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Seguimos siendo celtíberos

Victor Poblador Sanmiguel Publicada 10/05/2013 a las 16:51 Actualizada 20/05/2013 a las 17:26    
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Cuando los romanos llegaron a la Península se encontraron, con un montón de tribus que, aunque compartían rasgos culturales e idiomáticos en tres o cuatro grandes grupos, estaban continuamente a la zarpa la greña. Tan pronto se aliaban con su tradicional vecino y enemigo contra los romanos, como se aliaban con los romanos traicionando a su vecino.


No fue muy distinto en la Edad Media, donde además de pegarse los reinos cristianos contra los musulmanes, para no perder la costumbre, se pegaban también entre ellos, a veces aliándose con moros contra su vecino cristiano. Cierto que durante los siglos XVI y XVII, como tuvimos monarcas poderosos y nos pegamos con todo el mundo mundial, apenas lo hicimos entre nosotros, pero en cuanto llegó el siglo XVIII volvimos a las andadas y, como ya éramos un reino unificado, para pegarnos entre nosotros elegimos una guerra civil (que no fue otra cosa la llamada “guerra de sucesión”).

Posteriormente, en el siglo XIX se nos dispararon las neuronas y tuvimos nada menos que tres guerras civiles (las carlistas) y un montón de asonadas unas fallidas y otras no. En el XX, ya sabemos de la caudillada en que volvemos a sacarnos las tripas con vecinos y familiares. A finales del siglo parece que ese celtiberismo, ese rasgo de supuesta independencia, de tribalidad se encauza a través del sentimiento autonómico. Y aquí me parto de risa recordando como en mi pueblo se echaban pestes de uno de los pueblos colindantes (con los otros tres no), tildando de bachanos (que no significa nada pero suena fatal…) a sus habitantes igual que los de Huesca llaman almendrones y cheposos a los de Zaragoza. Y los aragoneses, mientras hacemos migas con riojanos, navarros o sorianos no migamos tanto con los catalanes. Y qué hablar de catalanes con valencianos (recuerdan aquello de valencià i home de bé…), valencianos con murcianos y así la vuelta al ruedo...



O sea que podemos subir o bajar en esa escala de tribalismo celteberizante cambiando poco. Hay quien ha interpretado ese celtiberismo como rasgo de independencia, yo lo interpreto no tanto como independencia ante lo impuesto (que ójala contra los recortes, ¿no?) sino como exaltación de la individualidad, aunque sea grupal, con los de al lado, con los de la tribu distinta, o la simple distinta manera de pensar.
Aunque esa distinción la mayoría de la veces hubiera de buscarse con lupa.

En el XXI por fin somos modernos y, de momento, parece que no nos vamos a pegar unos con otros, pero seguimos siendo “de tribu individual”. Cualquier forma de vestir, los sitios donde ir, el deporte que practicar… y por supuestísimo, del partido al que se vota y la autonomía en la que vivimos o nacimos, según el caso.

Solamente en dos épocas de la historia ese celtiberismo ha estado controlado, casualmente los dos mejores momentos de la historia de España, al menos socio-culturalmente hablando, que uno no es precisamente gustoso de lo “imperial”: durante el Imperio Romano y el Imperio Español.

Hay que conseguir pues establecer un nuevo imperio: el de lo razonable, de lo que es de sentido común, de lo que es bueno para la comunidad. Sólo entonces conseguiremos un nuevo periodo de bonanza. Es francamente sencillo. Somos la mayoría y, aunque “celtíberos”, basta con dejar a un lado ese tribalismo para pensar en lo que nos une, en lo que todos necesitamos, en el bien colectivo, así es fácil establecer una banda de mínimo acuerdo. Olvidarse de lo “mejor”, lo insuperable, para pensar en lo bueno, en lo factible. Nada se consigue si no se empieza a caminar. Pero aquí, precisamente por ese “celtiberismo” no nos sirve un Beppe Grillo (es una lástima porque es más fácil de conseguir), cuando alguien sobresale, enseguida quienes están alrededor, o quienes dicen conocerlo bien comienzan a llamarlo bachano, almendrón, robaculeros, que una vez se quedó con las vueltas del súper o traicionó a un amigo quitándole la novia cuando aún llevaban pantalones cortos.

Así, el “individuo” adquiere protagonismo porque “demuestra” que conoce al ínclito desde siempre y además “controla” sus “trapos sucios”. De inmediato la tribu del “celtíbero” en cuestión asume como propia la causa del desprestigio y vilipendio del que en algo despuntaba, o lo pretendía. Ese rasgo puede ser precisamente nuestra ventaja.


No necesitar, no buscar, no aceptar las directrices de un líder solo, sino el ideario de un amplio grupo de personas valederas y valientes, pero sobre todo honestas. Filósofos, juristas, científicos, pensadores, periodistas, escritores, economistas, técnicos, artistas, etc. Sólo porque aún mantienen cierto prestigio, son más conocidos y tienen mayor acceso a los medios, pueden comenzarlo. Cualquiera con sentido común y sentido del bien común puede integrarse en ese grupo de cabeza. ¿Quién es el primero?


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