único color o tomados por la vegetación. A veces, el verde brota también del suelo y puede llegar incluso a tapar alguna esquina de la pantalla, algo inimaginable en lo que el sector llama cines de invierno.</p><p>Lo habitual en la zona es que los exhibidores operen los cines de verano en <strong>régimen de alquiler</strong>. Esto hizo más fácil que desaparecieran muchos de ellos cuando, en pleno pelotazo urbanístico, numerosos propietarios decidieron que podían dedicar sus terrenos a fines más rentables que las proyecciones a la intemperie y dejaron de arrendarlos a las familias de los cines, que terminaron por cerrar. No es el caso del <strong>Terraza España, en la población de Santiago de la Ribera</strong>: desde 1994, lo gestiona la familia de Manuel García Rubio, antiguo empresario del sector que compró la finca en su momento y regenta también otra sala destapada en el litoral alicantino.</p><p>En pleno apogeo de la edad de oro de la exhibición española, en 1961, el Sindicato del Espectáculo llegó a registrar más de <strong>cien cines de verano abiertos en la provincia de Murcia</strong>, mayoritariamente asentados en el interior. Aun así, una treintena de ellos operaba ya en el litoral. Según el último Anuario de Cine del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales, con fecha de 2021, <strong>solo sobreviven siete salas de cine al descubierto en el territorio murciano y todas ellas se encuentran en la costa</strong>.</p><p>Esta cultura cinematográfica singular —que existe en otras esquinas de España pero se encuentra especialmente formada aquí— <strong>ha resistido un zarandeo tras otro, incluido el de la covid-19, mientras se deterioraba su entorno</strong>. A su modo, los cines de verano devuelven también imágenes de la Murcia costera de hoy y cuentan la historia política de su ecosistema. El trecho que va de la desindustrialización, el pufo del 92 y la quema de la Asamblea Regional durante las protestas obreras de Cartagena a las salas <em>premium</em> que amenazan la filosofía de los cines de verano abarca apenas unos kilómetros.</p><p>Y ese camino se recorre bordeando otra imagen violenta: la del Mar Menor cercado por miles de peces y crustáceos muertos por la contaminación agrícola y la desidia de las autoridades.<strong> La destrucción anuente de la laguna salada es una distopía formándose en tiempo real, inscrita en los códigos del futurismo y las catástrofes</strong> que pasan por las pantallas del Acapulco, el Terraza España y demás locales cada verano. Así lo retrata <strong>la escritora murciana Milagros López en su novela </strong><em><strong>MM2033</strong></em>, una curiosa lectura con la que acompañar el ritual del cine de verano levantino: imagina una Murcia destruida por los desastres climáticos, con el Mar Menor drenado y la Catedral acogiendo al mismo tiempo un gobierno autoritario y una cadena de restaurantes.</p><p>El libro evoca amenazas diversas, pero la más convincente es la que <strong>combina el mercantilismo desquiciado con el desastre natural</strong>. Las sombras de ambos se ciernen desde hace años sobre lo que los cines de verano representan para la cultura de la zona. Allí, las terrazas resisten en pueblos donde la calzada todavía es un pegamento social y la vida se practica en el porche, a cielo abierto. Al menos durante el verano, <strong>el espacio compartido de los cines sin tejado aún es capaz de argamasar una convivencia a pie de calle</strong> que va quedando proscrita de las metrópolis.</p><p>Incluso <strong>aunque en sus carteleras reine el </strong><em><strong>mainstream</strong></em> —ese será tema para otra entrega—, la vivencia de pasar una noche estival con el culo aplastado contra las sillas metálicas de los cines del Mar Menor <strong>es un momento radical</strong>. El paisaje sensorial que se despliega entre sus paredes niega frontalmente los estándares de fidelidad, silencio, previsibilidad y control que los hipertrofiados complejos de salas imponen sobre la práctica de ir al cine. <strong>Ir a un cine de verano, en cierto modo y a ojos del sistema, es ir al cine mal</strong>.</p><p>En Murcia, como en otros territorios marginados del modernismo de las grandes capitales, especialmente siendo niño, ver una película en una de esas terrazas era exponerse a un desbocado torrente nervioso. Con la edad, el disfrute que correspondería a lo estrictamente cinematográfico de la ceremonia no se va imponiendo a las impresiones primarias de la infancia: al contrario, queda difuminado y perdura solo como un fogonazo blanco y brutal, un <em><strong>disparo de nieve</strong></em> como el que evocaba el <em>Ojalá </em>de Silvio Rodríguez, que da título a esta sección de <a href="https://www.infolibre.es/veranolibre/" target="_blank" >veranoLibre</a>.</p><p>La máquina del tiempo de los cines de verano, decía, está escacharrada porque <strong>pone en escena una forma de colectividad festiva en vías de ser clausurada</strong>. Lo que para la cultura contemporánea es agua pasada, en ellos, en cambio, se dispara sobre los espectadores sofocados como una sacudida de helada modernidad. Y ser moderno, explicaba Berman, es tan liberador como destructivo. No se sabe si la máquina avanza o retrocede, si proyecta lo que fue o lo que viene; solo que por sus grietas se filtra un estimulante caos. <strong>Buscando otra vez el arrebato de esa nieve —que nunca ha vuelto a estar tan fresca—, volvemos cada año a montarnos en ella</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 02 Aug 2023 19:25:38 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antonio Rivera]]></author>
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