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    <title><![CDATA[infoLibre - Elecciones USA]]></title>
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    <description><![CDATA[infoLibre - Elecciones USA]]></description>
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      <title><![CDATA[‘América primero’ vs. ‘América ganará’: EEUU elige el 5N qué papel jugará en el tablero internacional]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/internacional/america-first-america-is-back-sera-mundo-5n_1_1882799.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/423483d1-e5a7-48b8-b790-e03104a9fbf2_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘América primero’ vs. ‘América ganará’: EEUU elige el 5N qué papel jugará en el tablero internacional"></p><p>La próxima administración de Estados Unidos se enfrentará a una serie de desafíos a corto, medio y largo plazo en materia de política exterior, entre los que se encuentran la guerra entre Rusia y Ucrania, el comercio con China o la escalada de los conflictos en Oriente Medio. La respuesta a cada uno de esos problemas <strong>será muy distinta en función de quién gane las elecciones</strong>, y el mundo, en consecuencia, será un lugar diferente.</p><p>A los ciudadanos norteamericanos se les plantea en noviembre una elección crucial entre dos modelos. Kamala Harris aboga por que Estados Unidos lidere coaliciones internacionales fuertes con sus aliados naturales, entre ellos Europa, para enfrentarse a desafíos como la invasión rusa en Ucrania y para <strong>contener a autócratas como Vladimir Putin o Xi Jinping</strong>. Por el contrario, Donald Trump busca continuar con sus políticas nacionalistas de “America First” (“Estados Unidos primero”) y establecer relaciones unilaterales con líderes autocráticos y represivos.</p><p>Trump ha expresado su admiración en numerosas ocasiones por el liderazgo de Putin, a quien calificó de <a href="https://www.theguardian.com/us-news/2022/feb/23/trump-putin-genius-russia-ukraine-crisis" target="_blank">“genio”</a> días después de la invasión rusa de Ucrania en 2022. También se ha referido en esos términos al primer ministro de Hungría, el ultraconservador Viktor Orbán, que desde hace más de una década mantiene una cruzada contra la Unión Europea y la democracia liberal. En el debate presidencial del pasado 10 de septiembre, emitido en ABC News, Trump aseguró que <strong>Orbán es un “hombre fuerte” y “uno de los líderes más respetados del mundo”</strong>, dejando claro que el máximo responsable de la regresión democrática en Hungría sería su aliado europeo favorito en un segundo mandato.</p><p>Fue precisamente en el debate presidencial cuando se produjo una escena que ilustra bien las diferencias entre Trump y Harris. Los moderadores, David Muir y LinseyDavis, preguntaron a Trump si quiere que Ucrania gane la guerra, a lo que este respondió: “<strong>Quiero que la guerra termine</strong>”. Su respuesta contrastaba con la de Harris, que defendía una victoria definitiva de Ucrania, asegurando que Estados Unidos le dará su apoyo “el tiempo que haga falta”.</p><p>Desde una perspectiva europea, la respuesta de Trump es insuficiente, como poco, porque este problema se plantea como una dicotomía: Rusia o Ucrania. Trump aseguró varias veces que quiere “terminar con la guerra ya”, confiando todo a su amistad con Vladimir Putin, sin atreverse a reconocer que eso resultaría en una derrota de Occidente y en grandes cesiones por parte de Ucrania. Harris le reprochó sus buenas relaciones con el presidente de Rusia: “Es sabido que los dictadores y autócratas <strong>están deseando que vuelvas a ser presidente </strong>porque tienen muy claro que pueden manipularte con halagos y favores”.</p><p>A lo largo de la campaña electoral, Kamala Harris ha intentado demostrar que Donald Trump no está capacitado para ser presidente de Estados Unidos. Harris asegura que <a href="https://www.theguardian.com/us-news/2024/oct/14/harris-trump-enemy-within-campaign" target="_blank">Trump sería un “peligro”, una “amenaza para la democracia” y un “gran riesgo para América”.</a> Quien ocupa Casa Blanca tiene <strong>la responsabilidad de definir la política exterior</strong>, y muchas de las posiciones de Trump con respecto a los retos a los que se enfrenta el país “no están alineadas” con los intereses de Occidente. Esta misma semana, por ejemplo, Trump <a href="https://x.com/atrupar/status/1846933631211549151" target="_blank">ha responsabilizado a Zelensky</a> de comenzar la guerra, insinuando que Ucrania debería haberse rendido ante la invasión de Putin.</p><p>Para afrontar los desafíos que plantea la guerra en Ucrania (la reconstrucción de infraestructuras estratégicas, la prevención de nuevas invasiones y la integración europea, entre otros), Estados Unidos debe coordinarse con sus aliados europeos. Las relaciones de Trump con líderes como Putin u Orbán, que se ha opuesto en numerosas ocasiones a los paquetes de ayuda de la Unión Europea a Ucrania, <strong>intranquilizan los países que se sientan en el Consejo Europeo.</strong> También resultan inquietantes en Europa los recelos de Trump con respecto a la OTAN, de la que ha amenazado con retirarse varias veces. Hace solo unos meses, Trump animó a Rusia a hacer <a href="https://www.cnn.com/2024/02/10/politics/trump-russia-nato/index.html" target="_blank">“lo que le dé la gana”</a> con los países de la OTAN que no invierten en defensa lo que él quiere que inviertan.</p><p>Por el contrario, la administración Biden y el equipo de Harris han defendido la ayuda a Ucrania como una inversión en los intereses de Estados Unidos. Kori Schake, <em>senior fellow </em>del American Enterprise Institute, aseguraba el pasado 11 de septiembre en una charla en la Universidad de Columbia que Estados Unidos no es un país “neutral” sobre cómo acaba la guerra: “Ucrania está destruyendo al ejército ruso, que es una amenaza para Estados Unidos y para los países que forman parte de la OTAN”. Ese planteamiento vincula la victoria de Ucrania con la seguridad nacional del país norteamericano, y eso, de nuevo, contrasta con la posición de Trump. Las opiniones de su compañero de ticket, JD Vance, candidato a vicepresidente, solo agravan el problema. En 2022, justo después de que Rusia invadiera Ucrania, el entonces candidato a senador <a href="https://www.businessinsider.com/gop-candidate-jd-vance-i-dont-care-what-happens-ukraine-2022-2" target="_blank">aseguró:</a> “<strong>Realmente no me importa lo que le pase Ucrania</strong>”.</p><p>De momento, la respuesta americana ante la guerra—y también la europea— ha sido que el apoyo a Ucrania se mantendrá hasta que gane y venza a Rusia. Si es elegida en noviembre, Harris, junto a sus aliados europeos, tendrá la difícil tarea de defin<strong>ir qué significa esa victoria</strong> en términos concretos y qué cláusulas del <a href="https://www.infolibre.es/politica/plan-victoria-zelenski-preve-lanzar-ataques-regiones-rusia_1_1880885.html" target="_blank">“plan de la victoria”</a> presentado por Zelensky está decidida a apoyar. Entre las reclamaciones del presidente de Ucrania se encuentran recibir una invitación formal a unirse a la OTAN o el levantamiento de las restricciones a los ataques de largo alcance contra Rusia, y esas propuestas, de momento, han suscitado una respuesta tibia por parte de los aliados de Occidente.</p><p>Por otro lado, Estados Unidos está emprendiendo <a href="https://www.nytimes.com/interactive/2024/10/10/opinion/nuclear-weapons-us-price.html?smid=nytcore-ios-share&referringSource=articleShare&tgrp=bth&pvid=1E91CC49-B2FD-4DDC-AD1C-F33BEC13993B" target="_blank">una inversión histórica de cerca de 1,7 billones de dólares</a>, según datos que de <em>The</em> <em>New York Times,</em> en la modernización de su armamento nuclear con el objetivo de competir con sus grandes adversarios, Rusia y China. Una de las tareas del próximo presidente será fija<strong>r una posición más coherente con respecto a este último.</strong> Los demócratas no se han opuesto a la guerra comercial con China que fue iniciada por Trump en 2018, y muchos expertos, como el politólogo Victor Cha, aseguran que el gigante asiáticolleva años instrumentalizando la interdependencia económica. Como respuesta, Estados Unidos ha decidido en los últimos años cambiar su planteamiento con respecto a las relaciones con China, y se ha planteado llevar a cabo una cierta política de contención, aunque sobre ella hay opiniones dispares <a href="https://www.cato.org/commentary/case-against-containment-strategy-didnt-win-cold-war-it-wont-defeat-china" target="_blank">entre los </a><a href="https://www.cato.org/commentary/case-against-containment-strategy-didnt-win-cold-war-it-wont-defeat-china" target="_blank"><em>think tanks </em></a><a href="https://www.cato.org/commentary/case-against-containment-strategy-didnt-win-cold-war-it-wont-defeat-china" target="_blank">de Washington DC</a>: algunos ponen en duda su efectividad y creen que tendría un fuerte impacto en la economía global y, por lo tanto, un cierto coste político. </p><p>Una de las claves de la política norteamericana con respecto a China es el conocido “small yard, high fence” (“patio pequeño, valla alta”), que consiste en <strong>imponer restricciones estrictas a un pequeño número de tecnologías estratégicas.</strong> Si consiguen permanecer en la Casa Blanca, los demócratas deberán decidir si el planteamiento de Estados Unidos con respecto a China cambia o se mantiene, y abordar de forma más coherente temas relacionados con esas “tecnologías estratégicas”, como la imposición de aranceles más estrictos, la carrera por la inteligencia artificial o la prohibición de TikTok por las amenazas que el acceso a los datos de millones de americanos supone para la seguridad nacional.</p><p>La situación en Oriente Medio es otro de los desafíos a los que se enfrentará la próxima administración, y esto incluye, por supuesto, a Irán, que será una de las grandes preocupaciones de Estados Unidos en los próximos años, y también a la guerra entre Israel y Gaza. Las protestas en los campus de las universidades americanas que tuvieron lugar la pasada primavera, y que hoy se mantienen en algunos lugares, reavivadas por el aniversario del 7 de octubre, solo son <strong>un síntoma más de la polarización y la división que se percibe en la sociedad americana</strong> en torno a este tema. Los estadounidenses no suelen decidir su voto en función de los asuntos internacionales, pero ese paradigma parece estar cambiando: las encuestas aseguran que <a href="https://apnews.com/article/2024-top-issues-poll-foreign-policy-israel-d89db59deb07f53382cc9292b49f4d1c" target="_blank">cuatro de cada diez</a> sitúa la política exterior entre sus principales preocupaciones.</p><p>Las conexiones de Donald Trump con autócratas como Putin y su actitud ante los aliados de Estados Unidos <strong>serían un cambio de paradigma </strong>a peor que, según los demócratas, pondría en riesgo la seguridad de Estados Unidos y de muchas otras democracias del mundo, entre ellas los europeas. Por su parte, si consigue llegar a la Casa Blanca, Kamala Harris tendrá un largo camino por delante: deberá definir la posición clara que defenderá su gobierno con respecto a temas como el final de la guerra en Ucrania o la política de Estado con respecto a China.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Oct 2024 16:34:28 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Leyre Santos]]></author>
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      <title><![CDATA[¿Por qué han fallado las encuestas en USA?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/han-fallado-encuestas_1_1189758.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9dc0207c-910c-4d0d-a8d3-d32fa92f43be_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Por qué han fallado las encuestas en USA?"></p><p><strong>Las encuestas preelectorales en USA han fallado estrepitosamente</strong></p><p>Hace cuatro años, en 2016, las encuestas daban por ganadora a Hillary Clinton. Cuando se resolvió el escrutinio la mayoría de los analistas quedaron aturdidos, había ganado Trump contra todo pronóstico. En aquel momento la inmensa mayoría de las encuestas fallaron por subestimar el voto a Donald Trump. El lunes 3, un día antes de las elecciones de este martes, las encuestas nacionales otorgaban a Biden un promedio entre 7 y 10 puntos más que a su opositor. En estos momentos y pendientes de recuentos finales, la distancia en voto popular es de algo más de 2 puntos a favor del demócrata, muy lejos de los números pronosticados. Los principales agregadores de encuestas en USA como Realclearpolitics y Fivethirtyeight compilaron el día antes de las elecciones unos resultados de 7.2 y 8.4 puntos a favor del candidato demócrata. La última encuesta de Wall Street Journal/NBC subió esa distancia a nada menos que 10 puntos. Una encuesta especialmente llamativa fue la publicada por ABC-Washington Post que ampliaba esa victoria de Joe Biden hasta los 17 puntos en Wisconsin, donde finalmente los candidatos apenas han quedado a 20.000 votos de distancia y a solo 0,6 puntos en términos porcentuales. El promedio de encuestas de Fivethirtyeight sobre el estado de Florida otorgaba al demócrata una ventaja clara sobre Trump. No solo ha ganado allí el republicano, sino que lo ha hecho con 4.4 puntos de diferencia. <strong>Las proyecciones de las encuestadoras sobre los resultados de la Cámara de Representantes y el Senado han sido igualmente fallidas.</strong> Previeron una subida del control demócrata en ambas cámaras y el resultado final ha sido el inverso. </p><p><strong>El error de las encuestadoras en sus modelos ha venido para quedarse</strong></p><p>Las inversiones en proyectos de investigación y estudios cuantitativos en EEUU son inimaginables en este lado del Atlántico. Uno de cada tres dólares invertidos en encuestas e investigaciones de mercado en el mundo se realiza en USA, hablamos de más de 7.000 millones de dólares al año. Con estos números<strong> resulta inverosímil que hayamos vuelto a la casilla de salida de 2016</strong>. </p><p>Pasemos ahora a analizar algunas de las razones metodológicas que pudieran ayudarnos a entender qué está pasando. Según Pew Research Center, una organización sin ánimo de lucro, en 1997 la tasa de respuesta de las encuestas telefónicas era del 36%, en 2018 esta tasa bajó hasta el 6%. En 2020 podríamos estar ya cerca del 3%. La identificación del número entrante, la saturación de campañas comerciales bajo la fórmula de encuesta de clientes o usuarios, la falta de garantía en la anonimidad de las respuestas o, simplemente, la ausencia de motivaciones y tiempo para responder largos cuestionarios son algunas de las causas más pertinentes. <strong>Indudablemente, sabemos menos de los votantes a los que no podemos llegar </strong>que sobre aquellos que se prestan amablemente a un cuestionario telefónico. Existen nuevos métodos para encuestar: cuestionarios online, llamadas automatizadas o envío de sms que tratan de anonimizar, corregir y ampliar la recogida de datos entre la población que se niega a contestar a un desconocido al otro lado del teléfono. </p><p>Pero ¿es creíble que los institutos encuestadores no valoren estas pertinentes fallas de su metodología? No, al menos, no en su totalidad.<strong> No se ha producido la ola azul pronosticada por las encuestas en USA</strong>, pero el objetivo de las encuestas publicadas trasciende claramente al dato. </p><p><strong>La batalla demoscópica y las camapañas electorales</strong></p><p>La defensa de las encuestadoras esta vez, como en 2016, gira en torno a la definición de las encuestas como fotos instantáneas, sin carácter predictivo. A este argumento sumamos en España el hecho de que<strong> tres de cada diez votantes suelen decidir su voto en los últimos días de la campaña</strong> o el mismo día de las elecciones, incluso en el mismo colegio electoral. Pero, a diferencia de España, en Estados Unidos no hay ventana de prohibición de publicación para las encuestas electorales así que los institutos estuvieron encuestando, publicando y pronosticando hasta el mismo lunes 2. En Carolina del Sur muchas encuestas del Senado apuntaban a un empate y finalmente el escaño lo ha ganado el candidato republicano por más de 10 puntos. No es trivial que hasta ese día se informara de que Texas y Florida estaban aún en disputa y podían caer del lado demócrata. Finalmente ganó Trump en ambos estados por 6 y 4 puntos respectivamente. Si realmente no estaban en juego ¿por qué se intentó crear esa impresión? La respuesta tiene que ver con el uso de las encuestas en la batalla demoscópica, una suerte de artillería de campaña que basa su efectividad en la movilización o desmovilización de votantes creando unas falsas expectativas que, paradójicamente, pueden llegar a auto cumplirse si la campaña de difusión es potente y persuasiva. Una investigación no demasiada exhaustiva podría enlazar intereses de uno y otro lado para entender por qué se publican en precampaña y en campaña electoral encuestas sin fiabilidad, pero con una clara intencionalidad. La razón puede ser la más sencilla. Lo hacen para complacer al cliente o ir más allá: las encuestas que se publican son armas de movilización y de desmovilización. Muchos votantes deciden a qué candidato o partido votar basándose, en parte, en sus propios cálculos racionales de quien tiene más probabilidades de ganar una elección o de obtener representación. Si la información que reciben es claramente congruente con sus cálculos son impelidos a votar y a hacer realidad sus expectativas. En sentido contrario, si las encuestas apagan sus expectativas pueden llegar a desmotivarlo y no ir a votar. Esta es una fórmula que usan discrecionalmente y, sin ningún pudor, algunos institutos de allí y de acá. Proyectar mayorías o apagar la posibilidad de representación de escaños de partidos no mayoritarios en algunas circunscripciones o provincias son argumentos usados a destajo en las batallas demoscópicas.</p><p><strong>La polarización y el error del modelo de predicción</strong></p><p>Parece pues probable que usar las encuestas como herramientas de movilización no solo tiene efectos reales, sino que forman parte de los pertrechos y materiales de las campañas electorales, claramente en USA lo son. Pero hay factores de base que inducen al error de las estimaciones. Las encuestas deben hacer frente a sesgos que dificultan la lectura de la realidad electoral. Uno de ellos es el conocido como sesgo de la deseabilidad social. Si todo lo que escuchas a diario es que Donal Trump es un racista y un misógino, entonces será menos probable que admitas ante un desconocido que te llama por teléfono que lo votarás. Muchas personas son reacias a compartir sus opiniones abiertamente por temor a ser juzgados. Un buen número de trumpistas no tiene este reparo, pero otro grupo numeroso evita conversaciones incómodas y no se proclamaría nunca públicamente como votante de Trump. En paralelo,<strong> ocurre un fenómeno similar con los votantes de VOX en España</strong>. Existe una bolsa importante de votantes ocultos en ambos grupos. Para las encuestadoras mapear esta incertidumbre no resulta nada de fácil. Hay que garantizar el anonimato de los encuestados para que estos puedan ser honestos al dar sus respuestas o, simplemente, quieran darlas. Para minimizar el efecto de la deseabilidad social se han introducido <strong>mecanismos de recogida de datos que garantizan o proyectan más anonimidad</strong> como los cuestionarios online o las llamadas desde robots automáticos. Pero también tienen sus sesgos y sus limitaciones. Un agente bien entrenado y formado puede obtener respuestas y romper el blindaje de la desconfianza, pero necesita superar el primer filtro, que no es otro que el de que haya alguien que descuelgue el teléfono, algo cada día menos fácil.</p><p><strong>Algunas conclusiones sobre los fallos de las encuestadoras norteamericanas</strong></p><p>El día de las elecciones el voto permanece oculto y, por tanto, no hay estigmatización. Ante un escenario social de polarización los más moderados evitan a toda costa las conversaciones más incómodas. Este voto tímido no se ha detectado correctamente en las encuestas telefónicas ni ha sido suficientemente compensado por las encuestas online o automatizadas realizadas en USA. Cuando se quiere conocer qué piensa alguien realmente sobre un asunto incómodo es mejor preguntarle qué cree que piensan sus vecinos o amigos sobre esa cuestión. Este será uno de los mejores instrumentos metodológicos para corregir datos y pronósticos en los escenarios de polarización que volveremos a vivir. Si en las elecciones de 2016 usaron el voto anticipado 46 millones de norteamericanos, en 2020 esta cifra se ha duplicado hasta los 102 millones. La causa principal obedece a la pandemia, pero este hecho nos adelanta la <strong>complejidad de las futuras proyecciones demoscópicas</strong>. Si se generaliza y facilita por parte de los 50 estados el voto por correo o adelantado en persona en las elecciones en USA, probablemente el aumento de la participación -unos 7 puntos respecto a 2016- sea una constante y no responda a la coyuntura epidémica de 2020. En 2016 un 13% de los votantes indecisos en USA no decidieron su voto hasta días u horas antes de las elecciones, aún no conocemos este porcentaje en las elecciones del pasado martes.</p><p>Punto primero: El rotundo error de las estimaciones realizadas por las encuestadoras norteamericanas se refiere exclusivamente a las encuestas publicadas. Este es un dato para recalcar. Desconocemos si los equipos electorales de ambos candidatos manejaban encuestas y proyecciones no publicadas más precisas para cada estado o para el total de los EE.UU. porque algunas de las primeras pueden formar parte de la artillería usada en la que hemos venido a denominar como batalla demoscópica y, por tanto, no son más que un instrumento de ciencia social parcialmente falseado con un objetivo concreto en la campaña electoral. </p><p>Punto segundo: Las dificultades metodológicas para la recogida de datos en los campos telefónicos son cada vez mayores. El uso de cuestionarios online aún adolece de sesgos importantes, más significativos en algunos segmentos educacionales y de edad y poco matizables en grupos de población con autonomía digital. Las tasas de respuestas telefónicas son cada vez menores y en escenarios sociales polarizados se requiere a personal altamente formado y capaz para dirigir y aplicar cuestionarios fiables. </p><p>Punto tercero: El abuso de la encuestación y la falta de metodología precisa y adecuada ha convertido el trabajo y la investigación cuantitativa en un campo de negocio muy fructífero en USA para compañías ajenas al sector y para profesionales de otras especialidades y ha convertido la publicación de encuestas en un negocio muy productivo en precios y plazos y poco sometido al escrutinio de resultados y métodos. Para muestra un botón. Claramente hay una burbuja inflacionaria de encuestas y de institutos demoscópicos en los Estados Unidos y no todos cumplen con sus obligaciones deontológicas.</p><p>Punto cuarto: La cuarta derivada de este importante error general de los institutos encuestadores en USA tiene que ver con la polarización electoral y social que se vive en los EE.UU. y de la que Donald Trump es objeto y causa a la vez. La ocultación de un buen porcentaje de voto republicano obedece a múltiples causas, pero esencialmente a la pertinencia del sesgo de deseabilidad social. Sucedió en 2016 y ha vuelto a suceder en 2020.</p><p>Todos estos factores son parte, en distinto peso y formulación, de esta <strong>ecuación fallida de las encuestas preelectorales en Estados Unidos</strong>. </p><p>-----------------------------------</p><p><strong>Juan Manuel Becerra Vila</strong> es analista electoral y doctor en pensamiento y análisis político (UPO).</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 07 Nov 2020 15:45:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Miguel Becerra Vila]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Donald Trump,Joe Biden,Elecciones EEUU 2020]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La democracia derrota a Trump: Biden gana Pensilvania y se garantiza la victoria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/internacional/democracia-derrota-trump-biden-gana-pensilvania-garantiza-victoria_1_1189763.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/63918a6b-38ad-4ab8-96e1-954eda29ed7d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La democracia derrota a Trump: Biden gana Pensilvania y se garantiza la victoria"></p><p>Joe Biden ha necesitado cuatro días de recuento, pero lo ha logrado. A las 17.27 hora peninsular española, CNN, NBC News, ABC, Associated Press y <em>The New York Times</em> le han dado como <strong>ganador de las elecciones y próximo presidente de EEUU </strong>tras hacerse con los 20 votos correspondientes del estado de Pensilvania. Se convierte así en el residente número 46 de la Casa Blanca y lo acompañará la ya vicepresidenta electa, Kamala Harris, que, aunque no fue la primera mujer en formar parte de la candidatura de un gran partido (antes lo hicieron Geraldine A. Ferraro y Sarah Palin en la Vicepresidencia y Hillary Clinton en la Presidencia), sí será la primera en romper el techo de cristal al lograr una victoria electoral: "Seré la primera en este puesto, pero no la última". </p><p>Biden, de 77 años de edad y exvicepresidente de Estados Unidos bajo el mandato de Barack Obama, logra con su victoria en <strong>Pensilvania </strong>superar los 270 votos electorales necesarios para el cargo. Suma 279 ya, después de que, media hora después, <em>The New York Times </em>también le añadiese los 6 votos correspondientes al estado de <strong>Nevada</strong>. </p><p>Su rival, Donald Trump, al que sucederá en el cargo, suma, a estas alturas del recuento, sólo 214 votos electorales. El actual presidente, que se mantendrá en el cargo hasta el 20 de enero,<strong> se ha negado, por el momento, a reconocer el resultado</strong> y ha vuelto a insistir en que continuará presentando acciones legales para garantizar la "legalidad" del recuento y ha asegurado que los comicios "están muy lejos de terminar". El mandatario estaba <strong>jugando al golf </strong>en el momento en que se ha conocido su derrota. </p><p>En su primer discurso como presidente electo, Biden ha vuelto a contrarrestar el tono de su rival y ha lanzado un mensaje de concordia además de instar a Trump a reunirse para la transición de poder. <strong>"Voy a ser un presidente que no va a querer dividir, sino unir"</strong>, ha asegurado el futuro residente de la Casa Blanca, que ha dejado claro que "es el momento de sanar EEUU". "Es hora de bajar la temperatura, mirarnos, escucharnos de nuevo y dejar de ver a nuestros oponentes como rivales. No lo son, son estadounidenses", ha explicado durante su primera intervención pública. </p><p>Previamente, en sus primeras declaraciones tras confirmarse su victoria, Biden ha compartido en Twitter un vídeo acompañado de un mensaje en el que asegura que <strong>será "un presidente para todos los estadounidenses</strong>". "América, me honra haber sido elegido presidente de nuestro gran país. El trabajo que tenemos por delante será duro, pero les prometo que seré un presidente para todos, hayan votado por mí o no. Mantendré la fe que habéis depositado en mí". </p><p><strong>"¡Lo conseguimos, Joe!"</strong></p><p><strong>Kamala Harris</strong> también ha recurrido a Twitter para hacer sus primeras declaraciones como vicepresidenta electa: "Estas elecciones van más allá de Joe Biden o yo misma. Tienen que ver con el alma de Estados Unidos y nuestra voluntad de luchar por ella. Tenemos mucho trabajo por delante. Vamos a empezar", ha escrito acompañando el mensaje con el mismo vídeo que Joe Biden. Minutos más tarde, ha regresado a la red social para compartir la llamada con la que ha felicitado a su compañero de fórmula. <strong>"¡Lo conseguimos, Joe!"</strong>, se le escucha decir a la futura número dos de la Casa Blanca. </p><p>Con esta victoria, al Partido Demócrata le ha salido bien la jugada y<strong> ha roto la costumbre al evitar que Trump repitiese el cargo</strong>. Y lo ha hecho apostando por un Biden que llega a la Casa Blanca como el presidente de mayor edad, con 78 años, y con una dilatada experiencia política a sus espaldas. También será el segundo católico que llega a la Presidencia, antes fue John F. Kennedy en 1960. Y el decimoquinto vicepresidente que logra ascender al principal cargo del país después de ser número dos, un hito inédito desde la victoria del republicano George H. W. Bush en 1989, después de ocho años a la sombra de Ronald Reagan.</p><p>Nacido el 20 de noviembre de 1924 en <strong>Pensilvania, justo el estado que le ha dado la victoria, </strong>Biden fue senador por Delaware, adonde se mudó con diez años, desde los 29 años y los 36 posteriores. Su carrera en el Senado arrancó con una tragedia. Días después de salir elegido en 1972, su familia sufrió un accidente de tráfico en el que fallecieron su mujer y su hija de un año. Sus otros dos hijos, Beau y Hunter, resultaron heridos, y fue en el hospital donde estaban ingresados donde juró el cargo.</p><p>Ambos también han protagonizado su campaña electoral este año, pero por diferentes motivos. <strong>Beau</strong>, que llegó a ser fiscal general de Delaware, falleció de cáncer en 2015, en pleno debate sobre la posibilidad de una tercera candidatura de Biden a las primarias del Partido Demócrata para ser candidato en las elecciones de 2016. <strong>Hunter </strong>ha sido uno de los puntos débiles del candidato demócrata por sus adicciones y por sus supuestos negocios ilegales en Ucrania. Cinco años más tarde, contrajo matrimonio con su actual mujer, Jill, con quien tuvo otra hija. </p><p>Tras<strong> ocho años a la sombra de Barack Obama</strong> como su fiel vicepresidente, amigo y consejero, y tras bajarse de la carrera demócrata para sustituirle en 2016 dejando vía libre a Hillary Clinton, se convirtió en el candidato en 2020 tras un pulso con el senador Bernie Sanders que se interrumpió abruptamente por la pandemia del coronavirus. Pandemia que también ha marcado esta campaña. Biden, al contrario que Trump, ha lucido mascarilla, apoyado al doctor Fauci y organizado una serie de actos aptos en tiempo del covid-19.</p><p><strong>Las felicitaciones a Biden</strong></p><p>Los principales líderes del Partido Demócrata estadounidense han felicitado ya a Joe Biden y a Kamala Harris. El expresidente <strong>Barack Obama</strong>, referencia indiscutible del la formación, ha publicado un extenso comunicado recogido por Europa Press en el que afirma que no puede "estar más orgulloso de nuestro próximo presidente" y por el "hito" de la elección de Harris como vicepresidenta. "En estas elecciones, en circunstancias inéditas, los estadoundienses han alcanzado <strong>una participación sin precedentes</strong> y, cuando se cuenten todos los votos, el presidente electo Biden y la vicepresidenta electa Harris habrán logrado una victoria histórica y decisiva", ha afirmado.</p><p>La presidenta de la Cámara de Representantes, <strong>Nancy Pelosi</strong>, ha destacado por su parte: "¡Hemos conseguido preservar la república!". "Felicidades a Joe Biden por su victoria por el alma de nuestro país. Felicidades a Kamala Harris por hacer historia. Es el momento de sanar y crecer juntos. <em>E Pluribus Unum</em>", frase en latín que significa "De muchos, uno" y que forma parte del sello presidencial estadounidense.</p><p>El portavoz demócrata en el Senado, <strong>Chuck Schumer</strong>, ha destacado los hitos de esta elección por el nombramiento de Harris: "La primera mujer vicepresidenta, la primera afroamericana vicepresidenta, la primera asiáticoestadounidense vicepresidenta. ¡Estoy tan orgulloso de mi amiga Kamala Harris!".</p><p>El principal rival de Biden por la candidatura demócrata, <strong>Bernie Sanders</strong>, también ha felicitado al presidente electo por su victoria, aunque en un tono más sobrio. "Quiero felicitar a todas las personas que han trabajado tan duro para hacer posible este día histórico", ha indicado. "Ahora y a través de nuestras bases organizadas vamos a crear <strong>un gobierno que funcione para TODOS y no para unos pocos</strong>. Una nación construida sobre la justicia, no sobre la avaricia y la intolerancia", ha indicado. El viernes, Sanders advertía que tras la victoria de Biden "la lucha no ha terminado, sino que acaba de empezar". Otro precandidato presidencial demócrata, <strong>Pete Buttigieg</strong>, ha felicitado igualmente a Biden en un mensaje publicado en Twitter junto a un mensaje de ambos.</p><p>También desde el ala izquierda del Partido Demócrata, la congresista <strong>Alexandra Ocasio-Cortez </strong>ha felicitado al "presidente electo Joe Biden" y a la "vicepresidenta electa, Kamala Harris".</p><p>La excandidata presidencial demócrata <strong>Hillary Clinton</strong> ha destacado la "histórica" candidatura de Biden y Harris. "Los votantes han hablado y han elegido a Joe Biden y Kamala Harris como nuestros próximos presidente y vicepresidenta. Es una candidatura histórica, un repudio a Trump, una nueva página para Estados Unidos. Gracias a todos los que han hecho que esto pasara. A partir de ahora, juntos", ha indicado.</p><p>Y desde España, el presidente del Gobierno, <strong>Pedro Sánchez,</strong> ha lanzado también un mensaje de felicitación y  ha destacado que está "preparado" para cooperar con Estados Unidos y hacer frente "juntos" a los grandes retos globales. También han sumado sus felicitaciones el canadiense <strong>Justin Trudeau o el británico Boris Johnson</strong>, entre otros dirigentes internacionales. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 07 Nov 2020 15:30:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ana Bernad | Alba Precedo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La democracia derrota a Trump: Biden gana Pensilvania y se garantiza la victoria]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Estados Unidos,Donald Trump,Joe Biden,Elecciones EEUU 2020]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Horas para pronunciarse sobre Bolivia, silencio sobre Estados Unidos: así callan los países ante los ataques de Trump a la democracia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/internacional/horas-pronunciarse-bolivia-silencio-estados-unidos-callan-paises-ataques-trump-democracia_1_1189733.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6d488ef4-debb-4a4c-a094-2e4e69232732_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Horas para pronunciarse sobre Bolivia, silencio sobre Estados Unidos: así callan los países ante los ataques de Trump a la democracia"></p><p>El presidente de Estados Unidos, <strong>Donald Trump,</strong> muy cerca al cierre de esta crónica de perder en las urnas ante el demócrata <strong>Joe Biden</strong>, lleva días acusando a su rival de "fraude" en las elecciones del 3 de noviembre y sembrando dudas sobre el funcionamiento de la democracia norteamericana. Ni él ni sus seguidores han aportado ninguna prueba o fundamento creíble del supuesto amaño. Los ataques venían sucediéndose por parte del líder republicano desde hace meses: y muchos analistas previeron lo que podría pasar, una jornada electoral en la que el mapa se tiñera provisionalmente de rojo y sirviera al dirigente para proclamar su victoria y posteriormente erigirse como víctima de una conspiración, habida cuenta de que <strong>el voto por correo, mayoritariamente demócrata, se contabiliza más tarde</strong>.</p><p>Los países más poderosos e influyentes de la esfera internacional <strong>han callado acerca de la deslegitimación</strong> del sistema electoral estadounidense: a lo sumo, han compartido su inquietud por la posible violencia y la polarización. Y la Organización de Estados Americanos (OEA) aún no ha publicado el informe sobre su observación del proceso. Su dirigente, Luis Almagro, no ha pronunciado palabra; pero le bastaron horas para pedir una segunda vuelta en Bolivia ante la paralización de los resultados provisionales, dudas que sembraron el germen del golpe de Estado en Bolivia que echó del poder a Evo Morales. Otros observadores internacionales, sin embargo, han condenado "los intentos sin precedentes de socavar la confianza pública" en la nación.</p><p><strong>La Comisión Europea solo ha pedido esperar a que las autoridades oficiales anuncien quién ha ganado las elecciones en Estados Unidos</strong>, desmarcándose de facto de la proclamación de Donald Trump como presidente a lo largo de la madrugada española del martes al miércoles. El portavoz jefe del Ejecutivo comunitario, Eric Mamer, rechazó hacer comentarios sobre el recuento de votos, <a href="https://euractiv.es/section/eeuu-y-canada/news/la-ue-sigue-dispuesta-a-construir-una-fuerte-asociacion-con-estados-unidos/" target="_blank">refleja Euractiv</a>: pero aseguró que Bruselas tiene "confianza en las fuertes tradiciones democráticas en Estados Unidos". La misma línea han seguido los Estados miembro, salvo Eslovenia, cuyo ultraderechista primer ministro felicitó al republicano por su supuesta victoria. Por su parte, la ministra de Defensa alemana y líder de CDU, Annegret Kramp-Karrembauer, advirtió de una situación "explosiva" y deslizó una crítica, sin explicitarla: "El resultado de estas elecciones no está aún decidido (...), se están contando aún los votos. (…) Es algo que debe preocuparnos a todos", declaró. </p><p>La enigmática <strong>Rusia,</strong> que según algunos analistas prefiere a Trump pero que según otros opta por la situación que genere más caos, se pronunció mediante unas declaraciones que la situaron en el punto medio entre Biden y Trump. La Directora del Departamento de Información y Prensa del Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa, María Zajárova, aseguró que "las deficiencias evidentes del sistema electoral estadounidense son visibles, lo que fue destacado innumerables veces por los observadores internacionales y expertos reconocidos en ese tema" y expresó su confianza en que "<strong>los mecanismos jurídicos existentes permitan determinar al futuro jefe del Estado de plena conformidad con la Constitución estadounidense</strong>". Por su parte, el Gobierno de <strong>China</strong> no se ha pronunciado de manera oficial y el presidente, Xi Jinping, no mencionó el tema en el discurso que pronunció el pasado miércoles en la principal feria de importaciones del gigante asiático. Esperan que gane Biden, pero no confían demasiado en un destensamiento de las relaciones.</p><p>En España, el presidente, <strong>Pedro Sánchez,</strong> ha optado por el silencio y el vicepresidente segundo y líder de Unidas Podemos, <strong>Pablo Iglesias</strong>, solo deslizó su opinión en Twitter con vídeos de Bernie Sanders y de <em>late nights </em>humorísticos estadounidenses. La ministra de Asuntos Exteriores, <strong>Arancha González Laya</strong>, sí habló del tema, pero sin salirse del discurso oficial de la Unión Europea: pidió paciencia, esperar a resultados oficiales y respetar el conteo, sin pronunciarse sobre la autoproclamación de Trump o sus acusaciones de fraude sin fundamentos. </p><p>El profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia de Comillas Pedro Rodríguez asegura entender la cautela de las naciones. Pase lo que pase, <strong>"a Trump todavía le quedan tres meses. A ningún país le interesa que vuelque en ellos la ira de no haber ganado las elecciones"</strong>. "Normalmente", añade, "no es el papel de la comunidad internacional el cuestionar el funcionamiento de la democracia en Estados Unidos". "La diplomacia opera con el principio de no levantar mucho la cabeza porque no hay beneficio en estos momentos". </p><p><strong>"Intentos sin precedentes de socavar la confianza pública"</strong></p><p>Para encontrar una crítica clara y sin ambages a la actuación de Donald Trump tras el cierre de las urnas en Estados Unidos hay que acudir a una de las organizaciones que ha auditado el proceso electoral: la <strong>Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE)</strong>. <a href="https://www.osce.org/odihr/elections/usa/469440" target="_blank">En un comunicado</a>, aseguran que no han percibido ni un atisbo de irregularidad, y son contundentes contra la actitud del presidente. "Nadie, ningún político, ningún funcionario electo, debería limitar el derecho de voto del pueblo. Después de una campaña tan dinámica, asegurarse de que cada voto sea contado es una obligación fundamental para todos los poderes del gobierno ", aseguró Michael Georg Link, coordinador especial y líder de la misión. "Las acusaciones infundadas de deficiencias sistemáticas, en particular por parte del presidente en ejercicio, incluso la noche de las elecciones, dañan la confianza pública en las instituciones democráticas".</p><p>En el Parlamento Europeo, ajeno a las normas diplomáticas de cortesía, también se han escuchado voces críticas. <strong>David McAllister</strong>, presidente de su Comisión de Asuntos Exteriores, recordó que "no se puede privar a los ciudadanos estadounidenses del derecho al voto" y aseguró que el hecho de que el presidente de Estados Unidos pida detener algunos conteos –no los que le favorecían, como el de Arizona– es un hecho "sin precedentes". "No puede proclamarse ganador en pleno conteo", dijo el alto funcionario. </p><p>El silencio de la OEA</p><p>La <strong>Organización de Estados Americanos (OEA)</strong>, cuyo presupuesto es financiado en más de la mitad del total por Estados Unidos, también mandó observadores internacionales el 3 de noviembre a diversos Estados. Pero ni la organización ni su secretario general, <strong>Luis Almagro</strong>, han dicho una sola palabra sobre los turbulentos momentos que vive la nación, <strong>ni ha publicado su informe sobre la jornada electoral</strong>. El abogado uruguayo ha sido muy criticado por su polémica intervención en las elecciones de 2019 en Bolivia. Publicaron un informe, ampliamente cuestionado, que aseguró que los comicios en el país andino, que dieron la victoria en primera vuelta a Evo Morales, fueron irregulares. El documento sirvió de sustento para el golpe de Estado que sufrió el líder del MAS. Con la victoria de su partido el mes pasado, los líderes izquierdistas de Latinoamérica, desde México a Argentina, han vuelto a presionar a Almagro para que abandone su puesto.</p><p>Almagro habló, y bien claro, a las pocas horas de conocerse los resultados provisionales en Bolivia, que daban una amplia victoria a Morales sobre su competidor tras una paralización en el recuento. <a href="https://www.infolibre.es/noticias/mundo/2019/11/16/por_que_conflicto_bolivia_si_golpe_estado_101027_1022.html" target="_blank">Lo explica para infoLibre en este artículo</a> el periodista, sociólogo y director del diario argentino Nodal Pedro Brieger. "La OEA, a través de su secretario general y a pocas horas de conocerse el resultado provisional, <strong>dijo que tenía que haber segunda vuelta</strong>". Algo que Brieger califica de, cuanto menos, "muy extraño", dado que los resultados completos y oficiales eran todavía una incógnita. "En ningún país se toma en cuenta el conteo provisional, precisamente porque es sólo provisional".</p><p>La paralización del recuento cuando Carlos Mesa iba en cabeza levantó la sospechas de la OEA de Almagro. Sin embargo, cuando se proclamaron los resultados provisionales al completo, Morales había ganado. La razón es parecida a la que explica cómo Biden ha remontado en varios Estados en las últimas horas: <strong>quedaban por contabilizar zonas donde el apoyo al MAS era muy mayoritario, en un país con otra importante brecha racial y de clase.</strong> A Almagro no le importó: pidió una segunda vuelta a pesar de que el candidato del MAS había ganado con amplia diferencia, <strong>contradiciendo la propia Constitución boliviana. </strong></p><p>En aquella ocasión, la Unión Europea, dos días después de la intervención de Almagro, se posicionó. "<strong>La inesperada interrupción del conteo electrónico de votos después de la primera vuelta de las elecciones generales en Bolivia ha generado serias dudas que deben ser totalmente aclaradas de manera inmediata</strong>". Alemania manifestó su apoyo expreso a una segunda vuelta, y España se limitó a manifestar su apoyo a la OEA y a "tomar nota" de la notificación de la administración Morales del resultado de las elecciones, sin reconocerlo. Ahora, nadie ha levantado la voz contra un presidente que se proclama reelegido sin que las urnas le den la razón.</p><p>El propio Evo Morales utilizó la misma comparación para volver a atacar al secretario general de la organización panamericana este jueves. Aquí no hay diplomacia que valga. "Si hay fraude, Donald Trump debe acudir a Luis Almagro", ironizó. "<strong>La derecha cuando pierde, acusa de fraude", </strong>añadió.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 07 Nov 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Javier Martínez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Horas para pronunciarse sobre Bolivia, silencio sobre Estados Unidos: así callan los países ante los ataques de Trump a la democracia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Elecciones EEUU 2020]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El mundo será algo más tranquilo con Biden]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/cibermonfi/mundo-sera-tranquilo-biden_1_1189737.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f14d5061-c849-4319-b6c9-69f9f29bec78_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El mundo será algo más tranquilo con Biden"></p><p>No es demasiado arriesgado predecir que, si de él depende, el mundo será <strong>algo más tranquilo con Joe Biden</strong> en la Casa Blanca. Su aspecto patricio expresa bastante bien su carácter, tan opuesto al de Donald Trump. Biden es tranquilo, educado, cauteloso y respetuoso del sistema. Hará pocas cosas novedosas en su país y en el mundo. Pero con no ser Donald Trump ya aportará cierta serenidad y previsibilidad a un planeta convulso.</p><p>Nacido en Scranton (Pensilvania) el 20 de noviembre de 1942, Biden va a poder celebrar su 78 cumpleaños como el próximo presidente de Estados Unidos. Su Estado natal se encamina a darle los votos que precisa para alcanzar la mayoría mínima necesaria de 270 compromisarios en el Colegio Electoral. Los que todavía pueda sumar en otros Estados le reforzarán ante las marrullerías con que Trump intentará mantener la idea que ya expresaba antes de que votaran los norteamericanos: él ha ganado los comicios de 2020 y todo el que<strong> diga lo contrario es mentiroso y fraudulento.</strong></p><p>Los comicios estadounidenses del martes ya nos han aportado unas cuantas certezas. He aquí algunas.</p><p><strong>1.- Más que ganar Biden, ha perdido Trump. </strong><strong>1.- Más que ganar Biden, ha perdido Trump</strong>No echaremos de menos a Donald Trump. Al contrario, siempre recordaremos sus cuatro años en la Casa Blanca como una pesadilla. Una pesadilla a la que el pueblo de Estados Unidos está poniendo fin en unos comicios reñidísimos y un agónico escrutinio de los votos. Aviso, sin embargo, a los incautos navegantes de la prensa, la demoscopia y el centroizquierda rosita: Trump ha mejorado los resultados que en 2016 le dieron la victoria frente a Hillary Clinton. <strong>Ha obtenido unos 6 millones de votos adicionales</strong>. Solo ha perdido porque la participación ha sido inmensa y el rechazo a su persona tan masivo que Biden ha cosechado muchísimas más papeletas que Hillary Clinton hace cuatro años.</p><p>Es lo que tiene apostar por la mentira, la demagogia y la chulería practicadas por Trump e imitadas por tantos seguidores suyos de ultraderecha. Estos trucos sucios pueden ser eficaces para la conquista del poder en unas elecciones democráticas celebradas en países en crisis, pero no lo son tanto para su conservación. A no ser que des un golpe de Estado como el de Hitler con el incendio del Reichstag. O como aquel con el que sigue soñando Trump y que de momento no tiene el suficiente seguimiento. Las cadenas de televisión<strong> ya le cortan cuando suelta trolas en directo</strong>. Algunos gobernadores, senadores y jueces republicanos se desmarcan de sus desvaríos.</p><p>Es también lo que tiene arrojar gasolina al fuego de la crispación política siguiendo a gurús como Steve Bannon. Movilizas, sí, a los tuyos, pero también a los que te tienen miedo. Y, por supuesto, es lo que tiene plantear una elección como un plebiscito sobre tu persona. No te falta el apoyo de los tuyos pero tampoco el rechazo de ninguno de los que te consideran un peligro para la libertad y la convivencia. Trump se metió con demasiada gente, pisó demasiados callos, y eso acabó pasándole factura. <strong>Bien podría decirse que no ha ganado Biden, que ha perdido Trump.</strong></p><p>La derrota de Trump es particularmente humillante si se recuerda que lo habitual es que un presidente de Estados Unidos sea reelegido. Lo consiguieron Bill Clinton, Georges W. Bush y Barack Obama. El último en no hacerlo fue el primer presidente Bush, en 1992.</p><p><strong>2.- Estados Unidos deja al descubierto su lado cutre</strong><strong>Estados Unidos deja al descubierto su lado cutre</strong>. El retraso y las disputas sobre el recuento de los votos (que proseguirán en los próximos días y semanas) han sorprendido a mucha gente en todas partes, les ha transmitido una imagen de república bananera. Y es que Estados Unidos está sobrevalorado. Estados Unidos tiene un excepcional lado tecnológico, el de la NASA y Silicon Valley, y una formidable cultura del entretenimiento, la de Hollywood. Pero no es precisamente Suiza, ese país donde los trenes salen y llegan a su hora. <strong>Existe un Estados Unidos cutre y chapucero, casi tercermundista</strong>. Viven allí millones de pobres o muy pobres; los crímenes con armas de fuego son cotidianos; su sanidad pública es enclenque; sus prisiones tienen tantos o más residentes que el Gulag estalinista y el racismo persiste en esas ejecuciones policiales de negros que han despertado al movimiento #BlackLivesMatter.</p><p>Tampoco es que sus servicios policiales y de espionaje sean eficacísimos: no impidieron los asesinatos de los hermanos Kennedy y Martin Luther King, ni se olieron los atentados yihadistas del 11 de Septiembre. En cuanto al Pentágono, perdió las guerras de Vietnam e Irak. Y su sistema electoral nos deparó en 2000 la prolongación hasta Navidad de la incertidumbre sobre si había ganado Al Gore o George W. Bush.</p><p><strong>3.- El factor emocional.</strong><strong>El factor emocional</strong> Biden es soso, oficialista, poco ingenioso, pero esta vez <strong>el factor emocional también ha jugado a su favor</strong>. No por la ilusión, el entusiasmo o la esperanza que él despierta personalmente, sino por el rechazo visceral que provoca Trump entre decenas de millones de estadounidenses (y cientos de millones no estadounidenses, pero estos no votamos el pasado martes). Los demócratas estadounidenses, cuya cúpula se empeñó en promover a Biden en detrimento de un Bernie Sanders al que consideran “radical”, debe tener muy en cuenta que el martes perdieron apoyos entre los negros y latinos, sin llegar a reconquistar a gran parte de los obreros blancos. Biden despierta poca esperanza entre los desesperados.</p><p><strong>4.- Biden tiene condiciones para ser un pacificador. </strong><strong>4.-</strong><strong>Biden tiene condiciones para ser un pacificador.</strong>Biden tiene muy difícil disminuir las brechas internas de Estados Unidos. Para empezar, las socioeconómicas, agravadas por la crisis de Lehmans Brothers y la actual pandemia. Tampoco se resuelven de un plumazo las <strong>desigualdades raciales</strong>. Ni las divisiones políticas fomentadas por Trump que han ido acercando al país al precipicio guerracivilista.</p><p>Biden tiene poco margen para hacer grandes cambios, y probablemente tampoco tenga voluntad de hacerlos. Parece que los republicanos seguirán siendo mayoritarios en el Senado, y dos tercios de los jueces del Tribunal Supremo son conservadores o ultraconservadores. Pero, precisamente por ser gris y calmoso, Biden puede ir cicatrizando heridas. Hijo de un vendedor de coches usados, diplomado en Derecho, político profesional desde 1970, víctima de dolorosas desgracias familiares, Biden ha venido a proponer en esta campaña<strong> un regreso a los buenos viejos tiempos</strong>. Cuando en 2008 Obama lo eligió como su aspirante a la vicepresidencia, lo hizo, precisamente, porque Biden no aspiraba a cambiar el curso de la historia. Era un buen complemento para su figura, tenía lo que a él le faltaba: era blanco, tenía reputación de moderado y contaba con décadas de experiencia como senador, especialmente en política internacional.</p><p>Biden intentará hacer un traspaso de poder cortés e institucional. No acusará de traidores a los derechistas y ultraderechistas que hayan votado a Trump, pero tampoco estigmatizará como delincuentes a los que desean mayor justicia social y racial. Pero Biden no es Bernie Sanders ni Alexandria Ocasio-Cortez, aunque el ala izquierda del Partido Demócrata le haya apoyado sin la menor vacilación. No impulsará políticas contra las desigualdades socioeconómicas que afecten demasiado al bolsillo de las grandes empresas y las grandes fortunas.</p><p><strong>5.- Alivio para el planeta. </strong><strong>5.-</strong><strong>Alivio para el planeta</strong>La victoria de Biden es una buena noticia para los demócratas de todo el planeta. Cabe esperar que se atenúe <strong>la crispación a la que Trump nos ha sometido a todos</strong> con sus políticas migratorias, sus guerras comerciales, sus declaraciones machistas y xenófobas y sus amenazas a cualquier cosa que no le gustara. Biden lo hará diferente en dos importantes asuntos: la <strong>lucha contra el cambio climático</strong> –Estados Unidos regresará a los acuerdos de París– y las <strong>relaciones con Irán</strong> en materia nuclear –volverá a optar por los acuerdos arduamente negociados por la comunidad internacional con los ayatolás en tiempos de Obama-.</p><p>Por el contrario, es improbable que Biden<strong> termine de un plumazo con la actual política comercial</strong> <strong>proteccionista </strong>de Estados Unidos, que tiene un amplio apoyo en la sociedad estadounidense, incluida el ala progresista del Partido Demócrata. También que se entregue a una luna de miel con China.</p><p>En cuanto a los conflictos de Oriente Medio, Obama no pudo hacer gran cosa en sus ocho años en la Casa Blanca. Pero tuvo el mérito indudable de que, a diferencia de su predecesor, George W. Bush, no metió a Estados Unidos y al mundo en nuevos líos como el de Irak. De Biden cabe esperar una sensatez parecida.</p><p><strong>6.- Distensión con la Unión Europea. </strong><strong>6.- Distensión con la Unión Europea</strong>La Unión Europea no tendrá que considerar al Estados Unidos de Biden como un poderoso rival del que no se sabe muy bien qué esperar. Ha expresado su voluntad de volver a considerar a los europeos como aliados. Es, sin embargo, improbable que vuelvan los viejos tiempos transatlánticos de vino y rosas. Añadidos al<em> Brexit</em>, los cuatro años de Trump le han abierto a la Europa continental ventanas para actuar en la escena global con más autonomía y contundencia en la defensa de sus propios valores e intereses. Es quizá lo que ha querido decir Josep Borrell con la frase de que <a href="http://agendapublica.elpais.com/borrell-europa-debe-aprender-rapidamente-a-hablar-el-lenguaje-del-poder/" target="_blank">Europa debe aprender rápidamente a “hablar el lenguaje del poder”</a>. No me gusta esta fórmula, que sugiere autoritarismo e imposición, pero estoy de acuerdo en que <strong>la voz europea debe hacerse oír y respetar</strong>. Por ejemplo, frente a los desvaríos de Erdogan. Europa puede y debe convertirse en un agente más activo de un mundo multilateral.</p><p>Biden va a ser la persona de mayor edad en alcanzar la Casa Blanca, superando a Ronald Reagan. No es descartable que no pueda terminar un primer mandato o, de hacerlo, presentarse a un segundo. En<strong> Kamala Harris </strong>ha escogido un buen perfil como su vicepresidenta y posible sucesora. Harris no es blandita; al contrario, fue una fiscal de gran dureza en California. Pero su condición femenina y su origen multirracial la hacen atractiva para amplios sectores progresistas.</p><p>En fin, no es este un fin de semana para anticipar problemas, es un fin de semana para <strong>empezar a respirar aliviados</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Nov 2020 16:53:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Javier Valenzuela]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El mundo será algo más tranquilo con Biden]]></media:title>
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      <title><![CDATA[De Wisconsin a Torrelodones: democracia y pandemia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/buzon-de-voz/wisconsin-torrelodones-democracia-pandemia_1_1189678.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fee8a285-f460-48ec-9823-32e66195650c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De Wisconsin a Torrelodones: democracia y pandemia"></p><p>Quienes no somos especialistas en el complejo sistema electoral de Estados Unidos ni conocemos a fondo su realidad social nos vemos doblemente obligados a escuchar y leer mucho antes de aventurarnos a trasladar cualquier pálpito después de las elecciones más trascendentes quizás de su historia. Puede que también de la nuestra. Pero si algo indican los resultados (<a href="https://www.infolibre.es/noticias/mundo/2020/11/05/biden_pone_con_ventaja_recuento_electoral_interminable_que_alas_trump_para_aferrarse_cargo_112863_1022.html" target="_blank">todavía provisionales</a>) y el consenso entre analistas reputados, es que <strong>Donald Trump repetiría en la presidencia de no haber estallado la pandemia</strong>, con más de 235.000 víctimas mortales y casi diez millones de contagios bajo su gestión negacionista y caótica. Esa probabilidad debería obligarnos a hacérnoslo mirar, a abordar una reflexión profunda y compartida sobre lo que estamos viviendo. Allí y aquí. Un tipo que durante cuatro años <strong>ha despreciado y hasta violado las mínimas normas democráticas en su país y en el mundo</strong> y que ha venido anunciando con meses de antelación que no aceptaría otro resultado de las urnas que no fuera su victoria… ese tipo… <strong>ha obtenido el apoyo de casi la mitad de los votantes de Estados Unidos</strong>. Aunque Joe Biden tome posesión el 20 de enero de la Casa Blanca, el país que presida será un país fracturado, una sociedad polarizada en la que decenas de millones de sus ciudadanos (muchos armados además hasta los dientes) prefieren el nacionalpopulismo trumpista antes que la “democracia más antigua del mundo” (<a href="https://www.infolibre.es/suplementos/elecciones_usa/33503_elecciones_usa.html" target="_blank">ver dosier</a> de infoLibre sobre las elecciones en EEUU).</p><p>Sabemos que Trump no era el virus sino un síntoma, su consecuencia, y que alcanzó la presidencia en 2016 galopando el caballo de la política-espectáculo, manejando muy hábilmente <strong>el poder de las emociones, la eficacia de la desinformación, el veneno de las fake news</strong><em>fake news</em>… Pero también con un equipo de asesores sumamente preparados para captar uno por uno los nichos de votantes previamente enfadados con la política, con las instituciones, con los efectos muy desiguales de la globalización, con todos los mediadores (desde el senador al empleado de banca pasando por los medios de comunicación y los periodistas), con el sistema en definitiva. Se coló, como más tarde lo hizo el Brexit con similares instrumentos, bajo los radares de la política institucional y de los medios, <strong>habitantes de burbujas en las que Trump, o Johnson, o Bolsonaro, u Orban o Abascal, eran percibidos despectivamente como una nueva estirpe de demagogos ruidosos pero inofensivos</strong>, especialmente para los grandes intereses económicos o financieros que encabezan esa globalización, y cuyos altos representantes son muy visibles y contundentes cuando se trata de condenar el “populismo de extrema izquierda”, pero permanecen desaparecidos y silenciosos cuando Donald Trump intenta nada menos que dar un golpe a la democracia en Estados Unidos y encerrarse en el Despacho Oval digan lo que digan las urnas. Y no me refiero solo a influyentes banqueros, a empresarios multimillonarios o a compañías multinacionales privadas. ¿Habrá alguien relevante en el Partido Republicano que ponga fin al peligroso esperpento? ¿Cómo es que los responsables del FMI, de la Comisión Europea, de la ONU o de esa Organización de Estados Americanos que tanta prisa se da en actuar contra el menor asomo de “socialcomunismo” en Latinoamérica o en apoyar intentos de golpe “democráticos” en Venezuela o en Bolivia <strong>no dicen ni mu ante un individuo que se niega a aceptar el resultado electoral en Estados Unidos</strong> desde antes incluso de que se abrieran las urnas o los sobres del voto por correo?</p><p>Si después de todo lo demostrado durante cuatro años en la Casa Blanca parece evidente que sólo su disparatada y hasta criminal gestión de la pandemia ha posibilitado (esperemos) una estrecha derrota de Trump, <strong>conviene abordar de una vez por todas los motivos de fondo que provocan esta alarmante realidad</strong>. Lo cual no es en absoluto sencillo. Vivimos inmersos en la complejidad y la incertidumbre, y cualquiera que aparezca con un recetario simple prometiendo soluciones rápidas estará más cerca del <em>trumpismo</em> o de cualquier otro nacionalpopulismo que de lo que deberíamos definir como el bando de la democracia y el progreso. En Wisconsin o en Torrelodones (desde donde uno escribe).</p><p>Hay ya mucha y buena literatura ensayística sobre <strong>el imperio de las emociones y su gestión política</strong> (ver por ejemplo <a href="http://sextopiso.es/esp/item/448/estados-nerviosos" target="_blank">aquí</a>, <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2019/10/20/gestionar_las_emociones_politicas_antoni_gutierrez_rubi_100038_1026.html" target="_blank">aquí</a> o <a href="http://www.toniaira.cat/es/libros/la-politica-de-las-emociones/" target="_blank">aquí</a>). Los partidos demócratas de todo el mundo, y los de izquierda muy especialmente, han despreciado esa batalla cultural en la que importan más los sentimientos que las razones. Se ha cedido desde hace años ese campo de juego a los populismos más extremos y a la ultraderecha nacionalista y xenófoba. No se trata de combatir las mentiras con más mentiras, sino de <strong>buscar el modo, el lenguaje y los instrumentos para pulsar la tecla emocional desde el rigor, los principios que nos unen o los objetivos comunes capaces de movilizarnos</strong>. Los cementerios están llenos de intelectuales muy válidos que vivieron encerrados en torres de marfil. A solas con sus verdades. Hay que pelear ahí fuera, antes de que sea tarde y simplemente no nos permitan defender nada. Aun sin ganar las elecciones, <strong>el potentísimo resultado de Trump inyecta nuevas ínfulas a Bolsonaros y Abascales</strong>. Son un peligroso y muy diverso “bando” que aprovecha las fragilidades de la democracia y los daños de una globalización deshumanizada e injusta.</p><p>La pandemia supone la mayor conmoción que ha azotado a la humanidad en muchas décadas. Si de la Segunda Guerra Mundial surgió en occidente de forma casi obligada el germen del Estado del bienestar como pacto transversal para asegurar paz y progreso, son ya muchas las voces que urgen a <strong>afrontar esta crisis mundial de salud pública como oportunidad para resetear un sistema cuyas vías de agua son muchas y muy peligrosas.</strong> Y que además sirven para convencer a decenas de millones de estadounidenses, latinoamericanos o europeos para que otorguen el mando a cualquier Trump que aparezca y domine las redes y las emociones.</p><p>Si fuéramos capaces de simplificar el debate público, <strong>en realidad se trata de una disputa entre el “sálvese quien pueda” y el “salvémonos juntos”</strong>. Todo lo demás (permítanme el simplismo) son enredos interesados para autojustificar posiciones tribales, sean con objetivos ideológicos o puramente clasistas. Leo en el último y lúcido ensayo de <strong>Edgar Morin</strong>: “La crisis ha puesto en cuestión el neoliberalismo, sustrato doctrinal de las políticas aplicadas en el mundo desde los años Thatcher-Reagan, que promueven la libre competencia como solución a todos los problemas sociales y humanos, y que propugnan la libertad máxima para las empresas y un papel del Estado reducido al mínimo. <strong>El neoliberalismo es el que ha inspirado la privatización de los servicios públicos, los recortes en los hospitales y la comercialización de sus servicios</strong>, la práctica de los flujos y de la deslocalización. Todo ello en la perspectiva siempre desmentida de que el aumento de la riqueza de los ricos ‘goteará’ sobre las clases populares. La crisis ha obligado a los Estados a abandonar la política de austeridad presupuestaria y a <strong>gastar masivamente en salud, en las empresas y en los trabajadores privados de salario</strong>. Ha reforzado los servicios públicos que tendían a privatizarse, entre ellos, los hospitales…” Y continúa el filósofo y sociólogo francés, a sus 99 años superviviente de tantas crisis que se siente capaz de detectar la posibilidad de ‘cataclismos históricos’: “La megacrisis ha revelado que el Estado era incapaz de abastecer de mascarillas, batas y material al personal sanitario y a la población durante varias semanas. Ha puesto al descubierto lentitudes, órdenes y contraórdenes, directivas ilegibles, falta de preparación…, es decir, carencias graves. De ahí las <strong>dos necesidades inseparables para toda renovación política: salir del neoliberalismo y reformar el Estado</strong>”. (<a href="https://www.planetadelibros.com/libro-cambiemos-de-via/321527" target="_blank">Cambiemos de vía. Lecciones de la pandemia</a>. Págs. 49 y 50. Paidós).</p><p>Para no dejarnos engañar, empecemos por combatir las “realidades alternativas” y a quienes las propagan, sin menospreciar las bases que asientan ese apoyo del que gozan. Mientras alientan el negacionismo del covid o de los resultados de las urnas, consiguen que no hablemos del rotundo fracaso del neoliberalismo y de la <strong>necesidad de resetear la democracia</strong> para consolidar su vigencia.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Nov 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Jesús Maraña]]></author>
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      <media:title><![CDATA[De Wisconsin a Torrelodones: democracia y pandemia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Estados Unidos,España,Democracia,Santiago Abascal,Donald Trump,Joe Biden,Crisis del coronavirus,Elecciones EEUU 2020]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La polarización de EEUU oculta un sistema político obsoleto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/mediapart/polarizacion-eeuu-oculta-sistema-politico-obsoleto_1_1189629.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Todos sabemos que las votaciones en EEUU van más allá de un mero traspaso de poder, como en cualquier democracia. En vísperas de los comicios, en el editorial de <em>The New York Times</em> contra el presidente, los periodistas opinaban, no sin razón, que <strong>“la campaña para la reelección de Donald Trump representa la mayor amenaza para la democracia estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial”</strong>. A decir de otros opinadores, se trata de unas elecciones de las que <strong>depende el futuro de la propia humanidad</strong>, ya que los comicios coinciden con el comienzo de lo que los autores de un manifiesto para el Green New Deal, <em>A Planet to Win</em>, denominan los “cruciales años 2020”.</p><p>En los próximos diez años, ¿nos dirigiremos a la sobriedad ambiental colectiva? ¿Será posible llevar a cabo una <strong>desescalada militar y geopolítica</strong>, a medida que la sociedad internacional se acostumbra de nuevo a los enfrentamientos entre las grandes potencias? ¿Marcarán estas elecciones la <strong>victoria definitiva de la oligarquía</strong> o veremos la reapertura de un paréntesis favorable a los movimientos democráticos y sociales en el corazón del imperio?</p><p>En sí mismo, el hecho de que estas preguntas se planteen, incluso de manera sutil o inconsciente, es suficiente para saber que el llamado <em>mundo anterior</em> a Trump nunca resucitará. Este enorme país que se extiende por todo un continente, Estados Unidos, cuya economía tiene tanto peso en el mercado mundial, cuyas fuerzas militares invaden todos los rincones del planeta, decidía el 3 de noviembre su futuro. Y con ello, <strong>el planeta entero se tambalea</strong>.</p><p>¿Qué podría ser mejor que añadir al fuego de estas angustias el combustible de <strong>un país atrapado en un ciclo infernal</strong>, que se parece cada vez más a un estado de guerra civil?</p><p>Los activistas de extrema derecha, alentados por las salidas de tono del presidente, nutridos por una esfera mediática que supone que el Partido Demócrata le arrebatará las elecciones de un plumazo, se preparan para el <strong>enfrentamiento directo con sus rivales políticos</strong>.</p><p><strong>La venta de armas está despegando</strong>. En comparación con el año pasado, que ya registró un récord, el FBI ha registrado un <a href="https://www.reuters.com/article/usa-guns-insight-idUSKBN2701HP" target="_blank">aumento del 41%</a> en las comprobaciones de identidad para comprar un arma, en los primeros nueve meses de 2020. El presidente ha hecho un llamamiento a sus partidarios más decididos para que sigan movilizados para cuestionar los resultados. Los agentes de policía, cuyos sindicatos se han decantado en gran medida apoyar al actual inquilino de la Casa Blanca, estaban convocados para acudir como observadores a los colegios electorales.</p><p>El verano de 2020 no ha sido menos turbulento que los días que, cabe pensar, se avecinan. En los centros urbanos de Estados Unidos, las armas de fuego se han utilizado a las primeras de cambio en las manifestaciones y contramanifestaciones del movimiento Black Lives Matter. Así, manifestantes que salieron a la calle a protestar contra la violencia policial fueron abatidos por sus conciudadanos. <a href="https://www.theguardian.com/world/2020/oct/31/americans-killed-protests-political-unrest-acled" target="_blank">Al menos 25 de ellos</a> fueron asesinados.</p><p>13 hombres de una milicia privada de extrema derecha fueron recientemente detenidos, acusados de conspirar para secuestrar a la gobernadora demócrata Gretchen Whitmer. Un <a href="https://www.youtube.com/watch?v=dSnTTND0UcM&ab_channel=SkyNewsAustralia" target="_blank">vídeo</a>, que ha incendiado la esfera mediática conservadora, también muestra a una multitud de activistas (blancos) acosar a los clientes, sentados en la terraza de un restaurante de Washington, gritando a los testigos para que levanten la mano en solidaridad con el movimiento Black Lives Matter.</p><p><strong>En Estados Unidos, la violencia política como norma histórica</strong></p><p>Lo que se ha convertido claramente en algo banal es la percepción de que el proceso deliberativo, el libre juego de intereses e ideas, ya no logra resolver las controversias. Pero <strong>la violencia política y la deslegitimación de su oponente</strong> que la justifica, ha formado parte durante mucho tiempo de la experiencia democrática del país.</p><p>Tal vez el asombro que sentimos actualmente es, en realidad, fruto de una sensación de vuelta a la realidad. Como si las ideas que nos hemos hecho sobre el buen funcionamiento de una democracia liberal –el pluralismo, la legitimidad de la oposición, la neutralidad de la judicatura– hubieran sido la excepción, frente a una norma histórica que está volviendo violentamente.</p><p>Para ilustrar este punto, recordemos un episodio ocurrido en Wilmington en 1898. En ese año, esa ciudad de Carolina del Norte pasó a estar bajo el control de un gobierno “fusionista”, es decir, <strong>fruto de una alianza entre el Partido Republicano local y el partido populista</strong>. Las funciones municipales estaban en manos de funcionarios blancos y negros, uno de los pocos casos de alianza política transracial de la época. El 10 de noviembre, sin embargo, un motín derrocó al gobierno municipal. Ardió la redacción de un periódico editado por los afroamericanos. En los linchamientos dirigidos por la milicia blanca vinculada al Partido Demócrata de la época, se estima que murieron 300 afroamericanos.</p><p>Los historiadores han considerado los hechos como <strong>el único golpe de estado que ha tenido lugar en suelo de EE.UU</strong>. Está por ver si será el último. La <em>masacre de</em> <em>Wilmington </em>es un caso extremo, se puede decir. Pero si lo fue, es precisamente porque <strong>gran parte de Estados Unidos languidecía en una forma más banalizado de autoritarismo</strong> hasta hace muy poco.</p><p>Hasta los 60, y en casi todos los estados del sur, los afroamericanos fueron despojados de sus derechos básicos de ciudadanía: el derecho al voto, la igualdad ante la ley o incluso la protección del estado de derecho. Quienes los reclamaron fueron objeto de una violencia estatal y no estatal casi generalizada. La estrecha interrelación entre los organismos encargados de hacer cumplir la ley y las milicias privadas blancas era una poderosa maquinaria para aterrorizar y excluir de la participación política a todo un segmento de la población.</p><p>Habría que cuestionar la distinción aparentemente fija entre las democracias liberales del mundo atlántico, encabezadas por Estados Unidos, y las nuevas democracias de Europa central y oriental o el mundo poscolonial. El término político contemporáneo “antiliberalismo” no es ajeno a la historia de EE.UU. A largo plazo, puede incluso ser el fenómeno ordinario y dominante. Al final, sólo durante un paréntesis muy pequeño –digamos de la desegregación y las reformas de la “Gran Sociedad” de los años 60– el país se acercó con dificultad a los valores de los que dice haber sido garante y abanderado a escala mundial.</p><p>La violencia callejera como la confianza hallada en las milicias paramilitares son la <strong>culminación de décadas de polarización y parálisis</strong> que han paralizado el funcionamiento del gobierno en Washington. Agotada por prolongadas guerras militares, socavada por la desinversión crónica en los servicios públicos, fracturada por tantos intereses en conflicto, perspectivas regionales o valores culturales, el panorama político estadounidense está dividido por un <strong>desacuerdo casi total entre los partidos demócrata y republicano</strong>.</p><p>Pero la polarización entre estos dos campos, y la violencia que se deriva de ella, es sobre todo una expresión de la erosión, incluso de la obsolescencia, de las fisuras partidistas que han prevalecido desde los 60. Los partidos de gobiernos principales, tal como se han constituido desde los años de Reagan, ya no reflejan ni representan a la población estadounidense. Como resultado, la polarización entre demócratas y republicanos tiene quizás una contrapartida aún mayor en la polarización entre la clase dirigente y los ciudadanos de los que se supone que emana.</p><p>De hecho, es tranquilizador decir que la polarización partidista, en términos de identidades políticas, apenas se refleja en el estado de la opinión popular sobre los principales problemas de la sociedad. Desde esta perspectiva, <strong>el pueblo estadounidense parece casi “normal”</strong>, por así decirlo. Forman una sociedad que es democrática, moderna y básicamente tolerante. Tras alrededor 40 años de profundas revoluciones culturales, esta sociedad también <strong>ha soportado una reacción política y económica casi constante </strong>desde la crisis del estado de bienestar en los años 70. Y ahora quiere pasar página.</p><p><strong>La reforma constitucional, un rasgo central tácito</strong></p><p>Donald Trump está a la cabeza de un despertar nacionalista que ha estado barajando las cartas de la política occidental durante más de una década. Ha hecho de su promesa de construir un muro a lo largo de la frontera con México una de sus principales propuestas. Pero en 2018, el instituto de encuestas Gallup publicaba un <a href="https://news.gallup.com/poll/235793/record-high-americans-say-immigration-good-thing.aspx" target="_blank">informe</a> que daba una imagen diferente de la mentalidad estadounidense: el 75% de la población estaría convencida de la contribución positiva de la inmigración al país.</p><p>¿Es Estados Unidos antisocial, preocupado principalmente por preservar el individualismo desenfrenado sin importar su precio? Al contrario, <strong>los estadounidenses piden una revisión duradera de los servicios públicos</strong>, un estado activo y protector que garantice a los individuos derechos básicos, sin los cuales la vida sería indigna. Un estudio del medio de comunicación <em>The Hill</em>, realizado en colaboración con la empresa consultora Harris Insights and Analytics, muestra que una clara mayoría de la población (70%) apoya la introducción de un sistema sanitario nacional gratuito, es decir, la propuesta <em>“Medicare for All”</em>, la medida emblemática del candidato de izquierdas Bernie Sanders.</p><p>¿<strong>Los espectadores de Fox News son tremendamente reaccionarios y se alimentan del odio al socialismo</strong>? El invierno pasado, Bernie Sanders fue a un plato del medio de comunicación conservador para participar en un debate televisivo. “Subir el salario mínimo de 7,25 dólares la hora, que no se ha subido en diez años, a 15 dólares por hora... ¿es una idea radical?”, preguntó. “Matrícula gratuita en los colegios y universidades públicas para que todos nuestros ciudadanos tengan la oportunidad de realizar estudios superiores en una economía mundial competitiva... ¿es una idea radical? [...] Disponer de una sanidad universal, de pagador único, ¿es una idea radical?”.</p><p>Con los <em>noes</em> que el público gritaba de forma cada vez más decidida, se puede ver el radicalismo casi normal de la población americana, el que no está representado por las instituciones y familias políticas que existen actualmente.</p><p>Hay que reconocer que, al igual que las elecciones, <strong>los sondeos de opinión no son indicadores particularmente fiables de la opinión o los sentimientos políticos</strong>. Por muchas razones, la aparición de un país dividido y en total desunión puede ser la conclusión que se extraiga de las elecciones de este 3 de noviembre y la violencia que probablemente se derive de ellas. Sin embargo, a pesar de la militarización política en marcha, el endurecimiento de las divisiones partidistas y las últimas palabras provocadoras del presidente, estas pistas sugieren que la polarización tan discutida es una farsa, o podría ser frustrada por otra oferta política.</p><p>Es importante recordar que <strong>Estados Unidos están lejos de ser una verdadera democracia</strong>. Al decir esto, no me adhiero a un equívoco nihilista entre Joe Biden y Donald Trump, sobre todo en unas elecciones en la que está en juego la supervivencia de las instituciones democráticas existentes.</p><p>Pero en el fondo, la crisis que atraviesa Estados Unidos durante los últimos 30 años más o menos tiene raíces mucho más allá del sistema partidista. La violencia que se desborda a las calles es también un signo de un sistema político, incluso un orden constitucional, que no logra encauzar o dar forma a la opinión popular.</p><p><em>“How democratic is the American constitution?”</em>, se preguntaba el politólogo Robert Dahl en una serie de conferencias publicadas en 2001, tras unas elecciones en las que un republicano [George W. Bush] perdió el voto popular. El documento de la Constitución, decía, refleja una angustia de los excesos del gobierno popular. La elección directa de los senadores, la igualdad ante el estado de derecho en virtud de la 14ª Enmienda, el sufragio femenino... los derechos y privilegios reconocidos como fundamentales para la ciudadanía moderna no pueden, dijo, cambiar el espíritu de lo que es un documento esencialmente antidemocrático.</p><p>El actual punto muerto se debe al <strong>enfrentamiento entre una sociedad que se dice democrática y moderna y un sistema político diseñado precisamente para contener y frustrar los avances democráticos</strong>, en nombre de los intereses de las minorías.</p><p>Sin embargo, la mayoría de los sistemas políticos están evolucionando y deben hacerlo en respuesta a las crisis políticas, sociales y culturales del mundo contemporáneo. Ya sea para perpetuar el yugo del Partido-Estado en China, o para iniciar una intervención popular en cuestiones ambientales (como la Convención Climática de los Ciudadanos en Francia), los sistemas políticos de hoy en día están atravesando un momento de importante transformación.</p><p>Hasta la fecha, Estados Unidos ha sido una excepción a esta tendencia. La reforma constitucional es sin duda la palabra central no pronunciada en nuestro paisaje político, a pesar de sus flagrantes injusticias. Imaginar a un candidato de un partido importante de los Estados Unidos proponiendo cambios profundos en el sistema político –por no hablar de una nueva constitución– es una fantasía absoluta. La polarización está así institucionalizada por un sistema político que <strong>favorece en gran medida los intereses y opiniones de una minoría privilegiada</strong>, que es contra la que se rebela ahora la gran mayoría de la población americana.</p><p>La fetichización de la Constitución americana se ha convertido incluso en<strong> uno de los credos esenciales del movimiento conservador</strong>. Adoptando una lectura absolutista de ciertos textos filosóficos, políticos o religiosos, los defensores de la llamada jurisprudencia “originalista” de la Constitución la ven como una forma de verdad política revelada. Según esta escuela de pensamiento jurídico, que se está difundiendo entre los jóvenes cuadros del movimiento conservador a través de la Federalist Society (Sociedad Federalista), que tiene su sede en las principales facultades de derecho, hay que atenerse al sentido estricto del texto constitucional, tal como lo concibieron sus autores a finales del siglo XVIII.</p><p>En caso de que las elecciones sean impugnadas y se requiera el arbitraje del Tribunal Supremo, una generación de juristas conservadores, formados en esta doctrina, se encargará de determinar el ganador. A este respecto, se teme que la Constitución deje la gestión de las elecciones en manos de los distintos Estados, lo que aumentaría las posibilidades de manipulación.</p><p>Uno de los más firmes defensores del “originalismo” constitucional, Antonin Scalia, fallecido en 2016, compartió con el Congreso su opinión sobre la <strong>singularidad del sistema político estadounidense</strong>. Según Scalia, “[los estadounidenses] hoy en día suelen hablar de un gobierno disfuncional porque hay desacuerdo. Los padres fundadores habrían dicho: ‘¡Sí! Así es exactamente como lo queríamos...’. A menos que los estadounidenses aprendan a apreciar eso, a amar la separación de poderes, lo que significa aprender a amar los callejones sin salida”. Al menos podemos agradecerle su franqueza.</p><p><strong>Traducción: Mariola Moreno</strong></p><p><em>Leer el texto en francés:</em></p><p><span id="doc_80152"></span></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 05 Nov 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Harrison Stetler (Mediapart)]]></author>
      <media:title><![CDATA[La polarización de EEUU oculta un sistema político obsoleto]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Partido Republicano EE UU,Donald Trump]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Trump elige la opción incendiaria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muros-sin-fronteras/trump-elige-opcion-incendiaria_1_1189620.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d12530f8-a00f-44ae-b8f3-a378e6b96ab0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Trump elige la opción incendiaria"></p><p>Hay datos que permiten afirmar que <strong>Joe Biden ha estado por debajo de las expectativas y que Donald Trump ha logrado mantener su base</strong> pese a la catastrófica gestión del coronavirus: de camino a los 10 millones de casos y 250.000 muertos. Que el presidente se declare vencedor de unas elecciones que aún no ha ganado y denuncie sin pruebas —como es habitual en él—, la existencia de un <strong>fraude</strong> demuestra que teme perderlas en los <strong>millones de votos enviados por correo</strong>, y que ahora están siendo escrutados en varios Estados clave.</p><p>Lo peor de este discurso, <strong>propio de un dictador como el bielorruso Alexander Lukashenko</strong>, es su exigencia de que dejen de contarse las papeletas pendientes y amenazar con su Tribunal Supremo, sin tener en cuenta la existencia de otros tribunales inferiores que deberán decidir sobre las disputas.<strong> Escribo “su Tribunal” porque acaba de completarlo a toda velocidad</strong><a href="https://www.nbcnews.com/politics/congress/amy-coney-barrett-set-be-confirmed-supreme-court-monday-n1244748" target="_blank">completarlo a toda velocidad</a><a href="https://www.nbcnews.com/politics/congress/amy-coney-barrett-set-be-confirmed-supreme-court-monday-n1244748" target="_blank"> con una juez antiabortista</a>. Dispone de una mayoría conservadora de 6-3. Nada es causal en Trump y en la <strong>extrema derecha </strong>que le acompaña y jalea.</p><p>De los tres posibles escenarios, <strong>ya podemos descartar uno: la victoria aplastante de Biden</strong>. Quedan dos, <strong>que el recuento final dé la victoria en buena lid de Donald Trump</strong>, más allá de la contestación judicial en algunos casos concretos,<strong> o que el aún presidente de EEUU enmarañe el proceso</strong><a href="https://www.nytimes.com/2020/11/04/us/politics/how-biden-and-trump-can-win.html?action=click&module=Spotlight&pgtype=Homepage" target="_blank">enmarañe el proceso</a>. Trump y su equipo van a tratar de anular el máximo posible de votos por correo y asegurarse cuatro años más en la Casa Blanca sin importarles el precio. Los gobernadores de Pensilvania, Michigan y Wisconsin son demócratas, pero su poder legislativo está dominado por los republicanos. Pueden producir resultados distintos que deberá resolver el Supremo.</p><p>EEUU es un <strong>país dividido y armado hasta los dientes con un presidente que juega a ser Nerón</strong>. ¿Qué puede salir mal? Trump es un tipo listo sin un plan, improvisa según le dictan su olfato y su ego. Para él solo hay dos opciones: <strong>si no gano es que me han robado</strong>. No existe la tercera, que es la base de la democracia: aceptar la derrota. No es algo que encuentre en su esquema de valores.</p><p><strong>En Michigan están activas varias milicias supremacistas</strong>. Una de ellas trató de secuestrar a la gobernadora, Gretchen Whitmer, por su política de confinamiento para luchar contra el virus. Trump había tuiteado semanas antes, “¡Liberad, Michigan!”. Este tipo de bandas armadas son seguidoras de Trump y están a la espera de que un tuit les llame a la acción. Es un escenario peligroso. Todas las guerras comienzan con un muerto. Después son difíciles de sujetar. El odio salió a pasear sin correa hace años en un EEUU en decadencia. Es el que impulsa a Trump.</p><p>La letra pequeña de las elecciones no ofrece buenas sensaciones para Biden. En el condado de <strong>Miami Dade</strong>, el más grande de Florida, ha estado por debajo del resultado de Hillary Clinton en 2016. Esto explica en parte la pérdida del Estado. El 70% del voto de Miami Dade es<strong> cubano y venezolano. Han comprado el discurso trumpista de que Biden y Kamala Harris son peligrosos comunistas</strong>. Es algo que se ha repetido en otros Estados. Desaparecieron los matices.</p><p>Hay un electorado que se siente cómodo con este tipo de <a href="http://https://www.nytimes.com/2020/11/03/technology/youtube-misinformation-fox-news.html?action=click&module=Well&pgtype=Homepage&section=Technology" target="_blank">descalificaciones</a>. Es el que<strong> dejó de alimentarse de noticias porque prefiere los bulos</strong>. No son solo los zotes racistas, también hay gente educada y una parte de Wall Street. Trump no deja de ser uno de los suyos.</p><p><strong>Biden no ha desatado una ola nacional de entusiasmo</strong>. No le ha bastado con NO SER Donad Trump para imponerse con claridad. Hacía falta algo más, tal vez un discurso, una visión del mundo y de EEUU, para movilizar a una población exhausta. <strong>El trumpismo funciona como una túrmix emocional permanente</strong><em>trumpismo</em> que ha dejado exhaustos a los que no saben cómo enfrentarle. ¿Cuál es el plan ahora si Trump trata de robarles las elecciones en los Estados aún en juego?</p><p><strong>Los demócratas, como una parte importante de la izquierda europea, se mueven encaramados en grandes eslóganes descafeinados</strong> que no llegan a una población que ha perdido la confianza en el futuro, en sus dirigentes y en sus instituciones, azotada por una crisis pandémica sin final en el horizonte y con una crisis económica que acabará en depresión y paro.</p><p>Trump ha conseguido <strong>imponer su realidad alternativa</strong>. Todo comenzó en la toma de posesión, hace casi cuatro años. Se empeñó en afirmar que habían acudido más personas que a las dos de Barack Obama. No importó que las fotografías aéreas lo desmintieran. Es inasequible a los hechos comprobados y a la ciencia. <strong>Todo lo que no esté en su guión narcisista es mentira</strong>, sus célebres <em>fake news</em>. Entramos ahora en un terreno muy peligroso.</p><p>Para el Partido Demócrata, Joe Biden no era el mejor candidato. Este mes cumple 78 años. El problema no está en la edad sino en que<strong> se nota muy viejo, cansado, distraído</strong>. Bernie Sanders tampoco hubiera ganado, demasiado a la izquierda. Se perdió la oportunidad de dar entrada a savia nueva, gente con un discurso fresco, los Pete Buttigieg, Beto O’Rourke y Kamala Harris.</p><p>No son solo los nombres y apellidos, es la forma arcaica de presentar sus ideas. Nos hablan del pasado pese a que vivimos tiempos en los que abunda el miedo al futuro. <strong>Necesitarían renovar el lenguaje, bajar del pedestal, pisar la verdadera calle</strong><a href="http://https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2018/12/democratic-party-moves-left/573946/" target="_blank">la verdadera calle</a>. Es una lección para el modo de hacer política en España y otros países, todos metidos en una nube alejada del suelo.</p><p>Es significativo que las demócratas insurgentes con <strong>Alexandria Ocasio-Cortes</strong> a la cabeza hayan ganado su reelección <a href="https://www.nytimes.com/live/2020/11/03/us/election-day?smtyp=cur&smid=fb-nytimes&fbclid=IwAR0srC7Jm15egLKKc5bC4JCneFCvNE5HgcqdOxecmx4uwfJwXYRzLHcb6_M#the-four-democratic-congresswomen-of-the-squad-all-win-re-election" target="_blank">por amplias mayorías</a>. Se les suma <a href="https://news.stlpublicradio.org/government-politics-issues/2020-11-03/cori-bush-becomes-first-black-congresswoman-in-missouri-history" target="_blank">Cori Bush</a>, una política de gran fuerza. Quizá sea el camino, pero alguien debería<strong> trabajar entre las trincheras para unir un país si se quiere evitar una catástrofe inimaginable</strong>. Hablo de guerra civil. Biden podría ser esa figura en el corto plazo, pero de ganar deberá trabajar con un Senado republicano.</p><p>Lo ocurrido también es una lección para los periodistas y las empresas demoscópicas. Nos dice más <a href="https://www.youtube.com/watch?v=JvPTCvUnNQA" target="_blank">Borat</a> sobre la verdadera América que mil programas de debate en la cadena CNN.</p><p>Pero al menos nos queda la música, y la paciencia.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Nov 2020 15:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ramón Lobo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Trump elige la opción incendiaria]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Elecciones EEUU 2020]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Tres lecciones después de la batalla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/telepolitica/tres-lecciones-despues-batalla_1_1189599.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/022cd387-2fc4-4407-94f5-fe444ee9eb1d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tres lecciones después de la batalla"></p><p>Nos esperan días de gran tensión e incertidumbre. Vamos a vivir días críticos hasta que se cuenten los votos por correo en Estados Unidos. Esto se va a complicar. Sin embargo, mientras tanto, hay algunas observaciones que no deberíamos ignorar a pesar de lo que al final quedará visible para todos: ¿Quién ocupará la Casa Blanca los próximos cuatro años? Trump puede ganar o perder, pero en ningún caso se ha producido la amplia derrota que las encuestas preveían. Ha mantenido el apoyo de sus votantes sin que se haya producido el vuelco que de forma generalizada se vaticinaba. Sería interesante llegar a determinar qué ha ocurrido <strong>y qué lecciones podemos extraer.</strong></p><p><strong>El estudio de los datos </strong></p><p>Este año, Donald Trump ha introducido un significativo cambio en su campaña. En 2016 dejó la estrategia en manos de Steve Bannon, un experto propagandista con una fortísima carga ideológica. Este año, el candidato tomó la decisión de cambiar el modelo. Convencido de que el discurso debía mantener la llama encendida de la polarización, decidió que <strong>su prioridad debía ser la de garantizar el control de los votos uno a uno</strong>. En verano las previsiones de las encuestas no eran buenas. Tomó la decisión de cesar a Brad Parscale que era su estratega de cabecera. Era un hombre polémico centrado en exceso en su brillo personal y en aparecer en los medios. Trump decidió que necesitaba alguien más productivo. Para ello, eligió como responsable de su campaña a <a href="https://www.nytimes.com/article/bill-stepien.html" target="_blank"><strong>Bill Stepien</strong></a>. Se trata de un consumado especialista en datos. A sus 42 años, ha sido descrito por el <em>New York Times</em> como “muy disciplinado y obsesionado con los datos. Astuto y despiadado, es un Maquiavelo guiado por hojas de cálculo de voto”.</p><p>Pase lo que pase esta semana, Stepien ha conseguido derrotar a todos los encuestadores estadounidenses. Sería especialmente llamativo que al final <strong>todo se resuelva gracias al resultado en Pennsylvania</strong>. Se trata de un estado tradicionalmente demócrata que en 2016 cayó del lado republicano por apenas 35.000 votos, después de que votaran casi 3 millones de electores. En el último debate televisivo, celebrado en Nashville, fue sorprendente la obsesión de Trump por citar Pennsylvania. Lo hizo en media docena de ocasiones. Resulta evidente ahora que sabía donde necesitaba potenciar su mensaje.</p><p><strong>El valor real de cada voto</strong></p><p>Da la sensación de que los expertos en demoscopia han sobrevalorado el descontento de una parte de la población contra Trump. Es manifiesto que un buen número de ciudadanos estadounidenses ha aumentado su grado de indignación contra el actual presidente. Sin embargo, su voto se ha demostrado que vale lo mismo. <strong>Los votos no miden la intensidad del sentimiento de una persona</strong>, sino sencillamente cuentan el número de personas que apoyan ese sentimiento. El valor de un norteamericano mucho más indignado y harto de Trump que hace cuatro años vale exactamente lo mismo que en 2016: 1 voto.</p><p>Independientemente de lo que ocurra en los próximos días, parece claro que la campaña demócrata no ha conseguido desequilibrar claramente la votación. Una vez más, puede que se haya producido un manifiesto <strong>efecto burbuja que hace perder visibilidad</strong> a quienes viven dentro de un ecosistema determinado. A la hora de escribir esta columna, en Washington DC, Biden gana con un 92% de votos, frente al 6% de Trump. En la ciudad de Nueva York, la victoria de los demócratas ha sido de 81% frente a 18%. En Los Ángeles, de 73% a 25%. Parece evidente que al mundo mediático y demoscópico les pesa demasiado el entorno en el que viven cotidianamente. Parece que les falta perspectiva de lo que realmente es Estados Unidos en toda su extensión.</p><p><strong>El efecto de la polarización</strong></p><p>Desde el punto de vista argumental, cabe plantear un significativo debate. La polarización extrema parece provocar <strong>un manifiesto efecto de confirmación de las posiciones</strong>. Trump lleva cuatro años promoviendo una confrontación nacional que ha sido contestada por los sectores progresistas. Los datos parecen confirmar que la estrategia garantiza la estabilidad del voto. Cuanto más intensa es la guerra menos posibilidades parecen abrirse de que haya cambio de bando. Trump contaba con un entorno muy adverso en plena pandemia y con la dificultad de hacer frente al impulso emocional de quienes deseaban como fuera derribarle.</p><p>A la vista de los datos, puede concluirse que los republicanos han podido acertar en exacerbar más aún la polarización. Con esa estrategia han podido conseguir que toda la fuerza que venía en su contra haya servido para asentar el voto de quienes se han sentido atacados por todos los frentes y con una enorme intensidad. <strong>El factor emocional de resistencia y de pertenencia</strong> a un frente ha podido contrarrestar al impulso del cambio que promovían Biden y los demócratas.</p><p><strong>Conclusión para España</strong></p><p>Evidentemente, lo que termine por suceder en Estados Unidos va a tener una decisiva influencia en el desarrollo de la vida política en todo el mundo occidental. Es el país referente de las técnicas electorales y todo lo que allí suceda tendrá réplicas en otros países, España incluida. El buen resultado obtenido por Trump, gane o pierda finalmente, puede animar a las fuerzas populistas a rearmarse en sus convicciones y en sus estrategias. Puede que acaben concluyendo que la polarización, la confrontación y el estilo bélico <strong>dan buenos resultados.</strong></p><p>Pueden acabar cometiendo un error. Lo que cabe extraer de lo vivido ayer en Estados Unidos es que la polarización extrema reafirma las posiciones políticas, antes que alterarlas de forma extendida. Es decir, en aquellos países, como el nuestro, en el que los populismos frentistas siguen siendo perdedores en términos electorales puede suceder que si se animan a encender aún más la mecha de la confrontación acaben<strong> por confirmar su derrota en las urnas.</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Nov 2020 06:40:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Miguel Contreras]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Estados Unidos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ya estuvimos aquí]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-tramoya/estuvimos_1_1189598.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/bbb511b8-9df8-499e-9c9e-6e0000548b7f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ya estuvimos aquí"></p><p>Estuvimos aquí hace cuatro años, cuando no entendimos lo que estaba pasando en América y asistimos perplejos a la victoria de Donald Trump. Tan solo dos horas antes del comienzo del recuento de votos, la élite intelectual mundial, arrogante y ciega, no podía creer que semejante personaje se convirtiera en el presidente del país más poderoso del mundo. Muchos creen que Estados Unidos es Nueva York, Los Angeles o Chicago, pero los Estados Unidos de la mayoría son rurales y sus gentes simples como una lija. La promesa anti-establishment del millonario neoyorquino<strong> resultó ser más seductora que el elistismo distante y sabihondo de Hillary Clinton.</strong></p><p>Y aquí estamos de nuevo. No lo queremos ver y nos resistimos a aceptar que Donald Trump siga atrayendo a la mitad de los electores americanos, con un discurso ultranacionalista, proteccionista, antisistema, agresivo y populista. Nos ha vuelto a pasar. La ultraderecha con frecuencia crece mientras la izquierda no puede creerlo, rehén de su propio racionalismo ilustrado. Incapaces de detectar el alcance de la indignación y la desafección de la gente corriente, los periodistas, los analistas y los sociólogos, desde nuestra cómoda burbuja, nos sonrojamos comprobando lo mal que interpretamos lo que suced<strong>e, lo que no detecta nuestro radar defectuoso</strong>. No solo en Estados Unidos, sino en Francia, en Reino Unido, en Italia, en Holanda, en Francia o en España.</p><p>También estuvimos aquí hace 20 años, durante aquellas semanas que quedaron grabadas a fuego en nuestra memoria. Con un resultado ajustadísimo, los demócratas cuestionaron el recuento en Florida, y el asunto terminó en el Tribunal Supremo, de mayoría republicana. Al Gore, que había ganado en el voto popular, terminó perdiendo los votos del colegio electoral de Florida frente a George Bush Jr.<strong>, por unos 500 votos</strong>.</p><p>Biden se apresuró en la noche del martes a advertir de que el recuento en los próximos días le dará posibilidades de ganar<strong> y que hay que esperar a contar “cada voto”.</strong> Con más de 30 millones por procesar, en unas elecciones con más de cien millones emitidos por correo o de manera temprana, y predominantemente demócratas, Biden y su campaña constatan lo que ya vislumbramos como posible: que en la noche electoral no se supiera el nombre del ganador y que tuviéramos que esperar algunos días. Así ha sucedido.</p><p>Pero al igual que ocurriera hace 20 años, los republicanos, con menos escrúpulos que los demócratas, se dan ya hoy por ganadores. Hasta el punto de que Trump, mientras Biden hablaba pidiendo paciencia, o justo despúes, <strong>ha anunciado que no se dejará “ROBAR”</strong> la elección (mayúsculas en el tuit original).</p><p>  Algo sí acertaron los politólogos, que no era muy difícil de prever, porque Trump lo había anunciado él mismo al menos una decena de veces: <strong>el presidente cuestionaría la validez del voto por correo.</strong> En esta ocasión, Trump no mintió. Y aquí estamos, ante el excéntrico hombre de negocios, apoyado por la mitad de su pueblo, autoproclamándose presidente. Las maniobras de los republicanos contra Gore podrían parecer un juego de niños al lado del lío que puede formar Trump dos décadas después, a menos que el escrutinio de las próximas horas le resulte holgadamente favorable. Sólo nos queda confiar, y no es nada fácil, en la fortaleza de las instituciones estadounidenses.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Nov 2020 06:24:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis Arroyo]]></author>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Trump llega al día decisivo sin el relato de 2016: Biden, buscando capitalizar el rechazo emocional al presidente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/comunicacion-politica/trump-llega-dia-decisivo-relato-biden-buscando-capitalizar-rechazo-emocional-presidente_1_1189542.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8e1d47bb-e8f7-4d8b-8513-6dfe1ff74e3c_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Trump llega al día decisivo sin el relato de 2016: Biden, buscando capitalizar el rechazo emocional al presidente"></p><p>Si analizamos la disputa electoral desde la disciplina de la comunicación política, llegaremos a la conclusión de que la victoria de Biden debería ser indiscutible. Hay tres ejes básicos que condicionan ese juicio: <strong>1/</strong> En primer lugar, el biotipo que representan este año los dos candidatos. <strong>2/ </strong>El peso argumental de los discursos de campaña de demócratas y republicanos. <strong>3/</strong> El factor emocional del voto anti-Trump. Como todo análisis cualitativo, <strong>la posibilidad de error siempre está abierta</strong>.</p><p><strong>La sorpresa de 2016 en la memoria</strong></p><p>Lo ocurrido la noche electoral de 2016 en Estados Unidos todavía colea. Donald Trump, pese a perder por 3 millones de votos, ganó sorprendentemente la presidencia favorecido por el sistema electoral. Hoy, las encuestas son aún más favorables para el candidato demócrata, Joe Biden, que lo eran para Hillary Clinton el día de la votación. A cambio,<strong> la incertidumbre es sin duda mayor hoy que hace cuatro años</strong>. Una aproximación cuantitativa indica un esquema similar al de la anterior campaña. Hay una significativa ventaja de los demócratas abierta a la posibilidad de que todo puede pasar.</p><p>Desde la perspectiva de la comunicación política también cabe realizar un análisis que permita ayudar a entender lo que vaya a ocurrir. <strong>Los estudios demoscópicos, absolutamente favorables a Biden</strong>, son consecuencia de los estados de ánimo del electorado. Esa predisposición emocional de los ciudadanos tiene que ver con elementos cualitativos que, en una parte decisiva del voto, se activan según la eficacia de las campañas de comunicación de los partidos. En este terreno de investigación, la situación en relación a 2016 plantea un escenario radicalmente diferente al actual.</p><p><strong>Un escenario diferente</strong></p><p>Estas elecciones poco o nada tienen que ver con las celebradas hace cuatro años, aunque es imposible analizarlas sin tener en cuenta aquel punto de partida. Tal y como señala Carlos Hernández, coordinador de Políticas Públicas de Maldita.es, “la gran diferencia es que <strong>llevamos cuatro años con Donald Trump y eso lo está condicionando todo</strong>. Son las elecciones más importantes que ha habido en la historia moderna de EE.UU. porque pueden traer cambios mucho más profundos de los que trajo la gran sorpresa de hace cuatro años”.</p><p>El fenómeno Trump, el auge del populismo, la extensión de la polarización y la transformación del mapa mediáticos serían suficientes elementos como para entender el profundo periodo de cambio que vive la política estadounidense. Aún faltaba una auténtica bomba para derruir el orden establecido: la llegada del covid-19. Para Daniel Ureña, director general de MAS Consulting, “la tradición marca que <strong>lo habitual es que un presidente renueve en la segunda elección</strong>, pero el contexto actual es muy diferente al estar en mitad de una pandemia. Es un terreno de juego completamente distinto. La pandemia ha roto la dinámica de la campaña, ha cambiado la forma de hacer las convenciones, ha influido en los temas de la campaña y ha generado una situación económica complicada”.</p><p><strong>Cambio de perfil en los candidatos</strong></p><p>La batalla Trump vs Biden tiene poco que ver con la que libraron Trump y Clinton, aunque parezcan similares. El actual presidente en 2016 era el presentador de un <em>reality</em> de gran popularidad, famoso por su presencia mediática y por ser un crítico lenguaraz y apasionado <em>outsider</em> contra la política tradicional. Clinton, por el contrario, era la viva imagen de la continuidad de esa política. Su pertenencia a ese <em>establishment</em> se veía acentuada por ser la mujer de Bill Clinton. Este factor dinástico marcaba su figura de forma primordial. <strong>Trump representaba la esperanza del cambio</strong>. Clinton, la pervivencia de un sistema a punto de desmoronarse.</p><p>Donald Trump es ahora presidente de los Estados Unidos de América, con cuatro años de bagaje a sus espaldas. Ya no es una incógnita. La gente sabe lo que ha hecho y, sobre todo, cómo lo ha hecho. <strong>Es el Comandante en Jefe de un país marcado por la polarización y la confrontación.</strong> Biden, por encima de todo, es la alternativa para acabar con el <em>trumpismo</em>. Su principal valor es que aporta la seguridad de sepultar cuatro años que muchos quieren enterrar. Biden simboliza la serenidad de un cambio sin riesgos, sin convulsiones, sin amenazas. Trump, representa la resistencia para seguir manteniendo su poder impuesto con su estilo bravucón, pendenciero e intimidatorio. Ahora, <strong>Biden simboliza la esperanza del cambio</strong>.</p><p>Daniel Ureña va aún más allá y considera que “el Partido Demócrata tiene un candidato bastante flojo, pero los millones de personas que <strong>van a votar a Joe Biden</strong> no lo hacen porque crean que es el candidato ideal y les encante sino porque <strong>es un voto contra Trump</strong>”. En esta misma línea, Carlos Hernández cree que “quien esté fervientemente en contra de Trump no se la va a jugar a votar a un tercer partido. Van a votar a Biden, aunque no sea su candidato soñado. El concepto del voto útil va a ser poderoso en estas elecciones”.</p><p><strong>El significado del voto en 2016</strong><strong>El significado del voto</strong><strong>en 2016</strong></p><p>Hace cuatro años, los 137 millones de votantes que fueron a las urnas dirimieron el interrogante esencial que marcó la campaña. <strong>Trump impuso su argumento principal</strong>. Se trataba de culpar a una clase política obsoleta y corrupta de haber monopolizado el poder en Washington y de haber dejado abandonados a los ciudadanos estadounidenses para proteger sus sucios intereses. El <em>Make America Great Again </em>significaba la <strong>posibilidad de recuperar el poder para el pueblo</strong> gracias a un gestor que iba a luchar por imponer el interés colectivo frente a los corruptos dirigentes que habían secuestrado el Gobierno y los medios de comunicación y que representaba Hillary Clinton.</p><p><strong>La campaña demócrata fue enormemente débil</strong>. No supo medir la avalancha que el discurso populista de Trump les lanzaba encima. El relato de Clinton era continuista respecto a la era Obama. Se cimentaba en defender la sensatez y el mantenimiento del orden establecido en tiempos de convulsión. Los demócratas se presentaban como la mejor opción para seguir frenando la desigualdad social y para contribuir en avanzar frente a retos desatendidos durante décadas: sanidad universal, igualdad de género, diversidad racial, identidad sexual, pobreza, etc.</p><p>Al final, algunos miles de votos decisivos desnivelaron la balanza. Entre<strong> seguir como estaban o apretar un atrayente botón rojo</strong> que implicaba hacer pedazos una realidad insatisfactoria, no hubo duda. Sectores sociales nostálgicos de aquella América fructífera y en desarrollo de épocas anteriores y que sufrían en ese momento la dureza de la amarga realidad de la crisis, la desindustrialización y la falta de esperanza apostaron por hacer estallar el sistema.</p><p><strong>La pregunta y la respuesta</strong></p><p>Los estrategas de los dos partidos en liza han tenido claro cuál debía ser su mensaje ante estas elecciones. Sabían que quien impusiera el interrogante a resolver mediante el voto sería el ganador. Hay campañas en las que se enfrentan dos respuestas opuestas a una cuestión trascendental. En otras ocasiones, <strong>más importante que la respuesta es la pregunta</strong>. Hay casos en los que la solución está implícita en el planteamiento del problema. Es un clásico en situaciones de crisis. Por ejemplo, en un periodo de desánimo y pesimismo generalizado es indiscutible que, si la gente vota con la crisis como eje central de su decisión, siempre ganará el cambio frente a la continuidad.</p><p>En consecuencia, se presentan coyunturas en las que las campañas de comunicación más que centrarse en aportar soluciones lo que luchan es por resaltar la gravedad de un problema. Para el ciudadano, <strong>una solución siempre puede generar desconfianza</strong>, pero la identificación del gran problema que asola su vida es más fácil de identificar y de compartir. Esta campaña es un ejemplo. Biden ganará si ha conseguido trasladar a los ciudadanos que el problema mayor que tiene ahora Estados Unidos se llama Donald Trump después de haber visto cómo ha manejado la pandemia.</p><p><strong>La pandemia, en el foco de Biden</strong></p><p>Para los demócratas, el gran problema de América tiene nombre propio: Donald Trump. Biden ha presentado la campaña como<strong> un referéndum sobre la figura del actual presidente</strong>. Más que pedir el voto para él, Biden promueve votar <em>no</em> a Trump. La categoría a derribar es la forma de gobernar de un presidente carente de ideas y de planes para solventar las dificultades que asolan al país. La mayor de ellas, el mejor ejemplo a juzgar, la crisis derivada del coronavirus. Cómo ha hecho frente Trump al covid-19 es la mejor prueba para los demócratas de su incapacidad absoluta. Este ha sido el campo de batalla al que los demócratas han dirigido sus ejércitos.</p><p>Carlos Hernández recuerda un hecho significativo que ocurrió en el debate final que tuvo lugar en Nashville: “Hay una frase en el segundo debate que resulta clave. Biden dice: ‘Si van a recordar algo de lo que digo esta noche,<strong> recuerden que han muerto más de 200.000 personas</strong> y un presidente que permite eso no puede seguir siendo presidente.’ En esa frase encapsula todo su mensaje”.</p><p><strong>Trump, entre la defensa y el ataque</strong></p><p>Los republicanos han intentado abrir algún frente donde pudieran dañar a Biden. Sabedores de que el coronavirus es su punto débil, han intentado huir de ese debate. Trump ha defendido que era un asunto ya pasado y que la vacuna va a estar disponible en un par de semanas y que será distribuida gratuitamente por el ejército. La tradicional <em>October Surprise,</em> que suele condicionar tradicionalmente cada campaña, ha sido este año que Trump contrajera una enfermedad que consideraba prácticamente un invento de la prensa. Saben que <strong>si la gente va a votar sobre la gestión frente al covid, la era Trump ha muerto</strong>. Por eso, han intentado recuperar el mensaje de 2016 fijando la imagen de Biden como la del vicepresidente de Obama. Su pertenencia a esa clase corrupta que dominó el poder hasta la llegada de Trump. Se han intentado fijar en los supuestos negocios sucios de la familia Biden y en particular de su hijo Hunter.</p><p>El relato de campaña de Trump ha sonado más a débil reivindicación que a una argumentación contundente. Daniel Ureña señala que “el relato de campaña de Trump se ha centrado en que el Partido Republicano viene con una serie promesas que están cumpliendo, que están dando la batalla cultural en temas sociales como la defensa de la vida y que los datos económicos eran buenos hasta que empezó la pandemia”. Carlos Hernández considera que “si Trump hubiese hecho caso a sus asesores, <strong>debería haber estado hablando permanentemente de economía:</strong> ‘Ahora las cosas están mal, pero yo logré una buena situación económica y estoy capacitado para volverla a repetir’”.</p><p>El otro aspecto que se ha mantenido subyacente durante toda la campaña es <strong>la cuestión de la raza</strong>. Nadie se atreve realmente a definir a quién beneficia y a quién perjudica todo lo sucedido a raíz de la muerte de George Floyd y tras los numerosos incidentes que se sucedieron. Ureña recuerda que “falta por medir si el mensaje de Trump de ley y orden frente a toda la violencia y todos los disturbios que se generaron tras el movimiento <em>Black Lives Matter</em> va a beneficiar a los demócratas o va a movilizar a la base republicana”.</p><p><strong>El factor emocional cambia de bando</strong></p><p>La gran diferencia respecto a 2016 que convierte a Joe Biden en el principal favorito es que <strong>el factor emocional hoy está del lado de los demócratas</strong>. En los procesos electorales, los expertos saben que los votos decisivos de los indecisos acaban por determinarse más por factores emocionales que racionales. Hace cuatro años, el elemento pasional que dominó la votación fue el de hacer estallar un sistema al que se consideraba culpable no sólo de no haber hecho frente a la crisis vivida en la última década. También se le criminalizaba por haber sido responsable de contribuir a esa crisis por defender bastardos intereses privados. Los demócratas carecían de un impulso emocional. Sólo prometían serenidad y racionalidad.</p><p>En la votación de este martes, la escena es radicalmente opuesta. Los republicanos han intentado mantener viva la misma llama de hace cuatro años. Han buscado revivir el impulso contra el poder político-mediático que dominó Washington durante las últimas décadas. Han defendido la idea de que la tarea iniciada aún no está terminada y que son necesarios cuatro años más para hacerla efectiva. Parece que <strong>el argumento tiene hoy menos fuerza que en 2016</strong>. Mientras tanto, los demócratas tienen un trampolín emocional muy poderoso: acabar con Trump. En esta ocasión, no necesitan nada más. Hay millones de norteamericanos para los que su figura es una pesadilla de la que pueden despertar gracias a su voto. La fuerza de ese impulso emocional es lo que va a determinar el resultado de estas trascendentales elecciones.</p><p><strong>Nada será igual después de las elecciones</strong></p><p>La irrupción de Trump en la historia política de Estados Unidos dejará huella tanto si gana la reelección como si cae derrotado. El impacto de lo que suceda no afectará únicamente a los norteamericanos. Tal y como explica Daniel Ureña, “ahora el mundo está en una encrucijada. Trump ha cuestionado muchos consensos y muchos dogmas que estaban asumidos y que la corrección política había impuesto a nivel internacional. <strong>Si Trump gana la agenda conservadora va a salir muy reforzada a nivel internacional</strong>”. Muchos líderes y partidos populistas ultranacionalistas van a sentir reforzados sus postulados y considerarán una victoria de Trump como el impulso que necesitaban para llevar adelante su proyecto global.</p><p>La derrota de Trump no es, desde luego, simplemente un revés personal. Implicaría la demostración de que la democracia ha sido capaz de acabar con alguien que ha intentado dominarla y retorcerla hasta donde nunca nadie se había atrevido a llegar. Por este motivo, Carlos Hernández asume que “si gana Trump supone una legitimación de lo que ha venido haciendo, como querer quedarse más de ocho años como presidente aunque la Constitución lo prohíba. Si gana Biden supondrá que hay una mayoría de americanos que quiere a <strong>un presidente que sea una figura que trate de unir a los estadounidenses</strong> y apelar a sus mejores ideales”.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 03 Nov 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Miguel Contreras, Eva Baroja]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Trump llega al día decisivo sin el relato de 2016: Biden, buscando capitalizar el rechazo emocional al presidente]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Estados Unidos,Donald Trump,Joe Biden]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[Una de las noches más importantes de nuestras vidas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/telepolitica/noches-importantes-vidas_1_1189425.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e13dfb66-b1f3-4bd9-a7e5-90947bd9aeb2_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una de las noches más importantes de nuestras vidas"></p><p>La madrugada del martes al miércoles viviremos uno de los días más importantes de nuestras vidas. Quizá no somos conscientes de hasta qué punto. Las elecciones en Estados Unidos son unas de las más trascendentes de su historia y también del resto del mundo. Si tradicionalmente todo lo que ha ocurrido en la que ha sido la primera potencia mundial durante las últimas décadas <strong>ha tenido gran relevancia fuera de sus fronteras</strong>, este año puede implicar aún mayor influencia. Sea cual sea el resultado, el mundo será diferente a partir del 4 de noviembre. Nada volverá a ser igual. Si Trump vence, significará el reforzamiento imparable de su apuesta. Si pierde, la democracia occidental tendrá la oportunidad de recuperar la dignidad y la esperanza.</p><p><strong>El deterioro en la convivencia</strong></p><p>La sorprendente victoria de Trump en 2016 ha sido mucho más significativa de lo que se pudo sospechar en un primer momento. Fuimos muchos los que pensábamos que todo el espectáculo que supuso su campaña electoral y su llegada a la presidencia quedarían amortiguados una vez que ocupara la Casa Blanca. <strong>Se creía</strong>, con un evidente acto de benevolencia o de estupidez, <strong>que el sistema aplacaría su estilo</strong> fanfarrón, amenazador y polémico. Ocurrió todo lo contrario. El <em>establishment</em> norteamericano no sólo no controló en ningún momento a Trump. Finalmente, ha sido el presidente el que ha <em>trumpetizado</em> al Partido Republicano, a buena parte de las instituciones oficiales y a medio país.</p><p>Cuatro años después de su llegada al poder, <strong>el efecto de su acción en la convivencia ha sido demoledor</strong>. Estados Unidos es hoy un país mucho más dividido. La rivalidad política se ha transformado en odio de forma generalizada. El racismo ha reabierto heridas que estaban empezando a cerrarse tras décadas de dramático sufrimiento. La desigualdad ha crecido. Los derechos civiles han conocido un histórico retroceso después de trascendentes avances históricos ganados con enorme esfuerzo y lucha. La información ha dejado de ser un derecho para convertirse en un arma de destrucción política. Desde el poder se persigue la verdad, se impulsa la manipulación y se promueve el rencor. Se ha extendido el miedo. Se ha protegido la violencia.</p><p><strong>Destruir la democracia desde dentro</strong></p><p>Donald Trump ha supuesto la mayor amenaza para la democracia que hayan podido conocer los países más avanzados del mundo occidental desde la II Guerra Mundial. Sus aliados han sido el ultranacionalismo y el populismo. Curiosamente, <strong>España aparece</strong> siempre en los estudios internacionales como <strong>uno de los países del mundo más críticos</strong> con la figura de Donald Trump. Los republicanos han contado históricamente con el respaldo de la derecha española. En el momento actual, Vox es el único grupo político que muestra públicamente su respaldo a la actual Casa Blanca. Ni siquiera el PP lo hace.</p><p>Lo peor del <em>trumpismo</em> es la aplicación del principio de cómo intentar <strong>acabar con el sistema democrático</strong> aprovechando las ventajas que el propio modelo ofrece a quienes quieren disentir. Las democracias occidentales aprendieron a luchar frente a los regímenes dictatoriales. Sin embargo, no previeron la posibilidad de que sus enemigos se infiltraran en el propio sistema para destruirlo desde dentro una vez que han conseguido alcanzar el poder. Esa es la gran lección aprendida de la implantación de los gobiernos populistas que en estos últimos años amenazan la subsistencia de estados que se consideraban inmunes a toda contaminación totalitaria. Durante décadas, la amenaza siempre era exterior. Estaba identificada y vigilada. Ahora, el mayor peligro para nuestra convivencia habita entre nosotros.</p><p><strong>Democracia vs Trump</strong></p><p>La madrugada del martes al miércoles se va a librar en Estados Unidos una batalla histórica. No se trata de dirimir simplemente la victoria de uno de los dos candidatos que se disputan la presidencia del país. Hace cuatro años, nadie sabía qué podía significar la llegada de Donald Trump al poder. Ganó las elecciones al presentarse como la alternativa a un sistema obsoleto, corrupto y elitista al que acusaba de dominar el gobierno. Millones de norteamericanos optaron entre la continuidad de un <em>establishment</em> en crisis que había sido incapaz de evitar las crisis que habían azotado el país o la posibilidad de apostar por un cambio radical del modelo. Se trataba de ver <strong>qué ocurría si se sustituía la política por la antipolítica</strong>.</p><p>En estas elecciones, cerca de 140 millones de estadounidenses acuden en realidad a un referéndum. Ahora ya conocen quién es Donald Trump, cuál es su forma de gobernar y qué efectos ha producido su ejercicio del poder. El resultado va a determinar la eficacia de su acción destructiva de la convivencia, del fomento de la confrontación y de la extensión de la desinformación. El miércoles por la mañana deberíamos <strong>saber si Trump ha sido capaz de doblegar la democracia</strong> o si la democracia consigue derrotar a una de las mayores amenazas con las que ha debido enfrentarse.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Oct 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Miguel Contreras]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Una de las noches más importantes de nuestras vidas]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[Amy Coney Barrett, la jueza conservadora que le va a cambiar la cara a EEUU]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/mediapart/amy-coney-barrett-jueza-conservadora-le-cambiar-cara-eeuu_1_1189420.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0f79b81e-13de-4bb4-8467-413d1351f797_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Amy Coney Barrett, la jueza conservadora que le va a cambiar la cara a EEUU"></p><p>El viejo sueño de la derecha americana por fin se hace realidad. Tras ser confirmada este lunes 26 de octubre de 2020 por una estrecha mayoría de senadores republicanos (52 votos contra 48), <strong>la jueza ultraconservadora Barrett</strong>, designada por el presidente<strong> Donald Trump</strong>, provoca definitivamente el vuelco de la Corte Suprema. Seis de los nueve jueces del más alto tribunal de Estados Unidos, un cargo vitalicio, son ahora conservadores.</p><p>A pesar de las protestas de los demócratas, Amy Coney Barrett, de 48 años, ya puede tomar posesión del cargo y ejercerlo hasta el año 2059, si vive tanto como su predecesora, la feminista Ruth Bader Ginsburg, fallecida a los 87 años, el pasado 18 de septiembre.</p><p>Una perspectiva inesperada para el presidente Donald Trump, candidato a la reelección el 3 de noviembre y crítico con unos comicios que quiere impugnar ya, con ayuda de la Corte Suprema y, confía, también con la de la jueza Barrett, su protegida.</p><p>“Cuento con ellos [los jueces del Tribunal Supremo] para examinar las papeletas”, explicó sin ambages el pasado 29 de septiembre en el transcurso del primer debate con su rival demócrata, Joe Biden. Trump, a quien <strong>no le sonríen los sondeos de opinión</strong>, ni tan siquiera en el sur tradicionalmente conservador, no ha dejado de desacreditar unas elecciones empañadas, dice sin pruebas, por <strong>el “fraude” relacionado con el voto por correo</strong>. Más allá de la situación personal del presidente, Amy Coney Barrett, la tercera jueza nombrada (en tiempo récord) por Donald Trump, se dispone a cambiar en la práctica la cara de América de arriba abajo.</p><p>La Corte Suprema, última instancia a la hora de dirimir sobre decisiones tomadas en el ámbito local por los estados, puede tener que dictaminar (más allá de las elecciones) también sobre cuestiones sociales tan críticas como la protección del medio ambiente, el mercado laboral, la inmigración, los derechos LGTB o los derechos de la mujer.</p><p>Sin embargo, la confirmación de la jueza Barrett en el cargo llega en un momento en que más de 50 millones de estadounidenses ya han votado. Los propios republicanos, que son mayoría en el Senado, rechazaron hace cuatro años sustituir por este mismo motivo a la jueza Scalia (conservadora), cuyo fallecimiento nueve meses antes de las presidenciales de 2016 consideraban entonces demasiado próxima a las elecciones. Una “hipocresía increíble”, lamentan los demócratas.</p><p>Por su parte, sólo ocho días antes de las elecciones, Amy Coney Barrett trata de transmitir calma. Ella no es el “peón” de nadie, y más concretamente de Donald Trump, un presidente con el que no ha hecho ningún “trato”, según repitió durante sus audiencias ante el Comité Judicial del Senado. Fiel a su filosofía, heredada de su mentor, el juez Scalia, Barrett simplemente pretende, según dijo, <strong>aplicar los textos al pie de la letra</strong>, tal como fueron ratificados originalmente. No se trata, dice, de seguir una “agenda” política. En este caso, la agenda de Donald Trump.</p><p>Prueba de su independencia: su negativa a considerar su opinión personal sobre los casos que pronto tendrá que examinar en la Corte Suprema, como el resultado de las elecciones presidenciales. Para evitar cualquier conflicto de intereses, podría incluso recusarse en caso de litigio, afirmó, sin comprometerse a ello.</p><p>Hace unos días, la Corte Suprema concedía al electorado de Pensilvania, un estado clave, tiempo adicional para emitir el voto por correo. Un sistema de votación tradicionalmente favorable para los demócratas. ¿Se habría concedido dicha prórroga si la jueza Barrett hubiera tenido que pronunciarse? <strong>¿Qué pasará si la Corte Suprema debe decidir entre Donald Trump y Joe Biden tras los comicios del 3 de noviembre? </strong>Sucedió en el año 2000, tal y como recordaba el historiador romano Romain Huret a principios de octubre en <a href="http://mediapart.fr" target="_blank">Mediapart</a> (socio editorial de infoLibre). Hace 20 años, Al Gore, ganador del voto popular, perdió las elecciones tras la negativa de la Corte Suprema de volver a contar los votos de Florida.</p><p>Así las cosas, los silencios de Amy Coney Barrett han dejado muchas preguntas sin respuesta, no sólo sobre el resultado de las elecciones, sino también sobre sus <strong>posturas sobre el aborto o el Obamacare</strong><em>Obamacare</em>, una red de protección vital en tiempos de pandemia. “<em>Severability </em>[disociabilidad]”, quiso tranquilizar Amy Coney Barrett a los senadores, dejando entrever una voluntad de preservar el equilibrio general de la Affordable Care Act (ACA), la ley sobre los cuidados asequibles de Obama que Trump quiere ver desaparecer.</p><p>Promulgada en 2010 y revisada por la Corte Suprema a partir del próximo 10 de noviembre, la ACA ha permitido en particular a los estadounidenses más modestos acceder a una ayuda financiera, en forma de créditos fiscales, con el fin de <strong>limitar el coste financiero de su seguro</strong>. Entre 2010 y 2016, 20 millones de ellos han podido así conseguir un seguro, algunos por primera vez, a pesar de las patologías preexistentes.</p><p>¿La ley y nada más que la ley, de forma completamente imparcial, como asegura la muy católica jueza Barrett? Más que dudoso, a la vista de las sentencias dictadas en el pasado por la magistrada.</p><p><strong>El aborto, una decisión “bárbara”</strong></p><p>Aunque ha defendido en el Senado su reticencia a pronunciarse sobre decisiones anteriores de la Corte Suprema, incluido el <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Caso_Roe_contra_Wade" target="_blank">caso Roe contra Wade</a>, que legalizó el aborto en 1973, su postura del <em>stare decisis</em>, la regla de precedente judicial, es incompatible con sus tomas de posiciones anteriores. En efecto, en 2016, ¿no defendió la decisión del gobernador de su estado, Indiana, un tal Mike Pence, actual vicepresidente de Donald Trump, cuando éste exigió que se organizara <strong>un funeral por los restos del feto después de un aborto</strong>? ¿La jueza Barrett no se comprometió públicamente diez años antes, en 2006, cuando firmó un texto a favor de la revocación de la sentencia Roe contra Wade, una decisión “bárbara”?</p><p>Si la Corte Suprema validase restricciones locales en el futuro, <strong>el aborto podría pasar a ser ilegal en 22 estados del otro lado del Atlántico</strong> sin que ni siquiera el caso Roe contra Wade fuese anulado. <strong>En otros asuntos sociales, como políticas migratorias, el panorama no es mucho mejor</strong>.</p><p>Entre los casos anteriores juzgados por Barrett, la revista progresista <em>Current Affairs</em> aborda en detalle la historia de un norteamericano casado con una extranjera. Cuando quiso llevar a su esposa y dos hijos a Estados Unidos, a la familia, yemenita, les negaron los visados. Amy Coney Barrett, que se hizo cargo de la causa en 2019, ratificó esta denegación, que sin embargo constituye una <strong>violación de los “derechos fundamentales” de cualquier ciudadano</strong>, escribe <em>Current Affairs</em>.</p><p>Un precedente que deja pocas esperanzas sobre la siguiente decisión de la Corte Suprema, que deberá pronunciarse sobre el mantenimiento de una de las medidas más emblemáticas y criticadas de la Administración Trump: la obligación de que los solicitantes de asilo que se presenten en la frontera mexicana esperen, en México, a que se estudie su solicitud.</p><p>Por último, el nombramiento de un nuevo juez conservador en la Corte Suprema no ha escapado a los empresarios. A decir al menos de los millones de dólares gastados por Charles Koch, magnate del petróleo, para promover el nombramiento de Amy Coney Barrett. Su objetivo es limitar –gracias a una mayoría conservadora– la intervención del Estado en cualquier cosa que implique nuevos impuestos, nuevas protecciones para los trabajadores u otras regulaciones de tipo medioambiental. A este respecto, la jueza Barrett, hija de un abogado que trabajó para una compañía petrolera, ya ha advertido: "No es científica”.</p><p><strong>Una “sierva” del Señor</strong></p><p>Por otra parte, de sí misma dice que es una <strong>madre abnegada, especialista en “fiestas de cumpleaños” para sus siete hijos</strong>.También se define como una esposa satisfecha, casada con un hombre generoso, al que conoció en la oscura comunidad católica de la pareja, los <em>People of Praise</em>, una estructura patriarcal de 1.650 miembros donde las mujeres eran hasta hace poco consideradas “sirvientas”. En referencia a María, “la sierva del Señor”. La jueza Barrett no oculta su fe.</p><p>A sus estudiantes de la Universidad de Notre Dame, una respetada institución católica de Indiana, donde estudió antes de enseñar derecho durante 15 años, les aconsejó en 2006 <strong>“mantener como meta... servir a Dios”</strong>. “El dogma vive tajantemente en ti”, se lamentó la senadora demócrata de California Dianne Feinstein ya en 2017, cuando Barrett fue confirmado en el Tribunal de Apelaciones de Chicago. Una crítica que le dio a la jueza un aura de estrella de rock de derechas.</p><p>Si hubiera una sola victoria del presidente Donald Trump, al margen de su reelección, sería precisamente ésta; <strong>los jueces y el control del poder judicial de los conservadores</strong>. En sus cuatro años de mandato, el presidente Trump ya ha nombrado a 200 jueces en niveles inferiores, a nivel federal. Otras tantas togas negras listas para decidir, como Amy Coney Barrett, sobre el futuro de millones de estadounidenses.</p><p><strong>Traducción: Mariola Moreno</strong></p><p><em>Leer el texto en francés:</em></p><p><span id="doc_72474"></span></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Oct 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Patricia Neves (Mediapart)]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Amy Coney Barrett, la jueza conservadora que le va a cambiar la cara a EEUU]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Justicia,Partido Demócrata EE UU,Partido Republicano EE UU,Elecciones presidenciales,Donald Trump]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Arizona olvida su pasado republicano y se convierte en estado clave para Biden]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/mediapart/arizona-olvida-pasado-republicano-convierte-clave-biden_1_1189378.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/99abb099-99f1-4583-b6ba-02d485d3220c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Arizona olvida su pasado republicano y se convierte en estado clave para Biden"></p><p>Cielo azul y ni una nube; el termómetro marca 31°C. Estamos a 21 de octubre y es el día perfecto para ir a votar a Mesa. El voto anticipado (<em>early voting</em>) acaba de comenzar en esta ciudad a <strong>las afueras de Phoenix</strong>, allí donde los cruces que conectan las interminables calles sin peatones está salpicado de docenas de carteles de campaña.</p><p>Aquí, como en otras partes del país, <strong>la gente no sólo vota para las elecciones presidenciales</strong>. También se elige un nuevo senador, diputados de la Cámara de Representantes, parlamentarios del Congreso de Arizona y muchos otros oscuros cargos locales.</p><p>En el colegio electoral de Dobson Palm Plaza, situado entre una pequeña escuela infantil y una sala de recepción en una gran plaza comercial, los votantes van y vienen desde muy temprano. Entre ellos, Jenny Langone, de 43 años, acaba de cumplir con su deber cívico. “<strong>Voto por la persona que representa mis intereses, no por el partido</strong>”, puntualiza esta comercial.</p><p>Al igual que un tercio de los votantes de Arizona, figura como “independiente” en la lista de votantes. En otras palabras, no está afiliada a ningún partido político. En 2016, votó a Trump. Esta mañana lo hará por Biden. “Me gustaron las promesas de Donald Trump de bajar los impuestos. Pero <strong>considero catastrófica su gestión de la crisis del covid-19</strong>. Tengo un niño pequeño que no quiero enviar a la escuela debido al virus y mi madre es población de riesgo”.</p><p>No es la única que ha cambiado de bando en Arizona, un estado del oeste de Estados Unidos que se enorgullece de su independencia de espíritu –no es casualidad que John McCain, autoproclamado "inconformista, lo representase durante décadas en el Congreso. Este año, Arizona es uno de los <em>“swing states</em>” (estado bisagra), que determinará el ganador de las elecciones.</p><p>Joe Biden encabeza las encuestas, al igual que el astronauta candidato al Senado Mark Kelly, esposo de la exdiputada Gabby Giffords, que sufrió un atentado en 2011. <strong>Los demócratas no han ganado las elecciones presidenciales de Arizona desde Bill Clinton en 1996</strong>.</p><p>“El cambio es monumental. Hace apenas seis años era un estado muy republicano, pero ahora estamos igualados", se alegra Steven Slugocki, presidente del Partido Demócrata de Maricopa County. Este condado, que alberga Phoenix, estará en el punto de mira en la noche del 3 de noviembre porque concentra el 64% de los votantes de Arizona. “Es fruto del trabajo llevado a cabo desde la elecciones. Hemos hecho campañas de registro de votantes en el censo, organizado formaciones y campaña, entrado en contacto con los nuevos habitantes. Estamos bajo presión, pero estaremos listos", jura.</p><p>Hace cuatro años no estaba tan seguro. En la noche del 8 de noviembre, Donald Trump se imponía a Hillary Clinton y <strong>sumió al país en la incertidumbre</strong>. Arizona tuvo algo que ver, eligió a Trump por 91.000 votos de diferencia frente a Hillary Clinton. Al mismo tiempo, los votantes del condado de Maricopa rechazaron en las urnas la nueva candidatura del <em>sheriff</em> Joe Arpaio, un héroe de la extrema derecha conocido por sus medidas contra los migrantes.</p><p>Elegido año tras año, el "sheriff más duro de América", como le gustaba describirse a sí mismo, había respaldado la proposición de ley <em>SB 1070</em>, que exigía a los agentes de policía, en caso de sospecha, que comprobaran el estatuto migratorio de cualquier persona detenida por cualquier delito.</p><p>El proyecto de ley de 2010,  denunciado por las asociaciones de defensa de los migrantes indocumentados y por Barack Obama, provocó una ola de manifestaciones en Arizona y en el resto del país. Nadie podría haber imaginado que sería un precursor de las duras medidas contra la inmigración del Gobierno de Trump.</p><p>La derrota del "Sheriff Joe" en 2016 (luego en 2018 cuando intentó presentarse al Senado y en 2020 cuando se presentó de nuevo a su antiguo cargo) se ha interpretado como la consecuencia del despertar de los nuevos demócratas de Arizona. En efecto, la afluencia de población llegada de fuera del estado, en particular de la muy liberal California, está <strong>transformando su electorado</strong>.</p><p>No es sólo el buen tiempo lo que atrae: los incentivos fiscales estatales y municipales son un imán para muchas empresas, especialmente del sector tecnológico, y las universidades locales captan la atención de estudiantes y jóvenes trabajadores de todo el país; los jubilados del Midwest, en busca de un clima más cálido, se están uniendo a la manada. Entre 2016 y 2019, Maricopa County fue el condado de EE.UU. con el mayor crecimiento de la población. Entre julio de 2017 y junio de 2018, se instalaron él más de 200 personas al día.</p><p>Lentamente pero con seguridad, los demócratas mejoraron su resultados en las urnas. Incluso antes de la <em>ola azul</em> de 2018, que les permitió recuperar la Cámara de Representantes, varios candidatos del partido de izquierdas se habían abierto camino en los consejos municipales y en la legislatura estatal al hacerse con escaños ocupados por republicanos.</p><p>En 2020, Tempe, un municipio de las afueras de Phoenix, eligió a su primer alcalde afroamericano. Incluso el alcalde adjunto de Joe Arpaio, que se presenta como candidato a <em>sheriff</em> del condado de Maricopa contra el titular demócrata, se ha distanciado de su antiguo jefe, señal de que la política extrema del pasado ya no funciona.</p><p>Al norte de Phoenix, el <em>distrito Legislativo 23</em> es un ejemplo de esta transformación. Este distrito, que siempre ha votado “republicano”, también está experimentando un fuerte aumento de la población, centrado en su ciudad principal, Scottsdale, conocida por sus campos de golf.</p><p>“Hasta ahora, los demócratas se presentaban en este distrito pero no tenían oportunidad de ganar. Este año hay una puerta abierta... Desde noviembre de 2016, el número de demócratas en la circunscripción ha aumentado un 26%, frente al 9% republicano. Hay republicanos que están dejando el partido para unirse a nosotros", apunta Seth Blattman, aspirante a senador por Arizona.</p><p>Blattman, de 37 años, es la primera vez que se presenta. Propietario de un pequeño negocio, creció en Scottsdale y es uno de los jóvenes progresistas que salieron de la nada tras la elección de Donald Trump. Antes de 2016, se consideraba “independiente”, no demócrata. A pocos días de las elecciones, cree en sus posibilidades. Un demócrata que se presentó en 2018 en la misma circunscripción perdió por tres puntos. Un resultado impensable hace unos años.</p><p>Por su parte, Seth Blattman recaudó en el tercer trimestre casi tanto dinero como su rival, aunque ella estaba mucho mejor situada. “Lo que sucede en otras áreas suburbanas del país se aplica aquí también. En esta circunscripción más bien conservadora, con altos niveles de ingresos y educación, los republicanos tradicionales, que creen en el libre comercio y en un papel limitado del gobierno, no se identifican con el extremismo partidista que ven en la televisión”, explica.</p><p><strong>¿La Arizona demócrata? “¡Marketing!”</strong><em>Marketing</em></p><p>Scottsdale no es la única comunidad en las afueras de Phoenix que suscita el apetito de la izquierda. El grupo Swing Left, fundado después de las elecciones de 2016 para apoyar a los demócratas que buscan recuperar circunscripciones republicanas, acompaña a un pequeño ejército de candidatos que compiten por escaños en el condado de Maricopa o en el Parlamento de Arizona. <strong>“La aplastante mayoría de estos candidatos son nuevos en política y muchos son profesores”</strong>, puntualiza Deborah Howard, copresidenta de Swing Left Arizona.</p><p>Nada sorprendente. El estado, que oculpa los últimos puestos en cuanto a inversión en escuelas públicas, ha sido escenario de protestas del movimiento <em>Red for Ed</em>, que recorrió varios estados republicanos en 2018 pidiendo más fondos para los maestros. Swing Left se centra en particular en las llamadas elecciones <em>down ballot</em>, es decir, en los escaños del congreso local o estatal.</p><p>Aunque menos visibles que las elecciones presidenciales, son sin embargo esenciales; los legisladores estatales participan en la delimitación de las circunscripciones. “Queremos asegurarnos de que producimos la próxima generación de líderes políticos. Eso comienza en el ámbito local”, añade Chuck Albrecht, el otro presidente de Swing Left Arizona. <strong>“La población de Arizona cada vez es más diversa</strong>. Estos nuevos votantes quieren un cambio”.</p><p>En Mesa, una gran ciudad en los suburbios del este de Phoenix situada a lo largo de la <em>101 Loop</em>, el corredor que atraviesa los suburbios, Donald Trump se puso en contra a algunos de sus votantes. Es el caso de Charles Eastwood, un cerrajero que votó al presidente en 2016 porque no quería que Hillary Clinton “pudiera elegir a los jueces que se sientan en el Tribunal Supremo”, una prerrogativa del inquilino de la Casa Blanca.</p><p>En cuatro años, <em>Charley</em> ha vivido una decepción tras otra. Llegó a un punto de no retorno en junio, cuando el Gobierno dispersó manu militari un grupo de manifestantes pacíficos de<em> Black Lives Matter </em>para que Donald Trump pudiera posar, Biblia en mano, frente a una iglesia para la foto. “<strong>Está sembrando el caos en el país</strong>. Y ahora le resta importancia al coronavirus. Es incapaz de decir la verdad. No puede ser el presidente de mi país”, observa.</p><p>Christie Black ha llegado a la misma conclusión. En 2016, no votó ni a Hillary Clinton ni a Donald Trump, sino a otro candidato sin ninguna posibilidad de ganar. Este año, votará a los demócratas “por primera vez en unas elecciones presidenciales”. <strong>Su voto es indicativo de una tendencia que debería asustar a los republicanos</strong>.</p><p>Involucrada en varios grupos de apoyo a los refugiados, que se habían establecido en Arizona en gran número antes de que Donald Trump suspendiera su entrada, Christie es miembro de la gran e influyente comunidad mormona de Mesa, ciudad fundada por miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días a finales del siglo XIX.</p><p>En 2016, los mormones dieron su apoyo a Donald Trump (a niveles más bajos que otros grupos cristianos), pero cuatro años después, algunos están indignados por sus mentiras y políticas inhumanas, muy alejadas de los valores de tolerancia y respeto por los demás que defiende su fe. Prefieren votar a Joe Biden, a pesar de que apoyo el aborto.</p><p>“Tuve muchas reacciones negativas, pero también permití que se manifestaran otras voces en el seno de la iglesia”, observa Christie Black. “No me opongo a la idea de volver al Partido Republicano, siempre y cuando el candidato tenga integridad. Pero el partido tendrá que hacer un gran examen de conciencia para reconocer el daño causado por sus acciones y palabras en lo que respecta a la raza y la justicia social. No creo que eso suceda”.</p><p>En Arizona, parece algo muy lejano. Junto a los republicanos moderados, como John McCain y su esposa Cindy, que apoyaron públicamente a Joe Biden, sigue existiendo un movimiento más radical encarnado por el actual líder del partido estatal, Kelly Ward. Ward ha sido acusado de estar demasiado cerca de las figuras conspiracionistas y ha apoyado las movilizaciones anticonfinamiento en el país, invitando en Twitter a los manifestantes para que se disfrazaran de sanitarios.</p><p>Entorno al partido también gravita una <strong>multitud de grupos de extrema derecha o “patrióticos”</strong>, como la Great State Alliance (GSA), que en abril organizó grandes manifestaciones contra las restricciones promovidas por el gobernador (republicano) de Arizona contra el covid.</p><p>Según el medio de comunicación local AZ Central, <strong>Arizona es también caldo de cultivo para las teorías de conspiración más locas</strong>, como QAnon, que afirma que Donald Trump fue elegido para luchar contra un círculo satánico de pedófilos demócratas y miembros del estado profundo.</p><p>Los medios de comunicación también señalan que el escándalo de Wayfair, una cadena de muebles acusada sin fundamento de tráfico de niños, se hizo viral después de ser promovido en Instagram por una pareja que vive en los suburbios de Phoenix.</p><p>A Antonio Valdovinos, fundador de The Machine, una empresa de consultoría política que ayuda a los candidatos demócratas a dirigirse al electorado hispano de Arizona, le preocupa la falta de inversión de las instancias del partido para movilizar a los latinos de Arizonas (el 23% de los electores).</p><p>Con el Covid-19, <strong>las operaciones puerta a puerta se han suspendido en gran medida</strong>, dejando vía libre a los republicanos. Desde mediados de agosto, los republicanos registraron a 30.000 personas más que los demócratas en las listas electorales. Otros “estados centrales”, como Florida y Pensilvania, han estado experimentando el mismo fenómeno desde el comienzo de la crisis sanitaria.</p><p>“Se dice que Arizona es un estado indeciso, pero no lo parece. En este punto de la campaña, deberíamos estar en el proceso de reunir cientos de voluntarios para ir puerta a puerta. En vez de eso, estamos poniendo carteles en el césped y haciendo llamadas telefónicas a los votantes”, lamenta.</p><p>Sabe que esto no es suficiente, a pesar de que el electorado hispano de Arizona, en gran parte mexicano, se reveló contra la política de separación familiar fronteriza del Gobierno de Trump en 2017.</p><p>“Aunque la gente se registre para votar, <strong>muchos no votarán porque es demasiado complicado</strong>. No sólo se vota al presidente, que todo el mundo conoce. La papeleta de voto también está llena de otros nombres –candidatos a jueces, concejales, parlamentarios– que no conocen. No relacionan estos cargos y la forma en que pueden mejorar sus vidas”, dice Valdovinos.</p><p>También cuenta que ha hablado con votantes que “olvidan las papeletas en su mesa o que las tiran a la basura”. Además, hay quienes no cumplen con el plazo para votar por correo o registrarse para votar.</p><p>“<strong>Nuestro mayor problema es la apatía y la falta de educación electoral de los votantes</strong> menos comprometidos”, concluye Valdovinos. “Las instancias nacionales del partido dicen que Arizona puede convertirse en un demócrata, pero eso es <em>marketing</em>. Mucha gente no vota. Sería feliz si Arizona, aunque no se convirtiese en demócrata, se hiciese un poco menos republicano”.</p><p><strong>Traducción: Mariola Moreno</strong></p><p><em>Leer el texto en francés:</em></p><p><span id="doc_79617"></span></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 29 Oct 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alexis Buisson (Mediapart)]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Arizona olvida su pasado republicano y se convierte en estado clave para Biden]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Estados Unidos,Partido Demócrata EE UU,Partido Republicano EE UU,Donald Trump,Joe Biden]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Biden contra Trump en once gráficos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/internacional/biden-trump-once-graficos_1_1189367.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/59a4099a-0509-4391-ad9a-736c03a8394d_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Biden contra Trump en once gráficos"></p><p>El próximo 3 de noviembre los estadounidenses estarán llamados a las urnas para elegir a los compromisarios (electores) que deberán elegir al presidente y vicepresidente de Estados Unidos. Además, se elegirán 34 senadores y la renovará la Cámara de Representantes.</p><p><strong>¿Qué dicen las encuestas?</strong></p><p>Según la <strong>estimación media</strong> realizada por RealClearPolitics a partir de encuestas electorales en todo el país, Joe Biden se encuentra por encima de Donald Trump como candidato preferido. Esta es la volución de la preferencia de cada candidato a las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos.</p><p><span id="ep-chart-5d0d5bdd-54b4-4eec-9018-0c306b4d1df0"></span><span id="ep-chart-5d0d5bdd-54b4-4eec-9018-0c306b4d1df0"></span></p><p><span id="ep-chart-5d0d5bdd-54b4-4eec-9018-0c306b4d1df0"></span><span id="ep-chart-5d0d5bdd-54b4-4eec-9018-0c306b4d1df0"></span></p><p><span id="ep-chart-525ffc66-9319-412a-b6a7-ffdc54469bf6"></span></p><p>El Colegio Electoral no se reúne como tal, sino que sus miembros emiten formalmente sus votos desde sus respectivos estados. No obstante, también en este caso hay un regla estricta por la que se establece que deben pronunciarse el primer lunes después del segundo miércoles de diciembre, es decir, el <strong>14 de diciembre</strong> en el caso de 2020.</p><p>El dictamen del Colegio Electoral quedará reflejado en un <em>certificado de voto</em> que se remitirá al Congreso y a los Archivos Nacionales. El <strong>6 de enero</strong>, y en una sesión conjunta, el Poder Legislativo recibe los votos para contarlos y certificarlos. La <strong>fecha de la ceremonia de investidura</strong> tampoco varía y será el 20 de enero de 2020. Ese día, el presidente electo deberá jurar el cargo en las escaleras del Capitolio ante el presidente del Tribunal Supremo e iniciar oficialmente un mandato de cuatro años, el último en caso de que Trump logre mantenerse en el Despacho Oval.</p><p><strong>Compromisarios del Colegio Electoral</strong></p><p>La <strong>elección del presidente en Estados Unidos no es directa</strong>, ya que los votantes están designando con sus votos a los compromisarios que les representarán en el Colegio Electoral. Para llegar a la Casa Blanca, por tanto, no es necesario ganar el voto popular sino obtener la mayoría de los votos del Colegio, una disparidad que se hizo evidente en 2016 cuando Trump llegó a la Presidencia con menos apoyo ciudadano que su rival, Hillary Clinton.</p><p>Los estadounidenses eligen los 538 compromisarios que integran el Colegio Electoral. Este número se corresponde con los 435 miembros de la Cámara de Representantes, los 100 miembros del Senado y los tres delegados del Distrito de Columbia.</p><p><span id="ep-chart-95acd320-b2cc-45bb-98bb-967c89912f54"></span></p><p>Como en otras partes del mundo, los dos grandes partidos cuentan con<strong> bastiones tradicionales </strong>que elección tras elección se decantan por su candidato a la Casa Blanca, pero hay otros donde el electorado no es tan fiel. Son precisamente estos, a los que se conoce como <a href="https://www.europapress.es/internacional/noticia-llave-casa-blanca-pasa-estados-bisagra-20201026134652.html" target="_blank"><em>swing states</em></a>o <em>estados bisagra</em>, los que decantan la balanza de uno u otro lado.</p><p>En general, expertos y medios coinciden este año en que los <strong>'swing states'</strong> son Arizona, Wisconsin, Michigan, Pensilvania, Carolina del Norte y Florida. De entre todos estos estados, sin duda el que más importa es Florida, ya que en juego están 29 de los compromisarios del Colegio Electoral.</p><p><strong>Elecciones anteriores</strong></p><p>En 2016 los <strong>republicanos</strong> recibieron el 46,2% del voto electoral frente al 48,2% del voto demócrata.</p><p><span id="ep-chart-a418bf65-4a29-4b0e-bacf-4774d2fb4be5"></span></p><p>Por otro lado, los <strong>electores</strong> de cada Estado dieron a los demócratas el 43,1% de los votos y a los republicanos el 56,9%.</p><p><span id="ep-chart-bb08db74-df2e-40ea-8e93-9ed72a74affe"></span></p><p>La <strong>participación</strong> ha estado, casi siempre, por encima del 50%. La última vez que se encontró por debajo de la mitad del censo fue en 1996.</p><p><span id="ep-chart-f34175e4-7c37-4612-bf03-0bc65abc5132"></span></p><p>Estados Unidos tiene un<strong> sistema bipartidista</strong> consolidado desde hace más de un siglo en el que el Partido Demócrata es, a priori, el que defiende una política más progresista, y el Partido Republicano el que representa una postura mucho más conservadora. Pero <a href="https://www.europapress.es/internacional/noticia-democratas-republicanos-asi-sido-trayectoria-historia-eeuu-20201011104536.html" target="_blank">no siempre fue así</a>, de hecho, en sus inicios ambas formaciones defendían las posturas que ahora sostiene su rival.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 28 Oct 2020 12:57:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Biden contra Trump en once gráficos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Elecciones EEUU 2020]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La extraña raza norteamericana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/extrana-raza-norteamericana_1_1189267.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f6b4d9ec-9ffd-4faf-820e-c657784ba81a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La extraña raza norteamericana"></p><p>Hay dos problemas tenaces que han dejado resonar su sordo bramido a lo largo de todo el pasado “democrático” de Estados Unidos. Podríamos remontarnos a Franklin y a Jefferson, a su anhelante deseo de descartar la existencia de las clases sociales tratando de pregonar las “excepcionales” características del paisaje estadounidense, entendidas como elementos capaces de generar una sociedad igualmente extraordinaria. Los padres fundadores insistieron en que el majestuoso continente norteamericano estaba llamado a resolver, por arte de magia, todos los dilemas demográficos, ya que se hallaba en condiciones de reducir la superpoblación y de allanar las diferencias que pudiera provocar la estructura de clases. Pero a esta compostura medioambiental se le ha añadido además un mito de mayor alcance y pasmosa utilidad: el de que Estados Unidos da voz a todas sus gentes, o el de que cualquier ciudadano puede ejercer una influencia real y perceptible en la gobernación. (Conviene señalar que este mito se formula invariablemente con matices, ya que es una verdad aceptada que hay ciudadanos que valen más que otros: sobre todo aquellos cuya posición social emana de una saneada cartera de propiedades). </p><p>Por otra parte, la huella colonial británica no ha llegado a borrarse por completo en ningún caso. El “yeoman”, es decir, el pequeño terrateniente rural, ocupaba uno de los peldaños de la escala social propia de Gran Bretaña, y sus cualidades eran un fiel reflejo de esa inveterada práctica inglesa que consiste en equiparar el valor moral con el cultivo de la tierra. Por su parte, los estadounidenses del siglo XIX hicieron todo lo posible por reproducir las posiciones de clase mediante el matrimonio, el parentesco, el linaje y el árbol genealógico. Si la Confederación vino a suponer la pleamar —es decir, la manifestación más palpable y meridiana— de las pretensiones de la aristocracia rural (y la abierta asunción de que la sociedad necesita contar con una élite destinada a gobernar a las clases bajas), el siglo inmediatamente posterior alumbró <strong>el inquietante imperativo de la eugenesia</strong>, apoyándose además en la ciencia para justificar la procreación de una clase integrada por amos. Esto no solo indujo a los estadounidenses a conservar el deseo de las distinciones de clase, también los animó a reinventar una y otra vez esas mismas diferencias. Y tan pronto como el gobierno de Estados Unidos empezó a presentarse como el “líder del mundo libre”, las ansias de un jefe de Estado de más regias características progresaron sin traba alguna. Los demócratas se arremolinaron, embelesados, en la Camelot de Kennedy, y los republicanos ennoblecieron a la corte hollywoodiense de <strong>Reagan</strong>. </p><p>La democracia estadounidense nunca ha concedido una voz de peso a todo el mundo. Lo que sí se ha hecho, en cambio, ha sido dar símbolos a las masas, y se trata muchas veces de símbolos huecos. Los estados-nación se fundan tradicionalmente en la ficción de que un jefe de Estado puede representar al conjunto del pueblo y actuar como apoderado suyo. En la versión estadounidense de esta idea, <strong>el presidente ha de apelar de manera muy general a toda una serie de valores comunes</strong> —valores que por otra parte enmascaran la existencia de profundas divisiones de clase—. Sin embargo, aun en los casos en que la estrategia se revela funcional, la unidad solo se consigue al precio de perpetuar el engaño ideológico. George Washington y Franklin D. Roosevelt han adquirido la condición de padres de la patria, y hoy se les tiene por los amables patriarcas de un dorado pretérito. Andrew Jackson y Teddy Roosevelt se presentaron a nuestros ojos como intrépidos combatientes de diáfana y granítica palabra. El símbolo de los vaqueros se yergue en lo alto de su montura y defiende <strong>el honor de la nación frente al imperio del mal</strong>, un papel que Reagan interpretó con gran eficacia. Y ya en época más reciente, la sociedad estadounidense ha podido contemplar a un presidente ataviado con un mono de paracaidista, capaz de aterrizar en un portaaviones para mayor impacto teatral. Me refiero, evidentemente, a George W. Bush, que se plantó de esa guisa ante las cámaras para proclamar —prematuramente— el fin de las operaciones de combate en Irak. Fuera de la memoria colectiva han quedado, no obstante, algunos presidentes títere de corte corporativo como William McKinley, al que la gran industria del acero tenía en el bolsillo —y que además fue reo de un sinfín de intereses empresariales—. En 2012, al responder el candidato presidencial Mitt Romney a un espectador molesto diciéndole: “Las fábricas son gente, amigo”, se convirtió sin pretenderlo en un nuevo McKinley. Su electorado se reducía a ese “1%” más rico del país, y los pantalones tejanos que se ponía poco pudieron hacer para contrarrestar esa imagen conservadora. </p><p>Rara vez se investiga al poder (ya sea social, económico o puramente simbólico). Y en caso de que se haga, la indagación nunca alcanza el carácter de un imperativo categórico nacional destinado a exigir una solución global susceptible de satisfacer una exigencia moral y de procurar a un tiempo la concreción de un empeño práctico. Sabemos, por ejemplo, que los estadounidenses se resistieron empecinadamente a la ampliación del derecho al voto y, de hecho, quienes han ocupado el poder se han dedicado a recortar de mil maneras las prerrogativas ciudadanas de <strong>los negros, las mujeres y los pobres</strong>. Somos igualmente conscientes de que, históricamente, las mujeres han tenido siempre menos amparo civil que las autoridades. En lugar de apostar por una democracia plena, los estadounidenses han preferido la escenografía democrática: retóricas rimbombantes acompañadas de una clara magnificación verbal y de unos líderes políticos vestidos de manera informal en una barbacoa o fotografiados de camino a una partida de caza. Se dejan ver en vaqueros o ropas de camuflaje y aparecen tocados con sombreros tejanos o gorritas de “colega”, todo como parte de una esforzada actuación orientada a hacerse pasar por gente normal y corriente. Sin embargo, una vez elegidos, los presidentes y los demás políticos de ámbito nacional son cualquier cosa menos personas comunes. La ocultación de este hecho es el verdadero disfraz, la emboscada que distorsiona la auténtica naturaleza del poder estatal. </p><p>Las representaciones teatrales de los políticos que declaran hablar en nombre del “pueblo estadounidense” no contribuyen en nada a esclarecer la historia de la pobreza. El aparcero con su mula y su arado no es una romántica imagen que haya que conservar en la memoria histórica. Sin embargo, ese individuo pertenece y da cuerpo a nuestra historia tanto como cualquier guerra que se haya podido librar o toda elección presidida por una acalorada pugna. El labriego y su chamizo han de permanecer entre nosotros como lo que son: un persistente símbolo de estancamiento social. </p><p>Los miembros de las clases inferiores existen aunque no consigan elevarse al plano que los convierte en fuente de problemas, auparse a ese peldaño que los capacita para inducir a la rebelión, sumarse a una algarada, o abandonar las filas de la Confederación y esconderse en los pantanos, creando en ellos una economía sumergida. Los que no desaparecen en los espacios agrestes hacen notar su presencia en los pueblos y las ciudades, o a lo largo de las carreteras y los caminos de todos los estados. Cuando veamos a los pobres, sea en las fotografías de Walker Evans o de Dorothea Lange, o aun en la versión cómica de la “telerrealidad”, tenemos que preguntarnos <strong>cómo es posible que se den esas situaciones en medio de la abundancia</strong>. Al contemplar los enclaves de caravaneros tirados en mitad de la Segunda Guerra Mundial, la columnista del <em>Washington Post</em> Agnes Meyer lanzó una pertinente pregunta: “<em>Is this America?</em>”. </p><p>Pues sí, eso es Estados Unidos; o una parte esencial de la historia de Norteamérica. Y lo mismo cabe decir de las reacciones negativas que se producen como consecuencia de los intentos destinados a mejorar las condiciones de los pobres. Siempre que se realiza un esfuerzo destinado a atajar la desigualdad y la pobreza —ya se trate de las medidas enmarcadas en la nueva política económica de Franklin D. Roosevelt, de los programas de bienestar social de Lyndon B. Johnson, o de la reforma sanitaria de la era Obama— se produce una reacción tan dura como aparentemente inevitable. Los ciudadanos, coléricos, arremeten contra las medidas, ya que tienen la percepción de que el Gobierno se parte el lomo para ayudar a los pobres (con la implicación, o la expresión explícita, de que no son personas que se lo merezcan) y acusan a los burócratas de despilfarrar el dinero que roba a los hombres y mujeres que trabajan duramente para sacarse un sueldo. Esas fueron las proclamas de claro sesgo clasista que esgrimió Nixon y que el personal de su campaña presidencial tildó de llamamiento a la “mayoría silenciosa”. En términos generales, la queja actual que se suele oponer a la intervención del Estado viene a hacerse eco del viejo temor de los ingleses a la nivelación social, que, según se dice, da alas a la población improductiva. Las últimas versiones de este planteamiento aseguran que las ayudas gubernamentales siegan la hierba bajo los pies del sueño americano. Pero, un momento. <strong>¿El sueño de qué americanos? </strong></p><p>La clase es el factor que determina el modo de vida de la gente de carne y hueso. Las personas no viven de mitos. No palpan ese sueño. La política remite siempre a cuestiones que van más allá de lo que se dice, o de lo que alcanza a percibir la vista. Aunque lo nieguen, los políticos abordan temas de clase y trabajan en ellos. Las luchas de la Guerra de Secesión estadounidense alumbraron una jerarquía racial y de clase. La Confederación temía que los blancos pobres se dejaran seducir por los toques a rebato de la Unión y acabaran votando por el fin de la esclavitud —dado que esta era fundamentalmente un reflejo del egoísmo de los plantadores ricos—. En nuestros días, el electorado se halla en gran medida desequilibrado, ya que se le convence una y otra vez para que vote en contra de sus intereses colectivos. Se dice a la gente que los catedráticos de la Costa Este someten a los jóvenes a un lavado de cerebro y que los liberales de Hollywood se ríen de ellos, y no solo porque no tengan nada en común con esos docentes, sino porque odian Estados Unidos y desean imponer un estilo de vida aberrante y ateo. Los que engañan de este modo al pueblo están ofreciendo esencialmente el mismo mensaje del miedo que tuvieron que escuchar la mayor parte de los blancos del sur en la época en la que se sopesaba la posibilidad de la secesión. Animadas por la necesidad de control —el que ejerce sin disputa ni contrapeso el tercio superior del cuerpo social—, las élites que han ocupado el poder a lo largo de la historia de Estados Unidos han ideado la fórmula perfecta para prosperar: la consistente en <strong>apaciguar a los más vulnerables y en imbuirles de un falso sentido de la identificación </strong>que niega en lo posible la existencia de verdaderas diferencias de clase. </p><p><em>*</em><em>La editorial Capitán Swing ha publicado este mes de octubre ‘White trash [Escoria blanca]’, de Nancy Isenberg (1958), prestigiosa historiadora norteamericana y profesora de Louisiana State University. </em><a href="https://capitanswing.com/libros/white-trash/" target="_blank">White trash [Escoria blanca]’</a></p><p><em>* </em><em>Este artículo está publicado en el número de octubre de </em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tintalibre/2020/09/30/al_rescate_del_sueno_americano_111520_1042.html" target="_blank">número de octubre</a>tintaLibre<em>. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.</em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tinta_libre/portada/" target="_blank">aquí</a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 27 Oct 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Nancy Isenberg]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La extraña raza norteamericana]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Estados Unidos,Partido Republicano EE UU,TintaLibre,Norteamérica,Donald Trump]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Kamala bajo el techo de cristal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/kamala-techo-cristal_1_1188890.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b7bfe3e7-f364-4f9d-adb1-000b6cb70bf8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Kamala bajo el techo de cristal"></p><p>Kamala Harris tomó aire, miró fijamente a la cámara del encuentro virtual al que iba a dirigirse ese primer día de agosto y habló pausadamente, sin perder del todo la sonrisa. <strong>“Habrá resistencia a vuestra ambición”</strong>, advirtió a las jóvenes negras que la escuchaban y chasqueaban sus dedos en señal de aplauso. No era difícil deducir a qué se refería. Joe Biden estaba a punto de elegir a <a href="https://www.nytimes.com/es/2020/08/11/espanol/estados-unidos/kamala-harris-joe-biden-vicepresidenta.html" target="_blank">su compañera de fórmula</a> para las elecciones de noviembre y la presión de ciertos sectores para bloquear a Harris se había colado en los titulares. La senadora por California, alertaban varios donantes del partido, era “demasiado ambiciosa”: si llegaba a ser vicepresidenta, estaría centrada desde el primer día en su propio objetivo, el de convertirse en presidenta de Estados Unidos. “A la gente le parecerá bien si tomas lo que te dan. Pero, ¡oh!, ni se te ocurra coger nada más”, recordó Harris ese día.</p><p>Menos de tres semanas después, la legisladora demócrata se convirtió en la primera mujer negra, y la primera de origen asiático, en aspirar a la vicepresidencia de Estados Unidos dentro de un partido mayoritario. Si gana en noviembre, Kamala Harris (Oakland, Califronia, 1964) estará a apenas un latido del Despacho Oval, a solo unos metros del techo de cristal definitivo. Pero para atravesarlo, para cumplir el sueño que Hillary Clinton rozó en 2016, antes tendrá que demostrar que, como “número dos”, puede ajustarse a <strong>un guion escrito por hombres</strong>. Que no se le ocurrirá “coger nada más”.</p><p>La elección de la primera vicepresidenta de Estados Unidos marcaría un avance notable en la lucha por la representación femenina. Un paso de gigante en esa constante pugna para ampliar el espectro de lo imaginable en política, para conseguir que, cuando se miran en el espejo, cada vez más miembros de minorías encuentren algo parecido a los líderes que ven en televisión. Y Harris, en particular, <strong>desafía el canon establecido de la mujer política en Estados Unidos</strong> no solo por su legado multirracial, sino por su vida personal. Sin hijos biológicos y soltera durante casi toda su carrera, la senadora ha ayudado a repensar roles en un país donde, hasta hace demasiado poco, <strong>una mujer solo podía aspirar de forma realista a un escaño en el Congreso</strong> si reemplazaba a su esposo tras su muerte; y donde figuras como la presidenta de la Cámara Baja, Nancy Pelosi, se aseguraron de que sus hijos habían crecido antes de entrar en política.</p><p>Sin embargo, la llegada de la primera mujer vicepresidenta no sacudiría demasiado los andamios del poder en el país. El cargo que ocuparía apenas tiene competencias definidas, más allá del cometido de ser leal a quien verdaderamente ostenta el poder: el presidente que la puso donde está. Harris no sería un mero adorno, pero sí un complemento, una asesora con unos límites bien marcados. Como explica la filósofa <a href="https://www.nytimes.com/2020/07/28/opinion/biden-vice-president-woman.html" target="_blank">Kate Manne</a>, su posible ascenso no rompería los esquemas tácitos que gobiernan la política estadounidense. “A las mujeres se les permite tener poder, siempre que ese poder se ejerza de formas que no amenacen el orden patriarcal. Por ejemplo, al servicio de un presidente que es hombre”, escribió Manne el pasado julio en <em>The New York Times</em>.</p><p><strong>Un potencial relevo</strong></p><p>En la satírica serie <a href="https://www.filmaffinity.com/ar/film476573.html" target="_blank">Veep</a>, la vicepresidenta Selina Meyer se queja constantemente de su minúsculo papel en la toma de decisiones, hasta que un asesor del Ala Oeste le dice: “Señora, debe entender que, en realidad, <strong>el presidente no quiere que usted haga nada más allá que seguir siendo una mujer</strong>. Y eso ya lo está haciendo bastante bien”.</p><p>Es improbable que esa caricatura se aplique de forma estricta a Harris si Biden gana en noviembre. Al fin y al cabo, el exvicepresidente se ha definido como un “candidato de transición”, y ha filtrado a la prensa que no planea presentarse a un segundo mandato en 2024, cuando cumpla 82 años. Se espera que, como consecuencia, otorgue a su número dos el acceso y poder suficientes para prepararla para <strong>un potencial relevo</strong>. Con el tiempo, si demuestra que ha sabido ajustarse al molde designado para ella, podrá optar al cargo que realmente desea.</p><p>Para los millones de personas que se ilusionaron el año pasado con el abanico de aspirantes presidenciales más diverso de la historia, esa realidad todavía es difícil de asumir. A las primarias demócratas se presentaron un récord de seis mujeres —entre ellas, Harris—, pero acabaron resignadas a esperar su turno, a confiar en que Biden las eligiera como compañeras de fórmula. La carrera se desarrolló en consonancia con una cultura política donde el difuso concepto de “elegibilidad” solo parece aplicarse a las candidatas femeninas, y donde la derrota de Clinton todavía pesa en la conciencia de los progresistas. Si el partido demócrata —comprometido en teoría a impulsar representantes que reflejen la diversidad de sus votantes— acabó con un candidato masculino, blanco y anciano fue en parte por <strong>el miedo paralizante a perder de nuevo contra Donald Trump</strong>. Y si muchos votantes no se atrevieron a respaldar de nuevo a una mujer en las primarias, pese a alabar las propuestas de Elizabeth Warren o Amy Klobuchar, fue por el temor a que no pudieran ganar contra un presidente que, incluso después de haber presumido de “agarrar” a las mujeres por la vagina, consiguió el voto de la mayoría de mujeres blancas en 2016.</p><p>Tras el fracaso de Clinton, casi el 60 % de las mujeres del país perdieron la esperanza de que Estados Unidos pudiera elegir a <strong>una mujer presidenta</strong>. El aumento fue significativo frente al 41 % que opinaba lo mismo en 2014, según una encuesta de 2018 del Centro de Estadísticas Pew. Como han demostrado varios estudios, la reticencia a apoyar a una candidata presidencial puede tener que ver con una percepción equivocada de las preferencias de la masa, que a menudo sirve para excusar los propios prejuicios. En un sondeo de la consultora Ipsos en enero, el 71 % de los estadounidenses aseguraron que aceptarían sin problemas a una mujer presidenta, pero solo el 33 % opinó que sus vecinos también lo harían.</p><p>Eso no significa que la política estadounidense esté desprovista de machismo: como reflejaron las autopsias de la derrota de Clinton, muchos votantes —y medios de comunicación— tienden a desconfiar de las candidatas a las que consideran demasiado ambiciosas. Se trata de un recelo absurdo, porque <strong>nadie aspira a liderar el país más poderoso del mundo sin tener ambición</strong>, pero en 2016 fue un lastre para la rival de Trump y ahora vuelve a suponerlo para Harris. Además, como las mujeres políticas tienen fama de ser más honestas que sus homólogos masculinos, cualquier error les cuesta mucho más caro. Lo que pudo ser un pequeño bache en la campaña de 2016, el uso de un servidor privado de correo electrónico cuando Clinton era secretaria de Estado, se convirtió en un escándalo inagotable que reforzó la imagen de la candidata demócrata como elitista y calculadora, como alguien que escondía algo.</p><p>Harris no arrastra esa carga, pero muchos la perciben también como oportunista, como una actriz que ha planificado cada paso de su carrera con el objetivo único de ser presidenta. Y Trump se ha esforzado en sacar punta a ese estereotipo. “Es una versión peor de Hillary”, dijo el presidente sobre Harris en una entrevista en agosto. “Cambia de opinión en cada elección, dependiendo de lo que necesite”.</p><p>Los ataques de Trump —que también la ha llamado “asquerosa”, como hizo con Clinton— demuestran que le preocupa su ascenso. Pero no está claro que la senadora vaya a restarle demasiados votos, al menos por sí sola. Combinada con la muerte de la juez del Supremo <a href="https://www.infolibre.es/noticias/mundo/2020/09/19/muere_jueza_del_tribunal_supremo_eeuu_ruth_bader_ginsburg_los_anos_111156_1022.html" target="_blank">Ruth Bader Ginsburg</a>, es posible que la candidatura de Harris ayude a motivar a las mujeres con educación universitaria de los suburbios que se quedaron en casa en 2016 para que acudan a las urnas como hicieron en las legislativas de 2018. Más probable aún es que la senadora entusiasme a algunas de las mujeres afroamericanas que salieron a votar por Barack Obama, pero se abstuvieron con Clinton. Ese efecto puede ser decisivo, pero no está garantizado. Varios estudios han constatado que la idea de que las mujeres basan su voto en cuestiones de identidad no es más que un mito. “Cuando los estadounidenses deciden a quién votar, el partidismo y la ideología ganan a las consideraciones de género”, recuerda la historiadora política Nancy Cohen en su libro <em>Breakthrough</em>, sobre el camino hacia una mujer presidenta.</p><p>Lo que sí es seguro es que el voto de las mujeres resultará clave para decantar la balanza a favor o en contra de Donald Trump, y que los demócratas recuperaron el control de la Cámara Baja en 2018 gracias a una mayor participación femenina. Muchas mujeres blancas que habían apoyado a Trump dos años antes apostaron en esa ocasión por candidatos progresistas, mientras la brecha entre cómo votaron las mujeres y el comportamiento de los hombres —mayoritariamente republicanos— se ampliaba hasta un punto inédito en dos décadas.</p><p>Para muchas feministas, <strong>la escasa representación política de las mujeres resulta exasperante</strong>, y la idea de que la compañera de fórmula de Joe Biden pueda aspirar a la presidencia en 2024 como <em>premio</em> a cuatro años a la sombra de un hombre, decepcionante. Pero esas mismas feministas adoran a Ginsburg, y la muerte de la influyente magistrada les ha recordado que algunas revoluciones, como la que ella espoleó por la igualdad de género, no suceden de golpe. “El cambio verdadero, el cambio duradero, ocurre paso a paso”, dijo una vez la segunda mujer en llegar al Supremo. Millones de votantes tomaron nota y ahora está en sus manos trasladar esa filosofía a la Casa Blanca.</p><p><em>*Este artículo está publicado en el número de octubre de </em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tintalibre/2020/09/30/al_rescate_del_sueno_americano_111520_1042.html" target="_blank">número de octubre</a>tintaLibre<em>, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.</em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tinta_libre/portada/" target="_blank">aquí</a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 25 Oct 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Leal | Washington]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Kamala bajo el techo de cristal]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Candidaturas políticas,Estados Unidos,TintaLibre,Elecciones presidenciales,Donald Trump,Joe Biden]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[11 imágenes inolvidables del debate Trump vs Biden]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/telepolitica/11-imagenes-inolvidables-debate-trump-vs-biden_1_1189190.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b1072709-2c3a-4df1-9a1a-0ee8cb1fe19f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="11 imágenes inolvidables del debate Trump vs Biden"></p><p><strong>Un debate tranquilo. </strong><strong>Un debate tranquilo</strong>Después del desorden y la tensión vivida en el primer encuentro entre Donald Trump y Joe Biden el pasado 29 de septiembre en Cleveland, el segundo enfrentamiento, celebrado en Nashville, transcurrió con bastante normalidad sin que hubiera bruscas interrupciones cuando estaban en el uso de la palabra en sus alegatos. <strong>El comportamiento de Trump cambió notablemente</strong> tras las extendidas críticas que siguieron a su atrabiliario y grosero comportamiento en el debate anterior. Las normas impuestas por el covid prohibieron los libres desplazamientos de los oponentes, que tuvieron que quedarse fijos detrás de sus atriles. Para Trump, acostumbrado a las tablas del espectáculo, supuso una evidente limitación.</p><p><strong>Una moderadora ejemplar.</strong> Kristen Welker, corresponsal en la Casa Blanca de la cadena de televisión NBC, fue la encargada de dirigir el debate. <strong>Tuvo un trabajo más sencillo que el que le tocó al pobre Chris Wallace hace unas semanas.</strong> Los dos contendientes respetaron su papel. Welker mantuvo el control en todo momento y supo equilibrar a la perfección la formulación de preguntas concretas con no pretender asumir protagonismo alguno. En varias ocasiones, Trump eludió contestar a cuestiones incómodas. La periodista fue lo suficientemente incisiva como para dejar clara la intención del presidente, sin llegar a confrontar con él. Hizo lo que en un buen manual indicaría que había que hacer.</p><p><strong>Un Biden muy entrenado.</strong><strong>Un Biden muy entrenado</strong> El candidato demócrata, habitualmente criticado por su falta de fuerza comunicativa, intentó desplegar diferentes recursos en sus intervenciones. Biden procuró estar mucho más enérgico y expresivo de lo que habitualmente es. Mantuvo la concentración en todo el debate y <strong>no cometió grandes errores destacables</strong>. Tenía un objetivo claro: insistir una y otra vez en la crítica a Trump como un gestor incapaz de tomar medidas de gobierno sobre ninguna cuestión importante, con el coronavirus como eje fundamental. Casi en una docena de ocasiones <strong>utilizó la expresión de que Trump no tenía “planes” para nada</strong>.</p><p><strong>Trump recupera el discurso de 2016</strong>. La campaña de reelección del presidente ha ido recuperando poco a poco el mismo tono que le dio la victoria en 2016. Trump lucha por sacudirse de encima su mayor problema: la gestión del coronavirus. <strong>Su salida es que es culpa de China y que está mal en todo el mundo. </strong>Además, insiste en que tampoco es tan grave y que le han felicitado de todas partes por su trabajo. Todo su empeño es cargar sobre Biden la idea de que es un viejo político miembro de una familia corrupta que representa la ineptitud de unos líderes que durante décadas no han hecho nada útil. Diga lo que diga Biden, su réplica es siempre la misma: ¿Qué has hecho durante 47 años como político? ¿Por qué no lo arreglaste cuando gobernabas?<strong> Lo mismo que le decía a Hillary Clinton hace 4 años.</strong></p><p><strong>Un Trump con la barbilla en alto. </strong><strong>Un Trump con la barbilla en alto</strong>La mayor parte del debate televisivo se ofrece en doble pantalla. Acaba siendo tan importante la intervención del que habla como el plano de escucha. Biden intentó aportar cifras y datos que cimentaran su programa frente a la acusación de ausencia de planes de Trump. El candidato republicano mostraba una curiosa y repetida actitud cada vez que Biden le atacaba. Automáticamente, subía la barbilla intentando trasmitir un <strong>evidente gesto de superioridad física sobre su adversario</strong>.</p><p><strong>La displicencia como respuesta.</strong> La ubicación de los candidatos en forma triangular frente a Kristen Welker evitaba que se encararan frente a frente de forma habitual. <strong>Ambos tendían a eludir ese contacto visual. </strong>Trump repetía rutinariamente una pose con la mirada dirigida hacia la moderadora cuando Biden intervenía. La mirada del presidente venía a expresar algo así como: “¡Lo que hay que aguantar!”.</p><p><strong>La ridiculización como recurso. </strong><strong>La ridiculización como recurso</strong>Algo muy poco usual en un debate presidencial en el mundo es que un candidato haga muecas o ridiculice la voz de su oponente para desacreditarle. <strong>Trump es capaz de hacerlo sin problema alguno.</strong> En varios momentos recurrió a imitar en tono de mofa algunas opiniones de Biden, que trataba de desviar la mirada y no prestar atención al intento de su oponente de hacerle perder los nervios.</p><p><strong>El valor de la sonrisa como antídoto. </strong><strong>El valor de la sonrisa como antídoto</strong>Una de las técnicas que más se notaba que había entrenado Biden fue la de recurrir a la sonrisa cada vez que Trump se adentraba en <strong>una de sus peculiares reflexiones</strong>: “Soy el presidente menos racista desde Lincoln”, “Los molinos de energía eólica matan a miles de pájaros”, “Mis contables llevan años preparando las auditorías de mis impuestos y ya las publicaremos”. También se apoyaba en mostrar incluso risa abierta <strong>cuando los ataques personales de Trump eran más fuertes</strong>: “Biden y su familia chupan dinero por donde pasan. ¡Es una aspiradora!”.</p><p><strong>El rostro de la estupefacción. </strong><strong>El rostro de la estupefacción</strong>No debe de ser fácil decidir cómo reaccionar ante el discurso de un oponente como Trump. No es sencillo mostrar frialdad y corrección cuando tu rival, criticado por tratar cruelmente a los inmigrantes, se revuelve directamente contra ti y te acusa de que la administración anterior fue la que compró las jaulas donde el actual gobierno había metido a los niños que separaban de sus padres al pasar la frontera. Biden desplegó un amplio repertorio de <strong>rostros de extrañeza, alucine y estupefacción a lo largo de la noche.</strong></p><p><strong>Aliarse con los espectadores.</strong> Una de las estrategias técnicas que Biden ha empleado en los dos debates frente a Trump es la de <strong>lanzar mensajes directos a los telespectadores</strong>, a los que el presidente rara vez atiende. El candidato demócrata recurrió en momentos de especial intensidad a hablar directamente a quienes finalmente debían enjuiciar el debate. Cuando con más desprecio Trump atacaba a Biden y su familia, el exvicepresidente miraba fijamente a la cámara y se dirigía a los ciudadanos: “Aquí no estamos para hablar de su familia ni de la mía, sino de las vuestras”.</p><p><strong>Hasta el último detalle. </strong><strong>Hasta el último detalle.</strong>Nada más acabar el debate, <strong>Biden se colocó la mascarilla</strong>. Ya se la había mostrado en dos ocasiones a Trump en el inicio del debate para recordarle su falta de preocupación frente al coronavirus en el inicio de la pandemia. Trump respondió que Biden quería que todos los americanos vivieran en un sótano porque a él no le importaba porque tenía muchas casas. Al final de la emisión es tradicional que las parejas de los contendientes suban al escenario. Jill Biden se acercó a su marido con la máscarilla puesta. Melania Trump se dirigió al lado de su esposo con su mascarilla negra.<strong> El presidente ni siquiera hizo ademán de colocarse una</strong>. Seguramente ni siquiera la llevaba. Ya lo explicó en el debate: “Soy inmune para el resto de mi vida”.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Oct 2020 14:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Miguel Contreras]]></author>
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      <media:title><![CDATA[11 imágenes inolvidables del debate Trump vs Biden]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Donald Trump,Joe Biden,Elecciones EEUU 2020]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El último debate Trump-Biden, sosegado en las formas pero virulento en el fondo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/mediapart/ultimo-debate-trump-biden-sosegado-formas-virulento-fondo_1_1189167.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9d916c23-0e04-4d26-a51f-9cfc75a1ff6f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El último debate Trump-Biden, sosegado en las formas pero virulento en el fondo"></p><p>La <strong>gestión de la crisis del covid-19</strong> acaparaba el último debate entre el presidente republicano Donald Trump y su rival demócrata Joe Biden en la noche del pasado jueves (madrugada en España) en Nashville, Tennessee.</p><p>Si se compara con el primero, una cacofonía el mes pasado, éste fue mucho más tranquilo. <strong>Los micrófonos se apagaron durante las intervenciones</strong> para que cada candidato pudiera hablar sin ser interrumpido, lo que permitió que uno y otro presentaran sus argumentos y críticas. Un duelo firme, virulento en el fondo aunque tranquilo en las formas, presentado por la periodista Kristen Welker, del canal de televisión NBC.</p><p>En lo que respecta al coronavirus, Donald Trump, contra toda evidencia, presentó la situación de color de rosa. Aseveró que <strong>el país está aprendiendo a “vivir con” la pandemia</strong> y cuenta con tener una vacuna distribuida por el Ejército. “Ha habido un pico en Florida que ya no existe”, dijo, pese a que el estado acaba de registrar un récord de 5.557 casos en un solo día desde mediados de agosto.</p><p>Biden señaló las casi 223.000 muertes por covid-19, los millones de desempleados y el cierre de empresas, así como la <strong>incapacidad del presidente para gestionar la crisis</strong>: “Quien es responsable de tantas muertes no debería seguir siendo presidente de los Estados Unidos de América”, señaló, para añadir: “Voy a poner fin a esto. Voy a asegurarme de que tenemos un plan”.</p><p>“Estamos a punto de entrar en un invierno oscuro; un invierno oscuro y no hay un plan claro”, subrayó Biden. A lo que Trump replicaba: “No creo que vayamos a tener un invierno oscuro en absoluto, estamos abriendo nuestro país”. Sin embargo, por primera vez, <strong>asumió la “plena responsabilidad” de las consecuencias de la pandemia</strong>, pero rápidamente echó balones fuera, algo que se le da muy bien, culpando a Pekín: <strong>“No es culpa mía que el virus llegara aquí, es culpa de China”.</strong></p><p>En el resto de asuntos abordados, seguridad social, desigualdades raciales, economía, inmigración, medio ambiente..., los dos hombres mostraron lo diferente que son sus puntos de vista. <strong>Y el demagogo Donald Trump mintió en muchos temas</strong>: “Me gusta mucho el medio ambiente”. Él, cuya administración ha hecho añicos un centenar de reglamentos y normas. “Nadie ha hecho más por la comunidad negra que Donald Trump. Si lo piensa, con excepción de Abraham Lincoln, que es la única excepción, nadie ha hecho lo que yo he hecho”. Él, que apoyó a la extrema derecha y que describió a los manifestantes de Black Live Matters como alborotadores sin fe ni ley.</p><p>Por su parte, <strong>Joe Biden abogó por el regreso de Estados Unidos al Acuerdo de París</strong> y se declaró a favor de una economía de transición para abandonar el <em>fracking</em> (la producción de gas y petróleo de esquisto mediante la fractura de rocas), una de las fuerzas motrices de la economía productiva estadounidense desde la crisis financiera de 2008.</p><p>“No voy a sacrificar millones de empleos y miles de empresas por el Acuerdo de París. Es un acuerdo injusto”, respondió Trump, que señaló que su país tiene <strong>“el aire más limpio, el agua más clara y las emisiones de CO2 más bajas desde hace años”</strong>. Por el contrario, acusó a China, Rusia e India de ser “sucios”.</p><p>Donald Trump presentó continuamente a Joe Biden como un <strong>político de carrera</strong>, presente en la política desde hace casi cincuenta años, corrupto y que no ha hecho nada. “Todo palabrería, bla-bla-bla pero no hace nada”. Por su parte, <strong>Biden destacó las vinculaciones de Trump con dictadores de todo el mundo, sobre todo su luna de miel con el norcoreano Kim Jong-un </strong>(“es como decir que teníamos una buena relación con Hitler antes de que invadiera Europa”), sus repetidas mentiras y su decisión de favorecer a los multimillonarios en detrimento de los trabajadores, Wall Street contra <em>Main Street</em>. Sin contar la<strong> corrupción de Trump</strong>. Cuando el candidato republicano se refirió al hijo de Biden y a sus negocios en Ucrania, Biden replicó: “No se trata de su familia ni de la mía, se trata de la familia de todos ustedes”, señaló mientras se dirigía a los estadounidenses.</p><p>Frente a otro ataque de Trump, Biden miró a la cámara y añadió: “Ustedes saben quién es. Conocen su carácter. Conocen mi carácter. Conocen mi reputación de honor y verdad”.</p><p><strong>El día anterior, Joe Biden había recibido un apoyo de peso</strong>. El hombre del que fue vicepresidente, Barack Obama, el predecesor de Donald Trump. En Filadelfia, Pensilvania, la tierra natal de Biden. Obama realizó una crítica en toda regla de su sucesor en el cargo. “Nunca pensé que Donald Trump adoptaría mi visión o seguiría mis políticas, pero esperaba por el bien del país que pudiera mostrar algún interés por tomarse este trabajo en serio. Pero no ha sucedido eso. No ha mostrado ningún interés en hacer el trabajo o ayudar a nadie más que a sí mismo y a sus amigos”, declaró Obama”, declaró Obama.</p><p><strong>Traducción: Mariola Moreno</strong></p><p><em>Leer el texto en francés:</em></p><p><span id="doc_67846"></span></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Oct 2020 09:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[François Bougon (Mediapart)]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El último debate Trump-Biden, sosegado en las formas pero virulento en el fondo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Barack Obama,Estados Unidos,Elecciones,Donald Trump,Coronavirus,Joe Biden]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La cólera de las mujeres será clave este martes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/mediapart/colera-mujeres-sera-clave-martes_1_1189043.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/87cc477b-ceea-471f-8ebe-230448d1b843_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La cólera de las mujeres será clave este martes"></p><p>Dibujos de úteros y vulvas, puños en alto: <strong>su cuerpo, su decisión; punto</strong>. En los EEUU de Donald Trump, las manifestaciones de mujeres se han convertido en moneda corriente. El día después de su toma de posesión, el 21 de enero de 2017, más de cuatro millones de personas, la gran mayoría mujeres, salieron a la calle en más de 650 ciudades. Más que en las marchas contra la guerra de Vietnam de 1969 y 1970. Más que en las marchas de 2003 contra la guerra de Irak.</p><p>Este último fin de semana, cuando quedan poco más de 15 días para las elecciones, <strong>varios cientos de mujeres se manifestaron en Nueva York</strong>. Lo que ahora las une ya no es sólo la misoginia del presidente, que en 2005 se jactó de “agarrar” a las mujeres “por el coño”, sino también los incesantes ataques de la administración Trump a sus derechos.</p><p><em>“Vote him out, vote him out”</em>, cantaban, pancartas en mano, frente al edificio Trump, un rascacielos de Wall Street en Manhattan propiedad del presidente. <strong>“Echémosle, echémosle”</strong>, de la Casa Blanca, “yendo a las urnas” el 3 de noviembre. En todas las pancartas, la misma cara: gafas, un moño y un cuello de encaje blanco, el complemento fetiche de la jueza progresista Ruth Bader Ginsburg, icono feminista, fallecida el 18 de septiembre.</p><p>Apenas unas semanas antes de las elecciones presidenciales del 3 de noviembre, la muerte de Ginsburg, de 87 años, le daba a Trump una oportunidad inesperada: ofrecer a sus electores lo que les había prometido, <strong>una mayoría ampliamente conservadora en la Corte Suprema</strong>. Ahora en posición, como muchos esperan, de anular el <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Caso_Roe_contra_Wade" target="_blank"><em>Caso Roe contra Wade</em></a>, que en 1973 hizo posible la <strong>legalización del aborto en Estados Unidos</strong>.</p><p><strong>Amy Coney Barrett</strong>, la jueza ultraconservadora elegida por Donald Trump en sustitución de Ruth Bader Ginsburg y cuya audiencia en el Senado comenzó la semana pasada, <strong>no oculta sus intenciones</strong>. En 2006, se opuso públicamente al <a href="https://apnews.com/article/donald-trump-politics-amy-coney-barrett-judiciary-us-supreme-court-5d587c3aa43a459c9c2459787eed6b26" target="_blank">“aborto bajo demanda”</a>.</p><p>Donald Trump, candidato a la reelección, que en vísperas de las elecciones no las tiene todas consigo ante el demócrata Joe Biden, <strong>debe su victoria de hace cuatro años, en parte, a aquellas de las que a menudo se burla e incluso insulta, las mujeres</strong>. En los suburbios blancos y llamativos, en los <em>suburbs, </em>entre el 47% y el 52% de las mujeres le dieron su voto. ¿Pero Trump será capaz de convencerlas de nuevo? A decir de las manifestantes de Nueva York entrevistadas, no está claro.</p><p><em>Roe contra Wade</em>, “todavía lo recuerdo”, dice Mary, 67 años. “En 1971, acababa de terminar secundaria. Recuerdo haber conducido, poco después, durante horas con un amiga de Pensilvania. Condujimos hasta Nueva York para que pudiera abortar”.</p><p>Si esta profesora jubilada de ojos azules se manifiesta en Manhattan junto a Lory, su compañera desde hace 35 años, es porque <strong>no entiende lo que le ha pasado a su país</strong>. Nunca se habría imaginado un panorama así, “ni en sueños”, asegura.</p><p>Apenas “hace cinco años”, Mary habría asegurado encantada que sus derechos habían por fin avanzado en Estados Unidos. Ya no está segura de nada. En Brooklyn, donde vive con su esposa, dice ser “acosada” en la calle, de forma habitual, por un grupo de religiosos.</p><p>Su historia resume lo que está en juego en una nueva nominación en la Corte Suprema que podría volver a la carga con el Obamacare, la <em>Affordable Care Act</em> (ACA). Ella, que fue profesora de estudiantes con discapacidades y que la defiende particularmente. “¿Y qué será de mi cuñada?”, pregunta María. <strong>“Antes del Obamacare, nunca había podido tener cobertura médica, ni siquiera a través del trabajo de su marido”</strong><em>Obamacare</em>, puntualiza.</p><p>Hoy en día, las mujeres norteamericanas con cobertura médica a través de la <em>ACA</em> y sus empleadores pueden obtener anticonceptivos sin copagos. ¿Qué pasará en el futuro? En julio, la Corte Suprema aprobaba una medida de la Administración Trump que <strong>permite a los empleadores con objeciones religiosas negar la cobertura de anticonceptivos a sus trabajadores</strong>…</p><p>Como Mary, las mujeres son más propensas a apoyar el acceso a la sanidad para todos, según los sondeos. A pesar de esto, Donald Trump sigue esperando su voto. Especialmente el de las mujeres blancas moderadas o conservadoras. Para ellas, utiliza otros argumentos. En campaña a mediados de octubre en Pensilvania, un estado de la costa Este donde en 2016 se impusieron los republicanos por la mínima, <strong>Trump jugó la carta de la seguridad</strong> mientras se multiplicaban las protestas en respuesta a la violencia policial contra los estadounidenses negros.</p><p><strong>Amy Coney Barrett, ni siquiera “en sueños”</strong></p><p>“¿Me querréis? He salvado vuestros barrios [de la inseguridad], ¿no?”. ¿Surtirá efecto el argumento? Según <a href="https://www.brookings.edu/blog/fixgov/2020/02/19/the-future-is-female-how-the-growing-political-power-of-women-will-remake-american-politics/" target="_blank">The Brookings Institution</a>, hay motivos para dudarlo, al menos si nos atenemos a la tendencia establecida en 2018 durante las elecciones de mitad de mandato. <strong>El presidente y los republicanos registraron una caída de cinco puntos entre las mujeres blancas con y sin títulación universitaria</strong>. “El cambio más profundo en la vida política ahora, y en los años venideros, es el movimiento masivo de mujeres en el Partido Demócrata”, escribe el <em>think tank</em> progresista en un artículo de junio.</p><p>Debbie Walsh, investigadora de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey, especializada en la participación de la mujer en la vida política, atribuye el descenso a, entre otras cosas, la creciente brecha de género (<em>gender gap</em>), la creciente división electoral entre hombres y mujeres en Estados Unidos.</p><p>En 1980, el 55% de los hombres apoyaron a Ronald Reagan en las elecciones presidenciales, frente al 46% de las mujeres. En ese momento se estaba debatiendo la <em>Equal Rights Amendment</em> (enmienda sobre la igualdad de derechos, ERA, por sus siglas en inglés), una propuesta para enmendar la constitución para <strong>garantizar que la igualdad de derechos no se viese socavada en el ámbito estatal</strong>. La ERA nunca ha sido ratificada, pero desde 1992 la <em>gender gap</em> ha beneficiado a los demócratas en todas las elecciones presidenciales. <strong>En 2020, la brecha podría ser mayor que nunca</strong>.</p><p>Con la pandemia y sus casi 220.000 muertes al otro lado del Atlántico, hemos olvidado lo mucho que los <strong>insultos de Donald Trump a las mujeres han marcado su presidencia</strong>. Hillary Clinton, Elizabeth Warren, pero también Alexandria Ocasio-Cortez y sus colegas de la izquierda demócrata son solo algunos ejemplos de mujeres atacadas  por el presidente mediante tuits machistas.</p><p>Según la ensayista Rebecca Traister, autora de <em>Good and Mad: The Revolutionary Power of Women's Anger </em>(El bien y el mal: el poder revolucionario de la ira de las mujeres), el choque moral de la victoria de Trump, seguido un año después por el movimiento <em>#MeToo</em>, alimentó <strong>la “ira” política de las mujeres</strong>, que se reactivó en 2018 con el nombramiento de Donald Trump, para la Corte Suprema, del juez conservador Brett Kavanaugh, acusado de agresión sexual.</p><p>Sin mencionar <strong>las 20 mujeres que acusaron al propio Donald Trump de agresión sexual</strong>...</p><p>En Nueva York, el pasado sábado, la cuestión vuelve a salir una y otra vez en las conversaciones mantenidas por las manifestantes. ¿Cuántas de ellas han sufrido alguna vez un comentario sexista sobre su ropa o han escuchado frases como: ‘Estarías más guapa si sonrieses’, pregunta una organizadora a las allí presentes. ¿Cuántas de ellas han tenido miedo de volver a casa solas por la noche? ¿Cuántas han tenido que cambiar de acera porque las molestó un hombre? ¿Cuántas tienen miedo en el metro? ¿Cuántas han sido acosadas? ¿Cuántas han sido agredidas sexualmente? A cada una de las preguntas, excepto a la última, <strong>una abrumadora mayoría de las mujeres respondió afirmativamente</strong> levantando la mano.</p><p>Joana, de 26 años, es una de ellas. De ascendencia sudamericana, lleva diez años trabajando como niñera en Nueva York. Ha querido manifestarse unos días antes de las elecciones presidenciales, disfrazada del personaje de <em>El cuento de la criada</em>, una serie adaptada de una novela distópica de anticipación en la que las mujeres terminan esclavizadas en un régimen totalitario. <strong>“Cuatro años más de Donald Trump nos llevarían a esto, al mundo imaginado por Margaret Atwood”</strong>, asevera.</p><p>Joana no quiere este mundo. Dos semanas antes de las elecciones,<strong> los sondeos de opinión indican que la mayoría de las mujeres están dispuestas, como ella, a votar a Joe Biden</strong>. El candidato demócrata, si es elegido, gobernará el país junto con una vicepresidenta negra, la senadora Kamala Harris. Algo inédito. Hay una paradoja en todo esto: sobre el propio Biden penden acusaciones de gestos fuera de lugar, incluso agresiones sexuales. <strong>El enfado de las mujeres de EEUU no termina aquí</strong>.</p><p><strong>Traducción: Mariola Moreno</strong></p><p><em>Leer el texto en francés:</em></p><p><span id="doc_69888"></span></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 21 Oct 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Patricia Neves (Mediapart)]]></author>
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