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El tercer grado periodístico

Jaime Richart Publicada 27/02/2015 a las 06:00 Actualizada 27/02/2015 a las 20:21    
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Hay por ahí dos o tres personajes (especialmente uno) que pasan por haber estudiado Ciencias de la información), que parecen tener contrato fijo con La Sexta. Tipos que, aparte de cerrar el paso a otros muchos periodistas valiosos, hacen de las entrevistas a políticos y políticas de su línea ideológica una performance de balneario, y de las que no se corresponden con su confesada devoción neoliberal, una sesión de tercer grado policiaco. No nos debe extrañar. Les pasa a los periodistas lo mismo que a los políticos. Traicionar el soporte de su formación básica es común a ambas profesiones. ¿Quién nos iba a decir en 1982 que un abogado laboralista y “socialista” privatizaría con saña empresas públicas y acabaría formando parte principal de las puertas giratorias?

En todo caso, la forma de abordar y de tratar el caso Monedero después de haber hecho de la anécdota prácticamente libelo esos periodistas predominantes, es nauseabundo. Incluso otros periodistas más ecuánimes, para responderles en vivo y en directo se ven obligados a empezar diciendo: "A mí tampoco me gusta cómo lo ha gestionado, pero...". Está claro que ningún periodista más o menos estrella quiere desentonar en esta interpretación de la melodía orquestada por otros periodistas y políticos miserables que no se conforman con informar porque su verdadera inclinación no es la investigación civil, sino la de trapisondista. Y el que razona de forma ponderada, a lo sumo dice que no lo tiene claro o que Monedero no aporta pruebas convincentes…

En suma, al igual que los economistas de relumbrón televisivo apenas discrepan entre sí y acaban siendo de la misma escuela, los periodistas solapan entre sí sus bajezas y dan rienda suelta al sensacionalismo subiéndose al carro de la insidia, de la invención y de la exacerbación de la irrelevancia difundidas por colegas. ¿El pretexto que se encierra en una mente neoliberal como la de "ese" periodista y otros de su calaña que parecen hospedarse en Las Noches de la Sexta? Pues, por un lado, el dudoso mérito de haber destapado escándalos cuyos logros, dada su catadura, no cabe duda de que tuvieron que ser con artimañas de macarra y tretas de narcotraficante y sus fuentes, sospechosamente turbias. Y por otro, hacer patente su olímpico desprecio hacia la noble misión de profesor. Noble misión, que incluye en el caso de este perseguido una gran amplitud de miras que le hace "comprender" mejor las necesidades y la filosofía social de los países latinoamericanos; un profesor que no se entrega a la política forajida de las élites económicas europeas y estadounidenses a las que tan apegada está gran parte de los periodistas españoles y gran parte de los políti cos que lle van en este país 37 años viviendo del cuento y sólo preocupa dos de medrar cuando no de robar dinero público…

El caso es que cuando nos hacen recorrer la larguísima pasarela por el que desfilan corruptos y sospechosos de lo mismo, no nos insinúan siquiera el caso de periodistas corruptos que se venden. Periodistas corruptos, no necesariamente por haber hecho alijos de dinero público para ellos solos ni por recibir subvenciones su medio para apuntalar la Transición, la Constitución y el statu quo entero de esta sociedad con el objetivo de que haya reformas que permitan que todo siga igual. No. Corruptos, porque la corrupción tienen muchas caras. Por eso, aun sin pruebas, está claro ya que demasiados periodistas se han acostumbrado a vivir entre la basura destilada por miles y miles de di rigentes económicos, políticos, judiciales y empresa riales que bullen en esta so ciedad. ¿Qué harían ellos si este país fuese una balsa de aceite como Dinamarca, por ejemplo? ¿De qué vivirían y escribirían y a quién perseguirían? Estos miserables, si no tienen carnaza la inventan. Y lo hacen con frecuencia. Y una manera de inventarse la realidad es agigantar la menudencia localizada en el "enemigo" ideológico, por la falta, por ejemplo, de un papel... Otra, mentir y exagerar bellacamente. Y otra, en fin, menospreciar al consagrado a la pedagogía, a la investigación y a la vida intelectual para, sin el más mínimo propósito de ir a la política "a forrarse", como tantos y tantos hasta ayer, intentar sacar a este país del marasmo y de la pobreza en que se encuentran millones de personas. ¿Y con qué motivo? Pues el sentimiento de deber del ciudadano responsable a desempeñar dentro de la formación política.

Pues es cierto que nadie merece más respeto que otro pese a que el legislador y sus leyes blindan el respeto de tantos personajes públicos que en absoluto lo merecen. Y también lo es que el respeto se merece en cada circunstancia y tras probar en la ocasión que lo merece quien lo exige. Pero si hay una actividad digna de un respeto a priori, ésa es la enseñanza. Y los periodistas a que me refiero, como los fascistas de los años treinta en España, los desprecian y persiguen por motivos confe sados en unos casos e inconfesables en la mayoría. El periodismo es una superestructura. Y la primera superestructura que requiere una transformación profunda. La credibilidad de los periodistas en general, antes incluso de limpiar al país de la corrupción política, empresarial y judicial que lo asfixian y antes que contribuir a recuperar la credibilidad de la que carecen los políticos, es quizá el primer y más urgente saneamiento que necesita este país...



Jaime Richart es antropólogo y jurista y socio de infoLibre


1 Comentarios
  • 1 Bacante 01/03/15 15:05

    El país se ha convertido en un sumidero y es lógico que medre esta clase de basura. La basura no puede ver otra cosa que basura, no le demos vueltas, y los ojos de ciertos periodistas sólo detectan, ven y registran mierda por todos los lados, que es la porquería en la que hozan. 

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