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La verdadera herencia de Pujol

Andrés Herrero Publicada 07/10/2014 a las 06:00 Actualizada 07/10/2014 a las 20:59    
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Como presidente de la Generalitat, Jordi Pujol se dedicó desde el mismo instante en que tomó posesión de su cargo a hacer del autogobierno y la administración catalana el motor de la independencia, encaminando todos sus pasos en esa dirección, mientras los gobiernos centrales con una miopía de juzgado de guardia se lo consentían, considerándolo como el gran dique contra la secesión y concediéndole carta blanca para hacer y deshacer a su antojo en su feudo.

El resultado ha sido corrupción a espuertas y estelada en vena. La verdadera herencia de Pujol. Nos deja una patata caliente y un problema de convivencia de primer orden.

Nuestro hombre ha conseguido enfrentar a una parte de la población con el resto para satisfacer sus ambiciones personales. Un plan ejecutado a la perfección de principio a fin y desarrollado hasta sus últimas consecuencias. A nuestro gran timonel tan solo se le pasó por alto un pequeño detalle: que para defender su tierra, su territorio y su gente, no se necesitaba independencia, sino tan solo honradez.

Le han hecho falta 35 años e invertir cantidades ingentes de dinero público para fabricar una patria, una historia y una identidad milenaria como mandan los cánones (recientemente apareció en las páginas de La Vanguardia un barcelonés de hace 20.000 años disputándose el honor de ser el catalán más antiguo con un neandertal encontrado por El Periódico de Cataluña), lo que demuestra que las raíces de la catalanidad son muy profundas y se extienden hasta la prehistoria, si no más allá.

¿O alguien duda todavía que los catalanes llevan esperando desde 1714 a que Artur Mas los libere y conduzca a la tierra prometida?

Desde luego nadie con dos dedos de propaganda encima. Que de algo tiene que servir que la sociedad catalana haya sido sometida a una liposucción mental en toda regla desde las instituciones. Que toda una generación de jóvenes haya crecido mamando el odio a España (que nos roba, nos oprime y no nos quiere), no lo arregla ningún federalismo. Hostilidad manifiesta o encubierta, que se traduce en la quema de banderas españolas, agresiones a quienes se oponen a la secesión, marginación del que no comulga con su credo, etc., y que llega al extremo de que llamar hoy día a un catalán “español”, sea insultarle.

Así de alta está la fiebre soberanista.

Sectarismo que encuentra su réplica exacta al otro lado del Ebro en la catalonofobia que practican los sectores ultras hispanos, pero que no constituye una política de Estado, a diferencia de Cataluña donde sí es postura oficial y obligada, y condición sine qua non para medrar.

Manipulación y patriotismo son perros de la misma camada. No hay más derecho a decidir que el de asentir, y los partidarios de la independencia, aunque apliquen dos varas de medir en su casa, no vacilan en escudarse en la democracia para imponer su agenda y salirse con la suya.

Lo cierto es que no existe nacionalismo digno de ese nombre que no se invente enemigos interiores y exteriores a los que debe estar permanentemente alimentando para que no decaiga el entusiasmo popular y el tinglado se venga abajo.

A lo largo de la historia, los nacionalismos han servido para marcar diferencias, exacerbar tensiones, provocar conflictos y desencadenar guerras terribles y sangrientas entre comunidades. Han sido el arma más eficaz para dividir a la gente e implantar la desigualdad y la insolidaridad como principios rectores de las relaciones humanas. Un bagaje demoledor y un pasado como para olvidar, pero que algunos tratan de resucitar y volver a poner de moda.

Agitar las banderas es la mejor manera de ocultar los problemas. Lo hizo Franco y lo ha copiado Pujol, el mismo hombre que en 1960 escribió de su puño y letra que:

«El general Franco ha elegido como instrumento de gobierno la corrupción. Sabe que un país podrido es fácil de dominar y que un hombre comprometido por hechos de corrupción económica o administrativa es un hombre servil. Por esta razón el régimen ha fomentado la inmoralidad en la vida pública y económica para que todo el mundo se ensucie las manos y esté comprometido».

Más claro el agua. La historia se repite y el alumno ha aventajado al profesor.

¿Será acaso por la limpieza del proceso, por lo que “la izquierda” se ha subido al carro independentista? Porque aunque intente meterlo todo en el mismo saco a ver si cuela, la identidad nacional nada tiene que ver con la justicia social, ni el nacionalismo catalán sirve para avanzar hacia el socialismo, sino al contrario para reforzar al nacionalismo español y hacer que ambos se retroalimenten mutuamente, cobrando mayor impulso.

Y así es como hemos llegado a una situación en que, si no se restablece la calma y se impone la cordura, el sueño de la independencia terminará causando un daño general irreparable y una enorme frustración colectiva. Porque aquí el único paraíso que existe es fiscal, no catalán, y pertenece por derecho propio al “molt impresentable”.

Pujol, su socia del alma y su clan amaron tanto a Cataluña que se la quisieron quedar toda para ellos, y ahora, para completar tan magna empresa, solo falta que al igual que el PIB incorpora la prostitución, el derecho a decidir incluya la corrupción.


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