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    <title><![CDATA[infoLibre - infoLibre]]></title>
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    <description><![CDATA[infoLibre - infoLibre]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright infolibre.es]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Amores tormentosos, en TintaLibre de verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/amores-tormentosos-tintalibre-especial-verano_1_2217757.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>No nos ha dado un ataque de romanticismo, pero casi. Este verano en el <strong>número especial de TintaLibre</strong> las que escriben son mujeres desde la portada hasta la última letra, y a la veintena de autoras, les hemos pedido que relataran y dibujaran, que nos contaran en resumen sus <strong>amores tormentosos</strong>. Y nadie, y esos hemos conseguido, se pone de perfil, ni escatima recuerdos, ni escenas, ni tampoco heridas.</p><p><strong>Paula Bonet</strong>, en la portada, representa ese sueño febril entre sábanas revueltas en el que no sabemos nunca donde acaba el placer y empieza el sufrimiento. Es el amor, ya, y se puede contar de mil maneras distintas. Queríamos jugar entre la portada y la contraportada y <strong>Flavita</strong> <strong>Banana</strong>, se marca un relato crudo acompañado de viñeta que se llama, ahí queda eso, Malratadores (no hay errata). </p><p>Dentro, en las páginas, en las arterias de corazones a menudo rotos, el desfile se inaugura con <strong>Cristina Araújo Gámir</strong> que suelta la primera andanada: “Ella ya es un manifiesto somático de la rabia: la cara le arde como la lava, como una piedra de calentar carne en láminas, tiene los ojos brillantes de enfermedad victoriana, y manos que agita, dientes que aprieta, mechones de pelo que rastrilla hacia atrás sin necesidad”. Estamos en el escenario. <strong>Sara Barquinero</strong> aborda los amores confusos y atropellados, a veces colocados, con sus fantasías que juegan al amor verdadero y pasan como los apartamentos compartidos y los taxis de madrugada por la ciudad. <strong>Laura Calçada Barres</strong> se refugia en el gran escenario operístico, en una escapada a las islas griegas, hurga en el libreto de Ariadna para dar rienda suelta a las pasiones y las turbulencias de las voces (y las mentiras) que rompen ante el Egeo. <strong>Najat El Hachmi</strong> pone su foco en el cuerpo, en las cicatrices de esos cuerpos operados, de esas tetas de silicona en los que la autora halla la frialdad de un cadáver. Se llama, lo suyo, Olvidar la piel.</p><p>Pero también hay humor, el humor desenfrenado e irreverente con el que <strong>Andrea Genovart</strong>, en <em>Un fuerte aplauso para ellos</em>, puede llegar a decir sin ningún tipo de resentimiento: “Todo el largo listado de penes adosados a un cuerpo que tuve la desdicha de conocer comparte una serie de cualidades innatas: un lloriqueo por el anhelo de la figura materna equivalente a los gritos de un cerdo cuando es sacrificado, una aburrida insistencia en venderse como seres excepcionales que no se excitan con las tetas operadas y sí con la belleza natural paliducha, un consumo fetichista por un porno muy concreto que roza lo delictivo”.</p><p>La historia de <strong>Amanda Mauri</strong>, <em>Tres veces adiós</em>, es teatral, un ensayo, un teatro en el que la verdad y la interpretación se confunden como tantas veces en la vida sentimental. Una historia de las que duelen. Nada que ver con la desacomplejada y risueña incursión de <strong>Luna Miguel</strong> en los lances eróticos e intelectuales con que la autora nos conduce a la Rumanía profunda de un Congreso en busca de Cioran, filósofo de la pesadumbre. Y qué decir de la rebeldía siempre poderosa y afilada de <strong>Cristina Morales</strong> que nos regala esta vez un descacharrante karaoke con horchata en una terraza de pueblo y de verano de toda la vida donde ustedes pueden escuchar al mismo tiempo a Umberto Tozzi y a Iggy Pop.</p><p>Más ensayística se pone <strong>Lara Moreno</strong> en <em>Los amores del río de la luna</em> al situar en el centro de su texto y del tema que nos ocupa esta reflexión: “El consentimiento es la verdadera revolución social del siglo XXI, la electricidad que debería atravesar nuestros tormentos, nuestros amores, nuestra airada diversión, la deliciosa saliva que ha de cubrir nuestra piel cuando la fiebre y abrigar nuestros huesos bajo el frío”.</p><p>Nada que ver, o poco que ver, con esa cita a ciegas de <strong>Anna Mur</strong> en las bamabalinas del rock y de la fama, en los escenarios de la adoración y la mentira, en los pies y los sexos de barro (o plastilina) de esos héroes desenmascarados que hacen canciones de amor y logran que sus fans les sigan por el mundo y los moteles. Lean, por favor, Lo mejor que tiene mi marido está en sus discos.</p><p>Volvemos a la cicatriz con <strong>Marina Perezagua</strong> que sitúa su relato en los refugios de la guerra de Ucrania, en un quirófano de luz vacilante, en un escenario de miembros amputados, donde también, sí, puede surgir la pasión erótica, en ese <em>sublime ordinario</em> al que se refiere la escritora.</p><p>Un cuchillo y la sangre, una tentación (y muchos cuernos), señalan la peripecia de <em>Como una piedra agujerea el agua</em>, de <strong>Llucia Ramis</strong>. Hay violencia, pero también pasión o nostalgia de la pasión. <strong>Lucía Solla Sobral</strong>, busca en <em>La perturbadora normalidad</em>, como suele, los recovecos del maltrato con una clarividencia que a veces hipnotiza y que casi siempre duele. Hay pelos y señales. “Cuando te quieres dar cuenta hay nombres que no vuelves a decir en voz alta, ropa que ha quedado en el fondo del armario y todo tu dinero está en la cuenta común”.</p><p><strong>Candela Sierra</strong> desmonta en su cómic <em>Real Ideal</em> las noches y los ligues de una generación muy perdida y se interna en los espejos falsos de las relaciones en red y sin red. Tormentosos, y muchos, son también los sarpullidos (de la sífilis) de Camões en el ensayo que le dedica <strong>Isabel Soler</strong> donde nos muestra a un poeta laureado y pendenciero, también lo son  los desafectos y migrañas de Zenobia Camprubí con Juan Ramón Jiménez que nos actualiza <strong>Laia Arcusa</strong> o incluso la diabólica influencia en los amantes de la moda que sigue ejerciendo Anne Wintour desde un trono donde todos aspiran a vestirse de Prada. Lo cuenta <strong>Paloma</strong> <strong>Rando</strong>.</p><p>Disfruten de la lectura, del amor y también, en lo posible, de la tormenta.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 Jul 2026 04:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
      <media:title><![CDATA[Amores tormentosos, en TintaLibre de verano]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Cultura,TintaLibre]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Los muertos y nosotros (Lo sublime ordinario)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/muertos-sublime-ordinario_1_2234918.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8f6c11da-cd79-4e05-b51f-d77e2c289879_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los muertos y nosotros (Lo sublime ordinario)"></p><p>La primera vez que sonó la alarma antiaérea <strong>yo estaba tomando notas junto a un adolescente al que acababan de abrir el cráneo</strong>. Una bata verde demasiado grande para mí, fundas en los zapatos, gorro, mascarilla. Ninguno de los olores del quirófano remitía a un cuerpo humano. Los antisépticos ocultaban el hueso que se sierra, la sangre recién expuesta y el sudor acumulado en el personal médico.</p><p>Pero sí vi todo. El cerebro respiraba bajo la luz blanca como un platillo volante detenido sobre el paciente, aquella masa gris y brillante se elevaba apenas unos milímetros y volvía a descender, como una marea. El anestesista vigilaba las pantallas. Una enfermera contaba instrumental. Henry Marsh tocaba, pinchaba, movía aquel cerebro como algo rutinario. En realidad, no tengo una palabra para esto; si hubiera alguna, sería un término que definiera la unión entre lo sublime, que ocurre pocas veces en la vida, si ocurre, y lo cotidiano, diario, común. Lo sublime del día a día. <strong>Lo sublime ordinario</strong>.</p><p>El mundo podía derrumbarse al otro lado de las paredes, los teléfonos no dejaban de emitir alertas aéreas, el cielo artillado volvía a cazar cuerpos y, sin embargo, allí dentro el universo se reducía a unos pocos centímetros de materia gris. Pensé que aquel cerebro era lo más vulnerable que había visto nunca. Me equivocaba. <strong>La vulnerabilidad vendría después</strong>. </p><p>Cuando salimos del hospital, <strong>Kiev </strong>volvía a golpearme con el aspecto de una ciudad que había dejado de sorprenderse por la violencia desde la última vez que había estado. Los escaparates protegidos con tablones. Los sacos terreros. Las ventanas cruzadas con cinta adhesiva. Los carteles indicando refugios. La gente caminando deprisa. La gente caminando despacio.<strong> La gente caminando como si no hubiera guerra</strong>. En el suelo me encontré la hebilla de un cinturón. Al principio pensé que era una pieza cualquiera de metal. Estaba ennegrecida por el fuego. Conservaba parte del cierre y un fragmento de la correa militar, endurecida por las fibras sintéticas que el calor había fundido. </p><p>La guardé. Sabía que su cuerpo estaría en algún lugar, pero en qué estado. Consideré que tenía que guardarla. El metal estaba frío. Qué rápido se enfría todo en la guerra. Pensé en el soldado. Pensé en su cintura. Pensé en la explosión. Pensé que, para ciertas familias, un objeto así podía convertirse en la diferencia entre una desaparición y una muerte. La hebilla como piedra fundacional para una tumba. <strong>Una hebilla no es un cuerpo, pero a veces es más de lo que queda de uno</strong>.</p><p>Durante todo el tiempo que estuve en Ucrania llevaba la hebilla en el bolsillo. A veces la tocaba mientras caminaba. Su borde afilado me arañaba la yema del dedo. Yo misma buscaba el arañazo para no sentirme culpable, para no pensar en el deseo que también portaba conmigo cada día, en el sexo inminente, en ese estado de incandescencia en el que uno se encuentra cuando sabe que muy pronto va a arder. La hebilla se convirtió en una pequeña herida portátil. Una forma de recordar dónde estaba. Pero era inútil. El deseo tiene algo de fiebre y algo de infestación. Entra por una rendija mínima y después aparece en todas partes. En el rastro tibio que alguien deja en un sofá. En una camisa colgada sobre una silla. En una vena visible bajo la piel de una mano. El cuerpo empieza a comportarse como territorio ocupado. Me arañaba el dedo porque era más fácil soportar un dolor pequeño que la evidencia de que <strong>mi cuerpo seguía funcionando exactamente igual que si no hubiera guerra</strong>. Seguía acelerándose. Seguía esperando. Seguía fantaseando. El deseo se había instalado en mí como una esquirla demasiado pequeña para extraerla. Todo lo rozaba. Todo lo inflamaba.</p><p>La guerra. El día anterior había estado con un grupo de jóvenes mutilados que se recuperaban levantando peso, haciendo abdominales. A algunos sólo les quedaba un brazo, una pierna. Pensaba que era rehabilitación, y lo era, pero para poder regresar a la guerra. No había suficientes hombres. Y yo pensando sólo en uno, que hasta ese momento mantenía todas sus extremidades. ¿Pero acaso no me deseaba también él? ¿No se acostaba pensando en mi cuerpo mientras a pocos kilómetros seguían recogiendo fragmentos de otros cuerpos? ¿No imaginaba ese primer aliento de mi boca aproximándose hacia la suya mientras las sirenas de las ambulancias atravesaban la ciudad? Quizá el deseo sea precisamente eso: la incapacidad de repartir el sufrimiento de manera justa. <strong>Me parecía obsceno desearle</strong>. Más obsceno aún imaginar que él podía desearme. Pero la mayor obscenidad no era el deseo. La obscenidad era descubrir que ninguna de las dos cosas anulaba a la otra.</p><p>No pensaba en él constantemente. Peor. A intervalos. Como las alertas aéreas. Aparecía mientras escuchaba testimonios de madres que habían perdido a sus hijos. Mientras observaba radiografías de pulmones atravesados por metralla. Mientras Henry explicaba a una familia que debían elegir entre una despedida y una esperanza. Si no la operaban, podrían decirle adiós. Si la operaban, quizá viviría, pero con mucha probabilidad la niña podría irse con el alma dormida. Pensaba en él de manera intrusiva, las imágenes llegaban sin permiso. Sus manos. Su voz. La forma en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba. La manera en que se quitaba las gafas para limpiarlas con el borde de la camisa. Nada extraordinario. <strong>Absolutamente nada digno de competir con una guerra</strong>. Y, sin embargo, competía.</p><p>Esa fue la parte más vergonzosa. No que le deseara. Sino que el deseo fuera capaz de imponerse. </p><p>Aquella noche volvió a sonar la alarma. Veinte plantas. No había tiempo para bajar al búnker. Nos refugiamos en la bañera, el lugar más seguro. Recuerdo la porcelana. Su frialdad. El olor del cuarto de baño. Tuberías antiguas. Polvo. Nuestras rodillas que se rozaban. La oscuridad. El teléfono iluminando fragmentos de su rostro. Recuerdo pensar que un misil podía atravesar el edificio. Que podíamos morir allí mismo. Y recuerdo algo peor, y es que aquella idea no logró apartarme de él. La muerte estaba sentada con nosotros en la bañera, y aun así <strong>mi atención seguía desviándose hacia lo más frágil y efímero, la vida</strong>. En un fogonazo, me fijé en la sombra de la barba que le aparecía al final del día. El espacio era insuficiente. Las piernas encogidas. Los brazos formando una bóveda precaria sobre nuestras cabezas, como alas replegadas. La guerra había reducido el mundo y todos sus muertos a una bañera. Mientras los misiles buscaban vidas desde el cielo, nosotros seguíamos atrapados en la antigua costumbre de buscarlos sobre la tierra. Mientras el cielo elegía víctimas al azar, nosotros estábamos empeñados en elegirnos. Él para mí, yo para él, entre todos los vivos.</p><p>La proximidad modifica las proporciones. Eso ocurre en la guerra. Y también ocurre en el deseo. Una rodilla deja de ser una rodilla. Una respiración deja de ser una respiración. Un silencio deja de ser un silencio. Todo adquiere un tamaño desmesurado. Todo se vuelve importante. <strong>Todo parece definitivo. La muerte. Y el amor, la vida</strong> que sigue regando el humus de la carne, el rocío del amanecer de dos cuerpos coordinados.</p><p>Afuera sonó una explosión. Luego otra. El edificio tembló apenas un segundo. Pensé en los soldados del centro de rehabilitación. En el chico con un mechón rasta –vestigio de su vida anterior a la guerra– en la cabeza rapada, y que aprendía a caminar sobre una prótesis nueva. En la manga vacía colgando junto al torso de otro. En los tatuajes desfigurados. En las cicatrices superpuestas a otras cicatrices como estratos sedimentarios en los yacimientos del dolor. Pensé en todos ellos. Personajes secundarios que no lograban alejarme de la importancia de una única vida, la suya; o una única muerte, la nuestra. Y esa otra muerte, la muerte chiquita, la que nos hilvana de orgasmo en orgasmo, la que nos recuerda que toda entrega contiene una forma de desaparición. La pequeña aniquilación privada frente a la gran aniquilación colectiva.</p><p><strong>El deseo tiene algo profundamente inmoral</strong>. No acepta jerarquías. No respeta contextos. No entiende de guerras. No entiende de amputaciones. No entiende de muertos. Sigue avanzando igual que una raíz bajo el cemento. Igual que un incendio. </p><p>La guerra me enseñó muchas cosas. Pero quizá la más perturbadora fue esta: que <strong>incluso rodeados por la muerte seguimos buscando señales de vida</strong>. Y que a veces confundimos esas señales con el amor. O no. </p><p>De todas las explosiones de las que me salvé, recuerdo especialmente las nuestras: la lenta combustión del sexo, la presión acumulándose en silencio, como en un submarino que desciende más allá de la profundidad recomendada mientras el casco empieza a crujir, los tornillos protestan gemidos de acero, la necesidad de acercar un cuerpo a otro mientras el mundo se empeñaba en desmembrar a individuos por separado. Quizá el amor no sea más que eso: líquido para apagar un fuego que, en realidad, viene de dentro.</p><p>El cuerpo es un traidor. O quizá no. Quizá simplemente conoce prioridades más antiguas que la moral. Creo que el sentimiento que me había llevado una y otra vez a un país en guerra era el mismo que encendía mis alas: la pulsión de vida. No recuerdo cuántos misiles cayeron sobre Kiev aquella semana. Pero recuerdo exactamente cuánto deseaba que el mundo tardara un poco más en acabarse. Cuánto deseaba <strong>que la muerte siguiera ocupándose de otros</strong>.</p><p><em>*Los últimos libros de </em><em><strong>Marina Perezagua</strong></em><em> han sido ‘La playa’ (Pre-Textos, 2024) y ‘Luna Park’ (Páginas de Espuma, 2025).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 23 Aug 2026 04:01:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marina Perezagua]]></author>
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      <title><![CDATA[Horchata otrora]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/horchata-otrora_1_2234913.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c46247a2-5327-442b-9684-20ea628012e0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Horchata otrora"></p><p>Podría ponerse unos auriculares si piensa pasarse la tarde saltando vídeos cada tres segundos en el móvil. Y quién sabe por qué arrastra el dedo con ese gesto de aprobación en la cara. Siempre vengo a tomarme una horchata a esta terraza precisamente a las cuatro de la tarde porque nunca hay nadie y no ponen música. Pero <strong>hoy tengo a esta tía detrás tocando los huevos que flipas</strong>. Podría por lo menos ponerse en la mesa más alejada, o terminarse el café, cruzar el paseo marítimo y dejarme a solas con el ruido del mar.</p><p>En un momento no puedo evitar girarme y, con todo el buen rollo del que soy capaz, hacerle notar que me tiene al límite de la crisis nerviosa:</p><p>—¡Deja siquiera esa, que hacía siglos que no escuchaba <em>Hot Stuff</em> de los Full Monty! —le digo.</p><p>—Incorrecto –responde ella con tal seriedad que, para alguien de no más de 25 años que se dirige a uno de más de 46, resulta desafiante y escandalosa–. <em>Full Monty</em> es la película en la que sale el tema, no una banda. <em>Hot Stuff</em> es de Donna Summer, éxito de 1979, producido por el genio de la música <em>disco</em> Giorgio Moroder.</p><p>—Mirándolo en el teléfono también sé yo quién parió a Barbara Streisand. Y, ya que estamos, por favor, déjala sonar entera —contesto intentando salvaguardar mi dignidad.</p><p>—No lo he leído en el teléfono. Y no, no la pongo entera.</p><p>¿Qué podías esperar, Renato?, me digo volviendo sobre mi horchata. <strong>A su edad yo sólo pensaba en la música</strong>. Ella sólo tiene cabeza para el tictóc y las redes sociales de la gente joven. Que se le borren las yemas de los dedos y se le queme la última neurona. Menor sería la tortura en el bar de la plaza donde ponen Cadena Dial que no poder escuchar ni una canción completa. Pero esta silla tiene la forma de mi culo y no será una niñata la que haga que me levante. Un momento, ¿pero se le han agarrotado las manos? ¡Qué suerte que le ha dado el ataque epiléptico antes que a mí, y justo en esta maravilla de canción! La horchata otrora contaminada de ruido compulsivo se acaba de convertir en la mejor que he probado en mi vida. Justo antes del comienzo de la segunda estrofa, otro ruido interrumpe el idilio:</p><p>—A ver, ¿te sabes la canción? –me pregunta la tipa alzando la voz por encima del único tema que ha dejado sonar–. Me giro por segunda vez, apoyo el codo en el respaldo de la silla Frigo, la enfoco y le respondo con la suficiencia propia de un rockero de profesión:</p><p>—<em>Gimme Danger</em>, de Iggy and The Stooges.</p><p>—Sí, es <em>Gimme Danger</em>, pero de Iggy Pop como solista.</p><p>—Para para para. Te equivocas. Está en <em>Raw Power</em>, el último disco que Iggy hizo con los Stooges antes de reunirse en 2007.</p><p>—Si me lo dices con tanta seguridad pues te creo. Ese tipo de música no es mi fuerte.</p><p><strong>¿Cómo que “ese tipo de música”?, pienso. ¡Iggy Pop es “la música” del siglo XX!</strong> Frena, Renato, frena, que no se traduzca ese comentario de pollavieja en tu cara. Siendo justos, a una chavala que se pasa la tarde mirando vídeos en el móvil hay que reconocerle el mérito de saber quién es la Iguana. </p><p>—Me guste o no, tengo que conocer todos los tipos de música. </p><p>–¿Qué pasa, pinchas en Razzmatazz con Youtube?</p><p>–Desde la canción más cursi de Justin Bieber hasta la cara B de los vinilos de 45 de Lola Flores. </p><p>Parece que algo del comentario de pollavieja sí que se ha trasladado a mi cara, de tantas explicaciones como me está dando </p><p>–El intérprete, el título exacto y adivinarlo en el menor tiempo posible.</p><p>—¿Y qué más da el título exacto? Lo importante es sentir la música, lo cual es imposible con el tictóc o el ístagran o lo que sea que cada tres segundos te cambia de tema –respondo abrazando mi naturaleza irrefrenablemente pureta, qué se le va a hacer–. Además, ya se me ha acabado la horchata. </p><p>Ella, como no puede ser de otro modo, se ríe en mi cara. Lo raro es que se levanta, se me pone al lado y me enseña el móvil con la portada de <em>Raw Power</em> ocupando toda la pantalla.</p><p>—Ni TikTok ni hostias. Me estoy entrenando.<strong> En septiembre participaré en un concurso de la tele</strong>. Ponen una canción y el que la adivina antes, gana. Y gana mucha pasta.</p><p>Yo la miro desde mi trono Frigo y ella me sostiene la mirada desde su largo metro ochenta. Si me levanto, es posible que me saque una cabeza. Le miro los pies a ver si lleva tacones. Con la vista todavía baja le pregunto:</p><p>—Pero no tiene sentido adivinar la canción si la estás viendo en internet —la acuso sin demasiado convencimiento porque toda la situación me parece marciana, empezando por el hecho de que una tía de metro ochenta sin tacones lleve hablándome cinco minutos en la horchatería de mi pueblo a la hora de la siesta.</p><p>—Sólo miro la pantalla cuando tengo dudas de la canción que está sonando.</p><p>—Es imposible, se te cae la vista siempre, aunque no quieras.</p><p>—No es verdad.</p><p>—Lo que tú digas.</p><p>La pava se me sienta delante sin pedir permiso, apoya el teléfono en la mesa, lo desliza hasta mí y me ordena:</p><p>—Dale al <em>play</em> y, en cuanto yo te diga el título de la canción, le das al botón de siguiente. Le das a <em>pause</em> sólo si me equivoco.</p><p>Como me quedo callado odiando la interfaz del Spotify, insiste:</p><p>—¿Sabes cuál es el botón del <em>play</em> y el de adelante?</p><p>Y yo, como si me estuviera desafiando el Joni a chupitos en el Valentino en 1999, agarro el teléfono y me pongo a hacer exactamente eso que llevo criticando desde que llegué: pasar canciones cada tres diabólicos segundos.</p><p>Ay qué risa, que no se da cuenta Renato de que quien está cantando no es Robe Iniesta sino el que te vende los tornillos en el Diceltro. Míralo ahí en primera fila saltando y cantando <em>Extremaydura</em>, de <em>Tú en tu casa, nosotros en la hoguera</em>, álbum debut de Extremoduro, 1990, a día de hoy descatalogado. Parece que soy la única que se aburre esta noche en el Hollister. <strong>Todos los carrozas, pollaviejas, señoros y sus señoras se vuelven locos con este coñazo de banda de versiones</strong>, y yo casi que podría sumarme a esa suspensión de la realidad según la cual el dependiente del Diceltro no es Christina Rosenvinge cantando <em>Voy en un coche</em> (la he adivinado al primer acorde de la intro de guitarra), incluida en el disco <em>Que me parta un rayo</em>, 1992, del grupo Christina y los Subterráneos; casi que podría gozar como ese público entregado si no fuera porque las canciones las hacen enteras, y a veces hasta las alargan para que la gente las coree; yo, una canción que ya conozco, no la aguanto más de tres segundos, o cinco si estoy un poco espesa, porque ya sé cómo sigue y cómo acaba. Sólo disfruto la música que no conozco, las canciones que nunca he oído, la novedad y la originalidad de grupos que nunca versionarán en el garito motero de mi pueblo. Por si fuera poco, es que anuncian hasta el título de los temas antes de tocarlos, o sea, que ni entrenarme me dejan, <em>La casa por el tejado</em>, Fito y Fitipaldis en <em>Lo más lejos a tu lado</em>, 2004, me pego un tiro, ni tres segundos la aguanto, no tengo escapatoria, ni los auriculares que me ha regalado Renato funcionan con este ruido. Cuarenta veces en estas dos semanas le he dicho que yo cascos no uso porque se me enganchan los aros, pero él ha insistido tanto con que en el concurso tendré que llevarlos y con que me tengo que acostumbrar que al final se los he aceptado, qué iba a hacer, <strong>es mi entrenador</strong>. Mientras los CampoDeNabosRockBand están intentando tocar <em>Misirlou</em> de Dick Dale and The Del Tones, 1963, lo alcanzo en la primera fila, me grita entusiasmado “¡la de <em>Pulp Fiction</em>!” y le digo que lo espero en el coche. Me hace <em>ok</em> con el pulgar, se pensará que voy a meterme una raya pero yo la droga en estas situaciones no la malgasto. Por si acaso acaba el concierto, todo el tiempo he de aprovechar. Abro Spotify y empiezo a hacer una nueva lista para que Renato me tome la lección cuando vuelva, esta vez voy a ser buena y meter canciones puretillas, así no le corto el rollo. Ya llega, se pone en el asiento del copiloto, con una mano me hace unos cuernos metaleros y con la otra se está liando un porro. Nunca había visto a nadie liar porros con una mano y hacer cosas completamente distintas con la otra, como por ejemplo pasar las canciones en el móvil. Dos segundos de violín y digo:</p><p>—<em>Te amo</em>, de Umberto Tozzi.</p><p>Dos segundos de la mítica <em>drum machine</em> de <em>With or without you,</em> de U2. Dos segundos de sintetizador, tres segundos, cuatro, y esta cuál coño es, ¡ah sí!:</p><p>—<em>Cuando zarpa el amor,</em> de Camela.</p><p>Ni dos segundos necesito para reconocer la siguiente mierda:</p><p>—<em>When a man loves a woman,</em> de Michael Bolton.</p><p>Facilísima, un segundo de órgano Hammond del rey de los pollaviejas:</p><p>—Tom Jones, <em>Sexbomb</em>.</p><p>Seis segundos de teclado y uno de guitarra y digo:</p><p>—<em>Como yo te amo</em>, de Rocío Jurado.</p><p>Dos gorgoritos de Whitney Houston y digo:</p><p>—<em>I will always love you</em>.</p><p>Tres segundos de bombo y platillo misteriosos pero en el cuarto y en el quinto el funky es inconfundiblemente…</p><p>—<em>Para hacer bien el amor</em>, de Raffaella Carrà.</p><p>—Casi.</p><p>¿Cómo que “casi”?, pienso. ¿No se titula así o no es esa la cantante? Belén, no puedes estar tan en la parra como para no acertar una que se saben hasta los sordos. 16 eternos segundos mirándonos a los ojos y entra la segunda guitarra. La canción avanza y no habría imaginado que fuera tan dulce el momento de la derrota. En el segundo 23, la cantante interviene:</p><p>—Por si acaso se acaba el mundo…</p><p>—Todo el tiempo he de aprovechar —completa la frase Renato, y acto seguido se acerca la mano a la boca y lame la cola del papel.</p><p><em>*</em><em><strong>Cristina Morales</strong></em><em> es autora, entre otros libros, de ‘Lectura fácil’, Premio Herralde de novela, (Anagrama, 2018).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Aug 2026 04:01:07 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Cristina Morales]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Horchata otrora]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Ni boba ni Bovary]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/boba-bovary_1_2234909.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/13b34a68-4517-4500-aee9-6715f9c9a654_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ni boba ni Bovary"></p><p><em><strong>Capítulo I</strong></em></p><p><strong>Llegamos a Rășinari</strong> en furgoneta. Ben aparcó delante de la puerta de madera de la casa en la que me había asegurado que creció Emil Cioran, y después de apagar el motor volvió para sí el rostro del santo que colgaba del retrovisor para santiguarse con algo de pesar. La vida es más hermosa desde este lado del cristal, me dijo, mirando hacia una calle borrosa por culpa de la lluvia. No te recomiendo salir, no salgas, Vera, que no salgas. Como comprenderéis, no le hice ni caso, y en vez de contentarme con la visión tormentosa que nos ofrecía el transporte, abrí mi puerta, bajé de un salto y me salpiqué de la sustancia marrón que cubría la calle sin asfaltar. Te lo advertí, dijo Ben, bajando su ventanilla y con los ojos puestos no sé si en las manchas de barro, o si en la forma de mis muslos gruesos, que ya le había pillado observando durante la cena, algunas horas antes de esta excursión al pueblo natal de mi pensador favorito. ¿Cioran? ¿Tu favorito? ¡Es un bufón!, sentenció en un francés muy griego, pronunciado con unas erres bastante robustas, bastante pesadas, unas erres parecidas a las venas anchas de sus brazos morenos. Yo le miraba esas venas y él me miraba los muslos, y así de mirones fue como nos escapamos de la cena de bienvenida a la Beca de Pensamiento Contemporáneo en la que habíamos sido aceptados. Si te parece un bufón, ¿por qué pediste una beca en su Transilvania natal? ¡Porque yo soy el traductor de Lucian Blaga al griego!, me gritó. Como entonces yo no sabía quién era aquel poeta, me limité a lanzarle un beso de reconciliación. </p><p>Después de los discursos de los anfitriones y de las presentaciones de los becados, me enteré de que el griego había decidido mudarse a Cluj-Napoca un par de meses antes del encuentro, precisamente para investigar la obra epistolar de Blaga en la universidad que lleva su nombre. Que Benedicto Ílios, ahí con sus santas venotas, fuera un escritor greco-rumano, estudioso del conocimiento luciferino y convertido al catolicismo después no ya de una vulgar visión sino más bien de una “atenta escucha”, así es como lo especificó el director de nuestra beca, del susurro quejumbroso de María Magdalena en la cueva de Sainte-Baume, me excitó todavía más. Me importaron poco los proyectos ensayísticos del resto de mis compañeros. Ya sólo podía pensar en cómo sonarían las erres de Ben si le pedía que me recitara a su poeta predilecto. Por su forma de perseguir mis muslos con sus ojos entendí que mi historia también le había gustado. Y así, algo achispados, nos montamos en la furgoneta que alquiló semanas atrás para recorrer Transilvania, y con la ayuda del GPS Ben me condujo hasta Rășinari por las carreteras endiluviadas de Sibiu. ¿Pero existe el verbo endiluviar en tu idioma?, quiso saber. Sí, mentí, lo usan sólo los cioranistas. Dijo Cioran que de todo lo concebido por los teólogos las únicas páginas legibles, las únicas palabras verdaderas son las dedicadas al Diablo. </p><p>Así que allí estábamos, endiablados, endiluviados y ahora un poco encharcados frente a la casa del bufón. En realidad, tenía que haber hecho caso al greco-rumano. Tenía que haber seguido su consejo de macho, pero mi orgullo me nublaba la razón. No sabéis la que lie. Primero empapé y destrocé para siempre mis zapatillas, ¡también te avisé de que era mala idea venir al campo con ese calzado!, gritó Ben desde el coche; y después de cruzar toda clase de lodos, cuando por fin pude acercarme al edificio y abrazar la enorme entrada de madera de la familia Cioran, penosamente conservada, precaria e indigna para la memoria de un escritor de su talla, me rajé el muslo con un trozo astillado sobresaliente de su puerta. Chillé y del susto Ben salió a socorrerme. Lleno de barro ahora él también, se agachó para ver la herida de cerca. ¿Conocéis alguna palabra para ese momento exacto, para ese segundo entre que te haces un arañazo y la sangre empieza a brotar? ¡Tenías que haberte quedado dentro, fanática de bufón!, gritaba Ben, mientras mi piel permanecía expectante ante el milagro de la sangre. ¿No sale? ¿Qué? Que si no sale. ¿El qué? ¿Todavía no sale? La raya sobre la piel de mi muslo estaba blanca. Una línea perfecta. ¿Nada? Un poco más… un poquito más… ¡mira, ahora!, solté en voz alta, ¡ya sangro, Benitopoulos! ¿Estás loca, Vera?, ¿te has hecho daño? ¡Por fin me sale sangre!, insistí, muy contenta. Parece grave, podría infectarse, puerta del demonio, dijo él, intentando dirigir mi cuerpo hacia la furgoneta y decidido a llevarme a urgencias. El interior del vehículo estaba fangoso y las manos húmedas de Ben apretaban mi pierna con el papel higiénico que guardaba en la guantera. ¿Tienes datos para que busque un médico? Tú serás de los que se masturban en el coche, porque si no, no me explico que tengas un rollo de papel higiénico aquí. ¿Puedes hacer el favor de buscar la dirección del hospital? Me he dejado el móvil en la Academia. En lugar de enfadarse, Ben confesó que estaba convencido de que habríamos tenido sexo en la furgoneta si yo no hubiera sido tan estúpida como para salir a abrazar un edificio en plena tormenta. Todavía estamos a tiempo, ¿no?, supliqué, con la raja de la pierna a rebosar de hemoglobina. Él esbozó una sonrisa, pero luego miró de reojo al santo de su retrovisor, me abrochó el cinturón, me besó la frente y regresó al asiento del conductor. </p><p><em><strong>Capítulo II</strong></em></p><p>Formulario de solicitud para la Beca de Pensamiento Contemporáneo de la Academia Filosófica de Transilvania 2015. [Borrador]. Título de la propuesta: [Provisional]. <em>El sexo entre niñas. </em>Datos de la solicitante: [Por ampliar] Vera Melitón (Daganzo, 1990) vive en Barcelona. Editora en prácticas en LBI. Presentación: [Por corregir]. A los siete años, Nieves y Eva fueron castigadas por Carmencita, su maestra del Colegio Madre de la Luz, después de reconocer que las marcas que tenían por todo el cuerpo, incluidas algunas zonas cercanas a los genitales, se las habían hecho la una a la otra succionándose la piel. Lo que para ellas era un juego inocente, a la profesora le pareció una depravación. Asustada, Eva dejó de hablar a Nieves, y Nieves nunca volvió a dejarse succionar por boca alguna, ni se relacionó íntimamente con personas de su mismo género o sexo en los años siguientes al descubrimiento. Al borde de cumplir los treinta, sin embargo, Nieves se enamoró de una mujer. De alguna manera, ese nuevo despertar sexual la entristeció, pues le llevó a creer que había perdido el tiempo por culpa de una situación traumática. ¿Qué relación hay entre el miedo a la bisexualidad propia y el despertar sexual precoz? ¿Por qué la bisexualidad femenina suele ser leída como una fase o una forma de indecisión? Con <em>El sexo entre niñas</em> pretendo investigar la amistad y la vergüenza de la experiencia bisexual a través de historias reales, pero también de una bibliografía casi inexplorada en el canon occidental. El proyecto parte de una sospecha: que muchas mujeres no hemos carecido de deseo hacia otras, sino de un marco simbólico para reconocerlo como tal. Mi ensayo quiere pensar lo bisexual como una experiencia atravesada por la misoginia interiorizada pero también por el miedo adulto a la sexualidad en las infancias. ¿Y si Nieves soy yo? ¿Y si Eva soy yo? Y lo que es peor: ¿y si la maestra Carmencita somos todas? Producción: [Por ampliar] La redacción se organizará en apartados breves, casi aforísticos, articulados alrededor de escenas reales: las amigas, la vergüenza, el porno, las parejas masculinas, la ausencia de la palabra bisexual en el canon literario, los problemas de la mirada adultocéntrica al sexo –ya sea desde su lado censor, o desde el peligro del abuso– y la posibilidad de una genealogía literaria bisexual, apenas rastreable en nuestro 2015. Carta de recomendación nº1 [Por adjuntar] Carta de recomendación nº2 [Por adjuntar]. CV: [Por redactar]. Cita: [¿Merece la pena incluir?] “Casi todas las personas complicadas en el amor son deficientes sexuales” (Emil Cioran).</p><p><em><strong>Capítulo III</strong></em></p><p>La sangre ya le daba igual. Lo que Ben no terminaba de entender era lo de mi proyecto para la beca. Antes de que el director de la Academia aireara nuestras investigaciones, él estaba convencido de que yo era algún tipo de <em>enfant terrible</em> obsesa con Cioran, la autobiografía o el aforismo. En parte, tenía razón. Los aforistas no son poetas ni filósofos, pero siempre presumen de esas medallas, se quejó. Y aunque a Ben mi pensador predilecto le pareciera mediocre, me reconoció que durante la cena de bienvenida fantaseó con pasar el resto de nuestra estancia confrontando las ideas de su pensador con las del mío, hasta pulverizarme y obligarme a abandonar mi proyecto. Por un mísero segundo, tu cioranismo me pareció lo más estimulante de esta aventura, dijo. A lo que yo respondí que lo único que estimula a un hombre más que unos muslos bonitos es creerse que puede machacar las ideas de la mujer que tiene enfrente. Como confirmación, Ben dio unos golpecitos con los nudillos sobre la venda de mi herida, curada por la enfermera más enjuta de todo el Spitalul Clinic Judeţean de Sibiu. Mientras nuestros compañeros ya debían dormir en su primera noche de la Academia, el griego y yo esperábamos a que me dieran en alta en un cubículo de una sala de urgencias abarrotada. La enfermera enjuta había tenido la amabilidad de dar una silla a mi acompañante, que ella pensaba que era mi marido. Como no entiendo el rumano, Ben se encargó de hacer una dudosa traducción simultánea al francés de sus palabras. Enjuta dice que hay que esperar. Enjuta dice que no puede darte el sol en la herida. Enjuta dice que eres muy joven para ser mi esposa. Enjuta sospecha que te he raptado. Enjuta pregunta por qué estamos tan sucios. Enjuta dice que esperemos un poco más. </p><p>Eran casi las cuatro de la madrugada cuando Ben se levantó para correr las cortinas. Me impacientaron sus ganas de intimidad. Luego volvió a colocar su mano venosa sobre la gasa y puso los dedos índice y corazón de puntillas, haciéndolos caminar muy despacio hacia arriba, hasta toparse con el borde de mi bata. Sus manos grandes y morenas parecían frágiles a las puertas de mi entrepierna. Me hacía cosquillas. Entonces, ¿eres lesbiana o eres heterosexual?, porque a mí me parece que yo te gusto, y soy un hombre. Ah, ¿sí? No me había dado cuenta de que eras un hombre, pareces algún tipo de venado. Preferiría ser una puerta. La puerta de un pesimista. Una puerta sucia y astillada. La puerta que se ha cebado con tu muslo. No soy heterosexual, le dije mientras sus dedos se metían por debajo del camisón de hospital y trepaban hasta mis bragas. ¿No? Tampoco soy lesbiana. Esa es la cuestión. Hay algo más. ¿Qué eres? Cioranista, me reí, mientas él acariciaba el hueco mojado de mi pubis y yo intentaba poner cara de goce, aunque por dentro estuviera riéndome al pensar en todos los chistes que, si Ben hablara mi idioma, podría haber hecho sobre su filósofo de cabecera, a quien rebauticé como Lucían Bragas. ¿Y eres feliz? Nadie me había preguntado eso nunca en una situación así. Pero ¿lo eres? Supongo que sí, gemí. Con el índice, Ben apartó la braga hacia un ladito y con el pulgar me penetró. Después de repetir el golpe unas cuantas veces, le agarré del brazo y le pedí que me sacara de allí y que me llevara a cualquier otra parte para follarme. Siguió empujando. Intenté no hacer ruido. Mi respiración se entrecortaba y estoy segura de que vi a Enjuta abrir y cerrar las cortinas, asustada por nuestra puesta en escena. Ella gritó algo en rumano que yo interpreté como una invitación a marcharnos. Ben no se dio por aludido. Siguió tocando hasta que mi útero se contrajo, mis muslos temblaron y sacó de mí todo mi espíritu. Luego, mientras me vestía, Ben se olió los dedos y dijo algo en griego que tampoco entendí. Vera. ¿Sí? No te enfades. ¿Por? Estoy casado. Algo que en el idioma que compartíamos y con sus erres robustas debió sonar así como <em>ye suí marrrié</em>, a lo que yo contesté <em>e bon? sa ve dir cuá</em>, y él algo así como <em>oh la là liberté egalité oui! me yamé sinserité</em>. Nada. Eso último me lo he inventado, pero fue lo que pensé mientras atravesábamos el pasillo de urgencias, lleno aún de mujeres con las cuencas de los ojos moradas, niños llorando en pijama, extremidades torcidas, narices rotas, súplicas y un pastor alemán. Salimos, por fin, a la tormenta inacabable de finales de agosto en Sibiu. Allí todo seguía endiluviado. </p><p><em><strong>Capítulo IV</strong></em></p><p><em>Asunto: He visto un ángel</em></p><p><em>De Vera Melitón</em></p><p><em>Para Claudio León</em></p><p><em>5 de septiembre de 2015</em></p><p>Querido Claudio, espero que todo vaya bien por la oficina. Arranca la <em>rentrée</em> y siento nostalgia de lo que vivimos el año pasado por estas fechas. Tengo también vergüenza: no te he escrito desde que llegué a esta beca que, si me dieron, fue sólo gracias a tu generoso trapicheo. Tenías razón: más que un retiro de escritura, parece una Escuela de Venérea Creativa. Más que un exclusivo taller de pensamiento contemporáneo parece una Beca de Pisoteo al Coetáneo. De los siete que somos, en dos semanas he dejado de hablarme con tres. Todos me sacan unos cuantos años, lo que significa que me miran como a una cría todo el rato. El ensayista italoamericano, Panetone, me dijo que alguien me había puesto el mote de <em>fetita diabolică</em>, la niña diabólica, y aunque no quiso decir la autoría, yo creo que sé quién ha podido ser. Diablos aparte, avanzando con mi investigación. Me sirvió mucho el libro de Sontag que me regalaste, aunque lo que me ha destrozado es la lectura de <em>La dama de la loba</em>, de una tal Renée Vivien, a la que nuestra compañera brasilobelga está estudiando para su proyecto sobre la herencia sáfica en el siglo XXI. </p><p>Como ves, aquí todo dios tiene nacionalidad doble. Cuando me preguntan por mis orígenes y digo que nací en Guadalajara, pero vivo en Barcelona, se entusiasman con mi falsa doble patria hispanomexicana. He decidido seguirles la corriente. Pero volvamos a Vivien, y sobre todo a la mujer brasilobelga. Me tiene completamente enamorada. Esa es la razón de mi mensaje: ella es un ángel y tú deberías ser su editor en España. Además del proyecto de beca, me ha chivado que, en sus horas libres (que en verdad aquí son casi todas, je), se encuentra ultimando una novela sobre una madre soltera que se enamora de la madre del mejor amigo de su hijito. Ya sé que parece la descripción de un vídeo porno: <em>milf</em> folla madre del amigo del hijo, pero hay algo en ella que me intriga. Hay algo angélico que se despliega entre tanto diablo egoísta becado en Transilvania. Veo, por cierto, que <em>La dama de la loba </em>todavía no se ha traducido al castellano. Si me dejas, podría hacer de agente doble y contarte todo lo que voy descubriendo para tu colección de clásicos marginales. Yo también quiero escribir, pero sólo he sido capaz de leer. Me sorprendió mucho que en <em>La dama de la loba </em>Vivien se travistiera siempre en personajes masculinos para expresar su deseo lesbiano. Me recordó al ensayo de prueba que adjunté para postular a esta beca, y a tu sorpresa de que mi prólogo estuviera escrito en un masculino ficticio. A fin de cuentas, ¿no es la bisexualidad una forma de disfraz o de travestismo? ¿No estábamos de acuerdo en que las niñas bisexuales sabemos que lo somos desde que, a los cinco, siete o diez años nos ponemos en el lugar del papá y no en el de la mamá para cortejar a nuestras amigas, para fingir que nos acostamos con ellas y las embarazamos? Te copio aquí, por cierto, una cita que me gustaría incluir en <em>El sexo entre niñas</em>. La he traducido yo misma: “No sé por qué me empeñé en cortejar a aquella mujer. No era ni guapa, ni hermosa, ni siquiera agradable. No es que a mí la Naturaleza me haya dotado de cualidades extraordinarias, ni en lo físico ni en lo moral: pero al final, tal como soy –¿debo admitirlo?–, he sido muy afortunado en el sexo. ¡Oh! No se preocupen, no voy a infligirles el vanidoso relato de mis conquistas. Soy un hombre modesto”. Promete, ¿no? Ese donjuanismo mojigato me interesa. Me gustaría aplicarlo a mi avasallamiento personal a la autora brasilobelga. Si me disfrazo de sáfica, ¿me hará caso? Toda expresión de la sexualidad es un disfraz. Ahora, deséame suerte. ¡Y reparte besos en la ofi!, Vera. </p><p>[CONTINUARÁ…]</p><p><em>*</em><em><strong>Luna Miguel</strong></em><em> lee, escribe y edita. Su último libro ha sido el ensayo ‘Incensurable’ (Lumen, 2025).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 16 Aug 2026 04:00:54 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luna Miguel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Ni boba ni Bovary]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Lo mejor que tiene mi marido está en sus discos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/mejor-marido-discos_1_2220212.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/980b372e-b3b4-4ebc-b7f6-53d5e968bc2e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo mejor que tiene mi marido está en sus discos"></p><p><strong>Músicos no. </strong>Y menos si te doblan la edad, cariño. <strong>Músicos casados no</strong>, mi amor, aunque te paseen por la Diagonal, se levanten de la silla para besarte en los restaurantes, te escriban canciones de amor y te inviten a ir con ellos de gira. Te lo digo yo, que conocí a unos cuantos cuando me iniciaba en la vida amorosa y les creía cuando <strong>me decían que querrían tener dos vidas</strong> para poder estar conmigo y darme la felicidad que merezco. Era terrible no habernos conocido antes, me decían, y yo asentía, tímida y jovencísima, incapaz de imaginar toda la belleza de esa posible vida, incapaz de atreverme a pedirles que abandonaran la que les hacía tan infelices. </p><p>Que lo nuestro podría haber sido la Gran Historia de Amor, decían. </p><p>Que qué pena que ellos tuvieran tanto que perder y yo tan poco.</p><p>Músicos adultos incapaces de establecer relaciones sanas con mujeres de su edad no, mi amor. No, aunque seas muy madura para la edad que tienes. Porque te dicen que lo vuestro no puede ser, pero no acaban de irse. Y aparecen por sorpresa con un ramo de flores, con un disco con una imagen de portada muy fea lleno de canciones que hablan de tus ojos o del sabor de tu boca que es como una fresa, o de cómo les encanta agarrar tus muslos debajo de las sábanas porque <strong>tus muslos debajo de las sábanas hacen que todo sea más fácil</strong>. Tus muslos debajo de las sábanas son en todo lo que piensan cuando tú no estás.</p><p>Músicos casados no, mi vida, porque <strong>esos hombres no te sueltan, pero no están</strong>.</p><p>Una vez una mujer que me doblaba la edad me dijo: “Lo mejor que tiene mi marido está en sus discos”. Y después se quejó por tener que comprarle, lavarle y doblarle los calcetines.</p><p><strong>Hace poco fui la pareja oficial de un músico</strong>. Le pagaba la casa y los discos, porque los discos no se pagan solos, cariño. Los dos primeros años fueron bastante dignos, pero al final nuestra historia se convirtió en la de una madre devota que tiene que cuidar de un hijo mentiroso. Si en una reunión de padres me hubieran dicho que mi niño necesitaba terapia, yo habría regresado a casa echando pestes del profesor incompetente que no ve cómo brilla mi niño, cómo de especial es mi niño incomprendido. Mi niño músico con barba blanca desaparecía temprano por la mañana con cualquier excusa. Cuando me decía que se iba a ver cómo entraba su hijo en el colegio yo quería creerlo como supongo que los han querido creer las parejas de aquellos con los que yo me encontraba en hoteles de playa, en pueblos perdidos de la mano de dios o en bares de mala muerte cuando fui joven y sentía la fortuna de que me hubieran elegido.</p><p>Una vez esperé a uno en el bar de un hotelucho de Lloret de Mar. Habíamos alquilado una habitación a medio camino entre su ciudad y la mía y él aprovechó el rato que necesitaban unos electricistas para arreglar un desperfecto de la casa en la que vivía con su mujer, que en aquel momento estaba trabajando, para estar conmigo. <strong>Yo era Joni Mitchell justo antes de que nuestro amor se perdiera</strong>. Estaré siempre para ti, me decía aquel señor músico, te esperaré siempre en el bar de este hotel, detrás de una montaña rusa, en la luz azul de la pantalla del televisor. Que podría beberse un chupito de mí, me decía, y que, aún así, se mantendría en pie. Soñando con mis muslos debajo de las sábanas. </p><p>“Pepito y Pepita son el ejemplo de que una relación sana entre artistas es posible”. La mujer que me lo dijo no sabía que Pepito venía a mi casa los martes y los jueves, cuando Pepita estaba en sus clases de pilates. </p><p>Además de un poco niños, <strong>los músicos suelen ser bastante escurridizos</strong>.</p><p>Fueron tres los músicos con quien tuve relaciones largas. Los tres me decían que era lo mejor que les había pasado en la vida. A veces no respondían a mis mensajes, pero yo no le daba importancia porque lo nuestro era muy puro. Lo nuestro era una historia prohibida. La semilla de una historia especial que nunca germinaría. </p><p>Ellos seguían con sus vidas<strong> mientras yo tenía la mía detenida y los observaba por el rabillo del ojo</strong>. Tecleaban mensajes por debajo del mantel cuando los domingos comían con sus suegros. Si se sentían solos o aburridos, o si su mujer se había ido de viaje o había salido a cenar con las amigas, si estaban tristes, o si necesitaban subir su autoestima antes de un concierto, me llamaban para que les dijera que eran los mejores y cuán privilegiadas eran las que los iban a ver desde las primeras filas. Y si aquella misma noche al acabar el concierto necesitaban verme yo cambiaba mis planes para recibirlos. </p><p>Venían a mi casa de chica de veinte años amueblada con muebles recogidos de los contenedores y se me quedaban dormidos encima como niños pequeños después de un berrinche, y <strong>yo me sentía la mujer más afortunada del mundo</strong>. Cuando dormíamos en un hotel, o salíamos y querían invitarme, pagaba yo –mis padres– para que sus mujeres no sospecharan nada cuando revisaran las tarjetas de crédito. Después me daban el efectivo que sacaban de un cajero automático. </p><p>Casi todos eran famosos. </p><p>Conocí a uno muy imbécil que se fue de mi casa antes de que yo me despertara. Cuando abrí los ojos y vi un condón anudado en mi mesilla de noche, sentí un vacío infinito. Después me escribió un <em>mail</em> muy largo para decirme que <strong>se había tenido que ir porque se había sentido amenazado por mi belleza</strong> y por los ojitos de mis gatos, que eran como fueguitos en la noche.</p><p>Algunos, eso lo supe más tarde, <strong>estaban en un grupo de Whatsapp que era una agenda de contactos sexuales y también el lugar perfecto para </strong><em><strong>voyeurs</strong></em>. Porque se enviaban fotos de las fans con las que se acostaban e intercambiaban sus teléfonos. Había una en Granada que acudía a la hora que fuera y en Madrid otra que era un poco guarra. En Sevilla, había una que iba depilada como una niña y se dejaba follar por el culo. Yo debo de aparecer en alguna de esas fotos desmelenada y con la boca abierta vestida con las braguitas de encaje rosa fucsia o con un pijama minúsculo de Hello Kitty. Y aunque a estas alturas eso me da igual,<strong> me entristece ver las fotos de los estadios llenos de mujeres </strong>cantando con ellos –que ahora son señores con el pelo blanco, boina, panza, barba larga y sombrero– que si el cielo azul contigo y las estrellas o que si el fuego de tu piel y tu mirada y un volcán.</p><p>Cuando sucedió lo que escribo ellos pasaban de los cuarenta y yo me acercaba a los veinte. No sabía nada de la vida y solo deseaba ser amada. <em><strong>Send nudes</strong></em><strong>, amor, tecleaban los domingos desde debajo del mantel de la casa de sus suegros</strong>. </p><p>Un día me llegó por sorpresa una foto de una polla. Nunca imaginé que el dueño me diría un día al penetrarme: “¿Te hago daño?” </p><p>Claro que me hacía daño.</p><p>Pero no con su polla ridícula.</p><p>Me acerco a los cincuenta y hace más de diez años que no sé nada de él, pero esta mañana recibí un <em>mail </em>de una amiga que me ha devuelto de golpe a los veinte años de amor intermitente con un señor bajito que tenía una esposa que le controlaba las tarjetas de crédito, un hijo monísimo y mucha cara dura. A ese hombre bajito todo el mundo lo quiere. Todo el mundo dice que es entrañable. Que es un amor. Un ejemplo. Una bellísima persona que con su arte y su carisma engrosa el valor de la cultura patria. </p><p>He querido escribir muchas veces sobre él, porque veinte años dan para mucho y porque su historia también es mi historia, pero me da un poco de vergüenza.</p><p>Hace bastantes meses que mi amiga y yo no hablamos. Nos vemos poco y <strong>su último mensaje fue duro</strong>. Me decía que solo quería tener cerca a las personas que la quieren tal como es. “Me he puesto en el centro y ahora solo quiero en mi vida a las personas que me aprecian de verdad, con lo bueno y con lo malo. Quiero que sepas que aunque esto suene a despedida me importa, y mucho, que estés bien. Has sido importante para mí”. Y me mandaba un abrazo que sentí frío, apelmazado, un abrazo de compromiso, casi de mentira.</p><p>El mensaje de esta mañana era diferente, el tono era amable y me he alegrado de recibirlo. Nuestra historia duró más de quince años con las intermitencias normales de la vida: las físicas (vivimos lejos), las emocionales (las dos hemos tenido cuadros depresivos que no han coincidido en el tiempo), las personales (las dos hemos sido madres, las dos somos artistas, las dos hemos tenido que encontrar la manera de “conciliar” para sostener nuestros proyectos). En una ocasión en la que nos vimos y ella estaba embarazada de bastantes meses, acabamos tristísimas porque lo más probable era que su marido no la deseara nunca jamás, que no pudiera amar a aquel cuerpo que parecía un botijo. Ella pensaba que todavía la amaría menos después del parto y yo no pude convencerla de lo contrario porque sentía algo muy parecido. ¿Cómo se iba a amar al objeto de deseo que se había abierto en canal justo por el sitio del placer? </p><p>Pero a lo que iba: el mensaje de mi amiga no era sobre nosotras, pero agradecí recibirlo y lo he aprovechado para acercarme a ella pero no del modo en que lo habría hecho antaño, cuando me habría aferrado a cualquier palabra para recuperarla. Agradecí recibirlo porque significa que había pensado en mí. </p><p>El mensaje es terrible.</p><p>Me dice que ha estado trabajando con Pepito y que se ha acordado mucho de mí (¡cómo no hacerlo, si le he hablado de él más que de mi madre!). Que gracias a su amabilidad consiguieron una sesión de fotos muy buena (siempre consigue que una sienta que le debe algo), que las imágenes destilan inteligencia, humor, candidez, compromiso y humildad (así lo ha escrito). “Ya no estáis en contacto, ¿no? Bueno, espero que estés bien”. Y me manda un abrazo.</p><p>No la culpo porque sé que el mensaje es una forma de autoafirmación al ser aceptada por una persona que el resto de la comunidad artística de este país tiene en buen lugar. Sé que necesita este reconocimiento. Lo único que lamento es que lo consiga a través de una persona que me ha hecho un daño del que ella es conocedora y lamento que, además, me lo cuente con tanta ligereza, reapareciendo en mi vida desde el más allá. <strong>No sé decirle que pienso que lo que está haciendo no es justo para ninguna de las dos</strong>, solo soy capaz de contestar: “¡Cuánto tiempo! ¡Cómo me alegra saber que estás bien! Y qué maravilla que Pepito haya sido tan majo. Me alegra saber que sigue en forma, tan encantador como siempre. Yo aprovecho para decir algo que ya sabes: que sigo aquí para ti, con mis defectos y con mis virtudes. Ojalá me lleves de vuelta a tu vida, porque te he querido mucho. De hecho, te sigo queriendo. Te mando millones de besos”.</p><p>Era broma. En realidad, mi respuesta ha sido otra: “¡Buenos días, preciosa! ¡Qué alegría saber de ti! ¡Qué bien! ¡Un abrazo!”.</p><p>A Pepito lo conocí cuando cumplí los veinte. Fui a uno de sus conciertos con mi amiga Anna. Yo no sabía que Pepito se llamaba Pepito, solo sabía el nombre del grupo. <strong>Yo no sabía que aquella noche me cambiaría la vida</strong>. Si pudiera volver atrás, quizás elegiría quedarme en el bar con el resto del grupo tomando cervezas. Porque yo no tenía ningún interés en conocer a Pepito. Solo quería saltar con Anna, abrazar a Anna, divertirme con ella. Gritar, hacernos fotos, beber, reír. Y eso es lo que hice aquella noche en primera fila, y más tarde Pepito me dijo que le había robado protagonismo. Pensé que era un halago o una broma, pero ahora que ha pasado tanto tiempo y que lo conozco tan bien sé que era una queja.</p><p>Tengo una foto muy graciosa con el escenario detrás, feliz, borracha, roja, gritona, despeinada, con los pies de Pepito y del resto de los músicos sobre mi cabeza. </p><p>Tengo otra foto menos graciosa, levantando los brazos y con cara de sorpresa, porque Pepito se agachó y colocó su cabeza entre mis brazos. Y cantaba. La la la la laaaaaa. Cantaba que si su saliva y la saliva de la otra nosequé y nosecuantas. Y yo flipando. <strong>Porque cuando acabó todo me quiso conocer</strong>. ¿Cómo te llamas?, me preguntó, y yo: pues me llamo Paloma, y él: pues qué nombre tan bonito, pero después me llamaba Aloma. Y yo: Paloma, con P de Pontevedra. Y él: ah, sí, perdona Paloma, pero al cabo de un rato: “Aloma, nosequé”. Y yo: Paloma, con P de Puerta. Y él: ¡Alomaaa! Y yo: Paloma, con P de Pepito. Al final le grité ¡Con P de Puta! Y ya, a partir de ahí me llamó Paloma. </p><p>Aquella noche fue muy rara y acabó muy mal, porque cuando ya me iba se apalancó en el taxi que Anna y yo cogimos para volver al piso de estudiantes, y se trajo a su representante. Y yo no quería acostarme con él, pero él quería llevarme a alguna habitación. Y yo le decía: Pepito, por favor, no me hagas esto, que a mí me encanta tu música. Pepito, por favor te lo pido. Y al final se cansó y cogió al representante <strong>y se fue pegando un portazo y gritando cerrad bien no sea que os violen</strong>. Y yo me quedé muy mal, pero para Anna todo era muy gracioso, tan gracioso que, al día siguiente, en la facultad, se lo fue contando a todos. Y todos se rieron.</p><p>Unos días después me llegó un mail con el asunto “Con P de Paloma”. Pepito se había inspirado: la P daba para mucho. La P era de Princesa, de Podría ser, de Perfecta, de Primera, la P no era solo de Paloma, Pontevedra, Puerta y Pepito, la P era de PARA SIEMPRE. Y así continuaría siendo si yo no lo hubiera frenado. Porque él siguió con su vida, pero no había un día en que no me dijera que le gustaría tener dos vidas para poderme dar toda la felicidad que yo me merecía.</p><p>Nuestra historia podría dividirse en dos partes: la primera, cuando lo perseguí yo, y la segunda, cuando me persiguió él. <strong>Duraron diez años cada una. Veinte en total</strong>.</p><p>He de decir que la primera parte la viví con mucha ansiedad, porque yo no sabía si él me quería y yo estaba enamorada. La segunda, por más que él se queje, no fue tan dura, porque <strong>él siempre supo que yo lo amaba</strong>. Aunque claro, ya no de la manera loca del principio, la que a él le gustaba, cuando lo encerraba en lavabos para que no se fuera, lo llamaba a horas intempestivas y le escribía poemas. En la segunda parte iba todo de capa caída, y cuando más nos acercábamos al final, más crecía su deseo. </p><p>Fue por esa época cuando me mandó la fotopolla.</p><p>Y un día, como tantos otros, se plantó en mi casa y me dijo que ya sabía que yo tenía trabajo, pero que él también, y que no molestaría, que se pondría como siempre en la cocina con su ordenador. Pero no paraba quieto. Paloma, te quiero comer el coño. Y yo le decía Pepito, que estoy trabajando, y además esas cosas no suceden así, esas cosas tienen que darse. Y él: por favor, solo un poquito. Y yo: Pepito, que tengo una cándida. Y él: que me da igual. Y yo: ¿y tu mujer? Le pegaremos la cándida a tu mujer. Y él: no, que va, que no pasa nada. Y yo: bueno, vale, pero solo diez minutos. </p><p>Aquel día se quedó a dormir porque su mujer estaba de viaje de negocios y el niño, que en aquel momento ya casi era un adolescente, con los abuelos. <strong>Yo le dije que no me apetecía follar, pero él insistió, y aquel fue el día que me preguntó si me hacía daño</strong>. Llevaba veinte años con esto y estaba agotada, y del suspiro que me salió, porque ya no me hacía daño, y él lo sabía, porque ya no era aquella jovencita loca e ingenua que se creía cualquier promesa de amor eterno que se construía con silencios y en la oscuridad, <strong>lo absorbí</strong>. Desapareció. Engullí a Pepito con mi coño y un suspiro. De verdad que <strong>desapareció</strong>. </p><p>Sucedió a plena luz del día. Todo pasó muy rápido. Lo busqué debajo de la cama, en la cocina, en el lavabo. Salí a la calle y nada. Llamé por teléfono a su mejor amigo y me dijo que no sabía nada de él, y que eso era muy raro. Más tarde lo llamó la mujer de Pepito y fueron juntos a notificar su desaparición. Cuando en comisaría se supo su edad y su oficio, y que se estaba medicando, les dijeron que no se preocuparan porque debía de estar con alguna amante, que casos como ese habían visto cientos, que ya aparecería. Pero unos días después mostraron su foto en los informativos y en los periódicos. <strong>Yo juré y perjuré que estaba dentro de mí</strong>, hasta fui a la policía y también se lo conté a su mujer, pero nadie me cree.</p><p>Quién sabe qué debe estar haciendo Pepito ahora. Tan solo, tan perdido, en un sitio tan caliente y tan oscuro. Hay días en que no pienso en él, pero hay otros en los que lo echo de menos. Me siento culpable. Si pudiera, lo sacaría de mi cuerpo. Lo lavaría, le daría mil besitos, lo vestiría bien elegante, lo cogería de la mano y lo llevaría hasta su casa para decirle a su mujer:<strong> Toma, te lo devuelvo</strong>.</p><p><em>*</em><em><strong>Anna Mur</strong></em><em> es escritora y guionista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Aug 2026 04:01:40 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Anna Mur]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Lo mejor que tiene mi marido está en sus discos]]></media:title>
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      <title><![CDATA[El incordio de Juan Ramón Jiménez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/incordio-juan-ramon-jimenez_1_2228644.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/60d0b5a8-a678-4bb5-b676-e44f9eecece7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El incordio de Juan Ramón Jiménez"></p><p>“Pero nada<strong> </strong>es suficiente cuando sé que, para conseguirlo, rogué”. Zenobia Camprubí nunca escribió esta frase, que pertenece a una de las últimas canciones de Olivia Rodrigo. Sin embargo, sí que dejó escrito en la entrada de su diario el 3 de mayo de 1938: “Todas estas cosas que yo hubiera aceptado con agradecimiento de habérsele ocurrido a él originalmente, solo las puedo tomar ahora con una sonrisa forzada, después de catorce meses de vivir reprimida y como premio para consuelo del perdedor”. (I: 198)</p><p>El último de los trabajos de Zenobia Camprubí fue el más difícil y comprometido de todos, como recogen<strong> </strong>los tres tomos de sus diarios escritos entre 1937, al inicio del exilio al que parte junto a Juan Ramón, y 1956, año en que su escritura se detiene solo un mes antes de fallecer. Entre las innumerables visitas al dentista y el exhaustivo archivo de conocidos a los que ha escrito alguna carta, entre visitas al sastre y citas para desayunar o cenar con este o aquel, <strong>no deja de sonar una y otra vez en sus diarios la misma nota discordante: Juan Ramón Jiménez</strong>. </p><p>Es innegable que <strong>Juan Ramón apagó la vida social de Zenobia, y la suya propia</strong>, y del mismo modo, es indudable que revivió su escritura. Consigue que la mujer que asegura escribir los diarios “sin intención de expresar lo mío” pronuncie una confesión, aunque a medias, del verdadero desafío que fue su matrimonio. Ningún crítico ni académico se atreverá a cuestionar que Zenobia y Juan Ramón se quisieron durante más de 40 años, pero si incluso el mismo escritor le reconocía a Zenobia: “¡Y cómo te merecí / yo no puedo comprenderlo!”, quizá es momento de subrayar lo que ninguno de los dos pudo esconder en su escritura: <strong>su amor fue también un tormento</strong>.</p><p>Para Zenobia, ella y Juan Ramón eran verdaderamente dos ríos que iban al mismo mar, las dos personas sobre la faz de la tierra más opuestas en carácter, temperamento y formas de entender la vida transformándose en una sola por amor. El carácter sociable, activo, curioso, irrefrenable de Zenobia, contenido por el mínimo gesto de lamento de Juan Ramón, aquejado por sus manías y rarezas, nostálgico de su hogar, meditabundo y testarudo. <strong>Todo aquello que lo distingue de ella le hace quererlo y al mismo tiempo aborrecerlo en silencio</strong>: la incurable obsesión con la utilidad que presenta Zenobia en una lucha constante con la ociosidad intratable que consumía a Juan Ramón en las épocas más tristes de su enfermedad. El inicio de una “dependencia espantosa” de la que nunca pudieron liberarse.</p><p>Juan Ramón era Zenobia y Zenobia era Juan Ramón. Zenobia no solo trabajaba con el poeta o para él, lo que ha quedado más que probado en la historia, <strong>Zenobia pensaba por Juan Ramón</strong>. Es ella quien llevaba el peso de la vida familiar, social y profesional de ambos: se ocupaba de conseguir nuevos contratos y oportunidades editoriales, se preocupaba por mantener los lazos con amigos y colegas literarios cuando Juan Ramón no podía, o no quería, y asumía la responsabilidad de gestionar la economía de la pareja para poder subsistir. Y, por otro lado, la vida en su significado más amplio: era Zenobia quien pensaba en el futuro y tomaba las decisiones del presente. En estos diarios los papeles se han repartido claramente: Zenobia es quien se sacrifica en todos los actos, Juan Ramón quien aplaude en todos los descansos, y la relación de ambos es en muchos casos lo sacrificado: “Si sacrifico algo con un fin –escribe el 20 de mayo de 1938–, estoy muy poco satisfecha de desperdiciar la oportunidad, ahora que no tengo nada que hacer aquí, de hacer algunas cosas que he querido hacer en los EEUU desde hace tanto, solo para que Juan Ramón malgaste el tiempo hablando hora tras hora con toda esta gente aburrida del hotel”.  </p><p>La sensación de renuncia es continua en los tres tomos, e incluso llega a significar priorizar la salud del ser querido a la propia. Se comprenden mejor las entradas del 26 y del 27 de diciembre de 1937 si se leen de forma conjunta: “el primer deseo y el más ardiente es ir inmediatamente a la clínica más cercana para que me operen de mi molesta protuberancia. Si no pesaran sobre mí tantas tradiciones idiotas iría sin más ni más y ya podría J.R. retorcerse las manos. Es ridículo imponerle algo tan mortificante a otra persona”. Aunque al día siguiente sabe que “nunca tendré el valor ni la determinación suficiente para deshacerme de mis problemas mientras J.R. esté cerca. Por otra parte, si él tuviera algo que le molestara la quinta parte que a mí, hubiera tomado una decisión acerca del asunto sin importarle mi opinión y yo podría quejarme todo lo que quisiera. A veces estoy harta de todo, y creo que ya que vivimos solo una vez es demasiado no poder vivir la propia vida”. </p><p>La propia vida se deshace para poder construir con las ruinas la del otro. Sumida en este rol de cuidadora, Zenobia trazó una serie de engaños y amenazas con la única intención de despertar el ánimo de Juan Ramón, de provocar una reacción de alarma en él. Un portazo que lejos de ser el adiós definitivo era un grito de auxilio, el recordatorio de que seguía allí, con él. De que siempre lo estaba, o casi siempre. El 8 de abril de 1955 Zenobia va al límite “porque me ha prometido por teléfono antes de mi regreso, que estaba de acuerdo con los tres puntos de mi carta, porque ha tenido una reacción muy fuerte al enterarse por mi carta que yo me había ido y que solo volvería si él aceptaba mis condiciones”. O el 14 de febrero de 1956 inventa nuevas estrategias: “Se dejó pelar gracias a mi método duro que inauguré esta semana. Le aseguré que haríamos una vida completamente independiente, que él haría lo que le diera la gana y yo también”. </p><p>Un empezar y dejar a medias las maletas, interrumpir la vida constantemente porque estaba convencida de que, si ella “estuviera ausente más tiempo, sería mejor”. Y, en consecuencia, cuando los mil intentos se acababan vistiendo de fracaso, una y otra vez, <strong>la culpa</strong>: “Yo tengo la culpa de que no vaya bien siempre, porque no domino mi paz interior y no puedo esparcir paz a mi alrededor cuando no la tengo dentro”. Zenobia, como Juan Ramón, no era la culpable, pero se sabía responsable y no pretendía disimularlo en sus diarios: “Ayer por la noche, J.R. y yo tuvimos una pelea. Comenzó con una de sus ideas absurdas, que fue la gota que derramó el vaso, así que me dio una de mis <em>grandes cóleras</em>, llena de justa indignación y le dije que me iba a visitar a mi familia indefinidamente”. </p><p>Los años, en lugar de templarles, como suspiraba ocasionalmente en el segundo tomo de su diario, <strong>volvieron las pausas entre los relámpagos todavía más cortas</strong>. Si Juan Ramón era el rayo: “Sus salidas intempestivas sin explicación. Yo acababa de conseguir que se dejara pelar la cabeza y barba por primera vez en un mes [...] no sin que antes montara en cólera y me estrujase con rabia un brazo”, Zenobia era el trueno: “Un día durísimo con que he perdido los estribos porque J.R. consiguió hacerme saltar los nervios, con lo que di un golpe tan formidable en la mesa que se ha volcado mi vaso de leche y se ha regado hasta por el suelo. Estaba arrepentida hasta ver el buen efecto que había tenido en J.R.”.</p><p>Y a veces, la calma o el perdón, como el 28 de agosto de 1955: “Parece estarle dando vueltas a lo desgraciada que me ha hecho con sus enfermedades, las analiza y las sitúa”, en el fondo porque “el pobre es tan bueno que, en medio de su ansiedad extrema, me pide perdón por las molestias y las inquietudes que me causa”. Y entonces, en la eterna partida de ajedrez le toca el turno a Zenobia: “y luego estoy tan triste por haberle hablado fuerte delante de la gente. Él siempre tan dulce que no contesta mal nunca, y yo me destrozo porque lo quiero más que a nada en el mundo”. Por eso a veces todo se soluciona hablando “mucho tiempo, disfrutando el uno del otro y escuchándonos el uno al otro”, sabiendo que “solo se perdieron el camino” y que solo importa en realidad estar “juntos en cualquier parte”, sobre todo cuando “<strong>uno se da cuenta de que le va ya quedando poco de estar juntos</strong>”.</p><p>Quizá no pueda decirse que Zenobia fue “estropeada por un mal matrimonio”, como ella señalaba de otras mujeres, pero tampoco puede sostenerse que era “dueña de su propia vida”, no al menos completamente, no mientras vivía inmersa en “la atmósfera de lucha con J.R.” que le “perturbaba la vida entera”. Tal vez si ella no encontró nunca el “sentido” que tenía “permitirle acabar con su existencia”, sea una pregunta que merece memoria y no respuesta. </p><p>Es fácil imaginar a Zenobia leyendo estas líneas con expresión molesta, un periódico menos que almacenar en la pequeña habitación del hotel en Cuba. Quizá incluso las leería en alto para Juan Ramón. ¿Y nosotros? Nosotros leemos atrapados en esos viejos cuadernos “<strong>la relación de los dos</strong>”, que es como lo dice Zenobia Camprubí.</p><p><em>*</em><em><strong>Laia Arcusa</strong></em><em> es graduada en Filología Hispánica.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 09 Aug 2026 04:00:30 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Laia Arcusa, infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El incordio de Juan Ramón Jiménez]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Tres veces adiós]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/tres-veces-adios_1_2228635.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c363efb0-f0cc-40c2-a1e4-64cd20b965a2_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tres veces adiós"></p><p><strong>Perder el rostro de alguien querido es un miedo primitivo</strong>. Que se desvanezca, que no podamos recordarlo. Cuando Beltrán desapareció, creía verle en todas partes. Le imaginaba en lugares a los que habíamos ido juntos y también en aquellos que empecé a frecuentar después con la esperanza de labrarme un nuevo paisaje en la ciudad. Su rostro era un fantasma que rondaba mis pasos, pero no al revés, yo a él no podía seguirle. Aparecía y desaparecía de nuevo. Su presencia no era estable ni fija, en cuanto me acercaba, descubría que no era él. Lo único que me quedaba era el vídeo del último ensayo.</p><p>Escenario rojo. Butacas rojas. Cubículo de paredes falsas también rojas. Luz cobriza. Solo el tocadiscos es verde botella. Mi vestido es rojo, largo, ajustado, y llevo unos tacones de charol negro que me hacen perder el equilibrio. Beltrán y yo nos movemos de un lado a otro, improvisamos la escena final de la obra para buscar ese algo que no estamos encontrando. Estrenamos en menos de 48 horas.</p><p>Decidimos probar con un baile. Nuestros gestos se vuelven espasmódicos, es una danza animal, extraña. El equipo se ríe desde las butacas. Estamos todos cansados. La cámara graba para montar un <em>making of</em>. De pronto, Beltrán apaga la música y me mira en silencio, luego se aleja, agarra el picaporte cromado de la puerta que permite entrar y salir del cubículo. Parece dudar un momento. Se vuelve hacia mí. </p><p><strong>“Nunca te he querido”</strong>.</p><p>El portazo resuena. Durante unos minutos, no se oye nada salvo el zumbido de la grabación. Yo parezco petrificada. El equipo empieza a removerse, intranquilo. “¿Pero qué cojones…?”, susurra alguien. Tardan en entender lo que yo he sabido al instante, no es una improvisación más.</p><p>Volví a esa escena una vez y otra después de su desaparición. Digo desaparición y no ruptura porque entonces me parecía absurdo (y una distorsión, un rebajamiento de lo que fuimos) meternos a Beltrán y a mí en el molde de la ruptura amorosa, de la relación de pareja. <strong>Nada en nuestra relación fue fruto de una decisión pensada</strong>. Durante un tiempo, al principio, parecía que la gente a nuestro alrededor esperaba que anunciáramos algo. Una confirmación quizá. “¿Cómo os va a Beltrán y a ti?” o “Y con Beltrán, ¿qué? Estáis bien, ¿no?” Sonrisas de expectación. Siempre tenía la sensación de estar a punto de suspender un examen, mis respuestas no daban en el clavo, no eran las correctas.</p><p>También nos preguntaban por qué nos empeñábamos en vivir cada uno en un estudio diminuto si juntos podríamos tener más espacio. Nunca estuvo sobre la mesa, <strong>yo no quería vivir con él ni él conmigo</strong>, más allá de los días febriles en que nos instalábamos uno en casa del otro para escribir y ensayar, parir una idea, preparar un papel complicado. Eran periodos breves y espontáneos, en los que el tiempo se suspendía y nos escupía al término de lo que fuera aquello en lo que trabajábamos, no con la sensación de haber compartido una domesticidad sino de habernos montado sobre una calabaza voladora, un tren mágico, un unicornio, y haber salido ilesos, hambrientos, algo desquiciados, muy felices. </p><p>A Beltrán y a mí no nos movía el compromiso, sino <strong>la adicción a lo extraordinario</strong>. No decíamos “soy su mujer, soy su amiga, soy su amante, soy su compañera de creación”, ni tampoco “soy suyo, soy su futuro, soy la otra mitad de lo que escribe”. No éramos nada el uno del otro ni para el otro, yo no era de ni con Beltrán, Beltrán no era de ni conmigo. El verbo falla. Beltrán y yo estábamos, hacíamos, pasábamos horas, días, años hablando, follando, escribiendo, y el tiempo pasaba con nosotros y nos impulsaba. </p><p><strong>Su desaparición rompió el pacto</strong>. “Ahora soy sin Beltrán, y Beltrán es sin mí,” me repetía. Ese ahora marcaba un nuevo tiempo definido por la negación. Su “nunca te he que querido” sonó como un sortilegio, como el <em>talaq</em> musulmán que, pronunciado tres veces, rompe el matrimonio. Yo me divorcio de ti, yo me divorcio de ti, yo me divorcio de ti. Beltrán no repitió su sentencia, pero en el escenario el eco entretuvo sus palabras, y las hizo sonar otras dos veces cuando él ya no estaba allí.</p><p>Nunca te he querido. Nunca te he querido. Nunca te he querido.</p><p>Dicen quienes estudian el cerebro que la memoria y la imaginación comparten procesos cognitivos. Recordar algo que hicimos en el pasado es muy parecido a proyectarnos en un mundo hipotético y ficticio.<strong> La memoria es un territorio de especulación</strong>, lo que creemos aprehender como prueba irrefutable de un hecho que sucedió no es más que una aproximación parcial, teñida por nuestros sentimientos, nuestros conocimientos e ignorancias. El así fue y el podría ser no están delimitados por fronteras sólidas. Las historias se escurren por las grietas entre uno y otro, se tocan, se contaminan con distintos tonos de luz. El rayo del recuerdo, la chispa de la imaginación. Distintos fuegos en un mismo cerebro.</p><p>No sé cuánto de lo que ocurrió en los días y semanas que siguieron al <em>talaq</em> fue real; <strong>cuánto lo recuerdo y cuánto lo inventé</strong>. Sé que reproduje la grabación del ensayo hasta que la escena perdió sentido y empecé a sospechar que lo que en ella se veía no podía ser real. La secuencia de movimientos se desarrolla con claridad: Beltrán se aleja, me mira, abre la puerta y pronuncia su <em>talaq</em> limpiamente, sin ensañarse ni perder los nervios. Luego se va y deja que el portazo y el eco de sus palabras se entretengan entre las paredes del escenario. La mujer que soy y no soy al mismo tiempo, disfrazada de otra con el vestido rojo y los tacones de charol, no se mueve, ningún gesto ni ademán ni siquiera un fugaz cambio de expresión alteran su parálisis. Sé que esto es lo que ocurrió porque así puede verse, pero al mismo tiempo sé, con igual convicción, que no es exacto o no es todo. No se ve pero yo recuerdo a Beltrán desenfocar la mirada cuando se volvió hacia mí. Fue rápido, como si por un momento dejara de ver lo que tenía delante y viera otra cosa, con mayor profundidad. </p><p>Tampoco se me ve a mí agachando la cabeza. En el vídeo, la mujer de rojo se queda tiesa con los ojos clavados en Beltrán. Sin embargo, recuerdo perfectamente descubrir un pegote blanco en la punta de mi zapato izquierdo en los segundos de tensión que precedieron a la enunciación del divorcio. Me dio tiempo a pensar en un fideo de arroz aplastado, pegado al charol. No habíamos comido nada en el ensayo y los zapatos estaban limpios antes de empezar. <strong>Cuando levanté la cabeza todo había cambiado o estaba a punto de hacerlo</strong>, que es lo mismo.</p><p>Esa mancha se convirtió en una visión recurrente, me asaltaba sin aviso y sin tregua, como el rostro ausente de Beltrán; imágenes inconexas y erráticas que no me decían nada. Había perdido la capacidad de interpretarlas, nada de lo que ocurría a mi alrededor era traducible. La pérdida, el vacío, la parálisis y el miedo eran conceptos sin forma, gigantescos e infinitos, que se apoderaban de mis días y me sumían en una desesperación callada. Sin Beltrán, las palabras habían desaparecido. Las obras y los personajes que inventamos pertenecían a un mundo irrecuperable, el <em>talaq</em> había segado una parte de mi memoria. No podía seguir escribiendo y aun así sabía que escribir sería la única forma de salir del dolor.</p><p>La noche en que nos conocimos, hablamos de tantas cosas que me pareció estar estrenando el lenguaje, como si las palabras fueran nuevas o su efecto en mí fuera completo por primera vez. Me contó que estaba terminando un monólogo sobre un hombre que acaba de perder a su mujer en un accidente de tráfico. Le pedí que me leyera fragmentos. Era un texto oscuro, críptico, pero la soledad de ese hombre ficticio brillaba con una claridad aterradora. <strong>Beltrán era así, un poco de luz y otro mucho de sombra</strong>. “Es extraño cómo nacen las historias le dije”, y quise preguntarle: “¿Cuándo crees tú que decidimos empezar a contar algo? ¿Por qué una historia y no otra?”, pero no lo hice, me había acercado tanto a su boca que cerré los ojos y me pareció que también el oído se me apagaba, tal vez para no interferir en mi tanteo.</p><p>Es posible que si supiéramos por qué contamos algo no contaríamos nunca nada. Cuando una historia está terminada es fácil adivinar las razones que nos llevaron a desenterrarla, a limpiar los huesos, encerarlos, disponerlos bajo el foco de nuestra inquisición y examinarlos, y poco a poco insuflarles vida de nuevo, hacerlos cantar, como flautas prehistóricas, hilar sus memorias y darles cuerpo, pero estas son razones que inventamos en retrospectiva, con el trabajo de la narración hecho, y por tanto son solo parte de la verdad. <strong>Contar historias es trabajar con lo visible para intentar sacar a la luz lo invisible</strong>. Las explicaciones que nos damos a nosotros mismos al terminar una historia no están completas, pertenecen solamente al reino de lo que se ve, a lo que puede entenderse y representarse. Por el contrario, las otras razones, las más profundas, siguen escondidas. </p><p>Con las personas ocurre lo mismo,<strong> acercarse mucho a alguien ayuda a descifrarlo, pero nunca llegamos a conocerle del todo</strong>. El Beltrán que había afirmado quererme infinitas veces era el mismo que me negaba no solo su amor sino también la verdad de nuestro tiempo juntos. Era el mismo y, sin embargo, a ese último Beltrán, al que le bastó un instante para cambiar cinco años de recuerdos, yo no le había conocido nunca. Ahora ya no podría desentrañar el misterio. Beltrán no volvería a hablarme ni a amarme, y yo tampoco podía hablarle a él en mi cabeza, ni al revés, hablarme a mí misma con su voz, ensayar un diálogo espectral entre dos personajes muertos. Lo estábamos. Estábamos vivos, pero al mismo tiempo habíamos muerto. Él vivía por su lado y yo por el mío, pero el tercer espacio o ser o tiempo que habíamos creado juntos ya no existía. Mis palabras no llegaban al lenguaje porque estaban atrapadas en un habla fantasmal.</p><p>¿Por qué una historia y no otra? ¿Por qué el <em>talaq</em>? ¿Por qué esas palabras y por qué la desaparición?</p><p>Tenía que aceptar que no resolvería estas preguntas. Nada que pudiera hacer o decir desharía el <em>talaq</em>, igual que el <em>talaq</em> no podía pese a su rotundidad deshacer el amor que Beltrán me había pronunciado antes. La negación y la afirmación coexistirían para siempre, pero ese nudo tenía que quedar atrás. No resolvería las preguntas –¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?– pero quizá llegaría un tiempo en que sus interrogantes dejaran de asaltarme y yo podría atraparlos y darles otra forma, otro uso. Hacer flautas de los huesos hallados. Rellenar los vacíos. Inventar respuestas, razones, verdades para paliar el no saber. Convertiría a Beltrán en un cuento y luego lo dejaría flotar en mi conciencia, lo perdería de vista, lo olvidaría un poco o lo recordaría solo de vez en cuando, y cada vez más pálidamente. <strong>Su final daría paso a otros principios, nuevos cuentos</strong>.</p><p>Primero dolor, luego rabia y, enseguida, otra cosa. Un cosquilleo. <strong>El origen de todas las historias: la curiosidad por el vacío</strong>. </p><p>No sé en qué momento empecé a escribir una palabra y luego otra, pero sé que hubo un día en que la mujer del vestido rojo salió de la pantalla y abandonó la grabación, y sobre el escenario no había nadie. Pensé, “¿Adónde ha ido?”, y de pronto me pareció más interesante perseguir esa respuesta, recordar o inventar sus peripecias, que seguir atada al eco de un adiós triple cuya voz ya no reconocía.</p><p><em>*</em><em><strong>Amanda Mauri</strong></em><em> es autora de ‘Museo de las ausentes. Usos políticos del duelo’ (Paidós, 2024).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Aug 2026 04:00:29 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Amanda Mauri]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Tres veces adiós]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Como en una película]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/pelicula_1_2228590.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3fea5626-0e85-49f8-a443-c7121551abd2_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Como en una película"></p><p>Grita. Y temprano. Un poco demasiado temprano para esos gritos. Grita dudas, reproches, insultos, promesas. Grita de pie. Aprensiones mutiladas por la falta de aire y de referencias: dónde has, cómo puedes, se puede saber cuándo. Él se incorpora en la cama. No trata de aislar las preguntas de ella, ahora mismo su cuerpo es solo un temblor al rebufo de sus predicciones. Ese segundo desintonizado nada más despertar en que la realidad toma tierra. Y si fuese un testigo ocular sentado en la mesa de enfrente donde se apilan las copas y los restos de cena de anoche, la deducción sería esta: las preguntas de ella son preguntas legítimas que uno respondería con gusto y puede que también con mentiras si las hubiese pensado primero, pero claro, no así, no a gritos. Es lógico, ¿no? <strong>Cuando a uno le gritan se ve en la postura de equilibrar decibelios</strong>. De modo que aparta el engrudo de sábanas, se sienta al filo del colchón y reacciona adherido al cliché del típico hombre, es decir: grita a su vez, arruga el gesto, curva los labios en pretensiones de mamífero acorralado. No da puñetazos al menos: ni a objetos, ni a carne, ni a superficies blandas ni duras, ni horizontales. Nada. Ningún aspaviento. Ni tampoco se aprecian en sus extremidades medidas preparatorias, no del modo en que esta mujer tiene entendido que otros hombres reaccionan. Este que tiene delante es solo hastío, una acústica de resoplidos. Eso despliega más margen de acción. La envalentona, y entonces ella responde adherida al cliché de la típica mujer, es decir: modula timbres de voz lastimeros, llora con un objetivo, se engalana de lágrimas, y se ve autorizada a emplear ofensas más sofocantes. Sus preguntas de antes mutan en verbos imperativos: contesta, di, mírame. Luego proyectan hipótesis: como se te ocurra, si vuelves a, no te atrevas. Existe toda una gestión de sintaxis en su discurso, construcciones que prueban y tientan, que son ensayo y error. Grita además: eres un egoísta. O: un cerdo. O: un mentiroso. Evalúa el efecto. Esconde los miedos y las intenciones. Le observa, le analiza más bien. <strong>Los agravios no se descargan en las dinámicas conyugales únicamente como desahogos</strong>. No hay insulto sin fe. Y sin embargo, él ya no responde a esos gritos, al principio le incitan, lo ve una misión, una propuesta, pero enseguida le aturden como una tarea tediosa: ir descartando una a una las acusaciones de la mujer. </p><p>Algunas, claro, no le pillan desprevenido, se ha <strong>preparado pretextos bien madurados</strong>, lo que podría aducir si ella se lanzase a recriminar. Pero claro, no así. No de esta manera tan burda. ¿Dónde está esa cadencia sentida de las novelas francesas, de las películas donde los dos miembros de la pareja hablan por turnos mientras menean en vasos alcoholes oscuros? Esto no tiene comparación. Y si se mirasen ahora a un espejo. Dios santo, si se mirasen. Despeinados, pálidos, deshidratados. Con esa tirantez legañosa en los párpados. Y olores: a sexo encerrado, a pis de gato, a los hidratos que se cuartean marrones sobre los platos de ayer. Y en medio: palabras, palabras, palabras, más gritos, se apilan, escalan, rascan garganta, ella es ya un manifiesto somático de la rabia: la cara le arde como la lava, como una piedra de calentar carne en láminas, tiene los ojos brillantes de enfermedad victoriana, y manos que agita, dientes que aprieta, mechones de pelo que rastrilla hacia atrás sin necesidad. Y es algo sórdido y tan hermoso, cuando se sienta de golpe en la silla y esa especie de camisoncito que lleva, y que es fino, de satén o viscosa u otro tejido sensual, se hincha de aire y ondea ciñéndose con retardo a las tensiones que pilotan su ánimo. Él llega a pensar que es un logro estético: el vaivén de la tela en esa coreografía del desencanto, las partes duras de las rodillas de ella cruzadas con saña, las sombras y los claroscuros que crean los declives de su tobillo, y las venas azules que brotan ahí. Esa fusión de colores y luz. Porque este hombre, sepamos, se gana la vida como fotógrafo y no puede evitar los sesgos de su profesión. Hoy, sin embargo, estos registros visuales se sedimentan como una capa de estímulos que se pelará pronto, que no tendrá nada de productivo, cuando en cuestión de segundos ella peine con la mirada las ruinas de la velada de ayer, y entonces coja un tazón con sopa turbia y gelificada y lo estrelle contra la pared. </p><p>Y zas. <strong>No hay marcha atrás</strong>. Los canales perceptivos del hombre, su vista, su oído, detectan la fuente de riesgo. La mujer es ya una amenaza, ha pasado del drama a la acción. Y sepamos también que esta mujer es actriz de teatro. Y que este hombre que ahora la mira con furia y de frente es el mismo que, en ocasiones, la contempla desde detrás de una lente y le dice: date la vuelta, inclina la cara, la barbilla más baja. Le dice también: eres única, eres preciosa. Pero claro, no solo a ella. Y resulta que la sopa del plato, un mejunje marrón por desgracia, y saturado de ingredientes grasientos y rezumantes, ha salpicado el empapelado, la mesa, un cuadro, cortinas, el trípode. No hiere, gracias al cielo, ninguno de los proyectos del hombre, ninguno de sus trabajos pendientes de entrega, ni falta que hace, porque: tragedia, ella detecta el retrato. Y <strong>los celos son todo un prodigio del presentimiento</strong>: perciben, disciernen, y ella acusa ese instinto, sabe qué rostro es. Una figura de medio perfil, que mira a quien mire la foto con ojos serenos que se han ganado el derecho a exigir, y que no es un retrato cualquiera, encargado para un evento, un desfile, una exposición ni un dossier, sino que es el estudio obsesivo de una mujer, pero de qué mujer, no de esta, la que antes gritaba y ahora estruja la fotografía por los extremos, la agarra como se agarran los pollos al descabezarlos, y él no ve más, se echa encima, le hace daño, en las manos, en las muñecas, es casi un clímax de <em>thriller</em> intenso cuando le arranca el papel de los dedos, arrugado, partido, la nariz descuajada del trozo que ahora ya solo contiene la frente y los ojos, reventada la boca por la línea del labio. Y entonces se miran, y parece que ella va a decir algo, él podría quizás rebatir ese algo, e inhala el oxígeno que le cabe y que hace tope con una ira brutal, y vocea, un alarido de oso polar, de caverna, de asedio, un bramido de tundras de la Edad del Hielo, genera vibraciones en los objetos, o así es como ella lo siente. Nada puede superponerse al grito de un hombre furioso, hay que compensar con actos sublimes de victimismo. Abandona la silla y se agacha en el suelo, se tapa la cara, dice: cállate, no me grites. Las dudas que se convirtieron en directrices son ahora hipidos que incluyen “odio”, “asco” y “quererse morir”. A él le da igual, no le impresiona, sabe que ella es capaz de muchísimo más, que esconde en la manga trucos y dramaturgias, que es tan buena en sus artes que puede convocar fiebres y ronchas, úlceras, calenturas. Ella es capaz de todo eso y más, de pasarse en cama un mes, de no comer y aun así vomitar –el qué–, pues ella tiene ese don. Ah, y ella, qué aspecto, de pronto es consciente, se pone de pie, sabe lo contraproducente que es para una mujer discutir sin el pelo bien cepillado, a medio vestir, con ese aliento astringente de la madrugada. Una mujer cabreada y descalza es el epítome de la locura. Y para colmo: ¿crees que ella te quiere lo mismo que yo?</p><p>Vergüenza. Los vecinos les han escuchado seguro. Igual que les escuchan no poner freno a sus labores sexuales. A él le da igual, ya ves, los vecinos. Lo bueno es que ya han acabado los gritos, ya pueden darle un descanso a su capacidad pulmonar. Y estrellan ambos los ojos hacia distintos planos del cuarto. <strong>Comienza el proceso de reconstrucción</strong>. Borrar las pruebas del cataclismo: secarse las lágrimas, sorber la nariz, pasarse la mano sobre la frente, y acomodar una hebra de pelo hacia el lado que le corresponde. Coger aire o devorarlo más bien, aspirarlo, notar que tropieza en sollozos. Dejar que salga en suspiros después, mientras se alisan la ropa y él quiere también alisar el papel de la foto, pero claro, ni hablar, no tiene valor de tocar ese rostro, ni siquiera en dos dimensiones, la frente, los párpados, la boca de otra mujer, sería como acariciarla. Y esta de aquí, la de tres dimensiones, piensa que tal vez ha sido todo desmesurado, un poco histérico. Tal vez, no lo sabe. Ocurre tan a menudo. Por eso no va a pedirle perdón. Es peor una foto que unos cuernos atropellados. Porque <strong>el sexo puede ser una fiebre, un paliativo, un alivio</strong>. Pero convertir a otro en arte requiere tramos de tiempo y de observación, idolatría, delicadeza, es casi erótico, orbitar en torno al objeto de estudio. Pero ya está. Este hombre sabe. Ha arrugado del todo la fotografía. La arroja al cubo de la basura donde se mancha de pringues que la devalúan. Se acerca despacio hacia la mujer. La abraza, la acuna. Le dice: lo siento. Ella llora aún con propósitos, pero ya más calmada, ya confiada. ¿Es que no entiendes, él le pregunta: que tú eres mi musa? Y ella: no quería romperlo. Y un móvil suena, no aquí, en otro piso, y les llega también una música mezclada con tráfico y sol. Crece el compendio de estímulos que captan los dos, que ya no son solo sus propios latidos, sus brumas mentales. Y una mano conciliadora en la nuca, acariciando la piel, un suspiro en el cuello. Pueden quedarse así un rato, o desnudarse del todo, o separarse muy lento y decir: ¿hoy dónde comemos? O que ella le diga: te quiero. Y él diga y yo a ti. Y no importa si es cierto, si lo fue, lo será, o no lo saben. Lo que importa es que suene de nuevo intenso y romántico como en una película. </p><p><em>*Cristina Araújo Gámir es autora de las novelas ‘Mira a esa chica’ (2022) y ‘Distancia de fuga’ (2026), ambas en Tusquets.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 02 Aug 2026 04:01:04 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Cristina Araújo Gámir]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Violencia]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Desnudando al diablo que viste de prada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/desnudando-diablo-viste-prada_1_2225707.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/290e54ed-3fbf-4b21-9638-8324e13f54fa_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Desnudando al diablo que viste de prada"></p><p>Durante una ceremonia de homenaje a Meryl Streep realizada por el American Film Institute en 2004, Nora Ephron, amiga íntima de la actriz, subió al escenario y dio un breve e hilarante discurso centrado en una idea: “Recomiendo encarecidamente que Meryl Streep os interprete”. La escritora bien sabía de lo que hablaba: 18 años antes de aquella gala, Streep había protagonizado <em>Se acabó el pastel </em>(1986), película que adapta la novela en la que Ephron se desahogaba sobre su divorcio de Carl Bernstein después de descubrir que él le era infiel. “<strong>Si tu marido te engaña con una camarera, haz que Meryl Streep te interprete, te sentirás mucho mejor</strong>. Si te dan un golpe por detrás en un <em>parking</em>, haz que Meryl Streep te interprete. Si un dingo se come a tu bebé, llama a Meryl. Nos ha interpretado mejor de lo que nos interpretamos nosotras mismas. No obstante, es algo deprimente saber que, si te presentaras a un <em>casting</em> para interpretarte a ti misma, perderías frente a ella. A veces, cuando tengo un mal día, llamo a Meryl y viene a hacer de mí. Es tan buena que la gente no se da cuenta. La llamo al final del día para saber cómo me ha ido e, inevitablemente, ha sido uno de los mejores días que he tenido”. </p><p>En el número de <em>Vogue US</em> publicado el pasado abril, Anna Wintour, directora de la revista desde 1988 hasta 2025 y, desde 2020 directora artística y de contenido mundial en Condé Nast, la editorial de publicaciones como <em>Vanity Fair, The New Yorker, Wired</em> y la ya citada, entre otras, refrendó el discurso de Nora Ephron 22 años después: “En primer lugar, <strong>me gustaría decir que es un gran honor ser interpretada por Meryl, por muy lejos que Miranda esté de mí</strong>. ¿Quién no pensaría que ese no es el regalo más extraordinario?”. Wintour, por primera vez en los casi cuarenta años que lleva vinculada a la revista, había posado para la portada, en un reportaje fotográfico realizado por Annie Leibovitz. Un hito con dos particularidades. La primera, que no lo hizo sola: compartía protagonismo con Meryl Streep, al hilo del entonces inminente estreno de <em>El diablo viste de Prada 2</em>, dos décadas después del estreno de la primera entrega. La segunda, que ya no era directora de la cabecera. </p><p>Veinte años atrás, la opinión de Anna Wintour no ya sobre ser interpretada por Meryl Streep, sino sobre el retrato que hizo de ella, a través del <em>alter ego</em> Miranda Priestly, la película de David Frankel, <strong>no fue ni mucho menos tan cacareada</strong>. Y no solo porque fuese la propia película la que la catapultara a la fama popular –el amplio reconocimiento dentro del sector lo poseía desde hacía décadas–, sino porque aquel <em>Vogue</em>, aquel sector editorial y aquella Anna Wintour ya no son los de ahora. </p><p><strong>En mayo de 2005 se anunció que Meryl Streep interpretaría a Miranda Priestly en </strong><em><strong>El diablo viste de Prada</strong></em>, la adaptación del libro escrito por Lauren Weisberger, inspirado en su propia experiencia, a los 22 años, como asistente de Anna Wintour en <em>Vogue </em>durante diez meses, desde las navidades de 1999 hasta casi completar el año 2000. El libro había sido un <em>bestseller</em> y sus derechos llevaban cuatro años comprados. Tras sucesivas versiones de guion, por fin, la película salía adelante. Y lo hacía acompañada de un miedo compartido por su estudio, su productor, su director, su actriz protagonista y, por supuesto, todo el sector de la moda, a la reacción de Anna Wintour. Porque antes de ser una celebridad popular, ya era temida en su sector profesional. </p><p>En <em>Anna</em> (Debate), la biografía de Anna Wintour que se acaba de publicar en España, su autora, Amy Odell, lo confirma: “Mucha gente de la industria de la moda y de la ciudad de Nueva York, hasta donde podía decir Frankel,<strong> era presa de un profundo miedo de enfadar de alguna manera a Anna</strong>. A los diseñadores les aterrorizaba dejarle ropa a la diseñadora de vestuario Patricia Field, famosa por <em>Sexo en Nueva York</em>. Frankel no podía rodar en el Museo Metropolitano de Arte o en Bryant Park (donde se celebraba la Semana de la Moda) porque a la gente le asustaba molestar a Anna. Ni siquiera pudo rodar en el MoMA porque la gente del consejo tenía relación con Anna y la temían. La escena del baile se tuvo que grabar en el Museo de Historia Natural, que era, dijo Frankel, el único sitio en el que ella no tenía influencia”. </p><p>Tras el rodaje, Wintour fue invitada a un pase privado de la película en el Paris Theatre de Nueva York, el 23 de mayo de 2006, al que asistió con su segundo marido, Shelby Bryan; su hija, Bee Shaffer, y el colaborador de <em>Vogue</em> William Norwich. Durante la proyección, Frankel se sentó detrás de Anna y de su hija, en un lateral, donde ella se solía acomodar en teatros y cines para huir si se aburría. En este caso, Anna no salió hasta los títulos de crédito. Poco antes, su hija le dijo: “<strong>Mamá, te han clavado</strong>”.  </p><p><em>El diablo viste de Prada </em>se estrenó el 30 de junio de 2006, enfrentada a <em>Superman returns</em>, lo cual la colocaba en un aprieto comercial. Sin embargo, se convirtió en un fenómeno inusitado: acabó recaudando 326 millones de dólares en todo el mundo, una cifra fabulosa por sí misma y aún más extraordinaria si se tiene en cuenta que su presupuesto estimado era de 41 millones de dólares. <em><strong>El diablo viste de Prada</strong></em><strong> se convirtió en un clásico instantáneo</strong>, algo así como la versión <em>millennial </em>de <em>Armas de mujer</em>, pero con una lectura muy diferente a la de la película de Mike Nichols. En este caso, Andy Sachs, la joven periodista interpretada por Anne Hathaway, <em>alter ego</em> de Weisberger, acababa renunciando a su puesto de trabajo, ese por el que, según se repetía a lo largo de la película, un millón de chicas matarían. La heroína abandonaba la rueda en la que había entrado de forma azarosa, pero el millón de chicas que deseaba estar en su piel se multiplicó a la vez que lo hizo el fanatismo por la película, <strong>con hordas de seguidores repitiendo sus mejores frases y analizando cualquier posible subtexto, y la fascinación por Anna Wintour</strong>. </p><p>Como cuenta Odell, “el impacto que la película tuvo en su imagen fue incalculable (…) Anna terminó 2006 en la lista de <em>Las diez personas más fascinantes</em>, el programa de televisión de Barbara Walters, y se convirtió en una celebridad <em>mainstream</em>, como Cher o Madonna, reconocible por el nombre a secas. Ese nunca fue su objetivo, dijo su amiga íntima Anne McNally: “Ella lo ve como parte de su trabajo, y en el instante que no tenga ese trabajo, sabe que será diferente”. </p><p>Tres años después de que se estrenara <em>El diablo viste de Prada</em>, vio la luz <em>The September Issue</em>, un documental sobre la elaboración del número anual más importante –y más grueso– de <em>Vogue</em>, el del noveno mes del año. Centrado en la creación del publicado en el año 2007, el documental incide en la figura de Anna Wintour, tal y como la había dibujado la película de David Frankel: <strong>fría, poderosa, temida, adicta al trabajo y solitaria</strong>, solo humanizada gracias al contrapeso emocional que ejerce –ejercía, se retiró en 2016– Grace Coddington, su legendaria directora creativa.  </p><p>Si seguimos el rastro fílmico de Wintour, no podemos obviar <em>The First Monday in May </em>(2016), documental centrado en la preparación de la gala del MET –siempre celebrada el primer lunes de mayo– que tuvo lugar en 2015. Ese mismo año, Vanessa Friedman, la decana del periodismo de moda en <em>The New York Times</em>, publicó un artículo en el que explicaba cómo la entonces directora de <em>Vogue</em>, presidenta del evento y enlace entre las celebridades, a las que recluta bajo su exclusivo criterio y cuyos estilismos aprueba personalmente, y el Costume Institute del Metropolitan Museum of Art, al cual se destina la recaudación de la gala, “ha sido la fuerza impulsora detrás de la transformación de la gala, que pasó de ser una concurrida cena para donantes y mecenas de museos a<strong> uno de los mayores eventos de recaudación de fondos organizados por cualquiera de las instituciones culturales de la ciudad</strong>, así como una publicidad global sin precedentes para su visión de la industria de la moda”. El texto llevaba el título: <em><strong>Se llama la MET Gala, pero es definitivamente la fiesta de Anna Wintour</strong></em>. Tanto es así que el espacio del museo destinado al Costume Institute se había renombrado en 2014 como el Anna Wintour Costume Center. </p><p>Es precisamente un trasunto de la MET Gala –cuya temática y título es <em>Spring floral </em>en homenaje a uno de los gags más celebrados de la primera entrega– el entorno en el que <em>El diablo viste de Prada 2 </em>decide recuperar a Miranda Priestly, veinte años después de habérnosla presentado. La directora de Runway debe afrontar una crisis de imagen y responder ante sus jefes, como tantas ha tenido que solventar Anna Wintour en la última década frente a diferentes miembros de la familia Newhouse, dueña de Condé Nast. </p><p>Ella, epítome del elitismo en la moda,<strong> no supo ver venir la única tendencia que probablemente no fue auspiciada por ella misma: la inclusión</strong>. A lo largo de las dos últimas décadas la revitalización de diferentes movimientos sociales que van desde los derechos LGBTIQ+, el feminismo, el <em>body positive</em> –al que Miranda llama <em>body negative</em> en un divertido chiste–, hasta las luchas por la igualdad racial, sobre todo con Black Lives Matter a la cabeza, han pillado a <em>Vogue</em> y a Wintour a contrapié hasta el punto de que en 2020 <em>The New York Times</em> publicaba un artículo en el que ya desde su título se cuestionaba si Anna Wintour podría sobrevivir a los movimientos de justicia social. </p><p>Tras los asesinatos de Breonna Taylor y George Floyd, ella misma escribió un artículo en el que pedía a Biden, entonces candidato demócrata, que completara su <em>ticket</em> con una mujer no blanca como candidata a la vicepresidencia. En ese mismo texto concedía: “<strong>La necesidad de cambio debería recaer especialmente en los que disfrutamos de privilegios increíbles</strong>; tenemos que escuchar y aprender y actuar para asegurar la justicia social y los derechos humanos”. No hace falta desmerecer esta meritoria declaración para ser consciente de que, tal vez, el principal problema al que se enfrentaba una revista blanca, de clase alta y en la que el único lomo grueso deseable era el de su edición en papel no solo era que se había encargado de, a veces voluntaria y a veces involuntariamente, cimentar lo contrario de lo que ahora promulgaba, sino que se caía demasiado tarde del caballo</p><p>Meses después, de nuevo <em>The New York Times</em> publicaba un reportaje de investigación en el que 18 fuentes de la casa confirmaron que bajo el mandato de Wintour, “<em><strong>Vogue </strong></em><strong>acogía a cierto tipo de empleada –alguien que sea delgada y blanca, típicamente de una familia adinerada y educada en colegios de élite</strong>–. De esas 18, 11 personas han dicho que, bajo su punto de vista, la señora Wintour no debería seguir estando al cargo de <em>Vogue</em>”. </p><p>La evolución en términos de diversidad en el <em>staff </em>de Runway entre la primera película y la segunda tiene que ver con la realizada en <em>Vogue</em> en los últimos años. También ha ocurrido en los protagonistas de sus páginas. En cualquier caso, la pregunta sobre cómo seguir impulsando la inclusividad en uno de los entornos que más ha fomentado y mejor ha definido la exclusividad en las últimas décadas podría ser perentoria <strong>si </strong><em><strong>Vogue</strong></em><strong> siguiera siendo el árbitro cultural de la moda internacional</strong>, si los directores de revistas siguieran teniendo el prestigio que Wintour contribuyó a asentar y si el sector editorial de la moda siguiera en buena forma comercial, <strong>pero nada de esto es ya así</strong>. </p><p>La transformación digital ha mermado los ingresos publicitarios y el auge de las redes sociales ha democratizado el sector de la prescripción cultural hasta el punto de haber dado lugar a unos reinos de taifas donde cada cual recibe recomendaciones y recomendadores a medida. El célebre monólogo de Miranda Priestly en la primera película sobre el poder de Runway para definir tendencias, a costa del jersey azul cerúleo que, creyéndose ajena a las mismas, llevaba el personaje de Andy, ahora suena paradójicamente <em>demodé</em>. <strong>En la segunda parte, queda claro que las revistas están de capa caída</strong> –Miranda llega a lamentarse de que ahora “el <em>September issue</em> es más fino que el hilo dental”– a merced de los anunciantes –no en vano ahora Emily, el personaje interpretado por Emily Blunt, ya no trabaja en Runway, sino en Dior– y de los magnates de la tecnología. Gran parte de la trama de esta secuela la protagoniza un tecnoligarca con proyecciones delirantes acerca del futuro, que quiere comprar Runway para su novia, la recién citada Emily, lo cual es un<strong> indisimulado reflejo de los rumores sobre la intención de Jeff Bezos de comprar Condé Nast para darle a su esposa, Lauren Sánchez Bezos, la dirección de </strong><em><strong>Vogue </strong></em>como regalo. Lauren que, no olvidemos, protagonizó con motivo de su boda, en solitario y vestida de novia, una portada digital de <em>Vogue</em> a finales de junio de 2025 y posó, también en solitario, en la alfombra roja de la MET Gala de este año, ampliamente criticada –y con declinaciones a asistir notables, como la del alcalde de Nueva York Zohran Mamdani–, en lo que ya ha devenido una nueva crisis de imagen para Anna y para el evento. </p><p>El brete político en el que ha colocado esta situación a <strong>Wintour, siempre donante, votante e incluso organizadora de eventos de recaudación para el Partido Demócrata</strong>, es el último de una larga lista. Lo lleva siendo desde 2016, año en que por primera vez en toda su historia la revista <em>Vogue </em>apoyó públicamente, por mandato de su directora, a un candidato político: Hillary Clinton. En <em>Anna</em>, Amy Odell cuenta que el día de la primera victoria de Trump, la otrora gélida Wintour lloró en la reunión matinal frente a sus empleados. <strong>Demasiado conservadora para los progresistas, demasiado progresista para los conservadores</strong>. Ahora, con el sector editorial casi al completo a merced de las tecnológicas y con las tecnológicas a merced de Trump, la situación política y editorial de 2016 resulta idílica comparada con la actual. No parece casualidad que Anna Wintour dimitiera el mismo mes en que <em>Vogue</em> le dedicó la ya citada portada digital a Lauren Sánchez Bezos con motivo de su boda, acompañada de un reportaje escrito por Chloé Malle, la periodista blanca, delgada, licenciada por la universidad de Brown y de buena familia (hija de Louis Malle y Candice Bergen) que ella misma eligió para sucederla. Una periodista forjada en <em>Vogue</em> desde 2011, pero cuyo aspecto –no olvidemos que en el mundo de la moda esto es una declaración de intenciones– y opiniones tienen más que ver con la Andy Sachs del inicio de la primera película que con la imagen labrada por Wintour. </p><p>Casi como si se tratara de un <em>western</em>, en <em>El diablo viste de Prada 2</em>, Miranda y Andy, incorporada definitivamente a Runway, <strong>enfrentan su destino al mando de un imperio que se desmorona</strong>. Son protagonistas de una elegía. Andy ya no renuncia al trabajo, se esfuerza por que el trabajo no renuncie a ella. La adicción laboral aquí tiene una cuota heroica: la de luchar en una batalla perdida. La realidad de Wintour ha sido algo diferente. A pesar de que ostenta el cargo de directora artística y de contenido mundial en Condé Nast, que Anna Wintour renunciara a su cargo como directora de <em>Vogue</em> –ha confesado que llevaba años planteándoselo y que el baile de diseñadores que tuvo lugar en 2025 la animó a ello– no es tanto la señal de un cambio de época sino su consecuencia más lógica y esperada. Su reino ya no solo no es suyo, sino que <strong>no tiene dueño porque ya no es de este mundo</strong>, sino del mundo de ayer. Seguro que Anna Wintour también desea a menudo que Meryl Streep vaya a sustituirla por un día. </p><p><em>*Paloma Rando es guionista, escritora y columnista de televisión en ‘El País’.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Aug 2026 04:01:02 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Paloma Rando]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Desnudando al diablo que viste de prada]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La sífilis, las putas y Luís Vaz de Camões]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/sifilis-putas-luis-vaz-camoes_1_2225678.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/facaf567-bc87-4a33-9992-f531096bce31_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La sífilis, las putas y Luís Vaz de Camões"></p><p><strong>Lo que hizo </strong>Luís Vaz de Camões hasta los 29 años, en 1553, fecha en la que zarpó hacia la India, es básicamente el gamberro. Cabe imaginarlo como un espadachín tirando a pendenciero, y sirve como ejemplo lo que el biógrafo Manuel de Faria e Sousa había oído decir: parece que un hidalgo lo contrató para dar escarmiento a alguien que lo había ofendido y –esto es importante– éste era ciego de un ojo; al advertirlo Camões, no quiso llevar a cabo el encargo y se lo justificó al hidalgo “porque tuerto que mata tuerto / no me pareció derecho”. Podía hacer de sicario, pero con ciertos principios, no le iba a atizar a un ciego como él, pobre hombre... Pero “sabéis que no ando en paz”, le dirá a un amigo en una de las cartas de Lisboa, posiblemente de 1552, porque hay un tal Simão Rodrigues que “paga el servicio de los mayores matarifes de esta tierra, quienes ya <em><strong>in illo tempore</strong></em> le habían cocinado la muerte”. </p><p>A su vez, a eso del anochecer y por los alrededores de la plaza do Rossio, Camões dice que unos cuantos le han propiciado una buena tunda a un tal Denís Boto, por cosas de amoríos, y, de paso, también ha recibido un Gaspar Borges Corte-Real (a quien no hay que confundir con el Gonçalo Borges al que Camões le arrearía con la espada en el pescuezo y, por ello, fue a la cárcel). Como es lógico, en la carta al amigo no se denuncia a sí mismo como miembro de esta<strong> tropa canallesca que va asustando a la gente por la noche</strong>, pero se muestra tan enterado de todo que casi se le ve metido por allí en medio. En realidad, se delata al final de la carta: “Dicen que se ha dado en esta tierra la orden de prender a dieciocho de nosotros”, y añade que el primero de la lista es el destinatario de la carta. De todo lo cual se concluye que Camões estaba en el ajo, o en los ajos, de los pandilleros. Y lo contaba en tono de risa, pero, si se piensa un poco o se aceptan los hechos aludidos de manera textual, la cosa no parecía una broma: Camões era un alborotador y un matón. Y eso que ya no era un chaval; tenía veintiocho años en 1552. </p><p>Lo más probable es que las cartas en prosa que se conservan escritas por Camões en Lisboa sean anteriores a la partida a la India, y, por su contenido, es indiscutible que entonan bien con este camorrista pendenciero, de vida disoluta y desordenada, que está lejos, pero muy lejos, de la dignidad marmórea y laureada a la que lo elevó la posteridad. En realidad, el autor de estas cartas se quedaría atónito de haber sabido que acabaría siendo <strong>un monumento nacional en toda su desbordada magnitud.</strong> </p><p>Resulta revelador que, desde la edición de las <em>Rimas</em> de 1598 (donde aparecen dos de estas cartas) o la edición de <em>Os Lusíadas</em> de los Craesbeeck de 1626, se fueron anunciando cartas de Camões que nadie se decidió a publicar. Y ¿por qué no, si son tan absolutamente de carne y hueso esas cartas? Pues quizá porque son perturbadoras: no está ahí el enorme cantor del amor y de la patria. Las cartas muestran un Camões indiscutiblemente<strong> lejos del mármol, son una identidad, una voz irónica</strong> que habla con soltura de comportamientos y flaquezas de hombres y mujeres de toda condición y nivel social. Y a la vez, esas cartas son un autorretrato, propio y también colectivo. Los sucesivos editores las anunciaron, pero no las publicaron, porque a los camonistas parecía incomodarles más el Camões frecuentador de prostíbulos que el Camões espadachín, o aquel acusado de mala gestión de los bienes de difuntos en Oriente (si es que realmente llegó a desempeñar este cargo), o el que fue de cabeza a la cárcel tanto en Lisboa como en Goa; o el Camões pobre de solemnidad que recogió en Mozambique su amigo el cronista Diogo do Couto para traérselo al Reino. </p><p>Este también era Camões, pero parece que no les parecía tan indecoroso. Quizá a excepción de Jorge de Sena, a los camonistas de diferentes siglos les disgustó saber de un Camões de vida disoluta y díscola. Preferían imaginar amores con altas damas, disfrazados con motivos petrarquistas o neoplatónicos de desamor cortés en una interpretación biográfica desorientada o distante de lo que es, textualmente, voluntad poética. Si en lugar de buscar amores entre sus versos se buscan en sus prosas (o en algunas de sus obras jocosas) aparecen entonces muchas mujeres, o bastantes, claramente más accesibles para un soldado-escudero que quiere ser un hidalgo. Algunas de ellas, tan accesibles como lo eran las claramente prostitutas.</p><p>Esas<strong> cartas son espectaculares</strong>. Una de ellas está fechada a 20 de mayo de 1553, fecha incuestionablemente errónea, y ha de ser 1551; o puede que lo que equivocara el copista fuera el mes, porque en mayo Camões ya estaba en comprobar rumbo a Oriente. Zarpó el 24 de marzo de 1553 y, por el contenido de la carta, quizá se quiso dar una buena despedida… En cualquier caso, las otras dos cartas no están fechadas, pero parecen posteriores, por lo que cabe entender ese año de 1553 como error y aceptar el de 1551. No era común copiar las fechas, ni siquiera era común conservar el nombre del autor de la carta, ni el del destinatario. No es la letra de Camões la que se aprecia en esos manuscritos, sino la de un copista o la del compilador. </p><p>La epistolografía era todo un género ya de tradición clásica que buscaba la burla y la sátira a través de lo absurdo, de la crítica mordaz, de la exposición del ridículo, la necedad o la insensatez, pero su primer editor, Pedro Alvares Varejão, recogió también los llamados <em><strong>disbarates</strong></em><strong>, el </strong><em><strong>convite</strong></em><strong> y la </strong><em><strong>zombaria</strong></em>, géneros que Camões también practicaba. El compilador no destacó el nombre de Camões, no era esa la función de la antología; tampoco trabajó con documentos originales, sino con copias, y quizá, dado el contenido, que no apareciera en esos textos el autor era algo intencionado. Pero, una vez identificado claramente el autor, lo que más rabia da es que no aparezcan los nombres de los destinatarios de esas cartas tan suculentas. Los copistas omitían tanto la <em>subscriptio</em> como la firma al final de la carta, y muchas veces añadían un título de iniciativa propia, que otro copista podía mantener o alterar a su gusto y entendimiento. </p><p>En total, son cinco las cartas en prosa que se consideran inequívocamente escritas por Camões: una enviada desde Ceuta; tres escritas en Lisboa y una enviada desde la India. Todas son, como mínimo, sorprendentes, pero las escritas en Lisboa, por su contenido, son, como mínimo, pasmosas. A veces, parece que los destinatarios de las cartas sean una misma persona; otras, por detalles concretos, parece que sean varios los interlocutores. Tampoco importa: ha de ser un buen amigo o unos buenos amigos de la vida soldadesca y disoluta compartida, porque son cartas de burdel, y demuestran que tanto Camões como sus interlocutores conocían perfectamente a algunas de las mujeres que se ganaban o se buscaban la vida con la prostitución. </p><p>De ellas habla Camões, sin literatura ni artificio, apenas para dar noticia de cómo les van las cosas a “vuestras amigas”: a Maria Caldeira la mató el marido; también murió Beatriz da Mota; a Antónia Brás la deportaron y la ataron por el pelo al mástil de la galera <em>Nueva</em> –esto le debió de doler a Camões poque le gustaba esta mujer–; Francisca Gomes ha cambiado de lupanar porque ahora, en el que estaba, hay otro proxeneta que la ha echado; otra ha mandado a paseo a su <em>guardador</em>; parece que, para protegerse, las mujeres se han refugiado en una “torre de Babilónia”, es decir, de Babel, donde se puede escuchar todo tipo de lenguas de tantos y tan variados clientes que las visitan, y ese es un prostíbulo que Camões conoce bien porque hasta ha participado en la elección del nombre: él lo llama el Mal-Cozinhado, dado que allí siempre hay algo que comer. </p><p>Lo cierto es que a la izquierda del Terreiro do Paço, la gran plaza frente al Palacio Real, mirando hacia el Tajo, se encontraba el mercado de la Ribeira Velha, en el que se vendía absolutamente de todo, y junto a él, además de muchas casas nobles, creció un barrio para gente humilde llamado Malcocinhado. En la calle, entre pequeños comercios y tabernas, los había que medio improvisaban sus negocios: encendían brasas para cocinar sardinas y pescado a la parrilla, servían caldo y cocidos, y esas comidas y cenas para gente pobre de toda condición también recibía el nombre de<strong> malcocinhados</strong>. Los frecuentaban también marinería y soldadesca, hidalgos y escuderos ociosos, baja nobleza de servicio fuera ya de sus jornadas laborales, amigos en busca de diversión. Lógicamente, como tantos otros, por ahí andaba Camões.</p><p>La última de las cartas hasta parece haber sido esquivada deliberadamente por los sucesivos filólogos, sin duda por alusiones explícitas al sexo y sus consecuencias. No era este un tema que Camões evitase, más bien todo lo contrario, como se advierte en trovas y odas diversas, como la tan conocida <em>Fermosa fera humana</em>, en la que el poeta, fiel al tradicional tópico de la amada cruel y desdeñosa que cierra la puerta al amante en plena tormenta, la convierte, no obstante, en una de las lobas exentas (es decir, libres), que amor venden. Una prostituta. Y hay otras prostitutas entre los versos camonianos, pero esta carta en cuestión –la primera de las escritas en Lisboa y la única fechada– describe una auténtica orgía, y por eso Camões le pide a su interlocutor que sea discreto y no divulgue lo que le va a contar. Y lo que cuenta Camões es que una serie de putas, dirigidas por la celestinesca Puta Velha y su hija Barbora, deciden organizar una especie de romería desde el puerto de Lisboa hasta la Horta Navia, en Alcântara, hacia la desembocadura del Tajo, para montar una pagoda, es decir, un baile, con comida y mucha bebida, que acaba en bacanal. Parece que fue una fiesta tan loca que hasta Camões se sintió escandalizado y no entra de lleno en detalles (para fastidio del destinatario de la carta, cabe imaginar). </p><p>Pero aparte del desmadre, lo que interesa de la carta es el cuadro social que presenta Camões sobre las diferentes tipologías de prostitutas y sus frecuentadores, un auténtico retrato de la prostitución en Lisboa, de sus prácticas sexuales, del papel de las alcahuetas como cirujanas reconstructoras del himen y, evidentemente, de la rápida transmisión de enfermedades venéreas entre mujeres, soldados y marinos, algunos de ellos muy jóvenes y a punto de embarcar para ocupar sus primeros puestos de servicio en el norte de África. Camões fue uno de ellos, pero el tono que emplea en la carta parece ya el de un veterano que se apiada de esos muchachos a los que <strong>las putas despluman de sus soldadas cobradas por adelantado</strong> y a los que infectaban, sin contemplaciones, de sus males sifilíticos. </p><p>Por eso hay que leer con cuidado esas cartas, y colocarlas no solo en la vida de Camões, sino en el momento en que las escribe, y quizá hasta valdría la pena preguntarse por qué las escribe. Evidentemente, lo celestinesco estaba de moda en época de Camões, y ahí apenas hay que repasar la cantidad de autores peninsulares que dedicaron o incluyeron en sus obras a alcahuetas, <strong>cosedoras de virgos y mediadoras de amores imposibles</strong>. Fue pionero en eso, muy a principios del XVI, el dramaturgo Gil Vicente, tan aficionado a las tipologías sociales, al meterlas en tantos de sus versos, en el <em>Auto das Fadas</em>, en <em>O Velho da Orta</em>, en <em>A Barca Primeira</em>, en la <em>Comédia de Rubena</em>, en el <em>Auto de Inês Pereira</em>, en <em>O Juiz da Beira</em>. Sin duda le gustaba el personaje. </p><p>Pero también lo celestinesco, al margen de lo mucho que podía contar de las costumbres y hábitos sexuales de la época, sobre todo en ciudades portuarias con mucho movimiento de hombres arribando o zarpando, estaba directamente vinculado al impacto devastador que causaban las dolencias venéreas, generadoras, asimismo, de grandes páginas literarias. De ello habla Camões en su carta de 1551, con tensa violencia, casi indignado al ver caer en las redes de las expertas prostitutas a los jóvenes ceutíes, es decir, los reclutas que apuraban sus últimos días en Lisboa antes de zarpar hacia Ceuta y las plazas militares en el norte de África. Se indigna Camões, porque las mujeres saben que están enfermas y aun así practican el sexo con los chavales. Pero esta indignación que muestra es muy importante, porque explica que los estragos causados por la sífilis habían servido para entender algo absolutamente revolucionario para la ciencia: las enfermedades pueden transmitirse y tienen una causa natural que debe ser estudiada para poder explicarse. <strong>El mal se contagia y se expande. Quizá lo sabía bien Camões</strong>.</p><p><em>*El último libro de Isabel Soler ha sido ‘Magallanes & Co’ (Acantilado, 2024).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Jul 2026 04:01:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Isabel Soler]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La sífilis, las putas y Luís Vaz de Camões]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La perturbadora normalidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/perturbadora-normalidad_1_2225667.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4c389121-781c-43ba-a62c-f96162a5c2ec_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La perturbadora normalidad"></p><p><strong>Lo has logrado.</strong> Has huido. Por fin te atreves a contar algunas cosas a algunas personas. Esperas un gesto suave, una tregua, el alivio físico tras compartir algo que casi te aplasta. No sabes que hay gente que todavía tiene un mecanismo automático de defensa que consiste en apartar la vista del origen del daño para fijarla en el comportamiento de quien lo recibe. La pregunta no se hace esperar, llega como un golpe en el pecho que te deja sin respiración:</p><p><strong>¿Y por qué no lo contaste antes?</strong></p><p>No saben que una mujer tarda en verbalizar o denunciar el maltrato psicológico una media de siete años y nueve meses. Quizá tú tampoco lo sabes, porque los ministerios miden el tiempo en balances anuales, pero tú lo medías en la tensión que te generaba el sonido de sus llaves al otro lado de la puerta. En todas las veces que te soltó la mano con desprecio. En las largas ausencias. En los silencios impuestos que dejaban las conversaciones ahorcadas en cada habitación de vuestra casa. De su casa.</p><p><strong>¿Por qué lo has permitido?</strong></p><p>No le dices que los primeros tres años se esfumaron creyendo que aquella hostilidad era solo una mala racha laboral, o la consecuencia de tus desaciertos, o la herencia de esas exparejas que le hicieron la vida imposible. Una estaba loca, otra bebía mucho, la última le era infiel.</p><p>Te encantaría contarle que esto no empieza con portazos ni aspavientos. Empieza con una corrección. Con una mueca cuando observa cómo te queda un <em>top</em> nuevo, cómo doblas las camisetas, cómo miras a tus amigos mientras te hablan o cómo gestionas tu dinero. Es una pedagogía humillante que se administra en dosis tan pequeñas que el organismo la integra como parte de la rutina doméstica. Cuando te quieres dar cuenta, hay nombres que no vuelves a decir en voz alta, ropa que ha quedado en el fondo del armario y todo tu dinero está en la cuenta común.</p><p><strong>¿Por qué no pediste ayuda?</strong></p><p>La voz no te sale cuando quieres explicarle que te repitió tanto que tu entorno no te convenía, que tus amigas de la facultad son superficiales, que tu madre interfería demasiado en vuestra vida que, al final, dejaste de llamarlas para ahorrarte las dos horas de reproches y caras largas que seguían a cada salida sin él. </p><p>Cuando esa red social desaparece, desaparece también el espejo donde contrastar la normalidad. Entonces comienza otra fase que desde fuera tampoco se ve y que no requiere más que instalar una sospecha permanente sobre tu criterio. Te dice que exageras, que recuerdas mal las conversaciones, que eres demasiado sensible. Te corrige los hechos con una seguridad tan perturbadora que acabas revisando tus propios recuerdos. Al principio discutes. Intentas demostrar que tienes razón. Le repites una y otra vez lo que dijo él, lo que contestaste tú, cómo reaccionó él. Sabes de memoria las palabras que elige e imitas los aspavientos que nunca te rozan pero que retuercen tu columna vertebral. No tardarás en dejar de hacerlo, porque tu enfado genera un cabreo en él que apenas puedes sostener con la poca fuerza que te queda. Finalmente, te acostumbras a pedir perdón por cosas que no has hecho.</p><p><strong>¿Por qué le creíste, con lo inteligente que eres?</strong></p><p>Hay una estadística que quizá no aparece en ninguna tabla porque debe resultar imposible medirla: el número de veces que una víctima deja de confiar en su propia percepción para confiar en la versión de su agresor. Sin embargo, sí existen cifras que permiten intuir la dimensión del fenómeno. Se estima que el 20,9% de las mujeres residentes en España ha sufrido violencia emocional por parte de la pareja y el 25,1% violencia de control en algún momento de su vida. Si supieras esos datos, si alguien te hubiese contado que casi diez millones de mujeres han vivido algo parecido a lo que has sufrido tú, tal vez te sentirías menos sola y dejarías de pensar en lo vivido como en una excepción para entenderlo como un problema estructural.</p><p>La persona que te interroga tampoco conoce esos datos pero, a diferencia de ti, no necesita saberlos. Le basta con presuponer que el dolor prolongado es una forma de consentimiento.</p><p><strong>¿Por qué seguiste con él si te trataba mal?</strong></p><p>La siguiente etapa de la relación suele confundirse con estabilidad. Ya no hay tantas discusiones. El agresor parece más tranquilo. Tú también. Lo que nadie ve es que la paz se ha conseguido a través de tu desaparición progresiva. Has aprendido qué temas no mencionar, qué amistades evitar, qué opiniones guardar para ti. Has desarrollado una habilidad extraordinaria para anticipar sus estados de ánimo mientras pierdes contacto con los tuyos. Se ha expandido como una metástasis, ha colonizado tu interior.</p><p>Cómo ibas a saber que los datos oficiales muestran que un 11,7% de las mujeres ha sufrido violencia económica por parte de su pareja o expareja. Controlar gastos, limitar recursos o generar una dependencia convierte cualquier intento de salida en un problema financiero de dimensiones casi insalvables. ¿Cómo te vas de un lugar si, para hacerlo, necesitas la garantía de que al otro lado habrá una puerta que abrir? Una que puedas pagar. Una que se abra con unas llaves que solo tengas tú.</p><p><strong>¿Por qué aguantaste tanto tiempo?</strong></p><p>Entonces llega la etapa de la normalización. Quizá sea la más peligrosa porque coincide con el momento en que el sufrimiento deja de parecer una anomalía. Ya no comparas tu relación con relaciones sanas, la comparas con la semana anterior. Si ayer hubo una pelea y hoy no la hay, vuelves a encontrarte con la persona de la que te enamoraste. El umbral del dolor se desplaza lentamente. Lo intolerable se convierte en desagradable. Lo desagradable se convierte en habitual. Lo habitual acaba pareciendo inevitable. ¿Crees que alguien que no lo haya vivido podría llegar a entender que, en esos días enteros sin tensión, la esperanza se convierte en otra forma de cautiverio?</p><p>Sientes vergüenza por haber tardado tanto en entenderlo, por haber justificado conductas inaceptables, por haber protegido a quien te rompía, por no contarlo antes. Y, cuando finalmente lo cuentas, llegan estas preguntas pegajosas que no te puedes quitar de encima. Parece ser que el relato se evalúa según las expectativas de quienes lo escuchan. Si tardaste demasiado, sospechan. Si te vas rápido, sospechan. Si no denunciaste inmediatamente, sospechan. Si denunciaste, preguntan por qué.</p><p><em><strong>    *	* *</strong></em></p><p>La conversación termina, pero las preguntas se quedan contigo mucho después de que la otra persona haya cambiado de tema. Se sientan contigo en el bus de vuelta. Se tumban a tu lado en la cama. Se enganchan a tus párpados. No quieres llorar, pero lloras. Durante años has vivido bajo la mirada de alguien que cuestionaba cada una de tus decisiones y ahora descubres que parte del mundo exterior parece dispuesta a continuar ese trabajo. </p><p>Nadie se hace las únicas preguntas cuyas respuestas te encantaría conocer: ¿Por qué alguien quiso dedicar años de su vida a destruir la autonomía, la confianza y la libertad de otra persona? <strong>¿Por qué pudo hacerlo? </strong>¿Qué mecanismos le permitieron ejercer ese control durante tanto tiempo? ¿Por qué todos conocemos a una superviviente de malos tratos y nadie a un maltratador? ¿Sus amigos y su familia saben que es un maltratador?</p><p>Otra de las cosas que nadie te ha contado es que, para salir, hay que abandonar a una persona y también a toda una narrativa. Durante años viviste dentro de una historia construida por otro, una historia en la que eras exagerada, egoísta, conflictiva, inmadura o incapaz de comprender lo mucho que se desvive por ti. Cuando escapas, crees que esa versión de ti desaparecerá con él. Pero descubres que algunas personas la han aprendido de memoria. <strong>La repiten sin saberlo.</strong> La sostienen con preguntas aparentemente inocentes. La alimentan cada vez que te piden explicaciones que jamás le pedirían a él.</p><p>A él le mantienen el saludo en la escalera, le invitan a las cañas de los viernes y se obvia su historial bajo el pretexto de que en el trabajo es un profesional intachable o que habría que conocer la otra parte. Jamás le preguntarán por qué ya ni siquiera os saludáis o si hay algún motivo<strong> para que ya nunca camines sola por la calle.</strong> A ti se te exige un relato perfecto. Tienes que ser una víctima coherente, que no guarde rencor, que muestre la dosis justa de fragilidad pero que se recupere pronto para no resultar repetitiva. A él, que siga su vida con normalidad.</p><p>Cuando planificaste la huida un año antes de que por fin sucediera, no contaste con que chocarías contra la hostilidad del entorno. Aprendiste a buscar pisos navegando en modo incógnito, pero no memorizaste cada momento de vuestra relación porque no sabías que te pedirían que recuerdes cada detalle sin contradicciones. Volviste a ver a tus amigas y disfrutaste de las excursiones en las que te volvieron a incluir, ¿era posible imaginar que esas escapadas no encajaban con la imagen idealizada de lo que la sociedad espera de una víctima? Si además tienes estudios, trabajo y una vida aparentemente estable,<strong> ¿cómo te pudo pasar eso a ti? </strong>Al parecer, tú eres la única responsable de la violencia que ejerce una persona sobre ti.</p><p>Estás tan cansada que ya <strong>no te quedan fuerzas para revisar afectos ni para cuestionar lealtades antiguas</strong>. Pero el silencio de los demás, aunque parezca inofensivo, acaba alimentando la revictimización.</p><p>Hay violencias que todos reconocen cuando ocurren lejos. Las vemos en una noticia, asentimos con indignación y sabemos exactamente de qué lado estamos. Pero cuando esa misma violencia habita cerca, cuando tiene un nombre conocido y comparte nuestros espacios, la certeza se vuelve incómoda, y ese lado en el que creíamos estar se llena de matices, explicaciones y silencios. Admitir que sabemos quién es el agresor obliga a revisar el lugar que ocupa en nuestras vidas. Es más fácil pensar que se trata de un malentendido, de un exceso puntual o de un defecto de carácter que siempre estuvo ahí,<strong> ¿acaso tú no lo sabías? </strong></p><p>Ahora no lo sabes, pero llegará un momento en que dejarás de medir cada día por el dolor que contiene. Las preguntas seguirán ahí durante un tiempo, pero se irán despegando de tus párpados poco a poco. Ya no aparecerán cuando intentas dormir. Volverás a reconocerte, aunque también asumirás que hay partes que han cambiado. Algunas cosas regresarán tal y como las recuerdas, otras, lo siento mucho, no estarán más. Volverá la calma, el deseo, la curiosidad, la confianza. Activarás las notificaciones del teléfono porque nadie las revisará por encima de tu hombro. <strong>Saldrás de casa sin tener que justificar a dónde vas</strong>. Habrá días malos, por supuesto. Días en los que una frase, un lugar o un recuerdo te devolverán por un instante a quien eras entonces. Pero cada vez regresarás más rápido a ti misma.</p><p>Con el tiempo, sin darte cuenta exactamente de cuándo ocurrió, comprenderás que ya no estás sobreviviendo. La vida no estaba esperándote al otro lado, pero tampoco te ha expulsado. Ha seguido avanzando mientras tú aprendías a habitarla de nuevo. </p><p>Todavía es pronto, aún tienes los ojos hinchados de tanto buscar respuestas pero, algún día, no confundirás más la culpa con la verdad.</p><p><em>*Lucía Solla Sobral es autora de la novela ‘Comerás flores’ (Libros del Asteroide, 2025).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Jul 2026 04:00:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Solla Sobral]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La perturbadora normalidad]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La nueva etapa de TintaLibre cumple un año celebrando la misión de “ganar espacio para la libertad”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/club-infolibre/nueva-etapa-tintalibre-cumple-ano-celebra-mision-ganar-espacio-libertad_1_1878234.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b471a2d0-6633-491c-b9b9-eecd3dcba9e3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La nueva etapa de TintaLibre cumple un año celebrando la misión de “ganar espacio para la libertad”"></p><p>Entre miles de libros, estanterías, y un inconfundible olor a papel recién impreso, la revista <a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/" target="_blank"><strong>TintaLibre</strong></a> ha celebrado en la Librería Antonio Machado de Madrid <strong>el primer aniversario de su nueva etapa</strong>. Una alianza entre <strong>infoLibre</strong> y <em>El País</em> que <strong>cumple este mes de octubre un año</strong> con un número dedicado a Donald Trump, el trumpismo y a las elecciones de Estados Unidos del próximo 5 de noviembre. En doce ediciones han pasado por sus páginas Gabriel García Márquez, el humor, la inteligencia artificial o el colonialismo, siempre desde una perspectiva reflexiva y <strong>apoyándose en las mejores firmas</strong> del periodismo y la cultura como Maruja Torres, Elvira Lindo, Martín Caparrós, Javier Cercas, Edurne Portela o Bernat Castany, entre otros. </p><p>Para celebrar la efeméride, la revista no podía haber elegido otro lugar que el hogar del pensamiento, una librería. Allí se han reunido los dos codirectores de la publicación:  <strong>Jesús Maraña</strong>, director editorial de <strong>infoLibre </strong>y <strong>Jordi Gracia</strong>, adjunto a la directora de <em>El País.</em> Ambos han conversado con una escritora muy cercana a TintaLibre, <strong>Lara Moreno</strong>, que colabora en el número de octubre con un artículo donde disecciona el “trumpismo castizo” de la presidenta de la Comunidad de Madrid, <strong>Isabel Díaz Ayuso</strong>. Moreno es además es autora de libros como <em>La ciudad</em> o <em>Por si se te va la luz</em>.</p><p>El acto ha comenzado con una bienvenida por parte de Gracia, que ha recordado <strong>cómo se gestó la alianza de ambos medios</strong> para generar “una revista de pensamiento” que todavía tuviera cabida en una sociedad caracterizada por la prisa. A Gracia le ha seguido Maraña, que ha enfatizado la importancia de las revistas ya que se han convertido en una plataforma de competición con la velocidad de los tiempos actuales. “<strong>Queremos pelear por el papel, por la cultura, por mantener la llama de lo escrito</strong>. Hacer eso es pico y pala y luchar contra los elementos, pero la existencia de TintaLibre demuestra que se pueden seguir haciendo este tipo de publicaciones”, ha explicado el director editorial de <strong>infoLibre</strong>.</p><p>Tras sus intervenciones, ha tomado la palabra Moreno, que ha relatado el <strong>privilegio que es para ella poder, gracias a TintaLibre, pararse a pensar</strong> y salirse del bucle eterno de la actualidad. “Escribir un artículo para la revista no requiere lo mismo que una tribuna para el periódico. Cuando lo haces para TintaLibre sabes que <strong>esa pieza tiene que tener un recorrido mucho más largo</strong>”, ha comentado la escritora sobre el propósito de la publicación de permanecer mucho tiempo después del momento en el que sale a la venta en los quioscos. </p><p>Moreno ha continuado haciendo referencia a la alegría que le transmite tocar las hojas de la revista ahora que los periódicos se leen a través de una pantalla. “Estamos tan acostumbrados a leer en digital que <strong>hemos periodo la conexión con el papel</strong>. No puedes ni siquiera visualizar algo tan básico como cuánto de largo es un texto. Para mí, como amante de las novelas, que TintaLibre sea en papel y tenga ese tamaño <strong>me remite a los 90, a cuando  iba a la universidad</strong>”, ha recordado la escritora.</p><p>Sobre esto, Maraña también ha subrayado algo que, en su opinión, es fundamental para una revista de este tipo: <strong>no buscar el clic</strong>. “Quien lee TintaLibre lo hace con otra actitud. Hay un salto a partir de la revolución digital en el que se produce una obsesión por las audiencias millonarias. Todo el mundo presume de millones de visualizaciones. Pero <strong>no se trata del clic, sino de quién lo hace y cuánto lee</strong>. La obsesión no puede ser esa, sino tener un compromiso que sirva en el debate público”, ha explicado Maraña.</p><p>Por su parte, Gracia ha calificado la revista como un “complemento perfecto” a los periódicos diarios. “<strong>Es mirar la actualidad de una forma diferente</strong>, algo que no solo está ligado a la inmediatez. No me parece ninguna insensatez <strong>pensar que este enfoque diferente tiene un espacio propio, aunque sea minoritario</strong>. Hay más actualidad que la que hay en la <em>home </em>de un periódico. La revista por encima de todo debe mantener el hilo rojo con los <strong>temas que están en la discusión familiar pero que no ocupan sitio en los medios</strong> de cada día”, ha defendido el adjunto a la directora de <em>El País</em>.</p><p>También ha ocupado una buena parte del debate la libertad y la autocensura a la hora de escribir para una determinada publicación. “Desde TintaLibre <strong>queremos ganar espacio para la libertad</strong>”, ha comentado Jesús Maraña. Algo que han enfatizado tanto Moreno como Gracia. “Debemos usar una libertad intelectual no amputada ni autoamputada. Tengo la sensación de que muchas veces ponemos muy bajo el listón de lo socialmente aceptable, cuando en verdad <strong>la sociedad es más permeable y tolerante a la discrepancia</strong> de lo que pensamos. El papel de la revista en todo esto es empujar los límites de la libertad de expresión”, ha comentado Gracia. </p><p>Por su parte, Moreno ha comentado su experiencia a la hora de colaborar para TintaLibre: “La permanencia en el tiempo de la tinta sorprende y pone una presión extra. Al escribir a veces pienso: <strong>¿puedo decir esto que va a quedar fijo para dentro de tanto tiempo?</strong>”. Además, la escritora ha hecho referencia a la libertad no solo de quien escribe sino también de quien lee. “La revista se parece a un libro en que en <strong>ambos tienes que ir a leerlos tú por propia voluntad</strong>. La revista no viene a ti, tienes que pararte y decidir sentarte un tiempo para leerla”, ha enfatizado Moreno. </p><p>Por último, los tres han debatido sobre lo que significa la heterodoxia y la ortodoxia en la actualidad. “<strong>Parece que la ultraderecha es la rebeldía actualmente</strong>. Ayuso se dedica a propagar una falsa heterodoxia para no responder a responsabilidades concretas como las residencias en la pandemia o la vivienda", ha defendido Maraña, que cree que actualmente la izquierda tiene un <strong>gran déficit para transmitir sus ideas con emoción, no sólo apelando a la razón</strong>, algo que la derecha y la extrema derecha sí parecen usar a la perfección. </p><p>“Ahora es heterodoxo reivindicar el Estado de bienestar, <strong>algo tan elemental parece que se sale del discurso</strong>”, ha respondido Gracia. También Moreno ha mostrado su preocupación por la capitalización que hace la ultraderecha de este tipo de discursos heterodoxos, pero sobre todo ha explicado que cree que para que la izquierda se vuelva a emocionar <strong>necesita “un motivo fuerte” y un sentimiento de comunidad</strong> que ahora mismo no ve en la sociedad. Quizás la respuesta para ello esté, precisamente, en algunos de los miles de libros que rodeaban la conversación. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 10 Oct 2024 19:17:47 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pablo Mortera Franco]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La nueva etapa de TintaLibre cumple un año celebrando la misión de “ganar espacio para la libertad”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Revistas,Jesús Maraña]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La corrupción en democracia: un conversatorio con Neus Tomàs y Soledad Gallego-Díaz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/corrupcion-democracia-conversatorio-neus-tomas-soledad-gallego-diaz_7_2050326.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3501811a-8dd3-4ee9-8e13-9e49945f317a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La corrupción en democracia: un conversatorio con Neus Tomàs y Soledad Gallego-Díaz"></p><p><strong>JESÚS MARAÑA</strong>: El índice de percepción de la corrupción de 2024, el que elabora de forma independiente ‘Transparencia Internacional’, otorgaba a España 56 puntos sobre 100, que es un aprobado justito. Y empeoraba seis puntos con respecto al informe del año anterior. Es más que probable que ese índice vuelva a empeorar en el balance de 2025 después de los últimos estallidos. ¿Consideráis que la corrupción se sitúa de nuevo como problema prioritario para la democracia?</p><p><strong>NEUS TOMÀS</strong>: La corrupción debe ser siempre un problema prioritario en la democracia. La manera de luchar contra ella creo que es un elemento fundamental de la democracia, porque la corrupción se produce, es obvio, y lo hace en todos los lados, lo importante es poder detectarla y juzgarla lo más rápidamente posible. El problema en España es que se tarda en detectar y juzgar, pero, al final, creo que en España los casos de corrupción se terminan detectando.</p><p><strong>JM</strong>: Cuando decía problema prioritario de la democracia me refiero no solo a la corrupción, sino a la percepción de la corrupción. Que eso sí influye probablemente en que la gente se aleja de la política, se aleja de la información, provoca desafección…</p><p><strong>SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ</strong>: Yo creo que existe una desconfianza en la política, muchas veces en los partidos, pero lo más preocupante, también en las instituciones. Mirando este índice de transparencia, si te fijas, España sale peor que en el índice anterior, pero también algunos países cercanos: le pasa a Francia, le pasa a Italia, les pasa a países nórdicos, esos que siempre tenemos como referencia a efectos de transparencia y otras medidas, con lo cual creo que hablar de índice de corrupción o de percepción de la corrupción va también vinculado a esa desconfianza que estamos viendo en muchos países y a la cual España no es ajena. Por lo tanto, ahí seguramente tendríamos que preguntarnos también qué provoca esa desconfianza. Y creo que no son solo casos de corrupción, que evidentemente los hay y aparecen en las portadas y de distintos partidos, sino esa percepción de que la política o las instituciones no acaban de resolver determinados problemas y que, desgraciadamente–no solo aquí, lo vemos también en países vecinos– se acaba traduciendo en unos votos preocupantes.</p><p><strong>NT</strong>.- El problema de la percepción de la corrupción es también alentado por determinados grupos como una manera de provocar esa desconfianza en las instituciones, y dicho ataque a la confianza es muy peligroso en democracia, porque provoca una reacción. Pero creo que eso es intencionado, o sea, que no es algo que se produzca espontáneamente, sino que se provoca por parte de determinados grupos que intentan crear esa sensación de caos, de que las instituciones son incapaces de hacer frente a los problemas que se plantean.</p><p><strong>SGD</strong>.- Hay una parte evidentemente incentivada. Una parte que se aprovecha de ese malestar, que no necesariamente está incentivada desde el punto de vista partidista. Quiero decir, y ahora salto un momento en el listado de problemas de la ciudadanía, probablemente el de la corrupción volverá a salir en el CIS o en índices de satisfacción, pero, en realidad, la mayor insatisfacción en este país es por la vivienda. O porque los incrementos de los salarios no van equiparados a la inflación o al coste de la vida. Entonces, ese malestar que es muy difícil de calcular y muy difícil de combatir, es el que algunos partidos intentan aprovechar y muchas veces lo consiguen. </p><p><strong>JM</strong>.- Incluso como estrategia política.</p><p><strong>SGD</strong>.- Como estrategia, pero luego hay una parte del malestar que existe más allá de los partidos, y aquí el problema es cómo darle respuesta.</p><p><strong>NT</strong>.- El principal motivo de malestar se produce a raíz de la crisis económica de 2008. Ahí es donde se empieza a fastidiar el Perú, donde se empieza a joder la situación en las democracias occidentales. Una crisis económica brutal resuelta de una manera que hace que las clases medias y las clases más inferiores se sientan directamente olvidadas.</p><p><strong>JM</strong>.- Sí, porque se demostró una especie de impotencia democrática, ¿no? De impotencia ante lo que parecía que no tenía más solución que la que se ejecutaba.</p><p><strong>NT</strong>.- Claro. </p><p><strong>JM</strong>.- Y eso ha alejado mucho a la ciudadanía. ¿Y os parece que hemos avanzado lo suficiente en legislación contra la corrupción política? Se han hecho cosas, se han creado nuevas normativas, etcétera, pero, claro, van surgiendo casos que, además, nos recuerdan a otros que vivimos hace 30 años. Se trata casi siempre de capturar recursos públicos para beneficio privado o, en algunos casos incluso, para financiación política. Hay mucho por hacer en legislación para prevenir, como decías tú, Sol, la corrupción. </p><p><strong>SGD</strong>.- Yo no sé si la legislación actual es mala. Yo creo que no, que la legislación actual permite perseguir la corrupción, siempre se puede perfeccionar, por supuesto, y habrá muchos casos. Pero la legislación es suficiente, puesto que permite detectar los casos de corrupción en la administración. Los concursos públicos de la administración –estatal y autonómica– pasan por una serie de controles de interventores, que tienen mecanismos para intentar garantizar la limpieza de esos procesos. Lo que sí que resulta muy chocante es que una vez que se detectan los casos de corrupción, se tarde veinte años en resolverlos. Que la justicia no tenga ni medios ni capacidad para investigar y sentenciar los casos de corrupción con muchísima más rapidez, porque si tú miras ahora la lista de casos de corrupción que están pendientes de resolución, se te cae el alma a los pies, porque es que hay casos que llevan 15 años dando vueltas de un juzgado a otro, de un juez que se jubila a otro que llega, en fin, una serie de mecanismos de la justicia que funcionan mal.</p><p><strong>NT</strong>.- No me voy a poner filosófica, pero ¿qué es corrupción? Corrupción son estos casos que podemos tener en la cabeza, que comenta Soledad y que son instrucciones larguísimas y que implican una investigación compleja. O sea, los casos de los millones de euros o de centenares de miles de euros. Pero luego hay enchufismos, fraudes, fragmentación de contratos más o menos justificados, malversaciones de más calibre o menos. Todo eso también es corrupción. Por tanto, creo que aquí hay una cuestión que es cultural. Desde el ciudadano que prefiere pagar sin IVA al cargo público que acaba con casos que parecerían de los años 80 y que vuelven a producirse. Entonces, cuando dices “la legislación es suficiente”, yo creo que, en transparencia, por ejemplo, se podría hacer más y pongo un ejemplo concreto. En <em>elDiario</em> intentamos ver cuántos cargos eventuales, para que la gente nos entienda, asesores, hay en el Gobierno y en los ministerios. No lo conseguimos, y Civio, que hace un gran trabajo en transparencia, ha luchado muchísimo en esa materia; tienes que recurrir, volver a recurrir, es decir, en las administraciones todavía no tienen asumido que la transparencia es obligatoria, no es porque decidan que “esta vez te doy los datos y mañana no te los doy”. No, es obligatorio. El registro de <em>lobbies, </em>por ejemplo. Los <em>lobbies</em> está bien que existan, existen. Lo que la ciudadanía debe saber es quién está actuando de <em>lobby</em> en determinada ley, a qué intereses está defendiendo, porque eso también redunda en que los ciudadanos puedan tener una mayor confianza. Entonces no basta solo con si hay que castigar más o menos la malversación. Luego, comentaba muy bien Soledad, la gente que está investigando casos, incluso los policías –no estoy hablando tampoco de <em>jueces estrella</em>– se quejan muchas veces de que faltan medios, de que a veces están con varios casos a la vez, complejos. Por lo tanto, no sé si la legislación funciona más o menos, pero que hay cosas que serían fáciles de hacer y todavía no tenemos conciencia…</p><p><strong>SGD</strong>.- De la cuestión cultural, por un lado, es completamente cierto que puede existir un “si no pago el IVA mejor”, pero eso pasa en España, Italia, Francia… no es un problema <em>cultural</em> español el que la gente quiera escaquearse, por decirlo de alguna manera. Lo que sí que es cierto es que la administración no funciona con los niveles de transparencia que debería funcionar. Y eso sí que es lamentable, porque se puede exigir, eso sí que es una <em>cuestión cultural</em> de la administración, y debe ser consciente de que está obligada a lo contrario: como tú dices, no es que me haga un favor dándome un dato, es que su obligación es dármelo, y si no lo hace tendrá que dar muchísimas explicaciones.</p><p><strong>NT</strong>.- Cuando hablamos del tema <em>cultural</em>, hay una parte que es la prevención, es decir, hay oficinas antifraude en determinadas comunidades que una de las cosas que hacen es cursos, o sea, concienciar a la gente, desde los cargos de ayuntamientos, pero también a estudiantes, a universitarios, de lo importante que es que no haya corrupción. Entonces, igual que a veces hablamos de la necesidad de alfabetizar y que la gente entienda cómo funcionan los medios, también hay que explicar cómo funciona, por ejemplo, la administración y qué cosas están bien y qué cosas no.</p><p><strong>JM</strong>.- En ese sentido se está imponiendo más la educación en asuntos financieros que en justicia fiscal o en la importancia de lo colectivo y de contribuir a los bienes públicos. Esa parte es de educación, pero a mí hay una cosa que me asombra y me parece que hemos evolucionado poco. La mayoría de los casos de corrupción se descubren desde fuera de las administraciones, bien por investigaciones periodísticas, por filtraciones… Mejoraría mucho, creo, la percepción sobre la corrupción si fueran las propias administraciones las que descubrieran los casos y los denunciaran, sea un ministerio, sea un partido político, sea una administración autonómica, pero no suele ser así. ¿Quizá lo fundamental es la transparencia? Es decir, que si un político se reúne con un ‘lobby’ empresarial, lo primero es que tienen que conocerse los contactos y el contenido que se trata.</p><p><strong>SGD</strong>.- Eso es una de las cosas más lamentables. Que en el Congreso no haya existido un control de quién se reúne con quién. </p><p><strong>JM</strong>,- Sí, está pendiente todavía la ley que lo regula.</p><p><strong>SGD</strong>.- Si alguien va a ver a un diputado, tiene que registrarse y constar para qué lo hace. Para que todo sea más transparente y público.</p><p><strong>JM</strong>.- Tú, Sol, estuviste en Bruselas de corresponsal y hace ya tiempo que en Bruselas está más regulada la actividad de los ‘lobbies’.</p><p><strong>SGD</strong>.- Muchísimo más regulada, y en casi todo el mundo salvo en España. Y además eso son cosas relativamente fáciles de poner en marcha, porque no es tan difícil obligar a esa transparencia.</p><p><strong>NT</strong>.- Cosas muy fáciles: las agendas, por ejemplo. Es verdad que, en el caso de la Generalitat de Cataluña hace tiempo que las agendas tienen que ser públicas, tú puedes pedirlo y te lo tienen que dar. Luego pueden mentir, evidentemente, pero cuando son reuniones institucionales tienen que explicártelo. Una cosa en la que sí creo que se ha evolucionado para bien es en el tema de los regalos. Ya no estoy hablando de los regalos a los ministros o <em>consellers</em> o lo que sea, sino directores generales, asesores, el <em>sotogobierno</em>, que se dice. Cuando yo empecé en información política te explicaban que cuando llegaba la campaña de Navidad empezaban a llegar paquetes y paquetes que a lo mejor no tenían por qué ser una gran inversión en regalos, pero bueno, ¿por qué una empresa de cualquier ámbito, una ingeniería, una constructora, tiene que hacerle un regalo a un director general? Es raro. Y en eso yo creo que sí se ha evolucionado porque ya no se hace. O al menos en teoría, los que están en las consejerías o en los ministerios te dicen que ahora no, y esto hace 20 años pasaba siempre. </p><p><strong>SGD</strong>.- Y en los medios de comunicación también llegaba la campaña de Navidad y aparecían furgonetas con regalos para los periodistas…</p><p><strong>JM</strong>.- De algunas secciones especialmente.</p><p><strong>SGD</strong>.- En <em>El País</em> se puso como norma que no se podía recibir como regalo algo que no pudieras consumir en el día. E incluso, al final, yo creo que han terminado por desaparecer directamente.</p><p><strong>JM</strong>.- De forma que incluso el simbólico jamón, tan castizo… </p><p><strong>SGD</strong>.- ¡Pero el jamón en un día no te lo comes!</p><p><strong>JM</strong>.- ¿Están suficientemente protegidos los denunciantes de la corrupción? Me refiero sobre todo a los propios funcionarios, técnicos, profesionales de las administraciones que no se atreven a denunciar o, cuando denuncian, sufren represalias. Hay normativas, en Europa se ha regulado también la protección de los denunciantes. Pero asociaciones cívicas que están combatiendo permanentemente la corrupción se quejan de que no hay una suficiente protección.</p><p><strong>NT</strong>.- Bueno, te voy a poner un ejemplo. Hay una arquitecta municipal en el Ayuntamiento de Barcelona, que se llama Lourdes Conesa, que es un caso inédito en España, porque tuvo que llevar a los tribunales al propio Ayuntamiento porque ella había denunciado, junto a Itziar González, que además es concejal del Ayuntamiento y preside un Observatorio de lucha contra la corrupción, denunciaron, creo que en 2008, una trama de pisos turísticos ilegales en la zona de Ciutat Vella de Barcelona. Ahora ha estado de moda la palabra <em>mafia</em>, ahí sí que actuaban como una mafia, extorsionando incluso a cargos públicos. Y ellas lo denunciaron. y tuvieron tal desamparo de la propia administración –que era la más interesada en que eso no pasase– que lo llevaron a los tribunales y acabaron ganando. Les dieron la razón en que la administración no la había amparado pese a ser una de las personas fundamentales para denunciar esa trama. Lo hemos visto también en el <em>caso Gürtel</em>, algunos de los denunciantes lo han afirmado. Por lo tanto, no puede ser que las personas que se atreven a denunciar lo que están viendo o que existe un presunto caso de corrupción tengan que ser unos valientes. No podemos exigir a los funcionarios o, es igual, a los periodistas, este intento permanente de amedrentarnos a base de burofax, de intimidarte para que no publiques y, una vez has publicado, para que no sigas publicando. Incluso hay despachos de abogados que se están especializando en eso. No debería pasar, y en cambio tengo la sensación de que en nuestro gremio pasa cada vez más, pero luego en las administraciones, cuando ves casos como estos… Lourdes, esta chica que comento, estuvo diez años siendo ella la perseguida.</p><p><strong>SGD</strong>.- Eso es terrible, creo que uno de los peores fallos es el de no proteger al informante. Los grandes casos de corrupción muchas veces se descubren gracias al informante interno que lo cuenta. Las corrupciones de los bancos, por ejemplo, salen a la luz gracias a informantes internos a los que se les da un beneficio por denunciar, no solamente se les protege, sino que se les recompensa por la denuncia de actos ilegales. En España no están protegidos los informantes y eso también es algo que podría resolverse mucho más fácilmente. Quiero decir, que la mayoría de las cosas que hay que hacer no son tan complicadas de resolver. Ahora bien, tiene que haber voluntad política y los partidos deben ponerse de acuerdo en los mínimos necesarios para reunir una mayoría que respalde las medidas a tomar.</p><p><strong>NT</strong>.- Están también los llamados <em>buzones ciegos</em>, los que recogen denuncias anónimas. Hacer realmente que los canales que ya están creados funcionen, es decir, que cuando una persona denuncia y además, por ejemplo, en los ayuntamientos pequeños, es mucho más fácil señalarla, aunque sea anónima. Deberíamos conseguir, o deberían conseguir las administraciones, que sea realmente anónima. Estas personas no tienen que ser héroes, tienen que poder estar protegidas y las administraciones entender que juegan a favor de la administración, no en su contra.</p><p><strong>JM</strong>.- Hablando de los partidos políticos, creo que coincidimos en que todo el mundo sabe que la corrupción va a estar ahí siempre, siempre va a haber intentos de corrupción, la clave estriba en cómo se responde, en cómo se gestiona. ¿Percibís avances en la reacción de los partidos políticos ante los casos de corrupción? Y segundo, ¿veis diferencias entre unos partidos y otros a la hora de gestionar las corrupciones? </p><p><strong>SGD</strong>.- El problema básicamente es que la percepción que se tiene es que los partidos denuncian la corrupción del contrario, pero no denuncian la propia, y por supuesto no ponen los mecanismos necesarios para detectar y cortar de cuajo la corrupción interna. Yo creo que eso es un rasgo lamentable de la actuación de los partidos políticos españoles. No sé si eso se produce igual en todos los países del mundo, me imagino que no, que habrá países que tengan una tradición en los partidos de funcionamiento más democrático interno que les impida actuar así, pero en España, la verdad es que los partidos políticos se movilizan contra la corrupción en el caso de que esta afecte al contrario; si es propia, procuran que pase desapercibida y no responsabilizarse. Suelen decir que son casos aislados, son <em>setas</em>…</p><p><strong>NT</strong>.- A lo mejor habría que diferenciar cómo actúan antes de que se sepa y cómo actúan una vez se sabe. Y ahí probablemente sí que puede haber algún matiz. Quiero decir, Pablo Casado en el PP cayó por decir: “Oye, que igual esto de la presidenta Ayuso…”, y no solo no se investigó, sino que le costó el cargo. En el caso del PSOE, yo creo que, probablemente, en la fase previa, pues son <em>setas</em>. La cuestión es, una vez aparece, ¿cómo responden? Y quiero pensar que han sido más diligentes a la hora de tomar medidas. No en todos los casos, porque es el tópico, pero yo creo que es cierto que el electorado de izquierdas, o al menos una parte, es mucho más sensible ante la corrupción, no quiere corrupción en sus partidos y, en cambio, cuando los partidos de derechas han caído, estoy pensando en el caso de Convergencia en Catalunya, pero en Madrid podría ser el PP, no es porque ellos asumiesen que la corrupción les estaba minando, sino aquí porque hubo una moción de censura, o en Cataluña porque se lió con los recortes y el <em>procés</em> y todo lo demás.</p><p><strong>JM</strong>.- Y después de condenas firmes.</p><p><strong>SGD</strong>.- Claro, hay partidos condenados. El PP está condenado, Convergencia está condenada, Unió Democrática, en su momento, también. Quiero decir que diferenciaría entre qué hacen antes y qué hacen después. Si después lo hacen porque se lo creen o porque saben que tiene más coste electoral, eso ya cada uno que lo valore.</p><p><strong>JM</strong>.- Me parece preocupante cuando igualar conductas se convierte incluso en estrategia política. Quiero decir, se iguala, por ser gráfico, un hurto con un asesinato. Se dice, “todo es corrupción”. Y es una técnica política que, a mi juicio, puede servir en la disputa, digamos, electoral, pero daña mucho la democracia, daña mucho el prestigio de un sistema y de sus instituciones.</p><p><strong>SGD</strong>.- Por ejemplo, en el caso del PP de la Comunidad de Madrid, la acumulación de casos de corrupción que ha tenido durante una temporada larguísima es pasmosa. Pasmosa. La cantidad de consejeros y miembros de ayuntamientos que están procesados y condenados, tanto en la Comunidad de Madrid como en la Comunidad Valenciana, creo que debería haber llevado al Partido Popular a hacer un examen interno muy profundo, a decir, “¿qué nos ha pasado?, ¿cómo es posible que hayamos albergado este nivel tan grande de corrupción en dos lugares tan evidentes?”. O incluso en el caso de Cataluña, ¿cómo es posible que Convergencia no fuera capaz de darse cuenta de la cantidad de casos de corrupción que se iban detectando?</p><p><strong>JM</strong>.- Son situaciones que han durado décadas.</p><p><strong>NT</strong>.- Por ejemplo, en el caso de Madrid que ahora citabas, creo que sin analizar el ecosistema mediático propio de Madrid no se puede explicar. Es decir, que es un elemento fundamental para que el PP o algunos cargos del PP hayan podido actuar con esta impunidad porque, probablemente, tampoco se le ha dado la importancia que merecían a nivel mediático, y no hablo solo de los medios que lo hayan podido denunciar, que algunos lo hemos hecho evidentemente, sino a nivel de que sea un elemento central del debate en la conversación pública. Por tanto, tendríamos que hablar también de la publicidad institucional, de las subvenciones, de las relaciones…</p><p><strong>JM</strong>.- Yo lo considero otro tipo de corrupción, es decir, hay una opacidad absoluta, o se pretende que sea absolutamente opaca esa dependencia que muchos medios tienen de la publicidad institucional de las administraciones. Y cómo eso crea una dependencia también en lo informativo, en la valoración…</p><p><strong>NT</strong>.- Claro, porque si tú al final no lo das en portada, no lo priorizas informativamente, no te preguntas quién ha pagado un ático o cómo fue posible un determinado fraude, si tú no te lo preguntas, y por lo tanto no transmites a tus lectores, oyentes, espectadores que ahí hay una información relevante, a mucha gente no se lo parecerá.</p><p><strong>SGD</strong>.- Hay medios que están especializados en hacer que esas cosas mueran rápidamente. Colocando otras en su lugar, esos <em>pseudomedios</em>, que están financiados de una manera completamente opaca, son superexpertos en conseguir lanzar inmediatamente otros temas que desvían la atención y que nos obligan a todos a mirar hacia otro lado.</p><p><strong>NT</strong>.- No son solamente los <em>pseudomedios</em>, hay cabeceras y emisoras que no han nacido hoy y está pasando…</p><p><strong>SGD</strong>.- Estoy de acuerdo.</p><p><strong>NT</strong>.- Lo importante es que, más allá de la línea editorial que tiene cada uno, que todos tenemos una línea, la que sea, cuando hay un caso de corrupción o presunta corrupción, sea del nivel que sea, puede ser la alta corrupción o el nepotismo, al que antes te referías, tú lo denuncies con la misma contundencia. </p><p><strong>SGD</strong>.- Pero eso no existe. En este momento, en los grandes medios no tienen ese criterio.</p><p><strong>NT</strong>.- El camino es ese.</p><p><strong>SGD</strong>.- El camino es ese, no tengo ninguna duda, pero a ver cómo se les exige que respeten eso.</p><p><strong>JM</strong>.- Esperemos que las medidas que van avanzándose como la aplicación del Reglamento Europeo de Medios, la creación de un registro que obliga a desvelar qué ingresos de dinero público tiene un medio, quiénes son sus accionistas, habrá que ir viendo si se cumplen y qué efectos tienen.</p><p><strong>NT</strong>.- Incluso la propia definición de qué es un medio.</p><p><strong>JM</strong>.- Sí, diferenciar lo que es un medio y lo que son otro tipo de negocios. Vamos a ver si eso va dando resultados. Pero tiene que ver con lo que comentáis, ¿tienen la misma penalización, el mismo castigo, los corrompidos que los corruptores? Y no me refiero solo al castigo judicial, sino también en términos mediáticos, la posibilidad de avergonzar a quien comete una corrupción o participa de ella. Creo que se focaliza todo en los políticos, pero muy poco en las grandes empresas o empresarios que corrompen, y que consiguen recursos públicos y negocios muy importantes a base de sobornar, regalar, etcétera. Esa descompensación me parece que también supone un desgaste democrático. Hay un desequilibrio, y siempre desfavorable hacia la política honesta.</p><p><strong>SGD</strong>.- Hay países en los que ya existe legislación para que empresas que participan en la corrupción, incluso en otros países distintos, sean sancionadas, multadas y enviados a la cárcel en el país de origen. Es decir, empresas, por ejemplo, francesas que han favorecido la corrupción en un país africano, cuando eso llega a manos de un juez, sanciona al corruptor, al que está pagando. Yo creo que eso es muy importante, porque no se trata de avergonzarlos. Yo creo que a ellos se la trae al fresco que les avergüencen. Ahora, si se demuestra que tú has pagado por conseguir un contrato público, un soborno, una mordida, que eso tenga consecuencias o una multa es otra cosa.</p><p><strong>JM</strong>.- Disuasoria.</p><p><strong>SGD</strong>.- Exactamente, o en una condena del responsable de vigilar que eso no suceda dentro de una empresa, porque dentro de las empresas lo primero es que debiera haber personas, ejecutivos encargados de vigilar que esas cosas no ocurran.</p><p><strong>JM</strong>.- Aquí, sin embargo, la impresión es que grandes casos de corrupción, donde han aparecido también grandes empresas, desde luego han seguido y siguen algunas de ellas dirigidas por las mismas personas.</p><p><strong>SGD</strong>.- Claro, y a pesar de haberse demostrado su participación. Ha habido avances en el sentido de que no reciban contratos públicos quienes han utilizado de esa manera los recursos, pero sin embargo la forma de actuar, cambiando nombres de empresas, creando sociedades nuevas, etcétera, encuentra cauces para que siga exactamente igual. </p><p><strong>NT</strong>.- Bueno, y porque luego los medios siempre señalamos, y hacemos bien, a los políticos, pero nos cuesta mucho más señalar a las empresas y ahí volveríamos al tema de los ingresos, porque algunas de estas grandes empresas también son grandes anunciantes. En casos conocidos, como el del 3% en Cataluña, los principales donantes fueron constructoras, ¿a nadie le llamó la atención?, ¿por qué una constructora tiene interés en ayudar a financiar una fundación de un partido? Bueno, entre otras cosas, luego se cambió la legislación, pero porque las fundaciones tenían un sistema fiscal mucho más opaco de lo que pueden tener los partidos. Y de esto hace cuatro días, tampoco hace tanto. De ahí la reflexión que debemos hacer también todos los que tenemos una interlocución o una voz pública y es hasta qué punto tendríamos que insistir más en eso, en dar los nombres de las empresas y de qué han hecho, y no siempre lo hacemos, eso es así. </p><p><strong>JM</strong>.- Para ir terminando, la desinformación generalizada, las redes sociales, esta dependencia mediática de ingresos no siempre transparentes ni mucho menos, todo esto facilita que esa percepción de la corrupción dependa de cada burbuja, de forma que la de los míos me importa menos y, por lo tanto, les voy a seguir votando igual. Pongo un ejemplo: Trump ganó las elecciones habiendo sido condenado por más de treinta delitos y unos cuantos de ellos claramente de corrupción. Volvemos a la impotencia democrática, es decir, cuando esto llega a ocurrir y no ha tenido ningún coste político actuar de una manera ilegal y absolutamente falta de ética, ¿qué podemos hacer para que ese desgaste democrático pueda frenarse? </p><p><strong>SGD</strong>.- Para llegar al caso de Trump, seguramente han pasado muchas cosas antes en Estados Unidos. Trump no es algo que haya surgido de la nada, sino que también es consecuencia de un deterioro profundo del modelo de vida norteamericano, de Estados Unidos, y esa especie de frustración tan enorme que tiene una gran parte de la población con respecto a lo que se le ha enseñado como el paradigma de lo que es su país y lo que se encuentra en el día a día. O sea, yo creo que Trump es también consecuencia de eso y cuando se llega a que Trump gane las elecciones es también porque hay una parte de esa población que está completamente enfurecida y vota y le da igual que lo que vota es por alguien que diga lo contrario.</p><p><strong>JM</strong>.- Vota más con las tripas.</p><p><strong>SGD</strong>.- Exacto. Vamos a ver qué pasa ahora cuando vayan pasando estos cuatro años de Trump y hasta qué punto la sociedad estadounidense reacciona. Vamos a ver porque no es tan fácil, todos pensamos: bueno, está ahí, se va a quedar ahí, va a hacer lo que le da la gana, vamos a verlo, porque la sociedad estadounidense es bastante más activa de lo que nosotros pensamos. Yo creo que se está produciendo ya una reacción bastante más grande y que a su vez provoca una reacción todavía más autoritaria de Trump. Y eso también va a provocar más reacción, porque si cada vez es más autoritario, cada vez va a haber más protestas contra ese autoritarismo. Y en cuanto a la percepción de la corrupción, como decías tú, el votante de izquierda perdona mucho menos la corrupción. El votante a lo mejor no vota a la derecha porque haya corrupción en su partido, pero se queda en casa. </p><p><strong>JM</strong>.- La desafección es mucho más evidente.</p><p><strong>SGD</strong>.- Y eso pasa mientras que el votante de derecha, por el motivo que sea, no le da tanta importancia y acude a votar sin especial problema moral.</p><p><strong>NT</strong>.- Está muy relacionado con el tema de las <em>burbujas</em>, que a mí es un tema que me obsesiona mucho desde hace mucho tiempo, y que además si lo estudias un poco, después de la pandemia ha ido a más, a muchísimo más. Aquí hay desde el mecanismo casi psicológico, el sesgo de confirmación: siempre es más fácil que te creas a alguien que es de los tuyos y que además te reafirma en tu ideología, tu pensamiento… entonces eso ya es un reto. Que alguien te haga pensar que a lo mejor tú estás equivocado o no tienes toda la razón, o te falta información. Si estás en la <em>burbuja</em> es mucho más complicado, por lo tanto, de entrada. Lo dice Daniel Innerarity, hay que tener una dieta informativa variada y no solo leer artículos de opinión de gente que te da la razón.</p><p><strong>JM</strong>.- Salir de la burbuja. </p><p><strong>NT.</strong>- Eso una. Dos, y esto lo comentabas antes de los <em>pseudomedios</em>, ¿qué hace Trump?, y no solo Trump, lo hizo Bolsonaro, lo hizo Salvini, no estamos hablando de hoy, utilizan métodos de comunicación, que no de información, que no tienen nada que ver con los tradicionales, no hay ningún tipo de confirmación, no son ni periodistas. Los que tenemos hijos sabemos la influencia que tienen muchos <em>youtubers</em>, muchos canales de información. </p><p><strong>JM</strong>.- Son técnicas de captación.</p><p><strong>NT</strong>.- Son técnicas muy pensadas y muy trabajadas. Entonces, combatir eso es complicadísimo, porque implica razonar, buscar argumentos, dedicarle más de 20 segundos a una respuesta. El panorama es desolador, sobre todo si ves las encuestas: de 18 a 35, de 18 a 44, cuál es la fórmula, los métodos de información… ¿Por qué ahora resulta que ser antisistema es estar cerca de la extrema derecha? Es preocupante, pero sí, hay que salir de esas burbujas.</p><p><strong>JM</strong>.- Por quedarme con un mensaje, no digo optimista, pero esperanzador y sobre todo clarificador, supongo que compartimos que la corrupción es un problema en democracia, pero la corrupción es sobre todo un rasgo de los autoritarismos. En democracia podemos reaccionar, podemos denunciar y debemos mejorar los resortes contra la corrupción. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 Aug 2025 21:09:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La corrupción en democracia: un conversatorio con Neus Tomàs y Soledad Gallego-Díaz]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Un conversatorio con los magistrados Lourdes García Ortiz y Miguel Pasquau moderado por Jordi Gracia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/conversatorio-magistrados-lourdes-garcia-ortiz-miguel-pasquau-moderado-jordi-gracia_7_2000929.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3e4f1f59-5333-434b-9779-9287e7f33293_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Jordi Gracia (moderador), con Lourdes García Ortiz y Miguel Pasquau durante la grabación del Conversatorio de TintaLibre."></p><p>Cuando el poder judicial está en la conversación pública es que algo no marcha bien en él: un juez con la autoridad y el poder de Manuel Marchena acaba de esparcir un decálogo tácito de críticas al Gobierno –nada menos que titulado<em> </em><a href="https://www.infolibre.es/politica/derecha-interpreta-amenaza-profunda-reforma-judicial-emprendida-sanchez_1_1998148.html" target="_blank" ><em>La justicia amenazada</em></a>– cuando algunos creen que parte de las amenazas proceden de su propio poder en la magistratura. Para pensar sobre todo ello, y al margen de Marchena, hemos invitado a dos jueces que trabajan fuera de la órbita madrileña, <strong>Lourdes García Ortiz</strong>, presidenta en funciones de la Audiencia Provincial de Málaga, y <strong>Miguel Pasquau</strong>, magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía y autor reciente, y en buena medida causa de este conversatorio, de un libro publicado en la editorial Debate titulado <a href="https://www.penguinlibros.com/es/economia-politica-y-actualidad/370428-libro-el-oficio-de-decidir-9788410433779" target="_blank"><em>El oficio de decidir</em></a>, y subtitulado de manera casi tan provocativa como el propio título: <em>Dudas y certezas de un juez en activo</em>.</p><p><strong>JORDI GRACIA</strong>.- ¿Cuánto de verdad hay en la percepción social de que algo no funciona bien en el poder judicial? ¿Son apreciaciones deformadas, son exageradas?</p><p><strong>LOURDES GARCÍA ORTIZ</strong>.- Tenemos una justicia lenta y tenemos que mejorar muchas cosas. La estructura judicial también es necesario reformarla, de hecho, tenemos una reforma que ha entrado recientemente en vigor de cara a esa finalidad. En la percepción deformada que puedan tener las personas, la ciudadanía, de la justicia, yo distinguiría la justicia del día a día, que son los miles y miles de asuntos que resolvemos los jueces y las juezas todos los días, de esos casos más mediáticos que son los que determinan la visión de toda la Justicia. Y no es así, porque realmente en la justicia de cada día hay muchos más asuntos que esos casos particulares que trascienden a la prensa y que nos hacen pensar en que hay una politización o una deformación que no es, a lo mejor, lo que cada día vivimos los jueces de a pie.</p><p><strong>JG</strong>.-Está claro, Miguel.</p><p><strong>MIGUEL PASQUAU</strong>.- Yo creo que la percepción ciudadana sobre la Justicia está bastante distorsionada y está distorsionada en dos sentidos: creo que es demasiado buena y creo que es demasiado mala. Se mezcla primero una cierta actitud casi reverencial: “Si lo ha dicho un juez es por algo”, “esto es palabra de juez”, que tiene que ver con el misterio con el que se producen las cosas en la justicia. De ahí sale un producto que alguna vez es comprensible, otras incomprensible, que agrada, que no agrada, pero ahí hay algo casi reverencial, sacerdotal, misterioso que genera cierta fascinación. Por otro lado, hay una percepción despectiva, desconfiada, despreciativa: no nos enteramos de la realidad, estamos en nuestras cosas, somos unos tiquismiquis, somos ineficientes, tardamos mucho en decir nada, devolvemos a la sociedad los conflictos casi peor que como llegaron a nosotros, estamos politizados… </p><p>Esa mezcla no ayuda nada, yo creo que hay que desacralizar la Justicia y, por otro lado, hay que encontrar maneras de suscitar algo de confianza. Somos muy malos comunicadores y me parece que la manera buena no es el argumento de autoridad con el que el discurso oficial corporativo de los jueces quiere ganarse a los ciudadanos. “No se te ocurra dudar de mí, que yo soy independiente, que yo soy imparcial, que yo estoy sometido sólo al imperio de la ley”, y casi regañan a los ciudadanos porque algunas veces no confíen en los jueces. </p><p><strong>JG</strong>.- ¿Tú lo compartes, Lourdes?</p><p><strong>LGO</strong>.- Comparto el planteamiento, ciertamente. Lo que sí diría es que, por un lado, hay efectivamente ese respeto y, por otro lado, esa crítica, pero también es verdad que la ciudadanía acude constantemente a la justicia, es decir, incluso diría que hay un abuso excesivo de judicializar los conflictos y confiar en que los jueces nos los resuelvan. Pero es importante poner en valor otros medios, alternativos y adecuados, de resolución de conflictos que pueden ser paralelos al proceso y en ello está esta reforma. Eso que llaman MARC, los Medios Alternativos de Resolución de Conflictos, nos pueden llevar a una justicia más dialogada, a una justicia donde las partes sean más protagonistas, donde puedan acudir a la mediación, a unos dictámenes de un experto independiente, a una conciliación. Son alternativas que, además, con la Ley Orgánica de Eficiencia Digital se han implantado en los procesos civiles como requisito de procedimiento exigido. Va a ser una nueva forma de justicia que nos puede a lo mejor descongestionar un poco muchos procesos. </p><p><strong>JG</strong>.- Pero es verdad que la justicia es noticia con mucha frecuencia en los medios profesionales. La renovación del Consejo General del Poder Judicial no parece haber iniciado una auténtica nueva etapa y algunas decisiones del Tribunal Supremo parecen enfrentarlo a leyes aprobadas en el Parlamento, como la de la amnistía. Parece que haya un ejercicio del Poder Judicial, no sé si más allá de sus funciones reales o quizá con un nivel de militancia a la que no estamos demasiado acostumbrados, o cuando menos resulta realmente chocante.</p><p><strong>MP</strong>.- Es normal que los medios periodísticos serios miren, escruten, se fijen en lo que pasa en la justicia, porque es un poder y se juegan cosas muy importantes en la justicia. Y sin un Poder Judicial en regla no hay ciudadanía. Es normal que os fijéis en lo que pasa en el mundo judicial y en el Poder Judicial. Y también es normal que lo hagáis con actitud de sospecha, ¿por qué no? Igual que no tenemos por qué creernos que el Gobierno va a hacer las cosas de entrada bien y que las leyes que van a salir del Parlamento van a ser todas maravillosas, ¿cómo vamos a evitar que haya planteamientos críticos alrededor de lo que hacen los jueces? El problema es que no hay criterios fáciles, manejables, para determinar cuándo hacemos bien las cosas. Es muy difícil, todo es discutible. Va a ser muy difícil encontrar alguna resolución judicial, salvo casos absolutamente anecdóticos, en que no haya discrepancia de pareceres sobre si han acertado o no han acertado los jueces. Los dos ejemplos que has puesto van un poco por ahí porque el juez instructor es una persona que paradójicamente tiene mucho poder, toma decisiones importantísimas que afectan inmediatamente a las personas que tienen una trascendencia pública y mediática tremenda, pero es el menos juez de los jueces.</p><p><strong>JG</strong>.- Pero es verdad que. una vez tomada la decisión del instructor, y con la repercusión mediática e inmediata que tiene esa decisión, el daño está hecho.</p><p><strong>MP</strong>.- Sí, ese es el problema. Hay controles, recursos, un juego de pesos, contrapesos, instancias, deliberaciones, pero ese primer momento del juez de instrucción es buscado con frecuencia. Genera en sí mismo efectos y al juez instructor le falta lo que da fortaleza, digamos, a la figura del juez o a la decisión judicial, que es que el juez decide sin necesidad de haber oído un debate o una contradicción entre las partes. El juez decide él. </p><p><strong>LGO</strong>.- Porque el juez de instrucción investiga, está en la fase de investigación y, en esa fase, no estamos hablando ni siquiera de imputados. El principio de presunción de inocencia opera mientras no te han condenado, y ahí es donde la labor del juez de instrucción tiene que estar bien hecha, es decir, que le lleguen unos datos suficientes que justifiquen la intromisión incluso de derechos, como pueda ser las comunicaciones telefónicas, el domicilio, etc., pero tiene que haber una base justificada que permita adoptar eso. No es un juez que hace lo que quiere y ya está, y no le pasa nada. No, es más, todas sus resoluciones son recurribles.</p><p><strong>JG</strong>.- ¿Y si hace lo que quiere y no pasa nada?</p><p><strong>LGO</strong>.- Toda resolución que tome un juez de instrucción es recurrible ante la Audiencia Provincial, en lo que es la base de los juzgados de este país, con lo cual nos llega a la Audiencia una medida cualquiera que tenemos que ver con celeridad para decidir si esa medida se mantiene o no, o si esa resolución es correcta o no lo es.</p><p><strong>MP</strong>.- ¿No te parece, Lourdes, que sería más fácil, más visible, más fácilmente transmisible o perceptible esa separación entre la investigación y el enjuiciamiento, si de una vez diéramos la instrucción al fiscal? Ahora parece que el fiscal es el que controla al juez instructor recurriendo a la Audiencia, parece que hace de garante frente a las decisiones del juez. Ocurre en no pocos casos. Si la investigación la dirige el fiscal, que no es juez, no hay nada que se parezca a una imputación judicial. Pienso que eso arreglaría bastantes más problemas que los que traería.</p><p><strong>LGO</strong>.- Ese es el proyecto que hay, y se viene barajando hace tiempo, pero tiene un escollo y es que a la vez que se reforma la Ley de Enjuiciamiento Criminal en ese sentido, se debería reformar también el Estatuto Fiscal con una mayor garantía de independencia absoluta o de conseguir una independencia suficiente. Las ventajas las has puesto tú, está claro, y está en el programa legislativo que se viene trabajando hace tiempo. De hecho, en nuestro entorno hay otros países que lo tienen así. No seríamos nosotros los únicos.</p><p><strong>JG</strong>.- Y apelando a otros países, algunos jueces federales en Estados Unidos están siendo el dique de contención a algunas de las decisiones más autocráticas de Trump, algunos jueces han frenado algunas de las medidas más despiadadas de Meloni en términos de inmigración. ¿Sucede lo mismo en España? ¿Está funcionando de otra manera el poder judicial?</p><p><strong>LGO</strong>.- Yo creo que no, aunque puede haber alguna diferencia en casos muy determinados y más conectados con la política, pero aquí llevamos ya muchos años instruyendo muchos casos importantes, incluidos los de corrupción, con plenas garantías y de forma muy eficaz. Yo pondría en valor el trabajo de todos estos años.</p><p><strong>MP</strong>.- Hablabas de la percepción de una justicia española quizás que no cumple su labor de contrapoder o una cierta politización. La cuestión está en que la politización de los jueces o del Poder Judicial es algo que solo se puede ver desde fuera. Yo no conozco a ningún juez, a ninguno, que diga: “Yo estoy politizado.” No conozco a ninguno que lo diga ni que lo sienta.</p><p><strong>LGO</strong>.- Es que, para empezar, los asuntos no va uno a buscarlos, nos corresponden por unos turnos de reparto. Es algo completamente aleatorio y te toca y dentro de la profesionalidad de cada uno, aisladamente, alguien puede adoptar una resolución en la que se extralimite o no, y para eso están los recursos, para corregirlo, en cualquier caso, si se cree que ha pasado esto.</p><p><strong>JG</strong>.- Creo que era por donde iba Miguel.</p><p><strong>MP</strong>.- Eso que dice Lourdes es fundamental, es una de las garantías, de los mecanismos que impiden el juego del voluntarismo político en la Justicia. Hay muchísimos pesos, contrapesos, equilibrio, garantías y tenemos que estar orgullosos de eso. Ojalá lográramos ir transmitiendo que aquello en lo que pueden confiar los ciudadanos no es tanto en los jueces como en el sistema judicial. ¿Estamos politizados, no estamos politizados, estamos menos que los franceses, más que los italianos? Es muy difícil determinar eso y precisamente porque es tan difícil, lo que no podemos es decir que no, pero tendemos corporativamente a decir “¿cómo me críticas que el Poder Judicial español esté politizado?” Oye, pues a lo mejor lo está. Si estuviéramos hablando de Sildavia, un país imaginario, lo veríamos fácilmente desde fuera, pero hacia dentro es muy difícil. No podemos decir no, lo que hay que hacer es saber limpiar las maneras de determinar hasta qué punto esto es así, y poder identificar actitudes, y para eso no hay nada mejor que la transparencia, someterse a la crítica, y que la crítica no esté capitalizada por la polarización política, es decir, que en la crítica y en la mirada a los jueces también haya expertos, también haya gente capaz de dar argumentos, de atreverse a decir: “No me convence esto, propongo esto…”.</p><p><strong>LGO</strong>.- Pero es que la crítica no debe ser al juez como tal, sino a su resolución por sesgada o incorrecta aquí o allá, y hay que poder opinar, por supuesto. No estamos dentro de una urna en la que no nos pueden tocar, eso es un corporativismo trasnochado.</p><p><strong>JG</strong>.- Pero algo de corporativismo debe quedar, ¿no? Miguel apuntaba a esa idea.</p><p><strong>LGO</strong>.- Tenemos que tener muy claro que somos servidores públicos y que trabajamos para la ciudadanía y lo primero es ver que estamos haciendo un trabajo de calidad. No creo que tengamos que pensar que todo lo hacemos bien. Hay incluso que someterse a la autocrítica y decir: “A ver, no perder nunca de vista que somos servidores y que tenemos que mejorar constantemente nuestra atención, en la forma de trabajar, de tratar a las personas, de resolver, nuestra manera de estudiar muy bien las cosas”.</p><p><strong>JG</strong>.- Las funciones que está desempeñando desde su renovación el Consejo General del Poder Judicial, ¿están a la altura de lo que puede exigir una democracia madura?</p><p><strong>LGO</strong>.- Acaba de empezar y por lo pronto hemos sufrido un atasco y una paralización de muchísimo tiempo, con el tapón de cargos jurisdiccionales de libre designación que tenían que renovar. Tenemos que esperar un poco para valorar este Consejo. Está ahora el Observatorio de Violencia de Género, la Comisión de Igualdad, la Comisión Disciplinaria, los informes, la Comisión Internacional, la Comisión Informática y están llamándonos a trabajar en esas distintas comisiones.</p><p><strong>JG</strong>.- ¿Tú, Miguel, eres un poco más impaciente?</p><p><strong>MP</strong>.- Soy un poco más impaciente. Creo que hay que darle un voto de confianza, pero está dando ya indicios de que no va a ser muy diferente de los anteriores. Con los nombramientos se está reproduciendo el que para mí es el gran problema del Consejo General del Poder Judicial, que es un órgano jurídico-político y, por tanto, tiene que estar presente el pluralismo ideológico. No es ningún problema que haya un componente ideológico; el problema está, desde mi punto de vista, en las asociaciones judiciales que están demasiado presentes en la lógica de las decisiones. Suelen hacerse nombramientos buenos, pero muy marcados por una negociación entre dos asociaciones que reparten. Criticamos a los partidos políticos porque tienen un sistema de cuotas en el nombramiento de vocales del Poder Judicial, pero es que los vocales del Poder Judicial marcados por asociaciones judiciales tienen un sistema de reparto de cuotas que estadísticamente se está viendo con estos nombramientos. </p><p><strong>JG</strong>.- ¿Y compartís este prejuicio, o juicio, que muchos sectores mantienen de una especie de sentido patrimonial por parte de la derecha del Poder Judicial? </p><p><strong>MP</strong>.- Seguramente si hubiera una manera de medir la ideología de los jueces, probablemente, a mí me da la impresión de que sí, de que estaría un poco más escorada a la derecha que la del Parlamento, que la social, por tanto. ¿Pero eso es grave? Yo creo que no. Yo creo que ese no es el problema. El problema no es la ideología, siempre que haya un componente de pluralismo que asegure que juegan equilibrios, que hay una deliberación en la que no se puede decir cualquier cosa, que hay un recurso en el que un argumento puramente de voluntarismo político no cuela. Ahí están las garantías.</p><p><strong>JG</strong>.- Una manifestación con togas es un asunto grave. Tuvimos una hace relativamente pocos meses.</p><p><strong>MP</strong>.- Eso efectivamente sí que plantea un problema, que tiene que ver con algo que has dicho tú antes. La Ley de Amnistía tensionó mucho las cosas y ha producido una reacción que a mí me parece excesiva, un poco como si algunos jueces se han creído garantes de la Constitución frente al legislador. Eso es una perversión absoluta. Nadie nos ha dado una competencia para defender la Constitución frente al legislador. Si nosotros tenemos duda de que una ley roza o es inconstitucional, tenemos que preguntar a quien sí tiene la competencia, que es el Tribunal Constitucional. ¿Qué ocurre? Que hay desconfianza en el Tribunal Constitucional también por su sistema de nombramiento. Aquí es donde tenemos un <em>agujero negro </em>que tenemos que tapar porque si no nos fiamos de la última palabra, es decir, del Tribunal Constitucional, que es el que puede resolver determinados conflictos que son fundamentales, los de la dialéctica entre Poder y Derecho, Poder y Constitución, entra vértigo. Y lo tenemos un poco a nivel social por un incremento de desconfianza, por un lado, en el Tribunal Constitucional, que estaría manejado por unos, y por otro lado, el Tribunal Supremo, que parecería que estuviese, como tú has dicho, patrimonializado por otros. Frente a eso no hay más táctica o estrategia que valorar el argumento y criticar los argumentos, no si este es de estos o de los otros, aparte que el Tribunal Supremo tiene una altísima calidad técnica y el Tribunal Constitucional tiene un equipo de letrados espectacular. Lo que puede salvar el Estado de Derecho es señalar con el dedo argumentos que produzcan sonrojo. Eso es la última defensa, la última barrera defensiva del Estado de Derecho. Tú puedes tener ideología, pero tienes que embutirla en argumentos presentables. Con lo que transparencia y, por favor, crítica, pero como hemos dicho antes, crítica no fullera, no de polarización política.</p><p><strong>LGO</strong>.- En cuanto a la ideología, es verdad que hay un porcentaje alto de compañeros y compañeras que son más conservadores en su forma de ver la sociedad y la vida en general. Pero yo creo que, a la hora de trabajar en el día a día, fuera de casos cuestionables que puedan llevarse en el Supremo, los compañeros trabajamos en tribunales colegiados, por ejemplo, que es donde tenemos que estar combinando los criterios.</p><p><strong>JG</strong>.- Miguel en el libro subraya mucho eso y es un capítulo muy divertido.</p><p><strong>LGO</strong>.- Llevo 25 años en la Audiencia Provincial de Málaga con el orden penal y he trabajado con compañeros que prácticamente ninguno estaba en la misma asociación que yo. A la hora de enjuiciar un caso no ha influido, no ha afectado. Somos jueces, valoramos pruebas y a menudo ni reparamos en qué partido gobierna el ayuntamiento al que estábamos investigando.</p><p><strong>MP</strong>.- Me encanta eso que estás diciendo y es a lo que me refiero yo con evidenciar, con trasladar que, en realidad, el voluntarismo no tiene mucho espacio, mucha <em>chance</em> en el sistema. Y que lo que puede generar confianza es saberlo, darse cuenta. Cuando se va a tomar una decisión influyen tantas cosas que no hay una decantación automática de derechas, o conservadora o progresista, y dejo al margen la figura de los jueces instructores en casos mediáticos, políticos, etcétera, porque eso es otra cosa. Pero, en general, a la hora de tomar una decisión intervienen tantos mecanismos que son la fortaleza principal del sistema judicial.</p><p><strong>JG</strong>.- Y pese a ello algunos jueces siguen aceptando causas a través de la acusación popular y con una documentación o una fundamentación de la causa de una precariedad asombrosa, a pesar de la jurisprudencia y del resultado negativo de muchas de esas causas anteriores. ¿Qué pasa con la acusación popular? ¿Qué estamos haciendo mal?</p><p><strong>LGO</strong>.- La acusación popular está regulada en el artículo 120.5 de la Constitución y, en principio, también es una salvaguarda para que puedan acceder todos los ciudadanos a un proceso. Lo que también es verdad, por contra, es que esa investigación se tiene que hacer, como he dicho antes, con una seriedad y con unas bases y con unos indicios. Un auto de admisión a trámite de una querella es inmediatamente recurrible. Esa acusación popular presenta aquella denuncia, se admite por el juez de instrucción, adopta la resolución de acordar determinadas diligencias de investigación y todas las resoluciones que adopta son recurribles ante un órgano colegiado que va a ver si aquello tiene una base o no la tiene.</p><p><strong>MP</strong>.- Y, sin embargo, Lourdes, hay trastornos. Yo creo que la acusación popular hay que defenderla, porque está en la Constitución y cumple su papel. Pero probablemente el problema está en la admisión casi automática de querellas sin un filtro. Esto se mejoraría mucho, de nuevo, si el instructor fuese un fiscal, porque durante un tiempo no hay un juez que haya dicho: “Venga, pum, venga, pam”, sino que se está investigando y colabora la acusación popular. Pero hay problemas, claro que es recurrible todo, pero como ha dicho antes Jordi, muchas veces el daño ya está hecho. Se acuerda una medida de examen, de intervención de todos los dispositivos del Fiscal General del Estado, y que puede ser correcta, o puede no serlo. Imagínate que no lo fuera, imagínate que finalmente se decide que no lo fuera: ya está hecha.</p><p><strong>LGO</strong>.- Eso es un daño irreversible.</p><p><strong>MP</strong>.- Por eso digo que, en el ámbito de la instrucción, hay que mirar con recelo porque el instructor toma decisiones rápidas y ahí sí cabe un poco más de voluntarismo, más celo investigador o menos, aunque también puede ser malo que haya poco, o más, no sé: “Tengo un asunto que trata de una persona cuyo nombre es Beatriz y entonces voy a investigar todo lo que empieza por B y lo que acaba por I...”</p><p><strong>LGO</strong>.- Hablas de las investigaciones prospectivas generales, las inquisiciones.</p><p><strong>MP</strong>.- Eso hace mucho daño. </p><p><strong>JG</strong>.- Pero las tenemos.</p><p><strong>LGO</strong>.- Sí, pero no puede ser, es disfuncional. La jurisprudencia nos lo dice constantemente. Hay que atinar y hay que saber lo que uno busca y buscarlo con las medidas garantistas correspondientes. No se puede ir a ver si encuentro algo en una investigación general.</p><p><strong>JG</strong>.- Y si sucede algo así, ¿hay alguna previsión jurídica o legal para castigar, penalizar o que asuma responsabilidades quien ha actuado de esa manera? ¿Eso existe?</p><p><strong>LGO</strong>.- Uno puede poner a un juez una reclamación disciplinaria, se le puede poner una querella a su vez. A cualquier juez se le puede poner una querella por cualquier ciudadano afectado por una resolución y el Tribunal Superior de Justicia va a examinar si tiene algún sentido o alguna base para iniciar una investigación.</p><p><strong>MP</strong>.- Pero, aún así, no tenemos un portero y una defensa absolutamente eficaz, nos pueden meter algún gol. ¿Por qué? Porque el delito de prevaricación es un delito extremo, las desviaciones no siempre, o no necesariamente, casi nunca son dolosas a propósito, sino que siguen una corriente que, en principio, se puede revestir de argumentos y es muy difícil identificar. Aquí ha habido puro voluntarismo contrario a la ley. Es algo que no está mal que genere tensión. Esto es a lo que yo me refiero. No pasa nada porque se nos diga: “No me quedo tranquilo del todo con lo que pasa en la Justicia”, es algo que nos tiene que preocupar y que nuestra defensa no puede ser decir: “Hombre, no desconfiéis, somos independientes, somos imparciales y sólo estamos sometidos al imperio de la ley”.</p><p><strong>JG</strong>.- Sobre todo cuando hay demasiados indicios acumulados que dicen lo contrario.</p><p><strong>MP</strong>.- O no, a lo mejor no ha pasado nada. Y es simplemente que hay muchas decisiones judiciales perfectamente acordes a la ley que son contraintuitivas. Y parece que es un disparate. Cuando un titular de prensa diga o presente una sentencia como disparatada, si la leemos en un cuarto de hora con un ciudadano normal y la explicamos, vemos que puede haber discrepancia, pero no tan burda, ¿no es verdad? Cuando se habla de algo disparatado, hay una explicación que luego hace que sí, que se pueda disentir, pero en un matiz más estrecho.</p><p><strong>LGO</strong>.- Muchas veces no se entienden las resoluciones, quizás nos falta una mejor comunicación. Lo hemos hablado en muchas reuniones para que haya unas personas en gabinetes de comunicación que estudian esa sentencia como juristas y jueces y que luego la puedan explicar simplemente, con palabras que se entiendan, y por qué de repente esta persona que parecía culpable, ha sido absuelta. Lo han absuelto por esto y por esto, porque el juego de las reglas legales nos ha llevado a este tribunal profesional a esta decisión, y que la gente lo entienda. Los jueces somos nuestras propias conciencias y queremos dormir por las noches, parece muy básico, pero es que es así. Y hacemos el trabajo en un número inmenso de compañeros con la intención de hacerlo lo mejor posible.</p><p><strong>JG</strong>.- Si estuviese en vuestra mano impulsar una reforma estructural importante que creyeseis central o indispensable en el sistema tal y como funciona ahora ¿cuál sería por la que apostaríais o la que impulsaríais?</p><p><strong>LGO</strong>.- Ahora estamos en ciernes de una reforma importante que elimina los juzgados. Ya no vamos a poder hablar de juzgados porque desaparecen como tales para convertirse en tribunales de instancia, con una estructura de trabajo mucho más colegiada y con la oficina judicial en un trabajo más homogeneizado, en un modelo más de gran oficina. Pero no basta, desde mi punto de vista, esa ley en sí misma y la aplicación con los medios que tenemos, sino que hay que seguir invirtiendo y para mí creo que es muy importante, dada la ratio de jueces que tenemos en este país, muy inferior en comparación con otros, el incrementar, pero de forma clave, el número de jueces. Hay que ampliar las plazas judiciales en muchos sitios que están muy sobrecargados y hay que potenciar esos otros medios también alternativos de resolución de conflictos para aligerar, hay que homogeneizar criterios para poder ir más rápido en aquellas causas que son todas iguales y dedicar el tiempo necesario a las causas más complejas y más diferentes. Vale la reforma, creo que puede ayudar bastante, pero con la inversión necesaria de medios humanos para que esto sea posible realmente.</p><p><strong>MP</strong>.- Suscribo todo lo que has dicho y me pongo en la situación en la que tengo aquí al ministro de Justicia, y tengo aquí a la presidenta del Consejo General del Poder Judicial, y si digo algo incluso me van a escuchar ¿Qué les diría? Al ministro le diría que revisase el sistema de acceso a la carrera judicial, las oposiciones. Vamos a pensar, pero de verdad, sin prisas, qué criterios son los mejores para estimular a las buenas cabezas para ser jueces y seleccionar a las personas que reúnen las cualidades que más falta harán en la Justicia de los años que vienen. Segundo, el fiscal, la instrucción. Como eso ya lo hemos dicho, por favor, acelere ahí porque es importante. Y, por último, al ministro le diría que crease una comisión de codificación permanente, es decir, cada ley importante que se apruebe al año tiene que estar revisada para promover las reformas en torno a lo que no haya funcionado para que tengamos un sistema ágil de reforma de las leyes recién aprobadas.</p><p>En cuanto a la presidenta del Consejo, le diría que el tema político en el fondo no lo veo tan importante, excepto para los nombramientos, pero sí que pensase en una estrategia importante para hacer de la imparcialidad del juez no una premisa, sino un objetivo. Pero imparcialidad no frente a Sánchez o frente a Feijóo, imparcialidad frente a Jordi, frente a los medios de comunicación que a veces nos presionan, imparcialidad frente al compañero, frente al presidente, frente al entorno en el que te muevas, es decir, el ser capaz de no dictar una sentencia o no firmar una sentencia con la que no estás de acuerdo jurídicamente. Hacer de la imparcialidad un objetivo diario. Y otro punto, más artesanal, y que no van a dejar de hacer, se lo diga yo o no se lo diga, es una reflexión profunda sobre cómo utilizar la Inteligencia Artificial en la Justicia porque eso lo va a cambiar casi todo, si es que no lo está cambiando ya. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 29 May 2025 19:42:26 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[TintaLibre, Jordi Gracia]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Un conversatorio con los magistrados Lourdes García Ortiz y Miguel Pasquau moderado por Jordi Gracia]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Los poderes de Europa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/conversatorio-arancha-gonzalez-laya-pepa-bueno-josep-borrel_7_1983088.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/61c847c2-84df-4de2-803c-4631f868a3ba_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los poderes de Europa"></p><p>La ruptura frontal de las alianzas que ha impuesto la Administración Trump ha obligado casi de un día para otro a la Unión Europea a calibrar de otro modo su propio futuro no solo en defensa y seguridad sino en la totalidad de su proyecto de integración en marcha. La siguiente conversación entre Josep Borrell y Arancha González Laya, moderada por Pepa Bueno, no rebaja la gravedad de este cambio histórico de la posición de Estados Unidos, pero carece de melancolía o pesimismo. La fortaleza de la UE se ha probado siempre por la vía de los hechos, las grandes crisis y las decisiones comprometidas, sobre la base de un conjunto de intereses y creencias que han hecho de ella el mejor invento de paz civil y prosperidad civilizatoria de los últimos cien años. Las contradicciones, sin embargo, son muy agudas, en particular con el doble rasero que casi todos, pero no todos, los miembros de la UE han aplicado a la guerra de Ucrania y al exterminio en marcha de Gaza.</p><p><strong>PEPA BUENO</strong>: En este momento, lo saben muy bien, hay quienes cuestionan los poderes de Europa. ¿Cuáles son sus fortalezas? ¿Cuáles son sus debilidades? ¿Qué debe y puede hacer Europa en este contexto lleno de incertidumbre? Nos acompañan para contestar a estas preguntas dos personas con unas biografías tan abigarradas, tan densas, que lo han hecho todo en espacios nacionales y multilaterales: Josep Borrell, ex Alto representante de la Unión Europea para los Asuntos Exteriores y la Política de Seguridad y Arancha González Laya, Decana de la Escuela de Asuntos Internacionales de París dependiente de Science Po. Durante la larguísima campaña electoral estadounidense, en el tiempo transcurrido desde las elecciones de noviembre hasta el presente, prácticamente todo lo que está ocurriendo había sido explicitado por el propio protagonista, el nuevo presidente de Estados Unidos. Había documentos de las fundaciones, de las organizaciones ultraconservadoras que han acompañado esta vuelta al poder de Donald Trump y sin embargo, aún perdura la duda de si estamos ante una suma de decisiones, ocurrencias algunas trasnochadas, otras novedosas, de un personaje excéntrico o ante un programa que va cumpliendo hitos y que conduce a ese nuevo orden mundial en todos los términos, económicos y políticos, del que no paramos de hablar. ¿Ante qué estamos realmente?</p><p><strong>JOSEP BORRELL</strong>.- No lo había dicho todo; sabíamos y temíamos que Trump iba a hacer de Trump, pero no lo había dicho todo. En la campaña electoral no había expresado sus ambiciones territoriales sobre Groenlandia, ni hacer de Canadá un Estado de la Unión, ni reivindicar el canal de Panamá, ni quizá lo más grave, suprimir toda la ayuda al desarrollo y a la agencia USAID que administra 60.000 millones de dólares en beneficio de los más pobres de la Tierra, y eso es, en mi opinión, lo más grave de todo lo que ha hecho sin previo aviso, overnight, de un día para el otro. Eso son centenares de miles de muertos. Lo de los aranceles nos preocupa porque nos afecta, pero no nos moriremos de hambre. En cambio, la gente que va a pagar los platos rotos de esta decisión sí va a morir de hambre y de enfermedades, o sea que no, Trump es Trump, pero es un Trump al cubo y en algunas cosas sin previo aviso.</p><p><strong>PB</strong>.-El peor escenario posible de lo que estaba esbozado, Arancha.</p><p><strong>ARANCHA GONZÁLEZ LAYA</strong>.- Creo que ahora lo que vemos es la suma de todos los elementos y algunos que, como dice Josep, no estaban en la lista. Lo que vemos es una administración estadounidense predatoria. Eso yo creo que es la manera de entender a quién tenemos delante. Y predatoria, ¿por qué? Porque no le basta con que gane Estados Unidos, tienen que perder los demás. La Unión Europea tiene que fracasar, Ucrania tiene que arrodillarse. En Gaza tienen que dejar paso a que allí se construya un Mar-a-Lago junto al Mediterráneo. Los chinos, por supuesto, tienen que caerse. Es un régimen predatorio que tiene una mentalidad de juego de suma cero. Para que yo gane todos los demás tienen que perder y ese es un mundo muy hostil. Eso es el nihilismo. Y eso es lo que, a nosotros, que estamos en las antípodas de ese modelo y de esa manera de pensar, nos tiene que preocupar. Porque esa no es nuestra receta.</p><p><strong>PB</strong>.- Ya veo que estáis los dos en la tesis de “no todo estaba anunciado”. Yo discrepo un poco, creo que todo estaba, todo se podía intuir, no explicitado, como muy bien decía Borrell, de la manera en que a partir del 20 de enero nos lo hemos encontrado, pero se podía intuir en el Proyecto 2025, por ejemplo, buena parte de lo que está ocurriendo. No con nombre y apellidos, no qué tipo de aranceles, pero que se iba a una etapa proteccionista estaba clarísimo. La importancia que le concedían a Groenlandia estaba clarísima. Aunque no tanto que se fueran a quedar con Groenlandia en cualquier circunstancia, que es lo que vienen diciendo ahora.</p><p><strong>AGL</strong>.- Hay una pequeña diferencia.</p><p><strong>PB</strong>.- Desde luego. Pero puestos en este escenario, el peor de los posibles, que es el que estáis describiendo, ¿cuál es el núcleo a vuestro juicio de lo que cambia de la relación de Estados Unidos con Europa? ¿Qué es lo que nos trae aquí hoy? ¿Qué es lo más preocupante?</p><p><strong>JB.</strong>- Arancha lo ha dicho muy claro, es un problema no de America First, sino de America Only. O sea, yo soy el poder. Yo os dicto las reglas. Yo os pongo aranceles, ahora venís y negociáis conmigo. Yo reclamo vuestros territorios. Yo autorizo a que sigan los bombardeos. Yo impongo la paz en Ucrania sin pedirle la opinión ni a Ucrania ni a los europeos con el permiso de Putin. Eso es un ejercicio con resabio neoimperialista al estilo del siglo XIX.</p><p><strong>AGL</strong>.- Yo creo que es despertar y darte cuenta de que quien tú has considerado tu aliado, con quien has tejido una complicidad muy importante, con quien has construido un sistema internacional de reglas, de pesos y contrapesos, con quien has construido el sistema de seguridad y de defensa del Atlántico Norte, con quien intercambias 4.400 millones de euros todos los días, ayer, hoy, mañana, que este aliado tuyo ya no lo es. Y ya no es que sea un competidor, es que él considera que tú eres su rival. Y que eres un rival al que hay que cortarle las alas, porque no puedes volar demasiado alto, porque tú puedes tener la capacidad para construir una alternativa. Y eso no funciona. En su mentalidad de juego de suma cero tú eres el pájaro al que hay que cortarle las alas. Y esto es muy difícil para nosotros, los europeos, sobre todo cuando, además, tenemos la guerra en nuestro continente, la tenemos en Ucrania, pero la tenemos también en el resto del continente de otra manera. Trump corta las alas a Europa, pero empodera a Rusia. Esto es una situación para nosotros muy diferente de la que tuvimos en su primer mandato y que nos obliga a un ejercicio de reordenar y reinvertir de una manera muy seria en quiénes somos nosotros.</p><p><strong>PB</strong>.- ¿Y tenemos esa capacidad de construir la alternativa que, según dices, teme Estados Unidos? ¿Nos hemos equivocado al ofrecernos solo como la reserva humanista ilustrada del mundo y en no poner en valor nuestra capacidad comercial, que la tenemos desde luego, y nuestro potencial industrial abandonado pero recuperable? ¿Nos equivocamos ahí en elegir una única marca, los bien ponderados siempre valores europeos de los que no debemos renunciar? ¿Pero señalar solo una de nuestras potencialidades ha sido un error? ¿Hoy tenemos capacidad de ser esa alternativa que puede temer Donald Trump?</p><p><strong>AGL</strong>.- A mí no me gustaría que Europa se trumpizase. La vía no es convertirse al trumpismo. Nosotros no somos predatorios. Nuestro proyecto es distinto. Nosotros somos un proyecto que nace de la paz, de la reconciliación de un territorio roto por guerras que han durado siglos. Nosotros somos la idea de tener menos soberanía nacional para ser más soberanos a nivel europeo. Somos el antimodelo al trumpismo y no creo que debamos renunciar al nuestro. Pero va a ser muy difícil mantener con vida este modelo en un momento en el que el trumpismo tiene mucho espacio también dentro de la Unión Europea. ¿Y cómo lo tenemos que hacer? Con confianza, con enormes dosis de confianza. A mí, Pepa, me choca mucho, y yo creo que lo hemos hablado varias veces, esta capacidad que tenemos nosotros para minusvalorarnos y sobrevalorar a los demás. Sobrevaloramos a Estados Unidos y su solidez, a los chinos y la suya. Sobrevaloramos la capacidad de Putin, que es un país económicamente del tamaño de Italia. Y minusvaloramos las nuestras. Yo creo que necesitamos defender hoy y ser capaces de defender, incluso con las armas, nuestro proyecto de paz desde la confianza de que somos un modelo distinto.</p><p><strong>JB</strong>.- Esto que dice Arancha nace de nuestro sentido crítico de la vida, somos racionalistas, somos hijos de la Ilustración y por lo tanto miramos las cosas desde el prisma de la razón, que impone límites, aunque sean intelectuales, a nuestras propias capacidades. Siempre he pensado que Europa se sentía feliz siendo la Atenas de Washington. Roma tenía su Atenas y nosotros había quien pensaba que siendo la Atenas de Washington ya podíamos ir tirando. Y para eso no hacía falta un ejército ni tener capacidades defensivas propias. De Gaulle hace ya mucho tiempo lo dijo: “Un día los americanos se irán de Europa y nos dejarán solos frente a...”, él no podía decir Rusia, sino a la Unión Soviética, que hoy en día no existe. Y ese día ha llegado y no porque nosotros lo hayamos querido. Sí, y todavía hay, Arancha, muchos colegas, muchos países europeos que ven en Trump la imagen del maltratador dentro de la pareja al que hay que soportar porque no le puedes abandonar. “No te vayas todavía. Por favor, no te vayas, no me dejes solo porque solo no me valgo”. Incluso el país que más esfuerzo militar está haciendo para rearmarse, Polonia. Los países bálticos hacen mucho, pero son pequeñitos, pero Polonia con el 4,5% del PIB te dice: “Yo me rearmo todo lo que puedo, pero sin Estados Unidos no puedo nada”. O sea, no te vayas, por favor, como dice la canción, te necesito. Sin ti me puede pasar como en 1939, que Francia y Reino Unido declararon la guerra a Alemania, pero se quedaron tomando el café detrás de la línea Maginot, sin mover un dedo. No me puedo fiar más que de la gran potencia que me pueda ayudar en caso de necesidad. Este sentimiento al este de –no sé si decir París o al este de Berlín–, es dominante. En el occidente, nosotros no lo vivimos así, porque tampoco vivimos la amenaza rusa de una manera tan existencial, y hay muchos españoles que me preguntan, “Oye, ¿pero de verdad, Rusia es una amenaza? ¿Por qué tengo yo que gastar el dinero que necesito para cosas más urgentes, la vivienda, por ejemplo, en construir una capacidad militar que no voy a usar?”. Ese sentimiento está en nuestras sociedades, que se han –y esto es muy positivo–, acostumbrado a la paz. Como decía Arancha, Europa es un proyecto de paz. Es la renuncia al poder, a la fuerza. Y eso está muy bien, salvo que tengas enfrente a alguien que no solo no ha renunciado, sino que pretende usarla.</p><p><strong>AGL</strong>.- Pero yo discrepo con que nosotros hayamos renunciado a la fuerza. No hemos renunciado a la fuerza, pero sí tenemos una relación complicada con la fuerza. Y esta viene también de nuestra historia, donde esa fuerza la hemos utilizado muchas veces los unos contra los otros dentro de nuestro continente. Yo sí creo que ahora necesitamos hacer un esfuerzo muy grande, de debatir democráticamente con nuestros ciudadanos, hacerlo en Varsovia, en Berlín, en París, también en España, porque no lo hemos hecho. Empezar debatiendo cuáles son las amenazas hoy al proyecto y al modelo de sociedad que es la Unión Europea. Y a partir de estas amenazas ver de qué manera las podemos defender y cómo y con qué financiación. Pero me temo que hemos empezado esta discusión por el final. La casa por el tejado.</p><p><strong>PB</strong>.- Sí, ese discurso político es el que se echa en falta en este tiempo. Efectivamente, como decíais los dos, venimos de décadas, afortunadamente, de un paréntesis en la historia en suelo europeo, varias generaciones educadas en la paz como un valor absoluto, a la que prácticamente sin transición se la pone a discutir cuánto gastamos en armamento. Y se echa en falta un discurso de transición, un discurso político que señale efectivamente las necesidades y por qué, y cómo se complementa con no perder nuestra seña de identidad con Europa como proveedora de bienestar a sus ciudadanos. Borrell, que suele hablar muy claro, ha dicho: “Dicen que no se va a tocar la inversión social”. Pues de algún sitio tiene que salir el dinero.</p><p><strong>JB.</strong>- De momento del endeudamiento, que es lo que propone la Comisión.</p><p><strong>PB</strong>.- Que tendrá que pagar alguna generación en algún momento.</p><p><strong>JB</strong>.- Es que esto es el trabajo de una generación. Y vamos a rebatirnos un poco, si no esta cosa no tiene picante. Yo te entiendo, Arancha, y tú me entiendes, pero cuando yo presenté el Strategic Compass, la brújula estratégica para la defensa europea, propuse la creación de una fuerza de reacción rápida, modesta. 5.000 hombres, 5.000 efectivos, capaces de desplegarse conjuntamente para hacer una operación como, por ejemplo, evacuar un aeropuerto y Dios sabe si hemos evacuado aeropuertos en los últimos años, desde Kabul hasta Sudán.</p><p><strong>PB</strong>.- ¿Y lo propusiste cuándo, Borrell?</p><p><strong>JB</strong>.- Tres meses antes de que empezara la guerra de Ucrania. Y cuando lo presenté, la reacción de los colegas fue decir, ¿fuerza?, ¿Rapid Reaction Force? Ah, no, no, no. Fuerza no. No le podemos llamar fuerza, nosotros no usamos la fuerza. Y después de muchas discusiones la llamamos capacity. Rapid Deployment Capacity, porque así todo el mundo se quedó contento de que no era una fuerza, cuando era exactamente lo mismo, 5.000 efectivos militares capaces de actuar conjuntamente, pero la palabra fuerza creó un anticuerpo intelectual. Poco tiempo después estalló la guerra en Ucrania y Dios sabe si hemos tenido que ayudar a Ucrania a usar la fuerza, ¿con qué?, con capacidades, fuerzas… Estamos hablando de lo mismo, pero las palabras importan y la reacción originaria de mis colegas era doble. Por una parte, no usar la palabra fuerza, caramba, fuerza no. Y, en segundo lugar, el sentimiento de que no deberíamos hacer nada que fuera una excusa para que los americanos nos dejaran solos creyendo que ya somos mayores. No debemos hacer nada que haga que los Estados Unidos se vayan. Y si ven que ya tenemos capacidades propias, a lo mejor se van. Y eso de ninguna manera. Ese sentimiento lo tienen los que, en el fondo, creen que su única garantía de seguridad viene de Estados Unidos.</p><p><strong>AGL</strong>.- Lo tienen también porque Estados Unidos ha cultivado esa mentalidad con muchos de nuestros Estados miembros durante muchas décadas. Por eso esto es una relación de interdependencia, no nos engañemos, por eso nosotros compramos el grueso de nuestro armamento y material de defensa de Estados Unidos. Hay una relación, había –quiero ponerlo en pasado porque me parece que esto ha cambiado muy velozmente de manera bastante permanente porque nos hemos dado cuenta de lo frágil de nuestra postura–, una dependencia de un país que ahora nos considera como su rival y que no tiene ninguna dificultad en llamar directamente a Putin, que ha invadido otro estado europeo, ha obliterado sus fronteras, le está haciendo la guerra, nos la está haciendo también a nosotros. Llamemos a las cosas por su nombre: destruye nuestras infraestructuras, nos lanza amenazas híbridas, nos somete a ciberataques, interfiere en nuestros procesos electorales, todo esto es lo que está ocurriendo…</p><p><strong>JB</strong>.- Y en España hemos vivido esta interferencia.</p><p><strong>AGL</strong>.- Así es, y ahora todo esto ha llegado en el mismo momento y ha llegado con Estados Unidos dándole la mano a Putin y expulsándonos a nosotros del terreno de la negociación, cuestionando nuestra democracia, enalteciendo a las fuerzas antieuropeas dentro de la Unión Europea y haciéndonos la guerra comercial unilateral, a nosotros y al resto del mundo también, pero ya empieza a ser un poco demasiado. Yo creo que lo interesante de este momento es que tenemos una oportunidad histórica. Quizás haya que agradecerle a Donald Trump que nos dé la fuerza más grande que la Unión Europea ha tenido para integrarse desde los padres fundadores de la Unión Europea. Démosle las gracias.</p><p><strong>PB</strong>.- ¿Y qué deberíamos estar haciendo que no estamos haciendo? Porque luego hay que ganar elecciones, una vez que se inicia ese camino, y elecciones en los ámbitos nacionales. Cada opinión pública con su propia historia a cuestas y con sus creencias. ¿Qué deberíamos estar haciendo que no estamos haciendo para que esas amenazas que relatabas y que están perfectamente identificadas, sean identificadas por los ciudadanos que se resisten a dar ese salto entre un pacifismo estructural e institucional europeo, porque ha sido así, y una realidad que exige incrementar el gasto en defensa y en seguridad y por lo tanto cierta incertidumbre sobre cómo se organizará nuestra vida, nuestro modo de vida, en el futuro? Porque efectivamente de momento es la deuda, pero de algún sitio tiene que salir el dinero. Tratar a los ciudadanos como adultos parece una cosa sensata, ¿no?</p><p><strong>JB</strong>.- De momento saldrá del endeudamiento, que es lo que ha dicho la Comisión. La Comisión no ha dado nada. Ha dicho: “Les autorizo a que gasten más”. No, para gastar más no hace falta que te autoricen. Les autorizo a que tengan más déficit, que es distinto, a que dentro de la disciplina presupuestaria le añadan un punto y medio más de PIB al año durante cuatro años. Y de aquí salen los famosos 650.000 millones. Y eso es endeudamiento. Si los estados miembros no quieren hacerlo, nadie les puede obligar a ello.</p><p><strong>PB</strong>.- ¿Qué deberíamos estar haciendo con las opiniones públicas que no estemos haciendo? Para transmitir esto que aquí se está contando con tanta claridad y que luego no vayamos por la calle y nos digan: “Os habéis hecho unos alarmistas, estáis militarizando Europa, los valores europeos los tiráis a la basura”. Esto forma parte del día a día, especialmente en las sociedades del sur, y en España en particular y en amplios sectores de la izquierda, mucho más. ¿Qué se debería estar haciendo que no se está haciendo?</p><p><strong>AGL</strong>.- Yo creo que democracia. La democracia empieza por debate, por discusión, por diálogo, por poner estas cuestiones sobre la mesa. Hemos<strong> </strong>sido muy prudentes en no ponerlas sobre la mesa porque fastidia hablar de estas cosas. Claro que fastidia. Porque fastidia hablar de que uno tenga enemigos que quieran que uno fracase. Es que eso duele, molesta, asusta, genera inquietud. Pero si no se trata es una enfermedad que acaba apoderándose de nosotros. Yo creo que lo que necesitamos son grandes dosis de democracia, diálogo, debate, llamar a las cosas por su nombre, identificarlas y tratarlas. Yo confío muchísimo en la sabiduría del ciudadano y de la ciudadana de nuestro país, que entiende cuando hay un problema, que lo identifica y lo siente. Ahora, los ciudadanos están inquietos porque ven que hay algo que no está funcionando. Hablémoslo y hagamos de esto un gran debate nacional, que yo creo que es lo que nos va a ayudar a tratar esta enfermedad llamada el embrutecimiento del mundo.</p><p><strong>JB</strong>.- Sin caer tampoco en alarmismos innecesarios. Hay que hacer un debate con serenidad, sin histerias, informando a la gente y que los ciudadanos reflexionen, discutan y se pronuncien, pero también hay que evitar los kits de emergencia que hemos de tener todos en casa por si acaso nos cae una bomba atómica mañana. Hay que evitar esas cosas, no creo que contribuyan a un debate sereno. Por otra parte, Arancha, en el fondo, y de eso hago un poco mea culpa, el threat analysis, el análisis de las amenazas que pesan sobre Europa, es un ejercicio que todos los años se hacía desde los servicios de acción exterior y además se llama así, threat analysis. Y todos los servicios de Inteligencia de los estados miembros unían sus fuerzas y producían un documento que se llama así, análisis de las amenazas. Ese documento se llevaba al Consejo, el Consejo decía: “Ah, muy bien, muchas gracias”, sin ir más al fondo y no se hacía público, porque claro, poner sobre la mesa las amenazas es señalar con el dedo al amenazante o al amenazador. Pero el análisis existía, y lo que nos puede ocurrir, porque hay agentes que están dispuestos a crearnos problemas, lo sabemos y los servicios de Inteligencia de los estados miembros lo saben de sobra, y te pueden hacer y de hecho existe ese documento que nunca se ha hecho público, pero que los responsables políticos tenían la obligación de conocer.</p><p><strong>PB</strong>.- Esa oportunidad a Europa se le puede estar dando el trumpismo porque Europa se crece y se construye en las crisis, ante crisis</p><p>insalvables siempre ha acabado dando un paso adelante. Pero ¿se puede hacer con los tratados actuales? Aludo a aquel viejo temor a la ‘doble velocidad’, era temible pensar en una Europa de dos velocidades y ahora ya asumimos no solo como no amenazante, sino como única posibilidad el que haya una coalición de voluntarios, distintas velocidades en esta integración que es imprescindible para que Europa pese en el mundo. ¿Hay que resignarse a operar fuera de los tratados en algunas cuestiones?</p><p><strong>JB</strong>.- Bueno, cuando tuvimos la crisis del euro la solución la buscamos fuera de los tratados e hicimos uno nuevo, intergubernamental, para crear lo que se llamó el salvaestados, el European Stability Mechanism, que no era un tratado de la Unión, porque dentro de la Unión había quienes no querían. Entonces se decidió hacer uno desde fuera, que era un tratado de algunos estados, no todos, pero era el instrumento de salvamento de un Estado que pudiera tener una dificultad financiera, como las hubo. No sería descabellado pensar que hubiera que hacer algo parecido porque hoy los tratados actuales ya dicen que la Unión puede avanzar hacia una Unión de la defensa por unanimidad y esa unanimidad no la va a haber. Entonces, o recurrimos a lo que en la jerga comunitaria llamamos una cooperación reforzada, que también existe como figura, y significa que unos cuantos que quieren hacer algo más deprisa se unan, o si queremos ser más ágiles y más rápidos, salir definitivamente del tratado y crear una estructura jurídica nueva. La podemos llamar como queramos, pero en el fondo sería una mancomunidad de capacidades defensivas. Si todos los ejércitos europeos multiplican por X sus capacidades actuales, cada uno de acuerdo con sus estructuras y sin tener en cuenta lo que hace el de al lado, eso sería un enorme despilfarro de dinero. Seguiríamos teniendo las mismas duplicaciones que tenemos, solo que más, y no habríamos corregido las carencias reales.</p><p><strong>PB</strong>.- Pero el ‘Libro Blanco de la Defensa’ es muy nacional, al menos en lo conocido hasta el momento.</p><p><strong>JB</strong>.- Sí, porque se limita a la estructura industrial de la defensa, que es lo que la Comisión puede hacer. Pero para avanzar en una capacidad común de defensa, hay que avanzar en la integración política, porque yo conozco Estados que no tienen ejército, pero no conozco un ejército que no tenga un Estado. Los ejércitos son una emanación de los Estados y responden frente a un poder político. Cuanto avancemos en la integración de las capacidades defensivas tiene que ir acompañado de una integración política mayor. De lo contrario, será una pieza floja, pero eso es probablemente más difícil que una moneda.</p><p><strong>AGL</strong>.- Pero tampoco es tan complicado. En Defensa ya hay un grupo que está fuera de los tratados que se llaman los miembros de la OTAN. Que tienen una organizativa, unas capacidades, un armamento, una práctica, una táctica y lo hacen a geometría variable con respecto al resto de la Unión Europea. Y hay que ver ahora, y creo que es lo más importante de todas las discusiones que tenemos enfrente, qué capacidades necesitamos, cómo las vamos a financiar y cuál va a ser nuestra estructura de organización.</p><p><strong>JB</strong>.- A eso me refiero.</p><p><strong>AGL</strong>.- Hoy la OTAN es un problema porque la llave última de la OTAN, el botón último, no lo tenemos los europeos, lo tienen los estadounidenses. Pero luego no olvidemos que tenemos mucha tarea que hacer en otros temas en los que funcionamos con mayoría cualificada. Para profundizar el mercado único europeo, para integrar nuestra energía, nuestras tecnologías, nuestro mercado de capitales, para avanzar haciendo más acuerdos comerciales con países terceros… para todo eso no tenemos que cambiar los tratados: necesitamos grandes dosis de energía política de nuestros Estados miembros y sobre todo tener un sentimiento de urgencia, porque ahora estamos en modo de urgencia, no estamos en modo de velocidad de crucero, estamos en un momento de urgencia donde tenemos que tomar decisiones muy rápidas en toda una serie de temas que se han quedado pospuestos porque eran los más complicados, era la cara norte de la integración europea que ahora tenemos que resolver y a la que tenemos que poner toda la energía política, de eso va también la supervivencia no solo de nuestra cuestión defensiva y de seguridad, sino de la prosperidad económica y la solidaridad. No olvidemos que esos son también los pilares fundamentales de funcionamiento de la Unión Europea.</p><p><strong>JB</strong>.- Porque la Unión Europea se hizo por aquí, por la economía, por las estructuras productivas, por las relaciones comerciales, los intercambios, todo eso que dice Arancha y tiene mucha razón. Es un edificio inconcluso, incompleto, donde algunas tuberías no empalman con las otras. Pero todo eso pertenece a lo que podíamos llamar la esfera civil, la economía, la tecnología, la organización social, y luego hay otro mundo, al que yo me refería, que son las estructuras de mando y control. Yo en la Unión Europea tenía un Estado Mayor con más de 200 oficiales de todos los ejércitos, que estaban allí en Bruselas programando y haciendo funcionar las misiones militares que tenemos por el mundo. Y creo haber adivinado, aunque todavía no haya llegado a ser un experto, la complejidad y las inercias que hay a la hora de poner juntas las capacidades defensivas de diferentes ejércitos, que tienen su cultura, sus formas de organización propias, sus recelos… Por ejemplo, hay que hacer que la industria de la defensa no esté tan fragmentada y aunque naturalmente tenga algunos actores de mayor capacidad, de lo contrario nunca podremos competir con Estados Unidos, todos los Estados miembros van a querer tener su industria de la defensa. En Estados Unidos, da igual dónde estén las fábricas de armamento, pueden estar en Alaska o en Miami. Nadie siente por eso que mañana vaya a estar en peligro ni Alaska ni Miami. Pero en Europa sí. Si yo mañana le digo a un país: “Para evitar la fragmentación, tú no tendrás industria de la defensa, porque la voy a agrupar toda en algún otro sitio”. Su respuesta va a ser: “Ah, un momento, no, yo necesito tener mi industria de la defensa, pequeñita, ineficiente, pero la mía”. Y superar este sentimiento es el problema. La defensa es el último resorte de la soberanía nacional, los ejércitos son la última expresión de la capacidad del poder de un Estado. Eso requiere mucho debate político, no solamente interior de cada país, sino a nivel de la Unión.</p><p><strong>PB</strong>.- Necesita una integración política real… ¿para la que debemos estar dispuestos a señalar la puerta de salida a algún país? ¿Merece la pena pagar ese precio?</p><p><strong>JB</strong>.- Es que no podemos.</p><p><strong>PB</strong>.- Ya sé que no podemos, pero tantas cosas no podíamos…</p><p><strong>JB</strong>.- Sí, pero aquí sí tendrías que modificar los tratados. Le puedes quitar el derecho a participar en la vida política, al voto, pero expulsarlo que yo sepa no.</p><p><strong>AGL</strong>.- Sí, pero podemos ser un poquito más claros. Y yo creo que, en estos momentos además de gran conflictividad también dentro de la Unión Europea, es el momento para ser claros. A ningún Estado miembro de la Unión Europea le obligan a ser miembro de la Unión Europea. Los países lo deciden voluntariamente, y cuando firman, firman un acuerdo que dice prosperidad, solidaridad y derechos y libertades individuales. Y esto último es también parte del paquete. Yo creo que hay veces que hay que decirlo y hay que poner esto sobre la mesa. Nadie obliga a ningún Estado miembro a quedarse dentro de la Unión Europea y en realidad ha habido uno que ha decidido marcharse. Ahora, el precio que ha pagado el que se ha marchado es tan alto que ha puesto el listón muy alto a todos los demás. Ahora el juego no es ese. El juego ahora es cambiar la Unión Europea desde dentro. Bueno, pero vamos a ver. Pongamos estas cosas un poquito más claras sobre la mesa.</p><p><strong>PB</strong>.- Hablamos de Hungría, clara y directamente. ¿Qué se le dice a Hungría?</p><p><strong>AGL</strong>.- Y no solamente de Hungría. Hablamos de las fuerzas políticas dentro de la Unión Europea que no quieren integración europea, que quieren más nacionalismo nacional. Bueno, pues es que todos están en el lugar equivocado.</p><p><strong>JB.</strong>- Están en el lugar equivocado y siguen queriendo estar en el lugar equivocado. Es decir, el Brexit hubo un momento en que se pensó que podía provocar una epidemia y en vez de ser una epidemia ha sido una vacuna, porque a la vista de lo visto nadie quiere pasar por esta experiencia. Como dice Arancha, ¿para qué me voy a ir y perder toda capacidad de influencia cuando desde dentro puedo condicionar el sistema? Y si no se habla más claro, como dice Arancha, y no se ponen los puntos sobre las íes, una dinámica de boicot interno es lo que nos espera. Por ejemplo, Hungría, un país que ha firmado el acuerdo que ha creado la Corte Penal Internacional, invita a Netanyahu a que les visite. La Corte Penal Internacional ha dictado una orden de arresto contra Netanyahu y, en teoría, si pone los pies en un territorio europeo, tiene que ser detenido. No solamente no es detenido, sino que es invitado a que les visite y no pasa nada. Que yo sepa, nadie ha levantado la voz contra Hungría, ha sido Hungría quien ha dicho: “Bueno, ya que me comporto así, por decencia torera, me voy a ir de la Corte Penal Internacional”. Pero no ha habido en el Consejo Europeo una voz airada de los demás diciendo: “Pero tú qué haces”. ¿Por qué? Porque probablemente más de uno estaría tentado de hacer lo mismo. Entonces, hoy por ti y mañana por mí, a Hungría no se le dice nada y eso sí que ha sido una violación flagrante del compromiso europeo con el Derecho Internacional. Si Europa hace eso a la Corte Penal Internacional, si mañana viene Putin y visita otro país europeo, ¿tampoco se le va a detener? Ese es el gran riesgo que corremos de que el uno por el otro dejemos que se deshilache aquello que nos identifica frente al resto del mundo, como los que defendemos un orden basado en reglas, que se respeten los derechos humanos. Nuestro silencio en Gaza es atronador, atronador, España y algunos más, pocos, han hecho oír su voz al respecto, pero en su conjunto el resto del mundo nos acusa y con bastante razón de doble rasero.</p><p>PB.- Sí, quería terminar justo hablando de esto, de Gaza, de esta herida insoportable que va a quedar ya para siempre, en la que Europa se ha mostrado bastante inútil, salvo voces aisladas muy honestas y claras durante todo este tiempo, como la de Borrell o posiciones como la de España. En este momento en el que la guerra comercial, la coyuntura estadounidense obliga a Europa a mirar en todas las direcciones y a buscar aliados en otros lugares, ¿cuánto puede pesarnos ese doble rasero que hemos vivido además simultáneamente? Pocas veces la historia nos sirve un doble rasero tan claramente vivido de forma simultánea como la guerra de Ucrania y la limpieza étnica en Gaza, ¿cuánto puede pesarle a Europa en esta etapa que necesariamente tiene que abrir a partir de ahora?</p><p>AGL.- Le pasa mucha factura fuera y yo creo que dentro también, porque es una cuestión de principios, y en los principios lo más importante es la coherencia, dentro y fuera. Y creo que es una incoherencia que además no es irresoluble. Esa coherencia es posible, nosotros tenemos que ser capaces de decir: “No al terrorismo de Hamás y no al exterminio de la población civil de Gaza”, y tenemos que poder reivindicar nuestro derecho a decirlo sin sonrojarnos y sin que los demás nos acusen. Y creo que ahí es donde tenemos que poner el cursor. Europa en este tema está muy presa de su pasado, que es cierto, es un pasado muy doloroso, que es el pasado del Holocausto, que tuvo lugar en el continente llamado Europa, pero hasta que nosotros no seamos capaces de reivindicar el nunca jamás esto y en defensa siempre de la humanidad, allá donde la humanidad sea cuestionada, seguiremos atrapados en el pasado.</p><p>PB.- De alguna manera dos traumas históricos alemanes han condicionado</p><p>dos grandes crisis europeas de este siglo: la respuesta a la gran crisis de 2008, el miedo a la inflación, y el recuerdo del Holocausto, la falta de una posición europea clara y nítida de conjunto frente a lo que estaba pasando en Gaza.</p><p>JB.- Pero no tenemos el derecho de hacer pagar a los demás nuestras culpas. Los palestinos no mataron a los judíos, no fueron ellos. Responsabilizarles de algo que nos incumbe a nosotros es profundamente injusto.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 29 Apr 2025 18:30:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Josep Borrell, Arancha González Laya y Pepa Bueno]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Los poderes de Europa]]></media:title>
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