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Democracia participativa para España (y II)


Fernando Pérez Martínez Publicada 30/12/2014 a las 06:00 Actualizada 30/12/2014 a las 09:06    
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Dado el descalabro que más temprano que tarde provoca en los asuntos públicos la inhibición o limitada participación de los electores en la democracia representativa, el pueblo abrumado por los resultados de la deshonesta administración, asiste desconcertado al diluvio de daños patrimoniales, corruptelas, legislación negligente y gobiernos ajenos al interés colectivo. A la primera sensación de impotencia, le sigue el deseo de tomar cumplida venganza de los administradores desleales que le han conducido a un aparente callejón sin salida y a la vergüenza internacional que conlleva verse retratado en los medios de comunicación de los países homólogos como ejemplo de estupidez y falta de responsabilidad.

Alguien ha de mantener la calma para ofrecer un análisis objetivo que ponga de manifiesto los errores cometidos por el pueblo en el establecimiento de los mecanismos que han permitido el pillaje y la arbitrariedad en la administración de los poderes del estado y su oportuna corrección.

Resumimos en tres los remedios de los catastróficos fallos:

-No volver a confiar ciegamente en las leyes como sinónimo de justicia.

-No volver a confiar ciegamente en el Gobierno.

-Retirar parte del poder, innecesariamente cedido, a los representantes de la soberanía popular.

Para ello, la democracia participativa ofrece recetas que limitan la capacidad de adueñarse de las estructuras del estado a los administradores temporales:

-No hay liderazgo de la sociedad encarnado en una persona. Hay un portavoz de la voluntad mayoritaria. No es por tanto la voluntad discrecional del líder, sino la del pueblo plasmado en un programa electoral, el que recibe el respaldo de los votos.

-No hay un tipo que dice a la población que debe votar a una lista de diputados, elaborada por él. Será el votante quien seleccione a los miembros de las candidaturas propuestas por los partidos, tachando a los diputados que no le gusten e incluyendo a los que perteneciendo a otras candidaturas, quiera otorgarles su confianza. Listas abiertas. El compromiso del diputado así elegido es con sus electores, no con el “padrino” que le incluyó en la lista cerrada.

-Establece nuevos mecanismos de participación. Democracia Directa: plebiscito, referéndum sobre las leyes y temas que por su relevancia, la población manifieste deseos de pronunciarse.

Determinadas leyes (estructura del Estado, educación, interrupción del embarazo, organización territorial, reformas constitucionales, exención de impuestos a confesiones religiosas…) son durante demasiado tiempo caballo de batalla de luchas partidistas que confunden y hacen sufrir innecesariamente a la ciudadanía, con sus vaivenes o su tajante aparición y resolución en la agenda política sin que el pueblo se entere, hasta pasado un tiempo, del alcance que el fulminante cambio establecido tiene para sus legítimos intereses.

El pueblo español debe recuperar la responsabilidad directa del Gobierno en asuntos que son vitales para el devenir futuro del país. ¿Es necesario un sector público que garantice a las capas populares el acceso a la energía doméstica (electricidad y carburantes) a precios adecuados? ¿Una banca pública que asegure el acceso al crédito financiero para cambiar de nevera o automóvil o pagar al dentista…? ¿Debemos apostar por un futuro de autosuficiencia energética basada en las energías renovables no contaminantes, en particular la solar o continuar dependiendo del arbitrario orden impuesto desde el exterior por las compañías petroleras? ¿Debemos desarrollar las aplicaciones de estas energías a la automoción para hacernos un sitio en el futuro industrial derivado de la investigación en nuestras universidades?...

La respuesta a éstas y otras preguntas representa una imprescindible perseverancia en los proyectos y una decidida inversión pública que encarna la asunción de unas consecuencias que el pueblo ha de sobrellevar para beneficiarse en su caso. Es necesaria la implicación del pueblo. La responsabilidad nacional de tomar este tipo de determinaciones exige el respaldo y la corresponsabilidad popular y de los gobiernos sucesivos durante un período de tiempo suficientemente prolongado. El pueblo es responsable y será consecuente con el éxito o fracaso de las iniciativas adoptadas con el apoyo de su voto en plebiscito o referéndum. Debe saber que una vez puestas en marcha las iniciativas seleccionadas no serán objeto de discusión política hasta haberlas llevado a término. Con las expectativas y sacrificios que su desarrollo comporte.

La democracia participativa precisa de unos medios de comunicación libres e independientes de los Gobiernos y los poderes económicos. Por lo tanto han de basar su viabilidad, libertad e independencia, en la financiación de sus lectores o audiencias, dado que si no es así se transforman en meros aparatos de agitación y propaganda al servicio de sus mentores, como en la actualidad conocemos. Forma parte de la iniciativa empresarial encontrar fórmulas éticas y legales que permitan su existencia.

La difusión de la actividad del Parlamento en el que se elaboran y deciden las leyes que regulan la vida de los ciudadanos no está suficientemente garantizada, como ocurre en la actualidad, por luz y taquígrafos. Debe producirse ante la máxima audiencia pública, delante de la que los representantes de la sociedad civil expongan sus argumentos en defensa de los postulados para los que se les eligió. La población deberá optar por seguir el desarrollo de las iniciativas políticas en la sede parlamentaria con el interés que le susciten los diferentes temas a debatir. La retransmisión televisiva de la actividad parlamentaria más relevante para los ciudadanos debe garantizarse a través de su emisión en horarios de máxima audiencia.

Será a través de la responsabilidad del votante, su atento seguimiento del escrupuloso desarrollo del programa validado en las elecciones y de su compromiso en la participación en las decisiones que requieren imprescindiblemente la consulta plebiscitaria o a través de referéndum; como se podrá encauzar el futuro de la nación.

Ésta es una decisión que el pueblo debe imponer a su clase política. Listas abiertas. Plebiscitos y referéndum. Necesitamos políticos que dependan de sus electores en lugar de ser fieles a la persona que desde un discreto despacho elabora las listas electorales cerradas y bloqueadas en las sedes de los partidos, incluyendo a los obedientes y excluyendo a los demás. Entre ellos al pueblo soberano.


Fernando Pérez Martínez es socio de infoLibre
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Lee también la primera entrega de este artículo: La democracia representativa en España


1 Comentarios
  • 1 Dossy 30/12/14 19:44

    Totalmente de acuerdo con el articulista, socio de Infolibre. Si queremos un buen gobierno, tenemos que formar una ciudadanía comprometida con la vida política, responsable y exigente con los gobernantes. Las votaciones no son más que el comienzo de los gobiernos. El resto de los mandatos tienen que ser controlados con la participación activa de toda la ciudadanía. Los que nos gobiernan durante un tiempo, son tan sólo ejecutores de las decisiones de los ciudadanos.

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